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Cartas entre un Cura de

aldea y un feligrés

EL AMIGO DEL
CATÓLICO
CAMPESINO
Sobre la necesidad de
practicar la religión y
precaverse de las doctrinas del
socialismo

1919
EL AMIGO
OKI-

CATOLICO CAMPESINO
o SHA

<arta» entre- un Cura d • aldea y un fellgrési

en que se hace ver a tos habitante» d e l cam p o la necesidad

q u e tienen de praetfccar la religlftn

y de p re cav e rse de la s d octrin as d e l so c ia lism o

DIRIGIDAS POR

D O N JU A N G U E R R A D IA Z
Cura Párseeo de E sp ln a re d o (Ovl-edo)

Con Ucencia Eclesiástica

V A L L A IM H J D
TalloroH TijJo/rsilU-oa <Cuo9lA»
M sclbs ricavua, 40
1919
CARTJ.8 Pigin*«

Al le c to r...................................... 3
I.—P re lim in a r .................................. 6
II.— Id em ............................................. 11
III.—U ltim o fln del h o m b re ............ 17
IV .—E fe cto sd e la m al a e d u c ac ió n . 26
V —Id e m 33
V I.—Id e m ........ .................................. .. 40
V II.—B lasfem ia.......................... ........ 48
V l l l . —C astigos d e la b la s f e m ia - . . . 61
I X —E m b ria g u e z ............................... 65
X .—E x c a s as de los eb rio s p a r a
no e n m e n d a rs e ...................... 72
X I —L u juria................................... 82
X II.—Castigos y consecuencias de
la I n ja r ia ................................. 88
X I I I .—B aile s 94
X IV .—.Id e m ............................................. 101
X V .—S o b re e l lu jo y las m o d a s... > JOB
X V I.—El ju e g o ....................................... U9
X V II.—P ecad o de e s c á n d a lo .............. 124
X V lll.--D e v o o ió n v e r d a d e r a 5 la lsa . 133
X I X .—Los devotos do son los m ás
in m o ra le s................................ ...140
X X —Respetos humanos................. ..U4
X X I.—Idem .......................... ............. .. 160
X X II —V en ta ja s de la v ir tu d ....... ........ ió7
X X III —Sobre la v e rd a d e ra felicidad. 167
X X IV .—S a n tid a d - . ................................. ...172
X X V .—Medios de sa n tifica ció n ............180
X X V I.—N ecesid ad d e la g r a c ia ......... ...188
XXV II.—Gracia santificante.................. 195
X X V I I I.—O ració n ........................................ ...201
X X IX .—C om unión fre c u e n te y d ia ria . 213
X X X —E x c u sa s p a r a no co m u lg a r
con fre c u e n c ia ....................... ...222
X X X I.—P r i m e r a com unión d e ios
n iñ o s......................................... ...236
X X X II.—Santo Sacrificio de la Misa... 244
X X X III.— Id e m - ...................... ..' 251
X X X IV .—D evoción a la S a n tís im a V ir­
gen .................... ...2»9
X X X V .—S o cialism o ...26a
X X X V I.—Id e m ................ ............................ ...279
XXX V II.—Obrero s ...293.
X XX VIII.—La.Iglesia, protectora de Iob
o b re ro s.........................................301
X X X IX .—L a lib e rta d del so c ia lis m o .. ■ 312
X L .—L a ig u a ld a d del so c ialism o .. 320
X L I. —L a fra te r n id a d d el socialism o 333
X L II .—L a lu c h a e n tre p atro n o s y
o b re ro s..................................... 341
X L 1 H —El socialism o p re te n d e d es­
tr u ir la sociedad, y la so­
cied a d d e b e o p o n erse a esa
d e s tru c c ió n , a c a b a n d o con
el so c ia lis m o ................. . 351
XLIV.—Conelnsión............................. 363
OBISPADO DE OVIEDO
CtaoLllMl*

E L IN F R A S C R IT O S E C R E T A R IO D E C Á M A R A
Y G O B IE R N O D E L O B IS P A D O

Certifico: Que, previa la censura pre­


venida, con fecha nueve de E n ero último
el Excm o. Prelado, mi señor, ha tenido
a bien conceder su licen cia p a ra qu.e
pueda Im prim irse el manuscrito titulado
E L AM IG O D E L C A T Ó L IC O C A M P E ­
SINO, origin al í e D. Juan Guerra D ia i,
P árroco de Espinaredo, del arciprestaz~
go de Piloña en esta Diócesis.
Para que conste firmo y sello el pre­
sente en Oviedo, a siete de F ebrero de
mil n ovecientas diez 7-nueve.

Pedro F. de Sevilla.

H ay un ¿ello.
N IH IL O B S TAT
Fn Tiburtiue a S. Josepb, C. D.

Ovotj 9 Januarll.
IUPRIUATDR
t F. Epiecopus O vetensis.

V a lí laoletl 26 U artli 101».


IMPRIMATUR
OubcmntOT cccus. S. f.
t PETRUS, Eppus. ApoUoniensis.

litjnJ. Qul^m. e&í. mandato.


Dr. Laurentuis Rodríguez,
ArcMpr. « Secretii.
AL LECTO R
Todo al m undo se lam enta de los graves
males que nos aquejan en estos tiempos
que atravesam os. La causa, a mi modo de
ve r, no es otra que el abandono de las
prácticas religiosas.
Para desterrar, pues, estos graves m ales,
o por lo m enos dism inuirlos, es de abso­
luta necesidad observar con toda exactitu d
los m andam ientos de Dios y de la Iglesia,
por ser éste el único medio de purificar y
sanear la atmósfera corrompida que respi­
ramos en estos, des ven turados tiempos de
libertinaje, y de proporcionar, por consi­
gu ien te, la dicha temporal y eterna a los
individuos, a las familias y a la sociedad.
Y como a causa de la iniquidad de los tiem ­
pos también, en las pueblos y aldeas se
nota y a cierta frialdad en la observancia
de ios deberes religiosos, me ha parecido
m uy conveniente escribir esta obrita, en
forma de cartas, para dar en ellas a los
habitantes de los pueblos del campo salu­
dables avisos y hacerles serias reflexiones
sobre la necesidad que tienen de ajustar
su conducta a las creencias que profesan y
proponerles los medios adecuados para
conseguirlo j para que consigan, en con ­
secuencia, librarse de los m ales eternos y
temporales que, de obraT de otro modo, les
am enazan. Mas porque los apóstoles del
socialism o hacen grandes esfuerzos para
atraer a los trabajadores del campo á su
secta impía y anticristiana, dedico algunas
cartas para hacer v e r a éstos el peligro a
que se verían expuestos so s intereses m a­
teriales, morales y religiosos si se dejaran
engañar por los tales apóstoles.
Espinaredo, agosto del 19 L8.

El autor
Preliminar.

Mi respetable Sr. Cura: Después de haber


transcurrido más de un año sin escribir
a V . por causas que no es del caso referir,
deseo vivam ente, si V . a ello no se opone,
que reanudem os nuestra correspondencia
para enterarle de m uchas cosas que, s i.
bien V . no desconoce enteram ente, y o
tengo más m otivos para conocerlas al de­
talle por sor más frecuente e íntim o el
trato que tengo con los vecin os de la
parroquia.
Bien sabe V . que cuando le escribí mi
últim a carta aun no estaba concluida la
carretera qiie nos había de poner en com u­
nicación con la villa y otros pueblos
com arcanos; mas apenas ésta se inauguró,
cuando y a se notó en todos estos pueblos
u n cambio nunca visto por el continuo
m ovim iento de coches, autom óviles y otros
veh ícu los que sin cesar nos vierten a
visitar, aum entando de día en día est$
m ovim iento a causa del descubrim iento de
varias minas de carbón que, como por
ensalm o, se han descubierto en diferentes
parajes de la parroquia con gran disgusto
de la m ayor parle de los vecinos, pues en
ello preven la ocasión de una mayor
corrupción de costum bres para los pueblos
de esta parroquia; llegando el temor de
algunos a tal grado que han pedido a Dios
que no den resultado dichas minas; pero
Dios, hasta ahora al menos, parece que no
se ha dignado escucharlos, pues las minas
presentan cara sonriente a sus dueños,
m ientras dejan m uy contrariados a sus
adversarios.
Con este m otivo, los habitantes de esta
localidad recuerdan y com entan las pala­
bras de algunos ancianos d é la misma, quie*
nes, cuando se proyectaba abrir la m encio­
nada carretera' hacían votos porque no se
llevara a cabo tal proyecto, fundados en
que con la carretera desaparecería de la
parroquia el orden y la moralidad. Y eso
que aquellos viejos al pensar de esa m anera,
ni siquiera soñarían con que en Los lím ites
de su parroquia pudiera haber m inas, pues
de saberlo, con más m otivo hubieran hecho
esa afirm ación, puesto que la m ayor parte
de los obreros que trabajan en las minas
vienen precedidos de no m uy bueña fama
por las doctrinas socialistas e impías que
les predican sus directores.
Por esto, Sr. Cura, m is convecinos
temen acerca del porvenir de la ju v e n tu d
de esta parroquia en materia de religión y
moralidad y tanto más lo tem en cuanto
que consideran a esta ju v e n tu d m ateria
apta y dispuesta para Lodo lo que signifique
desorden y novedad, que suelen ser las
cualidades poco honrosas que acompañan
a los que trabajan en las m inas. Y en
verdad que no les falta razón a mis con -
yecinos para expresarse de ese modo tan
poco consolador; pero si he de decir lo que
siento, no es pequeña la culpa que m uchos
de ellos tienen del estado de indiferencia
religiosa y de desm oralización a que hemos
llegado. Porque a ese estado tan deplora­
ble han concurrido los padres de familia
cotí el abandono en la educación de sus
hijos, y los otros con sus ejemplos nada
edificantes.
En efecto, Sr. Cara: Usted no ignora
qué algunos habitantes de la parroquia en
todo se ocupan con interés, manos en Dios
y en su alma; que si alguna ve z van a
misa y cum plen otros preceptos de la
Iglesia, más parece que lo hacen para
cum plir con los hom bres qué coa Dioe;
que viv en entregados en cuerpo y alma a
los negocios del m undo y a las diversiones
y placeres, como si exclusivamente para
eso hubiesen sido criados, o e se .fu e se su
últim o fin; que el horrible pecado de blas­
femia v iv e de asiento en la boca de hom­
bres desalmados y hasta en la boca de
desgraciados niños de LO a 1 2 años; que
el abandono en que m uchos padres de
fam ilia tienen a sus hijos en cuanto a
educación es absoluto, resultando como
consecuencia de este abandono el libertina­
je más desenfrenado de los jó ven es y de los
niños, que no respetan a nadie, ni siquiera
la santidad de) templo donde entran y per­
m anecen cual si estuvieran en lugar pro­
fano; que no se les puede reprender, cuando
a ello dan lugar, sin recibir de ellos una
grosera contestación, ni acusar con sus
padres, sin que éstos salgan a La defensa de
sus mal educados hijos. En fin, que hoy
día, tal como se están poniendo las cosas
en las aldeas, es preferible v iv ir en las
ciudades y villas que en los pueblos del
campo, -pues en aquéllas h ay policía y
autoridades que repriman los desm anes de
los malvados, con lo que no podemos co n ­
tar nosotros.
¿No le parecea V ., Sr. Cura, que la ju v e n ­
tud de esta parroquia, tal como está pre­
parada, es terreno abonado para que la
sem illa del socialism o ech e profundas
rafees en él y rinda los más copiosos frutos
de impiedad y desm oralización? Pues bien;
el objeto de esta carta es preguntar a V. si
habrá algún remedio para atqj&r los males
de que estamos amenazados, y si se podrá
poner un drque que contenga ese torrente
de corrupción que se nos vien e encim a,
formado con las doctrinas anárquicas y
socialistas que, como regalo, nos traerán
los nuevos huéspedes.
Esparando que la contestación de usted
corresponderá a mis deseos y dándole por
ello anticipadam ente las más expresivas
g racias, me repito de V. como su más
hum ilde feligrés q. b. s. m.

T eódu lo
Preliminar.

Mi querido Teódulo: Con m ucho gusto


accedo a reanudar nuestra corresponden­
cia, según el deseo de V . Verdad es que
no me hallo con las mismas fuerzas que
h.ace un año para esta clase de trabajos,
pero a pesar de ello, y aunque sea im ponién­
dome algúh m ayor sacrificio, procuraré
com placerá V. en su ju s ta petición, dando
de mano a todas las dificultades que.mi
naturaleza, más o m enos debilitada, me
presenta para no hacer ese sacrificio. Pues
h a d e saber V ., amigo m ío,.que el hombre,
generalm ente hablando, en llegando a
cierta edad siente que se le rebelan las dos
sustancias de que está compuesto. Se le
rebelan los ojos que se empeñan en v e r la s
eosas al revés; se le rebelan.los oídos ne­
gándose a percibir el ruido de los objetos
que puedan poner en peligro su existencia;
se le rebelan los dientes y las muelas
resistiéndose & triturar el m anjar que le
m antiene; se le rebelan las manos, pues
éstas, no pocas veces, se empeñan en des-
vfar de la boca el alim ento para dejarlo
caer por ]a ropa, o encam inarlo a las ore­
ja s , a la s narices o a los ojos. Nada digamos
de las piernas, que, cual si estuvieran,
arrepentidas de sostener carga tan molesta
como es la del v-iejo. se bambolean, dando
con él, más de una vez en el suelo. Y si
del cuerpo pasamos al alm a, sucede tres
cuartos de lo mismo; pues Iti memoria
dism in uye, sé anubla la inteligen cia, etc.
Sí, amado Teódulo, todo se rebela contra
el viejo, todo conspira contra él para que
nada de provecho pueda hacer. Y o , aunque
no he llegado todavía a la vejez, pero sf
m uy próximo a tocar la frontera, y a be
com enzado a experim entar algo de las
rebeldías mencionadas. Mas a - pesar de
todas esas rebeldías estoy dispuesto con la
ayuda del Señor, a contestar a todas sus
cartas y a resolver cuantas dudas me pro­
ponga; y todo esto lo haré con la m ayor
satisfacción, pues basta con que los asuntos
a tratar estén relacionados con la gloria de
Dios y la salvación de las almas.
MAndeipe, pues, amigo mío, y ordene lo
que g aste , sin que le ponga a V . más lím ite
que el aglom erar tantas cosas en una sola
curta como lo ha h echo en la prim era,
sinó por partes, a fin de que la cabeza se
caliente menos y sea más fácil la contesta­
ción que le haya de dar.
Y refiriéndom e desde luego al cambio
en sentido desfavorable a la moralidad y
buenas costum bres que se está obrando en
esta parroquia con m otivo de la carretera
y principalm ente por el descubrim iento de
minas dentro de los lím ites de la mism a,
no me coge de sorpresa, como tampoco me
sorprenden los temores de sus convecinos.
Pues las m inas y las vías de* com unicación
que dan vida y m ovim iento a los pueblos
y los mejoran en el orden m aterial, suelen
perjudicarlos en lo m oral, si los mismos
pueblos do toman toda clase de precau­
ciones para librarse de los peligros que los
amenazan.
Y a evita r estos peligros deben tender
las fuerzas de todos los que vivim os en los
pueblos am enazados, sin que a nadie le sea
lícito perm anecer indiferente en sem ejan­
tes circunstancias si no quiere que por las
puertas de su casa entre la irreligión y con
ella el desorden y demás males que la
suelen acom pañar. A evitar estos peligros
deben los padres especialm ente encam inar
sus cuidados para que sus hijos no se
hallen cogidos, cuando menos lopien s’en,
en las redes de las malas doctrinas y caídos
en el abismo de la corrupción y del vicio.
Y así como los padres y las m adres, antes
que se abriese la carretera, dejaban en más
libertad a sus hijos pequeños para salir a
ju g a r en la plaza por no haber peligro de
que fuesen atropellados por Blgún carro, y
ahora les coartan esa libertad para que no
lo sean por los coches, autom óviles y otros
veh ícu los que por dicho lugar con tanta
frecuencia pasan; así tam bién, si antes
dejaban en una m ayor libertad a los hijos
m ayores para salir de casa, porque los
p e lig ro s para ellos no eran tan próximos ni
tan frecuentes, ahora que son más Inm i­
nentes esos peligros y los tropiezan a cada
paso, deben moderar esa libertad en que
los dejaban, y alejarlos más y más de esos
peligros, apartándolos de las malas com ­
pañías, de las diversiones peligrosas y de
las tabernas, y haciendo que se dirijan con
más frecuencia y con más recogim iento a
la iglesia, donde aprenderán la verdadera
doctrina, única que Los puede hacer dicho­
sos en esta vida y en la otra, si la obser­
van; donde se les enseñará el amor y santo
temor de Dios, que es el principio d é la
verdadera sabiduría; donde oirán que con
la frecuencia de Los santos Sacram entos
fortalecerán sus almas y se pondrán en
condiciones de luch ar victoriosam ente
contra los enem igos de su salvación,
contra los malos ejemplos 7 contra las
doctrinas impías y dem oledoras que v e n -
drán propagando los apóstoles del socia­
lismo.
Esto, esto es lo qne han de hacer los
padres de familia, como lo tienen de obli­
gación; 6 9 to, esto es lo qne debemos pro­
curar todos los que habitamos en esta
parroquia, cada uno según sus fuerzas. Si
asi lo hacem os, fuera tem ores y cobardías;
pues en ese caso la piedad y moralidad en
esta parroquia correrán parejas con las
m ejoras m ateriales de la misma. Lo que
im porta, pues, es que no caigan en olvido
los medios que acabo de indicar y otros que
iré explicando en otras cartas. E n tre tanto
ruego a Dios que libre & mis feligreses y a
V . de los n s o s y costum bres de los nuevos
huéspedes. S u yo &fmo. s. s, y Cap.
C A R T A III

Ultimo fin del hombre.

Mi querido Teódulo: No me extraña que


algunos habitantes de esta parroquia se
ocupen de todo, menos de Dios y de su
alm a. ¿Y sabe V . por qué? Porque se han
olvidado da aquella pregunta y respuesta
del Catecismo que dice: ¿Para qué fln ha
criado Dios al hombre? Para amarle y ser­
v irle en esta vida y después verle y gozarle
en la otra. Pero esos infelices de quienes
usted me habla, sea porque no conocen
esas palabras del Catecism o, aea porque no
las entien den, obran de uu modo del todo
contrario a lo que ellas nos enseñan. De
a h í resulta que todos sus cuidados son
para las cosas de la tierra sin hacer nada
por las del cielo; todos sus afanes van dedi­
cados a las criaturas sin acordarse para
nada del Criador; todos sus sacrificios se
dirigen al bien del cuerpo y ninguno se
encam ina al bien del alma. Trabajar, comer,
dorm ir y divertirse; he aquí ©n lo que
hacen consistir su últim o ñn; para esto se
creen criados y puestos en el mundo; paro
no advierten que si así fuese no se distin­
guirían de loa anim ales, pues éstas tam ­
bién trabajan, com en, duermen y se divier­
ten a su manera y después mueren y con
la m uerte todo se acabó para ellos, porque
no tienen un alma espiritual e inm ortal
com o el hom bre para servicio del cual
fueron criados y destinados por Dios.
Ql hombre tiene necesidad de trabajar
para atender a las necesidades de la vida y
cum plir el precepto que le impuso Dios en
pena del pecado; tiene necesidad de comer,
de dorm ir y descansar pura poder v iv ir
sobre la tierra; pero en ninguna de estas
cosas consiste su últim o fin, como tam­
poco consiste en ninguna de las m uchas
cosas que Dios crió en la tierra para
servicio y uso del hombre, Las cuales nos
dió el Señor para que haciendo buen uso
de ellas nos sirvan de medios para co n ­
segu ir dicho fin. El fin próximo e in m e ­
diato del hombre es amar y servir a Dios
en esta vida, m ediante la observancia de
su santa ley y el cum plim iento de su
divina voluntad y después verle y gozarle
eternam ente en la otra; éste es nuestro
verdadero y últim o fin; fln tan excelen te y
adm irable, que los hom bres jam ás hubieran
llegado a conocerlo ni a im aginarlo si Dios
no se hubiera dignado dárselo a conocer
por medio de la revelación; fln que no sólo
iguala al que tienen los espíritus angélicos,
sino que es muy sem ejante al que tiene el
mismo Dios; porque Dios es, fin de sí
mismo y su felicidad consiste en conocerse,
amarse y gozarse; pues este mismo Dios es
también el fln del hom bre, y para que le
conozca, ame y goce eternam ente, le ha
criado.
Mas para qne el hom bre alcance este fin,
que es sem ejante al de Dios, es condición
indispensable que ame y sirva a Dios en
éfita vida m ediante la observancia de sus
santos m andam ientos. El hombre que do
cum pla esta condición, aunque por otra
parta h ay a sido bueno, según al m undo,
jam ás será adm itido en el reino celestial.
No h ay, por consigu iente, locura más
grande que la de un cristiano que por que­
rer v iv ir librem ente en este breve mo­
m ento que se llam a vida, se exponga a
perder la eterna y hacerse acreedor a los
castigos del infierno. Sí, amado Teódulo,
no h a y m ayor locura que la de quererse
ju g a r las dos suertes tan opuestas, como
son la de gozar eternam ente de Dios en el
cielo y la de auírir eternam ente con los ré-
probos en el infierno.
Y para que V. m ejor se haga cargo de esa
locura, v a la parábola sigu ien te: «Hubo un
hom bre tah rico como raro que, no te n ie n -
do herederos forzosos, dejó toda su heren­
cia al hom bre más tonto que se pudiera
encontrar. Los albaceas al enterarse de la
disposición del testador, comprendieron
toda la dificultad que se les presentaba
para cum plir su cometido; pues ellos de­
cían, tontos no faltan, pero como la vo lu n ­
tad del testador clara y term inante era de
que sus bienes fuesen a parar a manos del
más tonto, ¿cómo hacerlo para dar con él?
Los albaceas tuvieron necesidad de em ­
prender un viaje largo, y cuando entraban
en una populosa ciudad oyeron m úsicas y
vieron que una m ultitud de g en te desfila­
ba por una de las calles de aquella ciudad,
y ellos, llevados de la curiosidad natural,
preguntaron al prim ero que se les deparó,
qué significaba aquella m anifestación tan
im ponente, si celebraban algún triunfo ob­
tenido por las arm as nacionales; y el hom ­
bre a quien preguntaban contestó: «Nada
de eso, señores; es que van a ahorcar
al que hasta h o y fué nuestro rey.» ¡Cómo!
replicaron estupefactos los albaceas; ¡qué
vais a ahorcar a vu estro rey! y ¿qué c r i­
men ha com etido gBra tomar contra él tan
terrible determ inación?— No, no ha com e­
tido ningún crim en, contestó el interpe­
lado, sino que en este país cualquiera pue­
de ser rey con tal que acepte la condición
que se le exige para serlo. Y esta co a d i­
ción consiste, en que después de haber rei­
nado y gobernado pacíficam ente el reiuo
por espacio de diez- años, el term inar este
plazo, term ine también su vida en la hor­
ca, y eso es lo que ya a tener lugar en este
día, y eso es lo que significa el m ovim ien­
to que ustedes notan en esta ciudad.
Asom brados los albaceas, de la relación
que acababan da escuch ar, de nuevo pre­
guntaron a su in terlocutor; ¿y bajo con­
diciones tan duras, es posible que b aya
alguien tan necio que desee ser rey en
este país? Sí, contestó el hombre, y a te ­
nem os nuevo rey. Basta, se dijeron los al-
baceas, no necesitam os m is; y a tenemos
a quien buscábamos; es imposible que en
toda la redondez de la tierra pueda haber
hombre más insensato que ese nuevo rey;
como a tal, y a él, entregaron la h erencia,
quedando así libres de la carga que les
había im puesto aquel testador tan rico
como estrafalario».
Sin duda que V . am igo mío, aprobará el
acierto con que procedieron esos albaceas
adjudicando la referida herencia a aquel
insensato re y. Pues yo no tengo por a cer­
tado el proceder de esos señores. A n tes
bien, creo que sin salir de su país, ni s i­
quiera de su parroquia hubieran encontra­
do no uno, sino m uchos hom bres más ton­
tos que aquel desgraciado rey. Sí, amado
Teódulo, h ay m uchos hom bres incom pa­
rablem ente más necios que ese re y, y son
todos los que, conociendo el nobilísimo fin
para que fueron criados, en todo se ocupan,
en todo piensan, m enos en poner los m e­
dios para conseguirlo; es decir, que por dar
rienda a sus pasiones desordenadas y v i­
vir a su antojo en esta m iserable vida, se
niegan a amar y servir a Dios, privándose
con esto de la eterna felicidad y labrándose
Sü eterna desdicha. Y los que obran así
¿p orventura no son m ucho más tontos que
el rey de la parábola? Sin duda alguna.
Aquel rey que por propia elección había
llegado & tan alta dignidad, aunque de
corta duración, bajo condición tan one­
rosa, tenía al m enos la satisfacción .de ali­
m entar su vanidad gobernando sus esta­
dos y recibiendo los hom enajes d e sú s va ­
sal Ipa durante los diez años; pero estos
hom bres que se olvidan de su últim o fin ¿a
quién gobiernan y de quién reciben home­
najes durante su breve vida sobre la tie­
rra? A nadie gobiernan y de nadie reciben
vasallaje. ¿Y cómo habían dé gobern ar ta­
les hombres a otros hombres si 110 saben
gobernarse a sí mismos? E n efecto; estos
hom bres de que nos venim os ocupando, no
sujetan ni gobiernan sus pasiones y apeti­
tos desordenados, como deberían gober­
narlos y tenerles a raya cual convien e a
seres racionales, sino que los apetitos y
las pasiones los gobiernan y tiranizan a
ellos, arrastrándolos y sepultándolos en
toda suerte de desdichas temporales y eter­
nas. Aquel re y, en fin, term inado el plazo
fatal, pierde su vida en la horca, pero pier­
de la vida temporal que en plazo más largo
o más corto habla de perder, puesto que no
había de v iv ir siem pre sobre Ja tierra,
m ientras que los que se entregan a una
vida libertina, no queriendo sqjetarse al
cum plim iento de la ley d ivin a, juntam ente
con la vida tem poral, que en los tales no
suele ser m uy larga, pierden tam bién, y
esto es lo más sensible,. La vida eterna y
feliz para la que habían sido criados. ¿No es
verdad, querido Teódulo, que los hom bres
que así se portan son mil veces más in sen ­
satos que el rey de nuestra parábola?
Nos sorprende la necedad de Esaú, que
por un plato de lentejas vendió su primo-
genitura a su hermano Jacob; jpero cuánto
más debe sorprendernos la insensatez de
m uchos cristianos que por un vil placer,
por una miserable satisfacción, por algunas
despreciables monedas, tienen vendida su
alma ai-demonio y perdida la herencia dbl
cielo! No sigam os nosotros, amigo mío, esa
conducta tan depravada; im item os a los
buenos cristianos que no pierden ocasión
de enseñarnos de palabra y de obra a amar
y servir a Dios en esta vida para verle y
gozarle eternam ente en la otra. S u yo afec­
tísim o Cap.
Efecto* de la mala educación

Mi amado Teódulo: L os ríos que se sur­


ten de fuentes turbias y de m anantiales ce­
nagosos, forzosam ente han de contener y
arrastrar aguas turbias y cenagosas; y por
el contrario, los ríos que se forman de fuen ­
tes y m anantiales lim pios y cristalinos,
sus aguas han de ser también limpias y
cristalinas. A hora bien; lo que son las
fuentes y m anantiales a los ríos, eso mis­
mo son las fam ilias, los hogares, a la so­
ciedad. Si en las fam ilias reina la m orali­
dad, en la sociedad reinarán las buenas
costum bres; si por el contrario en las fam i­
lias campa la inm oralidad, no hay que
esperar en la sociedad más que corrupción.
Precisam ente, y debido al olvido en que
se tien e nuestro últim o fin, se vé que en
m uchas familias reina la m ayor anarquía
entre sus miembros, pues los padres, aban­
donando el gravísim o deber que tienen de
educar a sus hijos, según la moral c ristia ­
na, son causa de que éstos se consideren
desligados de la obligación de obedecer a
aquéllos; de donde resulta que los tales ho­
gares están convertidos en verdaderos
campos de A gram ante, donde todos quie­
ren mandar y nadie obedecer, donde padres
e- hijos se tratan de potencia a potencia,
borrando así la línea divisoria entre el pa«
. dre que debe m andar y el hijo que debe
estarle su m iso .Y si esto pasa en la vida ín ­
tima de m uchas fam ilias, nada tiene de ex­
traño, am igo mío, que se note en la ju v e n ­
tud de nuestro tiempo tanto desenfreno,
tanta im prudencia, y tan poco respeto a
los ancianos y a Los lugares santos de que
usted tan am arga y ju stam en te se queja,
pues todo ello no es más que «1 fruto d« la
m ala educación.
‘ Sí, amado Teódulo; todo este desorden,
a l menos en su m ayor parte, proviene de
que los padres no in struyen ni educan a
sus hijos desde ta infancia, Si los padres
cum plieran con este sagrado deber, no se
verían tantos hijos sin educación y en ce­
nagados y a en la más tierna edad en toda
suerte de vicios y malas costum bres. Sé
que generalm ente esto se atribu ye a la ín ­
dole perversa de los hijos, y yo no lo ne-
garé respecto de alguno; el mal empero no
está ordinariam ente en la naturaleza del
terreno, sino én el defecto del cultivador;
quiero decir, que si los hijos resultan ma­
los, de ordinario debe im putarse a los pa­
dres, que no cum plen con ellos los deberes
im puestos por Dios y por el mismo instinto
natural. Estos deberes, según el Catecism o,
consisten en alim entarlos, enseñarlos, co­
rregirlos, darles buen ejemplo y estado
com petente a su tiempo y no contrario a
su voluntad. Om itiendo hablar del primero
y últim o de estos deberes, y concretándo­
me a los tres restantes, digo, que la ense-
ñ an zaq ue principalm ente tienen obligación
de dar los padres, a sus hijos, es la religiosa,
o sea aquella que los lleva a conocer a Dios,
a tem erle y a amarle. Y esta enseñanza
deben darla los padres en casa, sL bien
pueden y deben llam ar en su auxilio a los
sacerdotes y maestros, enviándoles a sus
hijos a la iglesia y a la escuela, pero en
m anera alguna prescindan de la enseñanza
dom éstica, és decir, la que recibe el niño
en el regazo m aterno, en el hogar, pues'
esta es la base de toda instrucción y edu­
cación, y sin esa base, en vano se esforza­
rá el m aestro en la escuela y el sacerdote
en la iglesia por levan tar el edificio de la
instrucción cristiana y por grabar ésta en
•el corazón de los niños.
A la enseñanza sigu e La corrección para
oponerse a las dem asías y caprichos de los
hijos a quienes deben resistir Jos padres,
haciendo uso de la autoridad que han re ­
cibido de Dios, para bien de los unos y de
Los otros. E sta corrección, que consiste en
avisarlos, reprenderlos y castigarlos más o
m enos, según los casos y las circu n stan ­
c ia s lo exijan, debe com enzar desde la in ­
fancia, com o lo advierte el E. S ., m ientras
los h ijos son pequeños, y «ates que se
obstinen en el mal y se hagan incorre­
gibles.
Pero resultarla poco menos que inútil
que los padres enseñasen y corrigiesen a
sus hijos, como se acaba de explicar, si no
les diesen buen ejemplo. El ejemplo siem ­
pre ha sido más elocuente y más persua­
sivo que las palabras. Si los hijos ven que
sus padres obran de un modo contrario a
lo que les enseñan; si los padres dicen a
sus hijos que sean buenos cristianos, que
oigan misa con devoción, que se confiesen
bien y se preparen dignam ente para co ­
m ulgar, que no sean mal hablados, que no
se metan con nadie, etc., pero los hijos
observan que sus padres no hacen ninguna
de estas cosas que les recom iendan, sino
que viven como g en tiles, ¿qué caso harán
estos hijos de los m andatos de sem ejantes
padres? Con el ejemplo, pues, ju n tam en te
que con las palabras, deben los padres en­
señar a sus hijos, y a que en el corazón de
éstos e iis te una gran inclinación a imitar
a los padres; por esto decía San Gerónim o:
«que se debe cuidar que el hijo no advierta
dí en el padre ni en la madre nada que no
pueda im itar sin pecados.
Vea V ., aqnf mi querido Teódulo, expli­
cadas aunque brevem ente las principales
obligaciones de los padres para con los hijos;
pero obligaciones que quedan sin cum plir
por parte de no pocos padres de fam ilia,
haciéndose así participantes d é lo s pecados
de sus hijos y poniendo unos y otros en
g rave peligro su salud eterna. De estos
abandonados padres ae expresa el C atecis­
mo Romano en los sigu ien tes términos:
«Porque m uchos (padrea) ni entienden ni
atienden a otra cosa que a dejarles dinero,
riquezas y un patrim onio grande y opu­
lento, y los in clin a n , no a la religión, no
a la virtu d, no a los estudios de las buenas
letras, sino a la avaricia de am ontonar
hacienda. Ni cuidan de la honra, ni de la
salvación de sus hijos, con tal que sean
ricos y acaudalados; ¿qué se puede decir
ni pensar más v il ni más indigno? A sí los
hijos heredan de sus padres, no sólo sus
posesiones sino también sus vicios y sus
in ju sticias, por io cual les sirven de g u ía,
no para el cielo, sino para los to m e n to s
eternos del infierno. Más tengo que decir
a V . pero lo dejo para la próxima. De usted
afectísim o Cap.
Efectos de la mala educación

(Continuación).

Querido Teódulo: M uchos padres y m u­


chas madres viven en medio de su familia
como estátuas que no tienen ojos para ver
las inm oralidades que se cometen dentro
de casa, ni oídos para escuchar lo que dicen
los vecin os de los desórdenes de sus hijos,
a quienes Los padres tenían por unos san­
tos. Defecto m uy común es entre los padres
formar de sus hijos la más buena opinión,
v iv ir en lá más buena fe sobre su conducta,
creerles incapaces de obrar mal, y no sa­
ber sospechar siquiera de su aparente in o­
cencia.
De lo que resulta que los hijos, aprove­
chándose de esta bobería y estupidez, se
entregan secretam ente a todo género de
vicios y excesos. Si después, cuando estos
vicios y a han echado raíces en el corazón
del hijo o de la hija por culpa de los padres,
éstos, en vez de reconocer su culpa, se la
endosan a los demás, diciendo: «¡ahí, mis
hijos eran buenos, y si ahora tienen algo
de malos, se lo han pegado los otros». Sí,
se lo pegaron, los otros. Y ¿quiénes son los
otros sino vosotros mismos, padres aban­
donados, que en vez de apartar a vuestros
h ijos de reuniones y de com pañías peli­
grosas les dábais entera libertad para te­
nerlas, sabiendo por experiencia propia
que de tales reuniones y de tales compa­
ñías la virtu d y la inocencia salen casi
siem pre perdidas o m altratadas? Mas cuan­
do la desordenada vida del hijo o de la hija
se ha hecho patente, entonces esos padres
in ten tan tranquilizarse diciendo: «Todos
hacen lo mismo y pasan por honrados».
Y con esta salida quedan tan satisfechos
de su conducta, como si no bubiese un
Dios ju sticiero que les ha de pedir estre­
chísim a cuen ta del crim inal desamparo en
que han dejado a sus hijos. No7 padres y
madres mal aconsejados, m uy mal discurrís
al'querer tranquilizar vu estra conciencia,
repitiendo esa frase «todos hacen lo mis­
mo»; no es esa la consecuencia que debéis
sacar en vista del extravío de vuestros h i­
jos, sino que debéis sacar esta otra, o sea
la gravísim a obligación que os queda de
enderezar en vu estros hijos lo que por c u l­
pa vuestra se torció, em pleando para co n ­
seguirlo todos los medios posibles sin que
falte el de la corrección. Pero ¡ay! después
de conocidos los escándalos de vuestros
hijos, 110 tenéis la energía suficiente para
corregirlos. Los padres y madres de estos
tiem pos, conspirando en secreto c o n tra ta n
santa obligación, temen más corregir a sus
díscolos hijos que los hijos ser corregidos.
E l padre los amenaza coa la madre y ésta
con el padre, dejándolos de esa m anera sin
castigo. «Si no eres bueno, se io diré a tu
padre». ¿Y p o rq u é tú, madre infeliz, no
reprendes por tí misma a tu hijo cuando
h ay m otivo para ello? ¿No sabéis jque es
in ú til plantar el árbol si no se cuida de
-as-

enderezarlo y guiarlo? «Yo bien quisiera


educarlo, pero tiene y a quince años. ¿Cómo
le mando ya?» ¿Pura qué entonces estáis
en la tierra? ¿No habéis tenido también
vu estros q uince años, durante ios cuales
se os reprendía, m erced a lo cual seis unos
hombres honrados? a L as costum bres han
cambiado.» ¿Quién las ha cambiad o? ¿V u es­
tros padres? Os educaron bien. ¿V uestros
hijos? Acaban de entrar en el mundo.
¿Quién, pues, sino vosotros mismos, res­
tauradores del paganismo en las costum ­
bres, con vuestros tuteam ientos dem ocrá­
ticos, luj os, bailes, vida regalona, a que los
acostum bráis en edad temprana? ¡A y de
vosotros y de ellos si no emprenden el ca­
mino de la austeridad! Lasagabaster.— La
Predicación contemporánea.
No, padres y madres, no hay costum ­
bres que prevalezcan contra la voluntad
de Dios; y volun tad de Dios es que los
padres de fam ilia, lo mism o los de ahora,
que los que hubo desde el principio del
m undo y los que habrá hasta el fin, edu­
quen a sus hijos en coolorm idad con esa
divina voluntad, sin que jam ás les sea
lícito, por un amor mal entendido, dejar
de corregirlos cuando den m otivo para
ello. M uchos padres andan én busca de
pretextos para no hacer esta corrección, y
por esto, sin duda, Dios las recuerda en
diferentes lugares de la S. E. esta obliga­
ción, diciéndoies: «No perdones el cas­
tigo a tu ljijo; si le castigas con vara no por
eso morirá, y salvarás a su alma del infier­
no... El padre que excusa la vara no quiere
a su hijo».
Y ¿cómo ha de querer a su hijo aquel
padre, aquella madpe, que por no disgustar
al hijo o a la hija con la repren sión , con
la amenaza, o con el castigo, les dejan
hacer cuanto quieren, aun cuando sem e­
jan te modo de proceder redunde en per­
ju icio del bienestar eterno y temporal de
sus liijos? No, esta conducta que observan
m uchos padres respecto d e s ú s hijos, no es
amor, sino odio. Y si se empeñan en lla ­
m arle amor, será sem ejante ai am or que Iob
monos tienen a sus hijos, los cuales para
m anifestarlo, es tanto lo que lo's aprietan
a su corazón que los privan de la respira­
ción, los ahogan y los m atan. ¡Oh cuantos
padres dan la m uerto espiritual a sus hijos
a fuerza de com placerlos y acariciarlos!
¡Cuántos infelices hijos,-en vez de estar en
el inñerno, estarían en el cielo, si hubiesen
tenido unos padres más exactos en la edu ­
cación y corrección que tan frecuente­
m ente se les inculca en la divina E scri­
tura!— No creo, querido Teódulo, que usted
ni nadie que con ju icio sereno lea esta
carta, la hallará exagerada, pues en ella
no he hecho más que describir a grandes
rasgos el estado en que se encuentra la
educación que, en nuestros tiem pos, dan
los padres a sus hijos.
No diré que esta descripción sea tan
general que no admita sus excepciones;
pero desgraciadam ente estas son pocas, si
se comparan con ia regla gen eral. Y tenga
usted en cuenta que en la referida descrip­
ción me he concretado únicam ente a tra­
tar de las faltas en que in cu rren m uchos
padres en la educación de los hijos por el
am or mal entendido que les profesan; pero
nada he dicho de aquellos otros padres de
familia que, por lo que se observa en el
modo de educar a los suyos, más pareca.
que trabajan para su ruina que para su
bienestar. Mas de esto, sf Dios quiere, me
ocuparé en la carta sigu ien te. E ntre tanto
disponga usted (¡orno guste de su afectísim o
amigo y capellán.
Efectos de la mala educación,

(C o n tin u ació n )

Mi estimado amigo: M uy duro se me hace


el afirmar que haya padres de familia que
ocasionan a sus hijos su desgracia tempo­
ral y eterna. Ello no sefrá así; pero casi se
halla uno tentado a creerlo al ver ia per­
versa educación que algunos padres dan a
sus hijos de palabra y de obra. Y sino ¿qué
ju icio podemos formar de aquellos padres
que, en vez de enseñar a sus hijos a co n o ­
cer a Dios, a tem erle y am arle, no se aver­
güen zan de insultarle con las más horribles
blasfem ias delante de sus inocentes hijos;
que en presencia de los mism os y sin n in ­
gún m iram iento se burlan de la religión,
de sus m inistros y de las cosas más santas;
que les prohíben ir a la iglesia, pero en
cam bio los llevan a las escuelas laicas don­
de reciben una enseñanza sin religión, sin
Dios; y caso de que en la localidad no exis­
tan sem ejantes escuelas, le prohíben al
m aestro que enseñe a sus desgraciados
hijos la doctrina cristiana? Y a no sé, ama­
do Teódulo, de qué modo calificar la con­
ducta de tales padres, ni con qué comparar
la crueldad que usan con sus hijos. ¿Diré
que sem ejantes padres son más crueles para
con sus hijos, que aquellos padres idólatras
que sacrificaban a sus hijos.al ídolo Moloch?
Me parece que no hay ni sombra de exage­
ración en afirmarlo.
Por si V. no sabe cómo se hacían esos
sacrificios, se lo vo y a explicar. «El Pro­
feta E zequiel nos dice que los hebreos in­
molaban sus hijos a los dem onios, a Moloch
o a los dioses extraños, y en el libro de los
R eyes se dice también que los habitan­
tes de Sapharvain sacrificaban sus h^jos
quem ándoles en honor de A n a m e le c h ,o
A dram elech, que era una divinidad asiría,
la misma que el Moloch de los am m onitas.
Según los rabinos, el ídolo de Moloch
era de bronce y se hallaba, sentado sobre
un trono del mismo m etal, con la corona
real sobre una cabeza de becerro y los
brazos extendidos como para abrazar a
alguno. Guando se quería sacrificarle alg u ­
nos niños, se caldeaba 1& estátua por den­
tro, por medio de un gran fuego, y cuando
estaba casi enrojecida, se ponía entre sus
brazos la m iserable víctim a que en breve
era consum ida por el exceso de calor. A fin
que no se oyesen los gritos de los niños,
se hacía un gran ruido con tambores y
otros instrum entos*. (Perujo. Diccionario).
¡Crueldad inaudita! exclam ará V. mi
querido am igo, era la de aquellos padres
que de tal m anera acababan con la vida de
su s tiernoB e inocentes hijos. Pero no
se escandalicé V. si yo le digo que es
m ayor la crueldad qu-e emplean con sus
hijos los padres impíos de que nos venim os
ocupando. A quellos, sacrificando de la m a­
nera explicada a sus indefensas cria tu r i­
tas, se m anifestaban, sin duda, inhum anos
con ellas puesto que les hacían sufrir una
m uerte lenta y atroz en los brazos canden­
tes del ídolo; pero al fln aquellos torm entos
que las desgraciadas víctim as padecían en
sus cuerpos, eran de poca duración, ter­
m inaban con la m uerte del cuerpo y no
seguían a las almas en el nuevo género de
vida a que eran trasladadas .después de su
separación del cuerpo. Mas ¿quién podrá
calcular las am arguras y penalidades que
tendrán que devorar esos otros niños,
víctim as de la perversa educación que
reciben de sus padres, si no tienen la gran
dicha de m orir antes del uso de la razón?
Porque si los que reciben una esmerada
enseñanza cristiana, con dificultad se ven
libres de ser atropellados por las pasiones
y apetitos desordenados, que son causa de
tantos sufrim ientos físicos y m orales, ¿a
cuántos de estos sufrim ientos no estarán
expuestos los que ju n tam en te con la leche
de sus m adres han mamado una educación
la más a propósito para excitar y a v iv a rla s
W ás bajas pasiones del hombre? Y si es
Verdad que los que no tem en a Dios m enos
tem erán a los hom bres, ¿qué se puede
esperar de hijos a quienes sus mismoB
padres le s han enseñado que no existe
Dios a quien deban temer? Lo que na
puede esperar de tales hijos, han podido
' decirlo por mí una m ultitud de aju sticia­
dos, quienes desde el patíbulo han con­
fesado públicam ente, que el hallarse ellos
allí lo debían no a los ju e ce s, sino a sus
mismos padres. Pero lo peor para estos
desgraciados hijos, no lo es el que lo sean
en este mundo que, en fin de cuentas, es
bien corta su duración, sino que lo sean
en el otro que no acaba jam ás.
Creo quedará V. convencido, amigo mío,
de que los padres impíos que im píam ente
enseñan a sus hijos, son más malos que ios
padres idólatras q u e ofrecían sus hijos al
ídolo de M oloch; porque siestO B inmolaban
en honor del ídolo el cuerpo de sus hijos,
aquellos sacrifican al demonio el alma y el
cuerpo de los suyos.
A fortunadam ente en las aldeas es raro
encontrar padres' a quienes con ven ga la
descripción que acabo de hacer' pero en
cam bio los hay en número alarm ente en
las ciudades y centros de m inas y fábricas,
debido a las propagandas que continua­
m ente hacen en tre las pobres masas de
obreros, los satélites de Satanás.
¡Ah! pidamos a Dios, mi querido T eó­
dulo, que abra los ojos del espíritu a esos
pobres obreros, a ñn de que comprendan y
vean el abismo a que los conducen esos
que se llaman sus defensores; pues si lo
fueran en realidad, ¿por qué no se co n cre­
tan a procurarles el bien temporal sin
propasarse a. arrebatarles el bien eterno?
Por donde se ve bien claro, que eso de
defensores de la humanidad y de las clases
desvalidas, es pura m entira y pura obra
del demonio, padre de la mentira; y após­
toles suyos son los que predican esas doc­
trinas que tan pésimos y amargos frutos
producen. Pidamos también a Dios por los
padres cristianos, a fin de que nunca jam ás
sigan los perversos ejem plos de los padres
anticristianos, porque en ese caso más les
valía no haber jam ás llegado a ser padres.
Y vo y a term inar la presente carta
con la herm osísim a exhortación que, el
Cardenal Silvio hace a Jos padres en su
libro: Educación Cristiana d élos hijos. oOs
ruego, respetables padres de fam ilias, que
consideréis a vuestros hijos, pues así es,
como la más preciosa e interesante riqueza
que Dios os ha otorgado. Su providencia
les ha puesto a vuestro cuidado, para que
vosotros, como siervos fieles, se los devol­
váis un día llenos de frutos espirituales,
m ostrando que hicisteis productivo el ta­
lento que vu estro Señor os confió. Bien se
que, a pesar de los más asiduos cuidados,
puede un niño descarriarse con la edad, y
llegar a ser un m alvado; pero esto ee en
verdad m uy raro, y fcuando tal desgracia
ossucediera, no sería im putable a vosotros.
E l pecado recaería sobre su cabeza; su
daño no im pedirla la salvación de vuestra
alma y no perderíais delante del Suprem o
Juez la recompensa que m erecerían v u e s­
tros desvelos.
Padres de familias, velad sobre vosotros,
velad sobre vuestrjis hijos; poned en su
cristiana educación vuestra diligencia, para
que sean en esta vida vuestro consuelo
y no vuestro m artirio, vuestra gloria y
no vuestra deshonra; y para que después
hagan un adorno precioso de vuestra co­
rona en el Cielo, en vez de agravar vu es­
tros suplicios y eternos sufrim ientos en el
infierno.
Mande Lo que guste a su almo. Cap.
B l as f em ití .

Mi amado Teódulo: Como consecuencia


de la mala educación se suceden sin in -
terniD ción toda suerte de iniquidades: ai
desenfreno de la lengua sigue el de las
pasiones desordenadas con los vicios que
más degradan a) hom bre, colocándolo al
nivel de las bestias, o un poco más abajo.
En esta carta me v o y & ocupar del horrible
y m onstruoso pecado de blasfemia, del que
dice San Jerónim o que todos los demás
pecados, comparados con éste, son menos
graves, y que nada hay más horrible que
el pecado de blasfemia. Y sin em bargo, este
pecado que es más g ra v e que el hom icidio,
que el adulterio y que todos los demás
pecados, le com eten m uchos cristiano;),
cuando ríen y cuando están im pacien­
tes, cuando están sanos y cuando están
enfermos, cuando tienen bienes de fortuna
y cuando carecen de ellos; en todo tiem po,
lo mismo de día que de noche, lo mismo
cuando hace buen tiempo que cuando lo
hace malo, siempre. ¡B1 hom bre, vil g u s a ­
nillo de la tierra, se atreve a in su lta r, a
despreciar y a desafiar a su Dios, a su
Creador, a su Redentor, a su Padre, a su
B ienhechor, a su Juez! ¡Infeliz blasfemo!
¿te has detenido alguna v e z a considerar
la malicia que encierra el pecado de blas­
femia que con tanta frecuencia cometes?
Pues si no lo has hecho hasta ahora, y o te
invito en este m omento a que lo consideres
para que te avergüen ces y te c o n fu n d a s,y
esa vergü en za y confusión que concibas
por la m alicia de ese pecado y por la g ra ­
vísim a injuria que con él infieres & Dios,
te lleven al sincero arrepentim iento y al
firme propósito de detestar esa costum bre
y de cam biar de vida. M írate, blasfem o, de
pies a cabeza. ¿De quién has recibido todo
cuanto tienes y eres? De Dios has recibido
4
ese. cuerpo que tienes con un alma espiri­
tual e inm ortal. D ios,sin hacerte ninguna
in justicia, pudo haberte creado otra cosa
bien diferente de lo que eres; pudo haber
dispuesto que fueses piedra, árbol, ju m en to
o asqueroso sapo; pero Dios d o quiso ha­
certe ninguna cosa de éstas, sino que deter­
minó que fueses criatura racional, capaz
de conocerle y am arle, elevándote además
al orden sobrenatural, con derecho a la
herencia del reino celestial. Mas perdido
el derecho a esa divin a herencia por la
culpa del primer padre, y com o ninguna
criatura era capaz ni en el cielo ni en la
tierra de satisfacer a Dios por esa culpa, ni
por consigu iente de devolvernos ese dere­
cho perdido, en esa im posibilidad por parte
délas criaturas, el Hijo de Dios, la segunda
Persona de la Santísim a Trinidad, se dignó
ven ir a este m undo y se revistió de
nuestra carn e para redim irnos y salvarnos
m ediante su dolorosísima pasión y afren ­
tosa m uerte. Sí, blasfemo in feliz, por tí
quiso nacer pobre y hum ilde el Hijo de
Dios en el portal de Belén; por tí padeció
ham bre y sed; por tí fué perseguido, ca­
lum niado, escarnecido, abofeteado, azo­
tado, escupido; y por tí, finalm ente, fué
enclavado en una cruz, donde espiró des­
pués de tres horas de desamparo por parte
del. cielo y de la tierra, por parte de Dios y
de los hom bres, para que tú no fueses
desamparado eternam ente. Pues bien, a
este Dios tan bueno que te crió y te con­
serva la vida que tan mal empleas, a este
Redentor amoroso que perdió su Vida tem­
poral en medio d é lo s más terribles tor­
m entos para que tú no perdieses la vida
eterna, a este Bienhechor tan generoso y
tan desinteresado que nunca cesa de
hacerte beneficios espirituales y tem pora­
les; a este divino Señor, sí, blasfemo ingra­
to, a este Padre amorosísimo es a quien tú
te atreves & in su ltar e in te n ta s m anchar
con la inm unda baba de tu boca, siem ­
pre que levantando tu cabeza al cielo le
ultrajas y maldices con esa lengua que El
mismo te dió y que tú no debías emplear
m ás que en bendecirle, alabarle y darle in ­
finitas gracias por los inm ensos beneficios
que has recibido 7 constantem ente estás
recibiendo de las manos de este divi­
no Señor. ¿Puede darse m ayor in g ra ­
titud? ¿Te portas de esa m anera con los
hom bres que te hacen favores? Con segu­
ridad que no. Al contrario, te m uestras
agradecido a todos los que te hacen bien y
por nada de este m undo pagarías con
insaltos a tus bienhechores; y siendo esto
asf, si en m anera alguna te m ostrarías
ingrato con ellos, ¿cómo tienes el a tre v i­
m iento de serlo con tu Dios y Señor? ¿O es
que no crees en la existencia de Dios? Si
no crees que hay Dios, y lo insultas, eres
un loco, pu**s sólo un loco dirige sus in su l­
tos a una cosa que él cree que no existe;
pero si crees que hay Dios y lo maldices,
eres un demonio, pues sólo el demonio y
sus compañeros de maldad pueden blas­
femar del santo nom bre de Dios; y como
dice un Santo, el blasfemo es peor que el
mismo demonio, porque éste maldice a
Dios porque lo castiga, m ientras que el
blasfemo maldice a Dios cuando le está
haciendo beneficios.
Ya puede V. com prender por lo expues­
to, amado Teódulo, que la malicia que
lleva consigo el pecado de blasfemia no es
una malicia cualquiera, sino que es dia­
bólica bajo todos los puntos de vista que
se la considere, sin que para atenuarla o
dism inuirla se pueda invocar la fragilidad
hum ana, el deleite o la utilidad del que
blasfema, porque ¿qué utilidad, qué deleite
o placer pueda experim entar el blasfemo
con ese pecado? Con toda clase de pecados
se ofende, sin duda alguna, a la inñnita
bondad de Dios; algunos hay que, aten­
diendo a la miseria hum ana, pueden tener
explicación, aunque no disculpa. Y así
verbi gracia el Itfdrón, el vengativo, el
lujurioso, al robar, al vengarse, al revol­
carse en el cieno de la.torpeza, dirán que
lo han hecho por codicia, por satisfacción,
por deleite. Pero al blasfemo ¿qué utilidad
puede reportarle escupir su inm unda baba
contra el Om nipotente, o qué deleite puede
encontrar en esos rugidos infernales?
Veamos ahora, amigo mió, de qué m a­
nera pretende el blasfemo excusar su
horrendo crim en. Yo, dice, m uchas veces
no me doy cuenta de que blasfemo, y si,
como dicen los predicadores, para que haya
pecado m ortal se requiera plena adverten­
cia en el que ejecuta la acción in d a en
m ateria grave, yo que carezco de esa ad­
vertencia al blasfemar y por consiguiente
del consentim iento que también se re­
quiere para que haya pecado, d o consi­
dero tan grave la blasfemia que lanzo
contra Dios.— Lo que acabas de decir, oh
blasfemo, bastante me indica que estás
habituado ya a ese vicio maldito, y que
ese hábito o costum bre que has contraído
de cometerlo, lejos de dism inuir su grave­
dad, la aum enta, si no has hecho cuanto
está de tu parte para desarraigarla.—Si
como estás acostum brado a blasfemar, lo
estuvieras tam bién a robar, y por tus latro­
cinios cayeses en manos de la justicia, ¿se
daría el juez por satisfecho para dism i­
n u irte la pena con que le dijeres que si
habías cometido ese robo era porque esta­
bas acostum brado a robar? No. Antes
bien esa misma excusa que alegabas sólo
serviría para que el juez te impusiese nna
mayor pena, por reincidente.—Yo, repite
el blasfemo, solam ente lanzo esas impreca­
ciones contra Dios, cuando alguno me da
motivo para ello, cuando me hacen impa­
cientar.—Pero ¿no com prendes, miserable,
que esta excusa te acusa de irracional?—
Si yo, porque me hizo im pacientar un ve­
cino tuyo, quisiera tomar el desquite, dán­
dote a tí unas cuantas bofetadas, no levan­
tarías el grito al cielo, pidiendo venganza
contra mí, por la injusticia que contigo
acababa de cometer? Pues aplica esta com­
paración y la anterior a nuestro caso. Por­
que alguno te haya hecho metí, o porque
las cosas no te salgan como deseas, ¿por
qué has de querer desquitarte, injuriando
a Dios que no te ha hecho ningún mal,
a n tesal contrario, no cesa un momento de
hacerte bien? No, no hallarás jam ás causa
justificada que te pueda excusar de es$
vicio horrible, asqueroso e infame con que
deshonras al mejor de los Padres, que
algún día dejará de serlo para tí, si no te
enm iendas, para convertirse en tu terrible
e inexorable Juez. ¡Infeliz de tí, si ahora
que estás todavía en tiempo de alcanzar
m isericordia no te enm iendas, dejando ese
lenguaje tan repugnante y soez que te
arrastra a tu desdicha eterna. Porque
escrito está, y son palabras del Espíritu
Santo: «Malditos serán los que te despre­
ciaren; y condenados todos Los que te
blasfemaren». Tobías 13-16..
Ya me parece estar oyendo decir al blas­
femo en su interior. «Tiene usted razón;
comprendo que soy un crim inal, blasfe­
mando contra mi Dios, y dando con ese
motivo gran fescindalo a mi femilia y a
todo el mundo; pero ¿qué quiere usted?
tengo tan arraigado este maldito vicio, que
me dom ina por completo; yo bien quisiera
desprenderm e de él, pero no me es posible
conseguirlo.—Pero ¿es verdad que deseas
desprenderte de ese vicio? ¿has puesto en
práctica los consejos que te han dado los
confesores u otras personas prudentes
para conseguirlo? Pues si nada de esto has
hecho, no te hagas ilusiones, tus deseos
no son sinceros, son deseos ineficaces,
que para nada sirven y de esos deseos se
dice que está empadrado el infierno. Mas si
verdaderam ente deseas deshacerte de esa
mala costum bre, lo conseguirás con la g ra­
cia de Dios, que El no te negará, si se la
pides hum ildem ente y con insistencia, y
además, si m editas seriam ente en lo que
voy diciendo en esta carta y en lo que te
dicte tu propia conciencia sobre el par­
ticular. Te voy a referir un caso histórico,
que te conviene m editar. Enfermó de pota
un anciano General, y fué llamada una
Religiosa para asistirlo en su enfermedad.
Cada ataque de gota que sufría el enfermo
iba acompañado de horribles blasfemias
que hacían estrem ecer a la pobre Religiosa.
Esta se esmeraba por atender al enfermo
lo mejor que podía. Comprendiéndolo así
el enfermo y m ostrándosele por este mo­
tivo agradecidísimo, le dijo un día a su
enferm era que sentía sobrem anera el mal
efecto que le producían sus blasfemias y
que le perdonara, que le era imposible
quitarse esa vieja y arraigada costum ­
bre. La Religiosa continuaba cum pliendo
d i U rentem ente su misión con el enfermo
y cuando ya llegó a tener algo más de con­
fianza con él, le dijo: General, yo se que
Cuando los militares- dan su palabra de
honor de hacer alguna cosa, siém pre la
cnm plen, y yo me voy a perm itir pedirle a
usted que me dé palabra de hacer una cosa
que le voy a proponer: A esto contestó el
General diciendo; pídame, herm ana lo que
quiera, con tal que no sea la promesa de
dejar de blasfemar, porque sé, que no la
he de poder cum plir. No es eso lo que le
quiero pedir, le replicó la. Religiosa, sino
el que cada vez que se le escape una blas­
femia, deposite una peseta en una alcan­
cía para mis pobres; a lo que accedió
gustoso el General. La Religiosa todas las
noches pasaba balance de las entradas de
la alcancía. E!n las prim eras noches notaba
que en la alcancía había buen número de
pesetas, que si dism inuían una noche au­
m entaban en la siguiente, sosteniéndose
este estado de bajas y de altas, hasta que,
pasadas algunas sem anas, las pesetas de la
alcancía, aunque poco a poco, todos ios
días iban dism inuyendo, hasta que por fln
llegó una noche en que no había una sola
peseta en la alcancía. Se había conseguido
el objeto deseado por la Religiosa; le en ­
mienda del General. Este, que no cabfa tfh
sí de alegría, porque 1& enfermedad iba
desapareciendo, y m ucho más porque había
vencido la costum bre de blasfemar, reco­
noció, como no podía por menos, que a la
buena Religiosa le debía el estado de paz y
tranquilidad que había renacido en su
alma. La Religiosa entonces devolvió al
General las pesetas recogidas en la alcancía
que pasaban de cien, diciéndole: recibid,
General, las pesetas de que os habíais
desprendido y que no os sobrarán para
ayuda de los m uchos gastos de vuestra
larga enfermedad.
Supongo que tú, oh pecador, no tendrás
más arraigado el vicio de blasfemar que el
General de nuestro caso, que no es fingido,
sino verdadero, y que, si haces el sacrificio'
que él hizo, te aseguro que pronto cantarás
victoria. Propón, pues, firm em ente des­
prenderte, por cada blasfemia que eches,
de una moneda de cinco céntim os, de diez,
o de una peseta, según tu posición, en
favor de los pobres, y si cumples ese pró-
posito, el resultado apetecido no se hará
esperar. Y si por ser m uy pobre no puedes
hacer lo que queda indicado, que no sean
monedas lo que prometas, pero en su lugar
im ponte el compromiso de rezar todas las
ro ch e s a Jesucristo Crucificado tantos
padre nuestros, cuantas sean las blasfe­
mias que echaste duran te el día, y al mismo
tiempo que recea esos padre nuestros
piensa muy seriam ente que la paciencia de
Dios tiene un limite, llegado el cual,
sobreviene el castigo que es tanto más
terrible cuanto más tarda en venir y mayor
es el pecado que se comete.
Creo, amado Teódulo, que lo dicho
acerca de la blasfemia es más que suficiente
para aborrecerla y detestarla.
Suyo afmo. Cap.
Castigos de la blasfem ia

Querido Teódulo: Aunque la gravedad


y malicia dei pecado da blasfemia es tan
grande, como lo hemos visto en la carta
anterior, quiero en la presente d arlea cono­
cer I0 3 espantosos castigos que por ese
maldito pecado impuso Dios a los blasfe­
mos de todos tiempos, como las penas que
llevaba aparejadas en las diferentes legis­
laciones, para de esta m anera hacer resal­
tar más su m alicia,'ya que por la gravedad
de la pena, mejor se viene en conocim ien­
to de la gravedad de la culpa.
En el antiguo testam ento mandó Dios
que los blasfemos m uriesen apedreados:
«El que blasfemase el nombre de Dios debe
m orir, y todo el pueblo debe apedrearle».
Num. 24-16. El rey Faraón por sus blas­
femias contra Dios, además de otros m u­
chos castigos, sufrió el de perecer ahogado
con todo su ejército en el Mar Rojo. Sena*
querib, rey de los asirios, pagó bien caras
también, las blasfemias lanzadas contra el
Altísimo, pereciendo 186.000 hom bres de
su ejército, y él mismo fué asesinado por
sus hijos. No le cupo mejor suerte al blas­
femo Holofarnes, general de los asirios, a
quien la valerosa Ju d ith , le cortó la cabe­
za, y su ejército íuó en parte destruido y
en parte disperso, ni a los blasfemos de que
se va a hacer m ención: A ntioco, víctim a
de enfermedad incurable; Juliano el após­
tata, herido de m uerte por flecha m iste-
riosa; Arrio, arrancándose las entrañas en
su agonía; V oltaire aplastado por la ira de
Dios, y otros m uchos, que sería largo
referir, han tenido que sufrir en este m un­
do m uertes espantosas, como preludio de
loa torm entos eternos que sufrirían en
el otro.
Ni debe extrañar a nadie que Dios
castigue, aun en este m undo, con tan
terribles penas a los que con tanta cruel­
dad e ingratitud le injurian y deshonran,
cuando vemos que los que insultan a los
reyes de la tierra son castigados como reos
de lesa m ajestad, y, ¿qué comparación cabe
entre los reyes de la tierra y el Rey de
cielos y tierra?
Además, como con la blasfemia no sólo
se escarnece a Dios, sino que con ese infa­
me vicio se introduce en la sociedad el
escándalo y el mal ejemplo que tan fatal
influencia ejercen en las costum bres públi­
cas y tan hondam ente perturban el orden
social; por eso los gobiernos que verdade­
ram ente se interesan por conservar el or­
den, la moralidad y buenas costum bres
en los pueblos que dirigen, han persegui­
do y siguen persiguiendo el vicio infame
de la blasfemia imponiendo, a veces, penas
m uy severas a los blasfemos y m aldicientes.
San Luis, rey de Francia, que se pro­
puso desterrar de su reino tan funesto
vicio, impuso, para conseguirlo, las más
severas penas a los blasfemos, y , pregunta­
do por qué usaba con ellos de tanto rigor,
respondía: «Yo quisiera sufrir el mismo
castigo, con tal que este vicio se des­
terrase enteram ente de mi reino».
En España tam bién se castigó severa­
m ente la blasfemia. Se castigaba a j o s
blasfemos, ya con la pérdida de una parte
de sus bienes, ya con el horadam iento o
corte de la lengua, ya con la péna de la
m ordaza, con destierro, cárcel, galeras,
etcétera. Hoy la legislación vigente, según
algunos publicistas, no considera la blas­
femia como delito, sino como simple falta,
y si esto es así, no es de extrañar que se
haya generalizado tanto en nuestra Patria
esta maldita costum bre, pues ese rugido
infernal no sólo sale de bocas de hombres
desalmados, sino tam bién de las de Jos
niños y mujeres. De suerte que, según
nuestro Código penal, el santo nombre de
Dios no es tan digno de respeto como lo es
el del rey ni el del últim o de sus vasallos,
puesto que las injurias dirigidas al primero
las castiga como delitos de lesa m ajestad
y las que van dirigidas a los segundos las
castiga como delitos, m ientras que las
inferidas a la Majestad Divina las cantiga
como simples fallas.
¿No sería preferible que nuestros Legisla­
dores ya que no le señalan a la blasfemia
una pena proporcionada a su gravedad, se
lim itaran a consignar que en vista de que
este vicio es demasiado grave, para que Los
hom bres acierten a im poner a los que le
cometen un castigo proporcionado a la
gravísim a malicia que encierra, pues cual­
quier castigo que se le aplicara aunque
fuera el más grave, resultaría insuficiente,
prefieren dejar todo su castigo a la justicia
de Dios?
De un modo parecido.obró Solon, legls-
lacTor griego y uno de los siete sabios de
Grecia. Pues no habiendo señalado, en sus
leyes penales, castigo a los hijos que a te n ­
tasen contra la vida de sus padres; pre­
guntado, por qué no había im puesto peua
a sem ejantes crim inales, contestó: «que
era crim en demasiado grave ese para
que fuera castigado por los hombrea y
que sólo Dios podía castigarlo como me­
recía».
Ahora para que V. sepa cómo se trata
a los blasfemos en Inglaterra, voy a copiar
la que acerca del particular se lee en una
nota del Diccionario de Ciencias Eclesiás­
ticas, Perujo. «En la legislatura de 1875, la
'Cámara de representantes del Estado de la
Carolina del Norte aprobó la siguiente
resolución»: La Cámara, considerando que
J. T horne, diputado de Varren, ha defen­
dido una doctrina blasfema y contraria a
la Constitución del Estado de la Carolina
del Norte y a la moral pública, decide;
dicho J. T horne es expulsado de su asiento
en este recinto». El diputado referido
había publicado un folleto, en el que decía
que no creía en la existencia de Dios* y
este filé el motivo de su expulsión. Por
igual causa, y fundándose en las mismas
razones, ha sido expulsado dos veces este
año de la Cámara de Diputados de Ingla­
terra el diputado Thorne. ¡Parece m entira
que m ientras en los países protestantes se
cuida con tanto celo de los intereses reli­
giosos, en las naciones católicas queden
im punes estos delitos, que diariam ente se
com eten en la prensa, en el libro y en las
corporaciones científicas, y pasen sin
correctivo enérgico las blasfemias tan
horribles, que a cada paso se oyen en los
Parlam entos en boca de los representantes
■del país!».
Pidamos a Dios, mi querido Teódulo,
que alum bre la obscurecida inteligencia
<ie los blasfemos para que conozcan el
abismo de desdichas eternas a que los
a rra stra ese infame vicio, si con tiempo no
se apartan de él. Pidámosle igualm ente
que haga com prender a los gobernantes la
obligación que tienen de no ser tolerantes
•con sem ejante delito, que ha merecido en
todos tiempos la execración de nuestras
le je s , y al que jam ás habían dejado sin
castigo, como un enorm e crim en, en el
■que no sólo se castigaba la ofensa hecha a
Dios, siho tam bién el escándalo y mal
ejem plo que tan funesta influencia ejercen
■en las costum bres públicas, y que tan
hondam ente perturban a la sociedad. Se
quejan losgobiernos y .nos quejamos todos
de que el principio de autoridad está m uy
debilitado en los tiempos que corremos,
¿pero qué hacen esos gobiernos para ro­
bustecer ese principio de autoridad, que es
indispensable para gobernar a los pueblos?
y si los hombres, en fuerza de escuchar
esas horribles blasfemias, que las autori­
dades no reprim en, acaban por no respetar
a Dios, que es la fuente de toda autoridad,
¿cómo han de respetar a los hombres que
se hallen constituidos en ella.? Y si los
hom bres se acostum bran a no obedecer al
Rey de cielos y tierra, ¿cómo han de obe­
decer a los reyes de la tierra?
Quedo de V. afmo. Cap.
Embriague#.

Querido Teódulo: Desea usted que dedi­


que u n a carta al vicio de laem b riag u ez, y
la rosón de su deseo es que conoce usted &
m uchos que estando en su sano juicio
jam ás les ha oído pronunciar una blasfe­
m ia, pero que en cambio cuando están
borrachos sus bocas parecen respiraderos
de cloacas infernales de donde ju n ta m e n te
con palabras obscenas salen las más h o rri'
bles blasfemias. Y como quitadas las causas-
Bo quitan los efectos, me pide usted algún
medio para com batir ese vicio que ios pro­
duce tan funestos.
Me agrada lo que me propone usted y
en consecuencia voy a hacer algunas refle­
xiones acerca de ese vicio que, bien
5
m editadas, pueden servir para que los borra*
cbos so avergüencen de serlo y traten de
enm endarse y para qae los que, por dicha
suya, no son esclavos de ese vicio, se
libren de contraerlo.
El vicio de la em briaguez que, aunque
no se halla tan generalizado como el de la
blasfemia, pero está bastante extendido en
algunas clases de la sociedad, se distingue
del pecado de blasfemia en que éste es
pecado propio de demonios y aquél hace
al que lo comete de peor condición que las
bestias. Mas como el borracho suele ser
tam bién blasfemo, resulta que este des­
graciado participa de la m alicia que e n ­
cierran los dos vicios.
Si yo tüviese, amigo mío, suficientes
expresiones para hacer u n a viva pintura
del afrentoso vicio de la borrachera, no
dudo que todos lo aborrecerían hasta lo
sumo. Si no viéram os con frecuencia lo
que pasa, nos parecería increíble que
hubiese hombres que llegasen a hacerse de
peor condición que los brutos. En efecto;
los anim ales hacen uso de sus pies, m anos,
ojos y demás miembros de su cuerpo; pero
un borracho ni sabe, ni puede valerse de
ellos.
Póngase la vista en una persona cargada
de vino y se verá qué espectáculo tan de­
gradante. Ni tiene cabeza para gobernarse,
ni pies para sostenerse, yendo tropezando
y cayendo por todas partes; ni manos
para defenderse, ni lengua para dar razón
de su persona, ni ojos para ver los riesgos
y precipicios, ni oídos para escuchar las
silbas y las burlas de los que le m iran, en
fin, como si no tu ylera más cuerpo n i más
alma que una bestia, y aun m ucho peor,
dice San Basilio.
¿Qué hom bre de honor querrá tratar con
los borrachos? ¿Qué persona les confiará
un secreto?¿Quién lea encargará un asunto
de im portancia? Nadie, si no es otro como
ellos; porque el hom bre vinoso pierde el
crédito y el honor con todo el m undo.
Pero además de perder la honra, que vale
más que todos los intereses, pierden tam ­
bién la salud y se exponen a una mala
m uerte. Si, amado Teódulo, la embriaguez
descompone la m áquina del cuerpo, debi­
lita las fuerzas, causa vómitos asquerosos,
ocasiona enfermedades y adelanta la m uerto
y viene a ser el más grande vehículo de 1&
enfermedad, de la locura y del crim en,
siendo además la ocasión más poderosa del
em brutecim iento social. La m ayor parte de
los vinosos se hacen viejos antes de tiempo
y una m uerte desastrosa ha sido el fin fatal
de m uchos de ellos. | Cuán tos de estos des­
graciados son atropellados todos Los días
por ferrocarriles o autom óviles, y cuantos
otros caen de puentes y precipicios o se
ahogan en los ríos, o bien hallan la m uerte
en riñas y pendencias! Pues añádanse a
todas estas miserias que ocasionan al
cuerpo, los daños; a veces irreparables, que
causan al alma. El alma de un borracho ni
vale para sí, ni aprovecha para el prójimo,
ni es buena para Dios: únicam ente es
buena para el diablo. Porque la em bria­
guez; siendo completa, es decir, cuando
priva del uso de la razón y además es
voluntaria constituye pecado m ortal, que­
dando por lo mismo el borracho, privado
de la gracia santificante e incapacitado, en
ese estado tan deplorable, de hacer un acto
de perfecta contrición y de recibir los
Santos Sacramentos.
«¿Qué viene a Ber, escribe el P. Planas
en su obra «El Misionero Apostólico», un
hombre que se em briaga, no ya una que
otra vez, no ya solam ente en virtud y
fuerza de alguna circunstancia extraordi­
naria y de esas que suelen ocurrir en casos
raro® y excepcionales, sino que se embriaga
por costum bre, con frecuencia y todas o
casi todas las veces que tiene ocasión de
hacerlo? Os lo diré: en cuanto al alma,
viene a ser una se n tin a d e todos los vicios;
en cuanto al cuerpo, viene a ser una víc­
tima de todo género de miserias; en cuanto
a la conducta, viene a ser un gérm en de
toda suerte de males. Parad atención».
«¿Qué vicio no tien e cabida en el alma
dbl ebrio habitual? El es un Impúdico que
no hace escrúpulo ni se avergüenza de
decir palabras las más indecentes, entonar
canciones las más soeces, y hacer actos los
más vergonzosos y deshonestos; es un
pendenciero que sin ton ni son riñe con
los amigos, alborota el vecindario, mueve
altercados en la familia; es un iracundo
que se enfurece a la m enor contradicción,
que m onta en cólera por cualquier palabra,
que siem pre está dispuesto a batirse con
quien trata de am onestarle, reprenderle o
corregirle; es un impío que ni teme a
Dios, ni ama al prójimo, ni se cuida de
religión; es un estúpido que no conserva
memoria de su buena educación pasada,
ni com prende su miserable situación pre­
sente, ni pi'évé su fatal suerte venidera.
En una palabra, diré repitiendo una céle­
bre frase de San A gustín; el ebrio habi­
tuado, no sólo puede decirse que comete
toda suerte de pecados, sino que él mismo
es todo pecado: pecado en el entendimien*
to, que está todo ofuscado; pecado eo la
voluntad, que está toda dom inada de
malos afectos; pecado en la imaginación,
que está Coda llena de im ágenes im purí­
simas; pecado en todos los sentidos y
potencias, que están del todo perturbados
por los humos del vino». Y después de
hacer el autor citado una viva pintura de
la m ultitud de miserias y enfermedades
que ordinariam ente afectan al cuerpo del
ebrio, citando para ello palabras del sagrado
libro de los Proverbios, sigue, valiéndose
del mismo sagrado Libro, pintándonos los
grandes males de que la embriaguez suele
ser causa. «¿A quién, dice, hay que compa­
decer por los irreparables dallos que les
acarrea el ebrio con su conducta? ¿Por ven­
tu ra no es a sus infelices padres, cuya an­
cianidad deshonra y avergüenza?... ¿y a su
infeliz consorte, cuyos días llena de pesa­
dum bre y am argura?... ¿y a sus desdichados
hijos a quienesdejasin educación, pervierte
con su mal ejemplo y arru in a el patrim o­
nio?...» Bastarían estas observaciones, am i­
go mío, para corregir el vicio de la em bria­
guez en quien lo ha contraído e im pedir
que io contraigan los que afortunadam ente
están libres de él. Pero con todo añadiré
algunas más y contestaré a las dificultades
que oponen los ebrios para dejar ese vicio
en la próxima carta. Suyo afmo. Cap.
Excusan de los ebrios p a ra no
enm endarse.
_ \

Mi amado Teódulo: Un sabio gentil se


expresaba de este modo: aTodo el m undo
tiene &1 ju m en to por el más vil de los ani­
males, pero a pesar de eso, es más dichoso
que el hom bre, porque ese animal no se
procura su propia m iseria como se la pro­
cura el hom bre a sí mismo». Muy hum i­
llante para el hom bre es, en verdad, esta
frase, pero más hum illante es todavía el
que desgraciadam ente encierre una gran
verdad, al menos respecto de m uchos hom ­
bres, quienes habiendo sido criados en uu
estado poco m enor que el de los ángeles,
por hacerse esclavos de sus desordenados
apetitos, descendieron tanto, hasta hacerse
sem ejantes, en frase de la divina E scritura,
al caballo y al mulo que d o tienen enten­
dimiento. Pues en el núm ero de éstos, y
sin hacerles injuria, podemos colocar a los
ebrios que con su asqueroso y repugnante
vicio se procuran a sí mismos su ruina tem­
poral, lo que no hacen los anim ales, y lo
que es incom parablem ente peor, se pre­
paran tam bién su desdicha eterna.
Pero examinemos ya las excusas que bus­
can Los borrachos para defender su pecado
y no querer salir de él. «Yo, dice uno de
estos devotos de Baco, soy tan débil de
cabeza que me basta un cuarterón de vino
o una copita de aguardiente para perder et
sentido y no saber lo que hago. Esto no
creo que nadie lo tenga por pecado grave,
como lo será sin duda en aquellos que
repiten vasos de vino y copas de aguar­
diente hasta el extremo de no saber ya si
es de día o de noche».'—Pues yo, después
de lam entar el que tengas la cabeza tan
débil, te digo que pecas mortal m ente cada
vez que tomas ese cuarterón de vino o esa
copita de aguardiente, sabiendo, como lo
sabes, que te hace perder el sentido, pues
el privarte voluntaria y violentam ente, y
sin grave necesidad de la razón, de esa no­
bilísima facultad que nos distingue de los
irracionales, es pecado m ortal. Lo que debes
sacar como consecuencia de tener esa tu
cabeza tan débil, es privarte de ese cuar­
terón de vino o de esa copa de aguardiente
para librarte de in cu rrir en tal pecado, y
de hacer comparación con otros bebedores
que, aunque beban en cantidad m uchas
veces m ayor que en la que tú bebes, no por
eso llegan a com eter pecado grave, si no se
privan de la razón. Yo, dice otro ebrio,
comprendo que la embriaguez es un vicio
m uy feo, pero ya ve usted que si uno no
condesciende con los amigos aceptando
algunas copas y pagando otras, lo tratan
a uno de miserable, de mal amigo,' de im ­
bécil, etc.
—Convengo contigo en que alguna vez
se pueda condescender con los amigos
aceptando de su mano un vaso o una copa
y corresponder con ellos de la misma ma­
nera, pero esto se puede hacer, entiéndelo
bien, con tal que ni tú te em borraches con
las copas que te ofrezcan tus amigos, ni tus
amigos se em borrachen con las que tú les
ofrezcas, pues de lo contrario no te es lícito
aceptar la invitación de los otros, ni tam ­
poco invitarlos, aun cuando por esto te
apliquen los calificativos poco recom enda­
bles que tú dices, porque con los amigos se
puede condescender en todo aquello que no
comprometa la conciencia, o lo que es lo
mismo, m ientras no se nos exijan cosas que
son pecado o conducen al pecado. Y no
temas tú que por negarte a seguir los ca­
prichos de esos amigos pierdas su am istad,
con. lo cual más ganarás que perderás, pues
la verdadera amistad tiene por objeto pro­
curar el bien y la felicidad entre los amigos,
cosa que no hacen los amigos a quienes
tem es disgustar.
—Yo, gracias a Dios, dice otro de los que
frecuentan el templo de Baco, tengo una
cabeza tan fuerte, que aunque esté todo el
día y toda la noche en la taberna escan­
ciando botellas, jam ás me hacen perder los
bártulos, y eso que he desafiado a beber a
otros bebedores de gran fama y m ientras
mié émulos estaban hechos una lástim a,
yo permanecía fresco como tina lechuga.
—Felicito a usted por tener una cabeza
tan fueTte, y más le felicitaré aún si esa
cabeza la conserva con tal fortaleza para
escuchar con interés y m editar con serie­
dad cuanto he dicho en mi carta anterior
y lo que estoy diciendo en esta.
—Es verdad que usted a pesar de beber
con tanto exceso, no pecará gravem ente,
supuesto que no llega a perder el juicio,
pero peca usted gravem ente porquecoopera
eficazmente a que los otros lo pierdan y
hasta parece que usted se gloría de ello; y
como por este su inicuo proceder se expone
a perder su alma eternam ente, lo mismo
d á q u e la pierda, siguiendo un camino que
otro; pues ambos, ju n to s o separados, c o n ­
ducen al mismo fin. Y aunque usted nada
me dice sobre el particular, ¿no estarán
padeciendo ham bre en casa sus infelices
hijos, m ientras usted está derrochando el
dinero en la taberna?
—Todos o casi todos los borrachos y cada
uno de ellos dice: Yo bien quisiera dejar
este vicio que me afrenta y pierde, y
pierde y afrenta a mi familia, pero le tengo
tan arraigado que me es casi imposible
separarm e de él.
—Comprendo la dificultad que usted en­
con trará en desprenderse de ese vicio, pero
tam bién sé que nada resiste a una voluntad
resuelta de dejarlo,, si emplea usted los
medios que e ose fin le voy a proponer; y
estos medios son muy sencillos; los que
suelen emplear las madres cuando quieren
destetar a sus niños; dos son estos medios;
el prim ero consiste en separar al nido de
la m adre d u ran te algunos días. Tam bién
usted si verdaderam ente quiere dejar la
embriaguez debe comenzar por separarse
de la taberna y de los amigos de taberna;
los prim eros días le costará a usted un ver­
dadero sacrificio esa separación, pero poco
a poco ae le hará más llevadero ese sacri­
ficio hasta que al fin desaparezca por com­
pleto; tam bién el niño en los primeros días
del destete llora porque echa de menos
el pecho de la m adre, mas pronto cesa el
11 auto,acostum brándose en seguida al nue­
vo alim ento sin acordarse ya más del
prim ero. Además, así como al niño no se le
cambia bruscam ente el alim ento líquido
por el sólido, sino que para pasar del uno
al otro, a m anera de puente, se le facilitan
alim entos que participen de ambos, como
miga, papilla, etc.; así usted como el pri­
varse violentam ente de la bebida pudiera
sufrir algún perjuicio su salud, le aconsejo
que se haga llevar a su casa alguna botella
de la bebida a que está acostum brado y la
tome en pequeñas dosis o mezclada con
agua y de este modo le será menos difícil
rom per con esa costum bre.
El otro medio que se emplea para des­
tetar al niño es u n ta r con acíbar u otra
composición am arga los pechos de la ma­
dre; y con esto el niño al chupar el cán ­
dido néctar m aterno, chupa al mismo
tiempo el am argor del acíbar, siendo esto
causa de que conciba tanta repugnancia a
los pechos de la m adre, cuanta era antes
el ansia de aval&nzarse sobre ellos; pues
una cosa sem ejante debe tam bién hacer
u sted . Mezcle con el vino o con el licor
que a usted más le gusta alguno de tantos
m ejurges o específicos qae hacen desabri­
das y hasta nauseabundas esas bebidas y
con seguridad que logrará usted Ver caer
hechas pedazos esas cadenas que le tenían
aprisionado al vicio de la borrachera. Y
no quiero concluir coa estos mis consejos
que le estoy dando sin recom endarle muy
encarecidam ente que evite sus visitas a las
tabernas. Y si alguna vez tiene necesidad
de en trar en alguna, que sea sólo entrada
por salida, sin perm anecer en ella por más
tiempo que el indispensable para com prar
lo que le haga falta, a la m anera que
cuando entram os en alguna botica no per­
manecemos allí más tiempo que el que
necesita el boticario para prepararnos la
m edicina. Y le advertiré, por últim o, que
la taberna viene a ser para m uchos des­
graciados la antesala del presidio, del ce­
m enterio y lo que es infinitam ente peor
la antesala del infierno, púas sabido es
que fa m ayor parte de los crím enes sa n ­
grientos que se com eten, ea las tabernas
tieneu su origen y a veces en ellas se
llevan a cabo o se consum an.
Sin duda, amado Teódulo, habré can­
sado a usted, tratando tan m inuciosam ente
de la malicia y fatales consecuencias de la
em briaguez y de los medios para comba­
tirla. Pero bien puede usted perdonarm e
esta falta de consideración, ya que no ha
sido mi intención causarle la más m ínima
m olestia, sino más bien apartar a mis lec­
tores del vicio afrentoso de la embriaguez,
¡Ojalá m editaran cuanto he dicho acerca
de este infame vicio los padres de familia
y en consecuencia vigilaran sobre la con­
ducta de sus hijos, no perm itiéndoles fre­
cuentar las tabernas ni la compañía de
los borrachos] ¡Ojalá que las autoridades
se hicieran cargo de la responsabilidad
que pesa sobre ellas si no vigilan porque
las tabernas se cierren en el tiempo que
seflalan la ley y las ordenanzas, m ultando
sin contem plación a los tranagresores de
las mismas! ¡Ojalá que m uchos taberneros
codiciosos se percataran de que por tener
abiertos sus establecim ientos hasta altas
horas de la noche y por despachar bebidas
a los que saben que tienen la costum bre
de em briagarse, se hacen responsables ante
Dios y ante la sociedad de m uchos crí­
m enes que se com eten en sus tabernas!
Mande lo que guste a su almo. Cap.
Lt*juria.

Mi amado Teódulo: Uno de los efectos


de la mata educación, es la lujuria. Los
padres de familia m odernos que, por no
disgustar a sus hijos ni a sus hijas les dan
libertad para todo lo que pueda poner en
peligro su inocencia y v irtud, perm i­
tiéndoles andar de ronda y frecuentar las
tabernas a los varones, y a varones y hem ­
bras dejándolos que asistan a bailes noc­
turnos y traten indiscretam ente con per­
sonas de diferente sexo, son la principal
causa de que el abom inable vicio de la
lujuria campe por donde quiera y casi se
considere con el derecho de exhibirse pú­
blicam ente.
En la explicación de los vicios que en
las cartas anteriores he hecho a usted,
amigo mfo, he procurado ser claro, ponién­
dolos ante los ojos en toda su desnudez y
deformidad. Pero al tra tar en esta carta,
de la lascivia notará ueted que cambio da
proceder, que tinas cosas las callo, otras
las digo a medias, y otras, en fin, las digo
de tal m anera que lejos de esm erarm e en
hacerm e com prender, hago lo posible para
que d o se me com prenda bien. Y la razón
de este cambio en la m anera de expre­
sarm e, es que le voy a hablar de aquel
vicio deshonesto que, según San Pablo, ni
siquiera debería pronunciarse entre cris­
tianos. De buen grado pasaría por alto el
tra tar de este pecado abominable, si no
fuera porque en son de triunfo se pasea
por todas partes y es la causa de la conde­
nación de infinidad de almas.
La lq ju ria, pues, consiste, según Santo
Tomás, en apetecer desordenadam ente los
placeres carnales, como la gula consiste en
el deseo desordenado de comer y beber, la
ira en el desordenado B p e t i t o de venganza,
y la codicia e n el desordenado deseo de
adquirir riquezas. E ste abominable pecado
se puede com eter con todas las potencias y
sentidos.
'C on la memoria, recordando maliciosa­
m ente deshonestidades de la vida pasada;
con en el entendim iento, excitándolo a en­
tretenerse advertidam ente en pensam ien­
tos torpes y a complacerse en formar ideas
que representan cosas las más contrarias
a la virtu d de la castidad; con la voluntad,
llevándola a concebir propósitos delibera­
dos de decir o hacer cosas indecentes
cuando haya ocasión; con la vista, fiján­
dose en objetos peligrosos, leyendo libros
obscenos y m irando figuras 'o retratos es­
candalosos; con la lengua, profiriendo
palabras deshonestas y cantando canciones
im puras; con el oído, compladecidndose en
escuchar conversaciones y cantares torpes;
con el tacto, en fin, teniendo consigo m is­
mo o con otras personas tocam ientos o
acciones indecorosas o las deseen poner
por obra. Sf, amigo Teódulo, de todos estos
modos se peca contra el sexto y nono
m andam iento de la ley de Dios y se comete
el pecado de lujuria, advirtiendo que según
los teólogos, son pecados mortales todos y
cada uno de los actos y pensam ientos que
quedan expuestos, siem pre que sean ple­
nam ente advertidos y consentidos. Sobre
esta m ateria no hay pecados veniales; a
no ser por falta de advertencia o de delibe­
ración, todos son mortales.
Aun cuando todos los pecados contra el
sexto m andam iento son graves, según
queda indicado, hay algunos que con­
tienen más malicias que una, por razón de
las personas que los com eten y el lugar y
otras circunstancias en que se cometen,
como son el adulterio, el estupro, el in ­
cesto, etc. C ircunstancias que hay necesi­
dad de m anifestaren la confesión.
Es tan ta la malignidad de la lujuria que
no hay ninguna clase de personas que no
esté expuesta a contam inarse con ella. A
todos ataca este abominable vicio, pero de
un modo especial ataca a tas personas de
vida regalona, que trabajan poco, a las que
habitualm ente están ociosas y a las que
tienen trato frecuente con personas de
diferente sexo; y por lo mismo todas esas
personas, si no quieren sucum bir, tienen
necesidad de arm arse contra ese vicio. Otra
clase de personas particularm ente expuesta
a contraer este vicio, es Ir ju v en tu d , espe­
cialm ente l& que desde 6 us prim eros años
no fué educada en el santo tem or de Dios,
n i contrariada en sus caprichos por quienes
tenían la sagrada obligación de alejarla de
las malas compañías, del íntim o trato con
personas del otro sexo y de la lectura de
perversos escritos.
Sí, amigo mío, este incalificable descuido
de m uchos padres, eá motivo más que s u ­
ficiente para que un núm ero considerable
de jóvenes lleguen a ser deshonestos; y si
a este descuido de los padres añadim os que
estos jóvenes llevan una vida enteram ente
disipada, sin pensar más que en diver­
siones y pasatiempos, que no saben ocu­
parse de cosas serias ni de cuidarse en
fortalecerse contra los ataques de ta im ­
pureza, valiéndose para ello de los medios
que Ja religión les ofrece, como son la
oración, frecuencia de Sacram entos, oír la
palabra de Dios, etc., ya tiene usted expli­
cada otra de las causas de que tantos
jóvenes sean víctim as de la lujuria, cuyos
castigos y consecuencias examinaremos en
la carta siguiente.
Disponga entretanto de su almo. Cp.
Castigos y consecuencias de la lu ju ria .

Mi estimado amigo: No faltan libertinos


que para entregarse con más desenfreno y
sin ninguna clase de rem ordim ientos a la
lujuria pretenden dism inuir su malicia si
no es que se la quitan enteram ente, di­
ciendo que la deshonestidad es un mal de
poca consideración, u n a flaqueza tolerable,
y aun una cosa natural que no puede im ­
putarse a culpa, al menos tan grave como
nos dicen los curas, pues si así fuera ¿quién
podría e n tra r en el cielo? No, no es tan
grave ese pecado, como se nos dice, y
aunque lo fuera, Dios lo perdona, porque
tiene en cuenta nuestra fragilidad y se
compadece de nuestra miseria.
—Sí, Dios perdona esas fragilidades, es
compasivo, nada m is cierto; y [ay! de
nosotros si no lo fuera; pero entendedlo
bien, panegiristas de tan ignominioso vicio,
Dios es compasivo y perdona esas que
vosotros llamáis fragilidades y que en ver­
dad para vosotros no lo son, ¿pero sabéis a
quiénes las perdona? No a vosotros que
las defendéis, sino a los que las lloran y
detestan de corazón y proponen enm en­
darse de ellas ayudados de la divina gracia.
•Tan lejos está Dios de m ostrarse tolerante
con ese vicio y de compadecerse de los
que con tan ta im prudencia se entregan a
él, que de ningún otro pecado o vicio ha
tomado una venganza tan terrible como de
éste. Para convencernos de esta verdad,
no tenem os más que ñjarnos en los dos
castigos más graves que registra la histo­
ria del m undo; a saber: el diluvio univer­
sal en que pereció todo el género hum ano,
m enos Noé y su familia, y la destrucción
de las ciudades nefandas por el fuego que
bajó del cielo, en las que perecieron todos
sus habitantes a excepción de Lot y su
familia. Y ¿cuál fué la causa de estos dos
cas ti gos tan espantosos?, el y icio de la im ­
pureza. Y no crea usted, amigo Teódulo,
que esta afirmación sea de algún sabio o de
algún santo, sino que es el mismo Dios
quien declara que esos dos trem endos cas­
tigos que El envió al mundo, tuvieron por
causa .el pecado abominable de la lujuria.
¿Qué crédito m erecen, pues, esos libertinos
que dicen que Dios tolera ese vicio y que
fácilm ente se compadece de aquellos que,
a semejanza de Los anim ales inm undos, s$
revuelcan en él, cuando Dios mismo se
encarga de desm entirlos al decirnos que
la incontinencia llevada al m ayor extremo
de malicia íué la que le movió a decretar
esos dos castigos?
Por no perm itirlo la extensión de una
carta, no haré m ención de otros muohos
castigos que nos refieren los Libros Sagra*
dos, enviados a los hom bres por los peca­
dos deim puresa, ni me detendré a exponer
la opinión de sabios y graves historiado­
res que a ese vergonzoso vicio achacan La
decadencia y destrucción de los grandes
imperios, quienes señalan al mismo vició
como principio o causa de la entrada de
los moros en España; y no sin fundam ento
se pueden considerar en nuestros días
como castigos de la Ju sticia Divina por
ese y otros pecados, tantas tribulaciones y
desgracias como oprim en a los pueblos,
singularm ente el terrible azote de la guerra
europea que está oonvirtiendo 1& mayor
parte de Europa en un vasto cem enterio y
cuyos terribles efectos han llegado a expe­
rim entarse hasta en los lugares más rem o­
tos de la tierra. Nada diré tampoco de las
fatales consecuencias que La lujuria lleva
consigo al seno de lis familias, pero sin
desfigurar la verdad, bien podemos afirmar
que la mayor parte de las discordias, riñas y
otras calamidades que perturban la paz y
tranquilidad que debían reinar en los hoga­
res, no reconocen otra causa que el infame
vicio que venim os combatiendo. Tampoco
me detendré a hablar de las víctim as nu­
merosas que la lujuria hace entre la ju v e n ­
tud. «Una gran parte de los jóvenes de las
ciudades m odernas, dice el P. Franco,
pierden por esa causa (la lujuria) la salud
y las fuerzas, y se quedan, por decirlo así,
m edio hombres para toda su vida; unos
llegan hasta la infamia, otros disipan luego
su patrim onio, o contraen deudas que los
arruinan poco a poco, y muchos hay que
bajan prem aturam ente al sepulcro. Un
médico de una ciudad populosa, anciano y
prudente, afirmaba, que una de las más
sangrientas batallas del em perador Napo­
león renovada cada año en aquella ciudad,
no hubiera hecho tantas 'víctimas, como
hacia cáda 6 ño el solo vicio de la incon­
tinencia. Y sin embargo, a los que m ueren,
se han de añadir los que se vuelven e s tú ­
pidos, m aniáticos y furiosos, y los que
m ueren por.otras enfermedades, originadas
de su mala conducta. jOh, cuántas penas
aun temporales caen sobre ellosl Y con'
todo eso, las penas espirituales son todavía
más terribles, porque la m ayor parte de
ellos es castigada con las penas eternas».
¿No le parece a UBted, amigo Teódulo,
que si los hom bres considerasen atenta­
m ente las funestas consecuencias eternas y
temporales de este maligno vicio, pondrían
todos los medios posibles para desligar­
se de él, si ya lo han contraido, o para
alejar más y más el peligro de hacerse sus
esclavos, si afortunadam ente no se hallan
contam inados con él?
Los remedios contra ese vicio y que no
haré más que indicar, son la oración y el
ayuno, evitar la familiaridad íntim a con
personas de conducta sospechosa y con
personas de diferente sexo, frecuentar los
santos sacram entos, devoción fervorosa a
la Santísim a Virgen y m editación de los
novísimos.
Suyo afmo. s. s. y Cap.
B ailes.

Querido Teódulo: Uno de los grandes


enemigos de la moralidad es el baile; por
eso me ha. parecido oportuno dedicar al­
guna carta a esa peligrosa diversión des­
pués de las dedicadas a la lujuria, ya que
aquélla predispone para ésta. Es inútil,
me dirá usted, hablar contra los bailes que
siem pre los ha habido, lo mismo en las
ciudades que en las aldeas, siendo por
consiguiente, todo cuanto sobre ellos se
diga, serm ón predicado en desierto.
Tal vez no te falle a usted razón para
expresarse así; mas a pesar de todo, no mer
convence usted hasta el punto de que me
haga desistir de mi p ro pttito de poner a la
vista de todo el que lea esta carta el peligro
que hay en los bailes para las buenas cos­
tum bres. «Se ha bailado, es verdad, en todos
los pueblos, dice Lasabagaater en su obra
«La predicación contem poránea», pero en
todos, salvo en los salvajes, se ba mirado
ese uso.como el más fútil de todos. Catón
acusó un día de bailarín en pleno Senado
romano a nn cónsul, y Cicerón, encargado
de la defensa apeló al recurso de negar el
hecho; diciendo: «Nadie baila, a menos
que esté borracho o loco». Séneca alaba a
Scipión porque vivió alejado de los bailes
y de las diversiones, y Salustlo, hablando
de una dama romana, dice: «baila dema­
siado para que sea honrada».
Se ha bailado en todos tiempos; pero eso
no prueba 9ino que se ha pecado en todos
tiempos. Bailaron los hebreos en rededor
del becerro de oro, después de haberse em­
briagado en orgía sacrilega, y Dios mandó
pasar al ñlo de la espada a veinte mil hom*
bres, que cayeron m uertos al pie del ídolo
en castigo de diversión tan pagana.
Se bailó en la corte del incestuoso He*
rodea en los días de Jesucristo, y en prem io
se dió a la bailarina Heriodades la cabeza
de San Juan Bautista, precursor de los
M ártires, que, con sus ojos extinguidos,
sus labios lívidos, tiñó en sangre a la can­
tatriz y atrajo sobre la im pura familia las
m aldiciones del cíelo. ¡Bello ejemplo, ma­
dras cristianas!
Se bailó en la era de las persecuciones,
pero T ertuliano decía a las cristianas:
«Temo que esos brazos, adornados de ño­
res y diam antes, no puedan soportar el
peso de las cadpnas, y que entre los ador­
nos de v uestra cabeza no haya' lugar para
la espada del verdugo, si de nuevo em pie­
zan los m artirios».
Se bailó en el siglo IY, pero San
Jerónim o decía: «Eli demonio se divierte
con vosotros en los saraos». San Ambrosio
añadía: «Al baile acompaña la sensibili­
dad». Salviano continuaba: «Es una espe­
cie de apostasía asistir a ciertos bailes».
San Bfrén preguntaba a su auditorio:
<i¿Quién os ha enseñado esos bailes? ¿San
Pedro? No. ¿San Pablo? No. ¿Jesús? No.
¿Quién pues? El demonio, autor de la
idolatrfa y de 1» lujuria». No citaréis un solo
baile que no haya tenido su censor severo;
siem pre, al lado del abuso, la regla, la
verdad. *EI baile es un círculo en cuyo
centro está Satán con sus demonios en la
circunferencia»; decían los hijos dey San
Francisco de Asís y Santo Domingo, e n ­
viados por el Cielo para regenerar el m un­
do corrom pido. San Carlos Borromeo, en
sus Instrucciones al Clero añade: «Predi­
cad contra el baile y las pantom im as, o ri­
gen de grandes pecados, porque excitan
pensam ientos malos y arrastran a los hom­
bres a los placeres de la carne, corrom ­
piendo las.costum bres cristianas».
El dulcísimo San Francisco de Sities,
dice, en fin: «Me asegurais que hay bai­
les buenos, y yo os digo que los mejores
no valen nada. Indiferentes por su n a tu ­
raleza, entrañan grandes peligros por el
modo como se usan. ¡Qué locura lfacer de
la noche día y de las tinieblas luz, para
ostentar vuestras galas y eclipsar a los
demás, cuya vanidad es una gran predis­
posición para los malos efectos. Me uarecen
7
los bailes como las plantas venenosas, que
infestan la campiña 7 roban su jugo a los
campos porque llenan la ciudad de vicios,
querellas, envidias, locos amores, burlas y
criticas, sin que falten serpientes que,
silbando palabras lascivas, envenenando
los corazones. Id ál baile; pero pensad que,
-mientras vosotros bailáis, sufren m uchos
en el infierno por haber asistido a los bailes;
que u n día gem iréis, quizá, m ientras otros
bailan, como hoy vosotros, y que Jesús,
María y los Ángeles os ven en el baile!
Gomo me compadezco de vuestro' corazón,
entregado a naderías».
Ya ve usted, querido amigo, por lo hasta
aquí tran scrito , con que unanim idad, tanto
los filósofos paganos como los Padres y
Doctores de la Iglesia hablan del baile, como
de u n a diversión peligrosísima para la mo­
ralidad y buenas costum bres. Mas a pesar
de los peligrós que las teles diversiones
en trañ an especialm ente para la juventud,
los padres y madres m odernos no se
cuidan, generalm ente hablando, de apartar
a sos hijos de esas diversiones, por lo que
el mismo autor les suelta la siguiente dura,
pero merecida filípica: «Padres, no asesinéis
el alma de vuestros hijos y no les robéis
la virtud, pues harto convencidos os halláis
de que a los bailes no se va a rezar ni a
practicar actos de religión, sino a exponer
a todos los peligros, a embriagar los ojos
de vicio 9 con los refinam ientos, las desnu­
deces, que ablandan el corazón y llevan al
hom bre a todos los desvarios. A rrojar los
h ijo sa las llamas im puras, padres culpables,
es un crim en sólo comparable al de los
indios, que sacrifican su» hijos en los al­
tares del demonio para obtener sus favores,
y exponer a vuestras hijas a la triste su e rte
de la cruel hija de Herodiae. A yer el respeto
público prohibía los vals y los bailes in d e­
corosos, m ientras hoy, sin frenos la licen­
cia, llega el escándalo a un punto que la
dignidad del púlpito no perm ite describir,
de m anera que no tenéis excusa si co n ti­
nuáis frecuentando el salón con vuestra
hija al brazo. Tacharnos de fanáticos, con
el sarcasm o y la sonrisa burlona en vues­
tros labios, con los gracejos y con la sal
ática, porque os decimos que con el can-
can y los bufos no 6 a pueden form ar buenas
familias ni sociedades estables y virtuosas,
cuaodo tenéis al lado el espectáculo de los
m atrim onios destruidos y de la fidelidad
conyugal ridiculizada, es imbécil, es necio,
es impío, es desolad oro. ¿Qué dirán a todo
esto, amigo mío, los padres aludidos? Que .
son antiguallas.
Queda de usted su afino. Cap.
Jtailen .

( Continuación).

Querido amigo: En la carta anterior se


trató de los peligros del baile en general;
en la presente nos vamos a concretar a
examinar los peligros de los bailes tal com o
se usan actualmente en la generalidad de
las aldeas. Mas contando con el permi&o de
usted me voy a permitir trasladar aquí las
reflexiones que acerca de este asunto hice
en mi «Monografía de la parroquia de Espi-,
naredo y su filial Sellón» que publiqué hace
dos años, y son las siguientes: P
I X
Dice un adagio antiguo, que el arco encor­
vado constantem ente, acaba por quebrarse.
No es posible entregarse sin interrupción
al trabado; la naturaleza necesita descan­
so y 1» recreación en tiempo oportuno es
útil y saludable. Algunos filósofos han lle­
gado a decir que el reposoy las diversiones
eran necesarias para la vida, com o lo son
el alimento y el sueño; pero com o el ali­
mento y el sueño han de ser moderados
para que no sean perjudiciales a la salad,
lo mismo se ha decir de las diversiones del
hom bre para que no le sean nocivas.

II
Entre las diversiones, ocupan su lugar
Los bailes que, si bien por su naturaleza
no son malos ti i ilícitos, en razón al inodo
y a las circunstancias en que se verifican,
do están exentos de peligros y lazos para
la inocencia y virtud. Muy de sentir es que
las danzas y bailes asturianos hayan sido
sustituidos por los extranjeros. Oon esa sus­
titución nada han ganado la moralidad y
las buenas costumbres, d í La salubridad
pública, principalmente en los pueblos del
campo, por no estar dichos bailes en
armonía con el carácter y educación de
sus habitantes y por las circunstancias de
tiempo, lugar y personas en que suelen
celebrarse. En efecto; la noche, es el tiempo
en que con más frecuencia se verifican;
el lugar, una estancia reducida, alumbrada
por una mala lámpara o candil de petróleo,
donde 98 reúnen hacinados jóvenes y niños
de uno y otro sexo; circunstancias, todas
ellas, las más apropósito para hacer perder
la virtud y el pudor a cuantos concurren a
semejantes espectáculos.

III
Pero no son solamente males morales,
sino también físicos los que producen esta
clase de bailes; «hasta los nifios.se aficionan
a la polka, dice una revista ilustrada, esa
danza anatematizada ya por toda lá facultad
de medicina, la cual asegura que produce
efectos perniciosos en las mujeres, hacién­
dolas contraer enfermedades frecuente­
mente incurables». «El vals, dice el autor
déla Fisiología de la Polka, tiene el incon­
veniente de desarrollar en los jóven es
palpitaciones de corazón, m uy peligrosas.
M acho sentimos dar este golpe de muerte
al wals, que da de com er a más médicos
que a maestros de bailes, pero debemos
descorrer el velo misterioso que encubre
los inconvenientes del Yrals®. Hasta aquí
los mencionados autores, cu y os datos están
tomados del Diccionario de Ciencias Ecle­
siásticas, en la letra B. Esto dicen los
autores citados del grave peligro que para
la salud de la niñez y de la juventud
tiene el wals. Pero hay que tener en cuenta
que al hablar de esos graves peligros, lo
hacen en general, sin referirse a las cir­
cunstancias de tiempo y lugar; pues en
las poblaciones tienen lugar esos bailes, de
ordinario, al aire lib re o en salones espa­
ciosos, bien ventilados e iluminados, 9i se
celebran de noche. Pues ¿qué dirían los
referidos autores de esos bailes y de sus
graves peligros, si hubieran tenido en
cuenta el lugar, tiempo y modo con que se
verifican en nuestras aldeas? Pues dirían
sencillamente, que concurrir a esos bailes
en locales tan reducidos, donde tiene que
sentirse un calor asfixiante y respirarse
una atmósfera viciada, es concurrir a un
foco de infección que prepara el camino a
innumerables enfermedades y a muertes
prematuras. Dirían más, dirían que entre
los concurrentes a esos bailes pudiera
haber alguno o alguna que estuviese ata­
cado de enfermedad contagiosa, la cudi
fácilmente se podía com unicar a otra
persona por «I contacto de la mano sudada
y por el aliento de la persona enferma.
Refiérese .que un joven y una joven que
estaban próximos a casarse, asistieron a
una de estas fies.tas de que nos venim os
ocupando, bailando ju n tos algunas piezas.
El resultado de la fiesta íué el desbarata-
miento del matrimonio que tenían proyec­
tado. ¿Por qué? preguntará el^ curioso
lector. Porque el aliento exhalado por la
novia, semejante al que exhala un sepul­
cro abierto, penetró por las concavidades
nasales del novio.

IV
De la mayor parte de estos peligros e
inconveniente^r están exentos los bailes
del país, pues verificándose ordinariamente
de día, al aire libre y sin el contacto de
anos cuerpos con otros, han de ser más
favorables a la salud del cuerpo y menos
peligrosos a la del al mu. Tienen además
éstos la ventaja de no costar’ dinero;
ventaja no despreciable para la juventud
que suele andar bastante alcanzada en
materia pecuniaria. Y no cuestan dinero
estos bailes, porque pueden ejecutarse al
son de tamboril y pandereta que locan las
jóvenes, alternando en ese servicio unas y
otras. Mientras que los otros, com o nece­
sitan el acompañamiento de la gaita o de
otros instrumentos músicos, que no todos
tienen, ni saben tocar, hay necesidad de
pagar al,m úsico que toque, o se deja de
bailar. De donde se sigue, que los bailes
modernos que han sido introducidos en
España com o mercancía averiada, son caros
y malos.

V
Con m ucho acierto algunos A yu n ta­
mientos y también personas particulares,
amantes de las tradiciones regionales,
anuncian de vez en cuando concursos de
bailes del país, adjudicando premios a las
parejas que mejor bailen; y esto lo hacen
con el fin de estimular a la ju ven tu d astu­
riana, para que dejen los bailes modernos,
vuelvan a los antiguos y con ellos vuelvan
las sencillas costumbres de nuestros padres,
que también se divertían y bailaban en los
días festivos, pero al toque de oración
dejaban el baile y se retiraban a sus casas
a descansar, para continuar al día siguiente
sus faenas agrícolas y sus trabajos c o ­
tidianos.
Suyo afino. Cap.
CARTA X V

Sobre el lujo y las moda».

Querido Teódulo: Se quejaba usted en


su carta anterior de la juventud de su
pueblo porque no pensaba en otra cosa
que en fiestas y diversiones, y ahora se
queja del lujo y de las modas que hasta
hace poco eran desconocidas entre sus
convecinos, pero que al presente los trae
a mal traer y hacen perder el sentido a los
jóvenes de uno y otro sexo, originando
esto no pocos disgustos entre los consortes,
pues mientras el uno no está dispuesto a
dar pase libre a los nuevos usos, el otro
los defiende con tesón, abriéndoles de par
en par las puertas de la casa. Con este
m otivo desea us,ted que y o diga algo sobre
el particular. Como de costumbre accedo
gustoso a sus deseos.
Desde hace más de un siglo en que los
revolucionarios escribieron' en su estan­
darte: Libertad, fraternidad , igualdad,
m ucho han cambiado las cosas, pues la
verdadera libertad ha sido ahorcada, no
quedando en su lugar más que el liber­
tinaje más desenfrenado; la fraternidad
está por los suelos, pues nunca com o ahora
ha habido tanto odio entre los hombres; en
cuanto a Igualdad, bien ve usted que los
explotadores de la miseria y de la igno­
rancia popular andan en lujosos autom ó­
viles y se sientan en espléndidos banque­
tes, mientras que sus protejidos, lo s
explotados, a duras penas pueden andar
por su pie, debilitados, por el hambre y
la miseria. Sin embargo ya que la igualdad
no se ha podido obtener en bienes de
fortuna ni en comodidades, al menos se ha
conseguido en el modo de vestir, puesto
que en los presentes tiempos cuesta trabajo
distinguir por el traje al hijo del banquero
del hijo del labrador, a la señora más lina­
juda de la simple costurera o de la pobre
aldeana. Y esta dificultad.de distinguir por
- no­

el porte exterior a las personas, es causa


más de una vez, de que no pocos señoritos
de las villas y ciudades se vean chasqueados
al presentarse en la calles o paseos algunas
de estas señoritas improvisadas, pues ellos,
creyéndolas hijas de algún millonario, o
de algún título de Castilla, se acercan a
ellas, pero ¡cuál no será su desilusión,
cuando en vez de descubrir unas manos
finas y enguantadas, parecen unas manos
bastas y cubiertas de callos o agrietadas!
Mas no es esto, amigo mío, lo más sensible;
lo doloroso es que el lujo excesivo en el
vestir es causa de que se arruinen muchas
familias, y lo que es peor, de que se pierdan
m uchas almas.
De nuevo me va usted á permitir, querido
Teódulo, que transcriba en esta carta las
reflexiones que acerca del lujo y las modas
hice en mi obrita, antes citada.

I
Por lig o en el vestido se entiende llevar
un traje que no corresponde a la persona
que lo viste ni por su estado y condición,
ni por la posibilidad de costearle sin dejar
desatendidas otras necesidades más apre­
miantes de la familia, com o el alimento, la
educación, o dejar de pagar deudas atra­
sadas. Lo mismo debe decirse de las modas,
que, según van variando los tiempos y las
costumbres, se van introduciendo en el
modo de vestir. Si estas modas no van
contra la moralidad ni las bueñas costum ­
bres y se contienen dentro de los justos
limites, sin dar en el exceso, no están
prohibidas por ninguna ley divina ni
humana.

II
Cuando se trata de la indumentaria,
particularmente de la femenil, suele decirse
que resulta más barata la moderna que la
antigua. Puede suceder que así sea; pero
también pudiera suceder lo contrario y
que aquf procediera aplicar el adagio tantas
veces repetido y tan pocás meditado: «L o
borato sale caro». Un vestido a la usanza
antigua para hombre o para m ujer, con ven ­
go en que cueste más caro que uno a La
moderna, pero también hay que convenir
en que la tela empleada en él es de más
duración; y com o por otra parte esos ves­
tidos nunca cambian de moda, resulta, que
cuidándoles regularmente, pueden duraren
buen estado y en condiciones de poderlos
usar en días .festivos, por espacio de uno,
dos o más años. No puede decirse lo mismo
de los trajes modernos, especialmente tra­
tándose de aquellas personas que se suje­
tan com o esclavas a los caprichos de un
modisto o modista que cada mes imponen
nueva moda.
Pues en este caso, las personas que
quieran seguirla, tienen que hacerse con
frecuencia nuevos trajes o restaurar los
usados, cosa que no siempre se puede
hacer, debido a la poca resistencia de la
tela empleada en ellos. De donde resulta
que, aunque eu la apariencia el vestido
m oderno cueste más barato que el antiguo,
en realidad sale más caro, si se compara su
coste coa su duración.
III
Y siendo esto asi, com o lo es, 1» conse­
cuencia inmediata de vestir a la moda, es
el aumento en los gastos de la casa; y si las
entradas o ganancias de esa casa no aumen­
tan en proporción del aumento de gastos,
ocasionados por las modas, viene el desequi­
librio de la misma, teniendo necesidad, en
ese caso, de emprender uno de estos dos ca-
minos: o contraer deudas que comprometan
el patrimonio de aquella casa y familia, o
disminuir la cantidad o calidad de los
alimentos del cuerpo con grave peligro de
la salud del mismo; puesto que de la escasa
e insuficiente alim entación viene la anemia
o pobreza de sangre, origen fecundo de
innumerables enfermedades que preparan
el camino a una muerte prematura. Pudién­
dose entonces repetir aquellos tan gra~
ciosos com o acerados versos de un poeta:

«Macho vestido blanco,


Macha parola...
T el puchero a la lumbre,
Con agua sola».
IV
El alma val© más que al cuerpo, y el
cuerpo más que el vestido; pero las perso­
nas que se hacen esclavas de las modas,
invierten este orden, prefiriendo el vestido
al cuerpo y éste al alma. Desde el momento
en que una mujer se deja dominar de la
pasión de las galas, ya no piensa eh otra
que en sus encajes, cintas y adornos; con
ese pensamiento se acuesta, con al mis­
mo se levanta, no abandonándola en sus
faenaa ordinarias, ni siquiera en la iglesia,
cuando va a cum plir sus deberes religio­
sos, que a veces también quedan incum ­
plidos, por tener que ocuparse en dar el
último retoque y examinar en sus meno­
res detalles aquel vestido de última moda
para adornar con él su cuerpo que no duda
som eterá un verdadero suplicio, exponién­
dole a los rigores del frío y al peligro d e .
una pulmonía, por no cubrir con una manta
de abrigo sus galas que tuvo que pedir pres­
tadas a las yerbas del campo o a los des­
pojos de los animales. Y todo esto para
presentarse en público nuestra jov en ele­
gante, así ataviada, para ser vista y admi­
rada, y & veces, aunque ella no caiga en la
cuenta, ridiculizada; y sin pensar que no
sólo se dicen mentiras con la boca, sino
también con el aparato exterior, aparen­
tando ser uno, lo que está m uy lejos de la
rea.lidad; sin acordarse de que el hábito no
hace al m onje, sino sus virtudes; y de que
la mona aunque se vista de seda, siempre
mona se queda; es decir, que no son los
adornos del cuerpo los que con preferencia
han de buscar las mujeres, sino los adornos
del alma, que son las virtudes: la modestia,
la pureza, la laboriosidad, 6te.
Y no deben perder de vista jamás las j ó ­
venes, que éstas son las cualidades que con
frecuencia busca o debe buscar el hom bre
juicioso en la mujer que trata de escoger
para compañera suya y para madre de sus
hijos; y que el lujo en los. vestidos, lejos
de ser el medio más a propósito para atraer
a los jóven es al matrimonio, es por el con­
trario el que más puede contribuir para ale­
jarlos de él. Pues considerando éstos, que
su posición social es poco desahogada, an­
tes que unirse con nna mujer cu yo lujo y
vanidad les sería imposible mantener, pre­
fieren, machas veces, permanecer célibes
o solteros con grave perjuicio de la morali­
dad de los pueblos; haciéndose responsa­
bles de estos graves peligros las mujeres
que no reparan en hacer gastos excesivos,
por seguir los caprichos de la moda.

V
Los habitantes de las aldeas, que quieren
vestir com o los de las poblaciones, deben
considerar que sus ocupaciones no son las
mismas que las de éstos. Un&joven aldea­
na, por ejem plo, que se empeña en vestir
según el último figurín, ¿cóm o se las com ­
pondrá, metida en una especie de saco o
camisa de fuerza, para desempeñar sus fae­
nas agrícolas, subir por sierras, atravesar
arroyos, etc., etc., cuando a duras penas
puede subir las escaleras de sn casa? Pues
en m uchos de estos casos, especialmente al
tener que saltar sobre un arroyo o lodazal,
6i la tela del vestida no cede, rasgándose,
corre grave peligro de dar con sua huesos
en el agua o en lodo, necesitando del auxi­
lio ajeno para levantarse de aquel lugar.

VI
Por otra parte, hay que convencerse, de
que no a todos nos ha tocado en suerte uu
cuerpo bien entallado y que eo algunas
personas sobresalen tanto los defectos del
mismo, que gracias a un vestido regular­
mente holgado, pasan casi desapercibidos.
No sucediendo lo mismo con los trajes a la
moderna; pues éstos, en vea de disminuir
esos defectos los hacen más patentas y v i­
sibles, convirtiendo a‘las mujeres de cuer­
po defectuoso, que los llevan, en objeto de
irrisión y de buria, aun por parte de aque­
llos mismos, a quienes ellas pretenden
agradar.

VII
Finalmente: y vaya esta última reflexión,
que bien meditada, bastaría ella por sí sola
para que las jóven es aldeanas dieran de
mano para siempre a tales modas. Un
vestido bien hecho a la usanza de la aldea,
agracia a las jóven es que le llevan aunque
ellas, por naturaleza, no fueren m u ; agra­
ciadas; por el contrario, si llevan un traje,
según el último figurín, aunque ellas por
naturaleza sean m uy agraciadas, las afea
sobremanera, y más que mujeres, parecen
fantasmas, semejantes a aquellos encam i­
sados que Don Quijote y su fiel escudero
Sancho Panza encontraron ea sus excur­
siones aventureras por Sierra Morena.
Mande lo que guste a su afmo. Gap.
E l ju e g o

Mi estimado Teódulo: Ya sabia y o que se


jugaba en mi parroquia, pero no sabía que
el entusiasmo por el juego, entre mis feli­
greses, llegase hasta el extremo de que pa­
sasen horas y horas, en los días festivos, en
estirar las orejas a Jorge, ni de que hubie­
se mujeres que también se dedicasen a es­
tirárselas por más tiempo que el que pide
un honesto esparcimiento. En vista, pues,
de lo que usted me pide en su apreciable
carta, v oy a hacerle algunas reflexiones, a
ñn de que le sirvan de norma de conducta
para dirigirse a sí mismo y al mismo tiem­
po le puedan ser útiles para aconsejar a los
demás.
El ju eg o, tomado com o puro y simple
entretenim iento, lejos de ser ilícito, puede
ser laudable y aun necesario en ciertos.ca-
sos, especialmente cuando fatigado el áni­
mo por el excesivo trabajo mental necesita
tomar cierto alivio y descanso. Hay juegos
de tres clases: de pura industria , y son
aquellos en que sólo sirve la habilidad y el
ingenio del jugador, com o son el ajedrez,
las damas y otros semejantes; mixtos, y
son aquellos en que en parte vale la habili­
dad o ingenio del que juega, y en parte la
suerte, com o son el tresillo, la malilla y
casi todos los juegos de cartas; los hay, en
fin, que se llaman de puro azar, y son
aquellos en que la ganancia depende sola­
mente de la casualidad, de la fortuna, de la
suerte, com o son el m onte, los dados, el
cara o cruz, la lotería y otros semejantes.
Ninguna de estas clases de juego, ni aun
los depuro asar o suerte, están prohibidos
en sí mismos; y si en la práctica m uchos
de ellos llegan a estarlo, no es porque co n ­
tengan alguna malicia esencial, sino por­
que no se observan las debidas con dicio­
nes. Estas condiciones son : que el dinero
que se expone en el ju eg o sea propio del
que juega y pueda disponer de él libremen­
te; que se observen fielmente entre los ju ­
gadores las reglas del ju ego, sean éstas im­
puestas por La costumbre, o bien lo sean
por convenio habido por ellos mismos, evi­
tando por consiguiente, toda violencia,
fraude o engaño; que no se mezclen en el
ju ego palabras o hechos menos honestos, y
no haya escándalo ni ocasión de pecado;
que no se jueguen, grandes cantidades, ni
se emplee mucho tiempo en el ju ego. E9to
por lo qué mira al derecho natural. Por lo
que respecta a la ley civil, en España está
severamente prohibido el ju ego de saerte o
azar; y com o la Lotería nacional, es juego
de puro azar, también resulta prohibida
por nuestras leyes, pero com o los gobier­
nos la promueven y la fomentan, dan a
entender que respecto de ella, está levan­
tada la prohibición.
He dicho antes, mi amigo Teódulo, que
el juego por su naturaleza es lícito, es indi­
ferente; pero por la malicia de los que a él
se entregan, casi siempre es. ilícito y
pecaminoso. ¿Cómo no han de pecar los que
emplean en el juego horas y horas, desaten­
diendo con este m otivo las obligaciones que
les impone su estado o profesión y .malgas­
tando ]o que necesitan para el sostén de
su familia o pagar las deudas que han con ­
traído? ¿Cómo no han de pecar los que con
ocasión del ju ego promueven riñas escan­
dalosas, profieren horrendas m aldiciones j
blasfemias y dejan de cumplir sus deberes
religiosos, poniéndose en grave peligro de
eterna condenación.
Si los hombres, amigo mío, supieran re­
frenar sus pasiones, si se contentaran con
dedicarse una o dos horas al ju ego en cier­
tos días, aun cuando erpusieran en él al­
guna pequeña cantidad de dinero, y por
otra parte, no hubiese peligro alguno do
los arriba apuntados, nadie podría justa­
mente censurarlos por.ello, pero desgracia­
damente m uchos no aciertan a contenerse
en los justos límites que la moral y la pru­
dencia señalan, y de ahí los males sin
cuento que resultan para 1os individuos,
para las familias y para la sociedad, com o
nos lo demuestra la experiencia de todos
los días.
¡Cuántos hombres de todas edades, esta­
dos y condiciones han tenido un ñn trági­
co por el maldito vicio del ju ego! ¡Cuántos
otros, después de sus hurtos, a causa deJ
juego, han venido a parar en el presidio, o
han dado fin a su vida con el suicidio!
¡Cuántas fortunas destruidas y cuántas fa­
milias arruinadas de la noche a la mañana,
no reconocen otro origen que el juego!
¿No será más que suficiente lo que acabo
de escribir para que los que se. sien tan ex­
cesivamente apasionados por el ju ego, lo
aborrezcan y detesten? Léales, mi amigo,
esta carta a esas personas de quienes usted
me habla en la suya, a fin de que mode­
ren su afición al ju eg o, no sea que los
hijos por seguir su mal ejem plo, atraigan
sobro sí y sobre toda la familia las calami­
dades y desdichas que suelen ser consi­
guientes al juego.
Mande com o guste a su afino. Cap.
Pecado de escándalo.

Querido Teódulo: Leí su atenta carta en


la que me refiere usted la disputa que tuvo
con dos amigos acerca del pecado de escán­
dalo. El uno decía que el escándalo consis­
tía en hacer o decir alguna cosa mala
delante de niños solamente, pero no delan­
te de personas mayores; el otro defendía
que para que haya pecado de escándalo,
se requiere que el que dice o hace la cosa
mala, lo haga con intención de inducir a
otro al pecado, pero que si no lo consigue,
entonces do s e com ete e s e pecado; y u s te d
aseguraba que para que uno sea reo del
pecado de escándalo, es necesario que el
que dice o hace la cosa mala, lo haga en
presencia de m uchos, sean niños o m ayores
de edad, y que no se requiere inten­
ción de inducir a los demás al pecado, ni
que de h ech o lo cometan, pero que no hay
escándalo, cuando se com ete la acción
mala delante, o a la vista de uno o de pocos.
Y usted, después de referirme esa disputa,
me pregunta: ¿quién está en lo cierto? Con
m ucho gusto le contestaré. Y com o usted
y sus amigos sólo disputaban de la natu­
raleza del pecado de escándalo, o lo que es
lo mismo, en qué consistía, pero no dispu­
taban de su gravedad, también me encar­
garé de explicar esto últim o, a fin de que
aborrezcan más y más semejante pecado.
En cuanto a lo primero, digo a usted
que ninguno de Los tres acertó a explicar
en qué consiste el pecado de escándalo. No
acertó el primero, porque el pecado de
escándalo no consiste sólo en darlo a los
nidos o personas inocentes, sino también
a las personas mayores; es verdad que el
escandalizar a los niños es mayor pecado,
pero no deja de ser escándalo cuando se
com ete el pecado en presencia de los adul­
tos. Tampoco acertó el segundo, porque
para que haya escándalo no se requiere
que el que dice o hace la cosa mala te apa
intención de inducir a otros al pecado, ni
tampoco se requiere que la persona a quien
se escandalizó, cometa el pecado, basta
que le baya dado ocasión para cometerlo.
Ni tampoco usted, amigo Teódulo, estuvo
del todo acertado, aunque se acercó a la
verdad más que sus compañeros; pues ha
de saber usted que hay verdadero pecado
de escándalo, cuando se induce o da oca­
sión de pecar, aunque no sea más que a
una sola persona; pues Jesucristo cuando
exclamó contra los escandalosos, dijo: «¡ay
del que escandalice a uno de estos niños!
Si se escandaliza a m uchos, es escándalo
público, si a uno solo, o a pocos, escándalo
secreto, pero verdadero escándalo.
Veamos ahora lo que propiamente ha­
blando es ' escándalo. Escándalo, según
Santo Tomás, «esuna palabra o una acción
no recta, que da al prójimo ocasión de
pecar y de encontrar la ruina espiritual®.
Fíjese usted, amigro m ío, en la palabra no
recta, pues ella indica que esta ocasión o
motivo de pecar que se da a otros, puede
tener lugar aunque las palabras o acciones
no sean claramente malas, pero que tienen
apariencias de serlo. Y así, v. gr.: si usted
trata con alguna persona o entra en alguna
casa, y ese trato o esa entrada da motivos
para que las gentes sospechen y murmu­
ren, comete usted verdadero pecado de
escándalo, y está obligado a evitarlo, aun
cuando usted con la más sana intención
trate a dicha persona o entre en esa casa,
porque aunque esas acciones en sí sean
indiferentes y aun buenas, tienen sin em­
bargo para la gente apariencias de ser
malas, y esto basta para que haya escán­
dalo.
El escándalo, cuando por él se da oca­
sión o motivo a otros de hacer, decir, pen­
sar o desear cosas levem ente malas, es pe­
cado venial, pero si se da ocasión o motivo
a otros de hacer, decir, pensar o desear
cosas graves, es pecado mortal, y de los
más graves; más grave que el que se com e­
te, quitando la vida a un hombre; porque
con el pecado de escándalo se quita al
prójimo la vida espiritual del alma, que
vale mucho más que le vida del cuerpo.
El P. Schm ihtt, en su obra Explicación
del Catecismo, hablando del escandaloso
dice así: «Las almas que Dios Padre crió
a su imagen y semejanza para que le ala­
baran por toda la eternidad y fuepan bien­
aventuradas en el cielo, conviértelas el es­
candaloso en imagen de Satanás, y es causa
de que maldigan a Dios eternamente en el
infierno y de que padezcan para siempre
tormentos indecibles. El escandaloso pro­
fana y mancha los templos del Espíritu
Santo y los convierte en mansiones de
Satanás. Arrebata las almas al Hijo de
Dios, que sufrió infinitos torm entos por
ellas y las pone en mano de su m ayor ene-
migo que es Satanás.
Refiérese del bienaventurado A lb e r t o
Magno, que después de treinta años de es­
tudio y experiencia había logrado hacer
ana estatua con tanto ingenio dispuesta,
que movía pies y manos y aun podía pro­
nunciar algunas palabras. Habiendo en­
trado en cierta ocasión un discípulo de
Alberto, com o viera moverse y oyera ha­
blar a la estatua creyó que era cosa del
dem onio, y la rompió en mil pedazos.
— Hijo mío ¡qué has h ech o!— le dijo muy
triste Alberto Magno.'—Has destruido en
un momento mi obra de treinta años! Pues
con mucha m ayor razón puede Cristo de­
cir al escandaloso: «Por espacio de treinta
y tres años padecí por salvar esta alma,
por ella fui azotado, coronado de espinas,
clavado en una cruz; entregué mi vida
en medio de espantosos tormentos para
limpiarla del pecado; para arrancarla del
poder de Satanás,— y tú, miserable, des­
truyes en un m om ento el fruto de estos
treinta.y tres años de trabajos, coronados
con mi pasión y muerte, y haces que to­
das mis obra» y todos mis padecimientos
se malogren en esa alma! ¡Qué desgracia
la del escandaloso cuando comparezca ante
el ’tribunal de Jesús, a quien ha arreba­
tado las almas que tanto amó, por las que
padeció'tan espantosos torm entos!»
Y ¿quién será capaz de calcular los pe­
cados que pueda causar un solo escóndalo?
9
Regresó a la parroquia de donde era natu­
ral y vecino, y en la que y o fui cura va*
ríos años, un m endigo convaleciente de la
enfermedad de viruela, y éste solo mendigo
bastó para que se propagase tan terrible
enfermedad en toda la parroquia y murie­
sen la quinta parte de sus habitantes. El
escándalo, a semejanza de la enfermedad
contagiosa, se propaga con la m ayor facili­
dad, bastando a v e ce s una sola persona de
malas Qostumbres para pervertir a todo un
pueblo. Usted, com o acostumbrado a andar
por riscos y montes, habrá visto más de
una vez el efecto que produce una piedra
desprendida de la cima de una montaña.
Habrá visto que si esa piedra no encuentra
en su principio algún obstáculo que le im­
pida rodar por la pendiente, es tal la velo­
cidad que toma a medida que va rodando,
que lleva por delante y arrastra tras de sf
ana multitud de piedras o de otros obje­
tos, no parando hasta precipitarse con ellos
en el abismo. A sí el pecador que en el
principio de su vida de pecado no es co n ­
tenido por el amor y santo temor de Dios,
empieza a dar tumbos por la pendiente de
loa vicios y pecados, y com o no se confor­
ma con despeñarse sólo por esa pendiente,
con clu ye por inducir a otros al pecado, y
conseguido esto, llevarlos tras de sí o de­
lante de sí, com o la piedra de la montaña,
y no parar hasta sepultarse con ellos, en
los abismos del infierno.
¡Qué responsabilidad tan espantosa se
echan encima los desdichados escandalo­
sos! Y sin embargo, el pecado del escán­
dalo es más general de Lo que com únm en­
te se cree, pues, com o se ha dicho, no so­
lamente le cometen los -que directamente
inducen a otros al pecado, sino también
los que con su ejemplo dan ocasión a los
demás a com eterlo aunque no lo intenten,
y no solamente los que hacen o dicen la
cosa mala, aunque no lo.sea más que en
la apariencia, son escandalosos, sino tam­
bién lo son los padres y superiores que pu-
diando y debiendo corregir y castigar los
pecados de sus hijos y de sus subordinados,
los dejan sin correctivo alguno, dándoles
así motivo para seguir en sus pecados.
Pero lo que máB debe horrorizar a los
escandalosos, es considerar que el pecado
de escándalo o sus consecuencias son, las
más de las veces, irreparables. ¿Cómo lo
hará el escandaloso para reparar el daño
que, con sus malos ejemplos, causó a per­
sonas que tal vez no volverá a ver o que
ya estén en el infierno? ¿Diré que para este
escandaloso ya no hay remedio? Líbreme
Dios de asegurar tal cosa. Su situación es,
en verdad,'m uy difícil, pero no desespera­
da. Que el tal pecador escandaloso se con ­
vierta a Dios de todo corazón; que esa vida,
qüe hasta ahora-la empleó en servir de
tropiezo y de piedra de escándalo a las al­
mas, para perderlas, la emplee en lo suce­
sivo en servirles de estímulo y buen ejem ­
plo, para salvarlas. Hágalo así y Üios usará
con él de misericordia, com o lo ha usado
con otros m uchos escandalosos.
De usted afmo. Cap.
Devoción verdadera y falsa.

Mi querido Teódulo: Leo todas sus cartas


con interés, pero la última se ha llevado
toda mi atención, por tratarse en ella de
un asunto de suma importancia. En ella
me ruega usted que le explique en qué
consiste la verdadera devoción, pues se le
han ocurrido algunas dudas sobre el par­
ticular debido a que algunas personas de
la parroquia se tienen por devotas y b u e­
nas y otros vecinos también las tienen por
tales, porque contribuyen con sus limos­
nas para las fíes tos religiosas, alguna que
otra vez mandan decir misas, van en pe­
regrinación a los santuarios, etc.; pero en
cambio asisten a misa de precepto pocas
veces, trabajan con frecuencia en los d fas
festivos, no cuidan de que los criados
cumplan con los preceptos de la Iglesia,
pero les permiten tanto a éstos com o a sus
hijos y aun a las hijas, asistir lo mismo de
día que de noche a toda clase de diversio­
nes no muy con íorm es’ con la moral cris­
tiana; y concluye usted su carta pregun­
tándome si esas personas obran bien, y si
puede decirse que tengan verdadera de­
voción.
No, amigo mío, esas personas ni obran
bien, ni tienen verdadera devoción, ni por
consiguiente, si siguen por ese camino se
pueden salvar. Esa devoción es falsa y con
ella no se puede comprar el cielo, com o
con la moneda falsa no podemos comprar
las cosas necesarias para vivir en la tierra.
Qs falsa esa devoción porque con ella se
atiende más a hacer la propia voluntad
que a someterse a la voluntad, de Dios y
de la Iglesia, mientras que la verdadera
devoción tiene por objeto hacer con pron­
titud lo que Dios manda y llenar cuidado­
samente cada uno los deberes de su estado
y profesión. Toda devoción que no tenga
por fundamento el cumplimiento de estos
deberes, es falsa y engañosa, que con fre­
cuencia sólo sirve para que los pecadores
se condenen con más seguridad. Pues hay
un camino, del que está escrito, que pare­
ce derecho, pero que va a dar en el infier­
no, y ese es el camino que siguen los falsos
devotos, creyendo neciamente que por él
llegarán al cielo. No, no es ese el camino
que conduce al cielo, pues para ir al cielo
no hay más camino que el de la guarda de
los mandamientos, según estas palabras do
Jesucristo: «Si quieres entrar en el cielo
guarda los mandamientos». Pero examina­
mos más detenidamente y de conformidad
con estos principios la devoción de esas
personas, que se tienen por devotas y que
algunos de sus con vecin os las consideran
com o tales devotas. En primer lügar me
dice usted que las referidas personas co n ­
tribuyen con sus limosnas para las fiestas
religiosas, mandan celebrar misas, visitan,
santuarios, etc., etc. En estos etcéteras su­
pongo que usted quiere decir que las per­
sonas ' mencionadas asisten a novenas,
Hayan escapularios y medallas, rezan el
santo Rosario y suelen asistir a misa en días
de trabajo. Todos esos actos de piedad son,
sin duda alguna, buenos y santos y por lo
mismo agradables a Dios y recomendados
por la Iglesia. Pero ¿consiste solamente en
eso la verdadera devoción? No, es necesa­
rio que además y ante todo se practique lo
que mandan Dios y la Iglesia, y com o Dios
y la Iglesia mandan formalmente que se
santifiquen las fiestas, absteniéndose del
trabajo y oyendo misa en esos días, y com o
los devotos.de referencia oyen pocas misas
y trabajan con frecuencia en ellos, resulta
que su devoción no es verdadera, porque
hacen lo que es de mero consejo y dejau
de cumplir lo que es de formal precepto, y
este arbitrario modo de obrar no es posible
poder armonizarlo con la verdadera devo­
ción, pues ésta, com o antes se ha dicho,
es necesario que tenga por fundamento el
cum plim iento de la voluntad de Dios.
Me dice usted que las citadas personas
van pocas veces a misa en días de precep­
to, y que con frecuencia trabajan en ellos.
Pudiera suceder que tuvieran causa ju sti­
ficada.para d o asistir, com o enfermedades,
la m ucha distancia u otras por el estilo, y
que trabajaran por necesidad o en cosas
que por costum bre universal están permi­
tidas; pero y o , aunque usted nada m edico
acerca del particular, sospecho que no ha*
ya tales causas que les excusen de obser­
var dichos preceptos, y fundo mi sospe­
cha en lo que a renglón seguido me dice-
usted, a saber: que no cuidan que sus hijos
cumplan esos mismos preceptos, ni a los
criados les conceden tiempo libre para
que los cumplan, pero que en cambio con ­
ceden a unos y otros tiempo y todos los
permisos que quieran para concurrir a las
reuniones y diversiones peligrosas, lis de­
cir, que. para las cosas de Dios, todo son
dificultades, mas para dar gusto al dem o­
nio no se encuentra ninguna, todo son con ­
descendencias. ¿Y querrán esas personas
que las tengamos por sinceramente devo­
tas y que las digamos que con ese proce-!
der tienen asegurada la salvación de su
alma? No, y mil veces no. Dígales usted
de mi parte a esos equivocados devotos y
dígaselo muy alto, que si no cambian de
conducta respecto a la educación que dan
a la familia, que si no observan Los precep­
tos de Dios y de la Iglesia, de nada les sir­
ven sus devociones, y que a pesar de ellas,
van camino del infierno. Y si le contestan
que tienen esas devociones para alcanzar"
de Dios, por medio de ellas, los auxilios
necesarios a fin de vencer las dificultades
que encuentran en el cum plim iento desús
obligaciones y dirigir los actos de su vida
en conformidad con las enseñanzas del
Evangelio, replique les que nada m is ju sto
y necesario que acudan a Dios en deman­
da de socorro para rem over esas dificulta­
des; pero que, si a pesar de esos sus bue­
nos deseos de enmendarse no cooperan a
la gracia haciendo cuanto esté de su parte
para conseguirlo y de día en día van di­
latando su conversión, se exponen a que
los sorprenda la muerte con esos buenos
deseos, y no olviden que de esos buenos
deseos está empedrado el infierno.
Creo, amigo Teódulo, haber contestado
suficientem ente a las dadas que me propu­
so acerca de la verdadera y falsa devo­
ción. Si alguna le queda a usted, puede
exponerla cuando guste a su afectísimo
amigo y Cap.
Los devoto» no son Ion más inmorales.

Mi querido Teódulo: Me dice usted en su


carta que con frecuencia oye decir que loa
que más v a n a misa y más frecuentan la
iglesia son también los más malos, y que
las mismas mujeres del pueblo cuando riñen
entre sí, después de las palabras gordas,
que son de reglamento en esos casos, sue­
len dirigir a sus rivales la siguiente bomba
final: «Valía más 'qu e rezárais menos y
fuérais m ejores»; o esta otra: ayo no soy de
las que se comen los santos com o lo haces
tú, pero te puedo dar lecciones de honra­
dez y de buena crianza, pues los que m u­
cho van a la iglesia no por eso son tos me-
jores». Y me pregunta usted cuál es mi
opinión sobre este asunto. Y a puede usted
comprender que de ninguna manera pue­
do estar conform e con eso que usted oye
decir contra los que van a la Iglesia, ni
con el lenguaje ese que usan algunas m u­
jeres cuando riñen, porque ese es el len­
guaje-propio de la impiedad y de algunos
católicos ignorantes que lo aprendieron de
los impíos y de los malos cristianos. No se
puede n«gar que gran parte de la culpa de
ese modo de hablar tan desfavorable a los
que rezan, van a misa y practican otros
actos de piedad, la tienen los falsos d e v o ­
tos. En efecto, éstos, al ejercitarse, aunque
no sea más que en apariencia, en actos de
piedad y humildad se creen mejores que
los demás hombres y los desprecian por*
que los. consideran llenos de defectos e
imperfecciones; y éstos, al verse así des­
preciados por esos falsos devotos, por esos
nuevos fariseos, los odian a su vez por el
m odo anticristiano con que los tratan a
a ellos; y este inicuo proceder es propio
de los falsos devotos, pues los verdaderos
a ninguno desprecian y de ninguno for­
man mal concepto si no es de sf mismos.
Pero porque m uchos confunden lastimosa­
mente a los unos con los otros, o sea a los
verdaderos devotos con los falsos, de ahí
el que dirijan sus censuras contra los
devotos en general, con lo que causan gran
daño a la religión y a la piedad, pues mu­
chos cristianos por temor a esas censuras
se retraen de los actos de piedad y devo­
ción.
Pero veamos lo que dice el P. Franco en
su obra Respuestas Populares: «E a primer
lugar, no niego que entre las personas que
manifiestan piedad, habrá algunas, que no
la tienen, y la fingen; eso no puede negar­
se; y me parece que no hay ninguna raaón,
para que se atribuya a la verdadera piedad,
el vicio de los que no tienen más que la si­
mulación y fingimiento. -En vez de gritar,
que las personas devotas son más crim ina­
les que las demás, se debería decir, que los
que se fingen devotos sin serlo, son peores
que los demás; y nadie tendría dificultad
en conceder eso. Antes bien se hallarían
de acuerdo con la. Santa Iglesia, la cual es
la primera en condenar a los que ponen en
rídículo la piedad cristiana con sus hipó*
critos fingimientos.
¡Quiera Dios, amado Teódulo, que medi­
ten bien estas palabras los que, no por celo
de religión, sino por envidias y despecho,
se ocupan en censurar y ridiculizar las de­
vociones que practican los verdaderos cris­
tianos. Mande lo que guste a su afmo. Cap.
BeapetOH humano».

Querido Teódulo: Hay un enem igo entre


nosotros, que ha hecho más daño a la re­
ligión que el que le han hecho sus más
crueles perseguidores. Este enemigo es el
respeto humano, o sea el temor necio y ri­
dículo que nos aparta de hacer obras bue­
nas, o nos excita a hacerlas malas, sólo
por consideración a las burlas y sátiras de
los libertinos que se valen ahora de estas
armas para perseguir lá virtud com o en
otro tiempo los tiranos la perseguían con la
espada; y com o ningún género de persecu­
ción es más peligroso para las almas que
éste, conviene que estemos constantem en­
te preparados para no caer en las redes del
respeto humano, o del qué dirán, que
íiiftmpre han empleado y ahora emplean más
que nunca, los cooperadores de Satanás,
para perder a los hombres. Por desgracia
no son pocos los incautos, que, haciendo
más caso de gente malvada y corrompida,
que de los que se interesan por su bienes­
tar eterno y temporal, se avergüenzan de
practicar las obras de virtud y no sienten
rubor alguno en ejercitar actos los más
contrarios a la moral cristiana.
[Ojalá, amigo Teódulo, que esto que aca­
bo de decir, estuviese más cerca de lo h i­
perbólico que de lo verdadero! Llama la
campana de la iglesia para el Catecismo y
otros ejercicios de piedad que tienen lugar
en el templo los días festivos por la tarde,
y a duras penas, y como a remolque van
acudiendo algunas personas; tan pocas,
que a veces se pueden contar por los dedos
de las manos, y todavía sobran dedos; to­
can al mismo tiempo algún instrumento
músico, llamando al baile o bien a otro es­
pectáculo público, y a manera de enjambre
corren las gentes a esas diversiones; llama
Dios, y no se le hace caso; llama el m undo,
y en seguida se le complace. ¿Por qué ese
modo de proceder tan anticristiano?
Con respecto de m uchos es por el respe­
to humano; por el temor al qué dirán, por­
que no les llamen santurrones o beatas, si
van a la casa de Dios, y por eso optan por
asistir a las reuniones del diablo. ¿Puede
darse cosa más insensata, más irracional?
Una joven se avergüenza de frecuentar la
iglesia y de recibir los Santos Sacramentos
que le darían fuerzas para resistir sus des­
ordenadas pasiones, por temor de que la
gente perdida la llame beata, pero no se
avergüenza de presentarse en ciertos luga­
res donde peligra su honra, exponiéndose
a que las personas sensatas la califiquen de
libertina; este joven por nada de este m un­
do querría que le sorprendiesen leyendo
un libro piadoso que le hiciera conocer la
nada y vanidades del m undo y lo que im­
porta- la salvación del alma, pero no le da­
ría ningún cuidado que le encontraran be­
biendo el veneno que Le ofrece la lectura
de un libro obsceno que tiene en sus ma­
nos, y que a la larga dará muerte a la vida
del cuerpo y a la espiritual del alma; equél
padre de familia no sentirá empacho alguno
de que todo el mundo le vea pasar la mayor
parte del día y dé la noche en la taberna
derrochando el dinero en el juego y bo­
rracheras, mientras sus infelices h ijos y
su desgraciada m ujer padecen necesidad y
hambre en casa, y t>i al irse a confesar, el
confesor le impone por penitencia que oiga
alguna misa entresem ana se avergonzará
de que le vean dirigirse a la iglesia y bus­
cará la ocasión de que nadie le vea, cuando
va a cumplirla; otr.o padre de familia viajará
en el tren en compañía de algunos amigos,
y al ofrecerle en alguna de las estaciones
diarios impíos y católicos para que los com ­
pre, pide el periódico impío, al que le tiene
prohibida ia entrada en su casa, pero allí,
en la estación, y obrando contra el dicta­
men de b u conciencia, y para que no le
califiquen sus amigos de fanático, compra
del periódico impío y desdeña el católico.
Será una madre de familia que se siente
inclinada hace ya algún tiempo a frecuen­
tar los Santos Sacramentos y a practicar
otros actos de piedad en unión de sus hijas,
com o también desea poner ña a las reunio­
nes de personas de ambos sexos que a me­
nudo se verifican en su casa y negar a las
hijas el permiso para asistir a las reunio­
nes que ae celebran en otras casas, análo­
gas a las que ella consiente en la suya, y
acerca de lo cual ya el confesor le ha lla­
mado la atención más de una voz. ¡Pero
qué quiere usted, amigo míol; el maldito
respeto humano impide a esa madre do
familia tomar esa determ inación, la cual
sería el único medio de sanear aquella casa
y de moralizar aquella familia; el temor de
que alguna de sus amigas le diga: ¡holu!
¿con que has convertido tu casa en un
beaterío, y tú y tus hijas os habéis puesto
las locas? Pero tú, madre insensata, al
obrar así ¿no adviertes que das m otivo a
que las personas buenas y virtuosas sos­
pechen, y no sin fundamento, que esa tu
casa, que al decir de tus amigas, no has
querido convertir en un beaterío, siga
siendo una especie de burdel? Es posible,
que el respeto humano, ese necio y ridículo
qué dirán, ese enemigo de toda obra
buena y excitador de toda obra mala, haya
llegado a cegar los ojos de tu espíritu hasta
«1 extremo de que te impida ver el abismo
de males temporales y eternos en que te
precipita a tí misma y a toda tu familia?
Desprecia, pues, todo lo que en perjuicio
tuyo y de tu familia pueda decirte ese
mundo corrom pido y corruptor y oye la
voz de tu conciencia que te invita a fre­
cuentar los Santos Sacramentos en com ­
pañía de tus hijos, a alejar de tu casa esas
reuniones peligrosas y a" prohibir a tus
hijas el que asistan & las que se celebran
en la ajena.
Por no molestar su atención, amado
Teóduló, pongo ñn aesta-carta, para seguir
tratando del mismo asunto en la próxima.
Suyo afmo. Cap.
Respeto» humanos.

(Continuación).

Mi apreciable Teódulo: Como no tengo


ninguna carta de usted a que referirme,
ignoro la impresión que le habrá causado
lo que en mi última le dije sobre res­
peto humano. Pero sea cual fuere esa im­
presión, vamos & examinar en la presente
dos cuestiones: 1.* ¿Por qué los incrédulos
y libertinos se burlan de los verdaderos
católicos, llamándolos fanáticos, retrógra­
dos , beatos, etc.? 2.* Por qué m uchos cris­
tianos dejan de portarse com o verdaderos
católicos y hacen más caso de las burlas,
de los impíos que de los dictados de su
conciencia? En cuanto a la primera cues­
tión ya ee contestó en la carta X IX ; pero
añadiré aquí que los mundanos y liberti­
nos se burlan y satirizan a Las personas
virtuosas y buenas, porque éstas, con su
conducta ejemplar y cristiana, condenan
la mala y perversa de sus perseguidores.
Por esto el Apóstol San Pablo dijo que
todos los que quieran vivir piadosamente
en Cristo, sufrirán persecución.
Y esta persecución la sufren los justos
por parte de los impíos y malvados. Y
com o las personas verdaderamente piado­
sas, aunque viven en el mundo, no se
dejan llevar de sus pompas y vanidades,
ni abrazan sus máximas corrompidas, de
ahí nace el que los amadores del mundo
las odian y aborrecen, y las aborrecen y
odian precisamente por eso, porque no son
<1«j| mundo. lyues, com o dice Jesucristo: «Si
fuéseis del m undo, el mundo amaría lo que
era suyo, mas porque no sois del m undo,
por eso el mundo .os aborrece». Estas pala­
bras de nuestro divino Salvador deberían
bastar, amado Teódulo, para que todos los
cristianos sufriesen con ánimo resuelto los
desprecios de los mundanos, pero m uchos,
desgraciadamente, hacen todo lo contrario,
dejando de hacer muchas obras buenas y
haciendo las malas, por no sufrirlos.
La causa de esta conducta criminal no
puede ser otra que la falta de amor y te­
mor de Dios en los que la siguen. Si es­
tos cristianos cobardes amaran a Dios do
corazón, sentirían disgustarle com o lo
disgustan, haciendo cosas contrarias a
las que El manda, por complacer a los
mundanos; y si le temieran, ¿sería posible
que no se estremecieran ante estas pala­
bras de Jesucristo: «el que me confesare
delante de ios hombres le confesaré y o de­
lante de mi Padre celestial; pero quien se
avergonzare de mí y de mi doctrina delan­
te de esta generación adúltera y pecadora,
igualmente se avergonzará de él el Hijo
del hombre, cuando venga en la gloria de
su Padre acompañado de los santos Ange­
les?». No, amigo mío, esos cristianos, que
por temor de una sonrisa burlona dejan
de hacer el bien y al primer llamamiento
de los malvados se aprestan para ejecutar
el mal, no aman a Dios ni le temen, pero
un día, no lejano, aunque ellos no lo pien­
sen ni lo quieran, tendrán que presentar­
se ante el tribunal de Jesucristo, de ese
mismo Jesucristo de quien se avergonza­
ron delante de los hombres para darle
cuenta muy estrecha de todos los actos de
su vida ¡A h! ¿cuál será entonces la concu­
sión de aquellos desgraciados, que por mie­
do a las críticas de algunos malvados no
dudaron en despreciar las doctrinas de
Aquel, que si hasta allí filé su Redentor,
ahora va a ser su terrible e inexorable
Juez? ¿Cómo podrán aguantar en esejh'a
terrible las iras de Dios los que no pudie­
ron aguantar las burlas de los hombres?
Y o, les dirá Jesucristo, por redimiros y
salvaros no me avergoncé de tomar carne
humana en el seno de una Virgen; yo por
amor vuestro y para daros ejemplo de hu­
mildad, de pobreza y de mortificación, no
me avergoncé de nacer pobre en Belén y
morir más pobre todavía en la Cruz; y o,
para que vosotros no sufrióseis tormentos
eternos en el infierno, no me avergoncé de
sufrir toda ciase de ultrajes y de insultos,
ni me avergoncé de ser tratado com o
loco y blasfemo, ni me avergoncé do com ­
parecer desnudo en la Cruz; y vosotros,
¡ah! vosotros ingratos y desleales os habéis,
avergonzado de mf y de mi doctrina delan­
te de los hom bres, arrastrando con vues­
tro perverso ejemplo a otros, para que m&
negaran la adoración y robaran el honor
que todos los hom bres me deben a mí com o
Criador y R eden tor de. todos ellos, y esto
lo hacéis, no porque obrando de otra ma­
nera peligrase vuestra vida, lo cual, aun
ctm ido no tendría excusa, tendría su expli­
cación sino por no tener el valor de sufrir
Iíls burlas de hombres impíos y perdula­
rios; ¿puede darse m ayor indignidad y vile­
za? Pues ahora escuchad <ie mis labios,
¡oh ingratos! la sentencia que para ense­
ñanza de todos había yo dejado consigna­
da en mi Evangelio. Puesto que vosotros
por miedo al respeto humano y del qué
dirán os avergonzásteis de confesarme de­
lante de los hombres y despreciásteis mis
doctrinas, y o también me avergüenzo de
vosotros delante de mi Padre y os negaré
para siem pre. [Apartaos de mí, malditos,
id al fuego eterno! Palabras terribles, sen­
tencia espantosa, querido Teódulo, que
hacen tem blar la m ano con que las estoy
escribiendo, y que sin duda harán tem­
blar al que las lea y medite con tal que
conserve aunque no sea más que una chis­
pa de fe, pues ¿quién será capaz de expli­
car el efecto que- producirán en aquellos
que por miedo y cobardía an el servicio de
Dios se hayan hecho merecedores de escu­
charlas de los labios del divino Juez, de
cuya sentencia no se puede aaelar?.
¡Ojalá que todos tos católicos cobardes
m editaran estas terribles verdades que aca­
bo de consignar en esta carta y esa m edi­
tación les haga abrir los ojos de su espíri­
tu y vean el precipicio a que los encam ina
su cobardía en el servicio de Dios; precipi­
cio que solam ente podrán evitar, dando de
mano al respeto hum ano y al qué dirán,
despreciando las burlas y sátiras de la gen­
te corrompida, confesando en público y en
secreto a Jesucristo y practicando su doc­
trina, como lo prometieron en el Bautismo
y to ratificaron en la recepción de los otros
sacram entos. En ese caso, el día de la cuen­
ta, día terrible para los cobardes y deslea­
les cristianos, será para ellos, al igual que
para los justos, día de satisfacción y ale­
gría, en el que tendrán la inefable dicha de
oír de los labios del divino Redentor estas
consoladoras palabras: «Porque no os aver-
gonzásteis de ser verdaderos cristiano?,
-porque desprec¡ 4steis las burlas de los im ­
píos y me confesasteis a mí delante de los
hom bres, yo os confieso y reconozco como
discípulos fíeles delante de mi Padre celes­
tial: Venid benditos de mi Padre, entrad y
poseed el reino de los cielos, donde goza­
réis de una alegría y placer, que no serán
pasajeros, como lo son las risas y hurlas de
los m undanos, sino que durarán por toda
la eternidad». Suyo affmo., Cap. *
Ventajas d é l a v irtu d .

Mi distinguida feligrés: Com entando mi


carta anterior sus contertulios, uno de ellos
dijo: Es verdad que muchos católicos de­
jan de practicar la religión por los respetos
hum anos; pero hay m uchos tam bién que
no observan sus preceptos, porque creen
que su observancia les obliga a llevar una
vida triste y m elancólica. Esto es lo que
usted me refiere en su carta, y yo, hacién­
dome cargo deesa objeción, voy a probar en
la mía que el cum plim iento de la ley cris­
tiana, o sea la práctica de la v irtu d , hace
aun en esta vida más felices a los que la
cumplen que a los que la dejan de cum plir.
No debemos olvidar, amigo mío, que vi­
virnos en el destierro, y con esto ya se
com prenderá que los virtuosos, precisa­
m ente por serlo, no se verán enteram ente
e i e n t o s de trabajos y sinsabores, pero su
m ism a v irtu d hace que les sean m ás lleva­
deros y menos dolorosos sus padecimientos,
sucediendo lo con trario a los impíos y vi­
ciosos, pues éstos, como , todos los demás
hom bres, están sujetos ,& la ley del sufri­
m ien to y del dolor, pero sus vicios e impie­
dades, lejos de proporcionarles algún le n i­
tivo en sus penas, se las a u m e n ta n h asta el
pu nto de hacérseles insoportables, siendo
do pocas veces sus vicios la. causa de sus
padecim ientos.
Pero veamos lo que acerca de este a s u n to
escribe el P. Planas en su obra E l c u ra en
el p u lp ito . «Así como cuando el coraaón
recibe alguna impresión m u y dolorosá, i n ­
m ed ia ta m e n te toda la sang re del cuerpo
corre hacia él como para prestarle socorro,
del mismo modo cuando el h o m b re j u s t ó s e
halla en alg u n a tribulación o an g u stia, al
m o m en to acuden a él todas las v irtu d e s
para an im a rle ,c o n s o la rle y socorrerle cada
cual a su m anera. Acude la fé con sus l u ­
ces, acude la esperanza con sus promesas,
ac u d e la caridad con sus d u lzuras, acude la
obediencia con sus m éritos, acude la pa­
ciencia con sus ejemplos, y acude la forta­
leza con su energía y sus bríos. ¿Y qué le
dicen? Dícele la fe: A ním ate, que esa tribu­
lación es una corrección paternal y amoro­
sa que Dios te da, y te 1.a da precisam ente
porque te ama y se complace en tí cual pa­
dre en su hijo. Dícele hi esperanza: Con­
suélate, que esa tribulación pasará presto,
y por ella obtendrás después un peso eterno
de gloria. Dícele la caridad; ¡Dichoso tú, a
quien esa aflicción hace sem ejante a Je su ­
cristo, objeto de tus amores y suspiros,
conviniéndote padecer ahora con él para
ser después eternam ente glorificado con él!
Dícele la obediencia: ¿Rehusarías som eterte
a la voluntad de Dios en ese pequeño mal,
cuando su Hijo unigénito se sometió a ella
hasta beber el cáliz amargo de su pasión?
Dícele la paciencia: ¿Desmayas? levanta los
ojos al Calvario y aprende de un Dios que
desde el madero en que padece tu dice: Si
quieres ser discípulo mío, lleva esa cruz.
Dícele la fortaleza: ¿Y por qué aturdirte
por ese desastre que sufres? compáralo con
la'gloria venidera y verás que es nada. Así
van hablando sucesivam ente al ju sto afli­
gido sus mismas virtudes, así van v ertien­
do cada una el suavísim a bálsamo sobre la
llaga de su corazón; resultando de aquí que
él bebe, sí, del cáliz amargo que necesaria­
m ente ha de beber todo' hijo de Adán, pero
lo bebe sin casi percibir el am argor, por­
que sus virtudes, mismas se lo quitan en
£ran parte.
No así el hom bre vicioso, no así; puesto
en u n a tribulación, se hallacom o oveja sin
pastor en días de tem pestad, coma nave sin
piloto en tiempo de torm enta, como solda­
do sin jefe en m omentos de derrota. No
tiene quien le ofrezca un consuelo verda­
dero, no hay quien venga a darle un alivio
real y sólido. ¿Y quién había de dárselo?
¿Dios?... ¡Ah! que a Dios ni tan sólo se
atreve a invocarle; y si, tal vez abrum ado
con el peso de la desgracia, levanta in s­
tintivam en te hacia él Los ojos como pidién­
dole socorro, al punto vuelve a bajarlos,
sabiehdo que no tiene derecho a alivio
alguno. ¿Quién, pues, había de dárselo? ¿su
conciencia?... ¡ah! que su conciencia, po­
niéndole un rostro severo y amenazador,
no sólo no le dice una palabra de consuelo,
sino que, para m ayor desesperación suya,
le recuerda que la pena tem poral que sufre
no es más 9110 el proemio y como un ensa­
yo .de las penas atrocísim as .y eternas que
ha de padecer en el infierno. ¿Quién, pues,
había de dárselo? ¡la fe?... ¡ah! que la fe, si
se digna hablarla-, no es sino para hacerle
amargas reconvenciones, cargos terribles y
amanabas las más trem endas. Vedle, vedle
cuando se halla acom etido.de alguno de
esos males tan frecuentes en el curso de la
vida hum ana, sea un revés de fortuna, sea
una penosa enfermedad, sea la pérdida de
una persona muy querida: ¡qué tu rb u len ­
to! ¡qué furioso! ¡qué desesperado! ¡Cómo
blasfema de Dios!... ¡cómo maldice su es­
trella!... ¡cómo reniega estúpidam ente de
los hados y. el destino!... Es como la fiera
que ruge contra la flecha que lleva clavada,
es como el perro que m uerde con rabia fa
piedra que le ha herido, es como la víbora
que aguza el aguijón venenoso contra el
U
pie que la aplasta. No le habléis de Dios,
porque se os pone más furioso: no le nom ­
bréis la paciencia, porque s e o s irrita más:
no le recordéis la otra vida, porque le ex­
citáis a proferir m ayores blasfemias. Ciego
de rabia, nada comprende; lleno de furor,
nada escucha. ¡Ah! ese miserable tal vez
habrá dicho mil veces que es tonto quien
sifve a Dios, y que la virtud ninguna ven­
taja trae al hom bre. Que compare ahora su
perturbación horrible con la santa paz y la
serenidad envidiable que el hom bre v ir­
tuoso m uestra.en casos análogos, y verá la
inm ensa ventaja que la virtud lleva sobre
el vicio®.
Voy a referirle un caso, amado Teódulo,
que yo presencié en su casi totalidad, en el
cual verá usted verificado, casi al pie de Ja
letra, lo que dice el autorcitado. Hace unos,
veintiséis años me em barqué en un puerto
español con rumbo a Veracruz. E n tre seis
pasajeros que íbamos en el mismo cam arote,
había uno, como de unos cincuenta años,
hom bre de carrera, a juzgar por. el destino
que desem peñaba en la Isla de Cuba, el cual
padecía una de esas enfermedades que tan­
tas víctim as causa a la hum anidad. La pri­
mera noche que le vi, y al notar sus pade­
cim ientos, le ofrecí mis servicios, pero él,
además de no contestarm e palabra, me di­
rigió una mirada terrible, indicadora de
que aquel hombre era masón, o un rabioso
clerófobo. Como estaba enfermo corporal y
espiritualm ente, lo que arrojaba por aque­
lla boca no ea para referirse. La prim era
no.che nadie pudo dormir en aquel camaro­
te. El enfermo, porque le faltaba tiempo
para arrojar por aquella boca infernal las
más horrorosas blasfemias y tos, esputos
qué son propios de la enfermedad que le
aquejaba, los demás tampoco pudimos do r­
mir por razones que a usted y a cualquiera
se le pueden ocurrir, y además por el mo­
vim iento del barco, el mareo y el calor as­
fixiante que se sen tía, pues no obstante que
el camarote era de prim era, resultaba de­
masiado reducido para el núm ero de pasa­
jeros que le ocupábamos. Como mis com ­
pañeros de cam arote y de sufrim ientos
de aquella prim era noche, no querían ni
estaban obligados a sufrir tantas molestias,
pronto cambiaron de domicilio, siendo el
primero que abandonó el camarote un se­
ñor que iba de Cónsul de España a V era-
cruz, siguiéndole los demás y quedando
solos el enfermo y yo. Y no crea usted,
amigo mío, que con la salida de los otros
compañeros mejorase la situación, pues
salvo que había más am plitud y se sentía
menos el calor, en lo demás el mal iba en
aum ento, hasta el punto de que mi pacien­
cia, y eso que la tengo a toda prueba, ya se
iba agotando, pero al fln, desoyendo los
consejos de mis amigos de que abandonara
aquella m ansión, me resigné a perm anecer
en ella haciendo compañía al enfermo. En
todo el tiempo de aquella penosa navega­
ción, sólo una vez le oí pronunciar el dul­
císimo nombre de Jesús, y esto me hizo
concebir alguna esperanza de e n tra r en re­
laciones con aquel infeliz hom bre y poder­
le prestar fnis servicios, pero pronto esta
espetanza se desvaneció como se desvane­
cía la estela que iba dejando al barco en
que navegábamos. Gn la m adrugada del
día en que llegábamos a la Habana, siento
que mí compañero sale en ropas menores
del camarote hacia el interior del buque,
hecho una furia, y yo, temiendo que se h u ­
biese ido a arrojar al m ar o a buscar algún
arma para suicidarse y me comprometiese,
me apresuré a salir tam bién del camarote,
encam inándom e a cubierta donde ya esta­
ban muchos pasajeros contem plando el faro
del Morro. Mis temores no eran sin funda­
m ento, pues ese desgraciado enfermo se le­
vantó Ja tapa de ios sesos en un hotel de ia
Habana la primera noche después de haber
saltado u tierra, o sea antos de veinticuatro
horas de haber tenido yo esos temores. El
motivo de haber tomado esa fatal resolu­
ción, fué que el'm édico a quien consultó
en la Habana sobre su enfermedad le dijo
que cuanto antes m archara al punto de su
residencia, y al que le acompañaba m ani­
festó el referido médico que apenas tendría
de vida cuarenta y ocho horas. Quien nOa
refirió todo esto fué aquel caballero que iba
de Cónsul a Veracruz, de quien antes se
hizo m ención, y que po.r hallarse en el
mismo aposento del hotel en que se suicidó
el desgraciado enfermo, se vió seriam ente
comprometido y estuvo a punto de perder
el vapor para continuar b u viaje a Veracruz.
A este caso, y a otros parecidos que
por desgracia se repiten con frecuencia,
no es necesario que yo le añada ningún
com entario,,pues a cualquiera le será fácil
hacerlo. Y concluyo esta ya larga c a i­
ta diciendo que Dios nuestro Señor tiene
reservado a tas almas virtuosas un premio
eterno en la otra vida, pero que m ientras
viven en ésta, no deja de darles pruebas de
su benevolencia, com unicándoles bienes y
satisfacciones que jam ás conseguirán los
hombres impíos y viciosos. Así lo dice el
mismo Jesucristo por estas palabras que
jam ás dejarán de ten er fiel cum plim iento:
«En verdad os digo, que quien me sirva
fielmente, de presente recibirá el ciento
por uno, y después por premio total y com­
pleto poseerá la vida eterna. Centuplum
accipiet, et vitam aeternam possidebit».
Matth. XIX, 29.
De usted affmo. s. s. y Cap.
Sobre la verdadera felicid a d .

• Mi amado Teódulo: Vimos en la carta pre­


cedente que los cristianos virtuosos no es­
tán libres de trabajos y penalidades en este
m undo, pero que su virtud fes quita en
parte el amargor que encierran,-haciéndo­
selos más llevaderos y m enos penosos con
lo cual bastante se dá a en tender que no
son del todo felices en esta vida m ortal,
pero que lo serán en la otra, donde tiene
reservado su premio principa) y absoluto la
virtud.
La Verdadera felicidad consiste en que
nuestro corazón esté com pletam ente satis­
fecho, gozando de todos los bienes sin
mezcla ninguna de males, y sin tem or de
que esta dicha se acabe. Todos deseamos
ser felices y todos vam os en busca de la
felicidad, pero nuestro error consiste en
querer encontrarla en la tierra, cuando sólo
se encuentra en el cielo, que es el fin a que
Dios nos ha destinado. «Si nuestro destino
fuera la tierra, dice el P. Calpena, (Predi­
cación parroquial) seríamos felices aquí,
como lo son todas las criaturas que en la
tierra tienen su ñn. El ave nos m uestra su
bienestar saltando de ram a en rama, me­
ciéndose en el follaje de la arboleda, llenan­
do loa espacios con los trinos de su canto.
El p.ez juega con las aguas del mar, subien­
do veloz a la superficie y precipitándose al
fondo para esconderse en sus bosques de
coral. Y es que el pez no necesita para ser
feliz más que agua, y Dios le ha dado la
inm ensidad del Océano; el ave no nece­
sita más que espacio y tiene abierto a sus
alas el océano azul del firm am ento. Nos-
otros, hijos míos, necesitam os otros espa­
cios para volar. Es m uy estrecho este
horizonte para u n alma que surca con su
pensam iento la región de los aires, y atra­
viesa rozando y despreciando los m undos,
las estrellas y los soles, en busca de Aquel
que ha fabricado los soles, las estrellas y
los m undos. Por eso vivim os entristecidos
en esta cárcel sombría. Sólo el hombre
vive aquí en perpétua tristeza, porque
sólo el hom bre tiene lejos de la tierra su
destino, su bienestar, su dicha, su fin.
Dios es nuestro fin» conocerle y gozarle
n uestra felicidad».
Vea usted aquí explicado, amigo mío,
, por qué aunque todos los hom bres desean
la felicidad y la buscan, ninguno podrá de­
cir con verdad, m ientras viva sobre la tie­
rra, que es com pletam ente feliz; podrá ser
relativam ente feliz el hom bre en este des­
tierro y su felicidad será tanto m ayor,
cuanto- más grande sea la conformidad de
su voluntad con la voluntad de Dios, pero
_ su corazón no quedará enteram ente satis­
fecho hasta que no descanse en Dios en el
cielo.
Suelen decir los que están enfermos: si
tuviéram os salud, seríamos felices; y los
pobres: si nosotros fuésemos ricos, nada
nos faltaría para serlo; y sin embargo lo
mismo los que disfrutan de buena salud,
que los que disponen de grandes riquezas,
todavía desean ser felices; y si tienen ese
deseo, e s porque d o son fetices, pues nadie
desea lo que ya posee. Y aunque hubiese
algún hom bre que disfrutase de todos los
bienes de la tierra ju n to s, como salud, r i ­
quezas, buen nom bre, estim ación, etc., ni
en ese caso sería com pletam ente feliz, ln
faltaría algo para serlo, y ese algo que le
faltaría, sería la duración. Siempre estaría
tem iendo ese hom bre que llegara el último
día de su vida; y el pensam iento de que
puede m orir cuando menos lo piense, y con
Ja m uerie term inar todas las alegrías y sa­
tisfacciones que ahora disfruta, basta para
am argar su felicidad. Y esta duración es
tan esencial a la verdadera felicidad, que
sin ella ni los bienaventurados serían com­
pletam ente felices en el cielo.
Trabajem os, pues, amado Teódulo, por
conseguir nuestra verdadera y eterna feli­
cidad. Luchem os valerosam ente contra los
tres enemigos, mundo, demonio y carne
que se nqp interponen para que no lo
consigam os, a im itación de los Santos,
quienes, luchando .y venciendo a esos
terribles enemigos de nuestra alma es como
consiguieron entrar en posesión del Sumo
y E terno Bien que es precisam ente en lo
que consiste la eterna felicidad.
Me repito de usted affmo. amigo y Cap.
Santidad.

Amado Teódulo: Si la práctica de la vir­


tud, al decir do algunos comodones cristia­
nos, obliga a los que la siguen a una vida
triste y llena de privaciones, la santidad,
según los mismos, y según otros ignoran-
.tes en materia de religión, es imposible de
conseguirse para la mayor parte lie los
cristianos. La primera objeción quedó ya
contestada en la caria XXIII. En esta voy
a contestar a la que presentan sobre la san­
tidad en estos o parecidos térm inos: Cuan­
do leemos las vidas de los Santos, 'díeen,
lio puede uno m eaos de asom brarse al ver
las cosas extraordinarias y adm irables que
han obrado, como por ejemplo retirarse a
los desiertos, vender sus bienes y repartir
el precio entre los pobres, hacer rigurosas
penitencias, rezar m ucho, obrar portentos,
y milagros, etc. ¿Quién no ve que todo esto
es imposible para la generalidad de los
cristianos? Sin duda que hasta usted, am i­
go mío, creerá que no es posible encontrar
contestación satisfactoria a esas objeciones
tan m agistralm ente expuestas. Pues yo le
digo a usted que la contestación es muy
sencilla: ¿por qué? Porque esas objeciones
o dificultades que aparentem ente no admi­
ten refutación, no son tales objeciones,
sino grandes errores. La santidad no con­
siste ni en retira rse a los desiertos, ni en
repartir sus bienes a los pot^es, ni en rezar
m ucho, ni en hacer m ilagros, n i,en hacer
grandes penitencias. Es verdad que estas
cosas suelen andar ju n ta s con la santidad
y ayudan en gran m anera para adquirirla,
conservarla y aum entarla, pero no consis­
te en ninguna de ellas. La santidad consiste
esencialm ente en desem peñar fielmente los
deberes que tenem os para con Dios, para
con nosotros mismos y para con el próji­
mo. Sí, amado Teódulo, en esto consiste la
santidad esencial que todos hemos de tener
para en trar en el cielo, y sin la cual nadie
será admitido en aquel reino bienaventu­
rado. Así se lo dijo Jesucristo a aquel joven
del Evangelio, quien, preguntándole qué
debería hacer para salvarse, te contestó:
«Si quieres e n tra r en la vida eterna, g u a r­
da los m andam ientos». Mas como el joven
le contestase que ya los venía guardando
desde su niñez, Jesucristo le replicó: «Si
quieres ser perfecto, vende Ios-bienes que
tienes, dá su precio a los pobres y sígue­
me*. Por estas palabras de nuestro divino
Salvador a aquel joven, venim os en cono­
cim iento de las dos clases de santidad que
hay: la santidad esencial que se obtiene
guardando los m andam ientos, y la sa n ti­
dad heroica que se obtiene, no sólo con la
guarda de los m andam ientos, sino siguien­
do además los consejos evangélicos. Los
consejos evangélicos no son obligatorios,
sino voluntarios, pero son de m ayor per­
fección y sirven para m ejor asegurar la sal­
vación del alma y alcanzar mayor grado de
gloria; m ientras que el cum plim iento de los
m andam ientos es obligatorio y la santidad
esencial que se obtiene por ese cum pli­
miento es de absoluta necesidad-para sal­
varse. Por consiguiente, a los que 110 se
sientan con vocación ni con fuerzas para
practicar los consejos del Evangelio, o sea
para seguir el camino de La perfección y ob­
ten er de ese modo la santidad heroica, no
les queda más recurso, si se quieren salvar,
que seguir e l camino más llano y fácil,
cual es el de la guarda de los m andam ien­
tos, por cuyo medio se obtiene, como antes
se dijo, la santidad esencial.
No consiste, pues, la santidad en hacer
cosas extraordinarias y m aravillosas, por­
que si así fuese, m uy pocos podrían llegar
a ser santos, puesto que la ocasión de hacer
esas cosas se ofrece pocas veces y la sa n ti­
dad 1 debe consistir en cosas que puedan ha*
cer todos los hom bres, cualquiera que sea
la edad, el estado y condición en que se
hallen; porque de no ser así, Dios no nos
llamaría a todos a la santidad, diciendo:
«Sed santos como yo lo soy», ni San Pablo
nos diría que la voluntad de Dios es que
todos seamos santos.
Por lo dicho queda desvanecida la difi­
cultad de algunos cristianos que creen erró­
neam ente que para ser santos es necesario
hacer cosas singulares y extraordinarias.
No se nos exige tanto. Para entrar en el
cielo y ser verdaderos santos, no se nos
exige más que observ-ar los m andam ientos
de 0io$ y de la Iglesia y cum plir cada uno
con los deberes propios de sü estado.
Millares y m illares de hom bres y m uje­
res no hicieron más que esto, y son verda­
deros santos; y si nosotros hacemos lo que
ellos hicieron, algún día tendrem os la gran
dicha de pertenecer al núm ero de los san ­
tos. Es verdad que veneram os en los alta­
res a muchos santos que asom braron al
m undo con sus virtudes y hechos porten­
tosos, y que la Santa Iglesia nos los propo­
ne como modelos para que los im item os en
cuanto sea compatible con nuestras fuerzas
y con las ocupaciones de nuestro estado;
pero Dios y la Iglesia aunque nos exhortan
a que nos acerquem os cuanto nos sea posi­
ble, con el auxilio de la gracia divina, a la
vida de perfección que esos santos practi-
carón, sólo nos exigen la práctica de los
medios que antes hemos mencionado, y que
son-indispensables para alcanzar con ellos
la santidad esencial que nos haga dignos
de ocupar un lugar en el cielo, aunque por
ella no merezcamos ocupar un lugar en los
altares, por ser ese un privilegio reserva­
do á la santidad heroica. Y si me pregunta
usted el por qué de esa diferencia entre
esas dos clases de santidad, le diré que
Dios, a quien nada se le. oculta, porque todo
está patente a sus divinos ojos, sólo pide
santidad esencial, o lo que es lo mismo,
661o pide que poseamos la gracia sa n ti­
ficante y que con ella m uram os para con­
cedernos un lugar en la gloria; m ientras
que la Iglesia requiere la santidad heroica,
que consiste en la excelencia de las v irtu ­
des, para colocar en los altares, porque esa
es la señal que Dios le ha dado para saber
quiénes son los santos cuyas im ágenes ha
de colocar en los templos.
¿Quedarán satisfechos de mi contestación
esos cristianos asustadizos por las dificul­
tades que ellos encuentran en la santidad?
Dígales usted, amigo mío, que para ser san­
tos no es necesario que se retiren al desier­
to, sino que pueden santificarse, viviendo
en el m undo, con tal que no participen de
b u s desórdenes, de sus ilícitos placeres, ni
sigan sus corrompidas máximas; que no es
necesario que repartan todos sus bienes a
los pobres, sino que les dén limosna según
)o perm itan sus facultades, y no defrauden
& nadie; que no se. requiere que hagan du­
ras penitencias y hagan largas oraciones,
sino que no estando legítim am ente excusa­
dos, observen con puntualidad la ley del
ayuno y abstinencia, y con muchtt más ra­
zón en nuestros días, en que dicha ley, por
benignidad de la Iglesia, ha quedado redu­
cida a la más mínima expresión, que ofrez­
can a Dios en satisfacción de sus pecados
lo# trabajos y contrariedades de la vida, y
con esto harán verdadera penitencia: que
si no pueden prolongar mucho sus oracio­
nes, que tampoco es necesario, que recen
poco, pero con fervor y devoción. En una
palabra, que para ser santos, no necesita­
mos más que evitar el pecado y practicar
la virtud; pues el que vive de esa m anera
posee la gracia santificante que, según el
Catecismo, es un ser divino que hace al
hom bre hijo de Dios y heredero del cielo;
y el que m uere en este dichoso estado, es
un verdadero santo.
Quedo de usted afectísimo, Cap.
Medion de santificación.

Querido Teódulo: Según me dice usted,


quedaron convencidos sus amigos con la
contestación que df en mi anterior carta
acerca de la falsa opinión que tenían de la
santidad; mas ahora dicen que aun la san*
tidad, tal como queda explicada, ofrece no
pocas dificultades en la práctica, debido a
nuestra fragilidad e inclinación al mal, a
los peligros que por todas partes nos ro­
dean, y a los malos ejem plos que vemos
en estos tiempos de corrupción e inm ora­
lidad que atravesam os; y por últim o dicen
que los santos se hallaban en otras condi­
ciones más favorables que las nuestras y
contaban con más medios de santificación
que nosotros. Bien se, amigo mío, que
estas excusas y obras parecidas suelen
alegarse para no vivir santam ente. Pero h a­
gamos ver a los que así discurren cuán
equivocados a n d a n .
Y haciéndome cargo de la prim era ex­
cusa que alegan para no ser santos, que es
la de los peligros que por todas partes nos
rodean en estos tiempos perversos en que
nos ha tocado vivir, digo que estos peli­
gros y esta perversión, desgraciadam ente
son m uy ciertos, y poi* lo mismo más bien
que desanim arnos an te ellos, debemos re ­
doblar n u estra vigilancia y emplear todos
los medios que estéu a nuestro alcance
para superarlos. En prim er lugar debemos
vigilar. Así nos lo enseña Jesucristo. Si
el padre de familia supiese la hora en que
han de venir los ladrones, no se dorm iría,
sino que vetaría, a fin de evitar el despojo
de su casa. La casa que nosotros hemos
de guardar es nuestra alm a, y los ladrones
son los demonios, el m undo y nuestras
paeiones. Y así como estos ladrones están
siem pre al quicio de nuestra puerta, asi
es m enester siem pre velar para que jam ás
nos puedan sorprender.
E n segundo lugar debemos h uir las
ocasiones próximas y voluntarias de pe­
car. Llámase ocasión próxima -aquella en
que puesto ei hom bre o la m ajer casi siem ­
pre peca y ésta siendo voluntaria; hay
obligación de evitarla; ocasión rem ota es
aquella en la que puesto el hom bre o la
m ujer casi nunca peca; ésta no tenem os
obligación de evitarla. Para que mejor so
entienda esta doctrina voy a poner algu­
nos ejemplos. Un jugador acostum bra &
blasfemar siempre que juega; pues para
éste es ocasión próxima de blasfemar el
juego y está obligado a evitarlo, bajo pe­
cado grave; el trato con tal o cual persona
excita en nosotros matos pensam ientos, o
deseos torpes; pues tenem os obligación de
evitar el trato con esa persona, a no ser
que tengam os m otivos justiñcados para
tratar con ella, pues en ese caso, debemos
portarnos con prudencia y recato para no
caer en ei pecado, porque si evitamos los
peligros del cuerpo, ¿cuánto más debemos
evitar los del alma?
No, no vale ja excusa de que los tiempos
son corrompidos para v iv ir en ellos san­
tam ente, porque si son corrompidos, nues­
tra es la culpa, que no los moralizamos con
nuestras virtudes, pues como decía San
Jerónim o, nuestras virtudes o vicios hacen
felices o degradados los siglos. «Mas a
pesar de todo esto, dice el P. Mazo (serm o­
nes) y por más que nos rodee por todas
partes la corrupción y libertinaje del siglo,
nada podrá, excusarnos de ser ju sto s y
virtuosos. ¿Sabéis por qué? Porque el hom ­
bre jam ás, jam ás puede ser forzado en su
querer. El m undo entero con todos sus
ejércitos no bastará para obligarle a sepa­
rarse de la virtud. Podrán quitarle los
bienes, los honores, la libertad, la salud y
hasta la vida, pero él, sin embargo m urirá,
diciendo: , «No, no quiero abandonar la
virtud. no quiero entregarm e al vicio, no
quiero pecar, no, no quiero». Desengañé­
monos, cristianos, no hay fuerzas contra
el querer, ni excusas para no obrar bien,
por más corrom pido que sea el siglo en
que vivamos».
Contra estas excusas están clam ando
los santos de todos los tiem pos'y de todos
tos siglos, pues ellos a pesar de que vivie­
ron tam bién' rodeados, como nosotros, de
peligros y de perversos-ejemplos, supieron^
luchar, supieron vencer, supieron hacerse
santos, precisam ente combatiendo denoda­
dam ente con los enemigos de su salvación
hasta lograr vencerlos y ponerlos bajo sus
pies. ¿Y por qu^ nosotros no hemos de
poder hacer otro tanto? ¿Qué nos falta?
¡Ah?, contestan esos cristianos cobardes,
qae encuentran dificultades para hacer el
bien y todo lo encuentran llano para el
mal, Es que los santos se hallaban en con-
diciones más favorables y contaban con
más-medios de santificación que nosotros.
Pero eso así dicho no es verdad. Pues los
santos, si se exceptúa a la Reina de todos
ellos, que fué concebida sin pecado, y San
Juan B autista, (jue filé santificado antes
de nacer, todos los demás, al igual que
nosotros, vinieron al m undo m anchados
con el pecado original, y por consiguiente
inclinados el mal, tentados por la concu­
piscencia y demás pasiones, triste herencia
de los descendientes de Adán y si lo­
graron hacerse santos, no fué sino a costa
'de sacrificios y combates; así que las vidas
de los santos no son otra cosa que la h is­
toria de sus tentaciones, de sus batallas y
de sus triunfos. Tampoco es verdad que
los santos tuviesen más medios de san ti­
ficación que nosotros, si bien el Señor con*
cedía a algunos gracias extraordinarias con
las cuales recorrían el camino de la virtud
con más facilidad, esto era como recom­
pensa a la gran fidelidad que le habían
dem ostrado en circunstancias y lances de
verdadera prueba. Pero de ordinrio los
santos no recibieron ni más auxilios ni
más gracias que nosotros para superar las
dificultades que se les presentaban en el
camino del cielo, sino que respondieron
m ejor que nosotros al llam am iento de la
gracia que los invitaba al bien y los apar­
taba del mal.
No, -amado Teódnlo, los santos no tu ­
vieron más medios de santificación que
nosotros, sino mejor correspondencia.
Gomo ellos tenem os a n uestra disposición
la misma fe, el mismo Sacrificio, los m is­
mos Sacram entos. De estas fuentes de
gracia y de vida tomaban esas fuerzas
sobrenaturales para vencer laa tentaciones
y hacer inútiles los ataques del m undo y
del inñerno. Ellos huían cuidadosam ente
las ocasiones voluntarias en que podía
peligrar su virtud, pvitaban las malas com­
pañías y las lecturas perversas, que a ta n ­
tos cristianos pierden, y si alguna vez por
deber tenían que andar en tre peligros,
acudían a Dios por medio de la oración,
suplicándole hum ildem ente qoe los t u ­
viese de su mano y no permitiese que
cayeran en el pecado. Y si alguna vez
tenían la desgraciada caer en alguno, al
punto lo borraban con lágrimas de verda­
dera contrición.
Así íué como se portaron los santos,
durante su petmamaneDciB en este valle
de miserias, y así fuá como lograron ha­
cerse santos. Pero nosotros, Lejos de imi­
tarlos, seguim os el camino opuesto. Como
si no fuésemos hijos de Adán, com oei no
perm aneciesen en nosotros las consecuen-
cías del pecado original, desafiamos loca­
m ente los peligros, nos metemos de rondón
y voluntariam ente en las ocasiones, sin
ten er presentes aquellas palabras de las
Santas Escrituras: «El que ama el peligro
en él perecerá». No, por ese caminó no
llegaremos a ser santos, y si no llegamos a
ese dichoso fin, no es por falta de medios,
sino porqe despreciamos los medios de que
se valieron los santos, para llegar a serlo.
La ocasión hace al ladrón, y casi siempre
al pecador y al réprobo. ¡Cuántos arden
en el infierno que brillarían en el cielo,
sin las funestas ocasiones del pecad oI ¡Ob,
amigo mío, evitemos las apasiones peli­
grosas, valgámonos de los medios de san ­
tificación que Jesucristo nos dejó en su
santa Iglesia, y pidamos a Dios los auxilios
de la divina gracia. Así y sólo así vence­
remos a lo.< enemigos de nuestra alma y
llegaremos a ser santos.
Do usted afmo. Cap.
N ecesidad de lá gracia.

Querido Teódulo: Term inaba mi último


carta diciendo que para llegar a ser santos
era. necesario Yencer a los enemigos de
nuestra alma. Mas este triunfo sobre núes*
tros enemigos no le podemos obt&ner con
nuestras propiasíuerzas; nos esindispensa-
ble el auxilio de la divina gracia. «La gracia
es un don sobrenatural, es decir, un don que
no se refiere a la vida presente, sino a la
vida futura, que Dios nos concede sin m éri­
to alguno de nuestro parte, sólo por pura
liberalidad y por los méritos def Jesucristo.
Dectmos que Dios es quien la concede.
Dios y solo Dios es el autor de la gracia.
La Virgen Santísim a, los Angeles, los
Santos, son intercesores que piden al Se­
ñor nos la conceda; los Sacerdotes son los
m inistros de Dios que nos la com unican,
pero únicam ente Dios es su A utor y su
Consumador; estos dones desciendan del
cielo, nos santifican y nos llevan al cielo».
{Salvador Riol. Lecciones del Catecismo).
La gracia tiene e n tre los teólogos varias
denominaciones» pero aquí sólo tendrem os
en cuenta las dos principales, que son la
gracia actual y la gracia habitual o santi­
ficante. La gracia actual es una l|iz y un
santo m ovim iento que el Señor nos con­
cede para inclinarnos a evitar el mal y
obrar el bien; o como dice el Catecismo
son ciertos socorros que Dios nos da para
evitar el mal y obrar el bien, como los
serm ones, los buenos ejemplos, las m uer­
tes repentinas, ciertas.luces con que Dios
ilustra - nuestros entendim ientos, y unos
santos deseos con que excita nuestras vo­
luntades para el bien. Y esta gracia nos es
tan necesaria que sin ella no podemos dar
un paso en el camino del ci.elo, sin su auxi­
lio, sin su socorro no podemos hacer cosa
alguna, ni grande ni pequeña que merezca
recom pensa en el reino de los cielos. El
hom bre con sus fuerzas sólo puede hacer
obras buenas naturales, pero con ellas no
puede m erecer el cielo, porque el cielo es
008». sobrenatural y sólo con obras buenas
'sobrenaturales,'esto es, con obras hechas
en estado de gracia y con el auxilio de la
gracia se puede alcanzar. Esto es lo que
nos enseña Jesucristo, por estas palabras:
aSin m í nada podéis hacer». Esto es, sin
mi auxilio, sin mi gracia, ninguna cosa,
por insignificante qu esea, podéis hacer en
orden a vuestra salvación; no digo ya creer
rectam ente y observar m is m andam ientos,
pero ni siquiera vencer la más leve ten ta­
ción; nada, absolutam ente nada podéis
hacer sin mi auxilia, que sea m eritorio
para la vida eterna. Y el Apóstol San Pablo
dice: «Nadie puede decir: Señor, Jesús,
sino en el E spíritu santo».
O lo que es lo mismo, nadie puede pro­
nu n ciar el dulcísim o nom bre de Jesús, de
m anera que haga una obra buena para su
salvación, si el E spíritu Santo no le ayuda
con su gracia.
Pues si para u n a obra de salud tan fácil
y sencilla'necesitam os de la gracia d» Dios,
también tendrem os necesidad de ella para
las que son grandes y difíciles. Sí, amado
Teódulo, tan necesario nos es el auxilio de
la divina gracia, que sin ese auxilio, no
podemos, como dice el Catecismo, princi­
piar, n i continuar, ni concluir cosa condú-
oente para la vida eterna.
Mas pudiera ocurrírsele a usted esta difi­
cultad: Si la g r a c ia de Dios nos es tan
necesaria que sin ella no podemos vencer
ni la m&s leve tentación, ¿qué sería de
nosotros si alguna vea nos llegase a faltar?
Pues en esa suposición no podríamos obser­
var los m andam ientos, ni hacer obras bue­
n a s sobrenaturales, ni conseguir el cielo.
Pero no, la gracia no nos falta, Dios conce­
de a todos los hom bres sin excepción las
gracias suficientes para guardar los m anda­
m ientos y salvarse. Y la razón es porque
Dios, como dice el Apóstol, quiere que
todos los hom bres sean dichosos y alcan­
cen el conocim iento de la verdad. Dios
quiere que todos los hom bres se salven y
por esto su Divino Hijo m urió por todos
sin exceptuar a uno solo. Ahora bien; si
Dios Nuestro Señor quiere que todos los
hom bres se salven, quiere tam bién conce­
derles, y de hecho les concede los medios
necesarios para conseguir su salvación, y
estoa medios son las gracias suficientes que
necesitan para guardar los m andam ientos
y hacer todo aquello que es necesario para
alcanzar el cielo.
Pero si la graciado Dios nunca nos falta,
¿.cómo se explica, me preguntará usted, que
muchos hom bres caigan en el pecado y se
condenen? Pues esto se explica fácilm ente
teniendo en cuenta que la salvación de las
almas es obra de Dios y de los hom bres.
Dios hace la mayor parte de esta obra
m ediante su gracia, con la cual nos pre­
viene, nos inspira el buen pensam iento,
alienta nuestra voluntad, y nos dá fortale­
za para hacer el bien. Pero Dios esta obra
no la hace por completo, es preciso que
nosotros cooperemos a ella. Debemos no
resistir a la gracia, sino antes cooperar fiel­
m ente a ella; porque sin nuestra coopera­
ción no podría ser hecha la obra para cuya
ejecución se nos concedió la gracia, y no
mereceríamos el cielo sin ella.
Ya antes se dijo que la voluntad de Dios
es que todos los hom bres se salven, pero
esta voluntad se ha de en ten d er bajo la
condición de que los hom bres quieran sin ­
ceram ente hacerse salvos» cooperando por
su propio y libre impulso a las gracias que
para ese Ún les concede. Si esto no hacen,
Dios quiere que pierdan su felicidad eter­
na y sean eternam ente castigados.
Aunque Dios, como arriba hemos dicho
y es doctrina de la Iglesia, conceda la gra­
cia suficiente a todos los hom bres para que
puedan guardar los m andam ientos y sal­
varse, no a todos dá la misma gracia; a los
cristianos dá más que a los demás hombres;
y aun e n tre los cristianos, unos reciben
más que otros; por qué Dios lo haga así, es
un m isterio im penetrable para nosotros;
pero sabemos que hace misericordia a unos
y justicia a otros. En general Dios dá tanto
m ayores gracias cuanto mejor aprovecha­
dos han sido las anteriorm ente recibidas.
Por consiguiente debemos poner sumo
cuidado en no despreciar el llamamiento
que Dios d o s hace por medio de Las inspi­
raciones interiores y por medio de causas
exteriores, como son los serm ones, buenos
consejos, lecturas piadosas u otros aconte­
cim ientos tristes o alegres con que nos
excita a evitar el pecado 7 a practicar la
v irtud. Porque si en vez de cooperar fiel­
m ente a esos divinos auxilios, les hacemos
resistencia, nos exponemos a que Dios, ju s­
tam ente enojado por n uestra conducta, se
niegne, no a darnos la gracia suficiente,
pues ésta, como antes se ha dicho, a nadie
la niega, sino a concedernos gracias super­
abundantes con las que más fácilm ente
pudiéram os guardar los m andam ientos,
vencer las tentaciones y e n tra r en el cielo.
Mande lo que guste a su afmo. s. s. y Cap.
G racia santificante.

Querido Teódulo: Quedó usted conven­


cido por mi anterior dé que sin la gracia
actual no es imposible em pezar, continuar
ni concluir nin g u n a obra buena en orden
a la salvación de nuestra alma. En la pre­
sente carta nos vamos a ocupar de la gracia
santificante, que tam bién se llama habitual.
El Catecismo del P. A stete, como usted lo
sabe m uy bien, la deñne asf: «Es un ser
divino que hace al hom bre hijo de Dios y
heredero del cielo». O lo que es lo mismo,
según la definen otros teólogos: «Es un don
■sobrenatural no merecido que el Espíritu
Santo com unica a nuestras almas, por lo
cual de pecadores somos hechos justos,
hijos de Dios y herederos del cielo». La
gracia santificante, se dice que es un don,
porque nos lo conceda gratuita me n te; se
añade no merecido, porque la gracia sa n ti­
ficante no la hemos merecido ni la pode­
mos m erecer, sino que Dios nos la dá en
consideración a los méritos de Jesucristo.
El hom bre que está en pecado mortal, no
puede m erecer la gracia santificante; por­
que esta gracia es un don sobrenatural de
un valor in finito;'por consiguiente es im ­
posible m erecerla por otro medio, sino con
obras sobrenaturales de un valor infinito.
Ahora bien; el hombre que no está en gra­
cia, no puede hacer tales obras, porque no
vive vida sobrenatural, pues está m uerto
para Dios y para el cielo; no puede m erecer
por tanto cosa alguna en la presencia de
Dios ni para el cielo. Por consiguiente el
que está privado de la gracia santificante,
aunque con el auxilio de la gracia actual
haga algunas obras buenas, como ayunar,
hacer oración, arrepentirse de sus peca­
dos, etc., es cierto que con talesobras puede
prepararse a recibirla,, pero nunca llegará
a m erecerla, ni Dios se la concederá en
consideración a esas obras. Se llama santi­
ficante, porque nos hace pasar del infeliz
estado de pecado al felicísimo de gracia y
santidad; y finalm ente se la llama habitual,
porque después de haberla recibido, perm a­
nece en nosotros por todo el tiempo en
que no caigamos en culpa m ortal; a dife­
rencia de la gracia actual que sólo se nos
dá por el m om ento de ejecutar alguna
buena obra, pasando con ella después de
ejecutada.
Por la breve explicación que acabo de
hacer, ya podrá com prender, amigo mío,
do cuán inapreciable valor es la gracia
santificante; pues por ella el hombre peca­
dor queda hecho ju sto y santo, de enemigo
de Dios pasa a ser hijo adoptivo suyo, de
esclavo del demonio y merecedor del in ­
flam o se convierte en herm ano de Jesu­
cristo con derecho a la herencia celestial,
que nadie se la podrá ya quitar sino es que
él mismo se prive voluntariam ente de tanta
dicha, cometiendo el pecado mortal ¡Con
cuanto cuidado debemos andar para no po­
nernos en peligro de perder la gracia
santificante, tesoro de infinito valor con el
que únicam ente podemos com prar el reino
de los cielos! Y si hemos tenido la inm ensa
desdicha de perderla ¡con cuánta diligen­
cia hemos de procurar recuperarla ha­
ciendo una buena confesión y resolvién­
donos a conservarla hasta el últim o suspiro
de nuestra vidal
Explicado ya qué cosa sea la gracia sa n ti­
ficante, veamos ahora los efectos que pro­
duce en el alma del que la posee. Jesucristo
nuestro Señor ha dicho: «Todo árbol bueno
produce buenos frutos».
EL hom bre que está en gracia de Dios,
o lo que es igual, que posee la gracia sa n ti­
ficante, se puede com parar al árbol bueno,
y como el árbol bueno produce buenos y
sazonados frutos, así el hom bre bueno y
ju sto produce con sus buenas obras frutos
de vida e te rn a . Al decir buenas obras no
sólo por ellas se han de en te n d e r los
actos exteriores sujetos a los sentidos, sino
tam bién los interiores, pensam ientos, de­
seos, etc. Mas para que nuestras obras sean
m eritorias para la vida eterna, deben tener
eetas condiciones: que se hagan en astado
de gracia; que sean m oralm ente buenas, y
que sean sobrenaturales.
Que se bagan en estado de gracia; por­
que el que carece de ella no vive la vida
sobrenatural, no está unido a Dios con el
vínculo de la caridad, está m uerto espiri­
tualm ente y por consiguiente no puede
producir obras m eritorias para el cielo,
como un cadáver es Incapaz de hacer nin­
guna clase de obras. Y por esto dijo Je su ­
cristo: «Como el sarm iento no puede llevar
fruto de sí mismo si no perm aneciere
en la vid, asf tampoco vosotros si no per­
manecéis en mí». Esto es, si d o perma-
neciéseis unidos a mí por. medio de la
gracia, no podréis llevar frutos de vida
eterna, o lo qne es lo mismo, no podréis
hacer obras m eritorias para el cielo, como
el ramo separado del árbol, no puede pro­
ducir fruto. Que las obras sean moral­
m ente buenas; pues las malas ofenden a
Dios, y por consiguiente no merecen pre­
mio, sino castigo. Y finalm ente, se requiere
que las obras buenas sean sobrenaturales,
y tendrán esta propiedad si las hacemos
por am or de Dios, en nombre de Dios y
con su auxilo.
Pero además de ser m eritorias para la
vida eterna las obras buenas .hechas en
estado de gracia, merecemos por ellas un
aum ento de la gracia santificante; es decir,
que a medida que se aum enta en nosotros
la gracia santificante, somos más santos y
más agradables a Dios; podemos hacer
obras más m eritorias que antes, somos
hijos más amados de Dios y podemos
obtener como recom pensa más grados de
gloria en el cielo. Esto en cuanto a las
buenas obras hechas en gracia de Dios.
Ahora vamos a exam inar las obras que
hacen los qun tienen la desgracia de estar
en pecado m ortal. ¿Puedeu éstos hacer
buenas obras? Sí, pero sin que puedan
m erecer por ellas el reino de los «ielos. Ya
se dijo antes que para m erecer el cielo con
buenas obras es indispensable que el que
las hace esté unido a Jesucristo con la
gracia, pero el pecador, por hallarse sepa­
rado de Jesucristo por el pecado m ortal,
no puede producir frntos de vida eterna,
como el sarm iento arrancado de l& vid no
puede producir fruto alguno. El hombre
que está privado de la gracia santificante
y sin el auxilio de la gracia actual, puede
hacer algunas obras buenas m eram ente
naturales; tam bién en ese mismo estado y
ayudado de la gracia puede hacer obras
saludables que le dispongan a salir del
estado de pecado, como orar, dar limosna,
ay u n ar, etc., pero por esas obras; aunque
buenas en sí, no contrae m éritos para en­
tra r en el cielo, por los motivos antes
aducidos. De donde se sigue que el pecador
nunca debe dejar de hacer buenas obras,
pues, aunque no sean premiadas en el
cielo, puede obtener de Dios, por medio de
ellas, la gracia de la conversión y el perdón
de castigos temporales, como lo obtuvieron
los habitan tees de Nínive.
L a gracia santificante es, según expre­
sión de nuestro divino Salvador aquella
perla preciosísima que, habiéndola encon­
trado el negociante, se íué, vendió cuanto
tenía y la compró. Pero la desgracia es,
amigo mío, que tan preciosa y bella como
es la gracia, m uchos no conocen eu mé­
rito, de donde resulta el poco o ningún
aprecio que hacen de ella. ¿Quién podrá
calcular los m éritos que m uchos cristianos
dejan de adquirir con las buenas obras que
hacen por no hacerlas en estado de gracia?
¡Cuántos cristianos de nuestras aldeas, lo
mismo hom bres que m ujeres, trabajan todo
el día en sus faenas agrícolas y domésticas,
comiendo mal, durm iendo en camas duras
y llevando una vida de tan rigurosa peni­
tencia que supera a la de los Trapenses y
Cartujos! Pero ¡ay! que por no estar ador­
nados con la gracia santificante pierden el
m érito de esos trabajos y sufrim ientos, y
al llegar al fin de su vida tendrán que
repetir con el Apóstol San Pedro: «Señor,
toda la noche hemos estado trabajando y
nada hemos ganado. No hemos hecho otra
cosa que perder el tiempo». Todo esto es
sum am ente lam entable, o sea que tan tas
obras buenas queden sin recom pensa en
el cielo, por no haberse hecho en es­
tado de gracia; pero lo más lam entable, lo
que do ten d ría remedio por toda la e te r­
n i d a d , sería que la m u e rte nos sorprend iera
estando privados de la gracia san tiñ ca n te ,
peligro al q u e se hallan expuestos en todos
los m om entos de su vida todoaquellos que
v iv en en pecado-mortal.
Para que nosotros, querido Teódnlo, no
nos veamos amenazados desem ejante peli­
gro, llagamos el debido aprecio de la g ra­
cia santificante, trabajemos cuanto nos sea
posible p a ra adquirirla, conservarla y
aum entarla, frecuentando a ese ñn los
Sacram entos que nos la com unican o
aum entan y la oración fervorosa que nos
la alcanza.
Suyo afmo. Cap.
Oración.

Mi amado Teódulo: E n tre los siete Sacra­


m entos que instituyó Jesucristo Nuestro
Señor, h a ; dos destinados especialmente
para com unicarnos-la gracia santificante y
nos la comunican infaliblem ente si los
recibimos con las debidas disposiciones.
Estos dos Sacram entos son el Bautismo y
la Penitencia. A veces la Extrem a u n c u s
tam bién nos comunica la gracia santifican­
te, aunque no es ese su Ún primario.
Pero no es mi intento hablar a usted de
estos Sacram entos en la presente carta,
sino que le voy a hablar de la Oración.
Asunto es este de la mayor im portancia,
pues del saber o no saber orar pende en
gran parte que vivamos bien o mal, que
vayam os al ciato o al infierno: el que sabe
orar bien, dice San A gustín, sabe vivir
bien. Orar es levantar el corazón a Dios y
pedirle mercedes. Orar es dirigirse el hom­
bre a Dios para adorarle por su infinita
grandeza, darle gracias por los inm ensos
beneficios que constantem ente recibimos
de sa liberal m ano, y pedirle nuevas g ra ­
cias, y por eso suele llamarse oración de
alabanza, de acción de gracias y de peti­
ción. La oración puede hacerse de varios
modos; interior o exteriorm ente, en públi­
co o en particular. Si la oración se hace en
lo interior del alma, sin m anifestarla con
señales exteriores, e n to n e » se llama- ora­
ción m ental; la exterior es ta que se m ani­
fiesta con palabras, y se llama oración
vocal; pero ésta debe ser tam bién interior,
esto es, que lo que se dice con la boca vaya
de acuerdo con lo que se piensa y se siente
en el corazón, porque de otra m anera no
sería tal oración, sino un juego de palabras
qué Dios no admite.
Oración pública es la que hacen ios sacer-
dotes en nombre de la Iglesia y tam bién
— soc­

io es la que hacen los fieles en común


y públicam ente en laa iglesias, y procesio­
nes. La oración 69 necesaria para la salva­
ción a todos los que tienen uso de razón
por varías razones: 1 .a Porque para salvar­
se es indispensable hacer lo que Dios nos
m anda, y en tre las cosas que nos manda
está Ja oración. «Velad y orad». «Pedid y
recibiréis». «Es necesario orar siem pre 7
sin interrupción», dice Jesucristo. Estas
palabras no debemos interpretarlas tan
estrictam ente como las in te rp re ta n algu­
nos herejes, quienes por creerse obligados
a orar en todo momento, se negaban a tra ­
bajar; pero estos herejes fueron condena­
dos por la Iglesia. E stas palabras de Je su ­
cristo se h an de entender en el sentido de
que tenem os obligación de orar con fre­
cuencia, pero no en todo in stan te y mo­
m ento, lo cual es imposible a la fragilidad
hum ana. 2.* Nos es necesaria la oración
para e n tra r en el cielo. Vimos en la carta
anterior que sin el auxilio de la divina
gracia no podemos observar los m anda­
m ientos ni alcanzar la bienaventuranza.
Pero Dios ordinariam ente no dá sa gracia
sino a los que se la piden por medio de la
oración; luego de ordinario sin la oración
no podemos guardar los m andam ientos ni
alcanzar la bienaventuranza eterna.
Dije que Dios ordinariamente no conce­
de sus gracias sino a los que se las piden,
pues como easeña San A gustín, a quien
siguen los teólogos, aunqne Dios nos con­
ceda algunas gracias sin que se l&s pida­
mos, hay sin embargo, u na, que es la gra­
cia de las gracias, la de la perseverancia
final que Dios no conceda a nadie que no
se la pida; y como esta perseverancia final
es absolutam ente necesaria para e n tra r en
el cielo, se sigue que sin la oración por la
cual solam ente se nos concede aquella per­
severancia, no nos podemos salvar.
Además nuestra misma razón nos dice
que debemos orar. Ella nos dice que si
necesitam os alguna cosa o nos vemos en
algún peligro y nos consideram os sin fuer*
zas para rem ediar aquella necesidad y evi­
tar este peligro, recurram os a quien nos
pueda socorrer en nuestra necesidad y nos
pueda librar del peligro que nos amenaza.
¿Y a quién hemos de recu rrir en bodas
nuestras necesidades y peligros en dem an­
da de socorro, sino a Dios que nos manda
recu rrir a él y nos promete escuchar nues­
tras súplicas?
«Aun los mismos paganos practicaron la
oración, dice S chim tt, porque com prendie­
ron con solo las luces de la razón n atural,
que él hom bre debe alabar a Dios, darle
gracias y pedirle beneficios. ¡Cuán ignom i­
nioso no será pues que haya cristianos que
no hagan oración! Estos cristianos son
inferiores a los paganos, y se asemejan a
los animales». «Por esta razón, dice el
P. Deharbe, aun los turcos, los indios y
los chinos, y los habitantes de las selvas
de América y hasta los caníbales de las
iBlas de A ustralia hacen oración, pues
siguiendo el impulso de la Naturaleza levan­
tan las m anos al cielo cuando se ven en
peligro y en necesidad».
Hemos visto, amado Teódulo, qué cosa
es la oración y cuál es la necesidad que
tenem os de ella. Ahora verem os qué cosas
debemos pedir a Dios en ella, y qué condi*
cíones debe tener nuestra oración para
que sea escuchada y despachado lo que en
ella pedimos. Debemos pedir a IMos todo lo
que es ju sto y conforme a razón; es decir,
todo lo que se puede desear legítim am ente,
0 con otras palabras, debemos pedir en La
oración la bienaventuranza y todas las
cosas que son necesarias para obtenerla,
como h u ir del pecado, vencer las tentacio­
nes, guardar los m andam ientos de Oíos y
de la Iglesia, cum plir las obligaciones del
propio estado, vivir y m orir en gracia de
Dios. Y todas estas cosas, debemos pedirlas
absolutam ente, sin ninguna condición,
porque todas ellas nos son indispensables
para agradar a Dios y conseguir nuestro
último fln, que es la salvación de nuestra
alma.
Tam bién podemos pedir en la oración las
cosas temporales, cómo bienes de fortuna,
salud, fuerzas, etc. Pero como quiera que
estas cosas, según el buen o mal uso que
hagamos de ellas, pueden servirnos de
medios para alcanzar la vida etérpa o para
U
alejarnos de ella, debamos pedirlas siem pre
condicionalm ente, esto es, si nos convie­
nen para el bien espiritual de nuestra
alma. Recuerdo haber leído que una pobre
m adre, que tenía gravem ente enfermo a
u n hijo de pocos años, rogó &un sacerdote
que pidiera a Dios por la salud de su hijo.
El sacerdote le con testó que pediría la salud
para el enfermo si le convenía; a lo que le
replicó la madre: Sí, sí le conviene. Sanó el
hijo y veinte años más tarde, aquella m adre
vió a su hijo que se encam inaba al patíbulo
cargado de cadenas a expiar sus crím enes.
¡Cuánto mejor hubiera sido para la m adre
y para el hijo que éste hubiera m uerto de
aquella enfermedad!
Lo prim ero que debemos pedir són las
cosas espirituales y después las temporales.
E ste es el orden que Jesucristo nos ha
prescrito en el Padre nuestro; pues antes
de pedir al Padre celestial el pan de cada
día, quiere que le pidamos la santificación
de su nom bre, el reino de Dios y el cum ­
plim iento de su santa voluntad. Y en otra
parte nos dice que busquemos prim ero que
nada el reino de Dios y en justicia y que
todas las demás cosas se nos darán por
añadidura.
Pero m uchos cristianos invierten este
orden, pidiendo las cosas de la tierra antes
que las del cielo; otros, y esto es todavía
más lam entable, solam ente piden socorro
para las necesidades del cuerpo sin acor­
darse para nada de las necesidades del
alma. Corre peligro la vida del cuerpo y
en seguida acuden a Dios y &los Santos en
busca de la salud perdida, corre peligro la
vida del alma y entonces ni siquiera se les
ocurre el pensam iento de acudir a Dios
para que rem edie tan grande mal. Y luego
se quejarán de que Dios ne les concede lo
que le-piden. ¿Cómo se lo había, de conce­
der si no se lo piden en nombre de Je su ­
cristo? Jesucristo ha prometido que todo
lo que pidamos al Padre en su nom bre nos
será concedido. Pero no pedimos en nom ­
bre de Jesucristo, cuando nuestra petición
no se hace de las cosas que Él quiere que
pidamos y según el orden con que Él quie­
re que lasr pidamos.
Otras veces no alcanzamos de Dios lo
que pedimos en la oración, porque a núes*
tra oración le faltan las condiciones de que
debe estar acompañada, a saber: hum ildad,
confianza y perseverancia. Pidamos a Dios,
amigo Teódulo, con hum ildad y confianza,
y si alguna vez nos parece que larda en
venir'despachada nuestra súplica, no des­
confiemos, antes bien, sigamos im portu­
nando a Dios Nuestro Señor, seguros de
que si lo que le pedimos nos es convenien­
te para nuestro bien eterno y temporal nos
lo concederá si perseveramos en pedírselo.
Imitemos a la Cananea, quien, a pesar de
haber recibido varias repulsas del Salvador,
por la gracia que le pedía, alcanzó por su
hum ildad, por su confianza y por su cons­
tancia en el pedir, 110 sólo la gracia que
solicitaba, Bino que además escuchó de los
labios del mismo Jesucristo los más g ran ­
des elogios por su fe y constancia en la
oración.
De usted afino. Cap.
Comunión frecuente y d ia ria

Mi estimado Teódulo: No nje sorprende


nada de cuanto usted me refiere en su
carta respecto de los com entarios que hicie­
ron algunos amigos de usted sobre mi últi­
ma plática parroquial en la que traté de la
Comunión frecuente y diaria. Digo que
nada me sorprendió, porque algunos, no sé
si de los mismos a que usted se refiere, u
otros por el estilo me endilgaron, y por el
mismo m otivo, la siguiente perorata: «Se­
ñor Cura, el sermón de hoy com pletam ente
perdido: Si usted lo hubiera predicado en
algún convento de monjas, o en alguna
ciudad o villa en que hay gente para todo,
acaso hubiera producido fruto; pero predi­
carlo a pobres aldeanos para quienes los
días más grandes del año resultan peque*
ños para atender a sus tierras y. ganados,
nos parece fuera de su lugar. Además,
señor Cura, por aquí nunca se ha acostum ­
brado a comulgar con frecuencia y menos
todos los días; gracias que podamos comul­
gar una vez al año, como lo m anda nues­
tra Madre la Iglesia y cuando nos hallemos
en peligro de m uerte».
Ve usted, querido Teódulo, porqué le
dije que no me había sorprendido nada de
cuanto usted me había dicho sobre el par­
ticular. Excusado me parece decirle que los
aludidos no quedaron sin la respuesta
apropiada, y para que usted pueda darla a
sus amigos quiero consignarla en esta
carta. '
¡Ayl amigo mío, de cuantos de esos cris­
tianos qué viven alejados de La sagrada
Comunión por espacio de un Bño o de más
tiempo, se podría uno lam entar con Je su ­
cristo y decirle con Marta, herm ana de
Lázaro, cuando el divino Salvador se pre­
sentó a resucitar a su amigo, m uerto ya de
ouatro días: «Señor, le dijo, si hubieses
estado aquí, m i herm ano no hubiera m uer­
to!» Cuán doloroso es para las personas
piadosas y especialm ente para el Pastor de
almas ver que m uchas de sus ovejas, por
vivir alejadas del pasto espiritual, del
sagrado banquete, caen en las garras del
lobo infernal, se precipitan en el abismo
del pecado y entonces hablando con el divi­
no Pastor le dirá como la herm ana de Láza­
ro: «Señor, si esos feligreses míos, si esa
joven desaconsejada, si esa madre m unda­
na, si ese hijo libertino, si ese padre des­
cuidado se hubiesen acercado a la sagrada
mesa con frecuencia, si te hubiesen recibi­
do en sus corazones para que les conserva­
ses la'vida de la'gracia y les fortalecieses
en sus debilidades, ¡ah! entonces no habrían
sucum bido a la tentación ni m uerto espiri­
tualm ente: Señor, si hubieses estado aquí,
mi herm ano no hubiera m uerto».
Sí, amigo mío, los que se conform an con
com ulgar una sola vez al alio están muy
expuestos a caer en pecado, porque la sagra­
da Comunión se nos dá para alim ento de
nuestras alm as y faltándoles ese alim ento
frecuente tienen que desfallecer y m orir
a la vida de la gracia a la m anera que el
cuerpo no alim entado, o alim entado con
escasez, se debilita, desfallece y m uere.
Pues los efectos que la Sagrada Eucaristía
produce en el alma de quien la recibe dig­
nam ente, son sem ejantes a los efectos que
produce el alim ento m aterial en nuestro
cuerpo. El hombre que come m anjares sanos
y abundantes tiene fuerzas para trabajar y
proporcionarse los medios necesarios para
conservar la vida natural y poder defen­
derse contra los injustos agresores que se
propasen a inferirle dafio en su persona o
en sus intereses. Pues de la misma m anera
el cristiano que con frecuencia y con las
debidas disposiciones alim enta su alma con
el Pan dé los Angeles, adquiere por medio
de él tal fuerza sobrenatural que le pone en
condiciones de trabajar eficazm ente para
conservar y aum entar la vida de la gracia,
infundiéndole al mismo tiempo v a lo re a ra
resistir a las tentaciones y vencer a los
enemigos de nuestra alma, que do ran te
nuestra peregrinación por la tierra in te n ­
tan cerrarnos el paso en nuestro camino
para el cielo.
Refiere la Sagrada E scritura que el Profe»
ta Elias huyendo de la impía reina Jezabel,
que te perseguía a m uerte, se in tern ó en el
desierto: allí, oprimido de la fatiga y del
ham bre y pidiendo aj Dios que le sacara de
este m undo se echó al pie de un arbusto
quedándose dormido. Un ángel le Locó,
diciéndole: «Levántate y come». Despertó
el Profeta y vió a su lado un pan cocido en
el rescoldo de la ceniza y un vaso de agua;
comió y bebió y de nuevo se quedó dorm i­
do. Por segunda vez el ángel le despertó y
le dijo: «Levántate y com e;.largo es el
camino que tienes que recorrer».
Habiéndose levantado Elias, comió y
bebió', y con la fuerza que le comunicó
aquel alim ento pudo andar por espacio de
cuarenta días y cuarenta noches hasta lle­
gar al m onte de Dios Horeb. ¿Sabe usted,
amigo mío, lo que nos enseña ésta historia
y qué relación tiene con la Sagrada Comu­
nión? Pues se lo voy a explicar. El Profeta
Elias es figura del cristiano, de cada uno
da nosotros que se dirige por el desierto
del m undo al cielo, Santo Monte de Dios
Horeb. La impía reina Jezabel representa
al demonio que en unión de sus aliados
m undo y carne, nos persigue encarnizada­
m ente coa el fin de hacernos perder la
vida sobrenatural de nuestra alma; el pan
cocido bajo de la ceniza con que se alim en­
tó el Santo Profeta, es figura del Pan celes­
tial que recibimos en la Sagrada Comu­
nión, con el cual somos fortalecidos y
robustecidos para luchar y vencer & esos
tres enemigos, j vencidos éstos podamos
arribar al reino bienaventurado.
Pero notemos, amigo Teódulo, que Elias
comió de aquel.pan. la prim era vez, y se
volvió a dorm ir; comió por segunda vez, y
entonces fué cuando se halló reanimado
para andar por espacio de cuarenta días y
cuarenta noches, hasta llegar a la cum bre
del Monte térm ino de su viaje y de sus
sufrim ientos. Esto nos enseña que no basta
que comamos una que otra vez este pan
divino para fortalecer n uestra alma contra
los ataques de esos nuestros encarnizados
enemigos y triunfar victoriosam ente de
ellos, sino que debemos recibirlo con fre­
cuencia, como el alim ento m aterial para
sostener la vida del cuerpo lo tomamos no
alguno que otro día, sino todos los días y
m uchas veces al día. Por eso vemos que
todos aquellos que miran el negocio de su
alma, como el principa), o el único entre
todos los negocios, frecuentan la sagrada
mesa lo más que les es posible, formando ya
legión los que comulgan todos los día?, con
gran provecho de sus almas, siguiendo las
exhortaciones de la Santa Iglesia que no
cesa de invitar a sus hijos a frecuentar el d i-
vino banquete donde puedan tem plar las
arm as que han de esgrim ir contra los ene­
migos de su salvación. Pues como nos ense­
ña esta buena y santa Madre, nada hay más
eficaz para preservarnos del pecado, para
apagar el fuego de la concupiscencia y para
dism inuir nuestras malas inclinaciones
como el frecuente uso de la com unión.
¡Qué diferencia tan grande se nota, mi
querido Teódulo» en tre los pueblos en que
se frecuentan los Santos Sacram entos y
aquellos otros en que sus habitantes se
conforman con recibirlos una vez al año!
Es indudable que en todos los pqeblos hay
vicios y virtudes; pero desde luego se
observa que los vicios y virtudes aum entan
o dism inuyen en proporción del poco o
m ucho uso que se hace de los Sacram en­
tos. Y lo que se observa en los pueblos en
general, se ve igualm ente en las familias y
en los individuos en particular. Es verdad
que los Sacram entos no hacen impecables
a las personas que los frecuentan, pero les
dan fuerzas para vencer las tentaciones en
las que más fácilm ente caen las que viven
alejadas de ellos, estando por consiguiente
estas últim as más expuestas a caer en el
pecado y a m orir en él, según estas pala­
bras de nuestro divino Salvador: «Si no
comiéreis la carne del Hijo del Hombre y
bebiéreis su sangre no tendréis la vida en
vosotros». M ientras que loa qu.e se acercan
a menudo a participar del pan de los fuer­
tes, pueden tener una certidum bre nvoral
de salvarse según la promesa del Salva­
dor; c E I que come de estfc pan vivirá
eternam ente y yo le resucitaré en el últi­
mo día».
Me parece qae lo dicho es suficiente,
amigo mío, para anim ar a la frecuente
comunión a todo aquel qne tenga verdade­
ros deseos de salvar su alma. En la carta
inm ediata contestaré, Dios m ediante, a la s
objeciones que hacen sus convecinos para
no com ulgar con frecuencia. E ntre tanto
pida usted a Dios que le dé acierto para
hacerlo con la debida, claridad a su afectí­
simo Cap.
Excusan p a ra no com ulgar
con frecuencia

Mi querido Teódulo: M achas son las


excusas que alegan sus vecinos para no
acercarse con frecuencia a la sagrada comu­
nión, contentándose con hacerlo una vez
al.año. Les haré ver en la presente carta
que tales excusas no son fundadas.
Primera excusa: Los días más grandes
del año son pequeños para atender a nues­
tras tierras y ganados; ¿cómo quiere usted
que dejemos nuestras ocupaciones y aban­
donemos nuestros intereses, sin los cuales
no podemos vivir, para prepararnos a la
cpnfesión y comunión frecuente y diaria?
Contestación.—No sólo de pan vive el
hom bre sino de toda palabra que aale de la
boca de Dios. Los cristianos de los prim e­
ros siglos, lo mismo los pobres que los
ricos, tam bién tenían que trabajar para
ganarse la vida, y esto no era obstáculo
para que comulgasen todos los dias. Bn
nuestros tiempos, a pesar de la indiferencia
religiosa que nos rodea, no faltan tampoco
m illares y m illares de católicos, lo mismo
en las ciudades que en las aldeas, que se
acercan con frecuencia y aun diariam ente
a la sagrada mesa, sin abandonar por eso
sus ocupaciones. Y lo que aquellos hicie­
ron y estos, hacen ¿por qué no han de
poder hacerlo nuestros aldeanos? Porque
no qaieren.
«Por poco que uno se detenga a reflexio­
nar, dice el Abate Reguis, verá que todas
las ocupaciones y negocios del propio esta­
do, no solam ente no son obstáculo a la
frecuencia-de la com unión, sino que más
bien la com unión es tanto más necesaria e
indispensable cuanto más graves son las
obligaciones del estado; porque los Sacra­
mentos son la fuente de las gracias, sin las
cuales es im posible el cum plir bien con
asas obligaciones». Pero aun en el caso de
que los negocios tem porales sufriesen algún
detrim ento con m otivo de la frecuencia de
Sacram entos, ¿no debería sufrirse de bue­
na voluntad ese detrim ento en atención
de llevar por buen camino el negocio eter­
no, o sea la salvación de nuestra alma que
es lo que má.s ncs debe interesar?
Segunda excusa: Ik sta n te hacemos en
cum plir con el precepto pascual y comul­
gar en peligro de m uerte. Esto es lo que la
Iglesia nos manda y con ello se contenta.
Contestación.—Ea verdad que la Iglesia
ordena y m anda a todos sus hijos que
com ulguen, al menos una vez al año, por
pascua, pero no se contenta con eso. Su
deseo de todos los tiempos, m anifestado
en los Concilios y por boca de sus Pontífi­
ces, señaladam ente por el Papa Pío X, es
de que los fieles cristianos se acerquen a
la sagrada Comunión frecuentem ente y a
ser posible todos los días; luego no se con­
tenta con que lo hagan u n a vez al año.
Pues, como dice el P. Franco, «entre resig­
narse a u n a cosa y contentarse con ella,
h a ; gran diferencia». La Iglesia desea que
los fieles reciban con frecuencia la Santa
Eucaristía; pero como no puede conseguir­
lo de todos, exige que a lo menos lo hagan
una vez al año, so pena de in c u rrir en su
indignación y en sus censuras. Hace en
este punto la Iglesia lo que suele hacer
u n a madre cariñosa con su hijo querido,
que se halla enfermo y con una total inape­
tencia: Toma, le dice, toma al menos este
bocadito por. amor mío, y para que no
m ueras de ham bre; ¿pero quién no ve que
la madre al decir esas palabras, tiene u n
vivo deseo de que su hijo estuviese tan
sano como los demás, y pudiese no sólo
conservar su vida, sino que tomase la can ­
tidad de alim ento suficiente para que crez­
ca y se vaya robusteciendo?
Otros, bajo la capa de piedad, no frecuen­
tan la com unión, diciendo: que son indig­
nos de recibir un Sacram ento tan grande
y que tem en fam iliarizarse demasiado con
él si comulgan a menudo. Respuesta. Si leí
Indignidad consiste en estar en pecado
m ortal entonces no sólo no pueden com ul-
ib
gar a menudo, sino que en todo tiempo
tienen obligación de abstenerse de hacer­
lo, so pena de que, im itando a Judas, se
hagan reos de horrible sacrilegio. Pero
esta indignidad se la puede hacer desapa­
recer enteram ente por medio de u n a bue­
na confesión. Mas si la indignidad de que
nos hablan, es la que nace de lo que es la
c riatura y quién es ej Criador a quien
recibim os en la Sagrada Eucaristía; ¡ah!
entonces sí, todos somos indignos de reci­
bir a Nuestro Señor Jesucristo en el Sacra­
m ento de su amor; y no solam ente nosotros,
pobres pecadores, somos indignos de tanta
dicha, sino que, si en tre los Serafines fue­
se escogido uno, el más abrasado en el
fuego del divino amor, para que participa­
se, como nosotros, del banquete divino, es
cierto que antes de acercarse diría, y lo
diría con razón: «Domine, non sum dig­
nes». Señor, no soy digno de tan ta dicha:
Diré más, si la Virgen Santísim a, que es la
más pura, la más santa y la más perfecta
de todas las puras criaturas, hubiese de
recibir la sagrada Com unión, an tes de
hacerlo, con seguridad que en su corazón
repetirla aquella hum ilde expresión que
dijo cuando el Arcángel le anunció el m is­
terio de Ja Encarnación: Gcce ancilla Do-
mini: «He aquí la esclava del Señor». Y por
eso la Iglesia m anda que tanto los sacerdo­
tes que celebran, antes«de consum ir, como
los ñales antes de com ulgar, digan tres
veces: «Domine, non sufn dignus; Señor,
y o no soy digno, etc.»
Pero debe notar usted, nmado Teódulo,
y especialm ente deben notarlo nuestros
objetantes, que esta indignidad en m anera
alguna debe alejarnos de la sagrada Comu­
nión. ¿Por qué? Porque Jesucristo, qu«
institu y ó la Sagrada Eucaristía para dárse­
nos en ella en 'alim en to , conoce perfecta­
m ente nuestra m iseria e indignidad, y a
pesar de ello, no sólo nos perm ite que le
recibamos en la Com unión, sino que nos
invita a que le recibamos, prom etiéndonos,
si lo hacem os así, e n tre otras m uchas gra­
cias espirituales, el m ayor premio a que
podemos aspirar, que es la bienaventuran­
za eterna: «El que come m i carne, dice, y
bebe mi sangre, tiene la vida eterna». Pero
a ú n hay más, nuestro divino Salvador no
se lim ita solam ente a in v itar cariñosam en­
te a todos los fíeles a que participen del
pan celestial, prometiéndoles una recom­
pensa eterna, si así lo hacen, sino que lle­
gó a am enazar con los más graves castigos
a los necios que se obstinasen en no acep­
tar su invitación, con estas palabras: «Si
no comiéreis mi carne y bebiéreis mi san­
gre, no tendréis la vida en vosotros». Esto
es, no tendréis la vida sobrenatural de la
gracia sin la cual no se puede conseguir la
gloria eterna.
¿Y qué diré a los que alegan que si no
com ulgan a m enudo es porque temen fami­
liarizarse demasiado con Je su c risto ,fa ltá n ­
dole al respeto debido, como sucede con
los hom bres, cuando se les trata con m ucha
frecuencia? Pues les diré que, con tal que
com ulguen con la debida preparación no
hay peligro de que esto suceda, pues la
experiencia nos enseña que las personas
que se acercan a la sagrada mesa todos los
días o casi todos los días, distínguense por
su reverencia a la Sagrada Eucaristía de
las que raras veces se acercan a ella. El
trato demasiado fam iliar y frecuente con
los hombres suele dism inuir el respeto que
antes se les tenía; esto nadie lo puede
negar; pero tam bién tiene su explicación.
Los hom bres, todos sin excepción, ten e ­
mos nuestras flaquezas y defectos, los cua­
les quedan al descubierto luego que se nos
trata con alguna frecuencia e intim idad;
mas en el trato íntim o y frecuente con
Jesucristo no hay este peligro; antes al
coutrario, este mismo trato íntim o y fre­
cuente con Éi, hace que descubramos con
m ayor claridad los m otivos que tenem os
para más venerarle y am arle de corazón,
puesto que en este divino Señor, cuyas
perfecciones son infinitas, es imposible
encontrar la más mínima debilidad e im per­
fección que pueda dism inuir la reverencia,
respeto y amor que le debemos, aunque le
recibamos diariam ente en la sagrada com u­
nión.
F inalm ente, no faltan algunos cristianos
que se niegan a frecuentar los Sacram entos
porque dicen que siem pre vuelven a caer
en los mismos pecados, aun después de
haberse confesado y comulgado.
Contestación. —Los que esto objetan, exa­
m inen su conciencia y vean si sus confesio­
nes han sido defectuosas por falta de dolor
y propósito, para en este caso confesarse
como Dios m anda. Si han,caldo en los m is­
mos pecados después de haberse confesado
y comulgado sólo por Pascua, procuren ha­
cerlo con frecuencia; si los pecados en que
han caído, son veniales, éstos se perdonan
por com ulgar dignam ente; si son m ortales,
la sagrada comunión nos preserva de ellos,
como nos lo enseña el Santo Concilio de
Trento. La com unión, dice el Papa Pío X,
es m edicina, no premio. Si fuera premio
nadie lo podría m erecer, pero porque es
m edicina, tienen necesidad de ella los
enfermos, los débiles y los que están más
propensos a caer en el pecado, para que
les dé valor y fuerza contra las pasiones y
malas inclinaciones. «Dos clases de perso­
nas, dice San Francisco de Sales, deben
com ulgar con frecuencia: los perfectos,
para adquirir m ayor perfección; j los im ­
perfectos, a fin de enm endarse y hacerse
perfectos: los fuertes, para no v en ir a
hacerse flacos, y los flacos, para hacerse
fuertes y robustos; los sanos, para no caer
enfermos; y los enfermos, para hacerse
sanos*.
¿No es verdad, amigo mío, que las refle­
xiones que acabo de hacer son más que
suficientes para pulverizar las objeciones
que nos presentan esos cristianos que se
retraen de la com unión frecuenta porque
se consideran indignos de ella? Mas a pesar
de ello no quiero cerrar esta carta sin con­
signar en ella las breves y claras respues­
tas que Mons. Villapl&na d á e n s u «Práctica
Parroquial de la Eucaristía» a las objecio­
nes más com unes contra la frecuencia de
Sacram entos: i.* No puedo confesarme
antes de comulgar. Respuesta: La confe­
sión sólo se exige a los que están en peca­
do m ortal; los pecados veniales se perdo*
d a d con la Com unión. 2 .‘ No sé distinguir
el pecado m ortal del venial. Respuesta: Para
el pecado m ortal se requiere: advertencia
perfecta, consentim iento perfecto y cosa
prohibida en m ateria grave. 3.* Recuer­
do pecados después de confesar y antes
de com ulgar. Respuesta: Ya están perdo­
nados y basta sujetarlos otro día a la potes­
tad de las llaves. 4.* No soy bastante santo.
Respuesta: Precisam ente por eso: la Euca­
ristía no es premio, sino medio de santidad.
5.‘ No soy digno. Respuesta: ¿Hay alguien
que sea digno? Bien lo sabe la Iglesia, y
por este motivo manda que antes de comul­
gar se diga tres veces: «Domina, non sum
dignus». 6 .* No noto que la Comunión me
haga más santo. Respuesta: Es verdad que
puede dejar de notarse, pero no es verdad
que no se adelante en el camino de la san­
tificación, como un niño crece y no se nota
que crezca. 7.* No sé de qué acusarm e en la
confesión. Respuesta: Con m ayor m otiva
se ha de comulgar, esto es, para conservar
la gracia; para comulgar no ps preciso con­
fesar cada vez, y m uchísim o menos el
tener pecados. 8 * Temo m olestar a los con­
fesores. Respuesta: es una ofensa que s&
hace al clero, no suponiéndole celoso de
las almas. 9.* Recaigo en los mismos peca­
dos. Respuesta: ¿se recaerá monos si no se
comulga?; el enfermo que no come, por la
razón de que está débil, m orirá más pronto.
10 .* Comulgar con frecuencia es falta de res­
peto y es relajación. Respuesta: Al contra*
rio, es prueba de «mor y de sólida piedad».
De todo lo dicho en esta ya larga carta,
la consecuencia que deben sacar sus con­
vecinos, es, no la de alejarse de la sagrada
Comunión, porque se consideran indignos,
sino la de prepararse debidam ente par» que
se hagan dignos de recibirla, en cuanto lo
perm ita la fragilidad hum ana. Y esta pre­
paración consiste en estar en gracia de
Dios, en que no se vaya a comulgar por
rutina o por m iras hum anas, sino con la
mira de santificarse más y más y de agra­
dar a nuestro divino Salvador.
No me queda ninguna dada, mi amado
Teódulo, de que usted se hallará convenci*
do de que todas las dificultades que se su e­
len poner contra la frecuencia de Sacra­
m entos carecen de fundam ento racional, y
que, si bien se reflexiona aunque a sus pa-
trocínadorea parezca que las fundan en la
hum ildad, en realidad están fundadas en la
soberbia, porque pretenden estar más ins­
truidos que los demás y aún que la misma
Iglesia acerca de la necesidad que todos
tenemos de comulgar con frecuencia; por­
que pretenden h&cer m éritos no com ulgan­
do a m enudo, contrariando así las in te n ­
ciones de Jesucristo y de la Iglesia que nos
exhortan a la com unión frecuente y diaria;
porque critican la conducta de los que
comulgan a m enudo y escudriñan con ojos
de lince los más leves defectos de las per­
sonas piadosas para sacarlos al público, con
el ñn de hacerlas despreciables an te las
personas que participan de sus mismas
ideas, m ientras que tienen ojos de topo
para no ver sus grandes pecados, cum plién­
dose én éstos de una m anera particular lo
que decía un sabio g en til, a saber: «Que
todos los hombres llevamos constantem en­
te dos alforjas llenas de vicios; en la de
atrás van los propios que no podemos ver;
en la de adelante van ios ajenos, que siem ­
pre tenem os a la vista».
En fin, concluiré diciendo, que la única
causa, 7 sino la principal de que estos cris­
tianos no quieran frecuentar los Santos
Sacramentos, es la de poder vivir más libre­
m ente, y como esto no puede concillarse
con la frecuente com unión, buscan excu­
sas que les acusan, 7 critican 7 se burlan
de las personas piadosas, porque éstas con
su conducta ajustada a la ley del Evange­
lio, reprueban la m undana y anticristiana
d e sú s injustos censores.
De usted afmo. Gap.
P rim e ra comunión de loa niños.

Mi estim ado Teódulo: Me dice usted en


su últim a carta que algunos padres de
familia no acaban de com prender por qué
loa niños deben comulgar ahora a los siete
años, poco más o menos, y antes no lo
podían hacer hasta que tuviesen diez o
doce años; que ahora no se les exige casi
nada de doctrina y antes se les exigía todo
el catecism o. Esto dicen algunos padres de
familia, pero otros aunque nada dicen con­
tra lo m andado por la Iglesia acerca de la
edad en que tienen obligación de com ulgar
los niños, ni en cuanto a la instrucción
que se les exige a ese fin, no se cuidan, sin
embargo, de que sus niños sigan estudian­
do la.doctrina cristiana ni de que asistan a
las explicaciones del Catecismo después de
haber hecho la prim era com unión, porque
si para com ulgar por prim era vez se con­
forma la Iglesia coa tan escasos conoci­
m ientos, dicen ellos, lo mismo debe ser en
las com uniones sucesivas, ya que al mismo
Jesucristo se recibe en la prim era com u­
nión que en las otras.
No es de extrañar, querido Teódulot que
así discurran algunos padres de familia y
otros que no lo son acerca de la prim era
comunión y de las disposiciones e in stru c ­
ción que se requieren para hacerla. Pues
ellos, al hablar de esa m anera, creen que la
Iglesia ha cambiado de modo de pensar en
un asunto de tanta im portancia, como lo
es del que nos estamos ocupando, Pero no
ha habido tal cambio por parte de la Igle­
sia; pues esta santa Madre siem pre ha
deseado y m andado que los niños al llegar
al uso de la razón se acerquen a la sagrada
mesa al igual que las personas adultas. He
dicho siem pre, o sea desde el Concilio Late^
ranense IV, año de 1215, en que se mandó
que todos los fieles que hubiesen llegado al
uso de la razón se confesasen por lo menos
una vez en el año y com ulgasen por Pas­
cua. No, no ha habido ese cambio, como
m uchos creen, por parte de la Iglesia. Lo
que ha hecho la Iglesia recientem ente por
m edio del Decreto «Quam sin guiar i C hris-
tu s amore» dado por la Congregación de
Sacram entos, es recordar la obligación que
incum be a los católicos que tienen a su
cargo el cuidado de niños, de preparar a
éstos para que cum plan el precepto de
com ulgar por Pascua luego que tengan
Blgún uso de razón, y cortar los abusos
que en algunas regiones se habían ido intro­
duciendo con el transcurso de los siglos de
no adm itir a ios niños a la comunión hasta
la edad de diez o doce años, y en algunas
partes hasta los catorce. Abusos que la
Santa Iglesia reprobó más de una vez como
perjudiciales en gran m anera al bien espi­
ritual de los niños. Ni tampoco la Iglesia
ha-introducido n in guna novedad sobre la
instrucción o conocim ientos de la doctrina
que han de ten er los niños en su tierna
edbd para poder ser adm itidos a la partici­
pación del pan de los Angeles, pues lo m is­
mo ahora que en loa tiempos pasados sola*
m ente ha exigido en lo» niños que han de
comulgar por prim era v e i, que tengan
aquella instrucción y devoción que buena­
m ente consienta su edad. Es decir, que
además de estar en gracia de Dios, se acer­
quen al sagrado banquete con recta in te n ­
ción; que según su capacidad, conozcan los
principales misterios; que tengan alguna
idea del premio que Dios tiene reservado
para los buenos en el cielo, como del casti­
go que tiene preparado para los malos en
el infierno; que sepan que por medio de la
confesión se perdonan los pecados a los
que se arrepienten de haberlos cometido; y
en fin que sepan distinguir el pan común
del celestial y que sepan rezar las oraciones
más elem entales.
Sí, amado Teódulo, con estas condicio­
nes se contenta la Iglesia n u estra Madre
para que los pequeñuelos puedan recibir
la sagrada Com unión, no sólo por Pascua,
sino con frecuencia y aun diariam ente;
pero no se conforma con que los niñoa
perm anezcan estacionados en sua conoci­
m ientos da la doctrina cristiana, sino que
m anda expresam ente que después de hecha
la prim era com unión sigan aprendiendo el
Catecismo, asistiendo a las explicaciones
del mismo e imponiendo a los padres de
familia como grave obligación el hacer que
se cumpla ese m andato.
Con lo dicho queda contestado al reparo
que ponen algunos padres y m adres acerca
de la admisión de sus niños a hacer la pri­
m era Comunión. Y al mismo tiempo es
conveniente y hasta necesario que los
padres y m adres aludidos, en vez de poner
obstáculos para que sus niños cum plan el
precepto de la Iglesia, los rem uevan, prepa­
rándolos poco a poco, enseñándoles de viva
voz las verdades de nuestra santa fe, de
que arriba se hizo m ención, a fin de que
cuando llegue a despuntar en ellos el uso
de la razón, que suele ser a los siete años
poco más o m enos, puedan unirse a Je su ­
cristo en la sagrada Comunión. Portarse de
otra m anera serla contrariar la voluntad de
la Iglesia y la de Jesucristo que desde el
Sacram ento de su amor nos está invitando
continuam ente a todos, a que nos acerque­
mos a É l, con estas palabras: * Venid a mí
todos*. ¡Y qué doloroso y triste seria que
los padres, que primero que nadie y antes
que nadie debían conducir a sus pequeñue-
los a Jesús, sean, por el contrario, los pri­
meros en poner dificultades para que se
acerquen a nuestro divino Salvador que
tiene sus delicias en estar con los hijos de
I q s hom bres, pero muy especialm ente cori
los niños. No, padres de familia, no privéis
a Jesús de venir a hospedarse en los tie r ­
nos a inocentes corazones de vuestros hijos;
no privéis a vuestros peqileñuelos de que
se unan a Jesucristo en la sagrada Comu­
nión, porque en ese caso, con más razón
que a sus discípulos, os reconvendría el
am antlsimo Jesús coa aquellas graves pa­
labras: «Dejad que los niños vengan a mí,
y no los apartéis, porque de ellos es él reino
de los cieloso. Ni digáis que vuestros niños
están poco instruidos, que no saben lo que
van a hacer, que deseáis prepararlos mejor
para tan solem ne acto. Pero eso, padres de
16
familia, no son más que excusas. La falta
da instrucción que lam entáis en vuestros
niños, .queda suplida con creces por la ino­
cencia bautismal que adorna sus almas;
¿podréis dudar de que nuestro buen Salva­
dor prefiere infinitam ente más en trar en
corazones, más o menos pobres de conoci­
m ientos científicos, pero adornados de una
inocencia infantil, que en almas instruidas,
pero que por el pecado han perdido la gra­
cia santificante, aunque la hayan recobra­
do después por medio de la penitencia?
La Iglesia, como lugarteniente de Je su ­
cristo en La tierra, nos ha explicado cuál es
la voluntad de este divino Señor respecto a
la primera com unión de los niños, y a
nosotros sólo nos toca acatar con filial
sum isión la autoridad de esta divina Madre
que en todo lo que ordena y manda no tie­
ne otro fin que nuestro bien eterno y tem ­
poral.
Además, con esa m ejor preparación que
os proponéis, padres de familia, sois (claro
está que sin pensarlo) la causa ocasional de
dejar a vuestros niños sin defensa contra
las astucias de un enemigo que sin tregua
ni descanso los persigue hasta hacerles
perder su candorosa inocencia. ¡Ay! ¡de
cuántos peligros se hallan rodeados los
niños! ¡Cuántos de estos pobres niños pri­
vados del eficaz auxilio de la sagrada Comu­
nión y teniendo constantem ente a la vista
malos ejemplos, han perdido la inocencia
bautism al, que tal vez hubieran conserva­
do si hubiesen sido alimentados y fortale­
cidos a su debido tiempo coa el p&n de los
Angeles!
Y term ino esta carta, mi querido Teódu-
lo, rogándole que la lean y relean esos
padres de familia, a quienes usted se refería
en b u anterior.
Suyo afmo. en Cristo.
Santo Sacrificio de la Misa.

Mi querido amigo: No se puede negar


que en tre los habitantes de las aldeas son
pocos los que dejen de asistir a la santa
Misa los domingos y días festivos. Pero
tampoco se puede negar que son m uy raros
los que asisten a ella en los días de en tre
sem ana, aunque no tengan ocupaciones,
ni faltan algunos, pocos afortunadam ente,
que no asisten con la debida devoción a
este divino sacrificio, y esto a mi juicio es
porque no saben, o si lo saben, es de una
m anera m uy superficial, lo que ee la santa
Misa, con qué fines se celebra y cuáles los
medios de conseguir esos fines. Por esto
m a h a parecido conveniente dedicar una o
dos cartas para explicar cuán grande sea el
Santo Sacrificio de la Misa y cuáles son los
inestim ables bienes que encierra.
La Misa es un sacrificio, esto es, una
ofrenda, instituida por Cristo, en la que
por medio de la consagración y sumpción.
se sacrifica m ísticam ente el mismo Cristo,
y se ofrece al Padre eterno como una v íc ­
tima santísim a de propiciación en recono­
cim iento de su dominio suprem o. EL sacri­
ficio es el acto más esencial de toda reli­
gión. Se funda en las exigencias de la n atu ­
raleza hum ana, y ha sido revelado por Dios
como medio indispensable para rendirle el
culto que le es debido. Por eso se le encuen­
tra por todas partes y en todos tjempos;
entre los infieles y en el pueblo de Dios;
así bajo la ley natural como bajo la ley
escrita. Antes de la ley de Moisés, cada
uno era libre en ofrecer a Dios las cosas
que consideraba m is dignas de su grande­
za, y más propias para m anifestarle su
gratitud.
Abel ofrecía lo mejor de sus rebaños;
Caín ofrecía los frutos de la tierra; Noé
sacrificó al salir del Arca aves y anim ales;
y M*lchisedac ofreció en sacrificio pan y
vino, tío la ley escrita dió Dios a los judíos
par el m inisterio de Moisés, regias para los
sacrificios; determ inó cuáles habían de ser
las 'víctimas y las hostias que quería que
se leofr*ciMS4 n, y cuáles las cerem onias de
todos estos «íifur^nt«s sacrificios. E n tre
estos sacrificios, unas eran sangrientos y
significaban el sacrificio de la Cruz, sobre
la cual' derramó Jesucristo su sangre; otros
no «run sangrientos, y se pueden conside­
rar como figura del santo sacrificio de la
M'sa qiiti so hace sin derram am iento de
sanare. Paro iodos estos antiguos sacrifi­
cios fueron abolidos por Jesucristo, a quien
ellos figuraban y de quien recibían toda su
fuerza, no siendo permitido desde en ton cee
ofrecer a Dios más sacrificio que el único
de la ley de gracia en que el mismo Je su ­
cristo se le ofrece como víctim a y nos pone
en estado de trib u tar a Dios un cuiio dig­
no de su grandeza, con exclusión de toaos
los demés sacrificios que ya han dejado de
serle agradables, según lo dice el mismo
Señor al pueblo judío por medio del profe-
\

fca Malaqufas: «No está mi afecto coa vos­


otros, dice el Señor de los ejércitos, y no
recibiré dones de vuestras mano». Porque
desde el O riente hasta el Poniente, me
sacrifican en todo lugar, y se ofrece a mi
nombre u n a oblación toda pura, porque mi
nombre es grande e n tre las náciones». Por
estas palabras se ve que Dios desecha los
sacrificios de los jndíoa, que su stitu y e en
su lugar un sacrificio de uoa oblación pura
y santa, y que este sacrificio que no es
otro que el de la Misa, ha de ser ofrecido
por toda la tierra.
El santo sacrificio de la Misa es una re­
presentación y continuación del sacrificio
de la Cruz. No se diferencian esenciulmen-
te el uno del otro, sino únicam ente en al
modo de ofrecerse la víctim a que es la mis­
ma en el sacrificio del Calvario que en el
del altar. Pues el mismo Jesucristo que
una vez se sacrificó en el Calvario por amor
de los hombres,' es el mismo que diaria­
mente se sacrifica en el altar tam bién por
amor de los hombrea y para aplicarles en
la Misa los frutes de la redención. En la
Cruz Jesucristo se ofreció a sí mismo sin el
m inisterio de otro sacerdote; en la Misa se
ofrece El mismo por manos dei sacerdote,
que es su minisxro y representante. En la
Cruz se ofreció Jesucristo derram ando su
sangre, en el altar se ofrece sin derram a­
m iento de ella. En la Cruz Jesucristo se
ofreció en un solo lugar y una sola vez, y
en el a lta rs e ofrece m illares de veces todos
los días y en todos los lugares de la tierra
y continuará ofreciéndose hasta el fin del
m undo, según la profecía de Malaquías,
antes citada.
E ntre los actos principales de latría, o
sea el culto suprem o que sólo se debe a Dios
en reconocim iento del dominio absoluto
que tiene sobre todas las criaturas, se
encuentra el santo sacrificio de la Misa.
Por eso la M isase la ofrecemos solam ente a
Dios, a quien únicam ente debemos adorar,
porque sólo El es nuestro suprem o Señor.
Si la ofreciéramos a los ángeles o a los san­
tos cometeríamos pecado de idolatría, pues
la idolatría consiste en dar a las criaturas
el culto que sola y exclusivam ente se debe
al Criador. Es verdad que al ofrecer a Dios
la santa Misa, celebramos tam bién en ella
la memoria de los santos, y esto lo hacemos
con el ñn de alabar y dar gracias a Dios por
las victorias que consiguieron con su gra­
cia y la gloria con que los ha premiado;
para ofrecernos con Jesucristo en este
sacrificio, así como ellos se ofrecieron tam ­
bién a sí misinos; para testificar que Je su ­
cristo es su Salvador y el nuestro, y que
esperamos participar como ellos la virtud
de su sacrificio; para pedirles que unan sus
oraciones con las nuestras, a fin de conse­
guir de Dios lo que deseamos. O en otras
palabras; celebramos en la Misa la memoria
de los santos, para dar gracias a Dios por
los dones y la lelicidad que les ha dado, y
para pedir a Los santos que rueguen a Dios
por nosotros. Pero no es a ellos a quienes
ofrecemos este divino sacrificio, sino sola­
m ente a Dios.
Pero veamos ya con qüé' fines se celebra
el santo sacrificio de la Misa. Se celebra
para honrar a Dios, y por eso se llama
Latréutico; para dar gracias a Dios, y por
eso se llama Eucarístico; para aplacar la
ira de Dios, y por eso se llama Propiciato­
rio; para alcanzar de Dios lo que necesita- _
mos; y por eso se llama Impetratorio. En
la carta próxima, Dios m ediante, explica­
remos estos fines. E ntre tanto disponga
usted de su afmo. Cap.
CARTA XXXIII

Santo Sacrificio de la Misa.

(Continuación).

Querido Teódulo: Nosotros como hom ­


bres y principalm ente como cristianos, le­
ñemos el sagrado debar de dar a Dios el
honor y culto que corresponde a su infinita
Majestad. Pero como a nosotros, a causa de
lo débil y limitado de nuestra naturaleza,
nos «3 imposible dar a Dios es« honor y ese
culto, Jesucristo nos lo ha hecho posible
instituyendo el santo sacriñcid de la Misa,
por el cual damos a Dios un honor más
grande que el que pudieran darle todos los
ángeles y santos por. toda la eternidad; le
damos un honor infinito, puesto que pone-
iros ante el trono de Dios al mismo Je su ­
cristo que se ofreció en el sacrificio cruento
de la Cruz, i que aquí ae le ofrece de
un modo incruento, pagándole así un tri­
buto de infinito honor, gloria y adoración.
Mas nosotros no sólo debemos honrar a
Dios, sino también darle gracias por todos
los beneficios espirituales y temporales que
de su paternal mano hemos recibido y
constantem ente estamos recibiendo- Y para
cum plir este deber de gratitud ¿nos ofre­
ceremos nosotros mismos Lodos enteros a
El? A unque tal hiciéramos, este ofrecim ien­
to no equivaldría al más ínfimo de sus fa­
vores, pero tenem os en cambio la santa
Misa, en la cual Jesucristo pone a nuestra
disposición un don que iguala y sobrepuja
a todas Las gracias que hemos recibido de
6U mano, la cual es su propio cuerpo y
sangre; de modo que ofreciéndosela, le
hacemos un presente que vale infinitam en­
te más que todos los dones que hemos reci­
bido de ¿u mano.
Pero si estamos obligados a dar,gracias a
Dios por los beneficios que nos ha concedi­
do y que constantem ente nos concede,
también estamos obligados a aplacarle por
las m uchas culpas que cometemos y dispo­
nerle a perdonárnoslas y apartar de nos­
otros los castigos tem porales y eternos que
por ellas hemos merecido. «¿Pero nos ha­
llamos en estado de hacerlo? jAy! cuando
en todo el m undo no se cometiese más que
un solo pecado m ortal, es este de uña mali­
cia tan grande, que para satisfacer d ig n a ­
m ente a Dios por él, no bastarían los pade­
cim ientos de todos los m ártires, ni las peni ­
tencias de todos los confesores, ni los tra ­
bajos de todos los apóstoles. ¿Cómo podre­
mos, pues, aplacar a Dios por tantas cul­
pas que se cometen en todas las partes del
m undo cristiano? ¿cómo escapar los golpes
de la justicia divina provocada con tantas
ofensas?... Con el santo sacrificio de la
Misa.
En la Misa, Jesucristo se presenta en per­
sona a su divinó Padre pidiéndole perdón
de nuestros pecados; y para conseguirlo le
recuerda los dolores, las agonías y la m uer­
te que sufrió por nosotros; y repitiendo
aquella tierna súplica que le dirigió desde
la cruz, le dice: «Padre, perdónalos, que no
saben lo que hacen», y esto basta para
desarm ar el braao de Dios, y hacerle caer
de la mano la espada vengadora. ¡Ay de
nosotros si no tuviésemos esta víctim a de
propiciación.! [cuánto tiempo ha que- Dios
nos hubiera exterm inado como a Sodoma y
Gomorral Si al presente Dios usa de mayor
clem encia que en los tiempos antiguos; si
ahora no renueva los trem endos castigos
que otras veces envió al m undo, lo debe­
mos a su unigénito Hijo, que haciéndose
en la' misa víctim a de propiciación le des*
«noja y aplaca...
Sin embargo, la misa no sólo se llama
sacrificio propiciatorio en el sentido que
acabo de explicar, sino tam bién en cuanto
por su eficacia nos descargamos de la deu­
da que nos queda con Dios por los pecados
ya perdonados. Vosotros no ignoráis que,
perdonada la culpa, no se perdona ordina­
riam ente toda la pena que le era debida;
sino que queda una pena tem poral pagada*
ra o en esta vida o en la otra. Tampoco
ignoráis, que para satisfacerla no bastan de
ordinario las buenas obras que hacem os,
como rezos, ayunos, limosnas, etc.; porque
aunque son de algún valor, no igualan a la
deuda que tenem os con Díob. ¿Cómo lo
haremos, pues, para no quedar siempre
deudores? Recurriendo al santo sacrificio
de la misa; porque en él Jesucristo ha
depositado el tesoro riquísimo de sus m éri­
tos infinitos, & ñn de que podamos ofrecer»
lo al divino Padre en satisfacción de todas
nuestras deudas. Y es tan copioso este teso­
ro de los m éritos de Jesucristo, que no
sólo podéis echar mano de él para vosotros,
sino tam bién para los difuntos; por m anera
que ofreciendo por ellos el sacrificio divino,
conseguiréis una dism inución y quizás un
completo alivio de sus penas. Y notad, que
este es el medio más seguro para aliviar­
les, y m uchas veces el medio único que
queda. Porque, si vosotros estáis en peca­
do mortal, cualquiera obra buena que
hagáis para alivio de los difuntos, yo no
puedo aseguraros que les aproveche; pero
sí os aseguraré, que les aprovechará el
sacrificio de la misa en cualquier estado
que se lo apliquéis, aunque sea el de culpa
grave. La razón de esta diferencia es, que
en las demás obras buenas Dios considera
vuestro m érito y vuestra disposición, y si
estáis en desgracia de til, no es seguro que
las acepte en favor de otros no valiendo
para vosotros mismos; pero en la santa
misa no considera v uestra dignidad ni la
de! celebrante, sino únicam ente el mérito
infinito dé la víctim a que se le ofrece».
(Planas. El Catequista Orador).
Por último «ofrecemos a Dios el santo
sacrificio de la Misa como sacrificio supli­
catorio, para pedir auxilio en todas las
necesidades de cuerpo y alma. Se dice que
nos hallamos en necesidad, cuando necesi­
tamos de alguna cosa que no tenem os, o
habernos m enester del auxilio ajeno. Cons­
tantem ente estamos necesitados del auxilio
divido. Necesitamos de. su auxilio para
vivir, para poder m overnos, para conser­
var la salud y hallar el sustento necesario
al cuerpo. Estas son necesidades corpora­
les, especialm ente en caso de pobreza,
enfermedad, etc. Necesitamos del auxilio o
gracia de Dios (sobre todo en las te n ta d o -
nes y peligros) para ser hijos de Dios, o si-
ya lo som os, para seguir siéndolo, para
poder observar sus man da míen Los, para
huir el pecado y m erecer el cielo. Estas
son necesidades de nuestra alma. Sin el
auxilio de Dios no podemos vivir ni siquie­
ra un m omento, ni hacer m érito alguno
para la vida eterna. Por esta razón debe­
mos implorar todos los días el auxilio divi­
no. ¿Mas cómo nos ha de oir Dios, a quien
tanto hemos ofendido, y cuyos beneficios
hemos m enospreciado? ¿Cómo ha de escu­
char las plegarias de un. corazón tan m ise­
rable como el nuestro?
Por grande que sea nuestra indignidad,
aunque no tengam os razón alguna para
esperar que Dios nos escuche, debemos
tener confianza en el éxito de nuestras
oraciones y en el auxilio divino por medio
del santo sacrificio de la ;nisa; porque en él
tenemos por intercesor para con el Padre
celestial a su mismo divino Hijo m uy am a­
do, que presenta al eterno Padre nuestras
súplicas y oraciones y puede alcanzar todo
cuanto necesitamos».
Así, podemos decir con suma confianza:
«Ha aquí, amado Padre, que Tengo a tí en
tal necesidad, para pedirte tal... gracia. Se
que no la merezco; mas aquí tienes a tu
divino Hijo, a quien inefablem ente amas;
con todos sus m erecim ientos; concédem e
por su amor lo que te pido si ha de ser para
honra tu ja y salvación de mi alma. El,
ciertam ente me lo concederán, porque tu
divino Hijo ha dicho que nos darás todo Lo
que te pidiéremos en su nombre».
¡Cuántos bienes espirituales y corporales
alcanzaríamos si asistiéram os con frecuen­
cia y devoción al santo sacrificio de la
misa e invocáramos en él confiadamente el
auxilio divino! (Schm itt. Explicación del
Catecismo)/
Mande a su afmo. Cap.
Devoción a la Santísima Virgen.

Mi querido amigo: Además de los medios


da santificación que Dios nos ha dejado en
su Iglesia y de que se ha hecho mención
en las cartas anteriores, tenem os también
el socorro de los santos, quienes con los
ejemplos de su santa vida nos excitan a la
práctica d é la virtud y con su intercesión
nos alcanzan de Dios, por mediación de
Jesucristo, la gracia y protección divina.
A este fin debemos honrarlos e invocarlos,
pero m uy especialm ente debemos honrar e
invocar & María Santísim a que por ser
Madre de Dios y de los hombres y la más
pura, santa y perfecta de todas las puras
criaturas tien e ante el trono de Dios más
poder y valim iento que todas ellas.
Oon sólo decir que la Santísim a Virgen
es Madre de Dios, fácilm ente se puede
suponer cuán grande sea su poder y vali­
m iento en la divina presencia. De la ora­
ción de los santos a la oración de la que es
Reina de todos ellos hay gran diferencia,
una diferencia casi inm ensa, porque ia de
aquéllos recibe toda su fuerza de la suma
generosidad de Dios, tan sólo porque quie­
re complacerles; mientras que la fuerza de
los ruegos <ie María Santísim a, se funda no
sim plem ente en la generosidad de Dios,
sino en un cierto derecho natural, y si me
es iícito expresarme así, en tin deber casi
de justicia. Porque el derecho natural y la
justicia exigen que el hijo complazca a Ja
madre, en todo lo que sea justo y razona­
ble. Por consiguiente, cuando Dios atiende
a las súplicas de la Virgen María, que es su
dignísim a y verdadera Madre, no le dispen­
sa una simple gracia, sino que le paga una
deuda natural, cumple con ella una ley
justa y le guarda una atención que todo
buen hijo está obligado a guardar a su
madre. (Planas. EL cura en el púlpito).
Por eso San Pedro Damiano dirigiéndo­
se a la Santísima Virgen te decía estas
palabras: «Cuando Vos, Reina dbl cielo,
queréis del Señor alguna gracia, os acer­
cáis a su trono, no en ademán de quien
suplica, sino en actitud de quien manda;
no a manera de una súbdita que pide, sino
con aire de una señora que dispone y
ordena».
Y esi^e poder de la Santísima Virgen no
le tiene precisam ente por ser Madre de
Dios, sin o por sus excelsas virtudes. Pues
aunque esta purísima Señora no hubiese
sido escogida para Madre de Dios y aunque
su divino Hijo no hubiese puesto en sus
manos los tesoros de sus gracias; no obstan­
te, por sólo los m éritos de su vida, su in ­
tercesión sería casi todopoderosa, y una
sola palabra de su boca podría mucho má»
con Dios que todas las súplicas de todos los
ángeles y santos ju n tos. ¿Pues cuánto
mayor será su poder siendo Madre de Dios
y la tesorera general de sus gracias?
Por esta razón la santa Iglesia, en las
Letanías y demás oraciones que dirige a
Dios, invoca primero que a los ángeles y
santos a te Santísima Virgen, y en sus
necesidades y apuros acude a ella con más
insistencia que a aquéllos. Por la misma
razón San Gregorio de Nicómedia hablan­
do con esta Reina de misericordia, la dirige
las siguientes palabras, que también iodos
y cada uno de nosotros le podemos dirigir.
«Vuestro poder, Señora, es irresistible',
vuestra mediación es om nipotente. Nada
resiste a vuestra plegatia, nada se opone a
vuestra voluntad. A una sim ple palabra
vuestra, todo obedece: a un simple manda­
to vuestro, todo cede: a una simple indica*
ción vuestra, todo se hace y se cum ple.
A sí es, ¡oh Reina excelsa!, y es asf porque
vuestro Hijo-Dios, creyéndose en algún
modo obligado a deferir a vuestras peticlo-
•nes, es benignísim o en escucharos, g en e­
rosísimo en com placeros, larguísimo en
otorgaros cuanto le pedís.
De modo que si Vos le pedís mi salvación,
mi salvación es cierta, segura, infalible».
«¡Cuánta debe ser, pues, nuestra confian­
za en esta Reina, dice San Alfonso María
de Ligorió', sabiendo el gran poder que
tiene para con Dios, y que además es tan
rica y llena de misericordia, que no hay
ano sólo entre los vivientes que no parti­
cipe de la piedad y de los favores de María!
Así lo reveló la misma bienaventurada
Virgen a Santa Brígida: Y o soy, le dijo la
Reina del cielo y la Madre de la misericor­
dia; y o soy la alegría de los justos, y la
puerta para introducirlos pecadores a Dios.
No hay pecador sobre la tierra que viva
tan perdidamente y sea tan malvado, que
se halle privado de mi misericordia; porque
aun fcuando todos no obtuvieran otro favor,
por mi intercesión reciben la gracia de ser
menos tentados por el demonio, de lo que
de otra manera lo serían. Ningún pecador,
añadió, a no ser que haya sido absoluta­
mente maldecido (lo que debe entenderse
con la final e irrevocable maldición de los
condenados), ninguno, dijo, se halla tan
abandonado de Dios que si me invoca en
su ayuda, no vuelva a su gracia, y obten­
ga su misericordia. Todos me llaman Madre
de misericordia, y verdaderamente la m i­
sericordia de Dios hacia los hombres me ha
hecho tan misericordiosa con ellos; por
esto será desdichado, y por toda una eter­
nidad, el que pudiendo en esta vida acu­
dir a mí, que soy con todos tan compasiva
y deseo Unto ayudar a los pecadores, no
lo hace, y se condena».
' Acudamos, pues, pero siempre a los pies
de esta dulcísima Reina, si queremos ase­
gurar nuestra salvación; y si nos arredra
y desanima la vista de nuestros pecados,
reflexionemos que María fué hecha Reina
de misericordia a fin de salvar con su pro­
tección a los pecadores más grandes y per­
didos que se encomiendan a ella». (Glorias
de María).
En vista de esto ¿quién será, amigo mío,
tan necio que no quiera aprovecharse del
amparo y protección con que te brinda la
Santísima Virgen María? ¿Quién será tan
ciego que no vea el peligro de perder su
alma por no querer acudir a esta Santísima
Señora por medio de una sincera y verda­
dera devoción? Sincera y verdadera devo­
ción he dicho, porque cuando los Sant06
Padres y Doctorea nos enseñan que la de­
voción a María Santísima as señal da sal­
vación, no d o s hablan de aquella devoción
falsa que algunos cristianos tienen a la
Madre de Dios, y que consiste en rezarle
algunas oraciones y en llevar sobre sí me­
dallas y escapularios, pero que viven de
asiento en el pecado y ningún esfuerzo
hacen para salir de él, sino que hablan de
aquella devoción cordial y sincera que
tiene por base la observancia de los man­
damientos de Dios y de Ja Iglesia; y ésta es
la devoción que todos hemos de procurar
tener, y que en nuestra mano está el te­
nerla, com o medio seguro para ir al cielo;
a diferenciado la otra que, com o falsa y
engañosa es el medio más a propósito para
ir al infierno.
Esto no quiere decir que todos los que
están en pecado mortal no puedan tener
verdadera devoción a la Virgen María, ni
tengan nada que esperar de esta Madre de
misericordia; no, pues entre pecadores y
pecadores hay mucha diferencia. «Pecado­
res hay, dice el P. Planas en su Arte
Pastoral, que lo son por pura fragilidad, y
aunque actualmente esclavos de Ib culpa,
en cierto m odo la aborreceD', desean salir
de «Ha, y acuden a María Santísima para
que les ayude a levantarse. A estos peca­
dores les digo que pueden acudir a María
con toda confianza, que pueden esperarlo
todo de ella, porque respecto de estos se
verifica que es Madre de pecadores. Otros
pecadores hay que, digámoslo a$í, lo son
por sistema, porque viven contentos con el
pecado, no tienen voluntad de dejarlo, y;
sólo acuden a María para poder continuar
en él con más seguridad, creídos de que su
devoción los pondrá a cubierto de las sor­
presas de la muerte, de la indignación de
Dios, y de los castigos del cielo. A estos
pecadores he de decirles, que si piensan
lograr esto de la más Santa de todas las
criaturas, de la más fiel a Dios, de la más
celosa de su gloria, se engañan miserable­
mente; porque sin la voluntad, a lo menos,
de dejar la culpa, así com o nadie puede
llamarse verdadero devoto su yo, nadie
tampoco puede prometerse su protección».
Tengamos» pues, todos sincera devoción
i la Madre de Dios, que también es Madre
luestra. Todos he dicho, porque todos
lecesitamos de su protección y amparo
>ara salvarnos; la necesitan los que esián
m gracia de Dios para no caer en «1 peca-
lo; los que están en pecado para recobrar
a gracia y perseverar en ella. Pero no hay
|Ue olvidar que esta devoción ha de ser
lólida y verdadera, y lo será si a las ora-
íiones y obsequios que hagamos a Nuestra
íeñora, unimos la guarda de los manda-
nientos y la imitación de sus virtudes,
ispeciatmente la humildad, la pureza y la
raridad.
De usted afmo- Gap.
Soeiallnmo.

Querido amigo: Veo por su estimada car­


ta que ya empezó la explotación de esas
minas, con no poca satisfacción de sus
dueños, p o r las grandes ganancias que se
prometen sacar de ellas, y COn no poco
disgusto de esos pobres habitantes, que
con el principio de esos trabajos ven el fin
de la paz y tranquilidad que hasta'ahora
había reinado en sus hogares. En efecto;
me dice usted que al mismo tiempo que la
explotación, com enzó también la propa­
ganda de las doctrinas socialistas, recor­
dando usted qud uno de los propagandistas
entre otras cosas, dijo las siguientes: «Que
el socialismo es el único sistema que puede
hacer felices a los pobres que com ponen la
inmensa mayoría del género huma.no; que
la tierra es de todos y todos tienen derecho
a sacar de ella todo lo necesario no sólo
para vivir holgadam ente,' sino también
para disfrutar del banquete de la vida,
com o hasta ahora.lo han venido haciendo
los ricos con exclusión de los pobres tra­
bajadores, que siendo los que más trabajan,
eon también los que menos com en. Y que,
com o esto no es justo ni equitativo, en
adelante no ha de seguir sucediendo lo
mismo, sino que todos seremos iguales en
las riquezas y en los trabajos, y que, por
por consiguiente, ya no habrá ricos ni po­
bres, sino hombres felices y dichosos, pero
todos trabajadores, y de este modo todos
p ir igual puedan disfrutar de la vida; que
para llegar-aeste estado de cosas, los ricos
y capitalistas, de grado o por fuerza, tienen
que soltar sus bienes para repartirlos entre
los pobres que carecen de ellos, o para for­
mar con ellos una masa com ún y de ella
recibir cada individuo una parte igual.
Entonces com o ya no habrá lucha entre el
capital y el trabajo, ni entre ricos y pobres,
puesto que todos estaremos igualados en
bienes de fortuna, reinará la paz en la
tierra, la que. si hasta el presente se ha
mostrado coü. o madre cariñosa con los
ricos y p o te r /s i. s y com o madrastra cruel
con los pobres ¿ Jeevaliios, en lo sucesivo
aparecerá com o madre solícita de todos los
hombres. Y termina usted su.carta, dicién-
dome a que algunos de sús convecinos les
parecen buenas esas doctrinas, mientras
que otros, los más, las detestan, y prepun­
tándome cuál es mi opinión acerca del so­
cialismo.
Mi opinión acerca del socialismo, o más
bien el ju icio que me he formado de él, no
puede ser otro que el de la Iglesia católica,
la cual h& condenado esa secta impía que
no tiene otro fin que trastornar los funda­
mentos de toda sociedad civil y religiosa.
Aquí tiene usted, amigo Teódulo, manifes­
tado en pocas palabras cuál es el ju icio que
tengo formado del socialismo y cuál debe
ser el de todo hombre que se precie de ser
hijo sumiso de la Iglesia Católica y amigo
del orden social. Es decir, que debemos
condenarlo, aborrecerlo y detestarlo com o
lo condena, aborrece y detesta esta buena
Madre, con lo cual nos demuestra más y
más que ella es la principal defensora de la
moralidad y del orden que deben reinar en
la sociedad que la secta impía trata de
minar desde sus cim ientos.
Aunque nada me dice usted de los ante­
cedentes de e s o s sus con vecin os que
aprueban las doctrinas socialistas, no creo
aventurado pensar que serán de los que
poco o nada,tengan que perder, o de los
que mirando con gran aversión el trabajo,
quieren a todo trance vivir a costa del pró­
jim o sin trabajar, com o lo hacen m uchos
de los obreros, quienes, halagados con las
promesas que sus directores les han hecho,
de tomar parte en la repartición de rique­
zas arrebatadas a ios que justam ente las
poseen, no dudaron en entrar a engrosar
las filas del socialismo y por ese medio
tener que com er sin dedicarse al trabajo
que consideran com o atentatorio a la digni>
dad humana.
El socialismo, por los errores que co n ­
tiene» por los desórdenes que suscita y
sobre todo por la igualdad absoluta que
pretende establecer entre ios hombres, no
es tan moderno com o generalmente Be
cree, es tan antiguo com o el mundo. En
cierto modo puede decirse que el demonio
fué el primer socialista que hubo en el
mundo. Pues este padre del error y de la
mentira arrastrado por su soberbia, poco
después de haber sido orlado ya pretendió
igualarse al Altísimo, m ereciendo por ello
ser arrojado desde el cielo a lo más profun­
do del abismo. Más tarde, queriendo aso­
ciar a los hombres a su desgracia excitó a
nuestros primeros padres a que desobede­
ciesen & Oios, prometiéndoles que, si así lo
hacían, serían com o Dios, sabiendo el bien
y el mal. Pero com o de esta desobediencia
en que hizo caer p Adán y a Eva no sacó
todo el partido que él se propusiera al ten­
tarlos, graciosa la reparación sobreabun­
dante que para borrar aquella culpa se dignó
hacer el Hijo de Dios hecho hombre, inten­
tó, valiéndose de los padres del socialismo,
introducir entre los hombres un nuevo
modo de pervertirlos, haciéndoles creer
que d o existe Dios a quien deban temer, y
que siendo la tierra su último fin, en ella
han de procurar ser felices y dichosos, sin
que para conseguirlo reparen en los medios,
invitando, al efecto, a los ricos y potenta­
dos a que de grado o por fuerza se despren­
dan de sus riquezas, a fin de repartirlas
entre los proletarios y así todos los hom ­
bres vengan a ser iguales en bienes y
goces com o son iguales por su naturaleza.
Y a fe que este nuevo método de perver­
sión, inventado por el dem onio, desgracia­
damente lleva trazas de llenar el objetivo
que se propuso este enemigo de los hom ­
bres, cual fué el de ganar para sí y aso­
ciar a sus tormentos a una infinidad de
almas.
En efecto; los apóstoles del socialismo
que no creen en Dios, pero que sf creen al
diablo, no se dan punto de reposo para pre­
dicar a las masas proletarias las doctrinas
impías y antisociales que les inspiró el
enemigo del género humano.
Pero veamos ya el modo de probar lo
lu
absurdo de esta igualdad absoluta que los
socialistas intentan establecer entre los
hombres. Es evidente que todos los hom ­
bres son iguales en lo esencial de su natu­
raleza, y en el destino al mismo fin eterno
y sobrenatural. Mas de aquí no se sigue,
com o lo pretenden los socialistas, que
todos los hombres deban ser iguales abso­
lutamente entre sí.
Para que esto sucediera, para que todos
los hombres pudieran alcanzar esta igual­
dad absoluta, sería indispensable que todos
ellos estuvieran dotados de iguales e idén ­
ticas cualidades físicas, intelectuales y
morales; pero como esto último no es así,
tampoco puede serlo lo prinaero. En cuanto
a que las cualidades físicas no son iguales
entre los hombres, no necesita demostra­
ción, pues míen tras vem os que unos tienen
un cuerpo fuerte y robusto para el trabajo,
vem os que otros lo tienen débil y enfermi­
zo que los inutiliza o hace menos aptos
para el mismo.
Por lo que toca a las facultades intelec­
tuales, vem os asimismo que hay hombres
de inteligencia tan despejada que al punto
comprenden las cuestiones que se les pro­
ponen, al paso que hay otros que la tienen
tan obtusa que ni a mazazos se les puede
hacer comprender las cosas más triviales y
sencillas. Y nada digamos de las cualidades
morales, pues según la diferencia de estas
cualidades hay hombres que son laboriosos
y honrados, y los hay holgazanes y vicio­
sos. Ahora bien; com o usted lo puede
comprender, amigo mío, oon esta diferen­
cia de aptitudes y condiciones en que se
encuentran los hombres, no sé de qué
manera pueda llegarse a esa tan decantada
igualdad. Porque, por su peso se cae que el
hombre robusto, si quiere, puede trabajar
más que el débil y enfermizo que, aunque
no le falte voluntad, no podrá igualar al
otro. A mayor trabajo, en igualdad de cir­
cunstancias, corresponde m ayor ganancia,
com o a mayor aptitud en el desempeño
de cualquier trabajo, arte, oficio o profe­
sión, corresponde también mayor rendi­
m iento.
De donde se sigue que no es posible
igualar a todos los hombres en ganar el
mismo jornal oel.m ism o aueldo, pues tanto
el jornal com o el sueldo tiene que estar
en relación con el trabajo hecho o con lá
aptitud y desempeño del empleo confiado.
Añádase a esto que así com o entre los hom­
bres los hay diligentes y ahorrativos, los
hay también que son haraganes y derro­
chadores. Me sabrían decir los señores
sooialistas ¿cóm o se podrían igualar éstos
con aquéllos en bienes de fortuna? Por
medio de la persuasión y el consejo, me
contestarán. Pero es el caso, replico yo,
que las doctrinas socialistas no son las más
apropósito para persuadir y aconsejar a
nadie que cumpla con su deber, sino que
más bien sirven para excitar a la rebelión
y a la violencia com o lo estamos viendo
con demasiada frecuencia. Así que a los
directores de esta secta impía y anticris­
tiana no les quedaría otro recurso que, o
dejar perecer de hambre o miseria a las
masas haraganas y viciosas, o armarse del
látigo para hacerlas entrar en cintura. Y en
tal caso ¿cóm o quedaría la libertad?
No, amado Teódulo, esto no puede ser;
que no se hagan ilusiones sus paisanos a
quienes agradaron las ideas socialistas; es
un sueño de cabezas calenturientas que
jamás se podrá realizar. Mientras subsista
el presente estado de cosas, mientras la
actual sociedad humana no cambie esen-
cialmente, mientras no aparezca sobre la
tierra otra sociedad enteramente nueva,
compuesta de hombres enteramente nue­
vos que estén todos vaciados en el mismo
m olde y que todos tengan la misma robus­
tez y el mismo pensar y el mismo querer,
no se podrán llevar a cabo las insensatas
teorías del socialismo. ¿Será esta la razón
de pretender acabar con la sociedad actual
para sustituirla con otra nueva? Pues en
este caso los jefes socialistas deben empezar
por destruirse a sí mismos, a fin de que no
queden ni rastros de la antigua sociedad,
porque si ellos quedan para dar principio
a la nueva, nada habrán adelantado, no
habrán hecho más que perder el tiempo, y
seguirían las cosas com o hasta la hora
presente.
Y termino por ahora, pero para hacer
más palpable lo que queda dicho, en esta
carta, he de referir a usted una parábola
en la carta siguiente.
Disponga entretanto de su amigo y Cap.
Socialismo.

(Continuación).

Prometí a usted, querido Teódulo, en mi


última carta referirle una parábola, en la
que vería usted con claridad meridiana que
las doctrinas del socialismo tienden a minar
desde sus cim ientos la sociedad humana, y
com o lo prometido es deuda, allá va la
parábola.
Un rey se propuso solemnizar el dfa de
sus bodas favoreciendo a todos los matri­
m onios de pobres que se hubiesen celebra*
do an su reino el mismo día. Con este fln
dió un edicto invitando a los que llenasen
las dichas condiciones y voluntariamente
se presentasen a aceptar el favor regio»
que consistía en poner a disposición de los
mencionados matrimonios una isla, basta
entonces inhabitada; en ceder en ella a
cada uno de ello9 un número igual de hec­
táreas de terreno para que lo cultivas en,
una casa de idéntica dimensión y con s­
trucción y mil pesetas para los gastos de
instalación y sustento. A tan halagüeña
invitación se presentaron ciento veinte
matrimonios lo s’ que después de haber
ofrecido sus respetos al rey y dádole las
más rendidas gracias' por el beneflcio que
les había otorgado, se embarcan para la
isla, donde toman posesión de su terreno
y de su casita; y con las mil pesetas de
dote que habían recibido todos se conside­
raban trasladados a u n Jánja, a un paraíso
de delicias, donde todo era paz, dicha y
felicidad. Y no podía menos de ser así,
pues allí no había entre unos y otros la
más pequeña envidia; todos estaban co n ­
tentos con su suerte, puesto que en aque­
lla nuava sociedad no existía esa desigual-
dad que tanto irrita a los socialistas, ya
que todos eran iguales en propiedades rús­
ticas y urbanas y eñ dinero. Y para que
nada faltase a esa igualdad, hasta el núme­
ro de individuos en cada hogar era el mis­
mo, pues no había más que marido y
mujer. No había criados, porque los ma­
trimonios eran pobres; no había hijos,
porque los esposos estaban recién casados.
Los socialistas más exigentes no hubie­
ran podido desear m ayor igualdad que la
que reinaba entre aquellos islefios y jamás
a propósito, por consiguiente, para hacer
duradera la paz y dicha entre ellos.
Mas para desengaño de los secuaces del
socialismo y para desdicha de los nuevos
colonos, no fué así. Aquella paz y tranqui­
lidad no duró más tiempo que el necesario
para que se hiciera patente la diferencia
de cualidades físicas, intelectuales y mora­
les que había entre los habitantes de la
isla, y de las que ya se hizo mención en
la carta anterior. Pues algunos, no co n ­
tentos con cultivar su terreno, después de
dedicar cada , día a ese cuidado el tiempo
necesario, empleaban el resto e s o t r o s tra­
bajos productivos, según la afición y apti­
tud de cada uno. Uno se dedieaba al oficio
de sastre, que era el que tenía en su pafs,
otro al de zapatero, este al de carpintero,
aquel al de curtir pieles, etc. No faltando
tampoco quien se dedicase & montar una
fábrica de telas, o construir un m olino, o a
abrir un establecimiento de com ercio; todo
esto, claro está, en pequeña escala y según
lo exigían las necesidades de aquella pe­
queña sociedad, pues allí no había expor­
tación por falta de barcos, que sólo por
maravilla y corriendo alguna borrasca se
acercaban a las costas de aquella isla. Tam­
poco faltaba alguno que se dedicase a la
pesca de perlas, al estudio de la flora y
fauna de la isla y aun al estudió de las
letras.
Pero en cam bio, otros, los más num ero­
sos de aquella colonia no trabajaban en sus
tierras de labrantío más que lo indispensa-
ble para no morirse de hambre; no se ocu ­
paban para nada de artes, de industria, ni
de otras labores lucrativas, ni m ucho me­
nos de instruirse por medio de buenas
lecturas; todo eso lo consideraban com o
cosa de poca importancia, sino es que lo
ses­

eo nsideraban com o opuesto a la felicidad


que debían disfrutaren aquella Jauja.
Todo au placer consistía en entretener
sus ocios jugando, bebiendo y solazándose
a la sombra de palmeras y platanares don­
de a guisa de Casino se reunían y mataban
el tiempo, mientras los otros, sus con v e­
cinos dedicados a sus faenas ganaban el
pan con el sudor de su frente, en confor­
midad con la sentencia del Criador, y
aunque poco a poco iban acrecentando sus
haberes con la actividad de su inteligencia
y el esfuerzo de sus brazos. Hasta aquí
todo iba bien para los trabajadores y para
los holgazanes /Mas luego que las mil pese-
tillas pasaron de los bolsillos de los devo­
tos de Baco, de Jorge y del Casino, a los
bolsillos de los artesanos e industriales,
empezó a alterarse la paz y tranquilidad
en aquella isla. Los asiduos asistentes al
óasino veían con muy malos ojos que sus
con vecinos laboriosos y ahorrativos com ie­
ran bien, vistieran m ejor y que de todo
tuvieran en abundancia, mientras ellos ca­
recían de todo y casi perecían de hambre.
Esto no puede seguir así, exclamaban los
del Gasino; es necesario que este estado
de cosas cambie radicalmente, pero en
seguida.
Y tomando la palabra uno de los de
la cofradía, que por las trazas había sido
socialista en su tierra, se expresó, poco
más o ihenos, en estos términos: o Respe­
table auditorio: Todos sabéis muy bien que
mientras hubo igualdad de intereses entre
los habitantes de esta isla reinó la paz en
toda ella. Pero en cuanto asomó la cabeza
esa irritante desigualdad, en mala 'hora
introducida por la odiada burguesía, des­
apareció esa tan deseada paz, al ver que los
burgueses tienen abundancia de todo,,
mientras nosotros los proletarios estamos
a punto de perecer por falta de recursos.
¡Compañeros y compañeras, el hambre no
admite espera! Propongo, en consecuencia
del mal que se nos viene encima, que sin
pérdida de tiempo se forme una junta con
su correspondiente presidente, secretario,
tesorero y vocales para que discuta, dicta­
mine y acuerde lo que proceda en vista de
la gravedad de las circunstancias que nos
rodean».
El acuerdo que no se hizo esperar y que
íué tomado por unanimidad de la junta,
fué, como era de suponer, el de desvalijar
a aquellos honrados industriales, y artesa­
nos, sin que les sirviese de nada su pro­
testa y el que alegaran el derecho de pro­
piedad que tan justam ente tenían sobre sus
intereses’ adquiridos con su honrado tra­
bajo, ni el que invocaran en su defensa la
fueTza del derecho y de la ra zón que esta­
ban de su parte y les hicieran ver la injus­
ticia y atropelló que se trataba de com eter
con ellos. A . tan fondados y comedidos
razonamientos, los de la junta se contenta­
ban con decir que en estos benditos tiem­
pos de libertad, de igualdad y fraternidad,
no convencía ya la fuerza de la razón y del
derecho, sino la razón y el derecho de la
fuerza. Pues que, ¡decían los proletarios
con soberbia satánica! ¿No saben ustedes
que nosotros som os m ayoría,'y que ahora
el régimen de las mayorías es el que gobier­
na en todas las naciones y pueblos de la
tierra? Los pobres y honrados trabajadores
ante tan inicuas y selváticas razones no
tuvieron más remedio que someterse al
acuerdo de aquella ju n ta de arrebatacapas
y presentar todo cuanto tenían para que se
hiciese el reparto, y de nuevo quedasen-
nivelados las abejas y zánganos de aquella
colm ena.
Hecho el reparto y quedando con él igua­
lados los burgueses y proletarios, renació
la tranquilidad en la isla; pero esta tran­
quilidad íué menos duradera que la prim e­
ra, pues sólo duró el tiempo que tardaron
en consumirse los pocos com estibles que
les tocaron en el reparto. Es cierto que
había dinero, pero com o el dinero no se
com e ni sirve para nada si no hay en qué
emplearlo, com o les sucedía a nuestros isle­
ños; pues los que hasta entonces habían
sido verdaderos obreros, que con su hon­
rado trabajo producían las cocas necesarias
para la vida de los habitantes de aquella
colonia, se declararon en huelga, no que­
riendo seguir haciendo el papel de primos,
trabajando y sudando en beneficio de aque-
tíos holgazanes y gandules que no se ocu ­
paban en otra cosa que en diversiones y
placeres. Como se puede com prender fácil­
mente, con esta huelga la más justa que ha
habido y puede haber, llegaron a faltar los
artículos de primera necesidad. Con este
motivo' los que hasta entonces habían sido
tan negados para el trabajo, no les quedó
otro recurso que sacudir la pereza, inge­
niarse y buscar los medios para sustentar­
se y no morirse de hambre. Y com o a falta
de pan, buenas son tortas, cocían o asaban
las mazorcas antes que el maíz llegara a su
madurez, y así sin otro condim ento las
com ían: o bien desgranaban el maíz y lo
cocían y después lo moiían con unas pie­
dras, haciendo con la masa unas tortas con.
las que saciaban su hambre. Mas como este
alimento, aun cuando le añadiesen el de
los plátanos y el de otras frutas de la isla,
no les satisfacía enteramente, se interna­
ron en los montes para disputar a los
leones y a los tigres sus presas y tener
carne con que acompañar las otras viandas.
Si de esta manera pudieron resolver el
problema de la bucólica, o sea de la alim en­
tación, les quedaba por resolver el del ves­
tido. Los vestidos, com o todo el mundo
stbe, no son m uy du n d eros, y m ucho
menos cuando se anda con ellos entre zttr-
zales y espinas. Los vestidos de nuestros
isleños que, en lucha por la existencia, te­
nían que andar por la -espesura y maleza,
de aquellos bosques vírgenes, no habían
de ser una excepción de la regla. Así que
mientras ellos arrebataban a las fieras su
presa para sustentarse, los zarzales y espi­
nos los iban despojando a ellos de sus ves­
tidos hasta dejarlos en el misino estado en
que sus madres los echaron al m undo. En
la imposibilidad de sustituir los vestidos,
. por falta de tela para hacerlos, 110 les quedé
otro recurso que acudir a las palmas para
cubrir su desnudez, com o Adán y Eva, des­
pués de su pecado, tuvieron necesidad de
acudir a la higuera para cubrir la suya.
¡A tan triste y angustiosa situación que­
dó reducida aquélla sociedad isleña, v ícti­
ma de las funestas doctrinas del socialis­
m o! Afortunadamente, y disponiéndolo así
la. divina Providencia, puso fin a tan aflic­
tiva situación el arribo a las costas de aque­
lla isla de un barco cuyo capitán profunda»
mente conm ovida al ver el triste estada
de aquellas pobres gentes, se ofreció a em ­
barcarlas y restituirlas a su pafs nata). Una
vez en el barco, no sin antes dar gracias a
Dios, que los sacaba de aquel cautiverio, y
al capitán que tan generosamente les ofre­
cía su barco, deepídense de aquella isla de
tan tristes recuerdos para ellos, y abomi­
nando del socialismo, de sus fundadores y
de los que siguen sosteniendo sus doctri­
nas, se dirigen a su patria suspirada adon­
de llegaron extenuados por el hambre y los
sufrimientos y vestidos con el traje que les
habían suministrado las palmeras, o con el
que se habían proporcionado con las pio­
les de los animales.
En esta parábola que le acabo de referir,
tiene usted explicado, amado Teódulfl^el
fin que le aguardaría a la sociedad huma­
na, si algún día, permitiéndolo Dios, en
"castigo de los pecados que cometen loa
hombT«s, prosperasen y se realizasen las

teorías del socialismo. Es .decir, que la
sociedad humana tendría un desenlace tan
funesto com o el de aquellos isleños. Pero
con esta notable diferencia, porque al ñn
éstos pudieron reintegrarse o volver i su
patria y familia, ¿mas a qué patria y a qué
familia volverían sus ojos los hombres una
ves disuelta la sociedad y la familia de que
formaban parte? A mi ver no habría más
que dos medios para que Los hombres pu­
dieran seguir viviendo. El uno sería que
loa hombres se trasladasen a la luna, caso
que para entonces hubiesen inventado ya
los hombres el modo de verificarse el tras­
lado de la tierra a su satélite y que éste
fuese habitable para la roza humana y con
tal que el socialismo no hubiese estableci­
do sus reales en ese planeta, porque de lo
contrario habría sido inútil el cambio de
dom icilio. EL otro medio sería que los h om ­
bres, ora aislados, ora de dos en dos, de
tres en tres, o com o ellos quisieran se repar­
tiesen por las selvas a disputar su pasto y
madrigueras & las fieras, es decir, que los
hombres volviesen &1 estadio salvaje que,
según el sueña disparatado de Rousseau,
fué el estado primitivo de los mismos, antes
que se verificase el no menos disparatado
Pacto social soñado por el mismo filósofo
ginebrino, y al cual estado de salvajismo
nos aconseja que volvam os, por ser este,
estado, según él, el mejor y el más nata-
ral. ¡Lástima grande es que Rousseau y
todos sus discípulos no hubieran permane­
cido en ese primitivo estado, tan sin funda­
mento por ellos ideado y tan tenazmente
defendido! ¡Cuánto hubiera ganado el mun­
do, de cuántas calamidades y desdichas y
de cuántos males morales y materiales no
se hubieran librado los hombres, si esos
falsos filósofos hubiesen.continuado en ser
compañeros cié las fieras!, pues en esa supo­
sición 110 se habrían hallado en disposición
de escribir esa nube de libros y folletos que
tantas cabezas han trastornado y que en
cada una de sus páginas llevan envuelto el
veneno que mata los cuerpos y las almas.
Ahora para concluir esta ya larga>cartat
vaya esta pregusta* a los directores del
socialismo.
Díganme señores socialistas, ¿creen usté-
-des de buena fe, que sean realizables las
doctrinas que predican a las masas prole­
tarias, o no lo creen? Si no lo creen, son
ustedes unos impostores; y si lo creen,
¿están ustedes con vencidos de que se pue­
den llevar a cabo con daño de la sociedad,
o sin que la sociedad sufra el m enor daño?
Si lo primero, son ustedes unos crim inales;
si lo segundo, son ustedes unos imbéciles.
Que sean ustedes esto últim o se prueba
con lo que queda escrito en esta carta y en
la anterior; y que sean ustedes unos impos­
tares o unos criminales, no necesita demos-
tración, pues todo el mundo sabe que es'un
impostor todo aquel que trata de im poner
a los demás una doctrina qne él no cree; y
que todo aquel que trata de socavar los c i­
mientos sobre que descansa la sociedad do­
méstica, civil y religiosa, es un crim inal.
Procure, amigo m ío, que lean esta carta
sus amigos, y si le es posible haga porque
la lean también los obreros que trabaja n
en esas minas. En espera de su contesta­
ción , me repito su yo afino. Cap.
Obrero9.

Mi querido amigo: Me dice usted en su


Última carta que, enterados sus con vecin os
d e Ib mía, quedaron convencidos de lo per­
niciosas que son las doctrinas del socialis­
mo y que r«chazan, por consiguiente, la
tentación de afiliarse a esa secta condenada
por la Iglesia. En cuanto a la contestación
que dieron a usted los mineros de reser­
varse el formar ju icio sobre ini m odo de
apreciar las doctrina» socialistas, ya habla­
remos después. Es Yerdad, que si por una
parte, esos mineros quieren reservarse el
formar ju icio, por otra, añrman que al so ­
cialismo deben los obreros el que io s g o ­
biernos se hayan interesado algo más por
ellos y que los patronos dejasen de ser
menos injustos y fuesen más equitativos
con el pobre trabajador de quien im pune­
mente venían abusando.
Aunque no esperaba y o otra cosa de sus
amigos, m ucho me satisface la resolución
que han tomado, ni me disgusta la con tes­
tación que dieron a usted esos pobres mi­
neros acerca del contenido de mi carta;
pues ello prueba que no están plenamente
convencidos de la bondad del socialismo y
que no sería m uy difícil hacerles salir de él,
no obstante las ventajas materiales que por
su medio han obtenido. Pero esas ventajas
por ellos alcanzadas, ¿no las hubieran obte­
nido iguales y quizá mayores, sin ser socia­
listas, com o las han obtenido y siguen pbte-
niendo los obreros católicos? Es indudable.
' No se puede negar, amigo mío, que las
masas socialistas han conseguido mejorar
algún tanto su situación en el orden ma­
terial. Pero no hay que exagerar esa m ejo­
ra. Porque si bien es cierto que en estos
últim os tiempos se han aumentado los
jornales de una manera extraordinaria,
también lo es que el precio de las cosas va
aumentando cada día en proporción de lo
que suben los jornales, pudiendo decirse
que la causa principal de este aumento, es
lo crecido de los jornales y salarios en toda
clase de trabajos y servicios. De suerte que
esa mejora que los obreros socialistas y los
que no son socialistas han obtenido, no es
más que aparente. Si antes, por ejemplo,
un obrero tenía cin co pesetas de jornal,
podía vivir más desahogadamente con esas
pinco pesetas, que hoy con .un jornal de
diez pesetas. Más aun, concediendo que los
proletarios socialistas hayan obtenido ven-
tajas en el orden material, no se puede decir
lo mismo en el moral y religioso, pues en
éste, triste es decirlo, se encuentran casi
al nivel de los irracionales. Si los obreros
tuvieran un poco de fe, más bien que para
felicitarse por haber mejorado en cuanto al
cuerpo, tendrían m otivo para afligirse por
el daño que con ello causaron a su alma.
Así debiera ser, amado Teódulo, si esos
pobres obreros pensaran en ello; mas para
su mayor desgracia es en lo que menos
piensan. Les han hecho creer sus explota­
dores que todo acaba en este m undo; que
el cielo y el infierno no hay que buscarlos
en la otra vida, sino que sólo se encuen­
tran en ésta; que el cielo consiste en pasar­
lo bien en La tierra y el infierno en pasarlo
mal. Y com o consecuencia de tan funestas
doctrinas, exhortan a sus explotados a que
lo pasen lo m^jor quesea posible, sin repa­
rar en medios para conseguirlo, pues todos
los consideran justos y lícitos, con tal que
con ellos se alcance el fin.
Doctrina repugnable, amigo m ió, y sólo
comparable a la de Qpícuro y su piara. Y
después de arrojar tan perniciosas semillas
en el campo del proletariado que no pue­
den producir otros frutos que el detenfreno
y el embrutecim iento, todavía tienen estos
apóstoles del socialismo el cinism o de lla­
marse a sí mismos los amigos de los obre­
ros y los defensores de la humanidad.
¡Desgraciados obreros a quienes se han
deparado semejantes amigos, y pobre hu­
manidad si 110 tuviera más defensores que
los socialistas! Pero afortunadamente la
humanidad, o al menos la parte más ilus­
trada y más sana; la que sigue desposada
con «1 orden, la justicia y la moralidad, do
admite butalas semejantes, antes bien, las
abomina y las detesta. ¿Y cóm o la sociedad
humana había de querer tener por defen­
sor y protector suyo al socialismo que, en
vez de protegerla y defenderla, sólo intenta
su destrucción y ruina?
Desgraciadamente no puede decirse lo
mismo de las masas.proletarias que se han
dejado engañar con las engañosas prome­
sas de los agitadores socialistas, quienes,
para atraerlas emplearon y emplean el
mismo procedim iento que los pescadores
emplean. pura coger los peces. Pu.es así
com o los pescadores cubren el anzuelo con
el cebo para apoderarse de los peces y con ­
vertirlos en provecho propio, así también
los que se Ululan amigos de los obreros,
abusando de su ignorancia y sencillez,
cubren el anzuelo de sus siniestras inten­
ciones con el cebo de aumento de jornales
de presente, y con la promesa de hacerlos
ricos y felices e.i el porvenir, con el único
fin de servirse de ellos com o de plataforma
y poder ocupar ciertos puestos, desde donde
les sea fácil codearse con los gerentes de
laa grandes Compañías, con los gobernado­
res, con los ministros y con otros persona­
je s de alta in flu en cu , proporcionándose
con este teje-m aneje, vivir a lo príncipe y
labrarse una fortuna que ya la quisieran
para 3Í no pocos de los patronos a quienes
tanto odian. Y después, si te vi, no me
acuerdo; es decir que después de consegui­
do el ñn a que los empujaba su disimulada
am bición, ya no se preocupan por el bien
del proletariado que les ayudó a subir, y si
aparentemente hacen algo en su favor, no
lo hacen más que por pura fórmula.
Comprendo, me dirá usted, cuanto acaba
de decirme, pero no me explico ni acierto'
a com prender el ñn que se proponen los
jefes socialistas al querer borrar en sus se­
cuaces toda idea de religión. Concretáron­
se esos señores a mejorar la situación eco­
nómica de las masas que dirigen, pero res­
petando sus creencias, y no tendríamos
para ellos más que alabanzas; mas com o no
es así, sino todo lo contrario, ¿a qué obede­
ce tanto empeño de que los proletarios
abandonen la fe que heredaron de sus
padres? ¿Por qué a cambio de las mejoras
que les proporcionan en esta vida, les han
de obligar que renuncien a las mejoras
infinitamente mayores que la religión les
promete en la otra?
T od o esto, amado T eód u lo, tien e su expli­
ca ció n .
El socialismo no puede sostenerse sin
odios, sin violencias, sin injusticias y sin
atentar contra el principio de autoridad y
com o la religión católica condena todas
esas iniquidades, y com o en el caso de que
las masas obreras fueran creyentes, se
negarían en au casi totalidad a ejecutar
esas iniquidades» y sin el apoyo de ellas la
secta impía no podría subsistir ni sus cori­
feos medrar, de ahí el empeño verdadera­
mente satánico que han tomado éstos de
descristianizar a los obreros para que el te­
mor de la justicia divina no les sirva de obs­
táculo a fin de llevar a cabo sus inicuos pla­
nes. Ya tiene usted explicado, amigo mío,
lo que tanto trabajo le costaba comprender.
¡C u án to ganarían los pobres obreros si
haciéndose cargo de estas reflexiones y
con vencidos de la verdad que encierran,
salieran del socialismo ateo y entraran a
formar nuevas sociedades, presididas por
ellos mismos, librándose de esa manera de
la tiranía y falsa tutela de hombres, deseo*
nocidos para ellos, que da todo tienen
menos de obreros y de ser verdaderos ami­
gos del proletariado.
Concluyo esta carta rogando a usted que
la haga llegar a manos de esos pacíficos y
honrados vecinos suyos para que con su
lectura se confirm en más y más en la reso-
lución de no afíliarse jamás a esa secta
anticristiana y antisocial, y si le es posible
hágala llegar también a manos de esos
pobres jornaleros que trabajan en las
minas; pues aunque tal vez las razonesque.
en ella se dan no los convenzan entera­
mente de lo pernicioso que es el socialis­
mo, podrán hacerles entrar en dudas acer­
ca del particular, y está duda fácilmente
los llera al com pleto convencim iento de
que así es en realidad.
Suyo almo. Cap.
La Iglesia^ protectora de los obreros.

Mi estimado Teódulo: Por la contesta­


ción que dieron esos pobres mineros a lo
que y o decía en mi última carta acerca de
los motivos que animaban a los socialistas
para predicar la irreligión entre sus adep­
tos, se ve que estos infelices no tienen más
fuente de inform ación para saber lo que
pasa en el mundo que lo que quieren que
sepan sus explotadores, quienes de palabra
y por escrito les hacen creer y tragar com o
verdades inconcusas, las más grandes in­
sensateces y necedades contra la Iglesia
católica. En efecto; entre otras m uchas
necedades les dicen por medio de sus perió­
dicos y de sus charlatanes de plazuela, que
la Iglesia es el sostén de la tiranía y la
defensora do loe burgueses que oprimen al
proletariado, sacando com o consecuencia
que la Iglesia es enemiga de loa obreros.
Nunca creí» amigo mío, que entre los
directores del socialismo los hubiese tan
cínicos que enseñasen Ules patrañas contra
la Iglesia.a las'masas de proletarios, ni que
entre éstos hubiese tanta ignorancia que
les hiciese dar crédito a los embustes de
aquéllos.
¡Decir que la Iglesia es el sostén y la.
defensora de los tiranos y de los burgue­
ses, y enemiga de los obreros, es el colm o
de la perfidia, por parte de los primeros,
que enseñan semejantes mentiras, y el de
la insensatez, por parte de los segundos,
que las creen! ¿Entenderán aquellos maes­
tros y estos discípulos cuál es el significa­
do de la palabra tiraníd? No lo se. Y por
eso me voy a convertir y o en maestro d«
los maestros y discípulos del socialismo
para enseñarles cuál es su significación.
Si por la palabra tiranía entienden esos
señores el principio de autoridad, o sea el
derecho y el deber que. reside en una o
en más personas de gobernar y dirigir por
medio de leyes justas a los súbditos y con­
seguir el bien común de los mismos; en­
tonces la Iglesia, es el sostén de la tiranía,
«s decir del principio de autoridad, y no
puede dejar de serlo sin faltar al cum pli­
miento de la misión que le confió su d iv i­
no Fundador. Pues siendo Dios el autor de
la sociedad, lo es también de la autoridad,
sin la cual no puede subsistir la sociedad
misma.
No se ma oculta que los racionalistas y
los liberales pretenden hacer derivar el
origen de la autoridad, de no se qué pacto
social que se formó en la im aginación de
Rosseau, y de la soberanía del pueblo;
pero y o en esta carta me dirijo principal­
mente a los católicos, y éstos saben que
toda autoridad, ya sea que resida en rey,
emperador o presidente, es de origeik divi­
no, com o consta de muchos lugares de la
Sagrada Escritura y especialmente de estas
palabras que dijo Jesucristo a Pilatos: «Tú
no tendrías potestad sobre mí, 91 no te
hubiese venido de lo altoj», y de esta* de
San Pablo: «No hay potestad que t o venga
de Dios», « y quien resiste a la potestad
resiste al mismo Dios». Siendo, pues, la
Iglesia la depositaría de las verdades reve­
ladas, entre las cuales se halla esta de que
estamos tratando, claro se ve que tinne que
defender el origen divino de toda legítima
autoridad, sea quien fuere la persona o per­
sonas en quienes resida dicha autoridad.
Mas si por tiranía entienden los socialistas
y demás impíos lo que verdaderamente
debe entenderse, esto es, «el gobierno de
un tirano, que por malas artes se apoderó
del poder o que aunque se haya posesiona­
do de él legítimamente» abusa de ese mis­
mo poder, para oprimir al pueblo que debe
gobernara, entonces no es cierto que la
Iglesia apruebe, ni rríucho menos defienda
el proceder de tal gobierno, antes al co n ­
trario lo condena y reprueba, com o ha
condenado y reprobado siempre las dema­
sías y arbitrariedades de algunos reyes y
emperadores que trataban a sus pueblos no
com o padres, sino com o.verdugos.
Es verdad, qué ann tratándose de los
tiranos, la Iglesia recomienda a los pueblos
que obedezcan sus leyes, con tal que en
ellas no se mande algo que sea contrario a
la. ley divina y natural, pues de lo contra­
rio primero debemos obedecer a Dios que a
los hombres. Y la razón de que la Iglesia
recom iende y aun mande la obediencia a
los pueblos, en estos casos, es para evitar
mayores males a la sociedad, porque el
tirano representa la autoridad, y ésta, aun
residiendo en persona tan detestable, es
preferible ai estado de anarquía en que
caen los pueblos donde no hay ninguna
autoridad que los contenga en su deber.
Pero de aquí no se sigue en manera alguna
que la Iglesia aliente y defienda el despo­
tismo y la tiranía.
Por lo que toca a la burguesía, daré pare­
cida razón. Si los socialistas entienden por
burgueses aquellos hombres que poseen
riquezas, ora las hayan adquirido por h e ­
rencia, por su honrado trabajo, o por otros
medios justos, y sobre las cuales tienen,
por consiguiente, un derecho indiscutible,
com o también lo tienen a que nadie atente
20
contra ese derecho de poseerlas, en ese
caso, sí, la Iglesia es el sostén de la burgue­
sía, como es el sostén y la defensora de
todas las causas justas, condenando, en
consacuencia, toda violación del derecho
de propiedad, fundada para ello en el sép­
timo mandamiento del Decálogo: «No hur­
taré?». Mas si por burgueses entienden los
grandescapitalistas que se han enriquecido
explotando inicuam ente a los obreros, no
pagándoles el jornal o salario justo, en ese
caso, la Iglesia lejos de defender a los bur­
gueses, reprueba y condena su con du c­
ta, repitiéndoles aquellas palabras de.San
Pablo: «L os ladrones no entrarán en el
reino de los cielos», o estas otras de la
Sagrada Escritura: «E l pan del pobre, es su
vida; el que se lo quita, es un homicida. El
que roba el pan ganado con el sudor de la
frente, es semejante al que asesina al próji­
mo. El que derrama sangre y el que engaña
a un jornalero, son dos herm anos». (E ccl. 84
vv. 2&-27)
No, la Iglesia no es la defensora de la
b u rgu esía , en el sen tid o que los socialistas
entienden esta palabra, ni m ucho menos
es enemiga de los obreros, sino más bien
su más decidida defensora. Para admitir
esa calumniosa acusación de ios socialistas
tendríamos que admitir igualmente que la
Iglesia sería enemiga de sí misma, pues en
esa absurdísima suposición sería enemiga
de su divino Fundador, que íu é 'o b re ro ;
enemiga de los Apóstoles, sus primeros y
principales propagadores, que fueron obre­
ros; enemiga de sus Pontífices, m uchos de
los cuales fueron obreros; enemiga de sus
Obispos y sacerdotes, que en su inmensa
mayoría han sido y siguen siendo recluta-
dos entra la clase pobre y trabajadora. Pero
afirmar todo esto, ¿no seria el mayor de los
.absurdos? Sin’duda alguna. Pues lo mismo
se ha de decir de la descabellada acusación
que los socialistas lanzan contra la Iglesia.
Para convencerse de Lo destituida de fun­
damento que se halla tal acusación, nos
bastaría hojear cualquier com pendio de
historia profana o eclesiástica, en que vería­
mos el interés que desde su cuna desplegó
la Iglesia por el bien espiritual y corporal
de todos los hombres, especialmente de los
pobres y desvalidos. Veríamos que la Igle­
sia al salir de las catacumbas y con la sufl*
cíente libertad para ejercitar su benéfica y
divina misión en el m undo, se encontró
con una civilización corrompida y corrup­
tora en la que llevaban la peor parte el
esclavo; la mujer y el niño, com o seres más
débiles y destituidos de todo amparo, pues
aun las mismas leyes, que para ser justas
deben extender su benéfico influjo a todos
y ampararlos y defenderlos en sus justos
derechos, hacía una excepción de los escla­
vos, de las mujeres y de los niños, a quienes
consideraba no com o personas, sino com o
cosas, dejándolos abandonados a su propia
suerte. "*
A hacer desaparecer esta odiosa e inhu­
mana desigualdad en las leyes desplegó
desde luego la Iglesia todo su celo y sabi­
duría, no cesando en su empeño hasta que
lo consiguió, rehabilitando a la m ujer,.al-
canzando para e lm ñ o toda clase de amparo
y protección y aligerando las cadenas de los
esclavos, mientras seguía trabajando con
gran tacto y prudencia, hasta que al fin
logró romper sus cadenas, y haciendo que
quedasen libres millones de seres que g e­
mían bajo «I látigo despiadado de sus seño­
res. Verdad es que en obra tan grandiosa y
benéfica procedió la Iglesia con gran tacto
y prudencia a fin de no provocar graves
conflictos en un mundo com puesto de
algunos miles de hombres libres arriba, y
de millones de esclavos abajo.
Y por eso mientras se lleva a cabo empre­
sa tan difícil com o humanitaria, esta buena
Madre exhorta a los esclavos diciéndoles:
«Seguid obedeciendo a vuestros amos en
Dios, porque cada cual, escl&vo o libre, reci­
birá del Señor la recompensa de sus obras»,
y a losam os: «Sed dulces con los esclavos,
y no los tratéis con dureza y violencia,
porque en el cielo está el A m o de todos, y
ante Él no hay distinción de rangos ni
acepción de personas».
Más tarde, y para librar a los pobres y
trabajadores de la codicia de los avaros,
tomó la Iglesia bajo su protección las tierras
y cenaos de los desvalides y formó los g re -
míos de artesanos, con. loaren ales fuó alta­
mente beneficiada la clase más numerosa y
más necesitada de la sociedad.
Y en tiempos posteriores, y aun en los
nuestros, ¿quién podrá negar el celo que
ha desplegado y viene desplegando la Igle­
sia en favor y defensa de la piase proleta­
ria? A hí están las cartas pastorales de los
señores Obispos que nó me dejarán mentir.
A h í está la célebre encíclica del Papa
LeÓD XIII, «Rerum N ovarum », por la cual
ha merecido el título de «El Papa de los
Obreros», y que por sí sola sirve para dar el
más solem ne mentís a los predicadores so ­
cialistas que con tanto descaro calumnian
a la Iglesia. ¡Ojalá que los obreros que están
afiliados al socialism o, leyeran con frecuen­
cia y detención ese precioso docum ento que
tanto se interesa por ellos! Creo que si así
lo hicieran, el fruto que sacarían de su lec­
tura, sería el de dirigirse a sus directores,
diciéndoles; «Sois unos embusteros; nos
habéis estado engañando constantem ente;
predicándonos que la Iglesia era la defen­
sora de los déspotas y de los burgueses
y enemiga nuestra; pero ahora estamos
convencidos de que-nuestros enem igos sois
vosotros, que nos habéis estado explotando
miserablemente con vuestras calumniosas
y engañosas predicaciones, y com o no esta­
mos dispuestos a que nadie se siga burlan­
do de nuestra sencillez e ignorancia, rennn*
ciamos desde ahora para siempre a vuestra
dirección, para ir a formar parte de otras
sociedades que nos merecen completa c o n ­
fianza por estar bajo la tutela de la Iglesia,
que es la verdadera madre de los obreros.
S u y o afm o. Gap.
La libertad del socialismo

Querido Teódulo: El lema libertad, igual­


dad y fraternidad, que trae su origen del
Cristianismo y sólo en «1 Cristianismo se
practica, al adoptarlo el socialismo y demás
sectas impías, no ha. sido sino para desfi­
gurarlo y para obrar de una manera ente­
ramente contraria a su verdadera significa­
ción. Por esco me ha parecido conveniente
dedicar algunas cartas a dicho Lema. Pero
antes de entrar en materia, vaya la siguien­
te anécdota. Celebrábase en no sé qué
ciudad española por los socialistas e izquier­
distas una gran manifestación para pedirla
■amnistía de los reos políticos, y com o uno
de los muchos curiosos que presenciaban
la manifestación se fijase en las letras
L. I. F. que tenía grabadas uno de los
estandartes que figuraban en 16 manifesta­
ción, y no supiese lo que significaban,
pregúntaselo a un amigo suyo que con él
estaba, y éste le contestó: «La L. significa
liberticidio, la I. impiedad, y la P. fratri­
cidio». Admirado el curioso al oír tal expli­
cación, preguntaba: ¿cóm o es posible que
los gobiernos permitan que públicamente
se manifiesten sectas que en su programa
tienen doctrinas contrarias a la ley natural,
divina y humana? Yo no sé lo que el intér­
prete de aquellas letras le contestaría a su
consultor; pero yo m4s de una vez me he
preguntado a mí mismo: ¿por qué y cóm o
se explica qne los gobiernos toleren, auto­
ricen y aun apoyen a ciertas sectas que,
com o el socialismo y la masonería, no se
proponen otro fln que la destrucción de la
religión y de la sociedad, debiendo más
bien ser proscritas tales sectas com o ilíci­
tas que son e inmorales? ¿Por qué y cóm o
se explica el que haya personas, al parecer
sensatas y de orden, que no sólo simpati­
zan coa ellas, sino que además les prestan
su apoyo y protección, sin cuyos auxilios
no se hallarían en condiciones de hacer el
dafio que están haciendo a la causa de la
religión, del orden social y de las buenas
costumbres? Y siempre que me he hecho
esta pregunta, he hallado la respuesta en
las palabras de este antiguo adagio: «Que
aquellos a quienes Dios quiere perder,
comienza por permitir que caigan en la
demencia». ¿Y qué m ayor demencia puede
haber que acariciar la ñera que nos trata
de devorar? ¿Y qué mayor locura y estupi­
dez que mantenerla y proporcionarle todos
los medios para que con más seguridad nos
pueda dar el golpe mortal?
Pero volvam os a nuestro tema, y com en­
zando por la libertad, primera palabra del
lema, que es el asunto a tratar en la pre­
sente carta, digo que la verdadera libertad,
o sea la libertad para hacer el bien, los
socialistas no sólo no la practican con
aquellos que por suerte suya no están afi­
liados a la secta, pero ni siquiera con los
que tienen la desgracia de pertenecer a
ella. Probaremos con hechos la segunda
parte de la proposición que queda asentada,
pues la primera no necesita de ninguna
prueba, porque' ya es un axioma que los
sectarios revolucionarios quieren la liber­
tad para» ellos, y el presidio o la muerte
para los demás.
Todo el mundo sabe que los socialistas,
abusando de la libertad que les conceden
las leyes modernas, predican desde sus
periódicos, o en sus arengas mitinescas,
cuanto les viene en gana contra la religión,
contra el derecho de propiedad y contra el
principio de autoridad, es. decir, contra
todo lo que es.base del orden social. Ahora
bien; supongamos que algnno de los obre­
ros que lee o escucha tales desatinos, en
uso de su libertad protesta contra tan impías
y anárquicas doctrinas, y que no sólo pro­
testado palabra contra ellas, sino que las
contradice con vsns obras de cristiano, guar­
dando las fiestas, oyendo misa y cu m ­
pliendo los demás preceptos que l& Iglesia
impone a sus hijos; ¿no es verdad que los
socialistas, dando un solemne mentís a la
libertad que tanto preconizan, harían el
objeto de sus befos y burlas u ese obrero,
porque no quiere hacer traición a sus
creencias, sino es que pasasen más adelan­
te, expulsándole del socialismo com o ei
fuera un verdadero criminal?
Pues pasemos ahora a examinar la liber­
tad de que disfrutan los pobres obreros en
tiempo' de huelga.
A la vista de todos está la frecuencia coa
que se repiten las huelgas, casi siempre
injustas, siempre perjudiciales al bien pú­
blico, a los mismos Obreros y a sus familias
y solamente ventajosas a Los que Las decía*
ran. Ya está declarada la huelga general
para cierto número de dias o indefinida­
mente; ya millares de obreros tienen que
acatar las órdenes dadas por jefes descono­
cidos para ellos, y sin saber qué motivos
han tenido para obligarlos a dejar un tra­
bajo del que necesitan para mantenerse a sí
mismos y a sus familias, y sin embargo se
ven obligados a someterse a esas órdenes
draconianas, o por respetos humanos, o por
temor a que los dejen más tarde sin trabajo
o a que tes sucedan otras cosas peores. Y si
algunos obreros en quienes hace más peso
la obligación que tienen de m antener a su
familia, que la de obedecer a sus jefes, y
contra la voluntad de éstos trabajan, se
exponen a perder la vida y a que maltraten
a sus fam ilias, como ha sucedido no pocas
veces. ¡Dura y triste es la situación de
los pobres obreros afiliados al socialism o!
¿Habrá exageración en afirmar que la vida
de la clase proletaria del socialism o se des­
liza en peores condiciones que la de los
esclavos de la antigua Roma? Y o no sabré
qué decir. ¡Pero es tan desconsoladora la
situación a que queda reducido un hombre
a quien se prohíbe trabajar para ganar su
sustento y el de su fam ilia, sin que, por
otra parte, se le facilite el suficiente para
no padecer ham bre, que no hallo con qué
compararla!
¿Y qué diremos de la libertad en que se
deja a las masas proletarias en materia de
elecciones? Y a es de suponer lo bien parada
que quedará la tal libertad a ju z g a r por los
h echos que se han consignado. Como es
de suponer, los directores del socialism o
cuando tratan de buscar y proclamar sus
candidatos e imponerlos a las masas prole­
tarias a fin de que les den sus votos y las
representen en el Municipio, en la provin­
cia o eti las Cortes, se fijan en hombres
que se distingan por su listeza y audacia.
Y aun cuando a los electores les parezca
que los tales candidatos m erezcan por sus
antecedentes ocupar más bien una celda
en algún penal que un asiento en el A y u n ­
tam iento, en la Diputación o en el Con­
greso, no les queda otro recurso que seguir,
a manera de mansísimos borregos, la direc­
ción de sus caudillos, votando a los candi­
datos propuestos so pena de in currir en su
indignación.
jOh! qué bien cuadra al partido socialista
y a otros partidos parecidos, la definición
que del Büfragio universal daba el insign e
periodista católico francés V ou llot, cuando
decía que «el sufragio u n iversal, es el
encum bram iento de ios pillos por medio de
los imbéciles».
Basta, am igo mío, con lo dicho para
convencerse de q u e ja palabra libertad en
boca de los socialistas y demás revo lu cio ­
narios, no tiene otro significado que el de
negación de toda verdadera libertad, el de
m uerte de toda libertad para el bien, que
es precisam ente lo que significa la palabra
liberticidio, interpretación dada a la L. del
estandarte, de que antes se h'izo m ención.
La libertad sin religión, sin Dios, no es
más que el libertinaje, más desenfrenado,
interpretación que adm ite también la L , a
la que se le puede añadir sin faltar a la
ju sticia y a la verdad, la de latrocinio.
Mande como g u ste a su afmo. Cap.
La igualdad del socialismo

Querido Teódnlo: VimoB en la carta pre­


cedente lo que es y lo que sign ifica la
palabra libertad en boca de los socialistas y
cómo la practican. A h ora verem os lo que
es y lo que significa y cómo observan la
palabra igualdad, segunda del lema revolu­
cionario. ¡Nada de distinciones! ¡fuera pri­
vilegios] ¡igualdad para todos!, gritan sin
cesar lo mismo los directores del socialism o
que los dirigidos. Pero esa igualdad no se
ve por ninguna parte, como no sea la
igualdad del em budo, que aplica lo ancho a
los burgueses del socialism o y lo estrecho
a los proletarios del mismo. Que si habla­
mos de la igualdad en el trabqjo, los socia­
listas de arriba ni siquiera conocen el
nom bre de las herram ienta» con que ganan
el pan los socialistas de abajo, A esto me
dirán que como en el cuerpo hum ano no
todos ios m iembros desem peñan el mismo
oficio, sino que unos lo tienen más noble
que otros, aunque el de todos sea'necesario
para la conservación del Individuo, así en
el socialism o, que es un cuerpo m oral, para
q.ue éste pueda subsistir, es indispensable
que sus m iembros se ocupen en diferentes
trabajos, unos dirigiéndolos y otros ejecu­
tándolos. Conform e esto y, señores míos,
con esa explicación que ustedes me acaban
de hacer, pero si ustedes han de ser lógicos
en sus razonam ientos, también han de con ­
v e n ir con los míos en que dejen da predi­
car esa igualdad absoluta con que sin cesar
nos esián atronando los oídos, y a que uste­
des mismos la consideran irrealizable. Y si
como ustedes mismos lo acaban de confe­
sar, la sociedad-socialism o no puede subsis*
tir sin que h aya esa desigualdad para los
diferentes trabajos a que se han de dedicar
cada uno de sus m iem bros, ¿cómo preten­
den que la gran sociedad hum ana pueda
81
subsistir sin esa misma desigualdad entre
los individuos que la componen?
Pero no nos detengam os, y sigam os exa­
m inando cómo practican la igualdad sus
defensores en materia de habitaciones, de
alim entación y de viajes. Y o veo que la
aristocracia socialista habita en casas bien
am uebladas, come opíparam ente y viaja
con todas las comodidades; pero veo tam­
bién que la dem ocracia socialista habita en
m iserables tugurios an tih igién icos, se a li­
m enta de m anjares tan mal condim entados,
que la aristocracia no los adm itiría para la
m anutención de sus perros, y cuando por
falta de trabajo en una región, va a bus­
carlo en otra, tiene que hacer el vitge
pedibus andantibtis por no ten er dinero
con qué pagar un coch e de la ínfim a clase.
Observo asimismo que cuando los caudillos
del socialism o decretan alguna huelga re­
volucionaria y al efecto llaman a sus hues­
tes a las barricadas o a otros lugares de
peligro, ellos, que en vez de hallarse al
frente de las masas para anim arlas, d irigir­
las y llevarlas a la victoria, o para sucum bir
jun tam en te con ellas, procuran poner
a salvo sus interesantes personas, ora
pasando la frontera, ora disputando sus
agujeros a los topos, o sus nidos a las palo­
mas, dejando entretanto & las m uchedum ­
bres abandonadas a su propia suerte ante
las bayonetas y ametralladoras.
¿Qué le parece a usted, amigo mío, de la
conducta de estos caudillos? ¿Es esta la
igualdad que ellos defienden? ¿No es esto
más bien im itar la conducta del que tira
la piedra y esconde la m ano, o la del capi­
tán araña, que em barca su gen te quedán­
dose él en tierra? ¿Y cómo es posible que
los obreros viéndose tan inicuam en te tra ­
tados y burlados por sus jefes, sigan pres­
tándoles su obediencia? ¿Cómo se explica
el que estos mismos obreros acudan tan
fácilm ente a la hpelga cuando los patronos
se niegan a aum entarles en algunos cén ti­
mos su jo rn a l, y no la declaran co n tra Ids
cabecillas que los obligan a ponerse en
peligro de ir a presidio, de derram ar su
sangre y da perder su v id a , que vale algo
más que el aum ento de jornales? Pero aún
hay más. Si la policía llega & sorprender en
sus escondrijos a Los cabecillas y éstos van
a dar con sus huesos en la cárcel» entonces
h a y que ver la actitud que en favor de loa
encarcelados emplean los demás je fe s y
, jefecillos del socialism o y del izquierdism o
que tuvieron la gran suerte de no caer en
m anos de la ju sticia . Una vez pasada la
borrasca y cuando consideran alejado el
peligro de perder su libertad por la parte
más o menos directa que hayan podida
tomar en la huelga revolucionaria, en to n ­
ces, digo, hay que ver la actitud que esos
señores despliegan ante los Poderes públi­
cos para obtener de ellos la gracia que
solicitan.
No es su actitud belicosa y altiva como
la que suelen desplegar en tiempos norm a­
les para recabar algo de los gobiernos, sino
que ahora se presentan ante ellos h um il­
des, pidiéndoles con lágrim as de cocodrilo
en los ojos y con palabras m uy melosas en
la boca que usen de clem encia y devuelvan
la libertad a los pobrecitos agitadores que
se hallan privados de ella. Pero esos mismos
llorones que tanto se interesan por la liber­
tad de los principales causantes de esa
revuelta antipatriótica, ¿cómo no se intere­
san igualm ente por la libertad de algunos
centenares de infelices obreros que con
motivo de la misma huelga se hallan encar­
celados con m ucha m enor culpa que la de
aquellos que los llevaron a ella? ¿Por qué
esa irritan te desigualdad? Es verdad que
más tarde extendieron su petición para
todos los reos políticos y por consiguiente
también para esos pobres obreros. Pero
siem pre se ve que la igualdad del embudo
es la dom inante en e l socialism o, lo mismo
que en las demás sectas anticristianas.
Y eso no es ju sto , señores socialistas y
señores izquierdistas. La ley debe ser igual
para todos. 0 se tira del c.ordel para todos,
o para ninguno. Si ustedes no me lo toman
a mal les vo y a referir un cuen to. Murió
un hom bre sin hacer testam ento. Esto
nada tiene de particular, pues con frecuen­
cia sucede que los hom bres m ueren sin
testar, o porque no tienen de qué, o porque
dejaron pasar el tiempo que Dios les con­
cede para arreglar sus cosas temporales y
eternas. Y yo le pido a Dios, señores míos,
que les conceda a ustedes tiempo y gracia
para ambas cosas, pero especialm ente para
el negocio del alma, que es el que más
debe de preocupar a todo hom bre que sepa
discurrir en conformidad con la recta razón.
Porque señores socialistas y señores iz­
quierdistas, aun cuando ustedes no piensen
en ello, o lo pongan en tela de ju icio , es
cierto que después de esta vida perecedera
h ay otra vida que no se acabará jam ás,
donde cada uno recibirá premio o castigo
según que sus obras en esta vida hayan
sido buenas o m alas. Esta es una verdad
que ha sido creída generalm ente por todo
el género hum ano y además ha sido reve­
lada por Dios, que no puede engañarse ni
engañarnos. De donde se sigu e, y esto
aunque ustedes no lo crean, pues la exis­
tencia de la otra vida no depende del cap ri­
cho de los incrédulos, sino de la voluntad
de Dios que ha determ inado que la haya,
de donde se sigu e, repito, que en la otra
vid a , aunque ustedes protesten, no es igual
el estado y condición de los hombres, sino
m uy desigual, incom parablem ente más des­
igual que el que existe entre los hombres
que viven sobre la tierra, pues los unos son
eternam ente dichosos y los otros eterna­
m ente desgraciados. Es decir, que en la
otra vida cada uno recogerá lo.q u e h aya
sembrado en esta. Y así, el que haya sem ­
brado vientos de errores, de vicios y de
malas obras, recogerá tem pestades de su fri­
m ientos y torm entos sin ñn; mas el que
h aya sembrado sem illa de virtu d es y de
buenas obras, recogerá frutos de vida
eterna.
Por lo tanto, si quieren ustedes pertene­
cer en la otra vid a al' número de los dicho­
sos y evitar pertenecer al de los desgracia­
dos, pásense, cuando todavía es tiempo, de
la izquierda a la derecha, es decir, dejen
ustedes de creer y de practicar esas doctri­
nas impías y destructoras que hasta ahora
han creído y practicado, y abracen y obser­
ven la doclrina de Jesucristo, que es la ver-
dadera y por consigu iente la única que los
puede salvar y librar de estar a la izquierda
del divin o Juez en el gran día del Juicio
final, por ser ese el lugar que o.cuparán los
réprobos en tan terrible día. Ni vayan
ustedes a tener la insensata pretensión de
que para evadir la ju sta «.inapelable se n ­
tencia que será fulminada contra los répro-'
bos, puedan im ponerse al Juez de vivos y
m uertos por medio de una huelga revolu ­
cionaria, pues contra Dios no hay revo lu ­
ciones que valgan si no es para la ruina y
perdición de los que las levan tan , como le
pasó al prim er revolucionario que hubo en
el m undo, que por haberse rebelado contra
Dios, fué precipitado en com pañía de sus
secuaces en lo más profundo del infierno.
No, señores socialistas y demás revolu­
cionarios, no son las m anifestaciones tu ­
m ultuarias y violentas el medio adecuado
para m over a Dios a que use de clem encia
en favor de los infractores de su santa le y ,
sino las m anifestaciones ordenadas y pací­
ficas que tangán por fundam ento un sin ­
cero arrepentim iento de la mala vida pasa­
da y un prop6sito firme y eficaz de
enm endar la venidera. Pero estas m aní fes-
taeiones, para que por ellas se obtenga el
resultada dicho, han de tener lugar m ien­
tras dure la vida presente, porque después
de la m uerte en ningún caso, ni por ningún
m otivo serán autorizadas por el Rey de
cielos y tierra. Háganlo ustedes así, seño­
res míos, y en ese caso tengan la seguridad
de que el día del Juicio universal estarán
colocados a la derecha de nuestro divino
Salvador y con Él subirán al reino de los
■cielos, donde gozarán de u nafelicidad com ­
pleta y eterna que es imposible hallarla, ni
disfrutarla sobre la tierra. Confiando en qué
ustedes me perdonarán esta larga, pero in ­
teresante digresión, volvam os -a nuestro
cuento.
Murió un hom bre sin testar. Los here­
deros convinieron en llamar al notario para
que autorizase el testam ento del muerto.
A n tes que llegara el escribano, los herede­
ros escribieron unas notas indicadoras de
su últim a voluntad; incorporaron el cadá­
v er sobre alm ohadas, cubrieron su rostro
con un pañuelo, y ataron al cab ello d esu ca­
beza un co id elito q u e con disimulo hicieron
pasar por debajo de las sábanas hasta
los pies de la cama donde se había de colo­
car uno de los heredaros para tirar del
cordel j obligar at m uerto a decir que si
con una inclinación de cabeza, de confor­
midad con lo que estaba escrito en el
papel.
Llegado el notario, le manifestaron los
herederos que el enferm o acababa de perder
el habla, pero que conservaba el conoci­
m iento, y qua presintiéndolo mandó hacer
estp borrador en que consta su voluntad.
El notario, tomando en su mano el papel
pregunta al enfermo al tenor de lo que en
él estaba escrito: ¿Es verdad, señor testa­
dor, que deja usted a fulano de tal tales
fincas y las de más allá y tal cantidad de
dinero sin cargo de ninguna clase?, y el
m uerto, con una inclinación de cabeza,
decía que sí. ¿Es verdad que a m engano le
deja usted tales y cuales casas, y tal canti­
dad de dinero que está depositada en el
Banco, con la obligación de pagar las
deudas y los gastos de entierro y funerales?
y el enfermo coatestó co a la cabeza que sí.
V iendo el escribano que el testador contes­
taba afirm ativam ente a todo lo que le pre­
gun taba, le siguió preguntando, no por lo
que decía el papel, sino del modo siguiente:
¿Es verdad, D. Fulano de tal, que a! nota­
rio que suscribe eate tesU m euto, .le deja
usted tantos m iles de duros en ju sto 'reco­
nocim iento de los favores que en otro
tiempo recibió usted de él? A esta pregunta
el testador se calló como un m uerto. En
vista de esto el notario encarándose con el
que manejaba el cordelito, le dijo: «O tira
usted del cordel para todos, o para n in ­
guno». Pues lo mismo les digo yo a ustedes,
señores míos, en eso de la igualdad que
tanto predican. O se tira del cordel para
todos, o para ninguno, o dejen ustedes de
predicar la igualdad absoluta para todos, o
com iencen ustedes por no desm entir con
las obras lo que enseñan con las palabras.
Y si ustedes me oponen que esto no puede
ser porque los directores de las masas
populares no pueden estar al nivel de éstas
ni por su cultura, ni por su dinero, ni por
otras m uchas cosas, sin las cuales no
podrían desem peñar acertadam ente su co­
m etido, entonces lo que deben hacer usté-:
des es confesar de plano que la £ai igualdad
que, en todo momento tienen en la boca,
es un absurdo, una quim era, y que por lo
mismo lo mejor es dejar correr el mundo
con 6us desigualdades, convencidos de que
sin ellas no podría conservarse la sociedad
hum ana. Y term ino esta carta, mi amado
Teódulo, no sin suplicarle antes que per­
done a su afmo, Capellán, por lo cansado
que ha estado en toda ella.
La fraternidad del Socialismo

Qjierido Teódulo: Otra palabra con que


constantem ente nos atruena los oídos el
socialism o, es la fraternidad. Esta palabra
que en el lenguaje cristiano significa el
a m o rq o e debe reinar entre todos los hom ­
bres com'o herm anos quo son e hijos del
mismo Padre que está en los cielos, bb
planta que sólo en el jard ín de la Iglesia
Católica puede arraigar, florecer y dar fru­
tos saludables, porque sólo e a la Iglesia
Católica se enseña y se practica la verda­
dera caridad, que es el fundam ento de la
fraternidad. Y com o en el socialism o y
demás sectas im pías, no se practica la cari­
dad que consista en amar a Dios sobre
todas las cosas y al prójimo como a nos­
otros mismos, sino la filantropía, o sea un
amor natural e interesado que exclu ye de
ese amor a los que piensan de diferente
manera, de ah í que en el socialism o no
pueda encontrarse la fraternidad en su
verdadero sentido porque le falta la base,
que es la caridad. Que los socialistas no
tienen esta virtu d , que es la reina de todas
las demás, está a la vista de todo el mundo
y ellos mismos no tratan de ocultarlo,
puesto que constantem ente están predi­
cando el odio de clases que es absoluta­
m ente contrarío a la'caridad cristiana, y
por consigu iente a la fraternidad. ¿No le
parece a usted, amado Teódulo, que la fra­
ternidad de los socialistas tiene bastante
sem ejanza con ia fraternidad de Caín que
mató a su herm ano Abel? A l menos a m í
m e parece que la tiene, y fundo principal­
m ente este mi parecer en loa dos casos
siguien tes: en las huelgáB, especialm ente
en las revolucionarias, en las que, como en
la de A gosto de 1917 fué derramada la
r san gre de m uchos inocentes que, como la
de A b el, esta pidiendo al cielo ven gan za
contra los que la derramaron y contra los
agitadores que las proclamaron; y el tiempo
en que la palabra fraternidad com enzó a
ser tan traída y llevada por toda casta de
revolucionarios, que fué alrededor y con
m otivo de la rero l ación francesa. De esa
revolución que, por lo cruel y sanguinaria
no ha tenido igu al, no digo y a en las nacio­
nes civilizadas, pero ni siquiera en las más
salvajes. Pues bien, a raíz de esa maldita
revolución'en la que fueron cortadas por la
guillotin a m illares de cabezas de nobles,
de sacerdotes, de niños y de vírgen es,
entonces fué cuando los.lib erales y maso­
nes desplegaron el estandarte de la revolu­
ción, cu y o programa se halla contenido en
las palabras libertad, igualdad, fraterni­
dad. Programa que han venido adoptando
después todos los revolucionarios, como
discípulos m uy aprovechados de tan dignos
y excelentes m aestros.
Pero veam os lo que respecto del lema
revolucionario libertad , igualdad, frater­
nidad , dice el Filósofo Rancio en su pri­
m era carta critica: «Perm ítam e usted ahora
que haga algunas reflexiones acerca de la
libertad que tanto nos cacarean nuestros
filósofos. Desde que ellos empezaron a
cacarearla, no pude menos que creer que
su cacarea era una m agnífica fullería, en
fuerza de cuantas veces la habla leído
igualm ente cacareada en varias épocas de
la historia, otras tantas tenía observado
que cuanto más se repetía este nombre,
tpnto menos se verificaba lo que sign ifi­
caba, y tanto más dura era la esclavitu d y
m iseria que se procuraba. Confirm ó y con­
firma este ju icio el acceso de locura en que
hemos visto y estamos viendo a la F ra n ­
cia. El tema de esta locura fué La libertad,
que sus filósofos le entonaban, y que ellos
cantaron grandem ente, hasta atolondrar
los oídos de todas cuatro partes del mundo.
Mas de este tema no hubo otra realidad que
la que el desbarato de la im aginación, y la
perturbación del ju icio presenta a los otros
locos de que son de vidrio, o son el Dios
Neptuno, q otros iguales temas.
Acababa de sancionarse en la asamblea
nacional la absoluta libertad d e to d o
francés. Salieron unas m onjas diciéndole:
Seflor, si todo francés es libre, nosotras,
que somos francesas, queremos, en uso de
nuestra libertad, continuar en el estado a
que nos hem os solem nem ente dedicado.
A l orden del día fué la respuesta del
señor, no sé si Mi rabean, si P eth ión , o si
algún otro de los grandes hom bres que la
familia del Conciso nos cita; y las monjas,
a pesar de estar declaradas libres, fueron
arrojadas de sus conventos. Se declaró la
libertad de opinar en punto de religión y
de política, declarando igualm ente por reli­
gión dom inante la católica, por gobierno
de la nación el m onárquico, 7 por tem pera­
m ento el de la constitución. A los seis
m eses y a no había en el pueblo, libre para
opinar, quien se atreviese a hacerlo por la
religión dom inante, y poco tiempo después
e l que-se descuidaba en san tigu arse donde
lo viese algún soplón, iba sin remedio a la
gu illotin a. La misma suerte siguió a los
realistas desde el momento en qué el G o­
bierno se declaró m onárquico: y en la
m ism a vin iero n a parar antes de dos años
los que reclam aron la constitución y
23
- S 38-
• '

aristocracia. Pué luego la nación declarada


república, y el pueblo soberanp; y a ren­
glón seguido ej tal soberano era llevado de
grado o por fuerza a los ejércitos, y puesto
en la alternativa de arrostrar o las bayone­
tas austríacas, o los cañones de sus conso­
beranos. Tras de la libertad se determ inó
la igualdad, que inm ediatam ente se puso
en práctica, echando por el suelo la gran ­
deza, el clero, la nobleza y cuanto sobresa­
lía: pero a consecuencia de esta igualdad
nació otra desigualdad m onstruosa, por
donde los más atrevidos y ladrones subie­
ron a los primeros puestos, y levantaron
soberbios edificios con los escombros da los
que la igualdad arruinaba. Se predicó tam­
bién, y se tomó por lema La fraternité;
pero esta hermandad verificó m uy de veras
lo que se dice por ch iste de la Ciudad-Real
en nuestra España:' a saber, que da los
buenos días a balamos; pues h oy unos
cofrades llevaban a la guillotin a a cuarenta
o cin cu en ta de los otros; mañana eran con­
ducidos los que hoy R a b ian servido de
conductoxes; otro d ía s e seguían éstos; y la
guillotina era, para explicarm e así, el cuar­
tel de inválidos de todos los hermanos.
Vino últim am ente Bonaparte, y la Ubre,
la igual y fraterna Francia, no conoce más
libertad,' ni igualdad, ni fraternidad, ni
Dios, ni religión, ni derecho, ni ju sticia ,
ni cosa ninguna, que la que quiere darle
y prescribirle este h ijo de su filosofía, fin
y com plem ento de todos sus fllósofosD.
Y no crea usted, am igo mío, que el
ju icio crítico que, con tanta gracia como
verdad hizo hace un siglo este sabio Padre
dom inico acerca de las tres palabras del
lema revolucionario, pueda h oy ser re cti­
ficado en lo más m ínim o; antes al co n tra­
rio, desde entonces acá todos los sectarios
impíos y revolucionarios han ven ido im ­
prim iendo en la práctica a esas palabras
una significación m ucho más desfavo­
rable al orden, a La ju sticia y a la m ora­
lidad, que la que les im prim ieron sus
antecesores.
Podemos, pues, sacar como consecuencia
de lo dicho en esta carta y en las dos an te­
riores, que la libertad sin Dios, sin religión ,
ea el presidio o la horca; que la igualdad
sin Dios, sin religión, es la guillotin a cor­
tando cabezas; que la fraternidad sin Dios,
sin religión, es la m uerte y el odio u n i­
versal.
De usted afino. Gap.
La lucha entre patrono# y obrero»

Mi querido Teódulo: En su últim a y esti­


mada carta me propone usted una cuestión
de gran in terés y al mismo tiempo sum a­
m ente delicada y que por Lo mismo e?ige
m ucho tacto para su resolución. L a cues­
tión que usted me propone, para que y o la
resuelva, versa acerca de la luch a en ta ­
blada ha e tiempo entre el capital y el tra­
bajo, o sea entre los patronos y obreros.
¿De parte de cuál de los dos bandos que
lach an está la razón y la ju sticia ? ¿cuál de
los dos beligerantes tiene la óulpa de esta
guerra que tiene alarmada a la sociedad?
¿Serán culpables los obreros? ¿lo serán los
patronos? ¿lo serán unos y otros co n ten ­
dientes? V o y a v e r, am igo m ío, cóm o me
las arreglo para salir del atolladero en que
usted me ha metido y dar satisfacción a
sus deseos.
Desda luego y o observo que los periódi­
cos socialistas se ponen, como es natural,
del lado d e l proletariado y fustigan sin
compasión al capitalism o; m ientras que
otros periódicos, quizá subvencionados por
las empresas, defienden' a Los patronos
contra las acusaciones de }os obreros.
Pero como desde luego se puede com ­
prender, n i a ios unos ni a los otros, como
partes más o menos interesadas en este
pleito, se los puede considerar como jueces
com petentes para pronunciar el fallo defi­
n itivo sobre él. Y o , que de ninguno de los
com batientes recibo sub ven ción de n in ­
guna clase por escribir estas cartas y que
si quiero darme el gustazo de verlas im pre­
sas en letras de m olde ha de ser a expensas
de m i mermado bolsillo y con poca espe­
ranza* de reembolsar su coste, puedo con
toda imparcialidad dar mi fallo en el pleito
entablado entre el trabajo y el capital, o
sea entre los obreros y patronos. Digo,
pues, que, siendo por naturaleza, o más
bien por efecto del pecado original, Lodos
los hom bres individual y colectivam ente
defectuosos, sin que haya en tre ellos nin­
gun o, sea rico o pobre, sabio o ignorante,
que pueda gloriarse de estar libre de toda
culpa, ni los obreros discurren cuerda­
m ente echando toda la responsabilidad de
los males que lam entam os a los capitalis­
tas, ni los capitalistas proceden con recti­
tud echando toda la culpa a los obreros;
sino que unos y otros tienen su parte de
culpa en el presente conflicto social, si
bien ésta yo la considero m ayor por parte
de los patronos. A un diré más. Si los capi­
talistas usasen de las riquezas que Dios les
ha concedido de conformidad con lo que
preceptúa el E van gelio , n o ' existiría el
socialism o, o al menos no habría tomado
tanto increm ento, ni se presentarla tan
am enazador com o se presenta; porque en
ese caso a los obreros les faltaría la ocasión
o m otivo de quejarse contra los patronos, a
quienes mirarían no como ajopresores sino
como a padres. A s í que puede decirse que
el socialism o es h echura de la codicia de
los ricos, o de su excesivo apego a las
riquezas.
A l expresarm e así de Los patronos o capi­
talistas, no es mi intención establecer una
regla general tan absoluta, que no admita
sus excepciones, pues entre los referidos
patronos o capitalistas hay algunos que
siguiendo las normas que el Papa León XIII
trazó en su E ncíclica Serum Novarum,
tratan a sus obreros con tal consideración
que nj.ás bien que' amos son verdaderos
padres para ellos, pues no se conforman
con darles lo que en ju sticia les deben por
su trabajo, sino además les facilitan otros
medios de vida a que no están obligados
por otra le y que la que les impone la
bondad de su corazón. Pero en cam bio bay
otros patronos, y no pocos por desgracia,
que desoyendo Las enseñanzas de la Iglesia
y atentos únicam ente al aum ento de sus
fortunas, tratan a la clase trabajadora con
tanta desconsideración e injusticia, que con
sobrada razón merecen el calificativo, poco
honroso por cierto, de injustos e inicuos
opresores de los pobrea jornaleros, que se
les Tiene dando.
Y o bien sé que los patronos se están
quejando continuam ente de los,proletarios,
haciendo recaer sobre ellos toda la respon­
sabilidad del m alestar que experim entam os;
porque, dicen los patronos, han llegado a
tal extrem o en su insubordinación y exi­
gencias, que j a es m aterialm ente im posible
tratar con «Ba gen te. Hoy piden aum ento
de jorn al y dism inución de horas de tra­
bajo; se les concede, y a los pocos días
v u e lv en con la misma petición. A sí no se
puede seguir; la única solución a este esta­
do de cosas, es cortar por lo sano, cerrando
las fábricas, abandonando las m inas y dejar
a los gobiernos y a los directores del socia­
lismo que se las arreglen como puedan para
dar trabajo a las masas de obreros que
siguen su dirección.
No dejo de com prender, señores míos,
que sus quejas no son del todo infundadas.
¿Pero no han sido ustedes los que han dado
m otivo a esa actitud indisciplinada y exi­
gen te en que Be han colocado los obreros?
Creo que sí. L os obreros, m ediante su tra­
bajo tienen derecho a un jorn al que sea
suñciente a cubrir sus necesidades y las de
su fam ilia. Este jorn al no suele ser sufi­
cien te para atender a esas necesidades, sino
de una m anera m iserable y escasa. Y esto
no es justo. No es ju sto que las empresas
obtengan enorm es ganancias m ientras que
los obreros que con su trabajo co n trib u y e ­
ron & 'esas ganancias, arrastren una vida
llena de privaciones y de m iserias. Me dirán
ustedes que los obreros perciben por su tra­
bajo un ju sto y suficiente jo rn al, pero que
la m ayoría de ellos lo derrochan en las
tabernas y en el ju eg o , y que tos agitado­
res socialistas, abusando de la ign oran cia
de las masas, las obligan a entrar en la
huelga pidiendo aum ento de jo rn al sin que
tengan razón fundada para ello. De confor­
midad estoy con algo de lo que ustedes me
dicen. Pero de esa ignorancia de los obre­
ros de que abusan sus directores, de que se
entreguen al ju e g o y demás vicios en que
derrochan sus jo rn ales, y de esa atmósfera
de corrupción ; de inm oralidad en que
v iv e n , ¿no son ustedes, en cierto modo, los
culpables?¿Han procurado ustedes, señores
m íos, facilitar a loa obreros los medios de
instruirse? ¿les dan el tiempo suficiente
para que se eduquen moral y religiosa­
mente? ¿hacen ustedes algo para im pedir
en tre esas infelices masas las propagandas
impías e inm orales y para alejarlas de las
tabernas y de otros centros de corrupción?
Pues si nada de esto han hecho ustedes, o
lo han h echo de una m anera im perfecta,
no se indignen conm igo si les digo que
ustedes son los culpables de los males
que lam entan. Porque de hom bres sin in s ­
trucción y sin religión , no se puede espe­
rar otro fruto que la envidia, el odio y la
insubordinación, que es precisam ente lo
que ustedes advierten en los obreros.
Por consigu iente si ustedes quieren que
desaparezca esa tiran tez de relaciones que
existe entre el capital y el trabajo, o por
m ejor decir, en tre ustedes y los obreros, es
de absoluta necesidad que tengan ustedes
más consideración a la clase trabtyadora,
que procuren su mejora no sólo en lo m ate­
rial, sino también y principalm ente en lo
moral y religioso. Y esto lo conseguirán
ustedes, si después de darles el salarlo
ju sto y suficiente, les proporcionan v iv ie n ­
das higiénicas y lo suficientem ente amplias
para que no Yivan hacinados en ellas con
perjuicio de la salud y de la moralidad; si
fundan centros de enseñanza y de recreo
para que los obreros en sus horas de des­
canso y en los días festivos tfengan en esos
centros algún esparcim iento honesto y por
medio de lecturas sanas e in stru ctivas y de
conferencias o pláticas religiosas y mora­
les, se in stru yan en lo que tienen obliga­
ción de saber para ser buenos ciudadanos y
buenos cristianos, con lo cual se c o n se g u i­
rla alejarlos de las tabernas y demás lu g a ­
res de corrupción, donde ju n tam en te con
el dinero pierden la salud del cuerpo y del
alm a, y sacarlos de la ignorancia y de la
incredulidad en que fueron sepultados por
los propagandistas del socialismo.
Adem ás de esto es indispensable fundar
escuelas para que los hijos e hijas de los
obreros aprendan lo necesario para poder
gan ar la vida honradam ente. Pero estas
escuelas han de ser católicas, no laicas o
ateas, pues éstas sólo sirvan para formar
antipatriotas, revolucionarios y anarquis­
tas, al paso que las católicas sirven para
form ar ciudadanos laboriosos, honrados,
patriotas y buenos cristianos. Si ustedes,
señores patronos, hacen lo que queda dicho,
y además cuidan escrupulosam ente q u e so s
obreros guarden los días festivos, no lo
duden, m ucho tendrán adelantado para
que se suavicen las asperezas que hoy exis­
ten entre el capital y el trabajo y rein e la
paz y arm onía en tre patronos y proletarios.
Pero me replicarán ustedes que todo esto
no se puede llevar a cabo sin hacer grandes
desem bolsos de dinero, y que las Compa­
ñías, ahora más que nu n ca, no pueden
hacer esos gastos, por hallarse ocupadas en
reponerse de las enorm es pérdidas que
sufrieron con m otivo de la últim a huelga
revolucionaria.
Ciertam ente que todas esas obras que yo
he propuesto exigen grandes sacrificios
pecuniarios, pero todos esos sacrificios que
ustedes debieran desde luego hacer, nunca
igualarían a Las pérdidas que con m otivo
de la m encionada huelga tuvieron que
sufrir, ni & las que en adelante puedan
sufrir con m otivo de otras huelgas análo­
gas a la pasada, si con tiempo no conjuran
el peligro que les am enaza, poniendo los
medios arriba propuestos. Pues si bien es
cierto que esos medios no serían del todo
eficaces para cortar desde luego todo el mal
por hallarse y a profundam ente arraigado,
servirían , sin em bargo, para dism inuirlo en
parte hasta que poco a poco fuese desapa­
reciendo del todo.
A quf tiene usted, am igo Teódulo, los
avisos que y o daría verbalm ente a los
patronos, geren tes o em presarios de todos
los centros indu striales y m ineros, si tu vie­
ra ocasión para ello. Pero ya que esto n a es
posible, ruego & usted qué propague esta
carta Lo más que pueda, pues con esa d ili­
gen cia bien pudiera llegar a m anos de
alguno de los aludidos y su lectu ra produ­
je se los frutos deseados. Esta sería la m ayor
satisfacción para su afino. Cap.
El socialismo pretende destruir la «o*
oiedadf y la sociedad deb# oponerse
a esa destrucción, acabando
con el socialismo

Querido Teódülo: De todo lo dicho en


mis cartas sobre el socialism o, se babrá
usted podido co n ven cer de que esa secta
impía no se propone otra cosa con sus
m alvadas doctrinas que m inar desde sus
cim ientos el orden social, o sea destruir la
sociedad hum ana. Y la sociedad hum ana si
no quiere consentir en su destrucción y
ruina no le queda más recurso que defen­
derse contra ese su enem igo m ortal, m ovi­
lizando sus fuerzas y dotándolas de las
armas coaven ien tes para darle el golpe de
gracia. Mas no se asuste usted, amigo mío,
al oirme hablar de a m a s . Estas no han de
ser m ateriales, porque no se trata de com ­
batir a nuestro terrible enem igo con caño­
nes, con dinam ita, ni con otras arm as por
el estilo. L as armas que la sociedad ha de
em plear en su ju sta y u rgen te defensa se
reducen a la unión de todos los que sean
am antes del orden y de la m oralidad, y a la
liberalidad de los pudientes. N ada h ay que
pueda resistir a estas dos arm as, y sabién­
dolas m anejar, el triunfo será cierto, infa­
lible. Sí, amado Teódulo, la unión es la
fuerza; esa unión es la que ha hecho tan
poderosos a los enem igos de la sociedad.
Y si tan poderosos los hizo a ellos esa
unión para el m al, si.nosotros nos ánim os,
esa unión ¿no nos hará también a nosotros
poderosos para el bien? Y si nuestros
enem igos se unen para hacernos daño,
¿por qué nosotros no nos debemos unir
también para defendernos contra nuestros
injustos agresores? ¿Quién nos lo impide?
Nadie, si no es nuestra apatía, nuestra
incuria que debemos sacudir de nosotros
con prontitud si no querem os que nos opri­
man los males que nos am enazan. Y no
crea usted, amigo mío, que esta empresa
sea tan difícil de llevar a cabo como a
m uchos les parece. Todo consiste en estar
uno animado de buena voluntad. No es
necesatio que para ello ocupe' uno un lugar
más o menos elevado en la sociedad. Nadie
h ay en el mundo» cualquiera que sea su
situación, que no tenga alguna influencia
con algunas personas que le estén unidas
por los lazos de parentesco, am istad o re*
ciudad. Pues bien; todo hombre, si quiere,
puede ejercer ú tilm en te su apostolado entre
esas personas en favor de la causa del orden
y del bien de la sociedad, haciéndoles ver
que el socialism o con sus doctrinas an ti-
cristianas y antisociales es el medio más
a propósito para hacer desaparecer la paz y
la tranquilidad en los pueblos donde logra
establecerse. Y como esta es la verdad, una
vez que las gentes lleguen a convencerse
de ella, pronto, los que antes tenían sim pa­
tías por esa secta, cam biarían de modo de
pensar respecto de ella, y en consecuencia
2&
le negarían toda clase da apoyo y se aleja­
rían más y más del peligro de verse tenta­
dos de afiliarse a ella y de acrecentar el
número de sus secuaces. Gata arma, amigo
mío, todos la pueden m anejar con gran
resultado, hombres y m ujeres, sabios e
ignorantes, ricos y pobres. Y si a esta pri­
mera arma de unión entre los buenos, m uy
poderosa para preparar la victoria sobre los
enem igos, se-une la no menos poderosa del
dinero, entonces la victoria será completa.
Mas esta segunda arma solam ente los 1
ricos la pueden facilitar y m anejar, y no
dudo que de buena volun tad se prestarán a
facilitarla y m anejarla, desprendiéndose
ahora de una pequeña parte de su fortuna,
por el peligro a que se expondrían de per­
derla toda entera, más adelante, si se nega­
sen a hacer ese desprendim iento, pues de
triunfar el socialism o, con ese triunfo v e n ­
dría el' reparto social, y excusado es decir
que los capitalistas, en ese reparto llevarían
la peor parte, supuesto que los pobres poco
o nada tienen que perder.
¿Pero cómo se explica que el dinero
pueda servirn os de arma para dar la batalla
al enem igo y obtener el triunfo? Pues m uy
sencillam ente. Sin duda que usted, amigo
mío, habrá oído decir que quitada la causa
se quita también el efecto. Pues bien; una
de las causas principales del socialism o es
la ignorancia de las masas proletarias que
están, afiliadas a él; nuestros esfuerzos,
pues, deben dirigirse a hacer desaparecer
esa ign oran cia in stru yen d o al pueblo. Se
necesitan por lo tanto escuelas, m uchas
escuelas, pero que sean católicas, y dirigi­
das por m aestros católicos com petentes, que
sepan dar a sus alum nos a n a enseñanza
basada en el amor y tem or de Dios, que es
el principio de la sabiduría. Con esta in s ­
trucción netam ente católica se hará ver a
los niños lo horroroso que es el pecado y la
necesidad que tienen de h uir de él, si no
quieren exponerse a los castigos eternos y
temporales que m erecen todos los que lo
com eten; y lo herm osa que es la virtud y
la necesidad que tienen de practicarla
desde sus primeros años para que sean
felices en esta vida del modo que es posible
-sw -
serlo y sobre todo para que lo sean eterna­
m ente en la otra, que es el fla para que Dios
N uestro Señor nos ha criado y puesto en el
m undo. Educados los niños de esta m anera,
no les será difícil am ar la virtu d y practi­
carla, no sólo cuando son niños sino tam ­
bién cuando lleguen a ser hombres, y
concebir tan grande horror al pecado, que
los aleje de los -centros de corrupción e
inm oralidad que es otra de las principales
causas del socialism o. Pero fundar estas
escuelas y conservarlas cuesta dinero;
¿quién lo duda? ¿pero no' vale más em plear
el dinero en esas escuelas que sirven como
de muro para co n ten er el avance del socia-
lismo que inten ta atropellarlo todo?
Pero me dirán que ya tenem os las escue­
las públicas que corren a cuen ta del Estado;
es verdad, pero la instrucció n pública es
bastante defectuosa, y a porque faltan m u ­
chos locales-escuelas, y a porque no pocos
m aestros encargados de regen tar las que
h a y , son laicos, de donde resulta que la
instrucción que dan a los niños estos m aes­
tros, más bien que beneficiar a la sociedad,
beneficia a los enem igos de la misma.
Verdad es que hay también bastantes cen­
tros de enseñanza dirigidos por religiosos y
particulares, pero tampoco son los suflcien-
. tes por falta de protección oficial. A gí que
es indispensable extender lo más que se
pueda la enseñanza católica, sentando como
co fa segura, que en proporción de esta
extensión dism inuirá el núm ero de nuevos
obreros que entren en lo sucesivo a engro­
sar las filas dei socialism o. Pero además de
esto, es necesario pensar en bascar el
medio de salir de esa secta a los que perte>
n ece a a ella, y de esto vo y a tratar b reve­
m ente. -
La m ayor parte de los obreros que perte­
necen al socialism o están disgustados con
sus directores, y si no abandonan la secta,
es por respeto hum ano, o más bien porque
tem en encontrarse sin trabajo bí salen de
ella. Pues bien; para asegurar el trabajo a
los obreros que quieran dejar atrás al socia­
lism o e im pedir la entrada en él & otros, es
indispensable proteger decididam ente y sin
cobardías las asociaciones de obreros cató­
licos que actualm ente existen y fundar
cuantas sean necesarias. Pues de esta m a­
nera se cerrarían tas puertas del socialism o
para aquellos que tu vieran la tentación de
entrar en él y se abrirían para los que
desean abandonarlo. Y esto también cuesta
dinero, pero con ese dinero que costarían
dichas asociaciones se pondrían en seguro
grandes capitales, y a que los obreros cató­
lico», precisam ente por serlo, aun cuando
algun a vez en defensa de sus derechos
pudieran declarar la huelga, no apelarían a
medidas violentas ni se vengarían de los
patronos, como lo hacen los socialistas,
sino que, en buena arm onía arreglarían
sus diferencias con ellos sin apelar a medios
reprobados. Además con esa medida qué
acabo de proponer, de día . en día se iría
fortaleciendo el catolicism o social, al paso
que el socialism o ateo cada día*se iría debi*
litando más y más basta el punto de que
quedase reducido a la im potencia de seguir
haciendo daflo- Sí, amado Teódulo, todo
esto están obligados a hacerlo los ricos y
potentados, no sólo porque así lo exige el
bien público, sino también porque así lo
reclaman sus propios intereses, que, como
se lia dicho, están constantem ente am ena­
zados por las ma:-as socialistas.
-Si lo hicieran así, además de obtener
tan excelentes resultados, como los qUe
quedan indicados, subsanarían las in ju s ti­
cias cometidas con los obreros católicos,
quienes, en vez de haber sido protegidos y
apoyados por los gobiernos y por los cap i­
talistas, siquiera al igual de los obreros
socialistas, fueron postergados; y m ientras
todos los mimos, todos los privilegios y
todas las concesiones, los reservaban esos
señores para los enem igos del orden, del
capital y de la sociedad, les tlesoonocían
sus derechos y les negaban el trabajo a
aquellos que son el más sólido baluarte y
la más firme garantía del orden y de la
tranquilidad pública; dándose el caso de
que en construcciones de conventos, de
catedrales y de iglesias se adm itiese a los
obreros socialistas y se rechazase a los obre­
ros católicos. Pues nada más puesto en
azón, que ahora en ju sta reparación de
esas om isiones incalificables, se conceda
toda protección a los que hasta ahora han
sido tan injustam ente desatendidos, 7 se
les niegue a los que hasta ahora han sido
tan indebidam ente mimados.
Y a tiene usted aquí expuesto, amigo mío,
el pl&o de combate que se ha de segu ir
para acabar con el socialism o. Unrón por
parte de todos los buenos y dinero para
fundar y sostener escuelas católicas, y
dinero para fundar 7 sostener sociedades
católicas de obreros. Con estas medidas
dejarán de afiliarse nuevos obreros en el
socialism o y los que y a están afiliados sal­
drán de él. Y ento nces ¿qué recurso les
quedaría a toa agitadores profesionales del
socialism o? El mismo que le quedaría a un
Estado Mayor sin ejército; el que le queda­
ría a un abogado sin clien tes; eL que le
quedaría a un m édico sin enferm os; y el
que me quedaría a mí si mi Prelado me
privase de mi parroquia.
Es decir, que no nos quedaría otro recur­
so que gan ar la vida por otra parte. Pues
de la misma manera los caudillos del
socialism o sin socialistas tendrían que ir
con su m úsica igualitaria a ganarse la vida
a otra parte, a no ser que, como buenos
previsores, ocupen y a para entonces un
lagar entre los grandes burgueses, y como
tales burgueses viv an de las rentas de su
burguesía.
Tal vez a alguno se le ocurra recrim inar*
me porque y o me he-metido en estas h on­
duras del socialism o, y dirá: ¿Quién ha
metido a este oscuro cura de aldea a tratar
de cuestiones tan difíciles y delicadas como
son-las que se relacionan con el capital y
el trabajo, com o si él tu viera una autoridad
indiscutib le para dar consejos a todo el
mundo, a altos y bajos y también a los del
medio? ¿No habrá salido ese pobre cura de
alguna casa de orates, o estará haciendo
oposiciones para en trar en ella? Y o no sé,
amigo m ío, si estaré loco o cuerdo, pero sí
sé, y lo tengu como absolutam ente cierto,
que si se observase puntualm ente todo lo
que dejo escrito en esta carta, otro pelo
echaríam os y otro gallo nos cantaría en
materia de paz y bienestar. Adem ás que ea
todas las reflexiones que dejo consignadas,
nada hay que sea de mi cosecha propia,
pues no hice más que repetir, aunque en
estilo semi-bárbaro, o bárbaro por com ­
pleto, las enseñanzas que los Romanos
Pontífices y los señores Obispos han dado
acerca del punto en que me vengo ocu­
pando. Por otra parte, es de sentido común
que a nadie, ni a los particulares, ni m ucho
manos a los gobiernos» les es lícito apoyar
ni proteger a los individuos, & las agrupa­
ciones o partidos que maquinan contra
la religión, contra la patria y contra el
orden social; pues éstos más bien deben ser
proscritos como partidos crim inales, mere­
ciendo, en cam bio, este apoyo y protección
por parte de todos, aquellas asociaciones
que ofrezcan garantías de conservar y
defender los intereses morales y m ateriales
de la sociedad. Mande usted lo qué gu ste a
su afectísim o Gap.
Conclusión

Querido Teódulo: Creo que ya va siendo


tiempo de poner fin a nuestra correspon­
dencia: lo uno, parque lo considero a usted
y a cansado de recibir y le e r tantas cartas,
y lo otro, porque mis fuerzas se van ago-
tando insensiblem ente y no convien e esti­
rar tanto el arco para no dar lugar a que se
rompa. Por lo tanto, habiendo contestado,
según mi leal saber y entender, a las cu es­
tiones que usted me ha propuesto en sus
cárt&s, en esta mía y como en compendio
recordaré a usted y a su s buenos co n ve­
cinos los avisos y reflexiones que están
contenidos en nuestra larga correspon­
dencia.
A un qu e la íe es tan necesaria a la salva*
ción' como los cim ientos son indispensa­
bles al edificio, y como para que haya edi­
ficio no bastan los solos cim ientos, sino
que además se requieren las paredes y el
techo, así también la fe por sí sola no es'
suficiente para salvarse, sino que además
se requieren las buenas obras, esto es, que
los actos de nuestra vida vayan de acuerdo
con nuestras creencias. Y así, por ejemplo,
la fe nos dice que hay ufi infierno eterno
para ios malos, y la misma fe nos enseña
que para evitar ese castigo eterno debemos
practicar el bien y evitar el mal; que h ay
una gloria eterna, pero que si querem os
alcanzarla es de absoluta necesidad g u a r­
dar los m andamientos; o lo que es lo
m ismo, hacer lo que Dios y la Iglesia nos
mandan y evitar lo que nos prohíben. Pues
a recordar estas verdades por m uchos cató ­
licos olvidadas y a que en su conducta no
se vean desm entidas las creencias que pro­
fesan, van encam inadas la m ayor parte de
estas cartas que deben leer y m editar con
frecuencia y practicar lo que en ellaB Be
dice, si quieren verse libres de los males de
la otra vida y aun de esta y hacerse m ere­
cedores de las recom pensas eternas.
Adem ás la lectura de estas cartas puede
ser de gran utilidad a los cam pesinos para
que no sean sorprendidos y engañados por
los agitadores socialistas, los cuales, si hn.ata
ahora se han lim itado a hacer prosélitos
entre los obreros de las ciudades y villas,
y a em piezan a tender sus redes para coger
en ellas a los obreros del campo. Si esto
consiguieran los que a sí miBmos se llaman
protectores de los obreros, que en realidad
no son más que sos explotadores, ni para
qué decir es que los cam pesinos se verían
envueltos en una atmósfera tal de sobre­
salto, desorden y corrupción, que se les
haría insoportable la vida en la aldea. Pues
a las m uchas dificultades y privaciones con
que tiened que luch ar los labriegos, para
atender a sus necesidades por falta de
protección y el abandono en que los tienen
los gobiernos, habría que afiadir la pérdida
de la paz y tranquilidad que disfrutaban y
que contribuían no poco para hacer menos
sensibles y más llevaderas aquellas dificul­
tades y privaciones. Por consiguiente, ha
de procurar usted con todo empeño, amigo
m ío, que sus compañeros de sufrim ientos
lean también las cartas en que se trata del
socialismo y de los funestos fines que 3,0
propone, para que.en vista de ello no den
oídos a sus em bustes ni caigan en los lazos
que les tienda esa m aldita secta para que
queden enredados en ella, si no quieren
exponerse a sufrir las tristes consecuencias
arriba indicadas, y sobretodo si no quieren
que les arrebaten las creencias religiosas
que a todo trance han de procnrar con ­
servar.
Otra advertencia m uy .im portante para
conclu ir, y es la necesidad que tienen sus
convecinos de asociarse. Hoy día es tan
im prescindible la asociación, son tan gran-
d essu e ventajas, tanto ea el orden m aterial,
como en el religioso, político y moral, que
todas las clases sociales están palpando y
viendo la necesidad que tienen de asociarse
para mejor poder defender sus intereses.
A sí lo han comprendido las gente» del
campo, y por eso en m achas regiones se
apresuraron a unirse por medio de la asocia­
ción, fundando Sindicatos agrícolas, Cajas
de ahorro y cooperativas; y como pronto
experim entaron los beneficios que estas
obras les reportaron, dieron por bien em ­
pleados los pequeños sacrificios que tu vie­
ron que hacer para fundarlas. El hombre
aislado es m uy débil, pero si se une a otros,
con el auxilio de ellos puede conseguir
m ach as cosas que de otra m anera sería
imposible conseguirlas. Por eso es m uy
con ven ien te que los labradores so asocien
para defenderse contra la usura y el caci­
quismo, que son la verdadera plaga de los
pueblos y para que alcancen de los gobier­
nos una protección de la que hasta ahora
se han visto privados y que tan necesaria
es a los obreros del campo que son, a no
dudarlo, la clase de la sociedad más traba­
jadora, más sufrida y menos viciosa.
Claro está que estas asociaciones, para
que den el resultado deseado, se han de
fundar en conformidad con las enseñanzas
de la Iglesia, pues de otra m anera en poco
o nada se diferenciarían de las asociaciones
establecidas por el socialism o, y sos resal­
tados serían tan funestos como los de esta
m alvada secta.
Y termino pidiendo a Dios Nuestro
Señor para usted y para todos los que lean
estas cartas la tranquilidad en esta vida y
el descanso eterno en la otra.

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