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16 de julio de 2016 Número 106

“ESCÓJALE, MARCHANTITA”
Como allí todo estaba previsto, la compra, la venta, el beneficio, resulta que a los comerciantes les
quedaban diez de cada doce horas para gozosas partidas, observaciones, comentarios,
espionaje…
Honorato de Balzac, La comedia humana

En el mercado
laboral, los
trabajadores venden
por un mal salario
sus talentos y
energías; en el
mercado de
productos, los
campesinos
malbaratan sus
cosechas al coyote o
al acaparador; el
mercado le pone
precio a la tierra, al
agua, al viento…,
Tianguis de Tlatelolco / Diego Rivera (1942)
recursos de los que
depende la vida; en las tiendas departamentales, más que comprar
nosotros las mercancías que nos miran desde los estantes, son ellas las
que nos compran; en el mercado electoral se venden candidatos y se
compran votos; los escribidores mercenarios ofertan en el mercado sus
conciencias y sus plumas… Por todo esto a algunos nos disgusta el
mercado: un espacio hostil donde a todo se envilece pues todo se vuelve
mercancía. “¿Cuál es tu precio?”, es la pregunta más ofensiva que
alguien puede hacernos. Pregunta que, descarada o sutilmente, a todos
nos han hecho alguna vez. Y quizá --pensémoslo bien-- de una u otra
forma la contestamos.

Inmersos en el mercado omnipresente y global: una gran bestia ciega,


sorda y desalmada que nos exprime y zarandea sin clemencia, los
críticos, los descontentos aprendimos a odiar el mundo de las
mercancías. Y es un odio justificado. Mejorar la vida es, entre otras
cosas, desmercantilizarla.

Pero hay otros mercados. Mercados cálidos y entrañables. Mercados


que son ámbitos de diálogo entre los diversos, lugares de encuentro no
sólo de los que habitan un mismo barrio o pueblo sino de los que vienen
de otros rumbos, cercanos o distantes. Lugares de intensa convivencia
donde se intercambian tanto productos como información, opiniones,
chismes, habladurías… Mercados tan diversos, barrocos y entreverados
como las milpas. Mercados que son cultura.

De los mercados tradicionales habla Ricardo Pozas Arciniega en el


clásico de la etnografía mexicana que es Chamula:

“El comercio que se hace con fines de distribución de productos difiere


de la actividad comercial de los que realizan el comercio como una
ocupación. Los productores indios que van a los mercados de sus
pueblos y venden directamente a los consumidores eliminando al
intermediario, mantienen aún algo de la economía india. La distribución
del producto en función de las necesidades del pueblo y la región”.

Hace ya bastantes años, mujeres mixtecas de Tlacotepec, pueblo


oaxaqueño serrano y mal comunicado, me contaban que tenían por
costumbre irse caminando hasta la costa para traer terciado un bulto de
naranjas que vendían en el mercado por unos centavos más de lo que
habían pagado por ellas. Cuestionadas, porque a mi ver la módica
utilidad no justificaba el gran esfuerzo, me respondieron riendo que el
chiste no era ganar sino tener algo que ofertar el día de plaza en el
pueblo. “Lo que importa no es lo que compres o lo que vendas, lo que
importa es estar en el mercado. Para nosotras ese es el mejor día de la
semana”.

En los pueblos chicos, la plaza donde se hacen las fiestas y las


ceremonias es también el lugar en que un día a la semana se compra y
se vende; el mercado es el corazón de la comunidad. La lonja medieval
española, el zoco árabe tienen su equivalente mesoamericano en
el tianquiztli. Y algunos, como el de Tlatelolco, eran enormes y con una
riqueza y variedad de mercancías que pasmaban más a los visitantes
que los grandes templos que lo rodeaban: productos de gran volumen y
poco precio como maíz, frijol o amaranto que venían de lugares
cercanos, y productos más valiosos que viajaban largas distancias como
obsidiana, jade y cacao. Y el medio de transporte era el hombre,
el tameme, que en mares, ríos, lagos y canales se auxiliaba con
embarcaciones pero que en tierra dependía sólo de la fuerza de sus
piernas.

Un gran mercado indio del norte de nuestro continente es el que


desde el siglo XIX celebraban los chinock y otras tribus en el estuario del
río Columbia. Una Babel donde se hablaban todas las lenguas y donde
se comerciaban entre otras muchas cosas instrumentos de piedra, cobre,
cestería, cobertores de lana, cueros, conchas, vestidos, adornos,
pescado seco, harina, aceite, piraguas, caballos y esclavos…

Sobre su vertiginosa vendimia, dice el mito chinock que “los humanos se


repartían en tribus por la superficie de la Tierra y hablaban lenguas
diferentes. Pero coincidieron en ferias donde intercambiaban alimentos,
materias primas y objetos manufacturados. Y de esta manera una
diversidad ordenada reemplazó a la confusión. La guerra y el robo
desaparecieron en provecho del mercado […]”.

En El hombre desnudo, el antropólogo Levy Strauss ratifica el dicho al


sostener que efectivamente la diversidad espacial, temporal y cultural
encuentra su “solución de orden a la vez económico y social en el
intercambio inter tribal”.

El mismo autor ubica en el mercado la puerta por la que pasamos de ser


pura naturaleza a ser naturales y sociales:

“El tránsito de la naturaleza a la cultura es menos significado por el acto


en bruto de cocinar transformando lo crudo en cocido, que por las
transformaciones comerciales que permiten el tránsito de una
alimentación monótona a un menú diversificado […]”.

Y a continuación, retomando el mito chinock, le atribuye al mercado el


papel de clave ontológica de la condición humana:

“Es el intercambio tal como es practicado en ferias o mercados el que


torna manifiesto el orden [económico, social y culinario]. De modo que
todo ocurre como si el mercado --cual espejo cóncavo-- condensase el
conjunto de los mecanismos que garantizan el funcionamiento del cuerpo
social. Instituyendo el intercambio, dejan entender los mitos, el demiurgo
ha fijado definitivamente la frontera entre la cultura y la naturaleza, la
humanidad y la animalidad […] “.
Pero el mito, Levy Strauss y sin duda nosotros en tiempos de despojo y
privatizaciones como los que corren, dejamos ciertos bienes fuera del
mercado:

“Con todo, existen cosas que no se truecan, pues tienen el carácter de


bienes comunes: así el agua potable, el fuego de cocina y otras cosas
que deben ser compartidas fuera de toda transacción comercial”.