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SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE

Bahrani, Zainab (2003) The Graven Image. Representation in Babylonia and


Assyria, Filadelfia: University of Pennsylvania Press. Cap. 2: “The Extraterrestrial
Orient: Despotic Times and the Time of Despots”. Pp. 50-72. Traducción del inglés:
José Trusik, 2015.

EL ORIENTE EXTRATERRESTRE:
TIEMPOS DESPÓTICOS Y EL TIEMPO DE LOS DÉSPOTAS

[50] “Tal vez no hemos demostrado lo suficiente que el colonialismo no se contenta simplemente con imponer su dominio
sobre el presente y el futuro de un país dominado. No se satisface meramente con mantener un pueblo en su poder y vaciar
los cerebros nativos de toda forma y contenido. Con un tipo de lógica perversa, retoma el pasado del pueblo oprimido, lo
distorsiona, lo desfigura y lo destruye. Ésta labor de devaluación de la historia precolonial hoy toma un significado dialéctico.”
Frantz Fanon (1963:210)

“Nuestra familiaridad, no solamente con los lenguajes de los pueblos del Este, sino con sus costumbres, sus sentimientos,
sus tradiciones, su historia y religión, nuestra capacidad de entender lo que podríamos llamar el genio del Este, es la única
base sobre la que somos capaces de mantener en el futuro la posición que hemos ganado, y ningún paso a tomar para
fortalecer esa posición puede ser considerado como no merecedor de la atención del Gobierno de Su majestad o de un
debate en la Casa de los Lores.”
Lord Curzon, dirigido a la Casa de los Lores, 27 de septiembre de 1909
(citado en Said 1978:214)

Para 1909, la importancia de la producción de conocimiento para la empresa colonial


británica en el Este no está implícita en la retórica política, ni sutilmente expresada. La
necesidad de desarrollar los estudios orientales no fue pensada como un emprendimiento
esotérico académico. En palabras de Lord Curzon fue “una obligación imperial (…) parte de
la estructura necesaria del Imperio” (citado en Said 1978:214). La necesidad de este
conocimiento se destacó como una parte integral del proceso de colonización [51] que
facilitaría la continuidad de la autoridad europea sobre el Este. El desarrollo de la
arqueología mesopotámica y sus prácticas discursivas no pueden aislarse de esta empresa
colonialista durante este período. Tampoco puede separarse de la clásica narrativa
histórica occidental del progreso de la civilización, la cual fue necesaria para los fines de
una misión imperial civilizadora. En este capítulo sostendré que esta narrativa de
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civilización fue fundamentalmente dependiente de un discurso de alteridad que postulaba


una Mesopotamia como el pasado de la humanidad, y además mantendré que el
presencing1 de Mesopotamia a través de este discurso imperialista constituye la base
desde donde muchos arqueólogos mesopotámicos continúan para desenterrar lo que
cuenta como hecho histórico y para decidir según su aceptado modo de comprensión.
Primero, para ubicar la posición de Mesopotamia en la tradición histórica euroamericana,
consideraré las dimensiones de espacio y tiempo históricas como horizontes estructurales
para el marco de Mesopotamia. Segundo, argumentaré que este marco, el cual, en
palabras de Heidegger, “sirve como un criterio para separar las regiones del Ser”
(1962:61), no puede separarse de la abstracción cultural más comúnmente usada para
identificar Mesopotamia: el despotismo.
Las críticas postcoloniales de las formas totalizadoras del historicismo occidental
han señalado cómo el proceso del imperialismo no estaba limitado a la apertura de
actividades económicas y políticas de gobiernos occidentales en tierras colonizadas. Todo
un sistema de representación y clasificación a través de las artes y las ciencias fue
necesario para el éxito de la empresa imperial en el Este y en África (Said 1978, 1993;
Fabian 1983; Clifford y Marcus 1986; Dirks 1992; Pratt 1992; Bhabha 1994; McClintock
1995; Young 1995; Preziosi 1998). Las prácticas arqueológicas mesopotámicas deben ser
consideradas dentro de este sistema no solo porque esta área concierne una región que
fue de interés geopolítico para Occidente, sino por su lugar crucial en la metanarrativa de
la cultura humana. Algunos arqueólogos ya han señalado la práctica arqueológica como un
modo de presencing, abierto a la agencia humana, y por lo tanto no fijada en su propio
reino de datos empíricos (Hodder 1986, 1992; Hodder et al. 1995; Shanks y Tilley 1987).
Tal modo de presencing depende en gran medida de la producción de textos, pero este
aspecto de la arqueología ha recibido comparativamente poca atención y virtualmente
ninguna por los académicos de la Mesopotamia. La arqueología, igual que otras ciencias
humanísticas tales como la antropología y la historia, permitieron un mapeo europeo del
terreno subyugado de las otras. Mientras la etnografía representaba a los nativos
colonizados como salvajes que necesitaban la educación [52] occidental y cuya cultura
necesitaba modernización, la arqueología y sus prácticas proveían una manera de
clasificar el pasado de las tierras colonizadas.
La arqueología mesopotámica es una disciplina abocada a definir un pasado
particular, y una cultura particular de este pasado, y como en otras empresas
arqueológicas o históricas, dos de los componentes básicos de la estructuración de las
prácticas discursivas de esta disciplina son el espacio y el tiempo. Estas medidas

1 N.d.T.: Ver “Presencing - A social technology of freedom. Interview with Dr. Claus Otto Scharmer”. Published in Trigon
Themen, 2/2002.

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obviamente ontológicas no son neutrales en las prácticas arqueológicas. De hecho, si


aplicamos términos Heideggerianos, es dentro de esta estructura de espacio y tiempo
donde Mesopotamia fue revelada como Ser-en-el-mundo. Como fenómeno óntico, por lo
tanto, Mesopotamia está prefigurada por la estructura temporal de la narrativa
metahistórica europea. En otras palabras, como decidí mostrar aquí, Mesopotamia, tal
como los arqueólogos en general la conciben actualmente, es una formación discursiva.
La relación de poder en la praxis de la investigación arqueológica ha recibido cierta
atención en los últimos años. Cuestiones tales como la promoción de una interpretación
histórica sobre otra, o el enfoque en un sector de la sociedad a expensas de todos los otros
han sido confrontadas y discutidas en gran medida por muchos académicos. No es mi
intención en este ensayo el liberar el verdadero pasado mesopotámico del poder de la
representación occidental. Mejor, al analizar Mesopotamia como un fenómeno dentro del
discurso arqueológico y de la historia del arte, espero mostrar cómo una identidad
mesopotámica particular era requerida para la narrativa del progreso de la civilización
como un evento orgánico universal. Mi intención entonces es cuestionar el concepto
ontológico, o mejor dicho, óntico de la Mesopotamia tal como ha sido determinado por el
reciente discurso occidental y para considerar los componentes ideológicos de este
fenómeno. En otros términos, me gustaría abrir el campo de la investigación politizante en
la arqueología aquí para considerar Mesopotamia no como una entidad fáctica histórica y
geográfica esperando ser estudiada, excavada e interpretada de acuerdo a un modelo de
convenciones u otro, sino como un producto de la poética de una narrativa histórica
occidental. Espero demostrar que a través de la estructuración del tiempo y el espacio, y de
un discurso trópico o figurativo, Mesopotamia salga a jugar su rol crucial en la historia del
progreso de la civilización.
En la narración de un mundo pasado, la identidad mesopotámica surgió como una
forma de realización temprana de la humanidad civilizada (en otras palabras, occidental).
“La cuna de la civilización” es el epíteto metafórico que todo libro escolar asocia con
Mesopotamia, tanto en el Este como el Oeste, y es en esta cuna de la civilización donde la
civilización-cultura tuvo su infancia. Mi objetivo entonces es demostrar que esta cuna
cultural, como la [53] conocemos comúnmente gracias a la representación textual
arqueológica, es un producto de los esfuerzos europeos para llegar a término con un
dominio histórico problemático.
Hoy día, muchos académicos de la Mesopotamia continúan trabajando de acuerdo
a paradigmas de investigación establecidos en el siglo pasado, de acuerdo a lo imperativo
del imperialismo, a pesar de que afirman que la disciplina es científica, objetiva y libre de
cualquier afiliación mundial. Para ellos, las consideraciones de la relación entre política y
arqueología ha significado sólo dos cosas: interpretar los restos materiales y textuales del

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antiguo Iraq, primariamente como manifestaciones de propaganda política de los reyes


Babilónicos y Asirios y, más recientemente, señalar al régimen iraquí Baazista de usar el
pasado preislámico con propósitos propagandísticos. Nosotros, como académicos
mesopotámicos, no cuestionamos la naturaleza de nuestra disciplina, sus parámetros y
sus estrategias interpretativas. Como una avanzada actividad cultural y una disciplina
humanística, no nos cuestionamos su carácter o su presencia institucional. Ellos asumen
que el contexto colonial de su creación es irrelevante, a excepción de ser un evento
histórico distante y sin relación directa alguna. Ésta actitud no se limita a los arqueólogos
de origen occidental. No uso la palabra nosotros porque soy un académico de Oriente
Medio educado en el Oeste. Los arqueólogos del Este trabajan dentro de los mismos
parámetros y de acuerdo a los mismos modelos interpretativos que los arqueólogos de
Occidente, debido al hecho de que la arqueología es una disciplina europea que solamente
se instituyó en los países de Medio Oriente cuando estuvieron bajo dominio europeo. Sin
embargo, los arqueólogos mesopotámicos, a pesar de su nacionalidad, han tardado en
notar las circunstancias bajo las cuales ocurrió la constitución del campo de la arqueología
mesopotámica y cómo sus prácticas textuales han formado a la antigua Mesopotamia en
un área de conocimiento moderno. Esto es particularmente sorprendente en el caso de los
arqueólogos indígenas que han aceptado tan de todo corazón los métodos y estrategias
interpretativas de esta disciplina sin cuestionarlos.
En el nivel de lo abiertamente político e ideológico, la historia antigua y la
arqueología han sido áreas de disputas, como, por ejemplo, Palestina-Israel y Chipre. Sin
embargo, no son sólo esas historias y lugares geográficos las que pueden ser disputadas.
En este capítulo me gustaría definir y disputar otro terreno: el territorio conceptual que
actúa en la producción de la cultura occidental como narración. [54]

Espacio y tiempo despótico

“La arqueología, como todos los estudios que siguen el método científico, se basa en la comparación. Está constantemente
comparando lo desconocido con lo conocido, lo incierto con lo cierto, lo no clasificado con lo clasificado.”
Bernard Berenson (1948:230).

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el mito de Mesopotamia como el origen de la
civilización occidental se institucionalizó en la tradición humanista. Esta tradición puede
ser definida como el discurso teleológico metatemporal que se basa en el concepto de
cultura como un todo orgánico natural, uno que abarcaba la totalidad del mundo. El
modelo organicista presentaba la historia como un fenómeno natural integrativo e incluso
dependiente en gran medida de metáforas arbóreas en su narrativa (raíces, ramas,
floración y así). Así, la cultura humana era representada metafóricamente (y a menudo

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visualmente, en diagramas) como un árbol siendo sus raíces o brotes más bajos
Mesopotamia y Egipto (ver figura 2). Alternativamente, e incluso más usual, el progreso de
la civilización era descripto con el vocabulario del crecimiento de un organismo humano
con fases infantiles y maduras. El tiempo, en esta narrativa estructural, era visualizado
acorde a esta estructura orgánica y su potencial evolución. El pasado era visto como una
parte necesaria del presente de la identidad occidental, y su lugar en el desarrollo serial
del presente era de suprema importancia.

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Figura 2. Árbol de la Arquitectura por Banister Fletcher. De A History of Architecture (New York: Charles
Scribner’s Sons, 1905, primera publicación 1896).

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Michel de Certau (1988) ha definido el acto de la escritura histórica como una


perpetua separación y sutura del pasado y el presente. En el caso de Mesopotamia el corte
y la sutura no están limitados a la separación y adhesión del tiempo presente y pasado
como conceptos fenomenológicos abstractos. Este acto reconstructivo histórico ha cortado
a Mesopotamia de cualquier terreno geográfico en orden de unirlo a la narrativa histórica
occidental. En las descripciones de los manuales ortodoxos y estandarizados de la historia
de Medio Oriente, las culturas sumeria, babilónica y asiria no tienen conexión en absoluto
con la cultura de Iraq luego del siglo VII después de Cristo. En cambio, este pasado se
inserta en el árbol del progreso de la civilización, un progreso que por definición debería
excluir al Este, como su propia inteligibilidad se establece en comparación con otro. Este
otro puede cambiar, según lo requerido, lo exterior, lo loco, lo pasado y así sucesivamente
todos los grupos que pueden ser clasificados y estudiados mediante las ciencias sociales.
La alteridad del pasado oriental, sin embargo, juega un doble papel aquí. Es a la vez [56] la
fase más temprana de la historia universal de la humanidad donde el hombre da un
enorme paso del salvajismo a la civilización, y un ejemplo de la naturaleza inmutable de las
culturas orientales. Los aspectos duales de este papel pueden ser irreconciliables a
primera vista. Sin embargo, esta verdadera paradoja es la que verdaderamente revela el
lugar del pasado oriental como un dominio histórico-problemático, ambos “nuestros”, y
otros perteneciendo a la vez al progreso diacrónico de la civilización y al tiempo sincrónico
del Oriente.
En la escritura histórica, entonces, el pasado mesopotámico es el lugar de los
primeros pasos de la cultura mundial: los primeros escritos, leyes, arquitectura y todos los
otros “primeros” que se citan en cada manual de estudios y en todas las descripciones
populares sobre Mesopotamia. Estos principios de la cultura son entonces descriptos como
si hubiesen sido pasados, como una antorcha de civilización, al mundo grecorromano. Si
Mesopotamia es la cuna de la civilización, y la civilización debe ser comprendida como un
todo orgánico y universal, entonces ésta Mesopotamia representa la infancia de la cultura
humana. Alrededor del año 1830, incluso antes del comienzo de las excavaciones
científicas en el Cercano Oriente, las lecturas de Hegel sobre la filosofía de la historia
definieron esta área como el sitio de la infancia de la civilización humana (Hegel
1956:105). Los escritos históricos europeos han provisto un marco interpretativo en el cual
el desarrollo de la historia fue comparado al crecimiento de un organismo humano, y la
cuna de dicho organismo era el Este. Cuando los restos materiales mesopotámicos fueron
de hecho desenterrados en las décadas siguientes a las lecturas de Hegel, este modelo
evolucionario estaba firmemente establecido. Los hallazgos arqueológicos mesopotámicos
de entonces eran interpretados según un modelo preestablecido. Por el contrario, las
estructuras arquitectónicas, las representaciones visuales y textuales así como todo otro

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aspecto de la cultura eran usados para confirmar un modelo de progreso que había sido
establecido antes que esos mismos restos hayan sido desenterrados.
La organización temporal de esta evolución de la civilización humana colocó a
Mesopotamia en el distante pasado primigenio de la humanidad, un tiempo que es a la vez
“nuestro” (en otras palabras, los occidentales) y de una no tan civilizada y barbárica
civilización. Ésta ubicación temporal de Mesopotamia, también determina la organización
espacial requerida para que este sistema funcione. En términos geográficos, Mesopotamia
no será asociada con Iraq, ya que solo puede habitar un espacio temporal y no terrestre.
Por lo tanto, en este caso la voluntad de poder, que es a menudo volcada a la producción
de la historia, ha establecido como hecho histórico el desarrollo de cultura como una
carrera de relevo olímpica con su comienzo en un sitio que necesita pertenecer al reino de
Occidente, aunque su salvajismo nunca pueda ser totalmente aceptado.[57]
De cualquier manera, la narrativa histórica occidental no es un discurso coherente que
meramente usa al Este como los orígenes de la civilización para sus propios fines políticos,
en el sentido de apropiación de la tierra, de la historia, o de su afirmación de superioridad
moral y cultural; tampoco el antiguo Oriente aparece dentro de esta narrativa como una
simple representación de alteridad. El ejercicio del poder a menudo puede funcionar
conscientemente en el nivel de la política. Pero al mismo tiempo, el discurso académico,
como aparato de poder, con su metafórica y retórica, es una matriz en la cual el deseo
inconsciente también se manifiesta sintomáticamente a sí mismo. Entonces, la
representación del antiguo Cercano Oriente en la narrativa histórica occidental no está
limitada a la apertura de la comparación y jerarquización racial a través de un tiempo
linear; es también una forma de control y fijación de ese tiempo extraño, aterrador e
irreproducible: a la vez nuestro y de los Otros.
En términos sencillos, si los primeros signos de civilización hubiesen sido
desenterrados en una provincia otomana habitada primitivamente por árabes y kurdos,
¿cómo hubiera sido esto reconciliado con la noción europea del progreso de la civilización
como un todo orgánico? La civilización tuvo que haber sido pasada de la antigua
Mesopotamia y Egipto a Grecia. Por lo tanto, los habitantes contemporáneos de ésta zona
tuvieron que ser disociados de este pasado, y este indomable período antiguo fue
acarreado al desarrollo lineal de la civilización. Sin embargo, como un tipo de pasado
europeo primitivo, fue también interpretado al mismo tiempo como una era de despotismo
y decadencia, y paradójicamente, las nociones orientalistas de la cultura, sistemas de
gobierno y economía del Este decimonónico fueron retroproyectadas en el tiempo y
aplicadas también a Babilonia y Asiria. Desde dentro de esta matriz, el ingobernable
pasado despótico continúa resurgiendo en el lenguaje descriptivo y los métodos
interpretativos.

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La estructuración del tiempo histórico no es solamente un dispositivo teleológico.


Es mi idea el mostrar que este marco temporal es necesario para las operaciones de la
taxonomía, la cual, como Edward Said y muchos otros han demostrado, fue tan crucial para
el proyecto colonialista. A menudo ha sido dicho que en el proceso evolucionario de la
civilización, la cúspide es equivalente a Occidente. Incontables textos de la tradición
histórica occidental describen como la civilización pasó del Cercano Oriente a través de
Grecia y Roma al Occidente moderno, y esta construcción será difícilmente un punto de
controversia por más tiempo. Sin embargo, es mi creencia que este tiempo unilineal
también actúa como un aparato organizador para la taxonomía de sistemas políticos que
están alineados racialmente a culturas pasadas particulares, que son a su vez vistas como
los pasos desarrolladores del organismo cultural humano. [58]
Según Montesquieu, el llamado fundador de la ciencia política, hay tres tipos de
gobierno: la república, la monarquía y el despotismo. La república fue el gobierno ideal en
la antigüedad clásica y la monarquía lo fue en Occidente. El despotismo, de acuerdo a
Montesquieu, es el gobierno de la mayoría de los países asiáticos, y como Louis Althusser
lo señaló, la primera característica del despotismo en la definición de Montesquieu es el
hecho de que es un régimen político que no tiene estructura, ni leyes y carece de cualquier
espacio social. El despotismo es el gobierno de tierras extremas con climas voraces, y
(como afirma Althusser) la ubicación de estos regímenes ya sugiere el exceso de los
mismos. En el sistema de Montesquieu, el despotismo es el último de los avances de los
gobiernos. Es decadencia y deterioro, incluso una degradación de la política en sí, y el vio
este despotismo existente en el Oriente de su época. Sin embargo, este despotismo, por su
propia naturaleza atemporal, fue siempre el gobierno del Oriente estático e inerte y su
cultura no progresiva. El despotismo es, entonces, lo primero y lo último en el sistema de
desarrollo de la política. Montesquieu representa al despotismo como “la abdicación de la
política en sí”, de ahí su carácter paradójico como un régimen político que no existe como
tal, pero que es la constante tentación y peligro de otros regímenes (Althusser 1972:82).
De acuerdo a la descripción de Althusser de la caracterización de Montesquieu, el
despotismo es “espacio sin lugares, tiempo sin duración” (Althusser 1972:78).
La cualidad atemporal del despotismo explica entonces cómo últimamente los
déspotas de Medio Oriente pueden converger con un mundo pasado primitivo (por ejemplo,
en Lewis 1996). Mesopotamia, por lo tanto, existe dentro del tiempo despótico como un
tiempo mítico de despotismo o un ingobernable y malformado pasado de la civilización. He
discutido esta abstracción en otra parte (Bahrani 1995) y me referiré a ella más adelante;
como sea, aquí primero me gustaría enfocarme en cómo el proceso de nombrar la región
en cuestión fue tan indispensable para su ubicación dentro de la narrativa cultural

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occidental. Porque, como hemos aprendido de los antiguos mesopotámicos, una cosa no
existe hasta que es nombrada.

Nombre y Ser

“Cuando, en lo alto, el cielo no había (todavía) sido nombrado


(y) debajo la tierra todavía no había sido llamada por su nombre.”
Primer verso de la Epopeya Babilónica de la Creación. [59]

El temprano interés europeo en los restos de las antiguas ciudades de Babilonia y Asiria
surgió del deseo de validación de la Biblia como un documento histórico preciso. Tan
temprano como en el siglo XII d.C., viajeros occidentales como Benjamín de Tudela y
Petahiah de Ratisbon intentaron identificar los restos de las ciudades mencionadas en la
Biblia Hebrea cerca del área de la ciudad de Mosul, en el norte de Iraq. Sin embargo, no
fue hasta los siglos XVII y XVIII que un puñado de viajeros europeos empezaron a registrar
sus intentos en la identificación de sitios antiguos, a veces con ilustraciones de los mismos
acompañando las descripciones. Las primeras expediciones o misiones arqueológicas en
Mesopotamia comenzaron a mediados del siglo XIX. En este tiempo ciertos términos
surgieron para ser aplicados a esta locación geográfica: Mesopotamia y Cercano y Medio
Oriente. Mientras que los dos últimos nombres eran originalmente intercambiables y
abarcaban una gran región geográfica, Mesopotamia se instituyó como el nombre de la
civilización preislámica de la región que bajo el dominio otomano fue conocida como Iraq.
Este nombre, Iraq, ha sido usado por mucho tiempo por los habitantes locales de la región
desde la época de los escritos del geógrafo Yakut al Rumi (nacido en el 1179 d.C. / A.H.
575) y de las primeras descripciones de la región por Ibn Hawqal en el siglo X d.C. (300-
400 A.H.). Un mapa dibujado por al Idrisi en el 1154 d.C., claramente designa la zona como
al-Iraq (ver figura 3). No obstante, la mayoría de los estudiosos de la antigüedad del
Cercano Oriente creen que la palabra Iraq es un término post otomano. Por ejemplo, en un
libro publicado en 1995, Henry Saggs afirma que los arqueólogos no deberían usar la
palabra Iraq porque “tiene matices políticos y nacionalistas que la hacen inapropiada. Un
nombre clásico y más relevante para la región es Mesopotamia, un término de origen
griego, cuyo significado es entre ríos” (1995:7). Saggs y muchos otros especialistas en la
Mesopotamia parecen desconocedores de la historia del término Iraq, y de que la palabra
Mesopotamia es de hecho una asignación británica rescatada del uso tardío helenístico y
romano de la misma (los textos griegos clásicos usan en realidad el término Babilonia).
Mientras que el término Iraq de hecho designa a un moderno estado nacional en nuestros
días –un estado nación que ciertamente ha usado la arqueología para sus propias
necesidades políticas- la presentación de los académicos del Cercano Oriente de

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Mesopotamia como un término más relevante y apolítico puede decirse que sirve a otro
tipo de intereses políticos.
Los términos Medio Oriente y Cercano Oriente comenzaron a usarse en Europa y en
Norteamérica a modo de identificar más claramente la vasta zona geográfica que
anteriormente había sido referida simplemente como Oriente, un área que abarcaba
prácticamente la totalidad de Asia y el norte de África. En orden [60] de distinguir qué era
lo que estaba cercano a Europa, en una época en que el interés europeo en ésta vasta
área se intensificaba, una definición más acertada de con lo que Europa estaba tratando
se hizo necesaria. El término Cercano Oriente, el cual fue aplicado en principio a finales del
siglo XIX, pronto fue de uso general. De cualquier manera, ha sobrevivido hasta hoy ante
todo como una designación para el mismo lugar geográfico en el período preislámico,
llamado Medio Oriente. Esto es especialmente cierto en la literatura acadé-

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Figura 3. Mapa del mundo por al Idrisi, 1553 d.C. (A.H. 960) de un original de 1154 d.C. (MS. Pococke 375).
Permiso de la Biblioteca Bodleian, Universidad de Oxford.

mica producida en los Estados Unidos. El nombre Medio Oeste fue acuñado en 1902 por el
historiador [61] naval norteamericano Alfred Thayer Mahan, para quien el centro de esta
región, para propósitos militares estratégicos, era el Golfo Pérsico (Mahan 1902; Lewis
1994). De esta manera fue hecha una distinción entre la región antes y después del
advenimiento del Islam, lo que implicó la muerte de una civilización y su reemplazo y
erradicación por otra. En esta organización disciplinar el término que convirtió en el nombre
aceptable para Iraq en el período preislámico es Mesopotamia. El renacimiento del nombre
aplicado a la región en la tradición clásica europea vino a cimentar la posición babilónica y
asiria en la narrativa histórica occidental de la civilización como las remotamente mal
formadas, o parcialmente formadas, raíces de la cultura europea, la cual tiene su cúspide
en la floración de la cultura occidental, y por último, el moderno y autónomo hombre de
Occidente. De esta manera, el término Mesopotamia se refiere más a una entidad
temporal que a una geográfica, la cual es, en palabras de A. Leo Oppenheim, una
“Civilización Muerta” (1977). Esta civilización tuvo que ser disociada, de nombre, de los
habitantes locales y de la cultura contemporánea a fines de facilitar la presentación de la
historia de la civilización humana como un proceso evolucionario único con su resultado
natural e ideal en el Occidente moderno.
Bernard Lewis afirma que solamente “dos de los pueblos activos en el antiguo
Medio Oriente han sobrevivido con una memoria e identidad continuas y con un gran
impacto en el mundo. Los griegos y judíos todavía son griegos y judíos y todavía hablan
griego y hebreo; en estos antiguos pero aún vigentes idiomas, ellos han preservado obras
inmortales de religión y literatura, las cuales han pasado al patrimonio en común de la
humanidad” (1994:10). Por lo tanto, de acuerdo a este punto de vista comúnmente
sostenido, la antorcha de la civilización fue pasada de Mesopotamia a Europa a través de
las dos etnias orientales aceptadas para Occidente: griegos y judíos. Paradójicamente, en
las dos fuentes principales de la narrativa cultural occidental –los textos clásicos y la Biblia-
los asirios y babilonios, y sus sucesores, los persas, son el extranjero hostil, presentando
una amenaza constante a la libertad política de la democracia y a la adoración del
verdadero Dios. Las expediciones más tempranas a Mesopotamia, entonces, eran
inequívocas al definir los propósitos de su misión. Desde que se pensó que la civilización
humana se originó en Mesopotamia, y que fue transferida del Este al Oeste, las dos
justificaciones para las expediciones arqueológicas fueron expresadas repetidamente
como motivos de la búsqueda de las raíces de la cultura occidental y para localizar los
lugares referidos en el Antiguo Testamento.

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Esta ansia de desasociar el pasado de la región de su presente y [62] presentarlo


en cambio como un estadío primitivo en la evolución de la humanidad facilitó el concepto
de Mesopotamia como dominio legítimo de Occidente, tanto en sentido histórico como
geopolítico. La separación y división de culturas (sumeria, babilónica y asiria) y la exclusión
de la historia posterior de la región fue exitosamente articulada a través del acto del
nombramiento. Además, las dimensiones de espacio y tiempo de esta metanarrativa de
civilización establecieron a Mesopotamia como una entidad temporal efímera, una en la
que afirmo posicionar a Mesopotamia en el cruce de una latitud y longitud que no tienen
lugar en la cartografía, y que puede ser definida apropiadamente como extraterrestre.
Mesopotamia estaba fuera de los límites de fronteras geográficas, existiendo en el tiempo
pero no en el espacio, o más bien, en un tiempo despótico por su sospechosa ubicación y
duración. De esta manera, Mesopotamia es “espacio sin lugares, tiempo sin duración”,
coincidiendo así en la definición de tiempo despótico de Althusser. Mesopotamia, como el
Oriente extraterrestre, es entonces un no-lugar, como siempre que una tierra colonizada es
terra incognita o terra nulla en las descripciones coloniales de conquistas geográficas,
disponible para la colonización como el sitio de los comienzos de la identidad occidental, y
en un nivel más práctico, para el verdadero interés imperial europeo en el área.
La estructuración del tiempo histórico, de acuerdo a Mikhail Bakhtin, permite la
superación de lo inexplicable y lo aterrador (1986:34), ambos, como señala Homi Bhabha,
son aspectos de lo desconocido (1994:143). Así, la estructuración del tiempo histórico
también habilita la alteridad del pasado semisalvaje oriental para ser controlado y
corregido a través de su autoridad. Lo que está fuera de la frontera espacio-geográfica y de
la identidad cultural en traído de esta manera dentro de los límites cohesivos de la
tradición occidental, su extrañeza transformada casi en igualdad a través de esta
incorporación. De cualquier manera, la alteridad y desenfreno de este despótico antiguo
Oriente continúa resurgiendo dentro del discurso de la arqueología mesopotámica en su
lenguaje descriptivo y sus paradigmas de interpretación.
La adquisición de monumentos y obras de arte que se embarcaron a Londres, París
y Berlín en el siglo XIX no fueron vistas solamente, o incluso primeramente, como la
apropiación de artefactos históricos de Iraq, sino como los restos de un mítico pasado pre-
europeo. Los restos culturales mesopotámicos desenterrados en los primeros días de la
exploración arqueológica, servían entonces para ilustrar cómo el moderno Occidente había
avanzado de este estado evolutivo, y que los relatos bíblicos eran ciertos, así como que el
Dios judeocristiano era el verdadero Dios. Sin embargo éstas fueron las únicas
necesidades que dictó el esfuerzo arqueológico en Mesopotamia. Y más importante, [63]
los conceptos europeos que formaron Mesopotamia no se limitan a los primeros días de
trabajo arqueológico en la región. Es mucho más importante notar que la construcción de

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una Mesopotamia dentro del discurso del colonialismo del siglo XIX no es cosa del pasado.
La estructura de esta disciplina colonialista continúa al día de hoy, prácticamente sin
cambios, y permanece casi incuestionable.
Un nuevo y preocupante desarrollo en el ámbito académico de Cercano Oriente, es
la moda reciente de títulos que refieren al nacionalismo, colonialismo e imperio (ver, por
ejemplo, ponencias en Gunter 1992; Larsen 1996). Estos trabajos son presentados como
investigaciones de los orígenes coloniales de la disciplina, aunque continúan sosteniendo
que no existe relación entre el desarrollo de la disciplina y las órdenes políticas del imperio
a pesar del hecho de que los estadistas y políticos del siglo XIX describieron repetidamente
a la arqueología y la antropología como indispensables para la construcción del imperio.
Igualmente, numerosas publicaciones han aparecido en años pasados con títulos que
prometían una investigación de la política y la práctica de la arqueología, pero al leerlos,
uno se da cuenta que la asociación de nacionalismo, política y arqueología es en las
mentes de los académicos, un fenómeno limitado a condados de Medio Oriente y Europa
oriental. Hay una pequeña discusión sobre el uso del pasado por parte de Occidente, y no
hay mucho interés en cómo la posición de un arqueólogo occidental acercándose a una
cultura desconocida puede o no estar relacionado al objeto de estudio. Nuevamente, tal
vez es necesario aclarar que no estoy en contra de los argumentos presentados por estos
académicos en relación a los usos políticos del pasado en países de Oriente Medio o
Europa oriental. Este es el caso más frecuente en el que no lo estoy. Lo que encuentro
extraordinario es que estos mismos investigadores no ven procesos similares en su propia
tradición, incluso cuando se dirigen directamente a las cuestiones del imperio.
Entre el 30 y el 31 de marzo de 1990, una conferencia titulada “La construcción
del Cercano Oriente antiguo” fue dictada en la galería Arthur M. Sackler del Instituto
Smithsoniano en Washington, D.C. (Gunter 1992). A la fecha, este es el compromiso más
reciente y comprensivo de los académicos de la antigua Mesopotamia con los problemas
del imperialismo y el orientalismo, y con la construcción del campo de la arqueología
mesopotámica durante la cúspide del imperialismo occidental. Sin embargo, los
colaboradores sorprendentemente se limitaron solo a los trabajos en el campo de los
estudios del Cercano Oriente antiguo –tanto publicaciones como excavaciones y
financiación- de Europa y Norteamérica pre-Segunda Guerra Mundial, y sostuvieron que el
campo todavía no ha sido corrompido por ningún interés de poder político. Matthew Stolper
parece ser la excepción cuando dice “La historia literaria e intelectual europea, [64] que
dio forma al estudio del Cercano Oriente antiguo no debe separarse de la historia política”
(1992:20). Mas significativamente, sin embargo, aunque los colaboradores refirieron a la
construcción de la disciplina durante el período del imperialismo occidental, el mayor
consenso parece ser que la arqueología del Cercano Oriente es la “hijastra del

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
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imperialismo”, teniendo por lo tanto solo una relación indirecta con este, y nunca haber
sido usado como una herramienta de poder imperial. Una lectura de las ponencias
presentadas en esta conferencia indica que el silencio en los estudios mesopotámicos con
respecto al contexto colonial de la disciplina no es un descuido. Esta cuestión de hecho ha
surgido, pero también fue rechazada.
Exactamente un año luego de la conferencia en el Smithsoniano, en la junta anual
de la Sociedad Oriental Americana en 1991, la organización votó en contra de firmar una
carta en condena del bombardeo aliado de sitios arqueológicos iraquíes porque el
consenso fue que la sociedad debía permanecer políticamente neutral. En julio de 1997,
en la reunión del Encuentro Internacional Asiriológico en Venecia, la organización repitió su
renuencia de participar al rechazar la firma de una carta de propuesta a la UNESCO
(Organización Educacional, Científica y Cultural de las Naciones Unidas) pidiendo la
protección del patrimonio cultural iraquí. Así, el mito de la arqueología del Cercano Oriente
antiguo y sus prácticas de bienestar general por encima de la esfera de la política
continúan al día de hoy. Mientras las conferencias tales como la organizada en el
Smithsoniano y los artículos escritos por un puñado de académicos intentan
comprometerse con los problemas del orientalismo y el colonialismo, estos esfuerzos,
especialmente en el área de la arqueología mesopotámica, han sido limitados a la
documentación histórica positivista de los orígenes de la disciplina de fines del siglo XIX y
principios del XX. No ha habido compromiso con los problemas tales como la
representación, la interpretación cultural, o los paradigmas prevalentes del discurso, cosas
que han sido las mayores áreas de enfoque en disciplinas académicas relacionadas. Por lo
tanto, si bien ha habido cierta preocupación con la recopilación de los eventos ocurridos en
los primeros días de la arqueología de Mesopotamia, se ha producido una decidida falta de
cuestionamiento de la (internalizada) estructura de la disciplina y sus prácticas. La retórica
de objetividad y realismo todavía sigue operativa en la arqueología mesopotámica. Sin
embargo, lo que es igualmente desconcertante es que ahora ésta objetividad es a veces
presentada bajo la apariencia de acercamientos post-coloniales políticamente correctos,
los cuales son alternativas para la corriente hegemónica del discurso.
La incorporación superficial del vocabulario de la disidencia de los márgenes en el
discurso del centro, sin conciencia o una reevaluación de las fronteras epistemológicas de
la disciplina [65] sólo sirve para neutralizar y desviar, permitiendo así al sistema central de
la práctica permanecer dominante y efectivo. La palabra hegemonía, en el sentido de
Gramsci, no es ideología y manipulación. La hegemonía constituye los límites del sentido
común para los pueblos, e incluso forma un sentido de realidad. Así, las vagas referencias
al orientalismo y al imperialismo en el discurso contemporáneo de la arqueología
mesopotámica sólo han servido para validar es status quo y preservar los convencionales

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE - FHUC - UNL

límites epistemológicos del campo. Parece que un principio de exclusión silenciosa está
operando, al ingresar algún verdadero punto de vista opuesto, a través de la adopción de
su vocabulario, en el discurso central dominante. Por lo tanto, este mimetismo y la
subsecuente neutralización de términos contrahegemónicos dentro de los parámetros de
la hegemonía son señuelos de los que atraen un posible peligro a la integridad de la
disciplina, al desviar toda realidad de oposición.
Mesopotamia, entonces, con su sentido de manifestación del pasado de la
civilización, sigue siendo un fenómeno tomado como hecho histórico. Si vemos a
Mesopotamia como un phainomenon en el verdadero sentido griego de lo que se
manifiesta a sí mismo, lo que es manifestado, entonces debemos tener en cuenta que
phainomenon, por otra parte, es también aspecto: la apariencia de algo que se hace
conocer pero que también oculta algo de sí mismo en esa verdadera apariencia. En otras
palabras, es una manera distintiva en la que algo puede ser encontrado (Heidegger
1962:24-35). Mesopotamia es la manifestación del remoto pasado de la civilización. El “sí
mismo”, el cual puede ocultarse en este aspecto, aún no posee nombre, incluso si hemos
de asumir que alguna realidad se mantiene por debajo de este phainomenon. Sin embargo,
si la expresión del nombre es el hermeneuein a través del cual se accede a una identidad
propia, como la ontología tradicional occidental sostiene, o si el nombre, como creían los
mesopotámicos, crea el ser, la arqueología debe considerar sus propias taxonomías y los
procesos de identificación y categorización que éstas requieren.

El tiempo de los déspotas

“Entstellung, traducido como “distorsión” o “transposición”, es lo que Freud mostró como la precondición
general para el funcionamiento del sueño, y es lo que he designado arriba, siguiendo a Saussure, como el
deslizamiento del significado bajo el significante, lo que siempre está activo en el discurso (su acción, notemos,
es inconsciente).”
-Jacques Lacan (1977:160). [66]

Una vez identificada y ubicada dentro de la matriz occidental de pensamiento,


Mesopotamia como la cuna de la civilización comienza a ser reducida a características que
eran identificables por, y reconocibles para, la investigación (científica). Una cantidad de
poderosas abstracciones, no como esas de las que los etnógrafos se valían en orden de
llegar rápidamente al corazón de una cultura, dibujó un diagrama para las prácticas
arqueológicas mesopotámicas. Los componentes de este marco consistieron en
identidades esenciales del Este a las cuales los académicos exigentes podían acceder a
través de la investigación objetiva en todos los ámbitos de la cultura. No obstante, si
analizamos esta investigación de “valor neutral” al nivel de la descripción mimética de los
datos, podemos ver que la distorsión creativa inherente en toda mimesis, como Aristóteles

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE - FHUC - UNL

lo describe, forma un modo dominante del discurso. Además, este modo discursivo es
fuertemente dependiente de la prefiguración de los tropos maestros de la metáfora, la
metonimia y la sinécdoque para la prosaica imagen mimética de antigüedad.
En la metáfora, la cual es literalmente transferida, se utiliza una figura retórica en
la que un nombre o palabra descriptiva se transfiere a un objeto o acción a través de una
analogía o similar.
La metonimia (cambio de nombre) funciona por medio del desplazamiento. La parte
de una cosa puede ser sustituida por el todo, causa por efecto o agente por acto, mientras
que la sinécdoque (considerada por algunos como una forma de metonimia) usa una parte
para simbolizar una cualidad presumida inherente en la totalidad. Sinécdoque y metonimia
pueden ser vistas como tipos de metáforas; no obstante, cada una difiere en el efecto que
tiene en el nivel figurativo. Hayden White describe a la metáfora como representacional, la
metonimia como reduccionista y a la sinécdoque como integrativa (1973:34). Este último
tropo permite la reconstrucción de la totalidad desde una parte, de una manera que
permite el acceso a la cultura tal como si fuera un holograma en el cual cada parte
contiene el todo.
La principal abstracción recurrente en las prácticas textuales de la arqueología
mesopotámica es la del dominio despótico. Operando dentro de las fronteras retóricas y de
los significantes procesos de esencialización de la metonimia y la sinécdoque, los
académicos han identificado además a la Mesopotamia despótica como un hecho
histórico, y es esta abstracción de despotismo la que ha permitido asumir a Mesopotamia
su posición de no-lugar. La representación de Mesopotamia como una entidad despótica
se encuentra en todo tipo de interpretación arqueológica referente a esta cultura, de la
producción agrícola a la religión, y recurre repetidamente en descripciones de las artes y la
arquitectura. Decadencia, violencia, inercia y exceso, todas características de lugares
despóticos en la clasificación de Montesquieu, son abstracciones con las cuales la cultura
[67] mesopotámica es representada. Aquí, señalaré cómo el despotismo resurge en forma
de metáfora, metonimia y sinécdoque en las descripciones de las tradiciones estéticas y
los géneros artísticos de la cultura de Mesopotamia. Un ejemplo temprano es visto en los
escritos de James Fergusson, el arquitecto e historiador de arquitectura, quien trabajó con
Austen Henry Layard en reconstruir los palacios asirios: “Khorsabad formó un período de
decadencia en el arte asirio (…) pero esto es aún más sorprendente cuando adelantamos
ocho siglos y llegamos a Persépolis, la cual es tan inferior a Khorsabad como ésta lo es a
Nimrud. En Persépolis, los artistas no parecen haber igualado el intento de representar una
acción, e incluso siquiera de un grupo. No son nada sino largas procesiones de
bajorrelieves formales de tipo real.”. En este pasaje, la decadencia y la inercia repetitiva
son características de una arquitectura que es definida metafóricamente por nosotros, en

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE - FHUC - UNL

términos de Montesquieu, como despótica. Tal punto de vista, publicado en Londres en


1850, durante el período de expansión colonial británica en el Este, no debería
sorprendernos. Sin embargo hoy, las abstracciones trópicas de decadencia, repetición,
inercia y despotismo aparecen bastante seguido en las descripciones de la cultura material
mesopotámica. En las dos décadas pasadas ha habido una serie de artículos y libros sobre
el arte palatino asirio que se han enfocado en su función como ideología de estado. Al
principio, los mensajes propagandísticos en los relieves de los muros fueron estudiados por
Irene Winter (1981) en un perspicaz artículo que consideraba la ubicación de imágenes
dentro del espacio arquitectónico. Esta idea luego fue tomada por otros y extendida a todo,
desde simples objetos a estructuras arquitectónicas completas.
Siguiendo este método, un edificio completo, Sennaquerib, Palacio sin Rival, puede
ser descripto como una estructura propagandística opresiva:
La decoración del “Palacio sin Rival” de Sennaquerib fue así una respuesta y una
expresión a una serie de oposiciones aliadas. Su audiencia consistía en locales y extraños:
asirios y extranjeros, residentes y visitantes del palacio. Los medios son textos e imágenes,
cada uno explotado con un claro conocimiento de sus poderes y limitaciones, cada uno
mostrando marcadas innovaciones cuando se comparan con ejemplos de los predecesores
de Sennaquerib. Los sujetos son los logros civiles y militares de Sennaquerib, contrastados
y balanceados tanto en los textos como en las imágenes. Y el mensaje –expresado en los
relieves y en los textos que se muestran en el toro coloso- era que los objetivos de
Sennaquerib eran dobles: el mantenimiento de las fronteras del imperio y la creación de un
centro. En el programa decorativo del palacio de Sennaquerib, estos dobles objetivos
estaban inextricablemente entrelazados, como que los pueblos no sumisos de la periferia
del imperio sirvieran como mano de obra para la construcción del palacio en su centro,
mientras que el palacio, en su impresionante magnificencia, sirviera a su vez para reducir a
los posibles alborotadores a la sumisión. (Russell 1991:267) [68]
Entonces, de acuerdo a esta interpretación, el palacio en sí, incluyendo al edificio,
su toro coloso, sus textos y bajorrelieves, es una entidad despótica por reducir a los
rebeldes potenciales a la sumisión. La estructura arquitectónica del palacio es
metafóricamente descripta como poseedora de la asombrosa magnificencia de todos los
déspotas orientales y del poder de reducir alborotadores a la sumisión, tanto en Asiria
como en tierras lejanas. Aquí, por medio de la sinécdoque, conscientemente la propaganda
política es parte de las prácticas culturales mesopotámicas seguidas al pie de la letra por
todos, integrando la totalidad. El despotismo se encarna en los monumentos culturales, así
como en el cuerpo del mismo tirano. La ideología de los déspotas se ha vuelto claramente
una abstracción por medio de la cual los arqueólogos pueden llegar al corazón de la
cultura mesopotámica y describir sus prácticas estéticas más rápido y fácil que si

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE - FHUC - UNL

aceptaran la posibilidad de cierta cantidad de variaciones de propósitos o significados en


su producción cultural.
Nuevamente debo resaltar que estoy de acuerdo con estos académicos en cierta
medida. La retórica política y la propaganda eran ciertamente componentes importantes de
la producción cultural asiria y babilónica. De hecho, sostengo que ninguna representación,
sin importar el país que la fabrique, puede ser completamente separada de la política y la
ideología. Pero en el caso de Mesopotamia, todas las manifestaciones de cultura han sido
reducidas a través de metáforas esencializantes, por medio de la sinécdoque y la
metonimia, en una sola identidad. Y existe ciertamente una confusión de los términos
ideología y propaganda en tales académicos. Mientras que la escultura y arquitectura
creada bajo un patronazgo real sin duda fue infundida con alguna forma de propaganda,
muchos otros factores entraron en su creación además de lo obviamente político.
Interpretar todos los remanentes culturales mesopotámicos como nada más que los
enunciados propagandísticos del rey, reduce a la identidad de Mesopotamia al
epifenómeno de ideología articulada, y sirve así a la estrategia retórica del despotismo
oriental. De esta manera, los académicos actuales repiten y difunden los prototipos del
imperialismo. A través del poder de la escritura, las abstracciones coloniales son en
principio dejadas intactas.
Este tipo de representación esencializadora metonímica y sinecdóquica no sólo
tiene lugar en los textos. Desde mediados del siglo XIX, los objetos recogidos de sitios
arqueológicos mesopotámicos por viajeros, misioneros, aventureros y arqueólogos han
sido expuestos en museos occidentales como una presencia visual metonímica de esa
cultura. La categorización de estos objetos, y su exhibición en Berlín, París y Londres, en
museos que fueron construidos o ampliados específicamente para este propósito, fue [69]
incuestionablemente parte integrante del proyecto imperial en el Este, en el siglo XIX. En el
Museo Británico la instalación original de los hallazgos asirios fue anunciada al público en
general como un objeto de estudio de anticuario y como un premio nacional o trofeo
(Bohrer 1994). Métodos de exhibición similares continúan hoy siendo utilizados
ocasionalmente para las antigüedades del Cercano Oriente. En 1992, un grupo de
monumentos reales de Mesopotamia, incluyendo la famosa Estela de Naramsin, formaban
parte principal de la exhibición titulada “La Ciudad Real de Susa” en el Museo
Metropolitano de Arte de New York. Estos monumentos habían sido mutilados y
transportados a Irán por los Elamitas en el siglo XII antes de Cristo. De acuerdo a lo
establecido en la tradición académica, el material didáctico y las entradas de catálogo
expresaban horror ante este acto de robo y destrucción. La violencia y crueldad orientales
eran vistas como una explicación válida para estas acciones, pero retomaré esta
abstracción particular en el Capítulo 6.

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SOCIEDADES DEL CERCANO ORIENTE - FHUC - UNL

Lo que es más interesante para mis propósitos aquí es que ni el material didáctico
en la exhibición ni los mapas en los muros hacían mención alguna de las palabras Iraq o
Irán. El razonamiento detrás de esto es, sin duda, que solamente los nombres antiguos
debían ser representados en una institución “altamente cultural”. De cualquier manera,
debería aventurarme a decir aquí que esto no es una práctica común en las exhibiciones
que representan antiguas culturas occidentales dentro de la misma institución, ni en
similares en los Estados Unidos. El museo y su representación de culturas extranjeras no
es claramente un dominio de valor neutral, ya que esta es la arena en donde la
información y las representaciones de otras culturas son diseminadas al público en
general. La omisión de los nombres Irán e Iraq de estos mapas y descripciones sólo ha
añadido a la concepción general de esta área como un no-lugar y además fortaleció la
disociación del pasado y el presente de una región geográfica particular (lo que, relevante o
irrelevante, sucedió tanto en un momento de guerra como de falta de relaciones con los
Estados Unidos) mientras que paradójicamente presentaba a estas culturas como
típicamente orientales.
Mi insistencia en las ramificaciones políticas de esta exhibición por medio de su
omisión de nombres del mapa puede parecer injustificada, o a lo mejor equivocada; sin
embargo, las referencias a ella en la prensa popular y en los periódicos líderes en los
Estados Unidos, indican que su mensaje fue exitosamente desplegado y entendido. Lo
siguiente es un extracto de un artículo en el Houston Chronicle luego de un ataque aéreo
de los E.U. sobre Iraq: “Antes de iniciar sus incursiones pre-inaugurales sobre Iraq [Clinton]
debería haber visitado la exhibición del Museo Metropolitano de Arte de New York, llamada
‘La Ciudad Real de Susa’. [70] Habiendo asistido a la exhibición, habría visto que, como
Saddam Hussein, los reyes y reinas de la antigua Mesopotamia vivían con el miedo mortal
de ser humillados frente a sus enemigos” (Makiya 1993).
El escritor claramente asocia un antiguo despotismo opresivo con la dictadura de
Saddam Hussein, aunque confundiendo artefactos iraníes con mesopotámicos en su
comparación. Esto es fuertemente sorprendente, considerando la exclusión de los nombres
de la exhibición de mapas y textos descriptivos. La omisión de los nombres, y la confluencia
de Irán e Iraq como una entidad despótica, es atribuible a un concepto occidental
establecido sobre el Este, el cual permanece intacto desde los días de Montesquieu –a
saber, que toda cosa al Este del Mediterráneo es un vasto país opresivo. A causa de la
omisión de nombres y de la naturaleza de la exposición, el escritor llegó de esta exhibición
con una vaga noción general de violencia y opresión, la cual fue capaz de aplicar general y
racialmente a la dictadura de Medio Oriente-, que es el despotismo oriental
contemporáneo.

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Z. Bahrani “El Oriente extraterrestre: tiempos despóticos y el tiempo de los déspotas
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El Oriente extraterrestre

“¿Cuántas millas a Babilonia?


¡Sesenta más diez!
¿Puedo llegar allí con la luz de una vela?
¡Sí, y de regreso también!”
Canción infantil victoriana.

El espacio y el tiempo son horizontes trascendentales en los cuales la identidad de


Mesopotamia se volvió una entidad despótica extraterrestre. Mediante esta estructuración,
Mesopotamia se convirtió en un mundo en el medio, ni Este ni Oeste, ni civilizada ni
completamente salvaje. La identidad fronteriza que adquirió permitió su incorporación a la
esfera de la historia mundial mientras que al mismo tiempo habilitó su alteridad para
permanecer intacta como la señal para el límite mismo de la civilización. Mesopotamia
como los orígenes de la cultura humana, por lo tanto, no solo actúa como un punto cero
para el cálculo del tiempo. Porque es el origen del tiempo histórico para la narrativa del
progreso de la cultura humana, sirve como un límite, al ser el comienzo de la cronología de
la raza humana civilizada. Pero como es un punto cero cronológico, también es el límite de
la humanidad, diferenciando más que historia humana y prehistoria. Es una frontera entre
(en la antítesis dialéctica de salvajismo y civilización) lo terrenal y lo sobrenatural, [71] y al
mismo tiempo es el no-lugar originario sobre el cual pueden ser escritos los comienzos de
la historia, la terra incognita del viaje histórico del descubrimiento y la conquista.
Esta identidad, formada a través de los límites del espacio y del tiempo, fue hecha
aún más efectiva por medio de la designación del nombre Mesopotamia. De hecho, la
pronunciación del nombre era indispensable si Mesopotamia iba a existir como una
entidad histórica, separada y en todo aspecto disociable del desarrollo histórico del área
geográfica de donde cada resto de Mesopotamia fue desenterrado. El nombre se volvió en
una definición de esta cultura como la infancia de la civilización. La tierra entre los ríos fue
también la tierra entre los hombres civilizados y los salvajes, delineando temporalmente los
límites del dominio del Oeste. Mesopotamia se está convirtiendo, entonces, su
configuración como phainomenon es una manifestación que permitió su transformación en
el terreno necesario, para ser codificada en las coordenadas de una cartografía imperial
metafísica.
La creación de una narrativa histórica en la cual el espacio y el tiempo se vuelven
horizontes trascendentales, para el Ser-Mesopotamia fue parte de un proyecto discursivo
mayor mediante el cual Europa intentó su dominación de los colonizados. La narrativa del
progreso de la civilización fue un invento del imperialismo europeo, una manera de
construir historia a su propia imagen y semejanza, y de reclamar precedentes para la
cultura occidental. Pero esta narrativa de civilización mundial es una representación, y una

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que necesariamente requiere de lo que es descripto por Adorno y Horkheimer como “el
control organizado de la mimesis” (1944:180). La economía de las estructuras retóricas en
esta organización mimética dependía ciertamente de lenguajes tropológicos prefigurativos;
sin embargo, también involucraba una cartografía metafísica que proveía un terreno
conceptual necesario para la narración. Y el cartografiado de una Mesopotamia
extraterrestre fue esencial para el éxito de esta empresa representacional. Edward Said
señala que “en la historia de las invasiones coloniales, los mapas son siempre dibujados
primero por los vencedores, ya que los mapas son instrumentos de conquista. La geografía
es entonces el arte de la guerra” (1996:28). La cartografía histórica es también elaborada
de acuerdo a los requerimientos de los victoriosos, y la arqueología es el instrumental en el
mapeado de ese terreno.
Igualmente, la representación en la escritura arqueológica no es una duplicación de
la realidad; es una actividad mimética que no puede ser netamente separada de
cuestiones de política e ideología. Los antiguos griegos eran bastante conscientes de que
la mimesis siempre implica distorsión, pero a través de un gradual cambio retórico hemos
llegado a ver a la mimesis como una copia exacta y realista. En [72] la Poética, Aristóteles
define la representación en tres partes distintas: en objeto, en manera y en medios de
representación. La primera es la cosa o acción que es representada, la segunda es la
forma en la cual puede ser representada, y la última es el medio de representación.
Mientras que las opciones involucradas en el primero y en el último aspecto de la
representación se abordan en la teoría arqueológica mesopotámica, la segunda
permanece mayormente ignorada, como si considerar la manera en que algo es
representado es simplemente una pretensión posmodernista, no relacionada con los
interrogantes académicos. La imagen de Mesopotamia, de la cual todavía dependemos,
fue necesaria para la marcha de un progreso de Este a Oeste, un concepto de desarrollo
cultural mundial que es explícitamente eurocéntrico e imperialista. Tal vez ha llegado el
momento de que nosotros, los académicos de Medio Oriente y también los eruditos del
Oriente Medio antiguo, nos disociemos de esta procesión triunfal imperial y busquemos
una redefinición de la tierra del medio.

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