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La Guerra de los Reinos

de la Llanura

Ignacio (Iggy)
En las Tierras Altas viven portentosas guerreras pertenecientes a diferentes
clanes, todas altas, morenas y de ojos claros, mientras que en la LLanura habitan
guerreras más bajitas y rubias. Dos mundos diferentes a tan sólo unos días de
distancia. Una guerra está a punto de estallar.
Renuncias de Autor:

Esta novela contiene constantes referencias a relaciones amorosas entre mujeres,


aunque no se hacen en ella descripciones sexuales explícitas. Dicho queda.

Nota: Todos los personajes y situaciones son originales y de mi absoluta y


exclusiva propiedad. Al tratarse de un uber, la descripción de algún personaje
puede resultarles familiar a quienes conozcan la serie Xena: Warrior Princess,
pero eso no invalida en nada la frase anterior. El escenario de esta novela es
fantástico, pero muy distinto al de la dicha serie.

Dedicatoria y agradecimiento: a Jenny, por un par de ideas pilladas al vuelo de


una excelente y amena conferencia.
La Guerra de los Reinos de la Llanura
AUTOR: IGNACIO (Iggy)

Capítulo 1

De Anuario actualizado de los planetas, edición 1174, varios autores, Ed.


Stellarium, 1173, Tierra:

«Sadal Suud III o, como es más conocido, Alanna, es uno de los mundos 5
más interesantes colonizados por la raza humana. Sus características físicas
(véase tabla) no tienen nada de particular entre los mundos.

Sadal Suud III (Alanna)

Diámetro ecuatorial: 10.988 km


Período de revolución sideral: 401 d 7 h 15 min 56 s
Período de rotación sideral: 22 h 47 min 14 s
Gravedad: 0,94 g
Semieje mayor de la órbita: 1,27 ua
Inclinación del ecuador: 31º 11’

»Habitados. Su singularidad es social, y debe esta, como tantos otros, a su


aislamiento tras su colonización. En este particular, la mayoría de los
estudiosos, aunque no todos, coinciden en señalar que tiene su origen en la
disfunción hormonal producida en el organismo humano por un enzima nativo
del planeta.»
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

x
Las Tierras Altas no eran un país acogedor. Ni siquiera agradable, aunque
sí podía decirse que resultaba hermoso. De una terrible hermosura. Los peñascos
de grisáceo granito se elevaban en abruptas formaciones rocosas, sobre las que
el viento silbaba de manera constante. Entre las peladas cumbres se extendían
valles, como heridas infligidas por aquellas cuchillas de afilada piedra. Aquí y allá,
resistiendo al helado viento, matas de brezos y aulagas trataban valientemente de
sobrevivir.

La vegetación era escasa, tanto por el clima frío como por la poca tierra. El
único árbol que resistía aquellas tierras era el siláceo. En realidad se trataba de
una especie de árbol-helecho. Lo que desde la distancia parecían hojas, de cerca
era un denso follaje de plumas verdeazuladas, insertas en grandes troncos negros 6
dotados de múltiples ramas. El susurro de los siláceos en el viento resultaba
característico. El suspiro de las Tierras Altas.

La población de las Tierras Altas hacía como el matorral: se aferraba a la


escasa tierra negra de los estrechos valles, tratando de succionar un pobre
sustento de ella. Allí, los caseríos resultaban casi invisibles debido a su pardo
color, dispersos aquí y allá, cobijados a veces entre oscuros bosquecillos de
siláceos.

Todas las Tierras Altas se extendían como una meseta montañosa. Los
caminos entre los valles no siempre resultaban practicables del todo, ni en todas
las estaciones. Ello explicaba que las Tierras Altas se hallasen divididas entre
numerosos clanes. Estos con frecuencia eran feroces enemigos unos de otros. La
vida era dura allí, los recursos escasos, y el saqueo una costumbre tan útil como,
a veces, necesaria.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn plantó ambos pies, bien separados, sobre la cumbre rocosa. Desde
aquel punto de vista, podía ver casi todo el territorio de su clan. Cerca, sobre otra
cumbre abrupta, se cernía el castillo de Glewfyng. Pese a su aspecto oscuro y
anguloso, evocaba en ella la calidez del hogar. Después de todo, lo había sido
durante casi toda su vida. A diferencia del resto de sus compañeras de
adiestramiento, jamás lo había abandonado para regresar a la calidez de uno de
los caseríos. Todavía no había optado por encontrar pareja, abandonar
provisionalmente la vida guerrera y criar niños y cultivar campos, como el resto de
las de su generación. A su edad, ya en absoluto juvenil, aquello no hacía más que
crearle problemas. Tras un período de servicio de armas en el castillo, se suponía
que todas las guerreras debían establecerse y cumplir con su obligación para con
el clan de una forma distinta a la de las armas.

Suspirando resignada, Gwyn dejó que sus pies la llevaran de nuevo ladera
abajo, hacia el castillo. El sol ya estaba alto, iluminando un cielo que pasaba con
rapidez del morado oscuro al azul violáceo. Las dos pequeñas lunas, las Amantes
7
Desdichadas, se perseguían como siempre sin encontrarse jamás, ya hacia su
ocaso. La Tawanna, la jefa de su clan, había convocado a sus guerreras a aquella
hora. Todo hacía pensar que se trataría algún asunto de importancia.

x
Las guerreras se hallaban dispuestas en ordenadas filas ante el estrado de la
Tawanna. La mayoría eran jóvenes, y trataban de dar una impresión de severa
marcialidad. Gwyn sonrió. Ella había adiestrado a la mayoría, y conocía sus
defectos y virtudes. El defecto más habitual era el exceso de entusiasmo guerrero.
La virtud más extendida era... el entusiasmo guerrero. Eran jóvenes, animosas, en
la flor de la vida, y sólo querían resultar útiles a su clan. Aquello era bueno. Sin
embargo, las hacía ser alocadas a veces, con excesos de valentía y desafíos de
bravuconería que se convertían en dolores de cabeza para sus adiestradoras. Sin
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embargo, Gwyn sabía que aquello pasaría, encontrarían pareja, perderían su


entusiasmo juvenil y cumplirían con su clan de forma más dulce y tranquila.
Habían pasado por sus manos varias generaciones de entusiastas guerreras, y las
había visto convertirse en pacíficas y alegres campesinas. Primero se
emparejaban, después realizaban alguna visita a las Estancias Reservadas, y tras
la ceremonia matrimonial por fin se establecían, para criar a sus hijas y cultivar la
dura tierra. Gwyn suspiró, divertida y resignada a la vez. La mayoría de ellas
habría protestado indignada ante esta predicción. Eran todavía muy jóvenes y no
se imaginaban a sí mismas fuera del romántico servicio de armas para el clan.

La Tawanna, una mujer vigorosa pero con un cabello que ya mostraba no


pocas canas en medio del lustroso azabache, entró de repente, y todas las
cabezas se volvieron en su dirección en cuanto subió a su estrado. Desde su
puesto retrasado –el hecho de que a su edad siguiera soltera la hacía figurar entre
las filas menos destacadas– Gwyn pudo ver todas aquellas oscuras cabezas
seguir a su líder. Como era habitual en las Tierras Altas, la mayoría eran muy
8
morenas de cabello, como ella misma. Sin embargo, y a diferencia de ella, solían
llevar el pelo corto, como orgullosas de mostrar así su condición de guerreras en
activo. Ella ya había pasado por aquella fase hacía tiempo; el cabello largo no
tenía por qué molestar a una guerrera en absoluto. Aquello no era más que una
afectación juvenil, pasajera como todas.

También eran altas, como era habitual en su país y su clan. Y, cosa que
desde su punto de vista no podía ver pero sí conocía en detalle, eran casi todas
de piel y ojos claros. El pueblo de las Tierras Altas se caracterizaba por tener los
ojos grises, azules o de un índigo casi negro, el cabello azabache o al menos de
un marrón intenso, y una piel clara y luminosa. Ella misma respondía
perfectamente al modelo, con su complexión fuerte y sus ojos de un azul celeste.
Sus brillantes ojos, junto a su experiencia de combate, le habían proporcionado
muchos éxitos. Después de todo, su vida, aunque soltera, no había sido monacal.
Su posición como adiestradora le proporcionaba infinidad de ocasiones para
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mantener su camastro cálido y ocupado, pero... Gwyn abandonó abruptamente


sus pensamientos. La Tawanna había empezado a hablar, y las guerreras le
prestaban toda su atención.

x
—Os he reunido a vosotras, mis guerreras, con un objetivo. Sobre vosotras
va a recaer la responsabilidad de mantener intacto el honor del clan.

Aquello se salía de lo común. No iba a tratarse de otra expedición de saqueo


o represalia. Gwyn notó cómo las guerreras aguzaban el oído.

—Todas recordáis el invierno de hace tres años. —prosiguió la Tawanna.


Desde luego que lo recordaban. La llegada del viento del norte más de un mes
antes de lo habitual supuso le pérdida de toda la cosecha. Tras una pausa para 9
permitirles meditar sobre aquello, la Tawanna prosiguió.

—También recordáis cómo nos salvamos de la muerte y el hambre.


Contrajimos entonces una deuda con cierto reino de la Llanura. —La Tawanna se
refería al reino de Athiria. En aquel difícil momento, su reina les ofreció entonces
un considerable cargamento de trigo. Nada se hacía gratuitamente, y menos entre
los pueblos de la Tierras Altas y los de la Llanura.

—Ha llegado la hora de devolver el servicio. Vosotras, hijas del clan


Glewfyng, saldaréis la deuda pagando el trigo con vuestra sangre. Mañana mismo
partiréis hacia la tierra de Athiria, al servicio de su reina. Recordad —e hizo una
pausa— que de vuestro valor y fidelidad depende el honor del clan. Que la Diosa
os acompañe, hijas mías.

La Tawanna hizo un amplio gesto que las abarcaba a todas. Las guerreras
se fueron marchando, y pese a que una vez concluida la audiencia el silencio era
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la regla, los murmullos no tardaron en alzarse. Las jóvenes guerreras se veían


excitadas, deseosas sin duda tanto de defender el honor del clan como de conocer
las legendarias tierras de la Llanura. Lo cierto es que era relativamente habitual
que las famosas guerreras de las Tierras Altas se empleasen como mercenarias
para los más civilizados y refinados reinos de las Tierra Bajas. Sin embargo,
aquellas eran guerreras jóvenes, en su período de servicio exclusivo. Por tanto,
apenas habían salido de los reducidos territorios de su clan. Su excitación ante
aquella aventura no era de extrañar. Gwyn, sin decir palabra, empezó a retirarse
también.

—Gwyn.

La Tawanna había pronunciado su nombre, al tiempo que hacía un gesto.


Las guerreras ya se dispersaban. Sin embargo, y por lo visto, la jefa del clan
quería hablar con ella en privado. En consecuencia, se quedó en la estancia,
esperando a que se vaciase. En cuanto se hubieron ido todas, se acercó al 10
estrado.

Desde cerca, las arrugas en el rostro de la Tawanna se hacían visibles. No


sólo la edad, sino las preocupaciones de su cargo habían provocado aquellas
estrías en las comisuras de ojos y boca de su líder. Sin embargo, pese a ello,
seguía pareciendo hermosa, e incluso más majestuosa si cabe.

—Gwyn. —repitió—. Deberás marchar a esta misión...

Dejó la frase inconclusa. Parecía triste.

—Lo sé. —repuso ella, con voz firme—. Estoy lista.

Su actitud resuelta no pareció disipar la actitud melancólica de la Tawanna;


más bien todo lo contrario: —Gwyn, Gwyn... ¿Por qué nunca te has casado?
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Aquella era una vieja discusión, en la que ella siempre se encontraba en


inferioridad.

—Yo... Nunca he encontrado a nadie que...

—Excusas. —La Tawanna barrió sus viejos argumentos con un gesto de su


mano—. Tienes esa obligación con tu clan. Nadie te puede forzar a ello, claro,
pero... Habrías podido llegar tan lejos. Podrías haber sido mi sucesora, Gwyn.

Aquello era una novedad en sus repetidas discusiones sobre este tema. La
Tawanna debía buena parte de su prestigio a sus proezas como guerrera, pero
aquello no era lo decisivo. Había llegado a su puesto tras criar a cuatro hijas,
además de dos –no ya uno, lo que sería más que suficiente, sino dos– varones
sanos y ya adultos. En este sentido, su prestigio era incontestable, y sus servicios
al clan irrebatibles. Sin embargo, viendo las arrugas de preocupación en el rostro
de la Tawanna, Gwyn comprendió que el argumento que pensaba utilizar contra 11
los de ella tampoco la influiría. Sin embargo, a falta de otro, lo usó.

—Yo... Con todo respeto... —bajó la cabeza— no sé si quiero tampoco llegar


a tan alta posición.

La mujer mayor torció el gesto, claramente decepcionada. Su expresión


pareció hundirse, replegarse, y de repente pareció aún más vieja.

—Gwyn... Esta misión... No importa. Puedes marcharte.

Ante este gesto de despedida, bajó de nuevo la cabeza, tocó el suelo con
una rodilla y abandonó la sala. Como exigía la costumbre tras ser despedida por la
Tawanna tras una audiencia, ni dijo palabra ni la volvió a mirar.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

x
Ella no debería estar allí. Como soltera, su presencia en las Estancias
Reservadas resultaba casi injustificable. Como mínimo, sospechosa de perversión.
Sin embargo, como miembro de una expedición guerrera a punto de partir hacia
las tierras de la Llanura, tenía una excusa para acceder a aquel lugar. Así, las
guardianas que flanqueaban la única entrada a aquella parte del castillo la dejaron
pasar, no sin que una de ellas le lanzase una sonrisa maliciosa.

Aunque dentro del castillo, las Estancias Reservadas eran un mundo aparte. El
mundo de los hombres. Eso se observaba ya en la informalidad que allí reinaba.
Después de la serena ceremoniosidad de la audiencia de las guerreras con la
Tawanna, la diferencia se hacía aún más perceptible. Tuvo que deambular durante
un rato por pasillos y salas hasta dar con Fiedgral. 12
Fiedgral era, incluso para ser un hombre, un sujeto peculiar. Alto y desgarbado, su
pelo rojizo y su palidez pecosa delataban un indeterminado origen mestizo. Sin
embargo, era el experto en mapas y tierras lejanas, y su consejo sería
imprescindible.
La estancia en la que lo encontró se hallaba cubierta de estanterías llenas de
viejos libros, mapas y sólidos tomos de enormes tapas metálicas. Sus cerraduras
de hierro revelaban el carácter peligroso de los secretos que ocultaban estos
últimos en sus páginas. Después de todo, la función de los hombres –una de sus
dos funciones, se dijo con un ligero rubor– era la custodia del conocimiento. Era
una ocupación adecuada para los hombres, tanto por su carácter poco práctico
como por lo compatible que resultaba aquella ocupación con su vida recluida. No
había hombres fuera de las Estancias Reservadas, no al menos en las Tierras
Altas.
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La necesidad para los hombres de una vida resguardada y segura era evidente
por sí misma. Aparte de tener sus órganos propios expuestos, de aquella forma
tan vulnerable... Pero además, por misteriosas razones que jamás se habían
podido desentrañar, casi todos los niños varones nacían muertos, no sólo en las
Tierras Altas sino en todo el mundo. En consecuencia, los hombres eran, como
todo lo escaso, un bien valioso que debía ser protegido. Pero no sólo por lo
escaso, y por su necesario concurso para la continuidad de la raza. Gwyn, pese a
su soltería, los había tratado bastante. Los conocimientos que custodiaban eran
necesarios muy a menudo para sus tareas. Y así, había podido comprobar el
carácter despreocupado, irresponsable incluso, de los hombres. Desde luego, el
hecho de vivir una vida de reclusión, lejos de cualquier ocupación práctica,
acentuaba aquel carácter natural en ellos.

Fiedgral era un buen ejemplo de todo aquello. Se hallaba rodeado de varias


montañas de papeles y pergaminos, y apenas se había dado cuenta de su 13
presencia. Gwyn carraspeó.

—¿Oh? ¡Ah! Hola, Gwyn. Pasa, pasa.


—¿Qué haces?
—¿El qué? Ah, sí, esto... Intentaba dar con un mapa del viejo reino de Caliria. Es
allí adonde vais, ¿no?
—No, Fiedgral. La expedición es a Athiria... —Visto que no la invitaba a sentarse,
lo hizo por su cuenta a su lado, echando una ojeada a los crujientes pergaminos.
—Athiria. ¿Athiria? Ah, sí, claro, claro. Vamos a ver...

Empezó a revolver entre las pilas de papeles, poniendo en fuga a varias


lepismas1, a las que ignoró como si no existiesen. Inclinada a su lado, Gwyn
aprovechó la pausa para mirarle de reojo. ¿Cómo sería tener un hijo de él? Su
carácter era sumamente inconstante, aunque eso mismo podía decirse de los
1
Insecto que se alimenta de moho, papel y cartón.
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demás hombres. Podría ser interesante tener una hija con aquel curioso pelo
rojizo, y aquella piel lechosa... Sin embargo, por la razón que fuera, tal vez por su
misma peculiaridad física, Fiedgral nunca había sido elegido como padre. Era
joven, más que ella, aunque a esas alturas ya tendría que haber... Gwyn le sonrió,
acodada a su lado. Él pareció confuso, aunque le devolvió la sonrisa.

—Al menos, aquí tengo un mapamundi. —exclamó, tras un instante de vacilación,


exhibiendo un pergamino de aspecto vetusto.

Ambos se inclinaron sobre el documento.

14

Athiria no era ni el más antiguo ni el más poderoso de los reinos de la


Llanura. Sin embargo, su posición era sólida, gracias tanto a sus campos de
cultivo como a la situación de su capital en una encrucijada: en la confluencia de
los ríos Agatón y Cotreo. Eso suponía considerables ingresos por comercio, que
hacían de Athiria, ciudad y reino, un lugar no sólo próspero sino cosmopolita. Aún
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más que el resto de reinos de las Llanuras, famosos por su estilo de vida
extravagante y hasta perverso. Al menos eso era lo que se decía en las Tierras
Altas, y por tanto en los documentos y mapas de Fiedgral.

Aunque la situación no les había sido explicada por la Tawanna, Gwyn había
hablado con la capitana que dirigiría la expedición. Sabía, por lo tanto, que el
actual enemigo de Athiria, y su probable objetivo bélico, era el reino de Deiria.

—Deiria, Deiria... —masculló Fiedgral en cuanto le preguntó por él—. Ha sido


siempre un reino poco importante. Sin embargo...

Revolvió de nuevo entre los papeles, sacando uno de aspecto


sorprendentemente blanco y nuevo.

—Por lo visto, su nueva reina lo ha engrandecido últimamente. Mira, —dijo,


señalando el informe— ya ha anexionado Filiria y Quirinia. Tal y como están las
cosas, su próximo objetivo bien podría ser Athiria. Sin embargo, es extraño.
15
—¿Por qué?

—Pese a todo, Athiria sigue siendo mucho más fuerte. No me explico cómo
puede Deiria pretender enfrentarse a un reino tan poderoso. Ya puestos... no me
explico por qué Athiria os necesita. Hay algo extraño...

Ninguno de los dos tenía la menor idea de cuál podía ser la solución a ese
misterio. En consecuencia, la conversación murió y ambos quedaron un rato en
silencio, pensativos.

Al poco, Fiedgral rompió el silencio, cambiando de tema. —Me gustaría tanto


acompañaros... —El suspiro del pelirrojo fue notable, incluso para alguien tan
propenso a la ensoñación.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn sonrió. —Sabes que no es posible, Fiedgral. Los hombres tenéis que
estar a resguardo, y correremos grandes peligros.

—Lo sé. —repuso—. Sin embargo... A veces me gustaría ir por el mundo,


conocer todo lo que sale en los libros...

Gwyn no necesitó contradecir algo tan obviamente poco realista. En cambio,


tratando de animar al joven, le dio un amistoso golpe en el hombro, como
haciéndole partícipe de la camaradería de las guerreras. Aunque le pilló
desprevenido, y enclenque como era, casi lo lanza contra la mesa. —Ánimo,
hombre. Esto no está tan mal. Aquí estás seguro. Nosotras, en cambio... ya
veremos.

x
16
Algún tiempo antes, en otro lugar, en un país distinto...

Taia se dispuso a salir de palacio. Aquello no era algo sencillo; de hecho,


suponía toda una elaborada serie de preparativos. Desde luego, debía presentar
un buen aspecto. Aunque eso mismo ocurría cuando permanecía dentro. Con
todo, debía revisarlo. Estudió su indumentaria en el espejo de plata pulida. Viendo
que iba a arreglarse, sus sirvientas se apresuraron a su lado.

—¿Os disponéis a salir, alteza? —le preguntó una, perspicaz.


—Sí. Ve a dar las órdenes pertinentes.

Desde luego, necesitaría una escolta. En realidad no la necesitaba, pero su


dignidad como princesa heredera del reino la obligaba a ello. También la
acompañarían algunas esclavas, portando un palio en las ocasiones solemnes, o
como en este caso, al menos una sombrilla. También debían acompañarla
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

algunas ―amigas‖. Ese era el nombre oficial, aunque la mayoría no lo eran en


ningún sentido de la palabra. Se trataba de mujeres nobles que habían ganado el
privilegio de acompañarla de una u otra forma. Debía, por tanto, soportar su
presencia. Su vida era una serie de actos perfectamente organizados, fuera de los
cuales apenas le quedaba espacio para nada.
Suspiró. Demasiadas responsabilidades... Aunque había que reconocer que
no la afectaban en lo más mínimo, se dijo admirando su figura en el espejo.
Llevaba el pelo rubio corto, en un simple flequillo. El peinado era una de las pocas
opciones que tenía para salirse de la norma.
Dejó que las sirvientas la vistieran, sin dejar por ello de admirar su figura en
el espejo. Era ligeramente más baja que la media, con un cuerpo reforzado por el
ejercicio. Aquello provenía de otra de sus obligaciones, su entrenamiento militar.
Algún día sería reina, y debía estar familiarizada con el uso de las armas.

—Buenas tardes, princesa. —dijo una voz profunda tras ella, contrastando 17
vivamente con el suave bullicio de las sirvientas.
Aquella voz provenía de la segunda de sus obligaciones. Era Gartión, su
tutor. Por alguna razón, los hombres solían dedicarse a aquella tarea. Al menos
entre las clases altas. Mostraba en su cuello, cómo no, la cinta negra de su
condición, aunque la llevaba con un desparpajo notable, como si no fuera con él.
Se trataba de un hombre ya mayor, de cabello ceniciento, y con dos
características raras en los hombres: aceptable musculatura y un profundo
bronceado.

—Esta tarde no tendré tiempo para lecciones, Gartión. Voy a salir. —le dijo
sin volverse, tras devolverle el saludo.

Por el espejo pudo ver que torcía el gesto. Pese a la cinta en su cuello, no
faltaba la vez que se enfadaba con ella en ocasiones como esta. Pero Taia ya no
era ninguna niña, y no podía reñirla ni mucho menos.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Quería comentaros algunos detalles de política. Vuestra madre la reina


insiste en que estéis preparada para asumir el poder en cualquier momento.
—replicó, pese a todo.

—Mi madre reinará muchos años más. No hace falta tanta insistencia.

—Pero...

—Sin peros, Gartión. Mañana me pondrás al corriente.

Lo despidió con un gesto de la mano. Tras un descarado instante de


vacilación, se inclinó, retirándose.

¿Por qué serían hombres los tutores? Eran tan descarados, como si no
supieran su lugar en la sociedad... Además, tan poco prácticos. Siempre
insistiendo en que aprendiera aquellos detalles inútiles, absurdos... Claro que con
el modo de vida que llevaban los hombres en general, no era de extrañar que 18
fueran poco prácticos, irresponsables incluso. No era culpa suya.

Aliviada de la presencia de Gartión, Taia contempló cómo la habían dejado


sus sirvientas. La habían recubierto de gasas de colores hasta hacerla parecer
una bola amorfa.

—¡No, no, no! —exclamó. Las sirvientas se apartaron, sorprendidas.

Se arrancó todo aquello. Expeditivamente, se puso una sencilla túnica corta


de lino blanco, con bandas moradas. Se la ciñó con un cinturón dorado del que
pendía una espada corta. Dudó, hasta que seleccionó un peto de acero dorado,
con hombreras. ¿No debía dar imagen de competencia militar? Pues listos. Hizo
una única concesión a la elegancia con una cadena de plata con pequeñas
esmeraldas, que se colocó alrededor de su frente como muestra de su rango.
También hacían juego con sus ojos, se dijo, sonriendo de nuevo. Acto seguido,
salió en tromba, obligando a las sirvientas que la acompañarían a correr tras ella.
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—¿Adónde, alteza? —le preguntó, un tanto secamente, la jefa de su escolta,


ya en el exterior del palacio. Era una mujer joven aunque extremadamente
competente. Seria y eficaz, mostraba sin embargo una sonrisilla constante, como
si su competencia la pusiera por encima de cualquier problema. Su nombre era
Terinia, aunque se la conocía formalmente como la Capitana de la Guardia de
Palacio.

—Vamos a callejear un rato. Al mercado, tal vez.

La guerrera, tan rubia como ella bajo su casco empenachado, asintió y se


dispuso a encabezar la marcha. La multitud, en parte gracias al parasol que
sostenía una sirvienta a su lado, la veía desde lejos y le abría paso. Athiria era una
ciudad abigarrada, que le encantaba. Era lamentable no poder mezclarse con la
multitud, de forma anónima. Se veía gente de todas partes de la Llanura, e
incluso...
19
—Capitana.

Esta estuvo a su lado en un instante. Prefería consultar con ella que con sus
―amigas‖, a las que ignoraba olímpicamente.

—¿Sí, alteza?

—¿De dónde son aquellas mujeres de pelo negro? —las aludidas


destacaban no sólo por su cabello oscuro en medio del mar rubio de la multitud,
sino también por su elevada estatura y aspecto competente.

—Son mercenarias de las Tierras Altas, princesa.

—Eso me parecía. ¿Son mercenarias a nuestro servicio?

—No, princesa. Ahora mismo no tenemos contratadas mercenarias de las


Tierras Altas. Suelen crear problemas en tiempos de paz. Deben estar de paso.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Lástima. Eran ciertamente exóticas, a su modo salvaje. Recordaba que


Gartión le había contado, hacía tiempo, algunas cosas sobre esas tierras. Todas
sus habitantes eran guerreras, y guardaban a sus hombres celosamente fuera de
la vista del mundo. Estaban en perpetua guerra unas contra otras, y en los
períodos en que reinaba algo parecido a la paz, se alquilaban como mercenarias
en la Llanura. Su salvajismo no conocía límites, lo que explicaba que buscasen la
guerra por cuenta ajena cuando no se estaban matando entre sí. Gartión le había
explicado también que sus tierras eran pobres y que así conseguían dinero o algo
parecido. No recordaba muy bien. En todo caso, hacía tiempo que Athiria vivía en
paz, lo que explicaba que no hubiera visto a aquellas feroces guerreras antes.

Fuera como fuere, pasaron de largo, en absoluto impresionadas por su


séquito. Taia decidió que buscarlas o seguirlas estaría muy por debajo de su
dignidad. Reemprendieron camino.

20
x
Al fin pudo librarse de séquito, escolta y demás incordios. Taia se sacó la
túnica por encima de la cabeza y se tendió sobre mesa de masajes boca abajo.
Suspiró en cuanto sintió unos ágiles y firmes dedos sobre su espalda.

—Hola, Arneo.

—Buenas tardes, princesa. —respondió él, al tiempo que empezaba a atacar


los tensos nudos de su espalda.

Taia se relajó aún más. Sus visitas a los baños le resultaban cada vez más
indispensables. Así lograba olvidarse de sus responsabilidades, y algo más. El
esclavo tenía una especial habilidad. Siendo alguien ajeno a la corte y palacio,
insignificante además como hombre que era, podía relajarse en su presencia.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Hoy he visto un grupo de guerreras de las Tierras Altas. —le comentó.

—¿En serio? —respondió, con voz algo ansiosa—. He oído decir que son
terribles. Grandes como hombres pero más fuertes que ninguna guerrera.
También he oído que nunca jamás se relacionan con hombres, que los matan al
nacer. Desde luego, por aquí nunca ha venido ninguna, y si lo hiciera, me moriría
de miedo.

Arneo siguió con su absurda y relajante cháchara, sin descuidar el masaje.


Taia cerró los ojos y suspiró.

—No tengas miedo. Aquí estáis seguros. Además, no todo lo que se dice
debe ser verdad. ¿Cómo iban a tener hijos sin hombres? Se habrían extinguido
hace tiempo.

El esclavo no supo qué responder. Al menos, sus manos prosiguieron


desanudando las tensiones que se habían acumulado en su espalda. Aquello era
21
estupendo, pensó Taia.

—Estáis muy tensa, princesa. Hacía tiempo que no os sentía tan agarrotada.

Aquella línea de conversación la llevaría a recordar sus preocupaciones, por


lo que no dijo nada. Al poco, se levantó. Además, Arijana estaría a punto de llegar.

—Gracias, Arneo. Puedes retirarte.

El esclavo se inclinó respetuoso y obedeció. Taia se envolvió en una toalla y


pasó al baño de vapor. Arijana aún no había llegado. Siempre se encontraban allí.
No había sido fácil dar con un lugar de encuentro tan adecuado. Necesitaban una
cierta discreción, y un lugar como éste era inmejorable. Además, nadie le
preguntaría por qué parecía tan feliz y relajada al salir...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Al poco la puerta se abrió. Entró una chica de su misma estatura, cubierta


también por una toalla. Era rubia, de redondas caderas y un pecho
suficientemente abundante para sujetar la toalla en su lugar sin el menor
problema. Su sonrisa era tan relajante como los cuidados de Arneo.

—Hola, Arijana. —le devolvió la sonrisa, alegre por su presencia.

—Hola, Taia. —Era la única que la llamaba por su nombre, aparte de su


madre.

Se sentó a su lado, y de momento, mantuvo la toalla en su sitio.

—¿Cómo va todo? —le preguntó nada más acercarse a ella. Debió notar
también su preocupación, porque siguió preguntando—. ¿Mal? Pareces
desanimada.

—A ti no te puedo ocultar nada, Ari. Mi madre insiste. Va en serio. 22


—Oh. —pareció decepcionada, aunque no demasiado—. Era de prever. Al
final tendrás que casarte.

—Pero ¿por qué tengo que casarme con quien ella diga? Es absurdo,
casarse con una persona desconocida, de otro reino además. Es absurdo...
—insistió.

—Oh, vamos. Sabías que al final pasaría. Ya sabes, la política de los reinos
y todo eso. Matrimonios de Estado. A tu madre no le ha ido tan mal después de
todo, ¿no? Se quieren mucho, o eso me has contado.

—Sí, ya, pero... —se detuvo—. ¡Oye! ¿Tú de qué lado estas? Si me caso, es
probable que no te pueda volver a ver...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Arijana pareció triste, a su plácida manera. Aunque parecía haberse


resignado. A decir verdad, la notaba algo distante desde hacía tiempo, como si se
hubiera...

—¿Te has cansado de mí, Ari?

—¿Qué? ¿Yo? Vamos, cómo puedes decirme eso, Taia. —sonrió, burlona—.
Sabes que no...

La toalla cayó hasta sus caderas, y entonces pasó a demostrarle lo


equivocada que estaba.

23
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 2

De Introducción a un mito real: Alanna, por P. A. M. Terin, Ed. Rosgolim,


Kalinia, 1095:

«Sadal Suud III (esto es, el tercer planeta de la estrella Sadal Suud,
conocido localmente como Alanna) fue descubierto, o más bien
redescubierto, en el año 1011 eE (era Espacial, 2968 de la antigua era
Cristiana). Como pronto se hizo evidente, su descubrimiento original y
subsiguiente colonización debía datar de varios siglos antes, probablemente
durante el siglo III de la era Espacial. Como es bien conocido, durante este
periodo se enviaron innumerables expediciones colonizadoras, con muchas
de las cuales se perdió pronto contacto. Algunas de ellas dieron lugar a lo
que popularmente se han conocido como los "mundos perdidos"...»
24
De "Análisis clínico de las causas de la disfunción reproductiva en
Alanna", por C. García Donoso, en Revista de bioquímica clínica, núm. 1.356,
Ed. Conole, Tierra, 1097:

«... En definitiva, y como consecuencia de los efectos hormonales


anteriormente descritos, el cigoto masculino presenta diversos grados de
malformación, extremadamente variables, y que no descartan un porcentaje
de en torno al 18% de malformaciones irrelevantes, inapreciables o
inexistentes. En consecuencia, alrededor de un 12% de los varones alcanzan
la pubertad sin presentar problemas, momento a partir del cual se puede dar
por segura la viabilidad del individuo.»

De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed.


Funambule, Tierra, 1123:
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

«Sin duda, lo que más ha llamado la atención del público acerca del
mundo de Alanna ha sido su peculiar orden social. Se ha hablado a veces de
"matriarcado", con notable impropiedad. En esta obra divulgativa no
entraremos en las causas que lo originaron. Lo que nos interesa conocer, en
todo caso, es el reducido porcentaje de varones presentes en esta sociedad,
en torno a un 15%. Esto significa, haciendo un sencillo cálculo, que en
Alanna existen casi siete mujeres por cada hombre. Ya imagino las sonrisas
en los rostros de mis lectores varones, pero la solución que a ellos sin duda
les ha pasado por la cabeza, una poligamia rodeada de elementos orientales,
no es ni mucho menos la que se dio en Alanna.»

x
El día de la partida había comenzado ya. Como instructora, Gwyn disponía 25
de su propia habitación en el castillo, no demasiado espaciosa sin embargo.
Apenas cuatro paredes de piedra, una estrecha ventana, una alfombra, un tapiz y
su camastro. Pese a su recalcitrante soltería, Gwyn no solía tener este último
vacío. Su posición como guerrera veterana la convertía en cierto modo en
referencia para la admiración de las jóvenes. Y Gwyn no era mujer capaz de
resistir un asedio de ese tipo.

—Vamos, levántate, Eilyn.

Eilyn había compartido su cama durante los últimos meses. Era una de las
guerreras que partirían con ella; por lo tanto, debían apresurarse las dos. El sol ya
se insinuaba en una aurora gris a través de la ventana.

Se vistieron y equiparon con prisas; la compañía debía estar a punto de


formar en el patio del castillo. Extrañamente, habían recibido instrucciones de no
vestir los colores del clan. Por lo tanto, se vistieron con faldas pardas, sin teñir.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Eilyn se mostraba alegre y excitada ante la partida. Gwyn le echó una ojeada. Pelo
tan negro como el suyo, no muy corto, ojos violeta profundo, alta, algo delgada.
Casi demasiado para una guerrera. Otras como ella habían pasado por su cama.
Sin embargo, su entusiasmo juvenil se desvanecía con el tiempo, y al final todas
acababan encontrando pareja, casándose. Criando hijas en la placidez de un
caserío, listas como guerreras retiradas para una leva de emergencia, sí, pero con
su vida en el castillo superada. Y ella quedaba atrás, una y otra vez. Tenía que
reconocer que ella tampoco había puesto mucho de su parte. Sea como fuere...

—¡Vamos, Gwyn, no te quedes ahí! —le gritaba Eilyn, animándola a marchar.


Remolona al principio, se le había acabado por adelantar. En consecuencia,
abandonó su introspección y la siguió, ya lista, hacia el patio.

Las guerreras ya habían empezado a formar en el frío patio de piedra. La


aurora extendía sus débiles rayos, iluminando apenas la escena con diversas
tonalidades de gris. La tropa sería pequeña: treinta guerreras jóvenes, todas las 26
que estaban en su periodo de instrucción, dirigidas por una única oficial. Eso sí,
las comandaría Rya. Gwyn la conocía bien. Era una de las mejores capitanas de
la Tawanna, y su hermana, hijas además de la misma madre. Era viuda; no había
tenido hijos propios. En cuanto estuvieron todas formadas, impartió unas pocas
órdenes y formaron en fila doble para marchar por debajo de la arcada del castillo.

En estas ocasiones, la costumbre dictaba que la presencia de la Tawanna


era desaconsejable. Como madre simbólica de todas ellas, no debía contemplar
su marcha a una posible muerte. Sin embargo, Gwyn creyó atisbar una figura muy
parecida a ella, contemplándolas en silencio desde una alta ventana. Pero la
dejaron atrás, y emprendieron la marcha sin saber si realmente era ella.

El equipamiento de las guerreras era el habitual en las Tierras Altas: la gran


espada recta, ancha y de doble filo, el pequeño escudo redondo y el hacha
arrojadiza de combate. Vestían la falda corta de lana de las solteras, justo hasta
por encima de la rodilla, un cinturón ancho de cuero, una manta arrollada en torno
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

al torso y un justillo de cuero. El metal era escaso, y no se destinaba a proteger el


cuerpo, sino a las armas ofensivas, al menos en las Tierras Altas. Las cobardes
guerreras de las Tierras Bajas sí solían llevar cotas de malla, corazas y aún
cascos, cosa que habría avergonzado a cualquier guerrera de cualquier clan.
Tradicionalmente, cada guerrera acarreaba su equipamiento por sí misma, todo a
su espalda. Era lo normal, dado que las expediciones de saqueo, que eran la
operación militar más frecuente, no las solían llevar muy lejos.

Esta vez, sin embargo, la expedición las llevaría a tierras lejanas, durante un
periodo de tiempo indeterminado. En consecuencia, dispondrían de un ambulacro.
No existiendo ningún animal de carga, desaparecidos (si es que habían existido
alguna vez) los legendarios caballos, el ambulacro era la bestia de carga por
excelencia. A falta de otra cosa.

El nombre de bestia le venía ancho a ese extraño ser. Su mayor parecido era
con una especie de oruga gigante algo aplastada de cuerpo. En realidad se 27
trataba de una planta más que de un animal, aunque fuera móvil. Esto se veía en
su color verde vivo, moteado de marrón. El ambulacro consistía en una serie
variable de secciones, cada una con un par de patas flexibles, sin articulaciones, y
acabadas en anchos pies en forma de ventosa. Por esos pies el ser sorbía la
sustancia y la humedad del suelo, que sometía a fotosíntesis en su verdoso lomo.
En consecuencia, el ambulacro sólo podía cargar bultos en alforjas bajo su
cuerpo, y no encima. De hecho, el ambulacro caminaba lenta pero
incansablemente mientras fuera de día, estuviera nublado o no. Sólo por la noche
se detenía. Así, había otra forma de pararlo: se le disponía una lona a uno de sus
lados, y si se extendía sobre todo su lomo, el ser se detenía, creyendo que había
llegado la noche. Así, se descorrió la lona del lomo del ya cargado ambulacro y
comenzó la marcha.

Se trataba, en este caso, de un ambulacro pequeño, de tan solo doce pares


de patas. Cargaba con unas pocas tiendas de campaña, provisiones y poco más.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Como siempre, las guerreras acarreaban sus propias armas. Otra de las ventajas
del ambulacro era que se podía cortar una de sus secciones, delantera o trasera
(el bicho no tenía un extremo distinto del otro, pues no tenía ojos ni boca ni el
correspondiente orificio opuesto), y su carne se podía comer en caso de
emergencia. Al poco tiempo, el ser desarrollaba una yema que se convertía en
una nueva sección con su par de patas correspondiente.

Así, escoltando al ambulacro, pues estos tenían tendencia a desviarse hacia


tierra fresca, marcharon por los senderos de la tierra de su clan. A esa hora, como
para saludar al sol, las habitantes de los caseríos ya se asomaban a sus puertas.
En uno cercano, una mujer con un bebé en brazos las saludó con una sonrisa y un
gesto de buena suerte. Gwyn, contemplándola y devolviéndole la sonrisa, se
preguntó por qué nunca se habría casado. La sensación de melancolía aumentó
cuando, volviendo de los campos, a aquella mujer se le unió su esposa, llevando
igual que ella los pantalones holgados de las casadas. Ambas se abrazaron, con
el bebé en medio, y saludaron de nuevo a la compañía de guerreras que ya se
28
alejaba. Gwyn suspiró. Por alguna razón, todavía no había encontrado a la mujer
que le hiciera parecer atractiva aquella escena, pero protagonizada por ella y en
su compañía.

x
Las Tierras Altas llegaban a un fin abrupto. A sus pies, envuelto en una
neblina dorada, se extendía el país de la Llanura, las tierras bajas. Desde aquella
altura, la vista alcanzaba distancias prodigiosas. Era como ver un mapa extendido
ante ella, detallado y a la vez difuso, como si encerrase tantos misterios como
revelaba. Justo bajo las Tierras Altas, como marcando la frontera, oscuros
bosques se abrazaban a los pies de las montañas que habían sido su hogar. Tras
ellos, luminoso bajo el brillante sol, se veía la enorme extensión de las Llanuras.
Se podían vislumbrar plateadas cintas de ríos, caminos entrecruzados, colinas,
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

bosquecillos, campos cultivados verdes y amarillos y... ciudades. Como


intrincadas gemas lanzadas al azar, dispersas ciudades albergaban sin duda el
famoso bullicio de las gentes de las Llanuras. En algún lugar indeterminado de
aquella inmensidad debía hallarse el reino de Athiria. Tendrían que internarse en
aquel país, tan seductor como peligroso. Aquella luz había atraído, y quemado
como a curiosas polillas, a muchas de sus antecesoras. Ahora eran ellas las que
deberían seguir ese camino, hasta el triunfo o el desastre.

En la pared del reborde de las Tierras Altas se abría un estrecho desfiladero:


el paso Berenia. Zigzagueaba cuesta abajo, lo que mantuvo a la compañía
ocupada. El ambulacro tenía tendencia a seguir recto. La única manera de guiarlo
era dándole fuertes golpes con los pequeños escudos. Creía así haber topado con
una pared y variaba su rumbo. Se mantuvieron todas ocupadas por tanto
escoltándolo a ambos lados, vuelta tras revuelta. Fueron así llegando a las Tierras
Bajas, aunque antes tendrían que superar otro escollo. Entre ambos territorios se
extendían densos bosques de robles negros.
29
La tierra de los bosques era el territorio del misterio y las leyendas. Una de
ellas indicaba que allí moraban hombres, hombres salvajes que vivían solos, sin
mujeres, matando a las que hallaban. Lo obviamente absurdo de esta leyenda no
le quitaba nada de su terrorífico encanto, que era tal vez la razón de su
persistencia.

Justo ante las primeras copas de los árboles, altos y amenazantes, Rya, la
comandante, ordenó un alto. La lona se extendió sobre el lomo del ambulacro, tras
lo cual toda la compañía se reunió alrededor de su jefa.

—Ahora que ya hemos partido, puedo daros algunas explicaciones sobre


nuestra misión. —dijo ella—. Que este secreto haya sido necesario hasta ahora ya
os dirá algo, lo mismo que no llevemos los colores del clan. Nuestra misión ha de
ser discreta, hasta cierto punto. Debemos llegar a Athiria sin llamar la atención.
Por tanto, habremos de desviarnos del camino directo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El camino que habían seguido hasta entonces se abría paso, amplio y recto,
a través del ominoso bosque. La implicación de aquello empezó a entrar en el
cerebro de las guerreras. Algunas desviaron la vista hacia lo más espeso del
bosque, y si no había miedo, al menos había inquietud en sus rostros.

—Sí, —confirmó Rya— nos desviaremos del camino desde ya mismo. Eso
nos permitirá surgir del bosque por un punto inesperado.

Una guerrera alzó la voz.

—Podemos aceptar eso. —dijo, con un cierto tono de desafío—. ¿Pero no


podrás al menos contarnos por qué tanto secreto? ¿Cuál será nuestra misión?

—No. —respondió la comandante con voz firme—. No os lo puedo explicar


ahora. Cuando lleguemos a Athiria, las cosas se aclararán.

Nadie respondió a aquello, y en consecuencia se volvió a alzar la lona del 30


ambulacro y este fue guiado hacia el bosque.

x
El resto del día trascurrió sin incidentes, hasta que la falta de luz, acentuada
por lo espeso del bosque, obligó a un alto. Rya ordenó tres fuegos, sin montar las
tiendas pues el tiempo era seco y cálido. El orden de las guardias fue sorteado.
Una vez hecho todo esto, Rya llevó a Gwyn aparte.

—La verdad es que podría contarles algo más de nuestra misión. —le
confió—. Pero no quiero inquietarlas.

—Comprendo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Nuestra misión es muy complicada, Gwyn. Nos necesitan para algo que no
pueden hacer ellas mismas, ¿sabes? Pero no quiero decir más. Todo a su tiempo.
En todo caso, si me pasara algo por el camino...

—Oh vamos, Rya...

—Sí, sí, vale. Pero si pasara algo, limítate a llevarlas hasta Athiria. Allí te
harán saber lo que hay. De hecho, no conozco todos los detalles. Pero, ante todo,
pase lo que pase, llévalas hasta allí; de ninguna manera volváis.

—Está bien. —repuso Gwyn. No iba a insistir en la invulnerabilidad de su


comandante. Ella misma no parecía precisamente convencida. La conversación
parecía haber acabado, por lo que volvió hacia las nacientes hogueras.

—Otra cosa, Gwyn. —aquello lo hizo volverse.

—¿Sí? 31
—El hecho de que seas una simple guerrera no me influye para nada. Sé lo
que vales, soltera o casada. Considérate mi primera oficial.

La noche trascurrió sin problemas, pese a la inquietud con que dormían


algunas. Puesto que estaban en campaña, cada una durmió sola sobre su manta,
en marcial soledad. Eilyn, de hecho, se mantuvo algo aparte de Gwyn, como si
también la considerara una oficial y por tanto, aparte de la camaradería de la
tropa. A Gwyn no le pareció mal. Tenía mucho en que pensar, sin necesidad de
tener a su lado una presencia embriagadora pero intocable.

x
Acompañada de nuevo de todo su séquito, Taia salió a la calle. En efecto, ya
se la veía mucho más feliz y relajada. Pero pese a la agradable compañía de
Arijana, las preocupaciones habían sido aplazadas, no solucionadas. Ese
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

pensamiento borró la sonrisa de su cara de inmediato. Se encaminó con paso


firme de vuelta a palacio, obligando a sus sirvientas a correr tras ella con el
parasol en mano.

El día siguiente se presentó aburrido. Lecciones por la mañana con Gartión y


audiencia con su madre la reina por la tarde. Esos dos solían conchabarse para
amargarle días completos. Taia se resignó, y tras un breve desayuno se dirigió
hacia la biblioteca. Allí estaba ya Gartión, como si nunca durmiera y en su
ausencia sólo se quedara paralizado. Alzó la vista bajo sus espesas cejas grises.

—Buenos días, princesa. Hoy tenemos un día atareado.

Ella se limitó a suspirar, pero al fin devolvió el saludo.

—Buenos días, Gartión. ¿Qué me preparas para hoy?

—Política. Sentaos, por favor. 32


—Política... —así lo hizo—. Lo de siempre, vamos.

—Hoy hay novedades. Vuestra madre insiste en teneros al día de los


asuntos de Estado.

—Está bien. ¿Qué ocurre?

—Llegan nuevos informes sobre el reino de Deiria. ¿Qué recordáis de


Deiria?

Gartión y sus preguntas repentinas. Sabía que, dijera lo que dijera, siempre
le encontraría algún fallo. Trató de recordar.

—Es uno de los reinos del Este. —enunció, esforzándose por recordar—. Su
reina es... Erivalanna. —Gartión asintió, animándola a proseguir—. Hace sólo dos
años que está en el trono. Su reino es la mitad del nuestro en extensión, y sólo un
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

tercio en población. Aunque Erivalanna ha estado reclutando un ejército, no es


rival para el nuestro.

Ya no supo qué más decir. Contra su costumbre, Gartión asintió.

—Muy bien. Pese a ello, ha conquistado hace poco el reino Quirinia.

—Sí. No nos pareció mal, porque era un reino enemigo nuestro.

—Exacto. Ahora, ahora mismo, acaba de conquistar también Filiria. Por


sorpresa, a traición, y de un solo golpe.

—¡Filiria es nuestro aliado! ¡Y era más poderoso que Deiria! —exclamó ella.
Él asintió, tranquilo.

—Eso es. Estamos al borde de la guerra. No hace falta que os diga que
vuestra madre la reina está muy preocupada. No nos interesa una guerra, pero 33
parece que no nos quedará más remedio. Sobre todo porque, según algunas
noticias, podría conquistar un tercer reino. Si hiciera eso, y fuera otro de nuestros
aliados, nuestras fuerzas ya no serían tan superiores.

—Comprendo.

—Eso espero. Ya tenéis edad de sobra como para responsabilizaros de


ciertas cosas. ¿Cómo va vuestro entrenamiento militar?

—Yo... —su entrenamiento iba muy bien. Por supuesto, no lo realizaba con
un hombre, claro. La capitana de la guardia se encargaba de ello, y la verdad es
que le gustaba más que todas las aburridas lecciones de Gartión. Sus bíceps eran
buena prueba de ello. Sin embargo, nunca se le había ocurrido que aquello podría
ir en serio. Era sólo ejercicio. Pero su madre ya era mayor. ¿Tendría que ir ella a
comandar el ejército a esa guerra?— Va muy bien. —terminó de dudar. Al menos
debía parecer segura de sí misma. Era una de las lecciones de su entrenadora.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Me alegro. Ahora, os dejo con estos volúmenes. Son historia de Deiria y de
los reinos del Este. A media mañana os haré algunas preguntas.

x
Dio un salto, esquivando un intencionado golpe a ras de suelo. Con su propio
palo, detuvo abajo el de su oponente. Sonrió. Lanzó de pronto el otro extremo
contra la cabeza, pero fue también detenido. Un súbito contraataque la golpeó en
los tobillos y la hizo caer sobre su trasero.

—Princesa. —La capitana le ofreció su mano, sonriendo levemente.

—Gracias. —Agarró su antebrazo y se impulsó sobre sus pies.

Ambas sudaban profusamente. La lucha, el entrenamiento en sí, había


durado más que nunca. Pero Taia había acabado cayendo de nuevo.
34
—Siempre me ganas, Terinia. —le dijo, algo resentida.

—Progresáis día a día, alteza. Todo llegará.

—Lo dices por decir. —Las últimas noticias la habían alterado. No se sentía
en absoluto capacitada para dirigir un ejército. Se sentía como una farsante.

—No, alteza. En absoluto.

Terinia resultaba siempre tan seria. Vestidas ambas tan sólo con prendas
cortas y ajustadas de entrenamiento, Taia no pudo sustraerse a la magnífica figura
de su entrenadora y guardiana. Era algo más alta que ella, y su cuerpo estaba en
perfecta forma, lo que no quitaba para que poseyera una voluptuosa y femenina
figura. No por primera vez, se sintió algo atraída. Quizás no fuera
arrebatadoramente guapa; su rostro era más regular que hermoso, de nariz y
labios finos. Pero pese a su indudable atractivo, no se le conocían relaciones de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ningún tipo, ni regulares ni ocasionales. Y eso que no era una jovencita, aunque
podía parecerlo. Sus movimientos eran siempre tan precisos y exactos. Tensa y
suave a la vez. Daba la impresión de que vivía completamente dedicada a sus
obligaciones. Se acababa de soltar su rubio y lacio cabello, hasta entonces sujeto
en una coleta, dando así por terminada la sesión.

—¿Ya hemos terminado? —le preguntó. Ambas estaban cansadas y


cubiertas de sudor. Pero a Taia le encantaba el entrenamiento. Además, hoy su
finalización suponía el paso a la audiencia real, y eso no le apetecía en lo más
mínimo.

—Sí. Suficiente por hoy. —Terinia la traspasó con sus ojos color acero y le
ofreció una de sus peculiares sonrisas. Era como si viera a través suyo y de sus
motivaciones. Taia se ruborizó un poco y desvió la vista. Si no hubiera sido
siempre tan impersonal, distante y uniformemente cortés... Era inútil darle vueltas.
Sus problemas seguirían siendo los mismos, o tal vez mayores. 35
—Está bien. Terinia, yo... —se detuvo.

—¿Sí?

—Supongo que conoces las últimas noticias.

—En efecto. —Como siempre, no le ponía las cosas fáciles.

—Parece que se prepara una guerra.

—Eso parece.

—¡Eso parece! ¡La primera guerra en más de quince años, y eso parece!
—estalló Taia. No por primera vez, la exasperó su impasibilidad. Por un instante,
ella pareció sorprendida de su reacción, dejando a un lado la toalla con la que se
enjugaba el sudor y mirándola de nuevo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Perdón, alteza. —dijo bajando los ojos. Cuando parecía sumisa, tenía un
aire burlón, como si no fuera en serio. Sin embargo, su cortesía era siempre
irreprochable—. ¿Os preocupa? Sí, supongo que sí. Vuestra madre es mayor ya...
¿Os preocupa el mando de las tropas?

—Yo... No sé. Supongo que sí. No me siento capacitada. Todo este


entrenamiento me ha parecido siempre simple ejercicio. Ahora me doy cuenta de
lo que implica.

—¿Os preocupa el combate?

—No... ¡No! No es eso. No tengo miedo. Creo... Es que no me siento


capacitada para dirigir a otras a la muerte. No me veo tomando decisiones que
signifiquen muerte o vida, victoria o derrota...

—Todas os seguiremos voluntariamente, alteza. —respondió, con esa


rotunda devoción tan suya—. Sabemos a qué nos enfrentamos, sabemos lo que
36
defendemos. Entre todas lo haremos lo mejor posible. Y además...

—¿Sí?

—Yo estaré en todo momento a vuestro lado, alteza.

Ella siempre la había tratado así, con una fidelidad inquebrantable aunque
impersonal. Aquello tuvo un efecto contraproducente. Toda aquella fidelidad y
confianza la apabullaba. Las defraudaría, y... No quiso insistir y asintió,
agradecida. Se vistió en silencio. No tenía sentido aplazarlo más; la audiencia real
la esperaba.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 3

De Estudio preliminar de la ecología alaniana, por G. K. Hauser y P.


Perrault, Ed. Universitas, Canopo, 1166:

«Dejando de lado sus peculiaridades humanas, que son las que le han
aportado fama o al menos notoriedad, Alanna presenta también interesantes
motivos para el estudio de su fauna y flora.

»Hay que empezar por decir que esta última distinción, tan habitual en
la biología, es un tanto superflua en Alanna. En efecto, la diferenciación
entre fauna y flora no es ni mucho menos evidente entre la vida nativa de
Alanna, como veremos a lo largo de todo este estudio. De hecho, el
concepto mismo de plantas sésiles no resulta en absoluto obvio. [...] 37
»Pero antes de entrar en un estudio pormenorizado, hay que hacer
algunas salvedades. Como mundo colonizado por la especie humana, la
biología original de Alanna ha experimentado considerables
transformaciones con la introducción de especies originarias de la Tierra.
Con todo, la vitalidad de la biología nativa ha ocasionado que no todas las
especies introducidas hayan superado el reto: de entre la fauna doméstica
introducida, ni los bóvidos ni los équidos superaron el desafío de la peculiar
bioquímica alaniana. De hecho, la misma especie humana logró sobrevivir a
duras penas, con las disfunciones que son conocidas y que no
comentaremos aquí. Baste decir que sólo algunas especies introducidas
superaron con éxito el desafío de la adaptación. Entre los cereales la
supervivencia fue generalizada, así como con diversas especies de árboles y
en general casi todas las especies vegetales. Sin embargo, en cuando a la
fauna animal, sólo los ovinos (ovejas y cabras) sobrevivieron. [...]
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

»La especie nativa más singular, y que más atención ha despertado, es


el peculiar ambulacro (Multipodius ambulantis), que...»

—Sacad las hachas. Partiremos el ambulacro.

La orden de Rya llegó cuando, al final de la mañana siguiente, alcanzaron el


linde del bosque. Pese a múltiples aprensiones y misteriosos crujidos, no habían
avistado un solo hombre, salvaje o civilizado. Rya había ordenado un alto, todavía
entre la espesura, como si no se atreviera a salir a campo abierto.
38
Las guerreras cumplieron la orden. Tras varios golpes de hacha, donde antes
había un ambulacro de doce pares de patas, ahora había dos, de seis pares cada
uno. Eso sólo podía significar una cosa.

—El pelotón izquierdo vendrá conmigo. El derecho irá con Gwyn, a sus
órdenes. —recalcó la comandante.

—Pero Rya... —le susurró la aludida.

—Sin peros, Gwyn. En este pergamino tienes tu ruta. No tiene pérdida. En


dos grupos llamaremos menos la atención. Ya sabes: discreción. Procurarás
entrar en Athiria de noche. ¿Está claro?

—Sí, Rya. —Gwyn no tuvo presencia de ánimo para seguir protestando, y


asintió. Aquella misión resultaba cada vez más extraña.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El primer grupo partió primero, con Rya al frente. Hasta que no dio la orden
de marcha, Gwyn no se percató que Eilyn había partido con él.

x
El mapa que Rya le había dado recogía su itinerario. Por lo visto, este era de
lo más enrevesado. Daba vueltas y más vueltas. El objetivo estaba claro:
cualquiera que las avistara sólo vería un reducido grupo de guerreras morenas
encaminadas en cualquier dirección menos hacia Athiria. Sin embargo, poco a
poco se irían acercando a su destino, siempre de forma indirecta.
El paisaje era muy distinto al que conocían y estaban acostumbradas. En la
Llanura, los campos cultivados no eran la excepción, sino la norma. Aquí y allá se
veían interrumpidos por pequeños bosquecillos. En consecuencia, solían cruzarse
de vez en cuando con rubias mujeres que iban y venían de los campos. A Gwyn
aquello la preocupó; pero pronto vio que no les prestaban demasiada atención. Ni
la dirección que tomaban ni su indumentaria permitiría que el secreto se rompiese.
39
Sin embargo, se cuidó muy mucho de permitir que sus guerreras confraternizasen
con la población. Pese a sus protestas, se negó por completo a permitirles visitar
las posadas del camino, y siempre acamparon al raso.
Los caminos transitaban rectos bajo el inclemente sol del verano. Las
espigas se mecían, maduras, en los campos. Las campesinas, tan rubias como
sus cultivos, segaban sin parar, sudando y sin apenas volverse para mirar a las
morenas guerreras que pasaban.
Todo trascurrió, así, en una plácida tensión. Hasta que, a falta ya sólo de dos
días de su destino, se produjo el incidente que, de alguna forma, Gwyn venía
temiendo.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Unas descastadas, parece.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Quien pronunció estas palabras era la comandante de un grupo de guerreras


de las Tierras Altas. Se acababan de topar con ellas justo en un puente sobre un
riachuelo.

—Pero no soy idiota, y creo saber de qué clan sois. —insistió.

No era de extrañar que lo supiera. Sus colores la identificaban, a ella sí,


como miembro del clan Lewellyn. Clan vecino de Glewfyng, y sobre todo,
enfrentados ambos en una de esas enemistades que duran tanto que nadie
recuerda ya a qué causa se remonta.

—Sois esas piojosas de Glewfyng. —remachó, en efecto, con una sonrisa.

Gwyn se adelantó.

—Ahora estamos todas en las Tierras Bajas. Quítate de en medio —su


ambulacro estaba cerrando el paso del puente— y cada una se irá a sus asuntos. 40
Su interlocutora evaluó su situación mirando sobre su hombro a sus propias
guerreras. Eran menos, sólo ocho. Sin embargo, eran todas guerreras veteranas,
no las jovencitas en pleno período de instrucción que se les oponían. Así, pareció
llegar a una decisión.

—No tengo nada en contra de unas descastadas que ocultan su clan, cierto.
Pero me gustaría saber adónde vais. Si vuestro clan está indefenso, será una
interesante noticia para nuestra Tawanna.

—No te importa adónde vamos. —repuso Gwyn, tensa pero sin ceder a la
provocación.

—Ahhh... Secreto. Interesante. Veo que vais hacia Umbrelicania. Pero...


También estáis muy cerca de Athiria, y he oído rumores muy interesantes sobre
Athiria últimamente...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

A Gwyn le dio un vuelco el corazón. Si les permitía marchar con aquella


información, todo estaría perdido. Tomó una resolución.

—Sí, somos del clan Glewfyng. El mismo que siempre patea el culo de las
desgraciadas de Lewellyn. El año pasado os robamos doscientas de vuestras
ovejas, y yo misma hasta me llevé a una de vuestras guerreras. No era fácil
distinguirla de una de las ovejas negras, pero una vez lavada no estaba del todo
mal. Al principio se resistía, pero después de pasar por mi cama ya no quería
volver...

Vio la cara de su interlocutora ir adquiriendo un color rojo que acabó por


llegar al púrpura. Como no podía ser menos, su provocación había surtido efecto.

—¡Tienes mucha cara para decir eso, tú que vas por ahí ocultando tu clan!
¡Compañeras, vamos a darles una lección! —exclamó, sacando su espada y
volviéndose a sus guerreras. 41
—Vamos, vamos... —Gwyn ni se inmutó. Al contrario, lejos de desenvainar,
cruzó los brazos ante el pecho y sonrió—. Somos casi el doble. No queremos
destrozaros tan fácilmente. Luego las vuestras dirían que no tenemos honor.
Como hacen siempre que les damos fuerte. ¿Tendrás el valor de batirte conmigo?

La otra pareció confundida. Miró a su grupo, luego al de enfrente, evaluando


sin duda número contra experiencia. Al fin se decidió.

—Batirme, destrozaros, es lo mismo. Como quieras. Mejor así; me llevaré a


tus niñas y por fin sabrán lo que es estar con una mujer, que ya casi les ha llegado
la edad.

El duelo entre capitanas era algo habitual en las Tierras Altas. Con una
población reducida, era un buen recurso. Las guerreras eran demasiado valiosas
para perderlas por un asunto menor.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Muy bien. Según las reglas de duelo de capitanas pues. ¿Tu nombre?

—Morwyll. ¿El tuyo?

—Gwyn.

La regla era muy sencilla: las capitanas se batían a muerte, y la vencedora


obtenía a las guerreras de la vencida como botín. Así, no sólo no se perdían en
combate, sino que pasaban a engrosar las filas de la vencedora y se unían al otro
clan. Aquello no podía ser más adecuado para Gwyn: si vencía, se las llevaría a
todas a Athiria y el secreto de la misión quedaría a salvo.

Sin más preámbulos, su rival alzó su espada, y sin darle tiempo a


desenvainar, se lanzó contra ella dando un alarido. Gwyn se apartó, y la pesada
espada cayó contra el suelo sobre el que un instante antes había posado sus pies.
Logró transformar su movimiento al esquivar en un floreo que le permitió extraer
su espada.
42
La espada de las Tierras Altas era más un arma de demolición que algo
adecuado para la esgrima. En la batalla, se la solía alzar en alto, con ambas
manos, para dejarla caer, con toda su fuerza, sobre la adversaria. Tal y como
había hecho la otra. En un duelo, la cosa se complicaba.

Gwyn extrajo con su mano izquierda su hacha de combate. Arma arrojadiza,


en aquella situación se podía usar de otra forma. Apoyándola contra el filo de la
espada, le permitía a esta parar. Usándola de esta forma, logró detener la
segunda embestida. El acero resonó con fuerza. Esa jugada tenía una ventaja
añadida. El golpe era tan brutal que podía dislocar el brazo de la rival.

Morwyll, en efecto, se resintió, retirándose al tiempo que se masajeaba el


codo derecho. Pero de inmediato sonrió, una sonrisa llena de brillantes y
apretados dientes. Hubo un instante de pausa tensa, mientras se evaluaban la una
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

a la otra. De repente, con un gesto demasiado rápido para ser visto, su rival le
lanzó su propia hacha.

Era un truco arriesgado, pero efectivo. Aparentando más sangre fría de la


que sentía, Gwyn se mantuvo a pie firme. Paró la volteante hacha son su espada
ante ella. El hacha salió rebotada hacia un lado, fuera del alcance de cualquiera
de las dos.

No era ese el único truco de Morwyll. Antes incluso de que el hacha llegase
al suelo, ya había levantado su espada y acometía con ella en alto por tercera vez.
Tomada por sorpresa, Gwyn apenas logró alzar su espada para defenderse. Sin el
apoyo del hacha, sólo pudo desviar de refilón. Sintió que el filo la rozaba en el
hombro derecho.

Al principio sólo sintió un frío extremo. Oyó un gemido, y supo que había
salido de las gargantas de sus guerreras. Se apartó, notando que el helor iba 43
siendo sustituido por una líquida y dolorosa calidez. El brazo se le iba a quedar
pronto inutilizado. Ya lo sentía cada vez más pesado.

Su jugada de respuesta no logró, en consecuencia, el efecto sorpresa. Lanzó


su hacha con la izquierda, pero esto era previsible, y Morwyll lo esquivó
agachándose. Se cambió entonces Gwyn la espada de mano. Jadeando ambas,
caminaron en círculos la una en torno a la otra.

—Tus guerreras están un poco flacuchas, pero me vendrán bien. —dijo


Morwyll, sonriendo.

—Las tuyas, en cambio, parecen unas viejecitas. ¿No deberían estar


hilando?

Las dos estaban demasiado doloridas como para continuar con esa esgrima
verbal, y en consecuencia las pullas no continuaron. A las dos se les iba acabando
el aliento y hasta el ingenio. Gwyn se acercó a su rival de forma indirecta,
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

arrastrando la espada por el suelo tras ella. Tenía que jugársela; se le empezaba a
nublar la vista. Viéndola desprotegida, Morwyll la lanzó un tajo lateral, con ambas
manos, con intención de partirla en dos. Gwyn se agachó, echándose a tierra. Al
mismo tiempo, lanzó un tajo también lateral, a ras de suelo. Alcanzó el tobillo de
su rival, haciéndola caer de espaldas. Con decisión, Gwyn se puso de nuevo en
pie. Como un rayo, con su último aliento, alzó la espada con el pomo hacia arriba.
Con las dos manos y toda su fuerza, lo lanzó hacia abajo.

Se hundió en medio del pecho de Morwyll. El crujido se confundió con su


agonía, y al instante siguiente sus ojos estaban vidriosos. Su sonrisa desapareció
y murió.

—Muy bien. —se dirigió a las sorprendidas guerreras rivales—. ¡Ahora sois
honorables hijas del clan Glewfyng!

Sintió que se le iba la cabeza, pero pronto fue sujetada por sus compañeras. 44
La abrazaron, felices y sonrientes. La hicieron sentarse sobre el suelo, de forma
que no llegó a perder el conocimiento. Reuniendo todo su aplomo, dio
instrucciones referentes a las nuevas guerreras, que las acompañarían hasta
Athiria. Al mismo tiempo, hizo que le cosieran la herida. Su indiferencia –contuvo
cualquier gesto de dolor mientras hacía que le cosieran la herida– le ganó el
respeto de aquellas veteranas, como pudo ver en su expresión.

x
Tal y como había previsto, se acercaron a los muros de Athiria antes de la
medianoche tras una corta marcha. Su herida había cicatrizado bien; era algo
habitual en ella, y que acreditaban otras cicatrices por su cuerpo. Ante ella, en la
oscuridad, la ciudad era un muro negro, alto e imponente. La muralla, entrevista a
la pálida luz de las Amantes Desdichadas, se veía llena de almenas, torres y
puertas. Se trataba de una ciudad grande y cosmopolita, incluso para lo habitual
en la Llanura. Siempre estaba llena de forasteras de paso, mercenarias como
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ellas, comerciantes, comediantes y todo tipo de gente que le daba una vida
singular. Para las sobrias guerreras de las Tierras Altas, una ciudad como Athiria
era a la vez antro de perversión y excitante mundo lleno de todo tipo de placeres.
Aquello ya se veía en las miradas de anticipación las guerreras, que brillaban
como las dos lunas. Ninguna de ellas había estado jamás allí. Sólo Gwyn había
estado antes en alguna ciudad de la Llanura, aunque no en aquella. Siguiendo las
instrucciones del plano que Rya le entregara, se habían acercado a la ciudad
desde el lado opuesto al que habrían llegado de haber tomado una ruta directa.
Rya incluso había señalado la puerta por la que deberían entrar.

La puerta, al ser ya de noche, estaba cerrada. Confiando en el sentido


común de su capitana, Gwyn golpeó esta puerta sin dudarlo.

—¡Abran! ¡Somos viajeras rezagadas!

De inmediato, la enorme puerta de madera y bronce crujió y se entreabrió. 45


Una mujer con armadura y casco dorados se asomó.

—Adelante, pasen. —susurró, ni muy alto ni muy bajo.

En cuanto se deslizó por la rendija, Gwyn pudo ver a Rya justo tras la
guardiana.

—Muy bien, Gwyn. ¿Sin novedad? —le preguntó la capitana.

—Bueno... no exactamente. —repuso ella.

Entonces la capitana vio a las guerreras de Lewellyn, que entraron tras las
demás.

—¿Qué es esto? —preguntó, sorprendida.

—Bien... Tuvimos un pequeño incidente por el camino. —Gwyn pasó a


relatarle un escueto resumen de lo sucedido.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿Estás loca? ¡Has podido hacer fracasar toda la misión! —le respondió
Rya en cuanto hubo terminado.

—No tenía otra opción, Rya. Si las hubiera dejado partir, se habría sabido
todo. Peor aún, si hubiéramos combatido grupo contra grupo, incluso venciéndolas
alguna podría haber escapado. Ahora están aquí, no les he quitado ojo, y nadie se
tiene que enterar de nada.

—Mmm... Demonios, Gwyn. ¿Y si te hubiera matado?

—Era un riesgo que debía correr. —respondió, encogiéndose de hombros—.


Además, si me hubiera vencido, se habría llevado a las chicas a su clan a toda
prisa. Habría estado mucho más interesada en mostrar su botín que en hacer
circular rumores por la Llanura. Al menos por un tiempo, el asunto habría pasado
desapercibido. Y tú todavía conservarías al menos a la mitad de la expedición.
Creía que esa era la razón para venir en dos grupos. 46
—Uhmm... Bueno. Dejémoslo así. Pero no pueden quedarse aquí, ni
acompañarnos. Las enviaré de vuelta con Saidlyn.

El duelo suponía un juramento de fidelidad. Las podían enviar de vuelta


escoltadas por una sola guerrera, sin miedo a que escaparan. De hecho, si como
era probable estaban casadas, lo más normal sería que fueran intercambiadas, o
rescatadas a cambio de dinero. Antes de un año estarían de vuelta en su clan
natal. Rya arregló el asunto en un momento, dando a la decepcionada Saidlyn
instrucciones precisas. Saidlyn era la más joven de la expedición, una niña
apenas, y se resistió a las órdenes tanto como pudo. Después de tener la ciudad
ante sus ojos, se la perdería, así como toda la acción que viniera después, según
argumentó. A su edad, quería entrar por fin en combate, como todas, y como
Gwyn sabía bien. Pero Rya se mostró inflexible, y bajo su renuente dirección,
pronto las de Lewellyn hubieron marchado de nuevo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿Y cómo os ha ido a vosotras? —preguntó Gwyn entonces—. Mejor,


espero.

—Bien. Nosotras llegamos anoche, según lo previsto. Hey, vosotras, —se


dirigió al resto de las guerreras, que esperaban expectantes tras ella— llevad el
ambulacro a aquellos establos. Luego volved todas en silencio.

En los establos cubrirían y regarían al ambulacro, dejándolo listo para una


nueva marcha. La orden se cumplió con rapidez y eficacia, aunque algunas
guerreras no perdían detalle de la ciudad en la que se hallaban. Miraban a un lado
y otro, asombradas ante las enormes dimensiones de todo. Aquella zona se veía
vacía y oscura; sin embargo, un cierto resplandor y un murmullo animado sugería
que no toda la ciudad dormía.

—Muy bien, chicas. A partir de ahora ya no hace falta tanta discreción. —les
dijo Rya, en cuanto tuvo a las guerreras en corrillo a su alrededor—. No partiremos 47
hasta dentro de unos días. Entretanto, podéis conocer un poco la ciudad.

La noticia tuvo un magnífico efecto sobre la tropa. Algunas sonreían, otras se


daban codazos, animadas, y en definitiva parecían muy alegres y excitadas ante la
posibilidad de conocer la ciudad y sus legendarios encantos.

—De hecho, —prosiguió la capitana, poniéndose algo seria como para


compensar aquellas risitas— preferiría que os dispersarais un poco. No forméis
grupos grandes, no llaméis la atención y no habléis con nadie de nuestra misión. Y
por favor, nada de peleas, ¿vale? Por lo demás, divertíos. —En ese punto agitó
una tintineante bolsa—. Por cortesía de la reina, aquí tenéis cinco soles para cada
una, para vuestros gastos.

Fue repartiendo las monedas entre la fila que se formó ante ella. Mientras lo
hacía, iba dando las últimas instrucciones.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Nos veremos aquí, a esta misma hora, dentro de tres días. Las de las
Tierras Altas somos una rareza por aquí; eso os dará muchas posibilidades de
pasarlo bien. Pero si os proponen matrimonio, rechazadlo firme pero
educadamente. Este no es lugar para nosotras. Y por favor, recordad: no
mencionéis a nadie vuestro clan natal. Es muy importante. Por último, sólo tres
advertencias a las que nunca habéis estado en una ciudad de la Llanura: no
entréis en locales marcados con el símbolo de una flecha, no os emborrachéis
hasta caer inconscientes en la vía pública y no abracéis a las bailarinas mientras
están sobre la tarima. En definitiva, no os metáis en líos y pasadlo bien.

Tras el pequeño discurso, la tropa se dispersó como llevada por el viento, en


moderados grupos de dos o tres. Como ella ya esperaba, Gwyn fue llamada a un
lado por Rya.

—Ven, vamos. Tenemos que hablar. —le dijo. Emprendieron la marcha,


mientras la capitana le pasaba un brazo por los hombros. 48
La condujo, callejeando, hasta una pequeña taberna. Era un local situado en
un semisótano, de techo bajo e iluminación pobre. Las dos, pese a que Rya era
algo más baja, tuvieron que agacharse para pasar bajo el dintel de la puerta. Al
fondo había varios reservados. Se acercaron a uno de ellos y se sentaron. Rya,
con un gesto, ordenó dos jarras de vino. En los reservados contiguos se podían
ver algunas parejas, en diversas fases de encariñamiento. En cuanto la camarera
hubo depositado las dos jarras ante ellas y se hubo marchado, Gwyn esbozó una
media sonrisa sardónica y alzó una ceja.

—No me habría esperado esto de ti, Rya... A tus años, y metiéndome en


encerronas —le dijo, en tono ligero.

—No seas idiota, Gwyn. —repuso la otra, seria. Había apoyado ambos codos
sobre la mesa al tiempo que empezaba a beber—. Tenemos que hablar en
privado.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Ya me lo suponía. —Gwyn torció el gesto y abandonó el tono de broma—.


¿Fue todo bien?

—Sí, todo muy bien. Lo serio no empezará hasta dentro de unos días.

—¿Y qué es lo serio? ¿Me lo contarás al fin?

—Sí, bueno. A ti sí, pero antes... —dio un buen sorbo a su jarra, que se vació
en un instante, como por arte de magia. A un gesto suyo, otra fue depositada ante
ella casi tan velozmente—. Son bonitas las chicas de por aquí... —comentó acto
seguido, contemplando el trasero de la camarera, que se alejaba
contoneándose—. Un poco demasiado fofas y tetonas para mi gusto, pero...

—Rya. La misión.

—Oh sí. Bueno... —dio un nuevo sorbo tremendo—. Hay una razón para que
no vistamos los colores de nuestro clan. Y es que lo que debemos hacer por 49
cuenta de la reina no la debe implicar a ella. Por eso no puede utilizar a sus
propias guerreras. Aparte que son todas demasiado bajitas y flojuchas, claro.

Su mirada se desvió ahora hacia las mesas contiguas, las de la zona común,
ocupadas todas por rubias mujeres locales. Prosiguió.

—Buenas para lucir con todos esos oropeles en la guardia de la reina, sí, y
buenas para la cama, sin duda, pero...

—Rya. Céntrate, por favor. Ya iremos de cacería luego, si quieres. —la


capitana parecía sorprendentemente dispersa. Ella siempre había sido seria y
solemne, más de lo habitual incluso. Su posición como hermana de madre de la
Tawanna le otorgaba una posición de la que siempre había sido consciente.
Ahora, sin embargo...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Oh no, yo no... Desde que murió Elsa, yo no... —Elsa había sido su mujer.
Había muerto hacía dos años en una expedición de saqueo. Había tenido dos
hijas junto a ella, ambas ya casadas. Rya, siempre ocupada con sus obligaciones
militares, no había llegado a tener hijas propias antes de quedar viuda.

—¿No? Oh bueno, así se comprende que no puedas centrarte...

—No seas idiota, Gwyn. No es eso. Es que... ¿No te llama la atención que
ninguna de las que formamos la expedición esté casada ni tenga hijos que
dependan de ella?

—Bueno, es lo normal, si han venido sólo las que están en período de


instrucción.

—Sí, ya, ¿y por qué sólo una oficial, viuda y sin hijas además?

—Bueno... 50
—Piensa, Gwyn. Nadie que dependa de nosotras, nadie que quede
desamparada si nosotras...

La comprensión fue aflorando a la mente y rostro de Gwyn. Rya dio otro


largo sorbo a su jarra, que fue reemplazada otra vez, antes de proseguir.

—Eso es. No es una misión suicida, pero casi. Lo previsible es que ninguna
de nosotras vuelva a ver las montañas y valles de...

—Pero... —interrumpió Gwyn, sin saber qué decir.

—Era mejor que las demás no lo supieran. La deuda que contrajimos tiene
que ser saldada. Además, de todas formas hubieran querido venir. Ya sabes como
son. Así estarán más felices entretanto, si no conocen más que los mínimos
detalles.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿Y tú? ¿Te designaron por...?

—Claro que no. Me ofrecí voluntaria. Debía ir una oficial. Todas nos
ofrecimos voluntarias, pero yo era la única que no dejaría una cama solitaria ni
una cuna llena. Querían realizar un sorteo, pero insistí y no pudieron rebatir mis
argumentos.

—Pero, ¿qué tiene de imposible la misión? ¿En qué consiste?

—Bueno... —Rya se acodó sobre la mesa, inclinándose sobre su jarra, ya


casi vacía de nuevo—. Es una misión ridícula. ¿Sabes algo de la política de
Athiria? ¿La reciente?

—Sé que el reino de Deiria está expandiéndose. Pero creo que Athiria sigue
siendo mucho más poderoso.

—Exacto. Y entonces, ¿por qué Athiria no hace nada para detener la 51


expansión de Deiria?

—Pues...

—Pues porque no puede. Resulta —en este punto Rya bajó la voz y se
acercó a Gwyn— que la princesa heredera, la única hija propia de la reina de
Athiria, es prisionera de la reina de Deiria.

—Oh. Comprendo.

—Esto no es del dominio público. Es otra de las razones para no contarles a


las chicas los detalles de la misión. La cuestión es que la princesa es rehén y
garantía de la neutralidad de Athiria. Así, la reina de Deiria podrá ir conquistando
pequeños reinos y expandiéndose sin que Athiria pueda hacer nada. Se irá
fortaleciendo, hasta que sea más poderosa que Athiria.

—Entonces, nuestra misión...


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Exacto... —Rya se inclinó más todavía hacia ella. Parecía algo borracha
ya, lo que no era de extrañar después de lo que había trasegado—. Nuestra
misión es casi imposible. Rescatar a la princesita de las narices y traérsela a su
desconsolada mamaíta. Tendremos que internarnos en pleno reino de Deiria y
colarnos en sus más profundos calabozos. Lo tenemos crudo... pero no podemos
negarnos. Ni podemos regresar fracasadas. Éxito o muerte. Sólo uno de esos dos
desenlaces dejará pagada nuestra deuda con estas rubias decadentes.

—¿Y por qué no se debe conocer cuál es nuestro clan?

—Oh bueno. Ya te dije que la princesa es rehén del comportamiento de la


reina. Estas estúpidas hipercivilizadas hasta tienen unas reglas establecidas para
las rehenes. El intento de rescate por la fuerza implica un correctivo para la rehén.
Nada serio, pero la reina no quiere que las delicadas espaldas de su hijita prueben
el látigo. No es que a mí me importe, pero si eso ocurriera por nuestra
indiscreción, tampoco quedaría nuestro clan muy lucido. Por tanto, como todo el 52
mundo sabe que el clan Glewfyng está en deuda con el reino de Athiria, si nos
pillaran tratando de rescatar a la princesa, la implicación de Athiria quedaría
probada. Y la princesita vería perturbado su alegre cautiverio... no queremos que
eso ocurra, oh no...

Definitivamente, Rya estaba borracha. De todas formas, ya era muy pasada


la medianoche. Gwyn miró a su alrededor, y sin que esta se resistiera, arrastró a
su comandante fuera del local.

Al menos estaba lo bastante sobria como para indicarle dónde se alojaba.


Pero poco más. Medio ayudándola, medio acarreándola, logró al fin dar con la
pensión. Saludó con un gesto a la recepcionista, que no pareció ni mucho menos
sorprendida por la situación.

Tras un corto tramo de escaleras, logró al fin llevarla hasta la cama. Ahí se
reanimó algo, y cooperó algo en la tarea de desnudarla. Parecía muy triste,
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

acurrucada en la cama, sola a la media luz y el murmullo del bullicio que entraba
por la ventana. Gwyn suspiró y empezó a desnudarse también. Un poco de
compañía no le vendría mal... a ninguna de las dos.

En cuanto se deslizó entre las sábanas, se arrimó a ella, sólo para


comprobar que estaba dormida como un tronco. La expresión de Gwyn habría
resultado cómica si alguien la hubiera podido apreciar. Se encogió de hombros y
se acurrucó contra Rya, rodeándola con sus brazos. La verdad era que estaba
tanto o más exhausta que ella. Al poco estaba también dormida.

x
Como siempre que había audiencia real, Taia hubo de pasar revista a la
Guardia de Palacio, formada ante las puertas de la sala del trono. Casi por vez
primera, se fijó en los rostros de las guerreras. Tan serias y firmes. Le habría 53
gustado ser una de ellas. Podría sustraerse a todo aquel ceremonial y ser ella
misma. Conocería nuevos territorios, nuevos paisajes y nuevas gentes. No en las
aburridas lecciones de Gartión, sino por sí misma. Dejaría las responsabilidades
sobre otros hombros y se limitaría a cumplir órdenes. Una vida aventurera, y sin
presiones como las que sufría. Podría hacer lo que quisiera. Tal vez estaría a las
órdenes de Terinia y sabría cómo era en realidad, al margen del formal respeto
con que la trataba siempre. Seguro que con sus guerreras era mucho más
espontánea. Además, se decía que las guerreras, en sus cuarteles, solían... No
importaba. Borró esos pensamientos de su cabeza, compuso una expresión seria
y traspuso las puertas de la sala del trono.

Se trataba de una magnífica sala abovedada, con galerías laterales. La


decoración en mosaicos y dorados realzaba el sencillo trono, dispuesto al fondo
sobre un estrado. La reina se encontraba sobre él. Su rostro se mostraba sereno,
como siempre. Vestía a la vez con sencillez y elegancia, y de alguna forma
lograba que su aspecto congeniase con los azules, rojos y dorados de la
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

decoración, como si ella misma formase parte de los mosaicos de la sala. Siempre
había sido así; de alguna forma conseguía trasmitir serenidad y majestad. Parecía
hecha para el cargo. Con el tiempo, la edad le había otorgado aún más realeza. La
banda de lino blanco que llevaba en torno a la frente parecía inseparable de su
persona.

Taia se acercó al grupo que esperaba respetuosamente al pie del estrado.


Mujeres jóvenes y viejas, todas formando parte del consejo, se agrupaban delante
de la mesa dispuesta en el centro de la sala. Un par de hombres estaban situados
discretamente a un lado. Después de los saludos de rigor, la guardia cerró las
puertas, quedando fuera. El consejo había comenzado. Como consecuencia, se
produjo una inmediata relajación en la formalidad. La reina se puso en pie y bajó
lentamente del estrado. Las consejeras tomaron asiento a ambos lados de la larga
mesa; la reina se situó a la cabeza. Los dos hombres, entre los que se encontraba
Gartión, naturalmente no tomaban parte formal en el consejo, y se mantenían de
pie, tras las consejeras. Estaban allí como asesores, y sólo tomarían la palabra si
54
se les consultaba.

Taia echó un vistazo a las consejeras alrededor de la mesa. El grupo se


podía dividir en dos mitades. Por un lado, las jóvenes, casi todas guerreras.
Terinia estaba allí, como jefa de la guardia. También otras oficiales, de aspecto tan
saludable como ella. Por otra parte, estaban las consejeras de la generación de su
madre. Eran mujeres algo mayores, de aspecto sensato y reposado, con la
sabiduría y la prudencia emanando de sus contenidos gestos. También, justo
frente a ella, estaban sus dos hermanas de matrimonio, ambas más jóvenes.
Olaia, la mayor, tenía dieciséis años, y parecía alerta y despierta. Era una
jovencita seria y formal, a la que Taia había tratado menos de lo que debería en
una hermana. Tisque, la más joven, mostraba a las claras su impaciencia por
encontrarse en aquel aburrido lugar, lleno de gente vieja y seria. Taia sonrió,
recordando esa misma actitud en sí misma, y no sólo a los trece años, sino casi
hasta ayer. Sus dos hermanas parecían dividir su atención entre la reina y su
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

propia madre, la esposa de la reina, que como de costumbre se sentaba al otro


extremo de la mesa, frente a su consorte. Al fin, la atención de todas fue
reclamada por la reina, que inició la discusión.

—Creo que ya conocemos todas la situación. La caída de Filiria es una


noticia tan sorprendente como preocupante. Cuando Deiria comenzó su programa
de expansión, escuchamos aquí algunos consejos, que seguimos, y que a la luz
de los recientes acontecimientos parecen ahora desacertados.

Madre se refería a la guerra de Deiria contra Quirinia. Este último reino se


encontraba entre Deiria y Athiria, y había sido desde siempre enemigo suyo. Era
casi tan poderoso como Athiria, de modo que muchas de las consejeras habían
visto con regocijo sus dificultades. Ahora, sin embargo, veían su error. Habían
dejado crecer a Deiria, un reino insignificante hasta entonces. Además, ahora
tenían frontera directa en común. Esto no tenía por qué ser malo, salvo que Deiria
parecía haberse embarcado en un programa de expansión, a costa ahora de sus 55
aliados.

La acusación de la reina hizo mella en varias de las consejeras aludidas;


unas se mostraron cabizbajas, otras ofendidas. Taia se fijó en Terinia. Esta
sonreía de forma levísima, casi imperceptible. Ella había aconsejado, por el
contrario, ayudar a Quirinia como método tanto de defensa como de reconciliación
con las viejas enemigas. Ahora se veía lo acertado de su consejo. Como
consecuencia, la reina se dirigió a ella, lo que pareció sobresaltarla un poco; la
verdad era que en los consejos no solía tener mucha relevancia, joven como era.

—Algunos consejos son mejores que otros, aunque no sean mayoritarios,


ahora lo veo. —estaba diciendo la reina mientras miraba de reojo a la joven
guerrera—. Pero lo importante ahora es acertar en nuestro próximo movimiento.
En ese sentido, parece que debemos pararles los pies a nuestros enemigos.
Terinia, ¿cuáles son nuestras fuerzas? ¿Qué podemos hacer?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La aludida se puso en pie, como correspondía al ser interpelada por la reina.


Parecía apurada. Taia se sorprendió. No podía imaginar que Terinia se pusiera
nerviosa por tener todas las miradas centradas en ella. Era siempre tan firme, tan
segura de sí misma... Al fin miró a un lado y a otro y se aclaró la voz.

—Nuestra fuerza ha sido siempre la de nuestras alianzas, majestad. En este


sentido, la pérdida de Filiria ha sido un duro golpe. Sin embargo, el peligro nos
permitirá reclutar aliadas. El problema es que esto no es ni sencillo ni rápido.
Hasta dentro de un mes, por lo menos, no tendremos listo un ejército capaz de
enfrentar al que Deiria ya tiene en campaña.

—¿Pero podremos hacerle frente? En definitiva, ¿aconsejas la guerra?

—Majestad, yo... Sí. El programa de Deiria parece claro: ir conquistando a


nuestras aliadas y a nuestras enemigas, una a una, hasta que quedemos a su
merced. Debemos adelantarnos a esta amenaza. 56
—Muy bien. Gracias por tu informe y consejo.

Terinia se sentó de nuevo, mirando modestamente hacia abajo. Parecía


apabullada. Taia sonrió, sintiéndose orgullosa de ella, no sabía bien por qué.

—Bien. Sin embargo, hay algo que se me escapa. —estaba diciendo la reina,
con aire reflexivo—. Si los planes de Deiria son tan transparentes, ¿cómo esperan
salirse con la suya? Si lo he entendido bien, todavía podemos aplastarlas, ¿no es
así?

La pregunta parecía dirigida al aire, a nadie en concreto. Casi todas las


consejeras, jóvenes y viejas, asintieron. Desde luego, aquello no pareció disipar
las dudas de la reina, que prosiguió reflexionando en voz alta.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Por tanto, necesitan que nosotras, como cabeza de nuestra coalición, nos
mantengamos inactivas mientras hacen caer a nuestras aliadas una por una. No
entiendo cómo pretenden conseguir esto. ¿Gartión?

El aludido salió de las sombras bajo la galería lateral para situarse


respetuosamente de pie tras la reina, como le correspondía.

—¿Sí, majestad? —preguntó, tan solícito y serio como siempre.

—¿Podemos confiar en nuestras aliadas? —le preguntó la reina, sin


volverse—. ¿Hay algo que nos haga pensar que Deiria ha llevado adelante alguna
ofensiva diplomática en paralelo a su ofensiva guerrera?

—Majestad, no hasta donde yo conozco. Nuestras alianzas son tan firmes


como siempre. Desde luego, ha habido problemas entre algunas de ellas, pero en
conjunto nos son tan fieles como siempre lo han sido. El único problema son sus
disensiones. Sólo se pondrán en marcha si nuestro reino las encabeza.
57
La reina hizo un gesto displicente con la mano, y Gartión, inclinándose de
nuevo, regresó a las sombras de las que había salido.

—En definitiva, es extraño. No puedo dejar de pensar que hay algo que se
nos escapa en todo esto. No puede ser tan sencillo.

A partir de entonces, la sesión fue decayendo. Nadie tenía ninguna idea que
aclarase las dudas de la reina. Con todo, se resolvió por amplio consenso que el
reino debía prepararse para la guerra. Al fin, las consejeras se pusieron en pie y,
tras saludar a la reina, se fueron retirando. Taia se disponía a hacer lo mismo,
cuando escuchó la voz de su madre.

—Mis tres hijas, por favor, desearía que se quedasen todavía unos instantes.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Las tres se miraron. Aquello no era demasiado extraño, y menos dadas las
circunstancias. Mientras la espléndida sala se vaciaba, todas mantuvieron un
tenso silencio.

—Hijas mías, —empezó la reina en la sala cavernosamente vacía— espero


que estéis las tres a la altura de lo que nos espera. Cada una de vosotras tendrá
una responsabilidad en los acontecimientos que, por desgracia, están por venir.
Tú, hija mía, —y aquí se dirigió a Taia— conducirás mis ejércitos en mi nombre.

—Madre... —quiso interrumpir ella, pero una mano alzada la detuvo.

—Luego. Olaia, tú estarás a su lado. Aún eres muy joven, pero quiero que
aprendas tanto como puedas de todo lo que veas. Aunque no seas hija de mi
seno, te considero una hija del alma y espero y deseo que estés también a la
altura. Obedece en todo a tu hermana y sé valiente y fiel. Y Tisque, —se dirigió a
la más joven— tú permanecerás a nuestro lado. Eso no quiere decir que seas 58
menos importante. Estarás como... como reserva, por si algo... si algo saliera mal.

La madre de ambas, que hasta entonces se había mantenido en silencio y a


distancia, las miró con severidad. Tisque pareció a punto de refunfuñar. Era a
veces muy infantil, malcriada incluso, lo que no era de extrañar en la hermana más
joven. Con todo, se limitó a cruzarse de brazos y a fruncir el ceño.

—Está bien. —dijo al fin.

—Madre, estoy dispuesta. No tendrás queja. —dijo Olaia entonces. Se la


veía contenta, aunque al principio parecía que iba a protestar por la misión pasiva
que le había reservado. Olaia siempre había tenido ambiciones, mucho más que
Taia misma. No era habitual que las hijas del matrimonio de la reina heredasen,
aunque se había dado el caso. Taia no sabía cómo interpretar la actitud de su
hermana. A veces la preocupaba su actitud aparentemente arribista. Otras veces,
en cambio, deseaba que todas sus cargas y responsabilidades cayeran sobre sus
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

hombros. En el mejor de los casos, ella se lo habría buscado. Eran ocasiones


como esta, en la que Taia sentía que no iba a estar a la altura. En definitiva,
cuando pensaba que lo que le había caído encima la superaba.

—Muy bien. ¿Y tú, hija mía? —se dirigió por fin la reina a ella.

—Madre, yo... No sé si lo podré hacer...

—Lo harás. Todas hemos sentido dudas alguna vez. —En este punto, Olaia
resopló, y Taia le echó una mirada de reojo—. Tienes que cumplir con tus
deberes... con todos tus deberes.

La reina intercambió una mirada de comprensión mutua con su esposa. Las


dos solían comunicarse de esa forma, fruto de una larga convivencia que hacía
superfluo el hablar. Su atención se dirigió entonces a su hija, a la que contempló
con severidad. Aquí estaba de nuevo, el asunto del matrimonio de estado.
59
—Mamá, yo... eso no, por favor.

—Hija, tienes que decidirte. Tienes que casarte con una princesa real,
alguien que aporte a nuestro reino ayuda, más ahora que la necesitamos.

—No creo que...

—Ya basta. —Alzó de nuevo una mano, parando en seco sus protestas—.
Un día serás reina, y el privilegio conlleva responsabilidades. Cuando vuelvas de
la guerra trataremos este asunto de nuevo. Sin embargo, todavía hay algo más.

La mirada de su madre se hizo acerada, más que antes. Taia sintió que esa
mirada traspasaba todos sus secretos. En efecto, la reina prosiguió.

—Sé muy bien lo que te traes con esa, esa... Esa trepa de Arijana. Lo sé
todo, cuándo os veis, dónde, todo. Eso sí que tiene que acabar.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¡Madre! —Taia se sentía al borde de las lágrimas. Sentía una horrible


vergüenza, aumentada por el hecho de tener a sus hermanas presentes—. ¡Ya
basta! ¡Yo la quiero!

—Hija, hija... —la reina sacudió la cabeza a un lado y a otro, mientras sus
dos hermanas la contemplaban con sendas sonrisitas—. Ella no te quiere a ti. Ya
te he dicho que lo sé todo de ella. Está contigo porque le conviene. Sé que es duro
de admitir, pero es así. Es lo que pasa cuando tienes algo que otras quieren. Sé
de buena tinta que su familia pasa por dificultades financieras. Temo que intente
sacarte dinero, favores o algo así.

—¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Taia, sin importarle ni su condición


real ni el regocijo de sus hermanas—. ¿Qué sabrás tú?

—Más de lo que crees, hija. Más de lo que crees. Por favor, dejemos lo del
matrimonio a un lado ahora, ¿de acuerdo? Será cuando tú quieras. Te prometo 60
además que no interferiré; no voy a meterme por medio entre esta chica y tú. Pero
prométeme que no volverás a verla. Hija, temo por ti...

—¡No voy a prometerte nada! —chilló, las lágrimas fluyendo de decepción y


humillación—. ¡¡Haré lo que me dé la gana!!

Dicho esto, y ante la mirada pasmada y triste de su madre, dio media vuelta y
salió en tromba del salón. Las pesadas puertas resonaron por todo el palacio a
sus espaldas.

x
"Necesito verte. Es muy urgente, de verdad. Por favor, ven esta misma
noche a la dirección escrita al dorso. Te aseguro que no te lo pediría si no fuera
muy importante. Ven lo más discretamente posible. De hecho, lo mejor sería que
vinieras sola y de incógnito. No puedo contarte más aquí; no sé en qué manos
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

podría caer esta carta. No me contestes. Te esperaré toda la noche si es


necesario.
"Besos. Te quiero,
"Ari."

La carta le quemaba en las manos. Era la noche anterior a su partida al


frente del ejército. La verdad era que, pese a que no le había prometido nada a su
madre, no había visto a Ari desde la discusión que mantuvieron. Y no porque no la
echara de menos. La añoraba, y mucho. Pero sus múltiples ocupaciones, la
enorme masa de responsabilidades que le había caído encima desde entonces la
había mantenido apartada de ella. Y ahora esto. Revolvió la carta, miró la
dirección, la volvió de nuevo. ¿Querría despedirse? ¿Hasta su vuelta? ¿O para
siempre? ¿O tal vez su madre había interferido, pese a sus promesas? Tal vez la
había intimidado, u obligado de alguna forma. ¿Le habría ofrecido dinero a cambio
de que no la volviera a ver? Eran demasiadas incógnitas. Lo peor era que Ari 61
sabía bien que lo que pedía le iba a resultar muy difícil, tal vez imposible. Y eso
mismo hacía que la carta pareciera aún más preocupante. Ari nunca le habría
pedido algo así en una situación normal.
Taia miró a un lado y otro, indecisa. Jamás podría escapar de palacio sin que
nadie se enterara, al menos no con tan poco tiempo para prepararlo. Era
indudable que, si quería ver a Ari, debería arriesgarse. Y desde luego que quería
verla. Tras unos instantes de duda y vacilación, se vistió de la forma más discreta
posible y salió de sus habitaciones.

Dos guerreras de la guardia flanqueaban la puerta en el pasillo.

—Querría ver a Terinia. Ahora mismo, si es posible. —les dijo. Ellas se


miraron entre sí, y como de común acuerdo una asintió y marchó por el pasillo sin
decir palabra.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Esperaré dentro. Que no pierda tiempo anunciándose. —le dijo a la otra en


cuanto la primera desapareció por tras una esquina.

Pasó lo que le pareció un largo rato. El tiempo lo medían sus frenéticos


paseos de un lado a otro de la habitación, pues se sentía incapaz de serenarse.
Repasó mentalmente lo que le diría a la jefa de la guardia de palacio, incapaz de
dar con algo mejor. Pese a su ansiedad, o por ella, los dos golpecitos en la puerta
la sobresaltaron.

—¡Adelante! —graznó, olvidando de aclararse su agarrotada garganta.

Pese a sus instrucciones, era Terinia, incapaz por lo visto de entrar sin avisar
en los aposentos de una princesa. Su mirada era inquieta y suspicaz. No hizo
pregunta ni presentación alguna; tendría que ser su interlocutora quien se
explicase.

—Terinia... Me alegro de verte. Siento haberte llamado con tanta prisa, pero
62
no sabía a quién acudir. Yo... Sabes quién es Arijana, ¿verdad?

Terinia la había acompañado a muchas de sus citas con ella, pero no se


habían encontrado jamás. Ella lo había preferido así, con la vana intención de
mantener aquella relación en secreto. Sin embargo, sabía que Terinia no era
estúpida. En absoluto. De hecho, era posible que la fuente de información de su
madre fuera ella. En tal caso, todo sería aún más difícil.

—Sí, alteza. Lo sé. —repuso tan solo, asintiendo con la cabeza.

—Sí, bien. Yo... Bien, yo la quiero. Mi madre no aprueba lo nuestro, lo sé y


seguramente tú también lo sabes. Jamás te pediría algo así. Pero necesito verla.
Esta noche, al menos, antes de que partamos a la guerra.

Terinia parpadeó. La miró con una ternura desconocida en ella, siempre tan
fría y distante. Incluso por un instante temió que la fuera a abrazar y consolar.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Justo entonces comprendió Taia lo que pasaba por la cabeza de la guerrera, y


empezó a ponerse más y más colorada. Ella no había leído la carta y creía que
quería verla para... para... antes de ir a la guerra, y por si no volvía...

—Yo... no... —balbuceó, sin saber cómo contradecirla. Pero de repente se


dio cuenta que, así, tal vez consiguiera que la ayudara. Bajó los ojos, todavía algo
avergonzada, y terminó, odiándose un poco—: Yo... necesito verla, Terinia. Por
si... por si fuera la última vez...

—Está bien, princesa, no necesitáis dar explicaciones. —respondió ella, tal


vez algo apurada. Miró a un lado y otro, como valorando las posibles vías de
escape—. Os ayudaré. Pero no puedo permitir que vayáis sola. Dejadme que os
acompañe con la guardia.

—Pero...

—Por favor, princesa. Al menos con un par de guerreras. —dijo, mirando por
63
encima de su hombro—. Son de mi total confianza, y os aseguro que serán
totalmente discretas.

—Necesito ir sola, de verdad.

—Alteza. Temo por vos. Si os pasara algo, no sé cómo me presentaría ante


vuestra madre. Nos limitaremos a escoltaros. Confiad en mí.

Al fin Taia dio su brazo a torcer. Difícilmente lograría otra cosa, que era más
de lo que podía razonablemente esperar. Terinia se asomó al pasillo y susurró
algunas órdenes. Se volvió y asintió.

—¿Estáis dispuesta? —le preguntó.

Ella asintió. Se acercó a ella y le dijo: —Terinia. Gracias. Muchas gracias, de


verdad.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—No tenéis por qué darlas, alteza. Vamos.

Se deslizaron por pasillos del palacio que ella apenas conocía, y acabaron
saliendo por una discreta puerta trasera que jamás había usado. Una vez en la
calle, Terinia la acompañaba a su lado, pasando a veces una protectora mano
sobre su hombro o brazo. Las otras dos las seguían en un discreto silencio, algo
más atrás. Se deslizaron por calles vacías y mal iluminadas, aunque aquello no
tenía nada que ver con la discreción. Al menos no con la que ellas buscasen.
Sencillamente, la dirección que le había dado Ari estaba en medio de una de las
zonas menos animadas de la ciudad. De hecho, la mayor parte de las casas de
aquel barrio se veían abandonadas. El silencio era opresivo, y la oscuridad, lejos
de parecer protectora, resultaba inquietante.

Al fin llegaron a la dirección. A la media luz de las lunas, Taia volvió a mirar el
dorso de la carta: sí, era allí. Parecía una casa abandonada. De hecho, se trataba
de una planta baja con una puerta medio arrancada y entreabierta, sin luz alguna 64
en su interior.

—Alteza... —se interpuso Terinia, preocupada.

—No. Pasaré yo. Pero estad atentas.

Las guerreras se hicieron a un lado, aunque siguiéndola de cerca. Taia


apartó la destrozada puerta, y se internó poco a poco en la oscuridad.

—¿Ari? ¿Estás ahí? —preguntó hacia lo que estaba oscuro como noche sin
lunas.

Por unos instantes sólo pudo percibir la presión del aire, como si la negrura
estuviera llena de sustancia. Por fin, en medio de la oscuridad surgió la redonda
cara de Ari. Sus ojos y boca estaban muy abiertos; se veía asustada o
sorprendida. Tras ella, surgiendo igualmente de la oscuridad aparecieron varias
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

figuras de negras cabelleras. Iban armadas hasta los dientes, y avanzaron hacia
ella.

De repente, se sintió empujada hacia atrás. Terinia, junto a las otras dos
guerreras de la guardia, se había interpuesto entre ella y las intrusas. Habían
desenvainado sus espadas.

—Atrás, princesa. —le susurró Terinia, protegiéndola con su cuerpo.

Pero eran sólo tres contra al menos seis. Todas las intrusas parecían más
altas y fuertes, y llevaban espadas largas. Sin mediar palabra, entrechocaron los
aceros. La pelea fue breve. Nuevas guerreras surgieron de las sombras, a
espaldas de las tres guardianas. Taia recibió un golpe en la cabeza, desde atrás, y
perdió el conocimiento. Mientras caía, pudo ver como sus tres guardianas eran
atravesadas y muertas.

Recuperó la consciencia poco a poco, con el corazón en un puño.


65
—¡Terinia! —exclamó. En cambio, se encontró con una cara desconocida.

—¿Ya estás consciente? Bien. Vámonos. —La mujer que dijo eso parecía la
jefa de las intrusas, pues lo último lo dijo volviéndose hacia las demás. Taia pensó
que era curioso que la menos alta de todas fuera la jefa. Cayó entonces en la
cuenta: se trataba del mismo grupo que había visto por la calle. Notó entonces que
tenía las muñecas atadas juntas con una cuerda muy apretada. La pusieron en pie
y tiraron de ella; se vio obligada a avanzar, trastabillando. Se resistió un poco, al
tiempo que miraba hacia atrás. Pudo ver dos cosas. Primero, los cuerpos
ensangrentados y definitivamente muertos de sus tres guardianas. Y además, vio
a Arijana. La miraba todavía con aquella expresión asombrada. Pero había más en
aquella mirada. Culpa, temor, tal vez solicitud de perdón. Una bolsa en su mano
evidenciaba que la había vendido.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Una vez fuera del recinto, la amordazaron. Transitaron por callejuelas


solitarias, dando muchas vueltas. Al fin se encontraron ante lo que reconoció como
una de las puertas de la ciudad. Allí, la jefa de las secuestradoras habló con
alguien y les fue abierta la puerta.

A lo largo de todo lo que quedaba de noche, la obligaron a caminar sin parar,


deseosas sin duda de poner tierra de por medio antes de que se descubriera el
secuestro. A Taia le costaba cada vez más caminar. Sentía que la sangre le
manaba de la herida que le habían producido en la cabeza. Además, la mordaza
le impedía respirar. La jefa se dio cuenta –ya estaba a punto de perder el
conocimiento– y se le acercó. Le sacó la mordaza, que quedó en torno a su cuello.

—Silencio, o te haré callar de un modo que no olvidarás. —le susurró—. De


todas formas, ya estamos lejos y nadie puede oírte. Caminarás hasta el alba.

—¿Quién eres? ¿Quiénes sois? —le preguntó. 66


Ella pareció sorprendida por la pregunta. Pareció reflexionar por unos
instantes. Decidió entonces que la pregunta era juiciosa.

—Soy Morwyll. Puedes llamarme con ese nombre.

—¿Qué queréis? ¿Por qué...? —su gesto hacia sus ataduras evidenció el
resto de la pregunta.

—Esto es un encargo. Ya te enterarás cuando lleguemos. Sin embargo, de


momento no hay problema en que sepas quién ha pagado por esto: la reina de
Deiria. El resto de tus preguntas se las podrás dirigir a ella.

En efecto, caminaron casi hasta el alba. Para cuando el cielo empezó a


clarear por oriente, a sus espaldas, llegaron a un bosquecillo. En su interior
esperaban otras dos guerreras, también morenas. Custodiaban un ambulacro,
tapado. A Taia le fue permitido echarse, y pese a todo lo pasado ya estaba
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

dormida cuando tocó el suelo de hojas muertas, de puro agotamiento. Tras lo que
le parecieron apenas unos minutos, fue sacudida y despertada. Tenía la boca
pastosa, y le dolía horriblemente la cabeza.

—¡Arriba, princesita! —oyó, al tiempo que sentía que la alzaban. Seguía con
las manos atadas.

Pese a que creía no haber dormido apenas, ya era pleno día. La compañía
de sus captoras formaba ahora alrededor de un pequeño ambulacro. La cuerda a
la que estaba atada fue amarrada a uno de los extremos del animal-planta. Así, en
cuanto a este le retiraron la lona, no le quedó más remedio que caminar tras él. El
día se fue alargando, y curiosamente la fatiga le despejó la cabeza. Hasta ese
momento no había aceptado realmente lo ocurrido. Sólo entonces reflexionó. Ari.
Madre tenía razón. La había traicionado, vendido por un saco de monedas. La
realidad de su situación la golpeó entonces, y lloró. No por la traición de Ari. No.
Pensó en Terinia. Su inquebrantable fidelidad, su tensa seriedad, su hermoso 67
cuerpo, todo eso había desaparecido. Y era por su culpa. Ya no sabría lo que
había tras la máscara de perfecta cortesía que siempre exhibía. Recordó sus
sesiones de entrenamiento, llena de nostalgia por aquellos momentos, tan felices
ahora en la distancia aunque entonces no los hubiera apreciado en cómo debía.
Recordó cómo ella la ayudaba a levantarse cuando, como siempre, acababa por
derribarla. Si alguna vez hubiera continuado el movimiento y la hubiera atraído
hasta ella, pasando el brazo en torno a su cintura... Ya nunca sabría lo que
hubiera ocurrido. Seguro que el sexo con ella habría sido muy distinto. Dudaba
que hubiera sido plácido y suave, como con Ari. Habría sido sudoroso, intenso,
incluso feroz. Bajo sus perfectos modales y sus movimientos acompasados, había
adivinado una personalidad apasionada. Ojalá le hubiera dicho alguna vez lo que
sentía por ella, la admiración, el respeto, el cariño... y todo lo demás. Ahora ya era
tarde. Muy tarde.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 4

De Manual de sociología comparada, vv. aa., Ed. Constel, Sirio, 1156:

«En Alanna, la institución del matrimonio presenta asombrosas


diferencias con el matrimonio heterosexual, y aún más asombrosas
similitudes.

»La existencia misma del matrimonio puede resultar sorprendente en


una sociedad como esta, y sin embargo resulta algo totalmente lógico una
vez estudiado el tema en detalle. Como en la mayoría de los casos
estudiados por la ciencia sociológica, el matrimonio en Alanna tiene
propósitos fundamentalmente reproductivos: en definitiva, el formar una
familia capaz de criar convenientemente a los hijos habidos en su seno. 68
Desde luego, al tratarse de una institución social protagonizada total y
exclusivamente por mujeres, en un ámbito científicamente atrasado, es
evidente que se necesita una tercera parte masculina para lograr la
concepción. Este acto se logra de diversas formas en las diferentes
subculturas de Alanna; lo universal es su resultado, que es que los hijos se
crían como parte integrante del matrimonio entre dos mujeres, mientras que
el padre o padres biológicos carecen de cualquier función en este aspecto.

»En definitiva, los hijos nacidos en el seno del matrimonio son criados
como habidos por ambas integrantes de este. Existen ciertas diferencias
entre la "madre propia" y la "madre del matrimonio" (la biológica y la pareja
de la biológica, respectivamente), pero estas diferencias carecen por lo
general de relevancia. Las hijas biológicas de ambas integrantes del
matrimonio se consideran hermanas entre sí, pese a carecer por lo general
de cualquier parentesco genético.»
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed.


Funambule, Tierra, 1123:

«Tampoco se trata, pese a alguna afirmación inexacta, de una reversión


de los papeles varón-mujer que se dieron en el contexto de la vieja Tierra
antes de la era Espacial. Si bien hay que reconocer que se dan algunos
elementos que han contribuido a difundir este paralelismo simplista. Sin
duda, el varón, en Alanna, está excluido de la mayor parte de las
posibilidades sociales. También carece de casi cualquier posición
económica (si bien en muchas zonas posee, en sí mismo, un considerable
valor pecuniario: véase capítulo III: la esclavitud en Alanna). Y no es menos
cierto que su situación se acompaña y justifica por una abundante retórica
paternalista (quizá deberíamos decir "maternalista", si no condujera a
confusión), que define al hombre como ser débil que debe ser cuidado y
protegido tanto por su bien como por el del cuerpo social. Sin embargo,
existen innumerables diferencias...»
69

La viva luz del sol la hizo parpadear. Rya también estaba despertándose,
muy poco a poco, cobijada como un bebé entre sus brazos. Se apretó contra sus
pechos, como si fueran una almohada, suspirando. De repente abrió mucho los
ojos.

—¿Eh? ¿Qué es esto...? ¿¿Gwyn??

—Buenos días, capitana. —sonrió ella—. ¿Ya mejor?


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Rya pareció percibir justo entonces su brutal resaca.

—¡Au! —entrecerró sus asombrados ojos, protegiéndolos de la luz del sol—.


No... Nada mejor. ¿Pero qué demonios haces aquí...?

—Bueno, no tenía dónde alojarme, y ya era tarde para buscar algo. Además,
parecías necesitar compañía, después de la charla de anoche.

—¿Charla? —su expresión era confundida. Se apartó de su lado,


apoyándose en la almohada y frotándose los ojos—. ¿Qué... qué te conté de la
misión?

—Todo. O casi todo. Lo importante, al menos. No te preocupes. Estabas casi


sobria entonces. Todavía...

—Oh... Bueno, esa era la idea. Pero, ¿qué es lo que...? ¿Qué hicimos?
70
—Oh vamos, no te escandalices ahora. —sonrió Gwyn, divertida por la
expresión de Rya. Simuló algo de indignación—. Anoche no te quejabas...

—Pero, pero...

—Jajaja, tranquila, jefa. Ni te quejabas ni hacías ninguna otra cosa. Caíste


dormida como un tronco en cuanto tocaste la cama. Vamos, que no estabas para
nada. Aunque no entiendo tu espanto... —terminó, exhibiéndose un poco, ya de
pie al lado de la cama.

—Bueno, no, no quería decir... Eres una idiota, Gwyn. —repuso al fin la
capitana, recuperando poco a poco su habitual aplomo, incorporándose—. La
próxima vez que te metas en mi cama, quiero estar consciente.

Los dos rieron un poco. Sin embargo, el momento había pasado, y al cabo
de un rato ya estaban vestidas y en la calle, desayunando en habitual
camaradería. Por un mudo acuerdo, concluyeron que ninguna de las dos
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

necesitaba un lío ahora, y menos con lo que tenían por delante. Después de todo,
no había pasado nada, y ninguna de las dos tenía interés en que pasara.

x
Encontró a Eilyn en una enorme taberna. Se encontraba sentada a una
mesa, acompañada de otra guerrera. De momento no parecían tener ningún otro
tipo de compañía, aunque no pocas chicas locales miraban con insistencia y
curiosidad a las exóticas y morenas forasteras.

En cuanto la vieron se pusieron un tanto firmes, aunque sin alzarse de sus


asientos.

—Relajaos. ¿Todo bien? —les preguntó, de pie ante la mesa.

—Sí, Gwyn. Muy bien. —le contestó Eilyn—. ¿Qué haces? 71


—Nada, de ronda a ver cómo va todo. ¿Os molesta si me uno a vosotras un
rato?

—¡Claro que no! —repuso Eilyn, aunque la otra no pareció tan


entusiasmada. Pese a ello, nada dijo y Gwyn se sentó.

—Oye Gwyn, —susurró Eilyn, inclinándose hacia ella por encima de su


jarra— hay algo que nos intriga, y que no nos hemos atrevido a preguntar para no
parecer unas palurdas. ¿Por qué no debemos entrar en los locales marcados con
una flecha?

—Oh, eso. —repuso ella, divertida—. Bueno, aquí no hay Estancias


Reservadas, no exactamente, ¿sabéis?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿Qué quieres decir? —pregunto la otra, súbitamente interesada—. ¿Qué


los hombres andan sueltos por ahí? No hemos visto ninguno por la calle... creo.
—La muchacha parecía indecisa entre el escándalo y el interés morboso.

—Habéis visto mujeres con una cinta negra en el cuello, ¿no es así?

—Sí, eso sí, ¿y qué? —insistió la otra.

—Bueno, aquí existe la esclavitud. Algunas mujeres, prisioneras de guerra,


criminales y tal, son propiedad de otra gente. La cinta, o directamente una argolla
de metal negro, es el símbolo de su estatus. Pues bien, —hizo una pausa y alzó
un didáctico dedo— los hombres, todos los hombres, están en esa misma
situación.

—¿Y? —la apremió Eilyn.

—Pues que si todos los hombres fueran propiedad de unas pocas, la raza se 72
extinguiría. Por lo tanto, algunas mujeres ricas ofrecen los servicios de los
hombres de su propiedad al resto de mujeres. Es en esos locales, a veces
llamados baños y marcados con una flecha, donde esto ocurre.

—¡Pero esos sitios parecen tabernas! —repuso Eilyn, con los ojos muy
abiertos.

—Bien, esos locales ofrecen algunos otros servicios complementarios:


taberna, baños, etcétera. Incluso las hay que los visitan para divertirse con los
hombres, y no realmente para concebir...

—¡Eso es absolutamente perverso! —exclamó Eilyn, aunque parecía más


divertida que otra cosa. La otra chica parecía más genuinamente indignada,
aunque no dijo palabra.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Sí, bueno, —prosiguió— por eso no queríamos que entrarais. Podríais


haberos sorprendido y haber armado un escándalo. Sea como sea, es la
costumbre aquí, y hay que respetarlo.

—Oye Gwyn, —interrumpió la otra, Deirwyn creía recordar que se llamaba—.


¿Y por qué no debemos abrazar a las bailarinas? —preguntó, como deseosa de
cambiar tan escabroso tema.

—Sí, no parecen precisamente virginales... —remachó Eilyn, señalando con


el pulgar a una de ellas. Se trataba de una chica muy rubia y delgada aunque de
nudosos músculos, que se contorsionaba lánguidamente sobre un estrado con
apenas un par de gasas cubriéndola. Por lo demás, llevaba una cinta de satén
negro al cuello, lo que evidenciaba que era propiedad de alguien, cosa frecuente
entre las bailarinas. Pese a ello, estas solían llevar una vida sorprendentemente
independiente. Probablemente era propiedad del local, y aparte del baile, hacía lo
que le venía en gana. 73
—Jajaja, —rio Gwyn, mirándola también— no hay nada perverso en eso.
Sólo debéis dejarlas en paz cuando están actuando. No son en absoluto
virginales, no. Lo que pasa es que exigen respeto por su arte. Pero una vez han
acabado sí que admiten felicitaciones... y proposiciones. De hecho, puedo ver a
más de una algo impaciente ya. Lo que pasa es que si os quisierais adelantar a
las demás, ¡el resto de la concurrencia os echaría a patadas del local!

Las tres rieron, al tiempo que miraban más apreciativamente a la bailarina.


Sus movimientos eran lánguidos aunque complicados. No sonreía, y de hecho
miraba a la concurrencia como si se tratara de la última escoria. Aquello cambiaría
en cuanto la suave música cesase, como bien sabía Gwyn. Al poco, esta se
levantó.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Bueno, veo que todo va bien por aquí y no me necesitáis. —Eilyn pareció a
punto de decir algo, pero echó una mirada de reojo a Deirwyn y se contuvo—. Voy
a seguir la ronda.

Siguió callejeando y asomándose a los locales a la búsqueda de alguna


cabeza oscura. Al poco dio con un grupo de las suyas. No necesitó la vista para
localizarlas; ya pudo oír la algarabía que armaban desde el exterior.

Pese a las advertencias de la capitana, cinco guerreras atestaban una mesa,


en medio de una taberna grande y cavernosa. La algarabía y los efluvios etílicos
eran formidables. Aun así, las representantes del clan lograban destacar. Gwyn
compuso su mejor expresión de instructora severa y se acercó decidida a la mesa.
Aquello parecía funcionar como siempre, puesto que las cabezas rubias le fueron
abriendo paso como si fuera la hija de la muerte.

En principio, las cinco guerreras no le hicieron mucho caso. Estaban en 74


diversos grados, aunque todos avanzados, de intoxicación. De hecho, una de las
guerreras no le prestaba la menor atención. En cambio, agarró por la cintura a una
atareada camarera. Esta llevaba un vestido campesino, de coloridas y amplias
faldas y una blusa blanca que dejaba sus hombros al aire. Iba cargada con una
bandeja repleta de jarras. Con una habilidad sin duda fruto de una amplia
experiencia, logró acabar sentada sobre las rodillas de la guerrera, dejando a la
vez con el mismo impulso la bandeja sobre la mesa, milagrosamente intacta.

Su presencia había hecho morir las conversaciones a su alrededor. Pese a


ello, Gwyn necesitó llamar la atención de la que había agarrado a la camarera.

—¿Oh? Hola, Gwyn. —contestó esta, sin soltar a la chica de sobre su


regazo—. ¿Vienes a unirte a la fiesta...?

Ella intentó traspasarla con la mirada. —No. Estás muy borracha, Uvlyn.
Suéltala. Está trabajando.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Oh-ohh... Ya lo creo que está trabajando. ¿Y sabes qué? Le voy a dar


mucho más trabajo...

—Vamos, guerrera. No queremos líos, ¿recuerdas? Estás más trompa que


un ambulacro caminando sobre cerveza. Déjala y te llevaré a tu alojamiento.

—¡No me vas a llevar a ninguna parte! —La guerrera se puso


repentinamente en pie, lanzando a la camarera de su lado—. Estoy borracha, sí...
¿y qué? —Su tono de voz era cada vez más pastoso. Extendió un dedo—.
¿Sabes una cosa? No me gustas. No me gustas nada, las tías como tú sois unas
aguafiestas. Tu chica está por ahí divirtiéndose con otra, y tú aquí en cambio
amargándonos a nosotras. Amárgate tú solita, solterona de las nari...

Justo en ese instante sus ojos rodaron hacia atrás. El exceso de vino se le
había subido súbitamente a la cabeza al ponerse en pie tan de repente. Se
desplomó como un árbol, lenta pero irremisiblemente, todavía con el dedo en alto. 75
Las muchas jarras que había sobre la mesa salieron despedidas en todas
direcciones, haciéndole sitio sobre ella.

Gwyn no descompuso el gesto en lo más mínimo. Seleccionó a otras dos


que parecían casi tan borrachas y les dijo: —Vosotras, recogedla y llevadla a su
habitación.

No estaban tan bebidas como para desobedecer su orden, y arrastraron a su


inconsciente compañera fuera del local. La camarera, ya libre, se afanaba en
recoger el estropicio. Gwyn le pidió disculpas.

—Oh, no pasa nada. Ya estamos acostumbradas. —Su luminosa sonrisa dio


veracidad a sus palabras, al tiempo que se apartaba el rubio pelo de la frente—.
De hecho, si no hubiera sido tan brusca...

Dejó su insinuación en el aire, y sonriendo a las dos que quedaban, se retiró.


No sin que antes Gwyn le pidiera una jarra pequeña. Acto seguido tomó asiento.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

x
Pasó el resto del día haciendo la ronda por las tabernas por las que se
habían dispersado sus guerreras. En consecuencia, estaba algo achispada
cuando, ya al atardecer, apareció Rya. Parecía bastante recuperada de la noche
anterior, y de hecho algo seria.

—Hola a todas. —dijo sin sonreír al acercarse a su mesa. Miró a Gwyn—.


Ven conmigo. Nos esperan en palacio.

Algunas guerreras, definitivamente más que achispadas, hicieron algunos


comentarios groseros acerca de qué iban a hacer en palacio. Pero puesto que Rya
decidió ignorarlas, Gwyn hizo lo mismo y se puso en pie.

Durante el camino, Rya no le aclaró gran cosa sobre aquella visita. Se limitó
a decirle que era importante y que debían acudir deprisa. Para sorpresa de Gwyn, 76
las rubias guerreras que custodiaban la magnífica entrada les franquearon el paso
sin una palabra.

Mientras caminaban por los espléndidos pasillos, Rya pareció recobrar la


locuacidad.

—Vamos a ver a la reina. No es una mujer dada a la informalidad, así que


por favor compórtate. —le dijo, echándole una mirada de reojo.

—¡Estoy más sobria que un ambulacro reseco! —se indignó ella, divertida a
la vez.

—Está bien. —recibió por respuesta, con poco entusiasmo—. Recuerda: es


su hija, la única hija de su seno, la que ha sido secuestrada y que debemos
rescatar. Es una mujer realista, y sabe tan bien como nosotras que nuestras
probabilidades de éxito son escasas. También es una mujer destrozada, pero
guárdate tu compasión. Tiene su orgullo y no le haría gracia.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Comprendo.

De nuevo dos guerreras les abrieron paso a una sala inmensa. Pese a que
se hallaba casi en penumbra, Gwyn no pudo evitar quedarse con la boca abierta,
mirando hacia arriba. La sala era enorme, abovedada y con filas de columnas a
ambos lados. A la media luz del atardecer brillaban mosaicos y dorados. El suelo
era de un increíble mármol blanco y brillante, con vetas de lo que no podía ser
sino oro. Al fondo de la sala, y pareciendo minúscula y abandonada en medio de
aquella inmensidad, una solitaria mujer se sentaba en un trono.

Rya se acercó a buen paso, erguida, pero al llegar a los pies del estrado
sobre el que estaba el trono se inclinó y tocó el suelo con la rodilla derecha. Con
una ligera vacilación, Gwyn hizo lo mismo. Las dos inclinaron respetuosamente la
cabeza al tiempo que Rya saludaba:

—Rya y Gwyn del clan Glewfyng a vuestro servicio, majestad. 77


La reina asintió con un gesto lánguido de la mano. Todavía con la rodilla en
tierra, Gwyn se atrevió a alzar la vista. Vio a una mujer de apariencia envejecida
pese a su aún brillante cabello rubio, vestida con suntuosas ropas blancas,
doradas y púrpura. Llevaba una cinta blanca sin joyas ni insignias alrededor de la
frente.

—Alzaos, por favor. —dijo la mujer, con voz frágil—. Mis ayudantes os
habrán puesto al corriente de todos los detalles, —Rya asintió—, pero quería
veros con mis propios ojos. Sé que vuestro clan está en deuda con mi reino, y que
es por eso por lo que partís. También sé que no me debéis más lealtad que la de
una deuda que hay que saldar. Sin embargo, os ruego, como madre que soy, y si
lo sois también lo entenderéis, que hagáis todo lo posible para rescatar a mi hija
Taia.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Rya asintió, seria. Sin duda ella sí sabía lo que era ser madre y ver a su hija
en peligro. Gwyn se sintió algo vacía al no poder compartir ese sentimiento, pero
su atención se desvió al escuchar la voz de su compañera.

—Haremos todo lo que esté en nuestras manos, majestad.

La reina asintió, sin entusiasmo pero sin poner aquellas palabras en tela de
juicio, como si supiera que no podía razonablemente esperar más. Con todo,
añadió: —Está bien. Una madre que tiene que elegir entre la vida de su hija y el
bienestar de los suyos no es alguien razonable. Además, no podré seguir
aplazando esa elección por mucho tiempo más. La reina de Deiria avanza en sus
objetivos, y antes o después se dirigirá contra esta ciudad. Y no sé qué haré
entonces. No lo sé...

Pese a la supuesta impasibilidad de la reina, esta parecía a punto de


derrumbarse. Sus ojos brillaban, suplicantes. Gwyn se sintió conmovida por su 78
majestad herida. En efecto, el dolor de la madre parecía pugnar en ella con el
orgullo de la reina. Por tanto, se sorprendió al escucharse a sí misma, con voz
firme:

—Os la traeremos de vuelta. Os lo juro por el honor de mi clan.

Rya la miró sorprendida, pero no dijo nada. La reina sonrió levemente. Gwyn
no pudo decidir si lo hacía divertida por su arrebato algo juvenil o agradecida por
su compromiso.

—Si cumples tu juramento, yo cumpliré este: podrás pedirme, de entre todo


lo que tengo, lo que tu corazón más quiera. —dijo la reina, como si no la creyera, o
como si deseara hacerlo pero le costara esfuerzo. En todo caso, la audiencia
había terminado, y se despidieron tocando levemente el suelo con sus rodillas de
nuevo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Una vez fuera, Rya no hizo el menor comentario. En cambio, la guio hacia
otra sala. Ésta era bastante más reducida, aunque igual de suntuosa. Una enorme
mesa de oscura y barnizada madera se alzaba en su centro, sobre una mullida
alfombra carmesí, negra y verde pino. Sobre la mesa brillaban velas en
candelabros dorados, esparciendo una rica luminosidad. Rya se acercó a unos
espléndidos mapas que había sobre la mesa.

—Esto es Athiria, como ves. —dijo posando un dedo sobre el mapa. El dedo
siguió la roja tinta por un sendero en dirección nordeste—. Hay varios caminos
hacia Deiria, pero sólo uno útil para nosotras. Nos dirigiremos por los caminos que
seguisteis vosotras hacia aquí, y luego torceremos hacia el norte. Nos
adentraremos en las estribaciones de las montañas de nuestro país, cruzaremos
el Tercles en un punto aguas arriba de este vado, y desde el bosque al norte nos
volveremos hacia Deiria. Es la única forma de llegar sin ser vistas, y recuerda que 79
el secreto será nuestro único aliado.

Ella asintió, contemplando el mapa, mucho mejor que cualquiera de los que
ellas tenían en las bibliotecas de los hombres en el castillo.

—¿Qué territorios ha conquistado ya Deiria? —preguntó.

Rya señaló con dedo firme, al tiempo que enumeraba: —Quirinia, Memnaia,
Filiria, junto con el resto de las ciudades dependientes de esta.

Gwyn silbó. En muy poco tiempo, Deiria había pasado de ser un reino de
poca monta en las estribaciones de la cordillera, a un pequeño imperio,
comparable al de Athiria.

—Sí. Por lo que me han contado, ahora su reina se dirige contra Latiria con
un gran ejército. Eso nos será útil, aunque luego es posible que se dirija contra
Umbrelicania, lo que nos cortaría el regreso. Si me pasara algo... haz lo que
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

puedas. Trata de regresar siguiendo el río corriente abajo, o por las estribaciones
de la cordillera, o... no sé. Haremos lo que podamos, Gwyn, pero dudo que
puedas hacer honor a tu apresurado juramento.

x
Un largo y agotador trayecto la llevó, en efecto, hasta la ciudad de Deiria. Por
lo visto, toda la operación había sido planeada hasta en sus últimos detalles.
Habían caminado de día, siempre con ella atada tras el ambulacro, y durante
algunas noches habían navegado por el río. Diversas barcazas las habían
esperado en puntos convenidos. Para Taia, el viaje fue terrible, y el cansancio
acabó por sustituir a cualquier reflexión. Sólo existía el camino, la necesidad de
poner un pie ante otro, y por la noche, caer rendida.

Eso cambió en cuanto vio alzarse ante ella las murallas de Deiria. Era una
ciudad pequeña, aunque muy bien fortificada. Las montañas del norte se alzaban
80
tras ella como un telón majestuoso. Pese a su increíble cansancio, no pudo dejar
de fijarse en la ciudad. Poseía unas murallas almenadas, y hacia el lado oriental
de la ciudad se alzaba el palacio. Este estaba situado junto a las murallas,
formando con ellas un reducto aparte. De hecho, fue llevada no hacia las puertas
de la ciudad propiamente dicha, sino hacia una que daba directamente al palacio.

Ninguna de las guardianas pareció sorprendida por su presencia. El


ambulacro fue por fin tapado, aunque ella siguió atada. Con una media sonrisa, la
jefa de las secuestradoras la llevó a través de la puerta tirando de la cuerda. Taia
se arrastró con sus últimas fuerzas. Pasadizo tras pasadizo, la arrastró a buen
ritmo, como si no pudiera esperar a entregar su presa. Al fin, una sala grande y
bien iluminada se abrió ante ellas. Debía ser la sala del trono, se dijo Taia, aunque
su magnificencia estaba lejos de la del palacio de Athiria. Era una sala amplia, de
una sola nave, quizás más propia para asambleas guerreras que para reuniones
del consejo. Su ornamentación era muy discreta. Sobre un podio poco elevado,
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

apenas una banqueta de campaña hacía las veces de trono. Una afectación, sin
duda. La reina quería dar a entender que era una guerrera, ajena a los oropeles
de la realeza.
En efecto, la reina entró casi al mismo tiempo en la sala, por una puerta
lateral, y se dirigió hacia el estrado. Como para confirmar sus ideas, llevaba una
coraza dorada, así como una espada corta al cinto. No llevaba casco, lo que
dejaba a la vista sus largos y rizados cabellos rubios. Nada más sentarse la miró y
sonrió, una sonrisa de dientes afilados.

Taia sintió una pesada mano sobre su hombro.

—¡Arrodíllate! —sintió la voz de la guerrera morena a su espalda.


—Oh, está bien, no es necesario. —dijo la reina, haciendo un gesto con la
mano y sin dejar de sonreír.
Con todo, había caído sobre sus rodillas, y nadie pareció que fuera a alzarla 81
de nuevo. De hecho, estaba más cómoda así, sentada sobre sus talones. Dudaba
que pudiera ponerse en pie de nuevo por sus propias fuerzas.

—Te preguntarás por qué estás aquí. —dijo la reina, acariciándose la


barbilla. Taia no se dignó responder, si es que aquello era una pregunta—. Serás
rehén de la buena voluntad de tu madre la reina, princesa. —prosiguió de
inmediato—. Has caído en mi poder, y según los códigos, hay varias cosas que
puedo legítimamente pedir a tu madre. Desde luego, que no me ataque. De hecho,
eso será todo lo que le pediré a cambio de tu bienestar. No se podrá decir que no
soy pacífica, ¿eh?
Entonces sonrió con aún mayor alegría. Pareció que se echaría a reír, pero
en cambio le hizo un gesto con el dedo anular a la guerrera tras ella. Por la
expresión de la reina, ésta debió asentir. La guerrera se inclinó a su lado y le quitó
su anillo de ópalo, el símbolo de su condición de princesa real. Se lo alcanzó a la
reina, que lo contempló de cerca.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Excelente... —murmuró haciéndolo girar a la luz—. Excelente. Se lo


enviaré a tu madre como prueba. Tú recibirás un trato adecuado, dependiendo de
tu colaboración. El código de rehenes permite, con todo, ciertos niveles distintos
de trato, como sabrás, y siempre dependiendo de que tu madre colabore...
Erivalanna –este era el nombre de la reina, como recordaba de sus lecciones
con Gartión– se refería a toda una serie de costumbres no escritas para casos
como éste. En efecto, podía retenerla indefinidamente, a cambio de no ser
atacada. Ella no podía recibir ningún maltrato físico, salvo en el caso de ataque o
intento de rescate violento. Eso no significaba necesariamente que fuera a recibir
un alojamiento agradable. Sobre eso no había una regla estricta. Taia se limitó a
asentir.

—Bien, bien. —prosiguió la reina—. Me alegro de tenerte aquí. Puesto que


serás mi huésped de forma indefinida, no hay problema en que conozcas mis
planes. No saldrás de aquí hasta que no haya completado del todo mis objetivos...
82
Lo que lograré gracias a ti. A partir de ahora podré atacar tranquilamente a todos
los reinos del Este, y uno a uno caerán en mis manos. Tu madre no podrá hacer
nada... Hasta que sólo quede Athiria. Entonces —en este punto estampó su puño
derecho contra su mano izquierda— también Athiria será mía.

A Taia el corazón le dio un vuelco. A causa de su inconsciencia, su madre se


iba a ver impotente ante este plan. De hecho, aunque sospechase, nada podría
hacer. Taia se quiso morir. Después de todo, si lo hiciera, al menos frustraría a
aquella mujer.

Ésta estaba contemplando de nuevo su anillo, dándole vueltas a la luz.

—De hecho... —y sonrió de nuevo, mirándola ahora a los ojos— cuando todo
esté acabado, aún te necesitaré. Tendré que gobernar Athiria, y eso es algo que
no será sencillo. Será mejor si cuento con alguna legitimidad. —En ese momento
mostró los dientes con enorme alegría y la traspasó con la mirada—. Para
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

entonces, seguro que habrás aprendido a apreciarme. Me encargaré de que lo


hagas, de hecho. Entonces me casaré contigo y mi gobierno sobre Athiria estará
asegurado.

Su expresión de horror debió ser evidente, pues la reina rio con voz
cantarina.

—Jajajaja... no te preocupes. No será tan malo. No en comparación con lo


que te espera. Tengo que protegerte, compréndelo. Si te rescataran, todo mi plan
se vendría abajo. Con el tiempo, apreciarás la posibilidad de cambiar tu calabozo
por mi cama, te lo aseguro. De hecho... —y la miró con más detenimiento— creo
que no será un matrimonio de apariencia... Jaja, ahora te horroriza, ¿no es así?
No lo entiendo, no creo ser tan horrible. —fingió, pasándose una mano por el
costado de arriba abajo—. Con el tiempo, comprobarás cómo tus ideas irán
cambiando. No serás la primera que se alegra de dejar mis calabozos por mi
cama, te lo aseguro. Ya lo verás. Un día recordarás este momento y te 83
sorprenderás de lo que piensas ahora... —insistió, mirándola apreciativamente de
arriba abajo—. Pero mientras tanto...

Hizo un gesto aleteante con el dorso de la mano, ya sin sonreír. Taia sintió
que unos fuertes brazos la alzaban de nuevo. Otra vez fue conducida por pasillos,
luego por escaleras de caracol, siempre abajo y más abajo. Al fin, tanto ella como
su captora llegaron a una sala profunda, sin ventanas pero bien iluminada por
antorchas. Comprobó con horror que se trataba sin ninguna duda de una cámara
de torturas. No tenía muy claro cuál era el propósito de la mayoría de las
máquinas que allí se hallaban, pero era evidente que no era otro que causar dolor.

Allí, dos guerreras rubias parecían estar de guardia. Alzaron la vista con
expresión aburrida en cuanto las vieron. De inmediato comprobaron su expresión
asustada y rieron.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Jajaja, no os preocupéis, princesa. —dijo una de ellas—. Esto no es para


vos, al menos, no mientras vuestra madre cumpla con sus deberes. Simplemente,
éste será vuestro alojamiento.

Dirigieron la mirada hacia un lado. En efecto, la sala se hallaba rodeada de


pesadas puertas de madera reforzada con metal y dotadas de pesadas
cerraduras. Una de las guardianas se dirigió hacia una de estas puertas.
Esgrimiendo un juego de llaves, la abrió. Entretanto, la habían desatado. La
dirigieron hacia la puerta abierta y, de un empujón, la arrojaron dentro. La puerta
resonó al cerrarse, dejándola en lo que parecía una absoluta oscuridad.

84
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 5

De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed.


Funambule, Tierra, 1123:

«¿Por qué, entonces, la esclavitud masculina? En la sociedad de las


Tierras Bajas, al menos, esta situación es generalizada, y se la considera
imprescindible para el buen orden social. Hay que considerar que esta es la
sociedad más compleja y avanzada de Alanna. La necesidad de control se
hace, por tanto más imperiosa. En una sociedad como la de las Tierras Altas,
en cambio, todo el mundo se conoce entre sí, al menos dentro del clan, y los
comportamientos sociales resultan más conformistas.

»Así, en las Tierras Bajas, la existencia misma de la esclavitud permite 85


un control más rígido del elemento masculino, imprescindible para la
supervivencia en el tiempo de la sociedad misma. No conviene olvidar que
en las Tierras Bajas, la esclavitud no afecta en exclusiva a los varones,
aunque sólo a estos se les aplica de forma generalizada. De hecho, existe un
contingente incluso ligeramente superior de mujeres sometidas también a
esclavitud, cosa que se suele olvidar en las obras de divulgación sobre este
tema.

»Mientras que en el caso de las esclavas, se observa con claridad el


origen económico de la esclavitud, en el caso de los hombres se percibe que
otras causas son las decisivas. Así, el esclavo rara vez trabaja, salvo que se
considere trabajo su servicio en las peculiares instituciones conocidas más
o menos eufemísticamente como "baños públicos" (a este respecto, véase
capítulo IX: la heterosexualidad en Alanna). En todo caso, los esclavos son
considerados trabajadores de alto nivel, y se dedican a tareas intelectuales
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

como bibliotecario o educador, al menos a partir de cierta edad. Muy


raramente se dedican a actividades pesadas, en consonancia con su
calificación como "sexo débil" (sic). Asimismo, su posesión es un símbolo
de status social y económico, no exento de ostentación inútil. Con todo, un
excesivo acaparamiento se considera de mal gusto, lo que entre otras
razones ha contribuido a la mencionada institución de los "baños públicos",
a mitad camino entre la filantropía social y la descarada prostitución y
proxenetismo.»

86
El día de la partida llegó más pronto de lo esperado, por algunas al menos.
Como era de temer, no pocas guerreras comparecieron acompañadas de chicas
locales. Hubo tristes despedidas, apasionados besos y alguna lágrima. Pero se
habían presentado todas. Ya se les pasaría; eran jóvenes. Al poco estaban todas
formando y atendiendo con seriedad a su comandante. Las rubias acompañantes
suspiraron, agrupadas como para no sentirse tan solas, y se dispusieron a
despedirlas y verlas marchar. Saludaron agitando los brazos mientras la compañía
desfilaba en fila doble, recta y militar, por la puerta de la ciudad. No sin que alguna
de las guerreras echara alguna última –y poco marcial– mirada de anhelo por
encima del hombro.

La marcha trascurrió sin incidentes, día tras día, por el camino marcado por
el dedo de Rya sobre aquel mapa en aquella hermosa sala. Nada alteró su
caminar, pues la tierra parecía extrañamente desierta, como expectante de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

terribles acontecimientos. Nada salvo, para Gwyn, un día durante un alto en que
tuvo una conversación con Eilyn, su Eilyn.

x
Ella se le acercó despacio. Venía acompañada por otra guerrera, Deirwyn.
Era la que había estado con ella en la ciudad y después. Caminaba tras ella, aún
más tímida aunque a la vez algo desafiante. Era una guerrera fuerte y despierta,
algo mayor que Eilyn. Su aspecto era vagamente mestizo, aunque no tanto como
Fiedgral, desde luego. Su cabello era castaño, y algo ondulado, y sus ojos
parecían variar de color entre el gris, en marrón y el verde, según la hora del día.
Su cara era más ancha y su piel más morena de lo habitual en las Tierras Altas.
Gwyn la recordaba, y no sólo por haber sido su instructora. Esas dos habían 87
estado mucho tiempo juntas durante la marcha.

—Gwyn, yo... —Eilyn se miraba los pies, que removían el suelo—. Quería
presentarte a Deirwyn. Bueno, ya la conoces, es que yo... —se ruborizó entonces
hasta la raíz del cabello, aunque al fin reunió el coraje suficiente para mirarla a los
ojos—. Ella y yo nos vamos a casar cuando regresemos...

—Oh... —Pese a la cantidad de veces que le había ocurrido aquello, a Gwyn


siempre le pillaba desprevenida. Sin embargo, pronto recobró su aplomo. Esas
dos esperaban su bendición o algo así, como si ella tuviera algún derecho sobre
Eilyn por haber compartido su cama.

—Muy bien. Permitidme que os felicite. Me alegro por las dos. —sonrió,
haciendo lo que se esperaba de ella—. Os deseo mucha suerte.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La sinceridad de sus deseos quedó sellada con sendos abrazos. Al fin pudo
deshacerse de ellas, no sin antes desearles muchas hijas y al menos un hijo, de
todo corazón.

Así, cuando regresaran, y después de la ceremonia en el castillo, obtendrían


o construirían un caserío. Eilyn tal vez tuviera que completar todavía su instrucción
militar, aunque sin duda Deirwyn ya estaba lista para ser licenciada. Una vez
casadas, recibirían permiso para visitar las Estancias Reservadas. Con la
condición de no quedarse embarazadas las dos a la vez, puesto que siempre
debía quedar una de las dos lista para ser llamada a filas en caso de emergencia.
Cultivarían la tierra, criarían hijas y Eilyn olvidaría rápidamente a Gwyn, sin la
menor duda. En fin.

x
Durante los últimos días, la marcha se hizo dificultosa. Habían abandonado 88
todo sendero, internándose en las colinas al pie de la muralla de la cordillera. Al
menos, las altas cumbres parecían protegerlas de todas las miradas. Atravesaron
un riachuelo, el Tercles muy cerca de su nacimiento. Al otro lado, un bosque les
ofrecía una protección suplementaria. Rya ordenó abandonar las dos mitades del
ambulacro. —Ya no los necesitaremos. —dijo, y los dos seres se alejaron, bajando
y subiendo sus patas insensatamente.

Durante el camino, el humor de Rya había ido haciéndose más y más


taciturno. Para Gwyn no era un secreto el porqué; sabía que tenían pocas
posibilidades de éxito. Las guerreras, en cambio, desconocían casi todos los
detalles, y se mostraban animosas. Para Gwyn esto aumentaba su tristeza. Con
qué confianza se internaban en el peligro... Para no sentirse peor, fue rechazando
durante el camino la bulliciosa compañía de las jóvenes, buscando en cambio la
hosca y silenciosa presencia de Rya. —No lo siento por mí, sino por ellas. —le
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

comentó esta una noche, sentadas las dos apartadas con sus espaldas contra el
tronco de un árbol. A esto, ella tan sólo asintió.

Pero al fin el día llegó. Abandonaron el cobijo del bosque y allí, hacia el sur,
sobre una colina, divisaron la ciudad de Deiria. Rya atisbó entre los árboles y
ordenó esperar al anochecer. También hizo reunir a las guerreras, que la miraron
muy serias, todo el bullicio del camino desaparecido ahora que el momento
decisivo se acercaba.

—Mañana por la mañana todo estará hecho, para bien o para mal. —les dijo,
en medio de las luces del crepúsculo—. Nos acercaremos a esa ciudad, Deiria, e
intentaremos forzar la entrada al palacio real. Nuestra misión será rescatar a la
hija de la reina de Athiria. El nombre de la princesa es Taia. Hay razones para
creer que estará prisionera en los calabozos subterráneos del palacio. Por fortuna,
éste está al lado Oeste de la ciudad, y tiene una puerta que da al exterior. Esta
puerta es la de los calabozos. En el momento en que se cambia la guardia, 89
durante la madrugada, la puerta se abre. Atacaremos por sorpresa entonces, nos
internaremos y trataremos de encontrar a la princesa. Si alguien la encuentra y la
saca fuera, que no espere a las demás. Las que podamos nos encontraremos en
este mismo lugar al cabo del día. ¿Alguna pregunta?

No hubo preguntas. El silencio de las guerreras demostró que habían


comprendido, también lo que aquellas instrucciones implicaban. En el mejor de los
casos, no todas volverían para ver aquel mismo atardecer al cobijo de los árboles.
Desde luego, ninguna protestó.

x
Marcharon al poco rato, todavía a la media luz del sol poniente. Por el
camino pudieron ver una colina al Oeste de la ciudad, coronada por un bosquecillo
de abedules.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Ese será un buen lugar para acechar el cambio de la guardia. —señaló


Rya. De alguna forma, se la veía más animada. Era como si se hubiese quitado un
peso de encima, o como si hubiese renunciado a la esperanza.

En efecto, tras una larga marcha a la luz de las estrellas, se cobijaron entre
los plateados troncos. Habían llegado con tiempo de sobra, de modo que se
sentaron a descansar, silenciosas. Gwyn sentía que debía hablar con todas
aquellas camaradas. Ninguna había hecho la menor sugerencia de volver. Nadie
recordó a Saidlyn, la joven guerrera que había regresado escoltando a las
prisioneras de Lewellyn. Nadie sugirió que había tenido suerte, ni aún menos que
había habido favoritismo por parte de Rya al enviarla de vuelta. Era la más joven
de la partida, y había protestado al ser enviada de regreso. Gwyn sintió que todas
ellas protestarían también si las enviaran ahora a casa sin combatir. Sentía que
debía decirles lo orgullosa que estaba de estar con ellas, lo orgullosa que se
sentía de haberlas adiestrado. Sentía que debía decirles todo aquello, junto con
algunos otros sentimientos para los que no hallaba palabras. Sin embargo, no dijo
90
nada, sino que se limitó a estar allí sentada, su espalda contra la rugosa corteza
de los abedules, como ellas, a su lado.

x
Al fin las estrellas se dispersaron en una oscuridad menos intensa, que
anunciaba el alba. Sin necesidad de órdenes, las guerreras se pusieron en pie,
una tras otra. Siguieron a Rya hasta el borde del bosquecillo, desde el que
atisbaron la muralla. Allí, en efecto, se abría una pequeña puerta, cerrada por una
reja de hierro. Mientras la miraban, la reja se alzó, lentamente, con un chirrido que
les llegó a través del helado aire de la mañana. Rya hizo pasar las instrucciones.

—Atacaré con las ocho del primer grupo. Las demás se quedan con Gwyn de
reserva. —Y a ella, que estaba codo con codo a su lado, le susurró—: Síguenos si
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

despejamos el paso. Si algo falla, lo dejo a tu criterio. —y con una mirada


afectuosa tanto más extraña en ella le apretó el brazo.

A su gesto, ocho de las guerreras más experimentadas se pusieron en pie y


saltaron fuera de la protección de los árboles. Cubrieron la distancia que las
separaba de la puerta de rejas cuando esta terminaba de abrirse. Mientras Gwyn
miraba, conteniendo el aliento, un grupo de apenas cuatro rubias guerreras asomó
por la entrada. Sus redondos ojos y bocas evidenciaron su sorpresa al encontrarse
con aquel ataque. La pelea fue breve: las guardianas eran más bajas y menos
fuertes que sus oponentes, que además las doblaban en número. Fueron abatidas
en medio de un estrépito moderado, como si lucharan con sordina en la distancia.
Rya se volvió hacia el bosquecillo en cuanto todo hubo terminado, con una sonrisa
de incrédulo triunfo. Gwyn le devolvió la mirada, y aquella fue la última vez que la
vio.

De repente, dos secciones de la pared a ambos lados de la entrada se 91


derrumbaron. Eran en realidad dos puertas camufladas. Por ellas salieron
innumerables guerreras rubias, armadas hasta los dientes, gritando con sus cortas
espadas en alto. Se interpusieron entre el bosquecillo y sus hermanas,
ocultándolas de la vista. Gwyn se puso en pie al instante, como impulsada por un
resorte. Vio cómo el enorme pelotón de deirianas, ahora en superioridad numérica,
reducía y mataba al primer grupo. Gwyn no dudó por mucho tiempo. Alzó su
espada, dio su grito de batalla y se lanzó colina abajo hacia la refriega. No
necesitaba mirar para saber que el resto de la compañía la seguía. De hecho,
algunas guerreras se habían lanzado antes de que ella lo hiciera. Pero con su
larga zancada las dejó algo atrás, encabezando el desesperado ataque.

Antes de llegar ya pudo ver que era tarde. Las deirianas que se interponían
se habían vuelto hacia ellas, pues habían acabado con Rya y las suyas. De hecho,
aún tuvieron tiempo de formar en una línea que protegía la entrada. Pudo verlas,
cada vez más cerca, rubias, hermosas, protegidas por brillante acero y
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

engalanadas de marfil y oro, con penachos de plumas blancas y rojas ondeando


en sus dorados cascos. Se cubrieron tras sus anchos escudos, que tenían en el
suelo ante ellas, y alzaron sus arcos, todas a la vez, serias y ordenadas como la
muerte. De la andanada de flechas una la alcanzó en el hombro. El impacto la
detuvo, pero no por mucho tiempo. Se arrancó el astil de la flecha, apretando los
dientes, y reanudó la carrera. Aquello le hizo perder la vanguardia. La habitual
andanada de las hachas de guerra pareció abatir la fila enemiga, pero una nueva
fila reemplazó a las caídas tras los escudos. La vanguardia alcanzó al fin la línea,
y la refriega empezó antes de que ella hiciera lo propio, pese a sus largas
zancadas. Pudo ver así como sus guerreras eran abatidas, atacadas por tres y
cuatro deirianas a la vez. Pelearon con bravura, y pudo ver a Eilyn repartiendo
mandobles a diestro y siniestro, como una fiera temible, rodeada pero
inalcanzable. Ella misma alzó en alto su enorme espada con dos manos, y la
abatió contra un grupo de rubias guerreras que se agazapaban tras sus escudos.
Destrozó cuanto quedó bajo su tremendo ataque. Sonrió, desesperada pero con 92
una extraña euforia latiéndole en el pecho. El fragor de la batalla era terrible;
apenas alcanzaba a oír sus propios gritos de batalla. Alzó de nuevo su espada,
lista para dejarla caer de nuevo como una maza, cuando sintió un helado y
tremendo golpe en el mismo hombro de la flecha. El impacto la hizo casi darse la
vuelta, y empezó a caer boca abajo, desorientada, al tiempo que sentía que la
cabeza se le iba. No llegó a notar el impacto de su caída contra el suelo.

x
Gwyn despertó sintiendo una horrible punzada en el hombro. Por un instante
no supo dónde estaba ni qué ocurría. Sin embargo, antes incluso de ver lo que la
rodeaba, recordó lo último que había visto antes de perder el conocimiento. No fue
por el dolor por lo que deseó volver a la inconsciencia.

—Ya está. Véndalo. Ves con cuidado, es la última que queda. —escuchó, sin
desearlo pero sin poderlo evitar.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Abrió los ojos. Pudo ver dos cabezas de cabello dorado inclinadas sobre ella,
una cerca y la otra como en las alturas. Se encontraba tendida, y una de las
mujeres estaba arrodillada a su lado y le vendaba el hombro. La otra, de pie, le
sonreía.

—Estás despierta. —No fue una pregunta lo que escuchó a la misma voz—.
Tu herida no es seria. Eso está bien, pues eres la única superviviente de tu
patético grupo. Han combatido como si desearan la muerte. Y la han logrado todas
menos tú. Pero la reina querrá ver alguna prisionera. En consecuencia, caminarás.

Sintió entonces un brutal tirón, que amenazó con hacerle perder el sentido de
nuevo. Sin embargo, logró mantenerse sobre sus pies. Era más alta que
cualquiera de las que la rodeaban. Que aquellas mequetrefes de pelo de paja
hubieran acabado con todas... Habría llorado, pero no se lo permitió a sí misma.

Antes de que pudiera darse cuenta, unos pesados grilletes de negro hierro 93
se habían cerrado sobre sus muñecas. Acto seguido, otro tanto ocurrió con sus
tobillos. Se los miró, sorprendida, cuando una firme mano la obligó a alzar la vista.
Retiró la cabeza de aquel contacto. Fue más un impulso que una decisión
consciente, pero logró reunir el aplomo suficiente para lanzar una mirada de odio a
su captora. Se trataba de la misma que había hablado antes, que debía ser la
comandante.

—Muy bien. —exclamó ésta—. Fuerte y rebelde, como todas las salvajes de
las Tierras Altas. La reina estará satisfecha. ¡En marcha!

Un tirón de las pesadas cadenas que sujetaban sus grilletes y se vio obligada
a poner un pie delante de otro. Miró atrás, al disperso campo de batalla, Apenas
pudo entrever algunos bultos negros, tirados aquí y allá. —Eilyn... —sólo entonces
se permitió, vuelta la cabeza, una única lágrima.

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Su estancia se prolongó día tras día. O eso creía ella, porque entre aquellas
cuatro paredes de piedra no había más amanecer que el desayuno, ni más
anochecer que la cena. Eso, si no se había descontado. Estaba todo el tiempo a
oscuras, con apenas unas rendijas de luz en la puerta para recordarle la sala de
torturas y sus guardianas. Estas se mantenían aparte, y sólo le dirigían unas
escuetas palabras para llevarle la comida. Al cabo de un tiempo indeterminado,
Taia habría deseado que le hiciesen algún caso, lo que fuera para matar el tedio y
la tristeza.

Al fin, un día como otro cualquiera fue sacada de la mazmorra sin previo
aviso ni explicaciones de ninguna clase. La escoltaron y condujeron arriba, arriba
de nuevo, hasta que la luz natural la hizo parpadear y lagrimear. Se sentía muy
débil, y de hecho sus guardianas la sostenían por ambos brazos más para
mantenerla en pie que para evitar que huyera. Fue conducida hasta una salita
pequeña. Allí parecían esperarla una serie de esclavas, pues todas se volvieron
hacia ella en cuando entró. Todas sonrieron. Las guerreras les dieron unas breves
94
instrucciones, tras lo que las dejaron. Las esclavas parecían felices, y de hecho
sólo una cinta oscura en sus cuellos evidenciaba su condición. La rodearon,
quitándole la ropa y haciéndola pasar a otra sala, también de reducidas
dimensiones.

Se trataba de unos baños. Haciendo comentarios sobre su mal aspecto y


estado de higiene, se dispusieron a remediarlo. La bañaron, secaron y peinaron a
lo largo de varias salas destinadas a estos usos. Su cabello había crecido algo; lo
cepillaron hasta dejarlo brillante de nuevo. Al fin procedieron a vestirla, con lo que
debía ser una especie de versión de fiesta del traje campesino local: larga falda de
volantes, no demasiado amplia, blusa lujosamente bordada en varios colores y
una faja de seda roja. Al final le colocaron unos pequeños pendientes de rubíes y
un discreto collar de oro con otro rubí y se alejaron un poco, como admirándola.
Hasta entonces, Taia no había hecho comentarios ni preguntas; era suficiente
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

estar recibiendo aquellas atenciones después de la mazmorra. Pero entonces se


preguntó a qué venía todo aquello. De hecho, hizo la pregunta en voz alta.

—Tenéis audiencia con la reina, princesa. —le contestaron, algo más serias.

—Acaba de regresar de la guerra. —dijo otra, pensativa.

—Debéis estar contenta por su vuelta, princesa. Tal vez ahora las cosas
mejoren para vos. —afirmó una tercera.

Taia se reservó sus comentarios. De hecho, no tuvo ocasión para mucho


más; las guerreras regresaron entonces y la escoltaron de nuevo hacia otra parte
del palacio. Estaban de nuevo en la zona noble, lo que le llevó a pensar que la
conducirían de nuevo a la sala del trono. En cambio, entraron en una sala más
reducida, aunque decorada de forma más lujosa. Por lo visto a través de las
ventanas, debía ser por la tarde, y no demasiado temprano. Las guerreras la
dejaron a solas en medio de la sala, en el centro de la cual había una mesa
95
servida con no pocas viandas y jarras de cristal llenas de rojo vino. Taia se acercó,
pese a que no se atrevía a tomar nada. Aunque no dejaba de ser tentador,
después de la mazmorra...

De repente, se abrió otra puerta, distinta a aquella por la que había entrado.
De hecho, no se había fijado en su existencia, y la irrupción la sobresaltó.

—Buenas tardes, princesa. —le dijo la reina Erivalanna, sonriente. Iba


vestida con coraza de escamas doradas, hombreras del mismo color y espada.
Parecía recién salida del campo de batalla. De hecho, llevaba el casco
empenachado de rojo bajo el brazo—. Me alegra veros. Tomad asiento, por favor.
Me complacerá compartir este pequeño banquete con vos, ahora que por fin
puedo. Acabo de regresar de una larga expedición, y lo primero que he pensado al
volver ha sido en vos. —terminó, haciendo un gesto hacia el asiento ante ella y
sentándose en el propio tras dejar el casco a su lado—. Debéis perdonar mi
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

aspecto, princesa, pero mi ansia por veros me ha impedido perder el tiempo


quitándome el polvo del campo de batalla. —continuó, y sirvió entonces vino para
ambas en copas de fino cristal—. Pero os veo callada. ¿No os han tratado bien en
mi ausencia? Debo decir que vuestro aspecto es excelente.

Taia pasó sus dedos por la copa, sin tocarla. Aquello era una indudable
comedia. Se resistía a contestar, aunque en un impulso abrió la boca.

—Sabéis muy bien cómo me han tratado, reina Erivalanna, puesto que estoy
en vuestro poder. Por otra parte, estáis en vuestro derecho. Ni he pedido ni quiero
todo esto.

—Oh vamos, princesa. Y no me llaméis reina Erivalanna. Es muy formal y


estamos a solas. Os llamaré Taia, ¿de acuerdo? Podéis llamarme Eri. —Sin
esperar respuesta prosiguió—. Todo se debe a mi deseo de asegurarme vuestra
compañía. Vuestra madre podría intentar algo, y no queremos que nada de eso 96
suceda y me vea obligada a tomar represalias sobre vuestra hermosa persona,
¿no creéis? De hecho, conozco algunos rumores que me hacen pensar que
prepara algo. Pero no hablemos de eso...

Taia no se dignó a contestar a la velada amenaza, y la reina prosiguió,


empezando a comer.

—Esto está delicioso. ¿No os apetece algo, Taia? Adelante... —dijo, al ver
que sus ojos se iban hacia los manjares dispuestos sobre la mesa.

—Bien, ¿por qué no? —repuso ella, alcanzándose un muslo de pollo


asado—. Pero supongo que no estáis aquí para aseguraros de mi correcta
alimentación.

—He venido para eso y para mucho más, Taia. —sonrió ella de nuevo—. De
hecho, no podía esperar a contaros las últimas novedades. Me alegra poder
comunicaros que han caído en mi poder los reinos de Umbrelicania y Latiria.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Taia, pese a que se había prometido mantenerse impasible, no pudo evitar


un respingo. Umbrelicania era una de las ciudades más cercanas a Athiria, y más
que una aliada era casi una parte del reino. Latiria era uno de los reinos más
poderosos entre los aliados de su madre.

Erivalanna sonrió al ver su desconcierto, mostrando los dientes.

—¿Os sorprendéis? Bien, no es de extrañar, pues vuestra madre ha


cumplido con su parte y no ha movido un dedo para ayudarlas. Aunque eso es lo
de menos. Lo más importante es que el tiempo de vuestro cautiverio se acorta.
Sufro tanto como vos al pensar en la mazmorra que, por desgracia, sigue siendo
necesaria para asegurarme vuestra deliciosa compañía. Pero pronto eso no será
necesario, en cuanto Athiria caiga en mis manos. Entonces podremos entrar
ambas una al lado de la otra en el que será nuestro reino. Cuento los días que
quedan para que ese deseo se haga posible...
97
Al acabar de decir esto alargó la mano a través de la mesa, posándola en la
suya. Taia la retiró de inmediato, consternada.

—Jajaja —rio la reina— no temáis. Veo que aún no os habéis acostumbrado


a mi compañía. Me temo que os he desatendido de forma inexcusable. Y aún
temo más, puesto que pronto tendré que salir en una nueva campaña. Pero a mi
vuelta, os prometo que todo será muy distinto...

El resto de la velada la pasaron comiendo y bebiendo, con tan solo unos


parcos comentarios de la reina y un obstinado silencio por parte de Taia.
Erivalanna no pareció molesta por ello, sino que se concentró en su comida. De
hecho, pareció haber perdido el interés en ella, y al terminar se puso en pie. Tras
una breve despedida se marchó de forma algo brusca por donde había venido.
Casi al instante volvieron las guardianas. Su actitud hacia ella no parecía haber
cambiado en lo más mínimo, y la condujeron de vuelta abajo, a su mazmorra.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 6

De "Alanna: ¿una sociedad lésbica?", por A. Anastasic, en La Isla de


Safo, Revista de la A.L.I., núm. 567, Alfa, 1123:

«Aunque esta sociedad cabe describirla desde luego como básicamente


lésbica, no conviene realizar valoraciones apresuradas, ni lanzarse a
consideraciones entusiásticas.

»En primer lugar, las nativas de Alanna carecen de una palabra


equivalente, e incluso del concepto mismo de lesbianismo. Sin duda,
intentar explicarles la idea de relación homosexual femenina tendría el
mismo efecto que tratar de introducir en concepto de "humedad" en una
sociedad de peces. 98
»Por otra parte, conviene aclarar desde el principio que la casi totalidad
de mujeres de Alanna mantiene relaciones sexuales con varones, aunque de
un modo totalmente distinto al de cualquier otra sociedad. Esto tampoco
debe conducir a valoraciones descalificatorias. Como veremos, las
presiones sociales y las necesidades reproductivas singulares de este
mundo han dado lugar a soluciones de indudable ingenio y adaptabilidad.
[...]

»Pese a lo anteriormente dicho, el concepto de sexualidad "desviada" o


"no ortodoxa" para calificar las relaciones heterosexuales (sic) sí que existe
en esta sociedad, lo que puede llevar a la perplejidad a quien se aproxime a
estos estudios por vez primera. En efecto, estos conceptos se aplican,
usando la idea de "perversión", para calificar a aquellas mujeres que buscan
el contacto sexual con varones más allá de la necesidad puramente
reproductiva, o con más regularidad de la socialmente aceptada. La
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

frecuencia de estos comportamientos es difícil de cuantificar, aunque se


puede decir que es bastante ocasional. Por otra parte, en casi ningún caso
conlleva un abandono de la sexualidad considerada "ortodoxa", en este caso
lésbica, sino que se suele simultanear. Esto muestra hasta qué punto la
sexualidad lésbica ha alcanzado en Alanna un grado tal de difusión social,
que se ha convertido en parte integrante del "sentido común social", y por
tanto no se la cuestiona en ningún caso.»

La llevaron hasta una gran sala casi vacía aunque bien iluminada por luz
99
natural. En un estrado se sentaba una mujer. Su asiento era cualquier cosa menos
un trono; apenas una banqueta de campaña. Se inclinaba hacia delante. Llevaba
una sencilla túnica blanca, cubierta en parte por una coraza de escamas doradas.
Su cabello, rubio y ondulado, le caía en ondas a ambos lados de la cara. Sobre su
corta falda blanca descansaba una espada. Sus sandalias eran también doradas.
Sobre su frente llevaba la cinta de lino blanco de la realeza.

Una vez en su presencia, a los pies del estrado, su captora la golpeó tras las
rodillas.

—¡Al suelo! ¡Inclínate en presencia de la reina!

Gwyn así lo hizo, cayendo sobre sus rodillas. Aunque alzó la vista para
contemplarla.

—Vaya. Debía haberlo supuesto. Una mercenaria de las Tierras Altas. —dijo
la reina, pensativa—. ¿También las demás?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Esto último iba dirigido a la capitana. —Todas, majestad. —contestó.

—Era de suponer. ¿Cómo te llamas? —Esto ya iba a ella.

Aquello podía responderlo sin ningún cargo de conciencia. Tras un instante,


en efecto, lo hizo: —Gwyn.

—Muy bien, Gwyn. ¿De qué clan eres?

Se lamió los labios antes de responder. Recordó a Rya.

—De ninguno.

Recibió entonces una patada en la espalda, que la lanzó de bruces contra el


suelo.

—¡Dirígete a la reina como majestad! ¡Y no te atrevas a mirarla! —exclamó la


capitana.
100
—Está bien, Alina. Ya habrá tiempo... —dijo la reina, con tono mesurado—.
Está bien, guerrera. Hay algo más que quiero saber. Contesta y tu destino no será
tan malo. —Pese a la orden, Gwyn había alzado el rostro y la contemplaba de
nuevo. Era el único gesto que podía hacer, pues Alina la mantenía contra el suelo
con un pie sobre su espalda.

—Hasta podría ser un destino agradable... —proseguía la reina, sonriendo


ahora al tiempo que la miraba con detenimiento—. Veníais de parte de la reina de
Athiria, ¿no es así?

Aquella era la pregunta que no debía responder jamás. Una simple


afirmación y todo el honor del clan quedaría destruido. Las habían requerido para
esa misión con el objetivo de no comprometer a Athiria. Si traicionaba aquello, la
princesa a la que habían ido a rescatar pagaría las consecuencias, la reina de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Athiria lo sabría y el honor del clan quedaría mancillado sin remedio. Apretó los
dientes y negó.

El pie sobre su espalda apretó aún más. Sin embargo, la reina hizo un gesto
para detener a su capitana. Esa mano se inclinó de nuevo, y cuando se volvió a
alzar, portaba un látigo.

—Ya veo. —susurró la reina—. Una salvaje con sentido del honor.
Tendremos que tomar medidas...

Fue arrastrada hasta una pared. Sus grilletes fueron fijados a algún soporte,
y alzados. Al fin, las puntas de sus pies dejaron de tocar el suelo. La herida en su
hombro se estiró, los grilletes se le clavaron en las muñecas. Su justillo de cuero
fue arrancado.

—Te lo preguntaré de nuevo. —oyó a la reina tras ella—. ¿Veníais a rescatar


a la princesa por cuenta de la reina de Athiria?
101
—No. —respondió con voz firme, y apretó los dientes. Era extraño que fuera
la propia reina quien ejecutara el castigo. Aquello no podía ser sino malo;
significaba tanto destreza como vocación por el látigo. El inmediato golpe sobre su
desprotegida espalda la dejó sin aliento, aunque no le arrancó en menor gemido.

—Sé perfectamente que era así. Sólo quiero que me lo confirmes y esto
acabará. ¿Veníais de Athiria?

—No.

El siguiente golpe le cruzó la espalda en la diagonal opuesta. Le alcanzó por


tanto la herida del hombro, que ardió con renovado fuego. Gwyn apretó los dientes
aún más fuerte; ni un susurro escapó por su boca.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Vamos, vamos... ¿Por qué toda esta ridícula abnegación? Una sola
palabra, y quien pagará por los actos de la reina de Athiria será su hija, no tú. ¿Por
qué recibir los latigazos que en justicia le están destinados a ella? —La reina no
parecía enfadada por su resistencia. Antes bien, su voz parecía entre divertida y
animada, lo que confirmó las sospechas de Gwyn—. Eh, vamos, todas lo sabemos
ya. Sólo necesito oírlo de tu boca. ¿Vienes de parte de la reina de Athiria?

—No...

La fuerza del tercer latigazo hizo que los dos precedentes parecieran dados
con desgana. Gwyn sintió que se le nublaba la vista. Se mordió el labio inferior con
fuerza, en silencio.

—Ya está bien, se acabaron las preguntas. Por última vez, ¿me complacerás
en lo que deseo?

—No.
102
Los latigazos se sucedieron ahora sin preguntas ni pausas, con previsible
regularidad. En medio de la marea de dolor, que iba y venía en oleadas sucesivas,
Gwyn pensó que, en efecto, la reina era tan experta como entusiasta en el manejo
del látigo. Sin embargo, ni un solo golpe la hizo gemir, hasta que una dulce
inconsciencia la arrebató.

x
Despertó de repente en un pequeño calabozo. Acababa de recibir un cubo
de agua fría sobre sus hombros, que era lo que la había despertado. Estaba
echada de bruces contra el suelo de piedra. La estancia era minúscula y sin
ventanas; sin embargo, parecía bastante iluminada.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Seguía llevando los grilletes en muñecas y tobillos. Sólo la cubría su falda de


guerrera. De alguna forma, sus botas habían desaparecido también.

Miró a su alrededor y comprobó que la luz provenía de varias antorchas


situadas fuera del calabozo. La puerta estaba abierta, y bajo su dintel se hallaba
de nuevo la reina; tras ella, varias guerreras de su escolta.

—Eres admirable. —dijo—. Salvaje pero admirable. Sin embargo, aquí abajo
podría tratar de arrancarte la verdad con métodos más sofisticados. —La mirada
de la reina se desvió hacia fuera del calabozo. Allí parecía haber una complicada
serie de potros y marcos de madera, con grilletes y otros instrumentos metálicos
de dudoso propósito—. No le debes nada a esa princesita, Gwyn. —continuó,
mirando subrepticiamente a un lado. Desde el suelo, ella no pudo ver adónde—.
Confiesa, y tus penalidades acabarán, y los latigazos que has recibido caerán
sobre otras espaldas. Después de todo, es por culpa de la princesa que estás
aquí, ¿no es así al fin y al cabo? Incluso te permitiría que la castigaras tú misma. 103
Ella es quien tiene la culpa de tu situación, de la muerte de tus compañeras. ¿No
sería una compensación azotarla como yo he hecho contigo antes? Te aseguro
que ella sí gemiría, Gwyn. Y es mucho más satisfactorio así. Vamos, ¿qué le
debes? Nada. En cambio, si confiesas, te ahorrarás todo lo que mis métodos de
tortura pueden imaginar, y te aseguro que no es poco...

Se detuvo un instante, contemplándola ahora directamente desde arriba, y ya


no mirando de reojo a aquel lado de la pared. Al fin, viendo su falta de respuesta,
prosiguió, con un tono de voz diferente.

—Pero sé que no serviría de nada. —dijo—. Las cosas te podrían haber ido
bien, incluso muy bien. Eres salvaje, pero fuerte y hermosa. Te podría haber
buscado ciertos usos si tan sólo hubieras cooperado. Una lástima. Morirías antes
que confesar, ¿no es cierto?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Mátame ahora. —le respondió sin dudar, recordando a sus compañeras


caídas en el campo de batalla—. Rápida o lentamente, es lo mismo.

—Ya veo. Sí, una lástima. Tal vez fuera divertido intentarlo, pero acabaría
frustrada y sin respuestas, ¿verdad? Bueno, dejémoslo. De momento.

Dicho esto, la reina dio media vuelta y, sin más, abandonó el calabozo. La
pesada puerta se cerró con un retumbar, dejándola en las tinieblas. Justo en ese
momento, escuchó un chasquido. Con el último resplandor de luz, vio que había
una especie de ventanuco en la pared, que era aparentemente hacia donde había
dirigido su mirada de reojo la reina. Al cerrarse la puerta, el pequeño ventanuco
había sido cerrado también con una gruesa hoja de madera.

x
No pasó mucho tiempo hasta que la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era 104
sólo la capitana, Alina, con dos guerreras más.

—Ponedla en pie. —les dijo.

Así lo hicieron, sujetándola por ambos brazos.

—Ya no tienes valor para la reina. No mucho, al menos. —le dijo Alina,
acercándosele—. Sin embargo, aún se puede sacar algo de ti. —Dicho esto, le
colocó y cerró en torno al cuello un nuevo grillete de negro metal—. Ahora eres
una esclava. Intentaremos sacar algunas monedas por ti. Si no, irás a las minas. Y
ya sabrás que nadie regresa de las minas.

Fue arrastrada fuera del calabozo, tal y como estaba, aherrojada de pies y
manos, con su grillete al cuello pero sin cadena, puramente simbólico, al menos
de momento. El exterior del calabozo era, en efecto, una compleja sala de
torturas. Las puertas de otros calabozos, cerradas, daban también a ella. La
condujeron hacia arriba, por pasadizos y escaleras de caracol.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Sólo después de ese recorrido salieron a lo que le pareció la intolerable luz


solar. Gwyn parpadeó. Una fachada lateral del palacio de la reina daba a una
amplia y concurrida plaza. La portezuela por la que habían salido daba a un gran
estrado. Sobre él, a su lado, había algunas mujeres, también con grilletes en torno
a sus cuellos, aunque no sobre sus muñecas y tobillos. Parecían abatidas, al
contrario que las guerreras que las custodiaban.

Bajo el estrado se apiñaba una dispersa multitud, que miraba a las del
estrado.

—¡Sólo quince soles! —gritaba una mujer libre, elegantemente vestida.


Señalaba a una mujer de pelo oscuro y lacio, corta estatura, piel morena y
enormes ojos marrones—. ¡Vamos! ¿Nadie pujará? Es dócil, proveniente de la
Tierra de las Islas. ¡Excelentes cocineras!

Se trataba, evidentemente, de un mercado de esclavas. Las transacciones 105


se fueron desarrollando una tras otra. Gwyn era la última; para cuando la
empujaron hacia el frente del estrado, la mayor parte de la multitud de
compradoras ya se había dispersado. Pudo comprobar entonces que, en realidad,
ya estaba anocheciendo. Sus ojos se habían acostumbrado de nuevo al exterior,
habían dejado de lagrimear y podía ver bien.

—Esto, ejem... ¡Una verdadera novedad! —gritó la vendedora, tras mirarla de


reojo—. ¡Una salvaje guerrera de las Tierras Altas! ¡Fuerte, alta y de exuberante
cabello negro! —Le palmeó entonces los bíceps, como para evidenciar sus
cualidades—. ¿Nadie pujará por esta exótica salvaje?

La verdad era que apenas nadie le prestaba atención. Apenas un par de


grupitos se dignaban mirarla. Entre ellos, una mujer de mediana edad, de rubio
pelo ya algo canoso. A su lado, una jovencita alta y delgada le hablaba.

—¡Vamos, mamá! Mírala. Parece muy fuerte. ¿Por qué no?


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La mujer pareció poco animada. —Oh vamos, Lidonie. ¿No la ves? ¡Si está
hecha una piltrafa! Debe ser una criminal.

—¡Ohh por favor, mamá! Me gustaría tanto tener una esclava de las Tierras
Altas. ¿Quién más tiene una esclava de las Tierras Altas, eh?

La vendedora se animó algo ante esta discusión. —Sólo diez soles, señoras.
¡Una auténtica ganga!

—Si nadie tiene a una de esas salvajes en su casa, por algo será. He oído
decir que son indómitas. —continuó la madre, impertérrita—. ¿Quieres que nos
degüelle mientras dormimos?

—Oh vamos, mamá, no lo dirás en serio. Yo me encargaré de ella, ¿de


acuerdo? Te aseguró que conseguiré que sea dócil y trabajadora. —insistió la
joven, con una sonrisita y un mohín.
106
—Bueno, está bien. Total, por ese precio... —admitió al fin la mujer mayor—.
Pero si da problemas, nos desharemos de ella. ¿Entendido, Lidonie?

—¡Sí, sí, mamá! ¡No te preocupes! —exclamó la joven, entusiasmada, dando


saltitos al tiempo que batía palmas.

La madre pujó entonces, y ante la falta de competencia, la transacción se


liquidó en un instante. La vendedora recogió sus bártulos, al tiempo que las
guerreras empujaban a Gwyn escaleras abajo del estrado. La jovencita, sonriente
y excitada como ante una nueva mascota, le pasó una cadena por el grillete del
cuello. Tirando de él, hizo que Gwyn, abatida más allá de la idea misma de
rebeldía, las siguiera por las cada vez más oscurecidas calles de la ciudad.

Entre su lamentable estado y la oscuridad creciente, Gwyn apenas logró


fijarse en nada de lo que la rodeaba. Arrastraba sus pies encadenados por el
polvo de la calle, mientras era observada con diversos grados de interés o
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

curiosidad. Cabizbaja y algo avergonzada por su situación, apenas alzó la vista


cuando se internaron en un oscuro pórtico. Este dio paso a una puerta, y esta, a
un vestíbulo iluminado por unos candiles.

—Llévala a las habitaciones de los esclavos. —dijo la mujer mayor,


desentendiéndose. De hecho, ni siquiera la miró—. Recuerda que dijiste que te
ocuparías de ella. —A quien se dirigía era a su hija.

—Sí mamá. —repuso esta—. Ven, vamos. Sígueme. —le dijo a ella, agitando
la cadena.

Por fin, Gwyn sintió hervir la rabia en su interior. Pero encadenada de pies y
manos como estaba, y exhausta y dolorida por los latigazos, poco podía hacer.
Obedeció.

Como después conocería bien, la casa era amplia y lujosa. La parte frontal
en la que se hallaban incluía el vestíbulo y una serie de lujosas habitaciones
107
destinadas sobre todo a las visitas. Tras esta parte, se abría un hermoso patio
abierto al cielo y rodeado de una galería. A izquierda y derecha se abrían los
dormitorios de las habitantes de la casa. Tras esta zona, en la parte trasera, se
hallaban las habitaciones de las esclavas y las instalaciones anejas, la zona
menos noble, con cocina, baños y almacenes. Hacia allí fueron.

Entraron en una sala, amplia aunque desolada. En medio de las desnudas


paredes tan sólo se veían una serie de camastros y unas cómodas de mimbre.
Algunas esclavas, rubias todas, se hallaban sentadas sobre las camas. Todas se
pusieron en pie, sorprendidas, en cuanto ambas entraron en la sala.

—Hola a todas. —dijo Lidonie—. Os traigo a una nueva compañera. Lo ha


pasado mal, así que ayudadme con ella.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Entre todas la tendieron boca abajo sobre un camastro. En cuanto vio en


detalle todos los golpes de látigo sobre la espalda de Gwyn, Lidonie se llevó una
mano a la boca y soltó un pequeño gemido.

—Oh, diosas. ¿Qué te han hecho?

La pregunta parecía retórica, y de hecho lo único que hizo Lidonie fue


impartir órdenes para que la acabaran de desnudar y le lavaran las heridas.
También le quitaron al fin los grilletes y cadenas, aunque la argolla en torno al
cuello siguió en su sitio. Bajo las órdenes de su joven ama, las esclavas cuidaron
las heridas de Gwyn, que suspiró aunque se abstuvo de mostrar dolor. Así y todo,
se sintió a punto de perder el conocimiento varias veces.

—¿Qué has hecho para que te hayan castigado así? —preguntó al fin
Lidonie, pasando con cuidado una mano por su espalda. Esta vez la pregunta sí
parecía exigir una respuesta. 108
Gwyn hizo un esfuerzo y se volvió para mirar por sobre su hombro. Lidonie
se hallaba pulcramente sentada al borde del camastro. Pese a lo que esperaba
ver Gwyn, su expresión sólo mostraba piedad. Mirándola a los ojos, le respondió.

—Si no te importa, preferiría no hablar de ello.

—Oh. —la joven pareció más sorprendida que enfadada por su altanera
respuesta—. Está bien. Ya habrá tiempo para eso. Ahora descansa. Ellas se
ocuparán de ti.

Pareció a punto de levantarse e irse. También parecía dudar. Pasó una


mano por su costado, libre de golpes de látigo. Más parecía la caricia que
dedicaría a una mascota que algo lascivo. También recorrió todo su desnudo
cuerpo con la mirada. Era evidente que se fijaba en los latigazos, y también en las
otras cicatrices, ya viejas, que adornaban su piel.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Supongo que eras una gran guerrera, allá en tu tierra. Ya me contarás,


espero. —prosiguió. Suspiró, como resignada ante su falta de colaboración. Al fin
su mano se posó sobre su cuello—. Si eres buena, te cambiaré esto —se refería a
la argolla de metal— por una cinta de tela como a las otras. Pero todo llegará.
Ahora descansa.

Se levantó al fin y se fue sin mirar atrás ni impartir nuevas órdenes. Gwyn se
sintió alcanzada de repente por todo el peso de aquel espantoso día, y su
conciencia se disolvió en un bendito olvido.

Al día siguiente, su aburrida rutina fue interrumpida de nuevo. Al principio


sólo se escucharon algunos sonidos justo fuera de su mazmorra. Una puerta se
abrió, aunque no era la suya. Parecía tratarse de un grupo numeroso, y pese al
grosor de las paredes, creyó escuchar la voz de la reina. Repentinamente, la
puerta de su calabozo se abrió y dos guerreras irrumpieron dentro. Taia parpadeó
ante la súbita luz de las antorchas. Su confusión aumentó cuando las guerreras la 109
pusieron en pie y la obligaron a acercarse a una de las paredes, en vez de sacarla
de allí. A un lado de la celda, casi junto al techo, existía un minúsculo ventanuco
permanentemente cerrado con una plancha de gruesa madera. Taia siempre se
había preguntado para qué serviría. No daba al exterior, puesto que estaban bajo
tierra, ni tampoco a la sala de torturas, ya que daba a un lado. De inmediato pudo
comprobar su propósito, puesto que fue abierto y ambas guerreras la obligaron a
mirar por el pequeño hueco agarrándola por el pelo.

Allí, en una celda idéntica a la suya, puedo ver a una mujer tirada en el suelo
de piedra. Tenía los cabellos largos y oscuros, y parecía alta y fuerte; sin duda una
guerrera de las Tierras Altas. Por un momento pensó en las que la habían
secuestrado, pero pudo ver que no, no debía ser una de ellas. Tan solo llevaba
una falda encima, y sus anchas espaldas estaban cruzadas por las marcas de
innumerables latigazos recientes. También pudo escuchar la voz, sin duda de la
reina, que se dirigía a aquella mujer.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—... podría tratar de arrancarte la verdad con métodos más sofisticados. —le
estaba diciendo la reina. Desde su posición, Taia apenas podía verla, aunque la
escuchaba con claridad. La verdad era que no podía hacer otra cosa; las dos
guerreras la obligaban a mirar por el ventanuco—. No le debes nada a esa
princesita, Gwyn. —continuó, al tiempo que la guerrera se incorporaba lentamente,
como si hacerlo requiriera todo su esfuerzo—. Confiesa, y tus penalidades
acabarán, y los latigazos que has recibido caerán sobre otras espaldas. Después
de todo, es por culpa de la princesa que estás aquí, ¿no es así al fin y al cabo?
—Taia contuvo el aliento. Sin duda hablaban de ella. ¿Había tratado de rescatarla
esa guerrera? Si era así, su fracaso no podía resultar más lastimoso. Había
recibido más latigazos de los que una persona podía razonablemente recibir. Pero,
¿de qué trataba de convencerla la reina?

—... te permitiría que la castigaras tú misma. —proseguía la reina—. Ella


tiene la culpa de tu situación, de la muerte de tus compañeras. ¿No sería una
compensación azotarla como yo he hecho contigo antes? Te aseguro que ella sí
110
gemiría, Gwyn. Es mucho más satisfactorio así. Vamos, ¿qué le debes? Nada. En
cambio, si confiesas, te ahorrarás todo lo que mis métodos de tortura pueden
imaginar, y te aseguro que no es poco...

¡Estaba hablando de ella! Claro, recordaba lo que le dijo: un intento de


rescate significaría un castigo para la rehén, como disuasión. Contempló la
espalda de la guerrera y se estremeció. Erivalanna había sido toda amabilidad
hasta entonces, pero de alguna forma había intuido su crueldad. Ahora la veía con
sus propios ojos.

Entretanto, la guerrera se había incorporado un poco sobre sus manos,


volviéndose hacia su interlocutora. Pese a su lamentable estado, Taia pudo ver
entonces relampaguear sus ojos, de un azul intensísimo. La reina también pareció
comprender su actitud indomable, y calló por unos instantes, para proseguir en
tono decepcionado:
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Pero sé que no serviría de nada. Las cosas te podrían haber ido bien,
incluso muy bien. Eres salvaje, pero fuerte y hermosa. Te podría haber buscado
varios usos si tan sólo hubieras cooperado. Una lástima. Morirías antes que
confesar, ¿no es cierto?

Definitivamente, estaba tratando de hacerle admitir que había ido en su


rescate, para así poder castigarla a ella. Taia contuvo el aliento. ¿Por qué se
resistía? No la conocía de nada, no le debía nada, y sin embargo parecía
dispuesta a lo que fuera. Entonces respondió al fin, y pudo escuchar su voz.

—Mátame ahora. Rápida o lentamente, es lo mismo.

—Ya veo. Sí, una lástima. Tal vez fuera divertido intentarlo, pero acabaría
frustrada y sin respuestas, ¿verdad? Bueno, dejémoslo.

La reina dio media vuelta y la puerta se cerró con un brusco estampido,


quedando la celda súbitamente a oscuras. Las dos guerreras a su lado también
111
cerraron el ventanuco y la alejaron de él. Al instante se volvieron, abriendo la
puerta de su mazmorra. La reina entró por ella, al tiempo que las guerreras salían.

Por unos instantes, la reina se limitó a contemplarla, pensativa. Taia no sabía


qué decir ni dónde meterse. Habría huido de haber podido hacerlo, pero lo único a
su alcance era el extremo opuesto de la celda.

—Ya lo has visto. —dijo al fin la reina, señalando hacia la celda contigua—.
Te has salvado, y no alcanzo a comprender por qué. Podría haberse librado desde
el principio con sólo una palabra, y todos esos golpes habrían caído sobre tu
deliciosa espalda. Ay... Estas guerreras salvajes son a veces muy útiles, pero
siempre tercas. Esta es la única superviviente del grupo que trataba de rescatarte.
Una tal Gwyn; su nombre es todo lo que he logrado sacarle. Me habría gustado
darte las mismas caricias que le di a ella... La experiencia me ha demostrado que
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

sirven para domar a algunas, si no a todas. —Taia vio que pasaba su mano por un
látigo enrollado en su cinto, y se estremeció—. Y aún podría.

—No me hagas daño, por favor... —suplicó, y se retrepó ella contra la


esquina opuesta de su celda, aterrorizada.

—Oh bueno, podría hacerlo. Te aseguro que ha sido un intento de rescate,


sin duda enviado por tu madre. Un intento patético, eso sí. Pero eso es lo de
menos... La cuestión es que, como ella, necesitas ser domada. He intentado ser
amable contigo, y sólo he conseguido silencio y miradas de desprecio. Pero ahora
tengo prisa, y tú mereces toda mi atención. Pronto tendré todo lo que quiero, y eso
te incluye a ti, de una forma o de otra. Tu castigo queda aplazado. Reflexiona
sobre ello.

Dio de repente media vuelta y se marchó, dando largas zancadas. La puerta


se cerró de nuevo, y esta vez la oscuridad resultó bienvenida. 112
x
Poco después volvió a escuchar ruidos, y su corazón se desbocó al pensar
que quizás la reina había cambiado de opinión. Pero por los sonidos que oía,
parecía que se llevaban a la guerrera a la rastra. Taia se mordió un nudillo,
pensando que sin duda se la llevaban para ejecutarla. Vertió algunas lágrimas,
pensando que de nuevo moría gente por su culpa. En todo caso, y por lo que pudo
oír, ni suplicó ni chilló. No pudo dejar de envidiar la firmeza desafiante de aquella
guerrera. Ojalá pudiera ser como ella, suspiró. Pronto volvió el absoluto silencio
habitual.

A partir de entonces no siempre estuvo en la misma mazmorra. Sus


guardianas pretextaban motivos de seguridad, explicando que la posibilidad de
una intrusión en el palacio las obligaba cambiarla de lugar de encierro. Sin
embargo, no parecían ni preocupadas ni apresuradas. Se limitaban a sacarla de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

su mazmorra, tanto durante el día como en medio de los períodos que ella
consideraba la noche. Estos quedaban definidos simplemente por su sueño, que
las guardianas interrumpían bruscamente para llevársela sin ninguna explicación.
Jamás le decían adónde la llevaban, y de hecho a veces parecía que la llevarían
de vuelta al palacio. Pero nunca lo hacían. La conducían arriba y abajo,
desorientándola, y por lo general la acababan arrojando a una mazmorra aún más
pequeña, húmeda y tétrica. A veces parecían olvidarla, y pasaba lo que parecía un
día o dos sin que le trajeran alimentos ni agua ni escuchara el menor ruido. Pero al
final siempre la sacaban de nuevo de allí, y tras más vueltas y revueltas la
conducían a su mazmorra original, para reiniciar el proceso al poco tiempo.

Un día la despertaron de nuevo de repente, algo agitadas esta vez. La


llevaron hacia arriba, y en esta ocasión sí que acabaron apareciendo en el palacio
propiamente dicho. Esta vez no se vio deslumbrada; por las ventanas titilaban las
estrellas. A aquellas alturas, su hermoso vestido de volantes estaba casi
destrozado, y su estado era aún más lamentable que la vez anterior en que pisó el
113
palacio. La llevaron de nuevo a los baños, aunque esta vez los cuidados que
recibió fueron más elementales y apresurados: apenas un baño perfumado. Un
par de esclavas, ya no tan juguetonas como la otra vez sino serias y
concentradas, la secaron y la vistieron con prisas. No le pusieron esta vez un
vestido, sino que la cubrieron con unas pocas gasas de seda, aquí y allá. Le
colocaron muchísimas joyas de oro, en brazos, tobillos, cuello y aun otras partes
de su no muy oculto cuerpo. De repente, las guerreras volvieron y la arrastraron
sin miramientos a una sala que no era ninguna de las que había visitado con
anterioridad. Se sentía muy débil; de hecho sólo los fuertes brazos que la
arrastraban la mantenían en pie. Al entrar en la sala, esos mismos brazos la
lanzaron de bruces al suelo y pronto se encontró de nuevo sola.

Se encontraba sobre una mullida alfombra. Alzó la vista, y creyó que se


encontraba sola en la amplia habitación. Pero entonces vio que no era así; la reina
se encontraba sentada sobre el borde de una gran cama con dosel. No llevaba
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

armadura esta vez, sino tan solo la sencilla túnica blanca con bordado de oro que
solía llevar debajo de sus implementos militares. Alzó la vista y la miró, aún tirada
sobre la alfombra. Lo que sí llevaba, se dio cuenta Taia, era su cinturón, del que
pendía la espada, y además el látigo. Se alzó, se le acercó y la contempló desde
arriba, acariciando precisamente el látigo.

—Bien, princesa, ha llegado la hora de escoger. Debo decir que la próxima


vez que vuelva, será ya con Athiria en mis manos. En consecuencia, cuando eso
ocurra, ya no me serás de utilidad. Por tanto, debes escoger, aquí y ahora, si
quieres ser mi novia, y compartir conmigo mi triunfo, o mi prisionera. Debo decir
que en ese caso, también compartirás entonces mi triunfo, pero cargada de
cadenas y arrastrada ante tu pueblo para que vea quién es la vencedora y quién la
vencida. Sea como sea, de una forma o de otra entraremos juntas en Athiria,
amor. —concluyó, inclinándose para acariciarle el mentón.

Ella trataba de incorporarse sobre manos y pies, y de la misma lastimosa 114


forma trataba de imitar la desafiante negativa de la guerrera norteña. Erivalanna
pareció ver aquello en su expresión, porque torció la cara y dijo: —Debo decir
todavía otra cosa. No es sólo tu bienestar el que está en juego, —susurró,
acariciando de nuevo el látigo— sino el de tu pueblo y tu familia. En cuanto Athiria
esté en mis manos, te haré pagar cada instante de resistencia a mi voluntad con
muerte y dolor, pero el de tus conciudadanas. Sabes que antes o después te
doblegarás. Incluso, si sobreviven a la guerra, creo echaré mano de tus hermanas.
Tal vez alguna de ellas sea más inteligente que tú y, tras escuchar mis
"argumentos" —aquí sonrió con crueldad y volvió a acariciar el látigo— me den lo
que necesito. Sí. Sé que alguna de ellas me lo dará...

Taia había logrado incorporarse sobre sus rodillas. Miró arriba a la cruel reina
y asintió.

—Sí. —dijo—. Haré todo lo que quieras.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La reina ensanchó una sonrisa de salvaje triunfo. Sin una palabra más, la
condujo hacia la amplia cama, mientras Taia trataba de ocultar sus lágrimas.

x
Parpadeó, deslumbrada por la intensa luz solar. Suaves sábanas la
envolvían, sentía una calidez que... ¿Dónde estaba? ¿Había sido todo un sueño?
¿Una pesadilla? Miró a su alrededor y vio a la reina de pie junto a la cama. Esta
vez estaba de nuevo vestida con todas sus armas, y la contemplaba.

—Buenos días, amor. —sonrió—. Me temo que debo abandonar tu lado de


nuevo, aunque desearía no tener que hacerlo. Pero el deber me reclama, y debo
renunciar al placer.

"Oh diosa", pensó Taia. "¿Qué he hecho?" Entonces recordó, y se le revolvió


el estómago. Lo la reina que le había hecho... lo que ella había hecho... Estaba 115
desnuda bajo las sábanas, y la noche anterior volvió a ella poco a poco, como
retazos de recuerdos de una borrachera. La reina se sentó a su lado, sobre el
borde de la cama, y le besó suavemente en los labios. Se apartó un poco, al
tiempo que ella se incorporaba.

—Pero antes... quiero que veas que no tengo secretos para ti. No debemos
tener secretos entre nosotras. Escucha. Hasta ahora he respetado el reino de tu
madre. Me he limitado a atacar a mis enemigas, algunas de las cuales son
enemigas de tu madre también. Pero llegará, y pronto, el momento en que tenga
que tomar una decisión. —Los ojos de Erivalanna relampagueaban, muy cerca de
los suyos—. Si tú quieres, creo que podremos entrar pacíficamente en Athiria. Iré
sentada en el trono, llevada por doce esclavas porteadoras. Y tú irás conmigo,
sentada sobre mi regazo. Tu pueblo nos aclamará, porque lo habremos librado de
la guerra y la esclavitud. ¿Comprendes?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Taia asintió. Erivalanna le sostuvo el mentón en alto con una mano suave
pero firme, y la besó de nuevo. Era una mujer extraña, se dijo. Capaz de las cosas
más sorprendentes. Tan pronto cruel e implacable como dulce y comprensiva.
Recordó de nuevo algunos retazos de la noche anterior y se ruborizó. La reina rio,
pero con calidez, como si la comprendiera perfectamente. De repente se puso en
pie de nuevo.

—Debo pedirte disculpas, mi princesa, pero todavía no me fío de ti. —La


reina miró a su lado, y Taia pudo ver que habían acudido dos guerreras—. Hasta
mi vuelta, me temo que deberé tomar medidas para asegurarme tu deliciosa
compañía. Pero no te preocupes; —y en ese momento se inclinó para acariciarle
la mejilla y el pelo— en cuanto regrese de nuevo volveremos a estar juntas para
siempre.

Se dio la vuelta de repente, y sin mirar atrás se marchó. Las dos guerreras la
agarraron y la sacaron de la cama. A duras penas consiguió Taia agarrar una 116
sábana y cubrirse con ella, mientras la conducían de nuevo hacia abajo. Sin más
contemplaciones que antes, cuando no era la "novia" de la reina, la arrojaron en
su antigua celda y la dejaron en medio de la oscuridad.

x
Allí tuvo tiempo de reflexionar. Era evidente que, como esposa de la reina
Erivalanna, no sería más que su instrumento. Pero no se iba a negar. Todo
aquello había sido culpa suya, y de todas formas ya no había escapatoria. El
intento de rescate había fracasado lastimosamente, como se habían encargado de
mostrarle a través del ventanuco que daba a la celda contigua, y la última
esperanza se había desvanecido.
En definitiva, puesto que no había salida y ella era la responsable, asumiría las
consecuencias. No es que no se diera cuenta de cómo había sido manipulada;
conocía el porqué de malos y buenos tratos, encierros, distorsión de su percepción
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

del espacio y el tiempo, dosificación de malas noticias, verdades y mentiras,


promesas y amenazas. Y, desde luego, el propósito de lo que había ocurrido a lo
largo de aquella última noche... Sintió, al pensarlo, que su cara irradiaba calor en
la oscuridad, que las palmas de sus manos le picaban, inquietas. Desde luego, no
había habido muchas reservas durante aquella noche. Eri había hecho con ella lo
que había querido, y ella había cooperado completamente. Su largo encierro, el
vino que bebieron y el lujo repentino habían asegurado que así fuera... Apartó con
esfuerzo aquellos recuerdos tan vívidos. Se estaba justificando, cuando lo que
debía hacer era asumirlo.
El propósito de todo era evidente. Sin embargo, el saberlo no la ayudaba a
escapar de ello. Ella era responsable. Ya había llevado calamidades suficientes a
su país y su familia. No permitiría que sus hermanas pasaran por eso... No sería
más que un instrumento en manos de Erivalanna, pero lo aceptaría. Sí, lo haría,
sin más reservas. Aquella decisión, extrañamente, la calmó y le permitió al fin
dormir. Un sueño inquieto, con todo. 117
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 7

De "Alanna: ¿una sociedad lésbica?", por A. Anastasic, en La Isla de


Safo, Revista de la A.L.I., núm. 567, Alfa, 1123:

«En cuanto al grado de represión de estas actitudes, veremos que varía


bastante. Se puede afirmar que la "perversión" es tanto más tolerada cuanto
más desarrollada está la subcultura o zona geográfica, y también más
cuanto más arriba se está en la escala social. Con todo, la represión suele
ser puramente moral, y más encaminada a impedir excesos antisociales que
actividades puntuales. En general, la mujer "perversa" se expone a lo sumo
a comentarios maliciosos y a un cierto ridículo y oprobio social.

»El caso de la Reina Distis es ilustrativo acerca de la reacción social 118


ante este tipo de actitudes. La reina Distis se hizo famosa (o infame) por el
nutrido harén masculino que reunió en torno a sí. Los relatos y romances
tradicionales sobre Distis la Perversa se hallan teñidos de una cierta
fascinación morbosa, en la que se detectan elementos de horror,
desaprobación, envidia social y económica y moralización ejemplar. En este
último sentido, el lamentable final de la reina, pese a no tener una relación
directa con sus actitudes sexuales, se considera universalmente en la
literatura de Alanna como un tan inexorable como previsible castigo del
destino.»

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Durante el día siguiente le permitieron descansar. La sala en que se hallaba


era el dormitorio común de las esclavas, seis en total como supo después. Aunque
débil y dolorida, Gwyn sintió que sus fuerzas retornaban. Mientras las demás se
atareaban con sus ocupaciones, pudo reflexionar en soledad.

Su situación era lamentable, aunque tenía la ventaja de ser mejorable.


Escapar no parecía ni mucho menos imposible. Como pudo comprobar a su
alrededor, las esclavas se dedicaban a sus tareas casi sin supervisión ni
vigilancia. Nada impedía que se arrancaran las cintas de tela de sus cuellos y
huyeran. Sin embargo, su propia situación era distinta.

¿Qué sentido tendría escapar? Regresar a su clan resultaba menos atractivo


a medida que iba pensando en ello. Regresar sola, fracasada, sin haber cumplido
su misión y con todas sus compañeras muertas... ¿Por qué estás tú viva y las
demás muertas? La pregunta no sólo se la hacían en su imaginación, a su 119
hipotético regreso al clan. También se la hacía ella misma.

Someterse tampoco era algo que se sintiera inclinada a hacer. Una hija de su
orgulloso clan, convertida en criada de aquellas decadentes y blandas mujeres...
Su corazón se rebelaba ante la idea. Con todo... era la situación en la que estaba,
le gustara o no. Podría haber sido peor, y haber acabado en las minas.
Difícilmente le habrían concedido un día para recuperarse allí. Había oído hablar
de aquellas minas. En cambio, Lidonie, aunque caprichosa y probablemente
mimada, parecía dulce y razonable. En fin. Esperaría y vería.

x
A lo largo de todo el día no vio de nuevo a Lidonie ni a nadie aparte de las
esclavas. Las demás esclavas, se dijo Gwyn, resignada. Con todo, a la mañana
del día siguiente, una de ellas, la mayor de todas y la que solía ser su portavoz, se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

acercó a su camastro. Con voz razonable pero firme, le preguntó cómo se


encontraba y la conminó a levantarse y a que se ocupara de lo que serían sus
tareas a partir de entonces.

—Tal vez aún no estés muy bien, pero eres fuerte. Te dedicarás a acarrear
cosas y tal. Empieza por traer leña a la cocina. —le dijo.

Se levantó al fin. Las esclavas solían llevar encima tan sólo una pieza de
tela, como una sábana, anudada en torno al pecho y sujeta con una tira de tela por
la cintura. Gwyn se cubrió así, aunque dada su estatura, la pieza le quedaba algo
corta. Mientras las demás fregaban el suelo o preparaban el desayuno, se dedicó
a acarrear la leña y a otras tareas durante un par de horas. Luego fue al pozo,
situado en medio del patio, a traer agua para los baños.

Allí la vio Lidonie, que salía de su habitación. Evidentemente, se acababa de


levantar, pues se frotaba los ojos y miraba a su alrededor parpadeando. 120
—Oh, hola, buenos días. ¿Estás mejor? —le sonrió.

—Sí, sí, muchas gracias. —le devolvió la sonrisa, marchando de inmediato a


sus tareas.

No la volvió a ver durante el resto del día. Sin embargo, tras la cena, que fue
servida por otras y no por ella –seguía ocupada de la leña, que era una tarea
constante– otra esclava le hizo saber que la esperaban en una salita lateral. Se
trataba de una habitación pequeña, bien iluminada y con estantes llenos de
pergaminos. Como único mueble, había en su centro una especie de sofá sin
respaldo, lujosamente tapizado en raso rojo bordado. Sobre él se recostaba
Lidonie.

Ya no parecía recién levantada. Su peinado se había trasformado en una


complicada cascada de rizos rubios, sujetos mal que bien por un pañuelo púrpura
en torno. Llevaba encima una túnica de seda, blanca con bordados dorados y en
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

diversos tonos de morado. La chica la contempló, pareciendo insegura por un


instante.

—Vamos, siéntate. Espero poder charlar contigo un rato. —le dijo al fin,
contemplándola con sus plácidos ojos color miel.

Gwyn miró a su alrededor, confundida. En la pequeña sala no había otro


asiento, y Lidonie ocupaba el único que había. Al fin comprendió. Se sentó sobre
la mullida alfombra, a sus pies.

Nuevamente Lidonie la acarició como si fuera un perrito, esta vez su cabello.


Gwyn sintió hervir una súbita rabia en su interior. Pero la chica la miraba con
inocente afecto. Era claro que actuaba con lo que consideraba amistad, sin
olvidar, eso sí, que trataba con una esclava. Era una niña rica; enfadarse con ella
sólo la confundiría. Vivía en una sociedad con sus propias reglas, y actuaba con lo
que consideraba simpatía hacia alguien que, de todas formas, era inferior. Gwyn 121
sintió que su resentimiento se desvanecía, a su pesar.

—Qué pelo tan bonito... No es muy habitual aquí. —le decía ella.

—Lo sé. —respondió tan sólo, controlándose poco a poco.

—Cuéntame alguna cosa. —La chica no parecía saber qué preguntar—.


¿Eras una guerrera, verdad?

—Sí, lo... lo era.

—Eres muy fuerte... ¿Por qué te castigaron así?

Su mirada seguía llena de inocencia. Gwyn pensó en dar otra respuesta


cortante, pero al fin suspiró, resignada.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Fui capturada tras una batalla. Todas mis compañeras murieron, menos
yo. Vuestra reina necesitaba cierta información; trató de sacármela por la fuerza.
Luego se cansó, me puso en venta, y aquí estoy.

—Oh. Lo siento mucho —pareció sinceramente horrorizada—. ¿Qué le


dijiste?

—Nada.

—Oh... Comprendo... Lo siento.

Hubo un instante de incómodo silencio. Con lo que después conoció como su


típica inconstancia, Lidonie cambió súbitamente de tema.

—Me gustaría tanto que me contaras cosas de tu tierra, de las Tierras Altas...

—Es una tierra áspera y dura. No es como esto. Allí no hay lujos, ni tampoco 122
esclavitud.

—¿En serio? No lo sabía. ¿Y los hombres? ¿Son también guerreros?

Preguntó esto último con un cierto espanto incrédulo. Gwyn sonrió.

—No, no. Viven en estancias aparte, en los castillos. Protegidos.

—Ah. Ya veo. No es tan distinto, después de todo.

A partir de entonces la chica pareció aburrida, aunque por alguna razón no


se decidía a marcharse. Con todo, pareció a punto de hacerlo. Dudó, mirando a
uno y otro lado.

—¿Estás ya bien? —le preguntó al fin.

—Sí, sí. Ya estoy trabajando.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Ah. Bien, bien. Me alegro. —se puso súbitamente en pie—. Quiero que
esta noche vengas a mi habitación.

Sin esperar respuesta ni dar mayor aclaración, se marchó sin mirar atrás, tan
altiva como elegante.

x
Gwyn despertó a la mañana siguiente algo confundida. ¿Dónde estaba? De
repente, al notar el bulto de un dormido cuerpo a su lado, recordó. Lidonie no era
ni mucho menos una niña, después de todo. Desde que la recibió en su
habitación, había dado por supuesto que ella no iba a negarse a compartir su
cama. Eso era sin duda porque ninguna otra esclava lo había hecho, sin duda. Se
notaba en su modo de actuar que se trataba de algo relativamente habitual. El
bulto a su lado se removió un poco.
123
—Mmm... Oh, ¿aún estás aquí? —murmuró la chica, su cara enterrada en la
almohada. Con su cadera la empujó un poco hacia el lado de la cama—. Vamos,
ya deberías estar trabajando con las demás. —prosiguió—. No querrás que me
acusen de favoritismo. Fuera, fuera... —insistió, sacándola de la cama sin cambiar
de postura.

Gwyn se incorporó. A tientas, se anudó en torno al pecho la pieza de tela con


la que se cubría habitualmente. Salió de la habitación, parpadeando ante las
primeras luces del alba. Por lo visto, lo ocurrido allí dentro durante la noche
anterior no había cambiado en nada su estatus. Iba a tener que acostumbrarse a
todo aquello.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

x
Lidonie vivía con su madre, Evanna. Esta era viuda o divorciada; nunca se
hablaba del asunto, así que Gwyn no pudo averiguar nada sobre la otra madre de
la chica. Aunque, por los rumores que había oído, algunas mujeres de las Llanuras
concebían sin estar casadas, simplemente visitando los locales de hombres.
Aquello estaba prohibido en las Tierras Altas, y contribuía a la fama de perversión
de la Llanura. Compartían además la amplia casa con sus tías, algo más jóvenes
que su madre, y que tenían dos niñas pequeñas. El servicio consistía en seis
esclavas –siete contando a Gwyn– y, lo más extraño, un esclavo. Este era un
hombre de mediana edad, delgado y casi calvo. Era elegante y de modales
refinados, callado y serio, y se mantenía al margen de las tareas habituales de la
casa. Desde luego, se alojaba aparte de la habitación común de las esclavas.
Lidonie había reído cuando le había preguntado si era su padre.

—Jajajaja, no, no. Fue mi tutor, y ahora lo es de mis primas. Es muy culto,
124
aunque algo estirado, como ya habrás visto.

Su madre, por su parte, era una mujer importante. La presencia en la casa


de un esclavo masculino, y uno con la ocupación de tutor además, suponía ya un
grado de distinción. Evanna era magistrada de la ciudad, e impartía justicia todos
los días en el propio palacio.

A cuenta de todo esto, Gwyn fue forjando poco a poco un plan en su mente.
Su alma de guerrera de las Tierras Altas se rebelaba contra su situación. Lidonie,
pese a sus caprichos y sus cambios de humor, era agradable y buena con ella.
Pero era precisamente por eso por lo que Gwyn se sentía incómoda. No podía
olvidar la sangre de sus hermanas. El estado de cosas en que se hallaba, por
aceptable que fuera, era un insulto para todas aquellas que habían dado su vida
por aquella misión. No podía someterse; tenía que intentar algo. Que ese algo
fuera imposible, una misión suicida, no cambiaba las cosas. Con todo, en los
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

momentos más agradables de su nueva vida, su resolución se desvanecía. Era


imposible, no había nada que hacer. Los planes se aplazaban, la vida discurría
suavemente. Definitivamente, Lidonie se había encaprichado de ella, y compartían
más y más tiempo. Así, su relación se fue haciendo más equilibrada, aunque a
veces la sorprendía recordándole de forma implícita que no era otra cosa que una
esclava de la casa. Con todo, el plan fue tomando forma, casi a su pesar.

Evanna, la madre de Lidonie, tenía acceso al palacio. Además, se hacía


acompañar a su diario destino por alguna esclava, a modo de escolta. Fuera por
falta de confianza, fuera por la actitud posesiva de Lidonie, Gwyn nunca había
recibido aquella misión. Pero creía que, a poco que insistiera, Lidonie le daría
permiso para acompañar a su madre alguna vez. Se aplicó a ello, odiándose un
poco por sus innobles zalamerías, y la muchacha al fin cedió.

—Nunca salgo de casa, y me gustaría conocer la ciudad, el palacio, todo


eso. —le había solicitado. 125
—No sé para qué quieres volver a ese horrible palacio, donde tan mal te
trataron. —se resistió Lidonie al principio.

—Vamos, por favor. Nunca te pido nada para mí...

Al final había cedido a sus almibarados ruegos, como sabía que acabaría por
hacer. Desde entonces, Gwyn acompañó a Evanna de vez en cuando. Pudo
comprobar que el acceso al palacio no suponía ningún problema, aunque debía
dejar las armas que llevara en la puerta de guardia. Sin embargo, se daban
algunas ventajas. No la registraban, puesto que iba con una magistrada; así pues,
no tendría problemas para ocultar y pasar un arma pequeña. Además, una vez
dentro, apenas le quedaba nada que hacer. Podía vagar por algunas zonas del
palacio, lo cual le permitió identificar el acceso a los calabozos, situados en los
sótanos. La puerta estaba bien custodiada, y no pudo ir más allá en aquellas
exploraciones preliminares.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Al fin se decidió. Pese a que le había tomado cariño a Lidonie, no podía


seguir así. Debía intentarlo al menos. Al día siguiente acompañaría de nuevo a la
magistrada. Ya se había hecho con una espada corta y una cachiporra, que
esperaba poder pasar dentro del palacio, ocultas ambas bajo sus ropas.

Era la última que quedaba de aquella maldita expedición. Debía intentarlo al


menos. Saliera bien o saliera mal, no sería nunca más la esclava de nadie, por
más dulce y amistosa que fuera su ama. Con todo, aquella noche, y por vez
primera, hizo el amor con Lidonie con verdadera pasión. La joven, sorprendida y
deleitada, quedó dormida al poco de relajarse. Gwyn la contempló a la media luz
de las lunas. De una forma o de otra, aquella sería la última vez. Se despidió de
ella en silencio, con un leve beso sobre sus fruncidos e infantiles labios.

x
126
La mañana era espléndida, y se sentía alegre y alerta, una vez tomada su
decisión. Sentía los ocultos bultos de sus armas bajo la túnica, algo reconfortante
aunque incómodo. Seguía a Evanna a corta distancia, camino de palacio, sin
perder de vista a nada ni a nadie. Deiria era un poco como cualquier otra ciudad
de la Llanura, aunque había algunas diferencias. Se veían más guerreras de lo
normal, algo que sin duda tenía que ver con las ambiciones expansionistas de su
reina. Y por encima de los tejados de las casas y de la muralla, en la lejanía, se
veía la línea azulada de las montañas. Deiria estaba situada al norte, más que
ninguna otra ciudad de la Llanura, y así, desde allí, se podían vislumbrar las
Tierras Altas. Gwyn contempló la quebrada línea, preguntándose si algún día
volvería a aquel lugar.

Pronto su atención fue reclamada por asuntos más inmediatos. Estaban a las
puertas del palacio, y las guardianas le reclamaban su espada para poder acceder
a él. La entregó con naturalidad, muy consciente del otro cuchillo que llevaba bajo
sus ropas. Por fortuna, nada más le fue requerido, y de hecho las guardianas
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

apenas le prestaron atención. Tampoco Evanna se preocupó más por ella, y sin
siquiera volverse le dijo que no iba a necesitar sus servicios hasta que saliese de
la sala de juicios. Podía esperar fuera.

Gwyn se obligó a no apresurarse. Estuvo un buen rato, todo el que sus


nervios le permitieron, remoloneando junto a la entrada de la sala. De hecho, pasó
toda la mañana por allí, tratando de no llamar mucho la atención. Al fin, y como
caminando sin rumbo, se dirigió hacia la puerta que había localizado en sus
anteriores visitas. De la forma más casual, se dirigió hacia las dos guardianas.

—Perdón. Perdónenme, —les dijo, combinando servilismo con una no tan


fingida agitación— mi ama las necesita en la sala de juicios. Necesita un par de
guardianas, quiero decir. Deprisa. Es urgente.

Las dos se miraron la una a la otra, dejando traslucir que aquello se salía de
lo reglamentario. Gwyn aprovechó su momento de duda. 127
—Es un momento. Ha ocurrido un incidente. Al menos una de las dos,
rápido, por favor...

Al fin, sin una palabra, una de ellas asintió y se dispuso a seguirla. Primer
paso conseguido, se dijo Gwyn, reprimiendo una sonrisa. Difícilmente habría
podido hacerse con las dos a la vez, así que primer logro: enemigo dividido. Se
apresuró por los pasillos del palacio, obligando a la guerrera a seguirla a la
carrera. Justo cuando pasaban por un corredor particularmente silencioso y vacío,
se detuvo de repente. La guardiana chocó contra ella. No tuvo más que volverse
para asestarle un puñetazo directo a la mandíbula. La guerrera quedó
instantáneamente sin sentido.

La arrastró por los pies hasta un cuartucho abandonado que había localizado
en sus anteriores vagabundeos. La ató y amordazó con tiras de sus propias ropas,
tras lo que extrajo de las suyas la espada y la cachiporra. Pasó la primera por su
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

cinto, a su espalda, mientras ocultaba la otra con su antebrazo. Sin perder un


instante, volvió sobre sus pasos, simulando aún mayor agitación.

—Oh, por favor, por favor. Se va a armar una buena. Ha ocurrido...

Logró tomar igualmente desprevenida a la segunda guardiana. El golpe de la


porra sobre su cabeza apenas varió su expresión de desconcierto. Ya en el suelo
e inconsciente también, le quitó las llaves, que esperaba le sirvieran no sólo para
abrir una puerta sino más. Una vez hubo dispuesto de la segunda guardiana como
de su compañera, se internó tras la puerta de los calabozos subterráneos. A partir
de entonces, no podía perder un instante. Antes o después, la ausencia de las
guardianas sería notada. Ya no iba a poder andarse con remilgos. Renunció a la
cachiporra y esgrimió la espada corta que había llevado al cinto. Sin dudarlo, se
lanzó por la descendente escalera de caracol, negra como la muerte.

Se dejó guiar por sus confundidos recuerdos. Cuando la metieron allí, 128
apenas se hallaba consciente. Cuando la sacaron, no se encontraba en mucho
mejor estado. Pero algo recordaba, y eso la guio a través de aquel laberinto. En
realidad, no era tan difícil. Numerosos pasadizos se abrían a la escalera mientras
esta descendía, pero creía recordar que su celda había estado situada en lo más
profundo. No tenía más que bajar y bajar, ignorando el resto de caminos que se le
ofrecían. Todo su plan se basaba en unos recuerdos confusos y en una intuición.
Recordaba el ventanuco de su celda, y recordaba cómo se había abierto y
cerrado. Creía saber el porqué. Y aquella deducción, esperanza más bien, era
toda la guía que tenía.

Alcanzó el final de la profunda escalera, y sólo un corto pasadizo daba a ella.


Y al final de él, una débil luz iluminaba su destino. Si se había equivocado en
algo... bueno, no estaría peor que el resto de sus compañeras. O tal vez sí, pensó,
recordando la cruel reina y su látigo. Apartó esos pensamientos de su mente y se
deslizó, silenciosa, hacia la luz.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El final del pasadizo se encontraba cerrado por una pesada puerta de


madera. Un pequeño ventanuco con barrotes se abría en ella, y permitía el paso
de la luz que la había guiado hasta allí. Con infinito cuidado, escudriñó por la
abertura. Era el lugar. Pudo ver una amplia sala, iluminada por antorchas. La
siniestra maquinaria que entrevió la vez anterior estaba allí, con sus ominosos
propósitos más evidentes ante un escrutinio más calmado. Tres guardianas se
encontraban a un lado, sentadas a una mesa y mostrando un intenso
aburrimiento. El corazón de Gwyn se aceleró. Cuando menos, era evidente que
vigilaban algo o a alguien. Si no, no estarían allí. Contemplándolas, evaluó sus
posibilidades. Sería casi imposible sorprenderlas. Sobre todo porque no sabía cuál
era la llave que correspondía a aquella cerradura. Tendría que hacer un único
intento, y a partir de ahí, y según el resultado, actuar de una forma o de otra.

Se agachó e insertó una llave con cuidado. Como suponía, se resistió al


girarla, produciendo un ruido metálico que, en aquella siniestra quietud, resonó
con fuerza. Sin perder un instante, se apartó a un lado, junto a los goznes. Esperó,
129
con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho. Tras cortos pero intensos
segundos, la cerradura giró, produciendo aún más intensos chirridos. La puerta se
abrió con exasperante lentitud, acercándose a ella poco a poco.

En cuanto una cabeza dorada surgió por la abertura, empujó la pesada


puerta contra ella. El golpe se unió al grito que dio la guardiana, mientras ella
volvía a abrir la puerta con violencia. Esgrimiendo la espada, atravesó a la
tambaleante guardiana. Pasó sobre ella mientras se derrumbaba, profiriendo un
grito de guerra. Las otras dos guardianas seguían sentadas a la mesa, y se
pusieron en pie con el desconcierto pintado en sus rostros. Gwyn paró el ataque
de una espada mientras daba un codazo en un asombrado rostro. Descuidando su
defensa por un lado, se volvió de repente y atravesó otro cuerpo. Dando su
espada por perdida, pues sabía que no podría extraerla del muerto cuerpo a
tiempo, se volvió de nuevo. Agachándose, esquivó un tajo mortal dirigido a su
cuello. Se puso en pie de repente, estrellando su cabeza contra una mandíbula. El
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

golpe le permitió aferrar la muñeca que sostenía la espada. Forcejearon las dos,
tensas, durante unos instantes interminables. Poco a poco, su superior estatura y
fuerza se fueron imponiendo, y vio en el rostro de la guerrera el terror al
comprender que la espada se acercaría más y más a su cuello. Sacando fuerzas
de la desesperación, su oponente logró empujarla lejos de sí. Sin dudarlo un
instante, dio media vuelta y salió corriendo por la puerta, saltando por encima de
su compañera muerta. Desesperada ante esta actitud sorprendente –si lograba
huir y daba la alarma jamás lograría salir con vida de aquella tumba– Gwyn lanzó
con fuerza la espada contra la espalda que huía. La guerrera se desplomó de
bruces, atravesada de parte a parte, con irreal lentitud.

Jadeando sin resuello, tanto a causa de la pelea como del miedo, se


aproximó a las celdas. La primera de la izquierda era sin duda la que ella había
ocupado. Se acercó a la contigua. Rebuscó entre sus llaves con manos
temblorosas. Si resultaba estar vacía, todo habría sido en vano. Probó una llave,
luego otra. El lugar se encontraba en un completo silencio. Podría haber
130
preguntado hacia el interior de la celda, pero por alguna razón no se atrevía.
Quería ver con sus propios ojos si había acertado. En todo caso, alguien debía
haber allí; de otra forma, no habría habido guardianas vigilando. Al fin una llave
giró del todo, produciendo el característico chasquido metálico. Abrió la pesada
puerta, y la luz de las antorchas hizo retroceder poco a poco las tinieblas del
interior.

Y allí, en efecto, sentada sobre un banco, se encontraba una chica rubia y de


aspecto desaliñado. La miraba como embobaba, o sorprendida tal vez. Ni se
movía, ni hablaba. De hecho parecía incluso asustada ante ella. Gwyn vio que su
corto cabello se hallaba en desorden, y que se cubría apenas con lo que parecía
una incongruente sábana de satén. Se acercó a ella poco a poco, con cautela.

—¿Princesa? ¿Princesa Taia? —preguntó.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Eres tú... —respondió ella, de forma incongruente, con los ojos muy
abiertos.

—Princesa Taia, —insistió ella— ¿estáis bien? He venido a rescataros;


tenemos que huir deprisa.

Sus palabras parecieron sacarla de un ensueño. Agitó la cabeza, como para


despejarla, y se incorporó. Para su propia sorpresa, sus piernas no la sostuvieron,
y cayó atrás de nuevo sobre el banco.

—No... No puedo... —dijo, tendiendo las manos hacia ella y pareciendo


intensamente desvalida.

Sorprendida, Gwyn se acercó y tendió sus manos hacia delante. La princesa


las aferró y se impulsó de nuevo sobre sus pies. Con todo, sus rodillas flojearon de
nuevo y se vio obligada a sujetarla por la cintura. Pudo comprobar así que, en
efecto, llevaba una sábana encima, algo rota puesto que parecía haberle
131
arrancado una tira con la que la sujetaba a su cintura. Sus brazos también
percibieron que la princesa era más fuerte de lo que parecía a primera vista; más
que débil, parecía mareada. Esta alzó la vista. Tenía unos ojos verdes que
relampagueaban a la danzante luz de las antorchas y era una cabeza más baja
que ella. Sonrió sosteniéndose en sus hombros, como avergonzada.

—Ya... ya estoy mejor. Creo que podré caminar, Gwyn. —dijo.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, sorprendida a su pesar, puesto que


aquello confirmaba sus deducciones.

—Es largo de contar... —sonrió de nuevo, desviando la vista y sosteniéndose


todavía en ella—. Por favor, ayúdame.

—Lo haré, princesa. Lo haré. Y ahora...


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Se volvió hacia fuera de la celda, todavía pasando un brazo por su cintura,


insegura de si se sostendría. Por fortuna pareció ir recobrando fuerzas, hasta el
punto que pudo dejarla un instante mientras recogía un par de cosas de la sala de
torturas. Entonces su mirada se posó en los siniestros aparatos que allí se
encontraban, y dirigió una mirada preocupada a la princesa.

—No. A mí no. —respondió ella a la pregunta no formulada—. Pero sé lo que


te hicieron a ti...

Gwyn no perdió tiempo en más preguntas. Estaba claro que, como había
supuesto, la princesa había sido testigo de sus andanzas en aquel lugar. Acabó de
recoger lo que necesitaba, comprobó que todas las guerreras estaban
efectivamente muertas y volvió junto a la princesa.

—Es una larga subida. —le dijo.

—Lo sé.
132
—¿Podrás...?

—Lo intentaré. Me ayudarás, ¿no es cierto?

Ella asintió, y le volvió a pasar un brazo en torno a la cintura. Iniciaron el


largo y penoso ascenso. Salvo por un par de paradas para recuperar el aliento, la
princesa lo consiguió sin problemas. Parecía ir recuperando poco a poco tanto las
fuerzas como la lucidez. Gwyn aprovechó para darle algunas instrucciones.

—Cuando lleguemos arriba nos disfrazaremos. Debes hacer todo lo que yo


te diga, sin dudarlo, por extraño que te parezca. Si somos descubiertas o
atacadas, limítate a echarte al suelo. Yo haré lo que pueda.

—Gwyn...

—¿Sí?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—No quiero volver. Si todo falla, ¿harás algo por mí?

—¿El qué? —preguntó, extrañada.

—No quiero seguir en manos de la enemiga de mi país. Le serviré mejor


muerta. ¿Lo harás?

—Yo... —Gwyn volvió la cara—. Haré lo que tenga que hacer. Pero
dejémoslo, ¿de acuerdo? Vamos a conseguirlo.

—Sí. Está bien. —asintió ella, sin volver a insistir.

Una vez arriba comprobaron las ataduras de la guardiana. Había recuperado


el sentido, pero no había podido escapar. Gwyn procedió a quitarle toda su
armadura. Por fortuna, era de estatura y complexión muy similar a la de Taia. Con
el peto, las hombreras y el casco, Taia podía pasar por una guardiana más,
siempre que no se la mirase con demasiado detenimiento. Contemplando a la 133
princesa, Gwyn se pasó un dedo por la cinta negra de su cuello. De alguna forma
sentía que romperla suponía romper definitivamente con Lidonie. Recordaba el día
en que le había quitado el collar de hierro y le había anudado aquella cinta. La
muchacha había actuado como si aquello fuera un regalo para ella. Tensó el dedo,
la tela cedió. La lanzó a un lado. Recuperó el collar de hierro que había preparado,
se lo colocó y pasó una cadena por él. Le pasó la cadena a Taia.

—¿Has entendido lo que has de hacer? —le insistió, después de habérselo


explicado en detalle—. ¿Podrás hacerlo?

—Sí. Lo intentaré. —asintió la joven.

Caminaron por los pasillos del palacio con toda la naturalidad que pudieron
conseguir. Gwyn ya tenía práctica en ser una esclava. Con todo, caminaba
delante, esperando que no se notase mucho que era ella quien guiaba a quien se
suponía era su guardiana. Mantenía la vista baja y la actitud abatida que se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

esperaría de ella. Con el casco echado hacia delante, Taia resultaba creíble como
guerrera. Pasaron ante varias mujeres que no las miraron dos veces. Aquello
podía dar resultado.

Al fin, con los nervios a flor de piel, alcanzaron la pequeña puerta que Gwyn
recordaba. Salieron a la plataforma, y siguiendo sus instrucciones, Taia se dirigió
directamente hacia la mujer sentada ante la mesa. Ignoró a las aburridas
guardianas, que por fortuna hicieron lo mismo, y habló a la vendedora con notable
aplomo.

—Esta esclava ya ha sido vendida. —dijo, agitando la cadena—. A la jueza


Evanna, por doce soles.

—¿Mmm? —la vendedora apenas le echó una mirada de reojo—. ¿Otra


norteña? Debe haberles pillado gusto. Algo deben tener estas salvajes... —Sonrió
y le hizo un lascivo guiño a Taia. Viendo su falta de reacción, se encogió de 134
hombros y realizó algunas anotaciones en su libro—. Está bien. Puedes llevártela.

Conteniendo el aliento, las dos bajaron de la plataforma y se perdieron entre


la multitud tan rápido como pudieron. Procurando, eso sí, no apresurarse de forma
evidente.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 8

De Manual de Geografía Planetaria Comparada: Vol. 3., Hidrografía, vv.


aa., Ed. Mirabilis, Tierra, 1126:

«El caso de Alanna ilustra cómo una estructura general sencilla puede
contener complejos elementos. La red hidrográfica del único continente es
aparentemente poco complicada: de las tierras altas del norte bajan cuatro
grandes cuencas hidrográficas hasta la costa sur. La disposición en cuesta
del continente, de norte a sur, asegura esta disposición general, con tierras
bajas, costas recortadas y zonas pantanosas al sur. Con todo, el estudio en
detalle revela interesantes procesos. La composición de las tierras del norte,
formadas por materiales porosos, impide la existencia de grandes ríos. De
hecho, apenas existen arroyos, que desembocan en lagos cerrados de
135
origen diverso, sobre todo aunque no exclusivamente glaciar. Otros arroyos
simplemente desaparecen en pequeños pantanos y cuevas calizas. Las
aguas discurren subterráneamente hasta emerger, en forma de manantiales,
a los pies de las cordilleras, ya en el borde norte de las llanuras centrales,
creando el inicio de las mencionadas cuencas. Esto asegura la existencia de
una original y compleja red hidrográfica subterránea en la zona norte, cuyo
estudio...»

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La noche avanzaba sobre el atardecer. Desde su escondrijo pudieron ver


cómo las multitudes se dispersaban y desaparecían a medida que se acercaba el
ocaso. Taia se había mantenido en silencio durante las horas que habían pasado
escondidas en el bosquecillo de abedules. Habían podido salir de la ciudad sin
excesivos problemas. Pero a esas alturas, sin duda ya se habría dado la alarma.
No se habían atrevido a salir a campo abierto durante las horas de luz, de modo
que Gwyn había decido refugiarse en el bosquecillo que tan bien conocía. Allí,
Taia se había limitado a acurrucarse junto a ella, sin hacer preguntas. Ni tan
siquiera dormía, se limitaba a estar allí. Gwyn le acarició un mechón de cabello
que le escapaba del casco para caer sobre su mejilla. Debía haberlo pasado muy
mal, puesto que se negaba a hablar de ello. La sacudió al ponerse en pie.

—Vamos. —le dijo, tendiéndole la mano—. Debemos ponernos en marcha.

De momento conservarían sus disfraces, por si se topaban con alguien. Sin 136
embargo, esperaba que al final de la noche ya estarían lejos. Echó un vistazo a la
línea de las montañas, ya casi totalmente oscurecida y sólo contrastada por las
estrellas. Por desgracia, en aquella zona no había ningún paso. En esa época del
año podrían escalar las montañas, pero sería un camino difícil. Además, debía
llevar a la princesa hasta Athiria, no a las Tierras Altas. Con un suspiro, volvió la
espalda a las montañas y dirigió su mirada hacia el valle. Había llegado por él
hacía años, según le parecía entonces.

Caminaron toda la noche, y el siguiente amanecer las sorprendió cerca del


río Tercles, que desembocaba en el Cotreo, que a su vez moría junto a Athiria. De
nuevo buscaron el refugio de uno de los bosquecillos que por suerte eran muy
abundantes en aquella zona. Gwyn se dejó caer sobre el lecho de hojas secas, se
quitó el collar y lo lanzó lejos.

—Ya no necesitaremos estos disfraces. —le comentó a la princesa,


masajeándose el cuello.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

A su vez, ella se quitó el casco, revelando su dorado cabello, que refulgió


como oro viejo a la luz del alba. Prudentemente, escondió la armadura bajo un
montón de hojas, aunque conservó la espada. Compartieron en silencio las
magras provisiones que Gwyn había llevado consigo. Sin decir palabra, la
princesa se acurrucó de nuevo a su lado, con la intención de dormir.

—¿Estás cansada? —le preguntó, pasando un brazo en torno a ella, puesto


que en esa postura era lo que parecía que se esperaría de ella.

—No. Sí. No sé. —respondió, sin alzar la vista. La verdad era que parecía
desvelada y fatigada a la vez.

—Tu madre se alegrará mucho de verte de nuevo. —le comentó, tratando de


hacerla hablar.

—No estoy muy segura de eso.


137
—¿Hablas en serio? —le preguntó, extrañada.

—Del todo.

—¿Cómo puedes decir eso? Tu madre ha hecho todo lo posible para


asegurarse que no te pasaba nada. Aunque tenía un ejército listo, por lo que he
oído no ha lo ha utilizado, para protegerte.

—A eso me refiero. Y todo por mi culpa. —la muchacha seguía sin alzar la
vista. Se limitaba a mantener su cara recostada contra su costado.

—Oh, vamos. Ahora que estás libre, todo se arreglará.

—¿Por qué no le dijiste a la reina lo que quería saber? —le preguntó


cambiando de tema de repente y alzando, ahora sí, la vista hacia ella. Durante el
camino, en uno de sus escasos momentos de locuacidad, le había explicado que
había sido ella, en efecto, quien estuviera al otro lado de aquel ventanuco.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Era mi deber.

—Pero las consecuencias sólo las habría pagado yo.

—Precisamente. —sonrió.

—No lo entiendo. —La princesa volvió a bajar la vista—. Creo que no valgo
para ser una guerrera, y mucho menos una reina. No sé. Me siento muy confusa...

Al decir esto se pegó aún más a ella, pasando un brazo por delante de su
cintura. Gwyn sintió que todos los nervios de su piel se sensibilizaban a la vez. Le
acarició la nuca y le besó la frente. La muchacha suspiró. Le pasó entonces la otra
mano por delante. Entonces notó que se tensaba bajo sus caricias.

—¿Prefieres que te deje? —le preguntó, confusa.

—Me has rescatado. Puedes hacer lo que quieras. 138


Gwyn abrió mucho los ojos y sacudió la cabeza.

—No es eso. Creía que tú... es decir... Perdona. No te voy a imponer mi


voluntad.

—Yo... No sé. Me siento muy rara. —insistió—. No he querido decir eso.


Pero tampoco sé lo que quiero.

—Está bien. No ha sido nada que haya planeado. Me he dejado llevar.


Olvídalo. Descansa.

La chica asintió. Pese al incidente, siguió recostada sobre ella, y al poco


parecía dormida.

Sin embargo, la princesa tardó más en dormirse de lo que se podía esperar.


Durante un buen rato estuvo recostada sobre la guerrera, los ojos cerrados y
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

relajada, pero despierta. Sintió que el corazón que latía bajo su oído volvía a
serenarse poco a poco. Al rato la guerrera estaba dormida, ella sí. Sus caricias la
habían sorprendido, y no había sabido reaccionar. Aquello no debería haberla
tomado por sorpresa. Era una mujer, ella también... Pero era cierto que se sentía
muy confusa. No había contado con aquel rescate, y ahora... Ahora debería
presentarse ante su madre, sus hermanas, y temía el momento. Jamás se había
sentido segura con su destino de reina, pero ahora sabía que era un fracaso. Le
habría gustado que la guerrera la llevara lejos, a sus montañas salvajes tal vez.
Pero su deber la obligaba a volver a su país. Y si algo no necesitaba, era
complicarse con aquella hermosa guerrera, pese a que todo su cuerpo se lo pedía
a gritos. Ya había complicado bastantes cosas con su poca cabeza a la hora de
buscar pareja. Tal vez su madre tenía razón y lo que necesitaba era un matrimonio
de conveniencia. Al fin, poco a poco, se serenó, sus pensamientos se
desvanecieron en una agradable bruma y se durmió.

139
x
Como por un acuerdo tácito, ninguna de las dos habló de lo ocurrido el día
anterior. Gwyn contempló subrepticiamente a la muchacha mientras se disponían
a reemprender la marcha. Era hermosa, mucho más firme y fuerte de lo habitual
en las mujeres de las Tierras Bajas. No era de extrañar que casi pasara lo que al
final no pasó. De hecho, ni siquiera lo había planeado; simplemente ocurrió. Pero
era absurdo. Era una princesa, una futura reina, y no tenía nada que ver con ella,
una simple guerrera de un clan remoto. Aunque lo hubieran hecho, sin duda al
llegar junto a su familia se hubiera olvidado de que ella existía. Era mejor así.
Con el mejor ánimo que pudo reunir, se encaminó entre las sombras de la noche
hacia el río. Si todo salía como planeaba, su camino sería mucho más fácil a partir
de entonces. En efecto, junto a una cabaña encontró un embarcadero, y amarrado
a él, un bote. Le hizo una seña a Taia y las dos se deslizaron en silencio,
protegidas por las sombras.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El robo no fue detectado, y al poco se dejaban deslizar corriente abajo. El bote era
pequeño y estrecho, pero eso lo haría más discreto y difícil de ver. Como un
regalo adicional, disponía de una tela embreada, que les serviría tanto para
ocultarse como para protegerse de la lluvia. Con todo, no sería aquella noche
cuando lo necesitaran. Las estrellas refulgían con fuerza; el cielo se mostraba
despejado. Además, las Amantes aún no habían salido. Así, eran tan solo una
sombra que se deslizaba por el centro del río, invisibles salvo para quien supiera
que estaban allí.

—Hemos tenido suerte. No tendremos que caminar, de momento. —le


comentó a Taia, tratando de sacarla de su mutismo.

—Sí. Casi no podía más. —respondió ella, masajeándose los pies.

—El río nos llevará hasta Quirinia...

La princesa desvió la vista. Sabía en qué manos estaba la ciudad.


140
—Sí. Será un problema. —dijo, en efecto—. Está en manos de Erivalanna.

—¿Llamas a la reina de Deiria por su nombre? —preguntó sin poder


contenerse Gwyn, extrañada.

De nuevo la muchacha desvió la vista, e incluso en medio de aquella


oscuridad pudo ver que se ruborizaba con intensidad. En esta ocasión no dijo
nada más.

—¿Te ocurre algo? —le preguntó al cabo de un rato, viendo su expresión de


intensa incomodidad. Le posó una mano sobre su hombro, que ella contempló
como si no debiera estar allí.

—No... Nada. Olvídalo. —repuso al fin.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn decidió que sus intentos de conversación no hacían más que molestar
a la princesa, por razones que se le escapaban totalmente. A partir de entonces se
mantuvo en silencio.

x
La aurora las sorprendió deslizándose cerca de un cañaveral. Gwyn guio la
barca hacia él, saltando a la ribera. En cuanto Taia hizo lo mismo, lo ocultó lo
mejor que pudo y las dos se dispusieron a dormir durante el resto del día. Durante
la noche siguiente pasarían ante Quirinia, y convenía que estuvieran alertas.

Gwyn se despertó cuando todavía era de día. Se habían dormido algo


alejadas la una de la otra, pero de alguna forma la muchacha había acabado
acurrucándose de nuevo a su lado. Sonrió al verla allí. Sin duda había estado muy
sola durante mucho tiempo. Le revolvió el brillante cabello, despertándola.
141
—Despierta, mi princesa. El día acaba.

Ella parpadeó a la luz que se filtraba entre las cañas, desorientada sin duda.
Se apoyó en un brazo para incorporarse, y aunque no dijo nada, tampoco pareció
avergonzada o incómoda. Tomaron un frugal desayuno (¿cena?) y escudriñaron
hacia el río desde su refugio. Todo parecía despejado, y Gwyn decidió correr el
riesgo. Pronto estuvieron de nuevo en medio del río. Ello les permitió contemplar
un ocaso espectacular. Los bermellones, ocres y dorados fueron virando al azur y
el violeta, incendiando unas nubes que se iban desarrollando con rapidez.

—Esta noche tendremos agua debajo y agua encima. —comentó Gwyn,


repasando el estado de la tela embreada. Y en efecto, antes de la salida de las
lunas el cielo ya estaba totalmente cubierto. Algunos rayos anunciaban la tormenta
por venir.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Las dos tuvieron que acurrucarse bajo la tela, que por fortuna era bastante
impermeable. También tuvieron que achicar, puesto que acabó jarreando agua
con intensidad. Curiosamente, en medio de los rayos, el frío y el agua, Taia
pareció animarse. Una vez tenía algo que hacer, un propósito concreto, parecía
otra. Achicaba agua con energía, sus ojos brillaban cuando los rayos se los
mostraban por un instante. Incluso parecía sonreír. Gwyn sonrió también, alegre al
verla recuperarse. Sostuvo la tela con ambos brazos sobre ellas, mientras la
princesa se esforzaba achicando agua con el cubo.

La tormenta pasó al fin, aunque había durado casi toda la noche. Al no poder
remar, y debido también al semiinundado bote, habían avanzado menos de lo que
esperaban. En consecuencia y por desgracia, aún no habían pasado ante Quirinia,
y si seguían, lo harían a pleno día.

—Vamos a la orilla. —comentó Gwyn al contemplar las primeras luces del


alba. 142
—No hay dónde ocultarse aquí. —objetó Taia, mirando a una orilla y a otra.
En efecto, no se veía bosquecillo alguno, ni refugio de ninguna otra clase.

—Lo sé. Ni lo hay ni lo encontraremos más tarde. Y tampoco me atrevo a


pasar junto a Quirinia a plena luz. Me temo que deberemos seguir a pie.

Taia pareció disgustada, pero no dijo nada. Dejaron el bote abandonado


entre unos cañaverales, recogieron lo poco que llevaban. Sin pausa alguna se
dirigieron hacia el interior del país, dando la espalda al sol naciente. Estaban poco
menos que empapadas, pese a la tela embreada. Con todo, el día sería cálido. Ya
se secarían durante el camino. En aquellas condiciones sería mejor caminar de
día y dormir de noche, puesto que ocultarse sería poco menos que imposible. En
consecuencia, lo mejor sería tratar de parecer dos viajeras convencionales y no
llamar la atención buscando una invisibilidad que no conseguirían de todas
formas.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Conozco esta zona. Por aquí pasé cuando me dirigía hacia tu ciudad
cuando nos reclutaron. —le comentó a Taia, tratando de hacerle olvidar que no
habían dormido ni lo harían hasta el final del día.

—¿Cómo? Este no es el camino que lleva desde tu país al mío.

—Tuvimos que dar algún rodeo para no llamar la atención. Tu madre no


quería que se supiera que nos habían reclutado para rescatarte. No quería que te
pasara nada...

Mientras lo iba diciendo, se fue dando cuenta de su error. Y en efecto,


aquello volvió a sumir a la princesa en un triste y meditabundo silencio. Gwyn se
maldijo por su falta de tacto. Aunque era una guerrera. No la habían reclutado
para animar princesas tristes, se dijo, sino para rescatarlas en todo caso. Y lo
estaba haciendo bien después de todo, ¿no?, se animó, contemplando a la
cabizbaja joven mientras caminada a su lado. 143
En contra de lo que temía, a lo largo de todo el día no surgieron las menores
protestas por parte de la princesa. Aunque parecía agotada, caminaba sin
descanso, sin preguntar siquiera cuándo o dónde dormirían. Gwyn esperaba
alejarse algo de la zona controlada por Deiria antes de buscar un lugar donde
dormir. Pero al fin el día fue tocando a su fin. Apenas se habían cruzado con
lugareñas, y esas pocas no les prestaron la menor atención. Lo ideal habría sido
buscar una posada, pero no se atrevía a meterse en un lugar público tan cerca de
Quirinia. En cuanto vio un granero a lo lejos, a un lado del camino, llamó la
atención de Taia hacia él.

—Tal vez sea un buen lugar para pasar la noche.

Además, como la noche anterior, las nubes volvían a desarrollarse en el


cielo. De hecho, lo hicieron con mucha mayor rapidez. Densos cúmulos se
arremolinaron sobre sus cabezas, y un súbito viento las azotó. Aún antes del
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ocaso, las nubes de tormenta habían traído una oscuridad repentina y


amenazante.

—¡Vamos, deprisa! —exclamó señalando el granero en cuanto sintió las


gruesas gotas repiquetear sobre el polvo del camino. Llegaron jadeando, y sin
apenas detenerse empujaron la gran puerta y entraron en el amplio recinto. Las
dos reían; la carrera contra la lluvia había despertado en ambas algún instinto
infantil. La verdad era que casi se habían empapado de nuevo, de tan fuerte y
repentina como llegó la lluvia. El lugar estaba a oscuras. Tanteando, Gwyn dio con
lo que al tacto parecía una lámpara de aceite. En efecto lo era, una lámpara de
seguridad con protección de vidrio. Con dedos torpes y temblorosos la encendió. A
la dorada luz pudo ver que estaban en un pajar. El olor del heno recién cortado era
intensísimo, casi mareante. A su lado, muy cerca, estaba Taia, en efecto casi
empapada. La sábana reconvertida en túnica corta se le había pegado al cuerpo
como una segunda piel. Su respiración era agitada, y sonreía como si estuvieran
cometiendo alguna travesura. Su pecho subía y bajaba, su boca estaba
144
entreabierta y húmeda, sus ojos brillaban. Con una expresión extraña aunque
sonriente la princesa se dejó caer sobre un montón de aromático heno. Sus
musculosos brazos y muslos estaban algo separados, y su túnica parecía a punto
de disolverse o de fundirse con su tersa piel. Tenía su pelo dorado más brillante
que nunca a la oscilante luz de la linterna, mojado y revuelto. Su respiración
pesada ya no parecía tener mucho que ver con la carrera, sino más bien con el
tono encendido de sus mejillas. En aquel momento estaba sencillamente
arrebatadora.

—Vamos, guerrera. Ven a coger tu recompensa. Si la quieres, es tuya. —le


dijo con una voz curiosamente ronca, traspasándola con la mirada.

Gwyn fue consciente de su propia respiración agitada. No podía quitar los


ojos de encima de aquella extraña princesa. La verdad era que en aquel momento
parecía cualquier cosa menos una princesa, vestida casi con harapos y encendida
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

de una repentina pasión. Pero lo era... No tenían nada en común, y la otra noche
había sentido que era lo mejor cuando ella la rechazó, y... Agitó la cabeza,
maravillándose de su autocontrol. ¿Cómo había podido resistirse hasta entonces?
Notaba que la electricidad de la tormenta impregnaba el aire; sentía su piel
hormiguear casi dolorosamente. La contempló allí, echada sobre el fragante heno.
Ella la miraba como desafiándola, expectante. Su pecho subía y bajaba profunda e
intensamente. Sintiéndose en medio de un sueño, o de una borrachera, Gwyn se
encontró a sí misma abrazándola y besándola, y a ella respondiéndole con una
urgencia no menor a la suya. Ya había esperado demasiado.

A lo largo de la prolongada y tormentosa noche hubo tiempo para dormir,


despertarse, volver a hacer el amor e incluso para las confidencias. Una vez rotas
todas sus inhibiciones, Taia le contó todas sus desventuras, sus miedos y sus
errores desde que había sido capturada, sin dejarse nada. Gwyn la consoló como
pudo, con palabras sin sentido y murmullos arrulladores. Ella lloró sobre su
hombro, se apaciguó, volvió a insistir con sus relatos y volvieron a hacer el amor
145
una y otra vez. Con su estilo más sucinto y lacónico, Gwyn también le contó todas
las circunstancias por las que había pasado hasta poder rescatarla. Taia se
sorprendió por todo lo que le contó, y le pidió disculpas por pensar que sólo ella
había sufrido pérdidas y penalidades. En definitiva, se reconfortaron mutuamente.
Ya muy pasada la medianoche, Taia se recostó sobre Gwyn y le susurró:

—¿Y sabes lo peor?

Gwyn sólo necesitó abrazarla más fuerte para hacerle saber que estaba
despierta y escuchando.

—Creí que mi madre sólo se preocupaba por su reino. —prosiguió—. Que yo


sólo le importaba como heredera. Me daba la educación adecuada para serlo, me
hacía asistir a todos los consejos, me buscaba un buen matrimonio de
conveniencia... Y ahora... Ahora resulta que, por lo visto, está dejando su reino
caerse a pedazos para salvarme a mí. Me siento como una estúpida...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn sintió una punzada en el corazón cuando escuchó lo del matrimonio,


aunque se mantuvo impertérrita. La consoló de nuevo como sólo ella podía
hacerlo, y al fin ambas cayeron dormidas de nuevo. Cuando el sol volvió a salir
para dispersar la tormenta, estaban recuperadas de casi todo lo que las afligía. No
se esperaban, por tanto, lo que estaba por venir.

x
Sus idas y venidas no habían pasado desapercibidas. Una guerrera alta y
morena no dejaba de llamar la atención en la Llanura. Como ellas ya sabían,
fueron vistas. Las lugareñas no conocían la fuga de la princesa, pero en cuanto
estas noticias llegaron a ciertos oídos, fue evidente quiénes eran. Ojos alerta pero
prudentes las habían seguido hasta el pajar, de modo que un contingente de
guerreras de Deiria había caminado durante toda la noche hasta dar con él. Así,
cuando al amanecer la guerrera y la princesa se dispusieron a seguir su camino,
un pelotón de seis guerreras las acechaba justo fuera del pajar.
146
—Nos queda aún un largo camino. ¿Vamos? —dijo Taia animosamente, en
cuanto se hubo vestido. A la débil luz que entraba por las ventanas altas del pajar,
Gwyn pudo ver que sus ojos relucían con un renovado vigor. Se la veía cambiada,
como si se hubiera quitado un peso de encima. Pero ese mismo peso lo sentía
Gwyn sobre sus hombros. Como compensando la alegría de la rubia princesa,
sentía una opresión, como si el aire fuera pesado, denso y amenazador.
—Espera. —respondió, reteniéndola cuando ya se disponía a salir. Taia la miró
con extrañeza, pero calló cuando ella le hizo un gesto con su dedo sobre sus
labios.
Gwyn se encaramó a la parte alta del pajar. Desde allí se asomó a la incierta
mañana y pudo ver a las guerreras, sus espaldas apretadas contra las paredes del
pajar, cerca de la puerta. La misma puerta por la que ellas iban confiadamente a
salir. "Maldición", se dijo. Era verdad que todavía les quedaba un largo camino,
pero no era menos cierto que ya casi habían abandonado el territorio controlado
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

por Deiria. Un poco más, y habrían estado razonablemente a salvo. Ahora... Ahora
deberían luchar.

—Problemas. —susurró en cuanto estuvo de nuevo junto a Taia—. Quiero


que te mantengas tras de mí. No te pido que no pelees. —admitió, justo cuando la
muchacha iba a protestar—. Pero prefiero que tengas una pared a tu espalda.
Sospecho que tratarán de capturarte con vida. Así que cúbreme las espaldas y
encárgate de las que te envíe. ¿De acuerdo?

Ella sintió, muy seria, y en efecto se situó a unos pasos tras ella, cerca de
una pared por fortuna en las sombras. Sólo tenían una espada; Taia se hizo con
una horca que esgrimió como si supiera muy bien cómo usarla. Gwyn se volvió,
hizo un gesto de asentimiento que le fue devuelto. "Allá vamos", pensó.

Abrió repentinamente las puertas del pajar, haciéndolas chocar contra las
paredes a su lado. O más exactamente, contra quienes se ocultaban tras ellas. El 147
golpe no dejó fuera de combate a ninguna, pero las aturdió y desconcertó. Dando
un grito, atravesó a una guerrera con su espada en el vientre, y antes de que las
demás pudieran rodearla se retiró hacia las sombras del pajar. Allí sólo podían
atacarla de dos en dos, siempre y cuando Taia se mantuviera tras ella. Las
espadas silbaron sobre su cabeza; se agachó. Una guerrera trató de darle una
patada en la cabeza. Gwyn le aferró el pie, obligándola a dar saltitos, con el terror
de verse desvalida mostrándose en su cara. Girando, le retorció el tobillo hasta
que sintió los ligamentos crujir. Con el mismo impulso la lanzó contra Taia, que
completó el asunto ensartándola con su horca. La otra guerrera había tratado de
atacarla, aprovechando el instante en que le daba la espalda. Gwyn paró el golpe
con su espada por encima de sus hombros. Se volvió para ver cómo Taia había
usado el otro extremo de la horca para derribar a esta oponente de un golpe. Un
tajo y Gwyn terminó con aquello. Taia la miró en ese instante de momentánea
tregua, sonriendo y con sus ojos brillando de excitación. Había visto esa sonrisa y
ese brillo en los ojos, y no hacía mucho.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Quedaban tres guerreras. Estas se miraron entre sí, como evaluando sus ya
no tan brillantes posibilidades. Al fin dos atacaron simultáneamente, y Gwyn se
agachó de nuevo. Pudo sentir el palo de la horca silbar por encima de su cabeza,
y el golpe tremendo al estrellarse contra las dos cabezas. Sólo necesitó alzarse de
nuevo para encontrarse con dos rivales atontadas por sendos golpes. Las
despachó con una facilidad que sólo podía significar una costumbre largamente
utilizada. La guerrera restante vio que sus compañeras se desplomaban,
ensangrentadas, y dudó por última vez. Dando media vuelta, salió corriendo a toda
velocidad.

—¡Vamos! —la urgía Taia, sus ojos todavía brillantes de excitación guerrera.
Lo que sólo podía indicar que el combate real no era algo habitual para ella, se
dijo Gwyn. Negó con la cabeza.

—¡Pero se va a escapar! ¡Dará la alarma y vendrán más! —insistió la


princesa. 148
—Siguiéndola sólo conseguiremos alejarnos de nuestro destino y acercarnos
a más problemas. —le respondió, reteniéndola del brazo—. Vamos. Debemos
correr, sí, pero en dirección contraria. Eso nos alejará lo suficiente de toda la
ayuda que esa pueda encontrar.

Al fin la chica asintió, reconociendo la verdad en sus palabras. Sin una


mirada atrás, desaparecieron dando la espalda al sol que empezaba a alumbrar la
llanura.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 9

De El país de las amazonas: Los clanes guerreros de las Tierras Altas


de Alanna, de A. Karaik, Ed. Unaia, Barnard, 1151

«Sólo si las Tierras Altas fueran la cultura dominante de Alanna se


hablaría de este mundo como el de las "amazonas". Sin embargo, no es así.
Las Tierras Altas son un territorio marginal, pobre, en el que la vida es difícil
y con frecuencia breve. Esto ha hecho que se le preste una menor atención,
comparada con la que reciben los Reinos de la Llanura. Con todo, hay
mucho de interés en estas tierras y en su estudio. [...]

»Como ya se insinuaba anteriormente, la sociedad de las Tierras Altas


está dominada por la guerra. La dureza de la vida es sin duda la responsable. 149
Con frecuencia, las expediciones de saqueo son el último recurso para una
mala cosecha o una dificultad similar. Las presiones de la supervivencia han
hecho que los clanes se adapten a la vida guerrera, aunque desde luego sólo
las mujeres toman parte en esta. Los hombres, que ya son un bien escaso en
la Llanura, lo son aún más en las duras Tierras Altas, y por tanto se los
protege todavía más. Las mujeres, en cambio, acceden al castillo del clan a
la edad de 14 años, para iniciar su instrucción militar. Anteriormente se han
criado con sus madres en los caseríos. Esta edad puede parecer
excesivamente temprana, pero como demuestra la historia antigua de la
Tierra, la brevedad de la vida impone una maduración rápida. Las guerreras
se licencian a la edad aproximada de 17-20 años, en un proceso ligado
frecuentemente al matrimonio, con otra mujer desde luego. Esto las separa
del castillo, y las lleva a fundar una nueva familia, pero no conduce al
abandono de las armas. Tradiciones no escritas pero de fuerza indudable
impiden que las dos integrantes de estos matrimonios homosexuales
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

queden embarazadas a la vez. Esto se consigue gracias al control


exhaustivo del acceso a los varones. El propósito de esta costumbre es
lograr que siempre haya al menos una mujer en cada familia lista para la
llamada de emergencia a las armas, lo que permite levas inmediatas y
numerosas, en relación a la escasa población de los clanes. [...]

»Con el tiempo, esta disposición guerrera de los clanes de las Tierras


Altas les ha permitido una nueva fuente de ingresos para sus magras
economías: el alquiler de mercenarias, famosas y temidas en todos los
Reinos de la Llanura...»

x
150
Caminaron a buen paso, sin apresurarse pero sin detenerse demasiado. No
podían evitar la sensación de ser las presas de una cacería que les pisaba los
talones. Con todo, no vieron más guerreras, en parte porque desconfiaban de
todo. Evitaban los caminos y las zonas habitadas, refugiándose apenas en los
ribazos de los arroyos para echar rápidas cabezadas. Se acurrucaban como
animales entre las cañas, y además Gwyn apenas dormía. No iba a permitir que le
fuese robado el triunfo cuando tan cerca estaba. En consecuencia, se mantenía en
vela, alerta a cualquier ruido. Cada vez que Taia despertaba, todavía de noche, la
veía allí, a su lado. Los azules ojos relumbraban a la luz de las estrellas, alertas,
vigilantes y tranquilizadores, y una sonrisa los acompañaba al verla despierta. Taia
se levantaba, dispuesta a proseguir pese a lo poco que había descansado. Gwyn
le decía que podía dormir un poco más. Pero Taia insistía en continuar, y la
guerrera cedía enseguida, sin discutir, tan ansiosa como ella de alcanzar la
seguridad.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

En definitiva, poco a poco fueron dejando atrás la indefinida frontera que


separaba los dominios de Deiria de los de Athiria. Aunque no conocían bien los
últimos acontecimientos, y podía haber ocurrido que esa frontera hubiera sido
llevada más allá. De forma que no se relajaron en ningún momento. Taia temía
llegar a su ciudad demasiado tarde, verla en manos de ejércitos enemigos,
ardiendo tal vez. Pero no compartía estos temores con su compañera de huida, de
manera que caminaban en silencio, concentradas y alertas. Por lo demás, en
aquellas condiciones, no volvieron a tener un instante de relajación. En
consecuencia, por un tácito y no expresado acuerdo, no se volvió a repetir lo
ocurrido en el pajar.

Así se aproximaron a las cercanías de Athiria, de noche cerrada. La


imponente muralla de la ciudad se recortaba en negro contra el cielo cuajado de
estrellas, reflejándose en el río de luminosa tinta. La ciudad parecía intacta, o
tranquila cuando menos. Demasiado tranquila, le pareció a Taia. Sin embargo, a
esa hora era lo normal. Las puertas estarían cerradas, el bullicioso tránsito
151
paralizado hasta el alba. Prudentes hasta allí, se acercaron despacio y
aprovechando las sombras a la puerta oriental. Allí una rubia guerrera las
interceptó. Estaba acompañada por varias otras, que se mantuvieron atrás,
alertas. Aquello no era habitual, como Taia sabía bien. Sólo dos guerreras
custodiaban las puertas por la noche, no todo un pelotón como aquel.

—¡Alto! ¡Sabemos que sois dos! ¡Diez flechas os apuntan! ¡Mostraos!


—ordenó con voz firme y autoritaria la guerrera.

Taia se sintió desfallecer, temerosa de haber llegado demasiado tarde.


Agazapada, Gwyn la miró, como esperando sus órdenes. Debía haber deducido
que algo iba mal por su expresión angustiada, y la contempló, tensa y expectante.
Hasta que la rubia guerrera dio un paso adelante y Taia le pudo ver la cara.

—¡Naira! —exclamó, presa de alegría, y saltó en pie para poder ser vista. Se
trataba de una de las guerreras de la guardia de palacio, y la conocía bien.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La guerrera pareció desconcertada por unos instantes al verla. Se mantuvo


paralizada, hasta que su sonrisa se ensanchó.

—Princesa... ¡Princesa! —balbuceó todavía un poco—. Es increíble.


¿Cómo...? Pero... ¿Quién os acompaña? ¿Estáis bien?

—Sí, sí. Sal a la vista, Gwyn, está todo bien. —A su gesto, la norteña
adelantó su formidable presencia a su lado. Las guerreras de guardia parecieron
por un instante temerosas de nuevo, reagrupándose tras su comandante. Sin duda
sabían que guerreras de las Tierras Altas la habían secuestrado.

—No ocurre nada. —insistió Taia, agarrándola de la mano—. Ella... Ella me


rescató. Hemos huido de Deiria hasta aquí...

Todo se tranquilizó entonces, y las puertas se entreabrieron para dejarla


pasar. Pese a lo que Taia temía –reproches por ser ella culpable de la situación de
alerta y peligro en que la ciudad se hallaba– fue acogida con entusiasmo.
152
—Nos alegramos tanto de veros libre, princesa. —decía una joven guerrera a
la que no conocía, sinceramente alegre—. Ya hemos enviado una mensajera a
palacio. Esto lo cambia todo. —decía otra, con un cierto brillo de ardor guerrero en
sus ojos—. Ahora verán las deirianas. —confirmó otra más. Al fin, todo el pelotón
la acompañó por las vacías calles. Todo había cambiado en la ciudad. Ya no se
veía el bullicio nocturno habitual. Tampoco aparecían las mercancías
almacenadas junto a las puertas, a la espera de salir por la mañana. Sin duda,
Athiria se hallaba en peligro, y todo el mundo lo sabía. Pero por lo escuchado a las
guerreras, todo cambiaría muy pronto. O al menos eso esperaban ellas.

Al fin alcanzaron el palacio, tan triste y desierto como el resto de la ciudad. Ni


una luz relumbraba en sus ventanales, aunque una fuerte guardia se apostaba a
sus puertas. La noticia las había precedido, y algunas de las guardianas más
jóvenes olvidaron su marcialidad y la rodearon, felicitándola alborotadamente por
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

su libertad recobrada. Al fin las capitanas impusieron el orden, y fueron escoltadas


al interior.

—La reina os espera. —dijo una de las capitanas veteranas, más lacónica,
caminando ante ellas con fuertes pisadas sobre el mármol de los pasillos.

—¿Ha sido despertada? —preguntó Taia.

—No. Suele pasar las noches en vela, últimamente. —le respondieron, y ella
no necesitó preguntar más.

Se detuvieron ante una sala de recepción pequeña. Allí, por un momento las
guardianas parecieron dudar ante Gwyn, como si no quisieran dejarla pasar a
presencia de la reina.

—Ella me salvó. —dijo Taia, quizás algo más glacialmente de lo necesario—.


Si estoy aquí, es porque ella me ha traído. Me entregará a mi madre. 153
No hubo discusiones ante aquello, y les fueron franqueadas las puertas.
Pese a lo dicho, fue más bien Taia quien guio a Gwyn al interior, tomándola de la
mano de nuevo. La sala parecía a oscuras. No lo estaba en realidad; un par de
velas daban una luz mortecina. Pesadas cortinas cerraban una única ventana.
Toda el lugar resultaba sofocante. Muchos muebles, pesados cortinajes y
alfombras y poco espacio libre. Gwyn sintió que la mano de Taia la soltaba en la
entrada y que la muchacha se dirigía hacia la única figura presente. Se trataba de
un encorvado bulto oscuro sentado al otro extremo de una pesada mesa. La joven
se fue deteniendo poco a poco en su impulso, hasta quedar frente a la mujer, que
llevaba una capucha sobre su cabeza, lo que velaba aún más sus facciones.

—¿Madre?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La figura pareció reaccionar. Al menos, su embozada cabeza se incorporó,


como si una mujer ciega buscase el origen del sonido que había perturbado la
quietud.

—Hija... Taia, hija mía... —murmuró, como sin fuerzas. Al fin echó las manos
tras la cabeza y se descubrió. Gwyn pudo ver que era, en efecto, la reina, aunque
aún más envejecida que la última vez que la había visto. Lentamente extendió los
brazos y se incorporó con decrépita lentitud. Taia, como impulsada por un resorte,
se precipitó entre esos brazos. Gwyn desvió la vista, algo incómoda. Tal vez no
debiera estar allí, después de todo. Las dos mujeres se abrazaron por largo rato,
murmurando palabras inconexas. Al fin se separaron un poco, y Taia fue
consciente del mal aspecto de su madre, algo que no pudo ocultar en su mirada.

—Sí... Estos últimos tiempos no han sido buenos conmigo, aunque ya no soy
joven de todas formas. —dijo la reina—. Además, cuando la expedición de rescate
se perdió, juré no volver a descubrirme hasta que estuvieras a mi lado, así que ya 154
ves. Ahora tendré que mostrarme de nuevo. —Sonrió sin humor al decir esto
último.

—Madre... Lo siento tanto. Todo ha sido culpa mía. Tú tenías razón y yo


estaba equivocada. No sé si el reino aún se puede salvar, pero... yo no lo quiero.

—No, hija. —la voz de la reina, y hasta su mirada, pareció recuperar algo de
su dureza—. No puedes escapar de tu responsabilidad. Tienes razón. Has
cometido graves errores. Tienes que corregirlo. Olaia es muy joven aún, y a mí ya
no me llegan las fuerzas. Ahora que estás libre, nos espera la guerra. Y tú la
encabezarás.

Taia pareció a punto de discutir, pero acabó bajando la cabeza. Aquello daba
la impresión de una disputa aplazada por la presencia de una extraña. De hecho,
la reina dirigió su mirada hacia el fondo de la sala, donde estaba Gwyn.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Esta es la guerrera que te ha rescatado. —dijo, no preguntó, y tampoco se


dirigió a su hija—. Te recuerdo, guerrera.

Gwyn avanzó, se detuvo ante las dos mujeres y se inclinó, posando una
rodilla en tierra.

—Majestad. Soy Gwyn de Glewfyng. La única superviviente de mis


hermanas, que fueron al rescate de vuestra hija.

—Lo sé, y lo siento. La deuda de tu clan con mi reino se puede dar por
saldada.

Gwyn no contestó, sino que agachó más la cabeza en señal de asentimiento.


Aquello parecía una despedida, y empezó a incorporarse.

—Madre... —interrumpió Taia—. Ella... Ella ha hecho más que rescatarme.


—Por un horrible momento, Gwyn pensó que le iba a contar lo que ocurrió en el 155
granero, pero pronto vio que no—. Ha sido ingeniosa y valiente. Me rescató ella
sola después de perder a todas sus hermanas y ser capturada. Tiene... Tiene todo
lo que a mí me falta. Si voy a tener que ir a la guerra, la voy a necesitar a mi lado.
Tiene que quedarse.

—Hija... No puedo retenerla a mi lado. Ha cumplido con su deber, y ahora es


libre. Ha sufrido graves pérdidas, y de hecho... De hecho le hice una promesa
personal. Aparte de la deuda de su clan. Así pues... ¿Qué deseas de todo lo que
tengo, guerrera?

Por un delirante momento, Gwyn contempló a Taia. Pese a los harapos, se la


veía radiante a la vaga luz de las velas. Dorada y preciosa como una joya
escondida en el fondo de un arcón. Ella la miraba expectante, mientras sus ojos
brillaban de forma maravillosa. Entonces vio el lujo que la rodeaba, y bajó la
cabeza.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Majestad. Prefiero reservarme ese derecho. Tal vez un día mi clan o yo lo


necesitemos más que ahora.

—Es tu derecho. Pero te advierto: tal vez mi reino no sobreviva el tiempo


suficiente como para poder cumplir con tu deseo. Te prometí que te daría a elegir
de entre todo lo que tengo; aunque tal vez muy pronto no tenga nada.

Ella sólo asintió, como asumiendo el riesgo. Acto seguido se levantó,


dispuesta a marchar.

—¡No! —saltó Taia—. La sigo necesitando. No puedes despedirla.

—Ahora es libre. De hecho, soy yo la que estoy en deuda con ella.

—Dale... Ofrécele. ¿No puedes contratarla? ¿Cómo mercenaria? Seguro que


necesitaremos mujeres como ella.
156
—De hecho... Lo que dice mi hija es cierto. Guerrera, ¿querrás combatir por
Athiria, sabiendo que tal vez no sea el bando ganador? Poco es lo que puedo
ofrecerte ya, y menos si perdemos. Baratijas, comparado con una hija recobrada,
pero el oro de mi reino estará mejor en manos de las tuyas que en las de mis
enemigas. Es tuyo, hasta donde llegue.

—Majestad. —Gwyn no se volvió a arrodillar, aunque asintió—. Estaría...


Estaría al lado de vuestra hija sólo con que ella me lo pidiera. —sintió que se
ruborizaba, y temió haber ido demasiado lejos. Después de todo, ya había
renunciado a la princesa durante el camino de vuelta, sabiendo que eran de dos
mundos muy diferentes. Tras esa vacilación, prosiguió con voz más firme—: En
cuanto a mis hermanas, les puedo hacer llegar vuestra oferta. Estarán deseosas
de vengar a sus caídas, y si les ofrecéis una paga, creo que acudirán a vuestro
lado.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La reina asintió. —Así sea. Ahora, marchad a que os cambien estos harapos
por algo más cómodo. Yo iré a dormir... al fin. —terminó, en su susurro.

La reina las acompañó fuera. Una vez allí, unas sirvientas que habían
acudido mientras se desarrollaba la entrevista las rodearon. Las condujeron a
cada una en una dirección distinta, y pese a que se resistió un poco y la siguió con
la vista, pronto Taia se perdió tras una esquina, acompañada de su séquito. Gwyn
suspiró, y se dejó conducir a donde fuera que la llevaran.

x
Fue bañada, secada y peinada como si fuese una inválida. Una multitud de
esclavas, identificables por su cinta al cuello, la atendieron con obsequiosa
solicitud. Gwyn, que recordaba bien haberse visto en la situación de aquellas
muchachas, no pudo dejar de admirarse. Era increíble lo fácil que resultaba estar 157
al otro lado. Bastaba con dejarse llevar...

Todo aquel lujo la relajó más de lo que estaba dispuesta a permitirse. Acabó
por sentir el peso de todo lo ocurrido, desde la huida de su propia esclavitud. La
sedosa suavidad de las ropas que le habían puesto, junto al olor de los jabones y
aceites que habían aplicado a su piel, acabaron por relajarla del todo. Sintió que
sus párpados caían, incluso que sus miembros no lograban sostenerla.

Las esclavas, como siempre pendientes de ella, advirtieron aquello. La


sostuvieron al tiempo que la conducían hacia "sus aposentos", según sus propias
palabras. Gwyn se dejó llevar, incapaz de oponer la menor resistencia. No había
dormido apenas en los tres últimos días; era sorprendente que aún se tuviera en
pie. La llevaron hasta una pulcra habitación, con ventanal y cama con dosel. Las
hermosas esclavas la acostaron, y no faltó una que se ofreció para "lo que
deseara". Gwyn sonrió con sus últimas fuerzas, deshaciéndose al fin de aquella
cohorte, más temible que la de las guerreras. Al fin sintió que sus párpados se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

cerraban. Con todo, aún tuvo lucidez suficiente para pensar en Taia. ¿Dónde
estaría ahora? Estaba claro que no podía pretender tenerla allí, como a aquella
esclava que se había ofrecido a meterse con ella bajo las sábanas. De hecho,
pensar en ella era un absurdo. Lo había sabido antes, pero al verla allí, con su
madre, su séquito, su mundo, había comprendido realmente que la distancia que
las separaba era mucho mayor que unos metros por unos pasillos. Pero con todo,
con esa irrealidad que sólo se siente cuando se está al borde del sueño, no podía
dejar de preguntase... ¿por qué no estaba allí con ella, bajo aquellas sedosas
sábanas, recostando contra ella su hermoso y firme cuerpo...?

x
En el momento en que Gwyn cedía al fin al sueño, Taia estaba aún
despierta. El tratamiento de cuidados y atenciones al que la habían sometido no
envidiaba en nada al de Gwyn, desde luego. Un auténtico tropel de muchachas se 158
había encargado de ella y de su dolorido y sucio cuerpo. Taia ya estaba
acostumbrada a aquellas atenciones, de forma que se dejó llevar desde el
principio. Por lo tanto, acabaron con ella antes. Pese a todo, ya arrebujada en una
cama aún más lujosa que la de Gwyn, seguía despierta, dando vueltas y más
vueltas.

No podía evitar una marea de miedos, recelos, pensamientos desagradables,


todo lo que la había abrumado hasta entonces sólo como cuestiones futuribles.
Ahora eran hechos a los que se debería enfrentar. En primer lugar, no comprendía
cómo, después de haber demostrado tan evidentemente su incapacidad y falta de
juicio, su madre lanzaba toda aquella responsabilidad sobre sus hombros.
Además, tampoco comprendía a Gwyn. Por un delirante momento, al verla allí
ante su madre, creyó que lo que le iba a pedir era... Mejor ni pensar en ello. Desde
luego, su madre habría reaccionado ultrajada. Eran de mundos muy distintos, era
cierto. Pero la necesitaba. La necesitaba para darle la seguridad y competencia
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

que poseía y que a ella le faltaba. Y sobre todo... La necesitaba ahora, allí, a su
lado. Sí, era mucho pedir, argumentó contra sí misma en su cabeza. En el palacio
de su madre, y con una mercenaria norteña. Ya había dado bastantes muestras
de desatino como para añadirle ahora correrías nocturnas de pasillos. Pero la
seguía necesitando. Recordó la noche en el pajar. Era ella quien la había
provocado, sorprendiéndose a sí misma, sin haber planeado nada parecido. Ahora
sólo podía recordar, y sentir una calidez creciente con el recuerdo, vívido y
detallado... Sintió que la cabeza se le iba, víctima de una mezcla de fatiga,
frustración y deseo...

A partir de entonces, los días trascurrieron deprisa. Los preparativos de la


guerra absorbieron a Taia. Se requería su atención e incluso su autorización para
todo, desde suministros hasta reclutamiento, compra de armas, contactos
diplomáticos. Apenas pudo ver a Gwyn de pasada un par de veces, pese a lo
mucho que la echaba de menos. Abrumada, al fin se hizo acompañar siempre por
su hermana Olaia.
159
—Quiero que estés a mi lado en todo momento. Quiero que escuches, que
estés al tanto de todo, que aprendas. Nunca se sabe lo que puede pasar. —le dijo,
y esta asintió, muy seria.

Su madre parecía extraoficialmente retirada. Apenas la veía tampoco, y


cuando lo hacía, esta apenas le ofrecía consejo. Era como si le dijera: "ahora es tu
problema, apáñate". Y ella hacía lo que podía, aunque hubiera deseado tener a
Gwyn a su lado.

Gwyn, por su parte, se encargó de sus propios preparativos. Escribió una


carta a su clan, en el que no debía dar la penosa noticia de la muerte de sus
hermanas porque allí ya la conocían. Pero hubo de explicar por qué ella estaba
viva y las demás muertas, lo que no era fácil. Además, hubo de incluir la propuesta
de la reina. Lo presentó como una oportunidad de alcanzar la debida venganza,
además de no poco provecho. Si conseguían una buena paga, su clan se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

aseguraría el futuro contra nuevas épocas de escasez. También dirigió cartas de


contenido mucho más claramente mercantil a otros clanes. No sabía por qué, pero
el destino de aquella guerra se había convertido en algo que la interesaba
personalmente. Consiguió así nuevos reclutamientos de mercenarias,
administrando la generosa oferta de la reina. Todo aquello la mantenía ocupada,
haciéndole más llevadera la distancia obligada con Taia. También echaba de
menos su patria, sus montañas y sus caseríos. Aquella melancolía se juntaba con
la falta de Taia, haciéndola sentirse débil y triste. Por la noche, aquella ausencia
se hacía más difícil de soportar. Aunque era probable que la joven princesa ya lo
hubiera olvidado todo, absorbida como estaba por su propio mundo. Con todo, las
miradas que le dirigía la princesa durante las pocas veces que coincidían
desmentían aquella idea. Como en aquella ocasión en que fue llamada al consejo
de guerra de la princesa.

Ella era la única cabeza morena en aquel mar de cabellos rubios. Algunas de
las consejeras más veteranas la miraban con cierta desconfianza. Se encontraban
160
en una sala amplia, con ventanales en dos costados que daban una magnífica
iluminación. Una amplia mesa ocupaba la parte central de la estancia, cubierta de
mapas e informes. La plana mayor estaba de pie a su alrededor. Pese al aspecto
informal de la reunión, Gwyn pudo percibir que cada cual se movía de forma
precisa, manteniendo reglas probablemente no escritas. La princesa era el centro
de aquellas órbitas. La rodeaban unas pocas consejeras veteranas,
probablemente de la generación de su madre, serias y hoscas, como conscientes
de su posición eminente. Sin embargo, había a su lado una muchacha muy joven,
delgada y que no decía palabra, aunque era la más próxima a la princesa. Unas
pocas mujeres jóvenes también se hallaban cerca de ella, todas con el uniforme
de la guardia. La princesa les hacía mucho más caso que a las veteranas. Luego,
a más distancia, se situaban las que debían ser las encargadas de cuestiones
concretas, como aprovisionamiento y cosas así. Al otro lado de la mesa, algunas
sirvientes, incluidas algunas esclavas, parecían más pendientes de transmitir
informaciones que de ofrecer consejo. En este grupo se incluían un par de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

hombres, uno de ellos alto y mayor, que adoptaba una actitud curiosamente
soberbia. Más extrañamente, Taia parecía muy pendiente de él, pese a la
distancia que los separaba. Y por último, al otro lado de la mesa respecto a la
princesa, se encontraba ella. Taia le echaba furtivas miradas, sin sonreír.

Las cuestiones menores se trataron sin llegar a difundirlas entre todo el


grupo. Gwyn se sorprendió al ver a Taia solventar aquellas consultas de forma
casi displicente. Aquella no parecía la Taia insegura y tímida que ella conocía. Con
sólo un gesto o un asentimiento autorizaba o denegaba, sin apenas conceder un
instante de su atención. Desde luego, parecía en su elemento.

—Vamos a tratar ahora algunas cuestiones de importancia, para lo que


solicito vuestro consejo. —dijo al fin a todo el mundo, con voz sorprendentemente
firme—. Nuestro problema principal es de tiempo. Cuanto más esperemos, más
refuerzos aliados recibiremos. Pero el tiempo no corre sólo a nuestro favor. Hemos
recibido informes sobre el ejército de Deiria. Se hallaba ocupado en Ettira, pero al 161
saber de... mi retorno, se ha dirigido hacia el norte, hacia Latiria, donde parece
que está recibiendo sus propios refuerzos. En cualquier momento puede volverse
hacia aquí. —concluyó, señalando un mapa.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

En este, copia reciente de uno más antiguo, alguien había coloreado con
tinta verde los países sometidos a Deiria, por un lado, y los sometidos y posibles
aliados de Athiria con tinta morada, por otro.

—La reina de Tirelia remonta el río para acudir en nuestro auxilio. De camino
recogerá lo que queda del reino de Ettira. Pero su marcha es lenta, al navegar
corriente arriba. —confirmó una de las jóvenes consejeras de la guardia.

—¿De qué fuerzas podemos disponer ahora mismo? —preguntó la princesa.

—Nuestro prestigio, debido a los... uhm, recientes acontecimientos, no es


muy bueno. —dijo una de las consejeras veteranas. Gwyn se sorprendió de su
falta de tacto. Evidentemente, se estaba refiriendo a que, con el secuestro de la
princesa, Athiria no pudo defender a sus aliadas. En consecuencia, su autoridad y
prestigio había decaído, por culpa de la princesa. La consejera había sido
deliberadamente ofensiva con Taia. Se hizo un silencio espeso, al tiempo que la 162
propia Taia bajaba la vista, avergonzada y sin atreverse a replicar a la mujer
mayor.

—Sin embargo, la reina de Tirelia, pese a su lejanía, viene en nuestro auxilio


con grandes fuerzas. —dijo con arrogancia la jovencita que estaba siempre tras
Taia, increíblemente—. Además, Caliria, que ha sido enemiga nuestra desde
siempre, nos apoya. —insistió.

La intervención de la joven rompió el embarazoso silencio. Al fin, quedó claro


que disponían de 2.000 guerreras de Athiria, a las que se debían añadir otras 700
de las ciudades aún bajo su dominio. Además, 1.000 de las mejores guerreras de
Caliria estaban a sólo dos jornadas de camino. En total, 3.700.

—Es apenas la mitad de las que tiene ahora mismo la reina Erivalanna
acantonadas en Latiria. —dijo con su voz retumbante el hombre mayor, cerca de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn, sin que nadie le preguntara. Esta se sorprendió de nuevo de su arrogancia,


grosería casi, considerando que era un hombre.

Pero Taia asintió, asumiendo su objeción y sin reconvenirle. —¿Cuántas más


podremos conseguir, y cuándo? —preguntó.

—2.000 vienen con la reina de Tirelia, alteza. —dijo una de las consejeras
más alejadas, mucho más tímida que el hombre, pese a su sexo—. Puede que
traiga 1.000 más desde Arettira. —añadió, en voz aún más baja.

—No es suficiente, aunque las esperemos... —murmuró la princesa, abatida.

—Princesa... —intervino Gwyn, sintiendo que todos los ojos se clavaban en


ella—. He recibido respuesta de mi clan. 800 de las mejores guerreras, veteranas
de las Tierras Altas, vienen ya hacia aquí.

—Sigue sin bastar... Lo mejor será que nos aprovisionemos y preparemos la 163
ciudad para un asedio. —dijo otra consejera mayor, casi sin hacerle caso.

—Eso no es todo. —interrumpió Gwyn, lanzado una mirada acerada a


aquella mujer—. He conseguido reclutar a otras 1.500 guerreras de los clanes
Eongall, Kyrwyn y Candwallann. Llegarán junto a mis compatriotas en dos
semanas. Y si se me permite decirlo aquí, cada una de ellas vale al menos por
cinco guerreras de la Llanura...

Pese a su arrogancia, nadie osó responderle. Lo que había dicho era algo
asumido, aunque no les gustase admitirlo. Con más de 2.000 guerreras como ella,
la situación podía considerarse distinta. Gwyn, con su estatura y su presencia,
parecía el ejemplo viviente de sus propias afirmaciones.

—Eso puede cambiarlo todo... —murmuró Taia, sin mirarla, como si no se


atreviese—. Sin embargo, puede ser demasiado tarde. Sea como sea, ahora ya
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

tenemos todos los datos. Tardaremos dos semanas en poder estar en situación de
campaña. Así pues, ¿qué curso de acción me aconsejáis?

Tras una corta discusión, se convino que, puesto que no quedaba más
remedio que esperar, no tenía sentido tomar decisiones de campaña. La reunión
se disolvió, poco a poco, y Gwyn empezó a salir de la sala. Se detuvo un momento
ante la puerta, demasiado concurrida, cuando escuchó una voz a sus espaldas.

—Gwyn. Un momento, por favor.

El sonido de la voz de Taia la hizo volverse de inmediato. Se encontraba


rodeada por unas pocas consejeras, todas jóvenes, aunque entre ellas destacaba
aquel hombre tan arrogante. A un gesto de la princesa, Gwyn se acercó al grupo.

—Princesa... —Gwyn no sabía con qué grado de formalidad debía tratarla en


esa situación. Aquello parecía una reunión de confianza, así que se limitó a hacer
una tenue reverencia.
164
—Gwyn. Quería presentarte. Esta es Olaia, mi hermana. —dijo Taia,
haciendo un gesto hacia la jovencita a su lado.

—Oh sí. Vuestra hermana me ha hablado mucho de vos, alteza. —la saludó,
con algo más de formalidad.

—No hacen falta los tratamientos ahora, Gwyn. —interrumpió Taia, lanzando
una mirada nada amistosa hacia las consejeras que se iban retirando.

—Está bien. —sonrió en respuesta—. Me alegra conocerte, princesa Olaia.

—Lo mismo digo. —respondió la joven, devolviéndole la sonrisa—. Pese a mi


insistencia, mi hermana no me ha hablado mucho de ti, pero aún así deseaba
conocerte. Ya sabes que no somos hermanas de madre...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Ya me lo dijo. Tal vez no os parezcáis mucho, aunque para mí no es tan


fácil distinguir entre dos hermosas y rubias muchachas.

La princesa Olaia se ruborizó algo ante el cumplido. Sin embargo, el resto de


la audiencia no se lo tomó a mal. De hecho, algunas de las guerreras de la guardia
sonrieron.

—Vamos, Gwyn, no avergüences a mi hermana. Es joven aún... —Taia, más


cómoda cada vez, la tomó por la mano y le fue presentando—. Girlit, Yaäna,
Parisis... —fue señalando a las guerreras—. Debo decir que todas ellas son
admiradoras tuyas desde que conocen algunos de los detalles que he contado
sobre el rescate. Para ellas, el valor es la única virtud, me temo. Y mi tutor,
Gartión. Para él, en cambio, todo es conocimiento... —El hombre no sonrió,
aunque hizo una respetuosa inclinación de cabeza.

—Quería agradecerte todo lo que has hecho. —dijo la princesa una vez 165
dadas las presentaciones—. Y me refiero ahora a tus gestiones y tus palabras
hoy. Como habrás comprobado, cualquier ayuda nos será necesaria.

—Lo sé. También será conveniente para los clanes. El dinero significa una
reserva para futuras dificultades. Casi todas las guerreras que vendrán tienen hijas
a las que asegurar un futuro mejor.

—Lo comprendo. Si me ayudan a triunfar, no volverán a tener escasez, te lo


puedo prometer. —En este punto, Taia lanzó una mirada de reojo a Olaia, que
asintió—. Bien, y ahora... Me gustaría poder hablar contigo a solas un momento...
—Esto último fue dirigido al resto. Las guerreras y Gartión se retiraron, la seriedad
absoluta pintada en sus rostros. Olaia, en cambio, echó una par de miradas
socarronas a su hermana por encima del hombro antes de salir.

Tras cerrarse la puerta, Taia se mantuvo unos instantes en silencio, aunque


sin soltarle la mano. Luego suspiró.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Gwyn, Gwyn... Estás muy guapa con esas ropas de mujer de la Llanura...
—sonrió.

Esta se contempló a sí misma. —No me siento muy cómoda... Todo me


viene estrecho y corto aquí...

—Eso forma parte de lo que me gusta. —sonrió con picardía la princesa,


aunque se puso seria casi de inmediato—. Te he echado tanto de menos... —su
otra mano rodeó su cintura.

Esta la acarició la mejilla.

—Yo también... Aunque cabía la posibilidad de que te hubieses olvidado de


mí.

—¡Jamás! —replicó Taia con vehemencia—. No he podido verte antes. Si


hubiera podido... Pero mi situación es peculiar. Mi madre se propone abdicar en 166
mí a mi regreso de la guerra, si es que... regreso. Entretanto, debo guardar
algunas apariencias, al menos dentro de estas paredes. Es curioso, ¿sabes,
Gwyn? Cuanta más autoridad tienes, menos cosas puedes hacer. Todo el mundo
está pendiente de mí, ya lo has visto... No he empezado con muy buen pie, que
digamos, y debo hacer todo lo que se espera de mí.

—Lo comprendo, Taia. —A esas alturas, la princesa había recostado su


cabeza sobre su pecho, y ella le acarició la nuca—. Lo comprendo. Volverás, te lo
aseguro, y serás una reina magnífica.

Al escuchar esto, la rubia muchacha alzó la vista. —No sé. Ahora mismo, lo
único que querría es tenerte a ti. En cuanto al futuro, me temo que soy la persona
menos indicada para hacer planes.

—También lo comprendo... Todo irá bien.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Ya veremos. De momento... ¿vendrás cuando salgamos en campaña,


verdad?

—Claro que sí, si es lo que quieres.

—No podría hacerlo sin ti...

Entonces se besaron. Gwyn la estrechó con fuerza. Si por ella hubiera sido,
la habría lanzado sobre aquella mesa abarrotada de papeles y le hubiera
arrancado sus lujosas ropas. Con todo, era consciente de la situación y se
contuvo. Al poco se separaron, y tras despedirse hasta "cuando pudieran",
salieron bien separadas de la estancia.

x
No había trascurrido aún el plazo dado, cuando Gwyn fue convocada de
nuevo al consejo. Entretanto, el "cuando pudieran" no se había llegado a realizar.
167
En consecuencia, y ya sin apenas nada que hacer, Gwyn se iba sintiendo cada
vez más como un animal enjaulado. La vida de palacio era rígida y protocolaria,
incluso en unas circunstancias tan inusuales como las presentes. Hasta para una
completa extraña como ella era evidente la tensión en el ambiente, bajo todas
aquellas ceremonias. Hasta las esclavas –o tal vez precisamente ellas– conocían
conspiraciones y envidias, los tejemanejes que se desarrollaban alrededor de la
sucesión de la reina. Y por alguna razón, tal vez por percibirla como una de ellas,
le informaban de aquellos rumores. No era de extrañar que Taia, el centro de
aquellos movimientos, se sintiera incómoda y no se atreviera a ponerse en
ninguna situación complicada.

Como Gwyn pudo saber de inmediato, la reunión había sido convocada al


conocerse noticias provenientes del sur. La expedición de auxilio de Tirelia se
había visto desviada. La reina de Ettira la había convencido para que recuperasen
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

su reino en lugar de proseguir río arriba. En consecuencia, no podía esperarse su


llegada en la fecha prevista, ni tal vez nunca.

Las noticias eran pésimas. El consejo degeneró en una serie de comentarios


atropellados, casi todos derrotistas. Se oyeron recriminaciones y pocos consejos
constructivos. Extrañamente, fue Gartión quien puso orden.

—Esto no conduce a nada. Lo que debemos decidir, en definitiva, es si


esperamos a Tirelia o partimos en cuanto recibamos los refuerzos de las Tierras
Altas. —dijo con su voz profunda. Gwyn no dejaba de sorprenderse de su osadía.
Debía ser la costumbre adquirida al poder reñir a integrantes de la realeza,
aunque fueran de corta edad.

Su intervención tuvo la virtud de serenar el debate. Demasiado, de hecho,


pues por unos instantes nadie dijo nada. Con un considerable esfuerzo, Gwyn se
decidió a tomar la palabra. 168
—Si lo he entendido bien, en cuanto lleguen mis hermanas, dispondremos de
algo más de 5.000 guerreras. La cuestión es si será bastante. ¿A qué fuerzas nos
enfrentaremos?

Taia murmuró, sin alzar la cabeza, inclinada sobre la mesa: —No menos de
10.000, puede que más. Es demasiado...

—¡No lo es! —exclamó una voz clara. Era Olaia. Por lo visto, aquel consejo
iba de sorpresa en sorpresa—. ¿No lo recordáis? Son 2.000 guerreras de las
Tierras Altas, todas veteranas. ¿No es así, Gwyn?

—En efecto.

—¡Entonces ataquemos! ¡Por más que esperemos, no tendremos más!


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La propuesta fue aprobada más que nada por la falta de alternativas, aunque
algunas consejeras veteranas recomendaron encerrarse en la ciudad y prepararla
para un asedio. Pero aquello sería volver a la táctica de pasividad que las había
llevado a la presente situación. De hecho, una de las más mayores recordó que su
pasividad anterior se debía a la "situación de la princesa heredera", velada
recriminación que como siempre tuvo el efecto de deprimir aún más visiblemente a
Taia. Pero sus consejeras de la guardia hicieron ver que los reproches no las
sacarían de su situación. La reunión amenazó con ponerse desagradable, cuando
una nueva intervención de Gartión serenó los ánimos. Al fin se convino en reunir el
ejército para que estuviera listo para partir en el mismo momento en que llegaran
los refuerzos de las Tierras Altas. Taia partiría a su frente, puesto que "lo que ella
había provocado, ella lo debería resolver", como dijo una de las más
desagradables consejeras.

Al menos, esta vez todo el mundo salió de la reunión sabiendo lo que debía
hacer a continuación. De hecho, daba la impresión de un animado frenesí, como si
169
todas ellas se hubieran quitado un peso de encima. Aunque esta vez, una
cabizbaja y reconcentrada princesa Taia no llamó a nadie a su lado el levantarse
la sesión.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 10

De "Análisis preliminar de las estructuras políticas de Alanna", por H.


Karpic, en Revista interplanetaria de ciencias sociales, núm. 2896, Tierra,
1036:

«Es conveniente comenzar aclarando que el medievalismo de Alanna es


más aparente que real. En efecto, el más elemental análisis de sus
estructuras políticas no revela el menor atisbo de estructuras feudales.
Siguiendo la clásica definición del profesor Sánchez Albornoz, no se
encuentra rasgo alguno de relación feudo-vasallática, ni nada parecido a su
expresión contractual, el homenaje. Ni siquiera siguiendo a la escuela social
podemos calificar a Alanna como mundo feudal: tampoco se halla la
imprescindible estructura de la servidumbre agraria. En definitiva, las
170
estructuras políticas de Alanna deben definirse por sí mismas, lo que
tampoco extrañará a nadie considerando sus conocidas peculiaridades.

»No pasaremos por alto aquí las estructuras más o menos marginales,
pero comenzaremos por las más extendidas y representativas: las de las
Tierras Bajas, o reinos de la Llanura. Aquí, políticamente impera el concepto
de realeza. Como puede comprobarse, la realeza es algo que va unido
necesariamente a la estructura ciudadana. No se trata de reinos territoriales;
en principio, a cada ciudad le corresponde su reina. Con todo, la evolución
interna del sistema ha dado lugar a una jerarquización, que como veremos
se halla algo enmascarada. En efecto, las guerras y las alianzas
(matrimoniales y de otro tipo) han dado lugar a que existan ciudades
sometidas a reinas ajenas. Estas ciudades sometidas pueden conservar su
propia realeza o no; en el segundo caso, se entiende que la reina extranjera
lo es también de la ciudad sometida. Además, hay toda una serie de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

variantes intermedias. Una ciudad puede conservar a su reina, pero estar


sometida a otra, en diversos grados de mayor o menor independencia. Por lo
tanto, no siempre es fácil decir qué ciudades forman parte o no de reinos
más extensos. Pese a esto, no ha surgido en ningún momento ni el concepto
ni el título imperial. Todas las reinas, soberanas de varias ciudades o no,
sometidas a otras o no, conservan el mismo título. No existe el título de
Emperatriz, ni de Reina de reinas, ni siquiera el de Gran Reina. Esto aumenta
la confusión en el análisis. También revela la correspondencia absoluta en la
mentalidad política de los conceptos "reina" y "ciudad". Ciudad es aquella
que tiene reina, reina es la que domina una ciudad. Ni siquiera en reinos tan
importantes, con ciudades tan claramente "imperiales" como Siris o
Talmadia, se ha dado paso a ese concepto.»

x 171

El día de la revista de tropas llegó en medio de un nerviosismo generalizado


y creciente. Los informes sobre el ejército de Tirelia habían contribuido a ello. Tan
pronto se hablaba de sus éxitos como de sus retrasos. Las noticias eran confusas
y poco fiables. Fuera como fuese, parecía que el ejército de Deiria se había
retirado, de modo que se había recuperado Ettira. Aquello eran buenas y malas
noticias a la vez. Era un éxito, sin duda, pero debido sólo a que sus comunes
enemigos estaban en otra parte, presumiblemente reuniendo sus fuerzas.
Además, al recuperar Ettira, una parte del ejército que la había ocupado se
quedaría allí. Según los últimos informes, apenas 2000 de las 3000 guerreras
partirían efectivamente en su auxilio. Y ni siquiera eso se podía asegurar.
Llevaban retraso, y además habían cambiado de ruta. Ya no seguirían el río, sino
que se les unirían marchando por el interior, no se sabía bien dónde ni cuándo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Además, se decía que la llegada de las guerreras del norte era inminente –se
había planeado que su llegada coincidiera con la revista, para partir a la mañana
siguiente temprano– por lo que el nerviosismo por su llegada se extendía incluso
entre la población civil.

Gwyn, tan nerviosa como la que más, siguió el desarrollo de la revista desde
lo alto de las murallas. Sobre la explanada ante la ciudad se extendía el ejército,
formando en gallardos grupos según su origen. Destacaba el de la propia ciudad
de Athiria. Si la elegancia y el porte espléndido ganaran batallas, sin duda serían
imbatibles, se dijo Gwyn algo cínicamente. Pronto se corrigió a sí misma. No
parecían malas guerreras. La guardia de palacio parecía preparada y dispuesta, y
el resto consistía fundamentalmente en magníficas arqueras. Su educación militar
le había llevado a despreciar aquel método de combate, pero debía reconocer su
eficacia. Eran todas mujeres seleccionadas por su estatura –no muy altas, aunque
más de lo habitual en la Llanura– y capaces por tanto de tender el arco largo, que
pisaban en su extremo inferior con el pie izquierdo. Todas ellas lo portaban
172
durante la revista, destacando así entre el resto.

Desde aquella posición privilegiada, Gwyn pudo casi disfrutar del


espectáculo, pese a las nerviosas miradas que echaba hacia el oeste, a la espera
de divisar una llegada que aún no se producía. El día era espléndido, y el sol
brillaba sobre un mar verde, cubierto por las vestimentas blancas y los dorados de
armaduras, cascos y rubios cabellos. Los ambulacros de carga hormigueaban
como gusanos, vistos desde la distancia. Numerosas tiendas de distintos tamaños
se hallaban ya montadas, con sus multicolores banderolas al viento, pues el
ejército pasaría la noche en aquella misma llanura. Con todo, pese a aquel
despliegue, visto desde allí no resultaba ser un gran ejército.

A un lado de la ciudad, en el muelle junto al puente, todavía se construían las


barcas de guerra. Aquel esfuerzo no llegaría a tiempo, y deberían marchar sin
aquella cobertura fluvial. Tendrían además que dejar atrás a algunas guerreras
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

para que, cuando al fin las barcas estuvieran listas, las condujeran río arriba en su
auxilio. Aquello significaba que difícilmente podrían atravesar río alguno.

Con todo, los sones de las trompetas, los estandartes, los penachos
ondeando sobre las compactas filas, todo aquello animaba el corazón guerrero de
Gwyn. En cuanto sus compañeras llegaran, aquello se convertiría en un ejército
temible, ya que no enorme. Echó una nueva mirada hacia el oeste. ¿Por qué no se
las divisaba? Nadie estaba más segura de su llegada que ella, y aún así sentía
crecer la incertidumbre. Sin duda, parte del séquito de la princesa expresaba
aquellas dudas en voz alta en aquel mismo. Divisó en la lejanía aquel grupo, que
se movía con lentitud entre las filas. Creyó distinguir entre ellas a Taia. Tan
pequeña, tan vulnerable entre todo aquello... Sintió deseos de estar a su lado, y de
estrecharla. Aunque no podía; incluso más que eso necesitaba otear la lejanía
para ser la primera en ver llegar a las suyas. Se había comprometido a hacerlas
venir.
173
El sol fue declinando, alargando las sombras de las guerreras, transformando
el dorado vivo en oro viejo. De hecho la revista ya estaba finalizada, y los
refuerzos seguían sin llegar. Bajo ella, Gwyn vio que el séquito de la princesa
abandonaba el campo, y se dirigía hacia las puertas bajo ella. No quiso ni imaginar
lo que se estaría comentando en aquella compañía. Ya entraba la princesa en la
ciudad cuando Gwyn oteó a lo lejos, desesperada. Una mancha oscura sobre el
camino del oeste... ¡Sí! ¡Allí venían, según lo prometido! Sintió que sus pies
querían ir a la vez en una dirección y en otra. Se contuvo el tiempo suficiente
como para comprobar que eran efectivamente ellas. El color oscuro y pardo de
aquellas guerreras contrastaba vivamente con el lujo de la revista de tropas. Por lo
que podía verse, eran unas 2.000, una fuerza enorme para tratarse de guerreras
de los clanes. Al fin dejó volar a sus pies y bajó a saltos las escaleras de la torre,
deseosa de interceptar al séquito y darle las buenas nuevas. De un último salto se
plantó ante ellas, con la princesa al frente.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—... cuatro mil quinientas, ni una más. Y tendremos que dejar al menos
quinientas con las barcas, y... —estaba diciéndole a Taia la jefa de la guardia,
Girlit, cuando ambas la vieron y se quedaron sorprendidas.

—¡Ya están aquí! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Todas y cada una,
según prometí!

En cuanto comprendieron a qué se refería, abandonaron su expresión


huraña y la felicitaron y le dieron las gracias. Aquello pareció cambiar el humor de
todo el grupo de forma radical. De hecho, ya se estaban retirando a palacio, por lo
que sus noticias cambiaron los planes.

—Debemos quedarnos para darles la bienvenida. —sugirió antes que nadie


Olaia, la jovencita y descarada princesa.

—Es cierto. Pero tú deberías volver a palacio y descansar. Mañana


partiremos temprano. —le contestó su hermana.
174
—¡Nada de eso! —respondió. —¡Quiero verlas!

No hubo forma de convencerla, y al fin el grupo marchó al encuentro de las


recién llegadas, Gwyn incluida. La joven princesita se situó a su lado, por lo que
hubo de resignarse a no tener a Taia cerca. La muchacha parecía más animada
que nadie, lo que no era de extrañar, pues era la primera vez que veía algo
parecido aquello. Todavía era muy joven como para pensar que no todas
regresarían con vida, en el mejor de los casos.

—¿Son todas tan altas como tú, Gwyn? —le preguntó, algo arrebolada.

Ella sonrió. Conocía el efecto que las guerreras de las Tierras Altas tenían
sobre las jóvenes de la Llanura. Era una suerte que fueran a partir a la mañana
siguiente y a acampar aparte. Si no, la noche podría hacerse muy, muy larga.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Algunas aún más. —le respondió al fin—. Pero te aviso que casi todas
están casadas...

Olaia se ruborizó entonces por completo. No era tan joven después de todo.
Por fortuna, su rubor le impidió seguir con sus preguntas. Al fin alcanzaron a la
vanguardia de oscuras guerreras, que ordenó el alto. Taia se adelantó, realizando
los saludos formales. Aseguró la amistad eterna y el beneficio concreto para
aquellas guerreras, mercenarias después de todo. Sólo entonces se adelantó
Gwyn. Los saludos fueron menos formales. Fue ella quien les dio las
instrucciones, pues desde la muralla había visto dónde se deberían alojar las
recién llegadas.

—Partiremos mañana al alba. —añadió—. Siento que no podáis entrar


siquiera en la ciudad.

—No es problema. —le dijo una comandante del clan Kyrwyn, que eran las 175
que marchaban al frente—. Los placeres de la ciudad no nos interesan. Hemos
dejado atrás esposas e hijas. Lo único que queremos es asegurar el futuro de
nuestros clanes, así que cuanto antes partamos, mejor.

Sus palabras fueron asumidas como una invitación a dejar de lado las
ceremonias. Fueron por tanto conducidas hasta sus tiendas. La princesa y sus
acompañantes partieron de vuelta a palacio por fin. Gwyn dudó si acompañar a
sus compatriotas, hasta que Taia le indicó que formaría parte de su estado mayor,
por lo que debía seguirla hasta palacio. Una vez allí, por desgracia, cada una
marchó hacia sus propias habitaciones, por separado de nuevo.

x
La partida se realizó a la mañana siguiente, muy temprano. Se decidió dejar
atrás un contingente de 500 guerreras. Estas se harían cargo de las barcas de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

guerra que todavía se estaban acabando de construir en los muelles. En cuanto


estuvieran listas, las conducirían río arriba. Como consecuencia, la expedición
seguiría el río, en su margen izquierda. Aquello les impediría atacar directamente
Deiria, al menos hasta que tuvieran las barcas. Pero se decidió que era lo más
sensato, teniendo en cuenta que el ejército de Deiria se hallaba estacionado en
Latiria, según los últimos informes. Estos no aclaraban qué había sido del ejército
que debía reforzarlas desde Tirelia; se decidió actuar como si no fuera a llegar, lo
que tal vez no fuera desencaminado.

De madrugada, con el sol ya asomando ante ellas, las guerreras formaron en


orden de partida en la inmensa explanada oriental de la ciudad. Allí arrancaba el
camino del este, que después de dejar atrás esa explanada atravesaba el río
Cotreo por un puente no muy lejano. La partida no fue solitaria, aunque sí
silenciosa. Buena parte de las ciudadanas se agolpaba en lo alto de las murallas,
pero no vitoreaban. Sabían bien que la ciudad quedaba completamente indefensa.
Si aquel ejército no volvía, la ciudad caería sin la menor duda. Aquella idea, junto
176
a su inferioridad numérica respecto al enemigo, era sin duda lo que mantenía a las
ciudadanas en silencio mientras el ejército desfilaba. Sin duda, además, entre las
filas tenían a hijas, hermanas y esposas.

Entre la multitud sobre las murallas, Gwyn pudo adivinar la figura de la reina.
Su porte digno aunque algo distante le recordó algo intensamente... hasta que
recordó a su Tawanna, asomada a aquella ventana, desafiando la costumbre,
mientras las veía partir a lo que sabía era una marcha sin retorno. Vio también que
Taia había visto a su madre. Ella estaba a su lado, y sus miradas se cruzaron. No
dijeron nada, aunque una corriente de simpatía y afecto las unió por un instante.
Gwyn sonrió por vez primera aquella mañana, y habría abrazado también a la
princesa si las circunstancias se lo hubieran permitido de una maldita vez.

La verdad era que tenía un aspecto inmejorable, después de todo. Llevaba


una coraza dorada y labrada en complicados arabescos, con hombreras a juego.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El casco era similar, y coronado por el penacho rojo de las oficiales. De su


cinturón pendía la espada corta de las Tierras Bajas, en una vaina repujada e
incrustada de jade. Su faldellín corto estaba orlado de púrpura y bordado en hilo
de oro. En cambio, llevaba las mismas sandalias que cualquier guerrera. Gwyn,
por su parte, gracias a la llegada de sus compatriotas había recuperado su
vestimenta y armas habituales. Desde luego, la lana parda teñida de colores
apagados y el cuero oscuro no podían rivalizar con la majestuosa elegancia de las
athirianas, pero se sentía a sus anchas al fin, lista para entrar en acción.

En efecto, el ejército resultaba magnífico. Las guerreras de la Llanura tal vez


no fueran tan temibles como las de las Tierras Altas, pero no se podía decir que
no resultaran marciales. Formaban en compañías, cada una conduciendo su
propio ambulacro con la impedimenta. Por su parte, Gwyn se había visto obligada
a marchar con la plana mayor. Por su parte, habría preferido ir con sus hermanas
de clan, que iban casi en vanguardia. Pero Taia había insistido, y desde luego ella
no había sabido resistirse. Su función, con el mando, consistiría precisamente en
177
ser el enlace con las mercenarias, como no podía ser de otra forma dada su
dudosa situación allí. Aquello le permitía estar cerca de Taia, aunque sin poder
abrazarla.

Lentamente, compañía tras compañía, el ejército fue atravesando el puente.


La ciudad fue quedando atrás, y las multitudes en lo alto de sus murallas se fueron
difuminando en la distancia. Gwyn, no por primera vez, echó un vistazo de reojo a
la princesa. Se la veía indudablemente animada; su buen aspecto no obedecía
sólo a su espléndido atuendo. Estaba sonriente, sus ojos brillaban contemplando
el ejército marchando ante ella. Tal vez aquello se debiera a que las consejeras
más veteranas habían quedado atrás, en la ciudad. Sin duda se sentía liberada,
rodeada ya tan sólo por su guardia de confianza. Olaia, la joven princesa, se veía
todavía más alegre, y poco le faltaba para ir dando saltitos. Como adiestradora de
guerreras, Gwyn conocía bien aquella actitud; se le pasaría tan pronto como la
dureza del camino se hiciera evidente.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El primer día de marcha, como solía ocurrir, las hizo adelantar bastante, sin
encontrar el menor problema. Por eso mismo, se ordenó el alto todavía con el sol
en el cielo. Las tiendas se alzaron, se encendieron hogueras y se designaron las
guardias y el santo y seña. Gwyn marchó a comunicarlo a sus compatriotas, lo que
le permitió pasar un rato con ellas al fin. Comprobó con alivio que no se la culpaba
de la muerte de sus compañeras en la anterior expedición, y aún menos por
haberlas implicado en aquella guerra ajena. Aunque las perspectivas no fueran
demasiado buenas, se valoraba aquello como una buena oportunidad de salir de
las precarias condiciones de vida que reinaban en las Tierras Altas. Ella conocía
bien aquella abnegación y sentido del deber, y no le extrañó. Por otra parte, de los
otros tres clanes reclutados no se podía decir que fueran amigos: eran todos
vecinos, incluido el suyo, y no pocas veces se habían enfrentado en operaciones
de saqueo. Sin embargo, si todas volvían enriquecidas, sabían que los malos
tiempos de los saqueos por necesidad pasarían para no volver en un largo tiempo.
Por tanto, el espíritu no era de camaradería, pero sí al menos de conveniencia 178
mutua, y no se respiraba la menor animadversión entre los cuatro clanes.

A causa de todas aquellas averiguaciones, Gwyn acabó retornando tarde al


campamento de las jefas del ejército. En el centro se había montado una tienda
particularmente grande, rodeada de otras más pequeñas. Cayó entonces en la
cuenta de que no sabía dónde debía alojarse. En cuanto se cruzó con la guardia,
tras dar el santo y seña, les preguntó por aquel particular. La jefa de guardia le
indicó que había sido llamada por la princesa a su tienda en cuanto volviera, sin
que supiera decirle más. Su gesto señaló hacia la tienda grande, lógicamente. Por
tanto, hacia allá se dirigió Gwyn.

El interior de la tienda era aún más espléndido que el exterior. Había


alfombras en el suelo, e incluso algunos muebles plegables. A una mesa estaba
sentada Taia, junto a su hermana. Ninguna de las dos llevaba ya sus magníficas
armaduras, aunque sí sus no menos elegantes túnicas.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿Sin novedad? —le preguntó la mayor de las dos, levantando la vista y


sonriéndole.

—Todo bien. —respondió ella, algo envarada.

—Bien, bien... —murmuró Taia, levantándose y rodeando la mesa—. Como


tal vez habrás podido comprobar, aquí, con mi ejército, las cosas resultan muy
distintas. De hecho, ya nadie me controla...

En cuanto hubo dicho esto, la rodeó con sus brazos por la cintura, alzando la
cara hacia la suya. Gwyn echó un vistazo a Olaia, que miraba hacia algún punto
indefinido a un lado.

—Hum, sí, ya veo... Aquí todo el mundo es de tu confianza, ¿no es así? —le
dijo, abrazándola sólo un poco.

—Oh, sí... Nadie puede decirme con quién puedo o no puedo dormir... 179
—respondió, restregándose descaradamente contra ella.

—Ejem... —pese a que su cuerpo le pedía todo lo contrario, Gwyn se apartó


un poco.

—Oh, sí. ¿No querías ir a dar un paseo, Olaia? —preguntó Taia, sin volverse
hacia su hermana.

—Oh, sí, sí, es verdad. —respondió ella, poniéndose repentinamente en


pie—. Quería ver a las guerreras de las Tierras Altas, por fin...

—Estupendo. Y ya sabes que si alguien te ofrece una cama en la que dormir,


bien puedes aprovecharla... —sonrió Taia.

—Sí... Sí, lo haré... —dijo la joven, cada vez más incómoda. Con todo, se
volvió antes de salir y las miró—. No os preocupéis. Ya me apañaré... —y sonrió
tímidamente antes de desaparecer.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Vaya... Pareces otra... —le dijo entonces Gwyn a Taia, ya más a sus
anchas.

—Sí... Lo soy... —y la besó el cuello.

Gwyn no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos,
aunque aún consiguió murmurar: —Me preguntaba dónde iba a dormir...

—Deja de preguntártelo... —le respondió la princesa con voz ronca,


apartándose un poco y soltándose el cierre de la túnica, que cayó como liberada a
sus pies.

x
El camino del Este era fácil. La carretera se extendía recta, con la cinta
plateada del río Cotreo a su izquierda. A ambos lados del camino se veían
pequeñas huertas, llenas de toda clase de productos ya maduros para el mercado
180
de Athiria. Los pequeños caseríos le recordaban a Gwyn los de su tierra,
aumentándole la añoranza. Pero su tierra no conocía aquella verde abundancia.
De hecho, el verano iba tocando a su fin, incluso en aquellas tierras sureñas. Un
frío viento soplaba del suroeste, como empujándolas a su destino. Gwyn se volvió
hacia el sur, contemplando en la lejanía las estribaciones de la meseta Terempe,
que las escoltaba a su derecha como el río a su izquierda. Tras aquella muralla, e
impulsada por el viento, otra estribación gris se cernía sobre ellas: un frente
nuboso. Al fin las alcanzó, cubriendo el cielo hasta entonces azul, agrisándolo.
Sucesivas cortinas de lluvia se abatieron sobre el ejército, que prosiguió su
marcha impertérrito. Las guerreras se arrebujaban en sus capas, juntándose unas
con otras como en busca de abrigo. Gwyn se aproximó a su princesa, que le
sonrió en respuesta. La lluvia le goteaba del flequillo, sus pies calzados en
sandalias chapoteaban en el barro, y pese a todo se la veía feliz. Como una flor
alada, Gwyn se aproximó más a ella, sintiéndose también extrañamente alegre.
Pese a que no había abrigado ni esperanzas ni casi deseos, la desamparada
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

fugitiva se había vuelto hacia ella con tanta o más pasión ahora que era princesa y
virtual reina. No parecía lógico, ni sensato, pero no sería ella quien pusiese
objeciones.

La marcha del ejército no se ralentizó por las lluvias, ni mucho menos. De


hecho, los ambulacros se animaban al sentir la tierra húmeda bajo sus patas, y la
falta de sol directo no los afectaba: lo sentían a través de las nubes. En
consecuencia, a los pocos días de marcha llegaron a las cercanías de Daäna.
Esta ciudad, integrada en el reino de Athiria, había sido conquistada por Deiria
recientemente. Por tanto, se adoptaron todo tipo de precauciones. Fueron
enviadas exploradoras, mujeres rápidas y ágiles entrenadas como mensajeras
también. Sus informes fueron tranquilizadores: la pequeña ciudad de Daäna había
sido abandonada por el enemigo. Según informaban las propias ciudadanas, la
reina de Deiria concentraba todas sus fuerzas más al este, y no dejaba
guarniciones en sus conquistas. Aquello era bueno y malo. Por un lado, no
necesitarían reconquistar aquellas ciudades... si es que vencían. Ni siquiera
181
tendrían que hacerlo ahora, pues de otra forma, el avanzar dejando una fuerza a
sus espaldas habría resultado peligroso. Pero por otro lado, eso quería decir que
se iban a enfrentar a una fuerza considerable.

Una vez estudiados todos estos informes, el consejo de guerra decidió seguir
adelante a buen ritmo. Cada segundo perdido significaba sin duda un pelotón
enemigo más. Por lo tanto, dejaron a su derecha el camino de Daäna, sin llegar
apenas a ver la pequeña ciudad en la lejanía, sobre las grises estribaciones de la
meseta. Siguieron recto por el camino del este por tanto, en dirección hacia Latiria,
donde según todos los rumores se concentraban las fuerzas deirianas.

x
Con el paso de los días, el sol volvió a salir, como dando un último respiro de
verano antes de la llegada definitiva del invierno. Aquello animó a la tropa, harta
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

de chapotear en el frío barro tras unos animados ambulacros. El paisaje también


cambió, el río se alejó del camino, girando hacia el norte, al tiempo que las huertas
y granjas se veían sustituidas por pastizales. La tierra se extendió por lo tanto,
ganando en amplitud. Aquí y allá se veían pequeños oteros en medio de la verde
llanura, algunos coronados por bosquecillos. Para las guerreras de las Tierras
Altas, aquel paisaje ameno y suave era una auténtica delicia, aunque para las
lugareñas fuera lo más normal del mundo.

Con todo, la tensión crecía en el seno del ejército, tanto entre las simples
guerreras como en el alto mando. Se acercaban a Ferilia, pequeña ciudad situada
poco antes de Latiria. Como muchas oficiales habían señalado, aquel sería un
buen lugar para que un ejército les saliese al paso. En consecuencia, de nuevo las
exploradoras fueron enviadas por delante. Regresaron al poco, excitadas y con
importantes noticias.

Por lo visto, también Ferilia se había visto abandonada, aunque no hacía 182
mucho. De hecho, el ejército enemigo acababa de pasar por allí. Pero en lugar de
salirle a su encuentro, había torcido hacia el norte, en dirección hacia la importante
ciudad de Quirinia. Esta ciudad, situada en la confluencia de los ríos Cotreo y
Tercles, se encontraba al sur de la propia Deiria. Sin duda, la reina había decidido
ir allí a recibir refuerzos de su propio reino. Gwyn recordaba que casi había
pasado junto a Quirinia, cuando huía en un bote junto a una asustada princesa.
Aquello parecía haber ocurrido años atrás.

—El ejército que pasó por Ferilia tenía al menos diez mil guerreras.
—relataron las exploradoras, si no asustadas al menos preocupadas—. Y van a
recibir refuerzos.

El consejo se reunió de nuevo para decidir qué ruta tomar. Cabía la


posibilidad de avanzar hasta Ferilia y perseguir al ejército enemigo. También
podían desandar el camino y retomar el desvío a Quirinia que habían dejado atrás.
Pero como el tiempo apremiaba, y ambos caminos suponían dar un rodeo, se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

acabó por decidir que lo mejor sería marchar a campo traviesa, hacia el norte.
Directo hacia Quirinia.

183
Trayectos de los ejércitos de Athiria (en amarillo) y el Deiria y refuerzos (en verde)

Trayecto del ejército de Tirelia y Ettira (en amarillo). El ejército de refuerzo de Athiria
remonta en barcas el río Cotreo desde Athiria hasta Quirinia (sin representar en el mapa)
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 11

De "Análisis preliminar de las estructuras políticas de Alanna", por H.


Karpic, en Revista interplanetaria de ciencias sociales, núm. 2896, Tierra,
1036:

«Con todo, en la mismas Tierras Bajas, existen unas pocas ciudades


que carecen absolutamente de realeza, siendo gobernadas de otras formas,
y que nos permiten precisar más el concepto. Se trata de las llamadas
"ciudades libres". Estas pocas ciudades se hallan todas aisladas del resto:
carecen tanto de territorios sometidos a su alrededor, como de fronteras con
otros reinos. Las hay de diversos tipos: unas son "repúblicas", gobernadas
por magistradas electas de diversas formas. Otras son colonias: dependen
en su gobierno de otras entidades políticas, sobre todo de los Países del
184
Sur, y son por tanto colonias externas a estos países: su gobierno viene
designado desde fuera, hasta cierto punto. Otras son conocidas como
"principados". Aquí la distinción con la realeza se hace más imprecisa: la
princesa de estas ciudades dispone de todas las prerrogativas reales, pero
no del título. Esto nos permite precisar el segundo requisito para la realeza:
la vecindad inmediata de otros reinos. No existe, por tanto, el reino aislado,
sino en referencia a otros. La reina, así, lo es en relación con otras, y no por
sí misma, lo que tal vez explique la ausencia del concepto imperial. Por lo
demás, el análisis de las "ciudades libres" requeriría una extensión más
amplia que la del presente artículo.

»En cuanto a las competencias de las reinas, estas son en extremo


variables, aunque nunca absolutas. En primer lugar, destaca su carencia de
competencias judiciales: en todas las ciudades, aun en las de las reinas más
poderosas, son siempre magistradas ajenas a la realeza las que ejercen esta
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

función. Caso poco habitual en el resto, las magistradas judiciales suelen


ser electas, según diversos tipos de elección. El poder real se ve limitado
también, en lo político y legislativo, por consejos. Estos raramente son
electos: el acceso a ellos se verifica por los más variados métodos. Con
todo, la aprobación de estos consejos es importante para las reinas. Aunque
carecen de derecho a destituir a las reinas, para estas su aprobación resulta
imprescindible en casi todas sus decisiones. El gobierno sin esta
aprobación se hace extremadamente difícil, como revela la historiografía
local con numerosos ejemplos. Por lo demás, las competencias reales son,
aquí sí, casi absolutas en el terreno militar. La reina dispone de un consejo
militar, pero en este tiene potestad absoluta para nombrar y destituir a su
antojo, a diferencia de los otros. Por tanto, si alguna comparación histórica
se puede legítimamente establecer, esta sería con la de la época micénica, o
con el Imperio Nuevo hitita. No, desde luego, con la Europa feudal.»

185
x

Taia despertó de repente. Por un instante, no supo si había sido a causa de


los nervios del día antes de la batalla o por algún sonido que había desaparecido
justo tras despertarla. Se hallaba tendida en el estrecho camastro de campaña, un
lujo pese a todo, gracias a su condición de princesa. En realidad, se hallaba
recostada más bien sobre Gwyn, que se despertaba más lentamente, al sentirla
moverse.

—¿Mmm? ¿Qué ocurre? —murmuró en la oscuridad la morena guerrera.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Su pregunta no precisó respuesta, al sonar de nuevo la trompeta. Tocaba a


batalla, no a diana.

Gwyn se incorporó de repente, casi haciendo caer a Taia del camastro. Ésta
se sujetó a ella, al tiempo que sonreía con algo de envidia. Su compañera tenía
unos reflejos de guerrera mucho más despiertos que los suyos.

—Perdona. —murmuró ésta, sujetándola a su vez por la cintura—. Será


mejor que nos vistamos.

Apenas estaban en ello cuando alguien irrumpió en la tienda. Casi no se


había iniciado el alba, y se hallaban prácticamente a oscuras. Fue su joven voz la
que reveló la identidad de la intrusa.

—¡Vamos, vosotras dos, arriba! —exclamó Olaia. Estaba a medio vestir


también, y sin armar, pero al menos parecía algo más espabilada que ellas—. Han
llegado las exploradoras nocturnas.
186
Ella no sabía mucho más que ellas, pero pronto se supo a qué venía la
alarma. Después de todo, no era para tanto. O sí, según se mirase.

—Las exploradoras han entrado en contacto con el ejército enemigo.


—anunció una de las jefas, Parisis. Estaba vestida y armada de la cabeza a los
pies. Taia la miró con algo de envidia. Ella apenas llevaba encima su túnica, e
incluso iba descalza. Gwyn tampoco había logrado ponerse encima mucho más
que su falda y una camisa, aunque llevaba una espada en la mano—. No todas
han vuelto, y dudo que lo hagan. Tras unas colinas, y justo frente a Quirinia, a
nuestro lado del río, se halla acampado el ejército enemigo. —prosiguió Parisis, al
tiempo que hacía como que no notaba el aspecto desastrado de sus
interlocutoras—. Según los recuentos de hogueras, pueden ser unas 12.000,
aunque algunas exploradoras informan que siguen cruzando guerreras desde
Quirinia, por el puente. Podrían ser hasta 15.000.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El contenido del informe explicaba la seriedad que denotaba Parisis. Pronto


se juntó a su alrededor un improvisado consejo.

—Tal vez deberíamos retirarnos. —concluyó, al acabar su informe. La


superioridad enemiga justificaba cuando menos aquella sugerencia, y las demás la
consideraron en silencio.

—Hemos venido a combatir. —se decidió Gwyn al fin a acabar con aquellas
cavilaciones—. Si nos retiramos, el ejército enemigo no hará sino crecer.

—Eso es cierto. —dijo otra de las jefas, Yaäna—. Con todo, es ridículo
pensar que podamos atacar a un ejército tan grande. Tampoco tenemos ningún
efecto sorpresa, ni una posición fácilmente defendible.

—Si no la tenemos, ¡busquémosla! —interrumpió audazmente Olaia, que


hasta entonces se había mantenido en un respetuoso silencio. Algunas jefas la
miraron como si fuera una intrusa allí, aunque otras lo hicieron con admiración.
187
—Tiene razón. —comentó Taia—. Parisis, ¿qué sabemos del terreno entre
nosotras y las enemigas?

—Las exploradoras han informado de un par de colinas boscosas junto al río,


desde el que han podido observar.

—Si han podido observar, y volver para informar, es que esas colinas están
sin ocupar. —terció Gwyn.

—Así es. —admitió Parisis.

—Parece una buena posición para un ejército a la defensiva. Tal vez


deberíamos ocuparlas antes de que a nuestras enemigas se les ocurra hacer lo
mismo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La sugerencia de Gwyn fue admitida sin discusión, sobre todo por lo urgente
de llevarla a cabo si tenía que tener éxito. En consecuencia, a las primeras luces
del alba se dieron las órdenes, y mientras algunos contingentes partían, el resto
volvió a sus tiendas para prepararse para la batalla.

—¿Qué hay del ejército de Tirelia? Lo necesitamos ahora o nunca.


—preguntó Taia a sus asistentes, al tiempo que se ponía la armadura.

—Nada más que rumores. Hay quien dice que nos viene pisando los talones.
Otros informes aseguran que se desviaron y llegan con retraso. Incluso se dice
que no han salido de Ettira. —le contestó una guerrera, al tiempo que le cerraba
188
los corchetes de la coraza a su espalda.

—Tendremos que valernos con lo que tenemos. —añadió Gwyn, que se


había equipado antes.

Al fin las dos se unieron a la marcha del ejército, ya empezada la mañana.


Se había decidido dejar las tiendas montadas y los ambulacros tapados. Nadie
custodiaría el campamento; iban a necesitar a todas y cada una de las guerreras.
Taia y Gwyn se unieron a la retaguardia, pues mucho antes habían partido los
contingentes ligeros que iban a tomar las colinas. Iban casi rodeadas por el núcleo
de las mercenarias de las Tierras Altas, por lo que Gwyn se sentía a sus anchas.
Siguiendo su consejo, se había dotado a estas de escudos grandes de las
Llanuras. Las guerreras los cargaban a sus espaldas, hoscas pero disciplinadas.
Teniendo en cuenta que iban a tener que defenderse, parecía una medida
adecuada. Las noticias que iban llegando mientras avanzaban eran buenas: no se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

había informado de resistencia alguna. El ejército enemigo continuaba


agrupándose en la llanura junto al río, pese a que sin duda conocían ya su
presencia allí.

Tras una corta marcha, alcanzaron las dos colinas. A su izquierda relucía el
río Cotreo, por el que todavía no se divisaban las barcas de refuerzo que debían
llegar desde Athiria. De todas formas, su contingente era pequeño, sólo el
imprescindible para tripular. La función de las barcas, cruzar el río, era algo que
con toda probabilidad no iban a tener que hacer, por lo que pocas miradas se
dirigían hacia ese lado.

La masa del ejército se apiñaba en la vaguada entre ambas colinas, como


buscando protección unas con otras. Las jefas que habían dirigido la vanguardia
se reunieron con ellas en cuanto llegaron, para informar.

—Sin novedad. —dijo Yaäna, a quien se le había encomendado hacerse con 189
las colinas. Era una mujer sorprendentemente alta para lo común en esas tierras,
casi de la estatura de Gwyn. Con todo, era muy rubia, de ojos más claros de lo
habitual. Se movía con lentitud y un aire preocupado, como si temiera dañar a sus
camaradas de menor tamaño—. He situado a mis mejores guerreras en las dos
alturas. —prosiguió—. Hay una tercera colina más al norte, pero está demasiado
cerca del campamento enemigo. Tengo algunas exploradoras allí, tan solo.

—¿Avanzamos? ¿O nos parapetamos tras las colinas? —preguntó Parisis,


una mujer baja pero compacta, de largos rizos rubios, de aspecto demasiado
juvenil si sólo se mirada su cara redonda y sus hermosos ojos marrones.
Contemplando sus bíceps, se olvidaba cualquier duda acerca de sus cualidades
guerreras.

—Tal vez deberíamos subir a una colina, para observar mejor el terreno.
—sugirió Taia, antes de permitirles considerar la toma de decisiones tácticas.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Todas asintieron, y se escogió la colina del este, la más alejada del río, por ser la
más cercana al ejército enemigo.

Desde allí pudieron atisbar el terreno, al abrigo de unos árboles de


mariposas2, muy frondosos en esa época del año. En lontananza se veía el río, al
girar hacia el este. La ciudad de Quirinia se adivinaba al otro lado; de ella salía un
puente del que se bifurcaban dos caminos. Uno seguía el río hacia la colina del
oeste, rodeándola. El otro las separaba de la tercera pequeña colina y del
campamento enemigo. Este se intuía enorme, y se hablaba de unas 14.000
guerreras, aunque había quien rebajaba la cifra.

—Esta posición es fuerte. —dijo Girlit, la jefa de la guardia, en cuanto


hubieron contemplado el panorama—. Tal vez debiéramos concentrarnos en torno
a esta colina y defenderla.

La jefa de la guardia había accedido a su cargo recientemente. Aunque algo 190


le había contado, a Taia no le gustaba hablar de las circunstancias en que eso
había ocurrido. Era una mujer algo mayor que el resto de consejeras de confianza
de la princesa, y su actitud hacia esta era algo protectora. No parecía
especialmente terrible; más bien frágil, al menos para Gwyn, acostumbrada a otro
tipo de guerreras. Pero su mirada era acerada, muy distinta de la expresión algo
dulce de las demás. Hablaba poco, de modo que sus sugerencias se recibían con
respeto.

—Creo que deberíamos defender las dos colinas. —respondió Gwyn. Fue
muy consciente de cómo el hecho de contradecir a Girlit no resultaba bien
recibido. De hecho, se alzaron algunas voces para indicar que quedarían aisladas
en dos grupos. Estas objeciones fueron cortadas en seco por la propia Girlit.
Como siempre, todas callaron en cuanto ella habló.

2
Las hojas de los árboles de mariposas salen volando por sí mismas al llegar el invierno y
emigran al sur, y regresan en primavera.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Gwyn tiene razón. Necesitamos establecer un frente, no un núcleo, o nos


atacarán por todos lados.

Las objeciones desaparecieron como por ensalmo. Animada por este apoyo,
Gwyn pasó a explicar las ideas que se iban desarrollando en su mente.

—Podríamos situar a las arqueras sobre las dos colinas. Así podrán alcanzar
a más distancia, y estarán protegidas. Luego, establecemos un frente entre las
dos colinas con las mercenarias. No les será fácil romper un frente con 2.000
guerreras de las Tierras Altas.

—¿Y si nos rodean por un lado? Debemos proteger las alas. —advirtió
Parisis.

—Podemos organizar dos reservas con el resto de guerreras, una detrás de


cada colina. Desde ahí, podrán reforzar el centro o salir a defender cualquier
intento de rodearlas. —sugirió Girlit.
191
—Pero esas tropas son ligeras... No sé si podrían detener un ataque
importante... —murmuró Taia, callada hasta entonces y con aspecto preocupado.

—Podemos establecer un pequeño contingente de las Tierras Altas


protegiendo la colina derecha. —sugirió Gwyn.

—¿Y el lado izquierdo? —objetó de nuevo Taia.

—No creo que ataquen por ahí. Hay poco espacio entre la colina y el río. Ese
lado más fácil de defender, y eso lo sabe el enemigo. Si hay un ataque por el
flanco, será por el derecho. —razonó Gwyn, algo incómoda al contradecir a Taia, y
no menos al dejar un tanto en evidencia sus limitaciones en cuestiones tácticas. El
resto de las guerreras asintió, aprobando su explicación.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Muy bien. —admitió al fin la princesa—. Nos situaremos como hemos


acordado. Ahora...

—¡Un momento! —interrumpió inopinadamente Olaia, que se había


mantenido callada y aparte hasta entonces—. ¿Y si no nos atacan? —Su objeción
fue respondida con una serie de sonrisas de suficiencia por parte de las guerreras,
todas más mayores. Sin embargo, esto no amilanó a la joven princesa—. Podrían
dejarnos atrás, si nos ven en una posición fuerte. ¿Qué les impide eludirnos y
marchar hacia Athiria, por ejemplo?

Fue su hermana la que le contestó: —No harán eso. Yo... Conozco bien a la
reina de Deiria. No eludirá una batalla, y menos con superioridad numérica. Ella...
—Taia parecía muy incómoda; había bajado la cabeza y su voz era apenas
audible—. Ella está acostumbrada a conseguir lo que quiere, y no se echa atrás
ante nada. Nos atacará.
192
Olaia parecía la única de las presentes ajena a la incomodidad de su
hermana. Con aire testarudo retomó sus objeciones: —Vale, pero... ¿y si ve que el
centro es la línea más fuerte? Deberíamos hacer lo posible para que nos ataque
por donde más nos conviene.

—¿Y cómo piensas lograrlo? —le preguntó Girlit, con algo de socarronería
en su expresión sonriente.

—¡Coloquemos una línea de guerreras jóvenes de la Llanura delante de la


de las Tierras Altas! ¡Creerán que toda la línea que une las dos colinas está
formada por las tropas más inexpertas y atacarán por allí! ¡Entonces las retiramos
a un lado y se encuentran de frente con las morenas!

La sonrisa de superioridad de Girlit fue desapareciendo poco a poco mientras


escuchaba las entusiásticas palabras de Olaia. Al fin musitó: —Podría funcionar...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¡Sí! —Olaia casi despegaba sus pies del suelo de puro entusiasmo—.
¡Dejadme dirigirlas a mí! Si se trata de buscar una guerrera que parezca una niña,
yo soy la adecuada, ¿no?

Su sonrisa de triunfo se desvaneció al escuchar a su hermana: —De eso


nada, Olaia. Será una posición muy peligrosa. Si no te retiras a tiempo, os veréis
atrapadas en medio de lo peor de la batalla. Tú te quedarás en la colina izquierda.
Yo dirigiré esa primera línea, si se considera que la sugerencia de mi hermana
tiene alguna utilidad.

—Yo diría que la tiene... —intervino Gwyn.

—Pues entonces...

Olaia interrumpió a su hermana: —¡No es justo! ¡Me lo has quitado de las


manos! ¡Fue mi idea! ¡El lado izquierdo es el que no atacarán, lo dijo Gwyn!
193
Taia trató de tranquilizar a su hermana, dándole a su voz un tono pausado y
razonable: —Olaia. Tú eres más importante que yo, te lo aseguro. Muy pronto lo
comprobarás. Y ahora que por primera vez en mi vida estoy al mando, no quiero
que te pase nada a ti. Te prometo que será la última vez en tu vida que tienes que
cumplir mis órdenes. ¿Comprendes? Te lo prometo. Pero ahora, por favor, déjame
que tome mis propias decisiones. Es muy importante para mí, más de lo que
crees, y para ti también. ¿Me obedecerás?

—Qué remedio me queda... —masculló la joven, aparentemente apaciguada.


Entonces, una vez superado este conflicto, se acordó que el que sería el plan de
batalla. Gwyn dirigiría en centro, con el contingente principal de las Tierras Altas.
Yaäna estaría con la reserva izquierda, Girlit con la derecha. Parisis se situaría
sobre la colina derecha con las mejores arqueras, una posición de importancia
capital si todo iba según lo previsto, mientras Olaia dirigiría la más resguardada
colina izquierda. La propia princesa Taia dirigiría la maniobra de engaño en la
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

vanguardia, y se retiraría sin pelear hacia la colina derecha para convertirse en


una nueva reserva. Así quedó acordado, y cada una de ellas se dirigió hacia sus
destinos, de mejor o peor humor.

Puesto que las dos iban hacia el frente entre las dos colinas, Taia y Gwyn
partieron juntas. Una vez se hubieron alejado del resto, Gwyn tomó a la princesa
del brazo, obligándola a detenerse y mirarla de frente.

—Taia, una cosa antes de que nos separemos.

—No estaremos muy lejos...

—Lo sé. Pero... hay algo que me preocupa. Según el plan, debes retirarte
antes de entrar en combate. —La miró intensamente entonces—. ¿Lo harás
realmente?

—¡Por supuesto que sí! ¿Qué temes? 194


—No sé... Te he visto tan rara últimamente... Además, lo que le has dicho a
tu hermana me ha sonado... siniestro. Temo por ti.

La princesa sonrió de forma algo triste, aunque sus ojos relucían. Alzó la
vista y se abrazó a ella.

—No temas. Cumpliré con mi deber. Me retiraré antes de entrar en combate.


No te preocupes, amor.

—Me preocupo, cariño. Pero confío en ti. —admitió Gwyn, devolviéndole


abrazo y beso antes de separarse para ir cada una a su puesto.

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Gwyn dio las órdenes de batalla a toda prisa, pues no sabía cuándo se
produciría el ataque. Hizo cavar una trinchera ante la línea. Las guerreras se
mostraron extrañadas, pues la cavaban tras la línea que tenían ante ellas.
Precisamente allí debía estar ya Taia. Gwyn no dio explicaciones, pese a lo cual
todas cumplieron con su cometido con rapidez. Los escudos se dispusieron tras la
trinchera, y la primera línea de guerreras se colocó tras ellos. Al fin, viendo que
aún había tiempo, Gwyn reunió a las comandantes en torno a sí.

—Vamos a soportar, con toda probabilidad, el ataque principal. Dudo que


podamos resistir por completo. Por tanto, nos dispondremos en líneas en
profundidad. Las líneas se relevarán unas a otras según se necesite. Liswyn,
quiero que reúnas a cuatrocientas de tus mejores guerreras y las lleves tras la
colina este. Allí defenderás nuestro flanco. El resto nos quedaremos. En cuanto a
la línea de guerreras de la Llanura que tenemos delante, no contéis con ellas. Se
retirarán a un lado en cuanto llegue el primer ataque. No son más que un señuelo.
195
Aquello tranquilizó a las más avispadas de las comandantes. No estaban
muy seguras con aquel contingente de guerreras tan obviamente inexpertas
delante suyo. Asintieron, sonriendo, como si sus sospechas se hubieran
confirmado.

—¿Está todo claro? ¿Alguna pregunta?

Como suponía, nadie hizo el menor comentario. Sabían bien que ellas eran
las mejores guerreras, y que en consecuencia soportarían lo más duro; estaban
acostumbradas. Nadie se quejaría, al contrario. Preferían depender de ellas
mismas que de otras. Así pues, la reunión se disolvió y las comandantes se
encaminaron a sus unidades, a transmitir las órdenes.

Gwyn miró hacia delante. Nada ni nadie. Alzó la vista al cielo. El sol estaba
ya alto; el sudor le perlaba la frente. Desenvainó su espada, practicando un poco.
La calma antes de la batalla nunca le había gustado. Mirando a su alrededor
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

comprobó que las demás aguantaban la espera bastante mejor. Sólo vio miradas
serias y concentradas. Aquello la tranquilizó. Con todo, seguía nerviosa a causa
de la línea de rubias guerreras que había ante ellas, al otro lado de la trinchera.
Allí debía estar Taia, aunque no lograba divisarla en aquel mar dorado.

Mientras atisbaba, sin ver a quien buscaba, advirtió la tensión en la línea de


rubias guerreras. Se movían a un lado y otro, como indecisas. Algunas parecían a
punto de salir corriendo hacia el lado derecho. Se gritaron órdenes. La línea se
mantuvo firme. Poco después pudo comprobar la razón de toda aquella alteración:
la primera línea enemiga se acercaba.

Lo primero que rompió la calma fueron los silbidos de las flechas. Desde la
colina izquierda partieron densas andanadas, que cayeron ante el frente. A causa
de la estratagema, no podía ver apenas al enemigo, pero sin duda ya avanzaba.
La colina izquierda, algo más retrasada, lanzó sus flechas después. Todavía no se
escuchaba ningún resonar de armas. Pero las rubias guerreras ante ellas no se 196
retiraban. Gwyn dio saltos, tratando de ver por encima de las líneas.

—Taia, Taia, qué haces... —murmuró—. Retírate, no hagas ninguna locura,


por favor...

Al fin, repentinamente y como respondiendo a sus ruegos, todas las


guerreras rubias ante ellas salieron corriendo a la vez, hacia la derecha. La
retirada fue tan súbita y eficaz que las que avanzaban sobre ellas se detuvieron un
instante, dudando. Aquello permitió completar una retirada perfecta. Todas se
encaramaron a la suave pendiente de la colina, poniéndose a salvo. Tal vez por lo
mucho que deseaba verla, Gwyn creyó otear entre las que subían a la colina a
Taia, la última en ponerse a salvo, animando a las rezagadas.

El frente de ataque de las deirianas se lanzó al fin contra ellas, tras su breve
momento de duda. Gwyn sonrió, enarbolando su espada. Se contuvo de lanzar su
hacha de combate, pues sin duda la necesitaría más adelante. Las demás hicieron
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

lo mismo. Los primeros sonidos de lucha le llegaron de un lado y otro, pues el


ataque se concentraba sobre algunos puntos en concreto. Los choques de metal
pronto se vieron acompañados de gritos. Incapaz de contenerse más, se abalanzó
contra las deirianas que tenía frente a ella.

El ataque fue duro, y hubo de pelear contra varias enemigas. Pero siempre
estuvo acompañada a uno y otro lado. Así como los sonidos de batalla le llegaron
primero de sus lados, escuchó gritos de victoria antes de lograrla en su posición.
El ataque había sido rechazado. Aunque sin duda sólo era el primero. Las
deirianas derrotadas se retiraron con prudencia, mirando hacia sus propias filas.
Sin duda esperaban refuerzos.

—Tiryn, ve a ver qué ocurre tras la colina y vuelve para informarme. —le dijo
a una de las guerreras que tenía a su lado. Había observado que, durante la
refriega, la reserva derecha había desaparecido de sus posiciones tras ellas. Sin
duda en aquel flanco también tenían lugar combates. Si al final el ataque principal 197
se producía por ese lado, todos sus planes podrían fracasar y deberían
alterarlos—. ¡Ve! ¡Deprisa! —la animó.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 12

Taia se sentía satisfecha por cómo había trascurrido la retirada. Todas

habían obedecido sus órdenes, aguantado hasta el último momento, y se habían


retirado con rapidez. Con todo, no se sentía del todo satisfecha. Su papel no se
podía decir que fuera demasiado heroico. Desde la ladera de la colina podía ver
cómo las filas enemigas se abatían contra las oscuras guerreras. Creía ver a
Gwyn allí, en el centro, repartiendo certeros golpes de espada. Aunque no podía
estar segura. Por unos instantes, la línea retrocedió y ella contuvo el aliento... Pero
la situación se restableció de inmediato. ¡Las habían rechazado!

Las morenas guerreras se contuvieron, dando apenas algunos roncos gritos


de victoria. Ni una sola abandonó la fila para salir en persecución de las
198
derrotadas que se retiraban ordenadamente. Eran admirables; unas guerreras tan
fuertes como serenas...

Pero en cuanto se serenó, percibió que el fragor de la batalla aún resonaba.


No venía del frente, sino del otro lado de la colina. Sin duda allí la pelea seguía.
Contaban con la posibilidad de un ataque por ese lado, pero no uno en masa. Si
aquel flanco cedía, de nada valdría la victoria que acababa de contemplar. Serían
atacadas por la retaguardia, y todo estaría perdido... Apenas pudo contenerse
más.

—¡Quédate al mando! —le ordenó a su lugarteniente—. ¡Voy a ver qué


ocurre en el ala derecha!

—¡Alteza! ¡No vayáis! ¡Enviaré a alguien! —le respondió esta, asustada.

—¡Debo ir yo! —exclamó, partiendo a la carrera.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

x
Girlit se secó el sudor de la frente bajo su casco con el dorso de la mano, sin
soltar su espada. El ataque era intenso, aunque, por lo que podía ver, no
demasiado numeroso. Había acudido con su grupo de reserva a reforzar el flanco
derecho. Pese a sus esfuerzos, la lucha proseguía. De la colina caía una
granizada continua de flechas sobre sus enemigas, y ni aún así se retiraban. Al
principio, la lucha había pintado mal. Apenas 400 guerreras de las Tierras Altas
habían defendido aquella posición, frente a un enemigo que las multiplicaba varias
veces. Habían aguantado firmes hasta su llegada, con la reserva de aquel lado.
Aquel resultaba ser uno de los escasos momentos de pausa en la lucha. El asalto
enemigo no recibía, de momento, refuerzo alguno, pese a lo cual se lanzaban al
ataque una y otra vez. Aprovechando el respiro, Girlit echó un vistazo a la
comandante a la que había ido a socorrer. Liswyn se llamaba. No parecía sudar;
más bien parecía una estatua, una estatua alta y morena de rostro imperturbable.
199
Había recibido su ayuda con un simple gesto de reconocimiento, como si de todas
formas se hubiesen bastado. Era algo que resultaba un tanto ofensivo. Con todo,
Girlit era lo suficientemente guerrera como para apreciar aquella confianza. Y
aquella competencia. En aquel momento, un alboroto interrumpió sus
pensamientos. Provenía de detrás de ella. A desgana, dejó de contemplar a
aquella magnífica guerrera, que seguía impartiendo órdenes como si nada, y se
volvió.

Su propia imperturbabilidad se esfumó al instante. —¡Alteza! ¿Qué hacéis


aquí? —exclamó en cuanto vio que se trataba ni más ni menos que de la princesa
Taia.

—¡Quería comprobar si se necesitan refuerzos aquí! —respondió ella,


deteniendo su carrera.

—No era necesario, alteza. Además, aquí estáis en peligro...


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Tal vez deba traer a mi grupo.

—No, no, de momento estamos...

Su objeción fue interrumpida de repente por la voz potente de Liswyn tras


ella: —¡Atención! ¡Nuevo contraataque!

Escuchó el sonido creciente de la refriega, el silbido de las flechas ante la


nueva acometida. Se situó entre la princesa y el renovado asalto. Con satisfacción
comprobó que la imperturbable Liswyn se había situado junto a ella, hombro con
hombro, protegiendo ambas con su cuerpo a la princesa. Esgrimió su espada y
derribó a una enemiga. Liswyn hizo lo propio con dos, pero esta vez la acometida
parecía más profunda. Varias guerreras más venían de frente. Con el rabillo del
ojo vio que la princesa desenvainaba su espada y se unía a la refriega. La
expresión de su mirada le dijo que no debía insistir en que se retirara, sino mejor
pelear junto a su lado. Alzó de nuevo su espada y lanzó un grito de guerra. 200
x
La batalla se desarrollaba abajo, en la vaguada entre las colinas. Allí, en lo
alto de la más occidental de ellas, la acción era mínima. Bueno, aquello no era
cierto del todo. Las arqueras hacían cantar sus cuerdas sin parar, lanzando oleada
tras oleada de flechas sobre las ofensivas que se abatían sobre las guerreras
morenas, abajo. Pero aquello hacía sentirse a Olaia aún más inútil. Ella no estaba
capacitada para manejar aquellos arcos largos. Se necesitaba una estatura
superior, y desde luego, unos buenos brazos para tender aquellos arcos más altos
que ella. Frustrada, se contentó con contemplar a las arqueras. No llevaban
armadura, sino tan sólo un justillo de cuero y una pequeña espada al cinto,
además de su arco y el carcaj a la espalda. Su casco, este sí de metal, disponía
de visera. La mayoría de ellas procedían de Caliria, un reino tradicionalmente rival
de Athiria. Sin embargo, ante el peligro común, habían acudido en su socorro. Se
decía que las calirianas tenían algo de sangre de las Tierras Altas. Desde luego,
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

eran tan rubias como cualquiera de la Llanura, pero al menos aquellas arqueras
tenían la estatura y el cuerpo fornido que había visto en las guerreras de abajo. La
verdad era que resultaban bastante atractivas, ejercitando su fuerza tendiendo una
y otra vez los arcos, con su mirada tan concentrada. Mientras tanto, ella no tenía
nada mejor que hacer que contemplar cómo les corría el sudor por sus fuertes
brazos, mientras apoyaban la cuerda en su barbilla, miraban al frente por un
instante, soltaban repentinamente la flecha... y vuelta a empezar.

Ella estaba nominalmente al mando, aunque no creía realmente que fueran a


hacerle caso si se ponía a dar órdenes. Así que allí estaba, lejos de la acción, lo
más protegida que se podía estar. Pero al menos, desde allí no perdía detalle.
Aprovechó que no parecía hacer falta en ningún sitio para subirse a uno de los
árboles que coronaban la colina. Pudo ver el despliegue enemigo. Siguiendo el río,
una columna se dirigía hacia ellas, hacia su colina. Aquello eran malas noticias.
Habían supuesto que no las iban a atacar por aquel lado. Por lo tanto, estaban
desguarnecidas. Aquello no tenía buena pinta... Se bajó del árbol de un salto,
201
llamó a una exploradora y le ordenó que llevara un mensaje con aquella novedad
a Yaäna, que dirigía la reserva de su lado. Aquello la hizo sentirse algo menos
inútil. También estableció una guardia permanente en las copas de los árboles
más altos, para que siguieran las evoluciones de aquel grupo. Por fortuna, de
momento no parecían acercarse más, por lo que el peligro no era inmediato,
aunque quedaba latente.

Aquellas actividades la animaron. Se dirigió hacia la fila de arqueras, para


inspeccionar la situación. Parecían necesitarla tanto como antes, es decir, nada.
Sin embargo, algo útil podía hacer, aunque no fuera como comandante. Fue de
acá para allá, llevando agua a las sudorosas arqueras. El detalle fue apreciado, y
ella se sintió animada de nuevo. Abajo, la batalla iba por buen camino. Al
encontrarse las líneas, las arqueras ya no podían disparar, por el riesgo de darle a
sus propias guerreras. Así, hubo un momento de pausa. Olaia acababa de
alcanzarle una cantimplora a una alta aunque joven arquera caliriana, que llevaba
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

insignias de comandante. Esta la miró de reojo y sonrió agradecida, al tiempo que


se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano y echaba un trago.

—¿Eres la princesa Olaia?

Al principio se sintió ofendida, por el tratamiento informal. Pero casi de


inmediato se sintió agradecida; aquello la hacía sentirse como una más.

—Sí, lo soy. ¿Y tú...?

—Liris, de Caliria. —sonrió la otra.

—Oh... —era la princesa Liris de Caliria, la hija más joven de la reina. Se


quedó algo sorprendida, sin saber qué más decir. La conocía por sus lecciones de
genealogía, y sabía que era algo más joven que su hermana. Su aspecto era
magnífico, con sus brazos adaptados perfectamente al uso del arco. Algo que no
salía en las lecciones de Gartión... La verdad es que a ella le gustaban las chicas 202
altas y fuertes, como a su hermana por lo visto. Pero aquella chica no era de las
Tierras Altas. Era muy rubia, y sus ojos eran verde mar.

—Eres nuestra comandante... —dijo ella, rompiendo el silencio que se había


hecho entre ambas.

Olaia creyó percibir un tono de altanería en aquella afirmación, como si no


pudiera creerse que una jovencita como ella estuviera al mando. La sonrisa y la
mirada de reojo que le dirigía mientras seguía bebiendo parecían confirmar
aquella impresión.

—Sí, lo soy. Estoy al mando de este grupo. Así lo han dispuesto las
comandantes del ejército.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Me parece estupendo. Siempre admiro a comandantes que no tienen


ningún problema en ayudar cuando es necesario, aunque sea llevando agua. Me
alegro de conocerte, princesa. Espero que nos volvamos a ver.

—Oh... —Volvió a quedar por unos instantes sin habla. Por lo visto, había
malinterpretado a la chica. No era desprecio, sino camaradería. No estaba
acostumbrada a la camaradería, claro... La verdad era que le gustaba cómo la
miraba, cómo le hablaba, situada algo más de cerca de ella de lo que habría sido
normal... Desvió la vista, deseando no haberse ruborizado, como temía. Recogió
las cantimploras y se dispuso a seguir llevándolas a las demás arqueras—. Sí, yo
también espero que nos veamos más tarde... —murmuró, al tiempo que se
alejaba.

x
Tal y como suponía, el ataque que habían rechazado no era más que el 203
primero. Ahora, ya sin nadie por delante de sus líneas, Gwyn podía ver hasta más
lejos. Una nueva columna avanzaba hacia ellas desde el norte, más nutrida que la
anterior. En consecuencia, dio diversas órdenes. Lo principal era que las que más
duro habían peleado pasasen a la retaguardia, relevándose por tropas más
frescas. Si debían aguantar, no podían desgastarse. Con todo, ella se quedó al
frente. Esbozó una sonrisa torcida. Tal vez le pudieran echar en cara que no se
aplicase sus propias teorías, aunque... a ver quién se atrevía a hacerlo. Además,
tenía que estar cerca de la acción para saber lo que pasaba.

La columna que avanzaba hacia ellas era muy importante... tal vez
demasiado. Sin duda habían conseguido atraer hacia ellas el ataque principal,
como pretendían, pero tal vez se hubieran excedido. Mientras contemplaba con
creciente aprensión el avance, observó más movimiento algo hacia la izquierda.

"¡Demonios!", pensó. Era otra columna más, casi igual de grande.


Probablemente había avanzado junto al río, amenazando con atacarlas por el
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

flanco. En cambio, parecía que se iba a unir al segundo asalto. Aquello pintaba
muy mal...

Llamó a una mensajera. Le ordenó que se dirigiera a Yaäna, que estaba al


frente de la reserva izquierda. —No va a haber ataque por su lado. Que deje esa
posición y que esté alerta. Podemos necesitar que refuerce el centro, si acabamos
cediendo. Que actúe según su criterio, pero que esté atenta a nuestra posición.
¿Entendido? —La mensajera asintió, muy seria, y partió a la carrera. Gwyn, por su
parte, volvió a desenvainar la espada, preparándose para el inminente asalto.
Pero antes echó un vistazo a la ladera de la colina dela derecha. Ahí debía estar
Taia, a salvo. Ojalá no cometiera ninguna locura. Por lo que sabía, en la derecha
se desarrollaban fuertes combates, pero estaban siendo controlados. Era de
suponer que Taia había mantenido la serenidad. Al menos, sus tropas allí seguían,
a la expectativa.

Pronto su atención fue atraída por la carga enemiga. Esta vez eran dos 204
columnas, que atacaban a la vez. Y la más importante se dirigía directamente
hacia su posición.

En esta ocasión no escuchó primero la refriega. El ataque se abalanzó sobre


ella en primer lugar. —¡Las hachas! —exclamó, enarbolando la suya. No tendría
sentido reservarlas más, si iban a ser vencidas antes. A su grito, las pesadas
armas salieron volando hacia las enemigas, junto con las flechas de las colinas.
Se abatieron conjuntamente sobre la línea que avanzaba, deteniéndola por un
instante. Pero las supervivientes saltaron por encima de las caídas, y las espadas
entrechocaron con su terrible sonido. Abatió a tantas enemigas como pudo,
multiplicándose. No peleaba sola, y por un momento rechazaron la acometida.
Pero en medio de la refriega, Gwyn acabó por ver que estaba casi sola. Las
guerreras que peleaban a su lado habían caído. Estaba casi rodeada por rubias
guerreras, que la miraban como si dudasen ante su fuerza. Las dudas se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

esfumaron de repente, y se vio atacada por tres costados. Pese a ello, consiguió
retirarse en dirección a su retaguardia, peleando por su vida.

—¡Retaguardia, avanzad! —exclamó, enarbolando en alto su espada. Más


guerreras se le unieron, y se reanimó el combate. Con todo, sólo conseguían
mantener a duras penas la línea. Aquí y allá, se las veía flaquear, y en el mejor de
los casos, retroceder de forma ordenada, lenta pero constantemente. El asalto se
hizo más feroz en cuanto las deirianas vieron que tenían una oportunidad de
romper el frente. Entonces se escucharon unos claros sones de cuerno a sus
espaldas. Antes de que pudieran volverse, la línea de guerreras de las Tierras
Altas se vio superada por una multitud de rubias guerreras que avanzaban desde
su retaguardia. Era Yaäna, con sus refuerzos de la reserva izquierda.
Completamente frescas, irrumpieron como un vendaval, haciendo retroceder a las
deirianas con su impulso. Pronto las abatidas guerreras morenas las
acompañaron, haciendo huir en desorden a las que hacía poco estaban al borde
de la victoria.
205
En cuanto la última de las deirianas hubo saltado el foso de vuelta en su
huida, los clamores de triunfo se alzaron aquí y allá. Gwyn se vio a sí misma
uniéndose a él. Por todas partes, rubias y morenas se abrazaban, alborozadas. No
eran tan malas guerreras, aquellas pequeñas rubitas. El entusiasmo entre las filas
era tan intenso que Gwyn hubo de recordarse a sí misma que la batalla aún no
había finalizado. Con un notable esfuerzo de voluntad, gritó a quien la quiso oír
que debían reorganizarse. Poco a poco, la serenidad volvió a las filas, ahora
mixtas, de las guerreras que defendían la posición.

x
Taia detuvo su carrera. Se apoyó sobre sus propias rodillas, sin aliento. Alzó
poco a poco la vista, una vez recuperado algo del resuello. La armadura y el casco
no ayudaban; se hallaba cubierta de sudor. El sol la cegaba mientras alzaba la
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

vista, sudorosa y sin aliento. Al menos, se hallaba rodeada por sus guerreras, de
vuelta en la ladera de la colina. A salvo, en consecuencia, tanto como lo pudiera
estar en aquella situación.

La pelea en el flanco derecho había sido intensa y, sobre todo, persistente.


Allí, el ataque no se había producido por oleadas, sino en una ofensiva constante.
Recordaba los intentos protectores de Girlit y de aquella fornida comandante
norteña, Liswyn. Pero no habían podido impedirle entrar en combate, ante la
constante ofensiva. La lucha había pasado por momentos realmente difíciles, y se
habían tenido que resignar a pelear por sus vidas, lo mismo que ella. En uno de
los breves momentos de pausa, Girlit le había comentado que aquella insistencia
enemiga era una buena señal. "Si insisten tanto en atacar sin pausa, es que no
van a recibir refuerzos por aquí", le comentó. Claro que aquello significaba que el
centro, con Gwyn, recibiría todos los ataques. Pese a todo, habían peleado y
habían retrocedido, más y más. Y en ese momento, como contradiciendo las
optimistas predicciones de Girlit, una gran columna de rubias guerreras había
206
avanzado sobre su flanco. Todas se sintieron desfallecer. Si las atacaban por
aquel lado, toda el ala caería y el centro se vería atacado por delante y por detrás.
El desánimo se había pintado en todos los rostros, llegando hasta la
desesperación, al ver cómo aquella columna se situaba tras las líneas enemigas.
Habían avanzado por el camino de Ferilia, en una columna muy ordenada, sin
duda tropas de refresco. Entonces Liswyn, desde su privilegiada estatura, se
había erguido aún más, y su expresión había cambiado de repente. "¡Tirelia! ¡Es el
ejército de Tirelia!", exclamó. "¡Al fin!", gritó ella, encantada. El perdido ejército de
ayuda del sur había aparecido al fin. Tal vez no fueran suficientes –ahora que
resultaban ser aliadas, su número no parecía tan impresionante como cuando las
creían enemigas– pero llegaban justo a tiempo, y además, ¡estaban tras las líneas
enemigas!

No por eso se detuvo la pelea. Las deirianas, al verse sin escapatoria,


habían tratado de seguir avanzando, pero estaba claro que, en aquel flanco al
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

menos, la situación iba a cambiar. Entonces Girlit se había acercado a ella y la


había hablado.

—Ahora debéis retiraros, alteza. —le dijo—. Aquí podemos defendernos,


pero tal vez las cosas sean distintas en la vaguada. Si el centro cede, todo estará
perdido igual. Por favor, reuniros con vuestras tropas en el flanco de la colina, por
si se necesitan refuerzos en el centro.

Ella asintió ante el sensato razonamiento, aunque no dejaba de darse cuenta


de lo que pretendía Girlit, que no era otra cosa que ponerla a salvo. Pese a todo
asintió, tras lo que emprendió la carrera que la había llevado de vuelta hasta allí. Y
lo que vio al llegar no había contribuido a mantener su optimismo.

Una enorme ofensiva había sido rechazada por el centro, como bien podía
ver desde aquella altura, y como le informaron sus oficiales nada más llegar. Pero
para ello se había necesitado el refuerzo de toda la reserva izquierda. Habían 207
estado a punto de ceder. Y lo que no era menos importante para ella, Gwyn había
estado sin duda en medio de lo más duro de aquellos combates. Con todo, aún
había más. A lo lejos se veía avanzar una nueva columna enemiga, inmensa, que
en breve se reuniría con las que habían sido rechazadas en el combate anterior.
Aquella masa se iba a abatir de nuevo contra el centro, ya diezmado. Como había
dicho Girlit, si acababan por ceder ante aquel renovado ataque, de nada habría
servido la resistencia en la derecha ni la llegada de las tirelianas. Ya no quedaba
más reserva que el reducido contingente que la rodeaba ahora. Aquellas guerreras
habían sido seleccionadas precisamente por ser las más jóvenes e inexpertas,
para situarlas en vanguardia al principio y dar impresión de debilidad, no para que
combatieran. Ahora aquellas jovencitas, algunas casi unas niñas de la edad de
Olaia, la rodeaban y miraban como si de ella fuera a salir la solución. Estaban
realmente expectantes, con sus ojos muy abiertos, viéndola recuperar el aliento.
Eran toda la reserva de la que disponían, y se las veía muy conscientes de ello.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Volvió a observar el avance enemigo contra el centro. Entonces notó que le


tocaban el hombro.

—¡Princesa! ¡Allí! —era su lugarteniente, que señalaba hacia el norte, a lo


lejos.

Y a lo lejos se veía una nueva columna, todavía muy lejana. Por lo visto, el
inminente ataque ni siquiera iba a ser el último, sino que ya se preparaba un
cuarto asalto. Se sintió desfallecer. Pero debía mantener la moral de la tropa como
fuera, mientras aún hubiera alguna esperanza.

—Sí, ya lo veo. —le susurró en respuesta—. Pero, ¡el ejército de Tirelia


acaba de llegar! Han venido por el camino de Ferilia, y están atacando ese flanco.
Tal vez puedan venir en nuestra ayuda.

Su lugarteniente abrió mucho los ojos, aunque tampoco dio saltos de alegría.
—¡Eso es estupendo! —dijo al fin—. ¿Se lo transmito a las demás?
208
Ella reflexionó durante un instante. —Sí. Y además, diles que estén atentas y
con las armas dispuestas. Si el centro cede, bajaremos en su auxilio. Somos la
única reserva que queda. Pero que no se muevan hasta que oigan el cuerno.

La orden fue transmitida en susurros a lo largo de la línea, y pudo comprobar


que, a medida que se extendía como una ola, las jóvenes guerreras se
reanimaban y erguían, como recobrando la fe en la victoria.

Ya sólo le quedaba esperar. Iba a necesitar mucha sangre fría, sobre todo
sabiendo que Gwyn estaba ahí abajo, y que estaba a punto de soportar un nuevo
asalto. Eso si todavía estaba con vida... Sacudió su cabeza, apartando de sí esos
pensamientos. Debía mantener la calma...

Desde la ladera de la colina, con el sol ya inclinándose hacia el río, la vista


era perfecta, como un manual de cómo se desarrollaban las batallas. La línea
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

enemiga se detuvo a la distancia de alcance de las flechas, y se reorganizó para el


asalto. Se extendió en un frente, y al lejano sonido de una trompeta, todas alzaron
sus espadas, que relumbraron al sol, y se lanzaron al ataque. El griterío llegó
hasta ella, moderado de repente por el silbido de las flechas que volaban por
encima de su propia cabeza, desde la cima de la colina. Parisis estaba haciendo
un buen trabajo allí arriba, y por fortuna aún les quedaban flechas. Pero la
andanada se detuvo en cuanto las filas se mezclaron. Entonces el clamor fue el
del acero chocando con el acero, mezclado casi de inmediato con los terribles
alaridos de la muerte. Desde luego, desde aquel punto de vista la batalla era
limpia, clara y sencilla. Pero en el flanco derecho Taia había tenido ocasión de
comprobar cómo era desde dentro: terrible, cruel, sangrienta. Se peleaba por
salvar la vida, más que por vencer, y se peleaba siempre con el terror de ser
atacada por la espalda.

Era muy difícil mantener la calma. La línea enemiga se había abatido sobre
las filas athirianas, ahora mixtas, con guerreras morenas y rubias mezcladas. La
209
línea defensiva vaciló, amenazó con quebrarse aquí y allá... Incapaz de aguantar
un segundo más, Taia se puso en pie y alzó su espada al sol. —¡Athirianas! ¡A la
carga!

En respuesta, la corneta a su lado hizo sonar su instrumento, y otros le


respondieron más lejos. Con la facilidad y empuje que daba la suave ladera, todas
juntas se lanzaron sobre la batalla más abajo, como una sola mujer.

x
Su llegada no pudo ser más oportuna. Las líneas estaban rotas, aquí y allá.
Con todo, las guerreras se agrupaban, defendiéndose unas a otras con fiereza,
pero cada vez más rodeadas. Taia lo pudo ver bien mientras avanzaba, a toda
prisa. Sus inexpertas guerreras no necesitaron órdenes; se lanzaron hacia las
aberturas, por las que entraban más y más enemigas, como un torrente continuo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Pese a que la situación parecía desesperada, Taia no lograba concentrarse.


¿Dónde estaba Gwyn? Se detuvo un instante, dejando que la oleada de guerreras
que la acompañaba la rebasase. Miró a un lado y a otro, pero todo lo que pudo ver
fue el caos de la lucha. Aquí y allá, aprovechando pequeños montículos, altas y
morenas guerreras se agrupaban, peleando con increíble bravura. Al fin Taia
sacudió la cabeza. Aquella búsqueda no tenía sentido. Se lanzó hacia uno de esos
grupos, espada en alto.

La llegada de las jóvenes guerreras tuvo un efecto catalizador sobre el resto.


Las agrupadas guerreras dejaron de defenderse tan sólo, reanimadas por el
auxilio. No iban a dejar que aquellas jovencitas, apenas unas niñas, peleasen por
ellas. Pronto se les unieron, pasando a la ofensiva. Taia pudo percibir esto, pese a
que se encontraba en lo más recio de la batalla. Notó que cada vez estaba más
acompañada, y que la línea se restablecía, que avanzaba incluso. Entonces pudo
ver que un grupo reducido de guerreras morenas había quedado aislado tras las
líneas enemigas. Se habían agrupado en un montículo, y peleaban espalda contra
210
espalda, haciendo girar ante ellas sus enormes espadas. Pese a que eran pocas,
y a que estaban rodeadas por todas partes, conseguían mantener a las atacantes
a raya. Pero eso no duraría mucho, tan mala era su situación. Entonces divisó a
Gwyn en la lejanía, peleando como solo ella podía hacer, en medio de aquel
grupo. Sí, sin duda era ella. Pero...

—¡Rodeadme! —gritó a las que las acompañaban—. ¡Allá voy!

Sabía que, si se lanzaba entre las líneas, poniéndose en peligro, las demás
la seguirían. No dejarían que su comandante se viera rodeada y muerta, no al
menos con ellas cerca. Así, se convirtió en la punta de lanza de una renovada
ofensiva, dirigida hacia el desesperado grupo que estaba rodeado.
Milagrosamente, ninguno de los tajos a los que se enfrentó la alcanzó. Había que
reconocer que las guerreras que la seguían se esforzaban por protegerla, aunque
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ella no se lo ponía fácil. Antes bien, se lanzaba en medio de la refriega una y otra
vez, avanzando, avanzando más y más.

Las guerreras rodeadas las vieron al fin, pese a que no podían hacer más
que defenderse constantemente. También Gwyn acabó por alzar la vista, y la vio,
a lo lejos pero avanzando hacia ella. Las dos intercambiaron una mirada por
encima de las enemigas que la separaban, sorprendida por parte de Gwyn. Esta
realizó algunos gestos y dio una serie de voces, que Taia no pudo oír en la
distancia a causa de la refriega. Las rodeadas guerreras se agruparon y se
abrieron paso a su encuentro, peleando duro. Poco a poco, se fueron acercando
las unas a las otras. Entonces, cuando ya casi se habían unido, Gwyn recibió un
golpe de espada. Lo desvió con el escudo, pero la alcanzó entre el hombro y el
cuello, y cayó. Desapareció de la vista de Taia, en medio la multitud de enemigas
que aún las separaba, como tragada por un mar. Taia lanzó un gemido y se lanzó
de nuevo hacia delante. Mientras se abría paso, desesperada, vio resurgir a la alta
guerrera. Se sujetaba el sangrante hombro con la mano derecha, pero seguía
211
blandiendo la espada con la izquierda. Taia abatió a la última enemiga que las
separaba, de un gran tajo, y se lanzó en su dirección.

—¿Estás bien? ¿Estás bien? —balbuceó, abrazándola.

—Eh, eh, despacio. —sonrió la otra—. Todavía estamos en medio de una


batalla, ¿recuerdas?

Taia miró a un lado y a otro, confusa. Se había lanzado entre los brazos de
Gwyn, que parecían tan firmes y fuertes como siempre. Había pasado tanto miedo
que casi había olvidado lo que ocurría a su alrededor. Ahora que lo pensaba, no
se había fijado en nada desde que había visto a Gwyn en la lejanía. Sólo se había
lanzado hacia delante, una y otra vez, sin mirar a los lados ni a ninguna otra parte.
No tenía ni idea de cómo iba la batalla.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Oh, sí. Lo siento, yo... —se apartó de ella, mirando por vez primera a los
lados, hacia la refriega—. Todavía nos pueden atacar desde cualquier...

Entonces Gwyn la estrechó de nuevo, muy fuerte, rodeándola entre sus


brazos. —No, ya no. —la oyó—. Están huyendo otra vez. Gracias, Taia...

Se revolvió de nuevo, confusa. Era cierto. La contraofensiva de la que había


formado parte había rechazado otra vez a las deirianas. Se batían en retirada, de
forma mucho más desordenada que antes. De hecho, los clamores de victoria ya
iban sustituyendo aquí y allá al estrépito de la lucha.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó, sinceramente sorprendida. Le devolvió


entonces el abrazo, aunque la sintió estremecerse y se apartó—. ¡Oh diosa!
¿Estás bien?

—Sí, sí, no te preocupes. Apenas un par de rasguños...


212
No eran rasguños, y eran más de un par. Al examinarla de cerca pudo ver
que, además del tajo en el hombro izquierdo, tenía otro a la altura del derecho.
Este debía ser anterior, porque estaba rodeado por una improvisada y sucia
venda. Además, le goteaba sangre de un costado de la frente, cerca de la sien.

—¡Oh diosa! —repitió, concluida la inspección—. Te sangra la cabeza...

No parecía ser consciente de ello, porque sacudió la cabeza, confusa.


—¿Sí? Oh, sí. —murmuró en cuanto se hubo pasado una mano por la zona—.
Bueno, no es nada serio. Tranquilízate, por favor. Las hemos rechazado, pero
pueden volver en cualquier momento.

Entonces recordó Taia que, en efecto, una nueva línea de ofensiva avanzaba
sobre ellas, y se le encogió en corazón. Ya no tenían más reservas, y la línea de
defensa, victoriosa y todo, se veía tremendamente rota y desorganizada.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Es cierto... —murmuró—. Habría que echar un vistazo...

La pequeña elevación sobre la que se habían defendido Gwyn y las suyas


sería un buen puesto de observación. Se dirigió hacia su cima, oteando la lejanía
con miedo, mientras Gwyn, más despacio, la seguía.

—¡Ahí están! —exclamó, volviéndose hacia la castigada guerrera, que la


miró sorprendida. Pronto vio que saltaba de alegría, por lo que se apresuró a su
lado.

Taia señaló con el dedo. —¡Son las de Tirelia! ¡Acaban de llegar por fin del
sur!

Gwyn miró con expresión de duda, pues desde allí sólo se advertía un grupo
de guerreras de las Llanuras, no se podía saber si amigas o enemigas. —¡Sí, son
ellas! ¡Han auxiliado al flanco derecho, y ahora se han situado tras las líneas
enemigas!
213
En efecto, Gwyn pudo comprobar que aquel contingente, aunque poco
numeroso, se había deslizado sobre la retaguardia del ejército que las acababa de
atacar y que ellas habían rechazado. El enemigo estaba por tanto rodeado, con
una sola escapatoria por la izquierda, hacia el río. Las dos se miraron y sonrieron,
alborozadas. ¿Era posible que la victoria hubiera llegado al fin?

Ante sus ojos, como confirmando sus esperanzas, las guerreras enemigas
miraron a un lado y otro, desanimadas. Comprobaron que, atacaran por donde
atacaran, siempre dejarían sus espaldas descubiertas. Dudaron de forma
evidente, yendo a un lado y a otro.

—¡Atención! —gritó Gwyn, obligando a las que la rodeaban a concentrarse


de nuevo. Las guerreras, a las que no se les había escapado detalle de todo
aquello, se abrazaban unas a otras, confundidas rubias y morenas. Pronto
atendieron—. ¡Todas en posición! —continuó Gwyn—. ¡La victoria está en
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

nuestras manos, pero aún se nos pueden escapar! ¡Atentas a empezar una
persecución o a atacar de frente, si tratan de escapar!

Tenía razón, se dijo Taia. Aunque rodeadas, aún tenían escapatoria, hacia el
río. Como ella sabía bien, aquel flanco estaba totalmente desguarnecido. El
ejército deiriano, aunque rechazado y casi rodeado, era todavía más numeroso
que el suyo. Si la mayoría escapaba, la victoria podría no significar nada.

x
Desde su posición en las alturas, Olaia pudo contemplar todo el desarrollo de
la batalla. Por un momento pareció que todo estaba perdido, y la desesperada
defensa se agrupó en montículos, combatiendo cada una por su vida. Entonces
pudo ver la impresionante acometida de la reserva derecha. Aquel pequeño
contingente, pese a estar compuesto por las más jóvenes guerreras, le había dado
la vuelta a la lucha. Era el grupo que ella debería haber comandado, se dijo con no 214
poca rabia. Y encima, seguro que su hermana había dirigido aquel contraataque.
Mientras ella estaba allí arriba, mirando, sin hacer nada de nada. A resguardo,
como todas querían. Luego había visto aquel contingente llegando desde el lado
opuesto, tras las líneas enemigas. Había sido un momento difícil, y había temido
tanto por el desarrollo de la batalla como por su hermana, que sin duda estaba allí
abajo. Pero entonces Liris había saltado alborozada, riendo, y la había abrazado si
dejar de saltar.

—¡Son las de Tirelia! ¡Por fin! ¡La batalla está ganada! —había exclamado,
riendo. Al principio ella no había comprendido, pero poco a poco lo vio. ¡Eran los
refuerzos perdidos! Habían rodeado a la ofensiva enemiga, y todo iba a salir bien.
¡Victoria!

Cuando se le pasó su propio alborozo se encontró a sí misma abrazada a


Liris. Las dos se habían detenido de repente, y mirado la una a la otra desde muy
muy cerca. Ella se había apartado despacio, algo confundida y, estaba
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

convencida, muy ruborizada. Liris se había limitado a mirarla con una media
sonrisa, como si supiera perfectamente lo que estaba pensando.

Ahora, ya más calmada, se apartó y dirigió su atención hacia el casi rodeado


ejército enemigo.

—Sí, parece que está ganada la batalla... —murmuró ella—. Pero por otra
parte...

Le explicó a Liris lo que pensaba. Justo bajo ellas, al pie de la colina, había
un hueco por el que el ejército de Deiria podía escapar. Nadie defendía aquel
flanco.

—¿Crees que es una buena idea? —le preguntó, una vez que le hubo
explicado su plan. Temía que fuera una tontería, o que luego la acusaran de haber
querido meterse en medio de la batalla como una niña caprichosa, para no ser
menos que su hermana. No quería que le dijeran que, por su estupidez, habían
215
muerto inútilmente guerreras a su cargo. Por otra parte, ella estaba al mando, y
debía tomar sus propias decisiones. Sobre todo cuando parecía que un instante
de duda podía echarlo todo a perder.

—Sí... —murmuró Liris, con aspecto concentrado, mirando al frente—. Si lo


hacemos...

No dijo más, sino que empezó a cuchichear órdenes, que se fueron pasando
a lo largo de la línea de arqueras. Al fin, a un toque de cuerno, todas
desenvainaron sus pequeñas espadas y se lanzaron corriendo cuesta abajo.
Siguiendo a Liris, ella hizo lo mismo, sintiéndose un poco extraña.

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El grueso del ejército deiriano se había rendido. Aquí y allá, las guerreras
estaban agrupadas, sentadas en cuclillas, con sus armas abandonadas a su
alrededor. Taia, acompañada de Gwyn, inspeccionaba la situación.

—Esto sólo ha sido posible gracias al ataque que montó tu hermanita...


—dijo Gwyn a su lado—. Si no hubiera sido por ella, podrían haber huido. Sólo
tuvo que bajar su contingente de la colina y se vieron completamente rodeadas.
Por eso soltaron las armas tan fácilmente.

—Lo sé. —respondió ella, sonriente—. Te aseguro que no le tengo los más
mínimos celos. Podrás comprobarlo muy pronto, te lo aseguro...

Gwyn miró con detenimiento a Taia mientras decía esto. Aquello sonaba un
tanto misterioso... Pero seguía hablando, y no tuvo ocasión de preguntarle qué
había querido decir.

—... ahora sólo espero que esté bien. Debe estar hacia...
216
Entonces, en efecto, vieron a Olaia. Se encontraba rodeada de unas cuantas
guerreras, con una bastante alta aunque muy rubia a su lado, en una postura un
tanto protectora. En cuanto las vio sonrió con su típica timidez, sin moverse
apenas.

—¡Olaia! ¡Menos mal! —exclamó Taia nada más verla. De hecho, salió
corriendo en su dirección. En cuanto la alcanzó las dos se fundieron en un
tremendo abrazo.

—¡Hermanita! ¡Estás bien! —reía Taia, alborozada—. ¡Has estado magnífica!


¡Me siento muy orgullosa de ti!

—Gracias... Yo también me alegro de verte. He pasado mucho miedo,


sabiendo que estarías aquí abajo. ¡Hey! ¿Estás bien? ¿Es esto sangre?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Sí, pero no mía. Me temo que es de Gwyn. Pero está bien. ¡Es fantástico!

Gwyn y Liris se limitaron a mirarse por encima de las dos entusiasmadas


hermanas. Al fin estas se separaron.

—Esta es Liris, de Caliria. Princesa de Caliria, debería decir. Me ha ayudado


mucho. —dijo Olaia—. Son mi hermana Taia, futura reina, y Gwyn. Gwyn es su...
su comandante de mercenarias...

Las presentaciones no duraron mucho. El día iba tocando a su fin, y había


aún mucho que hacer. Al fin se separaron, una vez hubieron tomado algunas
decisiones. Por lo que habían averiguado, la reina de Deiria había escapado,
encerrándose en Quirinia con lo poco que quedaba de su ejército. Entretanto,
además, las barcas de refuerzo habían llegado al fin por el río. Por lo tanto, no
había que temer contraataque alguno. La huida de Erivalanna no hizo ninguna
gracia a Taia, pero se dejó aquel asunto para más adelante. La noche ya 217
avanzaba, y una vez establecidas las guardias, aseguradas las prisioneras y
atendidas las heridas, se retiraron todas al campamento. La alegría de la victoria
se extendió entre las brillantes hogueras, matizada por la tristeza por las
hermanas caídas. La que sería después conocida como batalla de Quirinia 3 se
podía dar por finalizada.

x
Olaia, algo abrumada, no sabía adónde ir ni qué hacer. Se encontró a sí
misma siguiendo a Liris, hasta que esta se volvió y le sonrió. —Voy a mi tienda.
Realmente necesito ir, después de un día tan largo ¿Vienes?

3
La batalla de Quirinia se describe de forma detallada y objetiva al final del presente volumen,
en el apéndice A.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Con mucho gusto. —sonrió—. La verdad es que, desde que mi hermana


está con Gwyn, no tengo adónde ir...

—Puedes quedarte en mi tienda. Hay mucho sitio. —sonrió Liris, haciéndola


pasar adentro.

—Gracias, yo... —Olaia parecía algo incómoda, o nerviosa tal vez.

—Necesitaba quitarme esto... —murmuró Liris, derrumbándose sobre una


silla y alzando el jubón de cuero por encima de su cabeza—. Ha sido todo un día...
ufff...

Olaia se acercó tras ella, contemplando los fuertes hombros bajo la delicada
tela de la túnica. Como impulsadas por una voluntad ajena, sus manos se posaron
sobre los tensos músculos.

—Ohh, magnífico. —suspiró la otra en respuesta—. ¿Sabes dar masajes? 218


—Sí, yo...

—Pues vamos, sigue... Esto sí que lo necesitaba, de verdad...

Sus manos disolvieron trabajosamente los nudos de hombros y cuello. Trató


de concentrarse en ello, intentando no ver más allá. Aquella chica le resultaba tan
atractiva...

—Mmm, ya está bien... —escuchó. Ella había cerrado los ojos, como para
sentir mejor los músculos que masajeaba. Por eso se sorprendió al ver que Liris
se había medio vuelto, y que le había pasado un brazo en torno a la cintura. Antes
de que se diera cuenta, la había sentado sobre su regazo—. Olaia... Si he
comprendido bien, no tienes ningún lugar en el que dormir, ¿no?

—No, yo... —Estaban muy cerca, y la chica le sonreía de un modo que no se


podía malinterpretar, no con ella allí, sentada sobre su regazo. Y desde luego, sólo
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

había un camastro en la tienda—. Es que mi hermana está con Gwyn, ¿sabes?, y


yo...

—Entonces quédate a pasar la noche. —interrumpió de repente.

—Yo... —¿Cómo resistirse?, pensó—. Está bien. ¿Por qué no? —sonrió. En
respuesta, recibió una aún más ancha sonrisa, al tiempo que el brazo en torno a
su cintura la atraía más y más cerca...

219
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 13

De Los mundos perdidos: estudio de sus circunstancias. Tesis


doctoral, por G. Tarbes, Ed. Central Universitaria de Gelasia, Asfenor, 1151:

«Las razones por las que tan frecuentemente los "mundos perdidos"
han caído en el medievalismo han sido profusamente tratadas en la
bibliografía, con resultados de interés variable. Entre las teorías más
aceptadas, está la de A. J. Herringhausen ("La caída de los Mundos
Perdidos", Ed. Universitas, Canopo, 1145). Este estudioso afirma que estos
mundos, al perder contacto con el resto de la Humanidad, se ven incapaces
de seguir el ritmo del progreso científico. Como consecuencia de ello, la
ciencia, nunca bien comprendida por los colonos (que suelen poseer
capacitaciones prácticas pero raramente teóricas), se estanca. Así, la ciencia
220
no progresa, sino que convierte a lo sumo en una serie de conocimientos
prácticos que acaban por decaer al estropearse las máquinas más allá de la
capacidad de los colonos para repararlas. Con todo, estas conclusiones han
sido discutidas por H. Havilland, quien en...»

Era impresionante lo mucho que había que hacer después de ganar una
batalla. Una habría creído que todo serían desfiles y felicitaciones, pero no, nada
de eso, se dijo Taia. Se había levantado antes del alba, dejando la cama en
exclusiva a una agotada Gwyn. La pobre había sufrido heridas más serias de lo
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

que quería reconocer. Pero parecía estar bien. Todo lo que necesitaba era
descanso. Y descanso que se le negaba a ella. La primera fuente de su inquietud
había sido las prisioneras. Caminó de regreso al campo de batalla, todavía a la luz
de las estrellas. Allí las habían agrupado a todas, custodiadas por las pocas
guerreras que no habían entrado en combate, casi todas arqueras. Deslizándose
entre las sombras, le fue dado un nervioso alto. En cuanto dio el santo y seña se
le acercó la que estaba al mando.

—Primero, debemos usarlas para enterrar a las caídas. —le comentó tras los
saludos de rigor, pensando que no podían aplazar mucho aquella melancólica
tarea. Estaban a mano, y resultarían útiles.

Poco a poco, la orden fue cumplida, y las abatidas prisioneras fueron


conducidas con la necesaria escolta. Taia se obligó a sí misma a participar, pese a
que no le hacía ninguna gracia. Pero era su responsabilidad, en muchos sentidos.
La trinchera abierta en el frente de batalla fue aprovechada para aquel fin, aunque 221
no era suficiente. Una segunda zanja paralela fue excavada por las prisioneras.
Así, guerreras rubias y morenas, amigas y enemigas fueron enterradas en la triste
camaradería de la muerte. No era mal sitio para estar enterrada, se dijo mientras
la húmeda tierra era paleada sobre aquellos cuerpos, poco antes llenos de vida,
propósitos y alegrías. El alba ya iluminaba el campo de batalla, convertido en
cementerio. Las dos colinas escoltarían para siempre a aquellas bravas mujeres.
Una vez acabada aquella triste misión, Taia volvió a llamar a la jefa de guardia a
su lado.

—Hay que separar a las que han combatido por obligación aparte de las
deirianas y las mercenarias. A las primeras las enviaremos de vuelta a sus países.
Así podrán restaurar sus reinos. Quiero que vayan con nuestros mejores deseos.
Si todo esto no refuerza la paz entre los países del valle, habrá sido peor que
inútil.

La comandante asintió con seriedad. —¿Y las otras?


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—No podemos mostrar debilidad. A las que hayan luchado por su propia
voluntad las encadenarás y enviarás a Athiria, al mercado de esclavos. Envía a las
guerreras más jóvenes, las que combatieron conmigo, como escolta. Añade a las
heridas que puedan viajar.

—Así se hará, princesa. —Tras esperar un instante por si había más


órdenes, se dio la vuelta y marchó a cumplir su cometido.

Tras arreglar aquello, paseó lentamente por el melancólico cementerio,


contemplando una aurora que aquellas mujeres ya no verían. Pateó la tierra
suelta, caminando sin rumbo, ni en sus pies ni en su cabeza. Pero por lo visto, no
iba a tener tiempo que perder. Una mensajera se le acercó, deprisa al principio,
lentamente después, en cuanto vio su expresión.

—¿Tenéis un momento, alteza? —le preguntó, sin acabar de acercarse,


como no queriendo violar su intimidad. 222
Ella se forzó a sonreír. —Claro. ¿Qué ocurre?

—Las guerreras de las barcas quieren saber qué tienen que hacer. La
guardia situada frente a Quirinia avisa también de algunos movimientos en la
ciudad.

No pudo evitar suspirar. Aquello no había terminado. En la ciudad de


Quirinia, tras sus muros y el río, se escondía su enemiga, la reina Erivalanna.
Todavía tenía consigo algunas tropas, y sin duda evaluaba furiosamente sus
opciones. No podía descuidarla, si no quería que aquello se repitiese, quién sabía
con qué resultado.

—Las barcas deben colocarse frente a Quirinia, y preparase para embarcar


tropas y pasarlas al otro lado del río. —El alba ya se transformaba en un nuevo
día, y los cuernos habían tocado a diana—. Intentaremos rodear la ciudad, sin
olvidar los dos puentes, para evitar que nadie escape.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Una frenética actividad la acabó por rodear, en cumplimiento de sus órdenes.


Todo aquello la hizo sentirse inútil, como si hubiera hecho rodar la piedra cuesta
abajo y ya no se la necesitara para mantenerla en movimiento. Se volvió hacia el
campamento, a su tienda.

—¿Estás bien? —murmuró, inclinándose sobre una ya despierta Gwyn.

—Claro. —respondió, incorporándose—. Habrá que ir preparando el sitio de


Quirinia, ¿no?

—Eso ya está en marcha. —sonrió—. No te preocupes. No nos necesitan, de


momento.

—Oh. —Se dejó caer de vuelta sobre el camastro, como si hubiera perdido
su impulso. Sin embargo, trató de incorporarse de nuevo, y ella se lo impidió.

—Tranquila. Descansa. Ya has cumplido. De hecho, si todo va bien, me 223


propongo enviaros de vuelta a las Tierras Altas. Con toda la recompensa
prometida, por supuesto.

—Oh. —repitió. Se incorporó de nuevo sobre sus codos—. Eso está bien...
para mis hermanas. Yo... yo no voy a ninguna parte. No todavía. A menos que tú...
—no concluyó la frase.

Aquello la hizo sonreír de nuevo. —No esperaba menos. Me gustaría que


estuvieras a mi lado al menos hasta que vuelva a Athiria. Pero, por otra parte... a
partir de ahí, no puedo prometerte nada. Se producirán grandes cambios. Nada
volverá a ser lo que fue, al menos para mí.

—Yo también me propongo seguirte hasta Athiria... al menos. —comentó


Gwyn algo enigmáticamente—. Mi llegada allí no desmerecerá la tuya, te lo
aseguro. —Sonrió entonces de una forma muy extraña, al tiempo que se
incorporaba más, con la evidente intención de besarla.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¡Hey, vamos, Gwyn! ¡Veo que estás muy recuperada! —rio ella en
respuesta, rechazándola un poco—. ¿Qué has querido decir?

—Nada. Ya lo verás. Ahora, será mejor que nos pongamos en marcha.

En este caso, nada pudo hacer para impedírselo. Fuera como fuere, parecía
muy en forma.

—¿Te propones sitiar o asaltar Quirinia? —le preguntó Gwyn, al tiempo que
se vestía y armaba—. Y además, ¿quieres capturar a Erivalanna o dejarle el
campo libre para que huya?

—Mmm... Creo que lo mejor será tratar de capturarla. No sé de qué sería


capaz si escapa.

—Entonces será mejor que veamos qué se está haciendo para lograrlo.
224
x
En cuanto se hubieron incorporado al ejército, ya en acción de nuevo, se
encontraron con buenas y malas noticias. En primer lugar, de Quirinia había salido
una delegación compuesta por tres hombres4, lo cual quería decir que pretendían
parlamentar, y probablemente, rendirse. Por otra parte, estos mismos hombres
informaron que la reina Erivalanna había abandonado la ciudad durante la noche,
con la mayor parte de sus tropas, y había partido hacia el norte, hacia Deiria.

Una vez hubo escuchado a la delegación, Taia se retiró. No había nada que
hacer. Los delegados de Quirinia invocaron las reglas de rendición, con lo que
sólo quedaba por negociar el rescate. Si la ciudad hubiera caído por la fuerza,
habría sido saqueada, siguiendo las reglas de guerra, desde luego. Al rendirse,
4
Las delegaciones de paz están casi siempre compuestas por hombres, puesto que nadie se
atrevería a atacarlos. Un ejército sin un solo hombre en él se considera un ejército dispuesto a no
rendirse jamás.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

evitaba esto, si bien debía pagar una compensación. Pero aquello no le


interesaba. La negociación la podrían sacar adelante otras más habituadas a
aquellos menesteres. Lo importante era que Erivalanna había escapado, y que
debía salir en su persecución. Por fortuna, puesto que el ejército estaba en acción,
el consejo estaba reunido.

—Debemos salir en su persecución hoy mismo. —dijo con toda rotundidad


Girlit, nada más plantearse cuestión—. Cuanto más tardemos, más posibilidades
tendrá de reunir un nuevo ejército.

—No me cabe la menor duda. —añadió Taia—. La cuestión es: ¿de qué
fuerzas disponemos?

Gwyn tomó inmediatamente la palabra: —Puedo hablar por mis hermanas si


digo que esperaban tomar parte en el saqueo de Quirinia. Puesto que eso no va a
ocurrir, querrán seguir formando parte de la expedición, sobre todo si se dirige 225
contra Deiria.

—Muy bien. Si seguimos contando con ellas, podemos ir hacia el norte sin
demasiado peligro. Con todo, no creo que podamos ponernos en marcha hoy
mismo. ¿Girlit?

—Es cierto, alteza. Me he precipitado un poco. Hoy podemos acabar de


hacer cruzar el río al ejército, y mañana temprano podemos emprender la marcha.

—Entonces, eso es todo.

x
Mientras el breve consejo se desarrollaba, Gwyn no podía evitar contemplar
a Taia. Tan joven y pequeña... y tan seria. Cada vez se comportaba más como
una reina, no como la asustada jovencita a la que ella había rescatado.
Probablemente ella misma no se daba cuenta de ello, pero iba ganando en
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

aplomo y seguridad a cada momento que pasaba. Ya no quedaba nada de la


tímida princesa que había recibido pullas en los consejos y había reaccionado
bajando la vista y enmudeciendo. Ahora dirigía los asuntos con gesto autoritario, y
sólo se hablaba de lo que ella proponía. Se movía con una notable economía de
movimientos, y su mirada era directa y segura.

Con todo, seguía habiendo mucho de la antigua Taia, lo bastante como para
que siguiera sintiendo el deseo constante de estrecharla entre sus brazos. Claro
que aquello no habría resultado muy propio en medio del consejo. Debía
reprimirse, sin duda. Aquello la hizo sonreír, mientras era consciente de haber
perdido el hilo de la discusión. Se concentró de nuevo, con dificultad. Y es que
todo sería tanto más sencillo si ella no fuera una princesa... No por primera vez,
deseó que aquella seria joven no fuera más que una simple guerrera. Alguien que
tuviera que cumplir con sus deberes, pero luego, una vez cumplidos, fuera libre de
hacer lo que quisiera, sin dar cuentas a nadie. Pero no había nada que hacer.
Debería adaptar su comportamiento a las circunstancias, tal y como resultaban
226
ser. Aunque no por eso se iba a rendir. Una guerrera de las Tierras Altas jamás se
rendía, se dijo a sí misma. Aquella idea la hizo sonreír de nuevo con cierta
socarronería, lo cual atrajo la atención de Taia. El consejo ya había terminado, y
las dos se alejaban del grupo.

—¿Qué es lo que te tiene tan contenta?

—Oh, nada, nada... —respondió, aunque siguió alegre.

x
La marcha hacia Deiria fue apresurada. Aquello hizo que buena parte del
ejército quedara atrás. Junto con las bajas, se supuso que habían quedado
reducidas a una tercera parte. Pero aquello no inquietaba a Gwyn. La mayor parte
de sus hermanas de las Tierras Altas seguía con ellas, de modo que aún eran un
ejército temible. Aunque un ejército mercenario tan grande no se podía mantener
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

durante mucho tiempo. Aquello habría arruinado a cualquier reino. Ahora seguían
marchando por la promesa de saqueo, pero pronto volverían a sus países,
cargadas de riquezas con las que asegurar el futuro de las suyas por largo tiempo.
Se iban a tener que apresurar, eso sí. A medida que avanzaban hacia el norte, el
inminente invierno se iba haciendo notar. La tierra se elevaba poco a poco y el
paisaje se veía salpicado por más y más colinas boscosas. Algunas de ellas ya
mostraban árboles con hojas pardas. El viento, además, se iba haciendo más y
más frío, anunciando lo que estaba por venir. A lo lejos, las montañas de la patria
relucían con nieve nueva en sus cumbres. Pronto esa nieve llegaría más bajo, y
los pasos de montaña quedarían bloqueados. Por lo tanto, las guerreras morenas
caminaban en vanguardia, apresuradas, deseosas de acabar con aquello y volver
a sus caseríos, con sus familias. Gwyn pensó en un fuego rugiendo en un hogar,
tanto más cálido por el contraste con el exterior nevado. Una hermosa mujer, su
mujer, se acurrucaba a su lado, dándole algo más que calor, envueltas las dos en
una misma manta. En su fantasía, la mujer era rubia, y le sonreía con ojos de un 227
verde brillante, tan verde como el paisaje que ahora atravesaba. Sacudió su
cabeza. Fueran como fueran las cosas, aquello no sería para ella. Debía
concentrarse mejor en lo que tenía delante. Si todo iba bien, aún tendría que hacer
algo importante en Deiria. Y el momento se acercaba.

Al fin, la ciudad enemiga se alzó ante el ejército. El tiempo había empeorado


de nuevo. El cielo estaba totalmente cubierto, aunque por fortuna ni nevaba ni
llovía. Un viento que anunciaba una de ambas cosas se sucedía a ráfagas. Pese a
que todavía era temprano, el cielo encapotado no difundía más que un tenue
grisor, como si la noche fuera inminente. En aquella indefinida atmósfera, sin
sombras, las murallas de Deiria se alzaban negras e informes. Siguiendo el plan
trazado previamente, el ejército se distribuyó a su alrededor, listo para el asalto.
Gwyn se acercó a Taia, algo insegura de cómo afrontar lo que tenía en mente.

—Supongo que vas a ocuparte de Erivalanna.


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Sí. No puedo dejar que escape de nuevo. —le respondió, muy seria.

—Bien. Debes saber que el palacio tiene una salida directa al exterior. Junto
a ese bosquecillo de abedules que tal vez recuerdes. —señaló. —Debes asegurar
esa posición para que no salga por ahí.

—¿Qué quieres decir? ¿No vienes conmigo?

—Yo... Tengo algo importante que hacer. Compréndelo, no te dejaría si no


supiera que estás a salvo, con tu guardia. Pero creo que debo ocuparme de algo.
No te preocupes. Nos reuniremos enseguida que acabe. ¿De acuerdo?

Pareció que Taia le preguntaría algo más, pero al fin asintió. —Muy bien.
Pero cuídate, ¿eh?

—Claro que sí. Tú también.


228
Marchó de inmediato hacia su posición. Las tropas se habían distribuido en
torno a la ciudad, con preferencia por las puertas. Gwyn se unió a uno de aquellos
grupos. Habían preparado escaleras, y todo parecía dispuesto. En aquella
ocasión, nadie salió a parlamentar. La ciudad parecía expectante, como
abandonada. Pero no era así. Algunos grupos de guerreras asomaban por las
almenas, a la expectativa del inminente asalto. Pronto se daría la señal, y todas
entrarían en acción.

El sonido de los cuernos pareció reverberar contra la lejana cordillera,


repitiéndose a sí mismo. A una, las escalas fueron apoyadas contra las murallas, y
las guerreras se lanzaron al asalto. Tal y como habían supuesto, la refriega fue
breve. Las defensoras opusieron una resistencia nominal. Al principio, trataron
desesperadamente de hacer caer hacia atrás las escalas, ayudadas por largos
palos ahorquillados, acompañados por lluvias de flechas. Pero en cuanto varios
grupos de asalto se hubieron hecho fuertes en diversos puntos de las murallas, las
defensoras se fueron rindiendo. Las puertas fueron abiertas, y el tropel de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

asaltantes se introdujo en masa por ellas. Las guerreras de las Tierras Altas se
dispersaron, formando pequeños grupos de saqueo. Gwyn fue una de las primeras
en irrumpir en la ciudad, si bien lo hizo sola.

Despreciando precauciones, se internó por las callejuelas, tratando de


recordar. Pronto se vio en una zona de la ciudad que conocía, y a partir de allí
empezó a correr con deliberación. Las calles estaban vacías, pues sin duda las
ciudadanas se habían refugiado en sus casas, temerosas del saqueo. Con su
espada en la mano por si acaso alguna optaba por una resistencia más activa,
Gwyn dobló callejuelas a un lado y otro, hasta que se paró ante una casa en
concreto.

La puerta estaba cerrada, como no podía ser menos. Las ventanas, antes
relumbrando con finas hojas de vidrio, se mostraban ahora atrancadas con toscos
maderos. Se dirigió hacia la entrada, probando su resistencia. Golpeó la sólida
hoja de madera con el pomo de su espada. 229
—¡Abrid!

Desde luego, no recibió respuesta, aunque la pareció escuchar algún


murmullo ahogado. Tanteó con la pesada cerradura con su espada. Tras algunos
intentos, logró hacerla saltar. Como suponía, estaba atrancada, además. Pero sus
embates hicieron crujir la tranca, primero, y saltar después. Irrumpió de repente en
una estancia amplia, la sala de recibo. Las ventanas tapadas negaban casi toda la
iluminación habitual, pero de inmediato pudo ver un grupo de mujeres agrupadas
en una esquina. La miraban con espanto, sus ojos muy abiertos, abrazándose las
unas a las otras, más o menos desarmadas.

—No nos haga nada. Llévese lo que quiera.

Se acercó, reconociendo la voz y el aspecto de la mujer mayor que había


hablado. Por lo visto, ella no había sido reconocida, o tal vez sí.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¡Por favor! ¡No nos hemos resistido! ¡Son las leyes de saqueo! —gritó otra
mujer, más joven, abrazada a la que había hablado antes.

—Soy yo. ¿No me reconoces, Lidonie? —le preguntó, acercándose más para
poder ser vista. Consciente de su amenazadora presencia, alejó la espada de
ellas.

—¿Gwyn? ¿Eres tú? —le preguntó, la muchacha, aún asustada—. ¿Por...


por qué...? —balbuceó.

—No temáis nada. He venido a protegeros, no a saquear. Mientras esté yo


aquí no os pasará nada.

Poco a poco, todas se tranquilizaron, aunque sin mostrar la menor confianza.


Al fin, siguiendo sus instrucciones, se dispersaron por la casa, para vigilar la
entrada trasera y el resto de ventanas. Si eran asaltadas, la avisarían y ella se
encargaría de todo. Ella quedó en la sala de recibo, el lugar más expuesto, a solas
230
con Lidonie, a la que pidió que la acompañara mientras vigilaba la entrada
principal. Como suponía, casi de inmediato se asomaron por la rota puerta cuatro
guerreras, mirando al interior con cuidado.

—Esta casa está bajo mi protección. —les dijo—. Id a saquear a otra parte. Y
no olvidéis las leyes de saqueo. No quiero nada de excesos, y menos aún fuego.

Las guerreras asintieron, dejándola sola de inmediato.

—Me cuesta creer que seas realmente tú... —le dijo Lidonie, una vez hubo
pasado el peligro—. ¿Estás al mando o algo así?

—Algo parecido. —sonrió ella—. En todo caso, no tenéis nada que temer.

—Es asombroso... Pero... ¿por qué has venido?


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Yo... Bueno, alguna clase de gratitud, supongo. A tu manera, fuiste buena


conmigo. No quería que os pasara nada, ni a ti ni a tu familia.

Lidonie pareció quedar sin habla por algunos instantes. Su aspecto era
bueno. Se la veía aún algo desgarbada, rudamente bonita. Se le fue acercando
poco a poco, como si aún la temiera. Al fin tomó asiento a su lado.

—Me gustaría saber si mi huida os supuso alguna clase de problema. —le


preguntó al fin, viendo que no decía palabra.

—Fue todo un escándalo. —respondió, bajando la vista, como si


recordara—. La reina montó en cólera, pero por suerte mi madre tiene su propia
autoridad. Al final todo quedó en nada.

—Lo siento si os supuso algún perjuicio. Pero tenía que cumplir con mi
deber.
231
Lidonie volvió a quedar en un pensativo silencio. Cuando ya parecía que no
volvería a decir nada, alzó la vista para mirarla de frente.

—¿Me utilizaste? Quiero decir... ¿me hiciste creer que... que te gustaba para
preparar tu huida y el rescate de la princesa?

Aquello la hizo sonreír con pesar. Sacudió la cabeza a un lado y otro, al


tiempo que respondía despacio. —Lidonie... Hay algo que debes saber. No
puedes acostarte con una esclava y pretender que sois amigas. O la liberas del
todo, y entonces le haces una proposición, o todo lo que ocurra tendrá resultará
siempre algo dudoso.

—Entonces, me utilizaste.

—No, Lidonie. —le acarició la mejilla. Pese a su edad, seguía siendo una
niña en algunos aspectos. Recordó algo de lo que hubo de auténtico entre ellas
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

dos. Después de todo, era aquello lo que la había llevado hasta allí—. No lo has
entendido. Lo cierto es que, al principio, no dormí en tu cama ni por preparar mí
huida, ni siquiera porque me lo ordenaras o porque fuera a suponer una vida
menos mala para mí. Lo hice por gratitud, porque me salvaste de acabar en las
minas, y porque me trataste bien cuando no tenías por qué hacerlo. Era gratitud,
Lidonie. Amistad si quieres. Pero no amor.

Se mantuvieron en silencio la mayor parte del rato que estuvieron allí.


Lidonie, al final, pareció llegar a algún acuerdo consigo misma, y le empezó a
preguntarle por sus aventuras después de haber huido. Gwyn le contó un breve
resumen, que suscitó nuevas preguntas e incluso algún comentario incrédulo. En
definitiva, acabó por parecerse la antigua Lidonie, alegre, despreocupada y un
tanto irresponsable. Al fin, ya de noche, sonaron los cuernos que anunciaban el fin
del saqueo. Se puso en pie, dispuesta a marchar.

—Tengo que irme. Ya estáis a salvo. Despídeme de tu madre y tu familia. 232


Jamás quise perjudicaros, al contrario. Hasta hoy, he sentido preocupación y
algunos remordimientos por si os puse en dificultades al huir. De algún modo he
creído que abusé de vuestra bondad y confianza, aunque no me quedaba más
remedio que hacer lo que hice. Me ha alegrado de ver que estabais bien. Te
aseguro que jamás os olvidaré. —Aquello sonaba tan definitivo como pretendía.

—¿No quieres quedarte? Puedes pasar aquí la noche...

Aquello la hizo sonreír con algo de tristeza. —No, Lidonie. El deber me llama
de nuevo. Tengo que marcharme. Cuídate.

La besó levemente en los labios y, sin mirar atrás, se internó de nuevo en la


ciudad a oscuras, hacia el palacio.

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Recordaba sólo detalles sueltos, algún pasillo, alguna sala. Pero no habría
podido orientarse. Por fortuna, unas cuantas guerreras le habían salido al paso y
se habían ofrecido a conducirla junto a Taia. Según le contaron, la resistencia allí
también había sido débil, aunque más nutrida. Sin embargo, las deirianas habían
comprendido que no tenían ninguna posibilidad, y se habían acabado por rendir.
Las vio a lo largo de los pasillos, sentadas sobre el suelo, ya desarmadas. Taia,
por su parte, había irrumpido de inmediato en el palacio, tras la rendición. Por
fortuna, había aceptado llevar consigo una guardia, y estaba bien.

La escolta la condujo hasta la sala del trono, donde estaba Taia. Recordaba
bien aquella estancia; recuerdos rodeados de dolorosas sensaciones. La peor de
ellas, la derrota y la reciente pérdida de todas sus compañeras, más que el
posterior encuentro con la cruel reina. Aún sentía las cicatrices en la espalda, pero
aquel dolor había pasado. No así el interior.

La sala estaba a oscuras. En todo caso, su esplendor no podía compararse 233


con el de la sala del trono de Athiria. En su anterior visita no había tenido ocasión
para valoraciones estéticas, pero se veía allí un lujo más sencillo, menos
recubierto de historia y poderío. En medio de la sala, como una figura solitaria, se
alzaba Taia. Estaba cabizbaja, como sin saber adónde mirar o ir. No se volvió
cuando ella entró, pese a que sus pasos resonaron en la cavernosa estancia.

—¿Taia? ¿Estás bien?

Al fin se volvió. A la pálida luz de las lunas que se filtraba por los altos
ventanales, su expresión no era ni alegre ni triste. Más bien como de total vacío.

—¿Me escuchas? —insistió, acercándosele más—. ¿Y Erivalanna?

—Allí... —respondió ella tan solo, señalando con su pulgar sobre su hombro
hacia el trono. Y allí se veía tan solo un bulto oscuro que antes había pasado por
alto, al pie del estrado.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—¿La... la mataste?

—No... —sonrió con aparente melancolía—. No me dio la opción. Cuando


llegué, ya se había quitado ella la vida.

Algo le dijo a Gwyn que debía abrazar a la princesa. En efecto, esta se


acurrucó entre sus brazos, si bien se mantuvo serena.

—¿Estás bien? ¿Qué pretendías si... si la hubieras capturado?

—No sé... En el fondo, debería sentirme aliviada. Una responsabilidad


menos, y desde luego que deseo quitármelas todas de encima. Pero no sé... Me
había preparado para una confrontación, creo, y te aseguro que me costó
esfuerzo. Y ahora... nada.

—Ya veo... —le acarició la cabeza, apoyando su barbilla sobre ella—. ¿Qué
le habrías dicho? 234
—Ya no estoy segura. Tal vez que le perdonaba todo el daño que me había
causado. Que me había hecho ver la vida de otra forma, que sin ella jamás me
habría dado cuenta de algunas cosas... No sé... Es absurdo. Me hizo más daño
que nadie en mi vida, en todos los sentidos.

—¿Qué sentías por ella?

—Tampoco lo sé. —De alguna forma, la sintió sonreír sin verla. Percibió su
expresión con todo detalle—. La odiaba. La temía. La respetaba. No sé. Hizo
conmigo lo que quiso, con mi mente también. Ahora me siento extraña. No sabría
decir cómo. Jamás lo había sentido antes.

—Liberada. ¿No es eso?


La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Taia alzó la vista entonces. —Sí. Es eso. Jamás me había sentido tan libre.
Su muerte hace que ya haya cumplido mi misión, y ahora me siento libre... y vacía.
No hay nada más que hacer...

—Por cierto... —dijo Gwyn, al poco—. Para acabar de hacer justicia, hay
alguien más a quien pedir cuentas. ¿No es así?

Taia asintió, como a desgana, sin decir más.

—¿Qué piensas hacer con ella? —Insistió Taia. Se refería, desde luego, a
Arijana, la novia que la vendió.

—Nada.

—¿Nada?

—Eso es. Me traicionó. Me hizo mucho daño. Pero no pienso pasar por esto 235
otra vez. —dijo, haciendo un gesto hacia el cuerpo tendido sobre el suelo—. No
podría hacer lo que hay que hacer. Además...

—¿Qué?

—Debió huir de Athiria en cuanto se supo mi regreso. A estas alturas, puede


estar en cualquier sitio.

—Si te vendió a la reina de Deiria, lo normal es que viniera aquí. Y ya


quedan pocos sitios en los que pueda refugiarse una aliada de Deiria.

Taia asintió, aunque no parecía disfrutar de la información. Estuvo así largo


rato, hasta que alzó la vista.

—¿Sabes qué?

—Dime...
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Creo que el mejor castigo que podría recibir Ari es estar el resto de su vida
huyendo de quien no la persigue.

Gwyn asintió, reconociendo la sensatez de aquello. Todavía abrazándola,


condujo a Taia fuera de aquel siniestro lugar. Mientras lo hacía, dio órdenes para
que se llevaran en cadáver de Erivalanna, la última y más ambiciosa de las reinas
de Deiria. A Taia, futura reina de Athiria y que pese a ello no veía ningún futuro en
su vida, la llevó a un sitio donde pudiera descansar.

Con todo, tras dejarla dormida en una estancia del palacio, la abandonó de
momento. La pobre estaba física y emocionalmente exhausta. Salió, pues
necesitaba aclarar un poco sus pensamientos. Paseó por los vacíos corredores.
Algunos le recordaron combates y huidas, aunque no podía estar segura. Al igual
que Taia, se sentía algo vacía. La guerra había terminado, en efecto, junto con la
meteórica carrera de Erivalanna. Como consecuencia, sus caminos, los de Taia y
el suyo, se separaban irremisiblemente. Ella volvería a las tierras ancestrales de 236
su clan, y Taia a su patria, para convertirse en reina. Dos destinos bien distintos.
Ya era triste que, para una vez en su vida en que lograba imaginarse a sí misma
compartiéndolo todo con alguien, ese alguien estuviera tan fuera de su alcance.
Tras cruzarse con un par de guerreras de guardia, que le dieron el "sin novedad",
dirigió sus pasos hacia la habitación en la que dormía Taia. Sin duda estaba debía
estar profundamente dormida, pues su agotamiento no era sólo físico. Pero sería
mejor apurar cada instante a su lado. Ya iba a abrir la puerta, despacio, cuando
sintió que su interior se rebelaba contra la fatalidad. ¡Maldición! Princesa o reina,
no podía quitársela de la cabeza. Por osado, por absurdo que fuera, algo debía
hacer. Entró en la habitación con más empuje, aunque cuidando de no
despertarla. Una idea había tomado forma en su mente. No es que se diera
esperanzas a sí misma, pero al menos aquello la había hecho sonreír de nuevo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Capítulo 14

De Las culturas de Alanna. Una aproximación comparativa, de T. Tiscali,


Ed. Pan-Rígel, Rígel, 1184:

«Es difícil encontrar un objeto de estudio social, antropológico o


histórico que haya sido víctima de tantas aproximaciones infundadas,
generalizaciones, tópicos o simples y crasos errores como lo ha sido del
mundo de Alanna. El primero de estos últimos ha sido el considerarlo como
una cultura homogénea. Incluso los estudiosos que no obviaban esta
salvedad, acababan centrándose en la cultura de la Tierras Bajas,
generalizando sus conclusiones a toda Alanna. La de las Tierras Bajas es sin
duda la subcultura alaniana más difundida, dominante y avanzada, pero en
modo alguno la única. Dejaremos de lado las obras de divulgación,
237
centradas sin excepción en el lado más singular y morboso de la sexualidad
alaniana, y que han conducido a una percepción popular de este mundo
cuando menos sesgada. [...]

»En esta introducción haremos algunos planteamientos iniciales, que


luego y a diferencia de otros trabajos, nos servirán de guía conductora...»

x
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Tanto la rápida victoria como la muerte de Erivalanna tuvieron positivas

consecuencias. En la misma ciudad de Deiria se produjo una reunión en la que


participaron la mayor parte de las reinas del Gran Valle. Taia la presidió, dando
muestras de su recién adquirido aplomo. Se reorganizaron los reinos, se hicieron
promesas de alianza y paz perpetuas, y en general todo salió a las mil maravillas.
Así lo sentía Gwyn, mientras caminaba de vuelta hacia Athiria. Todo había ido tan
rápido y tan bien que incluso habría una celebración allí. Con la victoria, las
guerreras de las Tierras Altas habían perdido algo de su actitud hosca. Aunque
casadas en su mayoría, tampoco había razón para que se privaran de alguna de
las diversiones de la ciudad. Además, entrarían en Athiria no como simples
mercenarias de paso, sino como vencedoras, con desfile incluido. No era fácil
resistirse a un programa así. Y puesto que al invierno aún le quedaba más de un
mes por llegar, incluso ellas participarían. Estaban también de buen humor.
Volverían cubiertas de riquezas, asegurando de esa forma aquel invierno y
238
muchos más para sus clanes. Desde luego, la marcha no podía ser más distinta a
la de la ida. Imperaba el bullicio y los comentarios de las unas a las otras sobre
todo lo pasado. Aquellos comentarios, con el tiempo, se convertirían en largas
historias contadas a la luz de la lumbre, durante los largos inviernos. Hijas y luego
nietas los escucharían, embelesadas, una y otra vez. Algunos relatos acabarían
incluso por convertirse en romances y cantos, inmortalizando a aquella tropa que
tan poco mítica parecía ahora. Gwyn caminaba entre ellas, sonriendo y silbando
entre dientes. Era magnífico aprovechar los últimos rayos cálidos del sol, la hierba
verde y los últimos pasos del camino.

—¿Qué es lo que te hace tan feliz? —le preguntó Taia, que caminaba a su
lado.

—Mmm... No sé. Todo. —Hizo un gesto, abarcando el ejército victorioso, el


cielo azul, el aire fresco. Echó entonces una ojeada a la princesa. No parecía ni
mucho menos tan alegre. Pobrecilla. Quizás odiaba tener que regresar a sus
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

responsabilidades principescas, incluso reales, si como se rumoreaba la


abdicación de su madre se acababa por concretar. Tal vez también suponía, y no
sin razón, que a partir de allí tendrían que separarse. La verdad era que parecía
incluso abrumada. Tampoco era de extrañar; la única triste en una compañía
alegre. Le pasó un brazo por el hombro y la sacudió un poco—. ¡Vamos! ¡Alegra
esa cara! ¡Disfruta de la vida tal y como viene! El mañana no existe, ¿de acuerdo?
El sol brilla, y tú estás a mi lado. ¿No es estupendo?

Sus sacudidas la hicieron sonreír de manera bastante forzada, eso era


evidente. Al fin asintió, animándose un poco. —Sí lo es. —afirmó—. Pero, por otra
parte... ¿No estás tú algo triste? ¿Un poco, tal vez?

Sabía a qué se refería. Sus destinos se iban separando irremisiblemente.


Pronto aquel camino se bifurcaría. Aquello hizo entrar a Gwyn en una cierta
introspección. Era cierto. ¿Por qué estaba tan animada? La perspectiva de
separarse de Taia no era nada alentadora. Debería estar algo melancólica. ¿Por 239
qué no lo estaba? Tras analizarlo a fondo, decidió que había tomado una decisión,
y aquello la liberaba. Si haces, o estás dispuesta a hacer lo que sea, por alocado
que parezca, te sientes bien contigo misma. Ella había tomado una decisión, y el
resultado ya no dependía de ella. Por tanto, se sentía liberada, y alegre y ligera.
Poco importaba que el resultado fuera dudoso, o menos que eso. Haría todo lo
que estaba en su mano. Volvió a contemplar a Taia a su lado, y sonrió. De alguna
forma, esta vez sí consiguió contagiarle una verdadera sonrisa. —No. Te tengo a
mi lado, y así no puedo estar triste. —le contestó.

x
Milagrosamente, el buen tiempo las acompañó durante casi todo el camino
de vuelta. En consecuencia, a su llegada a Athiria el sol brillaba esplendoroso. La
ciudad, en la lejanía, parecía una joya radiante, con múltiples facetas de mil
colores. Los dos ríos aportaban sus destellos, animando a las guerreras en los
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

últimos pasos, alegrando sus caras. Todas estaban deseosas de entrar en la


ciudad, y entre las filas se especulaba con el recibimiento que les darían. Pronto
pudieron comprobar algunas de sus especulaciones. Los ríos, entre los dos
puentes, se veían cubiertos por docenas de barcas, incluidas las dieciséis de
guerra que ya habían vuelto con las heridas. Todas, las civiles y las militares,
estaban cubiertas de banderines multicolores. Y lo mismo ocurría con las murallas
de la ciudad, engalanadas para la ocasión. Una multitud parecía coronarlas, pero
no era la única. Por lo visto, las más jóvenes de las habitantes de la ciudad,
impacientes, habían salido y se agolpaban a ambos lados del camino. Apenas
eran unas niñas, y correteaban de un lado a otro, iniciando el recibimiento. Las
filas del ejército se vieron rodeadas por esta algarabía, llena de voces de
felicitación.

Al fin pasaron bajo las puertas de la ciudad, de las que pendían largas
banderolas con los emblemas de los reinos aliados. Gwyn pudo comprobar con
aprobación que no faltaban los de los clanes. Era un detalle de amistad, pues eso
240
suponía considerar que habían combatido no sólo por la paga, sino que existía
alianza. Pasaron entre las puertas abiertas del todo, y se internaron en la ciudad.

Allí, el delirio de la multitud era indescriptible. Desde los pisos altos de las
casas les lanzaron pétalos de flores, mientras diversas bandas de música las
recibían. Eso hacía que, en su avance, fueran pasando de una melodía a otra, sin
acabar de escuchar ninguna. Gwyn comprobó que, tras ella, las guerreras de las
Tierras Altas se ponían serias. Desfilaban en un orden que no había visto en
ningún momento durante el regreso. Se veía que querían ofrecer la mejor
impresión, sin dejarse llevar por el entusiasmo que sin duda sentían. Preferían
parecer serias y marciales, algo que hizo sonreír a Gwyn. Las guerreras rubias, en
cambio, no tenían problema alguno en devolver saludos y besos a la multitud,
demostrando su alegría de forma mucho más espontánea, aunque fuera menos
guerrera. A su lado, Taia parecía a punto de despedazarse emocionalmente. Por
un lado, ella era la comandante, y caminaba al frente vestida con su brillante
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

armadura, siendo objeto de los mayores y más entusiásticos vítores de sus


conciudadanas. Aquello la hacía sentirse sin duda de maravilla. Pero por otra
parte, parecía temerosa de llegar al final del desfile. Gwyn la habría abrazado y
animado. Pero se contuvo, dejando a la valiente y hermosa princesa brillar y
destacar al frente de la comitiva, en medio de su ciudad.

Al fin alcanzaron las puertas del palacio. Allí, el desfile se detuvo ante un
estrado. Para su sorpresa, Gwyn comprobó que sobre él no estaba la reina. Tal
vez esperara dentro. En todo caso, fue Taia la que se subió. Desde allí se dirigió
con notable aplomo a la multitud. En primer lugar, realizó promesas de alianza y
agradecimiento a los reinos aliados. Tras esto, se dirigió a las guerreras de los
clanes. Señalando unos cofres, les hizo entrega de todo lo prometido y más. Les
aseguró también su amistad, y la de sus sucesoras, más allá de pagos o
promesas. Al fin se dirigió a sus conciudadanas, prometiéndoles que
personalmente haría "lo mejor para ellas, fuera lo que fuera". Los vítores
acompañaron su discurso hasta el final. Al acabar, las filas se disolvieron, y la
241
multitud y las guerreras se fundieron en una sola masa que se dispersó por la
ciudad. Tras un rato, sólo las comandantes y las guerreras de la guardia entraron
en el palacio para una recepción con la reina, junto a aquellas que iban a ser
condecoradas por actos de valor.

x
La sala del trono estaba atestada. Gwyn no pudo por menos que admirar la
diferencia respecto a su anterior visita. Entonces había parecido una sala
magnífica, pero desolada. Ahora, todo era distinto. La luz entraba a raudales por
las altas ventanas, haciendo relumbrar los mosaicos y los dorados. La nave
central se hallaba relativamente despejada, lo que permitía admirar el espléndido
mármol del piso. Pero una auténtica multitud se agolpaba a ambos lados, bajo las
arcadas de las dos naves laterales y más allá. Además, cosa que en su anterior
visita no vio, observó que existía una galería superior, a ambos lados. Las dos se
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

hallaban llenas de gente también, todas con sus mejores galas, rivalizando en
color y lujo con la sala. Al entrar allí las escogidas guerreras, la multitud
prorrumpió en vítores. La luz, el color y el sonido se hacían casi mareantes, de
puro intensos. Gwyn sonrió. No podía pedir un escenario mejor para sus planes.

Al fondo de la sala, sobre el estrado, se hallaba el trono, tal y como lo


recordaba. Sobre él, vestida también con elegante discreción, se encontraba la
reina. Alguien, una chambelán tan vez, retuvo a las guerreras a la entrada, sin
permitirles acercarse. En cambio, se llevó a Taia y Olaia. Debían estar al lado de
su madre en aquel momento, cumplimentando a las guerreras que serían
homenajeadas. Gwyn quedó atrás, mientras se llevaban a Taia. Esta le echó una
mirada desolada por encima del hombro, como si la fueran a llevar lejos para
siempre. Gwyn, con aspecto satisfecho, se limitó a sonreírle.

Poco a poco, la chambelán fue dando paso a una guerrera tras otra. Iba
consultando sus nombres en un pergamino, y tras unas breves instrucciones las 242
enviaba hacia el frente. Desfilaban solas, en medio de la multitud, que una vez
pasado el entusiasmo inicial mantenía un respetuoso silencio. Gwyn no pudo
evitar sonreír al ver la cara de terror de algunas jóvenes guerreras. Se habían
enfrentado a la muerte sin un instante de duda, y ahora dudaban, miraban a un
lado y otro y hasta empalidecían solo por tener que cruzar la sala del trono en
medio de multitud para ser homenajeadas. Pero lo conseguían, con más o menos
vacilaciones, y llegaban ante el estrado. Allí, a un lado, Olaia leía de unos
pergaminos sus méritos o actos heroicos, tras lo cual la reina pronunciaba unas
pocas palabras de agradecimiento. Entonces entregaba un medallón a Taia, que
se lo prendía a la guerrera al hombro. Los medallones eran auténticas obras de
arte. Gwyn había visto algunos, arrumbados como recuerdos viejos en caserones
de montaña. Los había de madera, finamente labrada, y también de marfil,
hermosísimos, para actos de la mayor importancia y heroísmo. Al principio, se
concedieron los menos importantes, y poco a poco Gwyn fue quedando sola al
otro extremo de la sala. Al fin, la penúltima guerrera, una veterana de las Tierras
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Altas, fue llamada, y se encaminó con aplomo hacia el trono. En cuanto el


medallón de marfil le fue prendido al hombro, Gwyn la siguió.

Definitivamente, el lugar era mucho más impresionante lleno de gente que


vacío. Los mosaicos recorrían la bóveda, representando el cielo y sus dones. Poco
más abajo, las galerías estaban llenas de gente que la miraba desde arriba, entre
sonriente y admirada. Abajo del todo, aún más gente la contemplaba de cerca, al
pasar por su lado. Y al fondo, la reina la veía acercarse, seria e inexpresiva,
aunque alerta. A su lado, de pie, Olaia dudaba entre centrar su atención en ella o
en su pergamino. Taia, al otro lado y también de pie, la miraba fijamente, como
hipnotizada.

Ella, siguiendo el ceremonial, se arrodilló al llegar ante el estrado. Escuchó


sus méritos recitados por la voz juvenil pero firme de Olaia, muy seria en su papel.
Al fin, escuchó a la reina.
243
—Ninguna de las recompensas que hoy se han dado se habría hecho
realidad sin ti, Gwyn de Glewfyng. Ya tuve que ofrecerte toda mi amistad y lealtad
antes, cuando me trajiste a mi hija de vuelta. Ahora, me traes la victoria, y a mis
hijas sanas y salvas de nuevo. Aparte de este medallón, ¿qué más puedo
ofrecerte que no lo haya hecho ya?

Ella alzó la vista entonces, todavía arrodillada. No pudo evitar una sonrisa
inquieta. Jamás podría haber esperado una entrada mejor para lo que planeaba
decir, así que...

—Majestad. —Miró entonces a Taia, que no le quitaba la vista de encima—.


La última vez que estuve ante vos, me ofrecisteis lo que quisiera escoger.

—Así es. —asintió ella—. Entonces te reservaste la oferta, y como no podía


ser menos, ahora te la reitero. ¿Qué, de entre todo lo que tengo, puede hacerte
feliz?
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

—Sólo una cosa, majestad. Vuestra hija. —Y para hacer más evidentes sus
palabras (y evitar confusiones), dirigió su mirada y gesto hacia Taia. Esta estaba
como paralizada de asombro, con sus ojos y boca casi cómicamente abiertos. De
inmediato, los murmullos se elevaron a sus espaldas, comentando sin duda su
osadía. Alzó en consecuencia la voz para proseguir—: No os la pido para privaros
de ella, sino para convertirla en mi esposa, si ella consiente.

Esta vez los murmullos se convirtieron casi en griterío. ¿Cómo osaba ella,
una montañesa, reclamar a la princesa de Athiria?, se oía casi clamar. La reina
hubo de hacer un ademán y dirigir una mirada autoritaria hacia el auditorio para
poder responder.

—Me pides lo que jamás pensé en ofrecerte, guerrera. Además, hay un


impedimento adicional, puesto que hoy mismo, aquí y ahora de hecho, pensaba
ofrecer mi abdicación.
244
De nuevo, el griterío se desató a sus espaldas. ¡Reina! Todas las miradas
convergían en Taia, que parecía querer desvanecerse, sin conseguirlo. Sin
embargo, su expresión se centró poco a poco, y miró a su alrededor como si por
primera vez fuera consciente de estar allí. Entonces avanzó algunos pasos, y el
ruido se aplacó al hacerse evidente que iba a hablar.

—Yo también iba a hacer un anuncio hoy. Y por lo visto, tendré que hacer
dos. El primero, el que había planeado: renuncio a ser vuestra reina.

—Dejadme continuar, por favor... —trató de nuevo de serenar los murmullos,


para proseguir, dirigiéndose al público—. No porque os abandone, ni a vosotras ni
a mi madre. Es más sencillo. Los recientes acontecimientos me han convencido
de no ser la reina que merecéis. Por mi culpa, esta guerra casi se pierde. He
demostrado falta de criterio a la hora de juzgar a las personas, el peor defecto en
una gobernante. Ese error ha provocado muertes y peligros. Pero no os podía
abandonar así. En consecuencia, quise dejar resueltas las consecuencias de mis
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

errores para hacer efectiva, ahora sí, mi renuncia. Además, esta campaña me ha
convencido de algo: no os dejo en malas manos. He descubierto a alguien que
tiene la prudencia, el criterio y, cuando se necesita, el valor necesario para ser
reina. Me refiero a mi hermana, Olaia.

Esta vez fue el turno de la joven de parecer cómicamente sorprendida. Las


palabras de su hermana tuvieron el efecto de centrar en ella todas las miradas y
comentarios. Al poco, Taia prosiguió.

—En la reciente batalla, demostró que sabe obedecer órdenes, aun cuando
no le gusten. Algo imprescindible para quien tiene que hacerse obedecer. Y aún
más, demostró que sabe tomar decisiones propias, sin confundir el valor con la
inconsciencia. Hoy ha leído los méritos de otras. Pero no deben pasarse por alto
los suyos propios.

Por fortuna para su hermana, Taia se reservó una información que habría 245
ayudado a su argumento. Durante el camino de regreso, Olaia le había contado
que, a la vuelta aunque pasado un tiempo, se proponía hacer oficial su noviazgo
con Liris. Las dos, desde la batalla, se habían hecho inseparables, y habían
compartido tienda y casi todo su tiempo. Lo mejor de todo era que Liris era
princesa de Caliria, un reino hasta entonces rival de Athiria. Había acudido en su
ayuda, pero sólo porque Deiria era una amenaza común. Aquel compromiso,
cuando se anunciase, sería recibido con alborozo, pues supondría consolidar
aquella alianza oportunista, convirtiéndola con toda probabilidad en alianza y paz
permanente. Caliria controlaba las rutas del oeste, por lo que su amistad era muy
importante para Athiria. Gwyn, que conocía todos estos detalles, noviazgo
incluido, no pudo dejar de admirar la maestría de Taia al callarlos. Cuando fuera la
propia Olaia quien los anunciara, todo el mundo la adoraría.

—Pero esto era sólo lo primero que iba anunciar. —interrumpió de nuevo los
rumores—. Lo siguiente es que, por mi parte, quiero aceptar la oferta de Gwyn de
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Glewfyng. Porque para mí es una oferta, y no una petición. Sí, Gwyn, quiero ser tu
esposa y seguirte allí adonde vayas.

Bajó entonces los escalones, uno a uno, hasta detenerse al lado de la


morena guerrera. Le tendió una mano, sonriente, para hacer que se levantara.
Entonces, en medio de un griterío ya ensordecedor, se besaron. Lo hicieron
largamente, con pasión, sin importarles todo lo que ocurría a su alrededor.

De Estudio de la literatura de Alanna. Romances, odas y ciclos épicos,


de O. Nobuyama, Ed. Unaia, Barnard, 1139: 246
«La literatura alaniana presenta interesantes variedades. En este
estudio nos centraremos exclusivamente en las tradiciones literarias de las
tierras de la Llanura. Esto no ha de significar un menosprecio de las
literaturas de las Tierras Altas o de los Países del Sur. Posteriores estudios
harán honor a sus tradiciones literarias. [...]

»Uno de los géneros más interesantes es el que ha sido etiquetado


como "romances". Esta denominación, proveniente de la Baja Edad Media
terrestre, tiene la virtud de la amplitud, y por lo general alterna pasajes en
verso con largas descripciones en prosa. Como en los romances
medievales, los alanianos presentan una gran amplitud temática,
centrándose tanto en acciones heroicas como en historias de amor, en
incluso en relatos épicos y guerreros. Desde luego, todas las historias de
amor son de carácter lésbico, lo que es perfectamente natural teniendo en
cuenta cuál es la sexualidad considerada "normal" en esta cultura. Las
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

historias de amor descritas en estos romances se hallan perfectamente


integradas en la cultura alaniana, y desde luego carecen de cualquier
carácter trasgresor. Por otra parte, es frecuente que se mezclen los relatos
guerreros, de carácter mítico o histórico, con las historias románticas. En
este sentido, el conocido como "Romance de la princesa Taia y la guerrera
Gwyn" es tal vez la más hermosa...»

FIN

247
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE...

APÉNDICE A: La batalla de Quirinia.

248
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El terreno sobre el que se desarrolló la batalla de Quirinia se encontraba


delimitado, por sus lados norte y oeste, por el río Cotreo, infranqueable salvo si
se disponían de barcas suficientes. Sólo un puente cruza el río, pero da
directamente a la ciudad de Quirinia (en poder de Deiria al comienzo de la batalla),
de modo que también era infranqueable para las athirianas. El terreno se halla
cubierto de pastos, algo húmedos en el momento de la batalla pero transitables. El
camino que se origina en el puente se bifurca pronto, y un ramal se dirige hacia el
suroeste y el otro hacia el sureste, delimitando con más precisión la zona sobre la
que de desarrollaron todos los combates. El primero conduce hacia Daäna y
Athiria, por donde llegó el ejército athiriano. El segundo lleva hacia Ferilia, y por él
acabó por llegar el ejército de Tirelia. El campo de batalla era llano salvo por tres
elevaciones: las denominadas aquí colinas Oeste, Este y Norte. De estas, las
dos primeras son las más importantes, y se encuentran próximas la una a la otra y
coronadas por pequeños bosquecillos que ofrecían un cierto resguardo.

La situación de la línea de Quirinia responde, sobre todo, a su notable


inferioridad numérica, apenas la mitad de las fuerzas de Deiria al comienzo
de la batalla. Pese a esto, conviene recordar que las tropas athirianas eran de
calidad muy superior, no sólo por la presencia de 2.000 guerreras de las Tierras
Altas (Deiria contaba con unas 400, pero que se utilizaron como reserva alrededor
249
de su reina y no llegaron a combatir). Además, hay que recordar la
presencia de un amplio contingente de arqueras de la Llanura,
especializadas y muy efectivas. En cambio, la mayor parte de las tropas de Deiria
estaba constituida por guerreras de países sometidos, y que por tanto luchaban
obligadas.

Con todo, las tropas de Athiria, conscientes de su inferioridad numérica,


se situaron a la defensiva. Sobre las colinas Oeste y Este se situaron los
contingentes de arqueras, de modo que pudieran alcanzar tanto los flancos
como el centro, en una posición muy ventajosa y difícilmente accesible.
En medio de estas colinas se situó la fuerza principal athiriana, con las
mercenarias. Ante ellas, para ocultar en lo posible la fortaleza de esta línea, se
situó una débil fila con las guerreras athirianas más jóvenes. En cuanto
a los flancos, el izquierdo era el más resguardado: la presencia del río Cotreo,
a poca distancia, hacía ese lado el más fácilmente defendible. Suponiendo
que no sería atacado, como así fue, no se le otorgó apenas protección. El
flanco derecho, en cambio, corría más peligro, al estar abierto, con el
camino a Ferilia a su lado. Por tanto, para reforzarlo, se situó un pequeño
contingente de las Tierras Altas.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

En cuando a la reserva, se establecieron dos, cada una tras ambas


colinas. La reserva derecha, como era previsible, tendría que reforzar el flanco
correspondiente, para evitar que el pequeño contingente que lo protegía
quedara desprotegido.

250

En cuanto al despliegue deiriano, era más sencillo. Utilizando su iniciativa, se


estructuró en una serie de ofensivas consecutivas. El ataque sobre el flanco
izquierdo athiriano fue un señuelo; acabó atacando el centro. El ataque sobre el
flanco derecho fue real, pero poco importante; no tenía más objetivo que
dispersar el centro y restarle refuerzos. Contra el centro, el mando deiriano planeó
cuatro ofensivas sucesivas, a la segunda de las cuales se debía sumar además el
ala derecha, que como queda dicho no debía atacar la izquierda athiriana. Aparte
de estos asaltos, se había previsto una reserva que no llegó a abandonar su
campamento ni a entrar en combate. Además, la reina de Deiria se desgajó del
flanco izquierdo, pasando a ocupar con su guardia de las Tierras Altas la colina
Norte, sobre la que podía contemplar todo el desarrollo de la batalla desde
una posición privilegiada.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

La batalla se inició poco después del mediodía. Siguiendo su plan


de batalla, las fuerzas de Deiria (en rojo) se dividieron en tres alas, sumando
en total menos de un tercio de sus fuerzas. El ala derecha (a la izquierda
de la imagen) marchó junto al río y se detuvo antes de cruzar el camino a
Daäna; como había previsto el mando athiriano, su avance era un señuelo. El ala
izquierda se dividió: la reina junto a su guardia se situó sobre el cerro
Norte, mientras el resto lanzaba un ataque destinado más bien a distraer a la
reserva de Athiria y restar fuerzas de donde se debía lanzar el ataque principal,
el centro. Por ahí avanzó el tercer grupo. En esta fase de la batalla aún no se
produjeron combates.

251

Los primeros combates, siguiendo el plan de batalla deiriano, se produjeron sobre


el ala derecha athiriana. Este ataque, como estaba previsto, atrajo a la reserva
derecha.
No pudo profundizar al encontrarse con la resistencia del pequeño cuerpo de las
Tierras Altas (en moteado en el mapa) dispuesto allí con ese fin.
Con todo, el asalto principal iba dirigido contra el centro. Según lo previsto por el
mando athiriano, la débil línea de guerreras de la Llanura se deslizó hacia las
faldas del cerro.
Este, convirtiéndose en una nueva reserva derecha. Se reveló así que el principal
cuerpo de las Tierras Altas (moteado) defendía el centro entre las colinas Este y
Oeste.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El primer asalto al centro athiriano fue rechazado sin excesivas dificultades, algo
con lo que ya contaba el mando deiriano.

252
Esta tercera fase, ya avanzada la tarde, fue la decisiva en el
curso de la batalla. El ala izquierda deiriana, abrumada por las arqueras
situadas sobre la colina Este, quedó bloqueada y sin lograr romper ni rodear el
ala. Con todo, el ataque decisivo, como ya ha quedado dicho, debía dirigirse en
este momento contra el centro athiriano. Al fin, el ala derecha deiriana cruzó el
camino a Daäna, uniéndose a la segunda oleada de asalto al centro. Pese a la
abrumadora superioridad enemiga, el centro de las Tierras Altas resistió este
segundo asalto, si bien con el auxilio de la reserva izquierda. Al final de este
fracaso se divisó, por el camino de Ferilia, la llegada del esperado ejército de
Tirelia. Se puede considerar, pues, el final de esta serie de movimientos como el
punto culminante de la batalla, aunque aún quedaba por disputarse los
mayores combates.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El ejército de Tirelia, aunque poco numeroso, tuvo con su irrupción


sorpresiva la virtud de romper el curso de la batalla. En
primer lugar, logró rodear por completo a la ya desmoralizada ala izquierda
deiriana, que fue la primera en abandonar las armas y rendirse. Sin embargo, y
ajenas a esta situación, los restos de los dos primeros ataques deirianos al
centro se unieron a la tercera oleada de asalto. El feroz embate fue detenido a
duras penas por las guerreras de las Tierras Altas, auxiliadas ahora por la reserva
derecha, que antes había constituido la línea frontal y se había retirado a esta
posición al principio de la batalla.

253

El final de la batalla fue decidido por este combate. Entonces, la parte principal
del ejército de Tirelia se situó tras la línea de ataque deiriana. Esto, junto al
oportuno avance de la línea de la colina Oeste, sirvió para rodear al centro
deiriano.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Este, ya rechazado tres veces, al ver llegar el ejército de refuerzo por el río,
abandonó las armas o se desbandó. El ejército de refuerzo no llegó a entrar en
combate, ni siquiera a desembarcar, aunque su llegada acabó de descorazonar a
los últimos restos enemigos. En cuanto al que debía haber sido el cuarto grupo
deiriano de asalto del centro, al entrar en contacto con las tirelianas dio media
vuelta, viendo perdida la batalla. Se retiró hacia su campamento junto a la reserva
y la colina Norte con la guardia y su reina. Pronto esta, junto con los restos de su
ejército (apenas unas 2.000 mujeres), abandonó el campo de batalla para
buscar el refugio de la ciudad de Quirinia tras el río. Para el anochecer, todo el
campo estaba completamente dominado por las vencedoras athirianas y sus
aliadas.

254
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE B: Apuntes genealógicos del Reino de Athiria.

Tabla de las Reinas de Athiria (subrayadas).

255

En primer lugar, para comprender este cuadro (y todo el sistema genealógico


de los Reinos de la Llanura) hay que tener en cuenta que sólo incluye mujeres.
Por lo tanto, las hijas de un matrimonio entre mujeres lo serán de una o de la
otra, pero evidentemente no de ambas. Para distinguirlas se usa un sistema de
colores. Cada una de las integrantes de un matrimonio dispone de un color, que
es el que identifica a las hijas correspondientes.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Hay que considerar que, en Alanna, las mujeres tienen hijas habitualmente tras
contraer uno de estos matrimonios homosexuales, mediante el expediente
de visitar las estancias o locales que albergan hombres para este propósito.

Las hijas son criadas en común por ambas integrantes del matrimonio, con lo
que se consideran "hermanas", pese a que habitualmente no lo sean
en absoluto en caso de ser hijas de madres distintas y no tener un padre en
común. Los escasos hijos varones, tras una breve crianza, son entregados a
instituciones masculinas adecuadas, donde son cuidados aparte.

Con todo, hay que decir que los hombres llevan registros genealógicos
"convencionales" en sus estancias de palacios y castillos, en los que se
recoge la paternidad y maternidad de todo el mundo, hombres y mujeres. El
único objeto de estos registros es evitar paternidades incestuosas por falta de
una conveniente información genética. Carecen de cualquier relevancia en
términos genealógicos, sucesorios o de simple derecho civil.
256
Por otra parte, se puede observar en el cuadro que las esposas de las reinas
suelen ser princesas de las casas reales de otras ciudades, lo que se indica
dando su casa de procedencia. Esto tiene un propósito fundamentalmente
político. Las casas reales de los reinos de la Llanura establecen de esta forma
buenas relaciones entre sí, de manera similar a como ocurría en las
Edades Media y Moderna de la antigua Tierra.

Como puede comprobarse también, lo habitual es que a las reinas (subrayadas


en el cuadro) las sucedan sus hijas "propias". Con todo, esto no siempre
ocurre así. Puede darse el caso de una reina que no tenga hijas propias, pero
sí su esposa; entonces son las hijas "del matrimonio" las que optan a la
sucesión. En el cuadro de las reinas de Athiria, el primero de estos casos es el de
la reina Cirtis I, sucedida por Talaidis II, hija de su esposa Melnis de Tirelia.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

También puede ocurrir que una reina no tenga hijas de ninguna clase,
incluso puede no haber contraído matrimonio, como es el caso de la reina Dánais
la guerrera. Entonces la sucede alguna de sus parientes, no
necesariamente por línea "genética". En este caso, a la reina Dánais la
sucedió su "prima" Melnis la grande, con la que no tenía la menor relación de
parentesco genético. Caso aparte es el de la reina Distis la perversa, que nunca
contrajo matrimonio. Eso desde luego no le impidió tener una hija propia, Mahaia
la bastarda, que la sucedió en el trono.

Aún más peculiar es el caso de la princesa Taia, que siendo la única hija propia
de la reina Teraia, renunció a la sucesión en beneficio de su hermana "del
matrimonio", la que fue entonces reina Olaia II. De hecho, tras su renuncia la
princesa Taia sí contrajo matrimonio, con la guerrera Gwyn de las Tierras Altas.
Juntas tuvieron sendas hijas, como se observa en el cuadro. Sin embargo, la
sucesión continuó en la línea de la reina Olaia II. Esta, curiosamente,
puso a su única hija el nombre de la esposa de su hermana, uno nada habitual en 257
los reinos de la Llanura.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE C: Geografía de Alanna.

MAPA DE ALANNA (Continente principal). Nota: la mejor forma de visionar


el mapa es a una escala del 222%.

258
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ENTIDADES POLÍTICAS PRINCIPALES:

Alanna está dividida en tres grandes unidades culturales y políticas. En el norte,


las llamadas Tierras Altas se dividen en clanes, centralizados en sus castillos, con
una población muy dispersa y de límites imprecisos. Los castillos apenas poseen
población propia estable, si excluimos a la masculina (por lo demás muy escasa:
ver apartado Población).
En el extremo sur, en los Países del Sur o Tierra de las Islas, existen doce
países, con su población distribuida a nivel de aldea y con una organización
política muy rudimentaria e itinerante. No hay por lo tanto capitales, si bien ni
todas las aldeas son de igual tamaño ni todos los países poseen igual número
de aldeas. Por otra parte, las aldeas no son concentraciones de población,
sino centros comunitarios para una población dispersa a su alrededor.

La zona principal es la intermedia, los llamados Reinos o Países de la


l lanura. Salvo excepciones (ver cuadro adjunto), se organizan en reinos.
Esos se agrupan en cinco grandes conjuntos, separados entre sí por
accidentes geográficos tales como desiertos, ciénagas o cordilleras. De oeste
a este, y tal como se ven en el mapa, son: los Reinos de la Costa (con su ciudad
259
principal Talmadia), que resulta ser la única zona costera; los Reinos tras los
Desiertos (ciudad principal y la mayor de Alanna: Siris); los Reinos del Gran
Valle, la zona más extensa (ciudad principal: Athiria); los Reinos del Valle Oculto,
al sur del grupo anterior (ciudad principal: Ashara); y los Reinos tras las Ciénagas
(ciudad principal: Euvippe).

Por lo demás, hay que destacar que el planeta es fundamentalmente


oceánico. Su único continente (también llamado Alanna), reproducido en el
mapa, es de tamaño reducido. La mayor parte del resto del planeta consiste
en mar abierto. Con todo, y aparte de las islas más inmediatas al continente,
existen algunos archipiélagos dispersos que no han sido recogidos en el
mapa. Estas islas están deshabitadas. Sin embargo, las habitantes de Alanna
tienen un cierto conocimiento de estas islas, si bien reducido a noticias
míticas. El conocimiento de la existencia de estos archipiélagos, jamás
visitados, ni siquiera por las excelentes navegantes de la Tierra de las
Islas, sólo puede explicarse por el recuerdo de la época en que Alanna fue
colonizada y toda su superficie vista desde el espacio. Clanes (33) de las Tierras
Altas (Castillos):
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

260
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

261
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

262
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

POBLACIÓN (Todos los datos son aproximados):

Como puede observarse, la sex ratio de 8,3 mujeres por varón no está
uniformemente distribuida. En las Tierras Altas, las duras condiciones de vida
producen una mayor mortalidad infantil masculina. En las Llanuras, en cambio,
y en particular en las ciudades, esta es mucho menor, y produce una sex ratio
263
más ajustada y, en parte como consecuencia, un total de población
mucho mayor que el del resto de zonas menos avanzadas.

En las Llanuras, la proporción población urbana / población rural es


aproximadamente de 3:7. Así, las ciudades propiamente dichas sólo
tienen una media de 13.000 habitantes, por tanto con una media de
30.000 habitantes más en su zona rural dependiente. En las Tierras Altas y los
Países del Sur, se puede considerar al 100% de la población como rural.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

- Superficie terrestre total de Alanna (excluidos archipiélagos


alejados de la zona continental principal):

4,2 millones de km2

- Densidad media de población: 1,2 hab./ km2

Como puede verse, la densidad media de población de Alanna se


encuentra al borde de lo que convencionalmente se considera terreno
deshabitado (menos de 1 hab./ km2). Esto se debe a diversos factores: la baja
esperanza media de vida, las limitaciones reproductivas y la reciente
colonización a partir de un contingente original reducido.

- Estructura de edades (para Alanna en su conjunto):

264

La estructura de edades posee una notable similitud con la de los países


subdesarrollados de la época preespacial terrestre (siglo XX de la era Cristiana),
si bien no en su sex ratio, por razones obvias. Como matización, hay que decir
que la población hasta 14 años no es tan numerosa como podría ser, debido
fundamentalmente a la elevadísima tasa de mortalidad masculina, tanto
postnatal como prenatal. Las causas de esta mortalidad se originan en un
enzima local que ataca y muta el cromosoma Y. Por otra parte, en la estructura
de edades también se puede comprobar que la esperanza de vida masculina,
una vez superados los 14 años, es muy superior a la femenina. Así, la sex ratio
se va equilibrando a medida que avanza la edad, si bien sin llegar a
equipararse en ningún tramo.
La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

- Tasa de dependencia convencional: 0, 59 personas dependientes / persona


productiva.

La tasa de dependencia convencional [6] debe ser matizada para el caso de


Alanna. Dadas sus peculiaridades, debemos introducir el cálculo de una tasa de
dependencia propia, en la que se incluya, además de las categorías
habituales, a todos los varones, cualquiera que sea su edad.

- Tasa de dependencia alaniana: 0,82 personas dependientes / persona


productiva.

Esta tasa nos permite considerar más adecuadamente las dificultades


económicas y sociales a las que se enfrentan las culturas alanianas.

265

Nota a: Las ciudades inscritas con margen forman parte del reino cuya
capital es la ciudad situada al principio.

Nota b: Normalmente, la sex ratio se da en varones / mujer, pero en el caso de


Alanna, por razones obvias, resulta más conveniente expresarla a la inversa.
Para convertir la sex ratio alaniana a la nomenclatura standard, basta con
realizar la operación: (sex ratio standard) = 1 / (sex ratio alaniana).

Nota c: En el sistema convencional, (por lo general ―tasa de dependencia‖ a


secas) se consideran dependientes las personas de menos de 15 años y más de
64, sin considerar su sexo.

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