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Patricia Rice

MÁGICA, 01

LA MAGIA DEL AMOR


ÍNDICE
Prólogo........................................................................................3
Capítulo 1...................................................................................4
Capítulo 2.................................................................................15
Capítulo 3.................................................................................23
Capítulo 4.................................................................................29
Capítulo 5.................................................................................35
Capítulo 6.................................................................................41
Capítulo 7.................................................................................49
Capítulo 8.................................................................................55
Capítulo 9.................................................................................62
Capítulo 10...............................................................................69
Capítulo 11...............................................................................76
Capítulo 12...............................................................................83
Capítulo 13...............................................................................90
Capítulo 14...............................................................................98
Capítulo 15.............................................................................104
Capítulo 16.............................................................................112
Capítulo 17.............................................................................121
Capítulo 18.............................................................................128
Capítulo 19.............................................................................136
Capítulo 20.............................................................................142
Capítulo 21.............................................................................149
Capítulo 22.............................................................................156
Capítulo 23.............................................................................162
Capítulo 24.............................................................................170
Capítulo 25.............................................................................177
Capítulo 26.............................................................................183
Capítulo 27.............................................................................191
Capítulo 28.............................................................................198
Capítulo 29.............................................................................205
Capítulo 30.............................................................................211
Capítulo 31.............................................................................217
Capítulo 32.............................................................................223
Capítulo 33.............................................................................229
Capítulo 34.............................................................................235
Capítulo 35.............................................................................241
Capítulo 36.............................................................................248
Capítulo 37.............................................................................254
Capítulo 38.............................................................................260
Capítulo 39.............................................................................267
Epílogo....................................................................................274
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA.......................................................279

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Prólogo

—Mi madre ha muerto.


—Porque no me escuchó, cariño.
La anciana, que olía a hojas y rosas, estrechó a su nieta, de diez años, en sus
brazos rollizos.
—Mi padre no me quiere. —Ninian intentaba no lloriquear mientras se
acurrucaba en el primer abrazo acogedor que recordaba recibir.
—Porque eres una Malcolm, y los hombres le temen a lo que no entienden. Lo
comprenderás cuando seas mayor.
—Mi padre dice que soy una bruja, abuela. No soy una bruja, ¿no es verdad?
—Eres una Malcolm, querida, que es casi lo mismo. Las brujas pueden hacer
mucho bien si oyen a sus mayores y hacen lo que se les dice. —La anciana la apartó y
enderezó los hombros de Ninian—. Quédate aquí a mi lado; te leeré una historia. —
Le dio una palmadita al libro con tapa de cuero que estaba sobre su regazo.
—Mi madre no quería que fuera una bruja —susurró Ninian, de repente
asustada mientras subía a la silla y percibía la determinación de su abuela.
—Tu madre negaba lo que era, cariño, y murió por ello. Nunca niegues lo que
eres, y vivirás una vida larga y feliz.
—¿Qué soy? —preguntó, mientras se acurrucaba en el abrazo polvoriento de su
abuela, momentáneamente tranquila por sus promesas.
—Una Malcolm, querida mía —repitió la anciana—. Siéntete orgullosa y
agradecida por tu herencia. Podemos tener cualquier cosa que deseemos, si lo
deseamos con la fuerza suficiente. Lo único que nunca debemos hacer es negar
quienes somos, como nos dice la historia. Una vez un Ives intentó obligar a su señora
Malcolm a negar su herencia, y eso casi destruye el pueblo.
A Ninian le encantaban las historias. Gustosa, se acomodó para oír.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 1

Northumberland, 1750.

Sola, al borde del claro, Ninian Malcolm Siddons estaba sentada sobre una
piedra dada la vuelta que pertenecía al círculo que una vez había dominado esa
colina, y contemplaba la hoguera y las parejas que bailaban y reían abajo. Ser una
Malcolm era algo muy solitario. Esa noche, hubiese preferido bailar, cantar y gritar
de alegría a la luz de la lumbre, como todos los demás.
Deseaba gritar y chillar: «¡Estoy aquí! ¡Aquí! ¡Soy yo!». Pero era peligroso atraer
ese tipo de atención. No podía satisfacer su naturaleza volátil y tener una rabieta ante
la injusticia de la vida; solo acrecentaría el temor que el pueblo sentía por ella. Según
le había enseñado su abuela, debía recordar quién era, qué era, y sentirse orgullosa
de ello. Tenía un don y un talento como los que nunca se le habían concedido a nadie,
y debía utilizarlos con sabiduría. Hacer que los aldeanos le temieran no era acertado.
Suspiró y puso los ojos en blanco por la exasperación. Los «dones» y los
«talentos» no eran tan valiosos ni apasionantes como la magia en los cuentos de
hadas. Si tan solo poseyera magia verdadera, podría evocar a un enamorado para que
bailase con ella. Sonrió cuando la fantasía se representó en su mente. ¿Qué clase de
enamorado evocaría? ¿Moreno y apasionado? ¿Rubio y cariñoso? ¿Uno que le diera
bebés regordetes y alegres?
Uno que bailara con ella.
Nunca había ni siquiera pensado en compartir su vida con alguien hasta que su
abuela murió el invierno anterior. Dadas las circunstancias, no valía la pena pensarlo
ahora. Debía dedicar su vida a la gente de Wystan, al igual que lo había hecho su
abuela... o negar su herencia y perder todo, como lo había hecho su madre.
La fogata brincó más alto en la noche estrellada de mayo cuando alguien agregó
broza nueva a las llamas. Con la ayuda de la luna, el claro destellaba con el brillo
plateado de mil velas y colmaba la noche de encanto.
Beltane era una noche para celebrar la fertilidad de la tierra, para librarse de la
oscuridad del frío invierno. Debería regocijarse con la promesa de la primavera, no
preocuparse por lo que nunca podría tener. Era hora de superar el dolor por la
muerte de su abuela y seguir viviendo.
Ojalá supiera exactamente de qué se trataba. Ocuparse de sus hierbas, curar a
los enfermos y asistir partos no era exactamente la promesa que había esperado,
ahora que se enfrentaba sola a esas tareas.
Con impaciencia, se incorporó cuando un exceso de hilaridad y alegría la
sacudió con la proximidad de los bailarines.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—¿Has oído? ¡Lord Ives está arreglando el castillo! —cacareó Tom, el hijo del
ruedero, mientras él y varios más se reunían para recobrar el aliento.
—Todos seremos ricos —Alice, la hija de un granjero, expresó su entusiasmo
con regocijo.
—El año que viene, para esta época, tendremos cerdos gordos en nuestros
corrales y gansos en nuestras mesas. —El hijo de un ganadero de ovejas, Nate, le
pasó la jarra de cerveza a la persona siguiente.
El regreso de un Ives a Wystan después de todos esos años preocupaba a
Ninian. Había creído que la leyenda del libro de cuentos de su abuela era un poco
más que un cuento de hadas y nunca le había temido... hasta ahora, con el reciente
regreso del misterioso aristócrata.
Según la historia, hace mucho, mucho tiempo, los Ives y los Malcolm habían
sido la nobleza de aquella zona, habían construido castillos y protegido a su gente.
Pero según la leyenda, la catástrofe destruyó su tierra feliz debido al matrimonio de
un Ives y una Malcolm. La prosperidad había desaparecido, los señores Ives se
alejaron y solo permanecieron los Malcolm, que cuidaron del pueblo lo mejor que
pudieron. Cuando los demás se marcharon a otros sitios en busca de riquezas, el
pueblo se redujo y ya no fue necesario más que un Malcolm allí, por lo que hasta los
Malcolm se marcharon. Las tías de Ninian siguieron a sus esposos aristócratas y
continuaron en tusca de mejores horizontes. El don particular de Ninian funcionaba
mejor en la soledad del pueblo, por lo que había decidido quedarse atrás.
¿Por qué una leyenda salía de su libro de cuentos apenas hubo muerto su
abuela? Y si ese lord Ives podía hacer rico al pueblo, ¿necesitarían a Ninian para algo?
¿O traería la tragedia que predecía el libro de cuentos?
Poniendo freno a un repelús de miedo y borrando de su mente esa superstición
estúpida, Ninian observaba con curiosidad a los solteros sin compañía mientras los
músicos comenzaban a tocar una nueva pieza.
Nate asió la mano de su compañera, Gertrude rio y se largó con él para unirse a
los danzantes. Mientras los demás jóvenes elegían a sus compañeras y las parejas
risueñas se lanzaban a la juerga, dejando atrás a Ninian —una vez más—, sus
hoyuelos desaparecieron y sus hombros cayeron con el peso de la soledad.
No debería importarle que no la invitaran a bailar. Eran simples muchachos
incultos de pueblo, y ella era una Malcolm. Las Malcolm no solo eran brujas, sino que
también pertenecían a la nobleza, tenían una educación que iba mucho más allá de
los recursos de los simples granjeros. Lo comprendía. En verdad lo hacía. Pero la
música era muy alegre y la luna, más que hermosa.
Una anciana rio cuando Gertrude abofeteó el rostro de Nate y se marchó
haciendo aspavientos.
—Aquel no tiene nada más que una cosa en mente —le dijo la anciana a su
compañero.
Todas las muchachas del pueblo sabían de las manos calientes y las dulces
palabras de Nate. Sin embargo, incluso ebrio de cerveza, bailaba con buen paso y a
Ninian no le hubiera venido mal dar una vuelta alrededor del fuego. Solo una.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

No era que esperara amor.

Un rito de fertilidad pagano, qué apropiado.


De pie en las más profundas sombras del lindero del bosque, Drogo Ives, conde
de Ives y Wystan, observaba, con los brazos cruzados, arder la fogata en el claro
hacia el cielo. Las notas hipnóticas de la flauta y del violín se movían en el viento
junto con los sonidos de las risas.
Había llegado a esa región desierta del norte de Inglaterra con la esperanza de
estudiar las estrellas, no el comportamiento humano. Solo Dios sabía que en Londres
tenía suficientes especímenes que estudiar si hubiera deseado escoger la ciencia de
las personas; no obstante, prefería la distancia y la precisión matemática de las
estrellas. Al menos las estrellas eran predecibles.
La hoguera había despertado su curiosidad cuando la vio desde sus ventanales.
Había pasado un día largo y agotador con las cuentas de las tierras, la
correspondencia y las decisiones con respecto a las últimas aventuras de sus
hermanos y, de manera inexplicable, se sintió atraído por la vista de las llamas que
brincaban.
Una silueta solitaria, escondida en la penumbra entre él y las alegres parejas en
el claro, atrajo su curiosidad. Podría no ser de esa zona, pero tenía el suficiente
conocimiento del folclore como para reconocer la celebración de Beltane del pueblo.
Cuando terminaban los rituales de fertilidad de primavera, se tornaba bastante
insulsa. Incluso reconocía el deseo primitivo de procrear dentro de sí mismo. La
calidez de una nueva víspera de mayo, el zumbido de las criaturas nocturnas de la
naturaleza buscando pareja, las aves expectantes y las plantas florecientes de la
primavera, incitaban hasta lo más estoico del género humano al deseo de crear
réplicas de sí mismos en el interior del útero de una mujer.
Drogo cerró con un estruendo una puerta de acero a aquel pensamiento
mientras observaba la solitaria silueta en el claro.
Su cabello rubio brillaba con la luz de la luna, se rizaba en bucles salvajes sobre
sus hombros y hasta la mitad de su espalda, no estaba cubierto ni con un sombrero ni
con un velo. Había vislumbrado su rostro con anterioridad mientras ella
intercambiaba palabras con algunas de las parejas. Tenía un rostro redondo de una
pureza de color marfil, con misteriosos ojos claros que apenas podía distinguir bajo la
franja plateada de la luz de la luna.
Y tenía una figura por la que los hombres matarían. Contemplaba su
prominente busto y su esbelta cintura con una mirada desilusionada. Una belleza
silvestre, hecha para la reproducción. Vaya, entonces, ¿no era parte de una de las
parejas apasionadas que danzaban alrededor del fuego? Debería saberse al dedillo la
concurrencia de los hombres que bailaban.
No tenía ninguna intención de involucrarse mucho en los asuntos del pueblo
sobre los que podría preguntar. Ansiaba una soledad que no podía conseguir en
Londres, y no necesitaba otra mujer que le fastidiara la vida ni la mente. Sería mejor

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que regresara a sus estudios en la torre o a la tediosa cantidad de mensajes frenéticos


desde Londres.
La diosa plateada se volvió justo lo suficiente como para que él pudiera ver la
añoranza en su expresión, una añoranza que se asemejaba mucho a la propia, y la
soledad de ella casi lo deja paralizado.
Se negaba a sentirse de ese modo. No tenía derecho. Tenía en su mesa mucho
más de lo que le fuera posible consumir.
Pedir un manjar que no era suyo era de un egoísmo detestable.
Como percibiendo su conflicto emocional, la doncella de la luna se volvió y
miró hacia el bosque, donde él se encontraba. Su excitación intensa y repentina al ver
sus rasgos iluminados por las estrellas decidió la cuestión. No se convertiría en su
padre, bailando despreocupado hacia la llamada de la tentación, siguiendo a su polla
como una cola.
Dejó que encontrara a otro compañero para esa noche de amorío. No tenía nada
que ofrecerle.

Ninian se estremeció cuando creyó ver una sombra que se introducía


sigilosamente en la oscuridad. Quizás Satanás salía de paseo en una noche como esa,
como le había advertido su abuela, pues solo un demonio sin alma podía escapar a
su percepción. Su don de percibir los sentimientos humanos podía hacer que no
comprendiera lo que sentía, pero le daba la habilidad de advertir la presencia de
alguien.
Su abuela le había enseñado a tratar con los demonios externos, como los
hombres peligrosos. Ninian deseaba que le hubiera enseñado a tratar con los
demonios internos, como la duda y la soledad. Su abuela le había enseñado todo lo
que se sanaba fácilmente con hierbas y amuletos aunque, según Ninian, los amuletos
no podían curar cualquier cosa. No obstante, respetaba la memoria de su abuela y
mantenía la mente abierta. La mujer sabía mucho más de lo que Ninian esperaba
aprender alguna vez.
La música cambió y las parejas risueñas se distanciaron del fuego. En lugar de
marcharse, como debería haber hecho, permaneció allí. Esperaba, sin perder la tonta
esperanza de que al menos uno de los hombres se animara a invitarla a bailar, ahora
que habían bebido más cerveza. Hacía todo lo posible por sonreír con ingenuidad,
como lo hacían las otras doncellas.
—Dicen que el conde tiene tres esposas —comentó Nate, riendo, cuando se
acercó. Una vez más su brazo envolvía con firmeza los hombros de Gertrude.
—Dicen que todos los Ives son demonios que solo recorren la noche. —Tom
sonreía, mientras Alice chillaba de horror y se acurrucaba más en sus brazos.
Quizás Ninian no era la única que había notado una presencia al borde del
bosque. Miró por encima del hombro una vez más, pero la sombra había
desaparecido.
—¿Sabéis lo que dicen que sucedió la última vez que un Ives caminó por esta

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tierra? —susurró Nate con el tono amenazador de un hombre que relataba una
historia de fantasmas—. Se juntó con una bruja y todo el valle se inundó.
Todas las cabezas giraron en dirección a Ninian.
A Ninian se le agrió el estómago ante la atención. No importaba cuánto se
esforzara por ser una de ellos: la maldición de su herencia siempre levantaba
barreras. No sabía por qué se les había unido esa noche, excepto que a veces, en la
cabaña, resonaba la soledad.
Harry, el zapatero, volvió a atraer la atención hacia sí mismo.
—Ya que este Ives tiene tres esposas, es probable que no necesite más, ¿no es
verdad?
Los chavales se mofaban a carcajadas. Las mujeres reían con nerviosismo.
Agradecida por el foco de distracción de Harry, Ninian se aferró a su sonrisa
con hoyuelos y observó el baile, mientras la conversación continuaba sin ella.
Incluso Harry, quien la había defendido verbalmente desde que le había
soldado su dedo roto, nunca hacía más que saludarla con la cabeza. Se necesitaba un
hombre valiente de veras para cortejar a una bruja Malcolm. A esas alturas, debería
estar acostumbrada al rechazo.
Las supersticiones de los aldeanos sobre sus orígenes no hacían que se
preocupara en exceso. Inglaterra no había quemado una bruja en... eh... cien años o
más. Ni habían colgado a una en veinte o treinta años. Tenían métodos más
civilizados de destruir a las brujas en ese momento. Una palabra o una mirada
incorrecta, y no vería más que sus frías espaldas. Y tras las cosechas escasas de esos
últimos años y después del mal invierno, no podía culparlos. A diferencia de su
abuela, no podía convencer a las personas de hacer lo que era bueno para ellos con
amuletos y promesas. Solo podía sanar a los enfermos con sus conocimientos sobre
las hierbas. Su don para la empatía era excepcionalmente inútil, y más un fastidio
que una ayuda.
Deseaba que las cosas pudieran ser diferentes. Solo por una vez quisiera que
alguien la aceptara como era, que la abrazara fuerte y bailara con ella a la luz de la
lumbre, como las personas normales.
«Y en realidad soy normal», se decía a sí misma con firmeza. Solo sabía un poco
más sobre hierbas que la mayoría, tenía una habilidad impredecible para percibir lo
que sentían los demás, y la inteligencia para aplicar ambas. No era una bruja. Era una
Malcolm.
Sin embargo, en la mente de muchos, no había diferencia.
Con un suspiro lleno de ilusión, Ninian se alejó del claro y se adentró en el
bosque, lejos de las celebraciones, lejos de la vista de los demás que iban con
disimulo, pareja a pareja, hacia las sombras de la hierba y los árboles, allí, para crear
la cosecha excepcional de bebés a cuyos partos asistiría llegado el invierno. Bebés que
nunca tendría. La mejor manera de eliminar el dolor que le causaba ese pensamiento
era con el trabajo.
Ninian se paseó entre los árboles, dejó bien atrás la hoguera y la multitud
apasionada, y buscó el arroyo rumoroso en el que habitaba la hierba que necesitaba.

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Bajo la plena luz de la luna, la agrimonia debería contener todo el poder que
necesitaba para el trabajo del día siguiente. Deseaba que el arroyo corriera a través de
la propiedad de su abuela para no tener que desviarse tanto para conseguirla. Sin
embargo, nadie se había quejado jamás de su intromisión en la tierra de los Ives.
Desde luego, hasta hacía poco, no había habido nadie para quejarse.
Lord Ives sin duda había despertado una controversia al regresar después de
generaciones de abandono, pero Ninian no disfrutaba del cotilleo. Claro que ningún
hombre podía tener legalmente tres esposas. Conocía lo suficiente del temperamento
humano como para dudar hasta de su habilidad para tener a tres señoras bajo un
solo techo, aunque pensar en la naturaleza de semejante hombre despertaba fantasías
peligrosas.
Regresó de manera deliberada a los pensamientos de las hierbas y a la mejor
manera de convencer al pequeño hijo de Mary para que bebiera una infusión de ellas
y así aliviar su dolor de garganta, y no advirtió la presencia que la seguía hasta que
fue demasiado tarde para esconderse.
Supo de inmediato quién era y por qué. Nate. Justo cuando captó la fuerza de
su arrogancia, junto con un enfado confuso y un olorcillo a miedo, él apareció
tambaleante desde una curva del camino.
La atrapó en campo abierto sin ningún lugar adonde correr y ella ejerció su
mejor defensa, la que utilizaba para hacer reír a los niños. Parpadeó con inocencia y
se enroscó un rizo en el dedo. Sus rasgos con hoyuelos, los bucles rubios y los ojos
azules podían lograr que un hombre dudara de las leyendas. ¿No eran todas las
brujas misteriosas y peligrosas?
—Vaya, Nate, ¿qué haces aquí? Gertrude se sentirá muy decepcionada sin tu
compañía.
—Gertrude se ha marchado con ese patán, Harry. Tú eres mucho más bonita
que ella. No debiste haberte marchado tan pronto. —Se acercó con sigilo, mientras le
miraba el busto.
Podía advertir que olía a cerveza y sintió su peligrosa determinación. A pesar
de su baja estatura, Ninian sabía que era fuerte, pero Nate no solo era más alto, sino
que también pesaba varios kilos más.
—Vaya, Nate, qué amable de tu parte acompañarme a casa —respondió a la
ligera—, pero de verdad, no es necesario. Regresa a divertirte.
—La tierra de Ives está muy lejos de tu cabaña —dijo Nate con desconfianza.
—¡Ah, pero necesito el berro del arroyo! —Ninian se escabulló cuando él alargó
la mano para cogerla. Si no era lo suficientemente buena para bailar delante de todos,
desde luego que no tenía intención de coquetear con él en privado. Podía estar sola,
pero no era tonta—. Estaré bien. Vete.
—Sabes que no hay otro hombre en el pueblo para ti excepto yo. —Probó un
tono de voz engatusador mientras se acercaba a ella—. Mi padre posee muchas
ovejas y mucha tierra. Soy fuerte. Puedo hacer el trabajo de tres hombres.
Ninian sabía la clase de «trabajo» que tenía en mente y reprimió una risa irónica
ante su vanidad.

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—¡Vaya, Nate! Me halagas. —No podía correr con la rapidez suficiente como
para escapar de él, pero tenía cinco veces más ingenio del que él poseía, en especial
cuando estaba confundido por el alcohol.
—Te mostraré lo bueno que puedo ser. —Al parecer, alentado por la falta de
coquetería de ella y una buena cantidad de grog, Nate hizo a un lado sus temores y la
cogió.
Preparada, Ninian dio un paso a un lado y extendió un pie para que tropezara.
Inmerso en el aturdimiento inducido por el alcohol, resbaló en el lodo, alzó los
brazos para estabilizarse y cayó de lleno en el arroyo helado. Eso debió ahogar su
fogosidad excesivamente caliente.
Ninian supuso que con un comportamiento como ese, merecía los epítetos que
él le profería mientras se incorporaba, jadeante.
—¡Pagarás por esto, bruja! —gritaba, agitando el puño hacia ella mientras por
su frente corrían regueros de agua.
¡Vaya! No vale de nada evitar el rencor. También podía arrojar ramitas y piedras
si continuaba comportándose de esa forma.
—¡Si en verdad fuera una bruja, haría que se te pudrieran los cojones, imbécil!
—le respondió gritando. Su abuela no se hubiera sentido feliz. Después de todos esos
años de tomar el camino seguro y estrecho, lo tiraba todo en un ataque de rencor. Se
creía más lista.
Maldiciendo, Nate se incorporó sobre las piedras resbaladizas, salpicado hasta
los pies y atacado por la ribera y por Ninian. Vaya, quizás no había perdido por
completo su apariencia inofensiva. No le temía lo suficiente como para correr.
Cuando la cogió, una fría voz se entrometió desde la oscuridad de los árboles.
—¿Hay algún problema?
Sorprendido por oír una voz que no provenía de ningún sitio, Nate volvió a
resbalar en la orilla y se cayó en el agua una vez más. En medio de la retirada, Ninian
quedó helada.
No había sentido ninguna presencia. ¿Cómo era posible? Nunca nadie se había
acercado a ella de esa manera sin que su sentido superior le alertara. Con los ojos
bien abiertos, se volvió de manera brusca en la dirección desde la cual surgía la voz.
Nate se quitó el agua de los ojos de una sacudida y volvió a ponerse de pie de
un brinco, pero de manera inestable.
—¿Quién está ahí? —exigió saber.
Ninian sospechaba que temblaba de algo más que de frío. A pesar de sus
alardes, Nate tenía las mismas supersticiones ignorantes que la mayoría de los
vecinos. En ese mismo instante, ante el sonido de la voz espeluznante e incorpórea,
Ninian comprendió su temor ante lo desconocido.
—Discutíamos sobre mi capacidad de regresar sola a casa —respondió ella con
osadía, deseando que el extraño se dejara ver. La ausencia de cualquier emoción
humana desde donde provenía la voz la asustaba tanto como la ausencia de una
presencia física.
Para su alivio, una sombra sólida se separó de los árboles. Era un hombre, más

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alto que Nate, con anchos hombros y un físico tan elegante que resultaba inquietante;
el intruso misterioso ocultaba sus rasgos al permanecer aún alejado de la luz de la
luna.
—Estáis invadiendo una propiedad ajena —afirmó con la misma falta de
inflexión que la primera vez que había hablado.
—¡Lord Ives! —Nate salió rápidamente del arroyo, subiendo con dificultad la
orilla del lado opuesto. Le lanzó a Ninian una mirada aterrada—. ¡Él es el demonio y
tú estás aliada con él!
Ninian suspiró ante la inevitable conclusión y alzó los brazos, agitó los volantes
fruncidos de sus largas mangas y lanzó un espeluznante «¡bu!» en dirección a Nate.
Rio cuando Nate huyó por el bosque dando alaridos.
—Me alegra que eso le divierta —dijo lord Ives desde atrás, con lo que pudo
haber sido un toque de mordacidad—. ¿Le importaría explicarme qué significaba
eso?
Desde luego, que el señor era nuevo en la zona. No conocía el folclore local
sobre las brujas Malcolm y los demonios Ives. Ella se volvió para juzgar su reacción y
debió alzar la mirada mucho más de lo que le agradaba. A través de los rayos de luz
de la luna, su silueta se veía asombrosamente imponente y demasiado cercana.
Su abuela le había enseñado sobre las tentaciones de las fuerzas oscuras hada
las cuales las brujas se sentían atraídas. Debería ser cautelosa.
—Bienvenido a Wystan, milord. —Hizo una reverencia como le habían enseñado
hacía mucho tiempo. Al enderezarse, agregó con picardía—: Soy Ninian Malcolm
Siddons, bruja residente. —Su abuela también había jurado que en su interior residía
un diablillo en lugar de brujería.
En vez de reír o alejarse por temor, como haría cualquier hombre normal, lord
Ives inclinó la cabeza con interés.
—¿Ninian? ¿El nombre de una santa?
No solo era audaz sino que también poseía conocimientos sobre historia
antigua. Interesante. Su abuela decía que a los hombres no les daba por aprender.
—Mi madre tenía un extraño sentido del humor —admitió. Era muy extraño
que inquiriera acerca de su nombre, y no sobre su reputación.
—Ya veo. —El toque de mordacidad desapareció en los tonos fríos otra vez—.
No creo que este bosque sea seguro para que una joven ande de noche. La
acompañaré hasta su casa.
—Por favor, disculpe la intromisión, milord —dijo ella con retraso—, pero hay
hierbas que necesito en este arroyo. ¿Le molesta?
—¿Le importaría si digo «sí»?
También era observador. Negó con la cabeza.
—Lamentaría mucho ir contra sus deseos, pero no dejaría al joven Matthew con
un dolor de garganta.
—¡De acuerdo! —pareció retraerse, o tal vez la luna se había desplazado detrás
de una nube—. Entonces, continuemos con eso. Entiendo que es una herborista y no
una bruja.

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—Veo que es un filósofo innato —comentó ella de forma evasiva mientras


echaba una mirada a la orilla del arroyo donde crecía la agrimonia. No le importaba
lo que creyera, y se negó a sucumbir ante la tentación de una fantasía de Beltane.
Muchos hombres eran altos y de físico elegante, con voces que podían atraer la
atención con solo un susurro. La abuela le había dicho que el demonio poseía tales
encantos, mientras prometía mucho y hacía el mal. Si simulaba que el conde era
Satanás, podía ignorar con tranquilidad el repiqueteo inusual de su corazón ante su
proximidad. Solo por el hecho de haber deseado un amante no significaba que caería
ante los encantos de cualquier hombre que apareciera... y desde luego, no ante un
Ives.
Frunció el entrecejo y se agachó para observar mejor el lecho del arroyo. Quizás
la oscuridad ocultaba lo que sabía que había allí.
Él debió haber oído el insulto que murmuró por la frustración. Se acercó. Sus
largas piernas enfundadas en botas se detuvieron cerca de su mano.
—¿Qué sucede?
—Ya no está. Solía crecer tupida... —Avanzó al otro lado de la maleza, buscaba
más cerca del agua—. El berro ya no está tampoco, pero eso podría ser... —Pinchó la
tierra húmeda de la orilla con una rama—. Nada mata las violetas —murmuró
confundida—. ¡Los encantadores juncos están secos! —exclamó un momento más
tarde—. ¡No es posible!
Se agachó a su lado y clavó su bastón en el dique.
—No veo mucho más excepto piedras. ¿Está segura de que es el lugar correcto?
Los finos vellos de la parte posterior del cuello se elevaron cuando la mano de
él casi roza la suya, pero frente a un desastre de esas proporciones, no tuvo paciencia
con su extraña reacción. El arroyo le proporcionaba una buena parte de los remedios.
Si no podía curar, ya no había lugar para ella allí. Un frío estremecimiento le heló la
sangre. Sin duda la leyenda de que las Malcolm y los Ives atraían el desastre no
podía ya estar haciéndose realidad. Quizás eran solo los hombres Ives los que la
provocaban.
Se negaba a que el pánico la invadiera y pinchó más lejos, contracorriente.
—Sé que es el lugar correcto —murmuró, principalmente para sí misma. No
estaba acostumbrada a que alguien la acompañara, y la oscura silueta que era su
compañía se mostraba de manera muy extraña, le permitía ignorarlo a gusto—. Aquí
está el sendero que marqué. A quí es donde coloqué las cenizas y el estiércol para
enriquecer la tierra. Sé... —Se detuvo y rompió una rama de sauce que colgaba del
dique—. Seco —susurró cuando la rama se quebró.
—Los árboles se mueren —acotó él desde atrás—. Con esta fría humedad, es un
milagro que vivan.
—No. No, no está bien... —Caminaba con cuidado en la oscuridad, rompía una
rama por aquí, se agachaba para observar la raíz de un árbol por allá—. Tendré que
regresar de día, seguir el arroyo... —Pero el miedo le recorría las venas. Sin sus
remedios, era poco menos que nada. Debía descubrir...
—No hará tal cosa —le informó él—. En verdad, es hora de que la acompañe a

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su casa.
Murmuró para sí misma, metió las hojas secas y las ramas que había recogido
en el bolsillo de su delantal y regresó a zancadas hacia el sendero. Según su abuela,
en el orden establecido, los hombres solo tenían un propósito: los mismos servicios
que el demonio le ofreció a Eva. No obstante el conde era el dueño de esa propiedad,
y ella al menos debía fingir que lo escuchaba.
Dando zancadas por el camino, analizaba todas las razones por las que las
plantas podrían haberse secado; se negaba a creer que todo estuviera perdido. Ninian
pegó un brinco cuando unos fuertes dedos la tomaron del codo.
—Se romperá una pierna si camina de manera tan descuidada.
Un hormigueo le recorrió la piel cuando sus dedos la presionaron a través de la
manga del vestido. La sensación la asustó. ¿Sus deseos ociosos por tener un
enamorado habían evocado a ese hombre? Debió haber prestado atención cuando su
abuela le advirtió sobre desear lo que no podía tener, en especial en una noche tan
poderosa como la de Beltane.
—Las brujas ven en la oscuridad —comentó con alegría, y le dio un tirón que no
fue muy delicado.
Los largos dedos solo se aferraron con más fuerza.
—A diferencia de aquel gamberro, yo no creo en las supersticiones, y no
significo un perjuicio para usted. La acompañaré a su casa para que llegue sana y
salva.
Con sabiduría, Ninian renunció a la pelea, para que no la cogiese aún con más
fuerza. El roce de él la inquietaba tanto como su falta de espíritu afectivo. Nunca
había concentrado su atención solo en lo físico. Y nunca había sentido lo físico con
tanta intensidad como con ese hombre. No podía sentir si le mentía o se reía de ella,
pero sin ninguna lógica, creía lo que le decía. Un aristócrata rico no tendría interés en
una joven del pueblo, y si lo hiciera, ya le habría ofrecido dinero a esas alturas.
—¿Ha estudiado filosofía natural, milord? —Le sacaría el mejor partido a ese
desvío forzado interrogándole. Quizás tenía una sugerencia para ahuyentar su miedo
acerca de la falta de vegetación junto al arroyo.
Vaciló antes de responder.
—En cierto modo —convino de mala gana.
—¿Sabe algo acerca de las características del agua?
—Que es húmeda.
Esta vez estaba segura de haber oído la mordacidad en su tono de voz. Creía
que era una estúpida. Que así fuera. Habló en voz alta para ocultar la incómoda
percepción que los rodeaba.
—Sé más de plantas que de agua —admitió ella—. Me pregunto si es posible
que el agua se vuelva perjudicial para las plantas, como lo hace la tierra cuando se
vuelve estéril.
Silencio. Ninian echaba humo ante esa falta de respuesta. En verdad, necesitaba
a alguien que pudiera discutir esas cosas con ella. Sin su abuela, no tenía a nadie que
tuviera su nivel de conocimiento.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Nunca he visto ningún arroyo sin vida vegetal en esta época del año —dijo él,
de manera reflexiva.
Suspiró con alivio.
—¿Ni siquiera después de un duro invierno inusual?
Otra vez, el largo silencio reflexivo antes de que su voz grave quebrara la noche.
—No estoy demasiado familiarizado con este clima, pero incluso en las Tierras
Altas de Escocia he visto vida vegetal a la orilla de los arroyos en mayo.
—Es lo que pensé. —Satisfecha por confirmar parte de su teoría, meditaba sobre
la siguiente hipótesis.
—¿Su casa está muy lejos de aquí? —inquirió él, rompiendo el prolongado
silencio.
Sobresaltada una vez más porque de alguna manera la despertó de su ensueño,
Ninian parpadeó y echó una mirada alrededor. Sumergida en sus pensamientos,
habían dejado el bosque y ahora cruzaban el camino del pueblo.
—No, no está lejos.
Oía la noche a su alrededor, el suave ululato de un búho en un campo cercano,
los gritos alegres que traía el viento de aquellos que estaban alrededor de la fogata, y
se estremeció al sentir la ira de un ebrio que le resultaba muy conocido, en las
cercanías.
—Nate está escondido en los arbustos de mi puerta —dijo ella con tranquilidad
e hizo un gesto con la cabeza hacia la cerca cubierta de un matorral de rosales
descuidados—. Para cuando llegue la mañana estará convencido de haberlo visto con
cuernos y cola, surcando el cielo sobre el palo de mi escoba. Quizás desee hablar con
él.
Le lanzó una mirada penetrante y miró hacia los arbustos que susurraban del
lado de afuera de la cerca.
—Rara vez hablar surte efecto con los torpes —respondió.
Le soltó el codo, caminó a zancadas con determinación hacia la puerta y sacó a
Nate de su escondite de un tirón brusco.
Fascinada, Ninian observaba cómo lord Ives se alejaba, arrastrando sin mayor
esfuerzo a un Nate que forcejeaba y protestaba, sin más ni más.
Se le ocurrió que tenía todo el derecho a temerle a un hombre como ese.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 2

—¿Qué demonios haces aquí? —exigió saber Drogo, de regreso de un día


aburrido con su administrador y de irritarse al descubrir que uno de sus hermanos le
había seguido la pista hasta la desolada torre de ese castillo.
Lo suficientemente apuesto como para ya haber demostrado su capacidad de
procrear, propia de los Ives, Ewen estaba agachado en el camino cubierto de
vegetación y acoplaba un engranaje a lo que parecía ser un montón de chatarra.
Drogo se limpiaba el lodo de las botas, frotándolas, mientras su hermano
alargaba la mano para coger una llave inglesa. Su administrador había insistido en
que inspeccionara las desoladas colinas que pertenecían a esa finca árida, pero a
menos que tuvieran carbón debajo, a Drogo en verdad no le interesaban. Necesitaba
estar de regreso en Londres y dejar que los pastores de la zona se metieran en el lodo.
Y también permitir que se quedaran con sus lunáticas brujitas. Ella se le había
aparecido en sueños la noche anterior. ¿Cómo demonios había sabido que aquel
bribón estaba escondido del lado de afuera de la puerta? ¿Y por qué veía sus ojos
risueños en cada rincón oscuro de esa maldita mazmorra? A ese paso, le haría creer
en las brujas. ¿Podían las brujas ayudarlo con sus catastróficos hermanos?
Le serviría para concentrarse en el aquí y ahora, en lugar de lo inalcanzable.
Observaba la maraña de cable y metal que su hermano ensamblaba.
—Podría preguntarte lo mismo a ti —respondió Ewen mientras ensartaba un
caño a través de una rueda, ajustaba el engranaje y mandaba todo el ensamblaje a
bambolearse por el camino—. Tuve que amenazar con subir a Joseph a mi próximo
globo para que no revelara tu paradero. No te consideraba del estilo rural. Creí que
ese era el papel de Dunstan.
Era una lástima que Ewen no poseyera la predilección de su hermano Dunstan
por la agricultura; Drogo podría cederle la olvidada finca de Wystan al menor de sus
hermanos legítimos. No obstante, Ewen vendería el castillo por cables y hojalata.
Al observar con detenimiento el alarmante artilugio que no era posible que
hubiera creado en las pocas horas de su ausencia, Drogo adoptó su expresión más
adusta.
—Exploto una mina de carbón y un canal de transporte, e incremento nuestras
ganancias en el proceso. La pregunta es: ¿qué haces tú, además de construir juguetes
para niños? ¿Pides limosna? —Desde Londres hasta Wystan había una distancia
larguísima e incómoda para que Ewen viajara por una visita amistosa.
Por debajo de un mechón de cabello negro azabache sin cortar, Ewen no perdía
su sonrisa alegre.
—Estoy desarrollando un método mejor para hacer acero más maleable que

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

requiera el calor que genera el carbón de tu mina. ¿No crees que sería útil?
Lo sería, si Ewen tuviera alguna posibilidad de llevar a cabo con éxito uno de
sus inciertos caprichos. Drogo no creía que eso fuera posible, puesto que Ewen
inevitablemente perdía el interés en las aplicaciones prácticas una vez que
solucionaba el problema teórico.
—Y supongo que tus acreedores están amenazando a Newgate.
—En realidad, acabo de vender mi condensador de capacidad y los planos para
un circuito eléctrico a un colono. —Ewen se encogió de hombros—. No me imagino
cómo hará funcionar la electricidad ni qué hará con ella si lo logra, pero es su
problema. Sin embargo, el acero maleable... es algo que podemos utilizar.
—Para espadas menos costosas. —Drogo comprendía el valor. Solo sabía que la
mente antojadiza de Ewen pasaría a otra actividad antes de que pudiera obtener una
ganancia. Drogo renunció a sus botas embarradas y subió los escalones que se
desmoronaban del frente del castillo—. Entonces, ¿qué es lo que deseas? ¿Mi dinero o
mi carbón?
—Ambos. Deseo montar una fundición. —Ewen dejó el artilugio en el patio y
continuó con ansia—. Nadie me dejaría entrar. ¿Qué escondes allí adentro?
—Las almas errantes de Sarah —dijo Drogo con brusquedad, sin explicar más
—. Entonces ven. Tengo miles de cosas que hacer hoy, y tú no estabas entre ellas.
—Necesitas una mujer, hermano mayor —comentó Ewen, divertido—. ¿Alguna
vez te tomas el tiempo para mirar a una muchacha bonita o abrazar el viento?
—Seguiros el ritmo a todos vosotros es casi tan inútil como abrazar el viento —
respondió Drogo.
Ni se molestó en contarle a su atolondrado hermano que pasaba las noches
mirando las estrellas y admirando a las doncellas de la luna. Alguien en la familia
debía tener una cabeza sana sobre los hombros y los pies sobre la tierra para ser
ejemplo de cómo vivía la gente cuerda y normal. Su padre, que Dios guardara su
alma perturbada, nunca lo había hecho. Dado que era el mayor, Drogo había sido
designado como la persona a cargo de la responsabilidad.
Observar las estrellas no encajaba con la imagen que deseaba que emularan sus
hermanos.
Ewen silbaba mientras cruzaban la inmensa sala.
—Este lugar se ve muchísimo mejor que tu casa de Londres. ¿Es el toque de
nuestra hermanastra?
—Es probable. —Drogo se encogió de hombros, indiferente a la cera que habían
pasado los sirvientes desde su llegada.
Al sonido de las voces, Sarah apareció al pie de las escaleras, con el cabello
empolvado e inmaculadamente rizado y un vestido de brocado que crujía mientras
bajaba.
—¡Ewen! Nos has encontrado. Había perdido las esperanzas de volver a ver
civilización.
Ewen sonrió y le hizo una exagerada reverencia.
—¿Drogo te ha secuestrado y enterrado aquí en vida?

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Sarah hizo pucheros con elegancia.


—Mi madre amenazó con despojarme si envenenaba a un pretendiente más,
por lo que huí. Solo que Drogo no confía en que me maneje sola.
Con impaciencia, Drogo comenzó a subir las escaleras que su hermanastra
acababa de bajar.
—Te has invitado sola, según recuerdo. Fue algo acerca de que los planetas
estaban en la casa equivocada. A cambio, me ofrecí a enviarte a Brighton para que
encontraras esposo.
—No deseo un esposo —aclaró después de él—, además, ya todos estamos
volviéndonos lo suficientemente mayores como para que nos digas qué hacer, Drogo
Ives. ¿Qué harás cuando ya no nos tengas para consentirnos?
—Imagino que cuidaré de todos los Ives bastardos que mis hermanos
engendréis —Drogo ignoró la burla no muy sutil de Sarah y condujo a Ewen
escaleras arriba, hasta su estudio en la torre. Alargó la mano para coger la pluma que
estaba sobre su escritorio y miró con enfado a su hermano—. ¿Cuánto?
Junto con un surtido de cuerdas, monedas, engranajes y otros objetos
misteriosos, Ewen sacó una lista garabateada del bolsillo de su abrigo y se la entregó
mientras proseguía de manera obstinada el tema más personal.
—Hasta mis bastardos tienen madres que los consientan. No todos somos tan
irresponsables como nuestro padre. Podemos cuidar de cualquier mocoso que
tengamos.
—Muy bien. Entonces, la próxima vez que tengas uno, no aumentaré tu paga.
—Sentado en su escritorio, Drogo examinó la lista de provisiones, suspiró y hundió
la pluma en el tintero. Era muy bueno que supiera manejar el dinero mejor de lo que
lo había hecho su padre; de lo contrario, a esas alturas, su familia, que crecía
continuamente, estaría muriendo de hambre en las calles. Pese a las quejas insistentes
de Ewen, Drogo ya mantenía a dos de los bastardos de su apuesto hermano.
Era una vergüenza que ninguno de la media docena de hermanos menores
hubiera aprendido el truco de las altas finanzas ni a mantener sus calzones
abotonados.

Ninian arrugó el entrecejo, cerró el libro de cuentos de su abuela y lo dejó en la


mesa de la sala del frente. No debió haberlo abierto. Debería olvidar el encuentro de
la noche anterior con lord Ives y no mirar un cuento de la infancia adornado por
generaciones de mujeres Malcolm. Las Malcolm tenían talentos extraños, pero ni
siquiera su abuela podía provocar desastres naturales. Desde luego, fue cierto que
una vez la tía Hermione agrió toda la leche.
Ridículo. Fue una coincidencia. Gran parte del poder de su abuela había sido
una simple manipulación, como decirle a Gertrude que el hechizo de amor de
lavanda ganaría el corazón de Harry, cuando todo lo que hizo fue inspirar confianza
en una muchacha entorpecida por su timidez.
Solo porque en algún lugar en la noche de los tiempos una Malcolm y un Ives

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

formaron una pareja desdichada no significaba que ella tuviera que creer que todos
los Ives provocaban desastres. Ni siquiera tenía derecho a pensar en un hombre con
tres esposas.
Era una época de naturalismo. Lord Ives no creería en leyendas, ni en brujas.
Con un suspiro, Ninian salió de la cabaña hacia la exuberancia de plantas que
se extendían en su jardín. Dado que había plantado semillas de manera anticipada,
tenía hojas de laurel lo suficientemente grandes como para recolectar, menta tupida
alrededor de los tobillos, aguileñas y dedaleras que florecían en magnífica
abundancia en cada uno de los rincones y grietas. Sabía tratar a las plantas; en cuanto
a los hombres, era mejor que no pensara en ellos.

Ninian vertió una cucharada de agua de corteza de sauce con miel en la


garganta del joven Matthew. No era tan efectiva como la agrimonia, pero aún no
estaba preparada para admitir que la fuente de la mitad de sus hierbas se había
estropeado misteriosamente. En cuanto se marchara, debía examinar el arroyo a la
luz del día.
—El conde cogió el chaleco de Nate y lo llevó a rastras. No tengo ni idea de lo
que le dijo. —Ninian le relataba los acontecimientos de la noche anterior a la madre
de Matthew, Mary, mientras suministraba más medicina a la garganta del niño.
—¡Dios mío! —exclamó Mary—. El conde debe ser un hombre fuerte para
arrastrar a Nate.
—Es más alto, pero no más fuerte, creo. Nate estaba ebrio. —Ninian le hizo
muecas a Matthew hasta que rio, le limpió la boca y lo envolvió mejor en las mantas.
Gozaba de la gratitud y del amor que irradiaba.
Parecía cruel que ella nunca pudiera tener una familia propia cuando tenía
tanto para ofrecer. Le dolía el corazón, pero se decía a sí misma que Dios debía tener
sus razones.
—No te interesa el hombre, ¿no? —le preguntó Mary con desconfianza—. Sabes
lo que dice la leyenda: que las Malcolm y los Ives destruyen la tierra.
Ninian se encogió de hombros y cogió el tarro de medicina.
—Si tiene tres esposas, sin duda no estará interesado en mí. Muy pronto estará
de regreso a su vida en la ciudad.
—Dicen que una vez, el castillo perteneció a las Malcolm —agregó Mary con
astucia.
—¿Y qué? La cabaña en la que vivo es demasiado grande para mí tal cual es.
¿Qué haría con un castillo entero?
—Organizar bailes y tener sirvientes. —Mary soñaba en voz alta. Al parecer,
hacía a un lado su desconfianza por un momento—. Bailar toda la noche y beber
chocolate todo el día.
—Y si hiciera eso, ¿quién prepararía la corteza de sauce para la garganta de
Matthew? —preguntó Ninian de manera pragmática, y terminó de guardar los tarros
de ungüento y medicina en la canasta.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Pues bien, es verdad. —Mary estaba de acuerdo—. No obstante, tu madre


debe haber tenido magníficos trajes y bonitos encajes, y habrá bailado todas las
noches. Podrías tener lo mismo.
—Sí, y mi madre murió joven. —Ninian cubrió la canasta, se puso de pie y
cepilló su vieja falda de lana con las manos. No tenía más adornos que dos
centímetros de encaje o un poco de bordado. Lo prefería de esa manera.
Solo tenía diez años cuando su madre murió tras el último de una serie de
abortos naturales. Su abuela le había advertido que las Malcolm solo podían dar a
luz a sus hijos en Wystan, y todas las tías de Ninian lo habían hecho de esa manera
con obediencia. La madre de Ninian no. Había dado a luz a la niña allí; luego, se
había sumergido sin más en las frivolidades de Londres, renegando de su herencia, y
nunca regresó a su lugar natal.
Era una historia que Ninian había oído a menudo, aunque creía que la
«tradición» que se transmitía sobre regresar a Wystan para dar a luz era una manera
astuta que tenía su abuela de controlar a las hijas ricas y poderosas que se habían
desviado demasiado hacia la vida alocada de la sociedad londinense.
Las recomendaciones de su abuela no habían sido necesarias para Ninian. Por
más curiosidad que pudiera sentir por el papel de las esposas y las madres, por más
que amara a los niños y deseara tener uno propio, sabía desde hacía años que su
lugar estaba en Wystan, donde la necesitaban, donde se sentía cómoda. Por más
interesante que le pareciera lord Ives, aún era un Ives, y no era una tentación
precisamente. De hecho, no era una tentación en absoluto.
—Sí, pero eso no significa que no puedas vestirte tan bonita como las damas de
lord Ives —agregó Mary mientras acompañaba a Ninian hasta la puerta—. Dos de
ellas fueron a la tienda de Hattie la semana pasada y nunca he visto a nadie tan
elegante.
—Si se rebajan a comprar los sombreros de Hattie, no se verán elegantes
durante mucho tiempo —observó Ninian—. Casi no ve las puntadas últimamente.
Además, llovió toda la semana pasada. Sin duda, no arrastraron sus mejores sedas y
encajes por el lodo.
Ninian guardaba recuerdos entrañables de las sedas y los encajes de su madre,
pero había pasado más de una década desde que le había entrado el último de ellos.
Eran inutiliza-bles en ese clima frío y húmedo, y nunca había pensado en comprar
más, aunque pudiera tener toda la seda que quisiera, si lo deseaba. Lo cual no
sucedía.
—Supongo que tienes razón, pero ¿nunca has soñado con otros lugares, Ninian?
De pequeña, Ninian había visto otros lugares, y había elegido Wystan. Sin
embargo, no intentaba explicárselo a Mary. Su abuela llamaba a Ninian veleta
emocional, a la que zarandeaba cualquier viento de pasión que se avecinara. Las
emociones explosivas del inmenso pueblo de Londres a menudo la desorientaban y
la hacían girar como un molinete. Prefería la soledad de Wystan, un mundo tranquilo
al que conocía y comprendía.
Ninian se despidió y salió majestuosamente de la cabaña con toda la intención

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

de investigar el misterio del arroyo estéril. Si lord Ives solamente caminaba por la
noche, no se daría cuenta si ella entraba sin autorización durante el día.
En la plaza del pueblo había dos mujeres con guardainfantes cubiertos de seda
que se agitaban en la brisa, se aferraban a sus sombreros de paja ridículamente
anchos y discutían con Harry, el zapatero. Ninian parpadeó asombrada ante las
apariciones con peluca. No podían haber estado más fuera de lugar en ese sencillo
pueblo, salvo que hubieran entrado montadas en elefantes.
Echó un vistazo a su alrededor. No estaba segura de si se sentía aliviada o
desilusionada de que no hubiera signos de lord Ives. Tal vez, realmente solo aparecía
por las noches.
Ninian imaginó la dificultad que tendrían las damas para explicarle lo que
deseaban al poco imaginativo de Harry, y sonrió ampliamente. No podía entender
por qué el taciturno lord Ives querría a dos urracas por esposas, mucho menos tres, y
sin duda, no cargaría con ese pensamiento al igual que lo hacían los demás. Los
acuerdos de cama de él no eran de su incumbencia. Recordó el calor que sintió ante
la proximidad del señor, y tampoco prosiguió por ese camino.
Dado que continuó por el sendero para adentrarse en el bosque, no se preocupó
por ensuciarse sus prácticos zapatos de cuero. Le atraía la moda campestre. El gran
bolsillo del delantal guardaba todas las hierbas y plantas que le agradaban sin
necesidad de sujetar bolsillos en el interior de su sencilla falda, y su enagua no la
llevaba en el viento como si fuera una cometa gigante, como sin duda lo hacían los
guardainfantes y toda esa seda que se arrastraba.
Mientras reflexionaba sobre los alambres, las sedas y las cometas, llegó al
arroyo antes de lo que esperaba, y se detuvo de golpe al ver a lord Ives a unos pocos
metros clavando el bastón en la rocalla muerta.
En medio de las sombras grises de las hojas nuevas y las nubes, parecía casi tan
imponente como la noche anterior. Alto, vestido de un color negro pasado de moda,
y serio. Frunció el ceño cuando Ninian se acercó.
—El suelo está cubierto de un cieno maloliente —le dijo.
Conmocionada pero sin inmutarse, Ninian descendió para observar el suelo
más de cerca. Frotó los dedos en este y los olió.
—¿Azufre?
—Es muy posible.
No sentía su sorpresa ante el descubrimiento tanto como la veía en sus cejas
oscuras apenas elevadas.
Lord Ives tenía ojos penetrantes y oscuros de un modo muy desconcertante, con
gruesas cejas que se curvaban hacia arriba en los extremos. No podía decir que fuera
un hombre apuesto, pero sí seductor. Se le retorcía el estómago de manera vacilante
ante la inteligencia que le devolvía su mirada, inteligencia que anhelaba en un
compañero.
Deprisa, volvió a realizar otra prueba del suelo.
—Azufre y algo más. —Se limpió los dedos en el delantal de manera pensativa
y miró consternada las hojas marrones y el follaje desmenuzado que una vez había

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

sido un bonito jardín de matices verde esmeralda—. Es como si el demonio lo


hubiera marchitado —murmuró.
—Más bien un tipo de ácido, a menos que prefiera revisarme para ver si tengo
cuernos y cola.
El tono de su voz era tan seco como las hojas quebradizas sobre las que
caminaban, y Ninian se animó en aprecio a su humor. Alzó la vista y su sonrisa
flaqueó bajo el impacto de su mirada intensa. No deseaba apartar la mirada.
Respiró hondo y rompió el hechizo.
—Ya les he explicado a los aldeanos que los cuernos y la cola no caben bien bajo
las sedas y las pelucas. —Con osadía, levantó una ceja hacia el cabello negro sin
adornos de él—. Aunque sin duda pueden ver por sí mismos que no esconde nada en
ese lugar.
Él se encogió de hombros y volvió a clavar las rocas al costado de la orilla.
—No creo que el azufre sea una sustancia química del agua que se produzca de
manera natural.
Ninian recordó su lugar y se ajustó con más firmeza la capa.
—Si es así, debo explorar y ver dónde comienza esta plaga.
—¿Entonces puede echarle un hechizo?
—O agitar mi varita mágica —respondió ella a la ligera, mientras comenzaba a
caminar río arriba.
—Creo que no. —La cogió del codo y la hizo regresar.
El aire de primavera se calentaba a su alrededor y el calor le recorría las venas.
No sabía si responder con interés o pánico, pero siguiendo las advertencias más
prácticas de su abuela acerca de los hombres, se soltó.
Incapaz de leer los pensamientos o las emociones del conde, observó sus duros
rasgos para obtener respuestas. Tenía la nariz como una hoja afilada, una mandíbula
firme y dura, vestigios de arrugas de risa alrededor de los ojos, y una curva sensual
hacia el labio superior que la cautivaba de manera particular. Un interés masculino se
encendió en los ojos de él ante su análisis.
Conmocionada, volvió a la discusión.
—No puede montar guardia en todo el arroyo, día y noche.
—Enviaré a alguien mejor preparado para que camine estos bosques solo. —
Miró de manera intencionada su diminuta figura—. Es mi propiedad. Cuando
encuentre la fuente de la plaga, lidiaré con ella como lo considere conveniente.
Ella ocultó una ira que bullía detrás de sus cautivadores hoyuelos.
—¿No con los encantamientos de una bruja? Qué poco animado de su parte.
Sus cejas oscuras formaron una «V».
—La magia no existe.
—Desde luego que no —dijo con tono tranquilizador—. Estoy segura de que
hay una razón natural para que el arroyo fenezca y una solución también
completamente natural. Solamente revisaré algunos árboles, ¿sí?
Sus faldas se mecían de manera burlona mientras se alejaba. Un rayo de sol
inesperado atravesó la cortina de nubes y hojas para coger sus rizos dorados,

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

recordándole al conde con un sobresalto el talento de ella por reconocer a un intruso


oculto en los arbustos.
Quizás solo tenía una vista extraordinaria.
Su reto despertaba una curiosidad impía en él que no era del todo intelectual,
pero enardecía su sangre mucho más de lo que era bueno para cualquiera de los dos.

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Capítulo 3

Mirando fijamente el cielo nocturno, Drogo reguló el telescopio de su escritorio.


Intentó apuntar una nota, y maldiciendo la pluma seca, la hundió en el tintero.
Debería contratar un secretario.
No deseaba un secretario. Esos escasos momentos que atesoraba para sí mismo
eran el único placer que poseía en una vida de exigencias constantes. Las personas
siempre le exigían demasiado, y los secretarios eran personas. Además, era
demasiado tarde para contratar a alguien. Su negocio con la mina de carbón estaba
casi terminado y dudaba que debiera permanecer en la zona otra semana más.
Reguló el telescopio por última vez, gruñó de satisfacción y, acercando la vela
parpadeante, vio la ubicación y la fecha del objeto celestial que había observado.
Estaba casi seguro de haber encontrado un planeta hasta ahora desconocido.
Necesitaba un equipo mejor, y más tiempo para sus estudios.
Podía comprar el equipo; el tiempo era más difícil de conseguir.
Luego de pulir sus notas y colocarlas en su portafolio de cuero, alzó la mirada y
vislumbró otro proyecto que había comenzado por curiosidad y había sido inspirado
por una ninfa del bosque. En general, no perdía el tiempo escuchando a las mujeres,
fueran ninfas o no, pero esa comprometió su intelecto con el misterio del arroyo
apestado.
Drogo deambuló hacia las ventanas de la torre que había hecho instalar a su
llegada. Tan lejos del humo y la niebla del norte de Londres, el panorama del
firmamento iluminado por las estrellas se extendía delante de él tan lejano como el
cielo mismo... tan distante como la paz que anhelaba.
Por un instante, se preguntó cómo sería no tener las responsabilidades de su
título, ir y venir como quisiera, actuar por impulso sin pensar en las consecuencias.
También podría imaginar la vida sin la media docena de hermanos menores. No
tenía imaginación para eso. Hacía lo que era necesario y, cuando aparecían esos
escasos momentos de tranquilidad, disfrutaba de ellos.
La luna menguaba, pero su luz plateada se derramaba sobre los antiguos
bosques que había debajo. Volvió a poner sus pensamientos en la doncella de la luna.
Más que haberlo encantado, le fascinaba —suponía que se debía a la noche y a la
luna, y a su propia curiosidad—.
En su mayoría, las mujeres eran otro mundo misterioso para él, uno de dulces
fragancias, sedas que susurraban y risitas tontas incomprensibles. Disfrutaba de los
placeres sensuales cuando visitaba su mundo, pero no era probable que
permaneciera mucho tiempo entre ellas. No eran lógicas y no proporcionaban el
suficiente estímulo intelectual. La desconcertante doncella de la luna no había

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

mostrado ni sedas ni risitas, pero había despertado su interés. Era extraño.


Echó una mirada hacia el experimento que había inspirado el encuentro. Había
dispuesto unas macetas con hierba que había extraído del jardín. Regó la mitad de las
macetas con agua del arroyo en vías de extinción y la otra mitad, con agua del pozo
del castillo. Toda la hierba se veía gravemente deplorable.
La bruja, sin duda, le diría que su propio malestar había apestado a las plantas.
Drogo sonrió ante el pensamiento ilógico y volvió a regar las plantas. «Brujas».
Hoy en día. ¡Qué imbécil supersticioso!
Elevó una comisura de su boca al recordarla batiendo las mangas y
aterrorizando al paleto de Nate para que huyera. A menudo, deseaba tener esa
habilidad. Quizás podría contratarla para que permaneciera en las escaleras de la
torre y aterrorizara a los habitantes del castillo para que lo dejaran solo.
Aunque ya era entrada la noche, oyó el golpeteo de unos pies femeninos sobre
la piedra en el mismo momento en el que lo pensó. Juraba que supieron el instante en
el que se levantó del escritorio. Tal vez, todas las mujeres eran brujas. Su experiencia,
limitada sin duda, le indicaba algo decididamente horroroso sobre ellas de vez en
cuando.
—¡Drogo! —La puerta se abrió de golpe con el habitual tono jadeante de Sarah
—. ¡Ven rápido! Juro que el fantasma camina. ¡Apresúrate!
No lo hizo. Inclinó la cabeza, oyó el sonido del viento que se levantaba y miró a
su hermanastra con desaprobación.
—Las ramas están rozando las ventanas otra vez. No seas tan inocente, Sarah.
—¡No seas tan terco, Drogo! —Varios años menor que él, pero ahora viuda y
con mucho más mundo del que debería tener, Sarah sacudió su cabeza de rizos
empolvados—. Hay gemidos y pasos, y juro que algo retumbó. Claudia tiene un
ataque de histeria, y Lydie podría ponerse de parto de un momento a otro a causa
del miedo absoluto.
La idea de que lady Lydie se pusiera de parto asustaba a Drogo más que
cualquier amenaza de fantasmas. ¿Por qué demonios había permitido que lo
siguieran hasta allí?
Porque la madre de Sarah pensaba que su hija estaría más a salvo lejos de las
lenguas afiladas de la sociedad después de casi envenenar a su último pretendiente
con uno de sus brebajes de bruja. En ese momento, no había previsto que su
hermanastra traería consigo a una madre soltera y a una acompañante desdichada.
Las posibilidades de que hubiera un problema eran enormes. Esa era una de las
razones por las que había echado a Ewen. Desde luego que el invento de «cazador de
fantasmas» de su hermano, que se había estrellado en el techo en medio de la noche,
había acelerado la partida.
Drogo estaba acostumbrado a lidiar con sus hermanos, pero no estaba
acostumbrado a lidiar con mujeres y bebés. Sin lugar a dudas, no con bebés.
Esperaba haberse marchado mucho antes de que Lydie diera a luz.
Drogo apretó los dientes y renunció ante la idea de tener una noche tranquila
leyendo los folletos de astronomía que había recibido con la correspondencia del día.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Los fantasmas no existen —le recordaba a Sarah mientras la seguía escaleras


abajo—. Debe de haber ardillas en el ático o ratones en las paredes, pero no hay
fantasmas.
—Pues bien, solo baja de tu torre todopoderosa y dile a Lydie que hay ratones
en las paredes —respondió Sarah con aspereza, y levantó sus amplias faldas de una
brazada para bajar las angostas escaleras—. Pero te sugiero que lo hagas después de
haber llamado a la comadrona.
Una comadrona. Por todos los santos del cielo, no había pensado en las
comadronas. ¿El pueblo tendría una siquiera?
—¿No es un poco pronto para eso? —inquirió con cautela. Su experiencia con
Sarah de niña le decía que era caprichosa, irresponsable y capaz de causarle
problemas solo por diversión. Ahora se suponía que era adulta, pero él aún no le
daba crédito a todo lo que dijera.
—Es muy probable que lo sea, por lo que deseo con fervor que puedas atrapar a
tus despreciables ratones. O fantasmas.
Los gritos dobles que provenían de las habitaciones de abajo y hacían eco por
las escaleras advertían que el teatro de la noche apenas había comenzado.
Sarah se pegó contra la pared cuando Drogo pasó por delante con un empujón
y corrió hacia abajo. En la oscuridad iluminada por las velas, no vio la sonrisa de
satisfacción de ella.

—Todo está en el diario —dijo Sarah en tono defensivo, apretando un libro de


cuero descamado contra su pecho frente a las expresiones de duda de sus amigas—.
Lo dice aquí. —Abrió las delicadas hojas agrietadas y señaló una fotografía—. Todas
las mujeres Malcolm son brujas, por lo que debe haber sido una Malcolm la que le
echó una maldición a los Ives.
—No creerás de verdad que Drogo tiene una maldición, ¿verdad? —preguntó
Lydie, frunciendo la nariz con desconcierto.
—¡Todos los Ives tienen una maldición! —declaró Sarah con solemnidad y cerró
el libro de golpe—. Solo obsérvenlos. Todos tienen matrimonios tristemente infelices
y no tienen más que bastardos. Niños bastardos —agregó con énfasis, como si eso
fuera suficiente maldición—. Tengo tres de ellos por hermanastros, por lo que sé.
—No quedarían más condes si eso fuera cierto —señaló Claudia, lady Twane—.
Y, si mal no recuerdo, Drogo tiene dos hermanos menores y ninguno de ellos es un
bastardo.
Sin dejarse desanimar por el hueco en su teoría, Sarah sonrió.
—Es una cuestión de opinión. El punto es: ¿qué haremos sobre eso?
—¿Sobre eso? —chilló Lydie, con los ojos como platos al darse cuenta de que
Sarah comenzaba a tramar otro de sus planes.
—Si una Malcolm le echa una maldición a un Ives, entonces también podría
quitarle una maldición, ¿no es verdad?
—Pero, Sarah... —dos voces protestaron como una sola.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No importa. Los planetas dicen que es el momento propicio para que Drogo
contraiga matrimonio y tenga un hijo, y haremos lo que podamos para verlo
consumado.
Mientras Sarah devolvía de modo triunfal el libro de cuero destrozado al
estante de la biblioteca, sus compañeras intercambiaban miradas cómplices.
—Si Drogo tiene una esposa y un heredero, estará tan ocupado que no tendrá
tiempo de ver lo que está tramando Sarah —tradujo lady Twane.
Lydie puso los ojos en blanco.

Drogo encontró a la doncella de la luna como en sueños. Recogía capullos de


rosa de la zarza exuberante a lo largo de la cerca. Los arbustos del castillo no estaban
floreciendo. ¿No era pronto para las rosas?
Si los estaba recogiendo, era evidente que no. Sarah era la que creía en los
fantasmas, las brujas y las proezas imposibles de la magia. Que hubiera rosas
exuberantes a principios de mayo no era magia.
Se sentía un estúpido por buscar a la joven herborista con semejante pretexto,
pero Sarah había insistido, y él no tuvo otro remedio —no si deseaba tener algo de
paz—.
Ninian alzó la mirada hacia él como si se hubiera materializado desde otro
mundo, pero no dijo nada mientras él le explicaba el estado de Lydie y la insensatez
de las quejas de las mujeres.
—Pagaré lo que sea necesario —aseguró con apatía cuando ella, al parecer
muda por su aparición, no respondió a la absurda petición de las damas de acudir a
librar el castillo de los fantasmas.
Atrapado por el encanto de sus ojos de color azul aciano, se preguntaba cómo
alguien en su sano juicio podía considerar a esa inocente de cabello dorado una
bruja, siempre y cuando alguien en su sano juicio creyera en las brujas.
Su mirada recayó sobre la curva de su gran busto escondido debajo de los
pliegues de la pañoleta de muselina. Los hombres podrían llamarla hechicera, pero
por sus encantos físicos, no por los mágicos.
Drogo volvió a alzar la mirada para descubrir un pícaro hoyuelo que se
asomaba desde su escondite. Sus labios rosados con gesto mohíno se separaron en
una sonrisa provocativa, como si supiera exactamente lo que pensaba.
Lo cual, desde luego, sabía, puesto que todos los hombres debían de mirarla de
ese modo.
—Las mujeres están histéricas —repitió con tranquilidad, a pesar de su
repentina oleada de lujuria. Se preguntaba por qué no le permitía traspasar la puerta,
invitarlo a pasar a su casa. Según su experiencia, las mujeres caían todas a sus pies al
recibir al conde de Ives, una de las muchas razones por las que había huido a la
soledad de Wystan. Esa dama sonreía de manera atractiva, pero jugaba con una rosa
entre los dedos como una inocentona. Quizás había malinterpretado su inteligencia.
A cualquiera que se llamara bruja a sí misma era probable que le faltaran uno o dos

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

engranajes en el mecanismo de su cerebro.


Volvió a intentarlo con pa
ciencia.
—Lady Twane está en un estado de nervios, y lady Lydie espera su primer hijo
en breve. Entiendo que es una comadrona, debe saber de la fragilidad...
Negó con la cabeza.
—Llámeme cuando se ponga de parto. En eso puedo ayudar. Los fantasmas no
entran en el terreno de mis conocimientos.
Así que podía hablar cuando lo deseara, con fluidez y con el acento educado de
Londres. No era común. Los rizos dorados escondían un cerebro, aunque estuviera
un poco loco.
Desconcertado por su sonrisa benigna, se preguntaba qué era capaz de estar
haciendo ruido en su cabecita. Drogo se negaba a aceptar la derrota. Simplemente
cambió la táctica. Asintió con la cabeza con expresión de satisfacción.
—Desde luego, lo comprendo perfectamente. Los fantasmas son un producto de
la imaginación y no puede prometer lo que no es posible. Respeto su honestidad. No
obstante...
Una vez más, lo interrumpió con una sacudida de sus bonitos rizos.
—Los fantasmas son bien reales. Pero creo que se los debe dejar solos. Vosotros
sois los intrusos. Esos fantasmas pueden haber estado allí durante cientos de años.
¿Por qué deberían dejar su hogar debido a que los intrusos están enfadados con su
presencia?
Exasperado ante la falta de lógica, Drogo asió las estacas de la puerta que lo
separaba de ella. No estaba de mal genio, se decía a sí mismo. Dado que los
miembros de su familia eran temperamentales pero en su mayoría científicos, con la
lógica apacible siempre le había ido mejor. Las mujeres estúpidas que creían en
fantasmas no eran racionales. Bien, por lo tanto, sería irracional.
—Entonces no moleste a los fantasmas. Estoy preocupado por lady Lydie.
Échele un vistazo, si es tan amable. Aunque estaría mucho más tranquilo si pudiera
convencer a estas mujeres infernales de que ha intentado todo lo que está en su
mano, para que me dejen en paz. Si creen en fantasmas, también creerán en el poder
de las brujas. Por mí, solo rocíe el lugar con cosas malolientes, murmure algunas
palabras mágicas y grite «bu». Haré que los hombres suban al techo para buscar tejas
sueltas por la mañana.
Ella deslizó la punta blanca de su pequeño dedo entre sus labios sonrosados y
se le quedó mirando desde sus ojos de color azul claro, como si fueran el insuperable
muro divisorio entre su mundo y el de él. Parpadeó una vez, arrugando el ceño de
manera burlona mientras inclinaba la cabeza y lo observaba; luego su mente aturdida
al parecer tomó una decisión, y asintió con la cabeza.
Como si eso hubiera sido una señal de regreso de un trance, enderezó los
hombros, se arregló el delantal y sonrió de manera beatífica.
—¿Voy mañana?
Algo perplejo pero satisfecho con el resultado de su tarea, Drogo se relajó lo

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suficiente como para notar la abundancia exuberante de cabezuelas de color púrpura,


rosado y blanco que brincaban en gruesos tallos justo por encima del hombro de ella.
El jardín de la cocina del castillo apenas había dejado ver un débil brote o dos la
última vez que había echado un vistazo. Quizás necesitaba un jardinero nuevo.
Dejó de lado las flores por irrelevantes, le hizo un gesto con la cabeza a modo de
aceptación y se marchó. Por capricho, cometió el error de mirar hacia atrás. La ninfa
lo saludó con la mano desde su cenador de varas de rosas prolíficas como si en
verdad fuera el hada madrina de un reino de flores. ¡Qué pensamiento tan ridículo!
Enderezó los hombros y regresó a la realidad del camino que tenía por delante.
Mientras él se marchaba a zancadas, Ninian admiraba la línea aristocrática del
abrigo hecho a medida del conde, el paso decidido de su andar y la manera en la que
el sol desprendía destellos en su cabello negro. Sabía que el marrón apagado de su
abrigo de cola larga era menos elegante que los de los caballeros de Londres, pero era
mucho mejor que los chalecos burdos de la gente del pueblo; y no solo combinaba a
la perfección con su sombrero con escarapela, sino que también dejaba ver la
empuñadura plateada de una espada —un arma que no se veía con frecuencia en ese
lugar—. El lujoso cuero de sus botas de montar y la punta ornamentada de su bastón
hablaban de la riqueza de la cual su abrigo no lo hacía.
No podía entender por qué un señor del reino, un hombre con una riqueza más
allá de lo imaginable, necesitaría de sus malos servicios, como bruja, comadrona o lo
que fuera. Y debido a que no lo comprendía, se sentía obligada a intentarlo, a pesar
de las leyendas. Rara vez se encontraba con alguien a quien no podía interpretar, en
particular un hombre. Las mujeres a menudo confundían tanto sus emociones que no
podía clasificar una de otra, pero los hombres... los hombres por lo general eran
simples.
Su abuela se hubiera sentido orgullosa de su autodominio. La leyenda decía que
el último de los hombres Ives que cruzó el umbral de una Malcolm se había llevado a
la dama contra su voluntad.
Pues bien, ella no se lo había permitido.

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Capítulo 4

Negándose a creer que un aristócrata con un abrigo moderno y botas de caña


alta pudiera cautivarla, Ninian cerró con firmeza la maleta de viaje mientras se
preparaba para partir hacia el castillo la mañana siguiente. La imagen de lord Ives de
pie en la puerta de su jardín, con el sombrero en la mano y su cabello negro azabache
brillando bajo el sol, la había hostigado toda la noche. No obstante, eran sus ojos los
que la tenían hechizada. De mirada fija, ensombrecidos por pestañas de color negro
oscuro, enmarcados por esas gruesas cejas rizadas, sus ojos abrían nuevos mundos
fascinantes.
Sin embargo, creía que era principalmente la curiosidad lo que la llevaba a
aceptar esa visita. Deseaba saber más acerca del arroyo apestado y los fantasmas del
castillo y... lord Ives.
Suponía que en verdad debería buscar en la biblioteca de su abuela alguna
fuente sobre la historia de los Malcolm y los Ives antes de que ella cruzara su umbral,
pero con imprudencia. Decidió averiguar la verdad por sí misma. Era hora de
explorar un mundo más amplio.
No admitiría la agitación que Beltane había despertado en ella. Solo necesitaba
algo nuevo y emocionante en su vida.
¿Podría ahuyentar fantasmas? No parecía probable; en especial porque no le
agradaba siquiera intentarlo. No obstante, su abuela le había asegurado que las
Malcolm podían hacer casi cualquier cosa en la que aplicaran su mente. Ninian no
tenía prueba de ello. No podía hacer funcionar los amuletos. Había empacado el
antiguo libro de conjuros de su abuela, aunque bien podría ser el manual de un
químico por lo bueno que era. Tal vez alguna de sus tías o primas podía hacer
funcionar los hechizos, pero ella solo había tenido éxito con los remedios curativos.
Había descubierto y probado ella misma muchísimas hierbas efectivas, pero nunca
había enterrado un fantasma, ni hecho un filtro amoroso, ni embrujado a una vaca.
Ni a un hombre.
Rio ante la idea y partió hacia el castillo de Wystan.
Con la maleta de viaje en la mano y la capa con capucha ajustada con firmeza al
cuerpo para protegerse del rocío, cruzó la puerta del jardín y casi choca directamente
con una carreta de dos ruedas.
—Buenos días, señorita. —El cochero tocó su sombrero de fieltro estropeado—.
Mi señor me ha enviado a esperarla.
—¡Qué considerado! —Sorprendida y contenta, arrojó el bolso en la parte
trasera de la carreta y trepó con la ayuda del cochero. Nunca nadie había sido lo
suficientemente considerado de ofrecerle transporte. Tal vez, el camino era más largo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

de lo que había imaginado. Nunca había atravesado el bosque más allá del castillo de
Wystan, pues en aquella dirección no vivía ningún vecino, y el bosque era demasiado
espeso para perder el tiempo explorándolo sin razón. Los castillos no le resultaban de
tanto interés como las plantas—. ¿Es muy lejos?
—No tan lejos como viaja un pájaro, pero las personas no pueden volar.
Ninian asimiló la verdad detrás de la obviedad un rato más tarde, cuando la
carreta por fin dejó sin prisa el camino principal picado y lleno de huellas de ruedas e
ingresó en la entrada estrecha que llevaba al castillo. Después de años en desuso, el
sendero casi había vuelto a su estado natural. El bosque y la maleza de abajo del
camino se veían impenetrables.
—¿El señor limpiará los terrenos? —preguntó ella de manera despreocupada,
mientras miraba un maravilloso grupo de abedules casi perdidos en las zarzas.
—El señor no tiene otro interés aparte de los libros —protestó el cochero—. No
es normal. —La miró por debajo del ala arrugada del sombrero—. Están los que
dicen...
—¡Vaya, mire las madreselvas! —exclamó Ninian ante la cascada de zarcillos
verdes que tenía por delante, interrumpiendo cualquier tendencia al cotilleo. No
deseaba saber lo que se decía sobre lord Ives más de lo que quería oír que se dijera de
ella.
El cochero guardó silencio y Ninian saboreó el trinar de los pájaros y los frescos
olores de los árboles. A la mayoría de los bosques de Inglaterra les habían talado o
diseñado en patios poco naturales de setos cortados con esmero, senderos rectos y
arriates de flores bien presentados. Prefería el método de lord Ives de dejar en
libertad la tierra.
Desde luego que preferiría cultivar los árboles y las plantas más beneficiosas
antes que dejar ese monte impenetrable, pero quizás, en un momento determinado...
El caballo aminoró el galope y Ninian echó una mirada hacia adelante. Los
imponentes muros de piedra del castillo de Wystan se alzaban al otro lado del
camino. Lo habían fortificado cuando las guerras fronterizas hicieron estragos en el
campo, pero nunca lo habían modernizado del todo. El bloque principal de la casa
aparecía, a través de los árboles, con altos muros de piedra y ventanas angostas que
permitían un escaso paso de luz al interior. En una ocasión quitaron los arbustos y
los árboles del suelo rocoso sobre el que había sido construido, pero tras años de
abandono, el bosque había crecido casi hasta sus puertas.
Las nubes se abrieron sobre sus cabezas y un rayo de luz iluminó el vidrio de la
parte más alta de la torre. «¡Qué extraño!», pensó Ninian al bajar con dificultad de la
carreta. Lord Ives había instalado ventanas en la fría torre de vigilancia.
Un ama de llaves la hizo pasar, y Ninian siguió su figura corpulenta y vestida
de negro por la gran sala y las escaleras hasta la planta privada.
Habían hecho muy poco por mejorar la antigua decoración. Al parecer, habían
limpiado y remendado los tapices en mal estado, pero nada podía devolverles la
grandiosidad medieval. Habían retirado las sábanas sobre los muebles, habían
quitado el polvo y lustrado la madera. Los dominantes nogales y robles tallados de

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

antaño se veían extraños e inadecuados.


Una cama de estilo antiguo, excesivamente cubierta en ropa blanca con bordado
crewel y forro de seda azul descolorido, ocupaba el centro de la habitación a la que la
había conducido el ama de llaves. Al principio, Ninian supuso que la había llevado a
la alcoba de lady Ives, pero la criada abrió el bolso de Ninian y comenzó a meter sus
insulsas prendas tejidas dentro de una cómoda decorada con un tallado más
elaborado que el bordado.
—Yo lo haré —dijo ella deprisa, y cogió su mejor delantal de las manos de la
mujer. No le agradaba que nadie tocara las hierbas ni el libro que llevaba en el fondo
del bolso.
La mujer asintió con la cabeza.
—La señora pasará por usted —le aclaró antes de retirarse con tranquilidad.
Con un suspiro, Ninian examinó la enorme habitación. Había vivido con
sencillez desde que tenía diez años, con humildes muebles de campo y paredes de
listones y adobe de barro. No veía techos con revestimiento y ornamentados desde
que había estado en Londres, y nunca antes había visto tapices como esos. La
habitación habría estallado en colores si no fuera porque los años habían opacado los
hilos.
Comenzó a examinar un paño tejido plagado de árboles y figuras blancas, pero
el hueco grabado para poner el pie junto al blando espesor de la cama la distrajo. Una
cama tan alta que era necesario un escalón para subir hasta ella evitaba las heladas
corrientes de aire del suelo. La habitación no tenía chimenea. La finalidad de las
colgaduras pesadas y la alfombra gruesa era evidente.
La imagen de lord Ives aparecía grabada en el realismo de la cama
ornamentada. Podía verlo como algún lord medieval en mangas de camisa esperando
que su mujer se quitara las prendas y se uniera a él. Nunca antes había tenido
pensamientos de esa clase hasta que miró los inolvidables ojos del conde.
Su mirada cayó hasta la cama mullida, y el aire a su alrededor se entibió. El
perfume de las rosas provocaba sus sentidos. Regresó a la mirada oscura del conde.
Sus pechos se estremecieron como si la hubiera tocado.
Nunca antes había tenido una conciencia sensual ante la masculinidad de un
hombre hasta que conoció a lord Ives. Intelectualmente, sabía cómo los hombres
veían a las mujeres y lo que les hacían cuando podían. Emocional y físicamente,
nunca había comprendido bien por qué una mujer provocaría lo que a ella le
parecían más bien indignidades embarazosas. Ahora, la comprensión se extendía
debajo de su piel.
No había ido allí solo por curiosidad acerca de los fantasmas o el arroyo
apestado. Había ido a probar sus poderes como mujer y como bruja.
Incómoda con ese autodescubrimiento debido a que lord Ives había ido más allá
de sus límites y ella, en verdad, no creía poder cazar fantasmas, Ninian escapó del
perfume de las rosas y pasó a la sala. Las troneras iluminaban el otro extremo del
pasillo y dejaban ver solo una hilera de puertas y una alfombra gastada acompañada
de variadas mesas a lo largo de la pared. Se preguntaba si las demás puertas

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

pertenecían a las mujeres de la casa. Quizás el conde en verdad mantenía un serrallo.


Bajó las escaleras hacia las habitaciones comunes. Era evidente que a la gran
sala original le habían añadido un diseño precipitado que no lograba distinguir. Echó
una mirada furtiva a la biblioteca, al escritorio de un caballero en el que había una
mesa de billar, a una sala de damas y a una habitación pequeña de desayuno. Sin
embargo, los olores más simples de las plantas y la tierra la atraían hacia adelante.
Se detuvo de golpe ante el sonido de voces que provenían de atrás, desde una
puerta parcialmente abierta. Tal vez, el deseo de una compañía femenina la había
traído allí, al igual que por algo más. El conde, debía recordar, deseaba sus
habilidades como bruja, no como mujer.
Con el ánimo decaído, hubiera pasado deprisa, pero una voz femenina
alegremente irreverente sonaba con claridad.
—Pues bien, es una pena que esté en una «condición interesante», de otra
manera me ofrecería. Drogo sin duda es un amante más atento que Charles, aunque
hay que reconocer que no es muy comprensivo contigo, Sarah.
Otra mujer habló con nerviosismo:
—Cuando me mira por debajo de esas cejas oscuras que tiene, siento que me
desmayo. Pero temo ser estéril —terminó diciendo con tristeza.
—Y también es una suerte, eres una mujer casada y solo podrías darle bastardos
—declaró con firmeza la primera voz, más joven.
—Bien, muchachas, esta discusión ya ha ido demasiado lejos. Todas le debemos
a Drogo más de lo que podemos devolverle del modo habitual.
—Si desapareciéramos mañana, Sarah, él no lo notaría —respondió la voz triste.
—Pues bien, sabemos a qué se debe es eso, ¿no es verdad? —continuó Sarah—.
Sin embargo, los planetas dicen que tenemos una oportunidad para corregirlo. He
traído las hierbas de Londres, y si estamos de acuerdo en que depende de nosotras
corregir...
Ninian se alejó deprisa cuando la voz se acercó y la puerta de la sala se cerró
con firmeza. Con el corazón palpitando, casi cae al otro lado de una puerta al final
del pasillo.
No sonaba como si alguna de las mujeres estuviera casada con lord Ives, pero
sin duda, sonaba como si lo conocieran como amante.
No podía imaginar la gravedad de algo así. Había leído cuentos sobre harenes
orientales, pero lord Ives era inglés. Y una de las damas era casada. ¿La otra llevaría
un hijo suyo? Tres amantes, más que esposas. No podía comprenderlo.
La inquietud le rozaba la piel, pero la ignoró al descubrir la habitación a la cual
se había sentido atraída.
Al otro lado del umbral había enormes marcos de ventanas a lo largo de toda la
longitud del ala trasera del castillo. Los pisos de baldosa aún conservaban restos de
cristales rotos. Pequeños robles jóvenes luchaban por sobrevivir en medio de los
escombros de muchos otoños, protegidos por la cálida piedra del muro exterior.
Un invernadero. Alguna vez el castillo tuvo un invernadero. ¡Qué extraño!
Ninian revolvió con el pie años de hojas secas. Exploraba la fronda desplegada

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

de un helecho y los indagadores tallos de la valeriana. ¡Valeriana! Ninian se detuvo


para quitar de en medio tiestos y hojas y observar con detenimiento la raíz. Nadie
sembraba de manera voluntaria una planta que oliera tan mal, a menos que tuviera la
intención de utilizarla para trastornos del sueño o rituales mágicos.
Al explorar un poco más, descubrió evidencias de viejas macetas de arcilla y
maceteros de madera destrozados. Unas pocas hierbas dispersas, algunas resistentes
a la región, aún sobrevivían a la exposición a los factores. Cualquier otra cosa que
hubiera crecido allí, tiempo atrás, había muerto.
Mary había dicho que el castillo perteneció una vez a un Malcolm. Todas las
mujeres Malcolm pretendían ser brujas.
Ninian hizo a un lado el vidrio para dejar al descubierto los diseños de la
baldosa. Reconoció los símbolos del sol, la luna y las estrellas. Entonces ese había
sido el corazón del castillo Malcolm: un maravilloso invernadero de plantas
sanadoras y un tributo a la tierra que las producía.
La entristecía ver el alma de la casa destrozada y abandonada de esa manera.
Quizás eso —y no lord Ives— era la razón por la cual se había sentido atraída a ir allí.
Justo cuando se atrevía a pensarlo, el objeto de sus pensamientos se entrometió
en su ensueño.
—Debí haber sabido que la encontraría aquí.
Ninian dejó caer una ramita de menta y se volvió para encontrar al amo de la
casa.
Llevaba puesta una capa de viaje negra. Parecía como si acabara de regresar de
un paseo. Como de costumbre, no usaba peluca, y su cabello sombrío estaba peinado
hacia atrás recogido en una coleta con una cinta. Una barba incipiente le oscurecía la
mandíbula, y unas cejas marcadas le ensombrecían los ojos al mirarla. Ninian se
estremeció. Lo recordaba como una presencia imponente, pero en su propio territorio
no le había temido. Ahora estaba en el territorio de él, sin ningún lugar al cual correr
en caso de necesitarlo. Y era todo lo masculino que siempre había soñado. Los olores
terrosos del suelo y las plantas que los rodeaban de alguna manera parecían
apropiados, y embriagadores.
—Es una lástima que esta habitación esté abandonada. —Hizo un gesto hacia
los marcos carcomidos. Buscaba tierra firme mientras sus sentidos se tambaleaban
ante el impacto de su proximidad. ¿Ese era el olor a almizcle masculino mezclado
con su propio aceite de rosas?
El conde le echó una mirada con falta de interés a la estructura y se encogió de
hombros.
—Hice que quitaran el árbol caído, pero hay poco que valga la pena salvar aquí.
No hay muebles, excepto algunas mesas rotas.
En sus botas de caña alta y su capa ondeante, con esa mirada penetrante debajo
de sus cejas rizadas, podría haber sido el mismo Satanás declarando que la tierra no
tenía remedio. Con valor, Ninian se agachó para recuperar la menta y la estrujó para
colmar el aire de frescura.
—Este ha sido el corazón de su casa —comentó ella en voz baja.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Sus cejas oscuras se elevaron.


—No para mí. Prefiero la torre.
Hombres y mujeres, tierra y sol; la distancia entre ambos era tan grande que
sería un milagro que las plantas crecieran o los niños nacieran. Levantó la mirada
desde su posición agachada hasta la longitud de las pantorrillas embotadas del conde
y los brillantes botones plateados en sus muslos vestidos en bombachos; pestañeó y
volvió a apartar la mirada cuando sus ojos viajaron demasiado lejos.
La capa se le había desprendido a la altura de las caderas para dejar ver el corte
ajustado de sus bombachos. Lord Ives era un hombre muy grande. Ni el fresco olor a
menta podía distraerla de la clara conciencia de su masculinidad.
—¿Puedo visitar la torre alguna vez? —Visitar su guarida de repente pareció ser
importante para comprender a ese hombre.
Él arqueó una ceja al bajar la mirada hacia sus rizos descubiertos. Ella se había
olvidado el sombrero. Deprisa, se cepilló la ropa con las manos y se puso de pie. La
mirada de él no se elevó con ella, ya que ahora descansaba en su corsé.
—Solo si me necesita —respondió de manera enigmática.
Con un vuelo de la capa, salió majestuosamente y dejó a Ninian sintiéndose
como si acabara de desnudarla, observarla, y no hubiera sido suficiente.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 5

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó la encantadora mujer en la puerta,


mientras espiaba desde el umbral del invernadero, pero sin poner un pie vestido en
seda más allá.
Ninian dejó de barrer. Había encontrado la suficiente hierba seca en los jardines
como para construir una escoba buena y había descubierto una gran parte de las
baldosas del invernadero diezmado.
—No estoy acostumbrada a quedarme quieta —respondió con suavidad.
—Desde luego. —La mujer echó una mirada al pequeño jardín de plantas que
Ninian había vuelto a poner en una vieja cubeta—. Soy la hermanastra de Drogo,
Sarah. Déjame ayudarte... —No completó la oración sino que se volvió para
marcharse haciéndole un gesto a Ninian para que la siguiera.
¡Hermanastra! No esposa. ¡Qué curioso! Ninian se preguntaba si una
hermanastra podía ser una amante.
—Necesito asearme. —Debido a que nunca había sido una criada, no obedecía
bien las órdenes. Ninian dejó a un lado la escoba y traspasó el umbral hacia el
interior de la casa. Se sentía bastante incómoda con la presencia elegante de la dama;
no tenía necesidad de sentirse sucia también.
Sarah dominó su evidente impaciencia e hizo una señal con la cabeza hacia otra
puerta.
—La cocina es por allá. Ellos tienen... —Agitó la mano de manera distraída.
Pues bien, estaba acostumbrada a lavarse en cocinas. Su abuela y ella
prácticamente habían vivido en el cuarto de servicio durante el invierno para evitar
encender más de una lumbre. No era que no pudieran solventar el gasto de encender
más lumbres, pero su abuela siempre había sido tacaña, y Ninian tenía cosas más
importantes que atender que las lumbres.
Se cepilló la ropa con las manos, se lavó lo mejor posible y regresó al pasillo
para encontrar a Sarah, que aún esperaba.
La dama armoniosamente delgada la miró de arriba abajo, suspiró con
debilidad y luego, enderezando los hombros, caminó hacia el pasillo y las escaleras.
Pues bien, siempre supo que no estaba hecha para ser un cisne distinguido de la
sociedad, pensó Ninian con pesar mientras seguía a Sarah escaleras arriba. Tenía la
contextura robusta de una campesina, la cual no podía cambiar con ningún truco de
magia. Además, no tenía la necesidad de cambiar, se recordaba a sí misma. No se
veía fuera de lugar en su hogar.
Sarah la condujo hasta una alcoba en un ala diferente de la que Ninian estaba
instalada. El ala se veía un poco más nueva y con reformas más recientes. Tuvo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

tiempo de vislumbrar caoba reluciente y una alfombra con magníficos diseños antes
de que su escolta abriera de un empujón una puerta y la introdujera en una
habitación iluminada plenamente por la luz del sol y en la que había mujeres
vestidas de manera exótica.
Para ser precisa, eran tres mujeres vestidas de manera exótica, Sarah incluida.
Con rapidez, Ninian redujo el bombardeo sensorial para contar a su escolta en seda
azul y peinado empolvado, a una dama con un embarazo en estado avanzado en
capas sueltas de esmeralda y un sombrero con volantes de delicado linón, y una
mujer delgada y tímida oculta en las sombras.
—Señoras, ella es Ninian Siddons. Señorita Siddons, lady Twane y lady Lydie
son buenas amigas mías. Y de Drogo, por supuesto.
La muchacha embarazada soltó una risita tonta. Ninian notó el destello de unos
vivaces ojos oscuros y supuso que lady Lydie tenía el cabello tan oscuro como el del
conde debajo de su sombrero. Era más joven que las demás, apenas lo
suficientemente mayor como para llevar un niño en el vientre. Ante la observación de
Ninian, sonrió.
—Creí que las comadronas eran criaturas ancianas y con manos nudosas —
aseguró con falsedad.
—Se refiere a mi abuela —Ninian sonrió para aliviar el efecto de su franqueza
—. Tenía las manos artríticas, por lo que yo actuaba como sus manos. He aprendido
todo lo que ella sabía, que es más de lo que saben la mayoría de los médicos de
Londres. —El sarcasmo fue instintivo. Había sido en manos de médicos de Londres
como su madre había perdido cinco niños.
—Hemos preguntado y has sido muy recomendada —respondió Sarah en tono
tranquilizador—. No tenemos duda de que eres la mejor persona para el parto de
Lydie. Pero es el... —Agitó las manos sin poder contenerse y miró a las demás—. Me
siento tan estúpida al decir esto...
—El fantasma —aseguró con firmeza lady Twane, aún mirando fijamente a
Ninian—. Queremos que espantes a los fantasmas. Es muy agobiante que unas
rabietas invisibles nos despierten en medio de la noche.
Ninian no creía que hubiera nada que pudiera hacer con respecto a los espíritus
que rondaban el castillo de Wystan, pero esas mujeres jamás lo creerían hasta no
verlo por sí mismas. Habían nacido en la riqueza y el privilegio y creían que todo lo
que deseaban se podía llevar a cabo con una orden. No comprenderían que algunas
cosas no eran de esta tierra y no se les podía ordenar.
—Como le dije a lord Ives, soy herborista, no cazadora de fantasmas. Para eso
necesitarán a un sacerdote. Pero si lo queréis, intentaré hablar con los espíritus. No
prometo nada.
—Los sacerdotes usan túnicas elegantes y chalinas de seda y llevan incienso y
velas —dijo lady Lydie con aire meditabundo, mientras miraba con interés el atuendo
sencillo de Ninian—. Tal vez los fantasmas se impresionen más con tu poder si te
vistes con algo más...
—Moderno —terminó lady Twane con mordacidad.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—¡Lujoso e impactante! —exclamó Sarah—. ¡Exactamente eso! Te daremos el


poder de la Iglesia adornándote con... —Agitó la mano de una manera que Ninian
comenzaba a reconocer—. Lydie, tu estatura es más parecida a la de la señorita
Siddons. Seguro que tienes algo...
Aunque lady Sarah no conseguía terminar las frases, no aparentaba ser del tipo
de las que le temen a los fantasmas. Esas mujeres se escondían bien detrás de capas
de polvo, seda y plumas, pero ese plan en particular hablaba de subterfugios. Ninian
lo sentía en el aire.
—No creo que sea necesario en absoluto.
—¡Pero lo es! —se entrometió Lydie—. Estamos todas muy aburridas sentadas
aquí, en el escondite de Drogo, sin nada más con lo que entretenernos. Vestirte como
un maniquí de moda sería muy divertido, y sin duda, impresionaremos a cualquier
fantasma que se encuentre en las paredes. Di que lo harás, por favor. Luego
podremos ir a cazar fantasmas después de la cena.
Ninian pensó que debería decirles que no era pobre y podía comprar sus
propias sedas, si deseara usarlas. Pero el fondo de fideicomiso que su abuela había
dejado a su cuidado no era asunto de nadie más que de su familia.
Sarah ya estaba revolviendo los baúles de Lydie en busca del vestido perfecto.
Lady Twane toqueteaba los descartes con un dedo despectivo, pero hasta ella parecía
estar interesada en el plan. «Irradia dolor», pensaba Ninian. Todo ese enfado, pena y
dolor sumergidos serían suficientes para despertar a cualquier fantasma que
estuviera escondido. Sospechaba que echar a lady Twane del lugar tranquilizaría a los
fantasmas con más rapidez que cualquier cosa que pudiera hacer ella.
—¡El azul! —ordenó Lydie desde su posición reclinada en el sofá cama tapizado
—. Nunca me ha cabido, pero será perfecto para ese cabello rubio y esos ojos claros.
Ninian pensó que debería recordarles que era varios centímetros más baja que
cualquiera de ellas, pero luego recordó la abundancia de ropa interior que sujetaba la
tela de moda y, con nerviosismo, negó con la cabeza.
—No, por favor, no puedo...
—Nunca digas que no puedes —gritó Sarah desde las profundidades del baúl
—. Mirad, ¿no se verá bonito este sombrero si le adornamos el pelo?
La mano de Ninian voló hasta su cabello.
—¡No! No me pondré harina ni pomada.
—Desde luego que no. —Lydie apartó la queja con un gesto de su mano—. Tu
cabello es mucho más fascinante como está, y sin duda, los fantasmas vienen de una
época en la que no se adornaba el cabello. El sombrero con las cintas azules, Sarah.
Solo tiene un poquito de encaje.
Sarah sacudía capas de lujoso brocado.
—Perfecto. Sin guardainfantes. Necesitamos una enagua pesada, Lydie. Vi una
blanca con hilos de oro...
Aturdida y desconcertada por ese aluvión repentino de colores y sedas
hermosas, Ninian les permitió cambiar su lino vulgar por un vestido de delicado
linón adornado con capas de encaje en las mangas y el escote. Jadeó cuando le

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ajustaron el corsé armado con ballenas hasta que apenas pudo respirar, pero sus
quejas fueron desoídas hasta que declaró que el fantasma nunca le oiría si se
desmayaba por la falta de aire.
El hermoso brocado azul celeste se deslizó por sus hombros y su ropa interior
como una cascada, y ella, con disimulo, alisó la sensual tela mientras se la pellizcaban
y se la remetían en su lugar. Como era previsto, caía hasta pasarle la punta de los
dedos de los pies, pero le improvisaron una faja de seda color azul más oscuro,
tiraron del excedente de tela alrededor de la cintura y lo sujetaron en su lugar. Se
sentía como un cerdo embalsamado, pero las damas exclamaban con placer y
sorpresa y elogiaban tanto su propio trabajo que no podía ser tan grosera de decirlo.
Además, la seda se sentía hermosa, y decadente.
—Supongo que no tienes conocimientos de astrología —inquirió lady Lydie
mientras las demás arreglaban el vestido de Ninian—. Las estrellas nos cuentan cosas
completamente maravillosas. Sarah ha encontrado este astrólogo...
Sarah la interrumpió deprisa.
—La señorita Siddons sabe sobre hierbas, no planetas. Necesitamos que nos
enseñe a librar este lugar de los fantasmas.
Lydie se cubrió la boca con una risita tonta y no volvió a decir ni una palabra.
Ninian podía sentir la confusión de emociones que la rodeaba, pero era imposible
determinar qué venía de quién y por qué. Sabía que escondían algún secreto
conspirador, y no costaba mucho darse cuenta de que tenía que ver con ella.
Luego, atacaron el cabello de Ninian, cortaron un flequillo de rizos alrededor de
su rostro y cepillaron los gruesos bucles hasta que ondearon sobre sus hombros y
cayeron por su espalda. Lo sujetaron con un trozo de encaje y luego, retrocedieron
para admirar su obra.
—El toque de modestia no es muy modesto —advirtió Claudia, lady Twane,
justo cuando un gong tañía desde las entrañas del castillo.
Sobresaltada, Ninian brincó ante los estruendos. Las damas se veían
indiferentes ante el clamor.
—Pues bien, está un poco mejor dotada que Lydie —aceptó Sarah—. Pero no
tenemos tiempo. Drogo desaparecerá en el escondite si...
—¡Esperad! No puedo ir así. —Ninian miró el trozo de tela transparente que
apenas cubría el valle entre la curva que subía por el corsé, pero Sarah la cogió del
brazo y la arrastró hacia la puerta. Ninian había visto a su madre con menos, pero
nunca se había visto a sí misma como su madre.
—Claro que puedes, querida. Solo estamos nosotras, y te ves maravillosa.
Lydie, querida, ¿deseas que te suban la comida o puedes bajar las escaleras?
De manera instantánea, eso desvió los pensamientos de Ninian sobre sí misma.
—No, ¡no debería bajar esas escaleras en esta etapa! Iré a buscar una bandeja y
se la subiré.
Sarah rio.
—Tenemos criados, señorita Siddons. —Miró por encima del hombro a lady
Lydie, quien no parecía estar interesada en moverse de su posición reclinada—. Te

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contaremos todo más tarde, Lydie.


—¡Deseo estar allí para la cacería de fantasmas!
—Nadie vendrá conmigo —protestó Ninian, pero nadie la oyó.
Riendo, Sarah y lady Twane la llevaron con crueldad hacia las escaleras que
daban a las habitaciones comunes, donde el conde esperaba la cena. Ninian sentía
que llevaba puestas más prendas de las que poseía, pero aún se estremecía por la
exposición, y se dejó vencer en la lucha inútil. Montaría el espectáculo de librar al
lugar de los fantasmas y se marcharía por la mañana. Si mientras tanto deseaban
hacer de ella un juguete, ¿qué daño provocaría?
En el instante en que vio la mirada oscura de lord Ives clavada en ella, Ninian
supo el daño que provocaría. Sus pechos se elevaban bajo la mirada de él, y sus
pezones se fruncieron. De haber visto esa mirada en Beltane bajo la luz de la luna, ya
sería una mujer perdida, como todas las demás muchachas estúpidas que entregaban
su castidad en un momento de magia de la luna.
Después de lo que parecieron mil eternidades, el conde por fin levantó la
mirada hacia Sarah y su compañera.
—Veo que han encontrado algo con qué divertirse el día de hoy —dijo con
suavidad, antes de ofrecerle el brazo a Ninian—. Las brujas siempre deberían vestirse
de azul. —Con esa frase ambigua, la llevó al comedor y dejó atrás a las otras mujeres
para que les siguieran.
Tan nerviosa que no creía poder comer, Ninian apretaba y soltaba las manos en
su regazo mientras lord Ives sentaba a las demás damas. Luego, regresó a su silla en
la cabecera de la mesa, junto a ella. Se sentía incómoda con ese nuevo descubrimiento
de su cuerpo. Le había resultado bueno como lugar para colgar ropa. Sus brazos eran
para barrer pisos, no para lucir desnudos y seductores debajo de la caída de un
encaje costoso. Nunca había pensado en tener hijos, por lo que consideraba que los
senos eran un fastidio, hasta que lord Ives observó la manera en la que presionaban
contra el corsé y su mirada ardió al descender hasta el lugar entre sus muslos.
—¿Y esta es vuestra idea sobre la vestimenta para la caza de fantasmas? —
preguntó a la mesa en general mientras un lacayo pasaba de uno a otro la sopera.
—Por supuesto, Drogo, lo último... —Sarah hizo un gesto y rio.
—No, milord —admitió Ninian al mismo tiempo—. Pero las damas insistieron.
—Las damas están aburridas y se divierten a expensas de usted. No permita
que le hagan hacer nada que no desee. —Lord Ives regresó la atención a su sopa.
—Él nunca nos presta atención —susurró lady Twane en su oído—. Le hace bien
saber que existen otras personas.
—No susurres, Claudia —le advirtió Sarah desde el otro lado de la mesa—. Nos
ignorará sin importar lo que digamos. Ya está calculando arcos y ángulos en su
mente, o libras y peniques, y no oye ni una palabra. Cree que estamos tan lejos de los
problemas aquí que olvida nuestra existencia.
El señor en verdad parecía particularmente concentrado en la sopa, a la cual
revolvía sin ver si la cuchara estaba llena o no. Ninian lo observó hasta que él por fin
notó que la escudilla estaba vacía, pareció sorprendido y parpadeó a su alrededor.

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La mirada de sus ojos era irresistible. Tenía unos ojos muy cálidos y oscuros,
ojos que podían incitar a una travesura de diablillo.
—La sopa de pescado ha estado deliciosa, milord —comentó ella con coqueta
timidez.
—Sí, sí, es verdad. —Se lo vio algo perplejo. Luego, hizo una señal para que
trajeran el plato siguiente y pareció perderse en el pescado en cuanto llegó.
¡Vaya por Dios! Un conde poderoso y perfecto podría no interesarle, pero ese...
Ese de alguna manera estaba desorientado dentro de su cabeza. La sopa había sido
un caldo, no una sopa de pescado. Ninian levantó una ceja inquisidora hacia Sarah.
—Es completamente a propósito, estoy convencida —respondió con un
encogimiento de hombros—. Nos ignora a todos por contar estrellas o lo que sea que
hace en su cabeza mientras parloteamos. Ni siquiera ha notado que Lydie no está
aquí.
Ninian no pensaba que el conde estuviera tan inconsciente como les agradaba
creer a las damas, pero no expresó su opinión en voz alta. Toda una vida de guardar
sus pensamientos para sí misma le resultaba útil en ese momento. No creía que
hubiera imaginado su reacción ante ella. El conde no estaba solo ignorando el
parloteo. Por alguna razón, negaba la existencia de la compañía femenina. No le
agradaba que le negaran la atención masculina que había anhelado durante tanto
tiempo. A modo experimental, le rozó con la mano la manga de su abrigo.
El conde dio una sacudida ante la conciencia inmediata. Sus ojos brillaron con
algo oscuro y poderoso cuando se volvió hacia ella, quien sintió el calor de esa
mirada en lo profundo de su ser, en un lugar que nunca había despertado con
anterioridad.
Un grito agudo penetró el aire y retumbó desde los elevados muros de piedra.
En el silencio que siguió, se pudo oír a Lydie gritar.
—¡No he sido yo! ¡Debe ser el fantasma!

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Capítulo 6

Drogo se puso de pie en un brinco.


—¡Quedaos aquí! —ordenó, y caminó al acecho hacia las escaleras.
Ya había tenido suficiente de esas bromas pesadas y acabaría con ellas en ese
mismo momento. La reciente obsesión de Sarah con la astrología, las brujas y lo
sobrenatural había traspasado los límites del reino de la investigación científica hacia
lo ridículo. Por poco había envenenado a su último pretendiente con algún mejunje
que había asegurado que lo volvería más amoroso. Era evidente que había inventado
la estupidez del fantasma solo para atraer a la bonita herborista al castillo por
diversión. Pues bien, a él no le divertía.
Para su enfado, pero no para su sorpresa, la señorita Siddons ignoró su orden y
corrió tras él. Conociendo el humor perverso de Sarah y sus amigas, suponía que ella
era un blanco de esa broma tanto como él, no una de sus autoras. Eso no aliviaba su
irritación. Prefería que las personas obedecieran sus órdenes.
—Se caerá por las escaleras y se romperá el estúpido cuello con ese vestido —
dijo con voz áspera mientras ella lo alcanzaba.
—No gracias a sus damas. —Sin mostrarse ofendida por el insulto, se levantó
las faldas hasta que dejó ver sus tobillos con medias y corrió con paso ligero delante
de él.
«Es probable que haya enredado esos tobillos con casi la mitad de los pastores
del pueblo», protestó para sí mismo mientras apresuraba el paso para alcanzarla. No
se había perdido los gruñidos y quejidos en los arbustos durante la hoguera la otra
noche. Los rituales paganos que celebraban la fertilidad de la tierra resultaban, de
manera inevitable, en una cosecha de niños llorones al término de nueve meses.
Quizás debió haberse dado el gusto aquella noche. Si los dioses de la fertilidad la
complacieran, ahora no estaría mirando de manera lasciva los talones de la bruja del
lugar.
Los gritos espeluznantes se habían interrumpido en el instante en que se
levantaron de la mesa. No obstante, su huésped se dirigió de manera infalible hacia
la habitación de la cual antes habían emanado las alteraciones. Tal vez ella fuera parte
del complot de Sarah, después de todo.
La puerta frente a la cual se detuvo conducía a la sala de estar de unas
habitaciones. Debido al tamaño y a la ubicación, Drogo imaginaba que una vez había
sido la habitación del amo, pero él prefería la privacidad de su torre a esa ubicación
central. En ese momento, nadie ocupaba la habitación, pero los cuartos de las damas
estaban cerca de allí.
—Quédese aquí —ordenó la joven bruja, mientras giraba el picaporte y miraba

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

en la oscuridad al otro lado.


Muy enfadado por ser receptor de su propia orden, Drogo cogió una vela y una
piedra del hueco que estaba junto a la puerta y encendió el pabilo. Tras encender una
llama, empujó contra el sólido panel, sin notar que la dama entraba sigilosamente a
su lado.
En la habitación revestida con paneles, hacía un frío terrible y había muchas
sombras debido a la vela parpadeante. Sin embargo, nada brincó hacia ellos ni les
gritó.
—No puedo sentir nada con usted aquí —se quejó su compañera de pechos
grandes—. Permanezca afuera y déjeme escuchar.
Drogo ignoró esa estupidez, levantó la vela y comenzó una búsqueda
meticulosa en las cortinas llenas de telarañas y los muebles antiguos. Era probable
que Lydie hubiera pronunciado el chillido inhumano. Haría cualquier cosa que le
pidiera Sarah.
La señorita Siddons estaba de pie en el centro de la alfombra, en apariencia
conectada con los espíritus. Al recordar la enorme cama en la habitación contigua,
Drogo se preguntaba si podría seducirla para quedarse por la noche, a la espera de
otra emanación. Toda esa suave voluptuosidad rubia podía tentarlo con facilidad a
resignar algunas horas de su observación de estrellas.
Probó el cerrojo de la habitación. Cerrado. Tendría que hacer algo al respecto.
Sin que él se diera cuenta, la señorita Siddons había abandonado su puesto
auditivo. Su pequeña mano asió el cerrojo que él acababa de soltar y abrió.
Drogo elevó las cejas y la siguió al interior de la alcoba. Ella parecía no ser
consciente del todo de su presencia, ni de la proximidad de la inmensa cama. Las
damas que conocía reirían con timidez al estar a solas con él en una habitación. O,
más probablemente, se arrojarían a sus brazos simulando miedo, o en abierta
seducción. Juraría que la joven bruja sabía que estaba allí, y solo creyó que no valía la
pena fijarse en él.
Había utilizado su empresa de explotación de minas en Northumberland como
escape a una avalancha de exigencias familiares, así como también de los ardides de
las mujeres dispuestas a contraer matrimonio. No tenía razón para sentirse irritado
porque esa mujer no exigiera su atención como todas los demás, pero así se sentía.
Enfadado, porque en realidad lo estaba, Drogo continuó la búsqueda mientras
la bella insensata caminaba hacia el hogar y escuchaba el viento en la chimenea.
Según su opinión, de vez en cuando el viento trababa alguna piedra suelta o la rama
de un árbol y producía chillidos que partían los oídos. Contrataría un deshollinador
y un podador de árboles por la mañana.
—No hay nadie aquí más que nosotros —le informó ella mientras dejaba caer su
larga falda y se dirigía arrastrándola hacia la salida—. Regresaré en algún momento
cuando usted deje de inquietar a los espíritus. ¿Esta es la única habitación en la que
moran?
—Aquí no hay nada más que muebles podridos, ratas y corrientes de aire lo
suficientemente frías como para helarnos el cu... los pies —se corrigió él. A pesar de

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que parecía lo contrario, supuso que era una dama y, por consiguiente, protegió sus
oídos.
—Y su gato. —Ella se inclinó para levantar un bulto de piel en sus brazos.
Bajo la luz parpadeante, el gato gris pareció lanzarle una mirada malévola
desde el refugio del pecho de la dama.
—No tengo ningún gato —dijo con frialdad.
En respuesta, sus hoyuelos aparecieron en una sonrisa desconcertante e
indescifrable mientras acariciaba el gato hasta que ronroneó.
—Si usted lo dice, milord... Debe ser un gato fantasma.
Confundido por la sonrisa encantadora e irritado por su respuesta ilógica,
Drogo luchaba por responder de manera racional. Recurrió a la superioridad de su
posición, asintió con la cabeza de manera condescendiente y la condujo desde la suite
al pasillo.
—Es un gato vagabundo que quedó atrapado aquí mientras perseguía ratones.
Deben haber sido sus maullidos los que oímos.
—Desde luego, milord —respondió de manera sumisa. Sin embargo, no había
nada de sumiso en sus hoyuelos danzarines.
Hubiera deseado besar la picardía que mostraban sus labios sonrosados. No
debería mirarle los labios. Con rigidez, Drogo cerró la puerta de un golpe.
Dejó que las damas se divirtieran. Tenía cosas más importantes que hacer. Por
experiencia, sabía que acabaría en su cama tarde o temprano. Siempre lo hacían. No
creía que se debiera a que las mujeres lo encontraran abrumadoramente atractivo,
sino a que su riqueza y su título superaban cualquier objeción a su carácter o su
físico. Y debido a que Sarah había hecho correr el rumor acerca de que él deseaba
tener un niño. Debió haberle retorcido el pescuezo hacía tiempo.
Drogo hizo un gesto con la cabeza de manera brusca y le soltó el codo.
—Comunique mis disculpas, pero tengo trabajo que hacer. La veré más tarde.
Se marchó a zancadas hacia los escondrijos solitarios de su torre.
Ninian negó con la cabeza mientras lo observaba marcharse. La habitación que
acababan de dejar olía a angustia y enfado, pero no esperaba que un seguidor del
naturalismo lo advirtiera.
Mientras se preguntaba qué hacía lord Ives en su torre solitaria, Ninian
descendió las escaleras dándole palmaditas al precioso gato. Su abuela nunca le
había permitido tener mascotas. No había necesidad de inspirar más de lo necesario
las supersticiones de los aldeanos. Sin embargo, a ella le encantaban los animales.
El ronroneo sonoro del gato casi compensaba la descortesía del señor.

Con fuertes trazos de tinta, Drogo completó su cálculo, apuntó sus


observaciones y alargó la mano para coger su telescopio más pequeño.
Antes de que pudiera levantar la vista, oyó el inconfundible ruido de pasos
femeninos. Por fin, la joven bruja había decidido explorar su alcoba. Sin duda, no
tenía ni un pelo de timidez en el cuerpo. Realmente intrigado a pesar de sí mismo,

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

soltó el telescopio de antemano. ¿Tendría ella alguna historia triste sobre algún
pariente muerto o un amor perdido hace tiempo? ¿O solo se presentaría con osadía
para que le diera su aprobación? Para ese momento, era probable que Sarah le
hubiera contado a medio imperio británico lo de su confesión de que contraería
matrimonio con cualquier mujer que le diera un hijo. Debió haber arrojado a Sarah
por los pretiles hacía tiempo. La posibilidad de acostarse y contraer matrimonio con
un conde había significado una tentación irresistible para cada mujer sin pareja del
maldito reino, cuando todo lo que había querido decir era que se negaba a mantener
un tropel de bastardos como lo había hecho tradicionalmente su familia.
Era bueno que de vez en cuando no le importara intercambiar manipulaciones
femeninas por los placeres eróticos de sonrisas seductoras y pieles de satén. Su
hogar, que solía ser masculino, estaba gravemente necesitado de placeres femeninos,
pero no veía necesidad de sufrir grilletes de pierna cuando las mujeres llegaban a él
dispuestas, sin que tuviera que levantar un dedo. Y podía deshacerse de ellas con la
misma facilidad.
Ocultó su decepción cuando Sarah se asomó por el ángulo de la puerta.
—¿Los demonios ya están acechando tus sueños esta noche? —se mofó,
mientras regresaba a su telescopio y lo levantaba hacia la ventana que daba al norte.
—Estoy sola. —Hizo pucheros.
—Te lo advertí —respondió él sin compunción.
—No tuve elección. Mi madre amenazó con repudiarme. Además, Lydie
necesitaba un escondite.
Haciendo aspavientos con la falda, se sentó en la silla junto a la ventana debajo
del telescopio. Se inclinó hacia adelante para dejar ver las elevaciones tentadoras de
sus pechos.
—No somos familiares de sangre, Drogo —le susurró—. Podría ser la esposa
que deseas.
Drogo cerró los ojos y maldijo en voz baja. Sarah había hecho todo lo posible
por ser prudente desde su llegada. Parecía que la actuación finalmente resultaba ser
un fracaso.
—Conozco a la perfección nuestra relación —dijo él sin rencor. Ya había andado
por ese camino demasiadas veces como para tomar cualquier cosa de manera
personal—. Has nacido mucho antes de que mi padre llevara a tu madre a su casa.
Pero aun así, creciste como mi hermana menor. Puedo recordar tirarte del pelo e
insultarte cuando me pateabas. No hagas que me arrepienta de ofrecerte asilo.
Ella se reclinó contra las almohadas con el entrecejo fruncido. Una vez más, era
la hermana entrometida, y no la seductora.
—Podría funcionar, Drogo. ¿Por qué no intentarlo? Eso es mejor a que ambos
vivamos nuestras vidas en soledad.
—No estoy solo y tú no deberías estarlo. Puedes tener a cualquier hombre que
escojas.
—No deseo a otro hombre que administre el dinero. —Apoyó la cabeza contra
la pared y miró fijamente el cielo nocturno al otro lado de la ventana—. Sin embargo,

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

deseo tener hijos. No serían una molestia, Drogo. Podrías...


—No —declaró con firmeza—. No necesito niños cuando os tengo a todos
vosotros para luchar. ¿No has aprendido nada de los matrimonios de nuestros
padres?
Encogió sus hombros casi desnudos.
—¿Qué alternativas tenemos? Vivimos existencias costosas y no podemos
mantenernos sin tierra ni dinero. Tu madre es afortunada de que los tribunales hayan
obligado a tu padre a pagar su casa y los gastos. Y tú eres afortunado de que haya
caído muerto y te dejara su riqueza antes de que envejecieras. La vida es una jugada,
solo podemos elegir en qué juego de azar apostar nuestro dinero.
—Muy filosófico, querida, pero este juego de azar está cerrado. Encuentra otro.
Hacer una mueca hubiera arrugado su polvo, por lo que se decidió por un gesto
reflexivo de llevarse un dedo hacia los labios. Drogo valoraba la representación, pero
su paciencia se acababa. Había esperado un puñado más natural de rizos rubios y
labios rosados esa noche.
Drogo esperaba que la joven bruja no fuera tan interesada como Sarah. La
señorita Siddons parecía tener una mente adiestrable. Eso podía resultar tan
interesante como sus abundantes encantos.
—La familia no te dejará solo —le advirtió Sarah mientras se levantaba del
asiento con un crujido de las enaguas—. Puedes esconderte tanto como desees pero,
te guste o no, eres la cabeza oficial.
—Y los brazos y las manos —murmuró Drogo, y regresó a su telescopio.
—Hombre cruel. —Le dio un beso en la mejilla y se retiró deslizándose de la
habitación.
Su perfume perduró en la torre hasta mucho después de su partida. Drogo
blasfemó por la distracción y miró fijo el cielo nocturno. Se preguntaba por
millonésima vez si había tomado la decisión correcta cuando decidió no contraer
matrimonio.
Parecía ser la única decisión racional que podía tomar. Recordaba muy bien la
conmoción y la angustia del día en que su padre había echado del hogar a su madre,
llorosa e histérica. Sus hermanos más pequeños habían llorado día y noche después
de su partida. Su padre se volvió un alcohólico perdido. No le deseaba esa
devastación emocional ni a su peor enemigo.
Durante los años posteriores, tras observar a otras personas, a otros
matrimonios, había llegado a la conclusión de que la única manera en la que un
hombre y una mujer podían vivir juntos en algún tipo de armonía era si tenían
intereses e intelecto en común, evitaban escenas emocionales y respetaban reglas
definidas con claridad. En el mundo que él habitaba, eso parecía casi imposible.
Por el bien de un heredero, había estado dispuesto a intentar lo imposible, hasta
que poco a poco se dio cuenta de dos cosas. Cuando sus hermanos crecieran y se
volvieran más maduros, se percataba de que podrían aceptar su parte de
responsabilidad, y comenzó a comprender que, en verdad, no necesitaba un hijo
como heredero. Sus hermanos cumplirían bien con ese objetivo.

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Y puesto que aún tenía que tener algún bastardo por los que su familia era
famosa, se había vuelto evidente que nunca podría engendrar un hijo. La única
buena razón para contraer matrimonio era fecundar un heredero legítimo.
Ergo, no necesitaba contraer matrimonio.
No podría evitarlo si la lógica no borraba el anhelo por el niño que no podía
tener, el niño que nunca había sido, el niño al que nunca abrazaría.
En todos los años que había mantenido a sus hermanos, no podía recordar ni
siquiera una vez haber tenido alguno en sus brazos.
—¿Qué hace? —exigió saber Drogo cuando entró a su alcoba en la torre y la luz
del día dejó ver con facilidad una silueta femenina reconocible cerca de las ventanas.
La había deseado la noche anterior, no ahora.
La joven bruja se volvió. Esa mañana, de vuelta con su habitual vestimenta de
color apagado y su delantal, parecía estar acariciando un gatito. Un gatito. Al mirar
por segunda vez, localizó al gato gris de la noche anterior sentado en su silla
mientras lo observaba con una mirada calculadora.
—Su gato inexistente al parecer ha tenido gatitos inexistentes. Estoy acariciando
a uno —le explicó con amable sinceridad, como si fuera un idiota que no podía ver lo
que estaba justo debajo de su nariz prominente.
No sabía si estaba más enfadado con ella por tratarlo como un idiota en lugar
de conde, o consigo mismo por desilusionarse debido a que no lo había buscado la
noche anterior.
—¿Ha venido aquí con algún propósito? —Con rapidez, se dirigió a zancadas
hacia el escritorio para buscar unos papeles para su administrador.
—Sarah me envió para buscar un chal que dice haber olvidado aquí anoche —
Ninian creyó haber evitado bastante bien que la acusación saliera de su voz, pero la
mirada de complicidad del conde descartaba esa teoría. Ella le dio la espalda y
observó las plantas en la ventana. Sin duda, no se veían saludables—. ¿Qué son?
—Hierba. —La brusca respuesta llegó justo por detrás de su hombro.
Intentó no dar un brinco por su proximidad, pero hizo una mueca ante su
respuesta típica.
—¿Ha estado experimentando cómo inundarla?
—No.
Creyó que acabaría allí, pero para su sorpresa, él levantó una regadera.
—He traído esta agua desde el arroyo y la estoy utilizando en estas macetas de
aquí. —Señaló la hierba moribunda de un lado de la ventana—. A las demás macetas
las riego con agua del pozo.
El entusiasmo encendió pequeñas chispas en la piel de Ninian cuando
reconoció la importancia de su experimento.
—¿Entonces puede ver si en verdad es el agua del arroyo la que causó la peste?
—Solo tenía las enseñanzas de su abuela para guiarse, pero ese hombre tenía mucha
más erudición y conocimientos que ella, y anhelaba adquirirlos.
—Sí, pero parecen estar igual de apestadas. —La indiferencia regresó a su voz.
—No, solo las ha regado por demás. No tienen aire ni sol aquí, por lo que no

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pueden absorber tanto líquido. Les iría mejor en un invernadero, con más luz solar y
ventanas que se abran. —Introdujo un dedo en la hierba regada con el agua apestada
—. La tierra de estas macetas huele peor.
—Quizás debería llevar las macetas afuera.
Esta vez creyó oír un naciente interés en su voz. Era difícil interpretar los signos
que daban las personas en palabras y gestos cuando solo estaba acostumbrada a
sentir lo que sentían, pero con ese hombre estaba aprendiendo.
—Eso, o regarlas menos —convino ella.
—¿Desea ver lo que hice con su arroyo? —preguntó de manera abrupta,
mientras le extendía la mano.
Ella le miró la mano como si fuera la pata enguantada del mismo demonio, pero
con cautela, la aceptó.
—¿Ha encontrado la fuente del problema?
Su pulso latía debajo de los dedos de él, y Drogo se negó a dejarla cuando ella
lo soltó. Las mujeres rara vez le despertaban curiosidad. Esa lo hacía. La mantendría
cautiva hasta que hubiera analizado de manera minuciosa la razón.
—No, pero creí que si filtraba el agua, podríamos detener cualquier daño que
estuviera causando el ácido. —Sus dedos fríos se calentaron en los de él. De manera
ociosa, mientras la llevaba hacia abajo, Drogo se preguntaba cuánta intromisión le
causaría alojar a la joven bruja en el castillo y tomarla como amante mientras
estuviera allí. No se le había ofrecido aún, pero tal vez desconfiaba de su posición
social.
—Habrá una tormenta esta noche.
El comentario irrelevante volvió a atraer la atención de Drogo hacia el presente.
Habían atravesado la sala y estaban de pie en la puerta con la vista hacia los jardines
lamentablemente mustios. Su compañera observaba las densas nubes de arriba como
si fuera lo único que importaba a su alrededor. Quizás ella necesitaba que volviera a
asegurarle su interés. Él aún tenía que conocer una mujer libre que no se tentara con
la promesa de un título y riquezas.
—¿Le teme a las tormentas? —le preguntó con lo que esperaba que fuera
comprensible. Guardó la mano de ella en el doblez de su codo y la condujo hacia el
sendero que había hecho despejar hasta el arroyo. Con los árboles cubiertos de hojas,
nadie podía ver su marcha.
—Las tormentas tienen un propósito —aclaró ella de manera enigmática,
mientras pateaba las hojas del año anterior—. Aunque la atracción apasionada del
cielo hacia la tierra puede ser algo inquietante.
Drogo rio para sí mismo. La mente de ella podía tener un enfoque retorcido,
pero sabía que la seducía.
Una vez que estuvieron bajo la protección de los árboles, deslizó el brazo
alrededor de la espalda de ella y la acercó hacia él. Le resultó suave y dócil en todos
los lugares apropiados cuando él le rozó con delicadeza los labios con los suyos,
poniendo a prueba su aceptación. Se encendían chispas en cada lugar que se tocaban.
Suspiró de placer y se fundió en él. Le acariciaba la mandíbula con dedos

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exploradores, pero antes de que él pudiera involucrarla más, ella presionó una mano
contra su pecho y se apartó.
—La tierra y la luna combaten su atracción con violencia, milord. Prefiero que
no hagamos lo mismo.
Ella se alejó y desapareció con tanta rapidez en el bosque que fue como si se
hubiera fusionado con los árboles.
Drogo maldijo en voz baja y luchó por recuperar el control. No dejaría que la
lujuria dominara su cabeza. Solo necesitaba encontrar un patrón de comportamiento
que atrajera a la maldita hechicera hasta su cama.
Solo era cuestión de resolver el problema, como una ecuación matemática.

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Capítulo 7

Mientras corría por el sendero, Ninian se cubría la boca para conservar la


textura de los labios del conde impresos en los suyos. Eran algo rugosos, finos pero
con una carnosidad sensual cuando se ablandaban, sabían ligeramente a café y
azúcar. El calor de su aliento y el roce de su bigote incipiente aún ardían en sus
mejillas.
Nunca nadie la había tocado de manera tan íntima.
Si lo intentaba con esfuerzo, podría recordar a su padre alzándola en brazos y
dándole besitos en la mejilla cuando era muy pequeña. Su madre nunca le había
propinado esas caricias, como si le hubiera temido a la niña que había dado a luz. Su
abuela la recibía con abrazos cuando era niña, pero nada le hubiera enseñado a
esperar lo que acababa de experimentar en los brazos de lord Ives.
No podía creer lo mágico que podía ser algo tan simple como el beso de un ser
humano.
Lo oía haciendo crujir las hojas detrás de ella. ¿Por qué la había besado? Tenía a
tres damas elegantes a su entera disposición. ¿Era como Nate, que necesitaba
conquistar a cada mujer que se cruzaba en su camino?
No le agradaba pensar de ese modo. Deseaba creer que sentía la atracción de la
luna y la tierra al igual que ella.
Debía abandonar ese lugar. Las leyendas eran ciertas. Los hombres Ives eran
peligrosos.
Sus largas zancadas la alcanzaron sin prisa. Sentía con intensidad su presencia
física. No la tocó y, sin embargo, un escalofrío le erizó la piel cuando llegó a su lado e
igualó su paso al de ella.
—¿Cómo funciona un filtro? —le preguntó al ver que él no decía nada.
—Imagino que atrapa las partículas perjudiciales para que solo fluya por el
arroyo el agua limpia.
La voz de él no reflejaba nada más que un interés intelectual en el experimento.
Uno creería que el beso nunca había existido, que en un punto en el tiempo, sus
corazones no habían latido como si hubieran sido uno.
—¿Qué podría atrapar algo tan diminuto como una partícula? —Ella podía
jugar el mismo juego. No tenía que preguntarse en qué se hubiera convertido el beso
si le hubiera permitido continuar.
¿Era solo su propio deseo el que vibraba entre ellos ahora? ¿O había verdadero
interés en la oscura mirada de él? Era muy frustrante no saber esas cosas.
—Estoy experimentando con muchos materiales. Las rocas y la arena son los
más fáciles —Hablaba como desde un atril—. Se sabe que las plantas funcionan de

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vez en cuando, pero no he encontrado ninguna que sobreviviera a las sustancias que
hay en el arroyo.
—¿Ha investigado sobre filtros?
—No de manera meticulosa, no. No es un problema con el que me haya
enfrentado antes. Mi biblioteca no es adecuada. Pero hay ciertas conclusiones básicas
a las que uno puede llegar de acuerdo a la evidencia disponible.
Ninian se detuvo de golpe al sentir que en las cercanías había un caballo con su
jinete. El arroyo murmuraba justo al otro lado de la siguiente arboleda.
Lord Ives bajó la mirada hacia ella con curiosidad.
—¿Hay algún problema?
—Hay alguien que está observando su filtro. —Continuó caminando sin prisa.
No sentía ningún peligro por el recién llegado.
—¡Payton! —gritó lord Ives cuando atravesaron la arboleda y vieron al jinete—.
¿Qué noticias tienes?
Ninian holgazaneaba en el límite del bosque mientras lord Ives continuaba
caminando para conversar con el jinete. El extraño era un hombre algo fornido y no
mayor que el conde. Su abrigo era de gran calidad, pero no era costosamente
elegante. Su tranquila yegua arrancaba la hierba del arroyo con el hocico y Ninian se
dio cuenta de que el jinete no le permitía beber el agua. Concluyó que era un hombre
con sentido común, que hacía lo que le decían y lo hacía bien, pero sin ideas propias.
La saludó con un gesto de su cabeza cuando ella se acercó, y lord Ives le
presentó a su administrador.
Payton se tocó la gorra de manera educada.
—Señorita Siddons. He oído que la gente del pueblo habla de usted.
Ella mostró su hoyuelo e hizo una reverencia.
—¿Y no teme que lo hechice? —En verdad no debería decir esas cosas. Tentaba
a la suerte. Sin embargo, había resultado ser muy, muy buena en resistir la tentación;
debía hacer algo atrevido para mantener el equilibrio.
A Payton se lo vio un poco sorprendido, pero sonrió.
—Estoy seguro de que todos lo hombres pueden quedar atrapados con sus
encantos, señorita.
Lord Ives resopló.
—Hablas de la brujería de todas las mujeres. La señorita Siddons se especializa
en la sanación, no en la seducción. Cuéntame qué has encontrado aguas arriba.
No había pensado que el conde se hubiera preocupado o interesado por sus
preferencias. Los nobles solían tener cosas más importantes en sus mentes que las
supersticiones del lugar. Tal vez debería sentirse halagada, pero estaba más
interesada en lo que el señor Payton tenía para decir. Se agachó para observar el
extraño dique de piedras que cruzaba el arroyo mientras el recién llegado hablaba.
—La vida vegetal está deteriorada a lo largo de millas aguas arriba, pero se
recupera poco a poco cuando me alejo río abajo. Vuestro filtro es demasiado nuevo
como para que ya tengamos prueba de su éxito.
—¿Aún no has encontrado la causa? —preguntó el conde con brusquedad.

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—No, aún no.


Ninian sintió un halo de intranquilidad en él cuando su yegua dio un paso al
costado con nerviosismo. Comenzó a hablar, pero lord Ives se le adelantó.
—¿El arroyo se divide?
—Y tiene numerosos afluentes. Este tramo parece correr con mayor lentitud que
los otros, lo cual puede ser parte del problema.
—¿Hay evidencia del daño en uno de los tramos? —instó Ninian.
Ambos hombres la miraban fijamente mientras se levantaba de la orilla del
arroyo. Tal vez no estaban acostumbrados a que las mujeres hablaran. Le agradaba la
luz de interés en los ojos del conde.
Payton formuló su respuesta de manera cuidadosa.
—Los afluentes son más pequeños, y fluyen con más rapidez. He notado... una
carencia de abundancia... en uno de ellos, a muchas millas de aquí. No tuve tiempo
de explorar su longitud.
—¿Pero tiene alguna idea de su recorrido? —insistió Ninian. El hombre no
contaba la historia completa. Payton se encogió de hombros.
—Fluye desde las colinas al otro lado de esta propiedad. No puedo decir más.
Ella frunció el ceño, pensó en hacerle más preguntas y decidió lo contrario. Los
hombres solían empecinarse cuando se los presionaba. Deseaba tener un caballo
propio para poder recorrer más, pero no era muy buena para cabalgar. Volvió a
examinar los entresijos del filtro que había construido el conde. Había utilizado
trozos de carbón entre las rocas y capas de gravilla. En su mayoría, había recogido
hojas secas y ramas. Tendría un gran estanque cuando cayera la lluvia.
Sintió la partida del administrador e intentó distinguir la presencia emocional
del conde de la física mientras se acercaba. No pudo. Vibraba con una masculinidad
a la que ella respondía como si fuera la sangre de vida que latía a través de sus venas.
—No dice toda la verdad, milord. —Ella se frotó las manos para limpiarlas y
volvió a ponerse de pie. Estaba cansada de que él amenazara sobre ella.
Sus ojos oscuros le observaban por detrás de su mascará impasible.
—¿Cómo es eso?
—Sospecha del origen del afluente que arrastra el veneno, pero no quiere
confirmarlo.
—¿Y puede saber todo eso porque...?
Se volvió y comenzó a caminar de regreso hacia el sendero.
—Me lo contó un pajarito. —No malgastó el aliento en darle explicaciones. Le
había dicho lo que sabía. Él podía actuar sobre eso o no. Era su elección.
Él no hizo ningún comentario sobre su evasiva. En cambio, volvió a su
propósito original.
—¿Qué piensa del filtro?
—Muy ingenioso, milord. Sería interesante descubrir si las rocas pueden detener
el veneno. Sería aún más interesante ver cómo le afecta la tormenta de esta noche.
—He pensado en eso, pero sin más experimentación, no puedo decirlo. Si se
trata de un veneno, como lo llama usted, algunos se diluyen y se vuelven ineficaces

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con grandes cantidades de líquido. Quizás un buen chaparrón limpie el veneno.


Asintió con la cabeza con admiración ante su valoración.
—Un punto de vista excelente, milord. Espero que tenga razón. El arroyo
proporciona recursos valiosos que no puedo reemplazar. —No creía que fuera
saludable para su vida en el pueblo que ya no pudiera preparar remedios, pero él no
comprendería la precariedad de la vida al fino borde de la superstición.
—Al menos, el daño se limita a mis tierras. Esperemos que todo salga bien.
Ninian aceptó la mano del conde como ayuda mientras trepaba un tronco caído.
Su mano era cálida y firme y mucho más fuerte que la suya al apretar sus dedos y
sostenerla. Casi podía reunir confianza con ese apretón, y no quería soltarse de la
fuerza de su presión una vez que llegara al otro lado del tronco. Él tampoco la soltó
de manera voluntaria.
Fue como si se hubieran comunicado por medio del contacto. Ella luchó por
liberarse de la sensación y se concentró en la respuesta.
—Debo advertirles a los aldeanos que no utilicen el agua de su arroyo —
contestó con lentitud mientras intentaba adaptarse a la nueva corriente de
sensaciones que fluía a través de su mano y subía por su brazo. ¿Era así como los
hombres Ives hechizaban a las mujeres? ¿El conde poseía algún poder más fuerte que
los suyos?
—Será mejor que le eche una mirada al agua de la cocina —dijo lord Ives con
aire pensativo mientras miraba fijo hacia el frente, como si solo tuviera el problema
del arroyo en mente.
Ella ya no podía mantener el misterioso vínculo físico. Liberó la mano de un
tirón, se levantó las faldas un poco y huyó hacia el sendero para estar segura.
Regresaron a una casa alborotada.
Lady Twane estaba de pie en la gran sala; apretaba y soltaba las manos, y gemía
con terror mientras elevaba la mirada hacia las escaleras de piedra.
Desde la habitación embrujada de arriba emanaban gritos y estruendos de cosas
que se estrellaban.
Lady Lydie estaba apoyada en la baranda de arriba y miraba fijamente hacia el
pasillo que llevaba a la habitación, cubriendo de manera protectora su barriga
prominente con la mano mientras dudaba en bajar las escaleras. Le gritaba una
obscenidad a Sarah, que estaba de pie junto a Claudia, e instaba de manera
alternativa a Lydie para que se apresurara a bajar y a Claudia para que se callara.
—¿Dónde están los malditos criados? —gritó Sarah cuando un cristal se estrelló
en lo alto.
El gato gris se sentó en el poste de la escalera, movía la cola con nerviosismo y
observaba sus payasadas.
Lord Ives murmuró una blasfemia peor que la de Lydie y corrió hacia las
escaleras.
Cuando cogió a Lydie y la ayudó a bajar, Ninian supuso que el niño de la dama
era suyo, puesto que jugaba muy bien el papel de protector solícito. Reconocía un
poco de celos, pero los quejidos del triste habitante de la habitación de arriba le

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exigían una atención más inmediata.


Ninian ignoró la orden del conde y pasó corriendo delante de él por las
escaleras. Había colgado varas de abedul y ramas de serba allí más temprano, y había
desparramado eneldo en la chimenea. Tal vez debió haber recitado el hechizo
protector de su abuela también. Deseaba tener una piedra para encender el incienso.
No debería necesitar incienso de adivinación si la presencia del fantasma era lo
suficientemente fuerte como para derribar una habitación.
Entró de sopetón en la suite oscura. Esperaba una oleada de corrientes heladas
o que una silla le volara sobre la cabeza.
Todo estaba en calma en su interior.
Se detuvo para recuperar el aliento y calmar su corazón palpitante. Las
colgaduras gastadas envolvían la habitación y lo oscuridad creciente de la tormenta
que se avecinaba impedían que entrara siquiera un rayo de luz. Deseaba que
estuviera lord Ives con la vela. No obstante, entró despacio y con cautela, buscando la
fuente de la violenta angustia que vibraba en el aire.
—Al fin, una Malcolm —susurró un suspiro en su oído.
Sobresaltada, Ninian se quedó helada. Su don por lo general no le permitía leer
mentes ni oír fantasmas.
—Donde no hay corazón, morimos —susurró la voz con tristeza.
—¿Qué es lo que deseas, fantasma? —susurró Ninian.
Sabía que lord Ives había entrado tras ella, y estaba oyendo. Creía que tenía una
vela y un arma en la mano, pero no hizo más que montar guardia detrás.
Ella pudo sentir consternación y frustración cuando las cortinas de la ventana
volaron hacia afuera y las sillas hicieron ruido. Pero no recibió respuesta.
Sin poder encontrarle ni pies ni cabeza a eso, Ninian deseaba poseer la
sabiduría de su abuela. Se adentró aún más en la habitación de manera sigilosa.
Buscaba con sus sentidos. Dolor, tormento desconsolado. Podía sentir esas cosas,
pero no el pensamiento que los representaba.
—¿Qué debo hacer? —le preguntó al aire a su alrededor.
Lord Ives se acercó con cautela a la chimenea, la inspeccionó con un atizador, no
golpeaba nada más que piedra sólida.
—¿Cómo puedo ayudar? ¿Qué hará que descanses en paz?
«¿Eres malo o bueno?», deseaba preguntar, pero le temía a la respuesta. Dada
su atracción por un Ives, la llegada de un fantasma en conjunción parecía de mal
presagio, en el mejor de los casos.
—Una Malcolm debe volver a vivir en el castillo Malcolm. Sin corazones,
perdemos todo.
Las frenéticas emociones se debilitaban y Ninian buscaba con más detenimiento
la fuente. Lord Ives pinchó las cortinas, al parecer sin percatarse de las sensaciones.
—No se vaya —gritó ella, pero ya sentía que la presencia había partido.
Perdida, esperaba, deseaba que el espíritu regresara, que la golpeara una
percepción cegadora ante el dilema que le habían encargado. Todo lo que sentía era a
lord Ives que perdía el interés en las cortinas y se acercaba para apoyar una mano en

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su hombro.
—¿Se encuentra bien?
El calor de su mano la tranquilizó de una manera que no podía explicar. Tal vez
comunicarse con un mundo más allá del mortal tenía consecuencias que requerían
del contacto humano. Fuera lo que fuera, se sacudió como si la hubiera despertado.
—Estoy bien. Nunca antes había estado en comunión con un fantasma.
—¿Le respondió el fantasma? —preguntó él con asomo de ironía, mientras la
guiaba hacia la puerta.
—¿Sabe algo de la historia de su familia? —Quizás la respuesta estaba allí. El
fantasma sin duda deseaba decirle algo.
—Muy poco. —Abrió la puerta para descubrir a las tres mujeres, que esperaban
con ansiedad del lado de afuera—. Hagan que los criados suban lámparas y limpien
los cristales —ordenó él—. Creo que los muros exteriores deben estar cediendo. Haré
que un mampostero los revise.
No solo no la creía, sino que tampoco la escuchaba. Ahora enfadada, y afectada
por la experiencia sobrenatural, Ninian se detuvo donde estaba de pie y se negó a
que le guiara su mano tranquilizadora.
—¡Ella sufre! —gritó—. Intenta advertirnos. Debemos oírla e intentar
comprenderla.
Lord Ives elevó sus cejas arqueadas.
Ella lo miró con furia.
—¿Este lugar perteneció alguna vez a los Malcolm?
Lord Ives se encogió de hombros. Ella pudo ver la arruga de preocupación que
fruncía sus cejas, pero a él no le interesaba la historia antigua.
—Las escrituras originales de las tierras lo llamaban el castillo Malcolm —
respondió Sarah. Levantó las manos sin poder contenerse cuando todos se volvieron
para mirarla—. No tengo nada mejor que hacer con mi tiempo que hurgar en viejos
papeles.
—Entonces investigaré los medios por los cuales los Malcolm fueron
despojados y los Ives adquirieron sus tierras —dijo Ninian con frialdad—. El
fantasma de la mujer está muy enfadado y triste. No puedo responsabilizarme si
vosotros no vais a escuchar.
Ninian pensó en volver con paso airado a su habitación, juntar sus pertenencias
y marcharse de sus vidas aristocráticas, pero un trueno y un chaparrón cacofónico
sobre las tejas del techo la detuvieron.
En el silencio que siguió al trueno, lord Ives habló:
—Si piensa recuperar lo que perdieron sus ancestros, está tratando con el
hombre equivocado.
El viento rugió, o quizás fuera el fantasma de la mujer que se lamentaba.

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Capítulo 8

—No, no puedes marcharte esta noche. No lo permitiremos. —Lady Sarah cogió


el bolso de Ninian de la cama, la asió del brazo y la llevó hacia abajo, a la sala del ala
de las damas de la casa—. Todas estamos inconscientes del miedo. Debes decirnos
qué hacer.
Ninian estaba un poco cansada de que la llevaran y la guiaran a donde esas
personas querían, pero no deseaba salir bajo la tormenta más de lo que las damas
deseaban que se marchara. Deseaba poder considerarles como las amigas que
anhelaba, pero temía que la tomaban más bien como un juguete con el que podían
jugar.
—No hay nada que pueda deciros —protestó con debilidad.
—¡Dinos qué ha dicho el fantasma de la mujer! —ordenaron todas las damas
mientras cerraban la puerta de la habitación de Lydie y se volvían hacia Ninian.
—Los fantasmas no hablan mucho —dijo Ninian con un suspiro, mientras
Claudia levantaba un reluciente vestido verde azulado hasta sus hombros. En verdad
necesitaba una siesta más que otra sesión como maniquí de moda. Tratar con
fantasmas era agotador.
Sarah comenzó a desabrochar el vestido de Ninian y dijo:
—Es evidente que hay alguna historia trágica en este castillo que debemos
corregir.
Sorprendida de que la veleidosa Sarah hubiera metido mano en su problema, y
sospechando que solo lo hacía por afición a la ficción sentimental, Ninian no discutió
cuando le quitaron el vestido y le rodearon de aros de guardainfante.
—Tal vez, si tiene papeles en su poder, milady, pueda investigar sobre la historia
del castillo. —Llevaba a las mujeres hacia la dirección correcta, aunque no esperaba
mucho como resultado.
Cuando le pasaron el vestido por la cabeza, Ninian acarició el delicado damasco
e ignoró la charla excitada. Al parecer, había heredado el mismo amor de su madre
por los finos géneros. El guardainfante sostenía las capas de seda para que no tocaran
el suelo. Aún se sentía como un maniquí, pero la corriente de aire frío que soplaba
por sus piernas debajo de los alambres le decían que era de carne y hueso. No le
agradaba la manera en la que el cosquilleo del viento le recordaba que era joven e
inquieta y había un hombre preparado para satisfacerla en cualquier momento que se
lo hiciera saber.
¿De dónde había venido ese pensamiento? No podía interpretar las emociones
del conde. No podía conocer sus intenciones. Quizás los aristócratas ofrecían besos
sin pensarlo. Sin duda, el beso no parecía haberle inquietado como a ella.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

No obstante, de alguna manera, sabía que lord Ives era tan consciente de ella
como ella lo era de él.
—Hay diarios, libros mayores y un montón de otros libros y papeles
polvorientos en la biblioteca. —Sarah enganchaba los broches del corsé del vestido
con precisión mientras Claudia ajustaba los lazos de la espalda para que se ajustara a
la cintura más delgada de Ninian y a su pecho más pulposo.
—Tal vez, cuando hayáis descubierto la historia —sugirió Ninian de manera
tentativa, jadeando mientras le ajustaban los lazos y la estructura de ballenas se le
clavaba—, podéis volver a llamarme. Quizás entonces pueda comprender...
—Majaderías. —Sarah retrocedió un paso y, quitándose el polvo de las manos,
observaba su trabajo con aprobación—. Debes quedarte y aconsejarnos sobre dónde
mirar... —Agitó la mano—. Es probable que Drogo se marche en cualquier momento,
por lo que debemos resolver este misterio. —De manera abrupta, se volvió hacia
Lydie con una pequeña arruga en el entrecejo—. ¿Dejamos los bucles sueltos, o
intentamos un estilo más sofisticado?
Ninian no sabía por dónde comenzar a protestar. Alzó la mano de manera
protectora hacia su cabello y retrocedió.
—No puedo...
—Necesita joyas —decidió Lydie—. Sus claros encantos atraen la atención sin
ellas, pero un poco de adorno de más nunca viene mal.
La mirada de Ninian cayó sobre la exagerada carnosidad de sus pechos que
sobresalían del corte cuadrado y muy angosto de su corsé.
—Algo modesto será suficiente...
La risa de Lydie la interrumpió.
—No con ese vestido. Es francés. ¿No es deslumbrante? Date vuelta y déjame
ver cómo cae la cola.
Ninian estaba sumergida en tanta seda que era suficiente para vestir a un
pueblo. Sin embargo, se sentía medio desnuda. «Deslumbrante» no era ni la mitad.
«Obsceno» podría acercarse más. Negó con la cabeza e intentó encontrar la docena de
broches diminutos que la moldeaban en esa monstruosidad.
Sarah le cogió las manos.
—No seas tonta. Es perfecto, como si lo hubieran diseñado para ti. Lydie,
¿tienes un poco de bisutería...?
—Es todo lo que tengo —respondió la joven con amargura—. En el cajón de
arriba, Claudia. —Señaló su cofre macizo—. Creí que al menos tenía joyas para
vender.
—Pues bien, la tuya no sería la primera familia en vender la pedrería familiar.
—Sarah hablaba arrastrando las palabras—. Quizás, si te hubieran contado sobre su
precaria situación financiera, no hubieras sido tan estúpida de quedarte embarazada
de un hombre sin riquezas.
—¿Hubiera sido mejor contraer matrimonio con un hombre de riqueza y que un
bruto hubiera tomado su virginidad? —preguntó Claudia con sarcasmo—. Al menos
así ha sentido placer.

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La cabeza de Ninian giraba de tal manera con la lluvia de información que


olvidó sus quejas mientras Sarah abrochaba una maraña llamativa de cristales
brillantes alrededor de su cuello. No conocía la diferencia entre diamantes y cristales,
pero el collar resaltaba los colores del vestido y lo destacaba en un centelleo
tornasolado que cortaba la respiración.
Algo más importante, intentaba desentrañar los indicios de la conversación. ¿El
hijo de Lydie era de un hombre pobre? ¿No del conde?
—Debí haber acudido a ti por las hierbas que me dijiste... —Lydie se puso
deprisa la mano sobre la boca con un «¡ay!» antes de que Sarah tuviera tiempo de
interrumpirla.
Esas mujeres tramaban algo. Tal vez debería marcharse. La campana de la cena
sonó fuerte, retumbando en los altos pasillos de piedra. Esta vez, Ninian no tembló
sorprendida. Aturdida por la sobreabundancia de información, con sus pensamientos
dando vueltas, salió de la habitación en compañía de Sarah y Claudia.
Lord Ives las esperaba al pie de las escaleras. El bordado discreto de su abrigo
negro, el chaleco dorado y la calidad costosa de los puños de encaje hablaban de
generaciones de riqueza y aristocracia. Su cabello negro como el carbón sujeto con
una cinta brillaba bajo la luz de la lámpara, y aunque estaba recién afeitado, la
sombra de su barba acentuaba los duros planos masculinos de su mandíbula. Sus
ojos oscuros brillaban al observar el arco iris enjoyado que descendía por las
escaleras.
—Juega bien el juego, señorita Siddons. —Hizo una reverencia con ironía y
tomó la mano de ella para apoyarla sobre su brazo cuando Sarah la empujó con
delicadeza hacia él.
—No, no lo hago —murmuró en voz baja.
Él elevó una ceja, pero no hizo más preguntas mientras se dirigían hacia la
mesa, engalanada en lino. La luz de las velas centelleaba contra la plata, proyectando
luz en la oscuridad de la tormenta.
—Hemos decidido investigar tu castillo, Drogo —declaró Sarah con alegría—.
La señorita Siddons hará de intérprete por nosotras.
—No tengo... —Ninian se llamó a silencio cuando un lacayo se hizo presente
para servir el vino. ¿Para qué discutir? Simplemente se marcharía antes de que las
damas pidieran su chocolate por la mañana. El impacto de la lluvia contra las
ventanas le advertía de la insensatez que sería marcharse esa noche.
—Estoy seguro de que es un plan interesante. —Lord Ives levantó la copa, bebió
un sorbo y asintió con la cabeza en señal de aprobación hacia el criado—. Y si no
encuentran nada importante, ¿están preparadas para discutir con un fantasma?
Se mofaba de ellas, Ninian lo sabía. Un hombre de ciencia, con una inclinación
altanera e intelectual, no escucharía cosas del espíritu, cosas que debían tomarse con
fe, sin pruebas materiales de su existencia. No importaba. No veía respuesta al
enigma que había presentado el fantasma. Era probable que la dama hubiera existido
hacía siglos. Podría existir algunos más, hasta que alguien más sabio interpretara su
súplica tácita.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Mientras Ninian bebía a sorbos el sabroso vino, notó que la mirada del conde se
veía atraída por la exposición indecorosa de su busto. Un rubor acalorado le subió
por la piel, y olla le dio un gran trago al vino. Tosió cuando el fuego bajó por su
garganta.
—Con cuidado, señorita Siddons —la reprendió—. El vino debe beberse a
sorbos, no tragarlo. ¿Ha sacado alguna otra conclusión sobre nuestro fantasma?
Practicaba beber a sorbos, solo para demostrar que sabía hacerlo. Notaba que el
vino en verdad hacía efecto en su temperatura corporal. Ya no sentía el frío de la
habitación. O tal vez fuera el calor de la mirada de él en su escote mientras pasaba el
dedo por el borde de la copa.
—Dado que no cree en la existencia del fantasma de la mujer —respondió ella
de modo cortante—, no creo que le interese mi opinión.
—Vale ya, no juzgues a Drogo con tanta dureza. —Sarah se inclinó y le dio una
palmadita en la mano que estaba apoyada sobre el mantel—. Debe ver para creer, lo
reconozco, pero no creo que sea un caso perdido. Solo necesita a alguien que le haga
ver con una mirada diferente.
Ninian retiró la mano y asió el pie de cristal de su copa.
—Le deseo buena suerte con esa tarea, milady.
Drogo rio.
—Os ha pillado, Sarah. Creo que habéis subestimado la perspicacia de la
señorita Siddons.
Los lacayos volvieron a llenar su copa mientras una criada retiraba el plato de la
sopa y un tercer sirviente servía el plato de verduras. Ninian notó que el señor estaba
más interesado por la calidad del vino que por la comida que tenía en el plato. Había
que reconocer que las patatas a la crema tenían un poco de exceso de condimento,
pero ella prefirió comer a sumergirse en el vino.
Parecía extraño que no la callara como lo había hecho la noche anterior. ¿Por
qué la miraba de esa manera? Y, ¿eran gotas de sudor lo que se formaba en su frente
en ese aire húmedo? Su manera de asir la copa parecía extrañamente tensa.
—Las joyas parecen ser algo que usaría Lydie —observó lord Ives mientras
Claudia y Sarah conversaban—. Son tentadoras, pero la verdad es que no le sientan
bien.
El tono ronco de su voz y la extraña intensidad de su mirada se filtraban a
través de su cuerpo hasta latir con rapidez por su sangre. Sentía su propia piel tirante
y febril.
Dado que ella no creía que las joyas, ni el vestido, ni esa compañía le sentaran
bien, Ninian se abstuvo de responder. No podía hacerlo. Su cabeza giraba con
demasiada indecisión. Cada vez era más consciente de la atención de él, de la luz de
la vela parpadeante, de la constante caída de lluvia contra el tejado y las ventanas.
Un relámpago restalló, iluminando con ilusiones fantasmales la mesa adornada con
candelabros, y debió pestañear para no ver a otras personas y tiempos pasados en esa
sala.
Siempre había estado sensibilizada con el mundo y su esencia a su alrededor,

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más que la mayoría de la gente. Por lo general, estaba del lado de afuera, observando
con melancolía como si ella fuera el público y todos los demás, actores en escena.
Esa noche, se sentía como si en verdad fuera parte de la función. Coincidía
plenamente con las corrientes de aire, y las velas parpadeantes, y los fantasmas que
reían y bebían al otro lado de la longitud de la mesa más allá de la luz de las velas.
Intentaba no incluir al hombre que estaba a su lado en el mundo que sentía,
pero él lo colmaba con cada respiración, cada movimiento, como si en algún
momento o lugar, hubieran sido hechos el uno para el otro. Una premura extraña de
probar esa teoría se acrecentaba en su interior, pero no sabía cómo comportarse con
respecto a eso.
Sin mirar, supo el momento en el que la toma de conciencia lo golpeó: el
momento en el que reconoció el flujo de energía entre ellos. De alguna manera, supo
que él sentía las mismas exigencias ardientes que corrían por su sangre cuando
apoyó la copa de vino vacía, y maldijo en voz baja. No tuvo que volverse para ver la
razón de sus insultos porque corría por sus propias venas: era el deseo que
despertaba como consecuencia. No sabía si era ella quien enviaba esas vibraciones o
lo hacía él, pero eran tan reales como si la hubiera tocado y hubiera hablado en voz
alta.
—Sarah, haré que pagues por esto —advirtió de manera amenazadora mientras
alejaba la silla de la mesa arrastrándola.
Ninian miraba fijamente la manera en que sus largos dedos apretaban el lino, y
los sedosos vellos oscuros casi escondidos bajo el almidonado encaje blanco que caía
sobre su mano. Tenía dedos fuertes y sensuales que apreciarían la textura de la piel
de una mujer, dedos que de manera instintiva buscarían los lugares eróticos.
Ella parpadeó con sorpresa ante el paso de sus pensamientos. Nunca en toda su
vida había...
—Venga, señorita Siddons. Escapemos antes de que nos intoxiquen más. —Sus
fuertes dedos morenos se cerraron sobre los suyos, blancos e indefensos.
Ajena a la compañía, ella observaba las manos unidas de ambos. Una vez más,
el calor de él calaba hasta su piel y ella miraba con fascinación, esperando ver el
milagro, como si los cuerpos de ambos pudieran volverse transparentes.
La diversión teñía la voz de él.
—Es evidente que no es una buena bruja, señorita Siddons. ¿No conoce
hechizos protectores contra otras brujas?
¿Otras brujas? A sabiendas de que se veía como una idiota al parpadear otra
vez, Ninian siguió el tirón de su mano y se levantó de la silla, se concentró en su
rostro a la espera de una explicación, ignorando las sonrisas satisfechas de su
compañía. La curva sardónica del labio del conde debió haberle indicado algo, pero
nunca podía descifrar a ese hombre como lo hacía con los demás.
—Sarah tiene una amiga que se dedica a las pociones mágicas. ¿No es eso lo
que hacen las brujas?
Ella negaba con la cabeza, pero no tenía las palabras para explicarlo. Él parecía
no necesitar una respuesta: su mirada acalorada decía todo mientras tenía su mano

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

seguía atrapada en la suya.


—Creo que me agrada así, señorita Siddons —observó mientras ella lo seguía
con sumisión por la altísima sala—. Por lo general, se la ve muy absorta en sus
hierbas, sus fantasmas y la sanación. Ser objeto de su intensa observación es un
cambio placentero.
Debería avergonzarse porque él había notado su fascinación, pero no lo hizo. Ni
siquiera se inmutó cuando su fuerte brazo rodeó su cintura para sostenerla mientras
subían las escaleras. Tenía la extraña sensación de que ansiaba la cercanía tanto como
ella.
—¿Estoy ebria? —inquirió con seriedad.
Volvió a reír. Fue una risa profunda, perversamente agradable, que retumbó
desde su interior hasta el de ella.
—Sospecho que ha sido víctima de su propia brujería. ¿O no prepara
afrodisíacos?
—Los afrodisíacos solo funcionan con los ilusos... —comenzó a decir ella con
desdén, luego volvió a parpadear. Él creería que tenía espasmos oculares, pero
continuaba viendo las cosas desde ángulos extraños—. No soy una ilusa —aclaró con
firmeza, para tranquilizarse a sí misma, aunque había sufrido engaños desde el
momento en que había conocido a ese hombre.
—Es probable que no —asintió él, mientras la llevaba por el pasillo oscuro hasta
su habitación—. Que solo sienta la vieja atracción de la luna y la marea como el resto
de nosotros, los mortales.
Un trueno retumbó sobre sus cabezas, pero Ninian no le prestó atención, pues
reflexionaba sobre sus palabras.
—¿Quiere decir que Sarah puso algo...? —Pronunció esta pregunta justo cuando
él abría de un empujón la puerta de la habitación, rozándolo innecesariamente
mientras él hacía lo mismo. Ella bajó la mirada para ver sus pechos blancos que
presionaban de manera peligrosa cerca de la tela oscura del abrigo del conde, lo
suficientemente cerca como para que el encaje de su chorrera le hiciera cosquillas.
—Eso, o que el alcohol y la estimulación en exceso han soltado nuestras
inhibiciones, liberándonos para actuar según nuestra atracción algo básica del uno
hacia el otro.
Atracción. Se sentía atraído por ella. La idea le recorrió con un escalofrío la
espalda, pero su mente estaba muy confundida para definir el verdadero significado.
No pensaba que fuera el alcohol ni los afrodisíacos los que ardían a través de ellos,
pero no sabía lo suficiente como para explicar el extraño vínculo, ni la aparente
necesidad natural de estar con él.
De sentirse por una vez cerca de un hombre, de ese hombre.
La mano en su cintura se deslizó hacia arriba, y la acercó más. Se dio cuenta de
que los ojos oscuros penetraban la privacidad de su corazón, lo inmovilizaban
mientras latía con fuerza, pero no podía ver más allá del encaje en su garganta para
confirmar su idea.
—Comprendo —murmuró sin pensar.

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—Venga, señorita Siddons, no es más que la excitación vibrante de una noche


bajo la luna llena en los brazos de un amante. Podemos elegir satisfacerla o no, como
deseemos. Es muy placentero hacer a un lado las inhibiciones, ¿no es cierto?
De alguna manera, la tenía junto a la alta cama, con la puerta cerrada detrás.
Ninian se abstuvo de volver a parpadear al darse cuenta de que alguien había
encendido velas en toda la habitación y abierto las cortinas de la ventana, que daba a
los destellos eléctricos de los relámpagos de afuera. Los doseles de la cama también
estaban abiertas, dejando ver un lecho convertido en una invitación manifiesta. No
estaba demasiado intoxicada ni aturdida como para ver el precipicio por el que ahora
caminaba. Podía sentir que el borde se desmoronaba con tanta claridad como podía
sentir la alfombra debajo de sus pies.
La habían seducido para venir a ese castillo con un propósito.
Esa breve revelación se esfumó en el instante en que Ninian alzó la mirada
hacia lord Ives. Los pensativos focos oscuros que veía revelaban su futuro con más
claridad que una bola de cristal, si creía lo que le devolvía la mirada: hambre salvaje,
emocionante pasión y la incertidumbre de la soledad.
Ella necesitaba que las brisas de la emoción humana funcionaran. Él no tenía
nada que ofrecer, salvo lujuria.
—No tenemos que hacer esto, ¿sabe? —le recordó, incluso mientras inclinaba su
oscura cabeza y sus labios susurraban sobre su mejilla—. Podemos frustrar la broma
de las damas, decir buenas noches y podrá marcharse por la mañana.
Podía, pero ya sabía que no lo haría. La lógica había abandonado su buen juicio,
pero el instinto brotaba por la punta de sus dedos. Acariciaba el fino satén de su
chaleco, sentía el rigor tenso de sus músculos debajo mientras él permanecía inmóvil.
Ella había anhelado ese tipo de cercanía toda su vida. La había anhelado, imaginado,
y había cuestionado su existencia. No podía negar su necesidad de saber, de dar un
paso al otro lado del estrecho mundo que conocía.
—No soy bonita —murmuró sin sentido.
—Eso es como decir que la luna no tiene su encanto —se mofó él, mientras
entrelazaba los dedos en su cabello.
Ninian se estremeció, envolvió con sus brazos los anchos hombros del conde y
disfrutó del calor y el poder de la necesidad de él mientras la acercaba a su cuerpo.
Nunca había conocido el dominio de un hombre, nunca había caminado en el mundo
de un hombre. ¿Qué podía suceder de malo si lo intentara solo una vez?
Las advertencias de su abuela huyeron junto con su buen juicio. Cuando lord
Ives la estrechó en su abrazo, el abrigo de lana envolvió su piel fría con su calor.
El movimiento de la lengua de él contra sus labios inocentes derribó todas las
barreras que quedaban, lanzándola a las profundidades del paraíso.

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Capítulo 9

Con el cerebro confundido entre la maldita bebida alcohólica de Sarah y el


perfume a rosas de la doncella de la luna, Drogo descendió con rapidez desde la
lógica hasta las pasiones de su cuerpo. Hacer el amor se había vuelto algo muy frío
esos últimos años. El gozo y la vitalidad de la juventud se habían esfumado con el
cinismo de la experiencia. El beso inocente de Ninian volvía a darle la bienvenida a la
excitación de su primera vez.
Ninian. Una santa, no una bruja. Él sonrió ante el extraño paso de sus confusos
pensamientos, hundió los dedos en su cabello y bebió el gozo y el asombro de la
ternura de sus labios. Sentía la excitación de ella tanto como la suya, sus sentidos
despertaban por partida doble, su deseo se intensificaba con una velocidad sin
precedentes.
Con urgencia, exigió más, hasta que la boca de ella se abrió debajo de la suya, y
recibió su lengua como si fuera una hostia en lugar de la demanda posesiva que era.
Quizás ella consideraba que hacer el amor era una experiencia religiosa. En ese caso,
podía tener razón. La dulzura de su aliento insuflaba vida en su alma. Deseaba
inhalarla. Apretó más la mano en su cintura, y presionó sus pechos contra su abrigo
hasta que su respiración se unió a la de ella, sus corazones latieron juntos y la
vestimenta entre ellos resultó antinatural.
Por un breve instante, Drogo deseó que las harpías no hubieran apresado a la
ninfa en esa tienda de ballenas y alambres. Con su simple atuendo, hubiera subido
sus faldas y se hubiera unido a ella sin la demora de los broches, los encajes y la gran
cantidad de seda. En cambio, bajó las manos hasta los broches del corsé.
El jadeo colmado de temor de Ninian cuando le soltó el corsé y sus nudillos
rozaron la parte inferior de sus senos alejó cualquier necesidad de apresurarse. A
pesar de la premura ardiente de su cuerpo, su mente funcionaba con la suficiente
claridad como para desear que sucediera con lentitud, de manera seductora y
durante el resto de la noche. Necesitaba colmar sus manos con su cuerpo, probar su
piel, deleitarse con su suavidad.
En el parpadeo de luz y el olor de una docena de velas, junto con la caída
abundante de lluvia desde el cielo, casi podía convencerse a sí mismo de que esa era
la mujer que podía engendrar a su hijo.
Su mente danzaba con ese pensamiento como las sombras danzaban en la cama
con doseles. La deseaba, y ella lo deseaba a él. Por primera vez en mucho tiempo, eso
era suficiente.
—Le doy esta última oportunidad para decir que no —le advirtió él, liberando
su boca para llevar de manera inquisidora su dedo hasta un pezón fruncido de color

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rosa. Se encogió aún más, y él sonrió. Su cuerpo respondía con más claridad que sus
palabras, advirtió él con alivio, puesto que no creía poder detenerse. Según
recordaba, era la primera vez que actuaba solo por instinto, por instinto de
supervivencia. Si no la poseía, sin duda no sobreviviría. Ahuecó la mano en la pulpa
de su seno y volvió a acariciarlo, sentía una tensión en la entrepierna igual a la que
ella debía sentir en su útero.
—No es correcto... —protestó ella con debilidad. Sus pechos se enrojecían ante
su atención, y sus dedos se clavaron con más firmeza en los hombros de él,
desmintiendo su negativa.
Él encontró las cintas de la falda y las soltó. Sabía que había cosas que debía
decir, pero aún no podía formar las oraciones con lógica. Los aros de alambre en sus
caderas golpearon el suelo, llevando con ellos las extensiones de seda.
Quedó helada cuando le quitó el suave linón de su vestido camisero y ella
quedó de pie y desnuda delante de él. La luz jugaba en su piel más delicada que la
crema, inmaculada, salvo por una bella marca donde el muslo se juntaba con la
cadera. Allí no había huecos, ni planos, ni ángulos marcados, observaba con el gusto
de un experto; solo curvas redondeadas y una suavidad dúctil en la que un hombre
podía extraviarse. Deslizó el pulgar desde la curva de su pecho hasta la cintura, bajó
hasta su cadera y lo apoyó justo por encima de su monte. Con la mente confundida,
se concentró en la entrada acogedora entre sus piernas.
Ella intentaba cubrirse con las manos, pero él las asió y las separó para
observarla mejor.
—Exquisita —murmuró—. Ha nacido para algo mejor que los pastores.
—Mi abuela me mataría —susurró Ninian en una última protesta, aunque sintió
la fuerza de él que la atraía, y supo que las palabras eran inútiles. Miles de quejas se
amontonaban en su mente, pero no podía pronunciar ninguna de ellas. Solo podía
actuar como una criatura que se guiaba por el instinto.
—Su abuela no lo sabrá a menos que dé fruto, y entonces sería la abuela más
feliz del reino. —Le soltó las muñecas para quitarse el abrigo—. Todos saben que los
hombres Ives solo engendran varones, por lo que me vería moralmente obligado a
contraer matrimonio con usted.
El chaleco cayó para unirse al abrigo, y Ninian miró a lord Ives con asombro
cuando se aflojó la chorrera. En mangas de camisa, el conde era alto y de hombros
anchos, sus músculos se tensaban debajo del delgado lino. Cada centímetro
arrogante de él gritaba nobleza y privilegio. Solo un hombre acostumbrado a montar
los caballos más veloces, que honraba los salones más elegantes, que disfrutaba de
juegos de ocio de tiro con arco y pelea a puñetazos, podía desarrollar la gracia y la
fuerza que él poseía. Aquí no estaba el científico estudioso, sino el semental en la flor
de la vida, dispuesto y capaz de servir a cualquier yegua que acorralara.
Por otra parte, los comentarios burlescos con respecto a los hijos y el
matrimonio le resultaron más serios. Si debido a su unión engendraban un niño,
contraería matrimonio con ella, y una Malcolm volvería a ocupar el castillo Malcolm.
La aparición del fantasma parecía ser extrañamente profética. ¿El fantasma de la

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mujer estaba advirtiéndole que no se uniera a un Ives? Su abuela le había dicho que
fuera fiel a sí misma y que evitara a todos los Ives. Pero en ese mismo momento, ser
fiel a sí misma significaba olvidarse de todo y de todos, menos de ese Ives.
—¿Está preparada para probar su suerte de convertirse en condesa? —se mofó,
mientras dejaba caer la camisa al suelo.
Ninian miraba boquiabierta y con asombro su pecho.
—No, no es eso lo que deseo —susurró. Sin poder resistirse, acarició sus suaves
rizos oscuros con los dedos, y cuando él respiró hondo, el placer se incrementó con
brusquedad en su interior.
—Bien, porque no es probable. —Sin advertencias, le cogió de la cintura y la
acostó sobre la ropa de cama abierta. Ella se hundió en las plumas y no tuvo tiempo
de levantarse antes de que él cayera a su lado, inmovilizándola con una pierna aún
cubierta por sus bombachos.
—¿Su piel sabe tan sustanciosa como se ve? —preguntó mientras le hacía
cosquillas en el lóbulo de la oreja con la lengua. Su cuerpo firme y moreno se inclinó
sobre ella, le atrapó hasta que sus pechos se tensaron y su piel se estremeció por la
cercanía. Sin embargo, en lugar de tocarle como ella deseaba, no, como necesitaba,
continuó sus besos exploradores desde la garganta hasta la nuca.
Justo cuando pensaba gritar una queja por la provocación, el conde reclamó su
boca otra vez, y su lengua hizo otra incursión embriagadora que la dejó sin aliento.
—Si no fuera por la tormenta, continuaría con esto en mi torre, bajo las estrellas
—murmuró mientras liberaba sus labios y presionaba un sendero de besos a lo largo
de su garganta. Su lengua lamió con delicadeza un pezón tan dolorosamente duro
por la necesidad desatendida que Ninian casi cae de la cama en una sorpresa
placentera—. Por otro lado, tal vez una tormenta sea apropiada para esta noche.
Su boca se cerró del todo sobre su pecho, y Ninian soltó un grito primario de
gozo y deseo profundo y poderoso. La humedad se reunía en su útero, y su cuerpo se
preparaba para ese acto que nunca había creído experimentar.
Como si comprendiera la fuerza del tirón entre el pecho y el útero, Drogo
deslizó la mano entre sus muslos y los separó hasta que ella gritó y se estremeció
debajo de él.
—Desea esto tanto como yo —dijo con satisfacción, mientras frotaba con
suavidad con la palma de la mano—. Es bueno saber que no es solo la promesa de la
riqueza y el título lo que desea. —El brillo febril en sus ojos se contradecían con sus
palabras, era como si luchara por separar mente y cuerpo... y su cuerpo era el que
ganaba.
—Nunca... he... deseado eso —le confesó con voz entrecortada, mientras ruedas
catalinas de luz giraban detrás de sus párpados y se daba cuenta de que no tenía
control sobre las propias extremidades. Sus muslos se separaban aún más ante la
urgencia de él y solo reconocían las exigencias de los dedos inquisidores del conde.
—Ah, pero puede tenerlo, todo por el precio de un bebé en su vientre. ¿Lo
imagina? Algo simple, algo que puede hacer cualquier mujer.
En algún lugar en lo más oculto de su mente, Ninian sabía de la falacia detrás

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sus comentarios aparentemente casuales. Sin embargo, no tenía ningún interés en sus
tentaciones mundanas. Solo deseaba la unión que sellaría su destino y la pondría
para siempre bajo su supremacía. También sabía de la falacia sobre eso, pero ya no le
importaba.
Mientras el dedo pulgar de él aumentaba la presión y acariciaba más arriba, su
espalda se arqueó y sus caderas se elevaron y se torcieron en busca de lo que solo él
podía darle, hasta que gritó una queja por la demora y se hincó contra su mano. Solo
entonces él bajó la cabeza para succionarle un pecho y brindarle las caricias que
aliviaran la tensión que vibraba en su entrepierna, en su útero y en cada nervio de su
cuerpo.
Ella gritó cuando su mundo estalló. En medio de sollozos, Ninian oyó la risa de
satisfacción de él. No podía reaccionar. Flotaba en algún lugar fuera de sí misma,
imposibilitada de distinguir lo correcto de lo incorrecto, realidad de ilusión. Solo
sabía que no era suficiente.
Murmuró una objeción cuando retiró la mano, y él rozó su mejilla con un beso
en respuesta.
—Un momento, codiciosa hija de la luna.
La cama se movió, pero el letargo la mantenía sujeta con firmeza como para ver
adonde había ido él. Se sentía vacía, necesitada de alguna manera, pero demasiado
contenta como para cuestionar. Esa no era la forma en la que su abuela le había
advertido que los demonios reclamaban sus derechos.
—Es mi turno —anunció desde algún lugar por encima de ella.
Con dificultad, Ninian abrió los ojos y miró directamente hacia arriba, hacia los
rasgos oscuros de un lord Ives completamente desnudo. A través de las colgaduras
abiertas de la cama, los relámpagos aún destellaban en la ventana, enmarcándolo.
Los truenos rugían y la lluvia caía. La llama de la vela brillaba y ondeaba en las
corrientes frías que provenían de los muros. Las sombras jugaban en un cuerpo más
oscuro que el de ella, un cuerpo cubierto en una suave vellosidad negra, un cuerpo
musculoso que se tensó con tirantez cuando se arrodilló entre sus piernas abiertas. Se
veía enorme, sus cejas rizadas se fruncieron con concentración mientras la observaba
y ella lo observaba a él.
Tragó saliva, luchó contra un temblor de pánico ante la demanda irrevocable
que él haría luego, bajó la mirada hacia un mechón de cabello en su pecho cuando él
se inclinó, atrapándola entre sus brazos venosos. Bajo la luz tenue, pudo ver la
reluciente parte de su masculinidad que sobresalía, y aún cuando surgió el terror,
ella abrió más las piernas y elevó las caderas para recibirlo, comprendiendo la razón
del dolor por el vacío allí.
—Vaya, conoce bien su lugar, hija de la luna. —Le besó los labios y jugueteó con
su pecho hasta que estuvo preparada. Se ubicó en su posición—. ¿Desea pronunciar
algún hechizo de buena fortuna?
No le dio tiempo para responder. Con un fuerte impacto, penetró su pasaje
húmedo, rompió la barrera y se hincó profundo debajo de su vientre.
Un grito mezclado de éxtasis y dolor salió de la garganta de Ninian.

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Drogo vaciló.
Luego, con un insulto, se retiró y volvió a empujar llevado por la necesidad
dominante entre ellos.
Ella era demasiado estrecha y él demasiado grande. Solo un demonio la partiría
en pedazos de esa manera. Ninian clavó los dedos en los fuertes brazos que la
atrapaban, pero no pudo apartarse más de lo que él pudo detenerse. En cambio, se
abrió aún más y acompañó el empujón.
Llevado por la necesidad de la locura en la que se habían sumergido, empujaba
más profundo, colmándola más, reclamándola a los ojos de Dios y de los hombres.
Ella deseaba gritar, pero no podía. Deseaba llorar, pero solo emergió un quejido
cuando él saqueó su cuerpo con una seguridad de la que nunca creyó que podría
escapar.
El viento de afuera se acrecentó, apagando las velas una a una. La presión y la
determinación en los rasgos tensos de su amante no vacilaban al hincarse sobre ella
con más fuerza, obligándola a volver a la gloriosa cumbre mediante una fuerza de
voluntad absoluta.
Sus caderas se elevaron, y él gruñó de aprobación en lo profundo de su
garganta mientras empujaba tan alto que la llevaba con él. Una vez que había
comenzado, ella no pudo detenerse. Se unió a él golpe a golpe, recibiéndolo más
profundo, aceptando su dominio, entregando parte de su alma a cambio de las
modificaciones que él prometía.
—¡Sí! —suspiró entre dientes—. ¡Ahora! —ordenó, mientras la acariciaba con
urgencia con el dedo pulgar, utilizando el truco que ya le había enseñado.
Ninian lo había aprendido bien, y estalló una vez más, por dentro, por fuera, en
cada partícula veloz de sangre, mientras él penetraba el hueco debajo de su vientre y
derramaba su fuerza de vida en el interior. Se estremeció y gruñó con la energía de
su propia liberación, y los músculos de Ninian se contrajeron para acogerlo con más
firmeza.
Por un breve instante, sus almas se tocaron, y el gozo brotó de ella con ese fugaz
indicio de percepción. Vio en su interior, lo sintió, como un atisbo de calidez y
entonces, se esfumó, dejándola despojada.
La humedad goteaba por su muslo mientras se alejaba de la plena consciencia.
Era consciente del hombre que se inclinaba y le succionaba un pecho —era el
demonio, si se podía creer en las leyendas—. Había sucumbido a la tentación, y
ahora él solo tenía que hacerle una seña y ella debería obedecer. Sus dientes le
rozaron el pezón y la conexión regresó, el tirón entre su pecho y el útero, punzante
recordatorio sobre la razón por la que había sido creado el cuerpo de una mujer. No
tenía dudas de que él lo había hecho. Se dio cuenta medio dormida cuando su boca la
liberó, no así su hechizo. La luna estaba en su fase propicio. Su cuerpo había estado
preparado y listo, y las mujeres Malcolm siempre eran fértiles. «Demasiado fértiles»,
le había dicho su abuela. Y siempre engendraban brujas.
¿Qué había hecho?
Lord Ives —Drogo— se colocó a su lado, mientras su mano jugaba sensualmente

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con sus pechos.


Ella no sabía qué decir. No podía aparentar que le preocupara lo que había
hecho, lo que volvería a hacer si hubiera una oportunidad. Tal vez él tenía razón y
Sarah en verdad había encontrado una hierba que actuara como afrodisíaco. Aunque
no lo creía. Esa conexión era más que solo corporal. Ardía en su alma, como si en
verdad estuviera poseída.
—Le pido disculpas.
Sobresaltada, Ninian encontró la fuerza para volver su cabeza. No se veía
arrepentido. Se veía notablemente satisfecho consigo mismo mientras pasaba la
mano por su vientre y examinaba la marca de nacimiento en su cadera.
—¿Por qué? —preguntó ella, a falta de una respuesta mejor.
—Por no creer que fuera virgen. —Cayó de vuelta sobre la cama, y colocó las
manos a modo de almohada mientras observaba el dosel—. He sido un imbécil.
—Un imbécil intoxicado —sugirió ella.
Él se encogió de hombros, y ella admiró los músculos de su ancho cuerpo.
—A menos que me hayan intoxicado durante días, por lo general, evito las
vírgenes, supongo que me convencí a mí mismo de que usted no lo era.
Ella sonrió. El profesor estudioso regresaba.
—Ya he pasado hace tiempo la edad habitual de perder la virginidad —admitió
—. Y no me inclino por la virginal sonrisa afectada.
—Eso es. Es evidente que me ha engañado para que haga el ridículo.
Apoyó el codo sobre ella. No se veía enfadado ni amenazante, por lo que
decidió que bromeaba. Era difícil de distinguir con un hombre que utilizaba su rostro
como una máscara.
No obstante, el juego de sus manos sobre su piel transmitía un mensaje que no
podía confundir, ni negar. Ella se arqueaba de manera atractiva debajo de su tacto.
—Siempre me he preguntado cómo era. —Le acarició la mejilla áspera,
probando esa textura masculina a la que nunca se enfrentaba en su mundo
completamente femenino. La mandíbula de él se movió con nerviosismo, pero no se
apartó. Ella alisó la cinta que colgaba suelta de su largo cabello oscuro y que caía
sobre su hombro—. Era algo difícil aconsejar a las jovencitas cuando no sabía nada.
Él asintió con la cabeza.
—Me alegra ser de utilidad. En cualquier momento que lo desee, estoy a sus
órdenes.
Tenía que estar bromeando. Ella acarició la humedad de su labio inferior.
—¿Y ahora?
Se puso tenso. Era evidente que otra vez libraba una batalla entre su mente y su
cuerpo. Esta vez, sin embargo, su fuerza de voluntad ganó.
—Está dolorida, y aun bajo los efectos de la travesura de Sarah. No tomaré
ventaja de usted otra vez. —De mala gana, subió las mantas y la cubrió—. Apagaré
las velas.
Cuando él puso las piernas al costado de la cama, pudo ver que otra vez estaba
completamente excitado. Bostezó y admiró el orgullo de lord Ives hasta que las velas

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echaron humo. Era un hombre muy grande, en más de un aspecto.


Con la lluvia que aún caía sobre el tejado, se acurrucó en las almohadas y se
durmió.
Drogo llevó la última de las velas hasta la cama, y observó de manera
desapasionada sus rizos dorados. Había renunciado a la idea de tener una esposa y
niños hacía muchos años. El cinismo había llegado con los acontecimientos del año
anterior. Las mujeres harían cualquier cosa por un título. Esa no le parecía que fuera
mañosa, ni que estuviera desesperada, pero tampoco lo había parecido la última.
Era más simple y productivo meterse de lleno en las matemáticas y la
astronomía que amaba que dejarse llevar por las dolorosas relaciones humanas.
Pero solo por una noche, había vuelto a conocer la verdadera pasión. Le daría
las gracias por ello.
Y con el transcurso de las cosas, cuando se marchara de allí, como sabía que
debía, se aseguraría de que estuviera cuidada, como cuidaba de todas las personas en
su vida.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 10

Ninian despertó en una cama oscura y fría. Las pesadas colgaduras a su


alrededor estaban cerradas para evitar las corrientes, por lo que no podía ver nada,
pero sabía que aún era de noche y que estaba sola. Arrugó el entrecejo ante el
constante golpeteo de la lluvia y el creciente rugido del viento. Se preocupaba por la
seguridad de su hogar y del pueblo con una tormenta tan feroz como esa. En todos
los años que había vivido allí, nunca había sabido de algo igual. Si fuera supersticiosa
creería en las leyendas de su abuela, que decían que las Malcolm y los Ives habían
destruido Wystan. Aun así, había poco que pudiera hacer para detener el viento y la
lluvia, y tampoco podía viajar de noche. Tendría que esperar hasta la mañana
siguiente.
Permanecía inmóvil, contemplaba su nuevo estado de mujer perdida. Se había
acostado con un conde. Nunca había soñado algo así, pero no se sentía mal. Si en
verdad era el demonio, como las leyendas llamaban a los Ives, ¿no debería sentirse
deshonrada o violada? ¿Sus promesas no deberían convertirse en cenizas en boca de
ella?
No la habían criado para considerar a la unión humana más que para la
extensión natural de la fecundidad de la tierra. Que se araba y sembraba en
primavera para dar frutos en otoño. Suponía que la sociedad ponía impedimentos a
ese ciclo natural por una buena razón. Los niños necesitaban años de cuidado y
protección antes de poder salir solos, por lo que la sociedad necesitaba un hombre
que protegiera a la mujer y al fruto que habían producido.
No obstante, las mujeres Malcolm no necesitaban la protección de un hombre.
Las mujeres Malcolm tenían los medios como para cuidarse solas. Eso se había vuelto
una tradición familiar que databa de la primera mujer Malcolm que había perdido
todo con un Ives.
Comenzó a sentir desazón. No lamentaba la pérdida de su virginidad. Nunca
había esperado contraer matrimonio, y había disfrutado la lección que él le había
enseñado. Pero la idea de engendrar el hijo de un Ives...
En verdad, no necesitaba discutir con un conde sobre herederos, títulos y todas
esas cuestiones mundanas que había rechazado cuando había escogido quedarse allí
con su abuela y aceptar la responsabilidad de ser la sanadora Malcolm.
Decidió que no podía preocuparse por cosas que no podía deshacer. Se
incorporó y arrastró una pesada manta con ella mientras buscaba su vestido
camisero.
Debía partir por la mañana. No le agradaba desperdiciar lo que quedaba de su
tiempo con el conde. Quizás ahora era el momento de probar su poder como mujer.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Drogo no la escuchó entrar. Levantó la vista desde su escritorio para verla de


pie allí, bajo la luz de la luna. Sus rizos dorados se enredaban alrededor de su rostro,
solo su fino vestido camisero protegía sus hombros desnudos arriba de la manta en la
que se había envuelto. Encajaba bien en el papel de hechicera que afirmaba ser.
Se veía algo sobresaltada ante su sonrisa. Era muy inocente. Él deseaba poder
creer que esa inocencia perduraría, pero en verdad, no era necesario. Le había dado
lo que ninguna otra mujer había podido, y se sentía verdaderamente agradecido.
—Se va a helar —la reprendió, y se levantó para arrojar más carbón en el
brasero. La sangre aumentaba con brusquedad en su entrepierna con solo verla, y
sabía que la excelente y absurda poción de Sarah había desaparecido hacía horas.
—No quise interrumpir sus estudios —dijo ella con recato, sin inmutarse
cuando él se detuvo de golpe delante de ella. Sabía que su tamaño y posiblemente su
posición social le intimidaban, pero parecía no tener sentido de la vulnerabilidad,
aun después del dolor que le había infligido. Ella respiró hondo y de manera
arriesgada, enfrentó su mirada—. ¿Por qué se ha marchado de mi cama?
Ya comenzaban las exigencias, pero suponía que le debía una explicación.
—Porque ya no tenía la excusa de haber bebido demasiado vino si la hubiera
vuelto a violar.
Ella tenía una expresión tan brillante y abierta que lo cegaba. No podía descifrar
qué sucedía en los divertidos caminos de su mente.
Enfrentó su mirada con firmeza.
—¿Deseaba violarme otra vez?
—Reiteradamente —afirmó con seriedad.
Él debería haber creído que la poción de Sarah era la responsable de la
extraordinaria experiencia que habían compartido. Acababa de pasar horas en una
torre fría sin más que ecuaciones matemáticas dando vueltas por su cabeza, y en el
instante en que Ninian entró a la habitación, la volvió a desear. Como lo había hecho
desde Beltane.
Nunca había necesitado a una mujer como ansiaba a esa, y no le agradaba darse
cuenta.
Caminó hasta su escritorio y jugó con la pluma. La protegía de su lujuria
mientras luchaba con lo ilógico de la situación. Debería haber probado con vírgenes
antes. No había freído ser tan grosero como para excitarse con el poder de la
posesión absoluta. Justo cuando estaba pensando eso, se volvió para observar las
expresiones vivas que había en su rostro, y la deseó más.
No tuvo la gracia de verse tranquila ante su confesión, sino que continuó
desafiándolo con cautela.
—¿Teme que le haga un hechizo?
Sorprendido, Drogo se atragantó con una risa. Se volvió más para admirarla,
clavó la mirada en el lugar donde se deslizaba la manta y un relámpago iluminaba la
perla de sus pechos.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No soy un hombre supersticioso —le recordó—. Solo temía hacerle daño.
—No me lo ha hecho.
Para su asombro y profundo placer perdurable, ella dejó caer la manta y de un
paso se apartó de sus pliegues, bendiciéndolo con el paisaje de sus firmes curvas
cubiertas solo por la gasa.
—Aunque le advierto que no tendrá herederos de mi parte. Las mujeres
Malcolm solo engendramos niñas.
—Alguna vez debe haber habido un hombre Malcolm que le diera su nombre.
—El debate espurio sobre los hijos que aún no existían no tenía importancia para él.
Había asumido eso hacía mucho tiempo. No había tenido tiempo de asumir los
encantos de la bruja. Drogo alargó la mano para cogerla, la apartó del suelo frío para
que se pusieran de acuerdo, mientras disfrutaba de su sensibilidad—. No grite que la
violé cuando llegue la mañana —le advirtió.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello y presionó los labios con un
beso que él le había enseñado; luego, agregó una picara lamida propia.
—Siempre que usted no lo haga —afirmó ella.
Drogo rio por primera vez en meses y la llevó hasta abajo, a su alcoba, donde
pudiera plantarse entre suaves muslos, despreocupado por las consecuencias.
Como una alumna entusiasta, respondía con presteza a sus lecciones. Le enseñó
tan bien, que en verdad se olvidó de las estrellas y se durmió.

Ninian despertó con el sol que ardía en la ventana oeste de una alcoba extraña.
Aturdida por algo más que el fuerte vino de la noche anterior, hizo una mueca y se
cubrió los ojos. Otros dolores reemplazaban el de la cabeza. Sus mejillas y sus pechos
ardían con una erupción abrasadora. Le dolían los pezones. Nunca había notado sus
pezones. Miró a hurtadillas por debajo del brazo para observarlos, asombrada de
cómo se fruncían con el aire frío, preparados para que tiraran de ellos.
El dolor entre sus muslos la llevaba a tomar conciencia más completamente. Lo
había hecho. Había tenido intimidad con lord Ives. No había sido un sueño claro
después de todo.
Recordaba el luminoso fuego de pasión en los ojos del conde, las sombras de
una mandíbula áspera, la manera en la que su cabello negro caía hacia adelante
mientras empujaba en su interior... y no podía arrepentirse de lo que había hecho. Si
la había poseído un demonio, era más amable que la mayoría. La cubrió por
completo con sus gruesas mantas y encendió una lumbre que ardía en la chimenea.
Desde luego, los demonios eran expertos con el fuego, rio al darse cuenta de la
ridiculez de su superstición. Era tan mala como los aldeanos. Lord Ives no había
arruinado nada más que su virginidad, y esa no era una pérdida.
Prestó atención y ya no escuchó el ruido de la lluvia. Debía regresar al pueblo y
ver el daño que había causado la tormenta. Podrían necesitarla allí.
Su cabeza dio vueltas cuando se sentó, y se sostuvo contra el colchón. Supuso
que era el resultado de haber bebido demasiado vino, y el estúpido afrodisíaco que

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Sarah había introducido tanto en el vino como en la comida. ¿Qué demonios tuvo la
estúpida mujer para obligarla a ir a la cama con el señor?
Pues bien, ahora no importaba. No era el fin del mundo si estaba embarazada
de él. El fondo de fideicomiso de los Malcolm aseguraba que ninguna dama Malcolm
jamás pasara hambre. Podía criar sin problemas una hija, de la misma manera que la
habían criado a ella.
Una hija. Sonrió con la idea. Nunca antes había pensado en un bebé propio. Era
mejor que comenzara a pensarlo ahora.
Ninian deseaba un buen té de corteza de abedul para aliviar los dolores y bajó
penosamente las escaleras de la torre para recoger sus cosas. Deseaba poder
entretenerse, pero sabía que la unión de los Ives y las Malcolm tendría un alto precio.
Pensaba despedirse del conde, pero decidió que era mejor no volver a
molestarlo en sus estudios. Las mujeres se lo contarían pronto.
Bajó las escaleras con su bolso, esperando por lo menos una discusión si alguien
la veía en la sala. Pero el día era bueno y ella tenía piernas fuertes. Podía caminar la
distancia que había hasta su hogar. No necesitaba la ayuda de nadie.
No había supuesto que las tres mujeres estuvieran sentadas alrededor de la
chimenea, esperándola. Tal vez ya era pasado el mediodía, pero no se consideraba
tan importante como para que esperaran su compañía. Todas levantaron la vista y la
observaron con interés cuando cruzó las losas.
—No estarás pensando en marcharte, ¿verdad? —inquirió Lydie con alegría
cuando Ninian se acercó—. Acabamos de comenzar la búsqueda en la biblioteca.
—No debería subir escaleras —le recordó Ninian con seriedad.
Rio y llevó una mano hasta su vientre abultado.
—Espero tenerlo algún día, y si subir escaleras lo trae más pronto, no me
quejaré.
—Puede no estar en la posición adecuada si lo tiene antes. Por el bien del niño
así como del suyo, permanezca arriba. —Ninian saludó con la cabeza a Sarah y a lady
Twane—. Deben asegurarse de que obedezca. No siempre estoy disponible cuando
un niño decide llegar.
—Vaya, pero desde luego que lo estará —dijo Claudia con consternación—.
Estará aquí mismo. Todavía no puede marcharse a ninguna parte.
Con paciencia, Ninian intentó disipar esa sandez.
—Hay una madre a punto de parir en el pueblo. Cuando llegue el momento de
Lydie, si envían la carreta, estaré aquí a tiempo.
—Ah, no te preocupes por eso —respondió Sarah sin darle importancia—. Se lo
hemos notificado al pueblo, por lo que saben dónde encontrarte.
Un pequeño temblor de miedo recorrió la espalda de Ninian. ¿Toda la nobleza
de Londres era tan egoísta? Si era así, ¿cómo los había tolerado su madre? Recordaba
las maldiciones de su abuela sobre su padre y sus amigos, y se preguntaba si debió
haberla escuchado con más atención.
—No es tan simple como eso —explicó con cautela—. Debo atender mi jardín,
secar hierbas... hay cosas que no puedo hacer aquí.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Claudia se alegraba.
—Le pediremos a Drogo que reconstruya aquel viejo invernadero en el que has
estado trabajando. Podrás sembrar toda clase de plantas maravillosas allí. Será
hermoso tener nuestra propia boticaria residente.
La idea de ese invernadero era tentadora. Podría sembrar plantas delicadas de
las cuales solo había oído, plantas que podrían ser muy útiles. Ninian negó con la
cabeza al reconocer la tentación cuando se dio cuenta.
—No, muchas gracias, pero debo marcharme.
Sarah se puso de pie y la abrazó.
—Lamento oír eso, querida, pero en verdad no puedes marcharte, lo sabes.
Después de que aquella mocosa se embarazó de otro hombre y declaró que era hijo
de Drogo, simplemente no podemos exponerlo a eso otra vez. Si estás embarazada de
él, como lo indican las estrellas, debemos demostrarle que este es suyo, ante
cualquier posible duda. No podemos hacerlo si te marchas al pueblo.
Aturdida, Ninian creyó no haberla oído bien. Se estrujaba el cerebro para
encontrar la respuesta correcta a algo que podía no haber escuchado.
—Él ya ha ido al pueblo a revisar los daños de la tormenta —comentó Claudia
con alegría—. Estoy segura de que traerá noticias.
Ninian no sabía cuál era la relación que tenía el señor con estas tres mujeres,
pero no tenía intención de que la incluyeran en su círculo. Sonrió con falsedad y
asintió con la cabeza.
—Entonces le esperaré.
Aceptó un bollo y un té, comió sin prisa; luego, regresó arriba con su bolso y
dejó a las damas conversando acerca de investigar la biblioteca. En lugar de dejar el
bulto en su habitación, entró a la sala, encontró la escalera de los criados y bajó hasta
la cocina, y desanduvo el camino hada el invernadero. En cuestión de minutos,
estaba en el bosque y de camino a su hogar.
La evidencia de los estragos de la tormenta le rodeaba mientras escogía el
camino entre los árboles caídos y caminaba con dificultad en medio del barro y los
charcos grandes como estanques. Tal vez, la fuerte lluvia habría limpiado el arroyo, y
la vegetación podría regresar. No quería creer en la superstición y pensar que lo que
había hecho la noche anterior había desencadenado un destino inevitable.
Apresurada por investigar el daño en el pueblo, Ninian se apartó del sendero
habitual y se adentró en el bosque invadido por la maleza. Conocía bien el camino, y
no le temía a las hadas como lo hacían los aldeanos. Si las hadas en verdad eran
espíritus que esperaban renacer, como decían los cuentos de su abuela, no podrían
hacerle daño a un ser vivo.
En ese mismo momento agradecería que la orientaran. Acababa de entregarse a
un hombre con el que nunca podría contraer matrimonio, un hombre cuya extraña
compañía de mujeres pensaba tenerla prisionera por su bien, o por el bien de su
heredero puramente imaginario. ¡Vaya! Sarah había leído demasiadas novelas
medievales en esa biblioteca. No estaba segura de cuál de ellas se había vuelto loca:
las damas por idear ese enredo, o ella misma por caer en él.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Se preguntaba qué historias había encontrado Sarah sobre las mujeres Malcolm
y si eran la razón por la que había buscado a Ninian. Sin duda, cualquier leyenda
relataba el desastre de la unión de los Ives con las Malcolm. Sarah no podía ser tan
miserable como para...
Ninian se detuvo de golpe bajo un serbal al borde de un claro que nunca antes
había cruzado. La luz del sol danzaba en un anillo de hadas en la hierba cargada de
rocío, y al sentir una presencia que no podía ver, vaciló y sus dedos se clavaron en la
corteza del serbal.
En el instante en que su mano tocó la corteza, algo se movió en su interior, igual
que lo había hecho lord Ives la noche anterior.
Con un grito entrecortado, soltó la corteza y con rapidez cubrió con la mano el
espacio entre sus caderas. Recordaba cómo lord Ives se había arrodillado sobre ella la
noche anterior, reclamándola como si fuera suya, y murmuró con rapidez un conjuro
de protección contra el mal. Sin duda, no habían podido engendrar un hijo en una
noche. Pero si lo habían hecho... Su abuela había tenido razón sobre las hadas. Un
espíritu acababa de renacer dentro de ella.
Bajó la mirada hasta el lugar que protegía su mano. ¿Un bebé? Madre de todos
los santos...
«Una Malcolm», susurró el viento. «Mientras haya una Malcolm en Wystan,
habrá brujas Malcolm».
Lord Ives diría que eso era una locura supersticiosa. Era probable que tuviera
razón. Eran tiempos modernos; las hadas no existían. Sin embargo, sintió lo que
había sentido, y muy consciente de ello, bordeó el claro fingiendo que el golpeteo en
su vientre no era más que las secuelas de la pasión de la noche anterior.
En verdad, había comido del fruto de la locura.
Su abuela le había dicho que negar sus instintos era negar su poder. Pero la
diferencia ente el instinto y el deseo era muy difícil de distinguir.
Quizás solo deseaba tanto tener un hijo que imaginó el toque del hada. No
obstante, el instinto también le indicaba que el desastre se avecinaba. ¿Qué
auguraba?
Preocupada, Ninian se apresuró a recorrer lo que quedaba. Los desvíos
alrededor de los restos desparramados por la tormenta le llevaron más tiempo de lo
que había previsto, incluso al tomar por el atajo. Era entrada la tarde cuando llegó a
la amada cerca de su jardín. Frunció el entrecejo al ver las varas de los rosales rotas y
el lugar en el que el viejo roble había perdido una rama y esta había destruido un
poste de la cerca. A salvo en el interior de los muros sólidos, no se había notado la
severidad de la tormenta. Un roble roto era un mal presagio.
Asustada por un aullido frenético del viento, Ninian traspasó con prisa la
puerta y entró a la cabaña. Todo parecía tranquilo.
Su mirada cayó en el libro de cuentos que estaba sobre la mesa de la sala. Sus
páginas se abrieron con lentitud con una corriente misteriosa. Cuando las miró, se
abrieron y quedaron quietas. Pudo haber jurado que había dejado el libro cerrado.
Con inquietud, leyó la página:

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—El bebé es una niña, milord.


Un relámpago lanzó destellos a través de la ventana con parteluces e iluminó el pálido
rostro del señor al oír la noticia.
—Tonterías —dijo en voz baja—. Los Ives solo engendran varones. Está equivocada.
Su esposa extendió con cariño un bulto de mantas que lloriqueaba.
—Una hija, milord. Una hermosa pequeñita.
—Entonces no es mía.
—¡No! —El viento rugió cuando él se volvió y se marchó a zancadas, para no ser visto
nunca más.
Y su esposa derramó lágrimas por tanto tiempo y con tanta tristeza que las aguas
crecieron, el valle se inundó y las tierras quedaron en barbecho por muchos años venideros.

Sin negar más su instinto, Ninian de repente sintió miedo y corrió hacia el
pueblo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 11

¿Qué había hecho?


Las leyendas advertían sobre los peligros de las Malcolm y los Ives. Habían
hecho estragos juntos. «Como la tormenta», pensaba mientras corría hacia el pueblo.
Ninian temblaba ante el alcance del daño de la tempestad. El sol del atardecer que se
abría paso a través de las nubes no calentaba el frío que corría por su espalda. Las
ramas caídas de los árboles enganchaban sus vestiduras mientras corría. El camino
descolorido presentaba obstáculos a su paso, por lo que tropezaba y caía n toda prisa.
Se estremeció al ver una vaca muerta en el campo y al oír el veloz torrente de agua
del arroyo que habitualmente borboteaba. Una tormenta nunca había causado
semejante destrucción.
Una Malcolm y un Ives pudieron haber causado estragos con sus peleas
domésticas alguna vez, pero sin duda una noche de amor no podía provocar una
tormenta. No había llegado quién era ni lo que era, como le había advertido su
iibiiela. Lord Ives no se lo había pedido. Todo era una estúpida superstición.
Pero, ¿y si su abuela tenía razón? ¿Era esa la recompensa del demonio por
rendirse ante la tentación? Esa vez, el instinto le decía que temiera. El miedo subió
hasta su garganta cuando se acercó al pueblo destrozado.
Ninian llegó a la aldea dando traspiés, salpicada de barro y entumecida, y no se
sorprendió cuando Gertrude cogió a sus hermanas y las llevó a rastras hacia el
interior al verla.
Se decía a sí misma que debía verse horrorosa con el cabello ondeando por
todas partes y la vestimenta destrozada, pero luego el padre de Nate hizo la señal
contra el mal de ojo y cerró la puerta de un golpe delante de sus narices. Había
sabido que solo un simple desliz, un error imprudente sería suficiente para que se
volvieran contra ella. Se abría un hueco en su corazón. Lo había intentado con tanto
esfuerzo y durante tanto tiempo...
Una Malcolm se había unido a un Ives y había sobrevenido el desastre. ¿Qué
otra prueba necesitaban? Ante el sonido del agua que corría deprisa, Ninian se
apartó de la plaza del pueblo. Como en respuesta a su pregunta, un afluente del
arroyo que alguna vez había sido tranquilo rugía por el solar donde solía estar la
tienda del sombrerero.
Ahora, temerosa tanto por los aldeanos como por ella misma, Ninian echó una
mirada hada la pequeña tienda donde vivía el zapatero y su familia. Harry siempre
fue su baluarte de seguridad contra las lenguas inquietas. El arroyo agitado inundaba
su patio y se filtraba por los umbrales de las puertas. ¿Estaría a salvo su familia?
La puerta se abrió y Harry caminó en medio del agua y ayudó a su madre coja a

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

llegar a tierra seca. Al ver a Ninian, la miró con tristeza y le dio la espalda. No la
llamó ni le pidió ayuda con la lastimadura de su madre. No deseaban su ayuda.
¿Cómo podían saber dónde había estado, lo que había hecho? ¿Cómo podían
creerse una estúpida leyenda en lugar de a ella, que nunca le había hecho daño a
nadie?
No importaba. El pueblo entero creció con las historias de la riqueza que había
acabado por la unión de las Malcolm y los Ives. Siempre le temían a las Malcolm. Y
aún más desde el regreso de un Ives. Ahora tenían una prueba palpable de sus
peores temores. Habían confiado en ella, y ante sus ojos, los había traicionado.
Mary. Mary no le daría la espalda. A Mary y a sus hijos les había enseñado las
letras. Ninian había asistido el parto de sus bebés, cuidó de ellos cuando estuvieron
enfermos, jugó con ellos cuando gozaban de salud. Sin duda, Mary no podría creer
que ella haría algo adrede para lastimarla.
Con cautela, Ninian se dirigió disimuladamente hacia la parte trasera. La vaca
de Mary mordisqueaba una parcela de hierba embarrada en medio de la rocalla que
había dejado el arroyo crecido. Un seto alto la escondía de los ojos fisgones. Sin duda,
si nadie les veía...
Cuando Ninian llamó, Mary se asomó con cautela a la puerta. Casi la cierra de
un golpe antes de que Ninian tuviera el instinto de poner su pesado zapato en la
rendija.
—¡Mary, por el amor de Dios! Dime qué sucede —suplicó Ninian.
Vacilante, Mary permaneció de pie en la rendija, obstruyéndoles el acceso a sus
niños.
—Has estado con lord Ives, ¿no? —exigió saber—. ¡Nos has traído este desastre!
—¿Cómo puedes creer eso? ¡He ido a atender a una mujer a punto de parir! —
Pero en lo profundo de su corazón, ya lo sabía.
Durante años, había jugado el papel de una simple sanadora, evitando tener
cualquier comportamiento por el que pudieran tildarla de «bruja», pero las personas
del pueblo no eran estúpidas. Mientras todo iba bien y ella ayudaba a los
necesitados, la aceptaban. Podía ver con sus propios ojos que ya no estaba todo bien
y que la temible noticia había corrido con el viento de la noche anterior.
—El arroyo se ha convertido en un río y arrasó con nuestro ganado y nuestros
hogares, y ha derribado todo lo que hemos construido —susurró Mary con dureza—.
¡No me digas que las leyendas no son ciertas!
—Mary, lo siento, lo siento mucho. —Ninian se frotaba los ojos, contenía
lágrimas de terror—. ¡Pero no lo he hecho yo! ¿No te das cuenta?—Nada de lo que le
decía podía alejar el dolor punzante de ese rechazo. De alguna manera, debía hacer
que tuvieran una visión diferente, pero, ¿cómo? No podía creer que lo que había
hecho estuviera mal, o que el conde y su familia tuvieran algún conocimiento de
brujería. No era posible. Ella no poseía magia—. No sé qué hacer —susurró aterrada,
suplicando la ayuda de Mary. ¿Adonde iría, qué haría si los aldeanos ya no confiaban
en ella? ¿A quién sanaría? ¿Cuál sería su razón de vivir? Las lágrimas corrían con
desenfreno por sus mejillas—. El conde no tiene nada que ver con todo esto —gritó

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—. Debes creerlo. Tiene que ser el arroyo. Te advertí...


Mary se veía temerosa, pero no se marchaba.
—Hemos utilizado esa agua durante generaciones. Nunca antes se había vuelto
contra nosotros.
—No sé por qué. Necesito tiempo... Por favor, Mary, ¿qué puedo hacer?
—Regresa con los de tu clase —dijo Mary, con menos aspereza que antes.
Luego, cuando un gato gris salió de los arbustos y se enredó en los tobillos de
Ninian, cerró la puerta de un golpe con horror.
La soledad de cuando tenía diez años ahora golpeaba a Ninian, solo que esta
vez no tenía a su abuela para acudir a ella. Con las lágrimas que le escocían, levantó
al gato, que al parecer la había seguido desde el castillo. Siempre supo que era una
intrusa. Había llegado a Wystan cuando tenía diez años, pero creía que los aldeanos
la habían aceptado con el correr de los años puesto que las Malcolm habían vivido
allí desde los albores del tiempo. La naturaleza endeble de su aceptación ahora era
evidente. No pertenecía a ninguna parte.
Evitando un sollozo, y abrazando al gato como consuelo, Ninian caminó con
dificultad de regreso al camino. Las puertas y las ventanas se cerraban de golpe
cuando ella pasaba. Nadie la quería cerca. Le llevaría semanas ir a buscar a sus tías al
lejano sur de Inglaterra. Los caminos estarían intransitables después de la tormenta.
Y en verdad, sus tías tampoco la querían. Tenían a sus propias hijas conflictivas.
Podía ir al castillo y ver si las damas convencían a alguno de sus criados para
que fuesen a ayudar al pueblo, pero eso sería al día siguiente, cuando pudiera
caminar hasta allí y regresar. Y tenían que ser esos mismos criados quienes les habían
informado los acontecimientos del castillo a los aldeanos. Todos sabían lo que había
hecho.
La culpa y la vergüenza la inundaban como nunca antes lo habían hecho. Todo
había parecido estar muy bien con lord Ives abrazándola. De alguna manera, no le
había permitido ver la realidad. Cedió ante la tentación del demonio a pesar de toda
su cautela y fortaleza, y él había destruido todo lo que ella conocía y amaba.
Justo cuando estaba pensando en él, cayó directamente en sus brazos.
El conde la cogió y la sostuvo en las últimas sombras de la luz del día. Incluso
ahora, con su vida deshaciéndose en pedazos, los brazos de él le brindaban un
refugio seguro.
—No deberías estar aquí.
—Vivo aquí —susurró, mientras el gato huía de sus brazos y su cabeza giraba
con incertidumbre. Solía vivir allí, El mundo entero estaba del revés, y ella no sabía si
caía o subía. El fuerte asimiento del conde le ofrecía seguridad, solo por ese
momento, solo hasta que encontrara la tierra debajo do sus pies.
—Te llevaré a casa.
Ni siquiera sabía a qué casa se refería, la de él o la de ella. Ninian negó con la
cabeza. Debía alejarse del conde, del pueblo, regresar al único hogar verdadero que
había conocido: la cabaña de su abuela. No sabía qué haría una vez que llegara allí.
Las lágrimas volvían a derramarse por sus mejillas.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—El pueblo —se ahogó—, soy responsable. Debo ayudar. —La palabra se
quebró en un sollozo.
No la abrazó, era probable que no supiera dar abrazos de compasión. Solo bajó
la mirada hada su rostro manchado de lágrimas y la adentró aún más en las sombras,
hacia la cabaña.
—Yo me encargaré de ellos —dijo con total certeza, como si ella debiera haberlo
sabido.
Y para su asombro, Ninian finalmente miró a través de su velo de tristeza para
ver que era eso lo que estaba haciendo. Desde las sombras, aparecieron unos
hombres cargando palas, azadas y horcas. En el prado del pueblo, el administrador
del conde dirigía a los trabajadores hacia los animales muertos y las zanjas de
desagüe crecidas. Otros, que llevaban escaleras y paja, se doblegaban cuando el
conde pasaba, intercambiaban breves comentarios acerca de cuáles eran las
siguientes casas que necesitaban reparación.
No la necesitaban a ella. Tal vez nunca la habían necesitado. Su mente giraba en
blanco ante el golpe. El conde podía darles lo que ella no podía.
Drogo se detuvo para corregir la manera en la que desviaban la zanja; miraba
con aire pensativo hacia dónde verter el agua desde el bosque y hacia el pueblo por
un nuevo cauce del arroyo. Luego cogió a Ninian del brazo y la condujo hacia
adelante. Demasiado aturdida como para aceptar por completo su descenso de
categoría a inútil, no se negó a que la guiara. Era un Ives. Y los aldeanos seguían al
extraño, no a la Malcolm que había vivido tanto tiempo con ellos. No podía pensar
más allá de ese increíble obstáculo.
Para la extenuada sorpresa de Ninian, Sarah los esperaba en la cocina.
—He recogido sus cosas —le dijo a él—. Con la misma seguridad que creo que
este lugar es pintoresco y encantador, no deseo permanecer aquí. El fantasma lloraba
cuando me marché. Claudia está desesperada y Lydie jura que el bebé llegará en
cualquier momento.
—Vendrás con nosotros —le ordenó el conde a Ninian, dejando claro que
esperaba no discutir mientras la llevaba hacia la puerta.
Ninian sabía que debería resistirse. Su abuela hubiera deseado que
permaneciera allí, que atendiera el jardín y encontrara algún medio para ayudar al
pueblo. Según sabía, ese era su lugar en el mundo.
No obstante, su abuela la había dejado allí sola, y el pueblo no la quería.
Por el momento, no podía reunir el valor ni el espíritu para pelear. Siempre
había creído que la amistad funcionaba de ambas partes, pero al parecer, nadie la
quería excepto cuando les resultaba útil. Ahora no era útil. No para el pueblo. Tal
vez, nunca lo había sido. Quizás sus talentos solo eran producto de la imaginación de
su abuela y de su propio orgullo.
En silencio, Ninian siguió al conde y a Sarah al salir de la cabaña. En el castillo
la necesitaban. Tal vez en algunas semanas, las cosas volvieran a la normalidad y
pudiera regresar de nuevo a su hogar y a su jardín. Tal vez entonces vería las cosas
con más claridad.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Sin mirar las varas rotas de los rosales de su jardín, cerró la puerta de la cabaña,
cruzó la puerta de la cerca y se dirigió hacia el carruaje que esperaba para llevarla al
castillo de sus ancestros y al futuro destino que tenía algo preparado para ella.

Drogo se frotaba los ojos mientras la vela parpadeaba en un charco de cera.


Había creído que para ese momento, Ninian habría venido a él. La había dejado al
cuidado de Sarah, pero no esperaba que esta le ofreciera mucha conmiseración.
Había visto antes esa mirada vacía de dolor y sabía que la joven bruja necesitaba más
que compasión.
Según su experiencia, lo primero que una mujer necesitaba cuando se
enfrentaba a la catástrofe era acudir a un hombre. Lo segundo era que echara un
vistazo y viera si él era el mejor hombre para emplumar su nido. Dado que era el
único hombre en el horizonte, suponía que Ninian estaría allí arriba tarde o
temprano en busca de la promesa de un título. En verdad, no podía culparla. Una
mujer debía tener un fuerte instinto de supervivencia en este mundo.
Con gusto, le ofrecería la comodidad de su cama. Por desgracia, no estaba
preparado para ofrecer más, a menos que satisficiera su necesidad.
El sonido de unos pasos femeninos en las escaleras del lado de afuera del
observatorio despertó su cerebro cansado, y sonrió. Las mujeres eran muy
predecibles.
Su sonrisa se desvaneció cuando Sarah entró, vistiendo solo una fina bata de
noche.
—Creí que estarías entreteniendo a nuestra invitada. —Ella apoyó la vela en el
borde del escritorio.
—Tu entrometimiento le ha hecho esto —dijo Drogo con frialdad.
Sarah levantó uno de los papeles y lo agitó.
—¿Mi intromisión ha provocado la inundación? —preguntó—. ¡Caray! Soy
mucho más poderosa de lo que creía.
—Sabes a lo que me refiero. De haber estado en su hogar, adonde pertenecía,
esos idiotas supersticiosos ahora no le darían la espalda. Poner ese maldito brebaje en
nuestras bebidas anoche tuvo que haber sido idea tuya. Si no dejas esas pociones
infernales...
—No seas ridículo, Drogo. —Sarah agitaba su abanico improvisado adelante y
atrás, mientras lo observaba por la parte superior, con una débil sonrisa—. Eres la
última persona en el mundo que necesita ayuda en ese aspecto. Solo has actuado
según tu propia fantasía.
En general, se daba cuenta de cuando Sarah mentía, y no veía prueba de ello
ahora. Sin embargo, si le creía a la maldita mujer, entonces no tenía a quién culpar
excepto a sí mismo por lo que había sucedido la noche anterior. Había tomado la
inocencia de una simple doncella, la despojó de su hogar, la arruinó a los ojos de sus
vecinos... por pura lujuria.
Si no había sido Sarah con sus pociones, entonces la bruja de la luna lo había

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

hechizado con el poder que ninguna otra mujer había tenido. Siempre era cuidadoso.
Nunca perdía el control hasta el punto de actuar ciegamente.
Tan ciegamente, que incluso ahora se negaba a investigar más la cuestión. No
deseaba saber qué lo había motivado. Sabía que la respuesta no le agradaría.
No podía permitir que Sarah supiera lo bajo que había caído. Si lo hiciera,
nunca más lo dejaría en paz. Drogo revolvió un cajón y sacó una vela nueva; la
encendió con la llama agonizante de la primera.
—Tengo trabajo que terminar. Debo regresar a Londres por la mañana.
¿Deseabas algo?
Ella ladeó la boca, pero lo observaba con más curiosidad que desilusión.
—Tu huésped aún está despierta. La oí llorar al pasar.
—Sabe dónde encontrarme si me necesita —respondió con brusquedad, y
regresó la atención a la hoja con números que estaba sobre el escritorio.
—¿Y si no te necesita? —inquirió Sarah en voz baja—. No me parece que sea de
las que son dependientes, como el resto de nosotras.
Se marchó, pero sus palabras lo fastidiaban en su ausencia. Drogo miraba con
furia los números de la hoja, pero yo no podía encontrarles sentido. Todos
necesitaban de él por una cosa u otra. La joven bruja no era una excepción, solo era
más testaruda que la mayoría.
Y más tentadora.
Corrió la silla arrastrándola y, cogiendo la vela, deambuló desde la torre hasta
el ala en la que Sarah había ubicado convenientemente a Ninian. Las mujeres siempre
acudían a él, no al revés. Nunca había perseguido a una mujer en su vida. No iba a
perseguir a esa. No obstante, estaba en deuda con ella por sus acciones en estado de
ebriedad. Tuvo que haber sido el vino.
Solo deseaba ver si se encontraba bien. En verdad, no tenía tiempo para una
amante. Sin embargo, parecía no poder evitar detenerse delante de su puerta.
Allí, de pie, podía oír sus sollozos. No tenía experiencia en tratar con los
ataques de nervios femeninos, pero no podía soportar escucharle llorar. Había estado
tan llena de luz y picardía el día anterior que ahora odiaba oír su dolor.
La noche anterior, ella lo había invitado. No veía una razón por la que debería
guardar decoro esa noche. Probó el picaporte y abrió la puerta.
Ella jadeó, como casi siempre lo hacía cuando él aparecía. Se preguntaba si en
verdad aparentaba ser tan aterrador, y solo Ninian con su inocencia era lo
suficientemente franca como para demostrarlo. Aunque no parecía aterrada. Asió la
sábana y se cubrió al sentarse; se veía lo bastante furiosa como para escupir clavos.
Bajo la luz parpadeante de la vela, él podía ver las vetas de humedad en sus mejillas,
pero estaba más interesado en la maraña de rizos dorados que caían sobre sus pechos
redondos.
—¿Qué desea, milord?
—Te he oído llorar —admitió con simpleza, sin más palabras que ofrecer. No
era un hombre particularmente amable ni compasivo. Comprendía ligeramente su
desilusión, pero no conocía otra solución más que el tiempo. Sin embargo, sabía

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cómo brindar consuelo físico y lo ofrecería con gusto, si lo aceptaba.


—Lloro cuando estoy triste. ¿Tú no?
Creyó que estaba siendo sarcástica, pero de todas maneras, pensó en la
pregunta. Por lo general, la lógica funcionaba mejor en situaciones emotivas.
—No —respondió por fin. En cualquier caso, no desde la niñez, pero no
necesitaba explicar eso—. Esperaba que vinieras a mí.
Bajo esa luz, no podía ver si sus ojos se abrían con sorpresa o enfado. Al menos
le había dado algo en que pensar y dejó de llorar.
—Me niego a ser una más de tu aquelarre —anunció con firmeza—. Puedes
matarme si lo deseas.
No era una hija de la luna, sino una típica mujer que utilizaba la irracionalidad
en lugar de la lógica. Drogo observó su expresión vehemente, suspiró con
desconcierto y apoyó la vela en la mesa. Era bueno que se marchara por la mañana.
—No fingiré comprender qué significa esto. Te dejaré. Buenas noches.
—¿No fingirás comprender qué es lo que ha traído muerte y destrucción a
Wystan? —exigió saber ella.
La miró por encima del hombro. Se veía muy hermosa con el rostro iluminado
por la luz de la vela, y su mentón desafiante inclinado con orgullo. Era una lástima
que la belleza escondiera una mente perturbada.
—La tormenta ha traído la destrucción —respondió con cautela.
—El arroyo no se había desbordado jamás de esa manera. Nunca antes había
fenecido. Pregúntale a tu administrador qué te oculta. Mi abuela siempre tenía razón.
Un Ives nos ha vuelto a arruinar.
Si viviera hasta los cien años, nunca olvidaría el encanto y la belleza de una
bruja de cabello dorado bañada por la luz de la vela, aunque fuera una lunática.
Completamente aturdido por su propia reacción como por la de ella, Drogo
asintió con la cabeza con cortesía y se marchó.

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Capítulo 12

Ninian despertó con la luz del día que entraba a raudales por las ventanas.
Durante un breve instante, abrigó la idea de que había soñado aquellos últimos días,
o quizá solo su extraño encuentro con lord Ives la noche anterior. Al tiempo que se
forzaba por salir de la cama en búsqueda de comida, a sabiendas de que ya no era en
su propio lecho donde dormía, aceptó a regañadientes que todo había sido muy real,
y ahora debía decidir qué hacer con el resto de su vida.
Podía regresar a su cabaña, criar gatos y plantar hierbas que nadie emplearía
nunca, y así convertirse en la anciana bruja que los aldeanos esperaban que se
volviera. Sola.
Incapaz de aceptar aquel futuro de abandono todavía, buscó a aquellas mujeres
en el mismo lugar que el día anterior, o al menos dos de ellas esperarían allí. Sarah
tenía un inmenso mamotreto atestado de polvo sobre la mesa frente a ella, en tanto
que Claudia se hallaba bordando el dobladillo de un camisón perteneciente a un
niño.
Sarah alzó la vista de la lectura e hizo un gesto en dirección a la silla que se
hallaba vacía.
—Drogo acaba de salir. Ha ido a rescatar a mi hermano Joseph de Newgate.
Sírvete un pastelillo. La mermelada es una delicia.
Sin estar segura de si sentir alivio o no por la noticia de la partida del conde,
Ninian tomó asiento en la silla que se le había indicado y aceptó una taza de té.
—¿Joseph? ¿Es un Ives? —Según la leyenda, debía tenerse cuidado con ellos.
¿Cuántos eran?
Sarah sonrió.
—Un Ives bastardo, pero todos crecimos juntos.
Ninian no tenía la certeza de hallarse preparada para tanta información relativa
a la inmoralidad de los estratos sociales más elevados. Untó un pastelillo con
mantequilla para evitar discurrir nada con demasiada profundidad. El dolor se
hallaba solo a un pensamiento de distancia.
—¿Puedo preguntar cuántos son? —Quizá pudiera hacerse de datos suficientes
como para mantenerse informada. En verdad, si supiera más acerca de aquella gente,
tal vez no les temería tanto. Ante el recuerdo de su diatriba contra el conde la noche
anterior, volvió a pensar. Quizá sí debería sentir miedo. No tenía la certeza de que
sacaran a la luz lo mejor de ella.
Sarah arrugó el entrecejo, pensativa.
—Bueno, Drogo es el mayor de los hijos legítimos, por supuesto, dado que ha
heredado los títulos de su padre. Dunstan es quien le sigue. Él se encarga de

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administrar la finca Ives. Ewen es el tercero. Creo que debió ser en ese momento
cuando la pobre lady Ives decidió que no podía dar un cuarto niño a luz y le negó al
difunto conde el acceso a su lecho. No estoy del todo segura de la causa ni de sus
efectos, comprenderás, ya que Drogo y yo no tenemos el mismo padre y yo era
apenas una niña cuando el difunto conde y mi madre se conocieron.
Sarah empujó el plato de pastelillos hacia Ninian.
—Sírvete otro, querida. Debes mantenerte fuerte si has de convertirte en
condesa de Ives y dar a luz al próximo heredero.
Sarah ni siquiera tomó aire tras aquel extraño anuncio y continuó el camino de
sus propios pensamientos.
—Los hombres Ives gozan de mala reputación por ser prolíficos. No hay ni dos
años de diferencia entre Drogo y cada uno de sus hermanos, y mi madre le dio al
conde otros tres niños después de que pusieran la casa. Mis hermanos son todos
bastardos, por supuesto, pero Drogo los mantiene. No podría hacer menos
considerando que crecieron en el mismo hogar.
Aparentemente, Sarah sabía cómo terminar una oración cuando esta se refería a
la familia. Sacudida por el torrente de palabras de Sarah y por la tensión provocada
al reprimir sus histéricos pensamientos, Ninian bebió a sorbos su té y observó a su
anfitriona con cautela.
—Ya veo. Por supuesto, habrá caído en la cuenta de que mi apellido es
Malcolm. —Aquello tuvo para Ninian tanto sentido como, al parecer, el parloteo de
Sarah había tenido para sí misma.
—Oh, sí, Drogo lo mencionó. Tengo la certeza de que el fantasma Malcolm se
sentirá gratificado al saber que un miembro de su familia morará el Castillo Malcolm
nuevamente. Aunque... —Sarah arrugó levemente el entrecejo—. Drogo nunca será
capaz de permanecer aquí durante mucho tiempo. Estoy segura de que deseará
presentarte a la familia, y se toma su lugar en el Parlamento con mucha seriedad.
Ninian sonrió y mordisqueó su pastelillo, al tiempo que se preguntaba si
Claudia se uniría a aquella idiotez.
—Usted no parece comprender —contestó Ninian con recato, deseando enviar a
las dos al infierno—. Los Malcolm solo dan a luz a brujas. Mujeres —aclaró, puesto
que no quería que existiera duda alguna de que nunca traería al mundo a un
heredero Ives, lo quisieran o no.
Lady Twane emitió un suave chirrido ante aquel anuncio. Sarah solo se encogió
de hombros.
—Bueno, eso debería contribuir a procurarnos algo de instructivo
entretenimiento de aquí a nueve meses, aunque no interesa. Drogo contraerá
matrimonio contigo una vez que determine que estás embarazada. Cree que no
puede tener niños.
¿Y Sarah había pensado en proveerle uno? Qué considerado de su parte.
Entonces se oyó un grito de dolor desde las habitaciones superiores y en ese
mismo instante se hizo presente un sirviente para anunciar que lady Lydie parecía
hallarse de parto.

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Tan pronto como se levantó de la mesa, Ninian aceptó que ahora que el conde
había partido, no tenía que irse aún. Necesitaban de su don allí, aun si quienes
habitaban aquel castillo estuvieran todos bastante locos.

Drogo bajó el telescopio con indignación. La niebla a la altura del Támesis y el


humo de mil chimeneas nublaban toda visión del cielo nocturno, sin que importara
cómo de alto se dirigiera en aquel renqueante edificio al que llamaba hogar.
Casi extrañaba el castillo medio en ruinas en el norte. Al menos allí había
podido completar sus cálculos y verificar sus resultados cuando las noches eran
claras. En Londres, no existían las noches claras.
En Londres, no existían las brujas lunáticas.
Maldiciendo su incapacidad para borrar a Ninian de su mente, Drogo comenzó
a bajar las escaleras del ático. La vieja residencia urbana parecía vacía aquellos días
con Dunstan casado y viviendo en el campo, con Ewen en el norte fundiendo hierro y
sus hermanastros todos en el instituto, estudiando.
En teoría. Drogo arrugó el entrecejo al notar a Joseph rezagado entre las
sombras del corredor inferior.
—Pensé que te había enviado de regreso a Oxford.
Con sus veinte años, su desproporcionada altura y una tendencia mayor a la del
resto de sus hermanos a vivir en el interior de su cabeza, Joseph nunca encajó del
todo en ninguna parte. Tenía todavía la apariencia de un joven desgarbado dotado de
manos y pies demasiado grandes para el resto de su humanidad, pero Drogo sabía
que no debía subestimar su inteligencia.
—No quiero convertirme en sacerdote —declaró con hosquedad—. No me
importa que me hayas dejado abiertas las puertas de Ives. No me gusta la gente.
Con un gruñido interior, Drogo entró en su salón privado y lanzó más carbón al
fuego que estaba extinguiéndose. Para ser mayo, todavía había humedad.
—De acuerdo. No te conviertas en sacerdote. Padece hambre si es lo que
quieres. O búscate una esposa acaudalada.
—No consigo comprender por qué no puedo ganarme la vida como arquitecto.
Como si fuera a heredar el título —dijo Joseph con resentimiento, dejándose caer en
un sillón de orejas.
Drogo puso los ojos en blanco ante el mayor de sus hermanos bastardos. En ese
momento, Joseph había elegido imitarlo al rehusar utilizar polvo para el cabello y
pelucas y andar en levitas sin ornamentos. Aquello era al menos conveniente para el
presupuesto familiar, aunque Drogo sospechaba que su informal atavío era resultado
en realidad de que su hermano hubiera empeñado sus prendas de vestir más
costosas para financiar el experimento de recuento de cartas que lo había llevado a
Newgate.
—No podrás efectuar retiros —respondió Drogo de manera concisa, al tiempo
que tomaba asiento en su escritorio, en el que los libros de la finca habían acumulado
polvo en su ausencia—. Tendrás graves dificultades intentando ganarte el sustento

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sobre la base de ideas que no puedes exponer.


—Puedo aprender —dijo Joseph entre dientes—. Simplemente no he tenido al
maestro adecuado.
A fin de cultivar su paciencia, Drogo dibujó en su monte la imagen de su torre
en el castillo, completada por cielos de terciopelo, estrellas titilantes y Ninian
brillando en dorada desnudez debajo de ellos. Aun si no podía visitar el paraíso de
verdad, sus pensamientos servían a aquel propósito mejor que la realidad, puesto
que en su cabeza la mente de Ninian podía contar con el mismo brillo que su cuerpo.
Aquel pensamiento le permitió relajarse lo suficiente como para no sucumbir a
su primer impulso de estrangular a su hermanastro.
—Pues entonces ve al instituto mientras buscas al maestro adecuado.
Renunciando a los cálculos que se hallaban sobre el escritorio frente a él, apoyó
sus botas sobre el abollado guardafuego del hogar, abrió el cajón para extraer de él
un puñado de dulces y no le dio a Joseph ninguno. Drogo tragó uno y se entretuvo
con la imagen de Ninian durante un tiempo más. ¿Era realmente tan supersticiosa
como para creerlo el demonio? Si regresara a Wystan, ¿estaría aún enfadada con él y
se negaría a yacer en su lecho? ¿O acaso su impredecible humor habría cambiado
como para preferir intentar convertirse en condesa?
Joseph se hundió más profundo en su silla.
—Nuestro padre debería haberse detenido cuando todavía llevaba ventaja.
Somos demasiados y no hay suficiente dinero para vivir. No sé por qué permites que
Dunstan se quede con la finca.
—Porque le encanta trabajar la tierra y porque es mi heredero. Algún día tendrá
hijos que heredarán esas tierras. Tiene sentido para mí.
—¿Cómo sabes que yo no sería bueno trabajando la tierra? —murmuró Joseph
con rebeldía.
—Porque has sido criado en la ciudad y no sabes distinguir una oveja de otra.
¿Cómo sabes que no disfrutarías el sacerdocio?
—¿Por qué Ewen y Dunstan se quedaron en el campo con tu madre y tú no lo
has hecho? —replicó.
Drogo suspiró. Joseph no tenía más de cinco años cuando su padre falleció. Sin
ser demasiado inquisitivo, había aceptado sus erráticos lazos familiares. Drogo
supuso que era tiempo de que su hermano comenzara a cuestionarlos. Le arrojó una
nuez del surtido, que Joseph no alcanzó.
—Ese fue el acuerdo de separación que autorizaron los tribunales. Mi padre se
quedaba con su heredero y mi madre podía criar a Dunstan y a Ewen. Le permitieron
residir en una de las granjas más pequeñas siempre que no viniera a Londres ni
interfiriera con mi padre y tu madre. Sucede todo el tiempo. Recuérdalo cuando
llegue el momento en el que debas pensar en el matrimonio. —Drogó relató los
hechos con calma, sin traer a la memoria el desgarrador dolor del recuerdo.
—¡Nunca! —respondió Joseph con vehemencia—. No permitiré que ninguna
arpía me clave las garras. Puede que no sea como tú, pero no estoy tan desorientado
como para cargar con mujeres que gimotean, mocosos pegajosos y tribunales que

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demanden cada centavo que gano.


—No has ganado ninguno —observó Drogo con ironía—. ¿Te has decidido por
el ejército o por el sacerdocio?
Joseph arrugó el entrecejo.
—¿Son esas mis únicas alternativas?
—Bueno, podríamos colocarte de aprendiz con un abogado. Solo piensa en todo
el dinero que podrías quitarnos dedicándote a redactar acuerdos matrimoniales.
—Y acuerdos de separación. —Joseph buscó con tristeza la nuez que no había
podido coger entre los pliegos de su abrigo. Suspiró al encontrarla y se la llevó a la
boca—. Podría intentar ser abogado entonces. Prefiero volverme rico en el
aburrimiento a que me disparen en el campo de batalla.
—He ahí una elección inteligente. Haré los arreglos necesarios. —Aliviado
porque esa última crisis no había desatado las usuales rabietas, Drogo regresó a sus
libros.
—Qué bueno que nunca te hayas casado, Ives —dijo Joseph alargando las
palabras y poniéndose de pie—. Una mujer nos arrojaría a todos a la calle o correría a
casa con su madre.
—Que Dios no lo permita —coincidió Drogo con fervor—. Tengo suficiente a mi
cargo. ¿Puedes imaginar cómo sería todo en la próxima generación si tuviera mi
propia prole más los bastardos que el resto de vosotros pudiera engendrar?
Al ser reconocido de ese modo como lo suficientemente adulto como para criar
bastardos, Joseph se animó.
—¿Puedes imaginar lo que sucedería si un Ives diera a luz a una niña?
—Está Sarah —señaló Drogo, aunque en realidad no podía considerársela
pariente consanguíneo. Sin embargo, Sarah había crecido entre los Ives y se las
habían arreglado muy bien. Drogo se estremeció ante el recuerdo de la última
travesura de ésta e hizo a un lado aquel pensamiento.
Quizá Dios no le había dado niños porque ya contaba con una familia llena de
ellos.

Malhumorada, Ninian hundió sus dedos en el fango muerto a un lado del


arroyo. Ninguna medida de abono o cenizas había logrado devolverle vida vegetal a
la sección que fluía en las cercanías del Castillo Wystan. Las orillas se hallaban tan
áridas y cubiertas de barro como con posterioridad a la inundación.
La tormenta había destruido el filtro del conde. Habían transcurrido casi dos
meses y no regresaba a reconstruirlo. ¿Qué esperaba? ¿Que el demonio reparara su
crueldad?
¿O que estuviera deseando verla nuevamente tanto como ella imploraba su
presencia?
Sabiendo que no le convenía albergar aquellos pensamientos, Ninian se dirigió
corriente arriba en búsqueda del liquen que había descubierto junto a una sección de
agua que fluía mucho más rápido.

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—Casi con seguridad, el castillo era la dote de una mujer Malcolm —argumentó
Sarah pisando con cautela a un lado de Ninian—. No sé leer bien el lenguaje legal
antiguo, pero es lo que dicen los libros de cuentas, en mi opinión.
—Eso no quiere decir que el fantasma sea Malcolm, o que proteste por algún
imaginario mal que se haya perpetrado.
Sin mostrarse comprensiva, Ninian se inclinó para extraer una raíz que
necesitaba para su derruido jardín. No le había dicho nada a Sarah acerca del libro de
cuentos de su abuela. A pesar de los estragos que la tormenta había causado, se
negaba a creer que hubiese sido ella en persona quien había suscitado la leyenda de
acuerdo con la cual los Ives y las Malcolm habían destruido un lugar que obviamente
habían amado, y aparentemente perdido. Sin duda, la verdadera historia se había
extraviado en la noche de los tiempos.
—Los aldeanos así lo creen —expresó Sarah triunfal—. Creen que tú eres una
bruja y que has seguido el camino del Malcolm que expulsó a los Ives de Wystan.
—Ojalá fuera usted una Ives, y así pudiera hacer lo mismo —murmuró Ninian.
—No lo dices en serio. Soy quien les devolverá la paz y la felicidad a ambas
familias —declaró Sarah alegremente—. Sabía que las estrellas y los planetas tenían
algún propósito al dirigirme hacia aquí y lo he encontrado. Tu le darás a Drogo el
niño que desea y ambos le devolveréis la prosperidad a Wystan.
—¿Y Drogo le brindará libertad económica a cambio? —preguntó Ninian con
cinismo, que ya conocía cuál era su queja más frecuente.
—O tú lo harás —respondió con seguridad—. ¿Qué puede ofrecerte este lugar?
Nada. Pero como condesa de Ives... —Entonces se encogió de hombros de un modo
característico.
—Una Malcolm no puede contraer matrimonio con un Ives —expresó Ninian
de modo terminante—. Y yo pertenezco a este lugar. Soy una sanadora, no una
condesa. —Ninian percibió la desesperación oculta detrás de las animadas palabras
de Sarah, pero sus dones no se prestaban a sanar heridas de carácter emocional.
Posiblemente su don no curara tales heridas, pero había salvado a la bebé de
Lydie, tanto del parto como de los planes de Sarah de ofrecerla en adopción. A
cambio del alivio temporal de su soledad que le ofrecían los habitantes de aquel
castillo, Ninian dejó a Sarah tejer sus vanas fantasías acerca de las Malcolm y de los
Ives. Valiéndose de la niñita de Lydie como excusa para permanecer donde sentía
que la necesitaban, no tenía que enfrentarse al desprecio de los aldeanos aún.
Se dirigió camino al jardín del castillo que había estado cultivando. Las
secciones que había regado la lluvia estaban floreciendo. Las plantas que habían
recibido agua del arroyo habían muerto en su totalidad.
—A Lydie no le estás haciendo ningún favor —expresó Sarah a modo de
regañina al tiempo que Ninian se detenía a admirar un helecho.
—Y usted es una bruja más entrometida y manipuladora de lo que mi abuela
haya sido nunca. —Ninian aflojó con delicadeza la raíz del helecho del suelo y la
colocó en su canasta.
—Solo estoy intentando ayudar —protestó Sarah—. Lydie no se ha desposado y

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solo tiene dieciséis años. Su familia no puede presentarla en sociedad con un niño en
brazos. Están diciéndole a todos que se encuentra en Escocia visitando amigos. En
unas semanas, podrá regresar a su hogar y hallar un buen marido.
—Un marido acaudalado, querrá decir. —Ninian levantó a un gatito del hueco
que acababa de cavar y frotó su peludo rostro contra el suyo. Los gatos la seguían
tanto como Sarah. Ninian adoraba la facilidad con la que demostraban aceptación.
Eran criaturas egoístas que solo necesitaban que las alimentaran—. Esa debería ser
decisión de Lydie, no suya.
—Lydie es joven y demasiado estúpida como para saber qué le conviene.
Ningún hombre la aceptará con un bastardo. Puede quedarse con la niña y padecer
hambre en las calles, o puede brindarle un buen hogar y comenzar una nueva vida
para ella, una vida segura, con un hombre que pueda llegar a amarla.
Ninian se sentó sobre sus talones y se limpió la suciedad de las manos.
—Los hombres no son la solución para todo. ¿Acaso lord Ives amenaza con
echarla del castillo?
Sarah se encogió de hombros.
—Drogo nunca amenaza a nadie. Pero sus padres pueden ocasionar un
escándalo si descubren que está protegiéndola.
Ninian levantó la cabeza para mirarla.
—¿Y usted hará lo que sea para proteger a Drogo?
Sarah pareció enfadada.
—Ves demasiado. Ahora date prisa. Puede que Claudia ya haya encontrado ese
volumen de la historia familiar.
Ninian nunca señaló que, si poseía algún don para ver, no le había ayudado con
el pueblo. Lord Ives había enviado el dinero y las herramientas para la
reconstrucción, pero los aldeanos continuaban dándole la espalda, el arroyo
continuaba haciendo daño y no se hallaba cerca de solucionar ninguno de sus
problemas. Era ciertamente un fracaso como bruja.
Sin embargo, en los últimos tiempos había tenido motivos para sospechar que
tenía mucho más éxito con algunas cosas que con otras. Habían transcurrido dos
meses desde su noche con lord Ives.
Su abuela había dicho siempre que las mujeres Malcolm eran fértiles.

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Capítulo 13

Agosto, 1750

Mareada, Ninian se aferró a la repisa de macetas y apartó de su mente las


palabras de Lydie mientras se concentraba en mantenerse erguida. Le temblaban las
rodillas. No podía mover las piernas.
Lydie le colocó un taburete debajo del cuerpo.
—Así me golpeé también. Tuve miedo de ponerme de pie durante una semana.
Con el corazón palpitándole, Ninian se desplomó en el taburete sin registrar
nada de lo que Lydie le decía. Habían transcurrido tres meses y el conde no había
regresado. Ya no podía esperar más. Tendría que resolver sus problemas por su
cuenta. Tendría que ignorar la histeria de Sarah ante la idea de abandonar el castillo.
Aquellas mujeres le habían brindado consuelo cuando necesitó amigos, pero Ninian
sabía cual era su función. Era tiempo de regresar al pueblo, la quisieran allí o no.
—Llamaré a Sarah —dijo Lydie sin aliento—. Quería saberlo tan pronto
sintieras al niño en el vientre. Hay muchas mujeres que pierden a su bebé durante los
primeros meses.
En cuanto Lydie se marchó, Ninian descansó la cabeza sobre las rodillas, tal
como su abuela le había enseñado. La sensación de mareo se desvaneció, para ser
reemplazada por aquello que había tratado de negar.
Lord Ives la había poseído y le había quitado todo lo que ella poseía a cambio.
La dejó con algo mucho más peligroso: su hijo.
Ninian llevaba en su interior al hijo de un Ives, de un conde, de un hombre que
apenas conocía. Al engendrar aquel bebé, Ninian había perdido el respeto del pueblo
y la única vida que había querido. ¿Acaso la concepción de aquella alma inocente en
su matriz había causado la ruina de Wystan?
¿Cómo criaría a un hijo que todos a su alrededor despreciarían?
—Ninian, ¿te encuentras bien?
La pregunta de Sarah pareció provenir de la distancia, pero Ninian se las
arregló para asentir con la cabeza. Quizá crearía su propio pueblo de mujeres solteras
y se llevaría a Lydie y a su bebé a casa para que no estuviera sola.
Pero no había posibilidades. Sarah tenía planes para todos. Ninian tendría que
escapar antes de que se tensara la red. No renunciaría a su hijo.
Aferrándose al brazo de Lydie, Ninian se puso de pie. La cabeza todavía le daba
vueltas, pero no mucho. Aquel malestar matutino le había quitado gran parte de su
fuerza, pero no duraría mucho tiempo más. Se sentiría lo suficientemente bien como
para regresar a su cabaña cualquier día. A su casa vacía.

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Antes de retornar, se aseguraría de que Lydie estuviera a salvo.


—¿No ha sabido nada del padre de su bebé? —preguntó a Lydie.
—Su padre es un lacayo —respondió Sarah con desprecio—. El niño pertenece a
los campesinos, a pesar del estúpido sentimentalismo de Lydie.
—Quiero quedarme con él —protestó Lydie—. Es todo lo que tengo que
realmente me pertenece.
Sarah se encogió de hombros.
—Pues entonces te deseo suerte cuando debas hallar un empleo para
mantenerle. —Sarah entrecerró los ojos al volverse hacia Ninian—. Estás pálida. Ven
adentro donde esté fresco. No permitiré que pierdas al hijo de Drogo.
Ante aquel descarado anuncio de todo lo que temía, Ninian contempló
consternada las insulsas facciones de Sarah hasta que su imagen se estrechó y casi
desapareció por completo. Tambaleándose, aceptó que Lydie le guiara hacia la
frescura de la cocina. ¿Hacía cuánto que lo sabían?
—Le he escrito a Drogo —expresó Sarah plácidamente.
Ninian se tambaleó ante aquel nuevo golpe. ¿Se lo había dicho al conde?
Aferrándose a la mesa, se sentó.
Como si con ello no estuviera haciendo explotar otra bala de cañón, Sarah
continuó:
—Se supone que regresará a buscarte en uno o dos días.
¿A buscarla? ¿El conde? ¡Que la Virgen le amparara!
El jadeo de Ninian finalmente atrajo la ensimismada atención de Sarah.
—¿Pensaste que no lo habíamos notado? —preguntó—. No has tenido la regla
desde que llegaste y tu esfuerzo por vomitar es difícil de enmascarar. Además, las
estrellas decían que tú tendrías su hijo. —Con satisfacción, Sarah le dio a Ninian una
taza de té—. Puedo ayudarte a lograr algo de refinamiento urbano y así, Drogo ya no
podrá llamarme buena para nada. Tendrá que pagarme si soy tu dama de compañía,
y entonces no tendré que vivir con mi madre ni contraer matrimonio con alguien con
quien no deseo hacerlo.
El resto de las palabras de Sarah se transformaron en un zumbido distante en
sus oídos. El conde lo sabía. Cualquier día de esos regresaría.
Pero no podía llevársela. Ninian no podía dejar Wystan. Especialmente ahora.
Creyó sentir al fantasma aullar con aquel pensamiento.

¿Estaba leyendo bien? ¿Podía ser verdad?


Drogo volvió a leer con dificultad la carta ilegible y llena de tachaduras de
Sarah. La arrojó sobre el escritorio y se dirigió irritado hacia la ventana para
contemplar la niebla nocturna de Londres. Se llevó las manos a los bolsillos de la
chaqueta y cerró los puños. Apretó entonces los dientes y batalló con el desenfreno
que aporreaba las paredes cubiertas de cicatrices de su corazón.
Tenía que haberla malinterpretado. Sarah haría cualquier cosa para irse de casa
de su madre. O había ideado una nueva intriga para ajustar cuentas con él por haber

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desatado la cólera de su progenitora. Sarah y él habían buscado vengarse el uno del


otro durante largo tiempo.
Pero Drogo sabía que detrás de su grandilocuencia, Sarah solo buscaba su
aprobación.
El terror se introdujo deslizándose a través de una grieta en sus defensas que
hasta ese entonces desconocía. Debió de haber malinterpretado la ilegible caligrafía
de Sarah. Necesitaba releerla, evitar que defraudaran sus esperanzas una vez más.
Apenas había podido sobrevivir a lo ocurrido el año anterior cuando la ramera
mentirosa que había llevado a la cama alegó estar encinta de su hijo.
Joseph hizo su entrada despreocupado, seguido por su hermano menor, David
—el segundo integrante de su bíblico trío de hermanastros—. Drogo deseaba que su
madrastra controlara a sus hijos de manera más estricta, pero esta ni siquiera había
insistido en que David concluyera sus estudios tras expulsarlo por haber
desenterrado un baño romano debajo de la casa del rector. Drogo debió comprarle al
hombre una nueva después de que la anterior inundara el interior del sótano.
—Hay una nueva orquesta en Vauxhall —sugirió David esperanzado.
Drogo no pudo emerger de su confusión para responder. La carta escrita por
Sarah parecía volverse más grande y exigente cuanto más tiempo era el que la dejaba
allí.
—¿Puedo quedarme con el estandarte de caballería que Joseph no quiere?
David nunca había sido tan despreocupado como Joseph. Siempre había
peleado por atraer la atención en la apoteósica agitación del hogar Ives, y había
aprendido a hacerlo bien. Con sus dieciocho años, era más alto y ancho que Joseph, y
llegaba a las manos con mayor rapidez.
Drogo tendría que dejar solos a sus hermanos si regresaba a Wystan.
Pero el terror que emergía en su alma no estaba en absoluto ligado a sus
hermanos. Se volvió y cogió la carta de Sarah.
—Puedes unirte a la caballería una vez que hayas completado tu educación —
contestó distraídamente, con la mirada fija en el papel que tenía entre las manos. ¿Era
eso una «m» o una mancha de tinta delante de «adre»? ¿«Ninian, madre»? ¿Acaso
estaba diciéndole que Ninian había adoptado al niño de Lydie?
—¿No es esa la carta de Sarah? ¿No regresa a casa aún? —Joseph se paseaba
alrededor de Drogo intentando mirar por encima de su hombro—. Nunca aprendió a
escribir correctamente.
Tal vez era eso. Quizá había escrito mal otra palabra y el resultado había sido
«niño». ¿Qué había querido decir allí? ¿«Piño»?
—No tiene ningún sentido que vaya a Oxford si me uno a la caballería —
protestó David mientras andaba de un lado para otro del estudio—. Solo necesito
saber cómo ensillar un caballo y apuntar un mosquete.
—Y lucir bien con el uniforme —agregó Joseph con sarcasmo, quien se dio por
vencido con la carta y ahora se hallaba sirviéndose dulces del escritorio de Drogo.
—Pues serás ascendido rápidamente si puedes al menos escribir una carta
mejor que tu hermana —pronunció Drogo entre dientes al tiempo que se desplomaba

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en la silla y se las arreglaba con otra oración. ¿Que habían hecho qué cosa?
¿Mantenían a Ninian capturada? Eso no tenía sentido. Drogó se estremeció al pensar
en ello. ¿Qué sonaba como «capturada»? O se parecía. ¿«Ca»? ¿«Capi»? «Tara».
«Tana». Capitana. ¿Era Ninian la capitana?
—Las mujeres no necesitan escribir —declaró David con desdén—. Nunca ha
recibido ninguna educación. Yo sabía escribir mejor cuando usaba andadores.
—Nunca has usado andadores —Joseph se desplomó en una silla tal como lo
había hecho Drogo—. Hacías lo que querías todo el tiempo.
—No más que Paul —objetó David—. A él había que castigarlo con la palmeta.
—Callaos los dos. —Drogo apoyó la carta con violencia y se puso de pie—.
Traeré a Sarah de regreso de Wystan. Posiblemente tengamos invitados. Decidle a
Jarvis que prepare habitaciones. Y decidle a vuestra condenada madre que pagaré su
viaje a Escocia si parte antes de pasado mañana. —Entonces se dirigió hacia la
puerta.
Debajo de sus rizos oscuros y casi idénticos, Joseph y David se miraron
sorprendidos. Hasta donde sabían, Drogo nunca antes había ofrecido enviar a su
entrometida madre fuera de la ciudad. Sarah siempre se quedaba con ella.
Una gran convulsión iba a tener lugar en el seno de la familia Ives.

Maldiciendo su estupidez, maldiciendo a Sarah, maldiciendo a los holgazanes


caballos que había alquilado en la última casa de postas e instándolos a acelerar el
paso, Drogo marchó con su carruaje a toda velocidad a través de la noche.
Su aterrado cochero hacía tiempo que se había retirado al interior con una
petaca de ginebra. El vaivén y las sacudidas del pesado carruaje habían estado a
punto de arrojar a aquel hombre de su asiento más de una vez.
Drogo no extrañaba su compañía. Sus intrincados pensamientos le proveían de
suficiente entretenimiento.
Se había dado por vencido con la carta de Sarah. La única manera en la que
podía establecer cuál era la verdad para sentirse satisfecho era estar frente a aquellas
mujeres personalmente. Drogo sabía que Sarah podía mirarlo a los ojos y relatarle
alegremente libros enteros repletos de mentiras. Esperaba que aquella pequeña
lunática fuera menos sofisticada.
Aguardaba mucho más que eso.
Al tiempo que transcurría la noche y el cansancio comenzaba a aparecer, Drogo
no podía creer que no solo tenía la capacidad para acallar sus esperanzas sino que
además, de hecho, mostraría interés.
Había hablado en serio cuando se dirigió a Joseph. El matrimonio no era para
él. Había pensado en ello bastante antes de que Dunstan decidiera casarse. Para
entonces, se volvió morbosamente claro que no había engendrado ni un solo
bastardo con ninguna de las mujeres que habían pasado por su lecho. Contraer
matrimonio por cualquier motivo que no fuera el de engendrar herederos carecía de
todo propósito. Su familia era prueba suficiente de que los Ives no servían para la

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

monogamia, de que el amor no existía y de que los hijos se hallaban por demás
sobrestimados, o eso se había dicho a sí mismo.
No necesitaba una esposa. No necesitaba un heredero.
¿Pero qué sucedería si finalmente, después de todos aquellos años, había
engendrado uno?

—¡Eso es imposible! —estalló Drogo mientras las tres arpías hablaban excitadas
al mismo tiempo.
—¡Eso es imposible! —declaró tiempo más tarde mientras arrinconaba a Ninian
en la privacidad de su habitación y contemplaba su cintura todavía delgada. Una
proliferación de frondas en la ventana detrás de ella desdibujaba las líneas de su
silueta. ¿Frondas?
En lugar de estallar de ira tal como era su derecho —es más, Sarah la había
encerrado para evitar que escapara—, la bruja de cabellos dorados se golpeó
suavemente los labios con uno de sus dedos y contempló a Drogo como si se tratara
de un niño de escuela especialmente recalcitrante.
—Pues bien, como naturalista que eres, debes saber que no es imposible. Los
bebés son resultado de lo que hicimos.
Drogo alzó sus brazos exasperado y se movió como un huracán a través de las
sombras de la habitación. Ninian había descorrido las cortinas para permitir el
ingreso del exiguo sol a través de ventanas divididas con parteluz, pero no existía luz
suficiente en el mundo para iluminar aquel desastre.
—¡Lo que hicimos no es nada que no haya hecho diez mil veces antes y no he
concebido bebé alguno!
Curiosamente, Ninian ni siquiera se perturbó ante su beligerancia.
—Si dices que es imposible luego de una sola noche... ¿Diez mil? —lo inquirió,
divertida ante aquella declaración—. Pues bien, puede que tengas razón en que es
inusual luego de una sola noche, si la luna no se hallaba en la fase correcta, pero
lamentablemente, lo estaba. No es que espere que lo creas —agregó afable.
Drogo giró sobre sus talones.
—Qué conveniente. —Podía jurar que el helecho envolvía sus hombros con una
fronda para protegerla.
Ninian ignoró aquel ácido comentario y continuó con su lista.
—Supongo que podría haberme dirigido al pueblo y seducido allí a cualquier
hombre después de que te marcharas, lo que haría poco probable que el niño
fuera tu hijo, pero, aun así, no diría que un niño es imposible.
—No puedo tener hijos —dijo Drogo de manera terminante.
Ninian no mostró compasión alguna.
—En fin, como no he estado con ningún hombre que no seas tú y
definitivamente estoy experimentando todos los síntomas de embarazo que conoce
una mujer, o has sido mal informado, o engañado, o no te esforzaste lo suficiente.
¿Diez mil veces? —repitió maravillada. Al tiempo que sacudía su cabeza, continuó—:

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

¿O preferirías creer que soy la víctima de la segunda Inmaculada Concepción?


Drogo sentía deseos de estrangularla. Había pasado por aquello antes, había
permitido que sus esperanzas se incrementaran. Se había columpiado en alegres arco
iris a gran altura y con desenfreno, para que luego emergieran las nubes por debajo
de él. Esta vez no podía imaginarse cómo otro podría haberla dejado embarazada.
Ninian actuó con inocencia cuando él la había hecho suya, de ello no tenía dudas. Y
por lo que sabía de ella, no se habría acostado con ningún otro hombre. Debía haber
algún otro truco.
—He conocido mujeres que alegan hallarse embarazadas y que luego pierden al
niño de manera misteriosa justo después de haber obtenido lo que querían.
Ofendida, Ninian se puso rígida y le dirigió una mirada de odio.
—Yo no quiero nada. No soy quien te escribió. Pero si es de mi palabra de la
que dudas, con gusto vomitaré el contenido de mi estómago sobre ti tantas mañanas
como se requieran para convencerte.
Sacudido por sus opuestos razonamientos, Drogo se quedó perplejo ante su
seguridad. Le había creído a una inocentona, una muchacha de agradable
ingenuidad con estados de ánimo que no podían predecirse. Ninian no parecía tan
simple ahora, aunque actuaba de un modo definitivamente extraño.
Contempló su estómago, algo turbado. Notó con ironía que no se había vestido
para la ocasión. Llevaba su usual delantal lleno de Dios sabe qué plantas y hojas
secas y un rústico y abultado vestido que nada revelaba. ¿Quizá su cintura estuviera
algo más ancha? ¿Sus pechos habían tensado siempre las costuras del canesú?
—Haré que te examine un médico cuando lleguemos a Londres —decidió con
frialdad. No veía otra alternativa. Tendría que continuar con la farsa de Sarah hasta
que se agotara. No podía prever que ello fuera a causarle un daño real a nada,
excepto por su ya hastiado cinismo.
Ninian elevó sus delicadas y arqueadas cejas.
—¿Londres? No lo creo. Mi hijo nacerá aquí. Los Malcolms no podemos dar a
luz de manera segura en ningún otro lugar que no sea Wystan.
—Esos son un montón de disparates supersticiosos —expresó con desprecio,
sintiéndose finalmente en terreno más seguro—. Si el niño es mío, tal como alegas,
contraeremos matrimonio en una iglesia, en Londres, con amigos y familiares como
testigos. El niño será un Ives, no un Malcolm.
—El nombre del padre no tiene nada que ver con este asunto. —Ahora que se
había salido con la suya, juntaba sus manos para luego soltarlas. Luego, se volvió
hacia la ventana adornada de plantas—. Le prometí a mi abuela que no dejaría
Wystan, y en modo alguno contraeré matrimonio con un Ives.
Una vez más, Drogo cuestionó su salud mental. Acababa de proponerle
matrimonio y estaba bastante seguro de que había rechazado su oferta. Quizá era su
manera de negociar.
Había vigilado a un montón de hermanos revoltosos sin perder la paciencia. La
lógica y la razón siempre prevalecieron sobre las emociones. Respiró hondo y contó
estrellas en su cabeza.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Mientras se calmaba, percibió delicadas flores de color púrpura en las plantas


que Ninian tocaba. ¿Cómo lograba que las plantas florecieran con aquella luz?
Sacudiendo la cabeza, Drogo regresó al foco de su atención. Si existía alguna
posibilidad de que Ninian llevara en su vientre a su heredero, debía hacer que lo
verificara un médico reputado inmediatamente. Haría todo lo que fuera necesario
para lograrlo.
—No puedes dar a luz a un hijo sola —dijo en búsqueda de una apertura en sus
defensas—. ¿Tienes otros familiares a quienes acudir?
Drogo supuso que, si aquello terminaba en matrimonio, debía saber a quién
invitar. La idea de contraer matrimonio con una lunática, de hallarse posiblemente
emparentado con una familia de trastornados, lo hada vacilar. Pero se había
prometido no hacer lo que había hecho su padre. Cualquier hijo que tuviera llevaría
su nombre, sin importar quién fuera su madre.
—Mis tías —respondió Ninian de manera despreocupada—. Pero no las
necesito. Estaré bien aquí. Cuento con un fondo de fideicomiso.
—Si contraemos matrimonio, tendrás más que un fondo de fideicomiso —la
embaucó sin piedad—. Puedes tener todo el Castillo Wystan y más. Pero debes venir
a Londres primero.
—No —respondió Ninian suavemente—. No puedo.
Drogo llevaba días sin dormir, había desgastado los extremos desgarrados de la
esperanza y la desesperación hasta consumirlos, y su paciencia poco a poco daba
lugar a su terquedad.
—No podemos contraer matrimonio aquí. No hay iglesia.
—Yo no necesito un esposo —expresó con indiferencia—. Supongo que debías
saber que concebimos una criatura. —Ninian dudó y luego continuó con gran
reticencia—. Y supongo que no podré discutir si insistes en darle un nombre, porque
sería en su propio beneficio. Pero no podría ser un matrimonio de verdad. Si
continuaras insistiendo con esta idea absurda, podemos hacerlo cruzando la frontera
en Escocia, está a solo unas cuantas millas de distancia y no se requiere iglesia.
—No permitiré a los abogados roer las fincas cuando muera mientras mis
hermanos discuten la legitimidad de mi hijo a causa de una boda pagana —exclamó
con frustración—. Será en Londres y en una iglesia, frente a todos los testigos de la
familia, como corresponde a un conde.
Ninian encorvó los hombros.
—No será varón. Estás condenado a la decepción si ese es tu deseo.
—He estado condenado a la decepción toda mi vida. —Refunfuñando, volvió a
pasearse por la habitación, al tiempo que batallaba contra un pánico punzante—. Si
partimos ahora, podemos llegar a Londres antes del fin de semana.
Ninian se volvió, y la desolación presente en sus ojos casi agrietó el duro
corazón de Drogo en dos. De repente, ya no parecía una criatura indefensa, sino una
mujer que sabía demasiado de los oscuros secretos de la vida.
—Soy una bruja y al parecer, no muy buena. ¿Por qué me tomarías por esposa?
Drogo pensó que aquello podría ser una prueba de algún tipo. No podía ver

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

ninguna otra razón lógica para una pregunta tan ilógica. De verdad no podía creer
que la mente detrás de aquella belleza se hallara resquebrajada.
—Eres una hermosa mujer y la madre de mi hijo —explicó.
—Soy mucho menos hermosa que las damas de Sarah, y cualquier mujer puede
ser madre. Envíame a tus mujeres y yo les daré consejo acerca de las fases lunares
adecuadas. O duerme con ellas cada noche sin falta y serás padre con tanta
frecuencia como quieras.
Al tiempo que se preguntaba si aquel áspid diminuto sabía cosas que él
desconocía, si posiblemente su ocupada vida con sus constantes interrupciones que
le impedían dormir con una amante en forma regular no podría ser la posible causa
de que nunca hubiera concebido un hijo, Drogo batallaba entre la pervertida lógica
de Ninian y su propia determinación. Su determinación ganó.
—No necesito ni una esposa ni un hijo —le aseguró, aunque estaba mintiendo
respecto de esto último. Quería aquel hijo con desesperación o nunca se habría
desnucado por llegar allí. Lo concerniente a la esposa le preocupaba bastante y haría
todo lo que fuera necesario para que funcionara—. Pero el niño necesita un padre y
yo lo mantendré. Por su bien, ven conmigo a Londres y deja que los médicos
verifiquen lo que llevas. Después puedes regresar aquí.
La promesa de mantenerlo sin la amenaza de matrimonio pareció apaciguar su
resistencia. Ninian buscó su rostro.
—Me gustaría ir a Londres y ver a mi familia nuevamente, pero no puedo
quedarme, y no contraeré matrimonio contigo —le advirtió—. Si deseas lo que sea
mejor para el niño, tráeme de regreso antes de que nieve.
Ya era agosto. Bien avanzado setiembre, tanto ella como el niño correrían riesgo
con las exigencias del viaje.
Pero no importaba. Si ella estaba embarazada, él no tenía ninguna intención de
enviarla de regreso a menos que pudiera volver con ella, lo que no ocurriría hasta
que pudiera hallar tiempo entre sus obligaciones. Y eso ocurría muy poco, si ocurría.
Pero Drogo había ganado esa batalla. A cambio, ofreció los halagos que toda
mujer disfrutaba.
—Ese será tiempo suficiente para conocer mejor todos tus estados de ánimo.
Creo que la mujer seductora es la que me gusta más. —Drogo acarició su blanca
mejilla con los dedos, al tiempo que disfrutaba del contacto con la suave calidez de
su piel. Podría tenerla nuevamente en su lecho.
Ante su descaro, Ninian tomó su mano con violencia.
—Pues entonces, contrae matrimonio con una actriz —dijo con dulzura—, no
con una bruja.
Definitivamente, no podía con su lógica.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 14

—Realmente debemos vaciar y ordenar la habitación para los niños, que huele a
humedad, Drogo —dijo Sarah al tiempo que el carruaje se balanceaba a través de
otro surco.
Batallando con la revolución en su estómago, Ninian le echó un vistazo al
hombre que había engendrado a la criatura dentro de ella. Lord Ives estaba tumbado
con aparente indiferencia en el asiento forrado en cuero ubicado frente a ella. Se
hallaba inclinado contra la ventana con un brazo detrás de la cabeza y uno de sus
pies enfundados en botas sobre un almohadón sobrante que se hallaba junto a él.
Sarah los acompañaba, en tanto que Lydie y Claudia habían optado por permanecer
en la seguridad de Wystan.
El conde no parecía un hombre preocupado por su virilidad o que se hallara
considerando el matrimonio con una bruja. Ni siquiera se mostraba muy interesado
en la conversación de su hermanastra. Pero Ninian había percibido su tensión ante la
mención de la "habitación para los niños" y pensó que posiblemente desconocía
algún trasfondo. La habilidad de lord Ives para ocultarle sus emociones constituía un
severo impedimento para que algún día pudieran entenderse. Distraídamente,
Ninian acarició al gatito gris que se había escondido en la canasta de comida y
consideró el problema.
Si no tenía hijos, ¿por qué contaría con una habitación para niños? Sin la
percepción de sus dones, tenía que entender el trasfondo. ¿Había amueblado aquella
habitación en la espera y había sido decepcionado?
Era lo que para ella se desprendía de aquella conversación previa. Ningún
hombre preparaba una habitación para niños sin motivo alguno. Ninian sentiría
compasión por él, si pudiera. Pero en aquel momento, todo lo que podía sentir era un
terror que le revolvía el estómago.
Tenía que hacerlo: aventurarse al mundo exterior para buscar ayuda y el
consejo de su familia, para aprender más acerca de quién y qué era, de manera que
pudiera regresar con el conocimiento que le permitiera vivir entre los habitantes de
Wystan nuevamente. Esperaba que el hecho de que su hija fuera mantenida por el
conde de Ives constituyera a cambio un beneficio adicional. Pero a pesar de sus
razonamientos, la conciencia de lo que había hecho, y de lo que estaba haciendo, le
provocaba terror.
El conde controlaba con facilidad cada aspecto de su viaje. Conocía cada
camino, cada pueblo, cada posada, y cuándo y adonde llegarían, con lo que quedaba
descartada la posibilidad de algún accidente. Con preocupación, le había ordenado al
cochero parar cada vez que Ninian sintiera náuseas. Se había detenido temprano en

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

las mejores posadas para que pudiera descansar y no le había hecho exigencia alguna
—ni siquiera que compartiera con él el lecho—. Rara vez la había contemplado de ese
modo, aunque Ninian lo sorprendió observándola más de una vez. No creía que
hubiera evidencia alguna de su condición todavía, pero él parecía decidido a detectar
los signos... o la ausencia de ellos.
Las ocasionales miradas de soslayo de Drogo despertaban nostálgicos anhelos
que era mejor mantener enterrados. A Ninian verdaderamente le habría gustado
contar con una amiga, alguien con quien compartir su desesperación y sus
esperanzas. Las intrigas de Sarah hacían que Ninian no se fiara de su amistad. No
podía esperar que un hombre ocupado como lord Ives comprendiera, o se interesara
siquiera en otra cosa que no fuera la criatura que llevaba adentro.
—¿Hemos llegado ya? —murmuró Ninian en un silencio en la conversación. El
sol había descendido en el cielo del oeste, proyectando largas sombras sobre el
camino.
Con indolente gracia, Ives se incorporó y observó a través de las cortinas.
—Oscurecerá antes de que lleguemos a la casa, pero creo que estamos a salvo a
esta hora. ¿O te sientes cansada? Conozco una posada.
Ninian sacudió la cabeza.
—Yo trataría de llegar, si no te importa. Cuanto antes lleguemos, más pronto
podré irme.
El brusco modo en el que Sarah inspiró la hizo advertir que no había sido
informada de esa cláusula en el acuerdo. Ninian elevó una ceja de manera burlona.
Drogo sacudió la cabeza levemente dirigiéndose a ella a modo de advertencia.
—Londres no es tan malo —respondió alegremente—. La alta sociedad se
hallará de regreso de sus casas de campo y habrá una ronda de bailes. No nos metas
prisa hasta que hayas visto lo que tenemos para ofrecer.
La cómplice intimidad de su mirada hizo que temblara su interior, pero arrugó
el entrecejo y volvió a contemplar la ventana. No sabía por qué protegía a Sarah de
aquel acuerdo, pero ciertamente visitar Londres durante unas semanas sería lo
suficientemente seguro. Suponía que realmente debía ver a su familia, y a su padre.
Frunciendo la nariz ante la imagen de aquella confrontación, se sumergió en el
silencio.

Drogo se paseaba de un extremo al otro del corredor que se hallaba fuera de la


habitación que le había asignado a Ninian, la cual era adyacente a la suya. Con el
parloteo de Sarah, no tenía ningún secreto. Los hermanos que ya habían posado por
la casa en la mañana lo habían reprendido, mirado con odio y vuelto el blanco de
más bromas de las que le importaba acusar recibo. Joseph y David habían estado en
el instituto cuando había sufrido sus fiascos anteriores. Nunca lo dejarían librarse de
ese.
Drogo podía sentir el suave murmullo del médico a través de la puerta si lo
intentaba, pero estaba demasiado nervioso como para hacerlo. Ninian se había vuelto

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

glacial cuando se le informó que debería sujetarse a la indignidad que significaba que
un hombre la examinara. Drogo pensó que tendría que sujetarla a la cama, pero le
había prometido un paseo por los jardines de recreo y una visita a la costurera a fin
de ordenar el ajuar para el bebé. Por su parte, Sarah le había dicho garantías al oído
hasta que finalmente capituló. Era verdaderamente bueno que no prefiriera oro ni
joyas, puesto que estaría en bancarrota en pocas semanas. Drogo odiaba hallarse a
merced de esta o de cualquier otra hembra impredecible.
Entonces, percibió lo que casi con seguridad era la risita de Ninian desde detrás
de la puerta. Nunca la había oído reírse así. Demonios, de hecho nunca la había oído
reír, pero ya sabía que tenía más estados de ánimo que todos sus hermanos juntos.
Justo lo que no necesitaba como esposa: un arsenal emocional.
Como esposa. Si todo salía bien. Sin deseos de enfrentar aquel obstáculo todavía,
Drogo volvió a desgastar la alfombra. ¿Era acaso una buena señal que estuviera
riéndose y no arrojándole cosas al médico a la cabeza? Supuso que en realidad no
importaba. Podía manejar cualquier idiosincrasia femenina tanto como las
maquinaciones de sus hermanos. Las personas eran personas, se tranquilizó.
Encontraría aquello que la hiciera feliz, ella se ocuparía de sus quehaceres y él podría
retornar a los suyos. Se trataría de un trastorno menor considerando otros que había
tenido que afrontar en su vida.
En el caso de que estuviera embarazada.
Maldiciéndose por esperanzarse, sin comprender por qué tenía esperanzas,
Drogó se colocó frente a la puerta tan pronto como oyó los sonidos de una salida
inminente. Inclinado con un hombro contra la pared y con los brazos cruzados, buscó
adoptar una postura despreocupada cuando el médico salió, cerrando la puerta
detrás de él.
Este último sonrió satisfecho.
—Felicidades, milord. Está a punto de ser padre.
Los pulmones de Drogo se quedaron sin aire. Su corazón se detuvo. Sus rodillas
se desplomaron. La pared era todo lo que lo mantenía erguido. Se quedó con la
mirada fija en la mano extendida del médico durante un eterno instante antes de
recuperarse y estrechársela con fervor, al tiempo que aceptaba la por demás conocida
palmada en el brazo de aquel hombre mayor que él.
Mientras contemplaba con ansiedad la puerta cerrada, Drogo dejó que el
médico encontrara la salida por sí mismo. El corazón le latía con tanta fuerza que
pensó que se le desprendería del pecho. Se ajustó el pañuelo que llevaba al cuello, se
remangó los puños de la chaqueta y abrió la puerta con cuidado.
Al verlo, Ninian estalló en un vendaval de risas.
Sarah se le unió en su carácter de obvia partícipe de la conspiración.
Contrariado, Drogo les dirigió una mirada de odio a ambas. Ninian llevaba
puesto un ligero camisón que Sarah le había prestado para la ocasión. Sus rizos
dorados caían como una cascada sobre la ropa de cama, pero no había nada aniñado
en la muchacha que se reclinaba contra las almohadas. Representaba a cada mujer
seductora que hubiera sido retratada en una obra literaria o de arte. Era dueña de

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una mirada cómplice con la que podía ver directamente en el alma de un hombre y
de una provocativa sonrisa enmarcada por gruesos labios que le decía que era capaz
de hacer realidad todos sus secretos deseos. Asimismo, poseía unos ojos tan azules e
inocentes que podía jurar que nunca lo había llevado a su cama o desplegado sus
piernas para él.
Tuvo una visión momentánea de aquellas piernas torneadas desplegadas sobre
su lecho y casi se desvanece a causa del torrente de sangre en su ingle.
—Parece que has logrado lo que otras no pudieron —dijo con sequedad
mientras se aproximaba a la cama con recelo.
Aquello produjo otro vendaval de carcajadas.
Drogo permaneció junto al borde del lecho, contemplando a la misteriosa mujer
que se transformaría en su esposa a pesar de todas sus protestas, y se preguntó qué
demonios había hecho.
—¿Puedo escuchar cuál es la broma?
Todavía riéndose, Ninian se mordió los labios y sacudió la cabeza en señal de
que todavía no podía hablar. Dominando su paciencia, Drogo se sentó en el borde de
la inmensa cama. Tendría que cruzar las mantas para estrangularla, conjeturó. Era
más sencillo esperar.
Sarah le ofreció a Ninian un sorbo de agua y esta lo aceptó agradecida. Hipó
una sola vez, y luego, recuperó la calma. Drogo pensó que casi cualquier otra mujer
en el mundo estaría observándolo dubitativa en aquel momento, sopesando las
ventajas de sus riquezas y título y su apariencia. Sabía que el suyo no era un
semblante bonito, de esos por los que las damas se desvanecían, a menos que fuera a
causa del miedo. Sus espantosas cejas y su oscura tez resultaban suficientes para
ubicarlo más cerca de un gitano que de un conde. El marcado perfil de su nariz y los
cuadrados ángulos de su mandíbula, sin mencionar su condenada altura, le
otorgaban una apariencia temible, que había empleado de manera bastante exitosa
para asustar a sus hermanos y así, lograr que se comportaran.
Su futura esposa —que no estaba asustada en lo más mínimo— le confirió una
enorme sonrisa.
—Eso ha sido bastante edificante.
Drogo le dirigió a Sarah una mirada feroz. Esta se puso de pie rápidamente y se
pasó las manos por el vestido para quitarle las arrugas.
—Les dejo solos ahora para... que discutan la boda. —Sarah salió de la
habitación enseguida, cerrando la puerta con firmeza.
Drogo volvió sus ojos hacia Ninian, intentando que estos preguntaran lo que él
no preguntaría.
Ninian suspiró.
—¿Alguna vez sonríes?
—Todavía no has conocido a mis hermanos —respondió gravemente—. Una
sonrisa no es la reacción general ante lo que sucede en esta casa. —Entonces esperó.
Ninian hizo una mueca.
—De verdad no querrás oír el motivo de nuestras risas —le advirtió—. No te

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hará feliz en lo más mínimo.


—¿Por qué no me sorprende? —Relajándose, se inclinó hacia atrás sobre una
mano—. Sin embargo, prefiero saber a ignorar. Déjame oírlo.
Ninian casi pareció avergonzada. Volvió a acomodar el cobertor de encaje cerca
de sus pechos y bajó la mirada.
—Pues tu médico de Londres solo me hizo preguntas.
Drogo sopesó aquello durante un momento, pero no le encontró la gracia.
—¿Y?
—Eso es todo. Me has traído hasta Londres para que tu médico me hiciera
preguntas acerca de lo que ya sabes por ti mismo. —Ante su mirada impaciente,
Ninian se encogió de hombros—. Preguntó si habíamos mantenido relaciones
sexuales y hace cuánto. Preguntó por la fecha de mi última —y entonces se esforzó
por hallar una palabra adecuada— regla. Cosas así. Luego, alegremente me declaró
encinta y ofreció sus felicitaciones.
El temperamento de Drogo pasó de cero a explosivo en cuestión de segundos.
Trató de utilizar un tono cortés. No quería aterrarla.
—¿No te examinó?
—No me tocó —respondió con alegría—. Parece que no es lo que se "hace" en
los círculos refinados.
—Sarah lo sabía —replicó Drogo entre dientes—. Es su médico.
Ninian sonrió abiertamente otra vez.
—Ese es el motivo por el que accedí a tu absurda sugerencia. —Su sonrisa se
desvaneció—. Lo siento. Sarah nunca debería haberte escrito. La única manera de que
puedas probar que estoy encinta será esperar un mes, hasta que puedas verlo por ti
mismo. Y eso no prueba que el bebé sea tuyo. ¿Qué preferirías que hiciera?
Su única preocupación parecía ser por él, lo que le resultó en extremo extraño,
pero el misterio presentado necesitaba mucha más de su atención. No podía creer
que Ninian fuera lo suficientemente libertina como para tener relaciones con otro
hombre, y Sarah alegaba haber procurado que no ocurriera de todas formas. Drogo
aceptó que era el único demonio en su lecho. Pero definitivamente quería corroborar
el embarazo antes de obligarse —y obligarla— a una institución en la que nunca le
había ido bien a su familia. Quizá Ninian no estaba tratando de engañarlo, pero
podía estar equivocada. Tal vez tenía alguna enfermedad pasajera.
—Entonces debemos esperar un mes —decidió de manera razonable.
Cualquier otra mujer se sentiría indignada. Ella se tomó aquel tiempo con
indiferencia.
—Lo único que me interesa es hacer lo que sea mejor para mi bebé. Creo que
será bueno para ella tener un padre que la reconozca y que se haga cargo de ella si
algo llegara a sucederme. Aparte de eso, simplemente pido que me lleves de regreso
a Wystan tan pronto como sea posible.
Parecía que Ninian tenía un concepto de lo que era ser padres tan extraño como
el de sus propios progenitores. Drogo no intentó informarle que él se quedaba con lo
que le pertenecía, y eso la incluía a ella y al bebé. Si había dejado encinta a una

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muchacha o a una bruja, que así fuera. Aceptaría la responsabilidad y la carga.


Tal vez, en un mes, Ninian llegaría a disfrutar lo que la ciudad tenía para
ofrecerle y perdería todo interés en regresar al frío e inhóspito norte. A él le
correspondía trabajar para alcanzar aquel objetivo.
Observó con interés las henchidas curvas por encima de su canesú.
—¿Te importaría intentar la concepción más veces como precaución ante la
posibilidad de la decepción?
Drogo contempló cómo sus pezones se ponían tiesos y hacían presión contra la
delgada tela, hasta que Ninian se llevó a toda prisa el cobertor hasta la barbilla.
—No hay ninguna posibilidad. Si no puedes confiar en mi palabra, pasaré el
resto de mi vida encerrada en esta habitación.
Ajustando la repentina presión de sus pantalones, Drogo admitió que aquello
era verdad. No solo había visto demasiados casos de infidelidad entre esposos, sino
que había sido víctima de la traición de una mujer demasiadas veces. Prefería la
certeza de las estrellas en los cielos a los caprichos de la naturaleza humana.
Drogo asintió bruscamente y se levantó de la cama.
—Haré que Sarah te lleve a ver a las costureras. Te entretendrás durante unos
meses al menos. Gasta lo que desees.
Entonces, salió de la habitación.
Ninian se quedó con la mirada fija detrás de su ancha espalda mucho tiempo
después de su partida. ¿Meses? ¿Había dicho «meses»? Seguramente estaba
equivocada. Debió haberse confundido. El conde tenía demasiadas cosas en la cabeza
y no había prestado atención a lo que había dicho.
Ninian alisó la suave tela ajustada en torno de su vientre apenas redondo. Era
imposible decir qué era ella y qué la criatura. Sencillamente no dudaba de su
existencia en lo más mínimo, a diferencia del confundido padre de la pobre criatura.
Si el demonio la había dejado encinta, era al menos un demonio fascinante.
Ninian tenía que dejar de pensar como una aldeana ignorante y supersticiosa.
Ahora se hallaba en Londres. Debía aprender de quienes sabían más e incrementar
su cultura.
Entonces, suspiró y se desplomó contra la montaña de almohadas de encaje.
Quizá no debería haber rechazado la oferta de Drogo de volver a hacer el amor.
Pero el condenado pensaba que mentía. Tendría que enseñarle más que eso.

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Capítulo 15

Con las entrañas retorcidas por la frustración de marcharse de la habitación de


Ninian, Drogo esquivó a los hermanos y cerró la puerta del escritorio con el pasador.
Que el doctor le concediera todas las esperanzas en un minuto y que luego
Ninian se las hiciese trizas al minuto siguiente era demasiado para sus destrozados
nervios. Diez de la mañana, y ya necesitaba un brandy.
No se lo sirvió. No podía enseñarles a los hermanos a no beber como borrachos
si él mismo lo hacía. El manto de responsabilidad era una maldita molestia. Por una
vez le agradaría emborracharse, tener un berrinche o comportarse de algún modo
monstruoso, como lo hacía el resto de la familia.
Pero claro, ¿quién le rescataría cuando le encerraran en la prisión de Old Bailey?
A pesar de recibir generosas mensualidades, ninguno de ellos tendría un céntimo
ahorrado para pagar la fianza.
Ignorando la montaña de libros de contabilidad de varias propiedades y
empresas, libros donde había dado sus primeros pasos en las matemáticas, Drogo
tomó una hoja de cálculos que había comenzado en Wystan. Si estaba en lo cierto,
bien podría haber descubierto un nuevo planeta. Ese logro era sin duda mucho
mayor que engendrar un hijo. Cualquier persona podía engendrar uno.
Suspirando con exasperación porque los pensamientos regresaron
instantáneamente a la mujer en la planta superior, Drogo recortó el plumín. Sin
importar cuánto lo negara, una parte muy humana en él deseaba tener un hijo,
incluso aunque no lo necesitara.
Entonces, esa era su debilidad. Todo el mundo tenía derecho a tener al menos
una. Deseaba que Ninian estuviese embarazada. Deseaba poder ver crecer a su hijo,
hacerle saltar sobre las rodillas, enseñarle a montar y a buscar estrellas en los cielos
nocturnos. Quería mostrarle a todo Londres que podía procrear un heredero y un
sucesor, como lo había hecho su padre.
—La soberbia precede la caída —murmuró, concentrando la atención en los
cálculos.
Un discreto golpe en la puerta le desconcentró.
Drogo pensó por un momento en ignorarlo, solo que sabía que ninguno de los
hermanos golpearía tan discretamente. Aporrearían y gritarían. Tenía que ser Jarvis,
quien nunca le molestaba por nada menor a una crisis que involucrara yugulares
sangrantes.
Quizás uno de los estúpidos había experimentado volar y había aterrizado en
un carro de verduras. Sería más fácil si simplemente se embriagaran y apostaran
como la gente normal. A los hombres Ives nunca se les había conocido por su

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

normalidad.
Drogo dejó caer la pluma en el soporte y corrió el pestillo de la puerta. Un
caballero florido y pulcro sacó a Jarvis del medio con un empujón, gritando algo
incomprensible acerca de «hijas» y «responsabilidad». Jarvis, imperturbable, hizo
una pequeña reverencia y cerró la puerta, dejando a Drogo atrapado con el demente
lunático. Los lunáticos parecían estar de moda esos días. Se preguntó si no sería una
epidemia.
Como no tenía hijas y no podía recordar haber tenido citas irresponsables
últimamente, Drogo tan solo tomó asiento y esperó a que el viejo acabara de
despotricar. Vestido a la moda de una década atrás, las prendas del visitante estaban
un poco estropeadas. Notaba ahora que le observaba con más atención. A pesar de
estar impecablemente planchada y limpia, los botones dorados de la levita se le
habían desprendido en el extremo superior, y el pañuelo de lino al cuello era lo
suficientemente fino como para poder ver a través de él. La anticuada peluca había
perdido un rizo de un lado, provocándole un decidido aspecto irregular. Un
caballero, pero uno con dificultades económicas.
—¡Si usted no se comporta como es debido con ella, le retaré a duelo, señor! —
gritó el caballero—. Ella es mi única hija, ¡y no permitiré que un inmoral sin
principios le lleve ala ruina!
«¿Un inmoral sin principios?», Drogo sopesó esa imagen inesperada y gallarda
de sí mismo. Quizás el hombre se refería a uno de sus hermanos más apuestos. Debía
admitirlo, él no era un monje, aunque esos últimos días había limitado sus atenciones
a cortesanas y viudas y otras supuestas condesas. No estaba muy interesado en
vírgenes... Ninian.
Con un desagradable gusto en la boca para agregar a las ya retorcidas entrañas,
Drogo se levantó de la silla.
—¿Podría tener el placer de saber su nombre, señor? —le preguntó con frialdad,
esperando a un loco, pero preparándose para lo peor.
El robusto caballero se irguió por completo, una cabeza más bajo que Drogo.
—Vizconde Siddons, señor, padre de la niña de la que ha abusado y a quien ha
escondido en su casa de los horrores. Exijo compensación, señor. ¡Lo exijo, he dicho!
Estupefacto tanto por la acusación como por saber que la comadrona tenía un
padre de la alta sociedad, Drogo buscó una respuesta conciliatoria. Después de todo,
había hecho exactamente lo que el vizconde decía, aunque llamar a su vieja morada
«casa de los horrores» era ir demasiado lejos.
Antes de que le viniera a la mente una respuesta adecuada, la puerta del
escritorio se abrió en silencio. Asombrado, Drogo observó cómo Ninian se escabullía
adentro, como si él le hubiese mandado llamar, o como si la ira del padre le atrajera
hasta la planta superior de algún modo.
—Hola, padre. —Con timidez, tiró de la falda abultada con la que
aparentemente Sarah le había vestido.
«El amarillo pálido no le queda bien», decidió Drogo, pero la amplitud del
guardainfante era muy efectiva para mantenerle alejada de cualquiera de los dos

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ocupantes de la habitación. Cuando Drogo se volvió a poner de pie al entrar ella,


Ninian apenas reparó en él. No parecía tener intenciones de querer abrazar a su
padre tampoco.
El vizconde se veía estupefacto ante la visión de la belleza dirigiéndose hacia él.
Avergonzado, balbuceó un poco antes de recordar el propósito de la visita. Giró para
enfrentarse a Drogo.
—¡Esto es una atrocidad! Contraerá matrimonio con ella, de inmediato, he
dicho.
Drogo detectó un tono de diversión en la voz de Ninian cuando interrumpió la
diatriba.
—¿Cómo estás, padre? Tienes buen aspecto. En caso de que te lo preguntes, yo
estoy bastante bien.
—Ya veo —dijo el viejo de forma exasperante, regresando la mirada a ella—.
Quítate toda esa gala con la que te adornas y que él te ha comprado. Pues ninguna
hija mía...
—La abuela falleció el invierno pasado —interrumpió Ninian otra vez,
obviamente persiguiendo intereses propios—. Te escribí y te conté al respecto y
nunca me respondiste.
—La vieja bruja te dejó suficiente dinero como para vivir, y tienes gente más
adinerada que yo a quien acudir, si ella no lo hacía. —El vizconde resopló,
fulminándola con la mirada—. Tú tampoco has expresado ningún interés en vivir
con tu pobre y viejo padre.
Drogo vio la tristeza detrás de la sonrisa de Ninian, incluso cuando su padre no
lo hiciera. Quizás él no sabía mucho de la misteriosa joven bruja, pero había
aprendido un poco más. Tenía corazón, y se rompía con tanta facilidad como el de
cualquiera. Él entendía la necesidad de la aprobación de los padres, y la
desesperación que causaba el rechazo por parte de ellos. El vizconde había dejado a
Ninian sola y a tierna merced del mundo en favor de las comodidades de Londres.
Los instintos defensivos de Drogo crecieron sin vacilar.
Ella tenía que ser su esposa. Se merecía su protección, la quisiese o no. Con
gentileza, apoyó las manos sobre los hombros de la mujer y, mirando por encima de
la cabeza de Ninian, obligó al padre a enfrentarle completamente.
—No tenía interés de vivir en Londres —corrigió ella—. Y ningún interés en
pedirle a la abuela que me mantuviera sin darle nada a cambio. Tú, por otro lado,
solo deseabas ser libre para gastar el dinero de mi madre sin reconocer de dónde
provenía. Viene de las mujeres Malcolm, padre. ¿No crees que pueda estar
contaminado?
—¡Son todo mentiras que la vieja te ha metido en la cabeza! Tú eres mi hija, y
eso es el fin del asunto.
—Soy la hija de mi madre, y puedes negarlo como lo habría hecho ella. Mi
madre era una bruja Malcolm, como yo.
El vizconde carraspeó y se ruborizó un poco, luego dirigió la mirada de nuevo a
Drogo.

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—Nada de esto importa. Usted la ha arruinado, y pagará el precio.


Como la llama de una vela, Ninian iluminaba la oscuridad que el padre
manaba. Un dejo de diversión volvió a teñir la voz de ella. Drogo no era apresurado
para hablar, por lo que le dejó tener su momento.
—No, no pagará, padre. El fideicomiso de la abuela es mío como para que
disponga de él como me venga en gana. Incluso si contraemos matrimonio, lord Ives
no puede dártelo.
Esa era la primera vez que Drogo escuchaba algo de eso. No estaba seguro de si
estaba de acuerdo en que una mujer poseyera sus propios fondos, en especial una
con la mente tan confundida como ella. Sin embargo, no necesitaba sus centavos, y
en parte, disfrutaba de la manera en que ostentaba de su dinero frente al rostro del
padre. Solo que no deseaba que la escena se convirtiese en histeria.
—Creo que, quizás, querida mía —interrumpió con cautela—, tu padre
simplemente desea asegurarse de que el matrimonio fuera lo que tenía en mente
cuando te traje aquí.
Por encima del hombro, ella le echó una mirada de irritación que no mostraba
ninguna confusión.
—Mi padre siempre está escaso de fondos, aunque supongo que puedo darle
crédito por no intentar venderme, de hecho.
—¡Ninian! —gritó el vizconde, escandalizado otra vez.
—La boda entre miembros de la aristocracia es una manera de intercambio
monetario —le aclaró Drogo a ella, calmando el humor del viejo hombre. Ninian se
veía más divertida que irritada ante su generosa interpretación—. Quizás, querida, si
nos disculpas, pueda asegurarle a tu padre que soy un hombre honorable.
—Sería interesante saber cuánto valgo, milord. Pero recuerda, mientras regateas,
que únicamente puedo engendrar hijas, que soy una bruja, aunque él lo niegue, y que
no tengo intenciones de contraer matrimonio —diciendo esto último con bastante
énfasis, antes de escabullirse de sus manos y salir por la puerta, llevándose la luz del
sol tras ella.
Drogo volvió a hundirse en la silla. El vizconde se secó la frente con un amplio
pañuelo. El débil aroma a rosas y pino aún flotaba entre ellos, junto con la imagen de
dorados rizos y burla femenina. Drogo creyó tener una nueva definición para «bruja»
ahora. La maldita mujer podía leer la mente.
—Le deseo lo mejor junto a ella, milord —dijo el vizconde, con pesadez,
hundiéndose en la silla de cuero sin ser invitado—. Su madre era una delicia, una
pura delicia. La mujer más hermosa, con la naturaleza más dulce, que haya conocido
jamás. Pero esas viejas chillonas que ella llama familia... —Se estremeció ante el
recuerdo.
—Ninian es una muchacha excepcional. —Drogo creyó que era adecuado
defender a la potencial madre de su hijo, incluso cuando estuviera tan loca como el
padre. También creyó oportuno averiguar más—. ¿Ella mencionó unas tías...? —
Descubrir a un vizconde en el árbol genealógico ya había sido sorpresa suficiente.
Había tardado mucho en comenzar a investigar a la novia en potencia. Corregiría eso

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inmediatamente.
Mascullando, el vizconde se guardó con violencia el pañuelo otra vez en el
bolsillo y echó una maldición cuando el extremo de la costura se rompió.
—Persephone, mi esposa, era la más joven, por lo que no les importaba si ella
contraía matrimonio con un simple vizconde —explicó, menospreciándose—. Sin
embargo, Stella y Hermione... —Puso los ojos en blanco—. Stella es la duquesa de
Mainwaring. Hermione es la marquesa de Hampton. Y, en caso de que se lo esté
preguntando, ambas astutamente contrajeron matrimonio con viudos que ya tenían
sus propios herederos. Tienen media docena de hijas o más entre las dos, la última
vez que conté. Todos los embarazos que mi esposa perdió eran niñas también. —Se
veía disgustado—. No podía ser menos que honesto con usted al respecto.
¡Una marquesa y una duquesa! Drogo se desplomó contra el respaldo de la silla
y gruñó mentalmente, todos las elucubraciones de mantener a Ninian como amante
explotando como el temperamento de David. Se había acostado con una simplona
vestida de campesina y había adquirido una familia más poderosa que la suya
propia. Los pequeños asuntos de la familia compuesta solo de mujeres, o de la
demencia, o incluso de la brujería, no se comparaban en lo más mínimo con la
importancia de una duquesa y una marquesa. Él podía cuidar de sí mismo, pero la
reputación de su familia era precaria, en el mejor de los casos. No destruiría ninguna
posibilidad que tuvieran los hermanos para hacerse de un lugar propio en el mundo
al crearse poderosos enemigos.
—¿Qué demonios hacía ella viviendo como una campesina en Wystan? —exigió
saber, ante la ausencia de algo más racional que decir mientras luchaba contra un
mundo patas arriba.
El vizconde se encogió de hombros.
—Ella es una mujer Maícolm y heredera de la vieja hombruna. Pregúnteles a
ellas.
Drogo se rindió ante la lucha. Había perdido toda posibilidad aunque en un
mes desposara a Ninian o no. Había arruinado una flor de la aristocracia y sabía cuál
era la pena, incluso si sus intenciones fueran contraer matrimonio con ella o no. Se
ocuparía de cómo decírselo luego, cuando la mente dejara de gritarle. Mordió con
fuerza un dulce de la gaveta del escritorio.
—Solicitaré la licencia en la mañana. —Drogo se obligó a hablar con calma—.
La desposaré en cuatro semanas, para que Ninian tenga tiempo de preparar el ajuar
de novia. Me agradará poder discutir las condiciones del acuerdo.
El vizconde Siddons se iluminó.
También podría hacer las paces con el posible suegro. El vizconde podría ser el
único aliado que encontraría en un matrimonio con una novia mal dispuesta que
provenía de un matriarcado que contenía una duquesa y una marquesa.
«Con razón Siddons nunca había tenido dinero», concluyó Drogo cuando
caminaba por los oscuros pasillos hacia su habitación más tarde esa noche. El hombre
no reconocía algo valuable cuando lo veía, y no podía llevar adelante un regateo para
salvarse la vida. El único interés del vizconde había sido obtener la cantidad de

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dinero que él creía que su suegra le había negado al mantenerla en un fondo de


fideicomiso en lugar de dársela a él al morir su esposa.
Ya que Drogo no tenía idea de con qué fondos contaba Ninian, le había dicho al
viejo que tendrían que esperar a localizar al abogado. Había visto cómo vivía Ninian.
No podía tener mucho. Lo bueno era que el vizconde no parecía darse cuenta de que
Drogo pagaría de muy buena gana la mitad de su fortuna por una esposa que llevara
su hijo en el vientre. Los hermanos le estrangularían si supieran cuan profunda era
su obsesión. Afortunadamente, parecía que le había salido económica.
Dadas las circunstancias, sin embargo, no tenía más opción que tomar a Ninian
como esposa, incluso si no llevaba ningún bebé. Podía sentir la última oportunidad
de progenie escurriéndosele de las manos. Su única esperanza pendía del delgado
hilo de la honestidad de Ninian. Quizás podía encontrar consuelo en el hecho de
saber que, con Ninian como esposa, nunca tendría una cama vacía. Podría fácilmente
adaptarse a una vida de noches como la que habían compartido. Si la realidad era
incluso la mitad de buena de lo que recordaba de esa noche, sería más que suficiente
para mantenerle saciado y feliz.
No pensaba hablarle a Ninian de su inminente matrimonio enseguida. No tenía
sentido empezar con el pie izquierdo. Que fueran las formidables tías las portadoras
de malas mareas.
En un impulso, se detuvo ante la puerta de la habitación de Ninian. Sarah la
había llevado de compras; lo sabía. Seguramente, le habrían vaciado las cuentas en
cada tienda de la ciudad, y la mayoría de las compras habrían sido para Sarah. Era
un juego que le agradaba jugar: ayudarle con sus hermanos y a la vez que se ayudaba
a sí misma. Ella sabía que él lo sabía. Sabía que él se cobraría los gastos de otras
maneras. Drogo no había decidido aún cómo le haría pagar por un desastre de tales
proporciones.
Drogo llamó a la puerta, y recibió un débil acuse de recibo que, supuso, sería
una bienvenida.
Nunca había tenido a una mujer en esa casa, no con los hermanos
apareciéndose de improviso en los momentos más inoportunos. Estaba intentando
hacerse a la idea de tener a una mujer a su completa disposición.
Abrió la puerta sin más vacilación.
Con la cabeza descubierta y el cabello rizándose en salvajes extensiones sobre la
camisola de lino, Ninian estaba de pie sobre los cojines de la silla de la ventana,
mirando fijamente los tejados de Londres. Ni siquiera giró para ver quién había
entrado.
—La neblina es como un fantasma enfermo posándose sigilosamente sobre las
chimeneas —observó ella—. Me pregunto cómo la gente sobrevive con este aire.
¿Estás listo para enviarme a casa?
Ella se había oído muy valiente al enfrentarse al padre, pero ahora su tristeza
era completamente audible. Drogo dudó si tendría la habilidad de aliviarla, puesto
que no tenía intenciones de ocupar el lugar de padre. Aun así, podía ofrecerle el
consuelo que tenía, aunque fuera poco. Tomó una vela apagada.

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—Si te bajas de ahí y corres las cortinas, encenderé esto, y no tendrás neblina
aquí adentro.
Ella se cruzó de brazos y no se movió.
—No necesito luz para saber qué hay aquí. ¿Mi padre te ha convencido ya de
que soy una mujer arruinada y debes contraer matrimonio conmigo y entregarle a él
todos mis fondos?
—Tu padre no puede convencer a un gato de beber leche —observó, con
sarcasmo, al tiempo que un gatito se bajó de una silla de un salto para enroscarse
alrededor de sus tobillos—. Hemos enviado a alguien en busca del abogado de tu
abuela para determinar la legalidad del fideicomiso. No tienes por qué preocuparte.
El dinero seguirá siendo tuyo, sin importar lo que decidamos. No lo necesito.
Con la mirada fija en las curvas voluptuosas dibujadas contra la ventana, Drogo
la deseó con una urgencia tan potente que estuvo a punto de atravesar la habitación
y arrastrarla de donde estaba. Si tenía que contraer matrimonio con ella de todos
modos, ¿qué diferencia había si llevaba su hijo o no?
Porque ella sabía tan bien como él mismo que nunca confiaría en Ninian fuera
del alcance de su vista hasta que supiese con seguridad que llevaba su semilla, y eso
podía significar mantenerle prisionera por siempre allí si se acostaba con ella ahora.
Ya le había perjudicado lo suficiente.
Ninian bajó de la silla por voluntad propia. Apenas podía discernir la figura de
la mujer contra la debilitada luz de la luna, pero estaba redonda en todas las partes
que deseaba, curvada en todos los lugares que quería sujetar. Como una diosa
pagana de la fertilidad, exudaba sensualidad, y él se sentía atraído por ella como un
hombre condenado por la libertad.
—¿Debo confiar en tu palabra como tú confías en la mía? —preguntó ella, con
dulzura.
Ella le tenía allí. No encendió la vela, pero admiraba el brillo trémulo de un rizo
dorado.
—Aprenderemos. Soy un hombre paciente.
Ella rio suavemente; una brisa de hada más que un sonido humano.
—Eres un hombre testarudo. Quizás no pueda leerte como leo a otros, pero eso
lo tengo claro.
Sería su esposa. No sabía qué debía esperar de una. Ciertamente no sabía qué
esperar de una tan tocada como esa. En un instante, brillaba con la seducción bañada
en luz de luna; al segundo siguiente, le molestaba como una niña. Había visto sus
lágrimas y había oído su risa. Con cautela, permaneció donde estaba.
—He notado que cumplo mejor mis objetivos cuando no cedo ni un centímetro
—admitió él.
—Parece que has continuado con testarudez con los intentos hasta que
encontraste a la mujer adecuada —admitió ella. Estaba de pie, al alcance de su mano,
tentándole—. Sí, serás padre el año próximo, lo prometo. Pero eso no cambia nada.
Sigo siendo bruja, y mi lugar está en Wystan. Debo regresar.
—Una cosa después de otra, hija de la luna —contestó con tono grave,

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manteniendo la distancia y prometiéndole nada.

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Capítulo 16

Al encontrarse libre de Drogo mientras él estaba reunido con los hombres de


negocios, Ninian pasó la mañana siguiente explorando el mundo de aquel hombre.
Aparentemente, la familia Ives no creía conveniente vender una propiedad por el
simple hecho de encontrarse en un vecindario que ya no estaba a la moda.
La deteriorada casa antigua cerca de Charing Cross daba a una calle poblada de
carros de vendedores de verduras y pescado, así como también carruajes señoriales
que trasladaban a la aristocracia desde el centro de la ciudad a los suburbios más
nuevos de St. James y Hanover Square. El área, que solía ser tranquila, rebosaba
ahora de tantas vidas y emociones que aturdía con una clase de rugido sordo a su
sexto sentido. Ninian extrañaba la quietud de Wystan, pero la cacofonía de las
sensaciones no le afectaba con la misma intensidad que lo hacía cuando era una niña.
Quizás había aprendido a vivir un poco mejor con su don desde la última breve
visita a la ciudad.
La casa de Drogo se ramificaba en pequeñas habitaciones con angostas
ventanas, muy al estilo del viejo castillo. Sin embargo, al parecer, Sarah no había
tenido permitido interferir allí. Sin el toque de una mujer, albergaba chimeneas por
donde se colaba la ventisca, tapetes cubiertos de hollín y un mobiliario deteriorado.
La biblioteca no solo contenía libros, sino también bridas, sillas de montar y un triste
par de botas gastadas.
Ninian había inspeccionado la habitación con la esperanza de encontrar un libro
acerca de agua o pestes, pero tras una hora de búsqueda sin resultados, se dio por
vencida.
Volvió a colocar un libro sobre el estante y vio el destello de una débil luz sobre
unas raídas cortinas en una habitación contigua, iluminando villas enteras de
pequeños edificios de madera desparramados sobre el descolorido tapete. Inclinada a
investigar, descubrió que cada uno representaba una obra de arte de la arquitectura.
Algunas eran iglesias que ella reconocía; otros, edificios que suponía eran
parlamentos. Los que más le agradaban eran los que contaban con adorables hogares
con ventanales elegantemente arqueados y frontispicios y pórticos delicados.
—Ese es el hogar que quiero construir.
Sobresaltada, Ninian casi dejó caer la maqueta que sostenía en la mano cuando
giró para quedar frente a un hombre considerablemente más joven que Drogo, y lejos
de ser tan formidable como él. Aun así, la mata de cabello negro como la
medianoche, la mandíbula plana y los anchos hombros le identificaban como un Ives.
El hombre se encogió de hombros con timidez al ingresar a la habitación a paso lento,
pero ella reconoció la curiosidad en él cuando este le miró de la cabeza a los pies.

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Supuso que sería más joven que ella, pero aun así, era un animal macho muy
vigoroso.
Extendió la mano con la maqueta a escala de una mansión palladiana.
—Es tan adorable...
Él tomó la maqueta y la llevó bajo la débil luz que entraba por la ventana.
—Son muy fáciles de hacer. La mayoría son copias. Quiero diseñar edificios
propios. —Como si se hubiera dado cuenta de su propia descortesía, bajó la mano
que sostenía el modelo—. Soy Joseph, el mayor de los hermanos bastardos.
Ninian parpadeó de sorpresa ante tan rotunda presentación. Comenzaba a creer
que el peligro de los hombres Ives era su poder para transformar a las mujeres
Malcolm en títeres atónitos. Asintió con indecisión en expresión de saludo.
—Soy Ninian Siddons. —No se atrevió a presentarse como una bruja, aunque el
valor de la sorpresa parecía relevante.
—Lo sé. Sarah nos lo ha dicho. —Colocó el modelo sobre una mesa—. Las
mujeres no duran mucho en esta familia. Mi madre se niega a vivir aquí. La madre
de Drogo se marchó hace mucho tiempo.
El expresivo gesto de Ninian asimiló la lúgubre habitación y una planta
moribunda en una maceta.
—No puedo imaginarme por qué. Creí que el arpa con las teclas de clavicordio
era muy ingenioso, y estoy segura de que el artilugio en la sala tiene un uso
excelente.
Joseph luchó contra una incipiente sonrisa al recorrer el lugar con la mirada y
ver el caos de modelos de juguete que transformaba a los sofás y a las sillas en algo
inútil.
—Ewen quería aumentar el sonido del arpa y William creyó que podía acelerar
el proceso de servir las comidas con el artefacto. Prefiero construir objetos que
destruirlos.
Ella asintió con un movimiento de cabeza, como si le comprendiera por
completo.
—Una excelente filosofía, estoy segura, dado el estado de los objetos por aquí.
—No recordaba que Sarah hubiera mencionado a ningún William, pero si todos los
hermanos eran así de imaginativos, quizás uno de ellos podría echar un poco de luz
al dilema del arroyo sucio—. ¿William? —preguntó.
Avergonzado, Joseph se encogió de hombros.
—Hum, nuestro hermanastro por el lado de la lechera.
Ninian pensó que esa información era más de lo que necesitaba saber y cambió
de tema.
—¿Hay sirvientes o alguien los está construyendo también?
—Drogo amenazó con repudiar al próximo de nosotros que intentara hacer un
sirviente mejor. En general, se mantienen alejados de nosotros. ¿Juegas a las cartas?

—¡Ninian! Ninian, ¿dónde estás, querida?

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Levantó la vista de las cartas. Estaba intentando aprender a jugar al piquet bajo
las instrucciones de Joseph, quien tenía un método insólito para contar las cartas que
ella no creía muy justo. Ladeó la cabeza y escuchó la tormenta emocional que
bramaba su tía por el pasillo. Podría aprender a vivir con el rugir de las masas de
Londres en las calles, pero las tempestuosas individualidades como su tía aún
lograban destrozarle la serenidad.
—En fin, ¿siempre se oye como un hacha de batalla chorreando cariño, o se
reserva esa voz para sobrinas errantes? —preguntó Joseph, recogiendo las ganancias.
Estaban jugando con los dulces de Drogo, ya que ninguno de ellos tenía monedas.
—¿Cómo sabes quién es ella? —exigió saber Ninian. La perspicacia del
hermanastro de Drogo le hizo preguntarse si no sería él también un poco brujo o
hechicero.
Joseph rio burlonamente.
—Espío. —Le guiñó un ojo, y un grueso y negro rizo le cayó sobre la frente.
Ella le dio una patada en el tobillo por debajo de la mesa cuando la duquesa de
Mainwaring entró presurosa por las puertas abiertas del salón. En esos últimos tres
días, había conocido a tres de los hermanastros de Drogo, y comprendía bien la
necesidad que él tenía de permanecer en Londres para mantener a todos ellos bajo
siete llaves.
—¡Ahí estás, Ninian, querida!
Ninian se levantó de la mesa y se dejó engullir por la dulce seda empolvada que
hacía frufrú cuando la duquesa la abrazó y le besó en ambas mejillas.
—Qué agradable es verte, tía Stella. —Tosió cuando varios kilos de polvo
salieron disparados al aire entre las dos. Aparentemente, la tía había decidido tomar
por asalto los baluartes con todo el equipamiento de guerra completo: peluca
empolvada, mejillas empolvadas, y seda empolvada, todo apestaba a los caros
perfumes Malcolm—. ¿Cómo sabías que me encontrarías aquí?
—Me lo dijo un pajarito, por supuesto. —La tía trinó con una risotada falsa,
echó una mirada asesina a Joseph, quien estaba sentado observándolo todo con una
enorme sonrisa. Luego, dio un tironcito al codo de Ninian—. Ven conmigo, tengamos
una pequeña charla de mujeres. ¿Dónde está tu habitación?
Como si Ninian siempre hubiera tenido habitaciones propias. Suspiró y se
encogió de hombros en dirección a Joseph y salió llevando la delantera por el pasillo
hacia la habitación. Sarah estaba afuera, de visitas, y Drogo estaba donde el abogado
con el padre de ella, otra vez. Supuso que la tía Stella había utilizado sus "dones"
para planificar esa visita para un momento en que la sobrina no tuviera quien la
defendiera. Stella no leía mentes precisamente, sino que sabía qué estaba haciendo
todo el mundo y cuándo. Era una característica que eludía a Ninian.
Con la rigurosidad de un general en un campo de batalla, la tía recorrió toda la
habitación que le habían asignado a su sobrina. Asintió con un movimiento de
cabeza, aprobando el pequeño fuego que ardía en la chimenea, enarcó una ceja al ver
los tapices de satén dorados de la enorme cama, y revisó la puerta contigua que daba
al vestidor de Ninian, y la que llevaba a la siguiente alcoba.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—¿Por qué no hay un fuego allí? —exigió saber, regresando a la habitación


desde la sala amueblada con lujo—. Y, ¿es esa la habitación de él al otro lado?
—No necesito dos fuegos —contestó Ninian, sin perturbarse—, y supongo que
ese es el vestidor del señor del otro lado, del mismo modo que el mío se conecta aquí.
—¿Supones? ¿Quiere decir que no lo sabes con seguridad? Estás viviendo aquí,
en las habitaciones asignadas para la señora de la casa, ¿y nunca has estado en las
alcobas de él?
Ninian abrió la boca, pero nada pertinente salió de allí. ¿Cómo explicaría la
presente situación a su formidable tía? Había hecho lo imperdonable, había copulado
con un hombre de la familia Ives, y claro que se veía demasiado sospechoso que ella
ahora residiera en la casa de él, incluso con Sarah como compañía.
Había asumido que esa sería la única habitación vacía, dadas las idas y venidas
de los hermanos de Drogo, pero debía verse mucho peor si esa era la habitación de la
señora de la casa.
Aun así, volvería a compartir la cama con Drogo de buena gana una vez que él
le creyera lo del bebé, por lo que la tía debería tener que acostumbrarse.
Gradualmente, quizás.
—La hermana del señor me ha invitado a Londres —dijo ella—. Creí que
estarías en el campo a estas alturas del año, tía.
—¿No vienes a la ciudad cuando te invitamos, pero vienes por gente como esa
casquivana? ¡Engreída! —Caminó de aquí para allá en la habitación examinando
todos los adornos sobre los estantes.
—Tía Stella, ¿estás aquí por alguna razón? Sé lo ocupada que estás, por lo que
estoy segura de que querrás regresar a las demandas de tu familia tan pronto como te
sea posible. ¿En qué puedo ayudarte?
—Suenas igual que mi madre, que Dios la tenga en su gloria. —Stella resopló y
se arrojó con enfado con la seda y el guardainfante de su vestido en una de las sillas
junto al fuego. La peluca elegantemente rizada se le cayó un poco hacia un costado.
La colocó de nuevo en su sitio con un movimiento indecoroso y fulminó a Ninian con
la mirada, como si hubiera sido culpa de ella—. Siéntate, niña. Dime por qué
demonios estás aquí.
—¿Porque creí que sería agradable ver a mi familia de nuevo? —preguntó
solapadamente, mostrando su mejor sonrisa con hoyuelos—. ¿Porque me sentía sola?
—Tonterías. —Stella se reclinó hacia atrás con tanta fuerza que provocó otra
nube de polvo. —Estás encinta. Hasta yo puedo notarlo. No he visto ningún anuncio
en el periódico. ¿Dónde demonios está tu padre? Ives puede creer que es mejor que
todos nosotros, pero ¡Dios mío! El...
—Y buenos días para vos, Su Majestad.
Ninian dio un grito ahogado y giró para encontrarse con Drogo de pie en el
umbral de la puerta, el amplio hombro apoyado contra la jamba, las arqueadas cejas
elevadas con diablura. Sentía deseos de abofetearle por habérsele acercado
sigilosamente de esa manera. Nunca nadie podía hacerlo con tanta facilidad, ni
siquiera los hermanos. Pero se veía tan imponente con el chaquetón negro con mucho

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

vuelo y la muy adornada chorrera, que no podía evitar admirar el panorama. Él le


guiñó el ojo.
Definitivamente quería abofetearle.
—¡Ahí está, granuja! ¿Qué es lo que pretende hacer con mi sobrina?
—Convertirla en mi esposa, por supuesto. —Cruzó la habitación con pasos
relajados y posó la mano sobre el respaldo de la silla de Ninian, indicando posesión.
La puntilla del puño le rozó el hombro de ella, y un delicioso temblor le recorrió la
piel—. ¿Qué otra cosa se puede hacer con la mujer más hermosa y más talentosa de
todo el mundo?
Quizás le mataría. Abofetearle no parecía ser suficiente. Una buena y sonora
maldición para empezar; luego, alfileres a través de las extremidades.
—No engendrará sus hijos, Ives —dijo Stella sin rodeos—. Y su familia tiene
mala reputación en el negocio del matrimonio. Ninian es especial, como obviamente
habrá descubierto, si el bebé que espera es suyo.
Ninian interrumpió la mutua prepotencia.
—No tengo interés en el matrimonio. Las mujeres Malcolm no pueden contraer
matrimonio con los hombres Ives, y yo no puedo vivir en Londres, por lo que el
asunto está bastante definido.
Escondidos bajo la cabellera de ella, los dedos de Drogo le arañaron con
gentileza la nuca. Ninian odiaba que un roce de él le pusiera la carne de gallina de un
extremo al otro de los brazos. Habían pasado más de tres meses ya desde que le
había enseñado los placeres del cuerpo, y con un simple contacto de la mano le
recordaba todo lo que habían hecho juntos, lo que podían volver a hacer, si la tía se
dignase a acabar con esa tonta discusión.
—Tonterías —dijo Drogo con calma.
—¡Engreído! —gritó Stella. Luego, al caer en la cuenta de lo que Drogo había
dicho, le fulminó con la mirada—. ¿Entiendo que el asunto no está completamente
decidido? —exigió saber ella.
—He encontrado a la mujer más hermosa y con más talento del mundo, pero
también es la criatura viviente más impredecible y totalmente imposible de
comprender. Tendrá que darme tiempo para convencerla de nuestra manera de
pensar. —Drogo se oía casi como si pidiera disculpas.
Ninian podía apostar que no se veía como si se estuviese disculpando en lo más
mínimo. Comenzó a pronunciar una respuesta mordaz, pero los dedos de él le
apretaron el cuello en señal de advertencia.
—Pues bien. —Stella arrojó las manos sobre el regazo, y el guardainfante salió
disparado hacia arriba. Haciendo caso omiso, dirigió la atención a Ninian—. Mi
madre te ha llenado la cabeza con tonterías, sin duda, pero soy la cabeza de la familia
ahora, y será mejor que me escuches, jovencita. Es una pena que no puedas
entregarle a Ives un heredero, pero tiene suficientes hermanos que se encargarán de
la tarea a su debido tiempo. Tu obligación es para con esa niña que cargas. Si algo te
llegara a suceder, necesitará todo el apoyo de la familia que pueda conseguir. Estaría
perdida con nosotras, como lo has estado tú, pero siendo una Ives, será tratada como

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una reina. No obtienen niñas a menudo.


La duquesa levantó la mirada hacia Drogo.
—Supongo que ha hablado con el despreciable padre de ella.
—Llegamos a un acuerdo —dijo solemne—. Tengo el permiso. Sois todos
bienvenidos a la ceremonia y al banquete, una vez que haya convencido a su sobrina
de atenerse a los cánones sociales.
Stella fulminó a Ninian con la mirada.
—¡Basta de tonterías! Ives es un consorte perfectamente aceptable. Ya es hora de
que pongamos freno a la tonta superstición de tu abuela. Puedes tener tus niños en
Wystan, pero no permitas que las nefastas predicciones de mi madre se interpongan
en tu camino. Él contraerá matrimonio contigo, y luego, podréis venir a vivir con
nosotros. De lo contrario, demonios les volverán locos.
Ninian entrelazó los dedos.
—Me dedico a curar, tía. Mi obligación está en Wystan —murmuró, sin
esperanzas de que le comprendieran o incluso le oyeran. Tanto Drogo como la tía
parecían creer que los deseos de ella eran mucho menos importantes que esa unión
legendaria de las familias Malcolm e Ives.
—Por supuesto que eso es lo que haces, querida. —Stella se indinó hacia
adelante y le dio unos golpecitos en la mano—. Sin embargo, tienes un esposo y una
criatura que te necesitan más. La familia va primero.
Stella irradiaba sinceridad. Realmente creía lo que decía. Ya que los aldeanos le
habían dado la espalda a Ninian, quizás su tía tuviera razón, pero entonces ¿de qué
le servían los dones? La gente de Londres solo se reiría de ella, como lo había hecho
su propio padre.
—Pero no tengo propósito aquí —protestó.
—Todas las ciencias requieren estudio —dijo Drogo reflexivamente desde
detrás de ella, como si le estuviera leyendo la mente—. Quizás puedas dedicar el
tiempo aquí a aprender más sobre hierbas y medicinas. Puedo presentarte a unos
botánicos.
—Ninian no necesita hombres idiotas —Stella se puso de pie con prisa y enfocó
las poderosas fuerzas hacia Drogo—. Tiene talento natural. Usted contraerá
matrimonio con ella, le dará un nombre al bebé y le dejará hacer lo que le plazca. Eso
le enseñará a mantener los pantalones puestos. Podría enseñarle lo mismo a los
granujas de sus hermanos.
Ninian ignoró la discusión y sopesó la propuesta de Drogo. Si se quedaba allí,
podría aprender más acerca de por qué las plantas del arroyo habían muerto y quizás
evitar que volviera a suceder. Ya había investigado en la limitada biblioteca de la
abuela y no había encontrado nada. Tal vez era hora de que se aventurara un poco
más. Pero, ¿contraer matrimonio?
Ladeó la cabeza para poder ver los angulosos rasgos de Drogo. Sabía que no era
un hombre particularmente violento; fueron las obligaciones las que le habían dado
un aspecto severo. Le agradaba lo suficiente, por lo poco que sabía de él. Sin
embargo, sí sabía dos cosas: él deseaba con desesperación el bebé que ella llevaba y

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Ninian no le temía al lecho matrimonial. ¿Era eso cimiento suficiente como para
basar un matrimonio? Ambos, Drogo y su tía, parecían creerlo.
—Soy una sanadora, no una condesa —dijo ella por encima de la presente
discusión, deteniendo a Drogo y a la tía a mitad de la palabra.
Drogo le vio esa expresión condescendiente que ella sabía que tendría que
quitarle del rostro tarde o temprano.
—El título es solo una palabra —le tranquilizó—. Lo más importante es que
serás mi esposa y la madre de mi bebé.
Ninian giró hacia la tía.
—Si contraigo matrimonio con él, será mi esposo y será un Ives. Tendrás que
aceptarle a él y a su familia como son, a pesar de la leyenda. ¿Crees que la familia
podrá hacerlo?
Stella apretó los labios.
—No durará. Ningún matrimonio Ives dura. Y ninguna Malcolm podría tolerar
a un Ives durante mucho tiempo. Es solo mérito de tu considerable talento que
vosotros dos os hayáis juntado sin matarse el uno al otro. Pero el bebé debe tener un
nombre.
La mano de Drogo se tensó sobre el hombro de ella. Ninian no podía leer las
emociones de él como lo hacía con otros, pero podía darse cuenta por la manera en
que la tocaba que estaba agitado por las palabras de la tía. Suponía que tenía derecho
a estarlo. Buscó en la impasible expresión del hombre.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres hacer?
Por un momento advirtió que la mirada de Drogo se suavizó cuando la miró.
—Creo que nos llevaremos bien. Somos dos personas inteligentes, capaces de
discutir los problemas en lugar de que nos alteren.
Esas no eran las palabras más tranquilizadoras que había escuchado. Se había
pasado más de la mitad de la vida conteniendo su naturaleza volátil para no asustar
a los aldeanos. Creía que podría seguir haciéndolo, por el bien del bebé. Solo que no
estaba segura de que lo quisiera hacer por el bien de Drogo.
—Pues bien, está decidido —anunció Stella, como si esa admisión sellara el
asunto—. Recomiendo St. John. Han tenido experiencia con las ceremonias Malcolm.
Yo me encargaré de eso. Si planeáis tomar aquí el ágape, será mejor que contrate más
sirvientes. El vestidor de entrada es un escándalo y la sala no está mucho mejor.
Ninian ha sido criada para encargarse de asuntos más importantes que tratar con la
servidumbre.
Ninian comenzaba a reconocer el humor seco en la vocecita crispada de Drogo
al aceptar las órdenes de Stella.
—Veré que así sea, Su Majestad.
Ninian no se molestó en acompañar a su tía hasta la puerta. Con los dedos aún
entrelazados con fuerza, miró fijamente el fuego, esperando que Drogo se fuera de la
habitación. No lo hizo.
Después de cerrar la puerta tras la tía, se sentó en la silla que Stella había
abandonado. Estiró sus largas piernas cruzando el espacio entre ellos, moviendo la

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frondosa falda a un lado al inclinarse él hacia adelante e intentar forzarla a que le


mirase. Ella no lo hizo.
—Ese bebé merece un nombre. —Le tomó de las manos y le obligó a abrirlas.
—¿Tú crees que hay uno, entonces? —Le miró a la cara, vio el meditabundo
ceño arrugado y supo que él no lo creía.
—No importa mucho, ¿verdad? Si hay uno, se le mantendrá. No tenía
intenciones de contraer matrimonio, no pasa nada.
Ninian frunció el ceño y alejó las manos de él.
—¿Y qué pasa si yo tenía intenciones de boda? ¿Mi opinión no cuenta?
Ahora que había captado su atención, Drogo se reclinó en la silla y tendió el
brazo por encima del respaldo.
—¿Con quién te desposarías? ¿Con Nate, el Desagradable? Le envié a las minas
de carbón a trabajar. Necesitaba algo mejor que hacer con su tiempo que hacerles
cosquillas a las muchachas. ¿Es el matrimonio tan horroroso para mí?
—No puedo saberlo, ¿o sí?
Drogo permaneció sentado completamente inmóvil hasta que la obligó a
mirarle directo a los ojos, y ella no pudo desviar la vista.
—Tienes los medios para dejarme si alguna vez te levanto la mano. Sé que no
me temes. ¿Qué más puedo hacer para convencerte de que esto es lo mejor para el
bebé?
La mano de Ninian descansaba sobre el lugar donde dormía el bebé. Su propio
padre le había rechazado por ser quien era. No podía soportar que su hija sufriera el
mismo destino. Drogo tenía el poder de inflingir mucho dolor en sus manos, y la
leyenda decía que los hombres Ives lo blandían bien. Era un filósofo natural que
nunca creería en las brujas.
Era un hombre que se moría por tener un hijo. Un hombre que le había amado
bien y lo haría de nuevo, si ella se lo permitía.
—Tu hija será una bruja, como yo —le recordó con suavidad—. ¿Puedes
aceptarnos?
—Lo aceptaré si eso es lo que tú crees —le dijo con cautela—. Si tú puedes
aceptar que no puedo creer en lo sobrenatural. Creo que eres hermosa y que serás
una madre maravillosa, y que podemos ser felices juntos, si lo intentamos. ¿Eso no es
suficiente?
Sintió las palabras de él muy profundo en su interior, en los lugares vacíos que
él había explorado y hecho suyos. Una parte de ella ya le pertenecía. No podía
apartar la mirada mientras estudiaba las palabras. ¿Podía confiar en él? Estaba
acostumbrada a saber lo suficiente de las personas como para confiar implícitamente
o ser cuidadosa. Con Drogo, estaba perdida.
Los ojos del hombre prometían sinceridad, pero incluso si eliminaba la
superstición y el instinto, no tenía la suficiente experiencia con los hombres como
para saber si creer o no en las promesas de sus ojos.
Agitada y confundida, no sabía qué hacer. Enterró los dedos en las palmas de
las manos y clavó la vista en el fuego.

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Todo lo que tenía que hacer era ir en contra de todo lo que sabía, como ya lo
había hecho, con tales desastrosos resultados.
Quizás era para mejor. La gente en Wystan ya no la quería ni la necesitaba.
Tenía una obligación con el bebé que llevaba en el vientre, y no podía castigar al
hombre ante ella por lo que había sucedido en el pasado. Tal vez, lo peor ya había
quedado atrás, y era hora de mirar hacia adelante, de explorar el mundo más allá de
lo que su abuela había conocido. Sin mirarle, agachó la cabeza en señal de rendición.
—No parezco tener mucha opción, milord. Intentaré ser como dices.
Él le cogió de la mano y se la besó, y Ninian conoció la emoción de la excitación
física. Contraerían matrimonio, y ella volvería a compartir la cama con él.
De algún modo, tendría que aprender a ser honesta con ella misma en un
mundo que no reconocía sus talentos.

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Capítulo 17

—No estoy segura de que sea lo mejor, querida.


La tía de Ninian, la marquesa de Hampton, daba tironcitos ansiosos con los
dedos a una de las mangas de seda mientras caminaba de aquí para allá en la sala de
Ninian. Sin la habitual peluca y la gomina, los cortos y agotados rizos rebotaron y
salieron disparados alrededor del rostro cuando giró sobre los talones.
—Sé que Stella cree que es lo mejor, pero él es un Ives, querida. Son apenas
civilizados. Y sé lo que cuenta la historia. No creo que hayan cambiado mucho con el
correr de los años. Ellos no creen en nosotras, Ninian. Simplemente no podemos
sobrevivir así.
La tía Hermione era la más joven y la más amable de todas las tías. Tenía el don
de crear perfumes que sacaban lo mejor de cada uno, y su sutil aroma a lirio de los
valles flotaba en la habitación al tiempo que caminaba de un extremo al otro de la
sala. Literalmente, emanaba amabilidad y tranquilidad de manera que a Ninian no le
quedó otra opción que sonreír, incluso cuando ella no estuviera de acuerdo.
—La historia nos dice que no podemos sobrevivir si nosotras negamos lo que
somos —dijo Ninian—, no si otros nos niegan. No tengo intención de hacer la cuenta
que no soy bruja, y Drogo acepta eso. Hay que reconocer que no lo entiende, pero
está dispuesto a aceptarme como soy. —Sin embargo, incluso al tiempo que lo decía,
la duda le inquietaba. ¿Podía vivir con mera tolerancia? Era la prima segunda del
rechazo, y ella había experimentado suficiente de eso en toda su vida.
¿Cómo podía hacer lo que tenía que hacer y, al mismo tiempo, ser una condesa
Ives? Drogo le exigiría que se comportase como una esposa, y ella se inclinaba a
complacerle. Si no la comprendía, entonces ella no podría ayudar al pueblo. Ya a esas
alturas, se sentía partida en dos.
¿Era ese el peligro de un Ives, entonces? ¿Tenían su propio poder de embrujo
por la fuerza y la confianza con las que convencían a una mujer para que se muriera
por obtener su protección?
Le había resultado demasiado fácil esconderse tras Drogo cuando los aldeanos
le dieron la espalda. Se había vuelto una cobarde y se había olvidado de su
obligación. Drogo podría reparar el daño provocado por la tormenta con martillos y
azadas, pero la gente no se curaba con tanta facilidad. La necesitaban, lo supieran o
no.
Quizás la amenaza de la leyenda que advertía sobre el desastre que resultaría
de unir a un Ives con una Malcolm tenía más de un significado. Una bruja Malcolm
desviada de su verdadera misión podría morir por tal negligencia, de la misma
manera que seguramente se estaba muriendo el arroyo por su propia ignorancia.

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Tenía que regresar a Wystan. Si así él lo deseaba, Drogo podría ir a visitarle


cuando tuviese el tiempo y las ganas. Seguramente, Drogo en pequeñas dosis sería
mucho menos abrumador que acechando cada uno de sus movimientos. Solamente
debía ser firme, como no lo había sido en el pasado.
Hermione echó una mirada por la ventana, y el pálido, delicado entrecejo se le
arrugó por lo que vio debajo.
—Ese debe ser un Ives llegando ahora. No se ve feliz, querida. Has estado
aislada demasiado tiempo y simplemente no tienes idea de en qué clase de familia te
estás metiendo.
Ninian podía sentir cómo se gestaban los nubarrones de ira cuando el
mayordomo contestó a los golpes de la puerta principal. No había conocido a ese
Ives en particular. La tía Hermie tenía razón. Definitivamente, no estaba nada feliz.
—No presiento ningún peligro, tía Hermione. Sé que los hermanos de Drogo
son un poco ásperos, pero son jóvenes bastante interesantes. ¿Podría en verdad tener
algo de malo conocerles un poco mejor?
Hermione le observó con curiosidad.
—Stella lleva las riendas porque es la mayor, pero nuestra madre te eligió a ti
para seguirle los pasos. Tú eres la única con las mismas habilidades. ¿Es esto lo que
habría elegido para ti? ¿Qué hay de Wystan? ¿No te necesitan allí?
Ninian escondió la incomodidad que sentía al espiar por la ventana.
Aparentemente, el visitante había ingresado pero no había preguntado por ella. No
tenía necesidad de bajar y saludarle. En cambio, tenía que regresar a la sala y
acicalarse en preparación para el banquete de bodas.
—Creo que, durante un tiempo, debo aprender acerca de otra gente y otros
lugares, tía Hermie —dijo ella lentamente, buscándole la salida a ese laberinto de
lógica sin mucha habilidad—. El pueblo de Wystan ha acudido a Drogo, no a mí.
Debe haber una razón. Y quizás, si me marcho por un tiempo, se habrán olvidado de
los prejuicios para cuando regrese.
Hermione suspiró, se enroscó el pañuelo de seda rosado alrededor del cuello y
dio unos golpecitos sobre el hombro de Ninian.
—Pues bien, siempre pensé que eras demasiado inteligente para acabar
enterrada viva en Wystan. Quizás tengas razón, querida. Solo quería que supieras
que tú y ese bebé siempre tendréis un hogar con nosotras, sea lo que fuera que
decidas. Si algo aprendimos de esa vieja historia al menos, es que las mujeres
Malcolm deben cuidarse unas a otras.
—Debo hacer un nuevo perfume para ti —concluyó Hermione con voz más
firme—. Ya has crecido demasiado para seguir con el viejo.
Se marchó deprisa, dejando a Ninian observando la calle esperando la llegada
de Drogo.

Después de una sesión particularmente argumentativa en el Parlamento, Drogo


irrumpió en la casa, arrojó el sombrero hacia la mesa del salón y observó con la

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mirada vacía cuando este cayó al suelo. Estaba bastante seguro de que había habido
una mesa allí esa mañana.
Se encogió de hombros, dejó el sombrero donde había caído y caminó con
grandes pasos hacia el escritorio, donde guardaba un decantador de brandy. A un
hombre se le permitía una copa al caer la noche. Prácticamente, era un requisito
social. Solo que no se sentía muy sociable en ese momento.
Cuando entró en el escritorio, se detuvo sorprendido al ver a Dunstan mirando
fijamente una planta en una maceta que milagrosamente había comenzado a echar
hojas nuevas en las pasadas semanas. Drogo no estaba seguro siquiera de por qué la
planta estaba frente a su ventana ni quién la había colocado allí en primer lugar.
Había sido un depósito de cenizas de cigarro y sobras de brandy en un rincón oscuro
de la habitación desde que tenía uso de razón.
—Está creciendo —dijo Dunstan como saludo, sin girar para observar quién
había ingresado a la habitación. La evidencia de que ese hermano no pasaba el
tiempo detrás de un escritorio se veía en los ondulantes y gruesos músculos de la
amplia espalda y de los hombros que estiraban las costuras de una chaqueta pasada
de moda unas tres temporadas.
Drogo sacó el decantador del escondite, notó que el nivel estaba cinco
centímetros más bajo de lo que debería y se encogió de hombros.
—Acostúmbrate —le contestó con tono cortante—. Las cosas cambian cuando
llega una mujer. Tú estás casado. Dame alguna pista.
Dunstan resopló con descortesía al girar y servirse otra copa. Enmarañados y
sin estilo, los negros mechones lacios confirmaban la conexión con el lado legítimo de
la familia. Todos sus hermanastros menores poseían los rizos de su madre Ann.
—He vivido con nuestra madre toda mi vida. Y estoy mucho más
acostumbrado de lo que tú estarás jamás. Sin embargo, ni siquiera nuestra madre
podía hacer crecer las plantas en una mazmorra como esta.
Drogo se desplomó sobre la silla del escritorio y dio un sorbo apreciativo del
licor, mirando a su hermano al hacerlo. Dunstan nunca iba a Londres... si podía
evitarlo. El hermano había crecido con las costumbres del campo y detestaba la falsa
cortesía de la sociedad. Vivía para la propiedad, las ovejas, las vacas y otras molestias
animales.
—Pues bien, ¿has venido entonces a ver si has sido desheredado?
El amplio entrecejo de Dunstan se arrugó al pensar.
—Podría pelear por eso en la corte, supongo. Solo tienes la palabra de Sarah de
que ese bebé es tuyo, y todo el mundo sabe que Sarah está non compos mentis.
—Bueno, al menos uno de nosotros sacó algo de provecho de la educación. —
Drogo dio un trago más profundo y observó la próspera planta con sospecha—.
Sarah no es una lunática total. Se libró de las pesadas manos de la madre al acoger a
Ninian.
—Si quieres tomarle la palabra. —Dunstan se dejó caer sobre una pesada silla
de cuero y echó la cabeza hacia atrás al tragar el brandy—. Aun así, lucharé.
Sin verse perturbado, Drogo tomó un abrecartas y dio unos golpecitos sobre el

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

escritorio con él.


—Te cortaré, si lo haces. —Había aprendido a temprana edad cómo controlar a
los indisciplinados hermanos. La visión que él tenía para las finanzas les había
servido muy bien en más de una manera—. Si hay un bebé, y ese asunto aún es
discutible, podría bien ser una mujer. No quedes como un estúpido hasta que sea
necesario.
—Habrá un bebé. Tarde o temprano, siempre hay un bebé. Las mujeres se
encargan de esas cosas. —Dunstan bebió el resto del licor y extendió el brazo para
alcanzar el decantador.
Drogo se lo quitó de su alcance.
—¿Problemas en casa?
Dunstan le fulminó con la mirada.
—No te interesa. Has sufrido la confabulación femenina en carne propia antes y
has salido ileso. Esta debe ser taimada.
Drogo pensó en aquello, haciendo rebotar el abrecartas contra la madera al
hacerlo.
—No. Tendrás que conocerla. Debo reconocer que no es la mujer simplona que
se empeña por representar, pero no es taimada. Si alguien es el cerebro aquí, esa
persona es Sarah. Ninian... —Echó una mirada sobre el hombro en dirección a la
planta—. Bueno, Ninian hace crecer cosas.
Dunstan rio con un hipo medio ebrio.
—¿En el vientre, verdad?
Con calma, Drogo arrojó la afilada hoja de acero del abrecartas hacia el estante
detrás de la cabeza de Duncan. El mango tronó con la fuerza del impacto.
Dunstan se despejó inmediatamente y levantó una mano en señal de rendición.
—Lo lamento. Sin embargo, no me estás haciendo la vida más fácil.
Drogo tamborileó los dedos contra el escritorio y dio un nuevo sorbo al brandy.
—El título no significa nada para ti, ¿verdad?
Dunstan encogió sus escarpados hombros.
—Quizás no para mí, pero sí para mi esposa, y para los hijos que tengamos.
—¿Celia está encinta?
Dunstan se vio incómodo.
—No. —Fulminó con la mirada las cejas enarcadas de Drogo—. Es Celia, no yo.
Lo sabes.
Lo sabía. Drogo se reclinó hacia atrás en la silla y apoyó los pies sobre el
escritorio. Dunstan había estado perdidamente enamorado de una de las sirvientas
en su juventud. Había estado soportando los resultados durante años. Los hombres
Ives no tenían inconvenientes en engendrar hijos. La mayoría de sus problemas
radicaban en engendrar hijos legítimos.
—Puedo encargarme de que obtengas la propiedad del campo de por vida —
concedió Drogo—. Puedes utilizar tu porción de las ganancias para invertir en tierras
para tus hijos.
—Celia preferiría invertir en una casa urbana en Londres —respondió Dunstan

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con tristeza—. No tienes idea de cómo las esposas pueden convertir tu paz en un
infierno. La tuya probablemente quiera la propiedad del campo, una casa nueva en la
ciudad y un guardarropa adecuado para una reina. No quedará nada para el resto de
nosotros.
Los labios de Drogo se retorcieron de mala gana ante tal observación.
—Ninian querrá que reconstruya Wystan, reencauce un río y vista a la mitad de
la campiña, pero no me pedirá nada para ella misma. —No había pensado mucho en
eso hasta ese momento, pero reconoció la verdad a medida que la iba diciendo. A
diferencia del resto de su demandante familia, Ninian no pedía nada frívolo. No
estaba completamente seguro de cómo lidiar con eso.
—Te estás engañando a ti mismo si crees que las cosas seguirán siempre así —le
advirtió Dunstan—. Son toda dulzura y luz antes de atraparte con sus garras. Una
vez que has picado el anzuelo, se convierten en viejas brujas.
Teniendo en cuenta lo que sabía acerca de los vigorosos poderes de las tías de
Ninian, Drogo podía anticipar que eso sucedería, pero no podía acabar de creerlo. Se
moría por ir a la planta superior, a la habitación de Ninian, en ese mismo instante,
escuchar la inocente descripción de las actividades diarias, y relajarse en el placer de
su voz tranquilizadora. Podía sanar con esa voz. No necesitaba hierbas y ni pociones
mágicas. En cierto modo, le agradaba esa singularidad de que no veía nada malo en
que él ingresara a su habitación cada vez que así lo desease. Y las observaciones
acerca de la vida en la ciudad no solo eran astutas, sino que representaban una
perspectiva completamente nueva para él.
—No creo que «vieja bruja» sea una descripción precisa de ella.
—Entonces probablemente sea una descerebrada como Sarah. Entre ambas, te
volverán loco.
Sin sorprenderse, Drogo notó que la puerta se abría y supo quién era incluso
antes de que entrara. Ninian tenía la extraña costumbre de aparecerse cada vez que
pensaba en ella. Pero, claro, se pasaba mucho tiempo pensando en ella últimamente.
Llevaba puesto un bonito vestido de lana color lavanda que era diferente a
todos los vestidos que había visto en las señoras, pero considerablemente más
seductor que el traje de campesina que había adoptado en Wystan. Podría él
cuestionar su salud mental y la de ella por continuar con esa relación, pero no podía
poner en duda su atracción por Ninian, en absoluto. Parecía un ángel que acababa de
caer del cielo, pero un ángel con un toque de lujuria que le hacía la boca agua al
pensar en la noche de bodas.
—Hola, querida. Ven a conocer a mi heredero, Dunstan. Cree que ambos
estamos locos.
—Todos los hombres Ives estáis locos —acordó ella solemnemente,
adentrándose en la habitación.
Drogo se mordió para no reírse de esa réplica, y un calor exquisito le recorrió el
cuerpo cuando ella le tocó el hombro, derritiéndole la sonrisa. ¿Cómo demonios hizo
eso?
Aparentemente ajena al efecto que provocaba, extendió la mano hacia Dunstan.

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Drogo enarcó las cejas cuando su hermano de hecho se puso de pie y se inclinó hacia
ella. Dunstan podía ser grosero, ordinario y burdo cuando quería, pero al parecer, no
estaba lo suficientemente ebrio como para insultar a la próxima condesa de Ives.
—Tú no eres como Drogo —dijo ella, asombrada—. Irradias dolor e ira y... —
Arrugó la nariz y pensó—. ¿Amor no correspondido? ¿Es posible? Esta ciudad vibra
con tantas emociones que es difícil desenmarañarlo todo.
Dunstan enarcó una inquisitiva ceja hacia Drogo.
El hermano se encogió de hombros.
—Está intentando convencerme de que está trastornada para que le envíe de
regreso a su casa.
—Soy bruja, no lunática —contestó Ninian con tono gentil, dándole un
golpecito en el hombro sin dejar de mirar a Dunstan—. Drogo no cree nada de lo que
le digo, por lo que no creas que revelaré tus secretos. Me agradaría conocer a tu
esposa en algún momento. Tengo la sensación de que las pocas mujeres de esta
familia en verdad deben conocerse mejor entre ellas.
Dunstan permaneció de pie ya que Ninian no tomó asiento.
—Ama cualquier excusa para venir a la ciudad. La traeré para la boda.
—Bien. —En apariencia satisfecha, concentró la mirada en Drogo—. Ofrécele a
tu hermano una habitación para pasar la noche. Haré que le preparen un baño
caliente y comida.
Drogo se reclinó hacia atrás y le sostuvo la mirada. Le encantaba la manera en
que podía atraer toda su atención.
—¿Qué le ha pasado a la mesa del salón?
—La tía Stella dijo que debíamos poner este lugar presentable, así que Sarah ha
ordenado que se llevaran todas las piezas viejas. Pensé que sería más fácil limpiar
antes de que trajeran las nuevas. Joseph tiene buen ojo para el diseño, por lo que ha
elegido algunas cosas.
—La vieja mesa no tenía nada de malo —dijo él, con suavidad, más curioso que
perturbado por esa reorganización de su vivienda—. Y lo más probable es que
Joseph escoja algo con más arcos y frontispicios y estatuas que el palacio de
Westminster.
—De hecho, recomendó un ama de llaves. —Ninian dio unos golpecitos más en
el hombro de Drogo, hizo una reverencia hacia Dunstan y se deslizó fuera de la
habitación.
Volviendo a derrumbarse sobre la silla, Dunstan se veía como si hubiera sido
golpeado por un ladrillo en la cabeza.
—¿Una bruja? —dijo entre dientes—. Dios mío, se ve como Venus. Una pena
que tenga gusanos en la azotea. —Se detuvo y pensó en ello un minuto—. Supongo
que es la única forma de que una mujer pueda sobrevivir en esta familia.
Drogo juntó las yemas de los dedos y observó a su hermano con frialdad.
—Creo que será mejor que vayas a la habitación que ella te ha ofrecido. Yo te
habría echado a la calle.
Dunstan dejó que el comentario le resbalara.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No, no lo habrías hecho. Me dejarías aquí a embriagarme debajo del


escritorio. La comida suena más tentadora ahora que he conocido a tu adorable
prometida. —Sonrió con la centellante sonrisa blanca de antaño—. Este matrimonio
será un placer para la vista. Tengo la sensación de que el objeto inmóvil ha chocado
contra una fuerza irresistible.
Drogo vació su copa lentamente cuando su hermano se hubo marchado. Nunca
había dudado de la inteligencia de ninguno de sus hermanos. Dunstan podría muy
bien estar en lo cierto. Nunca antes se había considerado a sí mismo como un objeto
inmóvil, pero Ninian era definitivamente una fuerza irresistible. La deseaba con
desesperación. Y ella no le necesitaba en lo más mínimo.
¿Dolor? ¿Ira? ¿Amor no correspondido? ¿De qué demonios había estado hablando
ella?
Al darse cuenta de que la llegada de Ninian le había distraído de su
interrogatorio a Dunstan acerca de su matrimonio, clavó la mirada en las saludables
y erectas hojas de la planta. Ya podía sentir las riendas resbalándosele de las manos.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 18

Septiembre.

Ociosamente, Drogo acariciaba el inútil telescopio y miraba al exterior por la


ventana de la habitación. La luna estaba allí. Ni siquiera el denso humo ni la neblina
de Londres podían ocultarla. Pero las estrellas estaban fuera de su alcance esa noche.
Pensó cuan claramente destellaban en Wystan y anheló la paz de la torre. Con Ninian
allí, había sido el escape perfecto.
Un pensamiento le llevó a otro y acabó desviando la mirada hacia la puerta
cerrada que daba a la habitación que llevaba a la de Ninian. Al día siguiente
contraerían matrimonio. Se preguntó si la renuente condesa había decidido huir ya.
Después de semanas de soportar las peleas constantes de su familia de mal genio,
quizás preferiría la frialdad de los aldeanos de Wystan. En verdad, no podía culparle.
Quizás se sentía sola y asustada. Una muchacha debía estar con su familia en la
víspera de su boda. Él había pensado que tendría que discutir con las mujeres
Malcolm para mantenerle donde él y su familia pudieran vigilarle. Ninian les debía
haber dicho algo a las tías porque no había escuchado ni una palabra de objeción.
Familia extraña. Parecían creer que Ninian no necesitaba la ayuda de nadie. Él
suponía que era mucho más independiente que todas las mujeres que conocía, pero
eso no significaba que no pudiera sentirse sola, como cualquier otra persona.
No estaba del todo seguro de cuándo había decidido visitarle, o si lo había
hecho en primer lugar. Con el regalo de bodas en la mano, golpeó suavemente a la
puerta de su habitación, sin molestarse en esperar una respuesta. Ella nunca le había
dicho que no, tampoco le había invitado jamás. Simplemente parecía existir allí,
como una posesión con el único propósito de ser utilizada por él. Tendría que
aprender a lidiar con ello. No solo nunca se había imaginado tener una esposa, sino
que tampoco había creído que tuviera una que no le quisiera como esposo. Volvía las
cosas bastante incómodas.
Al entrar, no vio velas ni fuego que le iluminaran el camino; sin embargo, una
luz dorada resplandecía en la habitación y revelaba la cama intacta. Drogo silenció el
pánico repentino. Dejó el obsequio sobre la mesa de noche, fue más allá de la cama
con cortinajes y miró por la ventana alta.
Ella estaba de pie con los brazos extendidos, dibujada sobre un cuadrado de luz
de luna sobre la alfombra, con el cabello dorado cayendo en cascada hasta la cintura,
al tiempo que extendía los brazos para tocar las estrellas, balanceándose al ritmo de
una música que solo ella podía oír. Sin notar la presencia de Drogo, giraba, bailaba y
reflejaba el brillo de la luna y el vestido de hebras de telaraña volaba y se ceñía y

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

revelaba mucho más de lo que ocultaba.


Con un hambre ferviente, Drogo buscó las altas curvas de los pechos, los duros
puntos presionando contra la delicada tela del vestido, luego llevó la mirada hacia
abajo, hacia la definitiva prominencia del abdomen. Con la fecundidad de las
estatuas de diosas terrenales druidas que él había visto en museos, ella florecía con
vida nueva, evidencia positiva confirmando la teoría.
Cinco meses más, y estaría sosteniendo un hijo propio en los brazos.
No podía separar la emoción y el terror que le provocaba ese pensamiento de la
emoción de pura lujuria que sentía por la mujer que bailaba bajo la luz de la luna. El
instinto primitivo luchaba contra la protección civilizada. Una mujer en su estado
debía ser mimada y no violada.
Una bruja de cabellera dorada exigía violación.
Dio un paso dentro del círculo de luz de luna y Ninian bailó hasta sus brazos,
como si ella fuera la parte de sí mismo que le faltaba, como regresando a casa.
—El bebé es mío —dijo él, con brusquedad, sin saber si estaba preguntando o
impartiendo una orden cuando los labios de ella se abrieron bajo la boca de él.
Cuando al final obtuvo la libertad de acceso que le había sido negada, la aceptó con
hambruna, devorando la dulzura del aliento de Ninian, y el deseo manó entre ellos,
elevando la temperatura con rapidez.
Drogo acarició con posesión la protuberante curva del vientre de Ninian y algo
muy parecido a la alegría se abrió camino entre los marchitos despojos de su
corazón. Había plantado la semilla y ella la había nutrido. Se sentía humilde y
aterrado a la vez, y no sabía cómo comportarse.
La lengua de ella acarició la de él, distrayéndole de los pensamientos
decididamente retorcidos. Los suaves dedos de Ninian le abrieron la bata y se
apoyaron sobre el pecho, pellizcándole puntos sensitivos hasta que gimió entre los
labios y se olvidó del bebé.
—Tuyo y mío, y de Dios —estuvo ella de acuerdo, frotándose contra él como
una gatita.
Él podía jurar que le había escuchado ronronear cuando le tomó los pechos con
las palmas e hizo el beso más profundo. La maldita gata debía estar allí adentro. No
importaba. La necesitaba demasiado como para vacilar ahora que le había dado vía
libre. Desató los lazos y tiró del canesú hacia abajo hasta que su piel desnuda le rozó
la suya. Aplastó los excitados pezones contra el pecho y le mordió los labios hasta
que ella los volvió a abrir. Había estado deseando eso durante cuatro largos meses.
En ese momento, poseer a esa hembra escurridiza parecía mucho más
importante que cualquier otra cosa sobre la tierra.
Inhaló el aliento y, degustando la lengua de Ninian, la levantó del suelo.
—No me rechazarás ahora. —Lo expuso como una verdad absoluta, una línea
extraída del libro del conocimiento. Ella era salvaje y libre, y no pertenecía del todo a
este mundo, pero él sabía en cada poro de su cuerpo que era suya por completo.
Llevaba a su bebé en su vientre. La euforia le hinchó el cuerpo, como si hubiera
conquistado las estrellas.

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—No puedo rechazarte —le contestó, simplemente—. Los lazos son muy
fuertes.
Ella le confirmó lo que le había dicho el instinto, a pesar de que no comprendía
ni las palabras ni el sentimiento. En ese momento, solo sabía que tenía los brazos
llenos de una mujer deliciosa, con dulce aroma, suave y deseable, y a la que había
estado esperando durante cuatro meses. Tiró del vestido hacia abajo y le levantó en
brazos al tiempo que las prendas formaron un charco en el suelo, luego la llevó hasta
la cama.
—Ni esta noche, ni ninguna otra —juró él, a ella, a él mismo, a los poderes
existentes. No perdería a esa mujer como su padre había perdido la suya.
—Ninguna noche hasta que regrese a Wystan —le prometió con cautela.
Ignoró la corrección. A pesar de sus deseos anteriores, no tenía razones para
regresar al páramo infértil de Wystan en un futuro cercano, y no le permitiría ir sin
él. Le colocó en la mitad de la alta cama y le separó las piernas de manera que pudo
erguirse entre ellas.
Ninian levantó la vista y le miró como si él fuera todos los dioses del mundo.
Excitado hasta sentirse a punto de explotar por el poder que ella le otorgaba, Drogo
le ofreció placer antes de buscar el propio, lamiéndole los pechos hasta que se
retorció por la necesidad, masajeándole cuando se arqueó contra la mano,
penetrándole con los dedos hasta más allá de la primera cima, hasta que convulsionó
por la presión. Solo entonces se abrió la bata y reclamó el exquisito placer de
penetrarle.
Ninian gritó por la repentina presión. Los músculos se le estrecharon alrededor
de la invasión, luego se derritieron debajo el fuego líquido de la penetración. El
cuerpo ya no era suyo sino de él, contrayéndose ante sus órdenes, abriéndose con las
zambullidas, levantándose con espasmos a su ritmo hasta que ya no fue ella misma,
sino una parte de él. Durante un momento, esta pérdida de sí misma la asustó. Pero
luego, notó que no solo sentía la parte masculina de él que la poseía, sino todo él —la
esencia que le escondía, el corazón que le latía en la sangre, la pasión que le
impulsaba—; entonces, el alma le cantó de felicidad. Sin reparos, le siguió hasta la
cima más alta y más allá.
La sensación de caída libre al flotar de regreso fue aterradora, pero Drogo la
sostuvo cerca de sí, enroscándole las piernas alrededor de su cadera y luchando por
permanecer junto a ella hasta que hubo aterrizado, como si comprendiera que ella
necesitaba esa base. Solo que, al regresar los dos a la tierra, perdió la conexión que
momentáneamente les había unido. Ninian extrañó la ardiente pasión que él
escondía con fría reserva.
Físicamente, permaneció colocado en su interior, conmocionado una vez más
incluso al inclinarse hacia adelante para plantarle besos suaves en la mejilla y
juguetear con los pechos, lleno de deseo.
—Creo que te mantendré cerca, hija de la luna —le susurró con tanta suavidad
que ella casi ni le escuchó—. Te querré a cada hora del día.
La propuesta se oía extremadamente agradable. Sintiendo demasiada languidez

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como para discutírsela, Ninian deslizó los brazos alrededor del cuello del hombre.
—Qué bien que solo podamos hacer un bebé a la vez —murmuró al tiempo que
las manos mágicas de Drogo creaban ondas de sensación que iban desde los pechos
hasta el vientre.
—Entonces supongo que debemos hacer el amor, en cambio.
Y así lo hizo, con una rapidez que la dejó jadeando.
Más tarde, estaba ella recostada entre sus brazos y se preguntaba una vez más
qué había hecho. Un tiempo atrás, había sido una mujer libre, sin conocer lo que era
sentirse dominada por otra persona. Luego, había experimentado con la tentación y
caído en los lazos de ese hombre, por muy sedosos que fuesen. Ahora llevaba su hijo
en el vientre y había acordado llevar su apellido; y de una manera que no podía
precisar, él le reclamaba. Era el orden natural de las cosas, suponía Ninian, pero no
comprendía el dominio que él ejercía. ¿Cómo era posible que con solo tocarle, ella ya
se rindiera ante sus deseos? Parecía más algo mágico que natural. No había
bromeado antes: no podía rechazarle. No eran buenas noticias para su escape en caso
de que él le prohibiese hacer lo que ella creyese mejor.
¿Cómo podía ser honesta consigo misma sí formaba parte de él? No quería ser
controlada como Drogo lo hacía con el resto de su indisciplinada familia.
—Te he comprado un regalo de bodas —le susurró al oído, despertándole del
ensueño al acariciar con la mano dulcemente sobre el lugar donde crecía el bebé.
—Ya veo —contestó ella con suavidad, acercándose a la creciente excitación de
Drogo. Él rio, un extraño sonido que no escuchaba muy a menudo. Le agradaba la
manera en que le retumbaba en el pecho y en la garganta.
—No me refería a eso, aunque eres bienvenida. —Se irguió sobre un codo y
estiró la mano hasta la mesilla de noche—. No es lo mismo que unas joyas, pero
pensé que te agradaría más.
Sorprendida, aceptó un gran libro forrado en cuero que olía a humedad.
Estornudó y se preguntó, al tiempo que ondulaba los bordes de las páginas en la
oscuridad, si su marido no sería tan raro como el resto de la familia.
—Es el diario íntimo de una señora Malcolm —explicó él—. Lo encontré en los
estantes de la biblioteca el otro día. Está escrito en latín y la letra es difícil de
entender, por lo que dudo que haya sido leído jamás.
Con respeto, acarició la cubierta ahora que sabía lo que era. El obsequio era aún
más dulce porque él había reconocido cuánto significaría para ella.
—Las mujeres Malcolm no se desprenden de sus libros con tanta facilidad.
¿Cómo acabó este aquí? He leído los pocos que tenemos. Siempre están en latín.
Drogo permaneció en silencio durante un momento y luego, le volvió a
sorprender.
—Eres mucho más inteligente de lo que le permites saber a la gente. ¿Por qué te
empeñas en creer en tonterías supersticiosas?
—¿Quién puede distinguir entre la superstición y la verdad? —Abrazó el libro
contra el pecho y luchó por encontrar las palabras para lograr que él pudiera
entenderlo. De repente, fue importante que ese hombre que tomaría como esposo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

comprendiera quién y qué era ella—. Engendramos un bebé en una noche. ¿No es
eso una clase de magia?
Drogo se sentó apoyado sobre los cojines y le acunó contra el hombro,
acariciándole el cabello. Nunca contestaba sin pensar cuidadosamente la respuesta,
pero ella deseaba poder seguirle el hilo del pensamiento en ese momento.
—Como has dicho, lo que hicimos engendra bebés —dijo lentamente—, pero
supongo que, si quieres llamar magia al éxito de las manipulaciones de Sarah,
entonces fue mágico que nos descubriéramos el uno al otro.
Ninian debería haberse sentido satisfecha con aquello, pero no fue así. Sabía
que él no aceptaba por completo lo que significaba para ella ser una Malcolm.
—¿Es tan difícil de creer que tengo poderes que otros no tienen?
Le besó la frente y le acarició el lugar donde estaba tendido su bebé.
—Serás mi esposa, condesa de Ives, madre de mi hijo. ¿No es suficiente?
—No. Decir eso y decir que soy tu mesa o tu silla es lo mismo. Ser una posesión
no tiene sentido. Debo ser quien soy, y soy la sanadora Malcolm, lo primero de todo.
Si no puedes aceptar esto, entonces será mejor que reconsideres nuestro matrimonio
antes de que sea demasiado tarde.
—Ya es demasiado tarde. —Le quitó el libro y lo dejó a un lado—. Puedes
ponerte el nombre que quieras, pero la gente te llamará condesa. No es un puesto
fácil de cubrir. —La mano acarició más arriba, llenándola con la suave carne. —Haré
lo que pueda para ayudar, pero como he dicho, no estaba preparado para tener una
esposa. Aprenderemos juntos.
Cuando él la besó y la llevó a la rendición una vez más, Ninian recordó por qué
había caído en la esclavitud de ese hombre. No solo poseía las tentaciones del diablo,
sino que tenía una mente abierta que no la excluía como lo habían hecho tantos otros.
Ella podía aceptar eso, por ahora, como su cuerpo le aceptaba a él.

En el asiento del carruaje opuesto a Ninian, el futuro esposo miró con el ceño
fruncido a la incipiente muchedumbre que se acumulaba frente a la escalinata de la
iglesia. Drogo no era un hombre apuesto, ni siquiera era lo que uno podría decir
elegante. Ella pensaba en esas palabras demasiado cercanas a «bonito» para describir
al conde de Ives. Drogo era mucho más llamativo y sin duda más aristocrático que
bonito, y el ceño era lo suficientemente feroz como para espantar a los cuervos de la
Torre de Londres. Sin embargo, ya no tenía el poder de arrojarle a ningún estado de
terror.
—Están todos aquí —se quejó—. Nunca creí que les vería a todos ellos juntos
bajo el mismo techo.
—No están bajo ningún techo todavía, para ser más precisos. —Ninian se
inclinó hacia adelante para mirar por la ventanilla. La calle parecía estar alineada con
carruajes. Las bodas no estaban precisamente de moda. Eran simples procedimientos
legales para unir los enredos de familias y fortunas. Ellos habían enviado anuncios
de boda, pero no habían anticipado esa clase de concurrencia. Varios de los carruajes

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tenían penachos pintados en las puertas. Sus tías—. ¿Te importaría posponer esto
para otro día? —le preguntó, nerviosa. Si las tías estaban allí también...
Le dedicó la infame arruga del entrecejo.
—Ni aunque me amenazaran con la pena de muerte. Acabaremos con esto de
una vez, y luego, nos dejarán en paz.
Ninian tenía serias dudas al respecto mientras el lacayo abría la puerta y Drogo
bajaba para ayudarle a salir. La neblina de la mañana apenas se había levantado
sobre el sol de setiembre, y una fresca brisa le tironeó de la capa. Seguramente, las
tías y las primas habían buscado refugio dentro de la iglesia.
—Quizás deba advertirte —comenzó a decir ella, antes de que una oleada de
emociones le cayera encima con tanta fuerza que casi se tropieza. Estaba aprendiendo
a manejar los efectos de su don en la ciudad, pero el tumulto que ahora sufría era
más potente que los esparcidos sentimientos de los transeúntes. Eso estaba dirigido a
ella como a cualquier otra persona.
Se aferró al brazo de Drogo y levantó la vista para encontrarse con los ojos
oscuros de un hombre más alto y más viejo que Drogo. No le había visto nunca. Él le
hizo una reverencia con un movimiento de cabeza cuando ella le miró. Desde el
fondo de la muchedumbre, simplemente entró en la iglesia y desapareció una vez
que la hubo visto. Como todos los hermanos estaban gritándole a la vez para captar
su atención, Drogo no parecía haberse dado cuenta de nada.
Ninian recorrió con la mirada la multitud de hombres Ives de ansiosos ojos y
cabello oscuros, preguntándose cómo lograría encajar en esa tumultuosa prole
alguna vez. Dunstan reclinó los hombros de labrador contra el muro de piedra de
lacatedral al inhalar una última calada del cigarro y observarla con cautela. Joseph
introdujo las manos en los bolsillos y le ofreció un tímido encogimiento de hombros.
Varios primos y críos diversos clamaban por la atención de Drogo, o simplemente
daban vueltas sin cesar.
—¡Al demonio con vosotros! —gritó Drogo, sacudiéndose manos de la manga
aplastada de la chaqueta—. ¿Tenéis miedo de enfrentaros a las mujeres, por eso
permanecéis aquí afuera? Para adentro, donde deben estar.
—¿Has visto a esas mujeres? —clamó uno de ellos—. Son todas rubias como tu
novia, con las narices elevadas medio camino al techo.
Ninian rio tontamente. Pensó que el que hablaba era el hermanastro más joven
de Drogo, Paul. No podía tener mucho más de dieciséis años y estar recién salido del
instituto. La cabeza comenzaba a girarle como una peonza al ver a las mujeres. Las
primas la habrían tenido girando en círculos.
—¿Has visto lo que le han hecho a la iglesia? —gritó Joseph por encima del
resto, con los ojos danzando de curiosidad y alegría—. ¡Tienen árboles!
Ninian se estremeció cuando todos los ojos oscuros giraron inquisidores hacia
ella. Se aclaró la garganta.
—Las Malcolm usualmente contraemos matrimonio en el bosque. Mis tías se
han adaptado a los tiempos que corren.
—¿Hay algo más que deba saber antes de que entremos? —preguntó Drogo con

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ese tono desapasionado que tan bien conocía ella.


Probablemente le debería haber advertido antes, pero rara vez pasaban mucho
tiempo conversando. Se sentía un poco culpable por no haberle explicado nada
acerca de su familia con un poco más de profundidad.
—¿Hay algo que pudiera hacerte cambiar de opinión respecto a llevar esto
adelante? —le preguntó con más cinismo que ansiedad.
Drogo no lo pensó mucho tiempo. Sin dejar de controlar a los hermanos
mientras ingresaban a empujones a la iglesia, volvió a mirar el lugar donde el sencillo
vestido blanco aún disimulaba el creciente vientre.
—No, no se me ocurre nada.
—Entonces, no tiene sentido atrasar el procedimiento. —Con determinación,
dio el primer paso.
—¿Por qué eres la única persona aquí que no está nerviosa? —masculló
aferrándose al brazo de ella con más fuerza al proceder escaleras arriba.
—Tus hermanos no están nerviosos —contestó mientras observaba a la nueva
familia correr al interior para obtener los mejores lugares—. Están enfadados y
vacilantes, un poco celosos, y todos desconfían, probablemente de mis primas.
Supongo que han escuchado la leyenda, también. ¿Quién era el hombre que estaba
de pie al fondo?
Vio la mirada de Drogo completamente vacía. «Por una vez, pensó, él no se está
escondiendo de ella». Realmente no tenía idea.
—Era un Ives —insistió ella—. Se parece más a ti que cualquiera de los otros.
—Pobre cabrón —dijo Drogo entre dientes—. Espero que tenga mucha pasta
para compensar.
—Hay algo que no le hace feliz —volvió a insistir.
Drogo le miró con curiosidad.
—¿Y tú cómo puedes darte cuenta de eso?
Le dio unos golpecitos en el brazo. Ahora no era momento para darle esa
explicación.
—Porque soy una Malcolm. ¿Te ayudaría a creer si blandiera una varita mágica
o montara una escoba?
Le fulminó con la mirada y le tomó del brazo con más firmeza al guiarla
subiendo las escaleras.
—No somos una familia de narradores. Si tu estúpida leyenda está causando
sospechas, es tu familia la que está contando el cuento.
—Todo esto es idea tuya —le recordó al tiempo que llegaban a la puerta—. Te lo
advertí. Mi abuela decía que los Ives y las Malcolm nunca se juntan. No tenemos ni
idea de qué clase de desastre podríamos estar creando.
—Tengo una idea bastante clara de qué clase de desastre se crea si un bebé no
tiene el soporte adecuado —refutó él—. Lograremos que esto funcione.
Abrumada por el caos de emociones que bulló por la iglesia cuando entraron,
Ninian no atinó a discutir. De su lado de la iglesia, abundaba un jardín de flores de
sedas coloridas y cabezas rubias y empolvadas cofias. Del lado de Drogo, un mar de

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rostros oscuros, chaquetones sombríos y cómplices ojos negros se giraron para mirar.
Tenía la horrible sensación de que estaban a punto de aventurarse donde los ángeles
temían poner un pie.
—Pues bien —dijo ella al examinar la multitud—, al menos mis tíos y sus críos
no están aquí. Parece que consideran que este es un evento puramente Malcolm, que
no es digno de su exaltada atención. —Arrugó la nariz—. Pero creo que ese es mi
padre hablando con la señora en el extremo del banco.
—Mi madre —Drogo clavó las garras con más fuerza en la mano al tiempo que
un cúmulo de mujeres que llevaban capas blancas se acercaba a ellos—. Tu padre y
mi madre. Ni siquiera quiero pensar en ello. Acabemos con esto antes que todo se
vaya al infierno.
Considerando las emociones desenfrenadas que le bombardeaban al esperar a
los encargados, Ninian pudo ver a qué se refería. Intentó concentrarse en sensaciones
felices, como le había enseñado su abuela, pero la familia Malcolm consideraba que
una multitud de hombres Ives era una amenaza seria, y la familia de Drogo...
Para decirlo de manera educada, rodeados de un mar de rubia feminidad, todos
esos oscuros hombres Ives estaban ahogándose de deseo.
Ninian hizo una nota mental de nunca invitar a ambas familias a Beltane.

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Capítulo 19

Imperturbable, Drogo observó a las primas de Ninian —supuso que eran las
primas por el color rubio de las cabelleras— cubrirle con una capa de satén blanco y
colocarle sobre el cabello sin empolvar una corona de lo que parecían ser ramitas, las
cuales estaban rodeadas de flores púrpuras y blancas, aunque no podría haberlas
nombrado si lo hubiera intentado, cosa que no hizo. Tenía poca paciencia con
cualquier tipo de ceremonia. Quería que todo aquello acabase antes de que sus
hermanos descubrieran cómo balancearse de la enorme araña medieval que se erguía
sobre sus cabezas.
Arrugó el entrecejo cuando una de las mujeres mayores se le acercó cargando
una capa igual a la de Ninian, en todo menos en el color. Al levantar la vista de las
muchachas que le ajustaban una cadena dorada a la prenda, Ninian le vio la mirada
en los ojos.
—Son símbolos —susurró—. Todos son solo símbolos. No te preocupes. —A
pesar de sus propias palabras, arrugó el entrecejo al ver la banda dorada que le
rodeaba el cuello.
Por encima del hombro, Drogo observó el mar de oscuras cabezas girándose
para mirar y susurrar. Nunca se olvidarían de esa ridiculez. Intentó encontrar al
hombre que Ninian había mencionado, pero la araña no estaba encendida y la luz
neblinosa de la mañana no atravesaba la penumbra de la iglesia.
Los susurros hacían fuerte eco en la acústica gótica de la catedral, pero no se
distinguían palabras concretas. Estaba mucho mejor sin tener que escuchar las
opiniones de la familia. Estoicamente, Drogo aceptó la capa, ignorando a la mujer
que le sujetaba la banda dorada. Todos los miembros femeninos de la familia de
Ninian parecían tener el cabello rubio y ser hermosas. Con razón los hermanos
estaban todos conmocionados.
—Agradece que no nos hagan saltar sobre una escoba —susurró ella cuando
dos muchachitas emergieron de las sombras llevando sendas canastas con pétalos de
flores.
¿Escoba? ¿A qué clase de ceremonias paganas asistían esas mujeres, demonios?
Ya que las muchachas con las flores parecían indicar que habían comenzado los
procedimientos, Drogo no preguntó. Arrugó el entrecejo con perplejidad cuando les
indicaron el camino por el lado derecho de la iglesia en lugar del pasillo central, pero
Ninian le tomó del brazo y les siguió como si fuera perfectamente natural acercarse al
altar trazando un círculo en lugar de una línea recta.
Ninian. Drogo se permitió un sentimiento de bienestar cuando recordó la
amplia bienvenida que había encontrado en la cama la noche anterior. Bajó la vista

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hasta la dorada cabellera con la corona de flores y se relajó aún más. Él la había
tomado con tanto placer como ella le había recibido.
Había tomado su semilla y la había nutrido de la misma manera que había
nutrido las plantas a su alrededor. Sería una buena madre, y una excitante
compañera de cama. ¿Qué más podía pedir un hombre?
A medida que se acercaban al altar por el lateral, las gráciles primas con las
largas y sueltas capas formaron un semicírculo en el centro del pasillo, y Drogo pudo
ver los árboles que los hermanos habían mencionado. Habían importado un roble en
una maceta y lo que parecía ser un serbal. Al clérigo no parecía importarle. Vestido
con las togas tradicionales de un buen obispo de la Iglesia de Londres, esperó con
calma hasta que terminase la procesión.
Si eso era todo lo que la ceremonia implicaba, Drogo podía manejarlo. La banda
dorada alrededor del cuello era una molestia, la toga, una afectación ridícula, pero
también lo era toda esa ceremonia eclesial. El matrimonio podía reducirse a unas
pocas líneas en una hoja de papel y él estaría satisfecho. Sin embargo, las mujeres, sea
por la razón que fuere, necesitaban la pompa apropiada.
Contando las cabezas, preguntándose si se había procurado de tener suficiente
champán para el banquete, y deseando poder llevar a Ninian de regreso a la
habitación inmediatamente después de los brindis, Drogo no prestó mucha atención
a los rezos. Se arrodilló cuando Ninian así lo hizo, se puso de pie cuando se lo
solicitaron, y admiró la translucidez inocente de la tez de su novia cuando la luz de la
roseta cayó sobre ella.
«No es una belleza clásica», admitió, pero había una pureza y una inocencia —y
una divinidad— en las mejillas redondeadas, la barbilla y los chispeantes ojos que le
atraía. Quizás debería haberse buscado antes una esposa entre las menos sofisticadas.
Esa no habría conspirado a sus espaldas, no le habría engañado con palabras bonitas
ni les habría hecho ojitos a otros hombres. Tenía la plena segundad de ello, incluso
sin tener una completa confianza en la extraña forma en que le funcionaba la cabeza.
Felicitándose a sí mismo por ser lo suficientemente lógico como para aceptar
que la mente de una mujer no funcionaba como la de él, Drogo no prestaba atención
a las entonaciones del obispo hasta que oyó los susurros que aumentaban detrás de
él. La mano de Ninian le apretujó la suya y él regresó al presente.
Ahora que tenía la atención de Drogo, el obispo repitió la pregunta:
—¿Juráis amar, honrar y tomar a esta mujer en igualdad, hasta que la muerte os
separe?
¿Igualdad? «Amar y honrar» eran conocidas frases sin sentido que había
escuchado toda la vida, pero ¿igualdad? La palabra parecía susurrar aún más fuerte
en la iglesia, yendo hacia adelante y hacia atrás por el eco y elevándose hasta las
altísimas vigas.
¿De qué demonios se trataba eso de la igualdad?
Una silenciada expectación cayó sobre el lado de Ninian en la iglesia. Un
creciente estruendo de protesta creció en el lado de él.
Una explosión de pólvora destrozó el silencio. Atacado por un extraño pedrisco,

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pero sin sentir dolor, Drogo instintivamente atrapó a Ninian y, rodando hacia el
suelo, le protegió con el cuerpo cuando se desató el infierno.
—¡Idiotas! ¡Mirad lo que habéis hecho! —gritó Dunstan con el tono enfadado
que reservaba para castigar a los hermanos menores.
—¡Agachaos! —bramó Joseph a través de los gritos de alegría de los hombres.
Un frenesí de plumas batían sobre las cabezas, creando un crescendo de gritos
femeninos desconcertados.
¿Plumas? Cuando una de ellas descendió para hacerle cosquillas a Drogo en la
nariz, se atrevió a levantar la vista, mientras mantenía a Ninian a salvo acurrucada
bajo él, a pesar de que los temblores de ella eran sospechosamente parecidos a los
que provoca la risa.
—Que me lleve el diablo, ¿de dónde salieron esos malditos pájaros?
Tenía que ser William. Con precaución, Drogo espió por encima del hombro, y
esquivó un ala batiendo.
—Mis tías no deben haber podido encontrar palomas blancas —susurró Ninian.
Cuando lo comprendió, y con un bramido de furia, Drogo se puso de pie y
caminó a grandes pasos en busca de los culpables que corrían hacia la puerta.
Entre la resultante confusión al tiempo que los hermanos de Drogo se
aporreaban unos a otros, gritando y vociferando, Ninian se sentó y observó con
asombro el magnífico caos que hacía erupción en la catedral, otrora tan pacífica. El
obispo se dejó caer sobre las rodillas y rezó detrás de la protección del pulpito.
Esparcidos pedacitos de granos aún volaban por el polvoriento aire y cubrieron el
pasillo y la mitad de los bancos. Reconoció el ingenio de los fugitivos hermanos de
Drogo por el disparo de cañón de granos de perdigón. Era evidente que deseaban
bañar la procesión de boda con granos de una manera muy poco tradicional, pero las
aves que siempre eran parte de las ceremonias Malcolm habían sido demasiado
tentadoras. Los pájaros, ajenos al caos que habían provocado, descendieron para
picotear la barcia en el piso de mármol. Los humanos no estaban haciendo nada
pacífico. Las tías de Ninian habían ordenado a la prole en un círculo protector al
sonido del disparo. Ahora lanzaban miradas asesinas a los hombres y niños que
quedaban gritando, riendo y desbaratando las sagradas ceremonias. Aquel momento
no auguraba nada bueno para la primera unión de Malcolm e Ives en incontables
siglos, pero si eso era todo el desastre que traería el matrimonio, ella podría
sobrellevarlo.
La risita de Ninian se apagó tan pronto como notó que el novio había
desaparecido por las puertas de la iglesia en una acalorada carrera detrás de sus
hermanos menores. Una vez que lo hubiera comprendido, ese juramento de igualdad
le impulsaría a seguir adelante sin mirar atrás. Intentando no reconocer el dolor y el
miedo de esa posibilidad, se puso de pie y husmeó entre los bancos hasta que
encontró los trabucos que habían utilizado los muchachos para disparar los granos.
—No creo que algo tan bonito como tú deba estar jugando con las armas de los
hombres —le amonestó una profunda voz al tiempo que le tomó de la cintura y le
confiscó la escopeta.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Ninian había presentido la animosidad en el acercamiento, pero la había


ignorado, considerándola una parte del caos a su alrededor. A veces, el don no le
resultaba del todo útil. Permitió que sobrepasase al miedo y enfrentó con insolencia
la expresión nefasta del intruso que Drogo no había podido identificar, el hombre
que más que seguro tenía que ser un Ives.
—El maldito conde en verdad no sabe qué tiene aquí, ¿verdad? —preguntó el
extraño, con un tono casi pensativo, sin soltarla.
Ninian escuchó más allá de sus palabras y notó la furia contenida en el alma de
ese hombre. No gritaría. Las mujeres Malcolm no gritaban. Generalmente, tampoco
luchaban. Pero ella siempre había sido una rebelde, como la abuela le solía decir
repetidas veces, y ese hombre exudaba peligro.
Quizás no poseía magia, pero Ninian tenía un fuerte instinto de protección de
ella misma y del bebé. Tomó la chorrera de encaje, le tiró de la cabeza hacia abajo e
hincó los dientes en la extremadamente prominente nariz.
El hombre aulló de dolor y sorpresa. Le tomó de la cabellera e intentó
desprenderse de ella.
Ninian mordió con más fuerza y le pateó las espinillas con toda la fuerza que
pudo reunir. Las puntiagudas chinelas de niña no eran tan útiles como los pesados
zuecos de campo, pero cumplieron su función. El atacante comenzó a dar brincos
para evitar los golpes.
—Bájela y ella le soltará —una voz habló con voz firme detrás de ella.
Drogo. Ninian suspiró aliviada no solo porque la pesada mano le soltó la
cintura, sino por el regreso de su prometido. No se había dado cuenta de cuánto
miedo tuvo de que la dejara plantada en el altar. Con generosidad, soltó los dientes
de la nariz a la vez que Drogo la sujetaba y la atraía hacia sí.
Sosteniéndose la lastimada nariz, el extraño enfocó la atención en un punto
sobre la cabellera de ella.
—Será mejor que investigue un poco más acerca de los orígenes de la familia
con la cual se está uniendo en matrimonio —dijo el hombre rotundamente—.
¡Igualdad! —se mofó—. Supongo que tiene lo que merece.
Sin más rodeos, bajó con enfado los escalones del altar y pasó junto a los
hombres que a regañadientes estaban regresando a los asientos. Eludió a las mujeres
—varias de las cuales dejaron de susurrar para admirar sus formas masculinas— y
confiscó otro mosquete de un hermano Ives, quien lo estaba cargando con granos que
llevaba en los bolsillos. Con casi ningún obstáculo en su procesión, se marchó por la
puerta principal.
—¿Qué ha sido eso? —murmuró Ninian en el confort y la seguridad de los
brazos de Drogo. No creía que las rodillas pudieran sostenerla si la soltaba. Otra vez,
había buscado la seguridad del refugio que él le ofrecía con tanta prontitud.
—Demonios, no lo sé —contestó Drogo, aunque la voz tenía un tono pensativo
—. Me atrevería a decir que no volverá a meter las narices en nuestros asuntos otra
vez.
Ninian creyó casi con seguridad que le había oído reír; aunque no sabía si era

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

por su propia genialidad o la obra de ella. Con la congregación reorganizándose y los


pájaros bajo control, la tía Stella caminó hacia el altar al tiempo que el obispo emergía
de su escondite, casi sacudiéndose las alborotadas plumas.
Mientras la tía y el clérigo entablaban una acalorada conversación, Dunstan
llevó a los últimos hermanos a rastras hasta un banco, antes de echarle una cautelosa
mirada a Ninian.
—Recuérdame que nunca meta mis narices en tus inmediaciones.
Tan atrapada como estaba en el remolino de emociones que giraban a su
alrededor, Ninian no tuvo ni siquiera la gracia de sonrojarse al tiempo que se
reclinaba en el abrazo del novio.
—Simplemente no las metas en mis asuntos. —Repitió las palabras de Drogo
con descaro, aunque la incertidumbre se aferraba a ella. ¿Drogo cancelaría ahora la
boda? ¿O lo haría el obispo?
—¿Quién demonios era ese a quien tu novia casi mutila? —exigió saber
Dunstan, girando hacia Drogo, aparentemente satisfecho de que la inclinación al
canibalismo de Ninian no le involucrara a él.
—Maldición, no lo sé, pero lo voy a averiguar. —Drogo levantó la barbilla de
Ninian y la forzó a volver a prestar atención a la conversación—. ¿Qué te ha dicho?
Bajo la mirada oscura de él, ella parpadeó. Ahora, le haría eso para siempre.
Nunca antes había conocido a alguien que enfocara la mirada con tanta intensidad y
necesitaba tiempo para acostumbrarse.
—Nada que ambos no sepamos ya —le contestó sin pensar.
Drogo enarcó las cejas y aguardó.
Ninian hizo una mueca y se alejó del abrazo, extendiendo el brazo para
colocarse la corona en su lugar.
—Si lo cito literalmente, dijo: «El maldito conde en verdad no sabe qué tiene
aquí, ¿verdad?». Sin embargo, qué tiene eso que ver con qué, está más allá de mi
entendimiento. Aún no he conocido a un Ives que tenga sentido para mí.
—¿Ives? —ambos Dunstan y Drogo preguntaron a la vez.
Ella les fulminó con la mirada, impaciente.
—Por supuesto. ¿No le habéis visto? Es un Ives de la cabeza a los pies. —Echó
una mirada a Dunstan—. Y está aún más enfadado que tú.
La tía Stella eligió ese momento para descender con ellos.
—Llevaremos el resto de la ceremonia a la escalinata de la iglesia. El tontuelo no
arriesgará más su preciosa iglesia con todos vosotros. Ives, si no controláis mejor a
esos pequeñuelos molestos...
Mientras ella les reprendía, Ninian encontró la mirada de Drogo. ¿Tenía él
intenciones de seguir adelante con la ceremonia, o había tenido el tiempo suficiente
como para darse cuenta de que estaban desposando al caos con la calamidad?
Contuvo la respiración y observó al tiempo que la mirada del novio descendió
hasta el lugar donde descansaba el bebé. Luego, levantó la vista para estudiarle el
rostro. Negando con un movimiento de cabeza con esa expresión de desconcierto que
veía muy a menudo cuando él la miraba, Drogo la cogió de la mano y la acunó

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

firmemente en el hueco del brazo. La pelea con los hermanos le había arrancando a
medias la capa negra del hombro, pero la banda dorada aún permanecía alrededor
del cuello. Ella pensó que se veía más peligroso que un caballero medieval
regresando de las Cruzadas.
—Contraer matrimonio en la escalinata de la iglesia me agrada mucho más —
declaró él, arrastrándole junto a sí por el pasillo y pasando junto a la expectante
audiencia—. ¿Igualdad? —le susurró al oído cuando se apresuraban hacia adelante
—. ¿Qué demonios significa eso?

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 20

Con las palomas ya dispersas y el grano arrojado, el resto de la ceremonia de


bodas fue decepcionante. Cuando Drogo repitió los votos con tono grave —incluido
el de la igualdad— y Ninian aceptó el anillo que le unía a él, este casi suspiró de
alivio.
Inclinándose hacia adelante para sellar los votos al besar a la novia, Drogo
intentó ignorar los suspiros que provenían de la audiencia femenina, y las procaces
risotadas y los gritos que manaban de entre los hombres. Se sentía como uno de los
asediados personajes de las tiras cómicas sobre política expuestas en el escaparate del
puesto de periódicos, por lo que Drogo limitó el beso a un mordisco altamente
insatisfactorio. La noche anterior no había sido suficiente para saciar la necesidad
urgente de llevar a su novia a la cama y permanecer allí durante una semana, sin
interrupciones.
—Escocia habría sido mejor —masculló contra los labios de ella.
—O no, en absoluto —contestó Ninian con dulzura.
Tenía derecho a eso, claro que sí. Mirando con cautela a la multitud en busca de
cualquier indicio del hombre misterioso que tenía la condenada suerte de seguir
teniendo nariz, Drogo guió a Ninian a través de la muchedumbre que les vitoreaba y
les daba los parabienes.
—No creerás que nos seguirán todos hasta la casa, ¿verdad? —preguntó abatido
mientras le ayudaba a subir al carruaje que les aguardaba. Había dejado a un lacayo
y a un cochero montando guardia mientras ellos estaban adentro, pero ordenó una
rápida inspección final mientras Ninian se colocaba en el asiento. Los hermanos eran
capaces de desenganchar las ruedas del carruaje o colocar fuegos artificiales chinos
debajo de los asientos.
—Supongo que no solo nos seguirán —contestó Ninian cuando él se subió a su
lado—, sino que también creo que mis tíos y los hijos estarán esperando en la casa
para darte la bienvenida a sus filas. Claro que les agrada una comida gratuita.
—No son Malcolm, ¿verdad?
«No parece que pueda llevar a la cama a mi nueva esposa pronto», Drogo
concluyó con descontento.
—Por supuesto que no, pero estoy segura de que estarán felices de consolarte
con todas las tribulaciones y problemas que traemos. Si no fuera por la falta de
hombres disponibles, las mujeres Malcolm nunca habrían dejado el bosque.
Él había tenido suficientes advertencias. Realmente necesitaba comenzar a
prestar más atención a los detalles molestos ahora que tenía lo que deseaba. Cuando
el carruaje se detuvo en el enrevesado tráfico en una intersección angosta, Drogo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

estudió los suaves e inocentes rasgos de su esposa campesina.


—¿Quieres decirme que todas las mujeres Malcolm son... brujas? —Tenía
dificultad hasta en decir la ridícula palabra. Ninian tironeó de la banda dorada de su
capa.
—En cierta medida. Por supuesto. —La banda se abrió con un chasquido, y ella
suspiró aliviada antes de mirarle con curiosidad—. ¿Tenías alguna duda? —Continuó
sin esperar la respuesta—. De hecho, tras estudiar los libros que tenemos en la
cabaña, estoy desarrollando la teoría de que somos descendientes de los druidas. Las
túnicas blancas y otras tradiciones nuestras son una parte inherente de esa cultura.
Drogo estaba acostumbrado a enfrentarse al mundo y sus caprichos con
impavidez, pero ahora estaba experimentando dificultades para digerir un trozo
demasiado grande.
—¿Druidas? ¿Adoradores de árboles?
Ella se encogió de hombros.
—Los árboles tienen poderes, como las hierbas. —Se tocó la aureola de ramitas
sobre la cabellera—. La tía Stella habrá echado un encantamiento sobre este serbal,
ofreciéndome protección. Sin embargo, de hecho, las semillas del serbal son
venenosas y pueden usarse para inutilizar enemigos. Tienes que estar de acuerdo con
que tiene lógica.
—¿Deberíamos haber obligado a mis hermanos a tragar bayas de serbal a la
fuerza? —Le resultaba fácil dejarle pasar las tonterías supersticiosas cuando miraba
los exquisitos labios de Ninian presionados juntos en una curva tentadora. Si tan solo
tuvieran tiempo, deslizaría la lengua entre esa dulzura y le levantaría la falda pocos
segundos después.
Controló el embrollo de caballos y carruajes por la ventana. Si se demoraban
mucho más... El coche comenzó a moverse con una sacudida. Maldición.
—Tus hermanos están preocupados porque piensan que no les prestarás
atención ahora que has contraído matrimonio.
Las palabras de Ninian le trajeron de regreso al presente de un tirón. Había
utilizado el truco de describir los sentimientos de las personas demasiadas veces en
poco tiempo y no resultaba nada cómodo. Drogo observó con cautela su compostura
de muchachita inocente.
—De la misma manera que presientes que Dunstan sufre de amor no
correspondido, supongo que también notaste que el hombre de la nariz lastimada
está enfadado. Claro que, cualquier hombre estaría enfadado si le mordiesen. —
Mentalmente, acarició su propio pico prominente.
—Por supuesto. —Satisfecha consigo misma, miró por la ventana hacia la fila de
casas antiguas que pasaban.
Otras mujeres nunca dejaban de hablar. Él había desposado a una que no sabía
cuándo comenzar. Controlando la impaciencia, Drogo volvió a intentarlo.
—Creía que las brujas hacían hechizos, no que leían las mentes.
Ella se encogió de hombros, pero él notó que se sujetó las manos con más
fuerza.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No leo las mentes. Tengo el don de la empatía. La gente nos llama brujas
porque no encuentran una palabra mejor para describirnos. No lanzamos hechizos a
las personas. Simplemente tenemos... talentos especiales.
Se veía tan perfectamente cuerda y hermosa cuando decías cosas así... Los rizos
dorados eran una imagen de pureza angelical; los ojos azules reflejaban la
inmensidad del cielo; y entonces, le golpeaba con rayos de locura que aparecían de la
nada.
Drogo suspiró y se reclinó en el asiento, intentando saciar una caliente oleada
de pasión. Si había alguna brujería funcionando allí, era la manera en que ella le
hechizaba con lujuria. Ya llevaba a su hijo. Debería estar satisfecho con eso.
—Talentos —repitió él de plano, buscando con desesperación un hilo de
racionalidad—. ¿No el talento para la pintura o la música?
—Bueno, Lucinda tiene talento para pintar maravillosos retratos. —No parecía
creer que el tópico fuera irrelevante—. Lamentablemente, las pinturas tienden a
reflejar la personalidad del sujeto con demasiada claridad. Si tienes alguna
perversión oscura y profunda, no poses para ella.
Drogo se masajeó la sien y se preguntó si debería hacer posar a Ninian para su
prima artista, pero decidió que no quería conocer los secretos de su alma, ni el talento
de la prima, demasiado a fondo.
—Y tu talento, ¿es sanar?
Asintió con un movimiento tímido de cabeza, abriendo y cerrando los dedos.
—Solo que parece que he provocado un poco de embrollo con ello.
«Sanar» tenía sentido. Al vivir en una zona rural sin atención médica adecuada,
muchas mujeres aprendían el arte de sanar. No podía imaginarse que ninguna de
ellas fuera muy buena en eso, al no poseer métodos científicos; sin embargo, incluso
doctores entrenados a menudo contaban con la eficacia de la medicina natural.
—Sarah dijo que tú habías asistido el parto de Lydie satisfactoriamente, y le has
ayudado a que el niño creciera.
—Cualquier matrona decente puede hacer eso —se burló—. Debería haber
comprendido que la infelicidad de Lydie afectaba al bebé y tratarle en consecuencia.
Pero no lo hice. Estaba demasiado preocupada por mí misma.
Eso se desviaba demasiado del camino de la racionalidad. Drogo inspiró
profundamente y construyó un puente seguro por encima de la falta de lógica de su
nueva esposa.
—Sarah dice que te desempeñaste mejor que cualquier doctor en Londres. No
minimices tus talentos.
La mirada que le propinó debía de haberle escaldado.
—Los doctores de Londres son unos charlatanes.
La intención de él era darle un cumplido. Momentáneamente perplejo, se aferró
a un tópico más estable, uno que satisfaría las preguntas burlonas que la familia
haría.
—¿Qué significa exactamente el voto de igualdad que tomamos? —preguntó sin
rodeos—. ¿Dónde quedó el típico «amar, honrar y obedecer»?

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Obviamente aún contrariada por haber sido comparada con un doctor, hizo un
gurruño con el blanco satén de la capa.
—La ceremonia Malcolm solía obligar al novio a prometer obediencia, pero el
duque rehusó continuar con eso. La abuela contó que él y la tía Stella lucharon
durante seis meses antes de llegar a un acuerdo. No es un concepto tan difícil de
comprender, ¿no es verdad?
—Las mujeres no son iguales a los hombres. —Ya maltratado por la idea de los
druidas y los talentos no naturales, Drogo se negó a permitir que continuase con esa
locura. El carruaje se detuvo frente a la casa, pero él ignoró la disciplinada fila de
sirvientes que les esperaban en la escalinata. Quería aclarar ese punto antes de que la
condesa desarrollara más delirios—. Las mujeres no pueden navegar barcos,
construir casas, estudiar derecho ni gobernar ciudades. Me sorprendería encontrar
una que pudiera explicarme cómo sus fondos generaron ingresos.
Los ojos de color azul celeste se entrecerraron en ranuras hostiles sobre mejillas
redondeadas como manzanas.
—¿Ha logrado mi padre acceder a mi fondo de fideicomiso?
—Por supuesto que no. Está más seguro que las joyas de la corona.
—Una mujer Malcolm estableció ese fondo —dijo en tono de advertencia—. Las
mujeres Malcolm lo controlan y las mujeres Malcolm lo financian para el uso de las
mujeres Malcolm. Y sé perfectamente cómo gana interés y dónde invertirlo. La tía
Stella será la jefa de nuestra familia, pero la abuela me señaló a mí como tesorera. —
Arrojó la gran cantidad de satén hacia el asiento opuesto, recobró la compostura, y le
ofreció una de sus inocentes sonrisas de hoyuelos—. ¿Entramos?
No solo apabullado, sino también sorprendido, Drogo cerró los ojos y negó con
un movimiento de cabeza. Ella sabía exactamente cuánto valía.
El abogado se había negado a revelar el alcance del fondo de fideicomiso, pero
le dejó entrever que había dinero suficiente como para mantener a un ejército entero
de mujeres Malcolm.
Ninian no solo era más adinerada que él, sino que sabía que lo era, y aun así,
había contraído matrimonio. No le necesitaba de ninguna manera que le resultara
sensato. ¡Con razón no había querido desposarse! Con esa riqueza, era a él a quien le
estaba haciendo un favor.
No tenía control sobre ella en absoluto.

—El conde no parece ser un novio feliz —comentó Stella mientras


mordisqueaba un canapé de la mesa del fastuoso bufé y observaba a un Drogo
taciturno que bebía champán a pequeños sorbos, mientras el grupo de hombres
apiñados a su alrededor reían y se golpeaban las espaldas. Ninguno de ellos se
atrevió a palmear a Drogo.
—Mi marido es un hombre serio —respondió Ninian con reserva, rechazando el
manjar para optar por una galleta seca que le asentara el estómago un poco revuelto.
—No te hagas la estúpida sin cerebro conmigo, jovencita —espetó Stella—. ¿Te

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

ha culpado él del desastre en la ceremonia?


—Por supuesto que no. —Ninian bebió un sorbito de té—. Drogo es un hombre
muy racional y muy paciente. Es un honrado pilar de la sociedad, un hombre de
genio, un hombre que dedica su vida a la familia, y a los amigos, y a los amigos de la
familia, y...
—Tu sarcasmo está intacto. —La tía suspiró como si cargara los problemas del
mundo a la espalda—. Estoy segura de que eres lo suficientemente mayor como para
no tener ideas de romance. Lucinda llora a diario porque su padre insiste en que
contraiga matrimonio con un hombre de talla en lugar del pretendiente bueno para
nada que le recita poemas. En mi época, sabíamos del deber hacia la familia.
Ninian apuntó con la galleta en dirección a su joven prima.
—Si un hombre de talla es lo que el duque desea para ella, será mejor que le
aleje del joven Joseph. Hace trampas en las cartas y me ha ganado todos mis dulces.
—Entonces juega con avellanas. Esas nunca te han agradado. —Stella arrugó el
entrecejo al observar al risueño par—. Es hora de que nos marchemos. Drogo podrá
ser un buen candidato, pero esa gran cantidad de ilegítimos sinvergüenzas que él
llama hermanos no son otra cosa que problemas. —Le dio unas palmaditas a Ninian
en la mejilla—. Estarás bien una vez que aprendas a no tener expectativas de
fantasías románticas. Podrá ser un poco rígido e inflexible pero es un buen hombre.
Cuidará de ti y del bebé. Llámame si necesitas algo.
—¿Regresarás a la campiña? —En verdad, Ninian no necesitaba preguntar. Las
mujeres Malcolm necesitaban al bosque como las rosas necesitan la lluvia. Solo
quería la presencia tranquilizadora de la familia un poco más de tiempo mientras
intentaba acomodarse en su nuevo rol.
—Sabes dónde encontrarme. —Stella le dio unas palmaditas más, luego se
apresuró a rescatar a su hija de los encantos de un pícaro Ives.
—Nosotras nos marcharemos también, querida. —Hermione apareció de la
nada. Calmada y sencilla en contraste con Stella, que era atrevida y ruidosa, la tía
más joven de Ninian no dejaba de ser una fuerza que debía tratarse con cuidado—.
Estos hombres Ives son demasiado... ¿cómo decirlo con delicadeza?... viriles como
para tolerarlos fácilmente. —Una bonita sonrisa se dibujó en el rostro de mediana
edad aún sin arrugas—. Estoy segura de que estarás bien, querida. No es mi
intención insultar a tu muchacho, pero... —suspiró, echando una mirada en dirección
a Drogo, quien ahora estaba de pie, solo—, es un poco amenazador, ¿no es verdad?
Quizás si yo...
—No, tía Hermie —interrumpió apresurada Ninian—. Ya le cuesta un poco
aceptarnos. Estará bien.
Hermione se veía vacilante.
—Si tú lo dices, querida... Lo que sí espero es que le estés leyendo
correctamente. Sí que se ve un poco demoníaco, ¿verdad? Pero tú eres la experta. Me
inclino ante tu gran conocimiento. —Le lanzó un beso a Ninian por el aire, y
arrastrando trocitos de encaje y lazos, se llevó a sus polluelas como mamá gallina
hacia la puerta.

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«Por supuesto, ese es el problema», admitió Ninian. No entendía nada de


Drogo. Podría estar planeando su muerte en ese preciso instante, y ella ni siquiera
notaría que estuviera enfadado.
Aun así, no podría someter a Drogo, a Hermione y sus hechizos erráticos. La tía
podía ser un genio con los perfumes, pero simplemente no podía aceptar que no
poseyera ningún poder místico, oculto ni psíquico. La última vez que había intentado
hacer uno de los hechizos más sencillos de su libro, el calor había cortado toda la
leche de la lechería durante una semana.
Ninian sonrió al recordar a las dos tías discutiendo por ese incidente. Hermione
era tan gentil como Stella arrogante; sin embargo, las mujeres habían discutido sin
herirse una a la otra ni una vez. Quizás las Malcolm resultaban extrañas ante los ojos
de los demás, pero ella creía que podrían enseñarle al resto de la población una
lección o dos.
Al notar la tensión en la mandíbula de Drogo cuando las tías y las primas
revolotearon a su alrededor para despedirse, Ninian se tragó las dudas y cruzó la
habitación para liberarle de la pesada tarea. Si Drogo se parecía en algo a los
hermanos, el bombardeo femenino de aromas, voces y roces le llevarían al extremo,
de la misma manera que los viriles hombres Ives estaban distrayendo a las primas.
Pensó que las dos familias juntas podrían parecerse a múltiples Adanes y Evas
después de la orgía de la degustación de la manzana, pero la casa de Drogo no era el
jardín del edén.
Él giró y extendió el brazo hacia ella antes de que pudiera anunciar su
presencia. Aunque a menudo tenía el aspecto de estar sumido en sus propios
pensamientos, siempre parecía notar cuando ella estaba allí. Era extraño, ya que ella
nunca podía sentirle a él.
—Ahora, si solo pudieras ahuyentar a mis hermanos —le susurró al oído
mientras estrechaba la mano del duque y observaba a la última de las damas
Malcolm marcharse con revuelo por la puerta.
—Abracadabra —murmuró ella como respuesta, sintiendo su propio revuelo
femenino ante el calor del aliento junto al oído.
No rio por la broma, sino que le observó con sospecha. Ninian suspiró. Le
agradaba mucho más como el filósofo natural que creía que ella era una estúpida, y
no el macho arrogante que protegía a todos bajo su techo. Ya podía observar la
desventaja de ser esposa.
El miedo le estremeció la piel al pensar en eso. Estaba casada. Su bebé tenía
apellido. ¿Su marido le permitiría regresar a Wystan, o sería prisionera de su propia
decisión?
La mano de Drogo se despegó del hombro de ella para juguetear en el punto
sensitivo justo debajo de la oreja.
—Si dejo a mis hermanos con el champán, ¿crees que podríamos esfumarnos a
la planta superior?
Deseaba girar y encaminarse hacia las escaleras en ese preciso instante. La mera
provocación ronca de su voz despertó un hormigueo que danzó por la piel de

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Ninian. El recuerdo y la anticipación de hacer el amor con él le había acechado en la


mente durante todo el caótico día. El lazo entre ellos era ahora más profundo que el
físico, bendecido por la iglesia y la familia. No había razón en absoluto para negar lo
que ambos deseaban.
Excepto el instinto de supervivencia de las mujeres Malcolm.
—Quisiera partir hacia Wystan en la mañana —dijo ella con inocencia, testando
los límites.
—Las sesiones en el Parlamento no han terminado, hija de la luna —murmuró
tales palabras de cariño con seducción, como si no importaran otros términos más
que esos.
—Puedo viajar sola —sugirió ella, pero el revoltijo que sentía en el estómago
dio un vuelco por la expectativa de una respuesta que no quería oír.
—Cuando viajamos, viajamos juntos —contestó él con firmeza.
—Entonces reza para que viajemos pronto, antes de que el calor nos consuma.
—Desplegando su mejor sonrisa con hoyuelos, Ninian hizo una pequeña reverencia
y se marchó para entablar una larga conversación con la esposa de Dunstan.
Ya no veía al esposo como el diablo fantástico de una leyenda, sino como un
hombre. Los diablos causaban estragos y ruina; luego, tenían la cortesía de
desaparecer. Los hombres permanecían allí para causar problemas por mucho más
tiempo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 21

—¡Drogo! ¿Qué estás haciendo aquí en tu noche de bodas? —Sarah entró


majestuosamente en la biblioteca a la vez que Drogo se llevaba el vaso de brandy a los
labios.
Todos los invitados se habían marchado, y Ninian parecía haber desaparecido
con ellos. Él no creyó que la pequeña discusión un rato antes tuviera ninguna
importancia. Aparentemente, ella no opinaba lo mismo, porque no podía encontrarla.
Por supuesto que no opinaba lo mismo. Ese era la mitad del problema. Ambas
mentes no funcionaban igual.
Drogo le dio un sorbo al brandy e intentó hacer cuenta que Sarah se había
marchado con los otros invitados, pero no lo logró.
—La pregunta es, ¿qué estás haciendo tú aquí aún? Ninian ya no necesita una
carabina. Puedes regresar a la casa de tu madre, donde perteneces.
—¿Y dejarte que estropees las cosas como lo hizo tu padre? ¡Ni hablar! Ahora
que tienes esposa, será mejor que encuentres el tiempo para estar con ella, o regresará
a Wystan.
Drogo intentó no estremecerse. Lo que había ido mal con sus padres había
sucedido hacía mucho tiempo, pero las repercusiones aún resonaban en el presente.
Debería tomar la advertencia de Sarah muy a pecho. Podría estar de moda que
esposos tuvieran amantes una vez proveído el requerido heredero y el sustituto, pero
no era sensato. Y, por encima de todas las cosas, Drogo tenía intención de encarar su
matrimonio con sensatez.
—Haré lo mejor que pueda. —Vaciló y suspiró. Había sido un día largo, y
mientras que había esperado poder estar más cerca de su nueva esposa para cuando
hubiera concluido, parecían estar más distantes que nunca. Tenía poca instrucción en
lo que respectaba a cómo manejar a una mujer como para explicarse qué había hecho
mal. Sarah era lo más cercano que obtendría—. Pero tengo poca práctica —admitió.
—Piensa en ella como una de esas estrellas que tanto aprecias —dijo con
frialdad, sujetándose la falda—. Estúdiala como estudias el cielo nocturno.
Temía lo que podría descubrir si lo hacía. Ninian ya le fascinaba más de la
cuenta, y no podía mantenerla tan lejos como a las estrellas. Con una mueca de dolor
en el rostro, acabó el brandy mientras Sarah salía por la puerta.
El sol de setiembre había desaparecido en los bancos de neblina sobre el río
para cuando salió en busca de Ninian. No había visto ninguna estrella nocturna
tintineando a través de la oscuridad. Los hermanos ya habían partido hacia sus
actividades propias, ya que esperaban que él celebrara la noche de bodas con su
esposa.

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No sabía dónde demonios estaba ella.


Drogo subió las escaleras para ver si podía localizarla en la habitación. No
parecía creer necesario tener que decirle dónde iba o qué estaba haciendo, incluso en
el día de su boda. Había vivido como una criatura del bosque la mayor parte de su
vida y era más independiente que la mayoría de las mujeres que conocía. Drogo
suponía que podría adaptarse. Solo que no lograba dejar de preocuparse por ella.
Ninguna vela iluminaba la habitación de Ninian. Ningún fuego calentaba la
chimenea. Ninguna silueta grácil danzaba en la luz neblinosa que entraba por las
ventanas.
Más desilusionado de lo que estaba dispuesto a admitir, Drogo se encaminó
hacia su propia habitación, pero tenía pocas esperanzas de encontrarla allí. Una sola
vez ella había ido hacia él, y había sucedido en Wystan, en su propio terreno natal.
Al encontrar su propia alcoba vacía, como esperaba, ordenó encender el fuego
en ambas chimeneas y partió en busca de su esposa perdida. Esa era la noche de
bodas de ambos. Había acumulado grandes expectativas para ese día; pero como le
había dicho anteriormente, estaba acostumbrado a las desilusiones. Aun así, no se
rendiría. Tenían toda la noche por delante. No había comprendido la poca alegría
que tenía en su vida hasta que cayó en la cuenta de cuánto ansiaba las noches en la
cama de Ninian.
Toda la vida había sido el responsable, el que guiaba al padre ebrio de vuelta a
la casa, el que devolvía a los traviesos hermanos a los tutores, el que manejaba los
libros de contabilidad, a los abogados y los asuntos del patrimonio. Había dedicado
los momentos robados a observar las estrellas y a hacer los cálculos astronómicos que
tanto le fascinaban. No tenía una mente imaginativa, pero le agradaba pensar que
debía haber vida en otros planetas, o quizás los dioses griegos residían allí, y que
algún día él encontraría evidencia de eso. Era la única fantasía que se permitía tener,
fuera del deseo profundo de tener un hijo propio.
Ni siquiera sabía por qué quería al niño. Nunca había sostenido a los hermanos
cuando eran bebés ni les había hecho saltar sobre sus rodillas. Siempre les consideró
como una fuente constante de interrupciones y demás. Quizás era la arrogancia de
tener lo que creía que no podía. Tenía poca experiencia con las mujeres: pocas veces
las tomaba en serio, las evitaba en todos los aspectos menos en la cama; pero ellas
poseían esa habilidad única que él no podía duplicar: la habilidad de procrear. Por
ello, estaba dispuesto a permitirle a Ninian entrar en su vida.
Después de revisar todos los cuartos de baño e interrogar a los sirvientes, Drogo
seguía sin encontrarla. La casa no era tan extravagantemente grande como el castillo.
Había sido de su padre y del abuelo; sin embargo, la madre de Sarah, Ann, la había
detestado. El padre había construido una más moderna para ella en los suburbios de
Hyde Park Corner. Una vez que cumplió la mayoría de edad, Drogo había insistido
en mudarse allí para tener un poco de privacidad del variopinto grupo de hermanos.
Había durado lo suficiente hasta que el primero de ellos fue expulsado del instituto.
Poco a poco, la casa se fue convirtiendo en un hogar para los hermanos, pero no era
lo bastante grande como para perderse allí.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

A menos que Ninian hubiera huido —y pensó que ella tenía el suficiente coraje
como para hacerlo—, quedaba un solo lugar para encontrarla.
Tomando la puerta trasera hacia las cocinas, Drogo levantó la lámpara y buscó
en el oscurecido jardín. El corazón se le atascó en la garganta cuando vio la figura
solitaria sentada en el suelo húmedo, con la neblina revolviéndose alrededor de la
cascada de su cabellera. Nunca llevaba los rizos en alto como lo hacían otras mujeres,
y él estaba agradecido por ello. Le encantaba ese salvaje abandono.
Se acercó con pasos suaves, sin querer asustarla, pero ella debió haber visto la
luz de la lámpara. Giró y miró hacia arriba a través de la húmeda neblina. Se veía
casi embrujada, tenía las mejillas muy pálidas, y el corazón de Drogo latió con un
fuerte golpe de pánico.
—¿Te encuentras bien?
Le observó sin emitir sonido; luego, regresó la mirada al deteriorado jardín.
—El alma se ha ido de esta tierra.
Había partido en otro de sus viajes mentales. Algunos días, le daba razones
para temer que había desposado a una mujer loca; pero sea lo que fuere, era un alma
gentil, y hasta la fecha, le tocaba unas desconocidas fibras del corazón.
—Vas a pillar un resfriado.
—En general, no me sucede. —Sentada con las piernas cruzadas sobre el suelo
desnudo, y ataviada con uno de los viejos vestidos, tamizaba tierra entre los dedos—.
Hay ruedas de carruajes sobre las rosas, y una caldera quemada en el tomillo. Creo
que incluso los indios salvajes cuidan mejor la tierra que esto.
Drogo tomó asiento en el banco del jardín cercano a ella. A ella quizás no le
importaba la tierra húmeda, pero a él, sí.
—Los indios salvajes tienen que comer de la tierra. Nosotros, no. Mis hermanos
han utilizado este patio como lugar de juego durante años. No vi la importancia de
cuidarlo.
Ella giró la cabeza para observarle.
—Ahí es donde diferimos, milord. Yo soy de esta tierra. Debo cuidarla. A veces
me pregunto si tú no eres del cielo, y si alguna vez nos encontraremos. Creo en los
asuntos del espíritu, pero tú solo ves con la mente.
Quizás no es que estuviera loca, sino que habitaba otro lugar diferente a él.
—No pretenderé que te comprendo —admitió—. Pero hemos hecho un bebé
juntos y debemos aprender a vivir con lo que hemos hecho. ¿Qué sugieres?
Creyó verla sonreír. En la penumbra, era difícil distinguirlo. Quería tomarla
entre los brazos y acogerla, pero sospechaba que se desvanecería entre sus dedos
como la neblina si lo intentaba.
—Me agrada la manera en que funciona tu mente. —Se inclinó hacia adelante,
arrancó un trébol de la aporreada hierba y se lo entregó a él—. Tiene cuatro hojas —
le informó—. Eres un hombre muy afortunado. Hay una zona llena de ellos por aquí.
Drogo se mordió un suspiro de exasperación. Quería un consejo lógico. Ella le
dio un amuleto supersticioso de buena suerte.
—Deberíamos entrar.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Tú puedes entrar, si quieres. Necesito pensar, y lo hago mejor afuera.


Drogo se quitó el chaquetón y se inclinó hacia adelante para colocárselo sobre
los hombros.
—Bien, entonces, ¿puedo ayudarte a pensar para que vuelvas a la casa más
rápido?
Abrazó el chaquetón.
—Gracias. No puedo leerte como lo hago con otros, pero creo que eres un
hombre muy agradable, solo un poco más elevado intelectualmente que el resto de
nosotros, quizás. Yo existo, lo sabes.
Miró fijamente la cabeza dorada y deseó saber qué sucedía allí adentro.
—Por supuesto que existes. Nunca lo creí de otro modo.
—No, crees que soy una conveniencia, como el banco donde te sientas. No es lo
mismo. Hay un yo en mi interior. Una persona. Nunca me has conocido, y no pareces
muy interesado en conocerme, por lo que he intentado no interponerme en tu
camino. Pero eso no va a funcionar si vivimos juntos, ¿no es cierto?
Un hueco se abrió en su interior, una enorme depresión con eco que reconoció
de noches un largo tiempo atrás cuando era un niño en una cama extraña, en una
casa extraña, sin la familiaridad de la madre o de los hermanos a su alrededor.
Intentó no permitir que ese vacío se le notara. Con cuidado, con lógica, se concentró
en lo que fuera que ella intentaba decir.
—No estoy acostumbrado a tener una mujer en la casa, si es eso lo que quieres
decir.
—No, eso no es lo que quiero decir. Tú tenías a Sarah, a Claudia y a Lydie en tu
castillo, pero no sabías que existían tampoco. No les permitiste entrar. Sarah está aquí
ahora, y tú casi nunca hablas con ella excepto de pasada, como hablarías con tu
sirviente cuando quieres que te lustren las botas. Soy diferente, y eso te molesta, pero
aún intentas reducirme a la posición de limpiabotas, o lo que sea. —Acarició la
hierba con la punta de los dedos—. Creo... —vacilaba al formular las frases—. Creo
que me has consignado al rol de esposa. Una esposa duerme contigo cuando quieres.
Compra cosas y las facturas acaban sobre tu escritorio. Ocasionalmente habla, y tú
intentas con todas tus fuerzas escucharla, pero en realidad, no le oyes. Tu mente está
en otro lado.
Esperó a que ella continuara, y como no lo hizo, imaginó que debía decir algo.
No tenía ni idea de qué. Podía plantarse frente a los lores y hablar durante horas,
pero no podía hablar con su esposa. Los hombres conversaban de cosas que él podía
entender. Las mujeres hablaban de cosas más allá de su comprensión.
—Lo lamento. En verdad, no comprendo. Tú eres mi esposa ahora. Las esposas
y los esposos comparten la cama. Es el propósito del matrimonio. ¿Qué quieres que
diga?
—Que me permitirás hacer lo que me venga en gana porque sabes que soy tan
capaz e inteligente como tú.
La sensación de pánico regresó, y Drogo se apresuró a aplacarla. Ella quería
regresar a Wystan y dejarle. Ninguna mujer permanecía nunca junto a un Ives

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durante mucho tiempo. Pero no podía dejarla partir. Tenía que explicarle. Odiaba dar
explicaciones, pero Sarah había dicho que debía trabajar en ello, y así lo haría.
—Ven aquí —le ordenó. Si iba a hacerlo, lo haría en sus términos.
Ella volvió a mirarle, y luego, sin cuestionamientos, se puso de pie y se colocó
junto a Drogo, enroscando los suaves dedos con los de él. El perfume a rosas que
manaba de ella había evolucionado hacia un trasfondo más sensual que la mezcla de
hojas perennes que había llevado anteriormente. El mero aroma a ella le excitaba,
pero tenía que ser lógico en ese momento. Colocó la mano sobre el apenas abultado
vientre y le acarició. Ella estaba redondeada y firme y él podía casi sentir la vida
floreciendo ahí. Inspiró profundamente.
—¿Sabes que mis padres vivían separados?
Asintió con un movimiento de cabeza.
—Sarah me lo explicó.
—Ella no sabe nada. —Sonó cortante, incluso a sus propios oídos. Volvió a
intentarlo—. Mi madre proviene de una familia modesta. El hermano es párroco. El
padre tiene una pequeña propiedad cerca de los terrenos Ives. Mi padre era un
hombre arrogante, criado para ser conde, el mayor y más malcriado de varios hijos
varones. Siempre hacía lo que quería.
Ella se movió apenas junto a él y Drogo se dio cuenta de que el banco era duro.
No era momento para tales revelaciones, pero él lo haría. Retiró la mano y tiró de ella
hasta su regazo, donde se ubicó con agrado. El aliento de Ninian le susurraba contra
la mejilla, y él respiró con mayor facilidad cuando le rodeó la abultada cintura con
los brazos. Podía hacerlo.
—Le agradaba seducir a mi madre. No le agradó cuando el padre de ella se
acercó al de él y le exigió que hiciera lo honorable; tampoco le agradó cuando mi
abuelo estuvo de acuerdo. Pero como le amenazó con desheredarle, hizo lo que era
correcto y nos tuvo a los tres en los primeros años de su matrimonio.
—Tú, Ewen y Dunstan —recitó ella, aparentemente confirmando su memoria.
—Sí. Sin embargo, mi abuelo estaba aún vivo en ese momento y se negó a ceder
las riendas del patrimonio. Mi padre estaba aburrido y buscó entretenimiento en otro
lado, en desafíos que le trajeron a Londres, dejando a mi madre sola con nosotros.
Permaneció lejos durante un año o más. Mi madre tomó represalias y se buscó un
hombre que la amara como él no lo hacía. Mi padre se vengó y se acostó con toda
mujer que estuviera de acuerdo. La historia se vuelve peor y peor. ¿Te agradaría
mejor ir adentro?
Ella se acurrucó contra él y se recostó sobre el hombro. Tenso por el dolor del
relato, Drogo inspiró el fresco aroma de ella, descansó la mejilla sobre la sedosa
calidez de los cabellos y la abrazó a ella y al bebé con más fuerza.
—Sé de, al menos, un bastardo que nació de su coqueteo por la campiña. Tengo
un hermanastro, William, con la lechera del pueblo. Mi padre le planteó una pequeña
competencia. Al mismo tiempo, emitió una petición de separación en la corte y exigió
que mi madre fuera retirada del hogar.
—¿Cuántos años tenías? —El aliento de Ninian calentó el frío que sentía en el

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pecho.
—Seis. —Apretó los dientes y continuó—. Debes saber el resto. Con la evidencia
del adulterio de mi madre, la corte aceptó la petición, y también dispuso que Ewen y
Dunstan se quedasen con mi madre. Mi padre conoció a la viuda madre de Sarah,
Ann, y la convirtió en su amante. Después de dar a luz a Joseph, la mudó a la casa en
el lugar de mi madre ya que el acuerdo de separación no le permitía volver a contraer
matrimonio. No sé de qué manera Ann le atrapó, pero después de eso, mi padre
estuvo satisfecho de asentarse. Quizás la muerte de mi abuelo le dio el desafío que
necesitaba, pero vi poco de eso. Tenía catorce años cuando falleció, y la
responsabilidad del título de conde recayó en mí.
—Y, ¿por qué me cuentas esto? —preguntó ella suavemente.
Drogo refrenó la impaciencia.
—Para explicarte por qué nunca dejaré a mi esposa como lo hizo mi padre. Una
mujer y su marido deben vivir juntos, trabajar juntos, jugar juntos, convertirse en uno
solo como lo hicieron mi padre y Ann. Él nunca se descarrió después de llevarla a
vivir a su hogar, y quiero pensar que eran felices juntos. Eso es lo que quiero.
Se mordió la lengua a pesar de que ella no respondió de inmediato. Al parecer,
ninguno de los dos era un conversador nato. Él podría vivir con eso. Pero no podría
hacerlo si no la tenía a su lado. La necesitaba en su cama cada noche, para recordarle
por qué estaban juntos. Necesitaba a su hijo donde pudiera verle, observarle crecer,
ser parte de su vida; algo que su padre les había negado a Dunstan y a Ewen.
—Tu padre y Ann deben haberse amado como para poder llevar adelante una
vida juntos, incluso bajo tan terribles circunstancias. Tenían un lazo en común,
mientras que tu padre y tu madre, no.
—Tenían tres hijos juntos —dijo él con tono de gravedad.
—Los hombres Ives son muy... —rio entre dientes y agregó— viriles. Y con la
crianza que tuvo tu madre, ella tuvo que haber intentado complacerle. Los niños son
fáciles de hacer.
Él gruñó y Ninian levantó la mirada y le dio unas palmaditas en la mejilla.
Drogo imaginó que la barba crecida le quemaría la suave palma, pero se deleitó con
la caricia. Había llegado muy profundo hasta un lugar en la historia que no le
agradaba relatar. No quería tener que volver a pasar por ello nunca más. Quería
tenerla en la cama ahora mismo, y si no iban pronto, la tomaría allí sobre la hierba.
Necesitaba estar profundamente en ella, fuera de sí mismo.
—Los niños son, en verdad, fáciles de hacer, si las circunstancias son correctas
—le aseguró ella—. De otro modo, no habría tantos en el mundo. Criarles es otro
cantar. Y hacer una relación entre dos adultos es más difícil aún, supongo. En
verdad, hemos hecho las cosas al revés.
—Es culpa de Sarah.
—No, es nuestra. Jugamos con fuego y nos hemos quemado. No me arrepiento.
Deseo este bebé, pero si quieres decir lo que estás diciendo, si quieres mantenerme a
tu lado y ver crecer a este niño, entonces tenemos un camino difícil que recorrer por
delante.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No veo cómo —dijo malhumorado. Si ella simplemente iba a su cama, el


camino se facilitaría considerablemente—. Tengo la suficiente riqueza como para
mantenerte con comodidad. No te haré daño. Estoy haciendo el gran esfuerzo de
escucharte porque sé que no soy bueno para esas cosas. Incluso te he contado lo que
nadie salvo mi madre sabe para que podamos comprendernos mejor. ¿Qué más
puedo hacer?
—Puedes creer que soy una sanadora Malcolm y que mi lugar está en Wystan
—le contestó con firmeza, zafándose del abrazo y poniéndose de pie—. Hasta que
comprendas quién soy y reconozcas que Wystan es tan importante para mí como el
Parlamento lo es para ti, nunca podremos ser felices. Intentaré con todas mis fuerzas
mostrarte quién soy, pero hemos dejado esto para último momento. La niña nacerá
en cinco meses, y debe nacer en Wystan.
—No hay nada en Wystan —refutó él—. La sesión no acabará en meses, y luego
las fiestas navideñas se nos echarán encima y mis hermanos están aquí. Te aseguro
que mi administrador está cuidando del pueblo. No hay ninguna razón para regresar
antes de la primavera.
—Y hasta que me comprendas y creas en mí, tenemos los propósitos cruzados.
Buenas noches, milord. Te veré en la mañana.
Se marchó. Drogo la miró sin poder creerlo. Había desnudado los secretos de su
alma y ella se había marchado. En la noche de bodas.
Se puso de pie de un salto para ir tras ella pero se tropezó con una regadera
oxidada. En un arranque de inusual mal humor, la arrojó lo más lejos que pudo.
Aterrizó en el surtido de ruedas de carruaje contra la reja, y el repiqueteo y el
estrépito no hicieron otra cosa que provocar que los vecinos abrieran las ventanas y
gritaran, y que los perros aullaran en toda la ciudad.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 22

¡Al diablo! No iba a permitir que se saliera con la suya. Esa era su noche de
bodas. Un esposo tenía derechos.
Con los perros aún aullando en la distancia, Drogo subió las escaleras
estruendosamente. Se retrasó un poco porque tuvo que hacer una parada para
tranquilizar a los sirvientes de que no serían asesinados mientras dormían por una
pandilla salvaje de ladrones arrojadores de regaderas. Había aprendido a ser firme
con los hermanos. No veía la razón por la cual una esposa debería ser diferente.
Preparado para aporrear la puerta cerrada con llave, casi se cae cuando esta se
abrió de par en par. Se enderezó y clavó la mirada en la cama, iluminada por la luz
de las velas.
Ninian se había quitado el viejo vestido y estaba sentada con un simple camisón
contra los cojines, leyendo el libro que él le había regalado. Cuando Drogo entró, ella
levantó la vista con curiosidad, pero sin miedo.
Se sintió como un ogro. Él no perdía los estribos, maldición. Nunca perdía los
estribos.
Suspiró y volvió a respirar profundamente antes de enterrar la mano en el
cabello. A diferencia del de sus hermanastros, el cabello de Drogo era grueso y lacio,
en lugar de rizado, y el lazo cayó con facilidad. Debía verse como un hombre salvaje.
—Es nuestra noche de bodas —le recordó.
—Ya hemos tenido nuestra noche de bodas —le corrigió ella—. Ese es el
problema. Lo hemos hecho al revés.
Ninian observó a su esposo allí de pie, con toda su masculina confusión, y casi
se echa para atrás. La luz del fuego parpadeaba sobre las tensas planicies de las
oscuras facciones, y ella recordó la noche que se conocieron, cuando creyó que era el
diablo. Aún lo pensaba algunas veces, pero para bien o para mal, era su diablo.
Admiraba la manera en que controlaba el temperamento antes de hablar. También le
agradaba la manera en que un grueso mechón de cabello se liberó para quedar
colgando junto a la oreja, un obvio signo de que le había perturbado la usual vida
ordenada.
Ella se moría por su atención y afecto, y el calor en los ojos de Drogo casi le
atraviesa abrasivamente la resolución. Quería arrojar el libro y abrir los brazos hacia
él.
No podía hacerlo. No se abriría al rechazo de nadie nunca más. Debía aprender
a valerse por sí misma y hacer el trabajo para el cual le dieron los dones.
—¿Al revés? —repitió él, obviamente desconcertado.
—Tuvimos nuestra noche de bodas primero, y ahora debemos atravesar el

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

período de noviazgo, donde una pareja aprende a conocerse el uno al otro.


Parecía atónito. El marido lógico y sensato tenía dificultades para entender la
versión intuitiva de ella del problema.
Con su mera presencia, él agitaba espontáneamente respuestas que hacían que
Ninian se arrepintiera de su decisión. Nunca había visto a Drogo a la luz del día sin
la camisa. Quería ver todo de él, a la luz de la mañana, en la cama, antes y después de
hacer el amor. Quería ver su risa.
Acarició a la gata gris sobre la cama junto a ella y observó a Drogo con frialdad
—esperaba que fuera con frialdad—.
—¿Quieres el cortejo? —preguntó él con asombro.
—Hemos tenido la noche de bodas, luego la boda. Parece lógico. —Sonrió al
aprobar su propio razonamiento.
—El cortejo. —Se tambaleó hasta una de las sillas de la chimenea y se derrumbó
allí, clavando su mirada en ella con incredulidad—. Estoy sentado aquí, en la
habitación de mi esposa, mientras ella no lleva puesto más que un camisón, el cual,
dicho sea de paso, deja ver tus hermosos pechos y la redondez de nuestro hijo con
mucha exquisitez, ¿y tú quieres el cortejo?
Un calor burbujeó en ella al escuchar tales palabras. Ahora que lo mencionaba,
podía sentir los tensos puntos de los pezones rozando contra el delgado lino, y
deseaba ansiosamente que se los tocara como se los había tocado la noche anterior.
Pero el futuro de su hija dependía de que ella se resistiese a un momento de placer.
—Puedes llamarlo como quieras, pero debes verme como soy antes de que
podamos avanzar. —Levantó la mirada y preguntó con alegría—. ¿Quieres que lea
para ti?
Le echó una mirada feroz. Ella apostaba a que él no era un hombre que tomara
a las mujeres contra su propia voluntad. Era una apuesta muy grande y peligrosa.
Podía dominarle sin siquiera intentarlo, porque ella se había derrumbado con el
primer beso.
—Creo, esposa mía, que estás tan loca como creí que estabas la primera vez que
te vi. ¿Deseas enviarme a los brazos de otras mujeres?
Ella le observó con interés.
—¿Has tomado a otras mujeres desde nuestra noche de bodas?
Él arrugó el entrecejo.
—No fue una noche de bodas. Fue un momento de locura —dijo él
rotundamente—. Tomé lo que deseaba, y te deseaba a ti. —Como ella continuaba
mirándole con interés, él se encogió de hombros con incomodidad—. Eres la única
mujer que he deseado desde entonces.
Aunque sospechaba que se trataba de una adulación amable, la noticia de que
no había tomado a ninguna mujer excepto a ella desde que se conocieron, la excitaba.
Irradiaba confianza ahora.
—Pues bien, en pos de la igualdad, si tomaras a otra mujer, yo sería libre de
mirar a otros hombres.
—¿Qué? —Casi sale disparado de la silla cuando rugió esa pregunta, pero

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ahorcó los apoyabrazos como si fueran la garganta de ella y volvió a sentarse—.


Entonces, ¿de eso se trataba el voto de igualdad?
—Bueno, no estoy completamente segura, dado que nunca he estado casada
antes, pero suena pertinente.
Le miró con sagacidad, finalmente captándole.
—Estás inventando todo esto a medida que avanzas. Estás enfadada porque no
te llevo de regreso a Wystan y quieres vengarte.
—No, quiero enseñarte una lección —dijo ella con honestidad.
—Si voy ahora allí y te beso, no entablarás una lucha, ¿no es así? —Con oscuros
ojos, le estudió con curiosidad intelectual mientras se le enfriaba el carácter.
Ella sabía no que era una gran maestra, pero él era un alumno excelente.
Entendió con rapidez. Aun así, no podía ser menos que honesta.
—No lo sé. Me agradaría pensar que lo intentaría. El futuro de nuestra hija
reside en eso.
Las curvadas cejas de él casi se enderezan cuando las levantó.
—¿El futuro de nuestro bebé reside en que no hagamos el amor?
—En que no tengamos... congreso sexual. —Ella utilizó las palabras del doctor
—. Hacer el amor es algo completamente diferente. No hemos hecho eso aún.
Ella creyó que las cejas le volarían fuera de la cabeza.
—Supongo que esto es algo de la ridiculez femenina del amor y el romance.
Albergas demasiadas esperanzas si esperas que eso suceda. Estoy dispuesto a ser
paciente y darte tiempo para que te adecues a mi vida, pero no esperes canciones de
amor ni sonetos por mi parte.
La decepción le recorrió el cuerpo, pero sabía que así tenía que ser. Todo lo que
podía esperar ganarse de él era su respeto.
—No, solo quiero que sepas que existo —insistió ella.
—Ah, claro que sé que existes. —Levantó el gran cuerpo de la silla y se acercó a
la cama—. Pero podemos tomarnos un tiempo para conocernos mejor el uno al otro.
Simplemente, no te demores mucho —le advirtió cuando se detuvo junto a la cama.
No tenía mucho tiempo. Debía aprender lo que pudiese para ayudar a Wystan
y regresar a casa. Pero si quería que ese matrimonio funcionara, tendría que durar el
mayor tiempo posible.
—No soy buena para compartir —admitió cuando él se colocó suspendido
sobre ella. Era tan grande e intimidante y... viril. No rio tontamente ante la palabra de
la tía en ese momento. Solo necesitaba una mirada rápida hacia el costado, así, para
ver que él estaba completamente excitado y hambriento por ella. Con prontitud,
regresó la vista al libro—. Pero haré lo que pueda para acelerar el proceso.
—No tengo experiencia en cortejos. Preferiría mucho más estar dentro de ti
ahora.
Las llamas lamieron la piel de Ninian ante la rudeza acalorada de la voz de él.
—Pero estás en tu derecho de pedir lo que se te ha negado —concedió él con
una nefasta curva en los labios—. Dame un informe cada noche del libro que estás
leyendo —sugirió él—, pero no ahora —agregó rápidamente mientras ella pensaba

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

qué responder—. No creo que sea capaz de mantener las manos lejos de ti si me
quedo aquí esta noche.
Luego, sin advertencia, se inclinó hacia adelante y le besó la frente, se enderezó
y se marchó.
La gatita maulló en protesta por haber sido perturbada. Ninian le rascó la
cabeza con comprensión. No habría manera de que pudiese dormir ahora. Los
pechos le dolían por la atención que él les habría prestado.

El día siguiente a la boda, Ninian observaba con tristeza, larga y fijamente, la


carta crudamente escrita que había llegado con el correo matutino. Mary debía haber
profanado uno de sus pocos preciados libros para escribirla; era obvio que estaba
escrita en una guarda arrancada. Para ella, simplemente el hecho de escribir a
Londres significaba que el problema era serio. Los aldeanos pensaban que Londres
era otro planeta.
Y ellos creían que Ninian era una bruja. En apariencia, debían creer que solo
una bruja podría resolver sus problemas ahora.
Releyó la carta. Las ovejas habían muerto. La hermana de Mary había tenido un
aborto. El arroyo del castillo se había desbordado en el agua del pueblo, y la hierba y
los árboles a lo largo de la orilla se habían vuelto marrones. La carta de Mary no lo
decía, pero el veneno se debía de haber desparramado con la comida.
Le agradara o no, el pueblo la quería de regreso en casa. Pero, ¿cómo podría ella
ayudarles? Aún no sabía qué había causado la muerte del arroyo.
Debía encontrar libros y naturalistas que estuvieran dispuestos a ayudarla.
Necesitaba a Drogo.
Él solo diría que el administrador se estaba encargando del asunto.
Quizás Lydie y Claudia podrían ser sus ojos y sus oídos, ya que ellas ya estaban
allí. Mientras tanto, debía aplicarse a aprender todo lo que pudiera y a convencer a
Drogo de la importancia de su regreso una vez que supiera qué hacer.

—Tu abogado parece preocupado acerca de los grandes gastos que has
ordenado. ¿Libros, químicos y bombas? —Drogo se arrojó sobre el sillón de orejas
tapizado de un cuerpo junto a la cama de Ninian; luego, miró hacia abajo para
descubrir dónde demonios se había sentado. No recordaba tener un asiento de su
tamaño en el delicado tocador que le había asignado a Ninian. Esos continuos
cambios de mobiliario en su entorno le mantenían permanentemente fuera de
equilibrio, pero ese sillón en particular le agradaba.
—Cómo gasto mi dinero no es ni de la incumbencia de mi abogado, ni tuya. Si
continúa dirigiéndose a ti, sin duda me buscaré a otro hombre de negocios.
Otra mujer podría haberse oído enfadada. Ninian simplemente enunció los
hechos. La idea de una mujer controlando su propio dinero le inquietaba, pero si, sea
lo que fuera lo que Ninian estaba haciendo, había pasado el escrutinio de la duquesa

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de Mainwaring, él no podía cuestionarlo.


—Puedo recomendarte otro abogado, si lo prefieres, o tus tías podrían querer
apuntar uno ellas mismas. Este simplemente intenta impresionarme con su
diligencia. ¿Cómo vas con la traducción del diario?
No había ido allí para discutir sobre dinero. Tampoco quería admitir que había
entrado en la habitación de Ninian para cortejarla, pero no podía darle más vueltas al
asunto. Había pasado cuatro malditos meses sin una mujer, luego se permitió una de
las experiencias más sensuales de su vida, y no le agradaba volver a dormir en una
cama fría otra vez, maldición. Simplemente, se tomaría unas pocas noches para
estudiar la situación.
Sabiendo que, en lugar de ser repelido por su menos que extraordinaria
apariencia, la esposa disfrutaba de la misma atracción pasional por él como él por
ella, le daba paciencia.
—La letra en mi diario es más difícil de traducir que el latín en el que está
escrito —se quejó Ninian—. Mis ancestros tenían una inclinación por los rulos, las
curvas y los extraños círculos, y no siempre utilizaban los mejores plumines.
—Un poco como Sarah.
Ella le arrojó una mirada inquisidora. Luego, pareció reconocer la broma y
sonrió tentativamente. Daba la sensación de que ella tenía tanta dificultad en
entenderle a él como él a ella. Eso le tranquilizó. Estiró las piernas hacia el fuego e
intentó no mirarle muy fijamente a los tentadores pechos, que empujaban contra el
camisón. Se cruzó de brazos sobre el pecho y se preparó para ser entretenido.
—No conozco mi historia muy bien, pero busqué la fecha en que comenzaron a
escribir el diario y empieza durante el reinado de Cromwell. —Con gentileza, giró
una quebradiza página—. La firma en la página de inicio es de Ceridwen Malcolm
Ives.
—¿Ceridwen? Es gales, ¿no es así?
—Sí, pero hasta hace poco, mi familia siempre había tenido inclinación por los
nombres celtas. Si estuviese más instruida, posiblemente podría entender las
conexiones en nuestros viejos libros y rastrearlos hacia atrás en la historia, pero solo
puedo hacer suposiciones basadas en la lectura general.
—Debo pensar que a tu familia le agradaría que sus hijas fueran instruidas
formalmente. —Por cierto, no parecía que ningún hombre se los hubiese prohibido
nunca, reflexionó Drogo cínico.
—En Wystan no hay maestros. La casa tiene una biblioteca limitada y tiene en
su mayoría garabatos de hierbas y misceláneas. Somos una familia que aprende
mejor con el ensayo y error. Nadie puede enseñarnos a lidiar con nuestros talentos.
Ahí comenzaba de nuevo. Drogo apretujó los dedos para refrenarse de burlarse
de su idea de «talento».
—Debes tener muchos libros de jardinería entonces. Tienes buena mano para
las plantas.
Ella entrecerró los ojos e ignoró la observación.
—Al parecer, Ceridwen también tenía talento para las plantas. En estas

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primeras páginas, parece muy joven, pero está hablando de colocar las hierbas de
cocina en una maceta durante el invierno.
Drogo arrugó la nariz con desagrado.
—Si eso es todo lo que ella tiene que escribir, no aprenderás mucho de ahí. Creí
que te había entregado algo más interesante.
—Ella se llama Malcolm Ives, y el Ives fue agregado con una tinta diferente,
como si lo hubiera escrito en una fecha posterior. Creo que será interesante saber
cómo una Malcolm y un Ives llegaron a contraer matrimonio.
Drogo tenía la incómoda sensación de que sería mucho mejor si ella no se
enteraba de cómo les había ido, pero era demasiado tarde como para pensar en
aquello ahora. No conocía un solo matrimonio feliz en todo el árbol genealógico,
incluido el de Dunstan, por lo que se veía. La miró con cautela.
—No intentarás comparar de lo que te enteres ahí con nosotros, ¿verdad?
Puedo asegurarte que no me parezco en nada a mis ancestros.
Ella cerró el libro y cruzó los brazos prolijamente sobre la manta. Luego, le
quitó la respiración a Drogo al mirarle directo a los ojos. ¿Cómo había él creído que
era una simplona? Ahondó directo en su alma con esa mirada. Y agitó porciones más
bajas que el alma.
—Tus ancestros abandonaron Wystan. ¿En qué sentido eres diferente? —
preguntó ella.
Podría bien haberle golpeado con un trozo de ladrillo antes de acusarle de
abandono de servicio. Cada vez que comenzaba a relajarse en su compañía, ella le
golpeaba en una dirección diferente. Arrugando el entrecejo, se levantó de la silla.
—Estoy haciendo lo que puedo con ellos. Enviarte allí no ayudará a nadie.
Mascullando, Drogo salió de la alegre habitación dando un portazo en dirección
a su alcoba, fría y húmeda. ¿Por qué demonios las mujeres nunca podían dejarle en
paz?
¿Y por qué los hombres Ives siempre elegían a las mujeres imposibles?

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Capítulo 23

—¿Joseph? ¿Qué estás haciendo aquí? Creí que habías tomado una habitación
en el bar. —Ninian dejó la palita de jardinería a un lado cuando Joseph se desplomó
junto a Sarah en el banco del jardín.
—Sí, lo hice. Tengo la habitación. —Hizo una mueca de dolor—. No fui hecho
para ser abogado.
Con mucho cuidado, Sarah ató semillas de aster en el pañuelo antes de esparcir
los pétalos secos en el suelo.
—Bien, ahí tienes una buena observación —dijo alegremente.
Paul, el hermano más joven de Joseph, salió de un salto del cobertizo pegado a
los establos.
—Podríamos coger esas viejas ruedas de carreta, pasar un poste por entre los
agujeros del eje y hacer una torre que puedas utilizar como soporte para los rosales.
Se suponía que los hermanos menores de Drogo estarían en el instituto, pero
habían sido expulsados, otra vez. En esa ocasión, fue por soltar un globo de
hidrógeno del campanario e incendiar el techo del decano en el consecuente
aterrizaje. La madre de los muchachos estaba aún en Escocia, por lo que acabaron
con Drogo, como era habitual.
Preocupada por Joseph, Ninian asintió con un movimiento de cabeza distraído
ante la sugerencia de Paul.
—Si tú crees que funcionará... pero debes acabarlo y no dejar cosas tiradas por
ahí —le advirtió. Mientras Paul daba un grito de alegría y arrastraba una rueda
abandonada hacia el cobertizo, ella volvió a dirigirse a Joseph—. ¿Qué sucedió?
Joseph se encogió de hombros e intentó mostrarse despreocupado.
—Supongo que soy un poco mejor para dibujar rostros que edificios.
—¿Has sido tú? —preguntó Sarah con un grito agudo—. ¿Tú has echado al
buzón de la imprenta esa caricatura del esposo de Claudia?
Ninian podía sentir la confusión rebotando de ida y vuelta entre el hermano y
la hermana, pero no entendía la causa de ello. Esperó una explicación mientras los
hermanos menores trabajaban en sus proyectos detrás de ella.
—En fin, era un buen dibujo cómico y no quería que se desperdiciara. Creí que
nadie sabría quién lo hizo. No lo firmé ni nada. El bastardo de Twane creyó que
podría demandar a Drogo con nada —dijo con indignación.
—¿Realmente tenía intenciones de alegar adulterio? —gritó Sarah.
Joseph se rastrilló el cabello con los dedos.
—Drogo tiene dinero y, aparentemente, Twane ha descubierto dónde se
esconde Claudia. Quizás espera que Drogo llegue a un acuerdo solo para evitar un

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escándalo.
Eso fue suficiente. Ninian arrojó los guantes al suelo. Si alguien tenía
intenciones de demandar a Drogo, ella debía saber de qué se trataba.
—¿Qué significa adulterio? —exigió saber.
Los hermanos giraron para observarla, como si acabaran de salir de un agujero
en la tierra. Joseph contestó primero:
—Una demanda por adulterio. Jerga legal amable para decir cornudo.
—Pero Drogo apenas sabe que Claudia existe —interrumpió Sarah
apresuradamente—. El esposo de Claudia la pega, y ella vino a mí...
—Pero cuando Twane descubrió que Drogo le estaba ayudando, vio la
oportunidad de demandar a alguien adinerado. Él no sabía que yo había sido
aprendiz de Drogo para ser su abogado. No debió de verme, y lo escuché todo.
Enderecé la espalda y mi pluma simplemente voló mientras ellos conversaban.
Nunca antes en mi vida dibujé algo tan bueno.
Sarah rio entre dientes.
—He oído que el dibujo era exactamente igual a Twane. Muchacho travieso.
Ninian tenía poca paciencia para la intrincada red de la sociedad londinense.
Simplemente sabía que Joseph estaba perturbado y aún tenía que descubrir por qué.
—¿El señor Twane quiere demandar a Drogo por adulterio? ¿Y Joseph dibujó
una caricatura de él? Sigo sin comprenderlo.
Sarah se puso seria.
—Mostraba a Twane dándole azotes a Claudia. Es lo que él hacía, ¿sabes? —
Hizo una mueca de dolor y giró hada su hermanastro—. He oído que has dibujado
un globo sobre la cabeza de él que decía: «Y demandaré a lord I. para sacarle todo lo
que tiene por los problemas que me causó». Drogo estará...
—Más que furioso —Joseph acabó la frase con abatimiento—. Ni siquiera
tendrá que enterarse del dibujo. Twane vio la caricatura, sabía que solo se lo había
contado a una persona, corrió de regreso a donde el abogado, y me echaron. Ahí
acabó mi carrera de aprendiz.
¡Ah! Ahora lo comprendía. Más o menos. De pie, Ninian le dio unos golpecitos
a Joseph en el hombro.
—Debes tener mucho talento para que todos reconozcan la caricatura. Deberías
estar tomando lecciones de dibujo. Hablaré con Drogo.
—No servirá de nada —contestó Joseph, apesadumbrado—. Simplemente me
ofrecerá la milicia o la vicaría.
—Ya lo veremos. ¿Crees que puedas subirte allí y ayudar a Paul con esa
escalera? Tengo miedo de que se caiga y se rompa la cabeza.
—No has tenido mucha experiencia con los hombres, ¿verdad? —Sarah se
sacudió la falda y se puso de pie—. Hacen lo que quieren y nunca escuchan lo que
decimos.
—¡Qué injusta, Sarah! —gritó David al girar la esquina del cobertizo cargando
un brazado de escombros—. Al menos, estamos trabajando cuando vosotras no
hacéis nada más que sentaros y veros elegantes.

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Ninian sonrió ante esa riña familiar. Nunca había tenido un hermano o
hermana con quien pelearse, ¡y pensar que se había preocupado por la constante
escaramuza de esa gente cuando llegó por primera vez! Ahora que había tenido
tiempo de explorar y analizar algunos de los sentimientos detrás de las palabras,
reconocía el amor, la protección y la preocupación combinados con la irritación de la
familiaridad. Disfrutaba un poco de la agradable acogida y quería ser parte de eso.
No requería de su talento para sanar, pero quizás, al ayudar a Joseph, se sentiría útil.
Intentó descartar la queja de Sarah de que los hombres hacían lo que querían y
nunca escuchaban, pero le tocó muy de cerca en el corazón de su problema. Drogo no
la necesitaba. Hacía lo que quería, sin preocuparse por ella. Quizás ella debería hacer
lo mismo.
El bebé en el vientre se agitó, y se sentó apresurada, lo que provocó que todos
en el patio giraran la cabeza hacia ella para mirarla con preocupación. Maldiciendo
por ser tan débil, se escondió en una vaga sonrisa y apuntó a las margaritas silvestres
que luchaban por sobrevivir en un oscuro rincón.
—Si tuviera una pala, podría desenterrarlas y plantarlas en un lugar más
soleado.
—¡A tu juego te llamaron, David! —gritó Paul, que estaba sentado en el techo
del cobertizo.
—Tengo pensado excavar ruinas romanas, no flores —gruñó David. Pero
echando una mirada a Ninian, el hermanastro militante de Drogo partió
obedientemente en busca de la pala.
—Será mejor que vuelvas adentro —le dijo Sarah a Ninian, preocupada—. Todo
este trabajo no puede ser bueno para ti.
Tampoco lo era el constante encierro entre cuatro paredes, pero Ninian no lo
mencionó. Toda la familia de Drogo la cuidaba con especial atención y ansiedad,
pero lo hacían por el bien de él, ella lo sabía. Sin importar cuánto protestaran por el
comportamiento protector de Drogo, todos adoraban al hermano mayor y, por el
bien del bebé que ella llevaba, se arrojarían al suelo para que ella caminara sobre sus
espaldas si así lo solicitaba.
Sin embargo, no era porque le quisieran o le amaran, o ni siquiera le
necesitaran. Todo era por Drogo. Se negó a rendirse a la autocompasión, lo reprimió
y mostró su mejor sonrisa.
—Solo me quedaré aquí sentada durante un rato y le diré a todo el mundo qué
hacer.
—¿No se supone que debías asistir a esa conferencia con Ewen? —preguntó
Sarah—. Los muchachos no necesitan que les supervises. Tendrán el jardín limpio
cuando regreses a casa.
Superflua. Era superflua.
Ignorando la punzada de dolor por tal rechazo a sus habilidades, Ninian optó
por ver el lado bueno de la situación. Nunca antes había sido receptora de tanta
preocupación en la vida. Que la consideraran frágil e indefensa era un poco molesto,
pero ser el centro de atención tenía méritos ocasionales. Su familia siempre había

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dado por sentada su independencia. Los aldeanos consideraban que las Malcolm
estaban tan por encima de ellos que no veían razón para preocuparse por ella. Sin
embargo, la familia de Drogo la trataba como una porcelana extraña y preciosa que
se podría romper en mil pedazos si daban un paso con mucha fuerza. Ver a todos
esos hombres grandes caminar a su alrededor de puntillas era, al menos, entretenido.
Se puso de pie del banco frío de piedra para mostrarle a David dónde quería las
margaritas.
—Haz un hueco profundo en la tierra para ablandarla. Le pediré al cocinero
cáscaras de huevo y sobras para plantar. En verdad, necesitamos un buen cubo o
hueco para arrojar las sobras de la cocina en el jardín. Para cuando llegue la
primavera, será un suelo adorable.
David le miró como si ella estuviera demente; en cambio, Paul, el menor, de
hecho asintió con un movimiento de cabeza mientras se deslizaba hacia el suelo en
busca de otra rueda.
—He leído que la tierra puede mejorarse con más que abono. Capability Brown 1
dice...
—Capability Brown es un viejo granjero bobo —declaró Joseph—. Vi lo que ha
diseñado para Wakefield Lodge. Quiere arrancar árboles en perfecto estado solo para
plantarlos en otro sitio. Es estúpido, si me lo preguntas.
—Nadie te lo ha preguntado.
Ninian les dejó discutiendo. De acuerdo con lo mencionado en el diario de
Ceridwen, todos los hombres Ives eran propensos a ser luchadores, ingeniosos y
escandalosamente arrogantes. Nada había cambiado en los últimos cien años.
Se sujetó la falda en alto y se apresuró a volver a la casa. Drogo había pasado las
tres últimas semanas cortejándola con cautela, no con bailes ni veladas, sino con
clases y viajes a museos, cuando los otros asuntos apremiantes le dejaban tiempo
libre. A ella le agradaban mucho los libros, e intentaba con mucho ahínco aprender
acerca de los métodos naturistas para poder estudiar el arroyo, pero prefería mucho
más estar escarbando la tierra. Aun así, había sido la que sugirió esa lección en
particular. Deseaba que Drogo la llevase para poder hablar con él acerca de Joseph,
pero había dicho que tenía otros compromisos.
Ninian deslizó la mano a lo largo de la madera recién lustrada del pasamanos y
admiró el nuevo tapete de la escalera cuando se apresuró hacia la habitación. Bajo la
supervisión de Sarah, el desordenado hogar masculino de Drogo estaba obteniendo
un renovado aspecto. Al haber vivido durante la mayor parte de su vida en una casa
de campo deprimente y con corrientes de aire, Ninian solo sabía cómo mantener la
cocina limpia y las camas hechas. Podía notar la desorganización en la casa de Drogo,
pero nunca habría sabido qué hacer al respecto sin la ayuda de Sarah.
Rápidamente, Ninian se lavó las manos y se cambió el vestido de lana por uno
más a la moda, de seda. Dejó que la recientemente asignada sirvienta le recogiera el
1
Capability Brown (1715-1783), paisajista británico que glosó y popularizó las pautas del jardín
inglés. Él sostenía que los lugares tienen poderes (capabilities en inglés) que pueden manifestarse, y
por ello adquirió tal apodo.

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cabello y lo sujetara debajo del sombrero.


Corrió escaleras abajo, y casi se tropieza y cae al ver a Drogo de pie con Ewen
en el salón del frente. Solo bastaba que mencionase un capricho para que uno de los
hermanos de Drogo se pusiera a su disposición. Quizás, tal vez, debería haberle
mencionado a Drogo que Ewen se había ofrecido voluntariamente en esa ocasión.
Ewen acababa de regresar del norte, y ella estaba ansiosa de preguntarle por la
situación allí.
Con sentimiento de culpa, miró a uno y otro hermano. Drogo se veía más
impasible que nunca. El apuesto Ewen sonrió e hizo una reverencia cuando ella se
personó. El legítimo hermano menor de Drogo contaba con toda la alegría de la que
carecía su marido.
Pero era el respeto de Drogo lo que ella deseaba. Se obligó a volver a mirarle y
con cuidado, descendió los escalones finales.
—Tengo solo dos entradas para la conferencia de hoy, milady —dijo Ewen con
alegría, sacudiendo los pases entre ellos—. Y aunque mucho me agradaría escuchar
al profesor de naturismo en el Estudio de Nuestras Aguas, creo que el Viejo Rostro
de Acero tiene derecho a reclamar tu compañía primero.
Ninian deseaba saber cómo reaccionar ante tanta atención masculina. Estaba
acostumbrada a esconderse detrás de una risa tonta y seguir su camino. Aquí, no
tenía necesidad de disimular. Los hombres Ives no le temían, como lo hacían los
aldeanos. No tenían ni una pizca de superstición en el cuerpo. Al contrario, en
verdad, la creían indefensa e incapaz de causar el mínimo daño.
Al no recibir reacción de Drogo, mostró los hoyuelos con una sonrisa e hizo una
reverencia en beneficio de Ewen.
—Dios no permita que me interponga en el camino del desarrollo de dos
eminentes naturalistas como vosotros. —Se mofó de la excesiva consideración que los
hombres tenían para con ella, aunque no estaba del todo segura de que le hubieran
entendido la broma.
Drogo le arrebató al hermano los pases de la mano.
—Ewen no sabe el significado de la honestidad. Preferiría mirar la hierba crecer
en lugar de asistir a una conferencia. Ven conmigo. El carruaje nos espera.
Ninian le lanzó a Ewen una mirada acusatoria.
—Has arrastrado a Drogo aquí a propósito.
Levantó las manos con un gesto de impotencia y sonrió de manera
deslumbrante. De todos los hermanos, Ewen era el que mejor utilizaba sus encantos.
—De otro modo, Drogo no habría dejado los libros y los gráficos. Uno no puede
decir que utiliza el título solo para ganarse la aceptación de la sociedad.
—Eso es porque no necesito a la sociedad. —Con un gesto brusco, Drogo colocó
la mano de Ninian en el hueco del brazo y la llevó a la puerta casi a rastras.
—Puede que tú no —protestó Ninian—, ¿pero quizás tu familia sí?
Ewen se vio sorprendido de que ella hubiera comprendido la verdad detrás de
la chanza. Drogo apenas mostró un tic nefasto en la comisura de los labios.
—Si la sociedad es tan tonta como para culparnos por los pecados de nuestros

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padres, entonces, no me sirve de nada.


En un instante, vio una docena de cosas con claridad, y Ninian dio un grito
ahogado al intentar comprender todas al mismo tiempo. Drogo no se lo dio. Abrió la
puerta de súbito y por poco la carga dentro del carruaje.
Siendo inocente en cuanto a los manejos de la sociedad, no se había dado cuenta
de cuánto debían haber destruido para siempre la reputación de la familia entera las
malas yuntas del anterior conde. Incluso los hermanos legítimos de Drogo debían
sentir el daño. Con razón el pobre de Joseph estaba agobiado. Como conde, Drogo
podía darse el lujo de ignorar el rechazo de sus pares. Como los hijos menores sin un
centavo, los hermanos no podían hacer tal cosa. Ella comprendía el rechazo
demasiado bien.
—No me agrada Londres —declaró Ninian cuando Drogo subió junto a ella.
—Ya me lo habías dicho. —Tomó asiento frente a ella, le dio un golpe al cochero
para que echara a andar, se cruzó de brazos y procedió a ignorarla de la misma
manera que ignoraba a la sociedad. Un hombre contra el mundo.
—La sociedad no me sirve en lo más mínimo —repitió el comentario.
—Estoy de acuerdo.
Tenía deseos de darle de patadas en la canilla, pero se magullaría el dedo del
pie. En realidad necesitaba tener los zuecos de campo de regreso.
—Quiero decir que nunca he aprendido los manejos de la sociedad. Mis tías me
ofrecieron darme acogida aquí, pero elegí deliberadamente vivir en Wystan.
Creyó que con eso captaría su atención, pero no hizo más que enarcar una
absurda y rizada ceja. Inspiró profundo para calmar la ira, pero se estremeció cuando
el bebé le dio una patada.
Instantáneamente, él se sentó junto a ella y la rodeó con un brazo protector
sobre los hombros. Quería enterrarse en la fuerza y el confort del abrazo con las
mismas ganas que tenía de darle un codazo y decirle que le dejara en paz. El gran
tonto no tenía ni una pizca de comprensión en el cuerpo, pero ella estaba
comenzando a amar la extraordinaria combinación de ternura y deseo que le ofrecía.
—Le diré al cochero que dé la vuelta. Deberías estar en la cama, descansando.
—Debería estar en Wystan, plantando mis hierbas en macetas para el invierno
—dijo ella de manera cortante cuando recuperó el aliento—. Me encuentro bien. El
aire de ciudad no me sienta bien. —Se enderezó y se movió lo más lejos de él que el
angosto asiento le permitía. El deseo que sentía por sus caricias no había disminuido
con el tiempo, y pronto estaría tirándole de los lazos de la camisa si no se alejaba.
Apoyando los pies sobre el asiento opuesto; Drogo permaneció plantado donde
estaba.
—Iremos a Ives por Navidad, y podrás oler las vacas de Dunstan todo lo que
desees.
Ninian parpadeó para contener las lágrimas y miró por la ventanilla. A pesar de
toda la preocupación que demostraba, él rechazaba sus talentos y necesidades como
lo había hecho su padre. Si no lograba hacerle entender...
¿Qué haría? Tenía dones destinados a beneficiar a la gente a su alrededor. Si las

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personas más cercanas y más queridas no la querían o no la necesitaban, ¿cuál era su


propósito?
—Mis tías pueden encargarse de que tus hermanos sean aceptados. —Quizás si
le ofrecía ayuda a la familia, él aprendería a apreciarla, aunque eso no requería de los
dones.
—No soy un hombre pobre. Soy perfectamente capaz de mantener a mis
hermanos hasta que puedan hacerlo por ellos mismos. No necesitan el ocio de la
sociedad, bebiendo y apostando.
—¿Ni contraer matrimonio con la mujer correcta? —preguntó bajito.
—Están mejor si se mantienen por sus propios medios que si dependen de las
mujeres.
Ninian se mordió la lengua. Supuso que, si Drogo pudiera haber engendrado
un hijo solo, entonces ella no necesitaría existir en absoluto. Ella deseaba el bebé.
Simplemente no se había dado cuenta de que él le reducía al nivel de las máquinas
que tan entretenidos mantenían a sus hermanos.
—¿Entonces Joseph debe convertirse en abogado cuando él prefiere aprender
arquitectura? ¿Y Davy convertirse en soldado cuando prefiere excavar las ruinas
romanas? —preguntó ella, de plano.
Él apoyó los amplios hombros sobre el rincón y clavó la mirada en ella.
—Son lujos para los ricos haraganes. Ellos necesitan mantenerse. Ya es bastante
malo que Ewen crea que puede hacer una fortuna al aprovechar la energía del vapor
sin que los otros le sigan los pasos. ¿O preferirías tenerle a tu alrededor como tu
mascota personal? Ya vive de su aspecto ahora. Estoy seguro de que tu riqueza le
mantendría entretenido bastante tiempo.
Ninian nunca había tenido un momento de violencia en toda la vida hasta que
hubo conocido a ese hombre. En ese momento sentía deseos de golpearle con fuerza.
En cambio, mostró la única defensa de protección que conocía. Sonrió como una
estúpida oveja y batió las pestañas.
—Qué agradable de tu parte que pienses que soy tan lastimosa que debo
comprar admiración, que Ewen puede ser comprado y que tú serías un buen
cornudo. Tus opiniones son muy tranquilizadoras.
Ella no podía leer las auras como la prima Christina. Ni siquiera podía sentir las
emociones enroscándose en el hueco vacío del alma del marido. Pero creyó ver que él
se había vuelto de color púrpura al escuchar esas palabras.
—No sería la primera vez que me hicieron cornudo —declaró finalmente, sin
una pizca de entonación.
—¿La dama con la que ibas a contraer matrimonio el año pasado? —preguntó
ella, intentando comprender. Cuando entrecerró los ojos, ella se apresuró a agregar
—: Sarah me contó que decoraste el cuarto del bebé para ella.
La expresión del rostro de Drogo permaneció fría e indescifrable.
—Nunca he practicado el celibato —agachó la cabeza con intención en dirección
a ella—, hasta ahora.
Ninian no le permitiría depositar esa culpa en ella. Debía estar sufriendo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Ningún hombre podía permanecer estoico al proponerle matrimonio a una mujer


solo para descubrir que estaba embarazada del bebé de otro hombre.
—¿Por qué te diría que el bebé era tuyo cuando no lo era? ¿Por qué no acudió al
verdadero padre de la criatura?
Se cruzó de brazos y clavó la mirada sobre la cabeza de ella.
—Porque tengo un título y soy adinerado, y el padre del bebé no lo era. No
tiene importancia.
No necesitó su don para leer el dolor de Drogo. Había querido a esa criatura. En
cambio, le habían traicionado. Con un suspiro, toda la ira manó fuera de ella.
—Soy sanadora con el don para la empatía, milord —dijo tan rotundamente
como él—. Algunos me llaman bruja. Pero nunca se me ha acusado de leer las
mentes. Si me acusas de ser similar a una criatura tan malvada, entonces por favor,
dilo con palabras de manera que pueda contestarte del mismo modo.
—No estoy acusando a nadie de nada.
—Puedo leer las emociones de todos, menos las de mi esposo —masculló,
disgustada.
—¿Por qué no las mías? —preguntó con curiosidad.
Al parecer, toda la ira en él se había esfumado en cuanto la hubo expresado.
Asombrada, negó con un movimiento de cabeza.
—¿Porque no tienes ninguna? —sugirió ella.
—Entonces, la lujuria no debe de ser una emoción.
Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar ante la acalorada mirada
en los ojos de Drogo, el carruaje se detuvo frente a la sala de conferencias.
Ninian suspiró, aliviada. Estar atrapada en un carruaje con Drogo era lo mismo
que estar atrapada en una caldera sin escape. No creía que pudiera rechazarle por
mucho tiempo más. Igualaba su calor y se moría por sus caricias, una innoble
admisión para una bruja independiente, la cual debería dejarle si él no comprendía.

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Capítulo 24

Sin saber que esa sala de conferencias en particular estaba ubicada en el


concurrido Covent Garden, Ninian fue sorprendida por la explosión de alegrías e iras
humanas que la aplastaron tan pronto como Drogo dejó el carruaje. De algún modo,
la impavidez de su marido había anulado la fuerza de tales sentimientos hasta ese
instante.
Se concentró en lo bueno y no en lo malo, como le había enseñado su abuela, y
tomó la mano de Drogo para bajar. El contacto con él tenía un curioso efecto
tranquilizador, y ella se aferró a eso mientras observaba con interés la calle repleta de
gente.
Caballeros con largas y coloridas chaquetas, sombreros con adornos y llevando
vainas impresionantes coronadas con espadas de plata, congregados en la puerta del
teatro, susurraban conversaciones. Varios de ellos levantaron la vista con interés al
verles llegar.
Más a lo lejos en la calle, unos hombres con chaquetones de color apagado y
cargando pesados libros hablaban pasionalmente frente a la sala de conferencias.
Ninian reconoció a varios de ellos de haberles visto en conferencias anteriores. Al ser
hombres letrados y estudiosos de la naturaleza, discutían acerca de cualquier tópico,
desde filosofía hasta política, e incluso a menudo, escribían y publicaban sus
opiniones o diatribas contra las opiniones que no estaban de acuerdo con las propias.
Entre esos grupos, damas elegantes con altísimas pelucas y sombreros se
apresuraban por la calle de adoquines, seguidas por sirvientas y lacayos cargados
con montones de compras. Balanceando las canastas, las muchachas que vendían
naranjas se apresuraban para elegir la mejor fila en el teatro, las floristas pregonaban
los ramilletes, y la miríada callejera de golfillos, mendigos y ladrones empujaban y
avanzaban a codazos entre ellos. Ninian se concentró en formar una bola con todas
las bullentes emociones en una sólida maraña que pudiera esconder en un rincón de
la mente y así, ignorarla. Había mejorado la técnica a lo largo de los años y podía
maniobrarla bastante bien; a menos que algo amenazador saltara sobre ella. Tal y
como sucedió en ese momento.
Gritando por el impacto, Ninian enterró los dedos en el chaquetón de Drogo y
giró sobre sus talones para localizar la malevolencia dirigida hacia ellos. Esperando a
medias encontrarse con el misterioso Ives de la boda, se replegó contra la forma
incondicional de Drogo al ver a un hombre de facciones duras que detenía un
elegante faetón importado entre el fluir del tránsito. Los demás cocheros lanzaron
maldiciones, los caballos relincharon y los peatones corrieron en busca de refugio
mientras el hombre sacudía el látigo y bajaba de un salto, gritando, del asiento.

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El caballo, ya turbado por el dolor, hacía peligrosas cabriolas ahora que las
riendas caían laxas. Encerrado por un carromato de caña por delante y una sarta de
palanquines por detrás, el caballo no podía hacer nada más que encabritarse y
anunciar su miedo con bombos y platillos. El dueño ignoró el escándalo al sacudir el
látigo y apresurarse por entre la muchedumbre hacia Drogo y Ninian.
—¡Twane! —Soltando una maldición, Drogo empujó a Ninian hacia el carruaje
—. Adentro, rápido.
Ella no podía hacerlo. Si le dejaba ir, se desmayaría por la fuerza del odio y la
furia que bullían a su alrededor. Él era su único refugio. Como ella era el suyo.
Drogo podía protegerla de las armas emocionales que arrojaba Twane, y ella
podía proteger a Drogo físicamente. Ni siquiera un loco golpearía a una mujer
obviamente embarazada frente a la calle llena de testigos.
Desplegando su mejor sonrisita estúpida, aún aferrada al chaquetón de Drogo,
dio un paso delante del esposo y sonrió al hombre iracundo que enroscaba el arma.
Drogo bramó, la cogió de la cintura y prácticamente la arrojó hacia el carruaje.
La acción de Ninian le arruinó la coordinación, Twane dudó con el látigo en alto y
azotó con él un segundo demasiado tarde.
El latigazo golpeó lateralmente sobre el hombro de Drogo, rasgándole el
chaquetón; luego, de contragolpe, le dio a un curioso que se había aventurado a
acercarse demasiado. Aflojado por el azote y atrapado en el viento, el adornado
sombrero del hombre salió volando hacia la calle, asustando al ya ansioso caballo de
Twane.
El animal retrocedió, encabritado. Sin poder ver más allá del carruaje, Ninian
solo sintió el terror del niño, pero comprendió enseguida.
—¡El pequeñuelo! —Se liberó del agarre de Drogo y actuó por pura fuerza de
voluntad, empujando a la multitud que se acercaba al tiempo que el caballo batía sus
poderosas patas.
Con la mano extendida, Ninian llegó a través del gentío y tomó el chaquetón
del niño asustado. Le atrajo a rastras hacia sí a la vez que las flagelantes pezuñas del
caballo se zafaron de la parte trasera de la carreta y los barriles rodaron y se
estrellaron contra la calle, donde el niño había estado de pie.
La muchedumbre se agolpó alrededor de ella al tiempo que una mujer gritó y
los hombres bramaron. El caballo relinchó de miedo a pocos centímetros de sus
narices y Ninian tomó al niño en un abrazo protector. Con calma, Drogo apareció a
través de la masa humana para asir las riendas del animal.
Ninian suspiró, aliviada, y abrazó al muchachito mientras la multitud se movía
en oleadas, todos hablando y gesticulando a la vez.
La intensidad de la ira de Twane flaqueó, pero ella había perdido la
concentración y una descarga de otras pasiones saltaron sobre Ninian. El sentimiento
de gratitud de la madre sollozante del niño la inundó. La curiosidad y la furia
manaban de los transeúntes que habían visto todo o parte de la escena. Ninian sentía
que la cabeza le daba vueltas y tenía deseos de llorar junto al niño. Bamboleándose,
dejó al muchachito libre para que fuera a los brazos abiertos de su madre.

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Drogo la atrapó antes de caer.


—¡No he acabado con usted todavía, Ives! —gritó Twane cuando Drogo la
levantó en brazos y la llevó a través del camino creado por los transeúntes—. ¡Me las
pagará!
Debilitada y vulnerable por el ataque emocional, por primera vez desde que
tenía uso de razón, Ninian salió de sí misma en lugar de enroscarse dentro del
cuerpo para protegerse. Con un instinto que no sabía que poseía, tomó la ira de
Twane y se envolvió con ella para que le diera fuerzas. Empujando el hombro de
Drogo, le obligó a detenerse.
—Bájame, Drogo. Bájame ahora mismo.
Él la miró como si estuviera loca. Luego, retomó el camino hacia el carruaje.
—Si no me bajas, gritaré en verdad muy fuerte —le advirtió.
—Bien, si eso es lo que quieres —dijo entre dientes—. Provoca otro disturbio,
¿por qué no? La multitud no tendrá que pagar por entretenimiento teatral.
—Bájela, Ives —una grata voz familiar se inmiscuyó con tono de amonestación
—. Ninian no comenzó esta guerra. Usted lo hizo. Ella debe reaccionar como mejor le
parezca ante las circunstancias.
—¡Tía Stella! —gritó Ninian con alivio al tiempo que Drogo fulminó con la
mirada a la enorme mujer que les observaba desde arriba como un barco con las
velas desplegadas en altamar.
—Ella es mi esposa y haré lo que crea mejor para ella —contestó fríamente,
desafiando a la condesa como no lo había hecho otro hombre antes que él,
exceptuando, quizás, al conde.
Stella se enderezó indignada; la papada le temblaba de furia.
—Ninian es una Malcolm, señor. Sabe lo que es mejor para ella mucho más de
lo que cualquier Ives podría saberlo.
—Debo bajarme. Ese hombre está completamente loco... —Ninian se contorneó
en los brazos del marido. La furia aún manaba a sus espaldas, y tenía que proteger a
Drogo, protegerse a sí misma, y aventar la ira de regreso a donde pertenecía. Tenía
que hacerlo. No lo había hecho nunca antes, pero debía hacerlo. La abuela le había
dicho que podía hacer cualquier cosa.
La mujer que cargaba al pequeñuelo se separó de la multitud.
—¡Milady, milady! Debo agradeceros. No sabéis...
Con exasperación, Drogo colocó a Ninian en el suelo pero dejó el brazo firme
alrededor de los hombros, protegiéndola más de lo que sabía o entendía.
—¡Le salvó la vida a Tommy! No sé cómo lo habéis hecho. Siempre se me
escapa y no sé cómo supisteis dónde estaba él, pero le habéis salvado la vida. ¡Dios os
bendiga!
—Un maldito milagro, sí señor —murmuró alguien—. Nunca vi nada igual.
—No podría haberle visto, siendo él tan pequeño y todo.
—Pasó empujando junto a mí, así lo hizo ella, y yo estaba justo allí y no lo vi.
—Claro, fue un milagro.
Stella no dignificó los comentarios de la muchedumbre prestándoles atención;

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en cambio, rodeó a Ninian en un abrazo.


—Has hecho bien, niña, pero debes enseñarle a este zoquete a no...
—O brujería —bramó una voz cruel desde el fondo de la multitud—. ¿No os
habéis enterado? ¡Ives ha contraído matrimonio con una bruja!
Eso fue la gota que colmó el vaso. No volverían a llamarla «bruja» de esa
manera peyorativa. Se soltó del abrazo de la tía y del brazo de Drogo que no le
permitía moverse y le arrebató el estoque de la vaina. Lo blandió frente a ella y
avanzó por la multitud. Preparados para ver el espectáculo, los espectadores se
movieron para dejarle paso.
Esquivó a Drogo cuando intentó atraparla y, amablemente, la multitud se cerró
tras ella cortándole el paso al marido, mientras miraban para ver lo que sucedería a
continuación.
Colocándose frente a frente con el hombre de rostro largo y angosto que había
blandido el látigo con tanta crueldad, Ninian sonrió, sorprendiéndole.
—Por lo que le hizo a su esposa, lord Twane, le condeno al infierno —dijo ella
con calma—. Por lo que podría haberle hecho al pequeñuelo por su falta de atención,
simplemente solicito los botones de su chaquetón.
Perplejo por la mirada de furia escondida bajo la maléfica sonrisa, Twane no
reaccionó suficientemente rápido. Atrayendo la ira que él proyectaba y utilizándola
para blandir la espada con una habilidad que no sabía que poseía, Ninian despojó el
chaquetón con trenzas doradas de Twane de los costosos botones con un corte
limpio, descubriendo un largo chaleco decorado con una doble hilera de más dorado.
Mostrando una sonrisa verdaderamente malvada, volvió a cortar, esparciendo los
botones por el empedrado y directamente a las manos de los mugrientos golfillos que
luchaban, reñían y perseguían los discos brillantes entre el polvo de la calle.
—Las brujas lanzan maldiciones, milord —dijo ella como si estuviera
conversando cuando Drogo finalmente llegó a ella y le cogió de la muñeca para
quitarle el estoque—. Pero usted ya es desventurado. Preveo una muerte miserable y
solitaria para gente como usted.
El creciente miedo de Twane cortó la energía de furia que ella estaba utilizando
para alimentarse.
Drogo llegó en el preciso instante en que a Ninian se le ponían los ojos en
blanco. La tomó de la cintura y la cogió antes de que cayera. Una mujer gritó y los
hombres murmuraron a su alrededor, pero él focalizó toda su atención en el
problema que estaba, literalmente, cayéndole en los brazos. Abrazando a su estúpida
y embarazada esposa contra el pecho y sosteniendo el estoque como protección
frente a ella, fulminó a Twane con la mirada.
—Te sugiero una larga estancia en París, Twane. Tengo entendido que ya has
entrado en conflicto con uno de mis hermanos. El resto de ellos te atormentará con
agrado cada segundo de tu vida, sin importar cuánto les recomiende no hacerlo.
Creyó que lo había dicho con tanta calma como lo había hecho Ninian, pero
Twane palideció aún más. La amenaza de desatar el nido de avispas de los hermanos
de Drogo debía aterrorizar a los hombres más valerosos; sin embargo, Drogo no creía

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

que Twane tuviese la imaginación como para comprender el peligro en el que se


encontraba. Quizás era algo en su propio rostro lo que le provocó a Twane echarse
hacia atrás, buscando una vía de escape. Drogo se sentía ciertamente capaz de
asesinar.
Stella llegó junto a él a grandes pasos, dinámica, y sacudió el quitasol debajo de
la nariz de Twane.
—Si te atreves a mostrar tu rostro en esta ciudad otra vez, ¡te lo haré quitar
personalmente!
Si Twane entendió precisamente quién era Stella o no, no importaba. Atacado
por demonios enloquecidos, tomó el único camino sensato y corrió a su faetón en
busca de seguridad.
Los golfillos le siguieron detrás haciendo burlas mientras intentaba virar el
carruaje y quitarlo del enredo de tráfico. Sin importarle lo que le sucedía al bastardo,
Drogo regresó torpemente el estoque a su lugar mientras sostenía a la aún
inconsciente esposa.
—La pasión la venció otra vez —comentó Stella, prosaica, sin mostrarse
preocupada en lo más mínimo—. Solía hacerlo de niña. Llévela de regreso a Wystan,
Ives. Quizás sea capaz de lidiar con Londres cuando esté más fuerte, pero el bebé la
deja vacía.
Sin explicar más a fondo esa loca afirmación, Stella se marchó por la calle como
si nada hubiera sucedido. Un lacayo y una sirvienta corrieron tras ella, y la
impresionada multitud le permitió pasar, hasta que Stella desapareció entre la
muchedumbre como si nunca hubiera estado allí en absoluto.
Sin saber si correr detrás de la tía de Ninian con más preguntas o apartar a su
esposa de la entrometida muchedumbre, Drogo dio por descartada una opción e
intentó la otra. Solo deseaba ver a Ninian a salvo y asegurarse de que ella y el bebé
no hubieran sufrido daños por el desmedido comportamiento de la madre. El
corazón le latía de manera irregular al no obtener respuesta de ella.
—¡Fuera del camino de la señora! —gritaron un par de golfillos con botones
dorados en las manos y abriendo un camino hacia el carruaje—. ¡Haced lugar para la
señora!
—Quizás podríamos utilizar unas brujas más para limpiar las calles de
desdichados como Twane —murmuró alguien por detrás de Drogo.
—¿Cómo lo hizo para ver a ese niño? —preguntó otro—. Ni siquiera estaba
cerca.
—Esa es la señora Ives —Drogo escuchó a uno de sus colegas eruditos
informarle a otro—. Una muchachita dulce. Igualmente rara, sin embargo. Me
preguntó una vez si sabía qué es lo que vuelve ácida al agua.
Suspirando, Drogo ubicó a Ninian en el asiento del carruaje a la vez que ella
comenzaba a agitarse. A él podría no agradarle llamar la atención, pero lo quisiera o
no cualquiera de ellos dos, él bien lo había hecho al contraer matrimonio con Ninian.
Tendría que aprender a vivir con las consecuencias.
Podía vivir con las consecuencias. Simplemente no estaba seguro de si podría

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

repetir la pesadilla de Ninian sufriendo un colapso frente a sus ojos. No creía que el
corazón volviera a latirle como correspondía otra vez.
La puso sobre su regazo mientras ella batía las pestañas, e ignorando todas las
ofertas de ayuda, ordenó que cerraran las puertas. No creía que Ninian apreciara
tener audiencia.
—Verás a un doctor —Drogo le informó cuando ella volvió en sí—. No debe ser
bueno para ti sufrir un colapso de ese modo. —O comportarse de esa manera, pero él
no creía que lo mencionara. Las mujeres no atacaban a los hombres con espadas. Si
ella hubiera estado enfadada, lo podría haber comprendido, pero parecía estar en
perfecta calma.
—Claro que no. No tengo nada malo. —Ninian se veía frágil y pálida y
enderezó los hombros con rebeldía. Los esfuerzos de la criada por controlar los
dorados tirabuzones se habían desperdiciado en la refriega y ahora se curvaban
tumultuosamente sobre los hombros.
Ella se contorneó y se zafó del agarre, pero Drogo se las ingenió para enredar
un rizo alrededor del dedo.
—No te has visto a ti misma al desmayarte. Fue una imagen de lo más
desalentadora, y no tengo deseos de repetirla.
Ninian se encogió de hombros y miró por la ventana mientras el carruaje
avanzaba a empujones en la concurrida calle.
—Solía hacerlo bastante a menudo, antes de ir a Wystan. He aprendido a
manejarlo mejor desde entonces, pero me alteré de más. No fue nada. En Londres
vive demasiada gente.
Él podía atribuirle esas palabras a la histeria de la mujer y olvidarse del asunto.
Las embarazadas eran propensas a los desmayos. Todo el mundo lo sabía. Y ella se
había alterado, definitivamente. No tenía ni idea de que poseyera tal temperamento,
si eso era lo que había sido. Ahora que se había recuperado del susto, se sentía en
cierta medida orgulloso de la habilidad de Ninian para blandir un estoque. Debería
preguntarle sobre ello, en vez de sobre el hecho de que demasiada gente viviese en
Londres. Pero la duquesa había dicho algo muy parecido, y lentamente iba cayendo
en la cuenta de que Ninian a menudo decía cosas sin explicar su importancia. Quizás,
para ella, no eran importantes. Eran lo mismo que decir que la hierba es verde y el
cielo azul.
Sin embargo, en su fascinación por su apabullante esposa, todo lo que ella decía
de repente adquiría sentido. La alternativa era desestimarla por estar confundida, y
él había notado en muchas ocasiones que Ninian sabía exactamente lo que estaba
haciendo.
—¿Estás diciendo que tu desmayo fue causado por la gran cantidad de gente, y
no por el bebé?
Ella giró la cabeza de repente y enarcó sus adorables cejas hacia él.
—Por supuesto.
—Comprendo que algunas personas se angustian por olores fuertes, que no
pueden tolerar la abundancia de perfumes y hedores de la calle y cosas por el estilo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

¿Podría esa ser la causa?


Ella puso los ojos en blanco y volvió a mirar por la ventana. —El hedor no es el
problema. La gente lo es.
—Hay gente en Wystan. —Perplejo, Drogo buscaba encontrarle la lógica.
Ella suspiró y apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento.
—No tengo explicación. Estoy acostumbrada a la gente de Wystan. No son
extraños, y allí hay muchos menos que aquí en Londres; por lo que supongo que
puedo protegerme contra ellos con mayor facilidad. Aquí, estoy apaleada por
demasiados desconocidos a la vez. Estoy acostumbrándome a protegerme, creo, y
por alguna razón, tú actúas como escudo también, pero no siempre puedo detener la
fuerza de las emociones fuertes. No comprendo más que tú lo que acaba de suceder.
Solo sé que volví la ira de Twane contra él mismo, pero me vació.
Bien, todo eso estaba cruzando un poco el límite entre la filosofía natural y lo
sobrenatural. Drogo hizo una mueca con la boca y archivó la información para
consultas futuras. Necesitaría más evidencias antes de llegar a alguna conclusión.
—¿Y el niño? —inquirió, deseando aprender a callarse y no preguntar.
Una sonrisa tonta se dibujó en la comisura de los labios de Ninian.
—Esta es la primera vez que puedo pensar que he encontrado, en efecto, un uso
para mi don. Sentí el miedo de él y supe exactamente dónde encontrarle. ¿No es
sorprendente?
Sorprendente no era ni la mitad de ello.
Ella estaba sentada allí, intentando convencerle de que no era una lunática para
que la enviara a casa, y todo lo que él quería hacer era sostenerla entre sus brazos
una vez más y besarla hasta que le rogara por más.
La pregunta de cuál de los dos estaba cuerdo seguía sin ser respondida.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 25

Octubre.

«Cortejarla», reflexionó Drogo, sentado en el escritorio vacío, deseando estar en


cualquier lugar menos en ese. Ninian quería que él la cortejara. Había intentado todo
lo que sabía, pero no estaba más cerca de su cama que antes.
¿Qué más podía hacer? No se movía mucho en la sociedad. La clase de familias
que aceptarían a la duquesa de Mainwaring y a su sobrina no admitirían la existencia
de una destartalada familia como la de él. Su padre y su abuelo —e innombrables
ancestros Ives que databan de los anales del tiempo— habían sellado las palabras
canalla, libertino y sinvergüenza en el escudo de armas de la familia. Nunca le había
molestado demasiado a Drogo. Era capaz de abrirse su propio camino en el mundo
sin la ayuda de una aburrida y soporífera sociedad de petimetres.
Pero una esposa... Una esposa esperaba más.
Echó una mirada a la carta que Ninian le había dejado sobre el escritorio. El
apenas alfabetizado texto indicaba que el remitente era uno de los amigos de Wystan.
Necesitaban una sanadora otra vez. Después de rechazarla y prácticamente echarla
del pueblo, rogaban por su ayuda ahora. Típico.
El año estaba muy avanzado ya para siquiera considerarlo. Si los aldeanos no
pensaban en el bienestar de Ninian, él debía hacerlo, Ewen dijo que el invierno había
llegado temprano allí, que una tormenta de hielo había cubierto el camino cuando él
se marchó. Drogo se negaba a arriesgar a Ninian y al bebé a esa clase de peligro. El
pueblo tendría que sobrevivir el invierno sin ella.
Su esposa estaría furiosa. Tendría que recompensarla de algún modo. Deseaba
con desesperación que el matrimonio funcionase para demostrar que la tradición Ives
de hogares rotos y escándalos había muerto con su padre.
Deseaba a Ninian con desesperación.
Peinándose el cabello con los dedos, Drogo sopesó el problema. La mirada cayó
sobre la próspera palmera frente a la ventana del escritorio. Había crecido treinta
centímetros o más en los dos últimos meses, desde que Ninian había llegado allí.
Por simple curiosidad, caminó hacia la ventana que daba a su antiguamente
andrajoso patio de la cocina. Rosas blancas y rojas estaban en plena flor sobre un
extravagante enrejado que ocultaba el cobertizo. ¿Las rosas florecían en octubre?
Un lío de margaritas silvestres rebotaban sobre tallos robustos en un rincón
soleado. Las hojas verdes grisáceas de unas hierbas desconocidas decoraban los
canteros de tierra fértil recién removida. En lugar de polvo, era la hierba la que
rodeaba el viejo banco de piedra que los hermanos solían utilizar para rodar y jugar.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

El año siguiente, él tendría un crío propio retozando en el acogedor césped.


Algo cálido y casi feliz se removió en él ante la imagen de un robusto niño
haciendo pinitos en la hierba sobre los pies de su madre. Ninian sería una cálida y
comprensiva madre que amaría a su niño de una manera en la que ni él ni sus
hermanos habían sido amados jamás.
Las lágrimas le lastimaron los ojos y giró para regresar al escritorio. Le
demostraría a Ninian cuánto significaba para él. Como regalo de bodas, había
ordenado reconstruir el invernadero de Wystan. Sabía poco de plantas y tuvo
intenciones de dejarle a Ninian la tarea de abastecerlo cuando regresaran en la
primavera. Pero podía hacer algo mejor que eso.
Tomó una hoja de papel vitela y comenzó a garabatear más instrucciones para
su encargado y administrador de Wystan. No podía llevar a su esposa a la casa aún,
pero podía encargarse de que el castillo fuera el hogar que ella necesitaba cuando
llegaran.
Y luego, descubriría cómo meterla de nuevo en su cama. Se negaba a pasar el
largo y frío invierno solo, simplemente por un estúpido capricho.

—Los informes que he recibido de Wystan son alarmantes —la reprendió la tía
Stella—. Me atrevo a decir que es algo que ha hecho el insensato de tu esposo Ives lo
que causó este desastre. Es nuestro deber corregirlo.
—Pero, tía Stella, no puedo simplemente alejarme de Drogo —protestó Ninian
—. No tienes ni idea de cuánto daño le haría.
—Has dejado pasar demasiado tiempo, Ninian. —Ignorando por completo las
protestas de su sobrina, Stella caminaba de un lado al otro sobre la recién instalada
alfombra color verde mar y marfil en la sala de Ninian—. El invierno ha llegado y tú
arriesgas mucho. Te daré mi carruaje y un ejército de escoltas para que te acompañen.
El estómago de Ninian se retorció al pensar en dejar a Drogo.
—Es un hombre bueno —rogó—. Seguramente, habrá algo que podamos hacer
para hacerle entender.
—Es un hombre. —Stella rechazó la moción con un ademán de la mano llena de
anillos—. Sobrevivirá. Siempre lo hacen. —Atravesó a la sobrina con una mirada
aguda—. Tú, en cambio, quizás no. Y el pueblo tampoco. Los niños están enfermos, y
ya hubo dos abortos. Son varias las muchachas más jóvenes primerizas y no es
momento de dejarlas sin tus talentos. Tú has estado angustiándote con tus inútiles
excursiones a la ciudad. Perderás a tu propio bebé si no tienes cuidado.
—Pero la familia de Drogo me necesita —susurró Ninian, buscando con
desesperación una solución diferente a la sugerida por la tía. Sabía que heriría a
Drogo si se marchaba. No era el hombre frío e insensible que pretendía ser.
Simplemente estaba muy... ciego.
Y también la tía, pero no había forma educada de decir eso.
—He hecho lo que me pediste —contestó Stella, con indignación—. Dispuse
clases de dibujo para el ilegítimo...

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Joseph. Se llama Joseph. —Ninian entrelazó los dedos y fijó la mirada en el


chispeante fuego—. Y no puedes simplemente darle las lecciones. Debe ganárselas. Es
tímido, pero orgulloso. Necesita estar fuera de la prensa del pulgar de Drogo para
poder pararse sobre sus propios pies.
—Puff. —Stella se deslizó sobre la alfombra y se desplomó sobre la silla frente a
Ninian. El guardainfante voló hacia arriba sin perturbar la taza de té—. Puede
diseñar la locura que el duque desea para el jardín de rosas. Si es mínimamente
bueno, la mitad de la sociedad rogará por sus talentos el año que viene por estas
fechas.
Ninian sonrió con gratitud.
—Gracias. Tiene talento. Solo necesita estímulo. Sin embargo, aún queda el
asunto de Ewen. Drogo se ha negado a darle más fondos para la fundición. Quiere
que Ewen haga negocios con un comerciante marítimo amigo suyo, pero Ewen se
marea en el mar y no entiende nada de dinero. Es extremadamente inventivo, y
puede hacer maravillas con objetos mecánicos. Sé que puede encontrar una manera
de producir acero en forma económica si solo contara con respaldo financiero.
—¿Ewen es el legítimo? —preguntó Stella bruscamente—. ¿El que experimentó
con electricidad y casi quema...?
—Pero funcionó —le recordó Ninian—. Demostró que quizás algún día
podamos utilizar el poder de los rayos.
—Entonces quizás pueda quemar edificios más grandes y mejores. —Stella
olfateó, bebió un traguito de té y pensó en el asunto—. No le hará daño a nadie
tenerle en el otro extremo del país, lejos de Londres y la civilización. No le quiero
cerca de Wystan —advirtió ella, mirando a Ninian con los ojos entrecerrados—. No
quiero tener a otro Ives contaminando Wystan.
—Drogo está explotando una mina al norte del pueblo. Allí es donde Ewen
comenzó la fundición. Era una buena idea, tener una fuente constante de carbón para
los hornos.
—Sí, pues bien... —Stella bajó la taza—. Convence a Drogo de que aporte la
mitad del respaldo, luego proveerás del resto. Y tú puedes manejar los fondos para
que el sinvergüenza no comience a invertirlos en globos de hidrógeno, o
encendedores eléctricos, o lo que sea.
Satisfecha, se puso de pie.
—Con eso estaríamos encargándonos de lo peor de ellos. No deberías tener
excusa para no regresar a donde perteneces ahora.
—Excepto Drogo —murmuró Ninian, cabizbaja con la miraba clavada en las
manos para evitar que su tía viera las lágrimas en los ojos. Resolver los problemas de
todos los demás era fácil. Resolver los propios, nunca lo había sido. La voz de Stella
se suavizó.
—Es un Ives, querida. Tienen la costumbre de hacer las cosas a su manera y que
el resto del mundo se vaya al demonio. Estoy segura de que no es un mal hombre.
Simplemente nunca sabrá que existes excepto como un cuerpo cálido para
aclimatarle la cama. Aprende a aceptarle de esa manera, y podrás continuar como lo

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has hecho antes, y todo estará perfectamente bien otra vez.


Llamando a la sirvienta y juntando el fajo de medicinas que Ninian siempre
preparaba para la familia en esa época del año, Stella se marchó y dejó a su sobrina
contemplando la lujosa habitación con desesperación.
Nada había estado perfectamente bien jamás, y ahora que tenía la mínima
noción de lo que era ser parte de una familia, quizás nunca estaría bien de nuevo,
porque esa familia necesitaba a Drogo más que a ella. Y Drogo no sabía que ella
existía. La soledad se filtró por todas las grietas abiertas del alma de Ninian.
Había intentado agasajar a su marido con historias del diario de su antepasado,
con la esperanza de que comprendiera a la familia de la cual provenía. Cuando
llegaron a la parte en que Ceridwen contrajo matrimonio con uno de los ancestros de
Drogo, Ninian indicó los errores que habían cometido, y Drogo estuvo de acuerdo
con ella en que Ceridwen había sido demasiado impulsiva y el ancestro, demasiado
insensible. Sin embargo, su esposo no pudo ver la aplicación más allá de eso.
Había dejado de leerle extractos cuando Ceridwen estaba embarazada de una
niña y el esposo Ives le repudió, alegando que ningún Ives había engendrado jamás a
una niña. Envió a Ceridwen a la casa que Ninian supuso era la que la abuela llamaba
hogar, y él se había quedado con el castillo que había sido dote de su esposa. Ella no
podía soportar seguir leyendo.
¿Qué podría aprender de un libro que solo le develaba su propio destino?
La gente de Londres no necesitaba sus talentos sanadores. Contaban con los
supuestos médicos que velaban por ellos. No creerían que una mujer sería mejor. La
familia de Drogo le necesitaba a él allí, en Londres. Y Drogo amaba sus tareas tanto
como ella amaba las suyas.
Deseaba el reconocimiento de su marido con desesperación, pero para
conseguirlo, debía dejar de ser quien era. Se convertiría en su madre, y moriría.
No podía permitirle que le hiciese tal cosa. Si no podía ver que era una persona
por derecho propio, con habilidades y necesidades propias, y no una calientacamas,
entonces no tenía más opción que regresar a Wystan, sola.
Los aldeanos la necesitaban mucho más que él.

—¡Un baile! Organizaremos un baile. Esa es la solución.


Ninian arrugó el entrecejo ante la respuesta de Sarah a su pregunta.
—No creo que esa sea la solución —dijo lentamente, sin querer empañar el
entusiasmo de Sarah—. A Drogo no le agradan mucho las ocasiones sociales. ¿Y
cómo le caerá eso de que tengo que regresar a casa?
—Bueno, si tú nos presentas a todos nosotros con el círculo íntimo de tus tías,
estaremos demasiado ocupados como para molestar a Drogo, y él no tendrá nada
que hacer. Entonces, podrá ir contigo. —Con satisfacción, Sarah giró sobre sus
talones en el salón del piso inferior—. Tendremos que redecorar todo el lugar. Está
demasiado fuera de moda. —Dejó de dar vueltas para mirar a Ninian con
especulación—. ¿A menos que una de tus tías ofrezca su casa...?

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Ninian negó con un vehemente movimiento de cabeza.


—Definitivamente no vamos a involucrar a mis tías. —En lugar de explicar, dio
excusas—. Están demasiado ocupadas para estas cosas. Además, pasan la mayor
parte de su tiempo en Hertfordshire. Sarah, de verdad, no creo...
—Drogo estará inmensamente agradecido de librarse de nosotros. Además,
todos en la ciudad están hablando de ti después del incidente con Twane. En verdad,
debes ser presentada en sociedad como corresponde. Todo el mundo vendrá. Quizás
pueda convencer a Claudia y a Lydie...
Ella deambulaba por el lugar, con el dedo sobre los labios, contemplando el
empapelado avejentado y los pesados cortinajes de la recepción.
Consternada, Ninian permanecía detrás. No creía que una ocasión social fuera
para nada la solución, pero no conocía otra. Drogo había estado inusitadamente
atento los últimos tiempos, trayéndole flores de invernadero e incluso un brazalete
de diamantes. No podía herirle diciéndole que no encontraba la utilidad a las flores
cortadas y a las piedras. Necesitaba sentirse necesitada, pero no solamente de la
manera que Drogo tenía en mente.
Como si le hubiera conjurado con el pensamiento, el arrogante esposo atravesó
la puerta principal a grandes pasos. Comenzó a arrojar el sombrero y la capa sobre la
mesa que ya no estaba allí, luego esperó con impaciencia a que la nueva ama de
llaves se diera prisa y se los llevara. Al ver a Ninian, entregó las prendas y, con una
sonrisa, se acercó a ella.
—¿Por qué estás tan seria? —preguntó, acariciándole la mejilla como solía hacer
muy a menudo.
Ninian amaba esos roces. Estudiando la calidez de los ojos oscuros, sintió la
sacudida de necesidad que siempre estaba allí entre ellos, el lazo que les unía más
que ningún otro. Moría por sus caricias como un jugador moría por los naipes y los
dados, sin importar si venían buenos o malos.
—Sarah quiere dar un baile.
—Ella tiene molinos de viento en lugar de cerebro. Nadie asistirá. —Descartó la
sugerencia sin dedicarle un pensamiento más—. ¿Cómo está mi hijo el día de hoy? —
Alisó las capas de tela sobre el creciente vientre, testando y explorando ese, su nuevo
objeto de fascinación.
El dolor en su interior creció al estudiar la atención embelesada del marido.
Drogo estaría fascinado por el crecimiento de cualquier niño, ella lo sabía, pero como
ese era de él, se sentía más cómodo al expresar su interés. No era ella a quien él veía,
solo la observación científica de un milagro en funcionamiento.
—Sarah cree que todo el mundo asistirá —dijo, tentativamente. ¿Y si Sarah tenía
razón? ¿Y si Drogo renunciara a sus obligaciones en Londres y le acompañara a
Wystan si su familia estaba bien establecida? ¿Podía darse el lujo de ni siquiera
intentarlo?
Tanta insistencia le desvió la atención y Drogo buscó en el rostro de su esposa.
—¿Eso te haría feliz? Si un baile es lo que deseas, haré todo lo que esté en mi
poder para que suceda.

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Un baile era lo último que ella quería. ¿Cómo era posible que no lo viera? Si la
comprendiera lo más mínimo, si hubiera escuchado una sola cosa de lo que había
dicho, entonces lo sabría.
La manera en que la observaba ahora, la intensidad en la mirada mientras
esperaba la respuesta, le dio una pequeña esperanza de que quizás, con el tiempo, la
escucharía.
—Lo que deseo es regresar a Wystan —comenzó con cuidado—. Si tu
administrador no puede encontrar la fuente de la peste, quizás podrías ayudarme...
No le dio tiempo a decir más. Le rozó la mejilla con un beso.
—Podrás visitar a tus amigos en la primavera, después de que nazca el bebé.
Payton estará haciendo todo lo que pueda hasta entonces. Quizás Sarah tenga razón.
Necesitas nuevos amigos aquí. Planea una pequeña cena y un baile y te ayudaré con
la lista de invitados.
Acomodó un rizo detrás de la oreja de su esposa y le dedicó una mirada
expectante.
—Hazlo rápido y la llamaremos nuestra fiesta de bodas y comenzaremos de
nuevo —dijo él, sugestivamente.
Aprobando, en apariencia, su propia generosidad, le besó los dedos y subió los
escalones de dos en dos hacia el escritorio, silbando alegremente.
Debajo, Ninian le observó consternada con el corazón roto. Simplemente no
entendía la importancia de Wystan ni la necesidad que sentía de ayudar. No entendía
que ayudar era su responsabilidad.
Como un jugador, apostaría todo en una mano. Le obligaría a verla y luego, él
tendría que decir, de una vez por todas, si quería a la persona que ella era.
El potencial desastre era enorme, aunque, claro, la leyenda ya se lo había
advertido todo el tiempo. Había sido una estúpida por no creerlo.

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Capítulo 26

Noviembre.

El primer indicio que experimentó Drogo de que la sugerencia de una pequeña


cena podría haber crecido desproporcionadamente fue al descubrir a unos obreros
arrancando no solo los paneles de nogal que tanto adoraba el abuelo, sino los muros
que los contenían.
El enorme espacio bañado de luz que quedó se colmó inmediatamente de
colocadores de baldosas disponiendo enormes cuadrados negros y blancos, de
comerciantes de telas probando franjas de terciopelo rojo, y hasta la tía de Ninian,
Hermione, de pie sobre el respaldo de un sofá, colgando un recipiente de hierbas
aromáticas.
—Para alejar a los viejos espíritus y darles la bienvenida a los nuevos, querido
—dijo ella, distraídamente, aunque él no se lo había preguntado.
Luego, ingresó por la puerta de atrás y se concentró en que todo eso le llevaría a
la cama de Ninian, tarde o temprano.
Tenía una noción extremadamente pequeña acerca del tiempo necesario para
redecorar, restaurar y reacomodar una casa entera, pero le daba la sensación de que
su hogar se había transformado en un período de tiempo milagrosamente corto.
Las tías de Ninian debían haber cooperado con una parte considerable de su
poder para agilizar el proceso. No se quejaba. Ninian le sonreía más a menudo ahora,
e incluso se atrevió besarle la mejilla motu proprio. Estaba funcionando. Era feliz.
Había finalmente descartado la estupidez de desear regresar a Wystan.
Aliviado, Drogo firmaba las facturas por las continuas mejoras al sistema de
agua del pueblo, leía los informes del administrador acerca del progreso del
invernadero, pagaba las cuentas para los arreglos en la casa de la ciudad y esperaba
ansiosamente su «noche de bodas».
La velada designada para la cena, él llegó tarde a casa. Una disputa en la
Cámara de los Lores se había transformado en un serio debate en los pasillos y él no
había podido despegarse. Se apresuró a subir por las escaleras traseras, se arrancó la
chorrera y rezó para que su nuevo sirviente le hubiese dejado las prendas listas.
Nunca le había visto sentido a tener un ayudante de cámara antes, pero si su esposa
deseaba organizar tantos eventos especiales, un sirviente podría serle útil.
Se quedó helado al poner el primer pie en la habitación ante la vista de Ninian
esperándole. Ella nunca iba a su alcoba.
Se veía más que adorable contra el telón de fondo del oscuro cortinaje de la
cama. Llevaba el cabello dorado recogido y enmarañado con perlas, al igual que lo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

hadan las mujeres elegantes, excepto que los rizos eran reales y no los falsos de la
sociedad. La luz de las velas titilaba sobre los blancos hombros de la mujer, que se
elevaban sobre un canesú de color azul plateado suave y adornado con un brillo de
malla plateada. El guardainfante y las pulposas faldas ocultaban el floreciente vientre
y Drogo pensó que la cintura espesada era la imagen más hermosa que había visto
jamás. Se vería mucho mejor sin prendas y sobre su cama esa noche.
—Estás más hermosa que cualquier novia —susurró él, sorprendido por la
aspereza de su propia voz cuando se acercó a ella.
—Y tú llegas tarde, milord —le reprendió, pero un brillo en sus ojos y el hoyuelo
en las mejillas le decían que no debía preocuparse por el resto. Ninian nunca
reprendía. Le encendía la vida con flores, sonrisas y alegría, aunque lo hacía con un
confuso despliegue. Él tendría que brindarle su aprecio, de algún modo.
—Lo lamento. ¿Dónde está mi sirviente? Estaré allí enseguida.
—Ya está todo bajo control. Solo necesitas presentarte cuando estés listo. He
encadenado a Sarah al muro para que no pueda despotricar contra ti.
—Si prometes mantenerla allí y darle de comer tres veces al día, me arrastraré a
tus pies eternamente —le prometió.
Ninian rio, una sonrisa plateada y brillante que le cubrió de felicidad. Ella tuvo
razón. Habían necesitado ese tiempo para conocerse el uno al otro. Lo que tenían
ahora era mucho mejor que el caos tenso y frenético del día de la boda. Esa noche, se
unirían con alegría, y nunca más se separarían. Con cuidado, se abrió a sí mismo ante
la esperanza aireada que le elevaba el espíritu.
—No valoras los talentos de Sarah como deberías —le reprendió con gentileza
—. Tiene demasiado tiempo entre manos y no es suficiente para mantener ocupada
su considerable energía. Quizás deberías confiarle a ella la crianza de tus hermanos
pequeños.
Puso los ojos en blanco mientras se quitaba la chaqueta y el chaleco.
—Les enviaría a navegar por el río Tick. No, gracias. —¿Fue frustración lo que
vio titilar en sus ojos ante esa respuesta? Seguro que no.
—Mis tías llegarán temprano. Debo ocuparme de ellas. Haré subir un vaso de
vino y una pequeña bandeja con pan y queso para que comas mientras esperas.
Las suaves sandalias golpetearon hacia la salida y Drogo quedó desamparado.
Necesitaba una semana a solas con su esposa en la torre. Eso curaría las hambrientas
ansias. Hasta entonces, tendría que aceptar las pocas migajas que ella le ofrecía.
Ninian llevaba la pesada carga del bebé. Por eso, él pagaría cualquier precio que ella
exigiese.
El sirviente estaba aún protestando cuando Drogo escuchó la llegada de los
primeros carruajes. Convenciéndose a sí mismo de que no tenía que estar allí para
recibir a las excéntricas tías, se mordió la lengua y no maldijo cuando el despreciable
sirviente se tomó años para ajustar las pequeñas hebillas plateadas en las rodillas de
los pantalones de terciopelo. Sin embargo, cuando el hombre comenzó a aturdirle
como una gallina desaprobando la falta de alfileres adecuados para ajustar el lazo de
la chorrera, Drogo le fulminó con la más diabólica mirada, se acomodó el chaquetón

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

de etiqueta color azul medianoche y se marchó indignado. El hombre iría hacia él con
el polvo para el cabello la próxima vez.
No podía acostumbrarse al espacio abierto al pie de las escaleras. Casi se podía
ver reflejado en las pulidas baldosas. Enormes ramilletes —volvió a mirar— enormes
plantas explotaban en cascadas color marfil contra la elegante seda dorada de los
muros que quedaban. A la luz de las velas, el área estaba tan brillante como de día.
Drogo admiró una rama elevada de flores con forma de trompeta que exudaban un
perfume poderoso, y encogiéndose de hombros, fue en busca de su esposa.
Entonces, Ninian prefería las plantas en macetas en lugar de flores cortadas.
Recordaría eso.
Enarcó las cejas al ver el bosque de árboles en tiestos dentro de lo que una vez
había sido la sala común, pero ya había descubierto la afinidad Malcolm por los
árboles. El follaje se veía dignificado y elegante bajo las llamas de las velas en la
araña de cristal.
La araña de cristal. Pensativo, la mirada se desvió hacia arriba. Suponía que
siempre había estado ahí, pero nunca se le había ocurrido a nadie limpiarla ni
encenderla desde que tenía uso de razón.
Frunció el ceño al notar que todo el nuevo mobiliario había sido empujado
contra los muros. Seguramente, ¿un pequeño baile o dos no requerirían que se
vaciara la habitación completa? ¿Dónde encontraría un rincón tranquilo donde
exprimir los cerebros de los invitados en busca de la información que necesitaba para
decidir sobre el próximo proyecto de ley?
Al escuchar una risa femenina, Drogo se encaminó hacia el salón comedor
principal. Los sirvientes habían estado desempacando y puliendo durante semanas
platería sin usar. La familia había optado por comer en las habitaciones en lugar de
molestar la febril actividad allí.
Cuando atravesó la puerta, la mirada cayó inmediatamente sobre Ninian. Todo
lo demás se desdibujó en el perímetro de su visión. Ella brillaba con más esplendor
que el candelabro. Animada, agitaba las manos mientras reía y hablaba, y el brazalete
que le había obsequiado brillaba con rayos de luz de los colores del arco iris. Deseaba
que todo Londres pudiese verla como él la veía. Solo entonces sabrían que poseía un
extraño e invaluable tesoro que nunca nadie podría tener ni tendría jamás. ¡Y pensar
que prácticamente la había encontrado debajo de una piedra!
Sonrió por tal presunción y amplió el campo de visión para observar a las tías
de Ninian, con el colorido despliegue de sedas, y a sus primas, que revoloteaban por
la habitación como ninfas blondas del bosque. Drogo arrugó el entrecejo al ver a los
hermanos, lobos oscuros siguiéndoles la pista.
Pues bien, no podía dejar de invitar a las primas de Ninian ni a su familia.
Quizás fueran los únicos invitados que se presentarían.
—Ahí está, Ives —dijo Stella, estruendosa—. Debemos formar una fila de
recepción. Lleve a Ninian al salón y encárguese de que se coloque una silla robusta
detrás de ella. No puedes andar cargando con ella cada vez que se desmaye.
¿Cada vez que se desmaye? Drogo giró hacia Ninian, pero ella no parecía

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encontrar extraño tal comentario. Simplemente dio unos golpecitos en el brazo de la


tía y se dirigió hacia él con una sonrisa danzante en los ojos.
—¿No hizo Sarah un trabajo fabuloso?
Podría también haberle preguntado cómo había ido todo en la visita a la luna.
Él solo tenía ojos para ella. Sus oídos no escuchaban palabra alguna. Oían brisas de
primavera que le llamaban y gentiles campanadas. Ante la gesticulación de ella, miró
a su alrededor sin ver.
La enorme mesa del comedor que alguna vez llenara la habitación había
desaparecido. ¿Cómo comerían?
—Hace demasiado frío para poner los faroles en el patio. De otro modo,
hubiésemos abierto el fondo para que los invitados pudieran escapar del
amontonamiento. Realmente espero que no haya demasiada gente. —Le tomó de la
mano y con gentileza, le guió de regreso al salón—. Tuvimos muy poco tiempo para
reacomodar adecuadamente la biblioteca, pero quizás a tus invitados masculinos les
agrade retirarse allí para beber el brandy. Eso despejará un poco la aglomeración.
¿Faroles? ¿Amontonamiento? ¿Dónde estaba la mesa del comedor?
Seguramente, Sarah no había expuesto a Ninian a tal desilusión.
—¡Allí no, Ives! —gritó Stella—. Yo me pondré junto a la puerta y cuidaré de
ella lo mejor que pueda. Usted debe colocarse detrás de la silla.
Los inocentes ojos azules de Ninian le sonrieron desde un rostro de compostura
de marfil, como siempre. Drogo no lograba desenredar el significado de las cosas.
—Stella está inquieta, pero yo he estado practicando. Y Sarah me aseguró que
lord Twane partió hacia costas extranjeras, por lo que no debo preocuparme. No
volverá a molestarnos.
Drogo respiró aliviado ante tal destello de cordura. Temían que se desmayara
como lo había hecho cuando Twane la había atacado. O ella había atacado a Twane.
Él se aseguró de que no volviera a suceder. Los abogados habían adquirido todos los
documentos pendientes de pago de Twane y le habían escoltado personalmente hasta
un barco con destino a Francia. La prisión de Newgate le estaría esperando si decidía
regresar.
—Podrías simular que te desmayas y te cargaré sin demoras hacia la planta
superior —sugirió él.
La sonrisa de Ninian se apagó un poco, pero le dio unos golpecitos en el brazo,
como lo había hecho con la tía.
—Abre los ojos, Drogo —le dijo con suavidad—. Mis desmayos no son en
verdad producto de la debilidad física causada por el bebé. Esta noche, escucha y
aprende. Sé que eres muy bueno en eso.
¿Aprender qué? Las palabras se oyeron inquietantemente como una
advertencia.
Antes de que Drogo pudiera cuestionarle nada, su esposa giró al escuchar el
sonido de un carruaje que llegaba. Mientras el cochero y el lacayo se gritaban
mutuamente, Stella se dirigió a ocupar el lugar de honor junto a la puerta. Hermione
aleteó hasta ubicarse junto a ella, chasqueando la lengua y jugueteando nerviosa con

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los pañuelos. Al parecer, el duque y el marqués tenían mejores cosas que hacer, pero
por el bien de Ninian, Drogo estaba agradecido por el apoyo de las tías.
Echó una mirada con reservas hacia el brillante y casi vacío salón. Obviamente
no había comprendido la grandeza de la ocasión.
Sarah apareció junto a él, con una sonrisa triunfante brillando sobre el
maquillado rostro. Arrugó el ceño al ver el fulgor de los diamantes en el cuello.
—Llevaste esto un pelín demasiado lejos, ¿no? —dijo entre dientes mientras
Ninian conversaba con las tías—. ¿Y si nadie se presenta?
—Lo harán. —Agitó un abanico frente a ella y un regocijo profano le iluminó la
mirada—. Me aseguré de eso. Y las estrellas prometen un gran éxito para esta velada.
Drogo puso los ojos en blanco y se esforzó por llevar una sonrisa a los labios
mientras los primeros invitados se quitaban los abrigos en el salón de entrada sin ser
vistos. Quería que Ninian estuviera feliz. Eso significaba que sería mejor que no se
enfadara y ahuyentara a los invitados con gritos ensordecedores por la puerta.
—Esos son los Throckwaite —predijo la duquesa en un suspiro que podría
haber pasado por una sirena de niebla—. Los Burnham están justo detrás.
—Acabo de estar con lord Burnham —le murmuró Drogo a Ninian—. No
mencionó nada acerca de asistir esta noche.
—La tía Stella sabe de estas cosas —dijo, distraída, sin quitar la vista de Ewen,
quien había acorralado a una de las primas. La muchacha no parecía darse cuenta de
las intenciones del hombre—. Hemos invitado a Dunstan y a su esposa, también.
—Esa no es una idea inteligente —se quejó Drogo—. Dunstan odia Londres, y
la esposa está tan fascinada con la sociedad que esto no será nada cómodo para
ninguno de los dos.
Hizo una mueca cuando la prima Malcolm abofeteó la mandíbula cuadrada de
Ewen y se marchó indignada. En fin, el maldito estúpido se lo merecía por merodear
alrededor de la hija de un adinerado marqués. Echó una mirada a las tías de Ninian
para ver cómo reaccionaban ante el contratiempo. Hermione se inquietó con
preocupación pero sonrió un poco ante la acción de su hija. Stella saludó a los
Throckwaite estruendosamente. Drogo descubrió que tenía un indudable tic nervioso
en el borde del ojo.
—Qué agradable es finalmente conocerla, milady —trinó el primer invitado al
llegar hasta Ninian—. Hemos oído hablar mucho de usted.
—Sarah ha hecho un trabajo particularmente espléndido transformando esta
habitación, ¿no es verdad? —contestó Ninian, al parecer, irrelevante—. Estoy segura
de que estará feliz de contarle dónde encontró las mejores gangas.
Sorprendida, la señora Throckwaite parpadeó y abrió la boca para decir algo. Al
parecer, notó la severa expresión de Drogo y, asintiendo con un movimiento de
cabeza, se apresuró a preguntarle a Sarah acerca de los cortinajes.
—Envidiosa —Ninian susurró mientras los siguientes invitados saludaban a
Stella—. Simplemente rebosa de envidia.
Antes de que Drogo pudiese digerir el completo significado del comentario, el
señor y la señora Burnham se presentaron, como se le había anticipado.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Música y buena comida son siempre la mejor manera de aliviar las molestias
de una pequeña discusión —dijo Ninian alegremente mientras lord Burnham hacía
una reverencia con la cabeza—. Recomiendo el faisán en particular. Drogo siempre
está muerto de hambre después de una sesión acalorada.
Drogo nunca había dudado de la inteligencia de su esposa, pero en momentos
como ese, tenía que cuestionarse su sentido común. Ignorando la expresión de
sorpresa de Burnham, estrechó la mano del hombre con gravedad.
—Debe poder leer la mente, querida —estuvo de acuerdo la señora Burnham
con alegría—. Están muy hambrientos después de una sesión de disputa. Casi no
logro convencerle de asistir esta noche.
A Drogo le parecía que si la gente pudiera representar cifras, algunos de los
números estarían ausentes en esa ecuación. Mientras intentaba descifrar cómo
Ninian, las tías y los invitados rebotaban de dos en dos y llegaban a cinco, su esposa
giró hacia él, expectante.
—En verdad, no puedo leer la mente, ¿sabes? —susurró—. Pero estaban
bastante enfadados el uno con el otro y adiviné el resto. Espero que no te moleste el
chismorreo, pero si voy a vivir aquí, de verdad, debo ser yo misma.
Ella le estaba diciendo algo importante, pero Drogo no podía alcanzar a
comprender las consecuencias. No quería hacerlo. No encajaban en los confines del
mundo como él lo conocía. Antes de que pudiera encontrar una respuesta adecuada,
una oleada de invitados inundó el lugar.
Ninian saludó a muchos de ellos con los mismos comentarios, al parecer
igualmente irrelevantes, que producían respuestas sorprendentes. La señora Driscoll
la declaró una bruja por saber que esperaba a su primer hijo. Drogo se quedó tieso,
esperando por una maléfica mirada o risotada, pero la mujer bulló de felicidad y
Ninian rio.
Por el contrario, cuando lord Bolingbroke la llamó bruja por saber que había
perdido grandes sumas de dinero en las apuestas, Ninian quedó helada, asintió con
un rígido movimiento de cabeza y rodeó el brazo de Drogo con la mano, como
buscando protección. Excepto que él no veía nada de qué protegerle. Todo el mundo
sabía que Bolingbroke estaba demasiado ebrio como para tomar sus comentarios
como insultos, pero parecía que la idea de Sarah de llenar la sala de baile implicaba
decirle a todo Londres que Ninian era una bruja. El tic nervioso en el rabillo del ojo
de Drogo aceleró el ritmo, lo que lo obligó a hacer una mueca.
Drogo se sentía como si estuviera nadando en aguas cada vez más turbias y
notó, con alivio, la confrontación entre Joseph y otra dama Malcolm. Joseph no tenía
mucha inclinación de pelear con nadie, mucho menos con las mujeres, pero al menos
la distracción rayaba con lo normal.
—¿Crees que hemos recibido a invitados suficientes, querida? No me parece
que las diferentes ramas de nuestra familia estén destinadas a tolerarse unas a otras
con calma. —Indicó con un movimiento de cabeza en dirección a Joseph.
—Quizás tengas razón —susurró Ninian—. Stella y Dunstan intercambiaron
unas notas acres hace un rato. Y si no me equivoco, Christina se ofendió por algo en

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el aura de William. Puede ser muy vengativa cuando la enfadan. Tal vez deberíamos
hacerles una señal a los músicos.
Haciendo la cuenta que no había oído la palabra «aura», Drogo indicó que
comenzara el primer baile, se inclinó sobre la mano de Ninian y la condujo hasta el
centro de la pista. Habría preferido mucho más una cena tranquila y unas partidas de
cartas, pero si las mujeres creían que la pompa era necesaria, él la aceptaría,
especialmente si acababa con Ninian en su cama.
—Nunca antes he bailado, Drogo —susurró Ninian—. Solo sé los pasos en
teoría.
—Entonces fingiremos que es la última variación y nuestros invitados nos
imitarán.
La cansada mueca de tristeza desapareció de los labios de Ninian y fue
reemplazada por una cegadora sonrisa de expectativa. Los latidos del corazón de
Drogo se aceleraron ante la promesa en sus ojos mientras la guiaba en los
majestuosos pasos del minué. Era la mujer más hermosa del lugar, y le pertenecía
total e inequívocamente. Esa noche, entonces. Tuvo que luchar para reprimir una
feroz oleada de excitación. La certeza en el resultado de esa velada borró parte de la
confusión anterior.
Ninian bailaba con la misma gracia con la que hacía todo, sonriendo con cada
movimiento, girando con deleite al ritmo de la música. Drogo pensó que ver su
felicidad era casi tan conmovedor como llevarla a la cama. Casi.
No se quejó cuando el baile llegó a su fin y Sarah se llevó a Ninian para
presentarle al cuadro de solteronas y viudas. No objetó cuando tuvo que evitar que
Joseph construyera una torre de alcachofas, croquetas y canapés para divertir a las
primas. Arrugaba el entrecejo al escuchar a las mujeres murmurar la palabra «bruja»
detrás de los abanicos cuando él pasaba por ahí, pero incluso esa tonta ilógica no
podía oscurecer la euforia que sentía. Esa noche, finalmente tendría una esposa en la
cama.
Lanzó una mirada fulminante cuando descubrió a Ninian y a Ewen inclinados,
inmersos en una intensa conversación cerca de los árboles en macetas, pero se detuvo
con amabilidad cuando lord Burnham le tomó del brazo.
—Bueno, Ives, ¿qué se siente al estar casado con una bruja?—preguntó
Burnham con jovialidad.
—Le preguntaría a Mainwaring y a Hampton, si fuera tú. —Irritado por la
continua repetición del chismorreo de la noche, Drogo se lo quitó del medio. Era
obvio que Burnham había probado demasiado oporto si se rebajaba ante tal absurdo.
Si había alguna bruja allí, serían Stella y Hermione, pero no Ninian. La esposa podría
ser un poco dispersa y extravagante, pero la madre de su criatura era perfectamente
normal en todos los aspectos. El asunto de leer las emociones era producto de una
imaginación hiperactiva. Las brujas pertenecían a los cuentos de hadas.
No permitiría ni loco que Ewen llevara a Ninian a la mesa, e ignorando los
susurros furtivos que dejaba a su paso, Drogo caminó indignado a través del
atiborrado salón. Los chismorreos tenían tanta importancia para él como los fuertes

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perfumes que se olían en la sobrecalentada habitación. La sociedad chismorreaba.


Esa era su única función, por lo que él podía entender. Podían inventar cuentos de
hadas si les entretenía.
—Es hora de comenzar con la cena —dijo, concluyente, al capturar el brazo de
Ninian. Nunca antes había conocido lo que eran los celos, y le disgustaba admitir que
tenía una reacción juvenil en ese momento. Solo que parecía necesario demostrarle al
mundo que Ninian era suya de una manera perfectamente normal y sensata.
—¿Podrías decirle a la boba de tu esposa que una mujer no puede financiar una
fundición? —se quejó Ewen—. No puedo acudir a ella cada vez que...
—¿Cuál es la diferencia entre eso y acudir a Drogo? —preguntó Ninian—.
¿Deseas pasar el resto de tu vida esperando por dádivas?
—Si desea la maldita fundición, puede trabajar para obtenerla —dijo Drogo,
con menosprecio—. El puesto que le conseguí puede llegar a resultarle muy
lucrativo. Ahora, vamos...
—No soy un esclavo para sentarme detrás de un escritorio. Obedeceré órdenes
de tu esposa, la bruja, antes de sentarme tras un escritorio.
—¡Ninian no es una bruja! —gritó Drogo, todo lo parecido a la paciencia
evaporándose con esa locura de boca del hermano lógico y científico.
—¿Tienes alguna otra explicación para el caos que ha creado desde vuestra
boda? —exigió saber Ewen—. Convirtió la casa en un bosque, e incluso te convenció
de salir de tu torre de marfil. Si eso no es brujería, ¿qué es?
—Las brujas solo existen en los libros de cuentos —bramó Drogo, con exasperación.
Alejándose de él, Ninian se encolerizó visiblemente y la voz se le volvió aguda.
—No hay necesidad de que pierda los estribos, milord. Todo el mundo sabe que
las mujeres Malcolm son brujas.
Drogo se aferró al borde de la mesa del sofá y se inclinó hacia adelante para
asegurarse de que le oyeran.
—¡Nunca pierdo los estribos y no existe ninguna maldita cosa llamada bruja! —El
bramido de Drogo hizo eco a través de una pausa en la música.
—Lamento oírte decir eso —dijo Ninian con calma, ignorando a la ahora atenta
audiencia—. Obviamente, si algo hemos probado, es que poseemos el poder de
hacerte perder los estribos. —Se cogió la falda y se marchó de la habitación, dejando
un silencio expectante tras ella.

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Capítulo 27

No, no. Ella no iba a volver a utilizar ese truco. Él la había cortejado y hecho el
papel de estúpido durante demasiado tiempo ya. Quería que esa fuera su noche de
bodas y, maldición, dejarían esas tonterías de lado y lo harían de una vez.
Drogo salió a la carga detrás de la errante esposa, esquivó a Stella en completa
presentación de batalla, eludió a una ansiosa Hermione, solo para chocarse de frente
con Dunstan y su esposa, quienes habían elegido ese momento para entrar en el
salón de baile, viéndose como si hubieran discutido todo el camino desde la casa.
—Estamos aquí, a tu disposición —clamó Dunstan, rígido, bloqueando la
puerta.
—Yo no dispuse tal cosa, pero sois bienvenidos. Ahora, quitaos de mi camino.
El puchero de la señora Dunstan desapareció bajo la embelesada expresión al
observar el populoso salón.
—¡Ay, has convertido este sombrío y viejo salón en una habitación adorable! ¡Y
mira la multitud! Es tan perfecto... —Ladeó la cabeza en dirección al marido—.
Podríamos tener esto también, si no fueras tan tacaño. Solo piensa en la diversión que
podríamos tener.
—No es divertido; es un arduo trabajo —corrigió Drogo—, y ahora, si vosotros
dos me dejarais avanzar...
—William está ebrio y se está acoplando a los músicos —anunció Joseph,
apareciendo junto a Drogo—. Está aburrido de los minués y quiere un violín.
—Debo encontrar a Ninian. —Frenético, Drogo intentó sobrepasar la creciente
multitud de familiares.
—Sarah ha ido tras ella. —Ewen llegó, viéndose hostigado—. Pero si no llamas
a esas primas de ella, tendremos un caos entre manos. Y las tías están en pie de
guerra. No creo que hayas estado atinado al comportarte con tanta vehemencia
acerca de tu opinión sobre lo sobrenatural.
Drogo cerró las manos en puños y les miró con furia.
—Ninian no es una bruja —declaró con frialdad y energía—. Es una Malcolm.
Pueden ser excéntricas, pero no son brujas.
—Pues bien, otra de las no brujas dibujó una imagen de nuestro estimado
representante de Tetbury, y se ve convincentemente igual a él y a un cerdo adulto a
la vez —remarcó Ewen, echando miradas nerviosas sobre el hombro—. No está en
absoluto contento con todo el asunto.
—Aquí viene la tía Stella —susurró Joseph—. Creo que buscaré la ponchera.
Al tiempo que Ewen y Joseph se escapaban antes de que la duquesa llegara
hasta ellos, Dunstan sonreía con lúgubre diversión.

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—Creo que tu vida matrimonial quedará grabada en los anales de la historia de


los Ives, hermano mayor. —Con un saludo con la mano, escoltó a su esposa al pasar
junto a Drogo, y entraron en el salón de baile.
Un violín irrumpió en medio de una contradanza, arrastrando al completo
círculo de alegres bailarines a la desorganización.
—Ahí tienes, Ives. ¡Espero que tenga una explicación para semejante
comportamiento!
Drogo gruñó y giró sobre los talones al tiempo que la duquesa se plantó con
firmeza frente a él, bloqueándole cualquier esperanza de alcanzar a Ninian pronto.
Quizás Sarah le haría entrar en razón.
Quizás Sarah había planeado ese desastre en primer lugar.

Girando como una veleta emocional, tal como su abuela tuvo por costumbre
llamarle, Ninian oscilaba de la pena a la furia mientras arrojaba prendas de bebé
recién adquiridas, panfletos sobre estudios del agua y paquetes de hierbas
prolijamente etiquetados dentro de un baúl. ¡Él no creía en brujas! ¿Cómo se atrevía a
decir semejante cosa después de todo lo que ella le había mostrado? ¿No creía una
sola palabra de lo que le decía? ¿Simplemente creía que estaba loca cuando atacaba a
hombres como Twane, o cuando le decía cómo se sentían sus hermanos, u organizaba
ese baile de etiqueta para mostrarle los talentos de las tías y las primas?
¿Exactamente cómo creía ese estúpido hombre que la tía Stella sabía quién llegaría y
cuándo? Y suponía que creía que las hierbas aromáticas de la tía Hermione no eran
otra cosa que un adorno y no una fragancia de tranquilidad para evitar que las
combatientes ramas de la familia crearan el caos mientras calmaba las sospechas de
la sociedad en cuanto a lo extraño y lo anormal.
Anormal. Él creía que las brujas eran anormales. Su esposo creía que ella era
anormal. Que pertenecía a los cuentos de hadas.
Si le hubiera arrancado el corazón del pecho, no podría dolerle más. Ella había
tenido la esperanza...
Ya no importaba lo estúpidamente que había estado esperanzada. Hizo lo que
fue a hacer. No podía hacer nada más. Era hora de regresar a Wystan, adonde
pertenecía.
Algún día, cuando las brujas verdaderamente volaran sobre escobas, podría
recuperarse del vacío dolor que le había abierto su centro en dos.
Una lágrima cayó sobre el diario escrito a mano que Drogo le había dado como
regalo de bodas mientras lo empacaba cuidadosamente con sus otros tesoros. Quizás
debería haber estudiado las advertencias de Ceridwen con más atención.

Para cuando Drogo llegó a la habitación de Ninian, ella ya se había marchado.


Buscó detrás de los cortinajes, esperando encontrarla en la silla junto a la
ventana mirando la luna, pero no estaba allí. Ningún fuego ardía en la chimenea.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Ninguna lámpara iluminaba la intacta cama. Tenía el fuerte recuerdo de haber hecho
eso alguna vez con anterioridad, y un frío espasmo le recorrió las entrañas.
Bajó las escaleras traseras hacia el patio de la cocina. El frío de noviembre le
heló la sangre y le escarchó la respiración, pero ninguna figura danzante
transformaba el jardín. Miró hacia arriba. Solo la niebla y el humo de carbón
nublaban el cielo, como era habitual. Estaba peligrosamente de pie sobre el borde de
un precipicio, pero no sabía dónde estaba ni cuándo se derrumbaría. Solo sabía que,
sin Ninian, se deslizaría a un abismo y nunca volvería a ser visto. El oscuro frío de la
noche predecía el olvido de un futuro con ella.
Temblando, se apresuró a regresar a la casa. Quizás habría vuelto al salón de
baile.
Las tías y primas de Ninian ya se habían retirado, enfadadas. Un número de
otros invitados aún circulaban por ahí, disfrutando del chismorreo y liquidando la
comida y la bebida de las mesas de bufé dispuestas a lo largo del salón. Los músicos,
con poco entusiasmo, intentaban seguir a William en una ronda enérgica que era más
adecuada para una taberna. Distraídamente, Drogo pensó que el ilegítimo hermano
por parte de la lechera tenía talento, pero los violinistas podían obtenerse por medio
penique. Había albergado la esperanza de que un poco de educación ayudara a
William a encontrar su camino en el mundo, pero quizás se había equivocado en eso
también.
Ninian no estaba por ningún lado. Ewen le estaba enseñando a Jarvis una forma
mejor de arrancar la araña para reemplazar las velas casi acabadas y Drogo elevó una
plegaria para que no prendiera fuego el salón recientemente redecorado. Joseph
había desplegado los dibujos arquitectónicos sobre el suelo de la biblioteca y estaba
intentando convencer a varios señores embriagados que los arcos arbotantes le
darían prestigio a sus casas de campo. Ninian no estaba allí tampoco.
Quizás no lograra transformar a Ewen en un comerciante, a Joseph en un
abogado o a William en un académico, o a Dunstan en un hombre felizmente casado,
pero no perdería a su esposa.
—¿Dónde está? —exigió saber cuando descubrió a Sarah y las viejas charlatanas
riendo en una sala trasera.
Pensativa, Sarah levantó la vista hacia él.
—Nunca deberías haber dicho eso, Drogo.
—¿No debería exponer lo obvio? —preguntó, con desdén—. ¿Debo decirle al
mundo que creo en cuentos de hadas?
—En un poquito de magia —asintió ella, girando hacia él—. Hay cosas en este
mundo que no comprendemos. Tú observas las estrellas, pero no conoces su poder.
—Es más probable que sean gases en combustión que profetas. —Rechazó la
sandez—. Ninian hace que las plantas crezcan porque ha estudiado y experimentado,
no porque tenga una mano mágica para la jardinería.
Decepcionada, Sarah negó con un movimiento de cabeza.
—Ninian tiene mucha más comprensión en la mano que tú en tu completo,
enorme y pesado cuerpo. Estoy segura que quedan un duque o dos con quienes

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

puedes conversar de política. Vuelve con ellos. Disfrutarán de tu compañía.


El escalofrío volvió a estremecerle la espalda y no tenía nada que ver con el frío
aire del exterior.
—¿Dónde está, Sarah?
Ella se encogió de hombros.
—Empacó sus cosas y se marchó.
Perplejo, Drogo se quedó inmóvil. La charla sin sentido a su alrededor producía
un eco vacío. Ella se había ido. Le había dejado, como inevitablemente todas las
mujeres dejaban a sus esposos Ives. Ni siquiera le había dado una oportunidad.
Sí, lo hizo. Esa misma noche. Le pidió que confiara en ella y él no la había
escuchado. No podía creer en aquello que no existía.
Quizás no creía en brujería, pero podía leerle la mente y supo dónde había ido.
Había volado de regreso al único nido que había conocido jamás, ¡qué maldita
estúpida!
Estaba embarazada de más de seis meses. Los caminos eran demasiado
peligrosos para alguien de buena salud. Se perjudicaría a sí misma y al bebé al
regresar al norte con ese clima. La estrangularía cuando le encontrase.
La desesperación que ahora le hacía añicos las entrañas era peor que todo lo
que había conocido jamás. No podía soportar perderle a ella o al bebé; fallar, igual
que su padre había fallado. Tenía que haber una solución, una forma de mantener a
Ninian a su lado, donde pertenecía.

Una lluvia helada azotaba las ventanillas del carruaje mientras Ninian se
acurrucaba más profundamente dentro de las cálidas pieles que le habían dado las
tías. Odiaba dejar al cochero a la intemperie con ese clima, pero si no se alejaban la
mayor distancia posible antes de que cayera la noche, la lluvia probablemente se
convertiría en nieve. El cochero había estado de acuerdo.
Hicieron un gran avance alejándose de Londres al atardecer. El clima había
estado agradable y el día, despejado, lo que le daba más confianza de la que se
merecía. En verdad, no tenía alternativa. Incluso las tías estuvieron de acuerdo en
que debía regresar a Wystan. Era evidente que nunca convencería a Drogo de creer
que los aldeanos necesitaran su ayuda o su responsabilidad por socorrerles.
Sabía que Drogo, con su mente práctica y lógica, nunca podría entender un
instinto que no podía ver ni analizar. Se burlaba de las leyendas, del don, del poder
de la familia. Si no podía creer en todo aquello, no podría creer en ella ni en sus
instintos.
Deseaba que las cosas fueran diferentes. Hizo todo lo posible para hacerle creer.
Había permanecido allí más tiempo de lo que debía con la esperanza de convencerle
a escuchar. Sin embargo, él no lo había hecho. Le extrañaría horrores. Él nunca la
perdonaría por haberle abandonado. Nunca. El dolor le carcomía el corazón, pero no
podía rendirse ante eso.
El carruaje dio un bandazo en un surco de lodo y ella pudo sentir la rueda

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trasera girando. Contuvo el aliento, y la rueda se trabó en una piedra, saliendo de la


huella con una sacudida por el tirón de los caballos. El duque tenía animales buenos
y poderosos. Ellos lo lograrían. Cada sacudida y tirón la alejaban más y más de
Drogo y del sueño que nunca sería el propio. Ser leal consigo misma era
increíblemente difícil. Con razón su madre había fracasado.
La helada lluvia se convirtió en aguanieve que golpeaba las ventanillas. Si las
grietas lodosas se helaban, ¿era más peligroso o menos? No había viajado lo
suficiente como para saberlo.
Las maldiciones del cochero le habrían vuelto las orejas azules si el frío no lo
hubiese hecho ya. Se cubrió mejor la helada nariz con la capucha pelliza y se acarició
las incómodas sacudidas que le daba el vientre con la mano. A su hija no le agradaba
el agitado viaje mucho más que a ella.
Los frenéticos gritos del cochero y los chirridos aterrados de un caballo
coincidieron con el peligroso bamboleo del carruaje. Ninian se sujetó de la correa e
intentó espiar por la ventanilla cubierta por una capa de hielo. Solo podía ver el
fantasmagórico gris del hielo, la lluvia, la niebla y las oscuras formas de los árboles
junto al camino.
Tendrían que detenerse. No podrían avanzar más con ese clima. No sabía
siquiera cómo el cochero podía ver el camino.
Se quitó las pieles que le envolvían para alcanzar el hueco de comunicación
cuando el carruaje dio otra sacudida y ella casi se golpea la cabeza contra la pared
opuesta. Debía estar loca, como Drogo había pensado de ella una vez. ¿Cómo era
posible que viajara a Wystan de esa manera?
No quería perder al bebé por su propia estupidez.
Frenética, gritó al tiempo que el carruaje tembló y se detuvo en seco. Estaban en
el medio de la nada. Se helarían hasta morir allí afuera. ¿Qué estaba sucediendo?
Seguramente, salteadores no...
Alguien dio un golpazo contra la puerta del carruaje. Ninian se lanzó hacia el
rincón opuesto del asiento y clavó la mirada mientras la puerta helada temblaba y se
sacudía. No escuchaba al cochero protestar. ¿Quién estaría allí afuera con esa
tormenta? Unas maldiciones en voz baja manaban desde el otro lado de la puerta al
tiempo que alguien intentaba abrirla a través de una capa de hielo.
Otro golpe dio contra el costado del vehículo, destrozando la capa helada de las
ventanas.
Ninian dio un grito al tiempo que la puerta se abrió de pronto y una figura
empapada y cubierta por una capa se metió adentro, desparramando aguanieve y
nieve sobre el interior acolchado con terciopelo. Tragó el grito tan pronto como el
intruso arrojó el sombrero al suelo, descubriendo unas oscuras cejas que le resultaron
familiares, una trenza sin empolvar, y un entrecejo que debería haberla petrificado.
En cambio, una sacudida de furia le agitó hasta el centro de su ser. La furia de
Drogo. Verdaderamente debía hacerle vibrar hasta los cimientos si ella podía sentir
las emociones de él. Eso le aterraba más que el ceño fruncido.
La puerta se cerró de golpe y el carruaje comenzó a avanzar de un tirón,

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

lanzándoles a ambos a asientos diferentes. La furia se deslizó, disimulada, bajo el


tenso control de Drogo, una vez más.
Rápidamente, Ninian se quitó una de las batas de alrededor del cuerpo y la
arrojó sobre la capa empapada de él.
—No voy a regresar. —Mientras él utilizaba el pelaje para secarse el rostro, el
corazón de Ninian dio un vuelco de tonta alegría y terror. Se veía muy hermoso y
feroz. Había ido tras ella.
—Nos helaremos hasta morir en un banco de nieve por tus caprichos —le
informó, con frialdad.
—Deseaba ir a casa desde hace semanas —aclaró ella, aún temblorosa por la
fuerza de la emoción anterior de él—. No creí que me siguieras. No fue mi intención
pedirte que dejaras tu trabajo. —Aún aturdida, Ninian buscó una explicación en las
facciones de su marido, pero él volvía a esconder todo una vez más.
Arrojándole la piel de vuelta hacia ella, se quitó la empapada capa, luego se dio
vuelta para sentarse a su lado. Ninian le ofreció más espacio en el asiento para
compartir la bata con la que se cubría el regazo. El corazón le latía frenéticamente.
¿Obligaría al cochero a dar la vuelta? Le destruiría si hacía tal cosa. ¿Cómo podía
hacerle creer eso?
Sin ni siquiera pedirle permiso, Drogo la colocó en su regazo y envolvió ambos
cuerpos hasta las narices con las pieles.
—¿Por qué? —exigió saber—. ¿Por qué debes ir al fin del mundo en lugar de
quedarte con la familia?
—Porque soy una sanadora Malcolm y Wystan me necesita. Porque mi bebé
debe nacer en Wystan, adonde pertenece —le dijo, con tono de súplica—. Porque
tengo dones que Dios quiere que utilice, y Wystan me necesita más que tú.
Él se inclinó hacia atrás contra el costado del carruaje, apoyó las largas piernas
sobre el asiento y la acomodó sobre él de manera que compartiera su calor de la
cabeza a los pies.
—Podría contratar a los mejores doctores —insistió él.
—Yo soy el mejor doctor. Tienes que creerme esto, Drogo. Sé que no tiene
sentido para ti, pero únicamente en eso, por el bien de nuestro bebé, cree en mí.
Se quedó sentado en silencio, abrazándola cerca de sí hasta que ambos dejaron
de temblar. Luego, a regañadientes, concedió:
—Me estás volviendo loco, esposa mía. Me pides lo imposible, y para ti, estoy
casi listo para aceptar. Incluso si llegáramos a Wystan a salvo, lo que dudo
realmente, quedaremos atrapados allí hasta la primavera. Debo dejar a mi familia
que se arregle sola, que mi negocio se maneje sin mí, perder el resto de la sesión en el
Parlamento, por tus extraños caprichos.
Ninian enterró la cabeza contra el hombro de él.
—Lo sé. Es por eso que me marché sola. Lamento que las cosas hayan sucedido
así, Drogo. Tenía la esperanza de que entendieras por qué debo regresar, pero no
crees en mi don. No necesitas acompañarme.
Despojada del mojado guante, la mano de él se enterró profundamente en la

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

cabellera de Ninian y él le sostuvo la cabeza contra el hombro mientras observaba


fijamente un punto en el espacio más allá de ellos, luchando contra el problema.
Ninian podía sentir el poder del corazón latiendo junto al de ella, y deseó que así
fuera para siempre.
—No te perderé —dijo él finalmente, con un suspiro.
Ella pudo escuchar el aire saliendo de los pulmones y la tensión escapando el
abrazo cuando lo admitió para sí mismo tanto como para ella. Ella era la que
contenía el aliento. El aire de resignación en él le preocupaba. Si siempre esperaba
que se marchara, ¿qué esperanza tenía de que él alguna vez confiara en ella?
—Si hacer bebés es tan fácil como dices, entonces el niño no me preocupa tanto
como tú. Si es tan importante arriesgarlo todo para regresar a Wystan, debo creer en
ti en esto.
Ninian se acurrucó contra él mientras los fuertes brazos la sostenían. No sabía
qué entender de esa concesión de su parte, pero le conmovió, y ella se aferraría a eso
en las horas oscuras que inevitablemente vendrían a continuación.
—Gracias, milord. No te arrepentirás, lo prometo.
—Ya me arrepiento ahora —dijo, con tono grave—. Y si no temiera por la salud
del bebé, te haría pagar cabalgando todo el camino desde aquí hasta Wystan. Creo
que ha llegado la maldita hora de que llamemos a esto matrimonio y sigamos
adelante.
Divertida por tan brusca rendición, Ninian espió hacia arriba, hacia la
mandíbula cuadrada y sin afeitar de su marido y se meneó tentativamente sobre el
regazo, confirmando lo que había entendido que él tenía en mente cuando dijo
«cabalgar».
—¿Es eso posible? —le preguntó, con cautela.
Él le miró con ojos entrecerrados.
—Tú eres la bruja. Dímelo tú.

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Capítulo 28

La violenta sacudida que dio el carruaje en un surco lleno de agua convenció a


Drogo de que, ya fuera bruja, doctora o lunática, su esposa estaría más segura en una
posada. Incluso mientras ella sopesaba la demente propuesta, le alejó de él. Todo su
cuerpo gritó de queja cuando el frío inundó los lugares donde ella había estado
acurrucada, y estuvo a punto de decir al demonio y volver a atraparla, pero se había
pasado más de la mitad de la vida protegiendo a los otros. No podía matar la
costumbre ahora.
—Hay una posada no muy lejos de aquí —le dijo con delicadeza al tiempo que
ella le miró, sorprendida. ¿Había realmente notado los ojos de Ninian antes? Había
creído que eran azul claro, pero ahora reflejaban la misteriosa luz plateada de la luna.
Algo en su interior se elevó inestable y se volvió a acomodar en un lugar diferente al
imaginar la esperanza detrás de esa luz—. Enviaré por delante al cochero con mi
caballo para que nos consiga una habitación. El pobre hombre está medio helado.
Puedo conducir el coche los últimos kilómetros que faltan.
—No permitiré que enfermes tú en mi lugar —dijo ella, con gravedad.
Drogo le besó la nariz y se calentó las manos en las mejillas de ella.
—Concéntrate en curarte a ti misma, doctora. Necesito una esposa que me
caliente la cama.
Golpeó con fuerza la puerta de comunicación, detuvo al cochero, y salió
rápidamente hacia el frío otra vez.
«En rigor de verdad, no le había dejado», pensó él, con alegría. Quizás no
comprendía lo que la había impulsado a hacerlo, pero logró mantenerles juntos,
cuando muchos Ives antes que él habían fallado. Quizás sería el que aprendiera lo
que se necesitaba para satisfacer a una mujer.
La atracción física que sentían le daba un comienzo firme. Eso era más de lo que
la mayoría de las parejas tenían, y era suficiente de por sí. Se negó a permitir que la
voz burlona en el fondo de su mente, la cual le decía «No para Ninian», le arruinara
el momento. Por ahora, estaba dispuesta y ansiosa.
De repente, se sintió más libre que el halcón que sobrevolaba sobre ellos, y el
corazón sí que hizo acrobacias al pensar en la noche venidera. El maldito hielo se
derretiría de él por cómo se sentía en ese momento. Esa noche, su adorable y mágica
esposa le calentaría la cama, y él le enseñaría la pasión que les uniría por siempre.
Ni siquiera la helada capa de aguanieve podía enfriar su ardor.

Ninian sonrió al ver los adornos de plumas helados brillando plateados contra

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

la oscuridad de la habitación ahora. Esa noche sería la noche de bodas que nunca
tuvo.
Echó una mirada sarcástica al pesado vientre difícil de manejar debajo de la
cálida franela del camisón. A diferencia de las más esbeltas primas, ella llevaba a la
criatura baja y plena. No había dudas de su condición.
Levantó la vista cuando Drogo regresó de la taberna con dos calientes y
humeantes toddies2.
—¿Deseas embriagarme antes de que nos retiremos a dormir? —preguntó,
divertida.
—Cálida y dispuesta —acordó él, enarcando una lasciva ceja rizada al tiempo
que apoyaba las tazas.
El corazón le latió un poco más errático. Nunca antes había visto ese lado de su
marido. Parecía casi alegre, a pesar del clima, a pesar de dejar todas las
responsabilidades atrás. Nunca había esperado que la siguiese. Una pequeña luz de
esperanza le aguijó el corazón al estudiarle el rostro, temerosa de que la alegría fuera
forzada, de que estuviera escondiendo el resentimiento como lo había hecho con la
furia, pero no vio nada más que un hombre ansioso de sexo.
Ninian presionó el camisón tenso contra el abultado vientre.
—Cálida y dispuesta, quizás, pero un poco desgarbada. Ni siquiera mis tías
estaban tan grandes en esta etapa.
—Eso es porque es un niño —le susurró malicioso al oído, mientras la tomaba
en sus brazos y acariciaba su redondez—. Te digo, los hombres Ives solo producen
varones.
—Justo lo que tu familia necesita, milord —le provocó con burla, envolviendo
los brazos alrededor de los de él donde descansaban en su cintura—, más hombres
viriles para endilgarle a un mundo desprevenido.
—Es más de lo que tu familia necesita, milady. —La cogió de las rodillas y la
alzó hasta la cama—. Un macho pendenciero que perturbe todas las tradiciones
familiares.
—Ay, Dios, no quiero ni pensarlo. —Un hombre Malcolm. La idea le provocó
un mareo.
Con gratitud, bebió un sorbito de la taza que él le tendió una vez que se
acomodó contra los cojines, y observó con interés mientras Drogo se quitaba las
prendas y las doblaba sobre una silla. Tenían una sola vela, y ella deseó tener más
cuando la camisa acabó junto a la chaqueta y el chaleco, y pudo admirar la completa
extensión de los hombros y la espalda musculosa.
—Oh, Dios —repitió por una razón completamente diferente al tiempo que esos
músculos se ondularon y se hincharon.
Drogo giró y enarcó una inquisitiva ceja en dirección a ella, otorgándole plena
visión de la flecha de oscuros rizos esculpiendo el esternón y el tenso abdomen. Ella
tragó en seco y no pudo desviar la mirada. En verdad, nunca le había visto sin la
2
Toddy (plural: toddies): Bebido hecha con whisky, brandy u otro licor mezclado con agua
caliente, azúcar y otros condimentos.

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camisa.
Finalmente, calculando la dirección de los pensamientos de ella, Drogo extendió
el brazo sugestivamente hacia los botones de los pantalones.
—Si hemos tenido nuestra noche de bodas y el cortejo ha terminado, ¿cómo
debemos llamar a esto, señora? —provocó con burla, soltando lentamente el primer
botón.
Las sombras de luz de la vela jugaban contra la dura cresta que le empujaba la
solapa de los pantalones hacia afuera. Ninian se relamió los labios, repentinamente
secos.
—Grande —contestó sin pensar. Recordó otro momento y otro lugar en el que
había pensado lo mismo. Su marido no era definitivamente un hombre pequeño.
Ni tímido. Sonrió cuando entendió lo que ella había querido decir, y la belleza
de las facciones cinceladas casi distrae a Ninian de los pantalones. Casi. Cuando
empujó la tela sobre las delgadas caderas, ella se olvidó del blanco destello de los
labios contra su sensual voluptuosidad, o cualquier otra cosa que no fuese la
evidencia de la masculinidad Ives. La tía tenía razón, definitivamente. Los hombres
Ives eran muy... viriles.
Le quitó la taza de los dedos laxos antes de que ella pudiera volcar el contenido.
—Es bueno saber que aún quedan cosas que puedo enseñarle a mi omnisciente
esposa. —Apagó la vela.
—Solo sé de hierbas —murmuró mientras el calor y el peso de su marido se
deslizaron debajo de las sábanas junto a ella, y los ásperos vellos de la pierna le
capturaron el muslo.
—Entonces, déjame enseñarte acerca de los hombres, querida.
Una mano muy masculina le cubrió un pecho y una cálida boca con sabor a
whisky le separó los labios. Creyó que, sin duda, había muerto e ido al cielo cuando la
lengua le acarició y los dedos le otorgaron placer.
Así que estaba pero bien casada. Con un Ives. Hasta ahora, lo único que se
había destruido era su autocontrol.
Suspiró con satisfacción cuando él le guió la mano hacia abajo y le enseñó a
tocarle. Solo necesitaba el poder femenino para eso y él tenía la llave de acceso.
Drogo gruñó y enterró la mandíbula con barba crecida contra la cabellera de
ella mientras le acariciaba.
—No duraré mucho más —murmuró él, acariciándole el pecho nuevamente y
provocando una enorme confusión con el único control que ella había creído poseer
—. ¿Es eso seguro para el bebé?
—Durante unas semanas más. —gimió Ninian, al tiempo que Drogo le
recompensó al correr a un lado el canesú y afanar la lengua sobre un doliente pezón.
Salvajemente, pensó que los hombres no necesitaban perseguir los rayos si lo que
deseaban era electricidad. Drogo podía crearla simplemente con las manos y la boca,
y ella no podía resistirse a la atracción más que el mar podía escapar de la luna.
El calor de las palmas de las manos le moldeó los pechos y se los transformó en
dos pesados montes mientras dibujaba un camino de besos hacia arriba.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Quizás sí eres una bruja —dijo cuando ella se arqueó hacia él, ofreciéndose.
Antes de que ella pudiese entender la confesión, él mordisqueó la plenitud que
las manos habían creado, luego calmó el pellizco con la lengua. Ninian enroscó los
dedos en el cabello, sosteniéndole la cabeza mientras él le dejaba marcas, más allá de
interpretar algo tan simple como las palabras.
—Solamente una bruja podría impulsarme a la distracción como lo haces tú.
En cualquier otro momento, esas palabras la habrían destruido, pero por ahora,
no les prestó atención.
—Tienes magia en la punta de los dedos —indicó ella mientras él le saciaba la
necesidad al acariciar ambos pezones a la vez.
Drogo rio y jugueteó con los labios de su esposa con besos y mordiscos.
—No solo en la punta de los dedos. —Rodó y, atrayéndola hacia él, le quitó el
camisón por encima de la cabeza.
Ninian contuvo el aliento cuando él descubrió el pesado cuerpo, pero las manos
simplemente acariciaron y admiraron los cambios que el bebé había provocado.
Floreciendo bajo el calor de la mirada de Drogo, ella finalmente le siguió la intención
y él ajustó las posiciones. Reclinando la espalda sobre la pila de cojines, le colocó a
horcajadas, hasta que la parte masculina rozó tentadoramente cerca de donde ella le
necesitaba.
La tocó entre las piernas, recordándole la primera noche juntos, provocándole el
doloroso vacío, mientras atrapaba su mirada con los ojos y la sostenía allí. Ninian
tembló ante la ardiente intensidad que la tenía cautiva, incapaz de negarse a nada.
—Embrújame —le exigió, con voz ronca.
Sin más instrucciones, ella elevó las caderas y lentamente bajó sobre él hasta
que Drogo gruñó, la cogió por la cintura, y se elevó, colmándole hasta el punto de
explotar.
Ya sin ser ella misma, sino una parte de él, Ninian rindió su voluntad a la de su
esposo, moldeó el cuerpo ante sus órdenes, y gritó de alegría mientras le utilizaba
como un placer en vuelo que ella no había conocido antes. Le acarició y succionó los
pechos hasta que estuvo débil por la necesidad, luego la penetró una vez más hasta
que galoparon al unísono.
Cuando planearon juntos por el acantilado del olvido, él la tomó y la sostuvo
mientras la inconsciencia les rebasaba y cayeron en picado, saciados e ilesos.
Juntos, hacían magia.

—No hay necesidad de que te veas tan engreída, esposa mía —se quejó Drogo
en broma cuando, al día siguiente, emergieron de la hostería hacia la clara luz de sol
—, solo porque ayer por la noche generamos suficiente calor como para evaporar las
nubes durante el resto del invierno.
Tímidamente, Ninian escondió la sonrisa en el manguito mientras él la guiaba
de la mano hasta el carruaje.
La sola sonrisa tenía el poder de empujarle el cerebro hacia una estrepitosa

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inconsciencia. Eso le asustaba tanto como la sonrisa le llenaba de orgullo. Él sabía


que no debía confiar en las mujeres, en el matrimonio o en partes del cuerpo que se
sacudieran. Sabía que lo mejor que podía esperar era una cama cálida y una
incómoda tregua hasta la próxima diferencia de opinión. Pero incluso a la clara luz
del día, podía recordar con nitidez la alegría y la esperanza que su enloquecedora
esposa le había arrancado de adentro la noche anterior. Definitivamente, era una
bruja de algún tipo.
Le vendría bien recordar que ella le había retorcido a voluntad con ese
disparatado viaje hacia la nada. Había dejado todo lo que tenía entre manos para
verle sana y salva. No podía recordar a nadie nunca desviándole del camino que
había elegido, no desde que tenía catorce años y su padre murió, dejándole una
montaña de deudas. Incluso los abogados del Estado se habían inclinado ante su
autoridad. Ninian, no.
Afortunadamente para él, ella ni siquiera sabía lo que había hecho. Solo sonrió
y se acurrucó cerca al tiempo que él se unió, como si estuvieran en una mera
excursión vacacional. Nunca antes se había tomado una, y esa no sería una de ellas
ahora. Regresarían a una apestada tierra, a una nada helada, sin amigos ni familia
para recibirles, y ella le sonreía como si él le hubiera prometido el paraíso.
Él podría sobrevivir un invierno en Wystan a cambio del niño que ella le daría.
Pero no apreciaba en absoluto el chantaje que le había llevado hasta allí. Durante los
meses siguientes, tendría que enseñarle quién estaba a cargo.
—¿Has recibido noticias del administrador? ¿Se ha recuperado el arroyo? —
preguntó ella.
Pensándolo bien, Drogo le arropó firmemente bajo el brazo.
—El arroyo estará helado. Concéntrate en empollar al jovenzuelo y no en lo que
no se puede cambiar.
No le agradó la manera en que ella entrecerró los ojos y se cruzó de brazos de
esa manera testaruda que él ya comenzaba a reconocer.
—¿Quién dice que no se puede cambiar? —exigió saber ella.
No dijo nada más, y Drogo se permitió creer que ese era el fin del asunto. Las
madres embarazadas no caminaban por el campo helado explorando arroyos
muertos.

Las madres embarazadas ayudaban a otras madres embarazadas a parir a sus


bebés. Drogo lo descubrió unos días después, muy a su pesar.
—¡Gracias a Dios estás aquí! —exclamó Lydie al apresurarse al gran salón antes
de que el cochero pudiera descargar el equipaje—. ¡La hija de la cocinera ha estado
de parto desde ayer y yo no puedo hacer nada!
Casi se había olvidado de lady Lydie. Más bien había supuesto que Sarah se
había deshecho de ella en algún lugar, de algún modo. La mente instantáneamente
buscó las ramificaciones legales de la presencia de la mujer. Seguramente, el padre no
podría demandarle. Pues bien, al menos Claudia había regresado a casa ahora que

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Twane había partido para Francia.


—¿Dónde está? —Ninian arrojó el manguito de piel sobre la mesa sin mirar dos
veces hacia su marido, que la seguía detrás.
—Le trajimos aquí la semana pasada ya que los caminos están terribles.
Apresúrate. Se está debilitando. —Lydie corrió hacia el pasillo que llevaba hacia el
ala de los sirvientes.
—¡Ninian! —Drogo la detuvo antes de que ella pudiera continuar. Cuando giró
para verle, intrigada, él pudo ver que la mente de su esposa ya había llegado hasta
Lydie por el pasillo—. Has tenido un largo viaje —dijo bruscamente—. Necesitas
descansar.
Ella le dedicó esa desconcertante sonrisa que no pudo comprender.
—Te amo, Drogo —murmuró ella, poniéndose de puntillas para besarle la
mejilla—. Pero puedo cuidarme sola.
Ella ya se había marchado antes de que él pudiera digerir ese «te amo» o
reacomodar los pensamientos para absorberlos.
«Indudablemente, se trata de algún lugar común de esposa con la intención de
disiparle los temores», decidió con severidad mientras dirigía a los sirvientes para
que llevaran las cosas de Ninian a la habitación.
Sin embargo, estaba aún a cargo allí. Esa era su casa y ella aprendería a vivir
bajo sus reglas. Después de las sesiones de amor que habían compartido las últimas
noches, ella ciertamente no podía objetar dormir en su cama de manera regular. Sin
embargo, no le sorprendería si se mudaba a la habitación principal embrujada.
Como si fuera una respuesta a sus pensamientos, una puerta se cerró de golpe
justo sobre él, y una risotada le envolvió.
Los fantasmas no se reían, se dijo a sí mismo mientras subía las escaleras de dos
en dos. Y él no escuchaba a los fantasmas. Esa era la jurisdicción de Ninian. Que
fuera ella quien les escuchara.

—No me digas que has traído ese horroroso libro contigo, ¿o sí? —exclamó
Drogo cuando fue a la cama esa noche para descubrir a su esposa sentada contra los
cojines, leyendo.
Ella pasó una quebradiza página e inclinó el libro para obtener mejor luz de la
lámpara.
—Sigo albergando la esperanza de que resuelvan las diferencias y que todo
salga bien. El castillo era de ella —dijo Ninian, con indignación, sin levantar la
mirada.
—Era de ella —le corrigió—. El padre se lo dio al esposo como dote.
—Él no tenía ningún derecho. El castillo le pertenecía a la madre de ella.
Simplemente no es justo. Eran muy felices al principio. El incluso mejoró el cuarto
del bebé. La criatura nació allí. Pero no creer que era de él solo porque era una niña...
Drogo suspiró y se quitó la chaqueta y el chaleco. Era obvio que no tendría la
completa atención de su esposa esa noche.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Ella contrajo matrimonio con un Ives, querida. No somos famosos por confiar
en las mujeres, ni por nuestra sabiduría en el matrimonio. Supongo que él ya había
engendrado un bastardo o dos a esas alturas.
—Dos —dijo ella, enfadada, con la vista clavada en las páginas—. Hombre
estúpido. Ambos niños, dando así su masculinidad, supongo, mientras la esposa
sufre la soledad y deja que el amor se marchite. En este punto, él ha regresado a
Londres en un coche, y el pueblo está sufriendo inundaciones, y nadie está haciendo
nada al respecto. —Finalmente, levantó la vista hacia él—. No había notado que la
estupidez fuese una característica Ives. ¿Por qué haría él tal cosa?
Drogo se deslizó hacia el colchón y le quitó el libro de las manos.
—Era un razonamiento lógico —explicó, con paciencia—. Todo el mundo sabe
que nosotros siempre engendramos hijos varones. Probablemente partió por
negocios y regresó a la casa para encontrar a su esposa embarazada. Eso habría
provocado la sospecha en casi cualquier hombre. La niña era toda la prueba que él
necesitaba.
—Los hombres Ives no permanecen junto a sus mujeres el tiempo suficiente
como para saber si procrean hijas. —Mulló el cojín a golpes y se deslizó bajo las
sábanas—. Y solo se necesita una noche para crear un hijo de cualquier sexo. Sabes
perfectamente bien que podría haberle llevado a la cama la noche antes partir en ese
extenso viaje.
Drogo se quitó las botas y las arrojó contra el muro.
—Si ella se parecía a ti en algo, amor, entonces él estaba loco de no haberla
llevado con él.
—¿Qué se supone que quieres decir? —exigió saber mientras él apagaba la luz.
Se deslizó dentro de las sábanas y la arropó segura bajo los brazos antes de
contestar.
—Significa que el único momento en que un hombre puede estar seguro de una
mujer es cuando la tiene debajo de él.
Drogo atrapó el grito de ira de su mujer con la boca e hizo su mejor esfuerzo
para enseñarle que estar debajo de un hombre Ives no era nada malo.
Y quizás, tener una mujer Malcolm debajo de él, no era malo tampoco.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 29

—¿Cómo se siente su hija esta mañana, señora White? —preguntó Ninian a la


robusta mujer que retiraba las tortas de avena del horno.
La cocinera arrastró con cuidado la cacerola caliente sobre una rejilla para que
se enfriara, luego giró con una amplia sonrisa.
—Ella y el niño están muy bien, muchas gracias, milady. Les estamos
agradecidos a vos y al buen Señor en el cielo de que hayáis llegado a tiempo.
—Dicen que Él obra de maneras misteriosas. —Ninian tocó las humeantes tartas
con el dedo y decidió esperar antes de quemarse la boca con una—. ¿Dónde está todo
el mundo? Creí que la señora Lydie dijo que había enviado a buscarles. Quiero
comenzar a limpiar la habitación principal.
La cocinera palideció.
—No querríais hacer eso, milady. Es un lugar lúgubre y viejo, sí que lo es. La
chimenea aulla algo feroz, y los paneles traquetean, y la humedad se ha instalado allí.
Airearé una de las habitaciones más nuevas, ¿eh?
Ninian introdujo el dedo en un recipiente con masa de torta, luego se lamió el
dedo y lo dejó limpio. Esa era la casa de Drogo. Sarah había sido la señora allí y en
Londres.
Ninian nunca antes había lidiado con sirvientes ni había servido de mucho al
gritar órdenes a la gente. Sin embargo, pudo sentir el temor de la simple mujer y
buscó reconfortarla.
—Alimentar a lord Ives es una tarea de tiempo completo —le aseguró Ninian—.
No hay necesidad de airear nada. ¿Esto significa que los otros sirvientes no
regresarán?
La señora White apretujó el delantal con manos regordetas y suaves como la
masa.
—Tienen miedo de sus propias sombras, si no os incomoda que lo mencione,
milady. Vendrán cuando tengan hambre y no antes.
Ninian suspiró. No esperaba nada mejor. Después de todo, incluso ella misma
había creído en las supersticiones de los demonios Ives y había temido las leyendas
acerca de cuando la aldea se inundara. Vivir con Drogo ciertamente le había abierto
la mente a buscar nuevas explicaciones.
Comenzaba a comprender por qué la abuela se había pasado mucho tiempo
diciéndole a la gente lo que quería oír y dándole tontos amuletos para conquistar sus
temores. Ser una bruja no era nada fácil.
—Pues bien, señora White. Usted simplemente encárguese de su hija y del bebé
recién nacido y mire que coman. La señora Lydie y yo nos encargaremos de las tareas

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

de la casa.
Ninian eligió una de las tortas más frías y se marchó de la cocina, con la mente
trabajándole furiosamente a toda velocidad a pesar del paso lento del cuerpo.
La abuela le había dicho que ella era una sanadora Malcolm. Para ser una
sanadora, debía ser aceptada por aquellos que debía sanar. De otro modo, no era
nada más que una máquina de engendrar los hijos de un conde. Algunas mujeres
podrían aspirar a eso, pero ella era diferente.
Tenía que ser leal consigo misma, aunque a Drogo no le agradara.

—Hola, Mary. ¿Soy bienvenida aquí? —preguntó Ninian cuando la puerta de la


casa se abrió.
Los ojos de Mary se abrieron de par en par.
—¡Ninian! —Luego, recordándose a sí misma, ejecutó una torpe reverencia—.
Quiero decir, señora Ives. Yo...
—Aún soy Ninian, pero lord Ives en verdad solo tiene una esposa, y esa soy yo.
—No pudo resistir la chanza, pero reprimió la ridícula urgencia por sonreír. No sabía
dónde estaba parada en su propia casa, y rezó con frenesí cuando la amiga de la
infancia se mostró vacilante.
Mary echó una mirada nerviosa a la falda lisa de lana de Ninian y a la
protuberancia apenas escondida debajo.
—Sí, y no ha perdido el tiempo con sus obligaciones, tampoco. ¿En qué estaba
pensando para permitirte andar por ahí en este estado?
Abrió la puerta, y con un enorme suspiro de alivio, Ninian la siguió al interior.
—Oh, pues bien. Apuesto a que escucharemos sus gritos enseguida, pero no
podía esperar a que él sacara tiempo para traerme aquí. Caminar me hace bien.
—Caminar en este clima húmedo y frío no —le reprendió Mary—. Siéntate y
déjame prepararte un poco de té.
Los niños se amontonaron con timidez en un rincón cuando Ninian se sentó a
una mesa de caballetes junto al fuego. Sonriendo, introdujo la mano en el bolsillo y
retiró una pequeña bolsita de dulces. Necesitaba volver a llevar los delantales que
había abandonado en Londres. Nunca tenía bolsillos suficientes.
Cuando la madre asintió con un movimiento de cabeza aprobatorio, el mayor
arrastró todo su cuerpo para inspeccionar la ofrenda.
—Has crecido, Matt. Apuesto que eres lo suficientemente fuerte como para
cargar agua del pozo.
Ninian no necesitaba de la tímida sonrisa del niño para saber del orgullo que
sintió ante el reconocimiento, pero aun así, le agradó verla. Al aprender a leer a
Drogo mediante las expresiones y las acciones le había enseñado a leer la manera en
que otros expresaban los sentimientos físicamente, de manera que podía interpretar
mejor las vagas vibraciones de empatía que recibía. Ese conocimiento podría resultar
una herramienta útil cuando los pacientes estaban dolientes y demasiado confusos
como para que ella pudiera comprenderles.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Los niños rieron alegremente por el obsequio, y no mucho después, la más


pequeña había trepado sobre el regazo de Ninian. Ella se sentía bien allí, y Ninian le
acariciaba con gozo los sedosos rizos.
—He extrañado a los pequeños.
Mary aún la observaba con cautela mientras preparaba el té.
—Les has dejado de buena gana para irte a los salones de baile de Londres. Me
sorprende que hayas regresado.
—No les dejé por voluntad propia —protestó Ninian—. Vosotros no me
queríais por aquí. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Envejecer aquí y tener gatos como
única compañía?
—Nunca has tenido gatos hasta que él llegó. —Apoyó la taza sobre la mesa con
un fuerte ruido—. El arroyo nunca se había inundado hasta que un Ives y una
Malcolm se unieron, como cuenta la leyenda.
—El arroyo sí se ha inundado antes —le corrigió Ninian, sin mencionar la
conexión Malcolm-Ives—. Y nunca he tenido gatos porque la abuela no me lo
permitía. Le temía a lord Ives tanto como tú, pero es solo un hombre, como cualquier
otro.
Mary sonrió con malicia.
—Y ha demostrado su hombría. No tendrás tiempo para gente como nosotros
cuando el bebé llegue.
—No seas tonta. Por supuesto que sí. —Ninian se relajó cuando comenzaron
con las bromas de la infancia—. ¿Qué otra cosa hacen las condesas? Dime cómo están
todos. ¿Harry contrajo matrimonio con Gertrude?
—Después de que se volvió gorda por el embarazo, sí. Beltane produjo una
buena cosecha este año. —La preocupación se filtró en su rostro, pero no mencionó la
razón por la cual había escrito—. Parece que tendrás el propio para parir, y será
mejor que nos ocupemos de nuestros asuntos.
Ese era un problema que Ninian ya había considerado.
—Le estoy enseñando a la señora Lydie lo que sé. Fue bastante habilidosa al
ayudar a la hija de la señora White. Quizás pueda hacer de mis manos como lo hice
por mi abuela.
—¿Una señora elegante de Londres ayudando en un parto? El día que el sol no
se eleve.
—Pues bien, no nos preocupemos por eso ahora. Tenemos más de dos meses. —
Dos meses en los que esperaba enseñarle a Lydie las cosas que ella estaba ansiosa por
aprender. Lydie fue increíblemente subestimada por todos, pero había sobrevivido
allí sola, criando a su hija sin quejarse, incondicionalmente resistiéndose a los planes
de su familia a casarla por interés. Ninian había aprendido algunas cosas en Londres,
y entendía cuánto coraje le había demandado el hacer eso.
Con Mary llevándole la delantera y las noticias de que había salvado a la hija de
la cocinera de morir en el parto para alisar el terreno, Ninian visitó a Gertrude para
asegurarle que le ayudaría a dar a luz. Se mantuvo en los temas de conversación
seguros como el chismorreo local y el parto y no mencionó el arroyo. Eso era lo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

próximo en la lista, pero recobrar la confianza de la aldea era lo primordial.


Preocupada por su madre enferma, Gertrude dejó a un lado la cautela y llevó a
Ninian hasta la casa de los padres. Varias de las mujeres mayores estaban allí, y la
llegada de ella estimuló una discusión sobre dolencias y remedios que tomó mucho
más tiempo de lo que ella había anticipado. Para cuando salió de la modesta casa, el
sol había viajado muy entrado el mediodía, y el cansancio se había instalado en ella;
pero triunfal, supo que tenía su punto de apoyo en la aldea otra vez.
—¿Vas hacia algún lado? —le preguntó una grata voz con tono seco cuando
llegó a la plaza.
—¡Drogo! —Ella giró sobre los talones para encontrarle apoyado contra el muro
de piedra de la taberna, aparentemente esperándola. El marido se veía gloriosamente
escarpado con las botas de campo y sin las fruslerías de las puntillas londinenses.
También parecía estar al borde de la furia—. Tú nunca pierdes los estribos —le
recordó sin alterar la voz.
—Un hombre debe comenzar en algún momento. —Se despegó del muro de la
taberna y se colocó frente a ella, sobresaliente—. ¿Estás loca, milady?
—En absoluto. —Se cerró la capa más confortablemente y le sostuvo la mirada
sin temor—. Sin embargo, estoy lista para volver a casa.
—¿A la casa de quién? —exigió saber—. Quizás prefieras regresar a tu antigua
casa y hacer la cuenta que solo fui un capricho pasajero.
Ninian ladeó la cabeza e intentó interpretar qué sucedía más allá de la
inescrutable expresión del marido, pero solo pudo ver la ira. En el caso de Drogo, la
opción más segura parecía ser comportarse como ella misma y observar qué ocurría.
Colocó la mano alrededor del brazo de él y comenzó a caminar por la calle.
—La gente no parece temerme. La inundación y la superstición les asusta, y
quizás aún estén cautelosos, pero al menos están escuchando. ¿Cómo llegaste hasta
aquí? Con seguridad no fue caminando.
Silencio. Se sentía cómoda con eso. Le llevó a Drogo un tiempo sopesar los
significados ocultos, interpretar y decidir una respuesta. Era un hombre muy
prudente, y ella le sonrió para demostrarle que no le importaba.
Pareció totalmente desconcertado por la sonrisa. Ella amplió el gesto y él arrugó
el entrecejo. El corazón de Ninian cayó en picado. Quizás él no comprendía por qué
estaba sonriendo, pero de hecho, estaba viéndola y preguntándose qué pensaba en
lugar de ignorar los pensamientos en favor de los suyos propios. Eso quizás no era
algo tan bueno como ella había esperado, pero era un lugar más sólido que antes,
cuando ella no era más que otra cifra en su libro de responsabilidades.
—No puedo ponerte sobre mis rodillas, ni cortarte la mensualidad, ni enviarte
de regreso al instituto, ni ninguna de esas cosas que hago con mis hermanos. ¿Cómo
demonios se supone que exija tu obediencia?
—No puedes, de la misma manera que yo no puedo exigirte la tuya —le
contestó con alegría—. Igualdad, ¿recuerdas? ¿Es tan difícil de entender?
—Igualdad —repitió con abatimiento—. Tú llevas una carga imposible y apenas
puedes mantenerte en pie por el cansancio, ¿y esperas que te trate como a un

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

hombre?
Se detuvo ante un palafrén gris con una pequeña silla de montar casi plana. Sin
más discusión, la sentó de costado sobre la silla, luego montó detrás de ella. Las
piernas tocaron el suelo cuando sujetó las riendas con una mano y la sostuvo a ella
con la otra.
—No como a un hombre. —Ninian observó, escéptica, la distancia al suelo y
reconoció la sabiduría del marido en elegir monturas—. Admitiré libremente que no
puedo montar caballos como tú; sin embargo, no me molestaría aprender sobre una
montura de este tamaño. No es una distancia de caída demasiado alta.
—Y esta camina como una cama colgante. —Drogo pateó a la yegua y esta
comenzó a caminar lentamente—. Lo que es mejor para ti que la carreta de granja, al
menos.
Ella observó el suelo hasta que estuvo segura de que no se resbalaría
inmediatamente. Luego, se relajó lo suficiente como para apreciar la fuerza de los
brazos del marido a su alrededor. Él la llevó más cerca cuando ella se reclinó sobre él.
—¿Me enseñarás a montar? Podría ser algo muy útil de saber.
—¡Estás embarazada de siete meses! —exclamó con exasperación—. La gente se
cae de los caballos cuando está aprendiendo. Acéptalo, Ninian. No puedes hacer
nada más que nutrir a ese bebé ahora. La aldea está muy lejos.
—No soy un melón maduro a punto de estallar. —Se concentró en balancearse
con el caballo—. Caminar me hace bien. Recuerda, yo soy la comadrona, no tú.
—¿Y me dirás que el frío y la humedad son buenos para ti también? ¿Y que
acabar tan cansada que casi no te puedes mantener en pie es saludable? Tengo seis
hermanos menores que han intentado todas las excusas conocidas por el hombre
conmigo, Ninian. Sé cuándo me están engañando.
—Soy una sanadora, Drogo. No puedo curar si no puedo visitar a los enfermos.
Estas personas son mi responsabilidad, como tus hermanos lo son para ti. ¿No
puedes aceptar eso?
Silencio. Ninian pensó que le arrancaría la camisa y le clavaría las uñas en la
gruesa piel para comprobar que fuera humano, pero sabía que era tan humano como
ella, y ese era el problema.
—He aceptado que lleves mi hijo, que eres una Malcolm, y que sabes algo de
hierbas. Acepto que eres mi responsabilidad ahora, y que debo protegerte tanto a ti
como al bebé de todo peligro. ¿Por qué no puedes aceptar esa protección?
Le dio unos golpecitos en el pecho en lugar de hacerlo jirones. En verdad, no lo
entendía.
—No soy tu responsabilidad, Drogo. No necesito tu protección. Puedo muy
bien ocuparme de mí misma. Acepta eso, y habremos encontrado un punto de
partida.
—Si no me necesitas en absoluto, entonces ¿para qué demonios me quieres? —
gritó él, finalmente perdiendo los estribos—. ¿Soy tu semental de cría y nada más?
Ninian rio con una alegría despreocupada que rebotó en los carámbanos que
cubrían los árboles.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Ahora sí nos estamos entendiendo, milord —dijo ella, con aprobación,


acurrucándose en su calidez—. Puesto que, ante tus ojos, no soy más que una yegua
de cría. Solo porque tenga las cañerías adecuadas para esa tarea no significa que sea
qué o quién.
—Eres un equipaje extremadamente molesto con demasiada inteligencia y
libertad —gruñó él—. Las mujeres de tu familia estaban locas al dejarte crecer salvaje.
—Mi familia aceptó desde que nací que crecería como crecí. La única opción
que tenían era enseñarme a utilizar mis habilidades o abandonarme para que
aprendiera sola. Mi madre prefirió el abandono. Me sentía miserable sin saber quién
o qué era, solo sabía que era diferente. Mi abuela me mostró cómo sacarle el mayor
provecho a mis diferencias.
Él acarició con la mano, pensativo, sobre el lugar donde crecía el bebé.
—Y como yo no puedo enseñarte nada, ¿no tengo propósito? ¿Qué es lo que
quieres de mí?
—Aceptación, milord. —Cerró los ojos y se recostó contra él, escuchando el
latido del corazón—. Deseo que la gente acepte lo que soy sin dejarme de lado por
mis diferencias. Eso es lo único que siempre pedí. Quizás, algún día, pueda aprender
a ayudarte con tus responsabilidades, y entonces podremos trabajar juntos.
—Correcto. Te daré los libros del negocio minero cuando lleguemos a casa, y tú
encontrarás dónde necesitamos reducir costes.
Aún no lo comprendía, pero la estaba escuchando y no la rechazaba. Era todo lo
que podía pedir, por ahora.
—Preséntame con tu administrador, y te diré si te está engañando —le contestó
soñando, medio dormida por el bamboleo del caballo y la calidez de los brazos de su
marido—. Pariré a tus hijos y te enseñaré a reír.
—¿Y si no quiero hacerlo?
—Entonces te curaré de eso también.
Ninian se quedó dormida en sus brazos, volviendo a despertar en Drogo la
terrorífica sensación de que caminaba por un precipicio, más allá del cual no sabía si
había aire, agua o canto rodado.
El matrimonio había sido una mala idea. Debería haberse quedado en Londres,
donde sabía dónde estaba parado y qué se esperaba de él.
Sin embargo, estar sentado allí con su esposa y su hijo en brazos, le traía una
alegría que no había sentido nunca hasta entonces, incluso cuando la cabeza le daba
vueltas por la incertidumbre.
De una forma u otra, resolvería el problema que representaba su mujer.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 30

Drogo cargó a su durmiente esposa hacia el castillo. Ella despertó lo suficiente


como para abrazarle, pero el dulce aliento pronto le dio calorcito en el cuello otra vez
cuando ella regresó a su sueño.
No tenía ni idea de lo que hacía junto a una mujer así. Hubo un tiempo en que
pensó que contraería matrimonio con una belleza grácil e inocente que andaría por
su vida como una mariposa, atendiendo los extraños asuntos de mujeres durante el
día, ocasionalmente calentándole la cama por la noche. Si hubiera pensado en el tema
aunque solo fuera por un segundo, se habría imaginado que ella estaría satisfecha
con un poco de halagos, un par de joyas, y toda la atención que él fuera capaz de
concederle. Estaba bastante seguro de que si su padre le hubiera dado a su mujer
todo aquello, sus padres habrían permanecido juntos.
Pero no: tenía que casarse con una demente novia campestre que pensaba que
Londres era un aburrimiento y traer niños al mundo, su tarea en la vida. En lugar de
inspeccionar su patrimonio en Ives, reunir a los hermanos para las fiestas navideñas
y explorar la rentabilidad de una empresa de navegación, estaba varado en el fin del
mundo, bailando al ritmo de la alegre melodía de su mujer, todo porque ella llevaba
el hijo que él creyó nunca tendría. Así no era como había planeado su vida.
Supuso que podría darle el gusto por unos meses. Podría explorar expandiendo
la empresa minera e investigar acerca del canal que varios de los otros propietarios
querían construir, si solo pudiera estar seguro de que Ninian se quedara en su lugar,
la obstinada moza.
Ese día no había sido una experiencia tranquilizadora, pero pensó que quizás
tendría la respuesta para ello.
Con gentileza, le cargó a través de los ondulantes pasillos hasta el jardín de
invierno en el ala trasera del castillo. No había comprendido la sugerencia de Sarah
de reconstruir el invernadero hasta que Ninian hubo entrado completamente en su
vida. Después de esos últimos meses, de observar las plantas volver a la vida cada
vez que volvía a mirar, tenía una mejor comprensión del talento de Ninian.
Con satisfacción, colocó la durmiente carga sobre el sofá que había dispuesto
para ella. «Ella nunca lo utiliza», admitió con pesar. Quizás podría atarla para no
tener que perseguirla.
Ella volvió a despertar cuando él se alejó unos pasos. Drogo observó con secreto
placer mientras los dormidos ojos azules se abrían de par en par con asombro. No
creía haber visto jamás algo tan inocentemente hermoso desde que sus hermanos
eran bebés en la cuna.
—¡Milord! —susurró ella, apoyándose sobre los codos y mirándole fijamente.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Él había ordenado que le llevasen todas las plantas en macetas hasta allí, y
después de consultar con un par de varios notables botanistas de Londres, había
encargado algunas más. No entendía el propósito ni el encanto, pero el asombro
fascinado de Ninian fue satisfacción suficiente.
—No estaba seguro de si los sirvientes estaban manteniendo la habitación a la
temperatura adecuada —admitió mientras ella continuaba con su mudo examen
desde el sofá.
—Oh, Dios. —Ninian luchó por sentarse, aceptando la mano de Drogo al
tiempo que incorporaba las imágenes y los olores de la tierra húmeda y las hojas
verdes. Se aferró a esa mano fuerte al ponerse de pie y tocar un helecho. Estaba
echando hojas nuevas, en medio del invierno.
Apretó la mano con más fuerza, sin saber a ciencia cierta si estaba soñando o
no, y rozó los dedos contra las fragantes hojas de un arbusto de laurel. El aroma
llenaba el aire.
—Nunca me imaginé... —Ni siquiera pudo encontrar las palabras cuando la
mirada cayó sobre un arbusto de rosales con un único y perfecto capullo rosado—.
¡Mis rosas!
—Les ordené que trajeran las cosas que tenías en la casa de tu abuela. No estaba
seguro de qué suerte correrían sin ti.
Ninian creyó que lloraría. Todo ese tiempo, había pensado que él no se había
dado cuenta... Si él podía ver su amor por las plantas, sin duda, sin duda, podría lograr
que viera su amor por Wystan. Y luego... No debería esperar demasiado todo junto.
Parpadeó para evitar las lágrimas y miró hacia arriba a través de una acuosa
cortina al excepcional hombre que era su esposo. Los ojos negros tenían un tinte de
inseguridad, pero por lo demás, mantenía la estoica compostura habitual. Acarició
con dedos asombrados la mandíbula cuadrada y atisbo una pequeña sonrisa
curvándole la comisura de los labios.
—No creí que tuvieras intenciones de traerme de vuelta a Wystan. —No
comprendía nada en él. Buscó en el rostro del marido algo de entendimiento—. ¿Por
qué harías algo así?
—Pensé que volveríamos aquí en el verano, y estas cosas parecían importantes
para ti.
No sabía qué decir. Nunca nadie le había obsequiado algo tan maravilloso en su
vida. ¡Había reconstruido el invernadero! Observó los paneles de vidrio sobre sus
cabezas. Podía ver el cielo azul y algunas nubes. Era como estar a la intemperie, pero
más cálido. La mirada cayó y se dirigió al suelo de losa, encontrándose con las
baldosas secretas de la luna, el sol y las estrellas. Esas baldosas eran más antiguas
que Ceridwen. Se remontaban a varias generaciones de mujeres Malcolm. Allí era
donde estaban sus raíces.
—No puedo dejar de darte las gracias —susurró—. Ni siquiera sé cómo
comenzar.
Drogo la atrajo de regreso contra su pecho y apoyó las manos sobre el bebé que
cargaba.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Tú me has dado un obsequio mayor. Estas plantas son pequeñas en


comparación.
Los lazos que habían forjado juntos se cernieron a su alrededor, asustándole
más que un poquito. Ella le pertenecía tanto como ese castillo le pertenecía a él. Le
había comprado una bonita jaula. ¿Esperaba también que cantara dulcemente y que
se mantuviera leal en el lugar donde él la pusiese? Nunca había pedido eso.
—Quizás pueda cultivar algunas de las plantas que ya no crecen en el arroyo.
—Dime qué necesitas y lo ordenaré para ti —estuvo de acuerdo él—. Quizás
puedas estar satisfecha de permanecer aquí, y no deambulando por el bosque sola.
Había dicho las palabras que ella temía. Intentó no imaginarse los lazos de seda
ciñéndose. No podía discutir con él frente a ese generoso obsequio.
—A mí me agrada deambular por el bosque —dijo gentilmente como para no
alterarle—. Pero me agradará trabajar aquí de la misma manera.
—Bien. Así no necesito preguntarme dónde estás mientras yo visito las minas.
—Él oyó solo lo que quería oír, le besó la mejilla y la liberó—. Creo que me marcharé
mientras el clima se mantenga. Los caminos son intransitables de noche, pero iré por
la campiña.
Ella no quería que se marchase. Los lazos con los cuales él la sujetaba eran
verdaderamente extraños.
Ninian se obligó a sonreír y giró para darle unos golpecitos en la mejilla.
—No te ausentes mucho tiempo. Me sentiré sola aquí sin ti. —Y eso, también
era verdad. La flecha de Cupido le había verdaderamente perforado el corazón. No
quería estar sin él otra vez. Había estado sola durante demasiado tiempo, y ese
hombre le ofrecía una comprensión mucho mayor que la mayoría de los otros.
—Será muy extraño no tener a Joseph saltando fuera de armarios y a los
oficiales arrastrando a David de regreso a casa. Me parece que no sabremos qué
hacer con nosotros mismos. —Le volvió a besar y se alejó tras sus propios asuntos.
Ninian no se atrevió a decirle que tenía cinco mujeres embarazadas, tres niños
con fiebre y una anciana enferma que atender en la aldea. Seguramente, le
encadenaría a los muros del castillo.

La primera sospecha de Drogo de que los planes habían salido mal fue cuando
regresó al castillo después de pasar una semana en las minas. Hacía poco había
aprendido los placeres de una cama matrimonial compartida y ciertamente nunca
tuvo intención de permanecer afuera mucho tiempo, pero el clima se había vuelto
malo otra vez e incluso las colinas eran traicioneras, por lo que, con sensatez,
aprovechó la oportunidad de aprender más sobre el canal que los otros propietarios
deseaban construir. Quizás debería haberse preocupado más por haber dejado sola a
la nueva esposa, pero Ninian había causado estragos en todas las teorías acerca del
matrimonio. De hecho, confiaba en ella.
Quizás había sido un poco apresurado depositar esa confianza.
Que la nueva sirvienta le tomara el sombrero y los guantes en la puerta no le

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

molestó. No tenía objeción en que Ninian contratara empleadas sin su ayuda.


Los tapices colgando sobre el pasamanos de la escalera no le molestaron
demasiado, tampoco. Comprendió que las mujeres tenían el síndrome del nido que él
no poseía, y hasta casi apreciaba los resultados.
Sin embargo, no comprendía por qué había ajetreo y bullicio en la deteriorada
habitación principal embrujada. Debería haber cerrado la maldita alcoba bajo llave.
Subió las escaleras de dos en dos y descubrió a Lydie en el primer rellano,
cargando con su hija y un brazado de ropa blanca.
—¿A dónde diablos te diriges? —exigió saber, enfadado—. Y, ¿dónde está
Ninian?
Lydie se veía sorprendida.
—No lo sé. ¿Debería saberlo? Podría estar en el invernadero, supongo.
—¿Qué está ocurriendo aquí arriba? —repitió cuando un fuerte estruendo hizo
eco desde la alcoba.
—Oh. —Lydie parecía vagamente culpable al mirar por encima del hombro—.
Están limpiando. La chimenea era una desgracia. Estoy llevando esto abajo para el
lavado. Tenga, ¿podría sostener a Henrietta? Enseguida regreso.
Aturdido, Drogo miró fijamente a la niña de ojos amplios que le tendieron con
brusquedad en los brazos. La criatura hizo una burbuja de saliva y gorgojeó mientras
él la sostenía a un brazo de distancia.
Tenía catorce años la última vez que había sostenido a un bebé. En aquel
momento, la madrastra gemía de dolor, Joseph y David habían asustado a la niñera
incitándole a esconderse y Paul bebé berreaba como si se le estuviera rompiendo el
corazón. Intentó mecerle, darle golpecitos en la espalda como había visto hacer a las
sirvientas, pero nada funcionó. La experiencia le había aterrado. Le había
desagradado sentirse impotente de ese momento en adelante.
Pues, al menos ese bebé no estaba dando alaridos. Mientras sostenía recto al
inquieto bulto con ambas manos, Drogo subió las escaleras enfadado para ver qué
demonios estaba sucediendo en la habitación embrujada. Ciertamente no había
autorizado ninguna reparación allí.
Lo primero que notó cuando ingresó fue la calidez de la habitación. Enarcó las
cejas sorprendido al ver el crepitante fuego en la chimenea, luego observó los paneles
de madera desnudos de los tapices con olor a humedad. Alguien había reemplazado
los agrietados paneles en la ventana y la luz del sol se filtraba por la extensión sin
cortinas. Se veía casi alegre. La niña se retorció con más energía y, temiendo dejarla
caer, Drogo la subió sobre el hombro al tiempo que ingresaba a la siguiente
habitación, donde había estado la cama. Los hombres que estaban trabajando en los
muros hicieron un saludo con la mano en señal de respeto y retomaron los golpes.
Aparentemente, Ninian había hecho algo de magia y los sirvientes estaban
regresando uno a uno. Las mujeres sí tenían extraños trucos para lidiar con asuntos
de ese tipo.
Si a Ninian no le molestaba esa abominable habitación, él suponía que podía
soportarlo. Eran las mujeres las que se habían quejado con anterioridad. Había creído

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

que las reparaciones constantes eran una molestia, y sospechaba que los paneles
debían ser arrancados y no simplemente pintados.
Creyendo que encontraría a Ninian en el invernadero, comenzó a bajar las
escaleras, y se encontró con Lydie, que se apresuraba hacia arriba.
—¡Oh, aquí está! —exclamó sin aliento, sin coger la criatura que él le tendía en
su dirección—. El alguacil está en el escritorio y no puedo encontrar a la niñera.
Prometí llevar al pueblo algunas de las medicinas de Ninian para la artritis. ¿Le
molestaría cuidar de Henrietta hasta que la nana regrese? Y hay una carta de Ewen
en el salón. ¿Vendrá aquí para las fiestas navideñas?
Sin esperar una respuesta, se levantó la falda y voló escaleras abajo.
Drogo notó que ya no llevaba guardainfantes ni polvo. Ninian probablemente la
tenía demasiado ocupada para tanta frialdad. Al darse cuenta de que aún cargaba
con la chiquilla, se la puso debajo del brazo y caminó enfadado hacia el invernadero.
¡Al demonio con el alguacil! Quería a su esposa.
—¡Oh, milord, habéis regresado, sí! —exclamó la cocinera al salir presurosa de la
cocina—. No tengo a nadie para revolver el budín y la pava hierve. Venid conmigo, o
se echará a perder.
Ya sin sorprenderse por el caos que la esposa aparentemente había creado en su
ausencia, Drogo precedió el gesto de la cocinera incitándole a ingresar a la cocina. No
creía que hubiera estado nunca antes en una cocina. Recorrió el lugar con una mirada
curiosa pero no pudo discernir el propósito de los utensilios metálicos y de madera
que colgaban de los muros.
La cocinera le tendió una cuchara de madera, él colocó al bebé en el otro
hombro y tomó el mango. Revolvió el contenido de un recipiente con cuidado. Olía a
budín, sí señor.
¿Por qué estaban preparando budín? Había suficiente allí como para alimentar
a un pueblo entero.
La criada de la cocina regresó cargando leña, que dejó caer al suelo cuando vio
al maléfico conde en la cocina, revolviendo el budín y bamboleando un bebé sobre el
hombro.
Cuando Drogo vio que la muchacha parecía estar a punto del desmayo, decidió
que había tenido suficiente. Tendió con brusquedad el fajo de brazos y piernas que se
sacudían en las manos de la muchacha ahora vacías, agregando la cuchara como si
fuera poco, hizo una reverencia con la cabeza y se marchó a la carrera.
No sabía cómo las mujeres lidiaban con todo, y no quería averiguarlo. ¿Dónde
demonios estaba Ninian?
En el invernadero, no. Vio evidencias de su presencia en el delantal colgando
del sofá y las semillas en parte diseminadas sobre la mesa de jardinería. Y una fila de
hierbas prolijamente etiquetadas sobre los estantes que habían dado brotes. Había
estado verdaderamente ocupada.
Sintiéndose algo aliviado por eso, se dirigió a la torre. Quizás estaba
efectivamente echándose una siesta en medio de todo ese barullo. Se suponía que las
mujeres embarazadas dormían mucho, ¿no era así?

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

El alguacil le interceptó en el gran salón antes de que tuviera la oportunidad de


alcanzar las escaleras.
—Milord, desearía una palabra con vos, si es posible.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cazando a su esposa en medio del día cuando tenía
trabajo que hacer? El aire fresco debía de estarle afectando el cerebro.
—Por supuesto, Huntly. ¿Qué sucede? —Abandonando la persecución, Drogo
cruzó la amplia extensión del prominente salón.
—Es el arroyo, milord. El señor Payton dice que debía contároslo tan pronto
como regresarais. La señora insistió en que le llevase a la fuente de la plaga. Se han
marchado hacia las colinas y no han regresado desde temprano esta mañana.
El corazón de Drogo se le deslizó hasta la garganta. Creyó que le mataría, si no
se mataba sola antes de que él llegara allí.

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Capítulo 31

—Este es el final de la propiedad del conde, milady. Podéis ver que no hay
signos de la fuente del problema. —El señor Payton estaba de pie, rígido, junto a su
plácida yegua mientras Ninian observaba fijamente el infértil páramo que daba a
colinas distantes.
—El arroyo debe venir desde algún lado —insistió ella—. Ha tenido todo el
verano para explorar. Es imposible averiguar mucho en esta época del año.
—Podría venir de la tierra de Crown, por lo que sé. O de Escocia. No hay hada
que podamos hacer más allá de esta propiedad.
—Podríamos encontrar la fuente de la peste y detenerla —dijo ella enfadada,
pateando una rama seca sobre las hojas marrones a sus pies. Sabía que no podía
caminar más ese día, y la vista de las colinas distantes le desalentaba. Necesitaría un
caballo; solo que pasarían meses antes de que naciera el bebé y ella pudiera aprender
a cabalgar.
El señor Payton tenía un caballo. Y el señor Payton estaba mintiendo. Retorció
la marchita punta de una planta de hoja perenne y las agujas le cayeron en la mano.
—Puedo regresar sola. Quiero observar un poco más los alrededores. Puede
regresar a lo que sea que se dedique. —Furiosa, se dio cuenta de que no le costó
ningún esfuerzo convocar los tonos imperiosos de la abuela. Le llegó tan
naturalmente como respirar, con mucha más naturalidad que el agradable rostro que
había llevado durante tantos años. Quizás la abuela se había equivocado al insistir en
que Ninian fuese siempre amable y no asustara al pueblo con los dones. Si tenía que
ser ella misma, entonces bien podría comenzar a practicar con ese insecto molesto.
—No puedo dejaros sola aquí, milady —contestó el alguacil, tenso.
—Por supuesto que puede. He caminado por estos bosques sola toda mi vida.
Soy una bruja, ¿recuerda? Váyase y déjeme en paz. —Mascullando por lo bajo,
comenzó a caminar a lo largo de la orilla del arroyo, tomándose más tiempo para
examinar lo que se había perdido por el apuro de llegar a la fuente de la peste.
Ese estúpido debería haberle dicho que no traspasara los límites de Drogo.
Quizás ella podía convencer a su esposo de inventar otros filtros. Pasarían meses
antes de que el bebé naciera y ella pudiese aprender a montar. Podrían experimentar
pasando el agua a través de diferentes tipos y determinar cuál era el más eficiente.
Drogo sabría cómo llevar adelante la idea.
Sin duda, le encadenaría al muro por haberse atrevido a salir.
Oyó a Payton alejarse a caballo mientras bajaba con dificultad la ladera de la
colina que él no le había permitido atravesar antes. ¡Hombres! Deberían pensar que
era un frágil adorno de porcelana. ¿Cómo creían que había sobrevivido la raza

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

humana todos esos años? Ciertamente, no gracias a mujeres que levantaban los pies y
no hacían nada durante nueve meses al año.
En la base del muro de contención, se agachó en silencio, escuchando el
borboteo del arroyo y al viento soplar a través de las infértiles ramas de los árboles. A
veces, podía oír cosas en el viento, abriéndose sus sentidos a sus alrededores.
El crujido de hojas muertas, el deslizamiento de un tronco oculto y una
estruendosa maldición no eran exactamente los sonidos que tenía en mente escuchar.
El resultante estrépito la obligó a ponerse de pie.
—¿Quién anda ahí? —gritó. Ya sabía que quien estuviera allí se había herido y
no estaba muy contento al respecto.
—El hombre del saco —contestó una profunda e irritada voz masculina—. ¿Se
encuentra bien?
—Por supuesto que sí. —Sacudiéndose hojas secas de la falda de lana, se sujetó
de un árbol joven cercano, probó la fuerza y se empujó hacia arriba. El bebé en su
interior dio una alegre patada. A su hija le agradaba la aventura.
—Por supuesto que sí —se burló la áspera voz masculina—. Es una mujer
Malcolm. ¿Por qué habría de creer lo contrario?
—Las Malcolm pueden resultar heridas, como cualquier otra persona. —
Resoplando un poco por el esfuerzo de trepar el empinado terraplén en dirección de
la voz, Ninian se sujetó a un roble para no caer y miró a su alrededor—. ¡Usted!
El hombre que asistió a la boda sin invitación yacía tendido sobre hojas
marchitas y escombros en un descolorido barranco debajo de raíces de serbal. Con
macizos brazos cruzados sobre el amplio pecho, se las ingenió para tomar una pose
magnífica y despreocupada con una bota torcida en un ángulo incómodo, con los
pantalones rajados por las piedras desnudas, mientras le observaba desde debajo de
unas cejas más imponentes que las de Drogo.
—Mi nariz se recuperó —dijo él, con tono seco—. Mi orgullo está aún herido.
—Parece ser que está magullado algo más que su orgullo. —Encontró un lugar
elevado sobre las rocas donde arrodillarse junto a él y tironeó de la bota.
—Déjele en paz —gruñó—. Solo consígame una rama fuerte y regresaré a mi
caballo.
—Los hombres Ives son testarudos en ocasiones, pero en general, no son
estúpidos. —Ninian tiró de la bota tan gentilmente como pudo pero aun así, él hizo
una mueca de dolor. Notó que no negó la conexión familiar—. El pie se hinchará y
usted tendrá que cortar una bota en perfectas condiciones si se la deja puesta
demasiado tiempo.
—Robaré otra. —Retiró la pierna de la mano de ella y con un gesto de dolor,
arrastró el rígido cuero fuera del pie—. Ahí tiene, ¿satisfecha ahora? Consígame una
rama, y regrese a donde le corresponde.
—Ya que esta es la tierra de mi marido, estoy donde me corresponde —contestó
Ninian plácidamente, tanteando los huesos del robusto tobillo—. No están rotos,
pero los tendones están dañados. Lo vendaré por ahora. Podrá poner el pie en remojo
cuando lleguemos al castillo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—No iré al castillo. —Con sequedad, quitó de un tirón la pierna del agarre de
Ninian—. Simplemente quería asegurarme de que no estuviera herida. Ahora,
continúe con sus asuntos, que yo continuaré con los míos.
Ninian ignoró las órdenes del hombre y trabajó con el dobladillo de las enaguas
y una roca hasta que logró hacer un tajo allí. Sin ningún sentido particular de la
delicadeza, levantó la pesada falda y ensanchó el agujero hasta que obtuvo una tira
de tela del largo adecuado. El hombre no podía siquiera ponerse de pie sin ayuda,
por lo que ella no le vio mucho sentido a continuar discutiendo con él.
—Sé de esto —le recordó cuando posó las manos sobre el inflamado tobillo y se
concentró. Él irradiaba dolor y ella se afanó para calmarlo—. Puedo darle corteza de
sauce cuando estemos en casa, y se sentirá mejor. No hay mucho que pueda hacer
aquí afuera.
—No iré al castillo —repitió él, apoyándose sobre los codos mientras ella le
masajeaba para quitarle el dolor—. En verdad, es bastante buena. Una Malcolm con
un talento útil es inusual.
Ninian comprendió que hablaba del dolor de la herida.
—La gente no suele apreciar nuestra perspicacia. Los hombres Ives en
particular parecen tener dificultad en entender las cosas que no pueden ver. ¿Tiene
usted un nombre?
—Simplemente llámeme Adonis y vende el maldito tobillo.
—¿Adonis? —Le sonrió y él arrugó el entrecejo como respuesta. El parecido a
Drogo era bastante impresionante. Ninian calculó que ese hombre sería varios años
mayor y un poco más pesado, puro músculo y probablemente todo entre las orejas.
No presintió ninguna malicia en él—. Los dioses griegos son una extraña raza en
estos bosques. ¿Por qué me está siguiendo?
—Por no tener otra cosa mejor para hacer. —gruñó mientras ella le ajustaba la
tela.
—¿Vive por aquí?
—No vivo en ningún lugar. ¡Acabe y desista, señora! —bramó cuando ella tiró
de la tela con todas sus fuerzas.
—Se sentirá mejor cuando haya acabado con esto. Si usted no vive en ningún
lugar, entonces no hay razón por la cual no pueda regresar al castillo. Tiene que
poner el tobillo en remojo.
—Hay miles de razones en el mundo por las que no puedo ir a su maldito
castillo. Ahora, búsqueme una rama, señora, y lárguese. Si yo estuviera en su lugar,
no le mencionaría este encuentro a su esposo. Por si no lo ha notado, los Ives tienden
a ser hombres celosos.
—Ahora, eso sí que sería realmente estúpido. —Hizo un nudo en la venda, se
puso de pie y miró a su alrededor—. Las mujeres Malcolm no podemos tolerar a los
hombres estúpidos. Con razón las leyendas nos advierten sobre vosotros.
—Si sabe eso, ¿por qué diablos contrajo matrimonio con el conde? —Maldijo
cuando se esforzó por incorporarse a una posición sentada sobre unas rocas e indicó
con el dedo el árbol marchito a la derecha—. Una de estas ramas me soportará.

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¿Podría tirarla más cerca?


—Drogo no es un hombre estúpido. —Ella revisó la rama y no se rompió.
Rebuscó en las hojas buscando una mejor—. Es en extremo considerado, pero
también es un hombre muy ocupado que simplemente tiene diferentes objetivos de
los míos. Eso no significa que ninguno de los dos esté en lo cierto o que esté
equivocado.
—Estúpido. Usted está enamorada de él. No tiene opción. ¿Qué demonios está
haciendo aquí a la intemperie arriesgando el precioso heredero, de todos modos?
Ninian encontró una rama robusta sobre un afloramiento y se arrastró hasta allí,
ignorando las abruptas maldiciones del hombre detrás de ella.
—Buscando la fuente de la peste del arroyo. Por casualidad, ¿no sabrá dónde
comienza, verdad?
Se deslizó de regreso, con la rama en la mano, y se la tendió al hombre
enfadado, quien se había puesto de pie en su aparente apuro por rescatarle de las
rocas. Ninian le ofreció una sonrisa con hoyuelos, pero él simplemente arrugó el
entrecejo con la expresión más oscura.
—No me vea con ese rostro inocente, milady. No soy tan ciego ante los encantos
Malcolm como el majadero de mi... —No terminó la oración pero tomó el palo y
probó el peso de su cuerpo contra él. Satisfecho de que le soportaría, la miró más
calmado—. La peste comienza en las minas al norte de aquí. La familia de su esposo
no les enseña a sus hijos sobre las malignidades que perpetran en la faz de la tierra en
nombre del progreso. Quizás las mujeres Malcolm puedan indicárselos antes de que
sea demasiado tarde y nos destruyan a todos.
Él se encaminó colina arriba por pura fuerza bruta, utilizando la rama para
apuntalarse. Fascinada más allá de sí misma, Ninian le siguió en el camino hacia
arriba, llevándole la bota. La camisa del hombre tenía el aspecto de haber visto
tiempos mejores, y no llevaba puesto chaleco. El largo abrigo parecía haber sido
confeccionado para un hombre más joven y más pequeño.
—¿Las minas de Drogo? —preguntó cuando llegaron a nivel del suelo—. ¿Él lo
sabe?
—Probablemente no. —El hombre— ¿Adonis?— silbó ruidosamente y esperó
—. A él solo le interesan la productividad, la rentabilidad y las cosas que podía ver y
medir. El administrador sospecha, sin embargo, y no dice nada. Le costaría el empleo
de muchas personas si las minas cerraran.
Ninian oyó el sonido de un caballo galopando hacia ellos. En pocos segundos,
él se marcharía y ella nunca se enteraría de nada más. La curiosidad no le permitió
rendirse.
—Por favor, debe venir conmigo. Drogo está afuera por negocios, si eso es lo
que teme. Aunque creo que a él le agradaría conocerle.
—No, no le agradaría. —El caballo apareció por el costado de un grupo de
árboles y él volvió a silbar. El animal aminoró la velocidad y obedientemente trotó en
dirección a ellos—. Le seguiré parte del camino para asegurarme de que esté a salvo,
pero me mantendré fuera del alcance de la vista. Si sabe lo que está bien, no le

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mencionará nada de esto al noble señor. Las espadas no son lo mío. —Tomó las
bridas de la montura y se balanceó hacia arriba.
Ninian le tendió la bota.
—Drogo no es un hombre violento —le regañó—. Y no veo razón para la
violencia. Estoy bastante segura de que él escucharía su teoría acerca de las minas.
—Y estoy bastante seguro de que clavaría una estaca en mi corazón si nos
presentaran. Es tarde. Tendrá que apresurarse si quiere regresar al castillo antes del
anochecer.
Ella quería decirle que llegaría mucho más rápido si cabalgara, pero el caballo
del hombre era un semental grande e inquieto sobre el cual no tenía deseos de
sentarse. Antes de poder formular otro argumento, trotó adentrándose en el bosque,
dejándola sola en el camino vacío.
—¡Maldito hombre! —masculló ella, buscando el lugar por donde había
desaparecido, pero sin ver ni una pizca de él.
¿Quién era y por qué la estaba siguiendo? ¿Era coincidencia que nadie hubiera
sabido de su existencia hasta la boda?
Muy extraño. Considerando la advertencia acerca de las minas, abandonó la
revisión del arroyo y siguió un camino más directo de regreso a la casa.
Ocasionalmente, sentía la presencia del hombre, pero no representaba peligro, y
podía dejarle afuera con mucha facilidad. Debería haberle amarrado y amordazado
mientras aún estaba indefenso y haber ido en busca de ayuda.
Pateando terrones helados de tierra y bullendo con resentimiento y curiosidad,
Ninian no notó los golpeteos de cascos en la distancia hasta que sintió la alarma del
extraño. Poniéndose alerta, buscó alguna señal para identificar al jinete que se
acercaba. Cuando no encontró nada, sonrió. Drogo. Bueno, esa era la única manera
de identificarle.
Moisés podría haber esculpido los mandamientos en el monumento de granito
del rostro del marido cuando le vio y lentamente bajó de la montura. «No ha traído el
palafrén esta vez», notó ella. Aparentemente no había creído que la encontraría.
—Si cabalgas de regreso al bosque, encontrarás al perdido Ives de nuestra boda
—le informó ella—. Sin embargo, probablemente escape antes de que puedas
alcanzarle.
Al parecer, creía que el comentario era tan estúpido como todo lo demás que
ella hacía y se bajó del caballo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo, mujer?
Se oyó tan parecido al hosco extraño que Ninian no pudo evitar sonreír.
Siempre se veía muy desconcertado cuando ella lo hacía.
—Suenas como Adonis. Vosotros dos debisteis de ser separados al nacer. —
Levantó la vista con el ceño fruncido hacia el macizo caballo castrado—. No montaré
ese monstruo. Estoy mucho más segura aquí abajo.
Sin extender el brazo hacia ella, Drogo tiró y obligó al caballo a girar y caminó
hacia ella. No dijo nada, y Ninian calculó que estaba forcejeando con los estribos que
no tenía. Su marido era muy bueno para esconder cualquier cosa que se pareciera a

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una emoción. Pensó que lo había hecho durante tanto tiempo que se había olvidado
de cómo expresar los sentimientos.
—Puedo hacerte perder los estribos, ¿sabes? —dijo ella, pateando terrones de
barro otra vez—. Pero tengo un poco de miedo de que el resultado sea tan explosivo
después de todo este tiempo que quizás nos hagas estallar a ambos.
—Lo que dices no tiene sentido, mujer —dijo él, rígido—. Yo no pierdo los
estribos. Sin embargo, me preocupo cuando no puedo encontrar a mi esposa
embarazada de siete meses.
Esas palabras fueron forzadas a través de unos dientes apretados. Ninian le
echó una mirada de soslayo, divertida.
—No puedes tenerme atada con una correa. Quizás estarías más cómodo de
regreso en Londres donde no sepas qué estoy haciendo.
—No creo que vuelva a sentirme cómodo nunca más. —La voz sonó vacía y
vagamente perpleja.
—Lo lamento —dijo ella, con honestidad—. Realmente, no quería molestarte.
No estabas en casa, se presentó la oportunidad y simplemente la aproveché. El
administrador no fue de mucha utilidad, pero Adonis... así es como se hizo llamar;
sin embargo, estoy segura que ese no es su nombre... Adonis dice que la peste
comienza mucho más allá de las colinas entrando en las minas, por lo que no hay
nada que pueda hacer al respecto.
Con una expresión resignada, Drogo finalmente la miró.
—En verdad no estás inventando todo esto, ¿no es así? —Se oía como si
necesitara que le tranquilizara—. ¿Esa persona Adonis realmente existe? ¿No es un
hada o algo así?
Ella rio ante su expresión desconcertada. La lógica era un camino muy estrecho
de la mente para transitar.
—Le mordí la nariz, ¿recuerdas? Es bastante real.
—¿Por qué será que eres la única que ha hablado con él jamás?
—Creo que me estaba siguiendo hoy, pero se cayó y se torció el tobillo. Me dijo
que no te lo contara, y se negó a regresar conmigo al castillo. ¿Crees que podrá ser
otro de los hijos ilegítimos de tu padre?
Drogo pensó en eso. Ninian esperó expectante.
—Sé muy poco acerca de la vida de mi padre antes de que desposase a mi
madre. Sin embargo, no me agrada la idea de que te siga. ¿Permanecerás en el castillo
de ahora en adelante?
No se oía muy esperanzado de recibir la respuesta que quería.
Ninian le cogió del brazo y le dio unos golpecitos de consuelo.
—No iré más allá del pueblo hasta que nazca el bebé, ¿está bien?
La expresión del marido se veía sombría cuando giró hacia ella.
—Tú, señora, ciertamente me volverás loco.
Ninian, sin más, sonrió.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 32

—Algo va mal, Drogo.


A regañadientes, quitando la vista del estudio de las estrellas, Drogo dejó a un
lado el telescopio y la observó con preocupación, al tiempo que su muy embarazada
esposa ingresaba al escritorio de la torre balanceándose.
Casi ya en el octavo mes de embarazo y con la llegada del riguroso clima,
Ninian había finalmente desistido de las incursiones al pueblo, para gran alivio de él.
Eso no había detenido el constante flujo de aldeanos que llegaban hasta la puerta
trasera en busca de las medicinas curativas de Ninian. Ella creía que no sabía lo de la
pequeña enfermería que había montado en las habitaciones de servicio, pero él no
ponía objeciones siempre y cuando ella cuidara de sí misma y del bebé.
Subir a la torre no significaba cuidar de sí misma.
—¿No podrías haber enviado a alguien hasta aquí arriba a buscarme? Se
supone que no deberías subir escaleras.
Ella se desplomó sobre una silla acolchada junto a la ventana y recobró el
aliento, sosteniéndose el vientre en señal de protección. El inmenso tamaño de ella le
preocupaba. Deseaba poder llevar el peso de la carga por ella. Nunca debía haberla
forzado a engendrar a su hijo. En verdad, no necesitaba un hijo. Necesitaba a Ninian.
La vida sin Ninian no tenía color. La vida con Ninian significaba flores en rincones
inesperados, hermanos que ocasionalmente se comportaban con súbito buen tino, y
noches llenas de éxtasis.
La vida con Ninian significaba un constante manar de terror cuando se
escapaba de los nidos protectores de él. Debía seguir su consejo y regresar a Londres,
de manera que no se enterara de las aventuras de su esposa.
No deseaba necesitarla, como tampoco quería necesitar a ese hijo. La necesidad
le provocaba cosas aterradoras en las entrañas que le despertaban en medio de la
noche empapado en sudor.
Pero entonces Ninian se acurrucaba con su calidez contra él, y se volvía a
quedar dormido.
Cielo e infierno, todo envuelto junto en un hermoso fajo de rizos dorados.
El fajo de rizos le arrugó el entrecejo.
—Se supone que tienes que preguntarme qué va mal, no reprenderme. Tenía
prisa y no quería tener que buscar a alguien.
Había perdido la esperanza de encontrar una mínima lógica en ella meses atrás.
Tenía cerebro. Simplemente no lo utilizaba de la manera que lo hacía él. Drogo se
dirigió hacia el asiento de la ventana, la rodeó con los brazos y la sintió relajarse
contra él. Era la única manera en que podía compartir la carga con ella.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—¿Qué va mal? —le preguntó, con la esperanza de tranquilizarla.


—No lo sé.
Drogo sonrió por encima de la cabeza de ella. Casi como si hubiera esperado
eso.
—Si algo fuera mal con el bebé, tú lo sabrías, ¿verdad?
—Sí, por supuesto. No es eso. El fantasma de la mujer está intentando decirme
algo, pero no puedo escucharle. Solo puedo sentir su presencia ahora, y está ansiosa.
Está caminando de una punta a la otra de la habitación.
Drogo suspiró.
—Te dije que no restauraras esa maldita habitación. Lo único que logra es
alterarte. Utilizaremos mi antigua habitación esta noche.
Ella enterró los dedos en los brazos del marido.
—No, sus intenciones son buenas. Quedó bastante contenta una vez que me
quedé embarazada. Nadie se ha quejado de los gritos ni de los ruidos últimamente,
¿no es verdad?
—Eso es porque hice reparar el techo y la chimenea. Si escuchas silbidos de
nuevo, simplemente es el viento norte en los viejos paneles. Deberíamos haberlos
arrancado.
—No, no es eso. —Giró la cabeza con vehemencia, golpeándole con los suaves
rizos—. Por alguna razón, tengo la sensación de que es Dunstan. ¿Te ha escrito
recientemente?
—No, pero tengo noticias de Ewen con regularidad. Me lo habría dicho si algo
hubiera ido mal en la propiedad.
—Dunstan nunca debería haber contraído matrimonio con esa estúpida imbécil.
No tienen nada en común. —Irritada, Ninian se puso de pie de la acolchada silla y
caminó de aquí para allá en la habitación—. Había albergado la esperanza de que
estuviera satisfecha con unas vacaciones de visita con mis tías.
Con paciencia, Drogo intentó seguir el camino de los pensamientos de la
esposa.
—Yo alenté a que la desposara. Como hijo menor, Dunstan necesitaba la
porción que ella traía. Ella es joven y un poco frívola. Ya se acomodarán.
—Con razón los hombres Ives no logran buenos matrimonios —se burló ella—.
Piensan con la cabeza y no con el corazón. Celia no se acomodará. Volverá loco a
Dunstan con sus demandas. Le costará mucho más que su dote. Debes aprender a
permitirles a tus hermanos que vivan sus propias vidas. —Con nerviosismo, retorció
el telescopio, luego jugueteó con las notas en el escritorio—. ¿Cómo puedo establecer
lazos de empatía con alguien que ni siquiera está aquí?
Drogo sonrió.
—No puedes. Te estás preocupando por nada, como siempre. Ahora, iremos al
piso inferior y te meteré en la cama. Necesitas dormir. —Había renunciado a
cuestionarle su «empatía», decidiendo que ella notaba a las personas más que la
mayoría de la gente.
—Dunstan debe de estar cerca —afirmó con determinación mientras él la

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

llevaba hasta la puerta.


Eso le preocupaba más de lo que quería admitir. No creía en la empatía, pero
Dunstan usualmente le enviaba noticias todos los meses. No había tenido noticias de
él desde que le había visto en Londres.
—No hay nada que podamos hacer. —Intentaba tranquilizarla, igual que a sí
mismo.
—Está sufriendo, lo sé —insistió ella—. Envía a uno de los mozos de cuadra
hasta la hostería más cercana. No hay otra explicación. Debe de estar cerca.
—Los caminos son trampas de hielo. Ningún hombre en su sano juicio viajaría
por ellos. —La levantó en brazos y la cargó escaleras abajo—. Dunstan está altamente
cuerdo, probablemente más que el resto de nosotros.
—No esta noche —susurró ella—. Envía un mozo, Drogo, por favor.
Y porque era casi Navidad, y ella estaba muy avanzada en el embarazo, así lo
hizo.

—Están aquí. —Somnolienta, Ninian codeó con suavidad a su marido que


roncaba. Drogo no roncaba fuerte, sino que respiraba profundamente. La mayoría de
las mañanas, le encantaba quedarse acostada allí, escuchándole, deleitándose en el
calor de su musculoso cuerpo masculino. Aunque ella le había dicho que era lo mejor
limitar las relaciones hasta que el bebé hubiera nacido, él insistió en continuar
compartiendo la cama. Ella no le puso, finalmente, objeciones.
Sin embargo, esa mañana, no tenía tiempo de holgazanear.
—Rápido, Drogo. Están aquí y están enfadados, y derribarán los muros si no
hacemos algo.
Con torpeza, bajó las piernas por el borde de la elevada cama. Estaría bastante
feliz cuando tuviera al bebé en los brazos y no en el vientre. Hubiera pensado que se
trataba de un contrario hombrecito Ives sentado sobre su vejiga, pero estaba segura
de que no era así. No sabía si podría soportar otro mes más de esa incomodidad.
El frío de su partida aparentemente despertó a Drogo de su letargo. Había
encendido una vela y se había calzado los pantalones para cuando ella emergió
desde detrás del biombo.
—¿Qué demonios estamos haciendo levantados a esta hora? —exigió saber al
tiempo que cogía una camisa.
Ella realmente amaba poder admirar los contornos masculinos del pecho y los
hombros mientras se vestía, pero tendría que renunciar a ese placer ahora.
Rápidamente, se vistió con la camisola que había tenido puesta la noche anterior.
—No me preguntes por qué viajarían de noche en un clima como este. Son tus
hermanos, después de todo. Supongo que podemos asumir que deseaban llegar antes
que la nieve.
—¿Qué demonios tienen que ver mis hermanos con esto?
Unos repentinos golpes y gritos en los portales de entrada contestaron esa tonta
pregunta. Ninian luchó para meterse en un vestido suelto de lana y comenzó a

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engancharse el canesú sobre los pesados pechos. Tenía el bebé bajo ahora, pero el
canesú aún era un problema.
Drogo tiró del primer gancho y lo puso en su lugar por ella.
—No creo que te hayas visto antes más radiante que ahora —murmuró él,
tomándose su tiempo en el proceso.
—Y tú debes de estar bastante ciego, milord. —Pero se sonrojó ante el cumplido,
de todos modos. Estaba aprendiendo a lidiar con el hecho de que era un conde y un
Ives y no revelaba sus emociones. Aún tenía dificultad para absorber la intimidad
física de él como hombre. Se sentía tímida y torpe cuando estaba junto a su gracia
masculina.
—Me atrevo a decir que el ruido es simplemente uno de tus aldeanos con su
esposa a punto de dar a luz. Tendremos que ordenar que las festividades Beltane
estén desperdigadas a lo largo de todo el año en lugar de una sola noche.
Ella le abofeteó la mano cuando le invadió sobre un hinchado pecho.
—Los aldeanos van a la cocina, donde saben que pueden despertar a alguien.
Tiene que ser uno de tus hermanos.
Se encaminó hacia la puerta tan pronto como él la soltó, pero Drogo la tomó del
brazo y la frenó.
—Las escaleras no, ¿recuerdas? O te cargo en brazos, o esperas aquí.
Odiaba eso. Odiaba sentirse inútil, mimada, y dejada de lado. Estaba
acostumbrada a su independencia. Hizo un mohín mientras él se colocaba los
calcetines y los zapatos. No tenía que estar tan tranquilo, maldición, cuando alguien
estaba entrando por la puerta a la fuerza. Si los visitantes hubieran tenido un hacha,
ella estaba casi segura que la habrían utilizado a esas alturas; tan fuerte era su furia.
—Espera aquí —le ordenó mientras tomaba la chaqueta y salía.
Entonces, quizás, estaba más ansioso de lo que demostraba, o se habría tomado
el tiempo de cargarla. Estaba aprendiendo a leerle... si no se perdía por una tangente
emocional propia, por ejemplo, querer clavarle un cuchillo entre los hombros por
dejarla atrás.
Con los pies descalzos, caminó hasta el pasillo y permaneció de pie en lo alto de
las escaleras escuchando a Drogo mientras quitaba la barra de las puertas.
Ninian escuchó una discusión en cuanto la puerta se abrió de un golpe.
Dunstan. También Ewen. Quizás estaba mejor allí, fuera de la vista, hasta que Drogo
les hubiera calmado. No creía que el bebé necesitara esa clase de alteraciones. Quizás
acercarse demasiado a las personas era perjudicial para la salud de la niña. Tal vez,
las subidas y bajadas que se sentían por amar a una familia numerosa eran la razón
por la cual su abuela le había aconsejado permanecer en Wystan y llevar una vida
solitaria. Ninian nunca antes había experimentado algo tan bruscamente como esa
furia Ives.
Las iracundas voces masculinas escalaban, acompañadas por los tonos más
calmos del mozo que Drogo había enviado a la taberna, y finalmente se unió un
murmullo somnoliento del ama de llaves. Ninian suspiró con exasperación y ubicó
su gran volumen sobre el primer escalón.

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—Si todos vosotros no os comportáis como gente civilizada y venís aquí a


saludarme, ¡rodaré escaleras abajo para unirme a vosotros!
No creyó que la escucharan, pero las enfadadas exclamaciones cesaron
abruptamente, como si Drogo les hubiera pescado del cuello y cortado la garganta.
Sospechaba que Drogo amaba a su familia tan ferozmente que no se atrevía a
expresarlo por miedo a quedar demasiado vulnerable como para lidiar con ellos.
Como lo había anticipado, Drogo apareció en el rellano, con Dunstan y con
Ewen firmemente sujetos del cuello mientras les empujaba escaleras arriba.
—Están ebrios y han dejado a Sarah en la hostería —anunció con disgusto
desde abajo—. Vete a la cama. La señora White y yo les llevaremos hasta sus
habitaciones. Enviaré a alguien con un carruaje para recógela en la mañana.
Ninian ladeó la cabeza y se concentró. Generalmente, no buscaba el dolor ajeno
a menos que la invocaran para sanarles, pero Dunstan nunca pediría ayuda. Bajo la
borrachera beligerante, que cualquier mentecato podía ver, él registraba un dolor
emocional tan profundo que le provocaba dolor físico. Ella cerró los ojos ante la
angustia del malestar.
—No lo creo —dijo ella con calma, intentando acomodar los pensamientos
esparcidos mientras la angustia de Dunstan le rebotaba por las paredes del cerebro
—. Envía a la señora White con un poco de café. La cocinera preparará tortas de
avena en poco tiempo. —Se atrevió a abrir los ojos para mirar a Ewen
entrecerrándolos—. Gracias por traer a Dunstan a salvo, pero será mejor que sigas a
la señora White a la cocina.
Los tres hombres le miraron fijo como si estuviera loca. Ninguna novedad. Pero
ella estaba aprendiendo que los musculosos hombres Ives se doblegaban fácilmente
ante las brisas femeninas. Con un suspiro, hizo un exagerado intento de ponerse de
pie sujetándose de una columna.
Drogo instantáneamente soltó a los hermanos y subió los escalones de dos en
dos. Dunstan se trastabilló al haber sido dejado sin sujeción. Ewen se aferró a la
barandilla de la escalera y le clavó la mirada con una sonrisa que despertaba lenta.
—Por supuesto, condesa —estuvo de acuerdo arrastrando apenas las palabras y
bamboleándose un poco al intentar una reverencia—. Café y fuego vivo para mí. —
Bajó la escalera haciendo pinos.
Drogo la ayudó a ponerse de pie.
—Me encargaré de Dunstan. Vuelve a la cama.
A veces, incluso el hombre más brillante de todos puede ser el más obtuso. Ella
se puso de puntillas y le besó la rasposa mejilla.
—Ayuda a Dunstan a ir a la sala. Yo revolveré el carbón.
Dunstan ya estaba dirigiéndose hacia abajo detrás de Ewen. Partido en dos,
Drogo miraba a uno y al otro, y rindiéndose, fue tras Dunstan.
La yesca que Ninian agregó a los carbones estaba ardiendo alegremente para
cuando Drogo guió al hermano hasta una silla y le arrojó allí. Dunstan se desplomó
como una muñeca rota y enterró el rostro entre las manos.
—Está ebrio —dijo Drogo, innecesariamente—. Nunca solía beber.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Detrás de Duncan, ella dio unos golpecitos en el brazo del marido.


—Dile a la señora White que se dé prisa con el café. Se está helando. —Drogo
entendería los peligros físicos mucho mejor que si le dijera que el hermano se estaba
muriendo de vergüenza.
Drogo negó con un movimiento de cabeza a regañadientes, admitiendo que
había poco que él pudiera hacer, y salió en busca del brebaje caliente.
Tan pronto como se marchó, Ninian arrastró una silla junto a la de Dunstan. Él
no levantó la vista ni respondió a su presencia. Rara vez lidiaba con dolientes
hombres adultos. Venían a verle por cortes y raspaduras, pero no con heridas tan
profundas que no eran visibles. No estaba totalmente segura de cómo proceder,
excepto que sabía que debía hacerlo. Era el heredero de Drogo.
—Dunstan. —En silencio, le tomó de las manos, deslizando las propias entre las
callosas palmas y el rostro. El potencial por la violencia que sentía en él era casi
insoportable, pero eso era algo que sabía controlar. Lo canalizó hacia una parte de su
mente que podía lidiar con ello mientras se concentraba en el paciente.
—Dunstan. Soy yo. Dime qué es lo que va mal.
Los puños del hombre le apretaron las manos tan fuerte que le dolieron. La
amplia estructura se estremeció por la fuerza de su tormento. La ira le quemaba tan
profundo como el dolor; sin embargo, la ira ganó la partida.
Quitó las manos de allí, se enderezó en la silla y le clavó la mirada. Toda la
poderosa ira Ives estaba escrita en el duro entrecejo y la mandíbula barbuda.
—Voy a asesinar a mi esposa.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 33

—Y feliz Navidad para ti —dijo Ewen cansinamente, mientras saboreaba el café


negro a sorbitos y estiraba las piernas junto al rugiente fuego de la cocina—. No
digas que nunca te regalo nada. Dunstan es un maldito regalo difícil de entregar.
—No creo que vayas a ser capaz de decirme por qué le entregaste. —Drogo
sirvió una copa de una infusión amarga mientras estaba atento a cualquier ruido
inesperado en la planta superior.
Ewen le fulminó con una mirada legañosa en dirección ni hermano y bebió otro
sorbito de café.
—No es un cuento bonito para estas horas. Regresa a tu omnisciente esposa y
pregúntale a ella.
Con terquedad, Drogo enterró los talones, aunque el comentario socarrón
acerca su «omnisciente esposa» le hizo sonar algunas alarmas. ¿Cómo había sabido
Ninian que Dunstan estaba cerca? ¿Y en problemas? Ella nunca había declarado ser
capaz de leer la mente. ¿Y la empatía? Negó con un movimiento de cabeza. Quizás
Sarah había escrito, y Ninian no había querido decírselo.
—Ninian estará fisgoneando la versión de Dunstan del relato. Será mejor que
expongas tu versión aquí.
Ewen gruñó algo incomprensible y se las ingenió para tragar otro sorbo de café.
Al vaciar la taza, la volcó de más.
—Cree que me acosté con su mujer.
Drogo le sirvió más, se hundió en un banco y miró fijamente a su beodo
hermano. El generalmente pulcro Ewen se veía como su hubiera sido arrastrado
sobre cada charco de barro desde Londres hasta allí. Tenía una magulladura marcada
a un lado de la mandíbula, peligrosamente cerca del ojo. A Ewen no le agradaba
estropear su bonito rostro con puñetazos, ni tenía un temperamento tan fuerte ni tan
vivo como Dunstan.
—¿Por qué? —Fue la única frase que salió de la desconcertada mente de Drogo.
¿Por qué Dunstan, su heredero, el hermano en quien más confiaba? ¿Por qué el cielo
era azul? Nada tenía sentido.
Ewen se quitó el húmedo abrigo.
—Porque Celia le dejó para dormir con todos en el pueblo y yo le dije que le
quitaría la ropa y la arrastraría desnuda por las calles de Londres si continuaba. —
Taciturno, tomó la taza de la mesa y bebió otra vez—. Ella debe haberle contado a
Dunstan una versión levemente diferente de nuestra charla. —Miró el café con
desagrado—. ¿Podríamos agregarle whisky a esto?
Excelente idea. Drogo tomó el brandy para cocinar y agregó una buena dosis en

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cada taza. Él podía lidiar con las peleas, y los carruajes explotando, y las travesuras
juveniles que los hermanos dejaban en su puerta, pero no con la confusión
emocional. Todos los fantasmas del fallido matrimonio de su padre se elevaron frente
a él. Y Ninian creía que ella tenía fantasmas.
—¿Qué tiene que ver Sarah en todo esto?
—Ella golpeó a Dunstan en la cabeza con un florero antes de que él pudiera
asesinarme, luego exigió acompañarnos como recompensa. Aparentemente, su
madre ha regresado de Escocia, así que quería correr en dirección contraria. Me las
he visto difíciles intentando evitar que Dunstan nos asesine a ambos de camino aquí.
Drogo se masajeó la frente y se preguntó cuan pronto podría acudir a Ninian
con ese relato. Luego, se preguntó por qué debería molestarla con eso. El era
responsable de sus hermanos, no ella. ¿Desde cuándo se había convertido en una
parte tan indispensable de él?
—¿Dónde está Celia? —exigió saber, deseando poder poner las manos
alrededor del cuello de la estúpida imbécil en ese mismo momento.
—Con el actual amante —contestó Ewen con gravedad.
Oh, maldición. Oh, maldición triple para los Ives. Debería haber previsto los
peligros de unirse con cualquier mujer.
Entonces, ¿por qué diablos él se creía diferente?
—¿Quién? —preguntó Drogo con mortal calma.
Viendo al asesino en los ojos del hermano, Ewen negó con un movimiento de
cabeza.
—No importa. Dejó a Dunstan y eso lo está matando. A su manera, él amaba a
la maldita perra.
Con mucho cuidado, Drogo dejó la taza. Manteniendo los hombros atrás e
intentando no respirar muy profundamente, se obligó a ponerse de pie. Había creído
que podía confiar en que los dos hermanos mayores cuidasen de sí mismos, pero
parecía que sus obligaciones eran de nunca acabar. Le llevaría todo el poder de su
posición en la Cámara de los Lores para obtener el divorcio que Dunstan necesitaría.
—El ama de llaves tendrá una habitación lista para ti. Descansa.
Cada fibra del cuerpo de Drogo protestaba al tiempo que salía a grandes pasos
rígidos de la cocina. Confiaba en la estabilidad y la sensatez de Dunstan. El hermano
debería haber echado a la puta mentirosa de la casa, como su padre había hecho con
su madre. Gruñó al ver cómo el círculo se cerraba sin fallas.
¿Cómo podía Dunstan amar a Celia? ¿Cómo podía un hombre tan sensato como
su hermano amar a una estúpida mujer como esa? O a cualquier mujer, en realidad.
Las mujeres servían para calentar las camas y llevar hijos en el vientre. Los hombres
simplemente no les podían permitir que gobernaran la casa. Eran pura emoción y
nada de lógica.
Como Ninian.
Oh, Dios, nada de todo aquello tenía sentido. Necesitaba distancia. Eso
funcionaba mejor. Se encargaría del problema de Dunstan, luego regresaría a trabajar
como debería haber hecho, en lugar de ceder ante el capricho de su esposa. Que ella

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cuidara de las plantas y se ocupara de ella misma, igual que lo haría él. Tenía
negocios y una familia de quienes ocuparse. Con la distancia apropiada, su vida no
sufriría más interrupciones irracionales.
Con la separación adecuada, podría lidiar lógicamente con Ninian y sus
debilidades, como Dunstan había fallado en lidiar con Celia. La relación emocional
era similar a la brujería: pervertía los procesos del pensamiento, cegaba a los
hombres sanos de los caminos correctos, les incitaba a hacer cosas que nunca antes
habrían considerado hacer si hubiesen estado bien de la cabeza. Si Dunstan no se
hubiese enamorado, nunca habría consentido a su esposa llevarle a Londres y guiarle
a la tentación.
Si Drogo no hubiera sucumbido a la desesperada necesidad de tener un hijo,
nunca habría llevado a Ninian a la cama, nunca habría abandonado a su familia, y
Dunstan no estaría ahora en ese problema. No podía permitir que sus deseos y
necesidades le cegasen sus responsabilidades otra vez.

Ninian levantó la vista cuando el marido ingresó a paso firme como un


autómata de hierro que Ewen podría haber inventado. Drogo solo inclinó la cabeza
en dirección a ella, tomó el codo de Dunstan y le arrastró fuera de la silla.
Cuando ella intentó detenerle, el marido se sacudió para quitarle de allí.
Dunstan se veía como si estuviese de pie debajo de la soga del ahorcado, enderezó
los hombros y, con un frío saludo inclinando la cabeza hacia ella, salió de la
habitación por sus propios medios. Sin decir palabra, Drogo le siguió, cerrando la
puerta con firmeza tras ellos.
Ninian no necesitaba leerle las emociones para analizar esa acción. El marido
acababa de dejarla fuera de su vida y de su familia. Otra vez.
Con la mirada fija en los sombríos paneles que los obreros tenían que quitar
aún, le rezó a los espíritus que habitaban en el lugar para que la guiasen.

Después de averiguar que Drogo se había encerrado en la torre, Ninian subió


con rebeldía las angostas escaleras para arrinconarle en su guarida. No podía
recordar haber exigido nunca nada a nadie, pero había reunido fuerzas y se negaba a
permitirle a Drogo que regresase a ser un monstruo distante sin presentar batalla.
—Haré instalar una puerta y un cerrojo en la base de esas escaleras si no dejas
de subir —le dijo con frialdad cuando ella ingresó, sin levantar la vista de los cálculos
matemáticos sobre el escritorio.
—Dunstan se está muriendo por dentro —le rugió a él, a ella misma, a la
estupidez de la familia Ives al completo—. No puedo ayudar con esa clase de dolor.
Te necesita, Drogo. —¿Cómo podía demostrarle que sabía cómo se sentía Dunstan,
que sabía que estaba sufriendo, a pesar de que nunca se lo admitiría al frío y
pragmático hermano?
—No hay nada que un procedimiento de divorcio no pueda solucionar. Tú,

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esposa, regresa a tus plantas y pacientes y déjame a mí lidiar con los problemas de mi
familia.
—¡Divorcio! ¿Esa es la solución de tu familia para todo? —Indignada por la
negación del marido al dolor de Dunstan, sintió deseos de arrojarle algo, despertarle,
arrancarle el corazón del pecho y mostrarle que tenía uno.
Pero no tenía ese poder. La había reducido al rol de esposa otra vez. La había
escuchado y traído hasta allí, y se habían unido más que nunca en los pasados meses.
Y ahora, estaba negando que esa intimidad hubiese existido jamás.
—Milord, te estás comportando como un estúpido detestable otra vez, ¡y no lo
consentiré! —Con un amplio movimiento de la manga adornada con encaje, Ninian
mandó a volar por los aires todos los papeles del escritorio. El frío desprecio en la
expresión de Drogo al girar hacia ella fue peor que la furia—. ¡No soy una imbécil
indefensa para ser frecuentada y tratada cual yegua de cría! Dunstan es ahora mi
hermano tanto como el tuyo, y si tú no lo ayudas, ¡lo haré yo!
Drogo se puso de pie, y sujetándole los agitados brazos, la alzó del suelo y la
llevó hacia la puerta y escaleras abajo.
—Milady, me traes más problemas que todos mis hermanos juntos. Si no te
mantienes alejada de estas escaleras, te encerraré en tu habitación.
Los débiles intentos de patear y balancearse no produjeron ningún efecto, salvo
una mueca de dolor cuando le cogió de la trenza y tiró con todas sus fuerzas.
Aprovechando esa única ventaja, enroscó los gruesos rizos alrededor de la palma de
la mano y se sujetó de allí al tiempo que él la depositaba en la habitación del amo. No
le permitiría marcharse fácilmente.
Sin decir palabra, la tomó de la muñeca y la giró hasta que los dedos de Ninian
se aflojaron; luego, salió a paso firme de la habitación, con el rostro de granito tan
inamovible e inflexible como su mente.
¡Maldición! Si ella fuese una verdadera hechicera, le conjuraría un embrujo, le
convertiría a él en sapo y a la maldita torre en un nenúfar donde pudiese croarse a sí
mismo todo lo que quisiese. Estúpidos, estúpidos, estúpidos y ciegos hombres Ives.
Arrojó el diario íntimo de Ceridwen contra la puerta y se echó a llorar.

—Es víspera de Navidad. —Ewen entró sigilosamente al escritorio y se arrojó


sobre el asiento junto a la ventana. Atrapados por la nieve y el hielo, Dunstan y él se
habían evitado el uno al otro durante la pasada semana—. ¿No deberías estar en la
planta baja celebrándolo con los demás?
Drogo ajustó la lente del telescopio y aguzó la mirada más profundamente en el
cielo nocturno.
—No os veo a ti y a Dunstan allí abajo.
—Ninian ha colocado acebos vivos para decorar el salón, y todo el pueblo está
cabeceando en busca de las manzanas. Prometió un budín flambeado y sidra con
especias. Sarah está tocando el piano y habrá baile. ¿Has bailado alguna vez con tu
esposa? —Ewen jugueteó con un compás entre los dedos.

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Drogo no giró. En ese momento, no estaba siquiera durmiendo con Ninian. La


había dejado en la habitación del amo y los fantasmas y él habían regresado a su
antigua alcoba. Era mucho más sensato de esa manera: ella con sus actividades, él
con las suyas. Necesitaba quitar unas manías de su teoría de unión en matrimonio.
Era imposible estar cerca de Ninian y no desearla. Era imposible no desearla y no
querer más. «Más» parecía implicar una participación emocional que no podía darse
el lujo de sentir, por lo que la unión no parecía ser una alternativa.
—No creo que bailar fuese una posibilidad para ella a estas alturas —dijo sin
inflexión.
—Con Ninian, creo que cualquier cosa es posible. Su familia es... extraña.
Gruñendo evasivamente, Drogo dejó el telescopio a un ludo para regresar al
escritorio y apuntar unas anotaciones. De acuerdo con sus cálculos, debería poder ver
su planeta otra voz en unas pocas semanas.
—Toda la familia Malcolm son unas cabezas de chorlito. Las peculiaridades se
desarrollan en las familias que se crían muy unidas, y las Malcolm estuvieron
aisladas aquí durante eones. La familia real debería investigar ese negocio de las
familias criándose juntas. —Tildó otro ítem de su lista.
—Sarah obligó a Ninian a que le entregara a Dunstan un amuleto.
Drogo dejó caer la pluma y clavó la mirada en el hermano.
—¿Un amuleto?
Ewen se encogió de hombros.
—Una pequeña bolsita de hierbas para llevar alrededor del cuello. Ninian le
dijo que el amuleto le ayudaría a juntar la pena y la ira de manera que pudiese
depositarlas en la bolsita, que no podrá ser un hombre racional hasta que no se
despojase de los malos humores.
Drogo puso los ojos en blanco y tomó la pluma nuevamente.
—Mujeres cabeza de gusano. Hazte un favor y mantente alejado de ellas. ¿Qué
hizo Dunstan con esa paparruchada?
—La tiene al cuello. Está ayudando a Ninian a llevar rocas rodando hasta el
arroyo. Ella dijo que tú no tenías tiempo para ayudar, pero que le habías dicho cómo
hacerlo. ¿Una especie de sistema de filtro?
Drogo se masajeó la frente. Sentía como si estuviese a punto de estallar fuera de
la piel con todas las constantes demandas aporreando a su puerta. Simplemente
quería paz y tiempo para pensar, para alejarse, para darle a su mundo la forma
sensata y lógica que alguna vez había tenido, antes de Ninian.
—Haré que Payton contrate a alguien para mover las rocas. Dunstan estará bien
una vez que se dé cuenta de que está desperdiciando su pena con una mujerzuela
como Celia.
—Drogo, no creo que estés entendiendo —dijo Ewen con un poco más de
firmeza al tiempo que el hermano regresaba a su trabajo.
Impaciente, Drogo volvió a levantar la mirada.
—Dunstan cree que Ninian es bruja —dijo Ewen, dejando el compás con
gentileza sobre el escritorio—, y que Ninian le está ayudando. No ha bebido en días.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Las gruesas cejas de Drogo formaron una tormentosa nube.


Ewen se apresuró a continuar.
—Ella le dijo que es nuestro deber proveer un heredero. Por lo que Dunstan se
está manteniendo sobrio y amablemente se frena de asesinarme mientras esperamos
a ver si tú tienes un niño, que por supuesto, todos sabemos que así será. Supongo que
él cree que eso le dará la libertad de matarme a mí, o a Celia.
Drogo se preguntaba si la sidra con especias que su esposa estaba sirviendo
contendría una fuerte dosis de brandy. No podía creer que su sensato y cuerdo
hermano creyera en esas mentiras.
Él sí podía creer que Ninian estuviera completamente convencida de que el
bebé era una niña y que estaba salvando a ambos, a Dunstan y a Ewen, de sus
estupideces.
De pie, cogió el descartado abrigo mientras Ewen le observaba.
Drogo se lo colocó y ajustó el pañuelo alrededor del cuello.
—La mujer es una bruja, pero no de la manera que tú crees. Ven conmigo,
hagamos que Dunstan se humille un poco más. Escúchame lo que te digo: los condes
en esta familia necesitan aprender humildad.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 34

Ninian observó más con ira que con temor al tiempo que su marido descendía
las escaleras con las oscuras cejas enarcadas en forma de nubes de tormenta. Había
pensado que la temprana partida de Ewen de las fiestas navideñas no presagiaba
nada bueno, y el rostro de piedra de Drogo verificó su instinto.
Ella habría estado feliz de discutir el asunto con él si Drogo no la hubiera
ignorado durante toda la semana. Podría haber regresado a la casa de su abuela y
criar gatos, por todo lo bueno que traía aparejado estar casada con un hombre como
él.
Sí, debería haberse mudado a la casa de la abuela. Al menos allí no tendría
lacayos apostados en todas las escaleras, impidiéndole que las utilizara.
Pero, en rebeldía, decidió que no quería vivir sola. Aunque debía reconocer que
la última semana viviendo con Drogo la había dejado más solitaria de lo que se había
sentido jamás en toda la vida. Extrañaba el humor mordaz, la conversación atenta, la
presencia física en la cama. Vivir sin el Drogo que ella había llegado a conocer la
mataría, sin duda, si no encontraba una alternativa. Quizás, si él no podía darle el
amor y la aceptación que tanto ansiaba, podría obtener algo de satisfacción en su
familia, que era definitivamente más abierta.
Al observar a Drogo descender con la expresión de granito, se dio cuenta de
que ella nunca había exigido lo que deseaba hasta ese momento. Siempre había
aceptado lo que la abuela le decía, lo que los aldeanos pensaban de ella, lo que la
familia quería. Pues bien, era hora de que todo eso cambiase. Ciertamente no podía
continuar viviendo de esa manera por siempre.
Haciéndole cosquillas a la gata en la barriga, observó a Drogo inspeccionar la
silla que Ewen había enganchado al pasamanos con poleas. Si Drogo quería
desperdiciar sirvientes cuidando las escaleras, al menos ahora eran útiles al subirle y
bajarle en el artilugio de Ewen.
La risa explotó alrededor del muérdago cuando el panadero atrapó a Lydie con
las manos llenas de masa y le plantó un beso en la mejilla. Tartas y pastelitos salieron
volando por doquier y a continuación, se produjo un barullo caótico cuando los
niños del pueblo corrieron tras ellos.
El pueblo estaba de lo más inhóspito en esa época del año, con la munificencia
del verano muy lejos detrás de ellos y los peores meses del invierno aún por venir.
Ninian no le permitiría a Drogo arruinar la diversión de la fiesta. En lugar de mirarla,
echó una mirada a Sarah conversando con Mary. Al menos, Sarah no era una
verdadera Ives. No podía causar demasiados problemas. Aunque darles silbatos a
todos los niños ciertamente causaría algunos dolores de cabeza.

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—¿Estoy invitado a esta reunión?


La presencia de Drogo golpeó a Ninian con tal fuerza que ella pudo sentirle
dentro de sí, donde yacía su corazón. Ya no necesitaba buscar las emociones del
marido para saber dónde se encontraba. Podía sentirle de maneras que no podía
sentir a nadie más. No se molestó siquiera en girar para mirarle. Continuó
acariciando al gato.
—Es tu casa —dijo ella—. Apenas si puedo prohibirte tu presencia aquí.
—Inmensamente práctico. —Arrastró una silla junto a ella y observó a dos
niños corretear y esconderse detrás de las faldas de su madre—. ¿Los niños me ven
como un ogro?
—No te han visto antes y cualquier cosa nueva puede ser aterradora, incluso
para los adultos. —Acomodó la falda para que la gata pudiera partir, ahora que ya
había obtenido la requerida porción de atención.
—¿Dónde está Dunstan?
—En la cocina, girando el espetón.
—¿Está en la cocina? ¿Por qué demonios no está aquí afuera en lugar de estar
haciendo el trabajo de los sirvientes?
—Dudo que me entendieras o me creyeras si te lo dijese, por lo que no debes
preocuparte. Se está manteniendo ocupado, y escondí todo el alcohol.
—Soy capaz de entender su dolor —contestó, con rigidez.
—Tal vez, pero no tiendes a compartirlo. El resto de nosotros, pobres mortales,
simplemente tendremos que revolcarnos en nuestra debilidad emocional mientras tú
persigues intereses más pretenciosos e intelectuales.
—Hago lo mejor que puedo para mantener a mi familia. Es todo lo que
cualquiera podría pedir.
—Ciertamente. —Acordó, inclinando la cabeza con un amable movimiento;
luego, hizo una seña a un pequeño niño que sujetaba con fuerza un silbato nuevo
para que se acercara—. Ven aquí, Matthew, muéstrame lo que has ganado.
Bordeando a Drogo con cautela, Matthew se subió al regazo de Ninian y con
orgullo le mostró su última adquisición. Rila sintió a Drogo ponerse rígido a su lado,
e instintivamente, sin pensarlo un segundo, depositó el niño sobre las piernas del
marido.
—Muéstrale a lord Ives cómo juegas, Matthew.
Para el asombro de Ninian, Drogo se quedó helado. No mostró evidencia de
saber cómo sostener al niño, cómo manifestar interés en el niño, cómo hablar siquiera
con él. Con los ojos abiertos de par en par, niño y hombre se miraron con
incertidumbre.
Drogo había pasado la mitad de su vida manteniendo a los hermanos, pero
nunca había aprendido cómo demostrarles su amor. Para calmar el nerviosismo del
marido, Ninian se reclinó sobre el brazo de Drogo y colocó el silbato en los labios de
Matthew. Él lo sopló brevemente, luego se escabulló del regazo de Drogo y corrió en
busca de su madre.
—¡Tienes seis hermanos! —exclamó ella, con impaciencia—. ¿No les has cogido

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

ni jugado con ellos ni una vez?


—Tienen madres y niñeras para que les cojan —contestó sin mirarle—. Ni que
yo fuera el padre. No era más que un niño.
La imagen era demasiado clara y dolorosa. Privado de la madre a una temprana
edad, privado de la compañía de los hermanos más cercanos a él, luego privado de la
compañía de los hermanos más jóvenes por la desconsolada madre y un batallón de
sirvientes durante los primeros años de ellos, a Drogo nunca le habían enseñado el
afecto y la comprensión de una familia unida y cariñosa. Nunca había sido aupado
en manos cálidas y mugrientas, o acurrucado de pequeñito en sus brazos. Que
manera más horrible, horrible, de crecer. Al menos ella tuvo a los niños del pueblo
para abrazar, y a sus primas menores, cuando iban de visita.
Las lágrimas le bordearon los ojos cuando se alejó de él y le sintió relajarse. Ella
misma le ponía nervioso. Él no sabía cómo lidiar con una mujer emocional que
gemía, regañaba y pretendía comprensión. Podía acostarse con ella y protegerla, pero
no sabía cómo amarla. Ella estaba empezando a dudar si alguna vez lo lograría.
—Lo lamento —susurró ella.
Él la miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Por pedirte mucho más de lo que puedes dar. —Con tristeza, le plantó un
beso en la mejilla y se puso de pie para retirar a la hija de Lydie de debajo de la mesa
del banquete.
Apenas importaba ya que él no le pidiera bailar cuando los violinistas
comenzaron a tocar la siguiente melodía.

Enero, 1751

—Será mejor que te apresures y tengas ese bebé de una vez para que puedas
subirte entre las sábanas de tu esposo otra vez —dijo Lydie—. Está a punto de
arrancarles la cabeza a los sirvientes. Incluso Ewen se enojó con él y se marchó a la
mina en lugar de quedarse aquí un minuto más.
Lydie colocó con eficiencia y prontitud una sábana limpia en la cuna vacía de la
enfermería. Ninian acababa de regresar de despedir a su último paciente.
—Le pedí a Ewen que revisara el agua de las minas para ver si podía localizar la
fuente del daño —dijo ella—. Me temo que muchos de estos bebés están naciendo
demasiado temprano por el agua. Nunca antes ha sucedido así.
Cansada, Ninian se sentó en una silla y dejó que Lydie hiciese todo el trabajo
físico. Realmente necesitaban contratar más ayuda. Sarah no tenía mucha inclinación
por la partería.
—Ewen despidió a todas las criadas con un beso, pero ni siquiera intentó
besarme a mí —se quejó Lydie—. Debo haber perdido todos mis encantos. Me he
vuelto vieja y decrépita.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Ninian sonrió ante la vanidad.


—Tienes apenas diecisiete. Tienes un par de años más antes de que la
decrepitud se instale. Y le advertí a Ewen que haría que le dispararan si jugaba con
tus sentimientos. Ten un poco de respeto por ti misma y los hombres te respetarán.
—¿De qué me sirve que me respete a mí misma? —rezongó Lydie, mientras
colocaba la sábana—. Hacen una educada reverencia con la cabeza, mantienen la
distancia y se marchan a juguetear con sus filos y contraen matrimonio con las mozas
que les eligen sus madres. Y las madres nunca eligen a las mujeres como yo.
Ninian acabó de apuntar las notas del tratamiento que había utilizado para la
tos del último infante que había atendido y volvió a ponerse trabajosamente de pie.
—Si estás cansada de vivir aquí, pensaremos otra cosa que puedas hacer una
vez que se abran los caminos. Pero te necesito aquí durante un tiempo más, si no te
molesta.
Lydie soltó la sábana y corrió a abrazarla.
—¡No quise sonar tan rencorosa! Amo este lugar. Amo a los bebés, y quiero
ayudarte con el tuyo. Simplemente estoy enfadada con Ewen y cansada de que
Drogo me atraviese con la mirada.
Ninian le correspondió el abrazo.
—Debes golpear a un Ives en la cabeza con una larga vara para ganarte su
atención. En cambio, encuentra a alguien que te ame, te adore y te venere a tus pies.
Las varas largas son una pesada carga.
—Y los hombres Ives son terribles para elegir a las mujeres a quienes cortejar.

Un sarcasmo dicho arrastrando las palabras les interrumpió desde el umbral de


la puerta.
Cubierto de mugre por trabajar duro en el arroyo, Dunstan estaba reclinado
contra el marco de la puerta, viéndose tan hosco y despeinado como un oso alterado.
Ninian se dio cuenta de que él estaba allí, pero esos últimos días había estado tan
inánime que había albergado la esperanza de animarle un poco. Realmente no podía
estar esperando el momento de asesinar a Ewen o a Celia. Era un hombre demasiado
sensato para ello. Sin embargo, el orgullo Ives debía ser saciado de algún modo.
Quizás podría convencerle de que ella tenía un amuleto para borrar los pecados.
—¿Hay algo que podamos hacer por ti? —le preguntó, en tono agradable.
—¿Además de estrangular a tu marido? Probablemente no. Pero hay alguien en
el bosque que requiere tu presencia.
—¿Quién? —exigió saber—. No puedo ir al bosque, o Drogo me pondrá los
grilletes.
—Y con toda la razón, me atrevo a decir. Creo que debo insistir en
acompañarte. —La sospecha se veía escrita con facilidad en toda su expresión.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Ninian llevó las manos al aire.


—¡Todos vosotros estáis locos! Todos y cada uno de vosotros. ¿Por qué este
visitante no viene hasta aquí como cualquier ser decente... —Abrió los ojos de par en
par cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir—. ¿Adonis?
—¿Es así como se hace llamar? —Dunstan se irguió y frunció el entrecejo aún
con más oscuridad—. Bastardo es más adecuado. Si la desesperación con la que el
hombre se dirigió a mí es medida de algo, será mejor que veas qué desea.
Ninian detuvo la protesta de Lydie con una palmada en el brazo.
—Estoy bien. No estará lejos. Los hombres Ives pueden tener todos cabezas de
piedra, pero cuidan de los suyos.
—Yo no lo hice —masculló Dunstan cuando la tomó del brazo y la ayudó al
salir por la puerta.
—Incluso los hombres Ives tienen límites —Ninian contestó, de manera cruel—.
La próxima vez, elige a una mujer que te ame.
—No habrá próxima vez.
—Siempre hay una próxima vez; si no es en esta vida, será en la que sigue. Dios
puede perdonarte los errores, pero espera que aprendas de ellos. —Se inclinó
pesadamente sobre el brazo del hombre, forzándole a adaptarse a los pasos de ella.
Ninian entendía su dolor y amargura, pero ella no tenía que sufrir por los errores de
Celia. Dunstan necesitaba una mujer que pudiera blandir una vara robusta para
derribar los muros de ira en él.
—Entonces Dios debe haberte enviado para hacerle pagar a Drogo por sus
defectos —refunfuñó Dunstan—. ¿Cómo demonios has escondido a ese Adonis de
él?
—No lo hice. Como cualquier Ives, hace lo que se le viene en gana. ¿Le
convierto en rana?
—Diría que es hongo usurpador si aclama ser un Ives.
Ninian le miró, incrédula.
—¿Cómo puedes dudarlo?
Cerró los labios con gravedad y no dijo más.
Ella tuvo que sonreír cuando llegaron a un claro no lejos del grupo de abedules
que ella había estado mirando con nostálgicos planes de un jardín. Adonis tenía su
extenso y masculino armazón desparramado sobre unas rocas con moho, muy
parecido a un rey de las hadas supervisando el reino mientras esperaba que se
presentaran sus encargados.
—Veo que su bota no muestra signos de deterioro —dijo divertida cuando ese
extraño Ives se puso de pie con indiferencia, no para faltarle el respeto a ella, supuso,
sino para intimidar a Dunstan, quien le clavaba la mirada con ferocidad. Por mucho
que estos hombres la hacían sentirse frustrada, no podía entender cómo había vivido
sin el entretenimiento constante que proveían.
—Expreso mi gratitud para con usted, milady. —Adonis hizo una perfecta
reverencia mientras mantenía un ojo cauteloso clavado en el acompañante.
—Si tuviese el adecuado respeto por la condesa, no le forzaría a salir con este

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

clima, sino que iría a su puerta como cualquier persona civilizada —le amonestó
Dunstan.
Ella echó una mirada de advertencia en dirección a Adonis mientras sostenía el
brazo de Dunstan con más fuerza.
—Os convertiré a ambos en sapos si no os comportáis. Bien, ¿qué es lo que
desea decirme?
—¿Además del hecho de que contrajo matrimonio con uno de una familia de
dementes autodestructivos? —Con las piernas abiertas, los brazos cruzados sobre el
macizo pecho, Adonis estudió el comportamiento desconfiado de Dunstan con
diversión.
—¿Supongo que el insulto se aplica a usted también? —replicó Dunstan.
—Claro que sí, de otro modo, no estaría aquí.
—¡Basta! ¡Los dos! Estoy agotada de esta postura. Podéis insultar vuestro linaje
una vez que me haya marchado. Por ahora, dígame qué es lo que necesita saber, y así
podré regresar a mi fuego.
Al ser recordados de la delicada condición de la mujer, en un santiamén se
replegaron de las posiciones de batalla, aunque ninguno de los dos se veía
particularmente avergonzado por el descuido.
—Lo lamento, pero creí que le agradaría saber que la mina de su marido es
directamente responsable de la contaminación del arroyo. Para localizar nuevas
vetas, están bombeando agua llena de sedimentos de carbón del suelo y arrojándola
por la colina que drena directamente al arroyo. Los Ives nunca han pensado en la
tierra que mutilan, ni en los efectos de tal mutilación.
—Eso es una maldita sarta de menti... —Dunstan levantó puños cerrados, pero
se detuvo de inmediato cuando Ninian le cogió del brazo y gimió. Un ceño fruncido
por el dolor le arrugaba la frente mientras intentaba mantenerse erguida.
—¿Ninian? —Lleno de terror, la cogió de la cintura para sujetarla.
Con el ceño arrugado por la preocupación, Adonis dio un paso adelante, pero
Ninian le alejó con un gesto. Jadeando, dejó que el dolor pasara y se irguió.
—Le agradezco su advertencia. Le he pedido a Ewen y a Drogo que
investigaran el asunto. Apreciaría su pudiese guiarles, ya que no me toman en serio.
—Al ver a Adonis tensarse y echarse atrás ante la petición, ella desestimó con un
ademán—. Lo entenderé si no puede. Yo estaré un poco... indispuesta... durante un
tiempo, pero haré lo que pueda.
—Mis disculpas, milady, no debí haberla molestado. —Echándole una mirada a
Dunstan con profunda preocupación, preguntó—: ¿Le ayudo a llevar a la condesa a
la casa?
Vacilante, estudiando al extraño, Dunstan negó con un movimiento de cabeza.
—Drogo está en el pueblo. Envíe a alguien por él. Creo que el bebé se ha
adelantado.
Ninian habría sonreído ya que el moreno extraño se veía petrificado; luego, se
recuperó lo suficiente como para asentir y marcharse a la carrera, pero la siguiente
contracción fue rápida y feroz, y ella casi no pudo contener un grito de dolor.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

El bebé no solo venía adelantado, sino que también tenía prisa.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 35

—Será mejor que ordenes preparar unas habitaciones de huéspedes —dijo


Ninian distraída al tiempo que Drogo entraba corriendo en la habitación del amo,
casi rompiéndose el cuello por el gato que se le enroscó en los talones. Lo levantó del
suelo y lo depositó sobre una silla, donde el animal se acurrucó contento.
—Dunstan me dijo... —comenzó a decir, pero la esposa, ocupada en otros
asuntos, descartó la interrupción con un ademán de la mano.
—Mi familia tiene la tendencia de presentarse sin avisar. Lo lamento, debería
haberte informado de ello.
¿Qué demonios tenía que ver su familia con esto? ¿Por qué demonios no estaba
ella en la cama? Maldita mujer...
Quizás se había equivocado al pensar que podría superar la maldición Ives,
pero eso no significaba que no pudiera proteger a su hijo. Si la turbada esposa no se
acostaba en ese momento, el niño caería de cabeza al suelo. La acechó con cautela,
con la esperanza de capturarla sin pelear.
Ella caminaba de un lado al otro frente a un crujiente fuego en la habitación del
amo, vestida con nada más que una desgarbada camisola. Esperando que el hijo se
cayera en cualquier momento, Drogo no podía evitar clavar la mirada en el vientre
de la esposa.
—Necesitas estar en cama —dijo con firmeza, sin saber de dónde era seguro
sujetarla.
Ella le arrojó un anotador en las manos.
—Será mejor que hagas una lista. No quiero olvidarme de nada. Adonis dice
que la mina está causando problemas...
—¿Adonis? —rugió Drogo. O creyó haber rugido. Nunca había rugido antes.
Arrojando el anotador a un lado, sujetó a su obviamente histérica esposa por encima
de la inexistente cintura, e intentó llevarla a la cama, donde debía estar.
Ella se escabulló de las manos de su esposo, se sujetó al respaldo de una silla y
comenzó a respirar profundamente y a cantar por debajo del aliento.
El terror casi le vuela la tapa de los sesos cuando Drogo reconoció el dolor que
de repente tensó las pálidas mejillas de Ninian. Las maldiciones que arrojó colmaron
la alcoba, pero no se atrevió a tocarla hasta que soltó la silla.
Finalmente, comenzó a respirar con facilidad y se irguió.
—Cada cinco minutos. Tenemos tiempo. Toma nota, Drogo. No puedo hacer
todo.
¿Ella no podía hacer todo?
—Maldición, ¡no puedes hacer nada! —explotó—. ¡Se supone que estás pariendo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

un hijo!
—Ahí está el temperamento que no tienes —le recordó, tomando un libro muy
viejo con cubierta de cuero de los estantes que había llenado con ejemplares de la
biblioteca de la abuela—. Nunca he hecho esto para mí misma. Lamento que suceda
tan pronto. Contaba con que mis tías llegaran a tiempo.
Abrió el libro en una página marcada.
—Tendrás que recitar la ceremonia de bienvenida. Quizás pueda decirla
contigo, si hablas lo suficientemente lento.
—¿Ceremonia de bienvenida? —gritó. En lugar de sujetar a la maníaca esposa,
Drogo se hundió ambas manos en la cabellera y tiró para asegurarse de que no estaba
soñando. O teniendo alucinaciones. ¿Estaba a punto de parir al bebé sí o no?
Si así era, ¿por qué demonios no estaba acostada en la cama, rodeada de
mujeres?
—Siempre le damos la bienvenida a las nuevas Malcolm —le contestó,
encogiendo los hombros con indiferencia—. Parece que facilita el trabajo de parto.
Me parece que no estoy lidiando muy bien con el dolor. No tenía ni idea... —Dio un
grito ahogado y se dobló por la mitad.
Esta vez, el rugido de él atrajo al resto de la casa corriendo.
Para cuando ellos llegaron, Drogo tenía a Ninian en la maldita cama. Estaba
aferrada al libro mientras jadeaba, cantaba y se retorcía en agonía. Él creía que el
dolor de su esposa le arrancaría el corazón y los pulmones del pecho si no cesaba
pronto. El sudor le humedecía los rizos dorados para cuando se enderezó y le volvió
a tender el libro.
—He marcado el lugar. Puedes comenzar cuando quieras. Tu hija tiene prisa.
—Mi hijo, señora, no necesita ninguna estúpida superstición cantada sobre su
cabeza. —Drogo giró y clavó la mirada en Lydie, quien estaba de pie en el umbral de
la puerta trayendo un recipiente con agua humeante—. ¡Ayúdale! —exigió.
—No hay nada que pueda hacer todavía —dijo Lydie simplemente, dejando el
recipiente.
El rostro de Ninian se veía pequeño y extremadamente frágil contra los cojines.
El enorme bulto del vientre pareció colmar la cama cuando Lydie le cubrió con una
sábana. Drogo tragó en seco. Ninian era demasiado pequeña. Incluso él podía
notarlo. Había creído que era una campesina saludable pero no, era más como un
espectro transparente que se luiría añicos al más mínimo sonido. El mero viento
aullando en la nefasta habitación podría romperla.
—Ninian —susurró cuando ella cerró los párpados de venitas azules sobre las
adorables lagunas de sus ojos. La piel parecio como el más fino vidrio cuando él la
rozó con los dedos, e igual de frío.
Abrió los ojos de repente y le regaló una vaga sonrisa.
—Me temo que no seré muy útil durante un tiempo. Dunstan debe encargarse
del filtro, si eres tan amable de asegurarte que se haga adecuadamente. Quizás, si
envías a buscar a Ewen... —Se mordió el labio y respiró profundamente, con la mano
cubriendo el bajo vientre a fuerza de instinto.

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—¡A la mierda con el arroyo, y con Dunstan y todo lo demás! Solo diles a estas
desorientadas mujeres qué hacer para que ayuden a traer este hijo al mundo a salvo.
—Drogo podía percibir a varias de las mujeres del pueblo en las sombras a sus
espaldas. Dunstan estaba en algún lugar del fondo, también. No podía concentrarse
en ninguno de ellos.
Ella sonrió débilmente.
—No pueden hacer otra cosa que esperar, milord, como tú. Te iría mucho mejor
si me escucharas al menos esta vez.
—Pues bien, escucho. —Con firmeza, empujó una silla y gesticuló a alguien
para que le alcanzara el abandonado anotador. Eso era algo físico que él podía
manejar.
Con obediencia, tomó cuidadosas notas mientras Ninian divagaba. No tenía
idea de lo que estaba escribiendo o de lo que ella estaba diciendo, pero el mero
ejercicio de aplicar la pluma al papel era suficiente para calmarles a ambos, hasta que
ella gimió y, arqueándose, se aferró a la ropa de cama. Entonces, pluma, anotador y
tinta volaron por el aire cuando la sujetó.
Mientras una criada se apresuraba a limpiar el desorden, Drogo se transportó a
la cama y sostuvo a su esposa con torpeza, sin saber cómo consolarla pero dándole lo
que podía, mientras Ninian se mordía para no gritar y se aferraba a las mangas de la
chaqueta de él. La agonía de ella le quemaba, y no podía imaginar cuánto peor sería
para ella. El hijo la estaba partiendo en dos. Él estaba matándola.
Seguramente, moriría si ella moría. Eso dejaría a Dunstan como heredero.
Aferrándose a ese pensamiento con frenesí, Drogo buscó al hermano al tiempo
que la contracción mermaba y Sarah se apresuraba a secar la frente de Ninian. No era
nada bueno en ese asunto de dar consuelo. Necesitaba algo sólido donde hincar los
dientes. ¿Dónde estaba Dunstan?
Sin pronunciar palabra, Drogo se puso de pie de la cama y avanzó a codazos
entre la multitud de mujeres hasta que localizó a Dunstan caminando de un lado al
otro frente al fuego, en la sala.
—Si el niño muere, y Ninian muere con él, no tendré otro —le anunció cuando
Dunstan giró para mirarle. Contraer matrimonio con Ninian fue la primera cosa
egoísta que hizo en su vida y había creado un desastre. Debería haberlo sabido.
Con la mirada vacía, Dunstan no dijo nada.
Drogo tenía deseos de sacudirle.
—Alguien debe ocuparse de nuestras madres, de las propiedades, de los más
jóvenes. Cuento contigo. ¡No me decepciones! —le ordenó.
—Vivirás y seréis cientos —contestó Dunstan con amargura—. No me mires a
mí.
—¡Estoy seguro de que la estoy matando, más de lo que alguna vez has soñado
con matar a Celia! —No gritó. Estaba seguro de que no había gritado. Caminó de un
lado al otro, sin atreverse a enfrentar al hermano con su temor, sin atreverse a ver el
mismo dolor en los ojos de Dunstan. Toda la vida se las había ingeniado para
mantener el miedo y el dolor a raya concentrándose en lo que podía hacerse con

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lógica. No sabía cómo lidiar con el miedo ni con el dolor cuando no había parámetros
lógicos para aferrarse. Si hubiera podido tirar del niño él mismo en ese momento, lo
habría hecho.
El viento sopló por la chimenea, lanzando brasas por el hogar. Drogo tomó el
atizador y empujó los carbones más hacia el fondo. Allí había algo que podía hacer.
—Maldición, creí que había ordenado arreglar esto.
—Las mujeres tienen hijos todo el tiempo. Ninian vivirá —dijo Dunstan, con
crueldad—. Tendrás tu heredero. No me necesitarás.
Drogo le ignoró, perdido en su propio descubrimiento.
—No nos importa un comino lo que le hacemos a las mujeres, siempre y cuando
plantemos nuestra semilla. Esa es la maldición Ives. Aramos, plantamos y nos
marchamos, satisfechos de haber cumplido con la tarea, cuando ellas son las que
trabajan duro y se esfuerzan, y producen obedientemente nuestra prole hasta que el
suelo se vuelve infértil y agotado por el esfuerzo. Nosotros las matamos —anunció
con vehemencia—, de una forma u otra.
—¿Deberíamos rotar el cultivo? —preguntó Dunstan—. ¿O los campos? Eso era
lo que hacía nuestro padre.
Un grito hizo eco a través de las habitaciones oscurecidas, rebotando en los
muros. Con creciente terror, Drogo giró sobre los talones y regresó a la habitación
principal.
Ninian estaba acostada serenamente, con los ojos cerrados.
Salvaje, Drogo miró a su alrededor. El grito le había hecho añicos el cerebro.
¿De dónde había provenido? Quizás el viento silbó por las grietas de la piedra detrás
de los paneles. La forma quieta sobre la cama atrajo la frenética mirada del marido;
aún respiraba.
Se relajó con cautela cuando Ninian abrió los ojos. Para su horror, ella dio un
repentino grito ahogado, levantó las piernas y se aferró al vientre en agonía. El grito
se unió al anterior, que aún resonaba en su mente.
O en los muros. La escena frente a él se alejó en la distancia. Observó a las
mujeres rodear la cama, vio la cascada dorada de rizos atravesando la pila de cojines,
supo que era su esposa dominada por la agonía de dar a luz a su hijo; sin embargo, él
ya no estaba con ellas. Estaba de pie, apartado, observando desde lejos, separado,
como había estado la noche que la había conocido, como siempre estuvo.
El viento aullaba, las cortinas se englobaban hacia adentro por la corriente de
aire y el fuego en la chimenea producía chispazos. Ninian se retorcía de dolor, y él
solo podía estar de pie allí, a una distancia impotente.
La ira ante su inutilidad le obligó a actuar. ¿Por qué nada de esa habitación era
confortable? Drogo caminó a grandes pasos junto a la cama y corrió las pesadas
cortinas por la varilla para buscar la fuente de los aullidos del viento. No vio nada
más que el negro vidrio de la noche y el reflejo de la llama de la vela.
La chimenea. Con determinación, cogió un atizador. Un golpe sólido a la piedra
soltó siglos de argamasa seca. Volvió a arremeter, esperando destrabar la obstrucción
que causaba el lamento del viento. Golpeó las piedras hasta que el atizador se dobló

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

y se rompió y el viento aulló a través de todas las partículas de su cuerpo, de la


misma manera que los gemidos de Ninian llenaban la habitación.
Una nube de hollín colapso sobre el fuego, volando hacia afuera, cubriendo
todo con una película de negrura. Las mujeres gritaron y le reprendieron y
conversaron entre ellas como urracas. El fantasma seguía aullando. Podía oírlo. Giró
sobre sus talones, pero Ninian había vuelto a sufrir un colapso sobre las sábanas.
Sarah le miró como si él estuviese loco y continuó aplicando paños fríos a la frente de
Ninian.
—Léele el libro, Drogo. —Indicó al volumen sobre la silla con un movimiento
de cabeza.
Los libros, los rezos y las estúpidas ceremonias no detendrían los aullidos.
Tomó el hacha de la chimenea y caminó por la habitación, buscando el origen
de los gritos fantasmales. Sarah debía haber plantado silbatos en los muros con el
único propósito de volverle loco. Probablemente ahora mismo se estaría riendo a
escondidas.
Dunstan le cogió del brazo e intentó llevarle hacia afuera, pero Drogo se
sacudió y se liberó.
Localizó un nudo en el panel podrido y dio un hachazo, astillando la madera.
¿Por qué no había reparado esos muros a esas alturas? No permitiría que Ninian
sufriese la incomodidad del viento. Él era el amo allí. Mandaría a revocar las paredes.
—Se ha vuelto loco —susurró una de las sirvientes al tiempo que Drogo daba
hachazos en los paneles hasta que se salieron y se despegaron del muro.
—Es la mujer fantasma —susurró otra—. Aún acecha este lugar. Dice que
vuelve locos a los hombres Ives.
—Nunca le he visto perder la compostura —Sarah le murmuró a Dunstan con
horror y deleite—. ¿Qué diantres le sucede?
La comisura de los labios de Dunstan se curvó con gravedad.
—Una mujer. El hermano mayor finalmente ha encontrado una que se le ha
metido bajo la piel y no sabe cómo manejarlo. —Observó, mientras el sumamente
lógico y sensato hermano rompía el grupo de habitaciones a pedazos, persiguiendo
algo que nadie podía ver ni escuchar, salvo él.
—¿No deberías hacer algo? Llévale a la planta baja —ordenó Sarah.
Dunstan se cruzó de brazos y negó con un movimiento de cabeza.
—No, señora. Estoy disfrutando de todo esto.
La frágil figura en la cama parecía ajena a la destrucción. Superando otra
contracción, extendió el brazo para tomar el libro que el marido había abandonado.
Incluso Dunstan oía el aullido del viento en la chimenea.
—Drogo —dijo Ninian suavemente—. Apresúrate, por favor. Necesito las
palabras.
Palabras. Drogo parpadeó. Con la mirada en blanco, observó el hacha en las
manos, luego levantó la vista hacia el lío tremendo que había causado en la alcoba.
Absorbió la expresión de Sarah de horror y confusión. Perplejo, dejó el hacha a un
lado y giró en dirección a la voz que le llamaba.

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—Las palabras, por favor —susurró entre jadeos, tendiéndole el libro cuando él
retornaba junto a la cama.
Las palabras no tenían poder. Eran simples... palabras. Drogo observó
inexpresivo la antigua página. De memoria, Ninian comenzó a recitar la primera
línea.
Viendo que la agonía le arrugaba la frente una vez más, Drogo se apresuró a
ofrecer el siguiente verso, leyendo lentamente, de manera que ella pudiese seguirle
entre respiración y respiración.
—Viento y lluvia, pena y calamidad, huid de este nacimiento. Traed la felicidad.
Ninian sonrió y pareció relajarse, incluso mientras se retorcía con la presión que
le contraía y le oprimía las entrañas. El aullido del viento desapareció, al tiempo que
Drogo se concentraba en Ninian.
Juntos, leyeron todo el tonto ritual de flores y árboles, nacimiento y vida. Drogo
ignoró cuando ella tomó una bols-ta de hierbas aromáticas del sostén y las
espolvoreó sobre las mantas. Él decía las palabras siempre y cuando le calmasen.
Sentado en la cama frente a su esposa, dándole la espalda a las mujeres, Drogo
leía bajo la titilante luz de la lámpara, bloqueando el lamento del viento y los aullidos
de la chimenea. Ninian extendió la mano y apretó los suaves dedos, él leyó más
fuerte.
—Gracias —murmuró, los ojos azules se abrieron y enfocaron directo al rostro
del marido, justo antes de ella levantar las rodillas y gruñir tan profundamente, que
él hubiese jurado que el sonido provenía de las entrañas de la tierra.
—Aquí viene —gritó Lydie con excitación—. Empuja con más fuerza, Ninian.
Con el cabello enredado y húmedo de sudor, luchando contra el dolor, Ninian
no quitó la vista de los ojos de Drogo.
Con el corazón en la boca, él se aferró de la mano de su esposa con ambas
manos y deseó poder darle su fuerza, vertiendo todo su poder en los delgados dedos.
Podía jurar que ella sonreía más ampliamente debajo de las lágrimas.
—Te amo, Drogo.
Las palabras le susurraron a través del cuerpo incluso cuando el rostro de
Ninian se estrujó de dolor y el grito partió el aire.

Ella lo había dicho una vez antes, pero él no le había escuchado. No lo había
creído. No podía creer que lo dijera de nuevo, no después de todo lo que él había
hecho para alejarla.
Se suponía que debía guardar la distancia. Él debía estar en la planta baja,
emborrachándose, esperando que las mujeres le trajesen el anuncio del nacimiento
del bebé. ¿Qué demonios estaba haciendo allí, escuchando palabras que nunca había
deseado? Se aferró a la mano de ella cuando el grito murió, pero los ecos acecharon el
aire.
El llanto débil de un infante llenó el silencio que siguió al desplomarse Ninian.
Yacía prácticamente inmóvil. Con preocupación, Drogo buscó el parpadeo de

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

una pestaña, la inquieta elevación del pecho.


«Ninian, por favor», rogó dentro de su cabeza, donde nadie más que él mismo
podía oírle. No podía demostrar su temor, pero estaba allí, creciendo más grande y
más profundo y arañándole en el pecho con terror mientras la mano de ella yacía
floja en la de él. «Ninian, no me dejes solo».
Los párpados se movieron, y amplios sollozos le estremecieron el cuerpo entero
a Drogo.
Bajó la cabeza y la apoyó sobre el pecho de su esposa y lloró como el bebé que
ella acababa de parir mientras la mano de ella le apretaba la de él.
—Alana —le dijo ella al oído en un suspiro de satisfacción.
La luz se vertió sobre él. Drogo ya no escuchaba los aullidos. La serenidad le
colmó con una fuerza que no había conocido nunca. No era una fuerza física, sino
algo muy diferente, cuando levantó la vista y miró los brillantes ojos azules de
Ninian.
—Alan —declaró con firmeza, sujetando la conexión invisible entre ellos y
aferrándose a ella con todas sus fuerzas—. Ninguna niña tan pequeñita podría aullar
de esa manera.
Ella le estudió durante un momento; luego, desvió la mirada con asombro hada
el bebé que Lydie le tendía. Los rugidos que manaban del bulto ciertamente tenían
un tono masculino.
—Tu hijo, milady —anunció Lydie con orgullo, colocando el berreante e inquieto
infante en los brazos de Ninian.
Obviamente sorprendida, Ninian retiró en envoltorio del infante para verificar
lo que no podía ser. Parpadeando estupefacta al ver la evidente masculinidad del
hijo, sonrió con orgullo de madre, le arropó con la ahora húmeda toalla alrededor de
él, y elevó el bebé de cabellos oscuros para admiración de Drogo.
Cuando él se atrevió a retirar la punta de una sábana para observar mejor a su
aullante cría, ella murmuró con burla.
—Tampoco tiene mal humor, milord.
La sonrisa de Drogo casi le parte el rostro en dos.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 36

—Tienes tu heredero, Drogo —pronunció Dunstan con abatimiento, al


inspeccionar al bebé en brazos de Ninian al día siguiente—. Con ese cabello, no cabe
duda de que es un Ives.
—Si hubiese sido una niña, no habría habido dudas —contestó Drogo, resuelto,
acariciando un rizo oscuro en la cabeza del bebé tentativamente.
—Deberías alegrarte de que no sea una Malcolm, puesto que todas las Malcolm
son... —Ninian parpadeó, se mordió los labios para no decir «brujas» y miró al hijo
con curiosidad—, son rubias —corrigió.
¿Era seguro? Ella no tenía forma de saberlo. Que se pudiese recordar en la
historia, ninguna Malcolm había tenido jamás un hijo varón. Por supuesto, ninguna
Malcolm había contraído matrimonio con un Ives en años. ¿Era esa la verdadera
fundamentación de la leyenda? Si una Malcolm engendraba un Ives, ¿había algún
peligro de que el niño tuviese los dones Malcolm? ¿Un brujo Ives? ¿O se les llamaba
hechiceros?
Oh, Dios. Ninian estudió los labios como un capullo de rosa que succionaban
ávidamente del regordete puño. ¿Podría él leer emociones como lo hacía ella? ¿Era
sensible a las auras, como la prima Christina? ¿Cómo se daría cuenta ella,
especialmente si resultaba ser tan reservado como su padre?
Había sentido la gratitud y el alivio colmando la habitación la noche del
nacimiento de Alan, pero ¿qué le decía eso a ella? Recorrió con la vista los muros que
Drogo había descubierto. A la luz del día, un maravilloso mural había emergido
representando árboles y druidas. Quizás eso era lo que el fantasma de la mujer había
querido mostrarles, pero no eran los sentimientos del fantasma lo que ella necesitaba.
Dirigió la atención a su enigmático marido. Había llorado la noche anterior.
Había perdido completamente su serenidad arrogante y se había hecho añicos.
Excepto que había sido un solo momento entre todos los demás que les precedían.
No podía dar a luz a un bebé cada vez que quisiese saber cómo se sentía.
¿Y qué había de ese bebé? ¿Ignoraría Drogo a su hijo como ignoraba al bebé de
Lydie? ¿Ignoraría las verdaderas necesidades del niño del mismo modo que ignoraba
las de los hermanos? ¿Le enseñaría a Alan a ser tan frío y distante como él? Si no
podía amarla a ella, ¿podría amar a su hijo?
Levantó la vista hacia Drogo, quien no había dejado de sonreír desde el
nacimiento del niño. Él no tenía dudas, eso era seguro. Tenía lo que él creía que
deseaba. Que él lidiase con eso.
Ella le tendió el bebé para que lo aupara.
—Estoy cansada —le dijo con su mejor sonrisa de hoyuelos—. Cógele tú.

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Vio el pánico en los ojos del marido, la renuencia al bajar la vista al indefenso
infante retorciéndose en las sábanas. Otras mujeres podrían suponer que los hombres
tenían un solo rol que jugar en la creación y crianza de un hijo, pero ella no tenía esa
idea equivocada. Él quería un hijo, por tanto cuidaría de él tanto como ella. Y
aprendería a amarlo en el proceso.
—Simplemente extiende los brazos —ordenó ella—. Coloca una mano bajo la
cabeza.
Con Dunstan como divertido espectador, Drogo no tenía opción. Torpemente,
intentó rodear al bulto con las manos y lidiar con la floja cabeza a la vez. Sorprendido
por el cambio de posición, Alan gimió en protesta.
Frenético, Drogo intentó devolver el niño a los brazos de Ninian.
—Quiere estar contigo.
—No sabe lo que quiere. —Con impaciencia, ajustó las mantas, pero se negó a
cogerle de regreso—. Debemos enseñarle a quererte a ti también. Es un Ives,
¿recuerdas?
El niño pateó la sábana descubriéndose los pies y Drogo intentó ajustaría,
presuroso. En cambio, unos pequeñitos pies rosados emergieron de un largo camisón
de lino, agitando las piernas en libertad.
—No puedo hacer esto —dijo Drogo entre dientes, haciendo equilibrio con una
cabeza de oscuros rizos y tirando del camisón y la sábana mientras hacía malabares
con el incómodo bulto sin dejarle caer—. Tengo que ocuparme de...
—Tu hijo —interrumpió Dunstan, mirando por encima del hombro del
hermano con un deje de diversión—. Es grande. Estará trepando las murallas del
castillo en lo que canta un gallo. No puedes pedirle a Ninian que le siga. —Dunstan
giró hacia ella—. Has hecho un muy buen trabajo, condesa. Mis felicitaciones. Ahora,
debo partir.
—¡No! —dijo ella con brusquedad, cogiéndole por sorpresa—. No hasta que el
agua del pueblo esté a salvo. Una vez que la nieve comience a derretirse y lleguen las
lluvias de primavera, el arroyo volverá a crecer, y Drogo no puede hacerlo todo. Es
hora de que todos vosotros aceptéis vuestras responsabilidades y dejéis de actuar
como niños. Se lo debéis a Drogo.
Sorprendidos, ambos hermanos se quedaron mirándola fijamente. Ella les
sostuvo la mirada. Podía tener la mitad de su tamaño y no ser de ninguna manera
tan formidable como ellos, pero por el amor de Dios, se saldría con la suya en eso.
Drogo logró equilibrar la cabeza del hijo en el hueco del codo mientras tiraba de
la sábana para cubrirle los pequeños pies. Enarcó unas inquisidoras cejas en
dirección al hermano y a la esposa, pero optó por dejarles la discusión a ellos. Él ya
tenía las manos ocupadas.
—Y una vez que salvemos el agua, siempre que tal cosa sea posible, supongo
que habrá otra tarea que deba cumplir para pagar esta deuda de nunca acabar. ¿No
es verdad? —preguntó Dunstan con sequedad.
—Drogo se ha ocupado de esta familia toda la vida —contestó Ninian—. Os ha
provisto de todos vuestros bienes materiales. ¿Qué hicisteis a cambio? Vuestra deuda

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

es tan enorme que no podéis ni pensar en pagarla en un futuro cercano. Un hombre


honorable intentaría pagar sus deudas.
La furia ardió en los oscuros ojos de Dunstan. Podía sentir la vergüenza aún
inundándole, pero la simple furia oscura Ives colmó el aire.
—Creí que tu intención era ayudarme, milady —gritó él, arrancando la bolsita del
amuleto del cuello y arrojándosela a ella—. Es la última vez que confío en una mujer.
—Salió tormentoso, cerrando la puerta de un golpe.
Drogo presuroso intentó devolverle a Alan para poder salir tras él.
Con testarudez, ella cruzó los brazos sobre los pechos.
—Dunstan es un hombre adulto y hará lo que le venga en gana, sin importar
cuánto interfieras. No puedes ayudarle. Sin embargo, tu hijo te necesita. Es tu
elección.
Mudo de asombro, Drogo quitó la vista de ella en dirección a la puerta y de
regreso al infante gimoteando en sus brazos. La derrota le colmó la mirada al abrazar
al hijo y acercarle contra su pecho.
—Quizás ambos nos arrepintamos de esto —le advirtió él.
—Dudo que ninguno de nosotros viva su vida sin arrepentimientos. —
Cansinamente, Ninian apoyó la cabeza sobre el cojín y rezó por estar haciendo lo
correcto al alejar a la familia de Drogo. En lugar de simplemente tolerarla, Drogo
podría acabar odiándola.

Drogo se sentó frente al fuego, meciendo al hijo mientras observaba a la esposa


dormir. Su hijo. Su esposa.
Deseaba encontrar esa distancia otra vez, el tranquilo planeador desde donde
podría mirar hacia abajo a las posesiones y las responsabilidades y manipularlas
como los hombres en un tablero de ajedrez. El niño en los brazos se lo impedía.
Estudió las facciones dormidas de Alan. El bebé ya había encontrado el pulgar y
lo succionaba en sueños. Las redondeadas mejillas de infante no evidenciaban las
cuadradas mandíbulas de hombre que algún día poseería, pero la beligerante
mandíbula daba la pista de una fuerte influencia del temperamento Ives. De algún
modo, tenía que guiar a ese niño a la adultez, enseñarle la responsabilidad y los
deberes, alejarle de los peligros y las dificultadas de la vida, como había fracasado al
hacerlo por sus hermanos.
Ninian se movió contra los cojines, atrayendo su mirada hacia ella y alejándolo
de sus taciturnos pensamientos. Con las cortinas corridas, la luz de la luna se volcaba
sobre la cama, atrapándole los dorados rizos e iluminándole las translúcidas
facciones. Ya no sabía qué pensar de ella, en realidad nunca lo había sabido.
Intentó analizarla como había intentado analizar el problema con el arroyo, con
los mismos funestos resultados. Trató de pensar en ella como en un cálculo
matemático donde dos más dos daba siempre cuatro, pero eso tampoco había
funcionado. Los humores de Ninian le guiaban el comportamiento tan erráticamente
como el viento.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

¿Cómo podía permanecer distante de un hijo que necesitaba su constante


orientación y de una esposa que demandaba atención con su mera presencia? No
podía.
Ninian le había acusado de controlar a su familia, y tenía razón. Se sentía
mucho menos indefenso cuando podía controlarles el comportamiento con el
garabato de una pluma en una nota bancaria.
No podía manipular a Ninian o a su hijo de esa manera. Harían lo que les
viniera en gana, sin pensar en él. Ella podía dejarle en el instante que quisiese
hacerlo. Por la cautela con la que le miraba, él debería preguntarse si no lo estaba
considerando ya. El pensamiento le aterró hasta la médula. Si el hijo que tenían
juntos no la ataba a él, ¿cómo podría conservarla y aun así mantener esa distancia
que necesitaba para sobrevivir?
Como si hubiese escuchado el pánico en sus pensamientos, Ninian abrió los ojos
y le sonrió soñolienta, dándole un golpe certero al corazón del que nunca se
recuperaría.
Nunca podría dejarla, pero ella podía marcharse en cualquier momento. Estaba
condenado. Las esposas Ives siempre se marchaban.
Con frenesí, buscó alguna manera de atarla a él. Bajando la vista hacia el
durmiente hijo, pensó que la respuesta yacía ahí, de algún modo. Ninian no desearía
ser separada de su hijo.

—Parece que te hubieras tragado un limón, milord —bromeó Ninian cuando


Drogo se presentó junto a la cama, cargando al gimiente hijo.
—El mocoso ha colmado el pañal y ninguna de las niñeras apareció para
encargarse del asunto —gruñó, tendiéndole el empapado bulto.
—Podría enseñarte —se ofreció ella.
Él le alcanzó un paño seco y volcó agua tibia en un recipiente, pero dio un paso
atrás disgustado ante la oferta.
—De ninguna manera, señora. Traeré a alguien aquí arrastrándole de los
cabellos primero.
No sabía qué había sucedido con él, pero había sido el hombre más amable y
considerado del mundo en el pasado mes. Aun así, se negaba categóricamente a
cambiar pañales sucios.
Le perdonaría esa única debilidad. Alan pateaba, chillaba y sofocaba a todo el
mundo a su alrededor cuando estaba a disgusto, y el hambre y los pañales sucios le
disgustaban. Con habilidad, ella le tomó de las agitadas piernas y le acomodó las
prendas a su agrado.
—El amo Alan necesita aprender a tener paciencia —observó ella una vez que el
niño estuvo limpio y seco y chupaba con gula de su pecho. Aún le costaba creer que
hubiera engendrado un hijo, pero la fuerza y el hambre del bebé evidenciaban que
era hijo de su padre, sin duda.
—Lord Alan —corrigió Drogo. Ante su mirada inquisidora, explicó—: El hijo

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

mayor de un conde lleva el título de cortesía de «lord». Si mi título incluyera un


vizcondado, entonces sería lord Wystan, pero tengo dos títulos de conde, en cambio.
Ninian desdeñó el comentario.
—Tiene tantas posibilidades de ser un lord como tus hermanos. Granujas
descerebrados, todos vosotros. —Echó una mirada ansiosa por la ventana—. ¿Aún
sigue nevando?
Arrancando la vista del desnudo pecho, Drogo caminó inquieto hacia la
ventana.
—No, ha parado, pero nadie entrará ni saldrá durante un tiempo, apostaría.
Ella reconoció la inquietud masculina. Se las había ingeniado para sumergirla
en el trabajo, pero ella le había atrapado mirándole con ansias más de una vez
durante las pasadas semanas. Estaba agradecida de que no se hubiese llevado a otra
mujer a la cama, como muchos hombres hacían, pero aún tenían problemas que
resolver antes de que ella se rindiera ante esa mirada otra vez. No acabaría como la
madre de Drogo, cargada con hijos perpetuamente y ningún marido presente.
—¿Y Dunstan? —preguntó ella con suavidad.
—No puede marcharse, del mismo modo que tu familia no puede llegar. Está
durmiendo con los caballos ahora mismo para quitarse la borrachera. Parece que
encontró un compañero de bebida en algún lugar. —Se encogió de hombros y
regresó a revolotear sobre ella mientras alimentaba a Alan.
La mirada imperturbable de Drogo le calentó la piel, y Ninian sospechó que él
lo sabía. Una sonrisa en ciernes le curvó la boca cuando ella intentó acomodarse el
sostén de una manera más modesta.
—No puedes ocultar lo que te dio la naturaleza —notó él con satisfacción
mientras se despatarraba sobre una silla junto a la cama.
—No necesitaba darme tanto —dijo Ninian entre dientes.
Él llevaba una camisa sin mangas y un chaleco, con la camisa desabrochada
para revelar la fuerte columna de la garganta. Ninian permitió que su mirada vagase
hasta la bragueta de los pantalones, y tragó en seco al ver el bulto allí. La mirada de
él siguió la de ella cuando Ninian se apresuró a volverla al rostro del marido.
—¿Debería decir lo mismo? —le preguntó, con el rostro impertérrito—. Apenas
puedo esconder el hecho de que extraño compartir tu cama.
—Tú eres el que se ha marchado —dijo ella, de manera cortante, cambiando a
Alan al otro pecho a pesar de la soñolienta protesta—. Quizás, es mejor que dejemos
las cosas como están. No te cargaría con más responsabilidades.
La luz de chanza huyó de los ojos de Drogo.
—Y yo no te usaría para mi conveniencia ni te mataría con las agonías del parto.
Puedo mantener las braguetas cerradas.
Oh, Dios. Cuando decía esa clase de cosas, le recordaba cuánto le amaba, sin
importar cuan exasperante, calculador, o una simple cabeza de muía vieja pudiera
ser. Amaba al hombre detrás del frío porte, al hombre vulnerable que debía aprender
a sostener al niño que adoraba. Pero ese hombre era tan inaccesible como el
Himalaya.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Si no lograba enseñarle a amar, ¿qué clase de futuro podrían tener?


—Ciérralas por al menos un mes más —acordó ella. Quizás no podía amarle en
la misma manera que ella le amaba, con cuerpo y alma, pero ella creía que le tenía
afecto a su manera. Tal vez era un don Malcolm amar tan profunda y completamente,
y no debía esperar que los otros lo correspondiesen. No pensaba que él alguna vez le
creyera, todo evidenciaba lo contrario, que ella tuviese habilidades más allá de lo
natural, y si él no podía aceptarla como era, tampoco podía esperar que la aceptara
como algo más que alguien que le mantenía la cama caliente.
Drogo respiró profundo y quitó la vista de ella para estudiar el fuego con
atención.
—Un mes. Para entonces, ¿estarás lo suficientemente recuperada para viajar?
Debería haber sabido que hablarían de eso.
—Será marzo. Los caminos estarán pantanosos. —Ella estaba más preocupada
por el arroyo y las inundaciones, pero sabía que no debía mencionar un tema difícil a
continuación del otro.
Él enarcó una rizada ceja en dirección a ella.
—Si pudimos viajar a Wystan bajo el aguanieve, podemos hacer el camino de
regreso en el barro.
La abuela le había dicho que ella pertenecía a Wystan, que la gente la necesitaba
allí. Ella necesitaba ser necesitada. Sentirse necesitada. Por supuesto, si Drogo la
necesitaba...
Las lágrimas del marido durante el nacimiento de Alan le habían generado
esperanzas, pero Drogo era un Ives inmensamente autosuficiente, hombres que se
enorgullecían de conquistar y lograr. Ella solo tenía amor que ofrecer. ¿Podría él
aceptar eso?
Parecería que no. Nunca respondía a sus palabras de afecto.
Cuando quitó a Alan del pecho y se abotonó el sostén, miró los amplios
hombros del marido casualmente encorvados contra el respaldo de la silla, las largas
y musculosas extremidades estiradas sobre la alfombra, y dudó de la posibilidad de
que Drogo alguna vez necesitara algo. El noble señor ya lo tenía todo, incluida a ella.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Capítulo 37

—El agua ha rebosado las orillas —declaró Dunstan legañoso, en la sala del
desayuno donde Drogo y Ninian cenaban.
—Oh, querido. Temía que eso sucediera. —Ninian dejó caer la cuchara y se
puso de pie—. Y está lloviendo. Con toda la nieve derretida, pronto estaremos
sentados sobre una enorme ciénaga. Dunstan, ¿crees que puedes enganchar el
carromato? Debemos evacuar el pueblo.
Drogo se había puesto de pie de un salto a la par de ella.
—Tú no harás tal cosa.
Dunstan negó con un movimiento de cabeza.
—No puedo. Hay enfermedades. El bebé se contagiará.
—¿Enfermedades? ¿Cuáles son los síntomas? —Con ansiedad, Ninian hizo una
bola con la servilleta entre los dedos.
—¿De qué otro modo la gente sabe que está enferma? Hace grandes líos por
todos lados y miente y gime —contestó Dunstan, sin la debida atención.
—¿Fiebre? ¿Tiene fiebre? —Ninian exigió saber, ansiosa.
—No importa —interrumpió Drogo—. No puedes ponerte en peligro, ni a ti ni
a Alan, al ir al pueblo.
—Si no hay fiebre, entonces puedo ayudar. —Ninian arrojó la servilleta y se
dirigió hacia la puerta.
Drogo la cogió de la cintura y la llevó a rastras de regreso.
—Si todo el mundo lo tiene, debe ser contagioso. Tú eres la única fuente de
alimento de Alan. No podemos arriesgarnos.
Ella vaciló, alternativamente miró a un hombre imponente y al otro. Proteger al
pueblo era su trabajo. No podía abandonar a sus amigos, aunque tampoco podía
dañar a Alan.
La elección que había hecho cuando dejó Wystan por primera vez se elevaba
ante ella ahora. Había elegido un mundo más grande, y ese mundo contenía un hijo
y un marido. Ya no podía hacerlo todo, pero si el esposo la veía como una igual,
como una compañera, entonces no tendría que hacerlo todo. ¿Podía confiar en él?
—Si yo no puedo ir, debes ir tú —susurró ella. ¿Qué sucedería si no iban? ¿Qué
sucedería si esos Ives se reían de sus miedos, o ignoraban al pueblo como lo habían
hecho generaciones de Ives antes que ellos?
—Me encargaré del asunto —dijo Drogo, observándola como si no creyera que
ella le haría ningún caso—. Tú te quedarás aquí.
—Serás mis ojos y mis oídos —acordó ella, con vacilación—. Debes decirme los
síntomas, observarles cuidadosamente, escuchar.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Dunstan arrugó el entrecejo.


—¿Qué puedo hacer yo?
—Carga a los enfermos a la casa de mi abuela. Está en territorio elevado.
El brazo de Drogo se tensó alrededor de la cintura de la esposa.
—Te das cuenta de que si es contagioso, no podremos regresar —dijo él.
Ella asintió con un movimiento de cabeza, mordiéndose el labio, sabiendo lo
que le estaba pidiendo hacer, temiendo por ello. Pero no era más que lo que se
pediría a sí misma.
—Alguien debe decirme qué habéis averiguado vosotros para que sepa qué
remedios utilizar.
—Tomaré nota de todo lo que encuentre y te lo pasaré a través de una ventana.
—Pero si el agua continúa subiendo, el pueblo no estará a salvo —les recordó,
intentando no pensar en nada más que en el peligro inmediato. Si consideraba lo que
podría suceder, no sería útil para nadie.
—Una cosa por vez, hija de la luna. Junta todas tus ropas blancas y de cama y
los sirvientes en quienes confíes para cumplir órdenes. Haremos lo que podamos.
Destrozada, les observó marcharse con una plegaria en el corazón.

Lo que pudieron, no fue suficiente. Dunstan informó que la casa de la abuela


estaba desbordada de convalecientes. Las pociones, las escayolas y las plegarias de
Ninian no estaban funcionando.
Cuando Drogo se presentó para decirle que todos los hijos de Mary estaban
enfermos, Ninian resoluta tomó la bolsa de hierbas y comenzó a seleccionar los tarros
y a escoger los contenidos.
Desde el otro lado de las ventanas del invernadero, Drogo entrecerró los ojos.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Creí que las hierbas sanaban —le respondió en un grito. No tenía tiempo para
la exquisitez de la puma y el papel—. Pero quizás no son las hierbas. Tal vez
realmente me necesiten a mí.
—Eso es ridículo. —Abrió de un tirón la puerta y le bloqueó el camino—. Ni
todos los médicos de Londres podrían curar esto.
—Todos los médicos de Londres son unos charlatanes. —Cogió una maceta de
un estante alto. Deseaba tener la agrimonia del arroyo. Drogo no había informado de
fiebre, pero él no era médico.
—He ordenado preparar el carruaje para llevaros a ti y a Alan de regreso a
Londres. Allí estaréis a salvo. —Como una montaña, él no se movería.
—Lydie aún está amamantando. Puede alimentar a Alan. O podemos destetarle
y alimentarle con leche de vaca. —Giró y le clavó la mirada—. ¿Dejarías a tus
hermanos si estuviesen enfermos?
—Ellos no son tus hermanos, ¡maldita sea! —gruñó Drogo—. ¡Eres mi esposa, la
madre de mi hijo, y no permitiré que arriesgues tu vida por gente que te ha dado la
espalda!

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

Eso es lo que había hecho. La habían empujado afuera, nunca la habían


aceptado y le habían dado la espalda cuando les necesitó. Pero ya no importaba si la
gente no la aceptaba. Todo lo que necesitaba era aceptarse a sí misma y utilizar los
dones y talentos al máximo. Drogo le había dado la confianza para hacerlo. Odiaba
ponerle a prueba de esa manera, pero debía hacerlo.
Se puso de puntillas y le plantó un beso a su marido en la mejilla con barba de
tres días. Era un hombre muy apuesto, incluso cuando la miraba ferozmente con el
ceño fruncido. Quería volver a hacer el amor con él. Estaba curada. Sin embargo, no
se atrevía a decírselo en ese momento.
—Ellos no tenían el poder de ayudarme como lo tengo yo para ayudarles a
ellos. No puedes detenerme, Drogo. Esta es quien soy. Si no puedes aceptar eso,
entonces no eres mejor que ellos.
Podría morir allí. Él no podía dejarla ir. Alan la necesitaba. Ninian no tenía ni
idea de lo que le provocaba a un bebé no tener a su madre. No podía dejarla ir. Él la
necesitaba.
Atrapando el miedo bajo una barra de hierro, Drogo hizo la única cosa que
sabía hacer. Tenía la certeza de que le haría daño, pero prefería eso antes de una
muerte inevitable. La cargó sobre el hombro.
Ninian gritó. Le dio patadas, le tiró del cabello y le espetó maldiciones sobre la
cabeza que se volvieron más y más malevolentes a medida que la dirección de Drogo
se volvía evidente.
—¡Drogo, no puedes! —Cuando se dio cuenta de que él no cambiaría el rumbo,
las maldiciones se calmaron a una súplica más coherente—. ¡No puedo defraudarles,
Drogo! ¡Por favor! Puedo ayudar.
—Yo también, pero tú eres la que no está escuchando ahora. —Las maldiciones
y amenazas le destruían, lastimando vulnerabilidades recientemente expuestas, pero
no le disuadiría. Ella y Alan podían sobrevivir sin él, pero Alan no podía sobrevivir
sin ella. Y había una clara posibilidad de que él no pudiese sobrevivir sin su demente
esposa.
—¡Drogo! —chilló cuando la arrojó en la habitación de la torre y cogió la llave
—. ¡Si no hay fiebre, no hay contagio! ¡Es el agua! Por favor, no...
Cerró la puerta y le echó la llave sobre los furiosos gritos de la esposa.
Ignoró las sorprendidas miradas de Sarah y Lydie cuando regresó por las
escaleras. Ninian quizás no le perdonase nunca, pero por el momento, estaba a salvo.
—No os atreváis a dejarla salir —ordenó—. No hay nada que hacer con la
enfermedad y ella no puede detener la lluvia. Buscaré alguna manera de desviar el
agua.
—Con razón los hombres Ives no pueden permanecer casados —dijo Sarah
sorprendida, negando con un movimiento de cabeza—. Todos vosotros tenéis acero
en donde deberíais tener un corazón y mecanismos de relojería en lugar de cerebro.
—Prefiero tenerle viva y odiándome que muerta y sin cuidado.
El verdadero terror ante lo que Ninian le haría cuando él regresase le arrojaba
flechas que atravesaban el supuesto corazón de acero, pero no podía ceder a la

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

histeria femenina.

—Este es el único lugar lo suficientemente angosto como para construir una


represa. —Dunstan hizo un ademán en dirección a un saliente rocoso por debajo de
la cual fluía el arroyo.
—El agua se amontonará detrás de cualquier roca que hagamos rodar por allí
—observó Ewen. Empapado por el salvaje regreso de las minas a caballo después de
recibir el mensaje de Drogo, no había tenido tiempo que cambiarse las prendas o de
llegar siquiera al castillo antes de que Drogo le interceptara.
—¿No la verterá por la colina alejándola del pueblo? —Drogo estudió la
distancia desde la colina hasta el riachuelo. Si se concentraba en ese problema, y no
en la mujer que estaba sin duda intentando descolgarse por el muro de la torre,
quizás pudiera aferrarse a su salud mental.
Solo que el talento particular que poseía era por la matemática y las finanzas, no
las operaciones mecánicas. Podría perder algunas horas en el poco práctico estudio
de las estrellas, pero no sabía nada de construir represas ni desviar corrientes de
agua. Necesitaba a sus hermanos para ello.
Desde ese lado de la colina podía ver la torre de piedra elevándose sobre los
árboles, y seguir el camino del inundado arroyo al derramarse sobre el pueblo
distante. El único humo que se veía era el de las chimeneas de la casa de Ninian en la
elevación más alta. Ni siquiera allí estarían a salvo si el aire cálido derretía la nieve
que restaba y la lluvia continuaba. Miró hada atrás, hacia las colinas infértiles donde
las minas vertían agua por galones desde lo más profundo de la tierra. ¿Podría
Ninian tener razón? ¿Podría él haber causado esa inundación?
Una oscura figura caminando a grandes zancadas junto al distante riacho podía
verse desde donde Drogo estaba de pie. Observó el confiado modo de andar con
creciente sospecha. Abruptamente, dejó a sus hermanos discutiendo sobre la
mecánica del problema y se lanzó colina abajo.
El otro hombre tenía que haberle visto aproximarse, pero se mantuvo en su
camino previsto. Con una lluvia fría y gris oscureciendo el panorama y la neblina
elevándose del agua inundada, Drogo continuó por el camino que interceptaría al del
extraño.
El recién llegado no manifestó sorpresa alguna cuando Drogo se apareció frente
a él. Metió las duras y desnudas manos en los bolsillos de la chaqueta y ladeó el
sombrero de tres picos para que el agua se mantuviese alejada del rostro.
—Adonis, ¿supongo? —preguntó Drogo, con sequedad, cuando el extraño se
mantuvo en silencio.
El otro hombre inclinó la cabeza en lo que podría haber sido una señal de
afirmación.
—¿El supuesto conde de Ives y Wystan? —contestó.
—El mismo. Mi esposa aclama que usted puede decirnos el origen del problema
del arroyo.

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

—Maquinaciones Ives —contestó sin vacilar—. Su mina está contaminando el


agua. Está vertiendo ácido del fondo de la mina, y está inundando el río.
Preguntándose si habría alguna posibilidad de certeza en ello, Drogo se guardó
las preguntas por el momento.
—¿Vamos a algún lugar más seco para discutirlo? —Quería saber más acerca de
ese hombre que se parecía a él, pero más que nada, necesitaba saber más acerca del
arroyo de manera que pudiese evita la inundación, quizás incluso la enfermedad, y
regresar al hogar junto a Ninian.
El hombre más grande le miró con cautela.
—No tiene mucho tiempo para discutir. —Indicó las crecientes aguas con un
movimiento de cabeza—. La inundación alcanzará los muros del castillo pronto.
El castillo. ¿Había dejado a Ninian y a Alan en un peligro peor que si hubiesen
ido al pueblo? El pánico le lamió las venas.
—¿Quién es usted? —exigió saber—. O debería preguntar, ¿qué es usted?
Pareció que el otro hombre se negaría a contestar, pero se encogió de hombros.
—Medio Malcolm, medio Ives, y el más demente de los dos por permanecer
aquí. ¿Está en esto conmigo o no?
¿Un hijo de una Malcolm y un Ives? ¿Por qué las mujeres Malcolm no sabían de
esa anormalidad? ¿Por qué no lo sabía él? Los Ives habían desparramado bastardos a
lo largo y ancho de las tierras durante generaciones, pero ninguno se veía como él.
Drogo estudió la expresión cauta del extraño, luego asintió, aceptando que no
tenía tiempo de investigar a fondo. Necesitaba ayuda, y ese hombre se la estaba
ofreciendo.
—Venga a conocer a mis hermanos. Estamos en esto juntos.
Y así era. Por primera vez desde que tenía uso de razón, no era el único a cargo.

—¿Dónde está Ninian? —gritó una voz joven desde la entrada principal del
castillo.
—¿Dónde está Alan? —otra voz, mayor, bramó sin menor ansiedad cuando su
dueña ingresó en el gran salón seguida de un surtido de faldas y pañuelos.
Un séquito de blondas y parlanchinas Malcolm pasaron por la puerta, seguidas
de una colección de sirvientes cargando baúles, bolsos de viaje y varios artículos
sueltos.
—¿Dónde están Drogo y esos hermanos fascinantes que tiene? —otra voz
femenina ronroneó cuando una encantadora y hermosa Malcolm, con una peluca
completamente empolvada, llegó a la habitación para admirar un tapiz.
—Habéis llegado en mal momento. Hay una enfermedad... —tartamudeó Sarah
mientras corría hacia el extremo de la escalera para sortear la invasión.
La pequeña señora de cabellos grises que arrastraba pañuelos se apresuró a
adelantarse.
—Sí, sí, lo sabemos. Hemos venido justo a tiempo. Pero primero, muéstranos,
querida, al adorado Alan. ¡Un Malcolm-Ives! Nunca hemos tenido un niño. ¿Crees

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

que podría ser un brujo? Si eres tan amable...


Por encima de ellas, los aullidos de ira de Ninian se escucharon con más eficacia
que cualquier berrinche que el fantasma residente pudiese haber emitido.
Mirándose unas a otras con asombro, las mujeres pasaron junto a Sarah en un
mar de espumosas enaguas y sedas.

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Capítulo 38

Ninian no tenía tiempo de agasajar a la familia con historias de la perfidia de


Drogo. Él había hecho lo que había creído correcto. Ahora, ella debía hacer lo que era
su deber. Corriendo escaleras abajo una vez que le quitaron la llave a la habitación,
arrojó órdenes por encima del hombro mientras se dirigía hacia el carruaje de su tía.
Las sorprendentes primas eran inútiles en la habitación de un enfermo, pero
cuidarían de Alan y de la casa por ella.
Para cuando llegó a la entrada del jardín de rosas de la abuela, uno de los
arrendatarios estaba bajando barriles de cerveza de una carreta de granja. Dos vacas
lecheras mugieron ruidosamente desde las ataduras en la parte de atrás de la carreta.
Para su sorpresa, Drogo había pensado en comprobar si era el agua la causante de la
enfermedad proveyendo de otras formas de líquidos. Ahora, si solo pudiera detener
la inundación...
Estaba furiosa con él. Deseaba gritarle, reprenderle, golpearle con los puños,
pero él solo la miraría aturdido si lo hacía. Ahora conocía bien a su esposo y
comprendía que había tomado la única salida que pudo ver para proteger a su
familia. No la había rechazado en realidad, ni a su don. Había cuidado de ella, a su
propia obtusa y testaruda manera, aunque tendría algunas dificultades en persuadir
a su escandalizada familia de ello.
—Estarán todos ebrios —susurró Mary perpleja cuando Ninian entró al
improvisado hospital detrás de la cerveza.
—Mejor ebrios que muertos —contestó Ninian, deteniéndose en el primer
colchón relleno de heno al que llegó—. Nadie beberá del agua hasta que Drogo haya
encontrado una solución. —Se inclinó para examinar al debilitado niño a sus pies.
Los vómitos podían ser causados por muchas cosas. Revisó el abdomen del pequeño
y él gimió.
—Pero ha pasado un año y nadie ha encontrado una solución —protestó Mary
cuando Ninian se puso de pie—. Ni siquiera hemos descubierto el problema aún.
—Pero para eso los Ives son excelentes. —Aún furiosa con la testarudez de
Drogo pero alegre por esa evidencia de que comprendía que tenía una
responsabilidad con el mundo a su alrededor así como con su familia, Ninian se
apresuró a la habitación de servicio para preparar el elixir que mejor servía para
calmar los vómitos—. Los hombres Ives no son monstruos. Son genios. Uno no
puede esperar que los genios piensen como los demás.
—No, supongo que no —dijo Mary, sin convicción—. Pero, ¿por qué estos
genios no han hecho nada antes?
—Porque son idiotas. —Ante la expresión perpleja de Mary, ella explicó—: Los

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hombres no pueden ser inteligentes en todo. Los Ives son idiotas cuando tratan con
gente y genios cuando tratan con cosas. Adonis te lo explicará. Avísame en cuanto
llegue.
Ella se marchó rauda, sin escuchar la débil pregunta de Mary:
—¿Adonis?

Atrapado en una atestada casa, preocupándose frenéticamente por la esposa y


el hijo, Drogo apenas podía contener la impaciencia con los hombres que estaban
urdiendo lo imposible.
—¿Qué queréis decir con que podemos detener la inundación con pólvora?
—Bueno, él tiene razón. —Ewen garabateó un rápido cálculo y dibujó sobre la
maltratada hoja que había arrancado de un libro que guardaba en el bolsillo de la
chaqueta—. Un barril o dos, en el ángulo correcto, y podremos derribar una buena
parte de esa ladera, creando así una represa que desviará el agua de la mina y la
inundación. Esa parte la podemos hacer de inmediato. Necesitaré tiempo para
estudiar los compuestos que debes de estar vertiendo de la mina. Si es un ácido el
que causa la enfermedad...
—¿Un barril o dos? ¿Dónde diablos conseguiremos un barril de pólvora,
suponiendo que estemos lo suficientemente locos como para intentarlo? —Desde la
pequeña puerta de la casa, Drogo observó la neblinosa lluvia gris que cubría el
campo mientras la preocupación le roía las entrañas.
—Puedo conseguirla —declaró Adonis sin inflexión.
—Es escocés —comentó Dunstan, una acotación aparentemente irrelevante.
Ewen y Drogo giraron para mirar al taciturno hermano. El extraño simplemente
inclinó la silla hacia atrás y esperó.
Siempre curioso, Ewen hizo la pregunta menos obvia.
—¿Cómo lo sabes?
Dunstan se encogió de hombros y tomó un trago de cerveza.
—El acento. Al parecer tuvo un tutor inglés, pero es definitivamente un escocés
debajo de las apariencias. Uno de mis arrendatarios tiene una esposa escocesa.
—¿Qué demonios tiene eso que ver con la manera en que gira el mundo? —
preguntó Drogo, con tono ácido. Ni siquiera sabía el maldito nombre real del
extraño. Su nacionalidad era una preocupación menor.
—Si quieres confiar en un escocés con pólvora, estás más demente que tu
esposa. ¿Qué sabemos de él, después de todo? —preguntó Dunstan, con impaciencia.
El extraño cruzó los brazos sobre el pecho y enarcó una inquisidora ceja, como
si él también estuviera interesado en la respuesta.
—Ninian confía en él. Dijo que él tenía las respuestas. —Incluso mientras lo
decía, Drogo notó lo insano que había sonado el argumento.
Dunstan fue rápido al indicar la falla en el pensamiento.
—¿Cuándo fue la última vez que un Ives pudo confiar en su mujer?
La pregunta quedó flotando en el aire con toda su cruda y fría lógica, formulada

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PATRICIA RICE LA MAGIA DEL AMOR

por la última víctima de una lista entera de matrimonios fallidos Ives que databan de
generaciones.
Con una historia así en la que basarse, ¿por qué un Ives cuerdo habría de
confiar en una esposa?
Drogo arrugó el entrecejo al ver la mirada expectante de Adonis. Una pregunta
más que resolver: ¿quién demonios era ese maldito Adonis? Por lo que sabía, su
padre era el único hijo del conde que había sobrevivido la adolescencia. Suponía que
podría haber tíos y primos por algún otro lugar. Los Ives no eran precisamente una
familia muy unida, dada la tendencia a perder esposas e hijos como cosa de todos los
días. Y los condes se habían marchado de esos lares cincuenta años atrás, año arriba,
año abajo. Las características podrían haberse transmitido por varias generaciones.
La mente se le había desviado del quid de la cuestión. ¿Por qué un Ives
confiaría en su esposa?
El aplastante peso de esa pregunta casi le derriba. ¿Podía creer en la mirada con
hoyuelos de abstracción inocente? ¿O debería creer que la noche que había llegado a
la torre había sido una treta en una maquinación Malcolm para forzarle a sufrir el
tormento de los condenados en una oscura venganza que no podía discernir? Ella le
había dicho demasiadas veces que las Malcolm y los Ives no se mezclaban, y tenía el
diario íntimo para probarlo.
Sin embargo, Ninian le había dado un hijo.
Pensó en Ninian alzando de manera informal a un niño del pueblo y besándole
en la mejilla, en Ninian reprendiendo a los hermanos más jóvenes de él para que
regresaran al instituto, en la expresión sorprendida y contenta cuando le llevó un
mohoso libro viejo como regalo de bodas.
Si había sido engañado con esas actuaciones, entonces se merecía jugar el papel
de estúpido ahora. Confiar en Ninian y los instintos, la empatía, significaba arriesgar
el pueblo, los hermanos y todos a su alrededor, pero él no tenía opción. No confiar en
ella, significaría la muerte de todo en lo que había llegado a creer desde que la había
conocido. Significaba perder las esperanzas.
Clavó la mirada en el extraño en quien Ninian confiaba, el extraño que se veía
como una versión apenas más vieja de él mismo. Adonis le devolvió la mirada de
forma directa, desafiante. ¿Podía confiar en ese hombre c