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Mujeres para recordar (I): Josefina

Marzo, mes de la mujer trabajadora

Me dijo por teléfono, en una de esas llamadas que llamaban entonces de larga distancia, que
su padre había sido desahuciado por los médicos en el Hospital. No había nada qué hacer.
Era mejor que lo llevaran a casa, a morir rodeado de sus seres queridos. Pese a la distancia y
el medio que empleábamos, pude captar la dimensión y profundidad de su dolor. No podía
contener el llanto, apenas lograba hablarme entre gemidos.

Procure consolarla con lo mejor de mi repertorio. Quedamos en que volvería a llamarme y


me contaría la evolución de la situación. Luego decidí escribirle una carta, quizás el modo
más elaborado y personal de tocar su alma. Empeñé en ello todo mi esfuerzo y agudeza. Sabía
bien cómo era ella, cómo pensaba, cómo sentía. Se trataba de fundirme con su corazón en su
angustia, de acompañarla en ese momento tan difícil, de hacerla sentir amada y valorada.

Entonces escribía uno las cartas a mano y tenía que ir al correo a enviarlas. Había un servicio
un poco más costoso, entrega inmediata, que con un poco de suerte, garantizaba que la carta
llegaría a su destinatario al día siguiente. Claro, siempre y cuando ella estuviera pendiente
del apartado aéreo, y pudiera recogerla pronto. En todo caso confié en que pasarían máximo
tres días para que recibiera mi abrazo escrito y mis conmovedoras palabras de solidaridad y
aliento.

Era viernes en la mañana cuando puse la carta estampillada en el buzón de Avianca. Si mi


fortuna era favorable probablemente ella la estaría leyendo en la mañana siguiente. Si no,
sería el día lunes. Sabía que una vez la leyera me llamaría plena de entusiasmo. Tres años de
amores me habían enseñado a conocer bien sus reacciones. Habitualmente nos separaban mil
kilómetros, pero ella o yo viajábamos en busca del otro y una o dos veces al año
compartíamos semanas o meses juntos. Éramos novios, sí, al viejo estilo, pero sabíamos
arreglárnoslas también.

A los veintitrés años se es bastante desmedido. Para entonces ya había terminado mis clases
académicas en la Universidad Nacional y estaba dedicado a estudiar individualmente en casa,
con el fin de presentar los exámenes preparatorios que me permitirían recibir el título de
abogado. Ya había pasado con éxito los de derecho público y penal. Por esos días estaba
consagrado al derecho civil, pero el tiempo era mío, me presentaría cuando me considerara
listo.

Aquel sábado lo aproveché para mi entretenimiento personal. Pasé la tarde y buena parte de
la noche con mis amigos y hermanos más cercanos, bebiendo cerveza y escuchando
canciones vallenatas en el equipo de sonido. Quizás hablando del caso del papá de Josefina
y la pena de ella. Debimos bailar, mi hermana era una excelente cocinera y con toda seguridad
que debió prepararnos uno de esos deliciosos platos que tanto nos fascinaban.

Al mediodía del domingo fueron a despertarme. En la madrugada me había quedado fundido


por la borrachera y aún no había sido capaz de volver en mí. En casos así, no se llamaba a
ninguno, se lo dejaba permanecer en la cama hasta que se parara por sí mismo. Éramos
muchos hombres en casa, 8 hermanos varones, y el menor apenas debía andar por los
dieciocho. El ambiente familiar era de tolerancia y hasta de complicidad con los desórdenes
y juergas de los hijos.

Para sacarme del adormecimiento alcohólico me insistieron en que debía poner cuidado.
Josefina había llamado esa mañana un par de veces, sin que hubieran podido hacerme poner
al teléfono. Su padre había muerto ese mismo día, temprano. Ella iba al Valle a gestionar lo
necesario. Me había dejado la razón de que el sepelio se efectuaría al día siguiente, a las ocho
de la mañana. Me sentí doblemente mal, por la noticia, que me dolía, y por ella, porque no
había podido atenderla.

Los acontecimientos se precipitaron de un modo que no puedo olvidar. Alguien de mi familia


se ofreció a regalarme el pasaje en Avianca. Si había algún vuelo que me permitiera volar a
Valledupar antes del sepelio, podía darle a Josefina la sorpresa de presentarme en su casa y
acompañarla en su dolor. Me invadió cierto sentimiento de ansiedad. Todo se dio, el vuelo
salía a las seis de la mañana. Debía presentarme al aeropuerto a las cinco.

De ser así, a las siete estaría en mi destino. Supongamos media hora para presentarme en la
casa de ella, iba a llegar justo a tiempo para la salida del entierro. La casa era de esquina. El
taxista entró por la carrera y frenó frente a la puerta que daba al patio. Cuando vio la
aglomeración y reconoció el luto me preguntó con curiosidad quién había muerto. Le informé
deprisa, pagué la carrera y descendí. Ingresé a la vivienda y percibí la sorpresa general cuando
me vieron.

La consideré normal, al fin y al cabo era lo que pretendía. Sorprender a mi novia y a su


familia con mi inesperada presencia. Uno de mis cuñados, al que llamaban el Cura, años
después asesinado a unos cuantos metros de ahí por los paramilitares, se levantó a abrazarme
y se fue en llanto cuando me habló. Con extraña amargura en la voz me soltó de un sopetón
que su padre había muerto en la madrugada del día anterior y que Josefina había fallecido en
la madrugada de hoy.

Quedé de una pieza. Sus hermanas me condujeron a la sala y allí vi los dos féretros, con los
cadáveres dentro. Josefina estaba cual era, tenía pocas horas muerta. A eso de las dos de la
mañana había manifestado un fuerte dolor de cabeza, tras llorar a raudales al pie del féretro
de su padre. Se retiró un momento a reposar en su cuarto. Una de sus hermanas la encontró
allí, bocarriba en la cama, un rato después. Era enfermera y con un golpe de vista supo lo
ocurrido.

Aquella muerte y el episodio en general causó profunda conmoción en el pueblo. Josefina


tenía 28 años y era considerada una de las muchachas más lindas de la población. Había
estudiado y luego trabajado con mucho juicio. Gozaba del aprecio y la admiración general.
En su casa era un segundo padre, todos sus hermanos, incluso los mayores, acataban su
voluntad con agrado. En su oficina la adoraban. Yo, de más está decirlo. Se fue el 4 de octubre
de 1982, día de San Francisco de Asís, el patrono del pueblo, en pleno desarrollo de sus
fiestas. Mujeres e historias para no olvidar.
Montañas de Colombia, 3 de marzo de 2015.

GABRIEL ANGEL