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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACION CIVIL

Bogotá D.C., seis (6) de julio de dos mil siete (2007).-


Magistrado Ponente
CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO
Ref.: Exp.: No. 05001 31 03 002 1999 00359 01
Decídese el recurso de casación interpuesto por la señora VILMA CECINA RIVERA MORENO,
en nombre propio y en el de su hijo JUAN GABRIEL CARO RIVERA respecto de la sentencia
dictada el 28 de marzo de 2003 por el Tribunal Superior de Medellín, Sala Civil, dentro del
proceso ordinario por ellos promovido contra la COMPAÑÍA DE SEGUROS BOLÍVAR S.A.

ANTECEDENTES

1. Los demandantes solicitaron que se condenara a la aseguradora a pagarles, de manera


principal a la madre y en subsidio al hijo, la suma de $52'576.638,00, más los intereses
moratorios comerciales desde el 7 de junio de 1997, como valor asegurado por la muerte del
señor Juan Caro Montoya.

Para sustentar tal pretensión, se adujo que en virtud del seguro de vida No. 249229, celebrado
con la demandada, fueron asegurados Vilma Celina Rivera Moreno y Juan Caro Montoya,
habiéndose pactado como valor del riesgo asegurado, la suma de $50'000.000,00
representados en Upac. Se estableció que si moría la primera, serían beneficiarios su hijo Juan
Gabriel y Celina Moreno; y si fallecía el segundo, el derecho sería para Vilma Celina.

La prima del seguro, además, se pagó con cargo a la tarjeta de crédito que tenía la
demandante en Bancafé.

2. Se dijo también que Juan Caro Montoya nunca contrajo matrimonio, pero procreó y
reconoció como su hijo, a Juan Gabriel Caro. Aquél falleció "por voluntad de terceros" el 7 de
mayo de 1997, en vigencia de la póliza. Por ello se reclamó el pago del seguro, a lo que se
negó la demandada pretextando la nulidad relativa del contrato. Finalmente, se precisó que la
demandante colocó el nombre de Juan Caro "encima de donde dice cónyuge", por
recomendación del promotor de la aseguradora.

3. La sociedad demandada se opuso a las pretensiones de la demanda, y alegó a manera de


defensa, la nulidad del contrato por reticencia, al no haberse informado que al señor Caro le fue
diagnosticado con anterioridad al otorgamiento del seguro, un carcinoma gástrico; la ineficacia
del negocio jurídico, fundada en que la señora Rivera no era cónyuge ni compañera
permanente de dicho asegurado, y la disminución de la suma asegurada, por inexactitud en la
edad de aquél -quien tenía 58 años, y no 45, como se declaró inicialmente-.

4. La sentencia de primera instancia acogió la excepción de nulidad relativa y desestimó las


pretensiones, fallo que el Tribunal Superior de Medellín confirmó por vía de apelación, aunque
por motivos diferentes.

LA SENTENCIA IMPUGNADA

El Tribunal resaltó, delanteramente, la importancia de la buena fe en las relaciones


contractuales y, de manera particular, en el contrato de seguro, principio que luego vinculó al
deber que tiene el tomador de declarar el estado del riesgo, según lo previsto en los artículos
1058 y 1060 del Código de Comercio, cuyos textos reprodujo.

Apuntó a continuación que la buena fe debe imperar tanto en la celebración del contrato, como
en su desarrollo; por eso el riesgo debe determinarse de manera exacta al momento de
contratar, y de sus cambios darse información veraz y oportuna al asegurador. Al fin y al cabo,
dijo, éste no "debe pagar una indemnización superior a la que efectivamente debía en razón de
la realidad del riesgo y del valor de la prima recibida". De allí la regulación en materia de
reticencia, sea culpable o inculpable, dado que "la aseguradora asume el pago de una posible
indemnización, con base solamente en las informaciones que el tomador o el asegurado le dan
sobre las circunstancias del riesgo" (fl. 63, cdno. 4).

Al amparo de estas reflexiones, afirmó que no existía duda de que el señor Caro Montoya
había padecido un carcinoma gástrico antes de que fuera tomado el seguro de vida, pues así
se infería de su historia clínica y lo había aceptado la propia demandante en su interrogatorio
de parte, sólo que ésta manifestó que "conoció aproximadamente un mes antes de la muerte
de su compañero, el hecho que éste había sido intervenido quirúrgicamente por causa de un
cáncer" (fl. 63 vto., cdno. 4).

En estas condiciones, prosiguió, como la demandante "ocultó a la demandada la circunstancia


mencionada, no ya en la declaración del riesgo sino durante el desarrollo del contrato, conducta
que considera la Sala fue hecha de mala fe; pues si tuvo noticia de la enfermedad debió
anunciarla a la aseguradora, no solamente para cumplir el principio de buena fe; sino también
en razón de que, no obstante no sabía (sic) del hecho al momento de tomar el seguro, el
conocimiento posterior determinó la existencia de una situación que en términos reales agravó
el riesgo para la Compañía aseguradora, lo que implicaba el anuncio del cambio de las
circunstancias del mismo de conformidad con el mencionado artículo 1060 del C. de Comercio,
perfectamente aplicable al caso; en razón de que la situación presentada, fue conocida por la
actora después de tomar el seguro y antes de la muerte del asegurado" (fls. 63 vto. y 64, cdno.
5).

Concluyó el Tribunal que como el contrato de seguro había terminado, como lo prevé el inciso
4º de la referida disposición, debía confirmarse la sentencia desestimatoria, tanto más si se
tenía en cuenta que el asegurado no podía hacer parte del grupo de personas aseguradas,
pues no estaba dentro de las condiciones de asegurabilidad, por haber padecido de cáncer.

LA DEMANDA DE CASACIÓN

Dos cargos se formularon contra la sentencia del Tribunal, que serán despachados
conjuntamente, por las razones que en su momento se indicarán.

CARGO PRIMERO

Se acusó la sentencia de violar, por falta de aplicación, los artículos 1494 y 1602 del C. C.; 822,
1080, 1137 y 1162 del C. de Co.; y por aplicación indebida, los artículos 1058 y 1060 de esta
última codificación, como consecuencia de error de hecho manifiesto en la apreciación de la
declaración de parte que rindió la demandante, de la cual dedujo el Tribunal que ella conocía la
existencia de un cáncer en el asegurado para el momento en que se suscribió la póliza, siendo
que "la confesión se refiere a unos días antes de la muerte" (fl. 11, cdno. 5).

Para la censura, la señora Rivera respondió que "el murió el 7 de marzo (sic) y como yo dije
anteriormente yo supe a finales de marzo o principios de abril, que el asegurado padecía esa
enfermedad. Por tanto, como el Tribunal se basó únicamente en dicha prueba para negar las
pretensiones, cometió yerro fáctico que lo condujo a quebrantar las citadas disposiciones, de
cuyo texto se ocupó.

CARGO SEGUNDO

Se acusó la sentencia de violar directamente el artículo 1060 del C. de Co., sus tres primeros
incisos por aplicación indebida, y los dos últimos por falta de aplicación.

Conforme el cargo, aunque es cierto que la norma contempla la terminación del contrato de
seguro cuando no se notifica al asegurador la modificación del estado del riesgo, de esa
sanción están excluidos los seguros de vida, por mandato del inciso final de dicho precepto, sin
que pueda alegarse que esa reserva se concreta a la retención de la prima no devengada,
pues la ley no distinguió.
Agregó que la señora Rivera obró de buena fe, pues ella no conocía el estado de salud del
señor Caro al momento de suscribir la póliza. Por el contrario, demostró sus "buenas
intenciones al confesar que sí conoció del hecho aproximadamente un mes antes de morir" el
asegurado.

Por tanto, aseveró, que si el Tribunal hubiere aplicado los dos últimos incisos del artículo 1060
del Código de Comercio, habría concluido que en los seguros de vida no hay lugar a terminar el
contrato por la falta de notificación de los hechos que alteran el riesgo, lo que le habría
permitido acceder a las pretensiones.

CONSIDERACIONES

1. Delanteramente, debe señalarse que, en esencia, los dos cargos formulados giran en torno
de una misma cuestión, esto es, que el Tribunal hubiese confirmado el fallo desestimatorio de
primera instancia, al entender que, habiendo tenido conocimiento la demandante de la
enfermedad del señor Juan Caro Montoya, no informó tal hecho a la aseguradora
oportunamente, circunstancia de la cual coligió la terminación del respectivo contrato, aserto
que el censor combatió tanto desde el punto de vista de la valoración probatoria que dicho
juzgador hizo -cargo primero-, como desde el estrictamente jurídico -cargo segundo-.

Ello explica, la conjunción que se hace de las dos acusaciones y que, por tanto, su despacho
se efectúe aunadamente, como pasa a desarrollarse.

2. Debe admitirse, liminarmente y sin ambages, que el Tribunal cometió el error jurídico que le
reprocha la censura, pues denegó la pretensión de pago de la suma asegurada por la muerte
del señor Juan Caro Montoya, con el único argumento de que el contrato de seguro terminó,
porque la tomadora demandante no le notificó al asegurador ciertos hechos agravantes del
riesgo, de que tuvo conocimiento con posterioridad a la celebración del contrato, conclusión a
la que arribó sin parar mientes en que dicha obligación -mejor aún carga-, inherente a la de
mantener el riesgo asegurado, no existe en los seguros de vida, como explícita y
terminantemente lo precisa el inciso final del artículo 1060 del C. de Co., por lo demás, en
consideración a atendibles y potísimas razones, como se acotará ulteriormente.

En efecto, en relación con el apellidado estado del riesgo, ab initio, es necesario distinguir dos
fases claramente identificadas en el derecho comparado y también en la legislación comercial
patria:

a) La primera, vinculada a la formación del contrato, durante la cual el tomador tiene "la
obligación" -preferiblemente carga, según concepto precisado en sentencia de 30 de
septiembre de 2004, exp. 7142- de declarar sinceramente la situación en que se encuentra el
riesgo que se pretende amparar (art. 1058 C. de Co.), pues sólo una declaración franca,
límpida y completa, le permite al asegurador expresar su asentimiento y, lo que también es
medular, cuantificar la prima o precio del seguro; por eso su infracción, en línea de principio,
provoca la nulidad relativa del contrato, en un todo de acuerdo con lo explicitado por la propia
ley y la reiterada jurisprudencia de esta Sala.

En torno a esta última, ha puntualizado la Corte que la carga de información que tiene el
tomador -in potentia- en relación con el estado del riesgo, no se agota en un solo momento,
pues "esta carga informativa es considerada como una prototípica 'carga de duración”, motivo
por el cual, "los hechos o circunstancias -relevantes- sobrevinientes a la declaración del estado
del riesgo,..., deben ser comunicados sin demora o dilación." Ese "deber de información a su
cargo -agregó la Sala-... en rigor comprende, a su turno, el deber de aclaración -o
actualización- de la misma, pues de muy poco sirve informar durante la floración del período
precontractual, preludio del contrato, unos hechos que en breve cambian o se alteran
radicalmente, sin que éste se haya aún agotado, lo que se traduce en que su divulgación se
tornaría oportuna y conducente, lo que corrobora la pertinencia del prenotado deber jurídico -o
carga-." (Cas. civ. de 2 de agosto de 2001; exp.: 6146).

b) La segunda de las fases ya aludidas, relativa al desenvolvimiento del negocio aseguraticio,


previamente concertado o perfeccionado, ello es basilar, le impone al tomador y, dado el caso,
al asegurado, la carga de mantener el riesgo en las condiciones en que se aseguró
primigeniamente, hipótesis en la cual deberán notificarse al asegurador los hechos o
circunstancias relevantes, imprevisibles y sobrevinientes que de una u otra manera alteren el
mencionado estado del riesgo (art. 1060, ib,). De allí que justamente, por tratarse de un deber
de prestación que concierne al desarrollo del contrato (etapa de ejecución negocial), su
quebrantamiento genera la terminación del seguro, como efecto propio de los negocios
jurídicos de duración y, más concretamente, de tracto sucesivo (art. 1036 C. de Co.).

Por consiguiente, así se sirvan de algunos vasos comunicantes, es menester distinguir diáfana
y paladinamente los institutos de la "declaración del estado del riesgo" y de la "agravación del
estado del riesgo", los cuales hunden sus raíces, in tempus, en momentos bien diferenciados, a
lo que se aúna su específico y divergente rol, lo que explica el tratamiento sustantivo que,
ministerio legis, el legislador les ha otorgado. No en vano, el primero de ellos se engasta en la
etapa de formación del contrato (iter contractos), al paso que el segundo, un arquetípico
posterius, se anida en la etapa negocial subsiguiente, la relativa al desenvolvimiento o
desdoblamiento del negocio jurídico aseguraticio. De ahí que el primer inciso del artículo 1060
del estatuto mercantil vernáculo, en lo pertinente, impere que los hechos o circunstancias que
deben comunicarse al asegurador, son aquellos que "sobrevengan con posterioridad a la
celebración del contrato" (se subraya).

Es así como alrededor de estos dos aspectos conectados con la problemática relativa al riesgo
asegurable, la jurisprudencia de la Sala ha señalado que "Entre la declaración del estado del
riesgo (art. 1058 del C. de Comercio) y la conservación del estado del riesgo (art. 1060 ibídem),
existen sustanciales diferencias que impiden que unos mismos hechos puedan ser invocados
con referencia a una y otra situación indistintamente. A modo de ejemplo cabe hacer notar que
en tanto la declaración del riesgo es un deber precontractual, la conservación del riesgo se
impone como tal durante la vigencia del contrato de seguro. Por lo demás, la declaración
incumbe al tomador, mientras que la conservación corresponde al asegurado o al tomador,
según sea éste o aquél el que cuente con la posibilidad de cumplir con el deber; la declaración
es un deber de información y la conservación deber de conducta; el incumplimiento del deber
de informar verazmente genera nulidad del contrato o reducción de la prestación asegurada y
el incumplimiento del deber de conservar el estado del riesgo da lugar a la terminación del
contrato. De modo que las diferencias además de múltiples, identifican naturalezas distintas y
oportunidades y consecuencias que no es dable asimilar." (Cas. civ. de 19 de mayo de 1999;
exp.: 4923).

Por su importancia en el sub lite, es útil resaltar que si bien la carga de información sobre el
estado del riesgo -lato sensu- es transversal en materia de seguros, pues despunta en el
período de preparación o gestación del contrato y se mantiene latente durante toda su
ejecución, es indispensable no perder de vista las fases previamente señaladas, dado que en
una y otra, la precontractual y la contractual propiamente dichas, ese deber tiene cometidos
bien específicos y sustantivos, como se anticipó. En este sentido, si en la primera etapa el
candidato a tomador está apremiado por la ley a declarar sinceramente el estado del riesgo, es
por la incidencia que esa declaración tiene en la formación del asentimiento del asegurador y
en la determinación de la cuantía de la prima, como se acotó, según el caso, mientras que la
carga de mantener el estado del riesgo, tiene el confesado propósito de preservar, durante la
ejecución del contrato mismo, las condiciones esenciales que condujeron a que ese
asentimiento fuera expresado y, por tanto, a la contratación del seguro, de forma tal que en
todo momento, en lo fundamental, se mantenga la ecuación necesaria entre el riesgo
asegurado y el precio del contrato.

Sobre este particular, cumple memorar que la cuantificación de la prima responde -o debe
responder-, entre otros factores, a la valoración que hace el asegurador de la probabilidad de
ocurrencia del riesgo asegurable y de la intensidad que éste, in casu, pueda llegar a tener,
valoración que, se itera, efectúa al momento de contratar, a partir de la información
suministrada por el propio candidato a tomador, por lo que resulta incontestable que el precio
del seguro está íntimamente ligado, de una u otra forma, con el estado del riesgo, como
realidad ontológica. En principio, cuanta más alta sea la probabilidad de siniestro y de
extensión de sus efectos, mayor será el valor de la prima; y viceversa. Al fin de cuentas el
seguro no es una apuesta. De allí, entonces, que en el desarrollo del contrato, se insiste, de
tracto sucesivo, el tomador o el asegurado -en su caso-, tengan el deber de mantener el estado
de cosas en relación con el riesgo, pues el asegurador asintió en asumir las consecuencias
económicas de su realización, dadas una ciertas y específicas condiciones, con fundamento en
las cuales se pactó su retribución, siendo así comprensible que cualquier alteración o cambio
relevante -inicialmente- deba tener algún efecto en la relación negocial aseguraticia.

Aflora así que cualquier hecho o circunstancia que, directa o indirectamente, agrave el riesgo
asumido o comporte la variación de su identidad local, por consiguiente incide en el
compromiso obligacional del asegurador, quien, por tanto, tiene el derecho a ser informado de
esas eventualidades y, de cara a la nueva situación, se insiste, luego de que sea debida y
oportunamente noticiado, el derecho a sustraerse del contrato -por eso la ley colombiana habla
de revocación-, o a exigir que se reajuste el valor de la prima, con el fin de restablecer el
equilibrio económico inherente a este negocio jurídico. Por lo tanto, si el tomador o el
asegurado no informan al asegurador sobre los hechos -subjetivos u objetivos- que alteran el
estado del riesgo, la relación aseguraticia se socava en sus más caros cimientos: ubérrima
buena fe, lealtad, equilibrio económico, entre otros, lo que debe provocar su terminación.

Desde luego que, como lo tiene decantado la doctrina especializada, los hechos que deben ser
objeto de información al asegurador, tienen que: (a) influir en el riesgo asegurado, esto es,
producir una alteración negativa y relevante en las condiciones bajo las cuales fue asumido por
aquel, de modo que el asegurador, de conocerlas, se abstendría de continuar asumiendo el
riesgo, o lo haría en condiciones diferentes a las pactadas; las alteraciones insubstanciales o
anodinas, son intrascendentes para la carga en comento; (b) ser nuevos y posteriores, es decir,
que tengan una entidad propia y no sean simplemente modificaciones inherentes al transcurso
del tiempo (p. ej.: el deterioro normal del bien), y que sobrevengan a la celebración del contrato,
porque si son anteriores, el caso se enmarcaría en la hipótesis de reticencia; (c) ser
imprevisibles, pues es apenas obvio entender que el asegurador, en el momento en que analizó
el riesgo asegurable, con el fin de decidir si lo asumía o no, y cuál sería el monto de la prima,
debió considerar, a partir de la información liminarmente suministrada por el tomador al declarar
el estado del riesgo, todas aquellas variables que, desde una perspectiva lógica y natural,
podrían afectarlo.

De lo expuesto se colige que, en últimas, el régimen de agravación del estado del riesgo,
encuentra su razón de ser en que las nuevas circunstancias que lo alteran, aumentan la
probabilidad de ocurrencia del siniestro, o de la intensidad de sus consecuencias, sin que el
asegurador deba soportar esa variación por un mal entendimiento del carácter aleatorio del
contrato, pues aunque es claro que asumió la contingencia de la materialización del riesgo, lo
hizo sobre la base de unas específicas condiciones, por manera que si ellas cambian por el
advenimiento de circunstancias no previsibles, en línea de principio deben cambiar las reglas
que gobiernan la relación contractual, o dársele fin a ella, según se acotó.

3. Este necesario acercamiento al régimen de agravación del riesgo asegurado, evidencia por
qué el legislador colombiano, a diferencia de lo que sucede en otros países -España, Alemania,
Italia, Argentina, entre varios, dueños de una regulación algo diferente-, previó que, por regia,
esa normatividad, concretamente el artículo 1060 del Código de Comercio, "no será aplicable
en los seguros de vida, excepto en cuanto a los amparos accesorios, a menos de convención
en contrario

Y ello es así porque esa tipología de seguros, sea individual o de grupo, pues la norma no
distingue, sea que ampara el riesgo de muerte -propiamente dicho- o el de supervivencia,
presenta unas características especiales que el Tribunal desconoció, y que, de alguna manera,
justifican el tratamiento singular que la ley patria le confiere al tema del riesgo asegurado.

En este sentido, téngase en cuenta que si bien al seguro sobre la vida le son aplicables la
mayoría de las disposiciones contempladas en el Capítulo I, del Título V, del Libro IV del
estatuto mercantil, que recogen los "principios comunes a los seguros terrestres", entre ellas,
por vía de ejemplo, las relativas al perfeccionamiento y partes en el contrato de seguro (arts.
1036 y. 1037 C. de Co.); sus elementos esenciales (art. 1045, ib.); los requisitos para hacer
efectiva la obligación del asegurador en caso de siniestro (Art. 1077 y 1080, ib.), para sólo
resaltar algunas de ellas, no lo es menos que goza de una arquitectura y tratamiento
particulares en aspectos nucleares de la relación aseguraticia. Así, el interés asegurable, per
se, no se encuentra vinculado a una relación económica, o por lo menos no necesariamente
(art. 1137, ib.); en él no tiene aplicación el principio indemnizatorio (art. 1138, ib.); tampoco los
conceptos de coexistencia de seguros, infraseguro y supraseguro; menos aún procede la
subrogación del asegurador (art. 1139, ib.); es, de suyo, irrevocable por el asegurador (art.
1159, ib.), etc.

Tratándose del estado del riesgo, no ofrece duda que el tomador de un seguro de vida tiene la
carga de declararlo sinceramente (fase precontractual), según lo establece el artículo 1058 del
Código de Comercio, y lo recalca, para que de ello no quede vacilación alguna, el artículo 1158
de la misma codificación, al precisar que, "Aunque el asegurador prescinda del examen
médico, el asegurado no podrá considerarse exento de las obligaciones a que se refiere el
artículo 1058, ni de las sanciones a que su infracción de lugar". Y ello debe ser así, porque no
puede hacerse distinción en la formación del asentimiento del asegurador, por razón de la clase
de seguro. Desde esta perspectiva, tanto da que éste sea de daños, como de personas.

Empero, por la misma naturaleza del riesgo asumido en el seguro sobre la vida -para
concretarse a él, pues es al que se contrae la sentencia-, no es posible imponerle al tomador o
al asegurado, en forma indiscriminada, la carga de mantener el estado del riesgo, como sí es
exigible -y connatural- en los seguros de daños. Así, es apenas obvio que el estado de salud de
una persona desmejora con el implacable paso del tiempo, pues el deterioro físico es
consustancial a la existencia del ser humano; que la probabilidad de muerte, de una u otra
forma, aumenta con el inexorable transcurrir de los años; que las condiciones fisiológicas de
vida de una persona cambian periódicamente, y que respecto de la vida de un individuo, es
imposible, en el estado actual de la ciencia y por avanzada que esté, preservar intangible un
estado de cosas.

Por lo mismo, entonces, el riesgo es típicamente progresivo -como lo enseña la doctrina


especializada-, circunstancia que excluye la posibilidad de exigirle al asegurado que conserve
la situación que tenía el riesgo al momento del contrato. He aquí pincelada la razón medular
para que el artículo 1060 del Código de Comercio, excluya el seguro de vida del régimen de
agravación.

Pero hay más. Aunque bien podría reclamarse que, pese a lo dicho, el tomador o el asegurado,
en todo caso, tienen el deber de informar al asegurador algunas de las circunstancias
agravantes del riesgo -tal cual sucede, por vía de ejemplo, en Alemania y Argentina-, varias
razones justifican que el legislador patrio no lo hubiere previsto así, como expresamente lo
consignó la Comisión Redactora en la Exposición de Motivos del Proyecto de Código de
Comercio 1. Cómo pasar por alto que, en cierta forma, ello constituiría una cierta intromisión a
la vida privada del asegurado, quien

1
Según la Exposición de Motivos del Proyecto de Código de Comercio de 1958, "nos hemos
guardado de acoger soluciones novedosas que aparecen

quedaría forzado a develar sus flaquezas; cómo no tener en cuenta que éste tiene el derecho a
no informarse sobre el estado de su salud y, claro a está, a no permitir que terceros, salvo por
razones de interés general, le reclamen que lo haga; cómo perder de vista que esa exigencia
podría generar algún tipo de discriminación hacia las personas que padecen una enfermedad o
que son propensas a ella; cómo no fijarse en que sujetar el seguro de vida a las reglas
generales sobre agravación del riesgo, podría dar al traste con esta tuitiva modalidad de
seguro, no sólo como producto para el asegurador, sino para el asegurado, quien vería
frustrado su propósito de amparar el riesgo de muerte, por la eventual revocación del seguro o
el reajuste de la prima.

Destácase, por lo dicho, la relevancia que en la materia tiene el derecho constitucional, pues la
extensión lisa y llana de la carga de informar las circunstancias agravantes del estado del
riesgo, a los seguros sobre la vida, comprometería en buena medida algunos derechos
fundamentales, como los de igualdad, intimidad y habeas data, siendo claro que la simple
celebración del contrato, no es justificación suficiente para colocar al tomador o al asegurado
en condiciones tales de negación de sus propios derechos, v. gr.: el de no saber o no conocer.
Así resulta que las cosas no pueden regularse, sino conforme a su propia esencia o entidad. Si
la muerte es hecho cierto, no hay por qué tratarla como algo contingente y mucho

incorporadas en algunas de las modernas legislaciones, por considerar que aún

menos negar que a cada paso los seres humanos -perceptible o imperceptiblemente- se
acercan a ella. Por tal razón, el seguro que recae sobre la vida, no tiene carácter
indemnizatorio, pues ella no tiene precio; cada quien amerita la suya y puede libremente
cuantificar el valor de su interés.

A lo anterior se agrega que si en la hipótesis contemplada en el artículo 1060 del Código de


Comercio, para que un hecho tenga que ser informado al asegurador, además de agravante del
riesgo, debe ser nuevo e imprevisible, como se delineó en párrafos anteriores, resulta difícil
sostener que las circunstancias ulteriores, particularmente las objetivas, tienen entidad propia y
necesariamente escapan a la previsión del asegurador. Por el contrario, el sentido común
enseña que, las más de las veces, esas realidades constituyen la evolución de una situación
anterior y, por tratarse del riesgo de muerte, que ellas, cualquiera que sean, aparecerán de una
u otra forma, tarde o temprano, pero en cualquier caso inevitablemente, a lo que se agrega que
en la hora actual el asegurador, como profesional del ramo y especialista en él, cuenta con
valiosas herramientas e información que, según las circunstancias de cada caso en particular,
le permiten recrear hipótesis con fundamento en las cuales puede anticipar el advenimiento de
ciertos hechos, ejercicio éste que, a su turno, le posibilita cuantificar el valor de la prima, en
términos que la hagan más correspondiente al riesgo asumido.

no cuadran al grado de evolución del seguro colombiano”

De todo ello se colige, que en los seguros sobre la vida el asegurador contrae su obligación con
miramiento en el estado originario del riesgo, esto es, tal cual existía al momento de la
declaración, sin que su ulterior variación pueda llegar a afectar la vigencia o pervivencia del
contrato o el valor de la prima. Con excepción de los amparos accesorios, en los que si aplica
el régimen de agravación del riesgo, salvo pacto en contrario, "el asegurado, en los seguros de
vida, no está obligado a informar sus cambios de ocupación, por azarosa que sea la nueva, ni
la residencia, por insalubre que sea el sector geográfico en que se ubique, ni del estado de
salud, no importa la gravedad de las enfermedades que contraiga, etc." 2. No hay, entonces,
porqué hablar de agravación en esa clase de seguro, materia que en el derecho colombiano le
resulta ajena; tanto así que, expresamente, la normatividad que se ocupa de aquella, no dudó
en decir que el de vida, era un seguro al que no irradiaban sus efectos.

4. Puestas de este modo las cosas, surge el esplendente error jurídico del Tribunal, pues
aunque es cierto que la demandante, con posterioridad a la celebración del contrato, conoció
que el señor Juan Caro Montoya fue intervenido quirúrgicamente, con ocasión del cáncer que
padecía, ella no tenía la carga de informar al asegurador, motivo por el cual no podía
concluirse, como lo hizo el juzgador, que el contrato de seguro había terminado, según lo prevé
el artículo 1060

2
J. Efrén Ossa. Teoría General del Seguro. T. II. Temis. Bogotá. 1991. Pág. 377.

del Código de Comercio, norma ésta inaplicable a los seguros de vida, según quedó explicado.

Al tiempo, se deduce que la acusación contenida en el cargo primero resulta inane, pues no
existiendo jurídicamente la obligación o carga de que se ha hecho mérito, ningún efecto
adquiere la apreciación probatoria que realizó el ad quem en punto de establecer, de un lado, si
la actora conoció el hecho de la enfermedad que en vida padeció el señor Juan Caro Montoya
y, de otro, el monto en que adquirió el mismo, lo que determina el fracaso de dicho reproche
casacional.

S. No obstante la supraindicada equivocación del Tribunal, la censura no tiene trascendencia


casacional y, por lo tanto, no puede abrirse paso el recurso, dado que la decisión final sobre el
litigio, en caso de que la Corte casara la sentencia y se situara como juzgador de instancia,
sería igualmente desestimatoria de las súplicas del libelo, aunque apoyada en razones distintas
de las expresadas por el ad quem.

En efecto, la pretensión de la parte demandante no está llamada a prosperar, toda vez que
cuestionada como fue por la aseguradora la condición de cónyuge o compañera permanente
de la demandante, respecto del señor Caro, no se acreditó que ella tuviera una de tales
calidades, omisión que impide afirmar la existencia de un interés asegurable en cabeza suya,
en los términos de los artículos 1045 y 1137 del Código de Comercio.

En este sentido, aunque en el Derecho comparado es bastante discutido el concepto de interés


-estricto-asegurable en los seguros sobre la vida, habida cuenta que si en éste "es imposible
aplicar el concepto técnico de indemnización, es evidente que no cabe hablar de un interés,
cuyo valor sirva de medida para la reparación de un daño que es imposible concretar 3 -lo que
igualmente vale, en los seguros individuales, cuando se asegura la vida de un tercero, pues en
este caso la ley exigió su consentimiento escrito (inc. 20, art. 1137 C. de Co.)-, no se puede
pasar por alto que, pese a ello, el legislador patrio exigió que en los seguros de personas debía
existir interés asegurable, sólo que lo sometió a un tratamiento especial y singular, al consagrar
unas presunciones de interés.

Así, entiende la ley que toda persona tiene interés asegurable en su propia vida (art. 1137,
num. 10, C. de Co.), "en la de las personas a quienes legalmente pueda reclamar alimentos"
(num. 20) y "en la de aquellas cuya muerte o incapacidad puedan aparejarle un perjuicio
económico, aunque éste no sea susceptible de una evaluación cierta" (num. 30), hipótesis en
las cuales no es necesario el asentimiento del asegurado que se encuentre en tales
condiciones. Pero si se quiere asegurar mediante un seguro individual la vida de una persona
que no es actualmente -o en potencia- alimentante del tomador, o cuyo fallecimiento o
discapacidad resultan intrascendentes en la esfera

3
Joaquín Garrigues, Contrato de Seguro Terrestre. Madrid. Aguilar. 1982. Pág. 484. Cfme: M.
Picard y A. Besson, Le Contrat D'Asurrance. T. I., L.G.D.J.,

patrimonial de aquel, para que el seguro pueda tomarse, es indispensable que ese tercero
exprese su voluntad por escrito, no sólo para habilitar el seguro, sino también el monto de la
suma asegurada y el de los beneficiarios (inc. 20, art. 1137, ib.).

En el presente caso, fue acreditado que la aseguradora demandada ofreció un seguro de vida
grupo -que no individual- a los usuarios de tarjeta de crédito Credibanco Visa del Banco
Bancafé; así lo admitieron ambas partes en sus interrogatorios (fls. 2 y 4, cdno. 3) y lo
corroboraron los testigos (Nury Holguin Torres, Gustavo Alonso Torres Bedoya y William Arturo
Valle Guerra; fls. 16 a 17 vto., cdno. 2).

El seguro de vida grupo, como es sabido, es una modalidad del seguro de personas, que
permite a un sólo tomador asegurar un número indeterminado de personas, negocio jurídico
que origina tantos contratos de seguro como asegurados conformen el grupo correspondiente.
El tomador se encuentra obligado a cumplir con las prestaciones inherentes a tal calidad,
correspondiéndoles a los asegurados la facultad de designar libre y voluntariamente a sus
beneficiarios, en caso de muerte, que pueden ser a título gratuito "cuya designación tiene por
causa liberalidad del tomador", o a titulo oneroso "en los demás casos" (art. 1141 C. de Co.).
Aunque lo usual es que en el certificado individual de seguro que expida el asegurador, figure
un solo asegurado, nada impide que figuren dos, cada uno de los

Paris, 1982 págs. 196 y 297 y Guissepe Fanelli. Le Assicurazioni T. I. Milano

cuales, a su turno, puede libremente designar a sus beneficiarios.

Según se lee en las condiciones generales de la póliza anexadas con la demanda, (fl. 11 a 13
cdno 1) el grupo asegurable estaba constituido por las "personas naturales, agrupadas bajo
una personería jurídica, o que tengan con otra persona (natural o jurídica) relaciones jurídicas
de carácter estable, siempre y cuando estas no se hayan originado en la voluntad de obtener la
protección del seguro de vida", lo que no era óbice para que el seguro pueda otorgarse a los
conjuntos de personas que por sus condiciones, aunque no tengan Personería jurídica, puedan
tener la condición de grupo asegurable'.

Está igualmente acreditado que se permitió que la tarjetahabiente, Vilma Celina Rivera Moreno,
asegurara no sólo su propia vida, sino también la de su cónyuge, como lo precisa en diferentes
apartes la solicitud de certificado individual (fl. 10), y lo aceptó la señora Rivera en su
declaración de parte, al señalar que "ellos -los vendedores-empezaron allá a insistirme que si
era casada también, que si tenía hijos, que asegurara al marido, entonces ahí fue donde les
manifesté que yo no era casada, que tenía un compañero con el que compartía y ellos me
sugirieron que también lo asegurara que eso no tenía ninguna diferencia pues, y así fue como
compré el seguro para él también" (fl. 3, cdno. 3).

Giuffré. 1983. pág. 82

Así las cosas, aunque en principio pudiera llegar a afirmarse que la posibilidad de asegurar al
cónyuge del tarjetahabiente -asegurado principal, en el lenguaje utilizado en la póliza (fl. 10,
cdno. 1)-, comprendía al compañero permanente, habida cuenta que su muerte o incapacidad
puede aparejarle un perjuicio económico, como ya lo ha reconocido esta Sala en repetidos
pronunciamientos 4 -de allí que no resulte pertinente hablar de reticencia, dado que, en últimas,
esa condición no afecta el riesgo asegurado propiamente dicho-, es claro que en una y otra
hipótesis, la calidad de cónyuge o la de compañero permanente, constituye el punto de partida
necesario para adelantar cualquier análisis sobre la configuración del interés asegurable en los
términos del artículo 1137 del Código de Comercio, ya referido, razón por la cual, discutidas
como fueron dichas condiciones por parte de la aseguradora, era menester arribar al proceso la
prueba respectiva, más concretamente que el señor Juan Caro Montoya era compañero
permanente de la demandante al tiempo en que se celebró el contrato de seguro -pues ella
misma, como quedó visto, reconoció que no era su cónyuge, desde luego que si ello no se
probaba, quedaba sin soporte la pretensión de pago formulada en la demanda.

Bajo este entendimiento, adviértase que fue la propia demandante quien puso en tela de juicio
su condición de compañera permanente del señor Caro, pues no obstante afirmar que "éramos
compañeros", reconoció que "Yo tenía conocimiento que (él) residía en el Municipio de Bello,
no se

4
Cfme: Sent. No. 130 de 25 de octubre de 1994; Cas. civ. de 5 de noviembre de 1998, exp. 5002

pues (sic) yo se ir allá, donde la mamá", para señalar a continuación que, "posteriormente
luego de que él murió me enteré que supuestamente vivía con una señora de nombre Patricia
Marín..., en el municipio de Envigado", agregando que "fue por medio de ella (de Patricia) que a
él lo operaron..., en el Hospital o en el Seguro de Envigado" (fls. 2 vto. y 4, cdno. 3).

Por consiguiente, si la unión marital de hecho reclama que los compañeros permanentes
integren "una comunidad de vida permanente y singular" (art. 10, Ley 54 de 1990), no es
posible calificar como tal y sin más elementos de juicio que pudieran conducir a una conclusión
diferente, aquella relación en que el hombre no convive -lato sensu- con su pretensa
compañera, sino con terceros, bien porque conserva su hogar materno -"en el Municipio de
Bello..., donde la mamá"-, bien porque ha conformado otro con mujer distinta -"Patricia Marín,
en Envigado"-. De allí, entonces, que no pueda afirmarse, en estrictez, la condición de
compañera permanente en la señora Rivera, con relación al señor Caro, si éste, según ella lo
reconoce, convivía con otra persona.

Para resaltar la incidencia que tiene en este litigio, el hecho de que el señor Caro cohabitara
con la señora Marín, es útil memorar la doctrina de la Corte sobre la singularidad en las
uniones maritales de hecho:

“…la ley sólo le otorga efectos civiles a la unión marital de hecho que se conforma por un solo
hombre y una sola mujer, lo que, per se, excluye que uno u otra puedan a la vez sostenerla con
personas distintas y da para decir que si uno de los compañeros tiene vigente un vínculo
conyugal, lo contrae después, o mantiene simultáneamente una relación semejante con un
tercero, no se conforma en las nuevas relaciones la unión marital, e incluso, eventualmente se
pueden desvirtuar las que primero fueron iniciadas." Y agregó:

"Bajo esas premisas, preciso es concluir que para que exista unión marital de hecho debe
estar precedida de una comunidad de vida que por definición implica compartir la vida misma
formando una unidad indisoluble como núcleo familiar, ello además de significar la existencia
de lazos afectivos obliga el cohabitar compartiendo techo; y de carácter permanente, lo cual
significa que la vida en pareja debe ser constante y continua por lo menos durante dos años,
reflejando así la estabilidad que ya la Corte reconoció como aspecto fundamental de la
relación, reduciendo a la condición de poco serias las uniones esporádicas o efímeras que no
cumplen con tal requisito.

"La explicación de la característica de singular que el citado artículo primero contempla, no es


más que la simple aplicación de lo hasta aquí dicho en torno al objetivo de unidad familiar
pretendido con la unión marital de hecho, por cuanto la misma naturaleza de familia la hace
acreedora de la protección estatal implicando para el efecto una estabilidad definida
determinada por una convivencia plena y un respeto profundo entre sus miembros en
aplicación de los mismos principios que redundan la vida matrimonial formalmente constituida,
pues, como se indicó, se pretendió considerar esta unión como si lo único que faltara para
participar de aquella categoría fuera el rito matrimonial que corresponda." (Se subraya; cas. civ.
de 20 de septiembre de 2000; exp.: 6117).

No desconoce la Sala que, según la demandante, los fines de semana él (el señor Caro)
estaba conmigo siempre, compartíamos intimidad y teníamos un hijo" (fl. 3, cdno. 3), de
nombre Juan Gabriel Caro, nacido el 13 de agosto de 1991, según lo precisa su certificado de
nacimiento (fl. 18, cdno. 1). Pero aunque pudiera aceptarse, según el caso, que la falta de
cohabitación temporal por razones laborales -pues ella se desempeñaba como Juez Promiscuo
Municipal de Uramita-, no descarta por sí sola la condición de compañeros permanentes, no se
podría perder de vista que, en este caso en particular, fue admitido que el asegurado y la
demandante no tenían un hogar común, pues se dijo que aquel vivía con su progenitora y que
luego cohabitó con la señora .Patricia Marín, sin que, además, el hecho de tener un hijo sea
factor determinante, puesto que la sola paternidad, en sí misma considerada, no sugiere
indefectiblemente que los padres del menor conforman una unión marital de hecho.

Puestas de este modo las cosas, se impone concluir que como la señora Rivera no era
cónyuge del señor Caro y tampoco se acreditó que fuera su compañera permanente para la
época en que se perfeccionó el contrato de seguro (23 de enero de 1997), no podía figurar
aquel como asegurado secundario, desde luego que la aseguradora asumió el riesgo de
muerte previsto en la póliza en tanto y en cuanto entre los dos asegurados existiere una
condición especial, consistente en estar unidos por un vínculo matrimonial, o incluso por una
unión marital de hecho, conforme se dejó explicado precedentemente.

Por ende, pese al error en que incurrió el Tribunal al decidir el litigio a partir de la aplicación del
artículo 1060 del Código de Comercio, sin parar mientes en que la misma norma excluye de su
gobierno a los seguros sobre la vida, como se explicó en párrafos precedentes, su
equivocación es irrelevante de cara a la decisión adoptada, la cual, necesariamente, debía
negar las pretensiones, puesto que en el proceso no se acreditó que la demandante, como
asegurado principal, podía asegurar al señor Juan Caro Montoya, de quien no era cónyuge, ni
se demostró la calidad de compañera permanente al tiempo del contrato.

6. El cargo, entonces, no prospera. Pero se rectifica la tesis del tribunal, en lo que atañe a la
agravación del estado del riesgo, cuyas normas no son aplicables al seguro de vida, como se
explicó.

Por tal motivo, no se condenará en costas al recurrente.

DECISIÓN

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil, administrando


justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley, NO CASA la sentencia de fecha y
procedencia preanotadas.
No se condena en costas, dada la rectificación doctrinaria que se hace.

Cópiese, notifíquese y devuélvase.

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ


En comisión de servicio

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA

CESAR JULIO VALENCIA COPETE

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA