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LAS METÁFORAS DE LA LECTURA EN EL SIGLO DE ORO:

LA LECTURA COMO ALIMENTACIÓN


IVETA N A K L Á D A L O V Á

Universidad Autónoma de Barcelona

En un pasaje de la Institutione feminae cbristianae, Juan Luis Vives condena algunos de los
libros más leídos por las mujeres. Estos textos nocivos, afirma, poseen el poder de corromper las
costumbres de la lectora y apoderarse de su alma. Por ello, recomienda que padres y maridos
ejerzan un control férreo de las lecturas femeninas: «Miror cordatos patres hoc suis filiabus permit-
tere, maritos concederé, mores et instituta populorum dissimulare, ut nequitiae assuescant feminae
legendo».1
Juan Justiniano, quien tradujo la Institutio en 1524, no reproduce el texto con exactitud, sino
que incorpora en él algunas imágenes propias. El lector moderno podría llegar a la conclusión
de que Justiniano modificó sustancialmente el texto de Vives, transformando una simple afirma-
ción en una encadenación de símiles y analogías. No obstante, Justiniano no cambia la esencia
del pasaje. Lo que hace es recurrir a la imaginería renacentista relacionada con el acto de la
lectura, ilustrando el texto de Vives con la imagen de la ponzoña ingerida por la lectora des-
preocupada, y perpetuando así los modelos que subyacen en todas las metáforas relacionadas
con la lectura.
[...] y no dejo de mucho maravillarme, así mismo, de los padres cuerdos, maridos cómo permiten que sus
hijas y mujeres lean tales libros, y de cómo todos a una disimulan y no quieren mirar en la vida orden
y constitución de los pueblos y dejan que las mujeres de donde cuelga toda nuestra vida aprendan ser
malas, leyendo malos libros, en los cuales aunque parece que hay alguna apariencia de bien, no le hay,
porque es ponzoña en el vino que más aína la lleva al corazón, jamás nadie durmió seguro en medio de
las sierpes y culebras, por mucho que la verdura del suelo y la sombra del árbol se le hiciese agradable
y le convidase a dormir}

Al traer aquí la versión amplificada de Justiniano pretendía resaltar el hecho de que, para describir
el acto de la lectura, el discurso teórico renacentista sigue una lógica interna peculiar, que hace
uso de metáforas y grupos metafóricos bien determinados. Estas metáforas no se conciben como
ornamentales o cosméticas, sino que revelan las estructuras profundas del pensamiento renacentista.
Por consiguiente, considero que pueden servir como instrumento para acceder a las categorías
mentales más profundas, al modo, en suma, para pensar el acto mismo de lectura en el período

1
Juan Luis Vives, De institutione feminae christianae, introduction, critical edition, translation and notes by
C. Fantazzi and C. Matheeussen, Leiden, New York, Kóln, E. J. Brill, 1996, vol. 1, pág. 44.
2
Juan Luis Vives, Instrucción de la mujer cristiana (1524), traducción de Juan Justiniano, introducción, revisión y
anotación de Elizabeth Teresa Howe, Madrid, Fundación Universitaria Española - Universidad Pontificia de Salamanca,
1995, pág. 60. Los añadidos de J. Justiniano están marcados en la letra cursiva.

Actas del VII Congreso de la AISO, 2006, 469-474


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altomoderno. Además, están presentes en todos los ámbitos nacionales del humanismo europeo
y se forjan como fenómenos con un extraordinario arraigo, porque no se limitan únicamente al
quinientos y seiscientos, sino que permanecen estables durante períodos históricos extremadamente
largos. Poseen, además, una enorme capacidad de superponerse, de participar en varios campos
semánticos simultáneamente, y de generar prolongaciones, modificaciones y, en algunas ocasiones,
desplazamientos radicales del significado original. Encontramos un caso extremo de estas trans-
formaciones en una de las metáforas de lectura más recurrentes de toda la tradición literaria. La
formulación clásica y quizá más célebre de la metáfora puede leerse en las Epistulae morales,
cuando Séneca acude a las abejas diligentes que revolotean entre las flores, recogiendo el mejor
polen para fabricar la miel, para referirse a los procesos de lectura y escritura. Según Séneca, la
lectura debería asemejarse al comportamiento de las abejas, libando de todos los textos el material
más útil:
Sed ne ad aliud quatn de quo agitur abducar, nos quoque has apes debemus imitan et quaecumque
ex diversa lectione congessimus separare [...] deinde adhibita ingenii nostri cura et facúltate in unum
saporem varia illa libamente confundere, ut etiam si apparuerit, unde sumptum sit, aliud tamen esse
quam undum sumptum est appareat.3

En la Europa del quinientos, la analogía de las abejas diligentes se encuentra reescrita en


decenas de textos y con decenas de pequeñas variaciones. En la Imagen de la vida cristiana,
de fray Héctor Pinto, por ejemplo, el símil de las abejas, que describe en realidad un comporta-
miento muy beneficioso, genera su propia antítesis. En una invectiva contra los libros de caba-
llería, Pinto alude al peligro de la ingestión de la miel envenenada, fabricada a partir de flores
nocivas:
Debaixo daquelas suas palavras doces está as vezes muito veneno. Diz Plínio que há ai urna provincia
onde o mel é pestífero, e a causa é porque as abelhas o fazem dumas flores peconhentas, que allí ha;
doce é aquele mel, mas mata.4

Hay, pues, un gran número de metáforas relacionadas con el acto de la lectura, porque la
lectura parece tener un carácter que se escapa a descripciones directas. Los humanistas, en vez
de postular en qué consiste la lectura, prefieren decir a qué se asemeja o a qué es análoga, ela-
borando el concepto de lectura a partir de varias familias metafóricas. El espacio limitado de esta
comunicación no me permite sino examinar someramente una de ellas, probablemente la más
productiva, la que asemeja la lectura a los procesos de la alimentación y digestión. Al trasladar
las operaciones del cuerpo a las acciones del espíritu, este grupo metafórico se comporta de la
misma manera que la mayoría de las metáforas renacentistas relacionadas con la lectura. En primer
término, las metáforas de alimentación pretenden captar el proceso de la ingestión y adaptación
de una materia ajena al cuerpo del lector. Por consiguiente, encontramos el origen de la metáfora
en el ya citado pasaje de Séneca, donde está estrechamente vinculada al concepto de la imitación
literaria. El texto ajeno tiene que someterse a una especie de digestión, para asimilar las lecturas
y hacerlas inteligibles para el cuerpo del lector:
Quod in corpore nostro videmus sine ulla opera nostra faceré naturam (alimenta, quae accepimus, quamdiu
in sua qualitate perdurant et solida innatant stomacho, onera sunt; at cum ex eo, quod erant mutata

3
Séneca, Epistulae morales, lxxxiv. 3-9, en L. Annaei Senecae Ad Lucilivm Epistulae Morales, recognovit et adno-
tatione critica instrvxit L. D. Reynolds, tomus I, libri I-XHI, Oxford University Press, 1965, pág. 285. 'Te recuerdo que
también nosotros hemos de imitar a las abejas y distinguir cuantas ideas acumulamos de diversas lecturas [...] luego,
aplicando la atención y los recursos de nuestro ingenio, fundir en sabor único aquellos diversos jugos, de suerte que
aun cuando se muestre el modelo del que ha sido tomado, no obstante aparezca distinto de la fuente de inspiración».
Séneca, Epístolas morales a Lucilio, vol. II, traducción y notas de Ismael Roca Meliá, Madrid, Editorial Gredos, 1989,
pág. 51.
4
El extracto de la Imagem da vida crista de Heitor Pinto (1571) viene citado en Elisabetta Sarmati, Le critiche al
libro di cavalleria nel Cínquecento spagnolo (con uno sguardo sul seicento). Un'analisi testuale, Pisa, Giardini Editori,
1996, pág. 150.

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sunt, tum demum in vires et in sanguinem transeunt), Ídem in his quibus aluntur ingenia praestemus, ut
s
quaecumque hausimus, non patiamur integra esse, ne aliena sint.5

Si bien la formulación original de Séneca está insertada en el marco de la imitación literaria, los
textos renacentistas reelaboran las metáforas de la alimentación y digestión en una gran cantidad
de contextos. Por una parte, las emplean para describir los aspectos puramente fisiológicos de la
lectura, como sería por ejemplo la debida secuenciación de los textos que se van a «consumir».
En este sentido, hallamos frecuentemente la imagen de las lecturas fáciles, que son como la leche
materna, que se tiene que administrar a los estómagos todavía no fortalecidos. En la reelaboración
específica de Juan Maldonado, vinculada al debate sobre la enseñanza del latín, se habla de la
dificultad de diferentes textos que se deberían adaptar al nivel de cada alumno:
An non est flagitium credere, virum eruditissimum ac prudentissimum fore cogitasse ut eius Elegantiae
pueris nondum gravissima lectione solidatis ingererentur quasi facilis esca paratu quae cibis a gravioribus
crédulos avocaret?6

Por otra parte, las metáforas de la alimentación aluden frecuentemente a la lectura como asi-
milación en sentido mucho más profundo, a saber, como la apropiación del significado semántico
del texto por parte del lector. En este contexto, las metáforas de la digestión llegan a describir la
incorporación plena del texto al cuerpo metafórico del lector, cuando el alimento de las palabras
se ha depositado en su memoria. La lectura se concibe como el instrumento que canaliza esta
transformación del discurso ajeno en el discurso propio. Este uso de la metáfora de la nutrición se
remonta igualmente a un texto clásico, la Institutio oratoria de Quintiliano, donde vuelve a aparecer
vinculada principalmente al debate sobre el carácter de la imitación literaria. En la formulación de
Quintiliano, la metáfora de la comida procesada y correctamente asimilada se utiliza para destacar
el carácter específico del nuevo discurso, que debe emerger de los materiales externos como un
producto de la naturaleza del imitador:
repetamus autera et tractemus et, ut cibos mansos ac prope liquefactos demittimus, quo facilius digerantur,
ita lectio non cruda, sed multa iteratione mollita et velut confecta memoriae imitationique tradatur.7

Lógicamente, la correcta «digestión» del texto comporta frecuentemente la existencia de los


comentarios que ayuden a asimilarlo de una manera adecuada. Por consiguiente, las metáforas
relacionadas con la alimentación aparecen a menudo en los debates acerca del contacto directo
de los fieles con las Sagradas Escrituras. En un texto de 1548, Pérez de Ayala utiliza una metáfora
de la nutrición, concretamente la imagen de la voracidad que afecta la ingestión del texto, en su
ataque contra los erasmistas:
¡No! Nosotros no robamos la Escritura a los fieles, sino que no queremos que hombres carnales y sin
preparación la devoren cruda so pretexto de alimentarse de ella. ¡Que oigan a los Prelados, a los Profetas
y a los Doctores de la Iglesia! Que aprendan de ellos lo que les es necesario. La Sagrada Escritura es la

5
Cf. Séneca (1965), pág. 285. «Los alimentos que tomamos, mientras mantienen su propia cualidad y compactos
flotan en el estómago, son una carga; mas cuando se ha producido su transformación, entonces justamente se convier-
ten en fuerza y sangre. Procuremos otro tanto con los alimentos que nutren el espíritu; no permitamos que queden
intactos cuantos hayamos ingerido para que no resulten extraños a nosotros». Cf. Séneca (1989), pág. 51.
6
«¿Acaso no es un crimen creer que a un varón eruditísimo y prudentísimo se le fuese a ocurrir que los mucha-
chos que todavía no están fortalecidos por la lectura de los autores más graves pueden ingerir sus Elegancias como
una comida de preparación simple que puede apartar a'los crédulos de los alimentos de más consistencia?», Eugenio
Asensio y Juan Alcina Rovira, <-Paraenesis ad litteras». fuan Maldonado y el humanismo español en tiempos de Carlos
V, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1980, págs. 102 y 154.
7
«Pero volvamos a lo leído y experimentémoslo de nuevo, y así como masticamos los alimentos y los tragamos
casi reducidos a líquido, para que con mayor facilidad sean digeridos, así pase la lectura a la memoria y a nuestra
reserva de modelos imitables, no cruda, sino ablandada en la repetición insistente y como triturada». Marco Fabio
Quintiliano, Instüutionis oratoriae libri XII, Sobre la formación del orador, en Obra completa, edición bilingüe, traducción
y comentarios de Alfonso Ortega Carmona, tomo IV, libros X-XII, Publicaciones Universidad Pontificia de Salamanca,
2000, pág. 19,

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luz, en esto estamos de acuerdo. Pero una luz que no es comprendida por todos, que debe mostrarse
progresivamente. Es propiedad de toda Iglesia, y no del primer individuo que llegue. En esto se engañó
grandemente Erasmo, y con él todos los que lo han seguido en ese punto.8

Las dos modalidades de metáforas de alimentación, que por una parte identifican en la lectura
los aspectos fisiológicos, y por la otra intentan definir la asimilación del texto en el sentido de
una operación mental, entran en contacto a través del concepto de la ruminatio, que sirve como
nexo de unión. Como afirma Jacqueline Hamesse, la noción de ruminatio se remonta a la Edad
Media, donde aludía probablemente al «murmullo del monje que leía mascullando las palabras en
voz baja», o sea, a las actividades fisiológicas que acompañaban el acto de la lectura.9
Sin embargo, continúa Hamesse, el mismo término servía simultáneamente «para denominar
el ejercicio de asimilación y meditación sobre la Biblia: la lectura constituía verdaderamente el
alimento espiritual de los monjes».10
Si la noción de la ruminatio estuvo profundamente enraizada, sobre todo en el contexto de la
lectura de los textos sagrados, el hecho de que se construyese sobre el trasfondo de la metáfora
de la alimentación y digestión (no se puede negar que la acción de la masticación forma parte del
proceso de la digestión) contribuyó probablemente a que invadiera también el ámbito de la lectura
profana. Esta evolución explica por qué encontramos la noción de la ruminatio en un diálogo de
Vives, esto es, en un texto didáctico, no perteneciente a la categoría de lectura devocional: «Spu. Ita
fert mos, et vetus Academie institutum: quin et discipuli duabus horis, que á Magistris acceperunt,
retractant, et recolunt, et quasi mansum cibum ruminant».11
He abierto la presente intervención con el pasaje de Justiniano, en el que se alude a la ingestión
de la ponzoña para describir los efectos nocivos de la lectura. Ahora bien, cabe decir que preci-
samente el dominio ético constituye la referencia por excelencia de las metáforas de alimentación
del humanismo europeo. Los autores reelaboran y modifican las imágenes de la nutrición para

8
Martín Pérez de Ayala, De divinis traditionibus, Colonia (apud Gasparem Gennepeum), s.f. [1548] fol. 24 v°,
citado en Marcel Bataillon, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, México - Buenos Aires,
Fondo de Cultura Económica, 1950, pág. 555; la cursiva es mía. Los protestantes auspiciaban la lectura directa de las
Escrituras, su traducción e impresión, y el contacto directo del creyente con las palabras divinas. La ortodoxia católica,
en cambio, entendió que ese directo comercio con la letra sagrada entrañaba peligros para la ortodoxia, porque abría
el camino a la múltiple interpretación, así como a la interpretación no oficial de los indoctos. El precepto de la sola
Scriptura exige que al creyente se le entregue directamente, sin cortar, ni masticar, la palabra de Dios. El veto católico
a la Biblia vernacular propone lo contrario: que la letra divina no pueda ser «devorada cruda» -sin explicación o
comentario. El blanco de las iras de Pérez de Ayala es Erasmo, pero podría muy bien haberse extendido su reflexión
a Lutero. En relación con la exégesis bíblica, los autores recurren a varias metáforas relacionadas con la nutrición
para describir la necesidad de los comentarios, justificada por el hecho de que la Escritura está demasiado llena de
significados. Carranza compara la Escritura a un vino demasiado fuerte al que es preciso añadir el agua de las glosas
•para aguar el vino espiritual». Bartolomé Carranza de Miranda, Comentarios [...] sobre el catechismo christiano, Amberes
(Martín Nució), 1558, en el prefacio «Al pío lector deste libro», citado en Bataillon (1950), pág. 556. El uso del grupo
metafórico relacionado con la nutrición por parte de Calvino demuestra hasta qué medida son las imágenes de la
lectura capaces de generar desplazamientos semánticos, que en ocasiones se convierten en sus propias antítesis. En
realidad, la cita de Martín Pérez de Ayala constituye el estricto reverso de las opiniones de Calvino respecto a la lectura.
Para Calvino, la metáfora de la alimentación no implica en el contexto de la lectura de la Biblia el procesamiento y
gradual asimilación del texto con la mediación del comentario o de la exégesis. Al contrario, requiere del lector del
texto sagrado que evite dicha transformación, que ingiera el texto y en su forma original. La Biblia es para Calvino
un pan con costra gruesa; para nutrir a los suyos, Dios quiere «que el pan no sea cortado, que los pedazos no sean
puestos en la boca, y que no los mastiquen.» Citado en Jean-Francois Gilraont, «Reformas protestantes y lectura», en
R. Chartier y G. Cavallo (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 2001, pág. 388.
9
Jacqueline Hamesse, >E1 modelo escolástico de la lectura», en Chartier y Cavallo (eds.) (2001), pág. 183.
10
Cf. Hamesse (2001), pág. 182.
11
Diálogos de Juan Luis Vives, traducidos en lengua castellana por el Dr. Cristóbal Coret [...], Valencia MDCCLIX,
facsímil, Valencia, Librería -Paris-Valencia», 1991, pág. 202; .Espúdeo: Ésa es la costumbre y la vieja tradición académica.
Además, los discípulos repasan y repiten durante dos horas lo que recibieron de los maestros, rumiándolo como si
fuese blanda comida». J. L. Vives, Diálogos sobre la educación, traducción, introducción y notas de Pedro Rodríguez
Santidrián, Madrid, Alianza Editorial, 1987, pág. 109.

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representar la dicotomía entre un texto bueno y un texto malo. Como regla general, esta dicotomía
se construye en el plano exclusivamente moral.
El símil de la ponzoña es uno de los más habituales al situar la lectura en un plano ético.
Cervantes de Salazar recurre a él para criticar los libros de caballería: «[...] tras el sabroso hablar
de los libros de cavallerías, bevemos mili vicios, como sabrosa poncoña».12
Juan López de Úbeda contrapone la imagen del jardín, lleno de dulces flores, a la ponzoña de
las lecturas anteriores de sus lectores:
Creo hallarán un jardín lleno de suaves y odoríferas flores cuyos compuestos les harán purgar lo malo
y poncoñoso que en las canciones profanas avían bebido. Porque aquí ay abundancia de caños adonde
todos géneros de gentes pueden bever, y de donde cada uno puede sacar agua para su provecho,
conforme a su estado.13

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero basten éstos para dar cuenta de la extensión y ca-
pacidad de impregnación de los tópoi de la lectura. Me gustaría terminar mi intervención citando
las palabras de Gaspar de Astete, que ilustran de una manera convincente, a través de la metáfora
de la nutrición, la contraposición entre los textos que alimentan el alma, por una parte, y los que
llenan únicamente el vientre, corrompiendo el alma del lector: -Porq[ue] las fábulas y patrañas,
que los libros semejantes cuentan, son dulces quando se leen, mas después amargan y corrompen
las almas. [...] Estos son como las garrovas que son ma[n]jar de puercos que hinchan el vientre
mas no hartan el alma».14

En conclusión, los conceptos metafóricos relacionados con la alimentación revelan que el


Renacimiento concibe la lectura, por lo menos en el marco del discurso teórico, como un acto
moral, vinculándolo estrechamente a las categorías éticas vigentes. Si bien este grupo metafórico
nace en la Antigüedad en el contexto de la imitación literaria, su primer referente en el discurso
renacentista, como es el caso de la mayoría de las metáforas de lectura, lo constituye el valor
moral de los textos.15

BIBLIOGRAFÍA

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en tiempos de Carlos V, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1980.
BATAILLON, Marcel, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, México - Buenos Aires,
Fondo de Cultura Económica, 1950.

12
Francisco Cervantes de Salazar, Adiciones a la Introducción y camino para la sabiduría de Juan Luis Vives
(1546), en Obras que Francisco de Salazar ha hecho glosado y traduzido, Alcalá de Henares, Joan de Brócar, 1546 .xiii.
v-.xiiij.r., citado en Donatella Gagliardi, «Voluptuosa musa: La censura de la lírica de amor en la España del siglo XVI»,
en Idea de la lírica en el Renacimiento (Entre Italia y España). Estudios publicados bajo la dirección de María José
Vega y Cese Esteve, Universidad Autónoma de Barcelona, 2004, pág. 151.
13
Juan López de Úbeda, «Prólogo», Vergel de flores divinas, Alcalá, Herederos de Juan Gradan, 1588, 4o, fol. 2v,
citado en Lina Rodríguez Cacho, «El libro como "vergel" (notas para una filosofía del título en el Siglo de Oro)», en
El libro antiguo español. V. El escrito en el Siglo de Oro. Prácticas y representaciones, dirigido por Pedro M. Cátedra,
Agustín Redondo y María López-Vidriero, edición a cuidado de Javier Guijarro Ceballos, Ediciones Universidad de
Salamanca, 1998, pág. 212.
14
Gaspar de Astete, Tratado del gobierno de la familia y estado de las viudas y doncellas (1597), Burgos, 1603,
pág. 175; citado en Sarmati (1996), pág. 164.
15
Mi investigación sobre el concepto renacentista de la lectura se desarrolla en el marco de un proyecto de
investigación del Ministerio de Educación y Ciencia (BFF-2003-02105), que auspicia las actividades del Seminario de
Poética Europea del Renacimiento (Universidad Autónoma de Barcelona). Para un tratamiento mucho más amplio
de las metáforas de lectura, véase: Iveta Nakládalová, La lectura docta. Un estudio sobre el concepto de la lectura
en los tratados de educación del humanismo europeo, Barcelona, Seminario de Poética Europea del Renacimiento,
trabajo de investigación realizado bajo la dirección de la Dra. María José Vega, Universidad Autónoma de Barcelona,
2005.

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