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El fenómeno de los ángeles andinos

LukasGarcés

Los ángeles andinos “aparecen hacia 1660, en un territorio que se extiende del norte del Perú al
norte de Argentina, siendo la Paz y Cuzco los centros de difusión.” (Gisbert 41) La mayoría de los
ángeles parecen haber sido pintados no como cuadros independientes sino como partes de series;
así como solía hacerse con los santos. Hoy en día muchas de las series se encuentran incompletas.
No obstante, a partir de 1980 un inusitado despertar en el interés por los ángeles andinos ha
conllevado al descubrimiento de nuevas series. La representación de los ángeles no es uniforme.
Sin embargo, existen cualidades comunes a las cuales debemos atenernos cuando se trata de
estudiar el fenómeno en su amplitud. . A pesar de ello, la apreciación estética requiere de una
mirada que se concentre en lo individual.

Aunque es una constante en el caso de los ángeles andinos, la presencia aislada del ángel en un
cuadro no es un fenómeno exclusivo de los éstos. En la edad media no se representaba a los
ángeles de forma aislada, pero en el Renacimiento se comienzan a pintar individualmente. Práctica
que se extiende hasta el barroco. Además, la representación individual de los ángeles parece
haber surgido en España antes que en el Nuevo Mundo. En la creación de los ángeles andinos la
influencia española es significativa. Sobretodo “la escuela sevillana de pintura, en especial en lo
que se refiere a Zurbarán y sus discípulos contribuyó…de forma importante en la iconografía de los
ángeles.” (Gisbert 41)

Por otro lado, vale la pena remarcar un tipo de series que se considera como un
elemento verdaderamente particular en la historia de la representación de los ángeles. Se trata
de las series compañías de ángeles militares, mejor conocidos como ángeles “arcabuceros”. La
más conocida serie de ángeles arcabuceros es la de la Iglesia de Calamarca. Teresa Gisbert
describe sus ángeles puntualmente: “La vestimenta de estos ángeles es la de soldados españoles
de la época, cuello al estilo Van Dyck y trajes de manga corta chaqueta larga, medias calcetines y
calzados. La cabeza está cubierta por un gran sombrero adornado de plumas y cintas.” (Gisbert
45) Al observar estos ángeles tan bien puestos, uno se pregunta si los soldados españoles vestían
de esa manera. Parece imposible ir a la guerra con esa ampulosa vestimenta. Se trataría más bien
del traje más elegante que llevaban los más altos mandos del ejército español.

En términos generales, cada cuadro es el retrato de cuerpo entero de un ángel en particular. Con
excepción de San Miguel que está representado de la manera habitual (dominando al demonio),
los ángeles son representados únicamente en función del retrato. En unos casos el trasfondo de la
pintura es oscuro o monocromo como si el personaje pintado se encontrara en un estudio.
Pareciera que estos seres alados se hubieran tomado un descanso de sus labores divinas para
posar ante un artista. En otros casos surge un paisaje sobrio en el trasfondo, sin embargo el ángel
retratado no deja nunca –sea ante el espectador, sea ante el artista- de posar. A la gran mayoría
de ellos rodea un aura de hiper-vanidad e hiper-conciencia de sí. Especialmente en la serie de
“ángeles arcabuceros” de Calamarca, éstos aparecen desprovistos de todo valor simbólico.
Parecen seres humanos disfrazados a punta de participar en un carnaval. Sus pequeñas alas -y esto
también ocurre en el caso de la mayoría- parecen mero artificio, un aditivo a la pomposa
indumentaria que llevan. La única cualidad verdaderamente angelical de éstos seres andinos es la
indefinición de su sexo. Su rostro imberbe y dócil y su cabello largo ondulan entre lo masculino y lo
femenino. No obstante, hay para quienes, como José de Mesa y Teresa Gisbert, no se trata de una
indistinción de sexo sino de seres asexuados. Posición que concuerda con la perspectiva de la
angelología, según la cual, los ángeles están desprovistos de sexo. Pues considerando que se trata
de seres incorpóreos, es apenas lógica su condición asexual.

Preámbulo

Bernat Castany , con razón hace un llamado de atención al uso de premisas absolutas que hacen
parte de una versión anterior de este trabajo. La falla sale a relucir, por ejemplo, en una oración
donde afirmo que el intelecto del indio actúa de una manera absolutamente diferente al intelecto
del europeo. En este caso caigo en un triple error: 1ro.) Por medio del uso de la palabra “absoluto”
hago una afirmación que divide categóricamente ambos lados; lo cual dificulta la presencia de
matices. Y bien sabemos que entre más nos adentramos y conocemos una materia, más salen a
relucir las sutiles diferencias. 2do.) Peor aún: construyo esta división a partir de dos elementos, “el
intelecto indígena” y “el intelecto europeo”, que constituyen severas generalizaciones. Bernat
muestra como caigo de nuevo en este error cuando me sirvo de términos como “la imaginación
cristiana y precolombina.” 3ro) Hay un tercer error que, aunque insalvable, menciono puesto que
constituye uno de los grandes obstáculos que enfrentamos en el estudio de la historia de todo el
continente americano. Me refiero al uso de la palabra indio. No sólo está cargada de un sinnúmero
de connotaciones -por lo general de valor negativo-, sino que borra la diversidad de civilizaciones
que cubren, en tiempo y en espacio, al continente Americano.

Crítico de toda tendencia homogenizadora, Bernat hace un segundo llamado de atención al


estudio de los ángeles a partir de una teoría de arquetipos. Basado en el estudio de Wilson,
escribo que la figura del ser-alado, en cuanto que arquetipo, “forma parte de la experiencia común
de todos los seres humanos y aparece de forma espontánea en todas las culturas”. El deseo
homogenizador es patente -casi patético- no tanto en la presencia de la palabra común sino en el
uso repetitivo del adjetivo “todo”. A pesar de ello, no deja de ser interesante la frecuencia con que
aparece el ser-alado en muchas culturas. Puede que muchos mundos lo experimenten de diversas
maneras, no obstante, la vasta presencia del fenómeno no deja de martillarnos la curiosidad. A mi
parecer, es algo que se debe tener en cuenta. No para crear paralelos y marcar diferencias, sino
para espolear la curiosidad y la imaginación. Por ello este trabajo no se basa en una teoría de
arquetipos. Sin embargo se menciona ligeramente el horizonte arquetípico del ser alado puesto
que, en tanto que representación visual, es una realidad.

Bernat inserta este afán homogenizador -tanto el que se esconde en las premisas de carácter
absoluto o en las narrativas que pretenden explicarlo todo- dentro del marco que encierra el
discurso de la modernidad y la postmodernidad. Creo que también se puede explicar desde el
horizonte de lo personal. Un marco reducido, en comparación a una teoría académica, pero que
no deja de ser revelador. Ocurre que el material para el estudio de lo que yo llamo “ángeles
andinos” es, a primera mano, muy limitado. Apenas existe un estudio serio de la materia, el libro
de Ramón Mujica Pinilla, “Ángeles apócrifos en la América virreinal”. Lo que tiene por decir Teresa
de Gisbert es muy limitado. En total, no ha escrito más de 20 páginas sobre el tema, y la gran
mayoría de ello es descriptivo. Una vez se adentra el estudiante en el libro de Mujica -que es al
mismo tiempo mirar a lo que está más allá de Mujica- se vierte sobre uno una multiplicidad de
obras y fuentes tan vastas y contradictorias, que el estudiante no sabe como darles orden alguno.
De otro lado, yace el mundo precolombino de que tan poco se sabe. Resulta pues, que por un lado
se tiene una montaña de información, apenas manejable por el erudito, y por el otro se tiene los
indicios y pistas del mundo indígena (la palabra indígena es el primer ejemplo de lo sinuoso que es
este mundo). ¿Qué hacer entonces? La primera reacción es caer en generalizaciones. Pues, si uno
no se inventa tal cosa como un intelecto indígena y un intelecto español, no veo otra manera
posible de hacer conexiones. Al fin y al cabo, que es la Historia sino una historia.

Introducción

En un pasaje del libro La insoportable levedad del ser de Milán Kundera se nos dice que,
comenzando con un simple ejercicio de escritura, tal como la descripción de una manzana o una
botella de coca-cola, uno puede tropezar con un desenfrenado proceso de conexiones que intenta
abarcar los fundamentos últimos de la realidad. En cierta medida, algo parecido parece haber
ocurrido en esta investigación cuyo propósito inicial ha sido arrojar luz sobre una serie de pinturas
de ángeles que surgen en la región andina durante la colonia. El buen lector debe ahora hacerse
una pregunta de nunca acabar ¿Qué es eso de arrojar luz? En el caso de este trabajo, lo que se ha
terminado haciendo no ha sido “arrojar luz sobre los ángeles” sino servirnos de cuanta luz ellos
tienen para iluminar un posible modo de ser de la colonia. Así pues, podría decirse que no se trata
de arrojar luz sobre las cosas, sino de ser arrojado por su luz.
En materia de ángeles, lo primero es que se encuentran por todo lado y en todos los tiempos. El
ángel o ser-alado emerge en la gran mayoría de las culturas de la humanidad. Se trata pues de un
arquetipo, de una representación simbólica que, como tal, despide una infinitud de amplios -y en
cierta medida indómitos- significados. Teniendo esto en cuenta, el paso a seguir en la búsqueda de
un entendimiento más profundo del tema, es investigar a los seres alados dentro de contextos
específicos. Una vez armado de conocimientos “universales” (lo cual es en gran medida, el
desarrollo de un feeling por lo arquetípico en el ser-alado) y particulares (el estudio de seres
alados en una o varias culturas), puede el investigador adentrarse en la investigación del ser-alado
que surge a partir de un choque de culturas. Poniendo a un lado la perspectiva arquetípica, la cual
no comparten muchos investigadores, el estudio de todo fenómeno de carácter mitológico en la
América colonial, tiende a seguir la misma estructura: primero se investigan las expresiones del
fenómeno de manera aislada en cada una de las culturas; y, a partir de ello, se conjetura
inteligentemente a cerca de las relaciones que pueden haber conducido a su gestación en América

El carácter arquetípico del ser-alado


En la gran mayoría de las culturas se encuentran representaciones de seres alados. La variedad y
cantidad de imágenes son sorprendentes. Al abrir el libro “Angels” de Peter Lamborn Wilson, el
espectador se topa con hombres-águila, doncellas aladas, seres asexuados cubiertos de plumas
doradas, monstruos voladores, y otra cantidad de entidades flotantes. Los ejemplos que presenta
el libro sugieren que en toda cultura existe la necesidad de establecer un nexo con un más allá.
Para lo cual, han surgido los seres alados como respuesta. Es importante recalcar que no se trata
de una figura que nace en un lugar determinado y después se extiende y transforma a través del
espacio y el tiempo (aunque esto también ocurre). Se trata de un arquetipo. Es decir, un elemento
que hace parte de una experiencia humana común a una gran parte de seres humanos, y por que
tanto aparece de manera espontánea en múltiples las culturas. (Wilson 111)
Wilson agrupa las diversas entidades aladas de su libro bajo el término “ángeles”. Palabra derivada
del griego angelos, que a su vez a sido traducida de la hebrea malakh, la cual significa “el enviado”.
En diálogo platónico el Fedro dice que si bien los dioses y las almas de los hombres poseen alas, el
ser-alado por excelencia ha de ser el ángel, pues, no se trata de un ser humano ni tampoco de un
dios sino de un intermediario, un mensajero, entre los dos. Para Wilson, las entidades reunidas en
su libro son habitantes de un mundo intermedio que juegan el rol de mediadores entre los
hombres y los dioses. (Wilson, 12) Cuando Wilson utiliza la palabra ángel no tiene en mente
únicamente la figura del hermoso ser-alado que reconoce hoy día occidente. Por eso el halcón
Koakiti, quien preside sobre tabaco y se le aparece al shaman Campu del este del Perú en forma
de hombre alado con el tabaco como ofrenda (sustancia que le permitirá comunicación con el
mundo del espíritu), cabe dentro de su amplia idea del ángel. (Wilson 16)

Una primer pregunta (construida antes de conocer el estudio de Ramón Mujica Pinilla)

En las montañas de los Andes, a finales del siglo XVII y principios de XVIII, bajo un imperio
cuidadosamente operado por España y la Iglesia católica aparece la reproducción de unos de
ángeles muy particulares. Teniendo en cuenta la lucha de la Iglesia contra el culto a los ángeles, es
difícil entender cómo las instituciones del poder permitieron su creación y reproducción, en un
terreno delicado lleno de personas por convertir al catolicismo. Más aun si notamos que Uriel,
Zabriel, Letiel, y Alamiel, nombres de algunos de los ángeles andinos “corresponden con los
ángeles corruptos citados en los capítulos VI y VII del Libro de los ángeles de Enoch”, (texto
apócrifo) según Teresa Gisbert. A pesar de ello, pues, los ángeles andinos proliferaron durante la
colonia. Arribamos entonces al punto donde es imprescindible establecer una pregunta que es, en
efecto, nuestro punto de partida ¿teniendo en cuenta el cuidado con que la Iglesia llevó a cabo su
empresa evangelizadora en América, y las restricciones que impuso a lo largo de la historia en
materia de ángeles, cómo es posible que se permitiera la producción de estos ángeles andinos?
Enseguida el trabajo responderá en gran medida a esta pregunta que fue construida antes de
conocer la reveladora obra de Ramón Mujica Pinilla.

Lucha sempiterna de la Iglesia contra el culto a los ángeles


En el cristianismo el caso de los ángeles es parecido al de la Virgen Maria. Existe muy poco
material en El Nuevo Testamento como para justificar un culto que ha tomada semejantes
proporciones.(Wilson, 23) Desde sus primeros días la iglesia ha luchado contra la angelolatría. A
través de los años su posición ha fluctuado sin cesar: San Pablo maldijo “el culto a los ángeles en
que algunos entran de manera ciega conducidos por sus mentes meramente humanas.”(Wilson,
23) San Agustín se opone a que dediquen iglesias a los ángeles, para evitar confusiones entre su
poder y el de Cristo. (Pommier, 63)Después, “en el Concilio del año 745 en Roma y el de 789 en
Aquisgrán se rechaza el uso de nombres de ángeles, salvo de aquellos citados en la Biblia: Miguel,
Gabriel, y Rafael”; (Mesa, 43) decisión que luego reafirma la Iglesia en la segunda mitad del siglo
XVI. (Pommier, 69) A pesar de las restricciones impuestas por la iglesia la, discusión reflexión, y
producción en torno a los ángeles continúa durante la edad media y concluye con “los sermones
teológicos del siglo XIII y la Divina Comedia.” Los cuales marcan, para Edouard Pommier, “la
elaboración doctrinal y poética de la cultura medieval en materia de angelología.” Según el
especialista, los años posteriores no aportan innovaciones fundamentales en materia de ángeles.
(Pommier, 67) Punto al que, como se ve en la sección a seguir, se antepone lo dicho por Mujica.

El culto a los siente ángeles

Mújica expresa su asombro ante el hecho de que el culto renacentista a los siete ángeles del
Apocalipsis no haya sido nunca antes considerado, no sólo para explicar el fenómeno de los
ángeles andinos, sino para iluminar la visión apocalíptica que subyace a la conquista y colonización
de América por los españoles. La multiplicidad de ejemplos que su estudio recoge así como la
sutileza de sus observaciones no dejan duda alguna sobre su influencia de este culto en Europa y
América. Sin embargo, a pesar de su influjo, Mujica no cierra la puerta a vertientes que pudieron
también haber jugado un papel significativo en la creación y desarrollo de los ángeles andinos. En
gran medida esta apertura se debe a que el mismo culto a los siete ángeles surge de la marmita de
ideas e imaginaciones de diversas culturas que constituyó el espíritu ecléctico del renacimiento. En
la época se desarrollo sobretodo un marcado interés por las tradiciones místicas del judaísmo,
donde los ángeles juegan un papel principal. Mujica no elabora sobre esta línea de pensamiento,
mas invita al estudio de la influencia que pudo haber tenido el pensamiento judío en América
(incluyendo el fenómeno de los ángeles andinos por supuesto). Y no sólo a partir de su
preexistencia en España, sino de su presencia en América; dada la reconocida existencia de
“acaudalados mercaderes judíos en Lima.” (Mujica 23) En relación con esto, Mujica menciona la
posible relación entre el enigma que constituyen los nombres que llevan los ángeles andinos y “los
manuales de adivinaciones o libros de ángeles hebreos que a inicios del siglo XV ya circulaban en
España” (Mujica 24); donde se habla de los nombres mágicos de los ángeles y el poder que
representa el acceso a ellos.

Antes de continuar con la presentación de los siete de Palermo, es necesario recordar que las
religiones que nacen en el medio oriente comparten un muy parecido sustrato mitológico. Por el
imaginario cristiano, judaico, e islámico se pasean muchos de los mismos ángeles. Un ejemplo
entre muchos es el del ángel Gabriel quien comunica a Mahoma su condición de profeta, y al
mismo tiempo anuncia a la Virgen María su inmaculada concepción. Las tres religiones han sido
influenciadas, en gran parte, por los mismos textos apócrifos; es decir, textos cuyo autor se
desconoce, y que por tanto no gozan de la misma autoridad que los canónicos. A través del tiempo
cada religión ha intentado establecer su propia mitología delimitando lo que cabe y no cabe
dentro de ella (demarcando sus “verdades” y sus “mentiras”). Sin embargo, la fuerza de muchos
símbolos religiosos, como es el caso de los ángeles en la Iglesia católica, ha arrasado con los limites
impuestos por las iglesias.

Teniendo en cuenta el origen común de donde surge la figura mitológica del ángel así como una
cantidad innumerable de símbolos, ritos y creencias, de la Iglesia católica, resulta gracioso pensar
en ese purismo contrarreformista que dice recurrir a la tradición para recobrar los fundamentos
del catolicismo. Pues, la realidad es que mientras uno más se sumerge en la tradición más se da
cuenta que no existe tal cosa como lo puramente católico. Retornando a lo de la mentalidad
purista de la contrarreforma; resulta difícil comprender cómo la Iglesia -la cual inclusive reafirma
en el VXI la prohibición de rendir culto a ángeles diferentes de los tres que aparecen en la Biblia
(Pommier 69)- habría de permitir un culto que con raícesa judaicas. A continuación se darán
ejemplos puntuales que explican por qué el culto es en efecto aceptado y acogido tanto por
hombres importantes de la Iglesia como por los Reyes de España. Por otro lado, la respuesta a esta
pregunta encierra lo que se podría considerar como la tesis del libro de Mujica. Dice el autor:

que la existencia de diversos sistemas angélicos paralelos no impidió que la Iglesia católica
tridentina desarrollara una angelología propia que pudiese combatir las angelologías heterodoxas
y absorber y reinterpretar los aspectos “místicos” de sus angelologías rivales con el fin de
canalizarlos dentro de la ortodoxia y fomentar el renacimiento espiritual de la iglesia por medio de
un renovado culto angélico. (Mujica 36)

Ahora bien, el culto a los siete ángeles surge a partir de las revelaciones que recibe de Dios, en el
año 1460, el beato (Joannes Menesius de Silva 1431-1482) conocido como Amadeo de Portugal.
Estas revelaciones se producen por medio de una serie de conversaciones, en ocho raptos con el
ángel, Gabriel.; las cuales son posteriormente anotadas por él en un libro titulado Apocalipsis
Nova. En este texto describe, entre otras cosas, “la guerra y caída de los ángeles, el significado de
sus nombres... así como las profecías del futuro gobierno de la Iglesia presidida por el Papa
angélico y el trastorno de los imperios.” (Mujica58) Todo ello lo escribe durante su estadía en el
monasterio franciscano de San Pietro in Montorio de Roma, el cual le es concedido por el Papa
Sixto IV quien toma a Amadeo “como confesor y consejero.” (Mujica 57) Los nexos de Amadeo con
el poder se extienden directamente a la monarquía española pues es él quién se encarga de
manifestar a Fernando e Isabel que, para que se cumpla su deseo del nacimiento de un hijo varón,
deben llevar a cabo la construcción de un templo comenzado por el rey de Francia. (Mujica 57) En
los años posteriores a la muerte de Amadeo ocurren tres hechos claves en el desarrollo del culto a
los siete ángeles: 1ro) Se descubre en 1516, dentro la iglesia de Santa Ana de Palermo, Sicilia, un
fresco que representando a los siete ángeles. 2do) En 1523, por mandato de Carlos V, se financia
la construcción de otra iglesia en Sicilia dedicada al culto de los siete ángeles. 3) Finalmente el
Papa Pío IV lleva a cabo “la construcción del templo de Santa María de los ángeles... en Roma” la
cual se hizo bajo la dirección de Miguel Ángel. (Mujica 30, 31)
Aunque el Apocalipsis Nova de Amadeo representa el origen del culto a los siete ángeles, un
evento muy importante para su consolidación es la obra del jesuita Andrés Serrano (Murcia 1655-
1711). En efecto, el estudio de Mujica gira alrededor de la obra de Serrano. Pues es él quién
reinterpreta el culto de Amadeo en relación con la historia del catolicismo, para así “colocarlo al
centro del ethos evangelizador contrarreformista.” (Mujica 95) El primer libro de Serrano
publicado en 1699, en México, se titula Feliz Memoria de los siete Príncipes de los asistentes al
Trono de Dios, y estímulo a su utilísima devoción: Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Sealthiel, Jehudiel,
Barachiel. “En 1707 se publica en Bruselas una segunda edición” de este libro con un nuevo título:
Los siete Príncipes de los ángeles, validos del Rey del Cielo. Misioneros, Protectores de la tierra,
con la práctica de su devoción. (Mujica 92,93) Como podemos ver los títulos de ambas ediciones
nos da a entender que se trata de algo bastante sencillo y accesible. No obstante, la realidad es
otra. Serrano creó una obra que logra barrer con las reservas de la Iglesia contrareformista,
basándose al mismo tiempo “en el acervo intelectual renacentista que reconciliaba sin temor las
premisas de la filosofía griega y hebrea con el cristianismo.” Se trata pues, de una obra llena de
argumentos inteligentes, sutilezas, y lisuras. Los elementos necesarios para redimir un culto
prohibido, y un tema tratado con suma aprehensión, durante siglos por la Iglesia.

Por cuestiones de claridad y brevedad se intentará dilucidar dos lineamientos básicos de la obra de
Serrano. Se trata de dos elementos esclarecedores a la hora de investigar el fenómeno de los
ángeles andinos. No obstante, es necesario que el lector tenga en claro que se trata de un
planteamiento bastante general, y que es importante recurrir a la obra de Mujica para
comprender matices fundamentales. Retornando a los dos lineamientos de Serrano, digamos que
él lleva a cabo una doble lectura de los siete ángeles. La primera es una lectura temporal (o
histórica) que encuentra especial correspondencia con las representaciones de los ángeles
arcabuceros. La segunda es una lectura personal (o espiritual) que encuentra correspondencia con
las alegorías de las siete virtudes (la segunda) que también ocurren en los Andes durante la
colonia.

El primer movimiento de Serrano para hacer del culto a los siete ángeles un fenómeno puramente
católico reside en que, 1ro) marca su origen y principio en las visiones apocalípticas de San Juan, y
2do) borra un posible desarrollo de éste hasta su reaparición en el siglo XV con Amadeo. (Mujica
96) Para Serrano la segunda visita de Cristo se encuentra cerca, cuestión que anuncia Amadeo. No
queda mucho tiempo antes del juicio final. Tal cual ocurre en el Apocalipsis de San Juan, se
presume que Dios -iracundo- comenzará a manifestarse abiertamente para llevar a cabo este
proceso. En otras palabras, están a punto de abrirse las puertas del cielo para que los sirvientes de
Dios bajen a juzgar el mundo. Sin embargo, aunque se trata de una lectura histórica, la cual inserta
los eventos bíblicos venidos y venideros en el mismo plano temporal que el del hombre, Serrano
no interpreta de forma literal la visita de los siete ángeles apocalípticos. Su manifestación había de
ocurrir de una forma más sutil. Como por ejemplo, participando en las acciones de un emperador
cristiano capaz de juzgar el mundo.

Amadeo había mencionado la figura del Pastor angélico quien, “ayudado por una emperador
cristiano reuniría a todo el mundo bajo una monarquía universal.” (Mujica 59) En la misma línea
Serrano trae a colación la figura del Emperador Pontificio la cual pertenece a la tradición Bizantina.
(Mujica 115) Con ello funde a la monarquía y Iglesia, en vez de dejarlas separadas como ha
ocurrido a lo largo de la tradición Romana. Todo esto empalma muy bien con sucesos históricos
íntimamente relacionados con el descubrimiento de América, como lo fue el patronato Real de las
Indias. Hasta finales del siglo XVI cuando el Papa Alejandro VI (1491-1492) otorga a los Reyes
Católicos de España (Fernando e Isabel) poder espiritual sobre los territorios del Nuevo Mundo, los
reyes católicos de Europa habían estado siempre relegados al plano temporal. Dos siglos más
tarde, Serrano dedica su obra a Felipe V, “Monarca católico de dos mundos” (Mujica 93). Se trata,
por supuesto, de España y América. No obstante, considerando el contexto, la idea de “dos
mundos” parece tener cierta resonancia espiritual. Aunque esto sea posible, es muy importante
comprender que Serrano “no confunde los reinos temporales de los príncipes cristianos con el
Reino Celeste. Serrano, jesuita y hombre de la Iglesia, no concedería poder semejante a un
hombre de carne y hueso diferente a Cristo. A mi parecer, su interpretación concede al Rey de
España un poder espiritual, puesto que de esta manera se hace posible hacerle demandas y
sugerencias que de otro modo no hubieran podido haber sido hechas. Construyendo un culto a los
siete ángeles que enfatice la importancia de una estrecha relación entre los ángeles y el Rey,
tienen los padres jesuitas acceso para sugerirle como llevarla a cabo. Lo cual constituye un
elemento de no poca importancia a la hora de manipular al Rey, e insertarse en el poder de la
corona. . Serrano escribe, por ejemplo:

que es útil que los ángeles asistan“ellos a nuestro Católico Monarca Felipe V como Angeles de
guarda de su Real Persona, Capitanes Generales de sus exercitos, y Protectores de una universal
felicidad para todos sus Reynos. Es también esta devoción muy útil para reformar la vida, y
costumbres de los pueblos: de donde pende la buena fortuna de los imperios, y Repúblicas; y así
para levantar á Santa Teresa, le dixo Jesu-Cristo en una ocasión. No quiero que trates con hombre,
sino con ángeles. (Serrano, citado en Mujica 117)

La cita anterior apela al papel histórico de los ángeles así como a su rol espiritual o personal. La
idea que “esta devoción es muy útil para reformar la vida, y costumbres de los pueblos” se
extiende a todos los hombres; incluyendo especialmente al rey de España. Pues, ¿cómo gobernar
bien el mundo sin antes gobernarse bien a sí mismo?

La lectura personal del influjo que puede tener el culto a los siete ángeles en el hombre está ligada
con la idea medieval de la existencia de una lucha interior o espiritual entre las virtudes y los
vicios. Según Mujica, es a partir de la Psichomaquía del poeta español Prudencio, escrita en el siglo
V, que se genera esta representación en la imaginación cristiana. (Mujica 131) A medida que esta
idea se difunde en el espacio y el tiempo, los representantes de las virtudes y los vicios toman
diferente forma. En un comienzo las virtudes son representadas por soldados romanos y después
por “caballeros o mujeres vestidas con armaduras” luchando contra demonios. (Mujica) Los
ángeles como representantes de las virtudes vienen a aparecer en “las fachadas de muchas
iglesias de la Francia del siglo XII”. (Mujica 131) Al mismo tiempo, los vicios son representados
“como bárbaros vestidos con las pieles de fieras salvajes o como demonios desnudos con garras
en pies y manos.”(Mujica 131) Creo que es válido afirmar que a través del tiempo las virtudes
fueron representadas por símbolos con los que un grupo determinado tendía o deseaba
identificarse ( representantes de “lo mismo”), y los vicios con todo aquello que representaba una
amenaza (representantes de lo“otro”). No por nada, como se explica en la sección Entre Dios y
Satanás, los dioses precolombinos fueron tildados de demonios y los ángeles acogidos por los
españoles. Serrano recoge la tradición medieval de la batalla interior entre las virtudes,
representadas por los ángeles, y los vicios, representados por los demonios. El jesuita, sin
embargo, tiene mucho cuidado en no confundir a los ángeles o “siete espíritus” con las virtudes, ni
a los vicios con los demonios de Satán. Puesto que las virtudes y los vicios tienden a ser
interpretados como elementos de la persona, mientras para Serrano estos pertenecen a un
dominio diferente. En pocas palabras, el católico de bien debe practicar el culto a los siete ángeles
para que estos puedan participar, digamos iluminar, sus virtudes.

El ser-alado en el mundo andino antes de la llegada de los españoles

En esta sección damos de frente (por lo tanto se hace más conspicuo) con un problema que afecta
a toda investigación que intenta comprender tanto al mundo precolombino como al mundo
indígena durante la colonia. Se añade a las limitaciones que nos impone nuestro pensamiento
occidentalizado que, la gran mayoría de las fuentes para el estudio del pasado precolombino y la
cultura india durante la colonia, constituyen aguas cernidas por mentes europeas de la época.
Sondear estás aguas turbias no sólo es una ardua labor, sino una tarea frustrante. Pues, se sabe
por adelantado que, si contamos con suerte, a lo mejor lograremos vislumbrar uno que otro brillo
furtivo: luz que nunca podremos corroborar que tanto tiene de realidad o de ficción. No obstante,
fuera cual fuere el resultado de estos estudios, no deja de ser vital el esfuerzo por adentrarse en
una cultura que experimenta el mundo de una manera diferente. Mas aún: una cultura cuya forma
de experimentar el mundo afectó y afecta profundamente -por más difícil de discernir cómo- la
cultura que llamamos hispanoamericana.

Un primer vistazo a las diversas imágenes expuestas trae a colación el arquetipo del hombre alado.
Su presencia se hace inevitable. No obstante, nuestro interés específico en el continente
Americano, nos obliga a buscar un elemento particular de las manifestaciones relacionadas con el
vuelo que allí se dan. Inmediatamente brota en la imaginación del hombre occidental las coloridas
plumas del papagayo y los elaborados penachos de los indios norte americanos. ¿Será ello,
simplemente, una construcción reciente de la industria cinematográfica? Se puede decir que la
industria del cine ha tapado al ser humano con la pluma, sin embargo la presencia de ésta en el
mundo americano es contundente. El arte plumario en la cultura Azteca descrito por Carla Naranjo
en la sección “altiplano central de México” es una prueba de ello. En el incario la importancia de la
pluma era tal que se tributaba y su uso, como el de la vicuña, estaba estrictamente controlado. Lo
cual se debía a que el uso de la pluma como el de los diferentes textiles estaba cargado de
múltiples significados. (Mujica 287, basado en comentarios de Gracilazo de la Vega y Guaman
Poma de Ayala) Existió además “comercio de aves y plumas entre la región andina y Amazónica”
antes de la llegada de los españoles; cuya Iglesia prohibió desde muy temprano el uso de la
plumería pues consideraban que estaba íntimamente relacionada con la idolatría. (Mujica 289)
Retornemos ahora al eje de nuestro estudio; ese decir, al sistema de relaciones que vira mucho
más de cerca al tema de los ángeles andinos. En la sección sobre Illapa a continuación, por
ejemplo, se trata del arcabuz. Ahora se trata del “guerrero alado”, figura recurrente en la
mitología del mundo Andino. (Mujica 279) Una de las más antiguas representaciones de ésta es el
motivo de la cultura paracas (Costa occidental del Perú, alrededor de 500 AC.) , que aparece a
continuación. Mujica cita a Eugenio Yacovlef quien “en un estudio pionero demuestra que los tres
géneros conocidas en el Ande (cóndor: buitre; halcón: gavilán; águila) fueron considerados como
los animales totémicos y progenitores de las tribus y clanes por sus cualidades guerreras.” (Mujica
284) En el caso de Incario, aunque aves como el cóndor parecen haber jugado un papel
importante, el Huaminca o “guerrero alado” inca es representado por el halcón: “El vocabulario de
González Holguín define a los huaminga o huamnig’a (huaman-inca: halcones de Inca) como a los
soldados valerosos o capitanes famosos del Inca. (Mujica 271) “Huaman” era el nombre, según
cuenta Cieza de León, que se le otorgaba a quienes lograban sobrepasar un rito de pasaje por
medio del cual se convertían en protectores de imperio. (Mujica 277) El origen de la figura de
Huaman parece viene de del mito fundacional de los hermanos Ayar, “ancestros de los incas y
primogénitos de la humanidad”. (Mujica 275) De las múltiples versiones existentes, Mujica escoge
la que a continuación aparece de la antología de crónicas de los hermanos Ayar por Enrique
Urbano. El orden narrativo, el tipo de lenguaje utilizado y, especialmente las menciones a Dios,
hace evidente un alto grado de contaminación. Es importante poner atención al hecho que Ayar
Cachi, después de su muerte, se convierte en protector del imperio. Una idea semejante a la de los
siete ángeles protectores del imperio de Díos en la tierra: el imperio español.

... No temáis no os acongojéis [dijo Ayar Cachi después de muerto a sus hermanos] que yo no
vengo sino porque comience a ser conocido el imperio de los Incas; por tanto, dejad, dejad esa
población que hecho habéis y andad más abajo hasta que veáis un valle, adonde luego fundad el
Cuzco, ques lo que ha de valer... y aquesta será la ciudad grande, donde el templo suntuoso se ha
de edificar... quel sol sea el más alabado; y porque yo siempre tengo que rogar a Dios por vosotros
y ser parte para que con brevedad alcancéis gran señorío, en un cerro questá cerca de aquí me
quedaré de la forma y manera que me veis, y será para siempre por vos y vuestros descendientes
santificado y adorado y llamarle héis Guanacaure... y en pago de las buenas obras que de mi
habéis recibido, os ruego para siempre me adoréis por Dios y enél me hagáis altares, donde sean
hechos los sacrificios; y haciendo vosotros esto seráis por mi en la guerra ayudados... (Mujica 276)

Teniendo en cuenta la figura del Huaminca comienzan a esclarecerse un poco las cosas. Ahora se
hace más fácil concebir un posible entendimiento de los guerreros celestiales de occidente por
parte de los incas. En la colonia se vivía una mezcla de imágenes. La cuestión es que así se tratara
de demonios alados, o de ángeles, tanto el europeo como el indio veían en las figuras aladas
defensores de uno u otro imperio; o probablemente fuerzas al amparo de quienes la invocaran.
Era tal el nivel de la confusión que, como se verá luego, ni los españoles ni mestizos parecían tener
muy en claro a sus ángeles y demonios.

El ángel arcabucero y el problema de la novedad : comentario


Ramón Mujica comienza su análisis de los ángeles arcabuceros indicando lo que verdaderamente
tienen de original. Lo novedoso dice "es la unión catequética de ambos símbolos -el ángel y el
arcabuz- que arrojaba connotaciones explosivas para el indio aculturado". (Mujica 257) Nótese
que la observación se concentra sobretodo en la función de la unión de los símbolos y no en su
representación plástica. La comprensión de esta función ha requerido de un profundo estudio de
la historia de los ángeles en Europa y de los seres alados en América. Para Mujica, la novedad se
esconde tras un complejo sistema de relaciones y no en una representación estética que dista, en
cierto grado, de lo común. Pues, a la hora de la verdad, la "temática del ángel guerrero... es de
origen europeo"; (Mujica 257) y en América las relaciones entre las aves y los guerreros vienen de
antaño. Hago hincapié en lo singular y compleja que es la novedad descubierta por Mujica,
precisamente, porque se contrapone a la facilidad con que otros declaran la particularidad y
novísimo carácter de la mayoría de obras de arte que se dan en el nuevo mundo. No debemos
conformarnos con la trilladísima fórmula: fenómeno cultural europeo + fenómeno cultural
precolombino = un fenómeno cultural "nuevo" = fenómeno cultural americano. Y, si envés de
"nuevo" se le señala como "híbrido", ¿Qué se quiere decir por ello? Es crítico indagar a fondo y
dejar a un lado ese afán por reclamar la unicidad y novedad del arte colonial. Tanto énfasis en la
novedad, cuando se trata de una simple combinación de elementos, no dice nada sobre la razón
de ser de las obras. Este acercamiento superficial al problema de lo nuevo relega a un segundo
plano lo verdaderamente seminal en los fenómenos culturales que surgen en la América colonial.

Hacia una comprensión de la identificación de Illapa con Santiago

Esta sección surge a partir de dos elementos centrales a nuestro estudio: 1) el arcabuz y 2) la
relación del ser humano andino con lo sagrado. Desde muy temprano, a partir de la primera mitad
del XVI, se genera una estrechísima identificación entre Illapa, dios andino del rayo y el trueno, y el
apóstol Santiago, patrono de España. ¿Cuál es el origen de este fenómeno? Para comenzar, es
necesario presentar una serie de paralelos entre la representación precolombina de Illapa y el
arcabuz español. Mujica señala la observación que hace Bernabé Cobo sobre como los indios
visualizaban a Illapa antes de la llegada de los españoles: “un hombre que estaba en el cielo,
formado de estrellas con una maza en la mano derecha, vestido de lúcidas ropas, las cuales daban
aquel resplandor del relámpago cuando se revolvía para tirar la honda: y que el estallido della
causaba los truenos, los cuales daba cuando quería cayese el agua”. (Mujica 259, nota a pie de
pagina No. 32) Con esto en su imaginación, de repente los indios se dieron con unos hombres
barbudos que llevaban como extensión de su brazo una poderosísima vara de metal. De ella, al
tiempo que generaba un espantoso sonido, brotaba fuego por su extremo. Era terrible la fuerza de
esta cosa, derrocaba, fulminante, hombres y animales a una increíble distancia. Era común
escuchar a los hombres de pelo en el rostro gritar “Santiago” cuando detonaban estas cosas de
metal que siempre llevaban de la mano. Finalmente, en 1534 ocurrió el milagro del Sunturhuasi
cuando “al grito de Santiago y bajo una tormenta, los españoles vencieron a los indígenas durante
el cerco a Manco Capac II.” Hay quienes, como Teresa Gisbert, consideran que es a partir de este
evento que se consólida la identificación de Illapa con Santiago. El simple hecho de que los
españoles estuviesen acostumbrados a clamar el nombre de Santiago cuando disparaban, o de
que cuando tronaba dijeran que el caballo de Santiago estaba cabalgando, no son razones
suficientes para convencerla. (Gisbert 28)

Háyase o no generado la identificación en un momento histórico determinado bajo el cual se


unieron tormenta, arcabuz, y el grito a Santiago, me parece que la asociación de estos tres
elementos jugó un papel fundamental en el proceso sincrético que termino por escoger a la figura
de Santiago Matamoros como representación de Illapa. Se hace difícil considerar como factor
importante en este proceso, la representación corriente del Santiago apóstol patrono de España:
un hombre blanco de barbas que lleva una espada y cabalga sobre un caballo blanco. Un sistema
de relaciones “coherentes” nos obliga a pensar la identificación desde el arcabuz; elemento que
tiene cualidades muy parecidas, no tanto a la honda real, como a la imaginaria que utiliza Illapa
para producir el rayo y el trueno. El problema es que la representación corriente de Santiago no
contiene un arcabuz, razón por la cual es necesario hacer el enlace por vía de los gritos de los
españoles quienes, provistos de arcabuces, clamaban el nombre de Santiago. Mirada desde este
horizonte, la explicación que se nos da parece un poco forzosa. Surge entonces la necesidad de
una reevaluación, la cual vuelve la vista al caballo de Santiago, y aquello que los españoles decían
cuando tronaba: “ que corría el caballo de Santiago”. ¿Será que la identificación con Illapa se
produce por medio de la poderosísima, veloz e imponente bestia blanca que Santiago cabalga? A
mi parecer, este sería un camino un poco forzado. Retornemos entonces la mirada hacia el
arcabuz.
El material disponible no cesa de apuntar hacia el arcabuz como pivote central de la identificación
de Illapa con Santiago, a pesar de que no está representado en forma plástica. No obstante, noto -
a partir de las observaciones de Mujica- que la ausencia física del arcabuz (símbolo y punto fuerte
del fenómeno) hace que pierda consistencia la identificación entre Illapa y Santiago. Esto hace
posible que Illapa sea representado por el puro arcabuz dejando a un lado a Santiago como el
representante de su fuerza. Esto no impide que Santiago, una vez inscrito en el imaginario
americano, absorba nuevos significados. El caso es que en cuanto a la fuerza concedida una vez
por el símbolo del arcabuz puede perderse. Mujica, por ejemplo, no explica por qué, sin embargo
presenta como dada la poca relación entre el arcabuz y Santiago Matamoros. Desde su
perspectiva, según la cual el arcabuz es utilizado como un elemento clave en la misión catequética
de la Iglesia, “la importancia del arcabuz virreinal residía en que éste reemplazaba los valores
político-simbólicos de la honda precolombina asociados con el dios trueno o con los significados
sincréticos del Santiago matamoros indianizados.” (Mujica 259) La palabra illapa en quechua nos
dice, (“de acuerdo a la Gramática Quechua y Vocabulario editado en 1586 por Antonio Ricardo)
“significa rayo, arcabuz, artillería ”. (Mujica 259) Esta relación semántica es prueba contundente
del nudo que une a Illapa con el arcabuz. En resumidas cuentas, según la cita anterior, el mismo
arcabuz que una vez forjó -de manera natural y por vía indirecta- la identificación de Illapa con
Santiago, está siendo representado plásticamente en compañía del ángel, con el fin de
reemplazarlo. Lo cual es posible gracias a la ausencia plástica del arcabuz en la representación del
patrono de España.
Ahora, ¿Qué nos indica o muestra lo anterior en cuanto la relación del ser humano andino con lo
sagrado? Primero que todo nos revela su disposición para adoptar imágenes -así estén ellas de la
parte del enemigo- siempre y cuando cuadren con su forma de experimentar el mundo. A
diferencia del español quien encaja lo sagrado precolombino en la categoría del demonio, el indio
está “abierto” a interpretar y adoptar a su manera las representaciones del mundo occidental. No
se trata pues, de una resistencia abierta sino de un proceso (que posee un grado de resistencia),
digamos, natural. Si una imagen cuadra en su imaginario mejor que una antigua esta parece
adoptarse sin mayor resistencia. En cuanto a Santiago se refiere, esto refuerza lo dicho en otra
sección sobre las limitaciones que experimenta el indio ante las tajantes definiciones que le
impone el intelecto occidental. A mi parecer, ellos no ven en Santiago al protector exclusivo de los
españoles sino a un poderosísimo dios; el cual, además, no tienen problema de concebir como
reflejo de los españoles. A pesar de su talante europeo y su apoyo a España los indios no reparan
en su adoración. Tarde o temprano puede que cambie de parecer y los comience a proteger. Lo
mismo ocurre con los ángeles y los demonios. Si en un momento dado se identifican un bando, eso
no quiere decir que no puedan en un futuro servirse del otro. No olvidemos que se trata de
fuerzas sagradas. Entidades caprichosas que apoyan a quienes marchen según sus deseos. En otras
palabras, no hay amigos ni enemigos eternos, por más de que uno se identifique con una cierta
fuerza, ello no excluye que uno pueda negociar con otras. La mentalidad indígena se nos desliza
por entre los dedos; especialmente cuando intentamos comprenderlas con las manos de un
intelecto occidentalizado.

El indio entre Dios y Satanás

Como dice la profesora Verónica Salles-Reese, "el indígena experimenta un mundo donde las cosas
no están completamente polarizadas. Para él hay buenos y malos tanto en el cielo como en el
infierno." Para el español, por el contrario, el bien (Cristo) y el mal (Satanás) pertenecen a
categorías claramente definidas. En su imaginario: los buenos habitan el cielo, los malos el
infierno, y los del medio temporalmente el purgatorio. Partiendo de esta notoria diferencia, es
necesario pensar cómo hizo una visión del mundo incapaz de tajantes categorías para recibir a la
fuerza una visión del mundo invadida por estas. En el ámbito religioso, me pregunto, ¿cómo había
de interpretar un indio las divinidades, unas absolutamente buenas y otras absolutamente malas,
que le imponía el catequizador? Una cita de la Crónica Moralizada (1638) de Antonio de Calancha
que presenta Mujica en su libro, puede servirnos como punto de partida:

Levantó el demonio unos indios echizeros dogmatizadores, que fueron introduziendo algunos
errores i pestilenciales eregias, que...fueron...que Dios crió a los indios para vivir en pecado...que
las cosas se azen por la voluntad del Sol, de la Luna, o de las huacas, o por algún hado, i que Dios
no tiene providencia de las cosas de acá abajo. Que como los Cristianos tienen imágenes, i las
adoran, así se pueden adorar sus huacas, o idolos...i que las imágenes son los ídolos de los
cristianos. Que lo que predican los Sacerdotes o Predicadores no todo es verdad...que bien se
puede adorar a Jesu Christo nuestro Señor i al demonio juntamente, porque se an concertado ya
entrambos, i están ermanados. (Mujica 241)
Este pasaje obliga a preguntarse si la resistencia indígena manifiesta es el producto de una
mezcolanza de ideas europeas y andinas fraguadas “naturalmente” en la mente indígena, o si es el
resultado de una reflexión calculada construida para que se les permita continuar sus antiguas
prácticas. Aunque seguramente mucho del material es de carácter sincrético, a mi parecer hay
detrás de todo esto un mensaje premeditado de parte de los indios. Dice: “ustedes hagan lo suyo,
a nosotros déjenos hacer lo nuestro.” Cuatro datos alientan mi idea; 1) “que Dios crió a los indios
para vivir en pecado,” 2) “que Dios no tiene providencia de las cosas de acá abajo” 3) Que como
los Cristianos tienen imágenes, i las adoran, así se pueden adorar sus huacas, o ídolos 4) que “se
an concertado ya entrambos [Cristo y el Demonio], i están ermanados”. Basados en los puntos
anteriores se puede concluir que, aunque para el indio lo positivo y lo negativo son cuestiones
flexibles, este posee la capacidad necesaria para entender y, por ende, manipular el mensaje
evangelizador. Los puntos 2 y 4 sutilmente relegan al Dios cristiano a un segundo plano. Primero
se le adscribe un mundo desconectado de la realidad y después es igualado, indirectamente, con
el demonio. El punto 3 es una justificación de sus prácticas basada en una observación objetiva de
las cristianas. Finalmente, los puntos 1 y 4 nos revelan rasgos de una identificación del indio con el
demonio. Para comenzar se adjudican una posición de pecadores escogida por el Dios cristiano. Lo
cual justifica primero, el culto a sus dioses (tildados de demonios por los españoles) pues, quien
sino él preside sobre los pecadores. En el punto cuatro, el indiscutible esfuerzo por redimir al
demonio muestra el esfuerzo de los indios por presentarlo como una entidad aceptada por el
mismo Dios cristiano. Vemos aquí, de nuevo, el intento por ilegitimizar el culto a sus dioses por
medio de una reinterpretación de la doctrina y prácticas religiosas de la cultura dominante.

La identificación del indio con el demonio no fue algo espontáneo. Fue producida ante todo por
los españoles al nominar los seres sagrados precolombinos como entidades del demonio. Ejemplo
clarísimo de ello son las láminas de la Crónica del Perú de Cieza de Leon (1554). Al tiempo que los
conquistadores agrupaban al mundo sagrado indígena del lado del demonio, ellos se identificaban
con los seres sagrados –ángeles y santos- del lado contrario. En una pintura anónima en que se
representa la conquista de los chirihuanos de Santa Cruz de la Sierra, vemos un ejercito de ángeles
apoyando al bando español. Considerando lo dicho, se hace apenas lógica la identificación del
indio con el demonio. Y, más aun, cuando recordamos que para el indio, los seres sagrados no son
más que entidades provistas de poderes sobrenaturales. No le son entidades ni buenas ni malas,
sino más bien fuerzas caprichosas (en cierta medida como los dioses griegos) cuyo favor intenta
obtener. Siendo testigo de que los ángeles favorecen a los españoles, el indio no tiene más salida
que embocar el favor de esos otros poderosos seres alados que combaten del lado contrario.

Un intento personal por comprender una posible apropiación del "mal"

A mi primo Mauricio le gustaba jugar a solas con sus soldaditos. El bueno de una mano, el malo de
la otra, Mauricio controlaba la lucha. A mí, por el contrario, me gustaba tener con quien jugar. Una
y otra vez le proponía que jugáramos juntos, pero no siempre aceptaba mi invitación. Más cuando
lograba convencerlo, fuera a punta de suplicios, fuera a la fuerza, me ponía una condición: “te toca
ser el malo” me decía. Con el tiempo me acostumbre a representar a los ejércitos de Cobra. Poco a
poco me comenzaron a gustar más y más los tanques, las bases, y los soldados del imperio del mal.
Al fin y al cabo era lo mismo, se trataba de ganar batallas y de tener un bando con que confrontar
los muñequitos de Mauricio. Los uniformes de mis soldados eran oscuros y muchos de ellos
llevaban botas vino tinto. Nos representaba una culebra. Finalmente, terminé por identificarme
por completo con los Cobra. Tanto que me era imposible concebir no ser un comando Cobra. Me
era ya difícil jugar la parte de un GI JOE american hero. Ahora mis muñecos eran más intrépidos y
más chéveres que los de mi primo. Comenzaron a investirse de ese algo especial que posee lo
propio y que no concibe que la cosas puedan ser distintas de lo que son: el nombre, la fecha de
cumpleaños, el signo del zodiaco cuadran entonces con la totalidad de nuestro ser. Otro nombre,
otra fecha de nacimiento, otro signo, se nos hace inconcebible. Hasta el día que regalé mis
juguetes, Cobra y yo éramos uno.

Pero, ¿como era eso de que un niño bastante inocente -no un adolescente rebelde- se acomodara
a jugar el bando de los malos, ese que en las películas y en las historias, siempre terminaba
perdiendo? Entonces no era tan astuto como para comprender que en esta vida los malos no
siempre pierden. Lo que ocurrió fue que me convencí de que por dentro, mis Cobras eran buenos.
De esta manera se le abría a mis ejércitos la posibilidad de la victoria. Mis cobras no sólo
intentaban, sino que podían conquistar el mundo. Mis cobras estaban ahora la altura de los
defensores del bien. Es más, ahora estaban por encima de ellos, pues ante mi vista interna (la que
percibía a mis Cobra como buenos) los soldados del bien era realmente defensores del mal. En
pocas palabras, el niño Lukas tomó los valores del bien, los cuales pertenecían a un grupo que
contenía sus respectivas cualidades y símbolos dentro de la cultura americana (GI JOE´s) y los
traspasó un grupo que contenía las cualidades y los símbolos del mal dentro de esa misma cultura.
Así logró al mismo tiempo identificarse con las representaciones del mal e investirse de los
superiores poderes del bien que le enseñó su cultura de niño americanizado.

Sería un error intentar hacer una analogía entre lo recién descrito y lo que pudo ser la
identificación del indio con las fuerzas del demonio. Para comenzar, la mente de niño occidental
trabaja dentro de un esquema netamente occidental. Su movimiento, sin embargo, muestra que
aquello del bien y del mal es maleable, especialmente cuando se trata de su representación.
Cualquiera puede vestirse de mal e investirse de bien. Es decir, de la fuerza superior, la que si del
lado de uno, va traer al mundo sólo "cosas buenas". Por otro lado, no olvidemos que aquello del
bien y del mal es algo nebuloso para el indio.

Conclusión: el problema de los nombres angelicales

Los nombres, tanto de ángeles como demonios provenientes de una impresionante multitud de
fuentes, estaban presentes en lo que podría llamarse, el imaginario religioso de la América
colonial. Con excepción de los más conocidos como Miguel, Gabriel, y Rafael, los nombres de
ángeles y demonios remotos pululaban en el imaginario colonial sin lazo alguno que los conectara
con su lugar origen. En otras palabras, lo que había era una caterva de nombres insustanciales. Ora
sonaban a seres del bien, ora sonaban a seres del mal, en las mentes de los colonos. Esta parece
ser la posición de Mujica. Dice que “los nombres apócrifos de los ángeles servían para describir a
ángeles y demonios según el caso” (Mujica 256). Presenta como ejemplo el caso de unas monjas
“aparentemente endemoniadas del convento de Santa Clara de Trujillo, que requerían exorcismos
y mucha agua bendita”. Cuentan que sus cuerpos han sido poseídos por demonios, a los cuales
confieren nombres “muy parecidos a los nombres angélicos en las pinturas andinas” (Mujica 255).
Desde este punto de vista, el problema de los nombres es secundario para Mujica, pues no se
trata de algo que está íntimamente ligado con la representación. ¡Dice que en últimas lo que hay
es lo que se ve: ángeles “representados como soldados combatientes del Imperio hispano
portando banderas, tambores, trompetas, lanzas, y arcabuces” (Mujica 257).

Por otro lado, como lo índica en la introducción a su libro, “mientras no se conozca el origen de los
nombres, tampoco se podrá saber con exactitud la función y el significado que éstos cumplieron
dentro de la espiritualidad católica tridentina.” (Mujica 19).Es más, no se podrá saber con
exactitud el papel que jugaron en la cultura colonial. Queda abierta la puerta al estudio de la
influencia directa del pensamiento judío en el culto. ¿Quién sabe que cosas se podrían haber
estado fraguando en la América colonial?

Otro misterio por indagar

Teresa de Gisbert expone la coincidencia entre estás dos imágenes, sin embargo no tiene mucho
que decir al respecto.

bibliografía anotada