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1957: LA REBELIÓN CONTRA LAS ALZAS

Iván Ljubetic Vargas, historiador del


Centro de Extensión e Investigación
Luis Emilio Recabarren, CEILER

En Chile, el otoño de 1957 comenzó lluvioso. Pero, lo que llovieron fueron las
alzas de los artículos de primera necesidad. El general Carlos Ibáñez del Campo,
en su segundo gobierno, aplicaba las recetas de la Misión Klein Sacks que
golpeaban a los sectores populares. La elevación de las tarifas de la locomoción
colectiva de $ 10 a $ 15 fue la gota que rebalsó la paciencia ciudadana. Pronto
surgieron las protestas.

EN EL PUERTO
En Valparaíso se constituyó un amplio Comando contra las Alzas. Lo integraban
la CUT, las federaciones de estudiantes de las universidades Católica y de Chile,
el FRAP, el Partido Radical, la Falange Nacional y la Municipalidad porteña.
Rol principal en esta unidad lo jugaron los comunistas de Valparaíso. Uno de sus
dirigentes, Manuel Romero, escribió en la revista “Principios” de julio-agosto de
1957: “A los problemas existentes en Valparaíso, el gobierno agregó el alza de
la locomoción colectiva en más de un 200% Como era de esperar las masas no
podían soportar una sangría tal y se lanzaron a las calles en miles y miles a
manifestar su protesta más enérgica... Lanzadas las masas a la calle, la
Dirección del Partido comprendió que se estaba ante un hecho de enormes
proporciones. Vimos que si el Partido no se lanzaba a las calles en conjunto con
la clase obrera, sería imposible dar dirección al movimiento. Vimos, también, que
se precisaba unir en la acción a todas las fuerzas que resistían las alzas. Con
esta visión constituimos el Comando contra las Alzas”
Este comando confeccionó un plan de acciones que se inició el miércoles 27 de
marzo de 1957 con mítines relámpagos de obreros y estudiantes. Estos se
repitieron el jueves y viernes. El sábado 30, masivas marchas recorrieron las
principales calles del puerto, culminando en un acto en la Plaza O’Higgins.
Irrumpió la policía disparando contra los manifestantes. Quedó un muerto y
numerosos heridos.
La represión no impidió que una serie de paros se llevaran a cabo los dos
primeros días de abril.

EN LA CAPITAL
La situación en Santiago fue muy distinta. Las acciones contra las alzas tuvieron
mucho de improvisación y espontaneismo. Tanto la CUT, el FRAP, otros partidos
de oposición y las federaciones estudiantiles fueron sobrepasadas por los
acontecimientos. Al respecto, Mario González escribió en “Principios” de julio-
agosto 1957: “La falta de capacidad de dirección dejó abierto el camino a la
provocación policial en gran escala. Numerosos militantes del Partido
(Comunista) se sumaron y actuaron en la lucha. Incluso hubo camaradas que,
por su propia iniciativa, hicieron esfuerzos para dirigir la lucha, organizaron
mítines en el centro de la ciudad, trataron de orientar a las masas, se opusieron
a los actos vandálicos, pero fueron rebasados por la magnitud de los sucesos”.

LA ALEGRE PROTESTA DE LOS JÓVENES


El lunes 1º de abril estudiantes, convocados por la FECH, celebraron amplia
asamblea. Allí recibieron la información de las medidas represivas adoptadas por
el Gobierno del ex dictador Carlos Ibáñez del Campo. En la madrugada del
domingo 31 de marzo de 1957, agentes de la policía de Investigaciones allanaron
los hogares de los dirigentes de la CUT, Clotario Blest, Juan Vargas Puebla,
Baudilio Casanova, José Díaz Iturrieta, Elías Mallea, Oscar Astudillo y del
dirigente de la FECH Enrique París. Todos fueron detenidos.
Mientras de efectuada la asamblea estudiantil, fuerzas de carabineros rodeaban
el local de la FECH, ubicada en San Isidro con Alameda.
Finalizada la reunión, universitarios y secundarios salieron a la calle. Formaban
alegres rondas, cantaban y coreaban consignas contra las alzas. Desafiaban
valientemente a las fuerzas policíacas. La gente que pasaba por la calle y la que
miraba desde los edificios los aplaudía con admiración y entusiasmo. Así les
brindaba su apoyo.
Al caer la noche se agudizó la represión. A las 21, 45 horas se disolvieron las
manifestaciones y los jóvenes de retiraron para sus hogares.
EL ASESINATO DE ALICIA RAMÍREZ
Un grupo de estudiantes iba por la calle Miraflores cantando. Entre Huérfanos y
Merced, sin mediar provocación alguna, sin previo aviso, carabineros dispararon
contra los jóvenes. Cayó muerta la estudiante universitaria Alicia Ramírez Patiño.
Su cadáver quedó ante la puerta del Teatro Miraflores. En el grupo iba también
el liceano Manuel Vásquez Ferreira, estudiante secundario de 15 años de edad,
que recibió una bala en el pecho (más tarde recordaría: “Yo siento un golpe en
el pecho, me duele. Es como si tuviera una brasa ardiendo”). El muchacho
sangraba abundantemente. Sus compañeros, después de muchos intentos,
lograron que un auto lo llevara a la Posta Central. Estaba tan grave que, incluso,
lo dieron por muerto. Sobrevivió milagrosamente. Igual suerte corrió otra
estudiante, Ada González.
Alicia Ramírez, cuyo cadáver quedó en la puerta del Teatro Miraflores, tenía 23
años de edad. Había nacido en el seno de una familia obrera. Su padre, Efraín
Ramírez, desde 1946 laboraba como mecánico en el mineral El Soldado, en la
industria Cemento Melón de La Calera.
Alicia Ramírez estudió en la Escuela Nº 18 de La Calera, luego en el Liceo de
Niñas de Quillota, donde siempre se distinguió por su buena conducta y
aplicación. Entró a trabajar en el Hospital Barros Luco. Luego se matriculó en la
Escuela de Enfermería de la Universidad de Chile. Ya era militante de las
Juventudes Comunistas y fue elegida miembro del Directorio de la FECH.

LA “BATALLA DE SANTIAGO”
El martes 2 de abril de 1957 las movilizaciones adquirieron más fuerza,
motivadas por la indignación que produjo la noticia del asesinato de Alicia
Ramírez. Masivas marchas de obreros y estudiantes recorrían las calles. La
policía uniformada se vio impotente para contener a los manifestantes. Cuando
los reprimían, obreros de las construcciones lanzaban ladrillos y otros elementos
contundentes contra carabineros.
Entonces el gobierno sacó tropas del ejército a la calle, al mando del general
Horacio Gamboa Núñez. Simultáneamente ordenó abrir las puertas de las
cárceles. Decenas de delincuentes salieron a quebrar vitrinas y saquear tiendas
y negocios del centro de la capital. Los manifestantes actuaron contra el lumpen
que, con sus acciones, desvirtuaban los objetivos de la protesta y desataban el
caos, creando las condiciones para una sangrienta represión. Militares y
carabineros disparaban balas de guerra contra la gente desarmada, que se
defendía con piedras.
En la noche del martes 2 de abril de 1957, el general Gamboa leyó por cadena
nacional de emisoras un “parte de guerra” de lo que calificó como la “Batalla de
Santiago”. Informó que la situación estaba controlada y que el “enemigo” tuvo 18
muertos y 500 heridos. Posteriormente la cifra oficial de asesinados subió a 21.
Sin embargo, diferentes testimonios, hacen aumentar en mucho esa cantidad.
APLICANDO LA LEY MALDITA
El gobierno aplicó la mal llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia
y las Facultades Extraordinarias que los partidos reaccionarios le otorgaron
apresuradamente.
Dirigentes políticos y sindicales fueron detenidos, encarcelados y relegados.
La batalla de Santiago tuvo otros “combates”. En la madrugada del 3 de abril,
matones de la policía política asaltaron, destruyeron y saquearon la Imprenta
Horizonte del Partido Comunista, deteniendo a los 20 operarios y a un periodista
que laboraban a esa hora.
Este último, Elmo Catalán, testigo presencial de los hechos, relató
posteriormente, el martes 30 de abril de 1957, en “El Siglo”: “La puerta se abrió.
La turba policial se distribuyó estratégicamente: unos a la prensa, otros al
fotograbado. La mayoría al segundo piso. Julio Fauré, inspector de la Policía
Política, tez de chocolate, cara ancha y plana, cuello grueso, corpulento, abrió
de una patada la puerta del segundo piso. Con paso seguro, con la pistola en
alto, gritó: -Alto .... de su madre. Se acabó el trabajo. Unos 10 o 15 policías
penetraron con sus revólveres desenfundados y garrotes en las manos...El
inspector Fauré empezó a romper los vidrios. Un grupo de policías, con furia
inusitada, comenzó a descargar los garrotes sobre las máquinas... Con las
manos en alto, en fila india, fuimos obligados a bajar. El jefe de la Policía Política,
Raúl del Campo, subía los escalones. Su cuerpo obeso resaltaba con el elegante
traje claro que vestía. – Bajen a estos desgraciados, rugió. En la puerta nos
esperaba el pelotón militar... Nos quedaban 60 horas de vejaciones...”
Lo que no destruyeron, se lo robaron. Maquinarias, relojes, dineros, documentos
de los obreros de “Horizonte”.
Las indignadas reacciones contra el asalto a Horizonte, obligaron a la Justicia a
abrir un proceso por este caso. Fue entregado al fiscal militar Francisco
Saavedra Moreno, quien actuó con gran celo y objetividad. A mediados de abril
efectuó la más sensacional de las pesquisas: el allanamiento del hogar del
subcomisario de Investigaciones y miembro de la Policía Política, Carlos Estibil
Mahuida. Allí se encontraron dos máquinas de escribir robadas en Horizonte.
Esto echó por tierra los intentos del Gobierno de desvincularse del asalto de la
imprenta del Partido Comunista.

TAMBIÉN CONTRA “EL SIGLO”


Simultáneamente las oficinas del diario El Siglo fueron asaltadas por agentes de
Investigaciones. Eran las 2,30 de la madrugada –escribió el periodista Julio Iturra
Falka, testigo presencial de los hechos, en la edición de ese periódico del martes
30 de abril de 1957-... hacía su entrada en la sala de crónica, un fornido agente
que llevaba entre sus manos un largo fierro, el que a insultos nos conminó a
abandonar el local. Detrás de éste, otros cinco o seis policías se abalanzaron
sobre nosotros... Mientras éramos llevados desde la sala de crónica hasta la
puerta de calle, los siete detenidos presenciábamos como otro grupo de agentes
se dedicaba a destrozar los escritorios de la portería, los estantes y sillas de la
oficina de la gerencia de nuestro diario”
También echaron abajo la puerta del Economato y se robaron kilos de té y bolsas
de azúcar que había allí. Un piquete militar fue testigo del asalto, robo y
destrucción de las oficinas de El Siglo.

LA SOLIDARIDAD
Los asaltos de la Imprenta Horizonte y de las oficinas de El Siglo, despertaron la
indignación contra el Gobierno y sus agentes. Al mismo tiempo, una campaña
de ayuda solidaria. La hubo de todo tipo: numerosos talleres mecánicos e
impresores facilitaron personal técnico y materiales. Generosos aportes
económicos, especialmente de los sectores más modestos. Ello, unido al gran
esfuerzo desplegado por el personal de la imprenta Horizonte, que lograron
reconstituir una mínima parte de la maquinaria destruida por la Policía Política,
hizo posible que El Siglo pudiera aparecer -en formato pequeño- el martes 30 de
abril de 1957. Fue como una moderna Ave Fénix, surgida de las ruinas dejadas
por los agentes policíacos.
No fue casual que, en 1957, se intentara acallar a la prensa obrera cuando se
reprimía al pueblo. Esa ha sido la permanente táctica de la reacción. Lo fue ayer
y lo es también hoy.
En estos días, cuando El Siglo ha sido víctimas de sospechosos robos, debemos
recurrir a la memoria histórica y rodear de una red solidaria al semanario que
lleva la verdad a la gente.

Dirigentes de la CUT protestan ante el Presidente Ibáñez, entre ellos Clotario Blest y Luis
Figueroa,