TRES NOVELAS EJEMPLARES

Y UN PRÓLOGO

ES PROPIEDAD
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Papel especialmente fabricado por L a P apelera E spañola.

MIGUEL DE UNAM UNO

TRES NOVELAS
EJEMPLARES
Y UN PRÓLOGO

C A U P E
C O L E C C IÓ N CONTEM PORÁNEA
M A D R ID -B A R C E L O N A
19 2 0

—Teléfono 17-65 J . 21. Norte.—Madrid. Sáez Hermanos.Imprenta Artística.

.................. 81 Nada menos que todoun hombre............ 103 ......................................... Prólogo................................................... 7 Dos madres.......................... 29 El marqués de Lumbría............................. ÍNDICE Páginas................................................

PRÓ LO G O .

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nosotros.—¿críticos? Bue­ no. Y digo he­ mos de volver así en episcopal primera persona del plural. lector.. es decir. Y lo han sabido aprovechar por­ que ello favorecía su pereza mental. Ahora. como bauticé a mi novela— ¡y tan no­ vela!—Niebla. es lo -más propio de los que se consagran a críticos. pues. los que volvamos sobre ello. porque hemos de ser tú. Una novela. a Jo de ejemplares.. entendámo­ nos.una novela. pase—críticos.. La pereza mental. Eso de nivola. I ¡Tres novelas ejemplares y un prólogo! L o mismo pude haber puesto en la portada de este libro Cuatro novelas ejemplares. ¿Cuatro? ¿Por qué? Porque este pró­ logo es también una novela. lo explico— . página 158. el no saber juzgar sino conforme a precedentes. Hemos de volver aquí en este prólogo—novela o •nivola—más de una vez sobre la nivolería. >fué una saiida que encontré para mis. y no una tzzzwZ#. y yo. ¿Ejemplares? ¿Por qué? -Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas .y en ella misma.

no siempre se ocupan los oratorios. buscando dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu des­ canse. y segundo.10 M IG U E L DE U N A M U N O que publicó después de su Quijote. donde el afligido espíritu descanse. Y luego aña­ de: «Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra re­ pública una mesa de trucos. que no siempre se está en los templos. porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. sin daño del alma ni del cuerpo.. porque. se buscan las fuen­ tes. según en el’- prólogo a ellas nos dice. buscó la ejemplaridad que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas. se allanan las cuestiones y se cultivan con curio­ sidad los jardines.» Y en se­ guida: «Sí. que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano. para este efecto se plantan las alamedas. horas hay de recreación. «no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». donde cada uno pueda lle­ gar a entretenerse sin daño de barras.» De lo que se colige: primero. digo.. mi edad no está ya para burlarse con la otra vida. que lo de llamarlas ejemplares fué .» Y agrega: «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lec­ ción de estas novelas pudiera inducir a quien las leye­ ra a algún mal deseo o pensamiento. antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público. no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean. que Cervantes más.

con la que se dan ellos mis­ mos. Este prólogo es posterior a las novelas a que prece­ de y prologa como una gramática es posterior a la lengua que' trata de regular y una doctrina moral pos­ terior a los actos de virtud o de vicio que con ella tra­ tan de-explicarse. nivolería. PRÓLOGO II ocurrencia posterior a haberlas escrito. luchadores—o si queréis los llamaremos personajes— . Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo—así. realísimos. sí! Sus agonistas. en puro querer ser. y no con la que le den los lectores. o en puro querer no ser. Lo que es mi caso. otra novela. Y a la vez la explicación de mi novelería. son reales. es decir. en cierto modo. O si se quiere. la novela de mis novelas. ejemplo de vida y y de realidad. . Y este prólogo es. y con la realidad más íntima. como suena-—. ¡De realidad! ¡De realidad.

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cortical y anecdótica. la realidad es una rea­ lidad íntima. en una- creación. aparencial. creativa y de voluntad. En una creación. o sea de los que lla­ mamos ficción. . la reali­ dad eterna. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos. cosa puramente-: externa. ¿Cuál es la realidad íntima. que es igual. ¿qué realidad es la deh­ ese realismo? Verdad es que el llamado realismo. que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera. Porque. En un poe­ ma—y las mejores novelas son poemas— . la realidad no es la del que llaman los críti­ cos realismo. ir Nada hay más ambiguo que eso que se llama realis­ mo en el arte literario. Un poeta no saca sus criaturas— criaturas vivas—por los modos del lla­ mado realismo. Porque Don Quijote es. la realidad real. se refiere al arte literario y no al poético o creativo. la realidad poética o creativa de un hom­ bre? Sea hombre de carne y hueso.

que son: El Juan real.El Tomás ideal de Juan. conocido sólo para su Ha­ cedor.. lo más real •de un hombre? Aquí tengo que referirme una vez más a aquella in­ geniosísima teoría de Oliver W endell Holmes — en su The autocrat o f the breakfast table. lo más creativo. Es decir: el que uno es. Juan y Tomás. El Juan ideal de Tomás. Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos.14 M IG U E L DE U N A M U N O tan real como Cervantes. hay seis en con­ versación. Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el .. El Tomás real. El Tomás ideal de Tomás. incluso la mía misma. Y es que nos dice que cuando conversan dos. el que se cree ser y el que le cree otro. lleguen al m undo. nunca el real. ¿Qué es lo más íntimo.. El Juan ideal de Juan. páginas 280 a 281— que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su his­ toria y las de otros. y a Tres Juanes.) 2. como me dijo—véase mi no­ vela (¡y tan novela!) Niebla.. I I I —sobre los tres Juanes y los tres Tomases. sino a menudo muy desemejante de ambos. nunca el Juan real ni el Juan de Juan. menudo muy desemejante de él. y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme. Tres Tjomases. 3.

en su seno. nos salvaremos o perde­ remos. ni querer no ser es no querer ser. v Hay. y no creer que no hay Dios. sí. y lo mismo en hombres reales encarnados en car­ ne y hueso que en hom bres reales encarnados en fic­ ción novelesca o nivolesca. el creador. el que uno quiere ser. Hay héroes del querer no ser. PRÓLOG O 15 intelectualista yanqui W endell Holmes. y es el real de verdad? Y por el que hayamos querido ser. un suicida. creer que no hay Dios. pero de uno que quiere no ser. cuatro posiciones. de novela. que son: dos po­ sitivas: a) querer ser. de la noluntad.' Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser. difícilmente se saca una cria­ tura poética. no por el que hayamos sido. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios. b) querer no ser. Y el que quiere no ser. Mas antes de pasar más adelante cúmpleme expli­ car que no es lo mismo querer no ser que no que­ rer ser. d) no querer no ser. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser. y del que es para los otros y del que se cree ser. no es." Y digo que además del que uno es para Dios—si para Dios es uno alguien— . es en él. y dos negati­ vas: c) no querer ser. no creer que hay Dios. De uno que no quiere ser. hay el que quisiera ser. en efecto. Y que éste. Como se puede: creer que hay Dios. ¡claro!. .

recreándolo en mí al re-crearme. ¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un» lío. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo. por tanto. m as de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente. no ya sólo de comprenderlo. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas Ejemplares hablaba de «horas de recrea­ ción». y. la re-crea y se recrea con ella. Y yo me he recreado con su Licenciado Vidrie­ ra. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí. n o llegaréis nunca a crear criaturas reales. ni de la de vuestra vida. y no sois capaces. no llegaréis a gozar de ninguna novela.36 M IG U E L DE U N A M U Ñ O El que quiere no ser lo quiere siendo. .

pues—digo. Sólo que este hombre que podríamos lla­ mar. numénico. ni. al modo kantiano. unos con otros. más causa—sólo existe lo que obra— . aparencial. Comparad a Segismundo con Don Quijote. sustanciales. Pero la realidad es la íntima.. del choque de esos h o m ­ bres reales. realis. III Quedamos. este hombre voliti­ vo e ideal—de idea-voluntad o fuerza—tiene que vivir en un mundo fenoménico. en el mundo de los llamados realistas. ni el traje. es decir. racional. La realidad no la constituyen las bambalinas ni las decoraciones. el creador. dos so­ ñadores de la vida. Y de aquí. El sueño es el TPES NOVELAS 2 . ni el paisaje. más res. en que el hombre más real.. más cosa. Y tiene que soñar la vida que es sueño.. me parece que hemos que­ dado en ello. sino los gigan­ tes. surgen la tragedia y la co­ media y la novela y la nívola. Los molinos eran fenoménicos. los gigantes eran numénicos. es el que quiere ser o el que quiere no ser. ni las acotaciones. La realidad en la vida de Don Qui­ jote no fueron los molinos de viento.—. ni el mo­ biliario.. aparenciales.

y una novela real. La fe misma no es. ¿O es que la Odisea. porque es la vida. esa epopeya que es una novela. Creer es crear. se­ gún San Pablo. sino la sustancia de las cosas que se esperan. realidad. muy real. y lo que se espera es sueño. no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño que un realista ex­ cluiría de su arte? . Y la fe es la fuente de la realidad. creación.18 M ÍG U E L D E U N A M U N O que es Vida.

y un símbo­ lo puede hacerse hombre.. que quie­ re ser o que quiera no ser. un hombre.. Y creo que la elipse quiere tener dos focos. quierel—llegar a tocar a su asíntota y no lo logra. conceptos personificados. Un concepto puede llegar a hacerse persona. y un hombre real. ya sé la canción de los críticos que se han aga­ rrado a lo de la nívola-. señales de envenenamiento cuando esta­ . como dicen. ¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los críticos! Te aseguro. ensayos en forma dia­ logada. Lo que no sé es si Newton la sintió. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de Newton. lector. Y hasta un concepto. Yo creo que la rama de una hipérbola quiere—-¡así. sím­ bolos. IV Sí. y lo demás. novelas de tesis. y persona trágica. filosóficas. es un símbolo. que si Gustavo Flaubert sintió. y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola como a una persona. Pues bien.

es decir. no son en su ma­ yoría perdonas.»—Niebla. el de Erna Bovary.. que todos esos personajes de que están llenas nuestras novelas contemporáneas españolas no son.. los haya sacado de mi alma. que todos los agonistas que he creado. ese yo trascen­ dente—o inmanente—¿quién es? Dios lo sabe. Y ahora os digo que esos personajes crepuscula­ res— no de medio día ni de media noche—que ni quieren ser ni quieren no ser.. Acaso Dios mismo. cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí—dentro de mí más bien—: «Es que yo quiero vivir. en que desnuden su alma. con todos los pelos y señales que les distinguen con sus muletillas y sus tics y sus gestos. creando. y de novelas realistas... ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues. don Miguel.20 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ba escribiendo.. página 287—sentía yo morirme.. una de mis criaturas. sino que se dejan llevar y traer. uno de mis per­ sonajes. Y ese yo último e íntimo y supremo.!»—se me dirá—. en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas. de mi realidad íntima— que es todo un pueblo—y otra cosa es que sean y a mismo. .. ¡Pero no! Una cosa es que todos mis persona­ jes novelescos. y que no tienen realidad íntima. quiero vi­ vir. uno de mis agonistas. Porque.. «¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo... No hay un momento en que se vacien. quiero vivir.

Si quieres crear. creado. en un acto. Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo Juan o que tu ámi- go Tom ás quién es el que quiere ser Juan o el que quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser. Y luego que le hayáis así descubierto. y entonces toma ese su momento. cómicos o novelescos. en un grito. lector. . PRO LO G O 21 A un hombre de verdad se le descubre. se le crea. en un grito. en una fra­ se. en el que es de veras real. en una frase. mételo en ti y deja que como un germen se te desarrolle en el perso­ naje de verdad. lo conocéis mejor que él se conoce a sí m is­ mo acaso. y espera a que un día—aca­ so nunca—saquen a luz y desnuda el alma de su alma. el que quieren ser. -en un momento. Tal en Shakespeare. Balzac no era ua hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempb tomando notas de lo que veía -en los demás o da lo que les oía. no te dediques a observar exterioridades de los que contigo conviven. quiérelos sobre todo. agonis­ tas-trágicos. por el arte personas. no acumules deta­ lles. sino trátalos. Llevaba el mundo -dentro de sí. excítalos si pue­ des.

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Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cer­ vantes. iracundo y sufrido. y Don Quijote era Sancho-pancesco.si siendo el mismo he descubierto en su alma . es orgulloso y humilde. a Caín que a Abel. Lo cual es muy cierto. Aunque no falte acaso quien me sal­ te diciendo que el Don Quijote y el Sancho de esa m obra no son los de Cervantes. O mejor. Y saca de sí mismo lo mis­ mo al tirano que al esclavo. sino que son de todos los que los crean y re­ crean. No digo que Don Quijote y lan ch o brotaron de la misma fuente porque no se oponen entre sí. avaro y liberal. cuando los contemplamos y creamos. y nosotros. o . envidioso y caritativo. al criminal que al santo. Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos. y Sancho Panza era qui­ jotesco como creo haber probado en mi Vida de Con Quijote y Sancho. somos de ellos. glotón y sobrio. V Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales. son de sí mismos. rijoso y casto. perezoso y dili­ gente.

o en una nívola si queréis. porque no lo reconoce por hombre. se preguntan: «¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?» A lo que no cabe sino una respuesta. rto es mi sueño de una sombra. que es como Píndaro llamó al hombre. de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que sintió por Aldonza Lo­ renzo. Resumiendo:' todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes capitales y sus siete vicios opues­ tos. y es: «¡De ti. y con ellos es capaz de crear agonistas de todas clases. en­ tre otras cosas. del hombre coti­ diano y crepuscular. Los pobres sujetos que temen la tragedia. no!» Y como no lo ha sacado uno de él. no las descubrió. Y ese sujeto cotidiano y aparencial. con un hom­ bre.24 M IG U E L DE U N A M U N O honduras que el primero que nos le descubrió. es inútil presentárselo. som­ . A lo sumo será . que fué Cervantes. con nada menos que una mujer. Porque estoy seguro. esas som­ bras de hombres que leen para no enterarse o para matar el tiem po—tendrán que matar la eternidad— . ese que huye de la tragedia. Ni Cervantes caló todo el quijotismo de Sancho Panza. con nada menos que todo un hombre.al encontrarse en una tragedia o en una comedia o en una novela. Y es capaz de llamarle sím ­ bolo o alegoría. o con una mujer.

será un personaje trágico y capaz de crear y de re­ crear en . PRÓLOGO 25 bra de un sueño. .sí mismo personajes trágicos— o cómicos— . esto es: poeta y capaz de gustar -de una novela. que dijo el Tasso. capaz de ser novelista. es decir. de un poema. Porque el que siendo sueño de una sombra y teniendo conciencia de serlo sufra con ello y quiera serlo o quiera no serlo.

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¡Es decir. por dar claridad a nuestras creaciones. y mis cuentos—que novelas son—y Niebla y Abel Sánchez— ésta acaso la más trágica de todas— . Si este prólogo no te ha quitado la gana de leerlas. el consumo de novelas . Y no es que huyan de lo que les haga pensar. por qué las llamo ejemplares a estas no­ velas? ¡Y ojalá sirvan de ejemplo! Sé que en España. Y este prólogo es otra novela. Es la novela de mis novelas. huyen de lo que les haga con­ moverse. VI ¿Está claro? La lucha. ¡Bueno. mujeres. lector. o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que. desde Paz en la Guerra y Amor y Pedagogía. más vale callarlo! . sino señoras y señoritas. chorrean pus.. ¿Ves. Con conmoción que no sea la que acaba en. Y sé que estas señoras y se­ ñoritas se aficionan principalmente a leer aquellas no­ velas que les dan sus confesores o aquellas otras que se las prohíben. no!. es otra tragedia.. hoy.o hacen principalmente mujeres. lector. hasta las T res novelas ejemplares que vas a leer.

o ante un traje montado sobre un maniquí. y a exportación e importa­ ción. ¡Y así anda nuestra literatura novelescal Literatura. en fin.. que aunque sus agonistas tengan que vivir aislados y desconoci­ dos. Tan. sujeta a la ley de la oferta y la demanda. sí.. Sobre todo el desnudo del alm a. Lo cual es un género de subsistencia. señores. Y nada más que literatura... ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe. yo sé que vivirán. y a registro de aduana y a tasa. literatura. . o ante el desvestido o semi-desnudo. estas tres novelas ejemplares.28 M IG U E L DE U N A M U N O Esas señoras y señoritas se extasían. seguro estoy de esto como de que viviré ye. pero el desnudo franco y noble les repugna. señoras y señoritas. lectores y lectoras. si el traje es de moda. Allá van.

DOS M ADRES .

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Su amor era un amor furioso. tan dentro de él que de él se salía. la voluntad. per­ dido _en la mujer y en su viudez. arro­ . no en la que pasa. con la tormenta de no tener hijos en el corazón del alma. y al decírselo pensa­ ba en lo dulce que sería el descanso inacabable. don Juan. que buscaba dentro de su hombre. constituido fuera de la ley. con sabor a muerte. I ¡Cómo le pesaba Raquel al pobre don Juan! La viuda ■aquella. la viuda y la viuda sin hijos. Porque Raquel era. era como en un monasterio la celda de una pareja enamo­ rada. Y en don Juan había muer­ to. ¿Enamorada? ¿Estaba él. enamorado de Ra­ quel? No. Raquel parecía haber nacido viuda. algo de más allá de la vida: Y don Juan se sentía arrastrado por ella a más dentro de la tierra. «¡Esta mu­ jer me matará!»—solía decirse. sino absorto por ella. se le había agarrado y le retenía en la vida que / queda. sumergido en ella. Los ojos y las manos de Raquel apaciguaban y adormecían todos sus apetitos. Y aquel hogar solitario. ante todo y sobre todo. con el deseo. pensaba don Juan.

mi gatito. ¿Casarnos? ¡Bien casados estamos! ¿Darnos gracia? Ay michino—y al decirlo le pasaba por sobre la nariz los cinco finísimos y ahusados dedos de su diestra—. criar hijos para el cielo! Al decir esto se le quebraba la voz y temblaban en sus pestañas líquidas perlas en que se reflejaba la ne­ grura insondable de las niñas de sus ojos. según nos enseñaron en el Catecis­ mo..—¿Tú invocando a Dios.—¿Casarte conmigo? ¡Pero eso.—Casarnos así. 32 M IG U E L ? D E U N A M U N O pado en tierra. Raquel.! ¿Para qué? ¿A qué conduce que nos ca­ semos según la Iglesia y el Derecho Civil? El matrim o­ nio se instituyó. Raquel.— ¡Adoptar un hijo. Raquel. ni a ti ni a mí nos dan ya gracia con ben­ diciones. según la ley. después de haber sido muerto por una viuda como aquélla... y es casarnos como Dios y los hom­ bres mandan.. como habría querido hacerlo el pobre hombre. dar gracia a los casados y que críen hi­ jos para el cielo.—Pero ya te he dicho.. no tiene sentido.. Quelina... a que se casase. . que nos queda un recurso. michino? Don J uan. y adoptar un hijo.. ¡Criar hijos para el cielo... Hacía tiempo que Raquel venía empujando a su don Juan al matrimonio..! ¡Adoptar un hijo.. Don J uan.. pero no con ella..! Sola te faltaba decir que del Hospicio.. para casar.

tenemos. eres tú el que no debes se­ guir así... Raquel. enteramente mía? D on J uan. ¿Por qué bajas así la cabeza? ¿De qué te avergüenzas? D on J uan. querida.—Pero no te pongas así. no es.— Dices bien. y yo. nos lo entregaría de grado..sino mía.—Sí.—Mi hermana nos entregaría cualquiera de sus hijos. Raquel. Don J uan. que no vuelvas a hablar de eso..—¡Bien! Pero tú puedes darme un hijo.. aquel... Mi herm ana. Raquel...—Ya te he dicho. nunca podría tenerlo por propio. Don J uan.—Eres tú. lo sé.. Raquel.— ¡Enteramente tuyos.. Y como nada me costaría obtenerlo. Un hijo adoptado.. que no hables de eso.—¡Oh. Juan.. no poder parir! ¡No poder parir! ¡Y morir­ se en el parto! D on J uan.. ya que no has podido hacerme madre. visto que tenemos fortuna.. entonces sí.. Raquel. ¡Oh. no! Aquel sobrinillo tuyo. Quelina! Raquel. Si me hubieras hecho m a­ dre... por ejem­ plo. Juan. Hazte padre. Juan.. ya sé que tú no tienes la culpa. hazte padre. adoptivo. DOS M ADRES 33 Don J uan.—Me vas a hacer llorar. es siempre un hospiciano.—Ahora eso.—¡Claro que digo bien! ¿O es que crees que vo no sé que tu fortuna. Raquel. como tú todo... como no la tuvo mi marido. nos habríamos casado. TRES NOVELAS 3 .

D on J wan.— ¡Sí. y de tu mujer. ¡Ni yo lo consentiría! ¡Pero no se trata de quererla.34 M IG U E L DE U N A M U N O ¿Cómo? Engendrándolo en otra mujer. Juan... que lo quiero yo y basta! Don J uan.—¿Y a qué mujer le propongo eso? Raquel..—Eso.—Pero cómo quieres que yo quiera a otra mujer. quié­ ralo ella o no. Don J uan. sí. y en­ tregándomelo luego. aunque quieras. ¡claro está!.— ¡Raquel! Raquel.. ¡Y quiéralo ella o no lo quiera.. Hazla madre y luego dame el hijo. ..—Será tu mujer.. una mujer que ofrezca probabilidades de éxito. ¿eh? Al decir esto se reía con una risa que sonaba a llanto.. se trata de empreñarla! ¿Lo quieres más claro? Se trata de hacerla madre. no podré tener celos. el matrimonio! Tienes que ca­ sarte y yo te buscaré la mujer... Raquel.—¿Quererla? ¿Qué es eso de quererla? ¿Quién te ha hablado de querer a otra mujer? Harto sé que hoy ya tú no puedes..—La que se prestara a eso sería una. hijo tuyo.—¿Proponerle qué? Don J uan.—Lo que has de proponerle es el matri­ monio.—¿Con nuestra fortuna? Don J uan. querer a otra mujer. Raquel. Y que sea bien parecida. Raquel.. Raquel.

Pero.... Y yo le llevaré al cielo.? Raquel. ¡Pobre don Juan! Don J uan.—¿Y quién es.. llora.. y criaréis por lo menos un hijo..—No blasfemes. D on J uan. le dijo como en un susurro: Raquel. acercándole al oído los labios resecos.. Na­ die buscó con más cuidado una nodriza que yo esa madre.—¿Sabes tú lo que es el cielo? ¿Sabes lo que es el infierno? ¿Sabes dónde está el infierno? D on J uan..— ¡Raquel. llora...—En el centro de la tierra.—Pero Berta....—La señorita Berta Lapeira. Raquel.. muchísima gracia. ¿por qué tiemblas? ¿Si hasta creí que te gustaría? ¿Qué? ¿No te gusta? ¿Por qué palideces? ¿Por qué lloras así? Anda.. perdidamente en­ . DO S M ADRES 35 Don J uan.. os darán gracia. encantada! ¡Y no por nuestra fortu­ na.. ven acá.—Pero ella los tendrá de ti. para mí..—¡Natural! Y ello ayudará a nuestra obra. mucha gracia. Raquel.. Raquel.. dicen. Os casaréis.—O en el centro de un vientre estéril acaso. Tengo ya buscada la que ha de ser madre de nuestro hijo.! Raquel. Don J uan. Le hizo sentarse sobre las firmes piernas de ella..— ¡Berta...—Te tengo ya buscada mujer.! ¡Raquel... Raquel.—Y ven.. hijo mío. no! ¡Berta está enamorada de ti.. se lo apechugó como a un niño y. D on J uan..

. demoníaca!—gritó el hombre p o ­ niéndose en pie y costándole tenerse así. ¿Y no es acaso legalmente tuya? Don J uan.36 M IG U E L DE U N A M U N O amorada de ti. como todos los demás. que soy..—Sí... ja. aceptará el papel de redimirte. Raquel... ja..... D on J uan... Raquel.—Ellos.! Y Berta.. de redimirte de mí...—Sí.. ¿Lo oyes? Ahí está la angelical Berta Lapeira.. pero. Y conocen la impor­ tancia de tu fortuna. sus padres.... y cómo es mío. todo lo tuyo. Raquel. lo tendrás? Don J uan. ¿ehr michino? ¿Lo tendrás? Y aquí las palabras le cosquilleaban en el fondo del oído al pobre don Juan. sus cristianísimos padres.—¿Lo tendrás....—Quién sabe.. ¡Angeli­ cal! Ja. Ellos no saben cómo tú eres mío. Don J uan. mío sólo. Porque lo tendrás. michino. ¡Lo sé! ¡Losé! Sé cuánto te compadece Ber­ ta. Pero antes dame el hijo.—Oh.. son unos padres muy razonables. . Sé el horror que le inspiro.... hasta eso lo tenemos que arreglar bien. que tiene un heroico corazón de virgen enamorada.. Raquel.—Nuestra fortuna. creen que es tuya. Y no saben cómo será mío el hijo que tengas de su hija. según ella. tu condenación y tu infierno. Don J uan... Sé lo que dice de mí. Raquel..—Pero y sus padres. Raquel.—¡Y tú... Juan.—Me vas a matar.. produciéndole casi vértigo.

! Don J uan. al ir don Juan a hacerlo. .. Raquel. ¡O no.—Pero un ángel caído. a juntar sus labios con los de su dueña y señora... no! ¡Sueña con nuestro hijo! El pobre don Juan no pudo soñar.? Terminado esto..—¿Y no estoy yo peor que muerta. Quelina. DOS M ADRES 37 Raquel. caer a Berta..—Haz. Raquel tuvo que acostarse. junto a ella.— Ahora sueña con Berta y no conmigo. Raquel.. ¡hazla caer.* Don J uan. me matas. Raquel.. pues.—El demonio también es un ángel.—Me matas.. los en­ contró secos y ardientes como arena de desierto.. michino. Y cuan­ do más tarde.

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que cuando el po­ bre náufrago de los amores—que no del amor—recaló en el puerto de la viuda estéril. alegráronse como de una ventura del hijo de sifc amigos. sin sospechar que aquel puerto era un puerto de tormentas. ¿buscaba Raquel extinguirlo h a­ ciéndole que se casase con ella para hacer madre a la viuda estéril? Don Juan conocía a Berta desde la infancia. sino de Raquel. . habían sido grandes amigos de don Pedro Lapeira y de su señora. Eran relaciones de familia. huér­ fano y solo desde muy joven. de don Juan. Éstos se habían siempre interesado por aquél y habíanse doli­ do como nadie de sus devaneos y de sus enredos con aventureras de ocasión. ¿Cómo se le había ocurrido a Raquel proponerle •para esposa legítima a Berta Lapeira? ¿Cómo había des­ cubierto no que Berta estuviese enamorada de él. De tal modo. en sueños. Los padres de don Juan. soñaba en que la angelical criatura viniese en su ayuda a redimirle? Y si en esto había un ger­ men de amor futuro. cuando perdía aquella voluntad que no era suya. estando dormido. sino que él.

fué espaciando cada . en la mesa. cuando oía a sus padres lamentarse de que Raquel no fuese hecha madre por don Juan y qua luego se anudase para siempre y ante toda ley divina y hum ana— o mejor teocrática y democrática— aquel enlace de aventura. había naci­ do aquel sueño. sentía dentro de sí el deseo de que no fuera eso. en las no raras visitas que don Juan hacía a casa de los señores Lapeira. el de sus amigos estaba salva­ do. Y de esto hablaban con frecuencia en sus comen­ tarios domésticos. que era la suya. al darse las manos.40 M IG U E L D E U N A M U Ñ O Porque contra lo que creía don Juan. Y hasta había sucedido tal vez. con poder llegar a ser el ángel redentor de aquel náufrago de los amo­ res y el que le sacase del puerto de las tormentas. que fué Berta quien recibió al compañero de juegos de su infancia y que los padres tardaron algo en llegar. que de tal modo fué interesándose por don Juan. no h a ­ cía mucho. sin recatarse delante de su hija. el sesudo ma trimonio Lapeira estimaba que aquella relación era ya a modo de un matrimonio. y que si llegaban a tener hijos. de la angelical Berta. Pero Berta. a la tragicomedia de la ciudad. al encontrarse sus miradas. que don Juan necesitaba de una voluntad que supliera a la que le faltaba. y soñaba luego. ¿Cómo es que don Juan y Berta habían tenido el mismo sueño? Alguna vez. a solas. Don Juan previo el peligro. y dominado por la vo­ luntad de Raquel.

¿Al regazo? El pobre don Juan echaba de menos el piélago en­ crespado de sus pasados amores de paso. la que le em pu­ jaba al regazo de Berta... DOS M ADRES 41 vez más sus visitas a aquella casa...—Sí tenía gracia lo del bebedizo.! Y volvió. Y a la hija.. Raquel misma.! ¿Para qué iba a dejar en el mundo otro como él? ¡Mas. Empezando a compadecerse como nunca de la fascinación bajo que vivía. empujado y guiado por Raquel. a la angelical Berta.— ¡Pobre chico! Cómo se ve que sufre. Don P edro.... habla­ ría de un bebedizo. presintiendo •que Raquel le llevaba a la muerte. Si la pobre se hubiese mirado a un espejo.—Nuestra Tomasa. Don P edro. ¿te recuerdas?..... Cuyos dueños adi­ vinaron la causa de aquella abstención..» Y ahora era Raquel.. Doña Marta. a frecuen­ tar la casa Lapeira. no es para menos. qué iba a hacer. ¡Pero si él no tenía ningún apetito de paternidad. Doña Marta. Pedro... . Y lo comenta­ ban don Pedro y doña Marta. Con lo que se les ensanchó el -alma a la hija y a sus padres. «¡Cómo le tie­ ne dominado! ¡Le aisla de todo el mundo!»— se dije­ ron los padres. un an­ gelito caído le susurró en el silencio de la noche y del sueño. al oído del corazón: «Te teme. Y más cuando adivina­ ron sus intenciones.—Y no es para menos.

. D oña Marta.—Dejémosle venir.. D oña Marta... Don P edro.. . Unos puer­ cos todos... hombre de Dios.. y los- ojos siempre son jóvenes.. después de todo.... Pero esa ruptura tendrá que costarle algún sacrificio. que lo­ que busca es romperla? ¿No lo conoces? Don P edro.—Así sois los hombres..—Y si hubiese visto cómo le habían de­ jado sus nueve partos y el tener que trabajar ¿an­ duro. Porque yo­ le veo venir.—¿Y qué será de este chico ahora? D oña Marta.. mu­ cho.— ¡Y yo! ¿Y ella? Doña Marta..—¿Pero no ves.—¿Todos? Doña Marta.. con que. Pedro. D oña Mártá... y aunque sacrifique algo. Don P edro. ¡tú.—Y aunque así sea... D on P edro.— Y esa relación.—Ah. se comprende^ el bebedizo de la viudita esa.? Don P edro. acaso.—Perdona...—Tengo ojos en la cara... Y si hubiese sido capaz de ver bien a la otra.—Más que nosotros.. D oña Marta.. Doña Marta.. Don P edro.—Es verdad. D on P edro. picarón.. Don P edro.Tiene mucho. no! Tú.—A ella ya iré preparándole yo por si..42 Al I Q U E L DE U N A M U N O D on P edro.-—Sin duda.—Pero. Marta.. Pedro......

.» De quien estaba Berta perdidamente enamorada era. el hombre que ha hecho ella. Raquel era su ídolo... . o la suya propia? Y se decía: «Arrancarle ese hombre y ver cómo es el hom­ bre de ella.—Tenemos que redimirle.. n o s lo piden sus padres. Don P edro. Pedro... ¡Lo que le habrá ense­ ñado. el que se le ha rendido en cuerpo y alma.! Y él me hará como ella. de don Juan. ¿La de don Juan.—Y hay que hacer que nos lo pida tam ­ bién nuestra hija. La cual estaba por su parte ansiando la redención.. D O S M ADRES 43 D oña Marta...! ¡Lo que sabrá mi pobre Juan.. de Raquel.

.

como un mar sin fondo y sin orillas. sólo que no sabía cuát de ellas. y am bas le empujaban. le estaban desgarrando. Los ojos azules y claros de Berta.—¿Pero qué te pasa.. o mejor en torno de él. ¿No soy tu amiga de la niñez. .—Hermana. a Berta.. si Raquel o Berta. y delante. Berta. Entre una y otra.. la viuda. la doncella. empujábanle ai mismo abismo.—¿Qué? No te gusta eso de hermana. y detrás de él. Berta . le llamaban al abismo. Juan? Desahógate de una vez conmigo. ojos negros y tenebrosos de Raquel.? D on J uan. le quería en­ tero para la otra y cuál quería partirlo a muerte. 11[ El pobre Juan. ya sin don. envolviéndole... Habíase de perder en ellas. temblaba entre las dos mujeres... ¿Hacia dónde? Él presentía que hacia su perdición. De­ trás de sí tenía a Raquel. los. casi tu her­ mana. Sentíase como aquel niño que ante Salomón se disputaban las dos madres. Hermana. como una noche sin fondo y sin estrellas. entre su ángel y su demonio redentores..

quieres que sea y o quien me declare.. Berta . Berta.. Juan? ¿Cuándo has de tener voluntad propia? D on J uan.—Ahora sí. por lo visto.—Oh. Berta.. tú.—¿Cómo? Don J uan..—Te creo..-46 M IG U E L DE U N A Al U N O Don J uan. Raquel? Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sir violencia alguna.—Vamos. Berta.—Y puedo yo servirte de algo en eso. no! Berta .Epues.—Esa mujer.. Pero ahora. ¿quieres salvarme? Berta .. sin que le tambaleara la voz. Berta. ¿eh? Vamos. apenas si conocí a mi madre. me ha salvada de las mujeres. ahora necesito salvarme de ella.—Pero Berta. me ha salvado. Don J uan. Berta..—Que no...No puedo decir que he conocido mujer..—¡Mujeres.—¿Cuándo te vas a sentir hom bre. sí.—¿Y la viuda esa.. lo que se dice mujer.— ¡Acabáramos! ¿Quieres. Don J uan. Y al decir esto sintió' Juan que la mirada de los te­ nebrosos ojos viudos le empujaba con más violencia.—No la tuve. y de que .. sil ¡Pero mujer. i Don J uan. Berta. Don J úan.. . sí... casarte con­ migo? .Juan se lo oyera con absoluta tranquilidad..— ¡Casándote conmigo! Berta . Berta..—Pues bien. Don J uan.

—¿Vas a dejar antes a esa otra? Don J uan.—¿Claro? ¡Obscuro! ¿Quieres casarte con­ migo? Don J uan.. no hablemos más de ello.—Y que luche con la voluntad de ella.. ..— ¡Sí! Berta.—Berta..—E s para tenerla para lo que quiero hacer­ te mi mujer.. Berta . Juan? D on J uan....—Y entonces. tú no puedes mentir. Don J uan. así es—y bajó la cabeza.... Don J uan. Berta.—Bien. si quieres.—Así es. D on J uan.—Entonces. DOS M ADRES 47 D on J uan. «¿Habrá adivinado la verdad?». Berta. ¿No es así? Don J uan.. se dijo.—¡Claro! Berta .—Sí. Berta . Porque todo esto quiere decir que sintiéndote im po­ tente para desprenderte de esa mujer quieres que sea yo quien te desprenda de ella.—¿Pero la tienes.—Y que te dé una voluntad de que careces. ¿qué? Berta .—¡De propia voluntad! Berta..» Don J uan.....—¿De propia voluntad? Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y claros de la doncella.. Berta..—Así es. pero los ojos negros de la viuda le empujaron diciéndole: «Digas lo que dijeres. y estuvo por arredrarse.

Berta. Berta? Berta . D on J uan.— ¡Oh Berta.—Entonces.—¿Y ellos. Juan.. Pue­ den de un momento a otro aparecer mis padres..—¿Pero eres tan simple. —Que acudiremos todos a salvarte. Berta ....?- D on J uan.—¡Pues asi será! Don J uan.. como para no- ver que esto lo teníamos previsto y tratado de ello. .—Estate quieto....48 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Berta .! Berta. Mírame y no me toques.

TRES NOVELAS 4 . No era Raquel un obstáculo ni para los señores La­ peira ni para su hija. los señores Lapeira. El arreglo de la boda con Berta emponzoñó los ci­ mientos todos del alma del pobre Juan. y menos en su casa. como con una amiga inteligente y que había sido en cierto modo una salvadora de Juan. después de haber en­ tregado un pequeño caudal—y en esto sus futuros suegros estaban de acuerdo—a Raquel. ponían un gran empeño en dejar bien asegurado y a cubierto de toda contingen­ cia el porvenir económico de su hija. No era.. a su vez. Y Juan se resistía. alegando que luego de casa­ do haría un testamento en que dejase heredera uni­ versal de sus bienes a su mujer. hija única. y resistíanse por su parte a darle a su futuro yerno cuenta del estado de su fortuna. como algunos creían. y acaso pensa­ ban en el suyo propio. Aveníanse a vivir en buenas re­ laciones con ella. sino que tenían un hijo que de muy joven se había ido a América y del que no se volvió a h a­ blar. Los padres de Berta. a ese dotamiento. Los señores Lapeira preten­ dían que Juan dotase a Berta antes de tomarla por m u­ jer.

la de tu futura esposa.. la de tu futura esposa. después de todo. Y a la vez conocía mejor que nadie el estado de la fortuna de lo s señores Lapeira. El pobre Juan no aparecía ya sino como su administrador y apoderado.. tal vez antes d e que os caséis. no mujer. ¡Con tal de que se le asegurase la vida y la consideración de las gentes decentes y de ■bien! No era. lo que ni los padres de la angelical Berta ni nadie en la ciudad—¡y eso que se pretendía conocer a la viuda!—podía presumir era que Raquel había hecho firmar a Juan una escritura por la cual los bienes inmuebles todos de éste aparecían comprados por aquélla. y en todo caso poco después de vuestra boda. ni una aventurera vul­ gar ni una que se hubiese nunca vendido al mejor pos­ tor. de compasión acaso—pensaban y querían pensar los se­ ñores Lapeira..!. nuestra. la pequeña fortuna de los padres de Berta... Juan. es decir. Su enredo con Juan fué obra de pura pasión.—Mira. Y esto supo la astuta mujer mantenerlo secreto. esposa. y que al cabo Raquel misma contribuiría a la felicidad del nuevo matrimonio. ¿eh?... y todos los otros valores que poseía estaban a nombre de ella..so M IG U E L DE U N A M U N O seguros padresle hija de que ésta sabría ganar con sua­ vidad y maña el corazón de su marido por entero. Pero lo grave del conflicto. dentro de poco.. .. será mía. ¡esposa. Raquel.

—¿Tú? Raquel... ¿por qué te enamoraste de mí? ¿Por qué me arrebataste? ¿Por qué me has sorbido el tuéta­ no de la voluntad? ¿Por qué me has dejado como un pelele? ¿Por qué no me dejaste en la vida que llevaba. y ha salvado al que ha de ser el marido de nuestra hija y el salvador de nuestra si­ tuación y el amparo de nuestra vejez! ¡Y lo será.—¡Raquel! ¡Raquel! Raquel. Voy a comprar créditos e hipotecas..—No gimas así. Juan. Juan. si es '¿que tu esposa nos lo da.. Raquel! Juan se sintió como en agonía. Y si no.—Pero dime. —¿Nuestra? Raquel.. esa Raquel es una buena per­ sona.. Don J uan. michino. que pareces un corde­ ro al que están degollando. sí..—Me estás matando. Quelina. DOS M ADRES 51 "Don J uan. Raquel. Don J uan.. yo. dime—y al decirlo le'Jloraba la voz—.. después de arrui­ nado. yo. muerto de miseria y de podredumbre! .—Cállate. no es así! ¡Yo voy a hacerte hombre. toda una señora... vaya si lo será! ¿Por qué no? D on J uan. Raquel.. D on J uan.—Y así es.? Raquel.—¡No.—Sí. después de todo.—¡A estas horas estarías.. ¡Oh. Quelina. yo voy a hacerte padre! Don J úan. será para el hijo que tengamos.—¡Sí. Ya le tengo echada la ga­ rra a esa fortuna..

le apechu­ gó a su seno estéril. me robaste tú el alma. Don J uan.. ¡Esposa!.— ¡Hijo mío.52 M IG U E L DE U N A M U N C D on J uan. le abrazó..—Sí... perdido.. hijo mío. Raquel. Raquel. sí.. Y le decía: Raquel. ¿No es esto miseria? ¿No es podredumbre? ¿Es que soy mío? ¿Es que soy yo?- ¿Por qué me has robado el cuerpo y el alma? El pobre don Juan se ahogaba en sollozos.. y hun­ diendo su cabeza sobre la cabeza del hombre.—¿Y si no le tenemos? .. Te vi buscando lo que no se en­ cuentra. ¿No soy tu mujer? D on J uan... Como lo eres tú. tú.—Sí ... Y ahora quiero que me le des. Volvió a cogerle Raquel como otras veces.. Don J uan. Y me robaste el cuer­ po... así dicen los zapateros: «¡Mi esposa!» Y yo seré tu madre y la madre de vuestro hijo.. de mi hijo..! No te robé yo. tú eres mi mujer. Raquel. no será tuyo.—Pero. tú. cubrién­ dole los oídos con su desgreñada cabellera suelta. hijo mío..—Y ella será tu esposa. contra sus pechos. maternal­ mente. Y creí que me darías el hijo por el que me muero. ¡Hijo mío. le sentó sobre sus piernas. henchidos de roja sangre que no logró hacerse blanca leche... Y creí encontrarlo en ti. será mío.! Te vi perdido. perdido. m uer­ to de miseria y de podredumbre...... hijo mío. hijo mío. mío. entre hipos... Y yo buscaba un hijo.. Quelina.. lloró.....— ¡Mejor.. sobre él. mejor! Muerto.. mío..

.— ¡No. Juan. ven! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Para qué quiero más hijo que tú? ¿No eres mi hijo? Y tuvo que acostarle. Don J uan.? Soy capaz de. ven. Juan.. se puso en pie como herida. pero al punto.—¡Calla. pasado el sablazo de hielo de su pecho. que la ronquera de tu voz me da miedo! Raquel.. miró a Juan con una mirada de tala­ dro. abrió los brazos a su hombre gritándole: Raquel. .. calla! ¿Si no le tenéis? ¿Si no Tíos lo da.? Raquel le echó de sí con gesto brusco. y de casarte luego con otra! Don J uan. calenturiento y desvanecido. Raquel.. ven.—jCalla.—¿Y si consiste en mí. D O S M ADRES 53 Raquel.—¡Sí..

.

así. Raquel. mío.—No creí.. ¡Imbéciles! ¿Y ella? ¿Tu esposa? Don J uan.. Raquel. pues de veras estaba enferma. tú no eres de ella. la de la niña y la de sus papas. las conveniencias sociales. D on J uan. Cierto es que nuestras relaciones no han sido nunca escandalosas. mío... pero son algo bien conocido de la ciu­ dad toda.—Por Dios. Raquel no consintió en asistir a la boda como Berta y sus padres habían querido. Juan. Y .. Y al empeñarse en que me convidaras a la boda no pretendían sino hacer más patente el triunfo de su hija... V No. mío. Cono­ cía su fatuidad y su presunción. Raquel. ni soy mío.—Tú eres mío.—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he enseñado no pue­ des enseñarle nada! ¿Qué tal tu esposa? Tú. que no nos hemos presentado en público haciendo alarde de ellas.. ni tuvo que fingir enfermedad para ello. michino. pero no los creía capaces de disponerse a afrontar. Raquel. mira que... que llegaran a tanto.—No.

—Sí.—Lo sabía. te imita en cuanto puede. en el aire..—¿Qué? Don J uan. .—No hay Raquel que valga... ¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme. Raquel.. Raquel. casi al lado.56 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ahora ya sabes vuestra obligación. Don J uan. Raquel..—Pero..—Sí.. observé que me estudiaba.. en el ves­ tir. tan cerquita..—Que está prendada de ti. en aquella visita de ceremonia casi.—Y dice que debemos intimar más. Raquel. que compares. Raquel.. A tener juicio..—Yo creo otra cosa..—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez en cuando a verte. atravesado por una estocada de ahogo. Y dijo: Raquel. pues.. Ahora te debes a tu esposa. y se llevó las manos al pe­ cho. ¡Atiéndela! Don J uan.. ya que vivimos tan cerca. Raquel.. Y ven lo menos que puedas por esta nuestra casa. en el peinado.—Es su táctica para sustituirme... ¿no es eso? Don J uan. que la sub­ yugas. Don J uan. D on J uan. Quiere que nos veas a menudo juntas. que se le puso de re­ pente intensamente palida..—Lo que hace falta es que todo ello fructifi­ que. Raquel dobló al suelo la cara. en los ademanes. cuando vinisteis a verme la primera vez.

. Raquel... Don J uan. la viuda le rechazó diciéndole: Raquel.. D on J üan...—Pero ven. DOS M ADRES 57 Como Juan se le acercara en busca del beso de des­ pedida—beso húmedo y largo y de toda la boca otras veces— . hijo mío.—Ahora vete y cumple bien con ella. ¿tu mujer.—Que eres mi cielo..—No.? ¿De tu esposa? Y yo. toma. que puedo sentir celos de tu esposa.—¿Celos? ¡Mentecato! ¿Pero crees. . ¡ahora ya no! Ni quiero que se lo lle­ ves a ella ni quiero quitárselo. Si no. Y cum­ plid bien los dos conmigo. ya lo sabes. soy capaz.. michino.. le dio un beso seco y ardiente sobre la frente. ven acá.—Otras veces dices que tu infierno. Raquel.. Le cogió la cabeza entre las manos.. y le dijo en despedida: Raquel.? ¡Para casar y dar gracia a los casa­ dos y que críen hijos para el cielo! ¡Para el cielo y para mí! D on J uan.—¿Celos? Raquel.—Es verdad..

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yo sé que si usted.—No. Berta. Y así se dejaba absorber por la dueña de Juan. hubiese salvado de las mujeres. I Y era verdad que Berta estudiaba en Raquel la ma­ nera de ganarse a su marido. Y hasta esperaba su vi­ sita. no le. así.—Le chocará verme por aquí.. y se iba descu­ briendo a sí misma al través de la otra... le habían mandado a su Juan a una partida de caza con los amigos. fué la esposa a ver a la viuda. Raque y Berta. .. sí. —¡Bah! De las mujeres. Berta . parece haber hecho por su esposo..—Y he sabido apreciar también su genero­ sidad. no me choca. Berta . y a la vez la m anera de ganarse a sí misma...... Después de todo. y acaso el matrimonio.. algo me. de ser mujer. sola. y en ocasión en que las dos. de ser ella.. —La esperaba. Raquel.. un dia no pudo resistir. Raquel. Al fin. por nuestro buen Juan.—Sí. Berta.—¿Esperarla? Raquel. con su amistad..

.—¡Fui casadal . gracias.. Berta? ¿No ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano. no habría hecho que criásemos hi­ jo s para el cielo.—¿Generosidad? ¿Por qué? [Ah.— ¡Ah! Berta . hábleme así! Raquel. Berta . sí.—¿Le choca? Raquel..—¡Oh.—No podía sacrificarle así a mi egoísmo. Raquel. a ser sincera! Berta . ¿Por qué se ruboriza así.—-Pues por haberlo hecho por él. pero ya irá usted apren­ diendo..—¿Gracias? ¡Gracias. ¡Lo >que yo no he logrado.iba a ligarle a mi suerte? Porque.. sí.. no! ¡Lo he hecho por él! -Berta. ¡gracias! Raquel. no. sí.—¿Cree que no lo soy? Raquel... Y el ma­ trim onio es una escuela de ellos.—Lo suponía.—Hay fingimientos muy sinceros.— ¡No..? Raquel.“60 M IG U E L DE U N A M U N O Raquel..—Pero como estábamos a prueba y la ben­ dición del párroco. no me choca. Raquel.— ¡Sí. que lo logre él! Berta . aunque nos hubiese casado y dado gracia de casados. Berta ..¡Pues. en efecto.? Berta . él quiso casarse conmigo.—¿Y cómo... gracias! Raquel..—No. ya caigo! .. Berta .—¿A qué? ¿A fingir? Raquel. no! ¿Cómo .

— Con esos peros no irá usted a ninguna parte... Y bus­ car al hombre en él. que rompió Berta excla-- mando: ..—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?- Berta . Bertar que tiene que atender al hombre.. Creo que- nací viuda. Siempre lo fui.. Berta ....—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adonde? Berta. sí. Raquel.—Viuda.— ¡No.—De eso trato. Y ahora le digo.. el hombre! Cuando rae dijo que yo le había salvado a nuestro Juan de las mu­ jeres me encogí de hombros.. acerados..—Sí.. Raquel. no! Pero. Mi verdadero marido se me murió antes.— ¡A ser madre! Esa es su obligación. Y al cabo: Berta .—¿Y adonde he de ir? Raquel.—Que no le encuentro la voluntad.—¿Pero qué? Berta . Berta .. el hombre.. a su hombre. es cierto que es usted viudal Raquel. ¿Adónde? Raquel. intensamente pálida. Berta .. no. Raquel.— ¡Oh... vaciló. Viuda.—Los hombres...— ¡Ah. Raquel. mientras los ojos de Raquel. DOS M ADRES 61. séalo usted! Hubo otro silencio opresor.. pero. ¡Pero dejém onos de locuras y desva­ rios! ¿Y cómo lleva a Juan? Berta . hendían el silencio.. de yo nacer. -¡Ya que yo no he podido serlo.

*62 M IG U E L DE U N A M U N O

Berta .—¡Y io seré!
Raquel.— ¡Gracias a Dios! ¿No le pregunté si venía
•.acá a buscar la voluntad de Juan? ¡Pues la voluntad de
.Juan, de nuestro hombre, es ésa, es hacerse padre!
Berta .—¿La suya?
Raquel.—Sí, la suya. ¡La suya, porque es la mía!
Berta .— Ahora más que nunca admiro su genero,
sidad...
Raquel.—¿Generosidad? No, no... Y cuenten siempre
con mi firme amistad, que aún puede serles útil...
Berta .—No lo dudo...
Y al despedirle, acompañándole hasta la puerta, le
dijo:
Raquel.— Ah, diga usted a sus padres que tengo que
ir a verlos...
Berta .—¿A mis padres?
Raquel.—Sí, cuestión de negocios... Para consolar­
me de mi viudez me dedico a negocios, a empresas
financieras...
Y después de cerrar la puerta, murmuró: ¡Pobre es-
i'posa!

VII

Cuando por fin, una mañana de otoño, le anunció
Berta a su marido que iba a hacerle padre, sintió éste
sobre la carne de su alma torturada el doloroso roce
de las dos cadenas que le tenían preso. Y empezó a
sentir la pesadumbre de su voluntad muerta. Llegaba
el gran combate. ¿Iba a ser suyo, de verdad, aquel
hijo? ¿Iba a ser él padre? ¿Qué es ser padre?
Berta, por su parte, sentíase como transportada. ¡Ha­
bía vencido a Raquel! Pero a la vez sentía que tal vic­
toria era un vencimiento. Recordaba palabras de la
viuda y su mirada de esfinge al pronunciarlas.
Cuando Juan llevó la buena nueva a Raquel, palide­
ció ésta intensísimamente, le faltó el respiro, encen-
diósele luego el rostro, se le oyó anhelar, le brotaron
gotas de sudor, tuvo que sentarse, y al cabo, con voz
de ensueño, murmuró:
Raquel.— ¡Al fin te tengo, Juan!
Y le cogió y le apretó a su cuerpo, palpitante, frené­
ticamente, y le besó en los ojos y en la boca, y le
-apartaba de sí para tenerle a corto trecho, con las pal­

64 M IG U E L DE U N A M U N O

mas de las manos en las mejillas de él, mirándole a los
ojos, mirándose en las niñas de ellos, pequeñita, y lue­
go volvía a besarle. Miraba con ahinco su propio re­
trato, minúsculo en los ojos de él, y luego, como loca,
m urmurando con voz ronca: «¡Déjame que me bese!»,
le cubría los ojos de besos. Y Juan creía enloquecer.
Raquel.—Y ahora, ahora ya puedes venir más que
antes... Ahora ya no le necesitas tanto...
Don J uan.—Pues, sin embargo, es ahora cuando-
más me quiere junto a sí...
Raquel.—Es posible... Sí, sí, ahora se está hacien­
do... Es verdad... Tienes que envolver en cariño al po-
brecito... Pero pronto se cansará ella de ti..., le estor­
barás...
Y así fué. En los primeros meses, Berta le quería
junto a sí y sentirse mimada. Pasábase las horas
muertas con su mano sobre la mano de su Juan, mi­
rándole a los ojos. Y sin querer, le’hablaba de Raquel.
Berta .—¿Qué dice de esto?
Don J uan.—Tuvo un gran alegrón al saberlo...
Berta .—¿Lo crees?
D on J uan.— ¡Pues no he de creerlo...!
Berta .— ¡Yo no! Esa mujer es un demonio..., un de­
monio que te tiene fascinado...
Don J uan.—¿Y a ti no?
Berta .—¿Qué bebedizo te ha dado, Juan?
D on J uan.—Ya salió aquello...

y sé por qué no te quiso por marido..... ¡mío!—pensó Juan— .— ¡Como tú.—Pero ahora serás mío.. vete a verla y comentad mi pasión. ella misma.? ¡Y no... ¡Así dicen las dos!» Berta. D on J uan. Entró en el período de mareos.—Qué cosas estás diciendo... sí. que al fin es una mujer. hombre. vete..—Ahora. quítate de ahí. no! TRES NOVELAS S .. e íbase colga­ da de su brazo. no.—¿Ahora? Berta. Berta..—¡Tenemos que ir a verla! Don J uan.— ¡A verla que me vea! ¡A ver cómo me ve! Y Berta hacía que su Juan la pasease. cuando le costaba ya moverse con soltura.. ahora. y fué que ya su marido le estomagaba y que buscaba la so­ ledad.. ¿Por qué no? Don J uan. «¡Mío!. bascas y vómi­ tos. Pero meses después... no me sobes! ¡Vete. Ya sé. ¡Qué lastima que no paséis estas co­ sas vosotros los hombres. sólo mío. ya sé que quisiste casarte con ella. Berta. vete y tarda en volver. DOS M ADRES 65 B erta .. que voy a acostarme! Anda. buscando las miradas de las gentes.. qué haces ahí? Anda..» Don J uan.—Pero si me lo ha dicho ella.—¿A verla. y alguna vez le decía a su Juan: «¿Qué haces. ocurrió lo que Raquel había anticipado..! Quítate de ahí.. una mujer como yo. hombre. ¿No te estarás quieto? ¿No dejarás en paz esa silla.. que me mareas. vete a tomar el fresco y déjame en paz. o a que te vea.? Berta.

—¡No.. y al amanecer.. Anda.... Y los hombres sois todos unos cochinos...» . como yo no! Ella no ha pasado por lo que estoy pasando.66 M IG U E L DE U N A M U N O Berta .. Alguna vez le retu­ vo toda la noche.. Y cuando Juan iba de su casa a casa de Raquel. vete. Vete a ver a tu viuda.. vete. abriéndole la puerta para que se deslizase afuera. la viuda casi enloquecía de placer. vete a verla.. Y le retenía consigo. Y repetíase lo de los besos en los ojos. Y dile que no la olvido y que espero. vete y consuéla­ la con buenas palabras. y le contaba todo lo que la esposa le había dicho. le decía tras del último beso: «Ahora que no te espera..

Los gemidos y quejumbres de Berta le llegaban como de otro mundo.—¡No hay pero! ¡Y aquí estoy! D on P edro..—Viuda.—¿Qué. sí.. Raquel..—¡Yo. Y luego se oyó la conversación de Raquel y doña Marta. por Dios. yo! Vengo por si puedo servir de algo.. servir usted? ¿Y en este trance? Raquel.. no soy una buena am iga de la casa? ... Don P edro. don Pedro..—Bueno.. sentado en un rincón obscuro a la espera del nieto.. Raquel. para ir a buscar algo o a alguien... V III Juan se paseaba por la habitación como enajenado.—¿Usted. No veía al señor Lapeira. No olvide... Raquel.—Sí. que soy viuda. Doña Marta. señora. pero.. voy a decírselo a mi mujer. "Sentía pesar el vacío sobre su cabeza y su corazón. Qué sé yo. no se sorprendió al ver que la puerta se abría y entraba por ella.. sí. a su suegro. Y como el pobre Juan creía soñar.—Pero. ¡Raquel! —¿Usted?—exclamó don Pedro poniéndose en pie. Don P edro.

al poco. y Raquel se que­ dó escuchando al silencio que siguió al grito... Raquel....... sí. pero que no lo sepa.—Y si me oye. Raquel. ¿qué? Doña Marta . señora. Doña Marta corrió al lado de su hija. . Luego se sentó.. En aquel momento se oyó un grito desgarrador. Y al sentir.— Sí... más bajo.68 M IG U E L D E U N A M U N O D oña Marta..—¡Se llamará Raquel! Y desapareció la viuda. que no le oiga.—Una niña. que no le oiga. le detuvo cogiéndole de un brazo y le interrogó cor? un «¿qué?» de ansia. Don J uan. más bajo..—Por Dios. que pasaba Juan a su lado...

. y es que debe pe­ dírsele que sea madrina de la niña. Y más cuando va extraviada. Doña Marta... IX En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros. los abuelos de la nueva mujercha que llegaba al mundo. para ti ha sido como una madre. le debemos tanto a esa señora..—Tanto más cuanto que eso saldrá al paso a odiosas habladurías de las gentes. Don P edro. Don J uan.— ¡Sin dudal . Don Pedro. es verdad.—Sí. bien.. Parecían abrumados. que se la llamara Raquel a su hija. los se­ ñores Lapeira no opusieron objeción alguna. hay que afrontar la murmuración pública.—No dirán más..—No... lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la espalda el corazón. le sorprendió el que al insinuar él. sí.. Don J uan.. y después de todo. ¿Qué había pasado allí? Doña Marta..—Y aun creo más. ¿O es que en esto no puedes presentarte en la calle con la cabeza alta? Don J uan. tanto.—Sí.

con incesante zumbido de cabeza y viéndolo todo como envuelto en niebla. a conse­ cuencia de grandes pérdidas de sangre.—Bástele. que aunque casi silencioso llenó con su rumor toda la estancia. que decía: Raquel. a la madre de la niña. se instalaba casi en la casa y empezaba a disponerlo todo.. . a Berta. la madrina. Correrían peligró­ las dos vidas.. ésta contestó tristemente: «¡Sea como queráis!» Verdad es que la pobre. Y miró don Pedro a su mujer como quien ha dicho- una cosa profunda que le realza a los ojos de la que mejor le debe conocer. Porque no me parece que en el estado en que se queda. Y más grande fué la sorpresa—que se le elevó a te­ rror del pobre Juan—cuando oyó que al proponerle todo aquello. a cada cual su con­ ciencia. hay que buscar nodriza. La vió la nueva madre acercársele y la vió como a un fantasma del otro mundo. estaba como transportada a un mundo de ensueño.—Y ahora.70 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Don P edro. Berta. lo del nombre y lo del madrinazgo. como de ama. sea prudente querer criar a la niña. Brillábanle los ojos a la viuda con un nuevo fulgor. pues. Raquel. Y oyó la voz de la viuda. firme y segura. Al poco. Berta sentía agonizar en sueños un sueño de agonía. Se arrimó a la recién parida y le dió un beso.

Raquel.. no... es muy natural. basta.—¿Quién? ¿La niña? ¿Mi Quelina? No.—Pero Raquel... sentía sueño. Raquel. y un terror loco le llenaba el corazón vacío. y lue­ go la besaba con un frenesí tal. Y fué y tomó a la criatura y empezó a fajarla.. gimió: Berta. DOS M ADRES 71 Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas. aunque muriese. ¿Qué le cantaba? Y se hizo un silencio espeso en torno de aquellas canciones de cuna que parecían ve­ nir de un mundo lejano. así como de Juan.. perdido en la bruma de los ensueños. lo comprendo. Sé lo que es una madre. pero sueño de morir. Y entonces Raquel se puso a mecer y a abrazar a la criaturita. Y no pu- diendo resistir la pesadilla... basta... que la pobre nueva ma­ dre sentía derretírsele el corazón en el pecho. Lo q u e la pobrecita necesita es sueño. oyéndolas. Y J u a n .. muy lejano.. dormir. cantándole extrañas canciones en una lengua desconocida de Berta y de los suyos.. R aquel. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué signifi­ caba todo aquello? ¿Qué significaba su vida? . pero la prudencia ante todo.—Sí. Hay que guardarse para otras ocasiones. Berta. No vaya a mo­ lestarle.—Basta.

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Berta. -sus buenos padres. no logra­ ba llegar. apercibióse a la lucha. Ni lo intentaba.? ¡No. .—¿Cómo? Raquel... recuerdos de mi infancia.. Y luego aquellas canciones de cuna en lengua extraña. no podía querer saber másl ¡Sabía ya demasiado! ¡Ojalá no supiera tanto! ¡Ojalá no se hu­ biera dejado tentar de la serpiente a probar de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal! Y sus padres. por Raquel y por la nodriza que Raquel buscó y que la obedecía en todo. Berta.—¿Pero qué es eso que le canta? Raquel. ¿Para qué. parecían como huidos de la casa. X Más adelante. no vió todo. cuando Berta fué reponiéndose y em­ pezó a despertarse del doloroso ensueño del parto y se vio separada de su hijita. ella.—No quiera saber más. al fin vió a quién y a qué había sido sacrificada. Berta.—¡Oh. de su Quelina.! Berta . no podía ver todo. Al fin vió claro en la sima en que cayera. Es decir. Berta. Había en la viuda abismos a que ella. pues sólo el asomarse a e¿los le daba vértigo..

. enjabelgándola.—No digas eso.. conmigo. lloraba. Berta adivinó todo el tormento de su hombre.. Quería su hombre. Berta . con- tu Berta. quedóse luego como muerta de terror al ver la congoja de muerte que crispó.... Y como una de estas veces la esposa madre gimiese «¡Hijo mío! ¡Hijo mío.— Calla. que me estás ma­ tando.. de algún terrible peligro. la cara de su Juan.. no digas. agitado por convulsos sollozos. ¡su hombre! . Aun­ que para ello hubiese que abandonar y que entregar a la hija..? Don J uan.. la nodriza quien se la llevaba. no digas eso.74 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Había que llevarles la nietecita a que la vieran. hijo mío? ¿Qué tienes? Don J uan.. Juan..... eso.. calla. mientras su pecho.—Pero si estás conmigo.!». Y se propuso irlo ganando. hijo.—¿Qué te pasa... y apoyando su cabeza sudorosa y desgreñada sobre el hombro de su marido lloraba.. Don J uan. ¡Y era. Quelina.! ¡Hijo mío. B erta.. latía sobre el pecho acongojado del pobre don Juan. de su pobre Juan. ahijándolo.—No sé dónde estoy. Berta ..! Lo que sintió entonces Berta fue encendérsele en el pecho una devoradora compasión de su hombre.—¿Pero qué tienes. rescatándoselo. Tomábale en sus brazos flacos como para ampararle de algún enemigo oculto. lloraba.

mi Quelina. no a su ahijada. Esta se debe a mí. entrégate más a ella. a nuestra Berta. mía. de una venganza suave y adormecedora como- un veneno que hace dormirse? ¡Y cómo le miraba aho­ ra Raquel a él. a tu esposa.—Mira. porque ésta. eran los antiguos encuentros. ¿hablaban de una dulce ven­ ganza. la de la viuda— . Es menester que le des un hijo. Sentía que para Ra­ quel no fué más que un instrumento. me la debo a mí misma. como nos contaban en la Historia Sagrada. que ella lo merece. a su Juan! Y le buscaba menos que antes. el hombre. sólo que más sombríos y más frenéticos.- . Poco me faltó para hacerle a tu Berta. hijo mío! D on J uan. iba sintiéndose por su parte hombre. parir sobre mis ro­ dillas. ¿Un medio de qué? ¿De satisfacer un furioso hambre de ma­ ternidad? ¿O no más bien una extraña venganza.— Que me matas. ¡En­ trégate ahora a ella.—Y ahora—le dijo una vez—dedícate más a tu Berta. hombre más que padre. un medio. ésta es mía. una venganza de otros mundos? Aquellas extrañas can­ ciones de cuna que en lengua desconocida cantaba Raquel a Quelina. son ya muchas las veces que­ me vas saliendo con esa cantilena y estoy segura de. sí. Y tú lo sabes. Raquel. DOS M ADRES 75- Y él. Juan. Pero cuando le buscaba y le encontraba. Juan. sino a su hija—su hija. Raquel. Raquel. mía.

¡don Juan de anta­ ño! No quiero que !o partamos en dos. Raquel. Berta—y recalcó el te— . Si quieres. Estaba ganándote a tu marido.. como un yugo. Pues que a mí me ha hecho ya madre. como él dice... mátate. te he visto que venías. Aquí está el niño. de quien se apartó un poco entonces. pues.. Y que puedas llamarle a boca llena: ¡hijol Si es que con esto de llamarle hijo no le estamos ma­ tando. Y como Juan forcejease entonces por desprender­ se de los brazos recios de Raquel. ganándolo para ti. que sería mu­ darle como él dice. ¡que nos vea! -Entró Berta. alguna vez. sobre el cuello de Juan. . Te lo cedo. Ya sabrás la historia de las dos madres que se presentaron a Salomón reclamando un mismo niño. que te haga madre a ti.—Es decir. que tú. Estaba diciéndole que se t® entregue y que se te entregue sin reservas. ésta le dijo abra­ zándole: Raquel. a tu esposa. porque le haces todavía mucha falta a tu Berta en ■el mundo. el. Tómalo todo entero. pero no nos vengas a culparnos de ello...—Sí. ya lo he visto. pro­ siguió: Raquel —Pero te equivocas. Berta .. Y poniendo su mano.— Te he visto. matarte.76 M IG U E L DE U N A M U N O que se la habrás colocado también a ella. Pero yo creo que debes vivir.

otra como vosotras? ¿Como vosotras. yo.t ¿Que me entregue yo? ¿Que te entregue mi Quelina. Berta—¿Y qué culpa tengo yo de que ni tu marido ni luego Juan pudiesen contigo lo que éste conmigo ha podido. ¡Pero dame a mi hija.—¡Yo soy aquí la madre de verdad. yol Entonces Be»ta. no! La madre soy yo. también yo sé. yo. .—¿Y tú. arrancándolo de bajo el yugo de Raquel.. te vas a repar­ tir? ¿O estás para tu esposa entero? Juan huyó de las dos. a. Raquel. fuera de sí. a. Juan. del brazo.... sí.—A. tú. otra Ber­ ta Lapeira..—¡Pues bien. cogió a su marido. las honradas esposas? Ah.—¿A mi Quelina? ¡Que es yo misma. se lo presentó a ésta y le gritó: Berta. lo que he podido yo con él? Raquel.. es­ posa.. mi Raquel. que- se dejaba hacer.. también yo fui esposa. devuél­ veme a mi hija! Raquel. le quiero más entero que tú... y o . Y le quiero entero.. para que hagas de ella otra como tú.. DOS M ADRES IT Raquel. Le quemaba los labios el nombre..—¿Qué hija? Berta. hi-jo mí-o. Tó­ malo y acaba de matarlo.

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¿Y de qué va a vivir? ¿Quién la va a mantener? ¿Quién la va a educar? ¿Y cómo? Y tú.. le vieron ro­ dar por el precipicio. Al bordear un barranco le vieron desaparecer del carruaje—no sabían decir si porque cayó o porque se tirara— . ya lo sabes! . lo volvieron a su casa moribundo y se murió en ella sin recobrar el conoci­ miento. XI Juan huyó de las dos. ¡Qué mirada la que Raquel y Berta se cruzaron so­ bre el cuerpo blanco y quieto de su Juan! Berta . Raquel.! ¡Todo lo que hay aquí es mío! ¡Y si no lo sabías.. en automóvil.. ¿de qué vas a vivir? ¿Y de qué van a vivir tus padres? Berta . es­ taba destrozado.—Claro..—¿Y la fortuna de Juan? Raquel. Tenía partida la cabeza y el cuerpo todo magullado. y cuando luego le recogieron.—¡Juan no deja fortuna alguna. Ni el chauffeur ni el amigo que le acompaña­ ba supieron explicar bien lo ocurrido.—Ahora—dijo B erta—lo de la niña. está claro. y algo más. lo de mi hija. ¿Cómo fué ello? Sólo se supo que habiendo salido en excursión hacia la Sierra.

El único consuelo era. señores Lapeira. y al cabo aceptaron el compromiso. de mi hija.. los. las ladro­ nas sois vosotras. Piénsalo.—¿En paz? Raquel.—¡A los ojos del mundo.. en paz! * * * Berta tuvo largas conversaciones con sus padres.—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona! Raquel. Y ahora piénsalo bien con tus padres. o en paz con la ladrona. Pien­ sa si os conviene vivir como mendigos. informáronse del testamento de don Juan. y no sabes quién le ha. robado a quién. las de tu condición. te dotaré. a la que había..que Berta volvería a ser ma­ dre y que Raquel consignaría un capitalito a nombre del hijo o hija postumos del pobre don Juan. a cambio. Acaso la ladrona eres tú. una ladrona como vosotras... Los sostendría Raquel. toda ella en poder de Raquel. con un abogado de mucha nota y reputación. y los tres. que ceder la niña.—Si te vuelves a casar—le dijo Raquel a Berta— ..80 M IG U E L DE U N A M U N O Berta . Y no quiero que hagáis de mi Quelina. No se está bien de viuda.—Esas son palabras. en que aparecía no tener nada propio.. Pero- ¿cómo se criaría esta desdichada criatura? Raquel. del estado de su fortuna. Berta. .

EL MARQUÉS DE LUMBRÍA 'JRIÍS NOVELAS .

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que es como se le llamaba en la adusta ciu­ dad de Lorenza. las moscas. casi siempre permanecía con las ventanas y los balcones que daban al mundo cerrados. don Rodrigo Suárez de Te­ jada. «El pol­ vo de la calle y la luz del Sol—solía decir—no hacen más que deslustrar los muebles y echar a perder las habitaciones. y en Lo­ renza apenas hay días nublados. y frente a la ponderosa y barroca fábrica de ésta. Y ello porque el excelentísimo se­ ñor marqués de Lumbría.. daba al Mediodía. Su fachada. parecía un arca de silenciosos recuer­ dos de misterio. «1 palacio. acaso de un tiñoso. tenía horror a la luz del Sol y al aire libre. a la gran plaza de la Cate­ dral. todos sus huecos per­ manecían cerrados. y luego.» El marqués tenía verdadero horror a las moscas. La casona solariega de los marqueses de Lumbría.. que podían venir de un andrajoso mendigo. A pesar de hallarse habitada. Por la trasera daba la casona al enorme tajo escar­ .. El marqués temblaba ante posibles contagios de enfermedades ple­ beyas. en la que se destacaba el gran escudo de armas del linaje de Lumbría.. pero como el sol la bañaba casi todo el día. Eran tan sucios los de Lorenza y su comarca.

y con su segunda mujer. su señora. libre del sol y de sus moscas. Era una tradición de familia.84 M IG U E L DE U N A M U N O pado que dominaba al río. y ésta era la espina dolorosísima de su vida. y en especial del ruido. con doñíi Vicenta. y al arrullo del silencio de la plaza de la Catedral. la mayor. que cuando no estaba durmiendo estaba quejándose de todo. a la umbría. Carolina. la marquesa temía al ruido. El excelentísimo señor marqués de Lumbría vivía con dos hijas. la señora se quedaba en el salón delantero a echar la siesta sobre una vieja butaca de raso. forcejando con espumarajos por abrir­ se paso entre las rocas del tajo. solía el marqués ponerse a leer mientras le arrullaba el rumor del río. que gruñía en el congos­ to de su cauce. y Lucía. y la señora le había resultado estéril. Como que para tenerlos se había casado. doña Vicenta. a poco de enviudar con su mujer. a la que no había tocado el sol. Porque así como el marqués temía al sol. el marqués la respetaba. Y en un balcón puesto allí. El marqués de Lumbría no tenía hijo's varones. al son del canto secu­ lar del río. La vida del marqués transcurría tan monótona y co­ . Y aun­ que la yedra era abrigo de ratones y otras alimañas. Una manta de yedra cubría por aquella parte grandes lienzos del palacio. y mientras aquél se iba en las tardes de estío a leer en el balcón en sombra. entre yedra. señora de brumoso seso.

Entre tanto. y por la noche tenía su partido de ti e- sillo con el penitenciario. La mayor. pero al . como por máquina de reloj. Carolina y Luisa tenían que reñir. de aso­ marse a las ventanas y los balcones y hasta de criar -en éstos flores de tiesto. odiaba al sol.y dehesas. la marquesa dormitaba y las hijas del m ar­ qués hacían labores. Llegaban a la misma hora. refiriéndose a un jardincillo anejo al palacio. t y se mantenía rígida y observante de las tradiciones de la casa. som­ bre la que se ostentaba la placa del Sagrado Corazón de Jesús con su «Reinaré en España y con más vene­ ración que en otras partes». le decía éste a su hija. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 85 tidiana. a las que iba en visita. un beneficiado y el registrador de la Propiedad. Porque como para matar el tedio que se corría des- -de el salón cerrado al sol y a las moscas. mientras Luisa gustaba de cantar. siempre corta. como su padre. como el gruñir del río en lo hondo del tajo o como los oficios litúrgi­ cos del cabildo de la catedral. «¿Nolienes el jardín?». de vez en cuando. según el marqués. sentábanse en derredor de la mesita—en invierno una camilla—dispuesta ya. cruzaban la gran puerta. hasta los muros vestidos de yedra. consejero íntimo de la famh lia. y al dar las diez. aunque hubiera puestas. Administraba sus fincas . para el siguiente día. leían libros de edificación—acaso otros obtenidos a hurtadillas—o reñían una con otra. Carolina. se iban ale­ jando. tan consuetudinaria y ritual. costumbre plebeya.

perdone. y regar­ los. ¡Chiquilladas.qué viene eso. Pero ella. y la hermana mayor.». un castillo encantado le llamara a su socorro.M U N O que rara vez bajaban sus habitantes. se hacen en forma y seriamente. y con este pretexto. y ésta dijo: —No me parece. y al exclamar Luisa: «¡Oh. Y ello fué que. asomarse a ver quién pasaba. las hijas de . por entre las flores del balcón de su dormitorio. hija—le dijo su padre— . Luisa. a la que vió sonreír. Luisa se quedó mirando a su hermana mayor.86 M IG U E L DE U N A . padre?—exclamó Luisa.. «Qué mal gusto de atisbar lo que no nos importa. Y los asomos al balcón del dormitorio y el riego de- las flores de tiestos dieron su fruto. hermana. Tristón Ibáñez del Gamonal. se fijó en la hija segunda del marqués de Lumbría. que daba a una calleja de la plaza de la Catedral... que nosotras. éste sin­ tió como si la voz doliente de una princesa presa en. con ojos como de violeta y boca como de geranio. Tristán!». quería tener tiestos en el balcón de su dormitorio.. de una familia linajuda también y de las más tradicionales de la ciudad de Lorenza. se le vino encima el agua del riego que rebosaba de los tiestos. — Esas cosas. al pasar un día Tristán por la calleja. sino de andar a caza!» Y ya la tenían ar­ mada. aña­ día: «¡No. — Carolina te lo dirá. Carolina. no! —Pero ¿a.. decía el padre.

¿Para eso eran las flores? — Que pida entrada ese joven—sentenció el padre— . la señora dormitaba en un rincón de la sala. Carolina? —Yo—dijo ésta—tampoco me opongo. notaron que a poco de la admisión . haciendo labores de punto o de bolillos. sino siempre con las dos her­ manas. ¿Y tú. a quienes intrigaba el mis­ terio de la casona. la servidumbre de la casa y hasta los del pueblo. No le im por­ taba. y junto a ella Caro­ lina y Luisa. todo se arreglará. pues así le ins­ truiría mejor en las tradiciones y costumbres de la casa. En esto era vigilantísimo el padre. cuchicheaban con Tristón. en cambio. y pues que por mi parte nada tengo que oponerle. al cual procuraban no dejar^ le nunca solo con Luisa. La señora tardó en enterarse de ello. Y mientras transcurría la sesión de tresillo. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 87 los marqueses de Lumbría. Y se le hizo a Tristón entrar en la casa como preten­ diente formal a la mano de Luisa. * * * Los contertulios tresillistas. hemos de andar haciendo las osas en cortejeos y pelando la pava desde el balcón como las artesanas. que alguna vez recibiera a solas Ca­ rolina al que había de ser su cuñado.

por supuesto. a constantes disensiones. a quien. y la he llevado a que se reponga. por lo demás. La taciturnidad del marqués se hizo mayor. llevándose consigo a su hija mayor. ¡cosa de nervios!. sólo una no­ che se creyó obligado a dar alguna explicación a la tertulia del tresillo. hacíanlo como en susurro y ahogaban las quejas. Carolina. tan inaudita allí. el ámbito espiritual de la hierática familia pa­ reció espesarse y ensombrecerse. pero más silenciosas. y luego una ex­ presión tal.88 M IG U E L DE U N A M U N O en ésta de Tristán como novio de la segundona del m arqués. el marqués se fué de Loren­ za. Y en los días que permaneció ausente. que Mariana huyó despa­ vorida de junto a la puerta donde escuchaba. ello la lleva. «La pobre no está bien de salud» — dijo mirando fijamente al penitenciario — . la vieja doncella. Cuando regresó el marqués. Cuando. Sólo una vez oyó Mariana. o acaso la pellizcaba. al cruzarse en un pasillo.Porque las riñas y querellas entre las dos hermanas eran mayo­ res y más enconadas que antes. la señora se quejaba más que nunca del ruido y el ruido era menor que nunca. adora. la una insultaba a la otra.» Nadie le contestó nada. sin importancia. ¡sí. . A los pocos días de esto. que Luisa gritaba: «Pues lo sabrá toda la ciudad. lo sabrá la ciudad toda! ¡Saldré al balcón de la plaza de la Catedral a gritárselo a todo el mundo!» «¡Calla!»—gimió la voz del marqués. con su hermana. Tristán no pareció por la casa.

Sentía que se le iba la vida. Mas en cuanto fué recobrándose. se celebraba el matrimonio entre Tristán Ibáñez del Ga­ monal y la hija segunda del excelentísimo señor mar­ qués de Lumbría. me distraigo a cada momento y el tresillo no me distrae ya. ¡un varón!. no debo irme. Las flores del balcón del dormitorio de la recién casada se ajaron por falta de cuidado.» «Pues no me voy. si es que en el mundo vivió. pareció agarrarse con más desesperado tesón a la vida. taciturno y cabiz­ bajo.» Y a su hija. Apenas si recordaba nada.» Un día. y si no es un . muy en familia. padre. y el señor vagaba como un espectro. «No tengo ya la cabeza para el juego—le dijo a su confidente el peni­ tenciario— . porque tiene que ser varón. sólo me queda prepararme a bien morir. en familia. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 89 Pocos días después. De fuera no asistieron más que la madre del novio y los tresillistas. Tristán fué a vivir con su suegro. que le llevaba la comida a la cama. la señora se dormía más que antes. Re­ nunció al tresillo. por el salón cerrado a la luz del sol de la calle. no puedo morir hasta ver cómo queda la cosa. amaneció con un ataque de perlesía. y el ámbito de la casona se espesó y entenebreció más aún. hasta recibir al nuevo marqués. y se agarraba a ella. le pre­ guntaba ansioso: «¿Cómo va eso? ¿Tardará?» «Ya no mu­ cho. lo que pareció su despedida del mundo. hace aquí falta un hombre. «No.

90 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Suárez de Tejada. si es marqués. padre. si es hijo. un beso de muerte.. —Cuando dé a luz Luisa— le dijo el marqués a su yerno— . botarate. Y Tristán parecía un reo y a la vez un sirviente. tra­ yendo bien arropado al niño. con un lienzo negro. Temblaba todo él con fiebre de expectativa. tráemelo en seguida.. hija—y le temblaba la voz al decirlo—. «Necesita más cuidado que la parturiente»— dijo el médico. compungido. Era capaz de. «¡Marqués!»—gritó el anciano—. será un Rodrigo y un marqués de Lumbría. Y sin haberlo recobrado mu­ rióse dos días después. La excitación del pobre señor llegó al colmo cuando supo que su hija estaba para librar. el escudo de la fachada de la casona. y sin mirar siquiera a su yerno se dejó caer pesadamente sobre la almohada y sin sentido....» La pobre Luisa lloraba. «¡Sí!» Echó un poco el cuerpo hacia ade­ lante a examinar al recién nacido.» «Pues eso más faltaba.. Vistieron de luto. Al oír el marqués aquel grito. incorporóse en la cama y quedó mirando hacia la puerta del cuarto. Poco después entraba Tristán. tráemelo tú mismo. no nos diera un marqués. que después de habérsenos metido en casa ese. le dió un beso bal­ buciente y tembloroso.» «Eso no depende de mí. que lo vea. para que pueda morir tranquilo.. acechan­ do. y el negro del lienzo empezó- ..

Otras veces salía..» Suspiraba. qqe se le derretía gota a gota la vida.. Tristán había caído en una tristeza indefinible y se sentía envejecer.. «Soy como una dependencia de la casa. El pobre sufría con que a su hijo no se le llamase sino el marqués. me zum­ ba la cabeza. —Aquí no hay más flor que el marqués—le contes­ tó ella. yéndose no se sabía X adonde. a criar al marqués!»—le repetía a su marido. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 9? desde luego a ajarse con el sol. Y desde la calleja solía contemplar el balcón del que fué dormitorio de Luisa. pecho mercenario. a la que no llevó alegría ninguna el niño. Lui­ sa. casi un mueble»—se decía— .. Y huyendo de casa.— se atrevió a decirle una vez a su mujer. pero tuvo que desistir de ello. Empeñóse en un principio en criar a la criatura.. «¡Ahora. Y lo que más le irritaba era que su mujer ni intentaba averiguarlo.. balcón ya sin tiestos de flores. dió en refugiarse en la catedral. la madre. y si aun vivo. ' Luisa sentíase morir. Y un aire de luto pareció caer sobre la casa toda. La pobre Luisa. Tristán. —Si volviésemos a poner flores en tu balcón. salió extenuada del parto. es porque me voy mu­ .. que le daba de lleno du­ rante casi todo el día. «Pecho mercenario. siento que se me adelgaza la sangre. «Se me va la vida como un hilito de agua— decía—.

. entre la yedra. y preso en aquel lúgubre case­ rón cerrado al sol. pero no. entre marido y mujer se interponía una cortina de helado silencio. [Qué triste vida ia de esta casa sin sol. me hubieses traído sol y libertad y alegría. poniendo su mano fría sobre la frente del niño.. * * * Viudo. es por él. oyendo el zumbido del río. ¡Tráemelo!» Y le cubría de besos lentos. sólo por él. Cuando Luisa sintió que el hilito de su vida iba a romperse... de Rodriguín. Y si lo siento. Pasábase las horas muertas en un balcón de la trasera de la casona.. joven. Nada decían <de lo que más les atormentaba las mentes y los pechos.92 M IG U E L D E U N A M U N O riendo m uy despacio. la de su hijo el marqués. Y poco después de oírlas se quedó viudo. le dijo al padre: «Cuida del mar­ qués. «¿A ti? ¡Tú no necesitas ser perdonado!» Palabras que cayeron como una terrible sentencia sobre el pobre hombre. Tristán. tú no me has traído más que al marquesita. temblorosos y febriles. por mi marquesita.. Y a pesar de que se hablaran. Poco des- . y a ella dile que la perdono!» «¿Y a mí?»— gimió Tristán—. dueño de una considerable fortuna... ¡Sacrifícate al marqués! ¡Ah. con recuerdos que siendo de muy pocos años le parecían ya viejísimos.! Yo creí que tú.

a pesar de los ruegos de su padre. ¡déjate de antiguallas!» El niño. no lo sé— contestaba Tristán— pero aquí. la llamó siempre tía. «Que le da el sol—exclamó—. que le da el sol.. No se avino a llamarla mamá. todo.. todo* se sabe. esta casa parece que lo- dice todo. su cuña­ da. ¿Acaso Mariana?» «No lo sé. Y se pasaba largos ratos encerrado con el penitenciario.» «¿Todo?» «Sí. se decía. «Pero Carolina—suplicaba Tristán— . Pero lo que dió un día que hablar én toda la ciudad de Lorenza fué que. mujer. «¿Pero quién le ha dicho que soy su tía?—preguntó ella—. sin saber cómo. y soy capaz de mandar embadurnarlo de miel para que se llene de moscas. Lo primero que hizo al volver fué mandar quitar el lienzo de luto que cubría el escu­ do de la casa. ¿Pues no se decía que había entrado monja? ¿Dónde y cómo vivió durante- aquellos cuatro años? Carolina volvió arrogante y con un aire de insólito desafío en la mirada.. los papeles del difunto marqués y arreglando su testamentaría.» La vida pareció adquirir dentro de la casona una re­ .» Luego mandó quitar la yedra. y ahora su nueva mujer. el marquesito. sintió desde luego en su nue­ va madre al enemigo. revisando. volvió Tristán a la casona con Carolina.» «Pues callemos nosotros. después de una ausencia de unos días.. EL M A R Q U É S DE L U M B R IA 93 pues reanudaba las sesiones del tresillo.

en el que retenía Carolina a Tristán. Reanudóse la partida de tresillo. le decía: «¡Tristán. y que de continuo estaba apoyándose en su brazo. Cuando hubo nacido.. dijo la madre: «Para la "vida que hubiese llevado. Carolina. que se le dejaba casi colgar del brazo y que iba barriendo la ca­ lle con una mirada de desafío. pero durante ella. ya es hora!» Y de casa no salía él sino con ella. Y al decirle que era una niña. sentada junto a su marido. Y al ir a dar las diez. que nació desmedrada y enteca. nuestro cástigo!» Y cuando poco después la po­ bre criatura empezó a morir. el marquesito quedaba a merced de los criados y de un preceptor que iba a diario a enseñarle las primeras letras. Y todos notaban que no hacía sino buscar ocasión de ponerle la mano sobre la mano.» —Tú estás así muy solo—le dijo años después un . El matrimonio salía muy poco de su cuarto. Y en tanto. ni quiso verlo.34 M IG U E L DE U N A M U Ñ O cogida intensidad acerba. * ** El embarazo de Carolina fué penosísimo. y del penitenciario. se limitó a contestar secamente: «¡Sí.. Y parecía no desear al que iba a venir. seguía las juga­ das de éste y le guiaba en ellas. que se cuidaba de educarle en religión.

«Pues tú qué te crees—le decía Pedrito a Ro­ driguín— . a uno que se ha quedado solo. —Tío—(que así le llamaba). El niño.. traía el adoptivo.. siempre me está echando en cara que yo estoy aquí para servirle y como de limosna. el huérfano. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 95 día Carolina a su sobrino.. necesitas compañía y quien te estimule a estudiar. y la ciudad toda de Lo­ renza no hizo sino comentar el extraordinario suceso. fué diciéndole una vez Pedrito a Tristán— . para molestar y oprimir al otro.? Y si me fastidias m ucho.» «Dé­ jame solo.. no lo era menos el otro. y tú vuélvete adonde los tuyos. que ya a la sazón tenia diez años. el intruso. yo me voy. al de su hermana. y te dejo solo. tu pa­ dre y yo hemos decidido traer a casa a un sobrino. me voy. yo quiero volverme con mis tías.» Pero llegaba Carolina. y así. Pedrín. y con un «¡niños!» los hacia mirarse en silenoio. que es como quiero estar. Los dos niños se miraron desde luego como enemi­ gos. yo me quiero ir. ten paciencia.¿que porque eres marqués vas a mandarme. ¿no la tengo . Todos creyeron que como Carolina no había logrado tener hijos suyos.. propios. porque si imperioso era el uno. el m ar­ quesito se puso en guardia. el intruso. el m arquesito—.. Cuando vino el otro. quedóse pen­ sativo. no le puedo resistir a Rodriguín. —Ten paciencia. y que era de una precocidad enfermiza y triste.

cogidos de las manos y miran­ do al vacío penumbroso de la estancia. como apu­ ñándose el corazón. Y luego. dijo con voz ronca: «¡Pero es mi hijo!» — ¡Carolina!—gimió su marido. «¡Yo me voy! ¡Yo me voy!»—gritaba Pedrito—. La que no lloraba era Carolina. vete y no vuelvas a mi casa!»—le contestaba Rodriguín. . «¡Vete. Aquellas lágrimas las sentía el niño como un riega de piedad. Y sintió una profunda pena por el pobre hombre.96 M IG U E L DE U N A M U N O yo?—Y cogiéndole al niño la cabecita se la apretó a la boca y lloró sobre ella. volviéndose al marquesito. saltó como una leona hacia él. Pero cuando Carolina vió san­ gre en las narices de Pedrito. estando marido y mujer muy arrimados en un sofá. sintieron ruido de pendencia. *** Y sucedió que un día. lloró copiosa. sudoro­ sos y agitados. gritando: «¡Hijo mío! ¡Hijo mío!» Y luego. lenta y silencio­ samente. por el pobre padre del marquesito. y al punto entraron los niños. Carolina vaciló un momento. le escupió esta palabra: «¡Caín!» —¿Caín? ¿Es acaso mi hermano?—preguntó abrien­ do cuanto pudo los ojos el marquesito.

sí: el marqués es éste. que nació antes que tú. y a la señora. el padre del marquesito. y de mí. que si no.. Pero lo que no sabe­ mos es quién sea su padre. éste y no tú. de tu padre. dile tú al nieto de don Rodrigo Suárez de Tejada. —Pues bien.. ni si lo tiene. Pero yo haré quitar el escudo. exclamó: —¿Su padre? Dile tú. dile tú al hijo de Luisa. y a grandes voces se puso a decir con calma: TRES NOVELAS 7 . Cogió a Pedrillo. a su hijo. marqués de Lumbría dile quién es su padre. sí. se lo diré yo! ¡Díselo! — ¡Carolina!—suplicó llorando Tristán. y por ahí lo dicen. por eso del escudo. éste.ya presumía yo que era su hijo. — ¡Díselo! ¡Dile quién es el verdadero marqués de Lumbría! —No hace falta que me lo diga— dijo el niño. Y el mío. lo apretó entre Sus rodillas y.. ¡Díselol ¡Díselo. Y cuando tuvo a todos delante. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 97 — Sí—prosiguió el marquesito— . ■ Carolina se irguió de pronto. y haré que se le reconozca a mi hijo como quien es: como el marqués. empezó a dar voces llamando a la servidum­ bre.. Luego. que dormitaba. Sus ojos centelleaban y le temblaban los labios. mandó abrir los balcones de par en par. que era la mayo- razga. ya casi en la imbeci­ lidad de la segunda infancia. de mi hermana. mirando duramente a su marido. y abriré to­ dos los balcones al soi. y de tu padre.

¡sangre azul! no.. cuando él acababa de casar­ se con mi hermana. —¿Cómo?—gritó Carolina. id y propalad el caso por toda la ciudad.. — ¡Qué ruido. señorita. —Y ahora—prosiguió Carolina dirigiéndose a los criados—. para cubrir unas apariencias falsas. — ¡Carolina!—gimió el marido. —Y para guardar un secreto que lo era a voces. que conozcan todos la m ancha del escudo. de nuestro hijo. vuestro hijo. Mi padre. el excelentísimo señor marqués de Lumbría. — Sí. que lo sepan todos. sí. hombre. 98 M IG U E L DE U N A M U N O —Este. al mes de haberse ellos casado. que hoy hay que revelarlo todo.. ¿hemos vivido así. por Dios!—se quejó la señora. Tu hijo. éste es el mayorazgo. acurru­ cándose en una butaca de un rincón. Este es el que yo tuve de Tristán. me sacrificó a sus principios. ha arrancado sangre.. para ocultar un enigma que no lo era para nadie. — Cállate.. —Pero si toda la ciudad lo sabía ya.—susurró Ma­ riana. lo decían todos. de­ cid en las plazuelas y en los patios y en las fuentes lo que me habéis oído. de este mismo Tristán que ahora se esconde y llora. sino roja. éste es el verdadero marqués de Lumbría... y muy roja. Tris- . del marqués. de mi hijo. éste es el marqués.. y acaso también mi hermana estaba comprometida como yo.

Y se pon­ drán tiestos de flores en todos los balcones. y m añana mismo se quitará el escudo. el que el penitenciario llama hijo del pecado. *** En toda la ciudad de Lorenza no se hablaba luego sino de la entereza varonil con que Carolina llevaba adelante sus planes. y el sol ajaba el raso de los sillones y hasta daba en los retratos de los an­ tepasados. Estaba pálido y febril. y de la mano al hijo de su mocedad. Y negóse lue­ go a ver ni a su padre ni a su hermano. Recibía todas las noches a los tertulianos del tresillo. teniendo al lado a su . llevando del brazo y como a un prisionero a su marido. la fiesta se dará el día en qué éste. Mantenía abiertos de par en par los balcones todos de la casona. cuando el verdadero pecado es el que hizo hijo al otro. que en­ tre la luz. EL M A R Q U É S D E L U M B R ÍA 99 tán? ¡Miseria y nada másl Abrid esos balcones. Salía a diario. toda la luz y el polvo de la calle y las mos­ cas. y era ella misma la que. y se dará una fiesta invitando al pueblo de la ciudad. vuestro hijo. ál verda­ dero pueblo. Al pobre Rodriguín tuvieron que recogerle de un rincón de la sala. Pero no. el día en que éste sea reconocido como quien es y marqués de Lumbría. que no se atrevieron a negarse a sus invi­ taciones. mi hijo. —Le meteremos en un colegio—sentenció Carolina.

100 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

Tristán, jugaba con las cartas de éste. Y le acariciaba
delante de los tertulianos, y dándole golpecitos en la
mejilla, le decía: «¡Pero qué pobre hombre eres, Tris­
tán!» Y luego a los otros: «¡Mi pobre maridito no sabe
jugar solol» Y cuando se habían ellos ido, le decía a él:
«¡La lástima es, Tristán, que no tengamos más hijos...
después de aquella pobre niña...; aquélla sí que era hija
del pecado, aquélla y no nuestro Pedrín...; pero ahora,,
a criar a éste, al marqués!
Hizo que su marido lo reconociera como suyo, en­
gendrado antes de él, su padre, haberse casado, y em­
pezó a gestionar para su hijo, para su Pedrín, la suce­
sión del título. El otro, en tanto, Rodriguín, se consu­
mía de rabia y de tristeza en un colegio.
—Lo mejor sería—decía Carolina—que le entre la
vocación religiosa; ¿no la has sentido tú nunca, T ris­
tán? Porque me parece que más naciste tú para fraile
que para otra cosa...
—Y que lo digas tú, Carolina...—se atrevió a insi­
nuar suplicante su marido.
— ¡Sí, yo; lo digo yo, Tristán! Y no quieras envane­
certe por lo que pasó, y que el penitenciario llama
nuestro pecado, y mi padre, el marqués, la m ancha de
nuestro escudo.’’¿Nuestro pecado? ¡El tuyo, no, Tristán;
el tuyo, no! ¡Fui yo quien te seduje, yo! Ella, la de los
geranios, la que te regó el sombrero, el sombrero, y no
la cabeza, con el agua de sus tiestos, ella te trajo acá, a

EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 101

la casona; pero quien te ganó fui yo. ¡Recuérdalo! Yo
quise ser la madre del marqués. Sólo que no contaba
con el otro. Y el otro era fuerte, más fuerte que yo.
Quise que te rebelaras, y tú no supiste, no pudiste re­
belarte...
—Pero Carolina...
—Sí, sí, sé bien todo lo que hubo; lo sé. Tu carne
ha sido siempre muy flaca. Y tu pecado fué el dejarte
casar con ella; ése fué tu pecado. ¡Y lo que me hicis­
teis sufrir! Pero yo sabía que mi hermana, que Luisa,
no podría resistir a su traición y a tu ignominia. Y es­
peré. Esperé pacientemente y criando a mi hijo. Y ¡lo
•que es criarlo cuando media entre los dos un terrible
secreto! ¡Le he criado para la venganza! Y a ti, a su
padre...
— Sí, que me despreciará...
— ¡No, despreciarte, no! ¿Te desprecio yo acaso?
— ¿Pues qué otra cosa?
— ¡Te compadezco! Tú despertaste mi carne y con
ella mi orgullo de mayorazga. Como nadie se podía di­
rigir a mí sino en forma y por medio de mi padre...,
como yo no iba a asomarme como mi hermana al bal­
cón,, a sonreír a la calle..., como aquí no entraban más
hombres que patanes de campo o esos del tresillo, pa­
tanes también de coro... Y cuando entraste aquí te hice
sentir que la mujer era yo, yo, y no mi hermana...
¿Quieres que te recuerde la caída?

102 M IG U E L DE U N A M U N O

- - ¡No, por Dios, Carolina, no!
- -Sí, mejor es que no te la recuerde. Y eres el hom­
bre caído. ¿Ves cómo te decía que naciste para fraile?
Pero no, no, tú naciste para que yo fuese la madre
del marqués de Lumbría, de don Pedro Ibáñez del Ga­
monal y Suárez de Tejada. De quien haré un hombre.
Y le mandaré labrar un escudo nuevo, de bronce, y no
de piedra. Porque he hecho quitar el de piedra para
poner en su lugar otro de bronce. Y en él una mancha
roja, de rojo de sangre, de sangre roja, de sangre roja
como la que su hermano, su medio hermano, tu otro
hijo, el hijo de la traición y del pecado, le arrancó de la
cara, roja como mi sangre, como la sangre que tam­
bién me hiciste sangrar tú... No te aflijas—y al decirle
esto le puso la mano sobre la cabeza— , no te acongo­
jes, Tristán, mi hombre... Y mira ahí, mira al retrato de
mi padre, y dime tú, que le viste morir, qué diría si
viese a su otro nieto, al marqués... ¡Con que te hizo
que le llevaras a tu hijo, al hijo de Luisa! Pondré en el
escudo de bronce un rubí, y el rubí chispeará al sol.
¿Pues qué creíais, que no había sangre, sangre roja, roja
y no azul, en esta casa? Y ahora, Tristán, en cuanto
dejemos dormido a nuestro hijo, el marqués de sangre
roja, vamos a Acostarnos.
Tristán inclinó la cabeza bajo un peso de siglos.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE .

.

Era agente de ne­ gocios. escapada de lo más pro­ fundo de su conciencia. entre los tesoros arquitectónicos de la capital. El padre de la hermosura regional. sentía sobre sí la pesadumbre de un porvenir fa­ tal. don Victorino Yáñez. Una voz muy recóndita. Y ella. «Voy a Renada —decían algunos—a ver la catedral y a ver a Julia Yá­ ñez. o como un monumento más. pero viviente y fresco. tenía puestas en la hija todas sus últimas y definitivas esperanzas de redención económica. era Julia algo así como su belleza oficial. Su porte inquietaba a cuantos la miraban. Los viejos se entristecían al verla pasar. y los mozos se dormían aquella noche más tarde. La fama de la hermosura de Julia estaba esparcida por toda la comarca que ceñía a la vieja ciudad de Re­ nada. consciente de su po­ der. Su último y su­ premo negocio. sujeto de m uy brumosos antecedentes morales.» Había en los ojos de la hermosa como un agüero de tragedia. parecía decirle: «¡Tu hermosu­ ra te perderá!» Y se distraía para no oírla. la última carta que le quedaba por . arrastrando tras sí las miradas de todos. y éstos le iban de mal en peor.

Tenía también un hijo. — ¡Pobrecilla! —¿Pobrecilla? Lo que hace falta es que no empiece . Cuando digo que apenas si tienes sentido común. !as proporciones y hasta la salud las renatenses todas. y la honra. de ti y mío.? — Sí.106 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O jugar. es que vigiles a Julia y le impidas que ande con esos noviazgos estúpidos. todo depende de como se nos case o de como la casemos.. que eres aquí el único de algún talento. —¡Y qué le voy a hacer. en que pierden el tiempo.. ¿lo entiendes. acaso. —Ya no nos queda más que Julia—solía decirle a su mujer— .. ¿lo oyes?. Victorino! Ilústrame tú. estamos perdidos.... —¿Y a qué le llamas hacer una tontería? —Ya saliste tú con otra. Si hace una tontería. era la hija. — ¡No. Es menester que se haga valer. nada de novios estudiantinos. —¿Y qué le voy a hacer? —¿Qué le vas a hacer? Hacerla comprender que el porvenir y el bienestar de todos nosotros. No quiero nada de reja. nada de pelar la pava. Anacleta. pero era cosa perdida. —Pues lo que aquí hace falta. la hon­ ra de la familia depende de su casamiento. y me temo que la haga. ya te lo he dicho cien veces. no lo entiendes! La honra. lo entiendo. y hacía tiempo que ignoraba su paradero.

Tú. y saber aprovecharla. Y la pobre Julia sufría. comprendiendo toda la hó­ rrida hondura de los cálculos de su padre. y que no lea esas novelas disparatadas que lee. por Dios.. aceptó Julia al primer novio. a su edad. y ha­ certe señas.. a su edad.. prisionera... mamá? ¿Vivir como una es­ clava.. y darse cuenta de lo que tiene con su hermosura. los cascos y llenarle la cabeza de humo. —¡Vamos. «Me quiere vender—se decía—para salvar sus negocios compro­ metidos. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 107 a echarse novios absurdos.. . hija mía.» Y así era. no digas más necedades! No abres la boca más que para decir majaderías. y le he visto rondando la casa.. Tú. Mira que te conocí entonces.... Anacleta. y que le contestaste. y sé que recibiste una carta suya. —¿Y qué voy a hacer. Y separábanse los padres de la hermosura para re­ comenzar al siguiente día una conversación parecida. —Sí. —Pues yo. hasta que venga el sultán a quien papá me venda? —No digas esas cosas. Y por instinto de rebelión. que ya sé lo que hay. hija mía—le dijo su m adre—. — ¡Pero y qué quieres que haga. a su edad. por desgtacia... y que no hacen sino levantarle.. —Mira.. para salvarse acaso del presidio.l —Pensar con juicio...

que quiere especular con mi hermosura. Y Enrique sintió. —Quererse. Y ella.» Y una vez que logró que se supiera en toda Renada cómo la consagrada hermosura regional le había admitido a su ventana. Para llegar a quererse. —Vamos. mejor. un incipiente tenorio renatense. es capaz de cualquier barbaridad conmigo. Julia. «Si mi padre nos sorprende así—pensaba— . quererse. a pesar de su embobecimiento por la herm osa. así se sabrá que soy una víctima. en una especie de lonja. afrontándolo todo.. pero un novio formal. hay que tra­ tarse antes. ¡Ay. que debo esperar al comprador. Y la madre.» Bajó a la ventana. como le tienen las demás? —Sí. sí. se atre­ vió. la dejaba. lee novelas sentimentales. Así sois los Yáñez.. —¿Y cómo se va a saber si es formal o no? Lo pri­ mero es empezar. —Ni contigo ni con tu padre se puede. que le abatían los bríos. a redimirla.. todas las lóbregas miserias morales de su hogar.108 M IG U E L DE U N A M U N O —¿No he de poder tener un novio. buscó medio de desentenderse del compro­ . entonces. Venía a salvarla. «A esta mocita—se dijo él— le da por lo trágico.. el día que me casé! —Es lo que yo no quiero tener que decir un día. Pero. y en aquella primera entrevista le contó a Enrique. a bajar a hablar con el primer novio a una ventana del piso bajo..

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 109

miso. Bien pronto lo encontró. Porque una mañana
bajó Julia descompuesta, con los espléndidos ojos en­
rojecidos, y le dijo:
—Ay, Enrique; esto no se puede ya tolerar; esto no
es casa ni familia: esto es un infierno. Mi padre se ha
enterado de nuestras relaciones, y está furioso. ¡Figú­
rate que anoche, porque me defendí, llegó a pegarme!
— ¡Qué bárbarol
—No lo sabes bien. Y dijo que te ibas a ver con él...,
— ¡A ver, que venga! Pues no faltaba más.
Mas, por lo bajo, se dijo: «Hay que acabar con esto^
porque ese ogro es capaz de cualquier atrocidad si ve
que le van a quitar su tesoro; y como yo no puedo
sacarle de trampas...»
—Di, Enrique, ¿tú me quieres?
—¡Vaya una pregunta ahora...!
—Contesta, ¿me quieres?
— ¡Con toda el alma y con todo el cuerpo, nena!
—¿Pero de veras?
— ¡Y tan de verasl
—¿Estás dispuesto a todo por mí?
— ¡A todo, sí!
—Pues bien, róbame, llévame. Tenemos que esca­
parnos; pero lejos, muy lejos, adonde no pueda llegar
mi padre.
— ¡Repórtate, chiquilla!
— ¡No, no, róbame; si me quieres, róbame! ¡Róbale:

110 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

a mi padre su tesoro, y que no pueda venderlol ¡No
-quiero ser vendida: quiero ser robadal ¡Róbame!
Y se pusieron a concertar la huida.
Pero al siguiente día, el fijado para la fuga, y cuan­
do Julia tenia preparado su hatito de ropa, y hasta
avisado secretamente el coche, Enrique no compareció.
«¡Cobarde, más que cobardel ¡Vil, más que vil!—se
decía la pobre Julia, echada sobre la cama y m ordien­
d o de rabia la almohada— . ¡Y decía querermel No, no
me quería a mí; quería mi hermosura. ¡Y ni estol Lo
que quería es jactarse ante toda Renada de que yo,
Ju lia Yáñez, ¡nada menos que yo!, le había aceptado
por novio. Y ahora irá diciendo cómo le propuse la
fuga. ¡Vil, vil, vil! ¡Vil como mi padre; vil como hom­
bre!» Y cayó en mayor desesperación.
—Ya veo, hija mía—le dijo su madre—, que eso ha
acabado, y doy gracias a Dios por ello. Pero mira, tie­
ne razón tu padre: si sigues así, no harás más que des­
acreditarte.
—¿Si sigo cómo?
—Así, admitiendo al primero que te solicite. Adqui­
rirás fama de coqueta y...
—Y mejor, madre, mejor. Así acudirán más. Sobre
-todo, mientras no pierda lo que Dios me ha dado.
— ¡Ay, ay! De la casta de tu padre, hija.
Y, en efecto, poco después admitía a otro preten­
diente a novio. Al cual le hizo las mismas confiden-

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 111

cías, y le alarmó lo mismo que a Enrique. Sólo que
Pedro era de más recio corazón. Y por los mismos pa­
sos contados llegó a proponerle lo de la fuga.
—-Mira, Julia—le dijo P edro—, yo no me opongo a
que nos fuguemos; es más, estoy encantado con ello,
¡figúrate tú! Pero, y después que nos hayamos fugado,
¿adonde vamos, qué hacemos?
— ¡Eso se verá!
— ¡No; eso se verá, no! Hay que verlo ahora. Yo,
hoy por hoy, y durante algún tiempo, no tengo de qué
mantenerte; en mi casa sé que no nos admitirían; ¡y en
cuanto a tu padre...! De modo que, dime, ¿qué hace­
mos después de la fuga?
—¿Qué? ¿No vas a volverte atrás?
— ¿Qué hacem os?
— ¿No v as a acobardarte?
—¿Qué hacemos, di?
—Pues... ¡suicidarnos!
— ¡Tú estás loca, Julia!
—Loca, sí; loca de desesperación, loca de asco, loca
de horror a este padre que me quiere vender... Y si tú
estuvieses loco, loco de amor por mí, te suicidarías
conmigo.
—Pero advierte, Julia, que tú quieres que esté loco
de amor por ti para suicidarme contigo, y no dices que
te suicidarás conmigo por estar loca de amor por mí, sino
loca de asco a tu padre y a tu casa. ¡No es lo mismo!

.

no estoy loca ni veo visiones. huir de su padre. Y levantándose. esto acaba mal. Comprendía que hasta una venta sería una reden­ ción. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 113 Don Victorino palideció. padre? ¿Te callas? — ¡Que estás loca! —No. fuese como fuese. Lo esencial era salir de casa. casado. el padre se fué de casa. nadie le oyó hablar TRES NOVELAS 8 . nadie de sus antecedentes. * * * Por entonces compró una dehesa en las cercanías de Renada—una de las más ricas y espaciosas dehesas— un indiano. —¿Y qué dices a eso. porque si no. h ija mía! —Te digo. Nadie sabía bien de su origen. caprichoso en punto a mujeres. y separado de su mujer. Había casado ya a dos. que esto ya no le parece mal. ronda la casa. ¿Le digo que se entienda contigo? —Me voy. sin decir nada. Pasea la calle. disoluto. de quien se decía que no reparaba en gastos para conse­ guirlas. Alejandro Gómez. La voluntad de la pobre muchacha se iba quebran­ do. — ¡Pero hija m ía. dotándolas espléndidamente. Don Al­ berto Menéndez de Cabuérniga era un riquísimo ha­ cendado. te digo que era capaz de venderme a don Alberto. madre.

ni todos—le replicaban. muy voluntario­ so. y a Méjico después. antes de cumplir los treinta y cuatro años. y corrían respecto a él las más fan­ tásticas leyendas. siendo muy niño. ignorábase cómo. Decíase que era viudo y sin hijos. había fraguado una enorme fortuna. que he sabido hacerlo por mí mismo. ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo. llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero. a puño? ¿Yo? ' ¡Y había que oír cómo p ro n u n c ia b a ^ / En esta afir­ mación personal se ponía el hombre todo. * * * . Los que le trataban teníanle por hom­ bre ambicioso y de vastos proyectos. no va a ninguna par­ te. y muy reconcentrado. un conde- sito o duquesín de alfeñique. no. —No siempre. —Con dinero se va a todas partes—solía decir. resuelto a afincarse en ella. pero los que han sabido hacerlo. —Nada que de veras me haya propuesto. y muy tozudo. sí! Un señoritingo de esos que lo ha heredado. Alardeaba de plebeyo. ¡Y si quiero. ni de su niñez.114 M IG U E L DE U N A M U N O nunca ni de sus padres. ni de sus parientes. una fortuna fabu­ losa—hablábase de varios millones de duros— . en que volvió a España. ni de su pueblo. prim e­ ro. y que allí. había sido llevadojpor sus padres a Cuba. —¡Todos no. he dejado de conseguir. Sabíase sólo que. por muchos millones que tenga.

ya sabes... Y hubo unos días de ló­ brego silencio y de calladas cóleras en la casa. el que ha comprado Car- bajedo. sí.. la herm osura mo­ num ental de Renada. Y •luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!» —¿Sabes..» Y al leerlo. angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. trazadas por mano ruda y en letras grandes. — ¡Te digo que no te burles.. — ¡Pues qué he de hacer. se dijo Julia: «¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo .! ¡Decirle que se vea con­ tigo y que convengáis el precio! Don Victorino atravesó con una mirada a su hija.. padre—le dijo un día al suyo Julia— ... «¡Hay que ver eso!»—se dijo. que ese fabuloso Alejandro. Julia? — No. me ronda. no se habla más que de él hace algún tiempo.! — ¡Ahí tienes su carta! Y sacó del seno una.. va en serio. Julia ■había escrito a su nuevo pretendiente una carta-con­ testación henchida de sarcasmos y de desdenes. — ¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste. sé quién es! ¿Y qué? —¿Sabes que también ése me ronda? — ¿Es que quieres burlarte de mí.? — ¡Sí. no me burlo. que echó a la cara de su padre. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 115 A Alejandro le hablaron de Julia. y poco después recibía otra con estas palabras. y se salió sin decirle palabra. Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone.

¿que me has vendido ya? —No. se ha enterado de todo. Si no aceptas a Alejandro. se decían.116 M IG U E L DE U N A M U N O su redentora?» A los pocos días de esta segunda car­ ta llamó don Victorino a su hija. nos ha comprado.. Se acaban los plazos. y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos. y hasta mis. se encerró con ella.. no pide nada. Ha pagado todas mis- trampas. y ahora estoy ya libre y respiro.. no exige eso. soy ya suya? — ¡No. ¡por ti! ¡Invocando tu nombre! Tu herm osura ha sido m i escudo. que dependemos de él. «¡Pobre chica!». que vivo a sus expensas.. ¿Y ahora? — Que dependo de él. Ha sabi­ do mi situación. que vives tú misma a sus ex­ pensas. —¿Y si le acepto? —Pues bien. — Es decir. —No. le dijo: —Mira. dentro de poco no podré ya encubrir mi rui­ na y mis trampas. —¿De modo que. ha liberado mis. —Sí. lo sé. Hasta hoy he logrado parar el golpe. no exige nada! — ¡Qué generoso! . todo depende ahora de tu resolu­ ción: nuestro porvenir y mi honra. no podré encubrirlo. no lo digas. hija mía. quieras que no. gracias a él. Y me echarán a presidio.. — No lo digas. voy a decirte la verdad toda....

sintiéndose. hija mía. lo he comprendido todo. graciasl El padre se levantó para ir a besar a su hija. que Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone? ¿Venirme con aquellas cosas a mí? ¿A mí? Tales fueron las primeras palabras con que el joven indiano potentado se presentó a la hija de don Victo­ rino. en la casa de ésta. Y el hombre se le ofreció más rendido y menos grosero que ella esperaba. no me manches! — Pero hija. las cenizas de aquellos que te hubiesen echado a presidio. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 117 — ¡Julia! —Sí. ¿Quién había dicho •esto? ¿Era ella? No. A la tercera visita. por primera vez en su vida. Y la muchacha tembló ante aquellas palabras. — ¡Gracias. — ¡Vete a besar tus papelesl O mejor. los padres los dejaron solos. era más bien otra que llevaba den­ tro y la tiranizaba. puede venir cuando quiera. Dile que. rechazándole. por mí. exclamó: — ¡No. ante un hombre. pero ésta. Ju- . sí. Y tembló después de decirlo. *** —¿No le dije yo a usted. Julia.

. Los sollozos le agarrotaban. Miró entonces a aquel hombre.118 M IG U E L DE U N A M U N O lía temblaba. el respiro. Julia. Julia lloraba desde lo más hondo de las entrañas. — ¡No. no seré de usted. lloraba con el corazón. sino miedo..! —Parece que está usted mala. me tiene miedo! Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. — ¡Me han vendido! ¡Me han vendido! [Han trafica­ do con mi hermosura! [Me han vendido! —¿Y quién dice eso? — [Yo. —¿Miedo? ¿Miedo de qué? — ¡Miedo. —No.. Julia—dijo él. no. mien­ tras una voz le decía: «¡Este es un hombrel» . —¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro. faltábale.. sino muertal — Serás mía... que se le cortó a Julia la fuente de las lágrimas. Alejandro callaba. a mil —¿Y por qué he de tenerle miedo? — [Sí... lo digo yol ¡Pero no. estoy bienl — Entonces. serás mía. Temblor y silencio s& prolongaron un rato.'¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí? ¿A mí? [Pues no faltaba más! Y hubo en aquel a m í un acento tal. y como que se le paró el corazón. ¿por qué tiembla asíf — Algo de frío acaso.

.. que sonreía y se decía: «Voy a tener la mu­ jer más hermosa de España. —No sé.... A Julia se le escapó un grito... —Pero es que lo que yo—y este yo resonaba triun­ fador y pleno—quiero es hacerte mi mujer. la mía... y con los grandes ojos hermosísimos irradiando asombro. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 119 — ¡Puede usted hacer de mí lo que quiera! —¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él. yo creí. insis­ tiendo en seguir tuteándola.. claro está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley! — ¡Sí.. ** * ¿Qué tenía aquel hombre rudo y hermético que..... Sintió luego unos labios sobre sus labios y una voz que le decía: —Si. mi mujer. Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes. tuya! Estaba rendida.. lo que era . —¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera? —Sí. a la vez que le daba miedo.? — Yo creí... No sé lo que me digo. mía.. que puede.» —¿Pues qué creías... se quedó mirando al hombre. se le imponía? Y. ¡Mi mujer le­ gítima. Y se concertó la boda.... mía.

y que hablaban de su suerte loca. Sabíase envidiada por las renatenses. va a ser mi marido.120 M IG U EL DE UNA Al UNO más terrible. sin querer quererle. . ¡Y cómo lo dicel [Cómo pronuncia yo! ¿Me quiere a mí. pero. nol Habíala conquistado. [Porque no vivirá con nosotros. Porque ella. le imponía una especie de extraño amor. muy rica. y hacer que luciera sus millones. Julia. o es que no busca sino lucir mi hermosura? ¿Seré para él algo más que un mueble costosísimo y rarísimo? ¿Estará de veras enamorado de mí? ¿No se saciará pronto de mi encanto? De todos modos. y de que su hermosura le había producido cuanto po­ día producirla. no! Le pasaremos una pensión. inmensamente rica!» Mas esto no la satisfacía del todo. como suele decir él. ¿me quiere de veras? ¿Me quiere a mí? ¿A mí?. libre de mi padre. [Y seré rica. no quería querer a aquel aventure­ ro. que se había propuesto tener por mujer a una de las más hermosas. Evitaremos que vuelva a entramparse. y que se enrede con las criadas. |No la había comprado. y que siga insultando a mi pobre madre. «Pero él—se decía Julia—. sentíase rendida a una sumi­ sión que era una forma de enamoramiento. Era algo así como el amor que debe encenderse en el pecho de una cautiva para con un arrogante conquistador. y voy a verme libre de este maldito hogar. Pero ¿la quería aquel hombre? ¿La que­ ría de veras? «Yo he de conquistar su amor—decíase— .

Me colma de atenciones. me trata con el mayor respeto. pues eso sería la peor forma de venderse. . Y temblaba de amor. «¿Me quiere. mientras una voz misteriosa. * Se casaron. Los más de los que frecuentaban su casa. aunque creyese otra cosa o lo ignorase. No ya el amor •de aquel hombre a quien se sentía subyugada y como por él hechizada. brotada de lo más hondo de sus entrañas. muchas. pero algo extrañas. le decía: «¡Este es un hombre!» Cada vez que Alejandro decía yo. Pero nada sabía de los negocios de él. ni éste le hablaba nunca de ellos. aristócratas de blasón no pocos. pero le faltaba lo que más podía faltarle. merced a su fortuna. podía satisfacer hasta sus menores caprichos. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 121 Necesito que me quiera de veras. o no me quiere?—se preguntaba—. y fuéronse a vivir a la corte. ¿Pero es que yo le quiero?» Y ante él sen­ tíase sobrecogida. no puedo ser su mu­ je r sin que me quiera. sino la certidumbre de aquel amor. antojábasele a Julia que debían de ser deudores de su marido. Las rela­ ciones y amistades de Alejandro eran. ella temblaba. que daba dinero á préstamos con sóli­ das hipotecas. A ella no le faltaba ■nada.

. eran los trapos para su Julia. Mira. de cariño. No era nada tacaño en pagar. por el traje.. su mujer. si te empeñas. «Encanto. hermosa. h asta me mima. hago construir en ese solar que hay ahí al lado un gran pabellón para biblioteca. se vistiese con la mayor elegan­ cia posible y del modo que más hiciese resaltar su na­ tural hermosura... enca­ riñándose con los que llevaba. pero lo que mejor y más a gusto pagaba eran las cuentas de m odistos y modistas.! Vestía Alejandro de la manera más humilde y más- borrosa posible. que­ rida. No era tan sólo que buscase pasar. y te la lleno de todas las novelas que se han escrito desde Adán acá..... En cambio. —Y me gusta todavía. ¿pero me quiere?» Y era inútil querer hablar de amor. rica. Y ya sé que a ti te gus­ taba leerlas. —Solamente los tontos hablan de esas cosas— solía decir Alejandro— .122 M IG U E L DE U N A M U N O aunque algo como a una criatura voluntariosa. —¡Qué cosas dices. Complacíase en llevarla a su lado y que resaltara la... inadvertido: era que afectaba cierta ordi­ nariez plebeya. con aquel hombre.. insistía en que ella. . Diríase que el día mis­ mo en que estrenaba un traje se frotaba con él en las paredes para que pareciese viejo.. Le costaba cambiar de vestidos..» ¿Yo? ¿Yo esas cosas? ¿Con esas cosas a mí? ¿A mí? Esas son cosas de novelas. —Pues lee cuantas quieras..

da esclava favorita. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 123- diferencia de vestido y porte entre uno y otra. dicho? . —¿Pero y tus padres? — Haz cuenta que no los he tenido. provocaba esas miradas. Yo me he hecho solo. —¿Familia?— dijo Alejandro—. que eres mía. coqueteando.. como en su hombre. Recreá­ base en que las gentes se quedasen mirando a su mu­ jer. eh? Pues me ale­ gro. se decía: «¿Pero me quie­ re. ¡rabiadl» Y ella. de única esclava. Al­ guna vez se atrevió ella a preguntarle por su famii'iq. —¿Que no te atreves? ¿Es que te voy a comer? ¿Es que me he ofendido nunca de nada de lo que me hayas... el hombre de quien era ella. ni me importa. este hombre?» Porque siempre pen­ saba en él como en este hombre. — Otra cosa querría preguntarte. Alejandro. Mi familia em­ pieza en mí.. adivinando este sentimiento. pero de esclava al fin. pero nó me atrevo. O mejor. el amo. ninguna. o más bien fingía no ad­ vertirlo. Intimidad entre ellos. No se percataba de qué era lo que pudiese interesar a su señor marido. o no me quiere. y sólo mía. y si ella a su vez. o no lo advertía él. Yo no tengo hoy más familia que tú. yo y tú. Y poco a poco se le iba formando alma de esclava de harén. Parecía ir diciendo a aquellos que la miraban con codicia de la carne: «¿Os gusta. conque. Mi familia soy yo. pero es mía.

. — Bueno. pero. dime: ¿tú eres viudo.. . amor rendido de esclava favorita... no te lo pregunto. — ¿Y lo has creído? — No. — No. — Pues sí. — Es natural.—y al decirlo esperaba a pro­ vocar una confesión recíproca de cariño.. nunca. — Claro. pero.? Pasó como una sombra un leve fruncimiento de en­ trecejo por la frente de Alejandro.. no debías creerlo.. pregunta y acabemos... no puede creer esas . que era. — ¿Y tu primera mujer? — A ti te han contado algo.. «quien es tan mía como tú lo eres. — No. — A ti te han contado algo. temblando de aquel modo.. que respondió: — Sí. no tengo queja.. Quien me quiere como me quieres tú.. soy viudo.patrañas.. he oído algo. que ella. le dijo: —Pues bueno. no lo he creído. amor. a la vez que miedo. — No. con tan redondo egoísmo.124 M IG U E L DE U N A M U N O — No. — ¡Pregúntamelo! Y de tal modo lo dijo. — ¡Pues no faltaba más! — No.. no lo he creído.. no podías. di.. no tengo queja. — Claro que te quiero.

¿Para qué? ¿Para heredarla? ¡Pero si yo dis­ frutaba de su fortuna lo mismo que disfruto hoy de ella! ¡Matar a la propia mujerl ¡No hay razón ninguna para matar a la propia mujerl —Ha habido maridos. a una cosa mía? ¿Qué es lo que hizo temblar a la pobre Julia al oír esto? Ella no se dió cuenta del origen de su temblor. mejor.. con una vieja millonaria. —Veo que tienes aún mejor juicio que yo creía ¿Cómo iba a matar a mi mujer. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 125?- —Bueno. sin embargo. no lo creí. con una mujer inmensamente rica y mucho- mayor que yo. continuó: —A ti te han dicho que me casé en Méjico. —¿Por qué? . te han dicho eso? —Sí. siendo y a un mozo. que han matada- a sus mujeres—se atrevió a decir Julia. ya te he dicho que no me gustan frases de novelas sentimentales. — ¿Y lo creiste? —No. No pude creer que matases a tu* mujer. ¿No. Cuanto menos se diga que se le- quiere a uno. pero fué la palabra cosa aplicada por su marido a su primera mujer. eso me han dicho. —Habría sido una absoluta necedad—prosiguió Ale­ jandro— . después de una breve pausa. Y. y que la obli­ gué a que me hiciese su heredero y la maté luego.

se murió ella sin que yo la matara. recibir a las amigas y aun amigos que prefiriera. — [Bah. bah. lo sé sin que me lo digas. ¡Como si me hubiese pa­ usado por la imaginación. ¿La quería. faltarte. Fué una de las veces en que Alejandro habló más a su mujer. salir y en­ tra r. sé que no me fal­ tarás nunca.. a la primera. Sólo los estúpidos pueden ser celosos.. aquel hombre? *** ¡Pobre Julial Era terrible aquel su nuevo hogar. o porque les faltaron ellas. absolutamente libre. ¡No pudo faltarme aqué­ lla. tan •terrible como el de su padre.126 M IG U E L DE U NA M U NO —Por celos. Y ésta quedóse pensativa y temblorosa. podía hacer en él lo que se le antojase. .. ¿A mí? ¿Mi mujer? ¡Impo­ sible! Y en cuanto a la otra. no me puedes faltar túl —No digas esas cosas. bahl Los celos son cosa de estúpidos. Era libre. ni en sueños. Hablemos de otras.. sí o no. — ¿Por qué? — Me duele oírte hablar así.1 —Lo sé. ¿Pero a mí? ¿A mí? A mí no me puede faltar mi mujer. porque sólo a ellos les puede faltar su mujer. — ¡Claro1 — Que no puedes faltarme.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 127 ¿Pero la quería. '«Ahora sabré si me quiere •o no». exclamó aquél: • —Lo esperaba.. pero el padre continuó tan herméti­ co. Sólo se opuso a que la madre criara al niño. — Otros. El padre rehusaba besar al hijo. sí. Y sólo cedió cuando el médico le. yo! —Pues hay muchos que se casan y no lo tienen. yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello. ganaría Julia con criar al hijo. adqui­ riendo una mayor plenitud su herm osura. su amo y señor? La incertidumbre del amor del hombre la tenía como presa en aquel •dorado y espléndido calabozo de puerta abierta. ¡Pero yo.. — ¿Y por qué? —Porque tú no podías no habérmelo dado. otro hombre como yo. Un rayo de Sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. Le esperaba. ¡Tenía que tener un hijo yo. Ya tengo un heredero y a quien ha­ cer un hombre. —No. Cuando le anunció la buena nueva. «Con eso de los . — ¡Imposible! Tenía que venir. —¿Y si no hubiera venido?—preguntó ella. pero las madres que crían se estropean mu­ cho. o no.aseguró que. se dijo. y yo no quiero que te estropees: yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible. no! Yo tenía que tener un hijo. lejos de estropearse. Y vino el hijo.

y quien me herede y continúe mi obra. El conde solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia. —¿No me preguntabas una vez por mi familia?—dijo- un día Alejandro a su mujer— .128 M IG U E L DE U N A M U N O besuqueos no se hace más que molestarlos». decía. de aquel hombre?» Ya otra vez le oyó la misma expre­ sión. y el pobre conde iba a casa de la hermosa Julia a hacerle la par­ tida de ajedrez y a consolarse de su desgracia buscan­ do la ajena. y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga. y ella. El conde y la condesa ni se entendían ni se querían.. aficionada a. daba cebo a la maledicencia escandalosa. tenía negocios con Alejandro. la mujer de su prestamista. Corría. sobre todo él. la conde­ sa. el c^nde. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra. pero no se atrevió a ello. quien le había dado a. era un pequeño infierno. ese juego. préstamo usurario cuantiosos caudales. Ahora tengo ya familia. Pues aquí la tienes. Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra. siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?». sus infortunios domésticos. . Porque el hogar condal de los Bordaviella. Al­ guna vez lo tomaba en brazos y se le quedaba mirando. : De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de Bordaviella. Cada uno de ellos campaba por su cuenta. que. aunque de pocas llamas.

él se tiene la culpal —¿Y por qué? —Por ser tan majadero.. de los que leen novelas.. y un duque. — |Bah. ¿qué conde? —¡Esel No hay más que un conde. sino con el título. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 129 —¿Qué.! Julia se quedó mirando a su marido. Pero... Es para lo que sirve el pobre mentecato. el conde ese. —Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto. Por supuesto. —¡Pues sí ha estadol —Me alegro. TRES NOVELAS 9 . exclamó: —¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya.. —Sí... ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdi­ chado le hace la suya. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer... sin darse apenas cuenta de lo que decía... que no se casó con él.. Es natural lo que le pasa. si eso te divierte. O para mí todos son iguales y como si fuesen uno mismo. —El conde ese. habrá estado tam bién hoy el conde ese?— preguntaba Alejandro a su mujer. —Y muy desgraciado. y de pronto. y un marqués. en fin.. ¡Si eso no es un hombrel No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa.. y muy bien educado y muy simpático. si eso te distrae.

Allí estará también la condesa con su último amigo. ¡Vaya una sociedad! ¡Pero. o no me quiere?» Y empe­ zaba a exasperarse.130 M IG U E L DE U N A M U N O —Tonterías—y Alejandro se echó a reir— . ¿Será cierto que le tiene sin cuida­ do que el conde venga y me ronde y mé corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es indiferencia? ¿Me quiere. el de turno. eso viste! *** . Su amo y señor marido le estaba torturando el corazón. en fin. «¿Pero será cierto que este hómbre no siente celos? — se decía Julia— . Y si es que quieres probarme dándome celos. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella. te equivocas. Te em­ peñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. La pobre mujer se obstinaba en provocar celos en su marido. mas no lo conseguía. ¡Buen pro­ vecho te. Porque en mis tiempos y entre los míos no se tomaba esa agua sucia mas que cuando le dolían a uno las tripas.haga! Y consuélale un poco al pobre conde. como piedra de toque de su querer. —¿Quieres venir conmigo a casa del conde? —¿A qué? — ¡Al te! —¿Al te? No me duelen las tripas.

sin duda.. — ¡Yo. ¿no es eso? — ¡No..-Fin­ gía estar acongojado por sus desventuras domésticas para así excitar la compasión de su amiga. y hace usted bien en compadecer­ me como me compadece. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 131 En tanto.. un verdadero infierno. —Yo a la mía. Julia? -¡Diga lo que quiera! . Julia... si nos hubiésemos co­ nocido antes! ¡Antes de yo haberme uncido a mi des­ dicha! Y usted. es verdad. no! —¿Pues quién? — ¿Me permite que se lo diga. a su marido.. — Sí. conde? — Antes de haberse usted entregado a ese otro hom­ bre. el conde proseguía el cerco de Julia. y por la -compasión llevarla al amor.. —¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted? — ¡Oh. no quería decir eso. Ya se supone usted irresistible. no! —¿Pues qué es lo que usted quería decir.! — ¡Qué petulantes son ustedes los hombresl — ¿Petulantes? —Sí. no.. sin duda. mi casa es un infierno... y al amor culpable. petulantes. a la vez que procuraba darle a entender que conocía tam ­ bién algo de las interioridades del hogar de ella.. ¡Ah.

—¿Y se permite usted dudarlo? Enamorada.. — Eso. mi amor! —¿Pero es una declaración en regla.. enamorada. las lágrimas que lloro hacia adentro. no yo. viéndola. Julial — [La última vez.l [Mire usted. ¡Sí. con el gesto. —¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Quién le ha dicho a usted que él no me quiere? — ¡Usted tnismal —¿Yo? ¿Cuándo le he dicho yo a usted que Alejan­ dro no me quiere? ¿Cuándo? —Me lo ha dicho con los ojos. déjeme venir a verla. — [Qué bonito! ... se lo dirél Lo irresistible habría sido. señor conde? Y no olvide que soy una mujer casada. como me lo oye. sino mi amor. he dichol —Por Dios.. a enjugarme. enamo­ rada de su marido. honrada... —[Ahora me va a salir con que he sido yo quien le he estado provocando a que me haga el amor. —Pues lo que es él... señor conde.132 M IG U E L DE U N A M U N O — [Pues bien.. con el porte. en silencio. sí.. ésta va a ser la última vez que ven­ ga a mi casal — [Por Dios. a con­ templarla. sinceramente enamorada de mi marido..

pobre noble ve­ nido a menos. sino sólo a fuerza de cariño. No con mi valor. — ¿Pareció? ¡Me ofendiól — ¿Es que puedo yo ofenderla? — ¡Señor coijde. de llevarla al lado como podrían llevar una leona domesticada.» ¿Déjeme desnudarme el corazón! Yo la habría q u e ­ rido con la misma locura con que hoy la quiero.. yo la ha­ bría querido con la misma locura que hoy la quiero:. no cabe tal orgullo. Hay quie­ nes toman una mujer hermosa y famosa por su hermor sura para envanecerse de ello. pero que exigen que se los quiera. Que no soy yo. no soy de esos que exigen se los quiera.. en cambio. En mí. fué tan sólo que. Julia absorbía lentamente y gota a gota el veneno. sin dar. de esos hombres que creen domeñar y conquistar a la mujer por su propio mérito. no. y decir: «Mi leo­ na. —Porque hay hombres—prosiguió el conde—inca­ paces de querer. Julia. ¿véis cómo me está rendida?» ¿Y por eso querría a s u leona? . su cariño. y oreen tener derecho al amor y a la fidelidad incondi­ cionales de la pobre mujer que se les rinda. y que tanto la ofendió.. no con mi mérito..I — Lo que la dije. y ha­ bría conquistado su amor con el mío. si nos hubiésemos conocido antes de haberme yo entregado a mi mujer y usted a su marido. nada Menos que todo un hombre 133 — Y lo que le dije que tanto pareció ofenderla. por ser quienes son.

— ¡Por Dios. no! En sí mismo. ¡Tiene absoluta confianza.. hermosísi­ ma rosada concha de carne entre zarcillos de pelo cas­ taño refulgente. cree que a él no es posible que le falte. A mí me desprecia. —¡Lo sabía! Pero tanto como a mí te desprecia a ti.. ciego... señor conde.. estoy entrando en tu conciencia. lo sé. solos. no. déjeme! ¡Si entra­ se él ahora.134 M IG U E L DE U N A M U N O —Señor conde. y casi al oído. por ser él.. el que ha fraguado una fortuna. le desprecia a usted. Julia. mujer alguna. por Dios. ¡No. en sí mismo! Cree que a él.. te quiere! —Es que tiene absoluta confianza en mí. señor conde. Alejan­ dro Gómez.. porque no te quiere.. haciéndola sentir en la oreja. le susurró: — Donde estoy entrando es en tu concienrifl Julia» El tú arreboló la oreja culpable. El pecho de Julia ondeaba como el mar al acercarse la galerna. él no entrará. señor conde. él.. A él no le importa nada de ti. Él nos deja así... Entonces el de Bordaviella se le acercó aún más. que está usted entran­ do en un terreno. el cosquilleo de su aliento entrecortado.. no quiero- saber cómo. que m e está matando! . — ¡Déjeme. por Dios..! —No....... —Sí.. — ¡En ti... Julia. no- te quiere! ¡No te quiere. cállese. :—Sí.

. pero. A algún amigo que empezó a hacerle veladas insinuaciones le atajó dicién- doje: «Ya sé lo que me va usted a decir. tu marido. «¿Tendrá razón este hombre?— se decía—. vá­ yase. pero déjelo. ¿Será verdad que me desprecia? ¿Será verdad que no me quiere?» * * * Empezó a ser pasto de los cotarros de maledicencia de la corte lo de las relaciones entre Julia y el conde de Bordaviella. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 135 — Quien te matará es él. o no se enteraba de ello.. ¿A mí? ¿A mí con ésas? ¡Hay que dejar que las mujeres román­ ticas se hagan las interesantes!» ¿Sería un. dejándola malherida en el alma. Y se fué. ¿Será así? Porque él me ha revelado lo que yo no quería decirme ni a mí misma. de­ . ¡Y no serás la primera! — ¡Eso es una infamia.? ¿Sería un cobarde? Pero una vez que en el Casino se permitió uno. Me llamarás tú.. Y Alejandro. o hacía como si no se enterase. señor conde.. volveré. váyase y no vuelva! —Me voy. eso es una in­ famia! ¡Mi marido no mató a su mujerl ¡Y váyase. Esas no son más que habladurías de las gentes. él.

El escándalo fué formidable... ya! ¿Que prohíba la entrada del conde en mi casa? — Sería lo mejor. cogió una botella y se la arrojó a la cabeza.. a propósito de los capri­ chos novelescos de mi pobre mujer.. que se las echa de tenorio. Si a mi pobre mujer le divierte el conde ese.l Pero. ¿pegármela a mí? ¿A mí? ¡Ustedes no me conocenl —Pero don Alejandro.. se lo juro a usted. entre los majaderos. descalabrándole.136 M IG U E L DE U N A M U N O lante de él. es un mentecato inofensivo. una broma de ambiguo sentido respecto a cuernos. si a mi pobre mujer le divierte ese fantoche. don Alejandro—se atrevió a decirle uno... que es un perfecto y absoluto mentecato.... Como si no le enten­ diese. —¿A mí? ¿A mí con bromitas de ésas?— decía con su voz y su tono más contenidos—. Como si no supiera las necedades que corren por ahí.. las apariencias. — ¡Yo no vivo de apariencias. — Eso sería dar la razón a los maldicientes. sino de realidadesl Al día siguiente se presentaron en casa de Alejandro . ¿voy a quitarle la diversión porque los demás m enteca­ tos den en decir esto o lo otro? ¡Pues no faltaba más.. Y estoy dispues­ to a cortar de raíz esas hablillas.. —Pero no así. Y yo no soy un tirano. —¿Pues cómo? ¡Dígame cómol — ¡Cortando ia raíz y motivo de las tales hablillasl — ¡Ah.

—Pero don Alejandro. — ¡Pero don Alejandro. se puede decir que no he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho.. —Díganle ustedes—les contestó—que me pase la cuenta del médico o cirujano que le asista. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 137 -dos caballeros. de familias li­ najudas.. y que la pagaré. un duelo! — ¡Muy bien! Cuando quiera... nos en­ cerraremos y lá emprenderemos uno con otro a trom­ pada y a patada limpias.. —No les entiendo a ustedes. usted se está burlando de nosotrosl—exclamó uno de los padrinos... Yo ... •una satisfacción... Y ya verá quién es Alejandro Gómez. Díganle que cuando quiera.. No admito otras armas. Pero para eso no es menester que ustedes se molesten..... que me avise. quiero decir del botella- zo. No hacen falta padrinos. que iremos donde él quiera. — ¡Nadá de esol Ustedes son de un mundo y yo de •otro. ¡o no quiero enten- -derlesl — ¡Y si no. nol £1 ofendido exige una reparación.. Yo. así como los daños y perjuicios a que haya ‘lugar. Díganle que en cuanto se cure de la cabeza. —¿Pues qué es lo que ustedes quieren? — ¡Nosotros. una explicación honrosa.. muy graves. a pedirle una satisfacción en nombre del ofendido.... Ustedes vienen de padres ilustres.

a pie y andando.. se lo repito. — ¡Entonces—y levantó más la voz—... vamos.138 'M IG U E L DE U N A M U N O vengo de la nada. exclamó: —Entonces. —Diga usted todo lo que quiera.. que ahí tengo a la mano otra botella. señor don Alejandro Gómez. sino a pie. con cierta energía.. Y ni en burro siquie­ ra solía ir a llegar la merienda al que decían que era mi padre. y uno de ellos.. señor don Alejandro.. poniéndo­ se muy solemne. díganle. Usted. y a ellas me atengo. —Entendido. mas no sin res­ peto—que al cabo se trataba de un poderoso millona­ rio y hombre de misteriosa procedencia— . que aquí no hacemos ya nada. a ese caballero de lengua desenfrenada a quien- descalabré la cabeza.. hombre. sí— dijo un padrino al otro— . pero midiendo su s palabras. permítame que se lo diga. que me pase- . y no quiero entender esas andrómi­ nas del Código del honor. —Vámonos. claro que no lo soyl ¡Caballero yo! ¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié- burrero y no caballero. su­ frirá las consecuencias de esta su incalificable con­ ducta. hombre. usted no es un caballero! — ¡Y claro que no lo soy. ¡Conque ya lo saben u s- tedesl Levantáronse los padrinos. Y en cuanto & ese... señor don Alejandro Gómez. ¡Claro que no soy un caballero! ¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vam os.

nada menos q u e todo un hombre! —¿Y yo?—dijo ella. y que tenga en adelante cuenta-. que los serviré. el condesito ese del ajedrez. pero todo un hombre. —¿Caballero yo? ¿Yo caballero?—exclamaba él— ¿Yo? ¿Alejandro Gómez? [Nuncal ¡Yo no soy más que- un hombre. por decir algo. y se regodeaba en el re­ lato de su hazaña. como he-- servido y sirvo a otros caballeros. ¡Y él. vámonos!—exclamó- uno de los padrinos. un nadie. Ella le oía despavorida. — ¡Esto no se puede tolerar. de­ este millonario salvaje. si alguna vez—que todo- pudiera ser—necesitaran algo de este descalificado. Y ustedes. * * * Aquella noche contaba Alejandro a su mujer la es­ cena de la entrevista con los padrinos. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 139» la cuenta del médidb. —¿Tú? ¡Toda una mujer! Y una mujer que lee novelas. nada más que un nadie! ¿Por qué te he de privar el que te divier­ tas con él como te divertirías con un perro faldero? Porque compres un perrito de esos de lanas. después de ha­ berle contado lo del botellazo. o un g a - . pueden acudir a mí. sin sentido del honor caballe­ resco. con lo que dice. Y se fueron.

Tienes que negarle la entrada al conde de Bordaviella. Porque si hubieras llegado a ejnpezar a interesarte por él. — ¡Niégasela túl Cuando.oo se la niegas es que mal­ dito lo que ha conseguido ganar tu corazón.. o el michino. —¿Y si estuviese interesada. que podían caerle enciina a uno -que pasase. ya le habrías despachado para defenderte del peligro. ¿voy a coger el perrito.. otro . tienen razón en lo que te dicen. o el tití. Tienes que negarle la entrada a ese hombre... por . o tití'. Alejandro.. . de que yo no soy como los demás? *** Cada vez comprendía menos Julia a su marido. ¡Diviértete con él cuanto te plazcal —Pero. —¿Hombre? — Bueno. Pues lo mismo es el condesito ese. bueno.? —-¡Bueno. y le acaricies y hasta le be­ suquees. o michino. mujer.! ¡Ya salió aquello! ¡Ya salió lo de querer darme celos! ¿A mí? ¿Pero cuándo te convence­ rás. pero cada vez se encontraba más subyugada a él y más an­ siosa de asegurarse de si le quería o no..y voy a echarlos por el balcón a la calle? [Pues estaría buenol Mayormente. Alejandro..140 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O tito de Angora.. o un tití.gozquecillo.

Y se fueron a una de sus dehesas. y estoy seguro de ti. como sé que me quieres y no puedes que-- . puedes invitarle- ai condezuelo ese a que nos acompañe. culpa de todo ello la tienen los libros... — ¡Pues no volveré a leer más! —No. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 14F su parte. Su marido ñ o ­ la dejaba leer. Allí. —Te he traído para eso.. de m i mujer. Yo no te exijo nada. ¿Soy acaso algún tirano yo? ¿Te he exigido nunca nada? — No. Por supuesto. a Alejandro—¡nada menos que todo un hombre!— . Porque ya sa­ bes que yo no tengo celos. o mejor de que a él. antes de que se vuelva cosa peor. decidió llevarla al campo. aunque seguro de la fidelidad de su mujer. qpe piensas aburrirte sin tu michino. no podía faltarle su mujer— ¡la suyal— diciéndose: «A esta pobre mujer le está trastornando- la vida de la corte y la lectura de novelas». ¡Ni siquiera exiges que te quieral — ¡Naturalmente. L a . yo no exijo tanto. —Una temporadita de campo te vendrá muy bien— le dijo— . como que eso no se puede exigirL Y. en el campo. las cavilaciones de la pobre Julia ■ se exacerbaron. para apartarte de los libros - y cortar de raíz tu neurastenia. si es. Eso templa los nervios. —¿Mi neurastenia? — ¡Pues clarol Todo lo tuyo no es más que eso. Aburríase grandemente. además.

Pero.. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. — Por lo mismo.. Ya te he dicho que no me gustan novelerías. Esas son bobadas para hablar con condesitos al tomar el te. Y ahora.. tu ele­ gancia y tu pulcritud. aunque te lo propusieras. encontrándose los dos solos.. lo que es un hombre. después de cenar. Te lo aseguro yo. Vino a aumentar la congoja de la pobre Julia el que llegó a descubrir que su marido andaba en torpes en­ redos con una criada zafia y nada bonita. Después de haberme conocido y de saber gracias a mí. Pero eso no tiene Im portancia.142 M IG U E L DE U N A M U Ñ O rer a otro. —Ni yo lo he ocultado mucho. Y una no­ che. Alejandro.!—dijo Julia por decir algo. y tengo algo de lo que un amigo mío llama la vo­ luptuosidad del pringue.. Pero no hablemos de cosas de libros. La mujer tembló. no puedes ya que rer a otro. —¿Qué quieres decir? — Que eres demasiado hermosa para diario. a boca llena: hermosa. amarga la cocina... No olvides que yo casi me crié en un esterco­ lero. ¿la querría -de veras? —¡Pero con ese pingo. la mujer dijo de pronto: —No creas. . Era la primera vez que su marido 3a llamaba así. apreciaré mejor tu hermosura.. Siempre gallina. que no me he percatado del lío que traes con la Simona. después de este en­ trem és rústico.

—¿Quién te ha faltado? —¡Tú! —¿A eso llamas faltarte? ¡Bah. y encantada! — Claro. por supuesto. —Y con esa dote se casa volando. Y si el hijo sale a su pa­ . —Veo. — ¡Claro. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 143 — No sé si me estás adulando o insultando. en teniendo dinero.. ¡la doto. exacto. bahl ¡Los libros.. —¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita. o una ga­ mita.. vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje. no creo que este incidente rústico te ponga celosa. y le aporta ya at marido. Julia.! —Por supuesto. con la dote. o una monal — ¡Una mona.. — ¡Buenol ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en ca­ m ino de curación.. un hijo.... y no del michino? — ¡Claro que de til —Pues bueno... ni. ¡Tú lo has dicho: una monal ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido? —Querrás decir que no he dejado yo por eso de s e r tu mujer.. ¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi m ujerfjY de esa mona? Y en cuanto a ella.. los libros! Ni a mí se me da un pitoche de la Simona.. nada más que una monal Es « lo que más se parece.. y faltarnos. que vas tomando talento. todo se pegal —¿Pero de mí.

no eres un hombre. no eres- un hombrel —¿Quién'. asaltó Julia: a su marido. y el conde de B orda- viella a sus visitas. que es nada menos que todo un hombre.. aunque con más cautela. no lo eresl —Explícate. *** Y Julia volvió a sus congojas. que no soy para ti ni la madre de tu hijo. . que alguna vez se limitaba a decir: «Habrá que volver- ai campo y someterte a tratamiento. Y ya fué- ella. la que.144 M IG U E L DE U N A M U N O dre. pues eE novio sale con doble ganancia. que no te importa de- mi nada. —Ya sé que no me quieres. ¡Cuidado con empeorar!. — Yo creí—concluyó Alejandro— que el campo te- había curado la neurastenia. exasperada. yo? ¿Y por qué? — ¡No. Julia. no. diciéndole: — ¡Tú no eres un hombre. Alejandro. A los dos . calla. pero sobre­ todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido. empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo. callal La pobre Julia se echó a llorar. — ¡Calla. en el colmo de la exasperación.» Un día..días de esto volvíanse a la corte..

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 145 que no te oasaste conmigo nada más que por vanidad. Quieres convertirme en un Otelo.. entre aquí a todas horas. mi amante.. — ¡Bueno.. ¡El michino es mi amantel Alejandro permanecía impasible mirando a su m u­ jer. —Ya te he dicho cien veces que eso de querer y no querer. Y ésta.. por envanecerte con mi hermosura. gritó: —¿Y qué? ¿No me matas ahora cómo a la otra? —Ni es verdad que maté a la otra. — ¡Quien lo consiente eres túl —¿Pues no he de consentirlo.. —¿Loca? ¿Loca yo? —¡De remate! ¡Llegarse a creer que tiene un amante! TRES NOVELAS IO . ni es verdad que el michino sea tu amante. si es mi amante? Ya lo has oído. son conver­ saciones de te condal o danzante. ésas son noveleríasl ¿Por qué no soy hombre?. Y mi casa no es teatro. el mi­ chino. por exhibirme. Y si sigues así. va a acabar todo ello en vol­ verte loca y en que tengamos que encerrarte. por. que esperaba un estallido del hombre. Estás mintiendo para provo­ carme. —Ya sé que no me quieres. exal­ tándose aún más.' —Ya sé que no me quieres.? —Pero eso de que consientas que el conde.. por jactancia. como tú le llamas.. —Bueno. y amor.. ¿y qué más.. y todas esas andróminas.. bueno.

Estos dos señores son dos médicos alienistas. —¿Y qué haces tú aquí. Y se fué. La pobre Julia iba aterrada. Mi casa no es un teatro. fuera de sí— . *** A los dos días de esta escena. y después de haberla tenido encerrada a su mujer durante ellos. no conseguirás lo que buscas. a petición mía. querer hacérmelo creer! ¡Como si mi mujer pudiese faltarme a mí! ¡A mí! Alejandro Gómez no es ningún michino. En el despacho la esperaban. y en tus ratos lúcidos debes compren­ derlo así.¡Cobarde! —Aquí va a haber que tomar medidas— dijo el ma­ rido. Juan?—preguntó Julia al conde. — ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!— gritó ya Julia. a informar sobre tu estado para que podamos ponerte en cura. Julia—le dijo con terrible calma su mari­ do—. no conseguirás que yo te regale los oídos con palabras de novelas y de tes danzantes o condales. con su marido. ¡es nada menos que todo un hombre! Y no. . Alejandro la llamó a su despacho. el conde de Bordaviella y otros dos señores. que vienen.146 M IG U E L DE U N A M U N O ¡Es decir. Tú no estás bien de la cabeza. —Mira. sin hacer caso a su marido.

que lo diga él. ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez? Ningún conde puede afren­ tarme. Y si no. ini michino.. —¿Pero también tú. señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella— . El conde miraba al suelo. — Como yo—le interrumpió Alejandro—.. — ¡Sí. ni puede mi mujer faltarme. a negar que he sido tuya? El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro. señora. no ha podido tener. tú . cómo persiste en su locura. tanto de su ma­ rido como de usted misma. — ¡Claro que no!— exclamó el conde. ¿te atreves tú. y vuelva en sí... Juan? ¿También tú. —Ya ve usted.. que la pobre está loca. Juan. señores. Usted sabe que nada de eso es verdad. jamás afrentaría así a un amigo como. — Pero cómo—gritó Julia— . se empeña en que este señor es. Usted sabe que si yo frecuen­ taba esta casa. —¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos. y que yo. nada menos que todo un hombre 147 —¿Lo ven ustedes?—dijo éste dirigiéndose a los mé­ dicos—. ningún género de esas relaciones con mi mujer. Persiste en su alucinación.. tú. es mi amante!—-le interrumpió ella—. y dijo: —Repórtese. un conde de Bordaviella.. Porque u s­ ted no ha tenido. señora.. michino?— . era como amigo de ella. Ya ven ustedes.

148 M IG U E L DE U N A M U N O gritó ella— . y por miedo. señores?—dijo Alejandro a los médicos. y dejemos que estos dos señores facultativos. o les levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. nosotros nos vamos. Y ya fuera de la estancia. cobarde. completen su reconocimiento. ahora. cobarde.. señor mío—dijo Alejandro diri­ giéndose al conde— . —Lo que tengo que hacer es pagarle lo aue le debo. salían los médicos del des­ pacho de Alejandro. como mi m a­ rido. para no tener más cuentas con usted. por miedo. cobarde. Usted escogerá. La pobre Julia sufrió un ataque. —¿Lo ven ustedes. no te atreves a decir la verdad y te prestas a esta farsa infame para declararme local ¡Co­ barde. villano! Y tú también. Con­ que quedamos en que mi mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. algo después. a solas con mi po­ bre mujer. decíanse: .. lo que debe* hacer es guardar la lengua. El conde le siguió. —No. y quedó como des­ hecha. cobarde. señor conde: o mi mujer resulta loca. le dijo Alejandro: — Conque ya lo sabe usted. ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobardel ¡Mi maridó­ te ha amenazado... ¡Y ojo con éstal—y le enseñó una pistola. Cuando. —Bueno.

como dice él. acaso la salvemos. Por lo menos se la apartaría de esta casa. — Pues con declararla tal. de otro modo. a don Ale­ jandro? — No.TODO UN HOMBRE 149 — Esta es una tremenda tragedia. sin estre­ llas. la declararon loca. ¿Y qué hacemos? —¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque. —¿No sería mejor declararle loco a él. Y. . ese hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde. — Nada menos que todo un hombre. — ¡Pobre mujerl ¡Daba pena oírlel Lo que yo me tem o es que acabe por volverse de veras loca. El único consuelo que le de­ jaban es el de que le llevaran casi a diario a su hijito para que lo viera! Tomábalo en brazos y le bañaba la carita con sus lágrimas. cayó sobre el alma de la pobre Julia al verse en­ cerrada en el manicomio. él no es loco: es otra cosa. en efecto. *** Toda una noche espesa. NADA MENOS QUF. Y el pobrecito niño Botaba sin saber por qué. —Pero ¿y la conciencia profesional? — La conciencia consiste aquí en evitar un crimen mayor. Y con esa declara­ ción fué encerrada por su marido en un manicomio. tenebrosa y fría.

dió otra vez en trillar su co­ razón y su mente con el triturador dilema: «¿Me quiere. humillarle. ¡Si pudiese sacarte toda la sangre de tu padre. Y él. temblaba ante éll ¡Ah... la hjzo moiir. el michinol- Tiene razón mi marido..150 M IG U E L DE U N A M U Ñ O —¡Ay. sí.! ¡Porque es tu padre! Y a solas se decía la pobre mujer. ¿Y a mí me quiere?» Y allí. Se murió ella de miedo ante él. sintiéndose al bor­ de de la locura: «¿Pero no acabaré por volverme de ve­ ras loca en esta casa. en el manicomio.. cobarde.. Alejandro.. y creer que no fué sino sueño y alucinación lo de mi trato con ese infame conde? ¡Co­ barde. es que mi marido es un hom­ bre! ¿Y por qué no me mató? ¡Otelo me habría mata­ do! Pero Alejandro no es Otelo. . no! ¡Esta es más terrible venganza! ¡Matarle a ese villano michino. hijo mío!—le decía— . sí. ese hombre no necesitó matar a su primera mujer.. villano! ¡Abandonarme así! ¡Dejar que me encerraran aquí! ¡El michino. pero poco inteli­ gente. Otelo era un moro impetuoso. Alejandro tiene una poderosa in­ teligencia al servicio de su infernal soberbia plebeya.! No.. ¡Temblaba ante mi marido.. hacer­ le mentir y abandonarme. hijo mío. se fingió curada.. o no me quiere?» Y se decía luego: «¡Yo sí que le quie­ ro! ¡Y ciegamente!» Y por temor a enloquecer de veras. sí. No. ¿por qué no nos mató? ¡Ah. Y Alejandro. no es tan bruto como- Otelo.

te pregunté yo a mi vez que si podías creerlo. que se te habían quitado las alu­ cinaciones. que no lo creía. tienes razón. que no pude creer. y se arrojó a sus pies sollozando: — ¡Perdóname. Con terror y con un loco cariño. Un día llamaron a Julia adonde su marido la espe­ raba. —Sí. Y por darte celos. tienes razón. Entró en él. y. inventé aquellas cosas. Avisáronselo al marido. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 151 asegurando que habían sido alucinaciones lo de su tra­ to con el de Bordaviella. perdóname! —Levántate.. ¿Cómo iba a faltarte yo? ¿Yo? ¿A ti? ¿A ti? ¿Me crees ahora? —Una vez. me preguntaste si era o no verdad que yo maté a mi primera mujer. Julia—le dijo con voz de hielo su mari­ do— . loca de remate. he estado loca. Alejandro. que no podía creerlo! —Pues ahora yo te digo que no creí nunca. Julia miró a la mirada fría y penetrante de su mari­ do con terror. mujer—y la levantó. que tú te hubieses entregado al michino ese.. Todo fué men­ tira. en un locutorio. Alejandro. Era un amor ciego. ¿Te basta? . — ¡Perdóname! —¿Perdonarte? ¿Pero de qué? Si me habían dicho que estabas ya curada. por contestación.. ¿Y qué me dijiste? — ¡Que no.. fundido con un terror no menos ciego.. nada más que por darte celos.

pues no he de querertel ¡Con toda el alma. el hombre pareció despertar y vol­ . . locamente. tenebroso de aquella alma. Fué como si un relámpago de luz tempestuosa alum­ brase por un momento el lago negro. de la locura de terror y de amor fundidos. Soy yo tuyo más que tú mía. hija mía. más que a mí mismol Al prin­ cipio. cuando nos casamos. —¿Y ahora—añadió la pobre mujer abrazando a su marido y hablándole al oído—. reclinando la cabeza sobre su hombro. sintiéndose al borde de la locura. A estas palabras.152 M IG U E L DE U N A M U N O Julia temblaba. encendido. balbuceaba: «¡Julia! ¡Julia! ¡Mi diosa! ¡Mi todo!» Ella creyó volverse loca al ver desnuda el alma de su marido. febril. le des­ cubrió un fondo del alma terrible y hermética que el hombre de la fortuna guardaba celosamente sellado. y con toda la sangre. Y besándola con furia animal. Alejandro—le murmuró al oído. su pobre mujer. Y fué que vió asomar dos lágrimas en los ojos fríos y cortantes como navajas de aquel hombre. haciendo relucir su sobrehaz. y con todas las entrañas. Alejandro. como loco. me quieres? Y entonces vió en Alejandro. no. ahora. algo que nunca antes en él viera. — Ahora quisiera morirme. dime. ¿Pero ahora? ¡Ahora sil Ciegamente. Y estalló: — ¡Pues no he de quererte. por vez primera.

¿Me quieres por mí... u n momento siquiera. o por ser yo cosa tuya? —Yate he dicho que lo debes olvidar. guárdatelo. por mí. y como si se hubiese tra­ b ad o con los ojos. ¡Olvídalo! —¿Olvidarlo? — ¡Bueno. ¿eh. — ¡Basta! —Pero. He venido a sacar­ te. no una invita­ ción. ahora otra vez fríos y cortantes. Y no me insis­ tas. Julia? Ya lo sabes.. porque si insistes. te dejo aquí. . déjame un momento. por Dios. pero yo ■no he dicho lo que he dicho. — ¡Cállatelo a ti misma! —Me lo callaré. y como si no lo hubieses oídol —Lo callaré. pero has de salir curada. pero. dijo: —Esto no ha pasado. aquellas dos lágrimas. y aunque fuese de otro. sino un mandato de Alejandro para ir a comer a -su casa. Y Alejandro se llevó su mujer a su casa.. — ¡Y curada estoy!—afirmó la mujer con brío.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 153 ver en sí como de un sueño... recibía el conde de Bordaviella. Alejandro.. * * * Pocos días después de haber vuelto Julia del mani­ comio.

. Después de los postres. señor conde—le dijo el señor de la casa—. aunque sin in­ tención ofensiva. Alejandro. no. La comida transcurrió en la más lóbrega de las conversaciones. para darle las satisfacciones que a un caballero. Se habló de todas las mayores frivolidades— los criados delante— . Mi mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. Julia le acompañaba. un perfecto caballero. tem­ bloroso y desencajado. se le deben. que venga pasado mañana. Y usted sabe bien de lo que es capaz A lejandro G ómez.» El conde de Bordaviella llegó a la cita pálido. diri­ giéndose al criado. sufrirá las consecuencias de ello. absolutamente in­ capaz. entre las bromas más espesas y feroces de Alejandro. señor conde—¡e decía en una. le ofendió a usted gravemente. y como la pobre. Por­ que si usted no viene ese día a recibir esas satisfaccio­ nes y explicaciones. carta— .» —¿Te?—se le escapó al conde. suponiéndole capaz de infamias de que es usted. le ruego. a acompañarnos a comer. como es usted. es para estar más a tono. —Sí. por mi conducto. en la época triste de su delirio. jueves.154 M IG U E L DE U N A M U N O «Como ya sabrá usted. mi mujer ha salido del manicomio completa­ mente curada. Y no es que me duelan las tripas. le dijo: «Trae el te. El te va muy bien con las satisfacciones entre caballeros.

atrevía a probar el te. Estaba espléndidamente hermosa. señor conde— dijo Julia— . señor conde. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 155 Y volviéndose al criado: «¡Retírate!» Quedáronse los tres solos.. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones. buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no. y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme se­ ducido. no he llegado aún a eso. Julia—dijo el marido— . El conde temblaba. aunque yo no sea un caballero- ni mucho menos.. quise to­ marle a usted de instrum ento para excitar sus celos. señor conde. con voz fantasmática. que en mi casa se puede tomar todo con confianza. Sus palabras fluían frías y lentas. pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego con­ sumidor.. Alejandro miró a Julia. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago.. —Sírveme a mí primero. y ésta. —¿A mí. —No. Y esto fué un embuste. Y yo lo tomaré antes para que vea usted. loca de amor por mi marido. empezó a hablar. porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente. No se. Julia? — ¡No me llame usted Julia! Sí. y habría sido una in­ . Cuando me puse loca. —Pero si yo. lentamente. —He hecho que mi marido le llame. a usted.

indigna de un caballero como usted. ¿Quiere usted tila en ella? —No. sírvele otra taza al señor conde. que le veo a usted agitado. — [Muy bien—agregó Alejandro— . cuando le llamábamos mi marido y yo el michino. A mi no me tiene usted nada que perdonar... así es. no. ¡muy bien! —Y aunque. es verdad! —Vamos.. —Pues bueno. y usted le ha perdonado su locura. —Lo que le atribuí a usted. muy bien! Acción villana e infame. —[Es verdad. Tome otra taza de te. Vamos.. indigna de un caballero. — Señora de Gómez—corrigió Alejandro. sí. [perdónenoslo usted! — [Por perdonadol —Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame. Ju­ lia.. ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle. cálmese—continuó el marido— . yo quiero. doña Julia...156 M IG U E L DE U N A M U N O famia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba ¿loca.. sin embargo. a mí . —¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro— . señor conde? — Sí... como le repito. que usted me perdone. ¿No es así.. les perdono a us­ tedes todo—suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa. se me puede y debe ex­ cusar en atención a mi estado de entonces.. le perdono a usted todo. ¿Me perdona? —Sí.

Después de lo pasado.. prueba de mi confianza en la total curación de mi mu­ jer.! Hasta es capaz de traer testigos. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el marido. Y en. puerta espiando lo que digamos. dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más sorprendidos de aquella conducta. porque si no hubiese estado.. señor conde? —¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella horrible escena en que me humilló- cuanto más se puede y cometió la infamia de hacer que la declarasen a usted loca? —Y así era la verdad. Y se salió Alejandro. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 157' no me queda sino rogarle que siga usted honrando- nuestra casa con sus visitas. el conde. y Julia: «¡Este es un hombre!» Siguióse un abrumador silencio. Julia y el conde no se atrevían a mirarse. no mire usted así. ahí les dejo a ustedes dos solos. gracias a mí. —No—le dijo Julia— . . a Alejandro. pensaba él.. Y ahora que m i mujer está ya. no conoce usted a mi marido. no corre usted ya peligro alguno con venir acá. no deba oír. completamente curada. us­ ted comprenderá que sería de muy mal efecto que in­ terrumpiéramos nuestras relaciones. —¿Por qué dice usted eso. —¡Qué sé yo. No está detrás de la.. «¡Qué hombre!». por si ella quiere decirle algo que no se atreve a decírselo delante de mír o que yo. por delicadeza.

.. señor conde. mi .! —¿Que acabó. — ¿Pero qué. y ahora q u e estoy yo. acabó usted.. que era nsted mi amante.. señora de Gómez. no sólo aceptándolos... — Pero. como dije.. Usted puede venir acá cuando quiera.. no. no.entonces loca. sino que era usted la que provocaba y que aquello iba. completa­ ..que. Pero'ella se la tomó y le dijo: —Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi ma­ rido. ¡Adiósl El conde tendió la mano a Julia. galanteos..amor. y no necesito repetírselo. temiendo que se la rechazaría. gracias a Dios y a Alejandro.. —No se puede estar ni un t n n m e n t n m ás en e s ta -casa... señor conde? — ¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que va usted a negarme.? —Ya le he dicho a usted... no ya sólo .aceptando mis galanteos.? — ¡Doña Julia o señora de Gómez! —¿Es que va usted a negarme. fuese por lo que fuera.? — ¡Señor conde.158 M IG U E L DE U N A M U Ñ O yo entonces loca. no habría dicho. amante? — Vuelvo a repetirle que estaba loca.. —¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su . que estaba . . Julia.

tuyo.. Caía con frecuencia en delirios. La llevó a la dehesa a ver si el campo la curaba. —¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces loca? — A quien le van a volver ustedes loco. y se puso gravemente enferma. mientras ella. en los que llamaba a su marido con las más ardientes y apasionadas palabras. NAL-A MENOS QUE TODO UN HOMBRE 159 mente curada. salió de aquella casa decidido a no volver más a ella. curada del todo.. señor conde. . — ¡Clarol ¡El michino! Julia se echó a reír. corrido y abochor­ nado. sería de mal efecto que usted suspendiera sus visitas.. entre su ma­ rido y usted. se lo apretaba casi a punto de ahogarlo.. —Pero Julia.. le decía al oído. enferma de la mente. -—¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil. tuyo. «¡Tuyo. Ahora sí que parecía que de ve­ ras iba a enloquecer. sólo tuyo y nada más que tuyo!». es a mí. Y el hombre se entregaba a los transportes dolorosos de su mujer procurando cal­ marla. Y el conde. abrazadá a su cuello. * * * Todas esas tormentas de su espíritu quebrantaron la vida de la pobre Julia..

— ¡Imposible. hermosa con la hermosura de la inminente muerte. señalándoselo con la mirada hacia arriba. le dijo con una hebra de voz: — ¡Ahí le tienes I . po­ niéndosele con ello los grandes ojos casi blancos. entró en un furor frío y per­ sistente. mi vida por la suya! ¿No sabe usted ha­ cer eso de la transfusión de la sangre? Sáqueme toda la mía y désela a ella. Cuando el hombre de fortuna vió que la Muerte le iba a arrebatar su mujer. don Alejandro. le decía: —¿Dónde está Dios. toda mi sangre por ellal — ¡Sólo Dios puede salvarla! — ¡Dios! ¿Dónde está Dios? Nunca pensé en Él. sáquemela. don Alejandro. — ¡Imposible. le decían. pálida. Algo terrible le andaba por las entrañas. Vamos. Llamó a los mejores médicos. imposible! — ¡Sálvemela usted.160 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Pero el mal la iba matando. Julia? Y ella. por su vida! — ¡Imposible. sea como sea! ¡Toda mi fortuna. pero cada vez m ás hermosa. imposible! — ¡Mi vida. su mujer. — ¡Sálvemela usted!—le decía al médico. don Alejandro. Y luego a Julia. todos mis millones por ella.. imposible! —¿Cómo imposible? ¡Mi sangre. «Todo era in­ útil».

Alejandro. —Me muero. no te. A ver. te lo he dicho mil veces. Julia. Y le quiso dar su aliento. ahora lo doy todo por bien pade­ cido.! ¡Y yo que dudé de que me quisieras... que estaba a la cabecera de la cama de su mujer. amor! Y esos miserables. me muero.. Estaba como loco. no te quería. sálvamela y pídeme todo.. — ¡No. nol ¡Amor.. Aquel furor ciego de su marido le es­ taba llenando de una luz dulcísima el alma. ¡Qué feliz era al cabol ¿Y dudó nunca de que aquel hombre Ia quisiese? Y la pobre mujer iba perdiendo la vida gota a gota Estaba marmórea y fría. son tonterías de libros.m ueres—le decía él—. Y ella sonreía. mi fortuna toda. no puedes mo- rirtel —¿Es que no puede morirse tu mujer? —No. Antes me moriré yo.. mi mujer no puede morirse. y quería darle todo su calor.. que venga la muerte. le decía: «Sálvamela. todo. nol Eso de querer. Alejandro.. el calor que se le escapaba a la pobre. ¡No te quería. lo cogió y apretándolo en el puño.. que venga. mi sangre toda. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 161 Alejandro miró al crucifijo. cobar­ TRES NOVELAS II .. ¡A mil ¡A mí la muerte! ¡Que venga 1 —¡Ay.! —¡Y no. yo todo. todo yo. todo. Y entonces el marido se acos­ tó con ella y la abrazó fuertemente.» Julia sonreía.

162 M IG U E L DÉ Ú N A M U Ñ Ó

des, que hablan de amor, dejan que se les mueran suS
mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra
de su voz, volviendo a ser presa de su vieja congoja,
Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!
—y estalló en secos sollozos, en sollozos que parecían
un estertor, un estertor de pena y de amor salvaje.
— ¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del
triunfo.
— ¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quie­
ro que te mueras! ¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, má­
tame, mátame!
—Sí, me muero...
•— ¡Y yo contigo!
—¿Y el niño, Alejandro?
—Que se muera también. ¿Para qué le quiero sin ti?
— Por Dios, por Dios, Alejandro, que estás loco...
—Sí,yo, yosoyelloco, yoel que estuve siempre loco...,
loco de ti, Julia, loco por ti... Yo, yo el loco. ¡Y mátame,
llévame contigo!
—Si pudiera...

—Pero no, mátame y vive, y sé tuya...
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Si no puedo ser tuyo, de la muerte!
Y la apretaba más y más, queriendo retenerla.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 163

—Bueno, y al fin, dime, ¿quién eres, Alejandro?—le
preguntó al oído Julia.
—¿Yo? ¡Nada más que tu hombre..., el que tú me has
hechol
Este nombre sonó como un susurro de ultramuerte,
como desde la ribera de la vida, cuando la barca parte
por el lago tenebroso.
Poco después sintió Alejandro que no tenía entre sus
brazos de atleta más que un despojo. En su alma era
noche cerrada y arrecida. Se levantó y quedóse miran­
do a la yerta y exánime hermosura. Nunca la vió tan es­
pléndida. Parecía bañada por la luz del alba eterna de
después de la última noche. Y por encima de aquel re­
cuerdo en carne ya fría sintió pasar, como una nube
de hielo, su vida toda, aquella vida que ocultó a todos,
hasta a sí mismo. Y llegó a su niñez terrible y a cómo
se estremecía bajo los despiadados golpes del que pa­
saba por su padre, y cómo maldecía de él, y cómo una
tarde, exasperado, cerró el puño, blandiéndolo, delan­
te de un Cristo de la iglesia de su pueblo.
Salió al fin del cuarto, cerrando tras sí la puerta.
Y buscó al hijo. El pequeñuelo tenía poco más de tres
años. Lo cogió el padre y se encerró con él. Empezó a
besarlo con frenesí. Y el niño, que no estaba hecho a
los besos de su padre, que nunca recibiera uno de él,
y que acaso adivinó la salvaje pasión que los llenaba,
se echó a llorar.

164 M IG U E L DE U N A M U N Ú

—¡Calla, hijo mío, calla! ¿Me perdonas lo que voy a
hacer? ¿Me perdonas?
El niño callaba, mirando despavorido al padre, que
buscaba en sus ojos, en su boca, en su pelo, los ojos,
la boca, el pelo de Julia.
— ¡Perdóname, hijo mío, perdóname!
Se encerró un rato a arreglar su última voluntad'
Luego se encerró de nuevo con su mujer, con lo que
fué su mujer.
—Mi sangre por la tuya—ie dijo, como si le oyera,
Alejandro—•. La muerte te llevó. ¡Voy a buscartel
Creyó un momento ver sonreír a su mujer y que
movía los ojos. Empezó a besarla frenéticamente por
si así la resucitaba, a llamarla, a decirle ternezas terri­
bles al oído. Estaba fría.
Cuando más tarde tuvieron que forzar la puerta de
la alcoba mortuoria, encontráronle abrazado a su m u­
jer y blanco del frío último, desangrado y ensangren­
tado.

Salamanca, abril de 1916.

FIN

ÍN D IC E .