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1.

Se dice que en otro tiempo pinos nacidos en la cumbre pelíaca nadaron por las límpidas olas de Neptuno hacia las aguas del Fasis y los confines eeteos, cuando selectos
jóvenes, los escogidos de la argiva juventud, anhelando arrebatar el vellocino de oro de la Cólquide, se atrevieron a recorrer en rápida popa las aguas saladas, barriendo
con palmas de abeto las azules superficies. La divina para ellos, la que conserva los recintos en las supremas ciudades, ella misma hizo que con leve soplo volara un
carro, unciendo la trama de pino a la encorvada quilla.
11. Ella la primera imbuyó en esta carrera a la ruda Anfitrite, la cual, una vez que con su espolón hendió la ventosa superficie y, volteada a remo, se encaneció de espumas
la onda, emergieron del candente torbellino del estrecho sus rostros. Las acuáticas Nereidas, admirando el prodigio. En aquella luz, no en otra, vieron los mortales a las
Ninfas marinas con sus ojos, desnudado su cuerpo hasta su pecho sobresaliendo del torbellino cano. Entonces, se cuenta que Peleo se encendió por el amor de Tetis,
entonces Tetis no despreció, humanos, unos himeneos, entonces, el Padre mismo sintió que Peleo debía uncirse a Tetis.
22. Oh héroes nacidos de los siglos en un tiempo demasiado anhelados, tened salud, el linaje de los dioses, oh buena progenie de sus madres, tened salud de nuevo, de
sus madres buenas. A vosotros yo a menudo, con mi canción, os apelaré, y a ti, tan eximiamente acrecido por estas teas felices, el baluarte de Tesalia, Peleo, al que Júpiter
mismo, el mismo padre de los dioses, concedió sus amores, ¿acaso a ti Tetis no te tuvo, bellísima Nerina? ¿Acaso a ti Tetis y el Océano, el que de mar todo rodea al orbe,
no te concedieron que te llevaras a su nieta?
31. Para los cuales, una vez que, cumplido el tiempo, llegaron las anheladas luces, toda Tesalia frecuenta la casa con su concurso: se llena la regia de su alegre asistencia.
Sus dones llevan ante sí, en su rostro declaran sus gozos. Desierta queda Esciros, dejan la ptiótica Tempe y las casas de Crannón y las murallas lariseas; a Farsalo llegan,
los farsalios concurren techos. Nadie cultiva las tierras, se mullen los cuellos de los novillos, no se purga la viña, humilde, con los curvos rastrillos, la hoz de los podadores
no atenúa la sombra del árbol, el toro no arranca el terrón con la inclinada reja, sucia herrumbre recubre los desiertos arados.
42. Mas la casa de él, por donde quiera que se expande opulenta la regia, resplandece de fulgente oro y plata. Brilla el marfil en los solios, le lucen las copas a la mesa,
toda la casa goza, espléndida del real tesoro. El lecho nupcial, empero, de la diosa, se coloca en medio del palacio, el cual, pulido con indo diente, teñida de róseo molusco,
cubre una púrpura con fuco. Esta colcha, adornada con hombres de primitivas figuras, indica las virtudes de los héroes con admirable arte.
52. Pues, Ariadna, escudriñando en el litoral de Día de sonante oleaje, mira a Teseo marchar con su veloz armada, llevando indómitos furores en su corazón, y lo que
contempla todavía ella no cree que contempla: pues tan pronto como ella despierta del falaz sueño, abandonada, se discierne a sí misma, triste, en la sola arena. Mas el
desmemoriado joven pulsa las aguas a remos huyendo, dejando incumplidas sus promesas a las ventosas tormentas.
60. A él, lejos, desde el alga, con afligidos ojillos la Minoide, pétrea como la efigie de una bacante, escudriña, ay, escudriña, y fluctúa en las grandes olas de las angustias,
sin retener la sutil mitra en su flava cabeza, sin proteger su pecho velado con su leve atuendo, sin ligar sus pechos de leche con la torneada faja, lo cual todo, resbalado
su cuerpo de entero por doquier, ante los pies de ella, jugaban con los flujos de sal. Pero ni entonces preocupándose de la mitra, ni entonces de la suerte de su fluente
atuendo, ella pendía, perdida ella, con todo su pecho de ti, Teseo, con todo su ánimo, con toda, su mente.
71. Ah triste, a quien Ericina consternó con asiduos lutos, sembrando espinosas angustias en su pecho, en aquella temporada, desde aquel tiempo en que Teseo, feroz,
saliendo de los curvos litorales del Pireo, tocó los templos del injusto rey de Cortinia. Pues se cuenta que otrora, por una cruel peste obligada a expiar los castigos de la
muerte de Androgeón, había solido dar de festín al Minotauro unos jóvenes elegidos a la vez, y la honra ateniense de las doncellas. Como sus murallas padecieran
angustiadas por esos males, el propio Teseo prefirió arrojar su cuerpo por su querida Atenas, mejor que tales funerales fueran portados hacia Creta desde la Cecropia –y
no funerales.
84. Y de este modo, apoyado en una nave leve y con lenes auras, viene al magnánimo Minos y sus sedes soberbias. A él, una vez que con deseosa luz lo contempló la
virgen regia –a la cual, espirando suaves olores, alimentaba un casto lecho en el blando abrazo de su madre, como los mirtos las corrientes ciñen del Eurotas, o el aura
primaveral cría distintos colores–,declinó de él sus flagrantes ojos no antes de que en todo su cuerpo concibió una llama, profundamente, y ardió toda en sus más ondas
medulas.
94. Ay quien tristemente causas con despiadado corazón furores, santo muchacho, que mezclas gozos con las angustias de los hombres, y tú la que reinas los Golgos, el
Idalio frondoso: con cuáles oleajes agitasteis, encendida en su mente, a la muchacha, suspirando a menudo por el rubio huésped. Cuántos temores ella soportó, doliente
su corazón, cuánto, a menudo, palideció más que el fulgor del oro, cuando, deseando en contra contender al salvaje monstruo, Teseo o buscaba la muerte, o los premios
de la alabanza. Prometiendo ella ofrendas a los divinos no ingratas aun así, en vano, con tácito labiecillo asumió unos votos.
105. Pues como un indómito torbellino en lo alto del Tauro agitando a una encina sus brazos, o a un conífero pino de sudante corteza, contorsionando con su soplo su
robustez, lo arranca: el árbol, lejos, desenterrado de raíz, hacia adelante cae, ampliamente todo cuanto se encuentra quebrando, así, domado su cuerpo, Teseo postró a
aquel salvaje, que lanzaba para nada sus cuernos a los vanos vientos. De allí tornó su pie a salvo con mucha alabanza, rigiendo sus errabundas plantas con tenue hilo,
para que, al salir de las laberínteas curvas, no lo engañara de ese techo su inobservable extravío.
116. Pero, por qué yo, apartado de la primera canción, más cosas conmemoro: cómo abandonando la hija el rostro de su padre, cómo el abrazo de su hermana, cómo
después el de su madre, la cual se alegraba de su triste hija perdidamente, a todo ello, antepuso el dulce amor de Teseo; o cómo fue transportada en balsa a los espumosos
litorales de Día, o cómo a ella, religadas sus luces por el sueño, su esposo la abandonó partiendo con desmemoriado pecho.
124. A menudo se cuenta que ella, enfurecida con ardiente corazón, vertió clarísonas voces desde lo más hondo de su pecho, y que entonces triste ascendía a abruptos
montes, de donde tendiera su mirada al vasto hervor del piélago; que, entonces, corría de la trémula sal hacia las contrarias ondas, levantando sus blandos ropajes de su
desnudada corva, y que decía estas cosas afligida en sus quejas extremas, suscitando frigidillos sollozos de su mojado rostro:
132. “¿Cómo es que así a mí, llevada lejos de las patrias aras, pérfido, pérfido, me dejaste en un desierto litoral, Teseo? ¿Cómo es que así partiendo, despreciado el numen
de los divinos, ah desmemoriado, sacrílegos perjurios portas a tu casa? ¿Es que ninguna cosa pudo doblegar el consejo de tu cruel mente? ¿Para ti no hubo ninguna
clemencia presente para que tu despiadado pecho quisiera condolerse de mí? Mas no me diste estas blandas promesas, un día, con tu voz a mí, no me mandabas esperar
esto a mí, triste, sino matrimonios alegres, sino optados himeneos, lo cual todo, incumplido, desgarran los vientos aéreos.
143. Ahora ya que ninguna mujer crea a un hombre que jura, ninguna espere de un hombre que los discursos sean fieles; quienes, mientras su deseoso ánimo anhela
obtener algo, nada temen jurar, nada perdonan prometer; pero, una vez que ha sido saciada la libido de su deseosa mente, sus dichos nada temen, nada se preocupan de
sus perjurios. Ciertamente yo a ti, hallándote en medio del torbellino de la muerte te arranqué de él, y resolví perder a mi hermano mejor que a ti, falaz, faltarte en ese
supremo tiempo. En vez de lo cual, seré dada para ser desgarrada por las fieras y por las aves como presa, y no seré sepultada, muerta, echada tierra sobre mí.
154. ¿Qué leona a ti te engendró bajo una sola peña, qué mar, concebido, te escupió a las espumantes ondas, qué Sirte, qué Escila rapaz, qué vasta Caribdis, quien tales
premios devuelves por la dulce vida? Si para ti no habían sido de corazón los matrimonios nuestros porque te aterraban los preceptos de tu antiguo padre, aún así, pudiste
conducirme a vuestras sedes, quien a ti con gozoso esfuerzo te sirviera como esclava, acariciando tus cándidas plantas con claras linfas, o cubriendo tu lecho con purpúrea
colcha. Pero ¿por qué yo me queje a las ignorantes auras para nada, consternada por este mal, las cuales, dotadas de ningún sentido, no pueden, emitidas, oír palabras ni
devolvérmelas?
167. Pues él se halla casi ya en mitad de las ondas y ningún mortal comparece en esta vacía alga. Así, demasiado insultante en mi extremo tiempo, salvaje, la suerte niega
oídos incluso a mis quejas. Júpiter todopoderoso, ojalá, en ese tiempo primero, los gnosios litorales no hubiesen tocado las cecropias popas, ni trayendo ominosos tributos
al indómito toro, el pérfido navegante hubiese religado su cuerda en Creta, ni el malvado ese, escondiendo en su dulce hermosura sus crueles consejos, en nuestras sedes
hubiese descansado, el huésped. Pues ¿a dónde me restituiré? ¿En qué esperanza, perdida, me esforzaré?
178. ¿ Acudiré a los montes ideos? Mas separándome con este abismo ancho, me divide la bravía superficie del ponto. ¿Acaso espero auxilio de mi padre, al que yo
misma abandoné, siguiendo a un joven asperjado con la fraterna matanza? ¿Acaso me consuelo con el amor de mi esposo fiel, el cual, acaso no huye encorvando los
flexibles remos en el abismo? Además de esto, ningún techo honra esta solitaria isla, ni se ofrece una salida, ciñendo las ondas del piélago. Ningún cálculo de huida,
ninguna esperanza: todas las cosas mudas, todas están desiertas, ostentan todas perdición.
188. Aun así, mis ojos no languidecerán de muerte, ni previamente se separarán mis sentidos de mi fatigado cuerpo antes de que mi justa, mucha fe, demande de los
divinos, traicionada, y suplique la de los celestiales en esta postrema hora. Por ello, las que multáis los hechos de los hombres con vengador castigo, Euménides, cuya
frente, ceñida de serpentino cabello, porta delante las iras de vuestro espirante pecho, aquí, aquí advenid y las quejas escuchad mías. Las que a mí, ah triste, se me obliga
a proferir de mis extremas medulas, desvalida, ardiente, ciega de amente furor, las cuales, puesto que nacen verdaderas de mi pecho más hondo, vosotras no queráis sufrir
que nuestro luto se desvanezca, sino que con la misma mente sola que Teseo a mí me abandonó.
201. Que con tal mente, diosas, se manche de muerte a sí y a los suyos.” Después que de su afligido pecho vertió estas voces, demandando suplicio ansiosa por unas
salvajes acciones, asintió con su invicto numen el regidor de los celestes, con cuyo movimiento la tierra sacudió el cosmos, y hórridas retemblaron las superficies, y sus
rielantes estrellas. Él, entonces, su mente de ciega calina, Teseo, sembrando, despidió de su olvidado pecho todos los mandados que previamente retenía con constante
pensamiento, y, no alzando las dulces señas para su afligido padre, que le viera salvo, se mostró al puerto Erecteo.
212. Pues cuentan que otrora, cuando Egeo confió a los vientos a su hijo, al que abandonaba las murallas de la divina con su armada, tales mandados le dió, abrazado al
joven: “Mi hijo, más agradable para mí que mi larga vida, único, devuelto en el extremo cabo, poco ha, a mí, de mi vejez, mi hijo, al que yo me veo obligado a despedir
a dudosos casos, puesto que la fortuna mía y la tu hirviente virtud te me arrebata, contra mi voluntad, a ti de mí, cuyas lánguidas luces todavía no se han saciado de la
querida figura de su hijo, yo a ti no te enviaré gozoso y con alegre pecho, ni permitiré que lleves las señas de una fortuna favorable, sino que primero mostraré las muchas
quejas de mi mente, manchando mi canicie con tierra y con vertido polvo, después, suspenderé unos tiznados lienzos de tu errante mástil, que el algodón, oscurecido con
herrumbre ibera, dirá nuestros lutos y los incendios de nuestra mente,.
228. Que a ti, si te concediera la que el santo Itono honra, la que nuestro linaje y las sedes de Erecteo asintió defender, que del toro asperjes con la sangre tu diestra,
entonces verdaderamente harás que estos mandados vivan guardados por ti en memorioso corazón, y ninguna edad los oblitere, de modo que una vez que nuestras colinas
divisen tus luces, la funesta veste las entenas depongan de todas partes, y las trenzadas maromas alcen cándidas velas, que tan pronto yo las divise, con alegre mente
reconozca mis gozos, cuando a ti, de regreso, te asista un tiempo próspero.”
238. Estos mandados, antes teniendo con constante mente, a Teseo, como las nubes expulsadas por el soplo de los vientos dejan la aérea cumbre de un níveo monte, lo
abandonaron. Mas su padre, como buscaba visibilidad desde el alto recinto, consumiendo sus ansiosos ojos en asiduos llantos, en cuanto divisó los lienzos de la tiznada
vela en picado se lanzó, desde la cumbre de los riscos, creyendo perdido a Teseo por un despiadado hado. Así, en los techos, funestos por la paterna muerte, entrando de
su casa, el feroz Teseo, como el luto que a la Minoide él había causado con su mente desmemoriada, tal él mismo recibió.
249. La cual, entonces, contemplando afligida la quilla que se alejaba revolvía complejas angustias en su ánimo, herida. Mas, por parte otra, floreciente, volaba Yaco
con su tiaso de Sátiros y nisigenos Silenos, buscándote a ti, Ariadna, encendido por tu amor. * Las cuales entonces, alegres, por doquier con ebria mente deliraban,
gritando el ‘evohé’ báquico, ‘evohoé’ girando sus cabezas. Una parte de ellas agitaba tirsos de cubierta cúspide, otra parte lanzaba los miembros de un despedazado
novillo, otra parte se ceñía con tortuosas serpientes, otra parte concurría oscuras orgias con cóncavas cestas, orgias que en vano desean oír los profanos; plañían otras los
tímpanos con eminentes palmas o sacaban el tenue tintineo del torneado bronce.
263. Para muchas los cuernos exhalaban roncos bombos y la bárbara tibia chirriaba con un horrible canto. Decorada la colcha con tales figuras ampulosamente, abrazando
el lecho, lo velaba con su ropaje. Lo cual, después de que, contemplándolo ávidamente, la tésala juventud se hubo saciado, empezó a ceder el lugar a los santos divinos.
269. Entonces, como el céfiro estremece con su aflato matutino el plácido mar y suscita proclives olas, al surgir la Aurora por los umbrales del errante Sol, las cuales,
tardamente primero, avanzan empujadas por su clemente soplo y levemente suenan con el plañir de la carcajada, tras ello, al crecer el viento, más, más se incrementan,
y refulgen con la purpúrea luz, nadando de lejos: así entonces abandonando los regios techos del vestíbulo se retiraban a su casa cada uno con errante pie por doquier.
278. Tras su partida, adalid, Quirón adviene desde la cumbre del Pelión portando silvestres dones, pues cuantas llevan los llanos, las que la tésala orilla en sus grandes
montes cría, las flores que cerca de las ondas de un río pare el aura, fecunda del tibio Favonio, estas, trenzadas en indistintas coronitas, trajo él mismo, con cuyo agradable
olor rió acariciada la casa.
285. Rápidamente llega el Penío, abandonando el verdeante Tempe, el Tempe, al que espesuras ciñen pendientes por encima, que las hijas de Hemonia han de celebrar
en concurridos coros: y no de vacío, pues él trajo, altas hayas de raíz y eminentes laureles de recto tronco, no sin un oscilante plátano, la flexible hermana del inflamado
Faetón, y un aéreo ciprés. Ello colocó alrededor de las sedes, anchamente entretejido, para que el vestíbulo, velado de muelle fronda, verdeara.
294. Sigue tras este Prometeo de industrioso corazón, llevando las huellas de su vieja pena atenuadas, la que un día, atados sus miembros a un sílice con una cadena,
cumplió pendiendo de abruptos cumbres. Después el padre de los dioses advino con su santa esposa y sus hijos, dejándote a ti solo en el cielo, Febo, y a tu gemela a la
vez, la que honra los montes del Idro: pues tu hermana, contigo al par, despreció a Peleo, y no quiso celebrar las teas conyugales de Tetis.
303. Los cuales, después de que sus cuerpos doblegaron a los níveos asientos, largamente, las mesas fueron equipadas con múltiple festín, cuando entre tanto, agitando
sus cuerpos con infirme movimiento, las Parcas comenzaron a declarar verídicos cantos. Su cuerpo tembloroso, envolviéndolo por doquier, ceñía una colcha cándida,
con una purpúrea orilla a los talones; mas róseas cintas descansaban en su nívea cabeza, y sus manos carpían ritualmente su eterna labor.
311. La rueca izquierda, revestida de muelle lana, retenía, la derecha, ora levemente abajando los hilos, los conformaba con los dedos supinos, ora en el torciéndolo prono
pulgar, volteaba el huso equilibrado con el torneado rocadero, y de este modo, rasgándolo, igualaba siempre el diente la obra, y los bocados de lana se adherían a los
ariditos labiecillos, los que previamente habían quedado sobresalientes del flexible hilo; ante sus pies, en cambio, muelles vellones de candente lana custodiaban unas
cestas hechas de varitas.
320. Ellas, entonces, empujando los vellones con clarísona voz, vertieron tales hados en una divina canción, en una canción que después ninguna edad acusará de perfidia.
“Oh gloria eximia, que te acreces por tus grandes virtudes, protección de Ematia, para el hijo queridísimo de Ops, escucha lo que en esta alegre luz a te revelan las
hermanas, el oráculo verídico: pero vosotros, a quienes siguen los hados, corred guiando las hebras, corred, husos.
328. Advendrá a ti, ya portando lo que desean los maridos, Héspero, advendrá la esposa con fausta estrella, que a ti te inunde la mente de doblegador amor, y, se preparará
contigo a desposar sus sueños languiditos, sus sometiendo flexibles brazos a tu robusto cuello. Corred guiando las hebras, corred, husos. Ninguna casa cobijó nunca
tales amores, ningún amor desposó con tal pacto a unos amantes, como asiste a Tetis, como concordia a Peleo. Corred guiando las hebras, corred, husos.
338. Nacerá a vosotros Aquiles, privado de terror para los enemigos, conocido no por la espalda, sino por su fuerte pecho, quien muy a menudo, vencedor en el errante
certamen de la carrera, precederá las flámeas huellas de la veloz cierva. Corred guiando las hebras, corred, husos. Ningún héroe en la guerra se comparará a élcuando
los frigios llanos manen de sangre teucra, y tras asediar las troicas murallas en prolongada guerra, las devaste el tercer heredero del perjuro Pélope. Corred guiando las
hebras, corred, husos.
348. Las madres a menudo confesarán las egregias virtudes y claros hechos de él en el funeral de sus hijos, cuando suelten su descuidado pelo de su cana cabeza y señalen
sus marchitos pechos con sus infirmes palmas. Corred guiando las hebras, corred, husos. Pues igual que el segador, cortando las densas aristas bajo el sol ardiente,
cosecha los bronceados cultivos, abatirá los cuerpos de los hijos de Troya con hierro infesto. Corred guiando las hebras, corred, husos.
357. Será testigo de sus grandes virtudes la onda del Escamandro, que por doquier en el arrebatador Helesponto se difunde, cuyo camino, que angostan las masacradas
pilas de cuerpos, entibiarán sus altas corrientes mezcladas de masacre. Corred guiando las hebras, corred, husos. Después, será testigo para la muerte también el botín
devuelto, cuando su torneada pira, compilada en un excelso montón, reciba los níveos miembros de una abatida virgen. Corred guiando las hebras, corred, husos.
366. Pues una vez que a los fatigados aquivos diera la suerte ocasión de soltar los neptunios lazos de la ciudad dardania, sus altos sepulcros se mojarán de la masacre de
Políxena, la cual, igual que víctima sucumbida por el dicéfalo hierro, hará caer su trunco cuerpo, sometida su corva. Corred guiando las hebras, corred, husos. Por lo
cual, venga, desposad los optados amores de vuestro ánimo. Reciba el esposo con feliz pacto a la divina, sea dada la novia al marido, ansioso ya hace tiempo. Corred
guiando las hebras, corred, husos.
376. Su nodriza, no volviéndola a ver, al aparecer la luz, el hilo de la víspera podrá circundar a su cuello, ni la madre ansiosa, afligida porque su discorde niña duerme
aparte, cesará de esperar caros nietos. Corred guiando las hebras, corred, husos. Tales felices canciones de Peleo, prenunciando un día cantaron con divino pecho las
Parcas. Pues, presentes, antes solían visitar las casas castas de los héroes, y a sí mismos mostrarse ante el mortal encuentro los celestiales, no todavía despreciada la
piedad.
387. A menudo el padre de los dioses en un templo fulgente revisándolos, cuando los anuales sacrificios llegaban en sus festivos días, contempló sucumbir cien toros en
tierra. A menudo errante Líber, por el vértice supremo del Parnaso, condujo a las Tíades, que, derramados sus cabellos, decían ‘evohé’, cuando los delfios, lanzándose
desde toda la ciudad a porfía, acogieran alegres al divino con humeantes aras. A menudo, en el mortífero certamen de la guerra, Marte, o del arrebatador Tritón la ama,
o la Amarunsia virgen, presente, exhortó armadas catervas de hombres.
397. Pero después de que la tierra imbuyó de crimen se indecible y todos ahuyentaron la justicia de su deseosa mente, los hermanos inundaron sus manos de fraterna
sangre, el hijo desistió de llorar a sus extinguidos padres, deseó su padre los funerales de su primogénito hijo, para, libre, apoderarse de la flor de una doncella madrastra,
y la madre, sometiéndose ella, impía, a su ignorante hijo, impía, no temió mancillar los divinos penates. Todo lo decible y lo indecible, amalgamado en mal furor, la
justiciera mente de los dioses apartó de nosotros. Por lo cual, ni tales uniones se dignan a visitar, ni ellos soportan ser tocados por la luz clara.