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EN BUSCA DEL DORADO/CORTÉS Y ATAHUALPA/PIZARRO Y LOS GRANDES CONQUISTADORES/HUELLAS HISTÓRICAS DEL GENOCIDIO

el pasado presente

DIRECTORA: María Lorente mlorente@revistascasual.com

REDACTORA: Blanca Ramos

COLABORADORES Laura González, Blanca Ramos, Mario Jiménez, Sandra Ferrer, Daniela Jiménez, Manel Montes, Jorge Munnshe, Javier Martínez-Pinna, Diego Peña, Teo Palacios

ASESORES Francisco J. Barranco, Montserrat Rico Góngora, Miguel del Rey, Carlos Canales, Ángel Sánchez Crespo, Jorge Jiménez, Mª Ángeles López de Celis, Teo Palacios, Juan Pablo Perabá, Javier Martínez- Pinna

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Casual Magazines 1

1 Reservados todos los derechos. Se prohibe la reproducción total o parcial por ningún medio, electrónico o mecánico, incluyendo foto- copias, grabados o cualquier otro sistema, de artículos aparecidos en este número sin autorización expresa por escrito del director. CLÍO no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus colaboradores.

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Esta revista ha recibido una ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas para su difusión en bibliotecas, centros culturales y universidades de España, para la totalidad de los números del año.

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Editorial

María Lorente

Directora CLÍO

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Editorial

El origen del cristianismo

L a polémica está íntimamente ligada a la conquista de América. Desde que Cristóbal Colón arribara por primera vez al Nuevo Continente allá por el año

1492, la figura del almirante y su descubrimiento siempre han estado en entredicho. Y es que a día de hoy aún existen mucho interrogantes sin solución acerca de su origen y su verdadero papel en el modus operandi de la conquista de los territorios americanos. No en vano, son muchos los historiadores que sugieren que Colón no descubrió realmente América, debido a que existen pruebas de que los vikingos llegaron antes a Terranova, tal y como demuestran los vestigios de posibles poblados. Pero también son muchos los expertos en historia que apuntan que la actuación de los españoles durante la conquista del territorio americano no fue tan pacífica como se ha querido dejar ver, sino que muchos de los hombres que se aventuraron a descubrir nuevos territorios ayudaron a cometer un genocidio no reconocido aún por la Historia. A lo largo de las páginas de este número especial de CLÍO intentamos descubrir nuevos datos para que el lector juzgue por sí mismo, ya que la Historia aún no lo ha hecho.

6

24

34

12

40

64

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Sumario

))

18

 

3

Editorial

EL DESCUBRIMIENTO

 

6

En busca de un NUEVO MUNDO

12

El descubrimiento de AMÉRICA

18

EXPEDICIONES privadas. Los viajes menores o andaluces

EXPEDICIONES LEGENDARIAS

24

Tierra de mitos. Más allá del DORADO

34

El verdadero PERÚ del siglo XVI

40

GUERRAS INDÍGENAS. Acoma y la Batalla de la Roca

HISTORIA IGNORADA

 

46

El APERREO, métodos de lucha en la CONQUISTA

52

VIKINGOS en América. ¿Llegaron antes que los españoles?

46

GRANDES CONQUISTADORES

58

CRISTÓBAL COLÓN. La historia del conquistador

 

64

ATAHUALPA y PIZARRO. La extraña relación entre el español y el pueblo indígena

70

HERNÁN CORTÉS. Los conquistadores de NUEVA ESPAÑA

76

ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA. El conquistador, conquistado

84

PEDRO DE URSÚA y los marañones

LEYENDA NEGRRA

 

90

Huellas históricas del GENOCIDIO AMERICANO

76

84

90

70

América

EL DESCUBRIMIENTO

EN BUSCA DE UN

NUEVO MUNDO

DESDE JOVEN CRISTÓBAL COLÓN HABÍA TENIDO LA NECESIDAD DE BUSCAR NUEVOS MUNDOS. SIN EMBARGO, SU PROYECTO NO SIEMPRE FUE BIEN ACOGIDO POR LOS REYES CATÓLICOS. TUVO QUE ESPERAR HASTA LA RECONQUISTA DE GRANADA PARA ENCONTRAR EL MOMENTO OPORTUNO PARA PRESENTAR A ISABEL LA CATÓLICA SU "VIAJE SUICIDA".

POR FRANCISCO J. BARRANCO

U N GRITO A LAS DOS DE LA MAÑANA DEL DÍA 12 DE OCTUBRE DE 1492 DE UN MARINERO LLAMA- DO JUAN RODRÍGUEZ BERMEJO, CONOCIDO A LA POSTRE COMO RODRIGO DE TRIANA, CAMBIARÍA PARA SIEMPRE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD. Ese grito, procedente del puesto de vigía de la carabela Pinta, anunciaba la visión de un nuevo territorio (inde- pendientemente de los hipotéticos contactos vikingos

que, históricamente, no fueron más allá de Terranova), nuevo conglomerado del cual esa isla, la de Guanahani, bautizada como San Salvador una vez meses antes, el 3 de agosto, tres naves partían del puerto de Palos (junto a esta Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón y propiedad de Cristóbal Quintero que iba como marinero, zarparon la Niña, capitaneada por Vi- cente Yáñez Pinzón, hermano de Martín Alonso y de Francisco –maestre a su vez de la Pinta– y propiedad de Juan Niño –maestre en esta–, y la Santa María, propiedad de Juan de la Cosa y capitaneada, cómo no, por Cristóbal

EL JOVEN COLÓN

La leyenda, no obstante, se remontaría unos quince años antes, cuando un joven de veinticinco años llegaba nadando a la costa sur de Portugal tras - cual se encontraba en apogeo comercial y marinero, hecho que le permitiría desplazarse a su nuevo habitante en expediciones a otros lugares como In- de informaciones como la contenida en el mapa de Toscanelli, se formaría en su mente la convicción sobre la posibilidad de la llegada a Asia a través del Atlántico, motivo que le impulsó a iniciar su peregrinaje por las cortes - puso primeramente a Juan II de Portugal, quien lo rechazó, y partió entonces su propuesta a algunos duques, Medina Sidonia primero, y Medinaceli des- Isabel la Católica - Obligada la onubense ciudad de Palos de la Frontera por antiguas ren- cillas con la Corona a satisfacer las necesidades de la expedición, esta, no obstante, no contó con el verdadero apoyo de la población hasta que el reputado navegante de la zona Martín Alonso Pinzón decidió ligarse

América

EL DESCUBRIMIENTO

EL 6 DE DICIEMBRE DE 1492 la nave Santa María descubriría La Española, en la que el día de Nochebuena encallaría.

Atraído por la idea de Colón, Martín Alonso no tardó en proponérsela a sus hermanos Vicente Yánez y Francisco, así como a la importante familia de nave- gantes Niño, naturales de la vecina Mo- guer (además de Juan, que sería maestre de la Niña como se ha dicho, Francisco Niño serviría como marinero y Pedro

LA PARTIDA DE LAS CARABELAS

Y así partirían, haciendo escala en las Is- las Canarias, de donde a su vez saldrían

el 6 de septiembre, no volviendo a poner

pie en tierra hasta la llegada al Nuevo - brimientos proseguirían por las Antillas:

Santa María de la Concepción, Fernan- dina, Isabela y Juana (posterior Cuba), de medio mes estuvieron en el sitio so- pesando qué rumbo tomar, optando por el este, mientras que Colón proseguiría El 6 de diciembre la Santa María descu- briría La Española, en la que el día de No- 1493, dos de las carabelas que partieron, la Pinta y la Niña, regresaban a España, llegando separas por un temporal, la Pinta Junto a Juan Niño, pues Martín Alonso murió al poco de llegar, Colón puso mar- cha a Barcelona, donde se encontraban órdenes de un nuevo viaje, con objetivos ya claramente diferenciados, pues esta no sería una empresa de expedición, sino una su mando 1500 hombres a bordo de 17

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, RENDICIÓN DE GRANADA. ABAJO, ESTATUA DE LOS HERMANOS PINZÓN.

barcos, componiéndose la comitiva de gentes tan dispares como experimentados navegantes (con los reincidentes Herma- nos Niño a la cabeza), hombres de acción (con Alonso de Ojeda o Ponce de León, decididos a dar que hablar al otro lado del Atlántico), clérigos (zarpando toda una banda de franciscanos bajo el liderazgo de Bernardo Boyl) o personajes de distinta índole peleando por diferentes intereses, motivo por el cual, Colón, para defensa de los propios, incluiría en este grupo a su hermano Diego, partiendo acto seguido detrás de él su otro hermano, Bartolomé, dicha comitiva del puerto de Cádiz, lle- gando a territorio antillano, tras recalar de nuevo en Canarias del 2 al 13 de octu- actual Puerto Rico entre ellos, arribarían encontraron con que de los 39 soldados que habían dejado no quedaba ninguno y el fuerte había sido incendiado, deci-

españoles del primer viaje quedaron en

el Fuerte Natividad, además de la obvia, fue la protección del cacique aliado Gua- canagari y su pueblo del líder caníbal Caonobo - ponsable de la destrucción del fuerte y de la desaparición de los 39 españoles en asaltos, sin embargo, Caonobo cayó cap- turado por Alonso de Ojeda, motivo por

el cual hubo una coalición de indígenas

para liberarlo, dando lugar a la mencio-

estaban preparados por aviso de Guaca- nagari, logrando de esta forma la victoria idas y venidas de navíos de América a España y viceversa, partiendo Colón en marzo del año siguiente, arribando a Cá- Reyes Católicos, ahora en Burgos, dando

a partir de entonces inicio a la prepara-

DE NUEVO A AMÉRICA

Tras casi dos años en España, en mayo de - meda rumbo a América; lo hacía en este ocasión con seis carabelas, habiendo par- - cionadamente se dividió en dos, las tres

más al sur, llegando a Cabo Verde, y a la

Colón ordenó a 12 de los 17 barcos re-

Los desmanes no tardarían en acontecer, habiendo pillaje contra los indios e insu-

PRIMEROS CONFLICTOS

diendo Colón fundar en su lugar el 6 de enero del año 1494 La Isabela, primera

- rían, eclosionando un año más tarde en la Batalla de la Vega Real, el 23 de marzo de 1495, primera gran batalla en territo-

siguiente sería a su vez un importante paso en el proceso de descubrimiento al tocar agua dulce sería el indicio que le hizo a

DATOS

CURIOSOS

EL PRIMER FUERTE AMERICANO

Con los restos de la nave Santa María, se construiría, tras un acuerdo con Guacanagari, el cacique de la zona, el Fuerte Navidad, primer asentamiento español en América. La Pinta, enterada del naufragio de la Santa María, acudió en su búsqueda.

América

EL DESCUBRIMIENTO

TRAS CASI DOS AÑOS EN ESPAÑA, en mayo de 1498 Colón partió de Sanlúcar de Barrameda rumbo a América; lo hacía en esta ocasión con seis carabelas.

Se prosiguió en cualquier caso la mar- cha, tornando a La Española, en la que se había quedado como gobernador Bartolo- sido por la ausencia del Almirante, gober- las Capitulaciones de Santa Fe, además del título de almirante, se le asignaba también el título de gobernador o virrey en todos los territorios que descubriese tras su par- tida aquel ya lejano 3 de agosto de 1492

-

a La Española, ausentes Cristóbal y Barto-

- lomé Colón, estaba al mando el otro her-

modo, con su vuelta a España del segundo

situación que ya fermentó durante el se- gundo viaje, el descontento y la insubor- dinación de las tropas, eclosionó durante

su ausencia, y al llegar atestiguó que alre- dedor de un personaje llamado Francisco Roldán había surgido una facción que no solo atrajo a gran parte de los españoles, Colón, retomado el mando, hizo una serie de concesiones al bando rebelde median- te un acuerdo habido lugar en agosto de 1499, apaciguándose momentáneamente

los Reyes Católicos, pero, especialmente Cristóbal, perdió toda la reputación que había obtenido con su descubrimiento,

llegando a derogarse en marzo de 1502

quedaría verdaderamente zanjado hasta el siguiente agosto, el de 1500, con la arri- bada de Francisco de Bobadilla, enviado como juez a La Española por los Reyes Católicos al ser conocedores estos de los desórdenes que apuntaban directamente a una desastrosa administración por parte de los Colón (no solo pesando el problema Francisco Roldán; también lo hacían todo tipo de acusaciones, abusos de autoridad fue de lo más propicio: Llegado Bobadilla

tante, se le encomendó el mando de una nueva expedición, y a inicios de mayo de ese mismo año partía de Cádiz, haciendo

Ovando que le concediese refugio en La

- otras pequeñas islas, pidió a Nicolás de

las Capitulaciones de Santa Fe en lo concerniente al gobierno de las nuevas tierras, de La Española concretamente, denegándosele incluso, de cara a evitar

que se dirigía a administrar las tierras obte-

Francisco de Bobadilla, ya tomado el ran- go de gobernador, dio inicio a su investi- gación, para lo que no tardó en requerir tanto a Cristóbal como a Bartolomé, que en cuanto se personaron se les apresó y se A Cádiz llegarían el 25 de noviem-

acción colonizadora de envergadura de la - rineros, sino representantes de todos los es- tratos sociales para su asentamiento en tie- rras indígenas y que estos desarrollaran su vida en el lugar, dando inicio a una nueva en Italia bajo las órdenes del Gran Capitán, llamado Francisco Pizarro, y un sevillano

juez enviado por los reyes, hecho que le

RECONSTRUCCIÓN DE UNA DE LAS CARABELAS UTILIZADAS POR CRISTÓBAL COLÓN.

EL JUICIO A COLÓN

nidas por su padre por su participación en el segundo viaje de Colón, llamado Bar- tolomé de las Casas comitiva iba Nicolás de Ovando, relevo en el cargo como gobernador de La Española - pujado por un temporal tras su paso por

Española hasta que se deshiciese lo que él denegado, y hubo de capear el temporal Colón, no obstante, tal y como le “colo-

LA VERDADERA COLONIZACIÓN

MAPA ANTIGUO DEL TERRITORIO DESCUBIERTO DE AMÉRICA.

despojarles de sus riquezas e inculcarles su

capitaneado por los hermanos Porras, que

en esta cuarto viaje vinieron a desempeñar

Hubieron varios encontronazos, aunque la

- un poco el papel de los Hermanos Pinzón

- ñoles montados en sus barcos y decidien-

pestad saldó una vieja rencilla del almiran- te, pues el navío en el que volvía a España Francisco de Bobadilla tras dejar el cargo de gobernador, cargo en el que había apre- sado a los hermanos Colón, fue víctima del mismo y se hundió junto a todos los que La siguiente escala de Colón sería la hoy Jamaica, entonces Santiago, descu- bierta en su segundo viaje, después de la que se dirigiría a Cuba y, seguidamen- te, a la costa de América central, donde buscó el paso occidental que lo llevase

- unos meses más, hasta mayo de 1504,

contrarse donde a posteriori se abriría el Canal de Panamá, descartó adentrarse en esa vía, obstinado por hallar un paso

valiéndose de sus conocimientos en astro-

darles su oro ni renunciar a sus creencias:

do abandonar aquel territorio habitado por unos indios tan díscolos que ni querían

causa por la que estos dejaron de facilitar- les sustento a todos los españoles, grupo

y Niño en el primero, y por este, el grupo rebelde, dañó las relaciones con los indios,

remota Cipango (actual Japón), ahora hizo que el puerto en el que se le denegó asilo, quedase completamente devastado con la tempestad y él y sus navíos resultasen prác-

llegaron a sus barcos observaron que los navíos estaban afectados por un molusco que deteriora la madera, la broma, por lo que, emprendida la marcha, a duras penas

siendo conocedor de la proximidad de un eclipse, amenazó a los indios con que

su dios ocultaría el astro en muestra de su

barcos, en un territorio sin asentamientos españoles, y con la entrada prohibida a La Española, fueron de nuevo los indios quie- nes les salvaron la vida, proveyéndoles de

disconformidad ante la negativa de estos a - La tirantez con los rebeldes proseguiría

podía extenderse así eternamente, y se de- cidió que uno de los tripulantes naufraga- dos, Diego Méndez de Segura, quien iba

Mayor de la Armada, se desplazase a La Española en unas canoas facilitadas por los indios, los cuales eran los que remaban, y

da tardó en manifestarse por el recelo del gobernador hacia Colón, mientras en Ja-

cuando tuvo lugar una gran batalla entre las dos facciones de la que salieron vic- - ayuda desde La Española, hacia la que se embarcaron prestos todos los supervivien- tes, abandonando Colón desde allí de for-

- poner rumbo a España, a la que llegaría

a inicios de noviembre para no volver ja- más al continente que, a su pesar, había

en la expedición en calidad de Escribano

vencido al poco, decidió centrarse en objetivos más pragmáticos a corto plazo

y, continuando con su exploración del te-

- ron atraer para su causa a los indígenas, pero cuando estos constataron que las

maica la situación se deterioraba a pasos

América

EL DESCUBRIMIENTO

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

DIPLOMACIA EN TIEMPOS DE COLÓN

EL 15 DE MARZO DE 1493, RECIÉN LLEGADO AL PUERTO DE PALOS, CRISTÓBAL CÓLON DEJABA ANOTADAS SUS ÚLTIMAS PALABRAS EN EL CUADERNO DE BITÁCORA Y SE REANUDABA LA DIPLOMACIA PARA ARBITRAR LA EXPASIÓN MARÍTIMA EN EL ATLÁNTICO QUE YA HABÍA INICIADO ESPAÑA Y PORTUGAL.

POR MONTSERRAT RICO GÓNGORA

E N 1479, EN ALCÁÇOVAS, FERNANDO DE ARAGÓN E ISABEL DE CASTILLA FIRMA- BAN CON ALFONSO V DE PORTUGAL UN TRATADO QUE DELIMITABA LA EX- PANSIÓN MARÍTIMA POR EL ATLÁNTICO, QUEDANDO LAS ISLAS CANARIAS BAJO DOMINIO ESPAÑOL. A los portugueses les tocó en el reparto los archipiélagos de las

Azores y de Cabo Verde y, lo más importante, el derecho a explorar la desconocida costa africana. En 1486, en virtud del Tratado de Alcaçovas, Bartolomé Días, tras navegar a la deriva durante trece días, llegó al punto más meridional del continente africano y dobló el cabo de las Tormentas para penetrar en el oceano Índico. De vuelta a suelo patrio, el cabo fue bautizado con el nombre de Buena Esperanza, porque auguraba el hallazgo de un nuevo paso hacia las islas de las especierías.

EL ORIGEN DE TODO

El hito del portugués fue determinante para que los españoles se aventuraran a buscar con urgencia una nueva ruta hacia las Indias, de donde provenían especias y productos exóticos muy cotizados en el Viejo Continente. Durante siglos el trá- fico de estas mercancias se había hecho por tierra, después de alcanzar Bizancio y de cruzar el estrecho del Bósforo hasta Asía Menor, de donde partían las caravanas en via- jes interminables. Desde el siglo XIII se venían siguiendo los pasos del mercader veneciano Marco Polo, pero en 1453, los turcos otomanos tomaron Constantinopla y se estrangula- ron, por Oriente, las vías comerciales. Solo quedaba una al- ternativa para llegar al mismo destino, viajar hacia Poniente, lo que sería posible sobre la base científica de que la tierra era esférica como una pelota, un conocimiento que los sa- bios del Medievo habían olvidado. El almirante Cristóbal Colón llegó de su primer viaje a las “Indias” capitaneando la carabela La Niña, que no era la misma en la que había partido, porque la Santa María se había perdido en un banco de arena el 25 de diciembre de 1492. Con sus restos, el almirante construyó el Fuerte de Navidad, donde dejó a 39 hombres, con una provisión de si- miente para sembrar y la artillería de la nave para defenderse de un posible ataque de los indígenas. Cabe preguntarse cuál fue la reacción de los portugueses ante el supuesto éxito de su viaje. Necesariamente tuvieron que estar al corriente de que Colón estaba de vuelta, porque, el 17 de febrero de 1493, La Niña atracó en el puerto lusi- tano de San Lorenzo, de la isla de Santa María de las Azores, para que su tripulación pudiera cumplir sus votos en una er- mita. Esto fue aprovechado por los portugueses para detener a varios de sus miembros, que solo fueron liberados despues de arduas negociaciones. Unos días más tarde, La Niña pe-

América

EL DESCUBRIMIENTO

netraba por el Tajo hasta Restelo, y de ahí regresaba a Palos, el puerto de par- tida, donde aguardó una respuesta de sus Altezas en el eremitorio de Santa María de la Rábida, lugar donde la em- presa descubridora había recibido un decidido apoyo. Se cree que permane-

la tradición arranca de un único testi- monio, el del viajero alemán Hyeron- ymus Münzer, quien, en su crónica de 1494, dijo haber visto en las estancias reales del monasterio muchos papaga- yos, que nadie, a excepción de Colón, podía haber llevado.

ció aquí hasta el 28 de marzo en que pasó a Sevilla, con el único objetivo de avanzar el viaje que tenía previsto realizar por mar para dar cuentas de su hallazgo a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Avalan esta hipótesis las últimas pa- labras escritas en su diario de navega- ción el día 15 de marzo: "Que tenía la intención de ir a Barcelona, ciudad donde le dicen que sus altezas se en- cuentran”. También en el Memorial de la Mejorada –julio de 1497–, un in- forme reservado escrito por el propio Colón, destinado a ofrecer argumentos

LOS REYES CATÓLICOS EN BARCELONA

El 2 de enero de 1492, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla rendían Granada; y el 31 de marzo del mismo año, el secretario Juan Coloma rubri- caba el Acta de Expulsión de los judíos, paso previo para la ansiada unificación religiosa del reino; y el 17 de abril, se firmaban las Capitulaciones de Santa Fe, merced a las cuales se le dejaba el camino expedito a Cristóbal Colón para partir a las Indias. En fin, 1492 fue un año prolijo en acontecimiemtos que

a

los Reyes Católicos para litigar con

hizo olvidar a Fernando de Aragón, en

los portugueses por violar las cláusu-

pro de las causas de Castilla, que tenía

las del Tratado de Tordesillas, el almi- rante incidía en que había encontrado

aún asuntos pendientes que lo recla- maban en Barcelona, en su reino. En

a

sus patrocinadores en la ciudad

esa ciudad iba a recibir al embajador

condal: "Partió el dicho almirante del dicho puerto de Lisboa y vino a Sevi- lla, y dende a la ciudad de Barcelona, adonde a la sazón estaban los sobre- dichos Rey e Reina de Castilla e Ara- gón, y fecha relaçion a sus altezas de su viage y de todo lo que en él le avía aconteçido Aunque tradicionalmente se pensó que aquel viaje lo había realizado por tierra, resulta mucho más verosímil que lo hiciera por mar, no solo porque se acortaba la duración del mismo, sino porque se libraba de exponerse a los bandidos y a todo tipo de privaciones

visitado el monasterio de Guadalupe

francés para tratar el asunto de la de- volución de los condados del Rose- llón y la Cerdaña, que su padre Juan II había hipotecado, en virtud al Tratado de Bayona, a cambio de la ayuda mi- litar francesa, en la guerra civil que lo había enfrentado a los partidarios de su propio hijo, el Príncipe de Viana –que lo era también de Blanca de Navarra–, encuentro que tuvo lugar en julio de 1493. A finales de 1492 hay cons- tancia de que ya se había instalado en Barcelona, donde el 7 de diciembre, mientras concedía audiencia pública a las puertas del Palacio Real, fue apuña-

tro: "Encontró al rey assaz flaco, pero sin peligro de su herida". Dada la vinculación que los reyes tenían con la orden de los jerónimos –lo era fray Hernando de Talavera, confesor de la reina–, se le ofreció para su convalecencia el retiro en un monasterio de la orden. En la ciudad o en sus inmediaciones solo había dos: el del Valle de Hebrón,

cruzando la Península Ibérica de sur a

lado por el campesino Joan de Canya-

a

los pies de la Sierra de Collserola,

norte por una red de caminos intran-

mars. Parece evidente que el encono

y

el del Valle de Belén, en las ver-

sitables, en los que no se había hecho inversión alguna desde la época del Imperio Romano. Si alguna vez la His- toria incidió en esa teoría, fue porque había constancia de que Colón había

para cumplir sus votos –lo que anula-

hacia la facción que él representaba no se había sofocado. La herida hizo temer por su vida y se pensó que aque- lla ciudad amurallada, donde tantos enemigos andaban sueltos, no era el mejor lugar para su seguridad. Cuando recibió a Colón, el frustrado intento de

tientes de la Sierra de Marina, en la vecina Badalona, a tres horas a pie de camino de la urbe, salvando un río Besós más bucólico que lo que sugiere su curso en nuestros días. Hay pocas dudas de que el monas-

terio de San Jerónimo de la Murtra fue

ría la tesís marítima–, pero eso pudo

regicidio aún era un hecho reciente,

el

elegido para convertirse involunta-

hacerlo después de la entrevista en Barcelona con los reyes, incluso de regreso de un segundo viaje, porque

como prueban las afirmaciones de Gonzalo Fernández de Oviedo, paje del príncipe Juan, y testigo del encuen-

riamente en el lugar donde se dio fe pública del hallazgo de lo que se daría en llamar América.

TESTIGO

INVOLUNTARIO

EL MONASTERIO BADALONÉS DE SAN JERÓNIMO DE LA MURTRA había sido fundado en 1421 por el mercader Bertrán Nicolau, sobre el manso de la Murtra, nombre con el que fue conocido.

Es cierto que no hay constancia en el Libro de Solemnidades del monasterio de la visita, y que existe un absoluto silencio documental en el Libro de Ceremonias y Hechos Notables de la Ciudad, incluso en el Dietario del Co- sell Barceloní, pero, como iremos des- granando, esa anomalía nos sirve para incidir en el hecho de que la recepción de Colón fue un medido y discreto acto de corte, y que nada tuvo que ver con el encuentro apoteósico que la tradi-

MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO DE LA MURTRA.

ción histórica ha defendido. Ni siquiera

el almirante gozaba entre los cortesa-

nos de celebridad, y debía ser solo un personaje exótico, cuando no un pobre loco con la cabeza llena de pájaros. El maestro de las artes liberales Pie- tro Mártir d´Anglería, caballero de la

corte de Isabel y Fernado, inclinado a relatar solemnidades, en una carta fe- chada el 14 de mayo de 1493 y dirigida

a Juan Borromeo, conde de Arona,

decía: "A vuelto de las antípodas oc-

LA RECEPCIÓN DE COLÓN CON LOS REYES CATÓLICOS fue un medido y discreto acto de corte, que nada tuvo que ver con el encuentro apoteósico que la tradición histórica ha defendido.

América

EL DESCUBRIMIENTO

cidentales, cierto Cristóbal Cólon de la

Liguria

ilustre conde!". Todas estas carencias documentales, quedan compesandas, sin embargo, con otros registros feha- cientes que ubican a los Reyes en el monasterio en los días en que Colón ya estaba en Barcelona. Se sabe que el 7 de abril, día en que cayó la Pascua, la reina se desprendió de su saya bro- cada para que los religiosos del ceno- bio pudieran confeccionar una casulla digna para los oficios litúrgicos, y que fray Ramón Pané, uno de los evangeli- zadores que acompañó a Colón en su segundo viaje, era, casualmente, jeró- nimo de esta casa. La prudencia exigía discrección, sobre todo porque en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra estaba insta- lado, como parte del séquito, don Ál- varo de Portugal, como era conocido Álvaro de Braganza y Castro, quien en 1485 había sido nombrado presi- dente del Consejo de Castilla y había de tener un papel fundamental en los descubrimientos de españoles y portu- gueses. También gracias a su interven- ción le fueron reconocidos a Colón el 10% de los beneficios de la empresa descubridora. Necesariamente los so- beranos tuvieron que conducirse con cautela como demuestra la carta que Isabel de Castilla, respondiendo a otra de Colón, escribió el 5 de septiembre de 1493, y que se supone acompañaba al cuaderno de viaje solicitado: "Tras- lado del libro que acá dexasteis, el cual a tardado tanto, porque se fyciste se- cretamente, para questos questan aquí de Portugal, nin otro ninguno, non so- piese dello". Es importante conocer la fecha exacta de la entrevista, para llegar a la conclusión a la que queremos llegar:

que en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra de Badalona, además de realizarse la trascripción del diario de navegación del primer viaje colom- bino, se puso en marcha el dispositivo diplómático que exigió la nueva in- tervención del pontífice Alejandro VI como arbitro de la cristiandad o, lo que era lo mismo, de la política internacio- nal. Fernando Colón, segundo hijo

¡pero

pasemos a otros asuntos,

16

16

CLÍO CLÍO

del descubridor, nos informa que su padre entró en Barcelona a mediados de abril, y el archivero de la ciudad, Diego de Montfort, anticipa su entrada

al 3 de abril, fecha en la que habrían

sido bautizados, y apadrinados por el rey y el príncipe Juan, seis indios. El

23 de mayo los monarcas, en carta al mercader Juanoto Berardi –agente de

la Banca Medícea establecido en Se-

villa–, le anunciaban la partida de Bar-

celona del descubridor, de lo que se

deduce que el 3 de mayo, fecha en que

se expide la primera Bula Alejandrina,

Colón aún permanecía en la ciudad y que esta respondía a sus primeras valo- raciones sobre el hallazgo de ultramar.

LAS BULAS ALEJANDRINAS Y EL TRATADO DE TORDESILLAS

A lo largo de 1493 se publicaron cua-

tro documentos papales, que llevan

fecha distinta a la que se supone fue

su redacción, y en las que el papa Ale-

jandro VI, de origen español, no pudo disimular sus inclinaciones por la mo- narquía española. La primera, Inter Caetera, con fecha 3 de mayo, se supone redactada a fi-

nales de abril y enviada a la península

el 17 de mayo. En ella se hacía la con-

cesión a Isabel de Castilla y Fernando

de Aragón de las tierras descubiertas o por descubrir en el mar Océano por la parte de occidente “hacia las Indias”, siempre que no perteneciesen a ningún príncipe cristiano. En contrapartida, ellos se obligaban a adoctrinar a los indígenas en la fe cristiana. Para corregir y matizar este primer documento, y ya bajo clara inspiración colombina, en el mes de septiembre se despacharon dos nuevas Bulas: la se- gunda, Inter Caetera y la Eximiae De- votionis, que sustituían e invalidaban

el primer documento y en las que se

establecía una nueva línea de demar- cación que nada tenía que ver con el paralelo que había repartido el Atlán- tico en vísperas del decubrimiento.

Esta vez se trataba de trazar, de norte

a sur, otra línea divisoria que pasaba

a cien leguas de las Islas Azores y de

Cabo Verde. Esta segunda Inter Caetera retrotraía los derechos castellanos a la

Navidad de 1492, en cuentas de a 3

de mayo de 1493, para evitar las incur- siones de las naves portuguesas que ya conocían el éxito de almirante. Y así había sido, porque Alejandro VI –Rodrigo Borgia– amenazó con pena de excomunión a quienes se atrevieran

a navegar hacía las Indias por la ruta de

poniente para preservar los intereses de Isabel de Castilla y Fernando de Ara- gón, a quienes en 1496 concedería el tí- tulo de Católicos en premio a la unidad

religiosa que habían conseguido en sus reinos después de rendir el reino nazarí de Granada y expulsar a los judíos. El 25 de septiembre de 1493 se fe- chaba la bula Dudum Siquidem, nece-

saria para frenar las pretensiones de los portugueses que sobre el derecho ad- quirido de “expansión hasta la India”, aún vigente desde el siglo XV, lo inter- pretaban como zona incluida. Los futu- ros Reyes Católicos tenían reconocida la expasión por Occidente y mediodía

a la Indias, lo que podía interpretarse como “en dirección a”. Finalmente, en 1494, con el Tra- tado de Tordesillas, el meridiano de

EL PELIGRO

PORTUGUÉS

FUE NECESARIO ESCUCHAR EL JUICIO DE COLÓN para establecer cuál había sido su derrota en la aventura Atlántica. En el citado Memorial de la Mejorada, de 1497, rememorando los avatares de su viaje e impresiones, Colón incidía en el peligro de que los portugueses exigieran para ellos, lo que se interpretaba era de los españoles: "Y ellos ya (Isabel y Fernando) por otra parte avían sabido cómo el dicho rey de Portugal tenía destinado y presto la dicha su armada para ir a las dichas islas e tierras firmes, sobre la cual luego le escribieron y enbiaron mensagero propio, rogando que no mandase faser el dicho viaje a la dicha su armada, ni a otras naos para las dichas Indias y tierras firmes, a descubrir ni tratar en ellas, porque eran suyas propias e tenían d´ellas donaçión del Santo Padre".

demarcación que había establecido la segunda bula Inter Caétera, se despal- zaba aún más al oeste de la isla de Cabo Verde, en concreto a 340 leguas, razón por la cual los portugueses ejercieron el derecho de conquista del apéndice más oriental del continente: Brasil No es necesario decir que las tie- rras descurbiertas no eran las Indias. En 1505 parecía ser de dominio pú- blico, al menos del dominio de los conquistadores. Por eso, el entonces regente de Castilla, Fernando el Cató- lico –viudo de Isabel–, convocó Cor- tes en la ciudad zamorana de Toro para hallar un nuevo paso hacia las islas de las especerías, congregando, entre otros, a Rodríguez de la Fon-

COLÓN EN LA CORTE DE FERNANDO EL CATÓLICO.

seca, a Vicente Yañez y a un floren- tino de familia acomodada llamado Américo Vespuccci, comerciante y cosmógrafo que se había establecido en Sevilla y que se honró de haber participado, como Colón, en cuatro expediciones, aunque solamente dos parecen estar acreditadas. Él acuñó en nombre de “Nuevo Mundo” para alu- dir a la impresionante masa de tierra continental, que acabaría recibiendo su nombre solo dos años más tarde, cuando, en 1507, el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller, con motivo de la publicación de la Cosmographiae Introductio, utilizara el nombre de América en su honor. Para esa fecha Cristóbal Colón ya había muerto.

NO ES NECESARIO DECIR QUE LAS TIERRAS DESCUBIERTAS NO ERAN LAS INDIAS. En 1505 parecía ser del dominio público, al menos del dominio de los conquistadores.

América

EL DESCUBRIMIENTO

LOS VIAJES MENORES O ANDALUCES

EXPEDICIONES

PRIVADAS

TRAS EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA Y LOS POSTERIORES VIAJES DE CRISTÓBAL COLÓN PARA SU CONQUISTA, SE REALIZARON UNA SERIE DE VIAJES CON CARÁCTER PURAMENTE ECONÓMICO QUE DIERON A CONOCER LOS DIFERENTES NOMBRES QUE ESCRIBIRÍAN LA HISTORIA DE ESTE NUEVO CONTINENTE.

POR FRANCISCO J. BARRANCO

E N 1499, CON LA DECISIÓN MO- NÁRQUICA DE DEROGAR PARTE DE LAS CAPITULACIONES DE SANTA FE, SE LE ARREBATÓ EL MO- NOPOLIO DE LAS EXPEDICIONES A CRISTÓBAL COLÓN. En paralelo, dada la imposibilidad de la Corona de sufragar todas las empresas que se

avenían de querer sacarle el mayor rédito posible al Nuevo Continente, se abrieron de par en par las puertas

a las expediciones privadas (siempre y cuando dejasen

en caja el quinto real, o sea, el veinte por ciento de las

ganancias que se obtuviesen). Con esta iniciativa, tras los viajes colombinos, surgirían los viajes menores o viajes andaluces, calificativo otorgado por la proceden- cia de la mayor parte de sus expedicionarios.

LAS PRIMERAS EMPRESAS

El primero de estos viajes menores estaría protagonizado por

dos viejos conocidos de Colón, Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa, quienes habían participado en algún que otro viaje colombino, yendo también presente quien daría nombre al Nuevo Continente, el navegante italiano Américo Vespu- cio. Partió del Puerto de Santa María en mayo de 1499, y siguió el rumbo que había seguido Colón en su tercer viaje tan solo unos meses antes, o sea, llegando primero a Cabo Verde, para desembocar al otro lado del Atlántico en Ve- nezuela, donde Ojeda y los suyos, adentrándose en el terri- torio, además de explorar la zona, prosiguieron la empresa de búsqueda del ansiado paso que llevase a Asia. El mayor conflicto de este viaje se daría cuando recalaron en La Espa- ñola donde, tenso ya de por sí el ambiente, los partidarios de Colón recriminaron a Ojeda la apropiación de prerrogativas que le habían sido atribuidas anteriormente al Almirante. Otro viejo conocido de Colón sería quien comandaría el segundo de los viajes menores, Pedro Alonso Niño, en colaboración con los hermanos Guerra. Con un ruta

similar al primero de los viajes menores (partiría, no obs- tante, de Palos), y diferenciándose de este temporalmente solo en dos semanas, el hecho más destacado de dicha expedición fue que, queriendo evitar los empresarios, como empresarios que eran buscando el mayor benefi- cio, el pago del quinto real, en su vuelta navegaron hasta el norte, Galicia, donde desembarcaron, no declarando todas las ganancias, hecho por el que fueron detenidos y apresados. En cambio, no tardarían en ser absueltos, apa- reciendo de nuevo Pedro Alonso como uno de los pilotos que llevó a La Española a Nicolás de Ovando, regresando

a su vez para España con Francisco de Bobadilla en la

flota que sería destrozada por el temporal. Vicente Yáñez Pinzón sería el encargado del tercero, partiendo en diciembre de 1499. Fue, sin embargo, el primero europeo en pisar costas brasileñas, antes que el portugués Pedro Álvares Cabral incluso, a quien se

otorga el descubrimiento del país carioca debido a que

la acción del menor de los Pinzón hubo de ser ocultada

por corresponder geográficamente a zona de influen- cia portuguesa según el Tratado de Tordesillas (1494). Este tercer viaje, se aunaría al cuarto, comandado por Diego de Lepe, quien partió tan solo un mes más tarde que el de Pinzón y hubo de socorrerlos cuando la flota de este fue devastada por un temporal, regresando ambos juntos a España en torno a septiembre de 1500. Debido a los avances que los portugueses estaban realizando después de su incorporación a América, se encomendó a Alonso de Mendoza y, de nuevo, a los hermanos Guerra la exploración de la zona, pero la desviación involuntaria de su trayecto los llevó más al sur, constatando que había más territorio correspon- diente a España según lo estipulado en Tordesillas. El último de los grandes viajes andaluces, por su parte, correría a cargo de la misma persona de la que corrió tanto el primero de estos viajes menores como parte del primero de los mayores, Juan de la Cosa, que para la

CLÍO

1919

América

EL DESCUBRIMIENTO

ocasión se había aliado con Rodrigo de

Bastidas, al que los reyes le concedie- ron licencia para dirigirse a tierras pre- viamente no transitadas, adelantándose

a Colón en su cuarto viaje en lo concer- niente al recorrido de Centroamérica.

PLEITOS COLOMBINOS

Estamos pues a inicios del siglo XVI, con Nicolás de Ovando recién llegado a La Española. El gobernador, primero de todo, consolidaría su poder en la isla y, con medidas que aún hoy tienen reper- cusión en el territorio, como la implan- tación del cultivo de la caña de azúcar procedente de Canarias o la importa- ción de africanos para el trabajo de las mismas (sentando el infame precedente que luego apuntalarían portugueses y británicos), además de en la explota- ción minera, que también Ovando se encargó de reorganizar, prosiguió en la tarea de fundar ciudades, replegándose

y delimitando claramente el marco de

su gobernación. Una vez hecho esto, La Española se erigiría en el foco de irradia- ción desde el que partirían las nuevas ex-

pediciones, aunque más que con Nicolás de Ovando, lo haría a partir de 1509 con Diego Colón. El hijo del Almirante, con el fallecimiento de su padre, heredaba el cargo y las prerrogativas acordadas en Santa Fe, motivo por el que, a pesar de ser nombrado gobernador de las Indias por Fernando el Católico en detrimento de Ovando, dio lugar a los conocidos como Pleitos Colombinos, los cuales, buscando el reconocimiento de lo que en su día fue acordado, se alargarían años (muerto Diego incluso). Diego, en su arribada a La Española, mo- dificó la élite de gobierno, beneficiando a sus allegados. De cara a evitar conflictos, promovió, como se ha dicho, la emigra-

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, ALCÁZAR DE DIEGO COLÓN.

ción de estas cabezas destacadas con Ovando a otras islas, encontrándonos así, por ejemplo, con que Juan de Esquivel, quien había contribuido al control total de

La Española con el anterior gobernador, especialmente de la parte oriental, partiría

a Jamaica; Diego Velázquez de Cuéllar

a Cuba; el antiguo conocido Alonso de

Ojeda, que tras su paso por prisión y resi- dencia en La Española, y después de que Fernando el Católico sacase a concurso la colonización de la zona conocida como Nueva Castilla de Oro del Reino de Tierra Firme, disputaría la oferta con Diego de Ni- cuesa, otorgándosele a este último la zona de Veragua (actual Panamá) y a Ojeda la de Nueva Andalucía (correspondiente a

ALGUNOS HISTORIADORES AFIRMAN QUE LA LEYENDA NEGRA DE ESPAÑA tiene mucho de cierto, mientras que otros defienden todo lo contrario.

Venezuela y parte de Colombia).

LA FIGURA DE NÚÑEZ DE BALBOA

Precisamente, en relación con ambos surgiría con fuerza la figura de Núñez de Balboa. Llegado a América como se ha apuntado en la expedición de Rodrigo de Bastidas. Con los beneficios que ob- tuvo en dicha empresa intentó, con más pena que gloria, dedicarse a la cría de cerdos en La Española, empresa por la que no consiguió más que deudas. Para huir de ellas, se embarcó como po-

lizón en una expedición que iba en ayuda de Alonso de Ojeda en sus nuevos territo- rios. A pesar de ello, entre la tripulación de dicha expedición se hizo fuerte y terminó por ser considerado el primero entre ellos. Por esto, al conquistarse nuevas zonas, co- rrespondientes al golfo de Darién, zonas que casualmente estaban en Veragua bajo la jurisdicción de Diego de Nicuesa, este se personaría donde se encontraban Balboa y los suyos para pedirles cuentas. Sin embargo, los que allí se encontraban no lo dejarían ni desembarcar, habiendo Nicuesa de partir de allí, no volviéndose

a saber nada más de él y de los hombres

que lo acompañaban. Quedaba así en 1511 como nuevo gobernador de Vera- gua Núñez de Balboa, sentando la base sobre la que el 25 de septiembre de 1513 conseguiría el descubrimiento del Océano Pacífico (bautizado así años más tarde por Fernando de Magallanes). Debido a los rumores que hasta España llegaban (entre los que figuraban la os- cura desaparición de Nicuesa), tal y como había pasado unos años antes con Colón,

fue enviado a la zona Pedro Arias de Ávila, que justamente era yerno del que en su momento acometió la función que ahora

a él se le encomendaba, Francisco de Bo-

badilla. La historia se repitía. Sin embargo, aquí no daría con el descubridor enviado en un navío a la madre patria, sino con su cabeza separada de su cuerpo por obra de un verdugo y mandato de aquel conocido como Pedrarias, a quien sus contemporá- neos describían como “envidioso, codi- cioso y violento”. Aten cabos.

LA ESPAÑOLA

Mientras tanto, en el lado atlántico, Cuba, bajo el gobierno de Diego Veláz- quez de Cuéllar, relevaría a La Española como punto de irradiación de futuras conquistas. La primera de ellas, y que impulsaría las siguientes, sería la que

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, DIEGO VELÁZQUEZ DE CUÉLLAR.

EL DATO

En la cuarta expedición hacia América zarparía quien, años más tarde, sería el primer occidental en contemplar el Océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa. Para eso, en cualquier caso, faltaba mucho.

América

EL DESCUBRIMIENTO

el gobernador le encomendaría a Fran-

cisco Hernández de Córdoba (1517),

quien, juntando a un grupo procedente de la Castilla del Oro, los cuales decidie- ron emigrar a la isla pues, en palabras de Bernal Díaz del Castillo (participante en esta primera expedición, así como en las siguientes, erigiéndose con su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España como cronista de la conquista de México), en Tierra Firme ”no había nada que conquistar, que todo estaba en paz, que el Vasco Núñez de Balboa, su yerno del Pedrarias, lo había conquistado", emprendió marcha en el mes de febrero para dar con la península del Yucatán. Aquí se tendría por primera vez conoci- miento de las grandes culturas precolom- binas (en concreto, de la maya). El viaje,

en cualquier caso, fue accidentado, lo que no impidió que Velázquez de Cuéllar a

la vuelta de la expedición ya tuviera en

mente el envío de otras, como la de Juan Grijalva en abril de 1518 (quien sería destituido por Velázquez de Cuéllar, mar- chándose con Pedrarias), o la definitiva, la de 1519, a cargo de Hernán Cortés. Este una vez se internó en la zona se despren- dió de la influencia de Diego Velázquez de Cuéllar, impulsado por sus tropas, lo que provocó que incluso este último en- viase a Pánfilo de Narváez, militar que ya había demostrado su carácter fiel tanto en Jamaica con Juan de Esquivel como con- sigo mismo en la conquista de Cuba, en búsqueda de Cortés y el resto de rebeldes.

NUEVAS EXPEDICIONES

A consecuencia del hallazgo de Cortés,

no fueron pocos los que se avinieron a

la realización de expediciones. Uno de

ellos fue Nuno de Guzmán, quien acabó siendo el archienemigo de Cortés. Nom- brado desde España para gobernar el territorio que previamente se había descu- bierto a cargo de Francisco de Garay en una carrera pareja por la zona con Cortés (colindando con esta al sur), Nuno de Guzmán, todo lo contrario al conquista- dor de Medellín, era de alta cuna, y llegó directamente a Las Indias desempeñando un alto comisionado, destinado principal- mente a poner freno al extremeño. Asentado en dicha zona, de Guzmán promovió expediciones hacia el norte, de las más virulentas hasta el momento (siendo posteriormente condenado por

ello), fundando el territorio de Nueva Ga- licia. Por su parte, la exploración hacia el sur le sería encomendada a Pedro de Alvarado, quien ya había asistido tanto a la exploración de Grijalva y a la de Cor- tés, por cuyas órdenes, de cara a seguir acrecentando su poder en contra de lo que pretendía la Corona, emprendió la conquista de gran parte de Centroamé- rica (Guatemala y El Salvador). De aún más al sur, llegaban noticias del descubrimiento de un territorio cuyas riquezas no tenían parangón, su conquis- tador, Francisco Pizarro, había estado en todas junto a todos los grandes nombres de la historia militar española. Además de en las Guerras Italianas bajo las órdenes del Gran Capitán, había llegado a Amé- rica con Nicolás de Ovando, había estado en las expediciones de Alonso de Ojeda, así como en las de Núñez de Balboa, a quien a su vez sería el encargado de apre- sar por mandato de Pedrarias para que este le concediese apoyo en su marcha a Perú, hacia donde partió en 1524. En la conquista del Perú a su vez par- ticiparían Diego de Almagro y Sebastián

MAPA DE LA EXPEDICIÓN DE JUAN PONCE DE LEÓN.

de Belalcázar, ambos llegados a América con Pedrarias, continuando posterior- mente hacia Quito, donde fue rechazado Alvarado que hasta ahí había llegado ante

las noticias de riqueza que representaba el lugar. La situación entre Almagro y Pi- zarro se deterioró, llegando a encarcelar

el primero los hermanos del segundo. Al-

magro partió, pasando previamente por Bolivia (cuya conquista remataron los

Pizarro), hacia Chile, figurando como el descubridor de esta, pero su difícil con- quista lo hizo regresar al Cuzco, donde las antiguas rencillas reavivarían, y se desató una guerra civil, siendo Almagro finalmente condenado a muerte. La conquista de Chile, que no gozaba de

la mejor reputación tras la espantada de Al-

magro, sería retomada por Pedro Valdivia en 1540, bajo el amparo de Pizarro. Veinte

años antes, la zona ya había sido recorrida, visitada al menos, por Magallanes, Elcano

y los suyos en su trayecto que los llevaría

a circunnavegar por primera vez la Tierra

(sin posibles elucubraciones de anteceden- tes esquimales, vikingos o extraterrestres).

Antes incluso que estos, llegaría al Río de

la Plata con objetivos similares Juan Díaz de Solís, quien relevó en el cargo de piloto mayor a Américo Vespucio por su pericia, no obstante, esto no le impidió acabar devorado por indios antropófagos a las orillas del Río de la Plata, mientras parte de su tripulación, impotentes desde los barcos, observaban cómo los que habían desembarcado eran cocinados y comidos. Paralela suerte corrió Simón de Alcazaba y Sotomayor, al que se le encomendó la gobernación de Nuevo León, el cual se había fundado al sur de Nueva Castilla (nombre con el que se habían bautizado los territorios conquistados por Pizarro).

El de Alcazaba y Sotomayor, cuando con

su expedición llegó al Estrecho de Maga- llanes con vistas a seguir la ruta de este, hubo de cancelar la marcha y en un amo-

tinamiento sus hombres lo asesinaron. Sí,

EL MITO DEL DORADO

Jiménez de Quesada (en la imagen de la derecha), además, sería uno de los primeros en perseguir el mito de El Dorado, quimera perseguida por infinitud de expediciones auspiciadas desde por los Pizarro, hasta por los mismísimos Welser, encontrando, más que oro, desgracia y desvaríos, destacando por ejemplo la Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre.

MITOS Y LEYENDAS

Aún más al norte, en lo que hoy es Estados Unidos, en 1513, llegaba otro soñador en busca de, según la leyenda, otra quimera:

(1539), otro de los llegados con Pedrarias

y acompañante de Pizarro en Perú, que

en esta ocasión partía no solo por Cíbola, sino por su creencia en la existencia en la

que correría mejor suerte en la zona Pedro

la

fuente de la eterna juventud. Este soña-

zona de una metrópolis equiparable a Te-

de Mendoza, a quien se le encomendó Nueva Andalucía (no confundir con la zona entregada a Ojeda, perteneciente

dor era Juan Ponce de León, y tras domi-

nar Puerto Rico, partió hacia un territorio que bautizaría como Florida, lugar al que

nochtitlán o el Cuzco, motivo por el que recorrió Georgia, ambas Carolinas, Ala- bama, Tennessee y, cruzando el Missis-

a

América Central y que por esta etapa

regresó en 1521 para intentar colonizar.

sippi, Arkansas, Oklahoma y Tejas, tarea

volvería a tener la denominación de Cas-

Seis años más tarde, un viejo conocido,

facilitada por Juan Ortiz, superviviente de

tilla del Oro y de Tierra Firme), sino a una

Pánfilo de Narváez, ya liberado de la

la

desastrosa aventura de Pánfilo Narváez

de las nuevas jurisdicciones que, junto a Nueva Toledo, para Diego de Almagro, y

captura que le supuso la persecución de Hernán Cortés, fue encomendado para

que encontrarían en su trayecto.

El mismo propósito movió a Francisco

a

Nueva León, para Simón de Alcazaba y

esta zona, la cual, derrotado, terminó por

Vázquez de Coronado, que había llegado

Sotomayor, formaba parte de una división

abandonar en pequeñas embarcaciones

a

América por el omnímodo Antonio de

realizada por la Corona con el fin de ocu-

que rumbo a México se hundiría, pere-

Mendoza (primer virrey de Nueva España

par los territorios al sur de Nueva Castilla

ciendo los que en ellas navegaban; solo

y

segundo de Perú), para pasar a gobernar

para evitar que hiciese lo propio Portugal. Subiendo hacia el norte, destaca el pro- tagonismo de Gonzalo Pizarro (el herma- nísimo) y de Francisco de Orellana, ambos

se salvarían los tripulantes de una barca, en la que iba Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien relataría posteriormente la historia de su odisea, sobreviviendo junto

Nueva Galicia como relevo del incendia-

rio Nuño de Guzmán, y tras pacificarla emprendió la búsqueda de Cíbola. Como avanzado iba el fraile Marcos de Niza, que

participantes en la conquista del Perú

a

los nativos varios años tras el naufragio,

avistó un poblado de adobe, y jugándole

y, que, una vez realizada esta, en 1540,

recorriendo a su vez todo el sur de los Es-

el

ocaso una mala pasada, desde la distan-

partieron a otra donde se descubrió el río

tados Unidos hasta dar en la actual Sina-

cia confundió el barro con oro, regresando

Amazonas. La Nueva Granada, territorio

loa con un asentamiento español. Tras su

a

la carrera al grupo, que, cuando llegaron

con el que se definió a la actual Colombia,

vuelta, relató que había oído a los indios

al

sitio, constataron cómo se desbarataba

corrió a cargo de Jiménez de Quesada a partir del 1536, abogado de posibles en España que emprendió rumbo al Nuevo Continente para incrementar sus ya ricos caudales, y que se encontró con esta cuando barría el territorio hacia el Perú.

comentar la existencia de una ciudad, Cí- bola, cuyas casas estaban construidas de oro macizo, hecho que vino a equiparar en fascinación a El Dorado, no tardando en predisponerse expediciones a la zona. Una de ellas fue la de Hernando de Soto

el mito. Pero surgió otro, Quivira, que persiguieron con igual tesón y constataron con pareja decepción. Recorrerían en total Arizona, Nuevo México, Tejas y Kansas (descubrimiento del Cañón del Colorado entre medias).

A CONSECUENCIA DEL HALLAZGO DE CORTÉS, no fueron pocos los que se avinieron a la realización de expediciones. Uno de ellos fue Nuno de Guzmán, quien acabó siendo el archienemigo de Cortés.

Mitos

EXPEDICIONES LEGENDARIAS

TIERRA DE MITOS

LA LA BÚSQUEDA BÚSQUEDA DE DE LAS LAS SUPUESTAS SUPUESTAS CIUDADES CIUDADES DE DE

ORO ORO QUE QUE POBLABAN POBLABAN EL EL NUEVO NUEVO CONTINENTE CONTINENTE NO NO

CONSIGUIÓ CONSIGUIÓ SU SU OBJETIVO, OBJETIVO, PERO PERO SÍ SÍ SIRVIÓ SIRVIÓ PARA PARA

DESCUBRIR DESCUBRIR NUEVOS NUEVOS TERRITORIOS. TERRITORIOS.

POR POR MIGUEL MIGUEL DEL DEL REY REY Y Y CARLOS CARLOS CANALES, CANALES, HISTORIADORES HISTORIADORES

L A BÚSQUEDA DE ORO Y METALES PRE-

CIOSOS FUE DURANTE LOS PRIMEROS

AÑOS DE LA CONQUISTA DE AMÉRICA EL

INCENTIVO PRINCIPAL PARA ABRIRSE PASO

EN LAS VASTAS REGIONES DEL NUEVO

MUNDO, muchas veces hostiles tanto por sus

pobladores como por sus características geográfi-

cas. Ese, el valor de las abrumadoras fortunas que

se obtenían, y no otro, fue el origen de la fundación de muchas villas y ciudades. Lugares incluso donde vivir era difícil, en los que, a expensas de la explotación de ricas menas, se potenciaron o crearon directamente en zonas próxima otros desarrollos, como el agrícola o el ganadero, imprescindibles para su subsistencia. Es también indiscutible que mucho antes de la llegada de los españoles, los pueblos del continente recién descubierto cono- cían esas riquezas, pues empleaban metales preciosos como mo- neda y su orfebrería había alcanzado un alto grado de desarrollo. En el gran mercado azteca de Tenochtitlan, por ejemplo, se com- praban géneros de toda especie cambiándolos por oro en polvo contenido en cañones de plumas de aves. Era imposible que los europeos recién llegados, para los que el éxito y el bienestar iban indivisiblemente unidos al dinero y las riquezas, no fueran escla- vos de su codicia. El mayor incremento de las explotaciones auríferas se alcanzó en la década de 1530, con los trabajos sistemáticos que se lleva- ron a cabo en las minas mexicanas de Tehuantepec y Oaxaca. Hasta entonces, todo fue bien. A partir de que la producción de esas primeras minas comenzara a disminuir por el agotamiento de las vetas, el principal incentivo para nuevas expediciones fue localizar otros yacimientos. Cuanto más grandes y ricos, mejor. La gran mayoría de los conquistadores que llegaron a América no eran cultos, no nos vamos a engañar. Por eso prendió en ellos

fácilmente la superstición, recogieron toda clase de leyendas y creyeron –a pesar de los continuos engaños de los indios–, que iban a encontrar los fabulosos tesoros de los que les hablaban.

Una obsesión que incluso dio nombre a gran número de las re- giones exploradas: Castilla de Oro, Río de la Plata, Puerto Rico

o

Costa Rica no son más que una muestra de esa toponimia de

la

avaricia.

La ambición hizo delirar a los conquistadores con tesoros fan- tásticos, y a medida que la realidad confirmó y superó a cada

paso sus primeras ilusiones, para llenar sus bolsillos de oro, perlas

y piedras preciosas, comenzaron a no maravillarse ya de nada y

a creer las suposiciones más absurdas. Ahí entró en juego una nueva faceta de la aventura americana que supuso también la exploración de nuevos territorios, la de la ilusión, el engaño y los espejismos. La de un mundo irreal e imaginario, que mantuvo en constante actividad a los españoles e

hizo posible su extraordinaria resistencia a las adversidades, ante

la perspectiva de un sueño al alcance de la mano, pero que muy

pocos lograrían conseguir. Desde buscar ciudades quiméricas con templos de oro y pala- cios de plata, o príncipes misteriosos que cubrían sus cuerpos de oro y lo despreciaban por su abundancia, hasta intentar localizar ríos y lagos en los que la más fantástica riqueza solo esperaba la llegada del primer poseedor. Fue la época del "hombre de oro", buscado por las selvas de un Amazonas ni siquiera descubierto; de la "Casa del Sol", colocada por la imaginación de los explo- radores en las mesetas de los Andes; del riquísimo Imperio oma- gua, a quien se creía más fastuoso que el recién descubierto de los incas; del lago Parimé, con cordilleras de montañas de plata, ilusión que duró hasta que Humboldt, en el siglo XIX, lo identi- ficó con el río Orinoco; de las tribus de oro del Meta, buscadas por toda la región ecuatorial; de las fabulosas ciudades de Paititi,

Manoa y Enim; de las no menos fantásticas de Cíbola y Quivira; de Jauja, o del país de la canela, ruta segura hacia riquísimos territorios auríferos. Hasta las regiones de la actual Argentina sufrieron la influencia de esos mitos, y se habló en ellas del "Rey Blanco", pode- roso señor de dilatados y ubérrimos territorios, o de la "Ciudad de los Césares", encantada, remota y llena de riquezas.

CÍBOLA Y QUIVIRA, LAS QUIMERAS DE CORONADO

En 1530, el presidente de la Audiencia de México, Nuño Beltrán de Guzmán, capturó a un indio llamado Tejo, nativo del valle de Oxitipar. Le aseguró que su padre comerciaba con las tribus del interior y, de niño, le había acompañado en sus viajes. Había visto grandes poblaciones con altos edificios, repletas de oro y plata. Era posible llegar a ellas en cuarenta días, lo que equivalía a unas 200 leguas a través del desierto, si se seguía una ruta siempre hacia el Norte. Esos informes despertaron la codicia y las ansias conquistadoras de Guzmán, que aban- donó sus funciones burocráticas en la Audiencia y se puso al frente de una fuerza de 400 españoles y 20.000 indios aliados que partieron de Ciudad de México. La expedición llegó a Tarasca, en la provincia de Michoacán, y avanzó hasta una región que, según Tejo, había que cruzar para llegar al país que albergaba las riquezas prometidas, pero el cálculo del ambicioso Nuño de Guzmán resultó erróneo. Aunque conquistó un extenso territorio que bautizó como Reino de la Nueva Galicia –los ac- tuales estados mexicanos de Sinaloa, Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas y parte de San Luis Potosí–, y lo declaró provincia del virreinato de Nueva España, no encontró las ambicionadas riquezas. Enfrentados a una cadena montañosa infranqueable –la Sierra Madre Occidental– los expedicionarios se vieron obligados a detenerse en Culiacán y emprender el camino de regreso. Tejo falleció y la búsqueda de aquellas fabulosas y ricas ciudades quedó interrumpida. Los años pasaron, Nuño de Guzmán fue acusado, detenido, enviado a España y en- carcelado. Para dirigir los asuntos de México, la corona nombró un virrey, Antonio de Mendoza y Pacheco, un experimentado diplomático, militar y político con más de 40 años de experiencia. En su séquito, como hombre de confianza, viajaba un joven salman- tino de apenas 25 años de edad, hijo segundón de familia hidalga, que había ascendido rápidamente en la corte por razones de matrimonio: Francisco Vázquez de Coronado. Apenas llevaba el virrey unos meses en Nueva España cuando, en marzo de 1536, llegaron a México los supervivientes de la fracasada empresa de Pánfilo de Narváez en las costas de Florida. Eran Álvar Núñez Cabeza de Vaca y tres compañeros, que llegaron primero a Culiacán y después a Ciudad de México tras atravesar, desde Florida, todo el sur de Texas y parte del actual estado norteamericano de Nuevo México, bordeando toda la costa del Golfo de México. Informaron con detalle a Mendoza de su angustioso viaje, y le mencionaron que ha- bían escuchado hablar a los indios de ricas ciudades, con casas altas, situadas en alguno de los países que habían recorrido, aunque ellos –le dijeron–, no habían podido verlas. El virrey, impresionado por sus historias, decidió preparar y enviar hacia el Norte una redu- cida expedición, poco costosa, que confirmara los datos recogidos por Cabeza de Vaca. Nombró para organizarla a Coronado, designado para el puesto de gobernador de Nueva Galicia, y la formaron el "Negro" Esteban Estebanico, un antiguo esclavo árabe de raza negra que había llegado con Álvar Núñez– y tres frailes franciscanos deseosos de acción misionera: fray Marcos de Niza –natural de esa provincia, que entonces formaba parte del ducado de Saboya, aliado del emperador Carlos V–, fray Honorato y fray Antonio de Santa María, acompañados de algunos indios mexicanos cristianizados. El pequeño grupo explorador, cuyo verdadero objetivo era encontrar las míticas ciuda- des, partió de Culiacán en marzo de 1539. Pronto surgieron las desavenencias entre los frailes y Estebanico, ya que este parecía solo interesado en engrosar su bolsa con las abun- dantes turquesas que se encontraban en la región y apoderarse de cuantas mujeres indias se pusieran a su alcance, con las que llegó a formar una especie de gran harén nómada. En ambos casos, intenciones muy diferentes de las espirituales que motivaban a los frailes. Cuando el "Negro" escuchó de algunos nativos que existía una magnífica ciudad lla- mada Cíbola, decidió adelantarse con unos cuantos hombres a los frailes e intentar des-

Mitos

EXPEDICIONES LEGENDARIAS

cubrirla por su cuenta, pensando –como dice el cronista Pedro Castañeda de Ná- jera"ganar toda reputación y honra por su atrevimiento en descubrir aquellos po- blados" sin saber, de nuevo en palabras de Castañeda, "que pronto, su imprudente osadía y codicia le saldrían caras". Confiado en que podía atravesar aquel territorio sin peligro, Estebanico se alejó tanto de los frailes que, cuando estos, tras caminar por tierras de la actual Arizona, llegaron a Chichilticalli, en los lindes del desierto, él estaba ya 80 leguas más lejos, en la aldea india zuñi de Háwikuk, donde le ofrecieron alojamiento. Recelosos, los indios le preguntaron durante tres días por las razones de su viaje. Él se anunció como adelantado de un gran señor de hombres blancos al que obedecían muchas nacio- nes, pero sus respuestas no los conven- cieron. Como el "Negro" insistía en exigir turquesas y mujeres, lo consideraron un espía o enviado de alguna nación que los quería saquear y decidieron matarlo. Así lo hicieron, aunque dejaron en libertad a casi todos los que iban con él, que empren- dieron la vuelta a través del desierto y se encontraron con los frailes rezagados que iban camino de Cíbola. "Cuando los indios supervivientes –relata Castañeda– conta- ron a los frailes lo que le había ocurrido a Esteban, estos se asustaron y emprendie- ron el regreso a México a marchas forza-

FRAY MARCOS dijo haber visto con sus propios ojos Cíbola, y se inventó un relato fantástico en el que comparaba a esa ciudad con la de México. Aseguraba que sus gentes disponían de esmeraldas y otras joyas.

das, sin tener de Cíbola otra idea que lo que los indios les habían contado". Quizá para provocar el envío de una gran expedición militar, y a pesar de la es- casa información real de que disponía, fray Marcos dijo haber visto con sus propios ojos Cíbola, y se inventó un relato fantás- tico en el que comparaba a esa ciudad con la de México, y aseguraba que sus gentes "disponían de esmeraldas y otras joyas, y usaban vasijas de oro y plata, que eran más abundantes que en Perú". Todo eso hizo suponer a los españoles que tenían a mano la grandiosa riqueza de otro Imperio inca. Para rematar su fábula, fray Marcos bautizó Cíbola como "el nuevo reino de

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, FRANCISCO VÁZQUEZ DE CORONADO. A LA IZQUIERDA, MAPA DE LAS EXPEDICIONES LLEVADAS A CABO EN AMÉRICA DEL NORTE.

San Francisco", y dijo haber descubierto las Siete Ciudades, la mayor de las cuales era Tontonteac, donde habitaban los in- dios Hopi, una de las etnias más antiguas de Norteamérica, procedentes del norte de Arizona. Coronado, de regreso de una infruc- tuosa exploración por una región llamada Topira, al norte de Culiacán, también se entrevistó con fray Marcos y sus compa- ñeros, que le contaron lo que los indios habían dicho de las "ciudades altas". Como antes le había pasado a Nuño de Guzmán, se dispuso a encontrarlas y, sin pérdida de tiempo, marchó con el fraile a Ciudad de México para informar al virrey de su próxima expedición. En el ánimo del virrey Mendoza y de muchos otros, Cíbola se convirtió pronto en una palabra de reso-

nancia mítica, al ser relacionada en el libro de caballerías Amadís de Gaula, publicado por primera vez en 1508. Según uno de los relatos incluidos en la obra, siete obispos huyeron de España al producirse la inva- sión musulmana en el siglo VIII, y se lle- varon consigo un fabuloso tesoro a tierras situadas allende los mares. Allí fundaron siete ciudades de casas doradas, decora- das con piedras preciosas, donde la gente comía en vajillas de oro. Fray Marcos las había encontrado; no había duda alguna. El viaje desató el entusiasmo entre la población. Con fray Marcos, hasta los púl- pitos sirvieron de altavoz para proclamar las maravillas que esperaban a quienes to- maran parte en la empresa. En pocos días, más de 300 españoles y unos 800 indios bajo el mando del Coronado, nombrado

para la ocasión capitán general, estaban dispuestos para partir. La impresionante fuerza la formaban seis compañías de caballería, una de infante-

ría y otra de artillería, a las órdenes de los más brillantes oficiales de Nueva España. El componente religioso lo integraban el imaginativo Marcos de Niza y otros tres franciscanos: fray Juan de Padilla, el cape- llán militar fray Antonio de Victoria y fray Luis de Escalona. Aunque contaba con el apoyo oficial de la Corona, la expedición fue financiada principalmente por Mendoza, que aportó 60.000 ducados, y por Coronado, que puso otros 50.000. Mientras se hacían los preparativos, el virrey envió un destaca- mento de quince hombres, al mando del capitán Melchor Díaz, para inspeccionar

el terreno. El grupo salió de Culiacán el 17

de noviembre de 1539 y, tras caminar unas cien leguas hacia el norte, encontró en la frontera entre Sonora y Arizona a unos in- dios que decían haber vivido en Cíbola. Luego continuaron hasta la actual ciudad de Phoenix, en Arizona, y siguieron la ori-

lla del río Gila hasta que las fuertes nevadas

y las abruptas montañas les obligaron a de-

tener la marcha y montar un campamento para pasar el inverno. Al no recibir noticias

del destacamento de vanguardia se pensó que los indios lo habían aniquilado para proteger el secreto de las enormes riquezas de Cíbola, y eso aceleró los deseos de par- tir de los hombres de Coronado. El 23 de febrero de 1540 se pusieron en marcha desde Compostela, capital de Nueva Galicia, a unos 600 kilómetros de Ciudad México. Antes de partir, el virrey pasó revista a las compañías y arengó a los hombres. Todos juraron sobre los Evange- lios que seguirían a Coronado y obedece- rían sus órdenes. La larga columna que se perdió poco a poco en la lejanía llevaba unos 550 caballos y más de 1.000 acémi- las cargadas de provisiones y pertrechos. Dos meses después zarpó Pedro de Alarcón del puerto de Natividad con dos buques para apoyar a los expedicionarios a lo largo de la costa del Pacífico y transpor- tar el equipaje que ellos no habían podido acarrear. Nunca se pusieron en contacto. Tras duras jornadas Coronado llegó a Chiametla y contactó con Melchor Díaz. El capitán describió Cíbola como un conjunto de pueblos hechos de piedra y adobe, habitado por indios que descono- cían el oro. Nadie lo creyó. La expedición se veía entorpecida por la cantidad de im-

pedimenta que transportaba, por lo que el 22 de abril, Coronado decidió adelantarse con una vanguardia de unos 50 jinetes, al- gunos soldados de a pie y 30 indios. Atra-

vesaron la inhóspita región que se extiende desde Culiacán hasta Chichilticalli y, a fi- nales de mayo, penetraron en Arizona. Tras quince días de penoso caminar por un polvoriento desierto llegaron a un río

a unos 40 kilómetros de Cíbola, que lla-

maron río Rojo por el color de sus aguas

fangosas. Cuando por fin alcanzaron el 7 de julio el poblado de Hawikuh, todos quedaron decepcionados y maldijeron a fray Marcos por haberlos engañado. No

había reinos ni ciudades ricas llenas de oro

y plata. Hawikuh, que algunos identifica-

ron con la misma Cíbola, era una modesta población. Por si fuera poco, sus habitan-

tes, los indios zuñis, se resistieron a los extranjeros. Hubo que combatir para que huyeran y poder saquear sus almacenes, repletos de maíz y otros alimentos, con los que saciar el hambre. Tenaz en su intento de hallar las rique- zas de Cíbola, Coronado envió desde el poblado zuñi pequeñas expediciones en distintas direcciones del extenso y desco- nocido territorio. Algunas llevaron a cabo hallazgos sorprendentes. Cuenta el cronista Castañeda que cuando Coronado estaba en Háwikuh se reunió con un pequeño grupo de indios que procedían de la región del río Pecos.

A dos de ellos, que parecían los principa-

les, los españoles los llamaron "Cacique" y "Bigotes". Contaron historias de ricas tierras al Este y Coronado envió a explorarlas a Hernando de Alvarado, el sacerdote Juan de Padilla y un grupo de jinetes, con "Bi- gotes" y "Cacique" como guías. Les dio un plazo de 80 días para ir y volver.

EL REINO DE HACUS

Alvarado partió el 29 de agosto de 1540

y se dirigió a un lugar que fray Marcos de

Niza había llamado "el reino de Hacus", conocido por Ahko o Acoma por los indios –hoy todavía existe en Nuevo México–. Cuando Hernando de Alvarado la con- templó por primera vez, se dice que creyó

haber llegado a una ciudad bañada en oro,

al observar el brillo causado por el reflejo

del fuego de los hogares indios sobre el ocre terroso de las casas. En Acoma habitada por los queres, unos indios del grupo Pueblo, fueron bien reci- bidos. Era una fortaleza natural que Alva-

rado describió como inexpugnable, y lo

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sería hasta que 50 años después la asaltó y conquistó un grupo de soldados de la ex- pedición de Juan de Oñate, al mando de

Vicente de Zaldívar, tras una titánica lucha cuerpo a cuerpo, casa por casa. El grupo de Alvarado prosiguió su ca- mino y, tras pasar por la zona de Laguna Pueblo, llegó al río Grande, que llamaron río de Nuestra Señora. Fue por entonces cuando un indio al que llamaban el Turco

y que utilizaban como guía, comenzó

a hablarle a Alvarado de otro fabuloso

mito, la ciudad de Quivira, que se supo- nía repleta de riquezas. Lo que pretendía

el indio era que el capitán, guiado por su

afán de encontrar tesoros, variara su ruta y

le permitiera regresar a su tierra.

A finales de noviembre, en Alcanfor, un

pueblo de los indios tiguex elegido como campamento de invierno, se reunieron Coronado, Alvarado y el Turco. El indio continuó con sus maravillosos relatos de una tierra situada al Norte en la que había peces tan grandes como caballos y en los árboles colgaban cascabeles de oro. Todo aquello reforzó todavía más la calentu-

rienta ambición de Coronado y el resto de los expedicionarios.

El 23 de abril de 1541, Coronado, con

una parte de su ejército, emprendió la mar- cha a Quivira llevando como prisionero a Bigotes y de guía al Turco, quien decía ser

EL INDIO LLAMADO EL TURCO habló a Alvarado de otro fabuloso mito, la ciudad de Quivira, que se suponía repleta de riquezas. Lo que pretendía el indio era que el capitán variara la ruta y le permitiera regresar a su tierra.

oriundo de la ciudad. Por extensas llanuras pobladas por enormes manadas de "vacas

salvajes" –bisontes–, Coronado llegó hasta

el cañón de Palo Duro, bautizado también

por los españoles como la Gran Barranca

y situado cerca de Amarillo, en Texas. Allí

se dividió de nuevo la expedición el 26 de

mayo. El salmantino, con 30 jinetes, atra- vesó el río Arkansas, se internó hacia el noroeste de Kansas, en busca de Quivira,

y envió de regreso a Tiguex al grueso de

la columna. No tardó en encontrar a otra tribu, los

teyas, que le advirtieron que Quivira, en contra de los informes que recibía del Turco, no era una tierra rica. Tras varias semanas de dar vueltas en vano el Turco

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, FRANCISCO DE PIZARRO. A LA IZQUIERDA, SUPUESTA UBICACIÓN DE CÍBOLA.

acabó por admitir su engaño y que inten- taba extraviar a los españoles. Lo encade- naron y lo ejecutaron. Coronado siguió adelante con guías de los indios teyas, buenos conocedores del territorio, hasta llegar a un pequeño pueblo habitado por una tribu que sí se denominaba Quivira. Aquellos indios –que mucho después se denominarían wichita–, no tenían nada. Eran muy po- bres y vivían en cabañas con techo de paja. Con su fracaso a cuestas Coronado emprendió el camino de regreso. La buena estrella de Coronado, desa- nimado y confuso, se apagó cerca de Al- canfor. Sufrió una caída del caballo que puso en grave riesgo su vida y, a partir de entonces, quedó con la salud muy que- brantada. Eso, unido a la decepción de no haber encontrado riqueza alguna, le deci- dió a abandonar el proyecto de colonizar a fondo el Norte de Nueva España –el Sur de los actuales Estados Unidos–, sin esperar siquiera el permiso del virrey. Volvió a Ciudad de México en el verano de 1542 por la misma ruta que había uti- lizado a la ida. Solo cien de sus hombres lo acompañaban. No es de extrañar que el virrey lo recibiera con frialdad, le repro- chara su actuación y le iniciara un proceso por haber abandonado la expedición que tenía a su cargo, la mala gestión de su ejér-

los actuales países de Nicaragua, Panamá, Costa Rica y el Norte de Colombia. No se sabe mucho de su primer año en

Nueva Toledo, al sur de Perú, y el título de Adelantado de las tierras más allá del lago Titicaca. Una región que el Inca Manco

el

Nuevo Mundo. Su pista se pierde hasta

Capac II llamaba Chili, con una afamada

el

30 de noviembre de 1515, día que salió

riqueza aurífera.

de

Darién con una fuerza de 260 hombres

Según su relato, se ubicaba en esa zona

con la misión de fundar una ciudad en Acla, en la costa al noroeste de Panamá,

que sirviera de base en el Caribe para con- tinuar camino hacia la costa del Océano

un lugar denominado Andacollo, cuajado de metales preciosos, donde los pueblos pagaban sus tributos en oro y plata. Para convencerlo de que se dirigiera hacia allí

Pacífico, recién descubierto por Vasco

y

lo

viera con sus ojos, mandó que su her-

Núñez de Balboa. Era un sitio malsano, y

mano Paullo Tupac y el Sumo Pontífice del

Almagro pronto cayó enfermo. Tuvo que

Sol, lo acompañaran en el viaje.

regresar a Darién y desistir de su empresa,

 

A

la llamada del oro, no le fue difícil a

que completó Gaspar de Espinosa. Espinosa partió en diciembre con 200 hombres, entre los que estaba un ya re- cuperado Almagro, y Francisco Pizarro,

Almagro organizar una expedición. La vanguardia, una columna de 100 soldados al mando de Juan de Saavedra partió a fi- nales de junio de ese mismo año. Debía

por primera vez con el título de capitán.

fundar un pueblo a unas 130 leguas, reunir

Durante la expedición, que duró 14 meses,

a

los

indios y esperar con alimentos.

cito y las crueldades cometidas contra los pueblos nativos. A pesar de ello, Coronado continuó como gobernador de Nueva Ga- licia hasta 1544, y después se retiró a la ciudad de México, donde murió el 22 de septiembre de ese año. Las legendarias ciudades rebosantes de oro nunca aparecieron. Los españoles de la que sería una famosa expedición, tras recorrer miles de kilómetros, apenas vie- ron otra cosa que territorio inhóspito y tri- bus de indios en general poco amistosas. Solo que la búsqueda de riquezas de Coro- nado no iba tan desencaminada; en pocos años la plata de Nueva España, extraída de las minas de Zacatecas o San Luis Potosí, permitirían a Carlos I financiar a las tropas que pondrían de rodillas a los herejes del viejo continente.

ANDACOLLO, EN LOS LÍMITES DE LA REALIDAD

Diego de Almagro no era un hombre joven –tenía 39 años–, cuando desembarcó en Santa María la Antigua del Darién el 30 de junio de 1514. Tampoco era un noble ni un hidalgo, solo un oscuro miembro de la expedición que enviaba a las Indias Fernando el Católico, al mando de Pedro Arias de Ávila, con la intención de afianzar las posiciones de la corona en Castilla del Oro, una enorme región que comprendía

se encontraron con el padre Hernando de

Luque a quien Espinosa ya conocía. Los tres, aunque aún no habían formado socie- dad, se demostraron confianza y amistad.

De Almagro solo conocemos que durante ese tiempo sirvió como testigo en las lis- tas que levantaba Espinosa, sobre todo, los relacionado con los indígenas. Luego permaneció en Santa María la Antigua del Darién y ayudó a poblarla. Durante cuatro años no participó de nuevas expediciones, ocupó su tiempo en la administración de sus bienes y los de Pizarro. En 1529 Pizarro viajó a la Península y consiguió la firma de la Capitulación de Toledo, mediante la que la Corona le au- torizaba la ocupación del Birú –el Perú–,

el centro del Imperio Inca, que expedicio-

nes previas realizadas entre 1524 y 1528 habían revelado como un territorio de sor- prendentes riquezas. A su regreso a Amé- rica, reunidos Pizarro, Almagro y Luque,

iniciarían desde Cajamarca, en 1532, la conquista del territorio, que pasaría a de- nominarse Nueva Castilla. No es el momento de narrar la con- quista del Perú y enumerar los fabulosos

e increíbles tesoros descubiertos. Nos

basta saber que los éxitos y la fortuna que obtuvo Pizarro movieron a Almagro a so- licitar el permiso real para explorar por cuenta propia nuevos territorios y que le fue denegado. Eso comenzó a agrietar la amistad entre ambos, que solo pareció

restaurarse cuando a principios de 1535, por mediación de Pizarro, Carlos I recom- pensó a Almagro, que pensaba estable- cerse en Cuzco, con la gobernación de

Almagro salió de la capital del Perú el 3 de julio con 50 hombres y un numeroso grupo de indios auxiliares yanaconas. Tomó el camino del Inca, recorrió el área occidental del lago Titicaca, cruzó el río Desaguadero y se reunió con Saavedra y

un grupo de otros 50 españoles que habían decidido abandonar a su capitán, Gabriel de Rojas, para salir a su encuentro. En total eran ya 150 hombres de armas que perma- necieron todo agosto en Paria, en las proxi- midades del lago Aullagas a la espera de que comenzara el deshielo en la cordillera de los Andes. Unos 200 kilómetros más adelante, en Tupiza, tuvo las primeras evidencias de las riquezas prometidas, pues los emisarios del Inca le entregaron 200.000 pesos en oro y plata, más dos pepitas de oro de once y ca- torce libras, respectivamente. Ese tesoro les sirvió de acicate para, en enero de 1536, continuar su avance hacia el Sur e intentar cruzar por primera vez la impresionante mole andina. La muralla de roca y nieve, con picos de 5.000 y 6.000 metros, se acometió por un pequeño sendero que los incas indica- ron como el lugar más favorable. El paso –hoy denominado San Francisco–, estaba

a 4.400 metros de altura, hacía frío y su al- tura apenas permitía respirar. La expedición, muy mermada y ex- hausta, llegó a Copiapó, en el valle del Aconcagua, en abril. El recibimiento pacífico de los indígenas permitió su re- cuperación y enseguida se hizo un reco- nocimiento en los lavaderos de oro del Inca, ubicados en las quebradas y cauces

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de los arroyos. Su rendimiento era ínfimo. La desilusión fue profunda y, al cabo de unos meses, Almagro, convencido de que

le habían engañado tanto los indios como sus paisanos, decidió regresar, no sin antes arrasar tanto la tierra como los pueblos de los alrededores que se habían mostrado más agresivos, para luego esclavizar a todos sus habitantes y utilizarlos como porteadores. De vuelta en Perú, Almagro acabaría en- frentado en una guerra civil con Francisco Pizarro y dos de sus hermanos –Hernando

y Gonzalo–, por las riquezas del codiciado

Imperio Inca. Fue hecho prisionero en la

batalla de las Salinas y ejecutado por Her- nando en Cuzco, el 8 de julio de 1538. Mientras, un total descrédito sumió a las tierras de Chili, cuyo nombre se asoció al fracaso. Al menos hasta 1540, cuando el extremeño Pedro de Valdivia, tras revisar algunas notas de Almagro, decidió volver

a ellas. La expedición, que controló el te-

rritorio desde Atacama hasta el Maule en un breve período de tiempo, demostró que sí había abundante oro en la quebrada de Malga Malga, los antiguos lavaderos de oro incaicos. Desde allí se inició la bús- queda de los placeres de oro en las que- bradas y cerros y once años después, en 1550 o 1551, se logró ubicar Andacollo. Uno de los gobernadores del siglo XVII

ALMAGRO acabaría enfrentado en una guerra civil con Francisco Pizarro, y dos de sus hermanos, por las riquezas del codiciado Imperio Inca. Fue hecho prisionero en la batalla de las Salinas y ejecutado por Hernando en Cuzco, el 8 de julio de 1538.

diría de Andacollo: "Es uno de los ríos de oro que hay en el mundo, y tanto es así, que hoy –se refiere a 1603– cuando corre el agua, el oro se hace líquido". La leyenda, el mito y la realidad se unían para explicar en cifras tales afirmaciones. Entre 1571 y 1598 se produjeron allí un total de 213.069 pesos de oro.

EL DORADO, EL MITO ETERNO

En 1535 Pizarro fundó en el valle del Rimac, en Perú, la ciudad de Lima. Desde ese momento, y mientras los conquistado- res se despedazaban mutuamente por ver quién se hacía con el poder, se desarrolló

también una extraordinaria actividad ex- ploradora en toda la región al Norte del río Amazonas. El motivo no era otro que la imagina- ción, atormentada por las pesadillas pro- ducidas por una leyenda inca que suponía la existencia de otro mundo aún más ma- ravilloso que el que se acababa de encon- trar, capaz de obscurecer la riqueza de los anteriores: el Dorado. El mito que sinteti- zaba de una vez por todas las ilusiones de los españoles. Como toda leyenda tiene un fondo de realidad, también esta se basaba en una costumbre de los indios de Nueva Gra- nada, pero rodeada y vestida de forma tan fantástica que se volvió irreconocible. La primera noticia acerca del Hom- bre Dorado que daba vida al mito la llevó al Ecuador, en 1554, un indio de Bogotá. Enseguida comenzó a correr el relato de que en la aldea de Guatavita, en Nueva Granada, había existido la esposa adultera de un cacique a la que este, una vez descubierta, obligó, en castigo de su delito, a comerse durante el banquete de una fiesta el pene y los testículos de su amante, para luego entregarla a los indios más ruines de la ciudad para que abusaran de ella. Siempre, por supuesto, el crimen debía ser cantado y propagado al mismo

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, MAPA DEL DORADO. A LA IZQUIERDA, LAGUNA DE GUATAVITA.

tiempo por todas partes, para servir de escarmiento de las demás mujeres. La esposa, deshonrada y desespe- rada, se arrojó con su hija a la laguna de Guatavita. El cacique, arrepentido, consultó con los sacerdotes, quienes le hicieron creer que ella estaba viva en un palacio escondido en el fondo de la laguna y que había que honrarla con ofrendas de oro. Desde entonces el ca- cique "entraba algunas veces al año, en unas balsas bien hechas, al medio de ella, yendo en cueros, pero todo el cuerpo lleno desde la cabeza a los pies y manos de una trementina muy pegajosa, y sobre ella echado mucho oro en polvo fino. Entrando así hasta el medio de la laguna allí hacía sacrificios y ofrendas, arrojando al agua algunas piezas de oro y esmeraldas". Fuese el adulterio el motivo de esa cos- tumbre, o cualquier otra razón, lo cierto es que existió. No solo Gonzalo Fernández de Oviedo recogió el texto completo de la tradición en su Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océno, cuya primera parte se imprimió en Sevilla en 1535; si no que, en 1856, al desaguar la laguna de Siecha para recoger el oro que se suponía en el fondo, se en- contró una tosca balsa de oro puro, que se vendió al Museo de Berlín, pero que se

perdió a su llegada a Bremen en el incen- dio del barco que la transportaba. Ahora, también es indudable que esa práctica ya no se llevaba a cabo cuando

llegaron los españoles a aquellas regiones. Los belicosos indios muiscas habían ter- minado con ella al declarar la guerra a la tribu de Guatavita y exterminar a casi todos sus miembros. Lo que sí se mantuvo fue su recuerdo y, al transmitirse sus detalles, sufrieron poco a poco las adulteraciones y mixtificaciones suficientes para hacer que lo que primero no era más que "El hom- bre dorado", pasase después a ser "El país dorado" y acabara por transformarse en "El Dorado", lugar recubierto de oro, que había que buscar en una dilatada región que se extendía entre los actuales Perú y Venezuela, o por las amplias cuencas del Amazonas y el Orinoco. Una región virgen

e inaccesible, muy apropiada para escon-

der lugares mitológicos. Hagamos un alto para explicar por qué en todas las exploraciones de esa época en busca del Dorado o de cualquier país rico tienen una importancia excepcional las montañas y los lagos. Las primeras

porque son el obstáculo, la prohibición, el guardián que solo le dará el tesoro escon- dido al osado que consiga superarlas; los segundos, porque bajo sus aguas tranqui- las esconden su secreto y, algunas veces, cuando reverberan al sol, parece desde lejos que dejan ver grandes láminas de oro escondidas. Como tanto la montaña

y el lago pueden dar origen al río, este lo mismo puede arrastrar trozos del tesoro que se encuentra en su nacimiento que

servir de acceso y fácil comunicación hasta

el pueblo o región que aprovecha esas des-

lumbrantes riquezas. Una vez que sabemos por qué buscaban accidentes geográficos, e imaginamos las dificultades que ofrecía la exploración de estas regiones, podemos suponer también lo invencible que era la tentación que re- presentaba El Dorado. Gracias a ese mito, que aparecía, desaparecía y cambiaba de aspecto, se pudo llegar a recorrer la salvaje selva ecuatoriana en todas direcciones. A pesar de las continuas desilusiones. Entre las expediciones perseguidoras

del Dorado, hubo algunas, las menos, que entendieron por tal al cacique de Guata- vita y hacia él se encaminaron. Otras, que podríamos llamar de falsos Dorados, pres- cindieron o ignoraron la ceremonia de la laguna y buscaron países ricos, de nombre determinado –Cenú, Meta, Casa del Sol–,

a los que solo por extensión se les podía

dar el nombre de la leyenda; y hubo, por último, expedicionarios que acabaron tras montañas y lagos imaginarios, en los que

el espejismo y el deseo habían hecho ver

fantásticas riquezas. El primero que pensó en dirigirse a bus- car al cacique fue Sebastián de Benalcá- zar, el conquistador de Quito, que supo allí de la ceremonia de Guatavita y en lugar de quedarse tranquilo en su gober- nación de Popayán, emprendió la marcha hacia el Norte. Hasta las tierras que Carlos I le había concedido a Gonzalo Jiménez de Quesada con el brillante título hono- rífico de Gobernador de El Dorado. Por supuesto, ninguno de los dos logró su objetivo. Las mismas informaciones, aunque con más interesantes consecuencias, llegaron a oídos del codicioso Gonzalo Pizarro, que encabezó una expedición hacia las regio- nes orientales de Quito, donde se decía que abundaba la canela –para poder riva- lizar con el monopolio que mantenían los portugueses–, y donde, además, un poco más lejos, esperaba encontrar las podero-

sas tribus indias, ricas en oro, que identifi- caba con el Dorado. El grupo, con 280 hombres y 260 ca- ballos, partió en diciembre de 1540. Dos años, en los que estuvieron dando vueltas, sufrieron toda clase de calamidades y pere- cieron a montones. Tuvieron que devorar sus propios caballos para poder regresar a Quito. Se encontró el árbol de la canela, aunque de una calidad mucho menor a la de las Indias Orientales, pero ni el "hom- bre dorado", ni nada parecido. Y eso que habían emprendido la marcha con la ab- soluta certeza de encontrarlo. Lo que sí tuvo la jornada de Gonzalo Pizarro fue una segunda parte llena de interés. Como llegaron a orillas de un río muy caudaloso y les faltaban los víveres, ordenó a Francisco de Orellana que ba- jase por el río –el Coca–, embarcado en un bergantín en busca de provisiones. Fuera porque lo violento de la corriente les dificultase el regreso, o porque se des- pertase la ambición de Orellana, el caso es que ni él, ni ninguno de los 57 hom- bres que le acompañaban cuando partió

el 26 de diciembre de 1541, regresaron.

Se dejaron llevar primero por las aguas del Coca, luego por las del Napo y, fi-

nalmente, por las del río que calificaron como Grande –el Amazonas–, llegaron

al Atlántico, por el que navegaron hasta

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la isla de Cubagua. Habían recorrido más de 4.800 kilómetros. Desde la costa atlántica Orellana zarpó

hacia la Península a finales de 1542. Llevó

a Castilla no solo los datos geográficos

propios de su descubrimiento, sino la noticia de haber recorrido una tierra muy rica donde, de nuevo, había visto que se hallaba el oro y la plata en abundancia. En virtud del importante descubrimiento realizado, el Consejo de Indias, restó im- portancia a su traición y le extendió la capitulación para que conquistara el País de las Amazonas, al que habían puesto ese nombre porque fueron atacados en el río, según ellos, por unas feroces guerreras indias que les recordaron a las mitológi- cas mujeres de la antigüedad. Regresó a América para hacerse rico y falleció trági- camente en febrero de 1546 en la desem-

bocadura del río, víctima de las fiebres, tras sufrir el ataque de unos indios caribes. La imaginación fácilmente excitable de los españoles vio enseguida a las orillas del Amazonas grandes ciudades cuajadas de oro y rebosantes de piedras preciosas; se olvidaron del cacique de Guatavita, y consideraron que era mucho mejor Do- rado ese que los indios brasiles describían como "tierra más rica que el Perú". Hacia allí se dirigieron. Hurtado de Mendoza, encargó al capitán navarro Pedro de Ursúa

el mando de la expedición que más reper-

cusión tendría de todas las que partieron en pos de la leyenda. La jornada de Oma- gua y el Dorado, nombre con el que se co- noce esta empresa, escrita por Francisco Vázquez, es, sin ninguna duda, la más novelesca relación de cuantas se refieren

a los descubrimientos. Iniciada la navegación del Amazonas, pronto apareció el desencanto por no en- contrar oro, al confirmarse la falsedad de

los relatos de los brasiles. Con él surgieron las primeras muestras de indisciplina, que fueron llevadas a extremos increíbles por

el guipuzcoano Lope de Aguirre, alma de

una amplia rebelión. Asesinado Ursúa, se nombró en su lugar a Fernando de Guz- mán con el sedicioso título de Príncipe de Tierra Firme, Perú y Chile. No tardó el nuevo y flamante jefe en seguir la suerte del anterior, para ponerse Aguirre al frente

de los sublevados. Proyectó los más locos sueños, mientras sus naves se deslizaban hasta el Atlántico. En la isla Margarita y en

la costa de Venezuela su presencia se se-

LA IMAGINACIÓN DE LOS ESPAÑOLES vio enseguida a las orillas del Amazonas grandes ciudades cuajadas de oro y rebosantes de piedras preciosas.

ñaló por una estela de crímenes y rapiñas hasta que, sitiado en Barquisimeto y des- pués de apuñalar a su propia hija, que lo había acompañado en sus terribles corre- rías, recibió la muerte con la misma altivez que había mostrado en todos sus actos.

PERSIGUIENDO UNA ILUSIÓN

Aparte de las expediciones que tuvieron como punto de arranque el Perú, hubo otros grupos procedentes de la costa que buscaron primero regiones de grandes ri- quezas y acabaron también por perseguir la ilusión de El Dorado. Pedro de Heredia

y Gonzalo Jiménez de Quesada, por ejem-

plo, que desde las gobernaciones gemelas de Cartagena y Santa Marta se dedicaron

a buscar respectivamente las riquezas del

Cenú y los prodigios del país de las esme- raldas. Lo descubierto resultó para ellos su

Dorado particular, pero estaban tan ajenos

a la ceremonia de la laguna de Guatavita,

que Quesada llegó hasta esa población sin sospechar siquiera que, a pesar de que ya no existía el recuerdo de la ofrenda, se en- contraba en el centro del mito, el lugar tan ansiosamente buscado por todas partes. Paralela a las gobernaciones de Carta- gena y Santa Marta se hallaba la de Ve- nezuela y de ella salieron otro sinfín de expediciones. Diego Caballero y Juan de Ampies fueron los primeros que inicia- ron la búsqueda de oro en las partes de Tierra Firme de Castilla del Oro y en las

islas adyacentes, con el encargo además de poblar territorios y adoctrinar a los in- dios. Ampies fundó Santa Ana de Coro

y entabló amistad con algunos caciques,

pero tuvo que interrumpir su labor porque la conquista de Venezuela iba a ser una empresa alemana. En 1528 Carlos I firmó capitulaciones con los alemanes Enrique Ehinger y Hieronymus Sailer para que co- lonizasen y descubriesen las regiones del interior; poco después los concesionarios renunciaban sus derechos en favor de los ricos banqueros de Augsburgo, Antonio y Bartolomé Welser, traspaso que también confirmó el emperador. Bajo esta dirección alemana se iniciaron expediciones en las que, al principio, para nada se habló de El Dorado. Ambrosio Ehinger y Bartolomé Sayler, hermanos de

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, RÍO AMAZONAS.

los primitivos concesionarios, partieron de Coro en 1529, en busca de "una muy rica tierra, de la cual se podía sacar mucho provecho, porque en ella se habían des- cubierto muchas minas". El recorrido de Ehinger por las orillas del lago Maracaibo y la península de Goajira, hasta el río Mag- dalena, lo marcó la crueldad. Logró obte- ner algún oro y envió a su capitán Íñigo de Vascuña para que llevase a Coro unos 60.000 pesos que había reunido, pero su violencia y agresividad contra los indios fue de tal magnitud que, rebelados a su paso, mantuvieron continuos combates hasta que, en mayo de 1533, acabaron con el explorador con una flecha en su garganta que le causó cuatro días de an- gustiosa agonía. Su sucesor, Georg Hohermuth von Speyer, preparó la segunda expedición en 1535. Salió de Coro con toda la abun- dancia de pertrechos que la factoría que tenían en Santo Domingo los poderosos Welser podían ofrecerle y, esta vez sí que, con toda seguridad, llevaba entre sus pro- pósitos, encontrar El Dorado. Atravesó la provincia de Barquisimeto y después de vadear el caudaloso Apure, comenzó a recibir información de los indios de que "de la otra parte de las sierras, que pasa- ría sin peligro, hallaría mucho oro, plata y ovejas mansas –se refiere a llamas–, como

las que había en el Perú. Que era una tierra de sabanas y falta de leña, y que todas las vasijas del servicio de los indios eran de oro y plata". Animados, se dispusieron a atravesar la sierra, pero fueron tales las dificultades que hallaron que se vieron desviados hacia las selvas del alto Orinoco, donde recibieron otra sorprendente noticia: que se halla- ban cerca del nacimiento del Meta, otro de los mitos del oro que había originado expediciones en su busca. Decidieron ver aquel lugar. Llegaron al nacimiento del río

la riqueza del país. Los indios eran dema- siado agresivos y ellos muy pocos. Tuvie- ron que emprender la retirada después de que Von Hutten fuera gravemente herido en un ataque.

A su regreso, tanto él como Bartholo-

maus Welser representante de la firma alemana fueron detenidos por Juan de Carvajal, que se había hecho con el poder. Carvajal denunció a los Welser en un si- mulacro de juicio y consiguió que fueran asesinados brutalmente. Con ellos terminó la presencia alemana en Venezuela y co-

y

se encontraron con que los indios que

menzaron a perder brillo los relatos de los

El

círculo se cerró en las cuencas del Ma-

lo habitaban tenían láminas de oro y plata muy fina. Les preguntaron por su origen y,

Spira y se dirigió hacia la sierra que, en teo-

primeros conquistadores.

como siempre, contestaron que venía del otro lado de las montañas. Lo intentaron de nuevo, pero no consiguieron cruzarlas. Cada vez con una fuerza más mermada por las enfermedades y los continuos com- bates, decidieron regresar a Coro antes de que fuera demasiado tarde. Spira había dejado en Coro, como lugar- teniente a Nicolás Federman, pero el afán de aventuras y el ansia de riquezas pudo más que la disciplina. Sin esperar a su jefe, organizó por su cuenta una expedición en busca de El Dorado. Procuró esquivar a

ría, lo separaban de las ricas tierras en las que se encontraba el oro. Atravesó las hela- das cumbres a costa de increíbles esfuerzos

rañón y el Orinoco, que también ejercían gran atracción sobre los españoles, pues suponían que unos ríos tan grandes solo podían emanar de enormes lagos que les evocaba la imagen del Guatavita. Entre los atraídos por el Orinoco estaba Diego de Ordaz, que obtuvo permiso en 1531 para descubrir y poblar desde el tér- mino de Venezuela hasta el Marañón. Co- menzó por remontar el Orinoco y apresó un indio, que al ver la sortija que llevaba, le dijo que había mucho oro tras una cor- dillera próxima, en la margen izquierda del río. A pesar de las promesas del indio y de tener noticias de una provincia llamada Meta, fabulosamente rica, que se hallaba hacia el nacimiento del río, la expedición

de igual forma fracasar sus ilusiones, con el

y,

cuando llegó al otro lado y avistó por fin

terminó en desastre: al llegar a unas cata-

la

tierra deseada, se encontró con los hom-

ratas no pudieron seguir, no hallaron tierra

bres de Jiménez de Quesada, a los que se unieron enseguida los de Benalcázar. Federman regresó a Europa para luchar ante el Consejo de Indias por los derechos que pensaba le correspondían por des- cubrir Nueva Granada, pero no le fueron las cosas como esperaba. Acababa de iniciarse la Reforma Protestante y fue de- tenido en Amberes. Falleció en febrero de 1542 camino de la Corte de Madrid. En 1541 partió en busca de El Dorado

las legendarias amazonas, que ahora se

y

que poblar ni oro que recoger y casi todos murieron de hambre y enfermedades. Pero el fracaso no hizo olvidar el rumor de la tribu de oro del Meta y no faltaron continuadores, como Jerónimo de Ortal, Alonso Herrera o Antonio Sedeño. Todos buscaban fabulosas riquezas y todos vieron

agravante en este caso de las luchas inter- nas y las muertes de los expedicionarios sin haber logrado llegar, como no podía ser de otra forma, a la ansiada tribu dorada.

suponía que lo defendían, otro joven y ambicioso alemán, Philipp von Hutten, que siguió la misma ruta que Hohermuth. Después de vagar desorientado y describir un ancho círculo, tuvo noticias de la exis- tencia de una tribu poderosa y rica, muy belicosa, pero con ciudades cuajadas de tesoros. Marchó tras ella y encontró el país de los Omaguas, la rica tribu de que tanto habían hablado los indios "brasiles" y que fue el motivo de la expedición de Ursúa. Von Hutten ni siquiera pudo comprobar

Y es que la leyenda del Dorado, con

todas sus ramificaciones y derivaciones –el Meta, los Omaguas, la casa del Sol, el lago Parimc, la ciudad de Manoa, o tantos otros fantasmas perseguidos sin descanso–, sintetiza mejor que ninguna otra el mito de América que, mezcla de ilusiones, errores y verdades, ofrecía el suficiente aliciente económico como para lanzarse a la aventura, a pesar de las dificultades, los peligros y las enfer- medades.

Mitos

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EL VERDADERO

PERÚ

DEL SIGLO XVI

TODOS TENEMOS UNA IMAGEN DE CÓMO ERA EL NUEVO MUNDO QUE SE ENCONTRARON LOS LAS TRIBUS QUE LO HABITABAN? POSEÍAN CUANDO LLEGARON HUELLA DEJARON EN ELLAS? LA HISTORIA DESMONTA EL MITO.

POR ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO

C ON LOS MAJESTUOSOS NOMBRES

DE IMPERIO DEL PERÚ Y DE REINO

DE LOS INCAS SE HA DESCRITO UNA

ESPLÉNDIDA CIVILIZACIÓN, EN SU

MÁXIMO APOGEO ANTES DE LA LLE-

GADA DE LOS ESPAÑOLES, y luego,

reducida a la nada por obra de los co-

lonizadores y sus pretensiones codicio-

sas. Esta es una de las muchas afirmaciones contrarias a la actuación de los españoles en la aventura ameri- cana que ha dado solidez a la leyenda negra española. Pero como bien señalaba el historiador estadounidense Charles Lummis, a finales del siglo XIX, en su obra The Spanish Pioneers, para comprender lo que fue la con-

CLÍO

3535

Mitos

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DESARROLLO INDÍGENA

DEJANDO A UN LADO LAS EXAGERACIONES de una supuesta

estructura administrativa al estilo europeo, el Perú contaba con ciudades importantes, y su construcción era la más avanzada de entre los indígenas. En las granjas se cultivaba la patata y otras plantas alimenticias. Eran los únicos indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes rebaños de llamas eran una importante fuente de riqueza, ya que además de servir como medio de transporte, proporcionaban leche, carne y lana. Sus hornos de fundición eran toscos, pero les permitían moldear los metales y elaborar una interesante orfebrería.

quista tenemos que saber antes lo que había que conquistar, y para ello es necesario esbozar, en pocas pa- labras, el retrato del Perú, tal como nos lo han transmitido algunos his- toriadores, para comprobar, después, cómo era realmente el Perú, según se ha demostrado gracias a investi- gaciones posteriores.

EL MITO DE LA CIVILIZACIÓN INCA

Siguiendo a Lummis, que durante toda su vida se dedicó a estudiar y a

realizar obras en favor de la cultura indígena del sur de Estados Unidos

y norte de México, nos han contado

que el Perú era un gran imperio, rico, populoso y civilizado, gobernado por una larga serie de reyes, que se llamaban incas, que tenía dinastías y nobleza, trono, corona y corte. Sus reyes conquistaban vastos territorios

y civilizaban a los vecinos salvajes,

que conquistaban por medio de sa- bias leyes y de escuelas, y de otros instrumentos de economía política, que tenían caminos militares mucho

mejores que los que construyeron los romanos. También nos narraron que aque- lla portentosa raza creía en un ser supremo, que el rey y todos los que tenían sangre real en sus venas eran inconmensurablemente superiores al común del pueblo, pero que eran bondadosos, justos, paternales e ilustrados. Incluso se nos ha con- tado que había regios palacios en todas partes, que tenían inmensos canales de agua, y ferias regiona- les y representaciones teatrales de tragedias y comedias, que talla- ban esmeraldas con herramientas de bronce, que el gobierno verifi- caba censos y educaba a las masas,

y que, así como la política de los

aborígenes de México era la polí- tica del odio, la de los reyes incas era una política de amor y fraterni- dad. Sobre todo, se nos ha hablado mucho del largo linaje de monarcas

incas, la familia real, cuyo último rey, Huayna Capac, murió poco

antes de la llegada de los españo- les. Se le representaba repartiendo el trono entre sus hijos Atahualpa

y Huascar, quienes pelearon y em-

pezaron una guerra fratricida con ejércitos y otros procedimientos de pueblos civilizados. Se nos ha transmitido que Pizarro se aprove-

chó de esa guerra intestina, azuzó

a un hermano contra el otro para

poder conquistar el Imperio, destro- zando aquella idílica civilización que, a juzgar por las descripciones, casi superaba a la avanzada Europa.

LA OTRA REALIDAD

Según Lummis y otros autores, todo esto es parte de uno de los roman- ces históricos más fascinantes, pero más erróneos que se ha escrito. La idea del Perú que por tanto tiempo ha prevalecido, se basaba en la más supina ignorancia de aquel país y, sobre todo, de los escasos conocimientos etnográficos que dieron lugar a teorías semejantes. Literalmente, dice Lummis, quien repetimos, no era sospechoso de animadversión hacia los indíge- nas, a quienes ayudó a conservar sus costumbres y a quienes estudió durante toda su vida: "Hay que re- cordar que aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja pequeña a cualquier nación civilizada y moderna, no eran más que indios. No quiero decir con esto que los indios no sean hombres con todas las emociones, sentimientos y derechos de los hombres, derechos que ojalá hubiésemos protegido nosotros con tan honroso cuidado como lo hizo España". Los peruanos estaban algo más adelantados que otros indios de América, adoraban a multitud de dioses y de ídolos; no tenían rey, ni trono, ni dinastía, ni sangre real, ni nada que fuese regio. No había,

LOS PERUANOS ESTABAN ALGO MÁS ADELANTADOS QUE OTROS INDIOS DE adoraban a multitud de dioses y de ídolos; no tenían rey, ni trono, ni dinastía, ni sangre real, ni nada que fuese regio.

ni podía haber, siquiera una nación.

La vida de los indios, tanto del norte

como de sur de América era esen- cialmente tribal. Existía un jefe, que era relevado por decisión de un consejo, pero de ahí a equipararlo con un monarca hereditario con palacio propio, hay una importante diferencia. No se puede trasladar la estructura monárquica europea

a una civilización totalmente dife-

rente. Para Lummis: "No había corte, ni corona, ni nobleza, ni censos, ni tea- tros, ni nada que remotamente indi- case que había habido algo de todo

eso, y por lo que hace a los incas, no eran reyes, ni siquiera gobernantes,

sino simplemente una tribu. Eran los únicos de esta raza en ambas Amé- ricas que sabían fundir, y esto les permitía hacer ornamentos e imáge- nes de oro y plata, así es que su país era el más rico del Nuevo Mundo, y realmente hacían alarde de un no- table, aunque barbárico esplendor. Los templos de sus ciegos dioses bri- llaban con ornamentos de oro, y los indios se adornaban con profusión de metales preciosos, como nuestros navajos y pueblos en Nuevo MéXico y Arizona, que aún hoy llevan libras y más libras de adornos de plata. Tam- bién hacían herramientas de bronce, algunas de las cuales eran de muy buen temple, pero eso no era un arte,

Mitos

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MÁSCARA

MORTUORIA INCA.

CONTACTO CON LA DIVINIDAD

LOS INCAS PRACTICARON RARAMENTE LOS SACRIFICIOS

HUMANOS a diferencia de los aztecas, y ello les otorgó, a ojos de los españoles, una categoría que les acercaba como cultura a la civilización occidental.

sino tan sOlo un accidente. Nunca se hallaban dos de sus utensilios que tuviesen la misma aleación, el artífice indio lo hacía al buen tuntún, y por cada herramienta que le salía bien por casualidad, tenía que desechar muchas por malas".

LA CONQUISTA INCA

Los incas, como cualquier otra etnia fueron acosados por las tribus veci- nas. Expulsados de sus antiguos do- minios se asentaron en un valle que era una fortaleza natural donde cons- truyeron la ciudad de Cuzco, bien fortificada por los dos o tres pasos por donde únicamente podía acce- derse a ella. Con el tiempo llegaron a ser numerosos y se dedicaron a hacer lo que hasta entonces les ha- bían hecho a ellos, y lo que también ha hecho siempre el hombre blanco, es decir, matar, robar y esclavizar a sus vecinos. Tuvieron para ello la ayuda im- prescindible de la llama, un camé-

lido que consiguieron domesticar, lo cual no había hecho ninguna de las tribus vecinas, excepto los aymaros,

y esto dio a los incas una enorme

ventaja, similar a la que proporcionó el caballo en Europa. Podían salir de su seguro valle en gran número, con provisiones para un mes o más,

y sorprender alguna aldea. Si eran

abatidos, se escondían por las mon- tañas, viviendo con las provisiones porteadas en llamas, de modo que pudieron hacer la guerra de un modo que hasta entonces no se conocía en América. Con estos medios, los incas lleva- ron a cabo una conquista sobre una extensa comarca, imponiendo tribu- tos a cambio de paz. Sin embargo, esas tribus conquistadas nunca se mezclaron, no les estaba permitido entrar en Cuzco, y los incas no se mezclaron con ellos. No constituían, pues, una nación, una civilización, sino un conglomerado de tribus in- dias sujetas por el miedo a una tribu más fuerte. La organización de los incas era, hablando en general, igual a la de cualquier otra tribu india. El oficial más preeminente era el que tenía a su cargo la dirección de los comba-

tes, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba en la guerra, pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el único o el hombre de más alto rango. Y eso es sencilla- mente lo que fueron Huayna Capac

y todos esos fabulosos reyes incas, capitanes guerreros. Los hijos de Huayna Capac eran

también capitanes guerreros indios,

y nada más, con la particularidad de

que eran jefes guerreros de distintas tribus, rivales y enemigas. Atahualpa

bajó desde Quita con sus guerre- ros indios y tuvo varios combates, haciendo finalmente prisionero a Huascar, a quien encerró en el fuerte indio de Jauja. Eso es lo que encon- tró Pizarro al llegar a Perú.

ATAHUALPA.

LOS INCAS LLEVARON A CABO UNA CONQUISTA SOBRE UNA EXTENSA COMARCA, imponiendo tributos a cambio de paz. Sin embargo, esas tribus conquistadas nunca se mezclaron, no les estaba permitido entrar en Cuzco.

ESTATUA DEL REY INCA HUAYNA CAPAC.

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GUERRAS INDÍGENAS

ACOMA Y LA BATALLA DE LA ROCA

AUNQUE EN LA HISTORIA SE HA GRABADO A FUEGO LA IDEA DE QUE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DEL NUEVO CONTINENTE SE RINDIERON A LOS CONQUISTADORES ESPAÑOLES SIN PELEAR, NO FUE ASÍ. EN EL TRANSCURSO DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA NO SOLO PERDIERON LA VIDA LOS HABITANTES DE ESTAS TIERRAS, SINO TAMBIÉN MUCHOS ESPAÑOLES. ESTAS SON ALGUNAS DE LAS BATALLAS MÁS EMBLEMÁTICAS.

POR ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO

U NO DE LOS TÓPICOS DE LA LLAMADA CONQUISTA DE AMÉRICA ES QUE LOS ESPA- ÑOLES FUERON RECIBIDOS DÓCILMENTE POR LOS INDÍ- GENAS AMERICANOS COMO SERES EXTRAÑOS, COMO DIOSES A LOS QUE RENDIR

CULTO, y que bajo esa superioridad se masa- craron, sin apenas resistencia, millares de indí-

genas. Lo cierto es que los habitantes del continente recién descubierto no eran tan ingenuos. No

Mitos

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ACOMA.

se trataba de seres angelicales que vivían en el paraíso terrenal y que fueron atropellados por el invasor extranjero sin escrúpulos. La fero- cidad de su comportamiento pronto la pudieron sentir aquellos primeros exploradores llegados de Europa; además, eran expertos guerreros porque la rivalidad entre tribus, las ejecuciones y la esclavitud forma- ban parte de su modo de vida; al fin y al cabo, la violencia y el so- metimiento del débil por el fuerte parece ser común en la especie hu- mana.

ARMAS POCO ÚTILES

Se ha querido también presuponer la ventaja de las armas que portaban los españoles, pero apenas superado el terror inicial entre los naturales, las toscas e ineficaces armas de fuego de aquella época, eran poco más pe- ligrosas y eficaces que los arcos y las flechas que se les oponían. Su eficacia no tenía mucho mayor alcance que las flechas, y eran diez veces más lentas en sus disparos. Las pesadas armaduras de los españoles y de sus caballos no protegían del todo contra las flechas de cabeza de

AL VER SU FÁCIL SUMISIÓN, Oñate sintió alivio y decidió visitar personalmente todos los pueblos principales. Ya había fundado la primera ciudad de Nuevo México y la segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles.

ágata de los indígenas, y colocaban al hombre y al caballo en desven- taja para luchar contra ellos, además de ser una carga muy pesada con el calor de los trópicos. La artillería de aquellos tiempos en aquel contexto era práctica- mente inútil. En cuanto a su com- portamiento con los nativos, hay que reconocer que los que resistie- ron a los españoles fueron tratados con muchísima menos crueldad que los que se hallaron en el ca- mino de otros colonizadores euro- peos. Como dijo el estadounidense Charles Lummis, en su obra The Spanish Pioneers: "Los españoles no exterminaron ninguna nación abo- rigen como sí lo hicieron otros co- lonizadores posteriores y, además, cada primera lección sangrienta iba seguida de una educación y de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la población india de las que fueron posesiones españolas en América, es hoy mayor de lo que era en tiempo de la conquista, y este asombroso contraste de condi- ciones y la lección que encierra res- pecto del contraste de los métodos, es la mejor contestación a los que han pervertido la Historia".

LOS PUEBLOS INDÍGENAS

Un ejemplo de las dificultades que encontraron los españoles en su avance por tierras americanas es lo que ocurrió alrededor de la asom- brosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los indios pueblos que- res, en Nuevo México. Todas las ciudades de los indios pueblos estaban construidas en si- tios fortificados por la naturaleza para conseguir la mejor defensa frente a los ataques de tribus ene- migas. En medio de un largo valle bordeado por precipicios casi in- accesibles, se levantaba, y aún se levanta, una elevada roca de unos cien metros de altura. En su cumbre se alzaba la vertiginosa ciudad de Queres. La primera vez que los eu- ropeos supieron de esa curiosa ciu- dad aérea fue en 1539, cuando a fray Marcos, descubridor de Nuevo México, la gente de Cíbola le habló

EXPLORACIONES EN AMÉRICA DEL NORTE.

MISIONEROS ENTRE LOS INDÍGENAS

EN 1629, FRAY JUAN RAMÍREZ, CONOCIDO COMO EL APÓSTOL DE ACOMA, salió solo de Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad. Cuentan los testimonios que en cuanto los indios vieron a una persona extraña, corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas. En aquel momento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la roca, perdió el equilibrio y se despeñó al precipicio. Por suerte, cayó sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba fray Juan, donde no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima y estaba muerta. Fray Juan se acercó a

recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, lo que interpretaron como milagro los nativos. El religioso vivió solo en Acoma más de veinte años, respetado por los nativos como un padre. Cuando murió, en 1664, los acomas, que habían sido los indios más feroces, llegaron a ser los más civilizados. Pero pocos años después de su muerte tuvo lugar el levantamiento de todos los indios pueblos, y durante las largas guerras que se siguieron fue destruida la iglesia. En aquella rebelión, otro sacerdote, fray Lucas Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fue asesinado. En noviembre de 1692,

Acoma se rindió voluntariamente al reconquistador de Nuevo México, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, hubo una nueva rebelión, y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos fueron viviendo en paz con los conquistadores. La misión fue restablecida en Acoma hacia el año 1700. La curiosa escalera de piedra por la que fray Juan Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia, bajo una lluvia de flechas, todavía la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre de Camino del Padre.

de la gran fortaleza roqueña de Há- kuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llama- ban Ahko. Al año siguiente, Francisco Váz- quez de Coronado la visitó con su pequeño ejército y dejó un exacto

relato de sus maravillas. Esos prime- ros europeos fueron bien recibidos,

y los supersticiosos habitantes, que

nunca habían visto una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron

a los extranjeros por dioses. Hasta

medio siglo después, no trataron los

españoles de establecerse allí. Cuando Oñate entró en Nuevo México en 1598, no encontró opo- sición alguna porque su fuerza de cuatrocientos hombres, de la que solamente doscientos iban arma- dos, era bastante para atemorizar a los nativos. Estos eran hostiles a los invasores de su dominio, pero com- probando que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos con sus bastones de trueno, esperaron a ver el resultado de la invasión. Las tribus de queres, tigua

y jemez se sometieron formalmente

al régimen español e hicieron jura- mento de alianza a la corona por medio de sus representantes reuni-

Mitos

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dos en la población de Guipuy, lo

mismo hicieron los taños, picuríes, tehuas y taos en una conferencia pa- recida que celebraron en la pobla- ción de San Juan, en septiembre de

1598.

Al ver su fácil sumisión, Oñate sin- tió alivio y decidió visitar personal- mente todos los pueblos principales. Ya había fundado la primera ciudad de Nuevo México y la segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles. Oñate y un puñado de hombres, dejando solo una guardia con los caballos, treparon por una de las peligrosas escaleras de piedra hasta Acoma. Los indios los condujeron por sus calles, mostrándoles las ex- trañas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los grandes es- tanques labrados en la roca y el ver- tiginoso borde del precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad. Finalmente, condujeron a los es-

pañoles a un sitio en que había una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una trampa situada en el techo de una gran casa, que era la estufa, es decir, la sagrada cámara del concejo. Los indios trataron de que Oñate bajase por la trampa, pero el gober- nador español, observando que en el aposento de abajo reinaba la oscuri- dad rehusó bajar. Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de la roca de Acoma hasta su cam- pamento apostado en la llanura, y desde allí prosiguieron a Moqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de pru- dencia en la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo Mxjico, porque en aquella estufa se hallaban apos- tados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la cámara, lo hubieran asesinado en el acto, y su muerte hubiera sido la señal para un ataque a los españoles.

LA DERROTA DE JUAN DE ZALDÍVAR

Volviendo de su viaje de explora- ción por aquellas desiertas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Ga- briel el 18 de noviembre, para seguir

a su jefe. Solo tenía treinta hombres. Llegó al pie de la ciudad empinada

y fue muy bien acogido por los aco-

mas, quienes lo invitaron a subir y visitar la ciudad. Zaldívar dejó la mitad de su fuerza

al pie del risco para guardar el cam- pamento y los caballos, subió con dieciséis hombres. Había en la ciu- dad tantas maravillas que los es- pañoles fueron dispersándose aquí

y allá para ver de cerca lo que les

rodeaba. Cuando el jefe de los gue- rreros lanzó su grito de guerra, toda la población atacó a los españoles.

El mismo Zaldívar fue una de las primeras víctimas, y en aquella trampa murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes. Los cinco que sobrevivieron –entre ellos

Juan Tabaro, que era alguacil mayor,

y cuatro soldados–, pudieron por fin

juntarse y se abrieron paso hasta el borde del precipicio. Los cinco se arrojaron desde aquella tremenda altura, aunque, milagrosamente, cuatro sobrevivieron al caer en las arenas acumuladas en su base. Según testimonios, durante algu- nos días, los catorce soldados y sus cuatro compañeros supervivientes acamparon bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase de proyectiles que pu- diesen arrojarles, pero esperando a cada momento ser atacados por los nativos. Tenían la seguridad de que la matanza de sus camaradas no era más que el preludio de un levanta- miento general de los veinticinco o treinta mil indios pueblos. Decidie- ron dividirse en pequeños grupos y separarse. Llevaron la noticia a sus compatriotas, y a finales del año 1598 todos los españoles supervi-

vientes en Nuevo México se pusie- ron a salvo en la aldea llamada de San Gabriel. Oñate, que había estado a punto de morir en Acoma de haber caído

VISTA AÉREA DE LA ACOMA. EN LA OTRA PÁGINA, ESTATUA ECUESTRE DE JUAN DE OÑATE.

EL DÍA 22 DE ENERO, Zaldívar dio la señal para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo norte de la gran roca.

en la emboscada, se encontró en un difícil dilema: castigar a los rebeldes por la matanza de sus hombres o abandonar para siempre su colonia y Nuevo México. Si no actuaba, los indios no dejarían con vida a nin- gún español. Por otra parte, ¿cómo podía llegar a conquistar aquella in- expugnable fortaleza de roca? Tenía menos de doscientos hombres y solo podía destinar parte de estos para la campaña, pues de lo contrario, los otros indios pueblos, en su ausencia, se levantarían y aniquilarían San Ga- briel y a sus habitantes.

VICENTE ZALDÍVAR Y LA CONQUISTA DE ACOMA

El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldívar, hermano del asesinado

Juan, salió de la aldea de San Ga- briel con setenta hombres. Solo unos cuantos de ellos iban armados

con los toscos mosquetes típicos de

la época, la mayoría no eran ni si-

quiera arcabuceros, sino piqueros,

armados únicamente con lanzas

y espadas, y llevaban chaquetas

acolchadas o mallas batidas. Un pequeño pedrero, amarrado sobre

el lomo de un caballo, era su única

artillería. Tras once días de viaje, la tropa pasó la última meseta y llegó a la vista de Acoma. Los indios, avi- sados por sus centinelas, estaban

preparados para recibir a los colo- nizadores españoles. El día 22 de enero Zaldívar dio

la señal para el ataque, y el cuerpo

principal de la fuerza española

empezó a disparar sus pocos arca- buces y a intentar un asalto deses- perado por el extremo norte de la gran roca Acoma. Los indios que allí habitaban despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los es- pañoles fueron heridos. Entre tanto, un grupo de hombres logró subir el cañón a la cumbre de un alto fa- rallón, separado del gran risco de Acoma por un angosto tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apuntando hacia la ciudad. El es- truendo de la primera bala de pie- dra, lanzada sobre Acoma con el pedrero, fue la señal para la tropa que estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera posición estratégica. Pequeños grupos de españoles

treparon por los grandes precipicios

y dio comienzo una lucha cuerpo a

cuerpo. Narran las crónicas que Zaldívar

y su puñado de hombres se abrie-

ron camino, paso a paso y casa por casa hasta que los indígenas se rin- dieron. Vicente de Zaldívar regresó victorioso a San Gabriel de los Es- pañoles días después.

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

EL APERREO

EL PERRO EN LA CONQUISTA

EN LAS BATALLAS LIBRADAS POR LA CONQUISTA DEL TERRITORIO AMERICANO LOS ESPAÑOLES TAMBIÉN UTILIZARON LA FUERZA DE LOS CANES. FIEROS GUERREROS NADA TENÍAN QUE VER CON LOS PERROS AUTÓCTONOS DEL NUEVO CONTINENTE, QUE SE DESCUBRÍAN COMO DÓCILES ANIMALES DE COMPAÑÍA, Y QUE INCLUSO EN MÁS DE UNA OCASIÓN ERAN UTILIZADOS COMO COMIDA.

POR ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO

D ESDE LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA EXISTEN TESTIMONIOS DEL EMPLEO DE PERROS CON FINES BÉLICOS. JENOFONTE O ARISTÓTELES NOS REFIEREN ESCENAS DE PERROS “MOLOSOS”, es decir, de razas grandes, capaces de matar a un ser humano con facilidad. Los romanos llevaban a estos perros molosos al frente de las legiones, y

su papel era adentrase y desbaratar el orden de las líneas ene- migas. No en vano, parece que el mastín español, esa raza que tan bien ha servido a los pastores en la defensa de sus rebaños, frente al ataque de los lobos, proviene de aquellos grandes pe- rros que los romanos introdujeron en la conquista de Hispania.

CLÍO

4747

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

También los españoles los llevaron

a las Indias. Fue el propio Cristóbal

Colón el primero en utilizar perros en las campañas de Jamaica y La Española, entre 1494 y 1495, y el uso de estos animales se prolongó en los años pos- teriores.

ARMAS DE GUERRA

“Muy gran guerra haze acá un perro, tanto que se tiene a presçio su com- pañía como diez hombres, y tenemos dellos gran necesidad”. Esta era la opinión de Cristóbal Colón al respecto de los perros, aquellos que con sus hombres y naves viajaron a América. En concreto, se refiere el almirante a ellos en su Relación del viaje a Cuba y Jamaica. No eran perros de compa- ñía con los que disfrutar de un paseo por las nuevas tierras. Eran auténticas armas de guerra, tan eficaces por su fuerza y fiereza como por la sorpresa que causaban en los nativos, acostum- brados a un tipo de canes autóctonos, dóciles como ovejas y sin el instinto de guarda y defensa de los perros in- troducidos por el hombre blanco. Mastines y alanos eran utilizados para el ataque, mientras que los gal- gos, los sabuesos y los podencos lo

eran para el rastreo. Los perros autóc- tonos, pequeños, regordetes y dóciles –gozques–, servían como alimento. Así lo cuenta el propio cronista Gon- zalo Fernández de Oviedo, que tuvo el gusto de probar uno de ellos, untado con ajos castellanos, y que al respecto dice: “El caso es que todos los españo- les que lo han probado, loan este man- jar e dicen que les paresce no menos bien que cabritos”. Estos canes autóctonos sorprendie- ron a los españoles por su docilidad

y silencio. El propio Cristóbal Colón

afirma que no ladraban y Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, dice de ellos: “Eran todos estos perros, aquí en esta e las otras islas, mudos, aun- que los apaleasen y los matasen, no

sabían ladrar; algunos gimen cuando les hacen mal”.

ALGUNOS PERROS ESPAÑOLES

Los perros españoles, por el contrario, eran espectaculares por su fortaleza;

actuaban como centinelas en los cam- pamentos y revelaban la posición de los indígenas cuando se pretendía hacer al- guna emboscada. Becerrillo, Leoncico

o Bruto son algunos de los canes cuyos

nombres han pasado a la historia. Becerrillo es descrito por Fernández de Oviedo: “De color bermejo, y el bozo, de los ojos adelante, negro; me- diano y no alindado; pero de grande entendimiento y denuedo”. Participó en la conquista de la isla de San Juan –Puerto Rico–, y ganaba para su amo un sueldo de parte y media, el mismo que cobraba un ballestero. No en vano, dice Oviedo que reconocía a un indio bravo

entre los mansos, apresaba indios huidos siguiendo su rastro a la orden de “¡Ido es

el indio!” o “¡Búscalo!”.

Era un dogo corpulento, cuyo mismo nombre parece indicar su tamaño. Perte-

neciente a Diego de Salazar, uno de los conquistadores de Puerto Rico, conocía

el arte de la guerra y se distinguió en la

batalla librada al cacique Mabodomaca. Becerrillo murió en acto de servicio en 1514, comportándose como un héroe, dando su vida por el capitán Sancho de Arango, según las crónicas. Las flechas envenenadas de los indígenas acabaron con él. Esas flechas con sus puntas im- pregnadas en curare, o ampi, woorari o urari, como también se conocía en el len- guaje indígena al veneno que se extraía de plantas silvestres, y que provocaba, en contacto con la sangre, una muerte horrible, pues los músculos quedaban desconectados del sistema nervioso, hasta producir la muerte tras una lenta y consciente asfixia. Como si de una saga de nobles y va-

lerosos soldados se tratara, la estirpe de Becerrillo continuó en su hijo Leoncico.

A las órdenes de Vasco Núñez de Balboa

ganaba para su amo sueldo en oro y es-

clavos: “Perro bermejo de hocico negro y mediano”. Nos cuenta Gonzalo Fernández de Oviedo que “era tan temido de los in- dios, que si diez cristianos iban con el perro, iban más seguros y hacían más que veinte sin él”. Al parecer, es- taba bien enseñado, gracias al trabajo de Balboa, que lo dominaba hasta el extremo de dirigirlo en el combate y hacer que frenara sus instintos cuando su amo lo decidía. Bruto se llamaba el lebrel de Hernando de Soto, que acompañó a su dueño por tierras de la Florida. Era considerado por Garcilaso de la Vega como “pieza rarí- sima y muy necesaria para la conquista”. Feroz guardián de su campamento, decía Garcilaso: “No entraba indio enemigo, que luego no lo degollase”. Murió acribi- llado a flechazos.

JUAN DE LA COSA, autor del

famoso mapa-mundi, compartió muerte con el dogo de Diego de Salazar. De la Cosa no estaba muy bien avenido con Cristobal Colón, desde el episodio del naufragio de la carabela Santa María, según nos contó fray Bartolomé de las Casas, cuya narración de los hechos es bastante discutible.

Los indígenas americanos sentían pavor ante estos animales, decían de ellos:

“Pues sus perros son enormes, de ore- jas ondulantes y aplastadas, de grandes

lenguas colgantes; tienen ojos que derra- man fuego, están echando chispas: sus ojos son amarillos, de color intensamente

Son muy fuertes y robustos, no

amarillo

están quietos, andan jadeando, andan con la lengua colgando”.

ABUSOS Y APERREAMIENTOS

Si seguimos a Bartolomé de las Casas, los canes españoles eran perros entrenados

LOS ESPAÑOLES UTILIZARON LOS PERROS EN LA CONQUISTA COMO UN ARMA MÁS.

para matar, que se empleaban en com- bate para perseguir y matar a los indíge- nas de cualquier condición y edad. Asimismo, nos dice que los españo- les les daban de comer niños indios recién nacidos, tal vez una exagera- ción o algo terriblemente anecdótico. También nos habla de la presencia de un capitán español encargado de con- quistar la provincia y reino de Guate- mala y de sus crueldades: “Inspiraba compasión ver atravesar con estacas aguzadas a las mujeres en cinta y a sus hijos. Los demás fueron muertos a

SEGÚN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, los canes españoles eran perros entrenados para matar, que se empleaban en combate para perseguir y matar a los indígenas de cualquier condición y edad.

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

lanzazos y a cuchilladas, entregándo-

los a los encarnizados perros, que los destrozaron”. Lo que sí es indiscutible es que su presencia propiciaba un auténtico te- rror psicológico. Juan Ponce de León

o Hernán Cortés los llevaban con-

sigo. Respecto a los perros de este último, Bernardino de Sahagún nos narra cómo entró Cortés en la capital azteca: “Y sus perros van por delante, los van precediendo, llevan sus nari-

ces en alto, van de carrera, les va ca- yendo la saliva”. Las Casas nos refiere en su Breví- sima relación de la destrucción de las Indias que era habitual la técnica de tortura y ejecución llamada “ape- rreamiento”. Consistía en mantener

a las jaurías más fieras sin alimento

durante algún tiempo, para lanzarlas contra los indígenas que se quería torturar o ejecutar. Amadís, Calisto y Turco se llama- ban los más famosos perros dedicados

a esta odiosa técnica del aperrea-

miento. Algo que no fue exclusivo de

los españoles en América, por cierto,

y

que se ha empleado a lo largo de

la

Historia y por los más caprichosos

motivos. Algunos de estos motivos que los conquistadores españoles es-

grimían para causar tan terrible dolor

y muerte a sus semejantes indígenas,

eran la homosexualidad y la práctica de sodomía, prácticas comunes entre estos pueblos, que el cerrado cato- licismo español, al menos en teoría, no podía entender y no fue capaz de tolerar. A nuestro famoso Leoncico, perro de Núñez de Balboa, se le daba bien despedazar sodomitas, por supuesto bajo las órdenes de Balboa, su dueño, que no dudó en juzgar y condenar a muerte a cuarenta indígenas a los que encontró a punto de tener relaciones homosexuales, según las crónicas. Para ejecutar su sentencia ordenó el aperreamiento. “Halló al hermano del cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de los vecinos, dispues- tos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros, que destrozaron a

LOS ESPAÑOLES EMPEZARON A ACABAR CON LOS PERROS A FINALES DEL SIGLO XVI, AL CONVERTIRSE EN UN "PROBLEMA" PARA ELLOS.

A FINALES DEL SIGLO XVI cesó el uso de perros. Para entonces muchos de los animales que habían sido llevados por los españoles a América se habían reproducido y asilvestrado.

unos cuarenta”. Así lo contaba el cro- nista Pedro Mártir de Anglería. Pero no era necesario tener justi- ficaciones para emplear el aperreo. Bastaba una mujer que se resistiera a una violación, un cacique respondón o unos hombres aburridos que mata- ban el rato viendo cómo sus perros despedazaban a unos cuantos indios. Al fin y al cabo, estos no estaban muy bien considerados, quizá porque no se los veía como semejantes. Aunque el colmo de lo despreciable y truculento tiene que ver con prácticas de aperrea- miento por el simple motivo de dar de comer a los canes.

EL MOMENTO DE EXTERMINAR PERROS

A finales del siglo XVI cesó el uso de perros. Para entonces muchos de los animales que habían sido llevados por los españoles a América se habían re- producido y asilvestrado. Ahora, el pro- blema para los conquistadores eran las jaurías silvestres que causaban daños en sus ricas haciendas. “Los perros han en tanto exceso multiplicado que andan manadas de ellos, y hechos bravos hacen tanto mal al ganado como si fueran lobos, que es un grave daño de aquellas islas”, dice José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias.

En su visita a Potosí, el virrey Fran- cisco de Toledo mandó hacer ma- tanza general “de los infinitos perros que allí había”. Ya durante el siglo

XVI se prohibió llevar sueltos a los

perros para evitar daños en el ga- nado, e incluso se limitó la tenencia

a un solo animal. El fiel amigo dejó

de serlo cuando se puso en contra de los intereses económicos de los españoles propietarios de haciendas

y ganados, y los cazadores comen-

zaron a cobrar buenas recompensas

por los perros muertos, la mayoría

mansos, adaptados a la convivencia

con los naturales. Ahora son los in-

dígenas los que lloran la muerte de los canes, aquellos seres que los ate-

rrorizaron, que libres y despojados de las órdenes de sus dueños, se habían convertido en lo que son, entrañables

y afectuosos animales, si no reciben adiestramiento para lo contrario.

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

VIKINGOS

¿EN AMÉRICA?

¿LLEGARON ANTES QUE CRISTÓBAL COLÓN?

LAS PRUEBAS QUE SEÑALAN UN POSIBLE ASENTAMIENTO VIKINGO EN TERRANOVA, APUNTAN A QUE EL PUEBLO NÓRDICO PODRÍA HABER SIDO EL VERDADERO DESCUBRIDOR DE AMÉRICA Y NO CRISTÓBAL COLÓN.

POR JORGE JIMÉNEZ

completamente justo y necesario en la sociedad francesa

e internacional de aquellos años del siglo XVIII y, posterior- mente, con el gobierno de Napoleón y su expansión por el continente europeo en el siglo XIX. Sin embargo, gracias

a toda la información que hemos ido teniendo de la Re-

volución Francesa, a medida que avanzaba la historia, nos sugiere interpretar este acontecimiento desde otro punto de vista. Como se dice coloquialmente, no fue un “campo de rosas”. De hecho, solo con motivo de la Revolución en Francia se estima que morirían cerca de 500.000 franceses. Si a ello le sumamos los muertos que produjeron las Gue-

tema, pero la aparición de un nuevo dato, un nuevo descu- brimiento, un nuevo testimonio, podría hacer tambalearse hasta los cimientos de un imperio.

- rras Napoleónicas, nos situaríamos en unos 5.000.000 de

dores sobre quién llegó primero a tierras del continente americano no es el único de los muchos episodios históri- cos que se ponen en duda y que levantan interesantes po- lémicas. Cuando nuevos datos son arrojados a la luz entra

en juego el revisionismo histórico, y mediante las críticas

Marat (1743-1793), quien desde sus publicaciones de opi-

nión política difundía los nombres de los contrarios a la revolución e invitaba a su ejecución. Y con respecto a lo que hemos mencionado al principio del reportaje sobre el derecho de los pueblos, visto desde una óptica meramente ideológica y desde nuestra perspec- tiva moderna, podríamos concluir que se trata de una idea más que justa, y que todos los pueblos y las naciones tienen su derecho a reivindicarse como tales. Pero si lo miramos desde el punto de vista de la estrategia napoleónica, lo ve- remos como una mera excusa. De hecho, según al- gunos historiadores, este principio de libertad de las naciones y de lo que podemos llamar, nacionalismo, Napoleón lo habría utilizado para debilitar a los Es-

tados que posteriormente habría de invadir. Una vez sembrado el desequilibrio en un Estado, incitando a las diferentes identidades nacionales que en él se dieran a proclamar su nacionalismo dentro de las fronteras del Estado de fuera, esta debilidad era aprovechada por Napoleón para invadir. Por supuesto, después de cada invasión, todo pueblo o nación que quedara bajo los dominios del

muertos. En el período de la revolución, además, se crea- ron muchos medios de opinión, véase periódicos o que se conoce como “hojas revolucionarias” que son meros es- critos, folletos en los que diferentes pensadores plasmaban sus opiniones. Pero aquí encontramos el caso de Jean-Paul

E N EL MUNDO DE LA HISTORIA HAY UNA SOLA COSA SEGURA, Y ES QUE NADA SE PUEDE DAR POR CERRADO DEFINITIVAMEN- TE. Bien es verdad que en ocasiones las certezas pueden ser rotundas gracias al amplio número de testimonios que po- demos encontrar sobre un determinado

realidad de un hecho histórico desde otra perspectiva a la que se tenía por acertada. No en vano, el revisionismo histórico no es otra cosa que una reinterpretación de la Historia que toma como base el descubrimiento de nue- vos factores en un determinado hecho histórico que pue- den ser clave, o para entender mejor dicho hecho o para darle la vuelta completamente y sacar en conclusión otras ideas sobre el mismo.

REVISIONISMO HISTÓRICO

Un ejemplo claro de lo que sería el revisionismo se podría ver fácilmente en el caso de la Revolución Francesa. Cier- to es que la Revolución fue uno de los momentos más claves en la historia de Europa, ya que fue detonada desde las esferas burguesas y supuso entre otras - más, con Napoleón se introdujo una idea que en nuestros días es de gran importancia en las diferentes naciones europeas y del mundo, la identidad de los pueblos y su derecho como tales a tomar sus propias decisio- nes. Y es que la Revolución Francesa vis- ta desde el plano ideológico y desde el propio levantamiento del pueblo contra la tiranía absolutista, po- dría parecernos algo ideal, algo

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

EN OCASIONES EL REVISIONISMO HISTÓRICO se puede "pervertir", y se convierte en negacionismo. Este es el caso de la teoría que apunta que Colón no descubrió América.

Imperio Francés quedaba sometido al mismo. Por lo tanto, gracias al revisionis- mo tenemos lo que el profesor Richard. J. Evans llamaría “las dos caras de Napoleón Bonaparte”. Por un lado, tenemos al Na- poleón revolucionario, reformista y por el otro al Napoleón tirano, dictador y militar agresivo.

NEGACIONISMO DE LA HSTORIA

Pero en ocasiones el revisionismo histó- rico se puede “pervertir”, y se convierte en negacionismo. Esto es, una especie de revisionismo, pero alterado con datos que lo convierten en una mentira. Cuando por intereses determinados una visión revisio- nista de la Historia da datos manipulados a conciencia para negar una determinada realidad o un hecho histórico, se con- vierte en negacionismo. Esto ocurre en el caso del Holocausto que llevaron a cabo los nazis con la comunidad judía de Ale- mania. En el caso del negacionismo del Holocausto existen varias corrientes, las que directamente niegan la masacre co- metida por la Alemania nacionalsocialista con la población judía, llegando al punto de negar la existencia de las tan conocidas cámaras de gas; y las teorías negacionistas que reconocen las ejecuciones en masa de judíos en los campos de concentración pero que no reconocen la culpabilidad de Hitler, alegando que el líder nazi no tendría conocimiento alguno sobre estos millones de muertes. Llegados a este punto, el revisionismo histórico ha podido ofrecer algunos datos que pondrían a juicio uno de los aconte- cimientos históricos más importantes en

MAPA DE LAS INVASIONES VIKINGAS.

la Historia de España: la llegada a América de Cristóbal Colón. Y es que en el caso del “Descubrimien- to de América” la polémica está servida. Desde el nombre hasta las consecuencias del hecho histórico todo es polémica en la actualidad. Partiendo de la base de que en la actuali- dad se relaciona muy a menudo la llegada de los españoles al continente america- no con masacre y genocidio. También se ha criticado en nuestros días el hecho de llamar “descubrimiento” a la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas. De forma que la manera correcta de llamar al “descubrimiento” sin ofender a las diferen- tes sensibilidades sería la de “llegada de los españoles”. Pero en los últimos años han empezado a aparecer evidencias más o menos claras de que Cristóbal Colón no habría sido el primer europeo en llegar a América, al pa- recer los vikingos se le habrían adelantado un par de cientos de años. Pero antes de meternos en materia, convendría dar un

repaso por la historia de los pueblos nór- dicos que hoy conocemos coloquialmente como vikingos. Como acabamos de mencionar, la pa- labra vikingo es con la que se hace prin- cipalmente referencia a los pueblos nórdi- cos originarios de Escandinavia. En Europa estos pueblos norteños son conocidos por su ferocidad y por los múltiples saqueos, pillajes y continuos asaltos contra las dife- rentes poblaciones europeas. Pero su mala fama nos llega de la mano de los escritos de los siglos VIII y IX en adelante, épo- cas en las que el saber estaba encerrado en los monasterios, y donde las crónicas de la actualidad eran elaboradas por los monjes. Dada su condición de religiosos, en sus escritos daban una imagen de los vikingos algo distorsionada. Esta distorsión entre otros motivos religiosos que podrían parecernos como obvios, viene dada por el hecho de que los vikingos asaltaban los monasterios europeos con bastante fre- cuencia, destruyendo el hogar de los mon- jes y sus copisterías. Esto ha dado lugar,

EL CASO MADOC

SI BIE EL CASO DE LOS VIKINGOS Y CRISTÓBAL COLÓN NO ES EL ÚNICO QUE HA LEVANTADO POLÉMICA EN EL TEMA DE LA LLEGADA A AMÉRICA. Tenemos el caso de un noble galés llamado Madoc, quien supuestamente habría viajado América, en barco, hacia el año 1170. El caso del príncipe galés siempre ha quedado en suspense, puesto que muchos son los historiadores que no ven credibilidad en el viaje de Madoc.

como no podría ser de otra forma, a que esos mismos religiosos que eran asaltados por los nórdicos, pintaran a estos como sal- vajes, crueles, herejes, dando una imagen negativa de ellos. Según algunos historiadores, el hecho de que los vikingos sean a menudo ima- ginados en su forma más brutal no corres- pondería del todo con la realidad. Y se dan datos como que Carlomagno habría sido en este sentido más cruel que ellos, cuan- do en el año 782 habría ordenado la deca- pitación de cerca de 4.500 sajones. La ma- sacre habría tenido su detonante cuando, tras haber sido convertidos al cristianismo, se habría encontrado a los sajones practi- cando sus propios rituales paganos. En el libro de Las drogas en la guerra se nos dan datos de por dónde puede venir el hecho de que los vikingos hayan sido retra- tados de una forma tan salvaje. Al parecer, estos pueblos nórdicos ten- drían como costumbre ingerir un tipo de hongo alucinógeno, la amanita muscaria. Este hongo alucinógeno aparecería tam- bién como droga utilizada por los cha- manes de las regiones rusas de Siberia. La amanita muscaria está presente en la leyenda koryak del “Gran Cuervo”, en la que se le da una connotación de “regalo de dios”, y se insta al pueblo koriako a des- cubrir lo que el hongo alucinógeno puede mostrarles. Los vikingos tendrían entre sus prácti- cas el ingerir el hongo alucinógeno antes de entrar en combate. De aquí viene que las crónicas de la época los tildasen de toros, de seres que ningún tipo de acero era capaz de detener. De hecho, también aparecen como guerreros con insensibi- lidad al dolor. El hecho de que fueran insensibles a ningún tipo de afección du- rante la lucha podría deberse también al consumo del hongo. Esto ha quedado demostrado, en el libro que citábamos unas líneas más atrás, escrito por el profesor Lukasz Kamienski, se nos relata cómo antes del combate los nórdicos ingerirían este alucinógeno, haciéndose prác- ticamente insensibles al dolor, y au- mentando su ferocidad hasta límites nunca vistos.

De esta manera era cómo los llamados berserkers, guerreros vikingos que solían luchar sin ningún tipo de protección, como comúnmente se dice, “a pecho

descubierto”, combatían tras haber ingeri- do el hongo en cuestión. Sus actuaciones en el campo de batalla asombraron hasta

al mismo Julio César (100 a.C.–44 a.C.),

quien mencionaría en uno de sus escritos

la ferocidad de los pueblos del norte de

Europa. El hecho de que combatieran los berserkers a pecho descubierto fue algo que causó gran impacto entre las legiones romanas, las cuales combatían la mayor parte de las veces con buenos pertrechos en su haber. Es de hecho este aspecto en concreto de los guerreros vikingos lo que origina la palabra germánica berserker. vendría a hacer referencia a una prenda parecida a una camisa. Hay otra teoría “oso”. En este último caso, “oso” querría referenciar a las pieles con las que se cu- brían para el combate, ya fueran pieles de oso o de lobo.

EL AVANCE ESCANDINAVO

Los vikingos se hicieron populares en Europa cuando comenzaron los asaltos

- glo XVIII. Además de arrasar los diferen- tes monasterios a los que llegaban, los monjes que allí vivían y trabajaban eran pasados por el acero nórdico o llevados

a Escandinavia para que trabajasen en

condiciones de esclavitud sirviendo a diferentes casas nórdicas. Los asaltos llevados a cabo por los vi- kingos fueron fruto de preocupación en los países y casas reales europeas que se vieron amenazadas ante el avance de los norteños escandinavos. Pero uno de los puntos fuertes de los nórdicos fue, sin duda, su capacidad para expandirse y conquistar nuevos territorios. Hay teorías que dicen que esta expansión nórdica, esa política de saqueos hacia

otros territorios de Europa se podría deber

a un aumento poblacional en Escandina-

via, y, en alguna medida, a la necesidad de más recursos para mantenerse. Esto unido

al hecho de que eran un pueblo coste-

Curiosidades HISTORIA IGNORADA

EN LOS ÚLTIMOS AÑOS se han encontrado nuevas pruebas que apuntan a que los vikingos podrían haber llegado al continente americano en el año 1000, es decir, casi 500 años antes de que lo hiciera Cristóbal Colón.

ro, con unas técnicas de navegación más desarrolladas, hizo fácil que se produjera la expansión por diferentes territorios de una manera rápida y fácil. Aunque, como siempre, este argumento histórico ha sido puesto en duda por muchos historiadores, tachándolo de ser una mera hipótesis. El hecho de que no existan a día de hoy además, que hayan aparecido extensas áreas aptas para la siembra en Escandi- navia y habitables que no hayan sido po- bladas en el pasado por nórdicos, viene a tirar a bajo esa teoría. La teoría que está encima de la mesa es que tras la caída del Imperio Romano las rutas comerciales que eran usadas durante esa época quedaron desprotegidas y sin uso alguno, porque se perdió la unidad de mercado en el con- tinente europeo. Aprovechando que las rutas comerciales ya no se usaban, los vi- kingos vieron la oportunidad de hacer ne- gocios. Y así es cómo lo recogen algunos historiadores que adjudican a los nórdicos tratos con los árabes de los que obtenían especias y con los francos, a los que com- prarían armamento para sus tropas. Asimismo, la construcción de sus barcos les daba una ventaja especial a los nórdicos. El poco calado de las em- barcaciones escandinavas las permitían poder navegar por ríos de poca profun- didad, sin tocar fondo, y adentrarse en nuevos territorios. Además del calado, las embarcaciones contaban con otra ventaja, su alta capacidad. Entre 60 y 100 nórdicos podían entrar en una em-

HALLAZGO DE UN ASENTAMIENTO VIKINGO EN TERRANOVA.

barcación, dando un poder de transporte bastante importante. Precisamente ese afán de los nórdicos por descubrir nuevos territorios y surcar los diferentes mares y ríos en busca de ganan- cias es el que les habría empujado a des- cubrir América. Desde hace unos años se han empezado a encontrar nuevos hechos que apuntan a que los vikingos podrían haber llegado al continente americano en el año 1000, es decir, casi 500 años antes de que lo hiciera Cristóbal Colón.

PRUEBAS IRREFUTABLES

Las teorías que apuntan a este hecho tie- nen como argumento principal el descu- brimiento de objetos que podrían haber sido pertenecientes a los pueblos nórdicos en la Isla de Terranova, donde al parecer pudieron establecerse los vikingos durante un período de tiempo. Estas teorías se han basado a lo largo de los siglos en la obra literaria titulada como “Saga de los groenlandeses”. En estos textos al parecer se cuenta cómo las poblaciones nórdicas habrían explorado el continente americano por su parte norte, que fue a la que habrían llegado por proximidad. Los acontecimientos que se cuentan en estas obras literarias habrían tenido lugar cerca del año 1000. Cierto es que, según los his-

toriadores, estos textos se habrían escrito alrededor del siglo XIII, es decir, bastante tiempo después de que los hechos que se cuentan tuvieran lugar, por lo que siempre cabe la duda. Sin embargo, algunas partes de estos escritos tienen credibilidad por parte de algunos historiadores, quienes las consideran como fuentes históricas. Pero haciendo un análisis lógico de las pruebas, todo apunta a que los vikingos habrían llegado a tierras norteamericanas sobre el siglo X. Las islas de Terracota y Groenlandia habrían sido los lugares que darían cabida a los primeros nórdicos que llegaran a América. No hay que olvidar que las pruebas de que los vikingos llegaron antes que Co- lón empezaron a ser más contundentes cuando se encontró el asentamiento de L’Anse aux Meadows, en la isla de Te- rranova. En este asentamiento se halló en el año 1960 varias construcciones que podrían haber sido viviendas, ade- más de una forja, un aserradero y lo que parecían haber sido varios almacenes. Los objetos que en este yacimiento se encontraron fueron los que dejaron la evidencia clara, los vikingos habrían es- tado allí, los utensilios encontrados eran claramente de manufactura nórdica. Posteriormente, a este descubrimiento,

FENICIOS Y

EGIPCIOS

TAMBIÉN SE HA LLEGADO A HIPOTETIZAR SOBRE LA LLEGADA DE LOS FENICIOS A AMÉRICA ANTES QUE COLÓN, cosa que ha quedado más o menos falsada y no demostrable. Hasta se llegó a insinuar que el primer viaje a América lo habrían hecho los egipcios, porque en la momia de Ramsés II se encontraron restos de tabaco. El tema de la momia quedó resuelto cuando se cayó en la cuenta que en los años en que se descubrió el cuerpo de Ramsés II, los expertos fumaban sin consideración alguna, alrededor de la momia, lo que hizo que restos de ese tabaco cayeran en a error a los historiadores. Pero como ya decimos, esa teoría quedó falsada también.

permitido ver excavaciones en el terre- no, estas podrían haber sido realizadas

por hombres. Al realizar las excavacio- nes, descubrieron lo que hoy constituye una evidencia más de la llegada de los vikingos a Norteamérica. Pero, además, este asentamiento de Point Rose vendría

a revelar algo que sería muy novedoso,

sería, hasta el momento, el punto más adentrado de Norteamérica al que los vikingos habrían llegado en toda su ex- pansión por el continente. Por último, tendríamos que mencio- nar el estudio genético que se publicó

en la revista “American Journal of Phy- sical Anthropology”, donde además han participado investigadores del Consejo

y de la Universidad de Islandia, entre

otros. Se han analizado genéticamente

 

a

unos 80 miembros en total. En estas po-

4 familias islandesas, lo que supone

vikingos y que estos habrían traído a tie-

la

Unesco declaró a este asentamiento

blaciones analizadas se encontró un ori-

como Patrimonio de la Humanidad. - bierto otra evidencia de la estancia de los vikingos en América. Un crisol para parecer por su forma, coincide comple- tamente con los crisoles que se han en- contrado en Noruega, con lo que todo indicaría a que los nórdicos habrían po- dido realizar sus labores de fundición en América más de 500 años antes de que Colón pisara por primera vez el suelo americano, pero bastante más al sur.

ASENTAMIENTO VIKINGO

gen amerindio en sus genes. Además, en algunos casos los informes sugerían que esta genética habría sido introducida en Islandia por mujeres. Supuestamente habrían sido mujeres capturadas por los

rras escandinavas. Por lo tanto, después de todas estas pruebas que existen y que han sido com- llegaron antes al continente americano que Colón. Sabiendo esto, adjudicarle el descubrimiento de América al que fuera virrey y gobernador general de las Indias

En el año 2016, en Point Rose (Terrano- va), se encontró lo que todo apunta a ser

un asentamiento vikingo. La arqueólo-

a

la hora de descubrir ciudades egip-

Occidentales sería algo más que erróneo. No podemos olvidar que el término des- cubrimiento no está del todo aceptado en

ga que llevó a cabo el descubrimiento

la

sociedad actual, tachando esta idea de

fue Sarah Parcak, quien ya tuvo éxito

imperialista en ocasiones. Pero una cosa queda clara, los vikingos

cias o tumbas desconocidas gracias a

llegaron antes que Colón a América, bien

la

tecnología satelital. Fue precisamen-

es verdad que lo hicieron solo a la parte

te

en el año 2015 cuando la tecnología

ártica de Canadá, y que su llegada no tuvo

satelital permitió a la arqueóloga, que

la

misma repercusión que la del genovés,

trabaja para la Universidad de Alaba- ma en Birmingham (UAB), descubrir el asentamiento vikingo. Habría sido me- diante la tecnología que le aportarían los rayos infrarrojos lo que le habría

pero gracias a una revisión de la Historia las cosas han cambiado. Y es que, como decíamos al principio del reportaje, en el mundo de lo histórico nunca podemos dar todo por hecho.

Descubridores

CON NOMBRE PROPIO

CRISTÓBAL

COLÓN

LA HISTORIA REAL DEL CONQUISTADOR

LA FIGURA DEL CRISTÓBAL COLÓN ESTÁ ENVUELTA EN MÚLTIPLES LUCES Y SOMBRAS. Y ES QUE DE ÉL SE HA LLEGADO A DECIR QUE NO FUE REALMENTE EL DESCUBRIDOR DE AMÉRICA, E INCLUSO QUE SU NOMBRE NO ERA REALMENTE EL QUE HA PASADO A LA HISTORIA. ASIMISMO, SU ORIGEN Y PROCEDENCIA SIGUE SIENDO UN MISTERIO A DÍA DE HOY.

POR JORGE JIMÉNEZ

C ON LOS GRANDES PERSONAJES DE LA HISTORIA SUELE

PASAR UNA COSA EN LA MAYORÍA DE LOS CASOS, QUE,

CON EL AVANCE DE LOS TIEMPOS Y SURGEN DUDAS Y TEO-

RÍAS QUE DESVIRTÚAN LA FIGURA QUE LOS AÑOS SE HA

IDO CREANDO DE ESE PERSONAJE EN CUESTIÓN. Quizá sea

a causa de los nuevos datos y los nuevos detalles que se descubren

al pasar de nuevo los hechos históricos por el foco del análisis de

los historiadores o, quizá, por intereses un tanto ocultos o por el

mero hecho de desprestigiar su imagen. Lo cierto es que uno de los casos históricos más sonados es el misterio que se produjo alrededor de la figura de Adolf Hitler. De este se ha llegado a insinuar que no era otra cosa que un judío con enormes comple- jos. Además, algunas hipótesis apuntan a que su padre, un ciudadano judío habría abandonado a su madre y al joven Hitler, de aquí podría venir, según nos dicen los que apoyan esta suposición, el hecho de que el Führer desarrollara ese odio visceral contra la comunidad hebrea, y que produjo una de las masacres más tristes e injustas

de la historia moderna. Tras la muerte de Adolf Hitler todo han sido conjeturas sobre su figura. Desde lo que acabamos de mencionar de considerarle descendiente de judíos hasta teorías algo más descabelladas como las que veremos a continuación.

Y es que de Hitler se ha llegado a insinuar hasta que, antes de casarse con Eva

Braun, habría mantenido relaciones con su sobrina y esta se habría visto tan presio-

nada con la situación, y el acoso constante del dictador alemán, que se suicidó en el apartamento de su tío y, además, con la pistola personal de este. Sea como fuere, en este punto, hay que aclarar que esta historia fue difundida por un periodista alemán mucho antes de la muerte de Adolf Hitler. Poste- riormente, en documentales americanos se ha vuelto a sacar a la luz esta historia, una vez acabada la guerra y muerto el dictador. Sobre este tema en concreto se ha escrito bastante y son bastante los rumores que cuentan cómo Hitler habría pasado alguna noche acompa- ñado de alguien con cierto parecido a su sobrina.

El caso de Mahatma Gandhi tiene algo en común con el de

Hitler. Dejos de cometer genocidio alguno, el líder indio es acusado en la actualidad de haberse acostado con su sobrina de tan solo 17 cuando este tenía 73. George Washington tampoco se libra de teorías especuladoras y de rumores. Algunos historiadores apuntan a que presidente estadounidense habría percibido sumas de dinero ilegales y desproporcio- nadas para la época en la que llevó a cabo sus labo- res políticas. Y es que antes de haberse convertido en presidente de EE.UU., Washington habría rechazado un sueldo anual y habría decidido que se le pagara según la suma que gastara. Así, en menos de un año, habría pasado una factura de unos 6.000 dólares en licor, 5.000 dólares por encima de la que iba a ser su asignación mensual. A estos gastos habría que aña- dir otros muchos que el que fuera Asesor Militar de Nueva York tuvo antes de convertirse en presidente y pasar definiti- vamente a tener una asignación anual establecida.

INCERTIDUMBRE HISTÓRICA

Como vemos, en cuanto a personajes históricos se refiere, los ru- mores desbordan la historia de los mismos. Las diferentes hipótesis sobre dichas figuras claves en la Historia de la Humanidad, di- ficultan que haya, en ocasiones una única biografía, una

Descubridores

CON NOMBRE PROPIO

CRISTÓBAL COLÓN EN EL CONVENTO DE LA RÁBIDA. ABAJO, MAPA VIKINGO.

DE CRISTÓBAL COLÓN se cuestiona hasta si fue el primer europeo que llegó a tierras americanas, cosa que,

a día de hoy, parece un

tanto incierta, puesto que hay pruebas

suficientes que apuntan

a que los vikingos

llegaron a Norte América antes que él.

única vía para explicar y para entender

a los personajes que han configurado la

Historia de nuestro mundo, y que han influenciado indudablemente la realidad

en la que vivimos.

A veces es el paso de los años y el hacer

una revisión de la Historia lo que nos per-

mite descubrir facetas nuevas de aconte- cimientos históricos o de los responsables de los mismos. Otras veces son los acon-

tecimientos paralelos, las luces y sombras

y que tienen lugar en un proceso de la

historia lo que condiciona que el mismo llegue a nuestros días con el sello de la in- certidumbre.

El asunto que nos concierne en este re-

portaje lleva marcado con la incertidumbre desde el primer momento. Pero, además, de este hecho, con el paso de los años y las múltiples revisiones de la Historia que han

ido haciendo diferentes historiadores, la fi- gura de Cristóbal Colón ha sido sometida

a diferentes polémicas. De él se cuestiona

hasta si fue el primer europeo que llegó a tierras americanas, cosa que a día de hoy parece un tanto incierta, puesto que hay pruebas suficientes que apuntan a que los vikingos llegaron a Norte América antes que él. Y, últimamente, también se está po-

niendo en duda el hecho de que su llegada

a América fue el detonante de un genoci-

dio, supuestamente cometido, durante la conquista contra los pueblos indios. Pero una de las incógnitas que ha exis- tido siempre y que han acompañado a la figura de Colón hasta nuestros días es, sin duda, el origen del navegante que, fi- nanciado por los Reyes Católicos, habría llegado a las llamadas “Indias”. Pero si su origen se discute por los historiadores, la manera en que descubrió la existencia de tierra más allá de Europa también está llena de sombras. Sea como fuere en este reportaje trata- remos de desentrañar los misterios que rodean a Colón, así como las teorías que apuntan al navegante y a una de las figuras claves en la Historia de España.

EL ORIGEN DEL NAVEGANTE

En cuanto al origen del navegante, está aceptado de manera oficial el hecho de que este era genovés. Debido a que, en archivos de la época, en concreto en unas cartas que datan del año 1498, se dice del almirante que su origen es genovés, y que su hijo, Hernando Colón, en su testa-

mento, se identifica como “hijo de Cristó- bal Colón, genovés, primer almirante que descubrió las Indias”, se puede deducir que su procedencia no deja mucho lugar

a dudas. Hay más fuentes de la época que

vienen a afirmar la idea del origen italiano de Cristóbal Colón. Sin embargo, como ya nos aventurábamos a decir al inicio del

reportaje hay diferentes teorías sobre la procedencia del almirante. Se ha llegado

a argumentar que era valenciano o cata-

lán, ya que en muchas cartas se habla de él como de un extranjero en la Corona de Castilla, lo que algunos historiadores han interpretado que no necesariamente ha- bría de ser genovés y que su procedencia podría estar en la Península Ibérica. Dada la fama de los navegantes vascos, y sus

grandes aportaciones a la historia de la navegación, con ilustres personajes como Blas de Lezo o Cosme Damián Churruca, se ha querido comparar la pericia en la na- vegación de Colón con los anteriormente mencionados guipuzcoanos. Las hipótesis continúan, algunas dan por válida la idea de que el almirante sería un portugués. Otras tesis señalan que su origen podría ser gallego o mallorquín. El filólogo Ramón Menéndez Pidal escribió un ensayo sobre la lengua que usaría Cristóbal Colón, llegando a la conclusión de que estaba lejos de ser

español, como se ha creído durante muchos años en España. Según Menéndez Pidal, Colón habría sido hijo de un comerciante genovés, la- nero, tabernero y quesero. Un origen un tanto humilde para el que llegó a ser almi-

rante español y que, como veremos más adelante, un ex analista de la CIA tacha de falsa esta hipótesis. Pero volviendo al filó- logo español, nos cuenta cómo Colón no habría tenido nunca un buen italiano, su lengua base sería el dialecto genovés. Gra- cias a su convivencia, durante los años que trabajó con su padre en el negocio familiar, con portugueses pudo aprender algo de esta lengua, aunque sin llegar a tener co- nocimientos de escritura de la misma, tan solo tendría conocimientos orales. Hasta la edad de 22 años Colón estuvo ejerciendo

el oficio familiar junto con su padre. Desde

1476 a 1485, el futuro almirante habría te- nido su residencia en Portugal, no se sabe

a ciencia cierta si habría sido en Lisboa o

en algún otro lugar de las tierras portugue-

sas. Durante esos años estuvo trabajando para unos navegantes, y como marino pudo surcar en muchas ocasiones las aguas del mar Mediterráneo y el Atlántico, que le llevó a Madeira y a Inglaterra. Sobre el 1480 tendría lugar su matrimonio con Felipa Moniz. De la esposa sabemos que era una dama aristócrata, con vínculos con la Casa de Braganza. Felipa era la hija de Bartolomeu Perestrelo, quien fuera primer capitán, señor y, además, gobernador de la isla de Porto Santo. Con lo que aquí vemos cómo la que fue mujer de Colón pertenecía a la aristocracia portuguesa. Durante esta época nos cuenta Menéndez Pidal que nuestro protagonista estuvo inmerso en el habla portuguesa. Es precisamente su estancia en Portugal de donde nacen las teorías que afirman que Cris- tóbal Colón tenía dicha nacionalidad. Siendo tan difícil de probar esto, como el hecho de probar que era español. Fue durante su estancia en el país luso cuando Colón descubrió la idea que le haría surcar el océano para encontrarse con las tierras americanas.

TEORÍAS O ¿RUMORES?

Aquí nacen las teorías que apuntan a que Colón pudo tener contacto con América antes de iniciar el viaje financiado por los Reyes Católicos. Esta hipótesis se ha rechazado por algunos historiadores por falta de pruebas que confirmen el hecho que se propone y por la dificultad del

LLEGADA DE COLÓN A AMÉRICA.

mismo. También se ha rumoreado que Colón pudo haber estado en contacto con marinos que sí habrían estado en las cos- tas americanas. De lo cual tampoco ha- bría pruebas concluyentes. De que otros europeos hayan estado antes en el conti- nente americano que Colón solo se sabe del caso de los vikingos. Aunque lo cierto es que hubo bastantes acontecimientos que hicieron a Colón sospechar que po-

dría haber tierra allá donde hasta la fecha

se pensaba que se acababa el mundo.

Uno de esos indicios los constituye un testimonio que se asocia al propio Colón. Este habría viajado a Islandia, donde ha- bría visto un indio americano ahogado en las costas islandesas. Lo cierto es que este testimonio no se puede comprobar y no se sabe a ciencia cierta si los pueblos nórdicos trajeron indios nativos por aquellas fechas. Tras haber navegado por el Mediterrá- neo y adquirido experiencia en el entorno marino, fue en Portugal donde, gracias

a las cartas de navegación de su suegro

Bartolomeu Perestrelo, pudo iniciar el contacto con marineros que habían ido un poco más allá de lo que se suponía que eran los límites del mundo conocido hasta ese momento. Esto hizo que Colón

intuyera que posiblemente habría tierra al cruzar el Atlántico. Otros indicios, como el hallazgo de un trozo de madera labrada por el hombre en Cabo de San Vicente, hi- cieron suponer a Colón lo que más tarde descubriría con su viaje: había otros hom- bres allí donde no alcanzaban los límites del mundo que se conocía. Si todos estos indicios fueron de gran importancia para que Colón emprendiera años más tarde su viaje, el más importante de todos fue, sin duda, el descubrimiento de una carta escrita en el año 1474 por Paolo dal Pozzo Toscanelli. Este era un matemático, licenciado en medicina por la Universidad de Padua. Sería una impor- tante figura para la historia italiana, ya que habría ayudado a Brunelleschi a realizar los cálculos estructurales de la basílica de Santa María del Fiori. El doctor florentino era, además aficionado a la Cosmografía. Sea como fuere, Dal Pozzo escribió una carta para un colega de profesión portu- gués, Fernando Martíns de Roriz. En dicha misiva se exponía por parte del florentino cómo se podría llegar a las Indias, cómo podría hacerse el trayecto a lo que enton- ces llamaban las islas de las Especias (que estarían en Indonesia).

Descubridores

CON NOMBRE PROPIO

LA CARTA DE DAL POZZO habría llegado a manos de Colón. En ella se detallaba la circunferencia de la Tierra: 29.000 kilómetros, lo que son unos 11.000 menos de lo que en realidad tiene. Evidentemente Dal Pozzo no sabía de la existencia de América.

CRISTÓBAL COLÓN ANTE LOS REYES CATÓLICOS. ABAJO, RETRATO DE PAOLO DAL POZZO.

Esta carta habría llegado a manos de Colón. En ella se detallaba la circunferen- cia de la Tierra: 29.000 kilómetros, lo que

son unos 11.000 menos de lo que en rea- lidad tiene. Por lo tanto, si navegaba hacia

el oeste, Colón encontraría el este de la

redonda Tierra. Evidentemente Dal Pozzo no sabía de la existencia de América, y, por lo tanto, pensaba que navegando hacia el oeste encontrarían Asia, no tenía conocimiento de que un continente entero se interpondría en su camino. El porqué de no hacer el camino a Asia

a pie es sencillo: en aquella época, du- rante el año de 1453, los turcos habían

tomado Constantinopla, con lo que hacer cualquier ruta a pie y pasar por las rutas comerciales que antes se conocían, en aquel momento, suponía un riesgo que no

se estaba dispuesto a correr. Colón habría emprendido su proyecto entre otras cosas por los indicios y los conocimientos que le llegaron y que aca- bamos de contar, pero es llegados a este

punto cuando una gran incógnita se nos presenta.

NUEVAS INCÓGNITAS

Un amigo de Colón podría haber llegado a costas americanas antes que este se plan- teara partir en busca de su descubrimiento. El hombre en cuestión era Alonso Sánchez de Huelva. La existencia de dicho marino no es un hecho contrastado al cien por cien, por lo que no se puede asegurar el hecho que a continuación veremos. Habría sido en una de sus travesías por el Atlántico, quizá buscando las costas de Inglaterra, una carabela española, pi- lotada por el anteriormente mencionado Sánchez de Huelva, habría tenido la mala suerte de encontrarse con vientos no favo- rables y que habrían hecho perderse a la tripulación en alta mar. Durante su deriva por el océano la carabela española ha- bría llegado a una tierra extraña. Y, según reza una crónica de la época escrita pre- cisamente por Gonzalo Fernández de Oviedo, quien sería primer cronista de las Indias, además de uno de los colonizado- res españoles, Sánchez de Huelva habría encontrado gentes desnudas en estas nue- vas tierras. Tras marchar de aquel lugar, el viaje de vuelta no habría sido muy distinto al de ida. La mala suerte se apoderó de la tripulación de nuevo e hizo que gran parte de esta muriera, llegando solo el español anteriormente mencionado y otros cuatro marinos vivos a tierras portuguesas. En Portugal, Sánchez de Huelva, enfermo de gravedad y moribundo se hospedó en casa de Colón, donde finalmente murió. Si siguiéramos el relato de Fernández de Oviedo, y creyéramos lo que muchos historiadores han considerado una mera leyenda sobre el descubrimiento de las Indias antes de que Colón llegara, du- rante su estancia en la casa de Colón, Sánchez de Huelva habría podido con- tarle a este su descubrimiento accidental. Por lo tanto, el hecho de que este piloto de carabela muriera en casa de Colón, tras haber, supuestamente, descubierto América podría haber sido uno de los detonantes más importantes para que el genovés se hubiera embarcado en el proyecto de las Indias. Pero repetimos, llegados a este punto, que ni la existencia del personaje de Sánchez de Huelva, ni la veracidad de la crónica de Fernández de Oviedo son comprobables, y, por el mo- mento, solo podríamos tomarlos como un mero rumor.

Sea como fuere, en un primer momento Colón recurrió al rey portugués Juan II de Portugal, en el año 1484, para expresarle

su proyecto. Ante el rey luso, Colón expuso sus teorías de la Mar Estrecha. Y, además, explicó al monarca y a su corte que la dis- tancia que se creía que había entre Europa

y Asia no era tan grande. Pese a tener unos

argumentos algo más que convincentes, y alguna que otra base científica, Juan II de Portugal decidió no apoyar a Colón.

Después de la negativa del rey portu- gués, el genovés decidió marchar a Es- paña, donde proponer su idea a los Reyes Católicos. En 1485 llegó Colón a territorio castellano, en concreto a Alcalá de Hena-

res. Allí se reunió con los reyes de Castilla

y Aragón, los cuales, tras escuchar su pro-

puesta, habrían pedido opinión a las uni- versidades de Córdoba y de Salamanca. Dichas instituciones habrían tachado el proyecto del genovés poco menos que de fantasioso e imposible. Por lo tanto, la en- trevista con los Reyes Católicos supondría

TRAVESÍAS DE

CRISTÓBAL COLÓN.

el segundo fracaso de la búsqueda de pa- tronazgo por parte de Colón. Finalmente, gracias a la rápida actuación de fray Juan Pérez, un fraile franciscano español quien movió los hilos para conse- guir una segunda entrevista a Colón con la reina Isabel I de Castilla, la empresa siguió adelante. En que esta reunión se llevara a cabo intercedieron personajes ilustres de la época como Luis de Santángel. Al parecer este se habría comprometido a financiar parte de la enorme suma de dinero que Colón habría pedido.

VIAJE A LA CONQUISTA

Así fue cómo gracias a estas intervencio- nes y a múltiples giros repentinos de última hora, el 17 de abril de 1492 se firmaban las Capitulaciones de Santa Fe, a las afue- ras de Granada. Mediante este acuerdo se concedían a Colón los títulos de almirante, virrey y gobernador general de las tierras que descubriera o ganase durante su vida. Posteriormente, Colón viajaría a América

y el 12 de octubre de ese mismo año des-

cubriría las nuevas tierras que hasta ahora

eran desconocidas para los europeos. Fue precisamente durante el tiempo que pasó en España, cuando Colón aprendió algo de español, según nos cuenta Menén- dez Pidal. Aunque el filólogo apunta a que estaba lejos de ser un español bueno y era un portugués españolizado. De hecho, el español sería la primera lengua moderna de Colón aprendiera a escribir. En tanto en cuanto al origen de Colón, Menéndez Pidal sentencia que era genovés, aunque, aún hoy día sigue existiendo el debate

sobre el origen del almirante. Las partes defensoras de las diferentes teorías se si- guen sin poner de acuerdo. Hay un hecho fundamental en la histo- ria de los orígenes de Colón, el celo con el que el descubridor de América se re- servaba su procedencia. No se sabe bien por qué lo hacía. Algunas teorías apuntan

a que trataba de esconder un origen hu-

milde, pero esto no habría de ser del todo cierto, puesto que llegó a casarse con una joven aristócrata portuguesa. Otras hipó- tesis apuntan a que Colón, en realidad, escondía algún antepasado judío y, por tanto, le convenía mantener este hecho en la penumbra. En la actualidad han surgido

más teorías sobre la figura de Colón. Están las que argumentan que su verdadero nombre no es Cristóbal sino Pedro y que podría ser un corsario portugués llamado Pedro Ataíde, en realidad. También en la actualidad hay controversias en torno a Colón, ya que con su llegada a América se habría desatado un supuesto genoci- dio contra la población india, además de haber acontecido un expolio de las tierras descubiertas. Como hemos podido ver a lo largo del reportaje, la figura del descubridor de América está llena de luces y de sombras, impidiéndonos ser precisos

a la hora de contar su historia y en los

hechos en los que se vio envuelto. Ade- más, con el paso de los años múltiples teorías han dañado en cierto modo la imagen de Colón, desde insinuar que fue el detonador de un genocidio, hasta argumentar su supuesta falsa identidad. Lo que está claro es que a todas las fi- guras históricas les acompañan incerti- dumbres y rumores, a veces ciertos, a veces inciertos, solo el futuro, el avance de las investigaciones y la revelación de nuevos datos podrán demostrarnos, si alguna vez, la Historia no pasó como la contaron los libros.

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ATAHUALPA Y PIZARRO

LA CONQUISTA DE AMÉRICA NO SIEMPRE HA SIDO UN CAMINO DE ROSAS, YA QUE POR EL CAMINO HA SEMBRADO LA MUERTE DE GRANDES NOMBRES DE AMBOS BANDOS, EL DE LOS INDÍGENAS Y EL DE LOS ESPAÑOLES. ESTA ES LA "EXTRAÑA" RELACIÓN QUE MANTUVIERON EL LÍDER INCA ATAHUALPA Y EL CONQUISTADOR DEL PERÚ, FRANCISCO PIZARRO.

POR ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO

"T ENED TODOS ÁNIMO Y VALOR PARA HACER LO QUE ESPERO DE VOSO- TROS Y LO QUE DEBEN HACER TODOS LOS BUE- NOS ESPAÑOLES, y no os alarméis por la multitud que dicen tiene el enemigo ni

por el número reducido en que estamos los cristianos. Que, aunque fuésemos menos y el ejército contrario fuese más numeroso, la ayuda de Dios es mayor toda- vía, y en la hora de la necesidad Él ayuda y favorece a los suyos, para desconcertar y humillar el orgullo de los infieles, y atraerles al conocimiento de nuestra Santa

Fe”. Esta fue la arenga que Francisco Pizarro hizo a sus hombres cuando se encaminaba a Cajamarca para co- nocer al gran jefe de los incas, Atahualpa.

PIZARRO LLEGA A CAJAMARCA

El 15 de noviembre de 1532 Pizarro entró en la ciu- dad con cien hombres y otros setenta y ocho que fue-

ron enviados por su hermano Hernando. Al llegar a la ciudad no encontraron a nadie. Una gran plaza cua- drada completamente desierta les hizo sospechar que

la invitación inca podía ser una trampa. Pizarro envió

a Hernando con treinta y cinco jinetes al campo de

Atahualpa para pedirle una entrevista. Encontraron al gran jefe inca rodeado de lujo y un número abruma- dor de guerreros. A su solicitud contestó Atahualpa que aquel día estaba guardando ayuno por ser día sagrado, pero que al día siguiente visitaría a los españoles en la ciudad. En la mañana del 16 de noviembre, los espa- ñoles vieron claramente que se habían caído en una trampa, al comprobar que los incas les habían cortado la retirada, porque durante la noche Atahualpa había situado una gran fuerza entre ellos y el paso por donde habían entrado. No se trataba de una recepción amistosa, como mu- chas veces se nos ha descrito. Atahualpa no era un pobre indígena confiado que se vio sorprendido por los españoles. Sabía perfectamente guerrear, como lo había hecho él mismo y sus antepasados y, por su- puesto, no confiaba en aquellos hombres que le im- presionaron con sus caballos, aquellos majestuosos animales que nunca habían visto. Tenía la situación bajo control, pero no imaginaba que la estrategia de Pizarro era hacerle rehén a él, al gran jefe, el único modo de controlar a sus guerreros. Tras mostrar a Atahualpa algunos objetos y antes de que este reaccionara, un cañonazo dio a los españoles la orden de aprehender a Atahualpa. Se ha hablado de dos mil indígenas muertos en la refriega, cosa que parece poco probable, ya que un único cañón y unos

Descubridores

CON NOMBRE PROPIO

cuantos mosquetes ponen en entredi- cho dicha cifra. Una vez apresado, Atahualpa hizo la conocida proposición: si le deja- ban en libertad, llenaría de oro la ha- bitación en que se hallaba prisionero, hasta la altura que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo lle- naría igualmente de plata. Los mensa- jeros de Atahualpa se diseminaron por el Perú para obtener el oro y la plata necesarios para el pago del rescate. Mientras, Huascar, que estaba

prisionero en manos de la gente de Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un mensaje a los españoles reclamando sus derechos como jefe de los incas. Pizarro dio órdenes de que fuese conducido a Cajamarca para que expusiese allí su pretensión. El único modo de averi- guar cuál de los dos jefes rivales tenía razón, era ponerlos frente a frente. Antes de que Huascar pudiese ser llevado a Cajamarca, fue asesinado por sus guardianes indios, según opi-

nión general, por orden del mismo Atahualpa. Cuando el precio del rescate estaba dispuesto, Pizarro decidió retener unos días más a Atahualpa, ya que si emprendía la marcha con el tesoro y con los pocos hombres que formaban su expedición, no tardaría en ser in- terceptado y aniquilado por los incas. Para ello, Pizarro necesitaba refuerzos, y nadie mejor que Diego de Almagro, quien había conseguido salir de Pa- namá con ciento cincuenta infantes y

JUNTO A ESTAS LÍNEAS, CAPTURA DE ATAHUALPA.

ATAHUALPA Y PIZARRO.

ES CIERTO QUE PIZARRO NO ERA UN HOMBRE CULTO, sin embargo su honestidad y el cumplimiento de su palabra nunca habían tenido ocasión de ser puestos en duda. Pizarro pensaba liberar a Atahualpa, pero las circunstancias dieron un giro totalmente inesperado.

cincuenta caballos, en tres buques que desembarcaron en la costa del Perú. Almagro llegó a Cajamarca en el mes de febrero de 1533, y fue cor- dialmente acogido por su antiguo compañero de armas. Entre ambos formalizaron el reparto del rescate, dispuestos a partir con él con la segu- ridad de un ejército mayor.

LA SITUACIÓN DE ATAHUALPA

Mientras tanto, la relación entre Ata- hualpa y Pizarro había sido cordial.

El jefe inca vivía en una especie de arresto domiciliario y departía fre- cuentemente con Pizarro. Aprendió algunas palabras en castellano y al- gunos juegos españoles. Es cierto que Francisco Pizarro era un hombre sin cultura –el porquerizo de Trujillo–, pero su honestidad y el cumplimiento de su palabra nunca habían tenido ocasión de ser puestos en duda. Pi- zarro pensaba liberar a Atahualpa, pero las circunstancias dieron un giro inesperado.

Comenzaron a llegar noticias que hablaban de que que doscientos mil guerreros de Quito y treinta mil ca- ribes se habían puesto en camino para caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Al mismo tiempo se filtró la información que acusaba a Atahualpa de haber ordenado ase- sinar a Huasca. Almagro y los solda- dos españoles vieron la ocasión de eliminar a Atahualpa, pero Pizarro se negó. En contra de la voluntad de sus hombres, a favor de eliminar