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285-286 LA ALEGRÍA DEL AMOR

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[15/2 21:45] MCC CCS MARIENE PIÑERO: La Alegría


🤓 del Amor 285-286
🤓285. La educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia,
que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para
abrirse a la aceptación del otro. Más allá de las comprensibles dificultades que cada uno
pueda vivir, hay que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado, porque «una
lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio
sobre la creación [...] También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o
masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De
este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del
Dios creador, y enriquecerse recíprocamente»[304]. Sólo perdiéndole el miedo a la diferencia,
uno puede terminar de liberarse de la inmanencia del propio ser y del embeleso por sí mismo.
La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no
pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»[305].
🤓286. Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o
masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que
tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la
formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras
circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Es verdad que no podemos
separar lo que es masculino y femenino de la obra creada por Dios, que es anterior a todas
nuestras decisiones y experiencias, donde hay elementos biológicos que es imposible ignorar.
Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible,
por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a
la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza
de los hijos no lo vuelven menos masculino ni significan un fracaso, una claudicación o una
vergüenza. Hay que ayudar a los niños a aceptar con normalidad estos sanos «intercambios»,
que no quitan dignidad alguna a la figura paterna. La rigidez se convierte en una
sobreactuación de lo masculino o femenino, y no educa a los niños y jóvenes para la
reciprocidad encarnada en las condiciones reales del matrimonio. Esa rigidez, a su vez, puede
impedir el desarrollo de las capacidades de cada uno, hasta el punto de llevar a considerar
como poco masculino dedicarse al arte o a la danza y poco femenino desarrollar alguna tarea
de conducción. Esto gracias a Dios ha cambiado, pero en algunos lugares ciertas
concepciones inadecuadas siguen condicionando la legítima libertad y mutilando el auténtico
desarrollo de la identidad concreta de los hijos o de sus potencialidades.
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COMENTARIO
Sexualmente, Dios creó al hombre y a la mujer, diferenciados por sus características
especiales, sin embargo existen personas que biológicamente están encapsulados en un
cuerpo que sienten que no les pertenece (transgénero), necesitando apoyo médico y
psicológico para enfrentar estos problemas. Es importante una evaluación eficaz en estos
casos y aceptarlos sin juicios, tomando en cuenta sus valores y capacidades, ya que pueden
aportar a la sociedad lo que aporta cualquier individuo heterosexual. Cuando existe una
disparidad sexual, debe atenderse con los especialistas pertinentes y así evitar el sufrimiento
emocional en estos casos.
Los roles sexuales siempre los ha definido la sociedad, los latinos nos caracterizamos por ser
machistas, definimos muy bien los roles tanto de la mujer como la del hombre, crecimos
viendo una madre atendiendo de manera dedicada al esposo y un padre cumpliendo con su
rol de trabajador y sustento del hogar. Actualmente eso ha variado y se han emancipado,
sobre todo la mujer, la cual ha logrado surgir en una sociedad que laboralmente era dominio
de los hombres, también vemos más padres apoyando domésticamente a la familia, inclusive
mejor que muchas mujeres. Es sano para la familia moderna, cargada de una cotidianidad
aplastante, equilibrar las tareas para que el disfrute sea igual para todos, esto se produce
dándole el justo valor a las labores del hogar y distribuirlas equitativamente. Es trabajo de
todos apoyar esto.
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[16/2 14:58] ponc capell capell: COMENTARIO


En estos número se tratan, en primer lugar, el problema de la aceptación de la propia
corporalidad y, por ende, de la propia sexualidad; en segundo, la adaptación de las
configuraciones de los roles que las culturas definen como convenientes a lo masculino y lo
femenino a las exigencias de la convivencia de nuestros tiempos.
La corporiedad es la experiencia, según J. P. Sartre, que nos permite sentirnos existencia
viviente, tanto individualmente como en cuanto seres interrelacionados. Esta experiencia
facilita la percepción de una misteriosa unión entre nuestra materialidad y nuestra
espiritualidad, nuestra inmanencia y nuestra trascendencia. No tenemos cuerpo; somos
cuerpo. Sin embargo, no somos sólo cuerpo. Somos seres corpóreos libres y, por tanto,
capaces de distanciarnos libremente de nuestros contextos culturales y de nuestra propia
estructura biológica. Podemos ponernos frente a nuestra realidad corporal y juzgarla,
aceptándola o rechazándola, del mismo modo, frente a nuestra realidad cultural.
Pero, aún más, somos capaces, también, de situarnos frente a nuestra estructura psíquica-
conductual y juzgarla, potenciando ciertos aspectos que decidimos positivos y modificando
otros que consideramos negativos. De ahí la necesidad de distinguir entre lo genotípico
(realidad innata) y lo fenotípico (realidad innata condicionada por los contextos y la libre
voluntad). Por eso, la conversión, entendida como cambio profundo del corazón, implica una
posibilidad de modificar nuestro fenotipo, con la ayuda de la gracia y la colaboración de la
voluntad.
Desde esta visión del hombre puede entenderse que se invite a una superación de
posicionamientos absolutizados y a la apertura del espíritu hacia la sana aceptación del propio
cuerpo tal como nos es dado, así como la apertura hacia la alteridad. Sólo una plena
conciencia del valor de la masculinidad podrá facilitar la aceptación del valor de la feminidad, y
viceversa. Y será la aceptación de esta dicotomía el mejor camino para comprender la valiosa
complementariedad entre lo uno y lo otro.
Aunque, en este tema, la misma fundamentación científica de la esencialidad de la alteridad
sexual, por la que se invita a no cancelar la diferencia sexual, pudiera exigir, por otra parte,
una mayor claridad pastoral hacia quienes presentan conflictos, de identidad biológica o
psicológica, originados desde su genotipo, ya que ignorar su posibilidad sería pretender
desaparecer o ningunear a quienes presentan tales dificultades; son muy iluminadoras las
aportaciones de la autora del libro Alteridad sexual. La verdad intolerable, María Calvo
Charro.
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