JOVEN Y BELLO

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JOVEN Y BELLO

01 (PRIMERA PARTE) El lunes me despierto al mediodía. El sol parece más grande que nunca. Estoy transpirado y desnudo, destapado. Busco una botella de agua a los pies de la cama y tomo un sorbo. Cierro las cortinas. Cuando trato de elongar un poco las piernas me provoco un violento ataque de tos. En la cocina la puerta de la heladera está entreabierta y un hilo de agua cruza el piso de cerámica. La cierro al pasar, encuentro el encendedor y prendo un cigarrillo. Me froto las plantas de los pies contra las pantorrillas antes de irme, para no seguir mojando. Estoy usando velas sobre el bidet desde que se quemó la última lamparita. Prendo una con el encendedor. Busco el tapón y abro las dos canillas, al máximo. Me siento en el inodoro y doy una pitada profunda. Me recuesto sobre la pared y cierro los ojos. Con un poco de shampoo bajo el chorro trato de generar algo de espuma. Prendo el último cigarrillo con la colilla encendida. Me detengo frente al espejo y saco la lengua, me reviento dos granos y

trato de abrir los ojos más grandes. Me pesan los párpados. Cuánto más larga la noche, más pesan los párpados. Hago un nudo con mi pelo y entro a la bañera. 02 Marcelita me espera en La Giralda. No la encuentro cerca de la ventana. Es lo que puedo esperar de ella, escondida en el rincón más oscuro. Me saluda con un beso en la boca, espera que me sorprenda pero lo tomo con naturalidad. Me acomodo en la silla y dejo la bufanda sobre el respaldo. Tomamos chocolate con churros en silencio hasta que ella hace un comentario. Coincido en que el frío es inesperado, y le pido al mozo el diario. El Mundial, la inflación, el reordenamiento sindical, Chernobyl: nada me llama la atención y lo dejo a un lado sin abrir. Ella me toma la mano y la acaricia. Dice que me ama. Le toco la pierna por debajo de la mesa y la pellizco. El mozo se acerca ofreciendo retirar las tazas y ella paga. Le deja una abundante propina.

03 Camino por atrás del Congreso mirando las baldosas. El Desierto. Me imagino caminando por Buenos Aires, ser su único habitante. Subiría hasta el río y le caminaría todo el contorno para después entrar a contramano; escalaría Corrientes por la mitad del asfalto. Hasta Chacarita, y después no sé. Corro las últimas tres cuadras. Doblo por Moreno y cruzo sin mirar el semáforo. Espero el ascensor que está en el último piso y, cuando por fin llego, cierro la puerta con llave. Prendo una vela consumida por la mitad y me siento en el inodoro. Me masturbo casi sin pensarlo, con los pantalones a la altura de las rodillas. Pongo el tapón y abro la canilla de agua caliente. Busco el cuaderno rojo y escribo dos páginas sin parar. Una especie de ciencia ficción sobre el último habitante de una ciudad, perdido, fuera de control. Dibuja sobre sus mapas la silueta de una mujer y decide acampar en la zona de su pubis hasta

que alguien lo rescate. La llama Alejandra y decide que dará la vida por defenderla. Guardo el cuaderno rojo debajo de la almohada. Me desnudo y alcanzo una toalla celeste del piso para envolverme y regresar al baño. Tomo un marcador del estante y anoto en el espejo: Llamar a Silvio. 04 Una semana después volvemos a vernos para ir al cine. Nos encontramos en Lavalle y Florida, tarde. Es la primera vez que veo a Marcelita con calzas. Me sorprende no haber imaginado sus piernas. Le sonrío y avanzo entre algunas camperas de cuero. Dice que quiere ver Hannah y sus hermanas. Prefiero La Mosca, pero guardo silencio. Insiste en pagar su entrada mientras yo pretendo ofenderme. El cine está lleno y me toma de la mano para ir a hacer la cola correspondiente. Durante la película intento tocarla, pero reacciona mal y no volvemos a hablar hasta que volvemos a estar parados en la calle.

Anota su dirección en el programa de la película y dice que quiere verme el domingo a la tarde. Dice que los domingos son muy tristes, que debería saberlo. Susurra algo más sobre la gente que viene a estudiar y vive sola, pero no termino de entender y asiento con los ojos cerrados. 05 El departamento de Marcelita es todo lo que esperaba. Tiene una habitación muy grande, alfombra y televisor (con cable y casetera), un living con sillones blancos y bañera con hidromasaje. Me pide falte el respeto en todos los rincones y cumplo. Manchamos el sillón pero parece no importarle. Cuando dice que necesita descansar le propongo un baño de inmersión, quiero probarlo. Entra al baño y cierra la puerta casi sin hacer ruido. Escucho el agua brotar con violencia y nada más. Por la ventana se puede ver el botánico. Siempre me pareció decadente, pero desde acá se ve un jardín de todos colores, geométrico, delicado. Todo lo contrario ocurre con el zoológico. Es una suma de

construcciones grises, como una cárcel para gladiadores, un circo de deformes que reciben la basura de los niños. Siento sus manos en mi pecho, los brazos cubiertos por las mangas de una bata de toalla. Debe pensar que me dejó agotado, pero apenas baja a la entrepierna comprueba que estoy tan predispuesto como en un principio. Me da un beso en la mejilla y dice que la acompañe. En el baño tengo la oportunidad, por primera vez, de observar su cuerpo pacífico. En detalle. Es muy blanca, suave. Con el pelo teñido de negro parece aún más pálida, casi sin vida. Tapada de espuma me pide que me masturbe. Dice no soportar verme tan predispuesto. Cuando termino la faena me siento en el agua y cierro los ojos. 06 La casa de mis padres está vacía los domingos al mediodía. Van a almorzar religiosamente a la parrilla más cara del barrio, reservan una buena mesa y no faltan nunca. El jueves llamé a mi hermana para pedirle que no vaya, que me espere, que iba a pasar a

verla. Cuando abro la puerta con mi juego de llaves dice que llego media hora tarde y me tira un almohadón por la cabeza. Podría estar comiendo riñoncitos a la criolla mientras te espero como una boluda. Después de unos minutos se calma y empezamos a charlar. Me cuenta que el colegio le está resultando demasiado fácil, que quiere estudiar ingeniería química y que se compró un disco de los Beatles. Hago sándwiches para los dos. Jamón, queso, cebollas caramelizadas en una sartén y aceitunas verdes. Comemos mirando la televisión. Valeria dice que preparó algunas cosas para mí, algo de comida, una frazada que no usa y una mochila. Le doy un beso en la frente cuando suena el timbre. No te preocupes, dice, papá y mamá no vienen hasta tarde. Cambio de canal mientras ella no está, quiero ver alguna noticia del Mundial. Me hace dejar el plato e incorporarme, nos presenta muy formal. Sun es la persona más rara que vi en mi vida. Me sorprende que en mi colegio haya estudiantes chinos.

Sun es de Corea, aclara Valeria. De Corea del Sur. Nos podrías recomendar algún lugar divertido para ir a bailar, dice y se ríen. Ofrezco hacer más sándwiches pero Sun dice que ya almorzó. Se sientan juntas a mirar la televisión. Se pasan un anotador pequeño de tapas rosas y se sonríen mirándome de vez en cuando. Por la ventana de la cocina se puede ver el patio, todavía con la pileta de lona armada. Un conejo marrón está sentado, quieto. Golpeo el vidrio varias veces hasta que se mueve. Pienso en preguntar por el perro pero cambio de plan y empiezo a lavar los platos. Cuando me aburro dejo la sartén llena de agua en el fondo de la pileta. Subo las escaleras con la excusa de usar el baño más cómodo y empiezo a caminar por el cuarto de mis padres. La falta de interés me da náuseas y salgo por donde entré. La pieza de Valeria, en cambio, parece haber sufrido una reconstrucción dramática. Hizo pintar las paredes de blanco para tapar ese rosa pálido tan característico y cambió todos los muebles de lugar. Todo tiene un sentido práctico, incluso subió una de las sillas que antes

estaban en la cocina. Me gusta pensar que la trajo para estar más cómoda, quizás dedica horas a escribir en cuadernos de tapas duras, sentada en esa silla. Sobre la cama encuentro la mochila, adentro hay una frazada fina envolviendo cajas de fideos, una bolsa de arroz y algunas latas. Me la pongo sobre los hombros y paso por el baño para tirar la cadena, con la puerta abierta como para que se escuche desde abajo. Bajo las escaleras y salgo por la puerta del patio, tratando de no hacer ruido. Me asomo otra vez por la ventana para ver a Valeria y Sun con el disco de los Beatles en las manos. 07 El sábado nos reunimos con Fede para avanzar con el proyecto. A cenar, en principio. Llevamos seis noches completas tratando de escribir algo juntos. Ninguno de los dos había tenido suerte en intentos anteriores por dominar los formatos largos. La solución apareció de un día para el otro pero sentímos que siempre había estado ahí, que vivíamos para ejecutar esta idea. Pero nuestra novela a cuatro

manos, por cierto, tiene de todo menos la idea. Escribimos varias hojas de papel que pegamos sobre la pared. Los ambientes que no nos queremos perder, el tipo de personajes, pequeñas estructuras que intentaremos implementar. Tenemos escrita una lista con veinticinco nombres para usar en personajes. Pero no logramos determinar de qué se trata, en un mes y medio. Fede dice que la muerte de Borges, de alguna manera que no puede explicar, es una señal, que tenemos que hacerlo. Más que nunca, casi grita. El agua hierve en la olla de aluminio gris, tiro los fideos y me lavo las manos. En un cuenco revuelvo la mezcla mientras Fede pone un cassette de Black Sabbath. Dos huevos, queso rallado, sal, pimienta, ajo y perejil. Vuelvo al living y le pido que me convide de su porro. Se pone serio y me dice que si no probé hasta ahora debería seguir así. Se lo saco de la mano y me lleno el pecho de humo. Se ríe y se saca el gorro de lana. Me vuelvo a lavar las manos antes de colar los fideos. Pongo la mezcla en una sartén grande, con bastante manteca derretida, y le tiro los fideos encima. Sirvo dos platos abundantes y

les pongo una cuchara adentro. En el living ayudo a Fede con el porro antes de empezar a comer; no quiero que lo apague. 08 Vamos a bailar a las dos de la mañana. Otra vez al centro. Él dice que conoce a una chica que va a estar ahí, que le prometió una pastilla. Dice que la chica está enamorada de él y que se llama Juana. Fucking enamorada, dice. Caminamos casi diez cuadras por las veredas sucias y vacías hasta la parada del veinticuatro. Lo esperamos media hora y cuando llega nos sentamos en la última fila de asientos. Me quedo dormido en el acto y sueño con Marcelita. Ella corre desnuda por un bosque de luces celestes y yo la persigo. Cuando me despierto trato de recordar si se escuchaba algo de música. Nunca puedo recordar la música en mis sueños, pero debe haberla. Entramos rápido y sin pagar, Fede encontró a Juana en la entrada y ella conoce a los dueños. Vamos rápido a la barra y pedimos dos cervezas y un

gin-tónic. Cuando tengo el vaso en la mano veo cómo un negro enorme abraza a Juana por detrás, está muy contento de encontrarla. Nos presenta a una chica pelirroja que lo toma de la mano. Dice que se llama Barbi. Nos da la mano y desaparece por donde vino. Las siluetas encorvadas se estampan sobre las paredes aterciopeladas. Después de un rato bailo cómodo con Barbi. Charlamos y me convida varios cigarrillos, nos movemos muy juntos hasta que el calor se me hace insoportable. Fede y Juana no parecen notarlo, a varios metros puedo ver como se frotan entre gotas de sudor. Busco un rincón con sillones oscuros y me desplomo. La cerveza se me acaba rápido y tiro el vaso lo más lejos que puedo. Saco de un bolsillo el último cigarrillo que pude conseguir y lo enciendo. Trago el aire lo más profundo que puedo y trato de retenerlo. Tengo la nariz tapada. Alguien se sienta al lado mío decir nada. Me doy vuelta y entrecierro los ojos, está muy oscuro y la música me aturde. Sun acerca sus labios a mi oído y dice que quiere dormir en mi cama. Sin que llegue a responder se sienta sobre mis piernas.

09 Silvio contesta a mi mensaje casi diez días después. Dice que tiene noticias para mi y que tenemos que vernos pronto, pero que por el momento no tiene nada de tiempo libre. 10 Se me ocurrió una idea. No se la quiero contar a Fede porque no le va a gustar. La tengo que escribir: es una novela corta sobre un inmigrante rumano sin nariz. La perdió por una infección y salvó su vida de milagro. Esto sucedió en el barco que lo traía a Buenos Aires; lo curaron con sanguijuelas. Estudia filosofía en la UBA y se enamora de una chica llamada Juana, hija de un militar. Dos días más tarde estoy escribiendo una serie de esquemas en el cuaderno rojo.

11 (SEGUNDA PARTE) Tres semanas después Marcelita vuelve a llamarme. Dice que tenemos que encontrarnos en mi casa. Cuando se da cuenta que no voy a ceder propone que nos veamos en mi barrio, por lo menos. Le doy la dirección del bar de la esquina. En una hora, dice ella. Cuando cuelgo siento ganas de vomitar y corro al baño, pero no sucede. Prendo una de las velas del bidet y me quedo mirando. El espejo tiene escrito Sun ♥ con lápiz labial violeta. Prendo un sahumerio y lo clavo en la cera caliente. Me ducho con agua fría y busco una bata de toalla que era de mi mamá entre la ropa sucia. En la cocina busco una lata de chocolate instantáneo y otra de leche en polvo. Preparo una taza con agua caliente y revuelvo bien para que se forme algo parecido a espuma. Cuando entro a la habitación Sun pide que baje la persiana. Le explico que está rota desde que llegué y no pude arreglarla. En media hora voy empezar a trabajar, le explico. Hace muchas preguntas pero sólo le digo que pienso escribir una obra de teatro. Ella toma el

chocolate en silencio y después dice que le gustaría ser actriz. Resopla cuando le digo que se apagó el termotanque. Se viste rápido y me da un beso en la mejilla. Con la puerta abierta me señala como para que me acerque en silencio. Me asomo al pasillo y ella me desata la bata. Me toca hasta que llega el ascensor. Va a volver cuando se arregle el agua caliente, dice. No antes. 12 Llora, pero dice que no es mi culpa. Siempre elige mal y no quiere sumar más gente a sus problemas, pero pensó que me amaba. La abrazo y empieza a calmarse, de a poco. Le pregunto si estuvo con alguien y dice que va a tomarse un tiempo. Quiere estar sola, pensar muchas cosas, tiene que cuidarse más y es algo que tiene que lograr sola. Me cuenta que planea ir a Roma en el verano, que le gustaría hacer unos viajes en tren y ver mucha nieve. Llama al mozo para pedirle la cuenta. Dos cortados, le aclara. Pago todo y dejo algo de propina.

En la vereda nos volvemos a abrazar y le digo que se cuide, que me llame cuando quiera. Camina media cuadra hasta Córdoba y se toma un taxi. Me quedo mirando, pero no se da vuelta ni una vez. Vuelvo a entrar al bar, me siento en otra mesa y le pido al mozo una cerveza de tres cuartos. Salgo del baño y le pido una birome al hombre canoso de la caja. Me alcanza una bic verde y una factura anulada. Tomo el diario de la mañana y me siento a analizar la tapa. Anoto: Faltan doce días para el Mundial, Fracasa el reordenamiento sindical, El primer año del Austral llega sin resultados. Pienso que si nada me interesa debe ser un problema mío. Debería hacer un esfuerzo mayor. Memorizo los titulares y cuando los puedo repetir en mi cabeza, con los ojos cerrados, me fijo si La Mosca sigue en cartel. Levanto la vista buscando algún fumador para pedirle un cigarrillo. Esfuerzo la vista y descubro que en la otra punta del bar está Pedro. No lo veo desde que terminamos el colegio hace casi un año. Me hace un gesto y acudo a su lado acompañado de mi último

medio vaso de cerveza. Dice que nunca me había visto en el barrio, que vive a tres cuadras y que pasa muchas tardes en esa mesa. Tiene desplegada una gran hoja de papel blanco con anotaciones en varios colores y flechas en todas direcciones. Le pregunto por su familia pero prefiere no contarme. Me alegra pensar que podemos tener algo en común además del Nacional. Trata de explicarme lo que está desarrollando: es una evaluación de los posibles resultados que pueden darse en todo el Mundial. Piensa apostar mucha plata en un juego informal que involucra a casi ciento cincuenta personas. Le pregunto por el campeón, pero dice que todavía no se decide. Está atrapado en una disyuntiva. Según él Argentina llega a cuartos con los ingleses. Quiero que ganemos, obvio, pero no creo, dice. Por ahora estoy trabado ahí. Cuando le pregunto cuánto tiempo le queda para terminar las predicciones se pone nervioso, dice que todavía tiene muchas dudas. Cuando le propongo tomar otra cerveza dice que no puede, quiere concentrarse. Antes de dejarlo con sus recortes y papeles le doy un abrazo y le

deseo suerte. Digo que espero volver a verlo y vuelvo al departamento. 13 Dos días después reconozco a Silvio que me espera en la puerta del edificio. Tiene una campera de cuero negro y el pelo más largo de lo que recordaba. Casi sin saludarnos caminamos hasta el bar de la esquina. Pide un cortado doble y lo imito. Hablamos vagamente sobre el frío, le pregunto por Andrea, dice que están bien. Me pregunta por mi familia. Dice que estuvo leyendo mis artículos, que le gustaron. No me mira a los ojos y me doy cuenta que no va a decir nada. Ensaya un comentario sobre el talento. Tiene los hombros inclinados hacia delante. Agrega dos sobres de azúcar a su café, yo lo tomo amargo. Para resumir, dice, en el diario no hay ninguna sección que se esté expandiendo. Va a guardar mi currículum con los artículos mecanografiados y. Tose

y termina la taza de un sorbo. Y veremos, aclara. Todo puede pasar. Antes de irme busco la cabeza colorada de Pedro, sin suerte. 14 Dos días después me despierta el sol muy temprano y paso toda la mañana escribiendo un ensayo. Estoy preocupado por una nueva obsesión que hace aun más largos mis silencios. Me cuesta dejar ir las palabras. SPUTNIK. PASTILLA. LAIKA. COREA. AUSTRAL. JUANA. Escribo doce páginas en la máquina que saqué de la baulera de mi papá, sin repetir y sin tachar. Todo lo que me provocan esas dos palabras que no puedo parar de repetir en mi cabeza, esa música infame que no me deja dormir ni despertarme:

REORDENAMIENTO SINDICAL en letras negras, puntudas. Antes de terminar el texto decido darme cinco minutos para tomar un té con leche. Voy al baño a lavarme las manos: trato de envolverlas completamente en espuma, inclinado sobre la pileta. Decido que debería darme una ducha bien caliente y me reviento un grano. Enciendo dos velas largas, casi nuevas y, mientras el agua caliente se acaba, miro el espejo en silencio.

15 Con Sun nos reencontramos después de casi una semana. Después de habernos encerrado en el departamento cuatro días y de varios encuentros vertiginosos. Tiene la piel un poco más blanca, quizás sea mi imaginación. Le ofrezco cerveza. Prefiere un vaso de agua y me lo agradece con un beso. Tiene un plan, dice, tiene mucho para contarme. Trata de explicar los beneficios de la antidieta. Escuchó en una jornada de capacitación gratuita que podría llevar a las personas a vivir un promedio de cien años. Un siglo, exclama. Se acomoda en la silla como pensando qué me va a contar primero, en silencio. Me mira a los ojos y dice que puede hacer que cualquiera baje dos kilos por semana. No hay que comer nada más que fruta y agua hasta pasado el mediodía, esperando treinta minutos para comer algo después de cada fruta. Papas, arroz, fideos y carnes pueden ser parte siempre, pero sin mezclar dos de estos grupos. Está seria, se me ocurre que cuando tenga que dar sus últimos exámenes no va a parecer tan

concentrada. Hay que dejar pasar cuatro horas entre comidas, por lo menos. Es muy simple. Apasionada, comenta todos los detalles, se repite. Insiste en que cuando haya completado la capacitación va a poder dar seminarios. Podría llegar a viajar, dice. La escucho en silencio. Cuando no tiene nada para agregar y se cansa de repetir los mismos conceptos me pide que abra la cerveza. Cuando vuelvo con la botella me llama desde la habitación. Tenés que sacar esos papeles, dice mirando el techo. 16 La noche siguiente cito a Fede en Güerrín. Pedimos una botella de cerveza para cada uno y algunas porciones de pizza. Es adicto a las anchoas. Me empapo el paladar de cebolla y fainá. No hablamos hasta que saca su atado de Camel de un bolsillo y me ofrece uno. Tenemos que hablar, le digo. Puede esperar, dice sin mirarme y empieza a contar día por día su vida junto a Juana. Dice que casi no come, está todo el tiempo con ella o con sus

pastillas. Estoy todo el fucking tiempo, dice. Me mira en silencio y cierra la boca. Le pregunto si se acuerda de la otra Juana. De la rubia que conocimos en el colegio, de la otra división. Se mira la falda unos segundos y empieza a contar algo en voz muy baja. Es una anécdota, de cómo Pedro se enamoró un invierno de Juana. No recuerda el final de la historia. Yo tampoco. Tenemos que hablar de la novela, insisto. Tenemos que volver a juntarnos para escribir algo. Fede se levanta y pregunta al mozo por el baño. Lo sigo con la mirada, reconozco a dos o tres prostitutas sentadas en la barra. Trato de establecer contacto visual, de ensayar un gesto cómplice, pero es inútil. Fede vuelve y dice que no se olvida de mí. Que no se olvida de nosotros. Dice que está escribiendo todo lo que se le ocurre en una libreta pequeña que lleva a todos lados con él. Me la muestra y la golpea con un lápiz rojo. Algunas partes son incomprensibles, dice, pero hay buenas ideas. Mientras discutimos sobre cuál es el mejor acompañamiento para un flan, Juana se acerca a la mesa. Camina dando pasos cortos y tiene los ojos casi

cerrados. Se besan en silencio y Fede deja algunos billetes bajo su plato. Podés acompañarnos, aclara. ¿No te gustó Barbi? Le digo que sí, pero tendrá que ser otra noche porque estoy muy cansado. Mientras camino de regreso al departamento me concentro en hacer la mayor cantidad de pasos seguidos sin abrir los ojos. Cruzo la calle donde encuentro un kiosco abierto. Le pido a la chica un cigarrillo suelto y un chicle de menta. 17 Corea del Sur debuta frente a la Selección en dos horas. Sun me mira despreocupada. Tiene la piel transpirada y fuma mi último cigarrillo. Me explica que va a encontrarse con familiares que no conoce. Una agrupación de inmigrantes coreanos alquiló un club en caballito. Van a tener varios barriles de cerveza, dice. Creo que le sorprende mi desinterés. Me lleno los pulmones de humo, cierro los ojos y trato de recordar el cuerpo sudado de barbi. Gira hacia mí y me besa la mejilla. Me sorprende un poco su desnudez casi pornográfica, pero no digo nada.

Cuando se despide con otro beso pregunta si puede tener un juego de llaves del departamento. Le muerdo el cuello y prometo ocuparme. Espero en la puerta de calle hasta que se aleja dos cuadras y reviso mis bolsillos. Encuentro una ficha y llamo a Fede. Dice que ya me había invitado, que incluso van a ir algunas de sus compañeras. Cuando salgo del subte compro la bandera más barata de un puesto callejero y me la ato al cuello. 18 El sábado siguiente me despierto a las dos de la tarde. Sun debe haberse ido sola. O le bajé a abrir y no lo recuerdo. Cierro las cortinas, el sol me quema la vista. En el baño enciendo todos los restos de velas. Me miro al espejo y practico una serie de gestos intimidantes, flexiono los brazos y hago fuerza abdominal. En la cocina tomo la escoba y barro apurado. Junto migas, cenizas y polvo en una pila compacta, pequeña. Abro la puerta y la empujo al pasillo en un solo movimiento.

De nuevo en el espejo, intento abrir y cerrar los ojos, cada vez más. Busco el tapón y abro la canilla del agua caliente de la bañera. Me arrodillo y froto el jabón entre mis manos hasta generar una gran cantidad de espuma. Logro incorporarme y la desparramo sobre mi entrepierna. Busco una hoja de afeitar y me siento sobre el inodoro, sobre una toalla doblada.

19 (TERCERA PARTE) Varias noches después me despierto transpirado. Me acosté a dormir una siesta interminable y soñé que me agarraba a trompadas con mi papá, mil veces. En el sueño usaba la ropa de gimnasia del colegio. Mens sana in corpore sano. Busco un pantalón corto y bajo las escaleras corriendo. Doblo en la esquina y sigo derecho. En Santa Fé me quedo sin aliento y caigo sentado frente a una obra en construcción. Cierro los ojos, me zumban los oídos. Una mujer se acerca, tiene un poncho de lana y botas de goma. No puedo moverme. Trato de escuchar lo que balbucea. Me hago el dormido. Escucho un par de golpes metálicos y sus pasos, alejándose. Una gata grande, blanca, negra y marrón, se acerca a la frondosa pila de polenta con queso. Detrás de ella aparece media docena de gatitos de todos los colores. Uno de ellos se lanza sobre la comida pero después de algunos segundos la abandona. Camina alrededor del resto algunas veces y finalmente empieza a acercarse a mis piernas

extendidas. Me saco la remera para envolverla mientras nos observamos. Laika, digo después de varios minutos. Te vas a llamar Laika. 20 Al mediodía siguiente me veo quieto, silencioso. En una especie de trance extra corpóreo, mudo durante horas, me alejo de mí mismo y vuelvo, varias veces. Tarareo mis canciones favoritas en silencio hasta que las melodías pierden todo sentido y vuelvo a empezar. Tomo agua de una botella de plástico y me paro sobre la cama. Antes de arrancarlos, me tomo unos minutos para observar por última vez los papeles en el techo. Son afiches de la NASA: las fotos que tomaron las sondas Viking sobre Marte y una radiografía de cuando me fracturé la pierna. Y mi favorito de la infancia: un póster de Yuri Gagarin. Cierro los ojos y hago un esfuerzo por recordar los nombres de los tripulantes del Trasbordador Challenger alineados en un recorte de revista. Hago

equilibrio en silencio. Repaso los capítulos de un ensayo que nunca terminé. Un análisis inflado del simbolismo atrás de esas sonrisas, de esos uniformes azules y la colorida explosión. De cómo se encontraron con la fórmula de la inmortalidad: jóvenes y bellos. Y muertos.

21 Camino casi sin pensar, automáticamente, casi treinta cuadras por Corrientes. En el centro compro una gaseosa y me despabilo. Paso varias horas buscando el regalo ideal. No me puedo decidir. Pido escuchar algunos discos y leo pasajes de un par de libros. Doy dos vueltas a la manzana para terminar de elegir, entro en la disquería. Le pido a la chica que lo envuelva en papel de regalo. Tomo el subte para volver. Antes de llegar compro una tarjeta que trato de escribir en el momento pero dejo en blanco. Camino con el paquete bajo el brazo y me cubro los ojos del viento con la otra mano. Una vez adentro, me desabrigo apurado y busco el cassette de Black Sabbath. 22 Sun me abraza en la oscuridad. Trato de zafarme para ir al baño pero me toma con fuerza. Respira fuerte. Pienso en lo que me va a decir, pero después de unos segundos me aburro,

probablemente no sea nada importante. Le rasco la espalda y suspira. Después de varios minutos se queda dormida y puedo lavarme la cara. Me pongo el pantalón. Sentado al lado de la cama, miro por la ventana. Pienso en prender la luz para anotar algo del paisaje, pero desisto. Laika hace algún ruido en el living, donde duerme sobre una manta. Yo también quiero irme de mi casa, dice Sun sin abrir los ojos. Prendo un cigarrillo en silencio. Cuando empieza a consumirse el filtro, abro la ventana y lo lanzo a la calle. Me saco el pantalón y vuelvo a la cama. 23 Debajo de la puerta asoma un papel doblado al medio. Laika se acerca para morderlo y se lo quito justo a tiempo. Es una nota de Silvio. Dice que me espera en la puerta de La Nación, el sábado al mediodía.

Dentro de la bañera intento aguantar la respiración bajo el agua. En el último intento consigo estar casi cuarenta segundos sumergido. 24 Fede dice que hace seis meses que no come un pancho. Desde la cocina escucho el chasquido del grabador y después una guitarra. Es un cassette que me grabó Juana, dice. Velvet Underground y Nico. Pongo las salchichas dentro de cada pan con mucho cuidado y llevo un plato en cada mano, tres panchos para cada uno. Fede sube el volumen y se apoya el plato sobre la falda. Es una, dice y da un bocado sin abrir los ojos. Es una fucking locura, aclara con la boca llena. Laika muerde los cordones de su zapatilla, pero no la nota. Después de cenar le propongo que dediquemos algunas horas a nuestro proyecto. Alrededor de las cinco de la mañana empiezo a hablarle de Pavlo, la Rumania Socialista y los viajes transatlánticos. Cambio el nombre de la enamorada del protagonista por Soledad. Le encanta. Dice que

Juana también tiene muchos militares en su familia. Toma casi medio litro de cerveza de un sorbo y eructa. De hecho, aclara, de eso quería hablarte. Algunos de los tíos militares de Juana se fueron a vivir a Paraguay y el martes me invitó a pasar dos meses allá con ella. Termino de servir la última cerveza y me pongo a pensar donde estará guardado el vino que saqué del galpón de mi papá. Vamos a tener que posponer el proyecto, dice. Ahora el eructo es más fuerte, y mío. 25 Dice que me apure, porque siempre se llena de gente. Sun ya está vestida y maquillada, al lado de la puerta. Laika juega con los cordones y tengo que soplarle la cabeza para espantarla. Me pongo una camisa sin desabotonar y salimos. Apenas entramos al bar de la esquina llama mi atención. Algo en las luces le da a Pedro un aura profética. Nos acercamos esquivando sillas y brazos extendidos. Le presento a Sun. Mi mujer, le digo. Un placer, contesta.

Terminamos el primer litro de vino antes que empiece el partido, todo el mundo grita y no puedo escuchar ni lo que pienso. Adelante mío hay un hombre canoso, con bigote, que habla sobre la guerra. Dice que peleó en Puerto Argentino y que lo volvería a hacer mañana mismo. Hoy mismo, mejor. Pedro pide una cerveza y una medida de whisky. Me confiesa que hasta ahora acertó todos los resultados de la selección, pero que no pudo apostar a que perdía con los ingleses. Tiene un repentino ataque de tos y se retira al baño. Aprovecho para pedirle un cigarrillo al ex-combatiente que me convida con un gesto amable. 26 Me siento en el cordón de la vereda y espero más de media hora. Los autos me pasan cerca pero no me muevo, nadie me estaciona cerca. Un taxi se detiene y una mujer rubia, muy alta y de la edad de mi madre baja con cuidado. Me incorporo de un salto y la saludo. Me ignora y continúa hacia el edificio del diario. Me adelanto para abrirle la puerta y la despido

con una sonrisa. Antes de que pueda volver al cordón de la vereda escucho mi nombre. Silvio me hace un gesto para que lo acompañe. Vamos a comer a una parrilla del centro, dice que ya terminó de trabajar por hoy. Después de pedir un parrillada para los dos y elegir el vino hace algunas preguntas sobre mi situación familiar. Le cuento todo y no me interrumpe. Andrea es de Junín, dice cuando llega lo que pedimos. En la provincia de Buenos Aires, aclara y me sirve una tira de asado. Yo fui un par de veces, es lindo lugar. Le presto atención sin desatender la comida. Le pide un sifón de soda al mozo y continúa: tuve algunas entrevistas y está todo dado para que dirija un diario de allá. Asiento en silencio. El diario Democracia. Me explica su proyecto en detalle, cómo piensa ir a pescar todos los meses y retirarse a una quinta en el futuro. Poner un vivero, quizás. Cuando nos traen el postre me explica que quiere que lo acompañe para trabajar en la redacción. 27

Abrazo a Sun con cuidado y le explico que me quedan cosas por resolver con Fede. Fucking Fede dice y se ríe. La acompaño a la estación del subte y espero que se pierda entre la gente. De nuevo en la vereda busco la parada del 86. Una cuadra antes de llegar busco un teléfono público y marco el primer número que memoricé en mi vida. Mi hermana atiende con voz soñolienta. Le digo que la espero en la plaza en diez minutos y corta. Me siento en un banco de cemento pintado de blanco, frente a un arenero donde algunas madres muy jóvenes observan gatear a sus hijos. Un perro se me acerca y hule mis zapatillas. Ladra, imagino un aparato capaz de traducir, por ejemplo, los ladridos. Laika, Laika, debe estar diciendo. Valeria se acerca arrastrando los pies. Me saluda con un beso y se sienta a mi lado. El perro se vuelve a acercar y ella lo acaricia. Te traje un helado, dice y me lo alcanza sin mirarme. Trato de explicarle cómo conocí a Silvio, que le gustó cómo escribo. En lugar de eso le entrego la bolsa con el regalo. Sonríe y rompe el papel. No lo conozco, dice.

Termino el helado mientras ella observa el disco con cuidado. Me cuenta que nuestros padres ya no discuten tanto y que todo está mucho más organizado. Dice que papá le preguntó por la maquina de escribir pero no le dijo nada. Le pregunto por el colegio y dice sólo cosas que ya sé. Le pido un cigarrillo y se ofende. Tengo que irme, dice y se incorpora. La acompaño unos metros y en la vereda nos despedimos. Después de algunos metros me doy vuelta para verla alejarse, con Ziggy Stardust bajo el brazo.

28 (ÚLTIMA PARTE) Sun me cuenta que la asociación de inmigrantes también hace una fiesta. Se despertó una hora antes que yo, salió a comprar algunas cosas y hablar por teléfono. Me acaricia los ojos llenos de lagañas y dice que tiene cosas que hacer. La saludo con un gesto y escucho cómo cierra la puerta con cuidado. Después de darme un ducha muy rápida me visto con lo primero que encuentro. En la vereda corro dos cuadras y me tranquilizo. Siento qué me duele la mandíbula de tanto apretar los dientes. Tengo la sensación de que extraño todos los lugares por los que paso, pero que cuando me vaya los voy a olvidar demasiado rápido. Doblo en Entre Ríos y saco el papel del bolsillo. Esquivo a un borracho con la camiseta argentina y toco el portero eléctrico. Un hombre bastante grande, con el pelo blanco y muy largo, me hace pasar en silencio. Tiene una campera de cuero arriba de una camiseta blanca. Saco otro papel del bolsillo, es el dibujo. Una bandera argentina ondulada, cruzada por el número 1986 en

rojo. Te va a salir un poco más, dice el de la campera de cuero. Hago un gesto de aceptación y me quito la remera. Alguien pasa tocando la bocina y gritando por la vereda. Me afeita el pecho y empieza a hacer el tatuaje, pero lo interrumpe de inmediato. Tomate esto, dice y me alcanza un vaso de agua y una pastilla blanca. No siento nada hasta la noche, cuando ya no importa. 29 Boris Rael Pavlovic nació en Lasii, República Socialista de Rumania, unos kilómetros al oeste de la frontera rusa. Pero este dato, además de poco comprobable, es anecdótico, ya que Pavlo (así lo bautizaron apenas pisó las costas del Río de la Plata) era más porteño que la pirámide de mayo. Le dejé a Fede una carta que va a encontrar cuando vuelva de Paraguay. Sun tiene pasajes para el mes que viene, cuando termine el colegio. Silvio me pidió especialmente que lleve lo mínimo indispensable, vamos a viajar en su auto.

Durante su niñez dedicó buena parte de su tiempo a explicarle a compañeros, vecinos y maestros la historia de su infección y cómo había sido curado por un marinero que llevaba sanguijuelas. Los anélidos, decía cuando le preguntaban por su falta total de nariz. Su falta de nariz, justamente una ausencia, fue la única que lo acompaño a lo largo de su tormentosa vida. Me pasa a buscar a las seis de la mañana. Maneja un Dodge 1500, celeste metalizado. Pasa todo el viaje contándome lo que sabe de Junín. Dice que hay dos diarios y que La Verdad pertenece a la corporación eclesiástica. Que Sarmiento es el único club de fútbol importante, pero que hay varios más participando de los torneos regionales y que el básquet tiene muchos aficionados. Uno de sus diarios recuperados por este periodista dice: “Si Juana Calantzopoulo hubiera vivido en la tierra de sus antepasados, hace mucho tiempo, hoy sería recordado como la musa de algún poeta, la amante terrenal de un Dios pendenciero, o

simplemente la bella protagonista de una tragedia víctima de su propio encanto”. Sus fracasos académicos fueron dando lugar a una creciente dificultad para conciliar el sueño. Con veintiséis años dejó el departamento que compartía con su madre y se mudó a un hotel de Barracas. Sus días se limitaban a dormir, ahorrar cada moneda para dormir junto a una prostituta y escribir. 30 El micro de Sun llega con una hora de atraso, a las cinco de la tarde. Baja acompañada de una mochila enorme y nada más. Cuando le muestro la casa no dice nada. Sonríe y me toma la mano con fuerza. Dejamos todo desordenado y salimos a caminar por las calles también silenciosas. Pasamos por la puerta del diario y le explico que tengo tres francos rotativos cada dos semanas. Le muestro el edificio donde vive Silvio y la heladería Bambi. De vuelta en la casa le damos de comer a Laika que ya no juega con los cordones. Cocino ravioles con

salsa blanca y después lavamos los platos juntos. Nos quedamos hablando y fumando hasta las tres de la mañana. 31 Fede camina despacio, está muy bronceado. Me abraza y dice que tiene hambre. Se ríe del grano que me salió en la punta de la nariz. Vamos a ver que pasa, aclaro. Lo único que me sale bien siempre es el fuego. Después de comer arma un porro mientras cuenta sus aventuras en Paraguay. Dice que Juana se tuvo que quedar por razones familiares y que la espera de vuelta en dos semanas. Lo enciende con cuidado y me lo alcanza. No decimos una palabra sobre nuestro proyecto frustrado. Antes de que me olvide, dice y busca algo en el bolsillo de su campera. Me alcanza un cassette y aclara que es Led Zeppelin III. Extraño el cine, dice Sun mientras lo pongo en el radio-grabador. Está con las piernas cruzadas y los ojos rojos.

Por más fucking asados como este, grita Fede y se sienta en el suelo. Busco la botella de whisky y sirvo dos medidas para cada uno. Bebemos en silencio hasta que se acaba la música. Vamos a tomar un helado, dice Sun y va a cambiarse a la habitación.

32 Pavlo fue internado poco tiempo después por su madre (con la que mantenía algún contacto) en un hospital psiquiátrico. Fue diagnosticado por esquizofrenia y depresión. Durante varios meses lo trataron con electrochoque y antidepresivos; los forzudos enfermeros lo sumergían periódicamente en una bañera llena de agua y abundante hielo. Y nada. Sólo su silencio incrementaba día a día, cada vez más perdido en sus propios pensamientos. Seis meses después de la internación lo encontraron muerto en su habitación. A su lado tenía un cuaderno, su madre había pedido especialmente que le permitieran escribir. Ella misma comprobó que no había dejado ni una palabra.

©2010 Ernesto Gallegos ernestogallegos@gmail.com

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