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No soy capaz de escribir poesía, ni siquiera un verso tan simple como la respiración inconsciente

y necesaria. La poesía es un arte, y no soy yo un artista, sino soy únicamente un mero personaje
que a veces escribe líneas en prosa que, con éxito, llegarán a una pequeña sección compartida
en la última página de algún periódico. Pero eso no importa mientras un ligero trozo de mi alma
se transforme en las letras que algún día han de llegar a ti. Un testimonio material de algo
metafísico que mora siempre en mi interior.

¿Lo recuerdas? Aquellas fechas decembrinas en que éramos un par de desconocidos. Mi vida era
amarga y mi interés no se hallaba en ningún lado, en ninguna persona. Una estación gris era lo
único que veía. Una estación que había durado tantos años que no podía recordar cuántos.
Apareciste como solicitud de amistad en una red social ¿Casualidad? No, las casualidades no
existen, las nornas lo tienen todo hilado y las runas ya han marcado el sendero. Pero uno nunca
piensa en el momento exacto en el que la vida da un vuelco.

Una guerrera, una amiga, mi más grande amor, mi motor de vida. Mi musa, la luz en mi vida. La
persona a quien deseo siempre proteger. Eres mi consejera, un ejemplo de vida. Me has
enseñado y dado más de lo que yo te he podido entregar a ti. Hemos recorrido varias tierras en
vidas distintas. Estamos unidos por la eternidad, y nos encontraremos siempre en existencias
postreras. Pasado, presente y futuro. Todo trascenderemos. Le diste sentido a mi vida, y por ti
me esfuerzo. Me cambiaste totalmente. Por tu amor me volví más abierto a la gente, y menos
hostil. Me diste un propósito y una alegría. Cuando hablamos, así sean dos minutos, serán los
dos minutos más hermosos del día. Porque te quiero, te adoro y te amo. Te convertiste en mi
todo. Eres tanto para mí, pero se puede resumir en una sola idea: gracias por ser mi pequeña
hermanita, Dulce. Gracias en verdad.