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SELECCIÓN DE CUENTOS HISPANOAMERICANOS 
ESPAÑOL BÁSICO I 

UPR ARECIBO 
PROF. JUANMANUEL GONZÁLEZ‐RÍOS 
ESPA 3111 / ESPA 3101 
 

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante,


había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida
en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde
pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y
Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró
Horacio Quiroga
largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de
Cuentos de amor, de locura y de muerte, 1917
caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato
escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención,
sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche ordenándole calma y descanso absolutos.
juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía
desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a
baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si
conocer.
mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia
especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de
de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba
marido la contenía siempre.
con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz
blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación.
producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba
de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda en su dirección.
la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

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Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos
principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se
rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a
alfombra. media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y
la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de
que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
horror.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
ya, miró un rato extrañada el almohadón.
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay
después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó
manchas que parecen de sangre.
entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en
la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
manchitas oscuras.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de
que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente
inmóvil observación.
cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio —Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
y siguieron al comedor.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se
serio... poco hay que hacer... le erizaban.
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
sobre la mesa.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde,
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre
pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que
superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta,
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre
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llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas,
moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola
viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del
almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no
pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece
serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de
pluma.

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respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del
miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas
desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural.
Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a
la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si
LAS RUINAS CIRCULARES alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida
anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y
Jorge Luis Borges
despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores
Ficciones, 1944
también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El
arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado
a la única tarea de dormir y soñar.
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de
bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza
el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de
están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las
está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura
hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía,
sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban
ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel
que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo
templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba
y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores,
Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que
cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación mereciera participar en el universo.
de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada
propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río
podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de
abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y
aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros,
muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo
aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los
despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos
últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran
y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con
tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció
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para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo
muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no
de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta
condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al
maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó
emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía
al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no
explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño
logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era
débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso
el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre
congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación,
casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.)
éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban
Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la
los viejos ojos.
efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz
vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un
un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal
mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido
Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que
alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre
Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro
malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo
logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el
período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la soñado se despertó.
luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó
dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió.
dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego.
Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica,
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehízo el hombro derecho,
granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había
amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora
evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá
corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos si no voy.
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Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos
embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego.
Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio
cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego
lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos.
abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo
supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación,
le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje. con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba
soñándolo.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de
la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que
su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de
noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta
palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas
disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre
persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de
su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos
remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre
mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El
mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las
criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un
fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió
que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su
condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de
otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le
interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o
felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado
entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos
signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana
como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía
de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches;
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visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos
Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de
nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de
perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera
comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz,
poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
EL ALEPH Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el
Jorge Luis Borges pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos,
El Aleph, 1945 sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas,
O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.
finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban
Hamlet, II, 2 intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta
But they will teach us that Eternity is the Standing still de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos
of the Present Time, a Nunc-stans (ast the Schools call veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato
it); which neither they, nor any else understand, no más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a
more than they would a Hic-stans for an Infinite
comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934,
greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46
aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me
quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí
las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después
de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si
ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían el oxímoron1 es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis;
renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé
comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es
cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las
pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la
exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad
también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en

                                                            
1 Oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. Ejemplo: “un silencio atronador”.
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inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón
afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete
Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. “Es el de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:
Príncipe de los poetas de Francia”, repetía con fatuidad. “En vano te revolverás
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas.”
los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de no corrijo los hechos, no falseo los nombres,
coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.
—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso
—Lo evoco —dijo con una animación algo inexplicable —en su granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de
gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de
provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante
radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo
horarios, de prontuarios, de boletines... abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el
tercero –¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?–
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil;
consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me
nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las
asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados
montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.
envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que
exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a
qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios
conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige
Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y
dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas
su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué
a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra;
mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación,
tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la
la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores.
pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe2.
Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención
de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo

                                                            
2 Apóstrofe: Figura que consiste en dirigir la palabra con vehemencia en segunda persona a una dirigírsela a sí mismo en iguales términos.
o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, a seres abstractos o a cosas inanimadas, o en
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modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con
extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso,
extravagancia al poema3. por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla
animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una
Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil
pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo,
dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton
blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor
registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y
importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado
monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero
sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen,
limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino.
herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había
despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del Hacia la medianoche me despedí.
curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que
comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres
por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, “para
de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de
tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y
baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos
de Zungri –los propietarios de mi casa, recordarás– inaugura en la esquina;
laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes
confitería que te importará conocer”. Acepté, con más resignación que
alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:
entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el “salón-bar”, inexorablemente
Sepan. A manderecha del poste rutinario moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas
(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por
se aburre una osamenta –¿Color? Blanquiceleste– Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores
que da al corral de ovejas catadura de osario. de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta
severidad:
—Dos audacias —gritó con exultación—, rescatadas, te oigo
mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que —Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con
certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas los más encopetados de Flores.
pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había
Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico
corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes
                                                            
3Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira que fustigó con rigor a los malos poetas: de publicar sin miedo el poema.
Aqueste da al poema belicosa armadura
De erudicción; estotro le da pompas y galas.
Ambos baten en vano las ridículas alas...
¡Olvidaron, cuidados, el factor HERMOSURA!
Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me dijo)
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escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono.
lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz
lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas
los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, “que no disponen de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió —salvo el
de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una
sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el delicada gestión y luego me olvidaba.
sitio de un tesoro”. Acto continuo censuró la prologomanía, “de la que ya hizo
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos
mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios”. Admitió,
Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con
sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el
tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto
espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba
de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular
invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco —¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle
fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración Garay! —repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el prestigio
logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los
si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo;
imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise
inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, “porque ese dilatado jardín aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y
de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los
severa verdad”. Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro. demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil
nacionales.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no
hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí,
toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del
las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana,
comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase) Dije, entre impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para
adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo, describiría el terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano
curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que
encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con contienen todos los puntos.
Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo
—Está en el sótano del comedor —explicó, aligerada su dicción por la
explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía
angustia. —Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar.
dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar
con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso,
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pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una
a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida,
—¿El Aleph? —repetí. Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

—Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era
vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el
—Una copita del seudo coñac —ordenó— y te zampuzarás en el
hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces
sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la
no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de
Traté de razonar. baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me
voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa!
—Pero, ¿no es muy oscuro el sótano? A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas,
—La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!
lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las Ya en el comedor, agregó:
lámparas, todos los veneros de luz.
—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi
—Iré a verlo inmediatamente. testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el imágenes de Beatriz.
conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas
confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano
ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas
demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la
clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, acomodó en un sitio preciso.
desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación
patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; —La almohada es humildosa —explicó—, pero si la levanto un solo
íntimamente, siempre nos habíamos detestado. centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga
en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar.
El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente
jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo
parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar
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por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del
el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas
para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi
que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos
ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph. ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que
no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho,
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi
vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una
desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo
quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de
ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo
Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía
transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?
maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y
Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la
perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un
divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros;
poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi
Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la
mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre
circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo
dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una
se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro
playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los
esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los
sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de
dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe
Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el
quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema
suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi
central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito.
todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del
En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces;
escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que
ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin
Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la
superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que
Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz
transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis
comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese
espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún
centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la
tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de
una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos
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—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del
—dijo una voz aborrecida y jovial—. Aunque te devanes los sesos, no me tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la
pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges! envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen
que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por
Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph;
—Formidable. Sí, formidable. otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del
alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino
casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad;
insistía:
también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra,
—¿Lo viste todo bien, en colores? para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la
Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese
apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno
de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que
perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la
con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que calle Garay era un falso Aleph.
el campo y la serenidad son dos grandes médicos.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió
parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que
de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de
Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido. Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros
● ● ● artificios congéneres —la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik
Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de
Posdata del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición
Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular
del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la
que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal
longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de “trozos
de Merlin, “redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio” (The Faerie
argentinos”. Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el
Queene, III, 2, 19)—, y añade estas curiosas palabras: “Pero los anteriores
Segundo Premio Nacional de Literatura4. El primero fue otorgado al doctor

                                                            
4 “Recibí tu apenada congratulación”, me escribió. “Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, las plumas; mi turbante, con el más califa de los rubíes.”
pero confesarás –¡aunque te ahogue!– que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de
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(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles
que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el
universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio
central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la
superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita
data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones
anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por
nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería”.
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi
todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo
mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos
de Beatriz.

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—Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de
que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá
mejor atención.

—¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

—Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré


EL GUARDAGUJAS unos informes.

Juan José Arreola —Por favor...


Confabulario, 1952
—Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora
no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las
nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden
pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los
Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir. convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen
efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier
volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. manifestación de desagrado.
Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete.
Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad: —Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

—Usted perdone, ¿ha salido ya el tren? —Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede
darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones
—¿Lleva usted poco tiempo en este país? están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las
condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada
—Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y
—Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera
mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros —y señaló un extraño convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un
edificio ceniciento que más bien parecía un presidio. hermoso y confortable vagón.

—Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren. —¿Me llevará ese tren a T.?

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—¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los
Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados
tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.? recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se
estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los
—Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se
conducido a ese lugar, ¿no es así? colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con
resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros
—Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá
sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes
cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes —¡Santo Dios!
para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera
fortuna... —Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El
tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se
—Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted... gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas
conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades
—El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido
se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista
con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes
llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos
túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa. —¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
—Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio? —Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a
convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros
—Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los
demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos
viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que
pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales
no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren,
ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo
nadie espera ser conducido al sitio que desea.
una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que
—¿Cómo es eso? debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás,
arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante.
—En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en
medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener
convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la
los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose
raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a
un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los afrontar esa molestia suplementaria.
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—¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo! como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas
de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero
—¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un
usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el cansancio infinito.
primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para
impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado —Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas
—Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no
veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez
debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea.
de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se
La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad
impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los
de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta
andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de
de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día
educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar
—¿Y la policía no interviene? precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

—Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero —¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso.
—Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo.
Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad,
Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a
dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a
T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de
cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el
viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben
lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera —¿Qué está usted diciendo?
correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad.
También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás —En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de
pasajeros les rompan las costillas. espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el
espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo
—Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias? por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede
tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una
—Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las
opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería
estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una
aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían
ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa
a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe,
se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura
consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén
apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad
antes de que vea en T. alguna cara conocida.
importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son
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—Pero yo no conozco en T. a ninguna persona. —¿Y los viajeros?

—En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, —Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero
muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se
a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales
dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con
falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco
hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno
pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas
—¿Y eso qué objeto tiene? dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

—Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la —¿Es el tren? —preguntó el forastero.
ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a
Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa cierta distancia, se volvió para gritar:
omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
—¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice
—Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes? que se llama?
—Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas —¡X! —contestó el viajero.
jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos.
No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto
historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al
F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren encuentro del tren.
reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso
vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un advenimiento.
determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres:
“Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, —dice
amablemente el conductor. —Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia,
el tren escapa a todo vapor.

                                                            
1 Guardagujas: Empleado encargado del manejo de las agujas de una vía férrea.
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veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos
montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no
me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno
se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que
me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque
jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he
oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta
MACARIO es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me
Juan Rulfo amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis
El llano en llamas, 1953 manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que
yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más
por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo
Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para
Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con
no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin
gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su
eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la
una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido
apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena
panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de
ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde
me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el
Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo
los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un
toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce
mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he
mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de
compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me
comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los pasaba los tragos, Felipa me hacía cosquillas por todas partes. Luego sucedía que
trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía
toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme
hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo
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tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra
sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también
cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo
encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En
sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta
Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni
conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las
pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en
me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo
me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder
sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido
chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las
todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé
yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido
cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas
no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo
primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr
que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja
Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya
el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me
cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene
mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta
tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los
iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una
oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen
del señor cura...: "El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la
las cosas malas es oscuro." Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi
cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis
cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto
lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear
por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea
que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe
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lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba
el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande
a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el
garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a
los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me
amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta
casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a
morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya
no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario
que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy
junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en
todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que
me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará
por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le
pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a
los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna,
derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni
a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando...
De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de
Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las
flores del obelisco...

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Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su
actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio.
No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado
en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas
siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y
chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento
porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana
LA CASA TOMADA encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo
Julio Cortázar al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los
Bestiario, 1951 colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar
una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en
literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque
casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido.
guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres Uno puede releer un libro, pero cuando un pull-over está terminado no se puede
y toda la infancia. repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas
pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba a hacer
por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de
las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido,
mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos
sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo
cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala
motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza
el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura puerta de roble aislaba esta parte del ala delantera donde había un baño, la
de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los
algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la
para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la puerta central daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la
voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y
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al frente del pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo Asentí.
se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este
bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un
lado.
pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba
abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en
departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese
vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta chaleco.
de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado
los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso se lo debe a sus
en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura
habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una
francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas
ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de
carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi
las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se
pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos
suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles
años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días)
y en los pianos.
cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin
—No está aquí.
circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de
la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui hasta Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la
el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo casa.
que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun
sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o
levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya
un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un
estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y
segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la
ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras
puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de
yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos
golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y
alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios
además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la de Irene y las fuentes de comida fiambre.
bandeja del mate le dije a Irene:
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana
me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos
—¿Estás seguro? en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
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—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr
conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel
fuerte, pero siempre sordos a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y
para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y
nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca
y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene se los sueños y
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones
que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
—No, nada.
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los
mutuos y frecuentes insomnios. Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el
armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores
domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche.
del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y
cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada
en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera
ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
permitíamos ahí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al
living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más
despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando
Irene empezaba a soñar en alto voz, me desvelaba en seguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y
antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de
agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez
en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A
Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin
decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que
eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo
mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

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protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba
contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría
por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba
decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante
como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de
otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas,
azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas
Julio Cortázar para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Final del juego, 1964
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se
separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al
norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta
negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los
interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y
después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando
cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después
hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera
puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la
dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde,
puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida.
Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el
terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano,
que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.
Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose
ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue
testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer,
recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama.
Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las
caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta,
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