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El siglo en que vivimos a múltiples velocidades.

Daniel Solana

Artículo de la revista Port, aparecido en octubre 2017.

Para enfrentarnos a un nuevo fenómeno desconocido, los seres humanos, dotados de una
maquinaria racional verbal cada vez más afinada, reaccionamos buscando básicamente tres
cosas: una descripción, una explicación y un nombre. A partir de esos tres elementos podemos
desarrollar una estructura argumental más completa compuesta por las razones, las
implicaciones, los orígenes o las consecuencias del fenómeno en cuestión, pero de entrada lo
importante es disponer de una descripción, una explicación y un nombre. Con estos tres
componentes nuestra mente racional dispondrá ya de carne argumental para masticar el
asunto y nos dejará tranquilos.

Lo podemos comprobar cuando vamos al médico y nos dan el nombre de la enfermedad que
sufrimos. Parece que si al menos sabemos el nombre la sufriremos menos, aunque el nombre
signifique en latín: «enfermedad de origen desconocido». Si además nos la describen y
explican en detalle, nuestra ansiedad se apaciguará considerablemente porque nos parecerá
que la conocemos y, conociéndola, aunque no sepamos qué es o cómo se cura, creeremos
tenerla bajo control.

Eso es lo que está sucediendo ahora en nuestra sociedad con la revolución digital. Es un
fenómeno desconocido que afecta a nuestras vidas a todos los niveles. Afecta al sistema
productivo y económico en el que vivimos, al mercado laboral, a nuestras empresas, afecta a
nuestra cultura y a nuestra estructura social, y nos afecta personalmente en lo más íntimo, en
la manera en que nos comunicamos, nos informamos o nos divertimos. No es un fenómeno
trivial. Nos afecta a lo ancho como sociedad y en lo profundo como personas, así que para
empezar a asimilarlo, para encajarlo y a la larga someterlo a nuestro control, necesitamos un
nombre, una descripción y una explicación.

El nombre ya lo tenemos: cuarta revolución industrial. Hay otros nombres pero podemos
quedarnos con este. Es la cuarta porque se supone que ha habido tres revoluciones
industriales antes. La de la imprenta, la de la electricidad y la de la informática. La aparición de
una cuarta revolución no tendría más relevancia que la aparición de la segunda o la tercera,
pero lo que sucede es que tenemos la sospecha que no es una revolución más, es una
revolución que engendra revoluciones. Me explico.

La cuarta revolución surge con internet y la consecuente digitalización del mundo provocando,
como decía, una profunda transformación social, pero no solo eso. La explosión también activa
otros cambios en cadena, porque de repente estalla la revolución del big data y la inteligencia
artificial que transforma a nuestras máquinas, ya previamente transformadas por «el internet
de las cosas» que les permite interconectarse entre sí y convertirse en máquinas vivas, así que
ahora, además de vivas, estarán más informadas y serán más inteligentes. Es por eso que
empezamos a oír hablar de fábricas que fabrican solas, coches que se conducen solos o
neveras que compran solas en el supermercado. Y eso sin mencionar la robótica. ¿Acaso no es
eso una revolución?

Y mientras eso sucede, estalla, a su vez, la revolución de la realidad virtual y las experiencias
inmersivas. Nos puede parecer anecdótico, porque de momento lo que vemos es gente con
unas aparatosas gafas ciegas moviéndose como zombis, pero a la mínima que profundicemos
nos daremos cuenta que las gafas pueden transformar el mundo en que vivimos. Pueden
transformar la manera en que aprendemos, la educación, los colegios, las universidades; la
manera en que trabajamos, nos conocemos o nos comunicamos; la manera de viajar sin viajar,
de estar sin estar y, en última instancia, la manera en que percibimos el mundo, es decir, en lo
que es el mundo, porque nada nos impedirá crear otras realidades, vivir en ellas y así usar
otras vidas que no serán las nuestras. ¿Acaso no es eso una revolución?

Y hablo de esas dos revoluciones, sin entretenerme en otros importantes estallidos, como el
de la nanotecnología, la computación cuántica, el desarrollo de los mapas neuronales o los
proyectos sobre el genoma humano. Es decir, que o bien consideramos que la cuarta
revolución va a durar muy poco porque se la van a comer la quinta, la sexta y la séptima a la
vez. O es que la cuarta revolución abarca todas estas otras revoluciones que están llegando y
llegarán, y que en algún momento se conectarán para multiplicarse y transformarse en quién
sabe qué.

Decía que necesitamos un nombre, una descripción y una explicación. Esa sería, en mi opinión,
la descripción de lo que nos sucede. Nos queda la explicación, o explicaciones, y estas son
necesarias porque el fenómeno no solo nos afecta sino que nos perturba. El paciente sufre
vértigo, mareos, y busca ya no solo un diagnóstico, sino algún remedio, aunque sea casero.

Buscando explicaciones descubro lo que me parece una confusión, porque asistimos a la


transformación del mundo esperando a que los cambios se instalen definitivamente en
nuestra sociedad y alcancemos un nuevo estado, a que la cuarta revolución por fin se
establezca y demos por finalizado el incómodo periodo de transformación en el que vivimos.
Sin embargo en realidad lo que sucede es que nos hallamos instalados en el cambio
permanente, en un mundo de realidades transitorias y en el que ya nunca llegaremos a ningún
nuevo estado estable de nada. Si fuera así, podríamos llamar a la cuarta revolución la
revolución permanente, porque puede que con ella, en ese tránsito, viva la humanidad hasta
el fin de sus días.

Yo no soy médico, pero buscando explicaciones yo diría que el vértigo y los mareos no son solo
debidos a la extrema velocidad en la que suceden las cosas, sino al hecho de que suceden a
múltiples velocidades a la vez. Desde el inicio del torbellino digital han cambiado muchas
cosas, desde luego, pero al mismo tiempo otras no han cambiado en absoluto. Todavía hoy, 25
años después de que llegara internet y las primeras empresas empezaran a trazar planes
urgentes para reconvertir sus negocios, existe un número nada desdeñable de compañías que
empiezan a plantearse dar los primeros pasos para, por fin, digitalizarse. Es decir, progresamos
desacompasadamente. Depende del sector y de la empresa en la que uno se encuentre puede
estar viviendo en el año 1994, en 2017 o en 2030. Los cambios de empleo pueden ser cambios
de época, con el shock que eso implica, y las empresas que se dedican a los servicios y trabajan
para compañías de distintos sectores, sufren las consecuencias de viajar en el tiempo y estar
por la mañana en un siglo y por la tarde en otro. Si el cambio horario lo llamamos jet lag,
¿cómo vamos a llamar a esto?

Sospecho que las consecuencias de vivir a múltiples velocidades son mucho más trascendentes
que las de vivir a gran velocidad. Porque mientras la tecnología evoluciona velozmente y
estamos ya en la cuarta revolución, nuestra ética y nuestra inteligencia social todavía están por
la primera o la segunda, y eso deja a las leyes del mercado sin control, siguiendo unos
principios muy rudimentarios, propios del siglo XIX, que son: 1- Surgirá aquello que sea
rentable, que dé dinero. 2- Lo dará si hay demanda, si el público tira de ello. 3- Dicho producto
se producirá y se seguirá produciendo sin cesar sin importar que el exceso produzca molestias
e incluso dolor social. 4.- Si es legal, aunque produzca dolor social, se seguirá produciendo.
Punto. No hay mucho más.

Uno diría que todavía no tenemos, como sociedad, la madurez social, intelectual y ética como
para gestionar esos grandes avances adecuadamente. Hay quien dice que la cuarta revolución
implica un empoderamiento del individuo, una redefinición del papel del ser humano en el
mundo, una concienciación de su rol en el planeta. Probablemente. Pero esos cambios están
llegando a muy lenta velocidad, porque todavía andamos aprendiendo a reciclar la basura -y
con mucho esfuerzo-, no estamos muy seguros de que haya un cambio climático -y si lo
estamos todavía no estamos haciendo nada para evitarlo-, y no tenemos una verdadera
conciencia social, porque si la tuviéramos ninguna persona, gobierno o institución del mundo
permitiría las sangrantes desigualdades sociales que existen en el planeta.

Puede que nos preocupe que ciertas cosas vayan muy rápido, pero tal vez lo que debería
preocuparnos es que otras vayan tan desesperadamente lentas.