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Pragmática y metapragmática:

la ironía lingüística
Graciela Reyes
UNIVERSITY OF ILLINOIS AT CHICAGO

LA IRONÍA ES UNA afirmación doble: se dice algo y se transmite al interlocutor el


mensaje implícito «no quiero decir esto». La ironía es una práctica eficaz y prestigiosa
de comunicación implícita, tema central de la pragmática. Lo que quiero proponerles
hoy es que no se puede hacer una descripción adecuada del comportamiento irónico si
no se lo considera esencialmente reflexivo: como lenguaje utilizado contra sí mismo. Un
enunciado irónic~el tipo de «qué libro interesante» para implicar algo así como «qué
libro insoportable»-no es solamente una crítica, más o menos dura o más o menos
humorística, de la realidad (en este caso de un libro), sino una crítica de la frase «qué
libro interesante» y por lo tanto de la posibilidad de que el lenguaje funcione mal.
En la ironía, los hablantes analizan una realidad que no merece su aprobación y que
hacen contrastar con otra realidad mejor (en la que, por ejemplo, los libros son
interesantes), pero también analizan, simultáneamente, la capacidad del lenguaje para
decir una cosa por otra, la inestabilidad referencial de los signos y, muchas veces, los
usos habituales de ciertas expresiones. La ironía pone de manifiesto, de manera
indirecta, el proceso de repetición de expresiones y rutinización de los significados, que,
por otra parte, es tan económico y eficiente en el uso del lenguaje, porque nos permite
hacer inferencias rápidamente 1• Los hablantes tenemos conciencia del desgaste o des-
semantización a la que sometemos el lenguaje, por mera repetición, y la ironía es un
modo de mostrar ese desgaste. Teniendo en cuenta que la rutinización lingüística
depende, a su vez, de la índole de nuestras actividades cognitivas en general, todas ellas
hechas posibles por el lenguaje, la ironía abre un interesante paralelismo entre
funcionamiento del código, mente y cerebro.
Mi idea de la ironía es que esta actúa como un espejo: un espejo crítico de cómo
funciona el lenguaje, que a su vez refleja cómo funciona la mente, lo que a su vez
depende de cómo funciona el cerebro (y viceversa). Los hablantes no somos conscientes
de estos paralelismos-no podemos percibir nuestro funcionamiento neurofisiológi-
co-pero los intuimos, intuimos la erosión, la pérdida y también la revitalización del
sentido, porque sí somos usuarios conscientes del lenguaje.

1 Sobre el papel de los significados habituales en el proceso de interpretación lingüística


véase Stephen C. Levinson, Presumptive Meanings. The Theory of Generalized Conversational
lmplicature. Cambridge: MIT Press, 2000.

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Según las investigaciones más recientes en neurofisiología 2, nuestra vida cognitiva


consiste, básicamente, en ciclos continuos de transformación de la novedad en rutina.
Esa actividad cíclica está reflejada en el cerebro, donde ambos hemisferios participan
en todos los procesos cognitivos, pero el hemisferio derecho desempeña un papel
importante en el procesamiento de lo nuevo, junto con los lóbulos frontales, y el
hemisferio izquierdo se especializa en las actividades más rutinarias. El lenguaje, como
la mente y como el cerebro, también funciona en ciclos de rutinización, que des-
semantizan las expresiones, o sea, las van volviendo más y más vacías, por obra de la
repetición. Gran parte de nuestras prácticas irónicas delatan, directa o indirectamente y
con mayor o menor consciencia, esa vaciedad o inadecuación del lenguaje, como puede
verse en la frecuencia con que los hablantes irónicos se ensañan con expresiones
desgastadas como qué libro interesante, Fulano es un genio, qué bien, muchas gracias,
o, más exactamente, con el uso de expresiones como esas. Por supuesto, los enunciados
irónicos no necesariamente reproducen lugares comunes: cualquier secuencia es apta
para ser ironizada, en contexto, pero la ironía no se ejerce sobre expresiones que sean
novedosas en el discurso presente: es imprescindible que un enunciado irónico suene a
algo ya dicho, suene a lenguaje ya usado. Si no, tal enunciado no se puede considerar
irónico, porque la ironía es un contralenguaje, al menos en alguna medida.
Vivimos en una época dada al examen crítico de nuestra percepción y experiencia
del mundo y a cómo expresamos esas experiencias. En filosofía y en lógica, la búsqueda
del significado auténtico llevó, en el siglo XX, a expresar gran desconfianza por el
lenguaje, acusado de imprecisión, ambivalencia, capacidad para distorsionar. El filósofo
Paul Grice, uno de los fundadores de la pragmática, propuso una lógica de la
conversación, o sea de cómo comprendemos los significados transmitidos, que pasa por
encima de las vaguedades del lenguaje y revela por qué este nos sirve para comunicar-
nos, pero ningún pragmatista niega que el lenguaje es vago, ambiguo, confuso,
demasiado saturado de significaciones previas o posibles, o bien carcomido por el uso:
como nunca podemos salir del lenguaje, la relación entre lenguaje y verdad, tan
conflictiva, es la relación del lenguaje consigo mismo, y se expresa de varias
maneras-una de ellas es la ironía-en la conversación cotidiana.
En nuestra «edad irónica», los medios de comunicación, en especial la televisión,
fomentan una actitud irónica o fatigada, la actitud de quien está de vuelta. Ya han
surgido, incluso, detractores de la ironía, que la acusan de consolidar falta de
compromiso con la verdad, falta de valores firmes 3• Los antiirónicos denuncian que, si
todo es un dejá vu carente de interés, no vale la pena creer en nada ni hacer nada más
que intentar medrar creando una imagen vendible de uno mismo. Por supuesto, la idea
de que no hay nada nuevo bajo el sol es muy antigua. Los hablantes tienen alguna
conciencia incómoda de que usamos los significados heredados, ya fijados por el
lenguaje, para concebir y transmitir significados nuevos, y que por lo tanto no hay,

2 Entre los trabajos de intención divulgativa, véase especialmente Elkhonon Goldberg, The
Executive Brain. Frontal Lobes and the Civilized Mind, Oxford, Oxford University Press, 2001.
3 Véase, por ejemplo, Jedediah Purdy, For Common Things: Irony, Trust and Commitment
inAmerica Today, New York: Knopf, 1999.

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quizá, ningún significado realmente nuevo.


La ironía se articula sobre un ya dicho o algo que presenta como ya dicho, y
promueve escepticismo, crítica, o una distancia incompatible con la inocencia. Cuando
estaba escribiendo este trabajo, una sobrina mía me mandó una foto de su primer hijo,
y en el reverso de la foto había escrito «Qué bebé precioso», marcando la ironía con
letras mayúsculas y subrayado doble. Esa distancia afectiva-esa expresión subrayada,
como si comentáramos la expresión primero y el bebé después-nos protege de hacer
el ridículo desnudando nuestras emociones y también nos permite expresar, quizá no de
un modo totalmente consciente, que el lenguaje es repetitivo, fútil, y que nosotros somos
demasiado listos como para aceptar sus rutinas. Por supuesto, el bebé al que me refiero
es precioso y su madre es la primera en creerlo, por lo cual al decir «qué bebé precioso»
no transgrede ninguna máxima comunicativa y es totalmente veraz. La meta de su ironía
es otra, es hacer un comentario cultural y lingüístico que no afecta al bebé e incluso lo
realza, en este caso, pues hace notar, indirectamente, que para hablar de este chico haría
falta una expresión nunca oída.
La pragmática ha reivindicado la ironía como tema propio y ha propuesto varias
teorías. Últimamente hay una carrera entre los pragmatistas más jóvenes para dar la
mejor definición de ironía, esa bestia que todos sabemos qué es pero nadie puede definir
del todo bien. En el Journal of Pragmatics aparecen por lo menos dos artículos anuales
sobre ironía y sarcasmo. En cada estudio alguien propone una definición nueva y explica
por qué es superior a todas las anteriores, empezando por las de Paul Grice y John
Searle, los filósofos que abrieron este campo de especulaciones teóricas al fundar la
pragmática lingüística. Desde otras publicaciones, y con igual frecuencia, participan en
esta carrera teórica psicolingüistas y especialistas en inteligencia artificial y computa-
ción, que también proponen sus teorías, fundándolas en experimentos que intentan
comprobar cómo reconocen los hablantes las ironías y qué efectos producen. La razón
de tanto interés se relaciona con el hecho de que la ironía es una desestabilización del
significado, y pone en tela de juicio el lenguaje y la comunicación. Yo creo, incluso, que
el análisis de la ironía y de todos los usos no serios del lenguaje es fundamental para
llevar a cabo la tarea de la pragmática en estos primeros años del siglo: encontrar
explicaciones más abarcadoras para dar cuenta de cómo se produce e interpreta el
significado durante las interacciones lingüísticas.
En efecto, el análisis de la ironía provoca preguntas básicas sobre el funcionamiento
del lenguaje en todos los géneros comunicativos en que se manifiesta. Además de
revelar con notable claridad la conciencia que tienen los hablantes del uso de la lengua,
nos obliga a replanteamos nada menos que las finalidades de la comunicación en nuestra
vida. ¿Es cierto, como proponen las teorías pragmáticas, que la comunicación es,
básicamente, normativamente, un intercambio de información? ¿Es cierto, o cuán cierto
es, que los hablantes tienen el propósito continuo de ser eficaces en el intercambio
informativo? ¿Es cierto que los hablantes tratan de usar el lenguaje racionalmente,
evitando la proliferación de significados y los malentendidos? ¿Es verdad que
apreciamos aquello de «al pan pan y al vino vino»? ¿Es verdad que la comunicación
tiene éxito casi siempre? No voy a intentar esbozar, ni siquiera a grandes rasgos,
respuestas a estas preguntas, pero sí quisiera que mi manera de presentar la ironía verbal
sirviera para ayudar a reconsiderar estos problemas y otros semejantes.

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Desde Austin, uno de los fundadores de la pragmática, la ironía es un caso de lo que


él llama «lenguaje no serio», el lenguaje que carece de fuerza ilocutiva. La ironía no es
«seria» porque transmite algo así: «digo esto pero no quiero decir esto, y tú sabes lo que
digo pero no digo». El lenguaje no serio, desterrado de la pragmática por Austin, que lo
consideró parásito de las acciones lingüísticas genuinas, es hoy uno de los objetos
centrales de la pragmática, porque revela la esencia del significado lingüístico y las
finalidades de las interacciones verbales.
El significado irónico es siempre implícito. No hay ironías explícitas. La ironía es
una implicatura, que surge de la relación entre lo dicho o explícito y lo implicado, por
lo general intencionalmente. Esta relación es producto de una manipulación del
hablante. Hay en pragmática dos o tres definiciones básicas de la ironía: se la ve como
la transgresión deliberada, y admitida y celebrada por las dos partes, de la condición de
sinceridad de los actos de habla o de la máxima de verdad que regula la cooperación
entre los hablantes, ya que el ironista no es sincero o bien el oyente o lector irónico,
agrego yo, no son sinceros, puesto que escuchan o leen otra cosa distinta de lo dicho. En
otra teoría, la de Dan Sperber y Deirdre Wilson, se presenta la ironía como un eco de
algo dicho, pensado, posible, de una norma cultural, de lo que se espera decir en una
situación, etc. El hablante se disocia críticamente del contenido de lo que reproduce
como eco, y la ironía solo alcanza sentido cuando hay a la vez eco y actitud negativa4 .
Voy a volver enseguida a la noción de eco.
Otra teoría propone que la ironía es un caso de simulación: el hablante se hace el
tonto y crea un oyente imaginario que también es tonto, puesto que interpreta el sentido
literal del enunciado, cuando corre por debajo el verdadero sentido, el irónico, entendido
así por los interlocutores no tontos, o sea los irónicos5 • Estas teorías, combinaciones de
estas teorías, y otras versiones que acaban de proponerse y tienen nombres incitantes,
como «teoría de la incongruencia pertinente»6 o «teoría de la exhibición implícita»7 ,
consideradas por sus autores, sin ironía, superior a todas las anteriores, son correctas
pero ninguna es totalmente satisfactoria, quizá porque, aunque la ironía es, semántica-
mente, una clase natural, no todos los hablantes ni todos los investigadores la ven de la
misma manera, salvo en los casos prototípicos, y eso es lo que hace difícil llegar a la
teoría definitiva. Yo no voy a entrar en esta carrera y proponer aquí mi definición,
solamente voy a encarar el fenómeno desde la metapragmática, dándole así mayor
alcance y nuevo sentido, según creo.
La metapragmática es un nivel de análisis pragmático que trata de explicar la

4 Véanse Dan Sperbery Deirdre Wilson, Relevance. Communication and Cognition, Oxford:
Blackwell, 2ª ed., 1995; y también «lrony and relevance: A Reply to Seto, Hamamoto snf
Y amanashi», en Robyn Carston y Seij i U chida, Relevance Theory. Applications and Implications,
Amsterdam: John Benjamins, 1998.
5 Véase Herbert Clark y Richard Gerrig, «Ün the pretense theory of irony», Journal of
Experimental Psychology, General, 113 (1), 1984, pp. 121-126.
6 Salvatore Attardo, «lrony as relevant inappropriateness»,Journal ofPragmatics, 32, 2000,
pp. 793-826.
7 Akira Utsumi, «Verbal irony as implicit display of ironic environment: Distinguishing
ironic utterances from nonirony», Journal of Pragmatics, 2000, pp. 1777-1806.

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conciencia que tiene el hablante del uso del lenguaje. La actividad metapragmática del
hablante puede ser explícita, como en las citas en discurso directo o indirecto, o
implícita, como en la ironía. En todo caso, el análisis metapragmático parte de la idea
de que hablemos de lo que hablemos, casi siempre hablamos también del lenguaje,
porque comentamos de alguna manera nuestras constantes elecciones lingüísticas y las
de los demás, o comentamos las aptitudes e ineptitudes del lenguaje8
La reflexividad es una característica fundamental del lenguaje humano. Se entiende
por reflexividad «la capacidad y sin duda la tendencia de la interacción verbal para
presuponer, estructurar, representar y caracterizar su propia naturaleza y su propio
funcionamiento. La reflexividad es uno de los rasgos definitorios de los lenguajes
naturales y de las prácticas discursivas implementadas por estos lenguajes»9 • Esto quiere
decir que los hablantes tenemos algún grado de consciencia de cómo usamos el
lenguaje, de por qué un uso es preferible a otro (más eficiente, más adecuado), de las
dificultades de la selección continua de formas y combinaciones de formas para expresar
y comunicar lo que queremos, del juego constante entre lo que transmitimos explícita-
mente y lo que transmitimos implícitamente. La interacción lingüística más habitual y
espontánea, la conversación, supone tanta actividad reflexiva, que, dice John Haiman,
una conversación no consciente de sí misma, no reflexiva, es casi como una prueba de
circo, cuando uno se pregunta «cómo pueden hacer eso» 10 •
Ya Dámaso Alonso, en nuestra tradición lingüística, había contradicho la idea de
Bally de que el empleo «voluntario y consciente» del lenguaje es exclusivo del escritor.
«Si he de basarme en mi experiencia personal», escribe Dámaso Alonso, «creo que el
escritor no avanza por su delgado camino de luz de un modo distinto al del hablante en
la conversación ... El que conversa tiene a todo lo largo de su elocución la consciencia
de los efectos de su acto, consciencia que en el artista suele darse sólo cuando, vuelto
de su inmersión, suprime, varía, pule, modera» 11 (pp. 586, 587). La conclusión de
Dámaso Alonso es que el habla literaria y la corriente son solo grados de una misma
cosa 12 •
En mis trabajos sobre la cita he insistido siempre en que el comentario metapragmá-
tico a veces es marginal pero muchas veces es central, y que las conversaciones más
importantes para el hablante son las que presentan más trazas, generalmente explícitas,
de preocupación por el uso del lenguaje propio y ajeno. La obsesión metalingüística es

8 He tratado estos temas en Metapragmática. Lenguaje sobre lenguaje, ficciones, figuras.


Valladolid: Universidad de Valladolid, en prensa. Dedico allí un capítulo a la ironía como juego
con las referencias a la realidad, juego con resonancias de otros textos y juego con la
comunicación misma y la conexión con el interlocutor. Remito a esa descripción y a los ejemplos
allí analizados para completar las ideas expuestas en esta conferencia.
9 John Lucy, «Reflexivity», Journal of Linguistic Anthropology, 9 (1-2), 2000, p. 213;
traducción mía.
10 John Haiman, Talk is Cheap. Sarcasm, Alienation, and the Evolution of Language,
Oxford, Oxford University Press, 1998.
11 Dámaso Alonso, «Límites de la estilística», Poesía española, Madrid: Gredos, 1962, pp.
586-87.
12 lb., p. 584.

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también frecuente en charlas espontáneas, repletas de humor lingüístico, sobreentendi-


dos, ambigüedades deliberadas o descubiertas a posteriori, juegos de palabras. Como
hacen notar los estudios recientes de lingüística cognitiva y computacional, los hablantes
explotamos de forma constante la polisemia del lenguaje y las ambigüedades, y muchas
veces, desoyendo a Grice, preferimos ser conspicuos a ser perspicuos 13 • Aunque la
ambigüedad sale cognitivamente cara, porque resulta más difícil de procesar, es, por un
lado, inevitable, y, por otro, nos ofrece una serie de ventajas, por ejemplo transmitir más
informaciones y asociarlas entre sí y cimentar nuestras relaciones con el interlocutor,
creando complicidad en el juego lingüístico.
La teoría del eco, que tan bien enmarca el fenómeno de la conducta irónica, suele
aceptarse solo a medias, con la objeción de que solamente se puede probar que algunas
ironías son ecos, no todas, ya que no en todas se puede localizar el origen del eco.
Sperber y Wilson han insistido en que no es necesario localizar una fuente determinada,
pero para sus críticos persiste el problema de que, entonces, cualquier frase podría ser
eco de otra. Esto es verdad, pero no cualquier frase se presenta como eco de otra: en la
teoría del eco, la relevancia, o sea la cantidad y pertinencia informativa en contexto, de
un enunciado irónico consiste en interpretarlo como alusión a una frase identificable o
no, a lo que se podía haber dicho, a normas generales, a modos de hablar, etc.
Cualquiera sea el modo de explicar cómo recuperamos significados, si gracias al instinto
de relevancia, como proponen Sperber y Wilson, o gracias a acuerdos sociales de
interacción, nuestra capacidad de reconocer ironías en contexto revela que no cualquier
eco es irónico, aunque se defienda que todas las ironías son ecos.
La objeción que puede hacerse a la teoría del eco es que, para que haya ironía,
además de un eco disociador y crítico se necesita también que el hablante finja afirmar
el contenido que critica, y esto es así porque se puede citar algo con aversión,
separándose abiertamente de sus contenidos, sin intención irónica, meramente con la
intención de mostrar la voz ajena para riculizarla o combatirla. Pero la descripción de
Sperber y Wilson capta bien el carácter forzosamente metalingüístico del fenómeno, su
referencia crítica al lenguaje.
En casi todas las ironías se percibe la imagen de una frase reconocible por su forma
y su contenido, que se caracteriza por expresar, sobre todo en la conversación,
apetencias o expectativas normales de la comunidad o de un grupo, o solamente del
ironista; estas expectativas quedan más o menos contradichas por la situación a la que
se refiere la ironía. Se trata de citas implícitas que representan, muchas veces, un
pensamiento estereotípico, fácilmente accesible y aceptable. El hablante, como en tantos
otros casos de enunciados no serios, afirma dos cosas a la vez, por lo menos, y de una
de ellas, la explícita, no se hace cargo, del todo o en parte. Si el texto ironizado no se
percibe como ya usado, el tono, la intención y el contexto le darán el sabor de lo ya
dicho o, al menos, de lo posible. La ironía es una cita que se diferencia de otras porque
es un acto de ficción abiertamente mostrado, presenta una evaluación negativa de algo
y lo hace mediante un contraste. En la ironía no hay necesariamente contradicción, pero

13 Véase, por ejemplo, Brigitte Nerlich y David D. Clarke, «Ambiguities we live by:
Towards a pragmatics ofpolisemy», Journal ofPragmatics, 33, 2001, pp. 1-20.

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sí hay contraste entre una realidad y otra a lo largo de una dimensión determinada de
análisis.
Tomemos una ironía prototípica. Alguien se comporta groseramente, y mi amiga
me dice: qué amable. La afirmación literal qué amable es un mal uso deliberado del
lenguaje, y como tal lo tomo, agregando lo implícito, en este caso algo así como qué
grosero. ¿Cuál es la función de esta ironía? ¿Porqué se toma uno el trabajo de decir otra
cosa, incluso, a veces, con riesgo de ser malentendido? Porque las ironías transmiten de
un modo muy vívido una opinión, al contrastar lo que la hablante esperaba o lo que
hubiera sido aceptable con la realidad que está juzgando o al evocar de algún modo, en
las ironías más complejas, varias realidades contrastantes.
Lo citado, en qué amable, es una frase que usamos habitualmente para indicar una
situación positiva, que es la normal o bien la deseable. Lo que hacemos es repetir
irónicamente lo que en casos no irónicos es una frase que indica complacencia y nada
más, y que ahora, en cambio, marca el contraste con el estado de cosas que criticamos,
a lo largo de un continuum gradual de la dimensión semántica «amabilidad».
Los conocimientos y creencias sobre el uso del lenguaje y sus hábitos no solamente
guían la conducta lingüística de los hablantes y los juicios que hacen sobre ella, sino que
explican las inferencias que se pueden hacer en determinados contextos, pues las
inferencias están siempre controladas por expectativas, y las expectativas fundadas en
criterios de adecuación y en hábitos. Los hablantes tienen un repertorio de frases
usuales, que distinguen de las menos usuales. Algunos pragmatistas llaman a los
significados más accesibles, por habituales, significados salientes 14 • Cuando el hablante
utiliza irónicamente un significado saliente, lo revitaliza semánticamente porque lo sitúa
en una dimensión de contraste respecto de alguna realidad. Así, la expresión qué
amable, ironizada, nos hace notar qué poco apropiada es a la situación, adquiere un
nuevo valor negativo. Según los experimentos hechos por los psicolingüistas, un frase
evaluativa, usada literalmente, posee menor efecto que si se la emplea para indicar un
contraste, o sea que una crítica irónica es, al parecer, más efectiva que una crítica
literal 15 • Esto contradice la caracterización que suele darse a la ironía cuando se la
estudia como un recurso de cortesía lingüística. Desde el punto de vista de Ja cortesía,
se considera que la ironía es atenuante y protectora de ambos interlocutores, ya que es
un modo indirecto de hablar, más fácil de cancelar, o menos claro, menos agresivo, que
una evaluación negativa explícita. Creo que los efectos que produce la ironía dependen
de muchos factores contextuales que solamente pueden estudiarse caso por caso, y que,
por lo tanto, las ironías pueden ser desde críticas aniquiladoras hasta sugerencias
amables.
Los lugares comunes, las fórmulas habituales, las verdades generales, condensan
muchas voces: no las dice ya una persona, sino un grupo, una comunidad, una tradición.

14 Véase Rache! Giora y Ofer Fein, «Ün understanding familiar and less-familiar figurative
language», Journal ofPragmatics, 31, 1999, pp. 1601-1618.
15 Véase, entre otros, Herbert L. Colston y Jennifer O ' Brien, «Contrast and pragmatics in
figurative language: Anything understatement can do, irony can do bettern, Journal o.f
Pragmatics, 32, 2000, pp. 1557-1583.

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Son frases de tercera mano pero también tienen la solidez de lo dicho por todos, de lo
que se considera normal, consensual. La ironización apunta a ambas dimensiones, en
diferentes grados según los contextos.
Cuando una de esas expresiones del repertorio usual se ironiza con mucha
frecuencia, sufre el desgaste de la ironización misma, se vuelve cliché irónico, y nos
obliga a un refuerzo. La expresión qué bien, por ejemplo, usada en tantas ironías,
requiere a veces refuerzo, si la situación de la que se habla no es suficientemente clara
o si no lo es la intención del hablante. Decimos, por ejemplo: qué bien, lo digo en serio.
Por otra parte, los lugares comunes que reflejan las opiniones aceptadas, o las
expectativas, o los deseos o ilusiones de la comunidad son candidatos a ser ironizados,
porque los hablantes están atentos siempre a que la vida no es como debería ser y como
ha quedado retratada en el lenguaje. O bien los hablantes son subversivos y quieren
desestabilizar creencias recibidas, como sucede, sobre todo, en la literatura. Pensemos,
por ejemplo, en el uso irónico que hace Femando de Rojas de los refranes y sentencias
con que Celestina intenta seducir a sus víctimas y las conduce finalmente a la muerte.
Algunas ironías no recurren a frases reconocibles, y esas son las que corren más
peligro de no ser captadas por los interlocutores, si faltan señales que permitan inferirlas.
Pero, como en cualquier tipo de comunicación, el hablante tiene que ocuparse de guiar
al oyente, para que este haga las inferencias que correspondan.
Veamos algunas señales suprasegmentales típicas de la ironía y el sarcasmo 16 • En
mi comunidad lingüística, como en casi todas, las ironías se dicen con cierto alargamien-
to y apertura de las vocales y con marcada nasalización: Mirá qué bieeeeen. La
nasalización es más evidente en el sarcasmo, que expresa mayor rechazo hacia las
palabras emitidas. La participación de la nariz, y, en general, de lo icónico, en estas
formas de comportamiento lingüístico marcadas por la afectividad, ha sido examinada
por varios autores, entre ellos Fonagi, que, siguiendo a Darwin 17 , dice que, cuando una
persona quiere eliminar algo nauseabundo, lo hace por la boca y también por la nariz.
A estos rasgos suele agregarse, en las ironías más sarcásticas, cierta lentitud en la

16 Casi todos los pragmatistas tratan la ironía y el sarcasmo como dos formas de lo mismo,
considerando el sarcasmo, cuando lo tratan, como una forma agresiva de ironía. Aunque esa es
también mi postura, al menos en este trabajo, señalo rápidamente algunas diferencias entre ambas
estrategias. El sarcasmo es siempre intencional, por lo cual no existen situaciones sarcásticas,
como sí existen situaciones irónicas. El sarcasmo es más crítico que la ironía y tiene, por lo
general, una interpretación única. La ironía es fundamentalmente ambigua: se produce, como dice
Linda Hutcheon, mediante un juego de significados contrastantes, rara vez un solo significado,
y rara vez exactamente el mismo para todos los intérpretes (véase L. Hutcheon,Irony 's Edge. The
Theory and Poli tics ofJrony, London, Routledge, 1994).
El sarcasmo es descortés y la ironía, por el contrario, puede servir para proteger la imagen
del hablante, al oscurecer sus verdaderas opiniones. Por otra parte, la ironía no siempre es verbal:
hay pintura, música, arquitectura irónicas. Finalmente, la ironía tiene prestigio filolosófico y
literario, ya que supone evaluaciones sutiles, ingenio en el uso del lenguaje y complicidad con
el interlocutor.
17 l. Fonagi, «Synthese de l'ironie», Phonetica 23, pp. 42-51 y Charles Darwin, The
Expression of the Emotions in Man and Animals, New York: Appleton y Co., 1873. Ambos
citados por Haiman, Talk is Cheap, p. 30.

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articulación y una caída de la entonación en la sílaba que lleva el acento. Tenemos el


efecto icónico de «masticar las palabras con desprecio», desprecio, que, notemos, recae
directamente en las pobres palabras, especialmente si las ha dicho la víctima del
sarcasmo. También suele aparecer, en el sarcasmo, un resoplido (por la nariz, con los
labios apretados) o una risita frustrada: Seguro que quiere ayudarme, hm.
Así como el mensaje irónico es incongruente (contrasta con la situación a la que se
refiere y con las opiniones del hablante) la entonación también lo es, precisamente para
marcar las otras incongruencias. Por ejemplo, es muy frecuente, en español y en muchas
otras lenguas, una entonación plana, acompañando palabras aparentemente entusiastas:
qué alegría; bárbaro; mm, qué maravilla.
También hay marcadores de ironía sintácticos y semánticos. Los más habituales y
mejor conocidos son los que indican exageración, por ejemplo los adverbios enunciati-
vos del tipo de realmente, sin duda: realmente es un genio. Otros rasgos que también
señalan exageración son las cortesías excesivas, los registros muy formales, la dicción
muy marcada. Estos y otros mecanismos llaman mucho la atención sobre las expresiones
usadas, desmintiéndolas al provocar el mensaje metacomunicativo «no quiero decir
esto». Tales indicadores, y otros, pueden encontrarse en lenguas muy distintas. La ironía
parece ser un recurso común a todas las culturas. Probablemente exista alguna
comunidad en la que todos hablen en serio siempre, o al menos no irónicamente, pero
me cuesta imaginarla, tanto como me cuesta imaginar una conversación en la que nadie
prestara atención a las palabras que está usando.
Dice John Haiman en su libro Talk is Cheap, ya citado, (el título podría traducirse
«Hablar no cuesta nada»), que la ironía y el sarcasmo revelan, mejor que ningún otro
fenómeno, la conciencia que tenemos los hablantes de que el lenguaje, por ser lenguaje,
es en realidad «aire caliente», no tiene consecuencias, por sí mismo, en la realidad.
Cambiar un pañal o decir una palabra mágica producen un efecto instantáneo, son actos
instrumentales. El lenguaje produce efectos solo si lo que dice A es entendido y
aceptado por B, y estas operaciones son tan frágiles que están controladas por
instituciones: como no podemos creer en la verdad de lo que nos dicen debemos recurrir
a las leyes, por ejemplo. La ironía, tal como la presenta Haiman, es una demostración
pública de nuestra conciencia de que los signos lingüísticos, cuya asociación con el
significado es totalmente arbitraria y están desplazados por completo del aquí y ahora
(pues significan más o menos lo mismo en diferentes circunstancias), pueden usarse con
el propósito de engañar. La ironía es un engaño mostrando el truco. Otros usos del
lenguaje que sirven para engañar, pero que aceptamos convencionalmente, son los usos
corteses y los rituales. En todo caso, la acusación de Haiman-«hablar no cuesta nada»,
«hablar de la boca para afuera»-nos permite avanzar un poco más y decir que los
hablantes saben que los signos siempre están desplazados (pues significan otra cosa
distinta de lo que son), que nos alienan (pues tenemos que aprender a usarlos y podemos
manipularlos, a diferencia de expresiones genuinas y no manipuladas, como un grito de
dolor) y que nos permiten mentir. Somos escépticos del lenguaje, tanto como de la
realidad que conocemos y evaluamos gracias al lenguaje. Por eso somos irónicos.
La ironía es un fenómeno metapragmático por excelencia. Revela por lo menos tres
tipos de conocimientos y creencias del hablante, que pueden ser más o menos
conscientes: en primer lugar, un conocimiento del lenguaje, de su modo de funcionar;

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156 GRACIELA REYES

en segundo lugar, un escepticismo sobre la capacidad del lenguaje para expresamos y


para nombrar la realidad: en tercer lugar, la fe, casi ciega, en el interlocutor, que es el
coautor de la ironía. Hasta las ironías más crueles presuponen y refuerzan la complicidad
con el interlocutor, que a veces es cómplice y víctima a la vez. Lúdicamente, la ironía
hace hablar mal al lenguaje, lo desplaza doblemente, lo vuelve a alienar. La ironía es
una re-alienación lúdica del significado lingüístico. No tiene una gramática propia (no
existe un «modo irónico» similar al modo subjuntivo) porque, por la índole de la ironía,
necesitaríamos un código jerárquicamente superior para ironizada, y así al infinito,
contra todas las leyes de economía y eficiencia que nos permiten manipular el lenguaje
con discreto éxito 18 •
En casi todos los trabajos sobre ironía se distingue de entrada entre la verbal y la
situacional, como si fueran dos fenómenos completamente distintos 19 . Ambas
manifestaciones tienen, sin embargo, elementos básicos en común. En primer lugar,
algunas ironías no intencionales forman parte de situaciones irónicas, ya que todo
enunciado es un elemento constitutivo de una situación. Cuando la hablante A, cuyo
marido tiene una amante, dice a su amiga B, que conoce la verdad, que ella, A, no
soportaría que su marido la engañase, este enunciado, dicho con inocencia (salvo que
hagamos intervenir al inconsciente) forma parte de una situación irónica, aunque no es
un enunciado irónico en sí mismo. La situación irónica es la que resulta del contraste
entre la realidad y las creencias de A, expresadas verbalmente.
Por otro lado, el atributo de irónicas, que aplicamos a ciertas situaciones (del tipo
expresado por dichos como «en casa de herrero cuchillo de palo») indica siempre un
contraste a lo largo de alguna dimensión de juicio, tal y como sucede en las ironías
llamadas verbales, en que se contrasta lo dicho y lo no dicho, a partir de un estado de
cosas criticado. Por eso es muy posible que la idea de «ironía de la vida» o «ironía de
las cosas» provenga de una extensión del término, que pasaría de ser la designación
retórica de un tipo de estrategia verbal a ser una evaluación de ciertos tipos de
situaciones. Esta extensión captaría lo esencial de la ironía verbal, que es la incongruen-
cia y el contraste, y lo propondría como cualidad de ciertas situaciones, consideradas
incongruentes de por sí. De la misma manera que decimos, por extensión, que una
música, un cuadro y también una persona son irónicos, adjudicándoles el atributo de
producir ironías, podemos decir que un estado de cosas es irónico, aplicando a la
realidad una denominación metapragmática que distingue ciertos usos del lenguaje. El
adjetivo irónico sería, en ese caso, una metáfora, y la ironía, práctica verbal muy
cultivada y apreciada, sería un punto de referencia para entender el mundo. Lo que
mostraría la penetración de la metapragmática en nuestros juicios sobre las realidades
no lingüísticas 2º.

18 Cfr. Haiman, op. cit., p. 59.


19 Dicen, por ejemplo, Sperber y Wilson: «There may exist interesting relations among
(di fferent forms ), but there is no reason to expect them to fall under a single unified theory of
irony»(«Verbal irony: pretence or echoic mention?», Journal of Experimental Psychology,
General, 113, 1984, p. 130. )
20 He repetido aquí observaciones hechas en Metapragmática, op. cit.

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El lenguaje, que, como todo sistema semiótico, opera por medio de la repetición de
los signos, que están desplazados de contexto y mantienen significados reconocibles en
cada nuevo empleo (o no nos servirían para nada), opera en ciclos de semantización y
des-semantización. El desgaste está compensado por la continua tendencia a la
innovación lingüística. Los hablantes tienen conciencia del ciclo novedad-rutina y de las
fosilizaciones y resurgimientos del significado, así como tienen alguna conciencia del
papel alienante del lenguaje. Hablar una lengua-incluso nuestra lengua materna, pero
piensen en el caso de tener que usar un código que no dominamos bien-nos obliga
siempre a alguna forma de control que tiene el efecto de separamos de nuestra propia
experiencia y manipularla, a costa de la espontaneidad y la sinceridad21 • A veces, en
momentos cruciales, nos damos cuenta de la inanidad de las fórmulas: qué difícil es
decirle a alguien «te quiero» o «lo siento» sin oír la repetición, la fórmula. Esa misma
conciencia de que el lenguaje nos separa de nuestras emociones auténticas es la que nos
lleva a distanciamos abiertamente del lenguaje y usarlo de un modo no serio, como
cuando mi sobrina postmodema dice de su hijo qué precioso bebé citando su propio
pensamiento, adelantándose a decir lo que yo voy a decir, comentando las bobadas
repetidas que decimos en estos casos, y a la vez diciendo, amurallada en su ironía, que
el bebé es precioso, ya que la ironía también sirve para decir la verdad fingiendo que se
finge no decirla.
Mi insistencia en el aspecto metapragmático de la ironía no debe dejarles la
impresión de que quito importancia a la ironía como estrategia que sirve para comentar,
generalmente en forma negativa, una realidad, contrastándola con otra mejor. Solo
quiero hacer notar que no tendría sentido evaluar la realidad usando mal el lenguaje
deliberadamente, llamando tanto la atención sobre el lenguaje, si no quisiéramos incluir,
en nuestra crítica, al lenguaje mismo. La ironía, en mayor o menor grado según los
casos, recoge y exhibe los más profundos escrúpulos metapragmáticos de los hablantes:
la conciencia de la repetición y el desgaste, la conciencia del engaño posible, la
conciencia del desplazamiento de la experiencia provocado por la actividad semiótica.
El metamensaje irónico («digo lo que digo pero no lo digo, sino que digo lo que tú
sabes») a la vez multiplica las resonancias con otras expresiones usadas en casos
contrastantes, revitaliza el significado acentuándolo y extendiéndolo, y consolida la
complicidad con el interlocutor, a veces a costa de la exclusión de otros interlocutores.
La ironía es una constante llamada de atención, que nos hacemos nosotros mismos,
sobre la capacidad del lenguaje para confundir y engañar, o sea, para crear ficciones.
Capacidad indispensable para producir literatura (y por lo tanto dar expresión a nuestros
más profundos sentimientos y deseos), pero también para comunicamos diariamente
mediante recursos tan importantes como citas, metáforas, hipérboles, eufemismos,
cortesías, implícitos, presupuestos. Sin la capacidad alienadora y ficcionalizadora del
lenguaje apenas podríamos dialogar con los demás. En su relato «El otro», en el que
narra un encuentro con una versión joven de sí mismo, escribe Borges, denunciando
irónicamente la fatalidad semiótica de toda comunicación: «!El otro y yo/ no podíamos
engañamos, lo que hace difícil el diálogo».

21 Cfr. Haiman, op. cit.

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En suma. El lenguaje posibilita la cognición: sin lenguaje, caeríamos en la nada


inconcebible. Pero el lenguaje, que articula organizadamente nuestra experiencia del
mundo es, como dice George Steiner, demasiado conservador y opaco para expresar
intuiciones nuevas, y de ahí los intentos de innovación lingüística de los poetas y de los
pensadores 22 • En sucesivos reciclajes, que son lentísimos, la gramática va convencionali-
zando la novedad, haciéndola expresable. Pero estos procesos tienen su propia inercia,
de la que, sin ser poetas, somos conscientes los hablantes en alguna medida. Al
desencajar el lenguaje y obligarlo a decir mal-con la esencial colaboración del
interlocutor-la ironía lo acusa y a la vez lo rescata, tensando los límites de la
comunicación y festejando a la vez la ambigüedad, el riesgo y el acuerdo entre los
hablantes. Como la literatura, la ironía hace palabras de palabras, una operación que a
la vez denuncia, exalta y celebra inmensamente el lenguaje.

22 George Steiner, Grammars ofCreation, New Haven, Yale University Press, 2001, p. 11 .

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