TRES NOVELAS EJEMPLARES

Y UN PRÓLOGO

ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, 1930.

Papel especialmente fabricado por L a P apelera E spañola.

MIGUEL DE UNAM UNO

TRES NOVELAS
EJEMPLARES
Y UN PRÓLOGO

C A U P E
C O L E C C IÓ N CONTEM PORÁNEA
M A D R ID -B A R C E L O N A
19 2 0

Norte.Imprenta Artística.—Teléfono 17-65 J .—Madrid. Sáez Hermanos. 21.

.... 103 ................................................................. Prólogo....................................................... ÍNDICE Páginas.................... 29 El marqués de Lumbría............. 81 Nada menos que todoun hombre.......... 7 Dos madres..........................................................

PRÓ LO G O .

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y en ella misma. como bauticé a mi novela— ¡y tan no­ vela!—Niebla. pues. los que volvamos sobre ello. Hemos de volver aquí en este prólogo—novela o •nivola—más de una vez sobre la nivolería. y no una tzzzwZ#. el no saber juzgar sino conforme a precedentes.. >fué una saiida que encontré para mis.. página 158. lo explico— . I ¡Tres novelas ejemplares y un prólogo! L o mismo pude haber puesto en la portada de este libro Cuatro novelas ejemplares. La pereza mental. y yo. ¿Ejemplares? ¿Por qué? -Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas . a Jo de ejemplares. Eso de nivola. es decir. Ahora.una novela. nosotros.—¿críticos? Bue­ no. es lo -más propio de los que se consagran a críticos. Y digo he­ mos de volver así en episcopal primera persona del plural. pase—críticos. ¿Cuatro? ¿Por qué? Porque este pró­ logo es también una novela. Y lo han sabido aprovechar por­ que ello favorecía su pereza mental.. Una novela. entendámo­ nos. porque hemos de ser tú. lector.

» De lo que se colige: primero. porque. se buscan las fuen­ tes. y segundo. horas hay de recreación.. Y luego aña­ de: «Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra re­ pública una mesa de trucos. «no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano. antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público.10 M IG U E L DE U N A M U N O que publicó después de su Quijote. digo. sin daño del alma ni del cuerpo. donde el afligido espíritu descanse.. porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. para este efecto se plantan las alamedas. no siempre se ocupan los oratorios.» Y agrega: «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lec­ ción de estas novelas pudiera inducir a quien las leye­ ra a algún mal deseo o pensamiento.» Y en se­ guida: «Sí. se allanan las cuestiones y se cultivan con curio­ sidad los jardines. según en el’- prólogo a ellas nos dice. no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean. que no siempre se está en los templos. que Cervantes más. que lo de llamarlas ejemplares fué . mi edad no está ya para burlarse con la otra vida. buscó la ejemplaridad que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas. buscando dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu des­ canse. donde cada uno pueda lle­ gar a entretenerse sin daño de barras.

otra novela. Este prólogo es posterior a las novelas a que prece­ de y prologa como una gramática es posterior a la lengua que' trata de regular y una doctrina moral pos­ terior a los actos de virtud o de vicio que con ella tra­ tan de-explicarse. Y este prólogo es. ejemplo de vida y y de realidad. luchadores—o si queréis los llamaremos personajes— . la novela de mis novelas. Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo—así. en puro querer ser. nivolería. Lo que es mi caso. y con la realidad más íntima. son reales. . como suena-—. ¡De realidad! ¡De realidad. en cierto modo. Y a la vez la explicación de mi novelería. con la que se dan ellos mis­ mos. y no con la que le den los lectores. es decir. o en puro querer no ser. O si se quiere. PRÓLOGO II ocurrencia posterior a haberlas escrito. sí! Sus agonistas. realísimos.

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En una creación. Un poeta no saca sus criaturas— criaturas vivas—por los modos del lla­ mado realismo. la realidad poética o creativa de un hom­ bre? Sea hombre de carne y hueso. la realidad es una rea­ lidad íntima. Porque Don Quijote es. que es igual. la realidad no es la del que llaman los críti­ cos realismo. cortical y anecdótica. Porque. cosa puramente-: externa. la reali­ dad eterna. En un poe­ ma—y las mejores novelas son poemas— . creativa y de voluntad. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos. aparencial. o sea de los que lla­ mamos ficción. . que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera. se refiere al arte literario y no al poético o creativo. ¿qué realidad es la deh­ ese realismo? Verdad es que el llamado realismo. la realidad real. ir Nada hay más ambiguo que eso que se llama realis­ mo en el arte literario. ¿Cuál es la realidad íntima. en una- creación.

Tres Tjomases. El Tomás ideal de Tomás. Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare. Es decir: el que uno es. lo más creativo. sino a menudo muy desemejante de ambos. y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme. lleguen al m undo. I I I —sobre los tres Juanes y los tres Tomases. y a Tres Juanes. conocido sólo para su Ha­ cedor. Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el . Y es que nos dice que cuando conversan dos. nunca el Juan real ni el Juan de Juan. El Juan ideal de Tomás.14 M IG U E L DE U N A M U N O tan real como Cervantes. ¿Qué es lo más íntimo.. nunca el real. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos. El Juan ideal de Juan. El Tomás real.. Juan y Tomás.) 2.. que son: El Juan real. lo más real •de un hombre? Aquí tengo que referirme una vez más a aquella in­ geniosísima teoría de Oliver W endell Holmes — en su The autocrat o f the breakfast table. el que se cree ser y el que le cree otro. páginas 280 a 281— que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su his­ toria y las de otros.. incluso la mía misma.El Tomás ideal de Juan. menudo muy desemejante de él. 3. hay seis en con­ versación. como me dijo—véase mi no­ vela (¡y tan novela!) Niebla.

pero de uno que quiere no ser. De uno que no quiere ser. . y lo mismo en hombres reales encarnados en car­ ne y hueso que en hom bres reales encarnados en fic­ ción novelesca o nivolesca. y es el real de verdad? Y por el que hayamos querido ser. el creador. Mas antes de pasar más adelante cúmpleme expli­ car que no es lo mismo querer no ser que no que­ rer ser. un suicida. Hay héroes del querer no ser. en efecto. y del que es para los otros y del que se cree ser. Y el que quiere no ser. d) no querer no ser. Como se puede: creer que hay Dios. hay el que quisiera ser. ¡claro!. difícilmente se saca una cria­ tura poética. creer que no hay Dios. Y que éste. v Hay. b) querer no ser. no por el que hayamos sido. y dos negati­ vas: c) no querer ser. que son: dos po­ sitivas: a) querer ser. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios. de la noluntad.' Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser. no creer que hay Dios. ni querer no ser es no querer ser." Y digo que además del que uno es para Dios—si para Dios es uno alguien— . sí. de novela. cuatro posiciones. PRÓLOG O 15 intelectualista yanqui W endell Holmes. no es. nos salvaremos o perde­ remos. el que uno quiere ser. en su seno. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser. y no creer que no hay Dios. es en él.

Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas Ejemplares hablaba de «horas de recrea­ ción». m as de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente. . n o llegaréis nunca a crear criaturas reales. recreándolo en mí al re-crearme. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo. no ya sólo de comprenderlo. no llegaréis a gozar de ninguna novela. ¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un» lío. la re-crea y se recrea con ella. y no sois capaces. Y yo me he recreado con su Licenciado Vidrie­ ra. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí. y.36 M IG U E L DE U N A M U Ñ O El que quiere no ser lo quiere siendo. ni de la de vuestra vida. por tanto.

me parece que hemos que­ dado en ello. racional... más res. los gigantes eran numénicos. sustanciales. La realidad no la constituyen las bambalinas ni las decoraciones. numénico. este hombre voliti­ vo e ideal—de idea-voluntad o fuerza—tiene que vivir en un mundo fenoménico. Comparad a Segismundo con Don Quijote. pues—digo. ni el traje. es el que quiere ser o el que quiere no ser. aparencial. III Quedamos. Y de aquí. ni las acotaciones. ni el mo­ biliario. es decir. el creador. aparenciales. dos so­ ñadores de la vida.—. más cosa. El sueño es el TPES NOVELAS 2 . del choque de esos h o m ­ bres reales. en que el hombre más real. al modo kantiano. Pero la realidad es la íntima. sino los gigan­ tes. más causa—sólo existe lo que obra— . ni.. Los molinos eran fenoménicos. La realidad en la vida de Don Qui­ jote no fueron los molinos de viento. unos con otros.. realis. ni el paisaje. Y tiene que soñar la vida que es sueño. Sólo que este hombre que podríamos lla­ mar. surgen la tragedia y la co­ media y la novela y la nívola. en el mundo de los llamados realistas.

se­ gún San Pablo. realidad. porque es la vida. y una novela real. no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño que un realista ex­ cluiría de su arte? . esa epopeya que es una novela.18 M ÍG U E L D E U N A M U N O que es Vida. creación. ¿O es que la Odisea. y lo que se espera es sueño. sino la sustancia de las cosas que se esperan. muy real. Creer es crear. La fe misma no es. Y la fe es la fuente de la realidad.

filosóficas. novelas de tesis. lector. conceptos personificados. y lo demás. sím­ bolos. IV Sí. quierel—llegar a tocar a su asíntota y no lo logra. y persona trágica. ya sé la canción de los críticos que se han aga­ rrado a lo de la nívola-. Lo que no sé es si Newton la sintió. un hombre. Y hasta un concepto. Pues bien. como dicen. Yo creo que la rama de una hipérbola quiere—-¡así. Y creo que la elipse quiere tener dos focos. ensayos en forma dia­ logada. y un símbo­ lo puede hacerse hombre. Un concepto puede llegar a hacerse persona.. ¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los críticos! Te aseguro.. que quie­ re ser o que quiera no ser. que si Gustavo Flaubert sintió. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de Newton. y un hombre real. señales de envenenamiento cuando esta­ . y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola como a una persona. es un símbolo.

. los haya sacado de mi alma. con todos los pelos y señales que les distinguen con sus muletillas y sus tics y sus gestos..20 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ba escribiendo... Acaso Dios mismo.. y que no tienen realidad íntima. página 287—sentía yo morirme. ¡Pero no! Una cosa es que todos mis persona­ jes novelescos. sino que se dejan llevar y traer. ese yo trascen­ dente—o inmanente—¿quién es? Dios lo sabe. una de mis criaturas. que todos esos personajes de que están llenas nuestras novelas contemporáneas españolas no son.»—Niebla. el de Erna Bovary. de mi realidad íntima— que es todo un pueblo—y otra cosa es que sean y a mismo. Porque. quiero vi­ vir. creando. es decir.. don Miguel. uno de mis agonistas. en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas. Y ahora os digo que esos personajes crepuscula­ res— no de medio día ni de media noche—que ni quieren ser ni quieren no ser. en que desnuden su alma. «¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo. . No hay un momento en que se vacien. cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí—dentro de mí más bien—: «Es que yo quiero vivir. quiero vivir. y de novelas realistas.... uno de mis per­ sonajes.!»—se me dirá—. que todos los agonistas que he creado. no son en su ma­ yoría perdonas. Y ese yo último e íntimo y supremo.. ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues..

mételo en ti y deja que como un germen se te desarrolle en el perso­ naje de verdad. Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo Juan o que tu ámi- go Tom ás quién es el que quiere ser Juan o el que quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser. cómicos o novelescos. creado. excítalos si pue­ des. no te dediques a observar exterioridades de los que contigo conviven. Llevaba el mundo -dentro de sí. el que quieren ser. agonis­ tas-trágicos. lo conocéis mejor que él se conoce a sí m is­ mo acaso. en una fra­ se. quiérelos sobre todo. . en un acto. no acumules deta­ lles. Y luego que le hayáis así descubierto. en el que es de veras real. Tal en Shakespeare. Si quieres crear. por el arte personas. en un grito. Balzac no era ua hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempb tomando notas de lo que veía -en los demás o da lo que les oía. lector. en una frase. y entonces toma ese su momento. se le crea. en un grito. -en un momento. sino trátalos. y espera a que un día—aca­ so nunca—saquen a luz y desnuda el alma de su alma. PRO LO G O 21 A un hombre de verdad se le descubre.

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somos de ellos. Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cer­ vantes. No digo que Don Quijote y lan ch o brotaron de la misma fuente porque no se oponen entre sí. perezoso y dili­ gente.si siendo el mismo he descubierto en su alma . es orgulloso y humilde. y nosotros. envidioso y caritativo. al criminal que al santo. a Caín que a Abel. sino que son de todos los que los crean y re­ crean. Aunque no falte acaso quien me sal­ te diciendo que el Don Quijote y el Sancho de esa m obra no son los de Cervantes. Lo cual es muy cierto. Y saca de sí mismo lo mis­ mo al tirano que al esclavo. o . son de sí mismos. O mejor. y Don Quijote era Sancho-pancesco. avaro y liberal. Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos. y Sancho Panza era qui­ jotesco como creo haber probado en mi Vida de Con Quijote y Sancho. iracundo y sufrido. V Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales. cuando los contemplamos y creamos. glotón y sobrio. rijoso y casto.

porque no lo reconoce por hombre. con nada menos que una mujer. rto es mi sueño de una sombra. o en una nívola si queréis. del hombre coti­ diano y crepuscular. es inútil presentárselo. que es como Píndaro llamó al hombre. Y es capaz de llamarle sím ­ bolo o alegoría. Y ese sujeto cotidiano y aparencial. ese que huye de la tragedia. y es: «¡De ti. A lo sumo será . Ni Cervantes caló todo el quijotismo de Sancho Panza. se preguntan: «¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?» A lo que no cabe sino una respuesta. Resumiendo:' todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes capitales y sus siete vicios opues­ tos. Los pobres sujetos que temen la tragedia.24 M IG U E L DE U N A M U N O honduras que el primero que nos le descubrió.al encontrarse en una tragedia o en una comedia o en una novela. con un hom­ bre. que fué Cervantes. no las descubrió. esas som­ bras de hombres que leen para no enterarse o para matar el tiem po—tendrán que matar la eternidad— . no!» Y como no lo ha sacado uno de él. o con una mujer. con nada menos que todo un hombre. som­ . de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que sintió por Aldonza Lo­ renzo. en­ tre otras cosas. Porque estoy seguro. y con ellos es capaz de crear agonistas de todas clases.

PRÓLOGO 25 bra de un sueño. Porque el que siendo sueño de una sombra y teniendo conciencia de serlo sufra con ello y quiera serlo o quiera no serlo. será un personaje trágico y capaz de crear y de re­ crear en . esto es: poeta y capaz de gustar -de una novela. de un poema.sí mismo personajes trágicos— o cómicos— . capaz de ser novelista. es decir. . que dijo el Tasso.

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o hacen principalmente mujeres. el consumo de novelas . lector. Y este prólogo es otra novela. Y sé que estas señoras y se­ ñoritas se aficionan principalmente a leer aquellas no­ velas que les dan sus confesores o aquellas otras que se las prohíben.. lector. por dar claridad a nuestras creaciones. Es la novela de mis novelas. VI ¿Está claro? La lucha. o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que. hoy. ¡Bueno. Y no es que huyan de lo que les haga pensar. Si este prólogo no te ha quitado la gana de leerlas. ¡Es decir. hasta las T res novelas ejemplares que vas a leer. no!. es otra tragedia. sino señoras y señoritas.. huyen de lo que les haga con­ moverse. más vale callarlo! . y mis cuentos—que novelas son—y Niebla y Abel Sánchez— ésta acaso la más trágica de todas— . desde Paz en la Guerra y Amor y Pedagogía. mujeres. ¿Ves. chorrean pus. por qué las llamo ejemplares a estas no­ velas? ¡Y ojalá sirvan de ejemplo! Sé que en España. Con conmoción que no sea la que acaba en.

. Y nada más que literatura. yo sé que vivirán. y a registro de aduana y a tasa.. estas tres novelas ejemplares. Lo cual es un género de subsistencia. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe. . ¡Y así anda nuestra literatura novelescal Literatura.. en fin. o ante un traje montado sobre un maniquí. y a exportación e importa­ ción. que aunque sus agonistas tengan que vivir aislados y desconoci­ dos. sujeta a la ley de la oferta y la demanda. literatura. Sobre todo el desnudo del alm a. o ante el desvestido o semi-desnudo. lectores y lectoras. sí. seguro estoy de esto como de que viviré ye. señoras y señoritas.28 M IG U E L DE U N A M U N O Esas señoras y señoritas se extasían. señores. pero el desnudo franco y noble les repugna. Allá van. Tan. si el traje es de moda..

DOS M ADRES .

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Y aquel hogar solitario. Los ojos y las manos de Raquel apaciguaban y adormecían todos sus apetitos. Y en don Juan había muer­ to. Raquel parecía haber nacido viuda. tan dentro de él que de él se salía. I ¡Cómo le pesaba Raquel al pobre don Juan! La viuda ■aquella. la voluntad. Porque Raquel era. con la tormenta de no tener hijos en el corazón del alma. sino absorto por ella. era como en un monasterio la celda de una pareja enamo­ rada. don Juan. arro­ . «¡Esta mu­ jer me matará!»—solía decirse. pensaba don Juan. ¿Enamorada? ¿Estaba él. Su amor era un amor furioso. se le había agarrado y le retenía en la vida que / queda. enamorado de Ra­ quel? No. que buscaba dentro de su hombre. la viuda y la viuda sin hijos. per­ dido _en la mujer y en su viudez. algo de más allá de la vida: Y don Juan se sentía arrastrado por ella a más dentro de la tierra. ante todo y sobre todo. no en la que pasa. con sabor a muerte. con el deseo. y al decírselo pensa­ ba en lo dulce que sería el descanso inacabable. sumergido en ella. constituido fuera de la ley.

...! Sola te faltaba decir que del Hospicio.. 32 M IG U E L ? D E U N A M U N O pado en tierra. mi gatito. Hacía tiempo que Raquel venía empujando a su don Juan al matrimonio. según nos enseñaron en el Catecis­ mo.. ni a ti ni a mí nos dan ya gracia con ben­ diciones... que nos queda un recurso. para casar. Raquel..—¿Tú invocando a Dios.. a que se casase.... dar gracia a los casados y que críen hi­ jos para el cielo.—¿Casarte conmigo? ¡Pero eso. y es casarnos como Dios y los hom­ bres mandan... no tiene sentido.—Casarnos así. Raquel. y adoptar un hijo. ¡Criar hijos para el cielo. después de haber sido muerto por una viuda como aquélla. Don J uan. michino? Don J uan. ¿Casarnos? ¡Bien casados estamos! ¿Darnos gracia? Ay michino—y al decirlo le pasaba por sobre la nariz los cinco finísimos y ahusados dedos de su diestra—. Raquel. pero no con ella.—Pero ya te he dicho. . según la ley..— ¡Adoptar un hijo. como habría querido hacerlo el pobre hombre.. criar hijos para el cielo! Al decir esto se le quebraba la voz y temblaban en sus pestañas líquidas perlas en que se reflejaba la ne­ grura insondable de las niñas de sus ojos.! ¿Para qué? ¿A qué conduce que nos ca­ semos según la Iglesia y el Derecho Civil? El matrim o­ nio se instituyó. Quelina.! ¡Adoptar un hijo.

.—Ahora eso. aquel. no! Aquel sobrinillo tuyo. ¡Oh. que no hables de eso. Si me hubieras hecho m a­ dre. Raquel.—¡Bien! Pero tú puedes darme un hijo.. adoptivo. Un hijo adoptado.—¡Oh. Juan...... Raquel.—Me vas a hacer llorar. Raquel. no poder parir! ¡No poder parir! ¡Y morir­ se en el parto! D on J uan. Don J uan. y yo..—Pero no te pongas así. lo sé.— ¡Enteramente tuyos. Y como nada me costaría obtenerlo. ¿Por qué bajas así la cabeza? ¿De qué te avergüenzas? D on J uan..—Eres tú. ya que no has podido hacerme madre. Juan. Hazte padre.. Raquel. ya sé que tú no tienes la culpa. Don J uan.. por ejem­ plo.. nunca podría tenerlo por propio. es siempre un hospiciano. entonces sí. Raquel... no es. visto que tenemos fortuna. DOS M ADRES 33 Don J uan. eres tú el que no debes se­ guir así.. TRES NOVELAS 3 .—Mi hermana nos entregaría cualquiera de sus hijos.— Dices bien. Juan. querida. como no la tuvo mi marido.—¡Claro que digo bien! ¿O es que crees que vo no sé que tu fortuna.. Raquel.. como tú todo.. Quelina! Raquel. Mi herm ana. que no vuelvas a hablar de eso..sino mía. nos habríamos casado.—Sí.—Ya te he dicho. nos lo entregaría de grado. tenemos. enteramente mía? D on J uan... hazte padre.

—¿Proponerle qué? Don J uan. ¡claro está!. ¡Y quiéralo ella o no lo quiera... y en­ tregándomelo luego.—Lo que has de proponerle es el matri­ monio. Raquel.— ¡Raquel! Raquel. Don J uan... hijo tuyo. que lo quiero yo y basta! Don J uan. querer a otra mujer. Raquel.—¿Quererla? ¿Qué es eso de quererla? ¿Quién te ha hablado de querer a otra mujer? Harto sé que hoy ya tú no puedes. Juan. sí. quié­ ralo ella o no. una mujer que ofrezca probabilidades de éxito.. ¡Ni yo lo consentiría! ¡Pero no se trata de quererla.—¿Y a qué mujer le propongo eso? Raquel...— ¡Sí. aunque quieras.. y de tu mujer.—La que se prestara a eso sería una. Raquel.—Será tu mujer.—¿Con nuestra fortuna? Don J uan. D on J wan. Raquel. el matrimonio! Tienes que ca­ sarte y yo te buscaré la mujer. . se trata de empreñarla! ¿Lo quieres más claro? Se trata de hacerla madre. Y que sea bien parecida.. Hazla madre y luego dame el hijo.34 M IG U E L DE U N A M U N O ¿Cómo? Engendrándolo en otra mujer. ¿eh? Al decir esto se reía con una risa que sonaba a llanto..—Eso.. no podré tener celos..—Pero cómo quieres que yo quiera a otra mujer.

. perdidamente en­ ..—En el centro de la tierra.... para mí.—¡Natural! Y ello ayudará a nuestra obra.. ¡Pobre don Juan! Don J uan... Pero. D on J uan. Raquel.—No blasfemes.. Y yo le llevaré al cielo.. se lo apechugó como a un niño y.—Te tengo ya buscada mujer..—¿Sabes tú lo que es el cielo? ¿Sabes lo que es el infierno? ¿Sabes dónde está el infierno? D on J uan.. D on J uan. encantada! ¡Y no por nuestra fortu­ na. mucha gracia... acercándole al oído los labios resecos. no! ¡Berta está enamorada de ti.—O en el centro de un vientre estéril acaso. Raquel. os darán gracia.. Tengo ya buscada la que ha de ser madre de nuestro hijo. Raquel..— ¡Berta. ven acá.! ¡Raquel. hijo mío..—¿Y quién es... Raquel. llora.—Pero Berta..—Pero ella los tendrá de ti.— ¡Raquel. dicen.. le dijo como en un susurro: Raquel.—Y ven. Os casaréis.. Don J uan.. muchísima gracia.. DO S M ADRES 35 Don J uan.. y criaréis por lo menos un hijo. ¿por qué tiemblas? ¿Si hasta creí que te gustaría? ¿Qué? ¿No te gusta? ¿Por qué palideces? ¿Por qué lloras así? Anda.. Na­ die buscó con más cuidado una nodriza que yo esa madre.? Raquel.—La señorita Berta Lapeira. llora..! Raquel. Le hizo sentarse sobre las firmes piernas de ella..

de redimirte de mí.—Sí. sus padres. Raquel. ¡Lo sé! ¡Losé! Sé cuánto te compadece Ber­ ta.—Ellos.... creen que es tuya..—Pero y sus padres.. Raquel. Raquel...... sus cristianísimos padres. Y conocen la impor­ tancia de tu fortuna..—Nuestra fortuna.. . ja. ¡Angeli­ cal! Ja. ¿Y no es acaso legalmente tuya? Don J uan. todo lo tuyo. Don J uan.—¡Y tú. y cómo es mío.—¿Lo tendrás.. Don J uan.. Ellos no saben cómo tú eres mío. Raquel...36 M IG U E L DE U N A M U N O amorada de ti.. ¿Lo oyes? Ahí está la angelical Berta Lapeira. Raquel... son unos padres muy razonables.. aceptará el papel de redimirte. que tiene un heroico corazón de virgen enamorada..! Y Berta. Raquel. ja.—Oh. D on J uan. Porque lo tendrás. pero. que soy. demoníaca!—gritó el hombre p o ­ niéndose en pie y costándole tenerse así.. Juan.. produciéndole casi vértigo......—Sí...—Me vas a matar.. Y no saben cómo será mío el hijo que tengas de su hija.. mío sólo. hasta eso lo tenemos que arreglar bien. como todos los demás.. Sé el horror que le inspiro. lo tendrás? Don J uan.. Pero antes dame el hijo.—Quién sabe. ¿ehr michino? ¿Lo tendrás? Y aquí las palabras le cosquilleaban en el fondo del oído al pobre don Juan. michino. tu condenación y tu infierno. según ella.. Sé lo que dice de mí.

caer a Berta.. Quelina. .? Terminado esto. ¡O no.—Me matas. michino. DOS M ADRES 37 Raquel... al ir don Juan a hacerlo.—Haz. Raquel. ¡hazla caer.—El demonio también es un ángel. pues.. a juntar sus labios con los de su dueña y señora.—¿Y no estoy yo peor que muerta. no! ¡Sueña con nuestro hijo! El pobre don Juan no pudo soñar. junto a ella..* Don J uan. me matas. Raquel..— Ahora sueña con Berta y no conmigo.. los en­ contró secos y ardientes como arena de desierto.! Don J uan. Raquel tuvo que acostarse. Raquel. Y cuan­ do más tarde...—Pero un ángel caído.

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alegráronse como de una ventura del hijo de sifc amigos. en sueños. habían sido grandes amigos de don Pedro Lapeira y de su señora. Eran relaciones de familia. soñaba en que la angelical criatura viniese en su ayuda a redimirle? Y si en esto había un ger­ men de amor futuro. ¿Cómo se le había ocurrido a Raquel proponerle •para esposa legítima a Berta Lapeira? ¿Cómo había des­ cubierto no que Berta estuviese enamorada de él. de don Juan. huér­ fano y solo desde muy joven. De tal modo. ¿buscaba Raquel extinguirlo h a­ ciéndole que se casase con ella para hacer madre a la viuda estéril? Don Juan conocía a Berta desde la infancia. Éstos se habían siempre interesado por aquél y habíanse doli­ do como nadie de sus devaneos y de sus enredos con aventureras de ocasión. Los padres de don Juan. sino de Raquel. que cuando el po­ bre náufrago de los amores—que no del amor—recaló en el puerto de la viuda estéril. cuando perdía aquella voluntad que no era suya. . sino que él. estando dormido. sin sospechar que aquel puerto era un puerto de tormentas.

con poder llegar a ser el ángel redentor de aquel náufrago de los amo­ res y el que le sacase del puerto de las tormentas. ¿Cómo es que don Juan y Berta habían tenido el mismo sueño? Alguna vez. sin recatarse delante de su hija. al encontrarse sus miradas. que de tal modo fué interesándose por don Juan. y soñaba luego. no h a ­ cía mucho. el sesudo ma trimonio Lapeira estimaba que aquella relación era ya a modo de un matrimonio. fué espaciando cada . que don Juan necesitaba de una voluntad que supliera a la que le faltaba. había naci­ do aquel sueño. y dominado por la vo­ luntad de Raquel. en las no raras visitas que don Juan hacía a casa de los señores Lapeira. Y hasta había sucedido tal vez. Y de esto hablaban con frecuencia en sus comen­ tarios domésticos. a solas. Don Juan previo el peligro. el de sus amigos estaba salva­ do. cuando oía a sus padres lamentarse de que Raquel no fuese hecha madre por don Juan y qua luego se anudase para siempre y ante toda ley divina y hum ana— o mejor teocrática y democrática— aquel enlace de aventura. y que si llegaban a tener hijos. en la mesa. Pero Berta. al darse las manos. a la tragicomedia de la ciudad.40 M IG U E L D E U N A M U Ñ O Porque contra lo que creía don Juan. que era la suya. de la angelical Berta. que fué Berta quien recibió al compañero de juegos de su infancia y que los padres tardaron algo en llegar. sentía dentro de sí el deseo de que no fuera eso.

. Empezando a compadecerse como nunca de la fascinación bajo que vivía.. presintiendo •que Raquel le llevaba a la muerte. Doña Marta.! Y volvió.. DOS M ADRES 41 vez más sus visitas a aquella casa..—Y no es para menos. qué iba a hacer.—Sí tenía gracia lo del bebedizo. ¿Al regazo? El pobre don Juan echaba de menos el piélago en­ crespado de sus pasados amores de paso. Con lo que se les ensanchó el -alma a la hija y a sus padres.. la que le em pu­ jaba al regazo de Berta.! ¿Para qué iba a dejar en el mundo otro como él? ¡Mas. Doña Marta... Raquel misma. Don P edro. Y a la hija.. a frecuen­ tar la casa Lapeira.. ¿te recuerdas?.» Y ahora era Raquel. Cuyos dueños adi­ vinaron la causa de aquella abstención.. habla­ ría de un bebedizo. un an­ gelito caído le susurró en el silencio de la noche y del sueño.— ¡Pobre chico! Cómo se ve que sufre. «¡Cómo le tie­ ne dominado! ¡Le aisla de todo el mundo!»— se dije­ ron los padres.. Pedro. Y más cuando adivina­ ron sus intenciones.. Don P edro.—Nuestra Tomasa... Y lo comenta­ ban don Pedro y doña Marta. . al oído del corazón: «Te teme. a la angelical Berta. empujado y guiado por Raquel. ¡Pero si él no tenía ningún apetito de paternidad. Si la pobre se hubiese mirado a un espejo.. no es para menos..

.. D oña Marta.—A ella ya iré preparándole yo por si. y los- ojos siempre son jóvenes.—Y aunque así sea. Don P edro... Don P edro.—Es verdad. Pero esa ruptura tendrá que costarle algún sacrificio. Porque yo­ le veo venir.—Tengo ojos en la cara. con que. mu­ cho. D on P edro...... que lo­ que busca es romperla? ¿No lo conoces? Don P edro. Marta.—Perdona. Unos puer­ cos todos. D oña Marta. después de todo..—Dejémosle venir....—¿Y qué será de este chico ahora? D oña Marta. ¡tú.-—Sin duda.. Pedro.? Don P edro. Y si hubiese sido capaz de ver bien a la otra.Tiene mucho.—Y si hubiese visto cómo le habían de­ jado sus nueve partos y el tener que trabajar ¿an­ duro.—Así sois los hombres. hombre de Dios. Don P edro..—¿Todos? Doña Marta..... picarón.. acaso.—¿Pero no ves..— ¡Y yo! ¿Y ella? Doña Marta... D oña Mártá. Pedro.—Pero. se comprende^ el bebedizo de la viudita esa.. Doña Marta... no! Tú. D on P edro.42 Al I Q U E L DE U N A M U N O D on P edro..... y aunque sacrifique algo. ...—Más que nosotros. D oña Marta.— Y esa relación. Don P edro.—Ah....

¿La de don Juan.! ¡Lo que sabrá mi pobre Juan. de Raquel..—Y hay que hacer que nos lo pida tam ­ bién nuestra hija.. ¡Lo que le habrá ense­ ñado... Pedro. o la suya propia? Y se decía: «Arrancarle ese hombre y ver cómo es el hom­ bre de ella.—Tenemos que redimirle..! Y él me hará como ella. Don P edro. n o s lo piden sus padres.... de don Juan. La cual estaba por su parte ansiando la redención.. el que se le ha rendido en cuerpo y alma. D O S M ADRES 43 D oña Marta. . el hombre que ha hecho ella.» De quien estaba Berta perdidamente enamorada era.. Raquel era su ídolo.

.

—¿Pero qué te pasa. Berta . casi tu her­ mana.. la doncella.. como un mar sin fondo y sin orillas. empujábanle ai mismo abismo.. ya sin don. ¿Hacia dónde? Él presentía que hacia su perdición. y delante..—Hermana. Hermana. . le quería en­ tero para la otra y cuál quería partirlo a muerte.. a Berta. la viuda. si Raquel o Berta. le llamaban al abismo. ¿No soy tu amiga de la niñez. le estaban desgarrando. o mejor en torno de él. ojos negros y tenebrosos de Raquel. Entre una y otra. temblaba entre las dos mujeres. Juan? Desahógate de una vez conmigo. entre su ángel y su demonio redentores. los. 11[ El pobre Juan. sólo que no sabía cuát de ellas.. Sentíase como aquel niño que ante Salomón se disputaban las dos madres. como una noche sin fondo y sin estrellas.. Los ojos azules y claros de Berta. Habíase de perder en ellas.—¿Qué? No te gusta eso de hermana.. Berta.? D on J uan. y detrás de él. envolviéndole. De­ trás de sí tenía a Raquel. y am bas le empujaban.

Pero ahora. y de que . por lo visto. sin que le tambaleara la voz. Juan? ¿Cuándo has de tener voluntad propia? D on J uan.—Te creo. lo que se dice mujer. casarte con­ migo? .—Pues bien. Don J uan. ¿eh? Vamos. quieres que sea y o quien me declare. sí. Y al decir esto sintió' Juan que la mirada de los te­ nebrosos ojos viudos le empujaba con más violencia.. no! Berta . i Don J uan.—¡Mujeres. Don J uan.—Y puedo yo servirte de algo en eso.— ¡Acabáramos! ¿Quieres.—Pero Berta. sil ¡Pero mujer... Berta. Don J uan. ahora necesito salvarme de ella.—Esa mujer... Berta. tú.—Que no.—Vamos.No puedo decir que he conocido mujer. Berta. . Berta.. Berta.—¿Y la viuda esa.... ¿quieres salvarme? Berta .— ¡Casándote conmigo! Berta ..-46 M IG U E L DE U N A Al U N O Don J uan. sí.—¿Cuándo te vas a sentir hom bre. Don J úan.—Oh.Epues.... Berta .—No la tuve.—Ahora sí.... Berta. apenas si conocí a mi madre. Raquel? Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sir violencia alguna.. Berta. me ha salvado..Juan se lo oyera con absoluta tranquilidad.—¿Cómo? Don J uan. me ha salvada de las mujeres.

DOS M ADRES 47 D on J uan.— ¡Sí! Berta...—Y que te dé una voluntad de que careces.—¿Vas a dejar antes a esa otra? Don J uan..—¿Pero la tienes. Don J uan. Berta.—Bien. Berta.. «¿Habrá adivinado la verdad?». si quieres.—Y que luche con la voluntad de ella.—¡Claro! Berta .—Así es..—E s para tenerla para lo que quiero hacer­ te mi mujer.—Así es... Porque todo esto quiere decir que sintiéndote im po­ tente para desprenderte de esa mujer quieres que sea yo quien te desprenda de ella..—Sí.—¿Claro? ¡Obscuro! ¿Quieres casarte con­ migo? Don J uan. tú no puedes mentir. y estuvo por arredrarse..» Don J uan. Berta. así es—y bajó la cabeza.. ..—Y entonces. D on J uan.—¡De propia voluntad! Berta... Berta .. ¿qué? Berta .. Don J uan.. se dijo. Berta .. no hablemos más de ello. ¿No es así? Don J uan.. Juan? D on J uan.—Entonces.. pero los ojos negros de la viuda le empujaron diciéndole: «Digas lo que dijeres.—Berta.—¿De propia voluntad? Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y claros de la doncella.

—¡Pues asi será! Don J uan. Berta.. Berta .— ¡Oh Berta..—¿Y ellos. Pue­ den de un momento a otro aparecer mis padres. —Que acudiremos todos a salvarte...—Estate quieto.. . D on J uan.! Berta. como para no- ver que esto lo teníamos previsto y tratado de ello.. Berta? Berta . Juan..48 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Berta . Mírame y no me toques.—Entonces.—¿Pero eres tan simple...?- D on J uan.

los señores Lapeira. TRES NOVELAS 4 . El arreglo de la boda con Berta emponzoñó los ci­ mientos todos del alma del pobre Juan. alegando que luego de casa­ do haría un testamento en que dejase heredera uni­ versal de sus bienes a su mujer.. a ese dotamiento. y menos en su casa. a su vez. y acaso pensa­ ban en el suyo propio. ponían un gran empeño en dejar bien asegurado y a cubierto de toda contingen­ cia el porvenir económico de su hija. y resistíanse por su parte a darle a su futuro yerno cuenta del estado de su fortuna. Aveníanse a vivir en buenas re­ laciones con ella. hija única. Y Juan se resistía. sino que tenían un hijo que de muy joven se había ido a América y del que no se volvió a h a­ blar. como con una amiga inteligente y que había sido en cierto modo una salvadora de Juan. después de haber en­ tregado un pequeño caudal—y en esto sus futuros suegros estaban de acuerdo—a Raquel. No era Raquel un obstáculo ni para los señores La­ peira ni para su hija. No era. Los padres de Berta. como algunos creían. Los señores Lapeira preten­ dían que Juan dotase a Berta antes de tomarla por m u­ jer.

. de compasión acaso—pensaban y querían pensar los se­ ñores Lapeira. la pequeña fortuna de los padres de Berta... dentro de poco. Y a la vez conocía mejor que nadie el estado de la fortuna de lo s señores Lapeira. la de tu futura esposa. ¡esposa... El pobre Juan no aparecía ya sino como su administrador y apoderado. Pero lo grave del conflicto. Y esto supo la astuta mujer mantenerlo secreto. ¿eh?. ni una aventurera vul­ gar ni una que se hubiese nunca vendido al mejor pos­ tor. nuestra. y todos los otros valores que poseía estaban a nombre de ella. ¡Con tal de que se le asegurase la vida y la consideración de las gentes decentes y de ■bien! No era. después de todo.—Mira. Raquel. lo que ni los padres de la angelical Berta ni nadie en la ciudad—¡y eso que se pretendía conocer a la viuda!—podía presumir era que Raquel había hecho firmar a Juan una escritura por la cual los bienes inmuebles todos de éste aparecían comprados por aquélla.so M IG U E L DE U N A M U N O seguros padresle hija de que ésta sabría ganar con sua­ vidad y maña el corazón de su marido por entero... Juan.. Su enredo con Juan fué obra de pura pasión. y que al cabo Raquel misma contribuiría a la felicidad del nuevo matrimonio. no mujer. la de tu futura esposa. esposa.. . y en todo caso poco después de vuestra boda. será mía. tal vez antes d e que os caséis.!.. es decir.

yo. ¡Oh. —¿Nuestra? Raquel. dime—y al decirlo le'Jloraba la voz—.—Y así es. Raquel! Juan se sintió como en agonía. Y si no. que pareces un corde­ ro al que están degollando. Juan. Raquel.. esa Raquel es una buena per­ sona. yo voy a hacerte padre! Don J úan.—¡A estas horas estarías.—¡No.? Raquel. Ya le tengo echada la ga­ rra a esa fortuna.—Cállate. no es así! ¡Yo voy a hacerte hombre. si es '¿que tu esposa nos lo da. después de todo. vaya si lo será! ¿Por qué no? D on J uan.—Pero dime... Don J uan.—No gimas así. yo. Quelina.. Quelina. Juan.—¿Tú? Raquel. muerto de miseria y de podredumbre! .—¡Raquel! ¡Raquel! Raquel. después de arrui­ nado.. D on J uan... sí. Don J uan. michino. Raquel. DOS M ADRES 51 "Don J uan. toda una señora...—Sí.—Me estás matando. y ha salvado al que ha de ser el marido de nuestra hija y el salvador de nuestra si­ tuación y el amparo de nuestra vejez! ¡Y lo será. será para el hijo que tengamos. Voy a comprar créditos e hipotecas....—¡Sí. ¿por qué te enamoraste de mí? ¿Por qué me arrebataste? ¿Por qué me has sorbido el tuéta­ no de la voluntad? ¿Por qué me has dejado como un pelele? ¿Por qué no me dejaste en la vida que llevaba...

Quelina.— ¡Mejor. Y creí encontrarlo en ti. ¿No es esto miseria? ¿No es podredumbre? ¿Es que soy mío? ¿Es que soy yo?- ¿Por qué me has robado el cuerpo y el alma? El pobre don Juan se ahogaba en sollozos.. tú. Raquel.. y hun­ diendo su cabeza sobre la cabeza del hombre. cubrién­ dole los oídos con su desgreñada cabellera suelta. Don J uan. Y le decía: Raquel.... Y ahora quiero que me le des. de mi hijo. Como lo eres tú. así dicen los zapateros: «¡Mi esposa!» Y yo seré tu madre y la madre de vuestro hijo. maternal­ mente. mío. Volvió a cogerle Raquel como otras veces.. ¡Hijo mío. mío. henchidos de roja sangre que no logró hacerse blanca leche...—Sí.. será mío.—¿Y si no le tenemos? . Te vi buscando lo que no se en­ cuentra. le sentó sobre sus piernas.... le apechu­ gó a su seno estéril.. contra sus pechos. ¡Esposa!. entre hipos. tú eres mi mujer. perdido.... mejor! Muerto.. Don J uan.! No te robé yo.... Y creí que me darías el hijo por el que me muero. Y yo buscaba un hijo. me robaste tú el alma.—Y ella será tu esposa.... sobre él.. le abrazó. Y me robaste el cuer­ po...—Pero. no será tuyo. Raquel. lloró... hijo mío.! Te vi perdido.—Sí . hijo mío. sí..— ¡Hijo mío.. ¿No soy tu mujer? D on J uan.52 M IG U E L DE U N A M U N C D on J uan. hijo mío.. tú... perdido. hijo mío.. m uer­ to de miseria y de podredumbre.. Raquel..

y de casarte luego con otra! Don J uan.— ¡No.—¿Y si consiste en mí. abrió los brazos a su hombre gritándole: Raquel. Juan. calla! ¿Si no le tenéis? ¿Si no Tíos lo da. que la ronquera de tu voz me da miedo! Raquel.—¡Calla. calenturiento y desvanecido. pero al punto. D O S M ADRES 53 Raquel.—¡Sí. ven.. miró a Juan con una mirada de tala­ dro..—jCalla..? Soy capaz de.. Juan. se puso en pie como herida. . Don J uan. pasado el sablazo de hielo de su pecho...? Raquel le echó de sí con gesto brusco. ven! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Para qué quiero más hijo que tú? ¿No eres mi hijo? Y tuvo que acostarle. Raquel. ven.

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. pero son algo bien conocido de la ciu­ dad toda. D on J uan.. michino.—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he enseñado no pue­ des enseñarle nada! ¿Qué tal tu esposa? Tú.. Cono­ cía su fatuidad y su presunción. mío.—No creí. Raquel. la de la niña y la de sus papas. ni tuvo que fingir enfermedad para ello. Raquel. Raquel. Y al empeñarse en que me convidaras a la boda no pretendían sino hacer más patente el triunfo de su hija. mira que. Y ... ni soy mío. Raquel no consintió en asistir a la boda como Berta y sus padres habían querido. V No. ¡Imbéciles! ¿Y ella? ¿Tu esposa? Don J uan.. pero no los creía capaces de disponerse a afrontar. que no nos hemos presentado en público haciendo alarde de ellas.—Por Dios. mío. que llegaran a tanto..—No...—Tú eres mío. así. Cierto es que nuestras relaciones no han sido nunca escandalosas. pues de veras estaba enferma. tú no eres de ella.. Raquel. las conveniencias sociales. mío. Juan.

cuando vinisteis a verme la primera vez.—Lo sabía. que se le puso de re­ pente intensamente palida. en el aire.—Y dice que debemos intimar más.. Raquel..—Lo que hace falta es que todo ello fructifi­ que.. Y dijo: Raquel...—Sí. Raquel. casi al lado...—Que está prendada de ti. Raquel. Raquel. en el ves­ tir.. ¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme. atravesado por una estocada de ahogo. en aquella visita de ceremonia casi. tan cerquita.. observé que me estudiaba. pues. que la sub­ yugas. Raquel.. Y ven lo menos que puedas por esta nuestra casa.. te imita en cuanto puede.. Raquel..—Pero. Ahora te debes a tu esposa.56 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ahora ya sabes vuestra obligación....—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez en cuando a verte. Raquel dobló al suelo la cara. ¿no es eso? Don J uan.—No hay Raquel que valga. en los ademanes. que compares.—Es su táctica para sustituirme.. ya que vivimos tan cerca. en el peinado. Don J uan. ¡Atiéndela! Don J uan. Quiere que nos veas a menudo juntas. Don J uan.—Yo creo otra cosa.—¿Qué? Don J uan. D on J uan. y se llevó las manos al pe­ cho.. A tener juicio.—Sí. .

—No. michino.. ven acá. D on J üan. y le dijo en despedida: Raquel. DOS M ADRES 57 Como Juan se le acercara en busca del beso de des­ pedida—beso húmedo y largo y de toda la boca otras veces— .? ¡Para casar y dar gracia a los casa­ dos y que críen hijos para el cielo! ¡Para el cielo y para mí! D on J uan. ¡ahora ya no! Ni quiero que se lo lle­ ves a ella ni quiero quitárselo.. ya lo sabes. Raquel... Si no.—Ahora vete y cumple bien con ella.. ¿tu mujer. hijo mío.—Otras veces dices que tu infierno. Raquel.. . la viuda le rechazó diciéndole: Raquel.—Es verdad...—¿Celos? ¡Mentecato! ¿Pero crees. Le cogió la cabeza entre las manos. Don J uan. que puedo sentir celos de tu esposa.—Pero ven. le dio un beso seco y ardiente sobre la frente. toma. soy capaz.—Que eres mi cielo.—¿Celos? Raquel... Y cum­ plid bien los dos conmigo..? ¿De tu esposa? Y yo..

.

Berta. I Y era verdad que Berta estudiaba en Raquel la ma­ nera de ganarse a su marido. y acaso el matrimonio. Al fin. Y así se dejaba absorber por la dueña de Juan.....—¿Esperarla? Raquel. le habían mandado a su Juan a una partida de caza con los amigos. fué la esposa a ver a la viuda. Berta. hubiese salvado de las mujeres. Y hasta esperaba su vi­ sita. por nuestro buen Juan. sola. —La esperaba. sí. Después de todo.—No. —¡Bah! De las mujeres.. . parece haber hecho por su esposo. Berta . así. algo me. Raque y Berta. no le. de ser ella. y se iba descu­ briendo a sí misma al través de la otra. y a la vez la m anera de ganarse a sí misma. yo sé que si usted.... Berta . no me choca. Raquel.... y en ocasión en que las dos.—Le chocará verme por aquí. de ser mujer.. un dia no pudo resistir.—Sí.—Y he sabido apreciar también su genero­ sidad.. con su amistad. Raquel..

—Lo suponía. en efecto.. aunque nos hubiese casado y dado gracia de casados.? Raquel..—Hay fingimientos muy sinceros. ¡Lo >que yo no he logrado. ya caigo! . no! ¡Lo he hecho por él! -Berta.— ¡Sí. Raquel.—¡Oh. no.iba a ligarle a mi suerte? Porque. Berta? ¿No ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano.—¡Fui casadal . a ser sincera! Berta .—¿Y cómo. él quiso casarse conmigo. sí. Berta . gracias.—No. ¿Por qué se ruboriza así.—Pero como estábamos a prueba y la ben­ dición del párroco.. sí.. sí..—No podía sacrificarle así a mi egoísmo.— ¡No. que lo logre él! Berta .“60 M IG U E L DE U N A M U N O Raquel. hábleme así! Raquel.— ¡Ah! Berta .. Raquel. no! ¿Cómo . Berta . pero ya irá usted apren­ diendo.—-Pues por haberlo hecho por él.—¿Generosidad? ¿Por qué? [Ah... gracias! Raquel. Y el ma­ trim onio es una escuela de ellos.—¿Cree que no lo soy? Raquel... Berta . ¡gracias! Raquel...? Berta ...¡Pues. no habría hecho que criásemos hi­ jo s para el cielo.. no me choca.—¿A qué? ¿A fingir? Raquel.—¿Le choca? Raquel.—¿Gracias? ¡Gracias.

Y al cabo: Berta . Creo que- nací viuda. Raquel.. es cierto que es usted viudal Raquel.—Viuda. Raquel. no! Pero. intensamente pálida....— ¡Oh.—Los hombres.—Que no le encuentro la voluntad. Raquel. Mi verdadero marido se me murió antes. vaciló. Berta .. mientras los ojos de Raquel. hendían el silencio. acerados. Berta . ¿Adónde? Raquel...—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adonde? Berta. ¡Pero dejém onos de locuras y desva­ rios! ¿Y cómo lleva a Juan? Berta .—Sí. de yo nacer.. sí. el hombre! Cuando rae dijo que yo le había salvado a nuestro Juan de las mu­ jeres me encogí de hombros. -¡Ya que yo no he podido serlo.. que rompió Berta excla-- mando: ..—¿Y adonde he de ir? Raquel.. DOS M ADRES 61.— Con esos peros no irá usted a ninguna parte.. a su hombre.— ¡Ah. Viuda. el hombre.—De eso trato. Raquel.. no.. Y ahora le digo.. Berta . Siempre lo fui.. séalo usted! Hubo otro silencio opresor.— ¡No.—¿Pero qué? Berta ... Y bus­ car al hombre en él. Bertar que tiene que atender al hombre..— ¡A ser madre! Esa es su obligación..—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?- Berta . pero..

*62 M IG U E L DE U N A M U N O

Berta .—¡Y io seré!
Raquel.— ¡Gracias a Dios! ¿No le pregunté si venía
•.acá a buscar la voluntad de Juan? ¡Pues la voluntad de
.Juan, de nuestro hombre, es ésa, es hacerse padre!
Berta .—¿La suya?
Raquel.—Sí, la suya. ¡La suya, porque es la mía!
Berta .— Ahora más que nunca admiro su genero,
sidad...
Raquel.—¿Generosidad? No, no... Y cuenten siempre
con mi firme amistad, que aún puede serles útil...
Berta .—No lo dudo...
Y al despedirle, acompañándole hasta la puerta, le
dijo:
Raquel.— Ah, diga usted a sus padres que tengo que
ir a verlos...
Berta .—¿A mis padres?
Raquel.—Sí, cuestión de negocios... Para consolar­
me de mi viudez me dedico a negocios, a empresas
financieras...
Y después de cerrar la puerta, murmuró: ¡Pobre es-
i'posa!

VII

Cuando por fin, una mañana de otoño, le anunció
Berta a su marido que iba a hacerle padre, sintió éste
sobre la carne de su alma torturada el doloroso roce
de las dos cadenas que le tenían preso. Y empezó a
sentir la pesadumbre de su voluntad muerta. Llegaba
el gran combate. ¿Iba a ser suyo, de verdad, aquel
hijo? ¿Iba a ser él padre? ¿Qué es ser padre?
Berta, por su parte, sentíase como transportada. ¡Ha­
bía vencido a Raquel! Pero a la vez sentía que tal vic­
toria era un vencimiento. Recordaba palabras de la
viuda y su mirada de esfinge al pronunciarlas.
Cuando Juan llevó la buena nueva a Raquel, palide­
ció ésta intensísimamente, le faltó el respiro, encen-
diósele luego el rostro, se le oyó anhelar, le brotaron
gotas de sudor, tuvo que sentarse, y al cabo, con voz
de ensueño, murmuró:
Raquel.— ¡Al fin te tengo, Juan!
Y le cogió y le apretó a su cuerpo, palpitante, frené­
ticamente, y le besó en los ojos y en la boca, y le
-apartaba de sí para tenerle a corto trecho, con las pal­

64 M IG U E L DE U N A M U N O

mas de las manos en las mejillas de él, mirándole a los
ojos, mirándose en las niñas de ellos, pequeñita, y lue­
go volvía a besarle. Miraba con ahinco su propio re­
trato, minúsculo en los ojos de él, y luego, como loca,
m urmurando con voz ronca: «¡Déjame que me bese!»,
le cubría los ojos de besos. Y Juan creía enloquecer.
Raquel.—Y ahora, ahora ya puedes venir más que
antes... Ahora ya no le necesitas tanto...
Don J uan.—Pues, sin embargo, es ahora cuando-
más me quiere junto a sí...
Raquel.—Es posible... Sí, sí, ahora se está hacien­
do... Es verdad... Tienes que envolver en cariño al po-
brecito... Pero pronto se cansará ella de ti..., le estor­
barás...
Y así fué. En los primeros meses, Berta le quería
junto a sí y sentirse mimada. Pasábase las horas
muertas con su mano sobre la mano de su Juan, mi­
rándole a los ojos. Y sin querer, le’hablaba de Raquel.
Berta .—¿Qué dice de esto?
Don J uan.—Tuvo un gran alegrón al saberlo...
Berta .—¿Lo crees?
D on J uan.— ¡Pues no he de creerlo...!
Berta .— ¡Yo no! Esa mujer es un demonio..., un de­
monio que te tiene fascinado...
Don J uan.—¿Y a ti no?
Berta .—¿Qué bebedizo te ha dado, Juan?
D on J uan.—Ya salió aquello...

... que me mareas. ¿No te estarás quieto? ¿No dejarás en paz esa silla. y sé por qué no te quiso por marido.. y alguna vez le decía a su Juan: «¿Qué haces... vete a tomar el fresco y déjame en paz.—¿Ahora? Berta. D on J uan. Pero meses después. sí. Berta. qué haces ahí? Anda.. buscando las miradas de las gentes. no! TRES NOVELAS S .. no.? ¡Y no. ella misma. ¡Así dicen las dos!» Berta.—¿A verla.» Don J uan.—Qué cosas estás diciendo. «¡Mío!. o a que te vea...—Ahora. y fué que ya su marido le estomagaba y que buscaba la so­ ledad.—¡Tenemos que ir a verla! Don J uan.— ¡A verla que me vea! ¡A ver cómo me ve! Y Berta hacía que su Juan la pasease.! Quítate de ahí..—Pero si me lo ha dicho ella.. Entró en el período de mareos... vete y tarda en volver.. e íbase colga­ da de su brazo. bascas y vómi­ tos.. Ya sé.. una mujer como yo. no me sobes! ¡Vete. que voy a acostarme! Anda.. vete. ahora. ¡mío!—pensó Juan— .. hombre.? Berta. ¡Qué lastima que no paséis estas co­ sas vosotros los hombres. sólo mío. cuando le costaba ya moverse con soltura. ya sé que quisiste casarte con ella. ¿Por qué no? Don J uan. hombre.. ocurrió lo que Raquel había anticipado. quítate de ahí.. que al fin es una mujer. vete a verla y comentad mi pasión.. DOS M ADRES 65 B erta . Berta.—Pero ahora serás mío.— ¡Como tú.

..» . vete a verla.. Y dile que no la olvido y que espero..—¡No. Y le retenía consigo. Anda. vete y consuéla­ la con buenas palabras. como yo no! Ella no ha pasado por lo que estoy pasando. vete. y le contaba todo lo que la esposa le había dicho. Y repetíase lo de los besos en los ojos.. Vete a ver a tu viuda... la viuda casi enloquecía de placer. Alguna vez le retu­ vo toda la noche.. Y los hombres sois todos unos cochinos.66 M IG U E L DE U N A M U N O Berta . y al amanecer.. vete. le decía tras del último beso: «Ahora que no te espera. abriéndole la puerta para que se deslizase afuera.... Y cuando Juan iba de su casa a casa de Raquel.

. pero. no se sorprendió al ver que la puerta se abría y entraba por ella. ¡Raquel! —¿Usted?—exclamó don Pedro poniéndose en pie. don Pedro. Qué sé yo.—¿Qué. Los gemidos y quejumbres de Berta le llegaban como de otro mundo. que soy viuda. voy a decírselo a mi mujer. sí. Y como el pobre Juan creía soñar. Raquel.. servir usted? ¿Y en este trance? Raquel. yo! Vengo por si puedo servir de algo. No olvide. V III Juan se paseaba por la habitación como enajenado. "Sentía pesar el vacío sobre su cabeza y su corazón. Raquel.. Raquel. No veía al señor Lapeira.—Pero.. sí.—¿Usted....—Viuda. para ir a buscar algo o a alguien.. Don P edro. sentado en un rincón obscuro a la espera del nieto. Don P edro. señora. Y luego se oyó la conversación de Raquel y doña Marta....—Sí...—¡Yo... no soy una buena am iga de la casa? .—¡No hay pero! ¡Y aquí estoy! D on P edro. a su suegro..—Bueno. por Dios. Doña Marta.

. Doña Marta corrió al lado de su hija. y Raquel se que­ dó escuchando al silencio que siguió al grito. más bajo. más bajo. al poco... pero que no lo sepa.. Luego se sentó.—¡Se llamará Raquel! Y desapareció la viuda.. Y al sentir.— Sí.68 M IG U E L D E U N A M U N O D oña Marta...—Una niña. ¿qué? Doña Marta . sí. Don J uan......—Por Dios. le detuvo cogiéndole de un brazo y le interrogó cor? un «¿qué?» de ansia. En aquel momento se oyó un grito desgarrador.—Y si me oye.. que no le oiga. señora... Raquel. que pasaba Juan a su lado. que no le oiga.. Raquel.

hay que afrontar la murmuración pública. y después de todo. Don J uan. bien.—No dirán más. le sorprendió el que al insinuar él.. que se la llamara Raquel a su hija.—Tanto más cuanto que eso saldrá al paso a odiosas habladurías de las gentes. Y más cuando va extraviada. ¿O es que en esto no puedes presentarte en la calle con la cabeza alta? Don J uan. es verdad. los se­ ñores Lapeira no opusieron objeción alguna. y es que debe pe­ dírsele que sea madrina de la niña.... los abuelos de la nueva mujercha que llegaba al mundo.. IX En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros. Don P edro.. lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la espalda el corazón.—Y aun creo más. ¿Qué había pasado allí? Doña Marta. tanto. Don Pedro.—Sí. Don J uan..— ¡Sin dudal . para ti ha sido como una madre. sí. le debemos tanto a esa señora.. Parecían abrumados.—No...—Sí. Doña Marta..

Correrían peligró­ las dos vidas. Berta. La vió la nueva madre acercársele y la vió como a un fantasma del otro mundo. Berta sentía agonizar en sueños un sueño de agonía. pues. con incesante zumbido de cabeza y viéndolo todo como envuelto en niebla. que decía: Raquel. se instalaba casi en la casa y empezaba a disponerlo todo. firme y segura. Y oyó la voz de la viuda. la madrina. Y miró don Pedro a su mujer como quien ha dicho- una cosa profunda que le realza a los ojos de la que mejor le debe conocer. .—Bástele. a conse­ cuencia de grandes pérdidas de sangre.70 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Don P edro. sea prudente querer criar a la niña. a cada cual su con­ ciencia. Raquel. estaba como transportada a un mundo de ensueño. a Berta. Al poco. Brillábanle los ojos a la viuda con un nuevo fulgor. Y más grande fué la sorpresa—que se le elevó a te­ rror del pobre Juan—cuando oyó que al proponerle todo aquello. que aunque casi silencioso llenó con su rumor toda la estancia. lo del nombre y lo del madrinazgo. Porque no me parece que en el estado en que se queda..—Y ahora. como de ama.. Se arrimó a la recién parida y le dió un beso. a la madre de la niña. ésta contestó tristemente: «¡Sea como queráis!» Verdad es que la pobre. hay que buscar nodriza.

sentía sueño. es muy natural.—Sí. Berta.—Pero Raquel. así como de Juan. Y entonces Raquel se puso a mecer y a abrazar a la criaturita.. aunque muriese. No vaya a mo­ lestarle. Y J u a n . Lo q u e la pobrecita necesita es sueño. perdido en la bruma de los ensueños. Sé lo que es una madre. y lue­ go la besaba con un frenesí tal..—¿Quién? ¿La niña? ¿Mi Quelina? No.. no.. y un terror loco le llenaba el corazón vacío. gimió: Berta. cantándole extrañas canciones en una lengua desconocida de Berta y de los suyos.. que la pobre nueva ma­ dre sentía derretírsele el corazón en el pecho. dormir. DOS M ADRES 71 Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas. Y no pu- diendo resistir la pesadilla... muy lejano. pero sueño de morir... Raquel. basta. ¿Qué le cantaba? Y se hizo un silencio espeso en torno de aquellas canciones de cuna que parecían ve­ nir de un mundo lejano. lo comprendo. pero la prudencia ante todo... Hay que guardarse para otras ocasiones.. R aquel. Y fué y tomó a la criatura y empezó a fajarla. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué signifi­ caba todo aquello? ¿Qué significaba su vida? . Raquel. basta. oyéndolas...—Basta.

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! Berta . ¿Para qué. Berta. no logra­ ba llegar. Ni lo intentaba..? ¡No. ella. no podía querer saber másl ¡Sabía ya demasiado! ¡Ojalá no supiera tanto! ¡Ojalá no se hu­ biera dejado tentar de la serpiente a probar de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal! Y sus padres. no vió todo. de su Quelina. Al fin vió claro en la sima en que cayera.—No quiera saber más. -sus buenos padres. cuando Berta fué reponiéndose y em­ pezó a despertarse del doloroso ensueño del parto y se vio separada de su hijita. Había en la viuda abismos a que ella. Y luego aquellas canciones de cuna en lengua extraña.. . pues sólo el asomarse a e¿los le daba vértigo. al fin vió a quién y a qué había sido sacrificada.—¿Pero qué es eso que le canta? Raquel. recuerdos de mi infancia. Berta. apercibióse a la lucha. parecían como huidos de la casa. por Raquel y por la nodriza que Raquel buscó y que la obedecía en todo. Berta.—¿Cómo? Raquel.. no podía ver todo. Berta. Es decir.. X Más adelante.—¡Oh.

¡su hombre! .! Lo que sintió entonces Berta fue encendérsele en el pecho una devoradora compasión de su hombre.—No sé dónde estoy.—¿Qué te pasa..! ¡Hijo mío. Don J uan...— Calla.. hijo mío? ¿Qué tienes? Don J uan. hijo. Y se propuso irlo ganando.? Don J uan.. calla. quedóse luego como muerta de terror al ver la congoja de muerte que crispó. lloraba. Juan.—No digas eso. Y como una de estas veces la esposa madre gimiese «¡Hijo mío! ¡Hijo mío. la cara de su Juan. Berta adivinó todo el tormento de su hombre. Quería su hombre. agitado por convulsos sollozos. eso....74 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Había que llevarles la nietecita a que la vieran. la nodriza quien se la llevaba. con- tu Berta. conmigo.. de su pobre Juan. Berta . y apoyando su cabeza sudorosa y desgreñada sobre el hombro de su marido lloraba... lloraba.... Quelina. B erta.—Pero si estás conmigo. no digas eso... mientras su pecho. ¡Y era. que me estás ma­ tando... Aun­ que para ello hubiese que abandonar y que entregar a la hija..—¿Pero qué tienes. Berta . latía sobre el pecho acongojado del pobre don Juan. rescatándoselo.. no digas. Tomábale en sus brazos flacos como para ampararle de algún enemigo oculto. enjabelgándola.. de algún terrible peligro. ahijándolo.!».

no a su ahijada. porque ésta. mi Quelina. a su Juan! Y le buscaba menos que antes. una venganza de otros mundos? Aquellas extrañas can­ ciones de cuna que en lengua desconocida cantaba Raquel a Quelina. Poco me faltó para hacerle a tu Berta. sí. sino a su hija—su hija. Y tú lo sabes. Raquel. iba sintiéndose por su parte hombre.- . hombre más que padre. a tu esposa. Sentía que para Ra­ quel no fué más que un instrumento. a nuestra Berta.—Y ahora—le dijo una vez—dedícate más a tu Berta. Raquel. Raquel. Esta se debe a mí. me la debo a mí misma. DOS M ADRES 75- Y él. Pero cuando le buscaba y le encontraba. Juan.—Mira. entrégate más a ella. mía. ¿Un medio de qué? ¿De satisfacer un furioso hambre de ma­ ternidad? ¿O no más bien una extraña venganza. eran los antiguos encuentros. son ya muchas las veces que­ me vas saliendo con esa cantilena y estoy segura de. Juan. hijo mío! D on J uan. parir sobre mis ro­ dillas. de una venganza suave y adormecedora como- un veneno que hace dormirse? ¡Y cómo le miraba aho­ ra Raquel a él. mía. ésta es mía. ¿hablaban de una dulce ven­ ganza. que ella lo merece. la de la viuda— . Es menester que le des un hijo. ¡En­ trégate ahora a ella.— Que me matas. un medio. como nos contaban en la Historia Sagrada. sólo que más sombríos y más frenéticos. el hombre.

Berta . porque le haces todavía mucha falta a tu Berta en ■el mundo. ¡don Juan de anta­ ño! No quiero que !o partamos en dos.. Si quieres.—Sí. ya lo he visto. Ya sabrás la historia de las dos madres que se presentaron a Salomón reclamando un mismo niño.— Te he visto.76 M IG U E L DE U N A M U N O que se la habrás colocado también a ella. el. ésta le dijo abra­ zándole: Raquel.. Y que puedas llamarle a boca llena: ¡hijol Si es que con esto de llamarle hijo no le estamos ma­ tando. como un yugo. pero no nos vengas a culparnos de ello. mátate. pro­ siguió: Raquel —Pero te equivocas. Estaba ganándote a tu marido. pues.. Raquel. ¡que nos vea! -Entró Berta. Y como Juan forcejease entonces por desprender­ se de los brazos recios de Raquel. Pues que a mí me ha hecho ya madre. . que te haga madre a ti. Te lo cedo. te he visto que venías. matarte. ganándolo para ti. que tú. Aquí está el niño.—Es decir. sobre el cuello de Juan. como él dice. alguna vez. que sería mu­ darle como él dice. a tu esposa.... Pero yo creo que debes vivir. Estaba diciéndole que se t® entregue y que se te entregue sin reservas.. Berta—y recalcó el te— . de quien se apartó un poco entonces. Y poniendo su mano. Tómalo todo entero.

es­ posa.—¡Pues bien. sí.. yo. fuera de sí. para que hagas de ella otra como tú. .—¿Qué hija? Berta. a.... te vas a repar­ tir? ¿O estás para tu esposa entero? Juan huyó de las dos.. tú. no! La madre soy yo... Berta—¿Y qué culpa tengo yo de que ni tu marido ni luego Juan pudiesen contigo lo que éste conmigo ha podido. yol Entonces Be»ta. Raquel. devuél­ veme a mi hija! Raquel.—¡Yo soy aquí la madre de verdad. le quiero más entero que tú. arrancándolo de bajo el yugo de Raquel. lo que he podido yo con él? Raquel. Tó­ malo y acaba de matarlo. a. y o . también yo fui esposa. del brazo. otra como vosotras? ¿Como vosotras.—¿A mi Quelina? ¡Que es yo misma. que- se dejaba hacer. Y le quiero entero... las honradas esposas? Ah.. DOS M ADRES IT Raquel... yo. Juan.. también yo sé. cogió a su marido. otra Ber­ ta Lapeira.—A.t ¿Que me entregue yo? ¿Que te entregue mi Quelina. ¡Pero dame a mi hija. Le quemaba los labios el nombre. se lo presentó a ésta y le gritó: Berta. hi-jo mí-o.—¿Y tú. mi Raquel.

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¿Y de qué va a vivir? ¿Quién la va a mantener? ¿Quién la va a educar? ¿Y cómo? Y tú.—¿Y la fortuna de Juan? Raquel. y algo más. Tenía partida la cabeza y el cuerpo todo magullado. está claro.. ¿de qué vas a vivir? ¿Y de qué van a vivir tus padres? Berta . Raquel. Al bordear un barranco le vieron desaparecer del carruaje—no sabían decir si porque cayó o porque se tirara— . y cuando luego le recogieron. le vieron ro­ dar por el precipicio. XI Juan huyó de las dos.—¡Juan no deja fortuna alguna. ¡Qué mirada la que Raquel y Berta se cruzaron so­ bre el cuerpo blanco y quieto de su Juan! Berta .. lo volvieron a su casa moribundo y se murió en ella sin recobrar el conoci­ miento. ¿Cómo fué ello? Sólo se supo que habiendo salido en excursión hacia la Sierra.. es­ taba destrozado. ya lo sabes! .! ¡Todo lo que hay aquí es mío! ¡Y si no lo sabías. lo de mi hija..—Claro. Ni el chauffeur ni el amigo que le acompaña­ ba supieron explicar bien lo ocurrido. en automóvil.—Ahora—dijo B erta—lo de la niña.

No se está bien de viuda. Pien­ sa si os conviene vivir como mendigos. Y no quiero que hagáis de mi Quelina. te dotaré. Pero- ¿cómo se criaría esta desdichada criatura? Raquel.80 M IG U E L DE U N A M U N O Berta . Los sostendría Raquel.. y los tres. El único consuelo era. del estado de su fortuna. las de tu condición. en que aparecía no tener nada propio. las ladro­ nas sois vosotras.—¡A los ojos del mundo. en paz! * * * Berta tuvo largas conversaciones con sus padres.. robado a quién. y al cabo aceptaron el compromiso. a la que había. y no sabes quién le ha. los.—Si te vuelves a casar—le dijo Raquel a Berta— .—Esas son palabras.que Berta volvería a ser ma­ dre y que Raquel consignaría un capitalito a nombre del hijo o hija postumos del pobre don Juan.. informáronse del testamento de don Juan.. Berta. o en paz con la ladrona. con un abogado de mucha nota y reputación.. . a cambio.. que ceder la niña. una ladrona como vosotras. señores Lapeira.—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona! Raquel. de mi hija.—¿En paz? Raquel.. toda ella en poder de Raquel. Piénsalo. Y ahora piénsalo bien con tus padres. Acaso la ladrona eres tú.

EL MARQUÉS DE LUMBRÍA 'JRIÍS NOVELAS .

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» El marqués tenía verdadero horror a las moscas. y luego. Eran tan sucios los de Lorenza y su comarca. parecía un arca de silenciosos recuer­ dos de misterio. don Rodrigo Suárez de Te­ jada. acaso de un tiñoso. Por la trasera daba la casona al enorme tajo escar­ . A pesar de hallarse habitada. «El pol­ vo de la calle y la luz del Sol—solía decir—no hacen más que deslustrar los muebles y echar a perder las habitaciones. y frente a la ponderosa y barroca fábrica de ésta. Su fachada.. daba al Mediodía. en la que se destacaba el gran escudo de armas del linaje de Lumbría. «1 palacio.. y en Lo­ renza apenas hay días nublados. que es como se le llamaba en la adusta ciu­ dad de Lorenza. pero como el sol la bañaba casi todo el día. a la gran plaza de la Cate­ dral. El marqués temblaba ante posibles contagios de enfermedades ple­ beyas. tenía horror a la luz del Sol y al aire libre. La casona solariega de los marqueses de Lumbría. todos sus huecos per­ manecían cerrados. que podían venir de un andrajoso mendigo.. Y ello porque el excelentísimo se­ ñor marqués de Lumbría. las moscas.. casi siempre permanecía con las ventanas y los balcones que daban al mundo cerrados.

El excelentísimo señor marqués de Lumbría vivía con dos hijas. Porque así como el marqués temía al sol. que gruñía en el congos­ to de su cauce. el marqués la respetaba. y la señora le había resultado estéril.84 M IG U E L DE U N A M U N O pado que dominaba al río. con doñíi Vicenta. y en especial del ruido. su señora. a la umbría. Carolina. La vida del marqués transcurría tan monótona y co­ . libre del sol y de sus moscas. y Lucía. a la que no había tocado el sol. a poco de enviudar con su mujer. que cuando no estaba durmiendo estaba quejándose de todo. al son del canto secu­ lar del río. y mientras aquél se iba en las tardes de estío a leer en el balcón en sombra. y con su segunda mujer. El marqués de Lumbría no tenía hijo's varones. la señora se quedaba en el salón delantero a echar la siesta sobre una vieja butaca de raso. entre yedra. y ésta era la espina dolorosísima de su vida. solía el marqués ponerse a leer mientras le arrullaba el rumor del río. Era una tradición de familia. doña Vicenta. Y en un balcón puesto allí. forcejando con espumarajos por abrir­ se paso entre las rocas del tajo. señora de brumoso seso. Y aun­ que la yedra era abrigo de ratones y otras alimañas. Como que para tenerlos se había casado. la marquesa temía al ruido. y al arrullo del silencio de la plaza de la Catedral. Una manta de yedra cubría por aquella parte grandes lienzos del palacio. la mayor.

aunque hubiera puestas. cruzaban la gran puerta. de aso­ marse a las ventanas y los balcones y hasta de criar -en éstos flores de tiesto. y al dar las diez. Entre tanto. Porque como para matar el tedio que se corría des- -de el salón cerrado al sol y a las moscas. un beneficiado y el registrador de la Propiedad. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 85 tidiana. como por máquina de reloj. le decía éste a su hija. Llegaban a la misma hora. Carolina y Luisa tenían que reñir. tan consuetudinaria y ritual. odiaba al sol.y dehesas. como su padre. costumbre plebeya. se iban ale­ jando. pero al . a las que iba en visita. «¿Nolienes el jardín?». según el marqués. sentábanse en derredor de la mesita—en invierno una camilla—dispuesta ya. hasta los muros vestidos de yedra. leían libros de edificación—acaso otros obtenidos a hurtadillas—o reñían una con otra. siempre corta. como el gruñir del río en lo hondo del tajo o como los oficios litúrgi­ cos del cabildo de la catedral. Administraba sus fincas . t y se mantenía rígida y observante de las tradiciones de la casa. mientras Luisa gustaba de cantar. consejero íntimo de la famh lia. som­ bre la que se ostentaba la placa del Sagrado Corazón de Jesús con su «Reinaré en España y con más vene­ ración que en otras partes». Carolina. y por la noche tenía su partido de ti e- sillo con el penitenciario. para el siguiente día. La mayor. de vez en cuando. la marquesa dormitaba y las hijas del m ar­ qués hacían labores. refiriéndose a un jardincillo anejo al palacio.

Tristón Ibáñez del Gamonal. sino de andar a caza!» Y ya la tenían ar­ mada.86 M IG U E L DE U N A . se fijó en la hija segunda del marqués de Lumbría. se hacen en forma y seriamente. Luisa. no! —Pero ¿a. un castillo encantado le llamara a su socorro. de una familia linajuda también y de las más tradicionales de la ciudad de Lorenza. que daba a una calleja de la plaza de la Catedral. ¡Chiquilladas. aña­ día: «¡No. a la que vió sonreír. Y los asomos al balcón del dormitorio y el riego de- las flores de tiestos dieron su fruto...qué viene eso. decía el padre. hermana. se le vino encima el agua del riego que rebosaba de los tiestos. que nosotras. — Esas cosas. y regar­ los. Y ello fué que. y la hermana mayor. hija—le dijo su padre— .. «Qué mal gusto de atisbar lo que no nos importa. — Carolina te lo dirá.. asomarse a ver quién pasaba. y al exclamar Luisa: «¡Oh. quería tener tiestos en el balcón de su dormitorio.M U N O que rara vez bajaban sus habitantes. al pasar un día Tristán por la calleja. y ésta dijo: —No me parece. éste sin­ tió como si la voz doliente de una princesa presa en. Pero ella. por entre las flores del balcón de su dormitorio. Tristán!». Luisa se quedó mirando a su hermana mayor. y con este pretexto.». Carolina. perdone. las hijas de .. padre?—exclamó Luisa. con ojos como de violeta y boca como de geranio.

cuchicheaban con Tristón. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 87 los marqueses de Lumbría. la señora dormitaba en un rincón de la sala. No le im por­ taba. sino siempre con las dos her­ manas. que alguna vez recibiera a solas Ca­ rolina al que había de ser su cuñado. y pues que por mi parte nada tengo que oponerle. ¿Para eso eran las flores? — Que pida entrada ese joven—sentenció el padre— . Y mientras transcurría la sesión de tresillo. haciendo labores de punto o de bolillos. ¿Y tú. al cual procuraban no dejar^ le nunca solo con Luisa. hemos de andar haciendo las osas en cortejeos y pelando la pava desde el balcón como las artesanas. Carolina? —Yo—dijo ésta—tampoco me opongo. * * * Los contertulios tresillistas. En esto era vigilantísimo el padre. en cambio. todo se arreglará. a quienes intrigaba el mis­ terio de la casona. la servidumbre de la casa y hasta los del pueblo. notaron que a poco de la admisión . y junto a ella Caro­ lina y Luisa. La señora tardó en enterarse de ello. pues así le ins­ truiría mejor en las tradiciones y costumbres de la casa. Y se le hizo a Tristón entrar en la casa como preten­ diente formal a la mano de Luisa.

por lo demás. Cuando. llevándose consigo a su hija mayor. Sólo una vez oyó Mariana. ello la lleva. ¡sí. pero más silenciosas. A los pocos días de esto. con su hermana. a quien. y luego una ex­ presión tal. sin importancia. «La pobre no está bien de salud» — dijo mirando fijamente al penitenciario — . por supuesto. Cuando regresó el marqués. lo sabrá la ciudad toda! ¡Saldré al balcón de la plaza de la Catedral a gritárselo a todo el mundo!» «¡Calla!»—gimió la voz del marqués. sólo una no­ che se creyó obligado a dar alguna explicación a la tertulia del tresillo. que Luisa gritaba: «Pues lo sabrá toda la ciudad. Y en los días que permaneció ausente. La taciturnidad del marqués se hizo mayor.» Nadie le contestó nada. Carolina. tan inaudita allí. la señora se quejaba más que nunca del ruido y el ruido era menor que nunca.88 M IG U E L DE U N A M U N O en ésta de Tristán como novio de la segundona del m arqués. la una insultaba a la otra. que Mariana huyó despa­ vorida de junto a la puerta donde escuchaba. la vieja doncella. y la he llevado a que se reponga. el ámbito espiritual de la hierática familia pa­ reció espesarse y ensombrecerse.Porque las riñas y querellas entre las dos hermanas eran mayo­ res y más enconadas que antes. hacíanlo como en susurro y ahogaban las quejas. a constantes disensiones. o acaso la pellizcaba. el marqués se fué de Loren­ za. Tristán no pareció por la casa. . adora. al cruzarse en un pasillo. ¡cosa de nervios!.

Tristán fué a vivir con su suegro. si es que en el mundo vivió.» Un día. Mas en cuanto fué recobrándose. ¡un varón!. «No tengo ya la cabeza para el juego—le dijo a su confidente el peni­ tenciario— . muy en familia. y el ámbito de la casona se espesó y entenebreció más aún. no puedo morir hasta ver cómo queda la cosa. que le llevaba la comida a la cama. me distraigo a cada momento y el tresillo no me distrae ya. sólo me queda prepararme a bien morir. De fuera no asistieron más que la madre del novio y los tresillistas.» Y a su hija. le pre­ guntaba ansioso: «¿Cómo va eso? ¿Tardará?» «Ya no mu­ cho. Las flores del balcón del dormitorio de la recién casada se ajaron por falta de cuidado. hasta recibir al nuevo marqués. porque tiene que ser varón. no debo irme. y el señor vagaba como un espectro. Sentía que se le iba la vida. en familia. por el salón cerrado a la luz del sol de la calle. padre. se celebraba el matrimonio entre Tristán Ibáñez del Ga­ monal y la hija segunda del excelentísimo señor mar­ qués de Lumbría. amaneció con un ataque de perlesía. hace aquí falta un hombre. taciturno y cabiz­ bajo. y si no es un . lo que pareció su despedida del mundo. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 89 Pocos días después. Apenas si recordaba nada. Re­ nunció al tresillo. y se agarraba a ella.» «Pues no me voy. «No. la señora se dormía más que antes. pareció agarrarse con más desesperado tesón a la vida.

. Vistieron de luto..» La pobre Luisa lloraba. el escudo de la fachada de la casona. «Necesita más cuidado que la parturiente»— dijo el médico. con un lienzo negro. tra­ yendo bien arropado al niño. La excitación del pobre señor llegó al colmo cuando supo que su hija estaba para librar. Al oír el marqués aquel grito.. padre. incorporóse en la cama y quedó mirando hacia la puerta del cuarto. será un Rodrigo y un marqués de Lumbría.» «Eso no depende de mí. Y Tristán parecía un reo y a la vez un sirviente. «¡Marqués!»—gritó el anciano—.. Y sin haberlo recobrado mu­ rióse dos días después.» «Pues eso más faltaba. tráemelo en seguida. acechan­ do. compungido. Era capaz de. «¡Sí!» Echó un poco el cuerpo hacia ade­ lante a examinar al recién nacido. hija—y le temblaba la voz al decirlo—. para que pueda morir tranquilo. botarate. y el negro del lienzo empezó- . Poco después entraba Tristán. no nos diera un marqués. que después de habérsenos metido en casa ese.90 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Suárez de Tejada.. le dió un beso bal­ buciente y tembloroso.. Temblaba todo él con fiebre de expectativa.. —Cuando dé a luz Luisa— le dijo el marqués a su yerno— . y sin mirar siquiera a su yerno se dejó caer pesadamente sobre la almohada y sin sentido. tráemelo tú mismo. si es marqués.. que lo vea. si es hijo. un beso de muerte.

. «¡Ahora. —Aquí no hay más flor que el marqués—le contes­ tó ella.. siento que se me adelgaza la sangre. Y lo que más le irritaba era que su mujer ni intentaba averiguarlo. Y huyendo de casa. Lui­ sa. Y un aire de luto pareció caer sobre la casa toda.— se atrevió a decirle una vez a su mujer. casi un mueble»—se decía— . Otras veces salía... la madre. salió extenuada del parto. pecho mercenario. Tristán. a criar al marqués!»—le repetía a su marido. qqe se le derretía gota a gota la vida..» Suspiraba. pero tuvo que desistir de ello. «Se me va la vida como un hilito de agua— decía—. y si aun vivo. yéndose no se sabía X adonde. El pobre sufría con que a su hijo no se le llamase sino el marqués. a la que no llevó alegría ninguna el niño. Y desde la calleja solía contemplar el balcón del que fué dormitorio de Luisa. Tristán había caído en una tristeza indefinible y se sentía envejecer. «Soy como una dependencia de la casa. Empeñóse en un principio en criar a la criatura. que le daba de lleno du­ rante casi todo el día. La pobre Luisa.. es porque me voy mu­ .. —Si volviésemos a poner flores en tu balcón. ' Luisa sentíase morir. me zum­ ba la cabeza. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 9? desde luego a ajarse con el sol. dió en refugiarse en la catedral. balcón ya sin tiestos de flores. «Pecho mercenario.

de Rodriguín. joven. ¡Sacrifícate al marqués! ¡Ah. Y poco después de oírlas se quedó viudo.. Nada decían <de lo que más les atormentaba las mentes y los pechos.. sólo por él.. le dijo al padre: «Cuida del mar­ qués. «¿A ti? ¡Tú no necesitas ser perdonado!» Palabras que cayeron como una terrible sentencia sobre el pobre hombre. Poco des- . temblorosos y febriles. tú no me has traído más que al marquesita. entre marido y mujer se interponía una cortina de helado silencio. es por él.. Cuando Luisa sintió que el hilito de su vida iba a romperse. poniendo su mano fría sobre la frente del niño. y preso en aquel lúgubre case­ rón cerrado al sol..92 M IG U E L D E U N A M U N O riendo m uy despacio. dueño de una considerable fortuna. y a ella dile que la perdono!» «¿Y a mí?»— gimió Tristán—... Tristán. la de su hijo el marqués. [Qué triste vida ia de esta casa sin sol. pero no. por mi marquesita.. entre la yedra. oyendo el zumbido del río. me hubieses traído sol y libertad y alegría. Pasábase las horas muertas en un balcón de la trasera de la casona. Y si lo siento. ¡Tráemelo!» Y le cubría de besos lentos. Y a pesar de que se hablaran. * * * Viudo.! Yo creí que tú. con recuerdos que siendo de muy pocos años le parecían ya viejísimos.

que le da el sol. sintió desde luego en su nue­ va madre al enemigo. «Pero Carolina—suplicaba Tristán— . «¿Pero quién le ha dicho que soy su tía?—preguntó ella—.» «¿Todo?» «Sí. no lo sé— contestaba Tristán— pero aquí. mujer.» La vida pareció adquirir dentro de la casona una re­ . revisando. todo* se sabe.» Luego mandó quitar la yedra. todo.. Pero lo que dió un día que hablar én toda la ciudad de Lorenza fué que. se decía. sin saber cómo. y ahora su nueva mujer. el marquesito. su cuña­ da. los papeles del difunto marqués y arreglando su testamentaría. después de una ausencia de unos días. a pesar de los ruegos de su padre.. ¿Pues no se decía que había entrado monja? ¿Dónde y cómo vivió durante- aquellos cuatro años? Carolina volvió arrogante y con un aire de insólito desafío en la mirada. Y se pasaba largos ratos encerrado con el penitenciario. la llamó siempre tía. EL M A R Q U É S DE L U M B R IA 93 pues reanudaba las sesiones del tresillo.» «Pues callemos nosotros. ¡déjate de antiguallas!» El niño. ¿Acaso Mariana?» «No lo sé. No se avino a llamarla mamá. y soy capaz de mandar embadurnarlo de miel para que se llene de moscas.. Lo primero que hizo al volver fué mandar quitar el lienzo de luto que cubría el escu­ do de la casa. esta casa parece que lo- dice todo.. volvió Tristán a la casona con Carolina. «Que le da el sol—exclamó—.

34 M IG U E L DE U N A M U Ñ O cogida intensidad acerba. * ** El embarazo de Carolina fué penosísimo. nuestro cástigo!» Y cuando poco después la po­ bre criatura empezó a morir. Y al ir a dar las diez. y que de continuo estaba apoyándose en su brazo. y del penitenciario. El matrimonio salía muy poco de su cuarto. Reanudóse la partida de tresillo. ni quiso verlo.» —Tú estás así muy solo—le dijo años después un . seguía las juga­ das de éste y le guiaba en ellas. Y parecía no desear al que iba a venir. Y en tanto. Carolina. se limitó a contestar secamente: «¡Sí. en el que retenía Carolina a Tristán. ya es hora!» Y de casa no salía él sino con ella. el marquesito quedaba a merced de los criados y de un preceptor que iba a diario a enseñarle las primeras letras.. Cuando hubo nacido. que nació desmedrada y enteca.. que se cuidaba de educarle en religión. Y todos notaban que no hacía sino buscar ocasión de ponerle la mano sobre la mano. le decía: «¡Tristán. pero durante ella. dijo la madre: «Para la "vida que hubiese llevado. que se le dejaba casi colgar del brazo y que iba barriendo la ca­ lle con una mirada de desafío. Y al decirle que era una niña. sentada junto a su marido.

y la ciudad toda de Lo­ renza no hizo sino comentar el extraordinario suceso. Todos creyeron que como Carolina no había logrado tener hijos suyos. siempre me está echando en cara que yo estoy aquí para servirle y como de limosna. el intruso. —Ten paciencia. traía el adoptivo. —Tío—(que así le llamaba). no lo era menos el otro.? Y si me fastidias m ucho. al de su hermana. el m arquesito—. porque si imperioso era el uno. para molestar y oprimir al otro. el huérfano. y que era de una precocidad enfermiza y triste. yo quiero volverme con mis tías. El niño.» Pero llegaba Carolina. ¿no la tengo ... yo me voy. me voy. quedóse pen­ sativo. necesitas compañía y quien te estimule a estudiar. tu pa­ dre y yo hemos decidido traer a casa a un sobrino.. ten paciencia. fué diciéndole una vez Pedrito a Tristán— . y así. que es como quiero estar. «Pues tú qué te crees—le decía Pedrito a Ro­ driguín— .. el intruso.. a uno que se ha quedado solo. yo me quiero ir. y tú vuélvete adonde los tuyos. no le puedo resistir a Rodriguín. propios. y te dejo solo.. Pedrín. que ya a la sazón tenia diez años.¿que porque eres marqués vas a mandarme. Los dos niños se miraron desde luego como enemi­ gos.» «Dé­ jame solo. y con un «¡niños!» los hacia mirarse en silenoio. Cuando vino el otro. el m ar­ quesito se puso en guardia. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 95 día Carolina a su sobrino.

volviéndose al marquesito. lloró copiosa. Y sintió una profunda pena por el pobre hombre. Pero cuando Carolina vió san­ gre en las narices de Pedrito. dijo con voz ronca: «¡Pero es mi hijo!» — ¡Carolina!—gimió su marido. *** Y sucedió que un día. cogidos de las manos y miran­ do al vacío penumbroso de la estancia. saltó como una leona hacia él. estando marido y mujer muy arrimados en un sofá. gritando: «¡Hijo mío! ¡Hijo mío!» Y luego. lenta y silencio­ samente. sintieron ruido de pendencia. Y luego. . Aquellas lágrimas las sentía el niño como un riega de piedad. Carolina vaciló un momento. como apu­ ñándose el corazón. y al punto entraron los niños. «¡Vete. vete y no vuelvas a mi casa!»—le contestaba Rodriguín. por el pobre padre del marquesito. La que no lloraba era Carolina. sudoro­ sos y agitados.96 M IG U E L DE U N A M U N O yo?—Y cogiéndole al niño la cabecita se la apretó a la boca y lloró sobre ella. le escupió esta palabra: «¡Caín!» —¿Caín? ¿Es acaso mi hermano?—preguntó abrien­ do cuanto pudo los ojos el marquesito. «¡Yo me voy! ¡Yo me voy!»—gritaba Pedrito—.

.ya presumía yo que era su hijo. el padre del marquesito. Pero lo que no sabe­ mos es quién sea su padre. y de mí. y a grandes voces se puso a decir con calma: TRES NOVELAS 7 . Y cuando tuvo a todos delante. Y el mío. que dormitaba. a su hijo. y de tu padre. exclamó: —¿Su padre? Dile tú. ni si lo tiene. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 97 — Sí—prosiguió el marquesito— . Cogió a Pedrillo. y a la señora. sí. de mi hermana. que nació antes que tú. sí: el marqués es éste. Luego. por eso del escudo. dile tú al nieto de don Rodrigo Suárez de Tejada. que era la mayo- razga. — ¡Díselo! ¡Dile quién es el verdadero marqués de Lumbría! —No hace falta que me lo diga— dijo el niño. se lo diré yo! ¡Díselo! — ¡Carolina!—suplicó llorando Tristán. y abriré to­ dos los balcones al soi. Sus ojos centelleaban y le temblaban los labios. de tu padre. empezó a dar voces llamando a la servidum­ bre. —Pues bien. mandó abrir los balcones de par en par. éste y no tú. y haré que se le reconozca a mi hijo como quien es: como el marqués.. mirando duramente a su marido. y por ahí lo dicen. dile tú al hijo de Luisa.. marqués de Lumbría dile quién es su padre. ■ Carolina se irguió de pronto.. que si no. lo apretó entre Sus rodillas y. Pero yo haré quitar el escudo. ya casi en la imbeci­ lidad de la segunda infancia. ¡Díselol ¡Díselo. éste.

—¿Cómo?—gritó Carolina. éste es el verdadero marqués de Lumbría. —Y ahora—prosiguió Carolina dirigiéndose a los criados—. éste es el mayorazgo. id y propalad el caso por toda la ciudad. ha arrancado sangre. Este es el que yo tuve de Tristán.. Tu hijo.. hombre. que conozcan todos la m ancha del escudo. Mi padre. éste es el marqués. cuando él acababa de casar­ se con mi hermana. — ¡Carolina!—gimió el marido. — Cállate. para cubrir unas apariencias falsas. al mes de haberse ellos casado. señorita. y acaso también mi hermana estaba comprometida como yo. de nuestro hijo... 98 M IG U E L DE U N A M U N O —Este. de mi hijo. —Y para guardar un secreto que lo era a voces. ¡sangre azul! no. de­ cid en las plazuelas y en los patios y en las fuentes lo que me habéis oído. y muy roja.. ¿hemos vivido así. sí. sino roja. lo decían todos.—susurró Ma­ riana. acurru­ cándose en una butaca de un rincón.. que lo sepan todos. —Pero si toda la ciudad lo sabía ya. vuestro hijo. para ocultar un enigma que no lo era para nadie.. Tris- . que hoy hay que revelarlo todo. — Sí.. de este mismo Tristán que ahora se esconde y llora. el excelentísimo señor marqués de Lumbría. — ¡Qué ruido. me sacrificó a sus principios. del marqués. por Dios!—se quejó la señora.

Pero no. la fiesta se dará el día en qué éste. y de la mano al hijo de su mocedad. Y negóse lue­ go a ver ni a su padre ni a su hermano. Estaba pálido y febril. Y se pon­ drán tiestos de flores en todos los balcones. el que el penitenciario llama hijo del pecado. y se dará una fiesta invitando al pueblo de la ciudad. llevando del brazo y como a un prisionero a su marido. mi hijo. Salía a diario. —Le meteremos en un colegio—sentenció Carolina. y era ella misma la que. teniendo al lado a su . que no se atrevieron a negarse a sus invi­ taciones. ál verda­ dero pueblo. Al pobre Rodriguín tuvieron que recogerle de un rincón de la sala. Mantenía abiertos de par en par los balcones todos de la casona. que en­ tre la luz. Recibía todas las noches a los tertulianos del tresillo. *** En toda la ciudad de Lorenza no se hablaba luego sino de la entereza varonil con que Carolina llevaba adelante sus planes. toda la luz y el polvo de la calle y las mos­ cas. y m añana mismo se quitará el escudo. el día en que éste sea reconocido como quien es y marqués de Lumbría. vuestro hijo. cuando el verdadero pecado es el que hizo hijo al otro. EL M A R Q U É S D E L U M B R ÍA 99 tán? ¡Miseria y nada másl Abrid esos balcones. y el sol ajaba el raso de los sillones y hasta daba en los retratos de los an­ tepasados.

100 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

Tristán, jugaba con las cartas de éste. Y le acariciaba
delante de los tertulianos, y dándole golpecitos en la
mejilla, le decía: «¡Pero qué pobre hombre eres, Tris­
tán!» Y luego a los otros: «¡Mi pobre maridito no sabe
jugar solol» Y cuando se habían ellos ido, le decía a él:
«¡La lástima es, Tristán, que no tengamos más hijos...
después de aquella pobre niña...; aquélla sí que era hija
del pecado, aquélla y no nuestro Pedrín...; pero ahora,,
a criar a éste, al marqués!
Hizo que su marido lo reconociera como suyo, en­
gendrado antes de él, su padre, haberse casado, y em­
pezó a gestionar para su hijo, para su Pedrín, la suce­
sión del título. El otro, en tanto, Rodriguín, se consu­
mía de rabia y de tristeza en un colegio.
—Lo mejor sería—decía Carolina—que le entre la
vocación religiosa; ¿no la has sentido tú nunca, T ris­
tán? Porque me parece que más naciste tú para fraile
que para otra cosa...
—Y que lo digas tú, Carolina...—se atrevió a insi­
nuar suplicante su marido.
— ¡Sí, yo; lo digo yo, Tristán! Y no quieras envane­
certe por lo que pasó, y que el penitenciario llama
nuestro pecado, y mi padre, el marqués, la m ancha de
nuestro escudo.’’¿Nuestro pecado? ¡El tuyo, no, Tristán;
el tuyo, no! ¡Fui yo quien te seduje, yo! Ella, la de los
geranios, la que te regó el sombrero, el sombrero, y no
la cabeza, con el agua de sus tiestos, ella te trajo acá, a

EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 101

la casona; pero quien te ganó fui yo. ¡Recuérdalo! Yo
quise ser la madre del marqués. Sólo que no contaba
con el otro. Y el otro era fuerte, más fuerte que yo.
Quise que te rebelaras, y tú no supiste, no pudiste re­
belarte...
—Pero Carolina...
—Sí, sí, sé bien todo lo que hubo; lo sé. Tu carne
ha sido siempre muy flaca. Y tu pecado fué el dejarte
casar con ella; ése fué tu pecado. ¡Y lo que me hicis­
teis sufrir! Pero yo sabía que mi hermana, que Luisa,
no podría resistir a su traición y a tu ignominia. Y es­
peré. Esperé pacientemente y criando a mi hijo. Y ¡lo
•que es criarlo cuando media entre los dos un terrible
secreto! ¡Le he criado para la venganza! Y a ti, a su
padre...
— Sí, que me despreciará...
— ¡No, despreciarte, no! ¿Te desprecio yo acaso?
— ¿Pues qué otra cosa?
— ¡Te compadezco! Tú despertaste mi carne y con
ella mi orgullo de mayorazga. Como nadie se podía di­
rigir a mí sino en forma y por medio de mi padre...,
como yo no iba a asomarme como mi hermana al bal­
cón,, a sonreír a la calle..., como aquí no entraban más
hombres que patanes de campo o esos del tresillo, pa­
tanes también de coro... Y cuando entraste aquí te hice
sentir que la mujer era yo, yo, y no mi hermana...
¿Quieres que te recuerde la caída?

102 M IG U E L DE U N A M U N O

- - ¡No, por Dios, Carolina, no!
- -Sí, mejor es que no te la recuerde. Y eres el hom­
bre caído. ¿Ves cómo te decía que naciste para fraile?
Pero no, no, tú naciste para que yo fuese la madre
del marqués de Lumbría, de don Pedro Ibáñez del Ga­
monal y Suárez de Tejada. De quien haré un hombre.
Y le mandaré labrar un escudo nuevo, de bronce, y no
de piedra. Porque he hecho quitar el de piedra para
poner en su lugar otro de bronce. Y en él una mancha
roja, de rojo de sangre, de sangre roja, de sangre roja
como la que su hermano, su medio hermano, tu otro
hijo, el hijo de la traición y del pecado, le arrancó de la
cara, roja como mi sangre, como la sangre que tam­
bién me hiciste sangrar tú... No te aflijas—y al decirle
esto le puso la mano sobre la cabeza— , no te acongo­
jes, Tristán, mi hombre... Y mira ahí, mira al retrato de
mi padre, y dime tú, que le viste morir, qué diría si
viese a su otro nieto, al marqués... ¡Con que te hizo
que le llevaras a tu hijo, al hijo de Luisa! Pondré en el
escudo de bronce un rubí, y el rubí chispeará al sol.
¿Pues qué creíais, que no había sangre, sangre roja, roja
y no azul, en esta casa? Y ahora, Tristán, en cuanto
dejemos dormido a nuestro hijo, el marqués de sangre
roja, vamos a Acostarnos.
Tristán inclinó la cabeza bajo un peso de siglos.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE .

.

arrastrando tras sí las miradas de todos. entre los tesoros arquitectónicos de la capital. El padre de la hermosura regional. Los viejos se entristecían al verla pasar. parecía decirle: «¡Tu hermosu­ ra te perderá!» Y se distraía para no oírla. era Julia algo así como su belleza oficial. o como un monumento más. la última carta que le quedaba por . sentía sobre sí la pesadumbre de un porvenir fa­ tal. Su último y su­ premo negocio. don Victorino Yáñez. Su porte inquietaba a cuantos la miraban.» Había en los ojos de la hermosa como un agüero de tragedia. Una voz muy recóndita. consciente de su po­ der. tenía puestas en la hija todas sus últimas y definitivas esperanzas de redención económica. sujeto de m uy brumosos antecedentes morales. y los mozos se dormían aquella noche más tarde. La fama de la hermosura de Julia estaba esparcida por toda la comarca que ceñía a la vieja ciudad de Re­ nada. Era agente de ne­ gocios. y éstos le iban de mal en peor. Y ella. «Voy a Renada —decían algunos—a ver la catedral y a ver a Julia Yá­ ñez. pero viviente y fresco. escapada de lo más pro­ fundo de su conciencia.

en que pierden el tiempo. —Ya no nos queda más que Julia—solía decirle a su mujer— . Tenía también un hijo. y me temo que la haga. pero era cosa perdida. nada de novios estudiantinos.. acaso. — ¡No. Si hace una tontería.? — Sí. que eres aquí el único de algún talento. —¿Y qué le voy a hacer? —¿Qué le vas a hacer? Hacerla comprender que el porvenir y el bienestar de todos nosotros. Victorino! Ilústrame tú. Cuando digo que apenas si tienes sentido común. era la hija. Es menester que se haga valer. la hon­ ra de la familia depende de su casamiento.. estamos perdidos.. —¿Y a qué le llamas hacer una tontería? —Ya saliste tú con otra. nada de pelar la pava. lo entiendo. ¿lo entiendes.. !as proporciones y hasta la salud las renatenses todas. es que vigiles a Julia y le impidas que ande con esos noviazgos estúpidos. y la honra.106 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O jugar.. —Pues lo que aquí hace falta. no lo entiendes! La honra. Anacleta. de ti y mío. todo depende de como se nos case o de como la casemos.. No quiero nada de reja. —¡Y qué le voy a hacer. — ¡Pobrecilla! —¿Pobrecilla? Lo que hace falta es que no empiece . y hacía tiempo que ignoraba su paradero. ya te lo he dicho cien veces. ¿lo oyes?.

«Me quiere vender—se decía—para salvar sus negocios compro­ metidos. Tú. — ¡Pero y qué quieres que haga. a su edad. Y separábanse los padres de la hermosura para re­ comenzar al siguiente día una conversación parecida. y darse cuenta de lo que tiene con su hermosura. por desgtacia.. para salvarse acaso del presidio.. por Dios... Tú.. aceptó Julia al primer novio.l —Pensar con juicio... Y la pobre Julia sufría. y que le contestaste. que ya sé lo que hay... y ha­ certe señas. y le he visto rondando la casa. los cascos y llenarle la cabeza de humo..» Y así era. hija mía. a su edad. comprendiendo toda la hó­ rrida hondura de los cálculos de su padre. prisionera... y que no hacen sino levantarle. y sé que recibiste una carta suya. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 107 a echarse novios absurdos.. hija mía—le dijo su m adre—. —Sí.. —¡Vamos. . y que no lea esas novelas disparatadas que lee.. a su edad. y saber aprovecharla. Y por instinto de rebelión. no digas más necedades! No abres la boca más que para decir majaderías. —Mira. —Pues yo. hasta que venga el sultán a quien papá me venda? —No digas esas cosas. Mira que te conocí entonces. —¿Y qué voy a hacer. Anacleta. mamá? ¿Vivir como una es­ clava...

Venía a salvarla. es capaz de cualquier barbaridad conmigo. «A esta mocita—se dijo él— le da por lo trágico. que quiere especular con mi hermosura. el día que me casé! —Es lo que yo no quiero tener que decir un día. pero un novio formal. se atre­ vió. a pesar de su embobecimiento por la herm osa.» Bajó a la ventana.. ¡Ay. así se sabrá que soy una víctima. Y la madre. como le tienen las demás? —Sí. Para llegar a quererse. todas las lóbregas miserias morales de su hogar. a redimirla. a bajar a hablar con el primer novio a una ventana del piso bajo. que le abatían los bríos.. —¿Y cómo se va a saber si es formal o no? Lo pri­ mero es empezar.. —Quererse. mejor. lee novelas sentimentales. —Ni contigo ni con tu padre se puede.» Y una vez que logró que se supiera en toda Renada cómo la consagrada hermosura regional le había admitido a su ventana. quererse. en una especie de lonja. sí. y en aquella primera entrevista le contó a Enrique. entonces. la dejaba.108 M IG U E L DE U N A M U N O —¿No he de poder tener un novio. Julia. hay que tra­ tarse antes... —Vamos. Y ella. Así sois los Yáñez. buscó medio de desentenderse del compro­ . un incipiente tenorio renatense. Pero. que debo esperar al comprador. afrontándolo todo. Y Enrique sintió. «Si mi padre nos sorprende así—pensaba— .

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 109

miso. Bien pronto lo encontró. Porque una mañana
bajó Julia descompuesta, con los espléndidos ojos en­
rojecidos, y le dijo:
—Ay, Enrique; esto no se puede ya tolerar; esto no
es casa ni familia: esto es un infierno. Mi padre se ha
enterado de nuestras relaciones, y está furioso. ¡Figú­
rate que anoche, porque me defendí, llegó a pegarme!
— ¡Qué bárbarol
—No lo sabes bien. Y dijo que te ibas a ver con él...,
— ¡A ver, que venga! Pues no faltaba más.
Mas, por lo bajo, se dijo: «Hay que acabar con esto^
porque ese ogro es capaz de cualquier atrocidad si ve
que le van a quitar su tesoro; y como yo no puedo
sacarle de trampas...»
—Di, Enrique, ¿tú me quieres?
—¡Vaya una pregunta ahora...!
—Contesta, ¿me quieres?
— ¡Con toda el alma y con todo el cuerpo, nena!
—¿Pero de veras?
— ¡Y tan de verasl
—¿Estás dispuesto a todo por mí?
— ¡A todo, sí!
—Pues bien, róbame, llévame. Tenemos que esca­
parnos; pero lejos, muy lejos, adonde no pueda llegar
mi padre.
— ¡Repórtate, chiquilla!
— ¡No, no, róbame; si me quieres, róbame! ¡Róbale:

110 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

a mi padre su tesoro, y que no pueda venderlol ¡No
-quiero ser vendida: quiero ser robadal ¡Róbame!
Y se pusieron a concertar la huida.
Pero al siguiente día, el fijado para la fuga, y cuan­
do Julia tenia preparado su hatito de ropa, y hasta
avisado secretamente el coche, Enrique no compareció.
«¡Cobarde, más que cobardel ¡Vil, más que vil!—se
decía la pobre Julia, echada sobre la cama y m ordien­
d o de rabia la almohada— . ¡Y decía querermel No, no
me quería a mí; quería mi hermosura. ¡Y ni estol Lo
que quería es jactarse ante toda Renada de que yo,
Ju lia Yáñez, ¡nada menos que yo!, le había aceptado
por novio. Y ahora irá diciendo cómo le propuse la
fuga. ¡Vil, vil, vil! ¡Vil como mi padre; vil como hom­
bre!» Y cayó en mayor desesperación.
—Ya veo, hija mía—le dijo su madre—, que eso ha
acabado, y doy gracias a Dios por ello. Pero mira, tie­
ne razón tu padre: si sigues así, no harás más que des­
acreditarte.
—¿Si sigo cómo?
—Así, admitiendo al primero que te solicite. Adqui­
rirás fama de coqueta y...
—Y mejor, madre, mejor. Así acudirán más. Sobre
-todo, mientras no pierda lo que Dios me ha dado.
— ¡Ay, ay! De la casta de tu padre, hija.
Y, en efecto, poco después admitía a otro preten­
diente a novio. Al cual le hizo las mismas confiden-

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 111

cías, y le alarmó lo mismo que a Enrique. Sólo que
Pedro era de más recio corazón. Y por los mismos pa­
sos contados llegó a proponerle lo de la fuga.
—-Mira, Julia—le dijo P edro—, yo no me opongo a
que nos fuguemos; es más, estoy encantado con ello,
¡figúrate tú! Pero, y después que nos hayamos fugado,
¿adonde vamos, qué hacemos?
— ¡Eso se verá!
— ¡No; eso se verá, no! Hay que verlo ahora. Yo,
hoy por hoy, y durante algún tiempo, no tengo de qué
mantenerte; en mi casa sé que no nos admitirían; ¡y en
cuanto a tu padre...! De modo que, dime, ¿qué hace­
mos después de la fuga?
—¿Qué? ¿No vas a volverte atrás?
— ¿Qué hacem os?
— ¿No v as a acobardarte?
—¿Qué hacemos, di?
—Pues... ¡suicidarnos!
— ¡Tú estás loca, Julia!
—Loca, sí; loca de desesperación, loca de asco, loca
de horror a este padre que me quiere vender... Y si tú
estuvieses loco, loco de amor por mí, te suicidarías
conmigo.
—Pero advierte, Julia, que tú quieres que esté loco
de amor por ti para suicidarme contigo, y no dices que
te suicidarás conmigo por estar loca de amor por mí, sino
loca de asco a tu padre y a tu casa. ¡No es lo mismo!

.

Había casado ya a dos. Don Al­ berto Menéndez de Cabuérniga era un riquísimo ha­ cendado. te digo que era capaz de venderme a don Alberto. caprichoso en punto a mujeres. padre? ¿Te callas? — ¡Que estás loca! —No. Nadie sabía bien de su origen. no estoy loca ni veo visiones. ¿Le digo que se entienda contigo? —Me voy. fuese como fuese. el padre se fué de casa. Y levantándose. h ija mía! —Te digo. Comprendía que hasta una venta sería una reden­ ción. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 113 Don Victorino palideció. huir de su padre. sin decir nada. Lo esencial era salir de casa. dotándolas espléndidamente. — ¡Pero hija m ía. casado. Alejandro Gómez. porque si no. madre. nadie de sus antecedentes. y separado de su mujer. * * * Por entonces compró una dehesa en las cercanías de Renada—una de las más ricas y espaciosas dehesas— un indiano. La voluntad de la pobre muchacha se iba quebran­ do. Pasea la calle. esto acaba mal. de quien se decía que no reparaba en gastos para conse­ guirlas. que esto ya no le parece mal. disoluto. nadie le oyó hablar TRES NOVELAS 8 . ronda la casa. —¿Y qué dices a eso.

—Con dinero se va a todas partes—solía decir. una fortuna fabu­ losa—hablábase de varios millones de duros— . pero los que han sabido hacerlo. sí! Un señoritingo de esos que lo ha heredado. ni de su niñez. por muchos millones que tenga. y muy reconcentrado. y corrían respecto a él las más fan­ tásticas leyendas. en que volvió a España. que he sabido hacerlo por mí mismo. y muy tozudo. prim e­ ro. ni de sus parientes. ignorábase cómo. llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero. Sabíase sólo que. —Nada que de veras me haya propuesto. un conde- sito o duquesín de alfeñique.114 M IG U E L DE U N A M U N O nunca ni de sus padres. Decíase que era viudo y sin hijos. —¡Todos no. ¡Y si quiero. antes de cumplir los treinta y cuatro años. ni todos—le replicaban. resuelto a afincarse en ella. muy voluntario­ so. —No siempre. Alardeaba de plebeyo. ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo. y que allí. he dejado de conseguir. siendo muy niño. había fraguado una enorme fortuna. a puño? ¿Yo? ' ¡Y había que oír cómo p ro n u n c ia b a ^ / En esta afir­ mación personal se ponía el hombre todo. había sido llevadojpor sus padres a Cuba. Los que le trataban teníanle por hom­ bre ambicioso y de vastos proyectos. * * * . no va a ninguna par­ te. y a Méjico después. no. ni de su pueblo.

! ¡Decirle que se vea con­ tigo y que convengáis el precio! Don Victorino atravesó con una mirada a su hija..? — ¡Sí..! — ¡Ahí tienes su carta! Y sacó del seno una. sí. que echó a la cara de su padre. y poco después recibía otra con estas palabras. Julia ■había escrito a su nuevo pretendiente una carta-con­ testación henchida de sarcasmos y de desdenes. me ronda. ya sabes. angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. que ese fabuloso Alejandro. Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone. sé quién es! ¿Y qué? —¿Sabes que también ése me ronda? — ¿Es que quieres burlarte de mí. «¡Hay que ver eso!»—se dijo. no me burlo.. — ¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste.. va en serio.. Y hubo unos días de ló­ brego silencio y de calladas cóleras en la casa. no se habla más que de él hace algún tiempo... padre—le dijo un día al suyo Julia— .» Y al leerlo. Julia? — No. trazadas por mano ruda y en letras grandes. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 115 A Alejandro le hablaron de Julia. — ¡Pues qué he de hacer.. se dijo Julia: «¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo . la herm osura mo­ num ental de Renada.. — ¡Te digo que no te burles. y se salió sin decirle palabra. el que ha comprado Car- bajedo. Y •luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!» —¿Sabes.

— Es decir. soy ya suya? — ¡No. Y me echarán a presidio. lo sé. dentro de poco no podré ya encubrir mi rui­ na y mis trampas.116 M IG U E L DE U N A M U N O su redentora?» A los pocos días de esta segunda car­ ta llamó don Victorino a su hija.. y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos. Si no aceptas a Alejandro. ¿Y ahora? — Que dependo de él. no pide nada. hija mía.. —¿Y si le acepto? —Pues bien. — No lo digas. —No. le dijo: —Mira. —¿De modo que. no exige nada! — ¡Qué generoso! . ¡por ti! ¡Invocando tu nombre! Tu herm osura ha sido m i escudo. que dependemos de él.. ¿que me has vendido ya? —No.. Se acaban los plazos. y hasta mis. se decían.. gracias a él. Hasta hoy he logrado parar el golpe. Ha pagado todas mis- trampas. «¡Pobre chica!».. no exige eso.. se encerró con ella. no podré encubrirlo. y ahora estoy ya libre y respiro. se ha enterado de todo. que vivo a sus expensas. no lo digas. voy a decirte la verdad toda. que vives tú misma a sus ex­ pensas. nos ha comprado. quieras que no. Ha sabi­ do mi situación. ha liberado mis.. —Sí. todo depende ahora de tu resolu­ ción: nuestro porvenir y mi honra.

era más bien otra que llevaba den­ tro y la tiranizaba. Y el hombre se le ofreció más rendido y menos grosero que ella esperaba. sintiéndose. sí. las cenizas de aquellos que te hubiesen echado a presidio. Y tembló después de decirlo. *** —¿No le dije yo a usted. por mí. puede venir cuando quiera. ¿Quién había dicho •esto? ¿Era ella? No. no me manches! — Pero hija. que Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone? ¿Venirme con aquellas cosas a mí? ¿A mí? Tales fueron las primeras palabras con que el joven indiano potentado se presentó a la hija de don Victo­ rino. Ju- . pero ésta. ante un hombre. lo he comprendido todo. exclamó: — ¡No. A la tercera visita. en la casa de ésta. Y la muchacha tembló ante aquellas palabras. los padres los dejaron solos. — ¡Vete a besar tus papelesl O mejor. hija mía. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 117 — ¡Julia! —Sí. graciasl El padre se levantó para ir a besar a su hija. por primera vez en su vida. Julia. Dile que. rechazándole. — ¡Gracias.

lo digo yol ¡Pero no. no.. Julia—dijo él. mien­ tras una voz le decía: «¡Este es un hombrel» . Julia. serás mía. estoy bienl — Entonces.118 M IG U E L DE U N A M U N O lía temblaba. — ¡No.. el respiro. —¿Miedo? ¿Miedo de qué? — ¡Miedo. sino miedo. —No.! —Parece que está usted mala.. me tiene miedo! Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. lloraba con el corazón. Los sollozos le agarrotaban. sino muertal — Serás mía.. Julia lloraba desde lo más hondo de las entrañas.'¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí? ¿A mí? [Pues no faltaba más! Y hubo en aquel a m í un acento tal. Temblor y silencio s& prolongaron un rato. que se le cortó a Julia la fuente de las lágrimas.. Miró entonces a aquel hombre.. a mil —¿Y por qué he de tenerle miedo? — [Sí. —¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro. ¿por qué tiembla asíf — Algo de frío acaso. y como que se le paró el corazón. faltábale. — ¡Me han vendido! ¡Me han vendido! [Han trafica­ do con mi hermosura! [Me han vendido! —¿Y quién dice eso? — [Yo... no seré de usted. Alejandro callaba.

A Julia se le escapó un grito.. Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes. insis­ tiendo en seguir tuteándola. claro está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley! — ¡Sí. ¡Mi mujer le­ gítima.. yo creí.» —¿Pues qué creías. —Pero es que lo que yo—y este yo resonaba triun­ fador y pleno—quiero es hacerte mi mujer.. No sé lo que me digo.. que sonreía y se decía: «Voy a tener la mu­ jer más hermosa de España. ** * ¿Qué tenía aquel hombre rudo y hermético que.? — Yo creí.. mía.. Sintió luego unos labios sobre sus labios y una voz que le decía: —Si.... Y se concertó la boda..... NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 119 — ¡Puede usted hacer de mí lo que quiera! —¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él... y con los grandes ojos hermosísimos irradiando asombro.... la mía.. lo que era . —No sé. que puede... se quedó mirando al hombre.. —¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera? —Sí. se le imponía? Y. mi mujer.. mía.. a la vez que le daba miedo. tuya! Estaba rendida.

Pero ¿la quería aquel hombre? ¿La que­ ría de veras? «Yo he de conquistar su amor—decíase— . Sabíase envidiada por las renatenses. no quería querer a aquel aventure­ ro. ¡Y cómo lo dicel [Cómo pronuncia yo! ¿Me quiere a mí. que se había propuesto tener por mujer a una de las más hermosas. libre de mi padre. no! Le pasaremos una pensión. inmensamente rica!» Mas esto no la satisfacía del todo. ¿me quiere de veras? ¿Me quiere a mí? ¿A mí?. Porque ella. Julia. [Porque no vivirá con nosotros. y voy a verme libre de este maldito hogar. Evitaremos que vuelva a entramparse. Era algo así como el amor que debe encenderse en el pecho de una cautiva para con un arrogante conquistador. nol Habíala conquistado. le imponía una especie de extraño amor. y que se enrede con las criadas.120 M IG U EL DE UNA Al UNO más terrible. y hacer que luciera sus millones. muy rica. sin querer quererle. como suele decir él. y que siga insultando a mi pobre madre. pero. [Y seré rica. |No la había comprado. y que hablaban de su suerte loca. o es que no busca sino lucir mi hermosura? ¿Seré para él algo más que un mueble costosísimo y rarísimo? ¿Estará de veras enamorado de mí? ¿No se saciará pronto de mi encanto? De todos modos. sentíase rendida a una sumi­ sión que era una forma de enamoramiento. va a ser mi marido. «Pero él—se decía Julia—. y de que su hermosura le había producido cuanto po­ día producirla. .

aunque creyese otra cosa o lo ignorase. le decía: «¡Este es un hombre!» Cada vez que Alejandro decía yo. Los más de los que frecuentaban su casa. pero le faltaba lo que más podía faltarle. pero algo extrañas. aristócratas de blasón no pocos. y fuéronse a vivir a la corte. ella temblaba. merced a su fortuna. podía satisfacer hasta sus menores caprichos. A ella no le faltaba ■nada. sino la certidumbre de aquel amor. Las rela­ ciones y amistades de Alejandro eran. ¿Pero es que yo le quiero?» Y ante él sen­ tíase sobrecogida. no puedo ser su mu­ je r sin que me quiera. brotada de lo más hondo de sus entrañas. que daba dinero á préstamos con sóli­ das hipotecas. . «¿Me quiere. o no me quiere?—se preguntaba—. * Se casaron. Y temblaba de amor. No ya el amor •de aquel hombre a quien se sentía subyugada y como por él hechizada. ni éste le hablaba nunca de ellos. antojábasele a Julia que debían de ser deudores de su marido. muchas. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 121 Necesito que me quiera de veras. mientras una voz misteriosa. Me colma de atenciones. Pero nada sabía de los negocios de él. me trata con el mayor respeto. pues eso sería la peor forma de venderse.

eran los trapos para su Julia. No era nada tacaño en pagar. h asta me mima. rica. —Y me gusta todavía..! Vestía Alejandro de la manera más humilde y más- borrosa posible. .. No era tan sólo que buscase pasar. Diríase que el día mis­ mo en que estrenaba un traje se frotaba con él en las paredes para que pareciese viejo. insistía en que ella.. que­ rida. Complacíase en llevarla a su lado y que resaltara la. hermosa. «Encanto. si te empeñas. y te la lleno de todas las novelas que se han escrito desde Adán acá.» ¿Yo? ¿Yo esas cosas? ¿Con esas cosas a mí? ¿A mí? Esas son cosas de novelas. hago construir en ese solar que hay ahí al lado un gran pabellón para biblioteca. En cambio. con aquel hombre.. Mira. de cariño. inadvertido: era que afectaba cierta ordi­ nariez plebeya... —Solamente los tontos hablan de esas cosas— solía decir Alejandro— . ¿pero me quiere?» Y era inútil querer hablar de amor... enca­ riñándose con los que llevaba. —¡Qué cosas dices.122 M IG U E L DE U N A M U N O aunque algo como a una criatura voluntariosa.. —Pues lee cuantas quieras.. Le costaba cambiar de vestidos.. pero lo que mejor y más a gusto pagaba eran las cuentas de m odistos y modistas. por el traje... Y ya sé que a ti te gus­ taba leerlas. se vistiese con la mayor elegan­ cia posible y del modo que más hiciese resaltar su na­ tural hermosura. su mujer..

Parecía ir diciendo a aquellos que la miraban con codicia de la carne: «¿Os gusta. — Otra cosa querría preguntarte. Mi familia soy yo. o no lo advertía él. ninguna. este hombre?» Porque siempre pen­ saba en él como en este hombre. —¿Familia?— dijo Alejandro—. o más bien fingía no ad­ vertirlo. que eres mía. —¿Que no te atreves? ¿Es que te voy a comer? ¿Es que me he ofendido nunca de nada de lo que me hayas.. o no me quiere. ni me importa. se decía: «¿Pero me quie­ re. ¡rabiadl» Y ella. Al­ guna vez se atrevió ella a preguntarle por su famii'iq.. el amo. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 123- diferencia de vestido y porte entre uno y otra. Mi familia em­ pieza en mí. pero es mía. Recreá­ base en que las gentes se quedasen mirando a su mu­ jer. No se percataba de qué era lo que pudiese interesar a su señor marido. adivinando este sentimiento. Yo me he hecho solo. provocaba esas miradas. O mejor. —¿Pero y tus padres? — Haz cuenta que no los he tenido. y sólo mía. pero de esclava al fin.. Yo no tengo hoy más familia que tú. yo y tú. Intimidad entre ellos. Alejandro. Y poco a poco se le iba formando alma de esclava de harén. da esclava favorita. coqueteando. y si ella a su vez.. dicho? . conque. de única esclava. eh? Pues me ale­ gro. el hombre de quien era ella. pero nó me atrevo. como en su hombre.

no lo he creído. pero. — A ti te han contado algo. — Pues sí. di... no puede creer esas . dime: ¿tú eres viudo. — ¿Y tu primera mujer? — A ti te han contado algo. amor rendido de esclava favorita. amor. Quien me quiere como me quieres tú. no tengo queja..—y al decirlo esperaba a pro­ vocar una confesión recíproca de cariño.? Pasó como una sombra un leve fruncimiento de en­ trecejo por la frente de Alejandro.. no podías.. — Es natural. que ella. le dijo: —Pues bueno. — ¡Pues no faltaba más! — No. no te lo pregunto. pregunta y acabemos.patrañas. «quien es tan mía como tú lo eres.... — Claro. a la vez que miedo.. . no debías creerlo.124 M IG U E L DE U N A M U N O — No. no tengo queja. con tan redondo egoísmo. he oído algo. — No. — ¿Y lo has creído? — No... que era... — No. — Claro que te quiero. nunca. que respondió: — Sí... — No. — Bueno. no lo he creído.. pero.. soy viudo. — ¡Pregúntamelo! Y de tal modo lo dijo. temblando de aquel modo.

continuó: —A ti te han dicho que me casé en Méjico. y que la obli­ gué a que me hiciese su heredero y la maté luego. eso me han dicho. ¿No. que han matada- a sus mujeres—se atrevió a decir Julia. no lo creí. con una mujer inmensamente rica y mucho- mayor que yo. —¿Por qué? . No pude creer que matases a tu* mujer. — ¿Y lo creiste? —No. te han dicho eso? —Sí. después de una breve pausa. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 125?- —Bueno. —Habría sido una absoluta necedad—prosiguió Ale­ jandro— . pero fué la palabra cosa aplicada por su marido a su primera mujer.. Cuanto menos se diga que se le- quiere a uno. ¿Para qué? ¿Para heredarla? ¡Pero si yo dis­ frutaba de su fortuna lo mismo que disfruto hoy de ella! ¡Matar a la propia mujerl ¡No hay razón ninguna para matar a la propia mujerl —Ha habido maridos. Y. siendo y a un mozo. —Veo que tienes aún mejor juicio que yo creía ¿Cómo iba a matar a mi mujer. ya te he dicho que no me gustan frases de novelas sentimentales. a una cosa mía? ¿Qué es lo que hizo temblar a la pobre Julia al oír esto? Ella no se dió cuenta del origen de su temblor. sin embargo. con una vieja millonaria. mejor.

1 —Lo sé.. no me puedes faltar túl —No digas esas cosas.. ¡No pudo faltarme aqué­ lla. aquel hombre? *** ¡Pobre Julial Era terrible aquel su nuevo hogar. Sólo los estúpidos pueden ser celosos. absolutamente libre.. . faltarte. o porque les faltaron ellas. ¿Pero a mí? ¿A mí? A mí no me puede faltar mi mujer. sí o no.126 M IG U E L DE U NA M U NO —Por celos. ni en sueños. a la primera. ¿La quería.. bahl Los celos son cosa de estúpidos. sé que no me fal­ tarás nunca. Era libre. Y ésta quedóse pensativa y temblorosa. ¡Como si me hubiese pa­ usado por la imaginación. lo sé sin que me lo digas. — ¡Claro1 — Que no puedes faltarme. porque sólo a ellos les puede faltar su mujer. — ¿Por qué? — Me duele oírte hablar así. se murió ella sin que yo la matara. salir y en­ tra r. Fué una de las veces en que Alejandro habló más a su mujer. recibir a las amigas y aun amigos que prefiriera. bah. podía hacer en él lo que se le antojase. tan •terrible como el de su padre. — [Bah. Hablemos de otras. ¿A mí? ¿Mi mujer? ¡Impo­ sible! Y en cuanto a la otra.

¡Pero yo. Le esperaba. —No. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 127 ¿Pero la quería. lejos de estropearse. Y sólo cedió cuando el médico le. o no. y yo no quiero que te estropees: yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible. «Con eso de los . El padre rehusaba besar al hijo. Sólo se opuso a que la madre criara al niño. pero las madres que crían se estropean mu­ cho. exclamó aquél: • —Lo esperaba. ¡Tenía que tener un hijo yo. su amo y señor? La incertidumbre del amor del hombre la tenía como presa en aquel •dorado y espléndido calabozo de puerta abierta. '«Ahora sabré si me quiere •o no». otro hombre como yo. adqui­ riendo una mayor plenitud su herm osura. ganaría Julia con criar al hijo. —¿Y si no hubiera venido?—preguntó ella. yo! —Pues hay muchos que se casan y no lo tienen. — ¿Y por qué? —Porque tú no podías no habérmelo dado. — ¡Imposible! Tenía que venir. pero el padre continuó tan herméti­ co. — Otros. yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello.. Y vino el hijo.. Un rayo de Sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. Ya tengo un heredero y a quien ha­ cer un hombre. se dijo. sí.aseguró que. no! Yo tenía que tener un hijo. Cuando le anunció la buena nueva.

Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra. de aquel hombre?» Ya otra vez le oyó la misma expre­ sión. El conde y la condesa ni se entendían ni se querían. sus infortunios domésticos. Ahora tengo ya familia. El conde solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia.. daba cebo a la maledicencia escandalosa. : De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de Bordaviella. tenía negocios con Alejandro. —¿No me preguntabas una vez por mi familia?—dijo- un día Alejandro a su mujer— . que. Cada uno de ellos campaba por su cuenta. y el pobre conde iba a casa de la hermosa Julia a hacerle la par­ tida de ajedrez y a consolarse de su desgracia buscan­ do la ajena. Al­ guna vez lo tomaba en brazos y se le quedaba mirando. y ella. la conde­ sa. quien le había dado a. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra. . siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?». aficionada a. la mujer de su prestamista. Pues aquí la tienes. el c^nde. pero no se atrevió a ello. Porque el hogar condal de los Bordaviella. y quien me herede y continúe mi obra. ese juego. préstamo usurario cuantiosos caudales. Corría. aunque de pocas llamas. y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga. sobre todo él.128 M IG U E L DE U N A M U N O besuqueos no se hace más que molestarlos». decía. era un pequeño infierno.

—¡Pues sí ha estadol —Me alegro.. que no se casó con él...! Julia se quedó mirando a su marido. ¡Si eso no es un hombrel No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa... si eso te distrae.. Por supuesto. —Sí. —Y muy desgraciado. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 129 —¿Qué.... —El conde ese. ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdi­ chado le hace la suya. —Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto. si eso te divierte.. O para mí todos son iguales y como si fuesen uno mismo. sino con el título. — |Bah.. en fin. TRES NOVELAS 9 . el conde ese. ¿qué conde? —¡Esel No hay más que un conde. y un marqués. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. habrá estado tam bién hoy el conde ese?— preguntaba Alejandro a su mujer. Es natural lo que le pasa. exclamó: —¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya. y muy bien educado y muy simpático. y de pronto.. sin darse apenas cuenta de lo que decía. él se tiene la culpal —¿Y por qué? —Por ser tan majadero. Pero. Es para lo que sirve el pobre mentecato. y un duque. de los que leen novelas...

haga! Y consuélale un poco al pobre conde. ¡Vaya una sociedad! ¡Pero. eso viste! *** . te equivocas. Y si es que quieres probarme dándome celos. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella. Te em­ peñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. o no me quiere?» Y empe­ zaba a exasperarse. Su amo y señor marido le estaba torturando el corazón. ¡Buen pro­ vecho te. mas no lo conseguía. como piedra de toque de su querer. «¿Pero será cierto que este hómbre no siente celos? — se decía Julia— . el de turno.130 M IG U E L DE U N A M U N O —Tonterías—y Alejandro se echó a reir— . en fin. La pobre mujer se obstinaba en provocar celos en su marido. —¿Quieres venir conmigo a casa del conde? —¿A qué? — ¡Al te! —¿Al te? No me duelen las tripas. ¿Será cierto que le tiene sin cuida­ do que el conde venga y me ronde y mé corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es indiferencia? ¿Me quiere. Allí estará también la condesa con su último amigo. Porque en mis tiempos y entre los míos no se tomaba esa agua sucia mas que cuando le dolían a uno las tripas.

mi casa es un infierno....! — ¡Qué petulantes son ustedes los hombresl — ¿Petulantes? —Sí. Ya se supone usted irresistible. y al amor culpable. —Yo a la mía. es verdad. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 131 En tanto. y por la -compasión llevarla al amor. a la vez que procuraba darle a entender que conocía tam ­ bién algo de las interioridades del hogar de ella. ¡Ah. no! —¿Pues qué es lo que usted quería decir. petulantes. si nos hubiésemos co­ nocido antes! ¡Antes de yo haberme uncido a mi des­ dicha! Y usted. el conde proseguía el cerco de Julia. — Sí.-Fin­ gía estar acongojado por sus desventuras domésticas para así excitar la compasión de su amiga. no! —¿Pues quién? — ¿Me permite que se lo diga. Julia.. sin duda. ¿no es eso? — ¡No. un verdadero infierno.. no.. Julia? -¡Diga lo que quiera! .. conde? — Antes de haberse usted entregado a ese otro hom­ bre. sin duda. —¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted? — ¡Oh... y hace usted bien en compadecer­ me como me compadece. no quería decir eso. a su marido. — ¡Yo...

sí... no yo. señor conde. a enjugarme. las lágrimas que lloro hacia adentro.. señor conde? Y no olvide que soy una mujer casada. enamorada.. con el porte.. a con­ templarla.. con el gesto. en silencio.132 M IG U E L DE U N A M U N O — [Pues bien. ésta va a ser la última vez que ven­ ga a mi casal — [Por Dios.. —¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Quién le ha dicho a usted que él no me quiere? — ¡Usted tnismal —¿Yo? ¿Cuándo le he dicho yo a usted que Alejan­ dro no me quiere? ¿Cuándo? —Me lo ha dicho con los ojos. —Pues lo que es él.. viéndola. ¡Sí.l [Mire usted. enamo­ rada de su marido. he dichol —Por Dios. —¿Y se permite usted dudarlo? Enamorada. se lo dirél Lo irresistible habría sido. déjeme venir a verla.. — Eso.. mi amor! —¿Pero es una declaración en regla. sinceramente enamorada de mi marido. —[Ahora me va a salir con que he sido yo quien le he estado provocando a que me haga el amor.. como me lo oye. sino mi amor. — [Qué bonito! . honrada.. Julial — [La última vez.

pobre noble ve­ nido a menos.» ¿Déjeme desnudarme el corazón! Yo la habría q u e ­ rido con la misma locura con que hoy la quiero. y que tanto la ofendió. —Porque hay hombres—prosiguió el conde—inca­ paces de querer. No con mi valor.. Hay quie­ nes toman una mujer hermosa y famosa por su hermor sura para envanecerse de ello.. sino sólo a fuerza de cariño. pero que exigen que se los quiera. fué tan sólo que. no cabe tal orgullo. su cariño. si nos hubiésemos conocido antes de haberme yo entregado a mi mujer y usted a su marido. En mí. sin dar.. no con mi mérito. por ser quienes son.. — ¿Pareció? ¡Me ofendiól — ¿Es que puedo yo ofenderla? — ¡Señor coijde. nada Menos que todo un hombre 133 — Y lo que le dije que tanto pareció ofenderla. en cambio. no. ¿véis cómo me está rendida?» ¿Y por eso querría a s u leona? . no soy de esos que exigen se los quiera.I — Lo que la dije. de esos hombres que creen domeñar y conquistar a la mujer por su propio mérito. y oreen tener derecho al amor y a la fidelidad incondi­ cionales de la pobre mujer que se les rinda. y decir: «Mi leo­ na. y ha­ bría conquistado su amor con el mío. de llevarla al lado como podrían llevar una leona domesticada. yo la ha­ bría querido con la misma locura que hoy la quiero:. Julia absorbía lentamente y gota a gota el veneno. Que no soy yo. Julia.

porque no te quiere... —Sí. Julia. Julia. A él no le importa nada de ti. — ¡En ti.! —No. por Dios. A mí me desprecia. señor conde. no quiero- saber cómo. cállese.. hermosísi­ ma rosada concha de carne entre zarcillos de pelo cas­ taño refulgente. solos. Entonces el de Bordaviella se le acercó aún más.. en sí mismo! Cree que a él. ¡No. haciéndola sentir en la oreja. señor conde. por ser él. Él nos deja así. él. que m e está matando! . cree que a él no es posible que le falte. señor conde.. déjeme! ¡Si entra­ se él ahora. :—Sí. ciego.... no. Alejan­ dro Gómez.134 M IG U E L DE U N A M U N O —Señor conde... lo sé. el que ha fraguado una fortuna. él no entrará.. ¡Tiene absoluta confianza.. te quiere! —Es que tiene absoluta confianza en mí.... le desprecia a usted. — ¡Déjeme.... no! En sí mismo. El pecho de Julia ondeaba como el mar al acercarse la galerna. —¡Lo sabía! Pero tanto como a mí te desprecia a ti. que está usted entran­ do en un terreno. y casi al oído... mujer alguna. no- te quiere! ¡No te quiere. estoy entrando en tu conciencia.. — ¡Por Dios. le susurró: — Donde estoy entrando es en tu concienrifl Julia» El tú arreboló la oreja culpable. por Dios. el cosquilleo de su aliento entrecortado...

o no se enteraba de ello. eso es una in­ famia! ¡Mi marido no mató a su mujerl ¡Y váyase. él.. dejándola malherida en el alma..? ¿Sería un cobarde? Pero una vez que en el Casino se permitió uno. Me llamarás tú. de­ . Y Alejandro. pero. váyase y no vuelva! —Me voy. vá­ yase. ¿Será verdad que me desprecia? ¿Será verdad que no me quiere?» * * * Empezó a ser pasto de los cotarros de maledicencia de la corte lo de las relaciones entre Julia y el conde de Bordaviella. Esas no son más que habladurías de las gentes. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 135 — Quien te matará es él. o hacía como si no se enterase. ¿Será así? Porque él me ha revelado lo que yo no quería decirme ni a mí misma.. A algún amigo que empezó a hacerle veladas insinuaciones le atajó dicién- doje: «Ya sé lo que me va usted a decir. volveré. ¿A mí? ¿A mí con ésas? ¡Hay que dejar que las mujeres román­ ticas se hagan las interesantes!» ¿Sería un. tu marido. ¡Y no serás la primera! — ¡Eso es una infamia. señor conde. «¿Tendrá razón este hombre?— se decía—. Y se fué. pero déjelo..

. que es un perfecto y absoluto mentecato. ¿voy a quitarle la diversión porque los demás m enteca­ tos den en decir esto o lo otro? ¡Pues no faltaba más. descalabrándole. sino de realidadesl Al día siguiente se presentaron en casa de Alejandro . Y yo no soy un tirano..... se lo juro a usted.. si a mi pobre mujer le divierte ese fantoche. El escándalo fué formidable. Y estoy dispues­ to a cortar de raíz esas hablillas. Como si no supiera las necedades que corren por ahí. Si a mi pobre mujer le divierte el conde ese. que se las echa de tenorio. entre los majaderos. — ¡Yo no vivo de apariencias.. —¿Pues cómo? ¡Dígame cómol — ¡Cortando ia raíz y motivo de las tales hablillasl — ¡Ah.. don Alejandro—se atrevió a decirle uno.. es un mentecato inofensivo. cogió una botella y se la arrojó a la cabeza... ¿pegármela a mí? ¿A mí? ¡Ustedes no me conocenl —Pero don Alejandro. a propósito de los capri­ chos novelescos de mi pobre mujer. —Pero no así.136 M IG U E L DE U N A M U N O lante de él. una broma de ambiguo sentido respecto a cuernos.l Pero. ya! ¿Que prohíba la entrada del conde en mi casa? — Sería lo mejor. las apariencias. Como si no le enten­ diese. —¿A mí? ¿A mí con bromitas de ésas?— decía con su voz y su tono más contenidos—. — Eso sería dar la razón a los maldicientes...

. —No les entiendo a ustedes.... usted se está burlando de nosotrosl—exclamó uno de los padrinos. a pedirle una satisfacción en nombre del ofendido. Ustedes vienen de padres ilustres.... Yo. —Díganle ustedes—les contestó—que me pase la cuenta del médico o cirujano que le asista. No admito otras armas. de familias li­ najudas.. que me avise. Díganle que en cuanto se cure de la cabeza.. que iremos donde él quiera. un duelo! — ¡Muy bien! Cuando quiera. una explicación honrosa. y que la pagaré. nol £1 ofendido exige una reparación. —Pero don Alejandro. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 137 -dos caballeros.. nos en­ cerraremos y lá emprenderemos uno con otro a trom­ pada y a patada limpias.. •una satisfacción.. Pero para eso no es menester que ustedes se molesten.. Y ya verá quién es Alejandro Gómez. ¡o no quiero enten- -derlesl — ¡Y si no. Díganle que cuando quiera.... así como los daños y perjuicios a que haya ‘lugar. muy graves.. —¿Pues qué es lo que ustedes quieren? — ¡Nosotros. No hacen falta padrinos. se puede decir que no he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho..... — ¡Nadá de esol Ustedes son de un mundo y yo de •otro. quiero decir del botella- zo. — ¡Pero don Alejandro. Yo .

hombre.. que aquí no hacemos ya nada. mas no sin res­ peto—que al cabo se trataba de un poderoso millona­ rio y hombre de misteriosa procedencia— . claro que no lo soyl ¡Caballero yo! ¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié- burrero y no caballero. señor don Alejandro Gómez. que ahí tengo a la mano otra botella. señor don Alejandro. permítame que se lo diga. ¡Conque ya lo saben u s- tedesl Levantáronse los padrinos. — ¡Entonces—y levantó más la voz—. se lo repito. ¡Claro que no soy un caballero! ¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vam os. Usted.138 'M IG U E L DE U N A M U N O vengo de la nada. díganle. usted no es un caballero! — ¡Y claro que no lo soy. sino a pie. Y en cuanto & ese... hombre. y uno de ellos. —Vámonos.. sí— dijo un padrino al otro— . y a ellas me atengo.. a pie y andando... con cierta energía.. —Entendido. señor don Alejandro Gómez. poniéndo­ se muy solemne. a ese caballero de lengua desenfrenada a quien- descalabré la cabeza. y no quiero entender esas andrómi­ nas del Código del honor. pero midiendo su s palabras. que me pase- . —Diga usted todo lo que quiera. exclamó: —Entonces. su­ frirá las consecuencias de esta su incalificable con­ ducta.. Y ni en burro siquie­ ra solía ir a llegar la merienda al que decían que era mi padre.. vamos.

y que tenga en adelante cuenta-. como he-- servido y sirvo a otros caballeros. de­ este millonario salvaje. ¡Y él. pero todo un hombre. —¿Caballero yo? ¿Yo caballero?—exclamaba él— ¿Yo? ¿Alejandro Gómez? [Nuncal ¡Yo no soy más que- un hombre. —¿Tú? ¡Toda una mujer! Y una mujer que lee novelas. y se regodeaba en el re­ lato de su hazaña. el condesito ese del ajedrez. que los serviré. * * * Aquella noche contaba Alejandro a su mujer la es­ cena de la entrevista con los padrinos. vámonos!—exclamó- uno de los padrinos. sin sentido del honor caballe­ resco. si alguna vez—que todo- pudiera ser—necesitaran algo de este descalificado. Y se fueron. pueden acudir a mí. nada menos q u e todo un hombre! —¿Y yo?—dijo ella. o un g a - . después de ha­ berle contado lo del botellazo. Ella le oía despavorida. nada más que un nadie! ¿Por qué te he de privar el que te divier­ tas con él como te divertirías con un perro faldero? Porque compres un perrito de esos de lanas. con lo que dice. — ¡Esto no se puede tolerar. por decir algo. Y ustedes. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 139» la cuenta del médidb. un nadie.

¡Diviértete con él cuanto te plazcal —Pero.y voy a echarlos por el balcón a la calle? [Pues estaría buenol Mayormente.gozquecillo.? —-¡Bueno. otro . bueno. o el tití.. Alejandro. o un tití. ..! ¡Ya salió aquello! ¡Ya salió lo de querer darme celos! ¿A mí? ¿Pero cuándo te convence­ rás.oo se la niegas es que mal­ dito lo que ha conseguido ganar tu corazón. y le acaricies y hasta le be­ suquees. por .. ya le habrías despachado para defenderte del peligro. Alejandro. —¿Hombre? — Bueno. —¿Y si estuviese interesada. o tití'... o el michino. tienen razón en lo que te dicen. o michino. de que yo no soy como los demás? *** Cada vez comprendía menos Julia a su marido.140 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O tito de Angora. Porque si hubieras llegado a ejnpezar a interesarte por él. que podían caerle enciina a uno -que pasase. — ¡Niégasela túl Cuando. Tienes que negarle la entrada al conde de Bordaviella.. Tienes que negarle la entrada a ese hombre. pero cada vez se encontraba más subyugada a él y más an­ siosa de asegurarse de si le quería o no. ¿voy a coger el perrito. mujer.. Pues lo mismo es el condesito ese..

L a . como que eso no se puede exigirL Y. además. — ¡Pues no volveré a leer más! —No. para apartarte de los libros - y cortar de raíz tu neurastenia. Y se fueron a una de sus dehesas. qpe piensas aburrirte sin tu michino. en el campo.. puedes invitarle- ai condezuelo ese a que nos acompañe. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 14F su parte. —Te he traído para eso. Porque ya sa­ bes que yo no tengo celos. no podía faltarle su mujer— ¡la suyal— diciéndose: «A esta pobre mujer le está trastornando- la vida de la corte y la lectura de novelas». —Una temporadita de campo te vendrá muy bien— le dijo— . si es. aunque seguro de la fidelidad de su mujer. o mejor de que a él. yo no exijo tanto. a Alejandro—¡nada menos que todo un hombre!— . —¿Mi neurastenia? — ¡Pues clarol Todo lo tuyo no es más que eso. decidió llevarla al campo. las cavilaciones de la pobre Julia ■ se exacerbaron. Eso templa los nervios.. Por supuesto. antes de que se vuelva cosa peor. Yo no te exijo nada. Su marido ñ o ­ la dejaba leer. culpa de todo ello la tienen los libros. ¡Ni siquiera exiges que te quieral — ¡Naturalmente. de m i mujer. Allí. como sé que me quieres y no puedes que-- . ¿Soy acaso algún tirano yo? ¿Te he exigido nunca nada? — No.. Aburríase grandemente. y estoy seguro de ti.

—¿Qué quieres decir? — Que eres demasiado hermosa para diario. Siempre gallina. . Alejandro. Y una no­ che.. aunque te lo propusieras.. Te lo aseguro yo. lo que es un hombre. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. Vino a aumentar la congoja de la pobre Julia el que llegó a descubrir que su marido andaba en torpes en­ redos con una criada zafia y nada bonita. no puedes ya que rer a otro. Pero no hablemos de cosas de libros.. La mujer tembló. después de cenar. a boca llena: hermosa. —Ni yo lo he ocultado mucho. Era la primera vez que su marido 3a llamaba así. encontrándose los dos solos.!—dijo Julia por decir algo. amarga la cocina. — Por lo mismo. apreciaré mejor tu hermosura. Pero eso no tiene Im portancia. Pero. No olvides que yo casi me crié en un esterco­ lero. Esas son bobadas para hablar con condesitos al tomar el te. ¿la querría -de veras? —¡Pero con ese pingo.142 M IG U E L DE U N A M U Ñ O rer a otro. Y ahora. Después de haberme conocido y de saber gracias a mí. Ya te he dicho que no me gustan novelerías.. tu ele­ gancia y tu pulcritud.. que no me he percatado del lío que traes con la Simona.. la mujer dijo de pronto: —No creas. y tengo algo de lo que un amigo mío llama la vo­ luptuosidad del pringue. después de este en­ trem és rústico...

y encantada! — Claro. los libros! Ni a mí se me da un pitoche de la Simona. no creo que este incidente rústico te ponga celosa. un hijo. exacto. —Veo.... todo se pegal —¿Pero de mí. ¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi m ujerfjY de esa mona? Y en cuanto a ella.. o una monal — ¡Una mona. por supuesto.. —¿Quién te ha faltado? —¡Tú! —¿A eso llamas faltarte? ¡Bah. y no del michino? — ¡Claro que de til —Pues bueno.. bahl ¡Los libros. en teniendo dinero.. Julia. nada más que una monal Es « lo que más se parece. —¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita. y le aporta ya at marido.. — ¡Claro... que vas tomando talento. Y si el hijo sale a su pa­ . NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 143 — No sé si me estás adulando o insultando... con la dote.. y faltarnos. ¡la doto.! —Por supuesto. ¡Tú lo has dicho: una monal ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido? —Querrás decir que no he dejado yo por eso de s e r tu mujer.. — ¡Buenol ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en ca­ m ino de curación. —Y con esa dote se casa volando. ni. vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje. o una ga­ mita.

aunque con más cautela.. A los dos . y el conde de B orda- viella a sus visitas. no lo eresl —Explícate.144 M IG U E L DE U N A M U N O dre. no eres- un hombrel —¿Quién'. yo? ¿Y por qué? — ¡No. callal La pobre Julia se echó a llorar. empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo..días de esto volvíanse a la corte. que es nada menos que todo un hombre. en el colmo de la exasperación. Alejandro. — ¡Calla. pero sobre­ todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido. ¡Cuidado con empeorar!. pues eE novio sale con doble ganancia. — Yo creí—concluyó Alejandro— que el campo te- había curado la neurastenia. Julia. . la que. que alguna vez se limitaba a decir: «Habrá que volver- ai campo y someterte a tratamiento. *** Y Julia volvió a sus congojas. Y ya fué- ella. que no soy para ti ni la madre de tu hijo. no. que no te importa de- mi nada. asaltó Julia: a su marido. calla.» Un día. —Ya sé que no me quieres.. exasperada. diciéndole: — ¡Tú no eres un hombre. no eres un hombre.

—¿Loca? ¿Loca yo? —¡De remate! ¡Llegarse a creer que tiene un amante! TRES NOVELAS IO . bueno. —Ya sé que no me quieres.. exal­ tándose aún más. si es mi amante? Ya lo has oído... Y mi casa no es teatro.? —Pero eso de que consientas que el conde.. — ¡Bueno. como tú le llamas. entre aquí a todas horas. Y ésta. ésas son noveleríasl ¿Por qué no soy hombre?. mi amante.. por. son conver­ saciones de te condal o danzante. —Ya te he dicho cien veces que eso de querer y no querer. por envanecerte con mi hermosura. el mi­ chino. y todas esas andróminas. — ¡Quien lo consiente eres túl —¿Pues no he de consentirlo.. va a acabar todo ello en vol­ verte loca y en que tengamos que encerrarte. por jactancia. Y si sigues así. ¿y qué más.. Estás mintiendo para provo­ carme. que esperaba un estallido del hombre. ni es verdad que el michino sea tu amante.. y amor.' —Ya sé que no me quieres. Quieres convertirme en un Otelo. ¡El michino es mi amantel Alejandro permanecía impasible mirando a su m u­ jer. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 145 que no te oasaste conmigo nada más que por vanidad. gritó: —¿Y qué? ¿No me matas ahora cómo a la otra? —Ni es verdad que maté a la otra. —Bueno... por exhibirme.

con su marido. fuera de sí— . Juan?—preguntó Julia al conde. el conde de Bordaviella y otros dos señores. La pobre Julia iba aterrada. a petición mía. querer hacérmelo creer! ¡Como si mi mujer pudiese faltarme a mí! ¡A mí! Alejandro Gómez no es ningún michino. —Mira. —¿Y qué haces tú aquí. ¡es nada menos que todo un hombre! Y no. Estos dos señores son dos médicos alienistas. no conseguirás que yo te regale los oídos con palabras de novelas y de tes danzantes o condales. y en tus ratos lúcidos debes compren­ derlo así. sin hacer caso a su marido. Tú no estás bien de la cabeza. *** A los dos días de esta escena. Y se fué. . y después de haberla tenido encerrada a su mujer durante ellos. que vienen. Julia—le dijo con terrible calma su mari­ do—. Alejandro la llamó a su despacho. En el despacho la esperaban.146 M IG U E L DE U N A M U N O ¡Es decir. a informar sobre tu estado para que podamos ponerte en cura. Mi casa no es un teatro. — ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!— gritó ya Julia. no conseguirás lo que buscas.¡Cobarde! —Aquí va a haber que tomar medidas— dijo el ma­ rido.

Ya ven ustedes. Juan. tú . —¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos.. El conde miraba al suelo. — Como yo—le interrumpió Alejandro—. era como amigo de ella. Persiste en su alucinación. señores. se empeña en que este señor es.. no ha podido tener. tú.. — ¡Claro que no!— exclamó el conde. —Ya ve usted. y dijo: —Repórtese. Porque u s­ ted no ha tenido. es mi amante!—-le interrumpió ella—. — ¡Sí... que lo diga él. Usted sabe que nada de eso es verdad. jamás afrentaría así a un amigo como. que la pobre está loca. Usted sabe que si yo frecuen­ taba esta casa. ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez? Ningún conde puede afren­ tarme. nada menos que todo un hombre 147 —¿Lo ven ustedes?—dijo éste dirigiéndose a los mé­ dicos—.. señora. —¿Pero también tú. un conde de Bordaviella. y que yo. señora. cómo persiste en su locura. ini michino. michino?— . a negar que he sido tuya? El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro.. Juan? ¿También tú. señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella— . ni puede mi mujer faltarme. ningún género de esas relaciones con mi mujer. Y si no. ¿te atreves tú. — Pero cómo—gritó Julia— .. tanto de su ma­ rido como de usted misma. y vuelva en sí.

a solas con mi po­ bre mujer. Con­ que quedamos en que mi mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. ¡Y ojo con éstal—y le enseñó una pistola. y quedó como des­ hecha. como mi m a­ rido. por miedo. villano! Y tú también. cobarde. cobarde. no te atreves a decir la verdad y te prestas a esta farsa infame para declararme local ¡Co­ barde. salían los médicos del des­ pacho de Alejandro. decíanse: . cobarde. algo después. Usted escogerá. para no tener más cuentas con usted. cobarde. le dijo Alejandro: — Conque ya lo sabe usted. señores?—dijo Alejandro a los médicos. Cuando. lo que debe* hacer es guardar la lengua. —Bueno. El conde le siguió.148 M IG U E L DE U N A M U N O gritó ella— . —Lo que tengo que hacer es pagarle lo aue le debo.. ahora. y dejemos que estos dos señores facultativos. ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobardel ¡Mi maridó­ te ha amenazado.. —No.. señor mío—dijo Alejandro diri­ giéndose al conde— . y por miedo. o les levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. señor conde: o mi mujer resulta loca. La pobre Julia sufrió un ataque. —¿Lo ven ustedes. Y ya fuera de la estancia.. nosotros nos vamos. completen su reconocimiento.

sin estre­ llas. NADA MENOS QUF. cayó sobre el alma de la pobre Julia al verse en­ cerrada en el manicomio. ese hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde. — Pues con declararla tal. en efecto. — ¡Pobre mujerl ¡Daba pena oírlel Lo que yo me tem o es que acabe por volverse de veras loca. a don Ale­ jandro? — No. como dice él. — Nada menos que todo un hombre. Y con esa declara­ ción fué encerrada por su marido en un manicomio. El único consuelo que le de­ jaban es el de que le llevaran casi a diario a su hijito para que lo viera! Tomábalo en brazos y le bañaba la carita con sus lágrimas. —¿No sería mejor declararle loco a él. —Pero ¿y la conciencia profesional? — La conciencia consiste aquí en evitar un crimen mayor. de otro modo. la declararon loca.TODO UN HOMBRE 149 — Esta es una tremenda tragedia. acaso la salvemos. . él no es loco: es otra cosa. Y el pobrecito niño Botaba sin saber por qué. Y. Por lo menos se la apartaría de esta casa. *** Toda una noche espesa. tenebrosa y fría. ¿Y qué hacemos? —¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque.

Y él. cobarde. no es tan bruto como- Otelo. ¿por qué no nos mató? ¡Ah. se fingió curada. es que mi marido es un hom­ bre! ¿Y por qué no me mató? ¡Otelo me habría mata­ do! Pero Alejandro no es Otelo.. Alejandro tiene una poderosa in­ teligencia al servicio de su infernal soberbia plebeya. ¿Y a mí me quiere?» Y allí. hijo mío. temblaba ante éll ¡Ah. hacer­ le mentir y abandonarme. Alejandro. el michinol- Tiene razón mi marido. no! ¡Esta es más terrible venganza! ¡Matarle a ese villano michino. ¡Temblaba ante mi marido.... en el manicomio.. Otelo era un moro impetuoso.! No. ¡Si pudiese sacarte toda la sangre de tu padre. y creer que no fué sino sueño y alucinación lo de mi trato con ese infame conde? ¡Co­ barde. ese hombre no necesitó matar a su primera mujer... dió otra vez en trillar su co­ razón y su mente con el triturador dilema: «¿Me quiere. la hjzo moiir. pero poco inteli­ gente.. Se murió ella de miedo ante él. sí. .150 M IG U E L DE U N A M U Ñ O —¡Ay. hijo mío!—le decía— . o no me quiere?» Y se decía luego: «¡Yo sí que le quie­ ro! ¡Y ciegamente!» Y por temor a enloquecer de veras. sí. sintiéndose al bor­ de de la locura: «¿Pero no acabaré por volverme de ve­ ras loca en esta casa... sí. Y Alejandro. villano! ¡Abandonarme así! ¡Dejar que me encerraran aquí! ¡El michino.! ¡Porque es tu padre! Y a solas se decía la pobre mujer. No. humillarle.

¿Y qué me dijiste? — ¡Que no. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 151 asegurando que habían sido alucinaciones lo de su tra­ to con el de Bordaviella. Y por darte celos. tienes razón. Entró en él. que tú te hubieses entregado al michino ese. Avisáronselo al marido.. — ¡Perdóname! —¿Perdonarte? ¿Pero de qué? Si me habían dicho que estabas ya curada. Alejandro. perdóname! —Levántate. mujer—y la levantó. y se arrojó a sus pies sollozando: — ¡Perdóname.. que no podía creerlo! —Pues ahora yo te digo que no creí nunca. loca de remate. Alejandro. Julia—le dijo con voz de hielo su mari­ do— . me preguntaste si era o no verdad que yo maté a mi primera mujer. que no pude creer. ¿Cómo iba a faltarte yo? ¿Yo? ¿A ti? ¿A ti? ¿Me crees ahora? —Una vez. te pregunté yo a mi vez que si podías creerlo. Julia miró a la mirada fría y penetrante de su mari­ do con terror.. Con terror y con un loco cariño. he estado loca. Todo fué men­ tira. en un locutorio. nada más que por darte celos. por contestación. —Sí. que se te habían quitado las alu­ cinaciones. tienes razón. inventé aquellas cosas. ¿Te basta? .. y. que no lo creía. Era un amor ciego.. Un día llamaron a Julia adonde su marido la espe­ raba. fundido con un terror no menos ciego.

sintiéndose al borde de la locura. haciendo relucir su sobrehaz. como loco. ¿Pero ahora? ¡Ahora sil Ciegamente. tenebroso de aquella alma. le des­ cubrió un fondo del alma terrible y hermética que el hombre de la fortuna guardaba celosamente sellado.152 M IG U E L DE U N A M U N O Julia temblaba. su pobre mujer. cuando nos casamos. y con toda la sangre. dime. encendido. A estas palabras. Alejandro—le murmuró al oído. de la locura de terror y de amor fundidos. balbuceaba: «¡Julia! ¡Julia! ¡Mi diosa! ¡Mi todo!» Ella creyó volverse loca al ver desnuda el alma de su marido. Fué como si un relámpago de luz tempestuosa alum­ brase por un momento el lago negro. reclinando la cabeza sobre su hombro. . Y besándola con furia animal. por vez primera. Alejandro. Y fué que vió asomar dos lágrimas en los ojos fríos y cortantes como navajas de aquel hombre. no. el hombre pareció despertar y vol­ . — Ahora quisiera morirme. y con todas las entrañas. más que a mí mismol Al prin­ cipio. Soy yo tuyo más que tú mía. locamente. —¿Y ahora—añadió la pobre mujer abrazando a su marido y hablándole al oído—. Y estalló: — ¡Pues no he de quererte. me quieres? Y entonces vió en Alejandro. febril. ahora. hija mía. pues no he de querertel ¡Con toda el alma. algo que nunca antes en él viera.

. aquellas dos lágrimas. pero. y como si no lo hubieses oídol —Lo callaré. u n momento siquiera. o por ser yo cosa tuya? —Yate he dicho que lo debes olvidar. Alejandro. — ¡Basta! —Pero. ¡Olvídalo! —¿Olvidarlo? — ¡Bueno. — ¡Y curada estoy!—afirmó la mujer con brío. porque si insistes. déjame un momento... pero yo ■no he dicho lo que he dicho.. Y Alejandro se llevó su mujer a su casa. te dejo aquí. sino un mandato de Alejandro para ir a comer a -su casa. y aunque fuese de otro. guárdatelo. ¿Me quieres por mí. pero has de salir curada. por Dios. * * * Pocos días después de haber vuelto Julia del mani­ comio.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 153 ver en sí como de un sueño... ahora otra vez fríos y cortantes. y como si se hubiese tra­ b ad o con los ojos. He venido a sacar­ te. recibía el conde de Bordaviella. .. no una invita­ ción. dijo: —Esto no ha pasado. Y no me insis­ tas. Julia? Ya lo sabes. ¿eh. — ¡Cállatelo a ti misma! —Me lo callaré. por mí.

en la época triste de su delirio. se le deben. .» —¿Te?—se le escapó al conde. Después de los postres. no. por mi conducto. para darle las satisfacciones que a un caballero. diri­ giéndose al criado. a acompañarnos a comer. Alejandro. Y no es que me duelan las tripas. y como la pobre. como es usted. absolutamente in­ capaz. le ruego. señor conde—le dijo el señor de la casa—. Mi mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. le dijo: «Trae el te. El te va muy bien con las satisfacciones entre caballeros. Julia le acompañaba. aunque sin in­ tención ofensiva. sufrirá las consecuencias de ello. mi mujer ha salido del manicomio completa­ mente curada. Se habló de todas las mayores frivolidades— los criados delante— .» El conde de Bordaviella llegó a la cita pálido. suponiéndole capaz de infamias de que es usted. jueves. carta— . La comida transcurrió en la más lóbrega de las conversaciones. es para estar más a tono. entre las bromas más espesas y feroces de Alejandro. un perfecto caballero.154 M IG U E L DE U N A M U N O «Como ya sabrá usted. tem­ bloroso y desencajado. señor conde—¡e decía en una. le ofendió a usted gravemente. que venga pasado mañana. —Sí. Y usted sabe bien de lo que es capaz A lejandro G ómez. Por­ que si usted no viene ese día a recibir esas satisfaccio­ nes y explicaciones.

no he llegado aún a eso. Cuando me puse loca. señor conde— dijo Julia— . y habría sido una in­ . Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones. Sus palabras fluían frías y lentas. señor conde. a usted. quise to­ marle a usted de instrum ento para excitar sus celos. Julia? — ¡No me llame usted Julia! Sí. atrevía a probar el te. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago. y ésta. loca de amor por mi marido. Y yo lo tomaré antes para que vea usted. —Sírveme a mí primero. buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no. porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente. pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego con­ sumidor.. señor conde. lentamente. Alejandro miró a Julia. empezó a hablar. El conde temblaba.. aunque yo no sea un caballero- ni mucho menos. Julia—dijo el marido— .. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 155 Y volviéndose al criado: «¡Retírate!» Quedáronse los tres solos. que en mi casa se puede tomar todo con confianza. Estaba espléndidamente hermosa. y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme se­ ducido. —¿A mí. Y esto fué un embuste.. —He hecho que mi marido le llame. —Pero si yo. —No. No se. con voz fantasmática.

sin embargo. muy bien! Acción villana e infame. no. ¿Me perdona? —Sí. indigna de un caballero. — Señora de Gómez—corrigió Alejandro. —Pues bueno. ¿No es así. A mi no me tiene usted nada que perdonar. así es. y usted le ha perdonado su locura. que le veo a usted agitado. les perdono a us­ tedes todo—suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa. es verdad! —Vamos. — [Muy bien—agregó Alejandro— . señor conde? — Sí. como le repito. se me puede y debe ex­ cusar en atención a mi estado de entonces.. cuando le llamábamos mi marido y yo el michino.. ¡muy bien! —Y aunque. sí. [perdónenoslo usted! — [Por perdonadol —Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame. que usted me perdone... le perdono a usted todo.. —¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro— .. a mí .. Ju­ lia. Vamos.. Tome otra taza de te. indigna de un caballero como usted.. sírvele otra taza al señor conde.. doña Julia. —Lo que le atribuí a usted. cálmese—continuó el marido— .. —[Es verdad. ¿Quiere usted tila en ella? —No. ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle.. yo quiero.156 M IG U E L DE U N A M U N O famia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba ¿loca.

—No—le dijo Julia— . Julia y el conde no se atrevían a mirarse. no deba oír. completamente curada. y Julia: «¡Este es un hombre!» Siguióse un abrumador silencio.. no conoce usted a mi marido. pensaba él. us­ ted comprenderá que sería de muy mal efecto que in­ terrumpiéramos nuestras relaciones. por delicadeza. Después de lo pasado.! Hasta es capaz de traer testigos. dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más sorprendidos de aquella conducta. . señor conde? —¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella horrible escena en que me humilló- cuanto más se puede y cometió la infamia de hacer que la declarasen a usted loca? —Y así era la verdad.. Y ahora que m i mujer está ya. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el marido. Y en.. ahí les dejo a ustedes dos solos.. no mire usted así. —¡Qué sé yo. el conde. no corre usted ya peligro alguno con venir acá. porque si no hubiese estado. «¡Qué hombre!». a Alejandro. —¿Por qué dice usted eso. puerta espiando lo que digamos. prueba de mi confianza en la total curación de mi mu­ jer. gracias a mí. No está detrás de la. por si ella quiere decirle algo que no se atreve a decírselo delante de mír o que yo. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 157' no me queda sino rogarle que siga usted honrando- nuestra casa con sus visitas. Y se salió Alejandro.

— Pero.158 M IG U E L DE U N A M U Ñ O yo entonces loca.. no. galanteos.. Pero'ella se la tomó y le dijo: —Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi ma­ rido... acabó usted. y no necesito repetírselo..? —Ya le he dicho a usted.aceptando mis galanteos.. ¡Adiósl El conde tendió la mano a Julia. no sólo aceptándolos.. señor conde. temiendo que se la rechazaría.. señora de Gómez. —¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su .. Julia. no.. . no ya sólo .. — ¿Pero qué.? — ¡Señor conde.entonces loca. —No se puede estar ni un t n n m e n t n m ás en e s ta -casa. fuese por lo que fuera. sino que era usted la que provocaba y que aquello iba.amor. Usted puede venir acá cuando quiera.. completa­ . que estaba . señor conde? — ¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que va usted a negarme... no habría dicho. amante? — Vuelvo a repetirle que estaba loca. gracias a Dios y a Alejandro. y ahora q u e estoy yo..que. que era nsted mi amante.? — ¡Doña Julia o señora de Gómez! —¿Es que va usted a negarme. mi .. como dije.! —¿Que acabó.

* * * Todas esas tormentas de su espíritu quebrantaron la vida de la pobre Julia. Ahora sí que parecía que de ve­ ras iba a enloquecer.. es a mí. corrido y abochor­ nado.. entre su ma­ rido y usted. en los que llamaba a su marido con las más ardientes y apasionadas palabras. señor conde. — ¡Clarol ¡El michino! Julia se echó a reír. tuyo. mientras ella. abrazadá a su cuello. —¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces loca? — A quien le van a volver ustedes loco. salió de aquella casa decidido a no volver más a ella. Y el conde. y se puso gravemente enferma. «¡Tuyo. se lo apretaba casi a punto de ahogarlo. Caía con frecuencia en delirios.. NAL-A MENOS QUE TODO UN HOMBRE 159 mente curada. curada del todo. -—¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil. —Pero Julia. sería de mal efecto que usted suspendiera sus visitas. sólo tuyo y nada más que tuyo!». La llevó a la dehesa a ver si el campo la curaba.. ... tuyo. Y el hombre se entregaba a los transportes dolorosos de su mujer procurando cal­ marla. le decía al oído. enferma de la mente.

le decían. toda mi sangre por ellal — ¡Sólo Dios puede salvarla! — ¡Dios! ¿Dónde está Dios? Nunca pensé en Él. Julia? Y ella. señalándoselo con la mirada hacia arriba. hermosa con la hermosura de la inminente muerte. imposible! — ¡Mi vida. imposible! — ¡Sálvemela usted. Vamos. por su vida! — ¡Imposible. Y luego a Julia. «Todo era in­ útil». Llamó a los mejores médicos. le dijo con una hebra de voz: — ¡Ahí le tienes I . su mujer. mi vida por la suya! ¿No sabe usted ha­ cer eso de la transfusión de la sangre? Sáqueme toda la mía y désela a ella. pero cada vez m ás hermosa.. po­ niéndosele con ello los grandes ojos casi blancos. don Alejandro. Algo terrible le andaba por las entrañas. — ¡Imposible. le decía: —¿Dónde está Dios. entró en un furor frío y per­ sistente. don Alejandro. todos mis millones por ella. don Alejandro. Cuando el hombre de fortuna vió que la Muerte le iba a arrebatar su mujer. sáquemela. — ¡Sálvemela usted!—le decía al médico. — ¡Imposible. pálida. imposible! —¿Cómo imposible? ¡Mi sangre.160 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Pero el mal la iba matando. sea como sea! ¡Toda mi fortuna.

me muero. mi mujer no puede morirse. cobar­ TRES NOVELAS II . Y entonces el marido se acos­ tó con ella y la abrazó fuertemente. sálvamela y pídeme todo. no te quería.» Julia sonreía. yo todo. Y le quiso dar su aliento. Alejandro. nol Eso de querer. Aquel furor ciego de su marido le es­ taba llenando de una luz dulcísima el alma.. todo. Y ella sonreía. todo. el calor que se le escapaba a la pobre. no puedes mo- rirtel —¿Es que no puede morirse tu mujer? —No. Julia.! —¡Y no. que estaba a la cabecera de la cama de su mujer.! ¡Y yo que dudé de que me quisieras. —Me muero.. mi sangre toda. son tonterías de libros..m ueres—le decía él—. amor! Y esos miserables. ¡No te quería... que venga la muerte. — ¡No. que venga... y quería darle todo su calor. todo yo.. lo cogió y apretándolo en el puño. ¡Qué feliz era al cabol ¿Y dudó nunca de que aquel hombre Ia quisiese? Y la pobre mujer iba perdiendo la vida gota a gota Estaba marmórea y fría. A ver. ¡A mil ¡A mí la muerte! ¡Que venga 1 —¡Ay. ahora lo doy todo por bien pade­ cido.. Alejandro. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 161 Alejandro miró al crucifijo. no te. mi fortuna toda. Estaba como loco. Antes me moriré yo. nol ¡Amor.. te lo he dicho mil veces. le decía: «Sálvamela.

162 M IG U E L DÉ Ú N A M U Ñ Ó

des, que hablan de amor, dejan que se les mueran suS
mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra
de su voz, volviendo a ser presa de su vieja congoja,
Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!
—y estalló en secos sollozos, en sollozos que parecían
un estertor, un estertor de pena y de amor salvaje.
— ¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del
triunfo.
— ¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quie­
ro que te mueras! ¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, má­
tame, mátame!
—Sí, me muero...
•— ¡Y yo contigo!
—¿Y el niño, Alejandro?
—Que se muera también. ¿Para qué le quiero sin ti?
— Por Dios, por Dios, Alejandro, que estás loco...
—Sí,yo, yosoyelloco, yoel que estuve siempre loco...,
loco de ti, Julia, loco por ti... Yo, yo el loco. ¡Y mátame,
llévame contigo!
—Si pudiera...

—Pero no, mátame y vive, y sé tuya...
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Si no puedo ser tuyo, de la muerte!
Y la apretaba más y más, queriendo retenerla.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 163

—Bueno, y al fin, dime, ¿quién eres, Alejandro?—le
preguntó al oído Julia.
—¿Yo? ¡Nada más que tu hombre..., el que tú me has
hechol
Este nombre sonó como un susurro de ultramuerte,
como desde la ribera de la vida, cuando la barca parte
por el lago tenebroso.
Poco después sintió Alejandro que no tenía entre sus
brazos de atleta más que un despojo. En su alma era
noche cerrada y arrecida. Se levantó y quedóse miran­
do a la yerta y exánime hermosura. Nunca la vió tan es­
pléndida. Parecía bañada por la luz del alba eterna de
después de la última noche. Y por encima de aquel re­
cuerdo en carne ya fría sintió pasar, como una nube
de hielo, su vida toda, aquella vida que ocultó a todos,
hasta a sí mismo. Y llegó a su niñez terrible y a cómo
se estremecía bajo los despiadados golpes del que pa­
saba por su padre, y cómo maldecía de él, y cómo una
tarde, exasperado, cerró el puño, blandiéndolo, delan­
te de un Cristo de la iglesia de su pueblo.
Salió al fin del cuarto, cerrando tras sí la puerta.
Y buscó al hijo. El pequeñuelo tenía poco más de tres
años. Lo cogió el padre y se encerró con él. Empezó a
besarlo con frenesí. Y el niño, que no estaba hecho a
los besos de su padre, que nunca recibiera uno de él,
y que acaso adivinó la salvaje pasión que los llenaba,
se echó a llorar.

164 M IG U E L DE U N A M U N Ú

—¡Calla, hijo mío, calla! ¿Me perdonas lo que voy a
hacer? ¿Me perdonas?
El niño callaba, mirando despavorido al padre, que
buscaba en sus ojos, en su boca, en su pelo, los ojos,
la boca, el pelo de Julia.
— ¡Perdóname, hijo mío, perdóname!
Se encerró un rato a arreglar su última voluntad'
Luego se encerró de nuevo con su mujer, con lo que
fué su mujer.
—Mi sangre por la tuya—ie dijo, como si le oyera,
Alejandro—•. La muerte te llevó. ¡Voy a buscartel
Creyó un momento ver sonreír a su mujer y que
movía los ojos. Empezó a besarla frenéticamente por
si así la resucitaba, a llamarla, a decirle ternezas terri­
bles al oído. Estaba fría.
Cuando más tarde tuvieron que forzar la puerta de
la alcoba mortuoria, encontráronle abrazado a su m u­
jer y blanco del frío último, desangrado y ensangren­
tado.

Salamanca, abril de 1916.

FIN

ÍN D IC E .