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TEXTO BÍBLICO: 1 SAMUEL 15:10-15

TEMA: “LA DESOBEDIENCIA DE SAÚL”

INTRODUCCIÓN:
Dios juzga con severidad, aún a sus escogidos, cuando ellos se oponen a su
autoridad. Sucede así porque Dios es un Dios de rectitud y de justicia tanto
como un Dios de amor. Aunque Saúl fue escogido para que fuera el primer rey
del Israel unido, terminó en forma desventurada y perdió el trono por
desobedecer a Dios. A través del fracaso del rey Saúl aprenderemos qué quiere
Dios en realidad con nosotros.

1. SAÚL ES RECHAZADO POR DIOS


1.1) Saúl es comisionado para destruir por completo a Amalec. (1 Samuel 15:3)
1.2) Fue y Dios le dio éxito en la batalla. (1 Samuel 15:7)
1.3) Hizo la voluntad de Dios a medias. (1 Samuel. 15: 8-9)
1.4) Dios le declara que no hay sacrificio ni ofrenda capaz de sustituir la sencilla
obediencia a Dios. (1 Samuel 15: 22)
1.5) Lastimosamente, Saúl se preocupó más por su reputación frente a Israel
antes que volverse a Dios y arrepentirse sinceramente ante él.

2. ¿QUE QUIERE DE NOSOTROS NUESTRO PADRE CELESTIAL?


2.1) Si comparamos la vida de Saúl y de David podremos descubrir lo que Dios
quiere de nosotros.
a) Ambos fueron reyes escogidos por Dios y ambos cometieron muchos
pecados
b) Por extraño que parezca Dios desechó a Saúl pero perdonó y restauró a
David. ¿Cuál fue la razón?
c) David se quebrantó por completo y se entristeció por su pecado, lo
reconoció con humildad y se arrepintió de inmediato cuando le fue señalado
por el profeta.
d) Saúl actuó obstinadamente, trató de justificar y racionalizar lo que había
hecho, sin un verdadero arrepentimiento.
2.2) Dios quiere de nosotros obediencia, Arrepentimiento, Quebranto y
Renunciamiento.
¿Qué significa Amalec para nuestras vidas hoy?
Todos y cada uno de los pueblos idólatras y corrompidos que poblaban Canaán
a la llegada de Israel, tuvieron que ser combatidos y eliminados, y son en sí,
figura de nuestras luchas diarias con el mundo, la carne y el pecado. La
advertencia de Jehová fue clara:" aquellos pueblos que vosotros no
eliminareis, os serán por espinas y aguijones en vuestros costados”. Y así
sucedió, ya que los pueblos que quedaron fueron constantes enemigos y causa
de luchas y combates durante toda la historia de Israel en Canaán.
Dios ha preparado para nosotros, como hijos Suyos, un territorio espiritual que
debemos conquistar día tras día, ya que nuestros enemigos carnales están
siempre acechándonos para no dejarnos ocupar la posición que el Señor Jesús
conquistó para nosotros. Y para nosotros también es la misma advertencia.
Cuando conocemos al Señor y le hacemos centro de nuestra vida, El espera
que abandonemos nuestros pecados, vicios y malos hábitos, representados en
acciones, palabras y pensamientos que están lejos de Su voluntad. Estos son
los “pueblos extraños” que debemos desalojar de nuestra vida, (religiosidad,
ira, egoísmo, altivez, murmuración, razonamiento, entre otros) para ir
sembrando en nuestro terreno, limpio de malezas, toda la semilla que ha de
traer buen fruto. Esto es, hábitos y estilos de conducta que estén de acuerdo
con lo que la Palabra de Dios nos enseña.
Pero, ¿qué sucede la mayoría de las veces? Apartamos de nuestra vida los
grandes pecados que, por su grosería y peso son demasiado evidentes. Pero
de pronto, como Saúl, vemos que hay cosas que nos benefician o nos gustan y
que nos duele eliminar. Hábitos que nos acompañan desde hace mucho
tiempo, y a los que les hemos permitido hacer un nido dentro nuestro, y los
escondemos ahí, pensando que no son demasiado peligrosos y que los
podemos dominar y a la vez disfrutar de ellos. Conductas equivocadas que
persisten en nosotros a lo largo de los años, aun sabiendo que son un error y
un tropiezo en nuestro andar cristiano.
Por su desobediencia, Saúl perdió, en primer lugar, el reino y luego, ya
abandonado de Dios, su vida, pagando sus errores y desobediencias. Pero qué
triste es leer el relato bíblico y encontrar que quien se encargó de completar
su muerte fue un enemigo a quien él en otro momento dejara con vida: un
amalecita.
Tal vez pensó ser más clemente que Dios. Tal vez. Quizás creyó bueno
perdonar a algunos amalecitas para convertirlos en siervos o esclavos. Quizás.
Tal vez su codicia por las riquezas que despojó en el campo de batalla le hizo
desviar la vista de su principal objetivo: borrar al pueblo de Amalec de la faz
de la tierra. Tal vez. Pero el resultado fue desastroso para él. Desde ese
momento fue un rey sin trono ni autoridad, y finalmente, al momento de su
muerte, lo último que vieron sus ojos fue a uno de sus peores enemigos, un
amalecita, inclinado sobre él para quitarle la vida, y llevarse, como despojo de
guerra, su corona real.
Si Amalec es una figura del mundo, de la carne, de los deseos de la vieja
criatura que aún mora en nosotros, cuidado con ella.
Cuidado, porque si le damos pie para que viva, si la alimentamos y le
facilitamos un lugar, ella cortará nuestra comunión y dependencia del Espíritu
Santo, arruinará nuestra vida espiritual y nos hará desobedecer a Dios
continuamente.
Cuidado con esos pequeños vicios, esos “bebés amalecitas” que acunamos en
nuestros brazos con tanto cariño, pensando que podemos controlarlos y
hacerlos siervos nuestros. Cuidado.
Cuidado, porque esos pequeños hábitos o modos de comportarnos que no
están de acuerdo con la voluntad de Dios, nos van enredando en una telaraña
tan sutil que finalmente pueden anular nuestro crecimiento espiritual y aun
hacernos perder nuestra corona de gloria. Saúl pensó que cumpliendo una
parte de la orden que Dios le había dado, igual le agradaría, pero esa
desobediencia le costó su reino. Cuidado, entonces, porque, igual que al
pueblo de Israel: “los que dejareis de ellos, serán por aguijones a vuestros ojos
y por espinas a vuestros costados, y os afligirán en la tierra que vosotros
habitaréis.” Números 33:55.

Cristo Jesús, con Su Obra de gracia a favor nuestro, nos ha dejado el poder
suficiente para que seamos más que vencedores sobre estos enemigos.
Luchemos, entonces, día a día para pisotear nuestra naturaleza llena de deseos
carnales y dar así lugar al Espíritu Santo para que trabaje en nosotros
haciéndonos crecer en Su conocimiento y en una vida de santidad.
CONCLUSIÓN:
¿Cómo alcanzar la bondad de Dios en nuestras vidas? solo a través de la senda
del arrepentimiento. Jesús lo dijo. (Marcos. 1:15)