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LAS PIEZAS DEL DERECHO

Considerado como lenguaje, el Derecho consiste en una serie de enunciados dirigidos en son
conjunto a guiar la conducta humana, aunque todos ellos no sean propiamente normas y
aunque existan varios tipos de normas jurídicas. Los criterios de distinción expuestos por
Atienza, entre otros, son los siguientes: estructura, o la manera en que están internamente
organizados; función que cumplen en el razonamiento de sus destinatarios; forma de incidencia
en los intereses y las relaciones de poder en una sociedad. De ahí que la primera principal
clasificación es en:

Enunciados de carácter práctico (1) y de carácter no-práctico (2)

Entre los enunciados no prácticos tenemos esencialmente las definiciones. Si buscamos en la


Ley 241 sobre Tránsito de Vehículos de Motor cuando en su artículo 1 ofrece la definición de
camión como “vehículo pesado de motor destinado al transporte de carga”, esa definición no
surtirá efectos prácticos por sí misma, sino cuando la usamos para aclarar y distinguir los efectos
de la ley dentro de un contexto normativo que ofrece algún otro enunciado. Se le denomina
“no-práctico” en tanto a que no está llamado –de forma directa– a influir sobre la conducta
humana, pero esto no lo hace jurídicamente irrelevante.

Lo que se quiere extraer de lo anterior es que si bien los enunciados no-prácticos pueden ser
considerados como enunciados jurídicos, un criterio importante de distinción es que los
enunciados prácticos sí están llamados a influir sobre la conducta humana. ¿Pero de qué
manera? Para ello debemos explorar las distintas subdivisiones que se generan entre los
enunciados prácticos:

1.1 Normativos (1.1) y Valorativos (1.2)

Los enunciados jurídicos valorativos (1.2) son enunciados que expresan juicios de valor, como
cuando el artículo 38 de la Constitución Dominicana refiere en parte de su contenido que: “(…)
La dignidad del ser humano es sagrada, innata e inviolable”, se está afirmando que es un valor,
e inclusive, en su sola condición de valor no deja de ser parte de los enunciados jurídicos que
están llamados a influir en la conducta humana.

Estos pueden traducirse a juicios normativos (1.1), cuando se acepta que, siendo la dignidad
humana un juicio de valor jurídicamente relevante, se debe aceptar igualmente que se debe
respetar la dignidad de las personas. Por supuesto, esta distinción entre valores, principios y
reglas no deja de ser provocativa y expuesta a las críticas de pensadores tanto positivistas como
iusnaturalistas, en tanto que los primeros afirman que valores y principios sólo se constituyen
en un material jurídicamente relevante por efecto de la positivización en normas jurídicas que
puedan ser empíricamente verificables; mientras que los segundos consideran que el rol de los
valores en el Derecho no debe quedar condicionado a su “reconocimiento positivo”, ora a través
de reglas, ora a través de principios, que los valores –por su sola condición de valores–, son
elementos jurídicamente relevantes.

Sin ánimos de adentrarnos a profundizar sobre esta trifulca, la Constitución nuestra en el mismo
ejemplo ofrecido no sólo se limita a utilizar un lenguaje asertivo respecto de la dignidad humana
como valor, sino además un lenguaje directivo cuando desde el preámbulo, hasta su contenido
transversal sostiene como premisa normativa que “Se debe respetar la dignidad humana”.
La diferencia que se colige aquí entre enunciados valorativos y enunciados normativos es que,
pudiera argumentarse que todo enunciado normativo encierra un contenido que refiere a
valores fundamentales (Cuando el artículo 40.15 de la Constitución instituye el principio de
legalidad, es evidente que tutela la libertad como un valor fundamental), es la conversión de ese
valor en un deber de respeto para otra persona, institución o el Estado lo que conduce a
entender la dignidad humana no sólo asertivamente como un valor, sino directivamente como
un principio fundamental. Los juicios normativos (1.1) se dividen a su vez en aquellos:

–que expresan normas (1.1.1), y –que expresan el uso de poderes normativos (1.1.2)

Estos últimos se denominan “actos normativos” (1.1.2), en el sentido de que no son normas en
sentido estricto, pero a través de ellos se crean normas -sobre esto nos referiremos más
adelante). Por otra parte, dentro de los enunciados normativos que expresan normas (1.1.1),
tenemos a su vez dos importantes grupos:

Enunciados regulativos (1.1.1.1) y enunciados no-deónticos (1.1.1.2)

Dentro de los primeros (1.1.1.1) encontramos los principios (1.1.1.1.1) o reglas (1.1.1.1.2). Las
diferencias entre reglas y principios son muy variadas cuando pasamos de autor en autor, pero
podemos partir –en cuanto a aspectos lingüísticos– de la siguiente premisa: Los principios son
normas muy generales, frente a las reglas que son normas muy específicas. Atienza en este
punto acentúa que tanto los principios como las reglas pueden ser indistintamente normas de
acción y normas de fin. El error aquí que se pretende desmitificar es que toda regla es una norma
de acción y todo principio es una norma de fin; en efecto, ambas suponen dos formas distintas
de regular la conducta. En el primer caso, se pretende regular acciones: Si se dan ciertas
circunstancias, se debe/no se debe/se puede hacer algo. En el segundo caso se señalan ciertos
fines a alcanzar y se deja que el destinatario elija los medios adecuados para ello.

Una de las diferencias que pueden reflejarse entre principios y reglas es que, en un plano
estructural, son enunciados normativos que tienen una forma condicional, no categórica, como
pudiera pensarse de los principios . Precisamente por ello es que requieren un tratamiento
distinto al de las reglas, ya que siendo una atribución de las reglas el hecho de que su aplicación
es “todo-o-nada”, aplicar la estructura de reglas a los principios implica denominarlos
categóricos, es decir, sin ninguna dimensión de peso. Por ello Atienza establece que los
principios tienen una condición de aplicación muy abierta, mientras que las reglas tienen una
condición de aplicación muy cerrada: Mientras el “debe” en los principios se manifiesta de
entrada, en las reglas el “debe” es concluyente.

Asimismo, los principios suministran “razones débiles” no excluyentes, que deben ser sopesadas
con otras razones; por ello se dice que la utilización de principios implica un ejercicio de
ponderación. Mientras tanto, las reglas constituyen “razones excluyentes”, en tanto que si se
dan las condiciones de aplicación, no hay una necesidad –en principio– de considerar otras
posibles razones. Ante el caso de una laguna normativa o axiológica, sea porque no exista una
regla aplicable, por contradicción de principios, o porque la regla no se ajusta a los valores del
ordenamiento, se precisa entonces de la utilización precisa e inmediata de principios.

Por otra parte, la diferencia entre principios –en sentido estricto– (1.1.1.1.1.1) y directrices
(1.1.1.1.1.2) es que mientras las últimas sirven como un standard de lo deseable, los primeros –
aunque abstractos–, fijan obligaciones con un carácter imperativo . En Dworkin, las policies son
normas que fijan objetivos de carácter social, económico o político, mientras que los principios
son exigencias del tipo moral que establecen derechos.