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30/3/2018 Nosotros, los anti herederos

comunión y liberación

Noticias
NOSOTROS, LOS ANTI HEREDEROS
www.traces-cl.fr
di a cargo de Marie Waller y Silvio Guerra -

24.11.2014 

ALAIN FINKIELKRAUT, lósofo que lucha con la


complejidad del mundo, aborda las encrucijadas de
nuestra época con su lucidez inquieta y al mismo tiempo
apasionada. Gracias a su posición al margen de
ideologías previas, Finkielkraut arroja luz sobre temas
que se re eren a la cultura, la pertenencia, Europa, la
libertad humana, el amor y la muerte. Alain Finkielkraut.

En su último libro, L'identité malheureuse (Editions


Stock), usted ha escrito: «La crítica actual… no quiere
oír hablar de pertenencia. Pertenecer –sostiene–
equivale a seleccionar. La a liación conduce a la
exclusión». ¿Cómo puede vivir el hombre sin
pertenecer?
Hace falta ir a la historia del siglo XX, a la devastación del
nazismo. Este enorme trauma ha inhibido el
pensamiento. Europa tiene miedo de sí misma. Está
preocupada al ver resurgir inexorablemente sus
demonios, y huye de la pertenencia refugiándose en la
indeterminación. Cuantos encarnan la idea de Europa en
Bruselas o en otro lugar se jactan de reconocer solo
unos valores universales y unos individuos. Vivimos el
triunfo de una ontología nominalista. Si el nazismo
absorbía a los individuos dentro de su comunidad de
origen, la Europa post-hitleriana, para expiar la propia
culpa y puri carse de los antiguos y mortíferos errores
propios, no reconoce más que la existencia de individuos
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aislados. El antirracismo nos impide hablar del islam, nos
pide solo reconocer sujetos individuales. EnAPPROFONDISCI estas
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condiciones es muy difícil estar también solo frente a lo


que vivimos.

¿Sin embargo, no hay en cada persona una exigencia


de pertenecer?
La pertenencia es un elemento constitutivo de nuestra
humanidad. Es lo que ha descubierto el Romanticismo,
en su gran polémica contra la Ilustración. Nosotros
somos herederos tanto de la Ilustración como del
Romanticismo; tenemos que asumir esta doble herencia
del desarraigo y de la pertenencia, y tenemos tanta
di cultad para hacerlo por lo que el fascismo ha hecho
del Romanticismo.

A pesar de este desarraigo cultural, político y


nacional, ¿la pertenencia no podría ella misma
constituir un elemento que permita hallar una
identidad?
Sí, pero para que haya pertenencia hace falta que haya
transmisión. No logramos ver cómo la nación puede
sobrevivir al desastre educativo en que hemos caído.
Nación signi ca una lengua, una memoria común, una
cultura, unas obras. Hoy en los anti-herederos prevalece
más bien la ignorancia. Ellos presentan la nación como
una prisión y los que la de enden reducen la nación
francesa al himno nacional. Me encanta la Marsellesa,
pero Francia tiene otros nombres como patrimonio
además del de Leconte de Lisle.

En una entrevista en Le Monde, acerca de la


identidad nacional, usted a rma: «Esta identidad no
la construimos nosotros, nos es donada».
Régis Debray lo ha dicho mejor que yo: «La
particularidad nacional forma parte de aquellos
accidentes providenciales que impiden a los seres
humanos considerarse dioses». El hombre no puede
crearse por sí mismo, no puede fundarse por sí mismo.
Siempre viene después, nace en un mundo, no inventa
por sí mismo la propia lengua. Hannah Arendt no tiene
un amor particular por el pueblo hebreo, sino que tiene
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La modernidad ha favorecido un tipo de resentimiento APPROFONDISCI

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hacia lo que es donado. Y este resentimiento lleva a un


número considerable de individuos a quererse liberar de
cualquier tipo de pertenencia.

Usted escribe en su última obra: «Los modernos ya


no son “temerosos de Dios”, pero sin temor no hay
cultura». ¿Como si hubiera una dimensión de piedad
en la cultura?
Hace falta inclinarse antes de creer y para admirar hace
falta tener con anza en los que dicen qué es cosa digna
de admiración, es decir en los adultos. A los 15 años,
cuando se nos pide leer Madame Bovary, generalmente,
no se comprende y nos podemos aburrir. Se sabe que
está bien incluso antes de poderlo decidir; sin esta
piedad primordial, sin esta con anza, sin esta fe, la
transmisión de la cultura simplemente no es posible.
Hoy, un número considerable de adultos y profesores
abdican de su responsabilidad respecto al mundo. La
cultura es golpeada en lo más profundo. No puede
sobrevivir si no existe esta lealtad y este fervor
previamente adquirido respecto a las grandes obras de
la humanidad.

Entonces, hoy, únicamente habría abstracciones


universales, individuos desorientados y suplicantes.
¿Toda la “carne del tiempo” de la transmisión que
indica una dirección estaría perdida?
La transmisión de las obras es cada vez más difícil
porque se supone que todos los individuos son capaces
de pensar, de juzgar solos desde la más tierna edad. Si a
tal alumno no le gusta Flaubert o Platón, es su derecho.
La lógica demócrata desemboca en el nihilismo. Todas
las opiniones son equivalentes y las obras son ellas
mismas reducidas a opiniones de modo subrepticio.

En su libro usted escribe: «Producimos novedad a


partir de cuanto hemos recibido. Olvidar o
incomunicar nuestro pasado no nos abre a la
dimensión del futuro: signi ca más bien someterse,
sin resistir, a la fuerza de las cosas». ¿Qué le
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Hoy el presente es omnipresente. El único medio para


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huir de estas evidencias, de estas certezas, es ponerse a


un lado. Y el pasado, precisamente, permite esta
desorientación, esta “mirada distante”. Pero si nos
desinteresamos del pasado, creyendo liberarnos de una
tradición opresiva, caemos, nos encerramos
de nitivamente en la prisión de la actualidad.

Seguramente, se puede insistir sobre este peligro,


pero ¿no hay una interioridad en el hombre que le
permita resistir en el presente?
La apuesta de Occidente a partir del Renacimiento es
que la interioridad se construye a través del diálogo con
las obras. Si este diálogo se rompe, los individuos están
desarmados: no pueden encontrar en ellos mismos los
recursos para resistir al presente.

Habermas a rmaba que «solo en el encuentro con el


otro podremos desarrollar juntos este proceso de
argumentación sensible a la verdad». Y el Papa
Francisco, casi replicando, dice en su Carta abierta a
los no creyentes: «¡La verdad es una relación! De
hecho, todos nosotros captamos la verdad y la
expresamos a partir de nosotros mismos: desde
nuestra historia y cultura, desde la situación en que
vivimos». Mientras usted se interroga escribiendo:
«¿Pero nosotros mismos no somos el otro del Otro?».
¿No ve una posible articulación entre su pregunta y
el “otro” como realización de nuestro yo?
Como bien decía Julien Freund, «nosotros podemos
decidir no tener enemigos. ¿Pero si el otro nos identi ca
como su enemigo, qué podemos hacer?». Hoy también
existe una forma de alteridad extremadamente
amenazadora. Cuando vemos qué ocurre por ejemplo en
Birmingham, donde en las escuelas públicas se han
in ltrado islamistas radicales, y cuando vemos la
situación en Francia, podemos decir que Europa tiene
delante de sí un desafío inquietante, al que no sabe
cómo hacer frente absolutamente. Ciertamente ha sido
un bien, en cierto momento histórico, rehabilitar la
alteridad y todo el pensamiento de los años cincuenta,
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del otro, desde el loco al salvaje, han sido valorizadas. APPROFONDISCI

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¡Muy bien! Pero hemos olvidado al enemigo y éste de


repente nos reaparece delante.

Usted sostiene que hay valores no negociables


porque en ellos se basa la sociedad occidental. ¿Qué
hace que su posición defensiva se haga al contrario
positiva, y que “el otro”, el yihadista, pueda ver en
eso un bien para sí mismo antes que declarar la
guerra santa a Europa?
Es muy difícil convencer a un islamista de que la libertad
de las mujeres es mejor que su sometimiento y su
marginación. Pero, de verdad, hay un momento, cuando
no se le logra convencer, en que eso debe ser impuesto
en nombre de la ley de la hospitalidad: quien es acogido
tiene que respetar las costumbres de quien lo acoge.

¿Usted no piensa que nuestra capacidad “de


imponer” nace de una conciencia de la verdad de lo
que somos? Se puede apelar al derecho, pero
entonces es una carrera contra el tiempo…
El derecho sin la fuerza es pura invocación abstracta. Hay
integración posible solo si la cultura de quien acoge es
mayoritaria. Cuando ella se hace minoritaria sobre una
parte siempre mayor del territorio, la sociedad se
desintegra.

Uno de los factores de disolución de estos valores,


¿no depende del hecho de que han sido separados de
sus raíces cristianas?
Europa, decía Lévinas, es la Biblia y los griegos. También
es el Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo. Me
ha impactado mucho ver al presidente Jacques Chirac y
al primer ministro de la época, Lionel Jospin, negarse a
insertar cualquier referencia a las raíces cristianas en la
constitución para no ofender a los nuevos europeos y
dejar todo el espacio posible al islam –porque de eso se
trataba–. Europa no tiene ningún interés en privarse de
sus raíces, ella tiene que reconocer la propia historia si
quiere acordarse de que es una civilización. Pero la
Unión Europea no se ha fundado sobre la preocupación
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memoria del holocausto y sobre la necesidad de hacer


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tabula rasa de un pasado marcado por el mal para


establecer una paz perpetua.
(…)

Antes de concluir nuestra entrevista, querría leerle


una cita de Benedicto XVI…
Pre ero a Benedicto XVI que a su sucesor. No era un
buen comunicador. No hablaba a la época el lenguaje
compasivo que la gente quería escuchar, pero su
conferencia de Ratisbona y su discurso al Colegio de los
Bernardinos son obras maestras de la inteligencia.

Él a rma: «Un progreso acumulativo solo es posible


en lo material. […] En cambio, en el ámbito de la
conciencia ética y de la decisión moral, no existe una
posibilidad similar de incremento, por el simple
hecho de que la libertad del ser humano es siempre
nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus
decisiones. […] La libertad presupone que en las
decisiones fundamentales cada hombre, cada
generación, tenga un nuevo inicio».
Es magní co, nada que decir. Lo con rmo. Hannah
Arendt citaba a san Agustín: «El hombre fue creado para
que hubiese un inicio, la facultad de iniciar algo nuevo en
el mundo» (Cfr. La Ciudad de Dios). Usted tiene razón.
No se puede encerrar completamente el futuro dentro
de una visión, sea optimista o pesimista. Me adhiero a
todo lo que dice Benedicto XVI.

¿Por su parte, personalmente, cree en esta libertad y


en este inicio? ¿Ve señales de esto?
Un inicio siempre es posible. Arendt decía que «el
milagro es una facultad del hombre»; la posibilidad de
interrumpir procesos, eso de ne la humanidad del
hombre. Quizás haga falta volver a Hölderlin: «Allá
donde crece el peligro crece lo que también salva».
Frente al peligro habrá una reacción, una toma de
conciencia. Es posible. Pero no veo señales de ello.

Traducción: María Eugenia Flores Luna por Kaire


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La identidad desdichada
Alianza, septiembre 2014
pp. 208 – 16.00 €

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