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La vida de hielo.

Capítulo 1: El encuentro.
El aire penetró por mis fosas nasales y tomó lo último que quedaba de calor en mi
cuerpo. Podía sentir el dolor en los dedos y como el color pálido de ellos pasaba a un
morado de muerte. La ropa era insuficiente para extinguir el frio. Pero, ¿qué iba a saber
una niña de seis años sobre el frio y los fantasmas?
- Elsa, despierta, Elsa…
- ¡Por Dios! -despertó de golpe y aun mareada, por la velocidad con la que salió
de la cama, empezó a vestirse.
- Otra vez soñaste aquello, ¿verdad?
- Anna…-Elsa se vestía a toda prisa-, ya lo superé. ¿Mis guantes?
Anna le tendió los guantes.
Elsa tenía ya ocho años con una maldición. Nadie sabía cómo revertir el hechizo; Elsa
nunca cooperó, nunca dijo como se maldijo o como fue la noche en que todo sucedió.
Empezó a alejarse cada vez más.
Anna justificaba a Elsa creyendo en el recuerdo de su hermana no maldita. Anna
aseguró que Elsa temía el congelar a más personas y por eso nunca más volvió a ser
la misma. Pero en el pueblo se creía que el hielo había hecho su trabajo: Elsa era desde
ese momento y para siempre la Reina de las Nieves. Su cálido corazón se convirtió en
una roca helada.
Era tarde para la fiesta que los Reyes habían preparado. Ya muchos de los carruajes
ya habían llegado al castillo. Elsa miraba por la ventana a todos los caballeros que por
su mano venían: unos altos, otros bajos. Todos elegantes.
Antoniette, una criada francesa, se ocupaba de arreglarle el cabello y maquillarla. El
matiz negro, del lápiz de carbón que coloreaba los ojos brillantes de Elsa para tapar la
fealdad de sus cicatrices, y la boca roja solo la hacía ver más pálida. Acentuaban su
delgadez y hacían brillar la blancura de su cabello. Una chica de diecinueve años y ya
parecía una vieja reina…
- La Reina de las Nieves…
- Disculpe… señorita, ¿dijo algo?
- ¿Qué importancia tiene que me case?
- Señorita, es para que pueda ser Reina. Es importante unir los reinos. Estamos
en guerra desde hace tanto… necesitamos la paz.
- ¿Y yo soy la paz?- Elsa dejo de mirar por el espejo, la falta de respuesta de
Antoniette la dejo perpleja. Elsa iba a decirle que respondiera lo obvio, que ella
era una asesina a sangre… gracioso, a sangre fría.
Antoniette estaba helada. Los labios los tenía morados, las manos negras y las mejillas
de porcelana: frías y duras. Una muerte por hipotermia.
- Si soy la paz… ¿Por qué no controlo esto? -miró sus manos, cuyos guantes
estaban rotos por un lado- Respóndeme, si soy la paz, ¿por qué estas muerta,
Antoniette? ellos temen el casarse conmigo, lo hacen por el dinero de mi padre.
La guerra inicio por su miedo hacia mí.
- ¡Oh por Dios, Antoniette!
Anna entro corriendo al salón, tomó la mano de Antoniette y empezó a gritar buscando
ayuda de los Guardias de la Realeza.
- ¿Otro accidente? Tranquila, ellos entenderán. Ayúdame a bajarla, hay que
descongelarla, tal vez todavía haya tiempo.
Elsa se fue del salón sin mirar a la mujer muerta o a la hermana. Simplemente salió.
Desde su cuarto se escuchaban los pasos de los invitados que salían del castillo
despavoridos; también escuchaba las voces de los médicos, leñadores y “personal
calificado para revivir los accidentes de Elsa”. Era normal que una chica de diecinueve
años estuviese harta de un poder tan mortífero. Los ojos de la pequeña empezaron a
brillar, las lágrimas querían salir… Elsa trato de evitar las lágrimas.
La princesa de diecinueve años empezó a gritar, cada lágrima se congelaba al salir de
su cuerpo y le rasgaba la piel de los ojos. Las cicatrices de alrededor de sus ojos se
volvían a abrir. Cinco minutos de gritos y lágrimas de sangre fueron para la pequeña
princesa suficiente. Trató de calmarse y dormir. Total, escuchó que Antonitte estaba
estable, y que Anna llegó a tiempo para salvarla.
Su cuerpo se hundió en la cama y su almohada acogió el sueño.
¿Qué iba a saber una niña de seis años sobre el frio y los fantasmas?
El helado pedazo de vidrio que penetró por mi pecho llegó a mi corazón, y un extraño
frio empezó a perdurar para siempre en él. Una roca de hielo fue creciendo desde
entonces. Las muertes ya no importan, las muertes ya no importan, las…
- Tenemos que llevarla a la torre. Lejos de aquí. Habrán más muertes, cariño…
En un estado somnoliento Elsa volvió a caer en su almohada. “Habrán más muertes”,
pensó.
El aire estaba frio. Mi nariz estaba acuosa. Todavía tenía calor en mis venas, lo había
comprobado al cortar mi brazo derecho. Brotaba de él un color vinotinto brillante, era la
cálida sangre. La nieve estaba pintada de rojo.
Tenía mucho miedo. Salí de la casa, sentí como algo me perseguía. Algo me estaba
vigilando. Una vez lejos de aquella cabaña, el sol empezó a salir, pero ya no sentía el
calor que solo el sol puede dar en un día de invierno. No sentía nada, no había calor.
Su cuerpo estaba frio.
- Hermano, no…
- No te muevas.
- Jack… el hielo se está quebrando.
- Será como un juego, hermanita. Vamos a contar: uno…
Elsa tomo su vestido y corrió hacia las voces. Tal vez la ayudarían a quitar el frio de su
corazón. Ese que tenía desde que el espejo se le clavo en el pecho. El mismo con el
que se cortó el brazo para cerciorar si su sangre todavía era cálida.
Dos…
Elsa los veía. Estaban patinando en el lago, la ayudarían… “Espera, ese lago… ¡Se van
a caer!”.
Tres.
- ¡NO!
La niña había sido empujada por el bastón del chico y al caer en la nieve pudo ver cómo
su hermano, el cual cayó al agua, se ahogaba, se helaba, se moría. La niña se desmayó.
El aire penetró por mis fosas nasales y tomó lo último que quedaba de calor en mi
cuerpo. La herida de mi brazo se cerró y dejo de sangrar. Pude respirar el frio y no me
causo temblor o escalofríos. Me lance al agua o eso creí…
Mi cuerpo cayo al lado de la niña y mi espíritu viajo al cuerpo del joven. Me introduje en
él. Podía sentir el dolor en los dedos y como el color blanco de ellos pasaba a un morado
de muerte. La ropa era insuficiente para extinguir el frio. El agua me paralizo los huesos,
no podía moverme y tampoco respirar, estaba muriendo. Estaba muriendo con él.
Traté de sentir esa fuerza que estaba en el pecho de mi cuerpo. Esa parte que cortó el
vidrio. Trate desesperadamente de saber que era… y por fin me di cuenta. El hielo, la
nieve y el aire helado del invierno, eran mis amigos. Me habían salvado de lo último que
vi en esa casa: La Oscuridad.
Use el poder que el hielo me dio en aquel momento y se lo pase al joven de cabello
castaño. Estaba tratando de reanimarlo. Tratando de salvarnos a los dos. Sentí sus
últimos pensamientos, sentí su miedo. Estoy sintiendo el amor que siente por su
hermana. El amor de este niño, lo cálido de su corazón… lo cálido… ¿Odio?
- ¡Elsa! Mi amor, nos vamos. Despierta.
- Mamá, ¿a dónde vamos? Estaba soñando otra vez…
Eran las tres de la mañana y sus padres parecían querer un viaje de campo. Elsa
enmudeció, no entendía el por qué su madre no tenía la típica cara de felicidad, aquella
que siempre carga con un viaje. O por qué su hermana no estaba brincando a su lado
como toda una molestia feliz por el viaje…
- ¡Elsa, corre! –Anna llego agarrada por dos de los Guardias de la Realeza- ¡Corre!
Y aun en la cama, Elsa recordó:
- Tenemos que llevarla a la torre. Lejos de aquí. Habrán más muertes, cariño. Lo
hacemos por los ciudadanos, ella entenderá.
Elsa corrió. Sin guantes que impidieran su poder empezó a congelar a todos los que se
le atravesaran. Un guardia blindo su espada, quería matar a la Reina de las Nieves.
Elsa, con un rápido movimiento tomó de su espalda una espada, la cual, grotescamente,
se formó de la columna y salió con calma de su piel, rasgándola y dañándola, para ser
usada por su dueña.
Con un rápido movimiento le corto el abdomen a guardia. Elsa tuvo paso hasta las
puertas del castillo, todos los guardias empezaron a temerle y se alejaron corriendo.
Aun con la sangre en la cara y manchas en el vestido de las tripas del último guardia
que mato, Elsa tomo un caballo blanco, le tocó el corazón y lo congelo. El caballo se
volvió un animal de hielo, ningún metal podía quebrar a la bestia.
Al día siguiente, la Reina de las Nieves se encontró a las orillas de un lago. Había
recorrido los kilómetros suficientes para estar lejos del pueblo y el castillo. Esa noche
decidió dormir a la orilla del lago.
Estaba tratando de despertar cuando una voz le susurró:
- Te encontré.
Elsa se despertó. Vio el lago congelado y el bosque. A su derecha estaba el caballo de
cristal y a su izquierda se alzaba con ímpetu a su vista el lago congelado y el bosque
color blanco. El sol apenas rasgaba las nubes.
- ¿Quién está ahí? Te escuche.
- Esta más vieja que aquella vez –después de esto la voz rio a carcajadas.
Elsa tomó la espada que dejo al lado del caballo y apunto a la nada.
- Repito, ¿quién anda ahí? Soy la Reina de las Nieves y te mataré si lo deseo.
- ¿Matarme? ¿Por qué? Aquella vez te costó salvarme la vida.
- ¿Salvarte? Muéstrate. Yo nunca he salvado a nadie.
Elsa dejo de escuchar la voz y empezó a sentir un cosquilleo en su interior y poco a
poco una voz surgió en su cabeza.
- Así se siente el poseer a alguien. ¿Todavía no sabes quién soy yo? Soy tu
primera víctima, pequeña asesina.
Y como una obra de teatro en la plaza Central de Arendelle empezó a pasar por su
cabeza una historia de terror.
Me estoy muriendo. Por Dios, Bueno, Salve a mi hermana, Es lo importante… Tal vez,
vaya al cielo. ¿Esto es un sacrificio? Tengo tanto miedo. No quiero morir, fui tan idiota.
Tal vez había otra salida… otra, cual sea. Muero.
- Me falta el aire –empezó a decir Elsa- ¿Qué pasa?
- Tranquila. Así se siente morir. Solo escucha, y mira mi historia.
Voy directo a la luz. Es esto el cielo. Parece serlo. Espera…
Así fue como empecé a descender, dejar la brillante luz y volver a la oscuridad. Pero
esta vez no me sentía en mi cuerpo, pues, sentía que alguien me dominaba y me
empezaba a dar una especie de energía. Una energía que no quería.
- ¡Vivirás!
Solo eso escuché.
Y con una ensordecedora luz Elsa salió del trance.
- Eres el chico del lago… Pero, ¿eso no fue un sueño?
- Me temo que no… Reinita.
- ¿Dónde estás? Muéstrate.
De entre los arboles una figura encapuchada empezó a materializarse. Era un chico,
tendría como doce años. Su piel era tan pálida como la mía, sus labios tenían ese color
morado de muerte y su cabello era de un color plata. Era hermoso…
- No eres ese chico… Además, flotas. Acaso… ¿eres un fantasma?
- Elsa, Reina de las Nieves, yo había muerto. Y en tu intento de salvarme, atrajiste
mi alma a este mundo. ¿Sabes cuánto me costó darme cuenta que estaba
muerto? ¿Qué era un alma en pena? ¿Qué todo fue tu culpa?
- Pero su cabello era castaño y sus ojos también.
- Al poseerme y darme esa energía que habita en tu corazón, me diste parte de ti.
Yo soy una versión de ti… pero muerta.
Elsa sintió que el mundo no era real. El bosque empezó a dar vueltas y, como aquella
vez en la casa del bosque, una oscuridad se apoderó de ella. Se desmayó.
- Elsa, me estoy tomando la molestia de ayudarte por una razón: te necesito.
El olor era a madera. Las paredes estaban cubiertas de madera, la cama era cómoda y
en la frente tenía un pañuelo mojado.
- No. No puedo tomar objetos. Pero si puedo hacerlos levitar –dijo el joven
fantasma sentado en una silla-, si tienes alguna pregunta mejor hazla ahora.
- La idea no era que murieras…
- Ya estaba muerto cundo llegaste –el chico torció los ojos, parecía que no era lo
que quería escuchar.
- ¿Por qué me necesitas?
- Eso; ahora si vamos bien, Reinita -El chico flotó y se sentó encima de la cama,
en las piernas de Elsa. Si bien ella no sintió nada, no pudo evitar ruborizarse-.
Verás, aquella vez, te devolviste a tu cuerpo y te desmayaste. Mientras tanto, yo
desperté lejos de casa. La Guardia Real te llevo de regreso al Castillo, y a mí me
toco vagar por ahí y por allá bastante tiempo.

Cuando me di cuenta que estaba muerto, lloré por ello y te odie. Créeme, pase
por mucho para recordar todo esto. Cuando uno muere se le borra el chip de la
memoria.

- ¿Y para qué me quieres, fenómeno?


- No estás en posición de llamarme fenómeno, Reinita de las Nieves voladoras.
Elsa no pudo evitar sonreír. Pero el niño no se dio cuenta de ello.
- Mira, mi cuerpo está congelado en el lago. Yo mismo lo busque y lo congele en
una capsula. Cuando por fin te encontré, los rumores decían que estaban
reviviendo a las personas que matas…
- Sí, pero solo reviven aquellos que de la muerte no ha pasado ni cinco minutos.
Tú llevas muerto como ocho años.
- Llevas la cuenta…
- Si tienes este sueño recurrente, sí.
- No es un sueño. Estoy aquí.
- Todavía creo que duermo.
- En fin, cree lo que quieras. Necesito que me ayudes a descongelar mi cuerpo y
meterme en él.
- ¿Y tú crees que yo soy la dadora de vida?
El niño creyó enloquecer. Hablar con ella le pareció más difícil de lo que había planeado.
Tomo el paño y se lo lanzo a la cara.
- Escucha, Reinita. Yo no he estado ocho años esperando que tus poderes y los
míos se desarrollen al máximo por nada; tienes la forma de pasar una parte de
tu energía a las cosas. Ese corazón de hielo que tú tienes es la herramienta. Al
congelar mis órganos vitales con él, puedo poseer mi cuerpo y este nunca se
pudrirá.
- ¿Y cuál es la diferencia de ser un fantasma a un zoombie?
- Sentir. Tú sientes.
Elsa no pudo responder. Ella sentía, pero estaba segura que el sol calentaba y eso no
lo sentía. Aun así, sentía más que él.
- Además, con mis poderes puedo hacerme envejecer poco a poco. Tengo ayuda
de otros seres como nosotros. El Tiempo me ayudará. Podre envejecer, no
biológicamente, pero Tiempo me ayudará a ir envejeciendo visualmente. Será
como ser humano otra vez. ¿Entiendes?
- ¿Cómo te llamas?
- Oh, sí. Lo siento. Me llamo Jack Frozen
- .Elsa, princesa de Arendelle. Reina de las Nieves. Si te ayudaré
Capítulo 2: Encontramos el cuerpo.
Nunca había logrado dormir bien de noches, la verdad nunca había querido dormir de
noche. Decidí pasear un rato por la habitación de la cabaña, traté de ignorar el hecho
de que un fantasma estaba durmiendo en la otra habitación. Él dijo que los fantasmas
no duermen, pero que si recargan energía plasmática, sea lo que sea eso.
En fin, no me interesa si ese niño fue la primera víctima que mate. No me interesa. No
tengo nada que hacer así que por eso lo ayudaré. Además, no veo por qué no, mis
padres me destierra y yo consigo un fantasma que maté y resucité hace ocho años.
Recuerdo esta cabaña de algún sitio.
Ese pensamiento me tiene fastidiada desde hace horas.
La madera de color caoba le da un aspecto caluroso al lugar, tal vez está caliente,
acogedor. No sé, hace tiempo que deje de sentir calor. La chimenea al lado de la cama
está apagada, tal vez Jack se dio cuenta de que es innecesario. Bueno, por lo menos
solo brillaba la vela en la mesa del centro.
Tus cicatrices, tienes que revisarlas.
Mis cicatrices, cierto. Busque en los cajones de la mesa un espejo. Vi mi rostro y
encontré unos ojos que todavía lucían ese maquillaje que tapa las cicatrices de mis
lágrimas. Desabroche mi vestido y lo deje caer por mis piernas; mis brazos y pecho
están bien.
Tengo que sacarme esta ropa interior, no dejan ver nada.
Vi mi espalda y allí estaba: una herida enorme por donde había salido la espada.
- Estas tardando en sanar…
- Si, ¿eso duele? Digo, ¿cuándo sacas cosas de hielo por tu cuerpo?
- Por Dios… ¡Sal!
Elsa trató de taparse con la piel del oso que servía de tapete, el chico de cabello plateado
le había estado mirando las cicatrices. No tenía su vestido ni la ropa interior. Estaba
desnuda y un chico la había visto.
Jack salió del cuarto atravesando la puerta.
- Oye, no te preocupes. ¿Sabes? tengo diecisiete. No es algo que no haya visto
antes –dijo desde detrás de la puerta.
- Por Dios, eres un puerco. Maldito.
- Me preguntó qué te habrá salido del muso para tener esa cicatriz ahí.
- ¿Viste mi pierna? –Gritó la Reina de las Nieves horrorizada.
Esa noche Elsa durmió con vestido, cobija y tapete. Ningún hombre, por muy fantasma
que fuese se iba a aprovechar de ella. Le costó conciliar sueño.
Por otra parte Jack añoraba la sensación cálida del cuerpo de una mujer. Elsa nunca
hubiese sabido que él solo mirarla le era una tortura. Jack no podría, aunque quisiera,
hacerle algo.

El camino de regreso al lago fue silencioso, no había duda en que Elsa tenía la piel
ruborizada. Así sea un simple matiz rosado pálido, pero estaba colorada. El caballo de
cristal andaba sin prisa mientras que Jack flotaba de un lado a otro impaciente por
conseguir su cuerpo.
El hombre de hielo estaba fastidiado de la nueva actitud de la Reina de las Nieves. Fue
solo un vistazo y Elsa toma la actitud de enmudecer. El camino era largo y tenían mucho
de qué hablar.
- Sabes que me hiciste lo peor que se le puede hacer a un ser humano.
- Pensé que eso era la muerte…
- Peor, Elsa, es la vida eterna.
Otra vez, silencio.
La nieve del bosque era más blanca que en cualquier parte del reino. Estaba limpia y
helaba fuertemente. En el camino se consiguieron varios obstáculos: un lago, unos
lobos y algún que otro viajero. Fácilmente fueron solucionadas aquellas adversidades:
un puente para el lago y unas ventiscas para los lobos y los viajeros.
Elsa empezaba a sentirse cómoda con el niño fantasma. Pensó que si hubiese sabido
lo que le haría el salvarlo aquel día lo habría dejado morir en paz. Nadie en el mundo
merece pasar una tormenta tan helada que el vivir eternamente sin sentir nada.
- ¿Me odiaste?
- ¿Qué? –pregunto Jack sentado en la cabeza del caballo.
- Me odiaste. Todos me odian, no sé porque pregunté.
- Si te odié, pero te vi el otro día que estabas llorando. Entendí que tú también
estabas como yo…
- ¿Muerta?
- En pena.
Silencio.
Era cómodo, Jack empezaba a gustarle la sensación cálida del silencio de Elsa.
Mientras que Elsa se empezaba a reír con más frecuencia de los chistes de Jack y
Jack varias veces la vio jugando con la nieve.
- Mis padres me iban a desterrar, por eso escape… -empezó a decir Elsa- hay
una torre, muchas veces me llevaron de niña. Trataron de muchas formas
deshacer esta maldición… dolía.
- Por eso las cicatrices –A Jack le gustó haber visto ese pálido rubor en las
mejillas de Elsa.
- Sí, me inyectaron, golpearon, e incluso rezaron por mí en todas las religiones.
Me introdujeron líquidos, objetos… no volví a ser la misma.
- Lo sé, ya no juegas con Anna.
- ¿A caso me tenías vigilada? –A Elsa le molesto aquello y dejo caer la nieve
con la que estaba jugando –Anna, ella siempre lo ha tenido todo.
- No tus poderes.
- ¿Los poderes que matan? No puedo tocar a ningún hombre sin hacerlo morir
de frio.
Jack enmudeció. Pesó que tal vez ella y él no eran tan distintos. ¿Qué tanto puede
sentir una chica que no ha tocado a un hombre en toda su vida? Los dos dejamos de
sentir hace mucho tiempo.
- El día que te encontré –Logro decir Elsa-, me habían hechizado. Corrí hacia
ustedes en busca de ayuda.
- ¿Cómo fue? ¿Cómo te maldijeron?

- Mañana me van a llevar a la torre. Anna, dicen que ahí es donde van las
princesas que se portan mal. Yo solo le robe una manzana a mamá.

- Ve a la cabaña en medio del bosque, hermana. Yo te cubro. Por lo menos hasta


que mamá se le pase el enojo.
La noche estaba demasiado fría. No podía sentir mis pies, ni mis manos, mucho menos
mi cara. Tomé el caballo de un granjero; el hombre estaba borracho en un bar,
alcoholizado besándose con una prostituta. No me importó robarle el caballo.
Cuando estuve cerca de la cabaña sentí una sombra sobre mí, algo inexplicable. La
llame La Oscuridad.
Deje al caballo en medio del bosque y corrí a la cabaña, aquella sombra empezó a
susurrar, decir cosas. Ya no era solo una visión, era real. Cuando llegue a la cabaña,
que pude encender una fogata para calentarme, lo vi. Era un hombre, alto, de cabello
negro, grotesco, lleno de suciedad. De niña no comprendí lo que quería hacerme. Me
dijo:
- La única luz que queda, la de tus ojos. Tú brillas.
Se acercó mucho, temí que algo me pasará. Agarro mi muslo y clavo una espada en él,
inmovilizándome en el suelo de la cabaña. Pero se equivocó, le lance un espejo. Uno
que estaba al lado de mi mano. Convenientemente chiquito y convenientemente filoso.
Los vidrios se clavaron en su cara, justo cuando una rama con mucha nieve destruyó el
techo de la cabaña. Los vidrios más la nieve, me dieron la oportunidad de salir; rasgue
mi pierna con la espada y corrí hasta la salida de la cabaña. Pero en la puerta de la
cabaña me voltee, quería ver al atacante, recordar su rostro y llevarlo ante la Guardia
de la Realeza, pero el hombre se desvaneció. Empezó a formarse una oscuridad
alrededor de los pedazos de espejos y la nieve, y con toda su furia la nube negra lanzo
un cristal directo a mí.
La Oscuridad movió con cuidado el cristal por mis órganos hasta déjalo en el corazón.
Haciendo crecer en él una maldad indescriptible. Poco a poco y con cada día que pasa
me importa menos a quien mato.
Tome uno de los cristales que estaban en el suelo y corté mi brazo derecho. Dirás que
estaba loca. Pero empecé a no sentir nada más que frio. Mucho frio. Sentía algo palpitar
por mis venas, algo cálido, lo único cálido y fue cuando vi mi sangre verterse a litros en
la nieve. Sabía que por lo menos ahí había calor.
Camine y camine. Mis heridas se sanaban, pero se estaba congelando todo dentro de
mí. Sentía odio, principalmente por Anna, ella me mando a la cabaña. Y yo que le hice
caso…
Necesitaba ayuda, tenía miedo. Y fue cuando la escuché, a tu hermana.
Todos los inviernos patinabamos en ese lago, y sé que el vidrio es muy delgado porque
una vez se quebró y me caí. Mis padres y la Guardia de la Realeza me sacaron del lago;
por eso cuando te vi allí, encima del cristal del lago, trate de gritarte. No sé si mi voz
salió, pero después solo quise ayudar, fue la última vez que quise ayudar.
- Llegamos, Reinita.
Elsa se entretuvo contando la historia. El día terminó en noche y el lago estaba al frente.
Jack realizo círculos con su bastón y del lago salió un cubo de hielo, dentro había un
cuerpo. Elsa lo recordó todo.
- Esa es tu historia. Yo solo quería salvas a mi hermana, pero al morir… quería
que ella hubiese muerto en mi lugar. Todavía lo pienso.
Elsa abrió sus ojos, una lágrima quiso salir. Empezó a doler. Antes de que la lágrima
saliera Jack se acercó a Elsa, tomó su rostro con una mano y besó las cicatrices de su
ojo, convirtiendo el hielo, de la lágrima, en nieve. Por primera vez Elsa lloraba y no le
dolía.
- Vamos, tengo que volver a sentir.
Elsa se dio cuenta que no sintió el beso de Jack. Solo vio cómo se acercaba su figura,
pero no sintió unos labios posarse en sus ojos. Elsa quiso sentirlo.
Con un movimiento de las manos creó una mesa, colocó el tapete del oso pardo para
cubrir el hielo y, una vez que Jack descongelo el cuerpo, lo coló sobre la mesa. Elsa
sabía muy bien lo que tenían que hacer. A unos kilómetros estaba la cabaña donde La
Oscuridad la encontró. Tenía que llegar y encender la fogata, mientras Jack está
poseyendo el cuerpo.
- ¿Listo? –Le preguntó la Reina de las Nieves.
Jack la miro con complicidad. Sabía muy bien lo que haría después de poseer el cuerpo
y recuperar energías. Jack se alejó de Elsa, se dio cuenta que en mucho tiempo no
había confiado tanto en alguien como en ella. El niño se metió en su cuerpo e
inmediatamente empezó a temblar y cambiar de color. Elsa empujó la mesa hasta la
cabaña.
Al encontrar la cabaña dudo en entrar, pero el cuerpo de Jack daba saltos,
convulsionaba, abría y cerraba los ojos y de vez en cuando hablaba. Antes de que los
lobos los atacaran decidió entrar.
Encendió la fogata y, tal cual como vio hacer las reanimaciones en el Castillo, tomó el
fuego con unas varas de madera y se las pego a Jack en el pecho. El chico gritó y su
frio cuerpo apago las llamas.
Fueron diez veces de aquello. Ahora solo quedaba una última cosa: cubrir el cuerpo de
Jack. Tomó todas las mantas que en la casa habían y se las hecho al cuerpo. Reviso
los estantes y consiguió una botella de agua ardiente, con un embudo se lo vertió por la
boca a Jack.
El niño despertó, vio a Elsa y no la reconoció.
A Elsa no le importó los gritos de Jack. Lo tomó en sus brazos y lo abrazo. Con una
ráfaga de fuerza le paso de su frio corazón una parte del hielo. Tal como le dijo Jack
que hiciera para que pudiera perdurar su cuerpo sin podrirse.
Elsa se desmayó de infracto.
- Elsa, Elsa, Reinita. Por favor, despierta.
Elsa empezó a sentir el paño mojado en su frente. Las mantas cubriendo su cuerpo y la
voz preocupada de Jack… La voz preocupada de Jack.
- Me reconociste –Elsa se levantó y abrazo la figura de Jack.
- ¿Cómo no lo iba a hacer?
- Cuando despertaste, no pudiste reconocerme.
- Estaba muerto, y resucité… tenme paciencia.
- Tu cabello…
- Si, mis cabellos y ojos se quedaron pateados. Tal vez es la exteriorización de tu
magia.
Elsa no pudo comprender la felicidad que sentía. Solo se dejó enternecer por el abrazo
de Jack. Quienes todavía no se habían dado cuenta de una cosa: él estaba sintiendo y
ella estaba sintiendo calor corporal.
Capítulo 3: La Oscuridad
Ambos durmieron en la cabaña, Elsa olvido las historias que allí se cuentas y Jack ignoró
otro segundo sin poder dormir. Por alguna razón su cuerpo se sentía como antes pero
tenía miedo: sentía una fragilidad incomparable. Se sentía de cristal.
La fogata permaneció toda la noche encendida.
Al día siguiente, Elsa cocinó el desayuno. Ambos se sentaron a comer y ninguno dijo
nada. Tenían miedo de que la felicidad fuera solo cuestión de segundos. Además,
ambos sentían algo extraño. Jack podía ver el color en las mejillas de Elsa y Elsa pudo
ver el temblor en la mano de Jack cuando ella se acercó para retirar el plato.
- ¿Qué harás con tu nueva forma? –preguntó Elsa para quebrar el hielo.
- Primero tengo que hablar con El Tiempo –dijo Jack como si repasara una lista
de compras-, él dijo que me ayudaría a envejecer. Tengo que pedirle que me
vuelva ocho años más viejo y así pueda ir a casa de mi familia e inventar alguna
historia de cómo no morí.
- ¿Quizás después quieras ir al Castillo? –Elsa estaba lavando los platos y trató
de no mirarlo mientras decía aquello.
De pronto, unos brazos pasaron por la cintura de Elsa y se aferraron con fuerza. Elsa
volvió a sentir aquella fuerza que le hacía sentir picor y sudor al mismo tiempo. La frente
empezó a sudar y sus mejillas volvieron a picar con furia.
- Jamás olvidaré lo que hiciste por mí. Claro que iré al castillo –Jack había
desarrollado una nueva forma de fuerza. Giró el cuerpo de Elsa y le beso los
ojos-, no puedo permitir que llores sangre.
Elsa no pudo responder. Las piernas le temblaron. El rostro pecoso de Jack estaba muy
cerca. Los labios los tenía rojo y la piel tenía un pequeñísimo bronceado, solo el que los
vivos pueden tener.
Extrañamente, Elsa sintió una fuerza interior que la atrajo a los labios de Jack… ¿Qué
es esto? Elsa, contrólate. ¿Acaso sabes quién es este campesino?, pensó Elsa.
- ¿Cuándo nos vamos?
Jack se creyó estúpido, ¿Cómo iba a pensar que podría besarla?
- Cuando quieras –Jack pensó y soltó casi como si escupiera- ¿Si te desterraron
como planeas regresar al Castillo?
Elsa despertó de su ensueño. No había pensado en ellos. Tenía que explicarle a sus
padres que no volvería a cometer esas locuras, que ya lograría controlar sus poderes o
algo… Tenía una razón para volver.
- No lo sé…
- Claro que no lo sabes –Jack está molesto y no lograba entender por qué.
- ¿Por qué de repente esta actitud, Jack?
- No lo sé… No entiendo.
Como si la pelea energizara el ambiente una nube oscura envolvió a Jack. Elsa lo había
visto una vez, y esa vez no había salido nada bien.
- Jack, Jack, Jack… -empezó a decir una voz desde lo más profundo de la cabaña-
hueles a podrido.
- ¿Quién es? –gritó Elsa
Para La Reinas de Las Nieves aquello no fue más que una burla, pero desde ese
momento Jack empezó a oler diferente. Se podía creer estar en una pescadería si al
cerrar los ojos se concentraban en el olor.
- No hay tiempo que perder…-Elsa le gritó a Jack- tenemos que llegar con El
Tiempo.
Jack podía sentir como sus unas se despegaban del cuerpo y su carne se desasía. Aun
así, Jack creía en el poder que Elsa le había transferido y El Tiempo podría resolver los
detalles finales; por ejemplo deshacer los rastros de pudrición que la muerte había
dejado en su cuerpo antes de que ellos lo encontraran y darle la apariencia física de la
edad correcta.
Jack trato de salir de aquella nube negra pero estaba atrapado. Ni siquiera el hechizo
que Elsa lanzo pudo congelar aquella oscuridad. Jack no podía sentir los brazos. Aquella
nube estaba asfixiándolo.
- Así que… -dijo Jack entre suspiros- ¿Así se siente morir sin que el hielo
adormezca todo primero?
- ¡¿De que hablas?! –gritó Elsa y con un fuerte estruendo la nube de oscuridad
quedo convertida en hielo.
La Oscuridad se mitifico en un hombre y salió a la luz. Un rostro lleno de cicatrices,
pálido y con ojos poderosamente negros observo a Elsa. Algo raro había pasado con el
Cuerpo de la Reina de las Nieves: su pálido rostro había tornado de color a un blanco
de ultratumba.
- Si el muere tú te iras con él.
Al poco tiempo en que La Oscuridad había tomado el cuerpo de Jack, Elsa se le ocurrió
viajar por las partículas de la nube de oscuridad con sus motas de hielo. La pequeña
nieve viajo hasta el centro de la oscuridad, pero cuando la nube se trasformó en un
hombre la mota de nieve se alojó en el corazón del hombre.
- Si le quité el hielo al corazón de Jack fue por una razón… ¡Asesinarte!
- ¿Qué estás diciendo? –chilló La Oscuridad
- Al sentir tu presencia le robe el poder de hielo que le había entregado a Jack,
así fue como tu detectaste el olor a podrido. Mientras te distraías con eso y Jack
sentía la diferencia de su congelado cuerpo con el de ahora, tome partículas de
ese poder y lo convertí en nieve que ahora viaja por tu sistema nervioso y
sanguíneo.
- No lo harás…
- ¡Muere!
Con un cerrar de puño el cuerpo de La Oscuridad empezó a brotar una sangre negra y
espesa. Los ojos oscuros se volvieron blancos y el cuerpo cayó como un palo de escoba
en frente de Elsa.
Jack estaba en la cocina, pudriéndose poco a poco. Elsa corrió y lo tomó en sus brazos.
Trató con furia pasarle su poder, pero nada funcionó.
Un estruendo rompió el llanto de Elsa. De entre los escombros que la pelea había dejado
surgió una figura. Tenía un casco con cuernos y una bata blanca. Por el reloj en su
pecho y el bastón en su mano Elsa pudo deducir quien era.
- Ya no puedes hacer nada por él.
- ¿Qué? No, no otra vez. ¡Lo maté!
- Pequeña, su destino era morir desde aquella vez que le trataste de salvar la vida.
Elsa rompió en llantos mientras pronunciaba las palabras: es injusto.
- El tiempo nos quita muchas cosas, pero nos regala una –empezó a decir El
Tiempo-: amar con desesperación cuando en un momento no se hizo.
- ¡Apenas lo conocía!
- Entonces, ¿por qué lloras tanto?
- Yo… él me entendía y lo ayudé porque quise. Nadie me obligo, yo quise
hacerlo…-Elsa no podía admitir lo que sentía- ¡Yo lo amé todo este tiempo!
¿Cómo no amar a una persona que arriesga todo por su hermana? Lo amé,
adoré el profundo amor que tuvo por su hermana, así se arrepintiese al final, y
es que ¿quién no?
El tiempo solo escuchó, tenían todo el tiempo del mundo. Elsa lloró hasta el cansancio.
El último y único regalo de Jack fue que la nieve saliera de sus ojos al llorar. Aun así
esa nieve dolía más que cualquier iceberg que saliera las lágrimas de Elsa.
- Solo te puedo dar dos regalos…
Elsa lo miro con desespero.
- No, no te emociones. Ya no lo puedo traer a la vida.
El Reino empezó a llenarse de unas nubes oscuras. La nieve empezó a caer por todo
el lugar, Las aldeas cercanas estaban teniendo problemas para mantener las ventanas
cerradas y las vacas en sus estables. Elsa estaba creando una tempestad.
- Puedo volverlo fantasma –El Tiempo pudo notar un rastro de felicidad en aquello-
, pero no se volverán a ver. Él tendrá que trabajar en el Polo Norte como castigo
de desobedecer a la muerte. Pagará ese precio por el siguiente regalo.
- ¿Cuál es el otro regalo? – Elsa no entendía muchas cosas- y ¿Por qué querría
que él sea castigado como fantasma si ni siquiera nos veremos?
- Lo volveré fantasma para que puedan estar una sola noche juntos –El tiempo
tomo aire y lo expulso con una sonora carcajada-. Elsa, ¿qué tan egoísta eres?
Eso tenía sentido. Aunque, ¿Qué tan egoísta podría ser Elsa para traer de vuelta alguien
que ya estaba muerto, condenarlo a la eternidad, solo para estar una noche juntos?
Acaso no había sufrido suficiente Jack…
- Tráelo de vuelta.
- Te lo advertí… El será fantasma por una eternidad y tú serás fantasma por una
noche. Ambos estarán por una noche en la privacidad del limbo. Tendrán las
mismas sensaciones que si de un humano se tratase.
Una ola de frío fue suficiente para arrebatar todo el calor del cuerpo de Elsa.
Capítulo 4: El último encuentro
Estaba frio. No podía sentir mis piernas.
Trate de escuchar lo que pasaba a mí alrededor, mientras mis ojos todavía estaban
cerrados. Nada. Silencio. Solo un pito en mi oído derecho molestaba el extraño silencio
del lugar.
De repente empecé a comprender porque no abría los ojos. Una intensa luz cegaba mi
vista. Traté de ignorar el dolor en mi brazo izquierdo y me lleve la mano a la cara para
poder darme algo de sombra en los ojos.
Hielo.
Solo había nieve y frio en aquel lugar. Encantador a la vista. La calma permitía que todo
el lugar estuviese de un blanco inimaginable. No había viento, no se movía nada. Solo
era yo y la calma.
Caminé por horas. No había más que silencio, el eco de mi voz me atormentaba. Gritaba
por Jack pero no parecía estar cerca. Tenía demasiadas cosas en la mente. Recordaba
perfectamente porque estaba en aquel lugar, pero parecía que Jack no estaba ahí.
- ¡Elsa!
- ¡Por Dios!
- ¿Te mató? No recuerdo nada, ¿estamos muertos?
- Jack, mi amor.
- ¿mi amor? Definitivamente, estamos muertos…
- No, no lo estamos. Déjame…
Tenía solo una noche y no podía perder el tiempo. Jack me silencio con un beso
mientras su mano me tocaba la piel de mis brazos. Él estaba helado, después de todo
él estaba muerto. Tomé su rostro en mis manos. No me creía tan valiente pero pude
calmar mi corazón. Ahora ¿cómo decirle la verdad.
Los besos de Jack empezaron a recorrer mi rostro. Parecía ser que mis labios no fuesen
suficientes para besar, él necesitaba más.
No teníamos tiempo. Anhelaba sus besos, era lo que quería, pero teníamos cosas que
resolver.
- Jack, nos iremos.
- ¿Qué? – Jack despertó del sopor en el que se encontraba- ¿Irnos?
- Estamos en un mundo paralelo –empecé a explicar mientras sacaba unas armas
del interior de mi cuerpo-, toma.
Jack tomo la espada de hielo con algo de asco. En su ropa limpio la sangre que deja
el sacar objetos de mi cuerpo.
- El Tiempo nos dio una noche para estar juntos –empecé a explicar-, pero antes
de que cayera en este mundo llamado “limbo”, congele mi cuerpo; toda mi piel
se cristalizo: es imposible que me hieran. No me mires así, morir era la única
forma de venir a rescatarte, por eso estoy aquí. Aun así tuve que garantizar que
mi cuerpo estará a salvo mientras estoy aquí.
- ¿Qué quieres decir con morir?
- Lo que escuchas, no puedo permitir que te condenen a pasar tu eternidad en el
Polo Norte trabajando…
- ¿Qué? –gritó Jack- El Polo Norte, ¿qué hiciste?
- El trato para poder vernos y estar juntos hoy era pasar tu vida eterna en el Polo
Norte.
Jack empezó a llora, no sabía que decir. Traté de explicarme, sé que él entendía que lo
hice por nosotros, pero sé también que lo condené sin pedirle permiso o consultarlo.
- Jack, sé que no era lo que querías. Tengo un plan para eso. No soporté la idea
de estar sin ti.
- Yo tampoco soportaría la idea de estar sin ti… -dijo con resignación el niño de
cabellos color plata.
- Entonces, mi cuerpo no sufrirá daños, aun así planeó quedarme aquí por toda la
eternidad –los ojos del niño se abrieron al momento en que escucho las palabras
de Elsa-. Era la única forma de estar juntos. Pude dejarte morir, podrirte y ya.
Pero no, no voy a perder lo único que no se ha alejado de mí en todo este tiempo.
Lo único que no he matado. Por alguna razón soy compatible contigo, veo tus
ojos y entiendo que ese color en ellos es el mismo color que el de los míos. Tú
eres yo y yo soy tú.
Jack me miro con ironía, una sonrisa se formó en su rostro y una mirada pareció decirlo
todo. Al momento en que el cristal en mi corazón penetró por todo el cuerpo de Jack,
aquel día en el lago, él fue parte de mí.
Estuve mucho tiempo sola, no iba a abandonar una parte de mí solo porque Jack quiso
ser el héroe de su hermana.
- ¿Sabes qué pienso? –empezó a decir Jack- que tú y yo tenemos un mismo
objetivo y no nos vamos a quedar aquí por una eternidad –la mirada de Jack
cambio, el brillo en sus ojos pareció irse- sobrevivir y asesinar a las culpables de
nuestra desgracia.
- No me digas…-en el fondo de mi interior sentí algo.
- Mataremos a nuestras hermanas –sentí su fuerza.

Capítulo 5: Salir del silencio y entrar en los gritos

El blanco del paisaje se convirtió en un pozo negro, una profundidad intocable los
envolvió a ambos. La luz se había extinguido en aquel lugar llamado limbo. A penas se
veían Jack y Elsa. Ellos planearon su escape y su misión en un día y mitad de una
noche.
Elsa se permitió tocar el cuerpo de Jack mientras dormía. Jack, por primera vez en
mucho tiempo, pudo dormir.
Elsa estuvo en el mundo de los muertos a partir del medio día de ese día. Las manecillas
del reloj tocaron para ellos las doce del día siguiente: era la hora de volver. Elsa tuvo la
piel de gallina desde que despertó; ambos sabían que la exactitud de un plan, en un
mundo manejado por El Tiempo, era algo imposible de decir. Aun así, el plan estaba
hecho y, bajo cualquier adversidad tuvo que cumplirse.
La Luz, en lo que parecía el final del limbo, empezó a asomarse. Elsa y Jack trataron de
taparse el rostro, aun así una brisa les golpeo el cuerpo y una nube de nieve se les
arrojo encima.
—Cumplí, Elsa —dijo una voz gruesa, áspera y muy vieja—. Es hora de que te vayas y
vuelvas a tú vida. Yo resolveré con Jack.
—Volver… —El alma de Elsa entro en su congelado cuerpo y, como lo predijo, sintió
como el hielo encubo su poder, pues al estar congelado todos sus órganos no era
necesario gastar energía en movilizar sangre, neuronas, recrear tejidos, etc. El cuerpo
de Elsa dedicó su energía para ser la incubadora de un poder que jamás había
imaginado nadie—, ¿volver a dónde?
Una luz salió del pecho de Elsa e impacto contra el viejo de barba y bastón. El Tiempo
cayó al suelo y se quebró el reloj que llevaba en el pecho. A partir de entonces, todos
los relojes detuvieron su curso.
—¿Qué has hecho? —dijo El Tiempo con una voz más joven— Acabas de romper el
flujo del tiempo —La voz empezó a hacerse muchísimo más joven, parecía de un niño—
. Ahora todo puede suceder, iremos hacia atrás. ¿Entiendes? Acabas de perder…
El viejo de barba se convirtió en un bebé; habló en una jerga que solo él conocía. Lloró,
babeó y, en ocasiones, se carcajeó. Su manto quedo esparcido como un tapete por todo
el suelo y su bastón no fue más que un pequeño sonajero.
—¿Será que esto era lo que Jack dijo que pasaría? —Se preguntó en voz alta Elsa—
no, claro que no. Él me dijo que lo amenaza, que si no volvía a Jack a la vida todo su
mundo acabaría. Pero estoy segura que jamás pensó en algo así.
Un estruendo rompió con la quietud afuera de la cabaña y una luz apareció encima del
bebé. Elsa corrió y tomó el sonajero, pero no pudo salvar a El Tiempo; Elsa vio como el
bebé entró en la luz y desapareció casi al instante.
La luz se transformó en un agujero negro.
El vestido de Elsa no soportó la ráfaga de viento y se rompió desde la cintura hasta la
pierna. Una parte de la tela le cubría el cuerpo y la otra se clavó en la pata de una silla.
Al poco tiempo todo lo que Elsa creía como mundo empezó a desaparecer dentro del
agujero hasta que ella también entro en aquel hueco negro.
El tiempo se detuvo.
—¿Dónde estoy?
—Madre, padre… —La voz joven, de una niña y muy familiar empezó a hablar— Elsa
se fue por ustedes. ¿Cómo piensan enviar a su hija a una torre?
—¡Cállate, Anna! Solo dinos dónde está Elsa.
—¡Jamás!
Acto seguido se escuchó una pequeña palmada. Elsa se abrió paso en la oscuridad y
pudo ver una ranura por donde entraba luz. Con la mano helada y sudorosa abrió la
puerta que tenía al frente.
Anna era muy pequeña, toda una pequeña. La pobre estaba en el suelo con el cachete
rojo e hinchado.
—Anna, dinos ya o estarás castigada por el resto de tu vida —dijo el hombre de bigotes,
nuestro padre.
—La que irá a la torre serás tú —dijo nuestra madre.
—Pues iré —Anna empezó a levantarse. Elsa se permitió sonreír al ver a su hermanita
sin un diente y aun así con la carita amenazadora y valiente que tanto la caracterizó—
¿Crees qué le tengo miedo a esa torre, madre? Elsa es mayor que yo, pero es más
frágil. ¡Prefiero ir yo!
—Anna… —susurro Elsa.
—Elsa conocerá lo que es desobedecer… —contestó el padre frustrado.
—Anna, ve a la alcoba principal —dijo su madre. Elsa y Anna suspiraron al mismo
tiempo. La alcoba principal solo significaba una cosa: castigo, un castigo que
involucraba un cinturón de cuero y un banquito para el castigador.
Anna, a pesar de tener los ojos brillantes por las lágrimas, siguió inmutable. Sus ojos
amenazaban con furia y sus labios, cerrados con fuerza, indicaban que no lloraría por
ningún motivo. Pasó temerosa por entre sus padres, y siguió caminando por el pasillo
con la gracia de una reina que es condenada a caminar hasta la guillotina: ojos cerrados
y frente en alto.
—Dejemos que Elsa pase frio, será suficiente castigo. Para cuando vuelva habrá
entendido su error —comentó la madre, un poco más preocupada.
—Esperemos que no le pase nada —Elsa pudo ver lágrimas en los ojos del Rey— aun
así, ambas deben aprender. Dile a la criada que le diez a Anna. Yo me encargo de llamar
a la Guardia Real para buscar a Elsa.
Elsa salió del closet para poder impedir que golpearan diez veces a su hermana. Aun
así, Elsa no podía ser vista. La pequeña Elsa estaba corriendo bosque adentro, mientras
que la Elsa del closet estaba en espíritu.
Elsa sabía lo que tenía que hacer: impedir que la oscuridad llegara a su corazón.
Seguramente así todo se resolvería. Pero, al pensarlo se dio cuenta de algo: faltaba una
pieza en el ajedrez de Elsa y ese era Jack. Si impedía que él y su hermana llegasen al
rio podía salvar la vida de él, esta vez como debía.
—Si lo salvo a él, la oscuridad me alcanzará. Aun así, si salvo a mi Elsa de esta época,
él morirá al caer al rio. ¿Qué puedo hacer?

Capítulo 6: Sé asesinar

Elsa corrió todo el camino del castillo al bosque. Los pies se le hacían muy livianos, a
veces creía poder volar pero no podía fijarse. La Reina de las Nieves estaba dividida
entre salvar al joven que apenas conocía o a sí misma.
El camino se le hizo corto y esperaba haber corrido las millas correctas para tomar una
decisión. Aun así, estando segura de su dualidad, llegó a donde el camino se dividía y
le habría paso al destino.
Elsa recordó sus cicatrices, el dolor de llorar y la prisión en su casa. Recordó al reino
dividido por aquellos que le temían. Era imposible no sufrir al ver como los aldeanos o
algunos Guardias de la Realeza se rebelaban en un Golpe de Estado contra el Rey. Sus
padres hacían peligrosos viajes para poder solventar las diferencias y darle a los
afligidos por el temor algo para que dejaran en paz su reino e hija.
Elsa no quería volver a esa vida.
Corrió hacia la cabaña, nada la detenía. Podía mantener la paz de todo un reino
sacrificando solo a dos personas. Corrió convencida de que aquello era lo correcto.
Trató de hacerse la tonta cuando escucho al otro lado del camino la risa de una pequeña
y su hermano.
Aun así, no pudo ensordecerse cuando la risa del chico le impactó en los recuerdos.
Tampoco pudo evitar el andar de sus pasos hacia el lago cuando el chico, inocente sus
palabras, dijo que irán a “patinar en el hielo”.
—Jack…
Elsa cambió de ruta. Esta vez llego más rápido, era fácil poseer la chica y hacerla decir
“me siento mal, vámonos Jack”.
Lo que Elsa no pudo prever era que el cuerpo de la chica ya estaba poseído y tres almas
son demasiado para un cuerpo tan pequeño.
—Jack, puedes hacer que ambos vivan —grito Elsa a la niña, sabiendo que él estaba
ahí—. Dile a tu Jack que te sientes mal, te llevara a casa. Ninguno morirá.
—¿Cómo perdonar la indiferencia de todos los años que pasaron de mi muerte, Elsa?
Elsa quedo helada. La niña no movió sus labios, y aun así pudo escuchar la voz de Jack.
La niña sonreía y caminaba al área más delgada del hielo. No podía evitarlo, Jack la
asesinaría.
—Jack, tú no eres así. Además, podemos arreglar todo mejor de lo que pensamos. Ser
normales. Ser… —Elsa cayó al suelo. Sintió un frio en el corazón y entendió que para
ella era tarde.
—Tú nunca serás normal. No me traiciones a mí, yo sé lo que sientes. Soy como tú.
—Jack, tú no puedes ser así…
—Elsa, Elsa… siempre brillando.
Mientras la espectral Elsa se retorcía por el dolor, la pequeña Elsa corría en busca de
ayuda. De repente el brazo de Elsa se marcó con una cicatriz. Todo volvía a pasar.
—Jack, tú no eres Jack.
—No sabes lo fácil que es regenerarse con una partícula de oscuridad. Espera si lo
sabes.
—¿Qué quieres decir, Oscuridad?
—Cuando me penetraste con su nevada y por fin pudiste destruirme pude entender lo
fácil que es engañar desde lo más escondido —hablaba la niña sin mover los labios—.
Me explico: Tú me enseñaste una forma de poder que jamás imaginé
Introduje una parte de mi ser en el cuerpo de alguien cuyo temor, soledad y rencor
fueran suficientes para reproducirme. Al explotarme en aquel momento olvidaste que
mis partículas quedaron esparcidas y Jack tenía muchas de mi pegadas en su cuerpo,
era cosa de unos minutos el reproducirme y tomar control de sus más oscuros deseos.
—Desgraciado…
—Pero me sorprendiste Elsa —sonrió la niña, de una forma que solo La Oscuridad lo
hace—. Te enamoraste tan profundamente de Jack que no te fue imposible el imaginar
a tu hermana muerta.
Elsa temió por lo que pensó en hacer, por lo que La Oscuridad la había llevado a hacer.
Pero más en su interior temió por haber mostrado una debilidad inimaginable para ella:
El Amor.
—¿Por qué haces esto?
—El mundo, pequeña, necesita de seres como ustedes —la niña sonreía al jugar con
su hermano en el lago, mientras su aura conversaba tranquilamente con Elsa—: tan
solos y llenos de maldad que hacen brillar a los buenos. Yo me considero un colaborador
de la mano divina que otorga la belleza del bien. Trabajo desde lo más oscuro para
hacer brillar su luz.
—Eres un demente…
—No, Elsa. Soy un Dios —El hielo empezó a quebrarse—, y ustedes mis súbditos.
El Jack de esta época trato de evitarlo pero la niña dio un salto y cayó al agua. Las
manos y cara se le pusieron azul casi al tiempo en que sus dedos tocaron el agua y el
aire se le escapo en un grito de terror. La muerte la abrazo como si de su destino se
tratase.

Capítulo 7: no todo es eterno


Capítulo 8: El último adiós
Capítulo 9: El Castigo
Capítulo 10: memorias compartidas

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