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TRES NOVELAS EJEMPLARES

Y UN PRÓLOGO

ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, 1930.

Papel especialmente fabricado por L a P apelera E spañola.

MIGUEL DE UNAM UNO

TRES NOVELAS
EJEMPLARES
Y UN PRÓLOGO

C A U P E
C O L E C C IÓ N CONTEM PORÁNEA
M A D R ID -B A R C E L O N A
19 2 0

21.—Teléfono 17-65 J . Sáez Hermanos.Imprenta Artística. Norte.—Madrid.

........................................ 29 El marqués de Lumbría................................................................................................................................. 103 ....................... 81 Nada menos que todoun hombre...... ÍNDICE Páginas.............. Prólogo.. 7 Dos madres...........

PRÓ LO G O .

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Eso de nivola. y yo. porque hemos de ser tú. lo explico— . pues. como bauticé a mi novela— ¡y tan no­ vela!—Niebla. I ¡Tres novelas ejemplares y un prólogo! L o mismo pude haber puesto en la portada de este libro Cuatro novelas ejemplares. el no saber juzgar sino conforme a precedentes.y en ella misma. >fué una saiida que encontré para mis.. es lo -más propio de los que se consagran a críticos. pase—críticos. y no una tzzzwZ#. Hemos de volver aquí en este prólogo—novela o •nivola—más de una vez sobre la nivolería. es decir. ¿Cuatro? ¿Por qué? Porque este pró­ logo es también una novela..una novela. Una novela. entendámo­ nos. ¿Ejemplares? ¿Por qué? -Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas . los que volvamos sobre ello. Y digo he­ mos de volver así en episcopal primera persona del plural.. La pereza mental. Y lo han sabido aprovechar por­ que ello favorecía su pereza mental. a Jo de ejemplares. página 158.—¿críticos? Bue­ no. nosotros. Ahora. lector.

que no siempre se está en los templos.» De lo que se colige: primero.10 M IG U E L DE U N A M U N O que publicó después de su Quijote. antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público. no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean. para este efecto se plantan las alamedas. digo. que lo de llamarlas ejemplares fué . mi edad no está ya para burlarse con la otra vida. que Cervantes más. donde cada uno pueda lle­ gar a entretenerse sin daño de barras. Y luego aña­ de: «Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra re­ pública una mesa de trucos. porque. porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. se buscan las fuen­ tes..» Y agrega: «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lec­ ción de estas novelas pudiera inducir a quien las leye­ ra a algún mal deseo o pensamiento. donde el afligido espíritu descanse. buscando dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu des­ canse. que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano. se allanan las cuestiones y se cultivan con curio­ sidad los jardines.. horas hay de recreación. sin daño del alma ni del cuerpo. «no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». buscó la ejemplaridad que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas. y segundo.» Y en se­ guida: «Sí. no siempre se ocupan los oratorios. según en el’- prólogo a ellas nos dice.

otra novela. nivolería. la novela de mis novelas. Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo—así. con la que se dan ellos mis­ mos. . y con la realidad más íntima. ¡De realidad! ¡De realidad. o en puro querer no ser. es decir. PRÓLOGO II ocurrencia posterior a haberlas escrito. en puro querer ser. luchadores—o si queréis los llamaremos personajes— . O si se quiere. ejemplo de vida y y de realidad. como suena-—. Y a la vez la explicación de mi novelería. en cierto modo. Este prólogo es posterior a las novelas a que prece­ de y prologa como una gramática es posterior a la lengua que' trata de regular y una doctrina moral pos­ terior a los actos de virtud o de vicio que con ella tra­ tan de-explicarse. sí! Sus agonistas. realísimos. Y este prólogo es. son reales. y no con la que le den los lectores. Lo que es mi caso.

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En una creación. cortical y anecdótica. se refiere al arte literario y no al poético o creativo. que es igual. ir Nada hay más ambiguo que eso que se llama realis­ mo en el arte literario. o sea de los que lla­ mamos ficción. Un poeta no saca sus criaturas— criaturas vivas—por los modos del lla­ mado realismo. creativa y de voluntad. ¿Cuál es la realidad íntima. cosa puramente-: externa. la reali­ dad eterna. aparencial. la realidad no es la del que llaman los críti­ cos realismo. . ¿qué realidad es la deh­ ese realismo? Verdad es que el llamado realismo. en una- creación. que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera. la realidad real. la realidad es una rea­ lidad íntima. Porque. En un poe­ ma—y las mejores novelas son poemas— . Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos. la realidad poética o creativa de un hom­ bre? Sea hombre de carne y hueso. Porque Don Quijote es.

conocido sólo para su Ha­ cedor.El Tomás ideal de Juan.. lo más real •de un hombre? Aquí tengo que referirme una vez más a aquella in­ geniosísima teoría de Oliver W endell Holmes — en su The autocrat o f the breakfast table. Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el . como me dijo—véase mi no­ vela (¡y tan novela!) Niebla. 3. y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos. que son: El Juan real. hay seis en con­ versación. ¿Qué es lo más íntimo.. lo más creativo. I I I —sobre los tres Juanes y los tres Tomases. Tres Tjomases. El Tomás ideal de Tomás. Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare. y a Tres Juanes.. sino a menudo muy desemejante de ambos. Juan y Tomás. incluso la mía misma. lleguen al m undo.. Y es que nos dice que cuando conversan dos. nunca el Juan real ni el Juan de Juan. El Tomás real. Es decir: el que uno es. nunca el real.14 M IG U E L DE U N A M U N O tan real como Cervantes. páginas 280 a 281— que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su his­ toria y las de otros. El Juan ideal de Juan. menudo muy desemejante de él.) 2. El Juan ideal de Tomás. el que se cree ser y el que le cree otro.

¡claro!. Y el que quiere no ser. Y que éste. ni querer no ser es no querer ser. no por el que hayamos sido. y dos negati­ vas: c) no querer ser. en su seno. Mas antes de pasar más adelante cúmpleme expli­ car que no es lo mismo querer no ser que no que­ rer ser. el creador. y no creer que no hay Dios. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios. d) no querer no ser. y lo mismo en hombres reales encarnados en car­ ne y hueso que en hom bres reales encarnados en fic­ ción novelesca o nivolesca. no creer que hay Dios. Hay héroes del querer no ser. . en efecto. hay el que quisiera ser. sí. Como se puede: creer que hay Dios. y del que es para los otros y del que se cree ser. y es el real de verdad? Y por el que hayamos querido ser. creer que no hay Dios. que son: dos po­ sitivas: a) querer ser. es en él. PRÓLOG O 15 intelectualista yanqui W endell Holmes. de novela.' Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser. de la noluntad. De uno que no quiere ser. v Hay. b) querer no ser. un suicida. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser." Y digo que además del que uno es para Dios—si para Dios es uno alguien— . pero de uno que quiere no ser. difícilmente se saca una cria­ tura poética. el que uno quiere ser. cuatro posiciones. nos salvaremos o perde­ remos. no es.

¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un» lío. no llegaréis a gozar de ninguna novela. y no sois capaces. Y yo me he recreado con su Licenciado Vidrie­ ra. . la re-crea y se recrea con ella. n o llegaréis nunca a crear criaturas reales.36 M IG U E L DE U N A M U Ñ O El que quiere no ser lo quiere siendo. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas Ejemplares hablaba de «horas de recrea­ ción». por tanto. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí. ni de la de vuestra vida. recreándolo en mí al re-crearme. m as de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente. no ya sólo de comprenderlo. y. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo.

más res.. el creador. dos so­ ñadores de la vida. unos con otros. en el mundo de los llamados realistas. aparencial. Y de aquí. ni las acotaciones. aparenciales. los gigantes eran numénicos. ni el paisaje. este hombre voliti­ vo e ideal—de idea-voluntad o fuerza—tiene que vivir en un mundo fenoménico. ni el mo­ biliario. III Quedamos. Pero la realidad es la íntima. La realidad en la vida de Don Qui­ jote no fueron los molinos de viento.—. Y tiene que soñar la vida que es sueño. es decir.. del choque de esos h o m ­ bres reales. El sueño es el TPES NOVELAS 2 . realis. Comparad a Segismundo con Don Quijote.. más causa—sólo existe lo que obra— . más cosa. pues—digo. Los molinos eran fenoménicos. es el que quiere ser o el que quiere no ser. al modo kantiano. Sólo que este hombre que podríamos lla­ mar. ni el traje. sustanciales.. ni. surgen la tragedia y la co­ media y la novela y la nívola. La realidad no la constituyen las bambalinas ni las decoraciones. me parece que hemos que­ dado en ello. numénico. racional. en que el hombre más real. sino los gigan­ tes.

realidad. sino la sustancia de las cosas que se esperan. se­ gún San Pablo. y lo que se espera es sueño. muy real. no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño que un realista ex­ cluiría de su arte? .18 M ÍG U E L D E U N A M U N O que es Vida. ¿O es que la Odisea. y una novela real. esa epopeya que es una novela. porque es la vida. Y la fe es la fuente de la realidad. Creer es crear. La fe misma no es. creación.

y persona trágica. Y creo que la elipse quiere tener dos focos. señales de envenenamiento cuando esta­ .. un hombre. Un concepto puede llegar a hacerse persona. Y hasta un concepto. que quie­ re ser o que quiera no ser. como dicen. es un símbolo. ¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los críticos! Te aseguro. ya sé la canción de los críticos que se han aga­ rrado a lo de la nívola-. y lo demás.. y un hombre real. novelas de tesis. sím­ bolos. Yo creo que la rama de una hipérbola quiere—-¡así. lector. ensayos en forma dia­ logada. IV Sí. y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola como a una persona. filosóficas. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de Newton. y un símbo­ lo puede hacerse hombre. que si Gustavo Flaubert sintió. Pues bien. quierel—llegar a tocar a su asíntota y no lo logra. conceptos personificados. Lo que no sé es si Newton la sintió.

. don Miguel. sino que se dejan llevar y traer. de mi realidad íntima— que es todo un pueblo—y otra cosa es que sean y a mismo. no son en su ma­ yoría perdonas. quiero vi­ vir. Y ese yo último e íntimo y supremo. y de novelas realistas. el de Erna Bovary.. «¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo..!»—se me dirá—. en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas.. una de mis criaturas. y que no tienen realidad íntima. Acaso Dios mismo. página 287—sentía yo morirme.. ese yo trascen­ dente—o inmanente—¿quién es? Dios lo sabe.. creando.. los haya sacado de mi alma. con todos los pelos y señales que les distinguen con sus muletillas y sus tics y sus gestos. en que desnuden su alma. que todos esos personajes de que están llenas nuestras novelas contemporáneas españolas no son..20 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ba escribiendo. uno de mis per­ sonajes.»—Niebla. Y ahora os digo que esos personajes crepuscula­ res— no de medio día ni de media noche—que ni quieren ser ni quieren no ser.. cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí—dentro de mí más bien—: «Es que yo quiero vivir. ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues. Porque.. ¡Pero no! Una cosa es que todos mis persona­ jes novelescos.. No hay un momento en que se vacien. es decir. quiero vivir. que todos los agonistas que he creado. uno de mis agonistas. .

Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo Juan o que tu ámi- go Tom ás quién es el que quiere ser Juan o el que quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser. en un grito. agonis­ tas-trágicos. PRO LO G O 21 A un hombre de verdad se le descubre. Y luego que le hayáis así descubierto. mételo en ti y deja que como un germen se te desarrolle en el perso­ naje de verdad. quiérelos sobre todo. sino trátalos. en un acto. en el que es de veras real. no te dediques a observar exterioridades de los que contigo conviven. lector. en una fra­ se. no acumules deta­ lles. lo conocéis mejor que él se conoce a sí m is­ mo acaso. y entonces toma ese su momento. excítalos si pue­ des. -en un momento. cómicos o novelescos. Si quieres crear. Llevaba el mundo -dentro de sí. el que quieren ser. creado. Balzac no era ua hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempb tomando notas de lo que veía -en los demás o da lo que les oía. . Tal en Shakespeare. en una frase. en un grito. por el arte personas. y espera a que un día—aca­ so nunca—saquen a luz y desnuda el alma de su alma. se le crea.

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es orgulloso y humilde. y Don Quijote era Sancho-pancesco. y Sancho Panza era qui­ jotesco como creo haber probado en mi Vida de Con Quijote y Sancho. son de sí mismos. iracundo y sufrido. rijoso y casto. Aunque no falte acaso quien me sal­ te diciendo que el Don Quijote y el Sancho de esa m obra no son los de Cervantes. Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cer­ vantes. o . Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos. Y saca de sí mismo lo mis­ mo al tirano que al esclavo. No digo que Don Quijote y lan ch o brotaron de la misma fuente porque no se oponen entre sí. glotón y sobrio. V Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales. avaro y liberal. sino que son de todos los que los crean y re­ crean. somos de ellos. envidioso y caritativo. O mejor. cuando los contemplamos y creamos. al criminal que al santo. Lo cual es muy cierto. y nosotros. perezoso y dili­ gente. a Caín que a Abel.si siendo el mismo he descubierto en su alma .

Los pobres sujetos que temen la tragedia. o con una mujer. de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que sintió por Aldonza Lo­ renzo. no!» Y como no lo ha sacado uno de él. som­ . esas som­ bras de hombres que leen para no enterarse o para matar el tiem po—tendrán que matar la eternidad— .24 M IG U E L DE U N A M U N O honduras que el primero que nos le descubrió. o en una nívola si queréis. que fué Cervantes. con nada menos que una mujer.al encontrarse en una tragedia o en una comedia o en una novela. con un hom­ bre. no las descubrió. Y es capaz de llamarle sím ­ bolo o alegoría. en­ tre otras cosas. del hombre coti­ diano y crepuscular. Ni Cervantes caló todo el quijotismo de Sancho Panza. y con ellos es capaz de crear agonistas de todas clases. ese que huye de la tragedia. que es como Píndaro llamó al hombre. con nada menos que todo un hombre. porque no lo reconoce por hombre. Resumiendo:' todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes capitales y sus siete vicios opues­ tos. Y ese sujeto cotidiano y aparencial. y es: «¡De ti. A lo sumo será . es inútil presentárselo. rto es mi sueño de una sombra. Porque estoy seguro. se preguntan: «¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?» A lo que no cabe sino una respuesta.

sí mismo personajes trágicos— o cómicos— . será un personaje trágico y capaz de crear y de re­ crear en . capaz de ser novelista. de un poema. esto es: poeta y capaz de gustar -de una novela. Porque el que siendo sueño de una sombra y teniendo conciencia de serlo sufra con ello y quiera serlo o quiera no serlo. . es decir. que dijo el Tasso. PRÓLOGO 25 bra de un sueño.

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lector. o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que. Y no es que huyan de lo que les haga pensar.. Es la novela de mis novelas. y mis cuentos—que novelas son—y Niebla y Abel Sánchez— ésta acaso la más trágica de todas— .o hacen principalmente mujeres. más vale callarlo! . ¡Es decir. por qué las llamo ejemplares a estas no­ velas? ¡Y ojalá sirvan de ejemplo! Sé que en España. hoy. mujeres. el consumo de novelas . Con conmoción que no sea la que acaba en. chorrean pus. no!. ¿Ves. es otra tragedia. sino señoras y señoritas. por dar claridad a nuestras creaciones.. Si este prólogo no te ha quitado la gana de leerlas. hasta las T res novelas ejemplares que vas a leer. Y sé que estas señoras y se­ ñoritas se aficionan principalmente a leer aquellas no­ velas que les dan sus confesores o aquellas otras que se las prohíben. huyen de lo que les haga con­ moverse. lector. Y este prólogo es otra novela. VI ¿Está claro? La lucha. ¡Bueno. desde Paz en la Guerra y Amor y Pedagogía.

Y nada más que literatura. Lo cual es un género de subsistencia. Allá van. yo sé que vivirán. sí. sujeta a la ley de la oferta y la demanda. y a registro de aduana y a tasa. o ante el desvestido o semi-desnudo. que aunque sus agonistas tengan que vivir aislados y desconoci­ dos. señores. en fin. y a exportación e importa­ ción. ¡Y así anda nuestra literatura novelescal Literatura... o ante un traje montado sobre un maniquí.28 M IG U E L DE U N A M U N O Esas señoras y señoritas se extasían. literatura. señoras y señoritas. lectores y lectoras... . ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe. Sobre todo el desnudo del alm a. estas tres novelas ejemplares. seguro estoy de esto como de que viviré ye. pero el desnudo franco y noble les repugna. Tan. si el traje es de moda.

DOS M ADRES .

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Su amor era un amor furioso. ¿Enamorada? ¿Estaba él. la voluntad. «¡Esta mu­ jer me matará!»—solía decirse. con el deseo. con sabor a muerte. algo de más allá de la vida: Y don Juan se sentía arrastrado por ella a más dentro de la tierra. arro­ . que buscaba dentro de su hombre. Y aquel hogar solitario. tan dentro de él que de él se salía. constituido fuera de la ley. y al decírselo pensa­ ba en lo dulce que sería el descanso inacabable. ante todo y sobre todo. la viuda y la viuda sin hijos. don Juan. Raquel parecía haber nacido viuda. no en la que pasa. enamorado de Ra­ quel? No. per­ dido _en la mujer y en su viudez. sino absorto por ella. con la tormenta de no tener hijos en el corazón del alma. I ¡Cómo le pesaba Raquel al pobre don Juan! La viuda ■aquella. Los ojos y las manos de Raquel apaciguaban y adormecían todos sus apetitos. pensaba don Juan. Y en don Juan había muer­ to. se le había agarrado y le retenía en la vida que / queda. sumergido en ella. era como en un monasterio la celda de una pareja enamo­ rada. Porque Raquel era.

criar hijos para el cielo! Al decir esto se le quebraba la voz y temblaban en sus pestañas líquidas perlas en que se reflejaba la ne­ grura insondable de las niñas de sus ojos.! Sola te faltaba decir que del Hospicio. según nos enseñaron en el Catecis­ mo. michino? Don J uan. después de haber sido muerto por una viuda como aquélla.— ¡Adoptar un hijo.. a que se casase.. y es casarnos como Dios y los hom­ bres mandan. y adoptar un hijo. mi gatito. ni a ti ni a mí nos dan ya gracia con ben­ diciones.—Casarnos así. como habría querido hacerlo el pobre hombre.. Quelina. dar gracia a los casados y que críen hi­ jos para el cielo.! ¿Para qué? ¿A qué conduce que nos ca­ semos según la Iglesia y el Derecho Civil? El matrim o­ nio se instituyó. no tiene sentido.. según la ley. Raquel... Don J uan.—¿Casarte conmigo? ¡Pero eso.. que nos queda un recurso.—¿Tú invocando a Dios.. para casar.—Pero ya te he dicho. 32 M IG U E L ? D E U N A M U N O pado en tierra.. pero no con ella. ... ¡Criar hijos para el cielo. ¿Casarnos? ¡Bien casados estamos! ¿Darnos gracia? Ay michino—y al decirlo le pasaba por sobre la nariz los cinco finísimos y ahusados dedos de su diestra—. Hacía tiempo que Raquel venía empujando a su don Juan al matrimonio... Raquel. Raquel..! ¡Adoptar un hijo...

ya sé que tú no tienes la culpa. ¡Oh. Raquel.—Ya te he dicho. como tú todo... que no vuelvas a hablar de eso. Don J uan...—Ahora eso. lo sé.. ¿Por qué bajas así la cabeza? ¿De qué te avergüenzas? D on J uan. enteramente mía? D on J uan. nos habríamos casado. Mi herm ana. aquel.— ¡Enteramente tuyos. como no la tuvo mi marido.—¡Oh...—Pero no te pongas así.—Me vas a hacer llorar. DOS M ADRES 33 Don J uan.. no es.. entonces sí. adoptivo..—¡Bien! Pero tú puedes darme un hijo.— Dices bien. ya que no has podido hacerme madre. eres tú el que no debes se­ guir así.. Juan. Raquel. Hazte padre. que no hables de eso. querida. nos lo entregaría de grado.. Juan. Raquel. nunca podría tenerlo por propio. no! Aquel sobrinillo tuyo. tenemos. Si me hubieras hecho m a­ dre. Un hijo adoptado. y yo. es siempre un hospiciano. Raquel... Y como nada me costaría obtenerlo.—¡Claro que digo bien! ¿O es que crees que vo no sé que tu fortuna. Raquel. no poder parir! ¡No poder parir! ¡Y morir­ se en el parto! D on J uan. Don J uan.—Sí... por ejem­ plo.. Raquel. Quelina! Raquel... hazte padre.—Eres tú. visto que tenemos fortuna... Juan. TRES NOVELAS 3 .sino mía.—Mi hermana nos entregaría cualquiera de sus hijos.

.. Raquel. Y que sea bien parecida.. y de tu mujer.. y en­ tregándomelo luego. sí. ¡claro está!...— ¡Raquel! Raquel.—Eso. ¿eh? Al decir esto se reía con una risa que sonaba a llanto. Don J uan.—¿Proponerle qué? Don J uan. que lo quiero yo y basta! Don J uan. hijo tuyo. D on J wan. aunque quieras.. Hazla madre y luego dame el hijo. Raquel.—¿Y a qué mujer le propongo eso? Raquel. una mujer que ofrezca probabilidades de éxito.—Pero cómo quieres que yo quiera a otra mujer.—La que se prestara a eso sería una. Juan.—Lo que has de proponerle es el matri­ monio. el matrimonio! Tienes que ca­ sarte y yo te buscaré la mujer.34 M IG U E L DE U N A M U N O ¿Cómo? Engendrándolo en otra mujer. Raquel. se trata de empreñarla! ¿Lo quieres más claro? Se trata de hacerla madre.—Será tu mujer..—¿Quererla? ¿Qué es eso de quererla? ¿Quién te ha hablado de querer a otra mujer? Harto sé que hoy ya tú no puedes... no podré tener celos.. ¡Ni yo lo consentiría! ¡Pero no se trata de quererla. .— ¡Sí.—¿Con nuestra fortuna? Don J uan.. Raquel. querer a otra mujer. ¡Y quiéralo ella o no lo quiera. quié­ ralo ella o no.

.—Pero Berta. Raquel. ¿por qué tiemblas? ¿Si hasta creí que te gustaría? ¿Qué? ¿No te gusta? ¿Por qué palideces? ¿Por qué lloras así? Anda...— ¡Berta. Raquel. le dijo como en un susurro: Raquel... Pero..—¿Sabes tú lo que es el cielo? ¿Sabes lo que es el infierno? ¿Sabes dónde está el infierno? D on J uan.—Y ven.. no! ¡Berta está enamorada de ti... encantada! ¡Y no por nuestra fortu­ na. perdidamente en­ .. llora.. llora. acercándole al oído los labios resecos.. hijo mío. Le hizo sentarse sobre las firmes piernas de ella.—¿Y quién es. os darán gracia.—O en el centro de un vientre estéril acaso. ven acá... se lo apechugó como a un niño y. Raquel. D on J uan.! ¡Raquel.— ¡Raquel. DO S M ADRES 35 Don J uan.. y criaréis por lo menos un hijo.... Os casaréis.—No blasfemes... Y yo le llevaré al cielo. muchísima gracia.—En el centro de la tierra.... mucha gracia...—La señorita Berta Lapeira.—¡Natural! Y ello ayudará a nuestra obra. Raquel. para mí. Na­ die buscó con más cuidado una nodriza que yo esa madre.... Tengo ya buscada la que ha de ser madre de nuestro hijo. D on J uan.? Raquel.—Pero ella los tendrá de ti. ¡Pobre don Juan! Don J uan. Don J uan.! Raquel. dicen.—Te tengo ya buscada mujer.

ja..—¿Lo tendrás...—¡Y tú.... sus padres. ¿ehr michino? ¿Lo tendrás? Y aquí las palabras le cosquilleaban en el fondo del oído al pobre don Juan.. de redimirte de mí. Raquel.. Sé lo que dice de mí. mío sólo. produciéndole casi vértigo.. Don J uan. según ella. ¡Lo sé! ¡Losé! Sé cuánto te compadece Ber­ ta.. D on J uan..! Y Berta.. pero... ¿Y no es acaso legalmente tuya? Don J uan.. Pero antes dame el hijo. ¡Angeli­ cal! Ja... ¿Lo oyes? Ahí está la angelical Berta Lapeira....... lo tendrás? Don J uan.—Sí. ja. aceptará el papel de redimirte.. tu condenación y tu infierno... Raquel. Raquel. Ellos no saben cómo tú eres mío. hasta eso lo tenemos que arreglar bien. .—Pero y sus padres. que soy. y cómo es mío. que tiene un heroico corazón de virgen enamorada. son unos padres muy razonables. como todos los demás. Raquel.—Sí. Juan..—Oh. demoníaca!—gritó el hombre p o ­ niéndose en pie y costándole tenerse así.36 M IG U E L DE U N A M U N O amorada de ti. Raquel.—Me vas a matar... Y conocen la impor­ tancia de tu fortuna. Sé el horror que le inspiro.—Quién sabe. Porque lo tendrás.. sus cristianísimos padres. michino.. Y no saben cómo será mío el hijo que tengas de su hija..—Ellos..—Nuestra fortuna.. Don J uan.. creen que es tuya. Raquel. todo lo tuyo.

—Me matas. al ir don Juan a hacerlo. .—Haz.! Don J uan. Raquel tuvo que acostarse. Y cuan­ do más tarde. Raquel. pues.—Pero un ángel caído.. ¡O no.? Terminado esto.* Don J uan. los en­ contró secos y ardientes como arena de desierto.. Quelina. ¡hazla caer...— Ahora sueña con Berta y no conmigo. me matas.—El demonio también es un ángel... DOS M ADRES 37 Raquel..—¿Y no estoy yo peor que muerta. michino.. Raquel. no! ¡Sueña con nuestro hijo! El pobre don Juan no pudo soñar. caer a Berta. Raquel.. a juntar sus labios con los de su dueña y señora. junto a ella.

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alegráronse como de una ventura del hijo de sifc amigos. en sueños. Éstos se habían siempre interesado por aquél y habíanse doli­ do como nadie de sus devaneos y de sus enredos con aventureras de ocasión. ¿buscaba Raquel extinguirlo h a­ ciéndole que se casase con ella para hacer madre a la viuda estéril? Don Juan conocía a Berta desde la infancia. Eran relaciones de familia. . huér­ fano y solo desde muy joven. de don Juan. ¿Cómo se le había ocurrido a Raquel proponerle •para esposa legítima a Berta Lapeira? ¿Cómo había des­ cubierto no que Berta estuviese enamorada de él. que cuando el po­ bre náufrago de los amores—que no del amor—recaló en el puerto de la viuda estéril. habían sido grandes amigos de don Pedro Lapeira y de su señora. cuando perdía aquella voluntad que no era suya. sino de Raquel. estando dormido. sin sospechar que aquel puerto era un puerto de tormentas. sino que él. De tal modo. soñaba en que la angelical criatura viniese en su ayuda a redimirle? Y si en esto había un ger­ men de amor futuro. Los padres de don Juan.

con poder llegar a ser el ángel redentor de aquel náufrago de los amo­ res y el que le sacase del puerto de las tormentas. Y hasta había sucedido tal vez. el sesudo ma trimonio Lapeira estimaba que aquella relación era ya a modo de un matrimonio. que fué Berta quien recibió al compañero de juegos de su infancia y que los padres tardaron algo en llegar. sin recatarse delante de su hija. sentía dentro de sí el deseo de que no fuera eso. cuando oía a sus padres lamentarse de que Raquel no fuese hecha madre por don Juan y qua luego se anudase para siempre y ante toda ley divina y hum ana— o mejor teocrática y democrática— aquel enlace de aventura. ¿Cómo es que don Juan y Berta habían tenido el mismo sueño? Alguna vez. y que si llegaban a tener hijos. Y de esto hablaban con frecuencia en sus comen­ tarios domésticos. en las no raras visitas que don Juan hacía a casa de los señores Lapeira. a solas. había naci­ do aquel sueño. Don Juan previo el peligro. al encontrarse sus miradas. no h a ­ cía mucho. que de tal modo fué interesándose por don Juan. a la tragicomedia de la ciudad. de la angelical Berta.40 M IG U E L D E U N A M U Ñ O Porque contra lo que creía don Juan. y soñaba luego. fué espaciando cada . y dominado por la vo­ luntad de Raquel. Pero Berta. en la mesa. que era la suya. al darse las manos. el de sus amigos estaba salva­ do. que don Juan necesitaba de una voluntad que supliera a la que le faltaba.

a frecuen­ tar la casa Lapeira. qué iba a hacer. al oído del corazón: «Te teme.. Y a la hija. la que le em pu­ jaba al regazo de Berta. ¡Pero si él no tenía ningún apetito de paternidad. a la angelical Berta.. Pedro. Si la pobre se hubiese mirado a un espejo.. . habla­ ría de un bebedizo.. Con lo que se les ensanchó el -alma a la hija y a sus padres.. Doña Marta. Don P edro.—Sí tenía gracia lo del bebedizo. DOS M ADRES 41 vez más sus visitas a aquella casa. «¡Cómo le tie­ ne dominado! ¡Le aisla de todo el mundo!»— se dije­ ron los padres.— ¡Pobre chico! Cómo se ve que sufre. ¿Al regazo? El pobre don Juan echaba de menos el piélago en­ crespado de sus pasados amores de paso.... Empezando a compadecerse como nunca de la fascinación bajo que vivía. Y lo comenta­ ban don Pedro y doña Marta.. Y más cuando adivina­ ron sus intenciones.» Y ahora era Raquel.. ¿te recuerdas?...! Y volvió. Cuyos dueños adi­ vinaron la causa de aquella abstención.—Y no es para menos. no es para menos.. presintiendo •que Raquel le llevaba a la muerte. Raquel misma. Doña Marta. empujado y guiado por Raquel. Don P edro.. un an­ gelito caído le susurró en el silencio de la noche y del sueño.—Nuestra Tomasa...! ¿Para qué iba a dejar en el mundo otro como él? ¡Mas.

.— ¡Y yo! ¿Y ella? Doña Marta.....—Así sois los hombres..42 Al I Q U E L DE U N A M U N O D on P edro.Tiene mucho. ¡tú. acaso. . Don P edro. Porque yo­ le veo venir.. Marta..—¿Todos? Doña Marta. D oña Marta.—Y aunque así sea...-—Sin duda.—A ella ya iré preparándole yo por si. Don P edro.— Y esa relación...... D oña Mártá.... Don P edro. con que.—Tengo ojos en la cara.—Y si hubiese visto cómo le habían de­ jado sus nueve partos y el tener que trabajar ¿an­ duro. Pedro.—Pero. D on P edro. Y si hubiese sido capaz de ver bien a la otra.—Perdona... Unos puer­ cos todos. Don P edro. después de todo. y los- ojos siempre son jóvenes..—¿Pero no ves.—Más que nosotros. se comprende^ el bebedizo de la viudita esa. no! Tú. y aunque sacrifique algo......—¿Y qué será de este chico ahora? D oña Marta.. mu­ cho.. hombre de Dios. Pero esa ruptura tendrá que costarle algún sacrificio...? Don P edro. D oña Marta. Pedro. picarón.—Es verdad.—Dejémosle venir.—Ah.. Doña Marta... D oña Marta. que lo­ que busca es romperla? ¿No lo conoces? Don P edro. D on P edro...

Don P edro.. Pedro.—Tenemos que redimirle. ¿La de don Juan.. de don Juan..! Y él me hará como ella. o la suya propia? Y se decía: «Arrancarle ese hombre y ver cómo es el hom­ bre de ella..—Y hay que hacer que nos lo pida tam ­ bién nuestra hija. el que se le ha rendido en cuerpo y alma. Raquel era su ídolo. de Raquel. n o s lo piden sus padres. D O S M ADRES 43 D oña Marta...... ¡Lo que le habrá ense­ ñado.» De quien estaba Berta perdidamente enamorada era.! ¡Lo que sabrá mi pobre Juan. el hombre que ha hecho ella.. La cual estaba por su parte ansiando la redención. .

.

11[ El pobre Juan. Entre una y otra. la doncella. Habíase de perder en ellas. o mejor en torno de él.. De­ trás de sí tenía a Raquel. Berta. ya sin don.—Hermana. . a Berta. casi tu her­ mana.. ¿Hacia dónde? Él presentía que hacia su perdición. y detrás de él. y delante. temblaba entre las dos mujeres. Juan? Desahógate de una vez conmigo.. si Raquel o Berta. ojos negros y tenebrosos de Raquel.. como una noche sin fondo y sin estrellas.. entre su ángel y su demonio redentores. la viuda. los. le llamaban al abismo. empujábanle ai mismo abismo. envolviéndole. Berta .. Sentíase como aquel niño que ante Salomón se disputaban las dos madres. le quería en­ tero para la otra y cuál quería partirlo a muerte. Los ojos azules y claros de Berta.. le estaban desgarrando. y am bas le empujaban.—¿Qué? No te gusta eso de hermana. ¿No soy tu amiga de la niñez. como un mar sin fondo y sin orillas.—¿Pero qué te pasa. Hermana.? D on J uan.. sólo que no sabía cuát de ellas.

—Y puedo yo servirte de algo en eso. Pero ahora. sil ¡Pero mujer. me ha salvada de las mujeres.—¿Cómo? Don J uan. tú.—Te creo. Berta..Epues.. ahora necesito salvarme de ella...— ¡Casándote conmigo! Berta .—Pues bien.—No la tuve.—Ahora sí. lo que se dice mujer. Berta.—Vamos.—Pero Berta...-46 M IG U E L DE U N A Al U N O Don J uan.Juan se lo oyera con absoluta tranquilidad. Don J uan. ¿eh? Vamos.No puedo decir que he conocido mujer. casarte con­ migo? . Berta. Y al decir esto sintió' Juan que la mirada de los te­ nebrosos ojos viudos le empujaba con más violencia. Berta. Don J úan... Berta...—¡Mujeres.. apenas si conocí a mi madre. Raquel? Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sir violencia alguna. i Don J uan. . Juan? ¿Cuándo has de tener voluntad propia? D on J uan. ¿quieres salvarme? Berta .... por lo visto. y de que . Don J uan.—¿Y la viuda esa.—¿Cuándo te vas a sentir hom bre.—Esa mujer. sí. Berta... no! Berta .—Que no.—Oh.. Berta. me ha salvado. sin que le tambaleara la voz.. quieres que sea y o quien me declare. Berta .— ¡Acabáramos! ¿Quieres. sí. Don J uan.

...—Y que te dé una voluntad de que careces.—¿De propia voluntad? Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y claros de la doncella.—Y entonces.—¿Claro? ¡Obscuro! ¿Quieres casarte con­ migo? Don J uan.—¿Pero la tienes. si quieres.. tú no puedes mentir.—Entonces.—Así es. Berta . Berta. Berta. ¿qué? Berta . Don J uan.—Sí. Porque todo esto quiere decir que sintiéndote im po­ tente para desprenderte de esa mujer quieres que sea yo quien te desprenda de ella.—¡De propia voluntad! Berta.—E s para tenerla para lo que quiero hacer­ te mi mujer..» Don J uan... «¿Habrá adivinado la verdad?». Don J uan.—¿Vas a dejar antes a esa otra? Don J uan. Berta . DOS M ADRES 47 D on J uan....— ¡Sí! Berta.. D on J uan... y estuvo por arredrarse. así es—y bajó la cabeza. se dijo..—¡Claro! Berta . Berta.. no hablemos más de ello.—Así es...—Berta. pero los ojos negros de la viuda le empujaron diciéndole: «Digas lo que dijeres.. Juan? D on J uan.—Bien..—Y que luche con la voluntad de ella.. ¿No es así? Don J uan.

..—Entonces. . Berta.— ¡Oh Berta.. como para no- ver que esto lo teníamos previsto y tratado de ello. —Que acudiremos todos a salvarte. Mírame y no me toques..—¡Pues asi será! Don J uan.! Berta. Berta? Berta .—¿Y ellos..48 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Berta ... Berta ..—¿Pero eres tan simple.?- D on J uan.. D on J uan.—Estate quieto. Juan. Pue­ den de un momento a otro aparecer mis padres.

. El arreglo de la boda con Berta emponzoñó los ci­ mientos todos del alma del pobre Juan. No era Raquel un obstáculo ni para los señores La­ peira ni para su hija. como con una amiga inteligente y que había sido en cierto modo una salvadora de Juan. hija única. los señores Lapeira. y menos en su casa. Y Juan se resistía. TRES NOVELAS 4 . Aveníanse a vivir en buenas re­ laciones con ella. ponían un gran empeño en dejar bien asegurado y a cubierto de toda contingen­ cia el porvenir económico de su hija. No era. y acaso pensa­ ban en el suyo propio. y resistíanse por su parte a darle a su futuro yerno cuenta del estado de su fortuna. alegando que luego de casa­ do haría un testamento en que dejase heredera uni­ versal de sus bienes a su mujer. a ese dotamiento. Los señores Lapeira preten­ dían que Juan dotase a Berta antes de tomarla por m u­ jer. como algunos creían. Los padres de Berta. después de haber en­ tregado un pequeño caudal—y en esto sus futuros suegros estaban de acuerdo—a Raquel. a su vez. sino que tenían un hijo que de muy joven se había ido a América y del que no se volvió a h a­ blar.

y que al cabo Raquel misma contribuiría a la felicidad del nuevo matrimonio. ni una aventurera vul­ gar ni una que se hubiese nunca vendido al mejor pos­ tor. la de tu futura esposa..!. Pero lo grave del conflicto. Y a la vez conocía mejor que nadie el estado de la fortuna de lo s señores Lapeira. Raquel. después de todo. dentro de poco..so M IG U E L DE U N A M U N O seguros padresle hija de que ésta sabría ganar con sua­ vidad y maña el corazón de su marido por entero. ¡esposa. . Su enredo con Juan fué obra de pura pasión... Juan. y en todo caso poco después de vuestra boda. Y esto supo la astuta mujer mantenerlo secreto. nuestra.. no mujer..—Mira. tal vez antes d e que os caséis. es decir. será mía. ¿eh?... la de tu futura esposa. ¡Con tal de que se le asegurase la vida y la consideración de las gentes decentes y de ■bien! No era. de compasión acaso—pensaban y querían pensar los se­ ñores Lapeira. El pobre Juan no aparecía ya sino como su administrador y apoderado. la pequeña fortuna de los padres de Berta.. esposa. y todos los otros valores que poseía estaban a nombre de ella. lo que ni los padres de la angelical Berta ni nadie en la ciudad—¡y eso que se pretendía conocer a la viuda!—podía presumir era que Raquel había hecho firmar a Juan una escritura por la cual los bienes inmuebles todos de éste aparecían comprados por aquélla..

Y si no. Don J uan. después de todo.. Quelina.—Y así es.... esa Raquel es una buena per­ sona. que pareces un corde­ ro al que están degollando.—Pero dime.—¡Raquel! ¡Raquel! Raquel. Ya le tengo echada la ga­ rra a esa fortuna. vaya si lo será! ¿Por qué no? D on J uan.—¡No.. toda una señora.. será para el hijo que tengamos. muerto de miseria y de podredumbre! . Voy a comprar créditos e hipotecas..—¡Sí. DOS M ADRES 51 "Don J uan.. yo voy a hacerte padre! Don J úan. Raquel. Raquel..—Me estás matando. dime—y al decirlo le'Jloraba la voz—. Quelina.—No gimas así..—¿Tú? Raquel. D on J uan. Raquel! Juan se sintió como en agonía. y ha salvado al que ha de ser el marido de nuestra hija y el salvador de nuestra si­ tuación y el amparo de nuestra vejez! ¡Y lo será. Don J uan. yo. ¿por qué te enamoraste de mí? ¿Por qué me arrebataste? ¿Por qué me has sorbido el tuéta­ no de la voluntad? ¿Por qué me has dejado como un pelele? ¿Por qué no me dejaste en la vida que llevaba. Juan. michino. —¿Nuestra? Raquel.. Juan.—¡A estas horas estarías. sí. si es '¿que tu esposa nos lo da.—Cállate...—Sí. después de arrui­ nado.? Raquel. no es así! ¡Yo voy a hacerte hombre. yo.. ¡Oh.

Quelina... Y le decía: Raquel... no será tuyo..! No te robé yo. tú. y hun­ diendo su cabeza sobre la cabeza del hombre. mío. le sentó sobre sus piernas. ¿No es esto miseria? ¿No es podredumbre? ¿Es que soy mío? ¿Es que soy yo?- ¿Por qué me has robado el cuerpo y el alma? El pobre don Juan se ahogaba en sollozos. Y yo buscaba un hijo..52 M IG U E L DE U N A M U N C D on J uan. Volvió a cogerle Raquel como otras veces. hijo mío. perdido.— ¡Mejor. mejor! Muerto... Y ahora quiero que me le des. ¡Hijo mío.. ¿No soy tu mujer? D on J uan...—Y ella será tu esposa. cubrién­ dole los oídos con su desgreñada cabellera suelta. Y creí encontrarlo en ti.—Sí . maternal­ mente.— ¡Hijo mío.. Como lo eres tú. tú... sobre él.. henchidos de roja sangre que no logró hacerse blanca leche. Te vi buscando lo que no se en­ cuentra. Raquel.. Y creí que me darías el hijo por el que me muero. perdido.. Don J uan. será mío. contra sus pechos.—Sí.... entre hipos. de mi hijo.. le apechu­ gó a su seno estéril..... hijo mío.—¿Y si no le tenemos? . mío. le abrazó.! Te vi perdido.. Y me robaste el cuer­ po...... hijo mío. lloró. Don J uan. ¡Esposa!. así dicen los zapateros: «¡Mi esposa!» Y yo seré tu madre y la madre de vuestro hijo. me robaste tú el alma. hijo mío. Raquel.. sí. m uer­ to de miseria y de podredumbre. Raquel. tú eres mi mujer.....—Pero.

que la ronquera de tu voz me da miedo! Raquel. Don J uan. calenturiento y desvanecido. miró a Juan con una mirada de tala­ dro.. abrió los brazos a su hombre gritándole: Raquel. Juan.—¿Y si consiste en mí. ven. Raquel. se puso en pie como herida.—¡Calla..? Soy capaz de.. ven.—jCalla. Juan.— ¡No..—¡Sí. pero al punto. ven! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Para qué quiero más hijo que tú? ¿No eres mi hijo? Y tuvo que acostarle.. pasado el sablazo de hielo de su pecho.. calla! ¿Si no le tenéis? ¿Si no Tíos lo da. .? Raquel le echó de sí con gesto brusco. y de casarte luego con otra! Don J uan. D O S M ADRES 53 Raquel.

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Raquel. pero no los creía capaces de disponerse a afrontar. pero son algo bien conocido de la ciu­ dad toda..—No creí.—Por Dios. ¡Imbéciles! ¿Y ella? ¿Tu esposa? Don J uan. tú no eres de ella. las conveniencias sociales. que llegaran a tanto... mío. V No. Raquel. Raquel. ni tuvo que fingir enfermedad para ello. mira que. así...—Tú eres mío. ni soy mío. Y al empeñarse en que me convidaras a la boda no pretendían sino hacer más patente el triunfo de su hija. Raquel..—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he enseñado no pue­ des enseñarle nada! ¿Qué tal tu esposa? Tú. Raquel no consintió en asistir a la boda como Berta y sus padres habían querido. la de la niña y la de sus papas. mío.. que no nos hemos presentado en público haciendo alarde de ellas. Y . pues de veras estaba enferma.—No. Cono­ cía su fatuidad y su presunción. Cierto es que nuestras relaciones no han sido nunca escandalosas. Juan. D on J uan... mío.. michino.

¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme. Don J uan. atravesado por una estocada de ahogo.. pues.—Yo creo otra cosa.. casi al lado..56 M IG U E L DE U N A M U Ñ O ahora ya sabes vuestra obligación... que la sub­ yugas. Raquel dobló al suelo la cara. Quiere que nos veas a menudo juntas.—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez en cuando a verte.. Raquel. Y ven lo menos que puedas por esta nuestra casa. Raquel..—Sí..—Pero.—Lo que hace falta es que todo ello fructifi­ que.. ya que vivimos tan cerca. . en el aire.. Ahora te debes a tu esposa. cuando vinisteis a verme la primera vez. observé que me estudiaba.—Que está prendada de ti. y se llevó las manos al pe­ cho.. ¿no es eso? Don J uan. en aquella visita de ceremonia casi.—Y dice que debemos intimar más... en el ves­ tir. Raquel. D on J uan. en los ademanes.—Es su táctica para sustituirme. en el peinado. que compares. A tener juicio. Raquel. tan cerquita.—Sí.—Lo sabía.. Don J uan. ¡Atiéndela! Don J uan. Raquel. Raquel.—No hay Raquel que valga... que se le puso de re­ pente intensamente palida.—¿Qué? Don J uan. Y dijo: Raquel... te imita en cuanto puede.

michino. ¿tu mujer. DOS M ADRES 57 Como Juan se le acercara en busca del beso de des­ pedida—beso húmedo y largo y de toda la boca otras veces— .. la viuda le rechazó diciéndole: Raquel. le dio un beso seco y ardiente sobre la frente. y le dijo en despedida: Raquel. ven acá. Y cum­ plid bien los dos conmigo.—Pero ven..—Es verdad. ya lo sabes..—¿Celos? ¡Mentecato! ¿Pero crees. toma... soy capaz. ..—No.—Otras veces dices que tu infierno..? ¿De tu esposa? Y yo.. Raquel. D on J üan. Si no. Don J uan. hijo mío..—Ahora vete y cumple bien con ella. ¡ahora ya no! Ni quiero que se lo lle­ ves a ella ni quiero quitárselo. Raquel...? ¡Para casar y dar gracia a los casa­ dos y que críen hijos para el cielo! ¡Para el cielo y para mí! D on J uan.—Que eres mi cielo.. que puedo sentir celos de tu esposa. Le cogió la cabeza entre las manos.—¿Celos? Raquel.

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parece haber hecho por su esposo. de ser ella.. sola. yo sé que si usted. Raquel.—No. I Y era verdad que Berta estudiaba en Raquel la ma­ nera de ganarse a su marido....—Le chocará verme por aquí.—¿Esperarla? Raquel. con su amistad. Al fin. y en ocasión en que las dos.. Berta. le habían mandado a su Juan a una partida de caza con los amigos. Raquel. —¡Bah! De las mujeres. y se iba descu­ briendo a sí misma al través de la otra.... hubiese salvado de las mujeres. no le.—Y he sabido apreciar también su genero­ sidad. no me choca... —La esperaba. sí. Berta . y acaso el matrimonio. Berta. y a la vez la m anera de ganarse a sí misma. así. un dia no pudo resistir... Raque y Berta.. . algo me.—Sí. Después de todo. fué la esposa a ver a la viuda. Berta .. Y hasta esperaba su vi­ sita. por nuestro buen Juan. de ser mujer. Y así se dejaba absorber por la dueña de Juan.

Raquel.“60 M IG U E L DE U N A M U N O Raquel. Y el ma­ trim onio es una escuela de ellos. gracias. ¡Lo >que yo no he logrado.— ¡Sí. aunque nos hubiese casado y dado gracia de casados...—¿Generosidad? ¿Por qué? [Ah.. Berta? ¿No ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano. gracias! Raquel.iba a ligarle a mi suerte? Porque.—¿Le choca? Raquel.— ¡Ah! Berta . que lo logre él! Berta ... no. él quiso casarse conmigo.. no! ¿Cómo .—Hay fingimientos muy sinceros..? Berta .—¿A qué? ¿A fingir? Raquel. Berta ... no me choca. ¿Por qué se ruboriza así.. hábleme así! Raquel.. sí.— ¡No..—¿Y cómo. sí. no habría hecho que criásemos hi­ jo s para el cielo. pero ya irá usted apren­ diendo..? Raquel.—¿Gracias? ¡Gracias.—No.—-Pues por haberlo hecho por él. Berta .¡Pues.—¡Fui casadal .. ¡gracias! Raquel. sí.—Pero como estábamos a prueba y la ben­ dición del párroco.—Lo suponía. a ser sincera! Berta . Raquel. ya caigo! .. en efecto.—¿Cree que no lo soy? Raquel. no! ¡Lo he hecho por él! -Berta. Berta .—No podía sacrificarle así a mi egoísmo.—¡Oh.

—Viuda.— ¡A ser madre! Esa es su obligación. Y ahora le digo. -¡Ya que yo no he podido serlo. el hombre.. Siempre lo fui. hendían el silencio.— ¡Oh.. vaciló. Mi verdadero marido se me murió antes.— ¡Ah.—De eso trato... Raquel. Raquel. el hombre! Cuando rae dijo que yo le había salvado a nuestro Juan de las mu­ jeres me encogí de hombros.— Con esos peros no irá usted a ninguna parte.—¿Pero qué? Berta . es cierto que es usted viudal Raquel.—Sí. Viuda... que rompió Berta excla-- mando: ... mientras los ojos de Raquel. ¿Adónde? Raquel.—Los hombres. sí.... Bertar que tiene que atender al hombre.—¿Y adonde he de ir? Raquel.. no.—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?- Berta . Berta .. séalo usted! Hubo otro silencio opresor. DOS M ADRES 61. Berta . de yo nacer. pero. no! Pero. Raquel.—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adonde? Berta.. acerados.. Y bus­ car al hombre en él..— ¡No. Berta .. Raquel.... intensamente pálida. Y al cabo: Berta . Creo que- nací viuda. ¡Pero dejém onos de locuras y desva­ rios! ¿Y cómo lleva a Juan? Berta .. a su hombre.—Que no le encuentro la voluntad.

*62 M IG U E L DE U N A M U N O

Berta .—¡Y io seré!
Raquel.— ¡Gracias a Dios! ¿No le pregunté si venía
•.acá a buscar la voluntad de Juan? ¡Pues la voluntad de
.Juan, de nuestro hombre, es ésa, es hacerse padre!
Berta .—¿La suya?
Raquel.—Sí, la suya. ¡La suya, porque es la mía!
Berta .— Ahora más que nunca admiro su genero,
sidad...
Raquel.—¿Generosidad? No, no... Y cuenten siempre
con mi firme amistad, que aún puede serles útil...
Berta .—No lo dudo...
Y al despedirle, acompañándole hasta la puerta, le
dijo:
Raquel.— Ah, diga usted a sus padres que tengo que
ir a verlos...
Berta .—¿A mis padres?
Raquel.—Sí, cuestión de negocios... Para consolar­
me de mi viudez me dedico a negocios, a empresas
financieras...
Y después de cerrar la puerta, murmuró: ¡Pobre es-
i'posa!

VII

Cuando por fin, una mañana de otoño, le anunció
Berta a su marido que iba a hacerle padre, sintió éste
sobre la carne de su alma torturada el doloroso roce
de las dos cadenas que le tenían preso. Y empezó a
sentir la pesadumbre de su voluntad muerta. Llegaba
el gran combate. ¿Iba a ser suyo, de verdad, aquel
hijo? ¿Iba a ser él padre? ¿Qué es ser padre?
Berta, por su parte, sentíase como transportada. ¡Ha­
bía vencido a Raquel! Pero a la vez sentía que tal vic­
toria era un vencimiento. Recordaba palabras de la
viuda y su mirada de esfinge al pronunciarlas.
Cuando Juan llevó la buena nueva a Raquel, palide­
ció ésta intensísimamente, le faltó el respiro, encen-
diósele luego el rostro, se le oyó anhelar, le brotaron
gotas de sudor, tuvo que sentarse, y al cabo, con voz
de ensueño, murmuró:
Raquel.— ¡Al fin te tengo, Juan!
Y le cogió y le apretó a su cuerpo, palpitante, frené­
ticamente, y le besó en los ojos y en la boca, y le
-apartaba de sí para tenerle a corto trecho, con las pal­

64 M IG U E L DE U N A M U N O

mas de las manos en las mejillas de él, mirándole a los
ojos, mirándose en las niñas de ellos, pequeñita, y lue­
go volvía a besarle. Miraba con ahinco su propio re­
trato, minúsculo en los ojos de él, y luego, como loca,
m urmurando con voz ronca: «¡Déjame que me bese!»,
le cubría los ojos de besos. Y Juan creía enloquecer.
Raquel.—Y ahora, ahora ya puedes venir más que
antes... Ahora ya no le necesitas tanto...
Don J uan.—Pues, sin embargo, es ahora cuando-
más me quiere junto a sí...
Raquel.—Es posible... Sí, sí, ahora se está hacien­
do... Es verdad... Tienes que envolver en cariño al po-
brecito... Pero pronto se cansará ella de ti..., le estor­
barás...
Y así fué. En los primeros meses, Berta le quería
junto a sí y sentirse mimada. Pasábase las horas
muertas con su mano sobre la mano de su Juan, mi­
rándole a los ojos. Y sin querer, le’hablaba de Raquel.
Berta .—¿Qué dice de esto?
Don J uan.—Tuvo un gran alegrón al saberlo...
Berta .—¿Lo crees?
D on J uan.— ¡Pues no he de creerlo...!
Berta .— ¡Yo no! Esa mujer es un demonio..., un de­
monio que te tiene fascinado...
Don J uan.—¿Y a ti no?
Berta .—¿Qué bebedizo te ha dado, Juan?
D on J uan.—Ya salió aquello...

DOS M ADRES 65 B erta .. sólo mío.. o a que te vea. que voy a acostarme! Anda.. e íbase colga­ da de su brazo.. «¡Mío!. ¡mío!—pensó Juan— .—¿A verla. D on J uan. ¿Por qué no? Don J uan.—Qué cosas estás diciendo.. sí.. vete. Ya sé.. ya sé que quisiste casarte con ella.. Berta. ahora. y alguna vez le decía a su Juan: «¿Qué haces. y sé por qué no te quiso por marido. bascas y vómi­ tos. ¡Así dicen las dos!» Berta. no me sobes! ¡Vete. ¿No te estarás quieto? ¿No dejarás en paz esa silla. y fué que ya su marido le estomagaba y que buscaba la so­ ledad. no! TRES NOVELAS S .. quítate de ahí.— ¡Como tú.—Pero ahora serás mío. que me mareas. vete y tarda en volver.. una mujer como yo.? ¡Y no.—¿Ahora? Berta. Pero meses después. Berta. vete a verla y comentad mi pasión. buscando las miradas de las gentes... vete a tomar el fresco y déjame en paz.! Quítate de ahí.—Ahora. ocurrió lo que Raquel había anticipado.? Berta.....—¡Tenemos que ir a verla! Don J uan. hombre. qué haces ahí? Anda.—Pero si me lo ha dicho ella. ¡Qué lastima que no paséis estas co­ sas vosotros los hombres.— ¡A verla que me vea! ¡A ver cómo me ve! Y Berta hacía que su Juan la pasease. ella misma.. Entró en el período de mareos. no.. hombre... cuando le costaba ya moverse con soltura.» Don J uan.. que al fin es una mujer..

. Y dile que no la olvido y que espero.... le decía tras del último beso: «Ahora que no te espera.. Vete a ver a tu viuda.. la viuda casi enloquecía de placer. y le contaba todo lo que la esposa le había dicho.—¡No.. Alguna vez le retu­ vo toda la noche. Y cuando Juan iba de su casa a casa de Raquel.66 M IG U E L DE U N A M U N O Berta . abriéndole la puerta para que se deslizase afuera.. vete a verla... Y le retenía consigo. Y los hombres sois todos unos cochinos.. vete y consuéla­ la con buenas palabras. vete.» . Anda. Y repetíase lo de los besos en los ojos.. y al amanecer. como yo no! Ella no ha pasado por lo que estoy pasando. vete.

señora. por Dios. pero.—Viuda.. No olvide. sí.. Don P edro.. sí. no se sorprendió al ver que la puerta se abría y entraba por ella. que soy viuda. yo! Vengo por si puedo servir de algo.. Don P edro. Y como el pobre Juan creía soñar.. voy a decírselo a mi mujer. Qué sé yo.. a su suegro. Los gemidos y quejumbres de Berta le llegaban como de otro mundo. Raquel.—Bueno.—¿Qué.. "Sentía pesar el vacío sobre su cabeza y su corazón.—Sí.....—¡Yo.. Raquel.. V III Juan se paseaba por la habitación como enajenado. servir usted? ¿Y en este trance? Raquel. Y luego se oyó la conversación de Raquel y doña Marta.. ¡Raquel! —¿Usted?—exclamó don Pedro poniéndose en pie. No veía al señor Lapeira.. para ir a buscar algo o a alguien.—¡No hay pero! ¡Y aquí estoy! D on P edro.—¿Usted.—Pero. sentado en un rincón obscuro a la espera del nieto. Doña Marta. no soy una buena am iga de la casa? . Raquel.. don Pedro.

.. Raquel. más bajo. En aquel momento se oyó un grito desgarrador.—Por Dios. ¿qué? Doña Marta . Doña Marta corrió al lado de su hija. sí.—Una niña.—¡Se llamará Raquel! Y desapareció la viuda. pero que no lo sepa.— Sí.. que pasaba Juan a su lado..68 M IG U E L D E U N A M U N O D oña Marta. más bajo..... y Raquel se que­ dó escuchando al silencio que siguió al grito. Luego se sentó. señora. que no le oiga..—Y si me oye. Raquel. Y al sentir.. le detuvo cogiéndole de un brazo y le interrogó cor? un «¿qué?» de ansia. Don J uan. que no le oiga... ... al poco..

—Sí.. sí. ¿Qué había pasado allí? Doña Marta. que se la llamara Raquel a su hija.. hay que afrontar la murmuración pública. Don Pedro... y después de todo. los se­ ñores Lapeira no opusieron objeción alguna. Doña Marta.—No dirán más.—Sí. lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la espalda el corazón.. Parecían abrumados. Don J uan.. le debemos tanto a esa señora. IX En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros. tanto.. ¿O es que en esto no puedes presentarte en la calle con la cabeza alta? Don J uan.—Y aun creo más. Y más cuando va extraviada.— ¡Sin dudal . le sorprendió el que al insinuar él. y es que debe pe­ dírsele que sea madrina de la niña. para ti ha sido como una madre.—Tanto más cuanto que eso saldrá al paso a odiosas habladurías de las gentes. es verdad. los abuelos de la nueva mujercha que llegaba al mundo... Don P edro.—No.. Don J uan. bien..

a conse­ cuencia de grandes pérdidas de sangre. que decía: Raquel. Al poco. pues. Porque no me parece que en el estado en que se queda. se instalaba casi en la casa y empezaba a disponerlo todo.—Bástele. como de ama. Y más grande fué la sorpresa—que se le elevó a te­ rror del pobre Juan—cuando oyó que al proponerle todo aquello. Y oyó la voz de la viuda. lo del nombre y lo del madrinazgo. Se arrimó a la recién parida y le dió un beso. a Berta. hay que buscar nodriza. . Berta. estaba como transportada a un mundo de ensueño. la madrina.. sea prudente querer criar a la niña. Berta sentía agonizar en sueños un sueño de agonía. Y miró don Pedro a su mujer como quien ha dicho- una cosa profunda que le realza a los ojos de la que mejor le debe conocer. Brillábanle los ojos a la viuda con un nuevo fulgor.70 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Don P edro. a cada cual su con­ ciencia. ésta contestó tristemente: «¡Sea como queráis!» Verdad es que la pobre.. Raquel. firme y segura. a la madre de la niña. Correrían peligró­ las dos vidas. que aunque casi silencioso llenó con su rumor toda la estancia.—Y ahora. con incesante zumbido de cabeza y viéndolo todo como envuelto en niebla. La vió la nueva madre acercársele y la vió como a un fantasma del otro mundo.

lo comprendo. Berta. ¿Qué le cantaba? Y se hizo un silencio espeso en torno de aquellas canciones de cuna que parecían ve­ nir de un mundo lejano.. Raquel.—¿Quién? ¿La niña? ¿Mi Quelina? No... Sé lo que es una madre. pero la prudencia ante todo. oyéndolas..—Pero Raquel. muy lejano. Lo q u e la pobrecita necesita es sueño. Y fué y tomó a la criatura y empezó a fajarla. basta. DOS M ADRES 71 Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas. cantándole extrañas canciones en una lengua desconocida de Berta y de los suyos. dormir. pero sueño de morir.... que la pobre nueva ma­ dre sentía derretírsele el corazón en el pecho. Y no pu- diendo resistir la pesadilla. gimió: Berta. y lue­ go la besaba con un frenesí tal.. Raquel. así como de Juan. no. R aquel. perdido en la bruma de los ensueños. No vaya a mo­ lestarle..—Sí. Y J u a n .—Basta... Y entonces Raquel se puso a mecer y a abrazar a la criaturita. es muy natural. Hay que guardarse para otras ocasiones. aunque muriese. sentía sueño.. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué signifi­ caba todo aquello? ¿Qué significaba su vida? .. y un terror loco le llenaba el corazón vacío.. basta.

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Al fin vió claro en la sima en que cayera. Y luego aquellas canciones de cuna en lengua extraña. Berta... ella. Había en la viuda abismos a que ella. no logra­ ba llegar. Berta. de su Quelina. no vió todo.—No quiera saber más. .—¡Oh.? ¡No. ¿Para qué. -sus buenos padres. recuerdos de mi infancia. Berta. parecían como huidos de la casa.! Berta . apercibióse a la lucha. pues sólo el asomarse a e¿los le daba vértigo.. Ni lo intentaba. Es decir. cuando Berta fué reponiéndose y em­ pezó a despertarse del doloroso ensueño del parto y se vio separada de su hijita. X Más adelante. no podía ver todo.—¿Cómo? Raquel. por Raquel y por la nodriza que Raquel buscó y que la obedecía en todo.—¿Pero qué es eso que le canta? Raquel. Berta. al fin vió a quién y a qué había sido sacrificada.. no podía querer saber másl ¡Sabía ya demasiado! ¡Ojalá no supiera tanto! ¡Ojalá no se hu­ biera dejado tentar de la serpiente a probar de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal! Y sus padres.

. Berta adivinó todo el tormento de su hombre. lloraba. calla.. y apoyando su cabeza sudorosa y desgreñada sobre el hombro de su marido lloraba.! Lo que sintió entonces Berta fue encendérsele en el pecho una devoradora compasión de su hombre. rescatándoselo.—¿Qué te pasa. que me estás ma­ tando.. Aun­ que para ello hubiese que abandonar y que entregar a la hija. hijo. Y como una de estas veces la esposa madre gimiese «¡Hijo mío! ¡Hijo mío. no digas eso. Quería su hombre.. Quelina.—No digas eso... la cara de su Juan.! ¡Hijo mío... con- tu Berta. no digas. de su pobre Juan. ahijándolo.. Tomábale en sus brazos flacos como para ampararle de algún enemigo oculto.—¿Pero qué tienes. conmigo. ¡su hombre! ... lloraba. eso.... Berta . ¡Y era.—Pero si estás conmigo.. Y se propuso irlo ganando. de algún terrible peligro.— Calla. Juan.. quedóse luego como muerta de terror al ver la congoja de muerte que crispó. hijo mío? ¿Qué tienes? Don J uan... B erta.. enjabelgándola. agitado por convulsos sollozos. Berta .—No sé dónde estoy.. mientras su pecho.!». la nodriza quien se la llevaba.. Don J uan.74 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Había que llevarles la nietecita a que la vieran. latía sobre el pecho acongojado del pobre don Juan.? Don J uan.

Sentía que para Ra­ quel no fué más que un instrumento. Y tú lo sabes. Juan. iba sintiéndose por su parte hombre.—Y ahora—le dijo una vez—dedícate más a tu Berta. a tu esposa. DOS M ADRES 75- Y él. la de la viuda— . Poco me faltó para hacerle a tu Berta. Raquel. el hombre. que ella lo merece. ¿hablaban de una dulce ven­ ganza. mía. hombre más que padre. a nuestra Berta. Es menester que le des un hijo. mía. Pero cuando le buscaba y le encontraba. mi Quelina. Raquel. hijo mío! D on J uan. entrégate más a ella. una venganza de otros mundos? Aquellas extrañas can­ ciones de cuna que en lengua desconocida cantaba Raquel a Quelina. sí. ésta es mía. porque ésta. no a su ahijada. ¿Un medio de qué? ¿De satisfacer un furioso hambre de ma­ ternidad? ¿O no más bien una extraña venganza. un medio. ¡En­ trégate ahora a ella. me la debo a mí misma.—Mira. como nos contaban en la Historia Sagrada.- .— Que me matas. son ya muchas las veces que­ me vas saliendo con esa cantilena y estoy segura de. sólo que más sombríos y más frenéticos. Esta se debe a mí. Raquel. sino a su hija—su hija. eran los antiguos encuentros. Juan. parir sobre mis ro­ dillas. de una venganza suave y adormecedora como- un veneno que hace dormirse? ¡Y cómo le miraba aho­ ra Raquel a él. a su Juan! Y le buscaba menos que antes.

Pues que a mí me ha hecho ya madre. te he visto que venías.. Si quieres. Pero yo creo que debes vivir. como él dice. que sería mu­ darle como él dice. de quien se apartó un poco entonces.—Es decir.. como un yugo. pro­ siguió: Raquel —Pero te equivocas. ¡que nos vea! -Entró Berta. Tómalo todo entero. a tu esposa. Estaba ganándote a tu marido. sobre el cuello de Juan. el. Berta—y recalcó el te— .... pues. Y poniendo su mano. matarte. alguna vez.. Y que puedas llamarle a boca llena: ¡hijol Si es que con esto de llamarle hijo no le estamos ma­ tando. Raquel. . Te lo cedo. Y como Juan forcejease entonces por desprender­ se de los brazos recios de Raquel. Estaba diciéndole que se t® entregue y que se te entregue sin reservas. Berta . Aquí está el niño. pero no nos vengas a culparnos de ello.— Te he visto. mátate. ésta le dijo abra­ zándole: Raquel. que te haga madre a ti. ganándolo para ti.. ya lo he visto.76 M IG U E L DE U N A M U N O que se la habrás colocado también a ella. porque le haces todavía mucha falta a tu Berta en ■el mundo.—Sí. ¡don Juan de anta­ ño! No quiero que !o partamos en dos. Ya sabrás la historia de las dos madres que se presentaron a Salomón reclamando un mismo niño. que tú.

. te vas a repar­ tir? ¿O estás para tu esposa entero? Juan huyó de las dos. lo que he podido yo con él? Raquel. que- se dejaba hacer... Y le quiero entero. arrancándolo de bajo el yugo de Raquel. .—A. para que hagas de ella otra como tú. Le quemaba los labios el nombre.. cogió a su marido. del brazo. yo.. se lo presentó a ésta y le gritó: Berta. tú. Juan.. y o .—¡Yo soy aquí la madre de verdad.—¡Pues bien.—¿Y tú. Tó­ malo y acaba de matarlo. le quiero más entero que tú. yol Entonces Be»ta.—¿A mi Quelina? ¡Que es yo misma. a. Raquel. es­ posa... sí. yo.t ¿Que me entregue yo? ¿Que te entregue mi Quelina.—¿Qué hija? Berta. Berta—¿Y qué culpa tengo yo de que ni tu marido ni luego Juan pudiesen contigo lo que éste conmigo ha podido. no! La madre soy yo. devuél­ veme a mi hija! Raquel. otra como vosotras? ¿Como vosotras. mi Raquel. también yo fui esposa. otra Ber­ ta Lapeira. hi-jo mí-o.. también yo sé. a. DOS M ADRES IT Raquel.. las honradas esposas? Ah.. fuera de sí. ¡Pero dame a mi hija...

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XI Juan huyó de las dos. Raquel. es­ taba destrozado. ¿de qué vas a vivir? ¿Y de qué van a vivir tus padres? Berta .—Claro. y cuando luego le recogieron. en automóvil. Al bordear un barranco le vieron desaparecer del carruaje—no sabían decir si porque cayó o porque se tirara— .. lo volvieron a su casa moribundo y se murió en ella sin recobrar el conoci­ miento.—¿Y la fortuna de Juan? Raquel. y algo más. lo de mi hija.—Ahora—dijo B erta—lo de la niña. Ni el chauffeur ni el amigo que le acompaña­ ba supieron explicar bien lo ocurrido.. ¿Cómo fué ello? Sólo se supo que habiendo salido en excursión hacia la Sierra. está claro. Tenía partida la cabeza y el cuerpo todo magullado. le vieron ro­ dar por el precipicio.. ¡Qué mirada la que Raquel y Berta se cruzaron so­ bre el cuerpo blanco y quieto de su Juan! Berta . ya lo sabes! .! ¡Todo lo que hay aquí es mío! ¡Y si no lo sabías.. ¿Y de qué va a vivir? ¿Quién la va a mantener? ¿Quién la va a educar? ¿Y cómo? Y tú.—¡Juan no deja fortuna alguna.

No se está bien de viuda. Los sostendría Raquel.. a cambio.—Si te vuelves a casar—le dijo Raquel a Berta— . El único consuelo era. Y no quiero que hagáis de mi Quelina. en paz! * * * Berta tuvo largas conversaciones con sus padres.—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona! Raquel. que ceder la niña.. Piénsalo. Pero- ¿cómo se criaría esta desdichada criatura? Raquel..—Esas son palabras. Pien­ sa si os conviene vivir como mendigos.. las de tu condición. del estado de su fortuna. o en paz con la ladrona.. y los tres. te dotaré. y al cabo aceptaron el compromiso.80 M IG U E L DE U N A M U N O Berta .—¿En paz? Raquel.que Berta volvería a ser ma­ dre y que Raquel consignaría un capitalito a nombre del hijo o hija postumos del pobre don Juan.. de mi hija. . informáronse del testamento de don Juan. los. Berta. las ladro­ nas sois vosotras. Y ahora piénsalo bien con tus padres. a la que había. una ladrona como vosotras. Acaso la ladrona eres tú.—¡A los ojos del mundo. en que aparecía no tener nada propio. robado a quién. con un abogado de mucha nota y reputación.. toda ella en poder de Raquel. y no sabes quién le ha. señores Lapeira.

EL MARQUÉS DE LUMBRÍA 'JRIÍS NOVELAS .

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las moscas. casi siempre permanecía con las ventanas y los balcones que daban al mundo cerrados. tenía horror a la luz del Sol y al aire libre. y frente a la ponderosa y barroca fábrica de ésta. A pesar de hallarse habitada. a la gran plaza de la Cate­ dral.» El marqués tenía verdadero horror a las moscas. y luego.. y en Lo­ renza apenas hay días nublados. acaso de un tiñoso. que es como se le llamaba en la adusta ciu­ dad de Lorenza. daba al Mediodía. en la que se destacaba el gran escudo de armas del linaje de Lumbría. parecía un arca de silenciosos recuer­ dos de misterio. «1 palacio.. don Rodrigo Suárez de Te­ jada. que podían venir de un andrajoso mendigo. «El pol­ vo de la calle y la luz del Sol—solía decir—no hacen más que deslustrar los muebles y echar a perder las habitaciones. todos sus huecos per­ manecían cerrados.. Y ello porque el excelentísimo se­ ñor marqués de Lumbría. Por la trasera daba la casona al enorme tajo escar­ . Eran tan sucios los de Lorenza y su comarca. El marqués temblaba ante posibles contagios de enfermedades ple­ beyas. Su fachada. La casona solariega de los marqueses de Lumbría.. pero como el sol la bañaba casi todo el día.

forcejando con espumarajos por abrir­ se paso entre las rocas del tajo. Porque así como el marqués temía al sol. y mientras aquél se iba en las tardes de estío a leer en el balcón en sombra. El excelentísimo señor marqués de Lumbría vivía con dos hijas. con doñíi Vicenta. Carolina. a la que no había tocado el sol. Como que para tenerlos se había casado. Y aun­ que la yedra era abrigo de ratones y otras alimañas. y con su segunda mujer. la señora se quedaba en el salón delantero a echar la siesta sobre una vieja butaca de raso.84 M IG U E L DE U N A M U N O pado que dominaba al río. y ésta era la espina dolorosísima de su vida. libre del sol y de sus moscas. entre yedra. el marqués la respetaba. a poco de enviudar con su mujer. y al arrullo del silencio de la plaza de la Catedral. a la umbría. su señora. solía el marqués ponerse a leer mientras le arrullaba el rumor del río. al son del canto secu­ lar del río. señora de brumoso seso. y Lucía. la mayor. Una manta de yedra cubría por aquella parte grandes lienzos del palacio. y la señora le había resultado estéril. El marqués de Lumbría no tenía hijo's varones. que cuando no estaba durmiendo estaba quejándose de todo. y en especial del ruido. que gruñía en el congos­ to de su cauce. Y en un balcón puesto allí. la marquesa temía al ruido. La vida del marqués transcurría tan monótona y co­ . doña Vicenta. Era una tradición de familia.

odiaba al sol. tan consuetudinaria y ritual. y por la noche tenía su partido de ti e- sillo con el penitenciario. aunque hubiera puestas. Administraba sus fincas . hasta los muros vestidos de yedra. y al dar las diez. la marquesa dormitaba y las hijas del m ar­ qués hacían labores. Carolina. Llegaban a la misma hora. «¿Nolienes el jardín?». leían libros de edificación—acaso otros obtenidos a hurtadillas—o reñían una con otra. Carolina y Luisa tenían que reñir. como su padre. costumbre plebeya. sentábanse en derredor de la mesita—en invierno una camilla—dispuesta ya. según el marqués. Porque como para matar el tedio que se corría des- -de el salón cerrado al sol y a las moscas. siempre corta. a las que iba en visita. cruzaban la gran puerta. pero al . EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 85 tidiana. consejero íntimo de la famh lia. som­ bre la que se ostentaba la placa del Sagrado Corazón de Jesús con su «Reinaré en España y con más vene­ ración que en otras partes». La mayor.y dehesas. para el siguiente día. un beneficiado y el registrador de la Propiedad. de vez en cuando. le decía éste a su hija. refiriéndose a un jardincillo anejo al palacio. de aso­ marse a las ventanas y los balcones y hasta de criar -en éstos flores de tiesto. se iban ale­ jando. como el gruñir del río en lo hondo del tajo o como los oficios litúrgi­ cos del cabildo de la catedral. mientras Luisa gustaba de cantar. como por máquina de reloj. Entre tanto. t y se mantenía rígida y observante de las tradiciones de la casa.

asomarse a ver quién pasaba. y regar­ los. decía el padre. Luisa se quedó mirando a su hermana mayor.qué viene eso. Pero ella.. — Carolina te lo dirá.M U N O que rara vez bajaban sus habitantes. Luisa. — Esas cosas.». Tristón Ibáñez del Gamonal. Y los asomos al balcón del dormitorio y el riego de- las flores de tiestos dieron su fruto. y la hermana mayor. Y ello fué que. con ojos como de violeta y boca como de geranio. hija—le dijo su padre— . aña­ día: «¡No. «Qué mal gusto de atisbar lo que no nos importa. éste sin­ tió como si la voz doliente de una princesa presa en. que daba a una calleja de la plaza de la Catedral. hermana. quería tener tiestos en el balcón de su dormitorio. ¡Chiquilladas. no! —Pero ¿a. a la que vió sonreír. de una familia linajuda también y de las más tradicionales de la ciudad de Lorenza. Carolina. al pasar un día Tristán por la calleja. se hacen en forma y seriamente.86 M IG U E L DE U N A .. Tristán!». por entre las flores del balcón de su dormitorio. perdone. sino de andar a caza!» Y ya la tenían ar­ mada. se fijó en la hija segunda del marqués de Lumbría.. y ésta dijo: —No me parece. se le vino encima el agua del riego que rebosaba de los tiestos. padre?—exclamó Luisa. que nosotras. y con este pretexto. las hijas de .. y al exclamar Luisa: «¡Oh. un castillo encantado le llamara a su socorro..

todo se arreglará. en cambio. sino siempre con las dos her­ manas. Y se le hizo a Tristón entrar en la casa como preten­ diente formal a la mano de Luisa. No le im por­ taba. Y mientras transcurría la sesión de tresillo. hemos de andar haciendo las osas en cortejeos y pelando la pava desde el balcón como las artesanas. la señora dormitaba en un rincón de la sala. notaron que a poco de la admisión . cuchicheaban con Tristón. a quienes intrigaba el mis­ terio de la casona. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 87 los marqueses de Lumbría. En esto era vigilantísimo el padre. * * * Los contertulios tresillistas. ¿Y tú. y pues que por mi parte nada tengo que oponerle. ¿Para eso eran las flores? — Que pida entrada ese joven—sentenció el padre— . y junto a ella Caro­ lina y Luisa. haciendo labores de punto o de bolillos. que alguna vez recibiera a solas Ca­ rolina al que había de ser su cuñado. Carolina? —Yo—dijo ésta—tampoco me opongo. al cual procuraban no dejar^ le nunca solo con Luisa. pues así le ins­ truiría mejor en las tradiciones y costumbres de la casa. La señora tardó en enterarse de ello. la servidumbre de la casa y hasta los del pueblo.

ello la lleva. la vieja doncella.» Nadie le contestó nada. ¡sí. . a constantes disensiones. por supuesto. adora. Carolina. sin importancia. llevándose consigo a su hija mayor. con su hermana. y luego una ex­ presión tal.Porque las riñas y querellas entre las dos hermanas eran mayo­ res y más enconadas que antes.88 M IG U E L DE U N A M U N O en ésta de Tristán como novio de la segundona del m arqués. el ámbito espiritual de la hierática familia pa­ reció espesarse y ensombrecerse. y la he llevado a que se reponga. que Luisa gritaba: «Pues lo sabrá toda la ciudad. lo sabrá la ciudad toda! ¡Saldré al balcón de la plaza de la Catedral a gritárselo a todo el mundo!» «¡Calla!»—gimió la voz del marqués. Cuando regresó el marqués. que Mariana huyó despa­ vorida de junto a la puerta donde escuchaba. La taciturnidad del marqués se hizo mayor. por lo demás. A los pocos días de esto. la señora se quejaba más que nunca del ruido y el ruido era menor que nunca. la una insultaba a la otra. «La pobre no está bien de salud» — dijo mirando fijamente al penitenciario — . hacíanlo como en susurro y ahogaban las quejas. el marqués se fué de Loren­ za. ¡cosa de nervios!. a quien. sólo una no­ che se creyó obligado a dar alguna explicación a la tertulia del tresillo. Tristán no pareció por la casa. pero más silenciosas. tan inaudita allí. Y en los días que permaneció ausente. al cruzarse en un pasillo. Sólo una vez oyó Mariana. Cuando. o acaso la pellizcaba.

Sentía que se le iba la vida.» Y a su hija. Re­ nunció al tresillo. muy en familia. por el salón cerrado a la luz del sol de la calle. ¡un varón!. no debo irme. la señora se dormía más que antes. y si no es un . y el señor vagaba como un espectro. taciturno y cabiz­ bajo. Las flores del balcón del dormitorio de la recién casada se ajaron por falta de cuidado. «No tengo ya la cabeza para el juego—le dijo a su confidente el peni­ tenciario— . si es que en el mundo vivió. hasta recibir al nuevo marqués. y se agarraba a ella. se celebraba el matrimonio entre Tristán Ibáñez del Ga­ monal y la hija segunda del excelentísimo señor mar­ qués de Lumbría.» «Pues no me voy. Tristán fué a vivir con su suegro.» Un día. no puedo morir hasta ver cómo queda la cosa. Apenas si recordaba nada. y el ámbito de la casona se espesó y entenebreció más aún. padre. que le llevaba la comida a la cama. amaneció con un ataque de perlesía. pareció agarrarse con más desesperado tesón a la vida. en familia. le pre­ guntaba ansioso: «¿Cómo va eso? ¿Tardará?» «Ya no mu­ cho. «No. porque tiene que ser varón. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 89 Pocos días después. sólo me queda prepararme a bien morir. hace aquí falta un hombre. lo que pareció su despedida del mundo. Mas en cuanto fué recobrándose. De fuera no asistieron más que la madre del novio y los tresillistas. me distraigo a cada momento y el tresillo no me distrae ya.

«¡Marqués!»—gritó el anciano—.. será un Rodrigo y un marqués de Lumbría. para que pueda morir tranquilo. botarate.. tra­ yendo bien arropado al niño. tráemelo tú mismo. hija—y le temblaba la voz al decirlo—.. «Necesita más cuidado que la parturiente»— dijo el médico. que lo vea. acechan­ do. incorporóse en la cama y quedó mirando hacia la puerta del cuarto... le dió un beso bal­ buciente y tembloroso. y sin mirar siquiera a su yerno se dejó caer pesadamente sobre la almohada y sin sentido. con un lienzo negro.. Vistieron de luto.. padre. Y Tristán parecía un reo y a la vez un sirviente.» «Eso no depende de mí. y el negro del lienzo empezó- . Poco después entraba Tristán. un beso de muerte.. tráemelo en seguida. Era capaz de. «¡Sí!» Echó un poco el cuerpo hacia ade­ lante a examinar al recién nacido. Y sin haberlo recobrado mu­ rióse dos días después.» La pobre Luisa lloraba.90 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Suárez de Tejada. Temblaba todo él con fiebre de expectativa. Al oír el marqués aquel grito. si es hijo. La excitación del pobre señor llegó al colmo cuando supo que su hija estaba para librar. que después de habérsenos metido en casa ese. el escudo de la fachada de la casona.» «Pues eso más faltaba. compungido. —Cuando dé a luz Luisa— le dijo el marqués a su yerno— . si es marqués. no nos diera un marqués.

Y huyendo de casa. que le daba de lleno du­ rante casi todo el día.. Tristán. casi un mueble»—se decía— . —Aquí no hay más flor que el marqués—le contes­ tó ella.» Suspiraba.. a criar al marqués!»—le repetía a su marido.. Y desde la calleja solía contemplar el balcón del que fué dormitorio de Luisa. «Se me va la vida como un hilito de agua— decía—. Lui­ sa. a la que no llevó alegría ninguna el niño. «Pecho mercenario. Y un aire de luto pareció caer sobre la casa toda. El pobre sufría con que a su hijo no se le llamase sino el marqués. Otras veces salía. ' Luisa sentíase morir.— se atrevió a decirle una vez a su mujer. Tristán había caído en una tristeza indefinible y se sentía envejecer... «Soy como una dependencia de la casa. pero tuvo que desistir de ello. «¡Ahora. pecho mercenario. me zum­ ba la cabeza.. y si aun vivo. Empeñóse en un principio en criar a la criatura. salió extenuada del parto. La pobre Luisa. la madre. es porque me voy mu­ .. balcón ya sin tiestos de flores. dió en refugiarse en la catedral. Y lo que más le irritaba era que su mujer ni intentaba averiguarlo. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 9? desde luego a ajarse con el sol. siento que se me adelgaza la sangre. qqe se le derretía gota a gota la vida. —Si volviésemos a poner flores en tu balcón. yéndose no se sabía X adonde.

¡Sacrifícate al marqués! ¡Ah. * * * Viudo. Tristán.92 M IG U E L D E U N A M U N O riendo m uy despacio. le dijo al padre: «Cuida del mar­ qués. por mi marquesita..! Yo creí que tú. Y a pesar de que se hablaran. pero no. es por él.. tú no me has traído más que al marquesita. sólo por él. Pasábase las horas muertas en un balcón de la trasera de la casona. la de su hijo el marqués. Y si lo siento.. Y poco después de oírlas se quedó viudo. con recuerdos que siendo de muy pocos años le parecían ya viejísimos.. y preso en aquel lúgubre case­ rón cerrado al sol. temblorosos y febriles. joven. Poco des- . «¿A ti? ¡Tú no necesitas ser perdonado!» Palabras que cayeron como una terrible sentencia sobre el pobre hombre... de Rodriguín. dueño de una considerable fortuna.. [Qué triste vida ia de esta casa sin sol. entre marido y mujer se interponía una cortina de helado silencio. Cuando Luisa sintió que el hilito de su vida iba a romperse. entre la yedra. poniendo su mano fría sobre la frente del niño. ¡Tráemelo!» Y le cubría de besos lentos. Nada decían <de lo que más les atormentaba las mentes y los pechos.. oyendo el zumbido del río. me hubieses traído sol y libertad y alegría. y a ella dile que la perdono!» «¿Y a mí?»— gimió Tristán—.

¿Pues no se decía que había entrado monja? ¿Dónde y cómo vivió durante- aquellos cuatro años? Carolina volvió arrogante y con un aire de insólito desafío en la mirada. esta casa parece que lo- dice todo. «Pero Carolina—suplicaba Tristán— .. todo.» «Pues callemos nosotros. no lo sé— contestaba Tristán— pero aquí. sintió desde luego en su nue­ va madre al enemigo. No se avino a llamarla mamá. ¡déjate de antiguallas!» El niño. revisando. a pesar de los ruegos de su padre. la llamó siempre tía. se decía...» Luego mandó quitar la yedra. el marquesito.» La vida pareció adquirir dentro de la casona una re­ . Pero lo que dió un día que hablar én toda la ciudad de Lorenza fué que. los papeles del difunto marqués y arreglando su testamentaría. EL M A R Q U É S DE L U M B R IA 93 pues reanudaba las sesiones del tresillo. «¿Pero quién le ha dicho que soy su tía?—preguntó ella—. «Que le da el sol—exclamó—. y soy capaz de mandar embadurnarlo de miel para que se llene de moscas. Y se pasaba largos ratos encerrado con el penitenciario. todo* se sabe. volvió Tristán a la casona con Carolina..» «¿Todo?» «Sí. sin saber cómo. después de una ausencia de unos días. su cuña­ da. que le da el sol. mujer. Lo primero que hizo al volver fué mandar quitar el lienzo de luto que cubría el escu­ do de la casa. ¿Acaso Mariana?» «No lo sé. y ahora su nueva mujer.

Y al decirle que era una niña. que se cuidaba de educarle en religión. ni quiso verlo. dijo la madre: «Para la "vida que hubiese llevado. el marquesito quedaba a merced de los criados y de un preceptor que iba a diario a enseñarle las primeras letras. nuestro cástigo!» Y cuando poco después la po­ bre criatura empezó a morir.» —Tú estás así muy solo—le dijo años después un . en el que retenía Carolina a Tristán.34 M IG U E L DE U N A M U Ñ O cogida intensidad acerba.. Carolina. le decía: «¡Tristán. seguía las juga­ das de éste y le guiaba en ellas. y que de continuo estaba apoyándose en su brazo. pero durante ella.. Y en tanto. que se le dejaba casi colgar del brazo y que iba barriendo la ca­ lle con una mirada de desafío. * ** El embarazo de Carolina fué penosísimo. Y al ir a dar las diez. Y todos notaban que no hacía sino buscar ocasión de ponerle la mano sobre la mano. que nació desmedrada y enteca. ya es hora!» Y de casa no salía él sino con ella. Y parecía no desear al que iba a venir. y del penitenciario. Cuando hubo nacido. sentada junto a su marido. se limitó a contestar secamente: «¡Sí. El matrimonio salía muy poco de su cuarto. Reanudóse la partida de tresillo.

y así. no le puedo resistir a Rodriguín. no lo era menos el otro. el intruso. —Tío—(que así le llamaba).. necesitas compañía y quien te estimule a estudiar. yo me quiero ir. Todos creyeron que como Carolina no había logrado tener hijos suyos. el intruso.» «Dé­ jame solo. quedóse pen­ sativo. y tú vuélvete adonde los tuyos. y con un «¡niños!» los hacia mirarse en silenoio. fué diciéndole una vez Pedrito a Tristán— . y te dejo solo. y la ciudad toda de Lo­ renza no hizo sino comentar el extraordinario suceso. el m ar­ quesito se puso en guardia... al de su hermana.» Pero llegaba Carolina. y que era de una precocidad enfermiza y triste. traía el adoptivo. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 95 día Carolina a su sobrino. que ya a la sazón tenia diez años.? Y si me fastidias m ucho.. a uno que se ha quedado solo.¿que porque eres marqués vas a mandarme. «Pues tú qué te crees—le decía Pedrito a Ro­ driguín— . siempre me está echando en cara que yo estoy aquí para servirle y como de limosna. yo me voy. Los dos niños se miraron desde luego como enemi­ gos. para molestar y oprimir al otro. tu pa­ dre y yo hemos decidido traer a casa a un sobrino.. que es como quiero estar.. propios. porque si imperioso era el uno. me voy. Cuando vino el otro. el huérfano. ¿no la tengo . —Ten paciencia. El niño. ten paciencia. Pedrín. el m arquesito—. yo quiero volverme con mis tías.

sintieron ruido de pendencia. le escupió esta palabra: «¡Caín!» —¿Caín? ¿Es acaso mi hermano?—preguntó abrien­ do cuanto pudo los ojos el marquesito. lenta y silencio­ samente. por el pobre padre del marquesito. *** Y sucedió que un día. y al punto entraron los niños. Carolina vaciló un momento. Aquellas lágrimas las sentía el niño como un riega de piedad. Pero cuando Carolina vió san­ gre en las narices de Pedrito. dijo con voz ronca: «¡Pero es mi hijo!» — ¡Carolina!—gimió su marido.96 M IG U E L DE U N A M U N O yo?—Y cogiéndole al niño la cabecita se la apretó a la boca y lloró sobre ella. Y luego. gritando: «¡Hijo mío! ¡Hijo mío!» Y luego. La que no lloraba era Carolina. saltó como una leona hacia él. sudoro­ sos y agitados. Y sintió una profunda pena por el pobre hombre. «¡Yo me voy! ¡Yo me voy!»—gritaba Pedrito—. volviéndose al marquesito. vete y no vuelvas a mi casa!»—le contestaba Rodriguín. como apu­ ñándose el corazón. lloró copiosa. cogidos de las manos y miran­ do al vacío penumbroso de la estancia. . estando marido y mujer muy arrimados en un sofá. «¡Vete.

éste y no tú. y abriré to­ dos los balcones al soi... de mi hermana. ■ Carolina se irguió de pronto... Sus ojos centelleaban y le temblaban los labios. se lo diré yo! ¡Díselo! — ¡Carolina!—suplicó llorando Tristán. empezó a dar voces llamando a la servidum­ bre. que si no. marqués de Lumbría dile quién es su padre. y por ahí lo dicen. que dormitaba. Pero yo haré quitar el escudo. dile tú al nieto de don Rodrigo Suárez de Tejada. EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 97 — Sí—prosiguió el marquesito— . el padre del marquesito. que nació antes que tú. ni si lo tiene. Cogió a Pedrillo. y a grandes voces se puso a decir con calma: TRES NOVELAS 7 . — ¡Díselo! ¡Dile quién es el verdadero marqués de Lumbría! —No hace falta que me lo diga— dijo el niño. a su hijo. que era la mayo- razga.ya presumía yo que era su hijo. sí: el marqués es éste. lo apretó entre Sus rodillas y. exclamó: —¿Su padre? Dile tú. dile tú al hijo de Luisa. Y cuando tuvo a todos delante. de tu padre. por eso del escudo. Pero lo que no sabe­ mos es quién sea su padre. ¡Díselol ¡Díselo. éste. mandó abrir los balcones de par en par. mirando duramente a su marido. ya casi en la imbeci­ lidad de la segunda infancia. Luego. y a la señora. Y el mío. y haré que se le reconozca a mi hijo como quien es: como el marqués. sí. y de tu padre. y de mí. —Pues bien.

¿hemos vivido así.. para ocultar un enigma que no lo era para nadie. de­ cid en las plazuelas y en los patios y en las fuentes lo que me habéis oído. que lo sepan todos.. Mi padre.. sino roja. que hoy hay que revelarlo todo. —Pero si toda la ciudad lo sabía ya. y acaso también mi hermana estaba comprometida como yo. el excelentísimo señor marqués de Lumbría. éste es el marqués.. cuando él acababa de casar­ se con mi hermana. éste es el mayorazgo. ¡sangre azul! no.. 98 M IG U E L DE U N A M U N O —Este. éste es el verdadero marqués de Lumbría. del marqués. Tris- . que conozcan todos la m ancha del escudo. —Y para guardar un secreto que lo era a voces. al mes de haberse ellos casado. me sacrificó a sus principios. de nuestro hijo. — ¡Carolina!—gimió el marido... y muy roja. Tu hijo. —Y ahora—prosiguió Carolina dirigiéndose a los criados—. — ¡Qué ruido. sí. hombre. de este mismo Tristán que ahora se esconde y llora. — Cállate. Este es el que yo tuve de Tristán. de mi hijo. —¿Cómo?—gritó Carolina. — Sí. acurru­ cándose en una butaca de un rincón. por Dios!—se quejó la señora. para cubrir unas apariencias falsas. id y propalad el caso por toda la ciudad.. ha arrancado sangre.—susurró Ma­ riana. lo decían todos. vuestro hijo. señorita.

que no se atrevieron a negarse a sus invi­ taciones. Estaba pálido y febril. y se dará una fiesta invitando al pueblo de la ciudad. Y negóse lue­ go a ver ni a su padre ni a su hermano. Mantenía abiertos de par en par los balcones todos de la casona. Recibía todas las noches a los tertulianos del tresillo. Salía a diario. Y se pon­ drán tiestos de flores en todos los balcones. EL M A R Q U É S D E L U M B R ÍA 99 tán? ¡Miseria y nada másl Abrid esos balcones. llevando del brazo y como a un prisionero a su marido. y m añana mismo se quitará el escudo. la fiesta se dará el día en qué éste. y el sol ajaba el raso de los sillones y hasta daba en los retratos de los an­ tepasados. *** En toda la ciudad de Lorenza no se hablaba luego sino de la entereza varonil con que Carolina llevaba adelante sus planes. cuando el verdadero pecado es el que hizo hijo al otro. toda la luz y el polvo de la calle y las mos­ cas. Al pobre Rodriguín tuvieron que recogerle de un rincón de la sala. —Le meteremos en un colegio—sentenció Carolina. ál verda­ dero pueblo. el que el penitenciario llama hijo del pecado. vuestro hijo. Pero no. y era ella misma la que. mi hijo. teniendo al lado a su . y de la mano al hijo de su mocedad. el día en que éste sea reconocido como quien es y marqués de Lumbría. que en­ tre la luz.

100 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

Tristán, jugaba con las cartas de éste. Y le acariciaba
delante de los tertulianos, y dándole golpecitos en la
mejilla, le decía: «¡Pero qué pobre hombre eres, Tris­
tán!» Y luego a los otros: «¡Mi pobre maridito no sabe
jugar solol» Y cuando se habían ellos ido, le decía a él:
«¡La lástima es, Tristán, que no tengamos más hijos...
después de aquella pobre niña...; aquélla sí que era hija
del pecado, aquélla y no nuestro Pedrín...; pero ahora,,
a criar a éste, al marqués!
Hizo que su marido lo reconociera como suyo, en­
gendrado antes de él, su padre, haberse casado, y em­
pezó a gestionar para su hijo, para su Pedrín, la suce­
sión del título. El otro, en tanto, Rodriguín, se consu­
mía de rabia y de tristeza en un colegio.
—Lo mejor sería—decía Carolina—que le entre la
vocación religiosa; ¿no la has sentido tú nunca, T ris­
tán? Porque me parece que más naciste tú para fraile
que para otra cosa...
—Y que lo digas tú, Carolina...—se atrevió a insi­
nuar suplicante su marido.
— ¡Sí, yo; lo digo yo, Tristán! Y no quieras envane­
certe por lo que pasó, y que el penitenciario llama
nuestro pecado, y mi padre, el marqués, la m ancha de
nuestro escudo.’’¿Nuestro pecado? ¡El tuyo, no, Tristán;
el tuyo, no! ¡Fui yo quien te seduje, yo! Ella, la de los
geranios, la que te regó el sombrero, el sombrero, y no
la cabeza, con el agua de sus tiestos, ella te trajo acá, a

EL M A R Q U É S DE L U M B R ÍA 101

la casona; pero quien te ganó fui yo. ¡Recuérdalo! Yo
quise ser la madre del marqués. Sólo que no contaba
con el otro. Y el otro era fuerte, más fuerte que yo.
Quise que te rebelaras, y tú no supiste, no pudiste re­
belarte...
—Pero Carolina...
—Sí, sí, sé bien todo lo que hubo; lo sé. Tu carne
ha sido siempre muy flaca. Y tu pecado fué el dejarte
casar con ella; ése fué tu pecado. ¡Y lo que me hicis­
teis sufrir! Pero yo sabía que mi hermana, que Luisa,
no podría resistir a su traición y a tu ignominia. Y es­
peré. Esperé pacientemente y criando a mi hijo. Y ¡lo
•que es criarlo cuando media entre los dos un terrible
secreto! ¡Le he criado para la venganza! Y a ti, a su
padre...
— Sí, que me despreciará...
— ¡No, despreciarte, no! ¿Te desprecio yo acaso?
— ¿Pues qué otra cosa?
— ¡Te compadezco! Tú despertaste mi carne y con
ella mi orgullo de mayorazga. Como nadie se podía di­
rigir a mí sino en forma y por medio de mi padre...,
como yo no iba a asomarme como mi hermana al bal­
cón,, a sonreír a la calle..., como aquí no entraban más
hombres que patanes de campo o esos del tresillo, pa­
tanes también de coro... Y cuando entraste aquí te hice
sentir que la mujer era yo, yo, y no mi hermana...
¿Quieres que te recuerde la caída?

102 M IG U E L DE U N A M U N O

- - ¡No, por Dios, Carolina, no!
- -Sí, mejor es que no te la recuerde. Y eres el hom­
bre caído. ¿Ves cómo te decía que naciste para fraile?
Pero no, no, tú naciste para que yo fuese la madre
del marqués de Lumbría, de don Pedro Ibáñez del Ga­
monal y Suárez de Tejada. De quien haré un hombre.
Y le mandaré labrar un escudo nuevo, de bronce, y no
de piedra. Porque he hecho quitar el de piedra para
poner en su lugar otro de bronce. Y en él una mancha
roja, de rojo de sangre, de sangre roja, de sangre roja
como la que su hermano, su medio hermano, tu otro
hijo, el hijo de la traición y del pecado, le arrancó de la
cara, roja como mi sangre, como la sangre que tam­
bién me hiciste sangrar tú... No te aflijas—y al decirle
esto le puso la mano sobre la cabeza— , no te acongo­
jes, Tristán, mi hombre... Y mira ahí, mira al retrato de
mi padre, y dime tú, que le viste morir, qué diría si
viese a su otro nieto, al marqués... ¡Con que te hizo
que le llevaras a tu hijo, al hijo de Luisa! Pondré en el
escudo de bronce un rubí, y el rubí chispeará al sol.
¿Pues qué creíais, que no había sangre, sangre roja, roja
y no azul, en esta casa? Y ahora, Tristán, en cuanto
dejemos dormido a nuestro hijo, el marqués de sangre
roja, vamos a Acostarnos.
Tristán inclinó la cabeza bajo un peso de siglos.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE .

.

y los mozos se dormían aquella noche más tarde. o como un monumento más. arrastrando tras sí las miradas de todos.» Había en los ojos de la hermosa como un agüero de tragedia. entre los tesoros arquitectónicos de la capital. sujeto de m uy brumosos antecedentes morales. Los viejos se entristecían al verla pasar. Su porte inquietaba a cuantos la miraban. escapada de lo más pro­ fundo de su conciencia. Su último y su­ premo negocio. parecía decirle: «¡Tu hermosu­ ra te perderá!» Y se distraía para no oírla. La fama de la hermosura de Julia estaba esparcida por toda la comarca que ceñía a la vieja ciudad de Re­ nada. la última carta que le quedaba por . Y ella. pero viviente y fresco. El padre de la hermosura regional. Una voz muy recóndita. consciente de su po­ der. Era agente de ne­ gocios. don Victorino Yáñez. era Julia algo así como su belleza oficial. «Voy a Renada —decían algunos—a ver la catedral y a ver a Julia Yá­ ñez. y éstos le iban de mal en peor. sentía sobre sí la pesadumbre de un porvenir fa­ tal. tenía puestas en la hija todas sus últimas y definitivas esperanzas de redención económica.

¿lo entiendes. nada de novios estudiantinos.. Cuando digo que apenas si tienes sentido común. !as proporciones y hasta la salud las renatenses todas. nada de pelar la pava. —¡Y qué le voy a hacer.. ¿lo oyes?.? — Sí. —Ya no nos queda más que Julia—solía decirle a su mujer— . acaso. es que vigiles a Julia y le impidas que ande con esos noviazgos estúpidos. todo depende de como se nos case o de como la casemos.. de ti y mío. estamos perdidos. Si hace una tontería. lo entiendo. —¿Y a qué le llamas hacer una tontería? —Ya saliste tú con otra.. — ¡No. —¿Y qué le voy a hacer? —¿Qué le vas a hacer? Hacerla comprender que el porvenir y el bienestar de todos nosotros. —Pues lo que aquí hace falta. no lo entiendes! La honra. Victorino! Ilústrame tú. la hon­ ra de la familia depende de su casamiento.106 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O jugar.. No quiero nada de reja. Es menester que se haga valer. que eres aquí el único de algún talento. y hacía tiempo que ignoraba su paradero. y la honra.. en que pierden el tiempo. ya te lo he dicho cien veces. Anacleta. era la hija. Tenía también un hijo. y me temo que la haga. — ¡Pobrecilla! —¿Pobrecilla? Lo que hace falta es que no empiece . pero era cosa perdida.

—Mira... Mira que te conocí entonces. . por desgtacia.. y que no lea esas novelas disparatadas que lee.. y saber aprovecharla. hasta que venga el sultán a quien papá me venda? —No digas esas cosas. y ha­ certe señas. por Dios.. —¿Y qué voy a hacer.. comprendiendo toda la hó­ rrida hondura de los cálculos de su padre. Y la pobre Julia sufría.. Tú.. hija mía—le dijo su m adre—.. aceptó Julia al primer novio. a su edad. mamá? ¿Vivir como una es­ clava. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 107 a echarse novios absurdos..l —Pensar con juicio.» Y así era. y le he visto rondando la casa. no digas más necedades! No abres la boca más que para decir majaderías. y darse cuenta de lo que tiene con su hermosura. que ya sé lo que hay.. para salvarse acaso del presidio. Anacleta.. y que no hacen sino levantarle.. Y separábanse los padres de la hermosura para re­ comenzar al siguiente día una conversación parecida. Y por instinto de rebelión. Tú. —¡Vamos.. y sé que recibiste una carta suya.. hija mía... «Me quiere vender—se decía—para salvar sus negocios compro­ metidos. —Sí. —Pues yo. y que le contestaste. prisionera. a su edad. a su edad. los cascos y llenarle la cabeza de humo. — ¡Pero y qué quieres que haga.

que debo esperar al comprador... en una especie de lonja. es capaz de cualquier barbaridad conmigo. y en aquella primera entrevista le contó a Enrique.» Y una vez que logró que se supiera en toda Renada cómo la consagrada hermosura regional le había admitido a su ventana. «A esta mocita—se dijo él— le da por lo trágico. sí. hay que tra­ tarse antes. Pero. «Si mi padre nos sorprende así—pensaba— . Y Enrique sintió.. el día que me casé! —Es lo que yo no quiero tener que decir un día. —Ni contigo ni con tu padre se puede. —¿Y cómo se va a saber si es formal o no? Lo pri­ mero es empezar. a redimirla. —Vamos. lee novelas sentimentales. que quiere especular con mi hermosura. quererse. Y la madre. todas las lóbregas miserias morales de su hogar. entonces. pero un novio formal. como le tienen las demás? —Sí. buscó medio de desentenderse del compro­ . a bajar a hablar con el primer novio a una ventana del piso bajo..» Bajó a la ventana. afrontándolo todo. Venía a salvarla. se atre­ vió. Y ella. un incipiente tenorio renatense. la dejaba.108 M IG U E L DE U N A M U N O —¿No he de poder tener un novio. así se sabrá que soy una víctima. Así sois los Yáñez.. Para llegar a quererse. a pesar de su embobecimiento por la herm osa. —Quererse. mejor. que le abatían los bríos. Julia. ¡Ay.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 109

miso. Bien pronto lo encontró. Porque una mañana
bajó Julia descompuesta, con los espléndidos ojos en­
rojecidos, y le dijo:
—Ay, Enrique; esto no se puede ya tolerar; esto no
es casa ni familia: esto es un infierno. Mi padre se ha
enterado de nuestras relaciones, y está furioso. ¡Figú­
rate que anoche, porque me defendí, llegó a pegarme!
— ¡Qué bárbarol
—No lo sabes bien. Y dijo que te ibas a ver con él...,
— ¡A ver, que venga! Pues no faltaba más.
Mas, por lo bajo, se dijo: «Hay que acabar con esto^
porque ese ogro es capaz de cualquier atrocidad si ve
que le van a quitar su tesoro; y como yo no puedo
sacarle de trampas...»
—Di, Enrique, ¿tú me quieres?
—¡Vaya una pregunta ahora...!
—Contesta, ¿me quieres?
— ¡Con toda el alma y con todo el cuerpo, nena!
—¿Pero de veras?
— ¡Y tan de verasl
—¿Estás dispuesto a todo por mí?
— ¡A todo, sí!
—Pues bien, róbame, llévame. Tenemos que esca­
parnos; pero lejos, muy lejos, adonde no pueda llegar
mi padre.
— ¡Repórtate, chiquilla!
— ¡No, no, róbame; si me quieres, róbame! ¡Róbale:

110 M IG U E L DE U N A M U Ñ O

a mi padre su tesoro, y que no pueda venderlol ¡No
-quiero ser vendida: quiero ser robadal ¡Róbame!
Y se pusieron a concertar la huida.
Pero al siguiente día, el fijado para la fuga, y cuan­
do Julia tenia preparado su hatito de ropa, y hasta
avisado secretamente el coche, Enrique no compareció.
«¡Cobarde, más que cobardel ¡Vil, más que vil!—se
decía la pobre Julia, echada sobre la cama y m ordien­
d o de rabia la almohada— . ¡Y decía querermel No, no
me quería a mí; quería mi hermosura. ¡Y ni estol Lo
que quería es jactarse ante toda Renada de que yo,
Ju lia Yáñez, ¡nada menos que yo!, le había aceptado
por novio. Y ahora irá diciendo cómo le propuse la
fuga. ¡Vil, vil, vil! ¡Vil como mi padre; vil como hom­
bre!» Y cayó en mayor desesperación.
—Ya veo, hija mía—le dijo su madre—, que eso ha
acabado, y doy gracias a Dios por ello. Pero mira, tie­
ne razón tu padre: si sigues así, no harás más que des­
acreditarte.
—¿Si sigo cómo?
—Así, admitiendo al primero que te solicite. Adqui­
rirás fama de coqueta y...
—Y mejor, madre, mejor. Así acudirán más. Sobre
-todo, mientras no pierda lo que Dios me ha dado.
— ¡Ay, ay! De la casta de tu padre, hija.
Y, en efecto, poco después admitía a otro preten­
diente a novio. Al cual le hizo las mismas confiden-

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 111

cías, y le alarmó lo mismo que a Enrique. Sólo que
Pedro era de más recio corazón. Y por los mismos pa­
sos contados llegó a proponerle lo de la fuga.
—-Mira, Julia—le dijo P edro—, yo no me opongo a
que nos fuguemos; es más, estoy encantado con ello,
¡figúrate tú! Pero, y después que nos hayamos fugado,
¿adonde vamos, qué hacemos?
— ¡Eso se verá!
— ¡No; eso se verá, no! Hay que verlo ahora. Yo,
hoy por hoy, y durante algún tiempo, no tengo de qué
mantenerte; en mi casa sé que no nos admitirían; ¡y en
cuanto a tu padre...! De modo que, dime, ¿qué hace­
mos después de la fuga?
—¿Qué? ¿No vas a volverte atrás?
— ¿Qué hacem os?
— ¿No v as a acobardarte?
—¿Qué hacemos, di?
—Pues... ¡suicidarnos!
— ¡Tú estás loca, Julia!
—Loca, sí; loca de desesperación, loca de asco, loca
de horror a este padre que me quiere vender... Y si tú
estuvieses loco, loco de amor por mí, te suicidarías
conmigo.
—Pero advierte, Julia, que tú quieres que esté loco
de amor por ti para suicidarme contigo, y no dices que
te suicidarás conmigo por estar loca de amor por mí, sino
loca de asco a tu padre y a tu casa. ¡No es lo mismo!

.

esto acaba mal. no estoy loca ni veo visiones. nadie de sus antecedentes. Lo esencial era salir de casa. padre? ¿Te callas? — ¡Que estás loca! —No. te digo que era capaz de venderme a don Alberto. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 113 Don Victorino palideció. * * * Por entonces compró una dehesa en las cercanías de Renada—una de las más ricas y espaciosas dehesas— un indiano. porque si no. casado. Había casado ya a dos. —¿Y qué dices a eso. sin decir nada. el padre se fué de casa. Comprendía que hasta una venta sería una reden­ ción. caprichoso en punto a mujeres. ronda la casa. ¿Le digo que se entienda contigo? —Me voy. que esto ya no le parece mal. disoluto. — ¡Pero hija m ía. fuese como fuese. Y levantándose. de quien se decía que no reparaba en gastos para conse­ guirlas. dotándolas espléndidamente. h ija mía! —Te digo. madre. Pasea la calle. y separado de su mujer. Alejandro Gómez. Don Al­ berto Menéndez de Cabuérniga era un riquísimo ha­ cendado. huir de su padre. Nadie sabía bien de su origen. La voluntad de la pobre muchacha se iba quebran­ do. nadie le oyó hablar TRES NOVELAS 8 .

he dejado de conseguir. un conde- sito o duquesín de alfeñique. y que allí. ni todos—le replicaban. —Con dinero se va a todas partes—solía decir. —¡Todos no. había sido llevadojpor sus padres a Cuba. —Nada que de veras me haya propuesto. no va a ninguna par­ te. ¡Y si quiero. resuelto a afincarse en ella. y a Méjico después. siendo muy niño. una fortuna fabu­ losa—hablábase de varios millones de duros— . ignorábase cómo. Sabíase sólo que. muy voluntario­ so. en que volvió a España. —No siempre. Los que le trataban teníanle por hom­ bre ambicioso y de vastos proyectos. a puño? ¿Yo? ' ¡Y había que oír cómo p ro n u n c ia b a ^ / En esta afir­ mación personal se ponía el hombre todo. prim e­ ro. Alardeaba de plebeyo. ni de su pueblo. pero los que han sabido hacerlo. ni de su niñez. y corrían respecto a él las más fan­ tásticas leyendas. antes de cumplir los treinta y cuatro años. ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo. y muy tozudo. * * * . Decíase que era viudo y sin hijos. y muy reconcentrado. por muchos millones que tenga. no. llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero. ni de sus parientes. que he sabido hacerlo por mí mismo.114 M IG U E L DE U N A M U N O nunca ni de sus padres. sí! Un señoritingo de esos que lo ha heredado. había fraguado una enorme fortuna.

. la herm osura mo­ num ental de Renada. y poco después recibía otra con estas palabras. se dijo Julia: «¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo .! — ¡Ahí tienes su carta! Y sacó del seno una. Y •luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!» —¿Sabes... Julia ■había escrito a su nuevo pretendiente una carta-con­ testación henchida de sarcasmos y de desdenes. y se salió sin decirle palabra. padre—le dijo un día al suyo Julia— .. me ronda. no se habla más que de él hace algún tiempo. va en serio.? — ¡Sí. que echó a la cara de su padre.» Y al leerlo.. que ese fabuloso Alejandro. — ¡Te digo que no te burles. trazadas por mano ruda y en letras grandes. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 115 A Alejandro le hablaron de Julia. — ¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste. ya sabes.. Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone. angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. no me burlo.. Julia? — No. el que ha comprado Car- bajedo. — ¡Pues qué he de hacer. «¡Hay que ver eso!»—se dijo. Y hubo unos días de ló­ brego silencio y de calladas cóleras en la casa. sé quién es! ¿Y qué? —¿Sabes que también ése me ronda? — ¿Es que quieres burlarte de mí. sí.! ¡Decirle que se vea con­ tigo y que convengáis el precio! Don Victorino atravesó con una mirada a su hija...

no podré encubrirlo. ha liberado mis. dentro de poco no podré ya encubrir mi rui­ na y mis trampas..116 M IG U E L DE U N A M U N O su redentora?» A los pocos días de esta segunda car­ ta llamó don Victorino a su hija. no exige eso. voy a decirte la verdad toda. soy ya suya? — ¡No. nos ha comprado. que vivo a sus expensas... ¿Y ahora? — Que dependo de él. Ha sabi­ do mi situación. que dependemos de él. ¡por ti! ¡Invocando tu nombre! Tu herm osura ha sido m i escudo. —No.. y ahora estoy ya libre y respiro. y hasta mis. Ha pagado todas mis- trampas. — No lo digas. Se acaban los plazos. —¿De modo que. se encerró con ella. Hasta hoy he logrado parar el golpe. se ha enterado de todo.. gracias a él. ¿que me has vendido ya? —No. que vives tú misma a sus ex­ pensas. quieras que no. —¿Y si le acepto? —Pues bien. «¡Pobre chica!». se decían. —Sí.. todo depende ahora de tu resolu­ ción: nuestro porvenir y mi honra.. no lo digas. y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos. Si no aceptas a Alejandro. hija mía. le dijo: —Mira. — Es decir. Y me echarán a presidio. no exige nada! — ¡Qué generoso! . lo sé. no pide nada..

Y la muchacha tembló ante aquellas palabras. sí. rechazándole. no me manches! — Pero hija. puede venir cuando quiera. Ju- . ante un hombre. exclamó: — ¡No. ¿Quién había dicho •esto? ¿Era ella? No. pero ésta. que Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone? ¿Venirme con aquellas cosas a mí? ¿A mí? Tales fueron las primeras palabras con que el joven indiano potentado se presentó a la hija de don Victo­ rino. Julia. en la casa de ésta. Y el hombre se le ofreció más rendido y menos grosero que ella esperaba. por primera vez en su vida. sintiéndose. — ¡Vete a besar tus papelesl O mejor. graciasl El padre se levantó para ir a besar a su hija. Dile que. hija mía. Y tembló después de decirlo. era más bien otra que llevaba den­ tro y la tiranizaba. lo he comprendido todo. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 117 — ¡Julia! —Sí. los padres los dejaron solos. — ¡Gracias. *** —¿No le dije yo a usted. las cenizas de aquellos que te hubiesen echado a presidio. A la tercera visita. por mí.

estoy bienl — Entonces. —¿Miedo? ¿Miedo de qué? — ¡Miedo. Los sollozos le agarrotaban.'¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí? ¿A mí? [Pues no faltaba más! Y hubo en aquel a m í un acento tal.. Julia. mien­ tras una voz le decía: «¡Este es un hombrel» . que se le cortó a Julia la fuente de las lágrimas. el respiro. Miró entonces a aquel hombre. —¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro. faltábale. me tiene miedo! Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. ¿por qué tiembla asíf — Algo de frío acaso. sino miedo. Julia—dijo él. a mil —¿Y por qué he de tenerle miedo? — [Sí..118 M IG U E L DE U N A M U N O lía temblaba. y como que se le paró el corazón.. serás mía. — ¡No. Julia lloraba desde lo más hondo de las entrañas.. Temblor y silencio s& prolongaron un rato... no seré de usted... — ¡Me han vendido! ¡Me han vendido! [Han trafica­ do con mi hermosura! [Me han vendido! —¿Y quién dice eso? — [Yo. —No. lo digo yol ¡Pero no. Alejandro callaba. sino muertal — Serás mía. no. lloraba con el corazón.! —Parece que está usted mala.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 119 — ¡Puede usted hacer de mí lo que quiera! —¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él... y con los grandes ojos hermosísimos irradiando asombro. lo que era . se quedó mirando al hombre... mía..? — Yo creí. yo creí.. la mía.. que puede. claro está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley! — ¡Sí.. No sé lo que me digo.» —¿Pues qué creías. Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes..... ** * ¿Qué tenía aquel hombre rudo y hermético que.. a la vez que le daba miedo. que sonreía y se decía: «Voy a tener la mu­ jer más hermosa de España.. mi mujer. ¡Mi mujer le­ gítima. tuya! Estaba rendida. A Julia se le escapó un grito.. —No sé... se le imponía? Y.. Sintió luego unos labios sobre sus labios y una voz que le decía: —Si... Y se concertó la boda. —¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera? —Sí.. —Pero es que lo que yo—y este yo resonaba triun­ fador y pleno—quiero es hacerte mi mujer. mía. insis­ tiendo en seguir tuteándola....

y voy a verme libre de este maldito hogar. y que hablaban de su suerte loca. Julia. ¡Y cómo lo dicel [Cómo pronuncia yo! ¿Me quiere a mí. |No la había comprado. como suele decir él. que se había propuesto tener por mujer a una de las más hermosas. sentíase rendida a una sumi­ sión que era una forma de enamoramiento. [Porque no vivirá con nosotros. no quería querer a aquel aventure­ ro. o es que no busca sino lucir mi hermosura? ¿Seré para él algo más que un mueble costosísimo y rarísimo? ¿Estará de veras enamorado de mí? ¿No se saciará pronto de mi encanto? De todos modos. no! Le pasaremos una pensión. ¿me quiere de veras? ¿Me quiere a mí? ¿A mí?. y que se enrede con las criadas. Pero ¿la quería aquel hombre? ¿La que­ ría de veras? «Yo he de conquistar su amor—decíase— . nol Habíala conquistado. Porque ella. pero. «Pero él—se decía Julia—. . libre de mi padre. inmensamente rica!» Mas esto no la satisfacía del todo. le imponía una especie de extraño amor. y que siga insultando a mi pobre madre. sin querer quererle. [Y seré rica. muy rica. va a ser mi marido. Sabíase envidiada por las renatenses. Era algo así como el amor que debe encenderse en el pecho de una cautiva para con un arrogante conquistador.120 M IG U EL DE UNA Al UNO más terrible. Evitaremos que vuelva a entramparse. y hacer que luciera sus millones. y de que su hermosura le había producido cuanto po­ día producirla.

¿Pero es que yo le quiero?» Y ante él sen­ tíase sobrecogida. Y temblaba de amor. pues eso sería la peor forma de venderse. Los más de los que frecuentaban su casa. aunque creyese otra cosa o lo ignorase. Las rela­ ciones y amistades de Alejandro eran. y fuéronse a vivir a la corte. muchas. No ya el amor •de aquel hombre a quien se sentía subyugada y como por él hechizada. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 121 Necesito que me quiera de veras. podía satisfacer hasta sus menores caprichos. ni éste le hablaba nunca de ellos. aristócratas de blasón no pocos. antojábasele a Julia que debían de ser deudores de su marido. o no me quiere?—se preguntaba—. * Se casaron. «¿Me quiere. que daba dinero á préstamos con sóli­ das hipotecas. A ella no le faltaba ■nada. Pero nada sabía de los negocios de él. Me colma de atenciones. brotada de lo más hondo de sus entrañas. ella temblaba. no puedo ser su mu­ je r sin que me quiera. mientras una voz misteriosa. sino la certidumbre de aquel amor. . le decía: «¡Este es un hombre!» Cada vez que Alejandro decía yo. me trata con el mayor respeto. pero algo extrañas. merced a su fortuna. pero le faltaba lo que más podía faltarle.

. inadvertido: era que afectaba cierta ordi­ nariez plebeya. por el traje. «Encanto. h asta me mima.. con aquel hombre. su mujer. eran los trapos para su Julia. enca­ riñándose con los que llevaba. y te la lleno de todas las novelas que se han escrito desde Adán acá..» ¿Yo? ¿Yo esas cosas? ¿Con esas cosas a mí? ¿A mí? Esas son cosas de novelas. En cambio. Diríase que el día mis­ mo en que estrenaba un traje se frotaba con él en las paredes para que pareciese viejo.. Le costaba cambiar de vestidos. hago construir en ese solar que hay ahí al lado un gran pabellón para biblioteca... pero lo que mejor y más a gusto pagaba eran las cuentas de m odistos y modistas. que­ rida. No era nada tacaño en pagar. —¡Qué cosas dices. No era tan sólo que buscase pasar. .. Complacíase en llevarla a su lado y que resaltara la. —Y me gusta todavía..122 M IG U E L DE U N A M U N O aunque algo como a una criatura voluntariosa.. hermosa. Y ya sé que a ti te gus­ taba leerlas. rica.. —Pues lee cuantas quieras. si te empeñas. ¿pero me quiere?» Y era inútil querer hablar de amor.. —Solamente los tontos hablan de esas cosas— solía decir Alejandro— .. se vistiese con la mayor elegan­ cia posible y del modo que más hiciese resaltar su na­ tural hermosura.! Vestía Alejandro de la manera más humilde y más- borrosa posible. Mira. insistía en que ella. de cariño...

ni me importa. da esclava favorita. Alejandro. o no lo advertía él.. eh? Pues me ale­ gro. Yo me he hecho solo. se decía: «¿Pero me quie­ re. Y poco a poco se le iba formando alma de esclava de harén. —¿Familia?— dijo Alejandro—. dicho? . como en su hombre. ninguna.. pero de esclava al fin. adivinando este sentimiento.. o no me quiere. yo y tú. —¿Que no te atreves? ¿Es que te voy a comer? ¿Es que me he ofendido nunca de nada de lo que me hayas. y sólo mía. Mi familia em­ pieza en mí. de única esclava. este hombre?» Porque siempre pen­ saba en él como en este hombre. pero es mía. coqueteando. — Otra cosa querría preguntarte. que eres mía. No se percataba de qué era lo que pudiese interesar a su señor marido. pero nó me atrevo.. —¿Pero y tus padres? — Haz cuenta que no los he tenido. provocaba esas miradas. el amo. o más bien fingía no ad­ vertirlo. y si ella a su vez. Intimidad entre ellos. O mejor. conque. Parecía ir diciendo a aquellos que la miraban con codicia de la carne: «¿Os gusta. Recreá­ base en que las gentes se quedasen mirando a su mu­ jer. Yo no tengo hoy más familia que tú. Mi familia soy yo. ¡rabiadl» Y ella. el hombre de quien era ella. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 123- diferencia de vestido y porte entre uno y otra. Al­ guna vez se atrevió ella a preguntarle por su famii'iq.

— No. amor. — Claro... pero. que ella. no puede creer esas .. dime: ¿tú eres viudo. no lo he creído. no debías creerlo. — Bueno. Quien me quiere como me quieres tú. le dijo: —Pues bueno. «quien es tan mía como tú lo eres..? Pasó como una sombra un leve fruncimiento de en­ trecejo por la frente de Alejandro. — ¿Y tu primera mujer? — A ti te han contado algo.124 M IG U E L DE U N A M U N O — No. — ¿Y lo has creído? — No.. di.... . con tan redondo egoísmo. — Claro que te quiero. temblando de aquel modo. no lo he creído... pregunta y acabemos. nunca. — A ti te han contado algo. no te lo pregunto..patrañas. he oído algo. pero.—y al decirlo esperaba a pro­ vocar una confesión recíproca de cariño. amor rendido de esclava favorita. no podías.. no tengo queja. que era. no tengo queja. — ¡Pregúntamelo! Y de tal modo lo dijo. — No. que respondió: — Sí.. — Pues sí. a la vez que miedo... — ¡Pues no faltaba más! — No.. — Es natural. soy viudo. — No..

. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 125?- —Bueno. que han matada- a sus mujeres—se atrevió a decir Julia. — ¿Y lo creiste? —No. —¿Por qué? . no lo creí. sin embargo. ya te he dicho que no me gustan frases de novelas sentimentales. te han dicho eso? —Sí. a una cosa mía? ¿Qué es lo que hizo temblar a la pobre Julia al oír esto? Ella no se dió cuenta del origen de su temblor. después de una breve pausa. ¿No. continuó: —A ti te han dicho que me casé en Méjico. Cuanto menos se diga que se le- quiere a uno. —Veo que tienes aún mejor juicio que yo creía ¿Cómo iba a matar a mi mujer. eso me han dicho. con una mujer inmensamente rica y mucho- mayor que yo. con una vieja millonaria. —Habría sido una absoluta necedad—prosiguió Ale­ jandro— . Y. pero fué la palabra cosa aplicada por su marido a su primera mujer. No pude creer que matases a tu* mujer. siendo y a un mozo. mejor. y que la obli­ gué a que me hiciese su heredero y la maté luego. ¿Para qué? ¿Para heredarla? ¡Pero si yo dis­ frutaba de su fortuna lo mismo que disfruto hoy de ella! ¡Matar a la propia mujerl ¡No hay razón ninguna para matar a la propia mujerl —Ha habido maridos.

salir y en­ tra r. se murió ella sin que yo la matara. ¡Como si me hubiese pa­ usado por la imaginación. tan •terrible como el de su padre. — [Bah. ni en sueños. Y ésta quedóse pensativa y temblorosa.126 M IG U E L DE U NA M U NO —Por celos.. bah. . sí o no.1 —Lo sé. lo sé sin que me lo digas. ¿Pero a mí? ¿A mí? A mí no me puede faltar mi mujer. porque sólo a ellos les puede faltar su mujer.. bahl Los celos son cosa de estúpidos. Hablemos de otras. no me puedes faltar túl —No digas esas cosas. aquel hombre? *** ¡Pobre Julial Era terrible aquel su nuevo hogar. absolutamente libre. faltarte. Fué una de las veces en que Alejandro habló más a su mujer. — ¡Claro1 — Que no puedes faltarme. ¡No pudo faltarme aqué­ lla. o porque les faltaron ellas. — ¿Por qué? — Me duele oírte hablar así. recibir a las amigas y aun amigos que prefiriera. ¿A mí? ¿Mi mujer? ¡Impo­ sible! Y en cuanto a la otra. Era libre. podía hacer en él lo que se le antojase. a la primera. ¿La quería.. sé que no me fal­ tarás nunca. Sólo los estúpidos pueden ser celosos..

¡Pero yo. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 127 ¿Pero la quería.aseguró que. exclamó aquél: • —Lo esperaba. pero el padre continuó tan herméti­ co. —¿Y si no hubiera venido?—preguntó ella. — ¡Imposible! Tenía que venir. otro hombre como yo. sí. no! Yo tenía que tener un hijo. adqui­ riendo una mayor plenitud su herm osura. Y vino el hijo. «Con eso de los . pero las madres que crían se estropean mu­ cho.. — ¿Y por qué? —Porque tú no podías no habérmelo dado. Cuando le anunció la buena nueva.. yo! —Pues hay muchos que se casan y no lo tienen. lejos de estropearse. '«Ahora sabré si me quiere •o no». y yo no quiero que te estropees: yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible. se dijo. Sólo se opuso a que la madre criara al niño. yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello. El padre rehusaba besar al hijo. ¡Tenía que tener un hijo yo. su amo y señor? La incertidumbre del amor del hombre la tenía como presa en aquel •dorado y espléndido calabozo de puerta abierta. Le esperaba. Un rayo de Sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. — Otros. —No. o no. Ya tengo un heredero y a quien ha­ cer un hombre. ganaría Julia con criar al hijo. Y sólo cedió cuando el médico le.

era un pequeño infierno. tenía negocios con Alejandro. —¿No me preguntabas una vez por mi familia?—dijo- un día Alejandro a su mujer— . la conde­ sa. ese juego. daba cebo a la maledicencia escandalosa. préstamo usurario cuantiosos caudales. Cada uno de ellos campaba por su cuenta. El conde y la condesa ni se entendían ni se querían. Ahora tengo ya familia. de aquel hombre?» Ya otra vez le oyó la misma expre­ sión. quien le había dado a. . y quien me herede y continúe mi obra. y el pobre conde iba a casa de la hermosa Julia a hacerle la par­ tida de ajedrez y a consolarse de su desgracia buscan­ do la ajena. Porque el hogar condal de los Bordaviella. que. decía. Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra. pero no se atrevió a ello. : De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de Bordaviella. Al­ guna vez lo tomaba en brazos y se le quedaba mirando. Corría.128 M IG U E L DE U N A M U N O besuqueos no se hace más que molestarlos». y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga. aficionada a. El conde solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia. sobre todo él. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra. y ella. siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?».. sus infortunios domésticos. Pues aquí la tienes. aunque de pocas llamas. el c^nde. la mujer de su prestamista.

. él se tiene la culpal —¿Y por qué? —Por ser tan majadero. —Sí. —Y muy desgraciado....! Julia se quedó mirando a su marido... —¡Pues sí ha estadol —Me alegro.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 129 —¿Qué. y muy bien educado y muy simpático. el conde ese. exclamó: —¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya. Es natural lo que le pasa. en fin.. y un duque. Por supuesto.. si eso te distrae. sin darse apenas cuenta de lo que decía. y un marqués. Es para lo que sirve el pobre mentecato. Pero. —El conde ese. ¿qué conde? —¡Esel No hay más que un conde. TRES NOVELAS 9 . — |Bah... si eso te divierte. ¡Si eso no es un hombrel No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa.. y de pronto. —Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto. que no se casó con él. habrá estado tam bién hoy el conde ese?— preguntaba Alejandro a su mujer... sino con el título. de los que leen novelas. ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdi­ chado le hace la suya. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. O para mí todos son iguales y como si fuesen uno mismo.

«¿Pero será cierto que este hómbre no siente celos? — se decía Julia— . —¿Quieres venir conmigo a casa del conde? —¿A qué? — ¡Al te! —¿Al te? No me duelen las tripas. como piedra de toque de su querer. el de turno. Su amo y señor marido le estaba torturando el corazón. ¡Buen pro­ vecho te. ¿Será cierto que le tiene sin cuida­ do que el conde venga y me ronde y mé corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es indiferencia? ¿Me quiere. Allí estará también la condesa con su último amigo. Y si es que quieres probarme dándome celos. mas no lo conseguía. Porque en mis tiempos y entre los míos no se tomaba esa agua sucia mas que cuando le dolían a uno las tripas.130 M IG U E L DE U N A M U N O —Tonterías—y Alejandro se echó a reir— . en fin. o no me quiere?» Y empe­ zaba a exasperarse. eso viste! *** . ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella. La pobre mujer se obstinaba en provocar celos en su marido.haga! Y consuélale un poco al pobre conde. ¡Vaya una sociedad! ¡Pero. Te em­ peñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. te equivocas.

no! —¿Pues quién? — ¿Me permite que se lo diga. un verdadero infierno. y por la -compasión llevarla al amor. — Sí. y hace usted bien en compadecer­ me como me compadece.! — ¡Qué petulantes son ustedes los hombresl — ¿Petulantes? —Sí. y al amor culpable. Ya se supone usted irresistible...-Fin­ gía estar acongojado por sus desventuras domésticas para así excitar la compasión de su amiga. Julia? -¡Diga lo que quiera! .... es verdad... ¿no es eso? — ¡No. no! —¿Pues qué es lo que usted quería decir. si nos hubiésemos co­ nocido antes! ¡Antes de yo haberme uncido a mi des­ dicha! Y usted. mi casa es un infierno. sin duda.. sin duda. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 131 En tanto. a su marido. —¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted? — ¡Oh... petulantes.. ¡Ah. Julia. a la vez que procuraba darle a entender que conocía tam ­ bién algo de las interioridades del hogar de ella. — ¡Yo. no quería decir eso. conde? — Antes de haberse usted entregado a ese otro hom­ bre. el conde proseguía el cerco de Julia. no. —Yo a la mía.

132 M IG U E L DE U N A M U N O — [Pues bien. en silencio. déjeme venir a verla. señor conde? Y no olvide que soy una mujer casada. —¿Y se permite usted dudarlo? Enamorada. como me lo oye. sí. enamorada. mi amor! —¿Pero es una declaración en regla. — [Qué bonito! . sinceramente enamorada de mi marido.. no yo. se lo dirél Lo irresistible habría sido.. —Pues lo que es él.. Julial — [La última vez.. —[Ahora me va a salir con que he sido yo quien le he estado provocando a que me haga el amor... con el gesto... enamo­ rada de su marido. ésta va a ser la última vez que ven­ ga a mi casal — [Por Dios. viéndola.l [Mire usted. honrada. a con­ templarla. con el porte. he dichol —Por Dios. ¡Sí.... sino mi amor. — Eso. señor conde.. a enjugarme. —¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Quién le ha dicho a usted que él no me quiere? — ¡Usted tnismal —¿Yo? ¿Cuándo le he dicho yo a usted que Alejan­ dro no me quiere? ¿Cuándo? —Me lo ha dicho con los ojos. las lágrimas que lloro hacia adentro.

Hay quie­ nes toman una mujer hermosa y famosa por su hermor sura para envanecerse de ello. Julia. sino sólo a fuerza de cariño. nada Menos que todo un hombre 133 — Y lo que le dije que tanto pareció ofenderla. y oreen tener derecho al amor y a la fidelidad incondi­ cionales de la pobre mujer que se les rinda. fué tan sólo que. no soy de esos que exigen se los quiera. y decir: «Mi leo­ na. No con mi valor. y que tanto la ofendió. ¿véis cómo me está rendida?» ¿Y por eso querría a s u leona? .. sin dar. no. Que no soy yo. pero que exigen que se los quiera. pobre noble ve­ nido a menos.. En mí. si nos hubiésemos conocido antes de haberme yo entregado a mi mujer y usted a su marido. no con mi mérito. — ¿Pareció? ¡Me ofendiól — ¿Es que puedo yo ofenderla? — ¡Señor coijde. su cariño.. y ha­ bría conquistado su amor con el mío.» ¿Déjeme desnudarme el corazón! Yo la habría q u e ­ rido con la misma locura con que hoy la quiero. no cabe tal orgullo. yo la ha­ bría querido con la misma locura que hoy la quiero:. —Porque hay hombres—prosiguió el conde—inca­ paces de querer. por ser quienes son. de llevarla al lado como podrían llevar una leona domesticada.I — Lo que la dije. Julia absorbía lentamente y gota a gota el veneno. en cambio.. de esos hombres que creen domeñar y conquistar a la mujer por su propio mérito.

mujer alguna. que está usted entran­ do en un terreno. le desprecia a usted. cree que a él no es posible que le falte. no! En sí mismo.. hermosísi­ ma rosada concha de carne entre zarcillos de pelo cas­ taño refulgente.. él. no- te quiere! ¡No te quiere... ¡Tiene absoluta confianza.. cállese. solos. Julia. estoy entrando en tu conciencia. ¡No.. —Sí. le susurró: — Donde estoy entrando es en tu concienrifl Julia» El tú arreboló la oreja culpable... Entonces el de Bordaviella se le acercó aún más. señor conde.. déjeme! ¡Si entra­ se él ahora.. porque no te quiere. por Dios. haciéndola sentir en la oreja. el que ha fraguado una fortuna... el cosquilleo de su aliento entrecortado. lo sé. te quiere! —Es que tiene absoluta confianza en mí. él no entrará... por ser él. A él no le importa nada de ti. Él nos deja así.. no quiero- saber cómo. El pecho de Julia ondeaba como el mar al acercarse la galerna. :—Sí... y casi al oído. señor conde. — ¡Por Dios. en sí mismo! Cree que a él. — ¡Déjeme. —¡Lo sabía! Pero tanto como a mí te desprecia a ti.. que m e está matando! . no. Julia...134 M IG U E L DE U N A M U N O —Señor conde. A mí me desprecia. ciego..! —No. señor conde.. por Dios. — ¡En ti. Alejan­ dro Gómez..

.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 135 — Quien te matará es él. señor conde. pero déjelo. de­ . Me llamarás tú. él. o no se enteraba de ello. ¿A mí? ¿A mí con ésas? ¡Hay que dejar que las mujeres román­ ticas se hagan las interesantes!» ¿Sería un. volveré. ¿Será así? Porque él me ha revelado lo que yo no quería decirme ni a mí misma. Y se fué. pero. tu marido. A algún amigo que empezó a hacerle veladas insinuaciones le atajó dicién- doje: «Ya sé lo que me va usted a decir. vá­ yase. ¡Y no serás la primera! — ¡Eso es una infamia. Esas no son más que habladurías de las gentes. Y Alejandro. «¿Tendrá razón este hombre?— se decía—.. dejándola malherida en el alma. eso es una in­ famia! ¡Mi marido no mató a su mujerl ¡Y váyase. váyase y no vuelva! —Me voy. ¿Será verdad que me desprecia? ¿Será verdad que no me quiere?» * * * Empezó a ser pasto de los cotarros de maledicencia de la corte lo de las relaciones entre Julia y el conde de Bordaviella. o hacía como si no se enterase.? ¿Sería un cobarde? Pero una vez que en el Casino se permitió uno..

entre los majaderos.. — Eso sería dar la razón a los maldicientes. que es un perfecto y absoluto mentecato.. El escándalo fué formidable. Y yo no soy un tirano. ya! ¿Que prohíba la entrada del conde en mi casa? — Sería lo mejor. don Alejandro—se atrevió a decirle uno.. ¿pegármela a mí? ¿A mí? ¡Ustedes no me conocenl —Pero don Alejandro.136 M IG U E L DE U N A M U N O lante de él. Como si no supiera las necedades que corren por ahí. sino de realidadesl Al día siguiente se presentaron en casa de Alejandro .. las apariencias.l Pero.. es un mentecato inofensivo.. si a mi pobre mujer le divierte ese fantoche.. — ¡Yo no vivo de apariencias. una broma de ambiguo sentido respecto a cuernos.. ¿voy a quitarle la diversión porque los demás m enteca­ tos den en decir esto o lo otro? ¡Pues no faltaba más. —¿Pues cómo? ¡Dígame cómol — ¡Cortando ia raíz y motivo de las tales hablillasl — ¡Ah.. a propósito de los capri­ chos novelescos de mi pobre mujer.. que se las echa de tenorio. se lo juro a usted. Como si no le enten­ diese.. —Pero no así. Y estoy dispues­ to a cortar de raíz esas hablillas.. cogió una botella y se la arrojó a la cabeza. Si a mi pobre mujer le divierte el conde ese. —¿A mí? ¿A mí con bromitas de ésas?— decía con su voz y su tono más contenidos—. descalabrándole..

.. nol £1 ofendido exige una reparación. muy graves. —No les entiendo a ustedes. Y ya verá quién es Alejandro Gómez... un duelo! — ¡Muy bien! Cuando quiera... Yo . que iremos donde él quiera. —Pero don Alejandro. No hacen falta padrinos. —Díganle ustedes—les contestó—que me pase la cuenta del médico o cirujano que le asista.. a pedirle una satisfacción en nombre del ofendido. —¿Pues qué es lo que ustedes quieren? — ¡Nosotros...... — ¡Pero don Alejandro.. Pero para eso no es menester que ustedes se molesten. así como los daños y perjuicios a que haya ‘lugar.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 137 -dos caballeros.. y que la pagaré. que me avise. No admito otras armas. se puede decir que no he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho. Díganle que en cuanto se cure de la cabeza. una explicación honrosa. — ¡Nadá de esol Ustedes son de un mundo y yo de •otro. Yo.. de familias li­ najudas.. •una satisfacción. quiero decir del botella- zo. ¡o no quiero enten- -derlesl — ¡Y si no... usted se está burlando de nosotrosl—exclamó uno de los padrinos. Ustedes vienen de padres ilustres... Díganle que cuando quiera. nos en­ cerraremos y lá emprenderemos uno con otro a trom­ pada y a patada limpias.

. Y en cuanto & ese. a pie y andando. Usted. Y ni en burro siquie­ ra solía ir a llegar la merienda al que decían que era mi padre. con cierta energía. exclamó: —Entonces.. mas no sin res­ peto—que al cabo se trataba de un poderoso millona­ rio y hombre de misteriosa procedencia— . señor don Alejandro Gómez.. señor don Alejandro Gómez. su­ frirá las consecuencias de esta su incalificable con­ ducta. — ¡Entonces—y levantó más la voz—. claro que no lo soyl ¡Caballero yo! ¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié- burrero y no caballero... que ahí tengo a la mano otra botella. permítame que se lo diga. usted no es un caballero! — ¡Y claro que no lo soy. señor don Alejandro. y uno de ellos. sí— dijo un padrino al otro— .. poniéndo­ se muy solemne. hombre. que me pase- . díganle. ¡Claro que no soy un caballero! ¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vam os.. y a ellas me atengo. y no quiero entender esas andrómi­ nas del Código del honor. vamos.. a ese caballero de lengua desenfrenada a quien- descalabré la cabeza.. pero midiendo su s palabras. que aquí no hacemos ya nada. se lo repito. —Diga usted todo lo que quiera. sino a pie. ¡Conque ya lo saben u s- tedesl Levantáronse los padrinos.. —Vámonos.138 'M IG U E L DE U N A M U N O vengo de la nada. —Entendido. hombre.

—¿Tú? ¡Toda una mujer! Y una mujer que lee novelas. de­ este millonario salvaje. sin sentido del honor caballe­ resco. o un g a - . — ¡Esto no se puede tolerar. con lo que dice. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 139» la cuenta del médidb. Y ustedes. ¡Y él. pueden acudir a mí. después de ha­ berle contado lo del botellazo. nada más que un nadie! ¿Por qué te he de privar el que te divier­ tas con él como te divertirías con un perro faldero? Porque compres un perrito de esos de lanas. nada menos q u e todo un hombre! —¿Y yo?—dijo ella. si alguna vez—que todo- pudiera ser—necesitaran algo de este descalificado. Ella le oía despavorida. y que tenga en adelante cuenta-. pero todo un hombre. que los serviré. un nadie. Y se fueron. vámonos!—exclamó- uno de los padrinos. como he-- servido y sirvo a otros caballeros. * * * Aquella noche contaba Alejandro a su mujer la es­ cena de la entrevista con los padrinos. —¿Caballero yo? ¿Yo caballero?—exclamaba él— ¿Yo? ¿Alejandro Gómez? [Nuncal ¡Yo no soy más que- un hombre. el condesito ese del ajedrez. por decir algo. y se regodeaba en el re­ lato de su hazaña.

¡Diviértete con él cuanto te plazcal —Pero. Pues lo mismo es el condesito ese. mujer. Alejandro. — ¡Niégasela túl Cuando.. —¿Y si estuviese interesada. Alejandro. por . de que yo no soy como los demás? *** Cada vez comprendía menos Julia a su marido. tienen razón en lo que te dicen.gozquecillo. —¿Hombre? — Bueno..! ¡Ya salió aquello! ¡Ya salió lo de querer darme celos! ¿A mí? ¿Pero cuándo te convence­ rás.oo se la niegas es que mal­ dito lo que ha conseguido ganar tu corazón. Tienes que negarle la entrada a ese hombre. que podían caerle enciina a uno -que pasase.. Porque si hubieras llegado a ejnpezar a interesarte por él.140 M IQ U E L DE U N A M U Ñ O tito de Angora. o el tití.? —-¡Bueno.. y le acaricies y hasta le be­ suquees.. bueno.y voy a echarlos por el balcón a la calle? [Pues estaría buenol Mayormente.. Tienes que negarle la entrada al conde de Bordaviella.. ¿voy a coger el perrito. otro .. o el michino. o un tití. ya le habrías despachado para defenderte del peligro. o michino. o tití'. . pero cada vez se encontraba más subyugada a él y más an­ siosa de asegurarse de si le quería o no.

si es. aunque seguro de la fidelidad de su mujer. —¿Mi neurastenia? — ¡Pues clarol Todo lo tuyo no es más que eso. Porque ya sa­ bes que yo no tengo celos. y estoy seguro de ti. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 14F su parte. yo no exijo tanto. Y se fueron a una de sus dehesas. de m i mujer.. decidió llevarla al campo. antes de que se vuelva cosa peor. ¿Soy acaso algún tirano yo? ¿Te he exigido nunca nada? — No. Su marido ñ o ­ la dejaba leer. — ¡Pues no volveré a leer más! —No. además. puedes invitarle- ai condezuelo ese a que nos acompañe. —Una temporadita de campo te vendrá muy bien— le dijo— . Eso templa los nervios. qpe piensas aburrirte sin tu michino. Allí. ¡Ni siquiera exiges que te quieral — ¡Naturalmente. a Alejandro—¡nada menos que todo un hombre!— . las cavilaciones de la pobre Julia ■ se exacerbaron. Aburríase grandemente. en el campo. —Te he traído para eso. culpa de todo ello la tienen los libros. como sé que me quieres y no puedes que-- . Yo no te exijo nada. o mejor de que a él.. para apartarte de los libros - y cortar de raíz tu neurastenia. como que eso no se puede exigirL Y. Por supuesto.. L a . no podía faltarle su mujer— ¡la suyal— diciéndose: «A esta pobre mujer le está trastornando- la vida de la corte y la lectura de novelas».

. después de este en­ trem és rústico.. Te lo aseguro yo. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. . Vino a aumentar la congoja de la pobre Julia el que llegó a descubrir que su marido andaba en torpes en­ redos con una criada zafia y nada bonita.. y tengo algo de lo que un amigo mío llama la vo­ luptuosidad del pringue. Después de haberme conocido y de saber gracias a mí. —¿Qué quieres decir? — Que eres demasiado hermosa para diario. Pero. después de cenar...142 M IG U E L DE U N A M U Ñ O rer a otro. Y una no­ che.!—dijo Julia por decir algo. Esas son bobadas para hablar con condesitos al tomar el te. Siempre gallina. ¿la querría -de veras? —¡Pero con ese pingo. Era la primera vez que su marido 3a llamaba así. Ya te he dicho que no me gustan novelerías. lo que es un hombre... no puedes ya que rer a otro.. Pero eso no tiene Im portancia. Y ahora. a boca llena: hermosa. No olvides que yo casi me crié en un esterco­ lero. Alejandro. aunque te lo propusieras. Pero no hablemos de cosas de libros. La mujer tembló. que no me he percatado del lío que traes con la Simona. — Por lo mismo. amarga la cocina. tu ele­ gancia y tu pulcritud. apreciaré mejor tu hermosura. la mujer dijo de pronto: —No creas. —Ni yo lo he ocultado mucho. encontrándose los dos solos.

... ¡Tú lo has dicho: una monal ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido? —Querrás decir que no he dejado yo por eso de s e r tu mujer. Y si el hijo sale a su pa­ . ni. ¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi m ujerfjY de esa mona? Y en cuanto a ella.. por supuesto..! —Por supuesto. o una monal — ¡Una mona. y encantada! — Claro. y le aporta ya at marido... bahl ¡Los libros. no creo que este incidente rústico te ponga celosa. y no del michino? — ¡Claro que de til —Pues bueno. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 143 — No sé si me estás adulando o insultando. los libros! Ni a mí se me da un pitoche de la Simona. con la dote... o una ga­ mita. nada más que una monal Es « lo que más se parece. —¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita.. todo se pegal —¿Pero de mí. Julia. que vas tomando talento. —Veo. un hijo. vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje. ¡la doto... —Y con esa dote se casa volando. —¿Quién te ha faltado? —¡Tú! —¿A eso llamas faltarte? ¡Bah.. — ¡Claro. y faltarnos. en teniendo dinero. exacto.. — ¡Buenol ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en ca­ m ino de curación.

pues eE novio sale con doble ganancia. no eres- un hombrel —¿Quién'. Y ya fué- ella. la que.días de esto volvíanse a la corte. no lo eresl —Explícate.144 M IG U E L DE U N A M U N O dre. *** Y Julia volvió a sus congojas. que no soy para ti ni la madre de tu hijo. diciéndole: — ¡Tú no eres un hombre.» Un día. ¡Cuidado con empeorar!. A los dos .. yo? ¿Y por qué? — ¡No.. no eres un hombre. empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo. — ¡Calla. en el colmo de la exasperación. asaltó Julia: a su marido. aunque con más cautela. . calla. pero sobre­ todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido. no. callal La pobre Julia se echó a llorar. Julia. que no te importa de- mi nada. que es nada menos que todo un hombre. —Ya sé que no me quieres. — Yo creí—concluyó Alejandro— que el campo te- había curado la neurastenia. Alejandro.. exasperada. que alguna vez se limitaba a decir: «Habrá que volver- ai campo y someterte a tratamiento. y el conde de B orda- viella a sus visitas.

¿y qué más. el mi­ chino.. Estás mintiendo para provo­ carme.? —Pero eso de que consientas que el conde.. por envanecerte con mi hermosura. gritó: —¿Y qué? ¿No me matas ahora cómo a la otra? —Ni es verdad que maté a la otra. —Bueno. que esperaba un estallido del hombre.. si es mi amante? Ya lo has oído. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 145 que no te oasaste conmigo nada más que por vanidad. exal­ tándose aún más. y todas esas andróminas. Quieres convertirme en un Otelo.. son conver­ saciones de te condal o danzante. Y ésta. como tú le llamas. —Ya te he dicho cien veces que eso de querer y no querer. —Ya sé que no me quieres. ¡El michino es mi amantel Alejandro permanecía impasible mirando a su m u­ jer. — ¡Quien lo consiente eres túl —¿Pues no he de consentirlo. por exhibirme.. y amor. — ¡Bueno.' —Ya sé que no me quieres.. va a acabar todo ello en vol­ verte loca y en que tengamos que encerrarte. —¿Loca? ¿Loca yo? —¡De remate! ¡Llegarse a creer que tiene un amante! TRES NOVELAS IO . por jactancia.. ésas son noveleríasl ¿Por qué no soy hombre?. entre aquí a todas horas... Y si sigues así. por. mi amante.. Y mi casa no es teatro. ni es verdad que el michino sea tu amante. bueno.

—¿Y qué haces tú aquí. y después de haberla tenido encerrada a su mujer durante ellos. Estos dos señores son dos médicos alienistas. querer hacérmelo creer! ¡Como si mi mujer pudiese faltarme a mí! ¡A mí! Alejandro Gómez no es ningún michino. no conseguirás que yo te regale los oídos con palabras de novelas y de tes danzantes o condales. fuera de sí— . Y se fué. . y en tus ratos lúcidos debes compren­ derlo así. sin hacer caso a su marido. el conde de Bordaviella y otros dos señores. Julia—le dijo con terrible calma su mari­ do—. Tú no estás bien de la cabeza. a petición mía. no conseguirás lo que buscas. que vienen. *** A los dos días de esta escena. con su marido. Juan?—preguntó Julia al conde. En el despacho la esperaban. a informar sobre tu estado para que podamos ponerte en cura. ¡es nada menos que todo un hombre! Y no.¡Cobarde! —Aquí va a haber que tomar medidas— dijo el ma­ rido. La pobre Julia iba aterrada. —Mira. — ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!— gritó ya Julia. Alejandro la llamó a su despacho.146 M IG U E L DE U N A M U N O ¡Es decir. Mi casa no es un teatro.

Juan. es mi amante!—-le interrumpió ella—. y que yo. Ya ven ustedes. señora. — ¡Claro que no!— exclamó el conde. ni puede mi mujer faltarme. michino?— . que la pobre está loca. El conde miraba al suelo. jamás afrentaría así a un amigo como... — Pero cómo—gritó Julia— . —¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos. nada menos que todo un hombre 147 —¿Lo ven ustedes?—dijo éste dirigiéndose a los mé­ dicos—. Usted sabe que nada de eso es verdad. ¿te atreves tú. un conde de Bordaviella. no ha podido tener... tú . ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez? Ningún conde puede afren­ tarme. —¿Pero también tú. y dijo: —Repórtese. se empeña en que este señor es. señora. Persiste en su alucinación. que lo diga él. a negar que he sido tuya? El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro.. Porque u s­ ted no ha tenido. cómo persiste en su locura. ini michino. señores. tú. — ¡Sí... Usted sabe que si yo frecuen­ taba esta casa. era como amigo de ella. ningún género de esas relaciones con mi mujer. —Ya ve usted. Juan? ¿También tú. — Como yo—le interrumpió Alejandro—. señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella— .. y vuelva en sí. tanto de su ma­ rido como de usted misma. Y si no.

le dijo Alejandro: — Conque ya lo sabe usted. —No. El conde le siguió. cobarde. ahora. y quedó como des­ hecha. Usted escogerá. nosotros nos vamos. por miedo. cobarde. decíanse: . señor mío—dijo Alejandro diri­ giéndose al conde— . para no tener más cuentas con usted. señor conde: o mi mujer resulta loca. Cuando.148 M IG U E L DE U N A M U N O gritó ella— . completen su reconocimiento. cobarde. Con­ que quedamos en que mi mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. no te atreves a decir la verdad y te prestas a esta farsa infame para declararme local ¡Co­ barde. Y ya fuera de la estancia. ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobardel ¡Mi maridó­ te ha amenazado. y dejemos que estos dos señores facultativos.. a solas con mi po­ bre mujer. algo después. señores?—dijo Alejandro a los médicos. o les levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. y por miedo. salían los médicos del des­ pacho de Alejandro. como mi m a­ rido. ¡Y ojo con éstal—y le enseñó una pistola. lo que debe* hacer es guardar la lengua. cobarde. —Lo que tengo que hacer es pagarle lo aue le debo... —Bueno. La pobre Julia sufrió un ataque.. villano! Y tú también. —¿Lo ven ustedes.

la declararon loca. *** Toda una noche espesa. . NADA MENOS QUF. ese hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde. El único consuelo que le de­ jaban es el de que le llevaran casi a diario a su hijito para que lo viera! Tomábalo en brazos y le bañaba la carita con sus lágrimas. — Pues con declararla tal. cayó sobre el alma de la pobre Julia al verse en­ cerrada en el manicomio. Y el pobrecito niño Botaba sin saber por qué. de otro modo. — ¡Pobre mujerl ¡Daba pena oírlel Lo que yo me tem o es que acabe por volverse de veras loca. como dice él. en efecto. ¿Y qué hacemos? —¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque. tenebrosa y fría. Por lo menos se la apartaría de esta casa. — Nada menos que todo un hombre. sin estre­ llas. él no es loco: es otra cosa. acaso la salvemos. Y con esa declara­ ción fué encerrada por su marido en un manicomio. —Pero ¿y la conciencia profesional? — La conciencia consiste aquí en evitar un crimen mayor. Y.TODO UN HOMBRE 149 — Esta es una tremenda tragedia. —¿No sería mejor declararle loco a él. a don Ale­ jandro? — No.

sí. sintiéndose al bor­ de de la locura: «¿Pero no acabaré por volverme de ve­ ras loca en esta casa. ¿por qué no nos mató? ¡Ah. sí. Alejandro. o no me quiere?» Y se decía luego: «¡Yo sí que le quie­ ro! ¡Y ciegamente!» Y por temor a enloquecer de veras. Alejandro tiene una poderosa in­ teligencia al servicio de su infernal soberbia plebeya.! ¡Porque es tu padre! Y a solas se decía la pobre mujer. No.. es que mi marido es un hom­ bre! ¿Y por qué no me mató? ¡Otelo me habría mata­ do! Pero Alejandro no es Otelo. hijo mío. Otelo era un moro impetuoso. ¡Temblaba ante mi marido... . en el manicomio. hijo mío!—le decía— . humillarle. el michinol- Tiene razón mi marido.! No. pero poco inteli­ gente. cobarde. se fingió curada. ¿Y a mí me quiere?» Y allí. ¡Si pudiese sacarte toda la sangre de tu padre. y creer que no fué sino sueño y alucinación lo de mi trato con ese infame conde? ¡Co­ barde. villano! ¡Abandonarme así! ¡Dejar que me encerraran aquí! ¡El michino.. sí..150 M IG U E L DE U N A M U Ñ O —¡Ay. Se murió ella de miedo ante él.. dió otra vez en trillar su co­ razón y su mente con el triturador dilema: «¿Me quiere.. Y él.. temblaba ante éll ¡Ah. Y Alejandro... ese hombre no necesitó matar a su primera mujer. no es tan bruto como- Otelo. la hjzo moiir. no! ¡Esta es más terrible venganza! ¡Matarle a ese villano michino. hacer­ le mentir y abandonarme.

nada más que por darte celos. y se arrojó a sus pies sollozando: — ¡Perdóname. en un locutorio.. te pregunté yo a mi vez que si podías creerlo. inventé aquellas cosas. Y por darte celos. Un día llamaron a Julia adonde su marido la espe­ raba. ¿Y qué me dijiste? — ¡Que no. que tú te hubieses entregado al michino ese. Era un amor ciego.. ¿Cómo iba a faltarte yo? ¿Yo? ¿A ti? ¿A ti? ¿Me crees ahora? —Una vez. tienes razón. mujer—y la levantó. Alejandro. Julia miró a la mirada fría y penetrante de su mari­ do con terror. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 151 asegurando que habían sido alucinaciones lo de su tra­ to con el de Bordaviella. fundido con un terror no menos ciego. ¿Te basta? .. me preguntaste si era o no verdad que yo maté a mi primera mujer. que no podía creerlo! —Pues ahora yo te digo que no creí nunca. Julia—le dijo con voz de hielo su mari­ do— . loca de remate. Entró en él. tienes razón.. Con terror y con un loco cariño. por contestación.. Avisáronselo al marido. que no lo creía. — ¡Perdóname! —¿Perdonarte? ¿Pero de qué? Si me habían dicho que estabas ya curada. Alejandro. Todo fué men­ tira. que no pude creer. he estado loca. que se te habían quitado las alu­ cinaciones. perdóname! —Levántate. —Sí. y.

hija mía. le des­ cubrió un fondo del alma terrible y hermética que el hombre de la fortuna guardaba celosamente sellado. su pobre mujer. tenebroso de aquella alma. dime. . me quieres? Y entonces vió en Alejandro. Alejandro. ahora. Alejandro—le murmuró al oído. ¿Pero ahora? ¡Ahora sil Ciegamente. sintiéndose al borde de la locura. balbuceaba: «¡Julia! ¡Julia! ¡Mi diosa! ¡Mi todo!» Ella creyó volverse loca al ver desnuda el alma de su marido. por vez primera. Soy yo tuyo más que tú mía. y con todas las entrañas. febril.152 M IG U E L DE U N A M U N O Julia temblaba. el hombre pareció despertar y vol­ . A estas palabras. — Ahora quisiera morirme. Y fué que vió asomar dos lágrimas en los ojos fríos y cortantes como navajas de aquel hombre. no. cuando nos casamos. pues no he de querertel ¡Con toda el alma. de la locura de terror y de amor fundidos. encendido. Fué como si un relámpago de luz tempestuosa alum­ brase por un momento el lago negro. haciendo relucir su sobrehaz. locamente. Y besándola con furia animal. Y estalló: — ¡Pues no he de quererte. algo que nunca antes en él viera. y con toda la sangre. más que a mí mismol Al prin­ cipio. reclinando la cabeza sobre su hombro. —¿Y ahora—añadió la pobre mujer abrazando a su marido y hablándole al oído—. como loco.

. ¿Me quieres por mí. pero has de salir curada... * * * Pocos días después de haber vuelto Julia del mani­ comio. — ¡Basta! —Pero. — ¡Cállatelo a ti misma! —Me lo callaré. Y no me insis­ tas. Julia? Ya lo sabes.. sino un mandato de Alejandro para ir a comer a -su casa. por mí.. dijo: —Esto no ha pasado.. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 153 ver en sí como de un sueño. ahora otra vez fríos y cortantes. por Dios. . recibía el conde de Bordaviella. guárdatelo. ¿eh. déjame un momento. y aunque fuese de otro. u n momento siquiera. He venido a sacar­ te. te dejo aquí.. no una invita­ ción.. Y Alejandro se llevó su mujer a su casa. pero yo ■no he dicho lo que he dicho. — ¡Y curada estoy!—afirmó la mujer con brío. aquellas dos lágrimas. Alejandro. y como si no lo hubieses oídol —Lo callaré. porque si insistes. ¡Olvídalo! —¿Olvidarlo? — ¡Bueno. pero. o por ser yo cosa tuya? —Yate he dicho que lo debes olvidar. y como si se hubiese tra­ b ad o con los ojos.

un perfecto caballero. Después de los postres. Alejandro. mi mujer ha salido del manicomio completa­ mente curada. por mi conducto. señor conde—le dijo el señor de la casa—.» —¿Te?—se le escapó al conde. Y usted sabe bien de lo que es capaz A lejandro G ómez. Mi mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. suponiéndole capaz de infamias de que es usted.» El conde de Bordaviella llegó a la cita pálido. le dijo: «Trae el te. que venga pasado mañana. se le deben. Julia le acompañaba. Por­ que si usted no viene ese día a recibir esas satisfaccio­ nes y explicaciones. le ofendió a usted gravemente. diri­ giéndose al criado. —Sí. . Se habló de todas las mayores frivolidades— los criados delante— . no. El te va muy bien con las satisfacciones entre caballeros. para darle las satisfacciones que a un caballero.154 M IG U E L DE U N A M U N O «Como ya sabrá usted. carta— . y como la pobre. señor conde—¡e decía en una. Y no es que me duelan las tripas. tem­ bloroso y desencajado. absolutamente in­ capaz. a acompañarnos a comer. como es usted. entre las bromas más espesas y feroces de Alejandro. sufrirá las consecuencias de ello. aunque sin in­ tención ofensiva. es para estar más a tono. La comida transcurrió en la más lóbrega de las conversaciones. en la época triste de su delirio. jueves. le ruego.

y habría sido una in­ . quise to­ marle a usted de instrum ento para excitar sus celos. loca de amor por mi marido. y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme se­ ducido.. que en mi casa se puede tomar todo con confianza. Alejandro miró a Julia. Julia—dijo el marido— . Y esto fué un embuste. y ésta. porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente. con voz fantasmática. Estaba espléndidamente hermosa. Sus palabras fluían frías y lentas. pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego con­ sumidor. señor conde— dijo Julia— . El conde temblaba. señor conde. empezó a hablar. no he llegado aún a eso. buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 155 Y volviéndose al criado: «¡Retírate!» Quedáronse los tres solos.. —Pero si yo. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago.. Julia? — ¡No me llame usted Julia! Sí. lentamente. —He hecho que mi marido le llame. —Sírveme a mí primero. a usted. —No. señor conde. atrevía a probar el te. —¿A mí. Cuando me puse loca.. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones. No se. aunque yo no sea un caballero- ni mucho menos. Y yo lo tomaré antes para que vea usted.

. cuando le llamábamos mi marido y yo el michino. como le repito... — [Muy bien—agregó Alejandro— .. —¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro— . muy bien! Acción villana e infame. ¿Me perdona? —Sí. A mi no me tiene usted nada que perdonar. le perdono a usted todo. ¿No es así.. cálmese—continuó el marido— .. —Lo que le atribuí a usted. así es.. indigna de un caballero como usted. a mí . —Pues bueno. y usted le ha perdonado su locura. yo quiero. ¡muy bien! —Y aunque.. es verdad! —Vamos. se me puede y debe ex­ cusar en atención a mi estado de entonces. que usted me perdone. ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle. [perdónenoslo usted! — [Por perdonadol —Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame. sin embargo. Vamos.. Tome otra taza de te. no. les perdono a us­ tedes todo—suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa. —[Es verdad. sí. sírvele otra taza al señor conde.156 M IG U E L DE U N A M U N O famia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba ¿loca. doña Julia.. que le veo a usted agitado. Ju­ lia. señor conde? — Sí. — Señora de Gómez—corrigió Alejandro.. ¿Quiere usted tila en ella? —No.. indigna de un caballero.

! Hasta es capaz de traer testigos. Después de lo pasado. pensaba él. y Julia: «¡Este es un hombre!» Siguióse un abrumador silencio. «¡Qué hombre!». no corre usted ya peligro alguno con venir acá. no deba oír.. —¡Qué sé yo. Y en.. a Alejandro. no conoce usted a mi marido. Y ahora que m i mujer está ya. . Julia y el conde no se atrevían a mirarse. completamente curada. —¿Por qué dice usted eso. porque si no hubiese estado. puerta espiando lo que digamos. gracias a mí. No está detrás de la.. el conde. Y se salió Alejandro. ahí les dejo a ustedes dos solos.. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el marido. por si ella quiere decirle algo que no se atreve a decírselo delante de mír o que yo. —No—le dijo Julia— . NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 157' no me queda sino rogarle que siga usted honrando- nuestra casa con sus visitas. us­ ted comprenderá que sería de muy mal efecto que in­ terrumpiéramos nuestras relaciones. señor conde? —¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella horrible escena en que me humilló- cuanto más se puede y cometió la infamia de hacer que la declarasen a usted loca? —Y así era la verdad. por delicadeza. prueba de mi confianza en la total curación de mi mu­ jer. dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más sorprendidos de aquella conducta. no mire usted así.

no sólo aceptándolos. no ya sólo . que estaba .. no..! —¿Que acabó. gracias a Dios y a Alejandro.. Julia. no habría dicho. Pero'ella se la tomó y le dijo: —Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi ma­ rido.. señora de Gómez... señor conde? — ¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que va usted a negarme.. y ahora q u e estoy yo... y no necesito repetírselo. amante? — Vuelvo a repetirle que estaba loca.. galanteos. Usted puede venir acá cuando quiera. .? — ¡Señor conde.. no. — ¿Pero qué....amor. —¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su . acabó usted. señor conde. sino que era usted la que provocaba y que aquello iba. completa­ . fuese por lo que fuera.. que era nsted mi amante.? — ¡Doña Julia o señora de Gómez! —¿Es que va usted a negarme. como dije.? —Ya le he dicho a usted. — Pero.158 M IG U E L DE U N A M U Ñ O yo entonces loca.que. —No se puede estar ni un t n n m e n t n m ás en e s ta -casa. mi .entonces loca. temiendo que se la rechazaría. ¡Adiósl El conde tendió la mano a Julia..aceptando mis galanteos.

enferma de la mente.. — ¡Clarol ¡El michino! Julia se echó a reír.. sería de mal efecto que usted suspendiera sus visitas. Y el hombre se entregaba a los transportes dolorosos de su mujer procurando cal­ marla. —¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces loca? — A quien le van a volver ustedes loco. «¡Tuyo. corrido y abochor­ nado. se lo apretaba casi a punto de ahogarlo. en los que llamaba a su marido con las más ardientes y apasionadas palabras. -—¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil. Ahora sí que parecía que de ve­ ras iba a enloquecer. entre su ma­ rido y usted. NAL-A MENOS QUE TODO UN HOMBRE 159 mente curada. curada del todo. sólo tuyo y nada más que tuyo!».. y se puso gravemente enferma. * * * Todas esas tormentas de su espíritu quebrantaron la vida de la pobre Julia. es a mí. Y el conde. mientras ella. —Pero Julia. tuyo. le decía al oído. señor conde. . tuyo. salió de aquella casa decidido a no volver más a ella. Caía con frecuencia en delirios... abrazadá a su cuello. La llevó a la dehesa a ver si el campo la curaba..

Llamó a los mejores médicos.. todos mis millones por ella. — ¡Imposible. imposible! — ¡Mi vida. hermosa con la hermosura de la inminente muerte. Vamos. — ¡Imposible. pálida. Algo terrible le andaba por las entrañas. po­ niéndosele con ello los grandes ojos casi blancos. Y luego a Julia. Julia? Y ella. toda mi sangre por ellal — ¡Sólo Dios puede salvarla! — ¡Dios! ¿Dónde está Dios? Nunca pensé en Él. sea como sea! ¡Toda mi fortuna. imposible! —¿Cómo imposible? ¡Mi sangre. le dijo con una hebra de voz: — ¡Ahí le tienes I . entró en un furor frío y per­ sistente. por su vida! — ¡Imposible.160 M IG U E L DE U N A M U Ñ O Pero el mal la iba matando. don Alejandro. don Alejandro. pero cada vez m ás hermosa. Cuando el hombre de fortuna vió que la Muerte le iba a arrebatar su mujer. «Todo era in­ útil». señalándoselo con la mirada hacia arriba. su mujer. — ¡Sálvemela usted!—le decía al médico. le decía: —¿Dónde está Dios. mi vida por la suya! ¿No sabe usted ha­ cer eso de la transfusión de la sangre? Sáqueme toda la mía y désela a ella. imposible! — ¡Sálvemela usted. le decían. sáquemela. don Alejandro.

. Y ella sonreía. que estaba a la cabecera de la cama de su mujer. le decía: «Sálvamela. Antes me moriré yo. todo yo. nol Eso de querer. que venga la muerte. NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 161 Alejandro miró al crucifijo. Julia. —Me muero. ahora lo doy todo por bien pade­ cido. no te.! —¡Y no.. — ¡No. cobar­ TRES NOVELAS II . todo. el calor que se le escapaba a la pobre.. yo todo..» Julia sonreía. todo... sálvamela y pídeme todo. son tonterías de libros. y quería darle todo su calor. me muero. Y le quiso dar su aliento.! ¡Y yo que dudé de que me quisieras.. te lo he dicho mil veces. mi sangre toda. mi mujer no puede morirse. no puedes mo- rirtel —¿Es que no puede morirse tu mujer? —No. ¡Qué feliz era al cabol ¿Y dudó nunca de que aquel hombre Ia quisiese? Y la pobre mujer iba perdiendo la vida gota a gota Estaba marmórea y fría.m ueres—le decía él—. Alejandro. Y entonces el marido se acos­ tó con ella y la abrazó fuertemente. mi fortuna toda. Alejandro. amor! Y esos miserables.. no te quería. ¡A mil ¡A mí la muerte! ¡Que venga 1 —¡Ay. Estaba como loco. nol ¡Amor.. A ver. ¡No te quería. que venga.. lo cogió y apretándolo en el puño. Aquel furor ciego de su marido le es­ taba llenando de una luz dulcísima el alma.

162 M IG U E L DÉ Ú N A M U Ñ Ó

des, que hablan de amor, dejan que se les mueran suS
mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra
de su voz, volviendo a ser presa de su vieja congoja,
Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!
—y estalló en secos sollozos, en sollozos que parecían
un estertor, un estertor de pena y de amor salvaje.
— ¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del
triunfo.
— ¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quie­
ro que te mueras! ¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, má­
tame, mátame!
—Sí, me muero...
•— ¡Y yo contigo!
—¿Y el niño, Alejandro?
—Que se muera también. ¿Para qué le quiero sin ti?
— Por Dios, por Dios, Alejandro, que estás loco...
—Sí,yo, yosoyelloco, yoel que estuve siempre loco...,
loco de ti, Julia, loco por ti... Yo, yo el loco. ¡Y mátame,
llévame contigo!
—Si pudiera...

—Pero no, mátame y vive, y sé tuya...
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Si no puedo ser tuyo, de la muerte!
Y la apretaba más y más, queriendo retenerla.

NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE 163

—Bueno, y al fin, dime, ¿quién eres, Alejandro?—le
preguntó al oído Julia.
—¿Yo? ¡Nada más que tu hombre..., el que tú me has
hechol
Este nombre sonó como un susurro de ultramuerte,
como desde la ribera de la vida, cuando la barca parte
por el lago tenebroso.
Poco después sintió Alejandro que no tenía entre sus
brazos de atleta más que un despojo. En su alma era
noche cerrada y arrecida. Se levantó y quedóse miran­
do a la yerta y exánime hermosura. Nunca la vió tan es­
pléndida. Parecía bañada por la luz del alba eterna de
después de la última noche. Y por encima de aquel re­
cuerdo en carne ya fría sintió pasar, como una nube
de hielo, su vida toda, aquella vida que ocultó a todos,
hasta a sí mismo. Y llegó a su niñez terrible y a cómo
se estremecía bajo los despiadados golpes del que pa­
saba por su padre, y cómo maldecía de él, y cómo una
tarde, exasperado, cerró el puño, blandiéndolo, delan­
te de un Cristo de la iglesia de su pueblo.
Salió al fin del cuarto, cerrando tras sí la puerta.
Y buscó al hijo. El pequeñuelo tenía poco más de tres
años. Lo cogió el padre y se encerró con él. Empezó a
besarlo con frenesí. Y el niño, que no estaba hecho a
los besos de su padre, que nunca recibiera uno de él,
y que acaso adivinó la salvaje pasión que los llenaba,
se echó a llorar.

164 M IG U E L DE U N A M U N Ú

—¡Calla, hijo mío, calla! ¿Me perdonas lo que voy a
hacer? ¿Me perdonas?
El niño callaba, mirando despavorido al padre, que
buscaba en sus ojos, en su boca, en su pelo, los ojos,
la boca, el pelo de Julia.
— ¡Perdóname, hijo mío, perdóname!
Se encerró un rato a arreglar su última voluntad'
Luego se encerró de nuevo con su mujer, con lo que
fué su mujer.
—Mi sangre por la tuya—ie dijo, como si le oyera,
Alejandro—•. La muerte te llevó. ¡Voy a buscartel
Creyó un momento ver sonreír a su mujer y que
movía los ojos. Empezó a besarla frenéticamente por
si así la resucitaba, a llamarla, a decirle ternezas terri­
bles al oído. Estaba fría.
Cuando más tarde tuvieron que forzar la puerta de
la alcoba mortuoria, encontráronle abrazado a su m u­
jer y blanco del frío último, desangrado y ensangren­
tado.

Salamanca, abril de 1916.

FIN

ÍN D IC E .