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UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS


DEPTO. DE HISTORIA
HISTORIA ANTIGUA I (ORIENTE) CÁT. “B”
PROF. ASOC. A CARGO: DRA. SUSANA B. MURPHY

Babilonia en el pensamiento europeo

Título original: “Babylon in European Thought”


04006150 - Antigua I (Rodríguez) - 15 copias

Autor: John M. Lundquist


Tomado de: Jack Sasson (ed.), Civilizations of the Ancient Near East, Peabody,
Mass., Hendrickson Publishers, 2006, pp. 67-80
Traducción: Irene Rodríguez

No ha existido una “babilomanía” en el arte, la literatura, la arquitectura o el diseño


occidentales que pueda compararse con la influencia egipcia en la Europa premoderna.
Las razones son bastante obvias. Se basan en las diversas naturalezas de las antiguas
civilizaciones egipcia y mesopotámica, la medida en que ambas se conservaron como
ruinas luego de su colapso final en la antigüedad, la naturaleza de esas ruinas, el proceso
de preservación de algunos aspectos de cada civilización en un continuum
ininterrumpido a lo largo de la historia de la cultura europea, y la naturaleza del
redescubrimiento moderno de cada civilización antigua. En cada una de estas
categorías, notables diferencias separan a las antiguas civilizaciones egipcia y
mesopotámica.
En primer lugar, nunca hubo un corte absoluto en la preservación de los monumentos
egipcios en suelo europeo, principalmente en las zonas de influencia romana. Tampoco
existió una ruptura en la fascinación que la cultura egipcia, en la forma de los
jeroglíficos y de divinidades como Isis, ejerció a lo largo de la historia europea.
La situación respecto de las tierras súmeras y babilónicas ubicadas en el actual Iraq fue
completamente diferente. Las grandes ciudades se habían transformado en montículos
de ruinas, ya cubiertas por la arena o despojadas de sus ladrillos por los habitantes
locales. Por lo tanto, los monumentos súmero-babilónicos no fueron transportados a
Europa. Las ruinas de las grandes ciudades mesopotámicas, como Babilonia, habían
sido visitadas y descriptas en la antigüedad clásica por Heródoto, Diodoro de Sicilia y
Estrabón. Arriano (Flavio Arriano) menciona que Alejandro III, “el Grande” había
hecho comenzar una excavación con el fin de restaurar el templo de Marduk y la
ziggurat destruidos por Jerjes. El montículo de ruinas conocido como “Homera”
(“montículo rojo”) ubicado en el interior de la antigua ciudad de Babilonia contiene en
gran parte los desechos que provienen de los intentos de restauración de Alejandro y
otros posteriores.

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Las numerosas visitas y relatos acerca de estas ruinas realizados por viajeros
medievales, renacentistas y modernos no dieron por resultado un resurgimiento del
conocimiento de la antigua Babilonia en Europa, o la introducción de auténticos
cánones o influencias babilónicas (o incluso babilonizantes) en aspectos artísticos,
arquitectónicos o literarios de la cultura europea. La posibilidad de tal influencia sólo
podía esperar hasta que se produjera la excavación de las antiguas ciudades
mesopotámicas y la recuperación de su antigua literatura a través del desciframiento de
las lenguas cuneiformes.
La imagen recurrente de Babilonia, tan prominente, particularmente, en la pintura
medieval y renacentista, debe haber emergido, entonces, de otra fuente distinta de la
transmisión directa de la antigua Babilonia. Esa fuente es la Biblia. Cuando las
auténticas influencias literarias y artísticas de Babilonia se manifestaron en Europa,
desde mediados del siglo XIX en adelante, no fueron profundas ni ampliamente
extendidas. Sin embargo, algunas de ellas eran notables y provenían de fuentes
absolutamente inesperadas.

La literatura de los primeros viajeros

Fue la curiosidad acerca de la Biblia – sus relatos, sus grupos étnicos, sus costumbres-
la que dio el primer impulso a los europeos letrados y privilegiados para viajar al Medio
Oriente en busca de un conocimiento adicional y más profundo sobre las tierras en las
que se decía que habían nacido las tradiciones bíblicas. Los viajeros de Occidente
también fueron hacia el este en la búsqueda del fabuloso reino del Preste Juan, sobre el
que comenzaron a circular relatos en Europa desde mediados del siglo XII. También lo
hicieron en respuesta a las historias sobre las denominadas Maravillas del Oriente,
basadas en Génesis 6, según las cuales existían razas de hombres monstruosos entre los
descendientes de Adán que aún poblaban el Oriente. Y fue ese mismo ímpetu el que
llevó a los editores a publicar relatos de esos viajes. Fray William de Rubruck
encabezaba sus relatos de viajes en el siglo XIII con una admonición del Eclesiástico,
un libro incluido en la Vulgata, pero no en la Biblia hebrea1: “Él (el hombre sabio)
viajará a tierras extranjeras, y probará el bien y el mal en todas las cosas” (39:4). En el
siglo XIV, Fray Odorico presentaba del siguiente modo su motivación para viajar:
“Aunque varios autores refieren muchas historias y cosas diversas sobre las costumbres
y condiciones de este mundo, sin embargo, yo, fray Odorico de Friul, deseoso de viajar
por los remotos y extraños países de los incrédulos, también he visto y oído cosas
grandes y maravillosas que soy capaz de relatar con veracidad.” (Citado en
Contemporaries of Marco Polo, p. 213)
El más septentrional de los montículos de ruinas que constituían los restos de la antigua
Babilonia conservó el nombre de Babil a lo largo de los siglos, y de esta manera facilitó
su identificación a los viajeros medievales. Este nombre, sin embargo, se aplicaba en
realidad sólo a las ruinas del palacio de Nabucodonosor, mientras que el verdadero sitio
de la antigua ciudad se hallaba en Hilla.

1 Vulgata: La versión en latín de la Biblia, realizada por san Jerónimo en el siglo IV y autorizada como
texto bíblico oficial por la iglesia de Roma. (N. de la T.)

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Benjamín de Tudela viajó entre 1160 y 1173 desde su tierra natal en España, a través de
Asia, hasta las fronteras de China, con la finalidad de evaluar si el modo de vida de los
judíos locales era un preludio al cumplimiento de las promesas bíblicas sobre la
restauración de los judíos. La más antigua descripción de las ruinas de Babilonia hecha
por un viajero europeo proviene de sus escritos:
“Esta es la antigua Babel, y ahora yace en ruinas; pero sus calles aún se extienden por
treinta millas. Las ruinas del palacio de Nabucodonosor todavía pueden verse; pero la
gente teme aventurarse entre ellas debido a las serpientes y escorpiones que las
infestan. Veinte mil judíos viven a veinte millas de este lugar, y realizan sus rituales en
la sinagoga de Daniel, que descansa en paz. Esta sinagoga es de una antigüedad
remota, edificada por el propio Daniel; está construida de rocas sólidas y ladrillos.
Aquí, el viajero también puede contemplar el palacio de Nabucodonosor, con el horno
ardiente en el que fueron arrojados Hananías, Mishael y Azarías; es un valle muy
conocido por todos”. (Citado en Contemporaries of Marco Polo)
Para Benjamín de Tudela, Babilonia tenía relativamente poca significación, salvo en su
relación con el pueblo judío, tanto en la antigüedad como en la época de su visita.
Una fuente árabe del siglo XIII, Al-Qazwini, confirma que Babil era el nombre
asignado a un sitio mesopotámico durante este período y presenta una descripción un
poco más informativa de la naturaleza del sitio en ese momento:
“Babil: el nombre de una ciudad que anteriormente se hallaba en un brazo del Éufrates
en Iraq. Actualmente, la gente se lleva los ladrillos de sus ruinas, y existe allí un pozo
conocido como “el Foso de Danyal” (Daniel) que es visitado por judíos y cristianos en
ciertas ocasiones anuales y en festividades. La mayoría de la población sostiene que
este foso era el pozo de Harut y Marut”. (Citado en G. Awad, “Babil”, en
Encyclopaedia of Islam, 2nd. ed., vol. 1, p. 846)
El noble bávaro Johann Schiltberger, autor del primer libro de viajes alemán, pasó los
años 1396 a 1427 como prisionero de guerra turco, luego de ser capturado a los
dieciséis años en la batalla de Nicópolis (actual Nikopol). Sirvió al sultán turco
Bayaceto I, y después de la derrota de éste se integró a los seguidores de Tamerlán por
un tiempo. En algún momento durante esos años visitó el sitio de Babilonia, como lo
recuerda en sus memorias al regresar a Bavaria. Hace una descripción del antiguo plano
de la ciudad, junto con las medidas de los muros, que se corresponden exactamente con
las mencionadas por Heródoto. Este último dato nos lleva a preguntarnos si este viajero
acomodó sus mediciones a las de Heródoto.
Como Benjamín de Tudela, Schiltberger confundió las ruinas de Birs Nimrud (la
antigua Borsippa), que se hallaba al sur de Babilonia, con la torre de Babel. Como esta
confusión ya había ocurrido en el Talmud (Sanhedrin 109a, Génesis de Rabbah 38:11),
es probable que tanto Benjamín de Tudela como Schiltberger se basaran en este
testimonio para la información sobre el plano de Babilonia. Los escritos de Schiltberger
se difundieron profusamente en ediciones impresas, la primera de las cuales apareció en
Ulm alrededor de 1473. Una segunda edición (Augsburgo, c. 1475) tenía 15
ilustraciones. En una de ellas, la torre de Babel se representaba como una estructura de
cuatro lados con un techo piramidal. La torre se mostraba rodeada de serpientes y
dragones, un paisaje probablemente inspirado por una lectura literal de la profecía de
Isaías acerca de la ciudad:

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“Mas las bestias salvajes yacerán allí, y sus casas estarán llenas de criaturas aullantes;
los avestruces morarán allí, y allí los sátiros danzarán. Las hienas gritarán en sus
torres, y los chacales en los hermosos palacios; su tiempo está cerca y sus días no se
prolongarán”. (13:21-22, en la Versión Tradicional Revisada en inglés).
Leonhard Rauwolf, un médico alemán, visitó el sitio de Babilonia en 1574, como lo
hizo el mercader inglés John Eldred en 1583. Las descripciones de Eldred incluyen la
observación de que había “muchas ruinas antiguas que se ven fácilmente a la luz del
día”. Identificó erróneamente las ruinas de Aqar Quf (Dur-Kurigalzu), al norte de la
antigua ciudad de Babilonia, como la torre de Babel.
El noble inglés Anthony Sherley visitó el sitio de Babilonia después de 1599 y publicó
en Londres un relato de sus viajes en 1613. Su pintoresca reconstrucción de la ciudad en
imágenes fue una de las primeras publicadas (apareció recién en 1752) y debía mucho a
las descripciones de los autores clásicos. Indudablemente, la reconstrucción de Sherley
ejerció una considerable influencia en las subsiguientes imágenes populares referidas al
aspecto de Babilonia en la época de Nabucodonosor.
El relato de viajero que le sigue en importancia emanó de Pietro della Valle, quien viajó
por la Mesopotamia, Persia e India entre 1614 y 1626. Visitó el sitio de la antigua
Babilonia en noviembre de 1616. Según Eckhard Unger, della Valle fue el primero que
dio una descripción precisa del sitio. También llevó consigo algunos cilindros-sellos
con inscripciones. Como había ocurrido con otros viajeros anteriores, della Valle
identificó las ruinas con la Torre de Nimrod del libro de Génesis. Hizo extensos
comentarios sobre los multicolores ladrillos esmaltados con inscripciones que observó
en el lugar.
Athanasius Kircher fue uno de los hombres más notables de la historia intelectual
europea. Extraordinariamente curioso y de una vasta cultura, Kircher escribió sobre
Egipto y Mesopotamia de un modo un tanto fantasioso, aunque algunas de sus ideas
acerca de los jeroglíficos representaron pasos importantes para su eventual
desciframiento. Su libro de 1666 Obelisci aegyptiaci nuper inter Isaei Romani rudera
effosi interpretatio hieroglyphica (La interpretación jeroglífica de los obeliscos
egipcios recientemente excavados entre las Isis enterradas de Roma), junto con toda
clase de datos pintorescos, contiene un grabado, “Las Isis egipcias”, que es un mapa
topográfico de las principales ubicaciones de monumentos a la diosa egipcia Isis que
podían hallarse en Roma en su época, y que incluye dibujos de varios obeliscos, vasos
canópicos2, esfinges, imágenes del buey Apis y estatuas de divinidades egipcias. Su
libro de 1679, Turris Babel, en contraste con lo anterior, contiene solamente sus
numerosas averiguaciones acerca del relato bíblico de la Torre de Babel y extrañas
especulaciones sobre las dimensiones, forma y técnicas de construcción de la mítica
torre. De hecho, Kircher fue el primero que presentó una ilustración
arquitectónicamente completa de la hipotética torre de varios pisos.

Primeros viajeros científicos

2 Se trata de recipientes que contenían las vísceras del muerto, extraídas durante el proceso de
momificación, y se colocaban junto al sarcófago. (N. de la T.)

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Engelbert Kämpfer visitó sitios con ruinas en Irán en 1686, y Carsten Niebuhr viajó por
todo el Cercano Oriente comisionado por el monarca danés Federico V entre 1761 y
1768. Ambos eran estudiosos, poseedores de vastos conocimientos, hombres
“universales” en el sentido de la tradición renacentista (Kämpfer fue, por ejemplo, el
primer europeo que describió la cultura japonesa en profundidad). Kämpfer transcribó
una inscripción babilónica de Persépolis en 1686, observó correctamente que la
escritura era diferente del antiguo persa, se dio cuenta de que era silábica, y sugirió la
palabra “cuneiforme” para describirla (cuneatae).
Niebuhr fue la siguiente figura, y de máxima importancia, en el proceso que llevó al
desciframiento de la escritura cuneiforme. Fue él quien proveyó (en su
Reisebeschreibung de 1774-1778) las copias de calidad de las inscripciones en antiguo
persa procedentes de Persépolis que Georg Grotefend utilizó para su desciframiento
(1802-1803). Según Unger, él “trajo las mejores y más precisas copias de inscripciones
cuneiformes a Europa y las publicó.” Niebuhr visitó el sitio de Babilonia en diciembre
de 1765. Con la perspectiva de quien había visto sitios de todo el Cercano Oriente,
incluyendo Egipto, estaba en condiciones de escribir: “Cuando se reflexiona sobre las
antigüedades de Babilonia, no se debe esperar hallar magníficos monumentos tales
como los que se encuentran en Persia y en Egipto.” Notó las grandes diferencias en los
materiales de construcción entre Egipto, Irán y la antigua Babilonia e hizo comentarios
sobre la fragilidad de los ladrillos de arcilla como material de construcción. Reconoció
los materiales de edificios cercanos, construidos en épocas más recientes, como ladrillos
de arcilla cocida provenientes del sitio de Babilonia.
Al reflexionar sobre los estudios que afirmaban que los antiguos babilonios no podrían
haber tenido una tradición científica o literaria debido a la naturaleza relativamente
simple de sus materiales de escritura, Niebuhr pensaba lo contrario. Él creía que una
civilización debía haber sido muy avanzada como para tomarse el tiempo y el esfuerzo
de anotar su sistema de escritura en tablillas de arcilla y luego cocerlas, conservándolas
de modo que aún pudieran leerse “después de 600 a 700 años”, inclusive cuando, como
sucedía en Persia, se hallaban disponibles materiales más costosos, como el mármol.
La literatura sobre Babilonia en el período anterior al desciframiento llega a su fin, y en
cierta forma queda sintetizada, en las obras de Claudius James Rich, que fue a Baghdad
en 1808 como agente de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Era un brillante
lingüista, poseedor de una curiosidad intelectual muy vigorosa y activa. Visitó el sitio
de Babilonia y las aldeas cercanas entre el 9 y el 21 de diciembre de 1811. El suyo fue
el primer plano topográfico preciso del sitio que se publicó. Escribió entonces:
“Yo hallé toda la superficie del país cubierta con vestigios de construcciones, en
algunos lugares, consistentes en ladrillos de arcilla sorprendentemente frescos, en
otros, simplemente una vasta sucesión de montículos de residuos de tan indeterminadas
formas, variedad y cantidad, como para sumir en indescifrable confusión a cualquier
persona que pretendiera establecer alguna teoría al respecto.” (Rich, Memoirs on the
Ruins of Babylon, p. 2)
Rich llevó a cabo excavaciones entre 1811 y 1817 y trajo colecciones de objetos a su
regreso a Inglaterra. Presentó un excelente resumen de la naturaleza de un tell del
Cercano Oriente: “(los tells) consisten en montículos de tierra, formados por la
descomposición de las construcciones, con canaletas y surcos hechos por el paso del
tiempo, y cuya superficie está sembrada de trozos de ladrillos, betún y piezas de
alfarería.” Su informe también es valioso pues provee el relato de uno de los últimos
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avistamientos de un león en la región entre Baghdad y Hilla. Rich mantuvo, además,
correspondencia con Grotefend, y le envió sus transcripciones de textos cuneiformes,
que le fueron sumamente útiles en su labor de desciframiento.
En 1818, Rich publicó su Memoirs on the ruins of Babylon, que contenía los resultados
de sus excavaciones y mapas. (Se la describió como “tercera edición”; el original había
aparecido en el volumen 3 (1813) de una revista de orientalismo vienesa, aún conocida
por sus nombres en alemán y en francés, Fundgruben des Orients y Mines de l´Orient,
de la que se publicaron seis volúmenes entre 1809 y 1818). En 1818 se publicó también
su Second Memoir on Babylon. El último volumen contenía litografías de las copias de
Rich de tablillas cuneiformes babilónicas, cilindros- sellos y un kudurru o hito
fronterizo (fig.1). Finalmente, la viuda de Rich hizo editar en 1839 un volumen que
contenía una cantidad de escritos de su marido sobre Babilonia y Persépolis que no
habían sido publicados, incluyendo su Narrative of a Journey to the Site of Babylon, de
1811. La obra Narrative of a Voyage to Persepolis, publicada en ese volumen por
primera vez, contenía una cantidad de inscripciones babilónicas de Persépolis que Rich
había copiado, y que fueron publicadas en la litografía de C. Hullmandel, uno de los
pioneros de esa ciencia, de reciente desarrollo en aquellos tiempos.
En su libro de 1816, Observations Connected with Astronomy and Ancient History,
Sacred and Profane, on the Ruins of Babylon, Rich publicó grabados de inscripciones
de ladrillos, con un grabado de “la Gran Pagoda de Tanjore, evidentemente erigida
según el modelo de la Torre de Babel.” La idea de que la arquitectura de un templo
indio puede haber sido influida por la arquitectura de los templos mesopotámicos, idea
que en los años siguientes parecía forzada, ha recibido una sorprendente confirmación
en investigaciones recientes publicadas por Karl-Heinz Golzio.
Otro grabado en este mismo libro de Rich, “Un templo mexicano al Sol y a la Luna”,
llevaba el epígrafe “este santuario mexicano es muy notable, pues fue construido a la
manera del templo piramidal de Belus en Babilonia (es decir, Borsippa), y
evidentemente prueba en qué país los americanos adoptaron la Superstición Sabiana.”
La “superstición sabiana” de Rich refleja una confusión de los estudiosos de su tiempo
entre un grupo del sur de Iraq que actualmente se denomina “mandeos” (una secta que
enfatiza el bautismo y que posee profundas raíces en la antigua religión babilónica) y
los denominados falsos Sabianos, un grupo que floreció en Harran y sus alrededores (la
antigua Carrhae) en el siglo IX d.C. y adoptó el nombre de “Sabianos” para asegurarse
protección conjuntamente con cristianos y judíos que se hallaban bajo la ley islámica.
Estos sabianos, una secta gnóstica cuyas creencias eran una amalgama de prácticas
sirio-babilónicas y sirias antiguas, adoraban al zodíaco y oraban en el templo de la luna
en Harran.

Babilonia en la literatura europea

Una de las más antiguas referencias literarias a una ciudad mesopotámica proviene de
principios del siglo XIII y se encuentra en una historia universal moralizante, la Histoire
ancienne, compilada hacia 1210 por Rogier de Lisle. Este texto contiene una

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imaginativa descripción de Nínive (la actual Tell Kuyunjik, Nebi Yunus) basada en el
bíblico Jonás, fuentes clásicas y antiguas homilías medievales:
“Había cien puertas de bronce y cobre, que se cerraban y se abrían cuando uno quería,
cuatro hacia el este y cuatro hacia el oeste, que eran más imponentes. En éstas había
torres muy bien construidas, anchas y grandiosas, que se extendían hacia el cielo.”
(Citado en J. Sasson, Jonah, 1990, p. 224)
Ya en el siglo XVII, podemos referirnos a The Garden of Cyrus, de Thomas Browne
(1658). Aquí, en un estudio de las “delicias vegetales”, los “jardines floridos” de los
antiguos, Browne comienza con el “jardín original” plantado después de que el Arca de
Noé se asentara en “las montañas de Armenia”. Pronto llega a los jardines colgantes de
“Nabucodonosor” en Babilonia. En el capítulo 2 afirma que “la forma de Babilonia, la
primera ciudad, era cuadrada, y así será la última, según la descripción de la ciudad
sagrada en el Apocalipsis.” Nínive, sin embargo, de acuerdo a Browne, “era una figura
alargada en sus lados, de noventa y cinco octavos de milla de ancho y ciento cincuenta
de largo, haciendo así un perímetro de alrededor de sesenta millas, que es la medida de
tres días de viaje, según las marchas militares o los campamentos castrenses.”
De este modo, Browne no se apartaba del corpus principal de fuentes sobre la antigua
Mesopotamia: la Biblia, los autores clásicos y Josefo.
El interés en el Oriente y en su sabiduría creció con las primeras traducciones europeas
de Las Mil y Una Noches en francés (1704). Como es sabido, estos relatos están
impregnados de costumbres, personajes y mitos babilónicos (y del antiguo Cercano
Oriente en general). Más aún, también se habían publicado importantes trabajos
eruditos acerca de la religión persa: por ejemplo, la Historia religionis veterum
Persarum (1700), y posteriormente, la traducción del Avesta3 de Abraham Hyacinthe
Anquetil-Duperron (1771). El acceso al material del Cercano Oriente influyó en los
“cuentos orientales” de Voltaire, de los cuales se publicó Zadig en 1747. Esta novela,
un encantador e ingenioso relato, presagio de Cándido (que apareció doce años más
tarde), pretende ser una alegoría sobre la avaricia y las falencias de los contemporáneos
de Voltaire, en particular del clero. El relato sigue al ingenuo, aunque sabio Zadig
(¿Voltaire?) desde su juventud en Babilonia, donde era “versado en la antigua ciencia
caldea”, hasta su ascenso como rey después de su victoriosa ordalía de resolución de
enigmas ante el “Gran Mago.” La historia se apoya más en la sabiduría y en los
símbolos del zoroastrismo que en los de Babilonia, pero debajo de tales referencias, este
guiño del siglo XVIII hacia los “misterios del Oriente” evoca más que nada el espíritu
del Libro de Daniel y a su sabio héroe.
Voltaire escribió una novela, La princesa de Babilonia (1768), que abrevaba en los
relatos helenísticos que él conocía tan bien. La historia presentaba a “Belus, rey de
Babilonia”, “Nimrod, el gran cazador”, “el arco de Nimrod” (que era objeto de una
prueba para determinar quién era merecedor de la hija del rey, Formosante), “los
jardines de Semíramis”, y una tablilla de marfil con versos escritos en caldeo. También
tenían su papel “el sha de las Indias”, los “Gangáridas” (una raza invisible que vivía en

3 El Avesta, un conjunto de textos de contenido diverso, es el libro sagrado del zoroastrismo. Tuvo un
largo y complejo proceso de composición, similar al de la Biblia hebrea. Los estudiosos de las creencias
del antiguo Irán han considerado que los pasajes redactados en el dialecto llamado “viejo persa” – como
el Yasna 12 o “credo”- contienen la prédica original del profeta Zoroastro, quien habría vivido alrededor
del siglo VI en el norte de Irán. (N. de la T.)

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el río Ganges), “Cambalu, capital de China”, y los omnipresentes magos. Esta apoyatura
en el Oriente lleva a enmascarar el anticlericalismo de Voltaire y ofrece a los lectores
una velada y sarcástica historia de su época.
Aunque la elección de estos motivos por parte de Voltaire no es otra cosa que un disfraz
para su sátira, sus obras nos dicen, sin embargo, algo importante acerca del uso que los
escritores más famosos estaban haciendo de las entonces emergentes disciplinas
orientalistas.
La tragedia en cinco actos de Voltaire, Semíramis (1748), fue ampliamente traducida y
representada en su época. Se trataba de uno de los temas babilonizantes más populares
del período previo al desciframiento, basado en las leyendas de Ctesias sobre la reina de
Asiria, hija de la diosa Derceto, que asesinó a su segundo marido, Ninus. Se dice hoy
que la Semíramis histórica es Sammuramat, esposa del gobernante del siglo IX a.C.,
Shamshi-Adad V, quien reinó por cuatro años mientras su hijo Adad-nirari III era un
niño.
La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, de
Denis Diderot (1751) contiene definiciones referidas a “Babel” y “Babilonia o Babel”.
La primera recapitula los relatos de Génesis 10-11 y agrega fechas basadas en la
adopción literal de la cronología bíblica, tales como que la construcción de la Torre de
Babel comenzó en el año 1802 de la existencia del mundo. Más aún, cita la opinión del
gran clasicista Isaac Casaubon respecto de la confusión de lenguas relatada en Génesis
11. El artículo sobre “Babilonia” trataba sobre la ciudad histórica, describiendo su
ubicación física, la naturaleza de las ruinas, y demás características.
El ejemplo más famoso de literatura babilónica previa al desciframiento fue Hebrew
Melodies de Byron, en 1815. Entre los poemas se encuentran “Visión de Belshazzar”,
“Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos” y “La destrucción de
Sennaqerib”, que comienza “Los asirios descendieron como el lobo sobre el rebaño”.
Su obra de teatro Sardanápalo (1821) se basaba en Diodoro de Sicilia, como lo expresó
Byron claramente en el prefacio.
Voltaire, Anquetil-Duperron, Diderot y Byron escribieron en un momento importante
de la historia temprana del orientalismo, un movimiento que no carece de ironías ni de
contradicciones. Raymond Schwab ha demostrado que mientras Voltaire utilizaba
escenarios orientalizantes para desacreditar a la Biblia (como en El toro blanco),
Anquetil-Duperron, que era más representativo de muchos grandes orientalistas del
pasado y del presente, buscaba iluminar y convalidar los relatos bíblicos de la
antigüedad. Irónicamente, el propio descubrimiento y desciframiento de las grandes
lenguas del Cercano Oriente tuvo el efecto de llevar “hacia la crítica de los mismos
textos (bíblicos) que hasta entonces habían sido considerados como textos revelados.”
Todo este proceso creó, según Schwab, “una visión de innumerables civilizaciones de
tiempos lejanos, de una infinidad de literaturas; más aún, las escasas comarcas europeas
ya no eran los únicos lugares que habían dejado su huella en la historia” (citado por
Edward Said, Orientalism, 1978, p. 77). El impulso de utilizar materiales pseudo-
babilónicos, como se aprecia en Voltaire, de descifrar las lenguas cuneiformes un siglo
después, y de excavar las ciudades mesopotámicas un siglo más tarde, fue parte de este
mismo proceso de responder a los desafíos de la Biblia.
Joséphin Péladan

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Debemos mencionar aquí a una extraordinaria figura, poco recordada hoy en día, que
tuvo un significativo impacto en la vida cultural francesa de fines del siglo XIX, y que
incorporó información de los descubrimientos arqueológicos y epigráficos de la
Mesopotamia en sus obras literarias y de historia del arte: Joséphin Péladan. La gente
como Péladan vivía en una importante confluencia de los usos del antiguo Cercano
Oriente: por un lado, eran aún muy dependientes de las fuentes bíblicas y clásicas, y por
otro, comenzaban a utilizar los datos epigráficos y arqueológicos reales, recientemente
obtenidos. Sin embargo, es el exotismo del Oriente lo que aún domina su trabajo.
Péladan era una figura muy pintoresca, excéntrica y extraña, que alcanzó la fama como
dramaturgo, escribiendo y poniendo en escena dramas cuasi wagnerianos alrededor de
1890, un intelectual que se movía en los círculos de Gustave Moreau y J. K. Huysmans.
Místico antimodernista, Péladan elaboró una filosofía ocultista con la leyenda del Grial,
la mitología wagneriana y las antiguas tradiciones orientales. Este eclecticismo, sumado
a sus pretenciosos dramas, lo condujo a la burla y al ridículo. Péladan es aún muy
conocido en los círculos rosacruces, particularmente en Europa. Más aún, se está
examinando actualmente su influencia sobre el teatro simbolista francés, como también
sobre los surrealistas. Su impacto en estos dos movimientos parece hoy mucho mayor
de lo que se creía.
Su drama Babilonia (1895) fue elogiado por Sarah Bernhardt en su primera
representación; tiene personajes llamados El Zar Merodack, Sinnakirib y El Archimago
(que era una de las manifestaciones de Péladan). La obra El hijo de las estrellas (1894)
presentaba personajes llamados Gudea, OElohil e Izel. Los personajes de Semíramis
(1903-1905) incluían a Naram-Sin, Ourkam y Zakir-Iddin, además del personaje
principal. Péladan se autodenominaba Sar (probablemente del acadio sarru, “rey”)
Merodack (por el dios babilonio Marduk). Estudiaba los objetos mesopotámicos del
Louvre, leía la literatura asiriológica e interpretaba los descubrimientos a la luz de sus
teorías astrológicas y cabalísticas.

Influencia babilónica en el arte europeo

Un repaso de las influencias del arte babilónico sobre el arte europeo comienza con la
escultura románica de estilo animalesco que publicó en 1931 Richard Bernheimer y que
más recientemente estudiara Rudolf Wittkover. Los temas súmero-babilónicos - pares
heráldicos de animales, el señor de los animales, grifos y otros monstruos, animales
entrelazados y águilas cuyas garras se hunden en pares de animales ordenados
heráldicamente- aparecen en una cantidad de escenarios arquitectónicos de las iglesias
románicas, por ejemplo, en pórticos, capiteles y tímpanos. La ruta de transmisión de
estos diseños es a través de los textiles islámicos que tomaban motivos del arte sasánida,
que, a su vez, había revivido los originales súmero-babilónicos. Los escultores
románicos recibieron estas influencias de Bizancio y de Siria y trasladaron los diseños
desde la superficie plana de los textiles al relieve escultórico. De los numerosos
ejemplos presentados por Bernheimer, se puede mencionar la similitud entre las águilas
de la vasija de plata de Entemena, rey de Lagash, o el águila con sus garras hundidas en
los lomos de dos ciervos en el relieve de la placa de bronce de Tell al-Ubaid, un tema
similar en un tapiz islámico antiguo y un capitel de la iglesia de Saint-Pierre de Aulnay,
del siglo XI, en el que un águila clava sus garras en el pecho de dos leones.

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Más aún, Erwin R. Goodenough identificó una cantidad de motivos de origen
babilónico y mesopotámico que persistieron en el judaísmo post-bíblico y en los inicios
del cristianismo. Los mismos incluyen toros, águilas, grifos, liebres, leones, rosetas,
árboles, vino y agua, serpientes, símbolos astrales y el zodíaco. Puede asumirse que si
estos símbolos estaban abundantemente representados en el judaísmo y en el
cristianismo antiguo, tendrían también una profunda resonancia en la cultura europea.
De hecho, parece que tales influencias son identificables en el arte bizantino, carolingio
y románico, siendo el Irán sasánida y Siria los intermediarios principales. En palabras
de Luisa Marcucci y Emma Micheletti:
“Los fundamentos del arte bizantino se construyeron en Egipto, Asia Menor y Siria,
pero fue sólo en Constantinopla que adquirió un orden y una originalidad que permitió
que los motivos sirios, persas, egipcios y clásicos se combinaran y transformaran en
algo nuevo… La influencia oriental era poderosa, tanto estéticamente como en las
técnicas y los materiales.” (Medieval Painting, p. 13)
Entre los beneficiarios de estas influencias se hallaban el antiguo arte y el trabajo
artesanal irlandés, donde las tradiciones del trabajo del metal se transfirieron a la
ilustración de libros, como sucede con el Libro de Kells (inicios del siglo VIII d.C.) y
con los Evangelios de Lindisfarne. En el Libro de Kells, el monograma Xhi Rho está
decorado con pájaros y serpientes entrelazados, rosetas, círculos espiralados que
recuerdan los diseños de la cerámica de Samarra, y símbolos solares iluminados.
Dos de los motivos mencionados por Goodenough, el águila y la serpiente, aparecen en
tandem desde los tiempos más antiguos en el arte y en la literatura mesopotámicos, y
subsisten casi hasta la actualidad (por ejemplo, en un detalle del Matrimonio del Cielo y
el Infierno, de William Blake, 1793). Uno de los ejemplos artísticos más antiguos
citados por Wittkower proviene de un sello babilónico del tercer milenio a.C., en el que
un águila atrapa heráldicamente a dos serpientes. Uno de los ejemplos más famosos y
bellos del arte cristiano primitivo es el “Combate del Pájaro y la Serpiente”, de un
manuscrito del Apocalipsis del Beato de Gerona, probablemente iluminado por el monje
español Ende en el siglo X. Aquí, la imagen simboliza la derrota del demonio por parte
de Cristo por el bien de la humanidad. Una vez más, la influencia mesopotámica penetró
en Europa a través de alguna combinación de intermediarios sasánidas, árabes y
bizantinos. Wittkower escribe que
“el tipo oriental llegó a Europa directamente a través de Bizancio o con la migración
de los árabes en España. Esto explica la aparición de representaciones muy similares
en los manuscritos del Beato español de los siglos X a XII y en un relieve de la fachada
de la antigua Metrópolis en Atenas… Este tipo está fuertemente influido por los diseños
persas de época sasánida en vasijas de bronce y cuencos de plata, pero puede
rastrearse hasta los prototipos babilónicos del tercer milenio a.C.” (Allegory and the
Migration of Symbols, p. 33)

Otro rasgo notable del arte medieval y renacentista muy conocido, pero rara vez
relacionado con la antigua Mesopotamia, es el fenómeno del “Moisés con cuernos”,
famoso por la escultura de Miguel Ángel en San Pietro in Vincole, Roma. San Jerónimo
tradujo el hebreo qaran ‘ór panayw (literalmente, “la piel de su rostro formó cuernos”)
de Éxodo 34: 29,30 y 35 como cornuta esset facies sua, para expresar la fuerza y el
poder de Moisés. Mucho se ha escrito sobre los pasajes del Éxodo para argumentar a

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favor o en contra de la traducción “cuernos” o “luz”. Los estudiosos no han podido
llegar a una respuesta definitiva.
En todo caso, en la cristiandad medieval los cuernos llegaron a ser vistos como un
símbolo apropiado del poderoso profeta Moisés. Se encuentran representados en
numerosos manuscritos medievales iluminados. Éstos incluyen la Paráfrasis Aélfrica del
Pentateuco y Josué, del siglo XI, un manuscrito austríaco del siglo XII conocido como
la Biblia de Gebhardt, y la iluminación de “Moisés presentando la Ley” de la Biblia de
Bury (también del siglo XII). De esta manera, los cuernos se presentan como surgidos
solamente en el momento del encuentro de Moisés con Dios en la montaña sagrada. Los
cuernos de la cabeza de Moisés en la Paráfrasis Aélfrica recuerdan notoriamente el
casco con cuernos que usa Naram-Sin en su estela de victoria. Aunque no puede
establecerse en este caso una conexión directa entre la antigua Mesopotamia y el
cristianismo primitivo, me parece que es adecuado llamar la atención acerca de la
persistencia de una tradición de larga data, que aparece por primera vez en
Mesopotamia, de representar la divinidad o la influencia divina mediante cuernos.
Respecto del papel de las imágenes babilónicas en el arte europeo, nos encontramos en
terreno más seguro. Y aquí, el tema central es la Torre de Babel, que aparece en el arte
europeo desde épocas muy antiguas. Una pintura realizada en la bóveda de la nave de la
iglesia de Saint Savin-sur-Gartempe, de comienzos del siglo XII, muestra a los
trabajadores que llevan los ladrillos para construir la torre románica. Se pueden observar
torres similares en un sector parcialmente iluminado de alrededor de 1340, en la
Weltchronik de Rudolf de Ems y en una miniatura de Borgoña de aproximadamente un
siglo después, también proveniente de una Historia Universal. La tradición de una
enorme torre rectangular que se eleva en el medio de una ciudad renacentista, perdida
en un cielo nublado, empieza ya en el siglo XVI con Paul Bril, continúa con I. Van Der
Block y Hendrick van Cleve III, y se torna muy famosa a partir de las pinturas y
grabados de los dos Pieter Brueghel, el mayor de los cuales debía mucho a van Cleve.
En estas escenas, la bíblica figura de Nimrod es generalmente representada como la
fuerza impulsora de la construcción. Van Cleve lo muestra como un general romano,
dirigiendo a un arquitecto, mientras que Brueghel lo presenta como demasiado
insignificante como para lograr su objetivo. La Babilonia de van Cleve podría
impresionarnos como una futurista ciudad de fantasía, con fachadas de edificaciones
rectilíneas sobre una cuadrícula de amplias avenidas. Los modelos arquitectónicos para
estas torres de fantasía combinaban elementos góticos como entrantes y salientes y
recuadros en los ventanales, con la influencia de las ruinas del Coliseo romano.
Además, los artistas comenzaron a incorporar, a partir del siglo XIV, elementos
similares a rampas en sus Torres de Babel, que provenían de los relatos de visitantes
europeos que habían visto torres semejantes como la Malwiya, o minarete, de la Gran
Mezquita de Samarra en Iraq (construida a mediados del siglo XI d.C.). La Babilonia de
Breughel, por otra parte, es la Flandes de su tiempo, equivalente a Babilonia solamente
en su excesivo orgullo.
El final del siglo XVII fue testigo, en Nuremberg, de la publicación de un extraordinario
volumen en folios que contenía docenas de grabados en cobre excepcionalmente
interesantes. El libro, Umbständliche und eigentliche Beschreibung von Asia (1681),
realizado por el estudioso e impresor alemán Olfert Dapper, resume todo el
conocimiento disponible sobre el Cercano Oriente desde la antigüedad hasta la época
del autor. Dapper no era un viajero, sino un hombre excepcionalmente ilustrado que

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virtualmente devoraba las fuentes bíblicas, clásicas, medievales antiguas y renacentistas
y la literatura de viajes del Cercano Oriente. Sus descripciones de Babilonia están
acompañadas por los grabados en cobre de la ciudad, como también por la Torre de
Babel. Esta última representación se relacionaba estrechamente con las imágenes del
siglo XVI ya discutidas, pero introducía algunas innovaciones notables. La torre de
Dapper, que es similar a la de Brueghel, domina una floreciente ciudad-puerto
flamenca, donde se puede ver un puente que la conecta con la otra orilla del río. Se
observan galeones fondeados en la ribera, cerca de la torre.
El gran arquitecto austríaco del barroco, Johann Bernhard Fischer von Erlach, el
arquitecto del palacio de Schönbrunn de la monarquía Habsburgo en Viena, elaboró la
primera historia universal ilustrada de la arquitectura. Este trabajo, influido por mentes
tan diversas como Athanasius Kircher y Christopher Wren (a quien posiblemente
Fischer von Erlach conociera en una visita a Inglaterra), apareció en Viena en 1721 y en
Leipzig en 1725, dos años después de su muerte. El título nos da una idea de la meta y
de la visión que había detrás de la obra: Entwürff einer historischen Architectur4.
Contiene noventa grabados en cobre, la mayoría de los cuales fueron realizados por J.
A. Delsenbach según los dibujos de Fischer von Erlach. La lámina 3 del libro I presenta
a “Spectacula Babylonica”, el plano de la ciudad antigua de Babilonia según la
reconstrucción del arquitecto a partir de los escritos de autores clásicos (fig. 2). Como
ocurrió con otras reconstrucciones del plano de Babilonia previas al desciframiento que
se pretendían “científicas” (en comparación con las reconstrucciones más fantásticas ya
mencionadas), tales como la de Anthony Sherley, la ziggurat de Babilonia aparece en el
plano de Fischer von Erlach en su forma más corriente, como una estructura de ocho
niveles inclinada hacia adentro. Mientras que la torre de Sherley presenta ocho niveles,
la de Fischer von Erlach muestra siete pisos cuadrangulares, con el octavo terminado en
un mirador con una cúpula. Probablemente, este mirador representaría el santuario
ubicado en la cima de la ziggurat de Marduk, según la descripción de Heródoto.
Cualquier examen del papel y de la influencia de Babilonia sobre la pintura europea no
puede omitir la mención del estilo orientalizante del siglo XIX, que incluye la obra
épica, fabulosa y pintoresca de John Martin: por ejemplo, sus pinturas El festín de
Belshazzar (1820) y Caída de Nínive (1829), y sus grabados El festín de Belshazzar
(1826) y Caída de Babilonia (1831). Eugene Delacroix, el más famoso y representativo
de los pintores orientalizantes, pintó su Muerte de Sardanápalo en 1826-1827, bajo la
influencia y la inspiración clásica de Byron. La pintura de Delacroix abarca y simboliza
la mirada europea del Oriente, previa al desciframiento y a las excavaciones: lujoso,
sensual, indolente, pleno de ricas texturas, fabulosamente colorido y autoindulgente; en
resumen, la imagen paternalista del Cercano Oriente, poco realista, teñida por la
sexualidad, que continúa dificultando una visión honesta de la región.
Otro gran artista del siglo XIX, J. M. W. Turner, realizó trabajos en acuarela para
Ilustraciones de paisajes de la Biblia, publicado en 1836.
Los dibujos habían sido publicados en pequeños grupos entre 1833 y 1836. Para
representar con exactitud las escenas contemporáneas de las ruinas de Babilonia,
Turner, que nunca había viajado al Cercano Oriente, dependía de los dibujos de sir
Charles Barrys, quien visitó Iraq y otros países de la región a principios del siglo XIX
con el arqueólogo de Cambridge David Baillie.

4 Esbozo de una Historia de la Arquitectura. (N. de la T.)

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El primer artista europeo de renombre directamente influido en su obra por los objetos
mesopotámicos fue Gustave Courbet. Indudablemente, Courbet debe haber visto las
primeras esculturas del trabajo de Paul Emile Botta en Khorsabad exhibidas en el
Louvre en 1847, y también debe haber estado al tanto de los volúmenes de Botta
Monumentos de Nínive, que aparecieron a comienzos de 1849, y de los Monumentos de
Nínive de Sir Austen Henry Layard (1848-1849). Courbet se refería al “perfil asirio de
mi cabeza” en su pintura El taller del pintor (1854-1855). En otras pinturas, tales como
El encuentro (1854), y en la litografía Retrato de Jean Journet, incorporó la postura
imponente de Sargón II recibiendo a su visir, como lo mostraban los relieves del palacio
de Khorsabad. Se cree que su pintura de 1850, Regreso de la feria, puede haber estado
influida por las secuencias de los relieves asirios que mostraban seres humanos y
animales tal como se los ve en las publicaciones de Layard sobre los relieves de Nínive;
y en la pintura de Courbet Un entierro en Ornans (1849-1850) pueden rastrearse
influencias de las litografías de secuencias de relieves ubicados en la base de los muros
de Khorsabad, publicadas por Botta.

Influencia babilónica en la música occidental

La influencia de las miradas bíblicas y clásicas acerca de la antigua Mesopotamia no fue


importante en la música orquestal occidental. Las óperas y oratorios de inspiración
egipcia superan considerablemente a la babilónica. Belshazzar, “el más grande de todos
los oratorios” de Handel, fue ejecutado por primera vez en el Teatro del Rey, en
Londres, el 27 de marzo de 1745. Fue presentado tres veces más durante la vida de
Handel. El texto, de Charles Jennens, es un mosaico de fragmentos de Daniel, Jeremías,
Isaías, Heródoto y Jenofonte, pero el drama se refiere al plan divino para castigar a los
soberbios. Solamente en la primera representación se utilizó la pared del escenario para
mostrar la escritura misteriosa. El personaje principal del oratorio es Nitocris, la reina
madre, cuyo hijo es Belshazzar, rey de Babilonia. Se trata de una figura que recuerda al
justo Job, una madre sabia y amorosa, que cree en el dios de los judíos y brinda su
apoyo al profeta Daniel. Reflexiona sobre la finitud de todas las empresas humanas y
alienta a su hijo para que se arrepienta y siga los consejos del dios. Los tres grupos
étnicos5 del oratorio se distinguían musicalmente con claridad en sus coros: los judíos
se mostraban con una especie de severidad jerárquica, los babilonios, con un salvajismo
disoluto, y los persas, con una marcial confianza en sí mismos.
Mozart planificó una ópera, Semíramis, que aparentemente no terminó, basada en un
libreto de O. von Gemmingen e inspirada en el drama de Voltaire del mismo nombre.
La obra, que combinaría una música vívida y un lenguaje declamatorio, fue anunciada
en el Theater-Kalender de Gotha de 1779, pero nunca se ejecutó. La partitura, si es que
existió alguna, se ha perdido. También Beethoven planificó una composición dramática,
Die Ruinen von Babylon, sin duda para equilibrar la música incidental de Die Ruinen
von Athen, completada en 1811. La última ópera que Rossini escribió mientras estaba en
Italia fue Semiramide, representada por primera vez en Nápoles el 3 de febrero de 1823.
Gaetano Rossi se basó en la obra de Voltaire para redactar el libreto.

5 “Nacionales” en el original, término que consideramos anacrónico para los pueblos antiguos. (N. de la
T.)

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Hector Berlioz ganó el Premio de Roma en 1830 por su cantata La muerte de
Sardanápalo, de la que sólo subsiste un primer borrador. No fue el único en el siglo
XIX que concretó en una obra musical lo que Delacroix había capturado visualmente:
Franz Liszt escribió con ello una ópera (nunca llevada a escena) y también lo hizo Peter
Ludwig Hertel, cuya versión de ballet fue representada algunas veces en Berlín. El
propio Berlioz quedó tan impresionado por el poderío de las ruinas asirias que pudo
transformar en adjetivos los nombres de los sitios mesopotámicos famosos. En 1855,
confió a Liszt en una carta: “Te escribo para contarte que mi Te Deum se ejecutó hoy
con magnífica precisión. Fue colosal, babilónico, ninivita…” (Citado por Jacques
Barzun, Berlioz and the Romantic Century, vol. 1, 1969, p. 561).
La más famosa y perdurable de todas las obras ostensiblemente babilónicas en su
temática es, indudablemente, Nabucco, de Verdi. Denominado originariamente
Nabucodonosor, la tercera ópera de Verdi tenía un libreto escrito por Temistocle Solera,
quien lo había ofrecido en primer lugar a otro compositor, Otto Nicolai. Verdi acometió
esta tarea en un momento de fracaso y decepción personal, y su estreno en la Scala, en
la primavera de 1842, resultó extraordinariamente exitoso. El record de presentaciones
en la Scala en la temporada siguiente nunca ha sido igualado. La obra tuvo su estreno en
NuevaYork en 1848. Había sido concebida tanto por el libretista como por Verdi en un
tono profundamente patriótico y nacionalista. Esta era la época del Risorgimento
italiano, el período de convulsiones políticas que condujeron finalmente a la formación
del Reino de Italia bajo el rey Víctor Manuel II en 1861. Se dijo entonces que los coros
de los exiliados judíos en Nabucco y los similares coros de cruzados italianos en la
ópera de Verdi I Lombardi, de 1843, ocasionaron los primeros levantamientos e
insurrecciones en Lombardía y el Véneto.
Según Verdi, cuando leyó por primera vez las líneas de los hebreos desterrados (“Va,
pensiero, sull´ali dorate”), hoy uno de los más famosos y amados coros operísticos, se
conmovió profundamente porque los versos eran casi una paráfrasis de la Biblia, cuya
lectura siempre lo había deleitado.

La influencia oculta

Pese a todo lo dicho acerca de las relativas diferencias entre la continuidad y la cercanía
de las influencias egipcia y babilónica en la civilización europea, bien puede ser que la
babilónica, aunque mucho más sutil y difícil de diferenciar en la masa de rasgos
lingüísticos, religiosos e históricos que nos han llegado desde la antigüedad, pueda ser
la de mayor y más profundo impacto. El motivo es la poderosa influencia de la cultura
súmero-babilónica en la Biblia hebrea. Ya sea que dichas influencias se filtraran en la
sociedad israelita al menos en fecha tan antigua como el período neoasirio, o que
aparecieran en el prolongado período del exilio en Babilonia y se superpusieran
retrospectivamente sobre las tradiciones israelitas, el impacto permanece.
En la medida en que la Biblia hebrea ha influido en la civilización occidental - y su
influencia ha sido honda y de largo alcance – la cosmovisión que subyace en la sociedad
europea habrá sido profundamente afectada, aunque obviamente de manera indirecta.
Podemos postular un corpus de arquetipos: la creación inicial, el papel de la humanidad
en la naturaleza, la relación de la humanidad con la divinidad, las catástrofes

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primordiales, como el Diluvio; la naturaleza e influencia de un tipo específico de
liderazgo heroico y carismático (Gilgamesh- Nimrod), la realeza y la construcción del
imperio, la naturaleza y estructura de la vida urbana, y conceptos de arquitectura
monumental. Todos ellos se encuentran profundamente arraigados en la memoria
cultural de la sociedad europea y todavía se manifiestan en las artes, en la literatura y en
la política.

NOTA: En la presente traducción, para uso exclusivo de los alumnos de la cátedra, se


han omitido las notas al pie y las citas bibliográficas.

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