Está en la página 1de 516

Vida de

Santa Luisa
de Marillac
BIBLIOTECA

«SAN VICENTE DE PAÚL


ii

V ID A
DE LA

VENERABLE LUISA DE MARILLA6

E s propiedad del autor.


Qucdti hecho el depósito
que m a rca la ley.
V E N E R A B L E LUiSA D E M A R ILLAC
FUNDADORA, CON

5 R N V I C E M T E DE P R Ú L , Y PRIMERA SUPERIOR^

D E LAS

H IJA S D E LA CARID AD
VIDA
DE LA

VENERABLE LUISA DE MARILLAC


FUNDADORA DE LAS

HWAS OE IiA CñFeiDHÜ


POR EL 1HIESHITERO

D. PONCIANO NIETO Y ASENSIO, C. M.

CON LICENCIA DE LOS SUPERIORES Y DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA

tfé x te o . JW adtfid.
ig le s ia de la C o n ce p ció n O a jce ía d e P a r e d e s , *1,
2.a de C itia u e n ta y s ie te , 30. H. C, V i l l a » .C a m p o m a n e s ,1 2 .

H a b a n o (C u b a ). (« a ñ ila (F ilip in a s ).
C o n v e n to d e l a JVIetised. San iv ía n e e lin o , 213,

■1 © -1 4
PE DE ERRATAS

gág- Línea. Dice, Léase,

I 20 a nuestra mano en nuestra mano.


4 >7 el cual u que
5 n ota 2 frente al texto al frente del texto
18 23 extrañem os extrañarem os
30 2 habría había
21 6 com plació com placía
21 26 ejercitada excitada
27 4 en ella en ella?
«4 *7 diferencia deferencia
64 32 hum anidad humanidades
65 4 D isponiéndose disponiéndose
So 8 enviarlas enviarla
9» 20 separaba reparaba
96 23 interrumpirla interrumpidla
«03 6 M ontrenii M ontreuil
*05 12 paréntesis dedicados parénesis end erezad as
128 28 en el C atecism o (suprím ase)
J28 30 en aquellas En las'prim eras letras y el c a ­
tecism o.
04 16 nuestros vuestros
140 13 1631 1632
150 20 lo la
*51 6 partes doblada parte?, doblada
156 12 sed et
■157 26 correspondido so n re íd o
181 14 Unir U nid
181 28 los os
216 12 sustituido cam biado
242 23 K a rd i H ardi
262 22 entrado entrada
376 18 ello s ellas
295 IO depend ería dependerían
3n 21 0 e
330 IO e lla e lla s
35* n ota Maurína M auricia
353 27 ; la i y la
3 S4 26 prim eras, prim eras
393 3 gracia guia
399 1 Si, si»
427 QOtil 3 importuno inoportuno
447 28 cerraban rodeaban
NIH IL O B STA T
V. Orzanco, C. M.
Censor.

Mexíci, die 12 Julii 1913.

IMPRIMI P O T E ST
Eugenius Goñi,
Prov. Mexic . Visitator.

Mexici, dic 8 Augusti 1913.

NIH IL O B ST A T
M auritius Horcajada, C, M.
Censor.

IMPRIMATUR
E p isc o p u s M a t r i t -C om p l u t .

DOMINI MEI M AN D ATO


D r. Ludovicus Pérez,
Arch.-Srws.

Matriti 27 Februarii 1914*


A J E S U S CRUCIFICADO

(De nuevo ¡oh Señor / os ofrezco estas páginas hoy que


las he concluido, j>ara qwe, sin m irar a las fa lta s y feca=
dos que he cometido a l escribirlas, las bendigáis de suerte
que contribuyan a vuestra m ayor gloria y a l bien y edi=
jicación de las alm as.
PRÓLOGO

S de un siglo de vida próspera y fecunda en

f
:oda clase de buenas obras y ministerios
llevan las Hijas de ]a Caridad en España, y
todavía no se ha escrito en español la vida de su i
tre y venerable fundadora. No creo que sean men
ter más razones para justificar la aparición de la pre­
sente obra. Podría argüirse, sin embargo, que para
llenar tal vacío se han traído ya a nuestro idioma,
traducidas del francés, algunas vidas de la Venerable
Luisa de M arillac, así antiguas como modernas; pero
es el caso que, según pública voz, ninguna de las
obras aludidas llena su objeto ni satisface las ansias de
los devotos en general y de las hijas de la sierva de
Dios en particular; por lo que el vacío a que nos refe­
ríamos queda en pie. ¿Seremos nosotros tan felices
que hayamos acertado a llena ríe? Sin lisonjearnos de
ello, diremos sencillamente que tal ha sido nuestro
propósito, y que para el efecto de realizarle no hemos
perdonado medio alguno de cuantos estaban a nues­
tra mano. Del éxito, el lector juzgará.
Tres son los estudios principales que sobre la Vene­
rable Luisa de Marillac se han escrito hasta el presen­
te. La Vida de la señorita Le Gras, por Gobillón (1),

(i) La Vie de Mademoiselle Le Gras, fondatrice et pre­


miare supérieure de la compagnie des Filies de la Charité,
párroco que fué, aí año de morir nuestra Venerable, de
la iglesia de San Lorenzo a que pertenecían las Hijas
de la Caridad; la Historia de la señorita Le Gras, por
la condesa de Richemont (1), y La Venerable Luisa de
Marilíac, por Mons. Baunard, Rector de la Universi­
dad católica de Lila (2). El primero apareció a los po­
cos años de muerta la Venerable, en 1676; el segundo
y eí tercero son de últimos del siglo pasado,— Insus­
tituible la obra del Sr. Gobillón por lo inmediato y
puro de las fuentes en que bebió las noticias, es defi-
cientísima con relación a su título, y apenas si merece
otro que el de notas o apuntes biográficos. Coliet, eí
conocido teólogo del siglo XVIII y sacerdote de la M i­
sión, hizo por completarla, adicionándola y refundién-

servantes des pauvres malades, par M. Gobillon, prétre et


docteur de la Maison et société de Sorbonne, curé de Saint
Laurent. París, chez André Pralard, 1676. Un vol. en-12 de
333 páginas. La Vida propiamente no ocupa más que hasta
la página 1 8 7 — Ha sido reimpresa en 1846 (véase la conde­
sa de Richemont, en la obra de que hablaremos inmediata­
mente, 4.a edic., p. X V ), en 1862, si no es equivocación de
fechas (Cf. A nnales de la Congregation de la Mission:
t L X , p. 497); y, por último, al frente de las obras de la V e­
nerable, en 1886 (Société St. Augustin,Bruges).Un vol. en-18
Hay una versión de ella en lengua polaca.
(1) Histoire de Mlle. Le Gras (Louise de Marillac), par
la Ctesse. de Richemont. Parts, Poussielgue, 1883. Un volu­
men en 8.° La 4.a edición es de 1894.
(2) La Vénérable Louise de Marillac (Mademoiselle Le
Gras), fondatrice des Filies de la Chanté de St. Vincent de
Paul, Paris, 1897; 2.a edición, París, 1904, Un vol- en-8.°
de x x -640 páginas.— Tradújola al español (Madrid, 1904)
un sacerdote de la Congregación de la Misión.
•dola en 1769; pero los resabios de su mal gusto no le
permitieron hacer cosa buena, y el público acabó por
dar la preferencia al sencillo relato de Gobillón. El
arreglo de Collet fué, con todo, reimpreso en 1820 y
en 1862, y vertido al español por Rafael de Llinas en
1792 y al alemán en 1875.
Prendada, a todo esto, la condesa de Richemont,
María de Merona, de la hermosura y sugestiva edifi­
cación del asunto, se propuso estudiarle con la debida
solicitud y extensión, y trazó en todas sus líneas y en­
cuadró en un marco, de labores quizá demasiado pro­
lijas y menudas, el retrato de Luisa de Marillac. Arte
no falta en la obra; lo que sí se echa de menos es
vida. En las páginas de la señora de Richemont se ve
<el entendimiento que dispone, el buen gusto que se­
lecciona y ordena, la mano que se mueve; pero pocas
veces se echa de ver el ritmo generoso del corazón
que palpita de entusiasmo. No tuvo, además, ocasión
de revolver los archivos de las Hijas de la Caridad.
Anterior o posteriormente a la obra de la condesa
de Richemont, han visto Ja luz pública en Francia, en
Holanda y hasta en China algunos otros trabajos re­
lativos a la Venerable, como, por ejemplo, el del con­
de de Lambeí, titulado Luisa de Marillac, etc. (Li-
Ile, 1868), y traducido al español por encargo de la
casa Garnier, de París (1887); pero ninguno de ellos
tiene otro mérito que el de la vulgarización de un
tema santo y edificativo.
No así ciertamente la obra de Mons. Baunard, a
que aludimos arriba y que es el monumento más cum ­
plido levantado en honor de la fundadora de las Hijas
de la Caridad. Apresúrome a decir que con la palabra
"monumento,, no me efiero de ningún modo a la
composición del libro, que es sumamente pesada y
defectuosa, sino sólo a la abundancia de materiales-
que encierra, tal que difícilmente podrá añadírsele
nada nuevo, Y ni aun éste es mérito del autor» sino de
una humilde Hija de la-Caridad, Sor María Geoffre de
Chabrignac, que en su cargo de secretaria de la casa
madre y en medio de penosas dolencias halló tiempo
y energía para descifrar, transcribir y anotar los ma­
nuscritos de nuestra Venerable y cuantos papeles, no
tas y cartapacios se refiriesen a ella o pudiesen dar al­
guna luz sobre los puntos vagos u obscuros de su vida,
¡Lástima que la propia Hermana no se hubiese encar­
gado de dar vida a quel montón de datos, de fechas,
de averiguaciones y de recuerdos entre los que ella
por tantos años había vivido y tan por entero se había
asimilado! Porque a esto, enfre otras causas, hay que
atribuir el fracaso de Mons. Baunard, el cual no había
estudiado minuciosamente et asunto ni se había pene­
trado de él. Toda su preparación para escribir la vida
de la Venerable Luisa de Marillac se redujo a pasar
la vista por los infolios y legajos que Sor Geoffre ha­
bía catalogado y dispuesto por orden de tiempos y
materias, y a pegar y zurcir malamente las citas y do­
cumentos que venían bien a su objeto. Su trato con
los manuscritos y fuentes de consulta no fue, en con­
secuencia, muy íntimo que digamos; y entre los libros,
lo mismo que entre las personas, sólo la intimidad pro­
voca las revelaciones y arranca los secretos. Flaco es
éste de la obra de Mons. Baunard que se echa de ver
a las primeras páginas. “Mons. Baunard, ha dicho
atinadamente un sacerdote de la Congregación de la
Misión, me hace el efecto de un hombre que ha sa­
bido utilizar en su obra los documentos de que se ha
servido para componerla, pero que no ha puesto nin­
gún trabajo en hallarlos,, (1).
Y aun ¡si siquiera les hubiese “sabidon utilizar! Pero
no, Mons. Baunard, además de prepararse muy lige­
ramente, no debió escribir su abra más que por puro
compromiso. Sólo así se explica el desaliño de su re­
lato y la atropellada confusión con que en él aparecen
los hechos. La obra del rector de la Universidad de
Lila es materialmente un bazar: en ella hay de todo,
-está todo o casi todo cuanto se puede decir de la Ve­
nerable; pero todo revuelto, alineado a lo sumo por
orden de materias. De aquí lo pesado, enojoso y abu­
rrido de su lectura. “Se nos cae de las manos el li-
bro„, he oído decir a algunas Hijas de la Caridad.
"Las hermanas—me escribía hace poco la Visitadora
de una provincia, exhortándome a escribir la presente
obra—leen con poco gusto en general, y en algunos
puntos con manifiesto desagrado, la obra de Monseñor
Baunard. „
E. Broglie acaba de hacer un compendio de dicha
obra para la colección Los Santos , que hace años vie­
ne viendo la luz pública en la capital de Francia (P a­
rís, V. Lecoffre, 2 .a ed ., 1911).
Materiales, como se ve, para escribir la vida de la
sierva de Dios no faltan (esto aun sin hacer mención
■de las primeras fuentes (2), cuyo capital interés excusa
toda advertencia); lo que se necesita es estudio y arte
para saber aprovecharles, disponiéndoles conveniente
mente, armonizándoles e infundiéndoles aquel aliento

(1) Beatif., f, 2.°, p. 38,


(2) Véase la li'ta bibliográfica que va a continuación de
estos preliminares, frente al texto.
de vida sin el cual todo organismo no es más que un
poco de barro deleznable. Para sorprender este espíri­
tu, el espíritu que animó la vida y hechos de Luisa de
Marillac, y tratar de infundirle en nuestra narración*
hemos procurado inspirarnos casi exclusivamente en
los documentos y noticias de su tiempo, en los es­
critos de la Venerable, en las cartas y conferencias de
San Vicente de Paúl, en los apuntes biográficos de
Gobillón, etc., etc. Contadas son las veces que hemos
acudido a los historiadores modernos, y esto sólo para
ilustrar alguna duda de que los documentos originales
no bastaran a sacarnos, o en comprobación de algún
supuesto que sin el arrimo de otras autoridades no nos
atrevíamos a estampar en el papel. Sólo así, dirigién­
dose al manantial y primer origen de los hechos, es
como puede uno estar seguro de la limpia verdad de
lo que narra. Y permítasenos decir aquí, engracia del
escrupuloso trabajo de investigación con que hemos
procedido en todas las páginas y como garantía de la
verdad de nuestro relato, que hemos hecho escrúpulo
y nos hemos guardado de aventurar una sola proposi­
ción, por insignificante que fuese, sin antes estar del
todo seguros y convencidos de lo que asentábamos. Al
efectc, y para que el lector pueda comprobar nuestras
afirmaciones, hemos procurado multiplicar las citas.
Como, a pesar de todos nuestros afanesydiligencias,
tenemos sobrados motivos para temer que no sean po­
cas las inexactitudes y defectos de la presente obra*
concluiremos estas ligeras observaciones encomen­
dándonos a la indulgencia de todos y a la bondad de
los que tengan a bien enmendar nuestros descuidos y
corregir nuestros yerros.
México, 14 Junio 19 1 3, fiesta de San Basilio, doctor de la Iglesia.
DE LA

VENERABLE LUISA DE MARILLAC


La hija.
La joven.
La esposa.
La madre de familia.
Indicación de las obras repetidamente citadas en estas
páginas y sus correspondientes abreviaturas.

L . de M .— Louúe de Marillac, ve uve de M. L e Gras, Consta de


cuatro tomos: el I contiene la vida que de la sierva de
Dios escribió en 1676 su primer biógrafo, el Sr. Gobillóc,
más algunos otros documentos coro píeme ntaríoa de la
historia de nuestra Venerable; el II Jas M editaciones,
A visos, Máximas y demás escritos ascéticos de L u isa de
Marillac; y el III y el IV sus Cartas.
A b . —La Fie du Venerable Serviteur de Dteut Vincent de Paul, por
Luis Abelly. N ueva edición en tres tomos {París, 18 9 1).
L e ttr.—Lettres de S. Vincent de P aul: cuatro tomos (París, 1880).
Confér. aux F. d. 1. Ch. Conférettces de S. Vincent de P au l aux
Filies déla Charité: dos tomos {Paria, i8 8r).
Av. et Confér, - A vis et C o n firen ces sp iH tu elles d e S. V in cen t d e P a u l
a u x m em hres de la C o n °req a tio n : un tomo (París, 18 8 1).
Suppl.— Lettres et Conftrences de S. Vincent de P aul: Supplémeni;
un tomo (París, 1888).
Beatif. —Bentificationis et Canonizatianis Ven. S erva Dei L u d o -
vicce. de M arillac. Consta de varios fascículos con folia­
ción distinta que distinguiremos en las citas añadiendo
al titulo general las siglas, f. i . ° , f. 2 ,0, etc.
C. de Rich.—Histoire de mademoiselle L e Gras, por la condesa de
Richemont; 4.a edición, un tomo (París, 1894).
Baun, —L a Venerable Lottise de M a rilla c, por Mons. Baunard;
2 .a edición, un tomo (París, 1904).
Mayn.— Saint Vincent de Paul, sa me, son temps ses ouvres, son-,
inftuence, par M. TAbbé Maynard. París, r86of cuatro vo*
lúmenes.
Memoir, — Memaires de la Congregation de la Mission. París, 1867
y siguientes, varios volúmenes.
Primeros año i y ju ventu d de la V e n e r a b le
Luisa de Mari'lac.

1591-1607

Ascendencia y nacimiento de Luisa de Marillac. — Su edu­


cación y sus estudios. — Su piedad: deseos de abrazar la
vida religiosa.

§ I . —Ascendencia y nacimiento de Luisa de Marillac .

se turbe vuestro corazón—decía Jesús a sus


Üscípulos en aquella dulcísima y sublime plá­
tica que con ellos sustentó en Ja última cena— :
luego que yo me vaya y os hubiere dispuesto lugar*
vendré de nuevo y os llevaré en mi compañía, para
que donde yo esté estéis también vosotros.
"Señor—le dice Tom ás—, no sabemos dónde vas,,
¿cómo hemos de saber el camino?
— Yo— le dijo Je sú s—soy el camino. Nadie puede
ir al Padre, si no es por mi medio„ (1).
En la cuestión de buscar a Dios, objeto de las as­
piraciones más íntimas de nuestro espíritu, y de jun-

(i) Evangelio de San Juan, c. X IV , vv\ 1-6.


tamos con É l, las palabras del discípulo de Jesús se-
tán siempre las de todo hombre venido a este mundo:
¿Cómo ir a Dios si no sabemos dónde está? Pregunta
<jue en su angustiosa solicitud no hallará nunca otra
•contestación satisfactoria que la respuesta del maestro:
Yo soy el camino. Por él, y dejando tras sí luminoso
rastro de gloria, caminaron todos los santos, viniendo
a ser por lo mismo la historia y acciones de cada uno
de ellos senda segura para ir en pos de Jesús y llegar
por medio de Él al Padre. Que esto son, en efecto, las
vidas de los siervos de Dios: trasuntos más o menos
acabados de Aquel de quien San Pablo nos exhorta a
revestirnos (1); faro que en medio del revuelto mar
del mundo y entre las tinieblas de Ja noche de esta
vida nos señala el puerto de nuestra patria; estrella
que a los pies de Jesús nos guía; aliento de nuestra
flaqueza; estímulo de nuestras débiles energías; imán,
en fin, que de lo alto y azul del cielo sostiene y anima
nuestras esperanzas.
Tal juzgamos que ha de ser para todos los fieles,
en especial para las señoras de las Conferencias e Hi­
jas de la Caridad, la vida de la Venerable Luisa de
-Marillac, cuyos hechos nos proponemos describir en
estas páginas, si el Señor nos hace la gracia de expo­
nerlos con la sencillez, colorido y naturalidad fascina­
doras con que aparecieron a los ojos de los que tu­
pieron la dicha de presenciarlos: de un San Vicente de
Paúl que la confesó y trató asidua e íntimamente por
espacio de treinta y ocho anos y que a los pocos días
de muerta la hacía ya “en en el .cielo,,, diciendo de
<ella que era “una santa, que “siempre había sido un

(i) Epístola a los Romanos, c. X lll, v, 14.


alma pura: pura en su juventud, pura en su matrimo­
nio y pura en su viudez», y que no se servía de su me­
moria ni de su voluntad más que para recordar y amar
a Dios (1); del párroco de San Lorenzo, de París, que
después de haberla oído en confesión general y haber
asistido a su agonía, exclamó al verla expirar: “Oh
¡hermosa alma, que lleva consigo la gracia bautis­
mal! „ (2), y de una Sor Maturina Guerín, secretaria
de la misma Venerable, quien haciéndose eco de todas
sus hermanas de congregación» las Hijas de la Cari­
dad, escribía “haber notado en aquella buena alma,
tantas virtudes que no sabía por dónde comenzar a
decir algo de ellas„ (3).
Procedían los Marillac de la Alta Auvernia (Francia),,
de la población llamada Mauriac, donde tenían su
casa solariega, y donde, según parece, siempre habían
sido muy considerados, así por la austeridad de sus.
costumbres como por la callada abnegación de su pa­
triotismo. Pertenecían a la nobleza, bien que no a la
que figuraba en primera línea, sino más bien a la que
se daba la mano con la clase media; y de ella habían
salido ya en la primera mitad del siglo xvi miembros
y abogados del Parlamento, Obispos y embajadores,
que hicieron honor a sus puestos y dignidades.
El traslado de su residencia a la corte, verificado'
en 1550 por el abuelo de nuestra Venerable, Guiller­
mo Marillac, no hizo sino aumentar el poderío e in­
fluencia de la familia. Dos hijos de Guillermo, Mi­
guel y Juan Luis, se elevaron por su valor y m ereci-

(1) L. de M., t I, pp. 183, 213 y 215.


(2) Ibid., t. I, p. i 6 d,
(3) Ibid., t.I, p. 235.
«lientos a los puestos más encumbrados de la nación,
a Canciller, el primero, y a Mariscal de Francia, el
segundo. Asimismo una hermana de ellos, Valentina
M arillac, casó con el barón de Attichy, gentilhombre
florentino venido a Francia en el acompañamiento y
séquito de la reina María de Médicis. Decididamente,
el viento d$ la fortuna soplaba a la sazón del lado de
los Marillac.
Aunque menos rico en. honores y bienes de fortuna
que sus hermanos, ninguno, sin embargo, contribuyó
tanto a eternizar y cubrir de gloria el apellido de los
Marillac como Luis, señor de Ferriéres, gracias a la
hija que el Señor había de concederle en su matrimo­
nio con Margarita Camus, su segunda esposa. Porque
“a semejanza— diremos con la condesa de Richemont
—de la vara que, según la leyenda, se cubrió en el tem­
p lo de Aores y de frutos, Luisa de Marillac había de
echar más ramas por sí sola que el tronco todo de
donde ella había salido,, (I).
Fué el nacimiento de Luisa en París, el 12 de Agosto
de 1591; y a haber podido leer sus padres el misterioso
porvenir de su tierno vástago en el sellado libro de lo
futuro, y antever la espiritual fecundidad de que el S e ­
ñor con el tiempo la había de dotar, habríanle aplicado
llenos de júbilo aquellas palabras de Jerem ías: “Oliva
feraz, esbelta, fructífera y hermosa es el nombre que te
ha puesto el Señor,, (2). Y, sin embargo, ¡contrariedad
de las cosas de la vida y que muestra lo poco que Dios
se paga en la realización de sus designios de la con­
gruencia o incongruencia que con ellos guarda la oca-
sión y medio en que ha determinado llevarles a cabo!
Las circunstancias en que nuestra Venerable vino al
mando más parece que eran para esterilizar cualquier
germen de vigor físico o de energía moral que para
templar y robusfecer ningún carácter o principio orgá­
nico cualquiera.
La situación en que Francia se hallaba en 1589 era
verdaderamente crítica y pavorosa. Trabajada honda*
mente por las luchas religiosas y enconadas a que la
secta protestante de los Hugonotes había dado lugar,
y muerto Enrique III, sin sucesión directa, veíase aho­
ra en la alternativa de o alterar el orden de sucesión
al trono o de resignarse a ver en el de San Luis a un
príncipe protestante. La división y la guerra eran in­
minentes, y a ella acudieron, en efecto, los partidos,
aun antes de la muerte misma del rey. De un lado es­
taba Enrique IV con sus parciales y correligionarios,
de otro las fuerzas católicas de la Liga apoyada y sos­
tenida por España, brazo entonces del catolicismo en
Europa, y cuyo propósito más determinado era poner
en el vacante trono a Clara Eugenia, hija de Felipe II.
Así las cosas, Enrique IV puso sitio a París en 1590,
sitio que tuvo que levantar a la llegada de las tropas
españolas del duque de Parma; pero que en los cuatro
meses que duró hizo sufrir a la sitiada capital todos los
horrores imaginables en tales hechos de armas.
La efervescencia de las pasiones y el encandecí-
miento de los ánimos que acompañan siempre a toda
lucha de partidos, hicieron por otra parte, que los
más exaltados del bando católico se apoderaron del
gobierno de la capital y cometieron en ella vej?ciones,
crueldades y atropellos que en nada tenían que envi­
diar a los que venían de fuera y que unidos a ellos
diezmaron materialmente la población y la sumieron
en la consternación y en el espanto.
Entre tales angustias y en medio de tan deshecho
cuadro de lágrimas, de desolación y de muerte, vino
al mundo la pobre Luisa de Marillac. Para mayor des­
consuelo y para que el ambiente que ya desde nina
comenzaba a respirar estuviese más penetrado de or­
fandad y de tristeza, su madre no pudo resistir a tiem­
pos tan duros y murió. Ignoramos a punto fijo la fecha
de tan triste acontecimiento; pero indudablemente se
adelantó al amanecer de la inteligencia en Luisa. Esta
no tuvo nunca la dicha de conocer a su madre ni de
recibir en su inteligencia el beso revelador de las mi­
radas maternales. Sombrío en extremo debió de ser
el despertar de su corazón y de su conciencia. El re­
cuerdo más o menos vago de tan tristes instantes le
inspiró muchos años después una de las páginas más
suavemente encantadoras que salieron de su pluma:
“Dios— escribía — me ha hecho la gracia de darme a
conocer que su santa voluntad era que fuese a Él por
la cruz. Su bondad ha querido qüe fuese marcada con
ella aun desde mi nacimiento, no dejándome casi nun­
ca, ni en ninguna edad, sin ocasiones de padecer; con
lo que habiéndome hecho apreciar y anhelar tantas
veces este estado de sufrimiento, espero que nueva­
mente me hará la gracia de ponerme en él conforme
a sus primeros y santos designios, y así, aunque me
sea sumamente costoso, se lo he pedido de todo m<i
corazón» (1).

(i) L. de M., t. II, p. 162.


§ II.— Su educación y sus estudios.

En el siglo XVI , como ahora, y quizá más entonces


que en nuestros días, el claustro era el lugar donde las
jóvenes de la aristocracia o simplemente de familias
ricas y acomodadas recibían desde ía niñez educación.
En Luisa concurrían, además, razones especíales para
no eximirla de esta costumbre. Era huérfana: su padre
acababa de contraer terceras nupcias con Antonieta Ca-
mus, viuda a su vez y madre de varios hijos; y sabido
es cuanto tiene de violenta la situación de una niña
huérfana en tales circunstancias. Luisa tenía por otra
parte una tía muy allegada y de su mismo nombre y
apellido en el real monasterio de San Luis en Poissy,
¿por qué, pues, no llevarla allí, donde nada podría
echar de menos, ni los cuidados necesarios a su tier­
na edad, ni la .educación conveniente a su estado, ni,
sobre todo, el cariño pan del corazón tan necesario
al espíritu en todas las edades, y sobre todo en la ni­
ñez, como el alimento material al cuerpo? Dejóse per­
suadir el padre de tales razones que en verdad eran de
mucho peso, y allí envió a su hija cuando ésta no
contaba aún más de cuatro años.
Era el monasterio de Poissy de fundación real, y
como tal de mucho fausto y opulencia. Databa del si­
glo XI V y estaba a cargo de Madres Dominicas, cuyo
número, al entrar Luisa en él, ascendía a doscientas.
A la sazón era uno de los conventos preferidos por la
nobleza para la educación de sus hijas. En punto a es­
tudios parece que tenían a honra y ponían especial
empeño en ir con el siglo, en seguir las corrientes do­
minadoras de la época, que por lo que hace a la de
entonces no eran otras que las del Renacimiento; fase
que podríamos llamar la Caballería andante de la lite­
ratura, periodo de fiebre, de exaltación y de fanatismo
literario, con su culto: el de las letras griegas y latinas,
y sus ídolos: Homero y Virgilio. Si el Renacimiento,
en medio de los indiscutibles méritos que contrajo con
las ciencias y con las letras, no logró sustraerse a la
nota de pedantería e infatuamiento por su adoración
exclusiva de los clásicos, calcúlese los estragos de in­
sufrible ridiculez a que semejante obsesión daría lugar
en un cenáculo de mujeres y de mujeres marisabidi­
llas y licurgas. Los memoristas e historiadores de la
época, al enaltecer los méritos del monasterio de Pois-
sy no hablan más que de poesía, de griegos y de la­
tines, educación a todas luces torcida, artificiosa y es-
téril, no precisamente por lo que enseñaba, sino por
lo que dejaba de enseñar, dando toda la importancia
a la parte complementaria y de adorno y relegando a
segundo término lo verdaderamente esencial en la
educación de la joven.
Si a esto se añade “la atmósfera algún tanto mun­
dana» y “la falta de fervor y de observancia regu­
lar» (1), que en aquellos célebres claustros se había
ido introduciendo, no extrañemos la resolución, al pa­
recer intempestiva, del señor de Ferriéres de sacar de
allí a su hija cuando ésta no había aún terminado su
educación ni sus estudios.
Quizá contribuyeran también no poco a ello razo­
nes de economía, pues el padre de Luisa, aunque de
posición desahogada, no era rico, y los tiempos eran
duros y difíciles.
E l caso es que habiéndola traído de nuevo a París,
probablemente cuando la nifía contaba unos doce años,
■“la puso en manos de una profesora hábil y virtuosa,
■que la instruyera convenientemente en las labores y
oficios propios de su condicion„ (1).
Al revés que el pensionado de Poissy el colegio de
esta señora era sumamente modesto, bien que de al­
guna fama según parece. Del paso de nuestra Venera­
ble por él nos queda un recuerdo que dice no poco en
favor del buen corazón y fundada virtud de la tierna
educanda: “Hallándose de pensionista-escribía una
de las primeras Hijas de la Caridad, Sor Bárbara Bai-
lly—con otras señoritas, como ella, en casa de una
virtuosa institutriz, y viendo la pobreza en que ésta se
hallaba, propúsola que tomase trabajo para el comer­
cio; que ella la ayudaría, y animaba a sus compañe­
ras a hacer lo propio. Nunca creyó indigno de ella el
ocuparse en los oficios más bajos de lá casa, como en
cortar leña y oíros quehaceres semejantes y peno­
sos» (2).
El despejo, la penetración y la madurez de juicio
iban a las parejas en Luisa con el asiento y buena con­
ducta moral; así que sin exageración de ninguna clase
ha podido decirse de ella que en su vida de colegio
"‘hizo la dicha de sus profesoras por su piedad, por su
docilidad, por su inteligencia y por los progresos que
en todo cuanto se la enseñaba hacía * (3).
El afecto mezclado de legítimo orgullo que por ella
sentia su padre iba creciendo de día en día, y le hizo
no perdonar medio para pulir y dar brillo a aquella

(1) L . de M ., 1 . 1, p. 5.
(2) Ibid., t. I, p. 2 2 6 .
(3) Beatif., f. i.°, p. 12.
piedra preciosa que Dios había puesto en sus manos,
y cuyo valor quizá ni siquiera habría sospechado hasta
entonces. Al efecto, “no descuidó ío más mínimo de
cuanto pudiera contribuir a perfeccionar a su hija, así
en los oficios m anuales.y caseros como en las cien­
cias,, (1).
Una de las bellas artes que con más interés hizo que
aprendiera Luisa fué la pintura, por la que la joven ar­
tista sentía tal afición, que “en ninguna época de su
vida dejó de ejercitarse en ella cuanto sus enfermeda­
des y ocupaciones se lo permitían; conservándose aún
hoy (1676) en su familia algunas pinturas de su mano
sobre asuntos de piedad„ (2). Las que a nuestros días
han llegado si no dicen gran cosa a favor de la artista ,
dicen en cambio mucho en loor de la santa; y si no
nos revelan ninguna cualidad pictórica excepcional en
el espíritu de Luisa, nos ponen en'cam bio de manifies­
to los singulares atractivos que para aquella alma sa­
lida apenas del capullo de la niñez tenían ya las cosas
celestiales, y cuál era el blanco de sus pensamientos
y de sus deseos. "Una joven sentada en un paisaje en­
cantador en que escribe el nombre de Jesús con estas
palabras por orla: “Este es el nombre de mi amado. „
El buen Pastor rodeado de unas cuantas ovejas que
apagan su sed bebiendo en las llagas de los pies divi­
nos, menos una que más privilegiada pone sus labios
en la llaga del costado* (3); he aquí los asuntos y sím­
bolos que en aquella su tierna edad ocupaban el pin­
cel de Luisa, y que sin duda ninguna llenaban su co-

(1) L . d e M . , t . I,p . 6.
(2) Ibid.
(3) Baun., p, 8.
razón. De factura más acabada nos queda también de
ia Venerable un cuadro del Sagrado Corazón de J e ­
sús, pero de tiempo muy posterior.
El señor dé Ferriéres se felicitaba indudablemente de
las aptitudes de su hija para las bellas artes y se com ­
plació en sus adelantos; pero advirtiendo en ella há­
bitos de reflexión y facultades poco comunes para le­
vantarse a las más altas y encumbradas cimas del pen­
samiento, trató de completar su educación cultivando
la mente de la joven escolar “con todos los cuidados
imaginables* (1). A este fin se constituyó él mismo,
que era hombre de mucha instrucción y variada lec­
tura, en su maestro “y la inició en los misterios de la
filosofía para enseñarla a raciocinar y abrirla camino
para las ciencias mas abstrusas, lo que despertó en la
joven tal afición por la lectura que en adelante ella
fué su ocupación favorita, no habiendo para su padre
solaz de mayor encanto que el de conversar con ella
y ver las reflexiones y notas que, como fruto de sus lec­
turas, iba haciendo por escrito,, (2).
Fácil es con un poco de imaginación rehacer el
cuadro lleno de interés y de hermosura que ofrecerían
el padre y la hija en sus eruditas y familiares conver­
saciones, en que la ingenuidad iluminada por los des­
tellos de la inocencia y alentada por el cariño pater­
nal pregunta y arguye, y la experiencia ejercitada pór
el amor y la agudeza y el encanto de la hija que tenía
delante sacaba de los tesoros de sus aíios y de su sa­
ber respuestas con que ilustrar y dirigir la inteligencia
y el corazón de aquel ser, en quien quizá a la sazón

(1) L. de M., t. I., p. 6.


(2) ibid.
había cifrado ya todos sus amores y todas sus esperan­
zas. ¡Lástima que de todo este período complementa­
rio de la educación de Luisa no poseamos mas por­
menores!
De los que así en sus obras como en las de sus pri­
meros biógrafos hemos podido recoger y acabamos de
apuntar aquí, resulta, sin embargo, que dicha educa­
ción fué cabal y completa; que no dejó nada que de­
sear así en lo relativo al gobierno y buena dirección
de una casa, fondo común e imprescindible de toda
educación sana y razonable de la mujer, como en lo*
que se refiere a ía cultura del espíritu y de las letras.
Sobre este particular pocas mujeres de su tiempo po­
drían habérsela puesto delante. No sólo hablaba y es­
cribía con corrección y fácil naturalidad su propia len­
gua, como de ello dan testimonio los varios volúme­
nes de sus obras, sino que conocía el latín, la lógica
y la filosofía, y poseía esos otros mil conocimientos
que son como el bagaje intelectual de toda persona
culta y que no se aprenden sino con el trabajo conti­
nuo de la lectura a que tan inclinada fué siempre nues­
tra Venerable.
Mas adelante veremos el buen uso que hizo de todo
su saber, y cuánto le valió éste para “llenarse de fru­
tos de justicia" que era el fin para que San Pablo ex­
hortaba a los Filipenses a “crecer más y más en sabi­
duría,, (1).

§ III .—Su piedad: deseos y voto de ser religiosa.

Perseguido en cierta ocasión y reducido a la m ayor


angustia el inspirado autor del salmo cincuenta y cua­

ti) Carta a los Filipenses, c. I., vv. 9 - 1 1.


tro, exclamaba: “Oh ¡quién me diera alas como de
paloma! He aquí lo que todos necesitamos también
para levantarnos hasta Dios desde las miserias de este
mundo y por medio del cumplimiento de nuestros de­
beres: alas que nos sostengan y nos impulsen, y estas
alas no son otras que la instrucción y la virtud; la in­
teligencia iluminada por los destellos del saber; la vo­
luntad enardecida por el suave calor de la gracia y por
los hábitos de las virtudes. La voluntad sin la inteli­
gencia semejaría a un ciego de nacimiento, incapaz de
dar un paso por más bríos con que se sintiere; la inte­
ligencia sin la voluntad equivaldría a un pobre tullido
a quien la agudeza y perspicacia de la vista no le ser­
virían de otra cosa que de hacerle mas insoportable la
paralización de sus miembros; pero cuando ambas fa­
cultades se han desarrollado simultáneamente; cuando
la voluntad escoge y quiere lo que lá inteligencia des­
cubre y propone como bueno, y apoyadas la una en
el brazo de la otra como dos hermanas queridas se
levantan hasta Dios por entre las arideces de la vida,
¡qué espectáculo puede darse de mayor hermosura y
admiración!
Tal era ya el que en sus primeros años ofrecía el al­
ma de nuestra Venerable, adornada por Dios, no sólo
de un entendimiento claro y perspicaz que ella supo
desenvolver y cultivar cuidadosamente, sino también
de un corazón naturalmente bueno e inclinado al bien.
Con estas disposiciones naturales, cuyos testimonios
abundan, fácilmente puede colegirse las raíces que ía
piedad y la virtud echarían en el corazón de Luisa,
aislada de los malos ejemplos y seducciones del mun­
do, no sólo por la vida conventual y retirada que llevó
en él tiempo de sus estudios, sino también por el cui­
dado y solicitud de su padre, y quizá más aún por el
carácter recogido y poco bullanguero de la joven.
Refiriéndose una de las primeras Hijas de la Cari­
dad, Sor Maturina Guerín, a lo que de su juventud
las contaba “por vía de recreación* nuestra Venera­
ble, decía “que de tal suerte se había adelantado *en
ella la devoción, que a los quince o diez y seis años
hacía ya oración menta]„ (1).
Allegada a esta hoguera divina y puesta en este ejer­
cicio, no es extraño que creciera en ella el fervor y le­
vantase tales llamaradas, que con nada menos que con
el sacrificio de la vida religiosa se contentase. Dadas
las íntimas relaciones que la familia de los Marillac
mantenía con las hijas de Santa Teresa de Jesús, ya que
uno de ellos, tío de nuestra Luisa, había sido en todo
rigor “la piedra fundamental del Carmelo francés,,, no
sería difícil, como han sospechado algunos, que Luisa
abrigara por algún tiempo el deseo de hacerse Carme­
lita. El que sí abrigó, y éste con toda la vehemencia
de su alma impresionable y fervorosa, fué el de vestir
el pobre y penitente hábito de las Capuchinas.
Contaba la joven quince años cuando un día del
mes de Agosto “contemplaron absortos los parisienses
una extraña procesión: doce religiosas, con la cabeza
coronada de espinas y los pies descalzos, se traslada­
ban, acompañadas de otras tantas señoras de las prin­
cipales de la corle y precedidas de ochenta Capuchi­
nos, del palacete de Vendóme, en que habían sido
provisionalmente alojadas, al convento que se las ha­
bía hecho construir en la calle de Saint Honoré„ (2).

(1) L. de M., 1 . 1., p. 235.


(2) C. de Rich., p. 14. f
. Eran las religiosas Capuchinas de la Pasión , Orden
fundada en el siglo XVI por una ilustre viada españo­
la, dona María Lorenza Longa, con el objeto de guar­
dar en todo su rigor la regla primitiva de Santa Clara,
y cuya austeridad tenía entusiasmado y conmovido al
pueblo de París. Nadie probablemente se conmovió
tanto como Luisa. Fué a verlas, se enteró del método
de vida que llevaban, y "no obstante su gran delica­
deza», experimentó tan vivos impulsos de entrar en la
Orden, que, como más tarde manifestó a sus hijas de
la Caridad, "solamente de ver los muros del convento,
cuando iba a visitar a las religiosas, se enajenaba de
gozo„ (1). ¡Santos y sublimes ardores que el Espíritu
de Dios, como fuego impetuoso, levanta en las almas
que para esposas suyas llama a la vida religiosa, y que
matando en ellas todo otro amor y deseo, las hace
desfallecer por entrar tn la posesión del amado!
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshaceüos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenellos (2).
¡Feliz el alma que generosa escucha la voz de Dios
en tan solemnes instantes, y más feliz aún si sabe co­
rresponder a ella y si por medio del recogimiento in­
terno y por la abstracción de las criaturas logra man­
tener vivo en su corazón, y por toda la vida, la memo­
ria de aquel particular llamamiento!
Voz del Señor era, en efecto, aquella que en lo in ­
terior de la conciencia hablaba a Luisa y que tan san-

(1) L ,d e M,, t. I, pp. 226 y 235.


(2) San Juan de la Cruz: Cántico espiritual.
tos propósitos la inspiraba; pero estos propósitos no
habían de realizarse en el medio que ella creía, sino
en otra forma y en tiempos más lejanos* Luisa, por en­
tonces, no lo entendió así, y herida de amor y sedien­
ta de las aguas del sacrificio, únicas que podían cal­
mar tales ardores, creyó que en ninguna parte lo con­
seguiría mejor que entre aquellas cuatro paredes, e
hizo voto de vestir el traje de Capuchina (1).
Como Paulo III, al aprobar en 1538 esta Orden, la
había puesto bajo la dirección de los P P . Capuchinos,
eí P. Honorato, provincial de éstos en Francia, diri­
gía el nuevo convento de Capuchinas de París. A él
acudió Luisa, exponiéndole sus ansias y resoluciones;
pero el prudente y santo religioso, que lo era mucho,
al notar la debilidad de fuerzas y delicadeza de salud
de la joven postulante, comprendió al punto que por
más espíritu y buena voluntad que tuviese le sería a b ­
solutamente imposible profesar en una Orden de vida
tan austera, y no sólo no vino en su petición, sino que
la quitó toda esperanza para en adelante.
Declarada, pues, imposible la materia del voto que
la joven había hecho, cesaba la obligación del mis­
mo, y así se lo debieron declarar entonces el P . Ho­
norato y más tarde sus otros confesores. De aquí, sin
embargo, tomó pie el demonio algunos años más tar-

(i) El editor de las obras de nuestra Venerable parece


negar que hiciese voto ninguno de esta especie; pero como
los reparos a que acude para fundar su aserto sólo proce­
den de lastimosa confusión suya, no vemos motivo para des
mentir a la propia interesada, que expresamente y en tér­
minos inequívocos se refiere a dicho voto. (V . L . de. M.,t. II,
p. 127, con su nota correspondiente.)
de, como veremos, para levantar contra ella rudísima
y desecha tempestad. Se sujetó Luisa, aunque hacién­
dose la violencia que se deja comprender, a las indi­
caciones de su director espiritual, y adoró en ella la
voluntad de Dios; pero jamás olvidó sus simpatías ni
dejó enfriar su cariño por las pobres hijas de Santa
Clara, visitándolas con frecuencia y retirándose a su
convento los días de Carnaval y públicas diversiones.
A tan grande piedad y devoción juntaba Luisa la
práctica de las otras virtudes domésticas, de la afabili­
dad, obediencia y rendimiento de juicio a las meno­
res insinuaciones de su padre y de su familia, sin las
cuales ía devoción más ardiente es inútil y estéril pa­
satiempo; y tan asidua fue en el ejercicio de estas vir­
tudes y tan amable se hizo con su conducta a todos
los de la casa, que su padre no hallaba palabras con
que bendecir a Dios por la merced que en su hija le
había otorgado, haciendo constar en su testamento
“que ella había sido su mayor consuelo en el mundo
y que estaba convencido de que el Señor se la había
dado para que fuese su descanso en las aflicciones de
la vida„ (1),

(1) L. de M.f 1 . 1, p. 6.
Vida de matrimonio.

Casamiento de Luisa de Marillac: conducta que observa con


su marido.—Organización y gobierno de la casa.—La ma­
dre de famila: educación que Luisa de Marillac da a su
hijo.— Anhelos y prácticas de perfección.— Su caridad para
con los pobres,— Pónese bajo la dirección de San Fran­
cisco de Sales y del limo. Sr. Camus, obispo de Belley.—
Pruebas y tentaciones: noche obscura del alma.—Ilustra­
ciones y consuelos celestiales. — Larga enfermedad y
muerte del marido de la Sra. Le Gras: conságrase ella
irrevocablemente al servicio de Dios.

§ I.— Casamiento de Luisa de Marillac: conducta


que guarda con su marido.

^ O ^ SC A SA S por demás son las noticias que se con-


servan de nuestra Venerable en el período que
va desde la terminación de sus estudios hasta su
casamiento. Redúcense todas ellas a sus deseos y cona­
tos de vida religiosa, cortados en flor, como hemos vis­
to, por lo achacoso y débil de su salud, y a la muerte
de su padre. Aun sobre este tan doloroso y crítico
acontecimiento nos hallamos a obscuras: ni siquiera
sabemos el año en que tuvo lugar. Con bastante pro­
babilidad puede, sin embargo, calcularse que debió ser
hacia 1609, cuando Luisa contaba unos diez y o ch a
años. Mas ¿quién podrá pesar y menos decir el dolor
de la pobre huérfana ante golpe tan tremendo? Sin.
madre, y en la flor de la juventud, perdía al perder a
su padre el único arrimo de su orfandad, y, como de'
sí misma decía Santa Teresa de Jesús en iguales cir­
cunstancias , "todo su bien y regalo, porque en un ser
se le hacía,, (1). ¿Qué sentiría, pues, al ver cómo la
muerte iba cerrando sin piedad aquellos ojos en los.
que ella tenía siempre puestos los suyos y dejándola
en la más espantosa soledad? En las circunstancias en
que quedaba y supuesta la ternura de corazón de nues­
tra joven, bien puede suponerse que, como a la virgen
avilesa, “se la arrancaría el alma cuando veía acabarse
la vida de su padre,, (2).
Sin duda que con este golpe crecieron en la pobre
huérfana sus ansias por dejar todo lo de este mundo
y no amar más “que lo que nunca muere» como en
cierta ocasión había dicho San Francisco de Borja;
pero Dios tenia sobre ella otros designios y no quiso
remover el obstáculo de su falta de salud y de fuerzas
ante el cual ninguna comunidad se atrevía a fran­
quearle sus puertas.
En esta situación fácil es de adivinar el lado a que
se inclinarían los pensamientos de la familia respecto
de la huérfana y los consejos que la darían. Para ellos,
no había otra resolución: el matrimonio. Luisa se re­
sistió por bastante tiempo; pero al fin, viendo en la
insistencia de los que estaban en lugar de sus padres.

(1) Vida de Santa Teresa de Jesús, escrita por ella mis­


ma (Avila, edic. de 1909), p. 6i.
(2) Ibid.
una prueba de la voluntad de Dios, vino “aunque vio­
lentándose y sólo por obedecer a sus parientes* en lo
que se la proponía (1).
Era esto por los años de 1612, época en que la fa­
milia de los Marillac, bienquista siempre con la reina
María de Médicis, entonces al frente del reino, se ha­
llaba en el apogeo de su gloria y gozaba del más alto
valimiento en la corte. Hasta había emparentado con
la sangre real. No es extraño, pues, que lloviesen sobre
Luisa ventajosas proposiciones. Relacionábase una de
éstas con un joven llamado Antonio Le Gras, secre­
tario de María de Médicis, originario como ella de la
Auvernia y de una familia proverbialmente caritativa
y amante de los pobres; y con él unió su suerte la vir­
tuosa joven. Verificóse el matrimonio en la iglesia de
San Gervasio, en París, el 5 de Febrero de 1613; y
fijaron su domicilio en la parroquia de Saint Merry.
El Señor, que en los planes de su Providencia había
dispuesto hacer de nuestra Venerable el dechado, no
sólo de las Hermanas, sino también de las Señoras de
la Caridad, preparó las cosas de suerte, que antes de
dejar el mundo y servir de fundamento y de espejo a
esa maravillosa y original institución, que hoy la pro­
clama su Madre, tomara estado en él y viviese en me­
dio de él como ejemplo vivo de lo que la mujer cató­
lica debe ser en la sociedad moderna.
Y no se puede dudar que, en efecto, esto fue la se­
ñora o Señorita (2) Le Gras: esposa prudente y su mi-

(1) Palabras de la ya citada Hija de la Caridad Sor Bár­


bara Bailly (L. de M., t. I, p. 227).
(2) Señorita era el título que en la tiesa jerarquía so­
cial francesa del siglo x v i i correspondía a Luisa, aunque
sa, madre tierna y cariñosa, ama de casa vigilante y al
mismo tiempo llena de bondad e indulgencia; ocupa­
da cuanto sus obligaciones se lo permitían, en obras
de celo y de caridad; y todo elío sin descuidar su pro­
pia salvación, antes bien, haciendo de la piedad el
alimento de su alma y recurriendo a la oración como
a la fuente de todas las gracias, al socorro de todas
las necesidades y al sostén de todas nuestras flaquezas.
Antonio Le Gras, aunque “hombre de buena vida
y muy temeroso de Dios,, (1), según que de é dejó
escrito, no sin alguna benevolencia, su propia esposa,
distaba mucho de ser un santo. En una carta de que
hablaremos más tarde, decía en alabanza de él la se­
ñora Le Gras que “desde mucho tiempo no tenía por
la misericordia de Dios afecto alguno a cuanto pudie­
ra ser ocación de pecado mortal»; y que "se había re­
suelto a entregarse a Dios completamente y por toda
su vida,, (2); palabras que parecen dar a entender que
el Sr. Le Gras se dejaba ir por las corrientes y modo
de ser del mundo más de lo que su cristiana esposa
hubiera deseado.
Queríale ésta entrañablemente; y, por lo mismo, no
la sufría el corazón verle en el mayor de los peligros
en que puede estar un alma, que es el de condenarse;

casada, como a todas las que no formaban parte de la prin­


cipé nobleza; y con este dictado, como más de una vez
tendremos ocasión de observar, la llamaba San Vicente de
Paúl. Hoy, sin embargo, sería ridiculo llamar señorita a una
mujer casada cualquiera que fuese su condición.
(1) Testamento de la Sra. Le Gras, citado por la conde­
sa de Richemont, p. 18.
(2) L. de M., t. I, pp. 18 y 19.
y tal arte se supo dar, le rodeó de tales atenciones e
hizo por inspirar su conducta para con él en un espí­
ritu tal de abnegación y de sacrificio, que, al fin, con­
siguió traerle a buen camino y hacerle vivir como
buen cristiano.
“Luisa de M arillac— leemos en los documentos y de­
claraciones del Proceso de beatificación de nuestra Ve­
nerable— fué un dechado de esposas cristianas. Con su
bondad y dulzura logró ablandar a su marido, que era
de carácter poco llevadero, dando con él el ejemplo
de un matrimonio ideal en el que era todo absoluta­
mente común, hasta la oración que hacían juntos„ (1).
¡Con razón decía el sabio que era “encanto sobre
encanto la mujer santa y pudorosa» (2).
En este apostolado doméstico, la virtud que más
en juego puso la Sra. Le Gras fué aquella santa y
humilde condescendencia que tanto recomienda el
Apóstol a la mujer casada para con su marido, y cuya
práctica debió inspirarla más tarde, refiriéndose a J e ­
sucristo, único esposo ya de su alma, esta resolución
que hallamos entre sus escritos: “He de procurar imi­
tarle como tina esposa trata de conformarse con su
esposo,, (3).

§ II .—Organización y gobierno de la casa.

Entre las recomendaciones que San Pablo hace a


la mujer, una de ellas y de las principales es que ten­
ga cuidado de su casa: domum ctiram habentes. La

(1) Beatif., í. i,0, p. 12.


(2) El Eclesiástico, X X V I, 13.
(3) L. de M., t. II, p, 26.
casa, en efecto, es 3 U trono: en el hogar cristiano ella
es la reina. Todo debe estar sometido a su inspección
y cuidado, y de la marcha de todo ella debe ser la
responsable. Nada de esto se le pasaba por alto a, la
Sra. Le Gras; y determinada como estaba a santificar­
se en el estado en que Dios la había puesto, veló de
tal modo por los intereses y orden de la casa, y cuidó
con tal solicitud de la servidumbre, que con razón ha
podido ponérsela como espejo de toda mujer cristiana.
“Jam ás emprendió nada, asegura uno de los testigos
de su beatificación, sin el beneplácito de su esposo.
Respecto de sus criados velaba por su bienestar ma­
terial y ponía gran interés en la salvación de sus almas.
En su hogar, profundamente cristiano, las oraciones
de la mañana y de la noche se hacían en común. In­
formábase también de si sus gentes asistían con regu­
laridad a misa y si cumplían con sus otros deberes re­
ligiosos,, (1).
“Difícilmente— escribía a su vez el primer biógrafo
de nuestra Venerable—se hallará familia en que con
más fidelidad y éxito más lisonjero que en la de la
señora Le Gras se haya cumplido el consejo del Após­
tol de velar por la servidumbre de la casa. Todos cuan­
tos tuvieron la dicha de pertenecer a la de nuestra bior
grafiada se aprovecharon de sus instrucciones y de sus
ejemplos. Dos hubo que impresionados por la vida
tan santa de su seftora llegaron hasta tomar la resolu­
ción de dejar el mundo entrando uno de ellos en la
Orden de los Mímimos y el o tro . en la Congregación
de San Mauro» (2).
Ni se limitó su solicitud y prudencia al gobierno de
su casa y de sus propios intereses; la misma actividad
y el mismo acierto y tino puso en la educación y ad­
ministración de los bienes de la familia Attichy, cuan­
do con la muerte de los esposos de este nombre (1614
y 1617), próximos parientes de los Le Gras, tuvieron
éstos que hacerse cargo de los huérfanos.

§ III .—La madre de fam ilia: educación que Luisa de


Marillac da a su hijo.

Como si Dios hubiese querido premiar los senti­


mientos de rendida obediencia y pureza de intención
que la señora Le Gras llevó al matrimonio, no tardó
el Señor en bendecir su nuevo estado dándola un hijo.
Vino éste al mundo el 19 de Octubre de 1613, y re­
cibió los nombres de Miguel Antonio al ser regenera­
do en las aguas bautismales, en las que fué apadrinado
por sus ilustres tíos “Renato de M arillac, Consejero
del rey en su supremo Consejo, y Valentina, también
de M arillac, mujer del señor de Attichy, Intendente de
Hacienda del rey y de la reina madre,, (1).
Con razón recuerda el primer biógrafo de nuestra
Venerable, al hablar de los desvelos y cuidados que
ésta se tomó por su tierno vástago, aquellas palabras
de San Juan Crisóstomo: “Tenemos en nuestros hijos
un depósito de mucha estima y valor; cuidemos de
ellos con especial solicitud,, (2).
Como tesoro de infinito precio puesto por el Señor
en sus manos y de que un día había de dar estrecha

(1) C. de Rich., p. 18.


(2) Hom. 9.a sobre la Epist. i , a a Timoteo.
cuenta, miró, en efecto, siempre a su hijo la señora
Le Gras,
Nada sabemos del esmero con que sin duda le edu­
có en sus primeros años; pero podemos colegirlo del
tierno afán y de los angustiosos temores con que le si­
guió en los años de la juventud y de los estudios, y de
•que son claro y fehaciente testimonio las cartas de San
Vicente.
Las siguientes líneas del Santo nos descubren ya un
lado de esta solicitud maternal: “Por lo que hace a
vuestro hijo, la escribía en 19 de Febrero de 1630, yo
le veré; más en tanto haced por tranquilizaros, como
os lo ruego; pues tenéis motivos para esperar que así
Nuestro Señor como su Santísima Madre, atendiendo
a las muchas limosnas y ofrendas que por él habéis
hecho, le tendrán bajo su especial protección„ (1).
El niño era piadoso; y esto hizo nacer en el ánimo
de la madre una de las ilusiones mas gratas y conso­
ladoras de su vida: tener un hijo sacerdote y quizá
religioso, ofreciendo así en él al Señor el holocausto y
consagración que de sí misma no había podido hacer.
Al efecto le colocó a los doce años, para que em­
pezara sus estudios con el señor BourdoÍse,en el cole­
gio de San Nicolás del Chardonnet; después, en el
Seminario de los Buenos Niños, a cargo de San Vicen­
te de Paúl y de su naciente congregación, y más tarde
con los Jesuítas; pero cuanto más crecía el joven mé-
nos señales de vocación iba dando. San Vicente de
Paúl se convenció e hizo que, aunque con grande sen­
timiento, se convenciese también la señora Le Gras de
que Dios no llamaba a su hijo por el camino del san-

( íj Lettr., t I, p. 26.
tuario; y desde entonces el joven siguió la carrera de
leyes; fué con el tiempo abogado del Parlamento, y
en 12 de Enero de 1650 se casó con la señorita Gabrie­
la le Clerc, viviendo siempre, aunque de carácter débil
y voluble, como buen cristiano, y siendo el honor y
corona de su buena y santa madre.
El amor que nuestra Venerable sintió siempre por
su hijo fué verdaderamente maternal, es decir, sin lí­
mites ni medida. San Vicente le tuvo que ir en más
de una ocasión a la mano, como en aquella en que le
trae a la memoria que “Dios quiere, sí, que las madres
hagan participantes de sus bienes a sus hijos, mas no
hasta el punto de que por ellos se queden sin nada„ (1).
Y en aquella otra en que la dice estas palabras de
tan extremado encarecimiento: “Jam ás he visto una
madre tan madre como vos; apenas parecéis mujer en
otra cosa. En nombre de Dios, señorita, encomendad
vuestro hijo a los cuidados de su Padre celestial, que
le ama más tiernamente que vuestro corazón, o al me­
nos tratad de moderar esa vuestra solicitud» (2). En
otra carta la reconvenía de lo mismo con esta delica­
dísima observación “¡Oh, qué dicha el ser hijo de
Dios! Pues este Señor ama a los tales con un afecto
más tierno todavía que el que vos tenéis para con
vuestro hijo, con ser este vuestro amor tan grande que
apenas he visto cosa igual en ninguna otra madre* (3).
Pero no era esto sólo con su hijo: lo mismo la pa­
saba más tarde con sus Hijas de la Caridad. Dotada de
un corazón naturalmente tierno y apasionado por todo

’ i) Lettr., t I, p. 145.
(2) Ibid., t l, p. 84.
(3) Ibid., t. I, p. 259.
lo bueno, no sabía poner límites a sus afectos, basa­
dos, es verdad, en el sacrificio de sí misma y en el de­
seo de sacar de todo la mayor gloria y alabanza de
Dios. No obstante, temiendo que esta vehemencia de
su cariño fuese un obstáculo para su perfección y cau­
sa de mayor pena cuando ella muriese para los que
tanto amaba, fué al fin de su carrera conteniéndose y
reprimiendo estas afecciones demasiado tiernas de su
corazón. “Noté en el año último de su vida—escribía
la Hija de la Caridad ya otras veces citada, Sor Bár­
bara Bailly—que el cariño que mostraba a sus hijos,
a quienes siempre había amado entrañablemente, no
era el mismo de otros tiempos, sino que en su con­
ducta, así respecto de ellos como de las mismas Herma­
nas, se notaba el deseo de que se desprendiesen de ella,
no manifestándoles su amor de un modo tan sensible
como antes. Yo creo que hacía esto con el fin de que
su separación se nos hiciese menos costosa» (1).
¡Admirable y acendrado amor en verdad!
Quizá parezca a algunos hasta excesivo y defectuo­
so; pero pocas veces han tenido aplicación tan opor­
tuna como aquí aquellas palabras de San Jerónimo*
de que muchos para ser virtuosos querrían los defec­
tos de esta mujer.

§ IV .—Anhelos y prácticas de perfección.—Su caridad


para con los pobres.

Dios 110 ha hecho depender la perfección de ningún


estado particular: en todos y en todas las condiciones
la exige y quiere. “Sed perfectos como vuestro Padre

(i) L de I, p. 229.
celestial es perfecto», decía Jesucristo a las multitudes-
de Galilea (1); y San Pablo a toda clase de cristianos
se dirigía cuando escribía a los tesalonicenses: "Esta
es la voluntad de Dios, que seáis santos; ya que el lla­
mamiento que ha hecho de nosotros ha sido, no para
la satisfacción de nuestras concupiscencias, sino para
nuestra santificación,, (2).
Avida la señora Le Gras de su perfeccionamiento y
llamada entonces por Dios a trabajar en él, no con
la solitaria contemplación de María, sino con el labo­
rioso bregar de Marta, pensó que todos los caminos
de la voluntad de Dios nos llevan a El; que hermanas
habían sido Marta y María, y que tan agradable a
Dios había sido la una como la oirá. Con lo que si­
guiendo el consejo del Apóstol de “conservarse cada
uno en la vocación a que ha sido llamado,, (3) se pro­
puso no ceder de sus antiguas aspiraciones.
Quédanos casualmente sobre el particular una con­
fesión de su pluma que no tiene precio. Renovando
poco después de la muerte de su marido sus propósi­
tos de fidelidad a la gracia, animábase a ello “consi­
derando, según escribía, la infinita misericordia de
Dios que siempre me ha mantenido en el deseo de
servirle, no obstante mi resistencia casi continua a sus
gracias derramadas a manos llenas y en todos los ins­
tantes sobre mí, aunque indigna y misera ble „ (4).
“Siem pre— escribe también su primer biógrafo—
tuvo el corazón alejado de los falsos placeres y vani-

(1) Evang. de S. Mateo, c. V, 48.


(2) Epíst i.% c. IV, 3 y 7.
(3) Epíst. i.a a íos Corint, VII, 20.
(4) L . de M., t. II, p. 130.
dades del mundo, guardando gran modestia en el ves­
tir y no cifrando su gloria, conforme al aviso de San
Pedro,, “en ataviarse por defuera, sino en adornar con
la pureza del espíritu al hombre invisible oculto en el
corazón,,. Es imposible dar con un alma que estuviese
más alejada de la vida y de las máximas del mundo.
Nunca se hallaba más contenta que cuando podía huir
de él y acogerse al retiro para unirse y conversar con
Dios por medio de la oración,, (1).
Como todas las almas que aspiran a la santidad, jun­
taba también a la oración la penitencia; y por una de
las personas afiliadas a su servicio sabemos “que es­
tando a la mesa aparentaba comer y no comía; que
mientras dormía su esposo levantábase ella a orar en
su habitación, y que usaba de cilicios y disciplinas,, (2).
Sin duda que en estos anhelos y prácticas de vida
perfecta no la alentarían ni la sostendrían poco los
ejemplos de piedad que veía en su propia familia: en
la angelical Ana de Attichy (casada con Renato de Ma­
rillac, primo hermano de nuestra Venerable), a quien
el gran obispo de Belley llamaba “su hija del cora­
zón», y que muerto su esposo había de entrar con sus
tres hijas en el Carmelo; en su tía Valentina de M ari­
llac, viuda desde 1614, y que llena de virtudes fué tam­
bién a acabar su carrera entre las hijas de Santa Teresa
de Jesús, y sobre todo en su tío Miguel de M arillac, en
quien, no sólo halló un modelo de sólida virtud, sino
también un guía fiel y celoso y un consejero prudente.
Aunque elevado a las más altas dignidades de la
nación y llamado a intervenir en asuntos de la mayor

(1) L . de M., t. I, p. í o .
(2) Beatif., f. i.°, p. 14.
gravedad y trascendencia, no perdió nunca de vista
aquella máxima de la Imitación de Cristo, libro que él
tradujo maravillosamente al francés: “Vanidad y vani­
dad de vanidades son todas las cosas fuera de amar y
servir a solo Dios,, (1); y a ella arregló en todo su con­
ducta, Su oración, su unión con Dios y su amor a J e ­
sús sacramentado, a quien frecuentemente gustaba vi­
sitar, no desdirían del religioso más observante y
desasido de las cosas del mundo. En conversación y
por cartas trataba íntimamente con su sobrina de c o ­
sas de espíritu, dándola acertados y muy prudentes
avisos, y alentándola en las sequedades, escrúpulos y
desfallecimientos que la asediaban. Todo lo cual nos
hace ver que, a Dios gracias, no estaba sola la señora
Le Gras en sus generosas aspiraciones de tomar sobre
sí la cruz de la perfección y caminar por la senda de
los escogidos, estrecha y difícil en muchas ocasiones,
pero iluminada siempre por esa luz de aurora que pro­
yecta sobre ella el sol de las esperanzas celestiales.
Pero como no hay violeta sin perfume, así, al me­
nos en el cristianismo, no puede haber virtud verda­
dera sin que al punto se manifieste en obras de cari­
dad para con el prójimo. Digna cosa es de notarse que
entre todas las almas que se han distinguido por su
santidad en medio del mundo, apenas si ha habido
una que no haya brillado también por su caridad y
misericordia. La señora Le Gras estuvo muy lejos de
ser una excepción, Al contrario, la caridad parecía ha­
ber nacido en ella, si no de un modo connatural, al
menos por efecto de la gracia, causa y obradora de
mayores prodigios aún que la misma naturaleza. Oiga-

( i) Libr. I, c. i.°
mos lo que sobre el particular nos dice su primer bió­
grafo: “Desde los primeros anos de matrimonio apli­
cábase a visitar los pobres enfermos de la parroquia
a que pertenecía. Llevábales por sí misma caldos y
medicamentos, hacíales las camas, los instruía y con­
solaba con sus exhortaciones, les disponía a recibir Jos
Sacramentos y los amortajaba cuando morían. Ni se
contentó con asistir a los enfermos en sus casas; iba a
verlos en ios hospitales, llevándoles algunas chuche­
rías, y prestándoles con sus manos los servicios más
bajos y penosos.
"Todavía pasó más adelante: no satisfecha con ser­
vir en persona a los pobres, logró con sus exhortacio­
nes y ejemplos que varias otras señoras hiciesen lo
propio, ensayando de esta suerte, con I 2 formación de
un instituto de personas consagradas a Dios (de que
por un escrito suyo sabemos que, siendo casada, ha­
bía ideado algún proyecto) la gran obra que más tardé
había de realizar,, (1).
Por cierta nota debida a una de sus sirvientes y con­
servada en el Archivo general de las Hijas de la Cari­
dad, sabemos también que “tenía una gran piedad y
devoción en servir a los pobres; que les llevaba dulces,
confituras, bizcochos y otras golosinas; que les cuida­
ba con esmero, limpiándoles la sarna y los piojos, y
que cuando morían los amortajaba con sus propias m a­
nos. Durante una tempestad de lluvia y granizo dejó la
la persona de que se había hecho acompañar, y subió
sola a una montaña para socorrer a un pobre muerto
de frío,, (2).

( 1) L. de M ;.*t I, p 9
(2) B;atif., f. 1.", p. 13.
indudablemente, una mujer que hasta ese punto
lleva su virtud es ya una santa, pero tenía que serr
además, una Hija de la Caridad.

§ V .— La señora Le Gras se pone bajo la dirección


de San Francisco de Sales y del limo . Sr. Obispo
de Belley.

¿Qué confesor o confesores tuvo la señora Le Gras


en estos primeros años de su vida de matrimonio? ¿Si­
guió confesándose y dirigiéndose con el P. Honorato
de Champigny, Provincial de los Capuchinos de París?
Es lo más probable; pero nos faltan datos para asen­
tarlo como cierto. Entre tanta obscuridad como reina,
sobre los confesores y directores de la señora Le Gras
en los doce años de su vida de casada , sólo hay tres
puntos claros: 1.° Que la señora Le Gras dio cuenta
de su alma y se puso bajo la conducta de San Fran­
cisco de Sales durante la última estancia de este santo
en París (Noviembre 1618-Septiem bre 1 6 1 9 ). 2.°
Que tuvo por director espiritual, desde 1619, como
con alguna verosimilitud se puede conjeturar, o al
menos desde 1622 hasta 1626, al limo. Sr. Obispo de
B elley; y 3.° Que desde 1625 comenzó í: comunicar
su conciencia con San Vicente de Paúl.
Para la fecha en que la señora Le Gras conoció y
trató en la capital de Francia al santo obispo de Gi­
nebra, el esposo de nuestra Venerable había dejado
de ser muy probabemente secretario de la reina, o al
menos de ejercer sus funciones de tal. Así nos lo per­
suaden, no sólo los escasos documentos de familia
que nos le presentan enteramente ocupado y absorto
en la administración de los bienes de sus sobrinos de
Attichy, sino también los trastornos políticos que por
entonces habían tenido lugar en la corte y que hacían
inútiles aquel y otros cargos semejantes.
Heredero Luis XIII de la corona de Francia que su
padre Enrique IV había ceñido sobre sus sienes, con­
virtiéndose con más o menos sinceridad de la Refor­
ma al Catolicismo, estaba ya en 1617 cansado de una
minoría que por tantos años había puesto las riendas
del Estado en las manos de su madre María de Médi-
cis; y mal hijo como después, toda su vida, había de
ser mal esposo, dio oídos a voces y ambiciones pala­
ciegas de descontentos del gobierno y de los ministros
de su madre, y autorizó los horribles atropellos que
contra estos últimos, sobre todo contra el favorito de
la reina, Concini, mariscal de Ancre, cometió su par­
tido. La reina comprendió que su papel de regente
había terminado y se retiró, libre al parecer, pero en
realidad detenida y custodiada, al castillo de Blois
(4 de Mayo de 1617).
Sería curioso saber las consecuencias que este cam­
bio de cosas trajo para la familia de los Le Gras, y la
parte activa o pasiva que pudieron tener, si realmente
tuvieron alguna, en la serie de odiosas cuanto mez­
quinas rivalidades y de estériles revueltas que media­
ron sobre el particular entre la huida a Blois y la vuel­
ta a París de la reina madre en 1620.
Por de pronto parece que en sus negocios e intere­
ses no sufrieron nada con estas contrariedades de la
política.
Hacia 1619 trasladaron su domicilio a la calle
Cours-au-Villain, parroquia de San Salvador, donde
se establecieron con el desahogo y señorial esplendi­
dez propios de su categoría, ya que además de repa-
rar y agrandar el edificio levantaron en él una torre
cuyo cosiese elevó a 18.000 libras (1). Inútil sería ad­
vertir que todo este boato era obra principal si no ex­
clusiva del Sr. Le Gras. Así que, poco después de
morir él, veremos a la joven viuda abandonar la rela­
tiva opulencia de su morada de Cours-au-VilJain por
otra más pobre y modesta. Entre tanto, en ella vivió
desde la mencionada fecha de 1619, y en ella debió
recibir uno de los mayores consuelos de su vida: la
visita de San Francisco de Sales, cuyas obras habían
llegado a ser ya en París el pan nuestro de cada día
entre las personas devotas y espirituales.
Aunque el objeto que esta vez había traído a la
corte de Francia al santo obispo de Ginebra no ha­
bía sido el de predicar ni confesar, sino otro muy dis­
tinto, cual era el de disponer, en calidad de acompa­
ñante del cardenal de Saboya, el matrimonio del prín­
cipe delPiamonte con una hermana de Luis X III, no se
pudo, sin embargo, sustraer al deseo y ansia que todo
el mundo sentía por oirle y recibir sus instrucciones y
consejos; con lo que en los diez meses que duró su
estancia en París tuvo que subir al pülpito más de
trescientas veces, y destinar todos los instantes que te­
nía libres al confesonario y consultas espirituales. La
señora Le Gras ardía como nadie en deseos de ver­
le, pero se hallaba a la sazón enferma. Súpolo el Pre­
lado y allá fué repetidas veces a visitarla con su anti­
guo y santo conocido el Canciller de Francia y tío de
nuestra Luisa, Miguel de Marillac. La señora Le Gras
siguió con este motivo tratando y comunicando su
alma con el santo obispo, “quien la distinguió con
muestras de particular estima y afecto» (1), y de su
trato y comunicación con él sacó útiles y pieciosas
enseñanzas que jamás echó en olvido. Como San Vi­
cente de Paüi, solía llamarle “nuestro bienaventurada
Padre* (2); y los ejemplos y luces que de él recibió,
no sólo la sirvieron toda su vida de norma de con­
ducta para sí y para sus Hijas de la Caridad, sino tam­
bién de aliento y vigor en las horas de prueba.
Naturalmente, en tan poco tiempo y con tantas y
tan graves ocupaciones, San Francisco de Sales no
pudo hacer otra cosa que señalar orientaciones a la
dirección de la señora Le Gras. Dícese que dejó el
cuidado de guiarla conforme a ellas y de modificarlas
convenientemente con arreglo al soplo e inspiraciones
de la gracia a su más querido discípulo, el ilustrísimo
Sr. Camus, obispo de Belley; y que, cuando en Sep­
tiembre de 1619 trató de volver a su diócesis, se la en­
comendó de un modo particular. Es verdad que las
cartas que conservamos del obispo de Belley como
director espiritual de la señora Le Gras no datan sino
de cuatro años más tarde; pero además de que es se­
guro que no fueron ellas solas ni quizá las primeras
que el limo. Sr. Camus dirigía a su fervorosa peniten­
te, la simple lectura' de las que hasta nosotros han lle­
gado, indica ya que las relaciones entre director y di­
rigida databan de mucho antes.
La señora Le Gras tenía ocasión de comunicar su
alma y los asuntos de conciencia con su nuevo direc­
tor, no sólo por cartas, sino también personalmente
todos los años, en los Advientos y Cuaresmas, que in-

(1) L. de M.f 1 . 1, p, 15.


(2) Ibid. t III, p. 52.
variablemente, desde 1614 a 1623, predicó aquél en
París.
Parece que al obispo de Belley debió nuestra Ve­
nerable el método y orden en sus ejercicios de piedad
y en los medios que para llegar a la perfección venía
poniendo en práctica (1).
Los libros preferidos en sus lecturas espirituales por
la señora Le Gras eran, según relación de su primer
biógrafo, el Kempis o Imitación de Cristo, el Comba­
te espiritual, las obras de Fr. Luis de Granada y las
de San Francisco de Sales (2). A ellas añadió el sa­
bio Prelado las Sagradas Escrituras, en la traducción
hecha recientemente por ios doctores de Lovaina.
Aprobó, asimismo, sus maceraciones y ayunos, bien
que aconsejándola siempre moderación y prudencia;
y respecto del retiro, de la oración y demás ejercicios
de piedad, la escribía: “Gran consuelo he tenido al
saber que la soledad y los ejercicios espirituales os
han sido de tanto aprovechamiento y regalo; mas es
menester que uséis de estas cosas como de la miel:
pocas veces y con medida; pues noto en vuestra alma
cierta avidez espiritual a que es preciso poner algún
freno n (3).
Nacía esta avidez extremada por las prácticas reli­
giosas en la señora Le Gras de un escollo que, en me­
dio de las buenas disposiciones naturales de que se
hallaba adornada para la virtud, se escondía en el
fondo de su espíritu: la tendencia a dificultar y hacer
áspero y pesado el negocio de la salvación y de nues-

(1) L. de M., 1 . 1, p. i i .
(2) Ibid. t I, p. i i .
(3) Ibid. 1 1, p. i i .
tras relaciones con Dios, efecto, por una parte, de la
lucidez misma con que en su penetración y humildad
veía así su miseria como lo infinito de las perfecciones
divinas; y por otra, de su carácter “algún tanto se­
rio,,, como más tarde se lo hizo notar San Vicente de
Paúl (1), y desarrollado en la noche solitaria y triste
de la orfandad en que pasó su juventud y que en un
alma tan impresionable como la suya debió obrar
como la escarcha en las tempranas flores. Era este el
flaco de su alma contra el cual, para llegar a la santi­
dad a que llegó, tuvo que pelear toda su vida escudán­
dose con los avisos y ayuda de sus directores. Que no
hay santo por santo que sea y por sublimes que sean
los destinos a que haya sido llamado y las gracias con
que haya sido prevenido que no sienta en sus miem­
bros la oposición de la ley del pecado (2), ni alma que
llegue a la cumbre del Gólgota de su perfección sin
haber caído y dado en tierra una y otra vez con la
cruz de sus fervientes anhelos y aspiraciones. Los san­
tos llegan a ser santos y las almas perfectas a la per­
fección, no cruzándose de brazos por falta de enemi­
gos con que pelear, sino luchando sin tregua contra
sus torcidas inclinaciones, levantándose si caen, cu­
rándose si han sido heridos y volviendo de nuevo a
la lucha hasta vencer y juntarse con Cristo por la imi­
tación contra viento y marea de los hechos y virtudes
de.tan sublime modelo.*
No tardó en darse cuenta el obispo de Belley del
carácter de su dirigida y los obstáculos que por efecto
de él pudiera hallar en el camino de la perfección; y

(1) Lettr. I, p. 217.


(2) Epístola de San Pablo a los Romanos, 7, 23
a prevenirles y evitarles dedicó toda la penetración de
su talento y todos los tesoros de su experiencia, “Día
por día, la escribía en cierta ocación, estoy esperando,
mi querida hija, que después de esas nubes que os
mpiden ver la hermosa claridad del gozo qus hay en
servir a Dios, vuelva la serenidad a vuesfra alma. No
pongáis tanta dificultad en cosas que de suyo son in­
diferentes; apartad un poco la consideración de vos
misma para ponerla en Jesucristo. He aquí a mi modo
de ver el secreto de vuestra perfección, pudiendo de­
cir con el Apóstol que en esto creo tener el espíritu
de Dios„ (1).
¡Acierto y penetración verdaderamente admira­
bles!
Como era de temer, el enemigo malo que no duer­
me y que como león furioso anda siempre alrededor
de las almas para perderlas, no podía desaprovechar
este portillo de! alma de nuestra Venerable, y por él la
acometió violentamente, despertando en ella conti­
nuos pensamientos de escrúpulos y de infundados te ’
mores. Jam ás creía haber hecho lo suficiente en or­
den a sus confesiones; y el pensamiento de repetirlas
para enmendarlas era su eterna pesadilla, al par que
el único medio de salvación que en el obscuro hori­
zonte de su vida se la presentaba. Su director, como
era natural, no daba su brazo a torcer: "Heos de nue­
vo a vueltas con las confesiones generales al acercarse
el jubileo - la escribía el 20 de Enero de 1624 con mo­
tivo dei que había anunciado Urbano VIII —. ¡O h, y
cuántas veces os he dicho que las confesiones gene­
rales no son para vuestro espíritu. ¡Ah! no: el jubileo
no se ha establecido para eso! sino para regocijarnos
en Dios Nuestro Salvador y exclamar: Jabilemus Deo
salutari nostro„ (1).
Con todo estas tentaciones y escrúpulos no eran
sino el comienzo de la serie de pruebas que iban a
comenzar para su alma. Quería el Señor encomendar­
la una sublime misión, y para disponerla a ella per­
mitió que subiera en su espíritu la marea de la tenta­
ción y que pareciese sumergirla en sus amargas olas*
Andaba preparándola para que fuera madre de nume­
rosa familia, y a la manera del grano de trigo destina­
do a ser germen de muchos otros, era menester que
se consumiese y muriese a sí misma.

§ VI. —Pruebas y tentaciones: noche obscura del al­


ma.—Ilustraciones y consuetos celestiales.

“¿Qué hacéis, Vos, Señor mío, que no sea para bien


dei alma que entendéis que ya es vuestra y que se
pone en vuestro poder para seguiros por donde fué-
redes hasta muerte de cruz y que está determinada a
ayudárosla a llevar y a no dejaros solo con ella?...
Tengo para mí que quiere el Señor dar tormentos y
otras muchas tentaciones que se ofrecen para probar
a sus amadores y saber si podrán beber el cáliz y ayu­
darle a llevar la cruz antes que ponga en ellos grandes
tesoros; y para bien nuestro creo nos quiere su M a­
jestad llevar por aquí para que entendamos bien lo
poco que somos; porque son de tan gran dignidad las
mercedes de después, que quiere por experiencia vea-
mos antes nuestra miseria primero que nos las dé, por­
que no nos acaezca lo de Lucifer» (1).
No sé con qué palabras encabezar mejor este artícu­
lo de las pruebas y sufrimientos a que Dios plugo su­
jetar a nuestra Venerable en el periodo critico de su
vida a que hemos llegado que con las arriba transcri­
tas de Santa Teresa de Jesús.
No había transcurrido mucho tiempo desde la vuel­
ta de San Francisco de Sales a su diócesis, cuando una
importuna y tenaz idea vino a arañar y echar raíces en
el alma de la señora Le Gras. ¿Habría hecho mal ella
en considerar anulado, bien que de acuerdo con sus
confesores, el voto de ser religiosa? Y dando pábulo
sobre este tema a su imaginación y permitiendo Dios
para sus fines que el demonio la cercase por todas par­
tes de tinieblas, vino a ser presa de tales angustias y
desvarios, que hasta llegó a preguntarse seriamente si
no estaría obligada a dejar a su esposo para entregar­
se más libremente a Dios y cumplir su promesa de
otros tiempos. Una nueva circunstancia contribuyó a
dar cuerpo a estas dudas y a aumentar sus congojas.
Por los años de 1622 y 1623 cayó enfermo su marido
con síntomas bien poco tranquilizadores, y la alterada
y asombradiza imaginación de la sierva de Dios no
necesitó más para ver en este ordinario suceso la mano
de la Providencia castigando su supuesta infidelidad al
llamamiento del claustro. Tuvo entonces la atribulada
una inspiración sublime, y cayendo de rodillas, hizo
voto (4 de Mayo de 1623) de consagraise irrevocable­
mente a Dios y permanecer en estado de viudedad si

(i) Vida de Santa Teresa de Jestís, escrita por etla mis­


ma (Avila, edic* de 1909), p. 93. ^
su marido llegaba a morir. Resistió por algún tiempo
la tentación, como asombrada de tan generoso arran­
que; pero no tardó mucho en arreciar de nuevo y su­
mergir el alma de nuestra Venerable en un mar cien
veces más revuelto de dudas y confusiones. El modo
como se desvaneció la tormenta prueba evidentemen­
te que era efecto más de causas sobrenaturales y di­
rectamente permitidas por Dios que de predisposición
del ánimo de la paciente.
“Era el día de la Ascensión, 25 de Mayo de 1623,
cuando— escribe la propia señora Le Gras— entré en
un abatimiento de espíritu que me duró hasta Pente­
costés (4 de Junio), efecto de la duda en que me en­
contraba de si debía dejar a mi marido, como hubiera
sido mi deseo, para reparar mi primer voto y tener
más libertad de servir a Dios y al prójimo. Temía, ade­
más, que el apego hacia mi director me impidiese to­
mar otro, ya que me creía obligada a dejarle, y por
fin, me afligía sobremanera la duda de la inmortalidad
del alma. Estas tres incertidumbres tenían a mL alma
en tales angustias, que no creo puedan imaginarse
otras tales„ (1).
Era el estado de purificación, la noche obscura del
alma, a quien Dios quiere levantar hasta sí y hacerla
participante de sus singulares dones, estado que aun­
que la promete “muy buena dicha por los grandes bie­
nes que de ella le han de nacer con todo eso— escribe
el extático y experimentado San Juan de la Cruz— ,por
la inmensa pena con que anda penando y por la gran­
de incertidumbre que tiene de su remedio, pues le pa­
rece que, como dice David, la colocó Dios en las obs-

(i) L. de M., t. p. 12 7.
curidades como a los muertos del siglo, es de haberle
gran dolor y lástima» (1).
Una de las penas que aquel incomparable doctor de
la Teología mística señala a dicho estado del alma, y
la que más debió sufrir en él la de nuestra Venerable,
“es la consideración de la majestad y grandeza de
Dios, de la cual nace sentir en el alma otro extremo-
que hay en ella de íntima pobreza y miseria, la cual
es de las principales penas que padece en esta purga­
ción. Porque siente en sí un profundo vacío y pobre­
za de tres maneras de bienes que se ordenan al gusto
del alma, que son: temporal, natural y espiritual; vién­
dose puesta en los males contrarios, conviene a saber:
miserias de imperfecciones, sequedades y vacíos de
las aprehensiones de las potencias y desamparo del es­
píritu en tiniebla. Que, por cuanto purga Dios aquí al
alma según la substancia sensitiva y espiritual, y según
las potencias interiores y exteriores, conviene que el
alma sea puesta en vacío y pobreza y desamparo de
todas estas partes, dejándola seca, vacía y en tinieblas.
Porque la parte sensitiva se purifica en la sequedad, y
las potencias en el vacío de sus aprehensiones, y el es­
píritu en tiniebla obscura* Todo lo cual hace Dios por
medio de esta obscura contemplación, en la cual no-
sólo padece el alma el vacío y suspensión de estos-
arrimos naturales y aprehensiones que es un padecer
muy congojoso, como si a uno le suspendiesen o de­
tuviesen en el aire, que no respirase; mas también está
purgando el alma, aniquilando o vaciando o consu­
miendo en ella, así como hace el fuego al orín y moho-

(i) Obras espirituales (Barcelona, 1883), t. III, pági­


nas 7ó y 77.
del metal, todas las afecciones y hábitos imperfectos
que ha contraído toda la vida„ (1).
Por lo que hace en particular a la duda de la in­
mortalidad del alma, que era una de las cosas que más
la atormentaban, responde perfectamente la prueba al
espírilu ilustrado de la señora Le Gras. Ni hay por qué
extrañarnos de que en una verdad tan obvia zozobrase
llena de dudas su mente. Atinada y hermosamente,
como todo cuanto toca su pluma, expone este fenó­
meno Santa Teresa de Jesús, refiriéndose a la tentación
que e lla misma en ocasiones experimentaba: "Acaece-
me— dice — que coge de presto el entendimiento por
cosas tan livianas a las veces que otras me reiría yo de
illa s y hácele estar trabucado en todo lo que él quiere
y el alma aherrojada allí sin ser señora de sí ni poder
pensar otra cosa más de los disparates que ella repre­
senta, que casi ni tienen tomo, ni atan ni desatan; sólo
atan para ahogar de manera el alma, que no cabe en
sí; y es ansí que me ha acaecido parecerme que andan
los demonios como jugando a la pelota con el alma y
ella que no es parte para librarse de su poder. No se
puede decir lo que en este caso se padece,, (2).
Añade la seráfica doctora que solía durarla este que­
branto y agonía una, dos y aun tres semanas; y que
algunas veces con sólo “llegarse al Sacram ento„ o
"‘con ver alguna visión,, quedaba tan sosegada, que
no parecía sino que en un punto se habían deshecho
"todas las tinieblas del alm a„, con lo que “salido el sol
conocía las tonterías en que había estado,, (3). Tal

(1) Op. cit., p. 71.


(2) Op. cit., p. 273.
(3) Op. cit., p. 276.
sucedió al pie de la letra con nuestra V enerable. O igá­
mosla a ella misma:
“Hallándome el día de Pentecostés oyendo misa en
la iglesia de San N icolás des Champs, súbitam ente
brilló la luz en mi espíritu y me sentí libre de todas
las dudas. S e me advirtió que debía perm anecer con
mi marido y que llegaría un tiem po en que me halla­
ría en condiciones de hacer votos de pobreza, casti­
dad y obed iencia, y esto en com pañía de otras perso­
nas de las que algunas harían lo mismo. Parecióm e
entonces que me hallaba en un lugar destinado al
socorro del prójim o; mas sin com prender cóm o podía
ser esto, a causa de que era preciso ir y venir de un
lado para otro.
“S e me advirtió tam bién que estuviera tranquila
respecto de mi director y que Dios me daría otro. M os-
tráronm ele entonces, a lo que yo puedo creer, y sentí
repugnancia en aceptarle. Com prendí, sin em bargo,
que este cam bio de cosas no había de tener lugar sino
después de algún tiem po.
“Mi tercera pena desapareció con la seguridad que
experim enté interiorm ente de que quien me había he­
cho las anteriores m anifestaciones era D io s,y que, exis­
tiendo D ios, no había por qué dudar de lo dem ás. Pues
es de advertir que en aquel tiempo la duda de la inm or­
talidad del alma me llevaba a no creer en Dios„ (1 ).
Así se resolvió en lluvia benéfica aquella nube que
amagaba con com pleta desolación el alma de nuestra
V enerable; y sucedió la calm a a la tem pestad, y d e s­
pués de las tinieblas de la noche apareció la luz del
claro y riente día.
§ V IL — Enfermedad y muerte del marido de la señora
Le Gras: conságrase irrevocablemente al servicio
de Dios.

No debió de ser poco la singular m erced de lo alto


de que acabam os de hacer m ención para ayudar a
nuestra V enerable a llevar la cruz que D ios la había
enviado con la enfermedad que por entonces tan m o­
lestamente atacaba a su marido. H allábase éste aún
en la flor de la edad, ansioso de vivir y de dar cuer­
po y realidad a tantas esperanzas y ensueños com o
en esa época de la vida bullen en la mente y en el
corazón, cuando de improviso se vió postrado en
cama y cortadas en cierne sus ilusiones. Fu é un golpe
mortal para toda la fam ilia, en especial para el pa­
cien te, a quien sumió en negra postración y desalien­
to. E l tiem po, que es el m ejor, o al menos el más cal­
mante de todos los raciocinios, y, sobre todo, los ad­
mirables ejem plos de virtud de su santa esposa, con­
siguieron al fin apaciguarle y hacerle entrar en m ejo­
res sentim ientos. “La V enerable— depuso uno de los
testigos, el X V o, ante el Tribunal de la Inquisición
A postólica— cuidó a su marido en esta enfermedad
con una abnegación tanto más desinteresada cuanto
más irascible se había hecho el carácter del S r. Le
Gras. La conducta de su esposa para con él fué de
una paciencia y dulzura tales que jam ás, ni una sola
vez, se desmintieron en todo el curso de la enfer­
medad,, (1).
“Como esposa caritativa y fiel, escribía asimismo
su primer biógrafo, la señora Le Gras dió muestras en
aquel estado a su esposo de cariño más tierno, de
bondad más com pasiva y de am or más condescen­
diente a fin de calm arle y de suavizar sus penas y sus
dolores. Con esto y con sus ejem plos consiguió ganar
el corazón de su marido e inspirarle las cristianas dis­
posiciones con que murió. Cuáles fueran éstas, nada
las podrá decir m ejor que la carta escrita sobre el
caso por la señora Le Gras al Rdo. P . Hilarión R e-
bours, Cartujo, primo herm ano de su m arido* (1).
He aquí la carta a que arriba se hace alusión, digna
por más de un concepto de trasladarla a este lugar:

“M i muy reverendo Padre:


"Y a que deseáis saber las gracias que Dios Nuestro
Señor ha hecho a mi difunto esposo, os diré, después
de advertiros que me seria im posible haceros una re­
seña de todas, que desde hace tiempo no tenía por la
misericordia de D ios afecto alguno a cuanto pudiese
inducir al pecado mortal, y sí un gran deseo de vivir
devotamente. Seis semanas antes de su muerte le a co ­
metió una fiebre sumamente aguda tal que puso en
gran peligro su vida; mas D ios, interviniendo con su
poder, superior al de la naturaleza, le devolvió la
calm a; con lo que él, agradecido a esta m erced, se
resolvió consagrarse a Dios incondicionalm ente y por
toda su vida. Apenas dormía ninguna n och e, y con
todo, su paciencia era tal, que ninguna incom odidad
daba que sentir a las personas que estaban a su lado.
Yo creo que en esta última enfermedad D ios ha que­
rido hacerle participante de las penas de su P asión.
No obstante de que estaba todo su cuerpo en un dolor
y de que había perdido toda la sangre, jam ás aparta^
ba su pensam iento de la m editación de aquélla. Por
siete veces echó sangre por la boca en gran abun­
dancia, y a la séptima instantáneamente expiró. Ha­
llábam e yo sola para asistirle en paso tan crítico, du­
rante el cual dió muestras tales de devoción que
fácilm ente se podía colegir por ellos cuán unida se
mantenía su alma con Dios, y eso hasta el último sus*
piro. No pudo decirme en aquellos m om entos otra
cosa que esto: Ruega a Dios por m í, que yo no puedo
m ás; palabras que siem pre estarán grabadas en mi
corazón. O s ruego que os acordéis de él al rezar Com­
pletas, parte del oficio divino a que tenía una devo­
ción tan especial que ni un solo día dejaba de rezar-
las.„ (1).
Fué la muerte del finado el 21 de D iciem bre de 1625.
La señora Le Gras, quebrantada con la violencia
que para asistir y alentar a su marido en el trance de
la muerte había tenido que hacerse, tem ió que ía fal­
lasen las fuerzas, y al am anecer del nuevo día se tras­
ladó a la iglesia de la parroquia a fortalecer su alma
con la oración y los sacram entos y a oír el santo sa­
crificio de la misa por el alma de su esposo.
P o co después escribió a su antiguo director, dán­
dole cuenta del fatal desenlace que la enfermedad ha­
bía tenido y del desamparo en que por efecto de él
había venido a quedar. “ ¡O h! en esta hora, hermana
m ía, la contestó el obispo de B elley , es cuando de­
béis abrazaros y estrecharos con la cruz, pues no te­
n éis otro apoyo en la tierra. En estos instantes es cuan­
d o conviene decir a D ios que se acuerde de su pala-
bra. Y ¿qué palabra es ésta? La de que É l sería el pa­
dre del huérfano y el juez de la viuda. Ju ez, mi muy
querida h ija, para tom ar por su cuenta la causa y de­
fenderla contra sus enem igos. Ahora es cuando se ha
de echar de ver si de veras amáis a D ios, pues que os
ha quitado lo que tanto queríais» (1).
A esta excitación del venerable Prelado respondió
Luisa de M arillac con la entrega más absoluta e incon­
dicional de sí misma a D ios, al Esposo inmortal de
las alm as. “ jAh! ¿No es justo de toda ju sticia, es­
cribía ella misma por entonces al P . Rebours, que yo
sea toda de D ios después de haber sido tanto tiempo
del mundo? O s aseguro, mi querido prim o, que de to ­
das veras y del modo que más agrade al SeflOr estoy
decidida a hacerlo. M as com o tengo grandes motivos
para tem er que pueda perseverar en este santo deseo
a causa de las múltiples dificultades que siem pre me
salen al paso en los designios que Dios tiene sobre mi
pobre alm a, yo os ruego, mi muy estim ado P adre, que
esforcéis mi debilidad; que con vuestras oraciones
rompáis los lazos que tan fuertemente me atan a todo
lo que no es D ios, y que por su santo am or continuéis
en acordaros de m í, según me lo tenéis prometido,
ante la divina presencia,,.
Acto continuo renovó su voto de perpetua viudez,
y se entregó sin restricciones de ninguna clase al ser­
vicio de D ios y al prójim o. Así y por cam inos que ni
ella misma sospechaba adonde la podían conducir,
íbase acercando a su verdadera vocación.
En los umbrales de la vida religiosa.
P r i m e r o s p a so s de la V e n e r a b l e L u i s a de M a r i lla c bajo
la c o n d u c t a d e S a n V i c e n t e de P a ú l.

La señora L e Gras toma por director a San Vicente de


Paúl.— Quién era San Vicente de Paúl.— Carácter de la
dirección que San Vicente de Paúl da a Luisa de Maril
lac.— Dudas sobre la vocación de nuestra Venerable.—
Regla de vida y distribución de tiempo de Luisa de Ma
rillac, desde los primeros años de su viudez hasta 1633.

§ L —La señora Le Gras toma por directora San


Vicente de Paúl.

¿ bS n los primeros tiempos de la Iglesia, y cuando


los A póstoles no habían com enzado aún a ad-
mjü r a participación del reino de D ios a los
gentiles, se presentó un ángel al centurión Cornelio,
hom bre aunque gentil tem eroso de Dios, y le dijo: “Cor­
nelio, tus oraciones y lim osnas han subido hasta el aca­
tam iento divino: envía a Jo p e a buscar a Ped ro, que
el Señ o r te ha dado su apóstol por maestro de lo que
debes hacer,, (1). Una cosa parecida hizo D ios con Lui­
sa de M arillac. E n atención a sus limosnas y caridad la
díó a San V icente de Paúl para que la guiase por los

(1) Hechos de los Apóstoles, 10, 1-5,


ata jo s de esta vida a la cum bre de la santidad y a la
posesión de Dios.
Ya vimos en el libro anterior que no sólo la había
prometido dársele por director, sino que hasta se le
había hecho ver en la visión del 4 de Ju n io de 1623.
La señora Le Gras había oído ya hablar de San V i­
cente y aun le había visto, a no dudarlo, en muchas
ocasiones. A m bos vivían en una misma parroquia, la
de San Salvador, donde frecuentem ente concurrían;
y no es verosímil que el capellán y preceptor de los
G ondi, nom bre sonado, si alguno había, en la parro­
quia, pasase inadvertido a los ojos de la sierva de
D ios, tanto menos cuanto que era ya conocida y casi
proverbial su caridad. Luisa estaba además en ínti­
mas relaciones con las m onjas de la V isitación, de las
cuales era confesor San V icente de Paúl. E s, pues, in­
dudable que le conocía. Pero la sola vista de nuestro
Santo no era bastante a formarse idea de aquel sacer­
dote, de quien decía San Francisco de Sales í(no h a­
ber conocido otro ni más digno de serlo ni más san­
to ,,, al contrario, en un carácter com o el de nuestra
V enerable, naturalmente fino y delicado, tenían que
sentar mal y producir m ala impresión las apariencias
algo toscas y el exterior “frío y un tanto áspero,, que
e l santo se echaba en cara a sí mismo y de que, por
su boca, sabem os no haberse podido corregir hasta
1621, con ocasión de unos ejercicios espirituales.
Todo el atractivo y encanto de San Vicente de
Paúl era por entonces interior. Sem ejante a la zarza
del Exodo, urgía acercarse a él para darse cuenta de
que su alm a era un precioso tabernáculo de que la di­
vinidad había hecho su m orada. No es extraño, pues,
que antes de tratarle la señora Le Gras y cuando sólo
le con ocía de vista simpatizara poco con él y experi -
mentase instintiva repugnancia en tom arle por d irec­
tor al ofrecérsele com o tal en la visión del día del E s ­
píritu San to. M as tan pronto com o se llegó a él y
pudo apreciarle de cerca, conoció su engaño, cobrán­
dole inmediatamente tal afecto y poniendo en él tal
confianza, que en adelante ya no pudo pasarse sin él
ni mover una paja sin su con sejo. Así se deduce del
primer documento que ha llegado hasta nosotros, re­
ferente a la conducta de la señora Le Gras bajo la di­
rección de San V icente de P aúl, y que parece ser de
fecha de 26 de Ju lio de 1625 (1). Es una carta de su
antiguo director el obispo de B elley .
“Perdonadm e,m i querida herm anaba escribía aquel
celoso Prelado; perdonadme si os digo que os asís un
poco más de la cuenta y os atáis con algún exceso a
aquellos que os dirigen. No ha hecho más que ausen­
tarse el Sr. Vicente y ya tenéis a la señora Le Gras
inquieta y desorientada. Bueno es y necesario mirar a
Dios en nuestros directores-y a nuestros directores en
Dios; mas algunas veces es menester mirar a Dios
so lo, que sin hom bres y sin piscina puede curar nues­
tras parálisis,, (2).
M ás de una vez tuvo que repetirla lo mismo su nue­
vo director.

(1) Tal es la que adopta la condesa de Richemont (p. 37)


y la que parece deducirse de la lectura del primer biógrafo
de nuestra Venerable (L. de M., 1.1, p. 24); sin embargo,
Baunard (p. 31) prefiere la fecha de 26 de Julio de 1624 a
la de 1Ó25.
(2) Baun., p. 31.
§ II .—¿Quién era San Vicente de Paúl?

Fué tan capital la influencia que San V icente de


Paúl ejerció en la vida y en los destinos de nuestra
biografiada, y esmaltará tantas veces su nombre las
páginas de nuestro relato, que no es posible seguir
adelante sin dar aquí antes una idea del hombre que
por modo tan manifiesto puso D ios en el cam ino de la
señora Le Gras.
N ació San V icente de Paúl de fam ilia, si no espa­
ñola, originaria, según todas las apariencias de España,
en Pouy, hoy Saint Vincent de Paul, distrito de D ax,
en Francia, el 24 de Abril de 1576. Criado en el tra­
bajo y en la pobreza que, cuando no es extrem ada, es
una virtud favorable al desarrollo de los grandes c a ­
racteres; educado desde niño en la práctica de las aus­
teras virtudes dom ésticas del tem or a D ios, del respeto
a los padres y de la diferencia a los mayores y a las
altas clases sociales, virtudes com unes entonces a toda
la Europa cristiana y arraigadas de un modo particu­
lar en los pueblos y raza de uno y otro lado de los
Pirineos, recibió el joven Vicente y fomentó en su c o ­
razón los gérm enes de aquellas santas inclinaciones
que, regadas más tarde por las fecundas aguas de la
gracia, calentadas por el sol de la consideración y sa­
cudidas y vigorizadas por las tem pestades de la vida,
habían de hacer de él uno de los bienhechores más
grandes de la humanidad y uno de los santos más san­
tos de la Iglesia.
Los hechos históricos que de él conocem os hasta la
época en que se hizo cargo de nuestra V enerable no
son m uchos ni largos de contar. H echos sus estudios
de humanidad en un colegio de Franciscanos en D ax,
S A N V IC E N T E D E P A Ú L
F UN DA DOR DE LA

O O N G H E G A C I Ó N 33 E 3 X-> -A. M I 3 I Ú N
Y, ] UNTO CON 1
LU S R DE Mñ R I L L f l C DE L A S

H IJA S DE LA CARIDAD
pasó a estudiar Teología a las Universidades de Zara­
goza, en España, y de Tolosa, en Fran cia, donde tomó
los grados de b ach illeren Teología y de licenciado en
D erecho canónico (1 ). Disponiéndose con ello para re­
cibir el sacerdocio, que le fué conferido el 23 de S e p ­
tiem bre de 1600. Añadamos a esto que en 1605 fué
hecho cautivo por piratas turcos y llevado a Túnez,
donde permaneció hasta Ju n io de 1607, en que pudo
volver a Francia con su propio am o, convertido por él
al seno de la Iglesia; que en 1610 fué nombrado ca­
pellán de la reina M argarita, divorciada esposa de
Enrique IV de Francia, y dos años más tarde, el 2 de
M ayo de 1612, párroco de C lichy, de donde al año
pasó al palacio de los Gondi en calidad de preceptor
de los hijos de esta ilustre y fastuosa fam ilia, y ten­
dremos hecho el resumen de la historia de nuestro
santo en los cuarenta prim eros años de su existencia.
Lo im portante, lo fecundo, lo m aravilloso de su
vida data de sus relaciones evangélicas con eí pueblo,
motivadas por la conversión que hizo de un pobre a l­
deano de G annes, pueblecito situado a dos leguas de
F ollev ille, propiedad de los señores del santo y donde
a la sazón se hallaba con ellos,
Tan sencillo acontecim iento fué para él rayo de luz
que desvaneció las som bras de sus incertidum bres y le
dio a conocer sus destinos. En efecto, nunca com o
entonces sintió aquella suave com unicación de las al­
mas de que em ocionado hablaba Lacordaire en ios
primeros tiem pos de su ministerio sacerdotal. Así que
dejando el cargo de profesor que ejercía en el palacio
de los Gondi y que nada decía ya a su alm a, se trasla-

s
dó en calidad de párroco al curato de Chatillon-Ies-
D om bes, en Bresse (1 .° de Agosto de 1 6 1 7 ), donde
entre otros prodigios de celo fundó la adm irable Aso­
ciación de Señoras de la Caridad; y cuando obligado
por las instancias de sus antiguos señores volvió a la
casa de éstos, lejos de encerrarse en una aula, voló
por los cam pos y extensos dom inios de los Gondi m i­
sionando en ellos con éxito maravilloso y establecien­
do Caridades (1 ), no sólo de señoras, sino también de
caballeros, en unos treinta de los lugares evangelizados.
San Vicente había dado con su verdadera vocación.
Así lo com prendieron los señores de G ondi, quie­
nes, santamente entusiasmados con los frutos y ben di­
ciones que la palabra de su capellán producía en sus
dom inios, determinaron entregarle la cantidad de cua­
renta y cinco mil libras, para que con los réditos de
ellas pudiesen vivir él y seis sacerdotes más en com ún,
con la obligación de misionar gratis cada cinco años
todas las tierras de los fundadores. T al fué el origen
del instituto de la Misión (17 de Abril de 1625).
Eí 23 de Ju n io del mismo año moría en el Señor,
ayudada de San V icente, la señora de G ondi, y poco
después se retiraba el santo al colegio de los Buenos
Niños, cuna de su naciente Congregación, para entre­
garse con toda libertad a los ministerios de su institu­
to y al ejercicio de las obras de caridad a que le lle­
vaba la ternura de su corazón y el buen éxito con que
el cielo había favorecido sus primeros ensayos.
Para ello, sobre todo para la organización y régi­
men de las Señoras, y después de las Hijas de la Ca-

( i) Así llamaba el santo a las asociaciones que acababa


de establecer de «Señoras de la Caridad».
ridad, necesitaba de una m ujer igualmente santa que
él, y marcada por D ios con el sello de la com pasión y
de la misericordia hacia los enfermos y m enesterosos.
Esta m ujer era la señora Le G ras. Y ¡rara coinciden­
cia! el mismo año que con la muerte de la señora
Gondi quedaba él libre para acudir a las solicitacio­
nes de su vocación y de su caridad, perdía la señora
Le Gras a su marido y hacía voto “de consagrarse al
servicio de Dios y del prójim o,,.
P ocas veces se ha mostrado con tan deslumbradora
evidencia la verdad de aquellas profundas palabras del
más elocuente de nuéstros filósofos: “Piensa el hom­
bre que es él el que va y es D ios el que le guía» (1 .)

§ III .— Carácter de la dirección qtte San


Vicente de
Paúl da a Luisa de Marillac.—Dudas sobre la vo­
cación de nuestra Venerable.

Nadie que haya estudiado a fondo a San Vicente


de Paúl hallará dificultad en poner la discreción de
espíritus y el difícil arte de encam inar las alm as entre
los grandes dones que la de aquel privilegiado santo
había recibido de la mano de Dios. Só lo el hecho de
haberle preferido San Francisco de Sales a tantos sa­
cerdotes com o a la sazón, en 1619, había en París
para director de sus hijas en dicha capital, dice ya en
favor de él cuanto en materia de encarecim ientos y de
elogio pudiera am bicionarse. Y ni el santo obispo de
Ginebra ni sus hijas tuvieron ciertam ente por qué arre­
pentirse de sem ejante elección . Canta de él la Iglesia
que “en todas las clases del pueblo cristiano fué el

(1) Donoso Cortés.


reconciliador de ias alm as con Dios,, (1 ). M as si con
todas y en perfeccionarlas a todas puso tan exquisito
celo, ¿qué no haría con aquella que por modo visible
Dios había puesto en sus m anos y en quien manifies­
tam ente se traslucían señales de vocación a la santi­
dad y a alguna grande obra en la Iglesia de D ios, re­
lacionada quizá con los humildes trabajos en que él,
a la sazón, se ocupaba? Así que no es para dicho el
cuidado que por ella desde un principio se tom ó el
santo. Cariñoso sin afectación, recatado sin ñoñez y
prudente sin reserva,su dirección para con la señora Le
Gras fué la de un verdadero padre. Como San Pablo
a los Corintios podía decirla con toda verdad que al
amonestarla lo hacía com o a “hija suya carísim a,, (2 ).
¡Q ué confianza, en efecto, aí reprenderla! ¡Con qué
abandonada intimidad le expone sus propósitos y de­
seos! ¡Con qué efusión y calor de lenguaje la alienta
en las dificultades o la felicita en los trances felizmen­
te superados! [Con qué naturalidad la consulta sus
proyectos! Y en medio de todo, ¡qué consideración
tan sostenida la que se transparenta en sus mutuas re­
laciones y correspondencia! No es posible tomarse
mayor interés que el que sencilla, pero cordialm ente,
se tom aba el santo por la salud, por el hijo y hasta
por los más insignificantes negocios de su dirigida,
inspirándose para todo ello en aquel espíritu de cari­
dad con que el Apóstol aconsejaba a los de Corinto
hacer todas las cosas (3 ). “¡A h, no podéis figuraros,

(t) Cunctis íaetus ades...


mentes concillas Deo (himno de primeras vísperas).
(2) Epístola 1.a, 4, 14.
(3) Ibid., 16, 14.
la escribía en cierta ocasión en que la señora Le Gras
creía haberle dado motivo de resentim iento; no po­
déis figuraros cuánto esa sospecha me ha llegado al
alma! ¡O h !, no, nó es esa mi condición, a Dios gra­
cias. Dios sabe, y vos veréis allá arriba, el afecto que
hacia vos me ha dado„ (1).
Com o era natural, a tan suave y amorosa dirección
por paite de San V icente respondía en Luisa de M a­
rillac una sumisión a toda prueba y una confianza sin
lím ites, disposiciones que no podían menos de preve­
nir favorablem ente su alma para aprovecharse de los
avisos que en orden a su mayor aprovecham iento
aquél la diese.
Es sentencia trillada y muy sabida que cual es el
ser así es el obrar de cada uno; lo cual, aplicado al
arte de guiar las alm as, quiere decir que la dirección
de cada maestro por necesidad se ha de resentir del
carácter de aquél y de la santidad y perfección que le
sean propios. De aquí que, no obstante la diversidad
de caracteres entre San Vicente de Paúl y la Venera­
ble Luisa de M arillac, tanto se parezca la santidad de
la una a la del otro y se encuentre en los escritos y
doctrina de la señora Le Gras tal dependencia de la
doctrina y escritos de su director. Ahora bien, la cla­
ve de toda la virtud de San V icente puede decirse que
es la humildad. E l edificio de su perfección descansa,
naturalmente, en otras virtudes; pero todas ellas arran­
can por arte m aravilloso del conocim iento y m enos­
precio de sí mismo. De tan robusto tronco nacían en
él la sencillez, virtud que él apellidaba “su evangelio*;
la naturalidad, sal de todas sus acciones; la descon-
fianza de sí m ismo; la práctica de no emprender cosa
alguna por propio im pulso, “dejando obrar a D ios*
según él de continuo decía, y cuidando de “no ade­
lantarse a la Providencia,,; la predilección, en fin, que
en su ardiente caridad por el prójim o sentía por los
humildes y más desam parados, a quienes solía llamar
“sus señores,,. Tal fué la norma de conducta que des­
de un principio señaló tam bién a su fervorosa hija es­
piritual y de que se valió para sostenerla en sus asp i­
raciones a la vida perfecta y levantarla a la" sublim es
alturas que en el curso de éstas páginas iremos viendo.
Dos fueron las advertencias que ya en un principio
hizo San V icente a Luisa de M arillac y en que insistió
con particular em peño: la de que abriera su corazón
a la confianza procediendo con libertad de espíritu, y
que en sus relaciones con Dios diese de mano a toda
preocupación inquietante. “H aced, la decía en la pri­
mera carta que de él a ella conservam os, lo que el con ­
fesor os aconseja y vuestro fervor os sugiere,si no es la
disciplina que sólo debéis tom ar tres veces por sem a­
na. P or lo que hace a esos treinta y tres actos dirigi­
dos a honrar la santa humanidad de Nuestro Señor y
a los demás de que me h abláis, no os dé pena sí al­
guna vez faltáis a ellos. Dios es am or y quiere que v a ­
yam os a E l por el am or: no os hagáis, pues, un deber
de todos esos buenos propósitos. Leed el libro del
Amor de Dios (1), especialm ente la parte que trata de
la voluntad divina y de la indiferencia„ (2).
Al recom endar el santo ía indiferencia a Luisa de

(1) El Tratado del Am or de Dios, por San Francisco de


Sales.
(2) Suppi., p . i.
M arillac trataba de precaverla contra la excesiva y con ­
gojosa solicitud que, com o en otro lugar dijim os, p o ­
nía en todas sus cosas, y que más o m enos sumía su
espíritu en el desasosiego y en la inquietud, óbice
siempre para las operaciones de la gracia.
Al presente lo que más preocupada la traía era el
asunto de su vocación.
La señora Le G ras, com o toda alma fervorosa, ardía
en deseos de redimir el tiempo pasado que ella en su
humildad creía perdido. Sentíase con alas, y en la im­
paciencia de volar hacia su divino Esposo no veía la
hora de romper las ataduras que por tanto tiem po la
habían tenido ligada y sujeta al mundo, siquiera ese
mundo hubiese estado reducido para ella a su marido
y a su fam ilia. De aquí el vivo anhelo con que insta­
ba a San V icente para que la indicase eí género de
vida en que definitivamente h abia de consagrarse a su
divina M ajestad. El que a ella más la llevaba y el que,
a no dudarlo, propuso rendidamente al santo fué el del
servicio de los pobres y enfermos. Esta era, por otra
parte, la idea que por modo sobrenatural se la había
hecho concebir, algún tiem po antes, de su vocación.
No es, pues, extraño que tales fueran sus sentim ien­
tos. M as ¿qué alcance había de tener sem ejante con­
sagración? ¿En qué forma había de verificarse? Todo
era obscuridad e incertidum bre; ni un rayo con que
orientarse se distinguía en el horizonte; y fiel San V i­
cente a su conducta de “no adelantarse a la Providen­
cia,, se limitó a esperar nuevas luces de lo alto, reco ­
mendando lo propio a la sierva de Dios. “Sed para
con Nuestro Señor, le decía con fecha 3 0 de O ctubre
de 1626, una hija llena de humildad, de sumisión y
de ilimitada confianza, y esperad con paciencia que
El nos dé a conocer manifiestamente su adorable vo­
luntad» (1 ). D ios se la dio a conocer, en efecto, y ya
verem os cuán santa y cuán adorable era, pero por gra­
dos y sólo después de algún tiem po. Así que todavía
el 6 de M ayo de 1629 ia escribía el santo en una post­
data: “P or lo que mira al asunto de vuestra vocación,
no me hallo aún, al pesarle en la divine presencia, con
todas las luces que el caso exige: no sé qué dificultad
me impide ver si será esa la voluntad de Dios. Os su­
plico, pues, señorita, que tengáis a bien encom endár­
sele de nuevo, en estos días sobre todo, en que con
más abundancia suele com unicar los dones del E spí­
ritu San to* (2).
Rendida y obediente Luisa de M arillac ofreció a
Dios sus ansias y acalló sus inquietudes atem perándo­
se a las palabras de su santo director. E co de ellas es
una de las resoluciones que por aquel tiempo hizo en
sus ejercicios espirituales. "H allándom e, dice, delan­
te del Santísim o Sacram ento me sentí interiorm ente
movida a ponerme en una santa indiferencia com o m e­
dio de prepararme a recibir con m ejores disposiciones
la vocación que D ios tenga a bien otorgarme y hacer
su divino beneplácito, juzgándom e indigna de que su
bondad se ocupe en dirigir mi alma,, (3).
“Pero el am or de Jesú s, ya lo dijo Kem pis, es libre
y no admite trabas; siempre está en vela y ni descan­
sando duerme,, (4 ). Así que mientras se hacía día cla­
ro y se desvanecían las som bras de la noche no cesó

( i)Lettr., t. I, p. 18.
(:ZiIbid., t. I, p. 26.
(3) L. de M., t 11, p. 141.
(4) D¿ la Im itició i de Criit>, 1. IH, c. 5.
nuestra V enerable en ingeniarse por dar nuevas m ues­
tras del suyo a su divino Esposo. Comenzó por fijar
en el papel, para darle más asiento y firmeza, un acto
que eíla llam a de Protestación, en que, después de
“llorar las iniquidades de su vida pasad a*, renueva las
promesas de su bautism o, el voto de viudez y “la re­
solución de practicar las santas virtudes de la humil­
dad, pobreza, sufrimiento y caridad, con el fin, dice,
de honrarlas en Jesu cristo, que por sólo su am or tan
frecuentem ente me las ha inspirado,, (1).
De entonces data tam bién aquella santa inspiración
que tuvo el “día de San Sebastián,, de “darse a D ios
para hacer toda la vida su santísim a voluntad» y de
“obligarse a ello con voto,,, deseo que aplazó cumplir
para “cuando tuviera el debido perm iso,,, contentán­
dose por entonces “con ofrecer al Señor su buena vo-
luntad„ (2 ).
A estos propósitos aludía sin duda cuando escribien­
do el 15 de Ju n io de 1627 a San V icente de Paúl le
decía: “Sentido he estos días pasados un gran deseo
de que os dignaseis ofrecerm e a D ios y pedirle la gra­
cia de que en todas las cosas cumpla en mí su santa
voluntad, no obstante la oposición que mis miserias
puedan hacerle. O s ruego, pues, con toda mi hum il­
dad, mi estimado Padre, que lo hagáis así y me dis­
penséis tanta importunidad,, (3).
Apresuróse sin duda ninguna el santo a cumplir la
fervorosa recom endación de su h ija espiritual, pero
instándola, com o en todas sus cartas de ta época lo

(1) L , de M., t. II, p. 130.


(2) Ibid,, t. II, p. 163.
(3) Ibid., t III, p. 3.
h acía, a que honrase la serenidad del alma de Nuestro
Señor, m anteniéndose tranquila. Y tranquilam ente,bien
que con nuevos bríos cada día, siguió ocupándose la
sierva de Dios en su propia santificación, en la educa­
ción de su hijo y en la multitud de obras de celo y de
caridad, de que hablarem os en los capítulos inm edia­
tos. Tal aparece en las resoluciones y demás escritos
suyos que han llegado hasta nosotros relativos a los
años de 1627 a 1633 en que, al fin, por la marcha na­
tural de las cosas, se vió al frente de las Hijas de la
Caridad, que era la vocación que D ios la tenía reser­
vada.

§ IV .— Regla de vida y distribución de tiempo de Lui­


sa de Marillac desde los primeros años de su viudez
hasta 1633 .

¿Cuál fué, entretanto, el plan de vida, la regla que


siguió la Sra. Le Gras y a qué ajustó sus ocupaciones?
El interés de la cuestión salta a la vista, y con todo no
nos hubiéram os atrevido a formularla aquí si, por for­
tuna, no poseyésem os la distribución de tiem po que la
Sra. Le Gras se hizo con permiso y aprobación de San
Vicente hacia 1626. Leyéndola sigue uno paso a paso
a la sierva de Dios en todas las horas del día; y la cu­
riosidad, vivam ente excitada en un principio por lo su­
gestivo del asunto, se ve al fin dulcem ente satisfecha
y edificada, concluyendo por admirar el buen uso que
los santos hacen del tiem po. Hela aquí en sus puntos
más esenciales:
"E n el nom bre de D ios, com ienza/sea éste, con el
debido perm iso, mi género de vida:
“Que el deseo de la santa pobreza ocupe siempre
mi corazón, a fin de que libre de todo siga a Je s u c ris '
to y rae em plee con toda humildad y dulzura en se r­
vir al prójim o, viviendo en obediencia y castidad toda1
mi vida y honrando la pobreza de Jesucristo que tan
perfectamente la supo guardar.
“Sea mi primer pensam iento al despertar, después
del descanso de la noche, para Dios.
“Mientras pueda me levantaré a las cinco y m edia,
desde Pascua hasta la fiesta de T od os los San tos, y a
las seis en el resto del año.
“Luego de levantada haré una hora de m editación
sobre el Evangelio, la epístola o el santo del día.
“Acabada la oración, rezaré pausadamente prima y
tercia del oficio de Nuestra Señora, conservándome
en los sentim ientos de la oración.
“A las ocho y media en verano y a las nueve en in -
vierno oiré la santa misa, unas veces sin actuarme en
otra intención que la de la Iglesia y otras sirviéndome
al oiría de los puntos de m editación que se hallan en
Filoíea.
“Dicha la misa, rezaré el resto del oficio de la V ir­
gen manteniendo vivo en mi corazón el recuerdo del
amor incom parable que inspiró al Señor tan santo sa­
crificio.
“Vuelta a casa, me pondré a trabajar desde las nue­
ve y media en verano y desde las diez en invierno
hasta las once, hora en que com eré, no sin antes haber
leído un rato en algún libro piadoso.
“A las doce en punto medio cuarto de hora de m e­
ditación para honrar el instante en que Jesucristo se
encarnó en el seno de la Santísim a Virgen.
“Cuidaré de no estar nunca ociosa; y al efecto, des­
pués de este rato de oración, me entregaré a alguna
labor trabajando alegrem ente en favor de la Iglesia,
de los pobres o de mi casa hasta las cuatro. Dedicaré
tam bién estas horas a recibir o devolver las visitas que
no pudiere excusar. „
S i no está "m uy ocupada en obras de caridad* pro-
pónese retirarse a las cuatro “a la iglesia más próxima
a rezar vísperas de la Santísim a Virgen y hacer media
hora de o ra ció n *; y luego prosigue:
“Cenaré a las seis y m edia, destinando antes un
buen cuarto de hora o media hora a la lectura, cuyo
recuerdo me servirá para entretener mi espíritu o a las
personas que me acom pañen en la mesa.
“Acabada la cena, media hora de recreación y otra
media de trabajo.
“A las ocho me retiraré a hacer el examen de con ­
cien cia, term inado el cual diré m aitines de la Virgen
del día siguiente.
“Rezaré tam bién todos los días la tercera parte del
rosario, meditando uno de los misterios.,,
S i a esto se añade la práctica de ponerse “cuatro
veces al m enos cada hora,, en la presencia de D ios; de
hacer al año dos tandas de ejercicios espirituales de
ocho o diez días cada una; de trabajar "cuanto pudie­
se „ en la m ortificación de sus pasiones “y en honrar
los padecim ientos de Je su c ris to *, a cuyo fin se propo­
ne “disciplinarse dos o tres veces por semana y llevar
el cilicio a la cintura por la m añana los días de com u­
nión y mañana y tarde los viernes,,; y de ayunar “to ­
dos los viernes también del año, los advientos, las cua­
resmas, las vigilias de las fiestas de Nuestro Señor, de
la Santísim a Virgen y de los A póstoles y todos días
preceptuados por la Ig lesia *, habrá que convenir en
que los días de la señora Le Gras eran días verdade­
ram ente llen o s, según frase de la Sagrada Escri­
tura (1).
San V icente, nada parecido a aquellos directores de
que habla Santa Teresa de Jesú s, que por su excesiva
discreción sólo enseñan a sus penitentes “a ser sapos*
y a “cazar lagartijas,,, alentó a Luisa de M arillac en
sus generosos propósitos y aprobó de la cruz a la fe­
cha su reglam ento de vida. Unicam ente en las peni­
tencias y ayunos tuvo que irle alguna vez a la m ano,
ya que las fuerzas de la sierva de D ios estaban muy
lejos de responder a lo fervoroso de su espíritu.

(i) L. de M., t. II, pp. 147-152.


L a señora Le Gras se ofrece a Dios pata el servicio de los
pobres y enfermas. -A sociación de las «Señoras de la
Caridad*.— San Vicente encomienda a la señora L s Gras
la visita de las Caridades de provincia: Visita de Mont-
rairail.— Visita de Asniéres, SaintC lou d , V illepreux y
Villiers-le Bel.— Visita a Beauvais. —Visita a los dominios
de los señores de Gondi en la Champaña.— Pruebas y ad­
versidades en ia familia de los Marillac.

■§ L —La señora Le Gras se ofrece a Dios para el ser-


vicio de los pobres y enfermos.

'Jy S íS de un año iba transcurrido desde que la se -


ñora Le Gras había tomado por director de su
sX&m conciencia a San V icente de Paúl, y contadas
eran las veces que había podido confesarse con él. Ya
vimos cóm o en los últimos meses de 1625 se había
retirado el santo al colegio de los Buenos N iños, pa­
rroquia de San N icolás del Chardonnet, en una de Jas
zonas extrem as del mediodía de P arís, a la izquierda
del Sena y muy alejad o, por consiguiente, del centro
de la población, donde tenía su morada la señora Le
G ras. U rgía, pues, cam biar de residencia, s ih a b ía ,n o
.sólo de dirigirse, sino tam bién de confesarse con él,
com o era su mayor anhelo. P or otra parte, el barrio
de San N icolás del Chardonnet era pobre y retirado,
circunstancias am bas que en la situación económ ica y
en el estado psicológico de nuestra V enerable no po­
dían menos de atraerla a él. La señora Le Gras se ha­
llaba efectivam ente en una de esas horas de la vida
en las que Dios para hacerse oír m ejor del alma pone
en ella pasión por la soledad; y por lo que hace a sus
intereses no había sido pequeño el quebranto que en
ellos había sufrido con la larga y última enfermedad
de su esposo. Estas y otras razones de índole aun más
espiritual y levantada, com o la de su am or a la po­
breza y a la m ortificación, la movieron de consuno a
levantar su casa de San Salvador y a establecerse en
San N icolás, com o lo hizo en 1626, fijando su residen­
cia en la calle Sain t-V ictor (hoy Cardenal Lem oine),
enfrente a la de su santo director.
Ya hicim os mérito del ansia con que a raíz de su
viudez e impulsada por los hábitos de caridad de toda
su vida se había dirigido la señora Le Gras a San V i­
cente, pidiéndole que la permitiese consagrarse de un
modo definitivo al servicio de los pobres. No vino el
santo de buenas a primeras, y sin experim entar cuál
fuese la voluntad de D ios en lo que se le pedía; pero
am aba éJ mucho a los pobres y tenía de la caridad
muy alto y subido concepto para que no le agradasen
en extremo las inclinaciones y tendencias de su h ija
espiritual; así que sin dejar de recom endarla la calm a
y el abandono en las manos de Dios comenzó a darle
parte en sus empresas de celo y de caridad. “El queha­
cer que habéis tenido a bien encom endarm e, escribía
Luisa de M arillac al santo en 5 de Ju n io de 1627, ya
está term inado. S i, pues, las urge a esas pobros gentes,
y vos queréis que os le m ande, no tenéis más que indi­
cárm elo, pues hasta saber vuestro pensam iento no he
querido tomar ninguna determ inación„ (1). En 2 3 de
F eb rero de 1628 la escribía a su vez el santo para darle
ías gracias por “doce camisas,, que con el mismo o b ­
jeto había tenido a bien rem itirle (2 ). Y pocos días an­
tes la recom endaba dos jóvenes que había resuelto en ­
viarlas desde Jo ig n y , población de la antigua Cham pa­
ña, donde sin duda corrían peligro, a París para que
las proporcionase alguna honesta colocación , caso que
se repitió más de una vez (3).
Ni acudía el santo a Luisa de M arillac para servirse
únicamente de sus trabajos y de sus lim osnas en favor
de los pobres; hacíala tam bién su medianera para con ­
seguir lo propio de otras señoras y personas ricas de
la corte. “Pues que esa vuestra buena señorita, la es­
cribía desde Verneuil (4) el 8 de O ctubre de 1627,
quiere que inm ediatam ente se distribuya la cantidad
que ha puesto en vuestras m anos, os ruego que ten­
gáis a bien rem itirnos cincuenta libras, haciéndom e el
favor de asegurarla que Nuestro Señ o r será su prem io,
y que por mi parte he dado ya destino a cuatro libras
en favor dé una Caridad que hem os establecido aquí,

(1) L. de M., t. III, p. 2.


(2) Suppl., p. 3.
(3) Lettr., 1 . 1, p. 23.— V. tambiéa Ibid., p. 27.
(4) Aldea del cantón de Poissy en el departamento Sei-
ne-et-Oise.— La señorita a quien alude San Vicente debió
ser la de Dufay, a quien el santo profesaba singular cariño,
y cuyo nombre se halla repetidas veces en la corresponden­
cia entre el fundador y la fundadora de las Hijas de la Ca­
ridad.
donde, junto con las necesidades espirituales de cos­
tumbre» hay tales lástim as y miserias que los H ugono­
tes ricos, no escasos, que hay en la población tienen
bastante para corrom per a los pobres con cuatro frio­
leras que les dan, causando con ello un mal indecible.
D ignaos rem itirnos también cuatro cam isas* (1),
De esta suerte venía a ser Luisa de M arillac, aun sin
moverse de París ni perder de vista a su h ijo , la pro­
veedora de San V icente de Paúl en la cruzada a que
éste había dado comienzo contra la miseria e ignoran­
cia del pobre pueblo de las aldeas.
P ero estos ensayos, lejos de sofocar, avivaban y
enardecían más en ella el fuego de la caridad. En ta ­
les disposiciones de ánim o fácilm ente se deja com ­
prender lo que el ejem plo de su santo director tenía
que ser para ella: soplo violento que consum iera su
corazón y levantara en él encendidas llam as, hacién­
dola apetecer m ayores trabajos y suspirar por más ar­
duas empresas en que ejercitar su celo y m itigar sus
ardores. M ujer de grandes alientos no podía resignar­
se a llorar cruzada de brazos los dolores y miserias de
su prójim o ni a contem plar ociosa los peligros que en
el mundo corren tantas alm as, y en los que tantas ¡ay!
sucumben; quería a costa de su sosiego, de su salud
y aun si menester fuere de su vida llevar a los unos el
calmante de sus socorros y de sus consuelos, y a los
otros la luz de las enseñanzas evangélicas y el desper­
tar de las energías morales que latentes yacen en toda
alma cristiana y que difícilm ente dejan de responder
a la voz que en nom bre de la caridad las llam a. La
educación y el cuidado de su h ijo eran a la verdad un

s
obstáculo a sus aspiraciones, pero casualm ente el jo ­
ven había llegado ya a esos años en que para no errar
en el cam ino de la vida es preciso comenzar a orien­
tarse y echar por algunda senda, y en arm onía con las
inclinaciones que en él apuntaban le puso de interno
a principios de 1628 en el colegio-sem inario de San
N icolás del Chardonnet.
M ás libre con este paso, Luisa de M arillac instó de
nuevo, a San Vicente para que, al m enos por vía de
ensayo, la permitiese dedicar su vida a los pobres y
acercarse más a ellos, ejerciendo la caridad de un
modo más am plio, más directo, más personal. Esta
vez y con esta condición el santo no puso el menor
reparo; y los calurosos términos en que, según su pri­
mer biógrafo, respondió a la solicitud de su penitente
dan motivo a pensar que Dios con algún favor singu­
larísimo es quien había inspirado a la señora Le Gras
esta nueva resolución: “ ¡O h !, sí, señorita, la escribió
el santo; con mil am ores vengo en ello. Y ¿cóm o no,
si Nuestro Señ o r es quien os ío ha inspirado? Com ul­
gad m añana, disponeos a la saludable revista que ha­
béis determ inado hacer de vuestra alma y dad co ­
mienzo inm ediatam ente a los santos ejercicios. No sa­
bría deciros el ardiente deseo en que está mi corazón
de ver el vuestro y saber cóm o ha pasado lo que me
decís; pero con gusto mortifico mi curiosidad por amor
de Aquel en quien deseo que vuestro espíritu esté úni­
cam ente ocupado. ¡O h !, im aginóm e que las palabras
de este día os habrán llegado al alma ya que tan pro­
pias son para llevar de frente a un corazón abrasado
en el fuego de la caridad. Sin duda que habéis hoy
parecido a los ojo s de D ios com o árbol Heno de her­
m osura, pues que por su gracia tal fruto habéis dado.
O jalá que por su infinita misericordia os haga un ver­
dadero árbol de vida que produzca frutos de perfecta
caridad „ (1).
Curioso por demás sería saber qué clase de inspira­
ción y gracia fué ésta a que aquí alude San V icente y
con que el Señor regaló a su sierva» com unicándola
al propio tiem po tan santos deseos. A falta de datos
seguros, quizá no sea descabellada la conjetura de
hallar un rastro de tales favores en aquella m aravillo­
sa y profunda m editación sobre e] Espíritu San to,
com o lazo de la Santísim a Trinidad y de nuestras al­
mas con Dios, que la Venerable puso por escrito para
dar cuenta de ella a su director y que felizmente se ha
conservado entre sus papeles y apuntaciones. “Mí ora­
ció n —concluye en e lla — ha sido más át contempla­
ción que de discurso, con gran vehem encia de afectos
hacia la humanidad de Nuestro Señor y ansia de hon­
rarte e imitarle cuanto me fuere posible en la persona
délos pobres, sabiend o, com o tengo leído en cierta
lectura, que este nuestro divino Redentor ha querido
darnos la ley de la caridad para suplir por su medio la
impotencia en que nos hallam os de hacerle a E l, en
su propia persona, ninguna clase de servicios, pensa­
miento que al recordarle ha penetrado mi corazón de
un modo íntimo y extraordinario en gran manera* (2 ).
Vese, pues, de todos modos cuán vehem entes eran
las ansias con que el Señor solicitaba a Luisa de M a-
rillac a ir en auxilio de los pobres, para que S an V i­
cente no se resolviese ya a aprovecharlas en bien de
aquellos infelices. Cien veces habíale venido al pensa-
miento la idea de ocuparla en visitar, alentar y dar
nueva vida a las Caridades de que había ido sem bran­
do las aldeas, teatro de sns correrías apostólicas; pero
siempre había algo que se le ponía delante. Esta vez
no vaciló, y Luisa de M arillac quedó hecha Visitado­
ra de las Caridades*

§ I I .—Asociación de las “Señoras de la Caridad„.

Como del grano de trigo nace la espiga, germen de


tantos otros granos, así de un acto de caritativa com ­
pasión nació la benem érita Cofradía de Señoras de la
Caridad. Conocido es su origen. H allábase de párroco
en Chatillon San V icente de P aú l, cuando un dom in­
g o , al salir a decir misa, se le le acercó una señora su­
plicándole que exhortase al pueblo a ir en auxilio de
una pobre y enferma fam ilia. Hízolo así el santo, y no
fueron inútiles sus recom endaciones. Multitud de gen­
te acudió presurosa a socorrer la necesidad que su pá­
rroco les había indicado, de suerte, dice el mismo
santo, que “aquello parecía una procesión„ (1), T an ­
ta caridad le sugirió una magnífica idea. Con un poco
de orden, ¡qué bienes no se podrían esperar de tan
generosa y tierna conducta! ¿Y por qué no ponerle?
Reunió, pues, una junta de señoras y las propuso que
cada día se encargase una de ellas del cuidado y m a­
nutención, no ya sólo de la familia arriba indicada,sino*
de cuantos enfermos m enesterosos pudiese haber en
adelante en la parroquia. Acogida con entusiasmo la
propuesta, allí mismo quedó establecida, bien que en
forma provisional, la asociación (23 de Agosto de

(r) Confér. aux F. d. ). Ch., t. I, p, 209.


1617), siendo tres meses después, en 2 4 de Noviem­
bre del mismo año, aprobada form alm ente por la su­
prema autoridad de la diócesis, el arzobispo de Lyon.
De esta última fecha data el reglam ento que la dió San
Vicente y que, en sus líneas generales, fué el regla­
mento de todas sus Cofradías de la Caridad. -
Un ligero extracto del mismo nos pondrá m ejor que
nada en conocim iento de lo que es la asociación. Su
fin no es otro que el de honrar el amor que Jesu cristo
tuvo a los pobres y asistir a éstos corporal y espiritual­
mente. Pueden formar parte de ella m ujeres casadas,
viudas y solteras, “siempre que las casadas y solteras
tengan permiso para ello de sus maridos y de su* pa­
dres, respectivam ente,,, y que todas sean de “recono­
cida virtud y piedad,,. Estará al frente de la asocia­
ción un Consejo compuesto de la Presidenta, V icep re­
sidenta y Tesorera, cargos que las personas elegidas
para ellos desempeñarán por un periodo de tiem ­
po determ inado. Y todas las Señoras de la Caridad,
un día cada una, por orden, se encargarán de visitar a
los enfermos que la asociación hubiese tom ado a su
cargo. Al efecto, escribe el santo con palabras que son
de una delicadeza incom parable, "aquella a quien t o ­
que el turno, prevenida de lo que haya menester en
casa de la Tesorera para la alim entación de los p o ­
bres, arreglará la com ida, la llevará a los enferm os y
les saludará alegre y cariñosam ente; acom odará una
tablita sobre el lech o, pondrá encima una servilleta,
un vaso, un cubierto y pan; hará lavar las manos al
enferm o, dirá el Benedicite, echará el caldo en una
escudilla, colocará las viandas en un plato y, acom o­
dándolo todo sobre la referida m esa, convidará dulce­
mente al enferm o a com er por am or de Jesú s y de su
Santísim a M a d re... H abiéndole puesto de este m odo
en disposición de com er, si hubiese alguno al lado
del enferm o, le dejará para trasladarse a casa de otro,
con quien se portará de la misma m an era,.. Luego,
por la noche, volverá a darles de cenar del mismo
m odo“.
“A cada enfermo se le proporcionará todo el pan
que necesite, con un cuarterón de carnero o de terne­
ra, cocido por la mañana y asado por la n och e, a ex­
cepción de los dom ingos y días de fiesta, en que po­
drá dárseles en la com ida algo de g a llin a ... Los que
estén sin fiebre, tendrán tam bién a su disposición un
cuartillo diario de vino, medio por la mañana y m e­
dio por la noche.
“Y no siendo el fin de este instituto asistir únicam en­
te a los enfermos de un modo corporal, sino tam bién
espiritualm ente, las sirvientas de los pobres pondrán
sumo cuidado y estudio en disponer a los convalecien­
tes para llevar en adelante una vida más arreglada, y
en preparar a bien morir a los d esahu ciad os... S i éstos
falleciesen, correrá tam bién a su cargo hacerles ente­
rrar a expensas de la co fra d ía ..., y procurarán asistir
a las exequias, haciendo en ello oficio de madres que
acom pañan a sus hijos hasta la tumba,, (1).
¡Página adm irable, dictada a la luz del evangelio!
Que no otra cosa venía a ser, en efecto, la cofradía de
las Señoras de ía Caridad que un com entario de aque­
llas palabras de Jesu cristo: “En esto os conocerán to­
dos por mis discípulos, en si os am áis los unos a los
otros,, (2); ni la aplicación de las clases ricas al servi-

(1) Suppl., pp. 387-394.


(2) Evangelio de San Juan, 13, 34.
cío de los pobres tenía otra novedad que la de traer
una vez más a la práctica aquel consejo del divino
M aestro: “Quien entre vosotros quiera ser (o aparezca
ser) el mayor, ese tal sirva a los otros,, (1 ); “voz de paz,
de consuelo y de m isericordia que, levantándose en el
mundo, había resonado hondam ente en la conciencia
humana y había enseñado a las gentes que los peque­
ños y menesterosos nacen para ser servidos, porque
son m enesterosos y pequeños; y que los grandes y los^
ricos nacen para servir, porque son ricos y porque son
grandes,, (2).
¡Y que no urgía poco en los tiempos de San Vicente
y de la V enerable Luisa de M arillac la aplicación y el
cum plim iento de estas divinas enseñanzas! E l progreso
material y los maravillosos adelantos de toda especie
que en los órdenes econ óm ico, social y mercantil ha
realizado nuestra época y que más o m enos han tras­
cendido a todas las clases de la sociedad, hacen que
difícilmente podamos hoy darnos cuenta exacta de la
vida de envilecim iento, de penuria y de dolor a que
los habitantes del cam po estaban en otros tiempos y
en muchas partes reducidos. Por lo que hace a F ran ­
cia en el siglo x v n , la pluma, y más aún el corazón,
se resisten a b osquejar el som brío cuadro que presen­
taban. Podrían tomarse por encarecim ientos oratorios
o diatribas de oposición las quejas que sobre el parti­
cular hacían oír frecuentem ente los diputados del e s­
tado llano en los Parlam entos de la época, llegando a
asegurarse en el de 1614, tres años antes de la funda-

(1) Evangelio de San Mateo, 20, 26.


(2) D onoso Cortés; Ensayo sobre el C a to lic is m o ...,
1. I, c. 2.
ción de las primeras Caridades, que “había aldeanos
que estaban reducidos a pacer la hierba de los cam pos
a la manera de las bestias»; pero los testim onios abun­
dan hasta lo infinito y no dejan lugar a duda respecto
de lo fundado de tales lam entaciones. Conocido es
tam bién aquel apunte o esbozo del labriego, que con
trazos de punzante humorismo nos dejó hecho La Bru-
yére y de cuya exactitud responden en lo esencial unas
palabras de San V icente, que más ab ajo citarem os.
“Disem inados por la cam piña, escribe el autor de Los
caracteres, se ven aquí y acullá ciertos anim ales aris­
cos de uno y otro sexo, atezados, lívidos, quemados
del sol y cosidos a la tierra que con afán escarban y
revuelven. Tienen algo así com o voz articulada, y
cuando se incorporan dejan ver un rostro humano.
So n , en efecto, hom bres. Retíranse por la noche a sus
cuevas, donde viven de pan bazo, de agua y de raí­
c e s .„ “¡O h , cuánto es lo que se sufre en F ra n cia!„,
exclam aba San V icente aludiendo a la gente pobre del
cam po (1). “S i miro, añadía, a un lugareño o a una
pobre m ujer, atendiendo únicamente a su exterior o a
lo que en el exterior se transparenta de su espíritu, le
veo tan em brutecido y materializado que apenas puedo
distinguir en ellos figura ni señales de criatura racio­
nal,, (2).
C alcúlese, pues, lo que tales y tan abatidas gentes
serían y padecerían al caer enfermos. ¿Cóm o el tierno
y bondadoso corazón de San Vicente no se había de
ablandar a la vista de sem ejantes dolores y miserias?
Para socorrerlas y proporcionar a los que con tanto
desamparo las padecían alivio y consuelo, es para lo
que com o primer recurso estableció las Caridades ins­
piración genial más que de su cultivado espíritu de
su corazón incom parable.
En tan abonadas condiciones no es extraño que
cundieran y se propagaran rápidamente las Caridades.
En los doce anos que iban transcurridos desde el es­
tablecim iento de las primeras, en 1617, hasta la incor­
poración a ellas de Luisa de M arillac, en 1629, se ha­
bían extendido a diversos puntos, no sólo de la dióce­
sis de Lyon, sino tam bién de ias de C hálons, en la
Champaña, de Chartres, de Seulis, de Soissons, de
M eaux, de Beauvais y de París. N aturalm ente, a tan
extenso radio 110 podía llegar la acción ni la vigilan­
cia de San V icente; y sin la inspección asidua de él o
de otra persona que con celo y prudencia velase por
el sostenim iento y buen orden de la asociación, era
im posible que en la marcha natural de las cosas no se
originasen desórdenes y creciesen abusos, y que estos
abusos y desórdenes no sofocasen o, al m enos, hicie^
sen languidecer la planta del nuevo instituto. Para que
tan justificado tem or no tom ase cuerpo, es para lo que
el santo había puesto los ojos en Luisa de M arillac
confiándola el cuidado y visita de las Caridades.
Veam os ahora el tacto exquisito y la sublim e abne­
gación y actividad con que nuestra V enerable supo
llenar su com etido.
§ I I I .— San, Vicente encomienda a Luisa de Marillac
la visita de las Caridades de provincia: Visita de
MontmiraiL

Del 6 de M ayo de 1629 data la carta con que San


Vicente ordenó a nuestra V enerable dar com ienzo a
su nuevo género de vida y ocupaciones. Adviértela del
envió que con las adjuntas líneas la hace de las reco­
mendaciones y memorias necesarias para su viaje, y
prosigue: “Partid, pues, señorita, partid en nombre
del Señor. Ruego a su divina Bondad que os acom pa­
ñ e, que sea vuestro solaz en el cam ino, vuestra som ­
bra contra los ardores del sol, vuestro techado en las
lluvias y en el frío, vuestro lecho en el cansancio,
vuestra energía en los quehaceres, y que, por últim o,
os vuelva con perfecta salud y llena de buenas obras.
Comulgad el día de vuestra m archa, así para honrar la
caridad de Nuestro Señor, los viajes que con el mismo
fin y por los mismos motivos de caridad , hizo, y las
penas, contradicciones, desfallecim ientos y trabajos
que sufrió, com o para que se digne bendecir vuestra
em presa, com unicaros su espíritu y haceros la gracia
de obrar com o El obró y de soportar vuestras penas
al modo que El soportó las suyas,, (1).
Luisa debió recibir esta carta con serenidad, sí, pero
tam bién con aquellos transportes de alegría con que
los Apóstoles recibieron del Seflor la misión de ir a
anunciar al pueblo de Israel la buena nueva y curar
a los enfermos que se les presentasen. Cumplió en un
todo los avisos que su santo director le daba, se pro­
veyó de cuanto pudiese serla útil en el desem peño de
las caritativas funciones que la movían a ponerse en
cam ino, y tom ó, com o con toda seguridad puede su­
ponerse, el coch e de la Cham paña. Bien pronto tuvo-
que dejar, sin em bargo, la com odidad de la diligen­
cia para hacer el resto del cam ino “en malos carrua­
jes, en carretas y muchas veces a pie„ (1). A chaques
eran éstos, por lo dem ás, de todas sus visitas. “V ia­
jaba de ordinario, dice su prim er-biógrafo, en destar­
talados vehículos, sufriendo m uchas incom odidades y
viviendo y acostándose con suma estrechez a fin de
participar, en cuanto la fuese posible, de las necesida­
des de los pobres* (2 ). Los pormenores que siguen
son tam bién de oro: “So lía llevar consigo gran pro­
visión de lienzos y m edicinas; y sus viajes y limosnas
eran todos a sus expensas* Luego que llegaba a un
pueblo reunía a las mujeres asociadas a la cofradía de
la Caridad, les daba las instrucciones necesarias para
cumplir satisfactoriam ente con su cargo, anim aba su
fervor con el fuego de sus alocuciones, hacía por au­
mentar su número, levantaba lo caído, separaba lo
deteriorado y daba solidez y perfeccionam iento a lo
que estaba en pie* (3).
Ni se lim itaba el celo de nuestra V enerable a enar­
decer la caridad de las asociadas y servir por sí misma
a los pobres enferm os; juntaba adem ás, de acuerdo
con las instrucciones de San V icente, a las niñas de la
población, las instruía en el catecism o y las imponía
en las obligaciones propias de sus cortos años. S i ha­
bía maestra en el lugar la enseñaba el método que de-

(1) C de Rich., p, yo.


(2) L de M„ t. I, p. 28.
Í3 Ibid., t. 1, p. 29.
bía seguir en la escuela, y si no, hacía todo lo posible
por proporcionarle una. Como remate de sus desvelos
catequísticos, y para recoger y asegurar los frutos que
con ellos hubiese logrado, solía pedir a su director que
la enviase alguno de sus sacerdotes, quien frecuente­
mente hallaba dispuesta y preparada abundante m ies.
Así realizaba ya en su conducta el ideal de sus futuras
hijas, cuya blanca toca debe ser, no sólo sím bolo de la
m ensajera de la caridad, sino tam bién ensena del
apóstol.
Generalm ente era acom pañada en estos viajes de
alguna o algunas de sus am igas, animadas com o ella
del soplo vivificante de la com pasión hacia los pobres.
De pocas de estas santas viajeras se ha conservado el
nom bre; pero entre estas pocas debem os contar a las
señoras Dufresne, Pollalion y Goussault (1).
La visita de M ontm irail debió correr sin oposición
ninguna por sus cauces ordinarios y naturales. San
Vicente había establecido allí las Caridades de se ñ o ­
ras y de caballeros en 1618, y aunque la comunidad
de fondos de am bas asociacion es produjo en ellas al­
gunas dificultades, éstas cesaron tan pronto com o la
Caridad quedó exclusivam ente a cargo de las señoras,
de cuya adm inistración, orden y econom ía hizo más
tarde el santo un encarecido elogio (2). El único por­
menor que ha llegado hasta nosotros de las gestiones
caritativas de Luisa de M arillac en el lugar de su pri­
mera visita es el interés que se lom ó por recabar del
señor de G ondi, en favor de los pobres y quizá de to ­
dos los m ontm irailenses, permiso para cortar librem en-

(1) Lettr., t. I, pp, 37 y 63.


(2) Ibici., t. II, p. 270.
te leña en el bosque del pueblo, propiedad a la sazón
de aquella ilustre casa (1).
San Vicente nos informa, adem ás, del “ mucho bien,,,
que el Señor la había concedido hacer en Montmirail
con “la instrucción de las niñas,, (2).

§ IV. — Visita de Asniéres, de Saint-Cioad, de Ville-


preuxy de ViUiers-le-Bel.

La recom endación que en casi todas sus cartas ha­


cía San Vicente de P aú l a Luisa de M arillac de que
se cuidase y m itigase el ardor de su celo no era un
lujo de precaución ni una sim ple fórmula de cortesía;
obedecía, sí, a lo minado y quebradizo de la salud de
nuestra V enerable; Pero cuanto más se debilitaba su
cuerpo, m ayores eran las energías de su espíritu. En.
ocasiones, hasta la misma obediencia parecía darla,
fuerzas por modo sobrenatural. Prueba evidente de
ello es su visita a la Caridad de Asniéres (3 ), adonde
se encam inó aquel mismo año de 1629, el m iércoles
de las tém poras de Navidad. O igám osla a ella misma:
“R ecelaba yo ponerme esta vez en cam ino a causa de
mis enfermedades; pero el pensamiento de la obedien­
cia, que es quien disponía mi v iaje, desvaneció todos
mis tem ores. Sentím e solicitada en la com unión de
aquel día a hacer un acto de fe, impresión que me
duró no poco, pareciéndom e que Dios me daría la sa­
lud mientras yo creyese que era Eí poderoso para sos­
tenerme contra toda apariencia, y que de hecho me

(1) Lettr., t. I, p. 33.


(2) Ibid., 1 . 1, p. 40.
(3) Asniérss, aldea próxima a París.
sostendría si yo frecuentem ente me acordaba de la fe
que hizo andar a San Pedro sobre las aguas. Así que
en todo lo largo de mi viaje me parecía obrar sin nin­
guna intervención mía, harto consolada con la idea de
que, no obstante mi indignidad, quería el Señor que
fuese yo parte a que mi prójim o le conociese,, (1).
Vese en estas breves palabras cuán de buena Jey
era el oro de la virtud de nuestra V enerable, y cuán
sublim e y abnegada su caridad. No es extraño, pues,
que D ios, que de nadie se deja vencer en largueza, tra-
táse de pagarla con creces, com o lo hizo, los trabajos
que por É l y por sus m iem bros, los pobres, se tom a­
ba. Term inada satisfactoriam ente la visita de Asnié-
res y despachados en París otros negocios, disponíase
a partir para Saint-C loud (2) y Suresnes (3 ), cuando
el Señor la hizo uno de los más regalados favores que
puede hacer a un alm a, que es levantarla hasta sí del
polvo de su bajeza y constituirla en esposa suya. Tuvo
lugar este favor el 5 de Agosto de 1630, aniversario
de sus bodas terrenas, en las que el Señor quiso sin
duda sim bolizar las que al presente y con carácter
más santo y eternam ente indisoluble iba a hacer con
ella. “Aquel día en la santa com unión— dejó escrito la
V enerable— parecióm e que Nuestro Señor me inspira­
ba la idea de recibirle com o Esposo de mi alm a, con ­
siderando aquel acto com o una especie de esponsa­
les. Con la tal consideración, que me hizo un efecto

(1) L. d e M ., t. II, p, 168.


(2) Saint-Cloud, villa del departam ento Seine et-O isé, a
14 kilóm etros al O . de París.
(3J Suresnes, aldea del Seine, a 10 kilóm etros al O . de
la capital.
extraordinario, me sentí más fuertemente unida a Dios
y solicitada a dejarlo todo para seguir a mi Esposo,
mirándole en adelante com o a tal y sufriendo por la
participación de bienes que conm igo había hecho las
dificultades que pudieran sobrevenirm e.
“Deseando, continúa, hacer decir a mi intención la
misa de aquel día por ser el aniversario de mi m atri­
m onio, me abstuve de ella por espíritu de pobreza,
queriendo estar com pletam ente subordinada a Dios
en la acción que iba a emprender. Nada había dicho
sobre el caso a mi confesor, que es quien dijo la misa
en que com ulgué; pero Dios dispuso que al llegar al
altar le ocurriera decirla por m í, de lim osna, y decir
la de los desposorios,, (1).
El celo por los intereses en general de su divino
Esposo y en particular por la salvación de las alm as,
creció y se hizo con esta singular merced más vivo e
inextinguible en su alm a. De aquí el fervor particular
con que se dio al servicio de los pobres, a la edifica­
ción de las Señoras de la Caridad y a la instrucción
de la niñez en Saint-C loud, y que hizo tem er a San
Vicente que la perjudicara la salud. “Bendigo a Dios,
la escribía el 19 de F eb rero , que os da fuerzas para
ocuparos, com o al presente os ocupáis en la salvación
de tantas almas; pero os ruego con toda ingenuidad
me mandéis a decir si vuestros pulmones no se resien­
ten de tanto hablar y si no se turba vuestra cabeza
con sem ejante ruido y confusión„ (2).
Desde Saint-C loud pasó nuestra V enerable a visitar
las Caridades de Senn oy (hoy Sannois), Franconville,

(1) L . de M .t t. II, pp. 168 y 169.


(2) L ettr., t. I, p. 26.
Herblay y Conflans, aldeas escalonadas a lo largo del
valle de M ontm orency, en las cercanías de París. La
de Herblay estaba floreciente y apenas la dió nada que
hacer; pero en las de FranconvUle y Conñans tuvo que
corregir no pocos abusos que, o por falta de caridad
o por desidia y mala inteligencia del reglam ento, se
habían introducido en ellas (1).
La visita de Villepreux (2) ofreció al principio un
pequeño obstáculo que, a Dios gracias, no tuvo nin­
guna mala consecuencia y fué, al contrario, motivo
para que San Vicente diese a la señora Le Gras una
lección de sumo provecho y de capital interés. Cre­
yendo la sierva de Dios que com o en Saint-C loud y
otros lugares podía hacer la visita sin contar con el
párroco, com enzó a avistarse con las señoras de la Ca­
ridad y a imponerse en la marcha de la asociación;
pero aquél la salió al encuentro en sus pretensiones,
lo que hizo que San Vicente escribiera a la piadosa
visitante: “Pienso que haréis un acto agradable a los
ojos de Dios yendo a ver al señor cura y excusándoos
ante él de haber sin su permiso hablado a las señoras
y a los n iñ o s... Esto os servirá de enseñanza para en
adelante. S i no le parece bien vuestra visita, interrum ­
pirla: tal es mi opinión. Quizá saque Nuestro Señor
más gloria de vuestro rendimiento que de todo el bien
que allí hubiereis podido hacer. Un herm oso diam an­
te vale más que un m ontón de piedras, y un acto de
sumisión y de obediencia es de mayor mérito que
otras muchas buenas obras que no se refieran inme-

(i) Biun., pp. 79 y 8o.


(:2) V illep reu x , aldea radicada en el departam ento S e i-
ne-st-Oise*
diatam ente a Dios» (1 ). Luisa puso en práctica el con ­
sejo de su director, habló al párroco, y éste, satisfecho
de las explicaciones y santos propósitos de la visitan­
te, la dejó en com pleta libertad para hacer y deshacer
en su feligresía com o bien la pareciese.
En O ctubre de aquel mismo año se trasladó .a Vil-
liers-le-Bel (2 ), donde, consultando, com o siem pre,
más a las necesidades espirituales y tem porales de los
pobres que a su propia debilidad, sucum bió, rendida
por el excesivo trab ajo , y cayó enferm a. Con fecha de
22 de O ctu bre, en que ya había logrado algún alivio,
la escribió San V icente: “Tom o la pluma para m ani­
festaros el consuelo que me ha producido vuestra m e­
joría y el ansia con que suspiro por vuestra com pleta
curación. Pero ¿cóm o conseguirlo hablando tanto
com o tenéis que hablar y con el aire tan sutil de esa
población tan poco a propósito para vuestro reuma? Y
cierto que si recobráis del todo la salud, menester será
decir que es D ios quien os ha curado.,, Y pocas líneas
después, con aquel lengu aje que sólo los santos entien­
den, añadía: “Y ¡q u é!, señorita, ¿no se goza vuestro
corazón en que Dios os haya hallado en su presencia
digna de que sufráis por su servicio? Cierto que le sois
deudora de un hacim iento de gracias particular, y que
debéis poner cuanto esté de vuestra parte en conse­
guir la de hacer buen uso de tan singular favorn (3).

(i) Baun., p. 8i.


{2) A sí le apellida el prim er biógrafo de la V en erab le
(L. de M., t. I, p. 34); San V ice n te escrib e en sus cartas
(Lettr,, t. I, p. 29) V illiers-Ie-S ec. P erten ece al departam en­
to Seine-et-O ise, y se halla situado al pie d e la montaña y
del bosque d e E couen.
(3) L ettr., t. I, p. 29.
Por otra carta del santo, posíerior en siete días a
la primera, sabem os que la enferma recobró com ple­
tam ente la salud y se puso en condiciones de reanu­
dar y concluir la visita. “Bendito sea D ios, la decía,
en que, según parece, ya estáis curada, y en que ía
sutileza de ese aire no os hace daño. E n el supuesto
de que esto sea así, continuad, si os parece, vuestras
ocupaciones hasta lograr poco más o m enos el fruto
que habéis hecho en otros lugares; pero si tem éis la
menor recaída, prevenidla y volveos. A vuestra discre­
ción lo dejo todo,, (1).
De V illiers-le-Bel debió pasar la infatigable viajera
a Liancourt y B u lle, aldeas hoy pertenecientes al O ise;
pero su visita más im portante, la de mayor celebridad
y de más fecundos resultados, fué la de la capital mis­
ma del departam ento, Beauvais.

§ V . — Visita a Beauvais.

E n tonces, com o hoy, era Beauvais sede episcopal y


capital de provincia; pero ni su aspecto, ni su pobla­
ción ,*ni el aire de sus habitantes eran los de una ciu­
dad, sino más bien los de un pueblo crecid o, pueblo
con ínfulas de nobleza, pero, com o más adelante ten­
dremos ocasión de ver, sencillo, caritativo y cristiano.
E l obispo que a la sazón ocupaba la sede, ilustrisimo
Sr. Agustín Potíer de Blancm énil, no desdecía cierta­
mente del puesto llam ado a ocupar. De carácter algo
desigual y raro, tenía un alma de apóstol y un co ra­
zón en extrem o sencillo y bueno. U níale íntima am is­
tad con San Vicente de P aúl, y por consejo de él ha-
bía de obligar un día a sus ordenandos a hacer inm e­
diatamente antes de las órdenes ejercicios espirituales
conform e al plan trazado por el mismo santo. Aun­
que éste no había establecido la A sociación de S eñ o ­
ras de la Caridad más que para los pueblos, el obispo
de Beauvais creyó, no obstante, que los mismos fru­
tos podía dar en las ciudades, y se empeñó con él
para que pasase a la cabecera de su diócesis a im plan­
tarla. Hízolo así San V icente en 1627, y tan abonado
estaba el terreno y con tal ardor fue acogida la idea
que allí le llevaba, que hubo de establecer la asocia­
ción o preparar su establecim iento en todas las diez y
ocho parroquias de la ciudad (1).
C alcúlese, pues, el trabajo que en su nueva visita
aguardaba a nuestra V enerable, Su llegada a Beauvais
debió coincidir con los primeros dias de Diciem bre
de 1630. E l 7 la escribió San Vicente para responder
a las consultas que le había hecho; y con este motivo
la aconsejó nuevamente que mirase por su salud y to ­
mase las' cosas con calm a, “E s un ardid que el dem o­
nio, la d ecía, usa con los buenos el incitarles a hacer
más de lo que pueden para reducirles con ello a que
después no puedan hacer nada„ (2).
No echó Luisa de M arillac en saco roto el consejo
de su santo director; y con su m oderación, su caridad
y su prudencia se captó de tal suerte las sim patías, no
sólo de los pobres y de las señoras de la Caridad, sino,
de toda la población, que no la fué difícil remediar
los abusos y resolver las dificultades que en tan gran
número de asociaciones y en tan com plicada red de

(1) Ab., t. I, p. 162.


(2) L e ttr., t. I, p. 31*
negocios por necesidad tenían que abundar. Ni tardó
en convertirse en veneración el afecto que por ella ha-
bían comenzado a sentir los naturales. “Luego que dió
comienzo a las juntas, escribe su primer biógrafo, acu­
dieron las señoras en gran núm ero, quedando encanta­
das con las exhortaciones que Jes hacía, lo que des­
pertó en los hom bres tal deseo de-escucharla que, en­
trando con anticipación en las casas en que tenían
lugar las conferencias, se ocultaban para poderla oír
sin ser vistos, saliendo después de sus escondites san­
tamente sorprendidos y transportados de alegría,, (1).
Las muestras de consideración, los agasajos y las
alabanzas crecieron con esto hasta tal punto que San
Vicente, alarm ado, se creyó en el caso de prevenir a
su hija espiritual contra el aire sutil de la vana com ­
placencia. “Unios en espíritu, la escribió, a las burlas,
los insultos y malos tratamientos que sufrió el H ijo de
Dios. En el aprecio que de vos se haga y en los honores
que os prodiguen, lo mismo que en las faltas de consi­
deración de que os creáis ob jeto, sed verdaderamente
humilde y amad la hum illación. Portaos com o la a b e­
ja , que lo mismo hace su miel del rocío que se forma
sobre el ajen jo que del que cae sobre la rosa. Espero
que así lo haréis* (2).
No sólo por estas santas recom endaciones de su di­
rector, sino tam bién por los naturales sentim ientos de
su espíritu, com pletam ente entregado a D ios, hizo
cuanto pudo la señora Le Gras por evitar toda alaban­
za y cerrar los ojos a todo aplauso; pero eran m uchas
las virtudes que había practicado y muy m aravillosas

(1 ) L . de M , t . I , p. 36.
(2) L ettr., t. I, p. 33-
las dotes de prudencia, organización y buen gobierno
de que había dado prueba en aquellos días para que
los buenos bovesenses renunciasen al gusto, y mas que
gusto necesidad de sus agradecidos corazones de ben­
decirla a todas horas y de hacerla, al abandonar sus
hogares, una cariñosa y solem ne ovación. Así que no
bien se corrió la nueva de que la virtuosa dama vol­
vía a París, cuando todo el pueblo salió al cam ino
aclam ándola con lágrimas en los ojos y llenándola de
bendiciones y de acciones de gracias sin saber sepa­
rarse de ella ni darle el último adiós.
Un desgraciado accidente que en la revuelta confu­
sión de aquella enternecedora escena tuvo lugar hu­
biera llenado de consternación a la muchedumbre y
cam biado el objeto de sus lágrimas si la com pasión y
santidad de nuestra Venerable no le hubiese trocado
con gran confusión suya en nuevo y más hondo m oti­
vo de veneración hacia ella. “Fué el caso, escribe su
primer biógrafo, que cayendo un niño debajo del co ­
che en que iba la señora Le Gras, una de las ruedas
le pasó por cim a del cuerpo. Afligióse hondam ente la
sobrecogida viajera, y haciendo oración a Dios, luego
al punto se levantó el niño com pletam ente ileso y en
disposición de seguir sin dificultadla m archa.,,
Lástima que con la excusa de que la caridad de
nuestra V enerable era el mayor de sus m ilagros no hu­
bieran descendido sus prim eros historiadores a una in ­
formación más amplia y a una más docum entada re .
seña del hecho prodigioso que acabam os de narrar y
que sin duda obró el Señor por medio de su sierva
com o muestra de cuán a g r a d a b le s le eran su caridad
y sus caritativos afanes. F e, por de pronto, y fe de
aquella que en frase del Salvador es poderosa para re­
mover los montes de sus cim ientos y lanzarles al mar>
no la faltaba ciertam ente. " S i vosotras, decía algún
tiem po después a sus H ijas de la Caridad, hablándolas
de los milagros de Nuestro Señor, no hacéis tales m a­
ravillas, ¿qué sabéis si el Señor por su bondad y te-
niendo en cuenta eí mérito de las acciones de su H ijo ,
al cuai unís las vuestras, no derramará tales bendicio­
nes sobre vuestros cuidados en favor de los enferm os
que saquen a algunos del peligro de muerte?» (1).
M alos eran los vientos que a la vuelta a París de
Luisa„ de M arillac soplaban sobre esta fam ilia, poco
antes tan mimada de la fortuna. De este cam bio y de
la participación que en él y en las consecuencias por
él originadas tuvo Luisa, hablarem os al final de este
capítulo; pero era menester hacer aquí esta leve indi­
cación para com prender las palabras que con fecha 24
de Febrero de 1631 dirigía San Vicente a su fervorosa
hija invitándola a hacer extensivo a las Caridades del
contorno de París el bien que en otras partes había
llevado a cabo. “Fácilm ente podéis im aginaros, la de­
cía, cuán sensible es para mi corazón la pena del
vuestro. Por lo que hace a vos, peligro no hay ningu­
no, a D ios gracias. Quizá os conviniese ir un poco al
cam po a distraeros y visitar las Caridades de V erneuil,
P on s, Gournay y demás de los alrededores» (2 ). M es y
medio después, suponiéndola en estos suburbios, vol­
vía a escribirla; “Se me ha dicho que Dios bendice
vuestros trabajos, de lo que con todo mi corazón le
doy gracias, rogándole, adem ás, que en la próxima se ­
mana os vuelva llena de salud y de m éritos a fin de

(1) L . de M ,} t. II, p. 22,


(2) L e ttr ., t. I, p. 35.
que podáis estar aquí para los oficios de la Sem ana
San ta. „
Todavía recorrió antes de las faenas de verano, épo­
ca nada a propósito para tales expediciones y en que,
com o San V icente, solía retirarse a descansar, las al­
deas de Villepreux y de M ontrenil-sous-Bois (1).

§ V I.— Visita a ios dominios de los Gondi en la Brie


champanesa.

Q ueriendo encarecer G obillón la incansable activi­


dad de nuestra Venerable en favor de los pobres del
campo con sus visitas, dice de ella con frase algún tan­
to retórica y m anida, pero de exacto sentido, que “era
un astro en continuo movim iento que incesantem ente
derramaba sus luces y sus influencias,, (2 ). Y a la ver­
dad, con las dolencias que sin tregua la aquejaban,
los largos y pesados cam inos, las incom odidades de
vivir fuera de casa y en condiciones a que no estaba
hecha, y el trabajo a todas luces excesivo que por ali­
viar al enfermo y catequizar a la juventud se tom aba,
no se com prende cóm o en tan corto tiempo pudo re­
correr tantos lugares.
H abía llegado al P , G ondi, antiguo General de las
galeras, com o sabem os, y ahora sacerdote del O rato­
rio, la noticia del fruto que la piadosa viajera había he­
cho últimamente en sus dominios de Villepreux "con
la instrucción de las niñas,,, y deseando, de acuerdo

(1) M ontrenil-sous-Bois, apellidado tam bién les-Peches,


es una aldea del departam ento del Seine, a och o kilóm etros
d e París, al E ste, cerca de V incen nes.
(2) L. de M .t 1 . 1, p. 33.
con San V icente, que hiciese lo propio en sus demás
estados, la pidió con instancia que se trasladase de
nuevo a Montm irail y demás pe/tenencias suyas de la
B rie. D ebían ser, pues, estas visitas de carácter algo
distinto de las anteriores. En las primeras no había
dejado de ocuparse Luisa de M arillac en la instrucción
de la juventud, pero sólo com o de cosa accidental a
su viaje, cuyo objeto no era otro que el buen orden y
sostenim iento de las Caridades: ahora tam poco había
de prescindir de éstas, pero su ocupación más im por­
tante había de ser la niñez: ensenar a las ninas y a las
jóvenes el catecism o, aficionarlas a la instrucción y
crear escuelas, dotándolas de profesoras, que ella m is­
ma iba encargándose de formar. Casualmente este fué
uno de los ministerios que dieron ocasión al estable­
cim iento de las H ijas de la Caridad.
Luisa de M arillac se dirigió por de pronto a M ont­
m irail, donde aguardó las órdenes de San V icente y
donde éste la escribió con fecha 2 de Septiem bre
de 1631, indicándola el itinerario que en su nueva ex­
pedición debería seguir. Comenzando por M esnil, de­
bía pasar sucesivam ente a B ergier, L oisy, Sonderon y
Villeseneux. Circunstancias de las que no entran en el
círculo de la previsión del hom bre no la permitieron
realizar los deseos de su buen director. Por de pronto
un incidente, del que sólo vagas indicaciones halla­
mos en las cartas del santo, la detuvo en M ontm irail
más de lo que se podía conjeturar. E l 12 de Sep tiem ­
bre aun seguía allí. Quizá se relacionase con este
primero y desconocido obstáculo otro que al fin re­
sultó insuperable y que malogró el viaje casi por com ­
pleto: la oposición del señor obispo de la diócesis.
Aunque obra de Dios faltaba aún a la misión de la se­
ñora Le Gras cerca de las Caridades el sello divino
que no permitiera confundiría con las obras puramen­
te humanas, el grano de sal que la preservara de la
corrupción, la prueba; y Dios se la deparó en la per­
sona de quien menos se podía recelar, del señor o b is­
po de Chalons, Enrique Clausse de Fleury, Era este
prelado, según testim onio de San V icente, “un santo
personaje* (1 ); pero recelos puntillosos y exageradas
susceptibilidades no le dejaron ver claro en el asunto,
y tomó por m agisterio oficial y por una contravención
a las disposiciones de San P ablo respecto de la mujer
en la iglesia lo que eran sim ples paréntesis dedica­
dos a im poner en la doctrina cristiana a las niñas, jó ­
venes y m ujeres que, faltas de la debida instrucción
religiosa y no teniendo quizá quien las partiera el pan
de la divina palabra, acudían a un departamento par­
ticular cualquiera a oír las sencillas explicaciones de la
celosa catequista (2),
Impuso ésta a San Vicente del estado de tirantez a
•que habían venido a parar las cosas, y aquél la co n ­
testó con una carta inspirada en los sentim ientos de la
más rendida obediencia hacia los sucesores de los
Apóstoles. Exhórtala a que si el señor obispo estaba
cerca se presentase a él, m anifestándole sencillam ente
el fin de su viaje y los ejercicios en que se ocu paba,
ofreciéndose a modificar cuanto él tuviese por conve­
niente y aun a dejarlo todo si tal era su voluntad.
“Este es el espíritu de D ios, añadía, y en sólo esto
hallo bendición,, (3).

( ij L s ttr ., t I, p. 46.
(2) Ibid., t. I, pp. 4 1 , 45 y 4G.
(3) Ibid., t. I, p. 45.
La señora Le Gras no pudo, según parece, avistarse
con el prelado; quizá le escribió, y com o ninguna or­
den ni en pro ni en contra se la com unicaba, siguió
ocupándose en los m inisterios que la habían llevado a
la Brie, bien que calladam ente y sin aparato. Así re­
corrió M ontm irail, Villeneuve- Saint-G eorges (1) y
M esnií (2). Aquí se encontraba cuando vino la deci^
sión del señor obispo prohibiéndola pasar adelante en
sus tareas de celo y de caridad. Angustiada nuestra
Venerable con sem ejante golpe, que no era a sus ojo s
otra cosa que el fallo con que D ios recusaba por in­
útiles y llenos de faltas sus servicios, com unicó lo que
sucedía a San V icente, quien, consultado el P . G ondi,
la dió orden para que se volviese a la capital. “V e­
nios, sí, la decía con fecha 31 de O ctubre; que no por
eso dejaréis de tener la recom pensa que, de haber ca­
tequizado a todas las niñas de esos contornos, hubie­
seis m erecido. ¡O h , cuán dichosa sois en tener un pun­
to más de sem ejanza con el H ijo de D ios, viéndoos
com o Él obligada a retiraros de una provincia en q u e,
a Dios gracias, ningún mal hacíais! Ni vayáis a per­
suadiros de que esto haya sido por vuestra culpa; n o,
no ha sido culpa vuestra, sino una simple disposición
de D ios, que ha querido obrar así para su m ayor g lo ­
ria y m ayor provecho vuestro„ (3).
Toda la carta está escrita con el mismo aire de dul­
zura y com pasión. S e ve que San V icente puso en ella

(1) V ille n e u v e -S a in t-G e o r g e s , villa del departam ento


S ein e-et-O ise, a 15 ki). S E . de París.
(2) M esnil, aldea hoy p erteneciente al departam ento del
M am e.
(3) Lettr., t. I, p. 52.
empeño particular por consolar a su h ija. Y ¡que no
era pequeña la necesidad que por aquellos dias tenía
ésta de consuelo! A las contradicciones de fuera y a
la molestia de sus continuas enfermedades se habían
juntado en aquel m omento los tem ores más inm inen­
tes, no ya sólo por la honra y dignidad, sino hasta
por la vida de algunos de sus más allegados parientes,
de suerte que podía muy bien decir con San P ablo que
era blanco de toda clase de tribulación: Omnem tribu-
latiónem passi sumus: foris pugnce, intus timores (1).
No sólo en los meses de Ju n io y Ju lio inm edia­
tos (2), sino posteriormente tam bién, en muchas o ca ­
siones, siguió Luisa de M arillac prestando los servi­
cios que hasta aquí la hem os visto prestar a las Cari­
dades de provincia y a la causa de la instrucción de
la niñez en las aldeas; pero estos ulteriores viajes van
unidos casi todos a hechos de distinta especie de los
que no es posible separarles, y por otra parte, la fecha
a que hem os llegado en nuestro relato nos obliga a
torcer de rum bo y fijar nuestra atención en la desgra­
cia a que aludíamos arriba, y que, com o círculo de
hierro, iba envolviendo a los M arillac y arrancando a
nuestra V enerable lágrimas amargas y candentes. P o r
dicha de ella y nuestra, no sólo se resolvió en llanto
su dolor, sino tam bién en ejem plos de nuevas virtudes,
las que, sin el pedernal de la tribulación, quizá no
hubieran brillado a nuestros ojo s, al modo que sin la
puesta del sol, que nos priva del calor y de la luz del
día, no nos sería dado contem plar la hermosura y el
apacible resplandor de las estrellas.

(1) Epístola segunda a los C orin tios, c. j f v. 5.


(2) Lettr,, t I? pp. 62, 63, 64 y 67.
§ V II.— Pruebas y adversidades en la familia
de los Marillac.

La lucha que sordamente y en escaramuzas palacie­


g as se venían haciendo en la corte de Francia los dos
partidos de la Reina madre y del Cardenal Richelieu
desde la vuelta de aquélla a París en 1620, estalló al
fin de un modo franco y violento por los últim os m e­
ses de 1630. En la tumultuosa entrevista del 11 de N o­
viem bre, después de haber hartado de injurias M aría
de M édicis al Cardenal, se volvió a su h ijo , el rey,
poniéndole en la alternativa de optar “o por un corte­
sano o por su m adren. Luis X III, en los primeros e
irreflexivos instantes que se siguieron a aquella e sce­
na de m ercado, se inclinó del lado de su madre, y ésta
entonces le propuso a los M arillac para sustituir a R i­
ch elieu . Luis se pondría al frente del ejército y M iguel
se encargaría de los negocios del Estado. A la sazón,
am bos habían escalado ya por su valor, su tacto polí­
tico y sus grandes servicios a la corona los más altos
puestos de la m ilicia y de la corte. El prim ogénito,
M iguel, había sido hecho Canciller en 1626, y Luis
había recibido, en 1629, el bastón de M ariscal, com o
prem io de la toma de Privas en la guerra del Langue-
doc contra los Hugonotes. Fieles y resueltos seguido­
res, por otra parte, de M aría de M édicis, era natural
que, triunfando ésta, fuesen ellos los indicados para
form ar el nuevo consejo. Desgraciadam ente el triun-
ío no pudo ser más efím ero, con la circunstancia de que
las rosas, no sólo iban a dejar de ser rosas, sino a con ­
vertirse en agudas espinas, y los honores y palacios en
afrentas, cárceles y patíbulos. B astó, en efecto, al
Cardenal una nueva entrevista con el rey para atraerle
de nuevo y definitivamente a su bando. La suerte es­
taba echada, y en la disyuntiva que la misma Reina
madre había puesto ante su h ijo , el ensalzamiento de
un partido suponía por necesidad la desgracia y ab a­
timiento del otro. Así lo com prendieron M aría de M é­
dicis y los M arillac, y así, aunque su perspicacia no
se lo hubiera dicho, se lo habrían dado a entender las
medidas de que, los M arillac sobre todo, fueron inm e­
diatam ente o b jeto . Richelieu , que si com o Cardenal
era nada, era mucho com o político, y que no hubo in­
terés ni afecto que no sacrificara al único ídolo de su
devoción, al buen éxito de sus propósitosy am biciones,
comprendió que jam ás quedaría dueño absoluto del
terreno si no se deshacía de sus rivales, e inm ediata­
mente dió órdenes para que al M ariscal le arrestasen en
el cam po mismo de operaciones donde a la sazón se
encontraba, en la guerra del P iam onte, y al C anciller
se le pusiese preso e incom unicado en Lisieux. A éste
que, pública y privadam ente, era la misma intachabi-
lidad y corrección, ningún reparo de bulto se le había
podido hacer. A cusóle, sí, el Cardenal de “haber re­
tardado el envío de las sumas que necesitaba para las
operaciones m ilitares* (.1); pero el hecho, ni se pudo
probar en sí, ni m enos con la nota de culpabilidad.
Más graves eran los cargos que se hacían al M ariscal,
y en cuya patentización puso singular y esmerado em ­
peño R ichelieu. El tribunal de la Historia no puede
menos de confirmar el veredicto que contra él dictó la
ley culpándole “de haber com etido malversaciones y

(i) Segur, H istoria U niversal (Méjico,. 1849), t. V I, p á ­


gina 560. ,
concusiones en su cargo de General del ejército en
Champaña,, (1). Pero esta acusación, aunque proba­
da, ¿m erecía la pena de muerte que se pedía contra
él? En el estado de anarquía y de desorden por los que
en aquel periodo atravesaba Francia era tan frecuente
el hecho que se imputaba al M ariscal que, en un prin­
cip io, ni siquiera se pensó seriam ente en tal desenla­
ce. Las arbitrariedades del Gobierno en el examen de
la causa que en Verdun, adonde había sido llevado e l
preso, se le seguía, no eran sin em bargo para tranqui­
lizar a nadie. Dos veces recusó el reo la com petencia
de la com isión que Luis X III había nom brado para
juzgarle, sin que sus protestas sirviesen de nada, y ha­
biéndose declarado repetidam ente en favor de éí el
Parlam ento de París, mandó el rey anular las infor­
m aciones y remover de su cargo al Procurador general
M ole por creérsele adicto al acusado (2).
A conducta tan ilegal se añadieron extrem os de ri­
gor igualmente injustificables, desterrando de París
el 11 de Marzo de 1631 a la sobrina y sobrinos de los
reos. Entonces fué cuando San Vicente a co n sejó ,co m o
vim os en el párrafo anterior, a Luisa de M arillac que
"saliese al cam po a tomar alguna distracción y visitar
las Caridades,, del contorno (3).
La tram itación del proceso seguía entretanto el cur­
so que Richelieu le m arcaba, pero sin dejar traslucir
su desenlace. Así llegó Septiem bre. M as com o el ca ­
riz que el asunto iba tom ando, no obstante el secreto
con que se le llevaba, podía hacer tem er cualquiera

(1) C. de Rich., p. 93.


(2) Ibid., p. 94.
(3) L ettr., t. a 35.
co sa, resolvióse, al fin, la esposa del M ariscal, tía de
M aría de M édicis, a implorar de Richelieu el perdón
de su m arido. Al efecto, fué a verse con él, mas el in­
flexible Cardenal, lejos de acceder a la súplica que se
le hacía, ni siquiera se dignó recibir a la desolada se­
ñora, y hasta dió órdenes de prenderla a la salida de
palacio y sacarla de París. Este golpe la acabó de
desilusionar; conoció que todo era ya inútil; y , sin
fuerzas para resistir a la tempestad que sobre su espo­
so y familia se avecinaba, cayó gravem ente enferma
a las puertas mismas de la corte, en el pueblecito de
Roule. San V icente, que no ignoraba el carino que jun­
tamente con el parentesco ligaba a Luisa de M arillac
con la ilustre enferm a, la dió parte del suceso con fe­
cha 13 de Septiem bre en esta forma: “La buena de la
M aríscala de M arillac está muy grave de disentería en
Roule. Honrad en este contratiem po la paciencia de la
Santísim a Virgen y ofreced al Señor vuestra pena.,, Y
a reglón seguido, y com o queriéndola disponer al fatal
desenlace que se veía venir: “¿Será tan dichosa que
merezca dejar este valle de lágrim as e ir a gozar de la
gloria en el cielo?,, (1). C oncedióselo, efectivam ente,
el Señor a los pocos días, el 14 de Septiem bre; y S an
Vicente tomó segunda vez la pluma para consolar a
su apenada hija espiritual. “La señora M aríscala de
M arillac, la decía, ha ido a recibir en el cielo la re­
compensa de sus trabajos. Esto os llegará al alm a, sí,
lo creo; pero ¿qué hacer? Siendo Dios quien así lo ha
dispuesto preciso es adorar su Providencia y hacer por
conform arnos en todo con su querer. No ignoro, mi
amada hija, que tales son vuestros sentim ientos, y que
si la parte interior se alborota no tardará en calm arse.
E l H ijo de D ios lloró a Lázaro: ¿por qué vos no ha­
béis de poder llorar a esta buena señora? Ningún mal
hay en ello, siempre que, com o el H ijo de Dios, os
conform éis allá dentro con la voluntad de su P adre, en
lo que no me cabe la m enor duda,, (1).
En tales circunstancias fué cuando el obispo de Cha-
lons, en cuya diócesis se hallaba, la negó el permiso
de hablar a las señoras de la Caridad y de instruir a la
niñez en los pueblecitos de la Brie. Era añadir un do­
lor a otro dolor. Resignada d ejó, sin em bargo, ‘la
C ham paña, a una insinuación de San V icente, y vol­
vió a París. En qué situación de ánim o, difícil es d e­
cirlo. La gracia de Dios fortalece y alienta, pero de
ordinario no aligera el peso de la tribulación. Da áni­
mos para beber el cáliz, pero le deja con todo su
am argor. Y de hieles era, en verdad, el que la m ancha
de su nom bre y la situación de su familia la ofrecía a
su vuelta a la capital. Disuelta la com isión de Verdun,
que cam inaba más lentam ente de lo que hubiera
deseado R ichelieu , se fo rm j otra en Pontoise con
m iembros en su mayor parte hostiles al M ariscal, y
aun se la trasladó de Pontoise a R u el, a la casa misma
del Cardenal. Ya no cabía duda. La suerte del infeliz
acusado estaba echada; pero sólo el pensamiento de
ella helaba la sangre en las venas de la pobre familia,
Al fin no hubo más !rem edio que mirarla de frente,
con todo el horror cárdeno y siniestro de su ceñuda
realidad. Oídos los descargos del reo, el tribunal le
condenó a muerte por trece votos contra on ce. Inútil
fué que de nuevo intercediese por él la fam ilia: el 10
de M ayo de 1632 fué conducido al cadalso que se al­
zaba en la plaza de Gréve, en P arís, entre dos Padres
Capuchinos y dos Bernardos. P oco después una ca-
rroza tendida de negro transportaba el cuerpo del fa­
moso Mariscal desde el lugar de la ejecución a la ca ­
pilla ardiente que se le tenía dispuesta en la morada
de uno de los m iem brcsde la fam ilia,donde todos ellos
se habían reunido. Allí estaba nuestra Luisa de M ari­
llac ahogando su dolor y conteniendo sus lágrimas
por acudir en auxilio de “tantos corazones com o, en
expresión de la condesa de R ichem ont, había allí que
consolar y resentim ientos que am ortecer,, (1). En su
pena que, dada la ternura de su corazón, debió ser
honda com o las profundidades del m ar, recurrió adon­
de tenía de costum bre: a Dios en la soledad de su re­
tiro, en su confesor y en los pobres.
La carta con que San V icente acudió en su ayuda y
consuelo es de un temple adm irable. Nada nos hace
ver com o ella las alturas a que era capaz de levantarse
la sierva de Dios. “Lo que me decís del M ariscal, la
escribía, me parece digno de lástima en sumo grado y
me aflige. H onrem os, sin em bargo, en nuestro interior
la voluntad divina y la dicha de aquellos que enaltecen
con el suyo el suplicio de nuestro divino Redentor.
P oco nos debe importar cóm o van a D ios nuestros
parientes con tal que vayan a É l. Ahora bien; el buen
uso de este género de muerte es de los más expeditos
para la vida eterna. No nos quejem os, pues, sino a c a ­
temos la adorable voluntad de Dios„ (2).
Dice San P ablo que “a Jos que aman a Dios todas

(1) C. de Rich , p. 98.


(2) Lettr., t. I, p. 59.
las cosas se convierten en bien,, (1). He aquí al pie de
la letra lo que en esta ocasión sucedió a nuestra V e­
nerable. Oro puro,, no sufrió lo más mínimo en el cri­
sol de la prueba, la cual sólo sirvió para purificarla y
acendrarla más y hacerla adquirir mayor brillo a los
o jos de Dios. No es difícil, en efecto, ver en los pen­
sam ientos, resoluciones y obras de Luisa de M arillac,
posteriores a esta crisis, mayor desprendimiento de las
criaturas, más unión con Dios y más pureza de inten­
ciones. La cruz, vista más de cerca, se la había hecho
más am able; así que suspiraba por abrazarse más es­
trecham ente con ella. “Poned, sí, señorita— la escribía
por entonces San Vicente aludiendo a una consulta
que aquélla le había h e ch o — ; poned esas palabras en
el cuadro, y yo grabaré tam bién en mi alma las que
me habéis escrito sobre vuestra generosa resolución de
honrar la vida oculta de Jesu cristo conform e al deseo
que, desde vuestra juventud, os ha dado el Señor.
¡O h, que este pensam iento, mi querida h ija , tiene
tanto más de Dios cuanto menos se resiente de la car­
ne y de las sangre! E a , pues; adelante, que este es el
más propio lugar de una hija querida de Dios,, (2).
Resuelta Luisa de M arillac a hallar a D ios, centro y
descanso de todos los corazones, y sabiendo q u e,
com o ella misma había de decir después en una de sus
m áxim as, “las alm as que le buscan le hallan en todas
partes, pero de un modo especial en los pobres,, (3),
redobló sus visitas a los hospitales. El hospital puede
decirse que fué su morada en los dos prim eros meses

(1) Epistola a los Romanos, 8, 28


( 2) Lettr., t. I, p. 60.
(3) L. de M., t, H, p. 395.
que se siguieron al fatal acontecim iento de la plaza de
G réve. Allí se fueron calm ando sus lágrim as, y al re-,
cordar la recom endación de San P ablo de que al ser*
vir y socorrer al prójim o debem os hacerlo con aleg ría:
Qai miseretur in hilaritate (1), halló un motivo más
para sobreponerse a su dolor. Como aquel asiduo tra­
bajo podía por su intensidad perjudicarla, determinó
San V icente hacérsele variar, y con este propósito la
escribió a últim os de Ju n io : "¡D io s m ío, señorita, qué
pena me da veros por tanto tiempo sin salir a tomar
el aire y en ese continuo trabajo del hospital! ¿No po­
dríais pasar siete u ocho días en G rign y?... Intentadlo,
os lo ruego. Ya hablaré a la señora Goussault para que
vaya por vos,, (2).
Luisa de M arillac obedeció com o siem pre a las in­
dicaciones de su director, y no sólo Grigny, sino Vil-
leneuve-Saint-G eorges y Crosne experim entaron la
saludable influencia de su celo , de su actividad y de
sus iniciativas. En V illeneuve, sobre todo, no sólo res­
tableció la Caridad que estaba muy decaída, sino que
organizó adem ás una escuela de niñas. E l trabajo que
en estas últimas visitas puso fué tan absorbente que
llegó a oídos hasta del lim o. S r. B elley, su antiguo
director, quien se lo participó a V icente. “Señorita, la
escribió éste entonces, sin saber casi si reprenderla,
doy gracias a D ios de la m ejoría en quecos halláis y del
gusto que sentís en trabajar por el bien de las almas;
pero tem o, y no sin razón, que hagáis dem asiado...
Nuestro Señor quiere que le sirvamos con discreción,

(1) Epístola a los Romanos* 12, 8.


(2) Lettr., t. I, p. Oí.
y lo contrario, no lo olvidéis, se llama celo indis­
creto,, (1).
V ese, pues, la resignación, la paciencia, la caridad
y el celo infatigable de que, sin dejarse vencer por lo
rudo de las pruebas, fué ejem plo vivo Luisa de M ari-
llac en la que el Señor había tenido a bien som eterla.
Aun la faltaba apurar el cáliz; pues los días de su
tío M iguel, el C anciller, iban a terminar muy pronto, y
a terminar en la prisión donde se consum ía. Pero este
nuevo golp e, aleccionada com o estaba ya en la cien ­
cia del dolor, no la llegó tan al vivo. Verdad es que
las circunstancias eran tam bién muy otras. M iguel de
M arillac era todo un santo, “un santo en medio del
m undo,,, que decía el abate Houssaye. E l cuarto que
habitaba en la prisión era para él, no las odiadas cua­
tro paredes del reo, sino la dulcísima celda del religio­
so que le preservaba del corrom pido aire del mundo
y le daba com odidad para dedicarse, y son sus pala­
bras, “a los asuntos del cielo y del estado de la otra
vida, asuntos gloriosos e im portantes de verdad, mu­
cho más sin com paración que las bagatelas, discordias
y divisiones de acá abajo„ (2). Jam ás permitió que en
su presencia se dijese una sola palabra de murmura
ción contra el rey, contra Richelieu o contra los ju e ­
ces que habían condenado a su herm ano. No perdía
de vista la presencia de D ios, y para m ejor conseguirlo
se dio a traducir los Salmos y eí libro de Job , y escri­
bió un tratado sobre la Vida eterna. No es extraño*
pues, que en tales disposiciones suspirase por la muer­
te com o en la deshecha tempestad suspira el marino
por el puerto. Cuando el m édico le anunció que ya
la tenía cerca, “¡D ios sea b e n d it o !e x c la m ó ; recibió
con ejem plar edificación los últimos sacram entos, y
poco después, 7 de Agosto de 1632, entregó dulce­
m ente su espíritu al Señor (1 ). ¿Cóm o Luisa de M a­
rillac había de sentir ante el cuerpo que por modo tan
tranquilo se había desprendido de los lazos del alma
los estrem ecim ientos de dolor que la muerte deshon­
rosa y violenta del M ariscal la causara pocos meses
antes? Tú vole, sí, envidia, y resuelta com o estaba a
cortar por todo para granjear aquellos bienes que ja ­
más perecen ni se acaban, sacó del ejem plo de tan
santa vida y de tan preciosa muerte nuevas resolucio­
nes de trabajar sin desmayo en su propia santificación
y en la santificación y socorro de sus prójim os.
Otro acontecim iento de distinta índole y aun con
sus ribetes y puntas de cóm ico para otra persona que
no hubiera sido la señora Le Gras, o que no se h u b ie­
se hallado en las circunstancias en que ella se encon­
traba, vino por entonces a añadir leña al fuego de su
dolor. Grande debió ser, y con muestras de mucho
pesar se le debió com unicar la afligida a San V icente,
pues éste, aunque sin dar im portancia ninguna al asun­
to, no pudo m enos de conm overse. “¡Cuán al alm a,
le dijo, me ha llegado vuestra aflicción! Pero y qué,
¿no es la divina Providencia quien así lo ha dispuesto?
¿Por qué, pues, apenarse de ese modo? Y en último
resultado, ¿qué mal real veis en ello? Que un hom bre
sale con que le habéis dado palabra de casam iento sin
ser verdad, querellándose de vos con un supuesto ca­
lum nioso, sensible cosa es; mas ¿qué causa ni motivo
hay en ello para que sufráis com o estáis sufriendo?
Q ué, ¿tem éis que se hable de vos? Dém oslo por h e ­
cho; pero convenid también en que este es uno de lo s
medios m ejores de conform aros con el H ijo de D ios
que podéis tener en la tierra, y que por su medio a l­
canzaréis sobre vos misma victorias que nunca jam ás
alcanzaríais de otro m odo. Fortaleced , pues, vuestro
espíritu contra los sentim ientos de la naturaleza, y día
vendrá en que bendeciréis la prueba con que ahora
os ejercita el S e ñ o r.„
Luisa de M arillac necesitaba de un corazón abrasa­
do en el am or de D ios y del prójim o para correspon­
der al llam am iento de su vocación , y el fuego de la
caridad; ya lo dijo Santa Teresa de Jesú s, no se con ­
serva sino con el leño de la cruz.
La asociación de señoras de la Caridad en París; Caridad de
San Salvador. — Establecimiento de la Caridad en San N i­
colás del Chardonnet: hecho heroico de Luisa de Mari­
llac.— Otras obras y ministerios de beneficencia de Luisa
de Marillac. — L a; «Sirvientas» de las Caridades.

§ I .—La asociación de señoras de la Caridad


en París: Caridad de San Salvador.

-NTRAS San Vicente de Paúl perm aneció afi­

f liado a la casa de los G ondi, sin vivir en la


capital más que a tem poradas, compréndese
que no pensara seriam ente en establecer en la corte
Caridades; pero una vez que fijó su residencia en el co ­
legio de los Buenos Niños era im posible que o su
amor a los pobres o las solicitaciones de otras perso­
nas a cuyos oídos hubiese llegado el eco de los bienes
que aquéllas producían no le moviesen a ello. Así
sucedió efectivam ente, bien que por de pronto sin re­
sultado ninguno. "Ya en otra ocasión— escribía algún
tiempo después el santo a nuestra V enerable— me h a­
bía mostrado el Procurador general vivos deseos de
que se fundase en París la cofradía y me dió órdenes
de deliberar, sobre ios m edios de llevarlo a la prác-
tica, con el señor cura de San Salvador; mas nada se
pudo conseguir.,, Quizá en sus altos designios guar­
daba D ios el éxito de esta empresa para Luisa de M a­
rillac. De hecho ella fué el principal instrumento.
A cababa, en efecto, de hacer la primera de sus vi­
sitas a las Caridades de provincia, la de M ontm irail;
y al contem plar de cerca el funcionam iento de la aso­
ciación no pudo menos de admirarla y de entrar en
deseos de extenderla por todas partes; no sólo en las
aldeas y ciudades de provincia, sino has1a en el mismo
París. Pues qué, ¿no había tam bién aquí pobres y s e ­
ñoras caritativas? Ciertam ente; y si la miseria era ma­
yor que en otras partes, tam bién se podía contar con
mayores recursos. Todo se reduciría, pues, a hacer en
el reglam ento algunas m odificaciones accidentales,
hijas de la peculiar organización y atm ósfera social de
la corte. San Vicente la oyó com placido y con su or­
dinaria humildad la instó a que por sí misma hiciese
este trabajo de adaptación. O bedeció la V en erable, y
con su reconocida madurez y prudencia introdujo en
las constituciones generales de la cofradía los cam bios
que para el caso creyó oportunos, haciendo un ensayo
de ellas en su antigua parroquia, la parroquia de San
Salvador. Cuando San V icente vio el nuevo reglam en­
to no pudo menos de felicitar a la sierva de Dios.
“So is, la escribió, toda una mujer al arreglar en la
forma que lo habéis hecho los estatutos de la Caridad:
me parecen muy bien,, (1 ).
Era esto en los últim os meses de 1629.
§ I I .—Establecimiento de la Caridad, en San Nicolás
del Chardonnet: hecho heroico de Luisa de Marillac.

Organizada la Caridad de San Salvador, convidó


nuestra Venerable a otras cinco o seis señoras de la
parroquia de San N icolás del Chardonnet, su residen­
cia actual, para ir en ayuda de los enfermos de su fe­
ligresía, dando comienzo la nueva junta en 1630.
Tam bién su reglam ento fué obra de la sierva de
Dios (1). Como el barrio era pobre, no abundaban en
un principio ni las socias ni los recursos; todo lo su­
plió, sin em bargo, el fervor y celo de las fundadoras,
lo cual hizo que bien pronto cundiese el buen olor y
fama de la em presa, y que, com o dice el primer b ió­
grafo de San V icente, “otras muchas señoras hiciesen
causa común con las primeras llevando el alivio y
consuelo a todos los pobres de la circunscripción» (2).
Y por cierto que la ocasión y circunstancias no po­
dían ser más propicias. La peste que “desde 1628 se
había com o aclim atado en Francia„ (3) hacía a la sa­
zón en París profundos estragos. C alcúlese, pues, el
estado de abandono, de desamparo y de miseria a que
en una enfermedad tan grave de suyo y que, según
los prejuicios de la época, se com unicaba hasta por el
tacto y simple respiración del enferm o, se verían re­
ducidos los pobres. La desolación era com pleta. Pero
esto mismo dió aliento a las señoras de la Caridad del
Chardonnet, en especial a su presidenta, Luisa de M a-

(0 Lettr., t. I, p, 108.
(2) Ab., t. I, p. 163.
(3) C. de Rich., p. 76.
rillac, quien no sólo multiplicó sus visitas a los po­
bres de la asociación, sino que hasta fué en auxilio de
una joven apestada, hecho que arrancó un grito de
sublim e entusiasmo a San Vicente y puso en su alma
efusivos arranques de adm iración. “No hace más de
una hora que acabo de saber, ía escribió, el accidente
acaecido a la joven que vuestras Guardas de los pobres
recogieron (1 ), y cóm o vos misma habéis ido a visi­
tarla. Yo os declaro que vuestra conducta me ha hecho
una impresión tan viva que, a no haber sido de noche,
hubiera ido inm ediatam ente a veros. M as la bondad
que el Señor ha dispensado siempre a las personas que
por El se entregan al servicio de los pobres en la aso­
ciación de la Caridad, en la cual hasta el presente n a­
die ha sido atacado de la peste, me inspira la segura
confianza de que tam poco a vos os pasará nada.
¿Creeréis, señorita, que yo no sólo visité al subprior de
San Lázaro, muerto de la epidem ia, sino que aun lle ­
gué a aspirar su aliento? Y con todo, ni a mí ni a nin­
guno de los de casa que le asistieron hasta la hora de
la muerte se nos com unicó la infección. N o, señorita,
no tem áis: Nuestro Señor quiere servirse de vos para
algo que mira a su gloria; y yo espero que a este fin
no permitirá que os sobrevenga mal algu n o„ (2).
La confianza del siervo de Dios no salió fallida, y
Luisa de M arillac siguió sin contratiem po de ninguna
clase sirviendo a los enferm os y disponiéndose con su

(1) Cada Caridad solía sostener a dos o tres mujeres d e ­


dicadas exclusivamente al cuidado de los pobres enfermos
de que la asociación se había hecho cargo: a estas tales era
a las que se daba el título de Guardas de los pobres.
(2) Ab., t. I, p. 164.
conducta de abnegación y de caridad para el fin a que
D ios, según presentim ientos de San V icente, la tenía
destinada.

§ III.— Otras obras y ministerios de beneficencia de


Luisa de Marillac.

París había tardado en conocer a San Vicente de


Paúl y traer a su seno la obra de las Caridades; pero
bien pronto suplió con creces su tardanza. Aquel mis­
mo año de 1630, y el siguiente de 1631, fué estableci­
da la asociación en las parroquias de San M ederico
(hoy Saint-M erry), San Benito y San Su lp icio, y poco
después, sucesivam ente, en casi todas las de la capital
y sus contornos: en las de San P ablo, San Germán
I’Auxerrois, S an Eustaquio, San Andrés, San Ju an ,
San Bartolom é, San Esteban del M onte, San N icolás
de los Campos, San R oqu e, Santiago de la B ou che-
rie, San Lorenzo y otras (1).
Ninguna de ellas dejó de experim entar, o en su or­
ganización o en su desarrollo, la suave pero eficaz in­
fluencia de nuestra V enerable. Adonde no llegaban
sus desvelos, encam inaba los de sus H ijas de la Cari­
dad, y a todas hizo servicios de gran consideración.
Como la inmensidad del desierto, su caridad no tenía
lím ites. No había miseria que no la afectara, ni dolor
que no la eterneciera, ni necesidad que no se m ovie­
se a socorrer. Con razón su primer biógrafo puso en
sus labios aquellas palabras del Apóstol; “¿Quién su­
fre y padece sin que yo padezca y sufra?,, Verdad es
que la escuela, y más que escuela universidad, a que
asistía y en que San Vicente leía sus leccion es, no
era para inspirar en el corazón de los oyentes pensa­
mientos menos levantados. “ ¡Q ué dichosa, oh , qué
dichosa es la condición de los M isioneros—decía el
santo a sus hijos— , que no tienen otros lím ites en sus
trabajos por Jesu cristo que los de toda la tierra!,, (1).
Y lo que decía a los sacerdotes de la M isión, se lo
decía a todos los que estaban bajo su dirección y con­
ducta.
Así no es extraño que el celo y la caridad de Luisa
abarcasen en su extenso radio de acción la Cárcel
de los presos y el calabozo de los galeotes, lo mismo
que el hospital general y la mísera guardilla.
Por lo que hace a los presos, no se contentaba con
ir a visitarles en las prisiones a que sus crím enes o sus
inconsideraciones y desgracias les hubiesen llevado,
sino que ni ai salir de la cárcel les abandonaba. “Yo
la he visto— decía una Hija de la Caridad— recoger a
los pobres que salían de la cárcel, lavarles los pies,
curarles y vestirles con los vestidos de su hÍjo„ (2).
De su com pasión para con los galeotes o forzados
ya tendrem os ocasión de hablar más tarde, y por lo
que hace al hospital, ¿quién podrá decir y m enos en­
carecer las visitas que en él hacía y los desvelos y tra­
bajos que se tom aba por socorrer y consolar a los cien ­
tos de infelices que con toda clase de lacras iban a
parar en aquel -verdadero recinto de ayes y de d olo­
res? Como era natural, el reinado de la peste que, se­
gún dijim os, había puesto por entonces sus reales en
la capital de Fran cia, se dejaba sentir, no sólo por la

(1) A b , t. II, p. 1 19.


(2) L. de M., t. I, p. 173.
mayor m ortalidad, sino tam bién por el número mayor
de enfermos que por todas partes había. E l hospital
general, que apenas contaba con fondos para sostener
quinientos, veíase ahora en la precisión de albergar
cerca de dos mil. No necesitaba tanto el corazón de
nuestra V enerable para correr en alivio de su próji­
mo. Así que nada extraño es que en tales circunstan­
cias no se apartase de la cabecera de aquellos infeli­
ces. “¡Cuánta pena me da— tuvo que decirla San V i­
cente, veros en ese continuo trabajo del hospital!,, (1 ).
Este trabajo , a todas luces excesivo e insuficiente, a
que no sólo Luisa de M arillac, sino otras m uchas se­
ñoras caritativas, se entregaban dentro y fuera de P a ­
rís, en los hospitales y en las Caridades de parroquia,
así com o la obra naciente de las escuelas rurales exi­
gían un apoyo y anunciaban, en el vuelo que al im ­
pulso de San V icente y de nuestra V enerable iban to­
mando las obras de caridad, la aparición en el hori­
zonte religioso de un nuevo instituto, instituto que, a
semejanza del astro del día, tantas lágrim as, según to­
das las apariencias, había de secar con las amorosas
irradiaciones de su corazón, y a tantos espíritus entu­
mecidos por las sombras del dolor o por las tinieblas
de la incredulidad había de dar vida con la luz y con ­
suelo de sus palabras. Esta asociación no había de ser
otra que la de las H ijas de la Caridad; pero se eq u i­
vocaría lastim osam ente quien, al recorrer las páginas
de sus prim eros orígenes, pensase hallar en ellas algún
rayo de esa luz fascinadora con que hoy aparece a los
ojos del mundo, ataviada con el collar de perlas de
sus instituciones, con el manto de oro de su historia y
con la corona de reina que el en mundo del dolor ha
sabido labrarse y ceñir a sus sienes a fuerza de abne­
gación y de sacrificios. Al contrario, parece com o que
Dios puso particular empeño en que cuanto más su­
blim es habían de ser sus destinos, tanto más despre-
preciables fuesen sus com ienzos, al modo que todo es
desemejanza entre la suave transparencia y delicadas
tintas del lirio y la rugosa tosquedad del bulbo que le
sirve de raíz y de principio de vida. Unas cuantas jó ­
venes lugareñas, sin otra dote que su virtud ni otra
educación que el temor de Dios, confiadas a las señ o­
ras de la Caridad, com o sirvientas de la cofradía, y
diseminadas por las distintas Caridades de las parro­
q uias en las provincias y en la corte; he aquí el ger­
men y las primeras raíces del árbol de las H ijas de la
Caridad, que, a im itación del de la mostaza del Evan­
g elio, así había de desarrollarse y extender sus ram as.
Propiam ente la asociación no com enzó hasta 1633,
en que, conociendo sus fundadores la necesidad que
aquellas jóvenes tenían de fundamentarse bien en la
virtud y disponerse de algún modo para el cum plim ien­
to de los fines a que D ios las llam aba, com enzaron por
reunir las que más aptas Ies parecían para el caso y es­
tablecieron una especie de noviciado o Seminario in­
terno, a cuyo frente se puso la señora Le Gras. Tal es
el hecho que se suele considerar com o el punto de par­
tida en la historia de las H ijas de la Caridad, y con él
daremos tam bién nosotros principio a ella en el libro
siguiente; pero antes se hace preciso decir aquí algu­
nas palabras de aquellas sencillas pero en ocasiones
heroicas jóvenes, que si form alm ente no pertenecieron
a la congregación la anunciaron de mil m odos y la de­
jaron adm irables ejem plos que im itar.
§ IV .—Las " Sirvientas„ de las Caridades.

De ordinario no se tiene en cuenta al explicar el


origen de las “Sirvientas,, de las Caridades, germ en o
principio de las H ijas de la Caridad, más que una sola
causa: la im posibilidad o poco celo de las señoras de
la asociación en acudir al socorro de los enfermos
puestos a su cuidado. Aun los primeros biógrafos de
San V icente y de Luisa de M arillac no aducen otra ex­
plicación (1). Y, sin em bargo, quizá fué tanfa parte a
que los fundadores llamasen a dichas jóvenes en ap o­
yo de las Caridades la falta de escuelas y de profeso­
ras en las clases pobres com o el deseo de atender más
convenientem ente a las necesidades de los enfermos.
De hecho las primeras Sirvientas de las Caridades
se ocuparon indistintam ente en uno o en otro em pleo.
De aquí el doble fin a que desde un principio se con­
sagraron las H ijas de la Caridad, y para el cual había
puesto D ios en el alma de la que había de ser su fun­
dadora, no sólo sentim ientos encendidos de com pasión
y de ternura, sino tam bién gérm enes de inteligencia
clarísim a que, cultivados después com o los cultivó,
hicieron de ella una de las mujeres más ilustradas de
su tiempo y de su clase. Quizá tam bién com o testim o­
nio de que la Hija de la Caridad había de ser, no sólo
la portadora en las chozas de los pobres y en los hos­
pitales de la resignación y del consuelo, sino tam bién
el ángel de la guarda que con la sonrisa en los labios
y los destellos de la fe y de la ilustración en su frente
educa a la niñez y la lleva com o de la mano a sus fu­
turos destinos, es por lo que dispuso D ios que la pri­
mera de las Sirvientas de las Caridades fuese un alm a
apasionada por la lectura y con una inclinación hacia
la enseñanza cual pocas veces se habrá visto. E sto, con
el ejem plo de sus muchas virtudes, hizo que su nom ­
bre fuese por muchos años perfume de suave olor en
las Caridades.
Llam ábase M argarita N aseau, y era natural de Su -
resnes, población del departamento del Sen a, al O este,
y com o a unos diez kilóm etros de París. "A unque po­
bre y aldeana, decía más tarde San V icente a las H i­
jas de la Caridad en una conferencia, de tal suerte se
sintió atraída a la educación de la juventud, que no
pudiendo ir a la escuela com pró un alfabeto, y pasan­
do por toda clase de sacrificios se llegaba a la casa
del cura o del vicario para preguntarles primero por
las cuatro primeras letras, después por las otras cuatro,
y así sucesivam ente, estudiando y repasando después
su lección mientras guardaba las vacas. S i en esto
acertaba a pasar por allí alguno que tuviese trazas de
ser instruido, corría a su en cuentro y le decía: Señ o r,
¿cóm o se pronuncia esta palabra? Y de esta suerte,
poco a poco, aprendió a leer,, (1). En disposición con
esto de realizar sus propósitos, puso escuela en Sures-
nes, hizo entrar a dos o tres jóvenes en sus m ismos
sentim ientos, y se convirtió con ellas en apóstol de la
enseñanza, cam inando de pueblo en pueblo para ins­
truir a los niños, y 'en ocasiones a los grandes, en el
catecism o,con un ardor que nada, ni el frío, ni el ham­
bre, ni las privaciones, ni las burlas pudo entibiar en
aquéllas. Verdad es que el Señor se cuidaba de en-
dulzar sus penas con consuelos extraordinarios y a ve­
ces con cuidados manifiestamente m aravillosos de su
Providencia. Ella misma contó a la señora L e Gras
que “hallándose varios días sin tener que llevar a la
boca, Ja sucedió hallar al volver de m isa, no obstante
tíe no haber dicho nada a nadie, víveres con qué ali­
mentarse por mucho tiem po,, (1).
T ales eran sus ocupaciones cuando la señora Le
Gras se vió con ella en 1629. La descripción que sin
duda le hizo de los orígenes, fines y organización de
las Caridades la im presionó vivam ente; y fuese por
efecto de las palabras de nuestra V enerable o de los
consejos de San V icente, con quien antes o después
tuvo tam bién ocasión de verse, el caso es que en los
primeros m eses de 163 0 dejó su vida errante y se di­
rigió a París a ofrecer sus servicios a las señoras de la
Caridad.
Ni se contentó con hacer a Dios en la persona de
los pobres este sacrificio de sí m ism a, sino que m ovió,
adem ás, a algunas de sus discípulas a hacer lo propio,
poniéndose tam bién ellas b ajo la dirección de San V i­
cente y de Luisa de M arillac.
Im posible es encarecer los progresos de virtud que
Margarita Naseau hizo en su nuevo estado y los ejem ­
plos con que desde un principio em balsam ó sucesiva­
mente las Caridades de San Salvad or, San N icolás del
Chardonnet y San B en ito, “donde todo el mundo la
quería por no haber en ella nada que no fuese am a­
ble,, (2). Alma naturalmente buena y fervorosa, des­
conocía esos m iram ientos y apocados tem ores que el

(i) Confer. aux F. d. 1. Ch., t. X, p. 156.


;2) Ibid., t I, p. 158. -
am or a la propia vida y a pasarlo bien inspira a los
que com o la tortuga viven cosidos con la tierra; y al
levantarse de ésta para ir a Dios lo hacía con toda la
vehem encia de un alm a que mira este mundo com o
verdadero valle de lágrimas y lugar de aborrecible
destierro,. Así que viendo cierto día a una pobre joven
apestada que no tenía ni un mal jergón donde aco s­
tarse, ia dio su propia cam a, constituyéndose ella mis­
ma en su consoladora y enfermera. Com o la muerte
era para ella, no un mal, sino gran gan an cia, no sólo
no se im presionó al verse contagiada de la epidem ia,
sino que radiante de gozo se fué al hospital de San
Luis, dijo adiós a la Hermana o joven que con ella es­
taba, y se dispuso a morir, com o a poco se verificó,
“conform e en un todo con la voluntad divina „ (1 ).
No llevaba más que un año en la asociación, y su
edad no era m ucha, pero había nacido con alas; y
los que nacen con alas
¡cuán pronto suben de la tierra al cielol
hase dicho hermosamente.
Resultados tan lisonjeros y bendiciones tan cop io­
sas entusiasmaban a San V icente, y desde últimos de
1630 o primeros de 1631, no pensó ya en otra cosa
para el consolidam iento de las Caridades que en d o­
tarlas de esta clase de jóvenes. Aun para hacer frente
a las dificultades que las de los pueblos ofrecían no
hallaba medio m ejor. Así se lo exponía por entonces
a Luisa de M arillac, respecto de las de Liancourt, done
de aquélla se encontraba pasando visita (2 ).

(1) Confer. anx F, d. I. Ch., t. 1, p. 158.


(2) Lettr., t, í,( pt. 5 7.— La carta de San Vicente a, que
aludimos no lleva fscha. Los editores de las obras dpi santo
El Señor, por su parte, parece com o que se com pla­
cía en facilitar la realización de tan hermoso y provi­
dencial designio, m ultiplicando las vocaciones, y aun­
que no tantas com o el ardoroso celo de los fundado­
res hubiera deseado, y com o el trastorno y calam ida­
des de los tiem pos exigían, todavía pudo el santo acu­
dir con ellas, no sólo a las varias Caridades de la cor­
te,, sino tam bién a las escuelas de Montm irail (1), de
Villepreux (2 ), de V illeneuve-Saint-G eorges ( 3 ) , de
Sartroville (4) y otras poblaciones con que frecuente­
mente se tropieza en las cartas de San V icente y de
Luisa de M arillac.
Fácilm ente se echa de ver que por muy virtuosas
que fuesen estas doncellas tenían que hallar en el des­
empeño de sus funciones, así al lado de los enfermos
como en los bancos de la escuela, m uchas d ificultades..
No tenían regla ninguna ni superiores determinados
que las corrigiesen, ni vida de comunidad que las alen­
tase. U rgía, pues, poner algún orden y regularidad; y
poco a poco había ido ya el santo haciendo frente con
sus disposiciones a las necesidades que la práctica y
la experiencia iban descubriendo; pero en estas mate­
rias era muy poco lo que San Vicente se fiaba de cálcu­
los y teorías para resolverse a disponer ni legislar sin
la inspiración del tiem po cosa de im portancia. Así que

la panen como de 1632, pero el contexto no permite alar­


garla a más de los primeros meses de 163 1.
(1) Lettn, t. I, p. 4 7 *
(2) Ibid., t. I, p. 48.
(3) ' Ibid., t. I, p. 63.
(4) Ibid., t. I, p, 50.— Sartroville, cantón de Argenteuil,;
del departamento Seine-et Oise.
por dos o tres años apenas tomó otra determ inación
de carácter general que la de ir poniéndolas b ajo la
inspección de la señora Le Gras, a fin de que ésta la
instruyese, bien que del m odo más elem ental, ya que
otra cosa no consentían las circunstancias, en las vir­
tudes y ejercicios propios de su vocación y de sus m i­
nisterios.
Luisa de M arillac tomó con el ardor e interés que
solía el nuevo com etido de su director, y no perdonó
medio ni m olestia por formar a sus sobordinadas. V er­
dad es que al ocuparse de ellas, un vago presentim ien­
to la decía que se ocupaba de su vocación. Las virtu­
des que desde un principio trató con especialidad de
inculcarlas fueron la indiferencia por cualquiera clase
de lugares, el am or a los pobres y el respeto y sum i­
sión a las señoras de la Caridad, sobre todo a la P re ­
sidenta, de cada una de las juntas. “Las Sirvientas,
decía en un reglam ento que parece hecho para las de
las parroquias de P arís, mirarán a las señoras com o a
sus madres, honrando en ellas a la Santísim a Virgen y
obedeciendo a la Superiora com o a Nuestro Señor.
Irán alegrem ente donde quiera que fuesen enviadas, a
la ciudad o al cam po; volverán en la misma disposi­
ción cuando fuesen llam adas por la Presidenta, servi­
rán diligentem ente a los pobres enfermos y enseñarán
el modo de asistirles a las Herm anas de la asociación
en el lugar adonde fuesen; no saldrán mientras puedan
de casa para ir a la iglesia o llevar las provisiones a
los enfermos, que es lo único para lo que deben salir,
sino de dos en dos; no permitirán que los hom bres
entren jam ás en sus aposentos, ni se détendrán a ha­
blar con ninguno en las calles; se ocuparán de instruir
a las jóvenes en las aldeas, disponiendo a algunas de
suerte que puedan suplirlas en su ausencia; y , por ú l­
tim o, obrarán en todo» no por miras humanas de nin­
gún género, sino por amor de Dios» (1).
Con el fin de probar su vocación y evitar el mayor
número posible de defecciones, dispuso, de acuerdo
con San V icen te, no sólo retardar por algún tiem po y
dificultar la admisión de las aspirantes en la cofradía
para tenerlas en observación, sino tam bién obligarlas
a hacer de antemano los ejercicios espirituales.
Sin em bargo, el motivo que en medio de tantas di­
ficultades detenía a la mayor parte de aquellas jóve­
nes en un estado de vida tan abatido y trabajoso era,
fuerza es decirlo, el am or que veían en la propia Lui­
sa de M arillac para con ellas y los afanes que por ellas
se tom aba. Con razón podía llam arlas S an V icente,
escribiendo y hablando a la señora Le G ras, “vuestras
hijas» (2 ), "vuestras hijitas,, (3).
Este su interés para con ellas creció tanto y hasta
tal punto se penetró nuestra V enerable, así de la im­
portancia de aquellas jóvenes para el sostenim iento de
las Caridades com o de la im prescindible necesidad de
darlas, si habían de responder a su llam am iento, una
formación seria y especial, que no tardó en proponer
a San V icente la idea de consagrarse ella misma a Dios
para tal ob jeto. San V icente veía venir tam bién las
cosas de este lado; pero tem iendo que por lo mismo
hubiese en su decisión, si por entonces venía en ello,
más de humano que de divino, determinó una vez más
dar largas al asunto, y contestó a Luisa de M arillac

(1) Baun., p. 127.


(2) Lettr., t. I, p. 62.
(3) Suppl., p. 2.
exhortándola, en térm inos más secos y categóricos de
lo que él acostum braba, a que desechase tales ideas.
“En cuanto al em pleo de que me habláis, la d ijo, o s
ruego de una vez para siempre que no penséis más en
ello hasta que Nuestro Señ o r nos haga conocer su di­
vino beneplácito, pues con frecuencia deseam os mu­
ch as cosas con deseo al parecer, según D ios, y en rea­
lidad muy distante de serlo; y D ios lo permite así para
disponernos a conformar m ejor nuestro espíritu con
los ocultos designios de su Providencia. Saúl iba en
busca de una asna y dio con un reino; San Luis pre­
tendía conquistar la Tierra Santa y logró la conquista
de sí mismo y la corona del cielo. V os tratáis de con s­
tituiros en sierva de esas pobres jóvenes, y D ios quiere
que lo seáis de É l y quizá de muchas más personas de
las que con vuestra pretensión serían objeto de nues­
tros servicios. P or D ios, señorita, honrad la tranquili­
dad dé Nuestro Señor y os hallaréis en disposición de
servirle. E l reino de Dios es paz en el Espíritu Santo:
reinará, pues, en vos si estáis en paz, Cuidad, os lo
ruego, de hacerlo así, y honrad com o se m erece al
que es Dios de paz y de amor„ (1).
Una vez más sujetó Luisa de M arillac su parecer al
de su santo director; y quizá la sumisión e igualdad
de espíritu con que lo hizo fué la última señal que
movió a San V icente a conocer en el asunto la volun­
tad divina y a acceder poco después a los ruegos de
su hija espiritual. E llo es que siguiendo las cosas ade­
lante y creciendo al par que el número de las Sirvien­
tas de las Caridades, la necesidad ya ineludible de su­
jetarlas a algún régimen y norma común de vida, esco-
cogió, al fin, el santo algunas de dichas jóvenes, y en
nom bre de Nuestro Señ o r se las encom endó a Luisa de
M arillac para que inaugurase con ellas el “seminario
interno* de la nueva asociación.
Era eí 2 9 de Noviem bre de 1633, día en que las
puertas del cielo debieron abrirse de par en par del
lado de los m iserables y de los desgraciados.
Fundación, organización
y
desarrollo de las Hijas de la Caridad,
O rígenes y p rim eras lín eas del instituto*

1633 1646

Luisa de Marillac se entrega a Dios con voto en la náciente


compañía.— Gradual organización de las Hijas de la C ari­
dad.— Establecimiento canónico del instituto: San V icente
le da las reglas.

§ I .—Luisa de Marillac se entrega a Dios con voto


en la naciente compañía.

UÁL fué la cuna de las H ijas de la Caridad, el


cenáculo donde el Espíritu Santo había de dis­
ponerlas con el recogim iento y la oración para'
llevar dignamente el herm oso título con que aparecían
en la Iglesia de Dios? Todos los historiadores están de
acuerdo en que no fué otra que la casa misma de la
señora Le Gras. V eam os, pues, cuál era la que ésta
ocupaba en 1633. Cuando en 1626 dejó la parroquia
de San Salvador por la de San N icolás del Chardon-
net, debió íijar su residencia en la calle Saint-V ictor,
primero en la casa habitada en otro tiem po, com o se
lee en una carta de San V icente, por el S r. Tirón
Sain t-P riest; y después, en 1629, eñ el dom icilio de
un tal Gudoin, Auditor de la Contaduría (1 ). En 12
de O ctubre de 1631 y cuando ya las visitas de las C a­
ridades la tenían casi todo el tiempo fuera de la capi­
tal, aparece alojada en casa de una amiga suya, la s e -
ñora Sevin, quien necesitando a la sazón las habita­
ciones cedidas a nuestra V enerable, trató, de acuerdo
con San V icen te, de buscarla casa aparte (2 ). No pa­
rece que la hubiera hallado aún el 31 de O ctubre; y
estando ya para volver a París la señora Le G ras, la
escribió San V icente aconsejándola que en tanto no
tuviese habitación propia fuese a vivir con su otra ín­
tima y buena am iga, la señorita Dufay (3). En esto
llegó Enero de 1631, y com o en la primera quincena
se hubiese trasladado San Vicente del colegio de los
Buenos Niños, en el barrio de Sain t-V ictor, al priora­
to de San Lázaro, sito en el lado opuesto de la ciudad,
creyó nuestra V enerable que en ninguna parte m ejor
que en aquella barriada debía fijar su dom icilio. No
le pareció así, con todo, a San V icente, quien, co n o ­
cedor del terreno que pisaba, temió que aquella pro­
ximidad diese que decir al vecindario. “Nos hallam os,
la escribía, entre gentes que todo lo observan y que
de todo critican; y bastaría que nos viesen entrar tres
veces en vuestra casa para hallar que decir y levantar
cuantos caram illos les vinieren en gana,, (4 ). E n con ­
secuencia, la rogó que desistiese de sem ejante propó­
sito. Q uedóse, pues, la Venerable en su antiguo de­
partamento, y en él, “cerca de San N icolás del Char-

(1) C de ÍUch., p. 46, nota 2.a


(2) Lettr., t. I, p. 48.
(3) Ibid., t. 1, p. 53.
(4) Ibid., t. I, p. 67 .
donnet„ (1 ), en la calle de F ossés-Sain t-V ictor, c o ­
rrespondiente hoy a la del Cardenal Lem oine, lom ó
en alquiler una casa. E s, según tradición, la que en
nuestros días lleva el número 4 3 , corrida y de mucho
fondo, pero de estrecha fachada, con dos sencillas
ventanas y una hum ilde puerta por toda com unicación
con la calle. E l corredor es, asim ism o, obscuro (2).
Tal fué, a no dudailo, el Belén de las H ijas de la Ca­
ridad; la casita en que nuestra V enerable recogió para
formarlas en el espíritu y ministerios de su vocación
a las cuatro o cinco jóvenes que S an V icente la había
confiado, y en que siguió recogiendo a cuantas en
adelante se la presentaron, teniendo al fin que dejarla
por reducida, para las vocaciones que el Señor le iba
enviando, en 1636.
Lo im prescindible de las tareas que antes de aso­
ciarse en aquel local venían ejerciendo en las Carida­
des dichas jóvenes, hizo que no pudiesen prescindir
de ellas en su nuevo m étodo de vida. Así que todos
los días, por la m añana, por la tarde y siempre que
fuera preciso, iba cada una de ellas a llevar los caldos,
alim entos y m edicinas correspondientes a los enfer­
mos de la parroquia que estaba a su cargo, volviendo
después a su retiro y com partiendo de esta suerte el
tiempo entre la caridad y los ejercicios espirituales, la
acción de Marta y el recogim iento y contem plación
de M aría. Así, y por vías que jam ás pudieron venir­
le a la m ente, vió cumplida Luisa de M arillac la vi­
sión de 1 6 2 3 , en que puesta ,fen com pañía de otras,
personas, de las que algunas harían com o ella votos de

(1) L . de M., t. I, p. 44.


(2) C. de Rich., p. 106. .
pobreza, castidad y obediencia,,, parecíala “hallarse
en un lugar destinado al socorro del prójim o, bien que
sin com prender cóm o podía ser esto a causa de que
era preciso ir y venir de un lado para otro* ( I ) .
Humildes eran ciertam ente los principios, y obscu ­
ro e incierto el porvenir del grano de mostaza de la
nueva asociación; mas para nuestra V enerable debie­
ron ser de gran consuelo en cuanto que entrañaban
la realización de la palabra que el Señor en otro tiem ­
po le había dado. Entonces debió presentarse a sus
ojos envuelta en resplandores y luz de mediodía la
consonancia de cuanto el Señor había obrado hasta
entonces en ella con el nuevo fin y designios a que la
destinaba y de los cuales no era más que leve prome­
sa lo que al presente se ofrecía a sus ojos* ¿C óm o, con.
gracia tan singular, no había de encenderse en vivas
Damas el amor de nuestra V enerable hacia Aquél que
así la distinguía y que unos años antes la había to m a­
do por su particular esposa? (2 ). Natural era, pues, que
de nuevo y con mayor pujanza brotasen en su espíritu
los deseos que ya otras veces había experim entado de
darse toda, sin reserva, al Señor. Y para ella sólo los
votos religiosos eran el verdadero y adecuado sím bolo
de esta entrega. “Porque a aquél, exclam aba, que ha
llegado a hacerles, ¿qué le queda ya com o propio?
Nada; todo es ya cosa vuestra, foh Dios mío! V erdad­
es que siendo Vos mi Dios y mi Criador nada hay en
mí, ni mi alm a ni mi cuerpo, que naturalmente no os
pertenezca; pero en tanto que me dejéis com o me h a­
béis criado soy libre y es líbre mi voluntad; y ésta

(1) L. de M., t. II, p. 128.


(2) Ibid., t. II, p. 169.
precisam ente es la que os consagro por los santos vo­
tos, ofreciéndoos un sacrificio de honor y de alabanza
y haciendo que una vez puesta en vuestras manos ya
no sea mía, sino com pletam ente vuestra» (1). ■ *
Animada de estos sentim ientos pidió a San Vicente
el permiso, aplazado tantas veces, de consagrarse a
D ios con voto, ahora entre sus queridas hijas; y esta
vez el santo no sólo no opuso ninguna resistencia,
sino que persuadido de que tal era la voluntad dé
D ios, vino en ello gustoso, y en nombre del Señor
recibió el ofrecim iento que nuestra Venerable hizo dé
consagrarse por toda su vida al servicio de los pobres
enferm os de las Caridades y a la form ación con e l
mismo objeto de las H ijas de la Caridad agrupadas á
SU alrededor. Fué este día, m em orable entre todos los
días del año para el naciente instituto, el 25 de Marzo
de 1634, fiesta de la Anunciación de la Santísim a V ir­
gen y Encarnación de Aquél que siendo Dios y res­
plandor de la gloria del Padre (2) no vaciló en ves­
tirse de nuestra naturaleza y cargar con nuestros dolo­
res y enferm edades, haciéndose pobre para enriquecer
nuestra indigencia (3). Luisa de M arillac conservó de
él tan grato y vivo recuerdo que en adelante no hubo
día 25 de mes en que no com ulgase e hiciese decir, en
conm em oración de la gracia que con tal fecha el Señor
la había hecho (4 ), una m isa, práctica que sus hijas
han perpetuado a través de los siglos, eligiendo ade­
más dicho día para renovar anualmente sus votos (5)..

(1) L. de TI, p. 77.


(2) Epístola a los Hebreos, 1, 3. ,
. (3) , -Epístola 2 * a los. Corintios* 8, 9.
(4) L. de M., t. LV, p. 311.
(5) Beatif., f. 2.<\ pp. 167.y 179. ... ;
§ W. —Gradual organización de las Hijas de la Cari­
dad.—Establecimiento canónico del instituto: San
Vicente le da las reglas.

Como en todas las instituciones de San V icente de


P aú l, en la de las H ijas de la Caridad no precedió la
teoría a la acción , sino que am bas m archaron juntas
desde un principio, dándose la mano y prestándose
mutuamente las luces que cada una descubría en sí y
faltaban a la otra. Trece años de práctica fué m enes­
ter que pasasen antes de que el santo se resolviese a
poner por escrito las reglas, y esto por vía de ensayo
y sólo en las cosas más esenciales del instituto. A b o ­
m inaba de los teóricos y planificadores, y todo apre­
suramiento le era insoportable.
Naturalm ente, Luisa de M arillac hizo de los senti­
m ientos y modo de pensar de su director la norma de
su conducta, y ni un mal horario o distribución de
tiem po dió por escrito a sus hijas sino después de
seis m eses, y cuando ya la experiencia había hecho
discernir lo hacedero de lo im posible y lo convenien­
te de lo perjudicial. Redactado entonces, a últimos de
Ju n io o primeros de Ju lio , un reglam ento de las a c ­
ciones del día, se le envió para su aprobación y en­
mienda a S an V icente, el cual, habiéndole leído, se le
devolvió con estas palabras: “H ele hallado escrito con
tal acierto, que no he tenido que añadir una sola tilde.
Reunid, pues, a vuestras hijas y leédsele inm ediata­
mente si es que no creéis necesaria en la junta mi pre-
sencia> en cuyo caso, a mi regreso, acudiré a e lla ,
Dios m ediante, lo más pronto que me sea posible* (1 ).
Era lo que deseaba nuestra V enerable: así que sin
dificultad aguardó la .vuelta de San V icente. La junta
tuvo lugar el 31 de Ju lio ; y la conferencia que con
este motivo dirigió el santo a sus hijas podría llam ar­
se, si es lícito com parar las cosas humanas con las di­
vinas, el Sermón de la montaña de la nueva asocia­
ció n , ya que, com o éste, respecto del cristianism o, fué
aquélla, con relación a las H ijas de la Caridad, la ley
no escrita de su instituto.
Una nota de ia propia Luisa de M arillac nos advierte
que las Hermanas presentes a la junta fueron doce (1),
“número sag rad o*, añade Baunard (2).
“O s habéis juntado, hijas m ías— comenzó diciéndo-
les el santo, después de una ligera introducción— ,
para vivir vida com ún, y con todo aún no tenéis nin­
gún reglam ento. En lo cual la divina Providencia se
ha habido con vosotras com o en otro tiem po con su
pueblo, a quien por más de mil años, desde la crea­
ción, le tuvo sin ley* Del mismo modo yo no he po­
dido resolverm e aún a daros por escrito el reglam ento
de vuestra casa. Veam os, no obstante, entretanto que
sea del agrado del Señor el que se haga, el modo con
que habéis de pasar las veinticuatro horas del día y,
en consecuencia, las sem anas, los meses y los años,
para conseguir la eterna y dichosa bienaventuranza. „
Aquí el santo comenzó a leer y com entar el suso­
dicho reglam ento.
S e levantarían a las cuatro mientras las ocupaciones
de la Caridad les permitiesen acostarse a las nueye.
Al levantarse deberían dar su primer pensam iento a

(i) Confer. aux F. d. h Ch., t. I., p. i.


(.2) Baun., p. Í42.
IO
D ios, poniéndose de rodillas para adorarle y recibir,
“ligeram ente in d in ad as», su bendición.
Luego de vestidas y arreglado el lecho, acudirían a
ia oración. "¡O h , hijas m ía s—com entaba aquí el san­
to— , la oración es el centro de la piedad y donde el
Señor regala nuestra alma con millares de buenos
pensamientos! D ícese de la Santísim a Virgen que para
alimento de su espíritu solía atesorar en su corazón el
recuerdo de las palabras de su divino H ijo, lo propio
que María M agdalena cuando se hallaba a los pies de
este celestial M aestro. A su ejem plo conservad, hijas
m ías, cuidadosamente las inspiraciones que É l os c o ­
munique para ponerlas en práctica, con lo cual rego­
cijaréis el corazón de Dios. ¡O h , sí; si obráis de esta
suerte, no sólo seréis la alegría de D ios, sino que los
santos harán fiesta por vuestra conducta en el c ie lo .n
Y para estimularlas a meditar y hacer participantes a
todas de los buenos pensamientos que cada una hu­
biese tenido, las señaló aquí San V icente una de las
prácticas más peculiares de su dirección espiritual: la
de que se diesen cuenta unas a otras de cóm o las ha­
bía ido en la oración y cuál era el fruto que de ella
habían sacado. Después de la oración y repetición oi­
rían la santa misa, comulgando en ella los días de fies­
ta y cuantas veces se lo permitieran sus confesores, h e­
cho lo cual y tomado alim ento, se entregarían libre­
mente al cuidado y visita de sus enfermos. Advertía­
las, em pero, el santo con su espíritu abierto, delicado
y generoso que en caso de precisión dejaren sin es­
crúpulo los ejercicios de piedad por el socorro de los
pobres. “Ni penséis, hijas mías— añadió para anim ar­
las a entrar en estos sentim ientos— , que perdéis nada
cuando dejáis la oración o la misa por acudir a la ca­
becera de los pobres, pues que sirviéndoles no hacéis
otra cosa que ir a D ios, a quien debéis mirar en la
persona de aquellos infelices. *
El rezo del santo rosario y los exám enes particular
y general, el particular hecho antes de com er y cenar,
“por espacio de un m iserere,,, y el general antes de
acostarse, acababan de llenar las horas del día.
S i, no obstante, las quedaba algún rato libre des­
pués del cuidado de los enfermos, encom endábalas el
santo que no le desperdiciasen. “Aprended a leer—
les d ecía —y aplicaos a este ejercicio , no para vuestra
satisfacción y utilidad particular, sino para haceros
capaces de instruir a la niñez en los lugares a que seáis
destinadas. ¡Ahí ¿Q ué sabéis vosotras los designios
que el cielo tiene sobre vuestro porvenir? Estad, pues,
siempre en disposición de ir dondequiera que la o b e­
diencia os envíe. „
M anifestólas también el santo el deseo de que cada
año hiciesen ejercicios espirituales y de que todos los
meses diesen cuenta de su conducta y de su modo de
ser a los superiores.
“Como la obed iencia, concluyó diciendo, perfeccio­
na todas nuestras acciones, conviene que en cada casa
haya una que haga oficio de Superiora, cargo que des­
empeñarán unas veces una y otras veces otra. A sí, este
mes, por ejem p lo, vos, So r M aría de San Salvador (1),
seréis Superiora de vuestra Hermana; So r M icaela lo
será de So r B árbara, en San N icolás; So r M argarita
de sus Herm anas de San P ablo; de vos, Hermana mía

ti) Es decir, perteneciente a la parroquia o Caridad de


San Salvador. Entiéndase lo mismo de otros apellidos s e ­
mejantes.
de San B e n ito , lo será vuestro ángel de la Guarda, y
la señorita Le Gras del Hospital» (1).
Como se ve, el noviciado de las H ijas de la Cari­
dad tenía en sus com ienzos muy poco parecido con el
noviciado, no sólo de las religiosas en general, sino-
aun con el que ellas mismas establecieron más tarde
cuando, creciendo su número, pudieron atender con
más desahogo a las funciones de su instituto. La ma­
yor parte del día tenían que pasarle en las Caridades,,
en el hospital, junto a los niños expósitos o a la cab e­
cera de los enfermos que visitaban a dom icilio. Así
que no era posible tenerlas a la vista y b ajo la asidua
dirección de determinada persona. Para suplir en cuan­
to era dado esta acción ineludible de la maestra en la
n ovicia, “en m uchas casas, y especialm ente en el hos­
pital, solía ponerse a cada una de las jóvenes b ajo la
conducta de otra H erm ana que llevase ya algún tiem ­
po de vocación, práctica que trajo los nom bres de
“tías„ y ‘'sobrinas* que recíprocam ente se d aban„;
pero este recurso, ineficaz a todas luces y al que sólo
en circunstancias anorm ales se podía apelar, resultó
hasta nocivo por "las parcialidades y desórdenes a que
daba pie„. “De suerte, dice la señora Le Gras, que se
creyó conveniente (y ya hacedero) juntarlas a todas en
un lugar o departam ento com ún, a que se dió el título
de “N oviciado,,, y ponerlas bajo el régimen o disci­
plina de una directora,, (2). Aun entonces m uchas
apenas si lograban permanecer seis meses en la Casa
de form ación, dada la urgencia con que de todas par­
tes eran pedidas, razón por la cual solía llam arlas San

(1) Conter, aux F. d. 1. Ch., 1. 1, pp. 2*7.


(2) Suppl., p. 314.
V icen te, con tanta gracia com o exactitud, “frutos pre­
maturos» (1).
Hasta 1647 parece que la propia Luisa de M arillac
desempeñó el cargo de maestra de novicias, sucedién-
dola después en él S o r Julian a Loret, una de sus pri­
meras y más edificantes H ijas.
El ejercicio diario de instrucción y lectura que San
Vicente las recom endó en la conferencia de 1634 du­
raba tres cuartos de hora, y también nuestra Venera­
ble era quien le presidia, enseñándolas ella misma a
leer, com o* sabem os de una de las H erm anas, y ha­
ciéndolas aprender el Catecism o (2 ).
El hábito sufrió algunas aunque ligeras transforma­
ciones. Al asociarse bajo la dirección de nuestra V e­
nerable las primeras H ijas de la Caridad, ninguna mu­
danza hicieron en el traje que vestían en las Caridades
y que no era otro que el que habían traído de sus pue­
blos y aldeas: jubón y basquiña de color gris y un to-
cado'a manera de gorro o marmota de lienzo blanco.
E l cuello o collete con que ya a poco de fundarse apa­
recen las H ijas de la Caridad, debió formar parte tam ­
bién del traje arriba indicado. En un principio ni si­
quiera había uniformidad absoluta. La uniformidad,
sin em bargo, tenía que venir; y poco a poco, sin que
determinadamente se pueda fijar la fech a, fué acom o­
dándose, en efecto, el traje de todas a un patrón común
y revistiendo la misma form a, A últimos de 1635
puede decirse que el uniforme era general, y en la c o ­
rrespondencia de San V icente de este año se habla ya
del “hábito„ de las Hermanas (3).

(1) Confcr. aux F. d. I. Ch., t. I, p. 446.


(2) L. de M., t. I, p. 224.
(3) Lettr., t. I, p. 118.
Como medio de conservar a su sH íjasen la humildad
virtud que no sin razón consideraban los fundadores
la clave de tan difícil obra, jam ás consintieron, ni San
V icente, ni nuestra V enerable, en que abandonasen su
traje piim itivo, queriendo que la vista de él les trajese
de continuo a la memoria el modesto origen de su ins­
tituto. Y ¡que no les costó pocos sudores conseguirlo!
En la corte, lo mismo que en otras grandes ciudades,
adonde bien pronto se extendió la naciente Com pañía,
eran indecibles las burlas que el traje las ocasionaba;
tanto que, al decir de la propia Luisa de M arillac, “en
un principio apenas si se atrevían a salir a la calle„ (1).
O casión hubo, al ir por agua a la fuente, de no dejar­
las en paz, persiguiéndolas e injuriándolas con desca­
ro; y una Hermana depuso sobre el particular en el
proceso de beatificación de San V icente que no ha­
biendo tenido ánimo para pasar por estos insultos,
había acudido a San Lázaro pidiendo que tuviesen a
bien llenarle el cántaro de agua en la fuente del patio,
servicio que lleno de caridad lo había hecho el mismo
Vicente (2).
Pareciéndolas a algunas demasiado escotado y li­
bre, se echaban un pañuelo sobre la cofia, al entrar
en la iglesia (3), o se ponían al salir de casa un velo,
cosa a que el mismo santo no tuvo dificultad en a cce­
der, “con tal, decía, que dicha prenda sea de uso c o ­
mún entre las m ujeres del lugar,, (4). Este reparo y el

(1) L. de M,, t. II, p. 68.


(2) Beatif., í. 7 .°, p. 174.
(3) Lettr., t. I, p. 364.
(4) Lettr,, t. I, p, 542.— El texto a que se refiere esta
cita no distingue si el velo le llevaban siempre o sólo al sa­
que alguna otra ponía de que la coíia no las resguar­
daba suficientem ente del frío, hizo que con el tiempo
se fuese generalizando entre ellas el uso de una toca
de lienzo blanco sobre el cofiado (1 ), toca primera­
mente de alas caídas, y después, a principios del si­
glo XIX y en algunas partes doblada, hacia arriba pará
m ayor com odidad (2).
Con el tiem po la toma de hábito fué revistiendo
tam bién citrta solemnidad que nuestra V enerable
aprovechaba para hacer mayor impresión y enfervori­
zar más hondam ente a las próximas futuras novicias.
Generalm ente les daba el hábito y el tocado el mismo
día (3); pero en ocasiones dejaba la entrega del to c a ­
do para el día siguiente (4). Reunida la com unidad o
una parte de ella, com enzábase por invocar al Espíri­
tu San to, se rezaban las letanías del santo nom bre de
Jesú s y algunas otras preces, y volviéndose la V enera­
ble a las aspirantes les hacía una exhortación general­
mente breve, pero oportuna y fervorosa. “D ios sea

lir de casa; pero esto últi no parece lo natural; ya que ha­


ciéndole para acomodarse al u s ) de las mujeres de la tierra
(Ridielieu, cabeza de distrito del departamento Iodre-et-
Loire), no es d í suponer que éátas le llevasen de continuo.
(11 L. de M., t. III, p. 165; IV, p. 234.
(2) B^atif.. f. 2.0, pp. 170 y 215. Las Hijas de la C ari­
dad de la provincia e^pañ >la han conservado en toda o en
casi toda su pureza la forma primitiva de la toca; perú en lo
que hace al color del vestido han cambiado, bien que con
permiso de Roma, el gris por el negro. Usan tambiiín por
autorización de Su Santidad de un velo negro ai salir de
casa o al acercarse a comulgar.
(3) L. de M., t. II, pp. 253 y 254.
(4) Ibíd., t. II, p. 255. .
bendito, mis caras Herm anas, las decía en uno de es­
tos actos, por haberos hecho la gracia de despojaros
alegrem ente de vuestro traje del mundo y revestiros
del pobre y sencillo hábito de las H ijas de la Caridad.
M as sabed , Hermanas mías, que no está hecho todo
con tener el hábito; es menester adem ás adquirir el es­
píritu representado en la vestidura que llevam os; no
basta que hayáis dejado vuestro traje si al mismo
tiem po no renunciáis tam bién a vuestra propia volun­
tad, a vuestras satisfacciones y a las máximas y costum ­
bres que teníais en el mundo para haceros con otras
nuevas y distintas,, (1).
Preguntábales después si seguían en el firme propó­
sito de servir a D ios y a los pobres por toda la vida
en la asociación de las H ijas de la Caridad, y respon­
dido afirmativamente a la pregunta, las imponía la co ­
fia, dándosela a besar primero y haciéndolas de paso
alguna ligera reflexión (2 ;. "Renunciad de todo cora­
zón a las vanidades del mundo, decía a una, y tom ad,
mi querida Herm ana, por todo adorno esta sencilla
cofia, a fin de tener los oídos cerrados a toda plática
mundana y abiertos únicam ente a las verdades eter­
nas,, (3 ). "R uego a Nuestro Señor, decía a otra, que en
el momento en que recibáis, mi muy querida H erm a­
na, esta blanca cofia, sím bolo de la pureza, arroje de
vuestro corazón toda vana com placencia del mundo y
le llene con la consideración de las cosas celestiales y
divinas, a fin de que la pureza sea el anhelo mayor de
vuestra alma,, (4).

(1) L. de M., t, II, p. 252.


(2) Ibid., t. II, p. 257.
(3) Ib id ., t. II, p. 254 .
(4; Ibid., t. II, p. 255.
A las profesas se les entregaba, adem ás, una cruz o
un crucifijo (1).
Y , al menos desde 1640, todas solían llevar pen­
diente de la cintura un rosario que term inaba en una
cruz o medalla (2).
La idea de los votos, com o las de todos los elem en­
tos que, fundidos en el crisol de la vida com ún, ha­
bían de formar un día el molde acabado y perenne de
las H ijas de la Caridad, puede decirse que nació es­
pontáneam ente y por la fuerza y engranaje mismo de
las cosas.
Dirigía San Vicente la palabra a las Hermanas el 19
de Ju lio de 1640, en una de aquellas encantadoras
pláticas fam iliares o coloquios que con ellas y para
formarlas en la virtud solía sustentar, cuando se le
ocurrió darlas parte de una escena a que por entonces
había tenido ocasión de asistir y que le había impre
sionado vivamente. “Uno de estos días, las d ijo, he
experimentado gran consuelo al escuchar la fórmula
de los votos que hacen los H ospitalarios. Ved en qué
términos está redactada: “Yo, herm ano T a l, hago
voto de guardar por toda mi vida pobreza, castidad y
obediencia y de servir a nuestros señores los pobies.„
Ved, hijas mías, anadió aquí el santo, ¡honrar de este
modo a los pobres, m iem bros queridos de Jesu cristo!
¿No será esto una cosa bien agradable a Dios?,, P ala­
bras que San V icente, advierte a continuación una
de las H ijas de la Caridad que le escuchaban, pronun­
ció con tal fervor que algunas de las H erm anas, hon­
damente conm ovidas, 110 pudieron menos de exclam ar
que por felices po:Íían tenerse en verdad aquellos bue­
nos religiosos al consagrarse tan enteram ente a D ios;
preguntando después al santo si algunas de ellas no-
podrían hacer tam bién lo propio en la Com pañía.
“O h, sí, hijas mías, replicó San V icen te, pero con una
diferencia: que los votos de estos religiosos, siendo
com o son solem nes, únicamente pueden ser dispensa­
dos por el Papa, mientras que los nuestros, de hacer­
los, podrían sernos tam bién dispensados por los O bis­
pos,, (1 ).
Quedando por entonces en que aquellas que de este
modo quisieren consagrarse a Dios se lo hiciesen pre­
sente a sus Superiores, dispuestas a hacer lo que éstos
en particular las aconsejasen, elevó el santo los ojo s
al cielo e hizo a Dios en nombre de todas las H ijas de
la Caridad y en su propio nombre esta hermosa plega­
ria, que era al mismo tiempo una profesión de vida
religiosa: “fOh Dios m ío !— exclam ó— , sin reserva de
ninguna clase nos ponem os en vuestras m anos. Ha­
cednos la gracia de vivir y morir en la perfecta obser­
vancia de una verdadera pobreza, gracia que os pido
para todas nuestras Hermanas presentes y ausentes.
“Hacednos tam bién la de vivir castam ent? y obede­
cer con entera sumisión a nuestros superiores. Nos
ofrecem os igualm ente a V os, oh Dios m ío, durante
toda nuestra vida para honrar y servir a nuestros se­
ñores los pobres. No nos neguéis esta gracia que por
vuestro santo amor os pedimos.,,
Vuelto luego a las H ijas de la Caridad que conm o­
vidas le escuchaban, las preguntó:— ¿No lo queréis así»
mis queridas Hermanas?
Y todas llenas de devoción protestaron que tal era
su más vivo deseo.
— Q ue el Señor os o ig a — repuso el santo; y al
verlas a todas de rodillas las bend ijo, haciendo sobre
ellas la señal de la cruz (1).
Acogida favorablem ente la idea que en esta ocasión
había sem brado San Vicente en el corazón de sus h ijas,
se trató de realizarla de un modo más concreto de
com o en un principio y por vía de ensayo había acon ­
sejado hacer el santo, y el 25 de Marzo de 1642 h icie­
ron voto, no sabem os si temporal o perpetuo, de po­
breza, castidad, obediencia y perm anencia en la con ­
gregación cuatro H ijas de la Caridad con nuestra V e­
nerable.
En adelante, después de cin co , seis y aun siete años
de prueba o noviciado (2 ), les fueron haciendo su cesi­
vamente todas o la mayor parte de las Hermanas. En
1646 parece que San Vicente era de opinión que las
que ya llevaban algún tiempo en la com pañía h icie­
sen votos perpetuos; y sólo respecto de las novicias
vacilaba entre si concedérseles perpetuos o tem pora­
les (3)* Al fin, después de haber orado mucho y de
haberlo meditado y consultado m ucho, se determinó
que aquellas que de su voluntad quisiesen hacer vo­
tos, pues obligación no hubo ninguna en vida de los
fundadores, sólo les hiciesen y renovasen por un
año (4). Como no había una sola H ija de la Caridad
que no suspirase por ofrecer a D ios este sacrificio de

(1) Coníer. aux F. d. 1. Cb., t. I, p. 25.


(2) L. de M., t. III, p. 208; t. IV, pp. 156 y 293.
(3) I b id , t. III, p. 165.
(4) Ibid., t. III, pp. 350 y 355.
sí misma, el Sr. Alm erás, sucesor de San V icente en
el régimen de las dos familias, convirtió en regla esta
práctica de los votos anuales, y así ha seguido desde
entonces.
Com o se ve, la conducta de San V icente y de Luisa
de M arillac era siempre la misma: jam ás apartaban
los ojos del fin que se habían propuesto, pero no te­
nían prisa en llegar a él. Lo cual no era otra cosa que
seguir los cam inos de la divina P rovidencia, que si a
todo extiende su mano sin vacilación jam ás lleva a
cabo sus fines por medios violentos: “Attingit a fine
usque ad finem fortiter sed disponit omnia sttavi-
ter„ (1).
A todo esto, mientras el organism o de la naciente
asociación iba tom ando forma y adquiriendo robustez
y relieve, extendíase y se desarrollaba en todas direc­
ciones. Aun lim itándose al breve período de la infan­
cia de la com pañía, com prendido entre los años 1633
y 1646, podía hacerla San V icente escribiendo al ar­
zobispo de París en multitud de Caridades o parro­
quias de P arís, en cada una de las cuales había dos o
tres H ijas de la Caridad ejerciendo diaiiam ente sus
m inisterios; en el hospital, tam bién de P arís, donde
había otras tres H erm anas ayudando a las señoras de
la Caridad; en la cuna o casa de expósitos de la co r­
te, servida por doce H erm anas; en los calabozos de
los forzados, en los hospitales de A ngers, de R iche-
lieu, de San Germán en L aye, de Sedán y de San D io­
nisio, y “en otros lugares de pueblos y aldeas, donde
del mismo modo se ejercitan en el servicio y curación
de los enferm os y en la instrucción de las niñas po-
bres; todo por la misericordia del cielo con gran ben­
dición» (1).
Tales y tan distintas fundaciones y ministerios ex i­
gían, com o era natural, particulares reglam entos, tanto
más necesarios cuanto que, apartadas en su mayor
parte las Hermanas del foco de vida y dirección de la
casa madre y de la vista y consejo de sus fundadores,
les hubiera sido im posible, sin una norma de vida,
mantenerse en orden y regularidad. De aquí, y com o
derivación del ideal que San Vicente había trazado ya
al instituto en su inolvidable conferencia deí 31 de J u ­
lio de 1634, esa prodigiosa multitud de ordenanzas que,
regularizando la vida y funciones de la Hija de la Ca­
ridad cerca de los pobres, de los enferm os, de los ni­
ños expósitos, de los galeotes y de la niñez, tanto ha­
bía de facilitar la redacción por escrito de las reglas o
constituciones comunes (2). Bien puede decirse que
en 1646 apenas si había una sola circunstancia de la
vida religiosa o una m anifestación la más mínima de
la actividad benéfica de la Hija de la Caridad que o
de palabra o por escrito no estuviese prevista y regu ­
lada por los fundadores. P arecía, pues, llegada la
hora de dar alguna formalidad oficial así al instituto
com o a la organización de sus funciones y de su vida
común. La experiencia y el curso de los años habían
correspondido a los ensayos de San V icente y de Luisa
de M arillac. El Papa mismo les había dirigido palabras
alentadoras. ¿Q ué mayor prueba de acierto y de esta-

(1) Suppl., pp. 496-498; L. de M., t. III, páginas 153 y


siguientes.
(2) L ettr., I, pp. 142 y 295; Confer. aux F, d. I. Ch^
t, I, pp. 19 y 63; L. de M.t t. III, p. 143.
bilídad podían, pues, apetecer? Así que, cerrando el
santo los ojos a toda reconvención de su humildad,
tomó la pluma y puso por escrito las reglas que poco
a poco e inspirándose muchas veces en las notas y
observaciones que le sugería la señora Le Gras ha­
bía ido dictando y haciendo practicar a sus hijas.
Luego, acom pañadas de una solicitud, se las envió al
arzobispo de París pidiéndole que tuviese a bien apro­
barlas y erigir en asociación canónica a las H ijas de
la Caridad. Ju an Francisco Gondi, herm ano del gene­
ral de las galeras, en cuya casa había estado de ayo
San V icente, y que com o toda la familia profesaba al
santo suma veneración y cariño, se tuvo por dichoso
en acceder a la súplica que se le hacía, y el 28 de O c ­
tubre del mismo año de 1646 vino incond icional­
mente en ello.
Fué este paso, sin duda ninguna, de gran consuelo
para San V icente, y queriendo hacer participantes de
él a sus hijas, las convocó pocos días después a una
junta o conferencia general.
"H asta el presente, hijas mías, com enzó diciendo
el santo, habéis vivido en absoluta independencia y
sin otra obligación respecto de D ios que la de cum ­
plir el reglam ento que o í estaba señalado y ateneros
al género de vida que se os había prescrito. C anóni­
camente al m enos, tam poco form abais hasta la fecha
un cuerpo distinto y separado del de las Señoras de la
Caridad; mas hoy ha tenido a bien el Señor consti­
tuiros en asociación particular que, sin sacaros del
círculo en que las circunstancias os habían hecho
n acer, tenga sus ejercicios y sus funciones peculiares,
T ligándoos el Señor más estrecham ente las unas con las
otras por la aprobación que de vuestra manera de
vida y de vuestras reglas ha hecho el ilustrísimo y re­
verendísimo señor arzobispo de la diócesis.,,
Leyó entonces el santo la solicitud hecha al efecto
con la correspondiente ap ro bació n,y acto seguido hizo
lo propio con las reglas, deteniéndose a com entar bre­
vemente los pasos que de mayor im portancia le pare­
cían. Helas aquí en resumen, ya que otra cosa no con­
sienten ni la cualidad del documento en cuestión ni el
carácter de la presente obra: Ante todo deben tener
presente que su fin no es otro que el de servir y honrar
a Jesucristo en la persona de los pobres de cualquier
clase que sean y en cualesquiera circunstancias de ve­
jez, enferm edad, orfandad, locura o prisión en que se
encuentren, proporcionándoles cuantos servicios cor­
porales o espirituales estén en su mano. Como opuesto
a este fin para el cual el Señor las ha hecho nacer en su
Iglesia, deben rechazar toda idea de hacerse religiosas.
Nada de claustros, ni de celdas, ni de m onasterios.
“Las H ijas de la Caridad— son palabras de la R eg la—
tendrán por monasterio las casas de los enfermos; por
celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la iglesia de
la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad o
las salas de los hospitales; por clausura, la obedien­
cia; por rejas, el tem or de Dios, y por velo, la santa
modestia* (1 ). Con todo debían esforzarse por igualar
y aun exceder en virtud a las religiosas más austeras
y de más riguroso apartam iento, por lo mismo que su
vocación las pone en mayores peligros y en situacio­
nes más ocasionadas.
Y com o no hay medios de mayor eficacia para la
consecución de la virtud que la asidua mortificación
de las pasiones y la fidelidad a las prácticas y eje rci­
cios de devoción, las H ijas de la Caridad pondrán
singular esmero en conseguir ambas virtudes.
Ni cilicios ni otras m aceraciones sem ejantes las pres­
cribe la Regla respecto de la m ortificación, pero no por
eso dejan de hallarla, y grande, en el cum plim iento de
sus obligaciones. Levantarse puntualmente en invier­
n o , lo mismo que en verano, a las cuatro; hacer dos
veces al día oración m ental; vivir muy frugalmente;
no beber más que agua si no es en caso de necesidad;
ofrecer a los enfermos los servicios más bajos y asque­
rosos; velarles noches enteras; mirar com o cosa de
nada la infección de los hospitales y el aire corrom pi­
do que m uchas veces en ellos se respira, así com o los
horrores de la muerte y los convulsivos estrem eci­
mientos de los m oribundos: he aquí una pequeña
muestra de la clase de m ortificación de las H ijas de la
Caridad, m ortificación que, sobrellevada con espíritu
de penitencia, Jas m erecerá por sí sola en el cielo una
incom parable diadema de gloria.
Por lo que hace a los ejercicios de piedad, deben
frecuentar los sacram entos cuanto las sea posible, acu­
diendo a enardecer y avivar el fuego de su caridad en
la sagrada com unión, manantial irrestañable de todo
amor y de todo sacrificio; oír diariamente la santa
misa, rezar el rosario, asistir a las lecturas y otros eje r­
cicios de piedad, y sobre todo hacer por la mañana
tres cuartos de hora de m editación y media hora por
la tarde. Estos actos deben estar, con todo, subordi­
nados a los oficios de caridad que deben al prójim o.
Al primer grito del pobre deben volar en su socorro.
P ero a fin de que su piedad no sufra con ello , cuidarán
de no perder a Dios de vista en sus caritativos afanes,
recogiendo hasta por las calles y las plazas los frutos
de justicia y de paz que la Providencia no las perm i­
te recoger a la sazón en el silencio y retiro (1).
H echa la lectura y alguno que otro com entario de
las Reglas, prosiguió San V icente: “O s he dicho ya
otras veces, hijas mías, que aquel que entra a bordo
de un buque para hacer un largo viaje tiene que so­
meterse a las ordenanzas del capitán, a menos de ex­
poner su vida a gran peligro. Otro tanto sucede a las
personas que son llamadas de D ios para vivir en co ­
munidad.: corren gran riesgo de perderse si no tratan
de observar sus reglas. P or la misericordia del Señ o r,
yo creo que no hay ninguna entre vosotras que no esté
resuelta a guardarlas. Pero ¿no me equivoco? ¿O s
halláis todas en esta disposición?
w—-Sí, Padre m ío.„
Aquí las H ijas de la Caridad se pusieron dé rodillas,
em bargadas por la sensación de religiosa solem nidad
que iba tomando el a cto , y San V icente prosiguió:
“Cuando M oisés dió la ley a su pueblo, éste se h a­
llaba de rodillas, com o veo que estáis vosotras. E sp e ­
ro que el Señor, en su infinita bondad, secundará
vuestros deseos, haciéndoos la gracia de practicar
la que hoy os da a vosotras. ¿No es verdad, hijas
m ías, que os entregáis a Él de todo corazón para vivir
en la observancia de las santas reglas que ha tenido a
bien dictaros?
“ — S í, Padre m ío.
“— ¿No estáis en la firme voluntad de vivir y morir
en vuestra santa vocación?

( i) Collet, V ie de Saint Vincent de Paul, t. I, pp. 255 y


siguientes (París, 1881).
* — S í, Padre m ío.
“— Yo ruego a la soberana bondad de D ios que,
por su infinita m isericordia, tenga a bien derramar
abundam ente sobre vosotras toda suerte de gracias y
bendiciones, a fin de que, siendo fieles a la observan­
cia de vuestras reglas, podáis hacer en todo su adora­
bilísim a voluntad. Ruego tam bién a la Santísim a Vir­
gen que nos alcance de su divino H ijo esta singular
merced. Santísim a Virgen, intercesora e intérprete de
los que no tienen palabras con que expresarse, así es­
tas buenas Herm anas, com o yo, os suplicam os que ten­
gáis a bien proteger esta humilde com pañía. Conti­
nuad y acabad una obra que es la más grande del
mundo. O s lo pido, Señora, en nombre de los presen­
tes y ausentes, y a V os, D ios m ío, por los méritos de
Jesu cristo vuestro H ijo y Señor nuestro. „
Esto dicho, las Herm anas pidieron* perdón de las
faltas que contra las reglas habían com etido, y el san­
to añadió: " S í, que Nuestro Señor os perdone todas
vuestras faltas. Y a m í, m iserable, que tantas com eto
contra las m ías, que me las perdone tam bién. P erd o ­
nadme igualm ente vosotras, hijas mías. ¡Q ué de fal­
tas no he com etido en lo tocante a vuestra dirección
y a vuestra obra! Interceded por mí ante el Señor para
que me perdone. Y yo por mi parte suplicaré a Nues­
tro Señor Jesu cristo que os dé por sí mismo su santa
bendición, ya que las muchas faltas que respecto de
vosotras he com etido me hacen indigno de dárosla yo
en su nom bre. „
Con esto San V icente se prosternó y besó la tierra.
Vivam ente afligidas, así la señorita Le Gras com o las
demás Hermanas al ver que su Padre se negaba a dar­
las la bendición, unieron sus ruegos para hacerle una
santa violencia. Al fin, después de haberse resistido
por largo tiem po, accedió a sus súplicas diciendo:
"V o s lo queréis, hijas mías; pedid, pues, a Dios que
no mire a mi indignidad ni a los pecados de que me
siento culpable, sino que usando conm igo de miseri­
cordia se digne derramar sobre vosotras su santa gra­
cia al mismo tiempo que yo pronuncio las palabras de
la bendición: Bemdictio Del, etc.„ (1).
La bendición del Señor descendió, en efecto, a no
dudarlo, sobre aquellas almas fervorosas que con nues­
tra Venerable a la cabeza rodeaban al humilde V icen ­
te , y descendió para anim arlas en todas sus empresas
y acom pañarlas en todas sus acciones; ya que sin ella,
como admirados tendrem os ocasión de verlo en otros
capítulos, ni las unas hubieran sido tan maravillosas y
gigantescas, ni las otras tan sobrehum anas y divinas.
A ntes, sin em bargo, acabarem os de estudiar en eí
siguiente cuanto se refiera a la organización de tan
adm irable instituto; y después de haber puesto los
o jo s en el elem ento exterior de la ob ra, hagam os tam ­
bién por darnos cuenta del interior. H em os estudiado
el cuerpo, estudiem os ahora el alma.

( i) Confér. aux F. d. 1. Ch., t. I, pp. 279 y sig.


Virtudes interiores: Estima de su vocación, amor de Dios,
humildad, sencillez, pureza.— Virtudes exteiiores: O be­
diencia, amor a los pobres enfermos, pobreza, observan­
cia regular.— Virtudes domésticas: Unión y caridad fra­
terna, soportamiento mutuo, condescendencia.-M edios
de santificación más característicos de la Hija de la Ca­
ridad .

§ I .— Virtudes interiores: Estima de su vocación, amor


de Dios, humildad, sencillez, pureza.

f
AMÁS ha sido traída tan a cuento la com para­
ción del cuarzo, tosco e informe, y la esm eral­
da sacada de él y convertida, gracias al cincel
y al arte del joyero, en sím bolo de hermosura y he
chizo de los o jo s, com o en el caso de apreciar la di
ferencia entre lo que eran las primeras H ijas de la Ca­
ridad al entrar en la Congregación y lo que con el
tiem po, y gracias a la “disciplina prudente y regu­
lar,, (1) de nuestra V enerable, fueron.
Pobres aldeanas com o en un principio eran todas y

( i) L . de M., 1 . 1, p. 58.
com o con raras excepciones, lo siguieron siendo por
muchos anos, estaban, por regla general, dotadas de
un corazón de oro y de un fondo de virtud inaprecia­
ble; pero educadas en la pobreza, en la austeridad y
en la falta de form as sociales, por precisión tenían que
ser rústicas, desconsideradas y de pocos alcances (1).
Fácilm ente se echa de ver cuánta abnegación y pa­
ciencia necesitaría Luisa de M arillac para labrar en se­
m ejantes bloques la estatua, toda sacrificio, delicade­
za y com pasión, de la H ija de la Caridad. No sin m o­
tivo ponderaba una de ellas la virtud de nuestra V en e­
rable al formar con sem ejantes elem entos un instituto
ya de suyo tan difícil (2).
O bjeto ha sido siem pre de .admiración la conducta
de Jesu crito al querer servirse de doce pescadores para
establecer su Iglesia, com puesta asimismo en su m a­
yor parte y por mucho tiem po de gente pobre, sin edu­
cación y sin letras, exvili plebecala, com o con frase
de escarnio, que Tertuliano recoge con orgullo, de­
cía el gentilism o ilustrado. Pues una cosa semejante
parece que el Señor quiso hacer en el establecim iento
de las H ijas de la Caridad. Llam ándolas un día la
atención San V icente sobre este parecido, exclam aba:
“¡O h, qué gracia, hijas m ías, que el Señor se haya
querido servir en la fundación de vuestra com pañía de
gentes de la misma condición que las que escogió para
salvar al mundo!,, (3).
Pero si aquellas primeras jóvenes, al entrar en la
congregación, dejaban mucho que desear, ofrecían,

(1) Lettr., t. II, p. ro.


(2) L, de M., t. I, p. 238.
(3) Conftr. aux F. d. 1. Ch., t. II, p, 468.
en cam bio, no pocas esperanzas: eran hum ildes, dóci­
les y generosas, y estos ricos gérm enes de virtud, cul­
tivados convenientem ente con la disciplina de la vida
común y fom entados al calor de la oración, bastaron
a hacer de ellas, com o no tardó en presentirlo San V i­
cente (1 ), el eterno m odelo de la H ija de la Caridad.
Lo primero que para realizar este prodigio creyó
necesario hacer e hizo nuestra V enerable fué inspirar­
las alta idea y singular estima de su v ocación . No es
posible que uno se sacrifique por lo que no am a, ni
que am e lo que no estima y cuyo valor desconoce.
P or aquí, pues, urgía com enzar. Ahora bien, ¿qué m o­
tivos tenían las H ijas de la Caridad para amar su vo­
cación? E l principal que la Venerable solía aducirlas
era la dignidad suprema que les com unicaba al poner­
las en la obligación de dedicarse exclusiva y directa­
mente al ejercicio de la caridad, precepto el más re­
com endado por Jesucristo y en que, según palabras
del mismo Salvador, se resumen todos los preceptos
y aun la misma ley y los Profetas (2 ). “¿No es adm i­
rable— d ecía— que con la form ación de nuestro insti­
tuto haya hallado D ios medio de que personas sin nin­
gún recurso puedan ejercer la caridad? ¿Q uién de vos­
otras hubiera osado abrigar la esperanza de llevar a
diario la com ida a un solo enfermo? ¿Q uién se habría
permitido soñar con proporcionarles rem edios y asis­
tirles en sus enfermedades? Y , lo que es más aún,
¿quién hubiera podido creer que llegaría tiem po en
que la sería dado entrar con entera confianza en las
casas de los pobres para hablarles de su salvación y

(1) Lettr., t. I, p. 142.


(2) L . de M., t II, p. 71.
advertirles del mal estado en que muchas veces sue­
len hallarse? E n cuanto a mí, os confieso con ingenui­
dad que hubiera podido con la gracia de Dios apete­
cerlo, pero jam ás desearlo. Y , no obstante, com o veis,
esto es lo que ejecutáis todos los días, pudiendo de­
cir aún más, y es que vuestra caridad no .sólo adm ite
parangón y puede ir a las parejas con la de las seño­
ras más grandes del mundo, sino aun sobrepujarla y
sobrepujarla incom parablem ente, pues que en hecho
de verdad ninguna com paración tiene el dar uno sus
riquezas con el darse a sí mismo y em plear todos los
mom entos de su vida, y aun exponer esta misma vida,
en servicio de los pobres,, (1).
Y San V icente, tan com edido en todo cuanto de le­
jos o de cerca podía traer algún brillo sobre cualquie­
ra de sus instituciones, no hallaba palabras con que
enaltecer la vocación de las H ijas de la Caridad; “tal,
las decía el santo en una conferencia, que en toda la
Iglesia de Dios no veo cosa más grande ni que más
levante y dignifique a la m ujer „ (2). Recordábalas tam ­
bién a este fin la conversación que a este próposito
tuvo en cierta ocasión con una de las Herm anas, S o r
Juana d'A Iem agne, m om entos antes de que ésta entre­
gara su alma a D ios. “La última vez que fui a verla,
contaba el santo, la d ije: Y bien, Hermana m ía, ¿qué
preferiríais en este instante haber sido, gran señora o
Hija de la Caridad? Y aquella H erm ana, que apenas
podía articular ningún sonido, me contestó: H ija de la
Caridad. ¡O h palabra de oro, continuó San V icente,
y qué bien a las claras nos dice que la condición de

(1) L, de M.f t, II, pp. 69 y 70.


(2) Confer. aux F. d. 1. C t v t. I, p* 394.
las H ijas de la Caridad es más alta que todas las gran­
dezas del mundo! Lo cual, en verdad, nada tiene de
extraño, pues que ser H ija de la Caridad no es otra
cosa que ser hija de Dios. ¿Y quién, oh Hermanas
m ías, no preferiría esta cualidad a la cualidad de ser
hija de un rey?„ (1).
Naturalmente, este levantado concepto, que así San
Vicente com o nuestra V enerable procuraron infundir
en el ánim o de las H ijas de la Caridad respecto de su
vocación , tenía que llevarlas a trabajar sin tregua por
hacerse con el espíritu y virtudes de la misma. A tres
reducía San V icente las que él consideraba com o esen­
ciales del instituto: la caridad, la humildad y la sen­
cillez (2).
Ante todo la caridad o amor de Dios. “Am em os a
Dios, oh hijas m ías, las decía en una m editación nues­
tra Venerable; Dios nos ha mandado am arle de todo
nuestro corazón. Escribió este gran mandamiento en
las tablas de la ley que hizo publicar por M oisés; nos
envió a su H ijo para que nos le enseñara con sus dis­
cursos y nos diera ejem plo de él con sus accion es; y
este mismo H ijo rubricó y selló con su sangre los
ejem plos que sobre el particular nos había dado mu­
riendo en la cruz y entregando a Dios sobre ella su
espíritu. H ijas de la Caridad, parad mientes en el
nom bre que lleváis; miradle com o una advertencia
continua de la obligación especial que tenéis de tra­
bajar en la práctica de esta soberana virtud„ (3 ).
Por otra parte, si amor sólo con amor sé paga, ¿de

(O C onler. a u x F . ü. 1. Chu, t. I, p. 172.


(2) Ibid., t. I, p. 523.
(3) L. de M., t. II, p. 114.
qu é otra suerte que entregándole por com pleto nuestro
corazón podríamos corresponder a la caridad con que
-el Señor eternam ente nos ha am ado? “D iónosa conocer
este am or cuando nos mandó que le llam ásem os nues­
tro Padre, título que nos invita a am arle, no sólo con
afectos de ternura y sensibilidad, sino poniendo además
en E l toda nuestra confianza, abandonándonos com ple­
tamente a su conducta y am ándole sobre todas las c o ­
sas, siendo El quien en virtud de su am or de Padre
nos dió a su único H ijo, y nos adoptó a nosotros tam ­
bién por hijos suyós y por herederos de su gloria" (1).
Y ¿qué decir del am or que este mismo D ios hecho
hombre nos mostró en las afrentas y dolores de su P a ­
sión? “Qué, ¿no queréis, mis caras H erm anas,seguir a
Jesú s, a vuestro am able Salvador, aunque cubierto de
llagas y cargado con la cruz? Parécem e veros cada
una con la vuestra, según que E l nos exhorta a ello; y
que todas llenas de am or y de resolución os decís con
el Apóstol Santo Tom ás: Vayamos también nosotras
y muramos con E¿„ (2).
De esta clase, fuerte, abnegado y generoso, es como
quería Luisa de M arillac que fuese el am or de sus hi­
jas a Dios, amor que apartase su espíritu de todo otro
amor de la tierra y que, puro y ardiente, las hiciese
capaces de sentir con pasión las m iserias y dolores del
pobre y correr en su ayuda aun con peligro de su sa­
lud y hasta de su propia vida. O casión tendrem os de
ver repetidam ente en estas páginas ejem plos de tan
sublim e am or de Dios; por ahora recordarem os sola­
mente uno muy sencillo, pero no m enos atrayente y

(1) L. de M., t. II, pp. 1 14 y 115.


(2) Ibid., t. II, p. 28.
herm oso. En una plática del 12 de Agosto de 1640
había contado San V icente a sus hijas, exhortándolas
a mantenerse en la presencia de D ios, el ejem plo de
cierta señora que, al efecto, llevaba en una de las man­
gas de su vestido una estampa de la V irgen, cuya vista
la hacía entrar dentro de sí y levantar el corazón a
Dios; y habiéndolas preguntado en la conferencia o
o plática siguiente si habían echado en olvido dicho
ejem p lo, una de ellas, M argarita Lausence, Hermana
de pocos años y de carácter jovial y divertido, res­
pondió sencillam ente “que yendo a ver a un enfermo
y pasando por la feria, la habían entrado ganas de de­
tenerse a presenciar los juegos y diversiones que en
ella se verificaban; pero que tomando en sus m anos
la cruz del rosario había dicho: ¡O h Jesús! ¿Q ué tie ­
nen que ver con V os todas esas locuras del mundo?
Y que de esta suerte había proseguido su cam ino,, (1).
Persuadida igualmente nuestra V enerable de que sin
humildad era im posible que ninguna de sus h ijas'p er­
severase en una vocación y m inisterios tan abatidos y
repugnantes com o a los ojos del mundo, y en general a
los de nuestra naturaleza, se ofrecen la vocación y m i­
nisterios de las H ijas de la Caridad, no cesó uno y
otro día de inculcársela, así con palabras com o con el
ejem plo. Y eso que ante la elocuencia apasionada y fas­
cinadora de la palabra de San V icente, al tratar de esta
virtud, bien podía ella descansar tranquila. “La hu­
mildad, les decía el santo en una plática, es el origen
de todo el bien que hacem os, así com o no hay mal
alguno que no tenga su raíz en la soberbia,, (2 ). ¿Q ué

(1) Confér, aux F. d. 1. Ch., t. I, p. 36.


(2) Ibid., t. I, p. 587.
mayor motivo para huir de la una y aficionarnos cotí,
todo nuestro corazón a la otra?
En otra ocasión, y bajando, com o solía, al particu­
lar, las indicó los actos de esta virtud diciendo: “Una
de vosotras, por ejem plo, está mal constituida, tiene
alguna ligera deform idad; si am a esta deformidad,,
ama su abyección. O tra, con razón o sin ella, es o b ­
jeto de alguna censura en la com unidad o en las pa~
rroquias, si se com place en ello, señal de que es v er­
daderamente hum ilde, pues que ama su abatim iento.
Al contrario, hállanse bien lejos de poseer el espíritu'
de la humildad aquellas que piensan ser alg o , que se
tienen por discretas, que se glorían de saber sangrar y
de otra multitud de habilidades, y que en todas partes
donde han estado se creen que se las llora y se las
echa de m enos. ¡O h , en qué estado tan digno de lá s­
tima se hallan estas tales! Su espíritu no es otro que el
espíritu del orgullo, contrario diametral m ente al que
debe de animar a una H ija de la Caridad. He aquí,,
pues, el primer indicio de la humildad: sentir b a ja ­
mente de sí, creer que no es buena más que para
echarlo todo a perder.
“E l segundo distintivo de la humildad en una H er­
mana es si toma siempre para ella lo peor y si se mira,
como la última de todas, diciendo todo el mal que
sabe de sí misma a fin de que no se la encom iende:
cargo alguno y todo el bien que puede de su com pa­
ñera para que la hagan a ella superiora.
“Una H ija de la Caridad es, por fin, humilde si se
turba cuando se la alaba y no lo puede sufrir„ (1).
El increm ento que la congregación iba por instan­
tes tomando y el nim bo de gloria que por todas par­
tes envolvía a la H ija de la Caridad llenaban de alar­
ma y de inquietud a los fundadores, quienes, tem ero­
sos de que la vanidad hiciese nido en el alma de sus
hijas, no perdonaron medio por despertar cada día en
ellas más bajos y humildes pensamientos de sí mismas.
Cuanto la savia del agradecim iento y de la adm iración
las levantaba más alto, tanto más debían ahondar y
esconder sus raíces en la tierra de su propia nada y de
sus miserias. “A la verdad, hijas m ías, exclam aba San
V icente, ¡yo no sé quién se podrá humillar bastante
en vista de la multitud de gracias que Dios hace a la
com pañía! Preciso es anonadarse y decir a D ios: ¡Oh
S e ñ o r!, ¿en qué p en sáis—permitid que os lo digam os—
al poner vuestros ojos en tan pobres criaturas com o
nosotros som os? ¡O h, Hermanas m ías!, menester es
que pidamos a la Santísim a Virgen que se hum ille ella
por nosotros ante su H ijo ; pues de otro modo nos sería
im posible hacerlo en la forma a que estam os obliga­
dos. Y entretanto, haceos violencia por adquirir una
profunda humildad, ya que sólo de esta suerte podréis
vivir segu ras... Ni solam ente debéis amar la hum illa­
ción por lo que hace a las personas, a vosotras m is­
mas en particular, sino tam bién en cuanto se refiere a
la com pañía en general, gozándose en que se diga de
ella que no vale nada, que está com puesta de gentes
inútiles y llenas de im perfecciones, etc.,, (1).
Después de leer otras pláticas y recom endaciones
de San V icente de P aúl, se ve uno forzado a exclam ar:
¡Q ué prudencia la de este hom bre! ¡Q ué quilates de
hermosura los de su alm a! A quí, al pasar los ojo s por
las líneas que anteceden, no cabe otro com entario que
la adm iración ni queda al alm a otra libertad que la de
levantar sus ojos al cielo y bendecir al Señor que ta­
les maravillas de santidad produce en su Iglesia.
La sencillez era otra de las virtudes que San V icen ­
te consideraba com o esenciales de la verdadera Hija
de la Caridad. Im posible que un santo que llam aba a
esta virtud “su evangelio,, (1) no se esforzase por in­
culcarla grandemente en el corazón de sus hijas. Así
quería que la sencillez fuese com o la luz que ilum ina­
se todos sus pasos. No había de haber una sola de sus
acciones, ni una sola de sus palabras, ni uno solo de
sus pensam ientos que no estuviesen anim ados de la
sencilez. E n la ob ed ien cia, en el vestido, en el hablar
y en el callar, en el trato con sus superiores, en casa y
en la calle, con los pobres y con los ricos, con todos
y en todas partes, sencillez. Sencillez, por supuesto,
bien entendida, es decir, acom pañada de la caridad y
de la prudencia (2 ). Hasta en la forma en que habían
de hacer sus confesiones quería el santo que las H ijas
de la Caridad fuesen sencillas, prescribiéndolas que,
"no teniendo, com o a Dios gracias es de suponer que
no tendrían, pecado alguno m ortal, se contentasen con
acusarse de dos o tres y aun de una sola de sus faltas
veniales,, (3); y esto no sólo para ahorrar tiem po y po­
derse entregar con más desahogo al ejercicio de su ca­
ridad, sino tam bién paia acostum brarse a proceder en.
todo sencilla y desem barazadam ente.
La pureza había de ser, por últim o, no tanto una

(1) Confer. au x F . d. 1. C h ., 1 . 1, p. 534.


(2) Ibid.
de las virtudes interiores y esenciales de la H ija de la
-Caridad, cuanto la ñor, el perfume y arom a de todas
ellas. Im posible que el Señor, pureza y santidad infi­
n itas, ponga sus ojos y se agrade en un alma y la tom e
por su esposa si echa de m enos en ella el blanco velo
de la pureza. La H ija de la Caridad debía, pues, po­
ner el amor a esta virtud sobre todos sus am ores, es­
forzándose y no perdonando medio por hacerse con
ella y preservarla de toda m ancha de pecado. M as
íqué! ¿Cómo conseguir esto? ¿Adonde acudir para for­
talecer nuestro corazón contra su propia debilidad,
contra las sorpresas de nuestras mismas pasiones y
contra los asaltos del enem igo, em peñados todos en
despojarnos de tan rica presea? Luisa de M arillac no
creía que hubiese m edio más poderoso para ello que
la consideración de los dolores de nuestro Divino R e ­
dentor. “Ved a Jesú s, las d ecía, cargado con nuestras
im purezas. ¡Cuán rigurosam ente tuvo que expiarlas
en la cruz! ¡Ah! S i am áis a este Esposo de vuestras
almas, no necesitaréis más para resistir a las ten tacio­
nes con que el enem igo trate de haceros perder la cas­
tidad, que poner los ojos de vuestra consideración en
los sufrimientos con que este Señ o r tuvo a bien abra­
zarse para redim iros de la esclavitud de vuestras cul­
p as y adquiriros esta hermosa virtud„ (1).
Luego, yendo derecha a la raiz de los principales
obstáculos que en la práctica de ella podían salirlas al
paso, las aconsejaba el recogim iento y la guarda del
corazón. “El am or a la soledad, las decía, aisla el
alm a del trato con el mundo y no la permite ir a él
más que cuando la caridad lo exige. Fuera de eso la
m antiene en el retiro, que es donde D ios se deleita y
com unica con los suyos. Nosotras no de otro modo
<jue las religiosas, ya lo sabéis, tenem os un claustro del
cual las almas fieles a Dios no hallan menos dificultad
en salir que las religiosas en dejar el suyo, no obstante
de que no sean las paredes, sino la santa obediencia
quien las sujete y las sirva de regla en sus deseos y ac­
ciones,, (1).
Además de la disipación quería nuestra Venerable
que huyesen tam bién sus hijas de todo afecto desorde­
nado a las criaturas, cualquiera que fuese. “A si, pues,
luego que sintáis, las decía, inclinado vuestro corazón
a una persona y que experim entéis gusto en verla o
hablarla, tratad de mortificar resueltamente y desde un
principio esta pasión; pues de otra suerte, a poco que
os abandonareis, perderíais de vista el riesgo e iríais
cediendo, ya que es muy difícil apartarse de un peli­
gro cuando en él está interesada la voluntad,, (2).
La obediencia, la inseparable com pañía de las de­
más Hermanas y la absoluta prohibición de dejar
entrar en sus habitaciones ninguna persona de distinto
sexo, debían adem ás preservarlas de todo lazo y peli­
gro. "L os seglares de cualquiera condición que sean,
las decía San V icente, pueden entrar en vuestras casas,
y así es menester para bien de los pobres; mas sólo en
las salas y locutorios, jam ás en vuestras habitaciones
particulares. El cuarto de una H ija de la Caridad debe
ser tan sagrado com o la celda de una Carm elita: ni
señores, ni grandes, ni sacerdotes, ni siquiera vuestros
confesores deben entrar en ellos.,, “Ni al señor P or-

(1 ) L . de M., t. II, p. 84.


(2 ) Ibid., t. II, p. 97.
tail, añadía, ni a mí m ism o, si tratásem os de contra­
venir a vuestra regla, deberíais perm itírnoslo„ (1).
Con precauciones tan sabias y con el auxilio, sobre
todo, del Señ o r y de la Santísim a V irgen, a quien
nuestra V enerable consagró incondicionalm ente su
instituto pidiéndola con instancia que le concediera
esta virtud, las H ijas de la Caridad no sólo permane­
cieron castas en medio del mundo y de las arries­
gadas funciones de su vocación , sino que por todas
partes lograron extender el suave perfume de su pure­
za. Tan persuadidas llegaron a estar de que decir Hija
de la Caridad debía ser lo mismo que decir alm a pura
y castísim a, que com o la reina de P olonia dijera h a­
blando con una de ellas que luego que crecieran las
niñas de cierto hospicio podían aumentar con ellas el
numero de sus vocaciones, la Hermana no lo pudo su­
frir, y santam ente orgullosa respondió a Su M ajestad:
"Perdonad m e, señora, que os replique; pero nuestra
com pañía no está formada por gente de esta clase,
sino por doncellas consagradas a Nuestro Señor.,, “P a­
labras— añade San Vicente com entando este h ech o —
que D ios mismo se las debió poner en los labios para
que com prendáis que en la com pañía no debe haber
más que alm as puras y castas,, (2).

§ I I .— Virtudes exteriores: Obediencia, amor


a los pobres enfermos, pobreza, observancia regular.

Conforme a las recom endaciones que Jesu cristo nos


ha hecho en el Evangelio de adornar y herm osear el

(1) C onfér. aux F . d. 1. C h „ t. II, p. 384.


(2) Ibid., 1 .I , p. 5 17 .
interior antes que el exterior, San V icente y Luisa de
M arillac, no sólo dieron el primer lugar a las virtudes
de que hablam os en el último párrafo, sino que hicie­
ron de ellas com o los pilares y fundamentos de su ins­
tituto. Con todo no se descuidaron en formar y educar
también a sus hijas en las virtudes exteriores.
Una de las que en es*e orden llam aron más su aten­
ción fué la obediencia.
“La materia de que hoy vamos a tratar, decía San
Vicente a sus hijas en una conferencia sobre esta vir­
tud, es de suma im portancia. ¿Tenéis a bien vos,
Hermana m ía, decirnos los pensamientos que sobre el
particular os han ocurrido?,,
Las Herm anas, sucediéndose unas a otras en el uso
de la palabra, fueron cada cual exponiendo las razo­
nes que en orden a practicar dicha virtud el Señor Jas
había com unicado. D ebían obedecer, porque la o b e ­
diencia es el sacrificio más agradable a D ios; por im i­
tar a Jesu cristo, que obedeció hasta dejarse enclavar
en una cruz conforme a la voluntad de su Padre; por­
que para las H ijas de la Caridad la obediencia es ía
clausura, los muros y las rejas de la vida religiosa;
porque sin la obediencia vendría abajo el edificio de
su instituto; y, en fin, por el mérito y galardón que
consigo lleva todo acto de esta virtud. Confirmó San
Vicente cuanto sus hijas acababan de decir, y fijo su
pensamiento en esta última idea, en el premio que una
Hija de la Caridad, obediente y fervorosa, tendría en
el cielo ante aquel Señor que ha prometido no dejar
sin recom pensa un vaso de agua dado por su am or al
pobre, siguió: “S í, hijas m ías; debéis advertir que el
mérito de una obra crece sin medida cuando la tal se
hace por obed iencia, razón que. nos debería mover a
12
no hacer nada, al menos en cuanto estuviese de nues­
tra parte, sino por obedecer. Podríam os decir que las
acciones hechas de esta suerte son com o un lienzo
pintado por un gran pintor, Miguel Angel, por ejem ­
p lo, u otro por el estilo: este lienzo, que de suyo no
valdría más que diez escudos, puede valer hasta veinte
o treinta en razón a la mano y autoridad del que le
hizo. A sí, una obra nuestra cualquiera tendría su m é­
rito, pero este mérito subirá de punto si la hacem os
por obediencia, la cual llega a convertir en meritorias
hasta las acciones más indiferentes y de ningún valor.
¡O h !, si una Hermana supiera lo que es obedecer, no
haría cosa alguna sin antes llegarse y decir a la her­
mana Sirvienta (o superiora): Herm ana, ¿puedo hacer
tal cosa? Y aun la misma hermana Sirvienta no haría
tam poco nada sin consultarlo con su compañera di­
ciendo: Hermana, ¿os parece bien que hagamos esto?
¿Creéis que será conveniente?,, (1).
Y enardeciéndose el santo a medida que hablaba y
que la persuasión suspendía su m ente, exclam ó: “ ¡Oh
virtud celestial que divinizáis los espíritus, que espar­
cís vuestra claridad sobre las alm as dispuestas a reci­
birla, que deslumbráis con vuestro resplandor a los
que alzan a vos sus ojos y Jes arrebatáis de adm iración
con vuestra hermosura! ¡O h, hijas mías! SÍ de una vez
os resolvéis a practicar la obediencia seréis más res-
plandeciences que el sol, y \uestra com pañía brillará
y despedirá rayos de luz, com o esos cuadros de los
santos en que la figura aparece aureolada, circunstan­
cia que fácilm ente los distingue de otros lienzos cua­
lesquiera, S í, si sois obedientes, bastará que aparez­
cá is tales para teneros por verdaderas siervas de
Dios„ (1).
Y entre los m edios que pueden disponer a un alma
a entrar de lleno en la práctica de esta tan hermosa
com o difícil virtud, ninguna parecía más eficaz a núes-
tra Venerable que la indiferencia, estado de ánim o,
d ecía, que “lleva a las H ijas de la Caridad a aprobar
cualquier cam bio de lugares, de personas y de em ­
pleos que con ellas hagan los superiores y que las dis­
pone a ir siem pre y de buen grado donde se las envíe
y con las Hermanas con quienes se las envíe. E s esta
una disposición, añadía, absolutam ente necesaria en
los designios que D ios se ha propuesto al fundar nues­
tra asociación, y sin la cual no podríamos ni dar a Dios
la gloria que su bondad espera de ella ni prestar a los
pobres el servicio a que estamos obligadas,, . (2).
Los pobres-, he ahí la sublime pesadilla así de San
Vicente com o de Luisa de M arillac. No son, pues, m e­
nester muchos esfuerzos de im aginación para figurarse
con cuánto celo inculcarían uno y otra a sus hijas el
am or a estos m iem bros desamparados de Jesu cristo.
Y si de lo que está lleno el corazón habla la lengua,
¿de que habían de hablar ordinariam ente aquellas al­
mas cuya existencia parece haber estado absorbida
por una sola preocupación, la de socorrer y hacer más
llevadera al pobre su miseria? “La verdadera H ija de
la C arid ad —decía nuestra V enerable— se ha dado al
S e ñ o r para el servicio de los pobres, y por lo mismo
su principal ocupación deben ser los pobres,, (3).

(1) Confér. aux F. d. 1. Ch,, t. I, p. 462.


{2) L, de M., t. II, p. SS.
“S ó lo dos cosas, escribía a su vez San V icente a
una H ija de la Caridad, pido a D ios para vos y para
vuestras H erm anas»; y era la primera "que las diera
un gran celo por la salvación y socorro de los pobres-
enfermos* (1).
“¡O h, qué dicha! hijas m ías— les decía tam bién en
una conferencia— , qué dicha la de que Dios os haya
dado un em pleo tan santo! Porque qué, ¿hay espec­
táculo más herm oso y am able que el de una persona
que lo deja todo y se entrega a Dios absolutam ente
para el servicio de los pobres? ¡A h, que esto excede a
todo encarecim iento! S i pudiésemos ver el alma de
una H ija de la Caridad que sirve con esmero a los po­
bres, que vela diligentem ente porque éstos consigan
su salvación y que para hacerse agradable a los o jo s
de Dios trabaja con todas sus fuerzas en su propio
adelantam iento; si pudiéramos contem plar, oh h ijas
m ías, o s lo repito, el alma de esta tal Hija de la Cari­
dad, veríamos que no puede darse cosa de mayor her­
mosura. No nos es dado verla ahora, pero la verem os
en el cielo„ (2).
N ada, en consecuencia, las había de impedir ni de­
morar para que en primer término acudiesen en auxilio
del pobre y del necesitado. Según su regla debían
“posponerlo todo, aun los ejercicios de piedad, a la
asistencia necesaria de los pobres enfermos» (3). “H e
aquí lo que esta regla dice a las H erm anas, com enta­
ba el santo: que vuestro principal cuidado, después
del am or de D ios y del deseo de haceros agradables a

(1) L ettr., t. IV ., p. 9 .
(2) Coníér. a u x F . d. t. C h., t. II, p. 316.
(3) R egias com unes, cap. V II, núm. 1.
■su divina M ajestad, debe ser el de servir a íos pobres
■enfermos con gran dulzura y cordialidad, com pade­
ciendo sus males y escuchando sus menores quejas,
£om o lo hace una madre cariñosa,, (1).
En tal concepto debían sufrirlo todo y darles gusto
-en tod o, si no era en aquello que íes podía hacer o
causar daño. “Soportarles, las recom endaba ya el san­
to en los primeros meses del establecim iento de la
com pañ ía, sus ligeros malos humores; no os enfadéis
jam ás contra ellos ni les digáis palabras ásperas! ¡O h,
'bastante tienen los pobres con su enfermedad! Pensad,
al contrario, que sois sus ángeles visibles de la guarda,
su padre y su madre. No les contradigáis tam poco sino
en lo que les pudiese dañar. Unir, en fin, vuestras lá ­
grim as con las suyas; pues Dios os ha puesto al lado
de ellos para que seáis su consolación» (2).
Respondiendo a esta exhortación de San V icente,
nuestra Venerable quería aún que sus hijas sufriesen el
que las pegasen. “ ¡Si supieseis, hijas mías, cuánto fué
el consuelo que días pasados recibí al saber que un
pobre había maltratado a una de nuestras Hermanas,
sin que ella, por la gracia de D ios, se defendiese! ¡O h,
era un amo algo rudo, es verdad; pero era m enester
sufrir su corrección, com o cualquiera otra sem ejante;
pues, al fin, para eso som os sirvientes de los pobres!
Pidam os a la Santísim a Virgen que nos alcance esta
gracia de su divino Hijo,, (3),
¡Q uerer a ios pobres com o a sus am os; servirles con

(1) Comér. aux F. d. 1. Ch., t. II, p, 312.


(2) Ibid., L I, p. 6.
(3) L. de M., t. II, p. 251.
amor de madre; juzgarse dichosas y hasta indignas de
ocuparse en tan abatidos y repugnantes m inisterios;
sufrir sin im paciencia, y a poder ser hasta con alegría r
que, com o premio a tanta abnegación, las injurien y
alcen la mano aquellos mismos por quienes se están
sa crifica n d o !... ¡Oh! ¿No hay aquí algo de desespe­
radamente incom prensible, algo que rebasa los m oldes
de toda cordura y que parece confundirse con la de­
mencia? Y, en efecto, sí; sin vacilar puede decirse que
este extraño com portam iento es una verdadera locura
y tal, que únicamente los que se cobijan y se echan a
la sombra de aquella gran insensatez y locura de la
cruz, en que un D ios por sola su bondad sube a ella
para borrar con su ignominia y con sus torm entos lo s
pecados de los hom bres, suenan con sem ejantes ardo­
res de caridad. La Hija de la Caridad no lleva este
nombre sino porque es a la vez hija del Calvario. El
pobre harapiento, desfallecido y cubierto de lacras,
sólo puede ser am able cuando se le mira en D ios y a
través de los benditos harapos y de las Divinas llagas
con que Jesucristo permitió que cubrieran un día su
desnudez y que hendiesen y desgarrasen sus carnes.
S ó lo con esta condición se puede practicar y exigir de
otros que practiquen lo que San V icente y Luisa de
M arillac practicaban y exigían de sus H ijas. Bien p e r­
suadidos estaban de ello am bos fundadores. “A poco
que nos descuidem os, las decía nuestra V enerable, en
traer a la^memoria el pensam iento de que los pobres
son m iem bros de Jesu cristo , menguará el am or, la
dulzura y demás disposiciones con que debem os lle­
garnos a ellos; y , al contrario, esta sola idea hará
que los sirvamos sin dificultad, que los m irem os con
resp eto, que acudam os solícitas a sus necesidades
y que jam ás hallem os motivo de queja en su ser­
vicio» ( i ) .
Miradas las cosas desde este punto de vista, era na­
tural que en la asistencia del pobre no separasen el
alm a del cuerpo, sino que pusieran tanto o más interés
en dar la mano a las necesidades de aquélla que a las
miserias de éste, tanto más cuanto que la paz interior
y la tranquilidad de conciencia suelen ser no pequeña
parte al restablecim iento de la salud y a la recupera­
ción de las fuerzas físicas. ¡iMirad, hijas m ías, las de­
cía San V icente en la conferencia de Ju lio de 1634,
vosotras no estáis solam ente para cuidar de sus cuer­
pos, sino más aún para ayudarles a conseguir su eter­
na salvación, proporcionándoles cuantos recursos estén
en vuestra m ano. Exhortadles de un modo particular,
bien que con discreción, a hacer confesión,general y
anim adles a sufrir con paciencia y por am or de D ios
sus males,, (2),
Estas exhortaciones debían ser breves y com o de
paso, recordándoles algunas palabras de Nuestro S e ­
ñor o diciéndoles algunas suyas de consuelo, por ejem ­
plo: i O h, hijo m ío, qué dichoso seréis un día llevando
con resignación esos males que ahora os afligen! —
¡O h, hermano m ío, mucho es lo que sufrís; pero Nues­
tro Señor bien m erece que suframos por su amor mu­
cho más aún! —Y bien, hermano mío; o: Y bien, her­
mana mía, ¿no am am os a nuestro buen Dios? — ¿No
queréis hacer una confesión general? Y así p o r el esti­
lo decirles una u otra palabra, según las necesidades y
estado de cada uno. "M as para que vuestras exhorta-

(1) L . de M , 1 . 1, p. 59.
(2) C onfér. a u x F . d. i. Ch p. 5.
ciones sean eficaces, procuraos llenar antes vosotras
mismas del espíritu de Nuestro Señor, de modo que
en ellas se eche fácilm ente de ver que le am áis y
que no buscáis ni pretendéis otra cosa que hacerle
amar,, (1).
¿Cóm o recom endaciones tan prudentes y tan encen­
didas palabras no habían de hacer mella en alm as tan
puras y ya de suyo tan bien dispuestas com o las H ijas
de la Caridad? No hay fuego que no abrase cuanto
toque, y la caridad es lengua de fuego, llamarada del
corazón. Así que no es para dicho y apenas para creí­
do el amor que las H ijas de Luisa de M arillac cobraron
a su vocación por el servicio de los pobres. Un ejem plo
nos dirá más sobre el caso que cuantos encarecim ien­
tos pudiésem os nosotros am ontonar. E s de 1636, poco
más de dos años después de fundada la asociación.
O igám osle de la boca misma de San V icente, quien
en medio de su relato no sabe cóm o disimular su em o­
ción. “Ayer, escribía a nuestra Venerable con fecha 27
de M ayo, instado por la señora de C om balet (2) a que
la enviase una Hermana para su servicio, hablé a M a­
ría D enyse, que me parecía la más a propósito para
ello ; pero ¿sabéis qué respuesta me dió? ¡Ahí Una res­
puesta digna de un alma llamada verdaderamente de
lo alto a la Caridad. D íjom e que ella había dejado a
su padre y a su madre para entregarse por am or de
D ios al servicio de los pobres y que, por lo m ism o,
me pedía tuviese a bien excusarla al no sentirse con
ánim os de abandonar su primera resolución por ir a

(1) C onfér. a u x F. d. 1. C h ., t. II, p. 315.


(2) Sobrina del Cardenal Richelieu, más conocida por el
título de duquesa de A igu illon que recibió d esp u és.
servir a dicha señora. H ablé después a Bárbara, la
mayor, sin decirla por qué ni para qué, advirtiéndola
solam ente que me esperase en casa de la señora Com -
balet, donde al fin le dije que aquella buena señora la
em plearía alternativam ente en su servicio y en el de
los pobres. Echóse a llorar al oír esto; mas habiéndo­
se algún tanto apaciguado la dejé a cargo de una se­
ñorita de la casa y me m arché. ¿Cuál sería, pues, mi
asom bro cuando poco después la veo entrar en casa
del abate L o iacq , adonde había yo vuelto, diciéndo-
me que la era im posible vivir en aquella casa, que la
ofu scaba tanta opulencia y que por lo mismo me pe­
día que la sacase de allí devolviéndola al seno de los
pobres en cuyo servicio se había entregado a Nuestro
S e ñ o r. Palabras que causaron no poca adm iración al
a b a te por el singular m enosprecio de las grandezas del
mundo que encerraban, y que me movieron a mí a de­
cirla que por entonces se volviese al lado de dicha se­
ñora, y que si dentro de cuatro o cinco días no se ha­
llaba bien con ella que la volveríam os a San N icolás.
— ¿Q ué os parece, señorita? ¿No os m aravilla el valor
que el Espíritu Santo pone en estas pobres doncellas
y el m enosprecio que las com unica del mundo y de
sus pom pas?„ (1).
Aun hoy m ismo, después de trescientos años, no se
pueden leer sin em beleso las líneas que acabam os de
transcribir.
E l nom bre de sirvientas o criadas de los pobres tan
querido, com o acabam os de ver, de las H ijas de la
Caridad, recordábalas otra de las virtudes que en más
-estima debían tener: la pobreza. Luisa de M arillac, de
quien puede decirse que había puesto en esta virtud
sus delicias, jam ás se cansaba de exhortarlas a ello.
“Siendo cornos s o m o s - la s decía— sirvientas de los
pobres, debem os ser más pobres aún que ellos.,, Era
su máxima favorita y que, según testim onio de una
de las mismas H ijas de la Caridad, solía repetir con
frecuencia (1).
Y este espíritu de pobreza quería que se extendiese
a todo.
D ebían, pues, ser pobres en el traje, pobres en la
com ida, pobres en la habitación y ajuar de sus casas,,
pobres en la enfermedad, pobres, en fin, hasta en la
forma de hacer los viajes.
"S ed pobres, hijas m ías, les decía tam bién San V i­
cente; revestios de las libreas del H ijo de D io s ...; pues
si entre los esposos todo ha de ser com ún, justo es
que un alma que ha tomado por esposo a Jesu cristo
comparta con El todas las cosas. Ahora bien; vosotras,
hijas" m ías, le tomasteis por tal al entrar en la asocia­
ción, le disteis vuestra palabra; y de consiguiente, ha­
biendo llevado El su vida pobre, estáis en la obliga­
ción de vivir tam bién pobrem ente com o E l. O h, sí,
Jesucristo era rey; podía haber disfrutado de cuantas
com odidades hubiese querido y, sin em bargo, prefi­
rió a todo la vida pobre, alim entándose pobrem ente,
durmiendo pobrem ente y no teniendo donde reclinar
su cabeza. ¿Cóm o, pues, ha de resistirse una Hija de
la Caridad a poner en práctica aquello mismo que
Nuestro Señor ha tenido a bien enseñarnos con su
ejemplo?,, (2).

(1) L . d e M., 1. 1, p, 178.


(2) Confér. au x F. d. I. Ch., t, II, p. 175.
P or último, otra de las virtudes exteriores más n ece­
sarias en todo religioso y que por lo mismo no es ex-
traflo que en la form ación de las H ijas de la Caridad
tanto insistiese sobre ella nuestra V enerable, es la
observancia de las reglas. Las reglas son el adorno
más preciado, el orgullo y la corona del religioso. En
ellas está su paz o su torm ento, su vida o su muerte,
su oprobio o su gloria. Razón por la cual si no andu­
viera por medio la flaqueza e inconstancia del h om ­
bre parecerían inútiles y baldías cuantas recom enda­
ciones se hiciesen en orden a aficionarle a ellas. Pero
casualm ente esta misma debilidad hum ana, puesta a
prueba en un asunto de tan capital interés, es lo que
ha movido y mueve a los superiores a andar siempre
alerta y a hacer uso de todos los medios que estén en
su mano para mantener vivo en sus súbditos el fuego
sagrado de la observancia regular.
Veinte veces había recordado San V icente a las H i­
jas de la Caridad aquella su máxima de que wsj guar­
daban sus reglas, las reglas las guardarían a ellas tam~
bién„; pero habiéndola hecho suya y repetido delante
del santo una de las H erm anas, tom ó pié de ello el
santo para inculcársela una vez más*
"H e aquí, mi¿ caras h ijas— Ies d ijo— , un motivo bien
poderoso para anim aros a la exactitud y cuidado en
la práctica de vuestras reglas, cuya observancia es de
tal necesidad que en ello va nada menos que vuestra
eterna salvación. Porque aunque ninguna de ellas los
obligue bajo pena de pecado, siempre es cierto que al
entrar en la com pañía os impusisteis la obligación de
observarlas y de observarlas fielmente. Son el camino
en que D ios os ha puesto, el atajo por donde su D ivi­
na M ajestad os quiere conducir, y si desgraciadam ente
os apartáis de él, creedm e, hijas m ías, corréis gran
riesgo de extraviaros y de perderos,, (1).
Las reglas, por otra parte, nos llevan a Dios y nos
llevan, no con una perfección cualquiera, sino con la
perfección a que llegaron los santos. A este fin, y tra­
yendo a la mem oria un recuerdo de su estancia en la
ciudad eterna, les repitió unas palabras que a este
propósito había oído, según parece, al Papa Clem en­
te V III, “hombre santísimo y tal que jam ás subía la E s­
cala santa sin regarla con sus lágrim as,,. “Ahora b ien ,
continuó el santo, escuchad lo que aquel santo varón
decía: Que se me designe una persona religiosa, hom ­
bre o m ujer, que haya perseverado durante toda su
vida en la exacta observancia de sus reglas, con las
pruebas correspondientes que lo acrediten, y no quiero
ni necesito otra señal de su santidad para ponerla en
los altares. N o, no necesitaré que haya resucitado
muertos, ni curado enfermos, ni hecho otros m ilagros:
sólo con que haya guardado siempre y con exactitud
sus reglas la inscribiré en el catálogo de los santos y
haré que se celebre su fiesta,, (2).
Secundando Luisa de M arillac las instrucciones de
San V icente con las suyas y sobre todo con la callada
pero irresistible lección de su ejem p lo, velaba de con ­
tinuo porque ningún abuso se iniciase en la congre­
gación, corrigiendo con suavidad, bien que sin con ­
tem placiones, cualquiera transgresión de la regla. La
veneración de las primeras Hermanas hacia su M adre
y fundadora nos ha conservado algunos ejem plos de
su celo por la observancia regular. “Preguntando en

(1) Conter. a u x F . d. 1. Ch., t, I, p. 271.


(2) Ibid., p. 272.
cierta ocasión a una Hermana que venía de recoger
higos de la huerta a la hora del desayuno cuántos ha­
bía com ido, contestó la interpelada que sólo cuatro
que, por estarse pasando ya en el árbol, la había dado
la Hermana asistenta. A lo cual nuestra buena M adre
dijo con suma dulzura: — “Pues eso no está bien, Her­
mana mía, porque aunque los higos que se com ió no
valieran gran cosa, siem pre es una infracción de la re­
gla. No hay que creer que sea sólo por econom ía por
lo que se nos prescribe la abstinencia, sino tam bién
por mortificar nuestro apetito.,,
"O tra vez, estando en Liancourt por los años de 1649
a 1650, nos enseñó tam bién esta gran fidelidad a las
reglas, dicen las H erm anas, con ocasión de unos ramos
de ñores, que por ser víspera de una festividad de la
Virgen estábam os haciendo para la iglesia. E s el caso
que habiéndose hallado una avellana entre el follaje
que para el caso la Hermana había recogido, pregun­
tó a éste si había com ido alguna, a lo cual contestó la
interpelada que no las había probado. — Ni hubiera
estado bien obrar de otro m odo, dijo entonces nuestra
M adre, pues es ayuno, y aun cuando no lo fuera,
siempre hubiera sido una falta com er fuera de las horas
que nos prescribe la regla. M irad, Hermanas m ías, de­
bem os abstenernos, no sólo de las cosas que matan al
alm a, sino también de las que sim plem ente la lasti­
man,, (1).
¡O jalá que el Señor nos com unicase a todos los que
vivimos en com unidad tal delicadeza de conciencia en
un punto cuya importancia jam ás se ponderará lo bas­
tante !
§ III. — Virtudes domésticas: Unión y caridad fraterna,
soportamiento mutuo.

Como la fuente salta, se atropella y se aborbotona


por echar fuera sus aguas, y el tallo por esponjarse y
reproducirse en ramos y hojas, así el corazón humano
no puede vivir sin com unicarse; y el lugar más a b o ­
nado para esta com unicación de afectos es, en las
condiciones ordinarias de la vida, la fam ilia: familia
natural o espiritual. De aquí que hasta Jesu cristo, cuan­
do, para el cum plim iento de su divina misión, tuvo
que separarse de su madre, la Santísim a Virgen, y de
toda su fam ilia, se apresuró a elegir otra madre y otros
hermanos en sus discípulos, los Apóstoles (1).
Otra madre y otros herm anos: he aquí lo que San
Vicente y nuestra V enerable querían que hallasen en
su instituto las H ijas de la Caridad al dejar su casa
paterna para seguir el llam am iento y la voz de N ues­
tro Señor. Y si esto hallaban en su nuevo estado, si
las súbditas veían una madre llena de bondad en sus
superioras y las superioras hijas dóciles y am ables en
sus súbditas, y si todas, las unas y Jas otras, ponían en
su trato ese aire de confianza, de espontaneidad y de
cariño, que es la atmósfera natural de la fam ilia, ¿qué
dicha mayor podían apetecer en este mundo? Cierto
que ninguna. Donde está la caridad, dice San Agus­
tín, ¿qué puede echarse de menos? Ubi charitas est,
quid est guodpossit deesse? (2). "P arécem e, Padre m ío,
decía una Hermana en una conferencia presidida por

(1) E vangelio de San Mateo, 12, 4Ó-50.


(2) T ractatus 83 in Joann. Evangelium .
San V icente, que habiendo unión entre nosotras ni sen-
tiremos la pena que pueda haber en servir a los pobres.
* — ¡Oh! D ios os bendiga— exclam ó el santo— : ha­
béis dicho una gran verdad, sí; por !o que con toda
mi alm a os recom iendo esta unión,, (1).
Ni se contentaban los fundadores con que el lazo
que uniese unas Hermanas con otras fuese un lazo de
am or cualquiera: levantándose hasta el trono de la
beatísim a Trinidad querían que en la multiplicidad de
las tres divinas personas viesen la perfectísima unidad
en que habían de estar sus corazones. “Hame pareci­
do, exclam aba Luisa de M arillac hablando con sus
hijas, que para ser fieles a Dios debem os conservar
entre nosotras una unión parecida a la que el Espíritu
Santo establece entre el Padre y el Hijo,, (2 ). Y San V i­
cente, escribiendo a una Hermana que con otras dos
estaba al frente de un hospital: “Vivid unidas com o si
no tuvierais más que un corazón y una sola alm a, a fin
de que por este medio seáis una verdadera im agen de
la unidad de D ios, com o por el número lo sois de las
tres divinas personas,, (3).
E l fundamento y sostén de esta unión debía ser el
mismo Jesu cristo. «Am ém onos en E l, hijas m ías, las
exhortaba nuestra V enerable; pero am ém osle tam bién
a E l en nosotras; pues que de E l somos„ (4). Asenta­
do sobre tan sólida base el principio de su mutua ca­
ridad, nada, ni la distancia ni la diversidad de em­
pleos o caracteres podía amenguarla ni am ortecerla.

(1) C onfer. aux F. d. 1. C h., t. II, p. 169.


(2) L . de M., t. II, pp. 195 y 305; t. IV , p. 143 et passitn.
(3) L e ttr., t. II, p. 348; Suppl., p. 300.
(4) L. de III, p. 160.
“No penséis, hija m ía, escribía en 1646 a la superiora
de cierta casa; no penséis, os lo ruego, en la distan­
cia que nos separa; pensad más bien en el estrecho
e indisoluble lazo que nos une; ya que la santa cari­
dad no sufre separación alguna,, (1).
Naturalm ente, esta caridad, que, com o dice San P a ­
b lo, “es paciente„ y “aguanta to d a sla j cosas,, (2), debía
llevarlas al mutuo soportam iento y a la condescenden­
cia, dos virtudes que San Vicente recom endaba a sus
hijas en los términos más apremiantes y encarecedores.
Ante todo, debían soportarse las unas a las otras. Y
para ello, ¿qué mayor motivo que la necesidad que
todos tenem os de que se nos soporte a nosotros mis­
mos? Y no hay que darle vueltas, decía el santo: to ­
dos necesitam os que se nos sufra. En el mismo orden
físico apenas hay cosa que no necesite de la ayuda y
soportamiento de otra. “Un edificio, por ejem plo, no
podría alcanzar su elevación conveniente sin algún
apoyo. Así veis que las piedras m ayores sostienen a
las más pequeñas. Sin este mutuo auxilio, ¿cóm o el
cuerpo humano podría ejercer sus funciones? M en es­
ter es que todos los m iembros concurran a ayudarse
los unos a los otros. Si los pies y las piernas no nos
sostuviesen,¿qué vendría a ser del cuerpo?P ed id , pues,
a Dios la gracia, hijas m ías, de ejercitaros en esta vir­
tud a la mayor brevedad. Y hoy m ismo, si vuestra
Hermana hace alguna cosa que no os parece bien, co ­
menzad a decir: P reciso es que si yo quiero que ella
me sufra a mí la sufra yo a ella„ (3).

(1) L . de M m t. III, p. 199.


(2) Epístola 1.a a los Corintios, 13, 4 y 7.
(3) Conter. a u x F . d. h C h., t. II, p. 442.
Ni sólo habían de pensar así y decirse esto a sí
mismas y para sus adentros, sino tam bién pedirse unas
a otras que las hagan el favor de soportarlas. “Esto es —
decía el santo— lo que yo, no una, sino m uchas veces
me veo en la precisión de decir a mis com pañeros;
pues que, en efecto, nadie hay que tenga más necesi­
dad de ser soportado que yo, lo cual es tanta verdad
que ni acierto a com prender cóm o se me pueden su­
frir mis prontos, mis arrebatos y mis otros defectos;
por lo que lleno de sorpresa, tengo que decirles: Dis­
pensadm e, señores, dispensadme, y no miréis a mis
defectos„ (1).
E l soportam iento mutuo, las decía tam bién Luisa
de M arillac, debe ser nuestra virtud favorita. Y com o
medio de sufrir a las dem ás, quería que se ejercita­
sen tam bién en sufrirse a sí mismas. “Soportam iento,
mis caras Herm anas, las decía; gran soportam iento de
las unas para con las otras, pero soportamiento tam ­
bién de nosotras mismas; pues muchas veces la causa
de no soportar las debilidades del prójim o es porque
nosotras mismas no nos sabem os soportar. O casiones
hay en que nos sentimos tristes y m elancólicas, de
suerte que no sabem os ni lo que querem os ni lo que
nos pasa. ¿Q ué hacer entonces? Sufrirnos, Hermanas
mías, sufrirnos. ¡Ah! S i ni a nosotras nos aguantam os,
¿cómo aguantarem os a los demás? No perdamos, por
otra parte, de vista que nuestro natural nunca se halla
en un mismo ser: así que cuando una Hermana nos
ha hablado con algo menos afabilidad o gracia que
de ordinario, no por eso debem os darnos por sentidas.
¿Qué sabem os nosotras la causa que ha tenido para
ello? Quizás se halla indispue sta; y esto, c h r o está
que no es razón para que perdamos la confianza que,
en ella teníam os anteriorm ente. „ Y así en otras cosas
parecidas ( I ) .
“A esta virtud del soportam iento mutuo, decía tam ­
bién San V icente a sus bijas, es preciso añadir la de
la condescendencia. Condescender, hijas m ías, no
quiere decir otra cosa que acceder buenam ente a lo
que eí prójim o desea de nosotros en aquello que ni
es pecado ni contra nuestras reglas.— M as, señor, ¿y en
qué fundáis esta práctica?— En las palabras del Evan ­
gelio, hijas m ías, que es de donde todas vuestras re­
glas están sacadas. S i vuestro prójim o, dice Nuestro
Señ o r, quiere haceros dar un paso con él, dad vos­
otras diez en su com pañía. Y los doctores, refirién­
dose a este pasaje, lo explican por la condescen­
dencia.
“D ém onos, pues, desde este momento a D ios, mis
caras Herm anas, y pidámosle la gracia de practicar
esta virtud, cuyo acto principal es querer cuanto los
otros quieren. Una H ija de la Caridad, condescendien­
te, si su Hermana la dice: ¿Os parece bien que vaya­
mos a tal parte?, no opone a ello ninguna dificultad. -
Herm ana, hagamos esto. — Inm ediatam ente.—¿Qué
me decís, iré a ver a tal en ferm o ?~ ld si lo tenéis a
b ien, H erm ana.— ¿Q ueréis que diga esto o lo otro?—
Muy bien me parece; creo que será oportuno. He
aquí, hijas m ías, cóm o se practica la virtud de la con­
descendencia.
“— M as, señor, cuanto nos acabáis de decir es su­
m amente difícil.— Nada, hijas m ías, es más fácil y
más dulce siempre que al hacerlo estem os persuadi­
dos de que hacem os la voluntad de Dios. San V icente
Ferrer dice a este propósito una cosa digna de aten­
ción y que me ha agradado sobrem anera, y es que,
entre todas las virtudes morales de que va hablando,
la, que más eficazmente recom ienda es la condescen­
dencia; y da la razón: porque aquellos, dice, que se
ejercitan en atemperarse a los otros en todo aquello
que no es pecado, fácilm ente siguen la voluntad de
Dios que por los otros les es manifestada; con lo que
no tardarán en ponerse en estado de santidad. ¡O h J e ­
sús, hijas mías, cuán represibles e indignas seríais del
hábito y del nom bre de H ijas de la Caridad que lle­
váis, si con un medio tan íácil no llegarais a la per­
fección!^ (1).
Volviendo luego el santo sobre sus palabras y refi­
riéndose juntam ente al mutuo soportamiento y a la
condescendencia, concluía así la plática de donde he­
mos tom ado las anteriores enseñanzas: “M as, ¡oh S e ­
ñor!, ¿podríam os oír hablar de las grandes ventajas que
vuestra divina M ajestad otorga a los qué se esfuerzan
por adquirir estas virtudes sin apenarnos nosotros de
haber com etido tantas faltas contra ellos, las H erm a­
nas sirvientas, cuando los que estaban bajo sus órde­
nes les daban algo que sentir, y éstas cuando la Her­
mana sirvienta no las concedía lo que deseaban? ¡O h
Jesús! ¡Q ué dolor haber querido someter la voluntad
de los otros a la nuestra, y hecho que con tanta fre­
cuencia se siguiese nuestro parecer en vez de seguir
nosotros el de nuestro prójim o! M as ¡qué motivo para
alabarda D ios y regocijarnos saber que si nos damos
a la práctica de estas virtudes hallarem os un paraíso
en la tierra!.»
Tal es el ideal de perfección, ideal incom parable y
m aravilloso que, así San Vicente com o Luisa de M a­
rillac, pusieron desde un principio delante de sus hi­
jas y del que lograron animar a su instituto, dispo­
niéndose así a llevar a cabo aquellos prodigios de
celo , de abnegación y de caridad que hau sido la ad­
m iración de los siglos y una de las pruebas más evi­
dentes de que la religión, a cuyos pechos se ha criado,
no puede ser otra que aquella que trae su origen de
Dios, “caridad» por excelencia: Deas charilas est.

IV . — Medios de santificación más característicos


de la Hija de la Caridad.

V eam os ahora los medios que los fundadores de las


H ijas de la Caridad pusieron en manos de éstas para
alcanzar el fin apetecido de su perfección y llenar cum­
plidam ente los fines de su instituto.
P o r de pronto, fácilm ente se echa de ver que no
desdeñarían ninguno de los que entran en las prácti­
cas ordinarias de la vida cristiana y religiosa com o la
oración, que debían tener, no sólo por la m añana,
sino tam bién por la tarde; la frecuencia de los sacra­
mentos, sobre todo de la com unión, de la que llegó a
decir San V icente: “Sab ed que ía principal virtud
de una H ija de la Caridad es com ulgar bien,, (1); la
devoción a la Virgen, a los ángeles y a los santos; los
exám enes de con cien cia, la presencia de Dios,* etcéte­
ra, e tc .; de todos los cuales hay encarecidas recom erá
daciones, así en los escritos de San Vicente com o en
los de Luisa de M arillac que dicen referencia a los
orígenes del instituto.
El m edio, sin em bargo, más característico y el que
tuvo quizá más parte en la form ación y santificación
de las H ijas de la Caridad, puede decirse que fué e
de las conferencias o coloquios espirituales entre los
fundadores y sus hijas o entre las mismas Hermanas,
Aquella atinada y profunda observación de Santa
Teresa, de que “crece la caridad con ser com unicada,,,
y que el que con pureza de intención trate con otras
personas de buenos sentim ientos, los que Dios le hu­
biese hecho experim entar en la oración y en su divino
servicio, “aprovechará a sí y a los que le oyeren y sal­
drá más enseñado» (1 ), fué siempre eí norte de toda
la dirección espiritual de San Vicente de P aúl. Nada
de reconditeces ni de aislam ientos en la práctica de la
perfección. Ninguna de las personas a quienes se re­
fería eran ermitaños, Prudencia, sí; pureza de inten­
ción y santidad elevada, sí; pero todo buenamente a
la vista de D ios y los hom bres. He ahí el primero de
los estatutos que tácita o expresamente dió a todas
sus asociaciones: a las Caridades de señoras y caba­
lleros, a las Conferencias del martes y del jueves, a
los Sacerdotes de la M isión y a las H ijas de la Cari­
dad. Todas ellas debían tener periódicam ente sus
juntas o asam bleas, y en todas debían tratar, no sólo
de la m archa, dificultades o progresos de sus funcio­
nes, sino tam bién de cosas espirituales relativas al apro­
vechamiento y perfección de sus respectivos m iem -
bros, haciéndose participantes los unos a los otros de
los buenos pensamientos e inspiraciones que hubiesen
tenido en la oración sobre un punto determ inado.
P or lo que hace a las H ijas de la Caridad, ya en los
albores de su com pañía introdujo entre ellas dos de
esta clase de prácticas religiosas: la Repetición de ora­
ción y las Conferencias. “Después de haber hecho la
oración, las decía el santo en su conferencia del 31 de
Ju lio de 1634, daos cuenta de ella lo más pronto que
os sea posible, com unicándoos sencillam ente las unas
a las otras los pensamientos que el Señor hubiese te­
nido a bien com unicaros en dicho acto,, (1 ). Y más
tarde, tocada y examinada ya la tal recom endación en
el contraste de la experiencia y vistas sus ventajas, la
puso en las constituciones (2). «O s ruego me digáis,
escribía tam bién Luisa de M arillac a la superiora de
un casa, interesándose sobre el particular, com o de
punto de mucho interés, si no om itís la repetición de
la oración» (3).
A la conferencia acudían, no sólo las Herm anas, sino
tam bién San V icente y Luisa de M arillac. Algunas ve­
ces, bien que las m enos, no podía asistir el santo, y
entonces acostum braba a suplirle uno de sus más res­
petables sacerdotes. O tras veces la conferencia sólo
tenía lugar entre nuestra Venerable y sus hijas. En la
multitud de ocupaciones que por todas partes solicita­
ban a San V icente, puede decirse que las conferencias
eran el único medio de com unicación que tenía con las
H ijas de la Caridad. Así que la práctica de las confe-

( i) Confér. a u x F . d. h C h., t. I, p. 4.
^2) Cap. IX , n. 2.
(3) L . t¡e M ., t. IV , p. 136 .
rencias nació con la misma com pañía. En un principio,
por ]a falta de instrucción y el poco alcance de las Her­
m anas, la conferencia era más bien una plática cate­
quística. El santo iba desenvolviendo sencilla y fam i­
liarmente un asunto espiritual cualquiera, relacionado
con el carácter de vida y vocación de las H ijas de la Ca­
ridad, y de cuando en cuando les preguntaba su opi­
nión sobre lo que llevaba dicho o su conformidad con
las proposiciones que les hacía (1 ). Otras veces las
mismas Hermanas se adelantaban a consultarle alguna
cosa (2). P o co a poco fueron éstas haciéndose con ma­
yor número de nociones y adquiriendo más soltura y
facilidad en ía expresión; y San V icente creyó llegado
el momento de convertir sus pláticas en verdaderas
conferencias, fusión íntima de las ideas y sentim ientos
de cada miembro de la junta con las ideas y sentim ien­
tos de los restantes, ideal de esta clase de actos tal
com o él los concebía. Tuvo lugar esta variación el 26
de Abril de 1643, en que se había de tratar de los ma­
les que ía discordia produce en un instituto. Comenzó
el santo a preguntarlas una por una, a buen número
de ellas, los motivos que debían m overlas a trabajar
porque jam ás la desunión se apoderase de su com pa­
ñía, y tan oportunas y fervorosas fueron sus respuestas,
que el santo no pudo menos de exclam ar: “¡O h , siga­
m os, hijas mías, sí, sigam os; y espero que este modo
de conferencia nos será más provechoso que los ante­
riores! ¿No es verdad?n Todas convinieron en ello. Y
el santo prosiguió: “Dios os bendiga. No sabéis cuán­
ta es mi satisfacción; y de verdad os digo que me hallo

(1) Conffer. a u x F . d . I. Ch-, t. i, pp. 15 y sig,


(2) Ibid., t, I, pp. 36, 41 y síg*
en estos mom entos tan edificado com o confundido
salí de la última conferencia; no por lo que a vos­
otras m ira, ¡oh !, no, sino por lo que a mis miserias
hace» (1 ).
Refiriéndose el santo a otra conferencia hecha tam ­
bién por el mismo m étodo, que fué desde entonces el
que dominó en dichas reuniones, escribía a Luisa de
M arillac: “Os saludo con el corazón lleno aún del gozo
que experim enté en la conferencia de nuestras buenas
H ijas de la Caridad. Parécem e que nunca he admirado
tanto en ellas la bondad de D ios com o entonces y
com o lo sigo haciendo aun ahora, en estos mismos ins­
tantes,, (2), Y en otra ocasión: “Ahí tenéis el acta de
la conferencia de nuestras caras H erm anas, escrita por
S o r H elio. A cabo de leer una parte del m anuscrito, y
os aseguro que en dos o tres lugares se me han saltado
las lágrimas» (3).
No m enor era la impresión que hacían en Luisa de
M arillac. “¿Q ué pensáis que hace el Señor en las con­
ferencias, solía decir a sus hijas, sino lanzar com o di­
vino sol sus rayos para ilustrar y enardecer nuestros
corazones?,, (4 ). Así que ella, tan remirada en otras
cosas, no hacia escrúpulo de instar una y otra vez a
San Vicente pr.ra que acudiese a las conferencias más
■a menudo. En 12 de Ju n io de 1643 le propone que en
<cada conferencia se digne explicarlas uno o dos pun­
tos del reglam ento o manera de vida, sobre los cuales
ilas Hermanas hubiesen hecho prevenidas de antem a-

¿(iN Com er, aux F. d, I. Ch., t. I, p. 91.


(2) L ettr., t. [, p. 5 13 .
\S) Ibid., 1 .1 , p. 556.
<4) L . d e M ., t. II, p 259.
no la m editación (1). Y en 26 de Ju lio de 1645 le re­
cuerda la proposición que ya otras veces le había h e­
cho de que la conferencia fuese semanal (2).
Ella misma, para no privar a sus hijas de un bien
tan grande, solía reunirías tam bién algunas, sobre
todo cuando ya la edad, los achaques y los negocios
no permitían a San V icente hacerlo con la frncuencia
que ella hubiera deseado (3).
Ni era este medio de las conferencias y repeticiones
de oración el único por el que los fundadores de las
H ijas de la Caridad querían que éstas se com unicasen
y diesen mutuamente parte de los sentim ientos de su
corazón: queríanlas com unicativas las unas para con
las otras en todo tiem po y en todas las cosas.
“ — Padre, dijo Luisa de M arillac en un con sejo a
San Vicente al tratar de cierta fundación y de las H er­
manas destinadas a ella, ¿no os parece bien que todos
los días se junten un rato, una media hora poco más
o m enos, para referirse lo que entre día hubiesen he­
cho o las dificultades con que hubiesen tropezado y
consultarse mutuamente sobre lo que en adelante hu­
biesen de hacer?
“— ¡O h , Dios m ío!, dijo el santo; sí, es m enester
seguir esa conducta, com unicárselo todo, decírselo
todo la una a la otra. No hay práctica más necesaria.
Esto funde los corazones, y Dios bendice eí consejo
que en tal ocasión se tom a; de suerte que los negocios
van m ejor. Todos los días en recreo debéis deciros:
¿Qué tal, H erm ana, cóm o os ha ido hoy?— Pues esto

(1) L. de M „ t III, p. 71.


(2) Ib id ,, p. 113.
(3) Ibid., t. II, p. 259.
y es*o me ha pasado: ¿qué os parece?— ¡A h í, no po­
déis figuraros el encanto que hay en tales conversa
d o n es. M as si, al revés, cada cual va por su lado, sin
decirse nada, ¡o h !, ¡qué contrariedad! Una cosa he
observado respecto de nuestros Sacerd otes de la M i­
sión, y es que allí donde hay un superior franco y co­
municativo todo va bien; al contrario de donde el su­
perior jam ás se apea de su autoridad y de su reserva,
lo cual, com o es natural, encadena los corazones y
hace que nadie se atreva a espontanearse con él. D e
suerte» hijas m ías, que es menester atenerse a la prác­
tica que íbam os diciendo, de que no se haga nada ni
se diga nada sin que lo sepáis una y otra. Acostum ­
braos a esta mutualidad,,.
T ales son las virtudes y el carácter y espíritu de
que sus santos fundadores querían ver anim adas a las
H ijas de la Caridad. Veam os ahora cóm o respondie­
ron ellas a tan levantadas aspiraciones y generosos
deseos.
Estado del hospital en 1634.— L as Señoras de la Caridad en
el hospital.— L as H ijas de la Caridad acuden en au xilio
d e las señ oras.— S ervicio ind irecto que las H ijas d e la
Caridad prestan al hospital con la visita a d om icilio de loa
pobres enferm os.

§ I .—Estado del hospital en 1634.

MÍASE generalm ente el hospital com o de fun-

f
dación de San Luis, y por eslo se le llam aba
con este nom bre; pero una más antigua tra­
dición hacía remontar su origen a San Leandro, ob
po de P arís, en el "iglo V II. Alzado a orillas del S e n
había ido adquiriendo, com o era natural, m ayores
proporciones conform e iba en aumento la p ob lación ,
hasta contar en él siglo XVII con veinte salas. Su d i­
rección y consejo estaba a cargo de les canónigos de
Nuestra Señora, quienes en 1535 habían encom endado
el régim en del establecim iento a religiosas de la O r­
den de San Agustín que, en la época de nuestra his­
toria, llegaban a ciento treinta (1 ). Las religiosas eran ,

(1) C . de R ich , p. 127.


sin duda alguna, observantes; pero sus métodos hos­
pitalarios se resentían no poco, según parece, de las
prácticas de desaseo, miseria y abandono de los tiem ­
pos m edioevales. Las com idas, servidas a horas regla­
mentarias, no eran más que dos, lo cual, dice A b elly ,
“era causa de que los pobres se viesen privados de
muchas cosas de las que su estado parecía exigir» (1 ),
y en cada cama se tendían a la vez hasta seis enfer­
m os, tres a la cabeza y tres a los pies, costum bre que
no tardó poco en ceder el puesto a la práctica introdu­
cida en España por San Ju an de D ios de fijar un lecho
para cada enferm o, y que de España habían llevado
indudablem ente a París los H erm anos de la Orden al
hospital del barrio de San Germ án, en que, a princi­
pios del siglo X V I I , habían sido instalados.
A estas deficiencias m ateriales se juntaban no pocas
de otro orden, del orden espiritual. “Era costum bre,
dice el primero de los biógrafos de San V icente, h a­
cer que, al entrar en el hospital, se confesasen los en­
fermos, quienes, faltos ordinariam ente de la instruc­
ción y disposiciones necesarias para el acto y preocu­
pados con la pena y el dolor que sus enfermedades les
causaban, hacían m uchas veces confesiones nulas y sa­
crilegas. No pocos enferm os, por otra parte, siendo
herejes y no atreviéndose a manifestar sus opiniones
religiosas por miedo a ser despedidos, sim ulaban con ­
fesarse com o los dem ás, siendo esto ocasión, no sólo
de grandes abusos, sino tam bién de que se lograsen
m uy pocas confesiones verdaderas. Nunca se les ha­
blaba de confesión general ni de confesión de ninguna
.clase} si no es a la hora de la muerte, en circunstan­

te A b ., 1 . 1, p. 196.
cias quizá peores aún que a su entrada en el hospi-
't a l , (1 ) .
Las cuales deficiencias y desórdenes eran tanto más-
de sentir cuanto mayor era la importancia del estable­
cim iento. De veinte a veinticinco mil alm as pasaban
anualmente por él, siendo su existencia ordinaria de
m il, mil doscientas y hasta dos mil plazas. ¡Q ué cam ­
po tan abonado para hacer el bien, para practicar, so­
bre todo, la caridad cristiana y m erecer aquel eterno y
dichosísim o galardón, en cuyo goce no se entrará si n o
es por la puerta de aqueilas divinas palabras deí S a l­
vador: “Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino
que desde el principio del mundo os está preparado;
p o rq u e... estaba enfermo y me visitasteis!„ (2). No
eran pocas, en efecto, las personas que allí iban a e je r­
citar su piedad y a llevar algún alivio a tantos infelices
com o en aquel mundo de lástim as apuraban en m ayor
o m enor dosis el triple cáliz del dolor, de la miseria y
del desam paro. Una de ellas, y quizá ía más asidua,
hasta el punto de tener que irla en ello a la mano San
V icente, era Luisa de M arillac. “ ¡O h, Dios m ío ,tseño-
rita, la escribía el santo en Ju n io de 1632; cuánta
pena me da el veros por tanto tiem po en ese continuo
trabajo del hospital y sin ir a tom ar un poco siquiera
el aire!,, (3). No estaba, sin em bargo, sola nuestra V e­
nerable en tan caritativo ejercicio ; otras señoras de la
Caridad, la presidenta Goussault sobre tod o, la se­
guían en él de cerca. Y de ía vista de tantas miserias
y de tantas necesidades com o allí saltaban a los o jo s

(1) A b .,t. I, p . 205.


(2) Evang. de San M a te o , 25, 34 y 36.
(3) L ettr., 1 . 1, p. 6 i ,
■del más distraído, sacaron unas y otras la resolución
de hacer, no sólo por interesar en favor de aquellos
desgraciados a otras personas de su clase, sino tam ­
bién por introducir en el hospital algunas m ejoras que
creían de absoluta necesidad.
Tal fué el origen de la más célebre de las "Carida­
des,, de P arís, la que con el nombre de “Señoras de
la Caridad del hospital,, (1) había de ser, a la vez que
•el paño de lágrim as de dicho establecim iento, la pro­
videncia de toda la nación durante las guerras, ham ­
bre y pestes que por muchos años iban a desolar el
país, y el brazo derecho de San Vicente en todas sus
•obras de caridad.

§ I I .—Las Señoras de la Caridad en el hospital.

Fácil era de prever que aquellas señoras, con ocien ­


d o com o conocían la caridad y el genio organizador de
.San V icente, no dejarían de contar con él en la reali­
zación de sus planes de m ejoram iento del.hospital. La
señora Goussault parece que fué la encargada de h a­
cerle la proposición, y quien, en efecto, se la hizo con
todo el arte que su ingenio y su conocim iento de la
humildad del santo la inspiraron; pero por más instan­
cias que en aquella y otras muchas visitas hizo al hu­
milde sacerdote, ja m á s pudo recabar de él la coopera­
ció n que deseaba. La réplica del santo era siem pre la
misma, y muy fundada, por cierto: ¿con qué títulos
iba a meterse él en un establecim iento com o el hospi­
tal, dotado de sus correspondientes autoridades, y au­
toridades tales com o el cabildo de Nuestra Señora y
lo s m iembros de una orden regular? “Esto sería meter
la hoz en mies ajena,, (1 ). La señora Goussault acabó
al fin por comprender las razones que el santo tenía
para no mezclarse en el asunto, y no pudiendo por
una parte resignarse a dar de mano a su propósito, y
pensando por otra que prescindir de San Vicente era
renunciar a toda esperanza y garantía de éxito en el
.asunto, resolvió parar con un solo golpe todas las difi­
cultades, y se fué a ver al señor arzobispo de París,
exponiéndole su pensamiento y rogándole que obliga­
se al santo a secundarlas en su proyecto. A cogió b e­
névolamente la idea el señor arzobispo, *e hizo saber,
en efecto, al santo que se alegraría mucho de que favo­
reciese los deseos de aquellas virtuosas damas, cuyo
ob jeto no era otro que el de establecer una junta de
señoras, encam inada a proporcionar algunos socorros
a los enfermos del hospital: que pensase en los medios
de llevar a madurez el proyecto» (2).
No necesitó más el santo para ver en ello la volun­
tad de D ios; y cerrando los ojo s a toda consideración
hum ana, puso manos a la ob ra, acudiendo inm ediata­
m ente y com o preliminar de toda resolución a su m e­
dio favorito: a la deliberación del asunto con las per­
sonas que habían tomado la iniciativa. Avistóse, en
efecto, con ellas, y ju n to s todos convinieron en la ce­
lebración de una junta de carácter provisional y pre­
paratorio, que efectivam ente tuvo lugar en Ju n io
de 1634, y a la que sólo fueron invitadas unas cuantas
señoras. Luisa de M arillac no pudo asistir a ella por
encontrarse a la sazón visitando algunas Caridades de

(1 ) A b ., t. I, p. 195.
(2) Ib., ibid.
provincia; y merced a esta circunstancia, han llega­
do hasta nosotros de mano de San V icente los porm e­
nores de dicha asam blea. “Ayer, escribía el santo a
nuestra V enerable, sin fecha precisa, se verificó la
junta en casa de la señora Goussault. Estuvieron pre­
sentes las señoras de V ille-Sabin , B ailleu l, del M erg,
Sainctot y Polallion. Fué aprobado el objeto de la
reunión y se resolvió tener otra para el próximo lunes,
acordándose que Ínterin se encom endase el negocio a
D ios, com ulgando a este fin, y que cada una hablase
de él a las señoras y señoritas de su conocim iento» (1).
La segunda asam blea fué más numerosa y tom ó re­
soluciones más im portantes. El prim er paso que en
ella se dió fué nom brar el consejo directivo, com pues­
to, com o en las demás Caridades, de superiora, asis­
tenta y tesorera. El cargo de superiora recayó por en ­
tonces en la señora Goussault. V icente, inútil es ad­
vertirlo, quedó com o director perpetuo de la aso­
ciación.
Dos cosas tuvo en cuenfa San Vicente al com poner
el reglam ento de la nueva Caridad y fijar la regla de
conducta que las señoras habían de seguir en el eje r­
cicio de sus funciones: ei personal directivo del esta­
blecim iento, o sea las religiosas, y los pobres.
Por lo que hace a las religiosas, toda consideración,
deferencia y respeto para con ellas le parecía poco en
las futuras visitantes del hospital. “Siendo nuestro pro­
pósito, las d ecía, contribuir a la salvación y al aliv ia
de los pobres, y no pudiendo conseguirlo sin la ayuda
y beneplácito de las buenas religiosas que están a su.
frente, es muy justo y necesario que las honrem os
com o a madres de los que vamos a visitar, com o a es^
posas de Jesucristo y com o a señoras de la casa. P ro ­
pio es del espíritu de D ios obrar suavemente, y no hay
medio m ejor para el éxito de cualquiera empresa que
imitar en su conducta la de este divino espíritu„ (1). Tu­
este fin quería:
" I .° Que después de encom endarse a Nuestro S e ­
ñor, verdadero Padre de los pobres*, al llegar al hos­
pital, se presentasen a las religiosas encargadas del
cuidado de los enferm os, ofreciéndose a servir a éstos
en su com pañía para participar del mérito de sus bue­
nas obras;
"2 .° Q ue estimasen y reverenciasen a dichas reli­
giosas com o a ángeles visibles del Señor, hablándolas
con dulzura y humildad y mostrándolas una absoluta
deferencia; y
“3 .° Q ue en el caso de que las religiosas llevasen a
mal algo de lo que ellas hicieren, las diesen alguna sa­
tisfacción y procurasen acom odarse al modo de ser de
las religiosas, sin contradecirlas ni contristarlas jam ás
ni querer sobreponerse a ellas* (2 ).
No era menor la delicadeza y miramiento con que
quería tratasen a los pobres. Para evitar toda confuí
sión dispuso que cada día fuesen cuatro, por turno, a
hacer la visita y distribución de los alim entos a los en-
fermos. Al visitarles, no sólo “debían vestir con la ma­
yor sencillez p o sib le *, sino tam bién llegarse a ellos
“con gran dulzura, llaneza y afabilidad, hablándoles
de un modo familiar y cariñoso para ganarles más fá­
cilmente a D io s*. Aprovechándose luego de estas bue-

(1) A b ., 1 . 1, p. 198.
(2) Ibid.
ñas disposiciones, quería el santo que a la lim osna ma­
terial añadiesen la espiritual, dándoles algún buen
con sejo y exhortándoles a sufrir con paciencia sus m a­
les y a acatar en ellos la voluntad de D ios,,. P or lo
que hace, en particular, a las mujeres y a las jóvenes,
si alguna no estaba al tanto de las cosas necesarias
para su salvación, debían enseñárselas de un modo
tam bién fam iliar y por vía de entretenim iento, dispo­
niéndolas después a hacer una buena confesión, en el
caso de serles necesaria, y preparándolas a bien m o­
rir si sus enfermedades no daban lugar a esperar cosa
m ejor.
Para hacer más fácil este ejercicio y evitar los miles
de inconvenientes que de otro modo se podrían ori­
ginar, hizo el santo imprimir un lib ro que contuviese
todo lo necesario para la instrucción de los fieles, y
aconsejó a las señoras que siempre que hubieren de
hablar a los enfermos lo hiciesen con el libro en la
m ano, “a fin de que no pareciese que les estaban pre­
dican d o, (1 ).
A todo esto, la. excelencia de la obra y el buen
nom bre y los prodigios de caridad de las asociadas,
multiplicaron de tal manera el número de éstas, que ya
al mes, y con ocasión de pedir indulgencias para ellas
a R om a, las hacía subir San V icente a más de ciento,
“todas señoras de calidad», añadía (2 ). P o co des­
pués y por varios años osciló su número entre dos­
cientas y trescientas, siempre de la5 más altas clases
sociales (3).

(1) A b ., t. I, pp. 200 ; 2oi.


(2) Lettr., 1 . 1, p. 87.
(3) Suppl., p. 205.
Con el número creció tam bién, com o era natural, el
bien que hacía la asociación , pero tam bién la dificul­
tad de la disciplina, y com o no era posible que todas
fuésen igualmente aptas para ejercer el oficio de ca­
tequistas que desde un principio venían desempeñan­
do, dispuso el santo, en 1636, que cada tres m eses,
por las tém poras, fuesen elegidas catorce de entre ellas
para el desempeño de tan delicada función. M ientras
las demás se entregaban desembarazadamente al ser­
vicio corporal de los enferm os, ellas se encargarían de
repartir tam bién entre los más necesitados e ignoran­
tes el pan del buen consejo y de la instrucción cristia­
na y religiosa.
Ni se lim itaba el celo de tan ilustres y caritativas se­
ñoras a sus esfuerzos personales en favor del pobre en­
fermo; sostuvieron adem ás, de los fondos mismos de la
junta, dos sacerdotes primero y después seis, para que,
dom iciliados en el hospital, se consagrasen entera y ex­
clusivam ente, al servicio espiritual de aquellos infelices;
ya que los capellanes del establecim iento, o por su
corto núm ero, o por sus otras ocupaciones, o por su fal­
ta de celo, eran insuficientes para llenar las necesidades,
cada día m ayores, de aquella singular parroquia que,
gracias al celo de las Señoras de la Caridad, había lle ­
gado a convertirse en m isién permanente.
Y el móvil primario, por no decir el alm a, de toda
esta saludable transform ación no era otra que nuestra
Venerable (1 ). S i oculta en su humildad dejaba que
otras se atribuyesen, la gloria de sus iniciativas y de
sus afanes (2 ), en las ocasiones apuradas era imposi-

(1) L ettr., t, I, p, 174, y L . d e M., 1 . 1, p, 50.


(2) D iscurriendo la misma V en erab le en una d e sus m e-
ble no echar de ver el valor de su apoyo y lo im pres­
cindible de su cooperación. “Háseme d icho, escribíala
San V icente en los primeros años del establecim iento
de la asociación, que las cosas no van bien en el hos­
pital, y que seria bueno que vuestra salud os permi­
tiese ir a pasar en él dos o tres días,, (1 ). Y algunos
años después, excitándola a volver pronto de cierto
v iaje: “Os ruego que no tengáis pena, antes bien
obrad de suerte que pueda yo salir pronto del aprem io
en que, con sus reconvenciones por haberos dejado
partir, me tienen las Señoras de la Caridad del hospi­
tal, sobre todo la de Nesmont. C reo, sin em bargo,
que si volvéis con salud, com o lo espero de la bondad
de D ios, pronto harem os las paces,, (2).

§ III .—Las Hijas de la Caridad acuden en ayuda


de las Señoras.

Entre tanta multitud de señoras y de señoras ricas y


nobles com o com ponían la Caridad del hospital, era
difícil que todas se allanasen a servir un día y otro día
a los pobres, y que a la larga no hallasen la obliga -

ditaciones sobre la idea de qxje «cuanto m enos aparece de


nosotros en lo que hacem os, tanto m ayor es el fruto que
producim os en los dem ás y más se manifiesta en ello la g lo ­
ria de Dios», prosigue de esta suerte, refiriéndose sin duda
ninguna a sus recuerdos del hospital: «Lo cual m e ha sido-
de no pequeña confusión al ver que, en tiem pos anteriores,,
m e daba pena el q u e otros se atribuyesen lo que yo p en sa­
ba haber hecho» (L . de M., t. II, p. 37 ).
(1) L e t t r .,t . I , p. 1*4 .
(2) Ibid., t. I, p. 548.
ción que se habían impuesto, demasiado enojosa, tra­
tando de sustituir sus servicios personales por los de
sus criadas u otras gentes de más baja condición. Era
preciso contar con sem ejante escollo; y no con otro
objeto que con el de prevenirle, trataron ya en la pri­
mera sesión las organizadoras de la obra de aprovechar
los servicios de las nacientes y ya adm irables H ijas de
la Caridad. En vista del resultado de dicha junta y de
las muchas probabilidades que ofrecía la realización
de la proyectada em presa, escribió San V icente a Lui­
sa de M arillac en una carta de que arriba hicim os
m ención: “S e necesitará de vos y de vuestras hijas.
Créese que serán menester cuatro, y con v en irla que
fuesen buenas a carta cabal,, (1). Realizado el pensa­
miento se puso al frente de ellas, bien que com o sus­
tituía de Luisa de M arillac (2 ), primero a So r G eno­
veva (3) y más tarde a So r Pelletier (4). Las demás se
cree que se llam aban So r Ja c o b a , S o r Germ ana y Sor
N icolasa. S e las dió para habitación una casita al lado
del hospital; y en ella disponían y guardaban los dul­
ces, frutas, fuentes, platos, ropa blanca y demás ob ­
jetos propios para el caso de los ministerios que allí
estaban llam adas a ejercer (5 ).
De novecientos a mil eran los enfermos a quienes
las señoras cuidaban de servir diariamente la colación ,
caldos y leche. C alcúlese, pues, el trabajo que tan
exorbitante número de raciones ocasionaría a las cua­

t i ) L ettr., t. I, p. 91.
(2) C onfér. a u x F. d. I. C n ., t. I, p. 7.
(3) L ettr., t. I, p .9 1 .
(4) Ibid., t. I, p. 92.
(5) A b ., 1 . 1, p. 199.
tro H ijas de la Caridad, que eran las que todo lo ha­
bían de disponer. Ni se ceñía a este solo cuidado su
obligación. P or la mañana y por la tarde debían asis­
tir y ayudar a las Señoras en la distribución de los
alim entos: por la m añana, del caldo o de la leche que
se repartía a los que estaban en cam a; y por la tarde,
de la colación que sé daba a todos indistintam ente,
convalecientes y enferm os, conform e a las ind icacio­
nes de los m édicos.
Hermoso y digno de admiración era el espectáculo
que entonces ofrecían aquellas dam as,entre las que ha­
bía hasta “princesasy duquesas,, (1), quienes, después
de hacer la visita a Jesú s sacram entado, se ceñían su
blanco delantal, y dividiéndose en grupos de cuatro o
cinco se disem inaban por los distintos salones, pasan­
do de uno a otro lecho y distribuyendo jovial y b o n ­
dadosamente entre aquellos infelices, que a los o jo s
de la carne sólo repugnancia y desvío podían ofrecer,
aquí una taza de caldo o de leche, allí pan b lan co, biz­
cochos y confituras, y más allá uvas y cerezas o peras
cocidas, conform e a la estación; pero ¿cóm o ponde­
rar bastantemente la abnegación, tanto más sublime
cuanto más callada, de aquellas jóvenes que sin el
aliciente del primer puesto y de la iniciativa que po­
día alentar a las señoras y después del trabajo asiduo
y oscuro de la cocina llevaban la parte más pesada,
m ás peligrosa y más servil de la distribución? Así que
ninguna lograba soportar por mucho tiem po la carga
de tan abrum ador trabajo. “Nos vem os en la necesi­
dad de cam biarlas con frecuencia, decía el santo en
cierta ocasión respondiendo a las quejas que con este
motivo le habían dado algunas de las señoras, porque
la experiencia nos ha hecho ver que de otra suerte
contraen graves enfermedades y sucum ben„ (1). Una
vez se vieron obligadas hasta cerrar la casa por varios
días a causa de la peste que se las había com unica­
do (2 ). “Grande es mi consuelo por la caridad que
ejercéis con M aría, escribía con este m otivo, según
creo, San V icente a Luisa de M árillac; mas haced, si
os parece, por no exponeros,, (3 ). D ios preservó a
nuestra V enerable; más quiso llevarse para sí a una de
las Hermanas. “He ahí la primera víctim a que Nues­
tro Señor ha tenido a bien escogerse entre vuestras hi­
ja s, escribía de nuevo el santo a Luisa de M arillac.
¡Bendito sea El para siem pre! E spero, señorita, que
a estas horas será sumamente feliz, pues ha muerto en
el ejercicio del divino am or, en el ejercicio de la ca­
ridad,, (4).
Tam bién entre las Señoras parece que hubo alguna
que murió del contagio, com o la señora de Ligin (5),
lo cual hizo que se acentuase más el miedo que ya
anteriormente se venía experim entando entre las S e ñ o ­
ras, y quizá más entre las fam ilias de las Señoras, de
servir las salas de las enfermedades epidém icas, y que
se tratase de sustituirlas por simples señoritas que en
su sacrificio por los enfermos no com prom etiesen la
salud y el cariño de los suyos (6). Creo, sin em bargo,

(1) Suppl., p. 228.


(2) Ibul., p. 226.
(3) Baun,, p. 174.
(4) Ibid., p. 174.
(5) Ibid., p. 173.
(6) Lettr., t, I, p. 174.
que la sustitución no tuvo lugar; y para que el peli­
gro afectase al m enor número posible, propuso San
Vicente que en vez de las catorce catequistas que eran
las que m ayor peligro corrían, fuesen en adelante
sólo siete (1).
Volviendo a las Herm anas, el buen olor de las vir­
tudes que habían desplegado y seguían desplegando
en el hospital, sacaba de sí a San V icente y le arran­
caba efusivos acentos de adm iración. Con ocasión, o
de haber vuelto a colocar en él sus hijas nuestra V e­
nerable, después de ligero paréntesis a que acabam os
de aludir, o de haberlas sustituido, la escribía el santo
con fecha 3 0 de D iciem bre de 1636: “D ios os bendi­
ga, señorita, por haber ido a colocar vuestras hijas en
el hospital y por todo lo demás que se siguió a dicho
a cto ; M as, en nombre de D ios, cuidaos. Ya veis la
necesidad que se tiene de vuestra nada y lo , que sin
vos vendrían a ser vuestras obras. D oy gracias a Dios
de lo buenas y generosas que ha hecho a vuestras hi­
jas. M otivo hay para creer que su bondad supla la
que en vuestra dirección echáis de m enos para con
ellas* (2).
. ¿Q ué extraño, pues, que a los afanes y solicitud de
almas tan caritativas y fervientes com o las de aquellas
Señ o ras e H ijas de la Caridad correspondiese una mies
abundante de actos de virtud, de enm iendas de vida y
hasta de conversiones en los enfermos del hospital?
*D io s sólo sab e, dice el primer biógrafo de San V i­
cente, los que se han puesto en estado de bien m orir
o de comenzar en lo sucesivo una buena vida m erced

(1) SuppL, p. 227.


(2) L e ttr ., t. I, p. 157.
a los desvelos de tan piadosas m ujeres. No debió ser
pequeño su núm ero, si en la reforma de las costumbres
hemos de tom ar por cálculo las conversiones que tam ­
bién se siguieron a su entrada en el hospital, las cua­
les fueron tantas, que sólo el primer año de organiza­
da la asociación, se convirtieron a nuestra verdadera
fe más de setecientas sesenta personas de entre lutera­
nos, calvinistas y turcos,, (1).
San Vicente resume tam bién en esta forma el bien
que los sacerdotes puestos por las Señoras en el hos­
pital hacían.
*1 .° La mayor parte de los enferm os, sobre todo
los moribundos, hacen confesión general con ellos;
*2 .° De los doscientos herejes que han entrado en
el hospital desde que ellos ejercen en él sus funciones,
no ha habido más que seis que hayan muerto en su
■erroi, y unos veinticinco que hayan permanecido en él
de los que han curado; todos los demás se han c o n ­
vertido;
“3 .° Los sacerdotes que confiesan a la puerta (es
■decir, los antiguos capellanes) mandan a aquellos a
quienes aquí nos referimos los penitentes de confe­
siones antiguas y difíciles;
“4 .° R econcilian en sus frecuentes contiendas a los
pobres enferm os;
“5 .° Actúan en actos de fe, esperanza, caridad y
confianza en Dios a los m oribundos;
“6.° Van delante del sacerdote que ha de adminis­
trar a alguno - los santos sacram entos para disponerle a
■comulgar bien y ayudarle en la acción de gracias, y
por últim o;
“7 .° Durante la misa mayor van frecuentem ente p o r
las salas exhortando a los enfermos a unir su intención,
y su voluntad a la de la Iglesia en eí santo sacrificio
que se está celebrando, asistiendo a él en espíritu y
haciendo alguna súplica,, (1).
Y nuestra V enerable, después de encarecer bien, que
de un modo general, las bendiciones que Dios derra­
maba sobre las exhortaciones de las Señoras, “a algu ­
nas de las cuales se las ha visto, d ice, horas enteras
sentadas a la cabecera de los enferm os, instruyéndoles
en las cosas necesarias a su salvación y ayudándoles a
salir de los peligros en que se encontraban,,, concluye
que por ellas "P arís ha sido la adm iración y el ejem ­
plo de toda la nación„ (2).
¡Con razón d ecía, pues, San V icente a dichas S e ñ o ­
ras de la Caridad “que si consideraban bien la im por­
tancia de su asociación, la querrían com o a las niñas
de sus ojos! „ (3).

§ IV . — Servido indirecto que las Hijas de la Caridad


prestan al hospital con la visita a domicilio de los
pobres enfermos.

El ob jeto de San Vicente y de Luisa de M arillac al


establecer las Hermanas fué, com o sabem os, dar auxi­
lio a las Caridades en el socorro espiritual y tem ­
poral de los pobres, sobre todo de los pobres enfer­
m os. De aquí que no sólo a los hospitales, sino a cual­
quier lugar en que aquél se hallare, debía volar ía:

(1) Suppf., p. 227.


(2) I.. de M ., t. 1, Pi>. 54 y 55
{3) S upp l., p. 209.
H ija de la Caridad. M ás aún, su preferencia, si alguna
pudiera tener, había de ser por los pobres que yacían
enfermos en sus casas. Casualmente esta era en un
principio para sus fundadores la nota característica, el
distintivo de la naciente congregación. E l autor de
una obra tan original, decía San V icente, no puede
ser otro que Dios. Y ¡qué! “¿Acaso se había oído ha­
blar nunca de una obra com o ésta? ¿Y a qué fin la
había establecido el Señor? Para servir a los pobres y
para servirles de un modo nuevo desconocido hasta
el presente. H abía, es verdad, religiosos y hospitales
para la asistencia de los enfermos; había tam bién reli­
giosas consagradas a D ios para servirles en los hospi­
tales, pero hasta hoy no se había visto ninguna com u­
nidad dedicada a servirles en sus propias casas. Así
que si caía enfermo algún pobre era enviado al hospi­
tal, separando de esta suerte al marido de la m ujer y
a los hijos de los padres. Hasta ahora ¡oh , D ios mío!
no habíais provisto cóm o socorrerles en sus casas, y
parecía en cierto modo que vuestra adorable P rovi­
dencia, que a todas las cosas se extiende, olvidaba en
sus cuidados a estos infelices. ¿P or qué pensáis, mis
queridas Hermanas, que Dios había retardado tanto
esta obra? ¡O h! Es que estaba reservada para vuestra
compañía» (1).
Ya vim os a las H ijas de la Caridad en sus com ien­
zos, cuando aún no se habían juntado en asociación,
prestar sus servicios en las parroquias de San Salv a­
dor, San N icolás del C hardonnety San B en ito, en P a­
rís. Después, amén de dichas Caridades, fueron tom an­
do las de San P a b lo , San Su lp icio , San Lorenzo,
S a n Germán 1‘Auxerrois, San E steban, San Lupo,
Santiago y otras. E n la mayor parte de ellas no había
más que dos Herm anas; en algunas, o por su mayor
radio de acción o por tener m uchos enferm os, com o
la de San P a b lo , solía haber tres o más; pero en otras,
a consecuencia de la multitud de lugares a que se las
llam aba, tío podía haber más que u n a ... y “el ángel de
sti guarda», com o de la que estaba en San B en ito, de-
<cí8 con mucha gracia San Vicente,, (1). So is ahí po­
cas operarías para tanto trabajo, escribía tam bién el
santo en otra ocasión a Luisa de M arilJac;, pero ¡que!
Nuestro Señor trabajará con vosotras» (2).
En cada parroquia ocupaban una casita o habita­
ción generalm ente de alquiler a cuenta, com o la fru­
gal manutención de las H erm anas, de los fondos de la
Caridad. P or la m añana hacían juntas la oración y la
repetición, si alguna urgente necesidad no las llam aba
A l'lado de los enfermos; oían m isa, desayunaban, e
■inmediatamente corrían a llevarles los m edicam entos
q u e les hubiesen sido recetados. Con la marmita al
brazo se llegaban después a casa de la Señora de la
■Caridad, a quien según el turno establecido tocaba
disponer aquel día o aquella semana los alim entos, y
provistas de las raciones correspondientes iban distri­
buyéndolas a cada enferm o. En ocasiones, las mismas
Señoras se encargaban de llevar y servir, solas o
acom pañadas de las Herm anas, la com ida, y tal era
su obligación; pero otras veces echaban todo el peso
d el servicio sobre los hom bros de las pobres H erma­
nas. “A cabo de ver, estrib ía S an Vicente a Luisa de

(1) Confér. aux F. d. 1. Cti., t. I, p. 7.


(2) Lsttr., t,I , p. 153.
M arillac, con fecha 21 de Ju lio de 1635, a M argarita
de San P ablo, quien halla la carga de su ministerio'
insoportable, así por la extensión y multitud de enfer­
mos de la parroquia com o porque las Señoras no se
tom an la molestia de irles a visitar» (1). Lo propio su ­
cedía en San Lupo y otras Caridades (2),
El número de enfermos que en esta forma atendían
era verdaderamente asom broso. “¿Sab éis, decía e n
cierta ocasión un siervo de D ios a nuestro santo, que
los servicios que las H ijas de la Caridad prestan a los
enfermos en sus propias casas evitan que vayan aí
hospital dos terceras partes de los que de otra suerte
irían?— ¡Ah, D ios m ío, exclam aba aquí el santo, re­
firiendo estas palabras a sus hijas! ¿Q ué habéis h ech a
al dar origen en vuestra iglesia a la com pañía de la
Caridad? Nada hacía entrever vuestros designios; na­
die pensaba en ellos. Vos sois, pues, el único autor
de dicha obra que ha venido a ser un segundo hospi­
tal en que hay mayor multitud de pobres que en eL
mismo de París. [Bendito sea tu nom bre eternam en­
te! ¡Vuestra sea, oh Señor, toda la glo ria!„ (3).
Y com o obra especialm ente suya parecía tratarla e l
Señor, no sólo por el m aravilloso increm ento que la
fué dando, sino hasta por la providencia especial que
tenía de las personas dedicadas a ella. Con la clásica,
marmita de la Caridad en la mano subía una Hermana
las escaleras de cierta guardilla cuando sucedió el per­
cance que tanto llamó la atención en todo París y que
tan vivamente excitó la curiosidad de San V icen te.

; (i) Lettr,, t. I, p. 108.


(2) Ibid., t. I, p. 198.
(3) Conicr. e u x F. d> 1. Ch., t. II, pk 80.
“H ija m ía, la dijo el santo en la primera conferencia
que se siguió al suceso (1 3 de F ebrero de 1 6 4 6 ), ¿qué
es lo que hubo? He oído hablar de una casa derrum­
bada. ¿En qué barrio fué? ¿Q ué día? ¿Estabáis vos
dentro o junto al edificio?
“— E l h ech o, contestó la H erm ana, pasó el sábado
últim o de carnaval. Y o subía a la casa con mi marmi­
ta, llevando la ración a un enferm o, cuando al llegar
a los peldaños de entre el primero y segundo piso, un
aguador que iba delante de mí gritó: Estam os perdi­
dos; y en el mismo instante se desplom ó la casa.
“Despavorida la H erm ana, sigue diciendo aquí la
redactora de la conferencia, se pegó al ángulo de la
escalera. Entretanto los vecinos corrieron a llam ar a
un sacerdote que diera la absolución a los que aun
estuviesen con vida; mas todos, en número de treinta
y cinco o cuarenta, se hallaron muertos bajo los es­
com bros, a excepción de un niño a quien se sacó de
entre ellos inm ediatam ente, y de nuestra pobre H er­
mana. Esta puso su marmita en el gancho de una pér­
tiga que se la alargó desde la calle; luego, abandonán­
dose a la Providencia, se echó sobre unas capas que
al efecto algunos tenían suspendidas en el aire, y sin
saber cóm o se halló fuera de peligro en la vía pública.
Aunque hondam ente impresionada y llena de tem or,
no por eso dejó la Hermana de seguir su cam ino hasta
acabar de servir a los enferm os que la faltaban„ (1).
A todo esto, nuestra V enerable no se contentaba
con inspirar tanta virtud a sus hijas por medio de sus
exhortaciones, sino que en todo iba delante de ellas,
sosteniéndolas con su ejem plo. Im posible parece que
pudiera tener tiem po y ánimos y cabeza para tantos y
tan diversos negocios y ministerios: la form ación de
las H ijas de la Caridad, el régim en de la casa madre,
las Caridades, el hospital, las escuelas de niños po­
bres, los galeotes, los expósitos, e tc ., etc. Im presio­
nado hasta el exceso San Vicente por tanta actividad,
no pudo m enos de escribirla en cierta ocasión: “[D ios
m ío, no hay duda que sois toda una m ujer; pues tales
cosas com o esas de que me habláis habéis hecho! „ (1).
“Por lo que hace a vuestra Caridad, la decía más
adelante, no os puedo decir con palabras cuánto me
consuela. ¡Q ué D ios bendiga vuestro trabajo y perpe­
túe esa santa obra en que os ocupáis!,, (2 ). No había
Caridad dentro ni fuera de París que no sintiera el in­
flujo directo y personal de nuestra V enerable. Un obs­
táculo en la obra, una diferencia o falta de armonía
en el personal, eran motivos bastantes para llevarla
con frecuencia de uno a otro lado (3). Y ¡con qué an­
sia la esperaban sus hijas! “S o r N ., la escribía en cier­
ta ocasión San V icente, anda m alucha: dicen que es
por vuestra ausencia.»
Luego que con el invierno pasaban las lluvias acu­
día tam bién a visitar las Caridades de provincia, y
allí, lo mismo que en la capital, se hacían sentir y ad­
mirar los efectos de su celo , de su actividad y de su
prudencia. “¡Y luego diréis, la escribía San Vicente
contrahaciendo donosamente unas palabras de nues­
tra V en erable, que sois inútil en el m undo!„ (4).
¡Bendita inutilidad que tales m aravillas obró en la
tierra!

(1) Lettr., t. I., p. 152. (3) Ibid. (3. Ibid,, pp. 140 y 1S3.
(4) Ibid., p. 153.
C a sa d e fo rm a c ió n d e las Hijas de la C arid ad
en L a C hapelle.

1636-1642

L u isa de M arillac traslada a L a C hapelle sus hijas.— C elo y


hospitalidad de nuestra V en erab le en su nueva resid en ­
c ia .— L a Chapelle, casa de ejercicios espirituales para s e ­
ñoras.

§ I .—Luisa de Marillac traslada sus hijas


a La Chapelle.

ly & Ju L E S de veces repitieron, así San V icente com o


Luisa de M arillac,q u e al valerse en un princi-
p j0 ¿g a igUnas jóvenes aldeanas para el servi­
cio de las Caridades jam ás habían pensado en fundar
ninguna congregación: m al, por consiguiente, podían
haber previsto ni esperado el desarrollo que las Hijas-
de la Caridad habían de tener. Así que cuando trata­
ron de sujetarlas a cierta form ación y aprendizaje cre­
yeron que les bastaría para ello una casa particular
cualquiera. B ien pronto, sin em bargo, aquel Señ o r,
que de sencillos gérm enes se com place en levantar el
robusto cedro y la corpulenta encina, bendijo tan hu­
mildes com ienzos, y las vocaciones y la adm iración
de las gentes y .la s obras fueron creciendo alrededor
de aquel puñado de jóvenes hasta el punto de h acer
pensar a los fundadores en más espacioso alojam iento
y en formalizar la dirección de un instituto sobre eí
que tan altos designios parecía tener la Providencia.
P o co más de un año ib a, en efecto, transcurrido d es­
de que Luisa de M arillac había tom ado a su cargo la
educación de las primeras jóvenes de la “Caridad„
cuando ya la escribía San V icente: “Ayer vi la casa de
que os tengo hablad o, sita en el barrio San M artín;
pero no tiene la suficiente capacidad. Bueno sería,
com o vos decís, hacernos lo más pronto posible con
una en propiedad; pero esto es algo más difícil de lo
que parece. Así que no va a haber más rem edio que
tomar la primera que se nos presente, aunque sea de
alquiler» (1). Ai fin, después de varias tentativas que
no cuajaron, se puso los ojos en una de La Chapelle
"aldea no lejos de aquí, según se va a San D ion i­
sio» (2). Hoy La C hapelle-Saint-D enis entra en el ra­
dio y forma parte de la capital, pero entonces distaba
de ella cosa de dos kilóm etros. H allábase, pues, en el
campo y “no lejos,, de la residencia de San V icente,
circunstancias am bas que no debieron inclinar poco
el peso de los ánim os en su favor. La señora G ous­
sault, com o amiga íntima que era de nuestra V enera­
ble y presidenta de las Señoras de la Caridad del hos­
pital, a cuyo cargo corría principalm ente el sosteni­
miento de las Herm anas, fué quien dió todos los pa­
sos y quien hizo la com pra, que debió quedar ultimada
en los primeros meses de 1636.
Luisa de M arillac pasó con sus hijas a la nueva re­
sidencia en M ayo*

(1) L ettr., t, I, p. i i 6.
(2) Ibid., 1. 1, p. 119.
§ I I .— Celo y hospitalidad de nuestra Venerable
en su nueva residencia.

No hay santo de quien en mayor o menor grado no


se pueda decir com o de Nuestro Señor que por donde
quiera que iban ‘‘pasaban haciendo bien: pertransiit
b en efa cien d o Ejem plo de ello tenem os en nuestra
Venerable al trasladarse a La Chapelle. No parecían
muy a propósito las circustancias en que su nuevo do­
m icilio la ponía para proseguir sus obras de benefi­
cen cia; con tod o, su caridad no dejó de hallar medios
y recursos con que ejercitarse en ella.
Lo prim ero que excitó su com pasión y a que con ­
sagró sus desvelos fué la niñez. P or falta de m aestra,
sin duda, estaba al frente de la escuela de niñas un
pobre hom bre que, sin otro oficio ni beneficio, ha­
llaba en aquella ocupación un modo de ganarse la vida.
Queriendo nuestra V enerable poner término a sem e­
jante abuso, no sólo se hizo cargo ella misma de la es­
cuela, estableciéndola en su propia casa,sin o que has­
ta señaló una pensión al antiguo m aestro, indemnizán­
dole así de los perjuicios que con su caritativa con­
ducta le hubiera podido ocasionar. “De este m odo,
añade su primer biógrafo, procuraba unir siempre la
caridad con la justicia,, (1).
Esta muestra de interés para con los niños la ganó
el corazón de las personas m ayores, y ellas fueron
tam bién objeto de su celo . “M ientras vivimos en La
Chapelle, escribía una de las Hijas de la Caridad, ha­
cía reunir todos los dom ingos y días de fiesta, para
enseñarlas el C atecism o, a las m ujeres y a las jóvenes;
y lo propio hacía en la cuaresma con los niños para
disponerles a la primera com unión,, (1).
Otra m ayor y más perentoria necesidad iba a salirla
en esto al paso con motivo de la guerra provocada en
favor de la Reform a y contra España y Austria por la
desatentada política de Richelieu. V encidos, en efec­
to, los protestantes en todas sus luchas contra los c a ­
tólicos, no quedaba otro recurso a los príncipes ale­
manes que acatar la dom inación católica del im perio,
cuando, celoso el cardenal del poderío de am bos es­
tados católicos, extendió su púrpura romana sobre los
hijos de Lutero, instándoles de nuevo y con su apoyo
a tom ar las arm as. Así com enzó (1635) el cuarto y úl­
tim o período de Ja llamada guerra de los Treinta años
(1 6 1 8 -1 6 4 8 ). Las hostilidades se abrieron al mismo
tiem po en los Países B ajo s, en el R in, en la Valtelina
y en Italia. Con ello y con las dificultades que la Liga
protestante suscitaría a las tropas del Austria en el im­
perio, creía R ichelieu haber alejado la guerra del cen­
tro de Fran cia; pero otro cardenal, el cardenal Infan­
te, gobernador de España en los Países B a jo s, burló
sus planes, y al frente de cuarenta mil hom bres, man­
dados bajo sus órdenes por los generales príncipe de
S a b o y a , Francisco de Lorena, Ju a n W ert y Picolom i-
ni, penetró arrollándolo todo en 1636 y venciendo
cuantas dificultades le salían al paso en la Champaña
y Picardía. En esta provincia sólo Corbia les podía
oponer alguna resistencia: entre ella y P arís no había
ninguna otra plaza fuerte. D etúvose, pues, el ejército
español ante los muros de C orbia; pero esta ciudad,
aunque al fin cayó en poder del enem igo, fué la sal­
vación de la capital. Los parisienses creían ya llen os
de tem or ver a sus puertas al ejército del cardenal In­
fante. Así es que la desbandada hacia las poblaciones
del Sur era general. “A quí, escribía San V icente el 15
de Agosto, estam os aguardando el sitio de los españo­
les que han entrado en Picardía asolándolo todo con
un poderoso ejército, cuyas avanzadas se hallan ya a
diez o doce Ieguas.de París, y poniendo a ésta en tal
alarm a, que muchos de sus habitantes se retiran a
otras poblaciones,, (1).
N aturalm ente, a la aproxim ación del en em ig o,cu an ­
tas personas podían huir de los pueblos y ciudades
am agadas huían lejos del teatro de la guerra, sobre
todo a la capital, donde los aldeanos creían hallar un
refugio seguro. Así nos lo dice el mismo San V icente
en la carta arriba citada. Sab ed or, por otra parte, el
santo “del gran número de jóvenes de elevada y m o­
desta posición que por razón de las circunstancias es­
taban sumamente expuestas a la insolencia de los je ­
fes de las g u arn icion es*, dió orden al M isionero, que
desde varios afios antes no cesaba de ir y venir a la
Lorena, llevando socorros de todas clases a aquella
desolada provincia, para que “mandase a la corte
cuantas doncellas quisiesen salir del gran peligro en
que se hallaban» (2). Por una u otra causa llegaron a
París de sola la provincia de Picardía más de ciento
sesenta, a todas las cuales recibió y alo jó en su casa
Luisa de M arillac.
Ni se contentó nuestra V enerable con proporcio-

(1) L ettr., t. I, p. 136.


(2) A b ., t. 1£, p. 501.
narlas este bien tem poral, sino que habiéndose reple­
gado hacia la frontera las tropas invasoras, añadió la
limosna del espíritu a la lim osna del cuerpo y las pro­
curó una misión que alentase sus alm as. Todavía, pasó
más adelante, y valiéndose de otras caritativas seño­
ras, logró colocarlas con alguna honesta ocupación
entre algunas buenas fam ilias de la corte (1 ). Así aca­
bó el bien que había com enzado y aseguró la vida y
el honor a tanta multitud de jóvenes que de otro modo
hubieran perecido víctim as del ham bre, del vicio o de
la corrupción.

§ III. —La Chapelle, casa de ejercicios espirituales


para señoras.

Entre los escritos y resoluciones espirituales de Lui­


sa de M arillac, hay unas líneas, relativas sin duda nin­
guna a su instalación en La Chapelle, que dicen: “Ir
al nuevo alojam iento con el designio de honrar a la
divina Providencia, que es quien a él me conduce, y
en la disposición de hacer en él cuanto pueda y sea
de su divino agrado,, (2). Só lo esta sed de acción y de
consagrar los más leves instantes de su vida a la glo­
ria de su divino Esposo y al socorro de toda n ecesi­
dad, explica satisfactoriam ente la actividad que állí
desplegó nuestra V enerable. Sin dar de mano a nin­
guna de las obras que venía sosteniendo en París y en
las provincias, ni siquiera a la de los niños expósitos
que acababa de iniciar, 110 tardó en emprender otra
nueva, la de los ejercicios espirituales para señoras.
Preciso era conservar el fuego de la caridad que con
tan vivas llam as había comenzado a arder, a impulsos
sobre todo de San Vicente y de nuestra V enerable, en
el corazón de las clases ricas de París; mas ¿por qué
medio? Ya para el Profeta no había más que uno: la
meditación, el retiro, San Vicente había franqueado al
efecto sus casas para toda clase de hom bres; pero no
eran éstos solos ni los que principalm ente necesitaban
acudir al horno de la com unicación con D ios para que
la caridad no se resfriara en sus corazones: quizá fuera
más iraportantante sostener en dicho ejercicio a la
m ujer, que era, justicia es confesarlo, la que con más
resolución y perseverancia había respondido al inicia­
do movimiento de aproxim ación a las clases m eneste­
rosas. ¿P or qué, pues, las H ijas de la Caridad no ha­
bían de hacer con ellas lo que los Sacerdotes de la M i­
sión venían haciendo con los hom bres: abrirles las
puertas de sus casas, de su casa de form ación sobre
todo, para que allí, en el recogim iento y abstracción
del mundo, se diesen más a Dios y en D ios a los po­
bres y a los necesitados? Nada más conform e por
cierto al carácter y am or aí retiro de Luisa de M arillac.
Así, que no costó mucho a San V icente, si de San V i­
cente partió el pensam iento de que vam os hablando,
persuadir a nuestra V enerable que estableciese esta
práctica de los ejercicios espirituales en su nueva resi­
dencia.
A San V icente estaba reservada, com o es de supo­
ner, la dirección suprema de las ejercitantes; pero
quien las dirigía y ayudaba en la generalidad de los
actos era la propia Luisa de M arillac. “Verdad es, la
escribía en cierta ocasión el san to, que la señora Ca-
reyre me ha manifestado deseos de que la vea alguna
que otra vez durante estos días de retiro; mas esto no
quiere decir que vos no debáis tratar con ella com o
con cualquiera otra, dándole los ejercicios com o si yo
no hubiese de verla,, (1).
No receléis nada de ella, añadía el santo en la car­
ta arriba aludida, “pues tiene en vos una com pleta
confianza»: palabras que lo mismo se podían decir de
la generalidad de las señoras que acudían a La Cha­
pelle. De la prudencia de Luisa de M arillac todo cuan ­
to se diga es poco. San Vicente no dudó en asegurar
que “jam ás había conocido persona más prudente,, (2).
T enía, por otra parte, don especial de dirigir las almas
com o repetidam ente lo experimentaron las H ijas de la
Caridad. Y por lo que hace a instrucción sólida y
vasta, ya sabem os cuán esmerados y fundamentales
fueron sus estudios. No es extraño, pues, que “muchas
señoras, aun de la más alta nobleza, com o escribe el
primero de sus biógrafos, dejasen a París y se privasen
de la conversación del mundo para pasar algunos días
con las pobres H ijas de la Caridad, sujetas a la disci­
plina de nuestra V enerable y aprendiendo de ella, con
sus instrucciones y con sus ejem plos, a menospreciar
los bienes y pom pas de la tierra„ (3 ).
No todas consagraban a la soledad el mismo núm e­
ro de días. Algunas, más bien que ejercicios, iban a
pasar un día de retiro espiritual. Tal es, según parece,
el caso de aquella joven que, estando para contraer
m atrim onio, pidió permiso a San V icente para retirar­
se a La Chapelle com o preparación. “Señorita, escri-
bió con este motivo el santo a nuestra V enerable, será
bueno que señaléis una m editación especial a esa jo ­
ven.,, Y luego, com o fundamento de la tal m editación
y de las instrucciones que debía dar a su futura e je rci­
tante, le trazó este maravilloso resumen de lo que debe
hacer y de las disposiciones en que debe hallarse una
joven cristiana al tomar el estado de m atrim onio. La
m editación debía abarcar estos tres puntos:
“L Razones que tiene una mujer para vivir bien
con su esposo. Sobre lo cual la aduciréis tres autori
dades: prim era, aquello que dice San P ablo que el
marido es la cabeza de la m ujer, de lo cual se sigue
que la sujeción de ella para con él debe ser la misma
que la de los m iem bros para con la cabeza; segunda,
la recom endación, tam bién de San P ablo, de que las
mujeres obedezcan a sus m aridos, y tercera, lo que
Dios mismo dice, que la mujer debe dejar hasta a sus
padres para seguir al que ha elegido com o esposo.
MI. E l segundo punto puede versar sobre esta
pregunta; ¿E n qué estriba el buen com portam iento de
una m ujer para con su marido? A lo cual debéis res­
ponder que consiste: prim ero, en que después de Dios
sea su esposo el ob jeto de su principal cariño, y se­
gundo, en que trafe de agradarle y obedecerle en todo
aquello que no sea pecado.
“III. E l tercer punto será sobre los m edios de que
una mujer debe servirse para obtener la gracia de vi­
vir en paz con su m arido, y pueden ser: 1 .°, pedírselo
a Dios; 2 .° , no dar cabida en su corazón a ningún pen­
sam iento de desestima contra él; 3 .° , no decir ni ha­
cer jam ás cosa que pueda m olestarle; 4 .°, proponerse
■como norma de su conducta el ejem plo de alguna m u­
je r casada que viva en perfecta arm onía con su espo-
So, y 5 .° , hacer por honrar el m atrimonio de San Jo s é
y de la Santísim a .Virgen,, (1).
O tras, cuyo fin principa! al retirarse a La C hapelle
era el de disponerse a hacer una confesión general,
tomaban para ello cuatro o cinco días (2 ). La genera­
lidad, sin em bargo, no se contentaba con tan escaso
término y solía entregarse a la soledad y al retiro por
cosa de unos ocho días. “La señora de Chaumont, es­
cribía San Vicente a Luisa de M arillac en 1637, acaba
de salir de aquí. M e ha hablado de una com ediante
que va a dejar su manera de vida y retirarse a su país,
y con esta ocasión me ha manifestado deseos de pro­
porcionarle unos ejercicios de siete u ocho días. La he
hecho esperar esta caridad de vuestra parte: ¿no lo
tendréis a bien?,, (3).
Las que más frecuentaban el retiro de La Chapelle
eran, com o fácilm ente se deja adivinar, las Señoras de
la Caridad. Así, en los primeros años de la fundación
hallamos ya haciendo los ejercicios con nuestra V ene­
rable, no sólo a su amiga del alm a la presidenta G ous­
sault, sino tam bién a las señoras de Lamy (4), de Choisy
y de Cosni (5 ). Pertenecientes a la Caridad debían ser
tam bién las "varias señoritas» ejercitantas a que, con
fecha 2 de Ju lio de 1640, se refiere San V icente en una
carta a Luisa de M arillac (6). Ejem plos hubo en esta
piadosa peregrinación a La Chapelle de encantador y

(1) L ettr., t. I, p. 368.


(2 ) Ibi<]t i». 171,
(3) Ibid., p. 184.
(4 ) Suppl., p. 21.
(5) Ibid*i P 17-
.(6) L ettr., t. I, p. 318,
suave perfume de piedad muy en consonancia con la
atmósfera de cristiana devoción que San V icente ha­
bía sabido despertar en torno suyo; tal es el de unos
esposos que, víctim as de inconsolable desgracia, se
retiraron a c a lm a r su dolor, el uno a San Lázaro, re­
sidencia de San. V icente, y la otra al lado de nuestra.
Luisa de M arillac (1).
El fin de éstos, com o de toda clase de ejercicios e s­
pirituales, debía ser el adelantam iento en la propia
perfección y la m ayor unión y parecido con Jesu cris­
to, acabado m odelo de toda virtud y santidad. A e sta
debían tender exclusivamente todas las accion es del
día, com partido entre m editaciones, oraciones vocales,,
lecturas piadosas, conferencias o coloquios espiritua­
les y algún honesto esparcim iento . V éase, com o
muestra del plan y método que en ellos presidían, la
siguiente carta de San V icente a nuestra V enerable,,
anunciándola eí propósito de las señoras Goussault y
Lamy de trasladarse por unos días a La C h ap elle..
“Van a hacer, la escribía, su ordinario retiro. O s ru e­
go que las ayudéis en él, com unicándolas la distribu­
ción de tiem po que os tengo dado, señalándolas la
materia de sus m editaciones, escuchando la relación-
que os hagan, la una en presencia de la otra, de sus
buenos pensamientos; haciendo porque se lea en la
mesa durante la com ida, y disponiendo que, después
de ella, tengan un rato de recreación alegre y m odes­
ta, com entando las cosas que las hubiesen acontecido'
en su soledad o los ejem plos de virtud con que hubie­
sen dado en sus lecturas. S i después de com er hiciere
bueno, podrían salir a pasearse un rato. Pero fuera de
estas dos ocasiones, del tiem po que se sigue a la c o -
mida y a la cena, guardarán absoluto silencio. Será
bueno que pongan por escrito los principales senti­
mientos que tengan en la o ra ció n ... Para lectura espi­
ritual podrán servirse de la Imitación de Jesucristo, de
Tom ás de Kem pis, deteniéndose a meditar un poco en
cada cláusula, y de las obras del P . Granada, de
aquellas sobre todo que digan relación con el objeto
de sus m editaciones. Tam bién podrán leer algunos ca­
pítulos de los Evangelios. M as por lo que hace al día
de la confesión general, será bueno que las señaléis la
oración por el Memorial del P . Granada, que es a
propósito para excitar a la contrición. P or lo demás,
cuidad de que no se fatiguen ni acongojen» (1).
Regulando su conducta nuestra V enerable por ad­
vertencias tan llenas de discreción, de celo y de sua­
vidad, y entregada ella misma al ejercicio de la ora­
ción frecuente y a la práctica de los ejercicios espiri­
tuales, que solía hacer dos veces al año, ayudó a no
pocas señoras a vivir cristianamente en medio del
m undo, a santificarse y a conservar vivo en su corazón
el fuego santo de la caridad que de tantas m iserias fué
alivio, y sin el cual ni ella misma ni sus hijas hubiesen
podido emprender la multitud d e obras y de institu­
ciones benéficas que tan querido han hecho su nom ­
bre en la historia. Porque este era, en efecto, uno de
los fines prácticos que con los ejercicios espirituales
se proponía la sierva de D ios: encender el corazón de
las Señoras de la Caridad en el am or a Jesu cristo , para
que el fuego de este am or las llevase a los pies del
pobre en los hospitales, en los orfanatorios, en las
guardillas y donde quiera que un [ay! las revelase el
estrem ecim iento de algún dolor y el rastro de un
m iem bro paciente de Jesu cristo .
E l resto del presente libro nos dirá hasta qué punto
jo consiguió.
Prim eros pasos de nueítra Venerable y de las Señoras de la
Caridad en favor de 1 s ni ñus expósitos. — Las Señoras y
en nombre de ellas las Hijas de la Candad se hacen ca r­
go de todos ellos.— Pruebas y dificultades.— Queda Luisa
de Marillac al frente y con la suprema dirección d é lo s
niños expósitos: Organización definitiva de la obra,

§ I .—Primeros pasos de nuestra Venerable y de las


Señoras de la Caridad en favor de los niños expó­
sitos.

O h ab ía persona a principios del siglo XVII que

f al entrar los días de fiesta en Nuestra Señora


de París no se diese cuenta de un tierno y
conm ovedor espectáculo. Varios niños expósitos, e x
tenuados y m acilentos, yacían en una cam illa al lado
izquierdo del can cel, mientras una m ujeres, sus nodri­
zas, imploraban la caridad de los devotos, exclam ando
con dejo de resignada com pasión: jU na lim osnita para
estos pobres niños! (1 ). Al acento de esta súplica v o l­
vían unos los ojo s con lástima a aquellos desgraciados,
lim itándose a com padecerles en su interior, m ientras
•otros, o más generosos o más caritativos, ponían ade­
más unos cuantos sueldos en la mano de las com pasi­
vas m ujeres; pero todos pasaban adelante sin que el
recuerdo de aquella desolada escena volviera a pre­
ocuparles. ¿Q ué más iban ellos a hacer? S ó lo una
persona creyó que la caridad, no sólo podía, sino
que debía hacer algo más en favor de aquellas cria­
turas, y ... no paró hasta conseguirlo: era nuestra V e­
nerable.
Verdad es que para afectarse e interesarse de este
modo por la suerte de aquellos infelices, tenía ella
razones más poderosas aún que la simple escena del
cancel de Nuestra Señora. Entregada com o sabem os a
toda clase de obras de caridad, no tardó en llevarla
su compasión a la casa llamada de M aternidad, donde
todos loslexpósitos de cualquiera condición que fuesen
eran recogidos, y donde tales horrores la salieron al
paso que, angustiada, no pudo menos de acudir a San
Vicente para ver de qué modo podría remediarse tan­
to mal y desorden (1). Im posible era describir el aban­
dono, la m iseria, el ham bre, los malos tratamientos y
el vergonzoso tráfico de que aquellas pobres criaturas
eran víctim as. Bastaría ya para formarse la peor de
todas las ideas del establecim iento, saber que para
trescientos o cuatrocientos niños que anualmente
am ontonaba la policía en aquel infecto caserón, sólo
podía contar la directora de él con mil doscientas o
mil cuatrocientas libras de renta, que la pasaba el ca­
bildo de Nuestra Señora. Figúrese lo que manos mer­
cenarias y poco o nada escrupulosas, com o eran-las
que a la sazón m anejaban aquel n egocio, harían con
los pobres niños que a elles iban a parar. Apenas si
para cada cuatro o cinco había una nodriza que les
alim entase, pagando el pobre niño los lloros que el
hambre le arrancaba con el veneno de una píldora de
láudano o cosa parecida que las sirvientes le propina­
ban para que no las quitase el sueño, recurso que,
■como es de suponer, valía a m uchos de ellos la muer­
te (1). Quizá fuera esto lo m ejor que les podía acon­
tecer si las personas que estaban al frente del estable­
cim iento se hubiesen tom ado la molestia de hacerles
siquiera bautizar; mas para colm o de m ales, ni este
cuidado se tenía con ellos; y la mayor parte morían
sin ía gracia del Bautism o. Los que a tantas penalida­
des sobrevivían, eran vendidos por treinta, quince y
hasta tres sueldos, "a mujeres sin hijos y de mala vida,
que les hacían pasar por suyos, com o en estos dos ú l­
tim os años, decía S an V icente, hemos tenido ocasión
de com probarlo» (2); “a m endigos, que se valían de
ellos para excitar la com pasión pública, y aun a he­
chiceras y personas enfermas que Ies hacían degollar,
los unos para sus operaciones m ágicas, y las otras, más
culpables aún que enferm as, para bañarse en la sangre
de aquellos inocentes, con que esperaban recobrar la
salud„ (3).
San V icente debió escuchar con lágrim as en los ojos
tan horribles pormenores y sentir vivos deseos de me­
jorar la triste situación de aquellas pobres criaturas;
pero convencido de que la precipitación es el mayor

*(1) Confer. au x F . d. 1. Ch., t, II, p. 658.


(2 ) Ibid. . .
(3 ) C. de R ich ., p. 156.
enem igo del éxito en toda empresa (1 ), se lim itó por,
de pronto a encom endar el asunto a Nuestro Señor: y
a esperar que llegase la hora de la Providencia. Esta
hora no tardó en sonar; y quizá el hecho siguiente
fué quien la hizo llegar a oídos del santo. “Cierto día
en que volvía de m isión, escribe M aynard, halló bajo
los muros de París un mendigo ocupado en desfigurar
los m iem bros de uno de aquellos niños que en ade­
lante había de servirle para excitar la com pasión pú­
blica. Transido de horror: ¡Ah, bárbaro, exclamó
acercándose a él: me habéis engañado; de lejos os ha­
bía tomado por un hombre, Y arrancándole la víctim a
la tomó en sus brazos y se trasladó con ella a la calle
de San Leandro» (2).
De todos modos, parece cierto que San V icente ha­
bía com enzado ya en 1635 sus gestiones en favor de
los niños expósitos, avistándose por primera diligencia,
a ruegos de la señora Le Gras, con los Procuradores
de la casa de M aternidad. “He aquí, señorita, escribió
el santo a nuestra V enerable con aquella fecha, la con­
testación a vuestra última. Será menester avisar con
anticipación a los Niños Expósitos. Hoy hay una jun­
ta en casa de la señora Presidenta Goussault: me ale­
graría que pudieseis asistir a e lla ,.. Convendría gran­
demente que me expusieseis vuestro parecer respecto
de la proposición de los señores Dieu y Foucault a los
m iembros del C abildo* (3).
Los capitulares de Nuestra Señ o ra, que, por expe­
riencia de lo que pasaba en el hospital con los niños

(1) L ettr., t I, p. 168.


(2) Mayn,, t. III, p. 3 2 9 .
(3 ) Baun., p. 2 0 5 .
desde que las Señoras e H ijas de la Caridad habían
puesto allí sus pies, sabían las ventajas que el nuevo1
orden de cosas traería sobre los infelices de la casa
de M aternidad, debieron prestarse a cualesquiera con ­
diciones. El hecho es que en la inmediata junta de S e ­
ñoras ( 1 .° de Enero de 1636) ya no se trató más que de
hacerse cargo de algunos de los niños expósitos, en co ­
mendándoseles a Luisa de M arillac. "L a asam blea,
escribió el santo aquel mismo día a nuestra V enerable,
ha resuelto suplicaros que tengáis a bien poneros vos
misma al frente de los niños expósitos, no sabiendo
que hacer al efecto, si am am antarles con leche de
v aca, y comprar dos o tres para el caso, o qué. P or
mi parte he recibido gran consuelo al ver que la P ro-,
videncia quiere en esta obra servirse de vos. No se me
ocultan los m uchos reparos que en contra se podrían
h acer: ya hablarem os de ellos,, (1).
Luisa debió acoger con indecible gozo la nueva feli­
cidad que se la entraba por las puertas. Al fin comenza-;
ba a ver realizarse una de sus m ayores ansias: el m ejo­
ramiento de la situación de los pobres niños expósitos.
No es probable que, dada la estrechez de la casa de
San V íctor, que a la sazón ocupaba con su naciente
asociación de las H ijas de la Caridad, diese principio
a la obra aquel mismo mes de Enero (2 ); pero de se­
guro que en M ayo, al trasladarse a La Chapelle, se
llevó consigo los primeros niños expósitos de la Cari­
dad, en núm ero, según parece, de siete. Insignificantes
eran los com ienzos; pero tal son las obras de D ios.

1 1) L e ttr ., t. p. 123.
(2 ) Baunard lo d a, no obstante, por hecho; bien que sin
ningún género de pruebas y con tra toda verosimilitud.
j6
Así y todo, los fondos de la obra eran tan escasos, que
Luisa de M an ü ac no pudo darse el lujo de tom ar no
drizas para la crianza de los niños, y hubo que limi­
tarse a hacer uso del biberón , recurso que no dió gran
resultado. E n estas condiciones y estudiando el modo
de dar mayor extensión al proyecto, se pasaron algu­
nos, quizá bastantes meses.
A todo esto, com o la empresa había com enzado por
vía de simple ensayo y sin formalidades de ningún or*
den, no sabían las señoras que más interés habían
mostrado en el asunto ponerse de acuerdo. U nas que­
rían proseguirla, aunque el desarrollo hubiese de ser
más lento, en ía forma com enzada, añadiendo ú nica­
mente la m ejora de las amas de cría, mientras otras,
más im pacientes y resueltas, optaban por llevar y ex­
tender el calor de sus cuidados a todos los niños, en­
cargándose de la casa misma de M aternidad, aunque
para ello hubieran de sacrificar sus iniciativas e inde­
pendencia, sujetándose al parecer y rutinaria dirección
de ios procuradores de la m isma. San V icente pre­
vio no pocos inconvenientes en esta última forma. “D e­
cidm e vuestro parecer, os lo ru eg o—escribía con este
motivo a Luisa de M arillac— . La señorita Kardi no
cesa de instarme a que convoque una junta de las se­
ñoras que la han dado palabra de contribuir a la em ­
presa. No sé qué hacer. Se me resiste obrar conforme
a sus indicaciones, y si no lo hago, se dará por grave­
mente ofendida. A la verdad, creo im posible que esto
vaya adelante con el sesgo que toman las cosas; ya
que es su intento que dichas señoras vayan a la casa
de los niños expósitos a prestarles en ella, y con arre­
glo al orden en ella establecido,, sus auxilios; y yo
creo que, de sujetarse a rendir tantas cuentas y supe-
rar tantas dificultades com o de ello sobrevendrían, se­
ría preferible renunciar a los fondos de dicha casa y
hacer un establecim iento nuevo, dejando por ahora
las cosas com o están. ¿Q ué os parece? S i quisiera a c ­
ceder a vuestra proposición de tenerles a vuestro lado
con una nodriza y algunas cabras de le c h e ...„ (1).
Luisa de M arillac fué sin duda ninguna del parecer
del santo, y esto le confirmó en su primera opinión,
inclinándole al fin a convocar, bien que con fines dis­
tin tos, la tan solicitada y nueva junta de señoras. Era
esto a principios de 1638. En ella había de resolverse
no sólo la cuestión de si las Señoras de la Caridad se
decidían a tomar por su cuenta la obra de los niños
expósitos, sino tam bién el nom bram iento de la M esa
directiva de la A sociación y si ésta había de ser una
misma con la del hospital, cuestiones todas de sumo
interés para el buen éxito del fin que se perseguía.
Así que el santo se preparó para la junta con especial
esm ero. Hasta puso esquem áticam ente por escrito la
conferencia o plática que había de dirigirla y que aún
se conserva com o monumento perenne de su caridad
y com o corona de su triunfo. Su solo análisis nos pue­
de ya dar una idea de lo que pasó en la junta. Comen­
zó el santo por exponer a su selecto auditorio los m o­
tivos de la obra en cuestión: el am or de preferencia
que Dios parece tener por los niños, la necesidad ex­
trema en que los de la casa de Maternidad se hallaban,
la vergüenza e ignominia “propias de los turcos,, que el
tráfico de aquellos niños representaba para P arís, et­
cétera, etc. Pasando luego a las dificultades de la em ­
presa, detúvose el santo sobre todo en la de los recur-
sos que para llevar a cabo la obra se requería, y “he
aq u í— las dijo— el punto más difícil». Según cálculos
de aproximada exactitud, “se requieren ciento cincuen­
ta libras para el sostenim iento anual de seis o siete ni­
ños. Ahora bien, suponed que cada año se recogen,,
según se ha dicho, doscientos o trescientos, ¡cuántas
veces habrá que com putar dicha suma! Aun no to ­
mando anualmente más que cincuenta, habrá que pre­
suponer, sin contar el alquiler de la casa, el primer año
cuatro mil libras, el segundo ocho m il, doce mil el
tercero, diez y seis mil el cuarto, veinte mil el quinto
y cuarenta mil el décim o. Pero ¿y qué?— se interrum­
pió a sí mismo el santo com o para no dar tiem po a
que el auditorio se desalentara— , la dificultad está re­
suelta con no emprender más que lo que se pueda,,.
Aprobado en esta forma el objeto principal de la
asam blea, hizo ver luego el santo en pocas palabras
lo inconducente que al logro de las intenciones de la
junta sería el hacerse cargo de los niños expósitos en
el estado y forma en que al presente se h allaban, y a
renglón seguido expuso las líneas generales de la nue­
va asociación , idénticas en un todo a las de las otras
Caridades que ya conocem os.
Discretam ente insinuó luego si no sería oportuno'
fundir la directiva de la nueva obra con la del Hospi­
tal; y aprobada la m oción, se pasó a determ inar el nú-
mero de niños de que por entonces podían hacerse
cargo, conviniéndose en que fueran doce, sacados por
suerte de entre los de la casa de M aternidad, y en qu e
se alquilara una casa para ellos, puesta com o era ya de
presumir b ajo la dirección de la señora Le Gras (1 ).
“No contenías aquellas virtuosas señoras, dice Abe-
lly , con el bien que hacían a los doce primeros, so­
lían sacar de cuando en cuando, por suerte tam bién,
<aígunos otros conform e a su piedad y a los medios dé
que podían disponer* (1).
No había sido fácil, con todo, según parece, hallar
casa de las condiciones que se quería. Así que provisio­
nalmente tuvieron que acom odarles en una muy redu­
cida, próxim a a la iglesia de San Leandro, y, por con­
siguiente, no lejos de la casa misma de M aternidad (2).
M as com o el lo cal, además de reducido fuera poco
saludable (3 ), no pararon ni la sierva de D ios ni las
Señoras de la Caridad hasta proporcionar a los niños
otro más am plio, lo que consiguieron al fin de aquel
mismo año de 1P38 en la calle de los Panaderos y
barrio de San V íctor, tan conocido así de San Vicente
com o de Luisa de M arillac. A él trasladáronse inm e­
diatam ente los niños expósitos.
Aunque a cargo, según hemos dicho, de nuestra
Venerable el nuevo asilo, tenía a su frente una mujer
de cond ición, afiliada a las Caridades y hasta con de­
seos de contarse entre las hijas de la señora L e Gras,
pero de natural veleidoso y de virtud más aparente que
sólida. Llam ábase (4) señora de Pelletier. Encargada
del establecim iento debía entenderse en Ía parte mate­
rial y económ ica con las Señoras de la Caridad, y en el
orden, régim en y gobierno con nuestra V enerable (5 ).

(1) Ab., 1 . 1, p. 209.


(2 ) C. de Rich'., p. 157.
* (3) L e ttr., t. II, p, 185; Sup p l, p. 227,
(4) Ibid., 1 . 1, p. 166.
(5) Ibid., t .I , p. 231.
D istaba mucho aún el orfanatorio San V íctor d e
llenar los deseos de sus fundadores (1 ); pero lo que se
había hecho significaba un paso adelante en el b ien es­
tar y m ejoría de los infelices expósitos; y Luisa d e
M arillac, reconocida, debió levantar más de una vez
lo s ojos al cielo en acción de gracias.

§ I I .—Las Señoras y en nombre de ellas las Hijas de


la Caridad se hacen cargo de todos los niños expó­
sitos.

La costum bre de ver un día y otro día a los niños


expósitos en el estado de abandono y de lástima que
sabem os, y de considerar com o irrem ediable la tal si­
tuación, había hecho que, hasta Luisa de M arillac, ni
las personas más caritativas de la corte, ni los mismos
canónigos de Nuestra Señora, a cuyo cargo estaba el
establecim iento, parasen mientes en la gravedad del
mal ni en los medios de corregirle. Com préndese,
pues, que los felices ensayos hechos en alivio de aque­
llos desventurados por las Señoras de la Caridad des-
pertasen en las autoridades de la casa de M aternidad
no sólo em ulación, sino hasta rem ordim ientos y deseos-
de reparar su antigua y negligente conducta. AI efecto,,
no hallaron medio más conducente que el de ofrecer a
Jas Señoras de la Caridad las mil doscientas o mil cua­
trocientas libras que anualm ente pasaban a la casa de
M aternidad, instándolas al mismo tiempo a que coro­
nasen su obra haciendo extensiva su solicitud y sus
cuidados a todos los niños expósitos.
Las Señoras de la Caridad, cuya tierna com pasión
necesitaba de pocos estím ulos, acogieron con fácil en­
tusiasmo la idea y fueron con ella a San V icente; pero
el siervo de D ios, que com o nadie suspiraba por la
realización de tan magníficos ensueños, había pesado
tam bién com o nadie las dificultades de la em presa, y
no atreviéndose a fiarla de pasajeros arrebatos, refre­
nó por dos años la im paciencia de aquellas señoras,
aguardando a que el tiempo y la reflexión diesen
asiento y madurez al designio. Entretanto, por testim o­
nio de él sabem os que, no sólo hizo encom endar al
S eñor el asunto, sino que “en distintas asam bleas* le
sometió a la deliberación de las interesadas, lom ando
además consejo “de otras personas entendidas y pru­
dentes,, (1 ).
Convencido al fin de que la idea de poner todos los
niños expósitos bajo la conducta de las Señoras y de
las H ijas de la Caridad, no sólo era viable, sino que
venía de D ios, convocó a aquéllas a una nueva y s o ­
lemne junta (prim eros de Ju n io de 1 6 4 0 ), en la que el
santo, escribe su primer biógrafo, con tales palabras
las representó “la importancia y necesidad de aquella
buena obra y el gran servicio que con ella podían h a­
cer a D ios,., que todas generosam ente se resolvieron a
abrazarse con el cuidado del mantenim iento y educa-
cación de aquellas infelices criaturas,, (2).
“ ¡O h, cuán necesaria es aquí vuestra p r e s e n c ia - e s ­
cribió inm ediatam ente el santo a Luisa de M arillac
que, en un viaje a A ngers, había caído gravemente
enferma — , no solam ente por lo que hace a vuestras
hijas que, a Dios gracias, se hallan bastante bien, sino
sobre todo por los asuntos de la Caridad! E l jueves
pasado tuvimos la asam blea de las Señoras del hospi­
tal, a la que se dignaron asistir la princesa y la duque­
sa de Aiguillon. Jam ás he visto junta tan numerosa ni
en que tan al vivo se dejase sentir la m odestia. R eso l­
vióse en ella hacerse cargo de todos los niños expósi­
tos; fácilm ente adivinaréis, señorita, que no fuisteis
echada en olvido,, (1 ). Y cinco días después: “Creo,
señorita, que no recibís mis cartas; sabed, sin em bargo,
que no he dejado pasar semana sin escribiros y que mi
última no data de hace más de tres d ía s... Por lo que
hace a vuestra vuelta, os ruego que sea lo más pronto
posible,, (2 ). No parece sino que la im paciencia de las
Señoras se había pasado ahora a nuestro santo. Era un
síntoma del jú bilo que el buen éxito de la empresa h a­
bía hecho nacer en su espíritu.
No era menor ciertamente el que la noticia causó
en el alm a de nuestra V enerable, y “enferma y todo
com o estaba, dice una de sus hijas, tan pronto com o
la significó la obediencia que era menester volviese a
París para encargarse de los niños expósitos, se puso
en cam ino „ (3).
Fácilm ente se echa de ver el trabajo que, con la d e­
term inación de la última asam blea, cargaba sobre
nuestra V enerable a su vuelta a la capital. Inm ediata­
mente y con el tino y experiencia que en el asunto te­
nía, comenzó a poner m anos a la obra. D e los fon­
dos y renta del establecim iento se había encargado
S a n Vicente. Los canónigos de Nuestra Señora cum -

([) L ettr., t. I, p. 280.


(z ) Ibid., t. I, pp. 381 v 2 8 2 .
(3 ) L . de M., t. I, p. 2 2 5 .
plíeron su palabra contribuyendo con sus mil cuatro­
cien tas libras; el rey, a instancias del santo, añadió
en 1642 cuatro m il, y ocho mil dos años más tarde
Ana de Austria. Todo ello hacía tina renta anual de
trece mil a catorce mil libras (1); el resto, hasta cua­
renta mil a que bien pronto subió la cifra de los gastos,
fué cubriéndose, mientras los tiempos siguieron norm a­
les, con lim osnas y colectas procedentes en gran parte
de las mismas Señoras de la Caridad. Libre con esto
nuestra Venerable para concretar su celo a la organi­
zación y régimen de la obra, com enzó por dividir los
niños en dos secciones: de pecho y destetados. Estos
últim os quedaron en la casa de San Víctor al cuidado
de las Hijas de ia Caridad, y para los primeros se bus­
caron en los pueblos y aldeas del contorno nodrizas
que les llevaran y criaran consigo. La disposición no
podía ser más acertada, así por los buenos resultados
que en la salud y desarrollo físico de los niños tenía
que producir el aire del cam po, com o porque con
ella se hacía frente a la dificultad, irrem ediable de
otro m odo, de la relativa estrechez de la casa. No se
crea, sin em bargo, por eso que nuestra Venerable die­
ra de mano al cuidado y vigilancia de aquellos peque-
ñuelos, fiándolo todo a la solicitud de las amas de
cría; informábase de ellos cuidadosa y diligentem ente,
y para mayor seguridad, enviaba de cuando en cu an ­
do a alguna de sus H ijas de la Caridad a visitarles
“Nuestras dos Hermanas Bárbara y M aría (D arrás),
escribía a sus hijas de Angers, acaban de llegar, feliz­
mente, a D ios gracias, de la visita de todos los niños
expósitos disem inados entre sus nodrizas, ocupación
en la que harí invertido seis sem anas cabales» (1 ).
“Dios sea bendito, exclam aba tam bién algunos años
más tarde escribiendo a otra Hermana que se hallaba
igualmente haciendo la visita; D ios sea bendito por
las fuerzas y ánimo que en vuestros trabajos por lo s
niños expósitos os com unica. No dejéis de enviarnos
aquellos que anden ya solos, etc.» (2).
M ayor aún si cabe era la solicitud que desplegaba
en favor de los m ayorcitos que habían quedado en el*
orfanatorio. Basta pasar la vista por las recom endacio­
nes que dejó hechas a las Hermanas del establecim ien­
to para convencerse de que la mano que las trazó no
puede ser otra' “que la mano de una madre,, (3). “Al
entrar por la m añana, las dice, en el d orm itorio,'se
arrodillarán para ofrecer a D ios los servicios que en la
persona de aquellos inocentes van a hacerle en aquel
dia, y dirán el Ven¿ sánete Spiritus. Después echarán
agua bendita a los niños, les invitarán a levantar el
corazón a D ios, sugiriéndoles los actos del cristiano,
a fin de que ni en aquél ni en ningún otro día de su
vida les deje el Señor caer en la culpa, e inm ediata­
mente darán orden a las criadas de levantarles y ves­
tirles,, (4 ). Así por este estilo va reglam entando todas
las acciones del día. No quería que las Herm anas les
dejasen de la mano. Desde la mañana hasta la noche
debían seguirles y acom pañarles en todos los actos: en
las cuatro com idas diarias, precedidas todas ellas del
benedicite y seguidas de la acción de gracias; en las

(i) L . de M., t. III. p. 9 1 .


(¿I B eatif, p. 204.
(3) B i u n . |i. 312
(4) Ibid.
primeras nociones de catecism o y de lectura que s e
daban a los más crecidos; en los juegos; en las prácti­
cas de piedad, y, por fin, al acostarse. (Vida de can­
dor y de inocencia, perfume de rosas blancas, atmós­
fera en que se le antoja a uno percibir el rumoroso ale­
teo de seres celestiales! Con razón exclam aba San V i­
cente, dirigiéndose a las Herm anas en una de sus con ­
ferencias: “¡A h!, si al prestar vuestros cuidados a los
niños expósitos os halláis íntimamente unidas las unas
a las otras por el lazo de la caridad, ¿no tendréis ra­
zón para creeros en un paraíso, pues os acom paña una
legión de ángeles que sin cesar contem plan a Dios en
el cielo?,, (1). “D ios, adem ás, las decía en otra oca­
sión, os ha escogido para ser las madres de esos niños
a quienes mujeres desnaturalizadas e indignas de m e­
recer el título que a vosotras os dan, exponen y aban­
donan. ¡O h D ios!, hijas m ías, esto os da a la vez el
mérito de vírgenes y de madres,, (2).
Tan encarecidas reflexiones, no sólo quitaron en las
H ijas de la Caridad aquella "natural repugnancia,, (3)
que nuestra V enerable reconocía haber en sem ejante
m inisterio, sino que las llevaron a am arle y a entre­
garse a él con pasión. D e algunas Herm anas se cuen­
tan sobre este punto hechos de sencilla pero subli­
me y encantadora ternura. Así, por ejem plo, So r B ár­
bara Engiboust, una de las primeras H ijas de la Cari­
dad, tenía por costumbre “ver en los niños al niño J e ­
sús,,, consideración que la daba tales alientos que, en
ocasiones, “a falta de cuna donde echarles solía pasar

(1 ) Baun., p. 3T2.
(2) Suppl,, p. 241.
(3) L , de M , t. III, p. 2 5 4 .
la noche con ellos en brazos,, (1 ). Algo sem ejante se
d ijo de S o r M aría Lullen en el elogio que a su m u e r
te la dedicaron las H erm anas. "P ad re m ío, dijo una
de ellas dirigiéndose a San V icente que presidía el
acto , siem pre observé en ella una gran caridad hacia
los niños, de cuya instrucción estaba encargada. En
Nauterre la vi besarles algunas veces los pies, dicien­
do que al hacerles este obsequio pensaba hacérsele al
niño Jesús„ (2).
Verdad es que en este afecto por los infelices expó­
sitos tenían a quien parecerse, pues de su Venerable
fundadora cuenta una de ellas que sólo diciendo que
era “el de una madre,, se podría expresar el cariño
que por ellos sentía (3).
Y sin límites tenía que ser para no sucum bir a las
pruebas con que eí Señ o r iba a tentar su constancia.
Como de los Tesalonicenses, decía San P a b lo , pode­
mos nosotras decir délos niños expósitos que fueron “su
corona de gloria „ (4); pero a costa de qué sudores y
trabajos se la labró. ¡Años hubo, sobre todo en el
transcurso de las guerras de la Frond a, que fueron para
nuestra V enerable un verdadero y prolongado marti­
rio. O casión tendrem os en breve de reconocerlo.
Las primeras dificultades no vinieron, con todo, del
exterior, sino del centro mismo de la obra. D espechada,
en efecto, la señora Pelletier por m otivos de am bición
y por causas que no han llegado hasta nosotros, y
ech ad o en olvido sus deseos de H ija de la Caridad,

(1) Confér. a u x F. d. 1. Cía., t. II, p. 599.


(2) IOíd., t. II, p. 583.
(3 ) L . de M., 1 . 1, p. 225.
{4 ) Epísto'a 1.a, 2, 19.
sus estrechas rélaciones con las Señoras del m ismo
nom bre, y hasta los más elem entales principios de de­
licadeza, trató de alzarse con la dirección del estable­
cim iento dando no sé qué quejas de las Caridades y
hasta de San Vicente á los canónigos de Nuestra S e ­
ñora (1 ), e induciendo a éstos a que de nuevo se p u ­
sieran al frente del orfan atoiio. D ejáronse persuadir
los canónigos de los compuestos y apasionados dis­
cursos de la inquieta alborotad ora,y comenzaron a en­
trar en pláticas con San V icente, y no sé si hasta con
los tribunales de justicia, para modificar las bases de
la cesión que de dicho establecim iento habían hecho
anteriormente a las Señoras. Compréndese la pena
que el hecho causaría en los que tanto afán habían
puesto por m ejorar, com o al presente lo habían ya
obten id o, la suerte de aquellos pobres expósitos. Lui­
sa de M arillac achaca en parte la enfermedad que por
entonces padecía San V icente a la tal contradic­
ción (2 ). Felizm ente, sin que se sepa cóm o, la n u be
se deshizo, y la tormenta que am enazaba destruir en
ciernes la obra no pasó adelante. Sin duda los canóni­
gos se dieron a razones y echaron de ver que aun b a ja
el aspecto económ ico y material ganaban no poco con
renunciar incondicionalm ente en las Señoras de la
Caridad los derechos de su jurisdicción sobre los
niños. Todavía en 1647, no se sabe si a nom bre de
los Canónigos o de algún ramo de la Administra­
ción pública, trató un tal señor Leroy de hacerse re­
con ocer com o D irector y Administrador del orfanato-

(1) L e ttr., t. \, p. 3 7 2 .— Quizá se refiera también al


mismo asunto la carta 343 (Ibid., t. I, p. 389).
(2) Baun., p. 311.
río; pero ni esta vez tuvieron resultado tan ensañadas
tentativas (1).
Incom prensibles estos m anejos en el terreno de la
caridad y de la delicadeza, éranlo más aún en la su­
posición de que tuviesen por m óvil, com o no es difí­
cil creer y com o de hecho han creído algunos, el de­
seo de dirigir y m angonear los fondos de la obra. C a­
sualmente la escasez de recursos fué siempre la pesa­
dilla de las Señoras de la Caridad, pesadilla que en
más de una ocasión se convirtió en desaliento, hacién­
dolas arrepentirse de lo com enzado e inspirándolas la
idea de dejarlo y abandonarlo todo. S ó lo D ios sabe
los apuros que aun en tiem pos normales pasó la seño­
ra Le Gras para hacer frente a las necesidades más
perentorias de la casa,
Y hasta el edificio las vino a resultar a los pocos
años, y conform e aumentaba el número de niños, in­
suficiente. No pudiendo pensar las Señoras en otro de
más subido alquiler, las ocurrió acudir en 1643 a la
reina madre, en demanda de un hospital o casa más
amplia donde instalar a aquellas criaturas. Casual­
mente hacía unos años que el castillo de B icétre, res­
taurado por Luis X III, estaba desocupado y sin des­
tino, ¿por qué, pues, no aprovechar esta ocasión? Con­
sultada, sin em bargo, com o era natural, nuestra V e­
n erable, desaprobó la idea, basando su parecer en los
múltiples inconvenientes que al estudiar la cuestión de
cerca había hallado en el edificio para el fin a que se
le quería destinar, y en varios años no se pasó adelan­
te, dejando las cosas com o estaban.
Así llegó el año de 1647, época en que la despro-
porción entre los gas'os, cada día mayores, que exi­
gía la continuación de la obra y los recursos con que
para ello se coataba llegó a ser tan excesiva, que “las
Señoras de la Caridad, escribe el primer biógrafo de
nuestra V enerable, estuvieron a punto de abandonar­
la,, (1). Entonces (2) fué cuando San V icente, recu­
rriendo a su registro de las situaciones difíciles, con ­
vocó aquella junta general, célebre entre todas ellas
por la elocuentísim a alocución que el santo dirigió en
ella a la asam blea y que, levantando los ánim os aba­
tidos, impidió una vez más la ruina de la obra. “M a­
nifestólas, dice A belly, las razones que en pro y en
contra del proyecto había; púsolas delante de los ojos
cóm o con sus caritativos afanes habían logrado salvar
la vida a quinientos o seiscientos niños, condenados
sin ellas a una muerte segura; hízolas luego ver que
gracias a sus cuidados habían aprendido estos infeli­
ces, no sólo a conocer y amar a Dios tan pronto como
se había desatado su lengua, sino tam bién, los que

(1) L . de M., 1 . 1., p. 95.


(2 ) Abelly, contra la opinión general de los historiadores
de San Vicente y de Luisa de Marillac que han seguido o
creído seguir sus pasos, no d ice que la junta a que nos re­
ferimos en el te x to tuviera lugar e n 1648, sino hacia el año
(environ l‘an) de 1648 (A b., t . I, p. 210). Por otra parte,
com o da por posterior a la junta la toma de posesión de B i-
cétre por las Señoras de la Caridid, hecho que el primer
biógrafo de nuestra Venerable pone en 1647 (L , de M.( t . I,
página 9 5 ), síguese que la aproximación de que habla Abe-
lly no puede identificarse ni con la fecha de 1648 que hace
süya Maynard (t. III, p. 3 35), ni menos con la de 1649 que
siguen el anotador de las Obras de Luisa de Marillac (t ; HI,
página 318) y Baunad (p. 40 6 ). . d
tenían edad para ello, algún oficio; y , finalm ente, que
por aquellos com ienzos podían inferir los frutos que
con el tiem po podía dar su caridad. Luego, continúa
el primer historiador de nuestro santo, levantando
algo más el tono de la voz, concluyó con estas pala­
bras: "Ahora bien, señoras, la com pasión y la caridad
“os han hecho adoptar por hijos a estas criaturitas.
“H abéis sido sus madres según la gracia desde que
“sus madres según la naturaleza les abandonaron. Ved
“ya si también vosotras queréis abandonarles. Dejad
“de ser sus madres para convertiros en estos m om en­
t o s en sus ju eces: su vida y su muerte están en vues­
t r a s m anos. Voy a saber el fallo que dictáis, voy a
“recoger vuestros votos. Ha llegado la hora de pro­
n u n c ia r la sentencia y de saber si no queréis ya por
“más tiempo tener misericordia de ellos. Vivirán, si
“continuáis prodigándoles vuestros solícitos cuidados;
“morirán por el contrario, y morirán infaliblem ente, si
“les abandonáis,, (1).
El resultado es fácil de adivinar. Hondamente co n ­
movidas las Señoras, olvidaron las pasadas dificulta­
des y tem ores, y no pensaron ya en otra cosa que en
proseguir a todo trance la obra com enzada. Insistieron
entonces m uchas de ellas, con la mira sin duda de
ahorrarse las trescientas libras del alquiler de la casa,
en el pensam iento de trasladar los niños a B icétre; y
esta vez ni Luisa de M arillac ni San V icente opusie­
ron el m enor reparo. Seguían creyendo y veían, sobre
todo nuestra V enerable, que aquello era una aberra­
ción; pero la delicadeza y la humildad les taparon la
boca. Una com isión pasó entonces a pedir el castillo
a la reina, quien en su piedad por toda clase de lásti­
mas necesitó poco para venir en lo que la pedían, y
gustosa, se le cedió. P oco después, a fines de Ju lio ,
habían pasado ya al nuevo local los expósitos de la
casa de San V ícto r, es decir, los destetados y m ayor-
citos. Los de pecho siguieron en las aldeas con sus
propias nodrizas. A nuestra Venerable no la sufrió el
corazón encom endar a otras el cuidado de la m udan­
za, y queriendo participar ella misma de las m olestias,
privaciones y trastornos de que por necesidad tenían
que resentirse aquellos primeros días hasta poner en
orden las cosas, se trasladó la primera o con los pri­
meros grupos al inm enso y destartalado caserón.
Apurada debió de verse para convertir, aunque no
fuera más que en lo indispensablem ente necesario, la
antigua fortaleza feudal en asilo, tanto más cuanto que
la poca consideración de algunas de las Señoras ni
siquiera la dejaba en libertad para obrar y disponer a
su gusto. Seren a, pero profundamente contrariada del
sesgo que por este y otros m otivos iban tom ando las
cosas, desahogóse con San V icente en las siguien­
tes líneas: “La experiencia hará ver que no sin ra­
zón temía yo el traslado a B icétre. Estas Señoras q u ie­
ren obtener de nuestras Hermanas lo im posible. Sin la
menor oposición por parte de ellas, las van señalando
habitaciones reducidísim as en que el aire se corrom pe
inm ediatam ente, y dejan sin destino las grandes. P re ­
tenden, adem ás, que no se diga aquí misa, sino que
vayan a oiría las Hermanas a G entilly. Pero ¿y los
niños? ¿Y el servicio de la casa? ¿O es que se va a
quedar todo abandonado? E n fin, ahí tenéis a nuestra
Hermana Genoveva de quien os ruego tengáis a bien
enteraros: ella os pondrá al tanto de la pena en que
se hallan y de las exigencias de las Señoras. Tem o no
poco que hasta nos veam os en la precisión de dejar
el servicio de estas pobres criaturas, etc.,, (1 ). ¡R uinda­
des y m iserias de las que en toda asociación no puede
menos de haber, mientras que los m iem bros que la
formen sean hom bres o m ujeres, sujetos a las concu ­
piscencias y pasiones de esta m iserable arcilla de que
estamos hechos! Ni sería aventurado sospechar que
algo del fermento que la cuestión de la señora P elle-
tier depositó en algunos corazones saliese ahora a la
superficie envenenando las buenas relaciones que, en
general al m enos, siempre había habido entre las S e ­
ñoras y las H ijas de la Caridad.
Desgraciadam ente no se lim itó a las Hermanas la
experiencia de los inconvenientes que nuestra V enera­
ble había previsto en el aislam iento, en la poca salu­
bridad y aun en la m agnificencia misma del edificio
de B icétre. A los pocos meses “ya habían muerto cin ­
cuenta y dos niños, y quince o diez y seis ofrecían
muy pocas esperanzas de vida„ (2). Ni era esto sólo.
“Como la gente, escribía a nuestro santo Luisa de M a­
rillac el 2 3 de Enero de 1648, ve esta magnífica fábri­
ca , que juzga propiedad de los niños expósitos, y que
las personas que están al frente de ella son todas de
alta categoría, la mayor parte creen que todo nos so­
bra, siendo así que, aun sin hacer platillo de otras ne­
cesidades que sabéis, hasta las provisiones tenem os
que tom ar al fiado,, (3).
Así las cosas estalló la guerra civil de la Fronda

(1) L . de M., t. III, p. 233.


(2 ) Ibid,, p, 252.
(3 ) Ibid., p. 256.
(1 6 4 8 -1 6 5 2 ) seguida del ham bre, de la carestía, d é lo s
atropellos y zozobras que acom pañan a tales revuel­
tas. En tales circunstancias es difícil imaginarse situa­
ció n más crítica que la de nuestra Venerable con rela­
ción a los niños expósitos. Estos, ya lo hemos dicho,
son su más bella corona de gloria en la tierra y po­
demos creer tam bién que en el cielo delante de Dios;
pero en aquellos días fueron para ella verdadera coro­
na, de espinas, corona que ni un m omento dejó de t a ­
ladrarla las sienes y punzarla el pensam iento. Sin re­
b ajar en nada la figura de San V icente, hay que con ­
fesar que a nuestra V enerable cabe la mayor gloria en
la organización, y sobre todo en el sostenim iento de
la obra de los expósitos. De San V icente podemos de­
cir que fué el padre m isericordioso de estos infelices,
pero Luisa de M arillac fué ía madre; y sabido es que
de los cuidados de ésta es de quien el hijo depende
casi exclusivam ente en su niñez, y que no hay dolor
o ham bre en el hijo que de rechazo no vaya a herir y
angustiar el corazón de la madre.
Y ¡eran tantas las miserias, las necesidades y estre­
ch eces que los pobres expósitos padecían en aquellos
aciagos días de la guerra! La correspondencia de nues­
tra Venerable en todo este tiempo diríase que está es­
crita con lágrim as. Sus cartas no son más que ayes y
suspiros. *E1 respeto que Vüestra Grandeza me inspi­
ra, escribía al canciller Segur, me ha hecho aguardar
ocasión favorable para ir a recoger la limosna que
tuvo a bien prometerme en San Germ án para los ni­
ños expósitos. M as agotados ya todos los recursos, y
no pudiendo tener el honor de ir a veros en persona,
me tom o la libertad de dirigiros estas líneas para h a ­
ceros presente la extrema necesidad en que se hallan
estas pobres criaturas, y cóm o al ver que un centenar
de ellas no van a tener ni pan que llevar a la boca en
estas fiestas, tem ería hacerm e gravem ente culpable si
por un exceso de consideración no me atreviese a re­
currir a vuestra bondad, que ya en tantas otras ocasio­
nes ha sido el recurso de los pobres. No llevéis, pues,
a mal este atrevim iento, e t c .„ (1).
Ya para entonces y en cuanto de ella y de sus H ijas
de la Caridad dependía, no habia perdonado medio
de ir en ayuda de aquellos infelices. No sólo tom ó di­
nero prestado con que poner a sus H ijas en disposi­
ción de trabajar y de contribuir con sus ganancias al
sostén del establecim iento, sino que cierto día, escri­
be su primer biógrafo, “viendo a los niños en una gran
necesidad invirtió en trigo todo su dinero sin reservar­
se para aquel mes, en que no había de recibir ya en­
trada alguna, más que dos doblones (2); siguiendo úni­
cam ente en su determ inación los impulsos de su celo
y de la confianza que en eí Señor tenía y so b rep o ­
niéndose a los dictám enes de la prudencia humana y
aun a las leyes mismas de la naturaleza,, (3).
Ni fueron en zaga las hijas a la madre en este alar­
de de abnegación y de sacrificio. P or el cura m ismo
de San Lorenzo sabem os “que hasta se privaban de
lo necesario en gracia de los pobres niños expósitos,
contentándose con hacer al día una sola com ida, y
ésta sumamente sobria y de m anjares los más com u­
nes,, (4).

(1 ) L . de M., t. III, p. 290.


(2) O p isto la s , moneda de oro imaginaria.
(3 ) L . de M ,, 1 . 1, p. 9 6 ,
(4 ) Ibid.
San V icente, que para interceder por la paz se ha­
bía ausentado de París y que a la sazón se hallaba pa­
sando visita a su casa de la Congregación de la M i­
sión y a las de las H ijas de la Caridad de provincias,
no dejó de responder tam bién a las quejas y lástimas
q u e los huerfanitos de B icétre arrancaban a nuestra
V enerable, y no sólo se interesó porque la reina les
enviase algún socorro, sino que del poco trigo que ya
le quedaba en la casa de San Lázaro, dió órdenes al
que hacía sus veces en ella, el S r. Lam berto, para que
les rem itiese alguna cantidad (1 ).
A todo esto, com o el cerco puesto a París por las
tropas reales se iba estiechando más y m ás, hubo un
m om ento en que la estancia de las H ijas de la Cari­
dad y de los expósitos en B icétre pareció una impru­
dencia, y por M arzo de 1649 tuvieron que retirarse las
unas y los otros al barrio de San Lázaro, donde nues­
tra Venerable había conseguido trasladar a la fecha la
casa central de su Instituto.
Cuando a los pocos meses (2 ), y con motivo de la
term inación de la primera guerra, se trató de volver al
castillo, Luisa de M arillac hizo una pequeña m odifica­
ción en la distribución del personal, y mandando a
Bicétre los niños m ayores, se quedó ella con los pe­
queños y enfermizos (3).

(ij L e ttr., t. II, p. 153.


(2) En O ctubre, por lo menos, y quizá ya en Julio (véase
L e ttr. , t. II, p. 172), estaban en su antigua residencia, com o
■consta expresam ente de una carta de nuestra Venerable
( L . de M., t. III, p. 315 ). Equ ivócase, pues, la condesa de
Richemont al fijar dicho regreso en 1651 o 1652.
(3 ) L . de M., t. III, p. 3 1 5 .
En uno u otro lugar y con una u otra form a, la si­
tuación económ ica siguió siempre la misma. H abían
dejado de ser efectivas las rentas, y las lim osnas no
eran muchas. Nuestra Venerable no sabía ya qué h a­
cer ni qué registro tocar. “Con tal insistencia— escribía
a su amiga la señora de L am oignon— me he venido
quejando de las necesidades que padecen así estos po­
bres niños com o las nodrizas, que no puede ser por
menos sino que me haya hecho importuna a no pocas
gentes, contristando en demasía sus tiernos y piadosos,
corazones» (1). Pero ¿qué hacer? ¿Cómo cruzarse de
brazos ante espectáculo de centenares de niños que se
mueren de inanición y de ham bre? "S o y en extre­
mo importuna, ya lo sé— repetía a San V icente en O c ­
tubre del mismo año de 1 6 4 9 — ; pero nuestra situación
de hoy es de tal especie, que o se consigue inm ediata­
mente recursos o hay que pensar en dejarlo todo. Ayer
mismo hubim os de entregar todo el dinero que aquí
teníam os en caja, por valor de unas veinte libras, y
tomar prestada alguna otra cantidad para proveer de
trigo a los niños de B icétre, sin que en todo este m es
haya entrado ninguna en puerta. Y por lo que hace a
los doce o trece niños que aquí están asilados, ni ropa
blanca tenem os con que mudarles,, (2),
Luisa de M arillac había abierto, con tod o, su cora­
zón a la esperanza con motivo de la junta de Señoras
que al día siguiente del en que escribía a su director
iba a tener lugar; y al efecto proponía por medio del

(1 ) L . de M., t. III, p, 2 8 3 .— L a carta va computa !a por


los an dad ores entre las de 1648; per<i tiene iod;»s ¡as ir¿zas.
de ser del año siguiente,
(2) L . de M., t. III, p. 315.
santo a la deliberación y celo de la asam blea algunos
medios para conjurar la crisis que tan inminente se
presentaba; pero bien pronto se convenció de que si
algún remedio había para el mal sólo en D ios podía
hallarse. De tejas abajo volvió a desconfiar de todo, y
aun “a riesgo de ser molesta,, escribía un mes después
a San V icente com unicándole de nuevo sus cuitas y
desam paro: “No es posible decir ya con palabras la
imposibilidad en que nos hallam os de seguir recibien­
do niños. Tenem os siete en estos mom entos que se re­
sisten al biberón, y ni una blanca nos queda para po­
nerles con nodriza. De paños y telas de repuesto no
hay que hablar. Y es lo peor que ni esperanzas hay
siquiera de que nadie nos preste nada. H acednos,
pues, el favor, mi muy estimado Padre, de d ecim os si
en conciencia podemos asistir al lento agonizar de
estos infelices; pues las Señoras no se cuidan para
nada de enviarnos socorros, y hasta creo que abrigan
la persuasión de que a sus expensas estam os haciendo
nosotras nuestro negocio, cosa bien opuesta por cierto
a la verdad.,, En tan desesperada situación sólo cabía
a su parecer un recurso: el recurso supremo. “Un solo
medio me ocurre, proseguía, para devolver la paz y
el sosiego a cuantos por esta obra se interesan: que
nosotros en nombre de nuestra com pañía, hagam os una
solicitud al primer presidente rogándole que tenga a
bien dispensarnos de la práctica de recibir a los ni­
ñ o s... Sin esta diligencia, parécem e que estam os en un
continuo pecado mortal,, (1 ).
Ni era sólo a los niños a los que afectaba aquella
crisis que tan angustiosas horas hacía pasar a nuestra
Venerable: de ella participaban por igual las nodrizas
con quienes de m ucho antes estaban en descubierto.
“Cuanto más vueltas doy a las deudas que tenem os
pendientes, escribía sobre el caso nuestra V enerable,
menos veo el remedio de salir de e lla s... Las nodrizas
de los pueblos com ienzan ya a estrecharnos con aine-
mazas y a devolvernos los n iñ o s... con lo que de se ­
guir en esta forma el descrédito de la com pañía en las
aldeas será mayor dentro de poco que el de la m one­
da falsa,, (1). “O s aseguro en con cien cia, mi muy res­
petable P ad re, escribía tam bién por Febrero de 1650
a San V icente, que no hay medio de resistir a la co m ­
pasión que dan estas pobres gentes al pedir lo que de
toda justicia las es debido, no solam ente por el trabajo
que han puesto, sino tam bién por los avances que con
los niños han tenido que hacer. M uertos de ham bre
com o están y sin recursos de ningún género, se ven
precisados a venir desde no sé qué puntos tres y cuatro
v eces...,, (2 ). Im posible era seguir por tales despeña­
deros; urgía, pues, resignar la obra en manos que sin
perjuicio de nadie pudieran debidam ente atenderla.
Fácilm ente se echa de ver que la medida de renun­
ciar al cuidado de los niños expósitos com o medio de
no presenciar, ya que era im posible socorrer, tales lás­
tim as, no la salía a nuestra V enerable del corazón. Era
el desahogo del alm a que, sintiéndose desfallecer a la
vista de prolongados y agudos sufrim ientos, levanta
m aquinalm ente la cabeza para respirar y pedir auxilio;
el grito del amor que llam a a la muerte por no ver pa­
d ecer al objeto amado y al mismo tiem po se abraza

(1) Baun., p. 403.


(2) L . de M., t. III., p. 329.
más estrecham ente con él. Así que, aunque con gran­
d es apuros y a lo largo de un cam ino todo espinas y
escabrosidades, siguió adelante con la cruz que en los
niños expósitos la había preparado y puesto sobre sus
espaldas el Señor.
Algún alivio experim entó, no obstante, con el nue­
vo rumbo que hubo que dar a la empresa, motivado
por la conducta de última hora de las Señoras de la
Caridad.

§ I II .— Quedan nuestra Venerable y ¿as Hijas de la


Caridad al frente y con la suprema dirección de los
niños expósitos: Organización definitiva de la obra.

Im posible era, en efecto, que por mucho tiempo se


prolongara aquella tirantez de relaciones que entre S e ­
ñoras e H ijas de la Caridad había últimamente surgi­
do. Felizm ente, el traslado que de los niños expósitos
hubo que volver a hacer al estallar la segunda guerra
frondista (165 0 -1 6 5 2 ) sacándoles nuevamente de B i­
cétre y poniéndoles en "uno de los extremos,, del b a­
rrio de San Lázaro, junto a la casa madre de las H ijas
d é la Caridad, solucionó pacíficam ente el conflicto.
Las Señoras siguieron desentendiéndose casi en abso­
luto, com o ya en B icétre lo hacían, del sostenim iento
y m anutención de los niños; pero dejaron tam bién de
entrom eterse y crear dificultades a las Herm anas en el
régimen y gobierno del hospicio, lo cual fué de no pe­
queña ventaja. Así que cuando al año siguiente, 1651,
volvió a hablarse de B icétre por algunas Señoras, Lui­
sa hizo cuanto pudo por ahogar en la cuna semejante
rumor. “Parécem e, escribió San V icente, que la expe­
riencia nos debe haber dicho ya bastante para saber
qué pensar en el asunto. E l curso de la obra es hoy tan
satisfactorio que no puedo m enos, mi muy estim ado
Padre, de haceros presentes los tem ores que me asal­
tan de que estas señoras, al tratar de dirigirlo nueva­
mente todo, vengan a turbar el orden que D ios ha
puesto en el establecim iento desde que ellas apenas
aparecen por él„ (1).
Y cierto que tales tem ores no eran infundados. El
hábito, la irreflexión, las exigencias de la amistad y
hasta las corrientes de la moda habían traído a las filas
de la Caridad muchas señoras que maldita la vocación
que para tales ministerios tenían, hecho que no se
ocultó a San V icente y del que am arga, bien que dis­
creta y caritativam ente, se quejó en la asam blea g e­
neral de 1657. “En otro tiem po— las d ijo — no se ad­
mitía a la asociación a cualesquiera señora, sino que
de entre aquellas que lo solicitaban se elegían las que
no tuviesen costum bre de frecuentar el ju eg o , los tea­
tros u otros pasatiempos peligrosos, ni diesen m otivo
para recelar que únicamente buscaban el aplauso al
hacerse las devotas. Persuadám onos de que el Señ o r
no derramará sus gracias sino sobre aquellas que ver­
daderamente vivan separadas del m undo, allegadas a
Dios y unidas a É l con deseos, oraciones y buenas
obras, de suerte que todos vean que las tales hacen
profesión de servir a Dios,, (2 ). Ninguna palabra m á s -
añadió el san to— ; pero si algunas hubieran sido m e­
nester, serían aquellas de Nuestro Señor: “Quien ten­
ga oídos para oír, que oiga.„
Los deseos de Luisa de M arillac fueron cum plidos,
y los niños expósitos no volvieron a salir de su inm e-
diata dependencia y de la dependencia de las H ijas de
la Caridad. C om o, después de tod o, las señoras de
este mismo nombre eran en su m ayor parte almas bue­
nas y de sincera piedad, fueron volviendo poco a p o ca
y conforme m ejoraban las circunstancias a sus anti­
guos sentim ientos respecto de los niños expósitos, y ya
en el año de 1656 consta que habían invertido en fa ­
vor de ellos la suma de diez y siete mil doscientas
veintiuna libras (1). Desde 1652 había conseguido
tam bién nuestra V enerable, por sí o por medio de S an
V icente, que el Parlam ento de P arís, con fecha 13 de
A gosto, “diese orden a los supremos magistrados de
la capital y suburbios de ésta de contribuir con algu­
na suma a los gastos del establecim iento» (2), suma
que en total ascendió poco después a quince mil li­
bras. El resto de los fondos necesarios al sostén de la
obra salía de la caridad de los fieles, y sobre todo de
las econom ías de las H ijas de la Caridad y de las g e­
nerosas liberalidades de San V icente de P aúl, libera­
lidades que muchas veces eran fruto de sus ayunos y
de los de su com unidad, y que en ocasiones, co m a
por necesidad tenía que suceder, redundaban en per­
juicio de su com pañía. Sabid a es la respuesta que con
este motivo dió a uno de sus hijos que, según parece,
no participaba de la caridad de su santo padre: “D ios
le perdone esa flaqueza que le hace separarse de los
sentim ientos que prescribe el Evangelio. ¡Cuán poca
es su fe, pues tem e que Nuestro Señor nos abandone

íi) Suppl,, p. 206.


{2) V. Abrégé hislorique de l’etat de l’hópital des E n
fants-Trouvés (París, 1 7 5 3 ), citado porM aynard, p. 341.
porque cuidam os de esas pobres criaturas abandona­
das! ¿Acaso ignora que el mismo Jesucristo ha prom e­
tido recom pensar con el céntuplo lo que se dé en su
nombre? Este bondadosísim o Salvador dijo a sus dis­
cípulos: Dejad que se acerquen a mi esos pequefíuebs,
¿Y com o podríam os, sin oponernos a su doctrina,
abandonarles y cerrarles las puertas de la com pasión?
Recordem os la ternura que Jesucristo m anifestaba ha­
cia los niños, tom ándoles en sus brazos y bendicién-
deles con su divina m ano. Recordem os que este S a l­
vador amantísimo dejó dicho que si querem os entrar
en el reino de los cielos nos hemos de hacer sem ejan­
tes a ellos. Pues de ningún modo se adquiere m ejor
esta semejanza que mediante la caridad, porque ésta
hace que ocupem os el lugar de los padres, o más bien
el de D ios, quien ha dicho que si la madre llegase a
olvidar al hijo de sus entrañas, É l cuidaría de su exis­
tencia. Si viviese aún Nuestro Señ o r sobre la tierra y
viese niños expósitos, ¿les abandonaría? Pensar esto
es hacer grande injuria a su bondad infinita, y puesto
que hem os sido elegidos por su Providencia para
cuidar del sustento corporal y bien espiritual de e s ­
tos pobres expósitos, faltaríam os al deber que esta
gracia nos im pone si por el trabajo que nos cuesta
nos cansáram os y les abandonáram os tam bién nos­
otros,, (1).
De esta suerte, ayudada y sostenida por S a n V icen ­
te, y con el favor de las Señoras de la Caridad, logró
nuestra Venerable sacar a flote su obra de los niños
expósitos, no obstante la marea de oposiciones, em-

(i) F r. Juan del Santísimo Sacram ento: Vida de San V i­


cen te de Paúl, p. 365.
barazos y dificultades con que tuvo que luchar y a te
que más de una vez parecía ya im posible resistir.
E l Gobierno se puso resueltam ente de su lado, y el
pensamiento que su ardiente y generosa caridad la su­
girió un día de m ejorar la condición de los pobres ni­
ños expósitos cuando todo alrededor de ellos era aban­
dono y m iseria, fué una hermosa realidad.
Luisa de Marillac acude en auxilio de los Forzados de Pa­
rís.— H ácese cargo de ellos con sus Hijas de la Caridad.

§ I .—Luisa de Marillac acude en auxilio


de los Forzados de París.

OMO de San V icente de P aúl, bien puede decir­


se tam bién de nuestra Venerable que “no
hubo género alguno de miserias a que benig­
nam ente no extendiese su mano„ (1). Aun aquellas
que al parecer menos conform es eran a su sexo y con­
dición, entraron en el extenso círculo de su caridad.
T a l sucedió con la obra de los galeotes, en que por
modo tan adm irable supo secundar los designios y
abnegación de San V icente.
San V icen te, que sentía por aquellos infelices uno
de los am ores más tiernos de su corazón, no sólo
había consentido en aceptar el cargo de capellán m a­
y o r de todas las gateras de Fran cia que Luis X III
había creado para él, sino que por lo que hace a los

(i) L eccio n es del oficio litúrgico de San V icente,


de P arís, había logrado sacarles de los infectos cova-
•chones en que era costum bre aherrojarles, y les había
acom odado convenientem ente, primero y por modo
provisional, en el H ospicio de San Honorato (1 6 2 2 ), y
después, con carácter definitivo (1 6 3 2 ), en ía Torre de
San Bernardo, parroquia de San N icolás del Chardon­
net. Aquí es donde Luisa de M arillac acudió a verles
“prodigándoles, com o escribe el primer biógrafo de
San V icen te, toda clase de servicios y asistiéndoles con
sus limosnas,, (1 ). “La caridad hacia esos pobres forza­
dos, la escribió con este motivo su director, es de un
mérito incom parable a los ojos de su divina M ajestad.
H abéis h ech o, pues, bien en acudir en su ayuda, y
seguiréis obrando perfectam ente si continuáis ejerci­
tándoos en tan hermosa obra hasta que tenga la dicha
de veros, que será dentro de dos o tres días. M irad si,
al menos por alguna tem porada, se podrá encargar de
ellos vuestra Caridad de S an N icolás: podríais atender
a sus necesidades con el dinero que os resta. M as ¡qué!
la cosa no deja de ser difícil; y esta es la razón porque
no hago más que echar esta idea en vuestro espíritu
com o a ía aventura,, (2).
Los escasos fondos de la Caridad de San N icolás, a
cuyo frente, com o sabem os, estaba nuestra V enerable,
no debieron permitirla a título de tal abrir mucho la
mano en favor de los pobres galeotes; otra cosa fué
cuando entró a formar parte de la aristocrática y po­
derosa Caridad del Hospital en que, de acuerdo con
S a n V icente, influyó para que algunas de las sumas
disponibles de la asociación fuesen destinadas al so-

(1) Ab., 1 . 1, p. 189.


(2) Suppl., p. 8.
corro y alivio de aquellos infelices, y para que una
sección de las señoras se encargase de visitarles perió-
dicam ente o con alguna regularidad (1).
M u jer de grandes deseos, ni aun así quedaba satis­
fecha. ¡Descubría aún su corazón tantas lástimas y n e­
cesidades entre aquellos muros de la Torre de S a n
Bernardo! Y D ios, que tanto se com place en los cora­
zones gen erosos, iba a concederla, no sólo lo que ella,
respondiendo a los deseos de San V icente, sin duda
le pedía: fondos con que socorrer aquellas necesida­
des; sino aún lo que quería y no osaba suplicar, si es
que por las mientes se la había pasado: que ella y sus
h ijas entrasen a servirles y atenderles.

§ I I.— Luisa de Marillac se hace cargo con sus hijas


del servicio de los Galeotes de París.

Q ueriendo sin duda San Vicente dar una buena n o­


ticia a Luisa de M arillac, enferma a la sazón fuera de
P arís, en un viaje que había hecho a Angers, la escri­
bía con fecha 10 de Febrero de 1640: “A las seis es­
pero a la hija del Sr. Cornuel, para ver el modo m ejor
de em plear en beneficio de los galeotes la renta de
seis mil libras que a favor de ellos acaba de dejar
su padre» (2 ). La piadosa visita no sólo se plegó a l a s
interpretaciones que de la última voluntad del finado
hizo San V icente, dedicando íntegro al alivio de los ga­
leotes la m encionada sum a, sino que hasta mostró de­
seos de que las H ijas de la Caridad fuesen las encarga­
das de dispensarles los bienes que de aquel nuevo es-

(1 ) SuppL, p. 47 5 .
(2 ) L e ttr ., t. I., p. 288.
tado de cosas hablan de derivárseles. Respondía tan
perfectam ente la idea a la disposición de ánimo en
que San V icente se hallaba respecto de aquellos infe­
lices, que sin vacilación de ninguna clase accedió a la
propuesta, y rogó a Luisa de M arillac que con las
Hermanas que más aptas le pareciesen se ocupara de
la nueva fundación. Llena de reconocim iento hacia su
divina M ajestad, se apresuró nuestra V enerable a cum ­
plir las indicaciones de San V icente, y poco después
la blanca toca de la Hija de la Caridad purificaba el
corrom pido am biente y daba luz y alegría a las tristes
y sombrías habitaciones de la Torre de San Bernardo.
La visita de aquellas jóvenes que respiraban inocencia
y que apenas podían disimular su com pasión, debía
ser para los pobres forzados algo así com o un rayo de
luz en la noche de su abandono y un beso de la P ro ­
videncia. ¡Estaban tan hechos a no ver a su alrededor
más que asperezas y desdenes! “¡O h hijas m ías!— ex­
clam aba un día San V icente— , qué dicha la vuestra en
servir a unos infelices que jam ás ven en sus intenden­
tes una cara buena ni una mirada de piedad! Yo he
tenido ocasión de observarles y los he visto tratados
com o bestias,, (1).
M as com o ellos por su parte no dejaban de pagar a
la sociedad que así les trataba con doblada insolencia
y cinism o, envolviendo por regla general a todos en el
blanco de sus anatem as y haciendo de sus calabozos
“una verdadera im agen del infierno,, resultaba ar­
dua hasta la temeridad la empresa de poner a servi­
cio de tales gentes unas tím idas y humildes doncellas.
Ni San V icente ni Luisa de M arillac dejaron de ver el
riesgo; pero quizá se acordaron de que diez y siete
siglos antes había dicho ya Jesú s a sus Apóstoles:
“Ved que o í envío com o ovejas en medio de lo­
bos» (1 ); añadiendo que no les tem iesen y poniendo
en el Señ o r su confianza cerraron los ojo s a toda hu­
mana consideración y echaron adelante.
Por cierto que jam ás tuvieron motivo para arrepen­
tirse.
Precavida y cauta hasta en el mismo arrojo, no dejó,
sin em bargo, nuestra V enerable de poner sumo cuida­
do en la elección de las dos o tres Herm anas (2 ), que
dedicó a tan difícil m inisterio, dándoles, adem ás, de
palabra primero y por escrito después, aquel mismo
año de 1640 (3 ), excelentes avisos e instrucciones.
“Cuanto más difícil es, las decía, y cuanto mayores
son los peligros que entraña la fundación de los ga­
leotes, así por el m anejo de los fondos com o por la
índole de las personas con quienes en ella hay que
codearse, otro tanto es de más m eritoria y agradable
a los ojo s de D ios cuando en el desem peño de sus
obligacion es se pone eí debido esmero; ya que con
ellas se ejerce en el más alto grado y respecto de per­
sonas las más- m iserables en cuerpo y alm a que es
dado im aginar, todas las obras de m isericordia, así cor­
porales com o espirituales. Razón por la cual aquellas
que sean llam adas de D ios a este santo ejercicio d e­
berán, por una parte, hacerse dignas de él con la exac­
ta observancia de sus reglas y la práctica de las virtu­
des que especialm ente exige, y, por otra, cobrar gran-

(1) Evangelio de San M ateo, 10, 16 y 28,


(2 ) Suppl., p. 497.
(3 ) L e ttr., t. I, p. 296.
de ánim o y tener ilimitada confianza en nuestro Señor
Jesu cristo ; ya que al asistir a esas pobres gentes le
hacen a É l un servicio del que se goza tanto o más
q u e si le fuese hecho a É l en persona, y que, por con­
siguiente, no dejará de darlas en recom pensa aquí las
gracias que necesiten para superar las dificultades pro­
pias del caso, y allá arriba en el cielo la rica corona
de gloria que las tiene reserv a d a ...„
Después de estas consideraciones generales, entra a
prescribirlas las reglas de conducta que en el trato
con los galeotes debían guardar, y prosigue: “S i en
todo tiem po deben hacer gala de m odestia y recato,
de un modo particular han de esmerarse por llevar a
la práctica estas virtudes en el departamento de los
galeotes, cuando para algún servicio tengan que en ­
trar en él, no dándose por entendidas de sus bromas
y atajándoles con seriedad o saliéndose afuera si se
propasasen a alguna demasía.
“Y aunque no sea poco difícil impedir que com e­
tan tales excesos aun en el momento mismo en que
más bien se procura hacerles, con todo no dejarán de
esforzarse por im pedirlo, y esto por medio de la pa­
cien cia y de la oración, rogando a D ios por ellos al
modo que con los que le apedreaban hacía San E ste­
ban. So bre todo, cuidarán de no darles la más m íni­
ma ocasión de queja; velarán sobre sí mismas para no
hablarles ásperam ente ni echarles en cara los m otivos
de disgusto que con ellos tuviesen; y se guardarán de
toda disputa para sincerarse de los cargos que las hu­
biesen hecho, procurando al contrario no decirles
nada sin gran motivo y tratar de ganarles por la dul­
zura y por la com pasión, haciéndose cargo de la mi­
serable situación así de alm a com o de cuerpo en que
de ordinario viven, y acordándose de que no por eso
dejan de ser miembros de Aquel que se hizo esclavo
por todos y para rescatarnos a todos de la esclavitud
del infierno.„
A tan sólidas com o sublim es instrucciones, seguían
los m edios de llevarlas a la práctica. Al efecto, "m u­
chas veces al día, y con especiales súplicas, deben in­
vocar, escribía, el favor del Espíritu San to , para que
de tal suerte purifique sus pensam ientos, sus palabras
y sus actos, sobre todo en las tentaciones que contra
la virtud de la santa pureza pudiesen experim entar,
que vengan a ser com o los rayos del sol que, aun po­
sándose en los más sucios estercoleros, con nada se
manchan ni contam inan; confiando con esto en que
Dios no dejará de oírlas com o hizo con los tres jó v e­
nes del horno de B abilonia; ya que no por otros mo­
tivos que por los de caridad y de obediencia están
ellos en tal empleo,, (1).
San V icen te, por su parte, anim ándolas a cum plir
con resolución y celo las arduas obligaciones de tan
espinoso m inisterio, las decía también en una confe­
rencia: "¡O h , qué dicha la vuestra, hijas m ía s!... No,
yo no he visto com pañía que más honor dé a D io s
que la vuestra... Ved esos pobres galeotes, in felices
crim inales, objeto del m ayor abandono, ¡ah! ¿Q uién
se com padecerá de ellos? Las humildes H ijas de la
Caridad. Y ¡qué! ¿No es esto hacer lo que acabam o s
de decir, honrar la ilim itada caridad de nuestro Señ o r,
que sin parar mientes en los crím enes de que se veían
cargados, acudía en auxilio de los más m iserables pe­
cadores? ¡A h !, Hermanas m ías, vuelvo a rep etíroslo:
jam ás ha habido en el mundo asociación que más
honre a Dios que la muestra,, (1).
Enardecidas con palabras de tan soberano acento,
y guiadas por disposiciones y reglas de tan acertada
discreción, las H ijas de la Caridad desem peñaron,
satisfactoriam ente de ordinario y en ocasiones con su­
blim e abnegación, las difíciles funciones de su minis­
terio . Verdad es que no de todas se podía esperar que
llegasen a la cumbre en cuesta de tan agria y em pina­
da subida; pero Hermana hubo que con justicia fu é ía
admiración de cuantos la rodeaban. H acíase cierto día
entre las H ijas de la Caridad y delante de San V icen ­
te m ención de las virtudes de So r Bárbara Engibourt,
qu e acababa de pasar a m ejor vida, cuando una H er­
mana se levantó diciendo: “Padre, yo he tenido o ca ­
sión de estar en los galeotes con So r B árbara, y puedo
dar fe de que su paciencia en soportar las contradic­
ciones que raía vez allí dejan de ofrecerse, a causa del
mal humor de aquellos iníelices, era adm irable. E xas­
perados algunas veces, se volvían contra ella echándo­
la por tierra las viandas y llenándola de cuantos bal­
dones se les venían a la b o ca, y jam ás lograron arran­
carla una palabra de queja. Paciente y tranquila re­
cogía del suelo los aventados m anjares, y seguía sir­
v ien d o ^ aquellos desalmados con tanta voluntad y
dulzura com o si nada la hubiesen hecho ni dicho.
“— ¡O h! Conducta, sublim e, seguir poniéndoles el
mismo rostro que antes.
“— Ni fué esto só lo, sino que por cinco o seis veces
impidió que los guardas les golpeasen, etc.„ (2).

(1 ) Suppl., pp. 2 4 0 -2 4 2 .
(2) Confer. aux F . d. 1. Ch., t. II, p, 593.
Como se ve, las recom endaciones de Luisa de M a­
rillac no habían caído en saco roto.
Ni se lim itaba el celo de nuestra V enerable por el
bien y regalo de los galeotes a proporcionarles en sus
hijas criadas que Ies sirviesen com o a m iem bros enca­
denados y pacientes de Jesu cristo; frecuentem ente re­
cordaba a las Señoras de la Caridad del hospital que
fuesen a visitarles y socorrerles. "H ásem e dicho, es­
cribía a San V icente el 8 de Abril de 1656, que hoy es
a asam blea general de las Señoras: ¿no creéis que se­
ría oportuno, mi muy estimado Padre, representarlas
el bien espirtual que podrían hacer visitando a los po­
bres galeotes cuando nuestras Herm anas les dan de
com er, que es a las diez, hora que las permitirá estar
de vuelta en sus casas convenientem ente y sin que sus
quehaceres dom ésticos pudiesen sufrir lo m ás míni-
m o ?, (1). Y, efectivam ente, en más de una ocasión
logró interesarlas por aquellos desgraciados (2 ).
Con tan afanosa solicitud, no es extraño que S an
Vicente descansara en ella cuando por razón de algún
viaje o del recargo de ocupaciones que le salían al
paso no podía atenderles por sí mismo com o hubiese
sido su deseo. “Por lo que hace a los forzados, la decía
ya en 1647, vos veréis lo que podéis hacer por ellos» (3).
¡Adm irable m ujer de verdad y a quien, no obstante
lo quebradizo y achacoso de su salud, podría darse e l
dictado d t fuerte con que a la m ujer ideal de los P ro ­
verbios honró el Espíriu Santo!

(1 ) L . de M., t. IV, p, 164.


(2 ) Snj pl., p. 101.— Creemos que la r a n a de San V icen
te a que alude la cita es de 1656 y nu de 1653, <orno su­
ponen los editores.
(3) L ettr., t. II, p. 8.
C A PIT U L O VII

L u isa de M arillac e x tie n d e su co n g re g a c ió n


fu e ra de P a rís, en las p ro v in cia s d e F r a n c ia .

163916 ..

Fundación de las casas de Liancourt y de Rueh— Fundación


de la casa de R ichelieu,— Celu y caridad de las H erm a
ñ as.—Desvelos de Luisa de Marillac por mantenerlas en
la unión mútua y en el cumplimiento de sus obligacio­
n e s.— Fundación del hospital de Angers: Viaje previo de
Luisa de M arillac.— Conducta de las Hermanas a su
entrada en el hospital.— Su heroísmo durante la peste
de 1640.

§ I .—Fundación de las casas de Liancourt y de Ruel.

f^^EC O M EN D A N D O cierto día San V icente a las


J g & T H ijas de la caridad el estudio y la lectura con
^ ® e l fin de hacerse aptas para enseñar a la ju ven ­
tud de su sexo, añadía: “Poned en ello, hijas m ías, ex­
quisito cuidado; pues es uno de los dos grandes fines
que debéis haberos propuesto al entregaros a D ios en la
com pañía; e s a saber: el servicio de los pobres enfer­
mos y la instrucción de la niñez, sobre todo en las a l­
deas. Q ue aquí esprincipalm ente y donde con más celo
debéis cum plirían honrosa misión. P arís, b ajo este res­
pecto, no deja nada que desear por tener en su seno
multitud de religiosas. E s, pues, muy justo que voso­
tras os dirijáis a los pueblos donde al presente la nece­
sidad es mayor y más apremiante. Supongo, hijas mías,
que todas os halláis en estas disposiciones y que n in ­
gún respeto de países, conocim ientos y distancias, m a­
yores o m enores, os cautiva. Pero ¿es así? ¿E stáis de
verdad indiferentes para ir a cualquier punto a que os
destine la obediencia?
"A q u í, añade la H ija de la Caridad a quien d ebe­
m os esta relación, todas las Herm anas, bañado el ros­
tro de una alegría que bien a las claras dejaba traslu­
cir la de sus corazones, respondieron: S í, P ad re, todas
estam os prontas,, (1).
No otros eran los sentim ientos con que ha poco h a­
bían dejado a París las Hermanas destinadas a las fun­
daciones de Liancourt, R u el, R ichelieu , Angers y qui­
zá alguna otra que para entonces (1 6 4 1 ) ya se habían
verificado.
La fundación de Liancourt (2) parece datar de 1635,
y fué obra de la ilustrada duquesa de dicho nom bre,
Juana de Scham berg, amiga íntima de nuestra V e­
nerable primero y después, desgraciadam ente, de
los solitarios de Port-R oyal. E n su piedad, algo de re­
lumbrón y aparatosa, pero sincera, quiso establecer, no
sólo las Caridades en distintos puntos de sus estados,
sino adem ás y junto con ellas un hospital en Lian­
court. San V icente, que la trataba con confianza y que
no dejaba de ver los inconvenientes y hasta oposición

(1 ) Confér., au x F . d. I. C h., t. I. p 4 2 ,
(2 ) L h n co u rt, cabeza de distrito en el Oise, cerca de
C lerm on t.
q u e había en la coexistencia de am bos organism os, la
disuadió de ello, aconsejándola por medio de Luisa
de M arillac que estableciese las Caridades y que pu­
siese en ellas Hermanas (1 ); y esta parece haber sido
la ocasión con que las H ijas de la Caridad se estable­
cieron en Liancourt. Sus ocupaciones debían ser “pre­
parar los m edicam entos y visitar dos veces por sema­
na los enfermos de la villa y de tres aldeas del contor­
no,, (2)* La vida era en Liancourt tan pacífica y el
com portam iento de las Hermanas debió ser tan ejem ­
plar y cristiano, que aun después de muchos años,
en 1646, podía decir nuestra V enerable: “Desde que
estam os en Liancourt no hem os tenido, por la miseri­
cordia de D ios, ninguna contradicción que sufrir; es­
pero que su bondad nos seguirá haciendo esta gra­
cia» (3).
P or lo que hace a Ruel (4 ), parece que nuestra V e­
nerable envió a la Caridad allí establecida una H er­
m ana, com o San V icente se lo había prometido al pá­
rroco, y com o con fecha, al parecer de 1637, encarga
discretamente el santo a Luisa de M arillac que no di­
late en cumplir la palabra que él tenía ofrecida (5).
E s cuanto sabem os de esta humilde fundación.

(1) L ettr., t . I, p. 5 7 .— L a carta a que en el te x to y en


la nota se alude es de últimos de Diciembre de 1630 o pri
m eros de Enero de 1631, y no de 1632 com o quieren los
editores. V. también Ibid., t. I, p. 104.
(2) C. de Rich , p. 139.
(3) L . de M m t. III, p. 126.
(4 ) Ruel, villa del departam ento S e ia e e t-O ise , a 12 k i­
lóm etros al O. de París.
(5 ) L e ttr., t. I, p. 161.
§ I I .—Fundación de la casa de Richelieu (1).

E l aprecio que el Cardenal de R ichelieu hacía de


San Vicente y de la Congregación de la M isión, le
movió a hacer en la villa de su nom bre una fundación
de dicho instituto, y esta circunstancia y lo floreciente
de la Caridad que allí poco ha se había organizado t
facilitaron en gran manera el nuevo establecim iento de
las H ijas de la Caridad.
La primera idea parece que salió de San V icen ­
te (2); sin em bargo, no pudo llevarse a la práctica
hasta algunos meses después con el apoyo de la du­
quesa de Liancourt, a quien ya conocem os (3). P o r
fin, vencidas las dificultades que se oponían al pro­
y ecto, pudo el santo disponer con nuestra V enerable
el viaje de las Herm anas. Era en 1 6 3 8 , y a lo que muy
probablem ente se puede conjeturar, por el mes de S e p ­
tiem bre (4). San V icente había prometido ir a La Cha­
pelle a despedirse de las Hermanas expedicionarias,
pero una “ligera indisposición,, le impidió cum plir sus
deseos, y escribió a Luisa de M arillac: “Ahí van cin ­
cuenta libras, que os ruego tengáis a bien dar a B ár­
bara y a Luisa para su viaje. Lo más expedito es que

(1 ) Richelieu, población del departamento Indro e t-


L oire, perteneciente entonces a la diócesis de Poitiers. E ra
propiedad de la familia del Cardenal, y esto la dió alguna
importancia.
(2) L e ttr., t. I, pp. 193 y 194..
(3 ) Ibid., t. I, p. 36 8 .
(4) Compárense las cartas d e San Vicente citadas en las
notas anteriores con las 215 y 2 1 6 del mismo santo (L e ttr.,
t. I, pp. 223 y 225).
tomen el coch e de Tours, desde donde podrán diri­
girse por el ordinario a R ichelieu , distante de Tours-
diez leguas,, (1 ). P ero más que las cincuenta libras*
aunque tan necesarias para el caso, debieron agrade­
cer las fervorosas viajeras los últimos avisos y reco­
m endaciones que en otra carta, dirigida tam bién a
Luisa de M arillac, pero escrita para ellas, las daba su
santo Padre. Toda ella es de oro y de oro de tan b u e­
na ley, que no es posible resistir a la tentación de po­
nerla aqui por entero. Escuchém osla: “Con toda mi
alm a, señorita, ruego a Nuestro Señor que dé su santa
bendición a nuestras muy caras Herm anas, h acién d o­
las al mismo tiempo participantes del espíritu que
otorgó a aquellas santas mujeres que le acom pañaban,
ayudándole en la asistencia de los pobres enferm os..,
¡Buen D ios!, señorita, ¡qué ventura la de estas jó v e­
nes en ir donde las destina la obediencia con el fin de
continuar la caridad que Nuestro Señor ejercía sobre
la tierra! Y ¿quién, al verlas juntas las dos en un co­
ch e, diría que van a ejercer una obra tan admirable a
los ojos de Dios y de los ángeles que el mismo Hijo-
de Dios no la tuvo por indigna de É l ni de su santa M a­
dre? ¡O h, cóm o se alegrará el cielo de verlas, y cuán­
tos han de ser los elogios que un día han de recibir en
el otro mundo! ¡Con qué santo envanecim iento estarán
el día del ju icio ! P arécem e, y es así cierto, que la s c o -

(1) Ibid., 1 . 1, p. 413 — La carta, como arriba indicamos,


es de Septiembre u Octubre de 1638, y no de 1642 como,
con un descuido y falta de ciítica imperdonables, la hacen
los editores. De la misma fecha es la carta a que inmediata­
mente aludimos en el texto y que aquéllos ponen ccmo*
de 1641.
roñas ,e imperios de esta vida son barro en com para­
ció n de las que sus frentes han de ceñir en la otra. Una
sola cosa no deben echar para ello en olvido, y es q u e,
en su viaje y en todas sus acciones, hagan por reves­
tirse del espíritu de ía Santísim a Virgen. Q ue frecuen­
tem ente la vean delante de sus o jo s, precediéndolas o
acom pañándolas en el cam ino; que obren com o las
parezca que obraría Ella en su lugar; que pongan la
consideración en su conducta caritativa y hum ilde;
que sean ellas a su vez humildísimas para con D ios,
calinosísim as entre sí y buenas para con todo el mun­
do, sin servir de desedificación a nadie; que todas las
m añanas, antes de partir el coche o en el cam ino, ha
g an sus sencillos ejercicios de piedad; que em pleen útil­
mente el tiem po, leyendo unas veces en algún libro que
de recaudo deben llevar consigo, y otras rezando el ro­
sario; que tom en parte en las conversaciones que ten ­
gan por objeto a D ios, y nunca en las que se refieran
a cosas del mundo ni, con mayor m otivo, a las de
vano pasatiem po, y, por fin, que sean rocas contra las
fam iliaridades que los hom bres quisieran tom ar con
ellas. Para dorm ir, si no hubiese en el mesón algunas
buenas m ujeres con quienes retirarse, tom arán para
ellas solas una habitación en la misma posada de los
coch es, a ser posible, y si no cerca donde cóm oda­
mente puedan. Llegadas, por fin, a R ichelieu , irán en
prim er térm ino a saludar a Nuestro Señor en la E u ca­
ristía, después se presentarán al S r. Lam berto (1), re­
cibirán sus órdenes y harán por ajustarse a ellas, así
por lo que mira a los enferm os com o con relación a
lo s niños que acudan a la escuela, observando al efec-

(1) Superior de los Sacerdotes de la Misión en Richelieu.


to en sus cuotidianas ocupaciones el orden que aquí at
presente guardan. S e confesarán una sola vez por se-'
mana, a no ser que alguna falta especial las obligue a
hacerlo antes de los ocho días; cuidarán de hacer bien
a las alm as al velar por la salud de los cuerpos; honra­
rán y obedecerán a las que están al frente de la Cari­
dad, respetando en gran manera a las otras e intere­
sándolas por un ejercicio tan santo, y siguiendo en esta
form a, se hallarán delante de D ios con que han lleva­
do una vida santísim a, pasando a ser de pobres H ijas
de la Caridad reinas de incom parable esplendor en el
cielo* (1).
Puede suponerse el calor y entusiasmo que en el
dispuesto corazón de las jóvenes viajeras levantarían
las líneas que acabam os de leer, llamarada de elocuen­
cia capaz de prender fuego en el corazón más frío, y a
cuya acción parece im posible toda resistencia. T om a­
ron, pues, sus sencillos equipajes, pusiéronse en ca­
mino y, a los pocos días, entraban alegres y gozosas
en R ichelieu ,

§ III .— Celo y caridad de las Hermanas.—Desvelos de


Luisa de Marillac por mantenerlas en el fervor y
cumplimiento de sus deberes.

P or cierto que las disposiciones en que el pueblo


se hallaba para recibirlas no podían ser m ejores. E l
celo de los recién llegados hijos de San V icente había
logrado un cam bio tal de costum bres en aquel lu gar,
poco antes plagado de Calvinistas, que San Vicente
pudo escribir a raíz de un viaje que en aquel m ism o
año de 1638 acababa de hacer: “Jam ás he visto pue­
blo más asiduo ni más devoto en oir la santa m isa.
Obsérvase tam bién en él m ucha frecuencia de sacra­
mentos; no hay persona ninguna de vida escandalosa,
y la división que antes existía, parece haberse trocado
■en inalterable paz. Las tabernas son, asim ism o, me­
nos frecuentadas, y los días festivos apenas si se ve en
ellas, sobre todo durante los oficios, alguna que otra
persona,, (1). No debió tam bién contribuir poco a este
reflorecim iento de la fe y buenas costum bres entre los
habitantes de Richelieu el éxito y m aravillosos ejem ­
plos de abnegación de las Señoras de la Caridad. "L a
Caridad, decía San V icente en la carta arriba citada,
está de enhorabuena. A sesenta sube el número de en-
íerm os que ha asistido desde P ascua, sin que entre
tanta gente haya habido que lamentar más defunción
que la de una joven , siendo así que antes morían casi
todos los que enferm aban* (2). Fácilm ente se com ­
prende lo que en tales circunstancias tenía.que ser para
los de Richelieu la llegada de las H ijas de la Caridad:
miel sobre hojuelas. Así que todos se apresuraron a re­
cibirlas en palmas. P or su parte las H ijas de la Caridad
no se mostraron desagradecidas a tan lisonjero recib i­
m iento; y en todos aquellos hom enajes no vieron más
-que un estím ulo a su diligencia y a su caridad. D oble
era el objeto que las había llevado a R ichelieu : el ser­
vicio de los enferm os pobres y la instrucción de la ni­
ñez; y en una y otra ocupación se desvivieron por llenar
su com etido. Así que, no sin com placencia, pudo escri­
b ir algún tiem po después San V icente: “Las dos Her-

(1) Lettr,, t. I, p, 225.


( 2) Ibid.
m anas que de aquí hemos mandado a Richelieu hacen
maravillas» (1 ). Y nuestra V enerable, aunque armada
de cierta severidad por motivos que luego verem os,
n o podía dejar de darlas un año después el mismo tes­
tim onio, reconociendo que era mucho “el bien que
por la m isericordia de D ios habían hecho,, y “maravi­
lloso el fruto que habían obtenido así, en la asistencia
de los enferm os com o en la instrucción de los n i­
ños* (2).
Pero ¡deleznable condición de las cosas humanas,
que así en el orden físico, com o en el m oral, jam ás
perm anecen en un ser! Ocupadas am bas H ijas de la
Caridad con tanto provecho y con tan incesante afán
£n el bien espiritual y corporal del prójim o necesita­
do, se olvidaron algún tanto de sí mismas y, rem itien­
d o de su primer espíritu y unión fraterna, acabaron
por no entenderse. En sí el desorden no era grave,
pues las cosas ni pasaron nunca a mayores ni trascen­
dieron afuera; pero nuestra V enerable juzgó y con ra­
zón que si no se atajaban en un principio podían ser
de funestas consecuencias, así para la vida de com uni­
dad de las mismas Herm anas com o para el sosteni­
miento de las obras que dirigían, y entre los preparati­
vos de la fundación de Angers las escribió una carta
en que parece revivir y palpitar aquella solicitud por
la primitiva Iglesia que frecuentem ente movía la plu­
ma de San P a b lo , y que en ocasiones la convertía en
cauterio. Comenzaba por recordarlas el bien que con
sus funciones habían hecho; “pero ha llegado a mi
noticia, continuaba diciéndolas, una cosa que siempre

(1) Lettr., t. I, p. 225.


(2) L . de M., t. III, p. 19.
y en gran manera había tem ido, y es que la práctica
de vuestros humildes ministerios, lejos, al^parecer, d e
haber contribuido a vuestra propia perfección, os ha
perjudicado; ya que el buen olor que dabais com ien­
za a perderse. P ensad, mis buenas Herm anas, lo que
hacéis: en vez de dar gloria a D ios, sois causa de que
se le ofenda, escandalizáis al prójim o y dais ocasión
para que el santo ejercicio de la caridad sea tenido en
menos de lo que de otra hechura se le tendría. ¿C on
qué cara osaréis presentaros un día delante de Dios
para darle cuenta del uso de una gracia tan singular
com o os ha hecho llam ándoos a la condición en que
os halláis y en que É i mismo os ha colocado?» D iríg e­
se luego a cada una en particular, haciéndolas ver con
palabras de fuego, en que las reconvenciones se atro­
pellan con las súplicas y en que el cariño se confunde
con la severidad, la parte de culpa que en el caso t e ­
nían, y prosigue dándolas los medios para recon ciliar­
se, reparar el mal y prevenirle en lo futuro. D ejando
luego de hablar la madre y la superiora, tom a la pa­
labra la santa y concluye: “La advertencia, mis queri­
das hijas, que acabo de haceros de vuestras faltas me
trae a la memoria las m ías, y lo que más sobre este
particular me atorm enta, os lo diré sin rebozos, es el
mal ejem plo que en la práctica de las virtudes arriba
indicadas os tengo dado. Ruégoos, pues, mis buenas
hijas, que tengáis a bien darle al olvido y obtenerm e
del Señ o r la gracia de que me perdone y de que yo
me corrija en adelante, com o de todo corazón a n sio ...
O frezco a nuestro buen Jesú s el acto de recon ciliación
que con toda vuestra alma me persuado haréis al reci­
bo de ésta, y a vuestros corazones uno el m ío, a fin de
que, juntos, obtengam os del.Seflor la m isericordia que
necesitam os y la gracia de vivir en adelante del am or
de Jesú s crucificado, en el cual soy, m is muy caras
H erm anas, vuestra humildísima sierva» ( 1 ).
La carta hizo su efecto (2 ); y las H ijas de la Caridad
siguieron siendo en Richelieu, no sólo los guías de la
juventud femenina y el alivio de los pobres, sino tam ­
bién el buen olor de Jesu cristo para todos, com o
quería nuestra V enerable. En 1646, So r Turgis había
reemplazado a Sor Bárbara en el cargo de superiora,
y Luisa de M arillac la ruega que a las funciones que
venía desem peñando añada la de reunir los dom ingos
y días de fiesta en la tarde a las jóvenes de la p ob la­
ción y las instruya y edifique en la piedad con lectu­
ras y otros ejercicios de devoción (3).
P or últim o, San V icente en 1 6 5 6 , de acuerdo con
las disposiciones de nuestra V enerable, permite a las
Hermanas que siempre que de los alrededores fuesen
llamadas para asistir a algún enfermo, lo hiciesen gus­
tosas, aunque para ello “tuviesen que dar de mano a
alguna regla: ya que sobre todos los deberes, añade el
santo, está el deber de la Caridad,, (4).

§ IV . — Fundación del hospital de Angers: Viaje pre­


vio de Luisa de Marillac.

No parece sino que al paso que crecían en número


iban creciendo tam bién en im portancia estas primeras

(1) L , de M., t. III, pp. 19-24.


(2 ) «M aravilloso*, según la expresión de San V icente
que por aquellos días se encontraba en Richelieu (véase
L e ttr ., t. I, p. 270).
(3 ) L . de M ., t, III, p. 199.
(4 ) L e ttr ., t. III, p. 3 2 0 .
fundaciones de las H ijas de la Caridad. La del h osp i­
tal de Angers, que en provincias siguió a la de R ich e­
lieu, fué sin género de duda la más importante de to­
das las de este primer periodo, así por el carácter de
mayor independencia que ofrecía y del mayor número
de Hermanas con que debía contar, com o por la re­
presentación del establecim iento y la categoría de la
población, capital de la antigua provincia del Anjou
y sede episcopal. El paso, pues, que con ella se la
ofrecía dar a nuestra V enerable era de sumo interés y
quizá de carácter decisivo en la marcha de su insti­
tuto. ¿Cómo proceder en consecuencia? ¿No sería con ­
veniente para evitar ofuscaciones estudiar la cuestión
sobre el mismo terreno? Pero ¿cóm o intentar siquiera
en pleno invierno con lo vidrioso de su salud, que al
decir de San V icente no la permitía vivir sino de m i­
lagro, com o intentar, repito, en estas circunstancias
un viaje de catorce días? Luisa de M arillac creyó, con
todo, que era su deber, y al deber, desde que Je su ­
cristo le inm oló en la cruz entre agudos torm entos su
vida sacratísim a, ningún cristiano digno de este nom ­
bre vuelve la espalda. Determ inó, pues, trasladarse en
persona a Angers, y así se lo com unicó a San V icente.
Una sola cosa la apenaba, y era el cuidado de sus hi­
jas de La Chapelle y , en general, de todos los estable­
cim ientos de P arís, San V icente adm iró en secreto y
una vez más el temple ideal de aquella alm a, y qu e­
riendo ahorrarla el peso de sus m aternales inquietu­
des, la escribió diciendo: “Pues que Nuestro Señ o r os
mueve a ir a Angers, partid in nomine Domini. Lo que
É l se encarga de guardar bien guardado queda,, ( 1 ).
Con esto ya no pensó en otra cosa que en disponerse
para el viaje. Y a este propósito nos queda de la sier-
va de Dios una diligencia que por sí sola es ya toda
una revelación del sacrificio que se disponía a hacer-.
“Como el estado de su salud, dejó escrito una de las
H ijas de la Caridad que más intimamente la trataron,
no la permitía recibir directam ente y a cara descubier­
ta el aire, nunca salía de casa sin guantes y rebozo;
mas cuando se trató de que fuera a Angers, hizo por
salir sin ellos para acostum brarse a todo, y desde en­
tonces ya jam ás se les volvió a poner, no obstante lo
mucho que de aquella suerte padecía,, ( 1 ).
En com pañía de dos Hermanas partió al fin a pri­
meros de Noviem bre; llegó a Sam ur, donde se detuvo
algún tanto para ir en peregrinación a Nuestra Señora
des Ardilíiers y poner cuatro letras a San V icente, y
prosiguió su cam inata hasta Angers. “Las incom odida­
des del viaje, nos dice la H ija de la Caridad arriba ci­
tad a, fueron tales, que en ocasiones no hallaron ni
donde recogerse, tom ándolas todos por gente de poco
pelo y viendo a la Madre tan enfermiza. E lla, sin em ­
bargo, lo soportó todo con gran igualdad de espíri­
tu,, ( 2).
E l espíritu puede decirse que es quien únicamente
la sostuvo hasta el término de su viaje. Así que no
hizo más que llegar a él y cayó con síntom as de angus­
tiosa gravedad en cama. Felizm ente por consejo de
su director ( 3) había ido a hospedarse, no en el hos­
pital, com o hubieran sido sus deseos, sino en las ha-

(1) L . de M., t. [, p, 2 2 4 .
(2) Ibid., p. 225.
(3) L ettr., t. I, p. 269.
bitaciones que con generosas instancias la ofreciera un
am igo íntimo de San V icente, el vicario general de la
diócesis y piedra angular que había de ser de la fun­
dación en proyecto, el S r. V au x. La solicitud con que
el piadoso vicario la atend ió en aquel trance fué tan
tierna y diligente, que la V enerable no hallaba des­
pués térm inos con que darle las gracias, asegurándole
“que de nadie com o de él había recibido jam ás tantos
favores en el mundo „ ( 1 ).
La alarma que la nueva causó en París entre las S e ­
ñoras y las H ijas de la Caridad sobre todo fué viva y
dolorosa en extrem o. La ansiedad de San Vicente fué
tam bién grande; pero vueltos los ojos al cielo , expe­
rimentó no sé qué tranquila certidumbre de que la en­
fermedad no sería de graves consecuencias, y escribió
a nuestra V enerable: “H eos ahí por voluntad divina
postrada en el lecho del dolor. ¡Q ue su santo nom bre
sea bendito! Espero q u e, com o de todas las otras en­
fermedades, el Señor se servirá tam bién de ésta para
su gloria, y esto es lo que aquí y donde quiera que me
hallo hago pedir incesantem ente a su divina M ajes­
tad.,, Y a renglón seguido, refiriéndose a la pena que
la noticia había causado en los círculos de las Cari-
dades: “ ¡O h, cuánto daría porque el Señor os hiciese
ver el ansia con que piden por vuestra salud, y el vivo
sentimiento que en la directiva de la Caridad del hos­
pital causó la noticia cuando en la junta de antes de
ayer las hablé de vuestro contratiem po! O s ruego, se­
ñorita, que hagáis todo lo posible por recobrar la
salud y que, al efecto, no econom icéis nada de cuanto
os pueda ser de algún alivio. E l buen abate de Vaux o s
proporcionará el dinero que necesitéis en tanto que
yo os envíe lo que tengáis a bien mandarme a
decir,, ( 1).
La enferm edad, que era más bien una recrudescen­
cia del estado crónico enfermizo de la sierva de Dios
que afección nueva, no cedió tan presto com o hubie­
ra hecho suponer la falta de síntom as agudos y violen­
tos en el proceso m orboso. La postración de la en ­
ferma fué disminuyendo, pero con tal lentitud y tan
frecuentes recaídas, que no obstante los repetidos apre­
m ios que San V icente, por el deseo de verla en París,
la hacía, no pudo volver hasta Marzo de 1640.
Luego, sin em bargo, que pudo levantarse y que se
sintió con algunas fuerzas, comenzó a tratar del asun­
to de Ja fundación, que es lo que a Angers la había
llevado.
Tem poral y espiritualm ente, el estado del hospital
llam ado de San Ju a n Evangelista y establecido en
1160 por Enrique II, conde de Anjou y rey de Ingla­
terra, en expiación del asesinato de Santo Tom ás
B eck et, era de lo más lastim oso que puede im aginar­
se. A cargo de unos canónigos de San Agustín, que
ni apariencias siquiera tenían de canónigos ni de sacer­
dotes, resentíase de tal abandono en la celebración de
los oficios divinos, en la confesión, en la visita y con ­
suelo de los pobres pacientes y demás actos religiosos,
que los enfermos estaban poco m enos que destituidos
de todo socorro espiritual. A petición de la ciudad,
que unánime se había dirigido al rey en demanda con ­
tra tal abuso, pocos días antes de la llegada a An­
gers de nuestra V enerable, habían entrado ya en el
establecim iento cuatro virtuosos sacerdotes del clero
secular y las cosas habían empezado a cam biar de as-
pecto.
No eran menores las deficiencias y desbarajustes que
en la parte económ ica y temporal se dejaban tam bién
sentir, Baste decir que al hacerse cargo del hospital
las Hermanas sólo hallaron para los treinta o cuaienta
enfermos que habitualm ente le ocupaban tres de cenas
de cam isas. M uchos tenían que d a t orden en sus ca ­
sas para que les trajesen al hospital la muda.
Fácilm ente se [echa de ver la im paciencia con que
en tal estado de cosas esperarían los administradores
a las Hijas de la Caridad. A pesar de todo, no se lle­
gó a un acuerdo con ellos sino después de largas y la-
boriosas deliberaciones. Como base de todas ellas y
fundamento del tratado, exigía nuestra Venerable que
el servicio-del hospital estuviese exclusivamente a car
go dé las Hermanas (1 ), y es-a pretensión, que no por
justa y prudente dejaba de entrañar verdaderas difi­
cultades, en razón a los empleados que de sus antiguos
puestos venía a remover, por necesidad tenía que ha­
llar oposición en algunos de los administradores, uni­
dos probablem ente a ellos por intereses de fam ilia, de
protección o de amistad. Juntábase a éste otro em ba­
razo para no poner exclusivamente en m anos de las
Hermanas el régimen del establecim iento, y era la idea
de que con ello enajenaban su autoridad, de la que
algunos eran en extremo celosos (2). Asegurados al
fin por otras cláusulas de lo incólum e de sus dere­
chos accedieron a la proposición de nuestra V enera-
ble y se pasó a extender el convenio, que quedó re­
dactado en los siguientes artículos:
1 Los señores administradores reconocían en la s
H ijas de la Caridad la dependencia del Superior de la
M isión, quien, por lo m ism o, podía cam biarlas siem ­
pre que así lo juzgase conveniente.
2 .° Las Herm anas puestas por Luisa de M arillac,
com o directora de todas ellas y en nom bre del Su pe­
rior de la M isión, al servicio del establecim iento, de­
pendería de los señores administradores en todo cuan­
to se relacionase con la parte económ ica y tem poral,
en cuyos asuntos sólo con ellos se deberían entender.
3 .° Los señores adm inistradores se reservaban
tam bién el derecho de pedir a la señora Le Gras y al
Superior de la Misión el reemplazo de aquellas Her­
manas cuya conducta les desagradase, bien que esta
reclam ación sólo podría hacerse después de uno o
dos años que la tal o las tales Hermanas llevasen de
estar en el hospital.
Aunque no de un modo oficial y solem ne ( 1 ), pú­
sose la firma al convenio el 1.° de Febrero de 1640, y
aquel mismo día entraron las H erm anas a tomar po­
sesión del establecim iento.

§ V .— Conducta de las Hermanas a su entrada en el


hospital: su heroísmo durante la peste de 1640.

Cinco debieron ser las H ijas de la Caridad que en


un principio se hicieron cargo del hospital (2); pues

(1 ) L ettr., t 1, p. 295.
(2) En el acta de toma de posesión aparecen firmando
ocho Hermanas, pero com o entre ellas no se lee et nombre de
Sor Turgt5, a quien nuestra Venerable puso en un principio
aun cuando el número convenido fuera de o ch o , las
tres últimas no pudieron ponerse en cam ino para An­
gers hasta últim os de M arzo, cuando ya nuestra V en e­
rable estaba de vuelta en París.
La im portancia del establecim iento había hecho
que Luisa de M arillac no mandase a él sino personas
de probada virtud y de singular capacidad y pruden­
cia. D e todas podía haber dicho la sierva de Dios lo
que de las tres últim as escribía al buen señor de
Vaux: “So n la flor y nata de cuanto tenemos,, (1). Y
cierto que la conducta que unas y otras en sus nuevas
funciones observaron no desmintió las palabras de su
buena M adre. El Sr. V aux, su confesor y director, no
se cansaba de adm irarlas. “E n todas vuestras cartas,
le escribía con fecha 3 de M ayo de 1640 nuestra V e­
nerable, no hacéis más que decirm e bien de ellas; no
tengáis reparo, señor, os lo suplico, en advertirm e
tam bién de sus defectos* (2). Pero los defectos que
pudieran tener, com o criaturas que eran al fin venidas

al frente del establecimiento, y sí, e r lugar de ella, el de Sor


Isabel Martín, que no sucedió a aquélla en d iclu cargo h as­
ta Septiem bre de 1640, el tal escrito tiene que ser de fecha
muy posterior a la entrada de lai Herm anas en el hospital,
y por consiguiente, sus datos en nada pueden oponerse a
las deducciones que hacem os en el te x to . H e aquí, por lo
demás, los nombres de las Hermanas que formaron parte de
la primera Comunidad de Angers: Sor T urgis (F eb rero -
Septiem bre 1 6 4 0 ;, S or Isabel Martín, Sor Cecilia Inés Angi-
boust, Sot M argarita F r a n g í , Sor María Matrilonneau, Sor
Bárbara Toussaint, Sor Clemencia F e rre , Sor Magdalena
Mongel y Sor Genoveva Caillou.
(1) L . de M., t. III, p. 27.
(2 ) Ibid., t. IIIj p. 30.
d eb ajo del pecado, desaparecían ante el brillo de su
virtud y de sus buenas obras. Todo el lugar estaba
com o encantado con ellas, y esta buena disposición
de los ánim os las servía a su vez de no poco para dar
nuevas pruebas de su aptitud y captarse más y más
cada día las simpatías del público, cubriendo con las
lim osnas que les hacían las deficiencias del hospital y
poniéndose en disposición de atender con más esmero
y holgura a las necesidades de los pobres enfermos.
Con esto, escribía después una de las Herm anas, “los
enfermos acudieron en mayor número, se m ejoró la
ventilación de los salones y se llevó hasta doscientas,
ciento diez para hom bres y noventa para m ujeres, el
número de camas,, ( 1).
Por cierto que no podían venir más oportunam ente
tales m ejoras, pues la peste que desde algún tiem po
antes rondaba las provincias lim ítrofes no tardó en
llegar a Angers, llevando por delante el terror y de­
jando, com o siem pre, a su paso ayes y víctim as sin
cuento. Las Hermanas no se intimidaron ni desfalle­
cieron ante el peligro, antes bien, animadas de aque­
lla caridad que Jesu cristo declaró insuperable, resol­
vieron dar su vida, si menester fuese, por salvar la de
los infelices contagiados, y cada una permaneció en
su puesto. “Gran consuelo, las escribió con este m oti­
vo nuestra V enerable, he recibido al saber vuestra re ­
solución de no ab an d o n ara los apestados. Espero que
no os pasará nada,, (2 ). Nada las pasó, en efecto, a la
mayor parte; pero era difícil que el huracán de la tri­
bulación pasase por un árbol de frutos tan sazonados

(1) Baiin , p, 265.


(2) L. de M„ t III, p. 32.
com o eran las H ijas de la Caridad de Angers sin lle ­
varse alguno por delante; y la buena de S o r M argari­
ta Fran?ois fué arrancada de entre los vivos para reci­
bir en el cielo la corona de inmortalidad y de gloria
que eí Señor tiene prometida a los que le son fieles
hasta la muerte (1 ). “Ha sido del agrado de D ios, es­
cribía el S r. Vaux a nuestra Venerable con fecha 25
de Abril, dándola acongojado tan triste nueva, llamar
a sí a nuestra buena Hermana M argarita después de
unos quince días de enfermedad. Ha muerto en su
sencillez y haciendo cuantos actos de virtud el Señor
la inspiraba, bien que la buena disposición de su es­
píritu era ya de por sí un acto continuo de todas las
virtudes,, (2). No es extraño que conm ovido San V i­
cente por tan hermosos actos de abnegación y de c a ­
ridad se les propusiese com o estímulo y m odelo a las
H ijas de la Caridad de París* Exhortándolas cierto día
en una conferencia (16 de Agosto de 1641) a profesar
especial devoción a San Roque com o a santo que ha­
bía expuesto su vida en el ejercicio de la caridad hasta
contraer la peste, sirviendo por amor de D ios a los
contagiados: “¡O h, cuán dichosas sois, hijas m ías, ex­
clam ó el santo, en haber sido llam adas por la bondad
del Señor a un em pleo tan sublim e! S í, que entre
vosotras hay quienes asisten a los pobres enferm os con
tal piedad que se tienen por dichosas en exponerse al
mismo peligro que el bienaventurado San Roque se
expuso. H ablo de las Herm anas de Angers, quienes
habiéndose hecho cargo del hospital en tiem po de

(1) Apocalipsis, 2, i.°


(2) Baun., p. 267.
peste, con el mismo celo servían a los apestados que
a los efermos de otras dolencias» ( 1 ).
Ni era sólo por su abnegación por lo que tanto se
hacían admirar las H erm anas de Angers: adm irables
eran igualmente por su espíritu de penitencia, de re­
cogimiento y de observancia. No satisfechas con la
vida de continua m ortificación que el cumplimiento de
sus aiduos deberes impone a la Hija de la Caridad,
jam ás se cansaban de pedir a su confesor nuevos ri­
gores y asperezas. Quién quería dormir sobre paja,,
quién solicitaba llevar cilicio a la cintura, y no dos o
tres horas al día, sino continuam ente; y no faltaba
quien a los e je rcicio s de caridad de su estado anhelase
juntar las prácticas de devoción de ia orden de San
Francisco ( 2). D ios las conced ió, adem ás, otra virtud,
que es al mismo tiem po don singularísim o de su m i­
sericordia: la perseverancia. En el mismo, fervor y re­
gularidad de sus primeros tiem pos abundaban diez y
veinte anos después. “Hoy cierro la visita de esta casa
de Angers, escribía San V icente a Luisa de M arillac
con fecha 23 de Marzo de 1649, y os puedo decir que
he hallado en ella tal orden y regularidad que el c o ­
razón me salta de g o z o ...» (3 ). Y pocos días después,,
volviendo sobre el mismo tem a: “So r Cecilia (4) no
tiene precio, ni tasa el consuelo que de todas y cada
una de ellas he recibido yo„ (5). Só lo “una falta», y
bien ligera, había hallado el santo en la com unidad, y

(1) Confer. au x F . d. J. Ch.. t. I, p. 39.


(2) L . de M , t. IÍI, p. 51.
(3) Supp),, p. 72.
(4 ) Era la superiora.
(5) Suppl., p. 74.
era que se permitían hablar después de las ocho en el
intervalo que se seguía hasta el exam en general y
preces de la noche (1 ). Parecidos elogios arrancaron
tam bién a nuestra V enerable en más de una ocasión
“Con toda mi alma alabo a D ios, respondía en 1657
a dos H ijas de la Caridad que acababan de llegar a
Angers y que la habían escrito com unicándola sus
buenas impresiones de la casa; con toda mi alm a ala­
bo a D ios por ía fidelidad con que nuestras Herm ana-
nas prosiguen, com o en tiempo de S o r C ecilia, los
servicios que tenían por costum bre hacer a los pobres.
N o os puedo ocultar, mis caras Herm anas, el gran
■consuelo que las cartas del S r. Cura y del Sr. Ratier
me han producido al darme cuenta del bien que ahí
hacen nuestras com pañeras* ( 2).
D e esta suerte la casa de Angers continuó siendo
vivo dechado de celo y de regularidad para todo el
instituto, no menos que o b jeto de las am orosas co m ­
placencias del Señor. “Las H ijas de la Caridad de
Angers, escribía reconociéndolo así nuestra Venera­
ble, tienen bendición particularísima de D ios para el
servicio de los pobres enfermos de los hosp itales., Y
-cerraba el período diciendo: “ ¡Bendito sea el Señor
■eternamente! „ (3).
So n las m ejores palabras con que nosotros podemos
■cerrar tam bién este capítulo.

(1) SuppL, p. 72.


(2 ) L . de M., t. IV, p. 229.
(3) Ibid.
E s ta b le c im ie n to d efin itiv o d e la C a s a m a d re
de la s H ija s d e la C a rid a d .

1641- 16...

Traslada nuestra Venerable de L a Chapelle al barrio de San-


Dionisio, dentro de París, la casa central de su instituto.
Obras de celo y de caridad que la sierva de Dios ejerce
en su nueva residencia.

§ I .— Traslada nuestra Venerable de La Chapelle al


barrio de San Dionisio, dentro de París, la casa
central de su instituto.

A en otro lugar, bien que de pasada, hicim os


J g g g alusión a unas palabras de nuestra V enerable
escritas al trasladarse a La Chapelle: “Ir al
nuevo alojam iento con el designio de honrar a la di­
vina P rovidencia, que es quien a él m e conduce y en
la disposición de hacer en él cuanto pueda y sea de
su divino agrado.
“Honrar igualm ente con este nuevo cam bio de re­
sidencia los que Jesú s y M aría hicieron al trasladarse
primero de B elén a Egipto y después a otros lugares*
no queriendo, a im itación suya, tener morada fija so­
bre la tierra„ ( 1 ).
Del aire de resignación, tranquila sin duda ninguna,
pero difícil y costosa que se advierte en las anteriores
líneas, así com o en otros apuntes y cartas de la sierva
de D ios relativas al mismo asunto, es fácil colegir ía
violencia que en 1636 tuvo que hacerse para fijar su
residencia en La Chapelle. Criada en la corte y hecha
a la vida urbana y al trato con las gentes de su cate­
goría, era natural que la repugnara la idea de un vi­
llorrio muerto y despoblado; pero a la altura de per­
fección a que el alma de nuestra V enerable había lle­
gado, estas cosas afectan poco. Para ella, la vida no
tenía otro interés que el de permitirla hacer la volun­
tad de Dios realizando los designios que su divina
M ajestad parecía haberla encom endado en el sosteni­
miento de las Caridades y form ación de las H ijas de
la Caridad; y el tem or de que su salida de París per­
judicase el desarrollo de tales obras es lo que la im pe­
día resolverse en favor de La Chapelle. Y no se puede
negar que tales tem ores eran fundados. Los malos ca ­
m inos, intransitables en muchas ocasiones, y la distan­
cia entre el lugar de su proyectada residencia y el cen­
tro de P arís, donde residían la m ayor parte de las S e *
ñoras de la Caridad y donde las Hermanas prestaban
sus servicios, tenían que dificultar las relaciones de
unas y otras con ella, dando ocasión a trastornos y
atrasos en el funcionam iento de las obras. Distraído
San V icente con la multitud de asuntos que por todas
partes le solicitaban , o no cayó en la cuenta de tales
dificultades, o si las echó de ver no las dió la im portan-
cia que en realidad tenían, con lo que som etiendo
nuestra V enerable su modo de pensar al modo de pen­
sar del santo, cerró ios ojos a cuantos inconvenientes
se la ofrecían, y sin el menor asomo de contrariedad
se encam inó a La Chapelle con sus hijas.
Luisa de M arillac había visio, con todo, bien, y no
tardaron en dejarse sentir las dificultades que ella
desde un principio se había im aginado; mas nada la
hizo volver atrás, y por cinco afiós siguió ocupándose
desde su retiro en la prosecución y adelantam iento de
sus maravillosas empresas de caridad. Las Señoras,
sin em bargo, no podían ya contenerse por más tiem po.
“P arece, escribía con bondadosa indulgencia San
Vicente, que el Señor las hace volver los ojo s, al m e-
nos a algunas, hacia este barrio de San Lázaro,, (1).
En 1639 había además otra razón para que el santo
fuese dando de mano a su predilección por La C hape­
lle: el em peoram iento de nuestra V enerable. “No pue­
do expresaros con palabras, la escribía desde Troyes
con fecha 4 de Ju lio , la pena que me da veros de nue­
vo con esos ataques de dolor de cabeza. ¡Dios m ío!,
señorita, ¡si será el aire de La Chapelle quien os les
causa! Os ruego que tengáis a bien consultarlo con un
m édico; y si así fuere, salid de ese lugar lo más pronto
que os sea posible, y tomad otra casa de alquiler en
nuestro barrio o en el cen tro„ (2 ). Sea que la V enera­
ble se repusiese pronto de sus dolencias, o que no ha­
llara casa a propósito para vivir ella y la com unidad
en el cuartel de San Lázaro, imán de sus deseos, lo
cierto es que, a los pocos m eses, tuvo que trasladarse

(1 ) Baun., p. 27 0 .
(2) L ettr., t. I, p. 252.
a Angers, y que ya ni en aquel año ni el siguiente fué
posible abandonar La Chapelle. La sierva de Dios no
perdía, con todo, de vista la idea, y sólo esperaba una
oportunidad para llevarla a cabo trasladándose junto
a la residencia de su santo director. De perlas era la
que le ofrecía el Señor en 1641. D os vecinos de París*
Ju an Desm arets y Claudio Sad o í, habían ido a brin­
dar al santo con una casa situada en el barrio m ism o
de San D ionisio, frente por frente de San Lázaro, y el
santo se había quedado con ella. No hay que decir si
a Luisa de M arillac le faltaría tiem po para pedírsela
en arriendo a San V icente y si éste, cam biadas las cir­
cunstancias de 1631, vendría gustoso en la demanda
que la sierva de Dios le hacía. El hecho es que en la
primavera ya estaban en ella las H ijas de la Caridad.
D oce años después, el contrato de alquiler se cam bió
en escritura de venta, y la casa de la calle “Quartier de
Saint-Lazare» ( 1) fué definitivamente la Casa madre
del naciente y caritativo instituto ( 2).

(1 ) L . de M., t III, p. 40.


(2 ) « L a casa —escribe la condesa de Richem ont, refi-
riéndose a papeles de la ép oca—se componía de tres c u e r­
pos de edificio, uno de ellos de nueva construcción, de pa­
pado, caballeriza, pozos, jardín y plaza, ésta delante de la
puerta principal y solada de nuevo» (C. de R ich ., p. i 8o,
nota 2). L a sum a en que Luisa de M arillac compró eí edifi­
cio y que, en parte, provenía de un legado de la Sra. Gous-
sault, fué, según la misma condesa de Richem ont, de 1 7 ,0 5 0
libras, «a las cuales hubo de añadir 8 0 0 más por un ángulo
de tierra que redondeaba la casa por la calle nueva de San
Lorenzo. E l contrato, que lleva la fecha de i.° de Abril d e
1653, fué otorgado ante el notario del C hatelet, S r. Paísant,.
y firmado por la Srta, L e Gras y por las Herm anas Frangoi-
§ I I .—Obras de celo y de caridad que la sierva de Dios
ejerce en su nueva residencia.

"¡P leg u e a D ios que las H ijas de la Caridad se sien­


tan de tal suerte penetradas de esta virtud, que am an­
do a D ios suavem ente y entregándose con afecto y
cordialidad al servicio de los pobres, no den cabida
en sus alm as a pensam ientos de inconstancia y de can­
sancio! „ (1 ). S i la humildad no hubiese puesto un
dedo en la boca de la sierva de D ios podía haber aña­
dido ésta en la cláusula arriba transcrita: com o yo
jam ás por la m isericordia del Señor les he dado lugar
en la m ía. L ejo s, en efecto, de remitir nuestra V en e­
rable en la activísima cruzada de caridad que contra
la miseria había emprendido y a que con creciente
anhelo venía entregándose en todas partes, en S an
Salvador, en San V íctor y en La C hapelle, no parece
sino que cada año que transcurría y cada cam bio de
dom icilio que efectuaba le daban ánim os nuevos para
correr en auxilio de cuantos dolores y lacerias se ofre­
cían a sus ojos o llegaban a sus oídos. Como San P a ­
b lo, parecía olvidarse de lo que llevaba hecho para no

se, Germana Poisson, Juliana L o ret, Luisa Cristina Ridé,


Maturina Guerin. María T ournot y Margarita de Viena. Con­
fiscada en 1793 por la revolución francesa, fué cuatro años
después enajenada, y sobre el solar de la capilla se abrieron
las calles de la Fidelidad y de la Caridad. L a casa propia­
mente tal pasó a ser sanatorio del Dr. Dubois y acabó por
conveitirse en el actual paseo (boulevar) de Magenta» (C . d e
R ich ., p. 180, nota 2).
( i) L. de M., t. II, p. 355.
pensar más que en lo que la faltaba por hacer. Así, que
en una vida tan fecunda en buenas obras y tan llena de
maravillas com o es la que tenem os entre m anos, aun
nos quedan por ver las más sublim es y m aravillosas.
Tocada de D ios, cuanto más se desprendía de la m ise­
rable arcilla de su cuerpo, tanta mayor era la velocidad
con que corría por la senda del bien y de la caridad
en que Dios para llegar a El la había puesto. E n la re­
sidencia de la calle de San Lázaro d ió,no sólo el mayor
desarrollo, sino la ultima perfección a sus obras. “En
ella, escribía su primer biógrafo, puede decirse que le ­
vantó a la caridad un tem plo. Hasta entonces no había
dedicado a esta hermosa virtud más que tiendas m ovi­
bles y pasajeras, sem ejantes al tabernáculo de M oisés
que no tenía morada fija, sino que era transportado de
un lugar a otro; mas al establecerse en el barrio de San
D ionisio, la consagró su dom icilio com o un santuario
estable, parecido al templo que Salom ón alzara un
día al Señor en la ciudad de Jeru salén. Almas puras e
inocentes ocupadas sin descanso en hacer el bien,
ofrecieron allí en lo sucesivo el sacrificio diario de
aquellas víctimas, por las cuales, según doctrina del
A póstol, se hace a Dios favorable (1 ); y la casa cen ­
tral de las H ijas de la Caridad vino a ser el refugio g e­
neral de todos los pobres, y com o el depósito de la
mayor parte de las lim osnas de París que, con el fin
de que llegasen acertada y convenientem ente a manos
de los m enesterosos, eran confiadas a la caridad y
prudencia de la sierva de Dios,, (2).
Para formarnos una idea, aunque inadecuada, de

(1 ) Epístola a los H ebreos, 13 £6.


(2 ) L . de M., t. I, p. 85.
esta maravillosa expansión de afectos y ternuras inago­
tables de Luisa de M arillac en su nueva residencia y
durante los veinte años últimos de su vida, preciso será
abarcar con el pensam iento, no sólo cuanto hizo a su
alrededor: la instrucción de las niñas del barrio de San
D ionisio, en que el Señor la había puesto; la hospitali­
dad que siguió ofreciendo a las jóvenes y religiosas,
que para salvar su vida y su honor continuaban hu­
yendo de la Lorena; las incalculables sumas que in ­
virtió en París durante las guerras de la Fronda, el
sostenim iento entre congojas y angustias mortales de
las Caridades de la capital, de los forzados y sobre
todo de los niños expósitos, de que en otro lugar ha­
blamos largam ente; las fundaciones del asilo de los
ancianos del Nom bre de Jesú s y del hospital de locos,
conocido por el nombre de las “Petites M aisons„; la
ayuda que prestó para el levantam iento del hospital
general y otras infinitas obras de beneficencia cuyo se­
creto tiene sólo el Señor, sino también las inquietudes
verdaderamente maternales con que se afanó por dar
la última perfección a sus hijas y al instituto que con
ellas había formado de la Caridad, y los trabajos con
que las extendió por un sinnúmero de poblaciones de
Francia y aun por Polonia, llevándolas al lado de la*
niñez pobre y abandonada para educarla cristianamen­
te, a la cabecera de los enferm os, com o ya de antes
lo venían haciendo en P arís, Angers y otros lugares,
y hasta a los cam pos de batalla para curar y consolar
al pobre soldado y ayudarle a que entregara su alma
a D ios después de haber dado su vida a la patria. ¡An­
churosos e inm ensos horizontes por los que inextin­
guible se dilató el sol de la caridad de nuestra V ene­
rable al salir y levantarse del océano de su generoso
corazón! Y todo ello com o quien no hace nada, ni
sirve para nada, manteniéndose siempre oculta bajo
el velo de la hum ildad, de la sencillez y del continuo
dolor de lo que ella llam aba sus abom inaciones y por
por las que sinceram ente se creía “m ás crim inal que
los mismos asesinos* (1 ). ¡Verdaderamente es admira­
ble D ios en sus santos!
Una de las necesidades que a su llegada al barrio
de San Dionisio más la impresionaron y a que procu­
ró com o en La Chapelle poner inm ediato rem edio, fué
la ignorancia de las niñas pobres y la falta de propor­
ción en que éstas se hallaban para instruirse y educar­
se. Con este motivo hizo al Chantre de Nuestra S e ñ o ­
ra de P a rís, a cuyo cargo estaba la dirección de todas
las escuelas de la capital, la siguiente solicitud en que
aun parece palpitar el celo y la com pasión que indu­
dablem ente movían su pluma:
“Señor de las R ocas, Chantre de Nuestra Señora de
P arís.
“Luisa de M arillac, viuda del S r. Le Gras, secreta­
rio de la reina madre, acude hum ildem ente a V. M . di­
ciendo:
“Q ue movida del gran número de pobres que hay
en el barrio San D ionisio, y presa del tem or de que la
ignorancia fom ente la m alicia en los niños incapaci­
tándoles para cooperar a la gracia en la salvación de
sus alm as, ha determinado dedicarse a su instrucción.
“Considerando lo cual, os ruego, señor, que ten­
gáis a bien otorgar a ía demandante la licencia en ta­
les casos requerida, esperando que no dejará de resul­
tar al Señor alguna gloria si los pobres gratuita y li-
brem ente pueden enviar sus hijos a la escuela sin que
las personas ricas puedan estorbárselo por oponerse a
que los profesores de sus hijos admitan tam bién a
aquéllos en sus clases.
“Estas alm as, por otra parte, redimidas con la san­
gre de Jesu cristo se tendrán, señor, por obligadas a
encom endaros a D ios en el tiempo y en la eterni­
d ad , ( 1).
Ningún inconveniente tuvo, com o era de suponer,
en acceder el ilustre dignatario de Nuestra Señora a lo
que se le pedía; y nuestra Venerable se dió prisa en
organizar la proyectada escuela, que no tardó en ser
sumam ente concurrida. P or supuesto, que de ella se
sirvió nuestra V en erable, no sólo para imponer a las
educandas en la piedad y en las primeras letras, sino
tam bién para formar a las Hermanas jóvenes en el
modo de dar las clases y regir la escuela.
A todo esto tam bién, com o el número de v o cacio ­
nes iba en aum ento, se pensó en establecer con más
seriedad el noviciado; tuviéronse de modo más regu­
lar las conferencias o coloquios espirituales presididos
por San V icente; y las H erm anas, m ejor formadas y
dispuestas, iban siendo por todas partes buen olor de
Jesu cristo. E l mismo San V icente se vió obligado a
confesar en una conferencia que todo “el mundo las
quería y honraba,, ( 2) y que era im posible satisfacer a
“tantos com o de todas partes las pedían„ (3 ). “A cabo
de ver a la reina, las decía tam bién en la conferencia

(1) L . de M., t. III, p. 38.


(2) Confér. aux F. d. I. Ch., t. I, p. 56.
(3) Lettr., t. II, p. 49. — V . también Lettr., t. IV, p. 491
y A vis et Confér., p. 201.
del 14 de Ju n io de 1642, y me ha hablado de vosotraá
en térm inos sum am ente lisonjeros* (1 ). Ni era m enor
la estim a que por ellas había concebido la señora de
Goussault, amiga del alma de nuestra V enerable y
primera presidenta de las Señoras de la Caridad del
hospital con quienes hasta 1646 estuvieron formando
com o un solo cuerpo las Herm anas. P oco antes de su
m uerte, en 1639, decía a San V icente: “¡A h, señor,
qué em bargado ha estado mi espíritu toda esta noche
con el pensamiento de vuestras hijas! ¡Si supiereis
todo el buen concepto que me m erecen! ¡O h , que es­
tán llam adas a hacer grandes cosas!,, (2 ). Después de
tod o, añadía algunos años más tarde el santo hablan­
do a otra generación de H erm anas, pero refiriéndose
a la que inauguró la casa del barrio de San D ionisio,
bien se m erecían las pobres estos elogios. “Yo os co n ­
fieso que cuando en casa oigo leer las Vidas de los
santos no puedo m enos de decirm e: He ahí lo que
han hecho nuestras Herm anas,, (3 ).
Ni eran sólo los hom bres los que de tal suerte pre­
gonaban el mérito y ensalzaban la virtud de las H ijas
de la Caridad; D ios mismo parece que quería dar has­
ta con m ilagros y muestras las más regaladas de su
Providencia testim onio de cuán agradable le eran a su
corazón. Ya vimos en otra parte la singular protección
que D ios había dispensado a una Hermana sacándola
ilesa de entre las ruinas de un edificio que al derrum­
barse había aplastado a treinta y cinco o cuarenta per­
sonas. Pues no fué m enos notable lo que pasó la vís-

(1) Conter. aux F. d. 1. Ch.. t. I, p. 56.


(2 ) Ibid,, p. 184,
(3 ) Ibid., p. 554-
pera de Pentecostés de 1644 al hundirse el techo dé
una de las habitaciones de las Hijas-de la Caridad eft
que con más frecuencia solían estar las hermanas. Oi^
gam os el hecho de los labios mismos de San V icen te:
" ¡Q u é !— exclam aba el santo, recordándosele a sus hi­
jas en una conferencia— . ¿No es maravilloso que en
un lugar com o aquel no se hallase nadie, ni arriba ni
ab ajo , al romperse la viga y caer el techo? Y com o
poco antes la señorita Le Gras se encontrase en la ha­
bitación , una Hermana que había oído crujir las ma­
deras fué a avisarla que el lugar aquel no estaba se­
gu ro. La señorita, al pronto, no hizo caso; mas com o
una anciana la advirtiera de lo m ism o, salió de la ha-
bitación por deferencia a la edad de quien últimamen­
te se lo advertía, y aun no estaba a la puerta ni había
dado tres pasos cuando se quebró la viga y se hundió
el piso. ¿Cóm o pudo suceder esto sin una providencia
especial de Dios?,, (1).
Estos singulares favores, estas muestras de predilec­
ción con que el S eñ o r distinguía al naciente y fervo­
roso instituto exaltaban cada vez más a nuestra V e­
nerable. G racias tan poco com unes requerían por par^
te de las que de ellas eran o b jeto , y en justa corres­
pondencia, grandes anhelos de perfección y una prác­
tica asidua de todas las virtudes; ¿y quién era ella?
¿Q ué experiencia ni capacidad eran las suyas para le­
vantar dichas aím as a la cum bre de tanta santidad? P a ­
recíala, al* contrario, que por su culpa iba la com pa­
ñía desdiciendo de su primitivo fervor, "lo que cofl
frecuencia— escribía— me hace entrar en los sentimien*
tos que el tem or de la muerte de su h ijo inspirara a
Agar, con tanto más motivo cuanto que aquí mis des­
órdenes son la causa de tod oB (1). C reía, pues, que no
había más que un remedio para tanto m al: hacer di­
misión de su cargo. Q ue pusieran a otra persona a)
frente del instituto y que la relegasen a ella a un lugar
donde pudiese hacer penitencia de sus pecados. Y an i­
mada de estos pensamientos y hecha con ellos una
misma cosa, se volvía a Dios, exclam ando desde el
fondo de su humildad: “Perm itid, ¡oh D ios m ío!, que
se me mande a algún punto retirado donde no pueda
ser ya por más tiempo óbice al bien y adelantam iento
de.esta humilde compañía en la cual con toda verdad
confieso que no tengo derecho a otra cosa que a la
confusión del mal que en ella he causado,, (2).
Veinte veces había dicho y pedido esto mismo a
S an V icente; pero com o el santo jam ás hubiera que­
rido darle oídos en la m ateria, se resolvió a hacer una
nueva y más eficaz instancia con ocasión de la junta
de 1646, en que San V icente había determ inado dar
a sus hijas las reglas. “El primer artículo, adujo des­
pués de algún preámbulo el santo, dice que la co m ­
pañía se compondrá de viudas y de doncellas faculta­
das para elegir de tres en tres años, y de entre las mis­
mas H ijas de la Caridad, una superiora, que podrá ser
reelegida consecutivam ente, pero sólo por otros tres
años. B ien entendido que esto no comenzará a regir
sino después de muerta la señorita Le Gras. „ A estas
palabras la sierva de D ios cayó de rodillas y suplicó
una vez más al santo “que no hiciera con ella sem e­
jante excepción, sino que la librase de un cargo que
tan indignamente ocupaba* (1 ). Los ángeles de la ju n ­
ta debieron agradarse de tan hermosa escena, y no
fué pequeña la edificación que con ella recibieron así
San V icente com o las Hermanas; pero el hecho m is­
mo que acababa de realizar les confirmó a todos en la
idea de que nadie com o ella podía ocupar un puesto
que tan acertadam ente y por tanto tiempo venía o cu ­
pando; y el santo, en nom bre de todos, la contestó:
“No, señorita, no; vuestras Herm anas, lo mismo que
yo, estam os en el deber de rogar al Señor que os pro­
longue por mucho tiem po la vida para que sigáis al
frente de los destinos de vuestro instituto. G eneral­
mente el Señor suele conservarla hasta por medios ex-
traordinarios a aquellas personas que para el cum pli­
miento de sus designios son indispensables; y si bien
lo m iráis, hace ya más de diez años que no vivís si no
es por milagro,, ( 2).
La sierva de Dios no replicó, echó de ver que tal
era la voluntad de lo alto y abrazándose de nuevo con
la cruz de la autoridad, que cruz era para ella, siguió
adelante por el calvario de su vida, haciendo de ésta
un pedestal de méritos y de buenos ejem p los en que
apoyarse para alzar su vuelo hasta D ios y recibir de
E l la corona de eterna felicidad, justo galardón de sus
heroicas virtudes.

(1) Confér. aux F. d, 1. Ch., t. I, p, 279,


(2) Ibíd.* t, I, p. 280.
CAPÍTULO IX

N u e v a s fu n d a c io n e s d e H ija s d e la C arid ad en F r a n c ia
fu e r a d e P a rís.

1639 1660

Caridad de San Germán en-Laye; escuela y hospital de Saint


Fargeau; Sedán, Nanteuil y otras fundaciones.— H ospita­
les de Mans y de Nantes.— Establecimientos de Chars,
Montreuil, Cerqueux, Chantílly, Crespieres, Maulé y Vat-
puiseau.— Otros nuevos establecimientos: Hennebont,
Chalons, Varize, Santa María del Monte, Bernay y Arras.
Ultimas íundaciones de nuestra Venerable en las pro
vincias de Francia: Chateaudun, Saint-FIour, Ussel, San­
ta Regina, Cahors, Vaux y Narbona.

§ I. — Caridad de San Germán-en-Laye; escuela y


hospital de Saint-Fargeau; Nanteuil, Sedán y otras
fundaciones.

lENDO ya tanto el vuelo que el nom bre de las

f H ijas de la Caridad iba tom ando y creciendo


de día en día el número de los que solicitaban
sus servicios, no perdonaron m edio, así San V icente
com o Luisa de M arillac, en la época a que hem os lle­
gado de la presente historia, por fundamentar a sus
h ijas en el gobierno y virtudes esenciales de su insti­
tuto, enseñándolas a volar con sus alas y a vivir por
su propia cuenta. Y si cualquier H erm ana, por el sólo-
hecho de haber de alejarse de sus superiores m ayores,
debía estar bien cimentada en la virtud, so pena de
exponerse a mil peligios, ¿qué decir de las que iban a
ser las fundadoras y com o primeras piedras de los
nuevos establecim ientos? ¿Q u é peso de virtud se po­
dría sustentar sobre cim ientos frágiles y deleznables?
¿Q ué perfección estaría demás en aquellas que estaban
llamadas a ser el dechado de toda perfección en las
nuevasgeneraciones?" Cuando Salom ón , las decía a este
particular San V icen te, trató de levantar el templo de
Jeru salén, hizo echar en los cim ientos multitud de pie­
dras preciosas, diam antes, rubíes, topacios, jacintos,
ópalos y esm eraldas; mientras que en las paredes o
muros sólo em pleó piedra común y ordinaria, de las
que un m illar no equivalían a una sola de las que
había arrojado en los fundam entos. Y ¿qué pensáis,
mis queridas hijas, que quiso Dios significar por esta
conducta de su rey? ¡O h! Q u ería ensenarnos que las
H ijas de la Caridad, presentes o venideras, que fuesen
destinadas a hacer alguna fundación debían ser verda­
deras piedras preciosas; diam antes, por la firmeza en
su vocación y en la práctica de sus reglas; rubíes, en
el am or de D ios y en la caridad hacia su prójim o; e s­
m eraldas, carbunclos, topacios y am atistas, adornadas
de toda clase de virtudes y despidiendo herm osos c o ­
lores, com o quiera que se las ponga y por cualquier
lado que se las m ire; tales, en fin, que se pueda d ecir
de ellas, com o de las piedras que Salom ón puso en
los cim ientos, que cada una vale por mil,, ( 1).
Una de las primeras poblaciones que, fuera de P a-
rís, tuvieron la dicha de contar en su seno H ijas de la
Caridad fué la villa de San Germ án-en-Laye, posesión
real y cuna de no pocos reyes de Fran cia (1 ). Este es­
tablecim iento fué, con todo, más bien una Caridad o
asistencia de Caridad que otra cosa, y se dió principio
a él en Febrero de 1638. H abíase em peñado el rey
que, aunque destinados por fin principal de su v o ca­
ción a predicar al pueblo, fuesen los H ijos de San V i­
cente los que se encargasen de dar allí a la corte la
anunciada misión de Enero de aquel ano, y, según
costum bre, después de los trabajos apostólicos, y
com o coronación de todos ellos, procedieron a esta­
blecer una Caridad de Señoras, a la que dieron su
nom bre, no sólo las damas de la corte, sino la misma
reina Ana de Austria. Para ayudar a dichas señoras en
el cuidado y visita de los enfermos de la población ,
así com o para “ia asistencia de los soldados que el rey
quería confiarlas,, ( 2), es para lo que se pensó en lle ­
var las Herm anas a S an Germ án. “¿Q ué os parece si
enviar a Bárbara?, escribía San V icente a Luisa de
M arillac, enferma a la sazón, con fecha 15 de F eb rero .
[O h, que mi gran deseo sería que vos misma pudie­
reis trasladaros allá para resolver el asunto! Pero ¡qué!
más gloria daréis aún al Señor en el estado en que os
halláis. Volvam os a Bárbara. ¿Podríais darla una com ­
pañera? ¿Preferís enviarla sola? Lo primero sería más
.acertado» (3). Una o varias, las Hermanas se estable­
cieron en San Germán pocos días después, y en él

(1) Hoy corresponde al departamento Siine-2t-0¡9e-


Dista de París 21 kil. en dirección NO.
(2) Lettr., t. I, p, 192,
(3) Ibid.
continuaron prestando sus servicios, bienquistas siem ­
pre por la corte, que allí pasaba largas tem poradas, y
queridas del pu eblo.
Escasas por demás y no poco obscuras son las noti­
cias que han llegado hasta nosotros de la casa de Saint-
Fargeau ( 1). San Vicente en una carta sin fecha supone
que habían ido a ella dos H erm anas llam adas por una
persona de la familia real con el doble objeto de instruir
a la niñez y de asistir a los enferm os, inform ándonos
de paso, por referencia a otra carta de las H erm anas en
cuestión, que tenían m uchas alumnas y entre ellas dos
pensionistas, novedad que no aprobaba el santo así por
temor de que atendiendo a las niñas “desatendiesen su s
otros y más im portantes em pleos,,, com o por haber
dado[tal paso sin previa consulta de los superiores ( 2).
Otra población, célebre por su carácter de cabeza,
de principado y por haberse convertido en foco del P ro ­
testantismo francés con la entrada en la Reform a de su
principe Enrique Roberto de la M arck, esperaba tam ­
bién en esto a las H erm anas: Sedán (3 ). No sabem os a.

(i) Saint-Fageau, lugar de la diócesis de Sens, a utio^


50 kíl. S.O. de Joigny.
' (2) Suppl., pp. 13 y 14.— Luisa de Marillac alude también
a esta fundación en una carta de 1Ó54 (L. de M., t. IV , pá­
gina 706); y si lo que ella dice no se refiere a una segunda
época de la casa, hay que conlesar que el error de los edi­
tores de San Vicente al poner la carta a que nos referimos
en el texto como de 1634 sobrepuja a cuanto en materia de
errores, de descuidos y de faltas de crítica nos tenían ya
acostumbrados.
(3) En 1642 se incorporó a la corona de Francia y entró
a formar parte de la Champaña. Hoy es cabeza de distrito
del departamento de las Ardenas.
-punto fijo la fecha en que se verificó la fundación;
pero no debió ser mucho después de 1635, en que se
las pedía con instancia y en que los fundadores se
preocupaban £or atender tales súplicas. De seguro es­
taba ya hecha en 1641, fecha en que, rendidas las
Hermanas por el excesivo número de víctim as que la
guerra de los T rein ta Años, de que hablam os en otro
capítulo, causaba en la ciudad y en los alrededores, y
a que ellas tenían que socorrer, hacían un llam am ien­
to al corazón de su buena M adre y al de sus H erm a­
nas para que fuesen en su ayuda. La impresión que la
lectura de la carta hizo en las H ijas de la Caridad de
,1a Casa m adre, fué la que era de suponer. “A cabo de
leer a nuestras Herm anas, escribía nuestra Venerable
a San V icen te, los párrafos de la carta que se refieren a
ellas, y al escucharles parecían soldados que oyen el
clarín, sobre todo S o r Enriqueta, que, aunque en ejer­
cicio s espirituales, preferiría recibir hoy, antes que
m añana, la orden de partir„ ( 1 ).
Con la nueva ayuda, las Hermanas de Sedán pu­
dieron seguir haciendo frentre a tantas miserias, d olo­
res y necesidades com o las circunstancias de la guerra,
del ham bre y de la peste por que atravesaba el país las
traía de continuo a los ojo s, haciéndose querer más
cada día entre los habitantes de la ciudad, que atóni­
tos contem plaban tanta abnegación y reconciliando a
.algunos de ellos con la Iglesia católica, que com o ár­
bol sano y de savia celestial tan herm osos frutos de
virtud y de caridad producía. La vuelta al C atolicism o
entre los habitantes del país, aunque producida por
■otros factores, entre los cuales no es posible pasar
por alto el de las misiones que en él, a petición" de
Luis X III, dieron los Sacerdotes de la M isión, fué, sin
duda ninguna, influida por los ejem plos y vida de
nuestras Hermanas. San V icente, a quien esta influen­
cia no se le ocu ltaba, hubiera querido ver por Sedán
hasta a nuestra misma Venerable. “Ved, la decía en
1643, esa carta que de Sedán me escribe un buen ecle­
siástico. ¿No se le podrá enviar alguna Hermana?
Pero ha de ser de relevante m érito; pues es para una
señora nuevamente convertida. Los duques de la ciu­
dad han vuelto tam bién hace poco al C atolicism o.
¿Q uién lo hubiera podido prever cuando hacía ya
noventa años que la herejía había puesto com o su
trono en aquel principado? ¡O h , cuánto desearía que
vuestra salud fuese m ejor! Pero ¡qué! henos ya a
las puertas del invierno: no es posible pensar en tal
cosa„ ( 1 ).
Veinte años más tarde fué a Sedán una nueva expe­
dición de Hermanas para atender a los soldados heri­
dos en la guerra, dejando nuevos y más sublimes
ejem plos aún, si ca b e , del arrojo de su caridad; pero
de ello hablarem os en ocasión más oportuna.
A la fundación de Sedán siguieron por orden la de
N anteuil (2 ), a que, con fecha de últim os de Ju n io o
primeros de Ju lio de 1642, y con el fin de establecer
y. regentar una escuela, partieron S o r Ju an a d ’A lem ag-
ne y So r Ana de Fontenay (3); Cham pigny, en que
tres Herm anas com partían sus solícitos cuid ad osa los

(1) Lettr., t. I, p. 439.


(2) Cantón del departamento del Oise, a 20 kit. SE.
de Senlis.
(3) L. de M., t. III, p. 55.
enfermos de L: población y probablem ente tam bién a
los del contorno ( 1 ), y F o n te n a y , que parece haber
reunido las dos funciones del servicio de los enferm os
y de la instrucción de la niñez ( 2), en cuyo desem pe­
ño, decía en cierta ocasión una persona del lugar a
San V icen te, que las H erm anas “hacían mara\illas» (3).
La de Issy parece haber sido de 1643 (4 ), y de 1645
la de San D ion isio, cerca de P a rís, en que las H erm a­
nas servían el hospital y se dedicaban tam bién, com o
de ordinario, a la enseñanza de las niñas. Herm osos e
im borrables, así para la población com o para las Her­
m anas, fueron los recuerdos que una de ellas, S o r B ár­
bara E ngibou s, de quien repetidas veces hem os hecho
y tendrem os que hacer m ención en estas páginas, dejó
estando de superiora o sirvienta, com o entre las H ijas
de la Caridad se llaman las superioras. “Padre, dijo
una Hermana a San Vicente en una conferencia, yo
he estado con ella en San Dionisio y he podido o b ­
servar, entre otras cosas, el gran fruto que hacía por
medio de sus instrucciones. Ju n taba todas las niñas y
aun m ujeres que al efecto venían al hospital y las en­
señaba el catecism o, haciéndolas en ocasiones leer las
Vidas de los santos y llevándolas otras veces después
de la catequesis a hacer un rato de oración.
“En la primera guerra de P arís (o de la F ronda),
com o el hospital era tan pobre, se llegaron ya a le ­
vantar las cam as para cerrarle; mas ella se ofreció a
sostenerle por sí m ism a, y tanto hizo con los superio-

(1) Lettr., 1 . 1, p. 390.


(2) IbiiL, p. 389, y L. de M., t. III, p. 63.
( 3) Suppl,, p. 101.
(4 ) L . de M., t. III, p. 63 .
res para que la m andasen a él, que al fin lo consiguió,
y con vuestro perm iso, Padre m ío, colectó y reunió
cuanto fué necesario para que el hospital siguiera
abierto al público. S a c ó , adem ás, muchas almas del
cam ino de perdición, de las cuales algunas, con hacer
ya más de nueve años que S o r Bárbara había salido
del hospital, aun la seguían llorando,, ( 1 ).

§ II .—Hospitales de Mans y de Nantes.

Las dos principales fundaciones de estos tiem pos,


aunque malograda la una y ocasión de no pocos sin­
sabores la otra, son sin duda ninguna las de M ans y de
Nantes, capitales, respectivam ente, de las antiguas pro­
vincias del M aine y de la Bretaña Superior. Estim ula­
da una y otra por el ejem plo de Angers y por la fama
y buenos resultados de las H ijas de la Caridad allí es­
tablecid as, entraron en deseos de confiarlas tam bién
sus hospitales generales y no pararon hasta con seguir­
lo . En M ans concurría tam bién para el caso otra c ir ­
cunstancia, la de hallarse ya en ella los Sacerdotes de
la M isión con el S r. P ortail, que fué com o el segundo
D irector de las H ijas de la Caridad, al frente. A unque
en la población no se con ocía a las Herm anas más
que de nom bre y por los rumores que, com o hem os
dicho, de Angers llegaban aí M aine, era, no obstante,
tal el entusiasm o que por ellas se sentía, que algunas
jóvenes, no teniendo paciencia para aguardar a ser ad­
mitidas entre ellas oficialm ente, se vistieron allí m ismo
el hábito gris de las Hermanas y trataron de imitar su
vida y sus funciones en el hospital. E ra una de ellas
la que despu¿s recibió el nombre de So r M aría Lullé,
alm a verdaderamente santa y “de una santidad, en e x ­
presión de San V icente, nada com ún* (1).
El Sr. Portail hubiera querido que Luisa de M ari­
llac se trasladara en persona a M ans para disponer la
fundación, lo que de seguro hubiera evitado el fraca­
so que al fin tuvo la em presa; pero nuestra V enerable
se excusó hum ildem ente, alegando “que sería horrible
presunción en ella pensar que para el establecim iento
de las Hermanas fuera necesaria su presencia en cual­
quier lugar a que el Señor las llam are, y m enos en el
que él (el Sr. Portail) se encontraba,, (2), y le envió el
4 de Mayo de 1646, de acuerdo con San V icente, cua­
tro H ijas de la Caridad para que con ellas tom ase p o ­
sesión del establecimiento» No había dejado de adver­
tirle la sierva de D ios, con el ejem plo de lo que ella
había hecho en Angers, la inconveniencia de que las
Hermanas entrasen en el hospital mientras no saliesen
de él las jóvenes o señoras llam adas hospitalarias que
al presente le regían; pero el bueno del Sr. Portail
creyó que una vez que las H ijas de la Caridad estu­
viesen en el establecim iento cedería cualquiera clase
de dificultades que pudiera sobrevenir y se apresuró a
darlas, de acuerdo con una parte de los adm inistrado­
res, la posesión del hospital. Su ced ió , sin em bargo,
lo que de tales apresuram ientos y falta de form alida­
des tenía que suceder: suscitáronse mil cuestiones en»
tre las autoridades del establecim iento, por haberse
puesto los unos de parte de las H ijas de la Caridad y
los otros de las H ospitalarias; y Luisa de M arillac, que,

(1) Confer. a u x F . d. I. Ch., t. II, p. 584.


(2) L. de M., t. III, p. 129.
com o San V icente, gustaba poco de tales violencias,
dio orden para que las Hermanas salieran de M ans,
dirigiéndose dos de ellas a Angers y volviendo las
otras dos a P arís.
O bjeto de duras pruebas, aunque al fin felizmente
superadas, fué tam bién la fundación del gran hospital
de Nantes, por la falta principalm ente de inteligencia
entre los administradores del hospital o Padres de los
pobres, com o de ordinario a los tales se les llam aba,
y algunos particulares apoyados por el señor obispo,
que nunca vio con buenos ojos la entrada en su dió­
cesis de las H ijas de las Caridad.
Esta oposición no se hizo, sin em baigo, manifiesta
hasta alguno o algunos años después de haber llegado
a Nantes las Herm anas, y esto com o hem os indicado,
no entre el puebio que siempre estuvo a favor de ellas,
sino sólo entre ciertos despechados elem entos, favore­
cid os indirectam ente por las autoridades eclesiásticas.
E n un principio, ni siquiera esta nota se destacó del
cuadro general que todo era buenos deseos, entusias­
m os o im paciencias por ver a las Herm anas. En París,
a su vez, atendida la solicitud sumamente lisonjera
que al efecto de poner el hospital en manos de las
H ijas de la Caridad hicieron los Padres de los pobres
a San V icente por M ayo de 1646 (1 ), ya no se trató
más que de nom brar las que habían de ir al nuevo esta­
blecim iento y de disponer el viaje. La escena en que

(1) En 1639 estaba ya pendiente en Nantes una funda­


ción de Hermanas; pero no parece que fuera para encargar­
se del hospital, sino con otros fines más modestos. El pro­
yecto, cualquiera que fuese, no cuajó, sin embargo. (Véase
L ettr.f t, I, p, 273.)
se ultimaron estos pormenores es de una luz tan sua­
ve y de un colorido tan encantador, que difícilm ente
podrá darse nada más herm oso. Resuelta Luisa de
M arillac a acom pañar las Hermanas hasta ponerlas en
posesión del hospital, se eligió por superiora a S o r
Isabel M artín, y habiéndola mandado llamar San V i­
cente al C onsejo de las Hermanas que había reunido,
hizo que tom ase asiento y le preguntó a modo de sa­
ludo: “Y bien, Hermana m ía, ¿qué móvil os ha trsído-
a nuestro humilde instituto?
— “E l de hacer la voluntad de D ios, Padre mío*
— “¡O h! ¿Q ué más podéis pedir?— volvió a decir el
santo, encantado de la respuesta y tornándose hacia
uno de sus sacerdotes, el S r. Almerás. Y dirigiéndose
de nuevo a la H erm ana:
— “Pues bien, hija mía, ¡D ios sea bendito! en que
el fin que aquí os ha traído no es otro que el de hacer
la voluntad de Dios. Casualmente andam os ahora co n
un asunto en el que se os ofrece buena ocasión para
ello; pues se trata de que vuestra com pañía se haga
cargo del hospital de una de las grandes ciudades del
reino, y la Providencia os ha escogido para que vayáis
a él de Hermana sirvien ta.„
So r Isabel no pudo menos de confesar su ineptitud
para puesto tan alto; pero San V icente, desentendién­
dose de las hum ildes protestas de la H erm ana, siguió
diciendo: “¡O h , sí, D ios sea bendito! M as ¿qué dare­
mos a So r Isabel para su viaje? Porque es justo que
todos le hagam os algún obsequio. V eam os: ¿qué vir­
tudes os parece bien que la demos?,, La primera de las
Hermanas del Consejo la dió el am or de D ios. La se­
gunda, la caridad, que sin pararse en el am or de D ios
se extiende tam bién al del prójim o, y de un m odo
particular al de los pobres, a quiénes ib a a asistir y”al
de las Herm anas que llevaba en su com pañía. La ter­
cera, le ofreció la humildad que tan im prescindible la
había de ser. La cuarta, la paciencia en los contra­
tiem pos que pudieran sobrevenirla. Y , por fin, la seño­
ra Le Gras le deseó un cariñoso soportam iento para
Con las otras H erm anas... San V icente, tomando en­
tonces la palabra, d ijo: “V ed ahí un sin cuento de ri­
quezas, hija m ía, de las que yo, a mi vez, os deseo ia
plenitud más colm ad a... S í, así se lo pido para vos a
su divina Majestad,, (1).
Era esto el 5 de Ju lio de 1646.
El 23 reunió el santo a sus hijas en una conferencia,
las habló más extensam ente sobre el objeto de la fun­
dación y terminó por decir los nom bres de las que ha­
bían sido destinadas a ella. Prim eram ente irían seis
con nuestra V enerable: después otras dos.
P or fin el 2 5 , víspera de la partida, fué la sierva de
, D ios a despedirse de nuestro santo, y entre las reco­
mendaciones que éste le hizo fué una la de escribir el
itinerario del viaje. Hay tal piedad en este relato, y
ha sabido juntar en él con tal acierto nuestra V ene­
rab le el hecho edificante a la pintura del pormenor
pintoresco y local de las gentes por donde pasaban,
que no es posible leerle sin interés y sin adm iración.
H ele aquí en sus principales líneas com o documento
histórico al par que com o dechado de toda alma pia­
dosa, y sobre todo de una H ija de la Caridad en sus
viajes:
“E l ju eves, 26 de Ju lio , tom am os el coche de Or-
leans, al que subim os nueve H erm anas: las seis de
Nantes, una de R ichelieu , S o r M argarita Noret y yo .
H icim os el viaje alegrem ente sin descuidar, a D ios
gracias, nuestras reglas.
“Al llegar a poblado, siem pre había alguna H erm a­
na que nos llamase la atención para que saludásemos
a los ángeles de guarda del lugar, pidiéndoles al mis­
mo tiem po que m ultiplicasen sus cuidados en favor de
los habitantes, a fin de que ellos a su vez les ayudasen
un día a glorificar al Señor eternam ente. Cuando pá-
sábam os delante de las iglesias hacíam os tam bién un.
acto de adoración al Santísim o Sacram ento y salu­
dábamos a los santos a cuyo nom bre estaban de­
dicadas.
“En los lugares de mesón o fonda, algunas de las
Hermanas iban a la iglesia a dar gracias al cielo por
la protección que hasta entonces el Señor nos había
dispensado, cuidándose al mismo tiem po de im plorar
su asistencia para lo futuro y su bendición para hacer
en todo su divina voluntad. Después se encam inaban
a ver a algún enfermo en el hospital si le había y si no
a las casas particulares, y esto a nombre de todo el
instituto para no dejar de ofrecer al Señor un solo día
en la persona de ios pobres, y en cuanto nos era dado,
nuestros servicios.
. “De Orleans pasam os a M ehun, luego a T ours, y
desde Tours a Saum ur, en cuya iglesia de Nuestra S e ­
ñora hicim os nuestras devociones, siguiendo después
felizmente nuestro viaje.
“En P or-d e-C e, donde llegam os muy tarde, tuvimos
el honor de ser echadas de la hostería por no haber
consentido en que nos mataran unos pollos, lo que
nos hubiera puesto en peligro de com er de ellos en
viernes; pero al salir de esta casa, de tan grato recuer-
do, dimos con la m ujer de un cirujano, de muy bue^
na posición, la cual nos acogió benignam ente.
"Continuam os nuestro viaje por agua hasta Angers,
donde nuestras Herm anas tuvieron la satisfacción de
vernos en su com pañía desde el viernes en que lleg a­
mos hasta el lunes en que volvim os a ponernos en
m archa, llegando a Nantes el 8 de Agosto a las dos o
las tres de la tarde. Toda la ciudad esperaba con im­
paciencia nuestro arribo; así que nos vimos y nos de­
seam os para salir de entre tanta gente e ir a la iglesia
de las Ursulinas, que era la más próxim a, a adorar a
Nuestro Señor y ofrecernos de nuevo a El para hacer
en todo su beneplácito. Inm ediatam ente, m uchas se ­
ñoras de la población nos vinieron a ver a la misma
iglesia y nos llevaron al hospital.
"A quí Dios nos hizo la gracia de que por más liber­
tad que los administradores nos dieran para obrar
com o bien nos pareciese, jam ás pusimos mano en nada
sin antes consultárselo a ellos y obtener su aprobación.
"No hubo señora de las m uchas y muy considera­
das que hay aquí, en la ciudad o en los alrededores
que dejase de visitarnos. Tan viva era el ansia que to ­
das tenían de vernos. Tam bién nos pasaron visita no
pocos superiores de las Ordenes reform adas. Y de las
religiosas que no podían h acerlo, muchas se em peña­
ron con algunas señoras para que nos llevasen a sus
conventos, a fin de ver a las Hermanas y el hábito que
vestían.
“Desde el día siguiente ya todas las Hermanas se
pusieron con gran em peño a limpiar y poner en orden
la sala de las m ujeres, que era la que en peores condi­
ciones estaba; y a poco todo había cam biado de tal
manera que la gente, hasta por gusto, venía al hospital
cuando antes apenas había quien pusiese en él los
pies. A las com idas, sobre todo de ios pobres, concu­
rría tanta gente que con dificultad podía uno llegarse
a las mesas ni a las cam as de los enferm os.
“Reflexionando ahora sobre el modo con que eí S e ­
ñor ha querido que se haga este establecim iento, veo
claro y con toda verdad que É l es el que lo ha hecho
tod o, hasta el punto de que en lo que yo tenía que in ­
tervenir parecíam e, sin saber cóm o, que no hacía
otra cosa que lo que me hacían hacer. Sin esta gracia
creo que hubiera com etido m uchas más faltas de las
que he com etido, aunque confieso no ser pocas.
“Disponiéndom e, tres o cuatro días después de h e ­
cho el contrato, a dar la vuelta, todas las Hermanas
me aseguraron que su mayor deseo era cum plir cada
una lo m ejor que pudiese con sus obligaciones, pro­
testa que me volvieron a hacer en el m om ento de par­
tir y que me consoló en gran m añera„ ( 1 ).
A todo esto, y mientras que iba tom ando estas n o­
tas, no dejaba nuestra V enerable de escribir a San
V icen te, conform e se la iba ofreciendo ocasión , y de
ponerle al tanto de su viaje; pero extraviados unos
pliegos y retrasados otros, ni el destinatario ni las H i­
ja s y Señoras de la Caridad sabían qué pensar de tan
prolongado silen cio. Así es que, tem eroso e im pacien­
te el santo, escribió a nuestra V enerable: “Sem ana y
media hace que salisteis de aquí y todavía no hem os
tenido nueva ninguna de vuestra parte. T od o el mun­
do desea saber de vos y no sé qué decir a los que me
preguntan, pues yo mismo estoy en pena, etc.,, (2 ).

(1) L. de M., t. III, pp. 177-192.


(2) L ettr., t. I, p. 544.
Y diez días después: “Esta es la fecha en que aun e s­
toy por recibir la primera línea de vuestra m a n o ... No
os apenéis, sin em bargo; antes haced de suerte que
yo pueda salir pronto del apuro en que me encuentro
a causa de las Señoras del hospital, que no sabéis la
guerra que me están dando, sobre todo la señora de
Nesm ont, por haberos dejado partir. Creo, sin em bar­
g o , que si volvéis con salud, com o de la divina bon ­
dad espero, pronto harem os las paces* ( 1 ).
Con estas ultimas líneas recibió nuestra Venerable
una posdata en que el santo la com unicaba haber re­
cibido ya su correspondencia; con todo, resentida en
su humildad por tantas muestras de aprecio y de inte­
rés com o hacia su persona contenían las cartas arriba
citadas de San V icente, cogió de nuevo la pluma y
escribió a su director: “Creo que las Señoras del hos­
pital habrán ya depuesto todo motivo de queja contra
mí al ver que no había dejado de escribirlas. M e hago
cruces de tanta pena, viendo cuán lejo s estoy de m e­
recer que se tom en ninguna por mí. Y D ios, que sabe
ser así verdad, ¿cóm o es que sufre tal cosa? Sin duda
que para hum illarm e. Estoy tam bién algo picada con
vuestra caridad por la honra que aquí se nos hace. P or
D ios, señor, no engañéis respecto de mí a nadie. Se
me tom a por una gran señora, ¿qué os parece? ¡O h !,
que un día seré objeto de gran confusión por esta cau ­
sa y tendré que pagarlo en el purgatorio* ( 2).
D e vuelta a París mandó nuestra Venerable a N an­
tes las dos Herm anas que debían com pletar el núm e­
ro de las exigidas por el tratado de fundación; y con

(1) Lettr., 1 . 1 , p. 548.


(2) L . de M., t. III, p 168.
este motivo recom endó a todas de nuevo el cum pli­
m iento de sus obligaciones, la caridad y soportam ien­
to mutuos, y la perseverancia, “última flor, les decía,,
de nuestra corona,, ( 1).
P or cierto que, com o arriba indicam os, bien nece­
sitaban y , sobre todo, bien pronto iban a necesitar de
tales alientos las pobres Hermanas del M aine. Nantes
fué el Calvario de las fundaciones de H ijas de la Cari­
dad que se llevaron a cabo en vida de nuestra V en e­
rable. La persecución y las quejas que contra ella se
alzaron eran, por lo dem ás, en extrem o naturales. Al
ir al hospital las Hermanas habían tenido que hacerse
sitio alejando de él a otras personas; y nadie, por re­
gía general, cede su puesto a otro sin murmullos y
proíest&s. He aquí al pie de la letra lo que sucedió en
Nantes y lo que ya en un principio tem ía que sucedie­
se Luisa de M arillac. La tempestad fué, sin em bargo,
más ruda de lo que nunca se pudo suponer, y los es­
tragos que hizo, bien que en sus reducidos lím ites de
trastorno y ansiedad, mayores de lo debido por la
desunión y tibieza a que las Hermanas se dejaron lle­
var. No pudiendo ir nuestra Venerable en alivio de
tanta contradicción, envió, de acuerdo con San V icen­
te y para visitar la casa, a S o r Juana Lepintre, una de
de las Hermanas de su mayor aprecio; y después de
la visita la dió orden para que se quedara en ella de
superiora en sustitución de So r Isabel, con quien no se
llevaban bien las demás H erm anas,
E l remedio no fué, con tod o, eficaz, ni con él se
consiguió ver despejado el horizonte. La paz vendria,
sí, y vino en efecto, pero después de mucho tiem po y
de m uchos trabajos. V éase, viniendo ya al particular-
de las causas de tanta inquietud y de los sufrimientos
que pesaban sobre aquellas pobres Hermanas, la si­
guiente carta de San V icente a Luisa de M arillac, re­
lacionada con la visita que, por Abril de 1649, había
tenido ocasión de hacerlas:
"N antes, 28 de Abril de 1649,
“Señorita: Heme aquí en esta ciudad, donde ya
llevo diez días y de donde espero salir m añana, D ios
mediante, para Lugon, He hallado a nuestras pobres
H ijas de la Caridad acabando de salir de un ruda per­
secución. S e les hace un sin fin de cargos, sobre todo
el de que se apropian los bienes de los pobres. Los
tres sacerdotes que hay en la casa son los que, por
medio del S r. Valton de Lafosse, marido de aquella
mujer a quien Sor Juana de Saint-A lbin había dado
con unas palabras motivo de resentim iento, y P adre,
el año pasado, de los pobres, les han movido esta
guerra. Al salir dicho Sr. Valton de su cargo, fué a dar
las gracias a los señores del Ayuntam iento, y Ies dijo
que en el hospital todo iría a pedir de boca a no ser
por las H ijas de la Caridad, que no sólo ignoraban sus
obligaciones, sino que, a costa del hospital, y esto era
peor, estaban haciendo su negocio; que las mandasen
de nuevo a París y que él se obligaba a costearlas el
viaje. El Ayuntamiento citó a los m iembros del C apí­
tulo y a los del Presidial para una ju nta, en que los
tres cuerpos deliberasen sobre la acusación y determ i­
nasen lo que, con arreglo a ju sticia, conviniera sobre
echar o retener a las Herm anas. Verificóse la junta;
pero, a D ios gracias, los actuales Padres de los pobres
hicieron ver con tal evidencia la falsedad de la acusa­
ción, que la Asam blea nom bró al señor deán para que
ílíese a ver a las Hermanas y las hiciese saber, para su
con su elo, que ningún cargo se había probado contra
-ellas.
“Nada de esto, sin em bargo, hizo perder el ánimo a
lo s acusadores, antes bien, dos o tres días después,
cuando ya estaba de vuelta el señor obispo, fueron a
verle, y es para alabar a Dios las cosas que le dijeron
4 e nuestras Herm anas, tanto que, según hoy se me ha
dicho, su ilustrísima, que jam ás estuvo a bien con la
íundación, quiere avocar así el conocim iento de todas
Jas inculpaciones que se las hace. Antes de esto, me
había yo tom ado la libertad de ir tam bién a verle, y
le dije que habiendo pasado visita a estas buenas H er­
m anas del hospital, había, sí, hallado en ellas no po­
ca s faltas que corregir, pero que, por la gracia de
D ios, se hallaban inocentes de los cargos que se las
h acía; a lo cual me respondió él que, en efecto, eran
buenas Herm anas, y esto con mucha cortesanía.
“Al presente, no sé qué hacer si ir a hablarle más
largam ente del asunto; mas com o creo que por más
que le diga no se ha de apear de la resolución que ha
tom ado de conocer por sí mismo la causa, ni he de
conseguir quitarle la aversión que siente hacia esta
obra, por estas y otras razones particulares de que en
otra ocasión os hablaré, me inclino a dar por hecho
que sería inconveniente el repetir mi visita, etc.,, ( 1 ).
Con los consejos y disposiciones del santo volvie­
ron las Herm anas al recto cam ino de la observancia
regular y se desvanecieron no pocos de los prejuicios
que por todos lados, las asediaban; pero no tardó en
levantar de nuevo cabeza y recrudecerse la persecu-
ción (1 ). En 1653 hubo que cam biar a algunas de las1
Hermanas (2 ), y tres años después, por M arzo, aun se
lam entaba nuestra V enerable de la cruz que pesaba
sobre la casa de Nantes, proponiendo a San V icente y
al Consejo de las Hermanas hacer en París una nove­
na a Nuestra Señora de Loreto, al efecto de obtener­
las del Señor la paz y el térm ino de tan dura y prolon­
gada tribulación. No desoyó esta vez el Señor las ora­
ciones de su sierva, y unos meses después se com pla­
cía en hacer constar San V icente que “al fin los perse­
guidores se habían visto obligados a reconocer la sen­
cillez de aquellas buenas Hermanas,, (3 ), añadiendo
que el bien que hacían era tal que, sin faltar a la hu­
mildad, no se atrevía a hablar de él.
La tormenta había sido pertinaz, pero la bonanza
que se siguió no fué m enos duradera.

§ IIL—Establecimientos de Chars, Montreuil, Cer-


queux, Chantilly, Crespiéres, Maulé y Valpai-
seau.

Chars (4) ofrece una nota muy particular y caracte­


rística en la historia de los establecim ientos de las H i­
jas de la Caridad. Fundado en 1647 o poco antes (5 )
para la educación de las niñas y asistencia a dom ici­
lio y en el hospital (?) de los enferm os, gozaban ías-

(1) L. de M., t IV, p. 52.


(2) Suppt., pp, 310 y 311.
(3) Av. et Confer., p. 201.
(4) Chars, aldea del departamento Seine-et-Oise.
(5) L. de M,, t. III, p. 246.
H erm anas de una paz tranquila y envidiable (1) ocu ­
padas en los ministerios de su v ocación , cuando uno
de los Padres del O ratorio francés, congregación que,
com o es sabido, cayó de lleno en los errores jansenis­
tas, de acuerdo con el párroco de la ciudad, partida­
rio tam bién de las mismas ideas, se hizo cargo de su
dirección, comenzando a ponerlas tropiezos y dificul­
tades en el cumplimiento de sus reglas y em peñándo­
se por desviarlas del espíritu y carácter de su instituto.
Fué tanta la turbación en que las puso “con sus m áxi­
mas de conciencia y con la norma a que quería que
amoldasen sus ejercicios de comunidad,, (2), que al fin,
después de contem placiones y delicadezas sin núm ero,
no hubo más rem edio que levantar en 1657 la casa.
“Ayer, escribía Luisa de M arillac a la superiora de
R ichelieu , con fecha 27 de Ju n io de 1647, partieron
S o r Ana Hardemont y So r M aría Lullé para M on-
treuil (3 ), lugar en que ya ha tiem po nos esperaba el
conde de Lannoy„ (4), Eí objeto de la nueva funda­
ción era ir en auxilio de los pobres vergonzantes de la
villa y de los niños pobres (5) desprovistos, cóm o su­
cedía entonces en la mayor parte de los pueblos» de
toda instrucción. Realzado el valer de am bas H erm a­
nas, que a la verdad era grande y extraordinario, con
los avisos de San V icente y con las instrucciones de
Luisa de M arillac, supieron llenar tan a gusto de to-

(1) Suppl., p. 357.


(2) Ibid.
(3) Montreuil-sur-rner, cabeza de distrito del departa­
mento Pas-de-Calais.
(4) L . de M., t. III, p. 221.
(5) Suppl., p. 297.
•dos, especialm ente del fundador, su com etido, que ya
•el 3 0 de Ju lio escribía a una de sus hijas nuestra V e­
nerable: “Las Herm anas de M ontreuil están haciendo
por la gracia de D ios m aravillas. E l conde no sabe
cóm o dar a entender su satisfacción» (1 ). Y hasta tal
punto fueron creciendo las sim patías y los aplausos de
los buenos montrelleses para con las Herm anas, que la
señora Le Gras se creyó en la obligación de prevenir
a sus hijas contra la vana com placencia y el orgullo.
“En nom bre de D ios, mis queridas H erm anas, no o l­
vidéis, os lo ruego, con los aplausos y satisfacción que
vuestro ministerio os proporciona entre esas gentes, la
fidelidad que debéis a Dios y el cuidado que estáis
obligadas a poner en vuestro adelantam iento hacien ­
do todas vuestras acciones con pureza de intención y
deseo de seguir los ejem plos de Jesú s crucificado, en
cuyo am or soy, etc.„ (2 ).
Nos faltan datos para asentar si siguieron o prece­
dieron a la fundación de M ontreuil las de Cerqueux,
Chantilly, Crespiéres y M aulé, sabiendo únicamente,
respecto de las dos últimas, que debieron tener prin­
cipio antes del 13 de M ayo de 1648, fecha en que
Luisa de M arillac anunciaba a San V icente el envío
de una Hermana a cadk uno de dichos lugares (3). La
de Chantilly (4) fué obra de Condé, quien no paró
hasta encom endar los enfermos de sus dom inios chan-
lillenses al cuidado de las H ijas de la Caridad.

(1) L. de M., t. III, p. 230.


(2) Ibid., p. 270.
(3) Ibid., p. 268.
(4) Chantilly, hermosa villa del departamento del Oise,
a 40 kil. N. de París.
“Faltos de simiente con que sem brar sus tierras los
habitantes de Valpuiseau ( I ) , escribe uno de los his­
toriadores de San V icente, se la proporcionó el santo,
distribuyendo, adem ás, entre algunos de ellos dinero,
vestidos y útiles de labranza. Para dar trabajo a los
pobres, les em pleó en abrir fosas que no eran necesa­
rias; y con objeto de herir lo m enos posible el p u d o r,.
si así podemos decir, de la pobreza en aquellos infeli­
ces labradores, les com pró algunas tierras por el do-
b le de Jo que valían. Llam ó tam bién en su auxilio a
las H ijas de la Caridad, y por diez años las mantuvo
a sus expensas en la población para que prodigasen
sus cuidados a los habitantes,, (2).
Bastaba a San V icente la incom parable ternura de
su corazón para ejercer tan herm osos actos de caridad;
pero en este caso habia, adem ás, por m edio otro m o­
tivo y era la comunidad de intereses en que se halla­
ba con los de Valpuiseau desde el m om ento en que
la presidenta de Herse había tenido a bien cederle la
finca de Fréneville, situada en aquellos térm inos. A
esta circunstancia no menos que al origen de la fun­
dación alude nuestra V enerable, cuando escribiendo a
las Herm anas del lugar las decía: “A cordaos que si en.
alguna parte están obligadas las H ijas de la Caridad a
dar buen ejem plo y a ser afables y cariñosas, es en el
que vosotras os encontráis, por las obligaciones, ma­
yores que a ningún otro después de D ios, que tene­
mos a nuestro muy estimado P ad re, el S r. Vicente,.

( í) Valpuiseau. o Val-de Puisseaux, aldea próxima a


Etampes, en el departamento Seine et Oise a unos 50 kiló­
metros de Versalles.
(2) Mayn., t. IV, p. 30.
quien con toda seguridad se molestaría si os portaseis
de otro raodo„ (1 ). Pero el cariño que las Hermanas
tenían a su buen Padre, no necesitaba ciertam ente de
estímulo; y no fué pequeña dicha para las de Valpui­
seau haberle tenido por cosa de un mes, al estallar la
guerra de la Fronda en 1649, cerca de sí, haciéndole
participante de su frugal alim entación. Con este m o­
tivo el agradecido corazón de San V icente escribía a
Luisa de M arillac: “Nuestras caras Hermanas me pa­
recen más unidas cada día y más amantes de su voca­
ción. No dejan nada que desear en el cum plim iento
de sus deberes. N os dan pan bazo del que ellas co­
m en, en recom pensa de lo cual nosotros las darem os
trigo. Tam bién nos envían patatas que las dan a ellas
las buenas gentes de la p ob lación , etc.„ (2).
En 1651, recrudecida la guerra y aumentando por
todas partes la miseria y las enferm edades, dos de las
Herm anas de Valpuiseau fueron a prestar sus servicios
a Etam pes, donde realizaron verdaderos prodigios;
pero la caridad y la abnegación de que hicieron alar­
de las Herm anas en la guerra de la Fronda m erece
capítulo aparte, y en él tendrá cabida y no obscura el
episodio a que aludimos en las anteriores líneas. La
otra Hermana que quedó sola, So r M aría, procuró di­
vidirse y atender solícita a todas las necesidades de
Valpuiseau, “empleando todas sus fuerzas y sus mo­
m entos, com o nos dice San V icente, en el alivio y
consuelo del prójim o» (3 ).

( i) L . de 1 111, p. 287.
(a) Lettr., t. II, p. 148.— Véase también la carta de 10
de Febrero de 1650. (Ibíd., p. 216.)
(3 ) Suppl., p. 88.
§ IV . — Otros nuevos establecimientos: Hennebont,
Chalons, Varize, María del Monte, Bernay,
Arras.

P o r los anos de 1650 había en H ennebont, pintores­


ca villa de la B aja Bretaña y puerto de mar, un sacer­
dote todo celo y am or a los pobres: el bueno del se­
ñor Eudo, com o le llam aba San V icente (1 ). Sin cora­
zón para ver el abandono y miseria en que al enfer­
marse yacían las clases necesitadas y trabajadoras de
la población, levantó por su propia cuenta un hospi­
tal; y queriendo encargar su gobierno a personas que
participasen y estuviesen animadas de su propio espí­
ritu de dulzura y com pasión, se dirigió a nuestra V e­
nerable o quizá' a San V icente en demanda de tres o
cuatro H ijas de la Caridad. Aunque desatendiendo
probablem ente otras peticiones, se apresuró nuestra
Venerable a responder al llam am iento que de tan b u e­
na parte la venía y mandó provisionalm ente a H enne­
bont dos H erm anas: S o r Ana Hardemont y So r G eno­
veva (últim os de 1650 o primeros de 1651). Con los
antecedentes que sabem os del hospital y con un d irec­
tor tan bueno y tan entendido com o el S r, Eudo, la
fundación no podía m enos de tener buenos resultados.
Las Herm anas fueron, en efecto, obsequiosam ente
acogidas por la población, y la conducta del señor
Eudo para con ellas fué más bien de padre am oroso
que de director y de guía. Contentas y alegres procu­
raban suplir con sus esfuerzos y diligencia la escasez
de su núm ero; pero lo excesivo del trabajo pudo más
que sus ánim os, y una de ellas, So r Genoveva, su­
cum bió y cayó en cam a. La situación en que con
esto quedaba la otra Hermana era verdaderamente
crítica. S i juntas las dos apenas podían llenar las
atenciones del hospital, ¿cóm o al presente iba a poder
conseguirlo una sola, recargada además con los parti­
culares cuidados que la enferma requería? So r Ana,
sin em bargo, no desmayó y se dispuso a llevar ade­
lante la carga del hospital; pero com prendiendo que
sus fuerzas con aquel excesivo trabajo tenían tam bién
por necesidad que resentirse y ceder, tomó la pluma y
se dirigió a San V icente, pidiéndole en una carta, que
es una joya y que com o tal ha llegado a nosotros in­
corporada al relato de la vida de San Vicente por A be-
lly, el auxilio de alguna otra Hermana (1).
“Señor— le decía— , el trabajo nos agobia, y sin
duda pronto sucum birem os si no nos viene socorro.
O s escribo estas cuatro líneas en medio de la noche y
mientras estoy velando a nuestros pobres enfermos,
pues no tengo lugar para hacerlo de día, y aun al es­
cribir ésta tengo que pararme a cada mom ento para
ayudar a bien morir a dos agonizantes que hay. Acér-
com e a uno y le digo: “Hermano m ío, eleve usted el
corazón a D ios y pídale m isericordia„; vuelvo a escri­
bir dos o tres renglones, y en seguida voy a ver al otro
para decirle al oído: “Jesú s, M aría, Dios m ío, espero

( i) Abelly no dice determinadamente que dicha carta


fuera de Sor Ana; pero cotejándola, a la luz de su relación,
con la historia de los hospitales de las Hijas de la Caridad
en aquellos tiempos, se ve que no puede convenir más que
al de Hennebont en la época a que nos referimos en el
texto.
en v os„, y luego vuelvo a escribir. Y así estoy yendo*
y vieniendo y escribiendo a retazos y con la im agina­
ción dividida. Pero todo se reduce a pediros humil­
demente que tengáis a bien enviarnos otra Hermana,,
etcétera„ (1).
“Admiró V icente en estas líneas— sigue diciendo
A belly— el talento de la hermana para pintar con tan.
natural elocuencia la gran necesidad que tenía de ayu­
da y el modo de persuadirle a que se la enviara* (2).
Ni se detuvo el santo en la adm iración, sino que, de
acuerdo con el Consejo de las herm anas, hizo que sin
pérdida de tiempo ni reparar en los inconvenientes
que de ir sola podía ofrecer el v iaje, se pusiese una
de ellas en cam ino ('mediados de M ayo de 1651) (3 ).
Dos meses después caían enfermas la Hermana que
últimamente había llegado al hospital y la propia S o r
Ana; pero el mal parece que no fué de gravedad y
pronto se hallaron en disposición de seguir ofreciendo
sus servicios y cuidados a los pobres enferm os (4 ).
Por causas que no han llegado hasta nosotros, r e ­
lacionadas quizá con su salud, So r Ana Hardem ont
permaneció poco en su anterior residencia, pues en
1653 la vem os ya en Chálons, donde por instancias dél
señor obispo habían tenido que encargarse del hospi­
tal las Herm anas (5).

(1) Ab., t. II, p. 455; Fr, Juan dei Santísimo Sacramento;


Vida de San Vicente de Paúl (Madrid, 1884), p. 216,
(2) V . la cita anterior.
(3) V. Suppi., p. 322, y L. de M., t. IV, p. 30, que t.ae
equivocadamente la fecha.
( 4 ) L ettr., t. II, p. 347.
( 5) L. de M., t. IV, p, 91.
De la fundación de Variza, que parece haber tenido
lugar a primeros de 1653, sólo ha llegado a nos­
otro s una carta de Luisa de M arillac a las Hermanas
>que habían ido a establecerla. “Yo creo, hijas mías—
las decía— , que tendréis gran cuidado, no sólo de los
.pobres enferm os, sino tam bién de las niñas, instruyén­
dolas en la fe y en los medios de vivir com o buenas
cristianas, ya que esto es lo que Dios exige de vos-
otras» (1).
Las Hermanas Claudia Chantreau e Isabel de Angers
se dirigieron tam bién a últimos de 1654 o primeros de
Enero de 1655 a otra fundación: Santa M aría del M on­
te, sita “a quince o diez y seis leguas de Caen„ (2).
La enfermedad y muerte de So r Claudia a poco de
llegar a su destino, en 1656, dió ocasión a nuestra V e­
nerable para levantar un poco el velo de las virtudes
que adornaban a aquellas buenas Hermanas, de las
que escribiendo a la superiora de Angers hace este en­
carecid o elogio: “Nuestro S eñ o r— decía — ha tenido
a bien disponer de So r Claudia Chantreau, que ser­
vía a los pobres en las tierras de la duquesa de Ven-
tadour.
“¡O h , hijas m ías, qué olor de santidad el que con la
práctica de sus virtudes nos ha dejado! La Hermana
que estaba en su com pañía no sabe cóm o ponderar el
consuelo que aquélla la proporcionaba. Estas pobres
Hermanas son un verdadero dechado de fidelidad ha­
cia Nuestro Señor. S e hallan en una alquería adonde
no va ningún propio, tanto que en ocasiones están
tres meses sin saber palote de nosotras, por perderse

(1) L. de M., t. IV, p. 73.


(2) Ibid., t. IV, p. 119.
frecuentem ente las cartas,y , no obstante, viven tan ale­
gres com o si estuvieran en París,, (1).
Parecidos encom ios arrancaban tam bién a nuestra
V enerable y a San V icente las H ijas de la Caridad de
Bernay y de Arras con su buen com portam iento y fiel
observancia. En Bernay (2 ), población de la antigua
Norm andía, no sólo levantaron una escuela por los
años de 1654 o 1655, sino que p oco 'd esp u és, con la
ayuda de las Señoras de la Caridad, lograron construir
tam bién un hospital para asilo de los pobres enferm os,
a quienes primeramente iban a visitar a sus casas (3 ).
La fundación de Arras no fué propiam ente tal en un
principio. Las Hermanas fueron llamadas a aquella
capital, no para fijarse en ella de un modo permanente,
sino para organizar el socorro de los pobres y de los
enfermos estableciendo Caridades y permitiendo que
algunas señoras y señoritas de la población se incor­
poraran a ellas en el ejercicio de sus funciones y se
impusiesen en las nuevas formas y m étodos de bene­
ficencia derivados de San Vicente y de Luisa de M a­
rillac. “S e os llama a Arras— decía San V icente a sus
hijas— para un aílo, para m edio, quizá para siem ­
pre» (4 ). Los trastornos civiles iniciados con la Fron ­
da y las guerras de España con F ran cia, posteriores
a dicho movim iento y relacionadas con él, habían
trabajado y saqueado ei país de tal suerte, que se ha-
cía necesario, no sólo m ucha, sino bien ordenada ca-

(1) L . de M , t. IV, p. 194.


(2) Bernay, hoy cabeza de distrito del Eure, al NO. y a
unos 48 kilómetros de Evreux.
(3) L. de M., t. IV , pp. 118, 169, 237 y 291.
(4) Confer. aux F. d. 1. Ch., t II, p. 189.
ridad. Y para ello, ¿quiénes más a propósito que las
H ijas de esta virtud, de las cuales tantas m aravillas se
contaban? E l pueblo, los nobles, las autoridades civ i­
les y religiosas, todos las solicitaron y a todos quería
San V icente que al en traren Arras se presentaran, a
unos para darles las gracias por su benevolencia y a
otros para pedirles la bendición (1).
Dos fueron las Hermanas destinadas a la nueva mi­
sión : So r Margarita Chetif, sucesora de nuestra V ene­
rable en el cargo de superiora general del instituto, y
S o r Radegunda Lenfentin. Recibieron los últimos con ­
sejos de San V icente y las postreras recom endaciones
de su buena M adre, y se pusieron en cam ino para la
"piadosa y en extremo caritativa (2)„ capital del Ar-
tois en Septiem bre de 1656. Como de ordinario, su­
pieron llenar tan cumplidamente las Hermanas los de:
seos de la población e imprimir tan acertado impulso
al funcionamiento de las obras de caridad que no ha­
bía quien no se hiciese lenguas de ellas. “A labo a
D ios, escribía con este motivo San Vicente el 18 de
Febrero de 1657 a un sacerdote de su congregación,
el Sr. D elville, que es quien más se había interesado
en el asunto, del buen estado de la Caridad de Ar­
r a s ...; y nuestro gozo no tiene lím ites al ver cóm o las
Herm anas con su solícito cuidado de los enferm os y
con su puntual observancia de las prácticas de su hu­
milde com pañía tienen edificada a la ciudad y atraen
las bendiciones de D ios sobre sus em pleos* (3).
Así se cumplían los votos que ansiadam ente había
dirigido al Señor nuestra Venerable (4).
§ V ,— Ultimas fundaciones de nuestra Venerable en
las provincias de Francia: Chaieaudun, Saint-Flour>
Ussel, Santa Regina, Cahors, Vaux y Narbona.

No sabem os a punto fijo la fecha en que las H ijas


de ía Caridad tom aron posesión del hospital de Cha-
teaudun (1). De seguro estaban ya en él por Ju lio de
1656. Tam poco son gran cosa las noticias que de sus
anales han llegado hasta nosotros; sin em bargo, los
ejem plos de virtud y los recuerdos dé una de sus su ­
perioras, So r Bárbara E ugibon, a quien ya con oce­
m os, son y serán siempre una de las páginas más her­
mosas de tales fundaciones. Fu é S o r Bábara una de
las cuatro primeras H ijas de la Caridad a quienes San
Vicente permitió profesar o hacer los santos votos en
la naciente congregación. Alma sencilla, pero de vo­
luntad enérgica y de grandes deseos, se identificó de
tal suerte con las miras y propósitos que San Vicente
y Luisa de M arillac abrigaban en la form ación de su
instituto qu e,sin hipérbole, puede considerársela com o
verdadero tipo de la H ija de la Caridad. La humildad
constituía con la sencillez el fondo de su alm a. “Cuan­
do me escribía, dice nuestra V enerable, solía firmarse
de ordinario La Orgullosa por el ansia que tenía de ad­
quirir la virtud de la humildad en que trabajó sin des­
canso,, (2). Así que todas las Herm anas la querían con
pasión. Apenas hubo ministerio de la com pañía en
que no fuese ocupada por los superiores, m anejándose

( 1) Chateaudun, cabera de distrito con aires de ciudad


del departamento Eure et-Loir.
(2) Confér. aux F. d. 1. Ch., t. II, p, 597.
«n todos ellos y desempeñándoles todos con singular
acierto . U ltim am ente, a fines de 1656, o principios de
1657, fué hecha Hermana sirvienta de Chateaudun, y
“tantas fueron las virtudes que allí practicó que ni
ocho m anos de papel, decían las otras Hermanas de
hospital a la n u n cia r su muerte a los superiores, basta­
rían a dar una idea de ellas,, (1). “Soportaba con gran
■dulzura, dice tam bién nuestra V enerable, a las Her­
manas que estaban en su com pañía; y com o una de
ellas, que le había dado no poco que sufrir, recono­
cida su falta, hubiese ido a pedirla perdón al pie de
la cama en que se encontraba ya enferma del mal que
la llevó al sepulcro, la dijo: ¿No es verdad, Hermana
m ía, que así tenía que suceder? Queriendo decir que
con la paciencia era casi im posible no ganar a aquellos
que ofuscados se han dejado arrastrar a algún exceso
contra nosotros,, (2).
— “Q ué, nos dice, hija mía— preguntó tam bién San
Vicente a una de las H ijas de la Caridad que acababan
de llegar de Chateaudun y que asistían a la conferen­
cia sobre las virtudes de la finada— , ¿era fiel S o r B ár­
bara al cum plim iento de sus reglas?
— "¡O h ! sí, Padre m ío— respondió la aludida— ; ja^
más advertí en ella una sola falta. Enferma com o está­
b a l o había día que no se levantara a las cu a tro ... Y
en la ciudad era tal el concepto que todos tenían de su
virtud que “si el volverla a la vida, decían, fuese cosa
de dinero, no había más que hablar, aunque se tra­
tase de m ontones de oro,,. La resignación con que su­
frió su última enfermedad fué adm irable, recom en-

(1) Confér. aux F. d, 1. Ch., t, II, p. 598.


(2) Ibid.
dándonos con instancia que siempre estuviésemos es­
trechamente unidas, y diciéndonos que en el cielo
pediría esta gracia a Dios para todas las Hermanas.
Alentábanos también a no perdonar trabajo alguno
en el servicio de los pobres y a no tener miedo a las
enfermedades. Hace veinte años, nos decía, que estoy
en la compañía, y, a Dios gracias, ni sé lo que es una
incomodidad. Antes de morir llamó a los pobres niños
del hospital y les exhortó una vez más a cumplir bien
con sus obligaciones y a vivir como buenos cristianos.
“Profesaba un amor tan grande al Santísimo Sacra­
mento, que no pudiendo recibirle rogó que se le tra­
jesen para adorarle, lo que hizo con muestras de tan
particular devoción y alegría, que hasta en el rostro
se la echaba de ver.
— “Padre mío— dijo después otra de las Hermanas
de Chateaudun— , el día que murió todo el pueblo vino
a verla y a echarla agua bendita. En expirando quedó
tan hermosa que algunos preguntaban si la habíamos
puesto arrebol. A su entierro acudió inmensa multitud
de gente, entre otros, todos los señores y comisarios,
siendo tal la veneración con que la miraban que ha­
cían tocar los rosarios a su cuerpo.
— “¿Qué, hermana mía, hasta tocaban a su cuerpo
los rosarios?
— “S í, Padre mío.
— “Ea, pues, ¡bendito sea Dios! Hijas mías. Démos­
le gracias por haber tenido a bien consolarnos con la
relación de tan edificantes ejemplos, y pidámosle la
gracia de saberles imitar,, ( 1 ).
No distaba mucho de tales alturas otra Hija de
la Caridad* quizá la superiora, de la casa de Saint-
Flour (1), de quien admirada decía nuestra Venera­
ble: “¡Oh, cuánto bien habría hecho y haría si ocupa­
se mi lugar! „ ( 2 ).
La fundación de Saint-Flour existía ya en Junio
de 1657,
De 1657 parece datar también el humilde hospital de
Ussel (3), fundación de la duquesa de Ventadour (4).
El hospital de Santa Regina, “centro de tantas obras
de misericordia», como de él escribía el primer bió­
grafo de San Vicente (5), fué en gran parte obra del
fundador de las Hijas de la Caridad. “Las peregrina­
ciones al sepulcro de aquella virgen y mártir y una
fuente de aguas termales atraían a aquel lugar innu­
merable multitud de gente. Cierta persona rica de P a­
rís tuvo la buena ide3 de construir allí un hospital;
se aconsejó, al efecto, de San Vicente, y éste, no sólo
la procuró el apoyo de la reina, Ana de Austria, y
de las Señoras de la Caridad, sino que hasta se ofreció
a poner en él a sus propias hijas para el servicio de
los pobres» ( 6 ). Tal fué el origen de esta nueva funda­
ción.
Cahors, Vaux y Narbona fueron indudablemente las
últimas casas de su congregación que en esta vida vió

(1 ) Saint-Flour, cabeza de distrito del departam ento


Cantal.
(2) L . de M., t IV, p. 212.
(3) Ussel, antiguamente capital d*;l ducado de su nom ­
bre, hoy cabeza de d istritj de Corr&ze.
(4 ) Süppl., p. 363.
(5) Ab., t II, p. 4 64
(6 ) Ibid., t. II, p. 464, nota 3 *
fundadas Luisa de M arillac. En Cahors hacía tiempo
que se deseaba y se había pedido a las Hermanas.
“Creo que hace ya cuatro años, decía San Vicente en
una alocución a sus hijas, que el señor Obispo me está
haciendo vivas instancias para que aceptemos la fun­
dación, llegando hasta incomodarse conmigo porque
ía señorita Le Gras no contaba con medios para co­
rresponder a sus indicaciones,, (1). Al fin, por No­
viembre de 1658, pudieron enviarle dos Hermanas; y
aunque una de ellas, contra todo lo que era de presu­
mir, dejó burlados a los superiores, ya que en vez de
dirigirse a su destino se marchó a su casa, creo que no
por eso dejó de hacerse la fundación (2).
La de Vaux, hermoso castillo, cerca de Melun, es­
taba ya dispuesta y para realizarse de un momento a
otro en Septiembre de 1659 (3).
Por último, para la de Narbona, adonde el Sr. Ar­
zobispo de la diócesis las pedia insistentemente, par­
tieron el 12 de Septiembre del mismo año tres Her­
manas, Sor Francisca Carcireux, Sor Ana Denoual y
Sor María Dhesse (4). Llevaban por objeto el cuidado
de los enfermos de la ciudad y la instrucción de la
niñez, doble misión que, según se deduce de una carta
de San Vicente, desempeñaron a satisfacción de todos.
“Acaban de escribirme de Narbona, decía el santo,
contándome maravillas de nuestras Hermanas. Sor
Francisca ha estado, por orden del Sr. Arzobispo, en
una ciudad lejos de allí, a imponerse en un nuevo

(1 ) Comer, au x F . d. 1. C h., t. II, p. 545.


(2 ) L e ttr ., t, IV , pp. 202 y 203, y L . de M-, t. I, p, 2 3 9 .
(3) Suppl., p. 139.
(4) L e ttr., t. IV , p. 471.
método de enseñanza que se tiene por de muy buenos-
resultados. Hasé impuesto efectivamente en él, y con
su conducta está siendo la edificación de todo el
mundo* ( 1 ).
De esta suerte, la última de sus fundaciones vino a
ser para nuestra Venerable io que el Benjamín de la
Escritura para Ja co b , motivo de consuelo y de gozo..

(i) L . de M,, t. I, p. 209.


L u is a d e M a r illa c y s u s h ija s d u r a n t e la s g u e rra s
d e la F r o n d a .

1648-1659

Origen y principales acontecim ientos de la lucha. —Esfuer­


zos de nuestra Venerable por h ¿ccr frente a la miseria en
París y en los alrededores.— Heroísmo de les H ijas de la
Caridad en E tam pes.— Las Hijas de la Caridad extienden
sus cuidados a Champaña y Picardía.

§ I .— Origen y principales acontecimientos


de la lacha.

ORRÍA el año de 1648. La guerra de los Treinta


Anos había concluido con el tratado de Wes-
falia, balanza en que, contrapesados los inte­
reses del Catolicismo por una parte y los de la Refor­
ma por otra, se había corrido del lado de ésta gracias
al favor que la Francia la había dado, uniendo su cau­
sa a la causa protestante. Inocencio X , que a la sazón
ocupaba la silla de San Pedro, protestó contra los
acuerdos del tratado por medio de su nuncio apostó­
lico, Mons. Chigi, y lo propio hizo España, dispo­
niéndose a continuar la guerra.
Más bien que la nación, puede decirse que quienes
promovieron en Francia las últimas guerras fueron
Enrique IV, Richelieu y Mazarino; éste, hechura y
continuador de la política de Richelieu. Fué, pues,
guerra de gabinete más que de otra cosa la de 1635 a
1648. Sólo así se comprende que lejos de participar
el pueblo de las satisfacciones y alegrías de la corte
por los triunfos de última hora de las armas francesas,
les mirase con frialdad y hasta con desvio, escogien­
do precisamente el día en que se había anunciado la
victoria de Lens, para manifestar en forma violenta y
amotinada el descontento que tiempo ha fermentaba
en los corazones de todos con ocasión de los conti­
nuos y extraordinarios impuestos de la guerra. Tal fué
el origen y estallido de la Fronda o de la Honda,
nombre con que los partidarios de Mazarino, en P a ­
rís, dieron en designar al partido de los revoltosos,
equiparando sus fieros y amenazas a las peleas que
con las hondas sostenían los chicuelos en los fosos y
alrededores de la ciudad. Fueron en un principio el
alma de la Fronda el Parlamento, cuerpo que legal­
mente no estaba revestido de ninguna representación
nacional, pero que por costumbre revisaba los edic­
tos e impuestos de la corte, y el famoso coadjutor del
arzobispo de París, Juan Francisco Gondi, discípulo,
aunque en sus costumbres bien poco aprovechado, de
San Vicente de Paúl. Blanco principal a su vez del
odio de los frondistas era el cardenal Mazarino, ita­
liano de nacimiento, pero domiciliado en Francia e
identificado con los intereses y política de esta nación
desde que Richelieu le incorporara al engranaje de su
gobierno. Ana de Austria, hija primogénita de F eli­
pe III, rey de España (1), y a la sazón al frente del rei-

(i) Ana Maurina, hija de Felipe III, com o queda dicho,


y de M argarita de Austria, nació en Valladolid, donde a lá
no por la menor edad de Luis XIV, le había hecho su:
primer ministro, y prendada de su aptitud para los ne­
gocios le mantuvo en su confianza aun contra el vien­
to y marea de las eníurecidas muchedumbres de la
la Fronda, que repetida y tenazmente exigían que le-
apartase de su lado. H:-se dicho que Ana de Austria
y Mazarino, “dos extranjeros», habían sostenido con­
tra los franceses los verdaderos intereses de Francia (1);
pero esta observación sólo es exacta consideradas las

sazón había vuelto la corte, el 22 de Septiembre de 1601.


María de Médtcis, que en 1611 gobernaba la F ran cia a nom­
bre de su hijo Luis X III, creyó que el medio mejor de fo r­
talecer su regencia y de co rtar las cuestiones que su reino
tenía con el de España, sería el doble enlace matrimonial
de los infantes de esta nación, Ana y Felipe (después F e li­
pe IV), con sus hijos Luis e Isabel y entró en negociaciones
con la co rte española. Avenidas las p artes, se concluyeron
los tratados en Agosto de IÓI2, y el 18 de O ctubre de
1Ó15 se verificaba en Burgos el matrimonio de Ana con
Luis X III. Ninguna participación tuvo la joven reina en Ios-
negocios del Estado mientras vivió Richelieu, prefiriendo
vivir en la obscuridad a tener que habérselas con un minis •
tro que, aunque príncipe de la Iglesia, no tenía de tal más
que la púrpura que vestía, y que con la influencia que le
daba el ánimo eternam ente niño y voluntarioso del rey, hu
biera sido capaz de no pararse en medios de ninguna clase
para echarla al destierro, donde implacable había de dejar
m orir a la madre de su rey; pero a la m uerte de su esposo
(1 643), que sobrevivió muy poco al cardenal, fué hecha r e ­
gente del reino, m ereciendo que por sus virtudes y dotes
de mando la llamase San V icente, adelantándose en esio a
Luis X IV , «la más grande reina del mundo» (Conffer. aux
F . d. 1. Ch., 1 . 1, p. 6 3 1 ).
cosas desde el punto de vista en que por la torcida po­
lítica que elíos representaban habían venido a parar, así
como por la falta de plan y de caracteres de que siern^
pre adoleció la Fronda. Este fué el gran pecado del
levantamiento frondista. En el fondo sostenía una bue­
na causa; pero tardó mucho en acudir a su defensa y
la defendió mal. Lo único serio que hubo en él pue­
de decirse que fueron la sangre que derramó y las víc­
timas que produjo. Guerra, por lo demás, de torneo
y de simulacro más que de odios reales y de pasiones
encontradas, fué la personificación más viva de aquel
pueblo vano y ligero a quien ya Tito Livio había ad­
mirablemente calificado de nata ad vanos tumul-
tus gens.
Cundida por todo París la idea de rebelión y el
grito de ¡Abajo Mazarino!, Ana de Austria se retiró
con la corte a San Germán (6 de Enero de 1649), e
hizo que Condé sitiase con ocho mil hombres a París
y le rindiese por hambre. No fué bastante a apartar a
la reina de tal resolución el viaje que, al efecto, po­
cos días después (14 de Enero) hizo San Vicente a Saín
Germán, y estrechado másy más cada día el cerco, vió-
se obligada la ciudad a pedir la paz, entrando de nue­
vo en ella los reyes el 18 de Agosto. La tormenta, con
todo, no estaba conjurada. A poco, en 1650, Condé
se pasa a los frondistas; Mazarino tiene que salir des­
terrado (1651); la reina con su habilidad política lo­
gra atraerse a uno de los partidos de la Fronda y
mantenerse por algún tiempo en la corte, de donde al
fin vuelve a huir en 1652, mientras que, divididos los
revolucionarios, dan ocasión a que Condé, como en
1649 lo había hecho el Parlamento y como en 1650
lo hubo de hacer Turena, llamase en su ayuda a las
tropas españolas de Flandes, para ir por su cuenta
contra las fuerzas del Gobierno, devastando unos y
otros ejércitos la mitad de las provincias francesas, so ­
bre todo las de Champaña y Picardía, así como los
aldedores de París. Ni bastó a contener tan horrible
incendio la toma de París por los reyes en 1653, pues
la guerra entre Condé y los españoles por una parte,
y Turena y las fuerzas del Gobierno por otra, si¿uió
no menos encendida, llevando la desolación y la mise­
ria a todas partes y cubriéndolo todo de sangre y
luto. Como en 1656 España llevaba la mejor parte,
Francia solicitó y obtuvo el apoyo de Inglaterra, con
lo que, roto el equilibrio de las fuerzas combatientes y
cansadas ambas naciones de pelear, se vino fácilmente
a un acuerdo, extendiéndose con fecha 7 de Noviembre
de 1659 el célebre tratado de la Paz de los Pirineos.
Tales son los acontecimientos que dieron pie a las
Hijas de la Caridad para mostrar al mundo los tesoros
de valor y de ternura que encerraban sus almas y el
espíritu de sacrificio que nuestra Venerable había sa­
bido infundir en sus corazones. Siguiendo las huellas
desoladoras de los ejércitos venían a ser para los infe­
lices pueblos y ciudades, teatro de la guerra, lo que el
piadoso samaritano para el caminante de Jericó. “Los
hombres, las decía a este propósito San Vicente, van
a la guerca a quitarse la vida, y vosotras, hijas mías, a
reparar el mal que ellos se causan. ¡Oh, Dios mío,
qué bendición! Los hombres matan el cuerpo y con
frecuencia el alma, y vosotras con vuestros cuidados
y desvelos vais a devolver la vida, o al menoá a con­
servarla a aquellos que de otra suerte hubieran sin re­
medio perecido. „
Pero vengamos ya al particular de los hechos.
§ II, —Esfuerzos de las Hijas de la Caridad para ha­
cer frente a la miseria en París y los alrededores.

El primer período de la Fronda, y con él el sitio de


París de 1649, duró poco. Como por otra parte, al es­
tallar Ía revuelta, la ciudad se hallaba suficientemente
abastecida y en holgada situación, como suelen estarlo
todas las grandes poblaciones en las circunstancias
normales por las que hacia tiempo atravesaba París,
la necesidad que aquel trastorno produjo no debió ser
tanta ni tan extrema como de la comparación con el
segundo cerco se pudiera inferir. No por eso se ha de
creer, sin embargo, que no hubiera hambres que re­
mediar y aflicciones y lástimas que compadecer y a
que hacer frente. Calamidades son éstas de que es im­
posible prescindir en ningún asedio.
Vino a aumentarlas, por lo que hace al barrio de
San Lázaro, residencia de nuestra Venerable, el sa­
queo de la quinta de Orsigny y de las posesiones y
graneros de San Lázaro con que los sacerdotes de la
Misión socorrían diariamente a sus puertas infinitos
pobres, llevado a cabo en venganza de las inteligen­
cias en que, por razón de su viaje a San Germán, se
suponía a San Vicente con el Gobierno. Grandes de­
bieron ser la alarma y la pena que aquel agravio he­
cho a San Vicente causaron en el ánimo de nuestra
Venerable y de las Hijas de la Caridad domiciliadas
frente por frente de San Lázaro; pero nada de esto las
impidió volar en socorro de las necesidades públicas
que de tantos años antes venían atendiendo por medio
de las Caridades y que entonces más que nunca recla­
maban sus solícitos cuidados. En medio del dolor uni-
versal y del trance de muerte en que el sostenimiento
de los niños expósitos las ponía, como en otro lugar
dijimos, fué una satisfacción para Luisa de Marillac y
sus hijas el poder dar la mano de sus limosnas y de
sus consuelos a tantos enfermos y menesterosos como
tendidos en su lecho o de pie en las Caridades aguar­
daban impacientes ía llegada de la Hermana. “Gozaos
con nosotras, mis caras hijas, escribía Luisa de Mari­
llac algún tiempo después a las del hospital de Nan-
tes, por el favor que el Señor nos ha hecho conservan­
do a todas las Hermanas y permitiéndolas, no sólo-
Continuar sin interrupción el servicio de los enfermos,
sino añadir además a él el de los pobres que no tenían
pan. No podéis formaros idea de las limosnas que en
este tiempo se han hecho en París» (1).
Incomparablemente mayor fué, sin embargo, la ne­
cesidad, y con ella los esfuerzos y sacrificios de
las Hermanas, en el segundo período de la guerra
(1650-1652). “Hay tantos enfermos en París, escribía
por Septiembre de 1651 nuestra Venerable, que no
sé cómo no morimos todos» (2). Y efectivamente, en
la Casa central, nos dice la misma carta, no había más
que “Hermanas enfermas o achacosas,, (3).
Los días más tristes fueron los del verano de 1652. t
Aliado de la Fronda y representante del partido de la
nobleza, dirigióse Condé por Junio a París, foco a la
sazón de la guerra, donde poco antes había llegado el
duque de Lorena y donde las tropas del Gobierno te­
nían también su núcleo principal, y el primero de Ju -

(1) L . de M., t. III, p, 301.


(2) Ibid., t. III, p. 381.
lio atacó el barrio de San Dionisio. El sobresalto no
podía ser mayor. "Por lo que a mí hace, escribía Lui­
sa de Marillac a San Vicente, no puedo apartar de la
imaginación la idea de la muerte ni impedir que el
corazón me dé saltos cada vez que oigo gritar: ¡A las
arm as!, (1). ¿Se replegaría hacia el centro como Iá
generalidad del vecindario? Así parecían exigirlo las
circunstancias; pero ¿cómo abandonar la Casa madre?
¿Adonde ir con los niños expósitos que a la sazón ha­
bitaban aquella zona? De acuerdo con San Vicente,
se resolvieron, al fin, las Hermanas a quedarse en San
Dionisio; pero obligaron a su buena Madre a trasla­
darse al interior con las más jóvenes.
Y ¡que no era pequeña la falta que aquí y en los
demás barrios de la población hacía nuestra Venera­
ble para dirigir los servicios de las potajerías o de lo
que hoy diríamos cocinas económicas que las Herma­
nas tenían establecidas en casi todas sus antiguas Ca­
ridades para socorrer a los miles de pobres de la ciu­
dad y de refugiados de todas clases: niños, jóvenes,
mujeres, religiosas y ancianos que, huyendo de la vis­
ta de los ejércitos, se habían recogido en la capital!
Faltaban brazos para tanto empeño. “Jam ás, escribía
nuestra Venerable, hemos estado tan faltas de Herma­
nas, ni nos las han pedido con tal urgencia ni para
tantos lugares como ahora a causa de las potajerías
que por todas partes se están estableciendo,, (2). Y
San Vicente: “La miseria de París es tan grande que
a la señorita Le Gras la faltan Hermanas con que aten­
der a los pedidos que de todas partes la hacen para

(1) L . de M., t. IV , p. 39.


(2) Ibid., p. 4 1.
socorrer a los enfermos y a los pobres refugiados» ( 1 ).
No era extraño. Después de hacer San Vicente una
breve enumeración de las obras de caridad que él y
los suyos habían por entonces realizado o tenían en
proyecto, añadía, escribiendo a uno de sus sacerdotes:
“A las Hijas de la Caridad las ha cabido más parte
que a nosotros en la asistencia corporal de los pobres.
En casa de la señorita Le Gras preparan y distribuyen
diariamente potajes para mil trescientos pobres ver­
gonzantes; en el barrio de San Dionisio hacen lo pro­
pio con ochocientos refugiados, y sólo en la parroquia
de San Pablo acuden a la distribución cinco mil po­
bres, a que tienen que atender cuatro o cinco Herma­
nas, esto sin contar los sesenta 11 ochenta enfermos
que tienen también a su cuidado y que apenas pueden,
perder de vista. Lo mismo, poco más o menos, hacen
en otras parroquias„ (2). “Durante los seis meses que
duró la guerra, escribía también el primer biógrafo de
nuestra Venerable, recapitulando el bien que en las
revueltas de 1652 había hecho en París la sierva de
Dios, alimentó diariamente a más de catorce mil per­
sonas, haciéndolas distribuir potajes por medio de sus
hijas en los diferentes cuarteles de la ciudad» (3).
Los potajes puede decirse que fueron en la guerra
de 1652 la salvación de medio París. Y no sólo de medio
París, sino de media Francia. Ocasión tendremos de
verlo más adelante. La fórmula de su preparación pare­
ce que fué obra de San Vicente. Hela aquí con todo el
hechizo que el amoroso corazón del Santo supo darla:

(1) L e ttr., t. II, p. 443.


(2 ) Ibid., t. IIt p. 441.
(3 ) L. de M., t. I, p. 103.
* Alimento para cien pobres.
"Llénese de agua una marmita o caldera de cinco
cubos de capacidad, échense en ella unas veinticinco
libras de pan migado, siete cuarterones de grasa en
los días de vigilia y de manteca en los ordinarios, dos
cuartillos de guisantes o de habas, media fanega de
nabos, coles, puerros, cebollas u otras hortalizas, y la
sal debida por valor de unos catorce sueldos. Cocido
todo en las indicadas proporciones habrá comida sufi­
ciente para cien personas. Un cazo del grandor de una
escudilla será la tasa de cada ración, cuidando de dar
a cada familia un número de raciones igual al de las
personas que la constituyan. El coste de todo vendrá
a ser unos cien sueldos, aun en este año en que el tri­
go ha subido de una manera tan horrorosa,, ( 1 ).
Las Señoras de la Caridad, cuya generosa conducta
no desdijo en esta ocasión ni de su nombre ni de su
fervor primitivo, eran las que principalmente corrían
con todos estos gastos; pero creciendo de día en día
las necesidades, y uniéndose a las de París las de casi
todos los pueblos y aldeas de los alrededores, saquea­
dos igualmente y reducidos a la miseria por los ejér­
citos combatientes, ya no fueron bastante las colectas
de determinadas señoras ni los ofrecimientos de las
más ricas y linajudas familias de la corte, ni siquiera
los espléndidos donativos de Ana de Austria; menes­
ter fué acudir a todas partes, hacer un llamamiento
general a la caridad pública, rogando a cuantos tuvie­
sen algún sobrante en víveres, ropas, muebles, vesti­
dos y medicinas que lo enviasen a un lugar determi­
nado, a que se dió el nombre de Almacén de caridad.
Las Hijas de la Caridad se cuidaron también, no sólo
de recoger tales objetos, sino de aprovechar las telas
y lienzos que iban a parar al Almacén, convirtiéndoles
en aquellas prendas de cama o de vestir que más ur­
gían entre los necesitados ( 1 ).
Con razón podía, pues, exclamar San Vicente, es­
cribiendo a una de las Hermanas: “Jam ás vuestra
compañía ha trabajado tanto ni con tanto provecho
como al presente„ ( 2 )* .

§ III .— Heroísmo de las Hijas de la Caridad


en Etampes.
Pocas poblaciones de las comprendidas en el círculo
de la guerra fueron teatro de tantos horrores como
Etampes. Sitiada por largo tiempo y muchas veces
consecutivas, ‘‘sus habitantes, dice el primer biógrafo
de San Vicente, así como los de los pueblos circun­
vecinos, habían quedado en el más lastimoso estado
de postración y de miseria. La mayor parte languide­
cían, víctimas de alguna enfermedad, y los sanos sólo
tenían sobre sus huesos la arrugada y consumida piel.
Faltos, por otra parte, de todo socorro, ni había quien
íes alargase un vaso de agua. Y para colmo de males,
la ciudad no era otra cosa que una sentina de infec­
ción, convertidas sus calles y plazas en fétidos ester­
coleros, sobre los que, exhalando un hedor intolera­
ble, se confundían revueltos los cadáveres de hombres
y mujeres con las informes carroñas de los caballos y
otros animales» (3).

(1 ) Baun., p. 4 3 5 .
(2 ) L e ttr., t. II, p. 443.
(3) Ab., r. I, p. 282.
Como en Champaña y Picardía, las Hijas de la Ca­
ridad acudieron aquí en auxilio de tantas lástimas,
precedidas de los Sacerdotes de la Misión. Enterneci­
do, en efecto, San Vicente con las dolorosas nuevas
que de Etampes llegaban a París, envió allá a sus h i­
jos con toda clase de víveres y socorros con que cu ­
brir las primeras necesidades de aquellos infelices.
Ante todo había que comenzar por quitar de las vías
públicas aquellos informes amontonamientos de cadá­
veres que corrompían la atmósfera, y “aunque a fuer­
za de oro,, y “trayendo de otras partes hombres fuertes
y robustos*,, lograron hacer desaparecer aquel peli­
gro. Organizaron después, de un modo estable y n o r­
mal, la repartición diaria de los alimentos, recogieron
aparte en una casa a todos los que se habían quedado
sin padres, restablecieron el culto sagrado, y con sus
palabras de consuelo, sus instrucciones y sus limos­
nas consiguieron levantar los abatidos ánimos y de­
volver la vida a la moribunda ciudad. En esta empre­
sa* las Hijas de la Caridad tomaron sobre sí la parte
más delicada y difícil: el auxilio de los enfermos y el
cuidado de los niños. En tanta desolación y lágrimas
compréndese fácilmente la vida de rudo trabajo, de
abrumadores esfuerzos y de repetidas privaciones a
que las Hijas de la Caridad se entregarían. “Muchas
de ellas, dice el primer biógrafo de nuestra Venera­
ble, perdieron venturosamente la vida en tan santos
.afanes,, (1). ¡Lástima que no sepamos sus nombresl
Al menos el de una de ellas jamás se borrará ya de la
.memoria de las generaciones, como ni del libro de la

(i) L . de M., t, I, p. 102. Véase tam bíéa Ab., t. 1, pá­


gina 284,
vida en que, indudablemente, le tiene escrito, y core
letras de oro, el Señor. “Hace algún tiempo, decía
San Vicente hablando a las Hijas de la Caridad, se me
contó de una Hermana que, hallándose en la agonía y
sabiendo que una persona necesitaba sangrarse, se le-
vantó de su cama y la sangró, entregando poco des­
pués a Dios su alma. No recuerdo su nombre.
— “Sor María José, en Etampes—exclamaron las
Hermanas.
— “Dios os bendiga, hijas mías —replicó San Vicen­
te— ; sí, Sor María José era. No tengáis reparo en lla­
marla a boca llena mártir de la Caridad,, (1).
Los pueblos del contomo que como Etampes ha­
bían sido víctimas del azote de la guerra, experimen­
taron también a su vez los consuelos de los sacerdotes
de la Misión y los cuidados de las Hijas de la Cari­
dad, y Guillerval, Villeconnin, Etrechy, San A m ol­
do, etc., etc., debieron en gran parte la vida de sus
naturales a los potajes económicos que diariamente se
repartían en uno de dichos puntos (2). Palaiseau, otro
de los alrededores de Etampes, no escapó de la tor­
menta; pero las Hijas de la Caridad, que de algún,
tiempo antes estaban allí establecidas, fueron para él,
como para tantos otros, puerto de salvación. Dos de
ellas debieron ser las que salieron para los lugares de
que arriba hicimos mención, curando a los enfermos,
así del paisanaje como de las tropas, y organizando
las raciones o potajes. Dios sólo sabe el trabajo que
en aquella su cruzada de caridad tuvieron que tomar­
se; es lo cierto que, cuando remediada la necesidad,.

(1) Confer. a u x F . d. ]. Ch., t. II, p, 4 6 9


(2) Ab., 1 . 1, pp. 282 y 283.
trataron de volver a su retiro, de Palaiseau, ambas es­
taban en'ermas. Solícita Luisa de Marillac, y juzgán­
dose dichosa en atender a aquellas que por Jesucristo-
y por devolver la salud al prójimo habían perdido la
suya, las escribió inmediatamente consolándolas y en­
viándolas medicinas y drogas. No ha llegado hasta
nosotros la carta de nuestra Venerable; pero tenemos
en su lugar otra que, con el mismo objeto y llena de
compasiva ternura, las dirigió también San Vicente.
“ ¡Bendito sea Dios, las decía con fecha 23 de Junio
de 1652, en que al fin, y después de haberos sacado
con bien el Señor de tantos peligros y penas, estáis ya
en vuestra casa! Cuánta fué mi alegría al tener nuevas
de vuestra parte; otro tanto ha sido mi pesar al saber
la indisposición en que os encontráis. Acato, no obs­
tante, el beneplácito divino, que sabrá sacar su gloria
de vuestra enfermedad, como lo ha hecho de vuestra
salud, en la cual espero que pronto os veréis restable­
cidas con su divina gracia y con el cambio de aires.
Me faltan palabras para manifestaros la satisfacción.
que he sentido al veros con vida, la cual satisfacción
ha sido de verdad tan sensible como si, estando muer­
tas, os hubiese resucitado el Señor. No se puede ne­
gar, hijas mías, que habéis pasado por trances muy
difíciles; pero esto mismo hará que vuestro premio sea
incomparable, extendiéndose, no sólo a las penas que
habéis sufrido cuidando en el hospital de los enfermos
y de los heridos, sino también a los buenos ejemplos
que con vuestra conducta habéis dado. De todos ellos
pido yo aquí a su divina Majestad que sea vuestra
alabanza y galardón... Nuevamente os encargo que
hagáis cuanto esté de vuestra parte para recobrar la sa­
lud. No escatiméis nada de cuanto pueda contribuir a
vuestro restablecimiento. Os enviaríamos otra Herma­
na para que os sirviese de descanso, pero ya veis las
-dificultades que ofrecen los caminos, etc,,, ( 1).

§ IV. —Las Hijas de la Caridad extienden sus afanes


a Champaña y Picardía.

El socorro de las provincias de Champaña y Picar­


día, una de las empresas más sublimes de San Vicente
4 e Paúl, comenzó en 1P50 y continuó por diez anos,
coincidiendo con el de las lástimas y calamidades de
París y con la multitud de obras de beneficencia que
el santo sin desalentarse llevaba de frente ayudado
por sus hijos, los Sacerdotes de lauMisión, y por las
Hijas de la Caridad. Esta vez, cuando de vuelta a P a ­
rís de su viaje de 1649 le comunicaron la deplorable
situación en que a causa de las guerras se encontraban
las fronteras de Flandes, tuvo que apelar a todos los
recursos de su viva fe y de su caridad inagotable para
.no desfallecer. Saqueadas por la soldadesca sus trojes
de San Lázaro y taladas las mieses de esta finca y de
la de Orsigny, que eran el sostén de su casa y el recur­
so de sus limosnas, parecía locura todo proyecto de
.aliviar las necesidades que le referían de aquellos le­
janos países. Pero ¿quién que tuviese un corazón en
el pecho podía oír indiferente el relato de tales mise­
rias? Porque pocas veces llegan a darse reunidas tan­
tas calamidades como las que por varios años conse­
cutivos padecieron los pueblos y ciudades de aquellas
malaventuradas provincias. La pluma se niega a des­
cribir tanto horror. Las cartas que sobre el caso y des-
de el centro de dichos lugares escribían a París los hi­
jos de San Vicente contienen, al reflejar lo que ven.
delante de sus ojos, descripciones del más crudo y re­
pugnante realismo.
En Guisa, principio del éxodo de su caridad, “la;
miseria sobrepujaba en 1650 a cuanto se podía decir.
A quinientos o más ascendían los enfermos, sin que e a
toda la ciudad hubiese una sola persona capaz de pres­
tarles recursos con que llevar un pedazo de pan a la.
boca; lo que hacía que muriesen diez o quince cada
día„ (1). La situación no había mejorado en 1651.
'Seiscientas personas habían quedado reducidas a tal
grado de miseria, que se echaban con avidez sobre Ios-
esqueletos y carnuza de perros y caballos, reliquias
del festín de los íobos„ (2 ),
En Laon, La Fére, Marle, Vervins y Revemont “da­
ba compasión ver a los pobres: los unos cubiertos de
sarna, los otros manchados de bubas, éstos cargados-
de diviesos, aquéllos plagados de postemas, hinchada
el uno la cabeza, el otro el vientre, el de mas allá los
pies y todos despidiendo, cuando se reventaban sus
heridas, una abundancia tal de pus y un hedor tan in­
soportable, que difícilmente podía darse cosa más h o­
rrible de ver ni más lastimosa de contemplar. La causa
de estos males no era otro, como fácilmente se puede
colegir, que la mala alimentación, reducida todo el año
a raíces de hierbas y pan de salvado, tal que ni lo s
mismos perros hubieran logrado atravesarle* (3).
Aunque sin fuerzas para tenerse en pie iban, con.

(1 ) Mayn., t. IV, p. 143.


(2) Id,, t. IV , p. 162.
(3) Id., t. IV, p. 152.
todo, arrastrándose dos o tres leguas para lograr al­
guna ración de potaje. El abandono, tanto espiritual
como temporal era espantoso. En Lesquelle, yendo
dos Misioneros a visitar a una familia, “hallaronel e s ­
queleto de un pobre, muerto de hambre, todo despe­
dazado y roído por las fieras que rondaban la pobla-
ción„ ( 1 ). En Mareuil-en-Dole, cerca de Soissons,
sorprendieron “a dos niños comiendo de los cadáve­
res de sus padres,, (2 ).
En San Quintín, “para aplacar y engañar el hambre
los pobres, despuntaban la hierba, descortezaban los
árboles, comían tierra, desgarraban sus harapos y aca­
baban por roer de desesperación sus propias car­
nes,, (3).
Entre Reims y Rethel veíanse bandadas de hom­
bres y mujeres hurgando la tierra como los puercos
para hallar raíces con que mantenerse. “Paja amasada
con tierra, he aquí su único pan,, (4).
¿A qué proseguir? Pónganse estos.o parecidos ho­
rrores, no sólo en la mayor parte de las poblaciones
de Champaña y Picardía, sino en otras muchas pro­
vincias del reino; déseles en unos puntos cuatro, en
otros seis y aun siete y en otros hasta diez años de du­
ración; hágase vagar y cernerse sobre el enlutado cua­
dro de tantos dolores físicos y de tantos padecimien­
tos morales el fantasma de la peste que iba en pos de
los ejércitos y del hombre, y se tendrá una idea del
acabamiento y desorganización en que la política de

( 0 Mayn,, t. IV , p. 153.
( 2) Id., t. IV , p. 172.
(3) Id., t. IV, p. 173.
(4) Id., ibid.
Enrique IV y de Richelieu había sumergido a la mitad
de la Francia.
En 1650r ya ío hemos dicho, San Vicente no tenía
que dar ni por consiguiente con que ir en alivio de
tantos desgraciados; pero el oro de su caridad valía
más que todos los caudales del mundo. Alentó a las
Señoras de la Caridad, interesó a los principales miem­
bros de la nobleza, se dirigió a Ana de Austria, pu­
blicó en boletines más o menos periódicos las noticias
que le llegaban de aquel reino del dolor para el que
pedía compasión y socorros, y concluyó por conseguir
un año y otro recursos con que aligerar el peso de
tantas calamidades. Los Misioneros y las Hijas de la
Caridad fueron los encargados de repartirles. Era el
cometido más difícil y el que más abnegación reque-
ría; pero sabido es a qué extremos de sublimidad lle­
va el amor de Cristo en aquellos corazones que, como
el de San Pablo, sienten su estímulo: Charítas Christi
urget nos.
No es esta ocasión de reseñar la conducta de los
Padres y Hermanos de la Misión. De ellos se ha di­
cho, y es su mayor elogio, que “los gritos de recono­
cimiento y de entusiasmo que partían de los pueblos,
de los síndicos, de los ayuntamientos, de los capítu­
los y de los monasterios anunciaban su paso„ ( 1 ).
El papel de las Hijas de la Caridad, aquí como en
Etampes, era el auxilio de los enfermos, el cuidado de
los niños desamparados y la preparación de los pota­
jes. Perdidas en aquel mar de ayes, de privaciones y
de miserias, “no hubo servicio por difícil y peligroso

(i) Bougaud, H istoria de San V icente de Paúl (M adrid,


1 9 0 7 ), t. II, p. 171.
que fuese, nos dice el primer biógrafo de nuestra V e­
nerable, ante el cual se detuvieran... salvando con su
conducta la vida a un número infinito de pobres„ ( 1).
La primera vez que en las Relaciones o cartas, arriba
aludidas, se hace mención de las Hijas de la Caridad
es en Diciembre de 1650. Llegadas al valle del Vesle,
cuyas treinta aldeas no eran otra cosa que montones
de ruinas, se establecieron en el priorato Saint-Tibaut-
les-Bazoches. “Aquí, leemos, las Hermanas condi­
mentan los potajes y preparan las medicinas para los
enfermos. Los que pueden andar acuden a dicho pun­
to por su ración con los bonos que nosotros les da­
mos; los que no, la reciben en su casa. Las Hijas de
la Caridad asisten a todos los que pueden, sangrándo-,
les y aplicándoles los remedios que más a propósito
juzgan para el mal que cada uno padece, de lo que ha
resultado ya un cambio visible en la salud de todos.
Lo que más retarda la curación es el frío y la lluvia;
ya que los infelices no tienen ni fuego con que calen­
tarse, etc.„ (2). Lo propio y con los mismos buenos
resultados hicieron en Rethel, Guisa, Reims, Brienne,
Saint-Dizier, Sainte Menehould, Dol-le-Comte, San
Quintín, Saint-Etienne y otros puntos. Como el divino
Maestro apenas daban un paso sin ir sembrando por
todas parles el bien.
A muchas de ellas, si no a todas por la dificultad de
los correos y caminos, las siguieron también las cartas
y con ellas las instrucciones y alientos de nuestra Ve­
nerable. “Todas nuestras Hermanas, escribía a una de
ellas, en Saint-Etienne, bendicen a Dios por el valor

(1) L. de M., 1 . 1, p. ioo.


(2) Mayn., t IV, p. 154.
que os da en el servicio de sus pobres. ¡Oh! mi buena
Hermana, ¡qué merced la de haber sido escogida para
tan santo empleo! Cierto que es en extremo penoso;
pero esta circunstancia es la que hace que la gracia del
Señor brille con más soberana eficacia sobre vuestra
conducta... Bien querría saber de vos más frecuente­
mente; pero impidiéndonoslo el servicio de su divina
Majestad, ¡sea bendito su santo nombre!,, (1).
Difícilmente se borrará de la memoria, y menos del
corazón de las provincias socorridas, el recuerdo de
los hijos é hijas de San Vicente de Paúl. De todas
ellas, de los labios de todos sus habitantes brotarán a
contrario en su alabanza frases como éstas que desde
Reims dirigían a San Vicente: “Con verdadera satis­
facción os escribo estas líneas para daros gracias en
nombre de los pobres de nuestras aldeas por las libe­
ralidades que con ellos habéis usado y sin las cuales
habrían muerto de necesidad. No sé cómo manifesta­
ros la gratitud que por todo ello os conservan; sólo,
sí, os diré que, sirviéndose de las fuerzas que les que­
dan, diariamente levantan sus manos al cielo imploran­
do del Señor de las misericordias toda clase de gracias
para sus bienhechores,, (2 ).
Ni fué sólo de este modo, acudiendo de casa en
casa y de una población en otra, en auxilio dé las
víctimas del hambre, de la peste y de la guerra, como
nuestra Venerable y sus hijas contribuyeron a templar
los desastres de la Fronda: el entusiasmo de su cari­
dad las llevó a dar otro paso adelante, y se constitu­
yeron en enfermeras y consoladoras del soldado hasta

(1) L . d e M ., t. IV . p. 69.
(2) A b ., t. II, p. $29*
en el campo mistno de batalla. Haciéndolas notar.un
día San Vicente el progresivo y gradual encadena­
miento de las obras de su instituto, las decía: “Vos­
otras sabéis, hijas mías, que en lin principio os habíais
entregado a Dios para asistir a los pobres enfermos,
no en una casa aparte como las Hermanas hospitala­
rias, sino en cualquier lugar, yendo a visitarles en sus
propias casas, al modo que mientras vivió en este mun­
do lo hacía nuestro divino Salvador. Viendo entonces
el Señor vuestra fiel correspondencia, se dijo: Estas
Hermanas son según mi corazón; han desempeñado
diligentemente mi cometido: quiero, pues, darlas otro
empleo más, y será el de los pobres niños expósitos,
huérfanos de todo calor y ayuda. Y como igualmente
viera la caridad con que habíais abrazado este segun­
do empleo, se volvió a decir: Voy a darlas otro más.
¿Cuál? La asistencia y cuidado de los pobres galeo­
tes... Después de esto, el Señor ha tenido a bien con­
fiaros los dementes... No sabemos si nos hará ver a la
compañía en posesión de nuevos cargos. El Señor se
los confiará, como espero, si vosotras sabéis desem­
peñarles satisfactoriamente,, ( 1 ).
Conforme a las leyes de esta nueva lógica, que había
que llamar lógica de la Cruz, ya que sólo al pie de
ella.es como pudo aprenderla nuestro santo, el Señor,
al ver la solicitud con que las Hijas de la Caridad ha­
bían atendido a las necesidades de tantos pueblos,
tenía que confiarlas otras nuevas necesidades y mi­
serias.
Y en efecto, se las confió, como veremos en el capí­
tulo siguiente.
Ana de Austria y las C aridades.—Relaciones de Ana de
Austria con nuestra Venerable y con las Hijas de la C a­
ridad: Estima y fundaciones que de ellas hace.

§ L —Anade Austria y las Caridades,

PARTADA la princesa española y. ahora reina de


O&Op Francia de la política mientras vivió Riche-
lieu, y poco feliz con su esposo, se dió de lle\.
no a las prácticas religiosas, buscando en ellas un le­
nitivo a su pena y siendo para toda la corte ejemplo
de piedad y de edificación. San Vicente no se cansa­
ba de admirarla. Y lo piopio le sucedía a Luisa de
Marillac. "Que, hermanas m ías—decía en cierta oca­
sión el santo a las Hijas de la Caridad—, ¿quiénes so­
mos nosotros para estar en la memoria de la más gran­
de reina del mundo,, ( 1 ), de una reina “tan piado­
sa „ ( 2) y que “vive tan ajustadamente como lo hace
Su Majestad?,, (3). Y nuestra Venerable, dirigiéndose .

(1) Confér. au x F . d. i. Ch., t. I, p. 6 3 1 ,


(2) Ibid., t* II, p. 525. „
(3 ) Ibid., t. II, p. 524.
también a una Hermana: “Y bien, heos ahí de nuevo
en palacio, a las órdenes de nuestra bonísima y devo­
tísima reina. ¡Que sus santos ejemplos os llenen de
humildad!„ (1). Y en otra ocasión, quizá a la misma
'Hermana: “Si nueslra buena reina desea hablaros, ha-
bladla sin encogimiento ninguno, pues su virtud y su
caridad dan entrada aun a los más humildes para ex­
ponerla sus necesidades, etc.,, (2 ).
Las relaciones de San Vicente, de nuestra Venera­
ble y de las Hijas de la Caridad con Ana de Austria
dataron, a lo que se puede inferir, de la misión que
los hijos de San Vicente dieron, como en otra parte
indicamos, en el sitio real de San German-en-Laye.
La ruda oposición que las damas de la corle hicieron
en un principio a los discursos de los Misioneros con­
tra la moda de los escotes, se convirtió al fin, por efec­
to de la divina gracia, en lágrimas de penitencia, y
como muestra de su arrepentimiento se ofrecieron a
servir por turno a los pobres de la villa conforme a las
prácticas de las Caridades que ya ha tanto tiempo
existían en París. La reina no quiso ser menos, y
uniéndose a ellas, rogó a San Vicente que la diese por
escrito las instrucciones que más al caso le parecieren,
Fué tan decisiva la influencia que en el desarrollo de
las Hijas de la Caridad y demás obras benéficas pues­
tas a cargo de nuestra Venerable ejerció la nueva y
real asociación, que su reglamento no puede menos
de interesarnos. Hele aquí en sus cláusulas princi­
pales:
“La compañía de Señoras de la Caridad de Ja corte

(1 ) L . de M., t. IV , p. 133.
(2 ) Ibid., t IV, p. 150.
será compuesta de ia sagrada persona de la reina y dé
un corto y determinado número de damas que al efec­
to y según su beneplácito elegirá Su Majestad.
“Cooperarán a las obras de la Caridad del hospital,
de los niños expósitos, de los forzados, de las Hijas de
Ja Caridad en las parroquias... y generalmente de to­
das las que la mujer ha instituido en nuestro tiempo.
“Serán elegidas por turno y de tres en tres para cui­
dar de cada una de dichas obras; observarán el estado
y las necesidades en que éstas se encuentren para in­
formar de todo a la asociación, y en ésta se resolverá
sobre lo propuesto por mayoría de votos que recoge­
rá y aprobará Su Majestad. Permanecerán un año en
cada departamento, y transcurrido aquél pasarán a
otro por suerte. La dirección de dicha compañía esta­
rá perpetuamente a cargo de la reina.
“Las socias pondrán especial estudio en adquirir,
así la perfección cristiana como la de su propio esta­
do; harán diariamente media hora al menos de ora­
ción mental; oirán la santa misa; leerán un capítulo
de la Introducción a la vida devota o del Amor de
Dios; harán el examen general por la noche, y comul­
garán una vez al menos por semana.
“Todos los viernes primeros de mes se reunirán en
un sitio que la reina designe para conversar humilde y
devotamente por media hora sobre las inspiraciones
que en la oración de la mañana de aquel día las haya
comunicado el Señor, meditando acerca de alguna de
las virtudes cristianas propias de su estado que de an­
temano se las habrá prescrito. Luego harán una breve
reseña de los obstáculos y necesidades que cada una
de ellas hubiese advertido en la obra que tiene a su*
cargo, y, por fin, Su Majestad, después de haber oído
las distintas, proposiciones hechas a la junta y de ha­
ber pedido y recogido el parecer de las damas sobre
el particular, decidirá lo que mejor le parezca ante
Nuestro Señor.
“Tendrán por máxima inviolable no tratar en dichas
juntas nada que se refiera a asuntos de Estado ni de
ninguna otra clase, guardándose asimismo de aprove­
char la ocasión para hacer sus negocios. Honrarán a
la reina y la distinguirán con afecto particularísimo.
Se querrán mutuamente unas a otras como hermanas,
a quienes Nuestro Señor ha ligado con los lazos de su
amor; se visitarán recíprocamente y se consolarán en
sus aflicciones y enfermedades. Comulgarán a inten­
ción de las enfermas y de las que murieren en la aso­
ciación; y, por último, honrarán el silencio de Nues­
tro Nuestro Seilor en todas las cosas pertenecientes a
la susodicha compañía a causa del ridículo en que el
mundo y el demonio suelen poner las cosas santas que
sin ton ni son se divulgan„ ( 1 ).
Constituida con esto la reina protectora de todas las
obras de caridad organizadas por San Vicente y por
nuestra Venerable, tuvo ocasión de conocer más a fon-
do y de admirar sin restricciones el espíritu y propó­
sitos de ambos siervos de Dios, y se adicionó a ellos
de tal modo que hizo resolución de secundarles gene­
rosamente en todos sus designios y empresas. Así que
cuando a la muerte de su esposo, en 1643, quedó ella
al frente del reino, puede decirse que jamás negó nada
ni al fundador ni a la fundadora de Jas Hijas de la Ca­
ridad- Consignemos aquí algunas de sus mercedes:
En 1643, además de las sumas en dinero que había
ya dado a San Vicente para los pobres de Lorena,
puso en sus manos con el mismo objeto “todas sus
tapicerías y las ropas de duelo que se habían usada
en palacio a la.muerte del rey„ ( 1).
En 1644 le dio otras dos mil libras para los nobles,
venidos a menos de Lorena (2).
Con la misma fecha asignó ocho mil libras de renta
anuales al sostenimiento de los niños expósitos y de las
Hijas de la Caridad que estaban al frente de ellos (3).
En 1647 puso a disposición de nuestra Venerable y
demás Señoras de la Caridad interesadas en el asunto,
el castillo de Bicétre para asilo de los niños expósitos,
de los cuales no se olvidó ni aun en los momentos crí­
ticos de la guerra civil (4).
Ella dió también a San Vicente y a las Señoras de
la Caridad la casa y cercados de la Salpétriére, donde
después se levantó el hospital general (5). Y quizá no
sean de menor valor por las circunstancias en que a
la sazón se hallaba, los donativos que hizo al santo
en favor de las necesidades de Champaña y Picardía.
“A falta de metálico, dice Maynard, solía darle algu­
na de sus joyas. Una vez le entregó un diamante por
valor de siete mil libras, y otra un pendiente que las
Señoras de la Caridad vendieron en dieciocho mil. Y
como la virtuosa reina le encargara el secreto, “Vues­
tra Majestad, replicó el santo, me dispensará que en
este asunto no cumpla sus órdenes. No me es posible

(1) Ab., t. ü , p. 505.


(2) SuppL, p. 52.
(3) Ibid., p. 4 9 8 .
(4) L e ttr., t. II, p, 153
( 5.) Ab., t. II, p. 31 2 .
encubrir una acción tan hermosa de caridad. Bueno
es, señora, que todo París y aun que toda Francia la
conozca; y por mi parte, dispuesto estoy a publicarla
donde quiera* ( 1 ).
Pero el modo con que más eficazmente contribuyó
Ana de Austria al desarrollo de las obras que San Vi­
cente y Luisa de Marillac traían entre manos, fué la
serie de fundaciones que hizo de las Hijas de la Cari-
dad y el santo arrojo con que fiada en la virtud de di­
chas Hermanas las llevó a los hospitales dé sangre, y
aun a las mismas ambulancias de la guerra para cui­
dar de los soldados heridos.
Es una de las maravillas que en la diadema de rei­
nas de las Hijas de la Caridad nos resta que exa­
minar.

§ I I. —Relaciones de Ana de Austria con nuestra Vene­


rable y con las Hijas de la Caridad: Estima y fun­
daciones que de ellas hace.

La mayor parte de los establecimientos a que Ana


de Austria llevó, según acabamos de ver, Hijas de la
Caridad eran ambulancias u hospitales militares. Sólo
dos, los de Fontainebleau y Metz, tenían otro carác­
ter y otro objeto: el servicio de los enfermos de la po­
blación y la instrucción de la niñez. De ellos hablare­
mos al fin de este capítulo. Comenzando ahora por
los primeros, hay que confesar que, 110 obstante lo
arriesgado del pensamiento, no era difícil llegar a él,
dados los antecedentes de las Hermanas y la conduc­
ta, sobre todo, que en los actuales trastornos de la
Fronda estaban ofreciendo. Era, sí, dar un paso ade­
lante, pero en terreno conocido.
La primera vez que de un modo formal hallamos a
las Hermanas en una acción de guerra socorriendo a
los soldados heridos es en el sitio de Sainte-Mene-
hould, por Octubre o Noviembre de 1653. Empeña­
das las tropas reales en tomar esta plaza, próxima a
Chálons, de que un ano antes se había apoderado
Condé, mandó Luisa de Marillac, requerida por la
reina, cuatro Hermanas más ( 1 ) a la fundación que ya
tenían en esta última ciudad, y dispuso que una de
ellas y otras de Brienne se trasladaran al lugar mismo
del sitio donde, antes de traer los heridos al hospital
de Chálons, se les hacía, según parece, las primeras
curas (2). Unas y otras se vieron entonces abrumadas
de trabajo; pero supieron de tal suerte, bien que a
costa de su salud, llenar su cometido, que fueron la
admiración del ejército y aun de la misma corte.
"Cuando nos presentamos a la reina,escribía una de las
Hermanas a Luisa de Marillac con fecha 9 de Diciem ­
bre, Su Majestad nos colmó de atenciones y nos ha­
bló con mucho cariño. El Ayuntamiento de la ciudad
está, a Dios gracias, edificado del buen orden que nues­
tras Hermanas han sabido poner en el hospital„ (3).
“Esta satisfacción de la reina, arguye con mucho
acierto uno de ios biógrafos de nuestra Venerable,
hizo que al año siguiente pidiera también Su Majestad
Hermanas para el hospital de Sedán» (4). Nuestra Ve-

(1 ) L. de M.. t. IV , p. 8y.
(2) Confér. au x F . d. 1. Ch., t. II, p. 595.
(3) Baun., p. 43 6 ,
(4 ) Ibid., p, 43 6 .
nerable dispuso que fueran, cuatro. Reuniólas San Vi­
cente para darlas sus últimas instrucciones y las dirigió
una hermosísima plática. “¿Qué vais a hacer en Sedán,
hijas mías?, las dijo. Pues sencillamente lo que Nues­
tro Señor vino a hacer en este mundo... ¡Oh! ¿Hay
dicha más grande que ésta? Ciertamente que no.* El
Hi]o de Dios vino, en efecto, a darnos la vida del
alma “con su gracia* y la del cuerpo “con su resurrec­
ción, germen de la que un día nos ha de caber a nos­
otros,,; y este es precisamente el objeto de vuestro
viaje. “Otorgaréis la vida del alma a aquellos pobres
heridos con las instrucciones y buenos ejemplos que
les deis y con las exhortaciones que les hagáis, ya sea
ayudándoles a morir santamente o bien a vivir como
buenos cristianos si el Señor por entonces no íes
quiere sacar de este mundo; y en cuanto al cuerpo,
haréis lo propio devolviéndoles la salud con vuestros
remedios, con las curaciones que Ies hagáis y con los
cuidados que les prodiguéis.,, Adviértelas después de
las virtudes que en este nuevo género de vida debían
practicar, así como de Jas dificultades que en él po­
drían salirlas al paso, y concluye: “¡Ah, qué felices
sois, hijas mías, en haber sido escocidas' del Señor
para ir en ayuda de esos pobres heridos! Desde el mo­
mento en que salgáis de aquí los ángeles irán contan­
do vuestros pasos; y no diréis palabra, ni tendréis un.
pensamiento, ni practicaréis una acción que Dios no
la tenga en cuenta.
“Mirad, m i: caras Hermanas, en este mundo se co ­
noce a los grandes por el brillo de sus empresas y por
las muchas gentes que les acompañan. M as el verda­
dero lustre y la verdadera grandeza están en la virtud;;
y las almas que han trabajado mucho por Dios, esas*
sí que al salir de esta vida para ir al cielo se verán,
acompañadas y calificadas de numeroso séquito, cual
será toda la multitud de sus buenas obras, que cuanto
más excelentes y más en número sean, tanto más pre­
gonarán la grandeza del sujeto a que pertenecen. (Oh,
Hermanas mías! ¡Cuál será vuestra satisfacción aí com ­
parecer delante de su divina Majestad después de ha­
ber asistido a tantos pobres! „ ( 1).
No hay que decir si con tan encendidas palabras y
alhagadoras promesas las faltaría tiempo a las Herma­
nas para volar en auxilio de los soldados e inmolar su
descanso, su salud y su vida si menester fuese por
cumplir los designios que el Señor mostraba tener so­
bre ellas al encargarlas tan sublime y nunca vista m i­
sión. Y, en efecto, aquí lo mismo que poco antes en
Chslons y en Sainte-Menehould fueron la gratitud del
soldado, la admiración de los pueblos y el cariño y
embeleso de la reina, que no sabía cómo explicarse y
ponderar tanta sencillez unida a tanta abnegación. En
los transportes de su entusiamo llegó a tenerlas por ab­
solutamente insustituibles. Así que apenas hubo am bu­
lancia en los lances de aquella guerra a que no llamase-
a las Hermanas; y a su cargo puso los hospitales de-
Montmedy, de Arras, de La Fére, de Rethel y de Calais.
En ninguno, sin embargo, como en el de esta últi­
ma ciudad aparecieron tan admirables. Calais fué el
más alto pedestal de su heroísmo en vida de nuestra
Venerable. Si en otras partes se revelaron hijas, aquí
mostraron ser reinas de la Caridad. Era el año de
1658. La guerra entre España, de cuyo lado estaba
Condé, y Francia, con quien últimamente se había*
aliado Inglaterra, se hacía con más vigor que nunca.
El ejército aliado sitió la plaza española de Dunquer-
que en la Flandes marítima; pero el valor de los sitia­
dos y io pantanoso del terreno hacían tales víctimas
entre las tropas anglo-francesas, que la reina levantó
en Calais un hospital y con toda urgencia llamó a las
Hijas de la Caridad. Por ella hubieran ido seis a Ca­
lais, mas como hubo que repartir las Hermanas dispo­
nibles entre este punto y Metz, para donde también
instantemente las pedía Su Majestad, sólo se enviaron
allá cuatro. “Representaos el hecho, señores, en toda
su hermosura, decía San Vicente a sus Sacerdotes de
la Misión, \cuatro pobres Hermanas alrededor de qui­
nientos o seiscientos soldados heridos o enfermos! R e­
flexionad un poco, os lo ruego, sobre la conducta y
bondad de la divina Providencia en haber suscitado
en nuestro tiempo semejante compañía. Y ¿para qué?
Para asistir a los pobres corporal y aun espiritualmen­
te, diciéndoles algunas palabras de edificación, sobre
todo a los moribundos, y ayudando a los que en tal
estado se encuentran a bien morir. ¡Oh Salvador! ¡Oh
mi divino Salvador!,, ( 1). Sublime era de verdad el
tal espectáculo y más sublime aún si se tiene en cuen­
ta que a tan excesivo trabajo había que añadir la epi­
demia que con síntomas agudos y alarmantes se había
desarrollado entre aquel amontonamiento de lástimas
y de heridos de todas clases. Al mes o mes y medio
todas las Hermanas habían caído gravemente enfer­
mas. Dos de ellas, Sor Francisca Manceau, la superio-
ra, y Sor Margarita Menage, murieron una en pos de
-otra a los pocos días. “Encomiendo a vuestras oracio-
nes, decía San Vicente a los suyos el 4 de Agosto, las
Hijas de Caridad que enviamos a Calais para asistir a
los pobres heridos. De cuatro que eran, han muerto
ya dos agobiadas por la carga, no obstante ser las más
fuertes y robustas de la compañía,, (1). “¡Ah, dicho­
sas ellas que han muerto en al ejercicio de la virtud,
cuyo nombre llevan!,, (2). Afligida Ana de Austria,
escribió a Luisa de Marillac y a San Vicente, partici­
pándoles tan triste nueva y pidiendo, si era posible,
nuevas Hermanas. Ya para entonces alguna hasta se
había adelantado a pedírselo a los superiores. “Estando
el otro día en el hospital, decía San Vicente a los su­
yos en una conferencia, fué a verme una Hermana, de
unos cincuenta años de edad, y me dijo que habiendo
sabido que dos de sus compañeras habían muerto en
Calais, venía ella a ofrecerse para ir en su lugar si yo
no la consideraba indigna. Ya lo pensaré, Hermana
mía, la dije; y ayer volvió a saberla contestación. Ved,
señores, qué ardor y qué celo es el de estas pobres
doncellas. ¡Ah! ¡Ofrecerse de este modo para ir a ex­
poner su vida como víctimas del amor de Jesucristo y
del bien del prójimo! ¿Puede haber cosa más admira­
ble? Por lo que a mí toca, yo no sé decir más sino que
ellas serán mis jueces el día del juicio. S í, sin duda,
serán nuestros jueces, si como ellas no estamos dis­
puestos a arriesgar nuestra vida por Dios,, (3).
Llamábase la Hermana en cuestión Sor Enriqueta
Gesseaume, y no era otra que aquella de quien decía
ya nuestra Venerable en 1641 que al saber la necesi-

(1) Av. et C onfér., p. 2 8 8 .


(2 ) L e ttr., t, IV, p. 1 2 5 .
(3 ) A v. et C onfér., p. 288.
dad y peligro en que se hallaban las Hermanas de
-Sedán “parecía al soldado cuando oye el toque del
clarín» (1). Aceptaron así Luisa de Marillac como San
Vicente los buenos deseos de la resuelta y fervorosa
Hermana, y dispusieron que con otras tres se encami­
nara a Calais. El corazón no le sufrió a San Vicente
verlas partir sin despedirse de ellas con una despedi­
da particular, y la antevíspera de la marcha fué a ver-
las y las hizo una alocución llena de pensamientos
originales como todas las suyas, pero en la que, ade­
más, se siente correr por todas sus líneas un calor que
no tiene nombre en lengua terrenal, y cuyo origen hay
que ir a buscarle en el encendido corazón de Aquel
que, amor por esencia, declaró haber bajado del cielo
para poner fuego a este mundo: ignem veni mitterein
terrnm et quid volo nisi ut accendatar? (2). Leyéndola
en la transcripción que de ella inmediatamente hicieron
las Hermanas, le parece a uno asististir a aquellas es­
cenas de amor tan tierno y tan celestial al mismo tiem­
po que la historia nos ha. conservado de los primeros
fieles de la Iglesia. “Hermanas mías, las dijo, vengo a
tomar parte en vuestro júbilo y en la satisfacción de
la señorita Le Gras por la preferencia con que el S e ­
ñor tiene a bien honrar a nuestra compañía. ¡Ah, qué
felicidad!... ¿Quién habría dicho, Sor Enriqueta, pues
sois de las primeras que os contasteis entre las Hijas
de la Caridad, quién habría dicho que con el tiempo
vuestra compañía iba a ser empleada en obras tan ad­
m irables..., ,en salvar la vida a tantas pobres gentes?
(Y aquí, dice la relación, enternecido nuestro buen
Padre, no pudo contener las lágrimas.) S í, porque
¿qué otra cosa han hecho y actualmente están hacien­
do nuestras Hermanas, de las que algunas, como sa­
béis, han perdido en su demanda la vida? ¡Oh, dicho­
sas, en verdad, de haberla perdido por tan santa cau­
s a !.., Señores, decía yo esta mañana a nuestros sacer­
dotes, ¿sabéis que haya habido algún tiempo en la
Iglesia una compañía de doncellas y de viudas dedica­
das principalmente como las Hijas de la Caridad al
servicio del prójimo? ¿Habéis visto jamás que unas
pobres jóvenes den de mano a sus padres, a sus bie­
nes de fortuna y, lo que es más, a su propia seguridad
y vida para ir ¿a qué? a cuidar de los soldados heri­
dos? ¿Habéis oído hablar nunca de personas que como
ellas tan muertas estén a los sentimientos más hondos
de la naturaleza? Porque ved, dirígense a Caíais cua­
tro de nuestras Hermanas, muere una, caen todas las
demás enfermas, y, no obstante, ahí tenéis otras que
ofreciéndose en su lugar me d icen:—S eñ o r, henos
aq u í.—Y esto lo habéis dicho todas, hijas mías, pues
no hay una de vosotras que no se halle en tal disposi­
ción, y que, si preciso fuera, no lo pusiera en prácti­
ca. Esto, Hermanas mías, es seguir las huellas de
los santos. „
Ni debía hacer mella en sus corazones el temor de
que muriendo las Hermanas, una aquí y otra allá, y
una un día y otra otro, viniese a perecer la compañía.
"Tal es, mis caras Hermanas, la objeción que se ha­
cía a los mártires cuando se disponían a ir al suplicio.
Creíase que a fuerza de mártires concluiría por desva­
necerse la Iglesia; pero ¡qué! Sanguis niartimm, se
dijo, est semen christianoríim. Por uno que muriese
en los tormentos acudirían millares a recibir el bautis-
mo. Su sangre sería como semilla y semilla fecunda.
Del mismo modo, la sangre de nuestras Hermanas
atraerá otras y merecerá que Dios haga la gracia a las
que quedan de santificarse.
“Vais, pues, hijas mías a hacer el acto más heroico
de amor de Dios que se puede hacer y que jamás has­
ta eí presente hayáis hecho; pues no le hay mayor que
el del martirio. [Oh, qué motivo de humillaros!... Hu­
millaos, sí, hijas mías, teniéndoos por indignas de tan
singular m erced... No digáis por las hosterías en que
hagáis parada que os llama la reina, ni que os ha pre­
ferido a tantas otras; no, digáis nada de todo esto.
“Abrazad, concluyó, por fin, el santo, a nuestras
queridas Hermanas de Calais en nombre de todas las
que quedan aquí, y aseguradlas que se tendrían por
muy dichosas en haber participado de ía tribulación
que las ha cabido a ellas. Saludadlas de parte de la
señorita Le Gras y de la nuestra, y decidlas que las es­
tamos reconocidos hasta el punto de no poder conte­
ner las lágrimas por el servicio que han hecho a Dios
y a los pobres* ( 1 ).
Fijóse el día de la partida para eí 6 de Agosto. Des­
pués de un viaje feliz entraron en Calais, haciéndose
cada una de ellas cargo inmediatamente de sus res­
pectivos departamentos, y aunque, imitadoras del celo
infatigable de las primeras, cayeron también tres de
ellas en cama, el Señor las hizo la gracia, no sólo de
recobrar ellas mismas la salud, sino de ver restableci­
das a las antiguas y de poderse emplear sin descanso
y con toda suerte de bendiciones en el alivio y santi­
ficación de los pobres heridos.
>

i i,í. La c o s tc T Marirkl. fcaubtuii, Mttseo'.tíí-i Prado.

A .U A D E A U S T R, I A.
m n PK .M O SÉN IT fl DE F E L IP E III

V R EIN R R EG EN TE DE FRAN CIA ñ L ñ M U E íT t DE SU E S P 0 5 0 LUI5 }<|i|

EM 1645

Favoreció grandemente a las Hijas de la Caridad y por su niciatiVa cornenzarort éstas


3 ir en auxilio de los soldados heridos a los campos de batalla
Cuando por el Tratado de 7 de Noviembre de 1659
se hizo la paz entre España y Francia, las Hijas de la
Caridad volvieron a París hechas la admiración de los
ángeles en el cielo y ... de los hombres en la tierra.
Ana de Austria no se contentó con colmar de elogios
a todas ellas, así a las que habían sobrevivido al ries­
go como a las que habían perecido en él, sino que
para eterna memoria de estas últimas y de su gratitud
hacia ellas las hizo levantar en el mismo Calais un
monumento ( 1).
Cuando uno reflexiona, por una parte, sobre tanto
olvido de sí mismas y tanto amor de Dios y del próji­
mo, y recuerda, por otra, aquellas palabras del Salva­
dor, con las cuales promete dar el reino de los cielos
al que por su amor mitigue la sed del prójimo con un
simple vaso de agua fría, no halla inconveniente en
llamar ya en esta vida dichosas y predestinadas a las
Hijas de la Caridad, y menos en creer que tengan una
muerte preciosa, como dice la Sagrada Escritura que
es la de los santos y como fué la de una de dichas
Hermanas a juzgar por los pormenores que de ella
nos ha conservado el mismo San Vicente. Llamábase
Sor Andrea. Fué, pues, San Vicente a darla la última
absolución, y la dijo:
— Vaya, Hermana mía, ¿sentís algún temor o re­
mordimiento?
— Ninguno, Padre mío, ninguno, si no es que me
he complacido y deleitado grandemente en servir a los
pobres.
— ¡Qué, hija mía! ¿Nada más que eso?
— Nada más que eso, Padre mío; pero me acuso de
ello, porque, en eíecto, cuando iba a ver a esas po­
bres gentes en las aldeas no parece que andaba, sino
que rae daban alas para volar en su auxilio la satisfac­
ción y alegría que experimentaba en ello.
— Morid en paz, Hermana mía; morid en paz— dijo
el santo dándola la bendición con las lágrimas en
los ojos ( 1 ).
Tal es la idea de la muerte que sin dificultad asocia
uno a la de almas tan santas y tan generosas como
eran las hijas de Luisa de Marillac.
Concluyamos este capítulo con el relato de las otras
dos fundaciones de Hijas de la Caridad, llevadas tam­
bién a cabo por Ana de Austria, pero de carácter dis­
tinto del grupo de que acabamos de hablar: la de
Fontainebleau (1646), para el doble objeto del socorro
de los enfermos y de la instrucción de la niñez; y la
de Metz (1658), adonde la reina quería que fuesen
para "hacer conocer con su caridad a los herejes y
aun a los judíos que crucificaron a Nuestro Señor la
santidad de la religión católica„ ( 2 ).

(i) Confe r. au x F . d. 1. Ch., t. I, p. 597.


(2} Ibid., t. II, p. 524.
CAPITULO XII

N u e v a s f u n d a c io n e s d e H ija s d e la C a r id a d en P a rís.

1653-1655

Asilo del Nombre de Je s ú s.—Cooperación de nuestra Vene­


rable al establecim iento del Hospital general.— Casa de
los dem entes.

§ I . —Asilo del Nombre de Jesús.

l era grande la solicitud con que las Hijas de la

f Caridad acudían en favor de las víctimas


de la guerra en las provincias, no era menor la
que el Señor ponía en abrir nuevos horizontes a su celo
y al ardor de su caridad en el mismo París. Ejemplo de
ello es el asilo del Nombre de Jesús, del que a poco
de reconciliarse la capital con los reyes en 1653 se
hicieron cargo. El hecho, tal como le cuenta Abe-
Ily (1), pasó de la siguiente manera. Sin que sepamos
el móvil, cierto ciudadano rico de París tuvo la inspi­
ración de poner en manos de San Vicente una suma
considerable de dinero para que la invirtiese en las
obras de caridad que juzgase más oportunas. Hasta
mostró deseos de que la aplicase al sostenimiento de
las casas y funciones de su instituto. Desentendióse el
santo de esta idea que no decía bien ni con su delica­
deza ni con su habitual desprendimiento, y con mues­
tras de edificación y palabras llenas de gratitud se
hizo cargo de la mencionada suma, prometiendo en­
comendar a Dios el asunto y emplear aquélla del mo­
do más útil y más en conformidad con las intenciones
del piadoso donante, en bien de las clases menestero­
sas de la capital. Embebecido con estos pensamientos,
puso la mira en los pobres artesanos, que por vejez ó-
por enfermedad se imposibilitaban para el trabajo y
se veían reducidos a pedir limosna para sustentarse*
descuidando con el afán de que no les faltase lo nece­
sario para el cuerpo lo más importante que es aten­
der a la salud del alma y aparejarse para la muerte.
Por esto juzgó que sería muy oportuno fundar un hos­
pital donde se recogiesen y donde teniendo todo lo-
necesario para el mantenimiento del cuerpo sólo cui­
dasen del negocio de su alma. Consultó Vicente la
idea con el bienhechor, y complacido éste en gran
manera del proyecto, consintió en que se dedicase a
él la limosna, pero con la expresa condición de que el
asilo estaría siempre bajo el gobierno del Superior
general de la Congregación de la Misión (1).
Resuelta y determinada ya la obra en proyecto, di­
rigióse San Vicente a Luisa de Marillac pidiéndola su
parecer, así sobre el objeto de ella como sobre los
medios de llevarla a cabo. Quería el santo que la sier­
va de Dios la estudiase a fondo, con tanta mayor ma­
durez y peso, cuanto que a su cuidado y al de sus H ijas

( i) V . Fr. J. del Santísimo Sacramento traduciendo y


refundiendo a Abelly: Vida de San Vicente de Paúl (Ma­
drid, 1884), p. 238.
de la Caridad había de estar encomendada. “Por lo
que hace a su fin, contestó nuestra Venerable, no pue­
de menos de parecerme nobilísimo y de agradarme;
pues no es otro que ía gloria de Dios y el cumpli­
miento de su divino beneplácito que mandó al hom­
bre comer el pan con el sudor de su rosto. Con esto,
por otra parte, se dará ocasión a las personas retiradas
en dicho lugar para hacerse participantes, en orden a
su eterna salvación, de la vida laboriosa de Jesucris­
to.» Refiriéndose luego a la organización de la obra,
“cuanto más grande es ésta, añadía, de mayor im­
portancia es el echar bien los fundamentos, así para
hacerla más perfecta como para darla mayor dura­
ción,, (1). Proponía, pues, al efecto, no echar mano
para dar comienzo a ello de pobres de solemnidad o
de otras personas cualesquiera, sino escogerlas que
por su anterior conducta ofrezcan garantías de buen
comportamiento; hacerlas enseñar los oficios que más
a propósito parecieren por maestros de buena opinión
que quisieran sujetarse a vivir ordenadamente en el
asilo por algún tiempo, y escoger entre los oficios, a
que los asilados hubiesen de dedicar sus ocios, aque­
llos que más beneficiosos pudieran ser, y cuyos pro­
ductos hubiesen de tener mejor salida, como los de
*fernandinero ( 2 ), tejedor, sarguero, zapatero, remen­
dón, botonero, randera (3) alfilerera, costurera, etc.,,
Con arreglo al plan y observaciones de nuestra Ve­
nerable, San Vicente compró dos casas y una plazo­
leta en el barrio mismo de San Lázaro, y combinó y

(1) Baun., pp. 458 y 459.


(2) Hilandero.
(3) Encajera.
dispuso las habitaciones y el oratorio de tal suerte que,
aunque separados los hombres de las mujeres, todos
pudiesen oír una misma misa y escuchar una misma
lectura en la mesa. El amueblamiento debió correr, al
menos en mucha parte, a cargo de Luisa de Marillac.
A punto ya todo de recibir a los nuevos inquilinos, se
fijó el número de éstos en cuarenta, veinte hombres y
veinte mujeres. Varias Hijas de la Caridad vinieron
también a vivir en medio de ellos para servirles como
a sus "dueñosy señores,,; y un sacerdote de la Misión,
que con frecuencia era el mismo San Vicente, acudía
a decirles la santa misa, a enseñarles ía doctrina cris*
tiana y a administrarles los sacramentos. Bien pronto
se echó de ver por la paz en que los unos para con
los otros vivían que el Señor había tomado posesión
de aquella casa y que el espíritu de Dios era quien la
regía. “Veíase en ella, dice el primer biógrafo de San
Vicente, una unión maravillosa, no turbada por el me­
nor soplo de murmuración ni de maledicencia que
con los demás vicios estaban desterrados de aquel
lugar santo de la caridad. Los pobres se ejercitaban
buenamente en sus sencillos quehaceres y en los ejer­
cicios de piedad propios de su condición, copiando
en su conducta la vida de los primeros cristianos y
ofreciendo en su comportamiento el cuadro más bien
de una casa religiosa que de un hospital de segla­
res,, (1). No es extraño, pues, que con un género de
vida tan suave y reposado abundasen las solicitaciones
para entrar en él, "pidiendo con muchos años de anti­
cipación las plazas que fueran quedando vacantes,, (2 ).

(r) A b .,t. I,p . 310.


(2) Id. ibid.
Admirada Luisa de Marillac de tantas bendiciones
como el Señor derramaba sobre aquella casita del
Nombre de Jesús, no podía apartar de sí un presenti­
miento: "Dios tiene sobre esta obra algún desig­
nio,, (1). Y no se equivocó.

§ II.— Cooperación de nuestra Venerable al estableci­


miento del Hospital general.

Dada la corriente de compasión y de caridad que,


gracias sobre todo a San Vicente de Paúl, se había de­
terminado en la capital de Francia, y en que apenas
había señora noble o plebeya, rica o simplemente a c o ­
modada que no tuviese a honra pertenecer a las Cari­
dades, compréndese fácilmente que el establecimiento
y acertada organización del asilo del Nombre de Jesús
fuesen por algún tiempo la comidilla y uno de los más
socorridos temas de conversación en buena parte de
la sociedad parisiense. “Dispuesto y convenientemen­
te reglamentado aquel hospital, dice un autor contem­
poráneo, muchas Señoras de la Caridad y otras perso­
nas de condición y de virtud acudieron a visitarle, ha­
llando en él tal orden y economía, que quedaron m a­
ravillosamente edificadas» (2 ).
En alguna de ellas, no fué sólo edificación, sino
emulación y celo lo que las causó la vista del mencio­
nado asilo. Lo que una sola persona, dirigida por San
Vicente y secundada por Luisa de M arillac, había he­
cho con un número determinado de pobres, ¿no lo
podrían hacer muchas, apoyadas y sostenidas en la

(1 ) Baun., p . 46 2 .
(2 ) Ab., t. I, p. 31 0 .
misma forma, con todos los pobres de la capital? El
entusiasmo como todos los grandes sentimientos,
como el ardor que funde, como el fuego que se
propaga, tiene algo de contagioso, y a los pocos
días ya una multitud de damas había hecho suya
la idea o sueno del hospital general, ofreciendo
para su realización sumas considerables. Querien­
do antes de nada asegurarse en un asunto de tan
capital trascendencia, comenzaron por consultar su
proyecto con la sostenedora de tantas obras de cari­
dad y directora de aquel mismo asilo del Nombre de
Jesús, que había sido el inspirador de sus planes.—
¿Qué la parecía de su pensamiento?— Luisa de Mari­
llac las contestó con una carta de pocas líneas, pero
llena de madurez y buen sentido. Ante todo la obra
podía ofrecer dos aspeclos; y del lado que se la mira­
se dependería la clase de solución que sobre ella se
podía dar. “S i se la considera, escribía, como obra
política más bien parece ser cosa de hombres que de
mujeres; mas si se la mira como obra de caridad, en­
tonces no hay inconveniente en que puedan empren­
derla aquéllas como en nuestros días han emprendido
ya no pocas otras, bien difíciles por cierto e impor­
tantes. „ Aun en este caso no la parecía bien que en
asunto tan expuesto a complicaciones de todo género
procediesen con exclusiva independencia. “Que obren,
sin embargo, soías, no parece, continuaba, que se pue­
da ni se deba aconsejar. Al contrario, siempre será
bueno que incorporen a su acción algunos hombres,
ya particulares, ya pertenecientes a alguna asociación
religiosa que las aconsejen y representen en las de­
mandas y procedimientos judiciales que quizá sea ne­
cesario seguir contra ciertas gentes para mantenerlas
en los límites de su deber,» Recuérdalas, después, la
sumisión que de todos modos deben prestar a aquel a
quien Dios las había dado por gracia, es decir, a San
Vicente, y concluye alentándolas a llevar a cabo su
proyecto como obra de Dios y de caridad. “Semejan­
te ensayo, acometido por mujeres, sería una muestra
clara y manifiesta del poder de Dios, quien frecuente­
mente y en todas las edades se ha querido servir de
personas de nuestro sexo como Judit, Santa Ursula,
Santa Catalina y Santa Teresa de Jesús para dar cima
a obras las más maravillosas,, ( 1).
Confirmadas las Señoras de la Caridad en sus propó­
sitos con las palabras de nuestra Venerable, y siguiendo
las discretas advertencias que ésta en su carta las ha­
cía, se presentaron a San Vicente. Este, por humildad,
por lo avanzado de sus años y por lo ruidoso y eriza­
do de dificultades del asunto, hubiera querido decli­
nar la honra que se le hacía en someter aquél a su di­
rección y consejo; pero las instancias de aquellas se­
ñoras, a cuyo respeto y cariño nada podía negar por
ser casi todas ellas de lo más granado de las Carida­
des y de las que tanto le habían secundado a él en
sus anteriores empresas de caridad, no se lo permitie­
ron; y con la bondadosa y humilde condescendencia
de toda su vida comenzó a poner manos en la obra.
Ana de Austria le cedió los vastos departamentos de
la Salpétriére; la duquesa de Aiguillon contribuyó con
cincuenta mil libras; Mazarino, con ciento cincuenta
mil; el presidente del Parlamento, con sesenta mil;
tina dama desconocida, con cincuenta mil, y otra, con
tres mil. Esto no se hizo, por supuesto, en un abrir y
cerrar de ojos. Las dificultades que conforme iba to­
mando cuerpo la idea salían al paso, eran, como ya lo
había adivinado San Vicente, muchas y sumamente
delicadas. Para obviarlas y ha 9er frente a todas ellas
hubo que dar a la obra aquel carácter político que ya
entre las brumas de los comienzos se había ofrecido a
Luisa de M arillac: la dirección de la obra estaría a
cargo del Estado, quien por buenas o por malas obli­
garía a todos los pobres a dejar su vida vagabunda y
pordiosera para acogerse a la sombra del nuevo hos­
pital. Luisa de Marillac no pudo llevar en paciencia
aquel abuso de convertir la caridad, hija del cielo, en
simple función del Estado, y en un principio hizo "con
humildad,,, pero con entereza, “cuantas demostracio­
nes en contra pudo,, por impedirlo (1). Después, cre­
yendo inútil su resistencia o convencida quizá de que
no fueran tantos ni tan graves los perjuicios que de
semejantes entremetimientos pudieran seguirse a los
pobres y a las instituciones de caridad que ella repre­
sentaba, sometió su parecer al de las personas que
mangoneaban el asunto ( 2), y aunque no admitió la
propuesta que se la hizo de poner el nuevo hospital
bajo la dependencia y gobierno de sus hijas, como ni
San Vicente aceptó el régimen espiritual del mismo'
para sus sacerdotes de la Misión (3), permitió que
temporalmente fuesen allá dos Hermanas para ayudar
con su práctica y buen sentido a la adecuada organi­
zación del establecimiento (4).

(1) L. de M., t. IV, p. 186.


(2) Ibid., t II, p. 185.
(3) Lettr., t. IV, p. 276.
(4) Baunv p. 467,
§ III .— Casa de dementes.

“Ya no fallaba a la señorita Le Gras, escribe su pri­


mer biógrafo, para abarcar en ía acción de su celo
todo el círculo de las miserias humanasmás que hacer­
se cargo de los orates o del hospital llamado de las Ca­
sitas (Petites-Maisons), donde aquéllos se hallaban re­
cogidos,, (1). Y cierto que por los votos del Consejo Su ­
perior de las parroquias de París encargado develar por
todos los pobres de la capital, ya de mucho antes hu­
biesen estado bajo su abrigo y dirección (2). Al fin,
después de repetidas instancias de este ilustre cuerpo»
convino nuestra Venerable en tomar a aquellos infeli­
ces bajo sus maternales cuidados; y en 1655 dispuso
que varias Hijas de la Caridad se trasladasen al hospi­
tal de las Petites-Maisons.
De dos de ellas sabemos los nombres: Sor Ana Har*
demont y Sor Claudia Muset. Aunque resignadas to­
das ellas a ocupar el puesto que la obediencia las se­
ñalase, todavía sentían por éste no sé qué invencible
aversión. Repugnábalas encerrarse en un manicomio.
“No he hallado en Sor Hardemont, escribía Luisa de
Marillac a San Vicente, dificultad alguna en la propo­
sición que la he hecho de ir al hospital de dementes,
pero creo necesario que vuestra caridad tenga a bien
hablar del fruto que en dicho lugar se puede hacer y del
modo con que en él debemos portarnos» (3). Dióse el
Santo por entendido, y el 29 de Septiembre tomó pie
de la conferencia que de tiempo en tiempo las daba
para hablarlas sobre el particular. “¡Ah, hijas mías!, las

( i) L. de M., t. I, p. 114. (2) Suppl., p. 242. (3) L. de


M., t. IV, p. 125.
-dijo lleno de admiración, como solía, al parar mientes
en la conducta del Señor para con ellas; ¿hay algún ins­
tituto que honre más a Dios que el nuestro? ¿Hay algu­
no (de mujeres) que haya tomado por su cuenta el cui­
dado de los pobres locos? No, no le hallaréis. Y, sin
embargo, tal va a ser vuestra dicha. Los señores del
Consejo Superior han creído que para el buen gobierno
de esta casa de orates se hacía necesario ponerla en
manos de las Hijas de la Caridad; y, en efecto, no han
cesado de instamos hasta que al fin hemos tenido que
darnos a partido. ¡Ah, hijas mías, hijas mías; cuán
favorecidas sois de Dios! ¡Y cuánta sería vuestra in­
gratitud si así no lo reconocieseis!,, ( 1 ).
Estas solas palabras, que en la expresión avasallado­
ra de sus acentos y admiraciones resumían cuanto en
otras ocasiones sobre materias semejantes había dicho
e l santo, hicieron honda mella en las Hermanas. Mu­
chos años después, cuando se trató de hacer el proceso
informativo de las virtudes del santo, aun no se había
borrado de la memoria y menos del corazón de algu­
nas de ellas, como de Sor Claudia Muset» “Recuerdo,
dijo esta buena Hermana en su deposición, que cuan­
do el siervo de Dios nos envió a servir a los pobres
dementes, cuyo hospital hasta entonces había estado
sin ningún orden, nos hizo concebir tan alta idea de
la gracia que el Señor con semejante empleo nos ha­
cía, que todas nos sentimos inflamadas para entregar­
nos a él, no obstante las penas y dificultades que en
su desempeño tuviéramos que sufrir» ( 2 ).
Y aquí, lo mismo que en el asilo del Nombre de
Jesú s y que en todos sus ministerios, supieron llenar
tan cumplidamente las esperanzas que el público en
general y los patrocinadores de dichas obras en espe­
cial habían cifrado en ellas, que por lo que hace at
hospital de las Casitas no se puede hacer mayor elo­
gio que el que varios anos después hacía de él ei pri­
mer biógrafo de San Vicente. “Las Hijas de la Cari­
dad, decía, sirven en él a los pobres locos de uno y
otro sexo, así en la salud como en la enfermedad, tra­
tándoles con sumo amor y cariño. Por testimonio de
los mismos administradores sabemos que las Herma­
nas han puesto coto a no pocos desórdenes que redun­
daban en ofensa de Dios, en la malversación de los-
fondos del hospital y en el empeoramiento de los mis­
mos enajenados; de suerte que sirven de gran edifica­
ción a todo el mundo„ ( 1 ).
Al llegar aquí el primer biógrafo de nuestra Vene­
rable, sintiendo que la admiración por tantas y tan
multiplicadas maravillas detenía el curso de su pluma,,
corta el hilo de su relato para entonar un himno de
alabanzas y de encarecimientos en loor de su biogra­
fiada, concluyendo por decir que como el aceite de
aquella viuda de que habla el libro IV de los Reyes,,
bendito por el profeta Eliseo, parecía aumentarse con­
forme aumentaba el número de vasijas en que reco-
cogerle, la caridad de nuestra Venerable crecía tam­
bién con las miserias que la rodeaban; y no sólo bastó
a llenar las necesidades de su patria, sino que cuando
éstas empezaban a disminuir acudió en auxilio de las
de otros pueblos ( 2).
Así, por lo que hace a Polonia, lo veremos en el
capítulo siguiente.
L a s H ija s d e la C a r id a d en P o lo n ia .

§ UflLCO.

ALLÁBASE San Vicente en una conferencia con


las Hijas de la Caridad el 14 de Julio de 1651(1),
cuando, a propósito de la obediencia sobre
que estaban hablando, las dijo: “Yo sé, hijas mías,
que se os desea a más de seiscientas leguas de aquí;
*en las manos tengo la carta. S í, se piensa en vosotras
a más de seiscientas leguas de aquí, y no son nada
menos que reinas las que os piden. Conozco también
otras personas que os llaman del otro lado de los ma­
te s. ¡Oh, qué alta idea es preciso que para dar este
paso se hayan formado de vuestro instituto esas per­
sonas y esas reinas! Y ¡cuán grande es el deber que
•esto os impone de trabajar sin descanso en vuestra
perfección y en el desprendimiento de todas las cosas
para hallaros prontas a partir donde quiera que se os
•envíe!

( i) Esta, y no la de 1652, qae^adoptaron los editores de


ías obras de San Vicente y que ha hecho suya Baunard (pá­
g in a 447), parece ser ía verdadera fecha de la conferencia a
-que nos referimos en el texto. (V. Lettr., t. II, p. 352.)
“Pero sí, yo creo que, por las razones que acaba­
mos de aducir, estáis todas convencidas y dispuestas
a entrar en estos sentimientos, a fin de no salir un
punto de la voluntad de Dios, a ejemplo ,de Jesucris­
to, que llevó su obediencia hasta morir en una cruz...
“Paréceme, Hermanas mías, leer en vuestros cora­
zones y ver en ellos un ardiente deseo de imitar al S al­
vador de nuestras almas.— Mas ¡qué! ¿Iré yo a seis­
cientas leguas de aquí? ¿Al otro lado de los mares? —
¡O h!, sí; ya veo que sí, que iréis donde la obediencia
os mande, y que aun sabiendo que jamás habíais de
volver del término de vuestro viaje, no vacilaríais en
emprenderle. Estoy cierto que ninguna de vosotras ha
dejado de hacer alguna vez este ofrecimiento en su
corazón, y que muchas le habréis hecho, no una, sino
repetidas veces... Figúrome, en fin, que os oigo decir
de lo íntimo de vuestra alma: Sí, Jesús mío, yo me
pongo incondicionalmente en vuestras manos con todo
el afecto de mi corazón y con toda la fuerza de mi es­
píritu para vivir y morir a ejemplo vuestro en la obe­
diencia. Todo me será igual, ¡oh Dios mío!, que se
me envíe a este o al otro punto, que se me saque de
este o del otro lugar, que se me tenga poco o mucho
tiempo en una casa y que sea para vida o para muer­
te. Una sola cosa os pido: que en todo me hagáis la
gracia de obedecer y de obedecer por vuestro
amor,, ( 1 ).
Con tan encendidas palabras cuidó nuestro santo de
disponer a las Hijas de la Caridad para cumplir los
ministerios de su vocación, no ya dentro de su patria,
como hasta entonces lo habían hecho, sino fuera de
ella, donde ninguna otra solicitación podía llevarlas
que el amor a los pobres cuyas necesidades debían
socorrer y a Jesucristo, vida única, entonces más que
nunca, de su vida, esposo de sus almas, norte de sus
deseos y corona de sus trabajos.
Pedíaselas, en efecto, no sólo de Polonia, sino has­
ta de Madagascar, y los fundadores, viendo en tales
demandas una señal de la voluntad divina, determi­
naron acceder a ellas comenzando por Polonia, lugar
más próximo y donde menores dificultades de realiza­
ción podía ofrecer el proyecto. Había, además, en fa­
vor de Polonia otras razones, y eran la persona y las
circunstancias de la persona que allí hacía la deman­
da, que no era otra que la propia reina Luisa María
Gonzaga, antigua socia de las Caridades en París, y
como tal, amiga íntima de San Vicente y quizá tam­
bién de nuestra Venerable.
Casada primero en 1645 con Wladislao Wasa, y
después, en 1649, con Juan Casimiro, reyes ambos
de Polonia sucesivamente, quería tener un recuerdo y
un estímulo al mismo tiempo de su vida de caridad en
Francia, donde había pasado una gran parte de su ju­
ventud, y escribió a San.Vicente rogándole que la en­
viase Padres de su Congregación e Hijas de la Cari­
dad. El santo, que no sólo la quería tiernamente, sino
que en su bondad no hallaba términos con que pon­
derar tantas virtudes como admiraba en ella, se apre­
suró a llenar sus deseos, mandándola por de pronto,
en Septiembre de 1651, tres o cuatro de sus sacerdo­
tes y anunciándola el próximo arribo de varias Hijas
de la Caridad (1).
AI año siguiente se reunían, en efecto, tres de ellas,
Sor Margarita Moreau, Sor Francisca Donelle y Sor
Magdalena Drugeon, en la sala de las conferencias
para recibir las últimas instrucciones y el postrer adiós
de San Vicente. “¡Cuán pocas tienen como vosotras,
hijas mías, exclamó el santo, la dicha de recibir la
misión que hoy vosotras recibís de ir a trabajar fuera
de vuestra patria en el bien espiritual y corporal del
prójim o!... ¡Oh, la misión en otro tiempo de San
Francisco Jav ier!...,, Y ¿qué os podré yo desear en
estos momentos? "Que el Señor derrame sobre vos­
otras sus grandes bendiciones, esas sus bendiciones
que se extienden, no sólo de Oriente a Occidente, sino
del tiempo a la eternidad, para haceros crecer de vir­
tud en virtud. Pegaos sobre todo a las reglas como el
caracol a su concha de suerte que no podáis vivir sin
ellas„ ( 1 ).
Las recomendaciones que Luisa de Marillac las hizo
fueron, si no más eficaces, más vivas y cariflosás, y con
ellas y con la tierna despedida de todas las Hermanas
se pusieron en camino el 7 de Septiembre, llegando
cosa de tres semanas después a Lowiez, cerca de Var-
sovia, donde, a la sazón, se hallaba la reina. Gran sa­
tisfacción experimentó ésta con la vista de las Herma­
nas, según que dos días después del suceso escribía
a San Vicente, al comunicarle, por cierto, otras nue­
vas no tan agradables. La peste, en efecto, que ya des­
de el año anterior venía haciendo horribles estragos
en el país, acababa de penetrar desolándolo todo y
llevando la consternación y el desaliento a todos los
corazones en la capital. El Sr. Lamberto, superior de
los sacerdotes de la Misión que acababan de llegar de
Fran cia, después de asistir con los otros M isioneros a
los apestados de C racovia, había ido a hacer lo propio
en aquella ciudad; y el peligro que podía correr la au­
mentaba la pena. “E l bueno del S r. Lam berto, escribía
a San Vicente a últimos de Septiem bre de 1652, vien­
do el horror que los polacos han cobrado a la peste,
ha querido ir él mismo a Varsovia para poner allí algo
más orden del que había en el socorro de los po­
b re s... „ San V icente nos da en una de sus cartas
pormenores más detallados de la triste situación de
aquella capital. “Los M isioneros de P olo n ia, escribía,
están haciendo mucho bien. No tengo tiem po para p o ­
neros a la vista el campo de acción que se presenta a
su celo ; sólo os diré que desarrollada la peste en V a r­
sovia, residencia ordinaria de la corte, es tal el pánico
que se ha apoderado de los habitantes, que cuantos
han podido abandonar la ciudad la han abandonado,
sin preocuparse de otra cosa que de salvar por el m o­
mento sus vidas, siendo tal el desconcierto que reina
así en esta com o en las demás poblaciones atacadas
del contagio, que la única providencia que se tom a
con los cadáveres es la de echarles al arroyo, donde
son despedazados por los perros. Tan pronto com o
uno es atacado de la epidem ia, se le echa fuera de la
casa, en la calle, donde por precisión tiene que morir,
aunque no sea más que de ham bre, ya que nadie se
llegh a él a darle un solo b ocad o. Los artesanos, los
jornaleros, los criados, las viudas y los huérfanos se
hallan en la más absoluta m iseria, no teniendo ni don­
de trabajar ni donde p ed ir.u n a limosna por haber
huido todos los ricos. E n medio de tanta desolación
y para socorrer tanta miseria se ha presentado en
aquella gran ciudad el S r . Lam berto; y ya, por la gra­
cia de D ios, ha empezado a poner en ella algún orden,
haciendo enterrar los cadáveres, reunir a los contagia­
dos, lo mismo que a los enferm os pobres de otras en­
ferm edades, en salas donde puedan ser asistidos c o r ­
poral y espiritualm ente, y disponer, en fin, tres o cua­
tro casas a modo de hospicios u hospitales donde re­
coger a los demás pobres de (a capital, separando los
hom bres de las m ujeres y las m ujeres y los hombres
de los niños, y atendiendo a las necesidades de todos
con las lim osnas y donativos de la reina,, ( 1 ),
P o co antes habían hecho en Cracovia, la antigua
capital del reino, una cosa parecida aquellos dignos
h ijo s de San Vicente (2 ), pero habiendo tenido que
ausentarse de ella para acudir en ayuda, com o hemos
visto, de otras ciudades, no sabía qué hacer la reina,
si destinar a la corte o mandar a aquella población las
recién llegadas H ijas de la Caridad. Al fin se decidió
por un término m edio; enviaría dos a Cracovia y re­
tendría la otra a su lado. No contaba con el sublime
encariñam iento que las H ijas de la Caridad habían co ­
brado a su vocación. Sin im aginar, pues, nada que
pudiese impedir sus proyectos, las llam ó a su presen­
cia y les d ijo: “E a , Hermanas mías, ya es hora de que
em pecem os a trabajar. Una de las tres, So r M argari­
ta, se quedará conm igo, y las otras dos irán a Craco­
via a servir a los pobres.
“— ¡A h, señora! ¿Q ué es lo que d ecís?—exclamó
vivam ente la aludida— . Nosotras no somos más que
tres para ir en ayuda de los pobres, y vuestra m ajes-

(1) Suppl., p. 97.


(2 ) M em oir., t. I, p. 10
tad tiene en el reino tantas otras gentes que la podrán
servir m ucho m ejor que nosotras. D ejad , señora, q u er
aquí, com o en todas partes, nos dediquem os a las fun­
ciones para que Dios nos ha llam ado.
" — ¿De m odo, Hermana mía— insistió la reina tur­
bada de adm iración— , que rehusáis quedaros a mi
servicio?
“— Dispénseme vuestra m ajestad, pero es que nos­
otras nos hem os dedicado al Señor para servirle en
los pobres,, ( 1 ).
Tan inesperada salida desconcertó los planes que la
reina se había forjado, y no pudiendo resignarse, ah o­
ra menos que nunca, a separarse de ellas, prefirió que
todas fuesen a la capital, donde al menos podría con
frecuencia visitarlas y servirse de las inspiraciones de
su caridad.
Las tres Herm anas partieron, pues, para V arsovia,
y entre la alarm a, las inquietudes y los tem ores que el
levantam iento de los cosacos, apoyados por los rusos
en la Lituania, había venido a añadir a Jos d é la pes­
te y a los que en perspectiva ofrecía en el horizonte la
mala inteligencia de Ju an Casimiro con Su ecia, se de­
dicaron con afán a la instrucción de los niños pobres
y al servicio de los enfermos y m enesterosos que los
sacerdotes de la M isión habían recogido, com o arriba
indicam os, en algunas casas particulares ( 2 ).
Aquí, en una casita lindante, según parece (3 ), con

(1 ) Contfer. au x F . d. 1. L ':. t. 1, p. 5 1 6 .— V. igualmente


la pág. 598 del mismo tomo.
(2) V . las indicaciones, algo vagas, sobre el particular
de Luisa de Marillac (t. I, p. 106, y r. IV , p. 52) y de las
C o n íé ren ce s aux F ilie s de la C h arité (t. 1, p. 517.)
(3 ) Baun., p .4 5 1 .
la iglesia de Santa Cruz, que tanta parte había de tener
•en la historia de los hijos e hijas de San Vicente de
P aúl en P olonia, vino a hallarlas la reina después de
Ja guerra con los cosacos y moscovitas de la Lituania,
adonde había seguido a su esposo y donde el Sr. Lam ­
berto, que la acom pañaba, había sucumbido victim a
de aguda y dolorosísim a enfermedad el 31 de Enero
de 1653, Una de las penas de que trató de aliviar su
espíritu en la primera visita a las Herm anas, fué sin
duda ninguna esta de ía pérdida de tan buen sacerdo­
te; pues que, en efecto, había sabido comprender su
m érito. “S i no me mandáis un segundo señor Lam ber­
to, escribía con lágrimas a San V icente, no sabré qué
hacer* ( 1 ). Por su parte el dolor de las Hermanas no
podía ser m ayor, sabiendo que en perderle perdían su
principal apoyo y consejo. Realm ente estaban incon­
so lab les. “Nuestras pobres Hermanas de Polonia, es­
crib ía el 26 de Marzo Luisa de M arillac, necesitan
grandem ente de nuestras oraciones; pues aunque la
reina las prodiga sus bondades y cuida personalmente
de ellas, su dolor tiene que ser, sin em bargo, vivo y
agudo con la pérdida de sem ejante padre* (2 ).
No obstante, si algo podía remitir su pena era ver­
daderamente el cariño y amistad cada día mayores
que, com o indica nuestra V enerable, las profesaba la
reina.. “Estaba, dice G obillon, tan encantada de las
virtudes de las Hijas de la Caridad que frecuentem en­
te pasaba con ella días enteros,, (3 ). Y una- vez a su
lad o, se convertía en otra Hija de la Caridad com par­

tí) M emoir., t I, p. 14.


(2 ) L . de M., t. IV, p. 63.
( 3) Ibid-, t. I, p. 107.
tiendo las labores y trabajos de las Herm anas en favor
de los pobres. Em ocionado San V icente al saberlo*
no pudo menos de felicitarla calurosam ente en 1659.
"Nuestras buenas hijas, la escribía el santo, se han
impresionado grandemente al saber que vuestra m a­
jestad hilaba y devanaba en persona el hilo con que
repasar la ropa de los pobres. Jam ás se ha visto cosa
sem ejante en la Iglesia de Dios. Sabem os por la histo­
ria que una princesa hilaba el hilo que había de ser­
vir para hacer y repasar sus vestidos, mas 110 recuerdo
de ninguna que haya llevado su virtud al punto de
em plear la obra de sus manos en el servicio de los p o ­
bres com o vuestra m ajestad lo hace. Yo creo, señora,
que D ios se com place en presentar vuestra conducta a
la adm iración de los ángeles y de los bienaventurados
en el cielo, com o se com place aquí la Iglesia y se llena
de alborozo aí contem plaros. Bendito sea D ios, seño­
ra, por las gracias de que os hace participante; y que
el cielo os conserve m uchos años la vida para edifica­
ción de su Iglesia w (1).
F á c il es de inferir, a todo esto, por los ejem plos
que sabían inspirar a los demás, cuál sería la conduc­
ta de las Hermanas. Como todos cuantos eran testigos
de ella, el S r. O zenne, que había sucedido al Sr. Lam ­
berto en el régim en de las dos fam ilias de San V icen­
te en Polonia (E nero de 1654), no pudo m enos de ha­
cer calurosos elogios de ellas a nuestra V enerable (2).
Y cierto que ningún caudal de virtud era m ucho
para bregar sin riesgo por el tempestuoso mar de des­
órdenes y calam idades que en tan críticos m om entos

(1 ) L e ttr., t. IV, p. 4 4 5 .
(2) L . de M., t. IV, p. 141.
envolvían a aquel infortunado país. La peste seguía
cebándose en el interior ( 1 ); y la guerra, lejos de dis­
minuir, estaba a punto de encenderse también por otro
lado con los batallones que Su ecia se disponía a echar
del otro lado del B áltico. En espera de más despeja­
dos horizontes y de nuevas Hermanas que viniesen a
com partir con ellas la pesada carga de sus m inisterios,
dos de las H ijas de la Caridad seguían en V arsovia,
donde a la escuela que ya habían abierto en su resi­
dencia añadieron un hospital al hacerse cargo de la
adjunta parroquia de Santa Cruz los sacerdotes de la
M isión (19 de D iciem bre de 1654) (2 ). La otra había
ido en 1653, lejos de la capital, a fundar una escuela
de niñas, de las que algunas, por una carta de nuestra
V enerable, sabem os que “querían ser H ijas de la Ca­
ridad, creciendo de tal suerte el número de las alum-
nas, continúa la sierva de D ios, que si el cielo bendice
la empresa se podrá hacer allí un gran estableci­
miento» (3).
Para madurar y recoger tantos frutos com o en lon­
tananza ofrecía aquel gran cam po del Padre de familia
acudieron la reina a San V icente y el S r. Ozenne a
Luisa de M arillac en demanda de nuevas operarias.
No era muy prudente responder a tales deseos m ien­
tras las revueltas civiles y políticas no se calm asen;
pero hacíaseles muy duro dejar a las primeras Herm a­
nas en el aislam iento en que hacía ya casi tres años
estaban; y por Agosto de 1655 enviaron otras tres en
com pañía del S r. Berthe, sacerdote de la M isión, que

(1) M emoir., 1 1, p. 16.


(2) Ibid., t. I, p. 20.
( 3; L . de M., t. IV, p. 6 3 .
ib a a visitar las casas e individuos de am bas familias
en P olonia. Las nuevas de la invasión del país por
Carlos Gustavo, rey de Su ecia, quien con sesenta mil
hom bres se dirigía a atacar la capital, no las permitie­
ron continuar el cam ino; y desde R ou en , donde esta­
ban ya para em barcase, tuvieron que dar la vuelta a
París. Incapaces a todo esto los reyes de P olonia de
resistir a fuerzas tan aguerridas com o eran las de aque­
llos rudos invasores formados en la escuela del célebre
Gustavo Adolfo, se retiraron a la Silesia, llevándose
consigo al Sr. Ozenne y a las H erm anas de Varso-
via (1). A quí, en Glogau unas veces y otras en O ppeln,
permanecieron las H ijas de la Caridad, ocupándose
com o podían en las funciones propias de su instituto
desde 1655 hasta 1657, en que la intervención de otras
potencias y los heroicos esfuerzos de So bieski y Zar-
neski lograron echar del país al enem igo. Desde el
destierro de O ppeln las Herm anas fueron a unirse con
sus m ajestades al cam po de C racovia, donde antes de
entrar en la ciudad se detuvieron algunos días auxi­
liando, com o sus Hermanas en F ran cia, a los heridos
del ejército. Al fin, en com pañía de los reyes y de las
tropas, volvieron a entrar en Varsovia a últimos de
O ctubre, según creo, de 1657 ( 2).
De esta fecha puede decirse que data el arraigo y
organización de las Hermanas en el reino. Las H ijas
de la Caridad, que com o el sauce en ninguna parte
dicen m ejor que entre lágrim as y suspiros, no podían
menos de echar hondas raíces en la clásica tierra del
dolor. Ni San Vicente ni Luisa de M arillac alcanzaron

(1) Memoir., t I, p. 21 .
(2) Id., t. I, p. 2 2 .
a ver en esta vida el desarrollo y pujanza de la nueva
provincia; pero sí que asistieron a su definitiva orga­
nización. El primer paso que en este cam ino se dió
iu é el establecim iento de un amplio hospicio para ni­
ñas pobres, al que la reina no vaciló en dedicar "su
gran p alacio,,, com o escribía San V icente (1). Tal fué
e l Instituto de San Casimiro, destinado a ser en breve,
com o verem os, la casa central. Al lado de este hos­
picio se levantó tam bién para remedio de una de las
llagas más hondas de la sociedad polaca un asilo, que
tam bién se puso a cargo de las H ijas de la Caridad.
*L a piedad de la reina, escribía poco después el pri­
mer biógrafo de nuestra V enerable, no \s ha permitido
pasar por alto otra de las más urgentes necesidades de
su reino. Su ced ía, pues, que así los criados que por
caer enfermos eran echados de casa por sus am os,
com o los pasajeros que sorprendidos^ por algún acci­
dente o enfermedad tenían que detenerse en la pobla­
ció n , no hallando donde albergarse, se veían reducidos
a dormir sobre algún muladar para ponerse a cubier­
to del frío, lo que llegado a oídos de la reina la im ­
presionó de tal suerte que al punto hizo levantar para
ellos un nuevo pabellón,, ( 2 ).
E l servicio de estas fundaciones exigía, com o es na­
tural, mayor número de Herm anas; hasta veinte llega­
ron a Polonia en 1660 (3). Y com o no tardaron en
ofrecerse vocaciones del mismo país, bien pronto se
formó un grupo respetable de Herm anas, que no sólo
las permitió extenderse por otras ciudades del reino,

(1 ) L e ttr., t. IV, p. 445.


(2) L . de M., t. I, p. 108.
(.3) Baun., p. 582.
sino abrir y establecer form alm ente en V arsovia, en el
Instituto de San Casim iro, una nueva Casa central y
Sem inario por el estilo de la Casa central y del S em i­
nario de París. "Q u e D ios dé perseverancia a esa bue­
na jov en , que la reina ha puesto com o primera planta
en el Sem inario de las H ijas de la Caridad, escribía
San V icente refiriéndose a la primera de las novicias; y
que tenga a bien por su m isericordia mutiplicarlas en
el reino y llenarlas de la virtud cuyo nom bre lle­
van,,.
Así sucedió en efecto, aunque ya en tiem pos que
rebasan los de la presente historia, convirtiéndose en
profecía y anuncio los deseos de S a n V icente.
L a dirección general del instituto.— L a dirección suprem a
y los sacerdotes de la Misión.— Completa San V icente y
da por escrito a la Hijas de la Caridad las constituciones
o reglas com unes.— Elección del Consejo y funciona­
miento oficial de la Compañía.

§ I .—La dirección general del instituto.

RANDES eran los adelantos que las H ijas de la

f Caridad habían hecho desde el año de 1646 en


que cerram os el primer período de su organi­
zación y desarrollo. No sólo habían ensanchado el ra
dio de sus primitivas funciones, multiplicando las Ca­
ridades, los orfanatorios, las escuelas gratuitas de niñas
pobres y los hospitales, sino que, respondiendo siem ­
pre al llam am iento del Señor, habían abarcado otras
nuevas, com o los asilos de ancianos, las am bulancias
de la guerra, etc., y esto no sólo en su país, sino
hasta en otras naciones com o en P olonia.
Su virtud y perfección, sin querer hacerlas a tod as
unas santas, eran tam bién de día en día mayores ( 1 );

(i) Véase entre otros muchos testimonios A b,, t. I, pá­


gina 171; Av. et Conter,, p. 2 7 ; Confér. au x F . d. 1. Ch., t. I ,
PP- 158 y 393 , y t. II, pp. 4 1 6 y 497 ; L e tr,, t. III, pp. 282 y
354 * y t. IV , p . 9 .
«extendiéndose de tal modo su buen nom bre y la fama
y utilidad de sus servicios que “rara, decía S^n V icen ­
te , era la semana en que no se las ofrecía alguna nue­
va fundación» ( 1 ).
Todo esto hacía que el instituto de las H ijas de la
Caridad fuera un verdadero tesoro, una m aravilla que
de solo el Señor podía traer su o rig en .— ¡A h !, n o,
ninguna parte, se decían y no se cansaban de repetirlo
así a todo el mundo los fundadores: ninguna parte
podía haber tenido en ella el espíritu hum ano. "S ó lo
D ios, hijas mías, exclam aba San V icente en una co n ­
ferencia, es su autor. Una com pañía com o la nuestra
destinada a em pleos tan altos, tan agradable a Nues­
tro Señor y tan útil al prójim o, no puede tener otro
origen que Dios,, (2).
M as ¡qué triste sería, por lo m ismo, verla deshacer­
s e , agonizar y sucum bir por cualquiera razón que
fuese! “ ¡A h, que muera yo antes que tal su ced a!, im ­
ploraba San V icente angustiado a la sola idea de la
desaparición de su obra; ¡que muera yo antes que ver
a los pobres faltos del socorro que la com pañía les
p roporciona!„ (3 ). Ni era m enor, sino más vivo y agu­
do este recelo en nuestra V enerable, dadas las circuns­
tancias de mujer y de la mayor delicadeza y debilidad
que en ella concurrían. Puesta, por otra parte, en más
continuo contacto con las Hermanas y palpando más
de cerca el funcionam iento de la com pañía y las difi­
cultades que de atender a tan com plejos ministerios
resultaban, tenían que darla más enojos las defiden-

(1) Confár. au x F . d, 1. O í., t. Ií, p. 3 5 7 .


(2 ) Ibid., t. I, p. 211.
(3 ) Ibid., p. 599.
cías de la obra y asaltarla mayores tem ores por las
consecuencias que de ellas podían derivarse. Afligíala
en conjunto la falta de sancionam iento legal o regular
de varias prácticas que, dado el modt) con que se h a­
bía fundado y desenvuelto el instituto, aun estaban en
el aire. "H ijas m ías, propuso un día San Vicente a las.
Hermanas del Consejo en 1647, trátase de poner or­
den a algunas necesidades que la señorita Le Gras ha
advertido en la com pañía. De haber algo que orde­
nar, más vale.hacerlo pronto que tarde. Al presente,
la señorita Le Gras vive, yo vivo, y lo que ahora se
haga eso es lo que se hará siempre. Si se dejan pasar
las cosas, cuando más tarde se quiera poner rem edio,
de aquí a treinta, cuarenta o cincuenta años, si para
entonces existe la com pañía, quizá no sea posible. S e
diría: Así se hizo en un principio; así ha continuado
haciéndose después. Vivía el Sr. V icente, vivía la
señorita Le G ras, y uno y otro aprobaron tal género
de conducta, etc. P or esto, hijas mías, si el perfeccio­
nam iento de la com pañía exige poner orden en alguna
cosa, pongám oslo cuanto antes,, ( 1 ).
P ero entretanto que este orden se ponía, ¿cóm o
permanecer tranquila e indiferente? La sierva de D ios
tem blaba cada vez que San V icente caía enfermo d e
alguna gravedad; hasta el punto de que alarm ado el
santo al verse objeto de tanta veneración e interés-
hubo de reprenderla, más por acallar los sobresaltos
de su humildad que por corregir falta ninguna real de
su dirigida. “No veo en vuestra conducta, la escribió,
toda aquella confianza en Dios que seria de desear;
pues desde el punto en que me veis enferm o, ya todo*
lo creéis perdido. ¡O h m ujer de poca fe! ¿Cóm o a
vista del ejem plo de Jesucristo no crece y echa raíces
vuestra confianza? E ste Salvador del mundo dejaba
■confiadamente a su Eterno Padre el cuidado de toda
la Iglesia, ¿y vos pensáis que para unas cuantas hijas
que su divina Providencia visiblem ente ha hecho na­
cer a vuestro lado os va a faltar? H um illaos profun­
dam ente, señorita, en la presencia de Dios,, (1).
Tres eran, sobre todo, los puntos cuya definitiva so ­
lución traían por su capital interés inquieta a nuestra
Venerable: el superiorato general de la com pañía, la
clase de autoridad eclesiástica a que las Herm anas de­
bían rendir obediencia y la redacción por escrito de
las reglas com unes.
Ya que ella perm aneciese de por vida según em pe­
ño de sus hijas y de San V icente al frente del institu­
to, ¿quién había de sucedería? M ás claro: ¿entre q u ié­
nes se había de escoger la nueva superiora general,
entre las Señoras o entre las H ijas de la Caridad? H oy,
a tres siglos de distancia y con nociones más justas y
más cristianas de la igualdad de clases sociales, nos
parece baldía y hasta importuna sem ejante cuestión.
Lo propio era que una Hija de la Caridad fuese la su­
periora de sus Herm anas. Con todo, si se tiene en
cuenta que la com pañía no había sido en un princi­
pio más que un cuerpo subsidiario de las Señoras y
que una de éstas en cualidad de tal había sido la en­
cargada de formarlas, educarlas y dirigirlas, no se ten­
drá tante dificultad en explicar el fenóm eno. De todas
suertes, el hecho es que la duda existió preocupando
hondam ente a las personas interesadas en el asunto
que la hicieron objeto de no pocas deliberaciones y
consultas. Al fin se cortó por donde parecía natural.
“Pesadas y consideradas todas las cosas, escribía San
Vicente el 2 0 de N oviem bre de 1654 al superior de las
casas de Varsovia, hem os determinado hacer de la tie­
rra la zanja, es decir, que la superiora sea una de las
H ijas de la Caridad, elegida por mayoría de votos de
entre las mismas Herm anas. Con esta condición y la
ayuda que la preste el superior de nuestra com pañía,
hay motivos para esperar que el Señor bendecirá su
gobierno,, ( 1 ).
Y, en efecto, ahí está proclam ando el acierto de se­
m ejante determ inación y las bendiciones con que el
Señor la ha aprobado, toda la maravillosa historia de
las H ijas de la Caridad.

§ I I .—La dirección suprema y los sacerdotes


de la Misión.

“Doy gracias a D ios, escribía San V icente a uno de


sus hijos sobre la cuestión del epígrafe antecedente,
de que hayáis conocido la im portancia de las razones
que tiene la congregación para abstenerse de dirigirá
las religiosas, porque no sirviese esto de obstáculo al
servicio que estam os obligados a hacer al pobre pue­
blo; y com o deseáis saber qué motivo hayam os teni­
do para encargarnos del cuidado de las H ijas de la Ca­
ridad, y preguntáis por qué la congregación cuida de
dirigir a ésta teniendo por máxima no encargarse de la
dirección de las religiosas, os d iré ... que las H ijas de
la Caridad no son religiosas, sino unas doncellas que
andan de una parte a otra com o las seculares: son per­
sonas que viven en sus parroquias bajo la dirección de
los curas; y si nosotros tenem os la dirección de la casa
en donde se educan es por haberse D ios servido de
nuestra com pañía para dar principio a la suya, y bien
sabéis que Dios para conservar las cosas se sirve de
las m ismas causas que em pleó para darlas ser„ ( 1 ).
¡Y que no había necesitado poco nuestra V enerable
para doblegar al santo y hacerle entrar por sem ejantes
ideas! Ni un solo m om ento de su vida dejó de decir
San V icente y de protestar que él no había tenido par­
te ninguna en la fundación de las H ijas de la Caridad;
que todo había sido efecto y obra exclusiva de la di­
vina Providencia, y que dado el carácter de “Sirvien-
tas„ de las Caridades y de auxiliadoras de los párro­
cos en el cuidado de los enferm os e instrucción de la
niñez con que el Señor las había hecho nacer en su
Iglesia, no era a é íf “pobre h ijo de labradores y peca­
dor, no com o quiera, sino el más abom inable de to ­
dos los pecadores del mundo„ ( 2 ), a quien debían es­
tar sujetas y de quien debían depender, sino de la au­
toridad diocesana. No fué sólo en este asunto en el
que la inspirada resolución de nuestra V enerable tuvo
que hacer frente a la retraída humildad del santo; pero
en éste más que en otros, por juzgarle de capital y a l­
tísimo interés, no cesó hasta conseguir sus intentos.
Inspirada hem os llam ado a la resuelta actitud que Lui­
sa de M arillac adoptó ante San V icente en la causa de
la dependencia de su instituto del instituto de la M i-

(1 ) F r . Juan del Santísimo Sacram ento: Vida de San V i­


cen te de Paúl, p. 219; A b ., t. II, p. 4 6 0 .
(2 ) L e ttr., t. I, p. 370.
sión com o ramas que, al fin, habían brotado de un
mismo tronco y se habían nutrido de una misma sa­
via; y, en efecto, no hay una sola de entre las pala­
bras que habló en eí asunto que no aparezca com o
hija de la oración y com o inspirada de lo alto. Alu­
diendo sin duda a su modo de ver sobre el particular
y a la oposición de San V icente, escribía ya en 1644
con motivo de la maravillosa providencia de que ha­
blam os en otro capítulo ( 1), y que impidió que, así
San Vicente com o las H ijas de la Caridad, murieran
sepultados .entre las ruinas y escom bros de una sala:
"H am e parecido que tuvo entonces lugar algo de ex­
traordinario para el establecim iento sólido de nuestra
reducida fam ilia. He entendido que este accidente,
que más que accidente ha de llam arse gracia, debía
ser para nuestro venerado Padre una advertencia que
le lleve a unir con más estrechos lazos nuestra com pa­
ñía a su instituto, ya que tal es la voluntad de D ios y
que así parece exigirlo la comunidad de intereses,, ( 2 ).
Como sus palabras no hacían, sin em bargo, mella en
la humildad del santo, acudió a la oración: “La octava
del Santísim o Sacram ento, dejó escrito entre sus pa­
peles, adorando a Jesú s sacram entado en el coro de la
iglesia de nuestros venerados Padres, le he pedido por
la unión amorosa del Verbo con la naturaleza humana
que ellos y nosotras perm aneciésem os siem pre incorpo­
rados a Él y a la jerarquía de la Iglesia apostólica y ro­
mana por la sólida unión del cuerpo de am bas com uni­
dades con los pobres, com o es la voluntad de Dios» (3).

(1) Libro III, r. VIH, § II.


(2) L . de M,, t. II, p. ig 4 .
(3 ) Ibid , p. 220.
La oración de nuestra V enerable había de ser oída
y vencer la resistencia de San V icente, pero más tar­
de. P o r entonces, encastillado el santo en el reducto
de su m odestia, no dió oído a otras razones que a las
de su "nada,, com o él decía; y en la solicitud que en
1646 hizo al arzobispo de París para !a aprobación de
las H ijas de la C aridad,dejó en m anos de su ilustrísima
y en las de sus sucesores el gobierno de la compañía
y la facultad de ponerla el superior o director que bien
les pareciese. No necesitaba tanto Luisa de M arillac
para alarm arse. P arecíale que sacar al instituto del
elem ento en que había recibido el primer soplo de
vida y el primer rayo de luz de la caridad era m atarle,
y así, después de encom endar el asunto a Nuestro S e ­
ñor, se lo escribió con gran encarecim iento a San V i­
cente. “Esta dependencia de sn ilustrísim a, mi muy
estimado Padre, le d ijo, expuesta en térm inos de tan
absoluta subordinación, ¿no podría perjudicarnos al­
gún día, dada la libertad que se le concede para sa­
carnos del gobierno del Superior general de la M i­
sió n ?... En nombre de D ios, señor, no paséis por nada
que en adelante pueda dar pie a alguno para apartar a
la com pañía de la dirección que D ios la ha dado;
pues no ignoráis que desde el m omento en que tal su­
cediese, ni las H ijas de la Caridad serían lo que son
ni los pobres serían socorridos, con lo que es fácil
com prender que nos hallaríam os fuera de los térm i­
nos de la voluntad de D ios, en la cual soy, etc.,, (1).
E l arzobispo de P arís, Ju an Fran cisco de Gondi,
tan relacionado, com o toda aquella ilustre fam ilia, con
San V icente, expidió la aprobación canónica que se
le pedía del nuevo instituto, y nom bró, com o era na­
tural, al mismo santo superior perpetuo de la misma.
Luija de M arillac respiró. Al fin la dependencia de
sus hijas quedaba por algún tiem po asegurada a la
congregación de la M isión. Dios acabaría lo demás,
com o esperaba, y llevaría a granazón sus buenos de­
seos. P or su parte, no se olvidó de instar a San V icen ­
te para que volviese sobre sus pasos. “El Señor, se­
gún creo, le escribía el 20 de Noviembre de 1647,, me
ha hecho sentir yo no sé qué paz al hacer mi oración
sobre la necesidad de que nuestra com pañía esté siem ­
pre espiritual y temporalmente bajo la conducta que
la divina Providencia ha tenido a bien asignarla.
P ien so haber visto que sería para más gloria suya el
q u e las H ijas de la Caridad dejasen de existir que se
pusiesen bajo otra obediencia; ya que esto seria, se­
gún parece, contrario a la voluntad de Dios,, (1).
Im posible era que San Vicente no acabase al fin
por rendirse a tantos y tan insinuantes requirim ien-
tos. Así sucedió, según puede conjeturarse, con el que
la sierva de D ios le hizo por una nueva carta del 5 de
Ju lio de 1 6 5 í , y desde esta fecha ya no pensó más
que en refundir con arreglo a las indicaciones de
nuestra Venerable los estatutos de las H ijas de la Ca-
riiiad y en solicitar de la autoridad eclesiástica nueva
aprobación de la com pañía.

(i) L . d e M., t. III, p. 244.


§ III .— Completa San Vicente y da por escrito a las
Hijas de la Caridad las constituciones o reglas co-
munesi

Otra de las cosas que más preocupaban, com o d iji­


m os, a nuestra V enerable en el asunto de la completa
organización de las H ijas de la Caridad, era la redac­
ción oficial y escrita de la constituciones conveniente­
mente modificadas con arreglo a lo que la experien­
cia las había ido ensenando. P arécem e, escribía a San
Vicente con la fecha arriba indicada de 5 de Ju lio de
1651, que uno de los medios más esenciales para im­
pedir el desorden en el instituto es “el poner por es­
crito nuestra regla de vida, enviándola a aquellos lu ­
gares en que haya Hermanas que sepan leer, con la
recom endación, por supuesto, de guardarla cuidado­
sam ente y de no dar copias de ella a n a d ie...» ( 1 ).
Las revueltas de la Fronda no permitieron por de
pronto llevar a efecto la idea; pero alejada la guerra
civil, al menos de la capital, en 1654, se dirigió San
Vicente a su antiguo discípulo Ju a n Francisco P a ­
blo de G ondi, ahora arzobispo de París y cardenal de
Retz, en demanda de nueva aprobación de las reglas
y del instituto, por la que expresam ente se determ ina­
se que el superior general de las H ijas de la Caridad
fuese siempre el de los sacerdotes de la M isión. Nin­
guna dificultad tuvo el inquieto pero agradecido car­
denal en acceder a la súplica de su bondadoso pre­
ceptor, y en las Letras que con fecha 18 de Enero de
1655 expidió al efecto, d ecía: “Y por cuanto Dios se
ha servido bendecir la empresa que nuestro muy am a­
do Vicente de Paúl ha acom etido, le hemos confiado
y confiam os por la presente el gobierno y dirección de
de dicha comunidad por el tiempo de su vida, hacien­
do extensiva la autorización para después de su muer­
te a sus sucesores los superiores generales de la con­
gregación de la Misión» (1 ).
Los deseos de Luisa de M arillac estaban cum plidos.
Como el anciano Sim eón podía ya morir tranquila­
m ente. M as para bien de sus hijas y de su instituto
aun la quedaban, com o a San V icente, cinco años de
vida.
El docum ento de que arriba hicim os m ención fué
expedido en R om a, donde a la sazón se hallaba el
cardenal de Relz; y quizá al retraso que sufriera en
llegar a París haya que achacar el que San Vicente no
le com unicara y diese lectura de él a sus hijas hasta
prim eros de Agosto. El 8 , en efecto, se reunían en la
sala de las conferencias de la Casa madre cuantas H i­
jas de la Caridad pudieron hacerlo de París y quizá
tam bién de otros lugares de las provincias, e invocado
el auxilio deí Espíritu San to, com enzó San V icente a
exponerlas el objeto de la reunión. Leyó luego así la
aprobación de 1646 com o la última de aquel mismo
ailo; y exhortándolas a amar más y más cada día su
vocación y sus constituciones, revestidas una y otras
por virtud de los nuevos docum entos de mayor lustre
y recom endación, prosiguió: "A quí tenéis ya, mis
caras Herm anas, vuestras reglas y en forma de podér­
selas transmitir a la posteridad. ¡O h !, dad gracias a Dios
por haberos escogido para tan grandes cosas. C ierta-

( ij Baun.,p. 534.
mente no podía haberos cabido mayor dicha que la
de ser del número de aquellos de quienes decía el
Apóstol: Qaos prcescivit et prcedesürtavit: A quellos a
quienes D ios ha predestinado les ha hecho sem ejantes
a la im agen de su H ijo; y no sois vosotras, sino D ios,
quien os ha elegido para ser apóstoles de la caridad.
¿Q ué os resta, pues, hacer? Darle gracias por haber
puesto los ojos en vuestra indignidad y haberos prefe­
rido a tantas otras para ser sus esposas y haceros se­
m ejantes a su divino H ijo,„
Y ¿cóm o mostrarle este agradecim iento? Claro está
que de ningún modo m ejor que guardando fielm ente
las reglas que É l mismo les había d ad o. “Pero
¡qué!, continuó el santo: decidm e, hijas m ías, ¿estáis
todas en la disposición de continuar observándolas?
“— S í, Padre m ío.
“— ¿A ceptáis de nuevo todas estas constituciones?
“— S í, Padre m ío.
* — Dirijám onos, pues, a la Santísim a V irgen, y pi­
dámosla que tenga a bien encom endarnos a su queri­
do H ijo y alcanzarnos de É l las gracias que al efecto
necesitam os: Santísim a V irgen, intercesora e intérpre­
te de los que no tienen palabras con que expresarse,
así estas buenas Hermanas com o yo os suplicam os
que tengáis a bien proteger esta humilde com pañía.
Continuad y acabad una obra que es la más grande
del mundo: os lo pido, Señora, en nom bre de todas
las H ijas de la Caridad, así ausentes com o presentes.
Y V os, ¡oh Dios m ío!, hacednos esta misma gracia por
los m éritos de Jesu cristo vuestro divino H ijo . Seguid
protegiendo a esta humilde com pañía y no ceséis de
derramar sobre ella las bendiciones con que hasta el
presente la habéis colm ado. Conceded por fin, os lo
ruego, a todas estas buenas Hermanas la gracia de la
perseverancia final, sin la cual no podrían tener parte
en el galardón que vuestra infinita bondad, com o lo es­
pero, dará a aquellas que sean fieles a su vocación,, ( 1 ).
Y concluyó con darlas, com o de costum bre, la ben­
dición: Benedictio Domini, etc.

§ IV. —Elección del Consejo y funcionamiento oficial


de la Compañía.

E l acto que los fundadores de las H ijas de la Cari­


dad acababan de realizar parecía ser el coronam iento
de su obra, y , en efecto, de tal se le puede dar el
nom bre si se atiende únicam ente a la organización in­
terna de la com pañía. Por él quedaba confirm ado que
las H ijas de la Caridad o “Sirvientas de los pobres
enfermos,, se dedicarían al socorro “espiritual y tem­
poral,, de toda clase de m enesterosos, asistiendo espe­
cialm ente “a los pobres enferm os de las parroquias y
de ios hospitales, a los forzados y a los niños expósi­
tos,, (2 ); que la asociación se com pondría de “donce­
llas y de viudas», sujetas todas, bajo la suprema di­
rección del superior general de la M isión, a una su­
periora, * elegida de tres en tres años por ellas y de en-
tne ellas mismas a pluralidad de votos» (3); que no se­
rían religiosas ni claustradas (4 ); que su traje no sería
otro que el traje seglar (5 ); que no harían votos so-

(r) Conffer. au x F . d, 1. C h., t. II, pp, 93 y 94.


(2 ) Suppl., p. 509.
( 3) Ibid.
(4 ) Confér. au x F . d. I. C h., t. II, p. 108.
(5 ) Ibid., t. I, p. 180.
lem nes ni sim ples perpetuos, sino solam ente anua­
les ( 1 ); y, por últim o, que aunque el carácter de sus
ocupaciones y ministerios no las permitiese vivir vida
religiosa, debían ser más santas aún y “más perfectas„
que las mismas religiosas ( 2 ), haciendo, adem ás, del
departamento destinado a sus particulares h abitacio­
nes un verdadero claustro,, tan cerrado a toda otra per­
sona que no fueran las Hermanas com o el claustro de
las Carm elitas (3).
Algo faltaba, sí, que reglamentar aún, pero era en el
orden accidental y exterior. P or mucho talento y al­
cance que se suponga a una persona, jam ás podrá dar
a sus ju icios y determ inaciones aquellas garantías de
acierto que exige todo asunto de im portancia, com o
es, por ejem plo, el gobierno de una com unidad: ne­
cesita de otros que suplan sus deficiencias, que ilus­
tren sus dudas y confirmen sus resoluciones; y este
vacío es el que oficial y solem nem ente vino a llenarse
a poco en la organización de las H ijas de la Caridad,
dando a la superiora un consejo que la ayudase en la
difícil tarea de la dirección -del instituto. El consejo
existía ya y venía funcionando desde el 28 de Ju n io
de 1646 (4), pero sólo por vía de prueba: oficial y so­
lem nem ente, com o decim os arriba, no se estableció
hasta después de la segunda y definitiva prom ulgación
de las reglas, en Agosto de 1655. Así y todo, por esta
vez, creyeron los fundadores que en atención a la
gravedad de las circunstancias sería bueno que el mis-

(i) V . Libr, III, cap. I, § II de esta obra.


( z ) Confer. aux F. d. I. Ch., t. íl, p. 109.
(3) Ibid.. t I. p. 455, y t. If, p. 3S4.
£4) Suppi., p. 3 5 2 .
mo San V icente y no las Hermanas con sus votos, co ­
mo prevenía el reglam ento, hiciese la elección de las
consejeras, y nom bró para asistenta a So r Ju lian a Lo-
ret; para tesorera, a So r Maturina Guerin, y para des­
pensera o procuradora, a So r Ju an a Gressier. Levan­
tada el acta sobre un pergam ino, fué firmada, no sólo
por Luisa de M arillac, por las nuevas dignátarias y
por todas las Hermanas que sabían escribir, sino tam ­
bién por San V icente, quien por humildad no quiso
poner su nom bre sino el último ( 1 ).
La primera vez que con todas las formalidades de
rúbrica se llevó a cabo la elección de oficialas, término
que San V icente daba a las consejeras por estar a la
vez encargadas de sustituir accidentalm ente en su ofi­
cio a la superiora y de cuidar de los bienes m ateriales
de la casa, fué el 22 de M ayo de 1657, martes de P en ­
tecostés. Reuniéronse una v_ez más las. H ijas de la Cari­
dad de París bajo la presidencia de San V icente, y éste
abrió la sesión exponiendo los m otivos que debían
inducirles a poner sumo interés en aquel acto. “ La
primera razón, las d ijo, que os debe mover a ello, es
que todo el bien o el mal que se hace en la Casa (2)
puede decirse que depende de la superiora y de las
oficialas. S i una y otras cumplen con su cargo, la
com pañía, no lo dudéis, se conservará e irá creciendo
de virtud en virtud; mas si descuidan su deber, la co ­
munidad tendrá tam bién que resentirse y caminar
hacia atrás en vez de ir ad elante... Así que, induda-

(1 ) M ayo., t. m , p. 221.
(2) La Casa, titulo con que las H ij.isd e la Caridad d e­
signaban ordinariamente el N ¿viciado o Casa central de San
Dionisio, ce rca de San Lázaro.
blem ente, uno de íos m ayores bienes que pueden ve­
nir sobre vuestra com pañía es tener superiora y oficia­
las que velen por el bien de ella y hagan por rem ediar
los abusos que en ella se fuesen introduciendo» ( 1 ).
Acabado este razonam iento, expúsoles el santo las
cualidades con que debían estar adornadas las preferi­
das para tales em pleos y en las cuales debían fijarse las
Hermanas para dar su voto, y prosiguió: “H em os
pensado, mis caras hijas, que de ningún modo podría­
mos hacer m ejor la elección que del que se sirvieron
los Apóstoles cuando, después de la subida de Nuestro
Señor a los cielos y de la bajada del Espíritu S a n to r
procedieron a dar un sustituto a Ju d as,,; y proponien­
do a dos Herm anas para cada uno de los cargos de
asistenta, de tesorera y de procuradora, llam ó de una
en una a las que tenían ya cuatro años de vocación , y
fué recogiendo los votos de cada una de ellas. C on­
tóles después, y d ijo: «La mayor parte de los votos,
Hermanas m ías, están por So r Juana de Lacroix para
asistenta, por So r Genoveva Poisson para tesorera
y por So r M agdalena M esnage para procuradora.
¡Q ue el Señor se com plazca en esta elección y haga
la gracia a las elegidas de desem peñar debidam ente
sus cargos para su mayor gloria y utilidad del pró­
jim o!,,
Pidieron perdón de las faltas que en el ejercicio de
sus funciones pudieran haber com etido las oficialas
cesantes, y “se puso fin a la conferencia,, ( 2 ).
La duración de las oficialas o consejeras sólo era de
un año en un principio; mas desde 1658 se extendió a

(1) Confér. aux F . d. I. Ch,, t I, p. 2 2 6 .


(2) Ibid,, pp. 2 2 5-23 5 .
tres por indicaciones de nuestra Venerable (1). Otra
modificación sufrió tam bién el reglam ento en vida d e
los fundadores, y fué la de fijar en ocho el número de
años de vocación que debían tener las electoras.
Con organización tan prudente, con reglas tan adap­
tadas a los ministerios de su instituto y , sobre todo*
con los ejem plos de virtud y santidad de sus funda­
dores, que aun hoy son el más poderoso imán que las
une con Dios y las mantiene al lado del enfermo y del
m enesteroso, las H ijas de la Caridad han ido aumen­
tando de día en día, y com o el V erbo de Dios hecho
niño, creciendo en gracia delante de Dios y de los hom­
bres (2). "N o hay pueblo en la tierra, dice con justifi­
cado entusiasmo uno de los últimos historiadores de
San V icente de P aúl, que no haya visto a las H ijas de
la C arid ad ... De la cuna de su origen han pasado a
P olo n ia, Austria, Italia, España (3) y.Portugal. Ingla-

(1 ) L . de M„ t. IV, p. 2 4 8 .
(2) Evangelio de San Lucas, c. 2, 5 2 .
(3 ) Sería anacrónico y por ende importuno hablar aquí
detenidamente de las Hijas de la Caridad españolas, que no
aparecieron en la península hasta fines de Mayo de 1790*
Aquí como en todas partes se abrieron paso en la conquista
del derecho a socorrer las necesidades más angustiosas y a
asistir las enfermedades más repugnantes a fuerza d e p a­
ciencia, de abnegación y de hum ildad. Establecido en la
corte el noviciado (8 de O ctubre de 1802), gracias al celo y
eñcaz apoyo de Carlos IV , se multiplicaron extraord in aria­
m ente por toda la nación, y no sólo se fueron posesionando
de todos o de casi todos los hospitales, orfanatorios y casas-
cunas del Gobierno, sino que, pródigas siempre de su segu­
ridad y de sus vidas, ni retrocedieron ante los estragos de la
peste ni se intimidaron con los horrores de la guerra; y con e l
térra hizo con ellas una excepción m itigando el rigor
de sus leyes que no permitían llevar hábito alguno re­
ligioso; y Escocia las llamó al lado de sus enfermos
protestantes. En bajeles ingleses hicieron su travesía
para Am érica, y en la guerra de sucesión de los E sta ­
dos Unidos con la misma voluntad y diligencia se las
vió asistir a los heridos de una y otra parte. ¿A qué
tierras del Extrem o Oriente no han llegado sus blancas
tocas? Constantinopla, Esm irna, A lejandría, Jeru salén,
D am asco, Argel y Constantina las han visto atravesar
sus calles en medio de las dem ostraciones de respeto
y de reconocim iento de los turcos. Su caridad las ha
llevado hasta Persia, China, las F ilip in as y A bisinia.
“Nada ha escapado a su acción bienhechora. D on­
dequiera que han puesto los pies han fundado cunas
para los niños, hospicios para los ancianos, asilos para

mismo valor y solicitad acudieron en auxilio de las víctim as


del cólera m orbo, que en ayuda de los soldados heridos en
las guerras de la península, de Africa, de Cuba y de Filipi­
nas, Fácil es de concebir con esto la adm iración, las simpa­
tías y el carifn a que entre todas las clases sociales se ha­
rían acreedoras y que, en efecto, todo el mundo las profesa.
Ni sólo se multiplicaron y extendieron su acción benéfica
p or la península. Solicitadas por M éjico, aílá volaron en
Agosto de 1844, esparciendo por las regiones del Nuevo
Mundo el mismo buen olor de virtud y de caridad de que ya
habían llenado el Antiguo. No mucho después pasaron ta m ­
bién a las Antillas; y en 1862, a petición de Isabel II y de su
Gobierno, se encaminaron a Filipinas a h ic e rs e carg o de los
hospitales civiles y militares del archipiélago.
H oy, el número de establecim ientos que cuentan en E s ­
paña, Filipinas, Cuba y Puerto R ico es de unos seiscientos y
el de las mismas Hermanas de unas seis mil.
los huérfanos, escuelas para los adolescentes, obrado­
res para las jóvenes del pueblo y hospitales para los
enfermos, los ciegos, los dementes y los epilépticos.
No ha habido una sola llaga que haya dejado de en­
contrar en ellas rem edio, ni un dolor físico o moral
p'ara el que la H ija de la Caridad no haya tenido un
calm ante. Eí mundo, divorciado de Jesucristo y em ­
peñado en no reconocerle por la verdad de su doctri­
na, ha tenido que reconocerle por el perfume exquisito
de su caridad.
“Y ni la mudanza de los siglos , ni la variedad de
clim as y civilizaciones han podido alterar la unidad
de su fisonom ía, com o ni la miseria humana ha sido
capaz de poner la más leve sofnbra en su frente. En
plena Academia francesa decía un obispo a un antiguo
ministro de Instrucción p ú b l i c a C u a n d o volváis a
Rom a podréis ver algu n as de estas infatigables m ensa­
jeras de la abnegación y del consuelo. Sim ples plebe­
yas o patricias ilustres que no desm erecerían de las
más altas fam ilias, de la geris Fabia o de la gens Sem-
pronia, se dirigen dondequiera que hay una lágrima
que enjugar o una miseria que socorrer a los desam­
parados del mundo; y trabajan sin descanso para traer
a las almas y a las sociedades una paz más suave y
más duradera que la paz augusta. Envueltas en su
sencillo m anto las veréis pasar a vuestro lado por entre
las ruinas imponentes que desde Róm ulo a Teodosio
forman la historia de la antigua R om a, y ellas acaba­
rán de reconciliaros con los prim eros discípulos del
Evangelio,cuya tradición continúan. Vuestro generoso
corazón saludará en ellas a aquella caridad que, en
nom bre de una sabiduría superior a la de los Sén ecas
y M árco-A urelios, se lanza hasta el sacrificio; y arran­
cando a la sibila virgiliana el grito de una religiosa
em oción , exclam aréis con nosotros: D ios está aquí:
“D eus, ecce, Deus,, (1).

(i) Bongaud: Historia de San Vicente de Paúl (Madruj,


1 9 0 7 ), t. II, p. 3 3 3 .
Ultimos días de ta Venerable Luisa de Marillac.
Su carácter.
Sus virtudes.
Proceso de su beatificación.
E n f e r m e d a d e s y m u e r t e d e L uisa de Marillac.

Vida de continuos dolores y padecimientos de la sierva


de Dios.— Su m uerte.

§ I . — Vida de continuos dolores y padecimientos


de la sierva de Dios.

U fe !! 1 ellen§ uaíe com o el “estilo„ es el hom bre,


bieti se deja entender cuán otro será el lengua­
je de los santos, de los que tienen “su conver­
sación en los cielos* ( 1 ), y de hecho y de verdad han
sido regenerados en “esperanza viva,, por la “resurrec­
ción* de Jesu cristo (2 ), del que hablan los “hom bres
terrenos* (3 ), los descendientes del “primer Adán„ (4)
y que aun “no han muerto al pecado» (5). “El hom ­
bre anim al, decía a este propósito enérgicam ente San
P a b lo , no com prende las cosas que son del espíritu

(1) Epístola de San Pablo a los Filipenses, 3, 2 0 ,


(2) Epístola 1.a de San Pedro, 1 , 3 .
(3) Epístola 1.a de San Pablo a los Corintios, 15, 4 7 .
(4 ) Ibid.
(5) Epístola de San Pablo a los Romanos, 6 , 2.
de D ios, antes le parecen locuras, al revés que el es­
piritual a cuyo discernim iento nada se resiste,, (1). Y
com o en el conocim iento que tiene de Dios todo lo
entiende, de todo habla con lengu aje, que es pura al­
garabía para el que no está iniciado en los secretos de
su divino y dichosísim o arte. Pero entre todas las ma­
terias en que el lenguaje de los santos es incom pren­
sible o punto m enos que incom prensible para el co ­
mún de los m ortales, quizá no haya una en que la po­
bre inteligencia hum ana, desprovista de las superiores
luces que ellos recibían, se haga mayor ovillo de c o n ­
fusiones y, si es hum ilde, halle m ayores motivos de
anonadam iento, que en la cuestión de las tribu lacio­
nes y de las enferm edades. Ante el dolor de cualquie­
ra especie que sea, el hom bre se dice instintivamente
a sí mismo lo que el cariño de San Pedro se atrevió a
decir a Jesú s cuando éste ponía por primera vez de­
lante de los Apóstoles los ludibrios y torm entos que
le aguardaban en Jeru salén: Lejos de ti esto; que ja ­
más tal te suceda (2). No hay cosa que así se resista
al hom bre com o el padecim iento. Para am arle, para
desearle, para considerarle com o un bien y regalarse
con él com o con una felicidad es m enester ser algo
más que hom bre; se necesita ser santo. Tan santo com o
aquel serafín en carne mortal que se llam ó Teresa de
Jesú s y que, sin que el mundo la tuviera por loca, dejó
escritas de sí misma estas palabras: “ ... D e manera
que no hago nada en desear trabajos; y así ahora no
me parece hay para qué vivir sino para esto, y es lo
que más de voluntad pido a D ios. D ígole algunas ve-

(1) Epístola 1 .a a los Corintios, 2, 14 y 15.


(2 ) Evangelio de San M ateo, 16, 22.
■ces con toda ella: Señor, o morir o padecer; no os
pido otra cosa para mí„ (1 ). Y , sin em bargo, por más
que ía naturaleza proteste y se alborote, hay que con­
venir en que los santos tienen razón: el dolor, después
al menos de los que por nosotros padeció Jesu cristo,
es un bien; la enfermedad es un bien; y el Señ o r,
com o asegura el Espíritu San to, “a los que ama casti­
ga,, (2). Rara será el alma agradable a D ios que de un
modo u otro no haya pasado por el aro de la prueba,
Y de estas excepciones, si alguna ha habid o, no fué
ciertam ente nuestra V enerable. De los veinticinco años
últimos de su vida sabem os por San V icente que sólo
los vivió por m ilagro. “Casi os sucede, escribía el san­
to con fecha 13 de D iciem bre de 1647 a uno, de sus
sacerdotes enferm os, lo que a la señorita Le G ras, a
quien yo considero muerta naturalmente hace ya diez
años,, (3 ). Jam ás su constitución había sido muy fuer­
te que digam os; y éste, com o sabem os, fué el obstácu ­
lo que ya en su juventud, casi en su niñez, halló para
no ser capuchina ni religiosa de ninguna otra O rden,
La enfermiza debilidad en que continuó siem pre, daba
lugar a que más tarde, por los años de 1 6 3 0 , su director
hubiera de mandarle com er de carne aun los días en
que la Iglesia se lo tiene prohibido al común de los fie­
l e s ^ ) . Multitud de veces hemos hecho observar en esta
historia la insistencia con que San V icente la recom en­
daba el cuidado de su salud; y gracias a tan apremian-

(1) Vida de Santa T eresa de Jesús, escrita por ella mis­


m a (edit. cit.), p. 418.
(2) Proverbios, 3 , 11, y Epístola a los H ebreos, 12, 6.
(3 ) L e ttr., t. II, p. 64.
(4 ) Ibid., t I, p. 9 8 . „ ■ ,.
tes recom endaciones vivió Luisa de M arillac lo que
vivió, y tuvo tiem po para llevar a cabo tantas y tan im­
portantes obras. Porque el carácter activo, vehem en­
te y lleno de celo por la salvación de las almas de
nuestra V enerable no la permitía parar m ientes en su
debilidad ni cuidarse de sus fuerzas, "¡B en d ito sea
D ios!, señorita, la escribía el santo en los primeros
años del establecim iento de las H ijas de la Caridad,
contestando al proyecto de un viaje que la sierva de
D ios íe proponía, ¡bendito sea D ios por el aliento que
os da y por la gracia que os com unica confirm ándoos
más y más en su amor y en el cum plim iento de su
santa voluntad! Muy bien me parece la idea de que
me habláis; m as, por amor de D ios, no vayáis a po­
neros en marcha estando enferm a. La enfermedad es
un estado envidiablem ente divino, pero es m enester
que no sea eíecto de nuestras im prudencias; basta que
venga de D ios. Y vos, por el poco cuidado que de la
salud tenéis, parécem e que sois vuestra asesina. M an ­
teneos contenta, os lo ruego. ¡O h , que las personas
de buena voluntad tienen grandes m otivos para estar­
lo! M ucha pena me ha causado lo que me decís. ¡O h,
Je sú s!, no, todavía no es tiem po, señorita; cuidaos
m ejor y haced lo posible por restableceros. SÍ puedo
haré por tener el gusto de veros esta tarde; si n o, m a­
ñana será con la gracia de D io s ... Ninguna p ro b ab ili­
dad hay de que podáis hacer vuestro breve retiro; cu­
raos prim eram ente y después verem os, etc.„ ( 1).
A sí, cayendo y levantándose a duras penas, pero
pronta siempre con el fervor de su espíritu a hacer
servir las debilitadas fuerzas de su cuerpo a la realiza-
ción de sus grandes empresas y al cum plim iento de
sus arduas obligaciones, siguió la sierva de Dios hasta
1646. Las tres peligrosas enfermedades que sufrió en
esta última fecha (1 ), en 1652 (2) y en 1656 (3 ), aun­
que la dejaron con vida, tuvieron que restarla, com o
es natural, no pocas de sus ya escasas energías; y la
última dejó en su salud con el quebrantam iento que
puso en ella un portillo, que al fin, cuatro años más
tarde, vino a ser el portillo y entrada de fa muerte.
M as si la enfermedad era. para el cuerpo de nuestra
Venerable el golpe de maza que magulla y rinde, fué
tam bién para su espíritu el buril que desbasta y m o­
dela, dándola de día en día más parecido con el eter
no ideal de toda hermosura y de todos los elegidos,
Cristo Jesú s. La penetración eri las cosas divinas, el
desprendimiento de las hum anas, la paciencia y la
conformidad con la voluntad de Dios, crecían en el
alma de nuestra V enerable al paso que la enfermedad
restaba fuerzas a su cuerpo y deshacía y desm oronaba
el frágil barro de su organismo m aterial. “Entre las
virtudes que más me han llam ado en ella ía atención,
declaraba, después de muerta la V en erable, una H er­
m ana, la primera es que en sus penas siem pre estaba
unida con D ios, tratando de conform arse en todo con
el divino beneplácito. Jam ás se la vio quejarse de sus
enfermedades; al contrario, siempre aparecía alegre y
contenta,, (4 ). Y es que el Señ o r, con esa persuasiva
clarividencia que guarda para sus elegidos, la había

( i) L. de M., t. III, p. 2oo.


(?.) L ettr., t. II, p. 398.
(3) L. de M., t. I, p. 150; L ettr., t. III,-p. 282. *
(4) Ibid., 1 . 1, pp. 173 y 192.
ya dado a conocer el misterio de la cruz y los tesoros
que en ella se encierran. “N osotras, decía la sierva de
D ios a sus hijas, estam os llam adas a honrar la cruz
del Señor conform ándonos con Ja conducta de su di­
vino H ijo y con todo lo que este divino Salvador nos
enseña en el E vangelio. Las alm as escogidas hallan tal
encanto en la tribulación que preferirían la muerte a
la falta de sufrim ientos, ya que para ellas am ar y p a­
decer es una misma cosa,, ( 1 ). De ella y de sus últi­
mas enfermedades son tam bién las siguientes líneas en
que alude, sin duda ninguna, a S a n V icente: “Movida
por el gozo que el Señor me ha hecho sentir en m edio
de mis dolores a hacer buen uso de esta enfermer-
dad, y convencida de mi im potencia, he traído a la
memoria los sufrim ientos de otra alm a, y uniendo mí
intención a la suya, he ofrecido mis penas a su divina
M ajestad abrazada con Nuestro Señ o r a la cruz„ (2 ).
D e esta su erte, los rudos tajos del dolor eran para
nuestra V enerable gradas seguras por las que, de día
en día, se iba levantando a la cum bre de la santidad,,
desde donde su espíritu, ilustrado por la fe, alentado
por la esperanza y transfigurado por la caridad, había
de tender sus alas y alzar su vuelo a las serenas y di­
chosísim as regiones de la eternidad.

§ II. — Muerte de la sierva de Dios.

Así llegó el año de 1660. Aunque con un pie, com o


suele decirse, en el sepulcro, no por eso dejaba nues­
tra Venerable de atender solícita a sus deberes y de

( 1 ) ' L, de M., t, II, p. 2 3 0 .


(2) Ibid., t. II, p . 231.
seguir interesándose por el adelantam iento y perfec­
ción de la com pañía, estableciendo nuevas casas, ve­
lando por el orden y regularidad de las ya estableci­
das y dirigiendo, sobre todo, a sus hijas de dentro y
fuera de París con sus avisos, con sus m aternales co-
rreciones y aun con su humildad y su discreta p a ­
ciencia. De los últim os años datan, según en su lugar
dijim os, los establecim ientos de Saint-FIou r, de Us-
sel, de Santa R egina, de Cahors, de V aux, de N arbo­
na y otros; de ellos, tam bién, la cooperación al esta­
blecim iento del hospital general de París y la com pleta
organización de la provincia de P olonia. “Los negocios
de la com pañía, escribía la sierva de Dios el 10 de
Enero de 1660 a la que había de ser su sucesora en la
dirección de las Hijas de la Caridad, So r Margarita
Chetif, van siempre en aum ento. El verano último h e­
mos tenido que hacer tres o cuatro fundaciones. ¡B en ­
dito sea el Señor! „ (1 ). Cuando la gravedad de sus m a­
les la obligaba a hacer cam a o no la permitía salir de
sus habitaciones y acudir con las demás Hermanas a
los actos de com unidad, se hacía dar cuenta de la exac­
titud con que se guardaba el orden del día, no sabien­
do cóm o ocultar su gozo cuando por la mañana oía los
pasos de las H ijas de la Caridad que solícitas acudían
a la oración (2). M as en este estado, ¿cóm o salir de
casa para oír misa y com ulgar, aunque la iglesia no
estuviese lejo s, com o no lo estaba la de los Sacerd o­
tes de la M isión o de S an Lázaro que es adonde so ­
lían acudir Luisa de M arillac y sus hijas? Porque has­
ta entonces, tem orosa nuestra V enerable de que las
H ijas de la Caridad, con detrimento del servicio de
los pobres, cayeran en la tentación de hacerse religio­
sas, no había querido tener capilla ni que se dijese
misa en ninguna de sus casas. M as al presente, y dado
lo enfermizo de su salud, ¿qué inconveniente había en
hacer una excepción? “Su humildad, sin em bargo,
dice So r Bárbara B ailly , no la permitió ni pensar en
ello. ™ ]Dios nos* guarde!, decía,, (1 ). Y jam ás se la
pudo sacar de ahí.
A cercábase con todo el día en que iba a caer en
cama para no volver a levantarse. Una hem orragia,
que se la presentó en el brazo izquierdo, acom pañada
de altísim a fiebre, fué el motivo; era el 4 de Febrero
de 1660. Las páginas que nos restan escribir de la
presente historia no tendrán ya más escenario que el de
un lecho, lecho pobre com o de una H ija de la Caridad
y en que sólo el pabellón o cortinaje, que estaba aún
allí gracias sin duda ninguna a San V icente (2 ), indica­
ba la antigua posición de la enferma. La misma senci­
llez reinaba en la habitación. Grande era la alarma
que al entrar en ella y ver un día y otro día la tenaci­
dad de la fiebre y la hinchazón del brazo de nuestra
Venerable se iba apoderando de las Herm anas. N in­
guna virtud parecían tener ya los rem edios para aq u e­
lla naturaleza em pobrecida. Todos los síntom as eran
de que pronto iban a perder a su buena m adre, y aun
no querían dar fe a sus ojo s. Al fin no hubo más re­
medio que convencerse de la gravedad del peligro, y
en previsión de un súbito y precipitado desenlace, se
dispusieron el día l i a administrarla el santo V iático.

(1) L . d e M., t. I, p. 225.


(2) Ibid., p. 178,
A las Herm anas vinieron a juntarse alrededor del le­
cho el hijo y dem ás fam ilia de la enferm a. Aunque
dulcem ente resignados, todos lloraban sin consuelo.
La Venerable, sobreponiéndose a ia violencia de los
dolores, recibió devota y reverentemente los Sacra­
mentos de la Eucaristía y de la Extrem aunción, y
vuelta a su fam ilia, la dijo con la solem nidad de tales
circunstancias: “Q ue el P ad re, el H ijo y el Espíritu
S an to , por el poder que han dado a los padres y a las
madres de bendecir a sus hijos, os den su bendición,
o s despeguen de las cosas de la tierra y os unan más
a sí. Vivid com o buenos cristianos.,, Después, ponien­
do la vista en sus H ijas de la Caridad, “las bendijo
igualmente, recom endándolas, dice su primer biógra­
fo, el amor a su vocación y la fidelidad en el servicio
de los pobres» ( 1 ).
“No hubo rem edio, afíade G obillon, que no se em ­
please y a que no se acudiese para alcanzar del S eñ o r
su restablecim ien to.„ P or intercesión, según se cree,
de San Carlos Borrom eo y de S an Francisco de Sales,
cuyas reliquias la dieron a adorar, cedieron algún tan­
to los dolores y perm aneció sin fiebre y con m enos h e­
morragia por quince o veinte días ( 2 ). Consolado con
la noticia San V icente, que a la sazón yacía también
gravem ente enferm o, escribió el 27 a uno de sus sacer­
dotes: “La Srta. Le Gras se ha hallado estos días su­
mamente grave, y no pensábam os contarla viva a e s­
tas fechas; mas hoy, gracias al cielo , está mejor» (3).
E l peligro, aunque no tan inm inente, estaba, sin

(1) L. de M., 1 . 1, pp. 151 y 152.


(2) Ibid., p. 152.
(3) Lettr., t. IV , p. 542.
em bargo, muy lejos de haber desaparecido. El 3 de
Marzo volvía a escribir S an V icente, esta vez a una Her­
m ana: “La principal enfermedad de vuestra M adre ha
sido una gran inflamación del brazo izquierdo, en el
cual la han tenido que hacer tres incisiones, la última
antes de ayer. Sus sufrim ientos, com o podéis figura­
ros, son m uchos; y aunque no tiene fiebre, no por eso
deja de estar en peligro a causa de su debilidad y de
sus años„ (1). S i otra cosa había hecho creer la ilu­
sión del cariño a las H erm anas, bien pronto tuvieron
ocasión de desengañarse. La gangrena que poco a
poco había ido invadiendo los tejid os del brazo lesio­
nado, se m ostró, en efecto, el 9 de M arzo en toda su
voracidad repugnante. Era el heraldo manifiesto de la
muerte. Así lo com prendió la resignada enferm a; y
queriendo aparejarse definitivamente para aquel paso,,
mostró deseos de recibir segunda vez el “Pan de vida,,.
H iciéronselo saber al cura de San Lorenzo, el cual a c­
cedió gustoso a los deseos de la enferma, prometiendo
llevársele al otro día, de lo que ella, dice su primer
biógrafo, recibió tal gozo que "no se cansaba de ala­
bar a D ios, arrebatada toda en transportes de alegría y
de reconocim iento. M ás desem barazado esta vez su
espíritu que la prim era, continúa diciendo G obillon,.
hizo por disponerse a tan tierno acto con m ayor dili­
gen cia. Em pleó todos los instantes de la víspera en
ponderar la grandeza de este m isterio y en excitar su
corazón a actos de piedad los más tiernos y am orosos,
sin poder contener en su pecho el ardor que la consu­
mía y que la obligaba a prorrumpir en hondos suspiros-
y en palabras de encendido afecto. U na de sus más re­
petidas exclam aciones era ésta: ¡O h , Señor! ¡Qué ma­
ñana os tengo de recibir! „ ( 1 ).
Hízolo así, en efecto, al día siguiente, y “con tan
santas disposiciones que edificó y enterneció a tod os
los presentes,,. Exhortándola acto seguido su pastor a
dar una vez más la bendición a sus h ijas, díjolas estas
palabras, expresión de su testam ento y última volun­
tad para con ellas: “Queridas Hermanas mías, sigo p i­
diendo al Señ o r que os bendiga y que os haga la gracia
de perseverar en vuestra vocación para servirle en la
forma que es su voluntad que le sirváis. Esm eraos en el
servicio de los pobres y, sobre todo, cuidad de vivir
todas estrecha y cordialm ente unidas am ándoos las
unas a las otras, a im itación de lo que Jesucristo hizo
con los suyos. Pedid, por último, con instancia a la
Santísim a Virgen que sea vuestra madre y madre úni­
ca.,, Luego añadió que moría con la más alta estima de
su vocación , y que aunque viviera cien años, cien años
las estaría haciendo las mismas recom endaciones (2 ),
Lo cual se vió bien en la respuesta que dió a una
Hermana en particular, que com o m uchas otras se
acercó a su lecho para despedirse de ella y encom en­
darse a sus oraciones. “Como desease yo saber, dice,,
qué es lo que pediría por mí y por todas nosotras al
Señor, rae dijo que pediría la gracia de que viviése­
mos com o verdaderas H ijas de la Caridad con gran
unión y cariño; que las que tal hiciesen tendrían una
grande recom pensa, pero que aquellas que obrasen de
otro m o d o ..., y aquí se detuvo sin acabar la frase* (3 ),

(1) L. de M m t, I, p. 153.
( 2) Ibid.
(3; Ibid., p. 204.
Jam ás sus virtudes resplandecieron tanto com o en
aquella hora, ni predicaron tan alto ni con elocuencia
tan sugestiva com o desde el lecho de dolor y de muer­
te en que la sierva de D ios se encontraba. Su caridad
para con los pobres la siguió hasta el sepulcro, y m e­
jo r ... hasta el trono de Dios. “En medio de sus dolo­
res, dice su primer biógrafo, inform ábase diariamente
de si se atendía con el debido cuidado a los pobres de
la parroquia, que eran muchos, y a quienes diariamen­
te se socorría en la casa, dando ella al efecto las órde­
nes convenientes com o si se hallara con perfecta salud.
“Efecto de su gran penitencia era, asim ism o, la re­
sign ación con que sufría su enfermedad, mirándola
com o justo y m erecido castigo de sus culpas y decía-
rando que era muy puesto en razón que donde había
abundado el pecado abundase la pena; que Dios la
castigaba con justicia y que al castigarla de este modo
usaba con ella de misericordia.
“Dió tam bién en aquella última hora grandes mues­
tras de desprendimiento de las cosas de Ja vida y de
ansia ardentísim a de unirse con Dios. A cerca de lo
cual, com o una señora, que había ido a v e r ia , la pre­
guntase si no se juzgaba feliz por ir a gozar de la gloria
del cielo , la contestó: ¿Ah! ¡El cielo! ¿Qué palabras
podrán explicarlo? Pero no soy digna de él, queriendo
decir, sin duda, en su humildad, que antes tendría que
purificarse por no poco tiem po en el purgatorio.
“Hasta lo últim o, en fin, practicó la igualdad de
ánim o, la dulzura, la paciencia, la sumisión a la divi­
na voluntad y demás virtudes de que había dado
ejem plo en los diferentes trances de la vida* ( 1 ).
Y entre los m uchos padecim ientos, así físicos como-
m orales, que en los días de aquella su postrera enfer­
medad pesaron sobre la sierva de D ios, quizá ningún
otro la fué tan sensible com o la privación de la
vista y de las palabras de San V icente. No hay gozo-
com parable al que nuestra enferma hubiera experi­
mentado al ser asistida en aquella hora por su santo y
prudente director; mas ni un m omento siquiera la fué
dado abrigar tal esperanza. M eses hacía que el santo
apenas si podía tenerse en pie; y ninguna muestra daba
por aquellos días de alivio. E n estas circunstancias
m andóle a decir nuestra V enerable que, al m enos, la
pusiese por escrito algunas palabras de edificación y de
aliento; pero estaba deD ios que en el cáliz de la agonía
de su sierva fermentasen las amarguras de todos los
sacrificios y de todos los dolores; y no tuvo siquiera
esta pequeña satisfacción. E l santo, siguiendo los hábi­
tos de sencillez de toda su vida, se contentó con enviar­
la uno de sus Padres para hacerla un nueva visita en su
nombre y decirla: “Señorita, vos partís delante; m asr
en breve, espero que os volveré a ver en el cielo,, ( 1 ).
La enfermedad siguió su curso acelerado los días 13
y 14. Multitud de señoras, unidas con la enferma por
lazos de caridad y de afecto, acudieron en ellos a c o n ­
solarla y encom endarse una vez más, la últim a, a sus
oraciones. Tam bién S an V icente siguió enviándola
algunos de sus hijos para que en su lugar la asistiesen.
La existencia terrenal de aquella grande alma parecía
extinguirse por m om entos. La sierva de D ios, que
hasta el últim o instante conservó con leves interm i­
tencias su lucidez, no dejaba de con ocerlo. Así que “a
m edida, dice su primer biógrafo, que sentía acercarse
su fin, redoblaba su fervor traduciendo al exterior, con
palabras de la Sagrada Escritura repetidas de cuando
en cuando en la lengua misma de la Iglesia, que, com o
sabem os, la era fam iliar, los sentim ientos de su espí­
ritu; y ora exclam aba con J o b : Miserémini mei, quia
manas Dominl tetigit me: Tened com pasión de mí
porque la mano del Señ o r me ha tocad o; o bien decía
con David: Respice in me et miserere mei quia únicas
et pauper sum ego: M iradm e, Señ o r, y tened piedad
de mí, que soy sola y m iserable. Hubo un momento
en que, turbada por la violencia de la fiebre, exclam ó
inquieta: Quitadme de aquí; mas inm ediatam ente vol­
vió sobre sí misma; y presentándola el sacerdote de la
M isión que la asistía la cruz, y recordándola que J e ­
sucristo no había pedido que le bajasen de ella: ¿Ok,
no!, es verdad> repuso; en ella permaneció hasta la
muerte. Luego añadió: /Ea!, partamos, pues, que eí
Señor ha venido en mi busca. Algún tiem po después,
recelando tem erosa el ju icio de Dios que se acercaba,
tuvo un instante de estrem ecim iento: ¡Oh, Dios mío!,
exclam ó llena de espanto, /que tengo de comparecer
ante mi juez! M as luego se rehizo con los sentim ien­
tos de confianza que el sacerdote la sugirió, recordán­
dola, entre otras cosas, aquel versículo del salm o: Ad
te levavi animam meam\ Deus meas, in te confido:
Hasta ti he elevado mi alm a; Dios mío, en ti espero.
Para dar a entender que tales eran sus sentim ientos,
añadió al punto la enferma con las palabras del ver­
sículo siguiente: Non erubescam\ No quedaré confun­
dida,, (1). }Sublim es angustias y santos estrem ecim ien-
tos de la criatura, barro inmundo, que está para pre
sentarse ante D ios, santidad por esencia y que aun en
sus espíritus celestiales halla som bras! M ejor que la
luz de la pluma para ilum inarles parecen las tinieblas
y el silencio del Calvario para envolverles; pero esto
nos privaría de grandes enseñanzas y de ejem plos que,
cuando proceden de alm as tan puras y tan sumisas a
la voluntad de Dios com o la de nuestra V enerable,
tem plan y disponen para aquel paso m ejor que todas
las exhortaciones del mundo por elocuentes y persua­
sivas que sean.
Llena siempre de consideración y delicadeza había
ordenado nuestra V enerable a las Herm anas, al am a­
n ecer del día 15, que se retiraran a descansar un poco;
que ella m ism a, si los síntom as de la gravedad arre­
ciab an , las mandaría avisar; y en cum plim iento de su
promesa hizo recoger a eso de las once de la mañana
las cortinas del lecho y llam arlas. A cercábase la últi­
ma hora. La duquesa de Ventadour, que no se quita­
ba de su lado, encendió la candela bendita. La sierva
de Dios levantó los ojos al cielo y en él los tuvo todo
tiem po que duró la agonía, com o si tras de ellos
quisiese lanzar su espíritu, ávido ya de los goces celes­
tiales. E l sacerdote de la M isión que la asistía com en ­
zó las preces de los agonizantes. “La enferma las oyó
hasta el fin respondiendo a ellas interiorm ente por los
sentim ientos de su corazón; bendijo otra vez a las Her­
manas que de rodillas cerraban el lech o , y recibió la
bendición apostólica que por breve de 24 de Sep ­
tiem bre de 1647 había obtenido de Su Santidad el
Papa Inocencio X para ella y para sus hijas en el ar­
tículo de la muerte. Hizo, en fin, que volviesen a bajar
las cortinas, y ocho minutos después descansaba en
el Señor, habiendo entregado su alm a el 15 de M arzo,
lunes de la Sem ana de P asión, entren once y once y
media de la m añana, a los sesenta y ocho años de
edad. El cura de San Lorenzo, que se había hallado a
los últim os instantes de la agonía y que había oído a
la sierva de D ios en confesión general, dijo de ella en
presencia de los circunstantes: ¡O h, herm osa alma
que lleva consigo al otro mundo la inocencia bautis­
mal! „ ( 1 ).
Algunas horas después hacía saber San V icente a
todos sus hijos la nueva de tan santa m uerte. “E n c o ­
m iendo, les d ecía, su alma a vuestras oraciones; bien
que quizá no necesite de sufragio alguno, pues tene­
mos m otivos suficientes para creer que está ya gozan­
do de aquella inm arcesible gloria prometida a los que
sirven a D ios y a los pobres, com o ella lo ha he­
cho n ( 2 ).
Innum erable multitud de gente se agolpó a la casa
de las H ijas de la Caridad al saber la muerte de nues­
tra Venerable. T od os querían ver los restos de aquella
que olvidada de sí por tantos años sólo había pensado
en los dolores y m iserias del prójim o; y fué preciso te­
ner expuesto dos días su cadáver. La sierva de Dios
había convenido con San V icente en que se daría tie­
rra a sus despojos en un nicho del “cem enterio próxi­
mo a la iglesia de San Lázaro,,; pero con tales instan­
cias reclam ó aquel tesoro el S r. Lestoc para su parro­
quia, parroquia que a la vez había sido la de nuestra
Venerable y que seguía siendo la de las H ijas de la
Caridad, que nuestro santo no pudo negarse a ellas,

(1) L . de M., t, I, pp, 159 y 160,


(2 ) Mayn,, t IV , p. 291.
dándose, por consiguiente, sepultura al cadáver “en
la capilla de la Visitación de la iglesia de San Loren­
zo, lugar donde en vida tantas veces había ido a hacer
sus devociones la sierva de Dios» (1). De conform i­
dad con las disposiciones de la finada, hízose el en­
tierro de un modo sencillo cual convenía a una H ija
de la Caridad, dictado que ella consideraba com o su
m ayor título de gloria. So bre su tumba no debía apa­
recer tam poco ni se puso otro m onum ento que una
cruz de madera con esta inscripción:
S P E S U N ICA (2)
sím bolo herm osísim o de su humildad profunda, de su
fe inquebrantable y de su inconfundible esperanza.

(1) L . de M., t. I, p. 160.


(2 ) Unica esperanza.— L . de M.( t. I p. 161.
! M I l! I M l ü i ü ü
8 9 8

C A PITU L O II

F is o n o m ía de L u isa de Marillac.

§ Unico.

a s ™ P a^ a J interés o la curiosidad excitadas


por toda persona que rebasa los moldes de lo
fíYWs com ún y ordinario nos inducen naturalmente
a tratar de conocer a dicha persona y, si es posible, a
tratar con ella manifiesta o m isteriosam ente, en una o
en otra form a, aproxim aciones de relación o de am is­
tad. E s uno de tantos m odos con que la grandeza, la
herm osura, la perfección y demás atributos de la bon­
dad subsistente y suma se imponen y llevan tras sí.
Aplicando ahora esta reflexión a nuestro objeto, es
natural que impresionados vivam ente con la serie de
tan difíciles com o magnificas obras realizadas por Lui­
sa de M arillac, volvam os hacia ella los ojos y trate­
mos de descubrir en sus líneas físicas y en las vibran­
tes y luminosas irradiaciones de su espíritu alguna
analogía entre ella y los hechos de su vida que adm i­
rados acabam os de recorrer.
De su exterior físico, p oco , por desgracia, tenem os
que decir. G racias al gratíado de Duchange que re­
producim os al frente de esta obra, podem os apreciar
exactam ente sus faccion es, pero sólo con la exactitud
im pasible y vaga del retrato. De los detalles, perfiles,
dibujo y líneas com plem entarias de su conform ación
física no nos ha quedado, aunque dé pena decirlo y
cueste creerlo, ni una sola indicación. Unicam ente
por la detenida inspección de sus reliquias ha podido
sacarse en claro que era de estatura regular, más bien
baja que alta, y que tenía las m anos pequeñas (1). Su
constitución, adem ás, fué siempre delicada y enfer­
miza.
P ero, cuanta es la escasez de datos relativos a su ex­
terior físico otra tanta es la riqueza de pormenores en
que abundamos para conocer y definir el carácter y
cualidades de su espíritu, el cual se nos aparece hoy
en los hechos y relaciones contem poráneas de su vida,
y , sobre todo, en las notas, m editaciones, pensam ien­
tos, cartas y demás escritos que de su mano han lle ­
gado hasta nosotros, tan luminoso y transparente
com o en los días de su existencia terrenal, y con el re­
lieve con que se proyectaba en las intim idades de su
vida de fam ilia, al lado de San V icente y de las H ijas
y Señoras de la Caridad. Luisa de M arillac era, por
otra parte, y para servirnos de una frase corriente,
toda alm a, y en ella el espíritu se com ía m aterialm en­
te al cuerpo. Así que, aun por e stela d o , y supuesta la
abundancia de elem entos reveladores de su porte m o­
ral que han llegado hasta nosotros, resulta menos sen­
sible la escasez de los que arriba lam entábam os.
En la im posibilidad de estudiar aquí todos los tra­
zos determ inantes del espíritu de Luisa de M arillac,
nos concretarem os a hacer un ligero análisis de los
más definidos y esenciales. Y basta un superficial co­
nocim iento de la figura y hechos de la sierva de D ios
para dar por el primero de todos sus caracteres inter­
nos el idealismo„ la absorción de ía materia por el ele­
mento espiritual, la esclavitud de los sentidos por la
idea avasalladora y triunfante, la luz flotando sobre las
tinieblas, el ensueño alzándose sobre sus blancas alas
y no permitiendo que los apetitos y bajas in clin acio­
nes del cuerpo le obliguen a arrastrarse por los en lo­
dazados valles de la vida. Cuando el idealism o es sano,
y tiende a poner en los corazones algo de aquella nos­
talgia que el alejam iento del suelo nativo causa en el
desterrado, deja de ser un fenóm eno puramente natu­
ral para convertirse en elem ento del espíritu religioso;
y no hay alma verdaderamente cristiana que no le
sienta echar raíces y crecer en el fondo de su con cien ­
cia conforme va creciendo en virtud y perfección; pero
en nuestra V enerable era natural. Flores de esta rama
de su temperamento idealista fueron ya en sus prim e­
ros años aquel “gran m enosprecio del mundo,, que
“siem pre, desde su niñez, apareció en su conducta,,,
com o observa el primero de sus biógrafos ( 1 ); aque­
llas ansias de abnegación y de sacrificio que la hacían
suspirar por la vida austera y m acerada de las Capu­
chinas, y esto con un deseo tan vehem ente, que “sólo
de ver los muros del convento, com o después refería
ella misma a sus H ijas de la Caridad, se enajenaba de
gozo„ (2 ), y, por fin, aquel su natural horror a cuanto
de cerca o de lejos pudiese empañar el brillo de su
in ocencia, y que de hecho la preservó, en medio del
mundo y en todos los estados de su vida, sin mancha

(1) L . de M., 1 . 1, p* 7.
(2 ) Ibid., 1 . 1, p. 226.
de pecado m ortal. Así lo atestiguó, com o vimos en el
capítulo pasado, el párroco de San Lorenzo, después
de haberla confesado generalm ente com o preparación
para administrarla les últimos sacram entos (1). Y por
lo que hace a la pureza de su alm a, baste recordar
aquellas encarecidas palabras de San V icente: “S iem ­
pre y en todo fué un alma pura: pura en su juventud,
pura en su matrim onio y pura en su viudez,, (2 ).
Verdad es que, después de todo, no era extraña tal
limpieza de conciencia y tal hermosura de alma en
una que, al parecer, no ponía los pies de sus afectos en
el polvo de tas cosas de la vida, sino que toda ella se
levantaba hacia D ios, en quien tenía cifrado su tesoro,
lo mismo que su corazón y la suma de todas sus aspi­
raciones. Aun del amor que, en Dips y por D ios, pro­
fesaba a su hijo y a las Hermanas procuró cercenar
al fin de su vida cuanto pudiese tener algún viso de
afecto humano.
Y si nuestra Venerable tenía cerrados los ojo s de su
corazón a todas las cosas de acá a b a jo , ¿adonde había
de mirar sino arriba y con quién había de com unicar­
se y conversar sino con Dios? Y, en efecto, su incli­
nación al retiro y su am or al recogim iento hubiéranla
hecho digna, a haber vivido en los primeros tiempos
de la Iglesia, de que San P ablo la hubiese contado
entre aquellas alm as de quienes, lo mismo que de la
suya, decía que su conversación era en tos cielos: Con-
versatio autem nostra in coelis est (3 ). Niña aún ya te ­
nía sus delicias en la oración; y San V icente pudo es-

(1) V. tam bién L . de M., t. I, p. 235.


(2) Ibid., t. I, p. 183.
(5) Epístola a lo ; Filipenses, 3, 20.
cribirla más tarde, refiriéndose a sus antiguas inclina­
ciones y nuevos propósitos de vivir sólo para D ios y
allegada íntimamente a E l: “S í, señorita; yo grabaré
en mi alma las palabras que me acabáis de escribir so ­
bre vuestra generosa resolución de honrar la vida ocul­
ta de Jesu cristo, conform e al deseo que desde vuestra
juventud os ha dado el Señor. ¡O h !, que este pensa­
m iento, mi querida h ija , tiene tanto más de D ios cuan­
to m enos se resiente de la carne y de la sangre,, ( 1).
R eflejábase este am or al recogim iento de nuestra
Venerable en la práctica asidua de la m editación a
que, en medio de la multitud y diversidad de sus ocu­
paciones, "jam ás dejó de entregarse, dice su primer
biógrafo, un solo día», redoblando, por el contrario, la
que tenía de costum bre, siem pre que alguna circuns­
tancia, com o el ser día de viernes o tiem po de cuares­
m a, estim ulaba su devoción ( 2); en los ejercicios es­
pirituales, que dos veces al menos por año solía hacer,
una de ellas "desde la Ascensión hasta Pentecostés,
honrando con ello el ejem plo de la Santísim a Virgen
y de la Iglesia naciente, que en estos m isteriosos días
no hicieron otra cosa que vacar a la oración para dis­
ponerse a recibir el Espíritu Santo» (3 ); y, por últim o,
en la atención con que hacía sus rezos, tal que “pare­
cía clavada ante los altares» (4). No sin especial de­
signio, sin duda para hacernos ver el fondo de vida
interior de su sierva, dispuso el Señor que la última
de sus cartas fuese una viva exhortación al recogi-

(1 ) L ettr., t. I, p. 6o.
(2 ) L . de M ., 1 . 1, pp. 6 0 y 202.
(3) Ibid., t. I, p. 70.
(4 ) Ibid., 1 . 1, p. 71.
m iento, hecha a So r Ju an a de la Croix y en ella a to ­
das sus hijas. wNo dudo, la decía el 2 de Febrero de
1660, cuando ya apenas vivía en este mundo, que es­
taréis muy ataread as... Dadm e, os ruego, alguna noti­
cia de vuestras ocupaciones y decidm e, sobre todo, si
en el cum plim iento de vuestros ministerios veláis in­
teriorm ente sobre vosotras mismas, sobreponiéndoos a
vuestras pasiones y negando a los sentidos cuanto pu­
diera ser ofensa de D ios. Sin esto ya sabéis que las
obras exteriores, aunque hechas en servicio del próji­
m o, no pueden ser gran cosa del agrado de D ios ni
objeto de grandes recom pensas faltándolas la unión
con las de aquel Señ o r que siem pre trabajaba a la vis­
ta de su Padre,, (1 ). Así, no dejando esclavizarse por
el brillo de las cosas exteriores, volviendo de conti­
nuo los ojos al centro de su alm a com o a lugar de re­
fugio, y m anteniéndose libre de todo afecto terreno
que la impida levantarse hasta D ios, centro de sus as­
piraciones y de sus ansias, he aquí nuestra Venerable
y el supremo ideal de toda su vida.
D os peligros entrañaba para la sierva de Dios este
su carácter de tan levantado idealism o: la tristeza y el
excesivo rigor así respecto de sí misma com o con re­
lación al prójim o. Cuando uno suspira por cosas altas
y grandes, difíciles y hasta im posibles de conseguir en
las circunstancias a que se ve su jeto, es natural que se
sienta contrariado. Del mismo modo tiene que apare­
cer exigente consigo mismo y con las personas a quie­
nes desea ver en las alturas de su común felicidad
cuando para llegar a ellas está persuadida que se ne­
cesitan grandes esfuerzos y generosas resoluciones. Su
tristeza tenía con esto algo de natural; pero echó m a­
yores raíces con la orfandad y falta de expansión y de
cariño a que se vio condenada en sus prim eros años.
La piedad y las inspiraciones de la gracia sofocaron
en su primera aparición aquellos gérm enes, y, sobre
todo im pidieron que más tarde dieran los em beleña­
dos frutos de su natural cosecha; pero esto no lo con ­
siguió com pletam ente sino después de m uchos años
y de no pequeños esfuerzos. Afortunadamente Dios
puso en su cam ino alm as que al dirigirla a É l la des­
cubriesen el riesgo que de no hacer frente a sem ejan ­
tes obstáculos corría el logro de su perfección; y esto
la dió ánim os para no desfallecer en la lucha. Los
con sejos que sobre el particular la daría San Fran cis­
co de Sales fáciles son de presumir, ya que desgra­
ciadam ente no han llegado a nosotros por escrito. P or
lo que hace al obispo de B elley , su inm ediato direc­
tor, bastará con traer aquí una cita que ya en otro lu­
gar adujim os, y que es en extrem o lum inosa para sor^
prender las deshechas inquietudes de nuestra V enera­
b le. “Día por día, la escribía en cierta ocasión , estoy
esperando que después de esas nubes que os impiden
ver la hermosa claridad de la alegría que hay en ser­
vir a D ios, vuelva la serenidad a vuestra alm a. No
pongáis tanta dificultad en cosas que de suyo son in­
diferentes; apartad un poco la consideración de vos
misma para ponerla en Jesu cristo, He aquí, a mi modo
de ver, el secreto de vuestra perfección, pudiendo de­
cir con el Apóstol que en esto creo tener el espíritu de
Dios,, ( 1 ). Lo propio le repitió más tarde San V icente.
“ Cuidad, la decía en los com ienzos de la fundación
de las H ijas de la Caridad, de vuestra salud, y honrad
con vuestra alegría la alegría de Nuestro Señor„ (1).
"P erm an eced contenta; desempeñad alegrem ente to­
das vuestras obligaciones,, (2 ), y así en mil ocasiones
m ás. D e todos los cuales avisos sacó la sierva de Dios
tal provecho que quizá en ninguna materia se m ues­
tre tan al vivo com o en esta la heroicidad de su vir­
tud; ya que no hay más que leer su correspondencia
de los últim os años y los testim onios que de su benig­
nidad nos han dejado sus hijas para com prender has­
ta qué punto logró dom inar su carácter. Pongam os un
solo ejem p lo. “S i alguna H erm ana, refiere So r M atu ­
tina Guerin, secretaria que fué por varios años de
nuestra V en erable, sentía dificultad en acudir a la re ­
creació n , decíala que entonces casualm ente era cu a n ­
do más convenía ir; que frecuentem ente se encontraba
ella con el corazón tan afligido que apenas podía des­
pegar los labios, y que, no obstante, se forzaba por
aparecer alegre y risueña* (3).
Lo propio le pasó con sus tendencias rigoristas de
que tantas y tan útiles enseñanzas logró sacar para el
buen gobierno y dirección de sus hijas. O igám osla
ya curada de sus extrem os de severidad. “Nos en­
gañam os, Hermana mía, escribía a una de sus H i­
jas de la Caridad, si creem os haber de adquirir la per­
fección por nuestros cuidados y por la vigilancia asi­
dua y escrupulosa en espiar los menores m ovimientos
de nuestra alm a. Bueno es que una vez al año exam i­
nem os diligentem ente nuestra conducta; pero aun en-

(1 ) L e ttr., t. I, p. 178.
(2 ) IbídMt. I, p. 202.
(3 ) L , de M,, t. I, p. 246.
tonces sin presumir de nosotras mismas y sin olvidar
nuestra insuficiencia. El atormentarnos de continuo
para exprimir nuestro corazón y hacer que 110 se nos
pase por alto ninguno de sus pensam ientos es em pre­
sa inútil, por no decir peligrosa. No os digo con esto
más que lo que a mí en otras veces se me ha aconse­
jad o. R uégoos, pues, mi cara H erm ana, que entréis
en los sentim ientos de ayudarnos recíprocam ente con
nuestras oraciones a obtener de Dios la gracia de an­
dar por el cam ino de su santo amor sencilla y buena­
mente sin refinamientos de ninguna clase, no sea que
nos parezcamos a esos hom bres que buscando la pie­
dra filosofal,lejos de enriquecerse sólo consiguen arrui-
nuarse,, ( 1 ).
D e esta suerte, removiendo los obstáculos que el
idealismo de su carácter podía oponer a su virtud, fa­
vorecía Luisa de M arillac el desarrollo de otro de los
más predom inantes rasgos de su espíritu: la delicadeza.
Sería fácil, pero no debe confundirse la delicadeza
moral con la ternura y menos ccn la cortesía. Una y
otra participan algo de la prim era, pero ésta las exce­
de a entram bas, así por el ám bito mayor de su ob jeto
com o por la excelencia de su principio, que no es sólo
la suavidad y generosidad de corazón com o el de la
ternura, ni tam poco el despejo y adaptabilidad del en­
tendimiento que prem edita, calcula y ordena com o el
de la cortesía, sino que es el fondo mismo del alm a y
de un alma grande, asiento de un corazón todo b o n ­
dad y de una inteligencia aguda y com prensiva que
parece antever y adivinar las cosas y a quien no se le
pasa por alto el más insignificante pormenor. E l alma
delicada parece haber sentido el contacto de todos los
dolores, la impresión de todas las alegrías y el aleteo
revelador de todas las contingencias; y movida de su
bondad a todo acude y todo lo previene para ahorrar
el menor motivo de disgusto a las personas que la ro­
dean. Tal aparece, y con líneas de suavidad, cuyo en­
canto es imposible reproducir con la pluma, la figura
de Luisa de Marillac. Y esto con todos: con su familia,
con San Vicente de Paúl, con las Hijas de la Candad,
con los pobres, con los ricos, con los sanos, con los
enfermos, etc. Para todos tenía miramientos, para to­
dos atenciones, para todos excusas. Ni es extraño,
pues, que con tal comportamiento se ganase los cora­
zones de todos; que en el colegio "hiciese, como sa­
bemos, la dicha de sus profesoras,, ( 1 ); que en el ho­
gar fuese el encanto de la familia, viéndose obligado
su padre a consignar en el testamento que “ella había
sido su mayor consuelo en el mundo y que estaba
convencido de que el Señor se la había dado para que
fuese su descanso en las aflicciones de la vida,, (2 );
que en los círculos de sus relaciones sociales no se
pudiesen pasar sin ella (3), y que las Hijas de la Cari­
dad, con sólo verse a su lado, se sintiesen bien de sus
enfermedades (4).
El solo pensamiento de haber ofendido a alguno la
traía desconcertada e inquieta. “Os devanáis demasia­
do los sesos, tuvo que decirla un día San Vicente,
atormentándoos de ese m odo... Nada.que fuese con-

(1) Beatif., í. II, p. 7 5 .


(2) L . de M ., t. I, p. 6 .
(3) L e ttr ., t I, p. 548.
(4 ) L . de M., t. I, p. 2 0 4 .
tra la caridad me dijisteis últimamente; y, a haberos
portado de otro modo, hubierais obrado mal supuesta
la persona de que se trataba. Hagamos, os lo ruego,
menos caso de tales puntillosidades, y no temáis nada
sobre ese particular,, ( 1 ). Lo mismo le pasaba cuando
tenía que ponerse seria y mostrar severidad o repren­
der a alguno. “La dulzura de vuestro espíritu, la escri­
bía también en otra ocasión San Vicente, necesita un
hilito de vinagre: tomadle del espíritu de Nuestro S e ­
ñor.— ¡Oh, con qué acierto, señorita, sabía usar Él del
agridulce cuando convenía!,, (2). Claro está que cuan­
do había por medio faltas o abusos que corregir, no
excusaba la obligación y las corregía con entereza,
anteponiendo su deber y los fueros de su conciencia a
los hábitos de dulzura; pero aun entonces, en la vio­
lencia que tenía que hacerse y en la forma con que lo
hacía se echaba bien de ver la natural bondad de su
espíritu (3). “Cierto día, cuenta una Hermana, tuvo que
hablar con algo de aspereza a un eclesiástico, de lo
cual recibió tal pena que allí mismo, antes de salir, le
pidió perdón de rodillas y con las lágrimas en los
ojos„ (4). "Usaba de tal caridad conmigo, dice otra de
sus hijas, que cuando me veía en alguna aflicción,
luego con gran cariño se me anticipaba a hablar­
me,, (5). Lo propio hubieran podido decir todas y
cada una de las Hermanas; pero nos abtenemos de

(1 ) L e ttr., t. I, p. io 6.
(2) Ibid., p. ó i .
(3) Véase, por ejemplo ( L . de M., t. I, p. 2 22), el testi­
monio de Sor Bárbara Bailly.
(4) L . de M,, t. I, p. 202,
(5) Ibid., t. I, p. 187.
aducir aquí sus testimonios, porque esto nos llevaría
a hablar de la caridad en general de nuestra Venera­
ble, y aquí sólo estamos tratando de una de sus for­
mas. Muestra especial de su delicadeza era, sí, el cui­
dado que la sierva de Dios ponía en prevenir y evitar
cualquiera cosa que pudiese mortificar a sus hijas,
aunque ella tuviese que violentarse e irse grandemen­
te a la mano. “Sucedía en ocasiones, dice una de ellas,
que varias Hermanas acudían a hablarla a un mismo
tiempo y de cosas distintas, a pesar de lo cual ella
respondía a todas tranquilamente, sin mostrar la menor
alteración ni el más lejano deseo de que la dejasen en
paz, bien que no pocas veces se hallase sumamente
enferma. Empeorábala el hablar tanto; pero no la su­
fría el corazón que las Hermanas volviesen disgusta­
das y con alguna pena por no haber satisfecho a sus
preguntas. ¡Tan poca era la cuenta que consigo tenía!
Si el mal era tan grave que no la sufría articular pa­
labra, recibíalas al menos con rostro afable y bonda­
doso, efecto de la alegría y buen humor que siempre
en sus enfermedades conservaba,, ( 1 ).
Y en la práctica de tan exquisitas atenciones y deli­
cadezas se conservó hasta el último suspiro de su vida.
Momentos antes de morir vino a verla una Hermana,
a quien Dios ejercitaba por aquellos días con penas
interiores, y olvidándose de las suyas y del trance en
que se hallaba, se volvió a ella y le dijo: “Hermana
mía, que el Señor, como se lo ruego, os libre de la
aflicción en que os halláis,, ( 2 ).
En ánimo tan bien dispuesto fácilmente se deja en-

(1 ) L . de M., 1 .1 , p. 2 0 3 .
(2 ) Ibid., t. I, p. 2 2 9 .
tender las raíces que echaría la planta del agradeci­
miento. Con la verdad, bien que también con la mis­
ma humildad que Santa Teresa, podía haber dicho la
sierva de Dios: “Bien veo que no es perfección en mí
esto que tengo de ser agradecida; debe de ser natural,,
que con una sardina que me dén me sobornan. „ Un
hilo que la diesen era bastante para que no hallase
modo de agradecerlo. “Preciso es que os diga, señor,
escribía al Vicario general de Angers, que, según en
su lugar dijimos, se había tomado gran interés por
ella en la enfermedad que allí le cogió; preciso es que
os diga que los términos usuales de reconocimiento
me parecen tan inadecuados para agradecer los favo­
res de personas que como usted tanto honor me mere­
cen, que no sé qué decir ni cómo corresponder debi­
damente a ellos, quedándome por lo mismo muda al
tiempo en que con más efusión debía deshacerme en
acciones de gracias. Dispensadme este flaco, os lo
ruego; ya que mi imbecilidad es tan grande que lo
mismo me pasa con Nuestro Señor, cuyos innumera­
bles beneficios me llenan más de admiración que de
palabras con que mostrarle agradecimiento. Sólo, sí,
me permitiré deciros una cosa, y es que de hecho de
verdad no sé que haya persona en el mundo a quien
como a vos esté tan obligada, etc.„ ( 1 ).
De su agradecimiento con San Vicente, con las S e ­
ñoras y con las Hijas de la Caridad, no hay que ha­
blar; baste decir que una de las faltas de que en sus
exámenes de conciencia tenía “frecuentemente„ que
arrepentirse y pedir perdón a D iosera la “de apegarse
en demasía a las criaturas» ( 1 ), por efecto de su agra­
decido corazón.
El buen sentido, el soberano don de hacerse cargo
de las cosas o, con otros términos, la prudencia era
otro de los elementos constitutivos del carácter de
Luisa de Marillac y el que equilibró y redujo a armo­
nía a todos los otros. Imposible parece que en medio
de los impetuosos apasionamientos de su natural pu­
diese crecer y levantarse y dominarlo todo la blanca y
reposada flor de la pmdencia; y sin embargo, a falta
de más decisivos testimonios, bastaría con seguir paso
a paso el admirable tesón con que supo idear, prose­
guir y llevar a feliz remate tantas y tan difíciles em ­
presas, como forman el tejido de su vida, para con­
vencerse de ello. “Con dificultad, decía a su muerte
una de las Hermanas, puede darse acierto mayor que
el suyo en el régimen de la compañía, como puede
verse por el estado de prosperidad en que así tempo­
ral como espiritualmente la ha dejado,, (2). Mas para
que nada de cuanto a este propósito llevamos dicho
parezca exageración, pondremos aquí unas palabras
de San Vicente, testigo de mayor excepción en la ma­
teria. Había reunido el santo en una conferencia, para
tratar de las virtudes de nuestra Venerable a las Hijas
de la Caridad, y una de ellas habló diciendo:
“Padre mío, observé que en todas las cosas tenía
gran prudencia.
“— He aquí, Hermanas mías, observó entonces el
santo, una virtud bien importante y de quien ha dicho
nuestra Hermana que se hallaba en alto grado en la

(1 ) L . de M m t. II, p. 193.
(2) Ibid., t. I, p. 193.
señorita Le Gras. ¡Oh! Sí; yo no recuerdo haber visto
jamás persona más prudente que ella... Así, pues,
hijas mías, tomad vosotras también la resolución de
practicar esta virtud... El Señor os la concederá si se
la pedís por el amor de nuestra buena Madre* (1).
¿Qué más se podía decir?
Otra, la última y más acentuadamente sublime de
las grandes líneas del carácter de Luisa de Marillac era
el talento, luz que con más o menos brillo ilumina los
horizontes de la capacidad humana, poniéndola en
disposición de ver más y mejor, de penetrar más aden­
tro en la esencia de las cosas y de sorprender más fá­
cilmente las secretas relaciones de los hechos. Con
sola la prudencia hubiera conseguido Luisa de M ari­
llac pasar por una mujer discreta y dirigir con seguri­
dad su casa, su familia y sus negocios; pero jamás hu­
biera sido la mujer de las grandes iniciativas y de los
recursos inagotables con que llevarlas por modo tan
feliz a cabo; jamás hubiera sido la fundadora de las
Hijas de la Caridad. Y este talento era verdaderamen­
te varonil. Quizá sea este particular uno de los que sin
reservas justifican aquella hipérbole de San Vicente
de que nuestra Venerable “apenas tenía otra cosa de
mujer que la ternura con q u e..., etc.* (2). Ya en su
niñe2 y en el tiempo de sus estudios mostró que no la
arredraban las más altas especulaciones. “Descubrien­
do en ella su padre, escribe el primero de sus biógra­
fos, un espíritu capaz de toda clase de instrucción la
inició en los misterios de la filosofía para enseñarla a
raciocinar y abrirla camino para las ciencias más abs-

(1 ) L , de M., t I, pp. 174 y 177.


(2) L e t t r . , t. I, p . 8 4 .
trusas, lo que despertó en la joven tal afición por la
lectura, que en adelante ella fué su ocupación más fa­
vorita, no habiendo para su padre solaz de mayor en­
canto que el de conversar con ella y ver las notas y
reflexiones que como fruto de sus lecturas iba hacien­
do por escrito„ ( 1 )*
Y de cuanto provecho le fuese esta severa disciplina
intelectual para el afirmamiento y robustez de sus fa­
cultades, nos lo dice más adelante el mismo escritor,
explicando el fruto que solía hacer en las personas de
su condición por medio de los ejercicios espirituales,
debido en gran parte, dice, a su método de oración.
“Que como la sierva de Dios, continua, era de un en­
tendimiento perspicaz, de un juicio sólido, formado
por el estudio de la filosofía y por su mucha lectura,
y de un corazón tierno y penetrado de Dios, solía ha­
cerla de un modo asentado, sublime y en gran mane­
ra afectuoso, cualidades todas que se reflejan viva­
mente en las meditaciones que nos quedan de su
pluma* ( 2 ).
Ni era sólo en estas materias ascéticas y teóricas en
las que se revelaba el poder intelectual de ía sierva de
Dios; lo mismo sucedía en la práctica. Aun con ser
tan poderoso el genio organizador de San Vicente,
hubo de ceñirse en más de una ocasión, y tratándose
de puntos esenciales a la Compañía de las Hijas de la
Caridad, al parecer de nuestra Venerable, opuesto dia­
metralmente al suyo. La agudeza de la sierva de Dios
se había adelantado al tesón del santo. Tal sucedió
con los orígenes del instituto, reduciendo a vida co-

(1 ) L . de M ., 1 . 1, p- 6 .
(2 ) Ibid., p. 69.
mún las jóvenes que con el nombre de Sirvientas de
las Caridades andaban diseminadas por las parroquias
de París y de otras diócesis circunvecinas; tal con el
establecimiento de la Casa-madre dentro de París y
junto a la residencia de San Vicente, iniciador de toda
aquella atmósfera de caridad que envolvía a medio
París y que había dado origen a la nueva asociación;
tal, en fin, y sobre todo, con la cláusula esencialísima
de la sujeción de las Hijas de la Caridad a los suceso­
res del santo o superiores generales de la congregación
de la Misión. El fallo definitivo de estas otras cuestio­
nes con arreglo al dictamen de Luisa de Marilíac y la
admiración con que los siglos se han encargado de
darle por bueno, son la ejecutoria más fehaciente del
talento de la sierva de Dios.
Pero si sus aciertos y previsiones nos dan la medi­
da de su inteligencia, sus escritos no sólo confirman
las deducciones arriba indicadas, sino que nos ponen
de manifiesto la índole y cualidades más característi­
cas de su pensamiento. Bajo tres títulos podrían agru­
parse las obras todas de Luisa de Marillac:
Notas íntimas, verdaderos fragmentos o capítulos
de la historia de su alma.
Instrucciones a las Hijas de la Caridad, la mayor
parte en forma de meditaciones; y
Cartas, en número de unas novecientas (1).

(1) V. Beatf., f. 2 .0, p. 2 6 6 .— L o más im portante de e s ­


tos escritos se ha recogido y publicado ya en tres tomos
que, precedidos de otro, a modo de introducción, con la
Vida de la V enerable, escrita por Gobillon, salieron a luz
en París en 1886, según p arece. Edición com pleta, y menos
aún crítica, no se ha hecho todavía ninguna ni en español ni
en lrancés. ¡L a eternidad es muy grande!
Diremos de pasada, ya que no es esta ocasión de
analizar detenidamente las dotes literarias de nuestra
Venerable, que las positivas y más principales pueden
reducirse a dos: profundidad y sencillez. Responde la
primera al carácter peculiar de su entendimiento, y es
fruto la segunda del contacto y dirección de San Vi­
cente. La inteligencia de San Vicente era, en efecto,
honda y aguda. Imponíase fácilmente en una cuestión
o asunto, se daba exacta cuenta de sus antecedentes,
penetraba hasta sus más lejanas derivaciones y con­
secuencias y no había lado importante de él que se le
pasara inadvertido. De aquí la precisión de sus obser­
vaciones, la afluencia de ideas secundarias que, bro­
tando del fondo de las cosas, se enlazaban con la prin­
cipa!, explicándola y desenvolviéndola, y la fácil na­
turalidad de su estilo, pero todo ello dentro del pre­
ciso cauce de su propósito, por falta de imaginación ( 1 )
o de flexibilidad, he aquí el flaco del estilo y del ta­
lento de nuestra Venerable; la falta de curvas, de va­
riedad, de adornos, siquiera fuesen austeros como co­
rrespondía a la materia de sus escritos, de imágenes,
de tonos, de algo que rompa la monotonía desespe­
rante de la línea recta. Su genial delicadeza y los vehe­
mentes apasionamientos de su espíritu suelen, sin em­
bargo, en ocasiones prestar a su decir cierto colorido
de muy delicados matices, inpirándola páginas ente­
ras dignas de San Francisco de Sales, ya que no de
Santa Teresa de Jesús, con quien es difícil ciertamen­
te entrar en comparación. De buena gana pondríamos
aquí algunos ejemplos, pero sería alargarnos demasia­
do y quizá salir fuera del carácter de la presente obra.
Así como así, el lector habrá podido apreciar ya el
estilo de la sierva de Dios por las repetidas citas que
de ella hemos tenido que hacer en estas páginas.
La sencillez, que poníamos arriba como la segunda
de las cualidades literarias de Luisa de M arillac, es en
parte consecuencia de la acompasada, bien que vibran­
te, severidad de su estilo; pero hay también en ello
mucho de humildad y de estudio, que en esta ocasión,
lejos de viciar, templa y hermosea sus períodos, dán­
doles aquel timbre de sosegada naturalidad y de apa­
cible encanto que caracteriza a las obras de la natura­
leza .
Y nada más decimos aquí de los rasgos y líneas
constitutivas del carácter de Luisa de Marillac. El e s ­
tudio y admiración de sus virtudes nos dirán lo demás
en el capítulo siguiente, revelándonos en ella al mis­
mo tiempo la acabada imagen del “hombre nuevo,
creado según Dios„ (1) y que “fué hecho por nos­
otros... justicia, santificación y redención,, (2 ).

(1 ) Epístola de San Pablo a los de E feso, 4, 24.


(2) Epístola 1.a de San Pablo a los Corintios, 1, 30.
CAPITULO III

Virtudes m á s n o ta b le s de L uisa de Marillac.

Virtudes teologales.— Guarda d é lo s santos v o to s.— Mortifi­


cación, humildad, devoción a la Santísima Virgen, e tc. :

§ I.— Virtudes teologales.

RA costumbre de San Vicente dedicar al año al

§ guna conferencia, de tas que más o menos pe­


riódicamente solía tener con las Hijas de la
Caridad, a recordar las virtudes de las que por enton
ces habían fallecido, creyendo que, como de hecho
de verdad nos pasa a todos, las palabras podrán mo­
ver, pero que no hay nada que así arrastre los ánimos
a la virtud como los buenos ejemplos. Y si tal era su
práctica con el común de sus hijas, ¿qué no había de
hacer con Luisa de M arillac, con aquella que, como
decía el santo a las Hermanas, "si hay una persona
en que debéis poner los ojos, ha de ser vuestra ma­
dre... la que os ha formado y engendrado en Nuestro
Señor?„ (1). El estado de gravedad en que él mismo
se hallaba a la muerte de la sierva de Dios hizo, sin
embargo, que no pudiese pagarla este tributo de ad­
miración y de cariño tan pronto como hubiera sido su
deseo; pero luego que pudo moverse y bajar al reci­
bidor de su propia casa de San Lázaro, convocó en
él por dos veces a las Hermanas, el 3 y el 24 de Ju lio
de 1660.— ¡Oh qué “hermoso dechado* las dijo, te­
níais y tenéis en vuestra Madre, que “ya está en el cie­
lo!» Réstanos ahora “hacer un cuadro que sea tam­
bién hermoso,, donde colocarle; y para ello “conocer
bien sus líneas,, ( 1 ).— Y empezó a preguntar una por
una a las presentes los ejemplos de virtud que en ella
habían advertido. De este documento, el más califica­
do que puede darse, así como de los escritos de la
sierva de Dios, recogeremos aquí en breve hacecillo
un ramillete de flores de las que en los sesenta y ocho
años, siete meses y cuatro días de su aprovechada
existencia hizo brotar bajo el influjo de la divina gra­
cia en el campo del gran Padre de familia. Hasta hace
poco, si no se podía dudar de que dichas flores fuesen
flores y flores vistosísimas, de las que sólo aparecen en
las parcelas de los santos, todavía podía argüírse que
tales apreciaciones eran falibles, como de hombres al
fin sujetos a error; pero desde que el 19 de Julio de
1911 intervino Roma en el asunto y declaró heroicas
las virtudes de la Venerable, ya no hay motivo para
recelos ni temores de ninguna clase; y el historiador
puede con toda seguridad presentarlas a la admiración
e imitación de todos los fíeles. Tal es lo que vamos a
hacer en este capítulo.
Empecemos, pues..., por el principio, por la fe.
No exageran los santos al ponderar con el encare­
cimiento que suelen Ja excelencia de otras virtudes
como la humildad, la pobreza, la mortificación, etcé­
tera; pero hay que convenir en que ninguna hay tan
excelente ni tan necesaria como la fe. Con ella el hom­
bre, átomo imperceptible, separado de Dios por dis­
tancias in fin itaste acerca a El por conocimiento y aun
se une con El por amor, si la fe es viva y perfecta, vi­
niendo con ello a vivir en algún modo vida divina y a
confundir la acción de su nada con la acción incomu­
nicable de su soberano Hacedor, Es por lo mismo el
más rico presente que en esta vida puede hacer Dios
a un alma; y no es posible conocer ni aun sospechar
su valor sin deshacerse en vivas ansias de arriesgarlo
todo y aun de perderlo todo por conservarle. De aquí
el esmero con que los santos han cuidado siempre de
la fe, y los esfuerzos que han hecho por mantenerla
pura en sus almas. De santa fué también sobre el par­
ticular la conducta de nuestra Venerable, Ya sabemos
las rudas tentaciones que contra la existencia misma
de Dios, contra la inmortalidad del alma y demás ver­
dades de la fe tuvo que sufrir en la aguda crisis con
que Dios quiso disponerla al cumplimiento de los
grandes designios que sobre ella tenía. Parecidos pen­
samientos asaltaron después en muchas ocasiones su
mente y trataron de oscurecer su inteligencia; pero
ninguno de tantos embates fué poderoso para conmo­
ver la bien cimentada roca de sus creencias, que a
cada embestida de las alborotadas olas no hacía sino
asentarse más y más en el humilde suelo de su alma.
Echóse bien de ver esto en el angustioso trance moti­
vado por la despedida que el pueblo de Beauvais hizo,
como en otro lugar dijimos, a la sierva de Dios, ter­
minada la visita de las Caridades. Cae un niño entre
las ruedas del vehículo, y cuando todos le creían aplas­
tado íe ven levantarse ileso. ¿Qué había pasado? Una
cosa muy sencilla: que la Venerable, escribe Sor Bár­
bara Bailly, al darse cuenta del incidente “había levan­
tado su espíritu al Señor y había hecho oración por
él„ (1). “Su fe, escribe otra Hermana, era grande
como la del Centurión, lo que hacía que en sus ora­
ciones estuviese como inmóvil. Aunque tan débil que
apenas se podía tener, hela visto oír misa sin moverse
más que sí fuera una muerta, apoyando la frente y las
manos en la balaustrada de San Lázaro. Y cuando al­
guna se quejaba de no poder como desearía hacer la
oración a causa de sus achaques, solía decir que si
tuviésemos fe viva ni siquiera les sentiríamos. Yo creo
que hablaba por experiencia» (2 ).
Aunque tan buena, tan reconocida a las más ligeras
demostraciones de afecto y tan delicada, no se detenía
ante consideraciones de ningún género cuando éstas
podían traer algún peligro a su fe o a la de sus hijas.
Así sabemos cómo, a pesar de no pequeñas dificulta­
des, levantó la casa de Clars sólo porque el cura, con
quien las Hermanas tenían que dirigirse y confesarse,
se había afiliado a las ideas jansenistas* Todavía fué
más notable, y debió costaría mayores sacrificios, la
conducta que siguió con su íntima amiga la duquesa
de Liancourt, desde el momento en que ésta, deján­
dose arrastrar por el riachuelo de escasa corriente,
pero de pérfidas olas del jansenismo, se negó a recibir
la bula Unigénitas. El P. Ollier, cura de San Sulpicio
en París, a cuya parroquia pertenecía la duquesa, la
negó la absolución. Tomaron parte en el asunto, de

(1 ) L . de M , t I, p. 227.
(2) Ibid., p. 23 6 .
un lado y en defensa del P. Ollier, Tronsan y la Sor-
bona, y de otro, y en favor de la duquesa, Amoldo y
Pascal. Nuestra Venerable no aguardó para decidirse
el resultado de la disputa, que, por otra parte, no te­
nía de tal otro fundamento que la sutilísima mala fe de
los sectarios de Port-Royal; bastábala que su amiga
anduviese con dudas y no se sujetase incondicional­
mente a las decisiones del Vicario de Jesucristo en la
tierra. Cortó, de consiguiente, todo lazo de amistad y
no quiso con ella otras relaciones que la de encomen­
darla a Nuestro Señor para que la hiciese volver al
buen camino ( 1).
[Cuán otra era ciertamente la fe y la adhesión a la
Cátedra de Pedro de nuestra Venerable! Su mayor
consuelo en esta vida hubiera sido el de ir a echarse a
los pies del Sumo Pontífice y recibir su bendición.
Grandes fueron siempre sus deseos, pero jamás lo
pudo conseguir. Sus negocios, sus continuas ocupa­
ciones y sus enfermedades fueron otros tantos obs­
táculos a que no hubo más remedio que ceder. Pero
si no en persona, ¿por qué no había de hacerlo por
otro? Aprovechó, pues, la ocasión de hallarsen en
Roma por los anos de 1647 y 1653, respectivamente,
los sacerdotes de la Misión, Sres. Portail y Berthe, y
por su medio pidió al Papa y obtuvo de él la tan de­
seada bendición apostólica. “Grande ha sido mi gozo,
escribió al Sr. Portail, al saber que os hallabais en La
capital del orbe católico y cerca del Padre común de
los fieles, en cuya presencia tantas veces me he deseado
yo hallar, como hija que soy al fin, aunque indigna, de

(i) Véase L . de M., t. I, pp. 2 3 6 y sig , y B eatií., f. 2 ,°,


página 288.
la Iglesia, para recibir su bendición; mas como todo
comienza a hacerme perder la esperanza de conseguir
esta dicha, he pensado suplicaros humildemente por
el amor de Jesucristo que tengáis a bien alcanzarme
esta gracia para la hora de la m uerte... Si es posible
haced que sea extensiva a todas aquellas Hijas de la
Caridad a quienes Dios haga la gracia de morir en la
compañía, etc.,, ( 1 ).
Efecto era también de su fe la veneración y acata­
miento que profesaba a los obispos, sacerdotes y reli­
giosos. Como todas las almas buenas interesábase vi­
vamente por la santidad del sacerdocio, elevando a
este fin con frecuencia sus súplicas al cielo. Anual­
mente y en días establecidos rezaba al efecto con sus
hijas el santo rosario; y los sábados de las cuatro tém­
poras comulgaba y ofrecía al Señor todas sus obras e
intenciones para que bendijese a los nuevos ministros
del altar.
A este celo por el decoro y santificación de la jerar­
quía eclesiástica se juntaba en ella, y era también con­
secuencia de su fe viva, el ardor por la salud de las
almas. No acabaríamos nunca si quisiésemos enume­
rar todo cuanto hizo y trabajó en esta materia. Verdad
es que además seria inútil, porque equivaldría a re­
contar la historia de toda su vida, ya que, en último
término, a esto iban a parar sus cuidados por el pobre,
por el enfermo y por cuantos se interesaron y sacrifi­
caron ella y sus hijas. El cuerpo, sí, pero con el cuer­
po, y antes que todo, el alma: he aquí la fórmula de
su caridad, y mejor que de su caridad de la caridad
del cristianismo. Con todos sus afanes por ilustrar las
inteligencias, socorrer las necesidades y calmar los do­
lores de tantos infelices, "aun no creía, diremos apli­
cando a Luisa de Marillac las palabras que el ilustrí-
simo Sr. Bougaud dice de San Vicente, haber hecho
cosa alguna de provecho; y aquello que para los filó­
sofos era el summum de la filantropía, apenas era otra
cosa para ella que el punto de partida de la caridad,
la serie de peldaños que habían de elevar al hombre a
regiones más altas y serenas, a las regiones del espíri­
tu que, inmortal e hijo del cielo, no puede mirar las
cosas de la tierra sino como jalones de este gran ca­
mino del mundo que nos conduce a la eternidad. Cu­
rar las llagas del cuerpo, muy bien; ilustrar la inteli­
gencia, mejor; pero lo más interesante, lo excepcio­
nalmente preciso, lo que no sufre demoras ni admite
deliberaciones, es salvar el alma, purificar el alma,
arrancar el alma de la mala levadura del pecado que
la corrompe y devolverla pura a las manos del Señor
que la hizo y la redimió con su sangre: he aquí el ideal
de la sierva de Dios; lo demás era de un orden secun­
dario,, ( 1 ).
En tierra tan bien abonada por la fe era imposible
que no creciese pujante la esperanza. La fe, la espe­
ranza y la caridad son aquí en el alma del justo algo
así como en Dios las tres divinas personas: no puede
darse la una sin la otra. Aun en aquellos versos, que
más parecen deliquios de un alma bienaventurada que
acentos de este mundo:
No me m ueve, mí Dios, para quererte
el cielo que me tienes pron.etido, etc, '
si bien se mira no es la esperanza lo que se echa
de menos, sino la imperfección de la esperanza. No se
espera nada en particular, porque se espera todo en
Dios. Es lo que viene a decir el Salmista: Quid enim
mihi est in ccelo et a te quid volui super ierram? ¿Qué
cosa hay, Señor, en el cielo ni en la tierra que, fuera
de Vos, me llene? (1). Y tal era la esperanza de nues­
tra Venerable. “Manifestóse en ella esta virtud, ha po­
dido decir una Hija de la Caridad haciéndose intérpre­
te de la tradición de las Hermanas, por su desprendi­
miento de las cosas de acá abajo, por su menosprecio
del mundo, por su confianza en Dios y por las obras de
caridad que, a través de dificultades y de contradic­
ciones sin cuento, llevó a cabo,, ( 2 ).
Aunque tímida por condición y de alma sumamen­
te escrupulosa y severa, jamás desconfió un punto de
la misericordia divina. En sí, supuesto el bajo concep­
to que de ella tenia, poco podía confiar. Tampoco era
gran cosa la confianza que los hombres la merecían,
a excepción quizá de uno solo (justo es decirlo), de
San Vicente. Quedábala sólo Dios, ya que su director
no era a sus ojos más que el ángel visible de la Pro­
videncia; y a Dios se abrazó como en la gravedad de
un peligro se abraza el hijo a su padre. Era casual­
mente, como ella decía, su única esperanza, palabras
que traía siempre en los labios y que, como expresión
de su más hondo sentir, hizo, según vimos en otro lado,
que las grabase sobre una cruz en su tumba: Spes tíni­
ca. De esta suerte, la esperanza fué quien de esta vida
la condujo en sus brazos a Dios.

(1) Salmo 72, 25.


(2 ) B eatií, f. 2.°, p. 353-
Y de la caridad de nuestra Venerable, ¿qué podre­
mos decir que no resulte pálido y frío al lado del ca­
lor y brillo de sus hechos? Su amor para con Dios era
puro, incondicional, vehemente. Puede decirse que
fué siempre desde los más tempranos aflos de su vida
el alma de su alma y el blanco de todas sus aspiracio­
nes." ¡Oh, amor puro!, exclamaba dirigiéndose a Dios,
haced que yo os ame. Sois poderoso como la muerte;
pues separadme de cuanto no se compadezca con
Vos,, ( 1 ). “Como el ciervo, decía también en otra de
sus notas, suspira por las aguas, así también mi alma
suspira por ti, ¡oh, Dios mío! Que mis deseos de unir­
me con Dios sean grandes, a fin de que como el man­
jar comunica al cuerpo las condiciones que él en sí
tiene, así la unión de Dios me haga conforme a É l, y
la recepción del cuerpo de mi Redentor Jesucristo me
conduzca a la práctica de su santísima vida„ (2).
Toda frialdad y tibieza en el servicio de Aquel que
con tanto ardor nos había amado se le hacía insopor­
table. ¡El alma tibia! ¡Horror! Lámpara de luz humosa
y agonizante, que por haber consumido en la noche
de su negligencia el aceite de la devoción no tiene
fuerzas a la mañana de las inspiraciones y buenas
obras para lucir y levantarse, ¿qué relación puede de­
cir con Aquel que se llama a sí mismo “Luz del mun-
do„ (3) y “Estrella refulgente y matutina?,, (4). Así
que todo cuidado por conservar encendida en su
alma la antorcha del amor de Dios y de la fidelidad

( i ' i L . de M., t. II, p. 238.


(2 ) Ibid.
(3) Evangelio de San Juan, 8, 12.
(4 ) Apocalipsis, 2 2 , 16.
para con su divino Esposo ia parecía nada. “Era en
todo, decía San Vicente a sus hijas, un alma pura...
No había rincón de su espíritu que no escudriñase di­
ligentemente para descubrir sus menores pecados e
imaginaciones. Jamás he visto a nadie acusarse con
tanta nitidez; y era tanto su dolor y tan copiosas sus
lágrimas en el sacramento de la Penitencia, que costa­
ba trabajo calm arla... Tenía un interior tan bien re­
glado, que no se servía de su memoria sino para acor­
darse de Dios, ni de su voluntad más que para amar­
le* (1). ¡Y esto lo decía aquel que venía confesándola
y tratándola íntimamente por “espacio de treinta y
ocho años seguidos!* (2). Hacia la beatísima Trinidad
tenía tal devoción, que en todos sus reglamentos y aun
en los avisos de algún interés comenzaba indefectible­
mente por estas palabras: En nombre de la Santísima
Trinidad. Quería también, y así se lo recomendaba a
sus hijas, que la veneración que profesasen a este su­
blime misterio las sirviese de estímulo para imitar en
su unión de unas con otras la unión de las tres divinas
personas, estableciendo, al efecto, la práctica, que aun
se conserva entre las Hijas de la Caridad, de hacer
decir a esta intención el día de la fiesta una misa (3).
En particular, gustaba de honrar al Espíritu Santo
y quería que “todas sus hijas le honrasen y celebra­
sen su fiesta con sigular devoción,, (4) por las gracias
especiales que de El había recibido, así en orden a sí
misma como con relación a toda la comunidad.

(1 ) L . de M., 1 . 1, p. 183.
(2) Ibid.
(3) Beatif., í. 2 °j p. 2 9 5 .
(4 ) L . de M., t. II, p. 194.
Jesucristo, en su doble significación de Dios y de
hombre crucificado en una cruz y traspasado el cora­
zón en ella por amor a los hombres, era con todo el
objeto de su más tierno amor. “Vivamos muertas,
hijas mías, exclamaba en una de las meditaciones que
escribió para las Hermanas; vivamos muertas a todo
lo que no sea Jesús; y en este sentido, no más resis­
tencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no
más pensamientos que en Jesús, no más vida, en fin,
que para Jesús, a fin de que en este amor unificante
amemos todo aquello que ama Jesús, y no lo amemos
sino por E l, como centro que es de todo amor,, (1).
La consideración de los dolores de Jesucristo la sa­
caba de sí; y no sólo la hacía llevar con alegría los
de sus enfermedades, sino que "de todo su corazón„
le pedía que no la quitase de los hombros la cruz con
que desde sus primeros años parecía haberla hecho
participante de la suya (2). Todos sus escritos, aun los
más insignificantes, iban encabezados con una cruz.
Los primeros autógrafos de su correspondencia que
han llegado hasta nosotros llevan como sello una co­
rona de espinas con tres clavos, símbolo que dejó de
usar en 1644 para sustituirle por otro más significativo
aún y que ha venido a ser el sello oficial de su insti­
tuto: un crucifijo en medio de un corazón inflamado,
con esta divisa: La caridad de Jesús crucificado nos
apremia (3).
En todas las cosas, de tal suerte procuraba ajustar
su conducta a la de este divino Señor, que San Vicente

(1 ) L . de M ., t. II, p. 4 4 .
(2 ) Ibid., t. II, p. 162.
(3 ) Beatif., f. 2 .0, p. 296.
dice de ella que podía haber hecho suyas aquellas
palabras de San Pablo: “No soy yo quien vivo, sino
que Jesucrito es quien vive en mí„ ( 1 ).
Cuando se llegaba a la comunión, que era frecuen­
temente, se hacía un mar de lágrimas. De esta suerte,
en las sequedades, lo mismo que en las ternuras; en el
Tabor, lo mismo que en el Calvario, Jesucristo era
para ella el imán de todos sus afectos, pudiendo decir
con San Agustín que en Dios tenía todas las cosas:
Deas meas et omnia.
De este su encendido amor a Dios procedía en nues­
tra Venerable el amor que tenía al prójimo, sobre todo
a los pobres. Como en todas las cosas, Jesucristo fué
también en esto su modelo; y aunque de noble fami­
lia y de situación desahogada no vaciló en dejar sus
regalos y comodidades para convertirse en sirvienta
de los pobres enfermos ( 2 ), título que, extendido al pie
de la cruz y refrendado por las humillaciones e igno­
minias de Aquel que, rey de los reyes, no había que­
rido otras insignias de tal, mientras vivió en este mun­
do, que las de burla que le vistieron en el Pretorio,
legó a todas sus hijas. Y cuánto se honrara con él y
con qué solícito afán procurara acomodar a él durante
toda la vida su conducta, nos lo dicen perfectamente
todas sus empresas y acciones. No están menos acor­
des en reconocerlo y proclamarlo así las Hermanas.
“Recomendaba siempre, dice una, que se cuidase mu­
cho de los pobres; que tendría por hechos a ella mis­
ma los servicios que les hiciésemos a ellos, etc.„ (3).

(1) L . de M., t. I, p. 205.


(2) Ibid., t III, p. 8 .
(3 ) Ibid., 1 . 1, p. 201.
“Tenía, dice una segunda, tal amor a los pobres, que
se juzgaba dichosa cuando les podía servir en algo» ( 1).
Y otra, casi con las mismas palabras: “Amaba en gran
manera a los pobres y sentía indecible satisfacción en
poderles prestar algún servicio. Yo misma la he visto
recoger a los que salían de la cárcel, lavarles los pies,
curarles y vestirles con los vestidos de su hijo„ (2). Se
ve, pues, cuán de corazón la salían aquellas palabras
que decía a sus hijas: "Acerquémonos llenas de afa­
bilidad y de dulzura a los pobres; son nuestros seño­
res. Amémosles tiernamente y respetémosles con to­
das veras» (3).
Y si tales