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Alberto de Villegas: las raras

Sombras de mujeres es un libro poco estudiado de Alberto de Villegas, pero que en éste se pueden
encontrar relatos de suma importancia, de los cuales tres podrían establecer un puente de relación entre
del autor boliviano, Rubén Darío y Gómez Carrillo, tomando crónicas de Retratos y figuras: los otros y
“La danza sagrada” perteneciente al escritor guatemalteco; asumiendo su relación por características
escriturales similares, el anhelo nostálgico del pasado mítico expresado con el archivo1 que ellos tienen
y que esta relación podría determinar que los relatos de Villegas podrían considerarse crónicas.

Alberto de Villegas tiene relatos cuyos rasgos característicos son similares a los de los cronistas, en
tanto que el narrador se convierte en testigo y observador, que puede criticar acerca de la vivencia de
cada mujer que ha tenido importancia durante su vida, ya sea a través del archivo o su propia
experiencia como se presentará en los siguientes relatos, que hablan de la vida y muerte de mujeres
evocadas al arte.

En “Nuestra señora del perpetuo deseo”, María Bashkirtseff es una cosmopolita, a la que el narrador
refiere a partir de un Diario Íntimo, de la recopilación de datos y la revive mediante su escritura
subjetiva en donde hace magnificencia de ella por su constante angustiada y su negación a la muerte:

Fue su vida breve la admirable acumulación de todas las angustias e incertidumbres de un


espíritu moderno, altamente cultivado y de una sensibilidad particular que se desborda hacia
todas las solicitaciones de inteligencia”. (35)

Ensalzando constantemente la calidad artística y la nostalgia que siente por lo clásico, la configura
como una mujer romántica que se siente lejana de su entorno y que esta lejanía, esta incomodidad,
puede relacionarse con la situación de Poe con su entorno, en la crónica de Darío: “El don mitológico
parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo del país de sol y azul en que
nacieron sus antepasados” (Retratos y figuras: los raros: 15). Cabe destacar que en Sombras de
mujeres, cada una posee una gran belleza, ya sea física o artística, siendo descritas por ellas mismas o
por descripción de otro, pero que en cada uno de estos relatos, resalta el congojo, a la muerte, al engaño
o a la incapacidad de poder encontrar lo que anhelan, de manera total. En “Edgar Allan Poe”, Darío, a
partir de otras voces, describe aquella belleza sobresaliente del escritor: “Poe nació con el envidiable
don de la belleza corporal. De todos los retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial
hermosura, que en descripciones han dejado muchas de las personas que le conocieron.” (16).

Pero que a pesar de poseer una belleza notable, el dedicarse a la escritura no le libran de la alienación
del arte:

Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir esa terrible dolencia que
un médico escritor llama con gran propiedad “la enfermedad de ensueño”. Era un sublime
apasionado, un nervioso, uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano,
lamentables cristos de arte, que por amor al eterno ideal tienen su calle de la amargura, sus
espinas y su cruz” (19)

1
En términos de Graciela Montaldo que afirma que el archivo es lo ya leído, una recuperación de conocimientos generales
que para registrar lo desconocido y así corroborarlo con el pasado.
“Semilocos” que tratan de encontrar un punto de origen de lo etéreo, pero que no lo encuentran ya sea
por la enfermedad o la falta de credulidad hacia sus personas, como se indica en “Nuestra señora del
perpetuo deseo” del autor boliviano:

Porque leyó libros desapacibles que roban ensueño frágil, vive en constante desacuerdo con su
amable vida. Formada y florecida en París, está embriagada de la inquietud espiritual que
agravan el aroma de las rosas azules de Niza y la armonía profunda de las tardes romanas.” (37)

Que aunque no pudo conocerla, relata la vida apasionada de la hermosa mujer que escribió su diario
íntimo, en donde se evidenciaba su amor por la vida y su negación a la muerte, hasta que la
tuberculosis se encargó de su muerte:

Así es el sepulcro y así fue la vida de esta cosmopolita admirable, que no tiene ni su cielo ni su
tierra ni su sociedad y a quien Maurice Barrés –finísimo y emocionado analista– ha clasificado
en el breviario de los ideólogos bajo la advocación de NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO
DESEO”. (43)

“La pasión de Teresa de la †”, de Sombra de mujeres, surge a partir de una llamada telefónica de una
amiga que le hace “perder el tiempo”, como señala el narrador y que todo este relato surge a partir de la
recopilación de quienes la conocieron, como Gomez Carrillo, quien le cuenta acerca de la vida quien
era una mujer inteligente y amante de bohemios.

“Porque su vida es un eterno recordar de tristeza, su alma agoniosa busca el olvido, anhela
olvidarse de sí misma, con inquieto afán. Con ternura de mujer ama el alma silenciosa de las
cosas. Sus claros ojos exaltados miran la vida, buscado afanosamente lo que nunca ha de hallar;
en su alma desolada y desnuda arde la infinita sed de pasión que nadie habrá de colmar. Y así
vive y así muere la pobre Teresa, siempre inquieta, siempre sola, engañándose con ilusiones que
sabe que no tiene” (100)

La mujer que se ilusiona, la mujer que quiere amar, ser reconocida como artista, decide olvidar, un
gesto que recuerda a Rimbaud, que renunció a su vida de poeta, para ya no ser el mismo. De Villegas le
otorga a Teresa una calidad de mártir ante una sociedad incapaz de comprenderle.

Darío en “José Martí”, una crónica dedicada a la muerte del escritor cubano, exalta sus rasgos: “Más
aún, era como debería ser el verdadero Superhombre: grande y viril, poseído del secreto de su
excelencia, en comunión con Dios y la Naturaleza” (126), y también habla de su obra poética, de su
cargo de luchador, de una manera subjetiva y loable, así como Villegas y su heroína:

“Alma encarcelada, que consume la querella estéril con la vida, la pobre Teresa sufría por haber amado
mucho, aunque ella asegurase no haber amado nunca. Teresa sintió siempre sed de amor, de justicia, de
silencio y de olvido, buscando para su pobre alma perdida, vencida, loca, la humana e inútil
consolación” (De Villegas: 101)

Seres valientes que han luchado y que merecen una memoria digna, hasta la hora de su muerte:
“¡Debemos llorar mucho, por esto, al que ha caído! Quien murió allá, en Cuba, era de lo mejor, de lo
poco que tenemos nosotros los pobres” (Darío: 125).
En “La bailarina de los pies desnudos” de Sombras de Mujeres, se muestra la pasión por el arte y la
incapacidad de aliviar sus corazones: “Es Isadora, Isadora la bailarina de los pies desnudos, que avanza
lentamente casi incorpórea en su diáfana desnudez, apenas velaba con pliegues de helénica
remembranza. Es la nueva sacerdotisa de los ritos sagrados que, en el tumulto deslumbrante de París,
realiza por su danza, transfigurada en oración, un rito pagano, alto, puro, divinamente ático” (107), al
ser distinta de las anteriores que eran más cercanas a la escritura; esta mujer se caracteriza por el arte de
bailar y a quien el autor pudo ver presentándose con una danza fúnebre:

“Al conjunto de los violines, al lamento de las flautas surge de su cuerpo adorable, el ritmo
seductor con la pureza de los mármoles clásicos, porque esta admirable mujer tiene la divina
virtud de crear la belleza, de traducir en síntesis perfecta la emoción sutil de su alma pagana; de
revivir antiguos mitos de Grecia” (108)

Y una vez más se manifiesta la nostalgia por lo clásico, el mito como el espacio que Isadora trata de
revivir, de transmitir con el arte. Gomez Carrillo en “La danza sagrada”2, hace una descripción similar
de la mujer que revive el mito a través de su danzar:

“La que en este apartado templo conserva viva la realidad del rito, es una deliciosa muchacha de
quince años, que en su amplia túnica roja cubierta de velos blancos parece verdaderamente una
aparición. Sus manos son de una delicadeza ideal y su rostro es un marfil dorado por el humo
del incienso. En sus labios pálidos vaga una sonrisa que nada tiene de humana, que á nadie se
dirige, una sonrisa de eternidad igual á la de sus hermanas las divinidades de piedra. En cuanto
á sus ojos, yo nunca he visto otros que miren con esa serenidad escrutadora que parece buscar,
más allá de lo perceptible para los hombres, lo que sólo ellos descubren: la imagen del espejo
divino probablemente. En su misma danza hay algo de lejano, algo que no es para nosotros, sino
para seres invisibles. Los pies menudos van, vienen, giran, siempre con una cadencia lenta,
buscando actitudes hieráticas que producen á veces una impresión de quietud definitiva; van y
vienen los pies minúsculos, y las manos ideales se alzan abriendo un abanico, haciendo sonar un
ramillete de cascabeles : van, vienen ; y van muy lejos, y vienen de espacios que nosotros ni
siquiera distinguimos.” (170)

La descripción hasta angelical del ser divino que De Villegas trata de mostrar:

“Su cuerpo armonioso que en ritmos ágiles creó tanta belleza para el mundo, entra a la urna
eléctrica del crematorium al ritmo de la marcha de Chopin, que tan admirablemente supo
realizar Isadora. El fuego la purifica, si algo impuro pudiera haber en este mujer, que quiso vivir
sólo para la armonía y la belleza” (117)

Y el narrador da voz a alguien más para expresar lo que el baile produce: “Cuando Isadora Duncan
baila, el espíritu se remonta muy lejos, hasta el fondo de los siglos, hasta la primera mañana del
mundo” (110).

2
Crónica perteneciente al libro de crónicas De Marsella a Tokio: sensaciones de Egipto, la India, la China y
el Japón (1906).
Por todo lo afirmado se puede señalar que la relación de estos tres escritores y también corresponsales
de prensa, que a pesar de la diferencia de años y época, mantienen una relación escritural, que trata de
conservar y rescatar el archivo mítico, loando y describiendo la vivencia de escritores y artistas.