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Deuteronomio 5:1-21

Tema: la repetición de los Diez Mandamientos.

Éste fue el segundo discurso de Moisés. Consistió en una reiteración de la ley y el énfasis
continuó siendo el amor y la obediencia. En los capítulos 5 al 7 hallaremos una repetición y una
interpretación de los Diez Mandamientos. La generación que había oído la ley en el principio,
allá en el monte Sinaí, ya había muerto. Esta nueva generación, los israelitas que iban a entrar
en la tierra, necesitaban que se les repitiera la ley, y también que fuese interpretada para ellos.
Moisés pues, la interpretó a la luz de los 40 años de experiencia en el desierto.

Algunos dirán que ésta fue una duplicación del capítulo 20 de Éxodo. Bueno, fue casi una
duplicación. Esto muestra que los Diez Mandamientos fueron lo suficientemente importantes
como para repetirlos. Son leyes morales fundamentales. Comencemos pues leyendo el primer
versículo de este capítulo 5 de Deuteronomio, que da comienzo al párrafo titulado

La repetición de los diez mandamientos

Aquí tiene usted los cuatro pasos importantes que debemos tener en cuenta en relación con la
Palabra de Dios. El primero es oírla. El segundo es aprenderla, conocer lo que Dios está
diciendo. El tercero es guardarla. Eso significa tenerla grabada en el corazón. Recordemos
cómo David habló de esta realidad. Dijo en el Salmo 119:11: "En mi corazón he guardado tus
dichos, para no pecar contra ti". El cuarto paso es ejecutarla. No sólo debe estar en la cabeza y
en el corazón, sino que también la Palabra de Dios debe llegar allí donde están los pies y las
manos, transformándose en acción.

Permítanos decirle estimado oyente, que hay muchos que dicen que viven según los Diez
Mandamientos y que éstos constituyen su religión. Es importante examinar a tales personas
para descubrir lo que creen. Descubrirá usted que lo que realmente quieren decir es que están
de acuerdo con ellos. Los han oído y creen que son buenos, pero ciertamente no los obedecen.

En realidad la ley es como una cuerda de plomada, que determina la verticalidad de una pared
torcida. Es como un espejo colocado en frente del corazón. Es como el faro de un automóvil
que ilumina el camino en las tinieblas y que revela las curvas que hay más adelante.

Dios expresó con toda claridad que Él no salva a los hombres por el hecho de guardar un
código moral. No hay nada malo en un código moral. Pero sí hay algo radicalmente malo en
nosotros. El apóstol Pablo declaró esto en su carta a los Gálatas 2.16, dijo: "sabiendo que el
hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también
hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley,
por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado". Nadie es justificado por la ley. ¿Por
qué no? Porque nadie puede hacer las obras de la ley.

Entonces, ¿para que sirve la ley? Preguntó el apóstol Pablo, en la misma carta a los Gálatas
3:19. Y respondió: "Fue dada después, para poner de manifiesto la desobediencia de los
hombres, hasta que viniera aquella descendencia a quien se le había hecho la promesa. La ley
fue proclamada por medio de ángeles, y Moisés actuó de intermediario. Es lógico preguntar
cuál es el propósito de la ley. La respuesta es que fue añadida a causa de las transgresiones,
hasta el tiempo en que viniera la simiente. Es decir, fue temporal hasta que viniera la simiente,
que era Cristo. Y el apóstol Pablo añadió en los versículos 24 y 25 de la misma carta a los
Gálatas, y también en el capítulo 3: "la ley, como el esclavo que vigila a los niños, nos
acompañó hasta la venida de Cristo, para que por la fe alcanzásemos la justicia. Pero ahora
que ha llegado la fe ya no estamos a cargo de aquel esclavo que era la ley. La ley pues, sirvió
de ayo, como aquel esclavo que guiaba al niño por la mano, para traernos a la cruz, así como
dicho esclavo llevaba al niño a la escuela. La ley pues nos trae a la cruz y dice: "Tú eres
pecador y necesitas un Salvador". El propósito de la ley es, pues, revelarnos nuestra necesidad
de un Salvador. La ley es buena, estimado oyente; no hay duda alguna al respecto. La ley
revela la mente de Dios. Revela cuan lejos estamos usted y yo de la gloria de Dios. La ley
revela que ". . .todos pecaron, y están lejos de la presencia gloriosa de Dios". Deje pues usted
que esta ley le traiga a Cristo. Volviendo ahora al capítulo 5 de Deuteronomio que estamos
estudiando, leamos los versículos 2 y 3:

"El Señor, nuestro Dios, hizo un pacto con nosotros en Horeb. No con nuestros padres hizo el
Señor este pacto, sino con nosotros, todos los que estamos aquí hoy vivos."

Dios no dio la ley a los patriarcas. No la dio a los israelitas cuando estaban allá en Egipto. La
ley no les fue dada hasta que estuvieron en el desierto, en Horeb, en el Monte Sinaí. La ley fue
dada a la nación de Israel. Continuemos con los versículos 4 hasta el 7:

"Cara a cara habló el Señor con vosotros en el monte, de en medio del fuego. Yo estaba
entonces entre el Señor y vosotros para comunicaros la palabra del Señor, porque vosotros
tuvisteis temor del fuego y no subisteis al monte. Él dijo: Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué
de tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí."

Es que cuando los israelitas vivían en Egipto, estaban rodeados de idolatría. Ahora bien, el
primer pecado del hombre no fue el de convertirse en ateo. Su pecado fue el de convertirse en
politeísta, es decir, que consistió en adorar a muchos dioses. Por ejemplo, en la torre de Babel
construyeron un "zigurat", es decir, una torre. En la cúspide de la torre ofrecían sacrificios,
aparentemente dedicados al sol. Parece que el sol y los planetas estaban entre los primeros
objetos que los seres humanos adoraron cuando se alejaron de Dios. Después del diluvio,
indudablemente no adoraron al trueno ni al relámpago porque les temían. Pero adoraron al sol,
es decir, dedicaron su culto a las criaturas antes que al Creador. Por ello, fue pues al politeísta
que Dios dijo: "No tendrás dioses ajenos delante de mí". No fue sino hasta el tiempo de David
cuando se introdujo el ateísmo. Antes de esa época, los seres humanos estaban demasiado
cerca del origen de la revelación como para ser ateos. La revelación de Dios estaba aún en su
memoria y nadie negaba la existencia de Dios. En sus tiempos, David dijo en el Salmo 14:1:
"Dice el necio en su corazón: No hay Dios". La palabra "necio" significa falto de razón. Un
hombre que dice que no hay Dios es pues falto de razón, o no es sincero. Este primer
mandamiento ni siquiera mencionó la incredulidad ante la existencia de Dios. El mandamiento
dijo que no debían adorar a muchos dioses. Continuemos leyendo los versículos 8 al 10 de
este capítulo 5 de Deuteronomio:

"No harás para ti escultura ni imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en
la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás, porque yo
soy el Señor, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la
tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los
que me aman y guardan mis mandamientos."

Hay solamente dos tipos de personas en el mundo: los que aborrecen a Dios y los que le
aman. Ahora, entró en detalles en cuanto al prohibir hacer imágenes de cualquier cosa que
pudiera ser adorada. Más tarde Dios dijo: "Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de
toda tu alma, y con todas tus fuerzas". El Señor Jesús dijo que éste era el gran mandamiento.
En contraste con esta opción, está la gran cantidad de personas que aborrecen a Dios incluso
en la actualidad.

Muchos dicen hoy que de ninguna manera adoran a algún ídolo. Pero el apóstol Pablo nos dijo
en su carta a los Efesios 5:5, que la avaricia es idolatría. Cualquier cosa a la cual uno se
entrega completamente, cualquier cosa que se interponga entre nosotros y Dios, se constituye
en nuestro ídolo. Dirá usted que no tiene ningún ídolo. Pero cualquier persona o cosa que
ocupe el primer lugar en su corazón, interponiéndose entre Dios y usted, se convierte en su
ídolo. Leamos ahora el versículo 11:

"No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano, porque el Señor no considerará inocente al
que tome su nombre en vano."
Recordemos que cuando el apóstol Pablo nos enseñó que todo el género humano es pecador,
escribió lo siguiente en su carta a los Romanos 3:14: "Su boca está llena de maldición y de
amargura". Todo lo que uno tiene que hacer es caminar por la calle hoy en día, o encontrarse
en cualquier lugar público, y entonces escuchará cómo se expresan las personas mal
habladas. Dios aborrece esa forma de hablar, y aborrece esos pensamientos sucios del
corazón que, de esa manera, salen al exterior. Dios dice que Él no considerará inocente al que
haga un mal uso de Su nombre.

Los tres primeros mandamientos eran negativos. Pero ahora llegamos a un mandamiento
positivo. Leamos los versículos 12 hasta el 15 de este capítulo 5 de Deuteronomio:

"Guardarás el sábado para santificarlo, como el Señor, tu Dios, te ha mandado. Seis días
trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para el Señor, tu Dios.
Ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni
ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que tu siervo y tu
sierva puedan descansar como tú. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que el
Señor, tu Dios, te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido, por lo cual el Señor, tu Dios,
te ha mandado que guardes el sábado."

Lo más interesante aquí es que todos los mandamientos se repiten en el Nuevo Testamento,
con la excepción del mandamiento en cuanto al día de reposo. Ese mandamiento no fue dado a
la Iglesia. La Iglesia siempre se ha reunido en el primer día de la semana, el día en que Cristo
resucitó de los muertos. El día de reposo tiene una relación peculiar con la nación de Israel. En
el libro de Éxodo, 31:13, Dios dijo: "Tú hablarás a los hijos de Israel, y les dirás: En verdad
vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es una señal entre mí y vosotros por vuestras
generaciones, para que sepáis que yo soy el Señor que os santifico, que os he escogido". Este
día fue dado pues, como una señal especial a Israel.

Es interesante observar que en Éxodo capítulo 20, se les mandó a los israelitas que guardasen
el día de reposo, porque en seis días Dios había creado los cielos y la tierra. Aquí en el
Deuteronomio el día del reposo demostró la relación peculiar entre Dios y los israelitas. Y ¿por
qué el israelita tenía que guardar el día del reposo? Porque había sido un esclavo en Egipto y
Dios le había liberado con Su gran poder.

Estos mandamientos han tratado sobre los deberes para con Dios. Llegamos ahora a la
sección que establece el deber para con el prójimo. Leamos el versículo 16:

"Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor, tu Dios, te ha mandado, para que sean
prolongados tus días y para que te vaya bien sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da."

Creemos que este mandamiento tiene relación con el deber para con Dios y el hombre. El
padre y la madre representan a Dios ante el niño, en los años de su desarrollo físico. El niño
respeta al padre y a la madre, y así es como debe ser. Proverbios 5:18 nos dice: "Escucha, hijo
mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre". Es que el padre y
la madre ostentan la representación de Dios, cuando el niño es pequeño.

Ahora, al entrar en la tierra que Dios le había prometido, este pueblo debía honrar a sus padres
y a sus madres. Estimado oyente, una nación que no cumpla este mandamiento, no será
bendecida. Y esto mismo es un gran problema en la actualidad. Aunque nos damos cuenta
perfectamente que no todos los padres y las madres son dignos de este respeto. Dios tiene
algo que decirles a ellos también. El apóstol Pablo escribiendo en su carta a los Efesios 6:4
dijo: "Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y
amonestación del Señor". Ambos mandamientos debieran considerarse conjuntamente.
Leamos ahora el versículo 17 de este capítulo 5 de Deuteronomio:

"No matarás."
La palabra para "matar" aquí es una palabra muy técnica y es "ratsach" y significa "asesinar".
Esto es personal. Esta palabra contiene la idea de asesinato o muerte con premeditación, la
idea de enojo, y de agravio personal. Esto no tiene nada que ver con la guerra. Leeremos más
adelante que Dios les mandó a los israelitas que destruyesen a su enemigo en la tierra
prometida. Este mandamiento no se aplica a un soldado bajo las órdenes recibidas durante una
guerra. Continuemos ahora en este capítulo 5 de Deuteronomio y leamos el versículo 18:

"No cometerás adulterio."

Vivimos en una época en que a los seres humanos les agrada presumir de libertad sexual.
Todo matiz a cualquier limitación a esta pretendida libertad, se considera una postura
intolerante. Esto es evidente en la publicidad y en los medios de difusión. El mandamiento de
Dios, estimado oyente, todavía es válido para el día de hoy. Este tipo de pecados degradan a la
dignidad humana, a la convivencia social y a la institución familiar. Podríamos decir que
constituyen otra forma de esclavitud. Leamos ahora el versículo 19:

"No hurtarás."

Es verdad que hay muchos que pueden decir que nunca han robado arrebatando cosas ajenas.
Sin embargo, puede haber el deseo de robar en el corazón, y puede haber otras maneras
menos evidentes de robar, incluso por omisión, ante el incumplimiento de ciertas leyes. Nuestro
Señor enseñó que los pensamientos mismos del corazón son pecaminosos. El odio en el
corazón hace que uno sea culpable de homicidio. Así como la lujuria en el corazón hace que
uno sea culpable de adulterio. Continuemos con los versículos 20 y 21:

"No dirás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la
casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna
de tu prójimo."

El mandamiento contra la codicia enseña que es pecado simplemente desear con exceso
alguna cosa que pertenece a otra persona.

Estas prohibiciones están basadas en un conocimiento perfecto de nuestra naturaleza humana.


Y ésta sólo puede ser transformada por Dios, cuando una persona, reconociendo su condición,
y que no puede alcanzar por sí misma la salvación, se deja alcanzar por la gracia de Dios
revelada en Jesucristo. Estimado oyente, ¿ha experimentado usted esa regeneración?

Deuteronomio 5:27-6:25

Continuamos considerando el segundo discurso de Moisés. La generación que había


escuchado la lectura original de la ley en el Monte Sinaí, había muerto. En este discurso,
Moisés reiteró e interpretó la ley a esta nueva generación que estaba dispuesta a entrar en la
tierra prometida, a la luz de sus cuarenta años de experiencia en el desierto. Como leemos en
los versículos 27 al 29, los jefes de las tribus y los ancianos dijeron a Moisés:

"Acércate tú, y oye todas las cosas que diga el Señor, nuestro Dios. Tú nos dirás todo lo que el
Señor, nuestro Dios, te diga, y nosotros oiremos y obedeceremos. El Señor oyó vuestras
palabras cuando me hablabais, y me dijo: He oído las palabras de este pueblo, lo que ellos te
han dicho; bien está todo lo que han dicho. ¡Ojalá siempre tuvieran tal corazón, que me
temieran y guardaran todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les
fuera bien para siempre!"

El problema era que la nación había prometido obedecer la ley pero fracasó. Los israelitas
estarían bajo condiciones favorables cuando vivieran en la tierra prometida. La ley había sido
dada para aquella tierra y para aquella gente. Pero, no les fue posible guardar la ley, y eso nos
debe servir de lección a nosotros. Así como a ellos no les fue posible guardarla, tampoco a
nosotros nos es posible obedecerla.
La ley es un espejo colocado frente a nosotros y nos revelará a cada uno que somos
pecadores. Las manchas se ven. El espejo físico revela que la cara está sucia, pero el espejo
no va a hacer desaparecer las manchas. La ley puede revelarnos nuestro pecado, pero no
puede salvarnos. Necesitamos usar el agua para lavarnos y quitarnos las manchas sucias. La
ley es el espejo que le dice que hay que comenzar a lavarse, estimado oyente. Nos dice que
vengamos a Cristo. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos lavará y que seguirá
lavándonos de todo pecado. Hay una canción que expresa esta verdad elocuentemente y dice:
"Hay un precioso manantial de sangre de Emmanuel, que purifica a todo aquel que se sumerge
en él."

En verdad, lo importante no es si usted aprueba los Diez Mandamientos, o no, o qué piensa
sobre ellos. Lo importante estimado oyente, es si los ha obedecido. Si usted es sincero, sabrá
que no ha estado a la altura de esos principios. Eso significa que necesita de un Salvador. Dijo
el profeta Isaías en 1:18, "Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta; aunque vuestros
pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el
carmesí, vendrán a ser como blanca lana". Cuando usted venga a Cristo, Él le perdonará y le
limpiará de toda maldad. Luego usted quedará sin mancha delante de Él.

Llegamos así a

Deuteronomio 6 y 7

Tema: amar y obedecer

Estamos seguros de que se ha fijado que en el libro de Deuteronomio ha habido un énfasis


especial puesto en dos palabras: amor y obediencia.

El amor de Dios está realmente expresado en la ley. El gran principio de la Ley es el amor. En
consecuencia, el principio del Evangelio mismo está expresado en el Deuteronomio. El que
también está expresado en Juan 3:16, que dice: De tal manera amo Dios al mundo, que ha
dado a su hijo único. . .

Usted y yo expresamos nuestro amor por Dios en nuestra obediencia. El Señor Jesús lo
expresó de la siguiente manera: "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15). Ésa
aún es hoy la prueba decisiva. Si le amamos, guardaremos Sus mandamientos. La salvación
es un asunto de amor. "Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero" (1 Juan 4:19).

El Señor Jesús citó a este mandamiento como el más importante de todos: "Y amarás al Señor
tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). En
este capítulo y por todo el libro, el énfasis se pone en guardar los mandamientos. Porque la
obediencia es la evidencia del amor.

Podríamos preguntarnos qué hay de nuevo en cuanto al amor en el Nuevo Testamento, si el


amor se halla en el Antiguo Testamento. La diferencia es que en el Nuevo Testamento, el amor
de Dios ha sido expresado en la historia, por medio de la encarnación y la muerte de Cristo.
"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros" (Romanos 5:8). ¡Murió por nosotros! Una cosa es expresar el amor sacando a los
israelitas fuera de Egipto; y otra cosa es ¡morir por ellos! Una cosa es decir algo desde la
cumbre del monte Sinaí; y otra cosa es descender y asumir nuestra humanidad débil,
haciéndose semejante a los hombres; y morir sobre una cruz por nuestros pecados.
Repetimos: la salvación es una relación de amor. Como dice 1 Juan 4:10, "En esto consiste el
amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió
a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados".

Todavía estamos estudiando el segundo discurso de Moisés. En los capítulos 5 al 7, él


presentó una repetición e interpretación de los Diez Mandamientos. Leamos ahora los
versículos 1 y 2 del capítulo 6 de Deuteronomio, que inician el párrafo titulado
El gran mandamiento

"Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que el Señor, vuestro Dios, mandó
que os enseñara, para que los pongáis por obra en la tierra a la que vais a pasar para tomarla
en posesión, a fin de que Temas al Señor, tu Dios, guardando todos los estatutos y
mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para
que se prolonguen tus días."

El énfasis está sobre la obediencia. En realidad, hay solamente dos clases de personas en el
mundo: aquellos que aman a Dios y aquellos que no le aman. La actitud del corazón de las
personas queda en evidencia por su obediencia, o por su desobediencia. Escuche usted las
palabras de Deuteronomio 5:29 "¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y
guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien
para siempre!" Por medio del profeta Isaías 29:13, Dios dijo lo siguiente: "Dice, pues, el Señor:
Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón
está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido
enseñado". ¿Recuerda como el profeta Samuel reprendió al rey Saúl? "Ciertamente el
obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grasa de los carneros" (1
Samuel 15:22). Cuando el Señor Jesús le encargó Su misión a Simón Pedro, le hizo una sola
pregunta: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?" (Juan 21:16)

Lo más maravilloso en el cielo será ver al Señor Jesús y darnos cuenta plenamente de que nos
ama y se entregó por cada uno de nosotros. Pero maravilloso también será que uno amará a
todos, y que todos le amarán a uno. Eso, estimado oyente, hará que el cielo sea un lugar
maravilloso. Leamos ahora el versículo 3 de este capítulo 6 de Deuteronomio.

"Oye, pues, Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye
leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho el Señor, el Dios de tus padres."

Ellos habían prometido obedecer todos los mandamientos del Señor, y sin embargo fracasaron.
Lo mismo nos ocurre a nosotros hoy.

Ahora, llegamos a una declaración considerada por muchos teólogos como una de las
declaraciones más grandes de toda la Biblia. Leamos el versículo 4:

Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.

"El Señor" corresponde a la palabra hebrea formada por las cuatro letras YHWH o JHVH,
traducida como Jehová. Dios es la traducción de Elohim, que es una palabra en plural. Como
no se da un número con ella, uno puede pensar que el número es tres. En hebreo, un nombre
es singular, dual o plural. Cuando es plural pero no se da número, uno puede deducir que se
refiere al número tres. Por eso, ésta es una referencia a la Trinidad y podría traducirse "Oye,
Israel: el Señor nuestro Elohim (la Trinidad), el Señor uno es."

Israel vivía en un mundo de idolatría. Las naciones eran politeístas; es decir, adoraban a
muchos dioses. El mensaje que la nación debía transmitir al mundo, era el mensaje de la
unidad de la Deidad. El Señor nuestro Elohim, Uno es. Ese es el mensaje para un mundo
entregado a la idolatría.

Hoy día vivimos en un mundo caracterizado, no tanto por la idolatría y el politeísmo, sino por el
ateísmo. En el mundo actual, debemos comunicar el mensaje de la Trinidad. Existen el Padre,
el Hijo, y el Espíritu Santo. Estamos hablando en cuanto al mismo Señor. Él es nuestro Elohim,
nuestra Trinidad. Pero Él es Uno. Continúa diciendo el versículo 5;

"Amarás al Señor, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas."

Como dijimos antes, nuestro Señor citó éste como el principal mandamiento de todos. En
Marcos 12:28-31, dice: "Acercándose uno de los escribas, que los había oído discutir, y sabía
que les había respondido bien, le pregunto: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús
le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor
uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y
con todas tus fuerzas. Éste es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos."

¿Obedece usted este mandamiento? ¿No es verdad que todos necesitamos confesar hoy en
día, que no lo ponemos en práctica? No le amamos con todo nuestro corazón y alma. Ojalá que
lo pudiéramos guardar. Pero tenemos que decir como el apóstol Pablo en Filipenses 3:13,14,
"Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando
ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al
premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús."

Sí, queremos decir hoy en día que le amamos. Ojalá le amáramos más, pero Él es el objeto de
nuestro afecto. En verdad podemos decir que le amamos. Eso es lo que Él preguntó a Simón
Pedro. "¿Me amas?" Creemos que hoy, nos hace la misma pregunta a cada uno de nosotros, y
se la hace a usted también.

Para aprender a amarle debemos sentarnos a Sus pies y conocerle mejor. Como leemos en
Juan 6:68, 69, debiéramos decir con Pedro, "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de
vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente". Él es nuestro Salvador. Él es nuestro Señor. Él es nuestro Dios.

Continuando con el incidente de Marcos 12 en que el escriba interrogó a Jesús, después que
Jesús le citara las palabras "Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y
con todas tus fuerzas" el Señor Jesús continuó respondiéndole y citó de Levítico 19:18, ". .
.amarás a tu prójimo como a ti mismo", y dijo que el segundo era semejante al primero.
Estimado oyente, no hay tal cosa como el amar a Dios y aborrecer a Su pueblo. ¿Recuerda
usted que al principio de la historia de la iglesia Saulo estaba persiguiendo a los cristianos, y el
Señor Jesús se le apareció y le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hechos 9:4)
Permítanos decirle que debemos tener cuidado al decir que le amamos, cuando estamos
mostrando nuestro desprecio hacia algunos creyentes.

Volvamos a nuestro capítulo 6 de Deuteronomio y leamos el versículo 6:

"Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón."

Usted recordará que, en el Salmo 119:11, David dijo: "En mi corazón he guardado tus dichos,
para no pecar contra ti". Allí es donde usted y cada uno de nosotros debiéramos tener
guardada la Palabra de Dios, estimado oyente. Debiera estar en nuestros corazones.
Continuemos leyendo los versículos 7 al 9:

"Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el
camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano, y estarán
como frontales entre tus ojos; las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas."

Pablo dijo lo mismo en Efesios 6:4: "Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos,
sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor". Dios ha dado a los padres la
responsabilidad de criar s sus hijos en la disciplina y en la instrucción del Señor. Por todas las
Escrituras se dice muchísimo en cuanto a la responsabilidad de los padres. Proverbios 22:6,
dice: "Instruye al niño en su camino, y ni aun de viejo se apartará de él". Esto no significa
instruirlo en el camino por el cual usted quiere que vaya. Significa que Dios tiene un camino
para que él lo siga, y que usted debe cooperar con el propósito de Dios. Esto significa, padre,
que usted debe permanecer cerca de Dios.

Estas palabras han de ser guardadas delante de ellos en todo tiempo. Usted sabe la profusión
con que se anuncian hoy ciertos productos, por todos los medios y al alcance de la vista de las
personas. Dios les instruyó para que Su Palabra estuviese constantemente presente y visible
entre ellos. Y lo mismo quiere con respecto a nosotros hoy, ¿Por qué? Porque Él sabe que el
corazón humano es propenso a olvidar Su Palabra y Su Voluntad. De esa manera desea Dios
que Su Palabra sea enseñada a Su pueblo. Debe ser considerada en todas las circunstancias
de la vida. Esto es muy importante.

Luego, Dios amonestó a Su pueblo diciéndoles que no debían olvidarse de Él después de que
entrasen en la tierra y experimentasen Sus bendiciones. Resulta extraño pero, cuando las
personas son bendecidas, tienden a olvidarse de Aquél que les ha bendecido. Continuemos
leyendo el versículo 13 de este capítulo 6 de Deuteronomio.

"Al Señor, tu Dios, temerás, a él solo servirás y por su nombre jurarás."

Nuestro Señor Jesús se sirvió de este versículo cuando fue tentado por Satanás. Hallamos que
mencionó esta cita en Mateo 4:10 y en Lucas 4:8. Y dice el versículo 16:

"No tentaréis al Señor, vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah."

Éste es otro versículo que nuestro Señor usó cuando resistió la tentación de Satanás. Lo citó
en Mateo 4:7 y en Lucas 4:12. ¡No es extraño, pues, que Satanás aborrezca tanto el libro de
Deuteronomio y lance sus ataques contra él! Continuemos leyendo los versículos 23 al 25:

"Y nos sacó de allá para traernos y darnos la tierra que prometió a nuestros padres. El Señor
nos mandó que cumplamos todos estos estatutos, y que Temamos al Señor, nuestro Dios, para
que nos vaya bien todos los días y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. Y
tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante del
Señor, nuestro Dios, como él nos ha mandado."

Dios los había sacado de la tierra de Egipto. Su propósito era traerles a la tierra prometida, que
era un lugar de bendición. Y así sucede en el caso de nuestra salvación. Dios nos ha salvado
de la muerte, del pecado y del juicio. Nos ha traído al cuerpo de Cristo, que es la iglesia, al
lugar de bendición, a la comunión con Él mismo, y finalmente nos llevará al cielo, donde
nuestra salvación será entonces completa. Recordemos que San Pablo dijo en Romanos 4:25:
Él fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. Él nos ha
declarado justos. Él es nuestra justicia, para que podamos presentarnos completos ante Dios.
Como le sucedió al antiguo pueblo en el Antiguo Testamento, a los que somos creyentes en
Jesucristo, nos ha liberado de un lugar de esclavitud para llevarnos a un lugar de bendición. Y
esa experiencia puede ser compartida por usted, estimado oyente. Todo ser humano, se
encuentra tremendamente lejos de Dios, en un estado de esclavitud por causa del pecado de
su naturaleza humana, y con una actitud de rebeldía natural que le lleva a la perdición
definitiva. Pero Dios se encuentra accesible ya ha provisto la salvación, la liberación, por medio
de Jesucristo, el que pagó nuestra deuda con Dios. Él mismo es el camino a Dios, y los brazos
que se abrieron cuando fue crucificado, se encuentra hoy abierto en una actitud de invitación,
para todo aquel que crea en Jesucristo como su Salvador.

Deuteronomio 7:1-8:9

En nuestro estudio del libro de Deuteronomio, llegamos hoy al capítulo 7. Pero antes de entrar
en el estudio de este capítulo, permítanos añadir algo. Decíamos al final de nuestro programa
anterior, que Dios nos ha salvado de la muerte, del pecado y del juicio. Nos trajo al cuerpo de
Cristo, que es la iglesia, al lugar de bendición, a la comunión con Él mismo, y finalmente nos
conducirá al cielo para culminar Su obra de salvación.

El Señor Jesús fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra
justificación, como nos dijo el apóstol Pablo en su carta a los Romanos 4:25. Fue resucitado
para nuestra justificación, a fin de que estuviéramos completos delante de Él. Hoy en día,
entonces, y en primer lugar, cada cristiano puede decir lo siguiente: Me ha salvado. Ya tenemos
la vida eterna. Ya estamos ante Dios por la justicia y méritos de nuestro Salvador. El apóstol
Juan en su primera carta, 5:11 y 12, dijo: "Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida
eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de
Dios no tiene la vida."

La segunda cosa que el cristiano puede decir hoy es: Estoy siendo salvado. Dios está actuando
en mi vida; guiándola y conformándola más y más a la imagen de Su Hijo. El apóstol Pablo dice
en su carta a los Filipenses 2:12,13: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,
porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad".
Él está desarrollando los resultados de la salvación en nuestras vidas.

En tercer lugar, el cristiano puede decir: Me salvará. Nadie debiera desanimarse al observarse
a sí mismo o a los demás, al reflexionar sobre la falta de evolución espiritual propia o de la de
otros. Porque Dios aún no ha terminado Su obra en los creyentes. Nos dijo el apóstol Juan en
su primera carta 3:2: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le
veremos tal como él es". ¡Cuán cierto es eso, estimado oyente! Dios no ha terminado Su obra
en ninguno de nosotros. Y cuando Él aparezca con toda Su gloria, seremos semejantes a Él. Y
pasamos ahora a

Deuteronomio 7

Encontramos aquí las instrucciones para la conquista de la tierra. En primer lugar,


consideremos

La separación de Israel de las demás naciones

Leamos los primeros dos versículos de este capítulo 7 de Deuteronomio:

"Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra a la que vas a entrar para tomarla, y
haya expulsado de delante de ti a muchas naciones: al heteo, al gergeseo, al amorreo, al
cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo; siete naciones mayores y más poderosas que tú, y
el Señor, tu Dios, te las haya entregado y las hayas derrotado, las destruirás del todo. No harás
con ellas alianza ni tendrás de ellas misericordia."

Ahora, este es un lenguaje muy severo. Recordemos que Dios había dicho, "No matarás". En
aquel mandamiento el verbo ratsach se refería al rencor personal; el odio personal que
conduce al homicidio. Aquí se trata de una palabra diferente, que es charam y significa dedicar
o consagrar (a Dios o a la destrucción). Aquí les mandó directamente que destruyesen a
aquellos que vivían en la tierra.

Continuemos leyendo los versículos 3 y 4

"No emparentarás con ellas, no darás tu hija a su hijo ni tomarás a su hija para tu hijo. Porque
apartará de mí a tu hijo, que serviría a dioses ajenos. Entonces el furor del Señor se encenderá
contra vosotros y os destruirá bien pronto."

Tenemos aquí el motivo del mandamiento de Dios. Esta gente se estaba consumiendo por las
enfermedades venéreas. Si los israelitas se hubieran casado con ellos, habrían destruido la
raza. Moisés no comprendía mucho en cuanto a los microbios patógenos; pero Dios sí sabe
muchísimo en cuanto a ellos. Esta gente estaba contaminándose e infectándose
continuamente, debido a un modo de vida carente de los más elementales principios morales y
de respeto a los derechos humanos básicos. Y por tanto, Dios les expulsó de la tierra. Y no sólo
eso, sino que esta gente era idólatra y habría conducido a Israel a la idolatría. Por tanto, Dios
les dijo que debían destruir completamente sus altares y sus imágenes. Toda esta influencia
destructiva debía ser totalmente apartada. Nadie como el Creador conoce bien la naturaleza
humana. Su obra de salvación comenzó ya en el Antiguo Testamento y Él sabía bien quienes
podrían participar de Su propósito de restaurar a la raza humana a su debida dignidad y calidad
de vida, y quienes persistirían en su autodestrucción.
Dios pronunció una solemne advertencia. Si se casaban con ellos y si volvían a adorar a otros
dioses, Dios les expulsaría a ellos también de la tierra. Y sin embargo, Dios expuso claramente
a Israel que Él era el Dios de amor. Les dio estos mandamientos porque les amaba.
Continuemos leyendo los versículos 6 al 8 de este capítulo 7 de Deuteronomio:

"Porque tú eres pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te ha escogido para que
le seas un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser
vosotros el más numeroso de todos los pueblos os ha querido el Señor y os ha escogido, pues
vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos, sino porque el Señor os amó y quiso
guardar el juramento que hizo a vuestros padres; por eso os ha sacado el Señor con mano
poderosa, y os ha rescatado de la servidumbre, de manos del faraón, rey de Egipto."

Usted recordará que Dios les dijo en el libro de Éxodo, que había oído el clamor de su dolor.
Aquel gemido encontró una respuesta en el corazón de Dios porque les amaba y, por tal
motivo, les liberó de la esclavitud. Y continuó repitiéndoles que obedeciesen Sus
mandamientos. Porque, ¿cuál debía ser la respuesta del ser humano al amor de Dios? Pues, la
obediencia. Leamos los versículos 9 al 11:

"Conoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a
los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta por mil generaciones, pero que da su
merecido, en su propia persona, al que le aborrece, destruyéndolo; a quien le odia, no se
demora en darle en su propia persona el pago. Guarda, por tanto, los mandamientos, estatutos
y decretos que yo te mando hoy que cumplas."

Dios bendeciría a cualquier pueblo que respondiese a Dios con una actitud de obediencia.
Continuemos leyendo los versículos 12 y 13:

"Por haber oído estos decretos, haberlos guardado y puesto por obra, el Señor, tu Dios,
guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres. Te amará, te bendecirá y te
multiplicará, bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu grano, tu mosto, tu aceite,
la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas, en la tierra que juró a tus padres que te daría."

Qué maravilloso habría sido si Israel hubiera creído en Dios. Él les dijo todas estas cosas para
animarles. Les prometió victoria. Pasemos ahora a los versículos 17 y 18:

"Si dices en tu corazón: Estas naciones son mucho más numerosas que yo, ¿cómo las podré
exterminar?, no les tengas temor. Acuérdate bien de lo que hizo el Señor, tu Dios, con el faraón
y con todo Egipto"

La fidelidad de Dios en el pasado, debía servirles de estímulo para el futuro. ¿No ocurre
precisamente lo mismo con nosotros, estimado oyente? Pasemos ahora a los versículos 21 y
22 de este capítulo 7 de Deuteronomio:

"No desmayes delante de ellos, porque el Señor, tu Dios, está en medio de ti, Dios grande y
temible. El Señor, tu Dios, irá expulsando a estas naciones de delante de ti poco a poco; no
podrás acabar con ellas en seguida, para que las fieras del campo no se multipliquen contra ti."

Aquí vemos la sabiduría de Dios. Él estaba pensando en la seguridad de ellos, sabiendo que si
aquella población fuera destruida repentinamente, los animales salvajes ocuparían la tierra.
Leamos ahora el versículo 23:

"Pero el Señor, tu Dios, las entregará delante de ti, y les causará grandes destrozos hasta que
sean destruidas."

Todas estas naciones debían ser expulsadas de la tierra, y completamente destruidas a causa
de sus prácticas, que las conducían a su propio exterminio. Ahora, no podemos decir que Dios
no había sido paciente con ellas. Aun en Génesis 15:16, Dios había dicho a Abraham que sus
descendientes no volverían a la tierra hasta la cuarta generación. "Porque aún no habrá llegado
a su colmo la maldad del amorreo". Dios dio a estas naciones 430 años para ver si se
convertían de sus pecados a Dios. Estimado oyente, ¿por cuánto tiempo más debiera Dios
haber prolongado Su misericordia y paciencia? Dios les dio un tiempo de misericordia que duró
unos 430 años. Pero, luego la copa de maldad se llenó, y el juicio de Dios descendió sobre
ellos. Por tanto, es mejor no tener una falsa compasión por esas naciones. Más bien, vamos a
aprender de estos eventos. Dios es un Dios de misericordia y de amor, tanto en el Antiguo,
como en el Nuevo Testamento.

Y así concluimos nuestro estudio del capítulo 7 de Deuteronomio. Llegamos ahora a