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Peregrinar junto a las memorias que nos conservaron los evangelios de la última

semana de Jesús me resulta siempre un encanto, como un viaje a través de la literatura


sagrada y con imaginación a la Palestina del siglo I. Imaginariamente presenciar
algunos eventos extraordinarios que protagonizó mi Señor, mi Salvador Jesús de
Nazaret.
La última semana del quehacer mesiánico de Jesús no fue para nada fácil, y creo que
en esta realidad es que se encuentra parte del encanto de esta semana en particular.
Complicado que en varias ocasiones, y con malvada insistencia, se acerquen personas a
preguntar capciosamente para encontrar una manera “legal” de destruir a Jesús.
Él lo sabe. Jesús lo discierne. El Señor conoce ese famoso refrán que dice, “por la boca
muere el pez.” Este dicho popular nos “recuerda que tanto para peces como para seres
humanos, abrir la boca más de la cuenta o a destiempo entraña un serio peligro: al
igual que el pez es atrapado al morder el anzuelo, la persona que habla en exceso
termina siendo víctima de su propia verborrea. De hecho, según el académico Julián
Marías, el refrán completo en castellano sería "por la boca muere el pez y el hombre
por la palabra".”1

Así quisieron sorprender a Jesús: “pescarlo por la boca”. Miremos en esta oportunidad
de qué se trató, abriendo las Escrituras en S. Mateo 22.23-33
La ignorancia es capciosa. La resurrección una esperanza hermosa y Dios es un
Dios de vivos.

Abro un espaciecito para compartirles unos detallitos del evangelio según S. Mateo.
Este es un evangelio envuelto en fascinación inigualable. Ella -la fascinación- se hace
experiencia cuando el lector del evangelio conoce el AT. Desconocer las Escrituras y
leer los evangelios es perderse la oportunidad de maravillarse ante las buenas noticias
de Dios en su Hijo Jesús.
Mateo fue un texto escribo para comunidades judías que estaban girando su fe hacia
Jesús el Cristo. El evangelio les muestra cómo las Escrituras en las que tanto han
aferrado su fe por siglos ahora es vida palpable en la maravillosa persona Jesús de
Nazaret. Las Escrituras del AT prometen la venida de un Mesías provisto por el cielo;
Mateo anuncia que ese Mesías prometido ya es realidad en la persona de Jesús.

En los últimos relatos, aquellos que nos van acercando al Calvario, empiezan a
desdibujar la imaginación hebrea de lo que pueda significar para ellos el Mesías. Mateo
empieza a dibujar un rostro mesiánico con cruz. Con muerte expiatoria. Con los
sufrimientos del siervo de Dios. Lo cual resulta escandaloso para este pueblo que ha
soñado por siglos con un mesías alzado en armas: con la fuerza de Sansón. Con las

1
https://www.muyinteresante.es/cultura/arte-cultura/articulo/ide-donde-viene-la-expresion-qpor-la-boca-muere-el-pezq
victorias épicas del rey David. Con las riquezas gloriosas de Salomón. En fin. Pero
Mateo anuncia el cumplimiento de las Escrituras en un Mesías Nazareno. Un Mesías
humilde. Un Mesías pacificador y pobre. Un Mesías que vino a salvarnos de algo peor
que los imperios grecorromanos: del pecado y de la condenación eterna.

Regresemos al episodio en donde quieren “pescar a Jesús por la boca”.


El ambiente es algo tenso desde los diferentes grupos religiosos/políticos de los
hebreos para con Jesús. El Carpintero de Nazaret los ama; ellos no lo soportan. Así que
le atacan con preguntas capciosas para ver en qué lo pueden acusar, así destruirle y
acabar con su movimiento mesiánico.
Unos saduceos se acercaron al maestro “el martes santo” para preguntarle
capciosamente sobre la resurrección. Es una pregunta terrible y mañosa.
Para desempacar todo esto, empecemos por aclarar quiénes son los saduceos.
Saduceos: fueron hebreos de la alta sociedad, miembros de familias sacerdotales, ricos
y aristócratas. Entre ellos varios llegaron a ser “sumos sacerdotes”, quienes eran
delegados en representar al pueblo judío ante el imperio romano. Fueron muy sobrios
para interpretar la Torá sin caer en tanta “arandela” de las que los fariseos fueron
expertos. A diferencia de los fariseos, los saduceos no creyeron en la resurrección de
los muertos ni en la vida que hay después de la muerte. No gozaron del afecto del
pueblos y nadie llegó a negar su influencia contundente en Israel.

Estos religiosos escépticos respecto a la resurrección, incrédulos para con Jesús, llegan
con los mismos intereses de todos los partidos políticos del Israel del siglo I y de los
religiosos: “pescar a Jesús por la boca” y le hacen una pregunta con base en la
Escritura, pa’ acabar de ajustar.
Me aterra cuando algunas gentes usan la Escritura para hacer preguntas capciosas.
Aborrezco cuando usan la Escritura como “cáscara” de resbalo para luego acusar al
otro. Eso hicieron los saduceos con Jesús: usaron las Escrituras para hacerlo quedar
mal. No sólo usan las Escrituras con malicia, recurrieron a la figura profética de mayor
autoridad en el AT: a Moisés. Escucha el argumento capcioso: “«Maestro, Moisés dijo
que si alguno muere sin tener hijos, su hermano debe casarse con la viuda, para que su
hermano tenga descendencia.”

En la Torá, precisamente en el libro del Deuteronomio 25.5-10, se explica la ley del


cuñado -ley del levirato- que ordena a los cuñados casarse con la viuda de su hermano
siempre y cuando ella no haya concebido hijos de su primer marido.
Si la viuda no tiene hijos, el hermano que sigue en la lista familiar del difunto tiene que
casarse con la viuda y darle familia.
La hermosa y extraordinaria ley del levirato (ley del cuñado).
En mente este mandamiento mosaico, escuchemos la exagerada historia que se
inventan los saduceos pretendiendo “pescar a Jesús por la boca”: -Ahora bien, entre
nosotros se dio el caso de siete hermanos. El primero de ellos se casó y, como murió
sin dejar descendencia, dejó su mujer al hermano que le seguía. 26 Lo mismo sucedió
con el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. 27 Al final, todos murieron, y también la
mujer. -
Imagino el rostro de asombro en Jesús. Imagino la cara de perplejos que tienen los
presentes. ¡En qué mundo estamos por Dios! Siete hermanos, ¡y ninguno fue capaz de
“preñar” la misma mujer! Uno ahora piensa, la verrionda esa estaba maldita. ¡Pa’
matar siete maridos! En fin, ese no es el foco de la historia imaginaria y exagerada de
los saduceos, éste es el meollo del asunto: -Así que en la resurrección, ¿esposa de cuál
de los siete será esta mujer, puesto que todos estuvieron casados con ella?-
Esta pregunta capciosa supone algo: que Jesús cree en la resurrección. Supone
también que cree en la resurrección como lo venían creyendo las genes común.

La ley del cuñado fue una ley muy hermosa para su época, cultura y comprensión
familiar. Las gentes en la época de Moisés no se casaban enamorados, se casaban
decididos. No con falta de amor, sino con un proyecto sólido para construir familia con
amor. El amor se construye luego de casados, no antes.
La idea patriarcal del entonces, consistió en que cada hombre debía tener
descendencia alguna. Así, su nombre, su historia, su sangre se perpetuaba en la tierra.
No tener hijos se entendió como maldición, como una afrenta terrible.
Si un hombre, cualquiera fuese él, casado además, moría sin tener hijos, su hermano
soltero tenía, por ley, que casarse con la viuda y darle hijos que llevarían el nombre, el
apellido, la sangre del difunto. Así, su memoria persistía en la tierra.
Por otro lado, las viudas sufrían mucho. Las desampararon, las relegaron al olvido. Las
marginaron. Esta ley del cuñado salvó la mujer viuda de esas desgracias propias de un
mundo primitivo y patriarcal; inclusive algunas se entienden hoy como machistas.
Moisés no estaba pensando en asuntos complicados en la resurrección de los muertos.
Moisés estaba pensando en solucionar otras problemáticas propias de su época, de su
mundo.

Los saduceos toman sin contexto social esta ley del levirato para “corchar” a Jesús en
la esperanza de la resurrección. En ese supongamos que una familia de siete hijos tuvo
que casarse con la misma viuda, en la resurrección, ¿ella de quién será esposa?
Pues de ser al revés no se consideraba un problema. Ningún inconveniente que un
patriarca tuviese siete mujeres; pero que una mujer tuviese siete maridos ¡y en la
resurrección! por Dios, eso es inconcebible.
Jesús sabe que ellos son capciosos, así que les responde de manera tajante,
contundente, franca. Mire qué belleza de respuesta: -El error de ustedes es que no
conocen las Escrituras ni el poder de Dios...- En otras palabras, esa pregunta es propia
de un ignorante. Quien desconoce la Escritura y el poder de Dios hace este tipo de
preguntas. Note pues, que la respuesta de Jesús les hiere el ego religioso: les dijo
“ignorantes”.
Es que damos y caballeros, no nos digamos mentiras, los ignorantes de las Escrituras y
del poder de Dios hacen unas pregunticas que hágame el favor.

La resurrección no es una “continuidad” de esta vida terrena que tenemos aquí y


ahora. No. La resurrección es una esperanza de todo creyente en el Dios de la Escritura
que tiene como único objetivo la gloria del Señor, el embeleso en la magnificencia del
Eterno, la adoración inagotable a Aquel que es el Cordero inmolado de Dios. La
resurrección no es para seguir viviendo una vida al estilo terrenal, es para vivir de
nuevo en la tierra al estilo celestial. Sin matrimonio. ¡Eso a mí sí me da alegría! ¡Sin
matrimonio! Seremos como los ángeles, sin vida conyugal. El placer más grande,
exorbitante, inigualable será la gloria de Dios.
Ella, la viuda esa, no será mujer de nadie; ella será una mujer dichosa sumergida en las
delicias sublimes del Dios Eterno en la eternidad.
¿Acaso no saben eso los saduceos?

Lo que no sabían los saduceos ni nadie más, es que Jesús de Nazaret bajó del cielo.Él
conoce la gloria de Dios. Él habitó en la presencia absoluta del Padre sublime. Él es el
Hijo de Dios. Jesús no inventó. Jesús no habló de suposiciones. Jesús no pronunció
una hipótesis. Jesús habló con conocimiento de causa; él ya vivió una eternidad en la
gloria del Padre. Allá no hay nupcias. Allá nada logra distraer a alguien de la
contemplación cautiva por la belleza de Dios.

Los saduceos empalidecen. Enmudecen. Sus mentes quedaron desorbitadas ante esta
respuesta. Y como si fuera poco, Jesús les responde: si no creen en la resurrección,
entonces ¿por qué las Escrituras dicen que Dios es un dios de vivos y no de muertos
cuando dice que él es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob?

Piensa en la lógica de Jesús: Abraham está muerto. Isaac está muerto. Jacob está
muerto. Estos tres hombres son los principales patriarcas de la historia israelita. Nadie
en Israel discutirá eso. Ahora, si ellos tres están muertos, ¿cómo es que Dios dice ser su
Dios? ¿Acaso el Dios de Israel no es sólo Dios de vivos?
Si él es Dios de vivos, ¿por qué dice ser el Dios de tres hombres que están muertos?
Los saduceos no saben qué responder. Los saduceos están avergonzados ante el
público que presencia este debate teológico. Los saduceos caen en la cuenta de cuán
ignorantes son y cuán flojos son sus argumentos ante las Escrituras.

La respuesta es obvia: Dios dice ser el Dios de estos tres muertos porque los va a
resucitar. ¡Él es Dios de vivos!
Los saduceos quedaron enmudecidos. Mira lo que dice Mt. 22.34: Al enterarse los
fariseos que Jesús había hecho callar a los saduceos…
Los calló.

Hermanos míos, Jesús va camino a la cruz. En la ruta ha tenido que enfrentar varios
obstáculos que pretenden distraer al Señor de su misión: el monte Calvario. Personas
inescrupulosas lo quieren confundir. Otros, con mucha oscuridad en sus corazones
pretenden confundir a los humildes que han decidido creer en Jesús como Mesías.
Como los saduceos, quienes negando la resurrección quisieron desacreditar al Señor, y
así ridiculizar a quienes en él han creído.
La cruz que es garantía de una verdad increíble: resucitaremos.
Él murió para derrotar la muerte. Jesús murió en la cruz para atravesar el muerte. Él
fue hasta el monte de las calaveras, azotado, dispuesto a morir para darle muerte a la
muerte. Y luego, con él resucitamos. Con él ahora tenemos vida eterna. Con él tenemos
vida abundante. Con él disfrutaremos las delicias inagotables de la gloria de Dios.