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Dos años después de haber finalizado la Revolución francesa a causa

del establecimiento del Consulado por Napoleón Bonaparte y varias


décadas después de que se llevara a cabo en Francia el movimiento de
la Ilustración, fue hallado en un bosque cercano a los Pirineos a un
niño salvaje que fue llamado Victor de l'Aveyron. Su descubrimiento
fue la causa de numerosos interrogantes sobre la naturaleza del ser
humano, cuestionando los ideales ilustrados que se habían gobernado
durante gran parte del siglo XVIII. El mayor interrogante que
plantearon y del que nosotros hablaremos posteriormente fue el
siguiente: “¿necesita el ser humano de los demás para existir?”. Para
poder responder a dicha pregunta, analizaremos primeramente lo que se
entiende por ser humano, los factores que han de cumplirse para llegar
a ser humano, trataremos la importancia de las sociedades así como de
la parte oscura que se esconde tras ellas y finalizaremos con la
historia de este niño salvaje, con la esperanza de que todo lo que
comentemos quede claro para tener después las fuerzas y el ánimo
necesarios para responder a la pregunta que formulaban los pensadores
de aquel momento.

En primer lugar, ¿qué se entiende por ser humano? Biológicamente se


sabe que el Homo sapiens es una especie del orden de los primates que
pertenece a la familia de los homínidos. El ser humano es, hasta la
fecha, el único animal que posee ciertas capacidades mentales que le
permiten inventar y aprender, tanto un lenguaje con el que comunicarse
como estructuras lógicas y disciplinas como las ciencias o las artes.
Además son capaces de concebir, transmitir y aprender conceptos
totalmente abstractos. Sin embargo, estas capacidades no se podrían
desarrollar si no fuera por el contacto con los demás, porque el ser
humano es, ante todo, un animal social. Desde el punto de vista de la
filosofía, el ser humano se ha definido y redefinido a sí mismo de
numerosas maneras a través de la historia, otorgándose de esta manera
un propósito positivo o negativo respecto de su propia existencia.
Existen diversos sistemas religiosos e ideales filosóficos que, de
acuerdo a una diversa gama de culturales e ideales individuales,
tienen como propósito y función responder algunos interrogantes
esenciales. Los seres humanos tienen la capacidad de ser conscientes
de sí mismos, así como de su pasado, mientras saben al mismo tiempo
que tienen el poder de planear, transformar y realizar proyectos de
diversos tipos. En función a esta capacidad, han sido creados diversos
códigos morales y dogmas orientados directamente al manejo de estas
capacidades. No obstante, se han descubierto excepciones, en las que
otros seres dentro de la especie Homo sapiens se han criado aislados
en la naturaleza, en soledad, los llamados niños salvajes —como el
caso de Victor de l'Aveyron, del que hablaremos después—, y por lo
tanto no han sido capaces de asimilar la cultura de un grupo humano,
lo que les ha impedido tener un lenguaje y esa capacidad para la
abstracción y la relación con otros individuos socializados de su
misma especie. Sin haber desarrollado ninguna de las capacidades
citadas anteriormente, ¿podrían considerarse seres humanos como tal?
Genéticamente sí, pero teniendo en cuenta ciertas ideas filosóficas,
como la de Ortega y Gasset, que dicen que “el ser humano no tiene
naturaleza, sino historia”, el concepto “ser humano” entraría en duda.

Siendo así, ¿qué podemos entender como “ser humano”? Estando abiertos
a otras interpretaciones del mismo término, podemos concluir que un
ser humano es un animal racional, y como hemos visto, para llegar a
ser racional, es necesaria la asimilación de una cultura por parte de
una determinada sociedad, por lo que a su vez, es necesario vivir en
contacto con otras personas. Lo que Ortega y Gasset quería decir con
que el hombre no tiene naturaleza es que gracias a la complejidad que
presenta su cerebro, debido a factores adaptativos que en el pasado
sirvieron para que lograra tener una mayor adaptación al medio —como
el bipedismo y el lenguaje, según la teoría evolutiva—, se desarrolló
en él una capacidad que le permitió asimilar información y así
modificar ciertos aspectos de su conducta, esto es, aprender. El
desarrollo de su inteligencia contribuyó a que sus comportamientos
instintivos —aquéllos que se hallan codificados en la secuencia de
nucleótidos del ADN— dejaran paso a otros comportamientos nuevos que
eran aprendidos, lo que produjo una regresión de los instintos en
favor del aprendizaje, en el que a través del lenguaje, se
introdujeron conceptos con los que se podía pensar y reflexionar,
justamente lo que convirtió al ser humano en un animal racional. Y
estos comportamientos aprendidos conformaban lo que se denomina
cultura, trasmitida por miembros de una sociedad a aquellos que eran
nuevos en ella. Esto hace que para comprender mejor al ser humano se
necesiten entender los rasgos que le incitan a obrar de una
determinada manera, entender su cultura y la forma en la que ésta
evoluciona. Por eso el ser humano sólo tiene historia. Por el
contrario, los otros animales, a los que llamaremos irracionales,
pueden aprender y por tanto tener algo que se pueda entender como
cultura, pero los instintos seguirían gobernando en gran parte su
vida; no serían totalmente “libres” de su condición biológica.
Entonces, la principal diferencia entre un ser humano y un ser no
humano —aunque ambos sean Homo sapiens— es que el primero, al no tener
naturaleza —instintos— y sólo cultura, puede reflexionar y ser
consciente de sí mismo —saber que existe—, mientras que el otro —el
caso de los niños salvajes— seguiría actuando por impulsos e instintos
irracionales.

Entonces, ¿por qué un Homo sapiens puede considerarse humano y otro


Homo sapiens no? ¿Qué factores intervienen para que se establezca esta
división? Ya lo hemos dicho antes: para que dentro de la misma especie
un individuo sea humano ha de tener únicamente cultura, es decir,
necesita vivir o haber vivido en sociedad. Desde hace tiempos remotos
la humanidad ha vivido en sociedad, por un lado para sobrevivir a los
peligros que acechaban y por otro, a causa de la necesidad de
relacionarse emocionalmente con sus semejantes en forma de amistad,
amor, comunicación, etc. Sin embargo, la convivencia se ve en muchos
casos enturbiada por diferentes motivos. Por ejemplo, integrarse en
una sociedad, en una cultura, es muy complicado, ya que las personas —
entendiendo el término “personas” o “gente” para los individuos que
componen una comunidad o grupo—, al estar tan acomodadas en su entorno
conocidos, se preocupan al ver novedades y nuevas costumbres.
Cualquier cambio que ponga en duda sus valores es percibido como una
amenaza, y se intenta evitar lo mejor que se sepa. Esto es debido al
miedo y a la inseguridad, y en muchos otros casos, a los prejuicios
infundados de la comunidad. Aunque no en todas se actúa de la misma
manera. Siempre depende de factores provenientes de la educación y de
la mentalidad —de la cultura— que determinan el comportarse así o no.
Aunque, por lo general, si levantamos la mirada hacia lo que somos en
las sociedades hoy en día, podemos ver que la humanidad “civilizada”
está corrompida por el egoísmo y el interés. El objetivo que tienen
muchas personas es espíritu gregario, no por solidaridad ni afecto por
los demás, sino por miedo. Y es precisamente a causa de este miedo por
lo que siempre ha habido guerras y disputas entre los pueblos, entre
las culturas, por temerse entre ellas y por temer a lo nuevo. Si de
verdad el hombre tuviera un carácter enteramente racional, evitaría
estos conflictos y las desigualdades de poder, porque sólo así se
podría vivir en paz y sin amargura, pero no lo hace. El miedo le
impide actuar. ¿Por qué? ¿Podría considerarse, por tanto, un instinto?
La manera en la que el ser humano suele actuar cuando está asustado es
en muchos casos como si una niebla le cegara su razón, y por tanto
actuar de una manera irracional. No obstante, no olvidemos, que
podemos evitar el sentir temor gracias al haber aprendido conceptos,
por lo que el miedo, en sí, no sería un instinto, pero la manera en la
que actuamos cuando nos posee —el pánico—, sí. Entonces, cuando
permanecemos bajo ese estado perderíamos nuestra naturaleza como ser
humano para ser animales irracionales. Aunque puede suceder que, aun
viviendo toda nuestra vida con miedo, podamos seguir reflexionando de
acuerdo con la razón. En este caso, distinguimos dos escenarios: el
primero es una situación en la que nos encontramos muchas personas
encerradas en una sala donde sólo hay una salida. Y de repente las
paredes comienzan a arder. Todos aquellos individuos que no eviten el
sentir ese miedo serán presa del pánico, y mediante gritos y alaridos,
se les activará el llamado “sistema nervioso simpático” y huirán
corriendo hacia la salida, a causa de ese “instinto de supervivencia”
que les anulará en ese momento su categoría de ser humano. Por otra
parte, sentir temor sin ser presa del pánico y convivir con él durante
ciertos momentos de una vida, no impide pensar, por lo que no se anula
su identidad humana, aunque sí se pierde en parte, pues la mente no
está gobernada en su totalidad por la razón. Esta situación es con la
que solemos convivir gran parte de las personas en una sociedad. Y
aquí surgen dos posturas que se plantearon en los tiempos de la
Ilustración, época en la que se enmarca el suceso de Victor de
l'Aveyron: ¿es el ser humano malo por naturaleza, o es bueno mientras
que la sociedad se encarga de corromperlo?

Jean-Jacques Rousseau pensaba que “el hombre es bueno por naturaleza”


y que es la sociedad la que lo corrompe. Una sociedad, principalmente
capitalista, en la que cada individuo lucha por mantener sus
privilegios y posesiones, por miedo a que se las quiten. Se trata de
una sociedad en la que enseña a las personas desde muy pequeñas a
competir por obtener lo máximo posible, sin un objetivo claro más que
el de acumular riquezas y privilegios. Rousseau establece el principio
de esta sociedad cuando a un hombre se le ocurrió cercar un terreno y
decir que era suyo. Establece pues, que el afán de poseer propiedades
privadas y delimitar las posesiones de cada uno son elementos claves
en la degeneración del hombre en un egoísta. Es lo que se conoce como
el principio de lo que más adelante terminaría por convertirse en Homo
homini lupus, es decir, “el hombre es un lobo para el hombre”,
haciendo referencia a los horrores de los que es capaz la humanidad
para consigo misma mientras cuando se vive con terror hacia sus
semejantes. La evolución humana habría permitido al Homo sapiens la
colonización de prácticamente todo el planeta, consiguiendo los
recursos para su supervivencia de la naturaleza y de otras muchas
especies. Sin embargo, y a pesar del éxito poblacional, seríamos, para
algunos autores, como el antropólogo Marvin Harris y el sociólogo
Edward Osborne Wilson, el mayor peligro, la mayor amenaza para la vida
en la tierra y para nuestra vida como individuos y nuestra
supervivencia como especie. Muchas actividades humanas constituyen un
peligro y un horror para sus propios congéneres y se han llevado a
cabo a lo largo de la historia. Algunas de las que pueden considerarse
como tales son las siguientes: guerras, invasiones, genocidios,
terrorismo, esclavitud, violencia o racismo. Y todo a causa del miedo,
puesto que este sentimiento, a diferencia de la alegría o la tristeza,
oprime a la razón y al intelecto y transformando nuestra propia
personalidad.

A causa de todos estos aspectos, Rousseau se mostró como un crítico


radical de la sociedad de su época, a la que consideraba viciada por
la maldad. De ahí que en su obra se refleje una nostalgia por un tipo
de relaciones sociales mediante las cuales se pudieran recuperar los
sentimientos más profundos del ser humano. El producto más evidente de
esta nostalgia de Rousseau es la formulación de la hipótesis del
hombre natural, el cual era originalmente íntegro, biológicamente sano
y moralemente recto; por lo tanto, no malvado, no opresor, justo. El
hombre no era malvado e injusto, sino que convertía en tal, y su
desequilibrio no era algo originario, sino derivado, de carácter
social. El mal es un elemento fortuito dentro de la historia. En el
Discurso sobre la desigualdad, Rousseau afirma que estas
circunstancias fortuitas son las que “perfeccionaron la razón humana
deteriorando la especie, convirtiendo al hombre en malo al hacerlo
sociable, y acabando por llevar al hombre y al mundo al punto en que
lo vemos”. El tema del retorno a la naturaleza impregna, además, todos
los escritos del filósofo ginebrino. Sobre este pensamiento ejerció un
influjo evidente el Mito del buen salvaje —presente en su obra Emilio
o La educación—, que se había difundido en la literatura a partir del
siglo XVI, momento en el que los navegantes procedentes de España,
como Cristóbal Colón, llegaron a América y se encontraron allí con
diversos pueblos que habitaban dichos lugares. Éstos, al no tener el
mismo nivel de civilización que sus posteriores conquistadores,
generaron la idea de si estas tribus habían corrompido a sus miembros
o no. Rousseau estudió con pasión estos pueblos primitivos y sus
análisis fueron de un enorme interés. En el Discurso sobre las
ciencias afirma:

Los salvajes no son malos porque no saben que son buenos: no


es el aumento de las luces ni el freno de la ley lo que
impide hacer el mal, sino la calma natural de sus pasiones y
la ignorancia del vicio.

Imaginando que los salvajes no tuvieran un lenguaje y su vida


dependiera enteramente de sus instintos, ¿se podría ser bueno sin
saber que lo eres? ¿Podrías atribuirte cualidades que desconoces? Más
bien, el mejor ejemplo que se pueda poner para responder a tales
cuestiones, es el de los niños salvajes. Los pueblos encontrados en
América eran seres humanos, ya que no poseían instintos, pese a que
los europeos de entonces pensaran que no lo eran. Analicemos por ello,
el caso de los niños salvajes, personas que han vivido fuera de la
sociedad durante un largo periodo de su infancia, y más concretamente
la historia de Victor de l'Aveyron. Este muchacho, de unos once o doce
años, fue encontrado en enero de 1799 en la región francesa de
Aveyron, cerca de los Pirineos y llevado ante un doctor que se
interesó por estudiar su caso, el doctor Jean Itard, quien además,
intentó educarlo para introducirle en la sociedad de la época. La
descripción que Itard realizó sobre la primera impresión que le causó
su pupilo decía:

Un niño desagradablemente sucio, afectado por movimientos


espasmódicos e incluso convulsiones; que se balanceaba
incesantemente como los animales del zoo; que mordía y
arañaba a quienes se le acercaban; que no mostraba ningún
afecto a quienes le cuidaban y que, en suma, se mostraba
indiferente a todo y no prestaba atención a nada.
Esta descripción constituía, por tanto, algo bastante diferente del
“buen salvaje” que Rousseau había defendido unas décadas antes. En
base a ella, surgieron dos interrogantes en aquella época que
cuestionaban varias ideas que se habían defendido durante la
Ilustración. Al crecer Victor privado del contacto social, ¿estaría
desprovisto de sentido moral? O, por el contrario, ¿tendría un sentido
moral natural, una bondad originaria, como sostenía Rousseau en su
libro Emilio o La educación? En otras palabras, ¿se le podría
considerar un ser humano? Al parecer, cuando fue encontrado, Victor,
se comportaba como un animal. Caminaba encorvado, no tenía la mirada
fija en ningún objeto, no emitía más que un sonido por su garganta, en
un estado absoluto de mudez, a diferencia del resto de los hombres, el
sentido más desarrollado es el olfato en lugar de la vista y
finalmente se hallaba carente de todo recurso comunicativo y en ningún
ademán o movimiento de su cuerpo podía adivinarse la intención que
quería expresar, si es que quería expresar algo. En cualquier caso,
podríamos decir que al poseer tales comportamientos, obedientes a
ciertos instintos, no estaríamos hablando de ser humano, sino de ser
no humano, pese a pertenecer a la especie Homo sapiens. Al criarse en
soledad, no había nadie que pudiera inculcarle una cultura, que
pudiera desarrollarle completamente la capacidad para el aprendizaje,
lo que no provocó esa regresión de los instintos y por lo tanto, que
lo convirtiera en un ser humano. ¿Aprendería ciertas cosas estando
aislado en el bosque? Sí, pero como también lo hacen otros animales,
como los lobos, que saben en a qué lugar acudir para cazar a sus
presas. Podemos decir que la vida que llevaba Victor era comparable a
la de otros depredadores que habitaran en el bosque porque en realidad
eso es lo que era, un depredador: como un gato montés tenía que matar
para obtener alimento. Posteriormente, fue encontrado por tres
cazadores y lo dejaron al cuidado de una viuda, quien lo encerró en
una cabaña cercana. Una semana después, volvió a escaparse y huyó a
las montañas. No obstante, una noche, a causa del frío extremo que no
podía soportar, regresó a la civilización y se escondió en una casa
deshabitada, donde fue nuevamente atrapado. Para evitar que volviera a
escaparse, lo llevaron a un hospital para sordomudos, sin olvidar que
todos estos acontecimientos sucedieron enmarcados en la época del
Consulado de Napoleón Bonaparte, tras haber terminado la Revolución
unos años antes. Del hospital, el chico fue enviado a París, bajo la
tutela del doctor Jean Itard, quien intentó educarle para integrarle
en la sociedad, mientras le realizaba constantemente pruebas que le
indicaran cómo actuaría en determinadas situaciones. En la película de
François Truffaut L'Enfant sauvage se relata esta historia, haciendo
especial hincapié en el proceso de aprendizaje, mediante el cual,
Victor empezó a comportarse según lo que le había enseñado el doctor y
no según sus instintos, como había hecho antes en el bosque. Y así, se
educó en sociedad sin llegar nunca a mostrar mejoras en el progreso de
su aprendizaje. Victor de l'Aveyron murió en 1828 a los 41 años.

Tras ese proceso de aprendizaje, ¿podría considerarse un ser humano?


Como hemos dicho anteriormente, todo ser humano se diferencia del que
no lo es porque la cultura es la que determina su comportamiento en
todos los aspectos de su vida. Para que pueda tener una cultura es
necesario que viva en una sociedad que se la inculque, aunque ésta
esté formada por personas egoístas e interesadas. Pero detrás de tales
atributos se esconde una emoción que se escapa de los rasgos
culturales y que definen todo comportamiento humano: el miedo,
pudiéndolo entender como un instinto si se manifiesta a modo de pánico
o como un sentimiento con el que convivimos mientras nos deshumaniza
de la razón y nos confronta a unos humanos con otros, haciendo que el
hombre sea un lobo para el hombre, según el latinajo Homo homini
lupus. Aunque convivamos con este miedo que nos impulsa a realizar
tales cosas, ¿el hombre es bueno por naturaleza mientras la sociedad
lo corrompe, como decía Rousseau? A pesar del Mito del buen salvaje,
casos de niños salvajes como el de Victor de l'Aveyron sirven para
refutar las afirmaciones del pensador ginebrino en Emilio o La
educación poniendo de manifiesto que para ser bueno o malo antes hay
que ser un animal racional, que en caso de ser Homo sapiens, se
convierte en un ser humano.

Entonces, ¿necesita el ser humano de los demás para existir? A pesar


de todas las atrocidades que se cometan viviendo en sociedad es
imprescindible que un Homo sapiens viva en una, ya que esta le
proporcionará una cultura con la que podrá desarrollar al máximo las
capacidades que dispone, gracias al mecanismo de selección natural,
esto es, podrá comunicarse con las otras personas e intercambiar
diferentes puntos de vista que harán crecer su inteligencia. Sólo así
se podrá ser consciente de sí mismo y por ello, ser consciente de que
existimos. Porque por el contrario si se vive en soledad, a partir de
una determinada edad, si no se ha asimilado un lenguaje o una cultura,
las capacidades se cierran e impiden un desarrollo completamente
humano. Eso mismo le ocurrió a Victor de l'Aveyron que, pese a que
intentaron educarlo, no logró ser totalmente un ser humano, ya que no
consiguió reprimir sus instintos.

Finalmente, concluiremos esta charla con un pasaje del largometraje de


Truffaut, en el que el niño salvaje decide escaparse de la casa del
doctor Itard y se marcha a dormir al bosque. Al día siguiente por la
mañana estaba de regreso en la casa del doctor, convencido de que
quería renunciar a la vida del bosque. La película termina entonces
mientras el muchacho sube por la escalera de la casa y mira al
espectador mientras la pantalla se funde en negro. ¿Qué le preguntaba
al espectador? Lo mismo que preguntaré yo al lector de este documento.
Por favor, le sugiero que sea sensato y piense en todos los horrores
que ha cometido la humanidad:

¿Hizo bien, Victor, en regresar a la civilización?