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Guano, salitre, minería y petróleo

en la economía peruana, 1820-1930


José R. Deustua C. (2011) Economía de la primera centuria
independiente. Tomo 4. Lima: Banco Central de Reserva del
Perú

El Perú comenzó definitivamente su vida independiente en 1824, después de


varios años de guerra. Obviamente, este tiempo tuvo un efecto dramático en la
economía nacional: haciendas y pueblos, inclusive ciudades, habían sido
destruidas o saqueadas, recursos locales o regionales habían sido usados para
la provisión, tanto de los ejércitos realistas como de los patriotas. Así, Bolívar
trató, sobre todo en el norte del Perú, de usar recursos, inclusive el oro y la
plata de los ornamentos sacramentales de las iglesias, para abastecer y pagar
los gastos del Ejército Libertador. En consecuencia, podría esperarse una crisis
económica de largo alcance; sin embargo, esta no fue tal. Si bien el efecto de
la guerra se sintió agudamente en sectores económicos como el agrícola o
gana-dero, la minería se recuperó rápidamente y en los años 1830 estaba
creciendo de nuevo o, tal vez habría más bien que decir, estaba recuperando
sus niveles de producción coloniales. En 1827, por ejemplo, el ministro de
Hacienda del nuevo Gobierno peruano independiente, José Morales y Ugalde,
declaraba ante el Congreso que “la principal riqueza de nuestra nación son los
1
metales que contienen sus montañas”.
Este trabajo presentará la evolución de la economía peruana entre 1820 y 1930, en
especial los sectores del guano, el salitre, la minería metálica y no metá-lica, y el
petróleo, sectores clave para entender la naturaleza y el funcionamiento de la sociedad
y economía nacionales. Desde la década de 1840 y, en particular, debido al auge
guanero, se constituyó una dinámica de exportación que depen-día enormemente del
mercado internacional, que para entonces era sobre todo el mercado europeo —
Inglaterra, Francia, Alemania, etc.— y que luego sería,

Morales y Ugalde 1827: 15.


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principalmente, el mercado de los Estados Unidos de Norteamérica. En cierto sentido, el


sector exportador definiría la economía peruana, porque generaba ingresos más
dinámicos que el sector nacional; no obstante, en áreas especiales como la minería y,
en particular, antes de 1890, existía una peculiar combina-ción de elementos de
mercado interno y demanda externa que será también discutida. Así pues, en las
primeras décadas del Perú independiente el sector más dinámico e importante de la
economía nacional era la minería de plata.

Entre la independencia y el auge exportador:


minería de plata y dinámicas regionales
Para las décadas de 1820 y 1830, el guano, que se acumulaba de manera natural
en las islas y el litoral peruano, era ignorado por la mayor parte de la población
nacional; en cambio, las sociedades prehispánicas ya conocían este producto, que
fue vastamente utilizado en el imperio incaico o Tawantinsuyu. Fue durante la
Colonia que se abandonó su uso por la incomprensión que los españoles mostra-
ron hacia las técnicas agrícolas indígenas. No ocurrió lo mismo con la minería. Por
el contrario, para los españoles, el oro y la plata eran recursos fundamentales que
debían ser explotados a su máximo nivel. Para fines de la época colonial, existían
633 minas de plata en trabajo, 1.124 minas de plata detenidas, 55 minas de oro en
trabajo y 57 minas de oro detenidas. Según “la Razón de la Matrícula” y un
“Estado” que mandó a elaborar el Gobierno colonial, también estaban en
funcionamiento minas de mercurio, cobre y plomo, aunque sus números eran
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menores. La producción nacional registrada de plata alcanzó un máximo de
570.000 marcos en 1804 (unos 130.000 kilogramos), mientras que la de oro ha sido
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estimada en 1.100 kilogramos para 1815. Así, el guano siguió siendo desco-
nocido como recurso productivo a finales del período colonial y comienzos del
republicano. Por su parte, la minería era un sector en crecimiento, en especial la
minería de plata, localizada sobre todo en la región de Cerro de Pasco.
Como se ha mencionado, las guerras por la independencia afectaron la ciudad y el
centro minero de Cerro de Pasco (incluida la villa de Pasco), pues fueron ocupados
alternativamente por patriotas y realistas. Asimismo, la sierra central fue una zona de
constante actividad guerrillera y de montoneras; sin embargo, una vez afirmada la
independencia después de la batalla de Ayacucho y con el retorno de cierta estabilidad
en las dinámicas productivas del interior del país, las minas peruanas volvieron a
producir oro y plata, así como otros re-cursos minerales. Si en 1823 la producción
nacional de plata solo había llegado

Fisher 1975: 34.


Fisher 1977, Deustua 1984 y 1986a.
GUANO, SALITRE, MINERÍA Y PETRÓLEO EN LA ECONOMÍA PERUANA, 1820-1930 | 167

a 35.000 marcos anuales (6% del total de 1804), en 1827 ya ascendía a 293.000
marcos, para alcanzar los 586.000 marcos en 1842, cifra que superaba el auge
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colonial de 1804. En otras palabras, una vez el fuego de las armas había cesado
(a pesar de las guerras de caudillos que tuvieron lugar después de las luchas por la
independencia), la minería de plata había crecido hasta lograr un techo productivo
por encima del tope alcanzado durante el período colonial. Tal me-jora no
significaba que las técnicas productivas se hubieran renovado o que los sistemas
laborales fueran entonces más modernos. No; el desarrollo productivo minero de
las décadas de 1830 y 1840 respondió, en buena medida, a las condi-ciones y
características coloniales de este sector productivo nacional.
La minería era, más bien, una actividad productiva de pequeñas
minas, trabajadas por los barreteros y apires, con poco desarrollo de
bienes tecnoló-gicamente avanzados. Así, los barreteros cavaban las
bocaminas con barretas de hierro (de ahí el nombre), mientras que los
apires eran los cargadores que extraían el mineral en bruto de las minas
y los desmontes en bolsas o capachos de cuero. Mariano Eduardo de
Rivero y Ustáriz, un científico y administrador gubernamental peruano,
escribió en 1828, en una “Memoria sobre el rico mi-neral de Pasco”, que
[...] la estracción de metales se hace por muchachos que llaman apires, los que ganan
dos ó tres reales al día; ó también se les paga en metal que es lo más común: esta
estracción es la más penosa por no estar las lumbreras bien construidas, pues muchas
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veces salen gateando, todos llenos de barro y sumamente fatigados…

La realidad social era aun más compleja, pues también estaban los palliris,
repasiris, chanquiris, quimbaleteros, etc., quienes laboraban en la fase metalúrgi-ca de
la actividad minera peruana. Mientras la fase extractiva consistía en cavar túneles o
bocaminas para acceder a las fuentes de mineral (sobre todo de mine-ral de plata), la
fase metalúrgica se centraba en transformar estos minerales en metales de plata o
“plata piña”, llamada así porque los metales obtenidos luego de un proceso de
depuración adquirían la forma de piñas. La fase metalúrgica de la producción minera
tenía lugar en “haciendas de beneficio” o ingenios, los cuales se ubicaban
principalmente en arroyos y ríos, debido a que necesitaban de una fuente de agua para
mover las ruedas de piedra que molían los minera-les en bruto o la piedra mineral. Una
vez molidos, estos pedazos de minerales de plata eran mezclados con mercurio, sal,
magistral y otros componentes en patios donde corría el agua y se apisonaba la masa
mineral. Finalmente, un hor-no de fundición concluía el proceso para obtener el metal de
plata. En la fase

Deustua 1986a: 36-37, cuadro 2.


Rivero y Ustáriz 1857: I, 205-206.
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metalúrgica había un mayor uso de bienes de capital, tales como la rueda para moler
minerales, los circos del ingenio construidos de piedra o bien caballos usados para
aplastar la masa mineral aguada y con mercurio, para luego finali-zar con el horno de
fundición (un bien de capital). Tales hornos utilizaban car-bón (siempre que fuera
accesible) o madera, si la había en buena cantidad, pues esta era también crucial para
fortalecer las paredes de los socavones, “ademados con tincas del arbol de la queñua”,
o la bosta de las llamas o taquia.
En 1825, 75 dueños de minas en Hualgayoc controlaban a 939 trabajadores,
de los cuales 539 eran operarios de minas, mientras que 344 eran “operarios de
ingenio”. El resto estaba conformado por 56 pallaquiles, trabajadores indepen-
dientes que también refinaban el mineral, pero con técnicas primitivas. Para 1833,
diecisiete empresas o negocios mineros en Hualgayoc controlaban a 195
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trabajadores, de los cuales 41 eran “operarios de hacienda”. En general, para
1830, se ha calculado la existencia de 440 dueños de minas en el Perú con una
fuerza laboral, fuera en la extracción de minerales o en los ingenios de refinar la
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plata, de unos 18.000 trabajadores mineros.
Cerro de Pasco era el mayor centro productor de plata del país. Hasta
1834, generaba el 54% de toda la plata nacional; mientras que, posteriormente,
duran-te el auge de producción regional en los años 1839-1843, este
porcentaje llegó incluso al 66%. El predominio de Cerro de Pasco sobre el total
de la producción nacional fue constante a lo largo del siglo XIX, aunque
después de la guerra con Chile (1879-1884) esta hegemonía declinó
ligeramente debido al incremen-to de la producción argentífera en la sierra de
Lima y Junín (Casapalca, Yauli, Morococha) y en Arequipa.
Para el período inicial de la república y anterior al boom guanero, cuan-do la
producción minera de plata era la actividad productiva y exportadora más importante del
país, siete centros regionales producían metales de plata destinados a sus respectivas
callanas de fundición. Tales centros eran: i) Pasco y Cerro de Pasco; ii) Lima y sus
áreas de producción en las sierras de Lima y Junín; iii) Trujillo y sus áreas de
producción, desde Pataz y Pallasca hasta Cajamarca y Hualgayoc; iv) Huamanga o
Ayacucho, donde también existía una importante producción de oro; v) Arequipa y sus
centros mineros de Caylloma, Camaná, Condesuyos y otros; vi) Puno, con sus centros
mineros en Carabaya y Lampa; y vii) Tacna, que recibía también la producción minera
de Santa Rosa, Huantajaya y Tarapacá. Entonces, hacia las ciudades de Pasco, Lima,
Trujillo, Ayacucho, Arequipa, Puno y Tacna se dirigían flujos regionales de plata en

Archivo General de la Nación (de ahora en adelante AGN), Lima. Sección


Histórica del Ministerio de Hacienda (SHMH), OL 131, caja 38, ff. 489-639
(1825) y OL 225, ff. 569-629 (1833).
Deustua 2009: 110-114.
GUANO, SALITRE, MINERÍA Y PETRÓLEO EN LA ECONOMÍA PERUANA, 1820-1930 | 169

forma de “plata piña”, la cual era transformada en barras de plata en


las callanas o casas de fundición.
Las callanas o casas de fundición eran centros de acopio del Estado que, por este
medio, comenzó a desempeñar un rol en la captación y tributación de la riqueza minera.
Dentro de los centros mineros, en las minas o en los ingenios, se llevaba a cabo una
actividad privada en manos de propietarios y trabajadores; pero, una vez que la
circulación de la plata llegaba a las callanas de fundición, se sentía la presencia del
Estado, misma que aumentaba cuando las barras de plata se convertían en monedas
en las casas de acuñación, principalmente, de Lima y Cuzco. Hasta la década de 1840,
la Casa de Moneda de Lima acuñaba sobre todo monedas de plata (entre dos a tres
millones de pesos anuales), mientras que la del Cuzco estaba encargada de las
monedas de oro (cerca de un millón de pesos anuales contra 150.000 pesos de la Casa
de Moneda de Lima). Una razón para ello se debía a que buena parte de la producción
aurífera peruana se encon-traba en la zona sur del país, mientras que la producción de
plata se concentraba sobre todo en Cerro de Pasco y terminaba destinándose a la Casa
de Moneda de Lima, aunque hubo también un breve esfuerzo por establecer una casa
de acuñación de moneda en Cerro de Pasco.

Cuando los comerciantes de barras de plata llegaban a la Casa de Moneda de


Lima o los comerciantes de oro llegaban a la del Cuzco, estas entidades esta-tales
compraban los metales y se los pagaban en monedas acuñadas con el sello del
Gobierno peruano. La tesorería de las casas de moneda cobraba un porcen-taje del
2 al 3% por el servicio. Desde entonces, la circulación de plata u oro en el Perú era
el resultado de la circulación oficial de monedas de oro y plata. Así, un escudo de
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oro valía 17 pesos y un peso de plata tenía un valor de 8 reales.
La plata y el oro fueron la base de la economía mercantil peruana hasta la
llegada del boom guanero. Estos dos metales preciosos circulaban siguiendo
dinámicas de producción regionales que confluían hacia las casas de fundición
del Estado y hacia las casas de moneda, sobre todo, en términos de valor,
hacia Lima. La producción minera necesitaba abastecerse de insumos y bienes
agrí-colas o ganaderos que mantuvieran a la población residente y trabajadora
de los centros mineros. De esta forma, se crearon varios mercados regionales,
tanto desde el punto de vista de la demanda de los centros mineros, como de
la oferta de bienes minerales que salían de las minas a los ingenios, callanas y
casas de moneda. Existían, pues, circuitos y mercados regionales, en donde
los comer-ciantes y arrieros desempeñaban un rol esencial.
Los comerciantes abastecían a los centros mineros de insumos productivos y

bienes de consumo, también daban crédito (habilitaban) en dinero y productos

Deustua 1993: 93-103, 106.


170 | JOSÉ R. DEUSTUA C.

a los propietarios de minas, y compraban la plata o el oro para luego


llevarlos a las callanas, casas de moneda o los puertos, donde casas o
firmas comerciales se dedicaban al comercio de exportación e importación,
cuyas transacciones se pagaban con dinero (monedas de oro y plata). Así,
existían casas comerciales en Lima y en otras ciudades del país que se
articulaban con los comerciantes regionales quienes, a su vez, contrataban
a arrieros o transportistas que, con recuas de mulas o, en algunos casos,
llamas, facilitaban la circulación de bienes y metales a través de todas las
regiones a comienzos del siglo XIX. Para muestra, basta un botón.
Entre abril y julio de 1830, ocho comerciantes regionales introdujeron lo que
serían 67 barras de plata con un peso aproximado de 11.390 marcos (unos 2.600
kilogramos) y un valor aproximado de 91.110 pesos a la casa de fundi-ción de
Trujillo. Estos eran Henrique Barnad, Claudio José Saenz, Juan Oyle, Alfonso
Gonzales, Juan Manuel Bernal, Guillermo Mateu, Guillermo Cock y Henrique Coad
y compañía. Barnad, que parece haber sido el más acaudala-do de todos ellos,
había llevado a cabo una transacción comercial cuyo valor era estimado en 23.120
9
pesos. Como medida de comparación, recuérdese que Mariano de Rivero y
Ustáriz mencionaba en 1828 que los apires en Cerro de Pasco ganaban solo dos o
tres reales al día, es decir, un cuarto o un tercio de un peso de plata, si es que se
les pagaba en moneda, pues muchas veces los traba-jadores recibían su salario en
mineral o en bienes de consumo y eran obligados a migrar forzadamente a los
centros mineros del país. Por ejemplo, en 1832, la Diputación de Minería del Cerro
de Pasco, un órgano gremial y oficial de los propietarios mineros, pedía a la
Subprefectura del Departamento de Junín “con el objeto de que se sirva ordenar
10
vengan a la mayor brebedad [sic] 30 hombres de la Quebrada”. Por lo general,
los trabajadores mineros formaban parte de dos grupos: los trabajadores
permanentes o acuadrillados y los trabajadores es-tacionales o maquipureros. “Los
primeros conformaban el stock permanente de mano de obra de una unidad
productiva, mientras los segundos prestaban su concurso solo durante cierto
número de semanas o meses del año”. Así,

[...] una de las características más saltantes de la minería cerreña del siglo
XIX fue la coexistencia de un pequeño núcleo de operarios permanentes al
lado de una masa apreciable de mano de obra eventual que venía y
retornaba del centro mine-ro en un movimiento pendular que se expresó
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en la inestabilidad demográfica de estos asientos.

Deustua 1993: 80-81, cuadro 1.


Deustua 1986a: 205.
Contreras 1988: 68.
GUANO, SALITRE, MINERÍA Y PETRÓLEO EN LA ECONOMÍA PERUANA, 1820-1930 | 171

Entre 1820 y 1840, la plata se compraba generalmente a 8 pesos por


marco. Si la transacción ocurría en Lima y estaba involucrada la Casa de
Moneda, un marco podía comprarse a 8½ pesos o incluso a 9 pesos. En
los centros mineros, obviamente, el precio era menor: si los comerciantes
ejercían mucho poder so-bre los productores mineros, cada marco se podía
comprar a 6 pesos 2 reales o a 7 pesos 3 reales. Finalmente, en Londres,
el precio de la plata se cotizaba a 9 pesos 7 reales o a 10 pesos por marco.
Se han elaborado estimaciones del valor de la producción minera peruana
multiplicando los montos de producción física por sus precios. Los resultados
muestran que este sector dominante de la economía peruana creció desde
unos 3 millones de pesos anuales de producción de plata a comienzos de los
1830 hasta más de 5,7 millones de pesos durante el primer auge de la
producción mi-nera entre los años 1839 y 1843. Entonces, esta gran cantidad
de capital circula-ba en el país, se acumulaba en algunos sectores económicos
(comercio, minería, agricultura) o salía del país al servir para pagar las
importaciones peruanas. Así, el historiador inglés William Mathew estimó que,
en 1839, fueron exportados 6.554.140 pesos en moneda fraccionada peruana,
un monto algo mayor al to-tal de la producción argentífera peruana. Las otras
exportaciones nacionales consistían en lanas (650.435 pesos), algodón
12
(371.800 pesos), nitratos de soda (299.150 pesos) y cortezas (50.330 pesos).

Mas allá de la minería: atisbos a los otros sectores


económicos, 1820-1840
Hasta que el guano se convirtió en el principal producto de exportación perua-
no en 1847, el guano, el salitre y el petróleo, entre otros, fueron bienes margi-
nales de producción y comercialización exclusivamente a nivel local o regional.
Lejos estaban de la minería, un sector dinámico y plural que se enfocaba en la
producción de metales preciosos —el oro y la plata—, pero también de co-bre
(mineral y refinado), estaño (mineral y refinado), mercurio, carbón, plomo,
hierro, etc., aunque estos últimos en proporciones y valores mucho menores, a
13
veces, verdaderamente diminutos.
El guano, escribía el cronista español Pedro Cieza de León en 1558, se
en-contraba “cerca de la mar en la comarca de estos valles [de Tarapacá,
donde] hay algunas islas bien pobladas de lobos marinos. Los naturales
van á ellas en bal-sas: y de las rocas que están en sus altos traen gran
cantidad de estiércol de las aves para sus maizales y mantenimientos […]”.
Y, entre 1712 y 1714, el viajero Frézier escribía que

Mathew 1964: 77.


Sobre el mercurio, véase Contreras y Díaz 2007.
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[...] la isla de Iquique es habitada por indios y negros que se ocupan en sacar la
guana (güano), que es una tierra amarillenta que se cree ser escrementos [sic] de
aves, porque además de tener la hediondez de los Cormoranes (cuervos de mar),
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se han encontrado plumas de aves muy adentro de esta tierra.

Para 1820, siguiendo la tradición que describen estas referencias de Luis


Esteves, el guano solo se usaba en pequeña escala yendo “los naturales” o
indios y negros a las islas cerca de la costa peruana para extraer pequeñas
cantidades que servían para el consumo local. Los cormoranes, en el habla
limeña de hoy en día, son conocidos popularmente por el nombre de patillos,
como diminuti-vo de pato; sin embargo, los patos y cormoranes son aves de
distintas familias: los unos de tierra, los otros del mar.
Guano es una palabra quechua que, tal vez, debería escribirse wano.
Como mencionaban Cieza y Frézier, es el estiércol o excremento de un ave
particular del Pacífico sur, el guanay o guanay cormorán, cuyo nombre
científico es el Phalacrocorax bougainvillii. En la zona de Iquique y Tarapacá, o
en la región de las islas Chincha hasta Paracas y aun más allá, la confluencia
de corrien-tes marinas y otros factores ecológicos provocan que una cantidad
enorme de aves, así como otros mamíferos de mar, como las focas o los lobos
marinos, se concentren en áreas, islas o puntos rocosos relativamente
pequeños, donde la defecación, particularmente de las aves, genera grandes
acumulaciones de una sustancia amarillenta y rica en fertilizantes químicos
naturales: el guano. Debido a que durante siglos no se usó en gran escala para
la agricultura, para 1840, montañas de este tesoro natural estaban al alcance
de una economía co-mercial que pronto iba a florecer.
Desde tiempos coloniales, también se conocía la utilidad del salitre,
mez-cla de nitratos de sodio y potasio. Desde el siglo XVII, pero más aún en
el siglo XVIII, el salitre era considerado uno de los insumos principales para
produ-cir pólvora, en especial la pólvora negra. En Huantajaya y en la provincia
de Tarapacá, el salitre, también llamado caliche o sales naturales, era extraído
de las pampas y desiertos de Atacama para ser trasladado a Lima, donde
existía una fábrica de pólvora, o a mercados regionales del sur del Perú, donde
tam-bién se producía pólvora a pequeña escala. En los años 1820, la Dirección
de Artillería del Ejército peruano se encargaba de la distribución de pólvora
elabo-rada en Lima hacia los centros mineros, por medio del transporte
marítimo y el comercio de cabotaje. Así, en 1826, se transportaron cien
quintales de pólvora de cañón en la fragata Monteagudo “para el laboreo de las
15
minas de los depar-tamentos de Arequipa y Puno”.

Citado en Esteves 1971 [1882]: 99-100.


Deustua 1986a: 170-171 y notas 68-69.
GUANO, SALITRE, MINERÍA Y PETRÓLEO EN LA ECONOMÍA PERUANA, 1820-1930 | 173

El desierto salitrero, desde Taltal hasta Arica, alcanzaba en algunos lugares


una concentración de nitratos de sodio y de potasio (NaNO3 y KNO3) de casi cuatro
metros de profundidad, los cuales eran lixiviados rústicamente ya para 1810 en las
16
llamadas “ollas de indio”. Pronto, este recurso natural extractivo co-nocería una
expansión comercial similar a la del guano. Si en 1833 las exportacio-nes peruanas
de salitre hacia Gran Bretaña y Francia representaban unas 16.000 libras esterlinas
anuales, estas alcanzaron las 300.000 libras esterlinas hacia fina-les de la década
17
de 1840. El salitre, al igual que el guano, era un abono natural, esencial para el
desarrollo agrícola de las economías europea y norteamericana.
Depósitos de petróleo, brea o betunes fueron conocidos también desde la
época colonial. Según el historiador Pablo Macera, “brotaban por sí solas, sin
ayuda ni intervención del hombre”. Estas breas, confi nadas en desiertos o luga-res
inhóspitos, no podían competir con los metales preciosos, “vena y sangre del Perú”.
Para fines del siglo XVIII, las principales minas de brea eran las de Amotape, en el
norte del virreinato del Perú, en el obispado e intendencia de Trujillo. Tales minas
eran trabajadas por negros, esclavos o libres, y recurrían a las poblaciones vecinas
para casi todo su abastecimiento. Así, para el agua, era necesario recorrer cinco
leguas (unos 25 kilómetros) hasta Pariñas, “que son unos cerros o montes
habitados por pastores que pacientan la cría de ganado”, sobre todo de cabras;
18
para víveres, hasta Piura; y, para madera, a Catacaos.
La brea brillosa era transportada a Paita y, de ahí, al Callao, donde era de-
positada en bodegas, una de las cuales —la de Camacho, perteneciente al co-
merciante Ignacio Hernández— podía almacenar de 18.000 a 20.000 quintales. Al
final del período colonial, un quintal de “breas” podía costar hasta 25 pesos. Las
breas, el alquitrán o los aceites coloniales (también nombrados “pitróleo” o
“asphalta”) servían para proteger los cascos de madera de los barcos, para “em-
pegar” las botijas de licores (en los valles de Ica, por ejemplo) o los barriles de
19
madera. Téngase en cuenta que antes de que existiese la refrigeración moder-na,
desarrollada desde mediados del siglo XIX en Europa y los Estados Unidos,
muchos de los productos que circulaban en cualquier economía del mundo de-
pendían de barriles para transportar y almacenar bienes líquidos o sólidos.
Si los barriles sellados con brea eran fundamentales para conservar y trans-portar
productos de la época colonial y a comienzos de la república, la sal tam-bién era, pues,
crucial para conservar productos durante las mismas épocas. En este sentido, un lugar
importante era el “Cerro de la Sal”, en el territorio

González Miranda 2006: 37.


Bonilla 1980: 33, cuadro 5.
Macera 1977: III, 229-274; en especial 230, 236, 254-255.
Ibídem: 256 y 259 en especial.
174 | JOSÉ R. DEUSTUA C.

asháninka, al este del Cerro de Pasco, en la ceja de selva, cerca de lo que es ac-
tualmente La Merced y, antiguamente, Quimirí. Los asháninkas, anteriormente
conocidos como campas o kampas, se proveían de sal en dicha región; sin em-
bargo, cuando comenzaron sus contactos con misioneros franciscanos e incluso
conquistadores españoles, a mediados del siglo XVII, se pensaba que el Cerro de la
Sal (un lugar crucial para el pueblo y la religiosidad asháninka) también con-tenía
oro. Luego de sucesivas penetraciones de la sociedad colonial en el territo-rio
asháninka y las rebeliones de estos, en especial la de Juan Santos Atahualpa, en la
segunda mitad del siglo XIX, el Cerro de la Sal quedó bajo el control del Estado.
Como ha escrito el antropólogo Stefano Varese, “se le quitaba a la so-ciedad
campa la sal, como antes se habían destruido las herrerías conservadas y
20
utilizadas durante siglos”.
La incursión en el valle de Chanchamayo había comenzado desde Tarma
en la sierra central peruana durante el siglo XIX, fruto de la expansión del culti-
21
vo del café y de las políticas del presidente Ramón Castilla. Según el
sacerdote franciscano Gabriel Sala, para fines del siglo XIX los asháninkas
“están escasos de sal y casi van perdiendo su uso por la grandísima dificultad
e inconvenientes que tienen al traerla de Chanchamayo, especialmente,
22
después de que se ha co-lonizado San Luis de Shuaro y el Perené”.
El negocio de la sal y los depósitos de la misma también tenían lugar en
Huacho, San Blas (en la actual región de Junín) y en Piura. Un método funda-
mental para conservar las carnes y otros productos consistía en salarlas o “po-
nerlas en salmuera”, como se decía entonces. Una vez que se quería consumir
estas carnes o los otros productos salados, se lavaban o dejaban remojar
hasta que perdiesen su condición salada y fuera posible consumirlos o
prepararlos para la cocina. Si no se salaban, los bienes también podían ser
ahumados o se-cados, dejándolos expuestos al sol o a la intemperie.
Las salinas de Chancay o Huacho eran (y son) grandes extensiones de de-
pósitos de sal que ya estaban en producción en el siglo XIX. Otro destino para la sal
era el centro minero de Cerro de Pasco, donde el viajero inglés Tudor es-timó, en
23
1825, que se consumían 50.000 quintales de sal anuales. La sal era un insumo
esencial en la transformación del mineral de plata durante su amalgama con el
mercurio. Una “Demostracion del Gasto” de los costos de la producción minera en
Cerro de Pasco calculó, en 1828, que los precios de la sal variaban
estacionalmente, pues “en el verano cuesta 6 reales” por arroba, mientras que

Varese 1973: 257; véase también 126-130 y 173-209.


Raimondi 1965 [1885].
Citado en Varese 1973: 256.
Tudor 1973 [1825]: 99-128.
GUANO, SALITRE, MINERÍA Y PETRÓLEO EN LA ECONOMÍA PERUANA, 1820-1930 | 175

“en el invierno hasta dies” (una arroba era equivalente a 25 libras o a


11,5 kilo-gramos). Por eso, el autor de esta “Demostracion”
24
consideraba que era mejor tomar “con medio á 7 reales”.
En San Blas, la comunidad campesina de Ondores controlaba y era pro-
pietaria, por lo menos hasta 1887, de “unos yacimientos salinos ubicados en
los pastos del cerro de Patococha, del Distrito de Ondores”. La sal extraída de
allí era comercializada en Cerro de Pasco, como insumo minero o como bien
de consumo, aunque en cantidades menores que los flujos que procedían de la
costa desde las salinas de Huacho y Chancay; sin embargo, para fi nes del
siglo XIX, empresarios criollos de Lima y Junín tomaron el control de estos
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depó-sitos y pidieron “amparo” ante las autoridades gubernamentales locales.
En Piura, particularmente en la provincia de Sechura, también existían
abundantes “afloraciones” de sal o salmueras, en especial, en el estuario de
Virrilá. La sal se encontraba como un milenario “precipitado de aguas marinas”,
a flor de tierra, y “en forma de rocas o “ladrillos” en las minas. Para 1845, la sal
sechurana se usaba en salazones, se trasladaba a Chile, Ecuador, Panamá,
Loja y, obviamente, al resto de la provincia de Piura. También era llevada “en
grandes balsas a las islas donde se salaban grandes cantidades de pescado”.
Se estima que al año se explotaban 125.000 cargas, para lo que era necesario
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el trabajo de 200 personas, sea en su extracción o en su transporte.
Como ha sido mencionado anteriormente, la presencia del Estado también
se notaba claramente en estos otros sectores económicos que no tuvieron la
dimensión de la minería de plata, pero que se convertirían luego en verdaderos
sectores exportadores modernos (como el guano, el salitre y, más adelante, el
petróleo) o, en el caso de la sal, en un sector comercial de dimensiones regio-
nales que accedió a exportaciones hacia puertos extranjeros, como Guayaquil,
Valparaíso y Panamá. Así, el Estado peruano trató de crear estancos, tanto de
las breas como de la sal, aunque sus intentos no siempre fueron del todo
exitosos. No obstante, para finales de la década de 1840, una nueva coyuntura
y dinámica económica afectó al país, creando un momento que el historiador
Jorge Basadre ha llamado de “prosperidad falaz”.

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