Está en la página 1de 64

EL ARTE DE LA COMEDIA (1964)

Eduardo De Filippo

PERSONAJES

Orestes Campese director de una compañía de cómicos


Veronesi guarda
Palmira dueña del bar
Excelentísimo De Caro gobernador
Giacomo Franci su secretario
Quinto Bassetti
Padre Salvati
Lucia Petrella
Girolamo Pica
Un montañés
Su mujer
El Sacristán
El Subteniente de Carabineros (voz interna)

1
PRÓLOGO

Hace frío. Por el patio del edificio de Gobernación, aún sumergido en la lívida neblina
de un alba invernal, se vislumbra la silueta de un hombre de cierta edad, que camina
adelante y atrás, con paso regular, acurrucado sobre sí mismo para protegerse del frío.
De vez en cuando se para y mira con ansiedad hacia los pisos más altos del edificio,
con la esperanza de que alguien se percate de su presencia y ponga fin a esa larga
espera. Nadie se asoma: en los ventanales no se aprecian señales de vida.
La única señal procede de la portería, a la izquierda: el resplandor de una llama que
quiere y no quiere prenderse, un resplandor lento, raquítico, débil. Este juego de la
llama que se enciende y se apaga se repite varias veces durante la escena, hasta
apagarse por completo, poco antes de la entrada en escena del guarda.
Orestes Campese, que es el nombre del personaje, es un hombre de unos cincuenta y
cinco años. Lleva ropa modesta y gastada, pero limpia y arreglada. Su rostro muestra
las huellas de las privaciones de una vida difícil, aunque su mirada es muy dulce y está
todavía llena de esperanza. Por matar el tiempo mete su mano helada en el bolsillo del
viejo abrigo, hurgando, y extrae una bolsa de escay gastado, de la que saca la pipa y
una pizca de tabaco deshecho por la sequedad del frío. Cargada la pipa, se pone a
buscar cerillas hasta que encuentra una suelta por otro bolsillo. La enciende
rascándola en la suela del zapato. Dos o tres caladas lo animan en la ilusión de poder
soportar la espera un rato más. Retoma su paseo con energía renovada, contando uno
a uno los pasos que da.

CAMPESE (Parte del centro del escenario, dirigiéndose al bastidor derecho) Uno,
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... (Se para, gira sobre sí mismo y mira
hacia el punto de partida)... siete pasos. Algo más de cinco metros.
Pongamos que la mitad del patio mide el doble: diez. Hombre, el patio de
un edificio antiguo como éste siempre es cuadrado: veinte por veinte. ¡El
patio no está mal! Se podría hacer un teatro discretito. Saldrían
cuatrocientas o quinientas butacas... Y el resto para el escenario. Vamos,
no haría falta siquiera un escenario en toda regla; una tarima ya estaría
bien. Porque a decir verdad, “El Capannone” no tenía más que trescientas
localidades. Y el escenario ya me contarás: una embocadura de seis
metros y pare usted de contar. Seis, por cuatro de profundidad. ¡Y he
interpretado lo que me ha dado la gana en esos pocos metros cuadrados!
Shakespeare entero y todo Molière. Dos mil años de teatro se pueden
interpretar sobre cuatro metros de tablas. ¿Acaso importa tanto el
decorado? ¿Qué decorados he tenido yo? Cuatro telones pintados por mí
mismo con cuatro brochazos, y ahí estaba todo: el torreón del castillo, la
sala del trono, el bosque... Y anda que el telón: una cortinilla que nunca
se corría decentemente; se liaba la soga, se enganchaban las anillas... Y el

2
público nunca protestaba. “Respetable público, disculpen el incidente” y
el cierre del telón lo completaba yo, vestido de Otelo, de criado, de
príncipe de Dinamarca. ¿Qué más da? Una noche tuvo que cerrar el telón
mi hija vestida de Ofelia. A mi hijo Gualtiero ¿no le tocó, vestido de
Romeo, clavar la barandilla del balcón de Julieta, que se había
desclavado? “Respetable público, dos minutos de paciencia, si no la
pobre Julieta va a terminar la obra en la Casa de Socorro”. Una carcajada,
un aplauso, cuatro martillazos y el actor retoma la escena donde la dejó.
Si es que puede, y ésa es su tarea, restablecer el encanto del teatro entre
él y el público. Los actores de mi generación creaban incidentes a
propósito en el teatro, para dar al público sensación de imprevisión. Es lo
imprevisto justamente lo que eleva el teatro a su forma sublime de arte
singular, único. Los esfuerzos técnicos y financieros que se realizan para
hacer una puesta en escena lo más creíble posible podrán suscitar la
curiosidad del público, pero lo dejarán descontento por no haber podido
usar su imaginación. Las calles de verdad, las plazas de verdad, los
árboles, los salones auténticos, la amplitud de un paisaje de montaña, o
de mar... todo esto el espectador lo pretende del cine, pero en el teatro la
fantasía del público, suscitada por la palabra del escritor, se la crea cada
uno como quiere, según ve la escena en que se desarrolla una acción
concreta. La experiencia técnica y artística de un escenógrafo, aunque sea
genial, nunca podrá dar tantas versiones figurativas como las que se crean
los propios espectadores, cada uno por su cuenta, según sus gustos, su
sensibilidad e incluso el estado de ánimo que atraviese en ese momento...
Cuántas veces, mientras me pongo el bigote de Macbeth –porque yo
Macbeth lo hago con bigote– me lo pongo un poquito torcido a posta,
porque en el teatro la verdad suprema ha sido siempre y siempre será la
suprema ficción...
GUARDA (Desde la portería, helado de frío, se acerca a Campese dando brincos y
frotándose la manos) Siñor Campese ¿non tendrá usted otro fósforo?
Sabe, con lo húmeda que está la leña non prende, non che modo.
CAMPESE Acabo de encender el último y creo que no me quedan más... (Hurga en
los bolsillos) Ah, sí, aquí hay uno, mira qué bien. (Se lo da) Mucho
cuidado, que éste sí que es el último.

3
GUARDA Vediamo si hay suerte.
CAMPESE ¡Vaya frío que hace!
GUARDA Pues dentro è todavía peor...

Entra por la izquierda una señora de pueblo, Palmira, la dueña del bar que está a dos
pasos de la Gobernación; camina deprisa hacia la portería y al ver al guarda se acerca
a los dos hombres y se para.

PALMIRA Buon dì. (Campese hace un gesto de saludo; Palmira pregunta al


guarda, aludiendo a Campese) ¿Quién es?
GUARDA El siñor è un artista del teatro, está esperando que lo reciba el señor
Gobernador.
PALMIRA Usted, ¿tiene algo que ver con los artistas esos a los que se les ha
quemado “El Capannone”?
CAMPESE Yo soy uno de los desgraciaítos, soy el desgraciado director... “El
Capannone” era de mi propiedad.
GUARDA Ya verá, il siñor Governador le darà una mano. Acaba de llegar aquí y
tendrá interés en demostrar a la yente que en una desgracia como la que
les ha caído a ustedes la intervención de la massima autorità del lugar
puede ser oportuna y eficaz.
PALMIRA Anoche invité a cenar a tres artistas de “El Capannone”. Fueron sinceros:
desde el principio me dijeron que no tenían una perra.
CAMPESE Ya ve usted. A los otros les dieron cobijo en su casa unos montañeses...
PALMIRA ¿Y a usted?
CAMPESE Yo vengo de una generación de cómicos que lleva siglos aguantando el
hambre a fuerza de tragar saliva.
PALMIRA Pues luego véngase al bar, que está invitado a un tazón de caldo.
GUARDA ¿Sabe usted?: fa bene da mangiare. (A la mujer) Los platos de anoche ya
están listos y lavados: platos, vasos, cubiertos, todo pulito. Venga, venga.
PALMIRA (Sigue al guarda) No hacía falta, si yo tengo a la chica que lava los
platos. (A Campese) Bueno, que le espero luego, ¿eh?
CAMPESE A ver si el señor Gobernador no me manda a paseo.
GUARDA (De broma) Entonces ya le digo io por dónde se va al bar. (Sale seguido
de Palmira que va protestando no se sabe de qué).

4
Campese se queda solo, da unos pasos golpeando con los pies, se para frunciendo el
ceño, concentrado en una idea fija. Asume una actitud de respeto, como si estuviese
frente a una persona de autoridad.

CAMPESE “Excelencia”... No, no, no tengo que llamarle “Excelencia”... que a lo


mejor le sienta mal. Eso ya no se lleva. Le puedo decir “Señor
Gobernador”... No mejor, “Don Fulano”... que es más general... Y
además, eso de que a uno le traten de Don le gusta a todo el mundo.
Claro que una persona que ocupa un cargo así tiene todo el derecho a que
le llamen “Excelencia”. Vale, pues le voy a decir “Excelencia” (Se pone
en la clásica pose del que va a empezar un discurso importante)
“Excelentísimo Gobernador: esta noche, 12 de diciembre de 1964, es una
fecha memorable para nosotros; el director, los actores, las actrices, los
autores y la gente de teatro nos hemos reunido aquí, sobre estas gloriosas
tablas... ante su presencia, Excelentísimo Gobernador, nosotros, los
pobres cómicos de “El Capannone”, nos sentimos acongojados,
perdidos”... Pero vamos a ver, ¿por qué voy yo a mostrarme tan humilde
ante una autoridad cuyo deber es precisamente el de escuchar a la gente
y, en la medida de lo posible, atender a sus necesidades...? ¿No soy yo
parte de la gente? Nada, nada, que para eso estamos ya en democracia.
Ya sé “¡Amigo!” Vale, entonces: “Al dirigirme a usted, señor
Gobernador, lo hago con confianza, porque pienso ‘No hay mal que por
bien no venga’: si no hubiera tenido la desgracia de que se incendiara “El
Capannone”, nunca me habría atrevido a presentarme ante usted para
decirle ‘¡Écheme usted una mano! La suya me ofrecerá una ayuda
inmediata, y, a cambio, la mía puede que le haga a usted partícipe de
algunas verdades que, de no ser desde el miserable escenario de “El
Capannone”, nunca habrían podido llegar hasta usted. Nosotros nos
desvivimos, nos desgañitamos, nos afanamos por denunciar las miserias
de la gente, pero nos dirigimos solo al pueblo, que es verdad que se
entusiasma, que aplaude, pero que luego tiene que volverse a su casa y no
tiene más remedio que olvidarse de la exaltación, de la esperanza que ha
vivido por un momento, y enfrentarse solo, de nuevo, a los mismos
problemas que se repiten puntualmente, día tras día, y que día tras día se
quedan sin resolver.”

5
Vuelve el guarda; le sigue Palmira; él se dirige a Campese muy contento, aludiendo al
fuego que tanta lata le ha dado hasta encenderse.

GUARDA ¡Finalmente, ha prendido! (En efecto, en la portería reverbera una buena


lumbre, que se refleja en el suelo del patio) Me ha dado una manita
aquí...
PALMIRA (Lleva los platos, los cubiertos y los vasos envueltos con una servilleta y
una botella vacía agarrada con la otra mano; se dirige a Campese para
animarlo a que acepte su generosa invitación de antes) Entonces ¿le
espero?
CAMPESE Tendría que dejar solas a mi mujer y a mi nuera...
PALMIRA ¡Pues tráigase a la mujer y a la nuera! Un caldo calentito, una tortilla a la
francesa y una jarra de vino... Que vengan ellas también.
CAMPESE Gracias.
PALMIRA Hoy hace aún más frío que ayer... (Va saliendo)
GUARDA (A Campese) Ahora venga usted para adentro, que hasta que el
Gobernador se dechida a recibirle... Se va haciendo una buena lumbre...
Ha costado, pero ya va tirando... (Sale, seguido de Campese).

Cuando están a punto de entrar en la portería, iluminados por los reflejos del fuego,
cae el telón, que se levanta enseguida para comenzar con la Primera Parte.

6
PRIMERA PARTE

En el Palacio de Gobernación de una capital de provincia, en uno de esos antiguos


salones de recibir de una rancia casona. El mobiliario lo componen suntuosos muebles
desparejados y malísimamente conservados. En una esquina hay un escritorio con dos
butacas y unas sillas Luis XIV, donde su Excelencia De Caro toma asiento en sus horas
de trabajo.
En la mesa se encuentran los objetos de escritorio habituales, un teléfono y un montón
de expedientes acumulados.

DE CARO (Llamando desde dentro) ¡Señor Franci! ¡Señor Franci! (Por el eco de la
voz del Gobernador De Caro se deduce el tamaño del local, lo
desangelado y vacío que está) ¡Tenga la bondad! ¿Pero dónde está usted?
¿Se puede saber que está haciendo? (Entra mirando a su alrededor como
buscando a alguien. De Caro es un hombre robusto y lozano, de unos
cincuenta años, con ojos de sueño y algo despeinado. Lleva puesta la
camisa del pijama, sumariamente abotonada, y unos pantalones grises.
Bosteza y se estira con pereza. Vuelve a llamar, pero esta vez más
irritado) ¡Giacomo! ¡Giacomo!
GIACOMO (Acude solícito) Aquí estoy. (Giacomo es el secretario del Gobernador)
DE CARO Llevo media hora llamándole.
GIACOMO Pensaba que estaría usted todavía durmiendo... ¿Qué tal se ha dormido?
DE CARO ¡Por Dios y por la Virgen! No he pegado ojo en toda la noche.
GIACOMO Pues yo tampoco es que haya dormido mucho, Señor Gobernador.
DE CARO Si es que cuando uno cambia de cama es un desastre. Me gustaría
tomarme un café con leche. ¿Puede usted mandar al guarda?
GIACOMO Ya lo he hecho, señor. Estará aquí enseguida con café, leche y bollos.
DE CARO ¿Y el periódico?
GIACOMO La línea ferroviaria está interrumpida y hasta la tarde no podrán mandar
nada hasta aquí arriba.
DE CARO Entonces ¿el accidente ha sido grave?
GIACOMO Me temo que sí. El siniestro ha tenido lugar en el kilómetro veintidós, al
norte de la ciudad y debe haber sido grave, porque dos horas después de
nuestra llegada, cuando se fue usted a la cama, llamó por teléfono el
Subteniente de Carabineros pidiendo refuerzos. No pudo precisar el
número de heridos, pero me parece que se ha producido alguna víctima

7
mortal. Se han personado en el lugar los bomberos, los agentes que se
encontraban de servicio en la Gobernación y un grupo de voluntarios de
la ciudad que mandé reclutar: unos sesenta hombres, entre los que se
hallan cerca de veinte jornaleros que se ofrecieron espontáneamente.
DE CARO ¿Y nos hemos quedado solos con el guarda?
GIACOMO Y con otros dos agentes. A uno lo he mandado a la calle a cubrir el
servicio de vigilancia y el otro, que es mayor y tiene más experiencia en
los asuntos administrativos, lo tendremos aquí a nuestra disposición.
DE CARO No parece muy prudente dejar la Gobernación con dos agentes nada más.
GIACOMO El Subteniente parecía enloquecido por teléfono: “Necesitamos
refuerzos... ¡Más brazos! ¡Más brazos! Mándeme toda la gente que
pueda”. No me ha parecido oportuno molestarle a usted para que me
diera instrucciones, porque lo vi muy cansado del viaje y porque, además,
el caso no exigía otro tipo de medidas.
DE CARO Entiendo.
GIACOMO No se preocupe, Señor Gobernador, esta es una ciudad tranquila. La
gente está distraída con lo del accidente ferroviario y no se va a hablar de
otra cosa en un par de meses.
DE CARO Yo también debiera personarme en el lugar.
GIACOMO Hay tiempo para pensar en ello; un poco más tarde llegarán noticias más
concretas.
DE CARO Qué contrariedad el asunto este.
GUARDA (Desde dentro) Permesso… (Lleva una bandeja con café y bollería)
GIACOMO Adelante (Entra el guarda). Ponla aquí en la mesa. (El guarda deja la
bandeja sobre el escritorio) ¿Cómo te llamas?
GUARDA Armando Veronesi, para servirle.
GIACOMO Querido Veronesi, hay que ser más rápido. Has tardado una hora en traer
el desayuno.

De Caro se ha sentado a la mesa para desayunar.

GUARDA El compañero me dijo que fuera al bar de la esquina, sin decirme si era a
mano derecha o a mano izquierda. He tirado a mano derecha y me ha
tocado de dar todo il giro de la manzana, porque era a mano izquierda.
GIACOMO ¿Es que tú no lo sabías?

8
GUARDA Estoy desde hace tres días soltanto en este destino.
GIACOMO Entiendo. Acabas de aprobar la oposición.
GUARDA Señor sí. Hace chincuenta sete días.
GIACOMO ¿Eres veneciano?
GUARDA Di Padua, señor.
GIACOMO Pues si quieres que te den el traslado pronto, tendrás que trabajártelo.
GUARDA Señor sí.
GIACOMO Bueno, puedes marcharte. Si el Gobernador te necesita ya te llamará.
GUARDA Ha dicho mi compañero de decir al Governador que para llamar a
conserjería hay que apretar el botón rosso del aparato.
GIACOMO (Acercando el índice al botón rojo del aparato) ¿Éste?
GUARDA Señor sí, pero a lo mejor me equivoco.
GIACOMO Si te ha dicho el rojo…
GUARDA Señor sí.
GIACOMO Bueno, vale, puedes irte.
GUARDA (En posición de firmes) Eccellenza (sale)
GIACOMO Señor Gobernador, esta mañana he dado una vuelta por toda la casona
para hacerme una idea de su tamaño y de la disposición de las
habitaciones. Tal como nos temíamos, no hay cuarto de baño; hay varios
servicios con inodoro, pero sin agua corriente: lavabos de zinc con jarra y
jofaina.
DE CARO Junto a mi habitación, ésa donde he dormido, he visto una ducha.
GIACOMO Pero sólo de agua fría. La mandó instalar el Gobernador que acaba de
marcharse, a expensas suyas, así que se ha llevado el calentador. Ya
mandaremos instalar otro a nuestro cargo.
DE CARO Otro para usted.
GIACOMO Sí, gracias.
DE CARO (Se levanta) Estoy molido... (Se quita la camisa de pijama y sale por la
derecha sin dejar de hablar) La cama es un espanto, los colchones están
más duros que una piedra. No sé cómo pudo adaptarse el colega que me
ha precedido.
GIACOMO (Escucha y responde mientras sigue con su tarea: despeja un poco la
mesa, pone los papeles en orden, echa leña a la estufa) Ha removido
Roma con Santiago para que le dieran el traslado; sólo ha estado aquí tres

9
meses. De hecho, ha dejado un montón de expedientes sin mirar siquiera,
y otros sin resolver.
DE CARO (Desde dentro) Pues vaya un legado. Pero ¡por el amor de Dios! aunque
uno se quede poco tiempo intenta organizarse de la mejor manera
posible. Los muebles hasta arriba de polvo, cajones que no se pueden
abrir... Conseguí abrir uno, me pillé el dedo y se me ha roto la uña. Así
que la ropa interior la he dejado en la maleta.
GIACOMO Me hago cargo de todas estas cosas e intentaré ir solucionándolas.
DE CARO (Entra de nuevo, ya vestido; lleva la americana en la mano. Giacomo le
ayuda a ponérsela). Menos mal que mi mujer se va a quedar dos semanas
más en Cortina.
GIACOMO En quince días conseguiremos hacer de esto una residencia digna. ¿Ha
visto los salones?
DE CARO No he visto nada todavía.
GIACOMO Hay tres, aparte del comedor; son enormes, con unos techos barrocos más
bien recargados, pero muy aparentes; hay unas lámparas de bronce y
cristal de lo más suntuoso, unas consolas de espejos enormes, tapicerías
de brocado. Todo un poco pasado, pero todavía aguantará algún tiempo.
Podemos iluminar con velas alrededor, dejando en medio la luz eléctrica
de las lámparas...
DE CARO ¿Para cuándo?
GIACOMO Para cuando el Señor Gobernador tenga a bien recibir a las
personalidades de la ciudad.
DE CARO Haga usted el favor de dejarse de cursiladas como lo de iluminar con
velas...
GIACOMO No crea, Señor Gobernador, que son familias hacendadas: industriales,
gente que tiene comercios, artesanos... personas de posibles que no pasan
penas. No es que sea una capital de primer orden, de acuerdo, pero no
deja de ser capital de provincia.
DE CARO El colega que se ha ido ¿ha dejado algún informe?
GIACOMO Sí, señor, un informe detallado. Hay muchos expedientes, y luego
tenemos: solicitudes de empleo, de permisos, de subsidios, denuncias,
peticiones. Le pasaré una relación con los casos más urgentes a resolver.
He dejado en la mesa... (buscando por el escritorio) ¿Dónde está? Aquí

10
lo tenemos. (Coge una hoja y se la enseña a De Caro) Es la lista de las
visitas que tiene que recibir.
DE CARO ¿Hoy mismo?
GIACOMO Pero no tendrá que recibirlos a todos. He seleccionado de la lista los
nombres de las personas con las que debería entrar en contacto enseguida
y le he hecho una lista aparte... (Busca otra vez por el escritorio). Aquí
está. (Coge otra hoja y se la da)
DE CARO (Leyendo) “Padre Salvati”1.
GIACOMO Es el párroco de la Iglesia de San Donato, que está justo ahí en frente. Ha
sido uno de los primeros en pedir que le reciba. No he querido
contrariarle citándolo para otro día.
DE CARO Ha hecho bien. (Sigue leyendo) “Quinto Bassetti” ¿Quién es?
GIACOMO El médico de familia del ayuntamiento de Aceto. No sé casi nada de él.
DE CARO ¿De qué partido es?
GIACOMO Creo que de ninguno. Un libre pensador, me han dicho. Vive muy
aislado. Lo he incluido en la lista de hoy porque pienso que siendo
médico es mejor tenerlo como amigo.
DE CARO Sí, sí, bien. (Sigue leyendo). “Lucia Petrella”.
GIACOMO Es maestra de primaria, trabaja en una escuela de la sierra.
DE CARO Más lamentos, más mejoras, más peticiones de fondos.
GIACOMO Querrá desahogarse y habrá que recibirla; luego tenemos al propietario de
la farmacia Pica, el Señor Girolamo Pica.
DE CARO ¿Y qué quiere de nosotros el farmacéutico?
GIACOMO No lo sé, señor, pero a lo mejor somos nosotros los que podríamos querer
algo de él.
GUARDA (Desde dentro) Permesso.
GIACOMO Pasa, pasa.
GUARDA (Entra) Está aquí el hombre este que habló con usted hace media hora.
(Recoge la bandeja con la taza).
GIACOMO ¿Ya ha vuelto?
GUARDA No, es que no ha llegado a irse. Después de hablar con usted se ha
sentado un rato y ha estado charlando con me e con mi compañero.
GIACOMO Muy bien, hombre ¿Así que vosotros estáis en la conserjería para dar
conversación a todo el que llega?

11
GUARDA Señor, no.
GIACOMO Ya le he dicho que éste era muy mal horario y que le recibiría yo por la
tarde. El Señor Gobernador no tiene tiempo disponible.
DE CARO ¿Quién es?
GUARDA Un señor tanto simpático.
DE CARO No he dicho cómo es, he preguntado ¿quién es?
GUARDA È un artista di teatro...
GIACOMO Dice que es director de una compañía de cómicos.
GUARDA Trabaja en el Teatro Municipal y nos ha invitado a mí y a mi
compañero... pero tenemos que trabajar. Dan un espectáculo muy
entretenido, divertido... la historia de un prínchipe que si chiama Hamlet,
y que siempre duda...
GIACOMO Pues dile que vuelva esta tarde, tal como le dije.
DE CARO No, no; los actores son siempre gente original, extravagante y algo
chiflada, pero buena gente... aunque te quiten un poco de tiempo, a
cambio te hacen pasar un buen rato. (Al guarda) ¿Dónde está?
GUARDA Ahí fuera, Eccellenza. Ha subido con me cuando he venido a retirar el
desayuno.
DE CARO Pues que entre.
GUARDA Súbito. (Sale)
GIACOMO Ya verá, Sr. Gobernador, como viene a pedir algo. Si no son más que
unos cómicos de medio pelo; él mismo tiene una pinta de muerto de
hambre…
DE CARO Si lo que pide es razonable, por qué no...
GUARDA (A Orestes Campese) Entre usted.
CAMPESE (Entrando) Gracias. (Muy digno, se adelanta unos pasos, se detiene y
espera).
GIACOMO (A Campese) El Señor Gobernador está de buen humor, y ha tenido a
bien recibirle.
CAMPESE Muy amable.
GIACOMO Pero no dispone de mucho tiempo, así que apresúrese usted.
CAMPESE Esté tranquilo, que no abusaré de su tiempo.
DE CARO Acérquese, tome asiento y dígame de qué se trata. (Al guarda) Una silla
para el caballero.

12
El guarda coloca una silla junto al escritorio, frente al Gobernador.

CAMPESE Gracias, muy amable. (Se sienta).


DE CARO Así que es usted director de una compañía de teatro.
CAMPESE Una compañía no, somos cuatro gatos, el grupo entero lo formamos ocho
personas.
DE CARO Un grupo reducido.
CAMPESE Reducidísimo, Señor Gobernador.
DE CARO ¿Y están actuando en el Teatro Municipal?
CAMPESE Sí señor, en el Cimarosa2. El señor Gobernador, el que estaba antes que
usted, tuvo la generosidad de concedernos el teatro para unas cuantas
funciones. Porque acababa de suceder la desgracia.
DE CARO ¿Qué desgracia?
CAMPESE El incendio, señor. “El Capannone”, que era propiedad mía y de mi
yerno: las sillas, los bancos… trescientas localidades... los decorados, el
atrezzo... todo destruido en menos de veinte minutos.
DE CARO Vaya... y ¿cómo sucedió eso?
CAMPESE Habíamos terminado la función, el público se había marchado y
estábamos desmaquillándonos... Dijo mi hija: “Papá ¿no sientes olor a
quemado?” No tuvimos tiempo ni de reaccionar. Las llamas invadieron el
patio de butacas... cuando hay un poco de viento con una colilla
encendida es suficiente... No conseguimos salvar más que el vestuario, un
poco de atrezzo y el maletín del maquillaje con las pelucas, las barbas,
los bigotes...
DE CARO ¿Y los decorados?
CAMPESE ¡Ardieron todos!
DE CARO Qué lástima.
CAMPESE En veinte minutos nos quedamos con lo puesto.
DE CARO ¡Madre de Dios! ¿Tenían ustedes póliza de seguro?
CAMPESE Sí, pero caducó hace siete meses. Pensábamos renovarla; Fosca, mi
mujer, no hacía más que decírmelo... pero, gracias a Dios, no lo hicimos.
DE CARO ¿Cómo que “Gracias a Dios”?

13
CAMPESE Somos gente pobre... ¿Quién nos iba a librar de la sospecha? Cuando
llegó al siniestro el Subteniente de Carabineros, lo primero que me
preguntó: “Estáis asegurados, ¿verdad?...” Y la gente que estaba por allí
nos miraba con una cara de hostilidad…; ya había corrido la voz de que
si había un seguro en vigor por medio íbamos a acabar en los tribunales.
Y cuando se supo que la póliza había caducado, de repente, todo el
mundo se sintió solidario.
DE CARO No conozco el Teatro Municipal, pero me han dicho que es muy bonito.
El Cimarosa ¿no?
CAMPESE Sí, el Cimarosa.
DE CARO Y ¿qué tal de público?
CAMPESE Pues ayer hubo que suspender por falta de espectadores.
DE CARO Hay una crisis teatral espantosa por todos lados. Y ¿qué repertorio
presentan?
CAMPESE El dueño de la ferrería3, Las dos huerfanitas4, Hamlet –que es de rigor–
El proceso de Venecia5, Romeo y Julieta...
DE CARO Lo de siempre...
CAMPESE Es que mi compañía actúa para gente sencilla: jornaleros, agricultores,
chachas, tenderos... y a la gente le gusta este tipo de repertorio. “El
Capannone” estaba siempre lleno. Butacas a cien liras y localidades de
pié a cincuenta. Los días de doble función podía contar con una media de
ingresos de entre cinco y seis mil liras diarias.
DE CARO Y en el Municipal han subido ustedes el precio.
CAMPESE No, señor Gobernador, el precio es el mismo. Pero a nuestro público de
siempre le da vergüenza entrar en los teatros más burgueses. Los señores
se quedan en casa, porque no quieren ver el repertorio de siempre y así
los teatros se vacían.
DE CARO Querido...
CAMPESE Campese, Orestes Campese.
DE CARO Querido Campese, a mí me interesa esta polémica sobre la crisis del
teatro... Se habla de ella en la prensa... Pero yo creo que hay otras
razones. A pesar de los límites culturales que se amplían, y de la
inversión de los valores morales que trajo la guerra, el público sigue
desorientado, y ésta es la única cosa que permanece, e incluso aumenta.

14
Ya no hay autores teatrales de verdad. Todo eso del problema central,
del mensaje, de la denuncia... ¿qué tiene ver con un espectáculo teatral?
GIACOMO El espectador va al teatro para divertirse.
DE CARO Para olvidarse de las preocupaciones personales y profesionales, no para
meterse a desentrañar símbolos y alegorías que al final lo único que te
ofrecen es una solución ambigua de ese “oscuro objeto” que ocupa el
centro de la composición. Pues claro que la gente no va al teatro. Yo soy
el primero que no voy ya. Si tengo media horita libre, me siento a ver la
tele. Ya no hay gente que escriba teatro, ¿no es así?
CAMPESE En cierto modo así es.
DE CARO ¿No está usted de acuerdo?
CAMPESE Mi problema en lo que se refiere al teatro es mínimo. Sería una larga
conversación y no quiero hacerle perder el tiempo.
DE CARO No, no, si el tema me interesa. ¿Sabe usted? Yo de joven también hacía
teatro.
CAMPESE ¿Sííí...?
DE CARO Tenía yo buenas dotes dramáticas, pero claro... mi abuelo Comisario de
Policía, mi padre Gobernador... De hacer teatro ni hablar. ¿Quiere usted
tomar un café con leche?
CAMPESE Muy amable... gracias, pero no.
DE CARO ¿Un café solo?
CAMPESE Bueno, uno solo.
DE CARO (Al guarda) Mozo...
GUARDA Comandi.
DE CARO Un café para el señor. (El guarda va a salir) Espera. (A Campese) ¿Y no
quiere también un bollo?
CAMPESE Bueno, entonces que sea con leche.
DE CARO (Al guarda) Café con leche y bollos.
GUARDA Subito. (Sale).
GIACOMO Señor Gobernador, si no me necesita voy a echar un vistazo a los
expedientes.
DE CARO Vaya usted, vaya.
GIACOMO. Estaré en el despacho de al lado. Con permiso. (Sale)
DE CARO (Con cierta satisfacción) Pues sí, yo hacía teatro.

15
CAMPESE Muy bien.
DE CARO Como aficionado, por supuesto. Aunque mis amigos decían que era muy
bueno en los papeles trágicos. En la tragedia pastoral La hija de Yorio, de
D’Annunzio, hice el papel de Lázaro de Royo.
CAMPESE Un papel difícil.
DE CARO Un papelón, como dicen los actores.
CAMPESE Cuando un colega nuestro arranca un aplauso al público, nos ponemos
verdes de envidia.
DE CARO Pues arranqué unos cuantos esa noche: al comenzar la escena, al
terminarla... una locura. Y luego, todo se desvaneció como en un sueño.
CAMPESE Mejor así, si me permite que le diga, Gobernador. La carrera del actor es
muy aleatoria.
DE CARO Sí, bueno, hace años ser actor era ser una especie de marginado social
que afrontaba su precaria profesión de cómico como podía. Pero hoy no
me dirá usted que sigue siendo así. Los actores ganan lo que quieren: que
si subvenciones, que si premios, homenajes; hasta hay un Ministerio que
se ocupa de ellos. El estado ha dado dignidad a la profesión de actor con
largueza.
CAMPESE Sí, en cierto modo.
DE CARO En fin, ya entiendo que “modos” habrá muchos, pero ¿sería usted tan
amable de decirme de qué modo lo entiende usted?
CAMPESE Mi opinión no cuenta mucho. Yo soy hijo de artistas, Señor Gobernador,
y dirijo un grupo de cómicos formado por mi mujer, mis hijos, mi nuera y
mi yerno, todos hijos de artistas, igual que yo. Venimos de una tradición
de cómicos y cómicos somos también nosotros. El asunto de los autores
teatrales –igual que el de los actores– si le digo la verdad, me tocan sólo
de refilón. Mis reservas sobre la vida del teatro derivan de un sentido
crítico natural en mí, pero no porque tenga intereses concretos, o
ambiciones personales.
DE CARO Bueno, entonces, ánimo: ya que sus observaciones son desapasionadas,
expóngalas sin reservas.
CAMPESE Se trata de un tema escabroso, complicado... No me haga usted hablar.

16
DE CARO ¿No? ¿Y por qué? Hable libremente. ¿Cree usted que el estado no se
ocupa lo suficiente de los actores, de sus carreras? ¿Mantiene que hay
autores capaces de ofrecer obras válidas y de interés general?
CAMPESE No, Señor, no digo yo tanto. Pero pienso que el teatro se debate en un
clima de gran confusión, que provoca esa desorientación en el público,
que, a su vez, se interpreta –de buena o de mala fe– como crisis teatral.
DE CARO ¿Qué tiene que ver “la buena o la mala fe”? Eso es andar buscando tres
pies al gato: ¿quién va a tener interés en poner el teatro en crisis? Un
teatro en crisis no beneficia a nadie.
CAMPESE Pero un poco de jaleo sí.
DE CARO Le roe a usted algo por dentro.
CAMPESE (La expresión le ha hecho gracia) Hombre...
DE CARO Sí. Está usted convencido de tenerlo bajo control, pero no se da cuenta de
que eso que le roe se le asoma por un ojo, por una oreja, por la nariz. Se
declara usted al margen del problema gordo del teatro, pero deja caer el
dardo envenado del “jaleo”, de la “confusión” que resulta que es lo que
de verdad le preocupa. Hable usted claro, ¿a qué tipo de “confusión” se
refiere? ¿Quiénes son los insidiosos que la provocan? ¿Y por qué razón?
CAMPESE Yo no he dicho que la “confusión” la creen a posta Fulano o Mengano,
con objeto de sacar provecho personal de ella. He dicho que una crisis
teatral verdadera no beneficiaría a nadie, mientras que un poco de
“confusión” disfrazada de crisis teatral se convierte en una operación
rentable en manos de los que la jalean.
DE CARO (De broma) ¡Suelte los nombres! ¡Nombres y apellidos de los jaleadores!
CAMPESE ¡Como si fuera tan fácil! Los malditos son siempre mayoría, así que
ganan.
GUARDA (Desde dentro) Permesso.
DE CARO Adelante.
GUARDA (Entra) Aquí tiene. (Trae café y bollos).
DE CARO Ponla por aquí. (Indica el sitio que hay en la mesa delante de Campese).
CAMPESE Gracias, señor Gobernador; voy a tomarme algo calentito, a ver si se
calma lo que quiera que me esté royendo.
DE CARO Eso. (Al guarda) Te puedes marchar.

17
(Sale el guarda)

CAMPESE (Mojando el bollo en el café con leche) El gobierno se desvive por aliviar
la probada fortuna del teatro, pero los responsables directos de hacerlo se
quedan siempre en la superficie del problema; nunca lo abordan desde su
raíz. Y las cosas hechas a medias jamás dan buen resultado.
DE CARO Creo que es usted un poco exagerado. Se están dando millones en
concepto de subvenciones teatrales y no es que luzcan mucho.
CAMPESE No lucen justamente porque se hacen las cosas a medias.
DE CARO Si no me justifica usted su afirmación con datos precisos voy a tomarla
como una evasiva. A ver, ¿se puede saber cuál es su punto de vista sobre
la situación del teatro?
CAMPESE Verá, señor Gobernador: cuando voy andando por la calle y se me queda
algo pegado a la suela del zapato, al golpear el suelo dos o tres veces para
despegarlo, me sorprende siempre que esos golpes no suenen igual que
cuando golpeo con el pie las tablas del escenario; si toco con la mano la
pared de una casa, una reja de hierro, una estatua de mármol, una encina
centenaria, siempre lo hago con extrema delicadeza, como si sintiera con
los dedos que su superficie es de papel o de tela teñida.
DE CARO ¿Qué quiere decir con eso?
CAMPESE Durante el final de Muerte civil6, mientras mi padre, sobre cuatro
tablones mal puestos, hacía que se retorcieran de dolor las tripas de
Corrado, recurriendo a todos los trucos del oficio para dar al público una
sensación realista de los síntomas que llevan a la muerte por ingestión de
arsénico, entre bastidores, mi madre, ayudada por sus compañeras,
recostada sobre el trono de Hamlet, se retorcía también entre los últimos
estertores del parto. El aplauso fragoroso del público coronó esa noche
dos éxitos de mi padre: el de haber hecho que Corrado muriera muy bien
y que yo naciera muy mal.
DE CARO Farandulero de pura cepa.
CAMPESE Yo aprendí a andar en el escenario, a balbucear mis primeras palabras, a
chapurrear los nombres de los protagonistas de las tragedias que
interpretaba mi padre, y a defender los primeros papelitos, el primer rol

18
importante, la primera incertidumbre, y a plantearme también las
primeras dudas sobre el cuál sería mi porvenir.
DE CARO Todos atravesamos por esos estados de ánimo al empezar nuestra carrera.
CAMPESE Con diecisiete años hacía ya el papel de Osvaldo en Espectros. El público
lo aprobaba con sus aplausos... me habían aceptado como actor; y yo
pensaba: “Soy actor y lo seré”... Pero trabajar de actor ¿es realizar una
actividad útil para la sociedad, o no?
DE CARO ¡Vaya una idea!
CAMPESE Una idea, Señor Gobernador, que tiene que ver con algo que me pasó
cuando sólo tenía seis años.
DE CARO Interesante.
CAMPESE Mi abuelo, que también era actor –mi abuelo por parte de madre– me
compró una cartilla para que aprendiera a leer. Ya se imagina usted que
con los viajes de “El Capannone”, siempre de acá para allá, mi padre no
podía mandarme a la escuela regularmente. Así que, cartilla en mano: a,
e, i, o, u y tira para adelante. Iba progresando, aprendía a deletrear. Y una
página de ese libro me dejó muy preocupado.
DE CARO ¿Cuál?
CAMPESE Una que empezaba a inculcar en la mente de los niños el respeto a las
personas que con su trabajo honran al país. Arriba del todo de esa página
estaba escrito: “Artes y oficios”. Estaba el médico, estaba el abogado, el
ingeniero, el juez, el maestro; estaban también el sastre, el carpintero, el
herrero, el cerrajero... estaba incluso el afilador... el actor no estaba.
DE CARO (Divertido) Y esta constatación lo dejó muy preocupado…
CAMPESE Muchísimo, Señor Gobernador. Con esa crueldad que caracteriza la
inocencia de los niños, empecé a preguntarme por la profesión de mi
abuelo, de mi madre, de mi padre. Una noche, mi padre me preguntó:
“Tú, de mayor ¿quieres ser actor?” Y yo le respondí: “No”. “¿Por qué
no?” “Porque si no, no me ponen en la cartilla”.
DE CARO Entiendo: a usted le duele que la figura del actor no aparezca en las
cartillas.
CAMPESE No, no es que me sienta dolido. Me siento marginado.
DE CARO Y esto desde que tenía usted seis años...

19
CAMPESE Hoy, igual que ayer, Señor Gobernador. En lo tocante a este punto, las
cosas no han cambiado.
DE CARO No es verdad. El actor no es un marginado, como usted dice. La sociedad
ha reconocido su función moral, su dignidad profesional, y esta
revalorización se ha producido gracias a las oportunas medidas
promovidas por el gobierno y a las leyes que se han aprobado en el
Congreso. El Gobierno ha reconocido los estudios de Arte Dramático.
CAMPESE Y los alumnos, gracias a esta prudente iniciativa, después de tres años de
estudios salen de la Escuela con un título en el bolsillo.
DE CARO Cuando usted tenía seis años no existían los estudios reconocidos de Arte
Dramático.
CAMPESE Ahora, en cambio, se reconocen, pero no hay un colegio profesional. Sin
un libro donde se registren los nombres de los que pertenecen a esta
categoría, a esta profesión, el título que dan a los alumnos de las Escuelas
de Arte Dramático pierde su valor, y a las propias Escuelas no les queda
más tarea que la de aumentar año tras año las filas de los “marginados”:
más follón todavía.
DE CARO ¡Pero qué está usted diciendo! Sabe tan bien como yo que de las Escuelas
de Arte Dramático han salido actores estupendos y actrices como la copa
de un pino.
CAMPESE Pero si yo no cuestiono la utilidad y la eficacia de las escuelas de Arte
Dramático.
DE CARO Los ha llamado “marginados”...
CAMPESE Pues sí, señor Gobernador, una marginación que podemos comprobar por
el abismo que se da entre el dicho y el hecho. En el ’46, justo después de
la guerra, se discutió en el Congreso y en el Senado una ley a favor de la
reconstrucción del país: contribuciones estatales, asignación de fondos,
ventajas fiscales... desaparecieron los obstáculos para quien quisiera
convertirse de repente en constructor, por ejemplo. De hecho, el sector de
la construcción, desde el ’46 a hoy ha crecido lo suyo... En esa ley no se
incluyeron los edificios teatrales, evidentemente, porque el teatro no se
consideró de interés general, de utilidad pública7.
DE CARO Pero ¿le parece a usted que un país recién salido de los horrores de una
guerra no tiene otra cosa que hacer que ponerse a reconstruir los teatros?

20
CAMPESE Tiene usted razón. Habría sido absurdo pretenderlo entonces. Pero la ley
no se ha modificado todavía. Así que yo me pregunto: este bendito teatro,
¿es de interés general, o no? Debe serlo, sin duda, porque si no los
gobiernos no estarían tan locos como para sangrar el erario público
gastando en algo inútil... Si no fuera de interés general, discúlpeme usted,
tendríamos que considerar inútiles a los actores, a los directores, a los
dramaturgos, a las Escuelas de Arte Dramático, a la Dirección General de
Artes Escénicas y a todo el aparato burocrático que la rodea.
DE CARO (Tras una breve pausa, con ironía) ¿Y si lo nombraran a usted Director
General de Teatro...?
CAMPESE ¿Y qué iba yo a poder hacer, Señor Gobernador? La voluntad de un
subsecretario o de un director general nunca es determinante.
DE CARO Bueno, entonces, ministro.
CAMPESE Los ministros también están atados de manos; los que cortan el bacalao
son los que llevan cultura en los consistorios, los de las redes de teatro,
los programadores…
DE CARO Vivimos en democracia, querido amigo. La tarea de un ministro es la de
escuchar, investigar, proponer.
CAMPESE Naturalmente.
DE CARO Lo nombramos ministro. Ministro de Cultura y Deporte.
CAMPESE Tendría que rechazar la oferta, lo lamento.
DE CARO ¿Por qué?
CAMPESE No sé nada de deporte y de cultura sólo un poco.
DE CARO Vaya por Dios: le damos sólo medio ministerio, una Subsecretaría. Le
damos el Instituto de Artes Escénicas. Una vez nombrado, usted llevaría
al Congreso una propuesta de ley: incluir en la cartilla la figura del
actor...
CAMPESE Pues sí.
DE CARO. .. crear un Colegio Profesional de actores...
CAMPESE Eso es.
DE CARO ... y reformar la ley de protección urbanística del ’46, incluyendo la
reconstrucción de edificios teatrales.
CAMPESE No, Señor gobernador, no haría esta última propuesta.
DE CARO ¿Por qué?

21
CAMPESE Nunca se sabe... El congreso podría estimar adecuada mi propuesta...
Entonces la ley se aprobaría –pongamos por caso– y una buena mañana
nos levantamos y en lugar de casas de protección, nos encontramos el
país rebosando de teatros y auditorios.
DE CARO (Sarcástico) Tiene gracia lo que dice, pero es bastante derrotista.
CAMPESE En honor a la verdad, creo que no merezco esa acusación. El derrotista
derriba, es decir, deshace lo que ya está hecho. Si yo fuera un derrotista,
¿cómo podría deshacer los cimientos de un teatro que, físicamente, no
existe, que aún no ha sido edificado?
DE CARO (Conteniéndose) Campese, sus juegos de palabras empiezan a irritarme.
¡Dejémoslo! (Breve pausa) Hágame el favor...
CAMPESE (Como cogido por sorpresa) ¿Cómo dice?
DE CARO (Distraído) ¿Qué?
CAMPESE Que cómo dice.
DE CARO ¿Qué quiere decir?
CAMPESE Usted me ha dicho “Hágame el favor...”. ¿A qué favor se refería?
DE CARO (Explica el malentendido) Ah, no... He dicho “Hágame el favor”... como
queriendo decir: “Desista en sus intenciones”. (Volviendo al asunto de
antes) Así que usted querría resolver la crisis teatral con una página en la
cartilla y un Colegio Profesional. Yo veo que lo fascinante del teatro es la
posibilidad que da a los actores de llevar una vida despreocupada, libre
de la tiranía de los trabajos monótonos, exento de las responsabilidades y
deberes que lo constriñen a uno cuando su nombre se registra en un
Colegio Profesional. ¿No le parece?
CAMPESE (Condescendiente) Sí, es cierto.
DE CARO Los actores son rebeldes por naturaleza, independientes, refractarios a
cualquier forma de disciplina que los encasille en un sector concreto. ¿Es
así, o no?
CAMPESE (Igual que antes) Sí.
DE CARO Usted lo sabe mejor que yo: el actor es un privilegiado y no cambiaría sus
actuales condiciones de vida ni por todo el oro del mundo. ¿Me
equivoco?
CAMPESE (Igual) No.

22
DE CARO La causa verdadera de la crisis del teatro deriva de la falta de textos. Ya
nadie escribe teatro. Al público no le interesan las obras de los autores
modernos: se aburren, bostezan. Los espectadores de hoy se encuentran
con dramas llenos de paja, donde ya se sabe desde el principio lo que va
pasar, con diálogos sin sentido del humor, largos, aburridos; o si no,
cuando el texto lo que busca es la famosa “denuncia”, el mensaje, les
toca asistir a una obra repugnante, con un argumento inmoral que el autor
“comprometido” quiere hacer pasar por cultura de vanguardia. ¿No está
usted de acuerdo?
CAMPESE (Igual) Sí.
DE CARO (Empieza a dudar) ¿Responde usted que sí por condescendencia o porque
está convencido?
CAMPESE (Tímido, pero sincero) Por condescendencia.
DE CARO ¿Y por qué no dice lo que piensa?
CAMPESE Señor Gobernador, si le digo lo que pienso, se enfada usted y me tacha de
derrotista... Yo he venido a pedirle un favor, un gran favor, que, dado el
momento en que me hallo, supone casi una gracia para mí y para mis
compañeros de desventuras, si es que usted puede concedérnosla.
DE CARO ¿Teme usted una reacción de despecho por mi parte?
CAMPESE No...
DE CARO ¡Entonces! Hable, no tenga pelos en la lengua ¡diga lo que piensa!
CAMPESE ¿Sobre los autores?
DE CARO Por ejemplo.
CAMPESE Pues verá, yo creo que los autores tienen miedo de escribir, y los
gobiernos tienen miedo de lo que pueda decir un autor cuando escribe.
DE CARO ¿Miedo de qué?
CAMPESE El teatro no está muerto, Señor Gobernador, está vivo, muy vivo.
DE CARO Si estuviese tan vivo, los resultados serían otros.
CAMPESE Ahí es donde entra en juego el jaleo. Como se decía antaño, el teatro debe
ser espejo de la vida humana, reproducción exacta de las costumbres e
imagen palpitante de la verdad; de una verdad que lleve dentro, además,
algo de profético.

23
DE CARO Ah. Y, según usted, estos autores tan avezados, estos poetas tan
inspirados ¿no dan al teatro nada bueno porque tienen miedo? ¿Pero de
qué? Si ya no hay censura.
CAMPESE No, Señor, yo le hablo de otros miedos. Un miedo pernicioso,
constitucional, congénito... que ha acompañado a la gente de teatro desde
que nació hasta hoy. Los actores de la Comedia del Arte, esos que
improvisaban en franca francachela, fueron siempre perseguidos por sus
chistes agudos contra la burguesía, contra la aristocracia, contra el
gobierno; les obligaban a huir de un pueblo a otro, de una república a la
otra, para meterlos en la cárcel en cuanto les echaban el guante, para
torturarlos, o ahorcarlos. En Inglaterra aún deben conservar una soga con
la que pusieron fin a las tribulaciones de un Arlequín. Señor Gobernador,
si la censura no funciona, funciona la autocensura, a la que el autor debe
someterse voluntariamente. De hecho, la gente de teatro se mueve en
función de unas premisas obligadas, de una dirección marcada, que no
miran hacia el verdadero objetivo, que sería el de dar al público la
imagen de la verdad.
DE CARO No exagere. Hay verdades que en el teatro no se deben decir; creo que
estaremos de acuerdo.
CAMPESE Sí, en eso sí.
DE CARO Vaya, ¡menos mal! Si la producción teatral no es toda diáfana, por lo
menos habrá alguna obra digna que haya tratado temas candentes. El que
tiene algo que decir lo dice, a pesar del “jaleo” reinante. No han faltado
autores valientes.
CAMPESE Usted lo ha dicho bien, y no he sido yo quien lo ha dicho: “valiente”.
¿Por qué tiene que ser valiente un autor? Si para contar las verdades en el
teatro hace falta ser valiente significa que hay algo en el aire que da
miedo.
DE CARO Gracias a Dios. Si no, saldrían todos al escenario a decir que Fulano es un
mangante, para desahogar sus rencillas personales contra éste o contra
aquél, para emprenderla contra esta o aquella institución, o, incluso para
hacer propaganda política. A pesar de todo el miedo de que habla usted,
muchos intentan hacer carrera teatral, pero no siempre con la intención de
hacer teatro.

24
CAMPESE Pero el público reconoce enseguida a los arribistas: los desenmascara, no
los sigue. El espectador ya es mayor de edad y tiene su propio criterio.
Hay que ayudar al teatro dándole estabilidad y una libertad de expresión
al nivel cultural del espectador de hoy, no vigilarlo, como hacen las
niñeras con los niños díscolos. El público está maduro, quiere a sus
autores, a los que le cuentan lo que pasa en su casa, a los que lo hacen
reconocerse entre los personajes de la obra. El autor que la gente
reconoce como tal entra por la puerta del escenario y sale, del brazo del
público, por la del patio de butacas. Los arribistas entran por la del
escenario y salen por la misma puerta, se van corriendo a su casa, se
cierran por dentro y no vuelven a salir.
GIACOMO (Entrando) Con permiso.
DE CARO Pase, pase.
GIACOMO (Le enseña un folio a De Caro) El texto del telegrama para su señora.
¿Quiere echarle un vistazo?
DE CARO (Recorre el texto mentalmente) De acuerdo, muy bien.
GIACOMO Lo mando ahora mismo.
DE CARO Y llame al guarda para que se lleve esta bandeja. (Giacomo aprieta el
botón rojo del aparato). Aquí nuestro actor me ha llevado a una
conversación muy interesante sobre el teatro.
CAMPESE Espero no haberle aburrido.
DE CARO En absoluto; pero ahora debería decirme qué tipo de favor necesita de mí,
porque ya no puedo dedicarle más tiempo.
CAMPESE Pues verá...
GUARDA (Desde dentro) Permesso.
GIACOMO Adelante. (Entra el guarda) Llévate esta bandeja, y luego hay que
mandar este telegrama.
GUARDA Déme usted (coge el texto del telegrama) Ahora va mi compañero. (Sale)
DE CARO (A Campese) Decía usted...
CAMPESE El barco hace aguas, señor Gobernador. Después del incendio de “El
Capannone”, escribí una carta a un compañero mío, artista, propietario de
otro teatro itinerante, que me había propuesto muchas veces unir nuestras
fuerzas, fundir los elencos de que disponemos y convertirnos en una sola
compañía. Estoy esperando su respuesta, que sin duda será favorable, y

25
tenemos por delante el problema de sufragar los gastos del viaje. No sé
cómo vamos a hacer para llegar hasta donde está la otra compañía…
DE CARO ¿Dónde?
CAMPESE En Romaña, cerca de Cesena.
DE CARO ¿Y cuántos son en su compañía?
CAMPESE Somos ocho, nueve con mi nieto, el hijo de mi hija, recién nacido. Sólo
tiene cinco días.
DE CARO ¿Ha nacido aquí?
CAMPESE Sí señor.
DE CARO (A Giacomo) A ver qué podemos hacer.
GIACOMO Ahora mismo. (Coge papel y lápiz) ¿Usted, cómo se llama?
CAMPESE Orestes Campese.
GIACOMO ¿Lleva algún documento de identidad?
CAMPESE El carné del sindicato y el de identidad.
GIACOMO Déme el carné de identidad.
CAMPESE (Se lo da) Aquí lo tiene.
GIACOMO (Transcribiendo en la hoja los datos de Campese) ¿Tiene usted cincuenta
y cinco años? Pues no se le notan.
CAMPESE Gracias, se hace lo que se puede.
GIACOMO (Le devuelve el carné) Tenga. Y ¿cuándo se quieren ir?
CAMPESE No lo sé, hay que esperar a que llegue la carta.
DE CARO (A Giacomo) Deje la fecha en blanco y que la ponga él cuando la sepa.
GIACOMO Ahora mismo les preparo, cómo se llama... una solicitud de ayuda...
DE CARO Ayuda de transporte.
GIACOMO Eso, una ayuda para el viaje hasta Cesena en tren directo (a De Caro) ¿en
segunda clase?
DE CARO Sí, sí.
GIACOMO Enseguida la preparo y se la traigo para que la firme (Sale).
DE CARO Bueno, Campese, puede usted esperar en la sala. (Se levanta para
despedirse)
CAMPESE (Se levanta también) Pero, Señor Gobernador, yo no he venido a pedirle
una ayuda de transporte. Con mi esfuerzo y a base de sacrificios
personales, siempre he conseguido pagar los viajes de “El Capannone”.

26
DE CARO (Impaciente) Bueno, Campese ¿qué quiere entonces? Haga el favor de
darse prisa, no me haga perder más tiempo.
CAMPESE Hemos montado una nueva obra, que han escrito entre mi hijo y
Gualtiero, mi yerno: Ojo al ojo de la cerradura. En lugar de contar un
argumento solo, que a veces se va alargando durante los tres actos, han
pensado contar quince historias breves, independientes una de otra.
Quince casos insólitos que, al final, dan al público la impresión de haber
sorprendido la intimidad de quince familias, mirando en quince ocasiones
por el ojo de la cerradura.
DE CARO Ah, interesante.
CAMPESE Somos ocho, bueno siete, porque mi hija todavía no está en condiciones
de volver al trabajo.
DE CARO Claro, por lo del recién nacido...
CAMPESE Sí, pero a pesar de eso, logramos presentar ante el público cuarenta y dos
personajes. Tenemos cada uno de doce a quince cambios de vestuario.
Nos maquillamos, cambiamos las voces, salimos de gordos, de delgados,
de grandotes, de chepudos... como hemos podido salvar el maletín del
maquillaje. Y todo en solo dos horas de espectáculo.
DE CARO ¿Y...?
CAMPESE Si usted pudiera honrarnos con su presencia en la función de mañana, mis
compañeros y yo se lo agradeceríamos de por vida. Sólo con anunciarlo,
suscitaríamos el interés de toda la ciudad: “Contaremos con la presencia
de la máxima autoridad, su Excelencia el Gobernador”. Y yo le dirigiría
un gesto de homenaje desde el escenario...
DE CARO (Molesto) Y yo le respondería desde el palco...
CAMPESE Con eso seguro que llenaríamos el teatro, y yo podría sufragarme los
gastos del viaje.
DE CARO Campese, está usted loco. Ya me he dado cuenta de su locura mientras
hablaba de los problemas del teatro. Váyase y confórmese con lo que le
he ofrecido. Yo tengo mis responsabilidades, tengo asuntos serios que
resolver, directamente relacionados con mi cargo; no tengo tiempo para
asistir a sus... (Se para un instante, resopla, decide)... a sus obras.
CAMPESE Iba usted a decir otra cosa, Excelencia.
DE CARO (Salta) ¡A sus payasadas! ¿Vale así? ¿Contento?

27
CAMPESE ¡No son payasadas! Son hechos reales, casos crueles, trágicos, grotescos,
sucesos auténticos, recogidos y anotados por Gualtiero y Filippo durante
nuestros viajes por los pueblos y por las sierras...
DE CARO Mire usted, yo estoy en contacto con lo auténtico a todas horas del día.
Tenga usted en cuenta que está delante del Gobernador. A mí no me hace
falta andar mirando por el ojo de la cerradura.
CAMPESE Entiendo. Pasan por sus manos cientos de casos humanos por resolver
¡pero en este mundo hay millones de cerraduras! Creo que las quince de
mi espectáculo podrían ser útiles a la autoridad.
DE CARO Campese, empiezo a perder la paciencia. Haga usted el favor de salir de
aquí.
GIACOMO (Entra con el folio de ayuda de transporte) ¿Qué sucede? (Le da el folio
a De Caro para que lo firme).
DE CARO No tengo ni tiempo ni ganas de ir al teatro... (Firma) Aquí tiene usted su
solicitud de ayuda. Que tengan suerte.
CAMPESE Yo no he venido a pedir limosna.
DE CARO ¡Váyase ahora mismo! Giacomo, quíteme de encima a este señor.
GIACOMO Le ruego que se vaya.
CAMPESE No merezco que me pongan en la calle, porque no he ofendido a nadie, y
menos que a nadie al Señor Gobernador.
DE CARO Me ha insultado usted pidiéndome que vaya al teatro a hacer de
señuelo…
CAMPESE No, Señor gobernador.
DE CARO (Autoritario) ¡Cállese de una vez! (a Giacomo) No ha hecho más que
hablar él, me ha llenado la cabeza de patrañas y bobadas, sentenciando y
pontificando, ¡váyase usted a hacer el histrión al teatro, hombre, en vez
de dar la tabarra en el Palacio de Gobernación!
GIACOMO (Coge un folio de la mesa y se lo da a Campese) Váyase. Esta es la
solicitud de ayuda de transporte, téngala bien en cuenta.
CAMPESE (Mirando el folio se percata de que Giacomo, con las prisas, se ha
equivocado y le ha dado la lista de las personas que han pedido
audiencia al señor Gobernador) No se preocupe, Señor Gobernador, me
voy. Tendrá usted mucho que hacer durante todo el día. En un par de
horas empezará a desfilar ante su mesa toda la humanidad. Por esa butaca

28
donde he tenido el honor de sentarme, irán pasando por turno
(consultando furtivamente el folio que tiene en la mano) un médico de
pueblo, un párroco... una maestra de escuela...
GIACOMO ¿Y tiene usted algo que decir al respecto?
CAMPESE No, no, ya comprendo que estas personas vendrán para que las aconsejen,
las consuelen, las ayuden, les den subsidios... (Como si se le acabara de
ocurrir una idea) Dígame, excelentísimo, ¿y si los que pasaran uno
detrás de otro por esa butaca fueran mis actores?
DE CARO (Fuera de sí) Campese, no me toque más las narices. Como se presente
aquí uno cualquiera de sus cómicos, lo pongo de patitas en la calle.
CAMPESE ¿Y cómo lo iba a reconocer? Nosotros sabemos fingir perfectamente...
nos hacemos altos, bajos, chepudos, gordos... Hemos podido salvar el
maletín del maquillaje, y ya no somos los histriones de antaño que
improvisaban en la Comedia del Arte: ahora hemos aprendido a
interpretar con arte y oficio la comedia.
DE CARO Al primer saltimbanqui comicastro suyo que se le ocurra aparecer por mi
despacho lo mando arrestar.
CAMPESE No lo reconocería, Señor Gobernador, y correría el riesgo de meter en el
calabozo a un párroco de verdad.
DE CARO Pues mándeme usted a esos “Personajes en busca de autor”, que van a
tener una buena acogida...
CAMPESE No, Señor, no, Pirandello no tiene nada que ver con esto: a nosotros no
nos interesa el problema del “ser y el parecer”. Si me decido a mandarle
aquí a mis actores, será para que nos planteemos si el teatro cumple una
función útil para la sociedad, o no. No serán personajes en busca de
autor, sino actores en busca de autoridad. Que tengan buen día, señores,
quedan avisados. (Sale)
DE CARO ¡Vaya una chifladura! Lo recibo porque creo que los actores suelen ser
tipos curiosos, y le pueden hacer a uno pasar un rato distraído y me
encuentro con un filósofo, redicho y exaltado... que no viene más que a
tocar las pelotas. (Mira sobre el escritorio, sin reparar, hasta que le salta
a los ojos la petición de ayuda de transporte). Pues no se ha llevado la
hoja de lo del transporte... Le ha dado un ataque de dignidad... Quién
sabe la de veces que habrán viajado en tercera.

29
GIACOMO Pero si cuando se ha ido llevaba el folio en la mano.
DE CARO Está aquí... (Se lo enseña) Se habrá llevado otro folio por equivocación.
GIACOMO Que no, que me acuerdo de habérselo dado yo.
DE CARO (Mira otra vez por el escritorio y se percata de lo sucedido) Le acaba de
dar a este farandulero el listado de las personas que tengo que recibir.
GIACOMO ¡No!
DE CARO ¿Cómo que no? ¡Ya lo creo que sí! (Rebuscan juntos por toda la mesa y
por debajo de ella, sin encontrarlo). ¡Me cago en...!
GIACOMO ¡Bueno! ¡Tengo copia!
DE CARO (Furibundo) ¡Pues métasela por donde le quepa! (Aprieta el botón rojo
del aparato) ¿Y si a ese mal nacido se le ocurre mandarme a sus actores?
GIACOMO No son más que unos cómicos de la legua, no se van a atrever a hacer una
cosa así, porque pueden acabar en la cárcel; y además, a los cómicos se
les nota a distancia que lo son.
GUARDA (desde dentro) Permesso.
DE CARO ¡Pase!
GUARDA (Entrando) ¿Señor?
DE CARO En un par de horas tengo varias visitas que recibir. Dile a tu compañero,
ése que se conoce a toda a la ciudad, que no se mueva de la conserjería y
que suba con el primero que llegue.
GUARDA Mi compañero è ido con la motochicletta al lugar del siniestro de esta
noche, porque ha venido uno corriendo a dirgli e que hay un tío suyo
entre los feritos del tren. (De Caro y Giacomo se miran consternados).
¿Me puedo retirar, Eccellenza?
GIACOMO Sí, sí.
GUARDA Permesso (sale).
DE CARO (Paseando muy nervioso, hablando consigo mismo) Se camuflan, se
transforman... se hacen altos, bajos, gordos... han conseguido salvar el
maletín del maquillaje... ¡cambian de voz!
GIACOMO ¿Quiénes?
DE CARO (Iracundo, despectivo) ¡Los cómicos!

Telón

30
SEGUNDA PARTE

El mismo espacio. Habrán pasado dos o tres horas desde que Campese salió del
despacho del Gobernador. De Caro y Giacomo están de pie en medio de la habitación,
uno junto al otro con la mirada fija en la puerta de entrada, ansiosos, circunspectos y
presa de la sospecha.

DE CARO (Tras una larga pausa) Entonces, ¿está usted de acuerdo conmigo?
GIACOMO Sí, Señor Gobernador.
DE CARO Pero cómo va a atreverse...
GIACOMO Pues yo, sin embargo, estoy convencido de que la persona que está
esperando ahí fuera (indica a la puerta) sentada en el banco, no es Quinto
Bassetti, el médico de familia de Aceto, sino un saltimbanqui de “El
Capannone”, bien aleccionado, que nos manda Campese.
DE CARO Pero Campese se fue hace solo tres horas. ¿Cómo iba a ser capaz de
organizar en tan poco tiempo un numerito de este calibre?
GIACOMO Para unos cómicos acostumbrados a abordar papeles distintos, con
cambios de vestuario medio improvisados, tres horas son más que
suficientes para ponerse de acuerdo y transformarse.
DE CARO Pero, entonces, ¿usted cree que no han tenido en cuenta el riesgo de
acabar en la trena por falsedad documental y suplantación de
personalidad?
GIACOMO Ni usted ni yo estamos en condiciones de determinar si el que está ahí
fuera es de verdad el médico del pueblo, o un actor de “El Capannone”.
Para demostrar que hay delito hacen falta pruebas.
DE CARO Pero usted ¿no alberga cierta sospecha?
GIACOMO ¡Hombre! ¡Si se ha equivocado de puerta!
DE CARO ¿Cómo?
GIACOMO Cuando hemos salido de conserjería, yo iba delante de él para indicarle el
camino, pero él me ha dicho que no había problema, que ya sabía por
dónde era porque había venido muchas veces a ver al Gobernador.
Hemos salido del pasillo para venir hacia aquí y él, en lugar de abrir la
puerta del despacho, la que está a la derecha, ha abierto la de la izquierda
y se ha metido sin querer en el armario de las escobas.

31
DE CARO Un momento (aprieta el botón rojo del aparato) Y ¿qué ha dicho cuando
se ha visto en el armario?
GIACOMO Nada. Se ha echado a reír, como diciendo: “Vaya, me he equivocado”. Se
ha acercado dudando a la otra puerta y la ha abierto con poco
convencimiento.
DE CARO Pues ahora mismo vamos a ver si de verdad conoce el Palacio de
Gobernación. Venga usted por aquí. (Se acercan al escritorio). Coja esta
silla (le indica la que está delante de la mesa). Póngala allí (indica el
lado contrario de la habitación y Giacomo coloca allí la silla). Y yo voy
a poner esta otra aquí (coge su butaca y la coloca frente a la silla que ha
desplazado Giacomo).
GUARDA (Desde dentro) Permesso.
DE CARO Adelante.
GUARDA (Entra) Dica.
DE CARO Hay que cambiar esta mesa de sitio.
GUARDA Sí, Eccellenza. (Va hacia el escritorio).
DE CARO (A Giacomo) Haga el favor de echarle una mano.
GIACOMO Por supuesto. (Ayuda al guarda a desplazar la mesa).
DE CARO Pónganla aquí (indicando el sitio que queda entre la silla y la butaca)
Así, muy bien. (Se sienta delante de la mesa). Veronesi, está fuera el
señor Quinto Bassetti. Que pase, por favor.
GUARDA Sí, Eccellenza. (Sale).
DE CARO Cuando entre, usted dígale solamente: “Siéntese”, sin indicarle un sitio en
concreto.
GIACOMO (Sonriendo) Entiendo, señor.
QUINTO (Desde dentro) Con permiso.
GIACOMO Adelante, por favor.
QUINTO (Entra) Buenos días.
GIACOMO Buenos días. (Escruta al nuevo personaje y se queda esperando para ver
hacia qué parte de la habitación dirige sus pasos).

El doctor no parece desorientado por el cambio. Va directamente y sin dudar hacia el


escritorio y se queda delante del Gobernador. De Caro y Giacomo se miran con
complicidad, como diciendo: si fuera el médico de verdad, al principio por lo menos,
habría ido hacia el lugar donde solía estar el escritorio.

32
DE CARO (Con una sonrisa irónica) Y usted ¿quién es?
QUINTO Quinto Bassetti, médico de Aceto.
DE CARO (Indicando la silla) Siéntese.
QUINTO Gracias (Se sienta)

Pausa, durante la cual De Caro examina a Bassetti con detalle. Es un hombre de unos
treinta y cinco años, huesudo y delgado. Su frente despejada da paso a una maraña de
cabellos alborotados, con canas tempranas. Tiene unos ojos penetrantes y ardientes,
pero hundidos e irritados por la falta de sueño. Viste ropa desaliñada y descolorida.

DE CARO Me ha dicho mi secretario de gabinete, aquí presente...


GIACOMO Doctor Giacomo Franci.
QUINTO Mucho gusto.
DE CARO …Me ha dicho que usted ya había venido otras veces a ver al
Gobernador.
QUINTO Sí, llevo diez años de médico rural, y aquí ya soy uno más, no sólo en el
Palacio de Gobernación, sino en todas partes. Además, últimamente solía
pasar por aquí alguna tarde a jugar a las cartas.
DE CARO Ah, ¿sí?
QUINTO El Gobernador saliente es piamontés, igual que yo, los dos del mismo
pueblo, Alba. Charlábamos, nos contábamos las cosas de los viejos
amigos, jugábamos a las cartas... por pasar el rato... aquí precisamente.
DE CARO (Sobre aviso) ¿Aquí precisamente?
QUINTO En esta mesa, uno frente al otro, como usted y yo estamos ahora.
DE CARO Pues verá usted, doctor, el sitio del señor Gobernador era ése (indica el
lugar donde estaba la mesa antes del cambio).
QUINTO Sí, era ése. Cuando vine a este despacho por primera vez, hace diez años,
ése era el sitio del Gobernador; pero mi amigo eligió este rincón para
tener un poco más de intimidad. Decía “Aquí al abrir la puerta no me ven
los que están esperando en la sala”. Y hace tres días, antes de marcharse,
mandó que volvieran a poner la mesa donde estaba antes.
DE CARO Ahhh. Ya.
GIACOMO Ya, ya.

33
DE CARO Disculpe, al entrar, usted sabía que habían vuelto a poner la mesa en su
sitio, ¿cómo es que no ha dudado ni un momento en dirigir sus pasos
hacia este rincón?
QUINTO Me lo ha dicho el guarda: “Hemos cambiado la mesa”.
DE CARO (Decepcionado) Entiendo.
QUINTO Señor Gobernador, he venido a presentarle mis respetos, a expresarle mis
mejores deseos en la labor que va a desempeñar entre nosotros, y a poner
mi modesta profesión de médico a su entera disposición.
DE CARO Gracias, muy amable. Y ¿qué tal va la salud pública?
QUINTO La salud bien, demasiado bien. De hecho, cuanto mejor está la salud
pública, peor está la mía. Me he dejado la salud en este pueblo, señor
Gobernador.
DE CARO ¿El sueldo no le llega?
QUINTO No quiero ni hablar de ello.
DE CARO Pero a usted, ¿no le paga el ayuntamiento?
QUINTO Sesenta y tres mil liras al mes, y pare usted de contar. Tengo a mi madre
viuda, que vive en Alba con dos hermanas solteras, también a mi cargo, y
un hermano todavía estudiando. Tengo también una ayudita con la
consulta del seguro, a trescientas liras la visita.
DE CARO Y habrá algún paciente que vaya por lo privado.
QUINTO Sí, alguno hay. Mis honorarios son de mil quinientas liras por la primera
consulta y quinientas el resto, mientras dura el tratamiento.
Económicamente no me puedo quejar, mejor o peor, llego a fin de mes.
Lo trágico no es eso.
DE CARO ¿Trágico?
QUINTO Sí, una verdadera tragedia.
DE CARO Si le puedo servir de ayuda...
QUINTO Desde luego que puede. Siguiendo el consejo de su colega, mi paisano
recién trasladado, redacté un informe detallado sobre mi caso y se lo
entregué.
GIACOMO He revisado todos los expedientes sin resolver y no hay ningún informe
de ese tipo.
DE CARO ¿Un informe firmado por usted?
QUINTO Firmado, con nombre y apellido: Quinto Bassetti.

34
DE CARO (A Giacomo) ¿Seguro que no está?
GIACOMO No, señor, no está.
QUINTO ¿No hay siquiera constancia?
GIACOMO Nada.
QUINTO Pues su colega me aseguró que le informaría a usted de mi solicitud, en la
que exponía los motivos de mi decisión, en caso de que no se aceptara mi
demanda.
DE CARO (A Giacomo) Vuelva usted a revisar los expedientes.
QUINTO Son once folios a máquina, con la firma en todas las páginas.
GIACOMO Voy a volver a mirar. Con permiso. (Sale).
DE CARO Y ¿qué solicita en su demanda?
QUINTO Mi caso ha llegado a un punto insostenible. Tengo el hígado hecho trizas,
machacado. A veces me llega la bilis hasta la garganta. Señor
Gobernador, yo no puedo cargar solamente con las responsabilidades de
un médico. Quiero que se me reconozcan también los méritos de serlo,
quiero una recompensa moral, el justo reconocimiento que se me debe,
cuando, gracias a mi capacidad y a mi experiencia –que son fruto de una
juventud sacrificada por los estudios– consigo salvar científicamente,
¿me entiende usted?, científicamente, un caso grave, que de darse un
primer diagnóstico erróneo se llevaría, nueve de cada diez veces, al
paciente al otro mundo. Quiero que se me conceda este honor, porque
creo que me corresponde de pleno derecho. Entiéndame, por favor, no es
que tenga pretensiones vanidosas, sólo deseo el reconocimiento a la
figura del médico ante la opinión pública; y en el lugar que le
corresponde, dada su dignidad profesional.
DE CARO (Alusivo) No irá usted a hablarme de la necesidad de crear un colegio
profesional y de lo oportuno que sería incluir la figura del médico en la
cartilla escolar.
QUINTO No le entiendo.
DE CARO Soy yo quien no acaba de entenderle. El ejercicio de la medicina goza de
pleno reconocimiento en sus derechos por parte del estado, como no
puede ser menos, dado lo vital de su misión; en cuanto a los ciudadanos,
estoy seguro de que del primero al último en rango social, todos le
profesan la consideración que merece.

35
QUINTO Es cierto, pero yo no estoy defendiendo al cuerpo profesional. En mi
informe señalo un caso concreto, mi caso. Un caso absurdo, con el que
me encontré a los cuatro o cinco meses de llegar a esta localidad, que ha
ido creciendo a lo alto y a lo largo, y hasta a lo ancho, hasta hacerse más
grande que el pueblo entero, conmigo debajo de todo eso. ¡Debajo y
asfixiado por su peso! Por el peso de las casas, de los comercios, de los
edificios, de la iglesia, de los campos, de los árboles... y yo... debajo de
todo eso… ¡aplastado como un gusano!
DE CARO No se altere usted, cálmese.
QUINTO Disculpe que me haya puesto así, señor Gobernador, pero es que tengo un
nudo apretado en la garganta (se toca la garganta) que cuando se me
sube, no lo puedo controlar.
DE CARO No se preocupe, hable usted con tranquilidad.
QUINTO ¿Conoce usted ya el pueblo de Aceto?
DE CARO Todavía no, pero tengo intención de visitarlo en cuanto me sea posible.
QUINTO Pues vaya a la plaza: al fondo a la derecha, a los pies de una escalera
empinada y estrecha que va dando la vuelta alrededor de un callejón, hay
un tabernáculo con un Cristo. Un Cristo enorme, desproporcionado con
respecto al callejón y a la hornacina que lo aloja. Desde la plaza, lo único
que se ve es el Cristo. Los ventanales, los balcones, los comercios, los
puestos en los días de mercado, desaparecen: desaparece todo. El Cristo
reina por encima de todo. Lo veo desde mi ventana, forrado de oro y
plata. No queda ya un hueco en el tabernáculo para colgar un solo ex
voto; prendas preciosas y ofrendas de todas clases: collares, pulseras,
sortijas...
DE CARO Es un Cristo milagroso…
QUINTO (Con una mueca de amargura) Cuando se da un caso de enfermedad
grave en el pueblo, o una urgencia, un anciano, una mujer, un niño, un
alma que arrancar de los brazos de la muerte, entonces, se acuerdan de
mí. De día, de noche o al amanecer: no hay horario. Si oyera usted cómo
suenan por la noche en la plaza los golpes que dan a la puerta de mi casa
“Pon, pon, pon” y los familiares que chillan: “¡Doctor! ¡Doctor
Bassetti!... que mi mujer esto, o mi hijo lo otro, o mi madre...” Y Bassetti
corre que te corre, a trepar montaña arriba, con la nieve por la cintura,

36
para acudir a la casa, o al establo, o a la covacha. Allí, me siento junto a
un camastro hediondo, a palpar entre los jirones de las mantas el
abdomen fofo de un cuerpo consumido, para reconocerlo, desde el bazo
hasta el hígado, con mis propias manos (enseña sus manos con las
palmas abiertas). ¡Con estas manos! Me las lavo enseguida, dos o tres
veces, hasta cuatro, pero la sensación asquerosa de ese contacto se me
queda adherida, como impregnada... y va saliendo por los poros a lo largo
del día: cuando me estoy vistiendo, o me estoy peinando, o cuando me
afeito. Una vez se murió en mis brazos una niña de cinco años... me
llamaron demasiado tarde; era difteria, y no pude hacer nada. La operé
con un cortaplumas esterilizado a toda prisa (lo único que encontramos a
mano) pero de la incisión practicada en su tráquea la sangre salió lenta y
densa. Le había cortado la garganta a un cadáver. Cayó el telón antes de
lo previsto y sin avisar.
DE CARO (Reaccionando ante la frase final de Bassetti, a la que atribuye su
sentido literal) ¡Ahá! ¿Y qué dijo la gente?
QUINTO Se quedaron todos paralizados, sentados y en silencio. Luego, los que
estaban de pie... Porque había algunos de pie...
DE CARO Claro, claro, cuando no encuentran donde sentarse...
QUINTO Era un espacio reducido.
DE CARO Entiendo. Entonces, los que estaban de pie...
QUINTO Empezaron a mirase unos a otros y a preguntar: “¿Ya está? ¿Se ha
acabado todo?” “¡No puede ser!” ¡Sí, sí, se acabó!”. Y empezaron a
chillar como locos “¡Inútil!”, “¡Tú y todos tus compañeros sois unos
payasos!” “¡Creéis que sabéis cumplir bien con vuestro papel, pero sois
unos asesinos!”. Y se me echaron encima como animales salvajes. “Estoy
perdido”, me dije, y miré a mi alrededor, buscando la puerta...
DE CARO ¿Del escenario?
QUINTO ¿Qué escenario?
DE CARO ¡El de “El Cabañone”!
QUINTO Bueno, no era una cabaña, era una especie de covacha, como le he dicho.
Encontré la puerta, salí corriendo y me encerré en mi casa. En una ciudad
grande después de una derrota te escabulles con más facilidad; pero en un
pueblo pequeño, en una aldea, te pillan enseguida. Y así fue. A los diez

37
minutos de haber llegado a mi casa se formó bajo mi ventana un gentío y
se pusieron a silbarme.
DE CARO ¡Hay que ver!
QUINTO Media hora después, la plaza entera gritaba hacia mi ventana. “¡La niña
no se tenía que haber muerto!”. “¿Por qué la has dejado morir?” “¡Sal!”
“¡Asómate!”.
DE CARO Toleramos la muerte de un anciano, de un joven, de una mujer...
seguramente la de un tirano, o un traidor, pero la de una niña nunca
podemos aceptarla, a la gente le gusta más el final feliz.
QUINTO ¿Sabe usted cuántos casos trágicos, desesperados, he resuelto
brillantemente, por mis propios medios? Entonces, me asomé a la
ventana, con la rabia que se me salía por los ojos y les dije: “Aquí me
tenéis, decidme a la cara todo eso que gritabais”. “Has dejado que se
muriera la niña”. “¿Y cuántos llevo salvados en estos diez años? Mirad el
tabernáculo”. Dije extendiendo el brazo hacia él. Todos se giraron hacia
él. “Ahí dentro tenéis el ‘Currículum vitae’ del ejercicio de la medicina
de Quinto Bassetti: piernas, caderas, brazos, hombros, pies, manos,
tórax... Todos mis pacientes seccionados y convertidos en piezas de oro y
plata, con incrustaciones de piedras preciosas. Hay una barriga...
buscadla: una barriga de plata con un rubí en el medio, que simboliza el
ombligo. Es la barriga de la esposa del notario, el señor Mennella. Yo fui
quien le dijo que no tenía ningún tumor, y que si se operaba a lo peor se
quedaba en la mesa de operaciones. ¿Cuánto cuesta esa barriga? Porque a
mí sólo me pagaron mis honorarios: ¡mil quinientas liras! Hay también
un corazón de oro. El de verdad es de Giacomone, el cartero, que estaba
desahuciado; su corazón no resistía más. ¿Quién fue el que consiguió que
siguiera latiendo gracias a una inyección de adrenalina en el ventrículo
derecho? Pues esos latidos de vida renovada me los pagó el seguro:
trescientas liras. Contad los brazos, las piernas, las caderas, los pies, las
manos, todas las figuras de oro y plata que hay ahí dentro. Si las
multiplicáis por trescientas liras, sacaréis el total de mi ganancia en estos
diez años. Si os parece una suma justa, significa que vuestra vida y la de
vuestros hijos no valen más que eso: ¡trescientas liras!”. Abatido,
destrozado, cerré la ventana con tal fuerza que se rompieron los cristales

38
y me eché en la cama. Se había terminado la función. Hubo un momento
de silencio y luego se oyó un aplauso fragoroso y un unánime: “¡Bravo!”
“¡Muy bien!”. Salí varias veces a saludar, como si estuviera soñando. El
entusiasmo de toda esa gente me conmovió y no paré de llorar en toda la
noche.
DE CARO Ya me imagino, después de un éxito así. ¿Y dieron más funciones?
QUINTO ¿De qué?
DE CARO Supongo que un espectáculo como ese habrá seguido después.
QUINTO Sí, por supuesto. Durante dos o tres meses en el pueblo no se habló de
otra cosa. Dije públicamente que iba a dimitir como médico del pueblo.
DE CARO (Irónico) Ya... Porque usted es el médico del pueblo...
QUINTO Exacto.
DE CARO (Insidioso) Quinto Bassotti.
QUINTO Eso es.
DE CARO ¿Pero usted no se llamaba Bassetti? Yo he dicho Bassotti.
QUINTO Sí, ya me he dado cuenta.
DE CARO ¿Y por qué no ha protestado?
QUINTO Por delicadeza, Señor Gobernador.
DE CARO De modo que ¿todavía quiere dimitir?
QUINTO Señor Gobernador, le ruego que me escuche y considere la situación. Yo
soy un ateo convencido, y mi nombre, Quinto, es signo de que mi padre
era tan ateo como yo. Este es un pueblo de gente muy religiosa: todos son
católicos practicantes y hasta ahí vale. No seré yo quien impida el culto a
los paisanos. Mi ateísmo no hace daño a nadie, porque me lo rumio yo
solito. Es la gente del pueblo la que piensa que son milagros lo que en
realidad no es más que experiencia profesional en la medicina; pensando
así perjudican mis intereses morales y financieros. En otras palabras,
Señor Gobernador, cuando un paciente se cura, se atribuye todo el mérito
al Cristo de la plaza. Si el paciente se muere, las culpas se me atribuyen a
mí, y se echan todos a la plaza a silbar bajo la ventana de mi casa. El
informe que presenté ya hace tiempo, y que espero no se haya
extraviado...

39
DE CARO Entiendo. Quiere usted decir que en ese informe usted ofrecía
replantearse la decisión de dimitir como médico del pueblo, si retiraban
el tabernáculo de la plaza.
QUINTO No, nooooo, ¡de ninguna manera! Nunca me he atrevido a pedir eso. Una
medida tan drástica provocaría un gran malestar en el pueblo. Mi petición
se limita a una solución intermedia.
GIACOMO (Entra) Señor, he mirado bien los expedientes, uno por uno...
DE CARO (Interviene antes de que acabe, para dar a entender a Giacomo la
actitud que está adoptando) Y ha encontrado usted por fin el informe del
Doctor Bassetti... (le guiña un ojo, y el otro lo capta).
GIACOMO Pues sí. Tras una larga búsqueda, por fin lo he encontrado.
DE CARO Pues póngalo aparte, que luego me lo leeré con calma. (A Bassetti). Yo le
voy a decir cuál podría ser la solución intermedia. El pueblo necesita un
doctor como usted, no puede perder a un hombre que en diez años ha
garantizado de forma tan encomiable la prosperidad de la salud pública...
(A Giacomo) Por otro lado, nos hacemos cargo de lo desagradable que
resulta para un hombre de ciencia como usted afrontar este estado de
ignorancia y superstición popular. Giacomo, tome nota. (Giacomo abre
su libreta). “Por orden del Gobernador, todas las ofrendas y ex votos que
los beneficiados por los milagros han colocado en el tabernáculo de la
plaza de Aceto, deberán ser retirados por los interesados y llevados en
bloque a la casa del Doctor Bassetti, donde se colgarán, ordenados, en la
fachada principal...”
QUINTO No, señor Gobernador. Esta medida sentaría muy mal en el pueblo y
traería problemas. Francamente, no quiero ser el responsable de una
revuelta popular. La medida intermedia a la que me refiero concilia mi
satisfacción con los intereses del tabernáculo. En estos diez años, he ido
guardando una enorme cantidad de cartas, telegramas y tarjetas, que
otorgan reconocimiento al éxito de mis intervenciones en los casos más
desesperados. “¡Le debo la vida!” “¡Salvaste a mi hijo de la muerte!”
“Beso la tierra que pisas”. Declaraciones que están firmadas con nombre
y apellido. Tengo también cancioncitas sencillas, poesías, fotografías con
dedicatorias; y no falta algún certificado oficial de reconocimiento de
méritos, concedido por eminentes personalidades y dirigentes de

40
entidades públicas. El propio Obispo me escribió una nota de su puño y
letra... Si usted, como Gobernador, quiere hacer justicia conmigo ante el
pueblo, déme su permiso para colgar alrededor de la puerta de mi casa
una buena parte de estas declaraciones, decorosamente enmarcadas y
bien dispuestas. De este modo, yo voy por mi lado con los certificados, y
el tabernáculo por el suyo con los ex votos.
DE CARO ¡Concedido! Exponga usted todas las cartas y declaraciones que quiera.
QUINTO (Exultante) ¿En serio?
DE CARO Y exento de impuestos. Su exposición gozará de exención fiscal (Se
levanta para despedir al doctor).
QUINTO (También se levanta) Muchas gracias, señor Gobernador.
DE CARO Giacomo, prepare un permiso permanente para esa exposición y démelo
para que lo firme.
GIACOMO Sí, señor.
QUINTO Luego volveré a recogerlo.
DE CARO Muy bien.
QUINTO Y traeré todas las cartas. Así podremos elegir juntos las que deben
exponerse. Usted mismo me puede decir cuáles son las firmas que no
conviene exhibir públicamente.
DE CARO Por supuesto.
QUINTO Gracias de nuevo, Señor Gobernador. Su comprensión me ha devuelto el
entusiasmo de los días en que comencé mi carrera como médico. (Se
dirige a la puerta, pero regresa hacia el escritorio) Y ¿puedo colgar
también mi título de licenciado?
DE CARO Faltaría más. Y si tiene usted alguna medalla...
QUINTO Sí, tengo cuatro o cinco.
DE CARO Pues cuélguelas también.
QUINTO Gracias (Sale)
DE CARO Compruebe si se ha ido.
GIACOMO (Mirando más allá de la puerta) Se ha ido corriendo. Ya ha desaparecido.
DE CARO ¡Qué pedazo de histrión! ¡Será payaso!
GIACOMO Pues el informe ese que dice no está entre los expedientes.
DE CARO Es uno de los cómicos de “El Capannone”. Campese ha mantenido su
palabra. Reconozco que la historia que me ha contado es original, pero

41
mis objeciones lo dejaban desconcertado, lo confundían y traicionaba
continuamente la lógica del discursito que se traía preparado.

Suena el teléfono.

GIACOMO (Contesta) ¿Diga? (Breve pausa. Cubre el auricular con la mano y se


dirige a De Caro) Ha llegado el párroco.
DE CARO Mira tú qué coincidencia... Sale uno y llega otro. ¿A qué hora le dio cita
al párroco?
GIACOMO Por la tarde.
DE CARO (Molesto) ¿Cómo que “por la tarde”? ¿Cómo no ha dado usted citas con
un horario más preciso?
GIACOMO (Afligido) Lo lamento muchísimo... (Aludiendo a la respuesta que debe
dar al conserje) ¿Qué le digo?
DE CARO ¿Qué le va a decir ahora? Pues que suba.
GIACOMO (Al teléfono) Que suba. (Cuelga).
DE CARO Buena la ha liado. Si la lista de las visitas estuviera bien hecha, con la
hora de la cita al lado de cada nombre...
GIACOMO Campese se habría enterado, porque es él quien se ha llevado la lista.
DE CARO (Hecho una furia) ¡Se habría guardado muy mucho de hacer más el
imbécil! Ya habría entendido que yo podría responder... ¡Pero usted lo ha
echado todo a perder!
GIACOMO Campese es listo. Campese entiende que el juego podría convertirse en
un asunto bastante peligroso para él.
DE CARO Ése que se acaba de ir no era el verdadero médico... se lo digo yo.
GIACOMO Bueno, el médico vaya y pase, pero salir por el barrio disfrazado de
párroco y tener el valor de meterse en el Palacio de Gobernación...
DE CARO ¿Y los carabineros? ¿Cuándo vuelven los agentes?
GIACOMO He llamado hace diez minutos: hay cuatro vagones completamente
destruidos, muchos heridos y todavía están sobre el lugar los equipos de
salvamento sacándolos de entre el amasijo de hierros. El Subteniente de
carabineros me ha dicho que tienen tarea para todo el día. (Vuelve a
sonar el teléfono) ¿Diga? (A De Caro, tras una breve pausa) El
farmacéutico, el señor Pica, está en conserjería.

42
DE CARO ¿Y cómo voy a hablar con el párroco y con el farmacéutico al mismo
tiempo?... Recíbalo usted.
GIACOMO (Al teléfono) Que se espere diez minutos y luego lo acompañas a mi
despacho. (Cuelga) Éste llamó hace un rato. Ha puesto un recurso para
que le devulevan la licencia que le han quitado: parece que estaba
cometiendo fraude en la gestión de la farmacia.
DE CARO ¿Fraude?
GIACOMO Es una historia que viene de lejos: su abuelo era licenciado en Química,
pero el hijo y el nieto –que es el farmacéutico éste– sólo eran mancebos
sin titular.
DE CARO ¿Y qué quiere entonces que hagamos?
GIACOMO Dice que ya ha conseguido el preceptivo título de licenciado, pero que,
mientras tanto, llegó otro que tenía solicitada licencia desde tiempo atrás,
y estaba titulado, y el Gobernador recién salido le concedió la licencia
para regentar esta farmacia.
DE CARO Atiéndalo usted, pero vaya sobre aviso, que puede ser otro truco de
Campese.
GIACOMO Quede usted tranquilo.
P. SALVATI (Desde dentro) ¿Se puede pasar?
GIACOMO Adelante, padre, pase.
P. SALVATI (Entra) Bien hallados sean, y que Dios les dé siempre salud. (Es un
hombre lozano, robusto y orondo, sobre los sesenta años. Calza un par
de botas llenas de barro, y con la suela abierta por la puntera. La
vestidura talar está descolorida y luce brillos en los codos y en la parte
trasera. El alzacuello no llega a estar pringoso, pero tampoco resulta
inmaculado. Un bolsillo lleno de castañas asadas abulta uno de los
lados de la sotana; del otro bolsillo se asoma colgando el pico de un
pañuelo de llamativo color. Resumiendo, en él todo es obvio y banal. Lo
único que se le puede objetar es que en todos esos detalles, en los
matices de sus actitudes, en su modo de expresarse, rozando a veces la
grosería en su campechanía algo forzada, hay tanta semejanza y tan
estudiada con la clásica figura de un cura de pueblo, que pone en
guardia al Gobernador. Esta concomitancia ocasional entre lo
verdadero y lo falso, lo lleva a sospechar que se trata de nuevo de una

43
meticulosa construcción premeditada de otro de los cómicos de “El
Capannone”, con objeto de hacer realidad la amenaza de engaño por
parte de Campese). Porque la salud es lo principal, y después viene lo
demás, querido Gobernador... ¿quién es el Gobernador? (Se les queda
mirando, mientras espera respuesta).
DE CARO Yo, yo. El Gobernador soy yo.
P. SALVATI Muy bien, tanto gusto.
DE CARO El gusto es mío.

Se dan la mano.

P. SALVATI (Indicando a Giacomo) ¿Y quién es este señor?


DE CARO Es mi secretario.
GIACOMO (Se presenta) Giacomo Franci.
P. SALVATI Muy bien, pues tanto gusto también.
DE CARO Padre, siéntese, por favor.

Se sientan.

P. SALVATI Pues hace frío hoy, pero ayer también fue fresquito.
GIACOMO Anoche hacía un frío polar.
DE CARO Sí, hemos encendido la chimenea.
P. SALVATI Yo combato el frío con las castañas. Me compro unas cuantas, me las
meto en el bolsillo, y me van dan dando el calorcito necesario para ir
tirando medio día por lo menos. Hay un castañero que las vende ahí en la
esquina de la iglesia y me las da recién sacadas de las brasas, casi
ardiendo. De vez en cuando me como alguna y las otras me sirven de
brasero ambulante. Estas las he comprado hace diez minutitos. (Se saca
media docena de castañas del bolsillo y se las enseña). Cojan ustedes si
quieren... que están en su punto, tiernas y crujientes. (Se las cambia de
una mano a otra porque están quemando).
DE CARO Gracias. (Coge una, pero enseguida la deja caer sobre la mesa,
soplándose la punta de los dedos).
P. SALVATI (Que ya sabía que iba a pasar eso, se empieza a reír a carcajadas, pero
sin maldad) Ja, ja, ja. Están quemando... a mí ya no me queman, con los

44
callos que tengo en las manos. (A Giacomo) Y usted ¿no quiere una
castañita?
GIACOMO (Saca su pañuelo y lo pone sobre el escritorio) Póngamela aquí encima,
si es tan amable.
P. SALVATI Ahahá, pillín. No es tonto su secretario. (Echa sobre el pañuelo todas las
que tiene en la mano).
GIACOMO No, no, no... si sólo quiero una.
P. SALVATI Coja usted las que quiera, que llevo el bolsillo lleno. (Une los cuatro
picos del pañuelo envolviendo las castañas y se las da a Giacomo). Pero
haga el favor de ir a comerse las castañas a otro sitio, que yo tengo que
hablar con el Gobernador de un asunto muy delicado.
DE CARO Pero si este señor es el secretario que tengo a mi servicio.
P. SALVATI Pues yo no tengo ni servicio, ni secretario: y me apaño lo mismo. Si, una
vez hayamos hablado, quiere usted explicarse con su secretario, es usted
muy libre. (Se levanta arrastrando la silla hacia el balcón) ¿Le importa
si me siento junto al balcón? (Ha llegado al balcón y antes de que le
contesten se sienta casi de espaldas a la mesa del despacho para poder
ver la calle por los cristales). Desde aquí hablamos lo mismo que desde
ahí, pero yo puedo vigilar la entrada de la iglesia. (Echa una mano al
bolsillo, saca una castaña y empieza a pelarla).
GIACOMO ¿Les dejo solos, señor?
DE CARO Sí, pero no se vaya muy lejos.
GIACOMO Esté tranquilo. (Al Padre Salvati) Con permiso.
P. SALVATI Vaya usted con Dios. (Sale Giacomo. Salvati se mete la castaña en la
boca y tira la cáscara al suelo, escondiéndola con el pie debajo de un
mueble) Señor Gobernador, tenemos que ayudarnos el uno al otro,
unamos nuestras fuerzas; usted me dice lo que quiere que hagamos y yo
le digo cómo pienso que se puede hacer; hay que salir de este círculo
vicioso. Hay que encontrar el modo de convencer a Rosetta Carbone de
que desista de su propósito, si no queremos que el buen nombre de esta
localidad se vea comprometido en un escándalo de proporciones
monumentales, que salpicaría a todo el catolicismo en su conjunto y a las
autoridades responsables, propagándose por todo el país. ¡Menudo

45
bocado para la prensa comunista! (Se come otra castaña, repitiendo la
misma operación con la cáscara).
DE CARO Pero ¿quién es esa Rosetta Carbone?
P. SALVATI (A través de los cristales ha visto algo en la iglesia que le ha
impresionado y se levanta exclamando) ¡Ahí está! ¡Perdóneme usted! (Se
precipita hacia el balcón para abrirlo) ¡Bendita muchacha! Pero ¿qué
estará haciendo Nicola? ¡Que la detenga! (De Caro se asoma también al
balcón para ver qué está pasando). ¡Ay, que no! Que no es ella, gracias a
Dios, me he equivocado, no es ella. (Cierra el balcón y vuelve a
sentarse).
DE CARO Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa?
P. SALVATI No es que me preocupe, es que me tiene en ascuas. La entrada principal
la está vigilando Nicola, el de la limpieza, un hombre decidido y
enérgico. He mandado a mi hermano Ciccio a la puerta de atrás, con
Bartolo, el tapicero. La entradita de la rectoría la he cerrado y le he
puesto la reja. A esta Rosetta Carbone la conozco desde que era así
(indica “pequeña”), y era una flor ¡una flor de candidez! Su padre,
viudo, se casó de nuevo con una enfermera. Una buena mujer, pero, al fin
y al cabo, su madrastra. Gente acomodada. Luigi Carbone es el dueño de
una compañía de transportes, una empresa próspera: autocares, camiones,
furgonetas, y él es el dueño de todo. La niña pierde la cabeza por uno de
los camioneros de la empresa del padre, joven, casado y con dos niños. Y
me cuenta todo esto en confesión hace ocho meses. “Hija mía”, le digo
yo, “el que intenta construir su propia felicidad destruyendo la de los
demás, comete pecado mortal”. “Pues ya he cometido otro pecado
mortal, padre”, me dice Rosetta. “Por eso he venido a contárselo, para
que me aconseje. Estoy preñada de un mes”. “Pero, criatura
desventurada, ¿y ahora cómo vas a salvarte?” “No lo sé, padre, pero
Alberto y yo” –Alberto es como se llama el camionero– “queremos tener
el niño”. “Pues tú puedes tenerlo, pero Alberto ya tiene otros dos. Tú
cuidarás de tu hijo, lo protegerás de las tentaciones de la vida y te
sacrificarás por él. Pero si quieres que el Señor misericordioso te salve y
se digne de acogerte entre sus brazos, como a la oveja descarriada, tienes
que renunciar para siempre al hombre con el que has pecado, e inducirlo

46
a que regrese al seno de su familia legítima”. Venga llantos y suspiros,
pero parece que al final la chica se quedó conforme. Y yo me compré dos
docenas de castañas y no comí nada más en todo el día. (Echa mano al
bolsillo, coge una castaña y empieza a pelarla maquinalmente) Igual que
estoy haciendo ahora. ¡Es lo único que me calma los nervios en
momentos como este! ¿No quiere usted otra?
DE CARO No, gracias. Prosiga usted.
P. SALVATI Luigi Carbone se entera del asunto y echa a la hija de su casa. Ante
Rosetta Carbone se abre un panorama de hambre y calamidades.
“Ayúdeme, padre. Alberto se ha quedado en el paro porque mi padre lo
ha despedido”. Hablo con el padre y no se aviene a razones. En estos
ocho meses he ayudado a la chica lo mejor que he podido. Le busqué
donde refugiarse, en casa de una pobre mujer que le dejó un cuchitril con
un somier pelado, y yo tuve que andar buscando un colchón. “Padre, que
por la noche hace frío” Y yo a buscar mantas y sábanas; que si un abrigo
para el invierno, zapatos, medicinas… cosas que salieron de las limosnas
y de unos ahorrillos que yo tenía. ¡Una mocita que era una rosa, con
veintitrés años! Si la viera usted ahora, parece una mujer de cuarenta.
“Padre, ¿qué hago? Los meses van pasando...” “Ten paciencia, hija mía,
que hay instituciones que se ocupan de los niños... Ya he hablado con una
de ellas... y dentro de nada podrás sentirte libre del pecado. Un día
bendecirás a quien se va a hacer cargo de tu criatura”. “Sí, padre, tiene
usted razón.” Pero de un par de meses a esta parte Rosetta Carbone se ha
ido convirtiendo en una fiera; grita su culpa a los cuatro vientos, se ríe de
sí misma enseñando la barriga a diestro y siniestro, e increpa con burlas y
blasfemias al que se atreve a mirarla; y a todo el que se la cruza por la
calle, le provoca como si fuera una vulgar fulana: “Aquí tenéis la barriga
de Rosetta Carbone, que lleva dentro al hijo de la culpa. Más vale que lo
matéis ahora de una patada, y no esperéis a que se haga un hombre,
porque cuando tenga uso de razón, a lo mejor será él quien os dé la
patada a vosotros.”
DE CARO ¿Se le ha ido la cabeza?
P. SALVATI Es como si le hubiera dado la rabia.
DE CARO ¿Y cómo ha cambiado de esa manera?

47
P. SALVATI Es una situación muy complicada: por un lado tenemos el estado anormal
en que se encuentra una mujer en sus condiciones, por otro lado, el
trágico futuro que se le avecina, y luego tenemos la ignorancia de la
mujer ésa...
DE CARO ¿De quién?
P. SALVATI La esposa legítima del camionero. Los tres afectados se han visto y se
han puesto de acuerdo. Teresa, la mujer de Alberto, ha dicho que ella se
quita de en medio sin armar jaleo y deja libre a su marido de irse a vivir
con Rosetta. Y yo le digo “¡Pedazo de animal!”, porque es una buena
persona, pero es bruta y primitiva, “¿Cómo vas a dejar tan alegremente al
padre de tus hijos?” “¿Y no será peor obligarle a que se quede, si él no
quiere?”
DE CARO Pues primitiva será, pero no me parece a mí tan bruta y animal,
francamente.
P. SALVATI Animal, bruta y, añado, asesina. Por su culpa, la pobre Rosetta ha perdido
el norte, y no ha obrado así precisamente por altruismo, como quiere dar
a entender. Aquí todo el mundo está al corriente del lío que tiene con
Guido, un constructor que está también harto de su mujer.
DE CARO Entiendo, entiendo... pero no les dé usted tanta importancia, padre. Tiene
pinta de ser un escándalo doméstico, circunscrito al ámbito, digamos,
municipal. Yo en su lugar, padre, les dejaría que con su pan se lo
comieran.
P. SALVATI Pero es que los tres querrían pedir el divorcio, si la ley lo permitiera8.
DE CARO ¿Y se lo piden a usted?
P. SALVATI Uy, si yo pudiera se lo daría hoy mismo... y no sólo a estos tres, ¡a todos!
Los maridos y las mujeres no aguantan ya las cadenas del matrimonio, y
yo, por mi parte, estoy harto de encadenarlos. Hace tiempo ya que
cuando me toca casar a una pareja tengo la impresión de ser no un cura
¡sino un cerrajero! No es que me pidan a mí el divorcio, pero Rosetta
amenaza con montar un escándalo de campeonato, para que se movilice
la opinión pública a favor de una ley del divorcio. La chica me ha dicho
textualmente “El niño lo va a llevar usted a la casa de acogida. Cuando
me den los dolores del parto, me voy a meter en la iglesia a escondidas y
allí se lo voy a dejar.”

48
DE CARO ¡Caramba con la chica! Pero ya se guardará de hacerlo.
P. SALVATI Está loca. Lo va diciendo a todas horas y ya no queda tiempo: hace dos
semanas que ha salido de cuentas y yo llevo quince días en un sin vivir.
DE CARO Pero si las dos entradas de la iglesia y la puerta de la rectoría están
vigiladas, ¿qué problema hay?
P. SALVATI ¡Vincenzo!
DE CARO ¿Quién es Vincenzo?
P. SALVATI Uno que alquila sillas. (Mirando por el balcón) Ahí está... mi enemigo.
Que si sube, que si baja... se pasea (Llevado por la curiosidad De Caro
se pone a mirar también) Piensa que me ve la va dar con queso, por eso
se ha quedado ahí.

Mientras están asomados, entra una mujer de unos veinticinco años, mal vestida,
bajita, delgada, de aspecto pueblerino pero no vulgar, con los ojos desencajados y
fijos, como si hubiera visto una imagen alucinante. Llega furtiva y temerosa de que la
haya seguido alguien. Cuando advierte la presencia de los dos hombres aumenta su
consternación y se desliza cerca de la pared, sin ser vista, hasta esconderse debajo del
escritorio.

DE CARO Pues yo no veo que se haya quedado ahí nadie.


P. SALVATI Acaba de entrar otra vez en la iglesia. Él va a hacer lo imposible por
favorecer a la muchacha.
DE CARO ¿Por qué?
P. SALVATI ¡Porque es un condenado! Si estalla un escándalo se va a deshacer de
gusto. ¡Es un comunista!
DE CARO ¿Y cómo lo tiene usted en la parroquia?
P. SALVATI Porque todas las sillas son propiedad suya. Un capital del que saco algún
provecho. Deja a la iglesia un tanto sobre los beneficios y lo que queda es
todo para él. Si lo saco de la parroquia, se lleva las sillas... ¿y dónde voy
a sentar a los fieles durante la misa? Señor Gobernador, tiene usted que
ayudarme, tenemos que hacer algo.
DE CARO Querido Padre Salvati, no acabo de entender por qué debería yo
ocuparme de este asunto.
P. SALVATI ¿Qué?
DE CARO Todo lo que me ha contado usted no son más que asuntos banales de la
crónica de sucesos provinciales; no tienen nada que ver con mi cargo.

49
P. SALVATI Si esa pobre desgraciada me deja el niño en la iglesia, a ver, ¿qué hago
yo?
DE CARO ¿Y yo qué quiere que le diga?
P. SALVATI ¡Mira qué cómodo! ¡Salirse por la tangente! Pues un niño abandonado en
la iglesia será acogido, desde luego, con los cuidados del alma que puede
proporcionar un sacerdote, pero el que tiene que intervenir en lo tocante
al cuerpo, a lo material que da semblanza humana al alma, es el estado.
En otras palabras, el alma la atenderé yo, pero al niño lo agarro por el
cordón umbilical y se lo traigo al Palacio de Gobernación.
DE CARO Pues tráigalo usted. Le haremos fotos, llamaremos a la prensa, y que
saquen en los periódicos a este misterioso recién nacido.
P. SALVATI (Sorprendido) Pero ¿qué dice?
DE CARO (Frío) Rosetta Carbone y su batalla personal a favor del divorcio. ¡Pobre
muchacha! Ayudemos a la heroica criatura a llegar victoriosa a la meta.
P. SALVATI No le entiendo.
DE CARO Pues pregúntele a Campese.
P. SALVATI ¿Y ese quién es? Lo único que le digo...
DE CARO ¡Ya está bien! ¡Déjese de contar embustes, y váyase con sus castañas a
otra parte! En diez minutos ha convertido mi despacho en un burdel
barato: que si “Rosetta Carbone”, que si “Teresa”, que si “Guido”. Y ya
lo último lo del rojo ese que alquila sillas...
P. SALVATI Pues disculpe usted lo de las castañas. Si me da una escoba, ahora mismo
le dejo el despacho como estaba.
DE CARO No hace ninguna falta; me basta con que se vaya.
P. SALVATI Ya lo creo que me voy. Me voy a la iglesia a montar guardia y haré todo
lo posible por evitar lo peor; pero sepa usted que si Rosetta se sale con la
suya no va a haber quien calle a la prensa comunista, y su nombre se va a
ver salpicado por el escándalo. Usted va a tener que dimitir de
Gobernador y a mí igual me toca colgar los hábitos. ¡Pues mejor! Me iré
de cerrajero a una prisión, y fabricaré cadenas para los condenados, que
seguro que les pesan menos y son más fáciles de romper que las cadenas
simbólicas. (Sale)
DE CARO Que me ahorquen si éste es cura. (Vuelve a su mesa y se sienta. La mujer
que había entrado antes sale a gatas de su escondrijo y se pone de pie.

50
Apoya las manos en la mesa y emerge de busto hacia el Gobernador, al
que escruta con los ojos implorantes y llenos de lágrimas. La inesperada
aparición deja a De Caro pasmado, como si estuviera ante un fantasma.
Reaccionando, se levanta como movido por un resorte, pero las piernas
no le sostienen y se desploma en la butaca. Se recupera de la sorpresa y
consigue preguntar) Pero ¿quién es usted? ¿Qué hace aquí?
LUCIA (Temblando) Lucia Petrella, soy maestra de escuela. No me eche, no me
eche, ayúdeme, por favor.
DE CARO Pero ¿qué hacía debajo de la mesa? ¿Le parece normal presentarse de
este modo?
LUCIA De no ser así, no me habrían dejado acercarme a usted. El gobernador
saliente me prohibió que volviera a poner un pie esta oficina.
DE CARO Sus razones tendría.
LUCIA Yo también tengo las mías, pero nadie me escucha. Las autoridades no
hacen más que decirme que soy inocente, pero los demás tienen miedo de
lo que sé y de lo puedo decir, y diré mientras me quede un rayo de
lucidez y un hilo de aliento en los pulmones. (Le da un ataque
inesperado de ira) ¡Asquerosos! ¡Desgraciados! Me están vigilando: el
pueblo entero tiene sus ojos sobre mí. Me espían, controlan cada paso
que doy... (Se queda escuchando, como advirtiendo la presencia de
alguien) Ahí vienen, ¡ya están ahí esos mal nacidos! Oigo sus pasos...
están en la entrada... se acercan... (Grita aterrorizada) ¡No les deje
entrar!

Entran un hombre y una mujer y avanzan lentamente hacia el escritorio. Él, de unos
cincuenta años, rechoncho, llenito y de piel morena, tiene en sus ojos, hundidos y
despiertos, una mirada al tiempo ingenua y feroz. La mujer, de unos cuarenta, también
morena de piel, delgada pero robusta y sana, lleva siempre la mirada obstinadamente
baja, como para defenderse. Los dos van decorosamente vestidos con ropa
característica de los montañeses de los Abruzos.

DE CARO (Amedrentado por la presencia de los dos recién llegados, los afronta
amedrentándolos él) ¡Deténganse! (Se detienen) ¿Quiénes son ustedes?
LUCIA (Violenta) ¡Dos canallas! ¡Dos monstruos! ¡Dos degenerados! (El
hombre asume una actitud mansa; agacha la cabeza y esboza una
sonrisa de figurita de porcelana. La actitud ambigua del montañés

51
exaspera todavía más a Lucia, que se vuelve aún más agresiva). ¡Y no
sonrías así! ¿Cómo puedes tener el valor de esconder bajo una sonrisa de
ganador condescendiente tus mentiras, tu culpa, tu desvergüenza? ¡Tu
mujer por lo menos no se atreve a levantar la mirada! Mírala.
DE CARO (Con autoridad) ¡Haga el favor de callarse! (A ellos dos) ¿Quién les ha
dado a ustedes permiso para entrar?
EL HOMBRE (Con tono dulce, tranquilo, sin dejar de sonreír) Señor Gobernador,
estamos aquí por usted, que no está en conocimiento de las cosas, porque
acaba de llegar a la ciudad.
DE CARO (Irónico) Vaya, y me va a poner en conocimiento usted.
LUCIA (Al montañés) ¡Vamos, cuéntaselo! Has trazado muy bien tus planes
perversos, y los has puesto en marcha justo a tiempo. ¡Habla, que la
razón está de tu parte! Enséñale las manos limpias a él también, que te
sale muy bien, igual que has hecho con todos los demás desgraciados del
pueblo, que saben lo que saben y no sueltan prenda, que les hablas y te
dicen: “Sí, sí... todos sabemos que eres inocente. ¿Lucia Petrella? ¡La
pobre! ¿La maestrita? ¡Infeliz! Es una siciliana chiflada, neurasténica y
acomplejada. ¿Tu mujer? Una santa. ¿Tu cuñada? ¡Una joya!” Pero eso
lo dicen cuando tú estás delante, en cuanto te das la vuelta, escupen sobre
tus pasos.
EL HOMBRE ¿Pero por qué atormentarse de esta manera?
LUCIA (Desafiante) ¿Cuántos hijos tienes?
EL HOMBRE ¿Qué mal aire te trajo el otoño que te ha echado a perder el juicio?
LUCIA (Cada vez más furiosa) Que cuántos hijos tienes.
EL HOMBRE (Conciliador) Cinco.
LUCIA (A la mujer, exasperadísima) Tú llevaste a los hijos en tu vientre... los
has parido... nadie mejor que tú puede decir cuántos tienes; pero has de
decírmelo con la cara alta y mirándome a los ojos.
LA MUJER (Alza la mirada lentamente y fija sus ojos fríos en los ojos inflamados de
Lucía; con voz firme silabea) Cinco (y vuelve a la actitud ausente de
antes).
DE CARO (Autoritario, pero más desconcertado que nunca) Pero ¿qué historia es
esta? ¿Quieren hacer el favor de hablar claro?

52
EL HOMBRE Señor, yo tengo cinco hijos. Y los conté aquí, en presencia del
Gobernador y del Subteniente de carabineros: Simone, Lucia, Sabella,
Tommaso y Marco. Cinco hijos.
LUCIA ¡Cuatro! El quinto no es Marco, Sr. Gobernador. Cuando el auténtico
Marco vino al mundo, hace seis años, él había dejado embarazada a su
cuñada. Las dos hermanas dieron a luz con pocos días de diferencia, pero
de los dos niños sólo inscribieron a uno en el registro civil, el que nació
de la pareja casada; al otro, al bastardo, lo escondieron en la casa en
plena sierra, donde conviven hasta el día de hoy estos tres animales: las
dos hermanas y él.
EL HOMBRE Vas contando por ahí tus propias pesadillas. No quieres entender que
nadie se las cree.
LUCIA Ya. En el pueblo nadie dice nada: bajan la mirada y cierran la boca. Boca
cerrada y ojos cerrados, hasta cuando se casó la cuñada, “la joya”. (A De
Caro) Apañaron todo muy bien. (Indicando a la mujer) Ella es una santa
y él un padre honrado y un marido fiel. ¿Y la cuñada? Doncella hasta el
altar.
DE CARO (Impacientándose, interviene enérgico) ¡Ya basta! No van a salir ustedes
de aquí hasta que les hayamos hecho unas cuantas preguntas. Y si están
montando un numerito de teatro, no va a haber santo al que
encomendarse para que les libre de la cárcel. ¡Como que me llamo De
Caro! ¡Me cago en...! (Da un puñetazo en la mesa) Quiero que me
expliquen todo esto. (A Lucía) Tú dices que los niños son seis.
EL HOMBRE (Monótono y sonriendo como siempre) Cinco, señor.
LUCIA Los convirtieron en cinco otra vez cuando pusieron al sexto en el lugar
del quinto.
DE CARO ¿El bastardo en el lugar del legítimo?
LUCIA (Precisa) En lugar de Marco.
DE CARO Dice usted que trajo aquí a los niños y los contó en presencia del
Gobernador y del Subteniente de carabineros.
EL HOMBRE Sí.
LUCIA Todas las investigaciones de la policía, todos los interrogatorios... un
proceso de más de seis meses... dieron los mismos resultados: estado

53
familiar en orden, ningún cargo para ellos, declaración de inocencia para
mí.
DE CARO Entonces, ¿qué más quiere usted?
LUCIA (Deshecha, grita un nombre) ¡A Marco! ¡Quiero a Marco! ¡A Marco, que
ya no está! (Se cubre el rostro con las manos y estalla en un llanto
desconsolado; cada vez más alterada, sollozando, intenta contar los
pormenores de la tragedia que ha vivido: lentamente se va desplomando
hasta quedar de rodillas, en actitud maternal, con los brazos abiertos,
como hablando con un niño pequeño) “Marco, ten cuidado... que las
losetas están levantadas... Ven a la pizarra a leer las vocales... ¡no corras!
¡que si te tropiezas te vas a dar en la cabeza! (Severa, señalando a un
lado de la habitación) Mira lo que has hecho, ¡mira! ¿Qué has hecho?
Pues esta vez ya no se puede pasar por alto, ¿es ahí donde tienes que
hacer tus necesidades? Eres malo y encima te haces el listo. Sabes muy
bien que eso no se hace, por eso la has tapado con el cuaderno. ¿Cuántas
veces te he dicho que cuando quieras ir al servicio tienes que pedirlo
levantando así la mano? (La levanta) ¿Por qué no lo has pedido? (A De
Caro) Para ir al servicio hay que salir por una galería que no está
techada... el aula está más templada porque el ayuntamiento, después de
insistir mucho, ha puesto por fin una estufa de leña. Cuando los niños
tienen que atravesar esa galería les pongo encima un chal de lana que he
llevado yo misma. Cuando veo que a alguno le empiezan a entrar ganas,
yo misma le pongo el chal y lo acompaño. Pero los pobres, con el frío
que les entra, aguantan todo lo que pueden... ¡y yo también! No sabe
usted el frío que hace en esa maldita escuela. Se te hielan los pies y las
manos se agarrotan de tal modo que no puedes ni agarrar el lápiz entre
los dedos. “Tenga usted paciencia, señorita Petrella: no hay fondos
suficientes en este ayuntamiento. Ya le hemos instalado una estufa de
leña. Estamos estudiando la forma de poner a sus disposición unos
locales más adecuados para su digna tarea como docente, donde estarán
más cómodos”. Llevamos cinco años con la misma canción ¡palabrerías
que no van a ningún sitio! La verdad es que a nadie le importa lo más
mínimo. Antaño, esas tres habitaciones fueron un cuartelillo de la guardia
de finanzas y la más pequeña servía como calabozo. Aún está ahí el catre,

54
la ventana en alto con las rejas, y una puerta baja y estrecha que sólo se
abre desde fuera, llena de clavos oxidados... Metí allí dentro a Marco
para castigarle... (De nuevo el llanto le impide proseguir).
EL HOMBRE Que no. Que no lo metiste. Eso es lo que crees, pero son imaginaciones
tuyas. Señor Gobernador, mi chico tenía fiebre... la escuela está a cuatro
kilómetros montaña arriba y con la nieve. Esa mañana no lo mandamos a
la escuela.
LA MUJER La pobre muchacha es de Palermo. Ha pasado del sol de la Sicilia a las
ventiscas de la Maiella, y se ha dejado el sentido cabal por el camino.
DE CARO (A Lucía) Pero tú ¿recuerdas bien haber metido al niño en el calabozo?
LUCIA (Sollozando) Y luego se me olvidó... Los niños alborotan de una manera
que te hacen perder la cabeza. Cuando todos se marcharon me puse a
corregir los cuadernos de los mayores. Ya era casi de noche y había
bastante nieve, pero en la estufa del aula aún quedaban los rescoldos. Y
entre los cuadernos, no encontré el de Marco...
EL HOMBRE Natural, porque esa mañana no lo habíamos mandado a la escuela.
LUCIA (Contradiciéndole) ¡Yo había echado el cuaderno a la estufa, porque
estaba sucio de caca! Y entonces me acordé que había metido a Marco
allí dentro y salí como un relámpago a sacarlo; pero por más esfuerzos
que hacía... dando golpes, patadas, empujones... se había encajado la
puerta maldita en el dintel de esas paredes caladas por la humedad. Y
más patadas, y más golpes, con los muros desconchados que se me
venían encima, ¡pero la puerta era como una roca! “¡Marco, no tengas
miedo... voy corriendo al pueblo a por un cerrajero! Procura estar
tranquilo... Marco... voy a volver muy pronto...”
DE CARO ¿Y no podía usted gritar para pedir ayuda?
LUCIA Esa escuela está aislada allí arriba. El coche de línea tarda una hora y
tres cuartos en llegar hasta allí.
DE CARO ¿Y el cerrajero?
LUCIA (Confundida) No sé nada más. No sé qué pasó después. Ni sé cuántas
horas pasé desmayada a la puerta de la celda.
EL HOMBRE El Subteniente de carabineros llegó, hizo así... (alarga el dedo y lo apoya
en una puerta imaginaria, para que De Caro vea cómo cedió la puerta) y
se abrió la puerta. No dio lugar a llamar a ningún cerrajero.

55
LUCIA ¡Porque ya la había abierto yo!
DE CARO ¿Cuándo?
LUCIA ¡No me acuerdo! Creo que dos horas antes de que llegara el
Subteniente... Cuando volví en mí... Marco estaba llorando y gritaba muy
asustado “Tengo miedo... ¡ábreme! ¡Déjame salir!” (Le asaltan dudas)
Aunque eso sí que podría ser imaginación mía... Los gritos de los niños
me retumban siempre en la cabeza. Desesperada, saqué fuerzas no sé de
dónde y conseguí abrir la puerta al darme cuenta que Marco ya no me
contestaba. (Entre sollozos, repite las frases que le decía, en un intento
de levantarle el ánimo). “Tienes que ser valiente, Marco, no tengas
miedo, cariño, ¡estoy aquí!” ¡Pero el angelito ya no podía contestarme!
Me lo encontré en una esquina de la celda, tieso... El miedo y el hielo le
habían paralizado el corazón.
DE CARO ¿Y qué dijo el teniente? Supongo que a su llegada constató los hechos...
LUCIA Todo es muy confuso. Yo estaba muerta de miedo... temía que me
acusaran, que me procesaran y me condenaran... Recuerdo vagamente
haber cogido al niño muerto en brazos y haberlo dejado en la nieve.
(Habla como consigo misma) ¿No fui yo quien le hizo la señal de la
cruz? ¿No fui yo quien lo llevó a la cumbre de la montaña? ¿Quién sino
yo lo arrojó dentro de una grieta?
DE CARO Esto es absurdo.
EL HOMBRE Son imaginaciones suyas, señor Gobernador.
LUCIA ¡Quiero que me procesen! Quiero pagar mi culpa, para sentirme digna de
pedir la misericordia divina. ¡Quiero pagar! Aunque quede impune la
culpa de estos dos delincuentes.
EL HOMBRE Imaginaciones suyas, todo imaginaciones suyas.
LUCIA (Desafiando al hombre vez más) ¿Cuántos hijos tienes”
LA MUJER (Con la misma actitud, testaruda) Cinco.
EL HOMBRE Los conté delante del Gobernador: Simone, Lucia, Sabella, Tommaso y
Marco.
GIACOMO (Entra con precipitación y se dirige a De Caro) Señor, no hay ninguna
duda. El farmacéutico es un actor de “El Capannone”.
DE CARO (Nervioso) Ya le he dicho que se ocupara usted de él.
GIACOMO Sí, señor. Es un impostor, disfrazado de farmacéutico.

56
DE CARO (Interesado de repente) ¿Y va maquillado?
GIACOMO Más pintado que una puerta. No le cuento la historia interminable que me
ha estado narrando. La injusticia que se ha cometido contra él, el abuso,
su derecho adquirido... hasta ha amenazado con suicidarse: “¡Me mato!”,
y me ha enseñado unas pastillas. “¡Es arsénico!”, se pone, “¿Qué
hacemos, entonces? ¿Me devuelven la licencia?” “No está en nuestra
mano”.
DE CARO ¿Y qué ha hecho?
GIACOMO (Casi riéndose) Ha adoptado una pose muy teatral y se ha tomado las
pastillas.
DE CARO (Preocupado) Pero, Giacomo...
GIACOMO Pero, mire, Señor, (le enseña una pastilla que tiene en la mano) ésta se le
ha caído y la he recogido sin que se diera cuenta. Es un caramelo de
menta (la huele y se la da a oler a De Caro).
DE CARO Y ¿qué ha hecho? ¿Se ha ido?
GIACOMO Qué va. Se ha tirado en el sofá y ahí anda interpretando el papel del
aspirante a cadáver (Se abre una puerta con mucho estrépito y todos se
sobresaltan de repente) Aquí lo tenemos, Señor, ése es.

Aparece en el umbral de la puerta la trágica figura de un hombre de unos sesenta años,


con la mirada vidriosa y el cuerpo rígido, con los síntomas que acompañan a un
envenenamiento. Todos miran consternados la aparición. Lucía, el hombre y la mujer
han reconocido a Girolamo Pica. Girolamo, tras una breve parada en el umbral,
camina a trompicones, de puntillas, como si le quemara el suelo bajo los pies, con
gestos de marioneta; su rostro se va contrayendo en muecas grotescas.

LA MUJER (Alarmada) ¡El boticario!


LUCIA (Desconcertada) ¡Don Girolamo!
GIROLAMO (Forzando la laringe, consigue pronunciar a medias, por vía nasal) ¡Que
Dios me ayude y me perdone! Mis hijos... mis pobres hijos... (avanza
hacia De Caro y Giacomo).
DE CARO Pues los síntomas parecen de verdad.
GIACOMO Como que los actores se las saben todas y fingen a las mil maravillas.
(Girolamo se mueve como si quisiera arrancarse un cepo de hierro que
le atenaza el cuerpo y, dando bandazos, llega hasta la mesa tras la cual

57
De Caro y Giacomo contemplan la escena). La barba... la barba ¡es de
mentiras! (Alarga un brazo y le tira de la barba).
DE CARO (Tirando de la barba también él) Vaya, no se quita: pues parece de
verdad.
GIACOMO Es que hay pegamentos muy, muy adherentes, Señor, productos
alemanes...

Girolamo querría despotricar contra ellos, cagarse en sus muertos, pero la muerte le
llega antes de que pueda hacerlo, y se derrumba sobre una mesa, con un estruendo que
deja a todos con el aliento contenido. Hasta Giacomo traga saliva, dos o tres veces. El
montañés se acerca a la mesa, observa al farmacéutico y levanta la vista.

EL HOMBRE (Mira a su mujer, que le devuelve una mirada muy significativa, y afirma
turbado) ¡Se ha muerto!
GIACOMO (Con una sonrisa irónica, casi despectiva) Una interpretación impecable,
desde luego.
LUCIA Pero, oiga... este hombre... se ha muerto.
EL HOMBRE Vamos a sacarlo al balcón, quiera Dios que se reponga. (Lucia abre
corriendo el balcón. Entre los dos montañeses arrastran al farmacéutico
hasta allí e intentan ponerlo de pie; pero Girolamo no se tiene, se
desploma y se queda con las manos colgando por fuera de la barandilla,
la cabeza caída hacia atrás y casi arrodillado. Todos los intentos por
reanimar al hombre -bofetaditas, golpes en la espalda, masaje cardíaco-
son en vano.) ¡Está muerto!
DE CARO (Harto) ¡Está muerto por los cojones! ¡Entren ustedes aquí
inmediatamente! ¡Y saquen a ese payaso del balcón! (Los dos
montañeses llevan dentro a Girolamo y Lucia cierra el balcón) Pónganlo
en ese sofá (A Giacomo). Como sea arsénico de verdad, se va a ir usted
derechito a la cárcel.
GIACOMO (Enseñándole la pastilla otra vez) Pero si son pastillas de menta.
DE CARO Ésa lo será, pero las que él se ha tomado, ¿puede usted afirmar con
exactitud si son de menta o de arsénico?
GIACOMO Las cogió todas juntas del bolsillito de chaleco.
DE CARO ¿Y tan raro le parecería que hubiera por casualidad una pastilla de menta
entre las de arsénico, teniendo en cuenta que el bolsillito de chaleco del
que hablamos es el de un boticario?

58
GIACOMO Y a usted, señor ¿no le parecería absurdo que haya ido a parar a mi mesa
justamente la de menta?
DE CARO Tal vez el caso sea diabólico, pero absurdo no me parece.
GIACOMO ¡No es más que teatro! ¡Este hombre está fingiendo!
LUCIA (Con un gran sentido de la responsabilidad) ¡Pero qué demencia es esta!
¿Están ustedes locos de remate? ¿Es que no se dan cuenta que tenemos
delante de nuestros ojos a un muerto? ¿Por qué iba a estar fingiendo?
¿Qué ganaría él con eso? A mí me confiaba sus penas cuando pasaba por
la farmacia. Era un hombre prudente, sabio y generoso con todo el
mundo.
P. SALVATI (Desde dentro) ¡Excelencia!
GIACOMO El cura.
P. SALVATI (Entra agitado, sudando y sin resuello) Señor Gobernador...
DE CARO ¿Qué pasa?
P. SALVATI ¡Ha ganado la condenada! Gracias a Dios que la iglesia estaba casi vacía.
De repente, el silencio del templo se ha visto interrumpido por el llanto
de un recién nacido. He puesto a todos en guardia, hemos registrado por
todas partes ¡y nada! Vengo a pedir su ayuda, Excelencia, tenemos que ir
todos a buscar a ese niño. (Descubre a Girolamo tendido en el sofá) ¿Ese
de ahí no es Girolamo Pica?... Sí, sí, es él.
QUINTO (Desde dentro) ¿Se puede? (entra con un montonazo de cartas,
telegramas, certificados de méritos) Excelentísimo, aquí vengo con todo
el material. Si tiene usted y momentito...
P. SALVATI El excelentísimo no tiene un momentito, tiene que bajar conmigo a la
parroquia...
DE CARO (Grave) Señores, tenemos aquí a un cadáver...
GIACOMO Señor, lo que tenemos es un caballero, que no sabemos si se hace el
muerto, o está muerto de verdad...
LUCIA Pues que lo diga el Doctor Bassetti...
QUINTO Pero ¿qué pasa?
LUCIA Es usted el único que puede decirnos si hay alguna esperanza todavía
para el pobre farmacéutico.
QUINTO ¿Se encuentra mal? Pobre señor Pica. (Se acerca a reconocer a
Girolamo).

59
DE CARO (Impidiéndole el paso) Un momento... ¿Está usted seguro de que es
médico?
QUINTO ¿Por qué, señor Gobernador, es que alguien se atreve a dudarlo? Todo el
mundo me conoce. Si eso no le basta, llevo encima el carné de identidad
y el del Colegio de Médicos (Y avanza con decisión hacia el sofá, se
inclina para reconocer a Girolamo y lo examina atentamente. Tras el
examen, el médico asume un aire lleno de desconfianza hacia todos los
presentes. Reflexiona unos instantes sobre el hecho y luego declara
gravemente) Girolamo Pica ha muerto. Era un hombre sano y robusto, al
que yo he tratado muchos años. No hace ni dos horas que lo dejé en la
farmacia, trabajando y activo, igual que siempre. Hablé con él... y nada
me hizo suponer un final tan inminente. Ignoro las causas del deceso. Mi
deber es denunciar ante la autoridad competente, ante usted, señor
Gobernador, la muerte de Girolamo Pica, acaecida en misteriosas
circunstancias.
DE CARO (Decidido a llevar el juego hasta sus últimas consecuencias) Pues yo,
desde luego, voy a dar curso a su denuncia. Y que vengan el juez, el
forense, el perito... quede usted tranquilo. Pero ¿hace el favor de
enseñarme sus documentos?
LUCIA Pero, señor Gobernador, ¡aquí todos conocemos al doctor Bassetti!
P. SALVATI ¡Lo conocemos desde hace un porrón de años!
DE CARO (Chillando) ¡Cállense! (A Bassetti) ¿Tiene la bondad?
QUINTO (Le enseña el montón de cartas y telegramas que había dejado en una
silla) Aquí tiene los documentos. Y si toda esta correspondencia dirigida
a mí no le bastara, también he traído el diploma de licenciado.
DE CARO Pero ¿no me va a enseñar el carné de identidad?
QUINTO ¿Cómo que no? Pongo a su disposición todos los carnés que quiera. (Se
busca por los bolsillos de la americana, pero no los encuentra; se
acuerda de repente, se da una palmada en la frente y afirma
decepcionado) Me he cambiado de chaqueta...
SACRISTÁN (Desde dentro, con voz turbada) ¡Padre Salvati! ¡Padre Salvati, lo hemos
encontrado! (Entra corriendo y se dirige hacia el Padre Salvati,
enseñándole un recién nacido envuelto en un chal de lana) Aquí está.
¡Lo había escondido detrás del órgano!

60
P. SALVATI (Coge al niño en brazos y se lo enseña a todos, gritando con mucha
intención) “¡Se acabó la función!”
CAMPESE (Entrando) Con permiso.
GIACOMO (Se ilumina inesperadamente, señala hacia la entrada y grita) ¡Aquí
está! ¡Señor, ha llegado Campese!
DE CARO Ya me lo imaginaba. (Furioso, contra Campese) ¿No ha podido resistir
estar fuera del escenario al final de la farsa?
CAMPESE ¿Qué farsa?
DE CARO ¡Esta bufonada! Sus actores la han representado a la perfección. Ése ha
sido un médico perfecto, el párroco no digamos, la maestra excelente, el
boticario se ha muerto como el mejor. Mírelo ahí tirado. Está esperando a
que el director le diga si ya se puede levantar.
CAMPESE (Consternado) ¡Está muerto!
QUINTO Señor Gobernador, le repito que este pobre desgraciado ha fallecido en
serio.
DE CARO ¡Ya está bien! Campese, le ordeno que hable ahora mismo, y diga la
verdad.
LUCIA Pero ¿de qué verdad habla?
P. SALVATI Excelencia, ¿qué está usted diciendo?
DE CARO ¡Silencio todo el mundo! El único que tiene que hablar es él.
CAMPESE Sr. Gobernador, yo he venido solamente a devolverle el listado de
nombres que su secretario me entregó por error, en lugar de la solicitud
de ayuda de transporte. ¿Qué verdad es la que quiere que le cuente?
GIACOMO Campese, está usted jugando con fuego. Si ése de ahí está muerto de
verdad, usted se va derechito a la cárcel.
DE CARO Vamos, dígalo: éste es un actor de “El Capannone”.
CAMPESE ¿A usted no le da igual si está ante un farmacéutico de verdad o ante uno
falso? Yo veo que debería preocuparle más un muerto falso que uno de
verdad. Cuando en el teatro se representa un drama y a uno le toca
morirse en la ficción, eso significa que en alguna parte del mundo alguien
acaba de morir, o está a punto de hacerlo. Lo que importa son las
circunstancias; lo que hay que tomar en consideración son las
condiciones de vida de un ser humano, que son las que nos permiten
aclarar las razones de una muerte, de un suicidio, de un crimen... Por eso

61
yo le decía esta mañana: “Venga al teatro, Gobernador, venga a poner el
ojo ‘en el ojo de la cerradura’ ”.
DE CARO (Exasperado) Pero ¿me ha mandado usted a los actores, o no me los ha
mandado?
CAMPESE Sean actores o no lo sean, los hechos son los mismos. Si usted piensa que
los problemas que le han expuesto merecerían una intervención oportuna
por parte del estado, actúe en consecuencia, con independencia de cuál
pueda ser la verdadera identidad de estos señores. Informe al ministro y a
la prensa, dimita si es necesario, ponga al Gobierno contra las cuerdas
por el bien del país. ¿Qué tengo yo que ver con eso? El Gobernador es
usted.
Suena el teléfono.

DE CARO (Responde) Sí, soy el Gobernador. Ah, bien, muy bien, espere. (A
Campese) Acaba de regresar el Subteniente de carabineros con sus
hombres. Campese, tiene aún una posibilidad de salvarse: si persiste en
su actitud, le entrego a la policía; si, por el contrario, me dice que estos
señores son actores de su compañía, y que el farmacéutico está
haciéndose el muerto, le dejo libre.
CAMPESE No, Señor, eso no puedo decírselo.
DE CARO ¿Prefiere ir a la cárcel?
CAMPESE Si ése es un muerto de mentira yo iré a la cárcel con mis actores, pero
como sea un muerto de verdad, vamos a acabar en los tribunales usted y
yo.
DE CARO ¿Ah, sí? ¿De modo que eso es lo que quiere? ¡Pues muy bien! (Hablando
por el teléfono) ¿Oiga? Sí, sí, el Gobernador. Que suba ahora mismito el
Subteniente de carabineros con sus hombres. (Cuelga de un golpazo) ¡De
esta no te va a librar ni Dios! Si la idea de mandarme a los cómicos no ha
sido más que una amenaza, la vida del farmacéutico, te juro Campese,
que la vas a pagar bien cara. En vez de en un Colegio profesional, ¿sabes
dónde va a acabar tu nombre y el de tus compañeritos? En los anales de
los procesos judiciales.
CAMPESE Sea como sea, esto lo van a resolver los jueces.
SUBTENIENTE DE CARABINEROS (Desde dentro) Con permiso

62
DE CARO ¡Adelante!

Todos miran a la puerta con el aliento contenido, menos Campese, que está como
ausente. Con calma, carga su pipa, juntando el poco tabaco que le queda, en su bolsa
de escay.

CAMPESE ¡Un momento!


DE CARO (Iluminándose) ¡Por fin se ha venido a razón!
CAMPESE No, señor. Sólo quería decirle que en la guardarropía de una compañía
teatral no es difícil hallar un uniforme de Subteniente de carabineros. (A
la puerta) ¡Adelante!

Telón

Traducción del italiano: Ana Isabel Fernández Valbuena

63
1
Salvati es un apellido más o menos común, pero probablemente no es casual su elección para un párroco: salvati, en
italiano significa “salvados”.
2
Se pronuncia “Chimarosa”; es el nombre de un célebre músico del siglo XVIII, Domenico Cimarosa.
3
El dueño de la herrería es un folletín romántico del francés Georges Ohnet (Le maître des forges, 1882), en principio una
novela, luego dramatizada, que gozó de gran aceptación no sólo entre los lectores franceses de finales del siglo XIX, sino
también entre el público de otros muchos países de Europa, como lo prueba su inmediata aparición en España, en versión de
la escritora de origen filipino Julia Codorníu. En Italia se popularizó gracias a su versión cinematográfica de los años ‘50,
dirigida por Anton Giulio Majano (1959). El repertorio de la compañía de Campese guarda relación con un tipo de teatro
que se hacía en provincias en España en la misma época, que aprovechaba el tirón del cine para presentar obras conocidas
en la gran pantalla.
4
Lo mismo que en la nota anterior, esta obra procede de los folletines del siglo XIX, en concreto de Les Deux Orphelines
(1875) de Adolphe d’Ennery; fue llevada al cine en muchas ocasiones, la primera ya en 1918, por Eduardo Bencivenga.
5
Su título original es Il fornaretto di Venezia, y se trata de un drama histórico de Francesco Dall'Ongaro, libretista y
patriota italiano del siglo XIX. También ha sido llevada al cine en múltiples ocasiones, la primera en 1939 por Duilio
Coletti.
6
Muerte civil es una obra del dramaturgo italiano del siglo XIX Paolo Giacometti. Trata de forma anticlerical sobre el
divorcio.
7
De Filippo se animó a comprar en 1948 el solar en ruinas de un teatro destruido por la guerra, en un barrio popular del
centro de Nápoles, para convertirlo en su teatro y hacer repertorio tradicional napolitano, formando a nuevas generaciones
de actores, el Teatro San Ferdinando, que rebautizó “Teatro di Eduardo”. Su reconstrucción fue larga y se inauguró en 1954.
Eduardo luchó con denuedo por conseguir fondos para ella, dedicándose al cine, pero agotó sus posibilidades financieras y
tuvo que cerrarlo en 1962. Hubo un segundo intento dos años después, en 1964 (fecha de publicación de El arte de la
comedia), bajo la dirección de Paolo Grassi, con la intención de vincular el local al Piccolo Teatro de Milán y convertirlo en
un teatro nacional napolitano. El proyecto fracasó entonces por falta de voluntad política y Eduardo terminó cediendo su
gestión al IDI (Istituto del Dramma Italiano). Desde 2007 pertenece a la institución Teatro Stabile di Napoli, financiada por
el Ayuntamiento y el gobierno regional y con programación dramática y talleres de formación actoral.
8
En Italia, en la época, no estaba permitido el divorcio (no se introduce en el ordenamiento legal hasta 1970, y aún entonces
la ley fue muy contestada). El asunto siempre estuvo en el corazón del autor, pues él y sus hermanos Titina y Peppino De
Filippo, fueron hijos ilegítimos de Eduardo Scarpetta, quien tuvo una doble familia: una con su esposa y sus hijos legítimos,
y otra con su sobrina, Luisa De Filippo, y los tres hijos nacidos de esa unión. Las dos familias se dedicaron al teatro, e
incluso compartieron compañía algunos años, aunque los De Filippo llamaron siempre a su padre “Tío Eduardo” y no
compartieron con él el mismo techo. De otro lado, Eduardo se casó joven con una actriz americana, pero esta relación
fracasó. La imposibilidad de divorciarse lo llevó a mantener una relación ilegal durante años con la que sería su segunda
esposa. El tema fue tratado o tocado de soslayo en varias de sus obras. Su hermana Titina llegó a interpretar Filumena
Marturano delante del Papa para interceder ante él a favor de una ley del divorcio y por la causa de los hijos ilegítimos.

También podría gustarte