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LA PAZ

Bert Hellinger

Traducido por Manuel Zapata, Sevilla.

¿Qué significa la paz?

• Que se una aquello que antes estaba en contraposición,


• Que se reconozcan mutuamente los que antes se excluían el uno al otro.
• Que aquellos que antes se reprimían, herían, declaraban la guerra e incluso llegaban a
querer exterminarse unos a otros, lloren ahora juntos por las víctimas de ambas partes
y por el daño que se han hecho mutuamente.

¿Qué consigue la paz?

Que aquellos que se habían alzado sobre otros, considerándolos inferiores u hostiles, los
reconozcan y acepten como iguales con los mismos derechos. Una vez alcanzado esto se
aceptan los unos a los otros, sin dejar de reconocer lo que es diferente y lo que hay de especial
en cada uno y todos están dispuestos a dar y tomar.

La paz amplía las fronteras personales, permitiendo desarrollar, dentro de ellas, los muy
diferentes y polifacéticos aspectos de la personalidad propia y ajena, fomentando así la
actuación conjunta.

La Paz comienza en nuestra propia alma. Lo que anteriormente hemos desechado, reprimido y
lamentado de nosotros mismos, puede por fin ocupar su puesto en nuestro interior junto a todo
lo que, hasta entonces ya ahí se encontraba, nos gustaba e incluso amábamos. Esto exige que
nos despidamos del ideal de la inocencia que, ni fomenta ni exige el crecimiento, prefiere sufrir
en vez de actuar y pretende que sigamos siendo niños en vez de crecer.

La paz continúa en la familia. Muchas familias se preocupan solo de mantener su imagen y


ocultan, reprimen e incluso aniquilan todo lo que pueda poner en peligro su ideal de inocencia.
De este modo se hacen culpables de pretender conservarla por encima de todo, llegando a
avergonzarse de tal manera de alguno de sus miembros, que llegan a expulsarlo, a reprimir su
memoria e incluso a ocultar su existencia. Todo esto porque les da miedo de pensar en el duro
destino de este familiar y su recuerdo les duele. Una familia así se aísla de los demás y se
marchita.

Lograr la paz en la familia no es ni sencillo ni cómodo. El que ama la paz y la sirve, se expone
a la culpa y al dolor, le da a cada uno de sus miembros un sitio en su alma, aunque sea
diferente a como los demás desearían y se enfrenta al reto y a la controversia que conduce a
reconocer, aceptar y amar lo diferente en el otro, con igualdad de derechos.

¿Cómo podemos fomentar la paz, por encima de la familia, en otros ámbitos más
amplios?

Cada uno dentro de sus posibilidades. Primero, posiblemente solo en un círculo pequeño,
como el de los vecinos, los amigos o el trabajo y después también allí donde tengamos una
mayor responsabilidad, como en organizaciones o en la política.

La paz solo se puede lograr respetando la dignidad y lo especial de todos y cada uno de los
involucrados, especialmente lo que son y lo que han contribuido al tema en cuestión. Esto
exige que nos fijemos en los culpables y los respetemos, sin liberarlos, ni de la responsabilidad
de sus actos, ni de las consecuencias de su culpa, porque esto pertenece a su dignidad.
La paz no se logra evitando conflictos. A través de ellos, se dan cuenta los involucrados de lo
que les es importante y de aquello en lo que se sienten amenazados. En el conflicto hace cada
uno valer lo propio, hasta el momento en que reconoce, de que manera y hasta que punto viola
con ello las fronteras de los demás. Solo entonces es posible un intercambio y una
compensación y al final todos han crecido personalmente y de alguna manera, se han
enriquecido. En este sentido puede ser el conflicto la premisa para lograr la paz.

La paz nunca llega a ser completa. La paz eterna, con la que muchos sueñan, podría
compararse a una parálisis. Sin embargo la paz aporta al final algo más: Aquello que agotó las
fuerzas en el conflicto se retira pacíficamente. Debemos permitir que el conflicto se retire ya
que, de lo contrario renacerá de sus propias cenizas y ¿Qué es lo que reaviva un conflicto?: El
recuerdo del mismo. Por eso debemos permitir que lo que pasó pertenezca siempre al pasado.

Los grupos son la mayor amenaza para la paz. En ellos dejamos de mirarnos de individuo a
individuo y nos relacionamos de miembro de grupo a miembro de grupo, con lo cual nos
volvemos ciegos y no vemos en realidad a la otra persona. Como parte de un grupo, nos
volvemos extraños a nosotros mismos, perdemos sensibilidad y nos disolvemos en la
colectividad.

Si así comprendemos que, la fuerza del individuo, aun conservando este su sensatez como tal,
es prácticamente impotente frente a la colectividad, podemos entonces preguntarnos:

¿Cómo podemos fomentar la paz entre grupos? y ¿Qué posibilidades para ello tiene el
individuo como tal?

Hay que esperar a que llegue el momento oportuno, en el que las fuerzas destructivas se
agoten. Hasta entonces se puede preparar el camino de la paz, en el ámbito estricto y reducido
de cada uno. Esto exige el gran esfuerzo de soportar el conflicto e incluso de aceptarlo como
inevitable.

Con frecuencia se ve, como conflictos pertenecientes a un pasado remoto, siguen


repercutiendo en el alma de los descendientes. Con la ayuda de las constelaciones familiares
pueden enfrentarse, a través de los representantes, los involucrados originales del conflicto del
pasado. Posiblemente entonces pueden verse como individuos que son iguales y tienen los
mismos derechos y la misma dignidad. Así es posible que cada uno sienta el dolor que causó
al otro y lo que le dolió la herida recibida. Entonces, llorando juntos por lo que perdieron,
pueden reconciliarse y encontrar la paz.

Sólo entonces pueden reconciliarse también los descendientes, honrar a las víctimas y reparar,
dentro de lo posible, las injusticias de antaño. Así pueden, por fin, enterrar el pasado y actuar
de forma constructiva en el presente.

En las constelaciones familiares comienza la reconciliación en la propia alma de cada uno y en


la de la familia. Si se logra ahí la reconciliación, esta se extenderá a grupos más amplios.

Por eso es preciso que conservemos nuestra humildad en las constelaciones y seamos
conscientes de sus limitaciones. La paz profunda, verdadera y estable se escapa de nuestros
propósitos. Allí donde se consigue la experimentamos como un regalo divino 

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