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Compasión: un enfoque para hipercríticos

Está orientado a problemas emocionales que tengan en común una exacerbada vergüenza
y el sentimiento de hacer mal las cosas
Un buen número de personas transita por la vida con pesadas mochilas emocionales. Es
una ingrata receta que combina dos ingredientes igualmente negativos: una permanente
sensación de vergüenza y el aguijón punzante de la autocrítica. El resultado es gente con
enormes dificultades para ser amable consigo misma y que, en la dureza con la que se
trata, encuentra serios problemas para tolerar el malestar e ingeniárselas, aun en
momentos difíciles o de estrés, para encontrar sensaciones de tranquilidad, calma,
reaseguro.

El drama suele beber de las aguas del abuso, maltrato, negligencia o falta de afecto en la
infancia, que ocurren en familias de todo tipo y que no necesariamente deben producir
mucho ruido para dejar consecuencias. Cuando el lugar y los seres en teoría más
confiables han resultado más amenazantes que contenedores, tanto el mundo externo
como el interno se procesan como hostiles.

Para aquellos que luchan contra su corrosivo crítico interior y tienen gran dificultad para
reconocer que necesitan ayuda, envueltos como están en un círculo de vergüenza interna
(por lo que piensan y sienten de sí mismos) y externa (por lo que piensan y sienten que
los otros piensan y sienten acerca de ellos), el psicoterapeuta inglés Paul Gilbert, profesor
de psicología clínica de la Universidad de Derby, Reino Unido, desarrolló la terapia
centrada en la compasión, que incorpora elementos del budismo y de las neurociencias.

El concepto, según dice el psicoterapeuta inglés, nada tiene que ver con la tan mentada
autoestima que ha venido de la mano de muchos manuales de autoayuda, ligada con una
visión egocéntrica y narcisista, que tiende a establecer diferencias sociales o económicas
con los otros. Tampoco se vincula con el sentir lástima por uno mismo. La compasión se
refiere a la humanidad que tenemos en común con todos los seres del planeta. "El Dalai
Lama dice que, si queremos que los demás sean felices y también ser felices nosotros,
nos focalicemos en la compasión", explica Paul Gilbert.

La compasión se vincula con algunos preceptos del budismo, en tanto supone una mirada
de recogimiento y amabilidad sobre el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno, y ser
compasivos ofrece la posibilidad de sentirse (y ya no meramente de "saberse") parte del
mundo y actuar en consecuencia, tanto hacia uno mismo como hacia los demás, con el
objetivo de disminuir ese dolor.

Gilbert dirige la Compassion Mind Foundation ( www.compassionatemind.co.uk ) en


Derby, con el objetivo de estudiar científicamente el poder de la compasión. A través de
resonancias magnéticas, se ha verificado que durante la meditación es posible llegar a
estados de "compasión pura" (ser algo así como "uno con el universo") y que en esos
trances se activan zonas del cerebro prefrontal izquierdo, que contiene redes neurales
vinculadas con la empatía, el amor maternal y una mayor conexión entre pensamientos y
sentimientos, al mismo tiempo que se aquieta la actividad del lóbulo prefrontal derecho,
conectado con estados de ánimo más negativos.

"Una vez que la persona entendió que sus síntomas y dificultades no son otra cosa que
estrategias adaptativas (por ejemplo, sufrir un trastorno alimentario buscando
ilusoriamente confort emocional en momentos de gran angustia) -explica Gilbert-, y que
puede dejar de criticarse y de culparse todo el tiempo por sus ideas y sentimientos, está
más libre para comprender su situación real y manejarla."

La compasión, así como la crueldad, dice Gilbert, son, más que sentimientos, formas de
organización de nuestras mentes. La buena noticia es que es posible pasar de la crueldad
a la compasión mediante técnicas de entrenamiento para trabajar la atención, el
pensamiento, los sentimientos, la imaginación y el comportamiento desde una perspectiva
compasiva y construir esas redes neurales vinculadas a la autoregulación de estados de
tranquilidad, calma, seguridad, calidez.

El método propuesto por Gilbert se recomienda en cuadros que tengan como síntomas
cardinales la vergüenza y la autocrítica: depresión, trastornos de ansiedad y alimentarios.
También se ha probado en secuelas postraumáticas y en psicosis.

"Hay varios niveles de compasión -describe Gilbert-. Uno, la compasión que sentimos de
parte de los demás hacia nosotros; otro, la compasión que tenemos hacia los otros y,
finalmente, la compasión hacia nosotros mismos. Cada una puede desarrollarse con
distintas prácticas. Por ejemplo, podemos imaginarnos a nosotros mismos como personas
compasivas, pensando cómo somos cuando somos lo mejor que podemos ser.
Aprendemos a prestar atención a esas cualidades interiores y a tratar de vivir según ellas
cada día. Otra práctica que ayuda a sentir la compasión de parte de los otros es trabajar
con imágenes. Aquí, las personas se concentran en una figura compasiva a la que dotan
de sabiduría, fuerza, calidez, y que es capaz de confortarnos en los momentos de mayor
crisis e inseguridad, pero sin juzgarnos."

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