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Ríos

de
Ría
INDICE

Introducción
Río Miño
Verdugo (ría de Vigo)
Lérez (ría de Pontevedra)
Ulla (ría de Arousa)
Tambre (ría de Noia)
Brens (ría de Cée)
Castro (ría de Lires)
Grande (ría de Camariñas)
Anllóns (ría de Ponteceso)
Mero (ría de A Coruña)
Mandeo (ría de Betanzos)
Eume (ría de Puentedeume)
Xubia (ría de Ferrol)
Bañoca (ría de Cedeira)
Mera (ría de Ortigueira)
Sor (ría del Barqueiro)
Landro (ría de Viveiro)
Masma (ría de Foz)
Eo (ría de Ribadeo)
Sil
INTRODUCCION

La “Espasa”, que no le dedica artículo, considera la ría


“parte del río próxima a su entrada en el mar
, y hasta donde llegan
las mareas y se mezclan las aguas dulces con las salobres”. Según
esto, toda desembocadura de un río en el mar sería una ría, y no
es propiamente eso. Más acertadamente, la Academia viene en
nuestra ayuda y nos la precisa como “penetración que forma el
mar en la costa, debida a la sumersión de la parte litoral de una
cuenca fluvial de laderas más o menos abruptas”..
A nivel geológico peninsular, el sureste lleva millones de
años elevándose imperceptiblemente, lo que supone que el
noroeste se vaya sumergiendo y que se perciba en las rías.
Han sido geógrafos alemanes (Richtofen, CArlé y Mensching)
los que han estudiado el fenómeno, atribuyendo la peculiar
geomorfología costera a movimientos corticales sucesivos de
hundimiento y levantamiento que dieron lugar al singular
desmembramiento.
El profesor francés Nonn distingue tres tipos de rías: parte
inferior de curso fluvial anegado (las del norte), origen tectónico
(las bajas) y cubetas de alteración terciaria las anegadas (La Coruña
y Arosa); ciertas rías poseen características mixtas, jugando las
fracturas un papel nada desdeñable.
En cuanto a ríos, por ser la tierra gallega donde más llueve,
es donde más hay . Montañas, montes, colinas, valles y litorales
plagados de cauces de agua, aunque pequeños generalmente
exiguos. Con frecuencia estacionales. Riachuelos, arroyos,
torrentes, regatos, brazos de agua por todas partes, en todas
direcciones. Tan pronto los salvas de un salto como te ahogan.
Exceptuando el Miño, sil, Ulla, Tambre, todos los demás de
corto recorrido. Gran cantidad de pequeñas cuencas propician el
drenaje de las abundantes aguas pluviales y de algunas nivales.
Aquí, vamos a recorrer los ríos que se resisten a morir, que

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se engrandecen, en rías.
Ríos de Rías.
Nuevamente, una vez más, época de ponerse, cíclicamente,
de modo no programado, en camino; cortos viajes, de ida
amaneciendo y vuelta al anochecer.
Notas de observador ya veterano, la visión fatigada y el
ánimo algo constricto.
No voy a destacar lo más destacado, lo importante, lo ya
por (casi) todos conocido, pues en muchas publicaciones aparece,
repetitivamente, con sospechas de plagio inexacto. R eflejaré en
estas pobres hojas, con preferencia, lo inédito, aquello que está
escondido o aislado, olvidado y hasta despreciado, pero no por
ello menos notable.
¿Se pondrá esto, “algures”, en letras de molde?...lo dudo,
pero no se sabe, nunca. Lo hago, como siempre, por no desperdiciar
tiempo, dinero y conocimientos.
Por sí a alguien puede aprovechar.

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RÍO MIÑO

NACIMIENTO
Comenzamos con un río que no acaba en ría.
De ninguna manera se podía obviar el río gallego por
excelencia, el padre, “O’ Pai”.
Además hay otra razón.
Por mí madre.
El Miño nace en Fuente Miña
Pirinero Gallego
pasa por Lugo, Orense y Tuy
Desemboca en el Atlántico
por Portugal.
Cada vez que íbamos y veníamos de ´V illafranca del Bierzo,
un mínimo de dos veces cada año, toda la familia entonábamos a
voz en grito, dentro del coche, según pasábamos el puente de
Rábade, esta letanía que le habían enseñado en el colegio.
El Miño nace en el Pedregal de Irimia
El Minius de Estrabón, Minua medieval, revela con su nombre
que fue, como la mayoría de los norteños de la Lusitania, un río
áureo.
Nace en la ladera occidental de la Sierra de Meira, por un
lugar que se conocía como Fonte das Pedras y que queda bastante
más arriba que Fontemiña. Mediciones y sondeos relativamente
recientes indican una gran bolsa de agua subterránea con corriente
continua superior al mismo río de superficie. Docenas de fuentes
eclosionan por las laderas, y el mayor afloramiento es Fonmiñá.
La cabecera municipal Meira (a 3 Km.), se ha autootorgado
el título de “a nai do pai da nos aterra”. En su acogedora arboleda,

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se celebra el mercado en domingos alternos.
EL MONASTERIO (Santa María) qUe se desarrolló desde 1.143,
fue saqueado por las tropas napoleónicas, y en su fachada llama
la atención el gran rosetón vítreo que la encima y la ausencia de
frontispicio bajo las arcadas de la siempre cerrada puerta, que
todavía no me permitió contemplar el magnifico sepulcro femenino
de la de Bolaño.
Anexo, lujoso palacete que da idea de cómo siempre vivió
esa gente. En el lateral, apreciable fuente antigua.
La leyenda es que una hechicera maldijo a los monjes
cistercienses que le desviaban el agua de la fuente que era “miña”,
haciendo crecer el extraño pedregal
“Adíos convento de Meira;/ Convento de moitos frades;/
dicen as nenas de Meira/ convento nunca te acabes”.
El río rector gallego empieza con calma, difuso, diseminado.
V arios regatillos, poco más que humildes hilos de agua,
sepultados entre líquenes, hierbas y arbolillos. Me había olvidado,
en principio –no tenía las ganas-, de algo siempre simbólico, ritual,
por lo que tras recorrer los aledaños vuelvo y cumplo la tradición;
¿llegará mi aportación amarilla, tras más de trescientos quilómetros
(“E, le atribuía 340, y en el centro de información de Meira 310),
hasta el mar?; espero acordarme de repetir el acto otra veintena
de veces.
A unos cientos de metros de la cuna, por su derecha, el
primer regalo líquido, río Leiras, que sólo es lo que su mismo
nombre indica (canalillos aprovechados para riego de las parcelas
de cultivo “leiras”); sobre éste, el primer paso (para coches)
construido por el hombre, al que sería mucho llamarle puente,
aunque tiene un petril bajo –donde sentarse a escribir-.
La primera aldea que atraviesa, Corbaceiras; segunda
¡Enfermerías!.
A Meira, sería por los frailes, parece esquivarla, y se escapa
hacia arriba, dirección norte, como en desafío. Para acceder a la
villa, otro paso al que, aunque no tenga ni arco –pudo, debió
tenerlo-, se le puede considerar como el primer puente, de

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desvencijada barandilla.
Al lado, donde las ruinas del primer aprovechamiento
industrial, se comienzan a acumular las típicas ofrendas humanas,
mayormente plásticas, pero incluyendo también latas y bidones
de pintura.
Intento seguir el cauce (que ya no se puede saltar de lado a
lado), pero desde el asfalto pronto se pierde. He de comenzar a
preguntar, para lo que es convenietne, al menos, chamulla –y casi
imprescindible entender- gallego; como me acaba de recordar
Maruja Seoane (en Lubre, Bergondo), “falemos castrapo”.
Se ha de salir hacia Lugo, encontrándonos de inmediato
con el exiguo río Cabo y el pueblo de aPrajes. Saliendo de Parajes,
el primer desvío a la derecha es fontemiña, que sigue
reivindicándose como lo que se tatareaba en la Compañía de María.
El agua llega junto, bajo la carretera, por su derecha, por lo que
no se aprecia (el de la gasolinera, que vendía, pero no sabía, como
yo, cambiar carretes fotográficos, decía que “bajo tierra”)
La Laguna de Fonmiña de 3.500 m2, entre alisos y abedules,
fue tomada por el manantial porque su superficie borbollonea (es
el agua que surge del subsuelo, con fuerza). ¡Han llegado a borrar
en los letreros explicativos el nombre de “la competencia”! (que
debe tener más tirón pues allá hay varias casas de turismo rural).
Pretenciosamente, han bautizado a un par de los primitivos y más
importantes aportes como ríos Meira y Longo.
El primer molino (en realidad sexto, pues el otro quinteto
desde M. se ha derruido) sigue molturando día a día, como lo
hacía desde antes que hace 73 años naciera aquí mismo Matías
Pérez, siempre atento al “moio” de su trío de “moas”. Hablador,
con gran sorna, metomentodo, no sigue para nada uno de los
muchos cartelitos que colgó a la puerta: “Se ben comprar, poder
pasar; se ben charlar, pode marchar”. Tampoco hace caso al de
“Non te ballas sin pagar”, pues no me quiere cobrar la harina (de
centeno); le regalo una lámina con los papas, aunque no parece
de muchos santos (eso que estuvo cuatro años de seminario, los
únicos que no pasó de blanco). Como despedida, de soltero a
soltero, me cuenta que su heredera forzosa, su sobrina, con su
marido madrileño, no se le arrima mucho por no enharinarse.

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Mientras me guía en la maniobra de dar la vuelta al medio
de transporte, se mete con todo el que pasa, especialmente con
unas mujeres que surgen tapadas hasta la cabeza, por el frío que
hace, y a las que de primera impresión ¡tomo por
musulmanas!(confundí bufandas y mantillas con “chadores”).
A la vera de la cinta de asfalto a Mondoñedo –por extraño
que parezca, ¡subimos!-, sigue la promesa de río, de derecha,
amparado por sucesivas arboledas, alguna chopera airosa, que se
turnan en su tutela del infante acuoso.
Puente algo más adelante; allí, en Crecente (topónimo muy
revelador), han aprovechado para una pequeña piscifactoría –de
truchas de las de verdad, libérrimas, audaces, el recuerdo-.
Torzamos (izquierda) dirección Miñoto y Baltar. Pasaremos
sobre un regato ancho que ya se puede reputar como el primer
afluente, río Madalena (también conocido como Miñotero), que
pronto confluirá a nuestra izquierda.
En Baltar
, el niño hace una diablura y nos engaña, pareciendo
recuperar el curso natural, hacia el sur
, pero de inmediato se hace
u y tira en dirección opuesta de nuevo, como contraviniendo la
ley de la gravedad. Anuncia un castro, el de Sa. También, primera
Playa Fluvial.
Entre robles, castaños, alisos y abedules-poca idea tengo
de árboles, lo copio de los carteles- las aguas llegan, poco anchas
y profundas, y son remansadas, lo que propicia la formación de
una isleta. Las bases de los prolíficos troncos encaladas de blanco,
lo que les sienta muy bien. Bancos, mesas, barbacoas,… muy
agradable y acogedor , aunque en nada recuerde a una playa y
poco más arriba de los pies se pueda mojar. Coto de pesca –nueva
meadita- con estupendo casetón de piedra.
Por carreteritas secundarias, malas y estrechas, es posible
seguir el curso, pero lo más probable es perderse, lo que no me
sucedió por puro azar. En uno de tantos cruces, algo poco visto:
todos los buzones allí puestos para evitarle desplazamientos al
cartero. Ya en algún recoveco las aguas rugen, débilmente, al
salvar desniveles, como primeras manifestaciones adolescentes.
A la altura de Pacios, afluentecillo, el Rigueira. Se hacen patentes
las acumulaciones, en recodos brumosos, de las espumas de

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detergentes, abonos, lejías,…
En Otero, el puente (Ponte de Outeiro) ya requiere de tres
arcos de piedra, si bien el nivel ni llegaba a tres palmos; obsoleto,
por estrecho, le han pegado otro de hormigón armado. Se puede
cruzar por los dos.
Llegando a Bazar -¡dónde una paisana no sabía de qué río
se trataba!-, un nuevo aporte de cuyo volumen da idea el nombre,
Pequeño. Acabamos de hacer un semicírculo, estando a la misma
altura, al oeste, de donde partimos, de Meira. Durante otro tanto
como el recorrido, la indomable corriente se orientará, claramente,
hacia el oeste.
P roliferan las aceñas… en completo abandono, troceadas
por las crecidas implacables (aunque cada vez menos frecuentes).
En uno de los poquísimos molinos en uso, de triple muela que
ocupaban con centeno (a veces), un par de viejetes clónicos,
endurecidos pero con ternura por el pasado, de lo que más se
quejan es de la despoblación, que lleva consigo el abandono de
cultivos y la merma del ganado; suelta uno:”me gustaría ver esto
dentro de 20 años”, replicándole el otro que “¿para qué?, ¿para
qué esté lleno de negros?”.
Aparece otro socio, el Anllo, que viene de bastante lejos
(sierra Xistral), y por llevar la contraria uno por el lado izquierdo,
el Lea. Entre todos, conforman una especie de gran islote alargado
cuyas tierras, bajas, son propicias para pastos.
Un optimista que aún quedan, a pesar de la diaria realidad,
dice que harán caminos laterales, pues ahora si no vas sobre aviso,
ni enterarse. Lo real es que esto es una maraña de pistas asfaltadas
que, hacia atrás, todas vienen a dar a Quintela.
Antes de Rábade llegará el afluente de más nombre,Támoga,
y pasado el pueblo el de nombre apropiado, Ladra, pues lo hace
desde Cova da Serpe. Otra isleta justo donde elTámoga, punto en
que el río grande cae definitivamente hacia el sur; desde R. indican
“Insuas del Miño”, pero nos perderíamos; estos caminejos mal
asfaltados, conectan con los anteriores (cuando no obligan a dar
la vuelta y volver por donde se ha venido –de lo que más jode-) y
hacia adelante vienen a rematar a la carretera de Cospeito.

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Cruzando el puente de Rábade, ya N-VI, malcanto a voz en
grito, como mi madre, como siempre que paso, la letanía
geográfica monjil; a su izquierda el que sirvió desde el siglo XIV ,
de ojivas, y un tercero, el ferroviario.
Saliendo, donde la capilla de Santa Isabel, un parque fluvial
sin aditamentos ni farfollas, sólo árboles prestando sombra a mesas
y bancos de piedra, con amplitud y sin cercas ni perifollos (pero
ya cerca, la especulación mete 70 chalés pareados).
Si seguimos por la N-VI, nada contemplaremos del río de
nuestros amores; aunque se pudiera, la necesaria atención al denso
tráfico lo impediría. Por la autovía, menos. Por tanto, muy atentos
al primer indicador (tras Sta. Isabel y “Pascual”, Guillar.
Se llega al complejo turístico de Marcelle, con animales en
relativa libertad (búfalos, linces,…); se podría seguir hasta un
Zoológico más convencional, pero los buscadores de ríos torcemos
hacia la izquierda, llegando hasta el sorpresón en forma de puente,
sencillo pero suficiente, que no viene en mapa alguno. Utilizarlo,;
cambio de lado.
Buscando siempre la izquierda; podemos bajar hasta la insua
Seivane, ¡y cruzar a ella!; lo malo, la cincuentena de inseguros
pasos por el muy precario puente peatonal colgante. Las guías son
de acero, sin problema, pero las pequeñas tablas del suelo están
podridas, faltan, y ya se ha creado un hueco de nada menos que
cuatro. Con los nervios bien templados, es desde donde mejor se
aprecia el agua, ancha (sobre 25 metros) pero poco profunda (no
cubre: se podría vadear con la cabeza de fuera) -si sigue igual el
“mantenimiento”, debe pisarse encima de los puntos de
atornillado-.
Pronto llegaremos al puente más utilizado, el de Ombreiro.
Si seguimos por la misma margen, hay un corto tramo pegadito a
una corriente erizada de árboles y rocas, pero enseguida se
transmuta en tierra no apta para turismos. La doble opción será
describir un amplio arco interior, o cambiar de nuevo de lado.
P or uno u otro lado llegaremos al tercer y último puente
entre Rábade y Lugo –con el de la canción, 4-. Hasta Lugo, mucho
mejor seguir el lado de la pequeña central depuradora, que es un
paseo hasta los aledaños de la capital (por el otro lado, caminos

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de tierra -todos parecen llevar a Adai- prácticamente
impracticables).
La primera maravilla de Galicia no se ve desde abajo, desde
la rivera (más bien, muralla de los feos edificios de todos lados).
Imprescindible subir , bordear, penetrar, insoslayables los
paseos exterior, interior y superior. La Muralla.
Cabreados en el dédalo de “scalextris” reales, conseguida
retomar la nacional sexta hacia Madrid, se pasa junto al Balneario.
Sus anunciadas Termas consisten en un resto de bóveda de
calentamiento de visita libre previo aviso en recepción.
A seguir, “O’ Muiño”, nada excepcional pero que cumple,
donde con sol se puede comer fuera, encima del agua –como
aguanté hasta última hora para almorzar , y cierra los lunes, me
hube de conformar con el pan con pan que llevaba en el coche
(anemia, es poco probable que la pille)-.
Para abajo. Dirección Portomarín.
El juvenil Miño ha crecido lo bastante, se ha hecho
suficientemente importante, como para bifurcar su seguimiento
por carretera.
Miño abajo. Miño arriba.
Lo bajaremos por la orilla oeste (norte). Lo volveremos a
recorrer, subiendo, por la orilla este (sur).
Esta primera parte, la constitución del río, su desarrollo,
viene a suponer casi un cuarto (sobre un 23% -según estimación
propia-) del total.
De Meira a Lugo es la mitad que de Lugo a Orense (y desde
allí hasta La Guardia, algo más que entre las tan poco visitadas
capitales –ni por los propios gallegos, siendo las que los sustentan,
fantsiosas estadísticas industriales para otros-).
En quilómetros, vendría a suponer 75 (aunque su
seguimiento, desentrañamiento más bien, costó el doble).
Se puede hacer , tranquilamente, en un día (sin saber, a todo
meter, llevó 8 horas).

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MIÑO ABAJO
(Lugo – Ourense)
Si las nieblas en el mar , en su costa, son temibles (por
acrecentar procelosamente el peligro) pero inusuales, en los ríos
no acrecientan muchos riesgos (si acaso, para automovilistas, por
extensión), pero son usuales, sobre todo en invierno (decía uno,
muy a la gallega: “a veces levanta de mediodía, a veces de tarde,
otras no levanta”).
Otro inconveniente desde el medio otoño a la primavera
bien entrada, es la escasez de horas de luz, de las aprovechables
cuando es imprescindible ver, observar para escribir. En eso Galicia
cuenta con cierta ventaja, con una hora más de luz para los
anocheceres que el levante.
Y frío, más húmedo y más renuente a amortiguarse cuanto
más cerca se está del agua que corre. Salir de la oficina rodante
para mejor tomar notas, se puede convertir en riesgo laboral.
Compensando, espera la sorpresa tras el resplandor de la
niebla disipándose, la luz tamizada, el sol que entibia ánimos.
Otros peajes a pagar, más bien sufrir, son los humanos, que
tan aficionados somos a ponernos. Como el antiguo y obsoleto
puente que, desde Lugo, obligatoriamente se ha de cruzar (pagar)
para ir hacia Portomarín.
Atasco perenne. Han priorizado a teóricos peatones sobre
permanentes conductores. Los pegotes que sirven de aceras –si,
¡a ambos lados!... como si sobrara espacio-, vienen a ocupar tanto
puente como el que queda practicable, y buena parte de los nada
pacientes sufridores, no se atreven a arriesgar algún roce (con
otro coche o con el bordillo), convirtiéndose la simultaneidad en
imposible si le toca a una furgoneta, por pequeña que sea.
Acrecienta el follón que por algún motivo –posiblemente algún
truco de tráfico que conocen los locales-, alto porcentaje se
decanta por una opción que implica cruce de líneas: los que entran
para Lugo al acabar de pasar doblan para su izquierda, entre
bocinazos.

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Logrado llegar al otro lado –como contaba siempre mi
abuelo: “Los de enfrente me dijeron que el otro lado era aquí y
ahora ustedes me dicen que es enfrente”-, se puede bordear río
arriba por una carretera tan pasada de época como el puentecito,
hasta ver lo que es un puente de verdad, aunque feo cómo él sólo,
matador de paisaje: el que lleva el tráfico rodante hacia Orense y
Compostela, único hecho nuevo. P or aquí está el orgulloso Club
Náutico, otro comedor-mirador (que todavía, por reciente, no
probé).
Se puede ir para P ortomarín directo o dando vueltas.
Estrecha pero bastante bien asfaltada, Las desviaciones de la ruta
secundaria son continuadas mete-saca que nada más que cumplen
función para lugareños y pescadores.
Hablando de pescadores, ya algunos me habían comentado,
en otros ríos, sobre especímenes foráneos que se estaban cargando
a lo poco que nos quedaba; ahora otro, más gráficamente, me
describe la nueva aberración. Resulta que, oficial o furtivamente
-¿o ambas maneras?-, se han soltado truchas americanas que
devoran toda competencia; es tan voraz por su boca de mayor
tamaño del que le correspondería, con dientes tales que quien se
atreve a soltarlas directamente a mano del anzuelo, corre riesgo
de quedar sin medio dedo.
Iglesias pequeñas, encaladas y empizarradas, de cuidado
aspecto exterior pero no prometedoras de interiores (siempre
vedados) artísticos.
El cauce, las pocas veces que se ve, es uniforme, pareciendo
no fluir, sin aristas.
A mitad de este recorrido, a la altura de Lousada, carretera
hasta el primer puente (al otro lado, los laboriosos concejos
agrícolas de Láncara y Páramo, “país” auténtico). Entre él y el de
Portomarín, a mitad de recorrido ribereño, está la aldea de Francos
considerado el punto extremo al que llega la retención embalsada:
son unos 65 quilómetros hasta el muro de la presa (“encoro”).
Más cerca de la villa submarina, Mirador de Ferreira (echo
sobre el escombro de las represas). Fijándose, a la izquierda, se
apreciará una rizada tras el recodo de arriba, delatora de la
desembocadura del río del mismo nombre, sobre el que acabaremos

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de cruzar un pequeño puente.
Portomarín quedó bajo las aguas; durante las cada vez más
continuadas sequías prolongadas, surgen sus fantasmas pétreos.
La falsificación, nada lograda, la aderezaron con el traslado, piedra
a piedra, de una iglesia tardomedieval que era encomienda de la
orden de San Juan, por lo que tiene aspecto de fortaleza; abajo,
quedaron el palacio de los condes de La Maza y el de Berbetoros,
acompañando al emblema del Camiño Franco, la iglesia dedicada
al jefe de Juan, P edro, consagrada en 1.182 apra acabar así:
¡cualquier le reza a ese santo! (¿será más riguroso en la admisión
de los difuntos beatos portomarinenses?)-.
Otro intento de compensación más mundano, había sido un
Parador, luego cerrado –debe ser el único en su historia-; hace
pocos años lo readaptó una cadena hostelera privada.
Entrepuentes, coincide la zona más limpia de carreteras;
es un conjunto de montañas bajas y las vías de penetración son
muy escasas; la ruta impuesta hasta Chantada es la más interior:
Únicamente, me dijeron, se podría hacer la pronunciada curva
fluvial entre P ortomarín y Sabadelle (éste topónimo, tenido por
catalán, se da bastante por estos aledaños, y pronto nos
encontraremos con otro par de aldeas)-, pero habría que volver
por el mismo camino. Otro caserío cercano al agua es Xián. El
resto aparece despoblado.
Llegados aTaboada, podremos darnos cuenta y experimentar
la gran distancia a que estamos de los amplios meandros, pues
para llegar hasta el puente de Mourulle se han de atravesar una
serie de montañas, en tobogán. El puente cruza a Currelos -¡pero
no a “currar”!-, y su óxido no queda disimulado por la pintura
gris. Intermitentemente, ya están las primeras terrazas, en gran
pendiente, preparadas para el cultivo de la vid.
Desentona, en lugar tan remoto, un moderno y grande Club
Náutico, aunque con pocas embarcaciones (va para veinte años
que se me ocurrió bajar los principales ríos gallegos en lancha
neumática, y hasta había quien, de inicio, se apuntaba -a estas
alturas, ya la cambiaría por el helicóptero, más factible y menos
monótono-).
Al segundo Sabadelle, ya cerquita de Chantada, me metí

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engañado, buscando un puente que no existe. Desvío no muy largo
ni penoso, permite tener , llegando al casi precipicio final, una
muy amplia perspectiva con el gran muro de contención en la
lejanía, a mano derecha. Las marcas de las crecidas máximas son
clarísimas, desprovistas, como con raya, diferenciadamente, de
vegetación.
Terminado el asfalto, pasando a tierra, ya debajo de todo,
la anécdota del día, ya casi de noche. Tres sombras amenazantes
cortaban el paso, y me sugirieron bajara y bebiera con ellos, cosa
que hice con toda la tranquilidad del mundo. Pues resultó que
uno, mal vestido y sin afeitar , poseedor de 180 vacas, algo
tartamudo, tenía un hijo (único) ¡catedrático de matemáticas en
La Sorbonne!. En cuanto al vino, estupendo, fuerte, diferenciado;
uva blanca “xerez” de allí mismo, de donde lo bebí, agua miñotera
transmutada en mosto sabadellense.
La Central Hidroeléctrica delBelesar (Asma) corta, secciona,
aborta completamente a nuestro Miño. Abajo, muy abajo, desde
el paso de la presa, se ve un pobre reguero, obscuro por estancado.
Al embudo verde, cuyo cuello pocas veces siente la tibieza solar,
se puede bajar pero no rematar ni continuar, pues lo impedirá la
verja de un túnel; en lo más estrecho han suspendido una pasarela
(no accesible).
Nos encontramos en las gradas más bajas de un anfiteatro,
contemplando una nauromaquia –en las que se celebraban en oma,
R
acababa habiendo más sangre que agua- de la técnica, del
hormigón. Asomarse al abismo artificialmente creado, resulta
modernamente sobrecogedor. El servicio de catamarán es
aleatorio. Las instalaciones del Club Náutico permanecen la mayor
parte del año fuera de uso.
Mirando hacia arriba, a la izquierda, hacia atrás, alrededor
,
de lo industrioso volvemos a lo bucólico, a lo agrícola, con las
amplias laderas tendidas, abiertas, trabajadas y vueltas a trabajar
,
rebajadas, igualadas, escalonadas. Hasta donde alcanza la vista
socalcos, extensos bancales vinícolas esperando un poco de lluvia
tampoco mucha teniendo tanto riego cerca.
Evitar Chantada (no hay porqué evitarla, sobre todo en día
de feria –todos los 5 y 21; “¡vai a muñeira de Chantada!”) y/o el

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reciente viaducto dela carretera a Monforte, no es nada fácil,
aunque posible, como no te encuentres con una brigada móvil de
esos trabajadores (de no se sabe qué) que parecen vivir para
esperar la hora de comer como cometido laboral principal.
Desde las afueras chantadinas se desciende por una
espeluznante carreterita, en picado, hasta el pueblo de Belesar .
Puente moderno, simple. El río, que poco más arriba casi se daría
por perdido, aunque no anchuroso, ha recuperado, casi
milagrosamente, caudal.
Nos encontraremos inmersos en lo más pintoresco de todo
el recorrido, punto casi idílico. Las laderas se han cerrado,
recogido. A las funcionales divisiones de los cutivos de vid,
tradicionales y artesanales, las llaman “muras”, y dirán que “esa
ladeira ten tantas muras”, cada una con su correspondiente caseta
bodega convertida en casita bonita, suspendida sobre una paisaje
singular que en épocas de floraciones debe ser delicioso.
Tomado el rumbo Nogueira de Miño, al acabar Soutariz (La
Sarina), una pista asfaltada, sin indicadores, nos baja hasta un
par de pintorescos poblados de esos que sólo se ven desde la otra
orilla, inesperadamente, también será dado cambiar y combinar
itinerarios parciales por un puentecito (de uno en uno) cuya parte
central, férrea, ni se han molestado en pintar.
Tras Nogueira, proa hacia el cielo de la curva más
pronunciada (auténtico cabo fluvial) de todo el curso, la carretera
baja hasta ponerse a la par del amigo río, siendo dado dominar
extensas planicies acuosas provocadas por la proximidad de otro
impedimento. Luego, vuelta a subir, a escalar sobre cuatro ruedas,
con la belleza a nuestra izquierda, delante, arriba, por todas
partes. Sólo nosotros turbaremos el silencio total.
Arriba, entre montañas, pararse a sentir lo que fue una
aldea, abajo, casi isleta, abandonada. Esto es río; nos susurrará
su emoción.
Tras sobrevolar otros pocos quilómetros, bajaremos hacia
Os Peares (por carretera, entre las dos mayores murallas líquidas
gallegas, no hay ni 50 km.).
Otra disección total, brutal. P resa más corta, menos alta,

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con central eléctrica en proporción (la “asmática”, ominosa, ya
advertía gráficamente muy alta tensión).
P ara acceder al pueblo, pequeño puente sobre el Bubal,
que desembocará en el Miño pocos metros antes de que se junte
con el Sil.
Es eso, mixtión, unión, casi sexual. Miño llega
aparentemente tumultuoso (es por la escasísima profundidad,
incluso sobresaliendo algunas piedras del fondo, pues no es más
que escape de los cercanos aliviaderos), Sil con calma (que denota
hondura). Su ancho es parecido, sobre los 30 metros, algo más de
Sil.
La coyunda, morbosamente, se puede contemplar a placer,
desde poca distancia, altura. Hay una estructura-puente,
ferroviaria, a la que han dotado de estrecha pasarela peatonal de
planchas, con barandilla. Experiencia única el estar allí, sobre el
final del Miño espumeante, el Sil en ángulo y el Bubal al lado,
mientras pasa, a toda velocidad, tremolando, un tren pegadito,
mejor si es de transporte, pesado. P ara repetir siempre que se
disponga de tiempo y valor (y sin pagar).
Miño, macho; Sil, hembra. Miño penetra a Síl; es más, mismo
se asemeja a un chorro de esperma.
El tramo entre presas –libre-, es el que más gusto me dio
recorrer.
En Peares se puede quedar a dormir, pegadito al Bubal, en
un molino chalé. Comer y/o dormir en otra aceña, mayor, mismo
en la desembocadura, que fue hasta fábrica de chocolate. ,Irhacia
la estación, a ver a Manolete y sus trebejos, el mayor calderero y
cobrista. Los callos, los domingos, en el bar
, frente a la carnicería.
Como siempre, con pesares, se van dejando atrás y cada
vez más abajo Los Peares, subiendo “a carón” de un río que se nos
irá ocultando. Al pasar por Carracedo sobresale la iglesia-mirador,
aprovechada sobre un castro; nunca había podido entrar , y en
esta última ocasión coincidió la manifestación social de un sepelio,
por lo que entré y comprobé que, como suponía, nada de interés
quedaba; despidiéndome de los pocos condolidos obligados del
finado, menciono que todo aquello fue arciprestazgo, y salta uno:

1300
“¡ah, sim, eu tamén de neno subía moito a os arciprestes!”.
A Perosa, paso obligado, queda lo suficientemente interior
como para que al bajar a Barra no nos esperemos tal distancia. En
Barra de Miño (estación), buenas terrazas lamidas por el agua.
Esto es Coles, la tierra de donde salimos todos los Seoane,
donde se originó el apellido a mediados del siglo XII.
Aprovechando un recodo separado por la vía férrea, pequeño
Club Naútico de Rivela.
Según se entra en el municipio capitalino, nos lo anuncia,
por arriba, el viaducto por el que desvían el tráfico; abajo, la
Central de V elle, la que proporciona la energía eléctrica. Es el
tercer corte, brutal, a la corriente que durante tantos milenios
iba libre y alegre a conocer (y convertirse en) el mar
. De muy poco
desnivel, se puede cruzar, si bien cierran el paso por la noche.
Los otros modos de cruzar, salvar el río, son, por orden: el
Puente Nuevo (antes, el de ferrocarril), de arco central de hierro;
la pasarela (peatonal) de V ao; P onte V ella, la que usaban los
romanos, remodelada y peatonalizada; el Puente del Milenio, sobre
el que se puede jugar la vida subiendo y bajando los muchos
escalones de su bucle de lado a lado (es de suponer inutilicen esta
prueba aérea cuando se maten algunos); Ponte de Ribeiriño; como
última y nada despreciable opción, la pasarela de Outariz, que la
han colocado como remate (o inicio), ya bien pasado el núcleo
urbano, de un luengo circuito peatonal, por ambas orillas, que se
inicia (o remata) en la pomposamente llamadaAula de Naturaleza
de Oira, amplia área recreativa.
A pesar de la triple contención (“cursus interruptus”), el
Miño los ataca con suficiente dignidad.
R ecapitulemos, el detenernos en las Aquae Urentae
(calientes), “warmsee” para los suevos, las posibilidades u opciones
para pasar de un lado a otro con que nos hemos encontrado desde
la salida del otro emporio latino. 6 puentes (cuatro en Lugo y
Belesar), más los tres pasos propios de las centrales, sobre el muro
de sus respectivas presas. Como atracción estrella, la oportunidad
de tener un “terremoto cerebral” como bien me acaba de decir
David, que no lo experimentaría ni con una pistola en la sien –en

1301
lo de Peares.
La basílica romana, reaprovechada por los suevos, es
catedral, esperemos no acabe, nuevamente, como mezquita, como
en los tiempos del hijo del moro Muza; su pórtico, aquí llamado
Paraiso, compuesto a semejanza del compostelano, conserva su
espléndida policromía; buen museo. ¡Ojo!, que la humeante agua
de Las Burgas, quema ¡y hay quienes la beben!-.
Calculo –no es fácil, por ser muy curvilíneo, que de Lugo a
Ourense habrá unos 120 quilómetros (cerca de 200 por carretera,
con algún desvio). Sumados a los 65 anteriores, nos coloca en 180
km.,
Nos quedan sobre 145 quilómetros.

DE OURENSE A A GUARDA
Nuestro Miño, que tras sus vacilaciones iniciales, aunque
siempre occidentales, se había decantado por el sur , con cierta
tendencia oesteña, a partir de aquí se orientará definitivamente
hacia el oeste, aunque con declives sureños, hacia el Atlántico;
asimismo, sin llegar a convertirse en rectilíneo, sus curvas dejan
de ser cerradas y se hacen muy amplias.
Según se sale por la carretera hacia Vigo, se pueden ver, en
Barrio, unos molinos, sobre todo, si los indicaran mejor.
Comienza la comarca del Ribeiro, el vino de la ribera. La N-
120 discurre paralela al agua (aunque no siempre se aprecie), con
el camino del tren interpuesto -itinerario muy recomendable, en
la ventanilla acertada-. V iaducto de la autovía, con sus pilares
centrales profanadores (el anterior estaba como suspendido, con
todo el vano central libre); nosotros nos conformaremos con un
simple puente sobre un río de cierta enjundia, el Barbantiño.
En Laias, gran hotel balneario, junto a una iglesia que mas
de una vez habrá quedado inundada y sumergida. Un paseo fluvial,
lleva hasta la estación de tren de Barbantes (para atrás) –él
problema en estos itinerarios peatonales, a veces suficientemente
cortos para tentar a quien no contaba con ellos, está en tener que
volver por el mismo sitio, con la correspondiente acumulación de

1302
cansancio y tiempo, pues el acceso usual es el automóvil; un taxi
puede solucionar esta segunda parte del programa, a no ser que
se esté en compañía de perros, nada bien vistos por los taxistas
gallegos-.
La corriente va ganando amplitud, aparente libertad, pero
de pronto nos damos cuenta de que no corre. No somos muy
conscientes de estar bordeando un pantano por la ausencia de
marcas, como las había tan claramente antes de oPrtomarín (hasta
el mismo Belesar). Ya antes de P eares y Orense lo mismo, la
vegetación, el perenne verde, delimitando el curso. Se debe deber
a que las distancias entre muros son tan cortas que se regula el
nivel con cierta uniformidad, una vez se comprueba el “nilómetro”
superior. El Miño aparece, parece, controlado…menos cuando se
pone a llover de veras.
Que esto es Galicia (aunque ya no sea lo que era en lluvias
tampoco). Durante el cambio de siglo fue el diluvio (las mayores
precipitaciones de la historia de la meteorología), meses y meses
sin cesar de caer; cada arroyito, incluso cauces o acequias secas,
se convierte en tumultuoso arrastre; todo para el Miño. Los campos
de fútbol y piscinas de V elle quedaron sepultados, y la misma
carretera de Monforte estuvo al borde de ser anegada. El sueño
de todo director de embalses es que esté a su 90%; aguantan y
aguantan las primeras lluvias creyendo que ya cesarán, pero no
decaen, ¡llegan a aumentar!. El desastre, la inundación.
Belesar manda, se desborda, abre compuertas. Lo tienen
que imitar P eares, Velle y Castrelos, (así como Frieira), pero ya
serán incapaces de asimilar todo lo que se les viene encima. Y no
sólo lo retenido arriba, sino todas las avalanchas de cada tramo
intemedio: Peares, Velle, Castrelo y Frieira tienen subcuencas con
suficientes nutrientes como para que toda temporada de lluvias
(exento lo que va del siglo XXI, tras ¡aquel inicio!) se nos indigeste.
Un gran espejo líquido avisa de la proximidad del muro de
contención de la P resa de Castrelo, que permite el paso diurno.
Corta cascada, pero aprovechada para la correspondiente planta
eléctrica.
Algo más adelante, el puentecillo disponible noche y día,
uno de esos metálicos que, de entreda, no ofrece demasiada

1303
confianza (suelen limitarlos para 20 toneladas).
Por RIBADAVIA, como su nombre lo indica, pasa el río Avia,
con bastante agua que de inmediato donará al necesitado Miño,
que tras el último y reciente encarcelamiento se va recuperando.
De noche, con tenue iluminación, hollar la antigua Abóbriga,
después corte del rey García I de Galicia, ahora con trazado
judaico, es un retroceso de siglos. Su castillo, a medio derrumbar
,
nos habla de tiempos ¿mejores?...
Y sigue lo bueno. La capilla de San Xes (Ginés) de Francelos
(que conserva bien su estructura pueblerina), de difícil localización,
tiene un frente único (siglo X), en el que destaca su ventana de
celosía pedreña decorada,.
¡NO a mini-central! Es grito, sentir , gráfico, ya lo
suficientemente reiterado como para que se vierta en clamor .
Ocurrió que el anterior gobierno autonómico se hinchó de repartir
a diestro, más que a siniestro, las concesiones y permisos al uso,
administrativamente ya no anulables y que, hoy por hoy, se quieren
recuperar, por cualquier medio, siempre en detrimento de los
bolsillos contribuyentes, pues se ha despertado la conciencia de
que acabarían de fastidiar lo poco que queda.
“¡Non máis mini-centráis!”.
En P rexigueiro pequeño balneario termal, de uso público
(pagando, claro).
Aunque parece que nos hemos subido, el tajo se ha hundido,
enfondandose; empeora el camino y bajamos hacia él, siempre
casi bordeándolo, por todo un tramo muy apacible.
Puente para Cortegada, también de viga central metálica.
El asfalto mejor, todo bienpintado y con corto arcén. Parte
frondosa que de cuando en cuando roba la visión del río; éste, que
aparecía bien recuperado, ensanchado, venturoso presintiendo el
mar (donde, con todo, perderá su identidad), va a sufrir otro corte
(el quinto), su último, con la Central Hidráulica de Frieira.
Como excepción esta presa, transitable, no permite el paso,
pues lo corta la hilera de traviesas ferrocarrileras; mejor pasearlo
y asomarse. Las instalaciones y su altura son de tipo medio.

1304
Catamarán fondeado en lo más profundo de la presa, a la espera
de usuarios.
Corriente abajo, a tiro de honda, el puente, nuevo, todo
hormigón, todo “español”, el último (que, estrictamente, haría el
número 9). Junto a la base del puente, en la margen sur , hay un
riachuelo; al otro lado, Portugal.
El Miño, como enfadado, harto, se vuelve un poco
tumultuoso, protesta para, de inmediato, ocultarse. Ha desertado;
adquiere doble nacionalidad; lo hemos de compartir , lo mismo
que hasta aquí (desde P eares) sirvió de frontera interprovincial
(entre las de P ontevedra y Orense), ahora lo hará a nivel
internacional, hasta la desembocadura, unos 70 quilómetros más
abajo.
Desde Ribadavia, la línea (azul ) del mapa se había “caído”,
casi verticalizado, puesto norte-sur. Nada más comenzar la “raia”,
tiende a la horizontalidad, “sube” (hasta que la resistencia se
desploma en Valença), como si el Portugal seccionado, el porteño,
hiciera toda la “força” hacia arriba, para apropiarse de territorio
de los “Irmãos”.
En este municipio (Crecente: muy indicativo), algún castro
y mámoas.
Hemos entrado en afamada zona vinícola y pesquera. Las
mejores tierras para los vinos condado, rosal y otros; en el
vocabulario del viticultor no suele existir el término monovarietal;
hace tiempo que están siendo acaparadas por bodegas de renombre
que los están despersonalizando (¡hasta clonando cepas!) para
personalizarlos con mejores presentaciones que contenidos.
En cuanto a pesca, sobrevive la ancestral y feísima lamprea
-su sistema cordal es antecedente de nuestro cerebro-, que se
puede hasta comprar viva, y para aquellos a quienes no guste o
asquee, se ofrece la oportunidad de probarla en exquisita
empanada. Lo de las angulas ya es otro cantar:escasísimas, a precio
de platino, resulta imposible conseguirlas frescas, vivas, pues hay
un grupo cooperativista que casi las ha monopolizado ¡para cocerlas
de inmediato! – ilusión gastronómica: volverlas a ver saltar para,
sin pausa, achicharrarlas en la cazuelita de aceite con ajo, sin
más.

1305
Un Miño poco profundo, con afloramientos rocosos, distinto,
pasa bajo el reciente puente de Arbo (curiosamente, con trazado
curvo, -¡estos portugueses!). Allí, han aprovechado para paseo-
mirador y lo que llaman playa fluvial. La corriente, ayudada por
el Deva, gana en velocidad, antes de encajonarse.
Entre pinos (cada vez menos), eucaliptos (cada vez más) y
extensas calvas huellas de incendios. Llegamos aAs Neves; frenazo,
“O’Frenazo”. Su empanada, repleta de lamprea a la bordalesa
con poco acompañamiento, no puede dejar de gustar; la tortilla
de patatas la trocean ¡a la vinagreta!; de vinos, un blanco que
gana en boca y un tinto, ambos caseros -sin putos etiquetados
reglamentarizados para cobrar y engañar , que promete más en
aroma de lo que resulta.
La joya de As Neves son sus requesones, requesoncitos, de
forma ahusada; como en todo lugar que hay cooperativa (Villalba,
Piedrafita,…), nadie los quiere, consumiéndose por los lugareños
los caseros, que los foráneos sólo podrán conseguir (y temprano)
en los días de mercado, viernes.
En este caso, cosa rara, el trazado nuevo va más cercano
que el viejo de la ribera, que queda oculta por la vegetación;
discurrimos por parajes de pocas alturas, amparando ubérrimos
valles amplios –sobre todo, si hubiera quien los trabajara-.
El Miño lo recuperamos en Salvaterra, con la posibilidad de
cruzarlo (MonÇao). Se ha restaurado el castillo, mal que bien, y
pavimentado un buen trecho de paseo fluvial que remata en
parques de esparcimiento. La corriente se ha estabilizado y vuelto
a ensanchar, aunque nunca va mucho más allá de la treintena de
metros.
Vuelta al rumbo interior, aun sabiendo que el objetivo fluye
tan cerca. Grandes extensiones de viñedos, normativizados;
cartelones de marcas que todos piden –y que a mí ni me valen
para cocinar-. Tea, otro afluente mencionable.
En Caldelas (“¿cal de elas dúas?”)-, hierba, bancos y mesas
bajo frondosos árboles añosos que fecunda el río, donde el
balneario y las aguas termales (semiabandonados).
TUY, Tude, ceca sueva -¡tuve sus monedas en mis pobres

1306
manos! (gracias, por todo,Teresa)-, catedral fortaleza. En la trasera
de la iglesia de Sto. Domingo (interesante en sí), un acogedor
parque sobre el río, con pérgolas, barandilla semicircular pétrea
y avenidita arbolada debajo, un par de pantalanes de amarre,
junto a la Comandancia Naval del Miño.
Villa, con arrabales encantadores,d e esas que nunca acabas
de conocer, donde dan ganas de perderse voluntariamente; el de
abajo, ¡conserva el empedrado de grandes cantos rodados! (se
puede llegar paseando pegado al nivel del río). Mucho cruceiro;
placitas meditabundas.
Los jardines del Parador Nacional (que disponen de “suitte-
suitte”) también dan, en declive, para el río.
El puente de toda la vida es de Eiffel, casi nada;
completamente de hierro, los trenes pasan ¡por la parte superior!,
completamente al aire (cientos de veces que lo he cruzado, con
cuidado pues casi no caben dos turismos a la vez, ¡y nunca me
coincidió!). Hace pocos años han hecho uno algo más abajo,
convencional.
Tramo final. El curso se vence, el territorio portugués deja
de hacer presión; el río ataca, o se rinde, cayendo con un ángulo
de 45º. Espacio llano que, por ello, impide ver lo que no va a más
de un centenar de metros.
Han tenido el acierto de poner un indicador con, simple y
llanamente, Rio Miño, ¡sin dejar de poner otra media decena sin
los que sería imposible llegar! –bravo por quien fuera-. Se acaba
por llegar, en poco tiempo, a un paisaje arbolado para pintura,
bucólico; pequeño pantalán para lanchitas de pesca de angula,
que mismo parece vayan a las mariposas.
Retornar a la vía principal, ya es otro cantar; los indicadores
salvadores, que eran unidireccionales, desaparecen (se les debió
acabar el presupuesto –o a saber en qué selo habrán gastado-).
Como se pueda y cuanto antes, lo menos malo será librarse del
dédalo de estrecheces con urdimbre de telaraña; intrincadísimo
llegar a buen fin.
“O vial polo monte”, “¡o vial polo monte!”,… cada poco,
en grandes caracteres. Se deduce estar en proyecto otra carretera

1307
–ésta es muy peligrosa-, y por aquí no la quieren (los del monte,
segurísimo que tampoco).
El indicador de Departamento de Marina acerca a algún
restorán a pie de río, pero el edificio gubernativo parece
desafectado (aunque conservando placas y bandera), y los vecinos
me dicen que ahora vive allí un cocinero.
En lo que llevamos y en lo que resta, con fe, perseverancia
y suerte, siempre se llegará a algún recodo gratificante de esos
enmarcables, mejor a la puesta solar.
El último puente, que inicia o remata el quinteto que
comunica las dos naciones, último en el espacio y en el tiempo –
por ahora-; lo han colocado algo antes de Goián, con lo que las
instalaciones para el transbordador ya no tienen objeto (nadie se
ha molestado en retirar los letreros). El antiguo fuerte, también
sin objeto, aparece semisepultado por tierra cubierta de hierbajos,
pero unos vecinos aseguran que lo van arreglando, por fases (según
dotaciones presupuestarias y humores).
o
Pr caminos rurales (teóricamente limitados a 10 toneladas),
unos de tierra y otros asfaltados, se puede ir intentado seguir el
agua; en uno de tantos, algo que ya se parece a playa, con su
arena; al fondo, a la derecha, ya la bocana, el mar . Fijándose
(sabiéndolo)-, se diferencia o distingue el contorno de algunas
isletas, no pequeñas. Sigue habiendo, por pequeños grupos, más
lanchas de pesca, incluso unos aparejan redes, optimistas ellos.
Empieza a oler a mar.
En Eiras, toda una avenida de invernaderos plásticos. Terreno
llanísimo, de aluvión; tierra fértil para cualesquier tipos de cultivos.
Zona de marismas, ¡cantidad de vacas pastando en una insua!.
Aunque se acabe el asfalto, exprimiendo los amortiguadores
la recompensa es ir viendo, sintiendo, morir un río a cuyo
nacimiento, parto, se asistió. Pronto no se podrá seguir; vuelta a
Tamuxe; para celebrarlo, se puede optar por el puente antiguo de
piedra, de los más clásicos, con su inscripción de que fue eregido
reinando Isabel II.
[Se verán (para la derecha) letreros de los Molinos de Folón
y P icón; quedan algo lejos (O R osal) y lleva tiempo subirlos y

1308
bajarlos (a pie, pasando del medio centenar, en cuesta), pero son
de lo mejor de Galicia, de España y del mundo –y no exagero, lo
dice quien conoce Galicia, España y el mundo-].
Si antes de meterse en el destino final, A Guarda, se coge
para la izquierda, donde las iglesias, asfalto-tierra y asfalto-tierra
(muy bacheada) nos llevan muy pegaditos al moribundo feliz,
conforme con su destino. Más marismas, más grandes.
Llégase a Camposancos, donde el transbordador que cruza
cada hora (a las medias). Restan buenos grandes edificios.
P ara hacer excursiones río arriba, informan en la misma
ventanilla de billetes, aunque “Catamaranes del Miño” sea otra
empresa, con sede en Vigo; funcionan durante la mitad del año.Y
el río se hizo mar. La Belleza. Todavía se puede ir, dando tumbos,
sobre cuatro ruedas sin separarse un ápice del agua, pero la parte
final, lo que ya es Playa de Los Molinos –no queda ni la muestra-,
está cortada.
Largo arenal estrecho, abierto pero recogido (Sta. Tecla lo
protege del viento norte). Aquí acaba todo. R estoranes, hotel,
apartamentos para alquilar (todo, poco frecuentado, excepto en
lo que llaman temporada alta –durante la que es que ni se me
ocurriría salir de casa-).
Solamente queda la ascensión, a la Montaña de SantaTecla
–hay quien, ahora, dice Tegra-, coronada por un gran castro
desenterrado y recompuesto. Desde allá arriba, la inabarcable
panorámica es tal, que no es para contarla, es para ir.
Al otro lado del monte, entre roquedales, desafiando
marejadas. A Guarda. …Un salpicón –que nada se parece al
convencional- en “O’Roxo”; a dormir enfrente, convento-hotel.
Han sido cerca de 500 km.; en 4 jornadas (forzando mucho,
viendo menos, en tres).

MIÑO ARRIBA
(De CAMINHA a OURENSE)
“De Espanha, nim bom vento nim bom casamento”.

1309
“Os ríos espanhois só son bos, famse navegábeis cando
entran en Portugal”.
“E roubannos a auga dos nosos ríos; no vran matannos de
sede e o inverno provocan as inundaçoes” (en esto último, nodejan
de tener razón).
o
Prtugal vive pendiente de España (como Vigo de La Coruña),
mientras que España poco se preocupa de Portugal (ni La Coruña
de Vigo –dicho esto en honor de mi madre, declarada antiviguesa-
).
Punta dos P icos. La foz del Minho. No impresiona. Ni un
centenar de metros; apenas corrientes de superficie.
P rimer día de invierno; respirar duele, las orejas son un
martirio. Corro hacia la orilla arenosa para repetir la tradición
(más de 300 km. más abajo) y para buscar el rastro de un sol que
acaba de mostrarse. La playa se prolonga un par de quilómetros,
o más, hasta Moledo, escoltada por la Mata de Camarido donde,
con Ángeles (y la rottweiler), recogía piñas cuando aquí tenía mi
“casinha” y pergueñaba “Ensayos de Ensayo”.
Tres quinquenios después de aquellos tiempos apacibles, la
islita fortificada portuguesa sigue en su sitio, vigilando (dice la
leyenda negra que en sus cañones está grabado: “Espanha, ¡ay de
tim como te movas!”) desde la mitad de la desembocadura, donde
la sal va ganando.
CAMINHA se asienta, indolentemente recostada, sobre
unprolongado ensanchamiento o foz, con el vesubiano Sta. Tegra
aplastando la otra orilla. Es una población agradable, con una
plaza de abastos de mejor material y precios que la de enfrente;
concurrido mercado los miércoles.
El ferry –así le llaman aquí, donde bautizaban a sus buques
como “O Terror dos Mares”- cruza a las horas en punto; tuvo que
estar inactivo largas temporadas, pero parece está solucionado
con una draga permanente y la travesía balizada.
Accidente muy reciente, ya en zona urbana, en recta larga,
con uno del los conductores atrapado entre hierros retorcidos.
Todavía más cuidado que por España. Algunos siguen separándose
en cuanto ven alguien por el retrovisor y no estaría mal imitarlos

1310
–“donde fueres…”. ¡En ruta!.
Se sale de Caminha por un puente que salva el último aporte
importante, río Coura, de bastante recorrido y caudal. Se forma
una pequeña marisma.
En el pueblecito siguiente, Seixas, se debe bajar hasta su
ribera, toda adoquinada. Arquitectura clásica. Barquitas
aparejadas esperan su horario.
Una vez más –no escarmentamos- están de elecciones;
vuelvo a toparme con caras gigantescas de políticos casi olvidados,
que estuvieron retirados, momificados .-tira mucho “o carro”
oficial-.
Hacia arriba, la isla Ariño do Pasaxe; alargada, arbolada,
los especuladores ya han intentado, más de una vez, fastidiarla,
urbanizarla. Objeto de disputas, a veces causadas por la propia
natural variación del curso fluvial, parece que es longitudinalmente
compartida.
La sigue, más pequeña, Isla Canosa y otro par de islotes, ya
portugueses; estrechándonos, llegando a Cerveira, otra grandecita,
isla Goián.
Vila Nova da Cerveira tenía el ferry donde el estrechamiento
ya permitía abordar la orilla opuesta en poco tiempo (hasta a
nado), pero ha salido ganando con el muy reciente puente (2.004)
común.
El comedor de su Pousada (estatal) queda casi sobre el río,
dentro del recinto del fortín –cuidado con los dormitorios, en
galpones aparte-. En el embarcadero (hacia el puente), durante
todo el año, ofertan paseos fluviales. Un museo del agua
(“Aquamuseu”).
Hasta V alença, queda fuera de la estrada principal una
amplia franja llana con varios poblados pequeños; sin nada de
gran interés. Buena zona para aun ya innecesario contrabando
que dio mucho dinero y quitó mucha hambre.
Por esa ancha franja discurre el “camino de ferro” (“Pare,
Escute e Olhe”). Lugares muy tranquilos, calmos, aun más que en
el otro lado.

1311
V alença do MInho, todas sus cuartas “ferias” (miércoles),
ofrece la mayor variación de falsificaciones de todo lo que se
quiera, ropa para todo; le han restado colorido al trasladarla de
los alrededores de la fortaleza. Sospechosa proliferación de
entidades bancarias, copando la carretera, adoquinada.
FOR TALEÇA lo és, abaluartada con polígonos irregulares y
fosos. Traspasados sus tres hondos portazgos el paseo por sus ruas
resulta una delicia. Hay P ousada, como disputando el Minho a la
marcial catedral tudense.
El río frontera, que se ha ido aupando penosamente, en
escorzo, dobla, se cierra hacia la derecha, el este. Hasta cerca de
Monçao tienen una “ecopista” bien acondicionada. Si nos queremos
acercar del todo a las aguas obscuras, casi quietas, con corriente
apenas apreciable, es preciso algún que otro mete-saca. La Navidad
pasada surgieron por todas partes (sin saberse de donde) son los
Papá Noel trepadores, tan difundidos como entre los vecinos.
En LAPELAS sobrevive un gran torreón medieval (altura
equivalente a 8 ó 9 pisos), cercado por las casitas aldeanas. Es
macizo, sólido, sin ventana alguna con la puerta bastante por
encima de la base (por seguridad, no por si inundaciones). Los
hórreos a los que da sombra, como tantos otros, derrengados,
semiderruidos, pero no los tiran (ni apuntalan); denotan el
abandono agrícola. P or estas parcelas interiores extraña ver
recipientes para reciclar.
MONÇAO, pueblerina, recogida tras sus grosísimas murallas
(que se atraviesan, cual túnel, con coche), mira al río, y una de
sus cafeterías principales es “Mira Espanha” (al lado, “M.E. II”).
Proliferan bazares chinos. Aunque en los aledaños hay muy buenos
caldos –en vino corriente y en quesos de nivel, es de lo poco en
que nos superan-, no había “rolhas” (tapones de corcho).
Carlos Monteiro me explica que Lapelas fue todo un castillo,
desmantelado y traído para reforzar el amurallamiento caído.
Por la carretera vieja, muy mala –lo que había-, se va más
cerca del agua, pero ni se insinúa, hay que imaginársela en la
corta bagüada, separando, antes de la tan cercana España, que
no parece ser otro lado. Piedra, granito; portalones de impresión,
algunos grandes blasones. Quintas. Cantidad -¿calidad?- de bodegas

1312
(“adegas”, “alvariño”).
Siempre que, con cierta frecuencia, me extravío por
vericuetos indescifrables, cuando pregunto me remiten
automáticamente a las vías principales, tiempos de prisas, sin
adivinar ni sospechar mi gusto, mi necesidad, lo relevante de lo
secundario, el vigor de la curva por encima de lo recto. Por aquí,
el otro aporte luso al Miño, menor, río Mouro.
MELGAÇO es uno de esos sitios que más que detenido, se
han estancado, casi empantanado en dos siglos antes. Para ver el
río, en recodo sombrío, hay que subirse (pagando) al alto almenado
de su torre –que tengo, en estilo impresionista, pintada por el
gran Alfredo Erias-. Al amparo de sus murallones, extramuros, todos
los jueves concurrido mercado (en Monçao las sextas, viernes),
todavía con rasgos de autenticidad.
Son los primeros puntos en que el río está profundo, si bien
no demasiado. Anuncian bastantes Campos de Merendas y alguna
que otra Praia Fluvial, que no son más que desvíos del agua, sin
asomo de arena. Escapando ya, rumbo São Gregorio, al aumentar
el número y altura de las montañas que lo circunscriben, el cauce
queda bastante abajo. La frontera, P onte Barxas (inhóspita,
muerta: antes de la Unión Europea era la única firme que había,
además del único puente, decimonónico).
Se acabaron los aproximados 70 quilómetros de la margen
portuguesa. P or carretera se han convertido en algo más del
centenar, algunos menos de los que se precisan en la orilla española
(que no obstante requerirá menos tiempo, por no tener , tantos
enclaves en que sería lástima desaprovecharlos, no detenerse y
recorrerlos).
Este “recuncho” de frontera puramente terrestre, que se
descuelga un corto trecho hacia el sur subiendo hasta los 1.227
metros de P eña Rubia (Tras Os Montes), era de lo más propicio
para estraperlos (casi siempre de ellos para nosotros: hasta hace
muy poco, se iba a buscar café, a razón de un quilo por persona).
Durante la guerra napoleónica (en la que intentamos invadirlos),
las carlistas y, sobre todo, la civil, fue refugio de buen acogimiento
(es cierto que ponen matices entre “gallegos o espanhois”).
En busca de un Miño que continúa hundiéndose (o, para ser

1313
más exactos, las redondeadas montañas elevándose), nos
adentramos en Galicia. Hacia Frieira, la mejor perspectiva se tiene
desde el promontorio de la capilla de San Miguel de Desteriz, para
la que hay que pisar unas cuantas tumbas; en ese mirador natural,
de tan silenciosos vecinos, están rehabilitando su amplia casa
rectoral –si es para turismo, no es para supersticiosos, pero sí
para aislacionistas-. El mejor acceso directo, en Cortegada donde
el Balneario en que se puede dormir (casitas individuales, en
piedra) y bailar (impagable salón que inundan las crecidas
provocadas por el retraso de la apertura de compuertas) oyendo,
respirando, río –propiedad, entre otros, de mi amigo “Pepe” Sousa,
el número uno de la hostelería gallega-. P rimer río, de cierto
volumen, Deva, cuya coyunda, nada violenta, se aprecia desde lo
alto.
El inconveniente por aquí abajo, es lo pronto que anochece,
privando de luz, principalmente en invierno, a quien desearía verlo
todo (los gallegos que no tengan que madrugar –pues también
amanece más tarde-, gozan todo el año de una horita más de sol
que los catalanes y media que los madrileños –por eso, por
Greenwich, en Portugal es una hora menos-).
Las cintas de agua y asfalto discurren en paralelismo, ésta
a diversas alturas hasta el corto puente sobre el río Arnoia. Todo
curvas, en épocas de fríos con heladas que se agarran y dan aspecto
de nevada. Para ver la desembocadura del Arnoya, se ha de bajar
hasta el hotel-balneario donde disponen de un pequeño catamarán;
la mixtura de ambos cauces ni se nota, parece más un ramal del
mayor.
Saturación de casas de turismo rural, al socaire de la
tradición balnearia de la villa que se había quedado obsoleta hasta
las subvenciones al termalismo; que un nuevo complejo hotelero
revitalice una zona, es fenómeno repetido.
Tras pasar frente a Ribadavia (hay puente, si se quisiera
cruzar), la carretera vuelve a levantarse y retorcerse. El agua va
encajonada por un estrecho cañón que llega hasta la P resa de
Castrelo. La mejor vista de la Central y de todo el embalse, que
se tomaría por lago, desde la iglesia, cuyo ábside con torre trasera
adosada, ostenta canecillos en todo el semicírculo, protegidos por
relieves.

1314
Se bordea el embalse-laguna y tras un par de recodos las
márgenes vuelven a acercarse, aunque conservando respetable
distancia. Varias bodegas, alguna bien conocida.
La autovía interfiere, pero no debemos de ceder a la
comodidad pues “la vieja” sigue más a la vera y a bajo nivel. En
los arrabales de la capital, nuevos cruces de arterias y posibilidades
de paso en coche o a pie, pero también casi (con ojo, suerte y si
no hay demasiados desvíos por obras) se puede evitar para seguir
pegados río arriba.

De OURENSE a LUGO
Recorremos la parte de toda la ruta más larga y cómoda
pegada la río, por ello muchísimo cuidado, por doble motivo. Uno,
la propia distracción, el imán del agua, acentuado por el
magnetismo de algún convoy férreo que pase por la otra orilla,
como en camino de sirga. Otro, más peligroso si cabe, que los
adelantamientos parecen gozar de suficiente visibilidad que se
irá agotando paulatinamente dentro de las amplias curvas con
líneas discontinuas donde todos vamos a mayor velocidad de la
conveniente. ¡Cuidado!, nunca confiarse.
Al llegar a Os Peares, acaba el paseo fluvial en coche, se ha
de abandonar la peligrosa carretera…para seguir por otra peor. Ya
abajo, bien abajo, un letrero advierte y la empresa (Central
Hidroeléctrica –“encoro”-) declina toda responsabilidad; no
desanimarse, seguir, vale la pena. Atravesando el muro de
contención de la presa, se retornaría al encuentro de losTres Ríos;
siguiendo, se gozará de las mejores panorámicas, amplios escorzos
de ambas riberas, por las que se retuerce indolentemente el
obscuro flujo.
ATÁN. Una de esas cosas, maravillosas, olvidadas,
inesperadas, que sólo se pueden encontrar fuera de toda ruta
frecuentada (el tramo final del acceso acababa de cumplir dos
años). La estructura exterior , retocada, denota elementos
románticos, pero es que dentro, ¡se ha preservado parte del templo
del siglo IX!, incluyendo muretes, bancos adosados y restos de
pintura. Totalmente aislada, sin un ruido, ni el del agua, verla por
dentro es aleatorio, pues aunque en una vivienda de bastante arriba

1315
(casa Villaesteba) tengan llave, si no coincide que esté José Luis
(cartero, que además no vive allí), la otra alternativa es que se
dignen venir desde el ayuntamiento de Pantón.
Caradelante, se nos pone de lo más difícil. Los desvíos a
Marce y siguientes, con sus ramificaciones, son todos trampas sin
solución de continuidad. Lo poco entrevisto son zigzages pausados.
Laderas completamente verdes, redondeadamente abruptas.
Preguntar, si se encuentra a quien, siempre es bueno por el
trato humano y por si saben de algo anecdótico, pero de eso a
esperar una buena orientación… Serán lugareños que conocen su
medio desde la niñez, palmo a palmo, pero sus referencias son
propias, locales, distorsionadas con respecto a los mapas que los
foráneos llevamos en papel y mente. Intuición, fortuna,… o no
meterse.
P or todos estos agujeros resguardados de vientos, cepas
(sin emparrar, pegaditas a “o chan”), por lo que los vinos son de lo
mejor; que dé algo más el poniente, que entre menos la niebla,
que se haya acumulado piedra caliza, determinan apreciables
variaciones. Bastantes vacas y ovejas. Cotos cinegéticos, y
piscícolas. Quietud total.
La siguiente referencia veraz esA Cova (entre Fión y Arjua).
Donde el mayor recodo, en la curva líquida de casi 180º, hay un
audaz (Manuel Paradela) que montó algo así como una parrillada;
los vinos son propios, del propio terreno; por el ventanal, o mejor
fuera (en mesa y banco de madera, bajo los árboles), un pálido
Machu Picchu a la gallega –creí que sólo los niños o la televisión
podían estropear este idílio paisajístico, pero los supera uno ¡que
se sienta de espaldas a la visión!-.
Otra capilla de traza románica (en una atalaya, en ¡Seoane!),
tanto o más difícil de profanar que la anterior
, y desde ella bajada
para una playa fluvial que es dudoso tenga muchos usuarios en
muchas leguas a la redonda. Hasta han logrado traer algo de arena
y están rematando un edificio con profusión de madera de castaño,
donde se espera den comidas cuando aparezcan nuevas
aportaciones presupuestarias. El misterio queda desvelado cuando
unos pescadores de los aledaños (a los que lo único que importa
es que les den trabajo a algunos durante algún tiempo) aclaran

1316
que todo aquello es capricho o concesión del anterior presidente
–momia autonómico, que venía a darle gusto a la caña. Explican
que haya tanta cabañita de piedra por lo difícil de subir lo
vendimiado, por lo que se fermentaba en la misma viña. En el
apartado de quejas, que la trucha blanca americana (“blas-blas”),
la devoradora de gran boca, “non vale pra nadiña”, y que se están
pelando montañas enteras, con los consiguientes arrastres y
empobrecimiento del humus, para justificar subvenciones
preconcedidas (“sempre os memos”).
Hasta Belesar, donde hay servicio de catamarán (y sitio -no
malo -para comer pegaditos al río), una reciente carretera
estrecha, recomendabilísima (en ambas direcciones festonea las
aguas sin reflejos).
R econfortados por el hipnótico espectáculo de tantas y
tantas “muras” juntas, tan ordenaditas, toca volver a la vida, a la
vía frecuentada, subiendo el nivel del viaducto para, de inmediato,
torcer hacia Pesqueira y volver a bajar, con paisaje muy propio a
semejanza del que acabamos de dejar , y sobrecogerse de nuevo
ante o en la Central Electrica de Belesar.
Media vuelta (si no se quiso cruzar) y toca subir de nuevo
(tampoco mucho). El siguiente desvío promete un castillo (es la
torre-fuerte de La Candaira, algo hacia el interior , pequeña,
ciudad); no tomar hacia Bugalla ni hacia Bexe que, como otras,
son rutas infames, todo agujeros y piedras, finalizaciones con paso
para un solo vehículo y remates en tierra.
Nada ayudado por la niebla y las heladas que habían
permanecido, acumulándose noche tras noche, acabé por
desorientarme e ir en sentido contrario al debido. Tras esos gajes
del oficio, un letrero de considerable tamaño me lleva por un
desvío hasta la vera del río Sardiñeira, donde Bautista Pérez –al
que espero haber convencido para que fuera a ver a su hermano a
Paraguay, tras más años de los que tienen su audaz negocio posee
–desde hace casi veinte años un delicioso rincón (también terminal)
con truchas y anguilas que cuida en su pequeña piscifactoría;
asegura que nombre tan marinero en realidad viene del señor feudal
Sandinario -¿don Dinis (Dionisio)?, ¿sanguinario?-.
Siguiente desvío, otro fallido, para S. Victorino de Rivas de

1317
Miño, de fabrica de sencillez no lo bastante gratificante, aun
poniendo en la balanza sus elementos (puerta lateral)
prerrománicos. Por la misma pista, y cerca, la capilla de Guadalupe,
cuadrangular, desde donde se podría bajar hasta las curvas
(embalsadas) que se divisan.
Quien no aguante el dolor de los antebrazos por tanta curva
y contracurva, podría cruzar hasta Mourelle, pero no le esperaría
gran alivio. Continuando entre las lomas suaves, de tupidos verdes
obscuros, tachonadas de restos boscosos, se verán –más cerca de
lo que se quisiera- orondas vacas de mirar apacible y cadencioso
paso, muy proclives a ir por medio del asfalto sin apartarse hasta
el último momento. Perros de guarda de gran tamaño y redondeces
que están a lo suyo. Ganadería intensiva, con pequeñas naves y
cercados abarrotados de cuernos. Olor. Muy de cuando en cuando,
en los fondos, las aguas, invariables.
Desvío para una fundación benedictina del s. XII, San
Facundo, de total sencillez no exenta de encanto; a pocos pasos,
recodo fluvial con embarcadero. Indicadas, con distancias y
tiempos de recorridos estimados, algunas R utas de Senderismo.
Ni se imagina lo que es ruido.
Pasado Paradela (Pacios), se vuelve al encuentro del río; su
perfil lo siluetea una cinta algodonosa (¡qué diferencia unas
docenas de metros arriba o abajo entre las nieblas!). Puente sobre
el río Loio, que nos llevaría hasta el de Portomarín.
Con niveles de embalsado mínimos, aparecen los esqueletos
de la vida comunal sepultada; quien lo hizo (Fuerzas Eléctricas
del Noroeste s.a., cada vez menos gallega), ha logrado que le
rebajen grandemente el valor catastral de sus monstruosidades, y
está reclamando a los ayuntamientos ¡con efectos retroactivos!.
Como horrorizada, la ruta vuelve a escapar de la orilla,
interiorizándose. Explorar los desvíos siniestros no conduce a nada
destacable, ni lleva a tocar río; además, se agradecerán algunas
rectas. Para los chuchos, somos la disculpa para echar la carrera.
En V illamosteiro es donde debemos de volver a intentar
oler a río –otra cosa es que se consiga-. Inutil toda referencia,
pues el nomenclátor real no es el oficial, ni viceversa. A poco del
puente que cruzaría a Lousada, otro (a nuestra mano) sobre el río

1318
Neira, cuantioso aporte poco más allá.
Acercándonos a la capital, una orientación como otra
cualquiera es la del conjunto hostelero “A Fervenza”, a partir de
donde se sigue el río lo más próximo permitido hasta la Nacional
Sexta (Nadela), ya en las afueras lucenses.
Han sido, son, más de 600 km., abajo y arriba, de Miño,
que al volante precisan de no muy lejos de los 1.000.
Requieren que se les dedique 7 días, toda una sensacional
semana.

EL MIÑO EN TREN
(CAMINHA – TUI)
Inaudito. Auténticamente inaudito.
Típico portugués.
3 intentos, tres, para poder curzar por encima del puente
Eiffel.
P rimero fue una huelga (-“greve”- no anunciada, ¡o cómo
saberla?), a la segunda que habían “trocado” el horario
(preguntando pocas fechas antes).
A la tercera, muy temprano, con muy poca luz, subo, ¡al
fín!, al vagón de 1ª clase, que aunque sea un “convoi”, simple,
monocompuesto, de cercanías, en Portugal todavía quedan clases.
No tenían “troco” para una “nota” de 50 euros.
2º premio en 1.945, baja un puesto en el 47, y al año
siguiente Caminha fue considerada la más bella estación “do
camino de ferro”. Pequeñita, pulcra, toda limpia y repintada, lo
que la singulariza y revaloriza es el estar rodeada de 16 paneles
azulejísticos que, entre elegantes guirnaldas, recogen 22 escenarios
locales de por entonces. Dentro, a media altura, también azulejos,
sin escenas.
Y más de medio siglo atrás se han quedado, pues lo que es
el paso peatonal, es de superficie, entregado a unos listones de
madera y la vista y oído de los usuarios.

1319
El puente sobre el río Coura es de altas estriberas,
marismeño.
P arece bordeemos un lago, anchuroso, en esta ribera con
pequeñas barcas que no se atreverían a desafiar al tan cercano y
proceloso mar.
Único túnel.
Una isleta. Arquitectura plácida, apenas recargada,
portuguesa, Mínimas huertas, pobres.
En Vilanova de Cerveira, el ferry fuera de uso, piscina con
cúpula futurista –el futuro ya está aquí (o ya pasó)-, campo de
fútbol ¡con hierba artificial! (aquí), el nuevo puente, campo de
fútbol de tierra (será una “equipa” pobre).
El curso fluvial aparece paralelo, sin notarse que vamos en
contra, con el terreno completamente llano, entre verdecentes
campos y pequeñas arboledas estallando de primavera. A veces
sí, a veces no (por las copas de los árboles). Durante un buen
trecho, se esconderá.
Sin esperarlo, nos encontramos “volando” (pues no hay
referencias laterales) sobre el Miño, sobre el Eiffel, y ya en Espanha.
Han sido 25 cortos quilómetros sobre vías.

(GUILLAREI – OURENSE)
El servicio internacional es muy exiguo, y Tuy estación
término. P ara seguir con el río hemos de transbordarnos a la
cercana estación de Guillarei, lo suficiente lejos como para no
poder hacerlo a pie.
Con tan mal servicio, el estancamiento, con criterios de
rentabilidad inmediata, la involución, abandono, este medio de
transporte, el del pasado y el del futuro, que ha vertebrado y
sigue vertebrando el mundo, para trayectos cortos el problema
que no presenta es el de elegir plaza. Con la mejor relación entre
volumen transportado y coste energético., actualizándose
lentamente, aguarda su reutilización plena, una vez que, por
obligación, escasez, se deje de primar tanto el automóvil.

1320
El primer contacto con el amigo se tiene a la altura del
imponente torreón portugués de Lapela, siguiéndole el primer
puente, sobre un tributario. La vía férrea, en todo el trayecto,
permite ir más cerca no sólo que la vía asfáltica actual, sino
también más cerca de lo que permitiría carretera de idéntico
trazado. De vez en cuando el agua parece querer escapar , pero las
traviesas no la pierden de vista.
Tras las murallas de Monçao, se goza de alguna perspectiva
larga. Se interioriza hacia Las Nieves (de pena, las propias
instalaciones y los edificios, particulares, aledaños que vivían al
pairo). Letreros a lo castellano, pues por estar en relieve de piedra,
no los han cambiado.
P rimer, y mínimo, túnel (los pocos que se atraviesan,
cortitos). Otro puentecillo, sobre otro afluente escaso. Este Miño
compartido va angosto, entre rocas, bullente, retorciéndose,
incluso con algún remolino, como disputándoselo.Tras el siguiente
arroyo, se ensancha, sin por ello perder fuerza, pero ya ni roqueño
ni ampuloso. Traqueteamos volcados sobre la corriente; los
terraplenes donde se asientan las vías, son la margen del río, que
los socava.
Amplia y cerrada curva en la Presa de Frieira (el catamarán,
allí en medio, algo anacrónico, espera menos pasajeros que el
propio ferrocarril), curva a la que nos adaptamos.Acaba Portugal;
ya todo, a ambos lados, es España. Nuestro Miño. Apreciable
aumento del ancho. De un río “urbanizado” se pasa al mismo,
pero solitario (ni una sola casa).
Bello, anclado, recién pintado en tonos claros, Balneario
Cortegada (año 1.957), memoria de otra época. Giro de 180º hasta
el puente, con la primera insinuación de viñedo. V uelve a
desaparecer todo rastro humano. Balneario modernista (Arnoia, a
la otra orilla), lo opuesto del anterior.
e
Prfectamente, la desembocadura delAvia (al fondo, puente
en blanco). Viñas (y otros cultivos) ya en serio. Se corta Ribadavia,
con un gran molino (la mitad) fuera de uso. Desde la ventanilla se
hacen muy patentes otros desusos, acumulativos, ya muy difíciles
de paliar. A la salida de Ribadavia se vende un bar (cerrado), y lo
que haga falta; otro, “El Tren”, alguien excesivamente optimista

1321
pretende alquilarlo.
Se gana velocidad pasando bajo el viaducto -¡cuán lejos de
las preocupaciones de la carretera!-. Monocultivo de Noé.
Suciedad- -¡malditos plásticos!- amontonada a la vera. No sabes
quién guía a quien; si el río lleva al tren o el tren trae al río. El
reflejo de las arboledas duplica el efecto visual. No se sabe si es
mejor circular de mañana, con el sol de frente, o por la tarde, con
el sol de lado. Con la caída de la tarde las aguas también se
obscurecen, y la luminosidad descendente prestará tonos
parduscos, diferentes al variadísimo verde galaico. Río, todo río.
Lástima que el incordio de los telefonillos portátiles no se
interrumpa dentro de los vagones -¡y los que chillan para que nos
enteremos de sus “busines”!-. Siguen las mixturas de gris, de sólido
y líquido –falta el fuego, el humo de las antiguas máquinas de
carbón, para ponernos presocráticos-. Taludes en nada abruptos.
Algún caserío, alineado, en el recogimiento de una curva. V ides, a
los pocos, ordenadas como un ejército conquistador de borrachos.
Plásticos, imperecederos, en progresión geométrica, antiestéticos,
de todos los colores y tamaños.
La gran represa de Castrelo. La V illa Termal de Laias, con
su capilla. El viaducto cruza el río, algo doblado. La corrientes,
totalmente aquietada. Por el otro lado, camiones y automóviles
con prisas; nosotros, a nuestro ritmo. Toda la atención al río, sin
distracciones de tráfico al volante. No hay comparación.
Comienza a estrecharse el cauce. Algún resto, tipo dique,
de pasos antiguos, ya por nadie usados, ni tan siquiera recordados
(mismo en Orense, además de barcazas, había un paso vadeable a
pie en los veranos, por donde ahora siguen haciendo ese P aseo,
más propaganda que realidad, con cotos de pura basura criaderos
de ratos).
El viaducto de entrada a Ourense.
Toda una deliciosa hora contemplativa.

1322
RÍO VERDUGO

Cernadelo es una aldea que no aparece en mapa alguno,


pertenece al municipio de Forcarei, y cómo llegar a ella se puede
intentar deducir del itinerario que seguiremos para salir , pues
siendo consecuentes, en todos los ríos se va a comenzar por su
nacimiento, habitualmente oculto y sin señalizar.
En CERNADELO, donde acaba la maltrecha carretera, se
insinúa un camino, entre lajas colocadas al efecto, que debería
llevar hasta el manantial, pero hace tiempo que a la mitad las
silvas lo invadieron y nadie se preocupó de cortarlas. Uno de los
pocos lugareños que quedan, Manuel Cortizo, nos lleva hasta lo
que no parece más que otro de los cauces entre fincas, pero se
debe a que desagües próximos tapan, sobrepasándolo, el brote de
agua, en invierno, que en épocas secas si se puede apreciar.
A la zona, curiosamente, la llaman La Ría, siendo la falda
de la Sierra del Cando (Monte Seixo), por donde su intercesión con
la más conocida del Suido.
Los del pueblo de al lado, ¡cómo no!, dicen que el Verdugo
es de ellos, que se origina en un pilón, lavadero o abrevadero, en
la curva
de la carretera, pero bien se aprecia que es simple
acumulación de corrientes temporarias.
El panorama resulta sobrecogedor, amplísimo.
Cerca, rodando el millar de metros de altitud, se encuentra
el límite con Orense. Cuando le pregunto al amable Manuel si por
allí nieva, se limita a contestar, “¡hostia!”.
Bajamos, como regla primordial en sentidos de derecha,
aunque lo que nos interesa es el cauce que se va formando y que
de vez en cuando conseguirá despistarnos, con todas las de la ley
.
Antes de Ratel, el primer puente, pero el ancho delo sobrepasado
resulta de poco más de un metro.

1323
En los conglomerados de casas de labor , han colocado
cancelas que no quieren impedir el acceso de extraños, sino evitar
que se escape el ganado salvaje.
En RICOVANCA, un pequeño letrero anaranjado que puede
pasar desapercibido indica un puente medieval, al que se llega a
pie en escasos minutos. Auténtico, intocado, plano, verdoso. Al
lado, molino de la misma época, lechado con gruesas losas que
deben pesar tanto o más que las paredes…y allí siguen, incólumes,
desde hace cientos de años.
Se sigue bajando y se sigue por la derecha, hasta Barcia de
Seixo, con el exiguo cauce también a la derecha. Puente en lo
hondo, con bolsas de plástico colgadas a altura que denota bruscas
crecidas. En lo más alto, iglesia-cementerio de bloques de desvaído
gris. Algo de ganado caballar semi salvaje. Varios arroyos afluentes
que probablemente se sequen en las épocas cálidas que se
alarguen.
El curso se oculta, sepultado entre las suaves lomas, de
vegetación algo rala, sin desbrozar, propensa a incendios de fácil
y rápida propagación.
Despues de Covelo, hay que continuar hasta Puenteerdugo,
V
donde un cuidado complejo (“P raia Fluvial”), tan coqueto, que
estaba plagado de preservativos. Hemos recorrido algo más de 20
quilómetros, encontrándonos en terreno llano con una carretera
señalizada y pintada.
R umbo A LAMA (cómo siempre, derecha). En su plaza
principal, que tomó el nombre del lugar, Pedreira, llama la atención
un blasón -que, con mucho, parece de muy finales del siglo XVIII-
en el que, claramente , está orlado ¡un verdugo!. En la misma
plaza, en otra vivienda de las principales, otro escudo similar ,
algo posterior, pero más aclaratorio: “Soy de los Contreras”.
Parece fácil deducción que Los Contreras eran los amos de
la zona, de sus gentes, de sus bosques y ríos, de molinos y
pesquerías; de su heráldica, tomó nombre el río.
Tan claro parece estar, que prescindimos de otra probable
explicación etimológica, pues verdugo es derivación de “viridis”,
verde –pero en este caso, tendría que haber muchos ríos Verdugo,

1324
cuando lo cierto es que no ocurre-.
Lo que si pretendo es que el icono sangriento no es tanto
medieval como herencia neolítica. En toda Europa se repite un
motivo rupestre conocido como “El Degollador”, y si se recorrieran
los cercanos castros de Gaxate y Xende, y se estudiaran los
petroglifos en Verducido (que suena a “verdoso”), estaría dispuesto
a apostar por que el degollador aparecería.
Antes de PONTE CALDELAS se torna algo angosto hasta el
bonito y cuidado Paseo Fluvial, con su pequeño salto de relajante
sonido. El puente sobre el que cruza, ya es de cierta complexión.
Era el primer día de enero. Unos alemanes, con su furgoneta,
habían celebrado el año nuevo bajando hasta allí con sus canoas
individuales; ¡feliz año!.
Múltiples pintadas y carteles de “Salvemos el V erdugo dos
Encoros” (embalses).
Carretera a Arcade, estaría bien desviarse y subir hasta el
Castillo de Sotomayor, abierto al público y con muy privilegiada
perspectiva.
Ya cerca de la desembocadura, se nos cruzará el RIO
OITAVEN, no mucho más pequeño que el V erdugo, que llega de
plena Sierra del Suido y trae el agua que le deja el Embalse de
Eiras.
PONTESAMP AIO, con sus 10 amplios arcos, nos mezcla,
inapreciablemente, con el mar. El tráfico hace tiempo que pasa
por otro puente mas marino (en medio, el ferroviario), pero aun
así no te explicas cómo no hay señal de preferencia para cruzarlo.
Agudas cuñas de firmes bloques graníticos cortan el río que baja,
pero también, idénticas, para el otro lado, cuando cambia el flujo
al subir las mareas. Una placa conmemora que, no mucho después
de terminar la gran obra, fue renombrado escenario bélico, los
días 7 y 8 de junio de 1.809. Guerra de la Independencia.
Las famosas ostras de ARCADE son de origen griego, ni
aproximándose en color , sabor y , sobre todo, tamaño, a las
escasísimas autóctonas pero el buen servicio y mejor material del
“Arcadia”, el “Beiramar” y “El Rincón”, no desilusionarán ni a los
más exigentes.

1325
Así reconfortados –no quiero tratar del par de amplios “Club”
de las afueras-, hemos finalizado cerca de 50 quilómetros de vera
fluvial, en un par de horitas, o algo más.

RIA DE VIGO
La más sureña. La más baja de las Bajas.
Su extremo sur –(todas las rías las comenzaremos por ahí,
ya que venimos desde abajo)) es Cabo Silleiro, antiguo reducto
militar, con cañones de largo alcance y todo, no ha mucho
completamente desmantelado; se pueden recorrer sus restos y
hasta comer (llevándose la comida, y bebida) inundando los ojos
de mar, si no pega demasiado el viento.
Baiona, queda orientada hacia el norte, aunque protegida
de vientos por Monte Ferro y las Islas Cíes. Su muy amplia bahía,
casi alcanza la categoría de sub-ría, con el pequeño río Miñor .
Llegando, la delimita el antiguo Monte R eal, el burgo medieval
vaciado y convertido, intramuros (impagable paseo por su adarve),
en palacete (marqués de V alladares) arrasado para P arador de
Turismo, recientemente ampliado hacia las luminosas puestas de
sol. Al otro extremo, la playa Ladeira constituye un buen paseo
que se puede prolongar (con carril para bicicletas) varios
quilómetros. El PUENTE DE LA RAMALLOSA, ya liberado de tráfico
rodado pero no del nocturno de mujeres deseosas de quedar
encintas, merece la parada. Doblando, jardín, aparcamiento,
terrazas y un cine ¡de los de antes! –todavía funciona, con su olor
,
los fines de semana-.
Enfrentada a Bayona, mejor orientada al sur y al poniente,
la gran PLAYA AMÉRICA, meca estival orensana. Entre la avalancha
de edificaciones de Panxón, todavía busco el arco visigodo.
Subiendo a Monteferro, donde su monumento (que, a veces,
hasta limpian), vista general, aunque imposibilidad de acertar con
el retorno o el cruce al otro lado, la Playa de Patos, desde donde
ya empezamos a abarcar lo que es, más propiamente, la ría.
P asaremos envidiando los chalés de los ricos que no los
disfrutan: están trabajando para mantenerlos. Canido (todavía
queda un pequeño núcleo casi clásico, abajo, con muelle), y tras

1326
horrorizarnos con la mierda de la isla de Toralla, el peor atentado
urbanístico de la costa gallega (mismo Bayona, en Baredo, tiene
otro, y más que abundan, pero nada como este auténtico crimen,
cuyos autores y cómplices se enriquecieron tan impunemente),
entraremos en la aglomeración viguesa por Bouzas, que también
perdió su carácter marinero, así como El Berbés.
Antes, al borde urbano, habremos podido despedirnos de la
mejor playa citadina gallega, SAMIL, preservada, a cambio de los
votos que arrastraba, por el populista “Leri”, perenne concejal
recientemente fallecido al que poco va a sobrevivir , amenazada
por todas partes por todo tipo de especuladores.
En ”La Piedra”, donde ya no hay contrabandos –cómo no se
podía acabar con los contrabandistas, se va acabando con los
bandos-, se sigue abriendo (sólo de mediodía) a la mayor velocidad
las ostras; de estricta tradición femenina, se ha colado a veces un
hombre ¡argentino tenía que ser!-, que igual tiene, camufladas,
algunos ejemplares de nuestra gigantesca ostra. Desde los
montículos de El Castro y La Guía se dominan los tejados urbanos
y la galopante urbanización de enfrente, pero no es “doado”
orientarse.
Mejor salir , mejor huir, escaparse a través de Chapela y
pasar bajo el Puente de Rande, metiéndonos en el denso tráfico
hasta Redondela (su mercado, cada 6 y 21, el menos malo de la
zona).
A seguir, en Cesantes, se puede disfrutar de algo de
tranquilidad bajando a su arenal, desde el que se está a tiro de
brazos del islote de San Simón, que se acaba de recuperar (una
Fundación, lo que se lleva) y es restrictivamente visitable.
Cobres (Sta. Cristina y S.Adrián), lugares casi olvidados, ya
en la acera de enfrente, cuando pasamos Arcade y acabamos las
marismas de fin de ría; puertecito apacible, con buena iglesia
barroca pegada al mar. Volvemos a circular bajo Rande para seguir
bordeando la margen norte, que es la sur de la P enínsula del
Morrazo.
P rimeramente, Domaio, en cuyo puerto están un par de
excelentes restoranes. Mala carretera, tráfico lentísimo, Moaña,
ninguna maravilla. CANGAS (los viernes, mercado), desde donde

1327
salen y llegan los barcos del línea –está en proyecto un ferry que
falta haría, pues el nuevo “Corredor” (carretera ¡de un solo carril!)
para poco va a valer-.
Siguiendo, terminando, cerca de Aldán (que ya es ría de
Pontevedra) comienza lo mejor, aunque no fácil. Un indicador a la
izquierda nos lleva para HÍO, pero sin meternos en el lugar de
resonancia helena, debemos tomar izquierda de nuevo, rumbo
Donón. Las mejores playas, protegidas, poco concurridas, de arena
y agua prístinas, nudistas, de acceso a pie, quedan por allí, en lo
llamado genéricamente La Barra.
Continuando hasta donde se acaba el asfalto, Cabo do Home,
tendremos dos recomendabilísimas opciones culinarias, simples,
con espléndidos vinos de aquellos arenales en que lo cultivan a
poca altura del suelo, buscando grado y densidad. En la punta,
estamos lo más cerca posible de las Cíes, que parecen haber
cambiado, con la relativa proximidad, de forma y tamaño.
En tan bello emplazamiento, con el opuesto cabo Silleiro
obscureciéndose, pasamos boquiabiertos (quien escribe por
enésima vez, quien conducía por primera) el último crepúsculo
del año-me libré de hijos, pero no de los hijos de los amigos-.
En el MONTE do FACHO, hasta donde llegaban empedrados
caminos romanos que todavía se pueden buscar y recorrer como
tantas veces, con mi perro “Fila”: creo no eran tanto para
pesquerías y salazones como para estanques del prestigioso
“garum”, salsa general de los romanos que apestaba las costas de
todo su imperio (entrañas saladas y podridas al sol)-, arriba, han
aparecido más de un centenar de laudas romanas, con restos de
santuario y basamentos de castro.
Si no importa mucho la suspensión del automóvil –a pie es
lejos pero factible, se puede botar hasta un par de faros en aquella
Costa da Vela, con sus playitas (a Judá Boyero, que es prudente
conductor abstemio, no le importó).
Incomparable, inolvidable.
De extremo a extremo se rondan los 100 quilómetros,
necesitándose un mínimo de 5 horas.
Desde luego que, de entrada, puede parecer una descripción

1328
demasiado somera de litoral tan prolijo, pero las playas, una a
una, ya han sido diseccionadas en “LAS 184 PLA YAS GALLEGAS”.
Aquí, se pasará por ellas como prolongación o complemento del
sujeto principal, los Ríos que rematan en las rías, los ignorados.

1329
RIO LÉREZ

Tiene su “berce”, también, en el ayuntamiento de Forcarei,


la Tierra de Montes (y Tierra de Canteiros). Un tercer río, incluso
de más corriente que el Verdugo y Lérez, se origina al norte (cerca
de Reigosa), pero “fuxe” hasta debajo de Cambados, frente a la
isla de La toja; sería el Umia.
Despierto con el gallo, salgo con el sol, y media docena de
horas después ni siquiera he comenzado, eso que no estoy ni a un
centenar de quilómetros de la cama. Que sí llegar , que sí mirar,
que a preguntar (ayuntamiento, taxistas, monasterio, oficina de
turismo de al lado,...), que si desayunar
. Donde el desayuno (filloas,
miel l chorizo con vino), inquiriendo a los dos de los lados de la
barra, me doy cuenta de que las direcciones de todos los mapas-
folletos que se me han dado no valen, que despistan, debido a
que son planos, sin alturas, por lo que lo que parece más alto, en
realidad es izquierda (o derecha –vete a saber-); para buscar
nacimientos de ríos, hay que seguir otros parámetros geográficos.
Me encuentro sentado, derrengado, contra el vértice
geodésico que marca el punto más alto de los contornos, los 1.017
metros del de S. Benito en la Seirra de Candán. Escribo con sangre,
no con tinta. Acabo de pasar un par de horas soterrado entre
vegetación pútrida. V arias veces creí que era imposible seguir
adelante, pero tras múltiples vacilaciones, equivocaciones, y más
caídas, conseguí llegar a la pocita de menos de un metro de
diámetro que vine buscando. Unos pantalones de cuero no salen
muy lindos tras tanto rozar y tronzar , pero no hay tojo que los
traspase; lo peor, traer una chaqueta de punto. Me acabo de hacer
la firme promesa de tener siempre botas de monte, guantes rígidos
y si no el machete, porque más falta haría una motosierra. Creía
que con el tremendo y prolongado esfuerzo sudaba sangre, pero
no, era sudor mezclado con sangre.
Mirando desde el mojón, hacia la excelsa abadía-hotel de

1330
Aciveiro, quedan a la derecha dos antenas, una baja y otra alta
(de telefonía, de blanco y rojo –hay otras dos, que no son, de
radio, en la prominencia en que estamos-). Desde esas antenas,
hacia la derecha, comienza una aguada hondonada en la que brota,
principia, el Lérez. La referencia exacta es el aerogenerador MG-
20 del circuito 2; todo para abajo, valientes.
Habrá que bajar, sin camino, sin señal, con ánimo y cuidado
(hay mucho agujero tapado en los que esperemos no pongan
cepos), casi un centenar de metros. El pequeño tajo lo marcan los
propios finales de las vertientes de las dos colinas laterales. Si ha
llovido mucho y hace poco, bajo las hierbas y tojos correrán hilos
de agua que confluyen en el manantial. No estaría nada mal
colocaran un simple y barato monolito en el oculto punto del
fluyente, que en realidad rompe un poquito más arriba, pero aquí
es donde se apoza y hay roca.
Estamos en mitad del Parque Eólico de Masgalán-Campo de
Coco; los de los alrededores no dicen ni molinos que estaría mal
dicho, pues no muelen, ni generadores, sino eolos, cual invocación
al dios latino de los vientos.
Dentro del mismo parque hay una pista (de tierra) que
llevaría hasta la Mámoa del Caballo Torto, pero no se entre, por
lluvias, con un turísmo (y una dispuesta funcionaria municipal ya
había avisado de que todos los dólmenes, petroglifos y castros,
que abundan, están en completo abandono –encima del de Loureiro,
habían hecho ¡un campo de fútbol!-; como ella dijo, la posibilidad
de acceso y aun de visión, “depende de los incendios”).
Saliendo, a la izquierda, en el primer cruce (izqd.) indica
Noveliza (por dos veces, pista de ripio y de asfalto), y el agua va
hacia allí, pero nosotros no hace falta pues nos quedaremos sin
camino y lo que pasa bajo el acceso (en buen gallego, se distinguen
“pontellas” y “pontillóns” de las verdaderas “pontes”, en
femenino) es apenas dos palmos de ancho y poco más de profundo.
Mi problema fue que desde allí me indicaron la hondonada y la
ataqué a pie, casi desde abajo, en la zona más profunda y densa
vegetación de humedad, y el brote quedaba casi en la cima, tras
las huellas de algo más que lobos.
El río ya conformado, requiriendo un puentecillo al uso

1331
(“ponteillón”), pasa cerca del monasterio, por la aldea llamada O
Forno; extrañan los remates de sus hórreos, grandes, trabajados y
poco cristianos (eran la seña de identidad de uno de los canteros
señeros de esta tierra tan pródiga en ellos).
Tras los suevos (la raíz germánica de Forcarei sería pueblo
o asamblea), los escindidos de Cluny , que llegarían a ser 106
monjes. En la IGLESIA, una de las capillas parece fue (s. XII) piscina
bautismal, un altar (s. XV) de piedra tiene, todo a lo largo, una
Última Cena con 13 apóstoles, y el triforio es falso (sin suelo, sin
tribuna); por fuera, buen ábside con originales modillones.
En el siguiente puente, ya con todas las de la ley, donde la
carretera secundaria enlaza con la principal, debemos ir para la
izquierda... o no. Una opción recta, nos tendrá dando vueltas sin
muchas hipótesis de orientación (ni con brújula) y menos ver el
río; ante tal panorama, quizás lo menos malo sea optar por el
mejor firme que se encuentre al alcance de los baqueteados
neumáticos.
Los forcaricenses, descendientes de umianos y montanos –
metacios, siguen subyugados por un minifundismo con escasa
mecanización que a principios del siglo XXI sigue queriéndose
solventar con concentraciones parcelarias, algunas aun en curso.
El mejor modo de atravesar estas tierras sería a pie, por el Sendero
de los Puentes que, a lo largo de 28 km. permite, entre alisos,
sauces y algún roble, pasar sobre varios puentes medievales,
aunque más difícil será sorprender a nutrias o gatos monteses.
Además del molino convencional (“aceas”), están los de percusión,
que servían para compactar las prendas de lana, los Batanes.
Sin abandonar las cuatro ruedas (ni desde un helicóptero
veríamos mucho más, pues casi es túnel de vegetación), por
Castrelo podemos bordear hasta Folgoso, ya que al menos estaban
asfaltando, que falta le hacía. Lo más reseñable es una torre de
Ermita de P ego (grisácea, desafectada), con una pequeña presa
abajo –usina, dirían en Suramérica-. Desde la iglesia de Folgoso
(s. XVIII) también se oye la corriente; su cementerio con avenida y
deambulatorio consiste en pabellones desproporcionados al lugar,
barroquistas.
Desembocados en “la general” (P
ontevedra-Orense), pronto

1332
viene CERDEDO, teniéndose que bajar al Coto para ver el
matrimonio con el río Castro que, aparentemente puro, no aporta
mucho menos dote.
La ruta sigue tan pegada al curso del río que impide verlo,
por estar a un nivel algo superior . Para no seguir el tráfico y sin
vistas, convendría, antes del puente grande (rotulado) torcer con
el propio río hacia la derecha, rodeo pura curva pero que ya de
entrada, en P etre, nos compensa con el puente y calzada de
orígenes romanos. En Serrapio, llega el regalo acuoso del Quireza.
Atravesamos el término de Campo Lameiro, continuada oferta de
conjuntos de petroglifos. Tras unos pocos quilómetros más que se
harán eternos, Área Recreativa de Lodeiro, donde se junta el riíto
que hemos bajado orillando, el Maneses. Escribo entre los dos
ríos, arrullado por ellos; una mariposa se acerca sin temor a ver lo
que escribo: la dejo volar.
Aunque no es norma, y esperemos sea de las pocas
excepciones, toca volver para atrás. Si retomáramos la N-541 por
el lugar, como tantos otros, de resonancias galas de iVascón, tramo
en eternas obras, nada de ver nuestro amado. Subimos el antes
despreciado ramal hacia Campo Lameiro, desde donde la carretera
parece ir más cercana al esquivo Lérez.
Pero ni por esas, tampoco se verá, salvo cortando por Laxe,
tumultuoso y un poco en la bajada, aparentemente más asentado.
Lo único, en PONTE BORA, coto plagado de amarillas mimosas, de
6,5 km. (16 permisos/día); doble ancha arcada.
Se supone por donde va, se apostaría,…pero de pronto se
diluye toda esperanza. No es hasta el final de la parroquia de
Lérez (iglesión) donde reaparece, pero de inmediato nos absorbe
la ciudad.
o
Pr tanto, no queda otro remedio, se cruzará el onte-Vedra,
P
de once arcos, subiendo por su Paseo, que se extiende por ambas
márgenes (siempre, aun lloviendo, pseudodeportistas sofocados,
sudando a la gota gorda).
Nos iremos encontrando con otro puente nuevo (simple),
uno modernista (con tirantes), y el peatonal (airoso).
En Monte P orreiro (“agas servicios”), pista de sirga muy

1333
prometedora, pues se le ve limpísimo (aunque con una tubería),
hasta que no me atrevo a seguir pues el barro penetra por los
fondos. ¿Llevará hasta la presa y toma de la otra Celulosa –no
menos apestosa, ocultada, saliendo de la autopista hacia
Compostela-?. Y contaminadora,
Son unos 75 quilómetros, a cubrir en 4 horas.
RIA de PONTEVEDRA
De nuevo, la encrucijada de Hío es ineludible punto de
partida… y retroceso (con tantas revueltas, ya dio el hambre,
“Doade”). Por Pinténs, por estrecheces en las que se debe llevar
la mano en la bocina, se llega al buen arenal de Vilanova; de allí a
la misma punta,. Punta de Couso, así como subidas o enlaces a
Soavela, haría falta vehículo específico y conocimiento.
Retornados, con las mismas prevenciones que a la ida, al más
famoso –que no mejor: ¡ni mucho menos! “cruceiro”, cerquita
está Aldán, cerrada cuña norteña en uve a la que algunos quisieran
calificar de ría, pero cuyo regatillo, que apenas empapa la arena,
casi se salta; buen puerto mejillonero, protegido por todos lados,
encontrándote dentro de la mar en tierra.
Pura curva hasta el desvío para Cabo Udra (en la bifurcación
inmediata, por la izquierda).”Espacio P rotexido. “¡Tes que
coidalo!”. Salvaje, arrinconado, con caballos de corta alzada y
luengo pelaje ventoso. Otra vuelta por donde hemos venido.
Tobogán al puertecito y playita de Beluso, tan recoletos,
incluso con cierto sabor.
BUEU cuenta con el mejor marisco y pescado, la mejor
relación de calidad y precio con población; hasta su pan y repostería
son buenos, y los vendedores amables; mercado con verdaderos
productos campestres todos los jueves.
De su puerto, atiborrado de pesqueros, que es de tipo medio,
salen –cuando el tiempo lo permite- los transportes para la ISLA
de ONS, defensora a no mucha distancia, de esta ría,donde se
puede pernoctar bajo techado y disfrutar del silencio salitroso
tras llenar el bandullo en “Acuña”.
A cierta distancia de la carretera (unas indicadas, otras no),
vamos dejando calas y playas estupendas y no muy concurridas,

1334
cuyo uso depende del olfato. La entrada que no debe perderse es
a Aguete, concha enmarcada por su Club del Mar y la isla de
Tambo,
que fue militar y no saben muy bien qué hacer con ella.
Por la vía costera, bien cuidada, llegamos a MOGOR, lugar
lleno de petroglifos. Buenos chalés, fincas y villas. Se remata en
zona militar, dominios de la Escuela Naval.
Las tan añoradas cigalas de Marín, intentan falsificarlas –
consiguen hasta el tono- en Irlanda.
Saliendo de Marín, la catástrofe, ¡cerrar ventanillas!, en
forma inmediata de nube tóxica y no visible de vertidos de cloro y
mercurio de la fábrica de celulosa; llega a revolver el estómago y
hacer doler la cabeza; taparse la nariz.
P ontis Veteris potencia su casco antiguo, homogéneo,
revivificado, redistribuido desde cruceiros góticos –éstos sí que
valen-. Espléndido Museo, tan bien llevado por Carlos V alle. La
Plaza de Abastos de P ontevedra, por continente, contenido y
asistencia, la mejor de todas. Única plaza de toros gallega.
El puente veterano, reforzado, sigue cumpliendo, si bien,
desde el centro, se toma nuestro rumbo también desde el otro,
altísimo, de gran arco central (metálico); cerca el de la autopista.
Entrepuentes, Club Náutico con barcos de sobra con sobra de
eslora.
R ecién comenzado el martirio del conductor, quedaremos
pasmados ante un desvío ¡a la casa de Colón!. Ni es fácil localizarla
(en la bifurcación, derecha), ni tiene nada que ver; resto de un
muro en el que tienen tan poca fe que ni lo limpian de hierbas y
silvas –sí es muy interesante la cruz de enfrente, llena de símbolos
extraños-. No salir por la izquierda, que acaba de seguido, y por
la derecha a quemar embrague, llegándose a puntos desde los
que abarcar toda la bocana fluvial de la ría, siempre con el apestoso
humo al frente (la gente marisquea sin escrúpulo alguno, y
restoranes con salones para banquetes y bodas parecen tenerlo
como atractivo).
En Campelo, ya es imposible seguir al nivel del río-ría. Ha
cesado la visión del horror, pero no su olor. Poco más y, se quiera
o no, se ha de retomar la tortura, a la altura de Poio.

1335
Su MONASTERIO, con gran hórreo, ineludible. Un dentista
con la consulta aquí, compañero de mi amigo “Cow Boy”, vive en
Sanjenjo, y ante la imposibilidad veraniega de moverse a más de
diez por hora, se desplaza ¡por el aire!; los pacientes le preguntan
a la ayudante si tardará, ella se asoma, y dice: “no, por allí viene”,
y llega en su ala delta con motor
, maletín en mano, espera despejen
las vacas del pasto tras su edificio, y a hacer sufrir.
A continuación, un conjunto histórico (bastante estropeado),
COMBARRO, agrupado en torno a algunos hórreos, más para algas
que para maíz.
En Samieira, desvío al Monasterio de ARMENTEIRA, otro
clásico.
Otro rincón marino definitivamente “escarallado”, Panxón,
aunque sus terrazas sean deliciosas al sol primaveral y otoñal
(donde ponga “Peirao” no es otro pueblo, es como se dice muelle
en vernáculo).
Es raro perder de vista el mar.
Paradigma de desarrollismo oportunista, a lo bestia, estilo
mediterraneo, Sanxenxo tiene una magnífica playa urbana…si se
pudiera pisar donde no la ocupe carne; puerto deportivo, invasión
de portugueses,… para quien le guste- me avergüenza que mi
hermana mayor tenga allí piso-.
P egadito, P ortonovo, que quisiera ser Sanjenjo –más
soportable-. De vez en cuando, tachonan la carretera, junto a los
precursores, hoteles casi a estrenar , de capacidad media-baja.
Abundancia de “Camping”. Montalvo es una gran duna (cortada
por el acceso) en la que no han podido plantificar edificios; es de
suponer que los bañistas opten por tener todos los servicios a pie
de playa. Una barrera corta el mar: la alargada isla Ons (a no ser
que la corte la niebla).
Al fin, después de otras playas menores interpuestas,
precursoras, aparece, tras su peninsulita con capilla (baño
fertilizante, otoñal, de las 9 olas), la playa de las playas, la
quilométrica A LANZADA, con toda la arena que se quiera, para
todos (lo malo es llegar, lograr aparcar, y conseguir salir –peor que
la llegada, más o menos escalonada, pues lo hacen todos juntos-).

1336
De entrada, la PENÍNSULA del GROVE no ofende con grandes
alturas, pero algunas urbanizaciones (todas, de adosados) parecen
desconocer la Ley de Costas (tremendas y continuadas presiones
para que el reglamento autonómico sea laxo -¡reduciendo distancia
a pelamar!-).
Club Náutico (P edras Negras) en S. VICENTE do MAR, de
cuyo puerto sale una pasarela de madera hacia blancas arenas
entre grupitos de rocas graníticas pulidas (“cons”). Construcciones
no demasiado agresivas, dejando algunos pinos entremedio.
En PuntaAbelleria, o como mucho en P. Porto Xunco, remató
la ría. Seguiría una parte militar , todo pinares, y los mejores
recodos, casi unifamiliares, con algunos pocos privilegiados que
se han hecho con antiguas pesquerías y salazones de las que es
memoria histórica el YACIMIENTO de ADRO VELLO, villa romana
aprovechada por los visigodos para iglesia, y necrópolis hasta el
siglo XVIII, con unos 1.600 enterramientos junto a las bateas
mejilloneras, infinito mar, allá.
Nos acercamos al centenar de quilómetros que, en plan
contemplativo sin morosidades, puede hacerse en media docena
de horas.

1337
RÍO ULLA

Los textos unánimemente remiten a Fonte Ulloa, de la que


los lugareños ni tienen memoria. P or lo madrugador de la hora,
con todo cerrado, el buscador se mete en la sala de clasificación
de Correos, encontrándose –a quien madruga…-con quien vive más
cerca de lo buscado, R oberto Noguerol, que defiende, como es
lógico, la paternidad deTABOADA contra las recientes pretenciones
de la vecina Antas –antes, Seoane-, que se ha añadido el topónimo
fluvial, con todo descaro, celebrándolo hasta con romerías en
Olveda.
Dice Roberto estar respaldado por el mapa correspondiente
del Ministerio de Defensa, que no es poca defensa; localizase así
el embrión en la base del Castro de Mourelle, hasta donde me
llevaría José Suárez –que si no…-.
Subiendo un poquito por la enfangada “corredoira” frente
a la vivienda-granja de R.N. está primero una amplia charca
aprovechada como lavadero y al lado, al fondo más pequeña, la
verdadera Fuente del Ulla, que no es que con la falta prolongada
de lluvias se seque, es que no aflora; como este otoño, aunque
esporádicamente, llovió “abondo”, se produjo un derrumbe,
apuntalado artesanalmente con un gran plástico de luto.
Despido al amable José, me mudo de máquina perpetuadora,
y al volver, ¡allí estaba la ninfa!...Las ninfas gallegas no son jóvenes
ni están peinando su luenga melena como las sureñas, moras; esta
ninfa casi me dobla en edad, lleva cerrada pañoleta ¡y guantes de
goma!. Su nombre, latino, es “altar del cielo”. Se acredita como
la auténtica dueña del proyecto de río, pues este trozo de falda
del monte S. Cristobo (Cristóbal, 850 metros), es de los Ferreiros.
Dejó restregando sus ropas contra la piedra a Araceli y me
dispongo (seis horas después de despertarme y dos desde la primera
indagación, con el cuenta quilómetros bicentenario) a perseguir
al segundo mayor curso fluvial gallego, que se retorcerá durante
130 km., como retrasando su gloria salobre arosana.

1338
El hilillo no se desparrama gracias a los golpes de azadón
“rejos”que lo encauzan no tanto para aprovecharlo como para
que no encharque aún más los pastos. Disimuladamente, se nutre
por interines agrícolas y ganaderos. Discurre, discurrimos, entre
montañas muy redondeadas, muy tendidas, con más valles que
cumbres, senos prodigiosamente feraces –sobre todo, si se
trabajaran racionalmente. Estamos en el extremo sur de los Montes
de Vacaloura (rubia).
Sobre el mapa, el río se va para arriba, al encuentro de
otros brazuelos menos afamados; sobre la carretera, ni se sabe
para donde va, ni por donde vamos. Los paisanos dicen que sus
“rejos” y los naturales se juntan en Ansar, pero allí todo lo que
consigo localizar es otra fuente y otro lavadero, éstos ya con obra
clásica, el manantial a la antigua, emparedado por tres lados y
encimado por piedras de tamaño decreciente, relembranza de
“amilladoiros”.
La primera localización verdaderamente fluvial fue en
Curuxás (al lado, Traslamas, lo que da idea) –no sé como lo
acentúan, si la “curuxa” es el “moucho” (búho) pequeño-,
corriendo alegre. En Valboa, ya con suficiente fuerza como para
ser aprovechado para un molino (mediano, intacto, abandonado).
Todos los 1, feria en MONTERROSO, que se candidata a ser
la 1 (con permiso, los 12, de la vecina deA Golada –que aunque la
supere en ganado, no en ¡pan! Y ¡’repostería!). Ya hay tanta
confianza en el río, que lo calificaron de Coto Intensivo de Pesca,
después de que se le junte el Sirgal, dándole otro metro de anchura
al trío que traía. Muy bonito y cuidado P arque, piscina y cancha
de tenis, todo arbolado; pegado, un “camping”.
Son Tierras, noveladas, de Ulloa.
Buscar la angostura de Ramil y la cercana referencia de
Basadre, son utopías frustrantes en las que podrían quedar
empleadas horas y neumáticos. Cueste lo que cueste, no puede
dejar de echarse un vistazo, por fuera, al CASTILLO de A PMBRE, la
mejor muestra de arquitectura militar que, edificada en 1.375
por un Ulloa, resistió en 1.431 y 1.467 a los Irmandiños, y en el
último siglo al descuido y abandono (propiedad privada, allí está,
encumbrado sobre el angosto y espumeante, rugiente, río

1339
homónimo). Próximo, aunque en la orilla opuesta, norteña (oeste),
un Balneario sulfuroso, conjunto con criterios bioclimáticos que
menciono, entre tantos (y buenos) establecimientos hosteleros
rurales de esta Terra de Melide, por merecerlo y por ser de unos
amigos de mis amigos Boyeros. Entre uno y otro, se conserva,
milagrosamente –nunca mejor dicho-, una Misión, tres grandes
cruces con toda la parafernalia (hasta gallo solar en la mayor),
mal techadas en cobertizo abierto respetado como mínimo por la
Guerra Civil, y con toda probabilidad coetánea de la Gran Guerra
(y no muy lejos de las Carlistas).
El chorro espermático del P ambre fertilizará la amplitud
vaginal ullera, que lo absorbe, pariendo trillizos, ya que sí hasta
ahora vagamos, desorientados, por Lugo, a partir de aquí la cinta
líquida será la ficticia, pero natural, división entre La Coruña y
Pontevedra.
Precisiones administrativas al margen, el orientarse seguirá
siendo dificultosísimo, por encima de la media, ya muy alta de
por sí. Para empeorarlo, el tráfico de tractores también es mucho
mayor de lo que cabría esperar , y si circulamos para la anochecida,
compartiremos asfalto con vacadas ansiosas de establo. Casonas
con altos muros, a veces prolongación de los propios de la vivienda,
y portones que les dan aire defensivo; las desproporcionadas
chimeneas, frecuentemente con remates parecen puesto de vigías.
Es la Galicia (casi) Entera, con (pocas) adiciones y (menos)
sustracciones; ignorancias y carencias que quedan compensadas
con autenticidades. Lo que intentan aprovechar , auspiciados
oficialmente, es el Camino de Santiago, con relativo éxito.
El Embalse de P ortodemouros es tan extenso y
desparramado, que de una u otra manera, por un sitio (norte,
Beigondo) u otro (sur, Brocos), iremos a parar a él.Auténtico crisol
fluvial en el que se funden nieves septentrionales, aunque el
principal socio aparece por el sur , el Arnego. El más largo (este-
oeste) de sus retorcidos ejes, dragonianos, ronda la docena de
quilómetros. Como “F.e.n.o.s.a.” no quiso hacer un puente, está
obligada a prestar servicio de transporte ¡gratuito!; día y noche
(aún en la primera del año o la buena), basta tocar la bocina si lo
que llaman “ferry” (barcaza para 2 vehículos o 12 pasajeros) está
al otro lado, para que acuda diligente y amablemente pilotado

1340
por José Manuel Mecías u otro compañero.
Y lo que nunca falta, pequeño Club Fluvial.
Ría de Arousa.

No todos ni todas, pero buena parta de los ríos y rías restantes


están, en libreta manuscrita, en archivo.