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POLITICA PARA AMADOR

Fernando Savater

1. Henos aquí reunidos

El primer capítulo trata de la sociedad, de cómo la primera cosa que vemos al nacer es
un rostro humano o siquiera una pared de una habitación arreglada o fabricada por
manos humanas. Esta sociedad que no solo se compone de personas u objetos, irá dando
forma a nuestra personalidad mediante las órdenes, noticias, sugerencias, chistes,
tentaciones, súplicas, etc. Que recibamos a lo largo de nuestra vida. El hombre
encuentra a gusto su lugar en la sociedad, a donde pertenece, con los demás hombres.

En este capítulo Fernando Savater propone problemas a resolver tales como: “La
sociedad nos sirve, pero también hay que servirla; está a mi servicio, pero solo en la
medida en que yo me resigne a ponerme al suyo.” Efectivamente la sociedad nos
auxilia, protege, informa, entretiene, etc. Pero ello acompañado de restricciones, de
normas y de deberes. Todas ellas en forma de imposiciones. Pero a aquello que
llamamos imposición no es más que convenciones tomadas entre los hombres para tener
efectos decisivos sobre sus vidas y sin tales convenciones no sabríamos como vivir en
grupo, como sociedad.

Savater dice que el hombre es un animal tan raro que no es fiel a sus instintos como sí lo
podría ser una hormiga obrera que solo hace una sola cosa y la saber hacer bien, sino
que el hombre es capaz de equivocarse constantemente en lo más elemental, pero nunca
está limitado a una serie de acciones. De esta capacidad de no hacer siempre lo mismo
sino estar posibilitado a diversos escenarios que el hombre tiene la capacidad de
establecer convenciones, normas que no estén impuestas por la biología (como puede
ser no volar por sí mismo) sino que aceptemos voluntariamente. De estas convenciones
derivan los distintos códigos: penales, civiles, tributario, etc. Como un recurso de
supervivencia de la especie y además de sobrevivir poder vivir más y mejor.

2. Obedientes y rebeldes

Al iniciar el presente capítulo Savater cita la admirable opinión de Aristóteles: “el


hombre es un animal cívico, no un animal político”. Con ello da a conocer que los
hombres si bien somos seres sociales, esto no es por instinto como si podría ser en una
manada de animales. Lo que nos diferencia es que nosotros los humanos inventamos
diversas formas de vivir en sociedad, así cuando una persona nace tiene la capacidad de
transformar la sociedad a la cual llego y la que también la sociedad de sus padres. Con
esto último, de poder transformar la sociedad a la cual arribamos se entiende que el ser
humano es innovador y no solo sigue reglas como si fuese un robot, los humanos somos
“insocialmente sociales” como alguna vez dijo Immanuel Kant. Que viviendo en
sociedad no nos limitamos solo a obedecer sus reglas y repetirlas hasta el cansancio sino
que estamos innovando, rebelándonos.

Fernando Savater explica que los humanos no nos revelamos contra la sociedad misma,
sino contra una sociedad determinada. Que no desobedecemos porque no queramos
obedecer jamás a nada ni a nadie, sino que queremos mejores razones para obedecer de
las que nos dan y jefes que ordenen con una autoridad más respetable. Sobre esto que
no se mal entienda con la anarquía, de rebelarnos hasta el punto en que nadie mandase
ni ordenase.

La política no es aquella que inicia los conflictos, sean estos buenos o malos sino que
los conflictos son características acompañantes de la vida en sociedad, no todos quieren
lo mismo y si es que lo quieren no de la misma forma seguramente. Entonces la política
se ocupa de acortar ciertos conflictos y de impedir que crezcan hasta destruir como un
cáncer el grupo social.

3. A ver quién manda aquí

Este capítulo inicia con una pregunta “¿Por qué los miembros de cada sociedad, que son
muchos, obedecen a unos (llámese rey, tirano, dictador, presidente o jefe de cualquier
clase)? ¿Por qué aguantan sus órdenes, en lugar de mandarle a paseo o tirarle por la
ventana si se pone demasiado pesado? Ciertamente ningún jefe es tan fuerte, ni siquiera
físicamente como el conjunto de sus súbditos. Esta obediencia nace según Federico
Nietzsche “las sociedades consisten en una serie de promesas, explícitas o implícitas,
que los miembros del grupo se hacen unos a otros. Tiene que haber alguien con
autoridad suficiente para garantizar que esas promesas van a cumplirse y para obligar a
que se cumplan”.

Por otra parte Thomas Hobbes en su opinión: “Los hombres eligieron jefes por miedo...
a sí mismos, a lo que podría llegar a ser su vida si no designaban a alguien que les
mandase y zanjara sus disputas. Por esa razón prefiere cada cual renunciar a su impulso
violento contra los demás y someterse todos a un único monopolizador de la violencia,
el gobernante: ¡más vale temer a uno que a todos.”

Teniendo evidente porque los hombres escogemos jefes para que nos gobiernes, es
peculiar que las personas revestidas de mando hayan disfrutado - más antes que ahora –
de un especial respeto, casi como si se trataran de una especie no-humana sino de algo
superior. A los hombres no les gusta ser gobernado por otro hombre, prefiere considerar
un poco mejor a los gobernantes, enfocando en ellos admiración y respeto. Sin embargo
no se les toleraba debilidades que sí sienten los individuos corrientes y comunes.

La principal ventaja de vivir en comunidad es que nunca se parte de cero, cada quién
puede aprender diversas habilidades que hubiesen demandado mucho años o nunca lo
hubiésemos descubierto, pero al vivir en comunidad la información se “archiva” para
las siguientes generaciones, para que no desaparezca.

Volviendo al tema de que los humanos elegimos a un jefe, en un inicio de nuestra


historia designábamos al más fuerte físicamente hablando, ya que se buscaba la
supervivencia, pero al pasar los años ya no elegíamos jefe al que ganaba las guerras o
aseguraba la supervivencia sino al más capaz de lograr mantener la paz con los vecinos
y así poder comerciar con ellos.

4. La gran invención griega

En los albores de la humanidad, cuando se erigían poderosos reyes capaces de comenzar


las más caprichosas guerras y a contraparte estaba el campesino que debía obedecer, era
indefectible que aquellos que nacían de reyes serían reyes y aquellos que nacían de
esclavos no lograrían nada mejor que ser esclavos.

Con el transcurrir de muchos años se empezó a plantear la idea que a pesar de las obvias
diferencias físicas de los hombres, éstos sí llegaban a parecerse entre ellos, porque
podían hablar, todos podían pensar sobre sus deseos o miedos, o sobre lo que les
conviene, etc. Éste fue el primer paso para poder reconocer a todos los seres humanos
iguales entre sí. La política trata sobre humanos

5. Todos para uno y uno para todos


Los griegos inventaron la política concentrando en ella los debates y preguntas del
hombre, las formas políticas siguieron evolucionando y transformándose en Europa.
Los romanos aportaron el derecho el cual es la más importante aportación de la
humanidad para vivir en sociedad.

Fernando Savater plantea la paradoja que cómo dos personajes contrapuestos,


aparentemente enemigos irreductibles son en realidad cómplices secretos, ello devenido
de la idea de que cada persona lleva dentro de sí una parte del Estado y el Estado está
formado por individuos y no tiene otro poder que el recibido de múltiples decisiones
individuales. En donde el individuo se queja de la opresión y de la arbitrariedad del
Estado, mientras que el Estado atribuye a la desobediencia y el egoísmo de los
individuos todos los desastres políticos.

Savater explica que estos aparentes enemigos son el resultado del proceso histórico
modernizador de las comunidades humanas. Esto trata sobre cómo en un inicio el jefe
era el más fuerte físicamente o solía transmitirse genealógicamente, etc. Después
aparecieron sociedades en las que un solo individuos o unos pocos adquirían enorme
relevancia, sea en condición de reyes casi divinos o como sumo sacerdotes capaces de
interpretar la voluntad de los dioses. Luego los griegos inventaron la política hasta
llegar hoy. Esta explicación se da a fin de entender que cada vez somos menos
naturaleza, menos “mágicos” y más artificio, más astucia. Las sociedades reposan cada
vez menos en los dictados elementales de la fatalidad, la necesidad física, las
vinculaciones de sangre o los designios impenetrables de la divinidad (que son
indiscutibles y escapan al control humano, tal como las leyes de la naturaleza); en
cambio, se van haciendo más deliberadas, dependen más de lo que los hombres quieren
y acuerdan entre sí, conceden más importancia a las actividades simbólicas entre los
individuos (comercio, prestigio, originalidad, etc..) que a la interacción con la
naturaleza, y se someten a la justificación racional (que cualquiera puede entender y
discutir).

Las antiguas estructuras sociales limitaban bastantes iniciativas individuales, mostrando


a lo que se suponía era una colectividad como una sola cosa “todos somos uno.” En
cambio la modernización concede cada vez más importancia a lo que piensa, opina y
reclama cada individuo pero debilitando la unanimidad comunitaria. Cuando predomina
excesivamente el individuo, la armonía del conjunto social puede romperse, nadie se
preocupa de sostener lo que debe ser común a todos, los individuos mejor dotados se
aprovechan de los más débiles y no reconocen ninguna obligación de solidaridad hacia
ellos, cada cual se siente solo, acosado por la ferocidad y la codicia de los demás, sin
una instancia comunitaria a la que exponer sus quejas y de la que recabar protección.
Pero cuando es el Estado el que se hincha demasiado, los individuos pierden su
iniciativa y la capacidad de sentirse responsables de sus propias vidas, las discrepancias
de los que actúan o piensan de forma diferente a los demás no son toleradas, cada cual
se siente como una simple molécula que no tiene importancia más que dentro del gran
mundo. Lo ideal sería un equilibrio pero dado que difícilmente se cumpla, Savater
explica que él está a favor del individuo antes que del Estado porque el Estado es para
los individuos que lo conforman, más no los individuos son para el Estado.

Al fin y al cabo el principal interés del hombre debe de ser que la sociedad en que
vivimos sea lo más social posible, se mantenga bien equilibrada entre el individuo y el
Estado, que haya conflictos y antagonismos pero no violencia entre los socios, que se
garanticen los derechos y que se aseguren las responsabilidades y que nadie se sienta
abandonado estando rodeado de otros hombres.

6. Las riquezas de este mundo

Savater plantea la pregunta: “¿Los animales son ricos o pobres?” Empezando que los
animales tienen necesidades primarias que atender, como la comida, refugio,
procreación y defensa contra sus depredadores, todo ello nace sabiendo el animal. De
acuerdo a eso podría llamársele ricos a los animales que satisficieron sus necesidades y
pobres a los que no.

En el caso de los humanos es mucho más complejo y diferente, ésta diferencia reside en
que los humanos no nacemos sabiendo lo que queremos además de nuestras necesidades
básicas, al ser el hombre un ser complejo no solo se da abasto con subsistir sino que
busca vivir de la mejor manera posible. Esto mismo le ha dado al hombre muchísimas
complicaciones, uno de esos problemas es la “propiedad”, apenas un hombre cercó un
campo y dijo <<esto es mío>> siendo creído por quienes le escuchaban, comenzaron los
conflictos entre ricos y ´pobres.

7. Cómo hacer guerra a la guerra


Las guerras han sido una compañera odiosa e innegable de las sociedades humanas. Los
conflictos armados han supuestos no solo muerte y destrucción sino que también una
forma de escalera, en la cual la humanidad ha tenido que ingeniárselas para sobrevivir
llevándolo a nuevos descubrimientos.

Entre los humanos se puede distinguir dos tipos de antibelicistas según Savater:

A) El primero de estos dos tipos de antibelicistas es el de los pacifistas, en el sentido


más radical y auténtico del término. Para ellos, nunca es justificable la guerra pues
siempre deriva de la codicia y del orgullo humano. La resistencia violenta y armada al
mal es también una forma de mal, aunque pueda tener mejor disculpa (la defensa propia,
por ejemplo, o la del derecho internacional) que la disposición agresiva y conquistadora.
En resumen, ningún valor social o político justifica quitar la vida al prójimo, por
indeseable y amenazador que éste pueda resultarnos. Esta respetable actitud no es
política, claro está, sino plenamente religiosa, aunque sus representantes no se reclamen
de ninguna iglesia organizada. Se trata de una postura difícil de mantener con
coherencia porque implica toda una concepción de la sociedad como comunidad en el
sentido antiguo del término, fraterna y sin otra coacción lícita del desorden que la
reprobación de los justos. Para nuestro autor este pacifismo puede convertirse en un
modo como tantos otros de expresión vital: ayuda a quien lo practica a sentirse mejor
que el mundo que le rodea (en el mismo sentido que el fiscal suele sentirse mejor que el
acusado) pero en escasa o nula medida ayuda a mejorar el mundo mismo.

B) El segundo modelo es el antimilitarista, éste no se trata de una actitud religioso sino


estrictamente política. No considera la violencia armada como el mal absoluto sino
como un mal indudable, muy grave pero no el único ni —en ocasiones— el peor de
todos. Considera que la institucionalización militar de la violencia es una amenaza para
las mejores posibilidades políticas de la modernidad: la universalización de las
libertades individuales, el respeto a los derechos humanos, el fomento de la democracia
y la educación, la potenciación de la invención social por encima de la adhesión
incondicional a los símbolos jerárquicos o patrióticos, la ayuda económica a los países
en los que el hambre, la enfermedad o el atraso son endémicos, etc. Los antimilitaristas
proponen soluciones como sustituir el servicio militar obligatorio por ejércitos
profesionales, reducidos, fundamentalmente defensivos, que acaben con la concepción
del ejército como <<pueblo de armas>>. El apoyo a las autoridades internacionales
como la ONU y a cualquier otro organismo destinado a sustentar el derecho común de
los individuos humanos por encima del de las naciones. Y por última idea el fomento
efecto del control de armamento y del tráfico de armas, acicates comerciales entre otros
de la belicosidad internacional.

Es casi imposible que todo el mundo adopte el antimilitarismo o el pacifismo y se pueda


derribar la concepción de guerra, suprimir este mal por decreto determinaría también la
supresión de otras libertades de la persona, que consiste en hacer el mal así como
también el bien.

8. ¿Libres o felices?

Los grandes totalitarismos del último siglo (comunismo, fascismo, nazismo y los demás
que vengan, si es que aún falta alguno) son intentos de simplificar por la fuerza la
complejidad de las sociedades modernas: son enormes simplezas, simplezas criminales
que intentan volver a algún beatífico orden jerárquico primigenio en el que cada cual
estaba en su sitio y todos pertenecían a la Tierra Madre y al Gran Todo Común. Es
lógico que los Estados totalitarios pretendan aplastar las libertades individuales, pues su
nombre mismo proviene de «todo» y por lo tanto no se conforman con tener que
compartir el poder con cada uno de los ciudadanos. Pero los enemigos de la libertad no
siempre están fuera sino también dentro de los individuos mismos. Un psicoanalista con
ambiciones de sociólogo, Erich Fromm, escribió hace casi medio siglo un libro muy
interesante cuyo título es significativo: Miedo a la libertad. Ése es el problema. Al
ciudadano le da miedo su propia libertad, la variedad de opciones y tentaciones que se
abren delante de él, los errores que puede cometer y las barbaridades que puede llegar a
hacer... si quiere. Se encuentra como flotando en un tópico mar de dudas, sin puntos
fijos de referencia, teniendo que elegir personalmente sus valores, sometido al esfuerzo
de examinar por sí mismo lo que hay que hacer, sin que la tradición, los dioses o la
sabiduría de los jefes pueda aliviarle demasiado su tarea. Pero, sobre todo, el ciudadano
le da miedo la libertad de los demás. El sistema de libertades se caracteriza porque
nunca puede uno estar del todo seguro de lo que va a ocurrir. La libertad de los otros la
siento como una amenaza, porque me gustaría que fuesen perfectamente previsibles,
que se pareciesen obligatoriamente a mí y no pudiesen ir nunca contra mis intereses. Si
los demás son libres, está claro que pueden portarse bien o mal. Muchas personas
renunciarían con gusto a su propia libertad con tal de que los otros tampoco disfrutaran
de ella; así las cosas serían en todo momento como tienen que ser y se acabó. “Mi
libertad es peligrosa, porque puedo utilizarla mal y hacerme daño a mí mismo; la de los
otros no digamos, porque pueden emplearla en hacerme daño a mí. “No será mejor
acabar con tanta incertidumbre? No siempre son el gobernante quienes intentan acabar
con la libertad o limitarlas al máximo, sino que en muchas ocasiones son los ciudadanos
los que solicitan esta represión, cansados de ser libres o temerosos de la libertad.

Actuar de esa forma con su libertad es un acto de irresponsabilidad, otra forma de


irresponsabilidad es el fanatismo. El fanático se niega a dar ningún tipo de
explicaciones: predica su verdad y no condesciende a más razonamientos. Como él
encarna sin duda el camino recto, los que le discuten sólo pueden hacerlo movidos por
bajas pasiones y sucios intereses, o cegados por algún demonio que no les deja ver la
luz. Tampoco el fanático se tiene por responsable ante sus conciudadanos, sino sólo ante
una instancia superior y desde luego inverificable. Otra forma de irresponsabilidad es la
burocrática que se caracteriza porque casi nunca nadie dimite pase lo que pase: ni por la
corrupción política, ni por la incompetencia ministerial, ni por errores de bulto que
deben pagar los ciudadanos de su bolsillo, ni por la patente ineficacia en atajar los males
que se había prometido resolver. Como el gobernante se considera irresponsable,
procura que la trama de las instituciones le ayude a gozar de impunidad. Toda denuncia
de abusos, por fundada que esté, se presenta como formando parte de una maliciosa
campaña de los adversarios políticos; en cuanto a la indignación de los ciudadanos de a
pie, expresada a través de los medios de comunicación, se aplica el viejo principio de
«ladrad, ladrad, que ya os cansaréis...». Este modelo de irresponsabilidad gubernativa
tiene su complemento en la de quienes consideran que ellos no tienen que responder de
nada porque es el gobierno el que debe resolverlo todo. Quien nunca se siente
reclamado en conciencia democrática a hacer lo que cree que debe hacerse no queda
excusado por mucho lamentar elocuentemente que «los gobiernos» tampoco lo llevan a
cabo. Sin restarle un ápice de importancia a la responsabilidad individual, es justo
reconocer nuestra corresponsabilidad social por no prevenir situaciones próximas a
nosotros que verosímilmente han de acabar en delitos o desastres.

9. Epílogo

Savater finaliza la otra recordando que la mayor preocupación de un joven es aprender.


Pues quien no sabe puede tener arrebatos pero no aciertos y así no se puede vivir una
“buena vida”. El autor tampoco nos desea que se nos dé por cumplir alguna utopía ni
como proyecto o imposición, a cambio de eso nos pide tener ideales políticos ya que las
utopías cierran las cabezas pero los ideales las abren; las utopías llevan a la inacción o a
la desesperación destructiva (porque nada es tan bueno como debiera ser mientras que
los ideales estimulan el deseo de intervenir y nos conservan perseverantemente activos.
Los ideales políticos nunca intentan mejorar la condición humana sino la sociedad
humana: no lo que los hombres son sino las instituciones de la comunidad en que viven.
Todos los ideales políticos son progresivos: cuando se alcanza un nivel que antaño
hubiera parecido maravilloso, lo que aumenta no es la satisfacción sino las exigencias.
Y está muy bien que sea así: al gobernante que ante las reivindicaciones ciudadanas
responde «peor estábamos antes» hay que decirle bien alto que «precisamente por eso
ahora podemos querer más». Y, desde luego, los ideales políticos son decididamente
racionales y tienen en cuenta la experiencia histórica, los avances científicos, las
revoluciones habidas contra lo ayer tenido por «sagrado e inmutable»: de los visionarios
antiilustrados que ven más claro cuanto más oscuro está todo.

Como últimos consejos Fernando Savater nos dice: "no siembres hoy lo que no quieras
cosechar mañana; no utilices ahora la represión para conseguir más libertad, ni
aumentes la violencia para que un día nos libremos de la violencia, ni favorezcas la
mentira como herramienta para conseguir en el futuro la verdad. Nunca sale bien”