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MARSILIO FICINO

TRES LIBROS SOBRE LA VIDA

LUIGI CORNARO

DE LA VIDA SOBRIA

ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRIA MADRID

2006

Titulos originales: Libri de vita triplici Trattato della vita sobria

Traducción: Marciano Villanueva Salas

© Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2006 Derechos: Asociación Española de Neuropsiquiatría O Villanueva, 11.28001 - Madrid Telf. y Fax: (91) 431 49 11

ISBN: 84-95287-28-5 Depósito Legal: VA. 966.-2005 Impreso en España. Unión Europea

Detalle de la sobrecubierta: Tiziano, Retrato, 1516 Grabado interior: Rafael, fragmento de la Sacra conversación, 1514 Introducción y notas: Mauricio Jalón

Impresión: Gráficas Andrés Martín, S. L. Paraíso, 8. 47003 Valladolid Distribución: LATORRE LITERARIA. Camino Boca Alta, 8-9. Polígono El Malvar 28500 Arganda del Rey (Madrid) Colaboración técnica: GlaxoSmithKline

Directores de la edición: Femando Colina y Mauricio Jalón

El inicio de la visión moderna:

entre Ficino y Comaro

I. Parece indudable que el Renacimiento fue una época de eferves­

cencia vital y cultural en toda la escala de la indagación, desde la ciencia exacta hasta el conocimiento del individuo. El impulso renovador alcanzó tal extremo que vino, por añadidura, a significar un insólito quiebro de las mentes cultivadas; y si tal situación vino a acrecentarse en unos tiempos

críticos como los de finales del siglo XV, más se complicó todavía a medi­ da que avanzaba la centuria siguiente. Fue de hecho en estas décadas ini­ ciales de la modernidad cuando se difundió la obra de los dos autores ita­ lianos que aparecen juntos en este volumen. Marsilio Ficino nació en 1433, cerca de Florencia, en Figline Valdamo. Era hijo de un médico famoso, Diotifeci, y fue luego discípulo de un asimismo médico y filósofo peripatético, Niccolò Tignosi, así que su pasión temprana por los textos antiguos, por la lengua griega, prosiguió todavía cuando estudiaba medicina en Bolonia y Pisa, por influjo de su padre; y este médico del cuerpo va a pasar a ser un médico de almas, aun­ que estuviese también preocupado por la física de cada individuo, por la curación de su organismo. Ficino era enclenque y menudo, tartamudeaba un poco, era algo supersticioso y disfórico. Muy sensible al paisaje, encontraba equilibrio con la naturaleza y con sus atributos sensibles. Pero sobre todo -como lec­

tor impenitente, gran trabajador y excelente analista- utilizaba su podero­ sa inteligencia para compensar esas debilidades con un estudio continuado

y amplísimo; se interesó por la fisiología y la física (se centró, de joven,

en la óptica), así como por la música, además de por los estudios filosófi­

cos y eruditos, que emprendió siempre con imaginación. El busto que le hizo Andrea Ferrucci, en 1525, nos muestra a un hombre agudo con ojos muy abiertos que miran hacia arriba hasta el punto de tener la frente arru­ gada; tiene levemente abierta su boca algo triste pero burlona; su pose es

teatral, débil, chispeante y segura a la vez. Está en la catedral de Florencia:

el filósofo sostiene un infolio cuyas hojas se abren hacia nosotros, de modo

tal que sus manos parecen estar tocando las cuerdas de un instrumento.

Tan afanoso como encendido, Ficino encabezó la Academia florenti­ na, creada por Cosme de Médicis (1389-1464). Este inventivo mercader y admirador del conocimiento había comprado manuscritos griegos, tras la caída de Bizancio, y se los dio a traducir. De su mecenas, esa figura capi­ tal para el Humanismo, nace asimismo el juego entre ‘Médicis’ y ‘medi­ cus’ que alguna vez hizo, también válido para su sucesor en el patrocinio, Lorenzo el Magnífico. Ficino vivió en un momento de entrada masiva del pensamiento anti­

guo, en la que su acción su decisiva: la concepción unitaria de la filosofía

se acentuó con este gran renacimiento de las letras que él mismo propició.

Ficino leyó a todos, también a materialistas como Lucrecio; se interesó por todos, incluyendo a Epicuro, en apariencia lejano de él, pero que le sirvió para moderar la oposición platónica entre laetitia y voluptas. En fin, fue un

pensador de curiosidad ambiciosa, arrebatado por la unidad de la naturale­ za. Había perfeccionado su griego antes de los veinte años, y era un idio­ ma en el que trabajaba ya desde 1453 (con Homero, Hesiodo, Orfeo, Proclo). Fue traduciendo el Corpus hermeticum, falsamente egipcio, y este legado alejandrino fue crucial para su propia «revelación» interna*1. Luego, hizo lo propio con la obra de Platón, desde 1462, y el resultado fue tan memorable como su versión posterior de Plotino; además apadrinó y pro­ logó Sobre la edificación de L.B. Alberti; y tradujo, por añadidura, un texto tan cristiano como la Carta a los romanos de Pablo de Tarso. Por entonces ya estaba naciendo su obra personal. Así su excelente comentario al Banquete, escrito en latín entre 1469 y 1474, luego vertido por él mismo al italiano2. El éxito de este libro es incomparable con cual­ quiera de los de su tiempo: su influjo se percibe en todos los campos no

filosóficos -de las letras y las artes a la medicina- durante más de un siglo.

A través de él se difunde unafilosofía amorosa dominada por cierta catar­

sis interna, que tendrá gran peso en la cultura del siglo XVI, en la poesía

y la narración, en la pintura y la escultura; de inmediato, en los Libros del amor de Francesco Cattani da Diacetto, su discípulo muerto en 1522; luego, en otros ensayos como el famoso Libro de la naturaleza del amor, 1525, de Mario Equicola, o los Diálogos de amor, 1535, del filósofo creador León Hebreo, entusiasta también y lleno de ideas universalistas.

1 Como recordaba en 1489 en una cana, lee compulsivamente a Agustín, Boecio, Apuleyo,

Calcidio. Macrobio, Avicena, Besarión y Nicolás de Cusa. Y se sumerge, por añadidura, en trata­ dos neopitagórtcos y neoplatónicos. Los analiza racionalmente, pero en parte facilita la recupera­ ción individual de la antigua adivinación, una singular mezcolanza de racionalismo y mitología,

de matemática y augurios proféticos, A.Warburg, La rinascita del paganísima antico. Florencia. La Nuova Italia. 1980, p. 321.

1 M. Ficino, De amore. Madrid. Tecnos, 1986. Destaca entre sus comentarios a otros diálo­ gos de Platón.

Además, Ficino dio una visión propia, revitalizadora y singular, de todo el platonismo, lo trastoca e impurifica, logrando una síntesis de ideas rara pero muy fructífera, con la cual se creará un «vasto telón de fondo para interpretar el mundo» en el siglo XVI, alternativo al galenismo y aris­ totelismo tradicionales. Su mirada ayudó a establecer una especie de filo­ sofía primera generalizada3, como se ve bien en su importantísima serie titulada Teología platónica, entre 1469 y 1474, que giran en tomo al ser, al proceso del pensamiento, a las ideas de perfección y de alma, tan influ­ yentes en la filosofía, literatura, medicina y artes del siglo XVI. Finalmente, escribió Tres libros sobre la vida, que algunos han llama­ do su Medicina platónica, en paralelo con la anterior. Su Libri de vita tri­ plici, está formado por los libros De vita sana. De vita longa. De vita cae­ litus comparanda, que publica en un largo intervalo de casi nueve años4. En esta obra, triplemente famosa, incorpora nociones platónicas tardías y mágicas —Apolonio de liana aparece notablemente en el tercero-, y así reelabora aspectos diversos de la astrologia helenística, entre ellos la idea alejandrina de que el cielo es un gigantesco ser con vida, provisto de un alma con la que se comunica cualquier alma viviente. Para entender seme­ jante amalgama teórica, hay que considerar, de entrada, la curiosidad que el círculo florentino tuvo por las ciencias naturales, por la cosmografía y las matemáticas; y él mismo -como médico y astrólogo interesado por las ciencias de la naturaleza- abordó en este libro problemas de fisiología y de dietética, combinando su discurso medicinal con consideraciones astroló­ gicas5, propias de muchos de los sabios anteriores (o los de su siglo y del siguiente). Era inevitable, en su época, que un tratado médico como éste se sirviese de argumentos astrológicos comunes, especialmente entrecruza­ dos con la tradición hermética -una filosofía primigenia y simbólica, una gnosis, un energismo global- que él mismo había difundido6. -i En Ficino, pues, aunque retenga componentes aristotélicas mani­ fiestas, pesa de un modo determinante su mixtura neoplatónica y ‘neo-

’ C. Schmitt, Ansióte et la Renaissance, París. PUF, 1992, pp.109-110. El historiador de la

ciencia recordaba que conviene hablar de arisiotelismos en el Renacimiento, pues en su mayoría

fueron también eclécticos, tocados por estoicismo, platonismo o atomismo.

Apareció en 1489, a la par que su traducción y comentarios a Plotino. El libro I. de 1480,

es más bien de dietética, y se remite a Platón, Leyes. X; los libros II y III, redactados seguramen­ te hacia 1489, tienen un carácter más metafisico y cosmológico, más extraño para nosotros. El II está en parte inspirado por nuestro Amau de Vilanova, muerto en 1311, gran médico, químico dotado de rasgos proféticos; el III remite a Plotino, Enéadas, IV, 4 y II. 3. y a todo el neoplato­

nismo. Pero el texto es deudor de Aristóteles, de los Tratados hipocráticos, de los galenismos anti­ guos o los de Constantino el Africano, Avicena y Pietro d'Abano.

5 Aspecto destacado por A. Chastel, Morsile Ficin et Vari, Ginebra, Droz, 1997,p. 13.

1 Véase, sobre todo. F. Yates. G. Bruno y la tradición hermética. Barcelona, Ariel 1983, cap. IV, «La magia natura] de Ficino».

egipcia’ basada en Plotino, Proclo, Sinesio de Cirene o Jámblico. Él reto­ ma esa cadena de especulaciones difundidas desde el siglo II de nuestra era; pero él es tanto un racionalista, que reconoce preferir la medicina a cualquier especulación sobre imágenes, como un iluminado, un hombre religioso (se ordenó sacerdote, aunque tardíamente, manteniendo mucha independencia filosófica). Con su reflexión y su meditación, con su razón y su fe personal busca una doctrina especulativa que favorezca la unión entre los cristianos así como, sobre todo, entre las distintas filoso­ fías; que remita a la idea de inmortalidad anímica (reflejo ésta de la divi­ nidad) para devolverla a cada vida individual; que integre su presente en una especulación más vasta, más universal. Así Ficino habla, una y otra vez, del proceso de divinización del alma, y asimismo de la idea de que el cosmos está penetrado de la divinidad (son sus ideas más hiperbólicas, que criticará Leibniz); pero al mismo tiempo desciende sobre los huma­ nos y toma en consideración, por un lado, las teorías sobre el valor de las ideas innatas y el peso de la reminiscencia en nuestro modo de acceder al conocimiento, por otro y especialmente, las circunstancias concretas de cada individuo. Entre estos dos polos se desarrolla su discusión filosófica. La prime­ ra corresponde a su visión del universo como un organismo animado bien enlazado por efectivas correspondencias, capaz de vincular a todos los seres mediante intercambios de fuerzas: el universo está inseminado con esa energía capaz de eslabonar seres vivos y cosas (León Hebreo hablará incluso de un verdadero esperma pangenésico del mundo)7. Hay, para él, una cosmicidad que afecta a lo orgánico y a lo inorgánico por obra del cir­ cuitus espiritualis, esa corriente ininterrumpida y circular que todo lo atra­ viesa y condiciona8. Así que su pensamiento, en este punto simbólico, intenta leer en cierta imagen que él aísla los atributos propios del elemen­ to original correspondiente, dada la ligadura entre las cosas, sean físicas o no9. En conjunto, refuerza el universo de conexiones entre los estratos del mundo (el circuito del macrocosmos), entrevé una ordenación espacial y piensa que podría en cierta medida controlarse10.

León Hebreo, Diálogos de amor, Madrid, Tecnos-Alianza, 2002, II, p. 101.

E. Panofsky, Estudios sobre iconología, Madrid, Alianza. 1973, cap. 5.

9

Pedro Mexía, Silva de varia lección, I, 3, elige precisamente este aspecto de Tres libros

sóbrela vida. Cita Mexía a su autor seis veces en su libro de 1547, que tuvo enorme difusión inter­ nacional. En cualquier caso facilitó el conocimiento de Ficino en España, del que sólo se tradujo, en 1568, una recopilación suya: Grandes avisos y grandes secretos. Iu P. O. Kristeller, Il pensiero filosofico di Marcilio Ficino, Florencia, Sansoni, 1953.1. cap. 5. Véase las ideas fundamentales de E. Cassirer. Elproblema del conocimiento en lafilosofía y en Ut ciencia modernas, México, FCE, 1974, t. I, pp. 118-132. éste fue quien recuperó a Ficino, a principios del siglo XX, y lo situó en la cabeza de la problemática filosófica europea moderna.

En segundo lugar, la conciencia interior (que sería una zona especial, apartada del mundo empírico y ajena al mundo trascendental) es una expe­ riencia muy moderna, casi existencialista. Podría verse como el objeto de una psicología empática que ahondase en la vida humana, al reconocer que es presa del dolor y de la inquietud, en todos sus grados11. Ella le facilita­ ría su comprensión de las tensiones y conflictos agudos, muy concretos, que hubo poco antes y no mucho después de 1500; fuesen éstos religiosos, políticos o culturales, todo parece teñirse de inseguridad. Gracias al aquellos vínculos, el ámbito de lo humano se enlaza con el mundo divinizado, lo que justificaría una cadena de reflexiones sobre la totalidad y el individuo, que van desde lo más teórico hasta lo más con­ creto de la condición humana. En efecto, él tiene un modo singular de abordar ese espejo y resumen del universo que es el hombre concebido como microcosmos, más allá de las inveteradas metáforas energéticas y metafóricas de la luz y de la visión; él no las olvida12, pero intenta especi­ ficar los fundamentos astrológicos del edificio de la medicina, y para ello se apoya en una filiación planetaria, un horizonte simbólico-mítico electi­ vo, sin negar, en absoluto, que exista una autonomía individual del com­

portamiento1'.

Por otra parte, el influjo de Ficino y su entorno será decisivo para esa edad de oro de la melancolía que es el Renacimiento avanzado. Su con­ centración en ese estado anímico -su formulación del modo de ser satur­ nino, del universo de la tristeza-, tuvo un peso extrañísimo en el ocaso del Renacimiento o, mejor, en el paso del Manierismo al Barroco14. Pero si él fue quien dio forma a la conjetura sobre el vínculo entre genio y melanco­ lía, también fue quien por vez primera engarzó esta idea, que aparecía en los Problemas llamados aristotélicos, con la del «furor» divino que había desarrollado Platón, ese entusiasmo inspirador que las Musas insuflan en el poeta. Ficino, pues, amplió la intuición de que tal desazón es caracterís­ tica del filósofo o del hombre creativo: no sólo los saturninos son los dota-

11 P. O. Krisieller, Il pensiero filosofico di Marcilio Ficino, II, cap. 1. esp. pp. 223-234.

Los acentos que dieron a esta imagen renacentistas como Bovelies, León Hebreo o Paracelso, ofrecen una idea de actividad humana individualizada y dinámica, más allá del reflejo y pasivo del gran cosmos ese temperamento se nos muestra como un privilegio del poeta (por extensión del artista), de todo verdadero filósofo, del buen gobernante.

E. Cassirer, Individu el cosmos dans la philosophie de la Renaissance, Parts, Minuit, 1983. pp. 141-147. Ficino era el mejor médico de Italia, según Paracelso, por ese motivo.

14 Más o menos en su estela, inundaron España, Francia. Inglaterra varios autores:

Velázquez y su Libro de la melancolía de 1385, Brighi y su Tratado de la melancolía de 1386,

Santa Cruz y su Diagnóstico y curación de las afecciones melancólicas de 1591. Du Laurens y sus Discursos sobre la melancolía de 1597. Guibelet y su De l’bimeur mélancotique de 1603, Ferrand y su Melancolía erótica de 1610. Burton y su Anatomía de la melancolía de 1621.

dos para el mundo intelectual, sino que todo trabajo mental -abstraído, ais­ lado- sitúa a cualquiera, por afinidad, bajo el mandato de Saturno, el pla­ neta más lejano y más lento del sistema solar, el más hostil, en consecuen­

cia, a la vida.

Ficino había nacido bajo el signo de Saturno; era melancólico él mismo, y un curador de saudades15. Y los Tres libros sobre la vida nos ofrecen un arte de vivir que está destinado sobre todo a los intelectuales, ya que les enseña a sacar partido del influjo favorable del humor oscuro. Para revisar­ lo, hay que evocar otro circuito, el del microcosmos, con sus conexiones intemas; y es que en la antropología que se desarrolló desde inicios del siglo XV, y que relanza Ficino, hay un elemento mediador entre el cuerpo y el alma, es el espíritu humano o vital, que hace de cópula o vínculo entre nues­ tro todo. Ese spiritus -compendio del general espíritu vital estoico y del anima mundi neoplatónico16-, era un fluido sutil, generado por la sangre y activo sólo en el cerebro; era el instrumento del alma17*para realizar todas sus acciones, era «un lazo común o medio entre el cuerpo y el alma», dirá Robert Burton. En el macrocosmos, el homólogo spiritus (mundano) tendrá su posi­ bilidad de ajuste o de desajuste con ese spiritus (humano); pero la idea de su influjo irá atenuándose progresivamente en un siglo"*, justo cuando nuevos médicos u otros sabios retomen entre 1585 y 1621 el discurso fíciniano y lo orienten sistemáticamente en la dirección de una enciclopedia melancólica menos lastrada por especulaciones astrológicas, no del todo ausentes pero reducidas cada vez más a meros adornos. Ahora bien, bajo el peso estoico y neoplatónico, Ficino distingue tres facultades anímicas: imaginación, razón discursiva y razón intuitiva. La distinción se aparta de la topología usual de la mente, basada en la terna imaginación, razón y memoria (que, por cierto, recuperarán Huarte de San Juan o Bacon, y tras ellos el movimiento ilustrado). Tales facultades fun­ damentales, para Ficino -y sobre todo la razón intuitiva (o mens)- permi­ tían la libertad individual; mientras que las inferiores estarían más someti­ das al mundo necesario, encadenado, de la physis. De esta idea19, Ficino extrae no sin muchas paradojas cierto sistema que renueva y abraza nove-

n

15 A. Corsini. «II De vira di Marsilio Ficino», Riv. di noria critica delle scienze mediche e

naturali, X. 1919, pp. 5-13.

P. Zambelli, L’ambigua natura della magia, Venecia, Marsilio. 1996, p. 24.

" Velázquez, Libro de la melancholia, Sevilla, 1585, f. 4lr: «los espíritus vitales son pro­

pios instrumentos del alma; todos los movimientos y afectos del alma se representan, y los veni­

mos a entender, por el movimiento de estos espíritus».

'* Véase todavía en la Controversias médicas ( 1556) de nuestro F. Valles, el apartado sobre si en los días críticos hay una fuerza de origen celeste.

Iv Seguimos a R. Klibansky, E. Panoísky, F. Saxl, Saturno y la melancolía, Madrid, Alianza,

1991, 250-267, esp. p. 259 y ss.

dosamente una terapia inveterada y confusa sobre la congoja, que tenía una forma imprecisa, mal constituida. A su juicio, hay primero una causa celeste de la tristeza, debida a que un apesadumbrado se pierde en la indagación, en esa apertura al mundo superior que fue tan importante desde los antiguos hasta el Renacimiento. En segundo lugar, hay una causa natural: es debida a que ese desanimado se recoge de la periferia de las cosas, se reconcentra, se vuelca hacia den­ tro, hacia la tierra que es su imagen especular, hacia la misma bilis terro­ sa, la bilis negra, lenta y pastosa -carbón humoral o una especie de alqui­ trán espeso que le domina-20, y ello provoca su desconsuelo; es la bilis patológica un residuo de la combustión de nuestra máquina, pero asimis­ mo susceptible de nueva inflamación, de quemarse por vez segunda. La causa humana de la pena, finalmente, remite a una fisiología carente de fluidez, desvitalizada, que provoca cierto abatimiento, bien por una sangre que espesa en exceso, bien por un cerebro que pierde su humedad caracte­ rística según la medicina antigua, bien por una digestión pesada, lenta, tor­ turante. Lo último ocurre tanto en la vejez como en quienes son muy sedentarios; y los hombres de letras en particular, además de ser poco acti­ vos tienen el peligro de flaquear, derivado de las otras dos primeras causas. El tratamiento terapéutico que propone será físico, en buena parte, ya que las causas son, cómo vemos, más bien físicas; y él lo destaca como médico, de ahí que hable en principio de régimen, de los remedios que per­ miten la refrigeración o el calentamiento corporales; pero ello se repetirá o matizará en los médicos posteriores, ya citados, que apelarán extensa­ mente a la evacuación, sangría, desviación: a todo tipo de flujos. Sin embargo, nada es simple en tales discusiones, pues hay una libertad indi­ vidual a la que no renuncian ni él ni éstos, de modo que «las causas más remotas residen en gran parte en el comportamiento del individuo; y el proceso de tratamiento reclama, a menudo de forma insistente, la partici­ pación de la voluntad y de la iniciativa razonable del paciente»; en suma, una psicoterapia viene asociada de inmediato a un tratamiento que estaba dirigido antes hacia causas puramente somáticas21. Los pacientes habrán de estar bien templados, físicamente, pero habrán de tener lumbre y res-> plandor natural pasados por una mente que ilumine el cuerpo. El afligido puede ver paliados sus males con el goce de la naturaleza, su equilibrio natural y, sobre todo, con sus efluvios: colores cuidados22,

20 Cf. Galeno, De locis patientibus, c. 8: «el color de la bilis negra, que oscurece la morada

de la mente a modo de (inieblas, provoca temor».

21 J. Starobinski, Historia del tratamiento de la melancolía, Basilea, Geigy, 1962, p. 15.

22 Pues «el color de la bilis negra hace que la morada de la mente sea semejante a las tinie­

blas y causa del temor»: F. Valles, Controversias, Madrid, CS1C, 1988, p. 332.

levemente encendidos pero no excitantes; ciertos olores supremos, sutiles pero enriquecidos; sustancias espirituosas (como el vino), que hay que medir escrupulosamente; limitación de las pasiones violentas, tensas, ago­ tadoras, pues Ficino se muestra muy ascético con la física amorosa (algo que ni la hoy recuperada Hildegarda de Bingen, en el Medievo, ni muchos médicos del siglo XVI sostienen). En paralelo, además, Ficino nos va mos­ trando sus perspectivas sobre ese mundo animal, ese cosmos que los anti­ guos habían expuesto, esas ideas sobre la cohesión entre las cosas que el neoplatonismo había desarrollado, ese análisis de la fuerza de las imáge­ nes presentada por Jámblico, o ese análisis de estados de duermevela que Sinesio tan bien había expuesto cuando Roma se derrumbaba. Es el sus­ trato teórico de sus paralelismos naturales y, al mismo tiempo, es -en el caso del terreno imaginativo o de los ensueños- un territorio psicológico o simbólico fundamental. Por otra parte, el apenado habría de responder a un tratamiento astral, correctivo del mal influjo de los astros. Ficino da una buena muestra de las convicciones astrológicas del siglo XV y que van a acrecer en el siglo XVI todavía, en una búsqueda infructuosa por restablecer buenas relaciones con el todo a través de la suposición de dependencias, correspondencias, simetrías entre lo celeste y lo terrestre, los astros y las piedras, la anima­ ción celeste y la de todos los seres vivos. Ello le valió un fuerte reproche de su gran amigo Pico della Mirandola, por considerarlo demasiado deter­ minista; lo cual ha venido recordándose desde entonces como base para la crítica de este trasfondo astral de nuestra cultura, poco comprensible ya dada nuestra ruptura con el cosmos. El futuro fracaso de esta visión no impide que el libro sea testimonio, muy bello, de un conjunto de teorías astronómico-psíquicosomáticas que habían tenido vigencia durante muchos siglos y siguieron teniéndola toda­ vía. En todo caso, esas consideraciones astrológicas están mezclándose ya con una idea de genio individual naciente, pues para Ficino hay unos cuer­ pos astrales del alma (aethera corpa), que se adaptarían a los diferentes cerebros, influyéndolos y marcando un genio personalizado; éste encon­ trará mayor autonomía en su colega Pico della Mirandola, en Castiglione y, de otro modo, en Erasmo, en Cardano, así como más tarde en persona­ jes de Shakespeare o de Cervantes23. En cualquier caso esto nos conduce a un punto central: el citado correctivo supondría una nueva carga de spiritus, de energía sustancial, que exige a Ficino fundir filosofía, magia, medicina, astrologia y, por añadidura, música. La contribución de la música, en su libro III, es de

° E. Zilsel, Le géme. Paris, Minuit. 1993, pp. 244-254.

herencia pitagórica pero, asimismo, procede de la coherencia de su sis­ tema: la armonía del mundo ha de penetrar en el desencajado melancó­ lico, y el sonido -aire movido, purificado, medido y sometido a unos números que revelan la estructura del mundo (también el celeste)-, es capaz de incorporarse sutilmente al cuerpo-alma del sufriente, de hacer de spiritus materializado levemente como aire armónico o como len­ guaje simbólico que emplea el aire para aparecer, remover, hacer olvi­

dar las ideas estancadas, para ser el mejor ejemplo de esa movilidad que

la brea de la tristeza hace imposible. Y este hallazgo va a durar hasta

hoy, incluso tras las embestidas de la psiquiatría positivista del siglo

XIX24.

II. Muy distinto valor y significado tiene el breve escrito de Luigi

Comaro. De este veneciano afortunado hay que decir, antes de nada, que

si su fecha de fallecimiento es segura, el 8 de mayo de 1566 -poco después

de publicarse en Padua esa suma de reflexiones domésticas que es De la vida sobria-, en cambio, de su nacimiento se estima tan sólo que tuvo lugar entre 1457 y 1467: es sobre todo una vida prolongada, en parte gra­ cias a un poderoso autocontrol. En fin, Luigi o Alvise Comaro era hijo de un hostelero paduano, si bien le gustaba que citasen su ascendencia veneciana; es verdad que des­ cendía lejanamente del dogo Marco Comaro (nacido en 1286), pero ni tenía bienes ni las autoridades de Venecia le reconocieron esas raíces. Su matrimonio, ya maduro, con Veronica Agugia, en 1517, le satisfará en este punto años después, cuando logre al fin que su hija Chiara se case con un descendiente de la rama poderosa del apellido que él llevaba, Giovanni Comaro. Ese afán nobiliario, ese deseo de excelencia patricia, no deja de percibirse en su escrito. Gracias a una herencia y posiblemente a su habilidad constructora de varios edificios y de espléndidas villas había logrado un ascenso social. Por su contacto con hombres del poder, concretamente con Juan Pablo I, cuan­

do fue patriarca de Venecia, se conservan cartas recibidas de éste, y noticias de sus relaciones. Se sabe, sobre todo, que estudió hidráulica, arquitectura

y agricultura, y que de hecho escribió un tratado sobre las aguas y otro

sobre temas arquitectónicos (Ficino, recordemos, había escrito sobre Alberti). Por añadidura de su vida activa civil se benefició especialmente la zona véneta: construcción de diques, control del agua y extensión de zonas cultivables por desecaciones sucesivas, diseño de un famoso odeón padua­ no, idea de un teatro en el gran canal veneciano (sobre una isla artificial),

u J. Starobinski, Historia del tratamiento de la melancolía, pp. 74-83.

apoyo continuo a literatos, artistas y arquitectos, incluyendo al joven genio Andrea Paladio. Pero a Comaro se le recuerda sobre todo por De la vida sobria, donde revisa secamente algunos de esos episodios de su propia vida al captar los excesos y la falsedad social. Preocupado por los graves efectos de su vida disoluta y de sus desórdenes alimenticios, antes de los cuarenta decidió que la única vía para vivir sin zozobras era la sobriedad. Mucho después, haciendo un balance del equilibrio alcanzado, escribió un tratadillo publi­ cado por vez primera en Padua, en 1558, al que siguieron tres obrillas simi­ lares en los años 1561, 1563 y 1565, que adjuntó; pero en los distintos apanados del volumen que resulta va diciendo sorprendentemente el autor que tiene 81, 83, 86 y 95 años. Pues a medida que envejecía le placía aumentar su edad, acaso por vanidad: Tintoretto lo retrata por esos años, hierático, calvo y seco, de manos afiladas; el cuadro se halla en el floren­ tino Palacio Pitti. Pues bien. De la vida sobria tuvo un reconocimiento importante en Europa. Formó parte de la cultura italiana desde su aparición, y un Cardano lo alababa a menudo, cuando todavía estaba vivo su autor25. Se editó muchas veces en la Francia de los siglos XVII y XVIII, y su traduc­ tor, el jesuíta Léonard Lessius, de Anvers, publicó incluso un texto com­ plementario, en 1613. Más aún fue una obra reconocida en Inglaterra por el célebre Addison, a principios del siglo de las Luces, que alabó su exce­ lente humor, su sentido común y su naturalismo en The Spectator (n.° 195); y más tarde el médico suizo Tissot, en 1775, lo destacó en su escrito Sobre la salud de los hombres de letras26. Más notable aún es que el eco del tratado de Comaro llegara hasta el siglo XIX: así en Nietzsche, seguramente por influjo de Burckhardt. Pues bien, en La cultura del Renacimiento en Italia este ensalzador de la cultura clásica, griega o italiana, dedica unas páginas notables a la auto­ biografía, la de Cellini, la de Cardano, y copia largos párrafos del libro de Comaro, hombre «tan estimable como feliz»2’; le alalia por su vejez pru­ dente y activa (siguió sirviendo a la República veneciana hasta el final), por sus trabajos encauzadores de la naturaleza, por ser un moderado y efi­ caz homofaber. Para Burckhardt, este curioso, pero no excepcional, escri-

15 En Proxeneta (XLIII), Theonoston {libro TI) y De sanitale tuenda (I. 9): N. Siraisi. The

Clock and thè Mirrar: Girolamo Cardano and Renaissance Medicine. Princeton, N.J., Princeton

Univ

“ S.A. Tissot. De la samé des gens de lettres. Paris. La diffirence, 1991. pp. 119-120. Pues todas sus normas apuntan hacia el ideal saludable, gracias a la sencillez de costumbres.

11 I. Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, Barcelona, Iberia, 1979, pp. 249-251.

1997. pp. 79-85.

tor ha de integrarse en todo un conjunto de descubrimientos -viajes rela­ tados, ampliación de las ciencias naturales, conciencia intensa del paisaje, descripciones psicológicas, retrato de ciudades y ciudadanos, atención a los rasgos extemos, crecientes protecciones internas, concentración en la escritura- que se unen en un ideal de vida activa, impulsada por Lorenzo

el Magnífico y los hombres que le rodearon.

El texto sería un ejemplo singular, indirecto pues, del nuevo mode­ lo civilizador y social (el empuje de cierta burguesía facilitó la distinción de formas, el nuevo ideal del cortesano); como dice Norbert Elias, al diferenciarse mejor las funciones ciudadanas y al generarse nuevas dependencias sociales se exigió cada vez más un ajuste del comporta­ miento individual; hubo un reacomodo intemo (entre racional e irracio­ nal) que determina las formas de actuación: «el individuo se ve obligado

a organizar su comportamiento de modo cada vez más diferenciado, más

regular y más estable»28. Pero volvamos a su escrito. Dice Comaro: «reparo en la belleza de los lugares y de los paisajes que atravieso, ya sean llanuras cercanas o montañas lejanas, ríos o fuentes, con muchos bellos edificios y jardines en su entorno. Y ninguno de estos placeres y deleites pierde ni un ápice de su dulzura o de su atractivo por merma de mis facultades, pues dis­

tingo bien las tonalidades de la luz, oigo sin dificultad lo que se me dice

y todos los restantes sentidos están en perfecto estado, y más en especial

el del gusto, que con más satisfacción disfruto ahora de los sencillos ali­ mentos que consumo». Todo es resultado de una doma de la naturaleza y de los deseos, pero está enunciado de un modo menos incisivo que su coetáneo Erasmo, menos sabroso que Montaigne, nacido en 1533, quien planteará ya una nueva autarquía, basada en la acumulación, la concen­ tración y la vigilancia29. De la vida sobria es el retrato de un individuo tranquilo, de mediados de siglo XVI. que se sitúa en un remanso vital: está muy lejos de la inten­ sificación del ‘entusiasmo ficiniano', el que expresará el complejo senti­ miento interior de tantos sabios, desde Cardano hasta Bruno y Campanella. Además, a la hora de pensar en la salud y la longevidad, Comaro, como hombre técnico, procura rechazar las referencias alquímicas o mágicas, incluso intenta lo propio con las astrológicas (sin lograrlo del todo). Hay un leve aire platónico renovado en muchos pasajes de su texto; puede reso­ nar incluso un eco del Cortesano de Castiglione, que había sido amigo del

:s N. Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, FCE. 1989. p. 451.

w J. Starobinski, Montaigne en mouvement, París. Gallimard, 1982, pp. 148-152.

ficiniano Cattani da Diacetto. Pero no mucho más hay en esa línea. La exaltación individual ha pasado a un plano más interiorizado; no se ve esa enorme tensión intelectual, situada entre una captación sensible del mundo

y una intelección racional, que antecede al modo moderno de pensar. En cambio, sí destaca un humoralismo equilibrado; una evitación de la melancolía, ese desarreglo tan temido, por medio de una existencia regulada; una gradación de lo que ha de presentarse ante los sentidos para que vivir sea un lento disfrutar. En las páginas de Cornaro parece definir­ se ese sustituto de la inmortalidad que sería la conservación prolongada de latidos regulares, la vida guardada casi entre sus propias manos, con pocos añadidos visibles (si dejamos de lado los bienes materiales, que él da por supuestos). De la vida sobria es un tratado naturalista a la vez tradicional, hipocrático-galénico, y precientífico, dado que este famoso longevo se esforzó ante todo por emanciparse de las ideas supersticiosas sobre la salud con argumentos simples, directos, tomados de la experiencia inme­ diata. Muchos otros, en el futuro, sólo verán en su texto una curiosa refle­ xión, literaria, sobre la alimentación sana o la vida bien temperada. Pero los ilustrados, como Tissot, insistirán más en su moderno hipocratismo, al tratar los problemas de la gente dedicada a la lectura y la escritura, esos estudiosos conflictivos que, significativamente, habían sido el punto de partida para Tres libros sobre la vida de Ficino. Los contemporáneos, una vez caído el Antiguo Régimen -y una vez caídos los humores y la melan­ colía del reino médico-, miran a Comaro como un modelo algo ingenuo y, sin embargo, todavía atractivo.

III. Entre la vida de Marsilio Ficino (1433-1499), que tiene lugar

en la cúspide humanística, y el final de la existencia de Luigi Comaro (c.1467-1566), tan prolongada, mediaron muchos y profundos cambios. El arranque de la exploración y dominio del oeste, la conjunción entre comercio y aventura, entre navegación, geografía y astronomía, la victo­ ria de la imprenta en la recuperación de la Antigüedad se unieron en el nacimiento de un mundo cada vez más medido -cuantificar las cosas dia­

rias, el paso del tiempo, los hechos mínimos, será tan decisivo para la ciencia como clasificar plantas, diseccionar cuerpos, observar trayectorias

o diseñar máquinas nuevas-, al tiempo qué la literatura crecía y la bio­

grafía ganaba autonomía, con todo lo que ello supuso para la definición del individuo moderno, de su intimidad, de su posible encierro interior. El apogeo del Renacimiento puede situarse entre 1490 y 1530, preci­ samente cuando finalizaba la trayectoria vital ficiniana. Por contraste, para algunos, desde 1530 se inicia su declive, o para otros, una rica fase de tran-

sición («manierista»), que dura hasta 1630. En todo caso, fueron momen­ tos bastante dispares. Y los dos textos aquí presentados lo son también:

ambos pueden ser representativos de dos formas de situarse en las letras y de dos estilos de vida diversos: uno, meditativo e intelectual; el otro, acti­ vo en la vida pública. Sin embargo, ambos autores, apoyados vigorosa­ mente en los antiguos, son padres del modo de ser moderno', aunque sus preocupaciones sean en buena parte divergentes, están orientados por cier­ tos rasgos comunes: el control del cuerpo, el diseño de su propia vida a partir de los clásicos, participando en buena parte de un mundo común, hoy desaparecido -ideas, naturaleza, orden social-, entre ellos. Además, dada su dedicación a las letras, cabe recordar que los huma­ nistas prefieren a los clásicos frente a los medievales no porque éstos tra­ bajen con términos y cálculos muy abstractos, sino sobre todo «porque sus abstracciones jamás se incorporan al reino de la realidad y no ayudan ni a su control ni a su comprensión»30. Por ello, como también afirmaba Garin, al concluirse esos años intensos se produjo un verdadero cambio de equi­ librio en la cultura, de modo que humanistas, artesanos, artistas y hombres de acción se alejaron de los callejones sin salida del Medievo, buscaron «nuevos estímulos, nuevos impulsos, nuevos fermentos culturales», de suerte que, frente a ciertas preguntas que carecían de respuesta, «surgieron posibilidades nuevas e impensadas»31. La figura de Marsilio Ficino se encuentra en la génesis, todavía con­ fusa, de esta revolución cultural. Ciertos estudios científicos y filosóficos que nos parecen poco cercanos a nuestra sensibilidad, ciertas teorías y prácticas artísticas de altura, pero demasiado elevadas para la actualidad, incluso determinadas actuaciones extrañas, imaginativas o «mágicas» -las propugnadas o realizadas en un plano superior por muchos sabios- se entremezclaron en esos años de modo novedoso en muchos autores, gra­ cias al inicial impulso ficiniano, de sus seguidores y de sus detractores. Le sucedió una Europa perturbada por inquietudes individuales y colectivas, por situaciones políticas muy complicadas y desgarradoras, por crisis reli­ giosas y geopolíticas o por enormes mutaciones en el árbol de los saberes matemáticos o medicinales, esto es, los relativos al propio cuerpo, a la con­ servación de la salud, física o mental, un problema que empezó a preocu­ par obsesivamente a los estudiosos y a muchos ciudadanos. La trascendencia intelectual de las figuras surgidas entre el nacimien­ to de Ficino y la muerte de Cornaro es decisiva no sólo por su repercusión

E. Garin, «Los humanistas y la ciencia». La revolución cultural del Renacimiento, Barcelona. Crítica, 1984. p. 255.

w

11 E. Garin. Ciencia y vida civil en el Renacimiento italiano, Madrid, Taurus, 1982, p. 12.

entre sus contemporáneos y sus inmediatos sucesores sino también porque preparó el terreno para la revolución científica del siglo XVII, al propiciar la disolución de temas secularmente arraigados. Distintas figuras del Quinientos, bien afectadas por el aristotelismo, bien contrarias a su legado -que envejecerá en terrenos como la física y la medicina-, buscaron siste­ mas cosmológicos nuevos y distintas interpretaciones naturalistas, abando­ nando un buen número de conceptos y sobre todo de prejuicios32. En ese momento de mezcolanza radical, las teorías alquímicas, lumínicas, vita- listas, criptográficas y numéricas se conjugaron entre sí y ayudaron quizá a liquidar la idea cósmica anterior (aunque la astrologia fuese un recipien­ te estático del pensamiento). En conjunto esa expansión de la vida se combinó ya con el rigor mate­ mático, la explosión de fuerzas individuales se combinó con la busca de un orden distinto en el pensamiento y en la naturaleza, de modo que la biolo­ gía se verá tocada por el número, del mismo modo que una medicina más natural e inmediata -cuerpo, alimento, apetitos- se verá doblada por la idea de mecanismo, por el artificio. Todo será sustituido por un mundo autónomo, desvitalizado y geometrizable, desgajado de un ser humano que se sintió de inmediato, por ello mismo, más aislado, menos arropado que antes.

M. J.

MARSILIO FIC1NO

TRES LIBROS SOBRE LA VIDA

I

Sobre los cuidados de la salud de quienes se dedican al estudio de las letras

La vida sana

Marsilio Ficino de Florencia saluda a Giorgio Antonio Vespucci y a Giovanni Battista Boninsegni1. A menudo en estos tiempos, mientras pa­ seábamos, según la costumbre de los filósofos peripatéticos, he hablado con vosotros acerca de los cuidados de la salud de quienes se dedican con ahín­ co al estudio de las letras. Ahora, en fin, he tomado la decisión de resumir los argumentos de aquellas conversaciones en un breve compendio y de presentarlo, antes que a nadie, a vosotros. No daré mi aprobación a este li- brito hasta tanto no sepa que lo aprobáis también vosotros, hombres y ami­ gos fidelísimos, ni permitiré que sea sometido al severo juicio de nuestro Lorenzo de Médicis2, cuya buena salud se propone, de hecho y ante todo, tutelar, si llega el caso. Pues en verdad, difícilmente podría ser útil a los li­ teratos de nuestro tiempo, y más en especial a los de nuestra ciudad, si no lo ha sido primero para su protector y mecenas. Leedlo, pues, con atención y poned la máxima diligencia en el cuidado de vuestra salud. Si ésta falta, nunca conseguiremos ni llegar tan siquiera a las excelsas puertas de las Mu­ sas, y en vano llamaremos a ellas, a menos que nos conduzca hasta allí y nos las abra, con su intervención extraordinaria. Dios todopoderoso. Deseamos, en efecto, que esta nuestra disertación médica tome en consideración como tema particular lo siguiente: que si es evidente que para adquirir la sabiduría se debe buscar con empeño la salud del cuer­ po, más aún ha de buscarse la de la mente, que es la única que puede al­ canzar y poseer la sabiduría. Por lo demás, todos cuantos intentan con­ seguir la sabiduría con una mente no sana, buscan la ciencia de una manera bastante errada. La salud del cuerpo la promete Hipócrates; la del alma, Sócrates. Pero la verdadera salud de ambos, la del cuerpo y la del alma, sólo la asegura aquel que exclama: «Venid a mí todos los que es­ táis rendidos y agobiados por el trabajo, que yo os daré descanso. Yo soy el camino, la verdad y la vida»3.

A todo el que camina por aquel difícil, arduo y largo sendero que con constante y perseverante esfuerzo conduce al templo excelso de las nue­ ve Musas le parece que para avanzar por esta senda necesita nueve guías. De ellas, las tres primeras están en el cielo, las tres siguientes en el alma y las tres últimas en la tierra. De las del cielo, es Mercurio el primero que nos incita y nos exhorta a emprender la búsqueda del camino de las Mu­ sas, porque es a él precisamente a quien se le atribuye la tarea de toda in­ vestigación. Luego, Febo mismo ilumina con fecundo esplendor tanto los espíritus que indagan como las realidades indagadas, de modo que poda­ mos fácilmente encontrar lo que buscamos. Se acerca a continuación la bellísima Venus, madre de las Gracias4, que custodia y ornamenta todas las cosas con aquellos rayos suyos que dan vida y alegría. De este modo, todo cuanto ha sido indagado a instancias de Mercurio, encontrado luego gracias a las indicaciones de Febo y circundado por la maravillosa y sa­ lutífera belleza de Venus, aporta siempre placer y utilidad. Vienen luego las tres guías de este camino que tienen su sede en el al-* ma, a saber, la voluntad ardiente y constante, el ingenio agudo, la memo­ ria tenaz. Y tres son asimismo las guías en la tierra: un padre de familia prudente, un preceptor excelente, un médico experimentado. Sin estas nue­ ve guías nadie puede ni podrá nunca acceder al templo de las nueve Mu­ sas. Las seis primeras nos las asignan, desde el principio, principalmente Dios omnipotente y la naturaleza, mientras que las tres últimas nos la pro­ cura nuestra diligencia. De los preceptos y los deberes que atañen al padre de familia y al preceptor en lo concerniente al estudio de las letras diserta­ ron de hecho muy a menudo muchos sabios antiguos, acá y allá, en sus tra­ tados, y más en especial, en sus libros de la República y las Leyes, nuestro Platón. Luego, lo trataron también, de magnífica manera, Aristóteles en la Política. Plutarco y Quintiliano. Por tanto, a los estudiosos de las letras ahora sólo les falta un médico que tienda la mano durante el camino y ayu­ de con consejos saludables y con medicinas a quienes no han sido aban­ donados ni por el cielo ni por su espíritu ni por el padre de familia ni por el preceptor. Así pues, compadecido de la suerte llena de afanes de aque­ llos que recorren el difícil camino de Minerva que disminuye las fuerzas, me acerco, como médico, en primer lugar a los débiles y enfermizos, y quiera el cielo que mi capacidad sea tan íntegra y tan eficaz como es bien intencionada mi voluntad. Levantaos con presteza, adolescentes, bajo la guía de Dios. Levantaos, jóvenes y hombres en la madurez de la edad, in­ flamados por un amor a Minerva demasiado ardiente. Acercaos con buen ánimo al médico que, iluminado y sostenido por Dios, os prodigará conse­ jos y remedios saludables para llevar a cabo vuestro propósito. Los que se dedican al estudio de las letras deben cuidar, ante todo, el cerebro, el corazón, el hígado y el estómago con el mismo esmero con

que los corredores cuidan sus piernas, los atletas los brazos, los cantan­ tes la voz. Deben, incluso, poner mayor cuidado, en la medida en que aquellas partes del cuerpo son más importantes que éstas segundas y es­ tos miembros son utilizados más a menudo y para cuestiones de mayor importancia. De igual modo, todo artesano diligente dedica los máximos cuidados a sus instrumentos: el pintor a los pinceles, el herrero a los yun­ ques y martillos, el soldado a los caballos y las armas, el cazador a los perros y las aves de cetrería, el citarista a la cítara, y cada uno a los ins­ trumentos de su oficio. En realidad, sólo los sacerdotes de Minerva, solamente quienes van en busca del sumo bien y de la verdad son tan negligentes, oh infamia, y tan desventurados que se diría que descuidan por completo aquella herra­ mienta con la que podrían, en cierto modo, medir y abarcar el universo en­ tero. Herramienta de esta guisa es, propiamente, el espíritu5, que los médi­ cos han definido como vapor de la sangre, puro, sutil, cálido y claro.

Generado por el calor mismo del corazón, que lo extrae de la parte más su­ til de la sangre, vuela al cerebro y allí se sirve de él sin descanso el alma para mover los sentidos, tanto los internos como los externos. Y por este motivo, la sangre sirve al espíritu, el espíritu a los sentidos y los sentidos, en fin, a la razón. La sangre es producida, a su vez, por una energía natu­ ral que actúa en el hígado y en el estómago. La parte más sutil de la san­ gre fluye hasta la fuente del corazón, donde actúa la energía vital. Allí, pues, se generan los espíritus y de allí suben al cerebro y (por así decirlo)

a la acrópolis de Paladio, donde domina la fuerza animal, es decir, la ca­

pacidad de sentir y de moverse. Y así, la contemplación es de ordinario de

la misma índole que la condescendencia del sentido, y el sentido es tal co­

mo es el espíritu, y el espíritu es, de hecho, tal como es la sangre y como son las tres fuerzas que hemos dicho, a saber, la natural, la vital y la ani­ mal, de las que, por las que y en las que son generados, nacen y se nutren

los espíritus. De aquí se sigue que los hombres amantes de las letras no sólo deben

cuidar con gran diligencia los miembros, las fuerzas y los espíritus que he­ mos mencionado, sino que deben evitar, además, con la máxima cautela,

la pituita y la bilis negra, al modo como los navegantes evitan Escila y Ca-

ribdis. Pues, en efecto, mientras el resto de su cuerpo se mantiene ocioso, desarrollan una gran actividad cerebral y mental y por eso son propensos

a producir pituita y bilis negra que los griegos llaman, respectivamente,

flegma y melancolía. La primera a menudo debilita y sofoca el ingenio, la segunda, por el contrario, si es demasiado abundante y se inflama, ator­ menta el alma con una inquietud continua y delirios frecuentes y perturba la capacidad de juicio hasta tal punto que puede afirmarse, y no sin razón, que los hombres de letras gozarían de singular salud si no se vieran a ve­

ces perturbados por la pituita y que serían los más felices y sabios de to­ dos los hombres si la imperfección de la bilis negra no les indujera con fre­ cuencia a entristecerse y llegar a veces hasta el desvarío. Las causas que hacen que los hombres de letras sean melancólicos son de tres tipos principales: la primera celeste, la segunda natural, la tercera humana. Celeste porque, según dicen los astrónomos. Mercurio, que nos invita a buscar las ciencias y las artes, y Saturno, que hace que seamos per­ severantes en esta búsqueda y que, una vez alcanzadas, las conservemos, son en cierto modo fríos y secos -o si por acaso Mercurio no es frío, la pro­ ximidad del Sol hace que sea a menudo sumamente seco- y precisamente

así (es decir, fría y seca), es, según los médicos, la naturaleza melancólica.

Y de esta misma naturaleza hacen partícipes, en principio, Mercurio y Sa­

turno a los estudiosos de las letras y a sus seguidores y se la conserven y aumenten día tras día. La causa natural parece consistir en el hecho de que para adquirir el

conocimiento de las ciencias, sobre todo de las difíciles, es necesario que

el

alma se recoja del exterior al interior como desde la periferia al centro

y

que, mientras especula, se mantenga firmemente asentada en el centro,

por así decirlo, del hombre. Ahora bien, recogerse de la periferia al cen­ tro y mantenerse fijo en él es propio sobre todo de la tierra, con la que tie­ ne bastante parecido la bilis negra. Por consiguiente, esta bilis negra esti­

mula continuamente al espíritu a recogerse en unidad, a afirmarse en ella

y a consagrarse a la contemplación. Y ella misma, en cuanto que es se­

mejante al centro del mundo, incita a indagar el centro de todas y de ca­ da una de las cosas y eleva hasta la comprensión de las realidades más su­ blimes, pues se encuentra en armonía máxima con Saturno, que es el más elevado de los planetas. Y la contemplación misma adquiere, a su vez, co­ mo mediante una concentración continua y una cuasi-comprensión, una

naturaleza muy parecida a la de la bilis negra. La causa humana, es decir, la que depende de nosotros, es ésta: da­ do que la actividad frecuente de la mente reseca bastante el cerebro, se sigue que, consumido en gran parte el humor, que es el sustento del ca­

lor natural, de ordinario se extingue también el calor mismo, de tal suer­

te que la naturaleza del cerebro se torna seca y fría, que es de hecho una

cualidad terrestre y melancólica. Además, por el movimiento continuo de

la búsqueda, también los espíritus, movidos sin tregua, se disuelven. Es,

pues, necesario restablecer estos espíritus disueltos, tomándolos de la parte más sutil de la sangre. Y por eso, consumidas a menudo las partes más sutiles y limpias de la sangre, la sangre restante es necesariamente densa, seca y negra. A todo ello se añade que la naturaleza, enteramente

volcada durante la contemplación en el cerebro y el corazón, abandona

el estómago y el hígado. Y por eso, como los alimentos, sobre todo los

demasiado suculentos o demasiado duros, están mal digeridos, la sangre se torna fría, densa y negra. Y, en fin, a causa del ocio excesivo de los miembros, no se expulsa lo superfluo ni se exhalan los vapores densos y oscuros. Todas estas circunstancias suelen tomar al espíritu melancólico

y al ánimo triste y medroso, pues las tinieblas interiores llenan de triste­

za y de terror el alma mucho más que las exteriores. Pero de entre todos los hombres de letras, están sobre todo oprimidos por la bilis negra aque­ llos que, entregados con pasión a la filosofía, apartan su mente del cuer­ po y de las cosas corpóreas y la unen a las incorpóreas, ya sea porque una ocupación demasiado absorbente exige a su vez una mayor concentra­

ción de la mente o porque durante todo el espacio de tiempo que unen la mente a la verdad incorpórea se ven forzados a separarla del cuerpo. Y así, su cuerpo se vuelve a veces exánime y melancólico. A esto es a lo que alude nuestro Platón, en el Timeo, cuando dice que el alma, al con­ templar con gran frecuencia e intensidad las cosas divinas, hasta tal pun­ to crece y se fortalece con tales alimentos que se eleva por encima de su cuerpo mucho más de cuanto la naturaleza corpórea puede soportar y ella misma, agitándose con gran violencia, parece como que se escapa y hu­ ye y como que desmorona el cuerpo6. Baste hasta aquí con haber señalado a qué es debido que los sacer­ dotes de las Musas o son melancólicos desde el principio o se tornan así

a consecuencia del estudio, por razones en primer lugar celestes, en se­

gundo lugar naturales y en tercer lugar humanas. Así lo afirma el propio Aristóteles en el libro de los Problemas7. Dice, en efecto, que todos los hombres que sobresalen en cualquier materia han sido melancólicos, co­ rroborando así la opinión que expone Platón en su libro Sobre la ciencia

o Teeteto, a saber, que todos los hombres geniales han solido ser bastante

excitables y sometidos al poder del furor8. También Demócrito dice que sólo los que están sacudidos por una especie de gran furor pueden ser hombres de gran ingenio9. Y en esta materia mantiene, al parecer, el mis­ mo punto de vista nuestro Platón, cuando dice en Fedro que en vano se llama a las puertas de la poesía si el furor no nos arrebata10. Y aunque tal vez aquí se refiere al furor divino, con todo, según los médicos, ningún otro, salvo los melancólicos, es excitado por un furor de este género. Llegados a este punto, debemos ya exponer las razones por las que Demócrito, Platón y Aristóteles afirman que algunos melancólicos supe­ ran a veces en ingenio a todos los demás hombres en un grado tal que más parecen divinos que humanos. Así lo declaran, sin sombra de duda, los mencionados Demócrito, Platón y Aristóteles, pero sin explicar, al pare­ cer, con suficiente claridad las razones de un hecho tan notable. Debe, pues, tenerse el valor necesario para investigar, con la ayuda de Dios, es­ tas causas. La melancolía, es decir, la bilis negra, es de dos clases. A una

de ellas la llaman los médicos natural, mientras que la otra surge en vir­

tud de un recalentamiento. La melancolía natural no es otra cosa que la parte más densa y más seca de la sangre". La, por así decirlo, recalenta­ da, se divide en cuatro especies. Se deriva, en efecto, de la combustión o de melancolía natural, o de una parte más pura de la sangre, o de la bilis,

o de la pituita salada. En todo caso, la melancolía que nace de un reca­

lentamiento es perjudicial para la capacidad de juicio y para la sabiduría. Pues, en efecto, cuando el humor se enciende y arde, suele producir aque­ lla excitación o aquel delirio que los griegos llaman manía y nosotrosfu ­ ror. Pero cuando se extingue, porque las partes más sutiles y más limpias se han disuelto y sólo queda un negro hollín, provoca aturdimiento y en­ tontecimiento. Y a esta disposición del ánimo se la llama propiamente melancolía, demencia o locura. Así pues, sólo aquella otra bilis negra que hemos llamado natural nos resulta provechosa para la adquisición del juicio y de la sabiduría, y aun entonces no siempre. Si está sola, con su masa negra y densa ofusca el es­ píritu, aterroriza el ánimo, embota el ingenio. Si mezcla con la simple pi­

tuita, se sitúa sangre fría alrededor del corazón sangre fría, y como conse­ cuencia de esta frígida densidad se genera indolencia y entorpecimiento. De acuerdo con la naturaleza de todas las cosas lo bastante densas, cuan­ do la melancolía de esta índole se enfria, tiende a llegar al frió máximo. Y en esta situación no se espera nada, se teme todo y hasta la contemplación de la bóveda celeste provoca tedio’2. Si la bilis negra, ya sea sola o mez­ clada con algún otro humor, se corrompe, provoca fiebres cuartanas, hin­ chazón del bazo y otras muchas dolencias de este género. Cuando es de­ masiado sobreabundante, sea sola o unida a la pituita, hace a los espíritus más densos y más fríos, aflige al alma con un hastío permanente, embota la agudeza de la mente y la sangre no se eleva en torno al corazón de los arcadios13. La bilis negra no ha de ser ni tan poca que no consiga regular la sangre, la bilis y el espíritu, y ocurra entonces que el ingenio sea in­ constante y la memoria frágil, ni tampoco, por el lado contrario, tan abun­ dante que, cargados con un peso excesivo, parezcamos estar somnolientos

y necesitar espuelas. Es, pues, preciso que la melancolía sea todo lo sutil

que permita su naturaleza. Si se consigue llegar al grado más sutil compa­

tible con su naturaleza, podría tal vez ser también abundante sin llegar a

ser nociva, incluso hasta el punto de equipararse a la bilis amarilla, al me­ nos en lo relativo al peso. Abunde, pues, la bilis negra, a condición de que sea sutilísima. Que no cese de circundarse del humor de la pituita más sutil, para que no se re­ seque del todo y se haga durísima. Pero que no se mezcle enteramente con

la pituita, sobre todo si ésta es más bien fría y abundante, para no enfriar­

se. Mézclese con la bilis amarilla y con la sangre de tal modo que de estos

tres humores resulte un solo cuerpo en cuya composición la proporción de la sangre sea el doble que las otras dos juntas. Sean, por ejemplo, ocho par­ tes de sangre, dos de bilis amarilla y otras dos de bilis negra. Que la bilis negra sea un tanto inflamada por los otros dos humores y, encendida, res­ plandezca, pero no arda, para que no ocurra lo que le acontece de ordina­ rio a una materia algo dura que, cuando es demasiado ardiente, se consu­ me y desbarata con demasiada violencia; y, de modo análogo, cuando se enfría, llega a helarse. A imitación del hierro, la bilis negra, cuando tiende mucho al frió, se hace sumamente fría, mientras que cuando tiende mucho al calor se calienta en grado máximo. No debe parecer extraño que la bilis negra pueda encenderse fácilmente y, una vez encendida, arda con excesi­ va violencia; vemos, en efecto, que de modo parecido a ella, la cal, rodea­ da de agua, súbitamente arde y se incendia. Tanta es la fuerza con que la melancolía tiende a estos dos extremos opuestos en virtud de una cierta unidad de su naturaleza estable y fija. Esta tendencia a los extremos no aparece en los otros humores. Y así, cuando la melancolía es sumamente cálida, confiere audacia máxima y hasta fiereza. Cuando, por el contrario, es extremadamente fría, hace a los hombres cobardes y sumamente pere­ zosos. En cambio, cuando se encuentra en los grados intermedios entre el frío y el calor, produce diferentes estados de ánimo, no de manera distinta

a lo que ocurre con el vino, sobre todo con el que es puro y fuerte, que sue­ le generar diversos estados de animo en quien lo bebe hasta embriagarse o sin la debida moderación.

Es, pues, necesario que la bilis negra esté convenientemente templada. Cuando está moderada, como hemos dicho, y mezclada con la bilis y la san­ gre, al ser por un lado, y en virtud de su propia esencia, seca, y convertirse, por otro lado, en sutilísima hasta donde lo permite su naturaleza, es fácil­ mente encendida por los otros dos humores. Y como es sólida y compacta, una vez encendida arde durante bastante tiempo. Dado que a consecuencia de la unión de la sequedad con la densidad posee muchísima energía, se ca­ lienta con gran intensidad. Ocurre exactamente como cuando se encienden juntas la leña y la paja, que arden y resplandecen más y durante más tiem­ po. Y de un calor prolongado y fuerte se derivan un gran resplandor y un movimiento asimismo prolongado y fuerte. A esto se refiere aquella sen­ tencia de Heráclito: «Una luz seca, un alma sapientísima»14. Alguno podría tal vez preguntarse cómo es el cuerpo de aquel humor que se deriva de la composición de los tres humores en la proporción que ya hemos señalado. Cuanto al color, este cuerpo es como el oro, aunque con cierta tendencia al púrpura. Y cuando se enciende, ya sea por el calor natural o por un movimiento del cuerpo o del alma, arde y resplandece ca­

si como el oro incandescente y rojeante mezclado con púrpura y, como Iris,

saca varios colores de su corazón ardiente.

Habrá también quien se pregunte cómo ayuda al ingenio un humor compuesto de esta guisa. En realidad, los espíritus que nacen de este hu­ mor son, en primer lugar, verdaderamente sutiles, no de diferente manera

a la del agua que se llama «agua de la vida» o «de la vid», y también «agua

ardiente», que se obtiene, de ordinario, de la parte más densa del vino pu­ ro mediante una destilación cerca del fuego. De hecho, los espíritus, com­ primidos en los estrechos pasajes de la bilis negra, adelgazan mucho a cau­ sa del calor fortísimo derivado de la unión y, empujados a través de conductos más angostos, se tornan aún más sutiles. En segundo lugar, por la misma razón, son más cálidos y asimismo más puros. En tercer lugar, son de movimientos ágiles y de actuaciones harto impetuosas. En cuarto lugar, al proceder directamente de un humor denso y estable, mantienen durante muchísimo tiempo la actividad intelectual. Confiando, pues, en es­ te servicio, nuestra alma busca con ardor y persevera más en la búsqueda. Encuentra con facilidad lo que ha buscado, lo analiza con esmero, lo juz­ ga con claridad; y, una vez juzgado, lo recuerda durante largo tiempo. Añádase que, como hemos explicado más arriba, el alma, mediante un instrumento o estímulo de este género, que en cierto modo está en armo­ nía con el centro del mundo y que, por así decirlo, recoge al espíritu en su centro, busca siempre el centro y penetra hasta en los rincones más recón­ ditos de todas las cosas. Está también en armonía con Mercurio y Saturno. Este segundo planeta, que es el más encumbrado de todos15, eleva a quien le busca a la contemplación de las cosas más sublimes. Por este motivo, los filósofos finalizan con el ser singular, especialmente cuando su alma, así alejada de los movimientos externos y del propio cuerpo, se acerca lo máximo posible a las cosas divinas y se convierte casi en su instrumento. Henchida, pues, de lo alto con oráculos e influjos divinos, piensa cons­

tantemente cosas nuevas e inusuales y predice el futuro. Así lo afirman no sólo Demócrito y Platón sino también Aristóteles en el libro de los Pro­ blemas y Avicena en los libros De las cosas divinas y Sobre el alma16. ¿Con qué finalidad hemos hablado tan por extenso del humor de la bi­ lis negra? Para recordar hasta qué punto debemos buscar y alimentar la otra bilis, la cándida17, como la mejor, y que en esa misma medida debe­ mos evitar, como la peor, la que es su contraria, como hemos dicho. De he­ cho, ésta segunda es tan funesta que Serapión dijo que su ímpetu está pro­ vocado por un demonio malvado18, y el sabio Avicena no ha contradicho esta afirmación19. Retomando al punto en que nos hemos desviado para esta digresión ya excesivamente larga, larguísimo es el camino que lleva a la verdad y

a la sabiduría y está repleto de pesadas fatigas por tierra y mar. Así pues, todo aquel que avanza por esa senda afronta a menudo, como diría el poeta, peligros terrestres y marítimos. Pues en efecto, si navega por un

mar, se ve continuamente agitado por las olas, es decir, entre los dos hu­ mores, precisamente la pituita y la melancolía nociva, como entre Escila

y Caribdis. Si, en cambio, elige (por así decirlo) el camino por tierra, le salen al instante al paso tres monstruos. El primero está alimentado por la Venus terrestre y por Príapo, el segundo por Baco y Ceres, en el ter­ cero se le opone a menudo la nocturna Hécate. Necesita, por tanto, invo­ car con frecuencia al Apolo del cielo, al Neptuno del mar y al Hércules

de la tierra, para que estos tres monstruos enemigos de Palas sean atra­ vesados por las flechas de Apolo, domados por el tridente de Neptuno y abatidos por la clava de Hércules. El primer monstruo es el coito al que incita Venus, sobre todo cuando desborda, aunque sea por poco, las propias fuerzas211. En este caso, en efec­ to, seca inmediatamente los espíritus, sobre todo ios más sutiles, debilita el cerebro y daña el estómago y las partes situadas en tomo al corazón. Y na­ da puede ser más nocivo para el ingenio que este mal. ¿Por qué, si no, en­ tendió Hipócrates que el coito era comparable a la epilepsia2', sino porque afecta a la mente, que es sagrada? Este mal es tan nocivo que, en su libro Sobre los animales, Avicena escribió: «Si durante el coito alguien derrama más esperma de lo que soporta la naturaleza, esto le daña más que si per­ diera una cantidad de sangre cuarenta veces superior»22. Y por eso querían los antiguos, con razón, que las Musas y Minerva fueran vírgenes. A esto se refiere aquello que narran Platón: cuando Venus amenazó a las Musas con armar y dirigir contra ellas a su hijo si no veneraban y cultivaban los ritos sacros del amor, las Musas replicaron: «Dirige, Venus, esta amenaza

a Marte, porque tu Cupido no vuela tras de nosotras»23. Y, en fin, no hay

ningún sentido tan alejado de la inteligencia por su propia naturaleza co­

mo el del tacto. El segundo monstruo es el hartazgo de vino y comida. Si el vino24es excesivo o fuerte y de muchos grados llenará sin ninguna duda la cabeza de pésimos humores y vapores. Dejo aparte el hecho de que la embriaguez convierte a los hombres en locos y desatinados. Cuando se come en de­ masía, la digestión reclama toda la fuerza natural de que dispone el estó­ mago, de donde se sigue que ésta no puede dirigirse al mismo tiempo a la cabeza y a la especulación. En segundo lugar, las malas digestiones ofus­ can la agudeza y la vivacidad de la mente con muchos y diversos vapores

y humores. E incluso en el caso de que se haya digerido de forma sufi­

ciente, incluso entonces, como dice Galeno, «el alma sofocada por la gra­ sa y la sangre no puede percibir nada que sea celeste»25. El tercer monstruo, en fin, es prolongar con frecuencia las vigilias hasta altas horas de la noche, sobre todo después de la cena, de modo que luego se hace preciso dormir hasta mucho después de la salida del Sol. Co­ mo quiera que en esto yerran y se engañan muchísimos estudiosos, expli-

care con mayor detenimiento hasta qué punto este comportamiento es no­ civo para el ingenio. Aduciré para ello siete razones principales. La pri­ mera se encuentra en el cielo mismo; la segunda en los elementos, la ter­ cera en los humores, la cuarta en el orden de las cosas, la quinta en la naturaleza del estómago, la sexta en los espíritus, la séptima en la fantasía. En primer lugar, son tres los planetas que, como hemos dicho antes, ayudan de modo especial a la contemplación y a la elocuencia: el Sol, Ve­ nus y Mercurio. Ahora bien, dado que estos planetas se desplazan juntos con un movimiento regular y casi igual, nos abandonan cuando se inicia la noche y resurgen y vuelven a visitamos cuando se avecina o está surgien­ do el día. Tras la salida del Sol, estos planetas son empujados hacia la duo­ décima región del cielo que los astrónomos asignan a la cárcel y las tinie­ blas. Por consiguiente, especulan con gran agudeza y componen y escriben con orden y con gran eficacia todo lo que han descubierto no aquellos que se dedican a estas actividades por la noche, cuando estos planetas se nos escapan, o de día después de la salida del Sol, cuando entran en la casa de

la cárcel o de las tinieblas, sino aquellos otros que, cuando estos planetas

están a punto de surgir o ya surgiendo, se levantan para dedicarse a la con­ templación y la escritura. La segunda razón, es decir, la extraída de los elementos, es como si­ gue: cuando sale el Sol, el aire se mueve, se hace más sutil y transparente, mientras que cuando se pone ocurre lo contrario. La sangre y el espíritu se ven necesariamente impulsados a seguir el movimiento y la calidad del ai­

re que los envuelve y que tiene una naturaleza parecida a la de ellos. La tercera razón, que se toma de los humores, es del siguiente tenor:

con la llegada de la aurora, la sangre se mueve, predomina y se hace sutil, cálida y transparente; los espíritus están habituados a seguir y a imitar a la sangre. Cuando luego sobreviene la noche, se alzan con el predominio la melancolía más densa y más fría y la pituita, que toman sin duda a los es­ píritus totalmente inadaptados para la especulación. La cuarta razón, tomada del orden de las cosas, es como sigue: el día está dedicado a la vigilia, la noche al sueño, porque cuando el Sol se acer­ ca a nuestro hemisferio o pasa por encima de él, abre con sus rayos los pa­

sajes del cuerpo y difunde los humores y los espíritus desde el centro a la periferia y esto incita y ayuda a velar y actuar. Luego, cuando se aleja, acontece lo contrario: todas las cosas se restringen, lo que, en virtud de un cierto orden natural, invita al sueño, sobre todo después de la tercera o la cuarta parte de la noche. Por consiguiente, quien duerme por la mañana, cuando el Sol y el mundo despiertan, y está en cambio en vela hasta avan­ zada la noche, cuando naturaleza ordena dormir y recuperarse de las fati­ gas, éste tal entra en discordia con el orden del universo y consigo mismo

y es perturbado y arrastrado en direcciones contrarias por movimientos

opuestos. Pues, en efecto, mientras el universo le empuja hacia las cosas externas, él, al contrario, se mueve hacia el interior. Y al revés: cuando el universo le arrastra hacia el interior, él se mueve hacia las cosas exterio­ res. Por tanto, un orden desconcertado y movimientos contrarios entre sí sacuden y perturban por un lado todo el cuerpo y por otro a los espíritus y el ingenio. En quinto lugar, a partir de la naturaleza del estómago se argumenta del siguiente modo: el estómago, en virtud de la acción continua del aire diurno, al abrirse los poros, experimenta una notable dilatación y así, al alejarse volando los espíritus, al final acaba harto debilitado. Por tanto, cuando sobreviene la noche necesita de nuevo una cierta abundancia de es­ píritus que lo sostengan. Ésta es la razón de que todo aquel que en estos momentos se enfrenta a reflexiones largas y difíciles tiende a atraer hacia su cabeza a los espíritus. Pero éstos, arrastrados en direcciones contrarias, no alcanzan a satisfacer ni al estómago ni a la cabeza. Resulta, pues, más nocivo que nunca mantenerse largo tiempo en vela después de la cena y dedicamos con empeño a tales estudios, justo en el momento en que, para digerir los alimentos, el estómago necesita de más espíritus y de mucho más calor. La vigilia y el estudio hacen que, por el contrario, tanto los pri­ meros como el segundo sean desviados y dirigidos a la cabeza, y así ocu­ rre que no son suficientes ni para el cerebro ni para el estómago. Añade que la cabeza, en virtud de un movimiento de este género, se llena de los vapores, más densos, de la comida y que el alimento, abandonado en el es­ tómago por el calor y por los espíritus, no es digerido y se corrompe, lle­ nando de nuevo y dañando a la cabeza. Finalmente, en las horas matutinas, cuando hay que levantarse para liberar a cada una de las partes del cuerpo de todas las escorias acumuladas y retenidas durante el sueño, justamente entonces -y esto es lo peor- quien, habiéndose mantenido en vela durante la noche, había interrumpido totalmente la digestión, para dormir después por la mañana, se ve obligado a impedir durante más tiempo la expulsión de los excrementos. Todos los médicos están de acuerdo en que esto es muy nocivo tanto para la inteligencia como para el cuerpo. Con razón, pues, aquellos que, en contra de la naturaleza, utilizan, como los mochue­ los, la noche como si fuese día y, a la inversa, el día como noche, también en esto imitan, aun sin quererlo, a los mochuelos y así como a éstos la luz del sol les ofusca los ojos, también en aquellos la agudeza de la mente se ofusca ante el esplendor de la verdad. En sexto lugar, se llega a la misma conclusión a partir de los espíri­ tus. Éstos, sobre todo los más sutiles, acaban por disolverse a consecuen­ cia de las grandes fatigas diurnas. Por la noche quedan pocos y tan densos que son totalmente inadecuados para el estudio de las letras, de modo que la inteligencia que se confía a sus débiles y mutiladas alas no puede volar

sino como vuelan los murciélagos y las lechuzas. Por la mañana, al con­ trario, después del sueño, los espíritus están restablecidos y los miembros vigorizados hasta el punto de que sólo necesitan una ayuda mínima por parte de los espíritus. Son, por consiguiente, muchos los espíritus sutiles dispuestos a servir al cerebro y capacitados para obedecer sin la menor di­ ficultad, porque no les exige mucho esfuerzo la tarea de sostener y guiar a los otros miembros.

La séptima razón, en fin, se formula del siguiente modo, a partir de la naturaleza de la fantasía: la fantasía, o la imaginación, o el pensamiento o como quiera llamárselo, durante la vigilia está distraída y perturbada por muchas y prolongadas imágenes, consideraciones o pensamientos opues­ tos entre sí. Y esta distracción y esta perturbación son muy contrarias a una contemplación sostenida, para la que se requiere una mente tranquila y se­ rena. Sólo la quietud nocturna consigue finalmente calmar y apaciguar aquella agitación. De donde se sigue que, al caer la noche, nos dedicamos

a los estudios siempre con la mente turbada, mientras que cuando nace el

día lo hacemos con el espíritu sosegado. Ahora bien, cuantos intentan juz­ gar las cosas con la mente agitada piensan, no de distinto modo a quienes sufren vértigos, que giran todos los demás (como dice Platón), cuando la verdad es que son ellos los que giran. Y justamente por este motivo, Aris­ tóteles, en su Económicos, establece que hay que levantarse antes de la pri­ mera luz y afirma que esto sirve de grandísima ayuda tanto para la salud

del cuerpo como para los estudios de filosofía26. Esta afirmación debe en­ tenderse en el sentido de que con una cena rápida y moderada debemos procurar con la máxima diligencia tener ya hecha la digestión por la ma­ ñana. Recordaremos, por último, que el sagrado poeta David, trompeta de Dios omnipotente, dice que para cantar a su Dios con la cítara y los salmos nunca se levanta por la tarde, sino por la mañana, cuando nace el día27. De­ bemos levantamos, pues, sin más, sólo en aquella hora en que podemos hacerlo con comodidad y sin molestias ni para la mente ni para el cuerpo.

De cuanto hemos argumentado más arriba se deduce ya con suficien­ te claridad que es conveniente que nuestros estudios se inicien al salir el Sol o una hora, o dos como máximo, después de haber salido. Pero antes de abandonar el lecho, fricciona primero ligeramente, con las palmas de las manos, todo el cuerpo, y luego, con las uñas, la cabeza, esto segundo con mayor delicadeza. Sigue en estas acciones las sugerencias de Hipó­ crates. Dice, en efecto, que las fricciones, si son enérgicas, endurecen el cuerpo; si son ligeras, lo reblandecen; si son muchas, lo dañan; si pocas, lo refuerzan. Una vez ya levantado de la cama, no te dediques de inmediato

a la lectura y a la meditación, sino concede al menos media hora a la hi­

giene corporal. Y entrégate luego con celo a la meditación, que prolonga­ rás, según tus fuerzas, cerca de una hora. Afloja luego, durante un breve

espacio de tiempo, la concentración de la mente y de vez en cuando peina con cuidado y elegancia la cabeza con un peine de marfil, desde la frente hacia la nuca, cuarenta veces. Fricciona luego la nuca con un paño más bien áspero. Vuelve, en fin, a la meditación, dedícate al estudio otras dos horas, o una al menos. De hecho, algunas veces pueden prolongarse los es­ tudios, pero con algunas interrupciones, hasta el mediodía. Y hay incluso ocasiones, aunque muy raras, en las que pueden mantenerse hasta dos ho­ ras después del mediodía, si mientras tanto no nos vemos precisados a to­ mar alimentos. El Sol es, en efecto, poderoso cuando surge y lo es también cuando se encuentra en medio del cielo. En la zona celeste que sigue in­ mediatamente a la central, y que los astrónomos llaman nona o novena y casa de la sabiduría, el Sol disfruta más que en ningún otro lugar. Y como todos los poetas quieren que Febo sea cabeza y guía de las Musas y de las ciencias, es razonable que cuando deba meditarse algún asunto particular­ mente elevado, sean éstas las horas más adecuadas. Si han de buscarse las Musas, búsqueselas en estas mismas horas, bajo la guía de Febo. Los res­ tantes momentos del día son aptos para la lectura de las cosas antiguas y de otras, más que para la contemplación y el descubrimiento, por uno mis­ mo, de cosas nuevas. Pero debemos recordar siempre que en cualquier ho­ ra es necesario aligerar un poco la concentración, pues los espíritus, al con­ centrarse, se debilitan y quien permanece siempre concentrado acaba por tomarse flojo. Descanse tu cuerpo, mientras tu alma se fatiga. Es dañoso el cansancio del cuerpo, y más aún el del alma, pero el de ambos juntos es el peor de todos, porque agita al hombre con movimientos que son, a un mismo tiempo, opuestos y de direcciones contrarias, y dispersa la vida. Que, en fin, la meditación no se prolongue hasta el punto de que llegue al desagrado, sino que debe abandonarse antes de llegar a este extremo. Es oportuno, a mi entender, recordar aquí brevemente cuáles son las co­ sas de las que hemos dicho que son nocivas para los hombres de letras y se­ ñalar los remedios para cada una de ellas. Por tanto, para que la pituita no aumente demasiado, es necesario hacer ejercicios dos veces al día, con el es­ tómago casi vacío, pero sin fatigarlo, para que no vengan a faltar los espíri­ tus agudos28. Es preciso, además, liberar con la máxima diligencia todos los pasajes de los excrementos y de las escorias y se debe también eliminar to­ da la suciedad de la piel de todo el cuerpo, sobre todo de la cabeza, con lo­ ciones y fricciones. Deben evitarse los alimentos demasiado fríos y, si no se opone la bilis negra, también los húmedos y los totalmente grasos, suculen­ tos, viscosos, pringosos y gelatinosos y los que suelen corromperse con fa­ cilidad. Si el estómago está frío, sea por la naturaleza o por la edad, es pre­ ciso eliminar o al menos disminuir el agua como bebida. Se exige que la cantidad de los alimentos sólidos sea moderada, y más aún la de los líqui­ dos. La habitación ha de estar en un lugar elevado y alejado del aire pesado

y nebuloso. Debe evitarse la humedad, ya sea con el fuego o con fragancias

cálidas. Debe mantenerse la cabeza, sobre todo la parte de la nuca, y los pies, alejados del frío, porque es muy nocivo para la inteligencia. En los alimen­ tos más fríos, es provechoso un uso moderado de las especias, en especial de la nuez moscada, la canela y el azafrán, y también el jengibre condimenta­ do, por la mañana y con el estómago vacío, cosa que ayuda bastante también

a los sentidos y a la memoria. Las cosas que hacen que aumenten en nosotros la pésima y dañosa bi­ lis negra, y sobre las que ya hemos puesto en guardia en los capítulos pre­ cedentes, son las siguientes: el vino denso y turbio, sobre todo el tinto; los alimentos duros, secos, salados, acres, ácidos, viejos, a la brasa, a la parri­ lla, fritos29. La carne de buey y de liebre, el queso envejecido, las salsas, las legumbres, en particular las habas, las lentejas, la berenjena, el jarama- go, la berza, la mostaza, el rábano, el ajo, la cebolla, el puerro, las moras, las zanahorias, todos los alimentos que calientan o enfrían y al mismo tiempo secan y todos los de color negro30. La ira, el temor, la compasión, el dolor, el ocio, la soledad y todo cuanto ofende a la vista el olfato, el oído, pero sobre todo y por encima de todo las tinieblas. Además, una se­ quedad excesiva del cuerpo, ya sea debida a las largas vigilias o a agita­ ciones o preocupaciones excesivas de la mente, a los coitos frecuentes y al consumo de cosas muy cálidas y muy secas y a una evacuación excesiva a consecuencia de una purga, o a ejercicios físicos fatigosos, o a las dietas,

a la sed, al calor o al viento demasiado seco o demasiado frío. Y como la

bilis negra es siempre, de hecho, muy seca, y también fría, aunque no en la misma medida, sin duda es necesario contrarrestarla recurriendo a cosas moderadamente cálidas y lo más húmedas que sea posible y a alimentos cuidadosamente hervidos, que pueden digerirse con facilidad y producen sangre sutil y limpísima. Pero entretanto -para atender como es debido al estómago y la pitui­ ta, y también a la bilis negra-, deben sazonarse los alimentos con canela, azafrán y sándalo. Ayudan las pepitas de melón y de sandía y los piñones

lavados. Sientan bien todos los lacticinios: la leche, el queso fresco, las al­ mendras dulces. Son asimismo buenas las carnes de volátiles31, de pollos

y pollastres y de los cuadrúpedos todavía lactantes, los huevos, sobre todo

los sorbidos, y de las diversas partes de los animales, los sesos. También las manzanas dulces, las peras, los melocotones, los melones, las ciruelas de Damasco y frutas parecidas, las calabazas bien cocidas, y entre las le­ gumbres las húmedas, no las viscosas. No son, en cambio, recomendables,

a mi parecer, las cerezas, los higos, las uvas. Repruebo también la náusea

y los hartazgos. Contra esta peste no hay en realidad ningún remedio más eficaz que un vino ligero, limpio, dulce, fragante, que es el más adecuado para hacer na­

cer espíritus más claros y limpios que los otros. De hecho, como quieren Pla­ tón y Aristóteles, a consecuencia de este tipo de vino, este humor se hace tierno, dulce y transparente, exactamente como los altramuces salados o el hierro rusiente por efecto del fuego. La verdad es que cuanto ayuda a los es­ píritus y al ingenio el consumo moderado de este vino, otro tanto les daña su abuso. Es, además, natural que sirva de ayuda verter en las copas llenas de vino, o también en el caldo mismo, oro o plata especialmente abrasados y lá­ minas de oro y de plata, así como comer y beber en vajilla de oro o de pla­ ta. Es, en fin, bastante útil tomar con frecuencia, y con el estómago vacío, zumo de regaliz o también de granada o de naranja dulces. Ayudan no poco los aromas suaves, sobre todo los templados y ten­ dentes a lo cálido cuando predomina el frío, o. por el contrario, los que se inclinan a la frialdad si lo que prevalece es el calor. Los primeros de­ ben ser atemperados por las rosas, las violetas, el mirto, el alcanfor, el sándalo, el agua de rosas, todas ellas cosas frescas. Los segundos, en cambio, por el cinamomo, el cidro, el naranjo, el clavel, la menta, el to­ ronjil, el azafrán, la corteza de áloe, el ámbar, el almizcle, que son cosas cálidas. Ayudan en especial las flores primaverales, las hojas de cidro y de naranjo y los frutos aromáticos, pero sobre todo el vino. Estos aromas

o bien se aspiran por la nariz o bien se colocan sobre el pecho o el estó­ mago, según los gustos individuales. No aprobamos, en cambio, el con­

sumo de aromas muy calientes o muy secos si se emplean solos y duran­ te mucho tiempo. Debe tenerse en la boca jacinto, que hace al ánimo bastante sereno y vivaz. También el hierobotanum, es decir, la escarola, sienta bien, ya sea como alimento o como aroma. Asimismo la lengua de buey, la borraja, el toronjil y el agua de estas tres plantas. Deben asimis­ mo ser habituales en nuestra mesa la lechuga, la endivia, las uvas pasas, la leche y las almendras. Es preciso evita el aire demasiado cálido o de­ masiado frío y nebuloso, mientras que ha de acogerse con mucho agrado el aire templado y sereno. Mercurio. Pitágoras y Platón prescriben que debe tranquilizarse y dar ánimo con el sonido de la cítara y con cantos suaves y armoniosos a los espíritus confusos y entristecidos. También el poeta sacro David liberó

a Saúl de la locura con el salterio y los salmos32. Yo mismo, si se consien­

te comparar lo ínfimo con lo sumo, compruebo en mi casa a cuánto alcan­ za la dulzura de la lira y del canto contra la amargura y la bilis negra33. Recomendamos la contemplación frecuente del agua tersa y de los co­ lores verdes y rojos34, las visitas asiduas ajardines y bosques, los tranqui­ los paseos a lo largo de los ríos y de los prados florecidos35. Alabamos tam­ bién los ejercicios ecuestres, los paseos en carroza, la navegación suave pero, ante todo, los quehaceres variados y no fatigosos, las tareas que no causan hastío y el trato habitual con hombres de espíritu cortés.

Es indispensable que cuidemos sin pausa y con la máxima diligencia el estómago para que los hartazgos no provoquen náuseas o digestiones di­ fíciles, ni dañen la cabeza. Deben hacerse dos comidas al día, ligeras y de modesta cantidad, moderadamente condimentadas con canela, macis y nuez moscada. Sea siempre mayor el peso de los alimentos secos que el de los húmedos y el de las bebidas, salvo en el caso de que tengamos sólidas ra­ zones para temer la presencia de la sequedad de la bilis negra. Que la co­ mida espere al hambre (si puede hacerse con comodidad) y la bebida a la sed. Que el hambre y la sed sigan presentes cuando nos levantamos de la mesa. Queden lejos el hartazgo y la saciedad. Es preciso abstenerse de los alimentos que, ya sea por la humedad excesiva o por ingredientes jugosos, pringosos o viscosos, dilatan y fatigan el estómago o son fríos o hirvientes, o que por su dureza se digieren con dificultad, y de los alimentos que, in­ cluso mucho tiempo después de la comida, envían un sabor molesto al pa­ ladar, o que hinchan o llenan la cabeza de múltiples vapores. Es preciso abs­ tenerse, sobre todo, de cualquier tipo de alimentos que se descomponen fácilmente fuera o dentro del vientre. No recomendamos bajo ningún con­ cepto los sabores dulces o agrios cuando se consumen solos, sino que de­ seamos que lo dulce se temple con un poco de agrio o de picante o de seco. La almáciga y la menta seca, la salvia fresca, las uvas pasas, el mem­ brillo cocido y sazonado con azúcar, la achicoria, la rosa, el coral, la alcapa­ rra lavada y aderezada con aceite hacen buenas migas con el estómago. Tam­ bién las hacen los albaricoques, las granadas de sabor agridulce y, en general, todos los alimentos moderadamente ácidos y un poco ásperos, que los médicos llaman astringentes, así como los que son ligeramente agrios o salados o aromáticos. Pero los mirobálanos o ciruelas de la India superan a todos. También el vino, el tinto mejor que el blanco, de sabor un tanto amar­ goso, será óptimo bebido puro y a pequeños sorbos, salvo que el calor y la pituita exijan otra cosa. En todo caso, deben consumirse primero los ali­ mentos líquidos y después los sólidos. Tras la comida, se recomienda el con­ fite de cilantro y el membrillo sazonado con azúcar, las granadas y las peras verdes, así como los nísperos, los melocotones secos y otras frutas pareci­ das. Es conveniente masticar a fondo todas las cosas antes de deglutirlas. En caso necesario, debe ayudarse al estómago desde el exterior con almáciga, rosas, menta o coral. Durante las dos o tres horas siguientes a las comidas debemos evitar dedicamos a reflexiones difíciles o lecturas exigentes. Tal vez sean nece­ sarias cuatro horas de reposo si los alimentos y las bebidas han sido de­ masiado abundantes o las viandas demasiado pesadas. Ya es bastante ma­ lo llenar y fatigar el vientre con los alimentos y las bebidas, pero aún es peor dedicarse a pensamiento arduos con el estómago así lleno y fatigado. Debes, pues, o bien tomar alimentos ligerísimos o bien, tras haber comido,

reposar hasta haber hecho la digestión. No se debe dormir después de la comida del mediodía si no es absolutamente necesario y, en todo caso, tras haberse mantenido despierto durante un par de horas cuando menos. Por la noche, en cambio, después de la cena basta (al parecer) una sola hora en vela. El coito es bastante nocivo para el estómago, sobre todo si lo practi­ cas apenas saciado o con hambre. El estómago se entristece con el ocio y se alegra con el ejercicio si no está atiborrado. Inmediatamente después de las comidas es necesario pasear despacio y después sentarse. Pero entiendo que ha llegado ya el momento de sacar del laboratorio de los médicos algunos remedios que conserven íntegras o que restablez­

can las fuerzas del estómago, del corazón, del cerebro, de los espíritus, del ingenio y que si la pituita o la bilis negra aumentan o está a punto de pro­ ducirse la náusea, las alejen. Todos los médicos están de acuerdo, sin dis­ cusión, en afirmar que no hay nada más eficaz que la triaca36para mante­ ner y afianzar cada uno de los miembros y de las fuerzas, ya sean las del espíritu o las del ingenio. De ella tomaremos, pues, para empezar, media dracma, o a) menos un tercio de dracma, dos veces por semana en el in­ vierno y el otoño, y sólo una vez, en cambio, en verano y en primavera, bien sola o bien, si se prefiere, con un poco de vino puro, claro y dulce en las estaciones frías y húmedas, mientras que en las estaciones cálidas y se­ cas, especialmente si la naturaleza o la edad son más bien cálidas, con dos

o tres onzas de agua de rosas, con el estómago vacío, seis o siete horas an­

te de las comidas. Si no se dispone de triaca, emplearemos mitrídato37. Los días que tomemos la triaca o el mitrídato deberemos abstenemos de todo lo que es cálido y, si es verano o primavera, deberemos usar cosas frescas. En segundo lugar, y para los mismos fines, todos ellos recomiendan

el áloe selecto y bien lavado. Toma dos dramas de mirobálanos38québulos

y una drama de cada una de las cosas siguientes: rosas purpúreas, sándalo

rojo, mirobálanos émblicos, canela, azafrán, corteza de cidro, ben, toron­ jil, es decir, cidronela, y doce dracmas de áloe selecto y bien lavado. Con­ fecciona con todo esto y con vino de primera calidad píldoras que tomarás una vez a la semana, al despuntar el día, en la cantidad adecuada a tu com­ plexión; en verano con agua de rosas y en las restantes estaciones con vi­ no. Los días en que no tomes ni la triaca ni las píldoras recurrirás, por la mañana y por la tarde, dos o tres horas antes de las comidas, a la siguien­

te preparación: Toma cuatro dramas de cinamomo y otras tanto de miro­ bálanos émblicos y de azafrán, media dracma de rosas púrpura, dos drac­ mas de sándalo rojo, una dracma de coral y azúcar blanquísimo en suficiente cantidad. Disuelve el azúcar en agua de rosas y en zumo de ci­ dro o de limón a partes iguales y hazlo hervir suavemente. Añade luego un tercio de dracma de almizcle y otro tanto de ámbar. Prepara, finalmente, bolitas sólidas, vulgarmente llamadas bocados, y recúbrelas de oro.

Nosotros mismos hemos podido comprobar personalmente que estos tres preparados, a saber, la triaca, el áloe combinado en su justa proporción {templado) y la confección descrita en último lugar, usados como se ha di­ cho, ayudan a todos y cada uno de los miembros, a todas las energías y a todos los espíritus, afinan los sentidos y el ingenio, refuerzan la memoria y hacen salir fácilmente o mejoran la pituita, la bilis amarilla y la bilis ne­ gra. Es, además, creencia común que estos tres preparados son bastante adecuados para cualquier edad y cualquier complexión. Si se hace necesario combatir con remedios más enérgicos una pituita desbordante, daremos, con la aurora, algunas píldoras del compuesto de Ga­ leno a base de áloe amargo o de las que Mesué llama «elefanginas»39, siem­ pre, por supuesto, en el número y las veces que sean adecuados. O también, en personas de constitución robusta, píldoras a base de áloe y de trocisco de agárico en proporciones iguales, pero siempre con miel de rosas líquido, vi­ nagre de miel y agua de hinojo. Este jarabe resulta de gran utilidad para di­ solver y eliminar la pituita, tanto antes como después de las píldoras. Si ade­ más de la pituita perturban los restantes humores, será conveniente purgar con las píldoras de ruibarbo de Mesué o con las píldoras que los modernos llaman sine quibus. Nosotros, por nuestra parte, somos contrarios a toda pur­ ga o evacuación violenta e imprevista40, pues debilitan el estómago y el co­ razón, eliminan muchos espíritus, mezclan los humores y ofuscan, con los tenebrosos vapores de los humores, los espíritus que quedan. Cuando la cabeza está acalorada por catarros provocados por la pitui­ ta, daremos de cuando en cuando, a la hora de acostarse, algunas de las píl­ doras que acabamos de describir. Prescribiremos, además, masticar a me­ nudo incienso a aquella hora y también en otras, porque en los catarros presta bastante ayuda a todos los sentidos y a la memoria. Se aconseja asi­ mismo tener en la boca nuez moscada y triaca, y acercar a la nariz la me­ jorana que llamamos amáraco, o el agua extraída de ella, o verter esta úl­ tima. Después de las comidas, conseguiremos limitar el desarrollo de los vapores de los alimentos con cilantro y membrillos. Si la cabeza se encuentra a menudo mal, oprimida por un humor frío, además de lo que ya hemos dicho ordenaremos tener en la boca un prepa­ rado que llamamos diambra o galanga o plisarcoticón41. E incluso masti­ car con frecuencia mástique. Aconsejaremos además frotar la frente, las sienes y la nuca con hojas de mejorana, de hinojo, de ruda, machacadas con aceite de rosas y también áloe perfectamente templado con vinagre, aceite y agua de rosas. Cuando los ojos se anublan, pero no se toman rojizos ni hay indicios de ningún tipo de inflamación, 'en este caso ayuda un colirio de agua de hi­ nojos, mejorana, celidonia y ruda, con el añadido de azafrán y antimonio; debe exprimirse con un paño este agua, que es al principio un poco densa.

No acerques nada a los ojos si antes no los has limpiado varias veces con las píldoras de luz. Pero si, además de nublados, los ojos están enrojecidos, limpíalos de inmediato con píldoras compuestas de fumaria42. Aquí sirve de ayuda un colirio de agua de rosas y azúcar; a veces es útil poner enci­ ma cuanto antes clara de huevo, tucía y leche, todo junto. En todo caso, el consumo cotidiano de hinojo conserva y agudiza la vista. De hecho, es conveniente tener a menudo en la boca su simiente y masticar sus hojas. Es óptima la trifera menor descrita por Mesué43. Aprovecha también bas­ tante tomar todos los días, con el estómago vacío, mirobálano québulo condimentado y, con él, un poco de pan hecho a base de azúcar y de hino­ jo en polvo que, entre otras cosas, proporciona una ayuda prodigiosa a la inteligencia y contribuye a prolongar la vida. También el consumo de eu­ frasia protege de manera especial los ojos44. En todos los dolores de cabe­ za y obnubilación de los ojos es necesario alejar los vapores con fricciones y con pequeñas ventosas. Y si aparece el calor y abunda la sangre, aplica­ remos sanguijuelas en la nuca y las espaldas. Con frecuencia, el estómago de los hombres de letras pierde casi por entero el sentido del gusto. Si esto sobreviene a consecuencia de un de­ fecto de la pituita -y así lo da a entender un sabor ácido en la boca y una saliva abundante y más bien viscosa- tras haber liberado el bajo vientre con las medicinas que antes hemos mencionado, recurre a un compuesto aromático de rosas, es decir, mezclado con azúcar de rosas, y también a la miel de rosas con canela, sola o sazonada con jengibre y con jarabe de menta, pero emplea en primer lugar la triaca. Si la falta del sentido del gus­ to se deriva por acaso de la abundancia de bilis -y de ello suele ser indicio el amargor de boca-, después de purgarte con áloe preparado, como ya he­ mos dicho o con ruibarbo, debes tomar un compuesto a base de sándalo o una bebida a base de azúcar, vinagre blanco y vino de granada àcida, o me­ locotones o peras sazonadas con azúcar y preparadas con jarabe, como en­ seña Mesué. o este preparado nuestro, que ayuda bastante al sentido del gusto. Toma cuatro onzas de azúcar de rosas, dos onzas de jarabe de guin­ das, otras tantas, es decir, dos onzas de citonita, media onza de mirobála­ no québulo, otro tanto de mirobálano émblico, media dracma de sándalo rojo y la misma cantidad de coral rojo. Vierte encima dos o tres onzas de almíbar de zumo de cidra o de limón. Y si el estómago es débil y está frío, añade dos dramas de canela. Esta confección debe usarse dos horas antes de las comidas. El electuario a base de citonita y el consumo de alcaparras con vinagre elimina siempre la náusea derivada de estos dos humores. Es beneficioso beber en ayunas un poco de vinagre blanco de rosas, mezcla­ do con un peso dos veces mayor de azúcar, o también jarabe de menta o de ajenjo, e igualmente la menta condimentada con vinagre o templada con zumo ácido de granadas.

Pero dejemos ahora de lado estas cosas, que son de menor importancia, y volvamos a lo que es el mayor peligro, a saber, la bilis negra que, siempre que abunda y se enfurece, sacude y debilita todo el cuerpo, pero sobre todo al espíritu como instrumento del ingenio y al ingenio mismo y a la capaci­ dad de juicio. Para curarla, sea el primer precepto, como enseña Galeno, el de no esforzarse por eliminarla toda a la vez y de un solo golpe, no sea que, suprimida la parte más líquida y más sutil, quede un residuo más denso y bastante más seco. Ha de procederse poco a poco, para que también este re­ siduo se tome más blando y pueda ser desechado. Sea el segundo precepto el de humedecer mientras tanto, en la medida de lo posible, la cabeza y el cuerpo entero, bien con alimentos más húmedos, con baños suaves y tem­ plados o bien con ungíientos asimismo suaves y no demasiado fuertes, pro­ curando no provocar catarros ni dañar el estómago o el hígado ni obstruir los canales del cuerpo. El tercer precepto, a continuación -y éste es en verdad singularmente importante-, consiste en sostener y reforzar incesantemente el corazón con remedios adecuados, en parte mediante consumo interno y en parte aplicados desde el exterior al pecho y a las narices. Deben, además, contemplarse, olerse y meditarse con asiduidad las cosas que aportan placer y alegría y alejar aquellas otras que disgustan y perturban. Han sido muchos los que han preparado abundantes recursos contra este humor. Propondré a continuación, entre otros innumerables, tres gé­ neros de remedios, los más selectos y seguros de todos ellos, aceptados primero por los antiguos, confirmados después por los modernos y a veces adaptados por nosotros a nuestras costumbres. Está, en primer lugar, la composición de un jarabe óptimo, en segundo lugar píldoras excelentes, en tercer lugar electuarios muy saludables. Si estos tres remedios se utilizan de forma adecuada, el humor melancólico se torna blando y es digerido y disuelto, los espíritus se hacen más sutiles y limpios, se restablece el inge­ nio, se refuerza la memoria. El jarabe se hace así. Toma un puñado de cada una de las hierbas si­ guientes: borraja, lengua de buey, flores de la una y de la otra, toronjil, cu­ lantrillo, endivia, violeta, cuscuta, polipodio, sen, epítimo, veinte ciruelas de Damasco, diez manzanas olorosas, una onza de uvas pasas, media on­ za de regaliz, tres dracmas de canela, sándalo rojo, corteza de cidro, media drama de azafrán. Háganse cocer en agua todas estas hierbas hasta que se consuma un tercio. Tras filtrar lo cocido, hacerlo hervir de nuevo, a fuego suave, con azúcar y el epítimo. Añádanse finalmente los aromas, es decir, la canela y el azafrán. Bébanse, con la llegada de la aurora, tres onzas de este jarabe recalentado, junto con dos o tres onzas de agua de lengua de buey. Deben tomarse a la vez al menos dos o más de las píldoras de las que se hablará a continuación, según las necesidades de cada uno, es decir, de tal modo que el bajo vientre se mueva un poco todos los días.

Hay, con esta finalidad, dos tipos de píldoras, las unas adecuadas a las constituciones delicadas y las otras a las más robustas. A las primeras se las puede llamar áureas o mágicas y se componen en parte a imitación de los Magos y en parte según nuestra inventiva, bajo el influjo de Júpiter y Ve­ nus. Éstas eliminan, sin provocar molestias, las pituita, la bilis y la bilis ne­ gra. refuerzan cada uno de los miembros y hacen más sutiles y más limpios los espíritus. Cuando éstos están constreñidos, los dilatan de tal modo que no generan tristeza sino que más bien disfrutan con la dilatación y con la luz; más aún, los refuerzan de tal modo que no desaparecen, porque están demasiado extendidos. Toma, pues, doce granos de oro, preferiblemente en láminas si es oro puro, media dracma de incienso, de mirra, de azafrán, de corteza de áloe, de canela, de corteza de cidro, de toronjil, de seda cruda es­ carlata, de menta, de ben blanco, de ben rojo, de coral rojo, de los tres tipos de mirobálanos, es decir, los émblicos, los québulos y los de la India y, en fin, áloe bien lavado y con un peso igual al de todos los otros ingredientes juntos. Prepara las píldoras con vino de primerísima calidad. Para eliminar la melancolía se confeccionan píldoras bastante más eficaces y nada violentas según la siguiente receta. Toma una dracma de peonía, de mirra, de lavanda, de toronjil, de incienso, de azafrán, de cada uno de los tres tipos de mirobálano, es decir, émblicos, québulos y de la India y de rosas, tres dramas de trociscos de agárico, de polipodio, de epítimo, de sen, de lapislázuli bien lavado y preparado, de piedra de Armenia preparada de modo parecido y dos onzas de áloe lavado, y confecciona las píldoras con vino de primera calidad. Si, junto con la melancolía, domina un calor paten­ te, deberán aumentarse en un tercio de su peso los ingredientes fríos de esta composición. He preparado estas píldoras siguiendo, como es debido, las in­ dicaciones de los estudiosos de las letras, los griegos, los latinos y los ára­ bes. No he querido añadir ingredientes más fuertes, como el eléboro, al que recurría Caméades cuando le invadía el estro divino. Yo me ocupo única­ mente de los hombres de letras y de personas un poco más robustas, para las que nada es tan nocivo como los remedios violentos. Por eso he omitido las conocidas píldoras de la India y las que incorporan lapislázuli o piedra deAr­ menia, y el compuesto llamado logodion4i. Si, para poner el punto final, parece oportuno añadir una receta más simple, a la que recurro con frecuencia, toma una onza de áloe lavado, dos dramas de mirobálanos émblicos y québulos, dos dracmas de almáciga, dos también de rosas, preferiblemente rojas, y prepara las píldoras con vi­ no. Ya sean éstas o las otras píldoras que hemos aconsejado, nunca deben tomarse solas, no sea que se sequen demasiado, que es lo peor que puede ocurrir en la melancolía, sino que han de tomarse junto con o a vez que el jarabe que hemos descrito antes, siguiente en parte a Mesué y en parte a Gentile de Foligno46, o con una, dos o tres onzas de vino ligero y perfu-

mado, según las necesidades de cada uno, o con agua de miel, de uvas pa­ sas y de regaliz y si en algunos casos predomina el calor con almíbar de violetas y agua también de violetas. Aconsejo, en fin, sin más, a todos los letrados, que son más propen­

sos a la bilis negra, que tomen esta purga dos veces al año, a saber, en pri­ mavera y en otoño, durante quince o veinte días seguidos, en forma de píl­ doras o con un jarabe o con remedios parecidos. Pero a cuantos se hallan un poco menos sujetos a este morbo, les será suficiente tomar las primeras

o las últimas píldoras una semana al año, en verano con almíbar, como he­

mos dicho, y en las restantes estaciones con vino. Debe recordarse que cuando existe grave riesgo de provocar sequedad, mientras que sigue en pie la necesidad de purgarse, vale la pena interrum­

pir las píldoras y añadir de vez en cuando, a la hora de hacer la purga, al ja­ rabe o a una tisana hecha en agua de lengua de buey, una onza, o al menos media, de un preparado a base de sen o de purgante universal o de trifera de Persia. Y si la complexión es más robusta y el bajo vientre más estreñido y duro, es bueno añadir una o dos dracmas del electuario llamado Hamech47. En este caso, es útil asimismo un preparado de casia, y más útil aún el ma­ ná. Todas estas medicinas son adecuadas para cualquier tipo de melancolía, pero sobre todo para la producida por la combustión. Son también reco­ mendables para la melancolía natural, pero aquí el remedio es más eficaz si

al jarabe se le añade una porción doble o triple de polipodio y otro tanto de

regaliz, azafrán y uvas pasas. Agregúense a esta medicina dos onzas de miel líquida de rosas. Ya hemos indicado más arriba las veces que debe tomarse

el jarabe. La medicina deberá aplicarse junto con el jarabe tres veces al día

durante veinte días. Si no aparece ningún humor melancólico sino que simplemente se tie­ ne una complexión melancólica, es decir, que los miembros son fríos y se­ cos, recuerda que no sirve de nada purgar el bajo vientre ni extraer sangre. Aquí se debe recurrir sólo a las otras cosas que ya hemos dicho o que di­ remos, especialmente a aquellas que ayudan a calentar un poco el cuerpo,

a humedecerlo bastante, a iluminar los espíritus y a sostener, en la medida

de lo posible, los miembros. Cuando, en cambio, es excesivo el humor de la bilis negra, debemos no sólo humedecer el cuerpo y el humor sino tam­ bién liberar el bajo vientre, con aquella precaución que ya hemos indicado y, por supuesto, nunca con remedios violentos. Justamente por eso nos aconseja Platón en el Timeo no irritar con medicamentos demasiado fuer­ tes y molestos una enfermedad que perdura durante mucho tiempo48, como es el caso de la melancolía. Hay, por el contrario, quienes se manifiestan más partidarios de la extracción de sangre, pero esta conducta es muy rechazada por los médi­ cos doctos, pues de hecho la sangre templa la bilis negra, estimula los es­

píritus, conserva la vida. En realidad, sólo cuando una risa desmedida y mucha audacia e insolencia, o una tez rubicunda y una hinchazón de las venas indican exceso de sangre, es decir, cuando la situación lo requiere, debemos extraer sangre a los hombres de letras, de la vena del bazo del brazo izquierdo, con una incisión amplia, cuatro onzas por la mañana y otras tantas por la tarde. Luego, al cabo de pocos días, de un mínimo de siete a un máximo de catorce, es necesario irritar las cicatrices para go­ tear tres o cuanto onzas de sangre, ya sea mediante un frotamiento más bien enérgico o bien aplicando sanguijuelas, también llamadas sangujas. Estas dos cosas es conveniente practicarlas sólo con las personas más ro­ bustas, mientras que a los más débiles, si la situación lo exige, es bueno limitarse a excitar las incisiones, como hemos señalado. Pero no se pue­ de ni liberar el intestino con medicinas ni extraer sangre si antes no se ha puesto todo mórbido con lavativas grasas y blandas. Y, en el caso de com­ plexión melancólica, téngase como norma general actuar de tal modo que, en caso necesario, el bajo vientre esté siempre mórbido y libre a base de lavativas frecuentes. Vienen a continuación los electuarios. De entre todos ellos apruebo aquel que Rhazés definió como «hilarante»44 y los descritos por Avicena en el libro de Las fuerzas del corazón, pero mucho más aquel que Mesué describe del siguiente modo: Toma una libra de seda cruda de color escar­ lata apenas teñida, sumérgela en zumo de manzanas dulces y aromáticas, en zumo de lengua de buey y en agua de rosas, una libra de cada uno; al cabo de veinticuatro horas, hazlo hervir suavemente hasta que el agua se tome roja. Saca luego la seda y exprímela con cuidado. Vierte ahora cien­ to cincuenta dracmas de azúcar blanquísimo y ponlo a hervir de nuevo has­ ta que adquiera la densidad de la miel. Retíralo ahora del fuego y añade, mientras todavía está caliente, seis dracmas de ámbar crudo cuidadosa­ mente desmenuzado y deslíe el ámbar. Añade, en fin, un polvo preparado del siguiente modo: Toma seis dracmas de corteza de áloe verde y seis de canela, trece dracmas de lapislázuli bien lavado, dos dracmas de perlas blancas que llamamos uniones, una dracma de oro genuino, media dracma de almizcle selecto. De este electuario se toman una o dos dracmas por la mañana y una por la tarde, tres o cuatro horas antes de las comidas, y siem­ pre con vino. Este electuario me gusta bastante más que los otros. Apruebo también, con todo, el electuario a base de almizcle dulce de Mesué y un preparado de gemas, a condición de que se tomen con agua de rosas. Y recomendaría también encarecidamente el electuario preparado por Pietro de Abano50, gran filósofo, si su propio descubridor no recelara que un uso inmoderado puede provocar una dilatación y exaltación exce­ siva de los espíritus. Por esta razón, he considerado otros dos electuarios, suficientemente seguros y bastante adecuados para cualquier estación,

edad o complexión gracias a su naturaleza templada, en la que a lo útil se añade lo dulce. Alimentan, a la vez que sostienen y refuerzan. Ayudan ade­ más tanto a mantener firme el espíritu y el ingenio como a tomarlos agu­ dos y limpios. Toma cuatro onzas de azúcar de rosas, dos onzas de azúcar mezclado con lengua de buey, una onza de corteza de cidro recubierta de azúcar, dos onzas de mirobálanos québulos sazonados, una dracma de ca­ nela selecta, media dracma de sándalo y de coral, ambos rojos, y añade media dracma de seda escarlata cruda cortada en trocitos, de azafrán y de perlas, un tercio de dracma de oro y plata, dos granos de ámbar y dos de almizcle. Disuelve todos estos ingredientes juntos en zumo de cidra o de limón hervidos con azúcar. Viene a continuación el segundo preparado, un tanto más saludable y ciertamente mucho más agradable: toma cuatro onzas de almendras dul­ ces, dos onzas de piñones mantenidos durante veinticuatro horas en un baño de agua y de pepitas de sandía, cuatro onzas de aquel azúcar duro, llamado cándido, y libra y media del otro azúcar, pero blanquísimo. Di­ suelve todos estos ingredientes en agua de rosas, de limón y de cidra, en la que se hayan apagado oro y plata incandescentes. Hazlo hervir todo suavemente. Añade por fin una drama de canela, de ben rojo, de sándalo rojo, de coral asimismo rojo, media dracma de perlas blanquísimas, de azafrán, de seda cruda escarlata reducida a pedacitos menudísimos, doce granos de oro y de plata, un tercio de dracma de jacinto, de esmeralda, de zafiro, de carbunclo. Si alguien no dispone de oro o de plata, de ámbar o de almizcle o de piedras preciosas, estos preparados sirven también de ayuda sin estos ingredientes. De estos electuarios, siento preferencia por tres de ellos, a saber, uno de Mesué, justo el que se ha mencionado antes, y los dos nuestros que acabo de describir. Ya hemos indicado más arriba cómo deben emplearse. Si alguien busca algo más sencillo, pero que siga siendo adecuado para todos, corte en trocitos una cidra entera muy madura y hágala cocer con mucho azúcar y mucho jugo de rosas. Una vez cocida, sazónela con un poco de canela y de azafrán o use también un preparado aromático de ro­ sas hecho del siguiente modo: toma una onza de preparado aromático de rosas y añade dos onzas de azúcar de rosas y dos de azúcar de lengua de buey. O mézclese, de modo parecido, un preparado a base de almizcle. Aunque estos dos compuestos no son de hecho simples, resulta bastante fácil conseguirlos. Si se teme el calor, añádase un preparado de almendras

o azúcar de violetas. A menudo, a los melancólicos, y más particular a los que se dedican

a las letras, les suele acontecer que a causa de las largas vigilias su cerebro

se reseca y ellos mismos se debilitan. Y como nada aumenta tanto los ma­ les de la bilis negra como las vigilias prolongadas, es necesario intentar po-

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ner remedio a tan gran mal con la máxima solicitud. Coman, pues, después de los restantes alimentos, lechuga con un poco de pan y un poquito de azafrán y, tras haber comido la lechuga51, beban unos sorbos de vino puro

y no trabajen más de una hora por la noche, a la luz del candil. Cuando va­ yan luego a dormir, tomen un preparado de este tipo, que se componga de dos onzas de semillas de adormidera blanca, una onza de simiente de le­ chuga, media drama de amomo y de azafrán y seis onzas de azúcar. Di­ suelve y haz hervir todos estos ingredientes juntos en zumo de adormide­ ra. Tómense dos dracmas y gústese al mismo tiempo un poco de jarabe de

adormidera o de vino. Frótales la frente y las sienes con aceite de violetas

o de nenúfares, con el añadido de alcanfor o también, y de este mismo mo­

do, con leche y aceite de almendras y violetas. Acercarás a la nariz el aro­ ma del azafrán y del alcanfor y la piel de una manzana dulce y también un poco de vinagre y abundante agua de rosas52. Prepara también una cama hecha de hojas de plantas frías. Calma los oídos con cantos y sonidos so­ lemnes y sosegados53. Humedecerás a menudo la cabeza con lavados de este tipo, es decir, con agua en la que se hayan hecho cocer trocitos de adormidera, lechuga, verdolaga, malva, pétalos de rosa, hojas de vid, de sauce y de caña y añade manzanilla. Es también necesario humedecer a menudo las piernas, los brazos y el cuerpo entero con baños delicados pre­ parados con estas hierbas. Ayuda además bastante beber leche54con azú­ car, naturalmente con el estómago vacío, siempre que lo tolere bien. Estos remedios húmedos ayudan maravillosamente a los melancólicos, aun en el caso de que duerman lo suficiente. Recuerda que en la mesa debe ser muy habitual la presencia de leche de almendras. Les ocurre a veces a los estudiosos que ya sea porque leen o escriben con diligencia con la cabeza inclinada o porque se abandonan a una exce­ siva inactividad, les llena la cabeza hasta la pesadez una cierta pituita más viscosa, junto con una melancolía demasiado fría, de tal suerte que se tor­ nan torpes y desmemoriados. A éstos, pues, es necesario aligerarles la ca­ beza con los remedios de los que hemos dicho en otro lugar que son ade­ cuados para la pituita. Si no resultan ser suficientes, puede recurrirse a píldoras de la India, a las cáscaras de bellota y a los compuestos de logo- dion; y también a compuestos a base de coloquíntida o de Arquígenes55o de Andrómaco56 o de Teodición57 o a las píldoras del Judío58, que Mesué describe en el capítulo sobre el mal de cabeza. Si la complexión o la edad son más frías y la edad no es obstáculo, después de una purga recurre a aquella preparación anacardina que en su Antidotarlo llama Mesué «pre­ parado de los doctos», o también a la anacardina de que habla en el capí­ tulo «Sobre la pérdida de memoria», siguiendo el parecer del hijo de Za­ carías. Tómese una dracma a primera hora de la mañana. Quien la toma deberá renunciar absolutamente aquel día a la ira, al coito, a la embriaguez,

a la fatiga y a las cosas calientes. Estos remedios son bastante eficaces con­ tra el entumecimiento y la pérdida de memoria. Pero si prefieres remedios caseros, da jengibre endulzado con azúcar, aunque mezclado con un poco de incienso, que presta bastante ayuda a los sentidos y a la memoria, sobre todo cuando se añaden las siguientes cosas:

miel de anacardo, miel de mirobálanos québulos. de caña aromática, de junco oloroso, ámbar y almizcle. También son útiles los preparados a base de ámbar, el plisarcoticón y la galanga, pero hay que tenerlos mucho tiem­ po en la boca y verterlos gota a gota en la nariz y en las orejas. Ayuda igualmente no poco el aroma de incienso, de la mejorana, del hinojo, de la nuez moscada, de la ruda, de los claveles. Recuerda, de todas formas, que, como hemos dicho al principio, en estas y en otras enfermedades pareci­ das, la triaca es siempre el primero y el más excelente de todos los reme­ dios. Además, a los entumecidos y desmemoriados frótales las sienes y la nuca con este ungüento: toma una onza de aceite de saúco, dos onzas de aceite de ben, media onza de eufurbio y otro tanto de aceite de castor. Haz fricciones enérgicas en los brazos, las piernas y la nuca y, si es necesario, aplicarás en la nuca pequeñas ventosas. Cubrirás y aplicarás, además, en el vértice de la cabeza, mejorana, incienso y nuez moscada. Si los hombres ávidos de verdad deben cuidar el espíritu corpóreo si­ guiendo los atentos consejos de los médicos, para que no ocurra que, ente­ ramente descuidado, este espíritu venga a ser impedimento o no ofrezca ayuda válida a quienes buscan la verdad, es indudable que conviene culti­ var con mucha mayor diligencia, y siguiendo los principios de la discipli­ na moral, el espíritu incorpóreo, es decir, el entendimiento, que es el úni­ co instrumento con el que se puede captar la verdad misma, que es justamente incorpórea. No es lícito, en efecto, cultivar tan sólo al siervo del alma, es decir, al cuerpo, y descuidar el alma misma, que es señora y reina del cuerpo, sobre todo si se piensa que, según los magos y Platón, to­ do el cuerpo depende del alma, hasta el punto de que si el alma no se en­ cuentra bien, tampoco puede estar bien el cuerpo. Por este motivo, Apolo, inventor de la medicina, estimó que el más sabio de todos no fue Hipócra­ tes, aunque nacido de su propia estirpe, sino Sócrates, porque cuanto Hi­ pócrates se interesó por la salud del cuerpo, otro tanto hizo Sócrates por la del alma5’, si bien sólo Cristo consiguió llevar a su culminación lo que aquellos dos intentaron. Por consiguiente, si Sócrates nos ordena cultivar nuestra mente con costumbres óptimas para poder alcanzar más fácilmente con una mente se­ rena aquella luz de la verdad que buscamos por instinto natural, ¿cuánto más justo no es veneraren primer lugar la misma verdad divina con la san­ ta religión? Pues para buscarla y comprenderla ha sido creada la mente, del mismo modo que el ojo para ver la luz del sol. Y, como dice nuestro Pla­

tón60, así como el ojo no percibe nada sensible sino en aquel que es suma­ mente visible, esto es, en el resplandor del sol mismo, así tampoco el en­ tendimiento humano capta nada inteligible sino en Aquél que es suma­ mente inteligible, es decir, en la luz de Dios siempre y en todo lugar presente a nosotros; en aquella luz, digo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, en aquella luz de la que David canta: «A través de tu luz vemos la luz»*’1. Es indudable que del mismo modo que en los ojos puros y fijos en la luz revierte al instante su fulgor, brillando en los colores y en las figuras de las cosas, así, cuando la mente se ha purificado con una disciplina mo­ ral de todas las perturbaciones corporales y está orientada por un amor re­ ligioso y ardentísimo hacia la verdad divina, es decir, al mismo Dios, al instante, como dice el divino Platón62, la verdad penetra en la mente divi­ na y despliega con felicidad suma las verdaderas razones de las cosas que están contenidas en ella y sobre la que todas las cosas se fundamentan. Y del mismo modo que circunda de inmensa luz la mente, así colma también venturosamente al mismo tiempo a la voluntad de otra tanta felicidad.

II

Sobre la larga vida

Proemio

Marsilio Ficino, florentino, envía sus saludos a Filippo Valori, ópti­ mo y nobilísimo ciudadano1. Sí bien es cierto que Platón sigue vivo en virtud de su genio, y seguirá viviendo, a mi entender, mientras el mundo viva, ello no obstante mi inclinación me empuja constantemente a cui­ darme y preocuparme, después del culto divino, ante todo y sobre todo de la vida de Platón. Ésta es, en efecto, desde hace ya mucho tiempo, y anticipándose a otros, la aspiración de la casa de los Médicis en lo que concierne a mi persona. A este mismo fin tiendes también tú, querido Va­ leri, concordando conmigo en la gran amistad con los Médicis y en el amor a la gloria y a la disciplina de Platón. Os deseo, pues, a los Médi­ cis y a ti, aquella misma vida que siempre he deseado para Platón. Por estas razones te exhorto y conjuro, querido Valori, a leer y observar es­ tos preceptos nuestros sobre el modo de prolongar la vida con una dili­ gencia similar al empeño con que te esmeras en fomentar la gloria de Platón. Y te vaticino que siguiendo estos preceptos podrás gozar de lar­ ga vida y defender y amparar también durante largo tiempo, con el mag­ nánimo Lorenzo de Médicis, la filosofía ahora resurgente de Platón. Que disfrutes de buena salud.

La vida larga

Nos llevan a un arte y a un saber perfectos no tanto la aptitud del inge­ nio para aprender y la tenacidad de la memoria cuanto más bien la perspica­ cia para juzgar con prudencia. De hecho, dada la ambigüedad que se deriva de la diversidad de las conjeturas, la tarea de juzgar resulta ser hasta tal pun­ to difícil que es indispensable que los juicios se vean confirmados mediante experimentos. Pero también los experimentos son engañosos, bien por la di-

Acuitad del juicio en sí, bien por la fugacidad del momento oportuno para llevarlos a cabo. Por eso concluimos con razón, de la mano de Hipócrates, que el apren­ dizaje y dominio de un arte exige mucho tiempo y que no podemos alcan­ zarlo sino a lo largo del curso de una vida dilatada. Una vida dilatada no es tan sólo algo prometido de una vez por todas, y ya desde el principio, por el hado, sino que también nos la procura nuestra diligencia. Así lo admiten, por un lado, los astrólogos cuando discurren sobre las elecciones y las imágenes

y lo confirman el cuidado diligente y la experiencia de los médicos. Gracias

a este comportamiento avisado consiguen larga vida, con mucha frecuencia,

no sólo los hombres vigorosos y de naturaleza sana, sino también a veces, personas enfermizas. No debe, pues, maravillamos que un tal Heródico, es­ tudioso de las letras, y el más débil de todos los de su tiempo (como testifi­ can Platón y Aristóteles)2, con precauciones de esta índole llegara casi a los cien años. Plutarco refiere también que muchos individuos, por otra parte de complexión delicada, alcanzaron, con su sola diligencia, larga vida, para no

hablar ahora de tantos hombres de salud endeble como ya he conocido que, gracias a su prudencia, han superado en años a personas muy robustas. No será, pues, ni inútil ni vano, tras haber redactado un libro Sobre los cuidados de la salud de quienes se dedican al estudio de las letras, ense­ ñar también a los ingenios deseosos de saber algunos preceptos que ayu­ dan a conseguir una larga vida. No deseamos que estos consejos lleguen a conocimiento de los perezosos y los haraganes. ¿Por qué, en efecto, ha­ bríamos de desear que vivan largo tiempo quienes en realidad no viven, como si en vez de abejas nutriéramos zánganos? Ni queremos tampoco que se divulguen entre libertinos entregados a la liviandad de los placeres, que, necios, ponen cada día en el primer lugar el breve deleite, ni que sean conocidos por los malvados y los inicuos, cuya vida es muerte para los buenos, sino tan sólo por los hombres prudentes y moderados que, con las fuerzas de su sagaz ingenio, ayudarán a la especie humana tanto en los negocios públicos como en los asuntos privados. La vida, como una luz, se mantiene en el calor natural y éste, a su vez, se alimenta de un humor aéreo y graso, como aceite. Si, pues, por azar, vie­ ne a faltar este humor o si, por el contrario, es demasiado abundante o vi­ ciado, al momento el calor se debilita y al final se extingue. Si el calor se debilita y disminuye por falta de humores, sobreviene la muerte por diso­ lución. Si, por el contrario, es tapado, envuelto y oprimido por el humor excesivo o viciado, la vida se extingue por ahogo. El ahogo sobreviene co­ mo consecuencia de la sobreabundancia o la putrefacción de cualquier hu­ mor, pero sobre todo cuando la pituita aumenta en exceso o acaba, de al­ guna manera, en descomposición, hasta el punto de que, no sin razón, la pituita ha sido definida como «amenaza para la vida»3.

Los preceptos más necesarios para prolongar la vida son, por tanto, evitar por un igual -por un igual, digo, es decir, en la misma medida- por un lado la disolución y por el otro el ahogo y la putrefacción. En efecto, cuando curan a una persona de complexión más bien cálida y seca, en la que los pasajes están abiertos y los humores y los espíritus son sutiles, se oponen a la disolución. Cuando, en cambio, tratan un cuerpo dispuesto de forma contraria, se oponen más bien al ahogo. Pero se utilizan mucho contra ambos cuando hacia ambos inclinan el lugar y el tiempo. Aplica­ dos a los hombres de ingenio y de estudio, los dos preceptos son por un igual necesarios, porque de ambos sufren éstos (es decir, de disolución y de ahogo). Parece, en efecto, que a éstos el ingenio agudo y cálido y el in­ cesante movimiento de las imágenes les amenaza por un lado de disolu­ ción y que, por otro lado, el ocio del cuerpo y la dificultad de la digestión les hacen temer el ahogo. En ninguna otra cosa, pues, se empeñan y se afanan tanto los médicos como en curar a los hombres de esta índole. Y aunque toda la disertación del libro anterior ayuda mucho a prolongar la vida, parece, con todo, que una materia de tanta importancia pide un tra­ tamiento específico. Así intentaré hacerlo a continuación, en la medida de mis posibilidades. Pero a la vez que consideramos con pingüe Minerva este pingüe acei­ te4, necesario para nuestro vigor ígneo, portadora de olivas, origen del aceite vital, nacida de la cabeza del divino Júpiter, ríe, porque mientras re­ conocemos claramente la cantidad de su don, no sabemos apreciar como es debido su calidad. Así pues, riendo, dice: «Os he dado abundante acei­ te, no sólo el necesario para alimentar la llama, sino que lo he vertido pu­ ro, sin heces, en la lámpara». Éstas son sus palabras. Pero nosotros, diva­ gando entre las palabras, tropezamos y erramos, porque todavía no hemos prestado oído atento a su palabra, lámpara de nuestros pasos5. Aprenda­ mos, pues, de esta lámpara, que debemos suministrar continuamente y con diligencia aceite a la llama, de tal modo que ni sumerjamos la luz inun­ dándola de improviso ni tengamos, por el contrario, la bebida alejada del sediento. Pero ya hemos hablado lo suficiente, a nuestro entender, de estas dos cosas en las páginas precedentes. Nos quedan dos aspectos, uno de los cuales nos parece que lo hemos analizado sólo un poco y el otro apenas lo hemos rozado, aludiendo a Palas en tales términos que ésta, nada propen­ sa a la risa, se reiría de nosotros. ¿De qué se trata? Tengamos en cuenta, para empezar, que una llama, por pequeña que sea, consume, y por eso brilla más tiempo la lámpara en la que la llama está regulada respecto de la mecha de tal modo que no chupe el aceite sino que lo cate. Así, también nosotros, en todo género de dieta, de­ bemos evitar que alguna vez, sobre todo en la juventud, adquiera demasiado ímpetu el fuego que alienta dentro de nosotros y es voraz por su propia na­

turaleza. En este caso bastará con mantener alejado tanto el humor que tien­ de a inundar como el frío penetrante. Prestaremos, pues, atención al hecho de que con frecuencia una lámpara se apaga cuando no es alimentada con aceite puro sino (por así decirlo) mezclado con posos. La consecuencia es que, al cabo de poco, de los posos nacen hongos que sofocan la luz. Noso­ tros hemos recibido de Palas un aceite que da vida, es decir, aéreo en su gra­ do máximo posible, puro y, al mismo tiempo, y en virtud de una cierta vis­ cosidad natural, compacto y estable. Por tanto, el aceite que se va añadiendo tomándolo poco a poco debe ser no sólo igual sino de un aspecto parecido.

Y para que sea parecido, no debe de ser tan sólo aéreo y graso, sino que de­

be estar, además, enteramente libre de heces, es decir, del sedimento que se forma con la tierra y el agua más densa. Para evitar, pues, la acumulación de este sedimento, debemos rehusar los alimentos de esta índole, el ocio, las malas digestiones y la suciedad. Al mismo tiempo, honramos a Minerva con mesura, para que refuerce la cabeza de la que ha nacido y no debilite, por otra parte, los nervios y el estómago.

El humor natural se reseca rápidamente por las siguientes causas: un flujo de sangre demasiado abundante, una evacuación violenta del vientre, un bajo vientre demasiado laxo, un sudor excesivo, los pasajes demasiado abiertos, un coito practicado hasta el debilitamiento, una sed anhelante, un hambre atormentadora, una vigilia prolongada, el consumo de cosas cáli­ das y a la vez secas, un movimiento fatigoso del cuerpo y del alma, la an­ siedad, la ira, el dolor, el aire en exceso seco y a la vez ardiente, sobre to­ do cuando está recalentado por el fuego, el viento árido, violento y prolongado. Aumentan el humor más allá de lo justo las cosas contrarias a éstas. La embriaguez frecuente produce los dos efectos, pues por una par­

te reseca el cerebro con su calor excesivo y, por otra, lo sofoca con el hu­

mor. Pero nada hay que dañe tanto en entrambos casos como una mala di­ gestión. En efecto, cuando un alimento no es bien digerido, por un lado viene a faltar aquello con lo que puedes humedecer el humor natural y, por otro, el alimento permanece putrefacto y, al desbordarse, sumerge al men­ cionado humor. Por este motivo dice Avicena que cuando la digestión se corrompe se corrompe también la sangre6, y, siguiendo a Galeno, afirma que la digestión es la raíz de la vida. Es, por tanto, óptima y poco menos que única esta norma de Galeno: cuidarse siempre, más que de ninguna otra cosa, de la digestión de los alimentos. De nada sirve, en efecto, el que parece ser el precepto más importante, a saber, comer alimentos sanos, si no se les digiere, porque al penetrar en los miembros sin estar bien digeri­ dos se deriva de ellos un humor nocivo, igual que en el caso de los malos alimentos. Y al contrario, a menudo se consigue con alimentos no muy ex­ quisitos una nutrición no tan mediocre, a condición de que se tenga una buena digestión.

Debemos, pues, evitar con la máxima diligencia las malas digestiones como causa grave a un mismo tiempo de disolución y de ahogo, adecuan­ do a nuestra naturaleza la cantidad de los alimentos y de las bebidas, pres­ tando asimismo atención a su calidad y a que sean simples, bien prepara­ dos y triturados, ayudando al estómago con un ayuno que despierta el hambre y, llegado el caso, también con estímulos extemos y tomando, en fin, después de las comidas, sustancias astringentes. Procuraremos tam­ bién con diligencia que la cantidad de las bebidas no supere la de los ali­ mentos y que éstos no sean ni demasiado líquidos ni demasiado sólidos, que no haya ningún elemento excesivamente frío, que las viandas sean muy variadas, que a un alimento indigesto no venga a añadírsele otro asi­ mismo indigesto, porque todas estas cosas dificultan mucho la digestión. Debemos guardamos también con el mayor cuidado de poner trabas a la digestión con el coito inmediatamente después de la comida, con la siesta, a menudo innecesaria, con la vigilia nocturna, con la fatiga del alma o del cuerpo o de cualquier otra manera. Y no me refiero tan sólo a la primera digestión, es decir, la que se produce en el estómago, sino también a la se­ gunda, que acontece en el hígado, además de la tercera, en las venas, y la cuarta, en fin, que tiene lugar en los miembros. Todo este proceso requie­ re un cierto lapso se tiempo, más bien largo, y si se le perturba, de la ma­ nera que sea, el alimento no ayuda al humor. Del mismo modo que es necesario para la vida ayudar a la digestión, también lo es procurar librarse de las secreciones intemas. Es asimismo necesario eliminar la suciedad de la piel. Es necesario que el movimiento del cuerpo sea tan continuo, moderado y diverso como el de los cuerpos celestes, el del aire, el fuego y el agua, respetando, obviamente, las exi­ gencias de la digestión y del sueño y evitando, por supuesto, la fatiga y la disolución. Bajo la sombra nos cubrimos de sopor, de moho y herrumbre. Vivamos bajo el Sol, a la luz, según el consejo que brotaba a menudo de los labios de mi padre Ficino, médico ilustre7. Pero para salir airosos en to­ do esta empresa habría sido necesario habituar al cuerpo, desde la más tier­ na infancia, no tanto a los quehaceres ciudadanos cuanto más bien a algu­ nos ejercicios de la vida campestre y a cosas de este género y haberse atenido a una cierta variedad tanto en la alimentación como en el estilo de vida. Esto es lo que me recomendaba a menudo mi padre, guiado por su cordura y su prudencia. Pues en efecto, quienes viven, en toda edad, en una suntuosa afectación corren con frecuencia más peligros; quienes no hayan practicado lo bastante de jóvenes este género de vida, acostúmbrense de adultos, pero con esfuerzos cautos y graduales. Entre los preceptos más necesarios para una vida longeva, todos los griegos mencionan que nos alimentemos de euquimos8. Llamamos euqui- mos a los alimentos sanos, que aportan buenos nutrientes y generan buena

sangre. Decimos que es buena la sangre que no es fría, ni seca, ni turbia, sino caliente, húmeda y limpia. Caliente, pero con un calor no fuerte, hú­ meda, pero con un humor no acuoso, limpia, pero no excesivamente sutil. La sangre demasiado ardiente por un lado estimula demasiado el calor na­ tural y, por otro, reseca el humor y hace que también se disuelva y desa­ parezca fácilmente el humor o el calor que aporta. Además, la sangre hú­ meda en exceso y poco menos que como agua debilita el calor natural y extingue el humor natura), o lo empuja a la disolución bajo los efectos del

calor, o sofoca el calor con la humedad. Y, en fin, y en términos generales,

si una parte del humor natural procede de una sangre acuosa, por un lado

se pudre con facilidad y, por otro, se disuelve al instante y se reduce a na­ da. A esto se debe que quienes comen frutos y verduras demasiado blan­

dos -a excepción, tal vez, de cuando se toman en raras ocasiones y como medicina para calmar el vientre- en breve espacio de tiempo llenan las ve­ nas de jugo indigesto y sujeto a putrefacción. Para que esto no ocurra, se aleja el peligro si antes de consumir estos alimentos se cuecen o si, al me­ nos, se les acompaña con pan. Que la sangre no sea, pues, ni ígnea, ni ácuea, sino aérea; que no se parezca al aire demasiado pesado, para que no se incline al agua, ni tampoco al aire demasiado sutil, para que no se ca­ liente fácilmente y se convierta en ígnea, sino que se mantenga como sus­ tancia intermedia, en la que predomine un aire de calidad equilibrada. Y estén presentes los restantes elementos en la medida en que se adaptan al predominio del aire. No sea su sustancia muy sutil, para que no genere un humor inestable

y un espíritu volátil y expuesto a disolución. Ni sea tampoco muy densa,

pues en tal caso resultará de escasa utilidad para el ingenio y difícilmente

se transformará en humor natural y en espíritu, obstruirá los pasajes y pro­ piciará episodios de ahogo. El mismo espíritu que al fin de aquí se deriva, fatigoso y denso, es en sí, a causa de su densidad, poco apto para la vida y sofoca el calor natural del mismo modo que un humo denso oprime y ha­ ce menguar la llama. Paso por alto que a veces es tan tenebroso que en­ tristece la vida y la hace más insufrible que la muerte. Ayuda, en cambio,

a mi entender, a una larga vida, en primer lugar, que la sangre, junto con

una sustancia muy aérea y no excesivamente densa, tenga en sí un humor viscoso y tenaz, como el que tienen, junto con la sutileza, el aceite de oli­ va, el humor de la anguila, graso y a la vez sutil, y el aceite extraído por sublimación de la trementina. Elige, pues, con diligencia, los alimentos y todas las cosas restantes que tienen la capacidad de hacer que la sangre y el humor se parezcan a ellos. La sangre y el humor adornados de tales ca­

racterísticas son, como el aceite para la llama, el alimento del calor vital,

a un mismo tiempo sutiles y sólidos. Uno de los preceptos de Rhazés para

conservar la juventud es cabalmente consumir cosas que llevan la sangre

al corazón, se reúnen allí y le proporcionan ayuda9. También Avicena ha­ ce suya esta norma, que aconseja evitar la sangre acuosa y lábil10. En todo esto es preciso regularse de diverso modo según la diversidad de los cuerpos. Así, cuando el cuerpo es más bien denso, debe procurarse, con todos los remedios posibles, hacer la sangre sutil y adensarla, en cam­ bio, cuando está enrarecido. Cuando la complexión del cuerpo es media, to­ maremos igualmente una vía media. Pero jamás intentaremos modificar la complexión natural del cuerpo, pues entonces arrebataríamos la vida misma. Ayuda también recordar que cuando tengamos motivos suficientes pa­ ra temer que la sangre sea demasiado sutil y, al mismo tiempo, el estóma­ go no sea de por sí muy fuerte, debe intentarse conseguir poco a poco que la sangre sea más densa, mientras que cuando se trate de un individuo en­ deble deberemos procurar nutrirle con alimentos más sustanciales y man­ tener al mismo tiempo el estómago caliente, favorecer el sueño, aumentar el ejercicio físico de acuerdo con las propias fuerzas y reducir el del espí­ ritu, que a menudo les resulta perjudicial a muchísimos. Si el estómago no soporta los alimentos demasiado viscosos y duros o muy fríos, consegui­ remos al menos que la sangre y el humor sean sólidas recurriendo a los co­ rales, los sándalos, las rosas, los cilantros, los mirobálanos, los membri­ llos, las cidonias, el azúcar de rosas y cosas astringentes. En este caso, no contaríamos con la seguridad de alcanzar nuestro objetivo consumiendo sustancias demasiado glutinosas. A quienes no sean capaces de digerir las carnes viscosas de los ani­ males de mayor tamaño les será muy oportuno alimentarse con piñones y pistachos, con jugo de regaliz y de almidón, a lo que se añaden almendras dulces y su aceite y semillas de membrillo y aceite de sésamo, junto con azúcar blanquísimo y agua de rosas. A éstos les permitimos también las ex­ tremidades de las gallinas y de los cabritos, las tortugas, los caracoles y las criadillas. No daremos vinos blancos, sino tintos y de sabor áspero y has­ ta cierto punto amarguillo, mezclando el vino con agua ferruginosa aro­ matizada con almáciga. Frotaremos suavemente la piel con aceite puro de almáciga y de membrillo y prohibiremos, al mismo tiempo, las sustancias que hacen a la sangre sutil o caliente, con la excepción tal vez de añadir un poco de azafrán o de canela a los alimentos más consistentes, para que puedan ser digeridos con mayor facilidad y, una vez digeridos, lleguen, a través de estrechos canales, hasta los miembros. Es, en efecto, difícil con­ ducir los alimentos viscosos o un poco demasiado densos desde un estó­ mago no muy fuerte hasta la tercera y la cuarta digestión si no son lleva­ dos hasta la meta por vehículos de esta índole y no son, además, estimulados por leves fricciones. Cuando des fricciones, las harás con las manos blandas y acuérdate de humedecerlas con un vino aromático en el que habrás hecho macerar manzanilla, mirto y rosas.

Pero dejemos de lado, por el momento, los cuerpos de los individuos más débiles y delicados y pasemos a una regla de vida general, apta, por consiguiente, para las complexiones corporales comunes y del término medio. Mira que por ningún motivo estén los canales del cuerpo ni de­ masiado abiertos ni demasiado cerrados. En el primer caso, en efecto, se crea una situación peligrosa a causa de la descomposición y del daño que puede penetrar desde el exterior, mientras que en el segundo el peligro se encuentra en la putrefacción y el ahogo. Aunque no te fuerzo con el fre­ no de una regla demasiado rigurosa -cosa que Hipócrates condena- no por eso te aflojo las riendas hasta el desenfreno. Toma con parsimonia las verduras y los frutos más bien húmedos y con mayor parsimonia aún la leche y el pescado, ambas cosas con miel, y con mesura extrema las se­ tas, acompañadas de especias y de semillas de pera. Bebe igualmente, pe­ ro también con parsimonia, agua pura. A los alimentos que son más hú­ medos o grasos añádeles condimentos aromáticos o picantes, pues de lo contrario llevan hasta los miembros muchísimo humor no adecuado y pú­ trido, y aunque es bien cierto que también proporcionan un humor nece­ sario para la naturaleza, lo suministran sujeto a una corrupción rápida por­ que, no de modo diferente al del vino aguado, se enturbia con prontitud y se corrompe. De aquí procede la calvicie precoz y la tez pálida y rugosa, como la de los viejos. También las carnes, si se consumen a diario, traen consigo una rápida putrefacción, incluso aunque estén acompañadas de buena cantidad de pan. De ahí que Porfirio, fundamentándose en la auto­ ridad de los antiguos pitagóricos, prohíba comer carne de animales". ¿Ig­ noramos acaso que los hombres antediluvianos, que eran longevos, se abstenían de los animales? De todas formas, lo que los médicos prohíben no es el uso sino el abuso de carne. Evita, en fin, los alimentos húmedos, en cuanto sujetos a putrefacción, y recuerda que las personas húmedas y grasas envejecen y mueren antes, como afirma Hipócrates y como confirma la experiencia. Consume, pues, con moderación los alimentos demasiado secos o compénsalos al menos con abundantes bebidas. Para andar sobre seguro, elige alimentos ni de­ masiado secos ni demasiado húmedos. En todo caso, Avicena prefería los alimentos más bien secos a los blandos para prevenir la calvicie. Sé muy cauto en lo relativo a los alimentos demasiado fríos o demasiado calientes. Inclínate por los que son a un mismo tiempo cálidos y húmedos. Si el aire es abrasador, que el humor de los alimentos supere el calor del aire; si frío, el calor de aquéllos supere el humor de éste. Pero que en ambos casos la desviación sea moderada. De todos modos, tanto el calor como el humor han de tener algo de graso y de astringente, para que el humor difundido en los miembros se mantenga bajo el calor más estable y dure por más tiempo. Poseen esta propiedad, en primer lugar, el trigo y el pan de prime­

ra calidad, luego el vino tinto de sabor áspero y poco dulce, en tercer lu­

gar los piñones y cosas parecidas a ellos por su composición y tenacidad, en cuarto lugar las carnes a un mismo tiempo no húmedas y tiernas, como

la de cerdo y el lechazo. Los médicos antiguos, sobre todo Galeno, reco­

mendaban la carne y la sangre de cerdo a causa de una cierta semejanza con nuestro cuerpo. Estas carnes son, pues, óptimas para los cuerpos que

se parecen a ellas, como ocurre en el caso de los hombres del campo, los

labriegos, las personas robustas y los que realizan muchos ejercicios físi­ cos, sobre todo cuando han sido conservadas durante cuatro días en sal y condimentadas con una pizca de especias y cilantro. También la sangre de cerdo es útil si está cocida con azúcar, y se la purifica al máximo hasta que

se convierte en líquida y limpia. Pero retornando a nuestro elenco: no se aconsejan las carnes más bien húmedas, como ya hemos dicho, ni tampoco las que son a la vez duras y

secas, como la de libre ya algo vieja y la de buey, sino más bien las de ca­ lidad media, como el pollo, el capón, el pavo, el faisán, la perdiz y acaso

la paloma, sobre todo la doméstica. Entran aquí también los cabritos y los

terneros jóvenes, los castrados de un año y los jabalíes. No desprecio los cabritos lechales ni el queso fresco. He omitido los pajarillos de pequeño tamaño, pues el consumo frecuente de alimentos demasiado sutiles sólo sienta bien al estómago que no soporta los alimentos más consistentes, mientras que un estómago fuerte sólo saca de aquí un vapor o un humor pasajeros. No dejo de lado, con todo, los huevos de gallina, si se come tan­ to la yema como la clara, porque la yema sola es alimento propio de per­ sonas delicadas12. De hecho, Avicena afirma que, en caso de disminución de la sangre y de debilidad del espíritu cardíaco, no hay vianda que más ayude que la yema de los huevos de gallina, de perdiz o de faisán13. Tal vez no sea descaminado alimentar a las ocas con espella y agua limpia y, tras sacrificarlas, conservar la carne durante siete días, condimentándola con sal y semillas de cilantro y sazonándola con vinagre antes de comerla. De modo parecido ha de tratarse el ciervo, si el estómago es muy fuerte. Es también probable que la carne de algunos animales de vida longeva con­ tribuya a una vida larga, a condición de que esta carne provenga de ejem­ plares jóvenes. Y lo mismo las otras carnes, tanto asadas como cocidas. Que la cantidad de los alimentos sólidos sea el doble de la de los lí­ quidos, el pan sea el doble o vez y media respecto de los huevos, el triple respecto de la carne y el cuádruplo respecto del pescado, las verduras y los frutos más acuosos. No debe iniciarse la comida con bebidas ni tolerar que sean demasiado abundantes. Tras la comida debe tomarse siempre alguna cosa astringente, sin bebidas o con una bebida moderada. Cuando la complexión, la edad, el lugar o la estación del año tienden

a lo cálido y seco, vuélvete un poco hacia los alimentos de cualidades

opuestas14. Cuando se da una justa proporción (temperies), mantón este equilibrio (temperies). Deben, además, aumentarse los ejercicios físicos y reducirse los anímicos cuando ha habido un exceso de alimentos demasia­ do duros en nuestras comidas, acaso a veces necesarios para conservar la vida. Durante las nueve horas del día, sentaos dos veces a la mesa, y que ésta sea en ambas ocasiones parca, pero más parca en la cena. Después de

la primera digestión, dedícate igualmente dos veces a los ejercicios corpo­

rales y prolóngalos hasta casi sudar. El sueño nocturno, desde el momento es que es siempre necesario, es siempre bueno; el diurno, en cambio, nun­ ca es bueno, salvo que sea absolutamente necesario. Los animales que se encuentran bajo nuestra custodia, antes de con­ sumirlos deben ser mantenidos con alimentos limpios y selectos. Tales ali­

mentos, como todas las demás cosas, han de ser elegidos de entre los altos

y fragantes pastizales. Ten siempre en la mente, a este propósito, aquella

regla, enunciada por vez primera por el filósofo Arnau de Vilanova15, a sa­ ber, que es conveniente seleccionar los animales, las verduras, los frutos, los cereales y los vinos que proceden de regiones altas y fragantes (como acabamos de decir), serenadas por vientos templados, calentadas por sua­ ves rayos de sol, donde no hay aguas estancadas, las tierras de labor no es­ tán abonadas con estiércol sino con su humor natural y donde cuantas co­ sas nacen se mantienen mucho tiempo sin corromperse. Sólo en estos lugares se debe habitar y sólo de las cosas aquí nacidas se debe comer. No debemos confiar en que de alimentos que se pudren en breve espacio de tiempo podamos extraer un humor duradero y alejado de la putrefacción, ni debemos esperar que podamos disfrutar sin dificultades de larga vida allí donde los frutos de la tierra no se conservan por mucho tiempo inco­ rruptos y donde en muy contadas ocasiones llegan los hombres a una edad longeva. La manzana de Persia, también llamada melocotón, indica bien a las claras cuán determinantes son el lugar y los alimentos; en Persia es ve­ nenosa, en Egipto es un remedio para el corazón. Y lo mismo el eléboro, que en Anticira es consumido sin el menor daño, mientras que en otros lu­ gares actúa como un veneno16. Aristóteles aconseja que la habitación esté en un lugar elevado y orientada hacia el sur y el este, donde el aire es su­ til, no húmedo ni frió17. Y Platón encuentra hombres longevos en las re­ giones más elevadas y templadas1”. Es, además, muy nocivo contaminar las tierras de labor con estiércol y no conducir fuera de los campos el agua estancada. Pues en efecto, todo cuanto allí nace está sujeto a una rápida descomposición. Por esta razón, no puedo dejar de desaprobar a quienes reprueban al sabio Hesiodo porque al hablar de las cosas de la campiña no menciona el estiércol19. Aquel sabio se preocupaba más de la salubridad que de la fertilidad y afirmaba que el campo puede abonarse lo suficiente revolviendo a su debido tiempo con la tierra las hojas de los altramuces y

de las habas. Pero ya que nos vemos obligados a vivir en zonas bastante húmedas y poco salubres y a sustentarnos con alimentos bastante perece­ deros. procuremos al menos adoptar el estilo de vida que aconsejan los mé­ dicos cuando el aire es pestilente. Pero de esto ya hemos disertado lo bas­ tante en el libro Contra la pestilencia211. Diremos brevemente, para concluir, que emplearemos perfumes sua­ ves y en cierto modo cálidos. Nos lavaremos a menudo y ligeramente con áloe preparado como es debido21. Y decimos que ha sido preparado como es debido si ha sido lavado con agua de rosas o con zumo asimismo de ro­ sas y ha sido perfectamente mezclado con pétalos de rosas frescas y ma­ chacadas. Añádase luego mirobálano y almáciga y, si a mano viene, rosas. Esta medicina es. sin la menor duda, portentosa para conservar durante mucho tiempo una mente sana en un cuerpo sano. Mantendremos además el cuerpo en ejercicio, recurriremos al fuego en el momento oportuno. Condimentaremos los alimentos con el siguiente polvo: la cuarta parte de

una onza de mirobálanos émblicos, media onza de sándalos, una onza en­ tera de canela, la octava parte de azafrán. Utilizando este tipo de polvo, y añadiendo además cosas un tanto ásperas, podremos tal vez impedir que se echen a perder alimentos y lugares que se corrompen con facilidad. Re­ cordemos también que donde son más las personas que mueren a causa de

la putrefacción y del ahogo que a causa de la disolución, allí es donde jus­

tamente debemos combatir con el máximo celo precisamente la putrefac­ ción y el ahogo. Por el lado contrario, recurriendo a condimentos aromá­ ticos y en cierto modo ásperos (como hemos dicho) y a fragancias parecidas, se mantiene alejada en todo momento la descomposición. Un­ tándose con aceite se rechaza la acometida del frío; lavándose con agua y aceite se aleja la disolución provocada por la fatiga o el calor. También ayuda enjuagarse a menudo la boca con agua, tener en la boca jugo de re­ galiz o azúcar en cristales, lavarse las manos y la cara con abundante agua de rosas y un poco de vinagre de rosas y recurrir a perfumes de este gé­ nero, recuperar fuerzas cada siete horas con alimentos en su justa medida

y conceder reposo al cuerpo y al alma evitando el calor excesivo. Es también muy importante la calidad del vino22y de los cereales que consumimos habitualmente. Sean, pues, de tal calidad que se conserven ín­ tegros durante más de un año, e incluso hasta tres, si hemos de confiar en poder obtener de ellos una nutrición incorruptible. El vino -blanco o tin­ to- sea limpio, agradable, de sabor asperillo, aromático y que necesite agua, salvo que aciertes a encontrar un vino ligero y a la vez durable, co­ sa de ordinario muy difícil. El más eficaz es el que el filósofo Isaac23 lla­ ma vino vinoso, madurado al sol y purificado por los vientos, del que pres­ cribe que, antes de beberlo, sea mezclado en su justa proporción con agua pura de manantial. Aconseja evitar el vino aguado y débil y el agrio, por­

que una vez que ha penetrado en las venas y en los miembros se toma áci­ do o de alguna manera se corrompe. El vino aguado sujeto a putrefacción, una vez cocido, y a condición de que conserve su sustancia, aunque no go­ za de mucha estima, será de utilidad al menos en el sentido de que no se­ rá origen de un humor corruptible, aunque su acidez deberá ser amorti­ guada con agua de primera calidad. Del vino que aquí aprobamos dice Isaac, siguiendo el parecer de los antiguos, que tiene bastante parecido con las grandes triacas. Un vino así, mezclado en su justa proporción, calienta (como hemos dicho) las complexiones frías, refresca las cálidas, humede­ ce las secas, seca las demasiado húmedas y (como enseña Galeno) recrea el humor natural y favorece el calor y conserva a ambos en su justo equi­ librio (contemperat). Mezclar vinos de este tipo les resulta más necesario a los jóvenes y menos a los viejos, sobre todo si son de naturaleza fría. De hecho, la vejez fría y dura es caldeada y ablandada (como dice Platón) por el vino como el hierro por el fuego y los altramuces por el agua. Has de sa­ ber que lo que antes hemos dicho, esto es, que el vino nos produce efectos contrarios y templa las cualidades opuestas, lo consiguen también el rega­ liz, aunque más débilmente, y el aceite de rosas, pero aplicado por vía ex­ tema. Que todos estas cosas te sean habituales. Y no dudes de que cual­ quier cosa de calidad templada y de poderosa virtud puede templar las cosas restantes, al modo como el frío enfría todo lo demás. Poseen esta cualidad, ante todo y sobre todo, por la conveniente disposición (tempera­ mento) de Júpiter, merced al cual son también las cosas más salubres. Pe­ ro abordaremos todas estas cuestiones en otro lugar. Piensen quienes han dejado ya a sus espaldas siete veces siete años y entran en el año quincuagésimo que Venus simboliza la juventud y Satur­ no la vejez y que, a decir de los astrónomos, estos dos astros son más ene­ migos entre sí que frente a todos los demás. Huyan, pues, los hombres de Saturno [es decir, los ancianos] de las cosas de Venus que, a decir verdad, también a los jóvenes les arrebatan muchísima vida. En realidad, Venus no piensa en los nacidos sino en los nascituros y, apenas producido el semen, seca al instante las hierbas. Entiendan, además, que el frío y el aire noc­ turno son mortales para ellos y aténganse exclusivamente a una dieta de la que puedan esperar extraer con la mayor abundancia posible sangre y es­ píritu: yemas de huevos frescos, por poner un ejemplo, vino un tanto dul­ ce y lo más aromático que sea posible. De hecho, en este caso la yema re­ fuerza la sangre del corazón y el vino restaura sobre todo el espíritu. Consuman carnes de primerísima calidad y de facilísima digestión y, para decirlo resumidamente, sigan toda dieta que aumenta a un mismo tiempo el calor y la humedad. Restauren constantemente el espíritu, sobre todo con los aromas del vino. Eviten las vigilias, el ayuno y la sed, además de la fatiga del cuerpo y del espíritu, la soledad y la tristeza. Si por acaso han

abandonado la música, retomen a ella, pues jamás debe descuidarse. Vuel­ van, en la medida de lo conveniente, a algunos de los juegos y costumbres propios de la infancia ya pasada. Es harto difícil rejuvenecer (por así de­ cirlo) en el cuerpo si antes no se toma a ser niño en el espíritu. Por consi­ guiente, en cualquier edad es de gran utilidad para la vida conservar algu­ nas de las cosas de la infancia e intentar descubrir siempre nuevos y diversos pasatiempos. Pero también ha de tenerse en cuenta que la risa pro­ longada y desmedida en nada ayuda, pues dilata demasiado el espíritu ha­ cia las realidades exteriores. Pero retomemos a los ancianos. Si sienten frío, busquen fomentos perfumados y cálido-húmedos. Recuerden que no tiene nada de pueril aquel pueril fomento de Avicena24, preparado ya para David, aunque tal vez tarde. Es para los ancianos un estímulo maravilloso la miga de pan fresco, todavía caliente, aplicada al estómago y acercada con frecuencia a la nariz. A Demócrito, ya a punto de expirar, la miga de pan así preparada le retuvo por sí sola el espíritu fugitivo hasta que le plugo25. Recurran tam­ bién a fricciones suaves y de vez en cuando a lociones que llevan el ali­ mento hasta las extremidades. Sean consumidores habituales de piñones, por supuesto lavados. De hecho, este tipo de nutrición ha sido recomenda­ do por los médicos antiguos como sumamente adecuado para los ancianos:

es, en efecto, cálido, húmedo y graso, suaviza cualquier aspereza y, al mis­ mo tiempo (cosa verdaderamente prodigiosa) que aumenta el humor natu­ ral, seca lo superfluo y purifica lo corrompido. Hay quienes dan todos los días a los viejos una dracma de estos piñones para que la consuman des­ pués de las comidas. Y otra más añadiría yo, con el estómago vacío, o un trozo de piñonate fresco, todavía caliente y dorado. Prepararás también un electuario de la siguiente manera: toma cuatro onzas de almendras dulces y otras tantas de piñones, dos onzas de pista­ chos, una de semillas de sandía, una de avellanas descascarilladas. Tritú­ ralo todo, cuécelo con azúcar blanquísimo al que habrás añadido una dracma de jengibre fresco y aromatizado, media dracma de azafrán, un tercio de dracma de almizcle y otro tanto de ámbar. Rocía el azúcar con agua de toronjil, es decir, de cidronela, y de rosas. Añade a todo esto mu­ chas hojas de oro. Con el consumo diario de este preparado los ancianos conseguirán una vida más fuerte y más longeva. Pueden tomarlo bien du­ rante las comidas o bien algunas horas antes. Será incluso más útil si jun­ to con este preparado beben un poco de vino blanco aromático. En las es­ taciones más cálidas prolongará la vida de los ancianos el azúcar de rosas junto a hojas de oro y mirobálanos aromáticos. Nadie duda de que, en el caso de personas y de estaciones húmedas, sirve para este mismo fin la triaca, acerca de cuyo uso hemos hablado ya por extenso. Ni nadie nega­ rá tampoco que les ayudarán también mucho las raíces de la énula cam­

pana y las del ben, tanto las blancas como las rojas, sobre todo cuando es­ tán frescas -las primeras consumidas como alimento, las segundas tam­ bién como aroma- y todas las cosas que son sencillamente cálidas y hú­ medas y, al mismo tiempo, aromáticas y también astringentes y a la vez grasas. Y por cierto, los ancianos deben consumir habitualmente zumo de regaliz de primera calidad. Se nos dice, en efecto, que el regaliz es muy parecido al calor y al humor del cuerpo humano y que es útil además en algunos de los achaques propios de la vejez. Sean también alimentos ha­ bituales la leche de almendras y el almidón, el azúcar y las uvas pasas. No ya tan sólo para detener el avance de la vejez, sino también para retrasarla recomienda Rhazés calurosamente una trifera preparada a base de mirobálanos indios, émblicos y berílicos y también los mirobálanos in­ dios cocidos con azúcar26. Avicena alaba la trifera de mirobálanos, tanto la mayor como la menor, y también una preparación de limaduras de hierro, y mejor aún si son de oro. Para mantener a raya los achaques de la vejez prescribe masticar todos los días mirobálanos, sobre todo los québulos, convenientemente preparados. Has de saber que los mirobálanos tienen muchas virtudes. La prime­ ra es aquella merced a la cual se seca de admirable manera el humor su­ perfluo, de modo que preserva de la canicie. La segunda es que recoge el humor natural y protege tanto de la corrupción como de la inflamación, de suerte que prolonga mucho la vida. La tercera es aquella por la cual, gra­ cias a su poder astringente y aromático, mantiene unidos, nutre y refuerza el espíritu natural y el animal. Tal vez por todo esto habrá quien crea que el árbol de la vida del paraíso terrenal fue un mirobálano. Resultados bastante parecidos obtienen el oro y la plata, el coral y el espodio y las piedras preciosas, también cuando en lugar de la propiedad aromática aportan la capacidad de despejar. Tú, por tu parte, recuerda que, como hemos explicado más arriba, los perfumes protegen nuestra vida so­ bre todo cuando, junto con una cierta fuerza aromática, son a la vez hú­ medos y cálidos y poseen una viscosidad grasa, adaptada al desarrollo. Así son, en primer lugar, las raíces de ben, tanto las blancas como las rojas, so­ bre todo cuando están frescas o, al menos, cuando junto con una cierta vir­ tud sutil, fragante y penetrante, tienen una sustancia densa y una propiedad muy astringente. Entre las sustancias cordiales de naturaleza fría esta com­ binación parece darse ante todo en los mirobálanos y en el ámbar, luego en las rosas y en el zumo y la simiente del cidro, en tercer lugar en el sánda­ lo, en el cilantro y el mirto y en otras plantas parecidas. Entre las sustan­ cias cordiales de naturaleza cálida vemos que está presente en la zedoa- ria27, en la madera de áloe, en la corteza de cidro, en las especias, en la nuez moscada, en el macis, en el olíbano, en la almáciga, en la dorónica y también, en fin, en la salvia.

Afirma la tradición que el ámbar y el almizcle poseen propiedades as­ tringentes. También el jengibre, en virtud de su peculiar humedad, ayuda con frecuencia a los ancianos, sobre todo cuando es fresco y ha sido sazo­ nado. Pero, al igual que las especias, parece que ha de consumirse con cau­ tela, a causa de la intensidad de su calor. Esta misma cautela ha de apli­ carse al consumo de la zedoaria, aunque se la considera parecida a la triaca y tiene una naturaleza astringente y a la vez grasa, sumamente adecuada para los viejos. El ámbar, al tener un calor más bien moderado, puede to­ marse de ordinario con tranquilidad. Posee, además, en virtud de la visco­ sidad unida a su sutiliza astringente, la prerrogativa de reforzar la vida en los miembros y en los espíritus. Por esta razón, si se extrae de él un agua con la que se lava la piel, restablece la cuarta digestión y aleja las enfer­ medades que se producen precisamente cuando ésta falta. Los aromas que tienen una sustancia muy sutil, como la canela y el azafrán, deben ser mez­ clados con cordiales fríos y más duros. De hecho, si los aromas son sola­ mente cálidos y sutiles y se toman solos, excitan demasiado el calor natu­ ral y disuelven el humor. Son, de todos modos, necesarios tanto para la digestión de los alimentos más fríos y húmedos como para transportar los cordiales duros a las zonas próximas al corazón. No debe pasarte inadvertido que el humor necesario para la vida se encuentra en primer lugar en el corazón y en sus venas y arterias, como en­ seña claramente Isaac25. Y, como demuestra Avicena, este humor está a menudo bañado y alimentado por el humor natural de los otros miembros. Por esa razón es necesario mantenerse atentos para que no se seque el hu­ mor de algún miembro, y mucho más aún para que no disminuya también, y a la vez, el humor de las visceras precordiales. Para que todos los ali­ mentos, los fomentos y los cordiales sean transportados con abundancia, incluso a través de canales estrechos, hasta las dichas entrañas precordia­ les, añade a todas estas cosas azafrán. Para que se conserven, recurre a los mirobálanos. Y para alcanzar, en fin, ambos efectos, toma, de entre los aro­ mas cálidos, el almizcle y el ámbar y, de entre los fríos, las rosas y el mir­ to. Recuerda que el hinojo dulce ayudará a los viejos, pues de hecho di­ funde los alimentos por los miembros y, por aquella misma virtud que aumenta la leche, aumenta también el humor natural. Por este motivo dice Dioscórides que gracias al hinojo se libran las serpientes de un año de ve­ jez. Tenemos también en alta estima a la salvia, porque calienta de mane­ ra equilibrada (temperate), refuerza la virtud natural y mantiene alejada la parálisis. Aprobamos igualmente el uso moderado del jengibre preparado, porque posee una naturaleza pingüe y cálida. Todos aprecian el oro por encima de cualquier otra cosa como la más equilibrada de todas ellas y la más inmune a la corrupción. Está con­ sagrado al Sol a causa de su esplendor, y a Júpiter por su naturaleza tem-

piada. Puede, por tanto, templar maravillosamente el calor natural con el humor, preservar a los humores de la corrupción e infundir en los miem­ bros y en los espíritus las virtudes propias del Sol y de Júpiter. Ello no obstante, todos desean que la sustancia durísima del oro sea más sutil y de más fácil penetración. Saben, en efecto, que los cordiales restablecen la virtud oculta del corazón, sobre todo cuando la naturaleza no se fatiga nada al atraerlos. Para reducir esta fatiga al mínimo posible, deben ser presentados y convertidos en sutilísimos o unidos a algún elemento su­ mamente sutil. Consideran que la mejor solución para ello sería conver­ tir al oro en potable sin necesidad de mezclarlo con ninguna otra sustan­ cia. Y si esto no es posible, quieren que se le consuma triturado y reducido a hojas. Tendrás oro casi potable con el siguiente procedimiento: recoge flo­ res de borraja, de buglosa, del toronjil que llamamos cidronela. Y cuando la Luna entra en el León o en el Carnero o en el Sagitario y mira al Sol o

a Júpiter, cuécelas con azúcar blanco disuelto en agua de rosas y añade con cuidado tres hojas de oro por onza. Bébelo todo en ayunas y con un vino dorado. Bebe igualmente la sopa de capón destilada al fuego o consumida de otra manera junto con julepe de rosas en el que habrás desmenuzado previamente algunas hojas de oro. Apagarás por añadidura con agua purí­

sima de manantial oro incandescente, desmenuzando dentro hojas de oro. Mezcla en proporción adecuada este agua con vino de color áureo y come, junto con esta bebida, una yema de huevo fresco. Conservarás fácilmente el humor en todo el árbol del cuerpo si consi­ gues conservarlo en las raíces. Toma, pues, el corazón, el hígado, el estó­ mago, las criadillas y el cerebro de gallinas, pollos y capones; cuécelo to­ do en poca agua y con poquísima sal. Cuando esté todo cocido, tritura toda la carne, el jugo y el azúcar y añádele la yema de un huevo fresco. Haz con ello una torta condimentada y dorada con canela y azafrán en pequeñas cantidades. Lo comerás cuando tengas apetito, al menos una vez cada cua­ tro días, solo, con la única compañía de vino limpio como bebida.

A menudo, inmediatamente después del décimo septenario, y a veces

también después del noveno, al aridecerse poco a poco el humor, comien­ za a secarse el árbol del hombre. En tal caso, lo primero que debe hacerse es regar este árbol humano con líquido humano juvenil para renovar su vi­

gor. Elige, pues, una mujer joven, sana, hermosa, alegre, de complexión templada, succiona ávidamente su leche cuando la Luna está en creciente

y come inmediatamente después una pequeña cantidad de polvo de hino­

jo, debidamente preparado con azúcar. El azúcar impide, en efecto, que la

leche se coagule o se pudra en el vientre. El hinojo, por su parte, al ser su­ til y amigo de la leche, la difundirá entre los miembros.

A quienes están consumidos por la fiebre éctica29 senil, los médicos

intentan curarlos y ayudarlos con un destilado de sangre humana, obteni­ do al fuego con arte sublime. ¿Qué impide, pues, restablecer de vez en cuando con esta misma bebida a quienes están ya consumidos por la ve­ jez? Es opinión común y antigua que ciertas viejas hechiceras, a las que el vulgo llama brujas, chupan la sangre de los niños para rejuvenecer sus fuerzas. ¿Por qué nuestros ancianos, cuando ya no tienen a mano ningún otro remedio, no han de poder chupar la sangre de un jovencito? Me re­ fiero a un jovencito que otorgue su consentimiento, que sea sano, alegre, de complexión templada, que tenga sangre excelente y tal vez demasiado abundante. Chupen, pues, como las sanguijuelas, una o dos onzas de una vena del brazo izquierdo apenas abierto y tomen inmediatamente después otra tanta cantidad de azúcar y vino; háganlo cuando sientan hambre y en Luna creciente. Si tienen dificultades para digerir la sangre cruda, cuézan- la primero junto con azúcar o mézclese con azúcar y destílese poco a po­ co sobre agua hirviente y bébase a continuación. En este caso, también sir­ ve de ayuda calentar el estómago con sangre de cerdo. Y sería sin duda oportuno empapar con esta sangre que brota de la vena de un cerdo una es­ ponja humedecida en vino caliente y acercarla inmediatamente después y, todavía caliente, al estómago. Galeno y Serapión afirman que la mordedura de un perro rabioso se cura con sangre de perro, pero no explican las causas30. Tras haber refle­ xionado sobre el tema durante dos días, he llegado a la conclusión de que la saliva venenosa de un perro rabioso, cuando penetra en el pie herido de una persona, asciende poco a poco, a través de las venas, hasta el corazón, como un veneno, si no hay algo que lo ataje. Si, pues, la persona que ha si­ do mordida por un perro rabioso bebe en el ínterin la sangre de otro perro, esta sangre cruda permanece durante muchas horas en el estómago, que acabará por eliminarla, como elemento extraño, a través del bajo vientre. Mientras tanto, esta sangre de perro lleva al estómago, antes de que alcan­ ce las visceras precordiales, aquella saliva del perro que atenaza los miem­ bros superiores. Pues, en efecto, por un lado la sangre del perro tiene la fa­ cultad de atraer la saliva canina y, por otro, la saliva posee la virtud de seguir a esta sangre. Por consiguiente, el veneno, alejado del corazón y mezclado con la sangre estacionada en el bajo vientre, es conducido, junto con la sangre, hacia los miembros inferiores y mantiene así incólume al hombre mordido. ¿A qué viene todo esto? En primer lugar, a poner de ma­ nifiesto la causa que subyace bajo un fenómeno tan misterioso, relacionado con el tema de nuestra exposición. En segundo lugar, a recordar que la san­ gre puede beberse con efectos saludables y que la sangre humana posee la propiedad de atraer a la sangre humana y de discurrir juntas. Y así, no du­ darás de que la sangre juvenil bebida por un anciano puede llegar a las ve­ nas y a los miembros y allí le servirá de grandísima ayuda.

Es buena cosa que quien ha llegado a una vejez avanzada recuerde que a una naturaleza débil no se la debe fatigar con el peso de los alimen­ tos ni se la debe empujar en direcciones opuestas con una excesiva diver­ sidad de viandas. Incluso la edad juvenil se toma presto vieja a causa de este error. Distribuyan, pues, las comidas y restauren las fuerzas de su na­ turaleza no con comidas abundantes, sino numerosas y espaciadas, con los intervalos necesarios para la digestión. A menudo, cuando el estómago ya ha digerido los alimentos, pero no lo ha hecho aún el hígado, la ingestión de nuevos alimentos distrae y fatiga a la naturaleza y, si este cansancio es frecuente y poco menos que habitual, sobreviene una vejez prematura. En el invierno, los viejos, como las ovejas, buscan los lugares soleados, y en verano, como los pájaros, buscan paisajes amenos y cruzados por riachue­ los. Recréense a menudo entre plantas verdeantes y de suave aroma pues éstas, viviendo y respirando, contribuyen a acrecentar el espíritu del hom­ bre. Busquen refugio en los parajes que suelen ser preferidos por las abe­ jas, saboreen la miel del invierno, pues la miel es de hecho un alimento que les conviene en primer lugar a los ancianos, salvo que se tema una infla­ mación biliar. Es adecuado el queso muy fresco; son adecuados los dátiles, los hi­ gos, las uvas pasas, las alcaparras, las granadas dulces, las yuyubas, el hi­ sopo, la escabiosa, la ruda, pero mucho más aún los pistachos y, por enci­ ma de cualquier otra cosa, como ha hemos dicho, los piñones. Se obtendrá muy gran ayuda de todos estos alimentos si, antes de consumirlos, se les ha mantenido en agua tibia durante doce horas, de modo que no dañen al estómago, y si, además, cuando se les consume, se pasea entre pinos, oli­ vos y vides o se olfatean al menos los vapores y la fragancia de los pina­ res. De parecida manera, la goma y las lágrimas del pino, mezcladas con aceite y vino, calman a menudo los dolores corporales. Es, en efecto, pro­ bable que los árboles dotados por la naturaleza de larga vida, sobre todo los que se mantienen verdes también en el invierno, ayuden a prolongarte la vida dilatada con su sombra, sus vapores, sus frutos nuevos, su madera, cuando se usan todas estas cosas de un modo apropiado y a su debido tiem­ po. De los animales longevos hemos hablado ya antes. A este mismo re­ sultado te llevará pasar mucho tiempo con personas sanas de complexión parecida a la tuya igualmente sana en el entorno de tus amistades, y tal vez incluso en mayor medida si son algo más jóvenes que tú. Deberíamos pre­ guntar al casto Sócrates si es cierto que la compañía de los jóvenes contri­ buye a retrasar un tanto la vejez. Pero consultad solícitamente, ancianos, más que a Sócrates a Apolo, que tuvo a Sócrates por el más sabio de los griegos. Consultad también a Júpiter y a Venus. El mismo Febo, inventor de la medicina, os dará nuez moscada para restablecer el estómago; Júpiter y Febo la almáciga y la

menta; Venus, por su parte, el coral. Para curar la cabeza, Febo os dará la peonía, el incienso, la mejorana y, junto con Saturno, la mirra. Júpiter os concederá el espinacardo y el macis; y Venus, en fin, el dulce hinojo y el mirto. Para sostener el corazón, tomad de Febo la cidronela, el azafrán, la madera de áloe, el incienso, el ámbar, el almizcle, la dorónica31, un poco

de clavo, corteza de cidro, canela; de Júpiter el lirio, la buglosa, la albaha- ca, la menta y las raíces del ben, tanto las blancas como las rojas; de solo Venus, el mirto, el sándalo y la rosa; y de Venus y Saturno, el cilantro. Ma­ chacad cuidadosamente todas estas hierbas y preparad en forma de cata­ plasma, con aceite de membrillo, las que afectan al estómago. Rociad las que se relacionan con la cabeza con aceite de espiga de trigo y untad con

él la cabeza, las sienes y la frente. Y salpicad, en fin, las que afectan al co­

razón con agua de rosas y acercadlas desde el exterior a las visceras pre­ cordiales. Pero no me explico cómo hemos podido dejar de lado el hígado, necesario, sobre todo, para la producción de sangre. Este órgano será ayu­

dado por Febo con eupatorio-12y opobálsamo33 y por Júpiter con pistachos

y uvas pasas; también por Venus con la anémona hepática, la endivia, el

espodio y la achicoria. Para curar, en fin. el bazo, aquel Saturno vuestro os dará, junto con Júpiter, las alcaparras, la escolopendra y el tamarisco. Jú­ piter y Venus curan, juntos, la vejiga con el pino, el regaliz, el almidón, las semillas de sandía, la malva, el malvavisco, la hierba del maná y la casia.

No huyáis, ancianos, de Júpiter, a quien deben temer más bien los otros. Este planeta, en efecto, cuanto más extraño es para los jóvenes, tan­ to más familiar os será a vosotros. Para que revivifique y refuerce al má­ ximo posible también vuestro cuerpo, tomad de vez en cuando de él, cuan­ do reina, e igualmente de Febo, mumia34 y pulpa de oca asada. Untadlo todo con un poco de grasa de oca; machacadlo cuidadosamente; cocedlo con miel de mirobálanos québulos e indios; sazonadlo con ámbar, almiz­ cle y azafrán. Confiad en que estas cosas os ayudarán más que ninguna otra, persuadidos de que la confianza es el alma de las medicinas que son de utilidad para la vida. Por su medio confiáis, en efecto, en que Dios os será favorable a vosotros, que dirigís a él vuestras súplicas, y en que las cosas por él creadas, y sobre todo las celestes, poseen un poder maravillo­ so para acrecentar y conservar la vida. Pero ahora os alejo, ancianos, de estos severos númenes y os acerco un poco a Venus a través de jardines y praderas verdeantes. Os convoco a todos junto a la divina Venus, que no se burla de vosotros sino que bromea. Recita, digo, tanto para vosotros como mí, ya viejo, este oráculo jocoso:

«Yo os he dado, hijos míos, por si acaso lo ignoráis, la vida con el placer

y el movimiento. También, pues, con cierto placer y movimiento, aunque

no iguales a los primeros, os la conservaré. Y os la conservará, con su li­

bertad, también Libero, plantador de vides y difundidor de vida: libre él

mismo, siente odio hacia los esclavos y aquella vida que promete con el vino se la concede, larga, sólo los hombres libres. Ayudó en verdad a mi vida y a mi mente, en el tiempo del reinado de Saturno, la menta menor [el pene], que todavía hoy me place. A vosotros os ayuda, en cambio, para la mente y para la vida, la menta mayor, y os perjudica, por el contrario, la menor. Recoged de mis jardines la risa, dejad de lado el higo. Cuando re­ cogéis estas violetas, pensad que recogéis lirios, cuando tomáis un lirio, que recogéis también azafrán. Fue el mismo Júpiter quien, del azafrán re­ cibido como don de Febo, hizo que naciera y se propagara el lirio. Yo re­ cibí de Júpiter el lirio y lo transformé en las violetas que veis. Sea, en fin, para vosotros la rosa lucero matutino y lucero vespertino el mirto». Después del oráculo, sobre el que desea que reflexionemos, nos ha­ ce saber que la naturaleza de las cosas verdeantes, mientras se conservan verdes, no sólo es viva, sino también joven, y que rebosa, por tanto, de humor sano y de espíritu vivaz. Y así, a través del olfato, de la vista, la costumbre y la frecuentación, hace penetrar en nosotros el espíritu juve­ nil. Paseando, pues, entre verdeantes plantas, indagamos al mismo tiem­ po la causa por la que el color verde restablece, mejor que ningún otro, la vista y transfiere una impresión a la vez placentera y saludable. Y aca­ baremos descubriendo, al fin, que la naturaleza de la vista es luminosa y amiga de la luz, aunque lábil, y que se dispersa fácilmente. De ahí que, mientras se dilata por la luz, dado que es siempre su amiga, a veces es como arrebatada por un cierto oleaje luminoso excesivo y mengua por la fuerte dilatación. Huye luego, obviamente, de las tinieblas como de enemigos y por eso retrae sus rayos a un espacio reducido. La vista desea disfrutar de la luz, de modo que se vea acrecentada y reforzada por medio de esta amiga su­ ya, pero sin llegar por eso a quedar destruida. De hecho, en cualquier co­ lor, cuando lo negro y oscuro superan a lo luminoso, el radio visivo no se amplía ni, por tanto, se deleita tanto como querría35. Cuando, por el con­ trario, predominan los colores claros y luminosos sobre los oscuros, el ra­ dio de visión, distraído por una cierta voluptuosidad nociva, se extiende hasta abarcar espacios dilatados. Por eso, el color verde, que combina me­ jor que ningún otro en su justa medida (temperatius) el negro con el blan­ co, es mejor que el uno y el otro y deleita y conserva a un mismo tiempo36. Y, además, en virtud de su naturaleza delicada y tierna, resiste, como el agua, sin ofenderlos, los rayos de los ojos, para que no se dispersen yendo más lejos. De hecho, las cosas duras y a la vez ásperas quiebran en cierto modo los rayos, mientras que las muy tenues abren el camino hacia la di­ solución. Pero las que tienen una cierta consistencia y a la vez una super­ ficie pulida y uniforme, como los espejos, ni quiebran los rayos ni permi­ ten que se dispersen más lejos. Y las que, en fin, además de estas

características, son tiernas y blandas, como el agua y los objetos verdes, complacen, por su blandura, a los rayos líquidos de los ojos. En definitiva,

la vista no es sino un rayo encendido por la naturaleza en nosotros en una

cierta agua de los ojos y busca una luz templada en un agua que en cierto modo es opuesta a ella37. Se alegra, por tanto, con el agua, encuentra de­ leite en los espejos acuiformes, se recrea en las cosas verdes. Y es induda­ ble que la luz del sol presente en los objetos verdes tiene en sí un humor

primaveral y un agua sutil plena de una luz recóndita. De aquí se deriva

asimismo el hecho de que el color verde, cuando se atenúa, se resuelve en

el amarillo. ¿Para qué todas estas cosas? Para que comprendamos que la utiliza­

ción frecuente de cosas verdes, justamente porque restablece el espíritu de

la vista, que de alguna manera es eminente en el espíritu animal, restable­

ce también este último. Y recordaremos además que si el color verde, por

el hecho de ocupar un grado medio en la escala cromática y de ser el más

templado, sirve de gran ayuda al espíritu animal, mucho más ayudarán al espíritu natural y vital las cosas de cualidades muy equilibradas y nos se­ rán de gran utilidad para la vida. No hay nada en el universo más armo­ niosamente compuesto (temperatius) que el cielo, ni nada bajo el cielo es­ tá más equilibrado (temperatius) que el cuerpo humano, ni nada en este cuerpo tiene mayor equilibrio (temperatius) que el espíritu. Así pues, la vi­ da que permanece en el espíritu se sostiene y refuerza por medio de cosas equilibradas. Y mediante estas cosas equilibradas (res temperatae), se ha­ ce el espíritu semejante a las realidades celestes. La equilibrada composición (temperie) del verde (que, cuando ilumi­ na, a un mismo tiempo recoge y dilata el espíritu animal y, por tanto, le

presta grandísima ayuda) nos enseña que también nosotros, al elegir, com­ binar y usar los cordiales, debemos mezclar las sustancias aromáticas y su­ tiles y penetrantes, que suelen distender o también iluminar el espíritu, co­ mo hacen el azafrán y la canela, con los aromas siempre astringentes y adicionantes, como los mirobálanos y otros parecidos, y a la inversa. Y tampoco debemos descuidar las cosas que. incluso sin intensidad aromáti­ ca, producen ambos efectos, esto es, que dilatan algo, recogen bastante e iluminan mucho, como hemos expuesto en otro lugar -un efecto propio del oro, de la plata, del espodio, del coral, del ámbar, de la seda, de las piedras preciosas, entre las que tenemos en gran estima al jacinto, retenido en la boca, gracias a su composición equilibrada (temperies), tomada de Júpi­ ter-. Dado que, en efecto, no pueden generarse bajo tierra cosas bellísimas

y poco menos que celestiales sin un cierto influjo máximo por parte del

cielo, es probable que en cosas tales estén presentes y actúen maravillosas virtudes celestes. Una composición de tal índole que, al mismo tiempo que dilata e ilumina el espíritu, lo recoge, lo deleita y lo restablece intema-

mente, del mismo modo que fuera las cosas verdeantes, como el laurel, el olivo y el pino, que se mantienen verdes incluso en el invierno, deleitan y restituyen la vista y la conservan largo tiempo, también en los ancianos, en una cierta frescura natural. Y tanto más produce este efecto cuanto que ac­ túa también internamente, y lo hace en grado máximo si dicha composi­ ción inflama con su perfume aromático y deleita con su sabor. Pues efec­ tivamente, al igual que el cuerpo, que se compone de las partes más pesadas de los humores, se reduce a una quinta forma, así también el espí­ ritu. que está constituido por las partes más sutiles de los mismos humo­ res, posee una quinta forma naturalmente equilibradísima (temperatissi­ ma), esplendente y, por tanto, celeste. Yjustamente en esta forma ha de ser conservado para que sea sutil y a la vez estable y firme, como ya hemos dicho. Que sea totalmente luminoso y también, y en cierto modo, sólido. Que sea, además, incesantemente restaurado con cosas fragantes, sólidas y luminosas, si deseamos conservar la vida que vive en el espíritu y reivin­ dicar para nosotros los dones del cielo. Tras haber considerado todas estas cuestiones por orden de Venus, deberemos pensar que hemos escuchado a Venus en persona. Mientras Venus conversaba por así decirlo personalmente de esta gui­ sa entre ios viejos, hasta aquel momento con gracia y donosura -aunque es verdad que a continuación tal vez habría hablado en demasía- Mercurio, inventor de la palabra y protector de la elocuencia, interrumpe el discurso en estos términos58: «¿Qué tenéis que hacer vosotros, ancianos, con esta Venus siempre jovencita? ¿Ni qué tiene que hacer Venus con su perorata? ¿No son acaso los discursos a la vez míos y vuestros? ¿No es acaso el ra­ zonamiento (ratio) tan mío como vuestro? Escuchadme, pues, con la mis­ ma atención, o mejor aún, con una atención mucho mayor que la que ha­ béis prestado a Venus. Sabéis bien que son cinco los canales de la sensibilidad: vista, oído, olfato, gusto, tacto. Aprended, pues, que son tam­ bién cinco los canales (por así decirlo) de la razón (rationes). Pues en efec­ to, mientras vuestra alma adquiere todos los días conocimientos a través de estos cinco sentidos, y a partir de aquí conoce la naturaleza (ratio) de las cosas, resultan ser cinco, como cinco razones, las nociones y los modos de referirse a las cosas que se han de juzgar. Además, así como son cinco los sentidos y, por tanto, también son, en cierto modo, cinco las razones, así también el curso de la vida viene a disponerse en cinco grados con respecto al sentido y a la razón. Se enumeran, pues, cinco edades: la primera es mo­ vida únicamente por el sentido, la segunda es mucho más atraída por el sentido que guiada por la razón: después de ésta, la tercera se deja persua­ dir alternativamente y por un igual por la razón y por el sentido, la cuarta se guía más por la razón que por el sentido y la quinta, en fin, debe ser go­ bernada únicamente por la razón. Por tanto, la primera y la segunda edad,

como sujetas a Venus, que escuchen, si así les place, los discursos de Ve­ nus, pero escuchen las restantes a Mercurio. Me dirijo, pues, a todos vo­ sotros, que os halláis en esta edad última, no tan sólo en mi nombre sino también en el de Diana, a la que veis aquí a mi izquierda. Y dado que, mientras ella es muda, hablo yo dos lenguas, con razón hablo también en nombre de ella, pues domino su idioma. »Venus ha puesto en vosotros un solo placer, y en verdad dañoso, con

el que os dañaríais a vosotros mismos, mientras ayudaríais a los venideros,

consumiéndoos poco a poco como a través de una úlcera oculta, llenando

y generando con vuestros humores otro ser y entregándoos al fin a la tie­

rra como viejo caparazón de cigarra ya exhausta, para dar en pensar mien­

tras tanto en una cigarra más joven. ¿No advertís que lo que Venus genera

a partir de nuestra materia es algo fresco, vivo y dotado de sensibilidad?

Os arrebata a escondidas la juventud y la vida y la sensibilidad, me atre­ vería a decir que el cuerpo entero, a través del placer de todo el cuerpo, pa­ ra hacer un cuerpo distinto, entero y vivo. Por tanto, teniendo yo conoci­ miento de la calidad de la materia que queda después de la cuarta digestión, os recuerdo que los alimentos digeridos en esta última son de

grandísima ayuda para vuestra vida: así, por ejemplo, un huevo fresco, en­ tero, que se ha de sorber con azúcar y una pizca de azafrán, o la leche hu­ mana o de cerda o de cabra bebida con un poco de miel. Ambos alimentos son más saludables cuando conservan todavía su calor original. Y si pare­ ce que el huevo necesita aún otra digestión, sobre todo si el estómago es un poco débil, se le cuece, aunque poco. «Pero, para retornar un momento a Venus, si alguna vez la habéis visto, la habréis visto muy joven, con tanto maquillaje y aderezos como poco menos que una meretriz. Ésta, pues, que es siempre nueva, busca siempre lo nuevo y odia lo viejo. Destruye las cosas ya hechas para cons­ truir las que se han de hacer. Y también, si se me permite decirlo, al mo­ do de una meretriz, no se contenta con un hombre solo, sino que quiere la multitud y, para hablar a la manera de los dialécticos, más se cuida de la especie que del individuo. Y ya no os turba solamente el tacto, sino que día tras día os engaña también el gusto y, tras haberos engañado, os condena a la ruina. En realidad es esta Diana la que os ofrece, como don de Apolo y Júpiter, los sabores que sentís en las cosas degustadas con un cierto equilibrio moderado (temperie). Es, en cambio, la insidiosa Venus la que fabrica los maravillosos halagos de los sabores de los que estáis presos cada día como de un amo y, míseros, a escondidas perdéis la vi­ da. ¿Por qué, pues, acusáis a Marte? ¿Por qué a Saturno? La verdad es que muy raras veces os causa daño Marte, y no a escondidas. También Saturno muestra con bastante frecuencia un rostro hostil, pero daña más bien lentamente y a nadie le niega tiempo para buscar remedios. Sólo Ve-

ñus se manifiesta abiertamente como amiga, mientras que ocultamente es enemiga. Acusad, pues, más bien a ésta, si es licito lanzar acusaciones contra alguno de los dioses. Ante sus múltiples insidias, procuraos por vosotros mismos, por una parte, los ojos de Argos y armaos, por la otra, con el escudo de Palas. Cerrad los oídos a sus muelles promesas como a los cantos de las sirenas portadoras de muerte. Y aceptad, en fin, de mí esta ñor de la providencia con la que podréis escapar de todas las enfer­ medades mortales de esta Circe. Ésta os promete graciosamente, más que abundantes dones, tan sólo dos placeres, ambos mortales. Yo, por mi par­ te, con el favor del padre y del hermano, os prometo cinco, os aseguro cinco, puros, permanentes, saludables. Uno de ellos, el más bajo, reside en el olfato, otro, superior, en el oído, otro, aún más elevado, en la vista, todavía uno más, más destacado, en la imaginación, y el último y más ex­ celso y divino en la razón. Cuanto mayor es el placer que se encuentra en el tacto y el gusto, tanto más grave es el daño que de ordinario acae­ ce de improviso en la vida. Y al contrario, cuanto mayor es el placer que gustáis cada día en el olfato, en el oído y en la vista, e igualmente en la imaginación y con frecuencia en la razón, otro tanto más largos hacéis los hilos de vuestra vida. »Pero del mismo modo que os he amonestado a precaveros de la do­ losa Venus en las seducciones del tacto y del gusto, guardaos también de Saturno en el placer, más secreto, de una contemplación demasiado asidua de la mente, pues en esta actividad a menudo devora a sus hijos. Aquéllos, en efecto, a quienes arrebata con la seducción de sus más altas contempla­ ciones y los reconoce en ellas como suyos, a éstos, a veces, si se quedan durante demasiado tiempo, con una hoz los separa de la tierra y a menudo arrebata la vida terrena a estos incautos. Es, con todo, más benigno que Ve­ nus, al menos en el sentido de que mientras Venus dona a un tercero la vi­ da que te arrebata a ti, sin darte nada en compensación por el daño causa­ do. Saturno, a cambio de la vida terrena de la que te separa, y estando él mismo separado, te da una vida celestial y eterna. Venus y Saturno -el cual, sin duda, tanto goza en Acuario como reina en la Balanza- parecen ser semejantes entre sí en que tanto la una como el otro atormentan a los humanos con el placer de generar y dañan a los atormentados para ayudar así a la posteridad. Pero ésta fecunda el cuerpo fértil y estimula el cuerpo fecundo, mientras que aquél incita a que dé a luz la mente fecundada con su semen. Vosotros, pues, recordando el proverbio que dice que ‘es mejor no exagerar’3'’, mantened a raya constantemente con los frenos de la pru­ dencia el placer de ambos por procrear. De todos modos. Saturno daña con mucha mayor rapidez y más hondamentete a los que oprime con el tedio, el torpor, la tristeza, las preocupaciones, las supersticiones, que no a aque­ llos otros que él mismo eleva a las realidades sublimes que sobrepasan la

capacidad de los cuerpos y de los hábitos de los mortales. Pero tened siem­

pre presente, os aconsejo, aquello que el justo Júpiter enseñó a Pitágoras y

a Platón: que la vida humana se conserva en una cierta equilibrada pro­

porción del alma misma con el cuerpo y que de similar manera la una y el

otro se nutren y crecen con determinados alimentos y ejercicios adecuados

a cada uno de los dos. Si alguien hace que una de las dos partes sea mucho

más robusta que la otra, especialmente si lo lleva a cabo a través de su edu­ cación, causa un daño nada leve a la vida. Por tanto, todo el que, de entre

las cosas recomendadas por el arte médico, elige aquellas que ayudan a la vez al cuerpo y al espíritu, se garantiza el máximo provecho para su vida. Contad en el número de estas cosas el vino, la menta, el mirobálano, el al­ mizcle, el ámbar, el jengibre fresco, el incienso, el áloe, el jacinto y las pie­ dras y hierbas parecidas y los remedios que preparan los médicos para la utilidad de entrambos. »Pero, dejando de lado estos razonamientos tortuosos y demasiado prolijos, también yo, como médico, he llegado a esta misma conclusión. Si se recuerda que los sabores sacados de cosas ya no vivientes, e igualmen­ te los olores de aromas ya secos e inertes son muy útiles para la vida, ¿có­ mo poner en duda que los olores obtenidos de plantas todavía vivas y uni­ das a sus raíces pueden añadir, de maravilloso modo, vigor a la existencia? Y, en fin, si los vapores que brotan de una vida solamente vegetal propor­ cionan tanta ayuda a nuestra vida, ¿cuánto pensáis que podrán ayudar los cantos aéreos a un espíritu que es asimismo aéreo, los armoniosos a un es­ píritu armonioso, los cálidos y vivos a un espíritu vivo, los dotados de sen­ sibilidad un espíritu sensible, los concebidos con la razón a un espíritu ra­ cional? Os confío, pues, esta lira por mí mismo construida con la que canto

a Febo, consuelo en los trabajos, prenda de larga vida. Así como las cosas

de cualidades muy equilibradas (temperatissimae) y al mismo tiempo aro­ máticas equilibran (contemperant) tanto a los humores entre sí como al es­ píritu natural consigo mismo, así también los olores de esta índole actúan sobre el espíritu vital, y lo mismo los cantos armoniosos sobre el espíritu animal. Así pues, mientras templáis (temperatis) las cuerdas y acordáis los sones de la lira y los tonos de las voces, pensad también, y de parecido mo­ do, en templar (temperari) internamente vuestro espíritu. Y para no ser más avaro que Venus, que sin Baco es fría y flaca, recibid del padre Libe­ ro, por mi medio, este néctar40. Aquellos sobre todo de entre vosotros que sean fríos, tomen en las estaciones frías, dos veces al día, durante seis días, dos onzas de vino dulce, de viñas garnachas o malvasías, junto con una onza de pan, tres horas antes de la comida y una vez al día una drac­ ma de aguardiente destilado del vino, con media onza de julepe de rosas. Pueden asimismo emplear muy bien este licor para humedecer el cutis y para olfatearlo. Y para aportaros, después de este néctar, también la am-

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brosía, os entrego la siguiente medicina, recibida de Júpiter: tomad cuatro onzas de mirobálanos québulos, tres de azúcar de rosas, una onza de jengi­ bre condimentado si es invierno y sólo media si es verano. Coced a fuego suave estas tres cosas con miel de mirobálano émblico y guarnecedlo todo con siete hojas de oro. Tomad un bocado en ayunas cuatro horas antes de las comidas. Hacedlo todos los días al menos durante un año entero para que así 'se renueve vuestra juventud como la del águila’»41. Éstas han sido, más o menos, hasta aquí, a nuestro parecer, las palabras de Mercurio42. Informan los astrólogos que Venus y Saturno son enemigos entre sí. Pero dado que en el cielo, donde todo es movido por el amor, y donde no hay defecto alguno, no puede existir el odio, nosotros interpretamos esta «enemistad» en el sentido de que producen efectos opuestos. Dejaremos de lado, por el momento, todo lo restante. Bien. Ahora Saturno nos sitúa el placer en el centro y Venus, en cambio, en la circunferencia. El placer es, en cierto modo, un estímulo para los espíritus. Por tanto, desde posiciones opuestas. Venus y Saturno intentan echar el lazo al vuelo de nuestro espí­ ritu. Aquella lo incita con su placer hacia las realidades exteriores, éste, con el suyo, le llama hacia las más interiores. Si, pues, mueven al espíritu casi al mismo tiempo, le empujan en direcciones contrarias y lo disipan. Por este motivo, para quien se dedica a la contemplación y es ávido de sa­ ber, nada hay más dañoso que el acto venéreo y, a la inversa, para quien se dedica a éste de continuo nada puede haber más ajeno que la investigación y la contemplación. Nosotros, por nuestra parte, situamos en el mismo pla­ no a quien contempla las realidades de la naturaleza y al que contempla las cosas de la fe, y en un plano parecido a todos cuantos en sus quehaceres andan muy pensativos y se encuentran oprimidos por graves preocupacio­ nes. De aquí se deriva, por otra parte, que si queremos aliviar un poco o consolar de algún modo a alguien que está demasiado ocupado en la con­ templación saturnal o se encuentra oprimido por la inquietud, si intenta­ mos hacerlo con los actos, las diversiones y los juegos de Venus, nuestros esfuerzos serán baldíos e incluso perjudiciales, porque hemos acudido a re­ medios demasiado diferentes del mal. Y a la inversa, si queremos incitar a la moderación a alguien perdido a causa de Venus o que se deja enredar en sus juegos y pasatiempos, no será fácil que logremos corregirle mediante la severidad de Saturno. La mejor disciplina es invitar al justo medio a las personas que se alejan hacia la una o la otra parte, recurriendo a las ocu­ paciones y a los intereses de Febo o de Júpiter, que se encuentran a medio camino entre Saturno y Venus, o a remedios de este género. Pero para ser por una buena vez médicos, así como la llama se apa­ ga de ordinario de dos modos violentos -o por un soplo de aire o, al con­ trario, sofocada por las cenizas- así también el espíritu o lo disipamos rá­ pidamente por efecto de Venus o lo sofocamos poco a poco por efecto de

Saturno y, a menudo, comprimiéndolo, lo exprimimos o lo menguamos. El espíritu, si vuela con mucha frecuencia hacia las zonas más externas del cuerpo, deja a las más internas vacías o alejadas de la vida, mientras que si está constreñido a menudo a las partes íntimas convierte a las otras zonas corpóreas circundantes en menos aptas para la existencia. En re­ sumen. Venus lleva a una vejez precoz a nuestras zonas interiores y Sa­ turno a las más externas; pero Venus, de una manera más acentuada, por­ que a continuación de cualquier movimiento suyo el cuerpo fácilmente se debilita y cede. También Saturno contribuye en amplísima medida, porque a consecuencia del empeño en la contemplación o de los trabajos de una preocupación se tambalean las fuerzas del ingenio y las del cuer­ po. Y si alguien ha nacido ya sea para la contemplación o para el placer, de ordinario es por su misma naturaleza fortísimo a la hora de llevar a cabo las acciones para las que ha nacido. La naturaleza, en efecto, esta­ blece a menudo una conexión entre la capacidad, el placer y la facilidad. Que cada cual se conozca, pues, a sí mismo y sea su propio médico y mo­ derador. Pero quienes se proponen ser asiduos al coito consulten a otros médicos. A quienes pretenden cultivar su ingenio ya les he dado conse­ jos en el libro precedente. Deben recurrir, en suma, a todas las dietas y a todos los remedios que les permitan reforzar los miembros, los espíritus, los sentidos, el ingenio, la memoria. Han de interrumpir de vez en cuan­ do la actividad intelectual para reanudarla al cabo de un cierto intervalo, sin esperar a que aparezcan signos de fatiga, sobre todo cuando empie­ zan a encanecer, aunque hay quienes encanecen no por debilidad de la naturaleza, es decir, todavía jóvenes, sino bien a causa de una enferme­ dad anterior, o bien porque se parecen a sus progenitores, que les han en­ gendrado cuando ya eran viejos y canos. Para recuperar la juventud tal vez deba tomarse en consideración una norma de los caldeos: eliminar gradualmente los humores extraños de que está embebido el cuerpo humano, ya sean los más internos, con medicinas adecuadas, o los externos, con fricciones y lociones y provocando el sudor. Y, al mismo tiempo, rellenarlo poco a poco con alimentos salubres y que no se corrompen fácilmente. Hay quienes prometen echar completamente fuera todos los humores viejos y pútridos con ciertas píldoras preparada con víbora o con eléboro. Y, ya una vez liberados de estos humores y res­ tablecido un humor sanísimo con alimentos saludables, afirman que resti­ tuyen la juventud. Otros, más cautos, alimentan con eléboro a las gallinas y después con estas gallinas a los hombres. Entiendo que dado que esta cura es peligrosa, debe practicarse más en la juventud que en la vejez, salvo que deseemos experimentar en no­ sotros mismos la juventud prometida por Medea al anciano Pelias43. De hecho, Hipócrates afirma que también los jóvenes envejecen rápidamen­

te cuando toman medicinas que purgan bien, pero con mucha virulencia.

Cuando no baste la dieta, no tengas reparos en recurrir a las lavativas, o

a la hierba del maná, o al áloe, sobre todo si está lavado. Y si tienes el

bajo vientre más bien estreñido, utiliza el maná con sopa de capón y con

la virtud del mirobálano. Si te ocurre el caso contrario, te conservarás jo­

ven incluso en la vejez con la siguiente purga: toma una onza de áloe la­

vado, dos dracmas de mirobálanos émblicos y otras tantas de mirobála- nos québulos, dos dracmas de rosas rojas y otras dos de almáciga. Prepara píldoras con vino de malvasia cuando la Luna, en posición fa­ vorable, goce del aspecto propicio de Júpiter, sobre todo si ella misma o Júpiter ocupan su casa fija. Todas estas cosas contribuyen mucho de he­ cho a la obtención de una larga vida. Puedes también mezclar útilmente ruibarbo y áloe, por supuesto una mitad de áloe y la otra mitad de rui­

barbo, y, cuando lo necesites, toma por la mañana de una a tres píldoras,

o incluso hasta cinco, bebiendo después un poco de vino. Cuando lo que

más temes es, por el contrario, la pituita, puedes añadir oportunamente a

estas píldoras una tercera parte de agárico, junto con dos tercios de áloe,

y prescindir del ruibarbo. Vengo experimentando desde hace muchos

años que la primera composición consigue resultados muy seguros en to­ das las edades. Confecciona, en esta misma hora astrológica, un preparado del si­ guiente género: toma mirobálanos émblicos, berílicos, indios, québulos, una onza de cada uno de ellos, dos onzas de canela, una de dorónica, una de rosas rojas, dos de sándalo rojo, una dracma de azafrán, un tercio de dracma de almizcle y otro tanto de ámbar. Vierte sobre todo ello azúcar blanco con agua de rosas y zumo de cidro. Cuécelo, forma bocados y en­ vuélvelos en oro. Yo mismo he tomado este preparado y se lo he adminis­ trado también a otros, cuatro horas antes de las comidas, y hemos podido comprobar su utilidad como reconstituyente y para serenar y consolidar el espíritu. Prestará también gran ayuda beber un poco de vino dorado. Será asimismo útil mojar a menudo el pan caliente con vino dorado y agua de rosas y sazonarlo con un poco de canela y un poco de azúcar. Y será tam­ bién provechoso mezclar con frecuencia estos dos condimentos con leche de almendras y un poco de pan, pues de hecho estas mezclas restituyen una naturaleza jovial. Además de todo cuanto hemos explicado o al menos insinuado en las líneas anteriores, todos cuantos viven en ciudades deben guardarse cuida­ dosamente de lo siguiente: del calor estival, de las heladas, de todo frío nocturno que sobreviene después del calor diurno, de la niebla, de los vien­ tos que soplan desde un cenagal o que irrumpen desde lugares estrechos, lugares en los que el aire o se mueve con excesiva violencia o no se mue­ ve absolutamente nada, de toda habitación demasiado húmeda, de los olo­

res fétidos, del torpor, de la tristeza -mayor diligencia han de poner aún en estas precauciones los seguidores de Mercurio y en grado máximo los an­ cianos-. Éstos, además, tras haber llevado a cabo leves fricciones en todo el cuerpo por la mañana, úntenlo contra los daños del aire y de la fatiga con aceite caliente o con vino un poco áspero en el que previamente hayan ver­ tido mirra, rosas y mirto. Mantengan a menudo en la boca salvia, que es muy amiga de los nervios y de los dientes. Y cuando por falta de dentadu­ ra se vean forzados a tomar alimentos líquidos como los niños pequeños, deben precaverse de los alimentos más blandos. Consuman también leche, pero acompañada de la adecuada cantidad de vino. Utilicen el fuego úni­ camente como si se tratara de una medicina, es decir, tan sólo en la medi­ da en que lo requiera la necesidad de expulsar el frío y de provocar el ca­ lor innato, pues de otra forma, como devorador, lo consumirá todo, hasta secar incluso el humor natural. Sigan al Sol, hasta donde les plazca, como si fuera un alimento, pero evitando por un igual tanto los catarros como el calor intenso. Gusten, ya se entiende, de los movimientos fáciles, muy ne­ cesarios para producir calor. Huyan, en cambio, de las fatigas corporales y todavía más de las espirituales y eviten padecer durante mucho tiempo de sed, hambre o sueño. Leemos que en algunas regiones cálidas y de aire muy aromatizado por diversas fragancias son muchas las personas de complexión grácil y estómago débil que se alimentan poco menos que con solo los olores, tal vez porque la naturaleza misma del lugar reduce, por un lado, a olores ca­ si todos los jugos de las plantas, las mieses y los frutos y, por otro lado, re­ suelve en espíritu los humores de los cuerpos humanos. Y dado que am­ bos, esto es, el olor y el espíritu, son en cierto sentido vapores y lo igual se nutre de lo igual, no tiene nada de extraño el hecho de que tanto el espíri­ tu como el hombre espiritual obtengan su alimento sobre todo de los olo­ res44. En realidad, la nutrición por medio de olores o de un fomento, cual­ quiera que sea, Ies es necesaria ante todo y sobre todo a los ancianos y a las personas de constitución endeble, para poder compensar hasta cierto punto la ausencia de alimentos más sólidos y más sustanciosos. Hay, con todo, quienes ponen en duda que el espíritu se nutra de olores. Por mi parte, considero probable que puede mantenerse exclusiva­ mente de sustancias aromáticas, y ello hasta tal punto que si los alimentos densos no se convierten antes en sutiles o no son reducidos a vapores con la digestión, el espíritu mismo, del que acabamos de decir que es un vapor, no saca de aquí ningún elemento nutritivo. Por esta misma razón, el vino muy fragante recrea al instante el espíritu, mientras que sólo con mucha buena suerte y no escasa dificultad puede ser restituido por otros alimen­ tos. A aquel vapor en el que, en definitiva, se transforman los alimentos di­ geridos, lo llamamos olor porque también el olor, dondequiera se encuen-

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tre, es un cierto modo de vapor, y este vapor, extraído dentro de nosotros a partir de los alimentos, si no le place al espíritu por una cierta fragancia,

a duras penas proporciona algún nutrimento. Por eso estamos muy de

acuerdo con nuestro Avicena45cuando dice que el cuerpo se nutre de dul­ zura y el espíritu de una cierta (para emplear sus mismas palabras) aroma­ ticidad; porque la naturaleza densa del cuerpo sólo puede alimentarse de cosas de naturaleza asimismo densa, como la que se da en la dulzura. La naturaleza sutil del espíritu, en cambio, no puede restablecerse con otra co­

sa que no sea un humor o un vapor de fuerte la fragancia. A la naturaleza aromática la definimos como olorosa, penetrante y en cierto modo astrin­ gente. Por tanto, dado que es el hígado el que proporciona nutrientes al cuerpo por medio de la sangre, se refuerza sobre todo con sustancias dul­ ces; el corazón, en cambio, que genera el espíritu y le proporciona el nu­ trimento, desea precisamente cosas aromáticas. Es bueno, con todo, para

el corazón sazonar las sustancias dulces con aromas y para el hígado mez­

clar alimentos dulces con fragancias, pero evitando en todo caso lo exce­ sivamente dulce. ¿Y qué más? El propio Galeno46, siguiendo a Hipócrates, entiende que

el espíritu se nutre no sólo de olores sino también de aire: quiero decir de

un aire no simple, sino adecuadamente mezclado. Si de verdad nos fiamos de éstos, admitiremos que ni la elección de los alimentos ni ninguna otra cosa es tan importante para la vida como un aire adecuado a nuestra con­ dición. El aire, en efecto, que tan fácil y constantemente sufre la influen­ cia de las cualidades de los seres inferiores y la de los celestes, al circun­ damos con su, por así decirlo, inmensa amplitud, y al penetrar dentro de nosotros por todas partes con su continuo movimiento, nos muda maravi­ llosamente en su propia naturaleza; y actúa ante todo sobre el espíritu, y de forma especial sobre aquel espíritu vital que tiene su sede en el corazón, en cuyo interior se adentra, a veces sin pausa y otras de improviso, e in­ fluye así al instante sobre el espíritu, situándolo en la misma condición en que él se encuentra y, a través del espíritu vital, que es la materia y el ori­ gen del espíritu animal, influye de igual modo sobre éste último. En verdad, la calidad de este espíritu tiene una importancia determi­ nante para los hombres de ingenio que se empeñan mucho con él47: y, por consiguiente, a nadie más que a ellos les conviene tanto elegir un aire pu­ ro y luminoso, aromas y música. De hecho, se considera que estas tres co­ sas son los apoyos principales del espíritu animal. Tiene, sin duda, la má­ xima importancia para la vida un aire de buena calidad. Vemos, en efecto, que de entre los nacidos en el mes octavo son muchísimos los que sobre­ viven en Egipto y no pocos en las regiones templadas de Grecia, gracias al beneficio de un aire muy salubre, como informa Aristóteles y confirma Avicena4*. Pues ciertamente, del mismo modo que el cuerpo, compuesto de

varios elementos, debe nutrirse de diversos alimentos (aunque no en una misma comida), así también el espíritu, igualmente compuesto, debe ser recreado y sostenido con una cierta variedad de aires, en todo caso de bue­ na calidad, y restablecido día tras día con una parecida variedad de olores selectos. En realidad, tanto el olor como el aire parecen ser, en un cierto sentido, cuasi-espíritus. Los peripatéticos Alejandro y Nicolás concluyen, con Galeno, que el espíritu vital y el animal se alimentan tanto del olor como del aire, porque ambos son mixtos y acordes con estas cosas y ambos -es decir, el olor y el aire-, una vez absorbidos, penetran hasta las zonas más íntimas, son allí asimilados y adaptados a la vida y se difunden a través de las arterias. Una vez asimilados, nutren (como estos autores dicen) a los dos espíritus y. de manera especial al animal. Dicen además que el aire que se respira ayuda no sólo a refrescar el calor sino también a nutrirlo, pues también los ani­ males muy fríos respiran. Y añaden que el aire más pesado le sienta bien al espíritu natural, en cuanto que es más corpóreo, mientras que el sutil, puro y luminoso le conviene más al espíritu vital y todavía mucho más al animal. No debe parecer extraño que un espíritu tan sutil se nutra de cosas asimismo sutiles, visto que también muchos pececillos se alimentan de agua limpísima y que en el agua vive, crece, florece y perfuma la albaha- ca. No entro aquí en los elementos de que, según cuentan algunos, se ali­ mentan el camaleón y la salamandra. Volvamos a nuestro argumento. Es ciertamente muy importante la ca­ lidad del aire que respiramos y de los olores que aspiramos, pues tal como son ellos se hace también nuestro espíritu. El alma nos mantiene y nos con­ serva la vida mientras el espíritu conserve una armonía que concuerde con la del alma. El espíritu es aquello que vive en nosotros primero y princi­ palmente y casi por sí solo. ¿No acontece acaso a menudo que por un ac­ cidente o por una afección repentina, la vida, la sensibilidad, el movi­ miento abandonan de repente a los miembros a consecuencia, como es evidente, de una retirada del espíritu a las partes más internas del corazón? ¿Y que con mucha frecuencia la vida, la sensibilidad y el movimiento re­ toman de pronto a los miembros por medio de fricciones y olores porque retoma el espíritu, como si la vida se encontrara propiamente en el espíri­ tu, es decir, en una cosa volátil, más que en los humores y en los miem­ bros? Si fuera de otra manera, la vida -a causa de su densa resistencia- lle­ garía a los miembros y se retiraría de ellos con mucha mayor lentitud. Todos vosotros, pues, que deseáis hacer crecer la vida en el cuerpo, cuidad ante todo y sobre todo al espíritu: acrecentadlo con nutrientes que alimentan la sangre haciéndola, como es evidente, templada y limpia; mantenedlo con aire siempre de buena calidad: alimentadlo día tras día con suaves olores; recreadlo con cantos y sonidos. Pero precaveos al mismo

tiempo de los olores demasiado cálidos, huid de los demasiado fríos, bus­ cad los templados, equilibrad los fríos con otros cálidos, los secos con los húmedos. Tened bien sabido que todo olor, en cuanto que es la parte más sutil del cuerpo, posee un poco de calor. Y esperad olores que puedan nu­ triros de las cosas de que ellos mismos se nutren, como por ejemplo de pe­ ras aromáticas, de melocotones y de frutas de esta especie, y más en parti­ cular del pan todavía caliente, y más aún de la carne asada y, en grado máximo, del vino. Y del mismo modo que los sabores muy agradables son para el cuerpo alimento rapidísimo y de excelente calidad, así debéis pen­ sar que ocurrirá con los olores en lo que respecta al espíritu. Me resulta grato recordar aquí, una vez más, que cuando Democrito'19 estaba a punto de expirar, mantuvo a lo largo de cuatro días más el espíri­ tu, para complacer a sus amigos, a base de oler panes calientes, y que lo habría podido conservar aún más tiempo si así lo hubiera querido. Hay quienes dicen que llegó a este resultado con el olor de la miel. Si en ver­ dad empleó la miel, opino que la vertería, disuelta en vino blanco, en pa­ nes calientes. No debe menospreciarse, en efecto, el aroma de la miel. De hecho, la miel es la flor de las flores; su dulzura es muy nutritiva y gracias a su calidad natural preserva durante mucho tiempo a las cosas de la pu­ trefacción. Por tanto, quien acierte a utilizarla como alimento de tal modo que ni por la excesiva dulzura obstruya los pasajes ni en virtud de un cier­ to calor acreciente de forma notable la bilis, habrá descubierto, sin duda al­ guna, una ayuda segura para una vida dilatada. Usadla, pues, al menos co­ mo condimento de los alimentos fríos y húmedos. Pero quiero llamar de nuevo vuestra atención sobre los olores. Cuan­ do temáis el ahogo excesivo o la comprensión de los espíritus, situación que se preanuncia por tristezas y torpores frecuentes, procurad que vuestro en­ torno esté impregnado de perfumes difusos. Cuando temáis, por el contra­ rio, que los espíritus salgan fuera y escapen, recurrid más bien a olores si­ tuados en los alimentos. Y si tomáis algún olor del exterior, acercadlo lo más que podáis a las costillas de la izquierda, como un escudo. ¿No veis con cuánta rapidez la matriz se vuelve hacia arriba o hacia abajo en direc­ ción a los olores? ¿Con qué rapidez acude el espíritu a la boca o a la nariz, atraído por el incentivo de un olor suave? Cuando se descubre, pues, que el espíritu es débil o fugaz, aspecto que se manifiesta a menudo a través de la pusilanimidad y de la debilidad del cuerpo, especialmente si ésta última procede de una causa, aunque sea pequeña, atraedlo, mejor aún, nutridlo y sustentadlo con aromas no tanto ofrecidos desde el exterior cuanto más bien infundidos desde el interior. Escoged, ante todo, la fragancia del vino, por­ que nutre mucho al espíritu el olor procedente de una sustancia que por un lado alimenta mucho y con rapidez el cuerpo y, por otro, alegra los senti­ dos. Y esto es, más que muchas otras cosas, el vino caliente, húmedo, fra­

gante y limpio. Diría incluso que esto mismo es el azúcar, si tuviera olor. También la canela, la dorónica, el anís y el hinojo dulce, si añadieran un po­ co más de dulzor a su agudeza y a su escasa dulzura. Procurad alcanzar por vosotros mismos el equilibrio <temperiem) de sabores y olores cuando no haya sido implantado por la naturaleza. Y cuantas veces temáis que se dispersen los espíritus, recurrid a medios más bien cálidos o penetrantes y muy sutiles, que tengan la capacidad de dete­ ner e impedir durante un poco de tiempo el vuelo del espíritu, como el aza­ frán, las especias, la canela, el pan churruscado, el agua y el vinagre de ro­ sas, la rosa, el mirto, la violeta, el sándalo, el cilantro, el membrillo y el cidro. Me horroriza el alcanfor cuando se trata de combatir la calvicie. Y me place, por el contrario, la menta fresca, saludable para la mente y muy segura para el espíritu. Recordad finalmente que son de gran provecho para la vida todas las cosas opuestas al veneno, no sólo cuando se las saborea sino también cuan­ do se las olfatea, y en grado máximo la triaca. Ya hemos hablado por ex­ tenso de ellas en el libro Contra la pestilencia y volveremos sobre este te­ ma en el libro siguiente. Entre ellas, para que nada se nos escape, mencionaremos también el vino. Pues en efecto, así como la cicuta es ve­ nenosa para el hombre, así para la cicuta es un veneno el vino, pero no be­ bido al mismo tiempo, sino algo después. Y para no atraeros tan sólo con las seducciones de los olores, os prescribo un electuario que debe prepa­ rarse y gustarse todos los días por la mañana, agradable al olfato y al gus­ to y muy saludable para la vida. Tomad tres onzas de mirobálanos québu- los, una de mirobálanos émblicos, una de indios y otra de berílicos, media onza de dorónica, dos onzas de canela, una dracma de azafrán, un tercio de dracma de ámbar y otro tanto de almizcle. Machacadlo cuidadosamente. Añadid tanto azúcar de rosas como os pida vuestro gusto y tanto sándalo rojo como sea preciso para adquirir color, además de miel de mirobálanos émblicos y québulos, en cantidad suficiente para conseguir un electuario de consistencia blanda, y tantas hojas de oro como onzas contiene la rece­ ta. Si este compuesto de tan numerosos elementos es demasiado difícil, sa­ bemos por propia experiencia que también es óptimo este otro, más senci­ llo, hecho a base de mirobálanos québulos, hinojo dulce y azúcar disuelto en agua de rosas, que debe tomarse bien con el estómago vacío o bien des­ pués de la cena. No olvidéis que los mirobálanos son mejores cuando es­ tán cocidos. Si están secos, sumergidlos sin más, al menos durante un día entero, en aceite de almendras dulces y reblandecedlos en manteca de va­ ca antes de mezclarlos con otros ingredientes.

El mismo Avicena50 os

aconseja una confección de mirobálanos ém­

blicos e indios con miel de anacardo y mantequilla cocida, y también, y con los mismos efectos, los mirobálanos québulos con jengibre y virutas

de hierro y mejor de oro. De igual modo aconseja Pietro de Abano51 una composición de azafrán, macis y aceite de castor, a partes iguales, macha­ dos y mezclados con vino. Y afirma que con esta composición solía pro­ longar la vida incluso de personas ya a punto de expirar. También, final­ mente, Haly52, astrólogo y médico excelente, afirma que con el consumo de trifera y de cosas parecidas se prolonga la vida. De hecho, en toda tri­ fera, el elemento fundamental es el mirobálano, aunque se la torna más templada con el añadido de algún ingrediente sutil y blando, sobre todo cuando el mirobálano está demasiado seco, para que penetre en los cana­ les sin obstruirlos y no convierta en demasiado seco o estrecho el bajo vientre. Nosotros la consumimos mucho acompañándola con vino, pero en poca cantidad, para no diluirla. Entiendo que en realidad la composición de Pietro que acabo de mencionar, si es útil, lo es más como olor que co­ mo bebida. Los magos, observadores de las estrellas, llegaron hasta Cristo, guía de la vida, guiados por una estrella, y le ofrecieron, como precioso tesoro de vi­ da, oro, incienso y mirra, dedicando al Señor de las estrellas tres dones que representan a los señores de los planetas: el oro, en efecto, la cosa más tem­ plada de cuantas existen, representa la naturaleza templada de Júpiter; el in­ cienso. ardiente por el calor de Febo y fragante, representa al Sol; la mirra, en fin, que protege y conserva el cuerpo, representa a Saturno, el más esta­ ble de todos los planetas. Venid, pues, ancianos todos, aquí, junto a los sa­ bios magos, que también a vosotros os traen aquellos mismos dones que pro­ longan la existencia con que veneraron un día en el pasado al autor de la vida. Venid, digo, ancianos que soportáis con fatiga la vejez. Venid también todos vosotros, los que estáis aherrojados por el temor a la ancianidad que ya se acerca. Acoged, os ruego, de buen grado, los dones vitales: tomad dos onzas de incienso, una de mirra y media dracma de oro reducido a láminas. Machacad estas tres cosas juntas, reunidlas, mezcladas con vino puro de co­ lor de oro para confeccionar píldoras. Las prepararéis en el momento más fa­ vorable, cuando Diana goza del aspecto propicio de Febo y Júpiter. Tomad una partecita de este gran tesoro todos los días con la aurora y mojadla con un sorbito de vino, salvo durante el verano caluroso, pues en este caso es me­ jor beber agua de rosas. Si alguno de entre vosotros recela más del calor en cualquier estación del año, añada mirobáianos québulos o émblicos con un peso igual al del incienso, la mirra y el oro juntos. Este preparado preserva­ rá sin duda al humor natural de la putrefacción, mantendrá a raya la disper­ sión del humor, nutrirá, consolidará y reforzará en vosotros los tres espíri­ tus53 -el natural, el vital y el animal- y vivificará además los sentidos, agudizará el ingenio y conservará la memoria. Dado que los astrónomos han asignado cada una de las horas del día, una tras otra, siguiendo un orden, a cada uno de los planetas, y han hecho

lo mismo con los siete días de la semana, e incluso en el feto han distri­ buido mes por mes las funciones de los planetas, ¿por qué no ordenar de este mismo modo los años? De esta suerte, así como el infante todavía oculto en el seno materno está regido el primer mes por Saturno y el últi­ mo por la Luna, así, apenas nacido, y siguiendo el orden inverso, el primer año está guiado por la Luna, el segundo (si os place) por Mercurio, el ter­ cero por Venus, el cuarto por el Sol, el quinto por Marte, el sexto por Jú­ piter y el séptimo, en fin, por Saturno. Y este orden se repite según esta misma secuencia por el resto de la vida. Así, cada siete años se registra en el cuerpo un cambio grandísimo y, por lo mismo, muy peligroso, pues mientras que, en términos generales, Saturno no se muestra favorable a no­ sotros, los seres humanos, ocurre que desde él, que ocupa el punto más al­ to de los planetas, retorna el gobierno de nuestra vida a la Luna, que ocu­ pa el grado más bajo en la escala planetaria. Los astrónomos griegos llamaban a estos años climatéricos; nosotros los llamamos escalares o graduales o decretorios. Tal vez sea cierto que, en las enfermedades, los planetas rigen, en el discurrir de los días, según este mismo orden, incluso el movimiento del humor o de la naturaleza y, por consiguiente, cada día séptimo es llamado, por esta misma razón, judicia­ rio. Y lo mismo el cuarto, porque entre los siete días ocupa el puesto del medio. Tú, pues, si quieres que tu vida se prolongue hasta la vejez sin ver­ se interrumpida por estos tránsitos, cada vez que te acerques a un año sép­ timo consulta con diligencia al astrólogo. Infórmate desde dónde está a punto de llegarte el peligro y luego dirígete al médico o llama en tu ayuda a la prudencia y la templanza. Con tales remedios, el propio Ptolomeo re­ conoce que se mantienen a distancia las amenazas de los astros. Más aún; añade incluso que es posible acrecentar las promesas de los astros del mis­ mo modo que quien cultiva los campos aumenta la fertilidad del terreno. Pietro de Abano demuestra con muchos argumentos y con el testimonio de Aristóteles, de Galeno y de Haly, que el fin natural de la vida no está de­ terminado desde el inicio y con precisión, sino que puede oscilar hacia ade­ lante o hacia atrás, hacia el antes y el después. Lo afirma así basándose tan­ to en los astros como en la materia. Y con estos autores y estas razones concluye que también la muerte natural puede ser diferida bien con los arti­ ficios de la astrologia o bien con la ayuda de los médicos. Por tanto, ni nos precipitamos a ciegas en tomo a estos preceptos ni a ti debe disgustarte pre­ guntar a los médicos cuál es la dieta adecuada a tu complexión ni a los as­ trólogos cuál es la estrella favorable para tu vida. Y cuando esta estrella se encuentre en posición favorable y la Luna esté bien dispuesta con relación a ella, prepara las cosas de las que has aprendido que te son útiles. Ni has de avergonzarte de escuchar a menudo a quienes parecen haber alcanzado una vejez feliz no tanto por su buena suerte cuanto por sus virtudes. Ptolomeo54

y otros profesores de astronomía prometen una vida larga y feliz gracias a

ciertas imágenes sacadas de algunas piedras y metales bajo la influencia de

una determinada estrella. En nuestro comentario a Plotino -libro del que pensamos que debe ser añadido a continuación de esta obra, del mismo mo­ do que deseamos que este libro sea colocado a continuación de aquel otro que hemos compuesto Sobre los cuidados de la salud de quienes se dedican al estudio de las letras- hablamos brevemente de estas imágenes y largo y por extenso del favor del cielo. Supliquemos, pues, ahora, a Febo y a Baco el favor celeste a que me vengo refiriendo para conseguir una juventud prolongada, hasta donde es

lícito decirlo a un poeta55 y hacerlo a un médico. Sólo Febo y Baco tienen

la eterna juventud y a estas dos divinidades se les atribuye una larga cabe­

llera. Febo y Baco son desde siempre hermanos inseparables. Son casi idénticos. Febo es el alma de la esfera, Baco es la esfera misma. Mejor: Fe­ bo es toda la superficie circular de la esfera, mientras que Baco es el círculo llameante en tomo a esta superficie. Más aún: Febo es la luz que da vida en este globo llameante y Baco es el calor saludable que procede de esta luz. Son, pues, siempre hermanos y compañeros, son siempre idén­ ticos y distintos. ¿Pero cómo? Si el Sol en primavera es Febo, que suscita con su canto el canto de las aves y regula con su lira los tiempos, en el oto­ ño este mismo Sol, autor del vino, es Baco. Para conservar la juventud. Ba­ co, el padre Libero, que ama las colinas, nos trae tres cosas: en primer lu­ gar, estas colinas soleadas, en ellas un vino dulcísimo y en este vino una quietud eterna y segura. También Febo, hermano de Baco, nos aporta, con igual benignidad, tres dones: en primer lugar la luz del día, bajo el benéfi­ co influjo de esta luz plantas magníficamente perfumadas y, a la sombra de esta luz, la lira y el canto sin fin. Con estas ruecas, pues, y con estos es­ tambres, Cloto sacará para nosotros no ya parcos sino largos hilos de vida. Casi todos los poetas cantan a las tres Parcas. También nosotros, aun sin ser poetas, cantamos tres cosas parcas: una prudente parquedad (parcitas) en todo tipo de comidas es para nosotros el inicio de una larga vida; una constante moderación (parcitas) al afrontar los afanes prolonga la vida; una negligente parsimonia (parcitas) en el disfrute de los favores divinos la trunca. Pitágoras alaba, por encima de todas las restantes cosas, tres for­ mas de templanza que también nosotros alabamos: mantener la templanza en los afectos, guardar templanza en todas las comidas, procurar que el aire sea templado. Con estas precauciones, en efecto, y con la ayuda de Dios, impedirás durante largo tiempo que los humores pierdan su equili­ brio, que es causa de vejez precoz y de muerte imprevista. Y te ayudará

(aspirabit) aquel autor de la vida si solamente deseas larga vida para vivir ya sea para el género humano o ya sea, sobre todo, para aquel que con su espíritu (inspirante) hace vivir al universo entero.

Ili

Cómo acrecer la vida en virtud de los astros

Proemio

Marsilio Ficino, florentino1, al serenísimo rey de Panonia2, siempre

invicto. Los filósofos antiguos, oh rey y el más feliz de todos ellos, tras ha­ ber considerado con grandísima diligencia las fuerzas de los seres celestes

y las naturalezas de los inferiores, concluyeron que es vano el saber de

quien no sabe encauzarlo a su provecho. Parece, pues, que hayan dirigido todas sus especulaciones justamente al modo de alcanzar para sí la vida de) cielo.

Consideraban, en efecto (según creo), que de nada les habría servido conocer los elementos y sus compuestos y que habrían observado como a ciegas los movimientos y estudiado las influencias de los cuerpos celestes,

si todos aquellos conocimientos, una vez agrupados, no hubieran podido

contribuir de alguna manera a su vida y felicidad. Este razonamiento les proporcionó, al parecer, ayuda, en primer lugar, para la vida presente. Y así, Pitágoras, Democrito' y Apolonio de Tiana4 y todos cuantos se dedi­

caron intensamente a estas cosas, aplicándose a sí mismos los conoci­ mientos adquiridos, gozaron de buena salud y consiguieron larga vida. To­ do esto les ayudó además para su vida futura, ya sea porque su fama se difundió entre las siguientes generaciones o por la gloria de que pueden gozar junto a Dios en la eternidad, dado que a partir del orden admirable de todo el universo llegaron al conocimiento de su regidor y, una vez co­ nocido, lo amaron por encima de todas las cosas. A ti, por lo demás, te pro­ meten gloria por todos los siglos tu magnanimidad, tu magnificencia y tus continuas victorias. La divina clemencia promete también a tu gran piedad

y a tu justicia la vida bienaventurada junto a Dios. Y, en fin, a cuanto me

está permitido conjeturar por ciertos indicios, las estrellas han fijado para ti, en feliz conjunción, una vida feliz y muy longeva entre los mortales. Y que puedan éstas mantener con absoluta fidelidad lo que prometen e in­

cluso acrecentarlo con un superávit es algo que sin duda podrán conseguir

tu diligencia y los cuidados de los médicos y de los astrólogos. Que tal co­ sa pueda ocurrir gracias a la ciencia y a la prudencia lo afirman los más doctos astrólogos y médicos. Habiendo, pues, compuesto, entre los libros de Plotino dedicados al gran Lorenzo de Médicis5, un comentario al escri­ to que trata de cómo conseguir el favor del cielo, enumerado entre nues­ tros otros comentarios a este filósofo, he decidido ahora, con la aprobación del propio Lorenzo, ponerlo aparte y dedicarlo de modo especial a tu ma­ jestad, confiando en que, al contribuir a tu vida y tu prosperidad, contri­ buya también al mismo tiempo a la vida y al esplendor de nuestro siglo y del género humano. Y para que estas cosas nuestras ayuden con mayor efi­ cacia a la salud y la prosperidad del rey, he considerado un deber hacerlo llegar por medio del valor en persona. Acoge, pues, oh rey clementísimo, te ruego, a este Valori nuestro. Son en verdad tan excelsos tu naturaleza, tu valor, tu autoridad, que sin ti no tiene valor ni Valori mismo. En Florencia, a diez de julio de 1489.

Palabras al lector del siguiente libro

Salve, huésped ingenioso. Salve, una vez más, quien quiera que seas, que te diriges ávido de salud a nuestra morada. Observa, te ruego, huésped deseoso, en primer lugar mi gran hospitalidad. Es. sin duda, deber del que entra apresurarse a saludar al momento a quien le acoge, pero yo me he an­ ticipado y apenas te he visto te he deseado buena salud. Te he recibido con muy buena voluntad cuando has entrado, incluso sin conocerte todavía. Y si te quedas a mi lado, te daré, con la ayuda divina, la salud prometida. Has en­ contrado, pues, una hospitalidad benévola hacia todos y ahora en concreto llena de amor hacia ti. Si por acaso traes contigo algo contrario al amor, si albergas algún odio, deponlo. te ruego, antes de acercarte aquí a estas medi­ cinas vitales. Pues a través del amor y del placer de los padres ha sido do­ nada la vida que es, por el contrario, arrebatada por el odio y el dolor. No hay, pues, espacio alguno para una medicina vivificadora en quien está ator­ mentado por los sufrimientos del odio. Por esta razón me dirijo a ti a conti­ nuación no ya tan sólo como a huésped sino, más aún, como a amigo. El taller6 de tu Marsilio es bastante más amplio que este espacio en­ cerrado entre verjas que estás viendo aquí. De hecho, está compendiado no sólo en el libro que ahora sigue, sino también en los dos precedentes. Se trata en verdad de una medicina que, aunque resumida, proporciona cuanto es útil para la vida, a fin de que puedas tú tenerla sana y dilatada. Intenta, por tu parte, alcanzar esta meta con el trabajo de los médicos y el amparo del cielo. Nuestro taller ofrece antídotos, fármacos, fomentos, un­ güentos y remedios varios para los diversos caracteres y las diferentes

constituciones de las personas. Si por acaso algunos no te placen, pres­ cinde de ellos, pero no rechaces los restantes. Y si. en fin. no apruebas las imágenes astronómicas, inventadas, por lo demás, para la salud de los mortales, que, en lo que a mí respecta, más describo que apruebo, no las sigas: No sólo te lo permito sino que (si así te place) te lo aconsejo. Pero no descuides al menos las medicinas reforzadas con un cierto apoyo ce­ leste, salvo que acaso te propongas descuidar también la vida. Por mi par­ te, sé de cierto, gracias a una repetida experiencia, que entre las medici­ nas de este género y las otras, preparadas sin tener en cuenta los astros, hay tanta diferencia como la del agua al vino. Por citar un caso, un niño nacido medio muerto en Florencia, en el octavo mes de su concepción, en el mes de marzo, al anochecer, y con Saturno retrógrado, gracias a este género de remedios parece haber sido no digo ya mantenido sino restitui­ do a la vida por nosotros y, sobre todo, por Dios. Y para este tiempo ha cumplido ya, con buena salud, casi tres años. Cuando a estas curaciones añada otras de la misma especie, no lo haré ciertamente para gloriarme (cosa del todo ajena a un filósofo) sino para estimular y aconsejar. Pero ya nos hemos dirigido a ti más que bastante, en parte para ganarme tu be­ nevolencia y en parte también para aconsejarte. De aquí en adelante ha­ blaremos con Plotino y así, al final, te proveeremos con mayor diligencia. En todas las cosas por mí tratadas, aquí y en otros lugares, es mi intención afirmar únicamente lo que la Iglesia aprueba.

La vida y los cuerpos celestes

Si en el mundo hubiera tan sólo estas dos cosas, por un lado el enten­ dimiento y por otro el cuerpo, pero faltara el alma, entonces ni el entendi­ miento sería atraído hacia el cuerpo -de hecho el entendimiento es total­ mente inmóvil y privado de afecto, es el principio del movimiento y está además muy alejado del cuerpo- ni el cuerpo sería atraído hacia el en­ tendimiento, porque está muy alejado de él y es, además, inepto e inca­ paz de moverse por sí mismo. Pero si se pone en medio el alma7, que tie­ ne conformidad con ambos, brotará fácilmente una atracción recíproca entre la una y la otra parte. En primer lugar, el alma se mueve con mayor facilidad que todas las demás cosas, porque es el primer móvil y lo es por sí y espontáneamente. Además, siendo (como he dicho), intermedia entre las cosas, contiene a su modo en sí la realidad total y está cercana, según una proporción [es decir, como medio proporcional, en una proporción] a ambas partes. Por eso concuerda con todas las cosas, incluidas aquellas que distan entre sí, pero no de ella. Aparte el hecho cierto de que por un lado es conforme con las realidades divinas y por otro con las caducas y

que se dirige a ambas con afecto, está además, y al mismo tiempo, toda entera en todas y cada una de las partes. A esto se añade que el alma del mundo tiene en sí, por poder divino, las razones seminales de las cosas8, al menos cuantas son las ideas en la

mente divina, y por medio de estas razones fabrica otras tantas especies en

la materia. Por eso todas y cada una de las especies se corresponden -a tra­

vés de su razón seminal- con su idea propia y pueden asimismo, por me­

dio de dicha razón seminal, recibir fácilmente algo de la idea, puesto que ha sido realizada por medio de la razón seminal justamente a partir de la idea. Por consiguiente, si alguna vez degenera y se aleja de su forma pro­ pia, puede adquirirla de nuevo por medio de la razón, que es el interme­ diario cercano a ella, y así, también por medio de este mismo intermedia­ rio puede adquirir de nuevo y sin dificultad su forma originaria. Y, ciertamente, si a una especie de cosas o a un individuo de esta especie se les acercan del modo debido muchas cosas dispersas, pero conformes con

la misma idea, al punto se transfiere de la idea a esta materia así adecua­

damente preparada un don singular, justamente por medio de la razón se­ minal del alma. En realidad, el que es llevado no es el entendimiento en sí, sino el alma. Nadie crea, pues, que con unas determinadas materias del mundo pueden atraerse unas determinadas divinidades (numina) entera­ mente separadas de la materia; se atraen, más bien, los demonios y los do­ nes del mundo animado y de las estrellas vivientes. Ni tampoco se mara­ ville nadie de que el alma pueda ser como seducida por las realidades materiales, dado que ha sido ella la que ha hecho conformes a sí misma los alicientes por los que se siente atraída y en los que se encuentra a gusto. Ni hay en todo el universo viviente nada tan deforme que no tenga cerca de sí un alma y no encierre en sí también el don del alma. A las corres­ pondencias de formas de este tipo con las razones del alma del mundo les aplica Zoroastro el nombre de seductoras divinas, y Sinesio confirmó que se trataba de alicientes mágicos9. Nadie, en fin, crea que puede sacar y reunir en una concreta y parti­ cular especie de materia y en un tiempo determinado todos los dones que proceden del alma sino tan sólo -y solamente en el momento oportuno-

íos de la razón seminal a partir de la cual se ha desarrollado aquella espe­ cie y los de las razones seminales parecidas. Vemos así que el hombre, sir­ viéndose únicamente de medios humanos, no intenta recabar para sí las ca­ racterísticas propias de los peces o de las aves, sino tan sólo las humanas

y las parecidas a éstas. Y pasando a las cosas que se refieren a un astro o a

un demonio particulares, padece la influencia propia de este astro o de es­ te demonio al modo como la leña empapada de azufre acoge en sí la lla­ ma, dondequiera se encuentre. Y este influjo lo padece no sólo a través de

los rayos de la estrella y del demonio, sino también a través del alma mis-

ma del mundo, presente por doquier, en la que vive y tiene fuerza la razón de todo astro y de todo demonio, razón por una parte seminal, vertida ha­

cia la generación, y por otra parte ejemplar, vertida hacia el conocimiento. Fue, en efecto, este alma, según los platónicos más antiguos, la que cons­ truyó con sus razones en el cielo, además de todas las estrellas, figuras y partes de éstas, de tal modo que también ellas fueran, en cierto modo, fi­ guras, y la que imprimió en todas estas figuras unas determinadas propie­ dades10. Y así, en las estrellas -es decir, en sus figuras, sus partes y sus pro­ piedades- están contenidas todas las especies de las cosas inferiores, junto con sus propiedades. Puso, pues, cuarenta y ocho figuras universales", a saber, doce en el zodiaco y treinta y seis fuera; puso también treinta y seis en el zodiaco de acuerdo con el número de sus caras. Puso además, en este mismo lugar, trescientas sesenta, en concordancia con el número de los grados, pues en cada uno de estos grados hay. en efecto, algunas estrellas a partir de la cua­ les se componen allí las imágenes. Dividió asimismo las imágenes exte­ riores al zodiaco en varias figuras, según el número de las caras y de los grados. Estableció, en fin, a partir de estas imágenes universales, relacio­ nes y proporciones con otras imágenes asimismo universales, y también estas relaciones y estas proporciones resultan ser en realidad imágenes. Cada una de las figuras de este género tiene su propia continuidad a partir de los rayos de sus respectivas estrellas, rayos que están conectados entre

sí en virtud de una cierta propiedad específica.

De estas formas ordenadísimas dependen las formas de las realidades inferiores, que toman de allí, como es obvio, su orden propio. Pero tam­ bién las formas celestes, que están casi separadas entre sí, se derivan de ra­ yos mutuamente unidos del alma12y son en cierto modo mudables, aunque proceden de razones estables. Ahora bien, dado que estas formas no se

comprenden a sí mismas, tienen que remitirse a las formas que sí se com­ prenden, presentes en una mente o en un animal o en formas más excelsas que, en cuanto múltiples, son reconducidas a lo que es perfectamente uno

y bueno, como las figuras celestes al polo. Pero volvamos al alma. Cuando el alma genera las formas y las po­ tencias específicas de las realidades inferiores, las produce por medio de sus propias razones con la asistencia de las estrellas y de las formas celes­ tes. De hecho, también proporcionan, de modo similar, las dotes caracte­ rísticas de los individuos, que a menudo son en algunos tan admirables cuanto suelen serlo en las especies, por medio de las razones seminales, no tanto con la asistencia de las formas y de las figuras celestes cuanto más bien a partir de la posición de las estrellas y de la condición momentánea de los movimientos y de los aspectos de los planetas, ya sea entre sí o sea respecto de las estrellas situadas por encima de los planetas. Pues nuestra

alma, además de todas las capacidades propias de los miembros, desplie­ ga por doquier en nosotros la virtud común de la vida, sobre todo a través del corazón como fuente del fuego cercano al alma. De modo parecido, el alma del mundo, presente por doquier, difunde desde todas partes, y de

manera especial por medio del Sol, su poder de dar vida a todos los seres.

Y por esto algunos ponen, tanto en nosotros como en el mundo, toda el al­

ma en cada miembro, pero sobre todo en el Sol y en el corazón. Pero recuerda siempre que así como la virtud de nuestra alma se apli­ ca a los miembros por medio del espíritu, así también la virtud del alma del mundo se distiende bajo el alma del mundo, por entre todas las cosas,

a través de la quintaesencia, que está presente y activa por doquier como

espíritu dentro del cuerpo del mundo, e infunde esta virtud sobre todo en las realidades que han absorbido de forma ubérrima las características del espíritu de este género. Esta quintaesencia puede ser luego cada vez más absorbida dentro de nosotros si se ha sabido separarla de los otros ele­ mentos con los que se encuentra mezclada o si al menos se han utilizado con frecuencia las cosas en las que ella se encuentra de forma abundante y más pura, como el vino selecto, el azúcar, el bálsamo, el oro, las piedras

preciosas, los mirobálanos y las cosas que poseen una fragancia muy sua­

ve y son resplandecientes, pero de una manera singular en aquellas que, en una naturaleza sutil, tienen una calidad cálida, húmeda y clara, como es, además del vino, el azúcar blanquísimo, sobre todo si Ies has añadido oro

y la fragancia de la canela y de las rosas. Además, así como los alimentos

que tomamos, aun no siendo en sí mismos vivientes, si son consumidos del modo adecuado, son reconducidos por medio de nuestro espíritu a la for­ ma de nuestra vida, así también nuestros cuerpos, adaptados de forma con­ veniente al cuerpo y al espíritu del inundo, extraen naturalmente, por me­ dio de las cosas del mundo y de nuestro espíritu, el máximo posible de la vida del mundo. Si deseas que un alimento adquiera la forma de tu cerebro, de tu hí­ gado o de tu estómago más que de otros miembros, toma y come, hasta donde te sea posible, un alimento parecido, es decir, sesos, hígado y estó­ mago de animales no muy alejados de nuestra complexión humana'5. Si deseas que tu cueipo y tu espíritu adquieran la virtud de un miembro cual­ quiera del mundo, por ejemplo del Sol, busca cosas que sean más solares que las otras en los minerales y las piedras, pero sobre todo en las plantas,

mucho más aún en el reino animal y, de forma máxima, entre los seres hu­ manos, pues es indudable que te ayudarán más las cosas que son más pa­ recidas. Estas cosas han de aplicarse desde el exterior y asumirse también, en la medida de lo posible, por vía interna, sobre todo en el día y las horas del Sol y cuando el Sol reina en la figura del cielo. Son solares, entre las piedras y las flores, las llamadas heliotrópicas, porque se orientan al Sol.

De igual manera, el oro y el oropimente, los colores áureos, el crisólito, el carbunclo, la mirra, el incienso, el almizcle, el ámbar, el bálsamo, la miel amarilla, el cálamo aromático, el azafrán, el espicanardo, la canela, la ma­ dera de áloe y todos los restantes aromas; el carnero, el halcón, el gallo, el cisne, el león, la cantárida, el cocodrilo, los hombres rubios, ricos, a me­ nudo calvos y magnánimos. Todas estas cosas pueden ser utilizadas unas veces como alimento, otras como ungüentos o fumigaciones y otras para familiarizarse con ellas. Todas ellas deben ser sentidas y pensadas con fre­ cuencia, pero sobre todo amadas. Es, además, indispensable buscar la ma­ yor cantidad posible de luz. Si te entra la duda de si tu vientre carece de la cálida nutrición del hí­ gado, lleva al vientre la fuerza del hígado bien con fricciones o bien con fomentos mediante cosas adecuadas al hígado: la achicoria, la endivia, el espodio, la agrimonia, la anémona hepática y los hígados. Y de igual mo­ do, para que tu cuerpo no sea abandonado por Júpiter, ejercítalo en el día,

la hora y el reino de Júpiter y utiliza, al mismo tiempo, cosas jupiteriales:

plata, jacinto, topacio, coral, cristal, berilio, espodio, zafiro, colores ver­

deantes y aéreos, vino, azúcar, miel blanca, pensamientos y afectos asi­ mismo jupiteriales, es decir, constantes, justos, religiosos y acordes con las leyes, y de entre los hombres ten trato frecuente con los sanguíneos, her­ mosos y venerables. Pero recuerda que las cosas frías antes reseñadas de­ ben mezclarse con oro. vino, menta, azafrán, canela y dorónica. Son asi­ mismo jupiteriales el cordero, el pavo, el águila y el temero. El pudor no permite describir de qué modo el poder de Venus se ve atraído por las tórtolas, las palomas, las nevatillas y por otras cosas. Nadie debe poner en duda que nosotros y todas las cosas de nuestro en­ torno podemos, con determinados preparativos, intentar conseguir por noso­ tros mismos dones celestes. Las realidades de este mundo han sido hechas y están siendo constantemente regidas desde el cielo y están por el cielo pre­ paradas para dar acogida, antes que a ninguna otra cosa, a los dones celestes.

Y -situación que reviste la máxima importancia- en el mundo que es, como

sabemos, un animal14y el más perfecto de todos ellos, hay más unidad que en ningún otro ser animado. Por tanto, del mismo modo que en nosotros la calidad y el movimiento de un miembro cualquiera, sobre todo si es impor­ tante, afectan a los miembros restantes, así también las acciones de los miem­ bros principales del mundo ponen en movimiento todas las cosas y los miem­

bros inferiores aceptan sin dificultad lo que los más altos están dispuestos a dar de forma espontánea. Cuanto más poderosa, en efecto, es una causa, tan­

to más pronta está para actuar y tanto más propensa e inclinada, por lo mis­

mo, a dar. A nosotros, pues, nos basta con añadir una pequeña preparación para recibir los dones del cielo. Lo único que hace falta es que cada cual se dirija al miembro celeste a quien está sometido de manera especial.

Pero antes de pasar a considerar las propiedades de cada uno de no­ sotros como individuos concretos, debemos analizar las propiedades de la especie humana. Pues bien, los astrólogos árabes concuerdan en afirmar que esta naturaleza es solar. Entiendo, por mi parte, que así es en verdad si se repara en la estatura erguida y bella del hombre, en los humores su­ tiles, en la limpidez del espíritu, la agudeza de la imaginación y el amor a la verdad y a la gloria. Y añado a todo esto una gran propiedad mercu­ rial si se tiene en cuenta la agilidad del movimiento de su ingenio versá­ til y el hecho de que la especie humana, que nace desnuda, inerme, nece­ sitada de todo, se procura todo cuanto le es necesario con su actividad industriosa, característica propia de Mercurio. Menciono además una pro­ piedad jupiterial15 en razón del equilibrio de la complexión (complexio temperata) del cuerpo y de las leyes, y porque recibimos la vida en el se­ gundo mes de la gestación que está dominado por Júpiter, y nacemos el noveno, del que tiene de nuevo el señorío. Por consiguiente, la especie humana podrá solicitar siempre y obtener, especialmente de estos tres planetas, dones cada vez más ricos si por medio de cosas solares, mercu­ riales o jupiteriales procura adaptarse más cada día a ellos. ¿Y qué decir de los restantes? No es fácil que Saturno indique un tipo y un destino co­ munes del género humano sino que anuncia más bien un hombre separa­ do de los demás, divino o bestial, feliz u oprimido por una miseria extre­ ma. Marte, la Luna y Venus se refieren a afectos y actos comunes a los hombres y a los seres animados. Retomemos, pues, al Sol, a Júpiter y a Mercurio. Ya hemos mencio­ nado algunas cosas solares y jupiteriales, pero no sé por qué hemos pasa­ do por alto las mercuriales. Son del siguiente género: el estaño, la plata, sobre todo la plata viva, la marcasita argéntea, el ágata, el vidrio de color rojo púrpura y los objetos que mezclan el amarillo-oro con el verde, la es­ meralda y la laca, los animales astutos, sagaces y al mismo tiempo intré­ pidos: los monos, los perros, los hombres elocuentes, agudos, versátiles, de rostro alargado y manos delgadas. Es, además, necesario buscar y utilizar las cosas que se refieren a un planeta, al que es, por supuesto, el dominante (como ya hemos dicho), si es posible en su día y en su hora, también cuando el planeta se encuentra en su casa o en la exaltación o al menos en su triplicidad y en el confín y en un ángulo del cielo, dirigido fuera por la combustión y más a menudo orien­ tal, si el Sol está en su apogeo y en auge y la Luna lo mira. Tiempos pare­ cidos deberá observar quien busque el influjo benéfico de la Luna misma o de Venus. Pedirá el favor de Venus por medio de sus animales, ya antes mencionados, y a través de la comizola, del zafiro y del lapislázuli, del co­ bre amarillo y rojo, del coral y de todos los colores bellos, variados o ver­ deantes, por medio de las flores y de los cantos armoniosos, de los olores y

los sabores suaves. El favor de la Luna por medio de cosas blancas, húme­

das y verdeantes, por medio de la plata y del cristal y de perlas gruesas y de

la marcasita argéntea. Y puesto que Saturno ejerce la soberanía sobre la es­

tabilidad y la perseverancia y Marte, por su pane, sobre la eficacia del mo­ vimiento. para obtener estas cosas nos veremos forzados a veces a suplicar

también su patrocinio, pero respetando obviamente los tiempos, como en los otros casos. Nos dirigiremos a Saturno por medio de algunas sustancias

en cierto modo térreas, oscuras y plúmbeas, el jaspe oscuro, el imán, el ca- moino, la calcedonia y en parte por medio del oro y de la marcasita áurea.

A Marte, en cambio, por medio de cosas ígneas y rusientes, del cobre rojo,

de todas las sustancias sulfurosas, del hierro y del heliotropo. Es indudable que Saturno tiene alguna relación con el oro. Se considera, en efecto, que

la tiene en razón de su peso. Ni tampoco se duda de que el oro, parecido al

Sol, está presente en todos los metales como el Sol está presente en todos los planetas y en todas las estrellas. Pero incluso en el caso de que alguien demuestre que Saturno y Marte son, en virtud de su propia naturaleza, no­ civos, cosa que me resisto a creer, también a ellos debemos recurrir, del mismo modo que los médicos recurren a veces al uso de venenos, costum­ bre que Ptolomeo aprueba en su Centiloquio l6. Ayudará, pues, a veces, la fuerza de Saturno, asumida con cautela, como en los médicos las sustancias astringentes y continentes, e incluso las estupefacientes, como el opio o la mandràgora. Y lo mismo cabe decir respecto del poder y de la influencia de Marte, como entre los médicos respecto del euforbio y el eléboro. En todas estas cosas fueron, al parecer, muy cautos los magos, los brahmanes y los pitagóricos que, recelando, por su asidua consagración al estudio de la filo­

sofía, de la tiranía de Saturno, llevaban vestiduras blancas, se dedicaban to­ dos los días a los sonidos y tos cantos jupiteriales y febeos y pasaban una gran parte del tiempo al aire libre. Pero recuerda siempre que a través de las inclinaciones y los deseos del alma y también a través de la calidad misma del espíritu estamos ex­ puestos muy fácil y muy directamente a los planetas que representan estas mismas inclinaciones y deseos y una calidad del mismo género. A través, pues, del distanciamiento respecto de las cosas humanas, a través del ocio,

la soledad, la constancia, a través de la teología y la filosofía más secreta,

de la superstición, la magia, la agricultura, a través de la tristeza, finaliza­

mos bajo el dominio de Saturno. Si nos dedicamos a los negocios civiles

y, movidos por la ambición, a los personales, a la filosofía natural que pue­

de ser común a muchas personas, a través de la religión civil y de las leyes quedamos sometidos a Júpiter. Sujetos, en cambio, a Maite si somos arre­ batados por la ira y por las contiendas; al Sol y a Mercurio si tenemos la

pasión y la práctica de la elocuencia, del canto y del deseo de la verdad y de la gloria. Nos hallamos bajo el dominio de Venus con la alegría, la mú-

sica y las cosas graciosas; bajo el de la Luna si llevamos un género de vi­

da parecido al de las plantas. Pero ten bien presente la diferencia entre es­ tos planetas: que el ejercicio del ingenio más público y amplio está rela­ cionado con el Sol, mientras que el privado y con artificios se relaciona más bien con Mercurio. La música, si es grave, pertenece a Júpiter y al Sol,

si ligera a Venus, la intermedia a Mercurio. Y parecido razonamiento se si­

gue en lo que respecta a las estrellas fijas. Se trata, pues, de una regla co­ mún de la especie humana.

Que cada uno se imponga, además, como regla personal conocer qué estrella le ha prometido algún bien en la genitura, suplicar el favor de esta estrella más que el de otras o esperar de cada una de ellas no un bien cual­

quier o el que es propio de otras estrellas, sino el que es propio de ella, sal­ vo que no traigas, por un lado, muchos dones comunes procedentes del Sol, que es la gufa común de las cosas celestes, y de parecida manera de Júpiter, y. por otro lado, hagas derivai' de igual modo del alma y del espíritu del mundo todas las cosas del universo. Que este universo es como un animal

y que está animado de una manera mucho más intensa es algo que de­

muestran no sólo los razonamientos platónicos17sino también el testimonio de los astrólogos árabes. Y en estas páginas demuestran asimismo que co­ mo consecuencia de una cierta aplicación de nuestro espíritu al espíritu del mundo, hecha por medio de un arte que sigue a la naturaleza y por medio

del afecto, se transfieren a nuestra alma y a nuestro cuerpo los bienes ce­ lestes. Esta transferencia se produce, por un lado, a través de nuestro espí­ ritu, que es en nosotros medio y ha sido revigorizado por el espíritu del mundo y, por otro lado, a través de los rayos de las estrellas que actúan fa­ vorablemente sobre nuestro espíritu, cuya naturaleza es parecida a la de los rayos y tiene, además, la capacidad de adaptarse a los rayos celestes. Es indudable que el cuerpo del mundo, a cuanto se percibe por el mo­ vimiento y la generación, está vivo por doquier18, cosa que los filósofos de los indios demuestran a partir del hecho de que por todas partes genera por

sí seres vivientes. Vive, por tanto, por medio de un alma que está por do­

quier presente a sí misma y perfectamente proporcionada a este cuerpo. Por consiguiente, entre el cuerpo del mundo palpable y en parte caduco y su

propia alma, cuya naturaleza está demasiado alejada de la de un cuerpo de

esta guisa, está presente por doquier el espíritu, como en nosotros entre el alma y el cuerpo, si es verdad que por doquier la vida se comunica siempre desde el alma al cuerpo, que es más pesado. Se requiere necesariamente es­

te

espíritu como medio, de suerte que así como el alma divina está presen­

te

en el cuerpo, más denso, así también le comunica íntimamente la vida.

Las realidades corpóreas, en cambio, que tus sentidos pueden percibir con suma facilidad en cuanto que están adaptadas a ellos, son más bien densas

y de una naturaleza muy alejada de la del alma, que es divinísima.

Es, pues, imprescindible el concurso de un cuerpo más excelente, ca­ si de un no-cuerpo. Sabemos asimismo que todos los seres vivientes, tan­ to del reino vegetal como del animal, viven y generan por medio de un es­ píritu similar a éste y que, entre los elementos, el que es espiritual en grado máximo genera con mucha rapidez y se mueve incesantemente, como si estuviera dotado de vida. Pero tú, por tu parte, pregúntate por qué, si los elementos y los seres animados generan cosas parecidas a ellos por medio de un cierto espíritu peculiar suyo, no generan, en cambio, las piedras y los metales, que ocupan un puesto intermedio entre los elementos y los seres animados. La respuesta es que, evidentemente, en ellos el espíritu está re­ tenido por una materia más densa. Si alguna vez este espíritu quedara se­ parado de una manera correcta, y, upa vez separado, se mantuviera y con­ servara en este estado, podría, como virtud seminal, generar alguna cosa parecida a él mismo, con la única condición de que fuera aplicado a una materia del mismo género. Algunos diligentes filósofos de la naturaleza han conseguido, con la sublimación junto al fuego, separar este espíritu del oro y, aplicándolo a cualquier metal, transformarlo en oro. A este espíritu del oro. o de cualquier otro metal, extraído según un método correcto y luego conservado, le aplican los astrólogos árabes el nombre de elixir'9. Pero volvamos al espíritu del mundo, por cuyo medio genera el mun­ do todas las cosas. De hecho, todas ellas generan por medio de su propio espíritu; un espíritu al que podemos llamar bien cielo o bien quintaesen­ cia20. Este espíritu está en el cuerpo del mundo casi de la misma manera que está en nuestro cuerpo nuestro espíritu, pero con esta diferencia fun­ damental: que el alma del mundo no lo trae de los cuatro elementos como de humores suyos, al modo como nuestra alma lo trae de nuestros humo­ res o incluso, para emplear palabras de Platón y de Plotino21, lo genera in­ mediatamente en su virtud genital, casi hinchándose, y genera a la vez las estrellas y a) instante, y justamente por medio del espíritu, genera asimis­ mo los cuatro elementos, como si todas las cosas estuvieran en la virtud de este espíritu. En sí, dicho espíritu es un cuerpo sutilísimo, casi un no-cuer­ po, y casi ya-alma, y de igual modo casi no-alma y casi ya-cuerpo. En su virtud no hay casi nada de la naturaleza tèrrea, hay algo más de la natura­ leza ácuea, más aún de la aérea y muchísimo más, en fin, de la ígnea y es­ telar. Contribuyeron a determinar las diversas medidas de esta gradación las cantidades mismas de las estrellas y de los elementos. Este espíritu es­ tá presente y activo por doquier en todas y cada una de las cosas, es el au­ tor inmediato de toda generación y de todo movimiento, y a esto se refie­ re el poeta en aquel verso famoso: «El espíritu desde dentro alimenta»22. En virtud de su naturaleza es totalmente esplendente y cálido y húmedo y vivificante; ha adquirido estas cualidades a partir de las dotes superiores del alma. De este espíritu bebió abundantemente Apolonio de Tiana, según

testimonio del indio Yarcas, que dice. «Nadie ha de maravillarse, oh Apo-

lonio, de que hayas alcanzado la ciencia de la adivinación, pues llevas tan­ to éter en tu alma»23. Ahora, pues, tú procurarás ante todo que este espíritu penetre en ti, pues con este medio obtendrás algunos beneficios naturales, procedentes ya del cuerpo o ya del alma del mundo, y también de las estrellas y de los demonios. De hecho, este espíritu media entre el denso cuerpo del mundo

y el alma, y en él y por él son las estrellas y los demonios. Pues en efecto, ya sea que el cuerpo y las cosas del mundo estén cercanas al alma del mun­ do, como les place a Plotino y a Porfirio, o bien que el cuerpo del mundo, al igual que el alma, estén cercanos a Dios, como les place a los nuestros

y tal vez también al pitagórico Timeo24, en cualquier caso el mundo vive y

respira y nos es posible absorber su espíritu. El hombre puede absorberlo por medio de su propio espíritu, que es, en virtud de su misma naturaleza, conforme a aquél, sobre todo si con industria humana ha conseguido lle­ gar a ser aún más afín, es decir, si consigue ser celeste. Y llega de hecho a serlo si se purifica de las suciedades y de todas las cosas que se le han pe­ gado y que son diferentes del cielo. Estas suciedades no están solamente en las visceras sino también en el alma, en la piel, en los vestidos, en la ha­

bitación y en el aire y contaminan a menudo el espíritu. Llegará, en fin, a ser celeste si ante el movimiento orbital del alma

y del cuerpo también él completa las órbitas25; si enfrentado a la vista y

a la más frecuente reflexión de la luz, también él se torna más claro y

bermejeante; si se le aplican de ordinario cosas semejantes al cielo con aquella diligencia con que se cuida del espíritu Avicena en el libro Sobre

las fuerzas del corazón26y con la que también nosotros

curarlo en el libro Sobre los cuidados de la salud de quienes se dedican al estudio de las letras. Y así, aléjense del espíritu, en primer lugar, los vapores que ofuscan, con medicinas que purifican en este mismo senti­ do; sea, en segundo lugar, iluminado con cosas resplandecientes; sea, en tercer lugar, sanado de tal modo que se tome más sutil y, al mismo tiem­ po, más sólido. Llegará, al fin, a ser celeste en sumo grado, en los límites impuestos en la presente exposición, si se le acercan lo más posible los rayos y las in­ fluencias del Sol, que domina entre las cosas del cielo. Y así, a partir de es­ te espíritu, que está en nosotros como medio, se difundirán en nuestro cuerpo y en nuestra alma los bienes celestes, puestos ante todo y sobre to­ do en este mismo espíritu: todos los bienes celestes, digo, pues en el Sol están contenidos, en efecto, todos los bienes. Y el Sol contribuirá luego a convertir al espíritu en solar, de manera especial cuando se encuentra bajo el Camero o el León y lo mira la Luna, pero más en especial cuando se en­

cuentra en el León, pues entonces reaviva nuestro espíritu hasta tal punto

hemos intentado

que lo hace capaz de resistir al veneno de la epidemia. Así se muestra de manera evidente en Babilonia y Egipto y en las regiones que están orien­ tadas hacia el León, pues allí, en efecto, al entrar el Sol en el León, pone fin a las epidemias del modo que acabamos de decir. Busca, pues, tú también, acá y acullá y reúne y pon juntas las cosas solares. Comienza a utilizar ya realidades solares, pero procurando evitar con diligencia la sequedad en el verano. Ahora bien, el espíritu no podrá convertirse fácilmente en solar si no se torna lo más grande que le sea po­ sible, pues le cuadra bien al Sol, más que ninguna otra cosa, la cualidad de la grandeza. Contribuirá a conseguir que el espíritu se haga lo más grande .posible por un lado la diligencia, sustentando interna y externamente al co­ razón con cosas cordiales y, por otro lado, una dieta compuesta de alimen­ tos sutiles, pero que nutran mucho y de manera fácil y saludable. Ayuda­ rán también los movimientos frecuentes y ligeros, un descanso oportuno y un aire suave y sereno, por un igual alejado del calor excesivo y del exce­ sivo frío y, por encima de cualquier otra cosa, un ánimo alegre. Más aún:

no será solar si no es cálido, sutil y luminoso. Lo harás sutil y luminoso si evitas las cosas tristes, densas y oscuras, si utilizas intema y externamen­ te cosas luminosas y alegres, si consigues tomar sobre ti mucha luz tanto de día como de noche, si alejas la suciedad, el ocio y el torpor y, sobre to­ do, evitas las tinieblas. Si abrigas la intención de conducir al espíritu al ca­ lor natural del Sol, procura no llevarlo al tercer grado del calor ni a la se­ quedad. De hecho y de por sí, el calor del Sol no seca -pues en tal caso no sería el Sol el señor de la vida y de la generación ni el autor del creci­ miento- pero puede ocurrir que sus rayos resequen si están encerrados en cavidades de materia seca. Por consiguiente, si quieres convertirlo en so­ lar, unirás al calor un humor sutil, como es el solar, y más especialmente el jupiterial, y lo conservarás en el espíritu mediante el uso de cosas de es-* te mismo género, pues en caso contrario podrías tal vez tornarlo marcial más que solar. Se nos enseña que en muy pocas cosas es Marte similar al Sol y aun estas pocas son palpables y de escasa importancia y que, en todo lo demás, es enemigo. Sabemos, en cambio, que Júpiter es muy parecido al Sol en muchísimos y excelentes dones, aunque más ocultos, y que le es totalmen­ te amistoso. Por eso Ptolomeo, cuando habla de la consonancia27, dice que la sintonía de Júpiter con el Sol es más perfecta que la tiene con los restan­ tes cuerpos celestes, y lo mismo la de Venus con la Luna. Todos los astró­ logos atribuyen una misma influencia benéfica universal al Sol y a Júpiter, si bien, aunque los efectos son los mismos, el Sol los produce con mayor eficiencia, mientras que Júpiter sólo los alcanza bajo el influjo del Sol. En entrambos está presente el calor, que supera al humor, pero en Júpiter por poco y en el Sol por mucho, si bien en los dos con efectos beneficiosos. Da-

do. pues, que concuerdan tanto entre sí, podrás conseguir fácilmente que tu espíritu sea solar y jupiterial28a un mismo tiempo y podrás mezclar correc­ tamente las cosas solares con las jupiteriales, muy en especial si las pones juntas y se las suministras al espíritu cuando Júpiter mira al Sol en aspecto trígono o sextil o al menos cuando la Luna, en su avance, pasa del aspecto del uno al del otro, sobre todo si el aspecto del Sol se encamina hacia la con­ junción con Júpiter. Harás, por separado, tu espíritu o solar o jupiterial cuando observas el aspecto de la Luna bien con respecto al Sol o bien con respecto a Júpiter. Pero una vez conseguida la naturaleza del uno, alcanza­ rás con facilidad la del otro. Debes entender por aspecto sextil el que se da cuando dos planetas distan entre sí el espacio de dos signos. Es trígono cuando media entre ambos el intervalo de cuatro signos. Medimos la con­ junción o el aspecto de la Luna con respecto a los otros planetas en doce grados más acá o más allá. Encontrarás las composiciones y los cuidados jupiteriales y solares en nuestro libro Sobre la larga vida y en el otro Sobre los cuidados de la sa­ lud de quienes se dedican a las letras, donde hemos añadido algunos de ti­ po venusiano, pues también nosotros tememos, en el caso de los estudio­ sos, la aridez, a la que se opone Venus. Esta misma Venus es, además, sumamente amiga de Júpiter, del mismo modo que Júpiter lo es del Sol, y como las Gracias concuerdan y están unidas entre sí. De estas tres Gracias del cielo y de las estrellas de este género esperan los astrólogos y buscan con diligencia obtener favores, y opinan y procuran que les sean transmi­ tidos por medio de Mercurio y de la Luna como mensajeros, pero más fá­ cil y más habitualmente por medio de esta segunda. Afirman, en efecto, que la Luna es más benéfica cuando está en conjunción con Júpiter o con Venus que cuando los mira en modo sextil o trígono. No obstante, si Júpi­ ter o Venus la miran en aspecto trígono y la tienen encima de sí mismos, los astrólogos entienden que está casi en conjunción con dichos planetas. Y lo mismo si el Sol la mira y la tiene al mismo tiempo encima de sí. Si quisiéramos, por nuestra parte, considerar por separado las capa­ cidades y los efectos de estos tres astros y de otras estrellas parecidas, nos enfrentaríamos a una empresa prolija, que exige una búsqueda difícil y observaciones aún más difíciles. Si nos acercamos a Venus, no será fá­ cil que gocemos del favor del Sol; y si nos acercamos al Sol, no será fácil que gocemos del de Venus. Para abrazar, pues, a todas las Gracias juntas, nos refugiaremos al final en Júpiter, que está, por naturaleza y por efectos, a mitad de camino entre el Sol y Venus, posee una calidad templada y transmite en cierto modo todos los beneficios que se esperan de Venus y del Sol, de manera más generosa y honesta de Venus, aunque de modo más equilibrado (temperatius) del Sol y concuerda, en fin, en grado máximo, bajo todos los aspectos, con la naturaleza humana. Utili­

zaremos, pues, cosas jupiteriales cuando ya sea el propio Júpiter o sea la Luna tienen su dignidad natural y accidental y están juntos o se miran favorablemente. Si alguna vez no puede suceder así, mezcla juntas las cosas solares y las venusianas y obtendrás de entrambas un compuesto con características jupiteriales cuando la Luna pasa naturalmente de la conjunción con Venus al aspecto sextil con el Sol,*o viceversa. Pero al preparar los compuestos que sustentan y refuerzan el corazón y el espí­ ritu, recuerda que la Luna ayuda muy mucho si junto a estos dones ha tenido también el de pasar a través de los signos aéreos -sobre todo de Acuario, del que opinan que es más aéreo que todos los restantes- y si en su casa o en su exaltación o en la casa de Júpiter o del Sol o donde­ quiera que sea, de entre las veintiocho estaciones tiene la que se adapta tanto a ella como a sus obras.

Es una disciplina de gran importancia entender bien qué espíritu, qué fuerza, qué realidad significan más en concreto estos planetas. La Luna y Venus significan la fuerza y el espíritu natural y genital y las cosas que los acrecientan. Estas mismas cosas significa Júpiter, pero de manera más efi­ caz el hígado y el estómago, y tiene también no pequeña parte en el cora­ zón, en el espíritu y en la capacidad vital, en la medida en que, justamen­

te en virtud de su propia naturaleza, concuerda con el Sol -aunque también

en razón de sí mismo, pues de otra suerte el corazón no recibiría el espíri­

tu vital precisamente en el mes de Júpiter-, Según el testimonio de los as­

trólogos, Júpiter tiene poder también sobre el espíritu animal, pues afirman que ayuda en el campo de la filosofía y en lo relacionado con la búsqueda de la verdad y con la religión. Y así también Platón, en el pasaje donde di­

ce que los filósofos proceden de Júpiter39. Y esto mismo entendía Homero

cuando, expresando la opinión de los antiguos, afirmaba: «La mente de los hombres es tal como día tras día la dispone el padre de los hombres y de los dioses»39. Y en ningún otro pasaje llama de este modo a ningún numen, sino sólo a Júpiter. El Sol significa el espíritu vital y, sobre todo, el cora­

zón, y tiene algo -y no poco- en la cabeza para la sensibilidad y para el movimiento del que propiamente él es el señor. Ni tampoco descuida la

fuerza natural. Mercurio significa el cerebro y los órganos de los sentidos

y,

por tanto, el espíritu animal. Será, por tanto, la vía más segura aquella que no emprende nada sin

el

favor de la Luna, dado que hace descender generalmente, y con fre­

cuencia y facilidad, las cosas celestes a las inferiores. Es llamada segundo

Sol, porque recorre cada mes las cuatro estaciones del año. Los pitagóri­ cos opinan, en efecto, que en el primer cuarto es cálida y húmeda, en el se­

gundo cálida y seca, en el tercero fría y seca y en el cuarto fría y húmeda.

Y afirman que su luz es, sin ninguna duda, la luz del Sol, que rige los hu­

mores y las generaciones, que con sus revoluciones regula todos los cam-

hios del feto en el vientre, que cuantas veces entra en conjunción con el Sol recibe de él poder vivificador que luego ella infunde en el humor y que de este mismo modo recibe de Mercurio la fuerza que mezcla los humo­ res. Esta fuerza la produce Mercurio bien cuando se transforma en todos los planetas o bien con sus múltiples giros31. En el mismo tiempo y lugar toma la Luna de Venus la fuerza que conduce a formas adecuadas para la generación. Merecerá la pena recordar que el curso cotidiano de la Luna se divi­ de en cuatro partes. En la primera, sube desde oriente hacia la mitad del cielo y en el ínterin acrecienta el humor y el espíritu natural. En la segun­ da, desde la mitad del cielo tiende al poniente y produce en nosotros el efecto opuesto. En la tercera, del poniente se encamina hacia la mitad del cielo situado debajo y hace crecer de nuevo aquel espíritu y aquel humor. En la cuarta tiende desde allí hacia oriente y de nuevo los hace disminuir. Todo ello se advierte de modo patente en las orillas del Océano, donde el nivel del mar asciende y desciende del modo más manifiesto siguiendo es­ te curso. Y lo mismo acontece en lo que respecta al vigor de los enfermos. Es asimismo probable que el Sol, durante los cuartos de su movimiento, haga aumentar o disminuir el calor natural y el espíritu vital y también el animal, mientras tenga a Mercurio por compañero. Una vez conocidas es­ tas cosas, un médico podrá elegir los momentos más adecuados para revi­ gorizar el humor y el calor natural y cualquier otro espíritu. Pero ya hemos hablado bastante de la Luna. No conviene abandonar a Júpiter, porque en uno de sus meses hemos recibido la vida y en otro hemos sencilla y felizmente nacido. Y dado que es un planeta que está, en razón de sus cualidades y de sus efectos, a me­ dio camino entre el Sol y Venus, y también entre el Sol y la Luna, abarca todas las cosas. Por nuestra parte, consideramos cosa impía y peligrosa ig­ norar precisamente al Sol, señor del cielo, salvo que haya quien diga que quien tiene a Júpiter tiene ya, en Júpiter, también al Sol, y que es allí don­ de está mejor adaptado (temperatus) a los hombres. Que en el Sol se en­ cuentran ciertamente todas las virtudes celestes es algo que afirman no só­ lo Jámblico y Juliano32 sino todos33. Proclo declara que frente al Sol se reúnen y recogen en un solo punto todas las virtudes de todos los cuerpos celestes34. Nadie negará que en cierto sentido Júpiter es el Sol dispuesto de un modo conveniente (temperatus) para nosotros. No se debe ignorar tam­ poco a la Luna convenientemente dispuesta (temperata) respecto a Venus. Es, en efecto, de gran ayuda para una vida sana y próspera, dado que es Venus quien otorga a los hombres la fertilidad y la felicidad. La tendrás, pues, muy presente. Si consigues mezclar del modo debido a la Luna, que es parecida a Venus, es decir, casi igual cuanto al humor y tan sólo un po­ co menos cálida, con Júpiter y con el Sol, tienes ya casi a Venus.

¿Qué pues? Para que camines por la vía más segura y al mismo tiempo la más cómoda de todas, considera la Luna cuando mira al Sol y entra en conjunción con Júpiter o mira, al menos, a Júpiter y al Sol o

cuando, en fin, tras haber mirado al Sol, avanza con rapidez hacia la conjunción con Júpiter o a mirarlo. Tú, por tu parte, prepara o utiliza, justo en este momento, cosas solares y jupiteriales junto con venusianas.

Y si la necesidad o las dificultades te empujan a refugiarte junto a uno

de los grandes cuerpos celestes, busca amparo al lado de Júpiter o más bien de la Luna y Júpiter juntos. No hay ninguna estrella que sustente y consolide nuestras fuerzas naturales -más aún, todas nuestras fuerzas- tanto como Júpiter, ni ninguna promete dones más bellos y a la vez más abundantes. Pues, en efecto, mientras que acoger las influencias de Jú­ piter es siempre un evento fausto, acoger las del Sol tal vez no sea siem­ pre tan seguro. Júpiter ayuda siempre, mientras que el Sol parece ser con frecuencia nocivo. Por otra parte, Venus es casi débil. Por tanto, sólo a Júpiter [GioveJiS se le llama «padre que ayuda [giova]*6». Y lo confirma Ptolomeo37cuando dice que a duras penas surte efecto cualquier fárma­ co sobre la naturaleza si la Luna no se une con Júpiter, porque tiene la firme convicción de que con esta conjunción se refuerza la naturaleza del cuerpo del universo. Yo mismo he experimentado que cuando la Lu­ na está en conjunción con Venus las medicinas son poco eficaces. Si te­ memos mucho la pituita, debemos tener en cuenta sobre todo la posición de la Luna con respecto al Sol. Pero si lo que tememos es la bilis y una desecación de esta índole, debemos estar atentos a su posición respecto de Venus, si bien la alineación de la Luna con Júpiter ayuda en cierto modo a todas estas cosas y sobre todo a expulsar la bilis negra y tam­ bién, al mismo tiempo, a disponer y consolidar la complexión de los hombres en general. Del mismo modo que el regaliz y el aceite de rosas calientan las co­ sas más bien frías y refrescan las más bien cálidas, y de parecida manera

el vino, que, además, humedece las secas y seca las demasiado húmedas,

así Júpiter tiene conformidad con el calor humano, al igual que el vino, el aceite de rosas, la manzanilla y el regaliz. Cuando, pues, oímos decir a Al- bumasar que: «A excepción de Dios, no hay para los vivientes otra vida si­ no a través del Sol y de la Luna»38, has de entender esta afirmación como referida al influjo común sobre todas las cosas. El influjo especial y más adecuado al ser humano es el que se deriva de Júpiter. Hay, además, en la naturaleza del cuerpo fuerzas capaces de atraer, de retener, de digerir, de expeler. A todas ellas les presta ayuda la influencia

de Júpiter, pero de manera especial a la capacidad de digerir y a la de ge­

nerar y nutrir a un mismo tiempo, así como a la de crecer mediante su hu­

mor aéreo y abundante y su mucho calor, hasta el punto de que domina

moderadamente sobre el humor. Por medio de los rayos de Júpiter, difun­ didos siempre por doquier, la luz propia del Sol se templa y se adapta al máximo a la salud de los humanos, mientras que los rayos de Venus con­ tribuyen de continuo a este mismo efecto, y de manera parecida contribu­ ye la Luna al transmitirlos. Los rayos de la Luna y de Venus, más bien hú­ medos, necesitan algo que los temple, del mismo modo que los rayos del Sol, en cuanto que son más bien cálidos, requieren ser templados con al­ guna cosa más húmeda. Los rayos de Júpiter, en cambio, no tienen necesi­ dad de ser templados. Pues, ¿qué otra cosa es Júpiter sino un Sol desde el primer instante conveniente y especialmente dispuesto (temperatus) en be­ neficio de la salud de las realidades humanas? Y ¿qué otra cosa es asimismo sino una Luna y Venus, pero más cáli­ das y más poderosds? Por eso los astrólogos auguran de Júpiter un año fér­ til, sereno y salubre, y esperan de él remedios para las enfermedades que nos amenazan. Cuando Empedocles, imitando a Orfeo39, atribuye a cada planeta sus funciones específicas, llama a Júpiter señor único de la gene­ ración. Además de a Júpiter recomiendan tener diligentemente en cuenta en todas las tareas a la Luna, en cuanto intermediaria de la justa posición en­ tre las cosas celestes y las terrestres. Que esté, pues, la Luna en el grado, la posición y el aspecto adecuado para la obra deseada. Que no se encuen­ tre ni en la eclíptica ni bajo los rayos del Sol por doce grados más acá o más allá, salvo que esté en el mismo minuto que el Sol. La mayoría en­ tiende que todos los planetas son más fuertes cuando se encuentran en unión con el Sol y miden la unidad de treinta y dos minutos de modo que se cuenten dieciséis antes y otros tanto después. Que no se vea estorbada por Saturno o por Marte. Que no se encuentre en fase descendente en lati­ tud meridional cuando sobrepasa los doce grados que hemos dicho. Que no esté en oposición al Sol ni con luz disminuida ni con curso tan lento que no alcance a recorrer doce grados en un día. Que no se halle en el curso re­ quemado desde el vigésimo octavo grado de la Balanza al tercero de Es­ corpión ni en el de la octava región, ni en ascendente, ni en los confines de Marte o de Saturno. Hay quienes tampoco quieren a la Luna en la región sexta, ni en la duodécima, ni en la nona, ni en la cuarta. Admiten que es fa­ vorable cuando se encuentra en las otras regiones del cielo. Cuando no puedas contar con todas estas condiciones, espera al menos a que Júpiter o Venus estén en ascendente o en la región décima, porque así pondrás re­ medios a los daños de la Luna. Convendría recordarte a este propósito que mientras aumente la luz de la Luna, aumenta también en nosotros no sólo el humor sino también el espíritu y la virtud y que estas cosas se dilatan con relación a la circunferencia lunar, sobre todo en su segundo cuarto. Cuando disminuye ocurre lo contrario, sobre todo en el último cuarto. Su

primer aspecto trígono con respecto al Sol tiene más fuerza que el segun­ do, y éste más que el primer aspecto sextil, que tiene, a su vez, más fuer­ za que el segundo aspecto sextil- Mientras está llena de luz, la Luna está asimismo llena de calor. Parece, pues, que algunos no consideran tanto en qué modo mira al Luna al Sol (de hecho lo mira siempre) sino que tenga muchísima luz. sobre todo cuando va en aumento. Pero que mientras tan­ to esté, con respecto a Júpiter o a Venus, en aspecto trigono o sextil. Así pues, las cosas ígneas ayudan a la virtud atractiva, las térreas a la retentiva, las aéreas a la digestiva, las ácueas a la expulsiva. Si deseas, pues, ayudar en ti a todas estas virtudes, reforzarás la virtud atractiva so­ bre todo por medio de cosas ígneas, cuando la Luna, situada en los signos o en las estaciones ígneas, es decir, en el Camero, el León o en Sagitario, mira a Júpiter. Afianzarás la virtud retentiva por medio de cosas térreas, sobre todo cuando la Luna mira a Júpiter situado en los signos o en las es­ taciones térreas, esto es, en el Toro, la Virgen o Capricornio. Sustentarás tus virtudes digestiva y generativa por medio de los signos de aire, a saber, los Gemelos, la Balanza y Acuario, cuando la Luna mira a Júpiter o se aproxima a él bajo estos signos de aire. Y ayudarás, en fin, a tu virtud ex­ pulsiva por medio de los signos de agua, a saber, el Cangrejo, los Peces y Escorpión, cuando la Luna, puesta bajo signos de agua, está iluminada por los rayos de Júpiter. Y se cumplirán, sin duda, en grado máximo, tus de­ seos en todos estos casos si Júpiter ocupa signos o estaciones idénticas o parecidas o al menos no diferentes. Si abrigas la intención de poner en mo­ vimiento el bajo vientre con medicinas sólidas, debes recibir la influencia de los Peces; si pretendes hacerlo con medicinas líquidas, recibe la de Es­ corpión; si lo haces, en fin, con medicinas semilíquidas, acepta la del Can­ grejo. Si te propones purgarte por medio de las partes inferiores de tu cuer­ po, considera a los Peces y a Escorpión, si a través de las superiores, al Cangrejo. Evitarás el infausto aspecto de Saturno o de Marte hacia la Lu­ na, al primero porque daña al estómago y al segundo porque perturba el in­ testino. Evitarás a Capricornio y al Toro, porque producen náuseas. Has de saber que hay una parte del cuerpo que no debe ser irritada, sino más bien sostenida, cuando la Luna se encuentra en el signo que gobierna esta par­ te (pues de hecho irrita los humores)40. Baste con lo dicho a propósito de la virtud y del espíritu natural que dominan sobre todo en el hígado y se dividen en las cuatro funciones que hemos descrito. ¿Deberíamos dar algún consejo acerca de la virtud y del espíritu vital que residen en el corazón? Ya se ha hablado lo suficiente de este tema. Esta virtud y este espíritu reciben de hecho ayuda por medio de cosas en primer lugar ígneas y en cierto modo y al mismo tiempo aéreas, cuando la Luna, puesta en casas o estaciones parecidas, mira a Júpiter, es­ pecialmente si bordea a Júpiter y al Sol. Puedes reforzar también la virtud

animal que domina en la cabeza a través de la sensibilidad y del movi­ miento recurriendo a cosas en primer lugar aéreas, con el añadido de co­ sas ígneas, cuando la Luna mira a Júpiter y está en casas o sedes pareci­ das, sobre todo si bordea a Júpiter y casi del mismo modo a Mercurio. Te recuerdo en este punto que no debes entender que Mercurio sea ácueo o tèrreo (cosa que yo mismo a veces he imaginado), pues en tal ca­ so no podría prestar ayuda a los movimientos ni a la rapidez del ingenio, sino que has de saber que es más bien aéreo. También por este motivo go­ za de tanta movilidad, puede mudarse con tanta facilidad y ayuda tanto al ingenio, sobre todo cuando se encuentra en Acuario, que es el signo más aéreo. En Mercurio, en cambio, el humor es templado y el calor escaso. Se dice que, puesto bajo el Sol, seca; más alejado del Sol, se cree que hume­ dece. En el primer caso, el hecho de que caliente mucho se deriva de la na­ turaleza del Sol, en el segundo, calentar muy poco y humedecer, forman parte de su propia naturaleza. En lo que se refiere al calor, tal vez no sea inferior a Venus y supera a la Luna; en lo referente al humor, tanto la Lu­ na como Venus le superan. Haly demuestra que Mercurio mezcla las cua­ lidades de los cuerpos celestes, porque asume con facilidad extrema ya las propiedades de las regiones celestes por las que avanza ya la naturaleza de las estrellas que mira1". Opino, pues, que este planeta muda con tanta faci­ lidad porque no tiene un poder tan excelente como el de Júpiter ni una cua­ lidad preeminente como la de los otros cuerpos celestes en virtud de la cual pudiera ofrecer resistencia a las alteraciones. Es, en fin, probable que Mer­ curio, Acates42fiel del Sol, posea muchas de las fuerzas de este último, por donde cabe esperar que puedan recibirse de Mercurio dones solares. También enseñan, por lo demás, que a veces Marte imita al Sol en ciertos beneficios y que Venus distribuye con abundancia los dones pro­ pios de la Luna. Ten. pues, presente todo esto en tus acciones. Y no des­ cuides nunca los confines. Dicen, en efecto, que los planetas tienen efec­ tos contrarios en los diversos confines, luminosos u oscuros. En resumen, cuando temas a Marte, oponle Venus. Cuando temas a Saturno, vuélvete a Júpiter. Y actúa de tal modo que estés siempre en movimiento, según tus fuerzas, pero sin llegar al cansancio, para oponer tu movimiento a los mo­ vimientos externos que podrían dañarte ocultamente y para imitar, en la medida de tus posibilidades, lo que acontece en el cielo. Si pudieras reco­ rrer con tus movimientos espacios más amplios, más imitarías, al hacerlo, al cielo y podrías entrar en contacto con más fuerzas celestes, difundidas un poco por doquier. Podrás sostener, como acabamos de decir, todo tu cuerpo, y más en concreto la cabeza, si prestas atención a los planetas cuando están en el Camero o cuando cada uno de ellos se encuentra en su domicilio primero. Ampararás las zonas cercanas al corazón si las tienes presentes cuando es­

tán en el León; el estómago y el hígado cuando están en el Cangrejo o en Sagitario o al menos en la Virgen. Conseguirás obtener así las influencias requeridas por aquella parte de tu cuerpo concernida. Es asimismo útil sa­ ber cuáles son las partes del cuerpo relacionadas con cada uno de los pla­ netas en cualquiera de los signos. Puedes asimismo, reflexionando sobre las diversas edades del hombre, acudir en ayuda específica de cada parte del cuerpo en relación con las cuatro edades de la Luna. Es joven desde el

novilunio hasta el primer cuarto. Desde aquí al plenilunio es joven y viril. Desde aquí al otro cuarto es a un mismo tiempo viril y senil. Y desde aquí hasta la conjunción es senil. Relacionarás, pues, con excelentes resultados

la edad de la Luna con la edad del cuerpo que se ha de curar si acoges su

aspecto con una de las tres Gracias. Este aspecto de la Luna otorga siem­ pre y de inmediato favores, aunque debe admitirse que no es fácil que sean muy durables ni de gran importancia, salvo que, sin contar con la mi­ rada de la Luna, también las tres Gracias se miren entre sí o estén a punto de reunirse o las tres o dos ellas. En primer lugar, los favores duraderos los ofrecen las estrellas fijas, es decir, el León, Acuario, el Toro, Escorpión. Si

ocurriera que no te es posible esperar a que la Luna se acerque a una dis­ tancia oportuna de los planetas ‘graciosos’, elige las estrellas fijas que tie­ nen la naturaleza de las Gracias, es decir, de Júpiter, Venus o el Sol, y es­ pera a que la Luna esté dirigida hacia ellos. Y es aún más seguro que, mientras tanto, la Luna se acerque en cierto modo a Júpiter o a Venus.

Pues, en efecto, si las estrellas fijas miran por sí solas a la Luna, están des­ proporcionadas por exceso con respecto a la naturaleza humana, es decir,

a la medida de un hombre solo, mientras que están más proporcionadas

con respecto a las ciudades. Enseñan los astrólogos que algunas de las estrellas mayores, descu­ biertas por Mercurio, tienen grandísimo poder43. Una de ellas es el Ombli­ go de Andrómeda, mercurial y venusiana, en el grado duodécimo del Car­ nero. También, en el grado decimoctavo del Toro, la Cabeza de Algol, que posee la naturaleza de Saturno y de Júpiter, y afirman que de él dependen el diamante y la artemisa y que garantiza audacia y victoria. En el grado vigésimo segundo de la misma constelación, es decir, en el Toro, las Plé­ yades, constelación lunar y marcial, de la que dependen el cristal, el dia- cedón y la semilla del hinojo. De ella se dice que ayuda a tener una vista aguda. Hay también quienes opinan que sirve para invocar a los demonios, pero a mi entender esto es una fábula. Aldebarán, en el primero y el tercer grado de los Gemelos, marcial y venusiano. Capricornio, en el grado deci­ motercero de los Gemelos, jupiterial y saturnal. De éste dependen el zafi­ ro, el marrubio, el poleo la artemisa y la mandràgora. Se tiene la firme con­ vicción de que proporcionan ayuda para la gracia y la dignidad de los príncipes, salvo tal vez que esta opinión les lleve a engaño. De esta cons-

(elación quieren hacer depender el rubí, el titímalo y la madreselva, y ase­ guran que aumenta las riquezas y la gloria. En el sexto y el séptimo grado del Cangrejo el Can Mayor, venusiano, que preside al berilo, a la sabina, a la artemisa y a la yerba del dragón y otorga gracia. También en el grado decimoséptimo de la misma constelación el Can Menor, mercurial y mar­ cial, y quieren que de él dependan el ágata, el girasol y el poleo y que con­ cede abundantes gracias. En el grado vigésimo primero del León, el Cora­ zón del León, estrella real, jupiterial y marcial. De ella entienden que dependen el granate, la celidonia y la almáciga, que aleja la melancolía y hace a las personas equilibradas y graciosas. En el grado decimoctavo de la Virgen la Cola de la Osa Mayor, venu­ siana y lunar. Afirman que su piedra es el imán y sus hierbas la achicoria

y la artemisa, y que protege contra los ladrones y los hechizos. El Ala de­

recha del Cuervo, en el séptimo grado de la Balanza, y de igual modo el Ala izquierda en el duodécimo y tal vez en el decimotercero de la misma constelación, saturnales y a la vez marciales. Dicen que sus hierbas son la

romaza y el beleño, junto con la lengua de rana, que aumenta la audacia y que puede llegar a ser dañosa. En los grados decimoquinto o decimosexto de la misma constelación la Espiga, venusiana y mercurial; está asociada

a la esmeralda, la salvia, el trébol, la prímula, la artemisa y la mandràgo­

ra, aumenta las riquezas, concede la victoria y protege frente a la penuria.

Y, finalmente, en el grado decimoséptimo o decimoctavo de la misma constelación Alchamet44. Le están sometidos el jaspe y el llantén y de él esperan que refuerce la sangre y que aleje toda clase de fiebres. En el gra­ do cuarto de Escorpión Elfeia, venusiana y marcial. Pero según otro cóm­ puto. en el quinto grado de la misma constelación se encuentra Córnea,

que tal vez es la misma estrella y preside al topacio, al romero, al trébol y

a la hiedra. Opinan que aumenta la gracia, la castidad y la gloria. En el ter­

cer grado de Sagitario, el Corazón de Escorpión, marcial y jupiterial, pre­ side a la sardónica, la amatista, la aristoloquia y el azafrán. Entienden que proporciona un buen colorido, que toma al ánimo alegre y sabio y que ex­ pulsa los demonios. En el séptimo grado de Capricornio el Buitre Descen­ dente. De él dependen el crisólito, la ajedrea y la fumaria. Esta estrella es mercurial, venusiana y templada. Es propicia en ascendente y en medio del cielo. No doy crédito a quienes dicen que capacita para hacer encanta­ mientos. En el decimosexto grado de Acuario la Cola de Capricornio, sa­ turnal y mercurial. De ella dependen la calcedonia, la mejorana, la cala­ minta, la artemisa y la mandràgora. Creen que ayuda en los procesos, que aumenta las riquezas y que protege a los hombres y los edificios. En el gra­ do tercero de los Peces la Espalda del Caballo, jupiterial y marcial El filósofo Thebit45enseña que para capturar el poder de una de las es­ trellas mencionadas ha de tomarse su piedra y su hierba y hacer un anillo

de oro o de plata en el que se engasta la piedra tras habernos puesto bajo la hierba, y que debe llevarse el anillo en contacto con la piel. Podrás rea­ lizar todo esto cuando la Luna entra bajo la estrella y la mira en aspecto trígono o sextil y la estrella avanza hacia la mitad del cielo o en ascenden­ te. Yo me inclino por poner todas estas cosas juntas, es decir, las piedras y las hierbas relacionadas con una misma estrella, y en forma de medicina más que de anillo, y utilizarlo interna y externamente tras haber observa­ do, como es obvio, el momento propio ya descrito en las líneas preceden­ tes. De todas formas, los antiguos han magnificado la importancia de los anillos. Dami y Filóstrato narran, en efecto, que Yarcas, príncipe de los sa­ bios indios, preparó de esta manera siete anillos, a los que aplicó los nom­ bres de las siete estrellas, y que se los dio a Apolonio de TianaJf>, que se po­ nía uno de ellos cada día de la semana, distinguiéndolos según los nombres de los días. Y cuentan también que este mismo Yarcas dijo a Apolonio que un antepasado suyo, filósofo, vivió ciento treinta años, tal vez con la ayu­ da de un don celeste de este género. Y que habiendo utilizado el propio Apolonio este mismo don47, incluso cuando contaba ya cien años de edad tenía el aspecto de un joven. En fin, si estos anillos poseen algún poder de lo alto, opino que esto no afecta tanto al alma o al cuerpo cuanto más bien al espíritu que, calentado poco a poco por el anillo, se ve influenciado de modo que se toma más firme y más luminoso, más impetuoso y más be­ nigno, más severo y más alegre. Y estas afecciones pasan enteramente al cuerpo y en cierto modo también al alma sensible, que generalmente se­ cunda al cuerpo. El hecho de que prometan anillos que pueden ayudar con­ tra los demonios y contra los enemigos y para conquistar el favor de los príncipes o bien es una fábula o ha sido deducido de la circunstancia de que hacen al espíritu impávido y firme, o también apacible, amable en el servicio y complaciente. Pero si dijeras que los cuerpos celestes, además de prestar ayuda a la salud del cuerpo, la prestan también en pane al ingenio, al arte y a la for­ tuna, no estarías en contradicción con nuestro Tomás de Aquino, que en el libro tercero de la Suma contra los gentiles demuestra que los cuerpos ce­ lestes imprimen en nuestro cuerpo algo en vinud de lo cual estamos incli­ nados a elegir lo que es mejor, incluso en el caso de que no conozcamos ni la razón ni la finalidad48. Y, en este sentido, llama a los hombres «favori­ tos de la fortuna» y, de acuerdo con Aristóteles, «bien nacidos». Y añade asimismo que, merced a los poderes celestes, algunos consiguen singular capacidad y felices resultados en algunas artes, como por ejemplo (para utilizar sus mismas palabras), un soldado en la victoria, un agricultor en la siembra, un médico en el ámbito de las curaciones. Dice, en efecto, que así como las piedras y las hierbas poseen, por virtud celeste, algunas capaci­ dades admirables que van más allá de su naturaleza elemental, así les ocu-

ire también a algunas personas en sus artes y sus actividades. Cuanto a mí, me bastará con que los cuerpos celestes, de la manera que sea, ayuden, co­ mo por medio de medicinas, tanto internas como externas, para tener una buena salud, no sea que mientras buscamos la salud del cuerpo causemos alguna desventura a la del alma. No intentamos nada prohibido por la san­ ta religión. Además, al llevar a cabo cualquier obra, debemos esperar y su­ plicar el fruto en primer lugar a Aquel que hizo las cosas celestes y las que están contenidas en el cielo, les otorgó su virtud y las mueve siempre y las conserva. La casa de Saturno es Acuario y Capricornio; su exaltación la Ba­ lanza. La casa de Júpiter es Sagitario y los Peces; su exaltación o reino el Cangrejo. El domicilio de Marte es Escorpión y el Carnero, su exalta­ ción Capricornio. La sede del Sol es el León y su reino el Carnero. La habitación de Venus es el Toro y la Balanza, su exaltación los Peces. La sede de Mercurio es la Virgen y los Gemelos, su reino la Virgen. La ca­ sa de la Luna es el Cangrejo, su exaltación el Toro. Saturno y Júpiter tie­ ne triplicidad en los signos del fuego y del aire; el Sol tan sólo en los del fuego. Mercurio sólo en los del aire, Marte, Venus y la Luna en los sig­ nos de agua y de tierra. Todos los planetas, a excepción del Sol y de la Luna, poseen en cual­ quier signo ciertos confínes propios, a los que también denominamos tér­ minos. Así, en el Camero, Júpiter posee como términos los seis primeros grados; Venus, los seis siguientes; Mercurio, los ocho que vienen a conti­ nuación; Marte, los cinco que siguen y los últimos cinco Saturno. En el To­ ro, en un orden parecido. Venus tiene como confines suyos ocho grados. Mercurio seis, Júpiter ocho. Saturno cinco. Marte, en fin, tres. En los Ge­ melos, Mercurio seis, Júpiter seis. Venus cinco. Marte siete, Saturno seis. En el Cangrejo, Marte siete, Venus seis, otros tantos Mercurio, Júpiter sie­ te, Saturno cuatro. En el León, Júpiter seis, Venus cinco. Saturno siete, Mercurio seis, y otros tantos Marte. En la Virgen, Mercurio siete. Venus diez, Júpiter cuatro, Marte siete. Saturno dos. En la Balanza, Saturno seis. Mercurio ocho, Júpiter siete, otros tantos Venus, Marte dos. En Escorpión, Marte siete. Venus cuatro, Mercurio ocho, Júpiter cinco, Saturno seis. En Sagitario, Júpiter doce, Venus cinco. Mercurio cuatro. Saturno cinco. Mar­ te cuatro. En Capricornio, Mercurio siete, Júpiter siete, Venus ocho. Satur­ no cuatro y otros tantos Marte. En Acuario, Mercurio siete. Venus seis, Jú­ piter siete, Marte cinco y otros tantos Saturno. En los Peces, Venus doce, Júpiter cuatro, Mercurio tres. Marte nueve, Saturno, en fin, dos. Los con­ fines del Sol y de la Luna se marcan siguiendo otro criterio. De hecho, el Sol tiene como confines seis signos: el León, la Virgen, la Balanza, Escor­ pión, Sagitario y Capricornio. La Luna los restantes: Acuario, los Peces, el Camero, el Toro, los Gemelos y el Cangrejo. Piensan, pues, que el Sol y la

Luna tienen en estos signos su principado y el efecto que los restantes pla­ netas tienen en sus confínes respectivos. En los signos tienen los planetas, además de confines, sus caras, que los griegos llaman decanos, porque cada uno de ellos ocupa diez grados de un signo. En el Camero, la primera cara es la de Marte, la segunda la del Sol, que en el cielo sigue a Marte. Según el orden de los caldeos49, la ter­ cera cara es la de Venus, que viene en el cielo a continuación del Sol. En

el Toro, la primera cara es la de Mercurio, que sigue a Venus; la segunda

es la de la Luna, que viene después de Mercurio; la tercera de Saturno. Una

vez completado el número de los planetas, hay que volver a este último. En los Gemelos, la primera cara es la de Júpiter, a, quien sigue natural­

mente Saturno; la segunda es la de Marte, la tercera la del Sol, siguiendo este mismo orden, y así en todo lo restante. Hemos recordado la dignidad que tienen en los signos zodiacales ca­ da uno de los planetas para que cuantas veces tengamos la intención de hacer o de componer cosas relacionadas con un planeta sepamos «colo­ carle» en su dignidad, sobre todo en el caso de que haya tenido el pre­ dominio en el aniversario de nuestro nacimiento, de tal suerte que tam­ bién Saturno o Marte, que de otra suerte tendríamos que «colocar» abajo, deban «ponerse» en alto si aportan los presagios de nuestra genitura. Ob­ tendremos la máxima ventaja del recuerdo de estas cosas si, al preparar medicinas recurriendo a la benéfica influencia de la Luna, de Venus y de Júpiter, nos preocupamos de que estos planetas no estén en los confines de Saturno o de Marte, salvo tal vez cuando nos veamos forzados bien a impedir la disolución y a reprimir el ardor por medio de Saturno o bien

a calentar cosas frígidísimas y a sacudir las entumecidas por medio de

Marte; pues en todos los demás casos elegiremos los confines de Júpiter

y de Venus. Aceptaremos también los confines de Mercurio, que podrán

ayudar en primer término a las personas mercuriales. Ni debemos olvi­ dar que personas muy mercuriales, como son los que sobresalen en in­ genio, en su vida profesional o en la elocuencia, son moderadamente so­ lares. Mercurio está siempre, de hecho, lleno de Apolo. Pero para que todos y cada uno comprendan de qué modo describimos las figuras del cielo en las diversas zonas, llamamos primera zona y casa de la vida al signo que surge de oriente. Al que aparece a continuación lo denominamos segunda y tercera zona, y así las restantes, de modo que la séptima casa es el signo que, descendiendo ya a occidente, se opone al as­ cendente. Tras éste viene la octava zona. La novena cae en medio del cie­ lo, que resulta ser la décima casa. Tras esta viene la undécima, pero la duo­ décima cae del ascendente. Para que los planetas sean poderosos es

necesario tenerlos en los ángulos o de oriente o de occidente o en medio respecto de las dos partes del cielo, pero sobre todo en el ángulo del as­

ili

cendente o de la décima casa, que está en medio del cielo, sobre la cabe­ za, o al menos en las zonas que vienen inmediatamente a continuación de los ángulos. Afirman, sin embargo, que el Sol goza de la zona nona, que cae desde la mitad del cielo, y la Luna también en la zona tercera, aunque sea ya descendente. A este propósito, los astrólogos quieren que se tengan en la mente dos reglas: la una con-relación al enfermo y la otra al médico. Cuando la séptima casa de un enfermo es desafortunada a causa de Satur­ no o de Marte, o su señor [es decir, el planeta dominante] es infausto, ale­ ja, si confías en Ptolomeo50, al médico del enfermo. Además, si estás a punto de elegir un médico, prescriben que se rechace el tipo saturnal y el marcial y que se busque aquel en cuya genitura la sexta casa ha sido de al­ guna manera afortunada por el aspecto del Sol o a causa de Venus o de Jú­ piter. Decimos, pues, que un signo o un planeta es desafortunado a causa de Saturno o de Marte si no son sus propios domicilios o reinos cuando na­ turalmente o están allí o miran allí en oposición o en cuadratura. Y deci­ mos que se miran en oposición aquellos planetas -o aquellos astros- entre los que discurre el intervalo máximo y en cuadratura cuando distan el uno del otro una cuarta parte del cielo, esto es, el espacio de tres signos. De to­ das formas. Saturno y Marte perjudican menos a los restantes planetas por la conjunción, la oposición y la cuadratura cuando los acogen como hués­ pedes en su domicilio o reino o término. Del mismo modo, los planetas propicios ayudan con mayor eficacia cuando además del aspecto sextil o trígono y de la conjunción, los acogen como hemos dicho. En cualquier ca­ so, los planetas temen la conjunción con el Sol y disfrutan en su aspecto trígono o sextil. Resulta, por tanto, necesario recordar que el Carnero preside la ca­ beza y la cara, el Toro el cuello, los Gemelos los brazos y la espalda, el Cangrejo el pecho, los pulmones, el estómago y los músculos, el León el corazón, el estómago y el hígado, el dorso y las costillas posteriores, la Virgen los intestinos y el fondo del estómago, la Balanza los riñones [el fémur] y las nalgas. Escorpión los genitales, la vulva y el útero, Sagita­ rio el fémur y la región bajo la ingle, Capricornio las rodillas, Acuario las piernas y las tibias, los Peces los pies. Teniendo bien presente este orden, te guardarás de tocar con un hierro o con fuego o con ventosas una par­ te del cuerpo cuando la Luna pasa bajo el reino correspondiente a la misma. Entonces, en efecto, la Luna hace aumentar los humores en dicha parte del cuerpo y esta afluencia impide la consolidación del miembro en cuestión y debilita la fuerza de esta zona. Procurarás, por tanto, reforzar este miembro de modo pertinente y propicio, aplicando externa o inter­ namente algunos remedios adecuados. Ayuda también conocer qué signo ha sido ascendente en el momento de tu nacimiento. En efecto, también este signo señala para ti, junto con el Camero, la cabeza y en él mira tu

cabeza la Luna. Además, cuando la Luna pasa al Carnero es el momento

oportuno para los baños y los lavados. Cuando pasa al Cangrejo, se pue­ de extraer sangre y tomar medicinas, sobre todo en forma de electuario, con buenos resultados. No provocar vómitos cuando está en el León. Cuando está en la Balanza resulta adecuado para las lavativas. No ba­ ñarse cuando está en el Escorpión. Hay quienes ni prohíben ni prescriben administrar una medicina que suelta el vientre. Cuando está en Capri­ cornio, es malo tomar medicinas, y lo mismo cuando está en Acuario; es útil, en cambio, cuando está en los Peces. Aunque es necesario saberlo, resulta muy prolijo reseñar qué parte del cuerpo está presidida por uno de los planetas en cada uno de los signos.

A la hora de purgar el bajo vientre no debes ignorar el precepto de

Ptolomeo51. Aprobamos tomar una medicina purgante cuando la Luna es­ tá en el Cangrejo, en los Peces o en Escorpión, sobre todo si el señor del signo que asciende en aquel momento se aproxima a un planeta que corre por debajo de la tierra. Si, en cambio, el señor del ascendente está en con­

junción sobre la cabeza con el planeta que ocupa la mitad del cielo, se pro­ vocarán al punto náuseas y vómitos. Concluyamos, en fin, con Galeno52 que la astrologia le es necesaria al médico. Refiriéndose, en efecto, a los días críticos, dice que es cierto lo que piensan los egipcios, a saber, que la Luna indica día tras día la condición tanto del enfermo como del sano, has­ ta tal punto que si los rayos de Júpiter o Venus se mezclan con la Luna, ambos reciben benéficas influencias; pero si se unen los de Saturno o Mar­ te, sucede lo contrario. Pero como ya hemos divagado con excesiva proli­ jidad, retomaremos al espíritu, a la vida y a las Gracias.

A esto es a lo que tienden, en realidad, todas nuestras observaciones,

a que nuestro espíritu, preparado y purificado según las reglas con me­ dios naturales, acoja en sí, a través de los rayos de las estrellas oportu­ namente recibidos, el máximo posible del espíritu mismo de la vida del mundo. Esta vida del mundo, inserta en todas las cosas, se propaga de manera evidente en las hierbas y en los árboles, que son como a modo de los pelos y los cabellos de su cuerpo. Está oculta en las piedras y en los metales, en los dientes y en los huesos. Se halla asimismo difundida en las conchas vivas adheridas a la tierra y a las piedras. Todos estos seres viven, en efecto, no tanto de una vida propia cuanto más bien de la mis­ ma vida común del todo. Esta vida común tiene un vigor mucho mayor sobre la tierra en los cuerpos más sutiles, en cuanto que están más cerca del alma. En virtud de este vigor íntimo poseen el agua, el aire y el fue­ go sus seres vivientes y tienen movimiento. Esta vida sostiene y agita con un movimiento incesante al aire y al fuego, más aún que a la tierra y al agua. Y vivifica, en fin, todo lo más posible, los cuerpos celestes, que son como la cabeza o el corazón o los ojos del mundo. Y así, por medio

de las estrellas, como por medio de ojos, difunde por doquier rayos no sólo visibles sino también capaces de ver. Con ellos ve, como el avestruz, al modo que ya hemos indicado en otro lugar, las cosas inferiores y, al verlas, las sostiene y, más aún, al tocarlas, genera y forma y mueve des­ de todas partes. Por tanto, junto al movimiento del agua esplendente o también del aire sereno y del fuego un poco distante y del cielo, recoge­ rás también el movimiento de la vida del mundo si también tú mismo te mueves levemente y casi de un modo parecido, trazando, en la medida de tus fuerzas, algunos giros, evitando el vértigo, recorriendo con la mi­ rada las cosas celestes y dirigiendo a ellas la mente. Puedes de igual modo absorber una gran parte del espíritu del mundo

si recurres a menudo a las plantas y a cosas vivientes, sobre todo si te nu­

tres y te sustentas con alimentos todavía vivos y frescos y como aún adhe­ ridos a la madre tierra. Te moverás con la mayor frecuencia posible entre

plantas suavemente aromáticas o al menos no malolientes. De hecho, to­

das las hierbas, las flores, los árboles, los frutos exhalan un aroma, aunque

a veces apenas lo advertimos. Con este aroma como soplo y espíritu de la

vida del mundo recrean y transmiten vigor. Tu espíritu, añado, muy pare­ cido por su misma naturaleza a las fragancias de este género, que a través del espíritu, intermedio entre el cuerpo y el alma, fácilmente restablecen también el cuerpo y ayudan de admirable manera al alma. Entre estas plan­ tas al aire libre deambularás largo tiempo durante el día, siempre que pue­ das hacerlo con seguridad y comodidad, en regiones altas, serenas y tem­ pladas. De este modo te alcanzan por doquier, sin dificultad, y más puros, ios rayos del Sol y de las estrellas e inundan tu espíritu con el espíritu del mundo que brota con ímpetu y resplandece con abundancia a través de los rayos. Pero es que, además, el movimiento mismo del aire, que es conti­

nuo sobre la tierra, aunque a veces es tan ligero y constante que hay quie­

nes a duras penas lo perciben, te acaricia libremente mientras paseas de día bajo el cielo y te demoras en lugares abiertos y elevados, penetra puro en

ti y comunica a tu espíritu de maravillosa manera el movimiento y el vigor

del mundo. He dicho exactamente que «de día», porque sabemos con cer­ teza que el aire nocturno es enemigo de los espíritus. Ayudará asimismo disfrutar del aire diurno sobre todo si, paseando muy a menudo a cielo abierto, evitas ante todo las excesivas turbulencias atmosféricas. Procura­ rás, pues, moverte en este ambiente con mayor frecuencia cuando, además del aire templado y sereno, sea más saludable para los hombres la posición de las estrellas. Elegirás los lugares más fragantes, donde puedas cambiar de puesto todos los días y moverte casi de continuo y despacio. Aconsejo cambiar de lugar porque -aparte el placer que proporciona el hacerlo- los bienes celestes y de toda la naturaleza están distribuidos para nosotros en cosas y lugares dispersos y diversos y es necesario disfrutar de todos ellos.

Prescindo aquí del hecho de que la variedad mantiene alejado el hastío, que es enemigo de los espíritus y propio de Saturno y causa placer y, a tra­ vés de ella, la misma Venus, amiga del placer, entra, por así decirlo, en el espíritu y, tal como compete a su misión, apenas entrada, lo difunde. En re­ sumen, y para decirlo brevemente, si se considera el paraíso y el disfrute del fruto de la vida descrito por Moisés53e igualmente la vida descrita por Platón en Fedón5a, así como lo que dice Plinio acerca de los pueblos que viven a base de fragancias55, llegarás a comprender que las cosas que de­ cimos son verdaderas. Pero pasemos a la naturaleza del espíritu. La calidad del espíritu es, sin duda, jupiterial, porque se nos infunde en el tiempo de Júpiter. Es tam­ bién solar, porque Júpiter lo infunde de hecho cuando templa en sí el gran

poder del Sol. Y es jupiterial por una razón ulterior, a saber, porque es cá­ lida y húmeda y más sobreabunda en calor que en humor y porque nace de

la sangre y se la define como vapor sanguíneo. Además, dado que está en

fermento, que es muy sutil y resplandeciente y que nace del corazón, se la considera como sin lugar a dudas solar. Posee también en sí, en cierto mo­ do. la virtud de Venus, pues de hecho ya la misma palabra “venéreo’ se des­ borda, se expande, se transporta y se difunde en la prole, se abre al placer de todos los sentidos y huye del dolor. En suma, puesto que el espíritu ayu­ da al cuerpo para la vida y el movimiento y la propagación, es tenido por

jupiterial, venusiano y solar. Y como sirve al alma mediante la sensibilidad

y la imaginación, se le considera solar y mercurial y se muestra por do­

quier mercurial, por ser tan móvil y por mudar y adquirir nuevas formas con tanta facilidad. De ordinario, un espíritu sano no tiene mucho de Sa­ turno, de Marte y de la Luna, pues en caso contrario sería, a menudo, es­ túpido por efecto de Saturno, furioso por efecto de Marte y obtuso por efecto de la Luna. Por este motivo, las cosas lunares, en cuanto que son más densas y más húmedas, están muy alejadas de la naturaleza, sutil y vo­ látil del espíritu. Las cosas muy saturnales y demasiado marciales son ya por su propia naturaleza enemigas del espíritu, poco menos que venenos:

las saturnales por su extremada frialdad y sequedad, las marciales por su sequedad y por el calor que consume. Así pues, la naturaleza del espíritu es considerada en primer lugar como jupiterial y solar, luego como mer­ curial y también, en cierto modo, como venusiana. Pero de acuerdo con una importante distinción, el espíritu natural está asignado propiamente a Júpiter, el vital al Sol y el animal a Mercurio. Cuando, pues, la situación pide que se ayude a uno de los tres espíritus, si su patrón se encuentra en aquel momento en posición desafortunada o débil, no te será fácil ser útil

a tu mísero cliente. Así acontece, sobre todo, cuando se trata del espíritu

animal y está en posición desfavorable Mercurio, que tiene tanta autoridad sobre dicho espíritu que se dice que con su caduceo ora despierta ora ador­

mece a los animales, es decir, que mostrando ya un aspecto o ya otro, pue­ de en cierto modo embotar o agudizar el ingenio, debilitarlo o reforzarlo, agitarlo o calmarlo. Tú, pues, siempre que quieras curar a uno de estos tres espíritus, no sólo procurarás que su patrón sea favorable y poderoso sino que, además, elegirás el momento en que la Luna esté dispuesta hacia él de modo oportuno. Hablando con propiedad, la sustancia del espíritu no se crea ni se recrea por la sola influencia de Saturno, sino que siente siempre la llamada desde lo exterior a lo interior y a menudo desde lo ínfimo a lo sublime y conduce, por tanto, a la contemplación de las cosas más secre­ tas y más elevadas. Puede ocurrir, con todo, aunque en contadas ocasiones, que la fuerza de Marte o de Saturno ayude al espíritu como una medicina, bien calentándolo cuando hay necesidad, o excitándolo y dilatándolo o, a la inversa, reteniéndolo si es demasiado volátil. En realidad, la naturaleza del espíritu se crea y se recrea sobre todo

a partir de las cosas que muestran conformidad con estos cuatro planetas. Pero si te vuelves intensamente y sin distinciones a cualquier realidad so­

lar, adelgazarás el espíritu y al final lo secarás hasta el punto de disolver­ lo. Si te diriges con este mismo talante a cualquier cosa venusiana, poco

a poco lo disolverás y le harás obtuso. Si confías tan sólo en las cosas

mercuriales, obtendrás poco provecho. Merecerá, pues, la pena procurar

hacer gran uso de cosas jupiteriales, mezclarles las otras con moderación

y recurrir con mayor frecuencia a las realidades que o bien son comparti­

das por todos estos planetas o son propias y específicas de Júpiter. De he­ cho, éstas últimas son en cierto sentido comunes a todos. Todos estos pla­ netas sienten un aprecio común por las cosas que tienen una sustancia ni demasiado ígnea ni del todo tèrrea ni simplemente ácuea, una cualidad ni del todo aguda ni del todo obtusa, sino intermedia, delicada al tacto y en cierto sentido blanda o a al menos no dura ni rugosa y también, y de ma­ nera parecida, dulce al gusto, suave al olfato, agradable a la vista, pla­ centera, que acaricia el oído y alegra el pensamiento. Es, pues, común a todas estas cosas una cierta dulzura en el sabor y una cierta gracia. Si esta dulzura es casi ácuea y al mismo tiempo pingüe, se relaciona más con Venus. Si es insípida o un tanto austera, mira más a Mercurio. Tales cosas no ayudan mucho al espíritu, aunque a veces son ne­ cesarias para amortiguar su excesiva sutileza. Sí la dulzura es manifiesta y sutil y tiene un poco de sabor áspero y penetrante, se la considera jupite- rial. Se aviene bien con esta dulzura la sustancia de las almendras dulces, del piñón, de la avellana, del pistacho, del almidón, del regaliz, de las uvas pasas, de la yema de huevo, de las carnes de pollo, de faisán o de pavo, de perdices y similares y asimismo las raíces del ben y del helenio, el vino fragante, claro, un tanto dulce y áspero, el azúcar blanquísimo y el trigo igualmente blanquísimo. Pertenece asimismo a Júpiter la hierba del maná,

a condición de reforzarla infundiéndole el poder del mirobálano, pues en

caso contrario pertenece por un igual a Venus y a Júpiter. Ésta es, sin du­ da, la sustancia y la dulzura propia de Júpiter, que ayuda ciertamente, más que ninguna otra cosa, a crear y recrear el espíritu. Son jupiteriales en gra­

do máximo todas las cosas de las que en el libro Sobre la larga vida he­ mos dicho que conservan la juventud y son saludables para los viejos. Pe­ ro si la dulzura es poca y tiene mucho de ácido o de áspero o también algo de amargo, se considera que es solar. Parecido criterio se sigue para distinguir los olores, pues son de hecho hermanos de los sabores. Y lo mismo puede afirmarse de los colores. Los colores acuosos, blancos, verdes, un tanto de amarillo áureo, tales como los de las violetas, las rosas, los lirios y de igual modo los olores de este género, se refieren a Venus, la Luna y Mercurio. Los colores del zafiro, en cambio, a los que también se les llama aéreos, y lo mismo los purpúreos y áureos mezclados con plata y madreselva, están relacionados con Júpiter. Los amarillos esplendentes, los de oro puro, los purpúreos y luminosos aluden al Sol. Todos los colores, si son vivos o al menos sedosos, depen­ den más de las estrellas. Son poderosos también en los metales, en las pie­ dras y en los vidrios por su semejanza con las realidades celestes. Pero retornando a Júpiter, su sabor y su olor es casi como el del me­ locotón áureo o el de la pera o de la naranja y el de un ligero y leve vi­ no malvasia; como el del jengibre fresco o el de la canela o del hinojo dulce o el de la dorónica, cuando se saborean estas cosas sazonadas con mucho azúcar. De hecho, estas cuatro cosas, así como la nuez moscada fresca, cuanto están solas, son más bien solares. Son solares las especias

y el almizcle, pero para el olfato, no para el gusto ni para la vista. El ám­ bar es solar y jupiterial en grado máximo. El azafrán es solar bajo todos sus aspectos, incluso aunque en razón de su color y de su olor los astró­ logos lo dedican a todas las Gracias; por el sabor, en cambio, se relacio­ na propiamente con el Sol. Todas las cosas fragantes y aromáticas, en fin, en cuanto que son portadoras de olores agradables, corresponden tanto a Júpiter, a Venus y a Mercurio como al Sol, si bien las más agudas de en­ tre ellas pertenecen más al Sol, las más obtusas más bien a Venus y a Mercurio, y a Júpiter más propiamente las cosas templadas para el olfa­

to, el gusto, la vista y el tacto. Todos los sonidos y los cantos agradables

y ligeros se relacionan con las Gracias y con Mercurio, mientras que los

más amenazantes y lacrimosos prefieren a Marte y Saturno. No debes maravillarte por el hecho de que atribuyamos mucha im­ portancia a los colores, a los olores y a las voces. Los sabores se relacio­

nan de hecho sobre todo con el espíritu natural, los olores más con el vi­ tal y el animal, los colores, las figuras, las voces con el animal. También el movimiento alegre o melancólico o constante del ánimo hace que el es­

píritu se mueva a su semejanza: en primer lugar el espíritu animal, por medio de éste el vital y por medio de este último, en fin, el natural. En de­ finitiva, dado que todos los espíritus son por su propia naturaleza en cier­ to modo ígneos y aéreos y luminosos y móviles, parecidos a la luz y, por consiguiente, a los colores y a las voces del aire y a los olores y los mo­ vimientos del alma, son movidos por medio de estas cosas e inmedia­ tamente formados en ambas partes. Y tal como son ellos mismos, así ha­ cen que sea también a su vez y en cierto modo la condición del alma y del todo, incluida la calidad del cuerpo. Y, en fin, puesto que por medio de las cosas que son propias de las Gracias ha quedado el espíritu oportuna­ mente expuesto a sus influencias y tiene, en virtud de su misma naturale­ za, conformidad con ellas, recibe al instante, a través de sus rayos, ya sean los que están difundidos por doquier o los que son hermanos de di­ cho espíritu, los maravillosos dones de las Gracias. Cuando decimos que el espíritu está expuesto a las Gracias por medio de cosas propias de éstas, entendemos que se adapta a ellas no sólo por me­ dio de las cualidades que se ven, se oyen, se huelen, se gustan, sino tam­ bién por medio de las que se tocan. Recordad que el calor en el primer gra­ do es de Júpiter, en el segundo del Sol con Júpiter, en el tercero de Marte con el Sol, en el cuarto de Marte. El frío es en el primer grado de Venus, en el segundo de la Luna, en el tercero de la Luna con Saturno, en el cuar­ to de Saturno. La humedad en el primer grado es de Mercurio con Júpiter, en el segundo de Venus con la Luna, en el tercero de la Luna con Venus, en el cuarto de la Luna cuando entra en conjunción con Venus y con Mer­ curio. La sequedad es en el primer grado de Júpiter, en el segundo de Mer­ curio con el Sol, en el tercero del Sol con Marte, en el cuarto de Marte con Saturno. En suma, a partir de las cualidades de los planetas que Ptolomeo describe en su Cuatripartito5b, deducimos que la armonía que se forma con todas ellas juntas se dirige a lo cálido y húmedo. El gran calor de Marte y del Sol y el moderado de Júpiter superan la intensa frialdad de Saturno y de Venus y la escasa de la Luna, de modo que allí el calor predomina so­ bre el frío. De parecida manera, la humedad de la Luna y de Venus, gran­ dísima y cercana a nosotros, y la templada de Júpiter, superan la gran se­ quedad de Saturno y de Marte y la templada del Sol. Por consiguiente, el calor y el humor prevalecen sobre el frío y la sequedad, e igualmente el ca­ lor predomina sobre el humor. Como ocurre en el cuerpo sano de un indi­ viduo acorde (temperatus) con la armonía de los cuerpos celestes, también del calor y de la sequedad del corazón, y lo mismo del calor y del humor del hígado, así como del frió y del humor del cerebro, se deriva una com­ plexión que inclina hacia el calor y el humor, con un moderado predomi­ nio del calor. De hecho, el calor del corazón y del hígado supera el frío del cerebro, y de igual modo el humor del hígado y del cerebro supera la se­

quedad del corazón. No quisiera yo que pasáramos por alto el hecho de que de las estrellas fijas se deriva una armonía común a todos los seres, pare­ cida a aquella de la que hemos dicho que se deriva de los planetas. En realidad, los astrólogos entienden que éstos son parecidos a aquéllas57. ¿Para qué todo esto? Para que recuerdes que nuestro espíritu y nuestro cuerpo, a través de un cierto temperamento inclinado al calor y al humor, ya sea estable por naturaleza o buscado con arte, pueden adaptarse a las re­ alidades celestes y pretender beneficios para sí. No estamos diciendo, con todo, que nuestro espíritu se prepara para las realidades celestes solamente a través de las cualidades de las cosas co­ nocidas por medio de los sentidos, sino también, y mucho más, en virtud de ciertas propiedades infusas en las cosas por el cielo que permanecen ocultas a nuestros sentidos y son incluso a duras penas percibidas por la ra­ zón. Como estas propiedades y sus efectos no pueden encontrarse de he­ cho en la virtud de los elementos, se sigue que se derivan específicamente de la vida y del espíritu del mundo a través de los rayos de las estrellas y que, por tanto, también por medio de las estrellas es alcanzado el espíritu de la manera más abundante y más inmediata que es posible y está ex­ puesto con intensidad a las influencias celestes. Ésta es, sin duda, la razón de que la esmeralda, el jacinto, el zafiro, el topacio, el rubí, el cuemo del unicornio, pero sobre todo la piedra que los árabes llaman bezoar, están ocultamente adornados de las propiedades de las Gracias. Y también por este mismo motivo, emanan sus poderes no solo cuando se les consume por vía interna sino también cuando se calientan al contacto con la carne e infunden de este modo en los espíritus la fuerza celeste con que se de­ fienden contra la peste y los venenos. Que estas cosas y otras parecidas produzcan estos efectos por virtud celeste lo prueba el hecho de que in­ cluso tomadas en cantidades muy pequeñas poseen no pequeña eficacia. Y esto es algo que casi nunca se le concede a una cualidad elemental, salvo al fuego que, por lo demás, es evidentemente muy celeste. Para que la vir­ tud propia de la materia consiga un buen efecto necesita mucha materia, mientras que la inserta en la forma es muy eficaz incluso con una cantidad de materia muy pequeña. Gracias a una virtud de este género la peonía de Febo, al tocar la car­ ne. arma a los espíritus contra el mal caduco con un vapor infuso dentro de ellos. De igual modo, el coral y la calcedonia son eficaces contra las ase­ chanzas de la bilis negra por el poder de Júpiter y, sobre todo, de Venus. Y de parecida manera las otras piedras. Por una cierta propiedad de este gé­ nero conservan los mirobálanos lajuventud, agudizan los sentidos y ayudan al ingenio y a la memoria, gracias en primer lugar a Júpiter, que templa a Saturno, y a Mercurio, amigo de los sentidos. Y, en verdad, no faltará quien piense que éste era el árbol del paraíso capaz de prolongar la vida. Consa-

gran a Mercurio el ágata, y por esta razón los estudiosos de la naturaleza concuerdan en afirmar que ayuda a la facundia y a la vista y es remedio con­ tra los venenos. Escribe Serapión58que quien lleva un jacinto o un sello he­ cho con esta piedra está protegido contra el rayo, y añade que este poder es muy conocido. Si lo posee, entendemos que lo ha recibido de Júpiter. La eti- tes y la piedra de águila poseen, otorgado por Lucina, es decir, por Venus y la Luna, el poder de que, colocadas cerca de la vulva, aceleran y facilitan los partos. Rhazés afirma y Serapión59confirma que han sido muchas veces testigos de esta experiencia. Tal vez también el díctamo de Creta posea, concedida por Febo, el que traspasó a Pitón60, la virtud de contrarrestar los venenos y de extraer el hierro de las heridas. Por virtud del Sol, el jengibre añadido a los alimentos mantiene alejados los síncopes. La genciana apla­ ca la rabia de los perros y pone en fuga a las serpientes. Se dice que la ver­ bena favorece la profecía, la alegría, las expiaciones y la vista. La ruda y la zedoaria actúan a modo de triaca contra los venenos. El incienso refuerza el espíritu vital y el animal contra el torpor, la pérdida de memoria y el te­ mor. La salvia y la menta, por su parte, tienen, por virtud de Júpiter, estos poderes: la primera mantiene alejada la parálisis, la segunda refuerza con su fragancia el ánimo. Por esta misma virtud, el cincoenrama resiste los vene­ nos y, bebiendo todos los días vino con una hoja, cura la fiebre de un día, con tres hojas las tercianas, con cuatro las cuartanas. Debido a su pureza, los sacerdotes en la Antigüedad utilizaban esta hierba para sus abluciones. Por el poder de Júpiter, el sauzgatillo reprime los movimientos venéreos, mientras que el jaspe detiene la sangre. Suelen ser admirables los efectos cuando la propiedad de un elemento es afín y viene, por consiguiente, re­ forzada por la propiedad oculta, como ocurre con el mirobálano, en el que, para consolidar el cuerpo y el espíritu, no actúa solamente la virtud celeste, sino también una virtud muy astringente y un tanto aromática, que de ma­ ravillosa manera impide la putrefacción y la disolución y corrobora el espí­ ritu. Y, en verdad, que el azafrán se dirija hacia el corazón, dilate el espíri­ tu y suscite la risa, no son tan sólo efectos admirables del poder oculto del Sol, sino que a esta misma finalidad tiende la naturaleza misma del azafrán, sutil, difusiva, aromática y clara. Pero lo que digo de las sustancias simples quiero que se aplique igual­ mente a las compuestas. Dime, si no. de qué modo acude la triaca en ayu­ da contra el veneno. No expulsa el veneno, pues de hecho restringe el bajo vientre. Ni tampoco muda del todo y al instante la naturaleza del veneno, que no es tan débil y mudable que pueda conseguirse. Lo que hace es re­ forzar el espíritu vital, que es muy sutil y mudable y afín, según una cierta proporción, al propio veneno, de tal suerte que tras haber adquirido la ca­ pacidad de actuar junto con la triaca como con un instrumento, se alza en parte con la victoria sobre el veneno, en parte lo transforma y en parte lo

mantiene alejado de las visceras precordiales. Pero ¿en qué proporción o por qué virtud produce la triaca estos efectos? Por una virtud y una propor­ ción jupiterial y al mismo tiempo solar que la triaca reivindica, al parecer, como suya propia a partir de la mezcla de muchas cosas mezcladas entre sí según una proporción muy precisa. Hay en ella, de hecho, una triple virtud. La celeste, a la que acabo de referirme. Luego otra propiedad, también ce­ leste. que se encuentra en primer lugar en las hierbas y en los aromas se­ lectos de que está compuesta según la regla, una propiedad que ayuda a la predicha virtud a alcanzar el mismo efecto. Hay, además, en algunas de sus partes, otra virtud, más propia de los elementos que celeste, pero también de tal naturaleza que ayuda a fortificar el espíritu. Me refiero a la cualidad astringente y a la aromática. La primera reconforta el espíritu, la segunda lo sostiene. Es. por tanto, evidente que la triaca adquiere un admirable poder contra la vejez que se acerca y contra el veneno porque en ella las tres vir­ tudes tienden juntas al mismo efecto. De estas tres, una es celeste y adqui­ rida a través de la mezcla artificiosa, la otra es también celeste pero natu­ ralmente inserta en sus componentes constitutivos y la tercera, en fin, es, sin duda, propia de los elementos. La virtud de la que acabo de decir que es adquirida del cielo sería mu­ cho más maravillosa aún si no sólo se derivara de una proporción jupite­ rial o solar y de cosas asimismo solares y jupiteriales, sino que se eligiera, además, el momento oportuno para prepararla a partir de la observación de las cosas celestes. Pues, en efecto, del mismo modo que un cuerpo está re­ ferido a un lugar y a un tiempo, así también están referidos al tiempo el movimiento y la acción. Y así como ciertos cuerpos y sus formas se cons­ tituyen y se conservan en determinados lugares y tiempos, así también al­ gunas acciones obtienen eficacia de ciertos tiempos que les son propios.

explica Pro-

cío62. Y Pitágoras, considerando todo esto, aplica justamente al bien mis­ mo y a la perfección el término “oportunidad’53. Pues, en efecto, tanto pa­ ra Pitágoras como para Platón64 el primer principio es la medida de todas las cosas, de tal modo que distribuye de forma conveniente a cada cuerpo y a cada acción el lugar y el tiempo adecuados. Y así como hay cosas que de hecho no nacen felizmente, sino que se forman y se conservan sólo en lugares y tiempos bien precisos, así también una acción natural, un movi­ miento, un evento muy concretos sólo son eficaces y alcanzan plenamen­ te su objetivo cuando la armonía de los cuerpos celestes concuerda por do­ quier para alcanzar aquel mismo objetivo. Se considera que esta armonía posee tal poder que extiende a menudo su maravillosa virtud no sólo a las fatigas de los agricultores y a los fármacos preparados por los médicos con hierbas y aromas, sino también a las imágenes fabricadas por los astrólo­ gos a partir de piedras y metales.

Esto es lo que da a entender Sócrates en Alcibiades61 y lo que

Las imágenes requieren un capítulo aparte. Todo lo concerniente a la elección de las horas para las acciones y las obras está plenamente confir­ mado por las palabras de Ptolomeo cuando dice en el Centiloquio: «Quien elige lo mejor no parece diferenciarse en nada de quien posee por natura­ leza esta misma cosa»65. Y con esta sentencia parece corroborar tanto el poder de los cuerpos celestes como el del arbitrio de nuestra elección. También Alberto Magno dice en el Espejo: «La libertad del arbitrio no es­ tá forzada por la elección de las horas mejores sino que lo que ocurre es que descuidar la elección de la hora en que se inician las grandes empre­ sas es más precipitación del arbitrio que libertad»66. Ptolomeo dice en el Centiloquio que las imágenes de las cosas infe­ riores están sujetas a las figuras celestes y que los sabios antiguos solían fabricar ciertas imágenes cuando los planetas entraban en el cielo en figu­ ras parecidas, como ejemplares de las realidades inferiores67. Y lo confir­ ma Haly cuando dice que puede fabricarse la imagen útil de una serpiente cuando la Luna entre en el signo de la Serpiente celeste o lo mira con as­ pecto propicio. Y de parecida manera la imagen eficaz de un escorpión cuando la Luna entra en el signo de Escorpión y dicho signo ocupa uno de los cuatro ángulos. Y testifica que así se hacía en su tiempo en Egipto y que él mismo presenció cómo con un sello con la imagen de un escorpión hecha en una piedra bezoar se imprimió la figura en el incienso que luego fue administrado como bebida a un hombre que había sido picado por un escorpión, y al instante quedó curado. Que tales cosas puedan hacerse con provecho lo afirma el médico Hahamed y lo confirma Serapión68. Haly cuenta también que conoció allí a un hombre sabio que, con un procedi­ miento parecido, había hecho imágenes dotadas de movimiento, como la que leemos que fue confeccionada, no sé de qué modo, por Arquitas69. Y de igual modo aquéllas de las que dice Trismegisto70que solían hacer los egipcios con determinadas materias mundanas, insertando en ellas, en los momentos propicios, las almas de los demonios y el alma de su antepasa­ do Mercurio. Y de esta misma manera descendieron a aquellas estatuas también las almas de un cierto Febo y de Isis y Osiris, para ayudar, pero también para dañar a los hombres. Tiene parecido con este relato aquel de Prometeo, que robó la vida y la luz celeste con una imagen de barro71. E incluso los magos, seguidores de Zoroastro, para evocar el espíritu de Hécate, se servían de una esfera de oro decorada con los caracteres de las cosas celestes, en la que se había en­ gastado también un zafiro; la hacían girar con una correa hecha de cuero de toro, mientras pronunciaban encantamientos72. Pero dejo de lado, y con sumo gusto, las fórmulas mágicas, porque también el platónico Pselo las condena y se burla de ellas. Hasta los hebreos educados en Egipto apren­ dieron a construir un becerro de oro, siguiendo las ideas de sus propios as-

trólogos. para buscar el favor de Venus y de la Luna contra la influencia de Escorpión y de Marte, infausto para los judíos73. El propio Porfirio, en su carta a Anebo74, afirma que las imágenes son eficaces, y añade que los de­ monios aéreos acostumbran insinuarse a través de ciertos vapores especí­ ficos que exhalan a partir de fumigaciones apropiadas. Jámblico75 confir­ ma que en las materias naturalmente conformes con los seres superiores, cuando han sido recogidas de varios lugares y compuestas de forma opor­ tuna y conveniente, pueden conseguirse no sólo poderes y efectos celestes, sino también demoníacos y divinos. Y estas mismas cosas confirman en términos categóricos Proclo y Sinesio76. La verdad es que las operaciones maravillosas para la salud que pue­ den llevar a cabo los médicos con conocimientos astrológicos a través de preparados compuestos de muchos elementos, a saber, polvos, líquidos, ungüentos, electuarios, parecen tener una explicación más convincente y conocida que la de las imágenes, ya sea porque los polvos, los líquidos, los ungüentos y los electuarios preparados de modo y en tiempo oportunos re­ ciben las influencias celestes con mayor facilidad y rapidez que las mate­ rias más duras con las que se hacen de ordinario las imágenes o bien por­ que son asumidos por vía interna cuando han recibido ya las influencias celestes y se transforman en nosotros o, al menos, acercados desde el ex­ terior, se adhieren más y al fin penetran, o también porque las imágenes son fabricadas con una o con muy pocas sustancias, mientras que los di­ versos preparados pueden estar constituidos por numerosísimos elemen­

tos, según el juicio de quien los prepara. Como si, por así decirlo, los cien dones del Sol y de Júpiter estuvieran esparcidos por cien plantas y anima­ les y cosas parecidas y tú pudieras reunir estas cien cosas por ti conocidas

y componerlas en una forma única en la que te parecerá que tienes casi to­

do el Sol y todo Júpiter. Sabes con certeza que una naturaleza inferior no puede captar en un solo ser todas las energías de una naturaleza superior,

y por esto dichas energías están en nuestro mundo dispersas en varias na­

turalezas y pueden ser reagrupadas con mayor facilidad por medio de las operaciones de los médicos y con prácticas parecidas que no por medio de

ui

Por lo demás, las imágenes de madera poseen escasa fuerza. La ma­ dera, en efecto, por un lado es más bien dura y no recibe fácilmente la in­ fluencia celeste y, por otro, si la recibe, no tiene capacidad suficiente para retenerla. Es, además, indudable que, una vez que ha sido arrancada de las

entrañas de la madre tierra, pierde al cabo de poco todo el vigor de la vida del mundo y asume sin dificultades otra calidad. Las piedras y los metales, en cambio, aunque parecen ser más bien duros a la hora de recibir el don del cielo, una vez que lo han recibido lo retienen durante lapsos más lar­ gos (como confirma Jámblico)77. Es precisamente su dureza la que les per-

las imágenes.

mite conservar durante mucho tiempo, incluso después de su extracción, aquellas huellas y aquellos dones de la vida del mundo que poseían antes, cuando estaban adheridos a la tierra. Y así, al menos por esta razón, se les considera materias aptas para recibir y conservar las propiedades celestes. Debe asimismo contarse con la posibilidad, que ya he mencionado en el libro anterior, de que objetos tan bellos no pueden formarse bajo tierra sin un grandísimo esfuerzo del cielo y que la virtud impresa en ellos tras este esfuerzo ha de ser duradera. Ha sido prolongada la fatiga del cielo para amalgamar y consolidar estas cosas. Ahora bien, puesto que no te resulta tarea fácil poner juntas muchas cosas de este género, te ves obligado a averiguar con diligencia qué metal, entre varios, es el más poderoso en el orden de una estrella y qué piedra es la más alta en dicho orden, de modo que consigas al menos compendiar, hasta donde es posi­ ble, en una única cosa, que está en el vértice de todo un género y un or­ den, todas las demás. Pueden así captarse en un receptáculo de esta gui­ sa las influencias celestes y las afines a ellas. Por citar un ejemplo, en el orden solar, bajo el hombre febeo, el puesto más elevado entre los ani­ males lo ocupan el azor o el gallo; entre las plantas, el bálsamo y el lau­ rel; entre los metales, el oro; entre las piedras, el carbunclo o la pantau- ra; entre los elementos, el aire cálido (de hecho se considera que el fuego es en sí mismo marcial). A nuestro parecer, lo que hemos dicho antes a propósito del aumento de la influencia del Sol o de Júpiter o de Venus tiene validez general, aunque no para aquel en cuya genitura aparece uno de estos planetas como anunciador de muerte. Ya he dicho más arriba, en otro lugar, que de cada estrella (para em­ plear el lenguaje de los platónicos)78depende una serie de cosas propias de ella, incluidas las más inferiores. Justamente bajo el corazón de Escorpión podemos poner, a continuación de los demonios, a los hombre de este gé­

nero y a los escorpiones, la hierba de amelo, también llamada asterion, es decir, estelar, que tiene una figura en forma de estrella, resplandeciente de noche, y que, según cuentan los médicos, posee la cualidad de la rosa y una fuerza y una eficacia admirables contra las enfermedades genitales. Bajo

la Serpiente o bajo la constelación de este nombre sitúan a Saturno y en un

cierto modo a Júpiter, luego a los demonios, que a menudo asumen formas serpentiformes, a hombres de este parecido, a las serpientes, a la hierba

serpentaria, a la piedra draconita, que procede de la cabeza de un dragón y

a la piedra comúnmente llamada serpentina, aparte las que diré a conti­

nuación. Bajo la estrella solar, es decir, bajo Sirio, en primer lugar el Sol,

luego los demonios también febeos que, según el testimonio de Proclo, a veces salen al encuentro de los hombres bajo la forma de leones o de ga­ llos, a continuación los hombres de formas parecidas y las bestias solares, luego las plantas febeas, así como los metales y las piedras, el vapor y el

aire ardiente. Consideran, de parecida manera, que de cualquier estrella del firmamento desciende, a través de un planeta, un serie graduada de cosas que son algo así como de la propiedad de esta estrella. Si, pues, como he dicho antes, has recogido de la debida forma, por medio de algo que ocu­ pa un escalón cualquiera en aquel orden, todas las cosas solares, es a sa­ ber, los hombres de naturaleza precisamente solar, o algo de un hombre de esta índole, y lo mismo los brutos, las plantas, los metales y todo cuanto está relacionado con estas cosas, absorberás con gran abundancia la virtud del Sol y, en cierto modo, el poder natural de los demonios solares. Y ten por seguro que lo mismo puede afirmarse de los restantes cuerpos celestes. Ya se han descrito antes las características propias de los hombres sola­ res. Se trata de las personas nacidas cuando el León es ascendente y el Sol está en el signo del León o lo mira. Dígase lo mismo de los nacidos bajo el Camero. Es solar la sangre que brota del brazo izquierdo de estas personas cuando gozan de buena salud. Son febeos el cocodrilo, el halcón, el león, el gallo, el cisne y el cuervo. Y por ningún otro motivo tiene el león miedo al gallo sino porque en el orden febeo el gallo le supera. Esta misma razón adu­ ce Proclo cuando informa que un demonio apolíneo, que se aparecía a veces bajo el aspecto de un león, desapareció al momento cuando le pusieron de­ lante un gallo. En estos animales la parte más solar es el corazón. Entiendo también que la foca está sometida al corazón del León ce­ leste y que precisamente por eso su piel libra del dolor de riñones a quie­ nes se la ciñen directamente sobre el cuerpo desnudo y la sujetan con una hebilla hecha del hueso del mismo animal. De hecho, los astrólogos sue­ len recurrir a la influencia de esta estrella como remedio contra este tipo de dolores. Y tal vez por esta misma razón se cuenta que esta piel protege del rayo. Entre las plantas, es febea la palma y sobre todo el laurel, que jus­ tamente con su virtud solar aleja las cosas venenosas y los rayos. Gracias a una facultad parecida mantiene el fresno a raya las sustancias venenosas. También es febeo el loto, como testifican, a una con su forma redonda, tan­ to las hojas como los frutos, además del hecho de que sus flores se abren de día y se cierran de noche. Que la peonía es febea lo da a entender no só­ lo su virtud sino también su nombre. Al mismo género pertenecen las flo­ res y las hierbas que se cierran cuando el Sol se pone y se abren al instan­ te cuando retorna y están constantemente orientadas hacia él. Lo son también el oro y el heliotropo que con sus rayos dorados imita al Sol. Lo es asimismo la piedra llamada ojo de sol, porque tiene la forma de una pu­ pila de la que brota luz. Igualmente el carbunclo, que por la noche rojea, y la pantaura, que encierra en sí todas las propiedades de las piedras al mo­ do como el oro contiene en sí las de los metales y el Sol las de las estre­ llas. Se nos dan, pues, a conocer muchas cosas a través de cuanto hemos venido diciendo hasta ahora.

Conseguirás preparar, por tanto, hasta donde es posible, bajo el domi­ nio del Sol, con aquella sangre, con los corazones de aquellos animales y con las hojas y los frutos de los árboles antes mencionados, además de con las flores y las hierbas y hojas de oro, con los polvos de piedras, a los que se añade azafrán, bálsamo, caña aromática, incienso, almizcle, ámbar, ma­ dera de áloe, jengibre, almáciga, espicanardo, canela, dorónica, corteza de cidro, cedoaria, nuez moscada, macis, clavo, además de miel amarilla o aceite balsámico o de almáciga, de laurel y de nardo, un electuario o un un­ güento para sustentar por vía interna o externa el corazón, el estómago y la cabeza y convertir así al espíritu en solar. Digo, pues, que debe prepararse un compuesto con todas estas cosas,

o cuando menos parecidas a ellas, mientras el Sol es dominante. Y debes comenzar a utilizarlo bajo el dominio de este mismo astro, al tiempo que te pones ropas solares y miras y escuchas y olfateas e imaginas y piensas

y deseas cosas asimismo solares. Intentarás de igual modo imitar en tu es­

tilo de vida la dignidad y las cualidades del Sol. Te moverás entre perso­ nas y plantas de naturaleza solar y tocarás con frecuencia el laurel. Pero será más seguro para tu salud mezclar con las cosas solares otras jupiteriales e incluso venusianas; y de entre éstas últimas de manera espe­ cial las húmedas, como el agua y el zumo de rosas y de violetas, que mo­ deran el calor solar. Pero ya he tratado de esta clase de medicinas en el li­ bro Sobre los cuidados de la salud de quienes se dedican a! estudio de las letras y también después, en el de la Vida larga. Varias de ellas las he com­ puesto yo mismo y de las compuestas por otros algunas las he descrito tal como eran y otras las he adaptado (temperavi). También hemos hablado ya, en el libro Contra la peste, de qué hierbas extraen del Sol y de cuáles otras de Júpiter maravillosas propiedades contra las epidemias y los vene­ nos. Figura entre ellas el hipérico llamado «fuga de los demonios», del que se piensa que mantiene alejados los vapores nocivos de los demonios ma­ lignos gracias exclusivamente al poder que ha recibido de las Gracias ce­ lestes. Y si parece que hay algunas otras hierbas o piedras, que, como el coral, tienen el mismo efecto, «ya sólo por eso se las debe considerar so­ lares». Es indudable que la hierba lunar de que habla Mercurio, con hojas cerúleas y redondas, de las que la Luna produce una hoja por día cuando está en creciente y la pierde cuando mengua, promete años lunares a quien la usa. Pero retornemos ya a las imágenes, en cierto sentido con un segun­ do exordio.

Si has conseguido hacerte con las piedras que hace poco hemos defi­ nido como febeas, no habrá ninguna necesidad de imprimir imágenes en ellas. Llévalas, engarzadas en oro, colgadas del cuello con hilos de seda amarilla cuando el Sol recorre la constelación del Camero o del León o as­ ciende por ellas o bien está en mitad del cielo y mira a la Luna. Pero Pro­

cío informa que en esta serie son mucho más potentes las piedras de la Lu­ na. Se cuenta entre ellas, en primer lugar, la selenita, que imita a la Luna no sólo en la figura sino también en el movimiento y gira como ella. Si por acaso consigues encontrarla y, enmarcada en plata, la cuelgas al cuello con un hilo argénteo cuando la Luna entra en el Cangrejo o en el Toro y ocupa los ángulos que le son convenientes, lograrás al fin que tu espíritu sea lu­ nar, en tanto que, como es obvio, esta piedra lunar, calentada por ti, comu­ nica sin cesar su virtud a tus espíritus. Proclo79recuerda además otra piedra, llamada helioselino, que lleva en sí misma la imagen del Sol y de la Luna en conjunción con el Sol. Por consiguiente, quien lleve al cuello esta piedra enmarcada en plata dorada con hilos igualmente de plata dorada, cuando la Luna, en su domicilio o en el del Sol, se encuentra con el Sol en el mismo minuto y ocupa sus ángulos, hará a su espíritu solar y a la vez lunar, o al menos tal como resulta la Luna en conjunción en el centro con el Sol. Ves aquí cómo las cualidades dispersas de Febo son agrupadas por su hermana Febe del mismo modo que los miembros de Osiris por Isis. Pluguiera al cielo que pudiéramos encontrar fácilmente, en el lugar que fuere, una piedra solar o lunar tan potente en el orden de estos astros como la que tienen en la serie del polo septentrional el imán y el hierro. Se cuenta que Apolonio de Tiana descubrió en la India una piedra solar lla­ mada pantaura, que emite resplandores como el fuego80. Se encuentra a cuatro pasos bajo tierra y está en ella presente el espíritu con tal abundan­ cia que donde esta piedra se genera la tierra se hincha y acaba casi siem­ pre por salir al exterior y atraer hacia sí a las otras piedras al modo como el imán atrae al hierro81. Es esta piedra tan hercúlea que nos arrastra con fuerza a su contemplación. Vemos que en la bitácora de los marineros, pa­ ra señalar el polo, mientras la aguja se mantiene en equilibrio, cuando en­ tra en contacto, en una extremidad, con el imán, se mueve hacia la Osa, porque es evidente que hacia allí la dirige el imán, debido a que en esta piedra predomina la virtud de la Osa, y de la piedra pasa al hierro y atrae

a

los dos hacia la Osa. Pero una virtud de esta índole está infundida desde

el

principio y es a la vez continuamente reavivada por los rayos de la Osa.

Tal vez el ámbar se comporte de una manera parecida en lo que respecta al otro polo y a la paja. Pero dime ahora por qué el imán atrae por doquier al hierro; y no lo hace porque sea semejante, porque en tal caso el imán atraería al imán mu­ cho más que al hierro, ni porque sea superior en el orden de los cuerpos

pues, por el contrario, los metales superan a las piedras. ¿Por qué, pues? Ambos están comprendidos en la serie ordenada que depende de la Osa, pero justamente en la propiedad de la Osa el imán ocupa un grado superior

y el hierro un grado inferior. Ahora bien, en una misma serie concatenada

de cosas lo que es superior arrastra a lo que es inferior y lo vuelve hacia sí

o, en caso contrario, lo agita de algún modo o influye en él mediante una precedente virtud infusa. Lo que es inferior se vuelve, a su vez, a causa de esta misma virtud infusa, a lo que es superior o de algún modo se agita o en todo caso está sujeto a la influencia superior. Así, en la serie solar, un hombre inferior contempla con admiración al superior, en la serie jupite- rial lo venera, en la marcial le teme, en la venusiana el inferior se siente arrebatado hacia el superior por el ardor del amor y se abandona a sí mis­ mo, en el orden mercurial el inferior aprende siempre del superior y se de­ ja persuadir por él, en el orden lunar el inferior recibe a menudo del supe­ rior el movimiento, en el saturnal el descanso. Tras haber indagado, pues, todas estas cosa hasta este punto, me sen­ tía yo muy contento y, en mi juventud, pensé esculpir, lo mejor que me fue­ ra posible, la figura de la Osa celeste en un imán cuando la Luna está en el mejor aspecto respecto de aquella constelación, y llevarla colgada al cue­ llo con un hilo de hierro. Y confiaba plenamente en que al fin llegaría a ser dueño total de la virtud de aquella estrella. Pero tras más prolijas averi­ guaciones, acabé por descubrir que las influencias de aquella estrella eran muy saturnales y también muy marciales. Aprendí de los platónicos82que los demonios malvados son casi siempre septentrionales. Así lo admiten también los astrónomos hebreos, que sitúan a los demonios muy nefastos

y marciales en el septentrión y a los propicios y jupiteriales, por el contra­ rio, en el mediodía. Aprendí asimismo de los teólogos y de Jámblico83que los que fabrican imágenes están poseídos y engañados por los demonios malvados con mucha mayor frecuencia que el resto de las personas. Declaro haber visto una piedra, traída a Florencia desde la India, ex­ traída de la cabeza de un dragón, redonda a semejanza de una moneda, na­ turalmente adornada de muchísimos puntos siguiendo un cierto orden, co­ mo de estrellas; si se la bañaba en vinagre, se desplazaba un poco hacia la derecha con un movimiento oblicuo y luego giraba sobre sí misma, hasta que el vinagre se evaporaba. Entendí que una piedra de esta índole tenía la naturaleza y casi como la figura del Dragón celeste y que recibía también de é! su movimiento en la medida en que por medio del espíritu del vina­ gre o de un vino lo bastante fuerte conseguía una mayor familiaridad con aquel Dragón o con el firmamento. Por tanto, quien la portaba y la rocia­ ba a menudo con vinagre, adquiría tal vez un cierto poder de aquel Dragón que con sus giros gemelos bordea por un lado a la Osa Mayor y por el otro

a la Menor. Junto a Escorpión se encuentra Serpentario, a modo de un

hombre ceñido por los anillos de una serpiente, que sujeta con la mano de­ recha la cabeza del reptil y con la izquierda la cola, con las rodillas casi do­ bladas y la cabeza un poco inclinada. He leído que los magos aconsejaron

al rey de los persas imprimir esta imagen en una hematites y engastarla luego en un anillo de oro de tal modo que se pudiera insertar entre la pie­

dra y el oro la raíz de la serpentaria. Llevando este anillo estaría protegido contra los venenos y las enfermedades, a condición de que el anillo fuera fabricado cuando la Luna mira a Serpentario. Pietro de Abano aprobó esta imagen84. Por mi parte, si es verdad que el anillo posee tal poder, opino que lo obtiene del cielo no tanto por medio de la figura, sino porque ha sido fa­ bricado con aquellas materias, de aquel modo y en aquel tiempo. Recuerda que las piedras que se forman en los animales sin que éstos sufran, como en el dragón, el gallo, la golondrina y otros, son casi tan efi­ caces como las piedras que se forman en la tierra y que se refieren a aque­ llas mismas estrellas de las que estos animales dependen. Por esta razón, la alectoría que se extrae del buche de los gallos viejos goza del poder so­ lar, y así Dioscórides dice que a menudo se sabe con certeza que quien tie­ ne esta piedra en la boca se alza con la victoria en los combates85. Y el mis­ mo Dioscórides afirma que la celidonia roja, que se extrae de las golondrinas, cura a los melancólicos y hace a las personas amables y fuer­ tes86. Este poder lo ha recibido de Júpiter, por la razón que antes hemos di­ cho, a saber, que las cosas que se encuentran por doquier bajo la Luna es­ tán sujetas a las influencias de las estrellas. Se confirma, pues, aquella sentencia platónica: que esta máquina del mundo está conectada en sí mis­ ma de tal modo que por una parte las cosas celestes tienen en la tierra una condición terrestre y que, por otra parte, las cosas terrenas tienen en el cie­ lo una dignidad celeste, y que en la vida oculta del mundo y en la mente reina de mundo están presentes las realidades celestes con propiedades y excelencias vitales e intelectuales. Por esto mismo, hay, además, quienes confirman aquella creencia mágica, a saber, que por medio de las cosas in­ feriores, conformes, ya se entiende, con las superiores, las cosas celestes pueden ser traídas de un modo y en un tiempo adecuados hasta los hom­ bres y que por medio de las cosas celestes pueden tal vez penetrar en no­ sotros incluso las supercelestes. Pero que sean ellos quienes juzguen esta última afirmación. Parece ser, como hemos dicho, bastante probable que todo esto puede conseguirse con un cierto arte que, ateniéndose a una regla bien precisa y observando los tiempos oportunos, sea capaz de reunir muchísimas cosas en una sola. Surge esta probabilidad bien por las razones que hemos apun­ tado más arriba, o bien porque cuando los médicos o los astrólogos reco­ gen. machacan, mezclan y cuecen muchas cosas de este género bajo una estrella determinada, mientras todas las sustancias mencionadas van asu­ miendo poco a poco y por sí mismas una nueva forma debido precisamen­ te a la cocción y a la fermentación, adquieren también esta misma forma como consecuencia de una influencia divina muy precisa, en virtud de la acción intema de los rayos, por donde se concluye que esta forma es tam­ bién celeste. No parece, en cambio, que cuando se esculpe la piedra o el

metal adquieran una nueva calidad, sino sólo una nueva figura; ni esta transformación acontece a través de los grados adecuados a la maceración o la cocción que de ordinario se registran en las transformaciones natura­ les y en la generación. Pero dado que la naturaleza celeste, que es en cier­ to sentido la regla de la naturaleza inferior, suele progresar de acuerdo con un curso natural y favorecer las cosas que avanzan de este mismo modo, justamente por eso, la mayoría se muestra desconfiada frente a la creencia de que las imágenes de esta clase posean alguna virtud celeste. Yo mismo lo pongo en duda muchas veces y si no fuese porque toda la Antigüedad y todos los astrólogos admiten que tales imágenes poseen un poder admira­ ble, diría que no lo tienen. No les negaría, por supuesto, tal poder en tér­ minos categóricos, pues mientras alguien no me demuestre lo contrario creo que poseen un cierto poder en el ámbito de la salud, sobre todo en ra­ zón de la materia elegida. Pero aun así entiendo que hay una virtud mucho mayor en los fármacos y en los ungüentos preparados con el favor de las estrellas. Explicaré a continuación que he querido afirmar exactamente cuando he dicho que «en razón de la materia elegida». Reseñaré aquí brevemente los argumentos que, tomados del pensa­ miento de los magos y de los astrólogos, pueden aducirse, interpretando a Plotino, a favor de las imágenes87. Pero antes quiero advertirte que no de­ bes creer que yo apruebe el uso de las imágenes, sino que me limito sim­ plemente a exponer el tema. De hecho, utilizo las medicinas preparadas de manera adecuada teniendo en cuenta el cielo, no las imágenes. Y en este mismo sentido aconsejo todos los días a los demás. Pero si tú, por tu par­ te, admites que Dios ha depositado poderes maravillosos en las cosas del mundo sublunar, debes admitir también que las ha puesto igualmente, y más maravillosas aún, en las cosas celestes. Si consideras, además, que le es lícito a un hombre servirse de las cosas que son inferiores a él para man­ tener o recuperar la salud, debes admitir que le es igualmente lícito servir­ se de las que son superiores y regular, siguiente el arte de la medicina, las inferiores según la norma de las superiores, tal como han sido reguladas por Dios desde el principio. Es indudable que la inmensa grandeza, el poder y el movimiento de los cuerpos celestes hacen que todos los rayos de todas las estrellas penetren derechos y en un instante y con la máxima facilidad hasta su centro, la ma­ sa de la tierra, que es apenas un punto comparada con el cielo. Así lo ad­ miten, como algo evidente e incontestable, todos los astrónomos. Allí, co­ mo afirman los pitagóricos y los platónicos, estos rayos son fortísimos, ya sea porque llegan desde todas partes en derechura al centro, ya sea porque se hallan todos juntos en un espacio reducido. Debido a su elevada intensi­ dad, la materia de la tierra, seca y alejada de todo humor, se enciende allí y, una vez encendida, se reduce y se dispersa por doquier a través de los ca­

nales y hace brotar llamas y azufre, todo a la vez. Pero entienden que este fuego es demasiado oscuro y a modo de una llama carente de luz, del mis­ mo modo que hay en el cielo una luz sin llama, mientras que el fuego que existe entre la luz celeste y la de los espacios inferiores tiene a un mismo tiempo luz y ardor. Admiten asimismo que el fuego que sopla desde el cen­

tro de la tierra es un fuego vestal, dado que consideran que Vesta es la vida

y el numen de la tierra. Y por eso los antiguos construían el templo de Ves­ ta en el centro de las ciudades y colocaban en medio un fuego perpetuo. Pero, para poner ya fin a las divagaciones, concluyamos que si los rayos de las estrellas penetran inmediatamente toda la tierra, no es cosa fácil negar que penetran al instante un metal y una piedra cuando se es­ culpen en ellos imágenes, y que imprimen en ellos dotes admirables o al

menos de cualquier género, dado que también en las profundidades de la tierra generan cosas preciosísimas. Y ¿quién podrá negar que los rayos penetran a través de todas estas cosas? Pues el aire y su cualidad y el so­ nido, aun siendo menos potentes, atraviesan de inmediato los cuerpos só­ lidos y en cierto modo los modifican con sus cualidades. Si fuera cierto que la dureza del medio constituye un obstáculo para la penetración de los rayos, entonces la luz atravesaría el aire mucho más velozmente que el agua, y a ésta mucho más rápidamente que al vidrio y, por la misma razón, al vidrio mucho más rápidamente que al cristal. Ahora bien, dado que tarda el mismo tiempo en atravesar todos los cuerpos, sean líquidos

o sólidos, resulta evidente que la dureza no opone ninguna resistencia a

los rayos. Y por esto afirman que no se debe negar que los metales reci­ ben los rayos y los influjos de los cuerpos celestes y que los conservan durante el tiempo que el cielo ha determinado para ellos -que conservan, digo, un cierto poder que se deriva del contacto con los rayos que con­ vergen en ellos-. ¿Qué ocurre en realidad si la materia, más dura preci­ samente por el hecho de que parece ofrecer resistencia a la causa que se le opone, se expone a ser alcanzada más todavía por los rayos y los in­ flujos celestes? Así, una espada corta una madera colocada bajo la lana sin cortar la lana. De este mismo modo disuelve, a veces, el rayo un me­ tal sin dañar el cuero que lo envuelve. Ahora bien, teniendo en cuenta que la naturaleza celeste es incompa­ rablemente más poderosa y eficaz que nuestro fuego, debe rechazarse la creencia de que la función de un rayo celeste se limite a la de un rayo del fuego terrestre que vemos de manera palpable -a saber, iluminar, calentar, secar, penetrar, reducir, disolver: operaciones todas ellas perfectamente co­ nocidas por nuestros sentidos-, sino que posee capacidades y efectos mu­ cho más numerosos y mucho más maravillosos. De no ser así, tanto la ma­ teria inferior como nuestros sentidos caducos estarían al mismo nivel que la divinidad del cielo. Pero ¿quién ignora que las virtudes ocultas de las co-

sas que los médicos llaman «especiales» no se derivan de la naturaleza de los elementos sino de la celeste? Por tamo, los rayos pueden (como dicen) imprimir en las imágenes, como en otros objetos, poderes ocultos y admirables, además de los cono­ cidos por nosotros. No son, en efecto, inanimados, al modo de los rayos de una linterna, sino vivos y sensibles, como los que brotan a través de los ojos de los cuerpos vivos, y encierran en sí dones maravillosos procedentes de las imaginaciones y de las mentes de los cuerpos celestes, así como una grandísima fuerza que se deriva del afecto potente y del movimiento rapi­ dísimo de estos cuerpos. Actúan de manera singular y con la máxima efi­ cacia sobre el espíritu, que es muy parecido a los rayos celestes. Dejan sen­ tir también esta eficacia sobre los cuerpos, incluso sobre los más duros, pues todos ellos son muy débiles con respecto al cielo. Hay, además, en las diversas estrellas, fuerzas diversas, de suerte que difieren también entre sí en lo que respecta a sus rayos. Son asimismo diversos los poderes que se derivan de los rayos, según el modo como alcanzan a los cuerpos. Y del he­ cho, en fin, de que los rayos se encuentran y se suman entre sí unas veces de una manera y otras de otra, en lugares diversos, con efectos de una vez para otra diferentes, se derivan al instante diversas fuerzas, en mucho ma­ yor número y con mucha mayor rapidez que en las restantes mezclas de ele­ mentos y de cualidades elementales, y asimismo con mucha mayor rapidez de cuanto ocurre en los tonos y los ritmos que resuenan juntos unas veces de un modo y otras de otro. Si meditas diligentemente todas estas circuns­ tancias, no tendrás duda -te dirán- de que a consecuencia de una emisión de rayos se imprimen al instante unas fuerzas en las imágenes, y fuerzas di­ ferentes a consecuencia una emisión distinta. Pero ¿por qué con tal rapidez? Dejo aquí de lado los encantamientos hechos con un mirada de improviso y los amores violentísimos encendidos en un instante por los rayos de los ojos88y que son también, y en cierto mo­ do, encantamientos, como hemos demostrado en el libro Sobre el amor. No mencionaré con qué enorme celeridad un ojo enrojecido inficiona a aquel en quien se fija, ni una mujer menstruante el espejo en que se mira89. ¿No cuentan que entre los ilirios y los tribalios algunas familias, aira­ das, matan con la mirada a los hombres y que había en Escitia algunas mu­ jeres que solían hacer lo mismo? Los catablepos y los basiliscos aniquilan a los hombres tan sólo con mirarlos. El pez torpedo90paraliza al instante la mano, incluso aunque el contacto se produzca a través de un bastón. Se cuenta también que la remora, aun siendo un pez tan pequeño, es capaz de frenar una nave, incluso grande, con solo tocarla. En la Puglia, las tarán­ tulas, con una mordedura, aunque sea oculta, alteran el alma y el espíritu con un estupor repentino. ¿Qué hace un perro rabioso, incluso sin una mor­ dedura evidente? ¿Qué hace la èrica? ¿Y qué, insisto, el madroño? ¿Acaso

no es verdad que incluso ajados provocan veneno y rabia? ¿Negarás en­

tonces que los cuerpos celestes, con los rayos de sus ojos, con los que mi­ ran y al mismo tiempo tocan nuestras cosas, puedan producir de inmedia­

to efectos maravillosos? Ya la mujer embarazada marca de inmediato, tan

sólo con tocarse, un miembro del niño nascituro con la señal de una cosa deseada. ¿Y dudarás de que los rayos que tocan ora aquí ora allá producen diversos efectos? Tú mismo, cuando recoges eléboro, según que cojas la hoja de la parte superior o de la inferior, con este contacto imprevisto ha­

ces que el eléboro lleve los humores hacia arriba o hacia abajo. ¿No es aca­ so verdad que en el inicio de la generación de cualquier cosa las influen­ cias celestes, una vez ya fundida y amalgamada la materia, otorgan dones maravillosos no ya en el curso del tiempo, sino al instante? ¿No es acaso verdad que cuando el rostro del cielo es favorable, a menudo en un mo­ mento brincan fuera de la arena incontables ranas y otros animales pareci­ dos? Así de grande es el poder del cielo en las materias preparadas, así de grande es su rapidez para producir efectos. Y, en fin, si el fuego posee la propiedad de hacer en brevísimo espacio de tiempo lo que otras cosas lle­ van a cabo en lapsos más prolongados, precisamente porque es muy pare­ cido al cielo, ¿quién pondrá en duda que el cielo puede realizar grandes co­ sas casi en un instante, incluso en una materia menos preparada, tal como suele hacer una llama poderosa? ¿Por qué, pues, dicen ellos, dudas de que el cielo se comporte de una manera más o menos parecida cuando cons­ truyes una imagen? Objetarás, creo, como yo mismo objetaba, que en esta caso faltan los grados naturales de la alteración. Y ciertamente esta ausencia disminuye el don celeste, aunque sin rechazarlo del todo. Los filósofos de la naturaleza no quieren, en efecto, que una imagen sea fabricada con un metal o una piedra cualquiera, sino con una muy concreta y muy precisa, en la que la naturaleza celeste haya depositado ya de antemano y de forma natural los gérmenes de la virtud que sirve justamente para la finalidad que se busca

y

que la haya ya casi llevado a cumplimiento, como la llama en el azufre.

Y

quieren que el cielo lleve, en fin, hasta su perfección a esta virtud cuan­

do esta materia es violentamente agitada por medio del arte bajo una ade­ cuada influencia celeste, y así agitada se calienta. Así es como el arte sus­ cita una virtud que está ya germinalmente presente, remitiendo esta materia a una figura parecida a la figura celeste que le es apropiada, la ex­

pone a su idea y, así expuesta, el cielo la perfecciona en aquella virtud cu­ yos gérmenes había depositado al principio, como ocurre cuando el azufre es expuesto a la llama. Por citar un ejemplo, una cierta capacidad de a- traer la paja, concedida por el cielo al ámbar amarillo, aun siendo bastan­

te débil, produce este efecto de forma súbita cuando aumenta su poder me­

diante frotamiento y calentamiento. Una virtud similar, escribe Serapión,

se la ha concedido al albugedo, parecido al jacinto, que no atrae la paja si antes no es restregado con los cabellos91. También la piedra jupiterial llamada bezoar, es decir, «que libra de la muerte», a la que ya nos hemos referido en el libro Contra la peste, ha re­ cibido desde el principio, de parte de Júpiter, poder contra el veneno, aun­ que no tan fuerte que lo pueda comunicar a otras materias. Pero cuando ba­ jo la influencia del Escorpión celeste ha recibido la figura de este escorpión superior, se admite que adquiere al instante un poder perfecto contra los escorpiones y que lo puede comunicar a la almáciga y al in­ cienso. Otro tanto cabe afirmar del jacinto, el topacio, la esmeralda y las otras piedras, es decir, que la fabricación de las figuras sólo es eficaz cuan­ do éstas concuerdan, tanto en la materia como en el efecto, con la estrella de la que desea recibir este poder el fabricante de imágenes y cuando, ade­ más, esta misma materia está ya desde el inicio como intentando comuni­ cárselo. por así decirlo, a través de la figura. Aconsejamos, pues, utilizar para las imágenes sólo los materiales de los que sabes que poseen ya al me­ nos un poco del poder que tú deseas. Prescriben, por consiguiente, que se procure conocer del modo más profundo y diligente posible, los poderes de las piedras y de los metales y recordar, a la vez, que de entre las piedras, el carbunclo, que resplandece en la oscuridad, y la pantaura están sometidos sobre todo al Sol, el zafiro a Júpiter, la esmeralda a Venus, a Mercurio y a la Luna. Y también que los metales, con la única excepción del oro y la plata, no poseen casi ningún poder para estas cosas. En estas operaciones andarás más sobre seguro si refieres el oro puro al Sol y a Júpiter; al primero por el color y al segundo por la mezcla equilibrada (temperata), pues nada hay más equilibrado (temperatius) que Júpiter y el oro. Referirás luego la plata pura a la Luna, pero el oro mezclado con plata a la vez a Júpiter y a Venus. La imagen se­ rá, además, más eficaz si la virtud elemental presente en la materia con­ cuerda con la virtud especial inserta naturalmente en esta misma materia y ésta, a su vez, con aquella otra virtud especial que debe ser captada del cie­ lo por medio de la figura. Y afirman, en fin, que las figuras y las formas inferiores tienen formas parecidas a las celestes. Por eso comprenderás bien que Perseo, que cortó (como dicen) la cabeza de Medusa, preanuncia de ordinario a algunos una mutilación futura y muchas cosas parecidas, y no dudan de que la Luna y otros planetas, cuando se encuentran en deter­ minados signos, mueven determinadas partes de nuestro cuerpo. Pero para que no seas tú, por un acaso, demasiado desconfiado en lo concerniente a las figuras, los astrólogos te exhortarán a que recuerdes que en esta región sublunar, en la que se encuentran los elementos más diver­ sos, también las cualidades de los elementos poseen un grandísimo poder, en la transmutación que, como es obvio, tiende hacia alguna de las pecu-

liaridades de un elemento, es decir, al calor o al frío, a la humedad o a la sequedad. En cambio, las cualidades menos vinculadas a los elementos y a la materia, como son las luces, es decir, los colores, los números y las fi­ guras, tienen tal vez menos poder en estas transmutaciones, pero son de gran valor (o así lo creen) con respecto a los dones celestes. De hecho, también en el cielo las luces, los números y las figuras son tal vez las más poderosas realidades, sobre todo si no hay allí ninguna materia, como opi­ na la mayor parte de los peripatéticos. En tal caso, en efecto, las figuras, los números, los rayos, al no estar sostenidos por otra materia, parecen ser cuasi-sustanciales. Y puesto que en el orden de las realidades las formas matemáticas preceden a las físicas, en cuanto que son más simples y menos defectuo­ sas. es justamente en los grados más elevados del mundo, es decir, en los celestes, donde reivindican para sí la autoridad máxima, de modo que lo que se obtiene desde allí a través del número, de la figura y de la luz de ningún modo es inferior a lo que se alcanza por una propiedad de los ele­ mentos. Se tiene un signo de esta autoridad también bajo la Luna. De he­ cho, las cualidades muy vinculadas a la materia son comunes a muchísi­ mas especies de cosas, e incluso cuando se mezclan de una determinada manera no siempre mudan de especie. En cambio, las figuras y los núme­ ros de las partes naturales poseen una propiedad peculiar de una determi­ nada especie, de la que es inseparable, en cuanto que estas figuras y estos números han sido fijados por el cielo junto con las diversas especies. Más aún, están estrechamente conexionados con las ideas en la mente reina del mundo. Y porque precisamente estas figuras y los números son, en cierto sentido, especies señaladas allí, en la mente divina, con ideas propias, no tiene nada de extraño que de aquí se deriven poderes específicos y parti­ culares. Por tanto, las especies de las cosas naturales están vinculadas a fi­ guras fijas y precisas y los movimientos, las generaciones y las mutacio­ nes a números bien determinados. ¿Qué podré decir de la luz? Es el acto de la inteligencia o su imagen92. En cierto sentido, los colores son luz. Por lo mismo, cuando los astrólogos dicen que las luces, esto es, los colores, las figuras y los números, tienen grandísimo poder para predisponer nuestras sustancias materiales a las in­ fluencias celestes, no debes negar temerariamente, como ellos dicen, esta

afirmación93.

No ignores, por tu parte, que las armonías musicales poseen, a través de sus números y de sus proporciones, una fuerza admirable para calmar, mo­ ver e influenciar el alma y el cuerpo. Las proporciones constituidas por nú­ meros son casi como figuras, como hechas de puntos y de líneas, sólo que en movimiento. De parecida manera se comportan con su movimiento las fi­ guras celestes cuando actúan. Estas figuras, en efecto, ya sea con sus rayos

armoniosos o con sus movimientos, que penetran en todas las cosas, influ­ yen día a día y ocultamente en el espíritu, al modo como suele influenciar­ lo, de manera patente, la música con su fuerza. Sabes bien, por otra parte,

con qué facilidad la figura de alguien que llora suscita sentimientos de com­ pasión y hasta qué punto la figura de una persona amable golpea al instante

y mueve los ojos y la imaginación, el espíritu y los humores. No son menos

vivas y eficaces las figuras celestes. ¿No es acaso verdad que el rostro clemente y sonriente del príncipe hace que todos los ciudadanos se sientan contentos? Mientras que si es fe­ roz y triste, al instante produce pavor. ¿Qué efectos crees entonces que pueden tener, frente a estas cosas, los rostros de la cosas celestes, señores de todas las cosas terrestres1*1? Y en verdad, puesto que también cuando se unen dos personas para generar la prole, suelen imprimir casi siempre en los hijos, que nacerán mucho después, no sólo los rasgos faciales que tie­ nen ellos en aquel momento sino también los que se imaginan, de este mis­ mo modo los rostros celestes imprimen sin tardanza en las realidades ma­ teriales sus notas características en las que, aunque parezca a veces que se mantienen largo tiempo ocultas, luego, llegado el momento, acaban por hacerse patentes. Las figuras celestes son los rostros del cielo. En el cielo puedes lla­ mar caras a las figuras que son más estables que las otras y rostros a las fi­ guras que cambian con más facilidad. De manera análoga, también puedes llamar rostros y figuras a los aspectos que resultan de la posición respecti­ va que asumen las estrellas de día en día a consecuencia de su movimien­ to. Y así es como de hecho se denominan, es decir, hexágonos, pentágonos

y cuadrados. Que sea así, dirán algunos. Que tengan, si os place, las figuras celes­ tes un grandísimo poder para producir efectos. Pero, en puridad, ¿qué re­ lación tiene todo esto con las figuras de las imágenes artificialmente pro­ ducidas? Los astrólogos responderán que ellos no defienden como el punto más importante que nuestras figuras tengan de por sí una potentísima ca­ pacidad de acción sino que están prontísimas para recibir las acciones y las fuerzas de las figuras celestes, en la medida en que están hechas según los modos y los tiempos oportunos, es decir, cuando las figuras celestes son dominantes y las figuras artificiales presentan una plena conformidad con ellas. La figura celeste perfecciona la figura artificial. ¿No es acaso verdad que cuando suena una cítara resuena otra? Pero esto sólo sucede a condi­ ción de que también la segunda tenga una figura similar, esté colocada frente a la primera y las cuerdas de ambas estén puestas y tensadas de ma­ nera parecida. ¿Qué es lo que provoca este efecto, a saber, que una cítara sea influenciada por otra, sino una cierta posición y una cierta conformi­ dad de figuras? La figura de un espejo, lisa, cóncava, resplandeciente, con-

forme al cielo, recibe de este mismo cielo en particular, precisamente en virtud de esta conformación, el gran don de recoger en sí con generosa abundancia los rayos de Febo y de incendiar al instante cualquier cosa, in­ cluso la más sólida, colocada frente a su centro95. No debes dudar, por tan­ to, te dirán, de que una cierta materia adecuada para fabricar una imagen, por lo demás muy conforme al cielo, reciba, por un lado, en sí misma, por medio de una figura parecida a una figura celeste puesta artificialmente en ella, el don celeste y que, por otro lado, lo entregue a alguien que esté cer­ ca o que lo lleva. En realidad, no es sólo la figura sino también la disposi­ ción abierta, a la recepción de influjos, que llamamos diáfana, tienen algo de ineficaz y de pasivo en razón de su propia naturaleza. No obstante, da­ do que una disposición de esta índole en el cielo es el receptáculo propio de la luz, por esto, dondequiera exista bajo el cielo una tal disposición, ya sea natural o de alguna manera conseguida, al instante se obtiene la luz ce­ leste y asimismo se conserva allí donde hay junto a ella o el calor del fue­ go, como en una llama, o algo aéreo o ácueo y tal vez graso, como en las linternas, las lámparas, los carbones y acaso, en cierto modo, en el alcan­ for. Considera tú mismo qué es lo de aquí puede derivarse para las imáge-. nes.

Habrá quien se pregunte cuáles son las figuras celestes que han soli-f do imprimir preferentemente los astrólogos en las imágenes. Hay, de he­ cho, en el cielo, ciertas formas perfectamente perceptibles a simple vistai Algunas de ellas son tal como las han pintado muchos, por ejemplo el Car­ nero, el Toro y figuras parecidas del zodiaco y hay incluso algunas visibles también fuera del zodiaco. Hay, además, un gran número de formas, na tanto visibles cuanto más bien imaginables, en las caras de los signos, que han sido atentamente observadas o cuando menos atisbadas por los indios,, los egipcios y los caldeos. Así, por ejemplo, en la primera cara de la Vir­ gen, una bella doncella, sentada, que sostiene en la mano dos espigas y da de comer a un niño. Y varias más, descritas por Albumasar y algunos otros.' Se distinguen además ciertos caracteres en los signos y en los planetas se­ ñalados por los egipcios. Todas estas figuras desean los astrólogos escul­ pir en las imágenes. Si alguien anhela ardientemente, por ejemplo, un fa­ vor especial de Mercurio, debe «poner» a Mercurio en la Virgen o afe menos poner a la Luna en aspecto con Mercurio y preparar a continuacióa' una imagen de estaño o de plata en la que esté todo ei signo de la Virgen, además de los caracteres de la Virgen y de Mercurio. Y si tienes la inten­ ción de usar la primera cara [es decir, el primer decano] de la Virgen, aña­ de también la figura que antes hemos dicho que se observa en esta prime­ ra cara. Y de modo parecido para todo lo demás. Los autores de imágenes más recientes han pensado utilizar, de ma­ nera generalizada, la forma redonda, a semejanza del cielo. Los más anti-

guos, en cambio, según hemos leído en una recopilación de textos árabes, anteponían a todas las imágenes la figura de la cruz, porque los cuerpos actúan mediante un poder que está difundido en relación con la superfi­ cie. Ahora bien, la primera superficie viene descrita por una cruz, pues posee, ante todo, longitud y anchura. Esta es la primer figura y la más rec­ ta de todas ellas, en cuanto que contiene cuatro ángulos rectos. Los efec­ tos de los cuerpos celestes se dejan sentir, sobre todo, cuando los rayos y los ángulos son rectos. De hecho, las estrellas son poderosas fundamen­ talmente cuando ocupan los cuatro ángulos del cielo, mejor aún, los cua­ tro puntos cardinales, es decir, el de oriente, el de occidente y los dos del medio. Y así dispuestas, dichas estrellas dirigen recíprocamente sus rayos de tal modo que surge una cruz. Y por eso decían los antiguos que la cruz es una forma derivada del poder de las estrellas y receptáculo de dicho po­ der y que posee, por consiguiente, un grandísimo poder sobre las imáge­ nes y recoge las energías y los espíritus de los planetas. Esta opinión fue más tarde introducida y confirmada por los egipcios. Entre sus jeroglíficos, en efecto, uno de los más notables era la cruz que, a tenor de sus costumbres, simbolizaba la vida futura, y esculpían esta fi­ gura en el pecho de Serapis. Yo entiendo que esta opinión sobre la exce­ lencia de la cruz entre los egipcios anteriores a Cristo no es tanto un testi­ monio del don de las estrellas cuanto más bien un presagio del poder que la cruz estaba destinada a recibir de Cristo. Y creo que los astrólogos que vivieron inmediatamente después de Cristo, al ver que por medio de la cruz llevaban a cabo los cristianos cosas prodigiosas, no sabiendo o no queriendo referir a Jesús cosas tan admirables, las atribuyeron a los cuer­ pos celestes, aunque deberían haber advertido que, sin la invocación del nombre de Cristo, la cruz era incapaz de producir ningún milagro. Tal vez pueda admitirse como probable que la figura de la cruz es adecuada para las imágenes porque alcanza la fuerza de los planetas y de todas las estre­ llas, pero no es ésta la razón última de su gran potencia. Unida a todas las demás cosas que son necesarias, tiene tal vez un cierto poder para la bue­ na salud del cuerpo. Pero retomemos a la exposición de las opiniones de los otros con que iniciamos este apartado. Para alcanzar larga vida, los antiguos hacían la ima­ gen de Saturno en la piedrafeyrizech, es decir, en el zafiro, a la hora de Sa­ turno, cuando era ascendente y estaba en posición favorable. Su forma era la de un anciano sentado en una elevada cátedra o sobre un dragón, con la ca­ beza cubierta por un lienzo de lino oscuro, en el acto de alzar las manos so­ bre la cabeza, sosteniendo con una mano una hoz o bien peces, y vestido con ropa oscura. Para conseguir una vida larga y feliz96fabricaban una imagen de Júpi­ ter en una piedra clara y blanca. Representaba a un hombre sentado sobre

un águila o un dragón, con corona en la cabeza, en la hora de Júpiter, cuan­ do el mismo Júpiter asciende favorablemente en su exaltación, vestido con ropaje amarillo-oro. Contra la timidez fabricaban imágenes en la hora de Marte, cuando surgía la primera cara de Escorpión: Marte armado y coro­ nado. Para curar las enfermedades foijaban en oro la imagen del Sol en la hora del Sol, cuando la primera cara del León es ascendente con el Sol: un rey en el trono, vestido con ropaje de color amarillo-oro y un cuervo y la

forma del Sol. Para la alegría y el vigor del cuerpo construían la imagen de Venus jovencita, con frutos y flores en la mano, vestida con ropas blancas

y

de color amarillo-oro, en la hora de Venus, cuando la cara de la Balanza

o

de los Peces o del Toro es ascendente con Venus. Para el ingenio y la me­

moria fabricaban la imagen de Mercurio en la primera cara de los Gemelos. De parecida manera, contra las fiebres se esculpía la imagen de Mercurio:

un hombre que tiene flechas en la mano, en la hora de Mercurio, cuando Mercurio surge. Esta imagen se esculpía en mármol, y de vez en cuando la imprimían en las sustancias que debían consumir los enfermos. Y afirma­ ban que con esto se curaba todas clase de fiebres. Para favorecer el creci­ miento, la imagen de la Luna cuando la primera cara del Cangrejo es as­ cendente. La forma de Mercurio: un hombre sentado en un trono con el petaso, con penacho, con pies de águila, alado, a veces sobre un pavo; tie­ ne en la mano izquierda un gallo o fuego y en la derecha una caña, con ves­

tido variopinto. La Luna: una bella joven que tiene la cabeza adornada con cuernos, sobre un dragón o un toro, con serpientes sobre la cabeza y deba­ jo de los pies. Para curar los cálculos y los dolores de los genitales y con­ solidar la sangre se hace una imagen en la hora de Saturno, cuando surge la tercera cara de Acuario con Saturno. Imprimían asimismo en oro un león, que revolvía con las patas una piedra en forma solar, en la hora del Sol, cuando surge el primer grado de la segunda cara del León. Entendían que esta imagen servía de ayuda para alejar las enfermedades. Para las dolen­ cias renales hacían una imagen parecida, cuando estaba en la mitad del cie­ lo, en el Corazón del León. Esta imagen fue aprobada por Pietro de Abano97

y confirmada por la costumbre, pero con esta condición: que Júpiter o Ve­

nus miren a la mitad del cielo, mientras que los planetas nocivos caen y es­ tán en posición desfavorable. He sabido por Mengo, médico ilustre98, que una imagen de este tipo, hecha cuando Júpiter estaba en conjunción con el Sol, liberó a Giovanni Marliani, famoso matemático de nuestro tiempo99,

del temor que de ordinario le acometía cuanto retumbaban los truenos. Confeccionaban también, para reforzar la salud y evitar los envene­ namientos, una imagen de plata en la hora de Venus, cuando la Luna ocu­ pa los ángulos y mira favorablemente a Venus, a condición de que el señor de la sexta casa mire a Venus o a Júpiter en aspecto trigono o en oposición

y no esté Mercurio en posición desfavorable. Hacían esta imagen en la ho­

ra última del día del Sol, de modo que el señor de la hora ocupara la deci­ ma zona del cielo. Pietro de Abano100dice que un medico puede curar a un enfermo por medio de una imagen siempre que al fabricarla procure que los ángulos del ascendente, de la mitad del cielo y del descendente sean fa­ vorables y sean asimismo favorables el señor del ascendente y la segunda zona, y sean, por el contrario, desfavorables la sexta zona y su señor. Dice también que la salud será más firme y la vida más dilatada de lo que había sido establecido al principio si, observada la posición de los astros en el momento del nacimiento, se hace una imagen en la que se coloquen las si­ guientes cosas portadoras de fortuna: el significador de aquella vida, los dadores de la vida, los signos, los señores, sobre todo el ascendente y su señor, también la mitad del cielo, el lugar del Sol, la parte de la fortuna, el señor de la conjunción o sigicia hecha antes del nacimiento. Debe elegir­ se, además, el momento en el que los planetas desfavorables y en posición no propicia son descendentes. Pietro de Abano concluye declarando que ningún astrólogo duda de que tales cosas ayudan a prolongar la vida. Sería demasiado prolijo pretender señalar cuáles eran las caras en ca­ da signo y cuales las estaciones de la Luna que los antiguos consideraban necesarias para imprimir las imágenes. Aprovechaban la estación de la Lu­ na a partir del grado decimoséptimo de la Virgen hasta el final para hacer imágenes contra las enfermedades y las malquerencias y para un viaje fe­ liz. La estación desde el inicio de Capricornio hasta el grado duodécimo contra las enfermedades y las discordias y contra los encarcelamientos. La estación desde el grado duodécimo al vigésimo quinto de Capricornio con­ tra la debilidad y la cárcel. La estación del cuarto grado de ios Peces has­ ta el decimoséptimo del mismo signo para curar las enfermedades, conse­ guir ganancias, para las compañías convenientes y el aumento de las cosechas. Y de igual manera preparaban ingeniosamente en las restantes estaciones imágenes con afectación a menudo demasiado vana. De hecho, sólo he tenido en cuenta y mencionado las imágenes que no se remontan a la magia sino a la medicina. Sospecho incluso que hasta una medicina pre­ parada según estos procedimientos podría resultar absolutamente inútil. Para la preparación de otros medicamentos, pero más legítimos, creo que se deben elegir estas posiciones de la Luna y también, en el Car­ nero, el sexto grado y de nuevo el decimonono y el minuto vigésimo sex­ to; de igual modo, en los Gemelos, el grado décimo y cincuenta y un mi­ nutos; en el Cangrejo, el grado decimonono y veintiséis minutos; en la Balanza, el sexto grado y treinta y cuatro minutos; en Capricornio, el grado decimonono y veintiséis minutos; en Acuario el grado segundo y diecisiete minutos; en el mismo, el grado decimoquinto y ocho minutos. Es además preciso tener en cuenta la opinión de Haly101: cualquier signo, mientras esté en él el Sol, está vivo, domina sobre los restantes y tiene

un efecto superior a ellos, de modo que has de dirigir hacia allí a la Lu­ na, para recibir como medicina el don específico de este lugar. Cuando digo de este lugar me refiero al signo y a la cara y, sobre todo, al grado, para que, si intentas obtener los bienes de Júpiter, vuelvas a la Luna en dirección o en conjunción con estos signos, caras o grados, hasta que el Sol ilumine un lugar en el que sea fuerte la cualidad jupiterial. Y lo mis­ mo para los restantes bienes celestes. Sería en verdad curioso, y tal vez incluso nocivo, exponer qué imáge­ nes fabricaban y con qué procedimientos para conciliar o para separar los ánimos entre sí, para llevar la felicidad o atraer la malaventura sobre una persona, una casa o una ciudad. Yo, por mi parte, no afirmo que puedan ha­ cerse tales cosas. Los astrólogos aseguran que es perfectamente posible y enseñan el modo, pero no me atrevo a consignarlo. En la biografía de su maestro Plotino, informa Porfirio102que pueden intentarse cosas de esta ín­ dole. Cuenta, en efecto, que Olimpio, mago y astrólogo de los egipcios, in­ tentó hacerlas en Roma contra Plotino, procurando, por medio de imáge­ nes y artificios de este género, hacer caer sobre Plotino algún influjo astral maléfico, pero que aquellas tentativas se volvieron contra su artífice a cau­ sa de la excelencia del alma de Plotino. También Alberto Magno103, que además de teología enseñó astrologia, en su libro el Espejo, en el pasaje en el que dice que debe distinguirse entre las cosas lícitas y las ilícitas, afir­ ma que las imágenes hechas por los astrólogos de acuerdo con las normas adquieren el poder y la eficacia de la configuración del cielo. Y enumera a continuación sus maravillosos efectos, de acuerdo con las promesas de Thebit Benthorad104, de Ptolomeo y de otros astrólogos. Describe las imá­ genes para atraer la desgracia o la prosperidad sobre alguien que delibera­ damente omito. Confirma, al mismo tiempo, que estas imágenes pueden producir algún efecto aunque, como hombre honesto, rechaza estos abusos y, en cuanto teólogo respetuoso con la ortodoxia, condena las plegarias y las fumigaciones a que algunos impíos recurrían para invocar a los demo­ nios a la hora de fabricar las imágenes. Pero no condena, con todo, las fi­ guras y las letras y los movimientos impresos en las imágenes con el ob­ jetivo preciso de recibir un don de una figura celeste. Pietro de Abano confirmó, por su parte, que es posible conseguir tales cosas por medio de Jas imágenes105. Más aún, llegó incluso a afirmar que no sé qué región fue destruida por medio de una imagen que, según informa Thebit, fue fabri­ cada por el astrólogo Pedice. Tomás de Aquino, nuestro guía en teología, es mucho más cauto en lo referente a estas prácticas y atribuye menos poderes a las imágenes106. Admite que por medio de las figuras puede conseguirse tanto poder del cielo como es preciso para producir los efectos que el cielo suele obte­ ner por medio de las plantas y de otras causas naturales. Pero no porque

la figura que hay en la materia concuerde con el cielo, sino porque un compuesto parecido [es decir, en concordancia con el cielo] está ya pues­ to en una determinada especie de objetos artificiales. Hace estas afirma­ ciones en el libro tercero Contra los gentiles, donde se burla de los ca­ racteres y las letras añadidos a las figuras, aunque no tanto de las figuras mismas, salvo el caso de que hubieran sido añadidos como signos por los propios demonios. Dice también, en el libro Sobre la suertel"7, que las constelaciones dan el orden de ser y de perdurar no sólo a las realidades materiales sino también a las artificiales y que por esta razón las imáge­ nes son fabricadas bajo unas concretas constelaciones. Pero rechaza que por su medio pueda acontecemos algo admirable situado más allá de los efectos normales de las realidades naturales y, si alguna vez esto ocurre, lo atribuye a los demonios que seducen a los hombres. Afirma estas mis­ mas ideas con mucha claridad en el libro Contra los gentiles, pero sobre todo en el opúsculo Sobre las operaciones ocultas de la naturaleza, don­ de, al parecer, apenas presta atención a las imágenes, cualquiera que sea el método seguido para su fabricación. Por tanto, dado que él lo ha dis­ puesto así, también yo, por mi parte, opino que no se les debe conceder ninguna importancia. Por lo demás, tampoco a los platónicos les es ajena la idea de atribuir

a los engaños de los demonios algunos de los efectos admirables de las imágenes. De hecho, también Jámblico,uí dice que quienes, dejando de la­ do la suma religión y la conducta piadosa, y confiando únicamente en las imágenes, esperan recibir de ellas dones divinos, son con mucha frecuen­ cia engañados por los demonios, que se presentan bajo la apariencia de di­ vinidades benéficas. Pero no niega, con todo, que de las imágenes cons­ truidas según los rectos dictámenes de la astrologia puedan proceder algunos bienes naturales. Entiendo, en fin, que será más seguro confiar en las medicinas que no en las imágenes y creo igualmente que las razones que hemos aducido acer­ ca del poder celeste de las imágenes pueden demostrar que la eficacia radi­ ca en las medicinas mismas, más que en las figuras. Es, en efecto, probable que si las imágenes poseen alguna fuerza, no la han adquirido recientemen­ te y por medio de la figura, sino que la poseen en razón de la materia mis­ ma, que tiene esta disposición natural. Y si alguna imagen adquiere alguna buena cualidad nueva mientras es esculpida, esto no se deriva de la figura misma sino del calentamiento provocado por la incisión. Esta incisión y es­ te calentamiento, hechos bajo una armonía celeste parecida a aquella armo­ nía que en el pasado había infundido un cierto poder en la materia, suscitan

y refuerzan este mismo poder, como hace el viento con la llama, y ponen de

este modo al descubierto lo que hasta entonces permanecía oculto, de la mis­

ma manera que el poder del fuego permite ver las letras invisibles escritas

conjugo de cebolla. También las letras, totalmente invisibles, escritas en pie­ dra con grasa de cabra, si se sumerge la piedra en vinagre, se toman tan vi­ sibles como si estuvieran esculpidas. Y así como el contacto con la erica109

o con el madroño suscita la rabia adormecida, así tal vez también una cierta incisión y el simple calentamiento, hechos de modo natural según las nor­ mas debidas y en el momento oportuno, hacen salir al exterior los poderes

latentes de la materia. Es útil aprovechar esta oportunidad celeste en la pre­ paración de las medicinas. O si por acaso alguien quisiera tratar los metales

y las piedras, es mejor limitarse a golpearlos y calentarlos que no laminarlos

en figuras. En efecto, aparte el hecho de que sospecho que las figuras son inútiles, no debemos admitir temerariamente ni la más mínima sombra de idolatría. Ni debemos tampoco, y de igual modo, recurrir temerariamente a las estrellas, ni siquiera a las favorables y aportadoras de salud, para alejar las enfermedades afines a ellas. La verdad es que a menudo las acrecientan, del mismo modo que a veces las estrellas nocivas disminuyen las enferme­ dades no afines a ellas, como enseñan claramente Ptolomeo y Haly110. Pero ¿cómo hemos pasado por alto precisamente la imagen universal, es decir, la que propia del universo? Pues los astrólogos confían, al pare­ cer, en poder obtener beneficios del universo. Quien los siga, esculpirá, por tanto, en la medida de lo posible, una como forma arquetípica de todo el mundo, en cobre si así le place, que luego, en el momento oportuno, im­ primirá en una lámina de plata dorada. ¿Cuál es el momento oportuno pa­

ra esta impresión? Cuando el Sol toque el primer minuto del Camero. A partir de este punto, en efecto, toman los astrólogos año tras año, como si se tratara del retomo de su día natal, los auspicios para la suerte del mun­ do. Así pues, este seguidor de los astrólogos imprimirá la figura de todo el mundo justo en el natalicio del mundo. ¿Acaso no adviertes con qué ex­ quisita elegancia se nos ha presentado, a lo largo de nuestra exposición, el argumento del nacimiento del mundo en un determinado momento? Preci-- samente porque cada año renace. ¿No es acaso cierto que también en el na­ cimiento de un hombre miden los astrólogos en qué signo, en qué grado y en qué minuto ha salido el Sol? Es aquí donde ponen el fundamento de to­ da la figura. Y luego, en cualquiera de los años sucesivos, apenas llega el Sol a encontrarse en aquel mismo minuto, afirman que esa persona por así decirlo renace, y extraen de aquí presagios para la suerte del año. Así pues, del mismo modo que no tendría sentido recurrir a estas prácticas en los hombres si, por así decirlo, no renacen -y no podrían renacer si no hubie­ ran nacido una vez primera- así se puede suponer que también el mundo ha nacido una vez, cuando el Sol se encontraba en el primer minuto del Camero, dado que año tras año, a través del mismo lugar, gira la fortuna del mundo, como que renace. Éste es, pues, el momento en que aquél fa­ bricará la figura del mundo.

Se guardará, por tanto, de esculpir e imprimir la figura en sábado, que

es el día de Saturno. Se nos dice, en efecto, que este día Dios, artífice del mundo, descansó del trabajo que había iniciado en un ideal día del Sol. Cuanto, pues, está el Sol adaptado para la generación, está inadaptado Sa­ turno. Había completado su obra el viernes, día de Venus, que simboliza la belleza absoluta de la obra misma. No quiero añadir nada más acerca del tema de los modos de la creación del mundo, pues ya ha descrito magnífi­ camente los misterios de Moisés nuestro Pico della Mirandola1", a propó­ sito de Ia genesis divina dei mundo en aquellos días. Por tanto, para vol­ ver a nuestro propósito, este artífice tampoco esculpirá su mundo en el día

y la hora de Saturno, sino más bien en el día y la hora del Sol. La impri­

mirá luego en el día natalicio del año, sobre todo si en aquel momento es­ tán presentes y son propicios Júpiter y Diana"2. Será también óptimo, a su entender, añadir a la imagen, aparte las lí­ neas, algunos colores. Hay en el mundo tres colores universales y al mis­ mo tiempo singulares: el verde, el oro y el azul zafiro, consagrados a las tres Gracias del cielo. El verde es el color de Venus y a la vez de la Luna:

húmedo para las complexiones húmedas, cercano a las cosas que nacen, adecuado para las madres. Que el oro sea el color del Sol es cosa que na­ die pone en duda, aunque por lo demás tampoco es ajeno a Júpiter y a Ve­ nus. El azul zafiro, en fin, se lo dedicamos sobre todo a Júpiter, a quien se dice que le está consagrado el zafiro. Por esta razón eligen los médicos el lapislázuli, que es de este color y que, por su virtud jupiterial. resulta efi­ caz contra la bilis negra que se deriva de Saturno; nace con el oro, está jas­ peado con signos de oro y es compañero del oro, del mismo modo que Jú­ piter lo es del Sol. Un poder parecido posee la piedra de Armenia, que tiene un color en cierto modo similar, junto también con el verde. Así pues, pa­ ra recibir los dones de las Gracias celestes es útil, según el parecer de los

astrólogos, mirar con mucha frecuencia estos tres colores en particular, e insertar en el modelo del mundo que estás fabricando el color azul zafiro de las esferas del universo. Pensarán que merece la pena, en la tarea de imitar lo mejor posible al cielo, añadir a las esferas estrellas de oro y revestir con ropaje verde tam­ bién a Vesta, o Ceres, es decir, la Tierra. El seguidor de los astrólogos o bien llevará consigo un modelo de esta índole o bien lo mirará, poniéndo­ lo delante de sí. Será también útil contemplar una esfera dotado de sus mis­ mos movimientos, como aquella construida por Arquímedes y hace poco también por un conciudadano nuestro de Florencia, llamado Lorenzo"3. Y no solo mirarla, sino meditarla en el alma. Construirá, por tanto, en la par­ te más privada de su casa, una cámara abovedada, pintada con las figuras

y los colores que hemos dicho, permanecerá en ella mucho tiempo cuando

esté despierto y pondrá allí su dormitorio. Y, cuando salga de casa, con­

templará el espectáculo de las realidades concretas con menor atención que la que pondrá en observar la figura y los colores del universo. Pero que estudien estas cosas quienes modelan las imágenes. Tú. por tu parte, mo­ delarás dentro de ti una imagen más excelente. Una vez que hayas com­ prendido que no hay nada más ordenado que el cielo ni cabe imaginar na­ da más equilibrado (temperatius) que Júpiter, confiarás en alcanzar los beneficios del cielo o de Júpiter si tú mismo te haces ordenadísimo y equi­ libradísimo (temperatissimus) en los pensamientos, los afectos, las accio­ nes y el estilo de vida. Pero ya que hemos pasado a hablar de la armonía (temperantia) ce­ leste, tal vez sea oportuno recordar que en el cielo, dicho en lenguaje pe­ ripatético, no se da ningún exceso de cualidades elementales; de lo con­ trario, esto es. si estuviera compuesto de esta manera, habría ya desaparecido al cabo de tantos siglos. Y si, en la hipótesis opuesta, fue­ ra simple, con una grandeza, una potencia y un movimiento tan grandes, habría perdido las otras cualidades. Pero es indudable que, en cuanto que es muy moderado, modera todas las cosas y mezcla, hasta formar una unidad, realidades dispares. Además, ya sea a causa de su equilibrio (temperantia) o debido a la excelencia de la forma, ha merecido que Dios le dé vida. Vemos, en efecto, que también viven las cosas compuestas cuando, como en las plantas, parece que una mezcla perfecta de las cua­ lidades consigue superar el contraste que había al principio. La vida de los animales es más perfecta que la de las plantas, porque en ellos se da una complexión más alejada de la lucha entre los contrarios. Y por esta misma razón, es aún más perfecta, y en cierto modo casi celeste, en los seres humanos. Precisamente porque la complexión humana se acerca ya al equilibrio (temperantia) celeste, sobre todo en el espíritu, que, además de la sutileza de su sustancia y del equilibrio (temperantia) de sus cuali­ dades, por las que concuerda con el cielo, ha recibido también la luz ce­ leste. Y cuando el espíritu consigue esta calidad en un grado máximo, ha alcanzado ya a la vez el sumo grado celeste y ha obtenido de Dios la vi­ da celestial con mucha mayor plenitud que ningún otro ser. Y mientras alcance y mantenga esta conducta y norma de vida, conseguirá conquis­ tar asimismo dones de los celestes. De hecho, cuando decimos que en el cielo no hay exceso de las cua­ lidades elementales, entendemos o bien que no hay allí ninguna cualidad de este género, pero existen, equilibradas (temperatae), las virtudes que producen estas cualidades o bien que hay allí cualidades hasta cierto pun­ to parecidas, pero de una naturaleza cuasi aérea. Y cuando calificamos a algunas de las cosas de allí de frías y secas, entendemos estas cualidades en sentido platónico, esto es, que se llama frío a lo que es causa de poquí­ simo calor y se denomina seco lo que produce en nosotros humor escasí­

simo. Por eso el astrólogo Abraham114 afirma que Saturno deja nuestro cuerpo en cierto modo frío y seco, porque le aporta poco calor y poco hu­ mor. Por la misma razón, la carne de buey y de liebre, en sí misma cálida y húmeda, es para nosotros fría y seca. De este razonamiento extrae dos corolarios: el primero, que si los cuerpos más equilibrados (temperati) vi­ ven más, el cielo, que es equilibrado (temperatum) en grado sumo, vive el máximo posible; y también, recíprocamente, que del hecho de que el cie­ lo, que es equilibrado (temperatum) de la manera más perfecta que cabe imaginar, posee en sí una vida del todo incondicionada, puede concluirse que los restantes seres alcanzan una vida más elevada en la exacta medida en que se aproximan al equilibrio (temperies) y a la vida celestes. El se­ gundo corolario reza que la vida es una forma perfecta en sí, que perfec­ ciona al cuerpo y proporciona el principio del movimiento -quiero decir el principio íntimo del movimiento, que se desarrolla tanto interna como externamente por doquier. Si, pues, la vida es justamente esto, ten por in­ sensato a quien no haya comprendido que donde se encuentra una forma de tal índole es en el cielo, cuerpo excelentísimo que se mueve siempre perfectamente con un movimiento circular, que vivifica todas las cosas, pero más, y gradualmente, aquellas que o han llegado de manera natural a una mayor semejanza con él o se exponen día tras día a sus influencias. Sabemos con certeza, por propia experiencia, que cuando alguien uti­ liza de manera correcta el eléboro y lo soporta bien, cambia en cierta me­ dida, a consecuencia de la especial purificación y de sus propiedades ocultas, la calidad del espíritu y la naturaleza del cuerpo y también, en parte, los movimientos del alma y como que rejuvenece, hasta el punto de que parece haber renacido. Por eso cuentan que Medea y los magos so­ lían restituir, con ciertas hierbas, aquella juventud que los mirobálanos no restituyen, pero sí conservan. Lo astrólogos entienden que las imágenes propicias tienen un poder análogo, en virtud del cual cambian en cierto modo la naturaleza y las costumbres de quien las lleva, guiándolo hacia una condición mejor, y ello de tal modo que pasa casi a convertirse en otra persona, o conserva cuando menos, durante mucho tiempo, una excelen­ te salud. Opinan también que las imágenes nocivas poseen, contra quie­ nes las llevan, el poder del eléboro cuando se le consume sin tener en cuenta el arte de la medicina y la capacidad individual para soportarlo, es decir, que tienen un efecto nocivo y venenoso. Si, además, han sido fa­ bricadas y dirigidas expresamente para causar daño a un tercero, las imá­ genes tienen un poder semejante al de un espejo de bronce cóncavo que, al reunir y dirigir en direcciones opuestas los rayos, hace que éstos de cer­ ca quemen y de lejos ofusquen la visión. Aquí han tenido su origen y na­ cimiento aquella historia y aquella creencia según las cuales con los arti­ ficios de la astrologia y los envenenamientos de los hechiceros, hombres,

animales y plantas puede ser alcanzados y llegar a consumirse por el in­ flujo nefasto de los astros. La verdad es que, por lo que a mí respecta, no acabo de entender bien cómo puedan tener las imágenes algún poder sobre una cosa tan distante. Sí barrunto, en cambio, que lo puedan tener sobre el que las lleva. Pero no tal como se lo imagina la mayoría -y esta mayoría más en razón de la materia que de la figura- y, como ya he di­ cho, prefiero con mucho las medicinas a las imágenes. Por otra parte, los árabes y los egipcios atribuyen tal poder a las esta­ tuas y a las imágenes construidas según las artes astronómicas y mágicas que casi se llegaría a pensar que están encerrados en ellas los espíritus de las estrellas. Por espíritus de las estrellas entienden algunos las fuerzas ma­ ravillosas de los cuerpos celestes, mientras que según otros se trata de los demonios que acompañan a esta o aquella estrella. Pero fuera cual fuere el género de los espíritus de las estrellas, opinan que se introducen en las es­ tatuas y en las imágenes no de modo diferente a como los demonios sue­ len ocupar a veces los cuerpos de los hombres y hablar, moverse, mover y llevar a cabo por su medio cosas sorprendentes. Entienden que los espíri­ tus de las estrellas hacen cosas parecidas por medio de las imágenes. Creen que los demonios que habitan en el fuego cósmico penetran en nues­ tros cuerpos a través de los humores ígneos o ardientes y, de manera simi­ lar, por medio de los espíritus asimismo ígneos y de las pasiones ardientes. También, y de este mismo modo, es posible conseguir que los espíritus de las estrellas, oportunamente captados por medio de rayos, de fumigacio­ nes, de luces y de sonidos violentos, entren en las materias adecuadas de las imágenes y produzcan efectos asombrosos en quien las lleva consigo o está cerca de ellas. Nosotros creemos que tales fenómenos pueden aconte­ cer por obra de los demonios, pero no ya porque estén encerrados en una determinada materia, sino porque les complace ser venerados. Pero ya he tratado estas cuestiones con mayor diligencia en otro lugar. Enseñan los árabes que cuando fabricamos como es debido estas imá­ genes, si mantenemos nuestra imaginación y nuestros afectos sumamente concentrados en esta operación y en la estrella, nuestro espíritu se une al1 espíritu mismo del mundo y a los rayos de las estrellas por medio de los cuales actúa el espíritu del mundo. Y añaden que está hasta tal punto uni­ do también en la causa que, partiendo del espíritu del mundo, se infunde en la imaginación, por medio de los rayos, el espíritu de cualquier estrella, es decir, un cierto poder vivificante muy conforme con el espíritu de la per­ sona que en aquel momento está fabricando la imagen. Enseñan asimismo que a una obra de esta índole le sirven de ayuda las fumigaciones adecua­ das dirigidas a las estrellas en la medida en que tales fumigaciones influ­ yen en el aire, en los rayos, en el espíritu del artífice y en la materia de las imágenes. Entiendo, por mi parte, que los perfumes, en cuanto que son

bastante parecidos por su propia naturaleza al espíritu y al aire y que, cuan­ do se queman, adquieren una forma parecida a la de los rayos de las estre­ llas, si son solares o jupiteriales influyen con eficacia en el aire y en el es­ píritu para acoger oportunamente, bajo los rayos, las cualidades del Sol o de Júpiter, dominantes en aquel momento. Y el espíritu, así influenciado, así lleno de dones, no sólo puede actuar con mayor intensidad y eficacia sobre el propio cuerpo sino transmitir además una cualidad similar tam­ bién a un cuerpo vecino, sobre todo si es conforme por naturaleza y más débil. Yo entiendo, por el contrario, que la materia de la imagen, más bien dura, no puede recibir prácticamente casi nada de los olores o de la imagi­ nación de quien la fabrica. No obstante, el espíritu acusa tan profunda­ mente la influencia de los aromas que de dos cosas se deriva una sola. Es­ to resulta evidente por el hecho de que un aroma, cuando ha actuado bastante, ya no influye en el olfato. El olfato, en efecto, como cualquier otra cosa, no recibe impresiones de sí mismo o de algo que le es muy pa­ recido. Pero volveremos sobre estas cuestiones en otro lugar. Me atengo, pues, al parecer de que la concentración de la imagina­ ción tiene importancia y es eficaz, pero no cuando se fabrican las imá­ genes o se preparan las medicinas sino cuando se aplican y consumen, de modo que si alguien que lleva una imagen hecha de acuerdo con las nor­ mas o, con toda seguridad (según dicen), si cuando usa una medicina de­ sea ardientemente recibir ayuda de ella y cree sin la menor vacilación y espera con firmeza recibirla, de esta disposición se derivará ciertamente el mayor acrecentamiento posible de la ayuda misma. Pues en efecto, cuando ya sea el poder de una imagen, si alguno tiene, o ya sea al menos la virtud natural de la materia elegida para fabricarla, penetra en la car­ ne de quien la lleva y la calienta, o, con certeza, el vigor de la medicina consumida penetra internamente en las venas y en la médula, aportando consigo las propiedades jupiteriales, entonces el espíritu del hombre se traslada a este espíritu jupiterial mediante el afecto, es decir, mediante el amor, pues éste es justamente el poder del amor, el de transportar. La confianza y la esperanza refuerzan sin duda íntimamente y conso­ lidan en el espíritu jupiterial el espíritu del individuo así ya estimulado. Pues si, como enseñan Hipócrates115y Galeno116, el amor y la confianza del enfermo hacia el médico, que es respecto del cielo inferior y respecto del enfermo exterior, ayudan mucho a la salud (más aún, Avicena117afirma in­ cluso que esta confianza es más eficaz que la medicina misma), ¿cuánto más no ha de creerse que favorecen la ayuda divina, el afecto y la con­ fianza frente a la influencia celeste, que está ya puesta en nosotros, que ac­ túa dentro de nosotros, que penetra en las visceras? De hecho, ya el amor mismo y la confianza hacia el don celeste son con frecuencia la causa de una ayuda celeste, y a la inversa, el amor y la confianza proceden acaso a

veces de allí, porque es en esto precisamente en lo nos favorece ya la ele-* mencia del cielo. Pensamos además que algunas palabras, pronunciadas con intensidad

y henchidas de sentimiento, tienen ya en sí gran poder para encauzar las

imágenes con mayor precisión hacia su efecto, que es justo aquel hacia el que se dirigen los sentimientos y las palabras. Y así, para unir a dos per­ sonas con un amor ardentísimo, fabrican una imagen cuando la Luna se une con Venus en los Peces o en el Toro, tras haber observado en el ínte­ rin, con respecto a las estrellas y a las palabras, muchas cosas que no vie­ ne al caso referir, porque nosotros no enseñamos filtros sino medicinas. Pero es más probable que se pueda conseguir un efecto de esta índole o bien por medio de los demonios venéreos que gozan con estas obras y pa­ labras o bien, simplemente, por medio de los demonios seductores. Cuem tan, por ejemplo, que Apolonio de Tiana sorprendió y desenmascaró a me­ nudo a las lamias118, es a saber, a ciertos demonios lascivos y venéreos que tiene el aspecto de hermosas jovencitas que seducen con halagos y enre­ dos a hombres bellos y como una serpiente chupa con la boca al elefante, así estos demonios con la boca de la vulva los succionan hasta la extenua­ ción total. Pero que sea Apolonio quien responda de estas cosas. Que determinadas palabras posean un poder grande y muy preciso lo afirman Orígenes119en el Contra Celso y también Sinesio120y al-Kin- di121 cuando discurren acerca de la magia. Lo mismo, Zoroastro, que prohibió cambiar las palabras bárbaras. Y, otro tanto, Jámblico122. De

igual modo los pitagóricos, siguiendo la costumbre de Febo y de Orfeo, solían llevar a cabo ciertas cosas maravillosas con sus palabras, con los cantos y los sonidos123. Asimismo los antiguos doctores hebreos dedica­ ron una particular atención a estas cosas y todos los poetas cantan que con los versos se consiguen admirables efectos. Incluso un hombre tan severo como Catón, en su obra Sobre la agricultura recurre a veces a en­ cantamientos bárbaros para curar las enfermedades de los animales124. Pero mejor será dejar de lado los encantamientos. Ya aquel canto con el que el joven David curó la locura de Saúll2S, si no fuera porque el texto

sacro prescribe atribuir este efecto a la divinidad, podría tal vez alguno atribuirlo a la naturaleza. Así como hay siete planetas, así son también siete los grados a través de los cuales se ejerce la atracción de las cosas superiores sobre las infe­ riores. Aquí, las voces y los sonidos ocupan el grado intermedio y están consagrados a Apolo. El grado más bajo lo ocupan las materias más duras, las piedras y los metales, y parecen referirse a la Luna. En el segundo gra­ do en línea ascendente se encuentran los compuestos de hierbas, de los fru­ tos de los árboles, de las gomas y de miembros de animales, y responden

a Mercurio si seguimos en el cielo el orden de los caldeos. En el tercer gra­

do encontramos los polvos más sutiles y sus vapores escogidos entre los materiales que ya hemos mencionado antes, o simplemente los aromas de las hierbas, de las flores y de los ungüentos que pertenecen a Venus. El cuarto grado está ocupado por las palabras, los cantos, los sonidos, cosas todas ellas dedicados justamente a Apolo, que aventaja a los demás como protector de la música. El quinto grado es el lugar de los firmes conceptos de la imaginación, de las formas, los movimientos, los afectos relaciona­ dos con el poder de Marte. En el sexto escalón se encuentran los discursos de la razón humana y las deliberaciones ponderadas, que pertenecen a Jú­ piter. El grado séptimo está constituido por las inteligencias más secretas

y simples, ya casi separadas del movimiento, vinculadas a las cosas divi­

nas, destinadas a Saturno, a quien justamente los hebreos llaman Sabath, que es el nombre de la «quietud». ¿Para qué todas estas cosas? Para que comprendas de qué modo de una determinada composición de hierbas y vapores, preparada siguiendo las normas de un arte, ya sea el de la medicina o el astronómico, se deriva una cierta forma común, a modo de armonía dotada de los dones de las es­ trellas. Y así, de los tonos, elegidos ante todo y sobre todo según la norma que regula las estrellas, compuestos, por tanto, entre sí, para ponerlos en acorde con la armonía de aquéllas, se deriva una forma casi común en la que surge una cierta virtud celeste. Es tarea dificilísima juzgar qué tonos en concreto concuerdan con las diferentes estrellas y qué composiciones de tonos se corresponden de manera específica con las diversas constela­ ciones y los varios aspectos. Pero en parte con nuestra diligencia y en par­ te merced a una cierta suerte divina podemos alcanzar los mismos resulta­ dos a que llegó Andrómaco126, que tras haberse dedicado durante muy largo tiempo a la composición de la triaca, al fin, como premio a sus de­ nodados esfuerzos, consiguió, con suerte divina, descubrir sus poderes. Que aconteció así por voluntad divina lo confirman Galeno y Avicena127. Más aún: Jámblico y Apolonio de Tíana128testifican el hecho de que todas las medicinas han tenido su origen en vaticinios. Y por esta razón, ponen

a la cabeza de la medicina a Febo, poeta y cantor. Para alcanzar el éxito en esta empresa, expondremos tres reglas prin­ cipales, no sin antes exhortarte a creer que en este momento no estamos hablando de adorar a las estrellas, sino de imitarlas y, a través de la imita­ ción, de intentar captarlas. Debes también creer que se trata de dones que las estrellas concederán no por su elección, sino en virtud más bien de una influencia natural. Para recibir esta influencia múltiple y oculta, procura­ remos predisponemos y adaptamos con la máxima diligencia, del mismo modo con que todos los días nos preparamos para recibir, para nuestra sa­ lud, la luz visible del Sol y su calor. Adaptarse a los dones ocultos y ma­ ravilloso de este astro es tarea exclusivamente reservada a los sabios. Pe­

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?

ro pasemos ya a las reglas que podrán establecer la armonía entre el canto

a las estrellas. La primera es averiguar qué fuerzas tiene en sí y qué efec-i

tos provienen de cualquier estrella, constelación o aspecto -qué cosas qui­ tan y cuáles aportan- insertarlas en los signos de nuestras palabras, alejar aquellas estrellas que quitan y aceptar las que aportan. La segunda es con-? siderar qué estrella en particular domina en un lugar y un hombre concre­ tos, observar qué tonos y cantos se usan por lo común en aquella región y por aquella persona, para emplear tú también algunos parecidos, junto con los signos que acabamos de mencionar y con las palabras que intentas di­ rigir a la dicha estrella. La tercera es prestar atención a las posiciones y a

los aspectos cotidianos de las estrellas e intentar descubrir a qué discursos, cantos, movimientos, bailes, costumbres y acciones en concreto es induci­ da, de ordinario, la mayoría de las personas que viven bajo esas circuns­ tancias estelares, de suerte que tú, según la medida de tus fuerzas, puedas imitar todo esto a través de cantos que sean placenteros a un cielo que tie­ ne una disposición parecida y que estén, a su vez, capacitados para recibir un influjo de este mismo género. Recuerda que el canto es el más poderoso imitador de todas las cosasi Imita, en efecto, las intenciones y las pasiones del espíritu y de las pala­ bras, reproduce los gestos, los movimientos, las acciones y los hábitos de los humanos, imita y ejecuta todas las cosas con tal fuerza que induce de inmediato, ya sea al que canta o a los que escuchan, a imitar y poner en práctica estas mismas cosas. Y por este mismo poder, cuando imita las realidades celestes, lleva, por un lado, de maravillosa manera, a nuestro es­

píritu hacia la influencia celeste y, por otro lado, la influencia celeste ha­ cia nuestro espíritu. Ya, de hecho, la materia misma del canto es más pura

y mucho más parecida al cielo que la materia de una medicina. Es, en efec­

to, aérea, cálida o tibia, espira y en cierto modo vive, está compuesta en sus partes y miembros como un animal y no sólo tiene en sí el movimien­ to y manifiesta el afecto sino que trae además consigo un significado, po­ co menos que como el de una mente, hasta tal punto que podría en cierto modo ser definida como animal aéreo. El canto, pues, lleno de espíritu y de sentido, si por acaso o de acuerdo con sus significados, o según sus ar­ ticulaciones y la forma que resulta de éstas, o también según el afecto de la imaginación, se corresponde con esta o con aquella estrella, obtiene un poder en nada inferior al de cualquier otra composición y lo transfiere al cantante, y de éste a quien lo escucha de cerca, mientras el canto conserve su vigor y el espíritu del que canta, sobre todo si el cantor es de naturale­ za febea y posee intensamente el espíritu vital del corazón y, además de és­ te, tiene también el animal. Del mismo modo que la virtud y el espíritu natural, allí donde poseen una potencia especial, convierten al punto en blandos y líquidos los ali-

mentos más duros y en dulces los amargos y, al producir el espíritu semi­ nal, generan descendencia también fuera de ellos, así la virtud vital y ani­ mal, allí donde es más eficaz, al recoger por un lado y agitar con mucha intensidad a su espíritu, actúa poderosamente, por medio del canto, en su propio cuerpo y, por otro lado, al efundirse129, mueve inmediatamente des­ pués al cuerpo vecino e influye de este modo tanto en su cuerpo como en

el otro con una cierta propiedad sideral que ha asumido bien de su propia

forma o bien de la oportuna elección del tiempo. Por esta razón se cuenta

que muchos habitantes de las regiones orientales y meridionales, sobre to­ do de la India, poseen un maravillosa poder en las palabras, porque son en gran parte solares. Y tienen una fuerza no digo natural, sino vital y animal, mayor que la de todos los demás. Y de esta misma manera son todos los que se encuentran en las otras regiones, en especial los febeos. El canto, en fin, entendido con esta potencialidad, oportunidad, inten­ cionalidad, no es casi otra cosa sino otro espíritu concebido poco ha en ti junto al tuyo y convertido en solar, ora sobre ti ora sobre quien está a tu la­ do, en virtud del poder solar. Si el vapor y el espíritu emitidos por medio de los rayos de los ojos o de otro modo puede a veces encantar, contaminar e influenciar de diversas maneras a la persona que se halla cerca, en ésta es mucho más eficaz el espíritu que fluye con abundancia de la imaginación a la vez que del corazón, es más ardiente y tiene más vigor en sus movi­ mientos. No es, pues, nada sorprendente que se puedan a veces alejar o acercar algunas dolencias del alma y también del cuerpo, sobre todo porque un espíritu musical de esta índole toca de cerca y actúa sobre el espíritu in­ termedio entre el cuerpo y el alma y transmite a entrambos su influencia sin necesidad de intermediarios. Admitirás, sin duda, que se advierte la presen­ cia de una fuerza admirable en un espíritu que canta y está excitado, y con­ cederás a los pitagóricos y a los platónicos que el cielo es un espíritu que dispone todas las cosas con sus movimientos y sus tonos. Recuerda que toda la música procede de Apolo y que Júpiter es músi­ co en la medida en que concuerda con Apolo. Y también que Venus y Mer­ curio llevan la música consigo a causa de su vecindad con Apolo [es decir, el Sol], Recuerda asimismo que los cantos sólo pertenecen a estos cuatro planetas, pues los otros tres poseen, sí, voces, pero no cantos. Atribuimos

a Saturno una voz lenta y grave, ronca y quejosa; a Marte una voz de ca­

racterísticas opuestas: veloz, aguda, áspera y amenazadora; y con cualida­ des intermedias a la Luna. A Júpiter cantos graves, severos, dulces y per­

manentemente alegres. A Venus, por el contrario, le atribuimos cantos voluptuosos, llenos de lascivia y morbidez. Atribuimos al Sol y a Mercu­

rio cantos con cualidades intermedias. Si los cantos están llenos de gracia

y suavidad y al mismo tiempo de majestad y son sencillos y severos, los

consideramos apolíneos. Si son al mismo tiempo festivos y en cierto mo­