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24/3/2018 La palabra abandono | Programas | Aviva Nuestros Corazones

Marzo 23, 2018

La palabra abandono
Serie: Redención incomparable

Annamarie Sauter: ¿Alguna vez te has sentido abandonada


por todos los que te rodean?
Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy
DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.
Nancy DeMoss de Wolgemuth: Podemos sentir que lo
somos; podemos pensar que lo somos, pero nunca seremos
verdaderamente abandonadas, porque Él fue abandonado por
nosotras.
Clip: «Cuando llegó la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la
tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús exclamó
con fuerte voz: ELOI, ELOI, ¿LEMA SABACTANI?, que
traducido significa, DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS
ABANDONADO?» (Mar. 15:33-34).
Annamarie: Durante esta semana hemos estado creciendo en
el conocimiento de la persona y obra de Cristo. Nancy nos ha
estado llevado a lo largo de una serie titulada, «Redención
incomparable». Si te has perdido cualquiera de los programas
anteriores, escúchalo a través de nuestro sitio web,
AvivaNuestrosCorazones.com. Aquí está Nancy,
Nancy: Durante las primeras tres horas que Jesús estuvo en la
cruz, allí en el Calvario, desde las nueve de la mañana hasta el
mediodía, Jesús rompió el silencio solamente tres veces; que
nosotras sepamos. Sus primeras tres palabras desde la cruz
fueron en relación a las almas y las necesidades de los demás.
¿Recuerdas como Él oró por el perdón de sus enemigos? Y
aseguró al ladrón arrepentido que iba a estar con Él en el
paraíso, además Él proveyó tan maravillosamente y tan
tiernamente para el cuidado de su madre.
Ahora era el mediodía, y el sol estaba en su punto más alto en
el cielo. Quiero que sigamos el relato en el Evangelio de Mateo;
Mateo, capítulo 27, mientras llegamos a la próxima palabra de
Cristo desde la cruz.

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Mateo 27, comenzando en el versículo 45: «Y desde la hora


sexta (que es el mediodía para nosotras) hubo oscuridad sobre
toda la tierra hasta la hora novena».
Desde el mediodía hasta las tres. Esta es la segunda mitad de
las seis horas que Jesús estuvo colgado en la cruz. Así que Él
dijo esas tres primeras palabras, atendiendo a las necesidades
de los demás, durante esas horas matinales. Ahora tenemos el
sol en su cima, y ahora llega la oscuridad sobre toda la tierra
durante esas tres horas desde el mediodía hasta las tres.
Un comentarista dice: «Jesús había concluido con el aspecto
humano, terrenal, de Su obra. Y apropiadamente, la naturaleza
parecía ahora despedirse de Él, y lloró la partida de su Señor»1
Como puedes ver, incluso la naturaleza participó en lo que
estaba ocurriendo allí en la cruz.
Ahora, el texto no nos dice cuán extendida estaba la oscuridad,
si era solo esa región o si se trataba de una oscuridad
universal. Hay varias anécdotas en escritos extrabíblicos que
sugieren que la oscuridad puede haber ocurrido en todo el
mundo. Vamos a echar un vistazo más de cerca a este
oscurecimiento sobrenatural del sol, la próxima semana cuando
estudiemos los cuatro milagros del Calvario; pero quiero
detenerme aquí solo para decir que no era solo la tierra que
estaba en oscuridad.
Aquí vemos la negra oscuridad, en pleno medio día, que es
una imagen, creo, y un símbolo de la oscuridad que cayó
sobre Jesús durante esta difícil y dolorosa parte de Su
obra redentora, desde el mediodía hasta las tres de la
tarde.
Él ya había sufrido cruelmente a manos de los hombres, y
ahora durante estas tres horas iba a ser sometido a la
mano de Dios.
Jesús, la Luz del mundo, se hunde en una profunda e intensa
oscuridad de cuerpo, alma y espíritu. Durante tres largas horas
el sol es borrado, ya a las tres, las tres de la tarde, llegamos a
la cresta de la crecida agonía de Jesús y de Sus sufrimientos.
El profeta Joel habló de este momento cien años antes. Joel
capítulo 2, versículo 15 dice: «El sol se oscureció, y el Señor
rugió de Sión». Ahora la pregunta es: ¿Qué lo hizo rugir? ¿Qué
fue lo que Él dijo?

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La Escritura nos dice en el siguiente versículo en Mateo 27,


versículo 46:
«Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz,
diciendo: Eli, Eli, ¿Lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios
mío, ¿Por qué me has abandonado? Algunos de los que
estaban allí, al oírlo, decían: Éste llama a Elías. Y al instante,
uno de ellos corrió, y tomando una esponja, la empapó en
vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los
otros dijeron: Deja, veamos si Elías viene a salvarle».
Así que ahora son las tres de la tarde. La tierra ha sido cubierta
—al menos esa región de la tierra, si no la totalidad de toda la
tierra— ha sido cubierta en oscuridad desde el mediodía hasta
las tres. Son las tres, la hora en que los sacerdotes de los
templos cercanos estaban clavando los cuchillos en los
corderos del sacrificio de la Pascua, en ese preciso
momento cuando el Cordero de Dios estaba muriendo por
los pecados del mundo.
Como hemos dicho, durante esas horas antes del mediodía,
Jesús había clamado ya tres veces en nombre de las almas y
de las necesidades de los que le rodeaban. Ahora, después de
haber sufrido tres horas de terrible oscuridad, Jesús clama a
Dios acerca de Su propia angustia del alma.
Yo seré la primera en decir que después de pasar semanas
estudiando y reflexionando y meditando en este pasaje, esto es
un misterio. Hay un misterio en estas palabras. No hay manera
de comprender plenamente la profundidad y el significado de
esta cuarta palabra de Jesús en la cruz.
Pero esto es lo que sabemos: sabemos que estas palabras son
una cita del Salmo 22, versículo 1, que dice: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?» Y el salmo continúa
«¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de
mi clamor? Dios mío, de día clamo y no respondes; y de noche,
pero no hay para mí reposo» (v.2).
Ahora, parece que Jesús había estado meditando sobre este
salmo durante esas horas de oscuridad, mientras Él estaba
colgado en la cruz. Déjame animarte durante esta próxima
semana, la semana desde hoy hasta lo que conocemos como
el Viernes Santo, a que leas los salmos del 22 al 31 durante la
semana que viene y medites en ellos y reflexiones sobre qué

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era lo que Jesús pudo haber estado meditando durante esas


horas cuando fue colgado en la cruz. Jesús conocía la
Escritura. La citaba con frecuencia. Vemos que:

Él la citó cuando estaba en el desierto siendo tentado.


Él la citó cuando estaba respondiendo a las preguntas de sus
oponentes.
Él la citó cuando estaba enseñando a Sus discípulos.
Él la citó cuando estaba sufriendo.
La cita ahora cuando se enfrenta a la más profunda, la parte más
intensa de Su sufrimiento.

Vemos en la vida de Cristo, el valor de memorizar y meditar en


las Escrituras, porque cuando nos encontramos en los
tiempos de crisis, la Escritura que hemos guardado en
nuestros corazones nos sostendrá. Nos va a consolar. Nos
va a apuntar en la dirección correcta. Nos afirmará en la
verdad cuando nuestras emociones y nuestros sentidos nos
digan que todo está fuera de control y que el mundo se ha
vuelto loco y pensamos que no podemos aguantar. Pero si
nuestros corazones están atados a la Palabra de Dios, como
estaba el corazón de Jesús, entonces encontraremos que esa
Escritura nos ministra en nuestros tiempos de crisis.
Ahora, observa hacia quién está dirigida esa oración. Jesús
dice: «Mi Dios». Ahora, te voy a recordar que en Su primera
oración desde la cruz, Él oró: «Padre, perdónalos» Y vamos a
ver la próxima semana que en su oración final, Él oró: «Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu» (Luc. 23:46).
Pero en este momento, cuando sus sufrimientos eran más
intensos, Él no llamó a Dios, «Padre». En cambio, Él clamó:
«Dios mío». Esta es la única vez registrada en toda la Escritura
que Jesús se dirigió a Dios como «Dios» en lugar de «Padre».
Eso es claramente porque en este momento Él estaba
experimentando un profundo sentido de alienación y de
abandono de Su Padre.
La poetisa Elizabeth Barrett Browning lo dijo de esta manera:
«El grito del huérfano Emanuel ha sacudido el universo»…
Emanuel. . . Dios con nosotros… se ha quedado huérfano, y Su
clamor ha sacudido el universo.
Al hablar de la cruz, sobre todo en esta época del año, a
menudo nos concentramos en los aspectos psicológicos o en
los aspectos fisiológicos de lo que Jesús sufrió, pero quiero

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recordar que la crucifixión era común en la época romana.


Leí recientemente que alrededor de treinta mil personas cada
año eran condenadas a muerte de crucifixión durante ese
período, por lo que hubo otros treinta mil en ese año
solamente, que sufrieron dolor físico igual o mayor,
mereciéndolo o no. Así como fue de horrendo el sufrimiento
físico que Jesús soportó, ese sufrimiento no se compara
con el sufrimiento espiritual. Y es ese sufrimiento que hace
a Jesús incomparable.
Otros han sufrido físicamente, muchos otros a través del
tiempo, aunque la mayoría de nosotras nunca va a sufrir
físicamente en esa medida, pero aún así es posible. Pero
nunca nadie ha sufrido en la forma en que Él lo hizo
espiritualmente y en lo que vemos expresado en esta palabra
en la cruz. ¿Cuál fue la naturaleza de ese sufrimiento? Fue
la separación de Su Padre, de quien nunca se había
separado ni un solo segundo en toda la eternidad pasada.
Vimos al principio de esta serie cuando estudiamos la
preexistencia eterna de Cristo, y leímos en Proverbios 8, donde
dice: «Yo siempre estaba con Él, todos los días a Su lado». Él
nunca había sido separado de Su Padre. Siempre había hecho
solamente la voluntad de Su Padre, y ahora esa comunión es
quebrantada. Hay una brecha que Él nunca había
experimentado antes. Nunca antes había tenido a Su Padre
lejos de Él o con oídos sordos a Él. Jesús había sido
abandonado por los demás, Él había sido abandonado por sus
propios discípulos, pero nunca, nunca por Su Padre, hasta este
momento.
Hasta este momento, cuando los demás no lo comprendían o
lo habían abandonado, Él había dependido siempre de la
cercanía y comunión con Su Padre. Era allí donde Él iba. Allí
encontraba refugio. Pero ahora ese refugio ya no estaba
disponible para Él. Otros podrían reclamar en sus momentos
de sufrimiento la promesa del Salmo 27, versículo 10: «Porque
aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor
me recogerá», pero a Jesús se le negó esa disposición que
estaba disponible para todos los demás. En este momento Él
estaba completamente solo y abandonado.
Permíteme decir, entre paréntesis, que nos afligimos por la
cantidad de sufrimiento físico y emocional y el abuso que existe
en este mundo, y eso debe preocuparnos. Pero quiero
recordarles que por mucho, el mayor tormento que

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cualquier ser humano jamás podrá experimentar en el


tiempo o la eternidad es el de estar separado de Dios por
toda la eternidad. Es mucho mayor que cualquier sufrimiento
o necesidad física.
Así como nos preocupamos por las necesidades físicas y
emocionales y psicológicas de las personas, mientras estamos
preocupadas por las injusticias en este mundo, como
debiéramos de estarlo, recordemos que el que un alma esté
eternamente separada de Dios es el mayor tormento. Es por
eso que hemos sido comisionadas para compartir las buenas
nuevas, el evangelio, con las personas, para que ellas no
tengan que estar separadas de Dios por toda la eternidad,
porque Cristo soportó la separación por nosotros.
Así que Cristo está soportando esta angustia indecible y el
tormento y el sufrimiento por la separación de Su Padre, y sin
embargo, en este grito de angustia, también escuchamos sonar
una declaración de fe inquebrantable, cuando Él dice: «Mi Dios,
mi Dios», Dios mío. Hay una seria intencionalidad allí como Él
usa ese nombre EL (ELOI), el nombre de Dios, que hace
hincapié en el poder y la fuerza de Dios.
En medio de Su agonía, experimentando la separación de Su
Padre, Jesús todavía clama a Dios. El rostro del Padre ha sido
eclipsado, sí; pero Jesús sabe que Dios sigue ahí y que Dios
tiene el poder de sostenerlo a través de esta experiencia. Él
todavía está confiado, a pesar de que exclama todo lo
contrario. Todavía está confiado en que Él es «mi Dios».
Así que es un grito de angustia, sí; pero no es un grito de
desconfianza. O como dijo un comentarista, «es un grito de
dependencia, pero no es un grito de desilusión».
Como lo dijera Charles Spurgeon, «¡Oh, que pudiéramos imitar
esto, aferrándonos a un Dios que aflige». Confiar en Dios y
aferrarse a Él cuando no puedes ver, cuando no puedes
oír, cuando no tienes fundamento en tus emociones, para
pensar que Él está ahí; aferrarnos a este Dios que aflige.
Así como Jesús clama con angustia y tristeza y dolor, «¿Por
qué?», Al mismo tiempo, Él no duda por un momento la
realidad o la bondad de Dios, incluso cuando ese Dios está
castigando a Su Hijo por los pecados que Él no cometió.
Ahora, la respuesta a esta pregunta: «¿Por qué me has
abandonado?», se encuentra, de nuevo, otra vez, en el Salmo
22, que es el pasaje que Jesús estaba citando aquí. Leí antes

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los dos primeros versos: «¿Por qué me has abandonado? ¿Por


qué estás tan lejos? ¿Por qué no contestas?» Pero el versículo
3 nos da la respuesta.
Versículo 3 del Samos 22: «Sin embargo, tú eres santo».
Santo, Dios es santo. Y en la cruz, Cristo estaba cargando
nuestro pecado. Eso es lo que le llevó a estar separado de
un Dios santo.
Isaías 53:6, «Pero el Señor hizo que cayera sobre Él la
iniquidad de todos nosotros». No solo llevó nuestros
pecados, sino que en realidad se hizo pecado por nosotros
de una manera que no podemos comprender, pero la
Escritura nos dice que es verdad.
Segunda a los Corintios, capítulo 5, versículo 21 dice: «Al que
no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que
fuéramos hechos justicia de Dios en Él». ¡Oh, qué increíble
intercambio!
Así que, como el portador del pecado, como el que se hizo
pecado por nosotros, Él fue separado de Su Padre cuando
estaba experimentando las consecuencias que nosotros
merecíamos por nuestros pecados, mientras Él bebía la
copa de la ira de Dios.
Robert Murray McCheyne dice: «Desde el pan partido y el vino
derramado, parece surgir el grito de ¡Dios mío, Dios mío, por
qué me has abandonado?» 2 (¿Cuál es la respuesta?) «Por mí,
para mí!»
Quiero hacer una pausa aquí y decirte como si te estuviera
mirando a los ojos, que aunque hayas escuchado y conocido
estas cosas durante mucho tiempo, quizás toda tu vida. . . al
igual que yo, el peligro es que perdemos el asombro de lo que
todo esto significa; ¿por qué Cristo hizo lo que hizo? Así que
pasamos a través de la Semana Santa, una tras otra, igual
como lo haremos la semana que viene. Sí, tratamos de sentir
un poco, pero no logramos entender el peso de lo que significa
que Él hizo esto por mí. Es por eso que Él fue separado de Su
Padre. Es por eso que fue abandonado por Su Padre, por
mí. Oh Señor, restaura el asombro.
Hay quien diría que Jesús en ese momento no fue abandonado
realmente, sino que Él se sentía abandonado en esos
momentos. A lo que yo digo, «¡no, no, de ninguna manera, no!»
Jesús no se sintió abandonado, Él fue abandonado por Su

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Padre. Él tuvo que ser abandonado para redimirnos de


nuestros pecados. Él tenía que tener Su comunión e
intimidad con Dios interrumpida porque Dios lo estaba
juzgando y rechazando, como merecíamos nosotras ser
juzgadas y rechazadas por nuestros pecados.
De hecho, a veces oímos decir, y lo he dicho yo misma, que el
Padre le dio la espalda a Su Hijo. Te diré que tengas cuidado
acerca de esa frase. Decir esa frase podría sugerir que Dios
estaba involucrado pasivamente en el juicio de nuestros
pecados en Cristo, pero nada podría estar más lejos de la
verdad.
Sabemos, por ejemplo, que la Escritura nos dice que agradó al
Padre quebrantar a Su Hijo, y entregarle a la muerte
(Isa.53:10). Eso no suena como una participación pasiva.
Segunda a los Corintios 5 dice que el Padre imputó nuestros
pecados a Su Hijo (v. 21). Gálatas 3 dice que el Padre ejecutó
la maldición que nosotros merecíamos en su Hijo (vv. 10-13).
Nada de eso tiene el tono pasivo que el darle la espalda
pudiera sugerir. Por el contrario, la imagen que tenemos en la
Escritura es la del Padre activa y directamente involucrado en
imputar nuestro pecado sobre Su Hijo, y ejecutar el juicio que
merecíamos sobre Su Hijo.
Así que cuando el Hijo clama: «Dios mío, Dios mío ¿por qué
me has desamparado?» Él realmente siente el peso de este
pecado imputado y de este juicio divino. No fueron en última
instancia, los romanos o los judíos los que entregaron a Jesús
a la muerte. En última instancia, fue Dios quien le dio muerte a
Su propio hijo. Y ese abandono que Él expresa en esa palabra
no se trata solo de que su Padre le dio la espalda, todo lo
contrario. El Padre enfrentó al hijo y se puso en Su contra,
en un derramamiento hostil de la condenación que
merecíamos para verterla sobre Su Hijo.
Y sin embargo, al mismo tiempo, paradójicamente, el Padre
nunca habría estado tan complacido con Su Hijo como lo
estuvo en el momento de Su abandono. ¿No es cierto? Esta
era la prueba definitiva de la fe, el acto máximo de obediencia.
El hijo había cumplido exactamente lo que el Padre lo envió a
hacer. Así que el abandono que Jesús sintió también debe
haber estado acompañado de un profundo sentimiento de
satisfacción, porque Él sabía que estaba haciendo la voluntad
del Padre, y el Padre se complacía con Su sacrificio. . . «Que
para el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz».

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Annamarie: Cuando no puedas ver ni oír, o tus emociones te


impidan percibir que Dios está ahí, puedes confiar en Él.
Espero que este recordatorio de Nancy haya traído consuelo a
tu corazón. Ella regresará con nosotras.
Como dice Romanos 8:32, «El que no eximió ni a su propio
Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos
concederá también con Él todas las cosas?»
Hoy Nancy nos ha recordado que Jesús, en la cruz, no
demostró desconfianza o inseguridad, sino una confianza
extraordinaria en el Dios que le afligió.
Permíteme aprovechar este espacio para recordarte que en el
mes de septiembre, los días 27, 28 y 29, en Indianápolis, se
llevará a cabo la próxima conferencia para mujeres True
Woman o Mujer Verdadera 2018. Esta se titula, «La Verdad
que te hace libre».
Nuestro anhelo es que se extienda un movimiento
cristocéntrico, que lleve el mensaje de avivamiento y de
feminidad bíblica, alrededor del mundo. Queremos que las
mujeres:

Descubran y abracen el diseño de Dios y Su misión para ellas.


Reflejen la hermosura y el corazón de Cristo a un mundo que
observa.
Intencionalmente pasen la verdad de la Palabra de Dios a la
próxima generación.
Clamen por un derramamiento del Espíritu de Dios en medio de
sus familias, iglesias, naciones y el mundo.

¡No te pierdas la oportunidad de participar! Mantente informada


a través de nuestra página web, AvivaNuestrosCorazones.com.
Bueno, Nancy nos ha estado ayudando a restaurar nuestro
asombro por la gran salvación que ha recibido todo aquel que
ha creído en Jesucristo. Él fue abandonado en la cruz para que
nosotras fuéramos recibidas por fe en virtud de Su sacrificio.
Nancy está aquí para concluir esta enseñanza,
Nancy: Sabemos que Jesús no fue abandonado para siempre,
¡gracias a Dios! Poco después de decir esas palabras, Él
entregó Su espíritu en las manos de Dios, y tomó Su último
aliento. La comunión con Dios se había quebrantado. Había
soportado la ira del Padre. El precio por el pecado había sido

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pagado. Ahora la comunión podría ser restablecida, y Él estaba


a punto de ser levantado de entre los muertos, ascendería al
cielo y a la diestra del Padre. Esa comunión sería restaurada.

1. C. Ryle dice,

No tenemos una prueba más fuerte de la


pecaminosidad del pecado, o de la naturaleza vicaria
de los padecimientos de Cristo, que su exclamación:
«Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?»
Es una exclamación que nos debe despertar a odiar el
pecado, y nos debe animar a confiar en Cristo, para
huir hacia la misericordia de Aquél que soportó la ira de
Dios, el juicio de Dios contra nuestro pecado. 3

Él fue desamparado por Dios a causa de nuestros pecados, y


si hemos confiado en Él como nuestro sustituto; que Él
cargó nuestro pecado, el hecho es que tú y yo realmente
nunca, nunca seremos abandonadas. Podemos sentir que
lo somos, podemos pensar que lo somos, pero nunca
seremos verdaderamente abandonadas porque él fue
abandonado por nosotros.
Así que: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no
temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal. 23:4). No
hay abandono.
«Él mismo ha dicho, nunca te dejaré ni te desampararé, de
manera que decimos confiadamente: El Señor es el que me
ayuda; no temeré» (Heb. 13:5-6); nunca, jamás, nunca
abandonado.
Y por eso cantamos:

Cuán grande es el amor de Dios, 
cuán vasto y sin


medida que a su Hijo entregó a cambio de un perdido.
4

Gracias, Gracias, Gracias, Señor. Amén.


Annamarie: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Hemos reflexionado a fondo sobre estas palabras de Jesús,
como parte de la serie titulada, «Redención incomparable».

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Si te has perdido cualquiera de los programas anteriores,


puedes leer la transcripción, descargar el audio o escucharlo
en AvivaNuestrosCorazones.com. Y si has sido consolada hoy
por medio de la verdad de la Palabra de Dios, ¿considerarías
traer consuelo a la vida de otras mujeres? Comparte este
programa fácilmente con otras a través de nuestro sitio web,
AvivaNuestrosCorazones.com.
«Tengo sed». Esto puede sonar como una simple petición, pero
cuando Jesús pronunció estas palabras en la cruz, fue una
declaración profunda. El lunes, en la continuación de nuestro
recorrido a lo largo del glorioso acto de la redención, Nancy nos
mostrará la importancia de la sed de Cristo. Te esperamos
aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
¡Dios obre de manera especial en tu iglesia local en Su día!
Conociendo al Redentor juntas, Aviva Nuestros Corazones con
Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de
Life Action Ministries.
Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas
a menos que se indique lo contrario.
1.Alfred Edersheim. The Life and Times of Jesus the Messiah.
(Hendrickson Publishers, 1993).
2.Robert Murray McCheyne. Sermon titled, "My God, My God."

3.J.C. Ryle. Commentary of Matthew.

4.Stuart Townend. "How Great the Father's Love for Us."

El Misterio de Tu Amor, Oasis, El Misterio de Tu Amor ℗ 2015


Iglesia Cristiana Oasis. Canción usada con permiso.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la serie de radio.

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