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“BIOÉTICA: DIGNIDAD HUMANA”

Bioética o Ética médica, principios o normas de conducta humana en el campo de la medicina. Se


pensó durante una época que las cuestiones sobre la ética médica debían ser respondidas sólo
por los profesionales de esta materia. Podían formularse preguntas, por ejemplo, sobre si
alguna vez sería correcto violar el estricto código de confidencialidad que se mantenía, y
todavía persiste, entre el médico y su paciente. ¿Debe ser informada la familia de un paciente
si padeciera una enfermedad incurable o transmisible, y no fuera a decírselo con franqueza?
Estos problemas aún se presentan, e incluso se han agudizado por el ascenso de la privacidad.
Es todavía cierto que si un médico actúa de un modo escandaloso o reprochable, en el orden
moral o profesional puede dejar de ejercer la profesión. Pero a finales del siglo XX, las
cuestiones éticas han ampliado mucho su ámbito tanto en el campo de la investigación médica
como en su práctica. Además, en general la gente está más preparada e informada que antes y,
a través de organismos legislativos o comités éticos, dispone del poder necesario para
participar en la toma de decisiones éticas o morales. La profesión médica ya no puede confiar
por entero en su propia conciencia, porque las cuestiones a las que sus miembros deben
responder ya no están relacionadas simplemente por la clásica relación médico-paciente.

2.INVESTIGACIÓN MÉDICA
La investigación médica, a diferencia de la pura investigación científica, tiene siempre como
objetivo primordial el alivio del sufrimiento humano, la curación de la enfermedad o el remedio
de disfunciones vitales. Así, en todo proyecto de investigación el posible perjuicio que puede
surgir de la propia investigación debe medirse en todos los casos en contraste con el bien que
al final puede resultar de la misma. Sin embargo, en un proyecto nuevo y experimental tal
contrapeso puede no dar una conclusión segura. Aquí radica el origen de los dilemas éticos de la
investigación. Los dos ejemplos que siguen a continuación son muy ilustrativos.
En primer lugar, durante la década de 1980, hubo un gran debate sobre la ética en la
investigación por el empleo de embriones humanos. Los beneficios eran para las parejas
estériles que, como resultado de la investigación, mediante la fecundación in vitro al igual que
para niños que pudieran padecer de genes dañinos que degenerarían en enfermedades. Sin
embargo, los embriones empleados para la investigación, eran destruidos una vez hubieran
transcurrido 14 días desde su fertilización. La destrucción del embrión después del periodo en
que podría ser utilizado para la investigación fue, por tanto, considerada menos importante que
los beneficios que podían resultar de la investigación para otros humanos.
Había, y sigue habiendo, personas que cuestionan esto con vehemencia, argumentando que el
embrión es humano y, por esta razón, debe ser tratado con la misma consideración, que los que
hayan nacido o vayan a nacer. Estos argumentos son utilizados también por quienes se oponen al
aborto bajo cualquier circunstancia.
Un tipo diferente de ejemplo es el de la investigación sobre medicamentos, cuando éstos
necesitan ser probados sobre pacientes humanos. Es indispensable que nuevas sustancias
continúen siendo desarrolladas para la cura de patologías que hasta ahora no responden a
tratamientos específicos. Sin embargo, los medicamentos no pueden validarse prescindiendo de
las pruebas, y experimentar en otros animales sólo es adecuado de un modo parcial. Además, no
existe una línea nítida que diferencie entre administrar una nueva droga como parte de un
proyecto de investigación y administrarla como un nuevo o insólito tratamiento; en ambos casos
hay una gran esperanza en que resulte ser de valor terapéutico. El principio ético más
importante en este caso es que los pacientes que colaboren en el proyecto de investigación
deben dar su consentimiento tras haber sido informados en detalle. Hay que comunicarles que
algunos de los que den su aprobación recibirán la nueva droga y otros continuarán con el
antiguo tratamiento, y que no sabrán a qué grupo pertenecen. Esto es a veces difícil de
explicar, y además, puede haber pacientes que se encuentren muy enfermos, o tengan una baja
capacidad intelectual, y no sean por entero competentes para dar su consentimiento por no ser
conscientes de lo que hacen en realidad. La cuestión del consentimiento, por lo tanto, plantea
muchos aspectos, tanto en la investigación como en la terapia.

3.MANIPULACIÓN GENÉTICA
Otra fuente de problemas éticos es en el genoma humano, y el número de genes que cada día
son identificados como responsables de una u otra enfermedad hereditaria. ¿Hasta qué punto
es adecuado intervenir para erradicar un gen nocivo o reemplazarlo por otro benigno?. Es
probable que resulte correcto considerar que la sustitución de genes no es muy diferente, en
principio, al trasplante de órganos, mientras sólo sean las células somáticas (es decir, células
distintas a las células reproductivas) las que sean cambiadas, porque la alteración de estas
células, mientras pueda prevenirse una enfermedad monogenética de su desarrollo en un
paciente que ha heredado esos genes, no afectará a la descendencia de ese paciente.
Sin embargo, suplantar una célula germinal (reproductiva) es una cuestión moral diferente, y no
debería dejarse a los profesionales médicos decidir solos, ya que es obligación suya explicar a
las personas profanas en estos asuntos qué implicaciones pueden derivarse de tales cambios. El
problema difícil de resolver es que la manipulación de la línea germinal afectará a futuras
generaciones de personas, y aunque a primera vista pueda creerse que el efecto será benéfico,
pues supone la eliminación de una enfermedad hereditaria en una familia entera para siempre,
no podemos establecer qué otros efectos pueden producirse, y serán las generaciones futuras
las que sufran las posibles equivocaciones.
Si manipulamos las células germinales de animales, y no de humanos (por ejemplo al clonar un
embrión, separando células en una etapa muy temprana desde su fertilización y permitiendo su
desarrollo como un 'gemelo idéntico' independiente), podríamos crear entonces grupos de
estos animales dotados de las cualidades genéticas que queremos. Pero si resulta que hay algún
defecto en el grupo (causado, quizás, por la desviación de los medios de desarrollo de los
embriones, o por algún error en el procedimiento), o si cambiamos de idea sobre la variedad de
animales que se pretende, entonces podemos, si fuera preciso, destruir el grupo completo. Esto
no se puede hacer en el caso de los humanos. El conflicto es el siguiente: estamos obligados, en
atención a la moral, a tratar a los humanos como individuos de los que no se puede disponer o
intercambiar de un modo gratuito. Y esto es tan importante para la sociedad en su conjunto
que no podemos consentir que el principio sea defendido sólo por directrices profesionales o
hábitos de práctica correctos. Podría ser necesario imponer este consenso moral a través de la
legislación, y así levantar una barrera que ni médicos ni científicos puedan traspasar.

4.LA CALIDAD DE VIDA


Este asunto engloba un grupo diferente de problemas, relacionados no tanto con la política
médica o la ley, como con las decisiones que los médicos tienen que tomar, en un orden
individual, relativas a pacientes individuales. Estos conflictos tienen más en común con los
dilemas éticos del pasado, pero han llegado a ser mucho más espinosos y también, quizás, más
frecuentes debido a los avances alcanzados en el campo de la tecnología médica durante el
último cuarto de siglo. Cuando alguien está muy enfermo, ¿es admisible realizar cualquier acto
que pueda llevarse a cabo para mantener a la persona viva, si la calidad de su vida es muy pobre
y lo más probable es que no mejore? Esta cuestión se puede plantear cada vez que nace un niño
muy prematuro, que no habría sobrevivido hace unos pocos años, y que hoy puede mantenerse
vivo, quizás por unos meses, en una incubadora. O en el caso de una persona joven y sana
víctima de un accidente, cuya vida se salva con medidas heroicas, pero que cae en las
condiciones denominadas como estado vegetativo permanente, donde el cerebro permite al
cuerpo seguir funcionando, pero no registra o experimenta nada, ni placer ni dolor. O puede
plantearse en el caso de una persona muy mayor, que puede ser capaz de sobrevivir a una
infección que antes la habría matado, pero cuya vida es, en general, una sucesión de
sufrimientos.
Los casos presentados aquí están por supuesto relacionados con la Ley, ya que matar a alguien
con premeditación es un asesinato, cualquiera que sea la calidad de vida de la persona. Todavía
hay situaciones en que los médicos deben tomar decisiones sobre si dejan o no morir a un
paciente (y realmente es discutible si la distinción entre matar y dejar morir es algo que puede
ser defendido en el ámbito moral). La cuestión del consentimiento es otra vez relevante en
estos casos, pues a menudo no procede de los pacientes —por ejemplo, si el paciente es un niño
o se encuentra en estado vegetativo— sino de la familia. Es el médico, sin embargo, quien tiene
el conocimiento y la experiencia para valorar cómo será la calidad de vida del paciente. Los
médicos tienen que sopesarlo. No pueden tomar la salida fácil, y decir que nadie puede juzgar
la calidad de vida de otra persona, ni que la familia lo sabrá mejor que el facultativo. Solía ser
bastante corriente que los médicos tomasen individualmente tales decisiones de vida o muerte,
y lo hicieran con discreción, fingiendo ante la familia que el paciente había muerto tan sólo a
causa de la enfermedad o de las heridas. Hoy en día, un médico puede ser sometido, en muchos
países, a acciones legales si se descubre una conducta semejante. En general, la gente es ahora
más consciente del inmenso poder que los médicos suelen ejercer. Actualmente, un médico
suele consultar a un equipo entero de personas que está al cuidado del paciente, y en especial a
la familia, que puede querer tomar parte en la decisión. Pero esto no solventa al médico el
problema moral. Al final, ya que el médico disfruta del mayor grado de competencia, tiene
también la mayor responsabilidad.

5. RACIONAMIENTO

Es posible que el siguiente problema sea el más complejo y, por supuesto, el que con menos
probabilidad sea discutido entre médico y paciente. La tecnología es más sofisticada de lo que
era antes, y también más cara. Y la cuestión surge de forma inevitable sobre quién debe tener
un tratamiento cuando los recursos limitados indican que no todo el mundo puede. La ampliación
de los servicios sanitarios a toda la población suponía cumplir un derecho reconocido
legalmente; independientemente de su costo económico. Era fácil prever, no obstante, y en
efecto se preveía, que la demanda superaría a la oferta, lo que ha hecho que algunos Estados
hayan recortado los presupuestos de la sanidad pública, siguiendo criterios económicos y no
reconociendo la sanidad como un derecho del ciudadano, que el Estado está obligado a
garantizar. Tiene que ser muy comprometido para un médico, que ha sido preparado siempre
para hacer lo máximo por un paciente, reconocer que ya no puede cumplir con este principio por
falta de medios. En esa situación, el origen del conflicto entre lo que se hace por el bien del
individuo y lo que es bueno para la sociedad, siempre se halla en problemas morales, y aparece
aquí claramente planteado para la profesión médica.
En conclusión, por lo tanto, siempre han existido problemas éticos a los que los médicos se
enfrentan en la práctica. Estos conflictos se han ido acentuando por los avances en la
investigación y el rápido desarrollo de nuevas y costosas tecnologías. Los médicos se ven cada
vez más arrastrados hacia diferentes direcciones: por un lado por los intereses de pacientes
individuales y, por otro, el compromiso con la sociedad y las generaciones no nacidas todavía.
Las personas profanas en estos asuntos, que forman la sociedad, están cada vez más
interesadas en la ética médica. Los miembros de la profesión médica no pueden ya tomar por sí
mismos las decisiones morales.