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Hacer un reconocimiento del otro como diferente, mas que un ideal social de

convivencia, hace que sea necesario zambullirnos en la realidad social de


América Latina para poder ver mas allá de la mera punta del iceberg, siendo ésta
las distintas formas en que se encuentra fragmentada la sociedad, y así ser
capaces de vislumbrar el todo que aquí se encierra.

Asi pues, atendiendo a lo identificado en las lecturas y videos propuestos, podria


afirmarse que el acto de reconocer al otro como diferente siempre se ha visto
configurado casi que inevitablemente por el fenómeno socio-histórico-cultural de
la exclusión, entendida ésta como la naturalización social de las desigualdades
presentes al interior de un colectivo de personas, haciendo que estas solo se
preocupen por sus propios intereses sin importar la realidad de los demás.

Poniéndolo en otros términos, todas y cada una de las sociedades de América


Latina tienen sus cimientos en el legado social producto de la ancestral
mediación negativa de la exclusión en las dinámicas históricas y culturales que
dieron origen a dichas sociedades.

En tal sentido, podría traerse a colación como ejemplo de lo afirmado en el


anterior párrafo, el reconocimiento inicial que hicieron del “otro” los
conquistadores europeos cuando llegaron por primera vez a América. Al ver a
aquellas personas, las etiquetas por parte de los recien llegados tales como
salvajes, silvestres, indios, no se hicieron esperar. Dichas etiquetas como ya se
puede entrever, son el resultado de un reconocimiento del otro como diferente,
pero dicha diferencia ya se encontraba tipificada por el poder y la superioridad
tecnológica, militar y hasta religiosa, de los visitantes en cuestión.

De la misma forma podría retomarse el anterior encuentro de culturas pero desde


la perspectiva opuesta, tratando de imaginar cómo fue el reconocimiento del otro
hecho por los nativos. No es dificil adivinar cuales fueron sus percepciones sobre
los recien llegados y el carácter divino y sobrenatural otorgado de su parte a
éstos.

El punto que pretendo ilustrar con todo lo anterior, es que al momento de hacer
un reconocimiento del otro como persona diferente, inexpugnablemente la
tendencia siempre ha sido hacerlo partiendo desde la propia superioridad o
debilidad subjetiva, determinadas ambas por los constructos morales y culturales
en los que dichos sujetos que se intentan reconocer, fueron formados.

Esta forma de reconocimiento del otro como diferente, pero viciada por la
necesidad de ser más que el otro, o el complejo de ser menos que el otro, es la
que ha hecho que en muchas de las sociedades actuales latinoamericanas, las
dinámicas de poder sean de carácter cíclico, concentrándose éste en su
ejercimiento por parte de un grupo selecto de personas, de carácter elitista y
genealógicamente destinadas a gobernar. Del mismo modo que ha provocado
la particular segmentación del resto de los habitantes hoy llamados ciudadanos,
educados para ser gobernados (…)

Al llegar aquí, se hace necesario establecer entonces que no puede ni podrá


haber un verdadero reconocimiento del otro como diferente si en el proceso
interviene o actúa como mediadora cualquier forma de exclusión. Y esto
encuentra soporte en los planteamientos del autor Pablo Gentili quien de hecho,
plantea que dicha exclusión a su vez tiene su origen cuando se constituye como
efecto de la dualidad social concentración de riquezas – acumulación de
miserias.

Dicho autor da a conocer en su texto, elucubraciones cotidianas muy


interesantes que dan cuenta de hasta qué punto las sociedades actuales han
llegado a naturalizar la exclusión de muchos de sus miembros, promulgando
pseudo-reconocimientos del otro que no son mas que una aparente convivencia
pacífica regida por la indiferencia y la segregación inclusiva. La experiencia que
comparte este autor cuando habla del momento en que saca su bebé a pasear
y le quita uno de sus zapaticos y el repentino interés de todas las personas que
notaban que dicho zapatico ya no estaba, y la consiguiente comparación que
hace de este hecho con la realidad de muchos otros niños en situación de miseria
que andan descalzos, situación que a estas mismas personas parece no
importarles; es una prueba curiosa de aquel falso reconocimiento ya
mencionado.

Ahora bien ¿Cuál es la importancia de reconocer verdaderamente al otro como


diferente en una “zoociedad” que mas podría parecer una jungla donde los
depredadores son quienes concentran riqueza y las victimas son quienes
acumulan miseria? ¿Cómo soslayar esta realidad social antagónica para lograr
un verdadero reconocimiento del otro como diferente?

La respuesta a estos interrogantes parece no tener otro horizonte lógico mas que
el de la escuela y lo que allí suceda en pro de la formación crítica de los
individuos. Y esto va tomando sentido en tanto se va comprendiendo que la
educación en las instituciones escolares, como la vida en cualquier otro ámbito,
en tanto que espacio de concurrencia de individualidades y de grupos diversos,
se encuentra de manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos
sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo. Cuantas más gentes entren en
el sistema educativo y cuanto más tiempo permanezcan en él, tantas más
variaciones se acumulan en su seno.

En concordancia con lo anterior, pareciera que la escuela es la respuesta, ya


que actúa como un ente progenitor de transformaciones sociales, pero deja de
ser la respuesta gradualmente en tanto se toma en cuenta lo afirmado al respecto
por el autor Pablo Gentili, quien sostiene que la norma de los gobiernos de turno
ha sido casi siempre la de ofrecer educación pobre a los pobres, permitiendo
apenas a las élites la posibilidad de acceso a una educación de excelencia.

Concluyo pues aduciendo que aunque educar para la alteridad y la diversidad


sea la consigna, y la misma escuela se encuentre fragmentada como producto
de la segregación inclusiva, pienso que si en realidad una escuela quiere hacer
la diferencia debe fomentar el reconocimiento antes que del otro, de la propia
identidad. Solo de este modo, ya cuando se haga el reconocimiento del otro,
éste proceso será mas enriquecedor ya que no será un reconocimiento para
discirminar sino para crecer.