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Esteban Rodríguez Alzueta

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La jibarización del piberío – Por Esteban


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Sobre insultos y palabras


de amor – Por Angelina
12 Uzín Olleros

Incidencia de la pobreza y
la indigencia – La
Argentina de Cambiemos –
Por Horacio Rovelli
La jibarización es uno los deportes favoritos del periodismo televisivo, una práctica que fue apropiada por la
industria cultural y organiza gran parte de las prácticas periodísticas hoy día. A través de la jibarización se
lleva a cabo la estigmatización social del piberío de los barrios pobres en la gran ciudad.

 Por Esteban Rodríguez Alzueta*


Marchas, Contramarchas,
(para La Tecl@ Eñe) Marcha atrás – Por Carlos
Caramello
Fotografía: Alfredo Srur 

 
Últimas Notas
Sabido es que los conquistadores tallaron palabras cargadas de odio y burla, muy despectivas para
denostar a los pueblos indígenas, dueños de estilos de vida y costumbres que estaban muy lejos de las La
suyas. Los llamaron bárbaros, antropófagos, quilomberos, o jíbaros. Todas estas palabras no eran jibarización
inocentes, estaban hechas del mismo filo de las espadas que empuñaban. Me gustaría volver sobre esta del 0

piberío –
última palabra que suele detener el zapping de los televidentes, despertando su curiosidad morbo para
Por
acumular informaciones inútiles, sin tomar ninguna responsabilidad por aquello que se está viendo, sin Esteban
pensar en nada. Otra práctica milenaria, como enseguida se verá, que fuera apropiada por la industria Rodríguez
cultural para cubrir la realidad y desgarrar a muchos de sus protagonistas.   Alzueta
3
Según la etimología del siglo XVI, xibaro o xivaro comparte el tronco semántico con  la palabra xiroa, una
abril, 2018
forma castellanizada para designar al hombre o persona (šiwar). Los españoles y criollos utilizaron la
palabra «jíbaros» o «jívaros» como sinónimo de «salvaje» y la utilizaron para acentuar la animalidad de Sobre
aquellas comunidades que vivían, según decían, como «animales». insultos y
palabras 2

Jíbaro fue la denominación despectiva para nombrar a los Shuar, un pueblo amazónico que habitaba en de amor –
la selva amazónica en las regiones de Perú y Ecuador. Una de las prácticas que llamó la atención del Por
 Angelina
conquistador fue el rito Tzantza. Una vez que los Shuar derrotaban a la tribu enemiga, sus guerreros
Uzín
aprendían al jefe y cortaban su cabeza en un ritual organizado según determinadas reglas y criterios. A Olleros
través del mismo, después que separaban la cabeza del cuerpo, retiraban la piel del resto del cráneo  31
mediante un corte en V que hacían en la nuca. El proceso de despellejamiento se hacía luego de sumergir marzo,
la cabeza durante treinta minutos en un recipiente con agua. Luego raspaban la piel para quitar los restos 2018
de carne y evitar la putrefacción, y limpiaban su exterior con aceite de Carapa. Después la ponían a secar
al sol, rellenando con piedra y arena caliente su interior; cocían los ojos, la nariz y los labios. Colgaban la Incidencia
cabeza en el fuego para disecarla poco a poco con el humo, mientras iban dando forma al cuero con una de la
pobreza y 2
piedra caliente. Finalmente retiraban las piedras y la arena, y procedían a teñir la piel de negro. El
la
resultado era una cabeza del tamaño de la mano. Los jíbaros, entonces, eran los “cazadores de cabezas”. indigencia
– La
El Tzantza tenía profundos significados simbólicos. Con él se quería retener el alma de la persona enemiga Argentina
para que el espíritu de este último no pudiera regresar y tomar venganza. En segundo lugar, los miembros de
Shuar no reducían la cabeza de cualquiera sino del más sabio del grupo enemigo. Buscaban con ello Cambiemos
– Por
mantener cerca a los difuntos para guardar sus conocimientos en la aldea propia. Y finalmente, la última
Horacio
dimensión de este ritual tenía que ver con la acumulación de prestigio: cuantas más cabezas tenía un Rovelli
guerrero, más prestigio poseía. Las cabezas cortadas y reducidas al tamaño de un puño eran la mejor
 30
prueba de la fiereza de la que estaban dotados. El guerrero victorioso, adornado con collares de cabezas
marzo,
cortadas, inspiraba terror y se ganaba respeto.
2018
Me interesa volver sobre este ritual para pensar una serie de prácticas contemporáneas que fueron
Marchas,
perfeccionando la jibarización hasta volverla abstracta, sutil y más extendida. Por eso, después de este Contramarchas,
rodeo, estamos en condiciones de afirmar nuestra tesis: la jibarización es uno los deportes favoritos del Marcha 0

periodismo televisivo. La jibarización es una práctica que fue apropiada por la industria cultural y atrás –
Por Carlos
organiza gran parte de las prácticas periodísticas hoy día. A través de la jibarización se lleva a cabo la
Caramello
estigmatización social del piberío de los barrios pobres en la gran ciudad.
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marzo,
2018

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guerrilleros
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 25
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Democracia
de
mentira – 1

Por Mario
de Casas
 25
marzo,
  2018

Los periodistas no sólo se dedican a sacar las cosas de su contexto histórico sino a descoyuntarlas de su
entorno social. Las noticias son una gran guillotina, cortan cabezas para luego exhibirlas públicamente.
Transforman la historia en un epifenómeno, sea una ola, un caso o suceso. Pero el objeto que allí se
expone es muy distinto al sujeto que quiere mostrar. No es casual que las personas que hayan merecido la
atención recurrente de las cámaras de televisión no se reconozcan en las imágenes que proyectan sobre
ellos. La televisión es una máquina de simplificar. Aquello que trasmite es el resultado de operaciones de
simplificación y amputación brutal. En efecto, cuando simplifican, transforman hasta la deformación. El
achatamiento es consecuencia de la urgencia y la pereza intelectual. Pero también del miedo, el
resentimiento y los prejuicios que disimulan con las habituales correcciones políticas de la “gente
normal”.

El recorte periodístico jibariza la noticia y con eso a sus protagonistas. Un enfoque que desquicia y vuelve
salvajes a las personas objeto de la atención televisiva. Este efecto de achatamiento es el resultado de un
trabajo de edición y montaje, que después se pisará con fórmulas mágicas dispuestas en los zócalos o con
voces en o , frases grandilocuentes y pontificadoras, acompañadas con música incidental de fondo que
volverá aún más grotesco el relato patético que se quiere compartir. Aquello que se exhibe es un objeto
recortado y reducido, deshistorizado, despojado de sus trayectorias biográficas que reemplaza la historia
por el escándalo, y la reflexión por la indignación.  

Como el rostro de los bandoleros impresos en carteles que le ponían precio a su cabeza, el rostro de los
pibes y las pibas de barrios pobres de la gran ciudad, serán expuestos en los foros de Facebook que los
vecinos alertas y comisarios abren para alertar al barrio y escracharlos. Los muros de estas páginas son
paredones de fusilamiento, donde se lincha simbólicamente a los jóvenes acusados de ser ladrones o
vendedores de drogas. Roban sus fotos de los propios perfiles que tienen los jóvenes en esas redes y las
ofrecen a modo de advertencia y escarnio moral. Esa práctica del escrache la aprendieron viendo la tele,
escuchando a su periodista favorito durante los últimos años. ¿Acaso los cronistas y movileros no se
dedican a visitar las villas o rincones marginales de la gran ciudad en busca de “salvajes” que les permitan
a la gente común o los vecinos alertas descargar diariamente la furia contenida practicando puntería
sobre la cabeza que le pusieron en frente? Solo que acá no se trataría de practicar tiro al blanco. En la
televisión el único blanco es el negro.    

Estoy pensando en las cámaras de “Policías en acción”, un programa racista por donde se lo mire,
producido y guionado para reírse de los “negros”, sean los lúmpenes o los policías. Un programa que
invita a reírse de la desgracia ajena, donde los productores usan la pobreza en todas sus expresiones
como materia prima para burlarse del otro, que selecciona escenas excéntricas para componer gag, un
golpe de efecto que ridiculice a la policía y a su clientela. Pero también tengo en mente otros cronistas o
reporteros, periodistas civilizados con vocación etnográfica como lo era Juan Castro, o son Rolando
Graña, Daniel Tognetti o Martín Ciccioli. Cazadores de “historias” que después serán trituradas por la
producción hasta convertirlas en “intrigas”, “leyendas” y “cuentos”. Otras veces, las imágenes correrán en
cascada de un canal a otro y, mientras las imágenes se repitan en loops, los periodistas estrellas, de la
talla de Gelblung, Viale, Lanata, Fantino, Babi Echecopar, Eduardo Feinmann, Mirta Legrand, se
encargarán de vaciarlas de sentido para componer una fantasía a la altura de los fantasmas de sus
respectivas hinchadas.

Periodistas refinados que van en busca del salvaje urbano para jibarizarlo. Cazar una noticia es encontrar
la víctima perfecta que van a alimentar durante horas o días para transformarlo en el chivo expiatorio que
la televisión –ese gran médium- va a sacrificar públicamente cuando lo ofrezcan a la comidilla de sus
televidentes. Ahora bien, su objetivo no sólo es la exposición de aquellos actores vulnerables sino la
sobreexposición de ellos mismos. Más aún, me atrevería a decir que la noticia son los mismos periodistas:
los programas se organizan para mostrar el cartel que tienen, los contactos acumulados, los riesgos que
corrieron estando ahí. Gente famosa, muy canchera, que se anima a entrar a las villas, a caminar por sus
pasillos, visitar los tugurios donde la marginalidad, las violencias y la promiscuidad forman –para la
televisión- una suerte de bolo fecal. Ellos están ahí, conocen su jerga y por eso pueden hacer entrevistas
“locas”, “jugosas”, “muy fuertes”, mientras invaden la intimidad de la comunidad agregándole de paso
más estigmas al que ya cargan sus residentes. Incluso se dan el lujo de confrontar sus estilos de vida,
retando a sus eventuales entrevistados, haciendo gala de una sensiblería impostada muy paternalista.
Periodistas que no dejan hablar, que hacen preguntas que no interrogan, y las respuestas que encuentran
se comprimen con un trabajo de edición que borrará los matices, eliminará los silencios, y se quedará con
los fallidos que le confirmen lo que ellos ya saben de antemano. Son crónicas que desplazan la historia
con las anécdotas, que rompen la conexión entre criminalidad y estructura social desigual, reemplazando
al criminal biográfico por el individuo abiográfico, un actor abstracto, inescrupuloso que eligió la violencia
como la manera de estar en la sociedad.     

El bisturí periodístico despelleja a los jóvenes para hacerlos aprehensibles. De ahora en más estarán al
alcance de la mano, serán un amuleto que colgarán en la pantalla para manifestar su indignación. La
cabeza del pibe jibarizado es el decorado de la noticia que, antes que arrojar luz sobre la realidad que los
conmueve, se apresuran a abrir un juicio negativo sobre el monstruito que acaban de componer.  

Hay allí mensajes oblicuos, un discurso en diagonal, hecho para allanar la historia y ganar tiempo. Una
historia vaciada de historia hasta que se vuelve mito, imágenes-fuerzas con la capacidad de producir
temor y prestigio. Porque en el mismo momento que se denigra a los jóvenes cuando se los estigmatiza,
los periodistas adquieren una reputación que les permitirá decir lo que quieran aunque no sepan nunca
nada de nada. Se sabe, cuando la verdad no guarda proporción con la realidad, en estas épocas de
posverdad, la mejor ficción se paga con una patente de corso para una nueva conquista que necesitará,
está visto, de otra guerra de policía. La televisión constituye el poder espiritual de un nuevo poder
terrenal. No hay exterminio sin sermón. De la misma manera que la espada era acompañada por la cruz, el
micrófono y las cámaras de TV acompañan ahora las pistolas de la vecinocracia.      

La Plata, 3 de abril de 2018

*Docente e investigador de la UNQ. Miembro del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica y director del
LESyC. Autor de Temor y control y La máquina de la inseguridad. Editor de Hacer bardo.

La Tecl@ Eñe

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