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Arqueología en Latinoamérica:

historias, formación académica


y perspectivas temáticas

Memorias del Primer Seminario Internacional


de Arqueología Uniandes

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES


FACULTAD DE Ciencias Sociales - CESO
DEPARTAMENTO DE Antropología
Seminario Internacional de Arqueología Uniandes (1º : 2005 : Bogotá)
Arqueología en Latinoamérica: historias, formación académica y perspectivas
temáticas: Memorias del Primer Seminario Internacional de Arqueología Uniandes –
Bogotá: Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Antropología,
CESO, Ediciones Uniandes, 2008.
288 p.; 17 x 24 cm.

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN 978-958-695-383-2

1. Arqueología — Investigaciones — Congresos, conferencias, etc. 2. Arqueología – América Latina


— Congresos, conferencias, etc. 3. Antropología física — Investigaciones — Congresos, conferencias, etc.
4. Arqueología — Enseñanza — Congresos, conferencias, etc. I. Universidad de los Andes (Colombia).
Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antropología II. Universidad de los Andes (Colombia).
CESO IV. Tít.
CDD 980. SBUA

Primera edición: noviembre de 2008

© Luis Gonzalo Jaramillo


© Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Antropología, Centro de
Estudios Socioculturales e Internacionales – CESO
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ISBN: 978-958-695-383-2

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medio sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin
el permiso previo por escrito de la editorial
Presentación
Luis Gonzalo Jaramillo E.

Arqueología del Circum-Caribe: perspectivas desde una isla Lucaya, San Salvador, Bahamas
Jeffrey P. Blick
Georgia College & State University
jblick1@cox.net

Estado actual y perspectivas de la investigación arqueológica en territorio costarricense


Universidad de Pittsburgh
Mauricio Murillo Herrera
mam40+@pitt.edu

La ambigüedad de la diferencia: liberales y conservadores en la conformación de la antropología y la


arqueología colombianas
Carl Henrik Langebaek
Universidad de los Andes
clangeba@uniandes.edu.co

Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales


Rafael A. Gassón P.
Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas
rgasson@ivic.ve

Método y teoría en la arqueología ecuatoriana


Florencio Delgado
Universidad San Francisco de Quito
fdelgado@mail.usfq.edu.ec

El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo XXI


Alexander Herrera
Universidad de los Andes
alherrer@uniandes.edu.co

Arqueología y formación profesional: esbozo para una cartografía histórica latinoamericana


Luis Gonzalo Jaramillo E.
Universidad de los Andes
ljaramil@unniands.edu.co
Contenido

Lista de figuras y tablas............................................................................. ix

Presentación................................................................................................. 1
Luis Gonzalo Jaramillo E.

Arqueología del Circum-Caribe: perspectivas desde una isla Lucaya,


San Salvador, Bahamas............................................................................... 5
Jeffrey P. Blick

Estado actual y perspectivas de la investigación arqueológica en


territorio costarricense.............................................................................. 41
Mauricio Murillo Herrera

La ambigüedad de la diferencia: liberales y conservadores en la


conformación de la antropología y la arqueología colombianas. ........... 85
Carl Henrik Langebaek

Cien años de arqueología venezolanaa través de sus textos fundamentales 109


Rafael A. Gassón P.

Método y teoría en la arqueología ecuatoriana....................................... 129


Florencio Delgado Espinoza

El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo XXI................... 167


Alexander Herrera

Arqueología y formación profesional: esbozo para una cartografía


histórica latinoamericana...................................................................... 187

Luis Gonzalo Jaramillo E.


Lista de figuras y tablas
Arqueología del Circum-Caribe: perspectivas desde
una isla Lucaya, San Salvador, Bahamas
Jeffrey P. Blick
Georgia College & State University

Figura 1. Primera migración o migración Casimiroide en el Caribe,


originándose en Centroamérica..................................................................... 8
Figura 2. Segunda migración o migración Ortoiroide hacia el Caribe,
saliendo de su origen en Sudamérica............................................................ 9
Figura 3. Tercera migración o migración Saladoide hacia el Caribe desde
su origen sudamericano................................................................................. 10
Figura 4. Cuarta migración o migración Barrancoide hacia el Caribe desde
su fuente sudamericana................................................................................. 12
Figura 5. Quinta migración o migración Karina/Caribe hacia el Caribe,
desde su origen sudamericano...................................................................... 13
Figura 6. Mapa que indica las migraciones hacia el archipiélago de las
Bahamas desde el este de Cuba y el norte de La Española........................... 15
Figura 7. Localización de Minnis-Ward, Lago Norte de Storr, y el
Conchero de la Punta de Barker................................................................... 19
Figura 8. Localización hipotética de las casas precolombinas en el sitio
de Minnis-Ward basada en distribuciones de cerámica y otros artefactos... 20
Figura 9. Aumento, disminución y recuperación de cantidad y peso de
gasterópodos en el sitio Lago Norte de Storr, Niveles 5-1............................... 25
Figura 10. Disminución significativa en la cantidad de restos de cangrejos,
Niveles 5-1 en el sitio Lago Norte de Storr....................................................... 27
Figura 11. Disminución significativa del peso de los restos de cangrejos,
Niveles 5-1, en el sitio Lago Norte de Storr.................................................. 27
x Lista de figuras ytablas

La ambigüedad de la diferencia: liberales y conservadores en la


conformación de la antropología y la arqueología colombianas
Carl Henrik Langebaek
Universidad de los Andes
Figura 1. Laureano Gómez en el Teatro Municipal de Bogotá..................... 87

Arqueología y formación profesional: esbozo


para una cartografía histórica latinoamericana
Luis Gonzalo Jaramillo E.
Universidad de los Andes

Figura 1. Distribución de la oferta total en arqueología, por país................ 196


Figura 2. Distribución de la oferta, según su ubicación en la capital o la
provincia en los seis países con mayor proporción de la oferta total............ 197
Figura 3. Distribución de la oferta pública, niveles de grado y posgrado.... 212
Figura 4. Distribución de programas, nivel grado, en instituciones
públicas, por país.......................................................................................... 217
Figura 5. Distribución de programas, Nivel Posgrado, en instituciones
públicas, por país.......................................................................................... 217
Figura 6. Distribución de programas en instituciones privadas, por país,
niveles grado y posgrado.............................................................................. 218
Figura 7. Distribución de programas en instituciones privadas, por país,
niveles grado y posgrado.............................................................................. 219
Figura 8. Distribución por país, oferta Énfasis en Arqueología, Nivel
Grado y Posgrado, en instituciones públicas................................................ 230
Figura 9. Distribución por país, oferta en instituciones públicas, Énfasis
en Arqueología, Nivel Grado........................................................................ 232
Figura 10. Distribución por país, oferta en instituciones privadas, Énfasis
en Arqueología.............................................................................................. 234
Lista de figuras y tablas xi

Tablas

Tabla 1. Distribución de programas y oferta general en arqueología, por país.. 195


Tabla 2. Distribución de la oferta en o con arqueología, por país, según
localización regional..................................................................................... 196
Tabla 3. Distribución de las ofertas, según el carácter público o privado de
las instituciones............................................................................................. 198
Tabla 4. Distribución por país de la oferta de programas en arqueología..... 201
Tabla 5. Distribución por país de la oferta de programas, modalidad Línea
en Arqueología.............................................................................................. 202
Tabla 6. Distribución por país de la oferta de programas, modalidad Énfasis
en Arqueología.............................................................................................. 202
Tabla 7. Distribución de la oferta, modalidad Línea en Arqueología, según
ubicación regional......................................................................................... 203
Tabla 8. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología, según ubicación
regional......................................................................................................... 203
Tabla 9. Distribución por país de la oferta Arqueología, como Contenido
Mínimo.......................................................................................................... 204
Tabla 10. Distribución de las ofertas Línea en Arqueología, y Énfasis en
Arqueología, según el carácter público o privado de las instituciones......... 204
Tabla 11. Distribución por nivel de formación de la oferta Línea en
Arqueología................................................................................................... 206
Tabla 12. Distribución por país de los programas Línea en Arqueología,
Nivel Grado................................................................................................... 206
Tabla 13. Distribución por país y nombre específico de los programas Línea
en Arqueología, Nivel Grado........................................................................ 207
Tabla 14. Distribución por país de los programas Línea en Arqueología,
Nivel Posgrado.............................................................................................. 209
Tabla 15. Distribución por país y nombre específico de los programas Línea
en Arqueología, Nivel Posgrado................................................................... 209
Tabla 16. Duración de programas académicos Línea en Arqueología, y
Énfasis en Arqueología, en años................................................................... 211
xii Lista de figuras ytablas

Tabla 17. Lista de ofertas Línea en Arqueología, instituciones públicas,


Nivel Grado y Posgrado................................................................................ 213
Tabla 18. Lista de ofertas en instituciones públicas, Línea en Arqueología,
Nivel Grado................................................................................................... 214
Tabla 19. Lista de ofertas en instituciones públicas, Línea en Arqueología,
Nivel Posgrado.............................................................................................. 215
Tabla 20. Distribución de la oferta en instituciones privadas, por universidad
y país, Nivel Grado y Posgrado.................................................................... 218
Tabla 21. Lista de instituciones privadas, Línea en Arqueología, Nivel
Grado............................................................................................................. 219
Tabla 22. Lista de instituciones privadas, Línea en Arqueología, Nivel
Posgrado................................................................................................................. 220
Tabla 23. Distribución por nivel de formación de la oferta Énfasis en
Arqueología................................................................................................... 224
Tabla 24. Distribución por país de los programas Énfasis en Arqueología,
Nivel Grado................................................................................................... 225
Tabla 25. Distribución por país y nombre específico de los programas
Énfasis en Arqueología, Nivel Grado........................................................... 226
Tabla 26. Distribución por país de los programas Énfasis en Arqueología,
Nivel Posgrado.............................................................................................. 228
Tabla 27. Distribución por país y nombre específico de los programas
Énfasis en Arqueología, Nivel Posgrado...................................................... 229
Tabla 28. Lista de ofertas Énfasis en Arqueología en instituciones
públicas, Nivel Grado y Posgrado................................................................ 230
Tabla 29. Lista de oferta Nivel Grado en instituciones públicas, Énfasis en
Arqueología................................................................................................... 231
Tabla 30. Lista de programas de posgrado en instituciones públicas,
Énfasis en Arqueología................................................................................. 233
Tabla 31. Distribución de la oferta en instituciones privadas, Énfasis en
Arqueología....................................................................................................... 233
Tabla 32. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología en instituciones
privadas, Nivel Grado................................................................................... 234
Tabla 33. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología en instituciones
privadas, Nivel Posgrado.............................................................................. 235
Lista de figuras y tablas xiii

Tabla 34. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo,


Nivel Grado................................................................................................... 238
Tabla 35. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo,
Nivel Posgrado.............................................................................................. 239
Tabla 36. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo,
Nivel Grado y Posgrado................................................................................ 239
Tabla 37. Oferta en Arqueología como Contenido Mínimo, con lista de
cursos ofertados............................................................................................ 244
Presentación
Este volumen, que tiene sus raíces en el Primer Seminario Internacional de Ar-
queología UNIANDES, realizado en octubre de 2005, evento del cual se nutre y
ofrece a manera de memoria, representa un esfuerzo doblemente relevante. Por
una parte, porque en su carácter de publicación institucional cimienta el compro-
miso con la formación superior en el campo de la arqueología, como es, en efecto,
el Área de Arqueología y Antropología Biológica de la Maestría en Antropología
del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes. Por el otro
lado, porque el espíritu del evento –y claramente, como podrán percibir los lec-
tores, también el espíritu de los diferentes autores– fue contribuir con lo que es
una necesidad constante para cualquier disciplina, como es perfilar el estado de
su desarrollo. Pero más aún, como en este caso, contribuir a dicho esfuerzo bajo
una perspectiva que con matices, muchos matices, claro está, permitiera nutrir el
desarrollo de marcos analíticos que, trascendiendo los impuestos por los límites
geopolíticos de los estados nacionales contemporáneos, sean una invitación a re-
visar y desarrollar temas y perspectivas que den sustento y vitalidad a la práctica
disciplinar.
En la estructuración del seminario –que tuvo por título Estado y perspecti-
vas de la investigación arqueológica en los “alrededores” de Colombia– fue nece-
sario, por razones prácticas, tomar decisiones sobre el número de participantes,
lo que se tradujo en sólo contar con aportes para un número limitado de países.
Tratando de consolidar no obstante esta perspectiva, se logró concretar la partici-
pación de Jeffrey Blick, quien abordó el área del Gran Caribe (“Arqueología del
Circum-Caribe: perspectivas desde una isla Lucaya, San Salvador, Bahamas”),
la de Rafael Gassón, para el tema de Venezuela (“Cien años de arqueología ve-
nezolana a través de sus textos fundamentales”), la de Florencio Delgado, para
el Ecuador (“Método y teoría en la arqueología ecuatoriana”) y la participación
de Alexander Herrera, para el caso del Perú (“El futuro del pasado: arqueología
andina para el siglo XXI”).
Creemos que los títulos de estas contribuciones son lo suficientemente cla-
ros sobre la perspectiva que persiguen, como para que sea necesario ahondar en
presentarlos de manera individual, máxime que, como debe quedar claro, no fue
la pretensión del evento –ni de los participantes– producir un texto secuencial ni
2 Luis Gonzalo Jaramillo E.

preestructurado, sino que, por el contrario, se buscaba entablar un diálogo alrede-


dor de estas perspectivas particulares sobre los diferentes países/regiones geográ-
ficas. Así, y con el fin de complementar esta perspectiva, y ya desde la organiza-
ción del volumen como tal, debemos adicionar tres contribuciones. La primera es
la de Mauricio Murillo sobre el caso de Costa Rica (“Estado actual y perspectivas
de la investigación arqueológica en territorio costarricense”), que sigue el espíritu
de una revisión amplia del estado de la arqueología en ese país.
La segunda contribución es el texto “La ambigüedad de la diferencia: li-
berales y conservadores en la conformación de la antropología y la arqueología
colombianas” de Carl Langebaek, en donde más que un estado del arte como tal
sobre la arqueología en Colombia, tema que recientemente tanto éste como otros
investigadores han abordado (Langebaek 2003, 2005, Gómez 2005; Botero 2007;
Mora 2000), el autor nos ofrece una mirada más amplia sobre el período en que se
institucionalizó la disciplina, analizando en particular las ideas de raza y geogra-
fía presentes en los debates y escritos de los políticos liberales y conservadores
más influyentes de dicha época.
El tercer ensayo es mi contribución como coordinador del evento y editor
del volumen (“Arqueología y formación profesional: esbozo para una cartografía
histórica latinoamericana”), en el que se consolida un panorama de la formación
profesional en arqueología con referencia a Latinoamérica y el Caribe en general,
perspectiva que creemos sirve de contrapeso necesario a los más comunes y cada
vez, por fortuna, más frecuentes estudios sobre la historia de la arqueología a
escala nacional y regional, así como sobre el desarrollo teórico y metodológico
de la misma.
No es otro el ánimo de este volumen, como lo fue también el del seminario,
que contribuir a generar precisamente un espacio para compartir estas perspecti-
vas sobre la disciplina y así consolidar los tan necesarios canales para cualificar
el conocimiento sobre esas otras realidades, que a veces, a pesar de la cercanía
geográfica, no pueden llamarse “vecinas” sino que son verdaderos “Nuevos Mun-
dos”, así como a precisar temas que damos por sentado, como son las estructuras
y el proceso de formación profesional, el tamaño y ubicación de esa oferta aca-
démica, etc. Esperamos que este volumen, así como las futuras realizaciones del
Seminario Internacional de Arqueología UINIANDES, sirvan para concretar el
esfuerzo institucional del Departamento de Antropología para con la arqueolo-
gía, compromiso que hoy se funde con la celebración misma de los 60 años de la
Universidad.
No podemos terminar esta breve nota sin dejar constancia de agradecimiento
a los autores por su esfuerzo y paciencia durante el largo proceso que hoy culmina
Presentación 3

para este volumen como producto editorial, y contamos con que sea sólo el inicio
de una agenda de debates en torno a las contribuciones individuales, así como a
la temática general tratada.

Luis Gonzalo Jaramillo E.


Coordinador académico
Área de Arqueología y Antropología Biológica

Bibliografía
Botero, Clara Isabel
2007 El redescubrimiento del pasado prehispánico de Colombia: viajeros ar-
queólogos y coleccionistas 1820-1945. Bogotá: Uniandes, ICANH.
Langebaek, Carl
2005 “Arqueología colombiana: balance y retos”. Arqueología Suramericana,
volumen 1, enero de 2005: 96-114.
2003 Arqueología colombiana: ciencia, pasado y exclusión. Colección Colom-
bia, volumen 3. Bogotá: Colciencias.
Mora, Santiago
2000 “Ámbito pasado y presente en la arqueología colombiana”. Revista del
Área Intermedia, 2: 153-181.
Gómez, Alba Nelly
2005 “Arqueología colombiana: alternativas conceptuales recientes”. Boletín de
Antropología Vol. 19, No. 36: 198-231.
Arqueología del Circum-Caribe:
perspectivas desde una isla Lucaya,
San Salvador, Bahamas
Jeffrey P. Blick1

Introducción
El debate moderno sobre el poblamiento prehistórico del Caribe y las Bahamas ha
estado desarrollándose de varias formas por lo menos desde los años treinta del siglo
pasado. La figura principal ha sido Irving Rouse (Rouse 1939, 1986, 1992), aunque
muchos otros también han contribuido de manera significativa a este debate tanto
en lo teórico como en lo arqueológico (por ejemplo, Berman y Gnivecki 1995; Gran-
berry y Vescelius 2004; Keegan 1985, 1992). El estudio de este tema, no obstante,
se ha visto particularmente afectado por el uso de diferentes y complejos sistemas
de clasificación cerámica o tipologías. Rouse mismo ha planteado que el uso de
los sistemas tipológicos del medio oeste y del sudeste norteamericanos ha causado
gran confusión entre aquellos que han intentado identificar la cerámica prehistórica
y procurado, subsiguientemente, inferir los patrones de migración basados en las
distribuciones de las cerámicas en la región del Gran Caribe (Rouse 1980).
Las diferencias entre estos dos sistemas, que fueron introducidos en el Ca-
ribe por Rouse (1939), quien utilizó el del medio oeste, y por Bullen (1963), Hoff-
man (1963, 1967), MacLaury (1970) y Sears y Sullivan (1978), quienes utilizaron
el sistema del sudeste (Rouse 1980), son básicamente las siguientes:
1) El sistema del medio oeste “está interesado principalmente en distinguir
‘focos’: los complejos, las fases o los estilos de la arqueología caribeña”, que lue-
go “son organizados en orden cronológico proporcionando la base para resolver
problemas relativos a procesos históricos, como la migración, la difusión, y la
evolución” (Rouse 1980: 94). El sistema del medio oeste se centra en los sitios
antes que en los especímenes (artefactos) (Rouse 1980: 95).

1 Texto traducido del inglés al español por Luis Gonzalo Jaramillo E.


6 Jeffrey P. Blick

2) El sistema del sudeste está basado en “tipos individuales de artefactos, que


[son] utilizados para establecer secuencias locales de ‘períodos’ que se consideran
son superiores a los ‘focos’ como medio para estudiar los procesos históricos” (Rouse
1980: 94). El sistema del sudeste se centra en especímenes (artefactos) antes que en
los sitios, y estos especímenes son clasificados en clases o tipos (Rouse 1980: 95).
Como consecuencia de las diferencias entre estos dos sistemas, ha habido mu-
cha confusión en el uso de la terminología, así como complicaciones con respecto
a las teorías de migraciones prehistóricas hacia y a través del Caribe. Con respecto
al uso de la terminología utilizada para describir los artefactos, los pueblos y las
culturas en el Gran Caribe, ha habido confusión o al menos aplicación inconsistente
de términos y significados. Rouse (1980) plantea que los términos “serie”, “estilo”,
“tipo”, etc., han sido utilizados de forma inconsistente al aplicarse a la identificación
de diferentes formas de alfarería e historias culturales y de migración. En efecto, en
las últimas décadas ha habido múltiples acusaciones acerca de la aplicación errónea
de estos términos, así como sobre las implicaciones que esto tiene sobre la construc-
ción de los modelos migratorios (Granberry y Vescelius 2004; Granberry y Winter
1993; Rouse 1980; Sears y Sullivan 1978, para nombrar sólo unos pocos ejemplos).
Más detalles con respecto a este asunto pueden encontrarse en Rouse (1980), pero
lo dicho es suficiente para enfatizar el grado de complejidad y confusión existentes
con respecto a los tipos cerámicos del Caribe, tanto desde la perspectiva de los ar-
queólogos profesionales como del público en general.
Es en este contexto que resulta relevante la propuesta recientemente ofre-
cida por Julian Granberry y Gary Vescelius (2004), la cual, al combinar datos
lingüísticos y arqueológicos en una forma coherente, hace que pueda ser, por
el momento, considerada como el mejor modelo disponible para explicar la mi-
gración de pueblos prehistóricos hacia el Caribe y las Bahamas. El resto de este
ensayo procurará: 1) aclarar los patrones generales de la migración en el Caribe y
las Bahamas; 2) explicar la perspectiva vigente sobre el poblamiento de la isla de
San Salvador (Bahamas), y las relaciones de esos grupos colonizadores con otros
en el Gran Caribe; 3) describir las investigaciones actuales en San Salvador que
han revelado vestigios de los estilos de vida de los Lucayos, detallando la eviden-
cia sobre el impacto que éstos generaron en el ambiente local, y proporcionar una
explicación de la destrucción final de su cultura; y 4) concluir con una discusión
breve acerca del futuro de la arqueología en el Caribe.

Las migraciones prehistóricas en el Caribe y las Bahamas


La mejor y más reciente descripción de las migraciones prehistóricas en el Caribe
y las Bahamas es el trabajo de Granberry (Granberry y Vescelius 2004; Granbe-
Arqueología del circum-caribe 7

rry 1991). Debe destacarse que el trabajo de Irving Rouse (1986, 1992) ha sido
sumamente significativo en esta área y será utilizado donde sea necesario para
agregar detalle o para destacar las diferencias que quizás existan entre los dife-
rentes modelos. El trabajo de Granberry, como señalamos anteriormente, es único
en tanto que utiliza una combinación de datos lingüísticos y arqueológicos para
ordenar las patrones de migraciones prehistóricas hacia y dentro del Gran Caribe.
La explicación que sigue descansa esencialmente en la propuesta de Granberry y
Vescelius (2004).
Las migraciones humanas hacia el Caribe, como las migraciones humanas
que llegaron a América desde Asia, fueron numerosas y ocurrieron a través de
períodos grandes. En el caso del Caribe, Granberry y Vescelius (2004) postulan
por lo menos cinco migraciones principales desde las costas de Centroamérica y
Sudamérica, que empiezan alrededor del año 4200 aC y duran hasta el tiempo de
Colón e incluso en los días coloniales tempranos, con fechas tan tardías como me-
diados del siglo XVII. Estas migraciones, que empezaron generalmente en puntos
de partida diferentes, generadas por pueblos con tecnologías, culturas e idiomas
distintos, que siguieron rutas diversas y que fueron probablemente causadas por
el influjo de diferentes factores, son descritas a continuación.
Migración 1: La migración Casimiroide (4200 aC). La primera migra-
ción extensamente reconocida en la región Caribe fue una migración del período
Arcaico, que empieza alrededor del año 4200 aC, y corresponde a un pueblo con
una tecnología lítica que parece tener su paralelo arqueológico más cercano en
los complejos líticos arcaicos de Belice y Honduras del año 7500 aC (Granberry
y Vescelius 2004) (ver la figura 1). Esta cultura ha sido llamada Casimiroide por
Rouse, nombre derivado del sitio tipo de Casimira en República Dominicana,
aunque otros investigadores de la región le han dado nombres diferentes (Rouse
1992). Los artefactos Casimiroides, como las lascas típicas y artefactos de piedra
pulida, han sido encontrados en sitios de Cuba, Haití, República Dominicana y
Puerto Rico, pero no en Jamaica, ni en las Antillas Menores, ni en el Archipiélago
de las Bahamas. Rouse (1992) afirma que estos artefactos están limitados a Cuba
y La Española, la isla ocupada hoy por República Dominicana y Haití. Granberry
y Vescelius (2004) sugieren que los escasos datos lingüísticos que sobreviven de
las culturas del Caribe y los topónimos indican que estos inmigrantes tempranos
fueron quizás hablantes de un idioma llamado ciguayo, que también tiene los
orígenes en Centroamérica. La ruta migratoria temprana de estos pueblos no está
probada fuera de duda, pero una migración de Yucatán a Cuba y/o de la costa de
Moskitos a Cuba parece ser la más probable, dada la proximidad geográfica y las
similitudes arqueológicas con las evidencias materiales halladas en el continente.
Las fechas de 4190-3600 aC han sido registradas para sitios Casimiroides en Cuba
8 Jeffrey P. Blick

y otras islas, y proporcionan un rango probable del principio de esta migración,


mientras que los depósitos Casimiroides que se fechan alrededor del 2165 aC
indican una fecha final posible para esta migración. Rouse (1992) plantea que la
tradición Casimiroide termina alrededor del 400 aC.

Figura 1. Primera migración o migración Casimiroide en el Caribe, originándose


en Centroamérica

Migración 2: La migración Ortoiroide (2200 aC). La segunda gran migra-


ción prehistórica hacia el Caribe partió unos 2.000 años más tarde, esta vez desde
la costa septentrional de Sudamérica cerca de la boca del río Orinoco, en el estado
actual de Falcón, Venezuela (Granberry y Vescelius 2004) (ver la figura 2). Los
depósitos arqueológicos indican que una cultura lítica Arcaica había alcanzado las
costas de la isla de Trinidad por lo menos en el año 5000 aC, aunque fechamientos
posteriores entre el año 2150 aC y los primero siglos dC indicarían que los pueblos
de la segunda migración habían viajado por buena parte de las Antillas Menores,
acercándose incluso a las Antillas Mayores, por lo menos en el año 1000 aC. Esta
cultura Ortoiroide, nombrada así por el nombre de una cultura local en Trinidad
(Rouse 1992), se caracteriza por artefactos líticos con similitudes a los del delta del
Orinoco y la costa venezolana. Los artefactos Ortoiroides incluyen tanto artefactos
como puntas de proyectil de hueso y puntas de lanza, azadas y morteros de concha
(Granberry y Vescelius 2004). Granberry y Vescelius (2004) utilizan información
Arqueología del circum-caribe 9

lingüística que vincularía a estos grupos con las culturas hablantes de waroide del
norte de la zona costera sudamericana entre Colombia y las Guayanas, pero espe-
cialmente en la región del delta del Orinoco. Los artefactos Ortoiroides se encuen-
tran tan al norte como en Saint Kitts hacia el 2150 aC o los hallados en Puerto Rico
con fechas tan tardías como 624 dC. Depósitos Ortoiroides también se encuentran
en República Dominicana. Parece que los pueblos Ortoiroides no ocuparon todas
las islas, ya que en varias de las Antillas Menores no se han localizado sus artefac-
tos (o al menos los arqueólogos todavía no los han encontrado). Hay también una
mezcla curiosa de rasgos Casimiroides y Ortoiroides que algunos arqueólogos han
atribuido a la hibridación, a la migración y a la mezcla de pueblos. Numerosos sitios
arqueológicos a través de las Antillas Menores, y que continúan en Puerto Rico, se
caracterizan por colecciones donde se mezclan los artefactos típicos de piedra puli-
da Casimiroides, junto con los artefactos de hueso y concha Ortoiroides. Esta mez-
cla aparente de culturas puede deberse a la difusión o la migración, aunque todavía
no hay consenso en este asunto (Granberry y Vescelius 2004). No obstante, ya que
la tradición Ortoiroide persiste hasta el 400 aC (Rouse 1992), hubo tiempo de sobra
para la difusión y otros contactos entre pueblos Casimiroides y pueblos Ortoiroides
entre el 1000 y el 400 aC (Rouse 1992).

Figura 2. Segunda migración o migración Ortoiroide hacia el Caribe, saliendo


de su origen en Sudamérica
10 Jeffrey P. Blick

Migración 3: La migración Saladoide (400 aC-1dC). Alrededor del 500-


400 aC, se inició la tercera gran migración hacia el Caribe, esta vez impulsada
por grupos con las primeras manifestaciones de tecnología cerámica y formas de
agricultura que entran en la región (ver la figura 3). Los pueblos Saladoides ocu-
paron o visitaron virtualmente cada isla desde la costa venezolana en cercanías a
Trinidad hasta la parte central de Cuba (Granberry y Vescelius 2004), trayendo
con ellos su alfarería roja, que es tan reconocible a través de la región. La alfarería
Saladoide se caracteriza por vasijas zoomorfas, bandejas y platones (algunas con
representaciones de animales nativos de Sudamérica), jarras y cuencos con asas
en forma de “D”, e incensarios y vasijas acampanadas. La alfarería Saladoide
está decorada típicamente con diseños policromos como blanco sobre rojo, blanco
sobre rojo con engobe anaranjado, blanco sobre negro, pintura negra y diseños
negativos; menos comunes son las incisiones en el cuerpo de las vasijas. La al-
farería Saladoide también incluyó planchas cerámicas o budares para hornear el
pan de mandioca (Rouse 1992). En general, la alfarería Saladoide está decorada
en forma muy elaborada, convirtiéndose así en uno de los tipos cerámicos más
reconocibles en la región. El pueblo Saladoide parece representar a los antepasa-
dos de los Taínos, quienes posteriormente establecieron la cultura Clásica Taína

Figura 3. Tercera migración o migración Saladoide hacia el Caribe desde su


origen sudamericano
Arqueología del circum-caribe 11

en las islas de las Antillas Mayores, como Cuba, La Española y Puerto Rico. El
pueblo Saladoide también parece ser ancestro de los Lucayos del archipiélago de
las Bahamas, el pueblo que recibió a Colón en el Nuevo Mundo en 1492 (Granbe-
rry y Vescelius 2004; Keegan 1992; Rouse 1992). Granberry y Vescelius (2004)
relacionan al pueblo migrante Saladoide con los grupos Arawakanos de la costa
norte de Sudamérica. Más específicamente, la cultura Saladoide es relacionada
por Granberry y Vescelius (2004) con hablantes de un idioma Arawakano-Mai-
purano Noroeste, relacionado con el Guajiro moderno del noreste de Colombia y
Venezuela occidental, cerca de la región del lago de Maracaibo.
Migración 4: La migración Barrancoide (500-1000 dC). En contraste con
el rango propuesto por Granberry y Vescelius de 500-1000 dC, se debe resaltar
que Rouse (1992) propone el año 1500 aC como fecha para el comienzo del desa-
rrollo del estilo Barrancoide en el valle del Orinoco medio. Durante el milenio an-
terior a la llegada de los españoles y otros exploradores europeos al Caribe, otros
grupos hablantes de Arawak dejaron la costa norte de Sudamérica, saliendo desde
el Orinoco medio hacia el este del territorio natal de los Saladoides (Granberry y
Vescelius 2004) (ver la figura 4). Estos grupos fueron los portadores de la tradi-
ción Barrancoide, la segunda mayor población agrícola y productora de cerámica
en ingresar a la región Caribe. Su punto de origen fueron también el delta del Ori-
noco y la región de Trinidad. Su tradición cerámica, llamada Barrancoide, se ca-
racteriza por líneas anchas incisas sobre superficies pulidas y por temas zoomor-
fos tipicamente modelados o aplicados sobre los bordes de las vasijas. Granberry
y Vescelius (2004: 128) describen la cerámica Barrancoide como “técnicamente
sofisticada” y “altamente decorada”. Nuevas tradiciones cerámicas comenzaron
a evidenciarse en las Antillas Menores, como la Trumasoide, la cual se caracte-
riza por ser una mezcla de rasgos Saladoides y Barrancoides. Una nueva cultura
cerámica denominada Suazoide apareció en escena entre los años 1000-1400 dC.
Estos tipos cerámicos (Barrancoide, Trumasoide y Suazoide) están circunscritos
a la parte sur de las Antillas Menores y no se han encontrado al norte de la isla
de Guadalupe (Granberry y Vescelius 2004). Granberry y Vescelius (2004) rela-
cionan esta cuarta migración con el grupo conocido históricamente como Eyeri o
Igneri, que hablaban una lengua muy diferente de la de los Taínos. Esta lengua es
clasificada por Granberry y Vescelius (2004) como un nuevo lenguaje Arawak re-
lacionado con la antigua lengua Garífuna, aún hablada en partes del Gran Caribe.
Alrededor del año 1450 dC, los Eyeri dejaron de producir la cerámica Suazoide,
y tanto los exploradores españoles como europeos en general comenzaron a dejar
registros sobre estos pueblos tardíos del Caribe, en documentos históricos que
datan desde 1493 en adelante (Granberry y Vescelius 2004).
12 Jeffrey P. Blick

Figura 4. Cuarta migración o migración Barrancoide hacia el Caribe desde su


fuente sudamericana

Migración 5: La migración Karina/Caribe (1450-1650 dC). Con la lle-


gada de los españoles y otros europeos al Caribe, a partir de 1492 comenzamos
a tener documentos históricos que registran las costumbres, los idiomas y otros
rasgos culturales de los pueblos de las Indias Occidentales. En las Antillas Meno-
res, fuentes españolas y europeas indican una vez más la presencia de un grupo
cultural diferente que habla un idioma no relacionado con el Taíno o el Eyeri.
Estas gentes se llamaron a sí mismos Kalínagos o Kalíphunas y les afirmaron a
los exploradores franceses, en 1635, que ellos vivían en las islas del sureste de las
Antillas Menores y en el continente sudamericano (Granberry y Vescelius 2004)
(ver la figura 5). Los Kalínagos habían estado invadiendo a los Eyeri, tomando a
sus mujeres y viviendo entre ellos por cerca de dos siglos. Este último grupo cul-
tural en migrar al Caribe llegó a ser una cultura creolizada, mezcla de elementos
Caribes con Eyeri, lo que conformó finalmente el grupo que llegaría a ser conoci-
do como Caribes Isleños (Granberry y Vescelius 2004). Esta migración continuó
en tiempos coloniales tempranos, con estos Karina/Caribe buscando tierra, espe-
cialmente en la isla de Granada, hasta mediados de 1600 (Granberry y Vescelius
2004). Granberry y Vescelius (2004) anotan que pudieron existir otras migracio-
nes prehistóricas hacia el Gran Caribe, incluida, por lo menos, una en tiempos de
la cultura Saladoide (150 aC) y otra migración posterior alrededor del 700 dC, por
Arqueología del circum-caribe 13

otro grupo Oriental de Arawakanos-Maipuranos desde la costa de las Guayanas


hacia la costa del norte de La Española (basados en la evidencia arqueológica y
lingüística). La figura 5 expone la quinta migración, o migración Karina/Caribe
hacia el Caribe desde su fuente en el norte sudamericano.

Figura 5. Quinta migración o migración Karina/Caribe hacia el Caribe, desde su


origen sudamericano

Aunque este esquema de las cinco grandes migraciones hacia el Caribe, pro-
puesto por Granberry y Vescelius (2004), es simplificado y falla al no tener en
consideración la presencia de numerosos tipos cerámicos y culturas en la región,
es un modelo que tiene a su favor el hacer un uso sistemático e intensivo de los
datos arqueológicos y lingüísticos disponibles. En este sentido, debe reiterarse
que el sistema de clasificación de Rouse (1992, ver las figuras 14 y 15) incluye
al menos 80 tipos cerámicos, distribuidos en 19 grupos diferentes de regiones o
islas, cubriendo el lapso de tiempo entre el año 4200 aC y los tiempos históricos.
Para los que desean explorar en más detalle las complejidades de la cronología
actual y clasificaciones cerámicas del Caribe, se recomienda remitirse a Rouse
(1992), para nombrar sólo un ejemplo.
La Migración Lucaya a las Bahamas (700-1492 dC). Julian Granberry
(1991; Granberry y Vescelius 2004) ha utilizado el análisis de topónimos para
14 Jeffrey P. Blick

entender la historia de la ocupación de las Bahamas, utilizando los nombres indí-


genas de las islas para inferir la dirección del movimiento de los pueblos, según
sea la naturaleza de los nombres de estas islas. En efecto, muchas de las islas en
el archipiélago de las Bahamas tienen nombres derivados de características direc-
cionales y/o geográficas de las islas. Por ejemplo, el nombre indígena Lucayo para
la isla de San Salvador es Guanahaní (wa-na-ha-ni), que traduce “Tierra Pequeña
de Aguas Superiores” (Granberry 1991; Granberry y Vescelius 2004: 83, la Mesa
8). Utilizando los nombres Lucayos para las islas de la cadena de las Bahamas,
Granberry ha podido postular migraciones de pueblos procedentes de las islas de
las Antillas Mayores hacia las Bahamas (incluidas las islas Turcas y Caicos). Las
similitudes en los tipos cerámicos encontrados en las Bahamas con aquellos en-
contrados en las Antillas Mayores habían sugerido previamente tales conexiones
entre islas.
Utilizando las islas de las Antillas Mayores, como Cuba y La Española,
como si fuesen escalones hacia la cadena de las Bahamas, Granberry ha analiza-
do los nombres Lucayos de las islas y ha propuesto rutas específicas de migración
(ver la figura 6). Las islas de las Bahamas más cercanas a las Antillas Mayores
son Inagua (Inawa) y la Gran Turca (Abawana). El topónimo indígena Inawa es
traducido como “Pequeña Tierra Oriental”, que sugiere que es un pequeño cuerpo
de tierra (isla) situado al este del lugar que fue ocupado. De hecho, Inagua está al
noreste de Cuba. Abawana, el topónimo indígena para la Gran Turca, es traducido
como “Primera Tierra Pequeña”, que sugiere que fue ocupada desde La Española,
ya que la Gran Turca es una de las primeras islas pequeñas al norte de la parte
central de La Española (Granberry y Vescelius 2004). Granberry (1991; Granbe-
rry y Vescelius 2004) utiliza esta técnica de topónimos para proponer un modelo
de poblamiento del archipiélago de las Bahamas por saltos de isla en isla, tanto
desde Cuba como desde La Española hacia el noroeste, por la cadena de islas, has-
ta las Bahamas Mayores y Bimini, a unos 40 km de la costa de Estados Unidos.

El poblamiento de San Salvador (Bahamas) y su relación con otras


islas caribeñas

Según el modelo de Granberry (1991; Granberry y Vescelius 2004), la isla de San


Salvador pudo haber sido colonizada desde Cuba o La Española. Ambas rutas de
migración habrían venido por la ruta de Isla Larga y Cayo Ron, aunque el paso de
Cuba a San Salvador sea ciertamente la ruta más corta. Este modelo es conocido
como “Hipótesis Cuba a Isla Larga” (Keegan 1992, citando a Winter, Granberry
y Liebold 1985). Aparentemente, el comercio de larga distancia se realizó entre
Cuba e Isla Larga, tal como fue registrado por Colón (Keegan 1992, citando a Da-
Arqueología del circum-caribe 15

ggett 1980), aunque, según Keegan (1992), hay sólo evidencia para el movimiento
de alfarería de Cuba a San Salvador, y no necesariamente de personas.

Figura 6. Mapa que indica las migraciones hacia el archipiélago de las Bahamas
desde el este de Cuba y el norte de La Española

Keegan (1992: 53-62) también describe otras dos rutas para el poblamiento
de las Bahamas: la ruta “La Española a las islas Caicos” y la ruta “La Española a
Gran Inagua”. Keegan (1992: 53) afirma que “la fuente más temprana y más cer-
cana posible de colonos bahameños era La Española”. La ruta de islas Caicos fue
primero propuesta por Shaun Sullivan (1976, 1980, 1981), basado en la evidencia
de ese entonces, según la cual las islas Turcas y Caicos habían sido las primeras
en ser ocupadas entre la cadena de islas bahameñas. Keegan enfatiza que este
modelo ya no es sostenible sobre la base de la evidencia actual.
Keegan (1992) actualmente parece apoyar la ruta de migración “La Española
a Gran Inagua”, afirmando que “las Bahamas del sur son todavía la ubicación más
probable para la primera colonia, y La Española, la fuente más probable de colonos.
La hipótesis, favorecida por el autor [Keegan], plantea que los Taínos entraron a
las Bahamas a través de Gran Inagua durante la expansión Ostionoide hacia Cuba”
(Keegan 1992: 58). Keegan usa varios cuerpos de pruebas para sustentar su apoyo
a esta hipótesis: geografía, corrientes oceánicas y tipos cerámicos. La evidencia
16 Jeffrey P. Blick

geográfica y la de las corrientes oceánicas indican que “Gran Inagua es una mejor
candidata para ser la primera colonia que Caicos, por varios motivos. Inagua es
más grande y más cercana tanto a La Española como a Cuba […] [y] si la sal fuera
el motivo detrás de la colonización de estas islas […], Gran Inagua tiene estanques
de evaporación salina más importantes” (Keegan 1992: 59). Keegan también ha
proporcionado evidencia geográfica y de corrientes oceánicas que le sugieren que,
“Cuando los vientos y las corrientes también son considerados, Gran Inagua es el
destino más accesible” (Keegan 1992: 59, mapa 3.3). Además, de acuerdo con el
análisis de Keegan, los vientos y corrientes favorecen el viaje desde La Española
hasta Gran Inagua “por cerca de 281 días al año, mientras que el viaje hacia las
islas Caicos habría sido favorable por cerca de sólo 91 días al año” (Keegan 1992:
61). La evidencia cerámica también le sugiere a Keegan que “Dado que el tipo Pal-
metto fue inventado después de que las Bahamas fueron colonizadas, el (los) sitio(s)
más temprano(s) debería(n) contener sólo la cerámica que los inmigrantes trajeron
con ellos” (Keegan 1992: 62), esto es, cerámica importada sin desgrasante calcáreo
(conchas o piedra caliza), derivada de las islas volcánicas de las Antillas Mayores.
La evidencia cerámica también le indica a Keegan (1992: 58) que “la colonización
de las Bahamas podría datar de alrededor del año 800 dC”.
Finalmente, el modelo de Keegan para la colonización de las Bahamas incor-
pora numerosos motivos posibles para el movimiento demográfico de las Antillas
Mayores hacia el archipiélago de la Bahamas: 1) crecimiento demográfico; 2) ge-
nerosos recursos alimenticios; 3) suelos ricos (debido a condiciones no alteradas);
y 4) animales terrestres y marinos fáciles de cazar (por ejemplo, cangrejo, hutía,
foca fraile y tortugas de mar). Keegan (1992: 64) anota que “Las prospecciones
arqueológicas han demostrado un proceso continuo de merma en la densidad de
población al norte de la isla Acklins”, que él interpreta como un signo de las di-
ferencias temporales en la ocupación de las islas y el crecimiento demográfico
subsiguiente en éstas (es decir, las islas ocupadas antes [en el sur] tendrían den-
sidades de población más altas que las islas pobladas más tarde [en el norte]). Es
esta dinámica poblacional la que hace que Keegan (1985, 1992) la postule como el
factor principal para la colonización de las Bahamas.
Con base en los hallazgos arqueológicos en la isla de San Salvador, actual-
mente se reconoce que las evidencias más antiguas de la ocupación humana en
las Bahamas son las encontradas en el sitio de Tres Perros (SS-21), fechado en 700
dC (Berman y Gnivecki 1995). La presencia de cerámica Arroyo del Palo en este
sitio indica una conexión cultural con Cuba antes del 1000 dC (Berman y Gni-
vecki 1995), cuando se piensa que el tipo Arroyo del Palo deja de ser fabricado.
Además, el trabajo reciente de Berman y Pearsall (2005) sugiere que para el 700
dC ya había poblaciones en San Salvador que cultivaban y procesaban Zea (maíz)
Arqueología del circum-caribe 17

y tubérculos almidonados como Xanthosoma (cocoñame, malanga), entre otros.


La presencia de agricultura temprana de maíz en San Salvador sugiere que la
colonización pudo haber ocurrido antes de lo especulado, o que los colonizadores
no eran transeúntes temporales, sino colonos permanentes que practicaban un
modelo relativamente variado de subsistencia hortícola/recolector/pescador desde
una época relativamente temprana en el proceso de colonización. Estas conclusio-
nes recientes de Berman y Pearsall (2005) tendrán probablemente implicaciones
serias, quizás todavía no vislumbradas completamente, para entender los modelos
de migración e interpretación de los patrones de subsistencia en las Bahamas.
El análisis de la composición y el origen de la cerámica de la isla de San Sal-
vador sugieren comercio y uniones culturales con las islas de Cuba y La Española
(Mann 1986; Winter y Gilstrap 1991). Aunque hay un tipo cerámico fabricado lo-
calmente, llamado el tipo Palmetto, aparentemente fabricado a partir de la “Greda
Roja de las Bahamas” (Mann 1986), que es muy frecuente en todas las Bahamas
(Granberry y Winter 1993), hay también un componente menor (menos del 2%)
de cerámica importada encontrada en la isla (Mann 1986). Los análisis de rayos
X y de secciones delgadas de tres tiestos, realizados por Mann, indican que al
menos una parte de la cerámica importada proviene de “una de las islas volcáni-
cas del Caribe, Sudamérica, o Centroamérica, al sur o sudeste de la Plataforma
Bahameña” y que “Éste debe haber sido transportado a la isla de San Salvador
como un artículo comercial” (Mann 1986: 187-188). Más expresamente, Winter y
Gilstrap (1991) han mostrado por minerología, petrografía y análisis elementales
que la cerámica encontrada en San Salvador tiene semejanzas con la cerámica que
proviene tanto de Cuba como de La Española. Igualmente, la cerámica importa-
da encontrada en las Bahamas tiene semejanzas minerológicas y de elementos
tanto con Cuba como con La Española, demostrando comercio (mínimamente)
y conexiones posiblemente culturales (es decir, las migraciones de las personas)
entre los pueblos de las Bahamas y San Salvador con fuentes ubicadas en Cuba y
La Española. Según Winter y Gilstrap (1991: 375), “En Gran Inagua, Bahamas,
las cerámicas del sitio Nixon se agrupan con las de La Española a través del si-
tio San Rafael […] mientras que las cerámicas del sitio East Conch Shell Point,
West Conch Shell Point y el sitio Salt Pond Hill se agrupan con Cuba, a través del
sitio Loma del Indio, Potrero del Mango […], y el sitio de Yaguajay, respectiva-
mente”. Este descubrimiento, por sí mismo, sugiere bien múltiples migraciones
o múltiples conexiones comerciales entre Gran Inagua-Cuba y Gran Inagua-La
Española. Patrones similares de conexiones multiislas también se encuentran en
cerámicas de otras islas de las Bahamas.
Inferencias sobre patrones de migración hacia las islas Bahamas, o al menos
de conexiones culturales entre ellas, han sido planteadas por Winter y Gilstrap
18 Jeffrey P. Blick

(1991: 377), basados en sus análisis cerámicos: “los movimientos más tempranos
o las redes en las Bahamas vinieron por vía de La Española […] como evidencia
[la cerámica del sitio] Melville [datado alrededor de 965±75 dC en Cayo Ron].
Posteriormente, los movimientos o las redes vinieron desde La Española y Cuba
trayendo tanto las subseries Meillacan como la Chican, tal y como se ve en el sitio
McKay [datado alrededor de 1250±70 dC en Isla Torcida]. El último movimiento
o red de intercambio en las Bahamas puede haber venido desde Cuba, como se
evidencia en el sitio de Bahía Larga [fechado alrededor de 1492 en San Salva-
dor]”. Para la isla de San Salvador, Winter y Gilstrap (1991: 377) postulan uniones
culturales más fuertes con Cuba que con La Española: “las asociaciones con la
cerámica cubana […] ayudarían a explicar por qué los Lucayos decidieron dirigir
a Colón a lo largo de la ruta [de San Salvador] a Cuba y no a La Española, siendo
la razón de esto que los Lucayos de San Salvador, Bahamas, tenía redes comercia-
les con los habitantes de Cuba, o que quizás Cuba era su territorio ancestral”. Sin
tener en cuenta cuál de las posibles rutas de migración fue tomada para ir de las
Antillas Mayores a las Bahamas, está claro que los Lucayos habían alcanzado San
Salvador cerca del año 700 dC (Berman y Gnivecki 1995) y que habían ocupado
la isla durante aproximadamente 800 años, antes de la llegada de Colón en 1492.

Investigaciones actuales en San Salvador: una perspectiva desde


una isla lucaya

Las investigaciones contemporáneas en la isla de San Salvador revelan vestigios


de los estilos de vida de los Lucayos, el impacto de la población prehispánica so-
bre el ambiente local y evidencias sobre el fin de la cultura Lucaya. Cada uno de
estos fenómenos se discutirá a continuación.

Estilos de vida de los Lucayos

Investigaciones arqueológicas recientes en el sitio de Minnis-Ward (Blick 2003,


2004) han revelado detalles sobre el trazado del pueblo, la presencia de conjuntos
de viviendas, así como información sobre los patrones de subsistencia precolom-
binos. El sitio de Minnis-Ward (SS-3) está localizado en la esquina noroeste de la
isla de San Salvador, a lo largo de la cresta nordeste-sudoeste de una duna ubicada
entre el océano Atlántico, al oeste, y la laguna Charco Triángulo, al este (ver la fi-
gura 7). Pruebas de pala sistemáticas, realizadas en mayo de 2003 sobre una zona
de aproximadamente 90 m x 30 m, han revelado la presencia de unas cinco a seis
viviendas Lucayas dentro del área investigada (ver la figura 8).
Arqueología del circum-caribe 19

Figura 7. Localización de Minnis-Ward, Lago Norte de Storr, y el Conchero de la


Punta de Barker (sobre mapa tomado de http://www.newhaven.edu/sansalvador/
gis/ssmap_11x17.jpg)

Dado que sólo una tercera parte del sitio ha sido evaluada, se estima que un
total de 15-18 viviendas serán encontradas en el sitio si la densidad de estructuras es
la misma que la encontrada para la zona investigada. Este número total de viviendas
se correlaciona bien con la descripción de Colón sobre grandes pueblos Lucayos que
tenían entre 12-15 casas cuando él pasó por las Bahamas en octubre de 1492 (Fuson
1987: 86). El patrón de distribución de las casas revelado por la prospección inten-
siva con las pruebas de pala también deja en claro que las casas en Minnis-Ward
20 Jeffrey P. Blick

estaban alineadas sobre (y orientadas con el sentido de) la cresta de la duna, un mo-
delo similar de asentamiento Lucayo registrado en otros sitios en San Salvador y las
Bahamas. Además, el sitio de Minnis-Ward está localizado a unos 200 m del mar,
otro patrón encontrado comúnmente en todas las Bahamas (Keegan 1992, 1997).

Figura 8. Localización hipotética de las casas precolombinas en el sitio de


Minnis-Ward, basada en distribuciones de cerámica y otros artefactos

Con base en el modelo de las “unidades domésticas arqueológicas”2 (tam-


bién conocido como “unidades domésticas”) de Flannery (1976; Flannery y Mar-

2 Nota del traductor: aunque en el original el término utilizado es “household cluster”, éste ha sido
traducido en esta forma siguiendo la discusión de Jaramillo (1996:78) sobre este concepto, ya que
sólo así se logra enfatizar el hecho de que éstas son unidades de rasgos por medio de los que se
infiere la presencia de unidades domésticas, incluida la vivienda o casa como tal, pero también
otros tipos de construcciones o concentraciones de basuras, etc. De igual forma, se preserva así el
valor diferencial de este concepto frente al de “household unit”, que se traduciría como “unidad
doméstica”.
Arqueología del circum-caribe 21

cus 1983; Winter 1974, 1976) y asociados, ha sido posible identificar la ubicación
de las unidades domésticas precolombinas y discernir las actividades realizadas
en ellas, mediante un análisis de la distribución espacial de artefactos en los depó-
sitos arqueológicos. Esta técnica fue utilizada por el autor en el valle de La Plata,
Colombia, con resultados exitosos (Blick 1993), y ha sido aplicada ahora al sitio
de Minnis-Ward en San Salvador. Hasta donde sabemos, ésta puede ser la primera
vez que esta técnica analítica se aplica a un sitio arqueológico en San Salvador y,
quizás, en la totalidad de las Bahamas.
La distribución espacial general de artefactos que sugiere la presencia de
una unidad doméstica precolombina es la existencia de un área con baja densidad
de artefactos rodeada por, o adyacente a, una zona con una densidad mayor de
artefactos (es decir, áreas de actividad). El fenómeno que produce este modelo es
la tendencia de los ocupantes precolombinos de estas viviendas a barrer los suelos
de sus casas o, por otra parte, a dejar las superficies de tránsito circundantes libres
de artefactos (ver la discusión en Blick 1993). Con base en este modelo general, ha
sido posible identificar la localización de aproximadamente cinco a seis (hipoté-
ticas) unidades domésticas precolombinas en la zona prospectada recientemente
con pruebas de pala en el sitio de Minnis-Ward (ver la figura 8). Los modelos de
distribución de artefactos revelados por las pruebas de pala realizadas en 2003
también indican la presencia de posibles actividades y áreas de actividad, inclui-
dos el barrido y la limpieza de los pisos de las casas y/o patios, la disposición de
desperdicios caseros en basureros o áreas de descarte cerca de las casas, la pre-
sencia de centros y áreas de preparación de alimentos, la presencia de áreas para
trabajar las conchas y hacer cuentas para collares, así como la posible separación
de áreas de actividad femeninas y masculinas (para más detalles, ver Blick 2003).
Las excavaciones realizadas cerca de la Unidad Doméstica 1 confirmaron estas
observaciones generales (Blick 2004).
En efecto, una excavación de 5 x 5 m realizada en mayo de 2004, cerca
de la esquina sudoeste de esta unidad doméstica, permitió recuperar aproxima-
damente 31.000 artefactos, incluidos aproximadamente 10.000 restos de fauna
vertebrada e invertebrada (Blick 2004). Los restos de invertebrados incluyeron
algunos organismos como el caracol reina o caracol rosado (Strombus gigas),
almeja (Codakia orbicularis), buccino (Busycon sp.), quitón común de las Indias
Occidentales (Chiton tuberculatus), quitón rizado o cucaracha de mar (Acantho-
pleura granulata), cigua o burgao (Cittarium pica), cauri (Cypraea sp.), casco
de rey (Cassis tuberosa), una variedad de almejas, mejillones y moluscos no
identificados, cangrejo de tierra (Cardisoma guanhumi y Gecarcinus rurico-
la), caracol de cacahuete (Cerion) y otros numerosos gasterópodos. Los restos
de vertebrados incluyen la tortuga de mar (familia Cheloniidae), y un número
22 Jeffrey P. Blick

grande de peces, incluidos jurel (Caranx), pluma (Calamus), 2-3 especies de


mero (Epinephelus, Mycteroperca), pargo (Lutjanus), ronco (Haemulon), 3-4
especies del pez loro (Scarus, Sparisoma), cirujano (Acanthurus), cochino (Ba-
listes), y hasta una posible gaviota (Aves), para un total de aproximadamente 19
vertebrados taxonómicamente identificados hasta ahora. De la fauna vertebrada
identificada, aproximadamente el 67% son especies de arrecife de coral, aproxi-
madamente el 17% son especies de costeras y cerca del 11% son especies de mar
abierto (Blick y Brinson 2005)3. Si las especies de arrecife de coral y las de cos-
ta se combinan, entonces aproximadamente el 83% de las especies identificadas
son especies costeras o cercanas a la costa. Este tipo de explotación de recursos
marítimos es similar al modelo “de utilización de los recursos más cercanos”
(Wing y Reitz 1982) encontrado en todo el Caribe. Aunque el análisis de los
restos de la fauna vertebrada está aún en desarrollo, parece haber una tendencia
general a medida que nos movemos de los depósitos arqueológicos tempranos
a los tardíos: los restos de peces se hacen más pequeños con el tiempo, como lo
indican las medidas realizadas en los premaxilares y dentadura del pez loro y
como lo muestran también las mediciones en los atlas de la familia Serranidae
(mero) (Blick 2007). Este patrón generalmente se asume como una indicación
de la disminución del potencial pesquero, debido a la sobreexplotación preco-
lombina de los recursos.
Una de las identificaciones más recientes hechas en el laboratorio en el vera-
no de 2005 incluye un cráneo de rata, seguramente un Rattus (rata del Viejo Mun-
do). Aunque posiblemente se trate de una intrusión en el Nivel 2 (10-20 cm debajo
de la superficie) de Minnis-Ward, este espécimen puede representar una prueba
sobre la llegada de Colón al Nuevo Mundo, ya que hoy día sabemos cuál fue el
día en que las ratas del Viejo Mundo llegaron al Nuevo Mundo (Irvy Quitmyer,
comunicación personal, agosto de 2005). Este espécimen puede representar el
principio del gran “Intercambio Colombino” (Crosby 1972) de animales, plantas y
enfermedades en el Nuevo Mundo que tanto devastó a las poblaciones indígenas.
En palabras de Crosby (1972: 97):

La rata del Viejo Mundo […] hizo un recorrido a través del Atlántico y se convirtió en
un importante portador de plagas y enfermedades en los puertos de la América colo-
nial. Ésta era probablemente la rata negra, que se encuentra comúnmente en la zona
tropical y a bordo de buques […] las ratas no eran comunes en las Bermudas antes de

3 Las identificaciones de la fauna recuperada en el sitio de Minnis-Ward han contado con la


ayuda de los doctores Elizabeth Reitz e Irvy Quitmyer, así como con el uso de las colecciones
comparativas de zooarqueología de los Museos de Historia Natural tanto de la Universidad de
Georgia como de la Universidad de Florida, respectivamente.
Arqueología del circum-caribe 23

la venida de los europeos, y cuando llegaron, se desató uno de los desastres ecológicos
más espectaculares de la época.

El impacto Lucayo en el medio ambiente. Los resultados recientes de pros-


pecciones intensivas y excavación de otro pueblo Lucayo, el sitio Lago Norte de
Storr (SS-4) (ver la figura 7), han revelado pruebas adicionales sobre el impacto
ambiental y el cambio de patrones en la utilización de recursos a través del tiempo
en San Salvador (Blick y Murphy 2005), particularmente interesantes, por ejem-
plo, los cambios en la frecuencia y el peso de los gasterópodos recuperados. Tanto
la cantidad como el peso de los gasterópodos en el Nivel 4 (30-40 cm debajo de
la superficie) aparecen como valores atípicos, basados en los análisis estadísticos.
El Nivel 4 puede indicar el comienzo de la ocupación humana principal y de la
alteración del sitio, basándose en la presencia de estos gasterópodos. En palabras
de Quitmyer (2003: 137), “las pruebas indican que los moluscos terrestres son es-
pecies comensales que no fueron probablemente consumidas por la gente”. El te-
rrible sabor (Gould 1980) y el pequeño tamaño de algunos de estos gasterópodos
(por ejemplo, Cerion) parecerían apoyar la aseveración de que no fueron consu-
midos en tiempos prehistóricos, pero lo que se debe rescatar es que esto no le resta
peso a su valor como buenos indicadores ambientales de una situación de comen-
salía. Quitmyer (2003: 137) define las especies comensales como “animales que
son atraídos a la residencia humana, donde obtienen protección o alimento”. En
una situación como ésta, “los miembros de una especie [por ejemplo, los huma-
nos] ayudan a la manutención del otro” (los caracoles), o una especie puede seguir
simplemente los pasos de otra (los caracoles siguen a la gente) (Ehrlich, Dobkin
y Wheye 1988). De hecho, Quitmyer ha sugerido que en el registro arqueológico
los caracoles pueden ser un indicador sensible de la presencia humana, y una rela-
ción comensal podría ser reconocida por una frecuencia excepcionalmente alta de
caracoles en la estratigrafía de un sitio (Quitmyer, comunicación personal, junio
de 2005). Newsom y Wing (2004: 2) también reconocen que “las acumulaciones
de restos de cáscaras, huesos y el carbón de leña pueden favorecer cambios en la
composición del suelo y los valores de los nutrientes, que resultan atrayendo a
pequeños animales como caracoles de tierra y proporcionando condiciones con-
venientes para el crecimiento de plantas útiles para la gente…”.
Un argumento posible en contra de la idea de que los gasterópodos son
atraídos a sitios de residencia humanos y a basureros antropogénicos es el he-
cho de que algunos de ellos, por ejemplo, Cerion, son herbívoros (Sally Walker,
comunicación personal, julio de 2005). Puede ser simplemente que los restos
vegetales, las condiciones alteradas de los suelos y la presencia de plantas que
se dispersan por los campos hayan servido para atraer gasterópodos a sitios de
residencia humana. Es aún confuso si los restos de gasterópodos del sito Lago
24 Jeffrey P. Blick

Norte de Storr, muchos de los cuales permanecen provisionalmente identifica-


dos, fueron transportados a la isla o si, por otra parte, caen en esta categoría de
comensales.
En cualquier caso, es interesante destacar el patrón de aumento, disminu-
ción y recuperación de gasterópodos en el sitio Lago Norte de Storr (ver la fi-
gura 9). Del Nivel 5 (40-50 cm debajo de la superficie, el nivel más temprano) al
Nivel 4 hay un significativo aumento tanto de la cantidad como del peso de los
gasterópodos en el sitio. Esto sugiere que los caracoles aumentaron en número,
debido a la presencia humana y a la alteración del lugar, o quizás que los caraco-
les viajaron junto con las personas cuando éstas llegaron por primera vez al sitio
(ver, por ejemplo, Quitmyer 2003). Después de alcanzar un pico en el Nivel 4, los
gasterópodos sufren una caída dramática en su número y una disminución suave
en el peso a través del Nivel 2. Subsecuente al Nivel 2, la cantidad y peso de los
gasterópodos se recuperan en el Nivel 1, el último nivel de este lugar. Uno podría
verse tentado a especular que este patrón de aumento, disminución y recuperación
de la población de gasterópodos puede reflejar el comportamiento de la población
humana en la isla: la población Lucaya llegó al lugar creando condiciones favora-
bles para la expansión de los gasterópodos; posteriormente, la población Lucaya
disminuyó o desapareció (debido a la enfermedad o migraciones forzadas), para
retornar en el más reciente nivel, que probablemente corresponde a los asenta-
mientos históricos y a la agricultura desarrollada entre 1780 y hoy. Este mismo
patrón de aumento, disminución y recuperación se ha visto en otro tipo de espe-
cies en las Bahamas, tal y como Kjellmark (1996) observó entre ciertas clases de
plantas, así como en el resto de las Indias Occidentales (por ejemplo, Newsom y
Wing 2004; Quitmyer 2003), aunque la relación, por lo general, es que las espe-
cies nativas disminuyen con la presencia de humanos y se recuperan cuando la
población humana disminuye.
El quitón (Chiton) también alcanza su pico tanto en número como en peso
en el Nivel 4, y la cantidad y el peso son identificados como valores atípicos al
examinarlos estadísticamente. Basados solamente en los números, la frecuencia
de quitón parece permanecer relativamente estable en el tiempo, excepto por las
inusualmente bajas cantidades y bajo peso (como se observa estadísticamente)
registrados en el Nivel 5, el nivel de ocupación más temprano. El quitón es una
especie de la zona intermedia rocosa (Diehl, Mellon, Garrett y Elliott 1988;
Keegan 1992; Newsom y Wing 2004), por lo que su presencia en el sitio es de-
finitivamente un signo de su transporte, probablemente por agentes humanos.
Keegan (1992: 130) considera que el quitón es de “bajo valor” alimenticio, “ex-
plotado durante períodos de escasez de alimento”, figurando “entre los últimos
artículos añadidos a la dieta” en tales casos. Los números bajos de quitón en el
Arqueología del circum-caribe 25

Nivel 5 quizás indican el principio de la ocupación del sitio y la incorporación


gradual de quitón en la dieta local, y, una vez establecido en la dieta, la explota-
ción de quitón permanece relativamente estable en el tiempo, aunque en niveles
muy bajos.

Figura 9. Aumento, disminución y recuperación de cantidad y peso de


gasterópodos en el sitio Lago Norte de Storr, Niveles 5-1

Nota: el Nivel 5 es el nivel cultural más temprano y el Nivel 1 es el más reciente. Los
niveles 3, 2, y 1 han sido fechados por AMS en 1389±41 dC, 1475±42 dC y 1679±39 dC,
respectivamente.

La última clase de artefactos de interés en cuanto a la tensión ambiental en


tiempos precolombinos es la de los restos de cangrejo. Hay dos especies princi-
pales de cangrejos de tierra de la familia Gecarcinidae que son comunes en San
Salvador: el gran cangrejo de tierra (Cardisoma guanhumi) y el cangrejo de tierra
negro (Gecarcinus ruricola) (Diehl, Mellon, Garrett y Elliott 1988). El cangrejo
alcanza su pico tanto en cantidad como en peso en el Nivel 5; sin embargo, cuando
se analiza estadísticamente, es la cantidad de cangrejo la que se identifica como
un valor extremo en un diagrama de caja para los datos en el Nivel 5, el nivel de
ocupación más temprano. Keegan (1992: 126) sostiene que el cangrejo de tierra y
26 Jeffrey P. Blick

la iguana conformaron aproximadamente el 75% de la dieta terrestre Lucaya. Por


medio de restos arqueológicos se ha demostrado que en las Antillas “los cangrejos
de tierra fueron intensivamente cosechados” (Newsom y Wing 2004: 196), sobre
todo durante el período Saladoide (ca. 500 aC-600 dC) (Keegan 2000). Hill (2001:
6) nos da una idea de la intensidad de esta explotación del cangrejo en tiempos
modernos: “En toda las Bahamas y el Caribe, el Cardisoma guanhumi es inten-
sivamente explotado como recurso alimenticio. Los pescadores de cangrejos en
entornos naturales […] han relatado que no menos de 400 cangrejos por persona
por noche pueden ser recolectados aun durante los meses de más baja captura”.
Como resultado de este uso intensivo del cangrejo en tiempos precolombinos, “el
tamaño de los cangrejos disminuyó a través del tiempo, y estas criaturas se con-
virtieron en un bien escaso en los depósitos tardíos post-Saladoides” (Newsom y
Wing 2004: 196). Por ejemplo, Quitmyer (2003: 152) anota que “la abundancia re-
lativa de cangrejos de tierra disminuye con el tiempo” en el sitio de Bahía Canela,
San Juan, Islas Vírgenes.
De hecho, al graficar los valores para la cantidad y los datos de peso para el
cangrejo en los depósitos del sitio Lago Norte de Storr, la misma historia aparece:
tanto la cantidad como el peso de los depósitos de cangrejo disminuyen conside-
rablemente con el paso del tiempo (ver las figuras 10 y 11). Una prueba probabi-
lística de proporciones con distribución Poisson arroja un valor de p = 0.000 en
ambos casos; el análisis de correlación lineal de la cantidad de cangrejo y datos
de peso también indica una disminución muy significativa a través del tiempo
(cantidad de cangrejo: r de Pearson = .901, r2 = .812, p = .037; peso de cangrejo: r
de Pearson = .953, r2 = .909, p = .012). A lo largo del tiempo este patrón de escasez
creciente de cangrejos de tierra se repite a través del Caribe y las Antillas (por
ejemplo, Serrand 2002).
El impacto de la población Lucaya sobre el ambiente de las Bahamas no se
limita a la fauna invertebrada y vertebrada. En efecto, el impacto sobre la vegeta-
ción es una cuestión que, aunque sólo ha comenzado a estudiarse recientemente
(Kjellmark 1996; Winter 1987), ya arroja resultados importantes. Tal es el caso de
los estudios de columnas de polen previamente tomadas en San Salvador (Jones
1997; Pacheco y Foradas 1987) y en la isla de Andros (Kjellmark 1996), las cuales
indican que la población Lucaya alteró considerablemente la vegetación de las
islas por medio de la horticultura de tala y quema (Kjellmark 1996; Winter 1987)
y el cultivo de varias plantas, como la mandioca (Manihot), otros tubérculos (por
ejemplo, Xanthosoma), y hasta maíz, en tiempos relativamente tempranos (desde
por lo menos el año 700 dC) (Berman y Pearsall 2005).
Arqueología del circum-caribe 27

Figura 10. Disminución significativa en la cantidad de restos de cangrejos, Niveles


5-1, en el sitio Lago Norte de Storr (prueba probabilística de proporciones con
distribución Poisson, p = 0.000; r de Pearson = -.901, r2 = -.812, p = .037)

Figura 11. Disminución significativa del peso de los restos de cangrejos, Niveles
5-1, en el sitio Lago Norte de Storr (prueba probabilística de proporciones con
distribución Poisson, p = 0.000; r de Pearson = -.953, r2 = -.909, p = .012)
28 Jeffrey P. Blick

Winter (1987: 314) se había ya referido a estos cambios en San Salvador,


cuando se preguntaba por el desconocimiento de la cantidad de bosque de hoja
perenne primitivo que habría sido devastado con el método de la tala y quema,
transformaciones que Berman y Pearsall (2000: 235) señalan como evidentes en
todo el Caribe y que Pacheco y Foradas (1987: 115) claramente documentaron.
Este período “de devastación masiva” puede representar los efectos de prácticas
agrícolas aborígenes, como lo indican también los resultados de otra columna de
polen tomada en el Lago Norte de Storr en 1997 y reportada por Jones (1997). La
zona más baja de la columna (alrededor de 30-25 cm de profundidad de la colum-
na) es descrita como “un ambiente poco alterado por la gente. Aquí se encuentran
cantidades grandes de polen Combretaceae (mangle blanco), probablemente polen
de Conocarpus y Arecaceae (palma). Especies de ambientes intervenidos, inclui-
das Borreria, Cheno-Ams, Poaceae y otras malezas, no están bien representadas
en la muestra de 30 cm” (Jones 1997). En la zona media de la columna (25-15 cm
de profundidad), “hay una disminución dramática tanto en palma como en polen
Combretaceae, con un aumento correspondiente de Cheno-Ams y polen de pasto.
Hay también un aumento dramático en la cantidad de fragmentos de carbón en
este tiempo, sugiriendo la apertura de grandes áreas de bosque o deforestación”
(Jones 1997). Esta deforestación se correlaciona temporalmente bien con la época
de la ocupación Lucaya de San Salvador. Los análisis de polen en sedimentos de
un agujero azul en la isla Andros, hechos por Kjellmark (1996), también indican
deforestación significativa y quema de la vegetación por indígenas Lucayos du-
rante el período 1210 (o antes) a 1520 dC. Las pruebas presentadas anteriormente
sugieren altos impactos en los ambientes marítimos y terrestres de las Bahamas
por acción de los Lucayos, comenzando en el momento mismo en que se dio la
colonización inicial hasta su desaparición, a principios del siglo XVI.
El final de la cultura Lucaya. En San Salvador hay evidencia de una pros-
peridad de la cultura Lucaya, que duró desde la colonización inicial de la isla
alrededor del año 700 dC hasta la llegada de Colón en 1492, o quizás unas dé-
cadas más tarde. Un hallazgo reciente de un tipo de punta de proyectil antes no
registrado, la denominada Punta Pentagonal de Barker (Blick 2005), sugiere que
los Lucayos de San Salvador usaron puntas de proyectil hechas en concha (entre
otras cosas) como puntas de lanza para la pesca u otros métodos de extracción de
recursos. La punta de proyectil en concha está fechada alrededor de 1438±37 dC
(UGAMS-00836) y está asociada con un basurero de caracoles reina (Strombus
gigas) en el conchero de Punta de Barker (ver la figura 7), fechado en 1448±34
dC (AA-51432) (Blick 2005). Basados en el Diario de Colón, es muy probable que
él haya pasado por la Punta de Barker durante sus dos días de reconocimiento
en San Salvador (Fuson 1987; Keegan 1992: 187, 188, mapa 8.2), cuando registró
Arqueología del circum-caribe 29

aproximadamente tres pueblos indios en la costa noroeste de la isla. Los rangos


combinados de las fechas de radiocarbono tanto para la punta de proyectil como
para el basurero de conchas indican que el sitio de Punta de Barker fue utilizado
entre 1380-1510 dC, siendo posible que Colón pudiera haber visto el sitio en uso
cuando navegó por esta zona. Es también probable, basado en estos datos, que
Colón hubiera visto, tal como lo registró en su diario, el uso de las puntas de
proyectil de concha como puntas de lanza: “Sus lanzas son hechas de madera, a
la cual ellos atan un diente de pescado al final, o alguna otra cosa puntiaguda”
(Colón, en Fuson 1987: 76). Colón documentó una cultura funcional y vital cuan-
do navegó por las Bahamas durante aquellas dos semanas proféticas de octubre
de 1492. Sus aproximadamente 12 páginas de documentación en cuanto a las
costumbres, alojamiento, ropa, comida, etc., de los Lucayos son el único registro
etnohistórico contemporáneo que tenemos de esta cultura Lucaya de las Bahamas
(Keegan 1992, 1997). Lamentablemente, la cultura Lucaya de las Bahamas debía
de tener no más que tres o cuatro décadas de existencia antes de ser terminada por
enfermedad, migración forzada, trabajo forzado y extinción eventual en manos de
los españoles. Dataciones recientes por AMS de muestras de carbón de leña del si-
tio Lago Norte de Storr sugieren la posible supervivencia Lucaya en San Salvador
aun quizás hasta 1534±37 dC (Blick, Creighton y Murphy 2006).
Las estimaciones demográficas para los Lucayos de las Bahamas general-
mente oscilan entre 40.000 y 80.000 personas (Keegan 1992, 1997). Registros de
barcos españoles para el tráfico de esclavos muestran que más de 40.000 hombres
y mujeres Lucayos de las Bahamas fueron llevados, sobre todo entre los años
1509-1512 (Sauer 1966: 160), para trabajar o explotar minas de oro en las grandes
plantaciones de las Antillas Mayores. La estimación de 40.000 personas, por lo
tanto, parece ser un cálculo mínimo para la población de las Bahamas. Se sabe
también que otros Lucayos fueron tomados en cautiverio, para la pesca de perlas
cerca de la isla Margarita, Venezuela, para enriquecer las arcas españolas. Mis
propios estimativos demográficos sobre las Bahamas están basados en el área de
tierra, el promedio de personas por kilómetro cuadrado que podría ser soportado
por la agricultura de cultivo de raíces y el número de sitios arqueológicos cono-
cidos en la región. En el archipiélago de las Bahamas hay aproximadamente 390
sitios de vivienda al aire libre y 111 sitios de cuevas en un área de 14.183 km²
(Keegan 1997: 33, Mesa 3.1). Según Rouse (1992: 17-18), los pueblos en las Ba-
hamas eran pequeños, con aproximadamente 120-225 personas ocupando entre
12-15 casas por pueblo (el número de casas se tomó del Diario de Colón). En la
isla de San Salvador hay aproximadamente 32 sitios de vivienda al aire libre y 13
sitios de cuevas en 163 km² (Keegan 1997: 33, Mesa 3.1). Esto implica que San
Salvador habría tenido una población precolombina de entre 535-1.008 personas,
30 Jeffrey P. Blick

un rango muy cercano al de la población moderna. Si cada sitio de vivienda al aire


libre en las Bahamas representa un pequeño pueblo, entonces la población total
del archipiélago de las Bahamas habría sido de 46.800-87.750 personas (cifras que
coinciden con otras fuentes históricas, así como con estimativos de otros investi-
gadores). Esto equivale a una densidad de entre 3,28 a 6,18 personas por km², un
rango bastante típico para pueblos hortícolas (Wilson 1999). Independientemente
del número de habitantes en la época precolombina en las Bahamas, práctica-
mente toda la población desapareció hacia 1513, en un genocidio de proporciones
masivas. En 1513, Juan Ponce de León, el explorador español y antiguo adelanta-
do de Puerto Rico, navegó a lo largo de la franja este de las Bahamas, haciendo
paradas en tierra en varias islas, incluidas las Turcas y Caicos, Cayo Ron y San
Salvador, entre otras, en su camino hacia el norte de Florida (Keegan 1992: 222-
223). Para estas fechas, era obligación que las campañas españolas para obtención
de esclavos buscaran otras tierras e indios para capturar lejos, al norte, en Florida.
En palabras de Carl O. Sauer (1966: 160), “las islas Lucayas [Bahamas] fueron la
primera parte del Nuevo Mundo en desplomarse totalmente, para lo cual la fecha
de 1513 parece aceptable”. La cultura Lucaya, habiendo prosperado en las Baha-
mas durante aproximadamente 800 años, había sido destruida para siempre.

El futuro de la arqueología en el Caribe y las Bahamas visto desde


San Salvador

El futuro de la arqueología en el Caribe y las Bahamas estará dirigido por dos


fuerzas principales: 1) desarrollo del suelo y la necesidad de programas de ar-
queología preventiva, y 2) el reconocimiento creciente de la importancia de la
arqueología ambiental y su papel en el reconocimiento de patrones prehistóricos
de alteración humana de los ecosistemas.
El desarrollo inmobiliario, debido al crecimiento demográfico y al turismo,
y la construcción de infraestructura que ello conlleva han generado una gran
demanda de programas de arqueología preventiva (manejo de recursos culturales)
en la región Caribe, sobre todo en áreas como Puerto Rico, las Islas Vírgenes,
Cuba, las Bahamas, Saint Kitts, Nevis, y muchos sitios más. Según Blouet (2006:
315), “las islas caribes afrontan una severa presión demográfica en relación con
sus recursos […] La relación de densidad de población frente a tierra cultivable
es la más alta en las Américas”. Algunas islas como Haití y República Domini-
cana presentan altas tasas de aumento natural del 1,9 por ciento al año, mientras
que las Bahamas tienen una tasa de crecimiento natural de 1,3 por ciento al año
(Blouet 2006: 315-316, tabla 10.5). Barbados, por ejemplo, tiene la densidad de
población más alta en el Caribe, aunque su tasa natural de crecimiento esté en-
Arqueología del circum-caribe 31

tre las más bajas de la región (Blouet 2006). En el Caribe, el aumento esperado
de unos siete millones de personas entre 2005-2025 (Blouet 2006), en combi-
nación con las presiones inmobiliarias para la construcción de infraestructura e
instalaciones turísticas, sin duda creará muchas oportunidades novedosas para la
arqueología preventiva y el manejo de recursos culturales, siempre y cuando las
administraciones municipales pongan en práctica y hagan cumplir la legislación
sobre la preservación ambiental e histórica, con el fin de proteger los patrimonios
ecológicos e históricos de sus países. Lamentablemente, este tipo de legislación
está débilmente desarrollada en la mayor parte del Caribe, y las leyes, donde en
efecto existen, a menudo no se hacen cumplir o son fácilmente malinterpretadas
o modificadas para favorecer intereses privados. Debido a la debilidad de los
gobiernos, al rápido crecimiento y desarrollo demográfico, a la corrupción y a
las grandes cantidades de dinero involucradas en este tipo de obras de desarrollo
inmobiliario, es probable que muchos sitios arqueológicos importantes en el Cari-
be y las Bahamas resulten destruidos en los años y décadas venideros. La isla de
San Salvador ha visto crecer la presión urbanística desde finales de los años 1990
hasta el presente.
La arqueología ambiental, y su capacidad para revelar las alteraciones de los
ecosistemas en tiempos prehispánicos, debido a las acciones humanas en el Cari-
be, ha surgido ahora como un área de investigación por derecho propio. Las inves-
tigaciones arqueológicas en el Caribe y las Bahamas tienen gran potencial para
ilustrar el curso de la llegada humana a las diferentes islas, la subsiguiente explo-
tación humana de diversos recursos en estas islas y las consecuencias de la altera-
ción humana tanto de ecosistemas terrestres como marítimos. La mayor parte de
esta investigación ha sido resumida recientemente por Newsom y Wing (2004).
Las investigaciones aún en curso en San Salvador de Berman y Pearsall (2000,
2005, 2006) han proporcionado información crítica sobre los usos de plantas en
tiempos prehistóricos, prácticas hortícolas, y la cronología de la introducción de la
agricultura del maíz en el área, mediante el examen de residuos de carbón de leña,
fitolitos y almidones. Las investigaciones recientes sobre restos de fauna de Blick
(2006a, 2006b, 2007; Blick y Kjellmark 2006; Blick y Murphy 2005) y Carlson
(1999; Carlson y Keegan 2004) han revelado fuertes pruebas de la disminución
de recursos terrestres y marítimos en el archipiélago de las Bahamas en los años
700-1500 dC. Por ejemplo, el análisis de fauna de Carlson (1999) sobre la tortuga
de mar en el sitio Coralie en la Gran Turca ha mostrado una convincente disminu-
ción en la abundancia y el tamaño de los restos de esta especie. Otro trabajo en las
Antillas Menores (Steadman y Stokes 2002; Wing 2001; Wing y Wing 2001) ha
revelado información significativa sobre la sobreexplotación prehistórica de re-
cursos y la reducción de la biodiversidad, que parece ser un tema que se repite en
32 Jeffrey P. Blick

todo el Caribe. La demostración de la disminución de la abundancia o tamaño de


los recursos a través del tiempo es un aporte importante, con implicaciones para
evaluar el impacto que tuvieron pequeñas poblaciones humanas sobre los recur-
sos isleños en el pasado precolombino (Blick 2007). Muchos sitios a lo largo del
Caribe y las Bahamas son muy valiosos para futuras investigaciones de patrones
de subsistencia en la época precolombina y para monitorear los cambios de éstos
en el tiempo. Éste es un tema de investigación floreciente para la arqueología del
Caribe, en la cual los sitios arqueológicos de las Bahamas y, especialmente, San
Salvador pueden contribuir de manera relevante. La pregunta ahora es: ¿podre-
mos investigarlos adecuadamente para conocer cómo fue la adaptación humana al
ambiente Caribe en el pasado, y derivar elementos sobre la adaptación humana a
los ecosistemas isleños en el futuro, antes que los programas de desarrollo social,
económico y turístico indebidamente ejecutados los destruyan?

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Estado actual y perspectivas
de la investigación arqueológica
en territorio costarricense
Mauricio Murillo Herrera

Introducción

El presente ensayo tiene como propósito ofrecer una visión analítica y crítica del
estado actual de la arqueología que se practica en suelo costarricense. Pero una
caracterización de la praxis contemporánea arqueológica en Costa Rica nos parece
que requiere conocer tanto los antecedentes de ésta, al menos los inmediatos, como
la naturaleza de los restos arqueológicos y su relación con los procesos tafonómicos
naturales y culturales, así como las políticas institucionales y las actividades rela-
cionadas con la investigación y conservación de los depósitos arqueológicos, por
parte de los entes que por ley están obligados a velar por ellos en el país.

Así, tras abordar el tema de la naturaleza de los restos arqueológicos en tanto


materia y contextos básicos de la investigación arqueológica, nos concentraremos
en la revisión crítica de las temáticas y las prácticas arqueológicas desarrolladas
principalmente en los últimos treinta años1, para pasar, por último, a discutir lo
que pensamos deberían ser las perspectivas en cuanto al futuro teórico y metodo-
lógico de la arqueología costarricense.

Algunas consideraciones sobre la naturaleza del contexto


arqueológico en Costa Rica

Aunque Costa Rica es un país pequeño (51.100 km²), existen condiciones medio-
ambientales muy disímiles entre las diferentes regiones que lo conforman, variación

1 Si el lector desea profundizar en períodos anteriores, puede remitirse a las reseñas y recuentos
historiográficos de Aguilar et al. (1988: 397-403), Arias y Bolaños (1983), Bolaños (1993),
Corrales (2000a, 2003a, 2005), Fonseca (1984), Snarskis (1983) y Stone (1986).
42 Mauricio Murillo Herrera

que determina, hasta cierta punto, el tipo y el grado de conservación del registro
arqueológico precolombino y el tipo de prácticas investigativas desarrolladas.
En efecto, por ejemplo, el clima en el noroeste de Costa Rica es de sabana
tropical, caracterizado por un período de lluvia bien definido desde mayo hasta
octubre, con un promedio de precipitación anual de 1.963 mm³ en la zona mon-
tañosa y de 1.400 mm³ en las llanuras, una temperatura promedio de 28º C y una
humedad relativa de 70%. Este escenario establece condiciones para una conser-
vación muy limitada de materiales orgánicos. Lo mismo aplica para la meseta
central del país, donde el promedio de precipitación anual es de 1.967 mm³ y cuya
temperatura promedio se mantiene entre 22 y 24º C, con una humedad relativa de
75%, sin grandes fluctuaciones.
En contraste, la costa caribe y el sureste del país presentan condiciones
medioambientales típicas del bosque tropical lluvioso, caracterizadas por abun-
dante precipitación y rica biota, sin temporadas climáticas, únicamente un breve
período seco pobremente definido, seguido de una larga temporada lluviosa. En
efecto, la mayor parte del año la temperatura promedio se mantiene alrededor del
los 26 a 27º C, con un promedio de precipitación anual de 3.600 a 4.000 mm³,
promedios muy superiores a los del resto del país (Mena 2006).
Evidentemente, las condiciones climáticas descritas son extremadamente
destructivas para depósitos de material orgánico en los suelos, dejando poco para
ser recobrado por el arqueólogo. Ante tal panorama, en la arqueología en Costa
Rica, el arqueólogo ha hecho uso de la cerámica y de la piedra como casi la única
evidencia arqueológica disponible para hacer investigación. Ciertamente, estos
dos materiales representan, en muchos de casos, la única evidencia conservada
de ocupaciones antiguas en el país. La evidencia arqueológica compuesta de ma-
teriales perecederos, tales como hueso, madera, textiles, y cualquier otro material
orgánico, es extremadamente limitada y, por lo tanto, difícilmente se puede recu-
perar en excavación.
Tal es el caso, por ejemplo, de los materiales usados en épocas precolombinas
para la construcción de viviendas y campamentos, como fueron la palma y la made-
ra, y en los últimos períodos, el bahareque. Este tipo de estructuras deja poco rastros
en el registro arqueológico, en comparación con otras tradiciones arquitectónicas
basadas en el uso de piedra o adobe. El uso de montículos y plataformas para elevar
las bases de las viviendas, ya sean hechos únicamente con tierra o con el apoyo de
anillos de cantos rodados, es un rasgo presente exclusivamente en las estructuras de
Estado actual y perspectivas 43

los Períodos V y VI2. No tenemos evidencia directa de cercas y empalizadas, pero


datos del período de la Conquista apuntan al uso de maderas para tal fin. El uso de
piedra y concha para la confección de artefactos para la caza y defensa parece haber
sido limitado, y es muy probable que el empleo de maderas haya sido popular para
dichas funciones, aunque no contemos con evidencias directas, debido precisamen-
te a estas condiciones de preservación de materiales de origen orgánico.
Sin embargo, es necesario señalar que aunque las condiciones medioambien-
tales son en general poco convenientes para la conservación, algunos contextos
dentro de esta geografía han resultado ser escenarios excepcionales en este sen-
tido. Ejemplos de esto son los tambores de madera hallados en las tierras altas
en el centro del país (Aguilar 1953), restos óseos en la costa pacífica noroeste y
en la meseta central (Vásquez 1984; Vásquez y Weaver 1980), polen en ambien-
tes lacustres (Kennedy y Horn 1997), tejidos en una zona de inundación marina
(Guerrero, Vásquez y Solano 1992) y restos macrobotánicos en diferentes partes
del país (Mahaney, Matthews y Blanco 1994).
A estas condiciones de conservación del registro arqueológico y del estado
actual de los sitios por causas naturales, claro está, deben sumarse otras exclusiva-
mente antrópicas, como es la devastación de sitios causada por la huaquería, moti-
vada principalmente por la presencia de oro y jade en las tumbas, práctica que se
remonta a tiempos coloniales, teniendo registro escrito de esto por lo menos desde
1540 (Fernández 1886: 37). La legislación nacional, si bien a partir de 1938 esti-
pulaba que las excavaciones debían realizarse con fines científicos, permitía que
se extendieran permisos para excavaciones de particulares, lo cual condujo a que
el país tuviera un huaquerismo “reglamentado” durante varias décadas, situación
que alcanzó su punto más dramático cuando, en la década de 1980-1990, se da la
conformación del llamado “Sindicato Nacional de Trabajadores Arqueológicos”,
una organización de huaqueros para defender “sus derechos” (Chávez 1987). Este
sindicato fue una de las consecuencias negativas de los decretos de 1971 (Decreto
Nº 4809) y 1973 (Decreto Nº 5176), que al facultar a las instituciones autónomas
del Estado para comprar objetos arqueológicos producto de excavaciones ilíci-
tas incentivó la huaquería. Las consecuencias positivas fueron el surgimiento del
Museo de Oro Precolombino del Banco Central y del Museo de Jade del Instituto
Nacional de Seguros, y la puesta a buen recaudo de una parte importante del pa-
trimonio arqueológico del país.

2 Los períodos usados en el presente ensayo corresponden a la periodización introducida en 1980


para la arqueología de Centroamérica (Lange y Stone 1984). La escala temporal es la siguiente:
Período I (?-8000 aC), Período II (8000-4000 aC), Período III (4000-1000 aC), Período IV (1000
aC.-500 dC), Período V (500-1000 dC), Período VI (1000-1550 dC).
44 Mauricio Murillo Herrera

La intensidad y la extensión, tanto temporal como espacial, de la huaquería


han hecho que sea difícil encontrar en suelo costarricense estructuras arqueoló-
gicas remotamente bien preservadas. Tanto montículos como cementerios se en-
cuentran, en su gran mayoría, severamente dañados o destruidos. Estas prácticas
sociales, nocivas para la arqueología –aunque esperables frente al estado actual
de desarrollo sociopolítico del país–, se han incrementado aún más en los últimos
años, debido al crecimiento demográfico sostenido y el subsecuente avance urba-
nístico e industrial sobre zonas rurales y forestales. La historia de la legislación
reciente sobre estos aspectos, no obstante, aunque marcada por fluctuaciones im-
portantes, en balance, apunta a constituirse en un cuerpo orgánico y coherente.
En efecto, la Ley sobre Patrimonio Nacional Arqueológico (N° 6703) de
1982 –que logró, entre otros aspectos positivos, que se diera la prohibición total
de la práctica del huaquerismo y del coleccionismo y la regulación de la praxis
profesional del arqueólogo– fue seguida en 1995 de normas que exigían estudios
de impacto arqueológico en cualquier proyecto de infraestructura que demandara
movimientos de tierra, gracias a la aprobación de la Ley Orgánica del Ambiente
(N° 7554) y la Ley de Patrimonio Histórico Arquitectónico de Costa Rica (Nº
7555). Estos avances se vieron comprometidos poco más tarde, cuando en 1999
se expidió un decreto ejecutivo (N° 28174-mp-minae-MEIC) que iba en contra
de la aplicación preventiva del trabajo arqueológico en movimientos de tierra
para proyectos de construcción (Calvo et al. 2001). Este decreto fue declarado
inconstitucional en su gran mayoría en 2002 (Resolución: 2002-05245 de la Sala
Constitucional de la Corte Suprema de Justicia), gracias a la acción conjunta de
la Universidad de Costa Rica, la Comisión Arqueológica Nacional, el Ministerio
de Cultura, Juventud y Deportes y el Museo Nacional de Costa Rica. Posterior-
mente, en 2006, se logró incluir el componente arqueológico como parte de los
requisitos solicitados por la Secretaría Técnica Nacional (SETENA) (Reglamento
sobre Procedimientos de la SETENA N° 25705-MINAE) para movimientos de
tierras relacionados con obras de infraestructura. Las instituciones arriba men-
cionadas trabajan actualmente en un proyecto de reforma de ley, para presentarlo
a la Asamblea Legislativa próximamente, el cual pretende actualizar y comple-
mentar la ley de 1982.
Aunque, como hemos visto, el registro arqueológico en Costa Rica tiene
limitaciones, unas naturales –como la relativa poca abundancia de materiales pe-
recederos–, otras impuestas por la acción de agentes humanos –como la huaque-
ría–, estas realidades no imposibilitan en lo absoluto la investigación arqueológi-
ca. Por el contrario, sólo basta con echarle una mirada a la bibliografía que se ha
acumulado a través de más de cien años de praxis arqueológica en el país, para
darnos cuenta de todo el potencial que ofrece esta parte del mundo para conocer
Estado actual y perspectivas 45

más sobre variabilidad, adaptabilidad y organización humana. Sin embargo, es


siempre importante tener en cuenta las condiciones del contexto arqueológico
a la hora de seleccionar y explorar ciertos temas y usar ciertos métodos y técni-
cas. Definitivamente, no podemos frenar el crecimiento demográfico actual ni
el avance extensivo urbanístico y de infraestructura moderna, pero sí podemos
prevenir la destrucción masiva de información arqueológica a través de planifica-
ción previa y también de un adecuado proceder en cuanto a nuestros diseños de
investigación.

Desarrollo teórico y metodológico general de la disciplina en los


últimos 30 años

La razón por la cual se ha decidido escoger un período de treinta años –y no


menos o más años– para ambientar una perspectiva sobre la praxis arqueológica
contemporánea en Costa Rica no ha sido en lo absoluto antojadiza. Al hacer un
repaso de la historia de la arqueología en el país, es posible percibir períodos en
los cuales se lograron avances significativos, y éste sería uno de ellos.
En realidad, por ejemplo, la última década del siglo XIX fue muy especial,
ya que tanto los métodos de investigación de Anastasio Alfaro (1894) y Carl V.
Hartman (1901) como la visión respecto a la importancia de la investigación e
interpretación de Juan Fernández Ferraz (1899) y Agustín Navarrete (1899) eran
altamente avanzados para su tiempo, al punto que muchas de sus ideas tuvieron
que esperar más de 50 años para ser implementadas.
El retorno al país de Carlos H. Aguilar a mediados del siglo XX represen-
tó otro período de marcado avance teórico y metodológico. La sólida formación
profesional de Aguilar le permitió romper con el statu quo de aproximaciones al
pasado precolombino en el país, privilegiando el uso de los datos provenientes de
sus propias excavaciones (Aguilar 1953, 1972, 1975, 1977) como fuente primaria
de investigación, y no meramente de colecciones públicas o privadas o informa-
ción proveniente de huaqueros, como era la norma en aquellos años. Así mismo,
en esta época, Aguilar en el Valle Central, junto con Claude Baudez y Michael
Coe en el Pacífico Norte, incorporaron por primera vez una dimensión temporal
al estudio del registro arqueológico a través del uso del método estratigráfico.
Dicho método les ayudó a romper con la concepción estática del tiempo en la des-
cripción y explicación arqueológica practicada en Costa Rica hasta finales de la
década de 1960, preocupándose por la construcción de secuencias y cronologías
culturales (Aguilar 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978; Baudez y Coe 1962; Coe
y Baudez 1961).
46 Mauricio Murillo Herrera

El primer trabajo estratigráfico por un arqueólogo local, y el primero en el


Valle Central, se llevó a cabo en Guayabo de Turrialba en 1969 (Aguilar 1972),
año en que Aguilar pudo convencer a las autoridades académicas nacionales de
que era útil y necesario emprender una investigación arqueológica que tuviera
profundidad temporal (Fonseca y Fonseca 1989). Es así como su aporte profesio-
nal le dio diacronía a la historia precolombina costarricense, en contraposición
con el modelo descriptivo y sincrónico que imperó durante la mayor parte del
siglo XX (Fonseca 1984: 20). También contribuyó con un registro sistemático de
la localización, temporalidad y contenido de los sitios arqueológicos investigados
y la publicación sostenida de los resultados. En 1975, Aguilar abrió la carrera
universitaria en Arqueología en la Universidad de Costa Rica, formando así a
la primera generación de arqueólogos nacionales. Éstos y otros logros de Agui-
lar vinieron a hacer de la arqueología nacional, de una vez por todas, un oficio
académico y profesional, y ya nunca más una labor amateur o un pasatiempo
extravagante.
A partir de la segunda mitad de la década de 1970 aparecen en la investi-
gación arqueológica en Costa Rica elementos particulares que se mantendrán
relativamente estables y constantes hasta el presente. El impulso que tuvo la
arqueología durante la segunda mitad de la década de los años setenta repre-
senta el período más reciente de un cambio significativo, particularmente en
cuanto a propuestas teóricas y temáticas. Durante este período llegaron al país
arqueólogos tales como Michael Snarskis, Frederick Lange, Óscar Fonseca y
Luis Hurtado de Mendoza, quienes traían consigo una formación teórica con un
fuerte contenido en la Ecología Cultural de Julian Steward y el Evolucionismo
Cultural de Elman Service y Morton Fried. Su formación en los albores de la
llamada “Nueva Arqueología” norteamericana, inevitablemente, hizo que éstos
investigadores introdujeran en la arqueología costarricense múltiples cambios.
Por ejemplo, se diversificaron las temáticas de investigación y así surgió el in-
terés en temas tales como paleoecología (Sánchez 1986, 1987), especialización
socioeconómica (Abel-Vidor 1980), configuraciones de sociedades tempranas
(Acuña 1983; Snarskis 1979; Valerio 2004), relaciones entre asentamientos
(Acuña 1987), contactos interregionales (Corrales 1994; Creamer 1992; Lange
1984a; Snarskis 1984a; Snarskis y Blanco 1978), y otros. Las escalas de análi-
sis se ampliaron y los primeros acercamientos a estudios de patrones de asen-
tamiento regionales (Hurtado de Mendoza 1984, 1988), locales (Drolet 1986,
1992; Fonseca 1981; Snarskis y Herra 1980) y áreas de actividad (Solís 1991,
1992) aparecieron en la literatura arqueológica local. Los tipos de materiales re-
cuperados y analizados (tales como líticos, restos óseos, semillas) y las técnicas
de recuperación de materiales también se diversificaron.
Estado actual y perspectivas 47

La incursión arqueológica de Snarskis (1975, 1976a, 1976b, 1978) en la Ver-


tiente Caribe del país a finales de 1970 –uno de los varios proyectos de investi-
gación que se iniciaron en esa época– es un ejemplo clásico del tipo de investiga-
ción realizado en dicho período. Dicho proyecto aportó datos específicos sobre
ubicación, temporalidad y composición interna de varios sitios habitacionales y
funerarios precolombinos, además de establecer una secuencia cultural para la
zona de estudio apoyada en múltiples fechamientos absolutos (Snarskis 1978).
Todo esto vino a ampliar el conocimiento de las sociedades pasadas y de la pre-
sencia de ocupación humana en el país, incluso varios milenios atrás (Snarskis
1977, 1979). Gracias a estos datos, Snarskis (1981, 1984b) tuvo la posibilidad de
plantear las primeras caracterizaciones locales de organización y cambio social
prehispánico.
Otro de los aportes significativos realizados por estos investigadores fue la
introducción en el país de una concepción de trabajo con un carácter interdisci-
plinario. De esta forma, la colaboración con investigadores de otras disciplinas
se convirtió en una práctica posible, deseable y sumamente provechosa (Hurta-
do de Mendoza, Salazar y Moya 1984; Dubón, Solís y Fonseca 1984). Todos es-
tos cambios fueron altamente revolucionarios en todos los niveles de investiga-
ción arqueológica. El progreso en cuanto a la cantidad y calidad de información
precolombina que se recopiló y se difundió entre 1975 y 1984 fue realmente
extraordinario y sin precedentes en la arqueología costarricense. Además, los
arqueólogos de la generación de esa década no solamente han ejercido como
investigadores sino que también formaron a la gran mayoría de arqueólogos
nacionales actualmente activos, dejando así una sólida huella en la praxis actual
de la disciplina.
No obstante, a diferencia de como otras historiografías de la arqueología
costarricense lo interpretan (e.g. Aguilar et al. 1988; Arias y Bolaños 1983; Co-
rrales 2003b, 2005; Fonseca 1984), creemos que este período –si bien de cambios
innovadores y sumamente positivo para la arqueología costarricense– realmente
no trajo consigo una ruptura con el modelo anterior Histórico-Cultural sino, más
bien, que lo que se dio fue una simbiosis con éste. Gracias a la labor de los inves-
tigadores arriba señalados y a la generación de arqueólogos nacionales por ellos
formados, es claro que desde 1975 ha habido un avance significativo respecto al
conocimiento de la historia antigua en esta parte del mundo, pero esto no signifi-
ca que el eje central de investigación fuera reemplazado o abandonado –los estu-
dios históricos-culturales siguen predominando–, sino más bien que las temáticas
y métodos simplemente se diversificaron.
En 1983, Snarskis (1983: 6), refiriéndose a la arqueología que se practicaba
en la Vertiente Caribe del país –quizás la región más exhaustivamente investiga-
48 Mauricio Murillo Herrera

da–, indicó que “estamos todavía en el Período Clasificatorio Histórico”. Desde


entonces, los intereses de investigación han continuado gravitando principalmen-
te alrededor de temas puramente cronológicos, estilísticos y difusionistas, y el
enfoque de trabajo de campo volvió a centrarse a una escala de sitio, de rasgo o de
estructura (Corrales 2003b, cuadro 2).
Ciertamente, la creación de secuencias culturales regionales es una prác-
tica necesaria e imprescindible para la investigación; sin embargo, uno de los
avances más importantes que trajo la Nueva Arqueología o Arqueología Proce-
sual en un contexto mundial fue conceptualizar la creación de secuencias cul-
turales, tradiciones y horizontes, ya no como el fin de la investigación arqueo-
lógica, sino como un medio necesario para llegar a comprender la organización
social, la adaptación y el cambio social en las sociedades pasadas en sus múl-
tiples variantes, siendo esto último la finalidad del arqueólogo (Binford 1962;
Taylor 1948). Incluso, como veremos más adelante, los arqueólogos han seguido
echando mano de mecanismos difusionistas o de “influencias”3 para explicar,
describir o ilustrar el cambio social, en lugar de evaluar dichos mecanismos o
modelos. Es por ello que podemos afirmar que la posición privilegiada de los
estudios histórico-culturales en la investigación en Costa Rica continúa inalte-
rable; posiblemente, la muestra más contundente de ello es que las causas del
cambio social precolombino en Costa Rica siguieron entendiéndose como pro-
ducto de préstamo cultural e influencias directas del norte y del sur, en última
instancia (Snarskis 1984b, 1986, 2004).
Aquí es importante mencionar que poco tiempo después de que Snarskis
hiciera la aseveración arriba citada, en su mayoría los proyectos iniciados a lo
largo del país en la década anterior se cerraron por uno u otro motivo, de manera
que el impulso transitorio de una arqueología enfocada en los objetos hacia una
arqueología centrada en sociedades humanas se vio al menos parcialmente trun-
cado prematuramente, debido a la carencia de trabajo de campo.

3 Por modelos difusionistas o de “influencias”, me refiero a las explicaciones de cambio social y


cultural (innovación cultural) que enfatizan factores externos a través de la difusión o influencia
de objetos, personas e ideas. Los mecanismos preferidos para explicar este fenómeno son:
migración, comercio, y conquista y dominación. La única diferencia entre “difusionismo” clásico
y las propuestas de “influencias” es que en el difusionismo los objetos o ideas fueron producidos
por un centro y fueron difundidos a las periferias, mientras que en el caso de las “influencias”
no hay centro-periferia (Renfrew y Bahn 2000; Sharer y Ashmore 2002; Trigger 1989; Willey y
Sabloff 1993).
Estado actual y perspectivas 49

Búsqueda de identidad local: el indeleble problema nominal acerca


del “¿cómo le digo? ¿Intermedia, ‘baja’, chibcha, chibchoide,
chibchense o qué?”

En la década de 1980, la corriente teórica de corte materialista-histórico deno-


minada “Arqueología Social Latinoamericana” (Bate 1977; Fonseca [Ed.] 1988;
Lumbreras 1974; Sanoja y Vargas 1974) tuvo un impacto profundo en el discurso
usado por los arqueólogos costarricenses y en su enfoque deontológico, mas no
así en los métodos y técnicas (Acosta y Fonseca 1983; Arias et al. 1998; Chávez
[Ed.] 1993; Fonseca 1988a, 1989a, 1989b, 1990, 1991, 1992, 1999; Fonseca e Ibarra
1987). Las bases epistemológicas marxistas y “marxianas”, ligadas en América
Latina con movimientos políticos nacionalistas y de izquierda, vinieron a reper-
cutir en el vocabulario usado por los arqueólogos en el “¿para qué hacemos ar-
queología?” y en el enfoque de sus resultados. Es así como se introducen en el dis-
curso arqueológico conceptos tales como “formación económico social”, “modo
de producción”, “superestructura” y otros, en contraposición a la terminología de
la arqueología procesual, cuyos términos en gran medida provenían de teorías
ecológicas y de sistemas. Quizás el concepto que más caló en el pensamiento
arqueológico costarricense fue el de “Historia Antigua”, opuesto a “época Pre-
colombina” o “Prehistoria” (Fonseca 1988a, 1992; Fonseca y Cooke 1993). Esta
valoración más directa y explícita del pasado hizo que el enfoque tanto hacia el
material arqueológico como del pasado precolombino cambiara, de tal forma que
aquellos elementos una vez considerados como ajenos y lejanos para el arqueólo-
go –y para el costarricense– empezaron a valorarse como “Patrimonio Histórico y
Cultural”. Todo esto trajo consigo la formulación de una praxis de “acción social”
o de difusión de conocimiento y trabajo directo con las comunidades aledañas
a los lugares donde se realizara investigación arqueológica, como sucedió, por
ejemplo, en el caso del proyecto arqueológico en Guayabo de Turrialba (Arias,
Chávez y Gómez 1987).
Otra crítica sumamente importante introducida por la Arqueología Social
vino como una reacción directa frente a las escuelas teóricas norteamericanas
(Behavioral Archaeology, Selectionist Archaeology, Darwinian Archaeology,
etc.), orientadas hacia el estudio del “objeto” y no del “sujeto” detrás del obje-
to. Poner el estudio de los hechos sociales pasados y no de los restos materiales
de esas sociedades como el objetivo primordial del arqueólogo (Fonseca 1988b,
1989a) fue uno de los aciertos teóricos más significativos logrado por los arqueó-
logos sociales en Costa Rica.
Sin embargo, al menos en el caso costarricense, la Arqueología Social nunca
varió el foco de análisis epistemológico. Tanto la Arqueología Social como la
50 Mauricio Murillo Herrera

“Nueva Arqueología”, en su interpretación y aplicación en Costa Rica sufrieron


exactamente de los mismos determinismos analíticos: ecológico y económico;
además, el énfasis de estudio continuó siendo el material arqueológico y no las
sociedades humanas. Lo anterior no es de extrañar, ante la dificultad que enfren-
taron los arqueólogos sociales de vincular su teoría general (materialismo dialéc-
tico) con el registro arqueológico. Debido a la ausencia de una teoría de rango me-
dio propia, éstos tuvieron que echar mano de las mismas herramientas analíticas
usadas en las “otras” arqueologías para explicar o ilustrar (y una vez más, no para
evaluar modelos sobre) el cambio social; así, los recuentos del cambio social no
dejaron de estar cargados de descripciones –sobre todo, cualitativas–, de estilos y
tipos de material arqueológico. Paradójicamente, aun cuando el peso del cambio
social teóricamente debía caer sobre las condiciones económicas y ecológicas
particulares de las sociedades en cuestión, para los seguidores de ambos esque-
mas en Costa Rica fue imposible dejar de referirse a explicaciones difusionistas
o de “influencias” y de esquemas evolutivos generales y unilineales, para ilustrar
en último caso el cambio social.
Otros investigadores extranjeros también han aportado a la comprensión del
pasado precolombino en Costa Rica en los últimos años. Ejemplo de ello es el tra-
bajo en el nivel de asentamiento y rasgos funerarios realizado por Jeffrey Quilter
(2004) en el sureste del país; el trabajo de secuencias culturales hecho por Claude
F. Baudez en la región de Diquís (Baudez et al. 1993, 1996), y el proyecto regional
dirigido por Payson D. Sheets (Sheets y Mueller [Eds.] 1984; Sheets y McKee
[Eds.] 1994; Sheets [Ed.] 2006), quien ha venido intermitentemente trabajando
en la región de Arenal, Guanacaste, desde la década de 1980. El aporte teórico
del trabajo de Sheets resulta muy peculiar y sorpresivo ante los modelos de desa-
rrollo sociopolítico tradicionales para Centroamérica. Su proyecto arqueológico
ha estado orientado al estudio de la adaptación humana en poblaciones asentadas
en zonas aledañas a un macizo volcánico activo. A diferencia de otras regiones
del país en donde se ha planteado el surgimiento de sociedades complejas, ta-
les como el Intermontano Central, la Vertiente Caribe, Diquís y otras (Snarskis
1981; Fonseca 1992), en la región de Arenal en ningún punto de su trayectoria de
cambio social hay indicios de complejidad social. La región carece de cualquier
indicador de jerarquía social, intensificación económica, conflicto bélico o do-
minio ideológico. Al contrario, Arenal es una región donde la personas parecen
haber vivido en aldeas autosuficientes y autónomas esparcidas en el paisaje, las
cuales cambiaron muy poco en 2.000 años (Sheets 1984, 1992, 1994). A partir de
esta información, Sheets (1992) abogó por la necesidad de estudiar y comprender
las particularidades de las sociedades y de las múltiples configuraciones sociales
que coexistieron en Costa Rica y en Centroamérica en la época precolombina,
Estado actual y perspectivas 51

llamado hecho también por otros investigadores en el área (e.g., Drennan 1995,
1996). Curiosamente, la evidencia aportada ha tenido poco impacto en los mo-
delos de cambio social propuestos para Costa Rica, los cuales han tendido a ho-
mogeneizar el cambio social a lo largo del país, independientemente de la región
y de las variables culturales y medioambientales específicas. Parece ser que los
investigadores han tendido a buscar y privilegiar semejanzas en la arqueología de
diferentes regiones, y en esa búsqueda han marginado las diferencias, como las
que se evidencian en el caso de Arenal.
Durante varios años, el uso de términos como “Intermedio” o “Baja”, para
describir a la región, ha sido considerado por arqueólogos que trabajan en la zona
como inapropiado e incluso despectivo, dado que dichos términos no evidencian
los elementos particulares y autóctonos de la zona (Fonseca 1992; Sheets 1992).
Dicha crítica tomó dos líneas distintas. En el caso de Sheets (1992), como diji-
mos, su propuesta consistía en estudiar las particularidades de las adaptaciones
sociales y culturales con relación al medio ambiente que existieron en esta parte
del mundo. Sheets sugirió que dichas adaptaciones son interesantes en sí mismas
y que el estudio de ellas nos brindaría información sumamente relevante para la
comprensión de la adaptabilidad y el cambio social humano. Dicho llamado fue
también compartido por arqueólogos tales como John Hoopes (1992: 73), quien
también abogó por el estudio de los orígenes de posibles divergencias sociales
tempranas en Costa Rica y el resto de Centroamérica. Incluso, Hoopes (1994)
contribuyó en esta línea de investigación con un estudio comparativo respecto a
las adaptaciones sociales precolombinas en medios ambientes costeros de Costa
Rica y Panamá, en el cual hizo uso de su propio trabajo de campo en Golfito,
Puntarenas. No obstante, su posición cambiaría radicalmente, y en un artículo
recientemente publicado (Hoopes 2005: 5), éste se retracta explícitamente de lo
escrito en 1992 y ahora aboga por una uniformidad en el fenómeno sociocultural
en la región en tiempos precolombinos, esto con base en el estudio de horizontes
estilísticos e iconográficos en materiales precolombinos. Lo anterior nos intro-
duce directamente en la segunda línea de crítica en contra del concepto de “Área
Intermedia”.
La búsqueda de una nueva delimitación espacial y nominal para la llama-
da “Área Intermedia” (Norweb 1961) o “Baja América Central” (Lange y Stone
1984), esta vez apoyada en datos lingüísticos y genéticos que han apuntado a la
predominancia de una estirpe Chibcha o Chibchoide, ha venido a acaparar el
debate arqueológico costarricense en los últimos quince años. La labor en este
sentido iniciada por Óscar M. Fonseca (1992, 1994, 1997, 1998; Fonseca y Cooke
1994) y Richard Cooke (1992), y con la reciente adhesión de Hoopes (2005; Ho-
opes y Fonseca 2003), ha dado un impulso, aun mayor, al interés por la búsqueda
52 Mauricio Murillo Herrera

de horizontes y tradiciones de estilos, íconos y diseños de artefactos, rasgos, ar-


quitectura y estructuras funerarias (Cooke 2005; Corrales 2000b, 2001; Hoopes
2005; Hoopes y Fonseca 2003). Ahora bien, el interés en esos atributos formales
no es ahora para demostrar un origen del cambio social centrado en las sociedades
precolombinas Mesoaméricanas o en el Área Andina –descritas como núcleos o
centros de alta cultura– sino, por el contrario, como señalamos, por la necesidad
de encontrar cierta homogeneidad en la región, la cual permita delimitar un área
arqueológica con patrones culturales autóctonos, producto de un proceso de trans-
formación social autónomo respecto a Mesoamérica y el área andina.
Esta búsqueda de una identidad al interior de la región ha llevado a que
la arqueología del área se focalice fuertemente en delinear elementos materiales
locales (y no entidades sociales tales como comunidades, unidades domésticas,
regiones políticas, etc.) y en comparar esos elementos artísticos entre sí para ubi-
car sus orígenes (y no comparar procesos de desarrollo y cambio social). Es decir,
el foco de análisis de la investigación arqueológica se ha vuelto a centrar una vez
más sobre los objetos y no sobre el estudio de actividades y procesos sociales.
Paradójicamente, el difusionismo sigue allí como el elemento privilegiado para
explicar el cambio social, ya que lo único que cambió fue la escala de análisis,
siendo “demostrado” el cambio sociocultural dentro de distintas regiones por la
presencia de objetos con diseños o formas foráneas. No obstante, el contacto pre-
colombino entre diferentes regiones –tanto lejanas como cercanas– y el intercam-
bio de artefactos, diseños y otros elementos materiales ha sido demostrado en
la arqueología de Costa Rica, al menos desde los trabajos de Stone (1958, 1972,
1977; Stone y Balser, 1965, 1973), es decir, hace más de cuarenta años. Lo que
falta por evaluar en la arqueología de Costa Rica, en este caso, es el impacto que
esos contactos o relaciones interregionales tuvieron sobre los procesos de cambio
social local. Recientemente, la Universidad de Costa Rica y el Museo Nacional
de Costa Rica auspiciaron un simposio internacional, cuyo propósito fue preci-
samente discutir la validez de una “macro-región Chibcha” a partir de datos lin-
güísticos, genéticos, arqueológicos y etnográficos. Se espera que los resultados de
dicho encuentro sean publicados próximamente.
Claramente, la diferencia entre las dos líneas de respuesta en contra del con-
cepto de “Área Intermedia” se encuentra en que una de ellas señala el estudio
de procesos sociales como el medio más productivo para comprender la región,
mientras que la otra hace uso del mismo medio o método que siguieron los que
propusieron el concepto que se desea negar: el estudio de los artefactos. En gran
medida, la segunda propuesta es la que se ha impuesto en la arqueología costarri-
cense durante los últimos años, razón por la cual son prácticamente inexistentes
los estudios que evalúen y contrasten modelos o hipótesis sobre relaciones so-
Estado actual y perspectivas 53

ciales o cambio social, o que contemplen enfoques sistemáticos, trabajos inter-


disciplinarios y con múltiples escalas de análisis. Como hemos visto, a partir de
1975 se puede percibir cierta homogeneidad epistemológica en la investigación
arqueológica costarricense.

La relación actual entre investigación arqueológica, manejo de los


recursos culturales y estructura institucional

Varias instituciones están encargadas por ley de la investigación, resguardo y


difusión del conocimiento proveniente de los bienes arqueológicos del país. Com-
prender cuál es la función de éstas con relación a la praxis arqueológica es un paso
fundamental para brindar una panorámica de la situación actual de la arqueología
costarricense y de las perspectivas futuras.

Comisión Arqueológica Nacional

La Comisión Arqueológica Nacional (CAN) es la instancia que regula y otorga


los permisos de investigación arqueológica, además de supervisar que la investi-
gación se ejecute siguiendo parámetros profesionales actuales. Esta entidad fue
creada por ley y está conformada por representantes del Departamento de Patri-
monio Histórico del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, el Ministerio de
Educación Pública, el Museo Nacional de Costa Rica, la Universidad de Costa
Rica y la Comisión Nacional de Asuntos Indígenas. La Comisión es un órgano
técnico y es la encargada de velar por el cumplimiento de la Ley 6703, la cual
protege el patrimonio arqueológico en territorio costarricense.

Ministerio del Ambiente y Energía

El papel de este organismo es cuando menos ambiguo, ya que si por una parte
es el responsable del Monumento Nacional Guayabo de Turrialba4, único Parque
Nacional en el país creado fundamentalmente para resguardo de recursos cultura-
les, dentro de las políticas institucionales del Ministerio del Ambiente y Energía
(MINAE) nunca se ha contemplado la investigación y protección de recursos cul-

4 Este parque contiene uno de los sitios arqueológicos monumentales mejor conservados en Costa
Rica y con mayor tradición en investigación (desde 1969 hasta 1984). El parque cuenta en la
actualidad con una extensión de 218 hectáreas.
54 Mauricio Murillo Herrera

turales de manera coherente. En efecto, dicha institución ha brindado sólo con-


diciones básicas para el acceso del público al monumento, así como un limitado
servicio de información al visitante, que se traduce en la precaria información
disponible por parte de los guardaparques y la publicación ocasional de folletos
financiados por algún organismo no gubernamental.
El mantenimiento del parque y la conservación de las estructuras se han
visto restringidos por limitaciones de personal, así como de presupuesto, tareas
que se reducen a las que el personal del parque puede realizar en sus horarios
habituales. La única excepción se dio cuando la Fundación del Área de Conserva-
ción Cordillera Volcánica Central financió parte de la restauración de la calzada
Caragra. La presencia de algún arqueólogo ligado directamente con el MINAE
y con el sitio arqueológico ha sido intermitente. En términos de investigación
arqueológica propiamente dicha, el MINAE nunca ha actuado.
Como Hurtado de Mendoza (1986: 1) ha indicado, el problema radica en
que el MINAE se ha concentrado exclusivamente en el manejo y conservación
de recursos ambientales y energéticos, sin haber nunca reconocido que es prác-
ticamente un hecho que todos los Parques Nacionales, además de tener recursos
naturales, contienen recursos culturales (sitios arqueológicos), recalcando así que
el Monumento Nacional Guayabo no es la única área protegida que cuenta con
esta clase de recursos.

Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes

A diferencia del Ministerio del Ambiente y Energía, el Ministerio de Cultura, Ju-


ventud y Deportes (MCJD) desde sus inicios ha tenido muy claramente estable-
cido en sus políticas institucionales el componente de investigación, protección y
difusión del patrimonio cultural del país, incluido el arqueológico. Para cumplir
con los objetivos relacionados con el ámbito de la cultura, el MCJD cuenta con
varios programas ministeriales, entre los que se encuentra la Dirección de Inves-
tigación y Conservación del Patrimonio Cultural. El principal objetivo de esta
dirección es “Fortalecer, salvaguardar y divulgar el patrimonio cultural median-
te la investigación, educación, promoción y conservación del mismo...” (MCJD,
s. f. a).
No obstante, la presencia del MCJD en cuanto al componente arqueológico
del país se ha centrado en el Monumento Nacional Guayabo y a labores concer-
nientes a restauración. Los otros dos sitios arqueológicos aparte de Guayabo que
se encuentran protegidos por ley son Aguacaliente, en Cartago, y El Farallón, en
Guanacaste, de los cuales el último ha recibido atención por parte del MCJD sólo
Estado actual y perspectivas 55

en materia de conservación. Es importante destacar el esfuerzo que en la década


de 1980 hizo la Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Cul-
tural para la restauración parcial del sitio Guayabo, gracias a un plan sostenido
durante varios años, que sirvió de base para la restauración de una gran parte del
sector central del Monumento. Sin embargo, al hacer un balance, parece razona-
ble cuestionarnos, primero, ¿por qué en el caso del componente arqueológico el
MCJD ha intervenido únicamente en un par de sitios y, segundo, únicamente en
el componente de restauración (y de forma inconstante), dejando así totalmente
desatendidos aspectos tales como conservación, educación, difusión e investiga-
ción arqueológica?
La Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural re-
conoció abiertamente que su limitado accionar se ha debido a la falta de recursos
con que cuenta para su funcionamiento (MCJD, s. f. b). Pero quizás sea igualmen-
te importante pensar que una razón de este accionar tenga que ver con que desde
los orígenes mismos del MCJD se ha manejado un concepto de cultura que, por
ser asumido como sinónimo de “Bellas Artes”, no ha sido instrumental en las po-
líticas trazadas por la institución para preservar todo vestigio del quehacer diario
de la humanidad. Como Marco A. Herrera (1993: 79) indicó:

Podría concluirse que desde la creación del Ministerio de Cultura, Juventud y De-
portes no quedó claro qué era lo que se iba a entender por cultura. Eso llevó a que se
mantuviera un concepto estereotipado del concepto y muchas veces se enfatizó en el
acceso al hecho cultural, es decir, preocuparse por la recreación artística y cultural de
sectores urbanos y divulgar algunas de sus manifestaciones al interior del país.

Es decir, el MCJD ha privilegiado la promoción y difusión de aquellos com-


ponentes culturales que se han introducido y reproducido en épocas históricas con
la llegada de los europeos a América y que no tienen relación con lo anterior, con
lo nativo. Esta posición institucional ha ido cambiando con el paso de los años,
pero su transformación es muy lenta, sin que se haya materializado aún en hechos
directos respecto al quehacer arqueológico.

Museo Nacional de Costa Rica

A partir de su fundación en 1887, el Museo Nacional ha sido la institución oficial


responsable del patrimonio arqueológico del país, así como del resguardo en sus
instalaciones de los artefactos arqueológicos. Por ley, ésta es la institución llama-
da a intervenir en el rescate de sitios arqueológicos amenazados de destrucción
frente al avance de obras de infraestructura, saqueo u otra alteración, siendo, a su
vez, la sede de la Comisión Arqueológica Nacional.
56 Mauricio Murillo Herrera

En sus orígenes, el Museo Nacional tuvo una visión de avanzada respecto


al tratamiento de los restos arqueológicos, no obstante que figuras tales como
Anastasio Alfaro González y Juan Fernández Ferraz no fueran arqueólogos; el
reconocimiento que éstos hicieron de las potencialidades de la investigación ar-
queológica en cuanto a conocimiento del pasado les hizo promover dentro de la
institución políticas en torno al resguardo y registro cuidadoso de la procedencia
de las piezas y de las colecciones (Museo Nacional de Costa Rica 1887; Alfaro
1894; Fernández 1899). Lamentablemente, con la partida de Alfaro y Fernández y
los recortes presupuestales que tuvo el Museo durante la primera mitad del siglo
XX (Kandler 1987: 21), las intenciones que había en torno de la profesionalización
de la arqueología y de la estimulación de la investigación en el país tuvieron que
esperar varias décadas. Una de las directoras del Museo a mediados del siglo XX
fue Doris Z. Stone (1958, 1963, 1977), quien publicó reseñas de la arqueología
del país y algunos hallazgos realizados. No obstante, su interés siempre estuvo
centrado en objetos extraordinarios, ya sea por su valor “artístico” o por su vincu-
lación con las “grandes culturas” del norte y del sur.
La incorporación a la planta de funcionarios del Museo Nacional de Snarskis
y Lange en la década de 1970 activó por vez primera la investigación arqueológica
profesional en dicha entidad con proyectos en diferentes zonas del país, como la
Vertiente Caribe (Snarskis 1984), el Pacífico Norte (Lange 1984b), y en la cuenca
del río Térraba (Drolet 1983). Dichos proyectos brindaron datos sumamente valio-
sos respecto a la arqueología de esas regiones, sobre todo en cuanto a secuencias
cronológicas, configuración de asentamientos y tecnología precolombina, siendo
hoy en día trabajos básicos para el entendimiento actual de esas regiones respecto
a su pasado precolombino.
Lamentablemente, varios hechos ocurridos en la década de los 80 conlleva-
ron el cierre prematuro de dichos proyectos. Entre estos hechos se destaca la sali-
da de Snarskis y de Lange de la institución, quienes, además del aporte profesio-
nal que ofrecían, también atraían recursos humanos y económicos externos para
la investigación, así como el interés del público en general por estos temas. Así
mismo, el incremento en la construcción de obras de infraestructura en el país de-
mandó que el Museo intensificara su acción en proyectos de rescate de sitios y que
los recursos institucionales se concentraran en estas actividades, tendencia que
se mantiene hasta hoy. En estas circunstancias, los proyectos regionales de gran
envergadura han sido esporádicos y de corta duración, aunque algunos proyectos
regionales se han implementado en diversas zonas del país, tales como el Pacífico
Central (Corrales 1992), la zona Cañas-Liberia (Guerrero, Solís del Vecchio y
Herrera 1988; Guerrero y Solís del Vecchio 1997), el valle de Turrialba (Vásquez
2002), entre otros. Estos proyectos han aportado datos relevantes sobre dichas
Estado actual y perspectivas 57

zonas, sobre todo respecto al sitio arqueológico y la historia cultural. En el caso


específico del proyecto en el valle de Turrialba, la información arqueológica fue
complementada con datos geológicos, biológicos e históricos, lo cual representa
un avance significativo hacia la investigación arqueológica interdisciplinaria.
Dado que los recursos propios con que cuenta el Museo Nacional son básica-
mente para labores de rescate arqueológico y no para investigación, los objetivos,
escalas y alcances de dichos proyectos han estado subordinados a los requeri-
mientos de las compañías o instituciones involucradas que aportan los recursos
para los proyectos que ejecuta el Museo. Esto incide directamente en tres aspectos
fundamentales de la investigación arqueológica regional: la duración, los objeti-
vos científicos por cumplir y la publicación completa de los datos. La duración
de los proyectos arqueológicos regionales ha sido breve, no más de tres años.
Sabemos que la investigación arqueológica regional requiere de una duración ex-
tensa y sostenida para cubrir con resolución apropiada el área de estudio y gene-
rar datos confiables acerca de la dinámica social que se dio allí (Flannery 1986:
xvii; Kowalewsky y Fish 1990). Así que es difícil, sino imposible, esperar que de
proyectos regionales de corta duración se obtenga información lo suficientemente
completa y sistemática como para poder comparar, generalizar y, por lo tanto,
inferir con algún grado de confianza aspectos socioculturales a escala regional.

Universidad de Costa Rica

La Universidad de Costa Rica es la última de las instituciones a que haremos re-


ferencia, teniendo ésta la responsabilidad de la formación académica-profesional
en Arqueología; de hecho, es la única institución de educación superior que forma
profesionales en este campo. La práctica arqueológica dentro de dicha entidad ha
estado cimentada en tres pilares institucionales: la docencia, la investigación y la
acción social (proyección comunitaria).
A partir de 1975, la Universidad de Costa Rica ofrece la carrera de Antro-
pología con énfasis en Arqueología, al graduar a las primeras generaciones de
arqueólogos nacionales. En 1980 se empezó a ofrecer el grado de Licenciado en
Antropología, con énfasis en Arqueología y, recientemente (2005), se introdujo
una Maestría en Antropología, con énfasis en Arqueología. La investigación por
parte de estudiantes que trabajan en sus proyectos finales de graduación ha veni-
do a aportar datos sumamente valiosos para la arqueología de las zonas de estudio
y hoy en día representan una gran proporción de la investigación arqueológica
que se realiza en el país. Además, debido al hecho de que dichas investigaciones
requieren de trabajo de campo y que el documento final tiene que tener formali-
58 Mauricio Murillo Herrera

dad estructural, coherencia interna y ser explícito respecto a objetivos, métodos y


resultados (Corrales 2003: 27), forman el grueso de los trabajos de investigación
mejor diseñados y ejecutados en el país.
La investigación arqueológica en la Universidad de Costa Rica inició con
los trabajos de Carlos H. Aguilar en la década de 1960, cuando éste se incorpora
como profesor de dicha institución. En 1968, la infraestructura para investigación
y docencia se amplía al fundar Aguilar el Laboratorio de Arqueología, el cual ha
continuado en funcionamiento hasta el día de hoy. Desde entonces, Aguilar rea-
lizó trabajo de campo en la región que él denominó Intermontano Central, lo que
geográficamente sería la Meseta Central del país. Como dijimos anteriormente,
las investigaciones de Aguilar entre 1960 y 1978 dieron un significativo impulso a
la arqueología nacional, gracias a la ejecución por primera vez de investigaciones
acordes con los lineamientos científicos de la época y la profundidad temporal que
le brindaron a la arqueología del país (Aguilar 1974; Aguilar et al. 1988). Por otra
parte, su labor como pedagogo se extendió a lo largo de tres décadas de trayectoria
docente dentro de la UCR, aprendiendo bajo su tutela generaciones de historiadores
y las primeras generaciones de antropólogos y arqueólogos costarricenses.
Durante el Tercer Congreso Universitario, efectuado en 1971 y 1972, la Uni-
versidad de Costa Rica discutió y redefinió el concepto de “universidad”, enfati-
zando en su función docente, dedicada a la investigación y comprometida con la
acción social. El Trabajo Comunal Universitario (TCU) se conceptualizó como
una modalidad de acción social, en donde la Universidad tenía la oportunidad de
proyectarse a las comunidades, a la vez que podía captar sus intereses y proble-
mas. La acción social, dentro del TCU, se entendió como una interrelación entre
el estudiantado y el profesorado con la comunidad donde se ejecutaba la misma,
en donde se debía dar un intercambio de ideas, experiencias e intereses que des-
embocaran en aportes y soluciones para los problemas comunales y nacionales,
esto dentro de un marco multidisciplinario. Es con estos objetivos que se abren
los primeros TCU en 1977, y un año más tarde, el Departamento de Antropología
abrió el suyo en Guayabo de Turrialba (Arias, Chávez y Gómez 1987: 25-26).
La escogencia de la Colonia Agrícola Guayabo para poner en marcha un
TCU respondió a la posibilidad de reactivar la investigación en la zona, dado que
ésta era prioritaria en los intereses de la Sección de Arqueología de la Universidad
de Costa Rica desde la década de 1960, cuando Aguilar exploró y excavó por vez
primera en el sitio. Así, la institución retomó la excavación del sitio a partir de
un proyecto de investigación que se fue construyendo y desarrollando conforme
pasaron las temporadas de campo. La investigación arqueológica en Guayabo se
coordinó conjuntamente con el TCU y fue una excelente oportunidad para con-
tar con recursos, investigadores, espacio docente y un enfoque multidisciplinario
Estado actual y perspectivas 59

para investigar el sitio Guayabo y, posteriormente, también las zonas aledañas.


Esta segunda etapa de investigación arqueológica en Guayabo duró seis años
(1978-1984) y representó la oportunidad para la arqueología nacional de poner en
práctica muchos de los avances que la arqueología procesual había puesto sobre el
tapete. Entre estos avances podemos mencionar el uso de diversas escalas de in-
vestigación: a nivel de asentamiento (Fonseca 1979); a nivel regional (Hurtado de
Mendoza 1984, 1988); trabajos interdisciplinarios (Hurtado de Mendoza, Salazar
y Moya 1984; Dubón, Solís y Fonseca 1984); uso de diferentes líneas de evidencia
(Fonseca y Acuña 1986; Gómez, Acuña y Hurtado de Mendoza 1985; Hurtado de
Mendoza 1983a; Hurtado de Mendoza y Arias 1986); comparación con otras re-
giones (Hurtado de Mendoza y Gómez 1985), y publicación de resultados (Fonse-
ca 1981, 1983; Fonseca y Hurtado de Mendoza 1984; Hurtado de Mendoza 1983b;
2004). De haberse mantenido, este ambicioso proyecto sin duda hubiera venido a
revolucionar los objetivos y la praxis de la arqueología en Costa Rica, objetivo que
quedó inconcluso, dado el cierre prematuro del proyecto en 1984.
No obstante, la difusión del conocimiento arqueológico y la relación entre la
Universidad, la comunidad de Guayabo y el Monumento Arqueológico continua-
ron, a través del TCU, hasta 1988 (Chávez [Ed.] 1993), así como la relación entre
la Universidad con la investigación arqueológica en el Intermontano Central. A
finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990, el profesor Ser-
gio A. Chávez, junto con estudiantes avanzados, realizó investigaciónes en San
Ramón de Alajuela (Chávez 1991a, 1991b, 1992, 1994a). Dicho proyecto, que con-
sistió en una prospección regional asistemática, y la excavación de varias calas
estratigráficas y trincheras, permitió la localización de 52 sitios arqueológicos, la
ubicación cronológica relativa de algunos de esos sitios, una ubicación cultural
preliminar de San Ramón respecto a las regiones arqueológicas del país, y el es-
tudio de técnicas constructivas precolombinas en sitios monumentales de la zona
(Chávez 1993, 1994a, 1994b). Así mismo, la ejecución de una práctica dirigida en
el sitio Volio (Rojas 1995) aportó información sustancial sobre este último punto,
así como sobre la dieta de sus habitantes y la composición interna de un sitio con
estructuras monumentales en las tierras altas de la zona. Sin embargo, el proble-
ma de la falta de publicación, señalado en el apartado anterior, se vuelve a hacer
presente aquí, dado que la gran mayoría de los datos de la investigación en San
Ramón se encuentran inéditos.
A partir de 1998, la Universidad de Costa Rica estableció un proyecto de in-
vestigación en la región del Pacífico Sur del país, más específicamente, la región
comprendida entre las tierras altas de San Vito y la costa de Golfito, una región
con un área aproximada de 1.716 km² (Arias et al. 1998). Dicho proyecto contempla
objetivos muy similares a los del proyecto de San Ramón, en cuanto a ubicación
60 Mauricio Murillo Herrera

regional de sitios de forma asistemática, refinamiento cronológico de la arqueología


de la zona y el estudio interno de estructuras, de técnicas constructivas y de ras-
gos asociados (Arroyo et al. 2006; Fonseca y Chávez 2003; Sánchez y Rojas 2002;
Sánchez y Arrea 2006; Gómez y Soto 2006). No obstante, en el proyecto “Potencial
Arqueológico Golfo Dulce/Pacífico Sur” se ha intentado implementar un compo-
nente interdisciplinario, con la inclusión y colaboración de palinólogos, geógrafos y
biólogos (Clement y Horn 2001), quienes también han apoyado al proyecto a través
de la consecución de financiación de entidades internacionales como la Andrew
W. Mellon Foundation y la National Geographic Society (Clement y Horn 2001;
Gómez y Soto 2003; Sánchez y Arrea 2006). Dicha colaboración ha venido a enri-
quecer al proyecto con información geográfica y paleobotánica arqueológicamente
relevante, lo que representa una ampliación de las variables analíticas dentro de la
investigación. Así mismo, la praxis arqueológica ha estado acompañada una vez
más del componente de acción social, a través de talleres comunitarios, charlas en
centros educativos y la inclusión de un proyecto de creación de un museo regional
para la zona sur de Costa Rica (Arias y Sánchez 2003; Sánchez 2004).
La información expuesta nos lleva a concluir que la Universidad de Costa
Rica ha hecho esfuerzos significativos para mantener programas de investiga-
ción en diferentes partes del país, intentado conservar una naturaleza interdisci-
plinaria, incorporar múltiples escalas de investigación y abarcar distintas líneas
de evidencia arqueológica. Los resultados de investigación han aportado datos
respecto a secuencias cronológicas, condiciones formales y estructurales de arte-
factos, sitios y estructuras arquitectónicas, así como sus fechamientos y análisis
de evidencia orgánica. Además, la investigación arqueológica constantemente ha
estado apoyada por un acercamiento con comunidades aledañas, a través de la-
bores pedagógicas y de difusión de la información, complementado con algunos
servicios y asesorías en otras áreas (medicina, derecho, ingeniería, etc.) que la
Universidad puede ofrecer a éstas mediante los TCU.
Si bien el acercamiento de la Universidad de Costa Rica a la investigación
arqueológica ha sido, por tradición, bastante integral y decidido, estás interven-
ciones han padecido de algunos de los mismos problemas que han tenido otras
instituciones para realizar investigaciones enfocadas en sociedades. Como hemos
visto, algunos proyectos han sido cerrados prematuramente, lo que nos indica que
ha hecho falta continuidad y seguimiento por parte de los responsables de dichos
proyectos, y como ya advertimos, difícilmente vamos a poder reconstruir socie-
dades humanas con proyectos de corta duración. Por otro lado, ha faltado claridad
metodológica en cuanto a los objetivos que se persiguen en última instancia, pues
para lograr trascender el material arqueológico y estudiar sociedades pasadas re-
querimos de métodos que sean acordes, sistemáticos y consistentes.
Estado actual y perspectivas 61

Análisis del panorama presente y perspectivas futuras

Como hemos visto a lo largo de este ensayo, Costa Rica es uno de los países de
América Latina con una consolidada posición en la protección, conservación,
investigación y divulgación del patrimonio nacional arqueológico. Muestra de
ello es que desde hace varias décadas, el país cuenta con organismos oficiales
cuya función es precisamente cumplir con esos objetivos. Así, tenemos al Mu-
seo Nacional (119 años de funcionamiento), la Comisión Arqueológica Nacional
(23 años) y la Universidad de Costa Rica (31 años en la formación académico-
profesional de arqueólogos al nivel de bachillerato universitario y licenciatura),
como entidades directamente relacionadas con el estudio de la arqueología del
país. La experiencia acumulada por estas instituciones le ha dado a la arqueología
nacional una base institucional, infraestructural y de formación profesional lo
suficientemente sólida como para poder plantear proyectos y objetivos cada vez
más ambiciosos. Además, la Ley de Protección y Conservación del Patrimonio
Nacional Arqueológico, vigente desde 1981, brinda todo un marco legal y de re-
gulación a la praxis y conservación de los vestigios arqueológicos del país. Otros
elementos logísticos –como el acceso a zonas rurales y a servicios básicos para
el trabajo de campo, por ejemplo, agua potable y electricidad– son inmejorables,
dado que la cobertura vial y de servicios públicos del país es una de las más ex-
tensas del continente americano.
Por lo anterior, y aunque siempre hay cosas que pueden mejorarse, bási-
camente se puede aseverar que actualmente Costa Rica es un país privilegiado
en cuanto a medios y posibilidades para hacer investigación arqueológica. Pero,
¿cómo se ve este panorama desde el punto de vista teórico?
Pasando a este aspecto, hemos visto que a lo largo de los años se han logrado
notables progresos en temáticas relacionadas con secuencias cronológicas regio-
nales, caracterizaciones tecnológicas y artísticas y estudios formales de rasgos
arquitectónicos y funerarios. Dichos avances nos han permitido conocer acerca
de las variaciones en esos elementos a través del tiempo y del espacio, durante la
época precolombina. También ahora sabemos, sin duda alguna, que hubo contac-
to e intercambio entre los grupos humanos de esta región del mundo y que esas
relaciones interregionales existieron durante gran parte del período precolombi-
no. Sin embargo, aún sabemos muy poco sobre aspectos tales como organización
sociopolítica, organización y cambio al nivel de unidad doméstica, desarrollos
socioculturales locales y regionales, especialización económica, impacto del in-
tercambio interregional en la economía, política e ideología local, organización y
cambio en prácticas ideológicas, y otros temas similares.
62 Mauricio Murillo Herrera

Los temas enumerados continúan a la espera de tratamiento por parte de la


arqueología costarricense, debido a que cuando pasamos del aspecto infraestruc-
tural y nos enfocamos en el estado teórico y metodológico de la disciplina, nos
damos cuenta de que es allí realmente donde yace el problema que nos impide
avanzar hacia respuestas sobre esas preguntas. La arqueología costarricense con-
tinúa privilegiando el estudio del registro arqueológico (principalmente, cerámi-
ca, además de rasgos como tumbas y montículos y artefactos exóticos), en lugar
de centrarse en el estudio de las relaciones humanas y del cambio social. Es decir,
ha habido una confusión evidente entre medios de investigación –o como los ar-
queólogos sociales lo han llamado: “el objeto de trabajo”– y el objetivo último de
la disciplina (el estudio de sociedades pasadas). Los arqueólogos, al centrarse en
motivos, diseños y formas de artefactos y rasgos, han enfatizado el estudio de ho-
rizontes y tradiciones de materiales precolombinos, en lugar de entidades sociales
y políticas y trayectorias de cambio social. El cambio social, entonces, ha sido ex-
plicado usando marcos difusionistas que describen dicho cambio como producto
directo de la adopción de objetos y diseños provenientes de regiones remotas a
través de intercambio y contacto. Más exactamente, la explicación difusionista de
cambio social ha sido usada en sus dos variantes: a) el cambio viene de centros
culturales localizados en Mesoamérica y Suramérica, o b) el cambio proviene de
regiones más cercanas, localizadas entre Honduras y Colombia.
Varios problemas emergen como producto de este panorama. Primeramente,
los arqueólogos, al centrarse en el estudio de materiales culturales –por ejemplo,
la cerámica–, no estudian procesos sociales precolombinos sino que, en el mejor
de los casos, lo que investigan es el cambio e intercambio en, por ejemplo, la alfa-
rería de la región. Segundo, no ha habido investigación dirigida hacia la compro-
bación o evaluación de hipótesis relativas a diversos modelos de cambio social,
sino que modelos hipotéticos sobre el cambio social son usados como descripcio-
nes de cómo fueron los hechos en el pasado. En otras palabras, dichos modelos
han sido impuestos sobre el registro arqueológico para darle algún sentido, siendo
imposible de esta forma aprender algo nuevo sobre cómo funcionan y se trans-
forman las sociedades humanas. Tercero, dada la privilegiada posición que los
artefactos exóticos han tenido en la arqueología del área, los arqueólogos se han
enfocado también en la búsqueda y estudio de rasgos y sitios monumentales, los
cuales han sido interpretados usualmente como evidencia directa de la existencia
de determinadas formas de organización sociopolítica (por ejemplo, cacicales) en
época precolombina.
Los problemas arriba señalados han imposibilitado una evaluación de otros
temas específicos relacionados con el cambio social, como el tema de la desigual-
Estado actual y perspectivas 63

dad social, tema central en el estudio de la organización sociopolítica5. La discu-


sión en torno a este tema clásico ha sido comúnmente eclipsada o simplemente
omitida en la arqueología costarricense, debido a la búsqueda incesante de formas
ideales de configuración sociopolítica, por ejemplo, de cacicazgos. En otras pa-
labras, se ha mantenido la tradición de usar conceptos operativos como modelos
explicativos, como es el caso del concepto de “cacicazgo”, el cual ha sido usado
como una receta para describir las sociedades precolombinas tardías. Ello ha mo-
tivado que se busquen cacicazgos en el registro arqueológico (Snarskis 1987) o
se asuma su presencia, debido al hallazgo de ornamentos con materiales como el
oro, el jade o cerámica foránea, por ejemplo, en el caso del volumen “Wealth and
Hierarchy in the Intermediate Area” (Lange [Ed.] 1992).
Creemos que, primeramente, el objetivo de la investigación arqueológica no
debería ser determinar si la sociedad que estudiamos es un cacicazgo o no, esto
debido al hecho de que, por un lado, la función última del arqueólogo no es la de
un “clasificador” de sociedades –esto no contribuye a aprender más de una so-
ciedad– y, por otro lado, porque es imposible que un solo rasgo o elemento (por
ejemplo, monumentalidad, prestigio adscrito, tamaños de asentamientos, etc.) sea
aislado como “el crucial” para identificar el surgimiento de cacicazgos en un cier-
to momento de una trayectoria social precolombina (Drennan 1992). Segundo, el
tema de la desigualdad social necesita ser estudiado de una forma más sofisticada
que la comúnmente utilizada localmente. Actualmente sabemos que la desigual-
dad social y, por lo tanto, la dominancia de un individuo o grupo de individuos
sobre otros son rasgos intrínsecos a la naturaleza social de la humanidad, razón
por la que está presente universalmente a lo largo de la historia de la humanidad
(Fried 1967). De esta forma, sabemos que tanto bandas de cazadores y recolecto-
res como grupos tribales tienen líderes o jefes, por lo que la evidencia de acceso
desigual a recursos, incluidos materiales exóticos, no es por sí misma indicador
de la presencia de un único tipo de sociedad (por ejemplo, de cacicazgos), como

5 El tema de la ideología también podría ser un buen ejemplo para ver los problemas teórico–
metodológicos presentes. Claramente, en este sentido se han hecho avances al sobrepasar la sola
descripción de los objetos, de su contexto arqueológico (cuando esta información existe), de la
identificación de especies o géneros de animales y vegetales y la vinculación de los motivos y
materiales ya sea con Mesoamérica o América del Sur (e.g., Calvo, Bonilla y Sánchez 1992;
Guerrero 1998; Lange (Ed.) 1988; Snarskis 1998), existiendo ahora aproximaciones basadas en
diferentes enfoques analíticos (enfoque histórico directo, la semiótica y el estructuralismo (e.g.,
Bozzoli y Sánchez 1996; Bozzoli y Sánchez 2004; Fonseca 1993; Sánchez y Bozzoli 1998; Sánchez,
Bozzoli y Acuña 1998). No obstante, creemos que mientras se pretenda inferir el significado y
uso de artefactos, motivos y decoraciones, sin preocuparnos en reconstruir sistemáticamente los
otros componentes sociales a una escala comunitaria o regional, seguiremos estando muy lejos
de alcanzar la esfera ideológica de los grupos precolombinos.
64 Mauricio Murillo Herrera

tampoco podría serlo la mera presencia de estructuras monumentales (Creamer y


Hass 1985; Marcus y Flannery 1996: 110). Tercero, no hay constituciones sociales
ideales, no hay un único desarrollo hacia sociedades jerarquizadas; así, si nos
preguntamos acerca del surgimiento de cacicazgos, tenemos que considerar el
hecho de sus múltiples orígenes, trayectorias y configuraciones (Drennan 1991;
Drennan y Peterson 2006; Earle 1987, 1997).
Por esta razón, es importante considerar desde un inicio el hecho de que las
sociedades pueden tomar diferentes formas a lo largo de sus trayectorias de cam-
bio. Ciertamente, necesitamos caracterizar a las sociedades que estudiamos, para
efectos operativos y de orden, por lo que conceptos generales como “cacicazgo” o
“banda” son útiles en cuanto se mantengan dentro de esos fines. Así que, en lugar
de asumir, por ejemplo, la complejidad sociopolítica en cualquier punto de una
trayectoria, parece ser más productivo orientar el centro de atención hacia pre-
guntas más específicas de cambio social que puedan ser exploradas en diferentes
escalas de análisis.
Nos parece urgente que la arqueología costarricense deje, de una vez por
todas, esquemas unilineales de banda-tribu-cacicazgo y finalmente se enfoque en
el estudio de las múltiples configuraciones sociales que pudieron haber existido
en este territorio. Encontrar diferentes manifestaciones de organización social y
de trayectorias –y no un horizonte de una única forma de organización social (por
ejemplo, sólo cacicazgos o sólo sociedades tribales)– debería ser una opción a
considerar seriamente. Del mismo modo, también deberíamos estar abiertos a
la posibilidad de que diferentes estrategias (políticas, económicas e ideológicas)
para el surgimiento y mantenimiento del poder social hayan sido utilizadas en
diferentes regiones y en diferentes momentos.
Es por todo lo anterior que insistimos en que la arqueología en Costa Rica
debe estar en todo momento orientada por preguntas e hipótesis relacionadas con
el estudio de sociedades, y no dejarse llevar por la tentación de describir el regis-
tro arqueológico de acuerdo a esquemas preconcebidos, o del estudio de los ma-
teriales por sí mismos. Así, entonces, en primer lugar, proponemos que el punto
de partida de la agenda futura sea el estudio de la expresión, la naturaleza y el
cambio a lo largo del pasado, partiendo de la evaluación de modelos de cambio
social. Segundo, sugerimos abordar el estudio del pasado precolombino a través
de preguntas más específicas que las que comúnmente se han planteado. El uso
de un enfoque centrado en la contrastación y evaluación de modelos nos permitirá
desagregar problemas teóricos generales (por ejemplo, el surgimiento de socieda-
des cacicales) en problemas sociales particulares (el surgimiento de la desigualdad
social hereditaria), que son más específicos y más orientados hacia la naturaleza
compleja del contexto social. Tercero, dada la naturaleza de la evidencia arqueo-
Estado actual y perspectivas 65

lógica en Costa Rica (i.e., las características de los materiales precolombinos y el


medio ambiente), es necesario explorar esas preguntas sociales a través del uso de
distintas líneas de evidencia (espacial, arquitectónica, medioambiental, artefac-
tual, etc.), en relación con diferentes escalas de análisis (unidades domésticas, co-
munidades, regiones). Acumulativamente, la exploración sistemática de diferen-
tes dimensiones sociales nos llevará hacia conclusiones más fuertes y confiables
sobre la naturaleza de la configuración social en determinadas regiones. Dicho
enfoque metodológico permite el contraste no sólo de la evidencia en múltiples
casos de estudio, sino también el descarte y el sostenimiento de diversos modelos
e hipótesis. Esto nos evitaría caer en una lógica circular al razonar.
Es más que evidente que los diferentes aspectos que aquí se sugieren no son
nada nuevos en un contexto mundial de la arqueología, y que ya han sido aplica-
dos en algún grado u otro en diferentes partes del mundo; no obstante, creemos
que el avance y fortalecimiento de la investigación arqueológica en Costa Rica
dependen directamente de una reconsideración de sus objetivos, a partir no sólo
de la experiencia local sino también del contexto mundial de la praxis arqueológi-
ca. En este sentido, la altísima endogamia en la que se ha visto envuelta la práctica
de la arqueología costarricense ha hecho que el estudio, la discusión y la crítica
necesarios para el avance de cualquier disciplina científica se hayan dado siempre
respecto a lo que hicieron, por ejemplo, Aguilar o Snarskis hace treinta o cuarenta
años atrás, siempre a lo interno, y nunca en complemento con lo que sucede con
la disciplina en otras regiones del mundo.
Otros investigadores (e.g., Vásquez et al. 1995) han manifestado que existen
problemas metodológicos en la investigación arqueológica del país y han acha-
cado este problema a la falta de “rigurosidad” o de “calidad” científica. Sin em-
bargo, creemos que el problema es mucho más complejo que eso. Es imposible
determinar si las decisiones metodológicas tomadas han sido las adecuadas o no,
sin examinar previamente los objetivos de investigación. Creemos que las fallas
metodológicas tienen primeramente su origen en una falta de claridad respecto a
cuál es el objetivo último de la investigación que se emprende y en la relación en-
tre los objetivos propuestos y la estrategia metodológica que se escoge para ello.
Un segundo aspecto, el cual según lo anteriormente dicho vendría a ser se-
cundario, es qué tan lógico y robusto viene a ser el diseño metodológico a imple-
mentar. Como antes se expuso, la investigación arqueológica que se practica en
Costa Rica carece de continuidad a largo plazo, lo cual hace que los proyectos se
cierren prematuramente o sean planificados para que duren algunos pocos años.
Otro aspecto sumamente preocupante es la cantidad de años o décadas que se
requieren para que herramientas y técnicas que contribuyen a sustentar y generar
credibilidad a las inferencias finales logren llegar al país. Por ejemplo, en la prác-
66 Mauricio Murillo Herrera

tica arqueológica local se ha prescindido casi en su totalidad del uso de técnicas


cuantitativas de análisis y del uso de sistemas de información geográfica, salvo
para fines puramente ilustrativos. No podemos seguir obviando la creación de
tecnologías y herramientas cada vez más eficaces y eficientes, necesarias para el
estudio de los problemas que nos conciernen.
Frente al avance desenfrenado de la urbanización e industrialización en te-
rritorio costarricense, los arqueólogos no pueden darse el lujo de seguir recolec-
tando sólo lo completo, lo “bonito” o exótico y lo “diagnóstico” como una receta
de cocina. Los sitios arqueológicos en el país están siendo arrasados rápidamente,
y si la arqueología costarricense quiere recuperar información más allá del pe-
ríodo de mayor ocupación de un sitio, y si éste fue habitacional o funerario, tiene
que elaborar toda una estrategia de investigación que le permita desde el princi-
pio abordar preguntas más ambiciosas. Sabemos que el tratamiento de preguntas
sociales con información recolectada para fines más elementales es simplemente
improcedente (Flannery 1973).
Al menos es necesario que dos cosas se den más frecuentemente en la ar-
queología costarricense para que ésta tenga un horizonte promisorio y amplio.
Primeramente, que el arqueólogo actual sea lo suficientemente ambicioso como
para no conformarse con las preguntas tradicionales y los abordajes tradicionales
a esas preguntas, que vaya más allá en su búsqueda de mejores preguntas y mé-
todos; para ello se requiere formar criterio a través de una lectura crítica no sólo
de lo que se produce internamente sino también afuera de nuestras fronteras. Lo
segundo que urge es que cada vez más arqueólogos dejen de lado e ignoren las
visiones y discursos perpetuados en los diferentes “bandos” gremiales, y en lugar
de ello se enfoquen realmente en estudiar y hacer arqueología. En tanto no se lo-
gre esto no será posible una praxis arqueológica productiva y relevante, dado que
las energías y la atención estarán puestas la mayor parte del tiempo en pensamien-
tos muy alejados de la disciplina, y a la hora que se nos pida un producto, como
no tendremos tiempo para generar nuestros propios datos y análisis, simplemente
repetiremos lo que el maestro dijo o escribió hace treinta o cuarenta años.

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La ambigüedad de la diferencia: liberales
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Introducción

Al finalizar los años cuarenta, Colombia contó por primera vez con la etnología y
la arqueología como prácticas científicas institucionalizadas. Como protagonista
de ese proceso, el régimen liberal reemplazó una larga hegemonía del conserva-
tismo y brindó un decidido apoyo a los estudios antropológicos, así como a su
divulgación por medio de revistas especializadas, colecciones populares de libros
y la radio (Arocha 1984; Pineda 1984; Silva 2000, 2002; Páramo 2003). Desde
principios de siglo, notables liberales como Octavio Quiñones, Juan C. Hernán-
dez y Armando Solano se habían solidarizado con la causa indígena y habían es-
crito profusamente sobre el tema, haciendo un llamado de atención sobre la falta
de apoyo oficial a los estudios sobre indígenas. Una vez establecido el régimen
liberal, el presidente Eduardo Santos trajo a Colombia al médico francés Paul
Rivet, con frecuencia considerado “fundador” de los estudios antropológicos en
Colombia. Sin duda, alrededor de lo anterior muchos colombianos se mostraron
entusiasmados. Uno de ellos, Quiñones, por ejemplo, se dio el lujo de afirmar que
el gobierno merecía la bendición de las antiguas civilizaciones prehispánicas y

… que la sombra angusta [sic] de Nemequene, de Suamoz, de Tisquesusa y de Tunda-


ma; de Bolívar, de Santander, y de Nariño; de Córdoba y Ricaurte, continúe guiando
los pasos, la voluntad y el pensamiento del jefe del Estado y de sus estadistas, escrito-
res y parlamentarios que lo acompañan en la defensa de honor nacional, de la libertad,
la democracia y los derechos del hombre. (Quiñones 1940: 313)

No obstante, la historia oficial corre dos riesgos. El primero es caer en el este-


reotipo de los gobernantes ilustrados, sin analizar las condiciones ideológicas me-
diante las cuales el Estado dio apoyo efectivo a las tareas antropológicas. El segundo
consiste en exaltar héroes culturales, como Paul Rivet, que hacen ver el desarrollo
86 Carl Henrik Langebaek

de la antropología en Colombia como mero recipiente de influencias extranjeras.


Como alternativa, este artículo parte de que la antropología es una práctica social
local que es imposible de entender sin un contexto social, político e ideológico que
obliga a pensar en héroes como Rivet o los políticos líderes más como resultado de
procesos que como iniciadores de grandes cosas o líderes indispensables. Partiendo
de esa idea, este artículo se interesa por comprender el crucial período durante el
cual se institucionalizó la disciplina encargada de estudiar el presente y el pasado
de los indios, desde los debates políticos y las ideas de raza y geografía en los cuales
influyeron políticos liberales y sus contrapartes conservadoras.
Con frecuencia, los pensamientos liberal y conservador se presentan como
absolutamente irreconciliables, y una consecuencia de esa clase de análisis es que
el respaldo a la etnología se da como resultado apenas natural de la conciencia
política de avanzada y el interés genuino por apoyar el indigenismo por parte
del liberalismo. Sin duda, hay mucho de cierto en ese argumento: los liberales
ayudaron a desmontar algunos de los aspectos más retrógrados de la educación
y durante su mandato el acceso a la educación fue una prioridad, reivindicaron
la importancia de la mujer y fueron verdaderos mecenas del arte. No obstante,
en este artículo quiero defender la idea de que, pese a las diferencias, liberales
y conservadores compartían más de lo que quisieran admitir. De hecho, quiero
argumentar que los políticos de lado y lado sentían una verdadera preocupación
por la composición racial del pueblo colombiano y que la diferencia en actitud de
unos y otros ante una disciplina institucionalizada radicaba en la manera de en-
tender cómo se podían superar las limitaciones, no en el diagnóstico más general
de la situación.

Los conservadores
Para desarrollar el argumento, comienzo por Laureano Gómez, quizá el pensador
conservador más importante de la época y, sin duda, uno de los personajes más
odiados por los etnólogos y arqueólogos de dicho período (Henderson 2001). Sin
duda, hizo méritos para no ser querido por muchos: dividió la Escuela Normal
Superior en dos, la Universidad Pedagógica de Mujeres, en Bogotá, y la Univer-
sidad Pedagógica y Tecnológica, en Tunja. Además colaboró en la expulsión de
los investigadores del Instituto Etnológico Nacional, acusándolos de terrorismo
y de un largo etcétera. Pero más allá de estas nada loables actitudes, ¿cuál era la
ideología de Gómez con respecto a los temas centrales de la antropología? Para
responder a esa pregunta, sin duda, es necesario acudir a sus Interrogantes sobre
el progreso en Colombia, una recopilación de dos conferencias dictadas en el
Teatro Municipal de Bogotá, en 1928 (ver la figura 1), y que seguían los pasos del
célebre debate sobre la decadencia de la raza colombiana liderado por el médico
La ambigüedad de la diferencia 87

conservador Luis Jiménez López unos pocos años antes. En la primera conferen-
cia, del 5 de junio, afirmó que la principal función de los gobernantes consistía
en velar por la salud de dos aspectos básicos de cualquier entidad política: el
territorio y la raza. El rasgo que caracterizaba estos elementos en Colombia era
su debilidad. La evidencia para él era la siguiente: a una latitud como la que se
encuentra el país nunca había existido “ninguna verdadera cultura”, y si había
ciudades de considerable tamaño, ello se debía a su posición estratégica, de paso,
entre zonas del globo más propicias para la civilización. Si en Colombia se podía
hablar de una “relativa cultura” (comparada con el Congo Belga, por ejemplo), era
por un feliz acontecimiento: el levantamiento de la cordillera de los Andes, con
lo cual se había evitado que el país consistiera en el paisaje desolador de “la selva
soberana y brutal, hueca e inútil” (Gómez 1970: 26).

Figura 1. Laureano Gómez en el Teatro Municipal de Bogotá

Fuente: tomado de Cromos, 9 de junio de 1928.


88 Carl Henrik Langebaek

El pensamiento de Laureano sobre la geografía se había materializado en un


ensayo, El carácter del general Ospina, que había publicado pocos meses antes
de la presentación en el Teatro. En él, consideraba que las ideas deterministas eran
obsoletas y que el ingenio creador del hombre era más importante (Universidad,
11 de febrero de 1928). No obstante, habría que admitir que ahora la geografía
podía imponer por lo menos retos particulares a dicho ingenio. En el trópico el
espíritu humano se desconcertaba y sucumbía ante la naturaleza. Quizá la imagen
más aterradora era la del indígena de la selva amazónica, es decir:

… las razas primitivas que la habitan viven llenas de terror. Vense aisladas entre un
cosmos hostil y los seres fantásticos y tenebrosos que son las divinidades en su ruda
mitología. Los mitos son de índole salvaje; interpretaciones de la naturaleza enemiga,
manifestada por el terror; ya es el terrible diablo que encarna las fuerzas amenazado-
ras y malignas de la naturaleza, o el genio misterioso del bosque, o el ave melancólica
que se lamenta de no poder mudar sus plumas perpetuas, o el suplicio del animal
devorado por su propia piel. (Gómez 1970: 29)

Entre el medio y la raza se podía explicar la difícil tarea de llevar a Colom-


bia a la civilización, entendida ésta como aquello que separaba al hombre del
animal. Los argumentos no eran racistas en cuanto a que algún grupo humano
de los que predominaban en el país fuera deficiente, o algún otro idóneo, pese a
las persistentes ideas sobre la naturaleza tan distinta de los defectos del blanco, el
indio y el negro. Para Laureano Gómez había un verdadero problema etnológico
determinado por el hecho de que todos los elementos étnicos que componían Co-
lombia tenían serias deficiencias. Pese a que frecuentemente se le presenta como
hispanista, para Gómez los españoles no eran gran cosa, y sus aportes a la cultura
universal habían sido nulos (Gómez 1970: 44-5); los negros eran “rudimentarios”
y tenían el “don de mentir” (Gómez 1970: 46), y los indígenas eran taciturnos,
debido a la tristeza del desierto, o embriagados de melancolía, por sus páramos
y bosques; tenían, además, el “rencor de la derrota” y, sobre todo, una terrible
indiferencia por la vida nacional (Gómez 1970: 46). Esto en cuanto a los elemen-
tos puros, porque las mezclas eran aún peores: “fisiológica y psicológicamente
inferiores a las razas componentes”. O para ponerlo en los términos que Gómez
parafraseaba: “Dios hizo al hombre, también al hombre negro; pero al mulato
lo hizo el Diablo”. Por último, ni siquiera la influencia extranjera era benéfica:
Gómez hizo una clara denuncia del imperialismo, de la penetración del capital
extranjero y de la pérdida de Panamá. El extranjero también era un elemento que
atentaba contra la nacionalidad (Gómez 1970: 47).
En la segunda de las dos presentaciones en el Teatro Municipal, dictada el
3 de agosto, Gómez modificó parcialmente su visión de la naturaleza, aunque
en últimas el mensaje fuera el mismo. Lo interesante en esta ocasión es que el
La ambigüedad de la diferencia 89

pasado indígena cumplió un papel más importante en sus reflexiones. Sin negar
el panorama desolador presentado en junio, argumentó que las leyes naturales se
podían atemperar. Todo era cuestión de alcanzar, contra las mayores dificultades,
la civilización. Dedicó parte de la conferencia a las opiniones científicas sobre el
suelo colombiano. En lugar de las propias impresiones de viajero sobre las que se
había basado en junio, acudió a Felipe Pérez y a Agustín Codazzi, para reafirmar
lo exagerado que eran las ideas sobre las inmensas riquezas nacionales. Además
volvió sobre la cuestión étnica, y en particular, sobre el pasado nativo. Creyó
encontrar ejemplo de cierta civilización entre incas y aztecas y señaló que esas
comunidades eran más interesantes que la española. Por ejemplo, en México y
Perú los españoles habían encontrado sociedades que, salvo la odiosa costumbre
del canibalismo, eran tolerantes y sofisticadas (Gómez 1970: 126-8). En Perú,
además, existía un sistema social que liberaba a la población de los “abusos del
capitalismo”. Antes de la Conquista, los indígenas habían sido sanos y pulcros
(Gómez 1970: 129). La conquista española había sido inusitadamente cruel: había
destruido culturas nativas y un adecuado orden social y lo había sustituido por
una sociedad dividida en holgazanes y siervos.
Los argumentos de Laureano Gómez daban al Estado un papel privilegiado
ante un país racial y geográficamente débil; no en vano sostuvo en su primera
presentación que la civilización en Colombia era comparable a una frágil planta
de invernadero. El conservatismo, por lo tanto, era el único capaz de sacar ade-
lante un país que luchaba contra las limitaciones del medio y la raza. Ahora bien,
sus ideas sobre el Estado, su pesimismo sobre la composición racial del pueblo y
su visión del pasado indígena eran comunes entre los conservadores. Un ejemplo
es el de Mariano Ospina, presidente entre 1946 y 1950, y quien en el diario El
Colombiano estableció una comparación entre el espíritu de trabajo en grupo de
los anglosajones y la ausencia del mismo entre los latinos, preguntándose si el
egoísmo y el individualismo eran “solo cuestión de educación, o lo es también de
raza” (Ospina 1982: 15). No obstante, sería simplista afirmar que los conservado-
res acogieron entusiastas sus ideas.
Algunos de los contradictores de Laureano Gómez, como Félix de Areu,
trataron de separar el asunto de la política, pero su crítica resultaba igualmente
conservadora. Publicada en Universidad (9 de junio de 1928), la objeción de Areu
consistía en que el trópico deparaba grandes augurios, y que prueba de ello eran la
antigua grandeza de La Habana, Cartagena de Indias y Popayán, todos bastiones
de hispanidad. Pero, además, Gómez había ignorado que la raza predominante en
el país era latina, raza que no tenía nada que envidiar a las mejores. Éste es sólo
un testimonio de que, en realidad, las críticas más rabiosas contra Gómez vinie-
ron de medios conservadores, especialmente de El Debate, publicación dirigida
90 Carl Henrik Langebaek

por Silvio Villegas, y que desde la primera conferencia de Gómez dio cabida a
expresiones de rechazo radicales en contra de sus planteamientos. El 7 de junio,
apenas dos días después de su primera charla, El Debate publicó una nota en la
cual se afirmaba que había razones para ser optimista sobre el futuro de Colombia
y el fortalecimiento de la cultura. Ese mismo día salió una nota sobre El fracaso
intelectual del ingeniero Gómez, en la cual se señalaba que Gómez no aportaba
sino lugares comunes del conocimiento científico y pseudocientífico del siglo
XIX, revaluados por las conquistas de la biología y la higiene. Peor aun, se le
acusaba de propiciar el imperialismo norteamericano al defender la idea de que
el trópico estaba habitado por razas inferiores. La misma idea se publicó el 8 de
junio, cuando se afirmó que Gómez extendía una “invitación al imperialismo
norteamericano, para que continúe su obra de perfeccionamiento de una república
de zambos, de mulatos, y de incapaces”.
Por otra parte, en El Debate (7 y 13 de junio de 1928) se publicó la conferen-
cia del también conservador Pomponio Guzmán, presentada en el mismo Teatro
Municipal, donde se había dado el discurso de Gómez. En ella se defendía la
idea de que en el país, “mezcla amorfa de españoles indolentes, mulatos ladinos
y negros embrutecidos”, existían valores auténticos, cerebros adiestrados en las
“disciplinas del espíritu” y conductores capaces. Además se criticaba el determi-
nismo geográfico y se defendía la idea de que el país tenía “habitantes ejemplares
vigorosos, de inteligencia y facultades para domeñar la salvajez” (El Debate, 13
de junio de 1928).
Un aspecto de los discursos de Gómez que molestaba a los nacionalistas
conservadores era su materialismo. Guzmán, por ejemplo, admitió que el clima
ejercía influencia sobre los animales, pero no que lo hiciera sobre los humanos:
se trataba de una posición materialista que repugnaba. Otro ejemplo: Enrique
Ramiro se quejó de que detrás de las ideas de Laureano Gómez se escondían
“concepciones materialistas”, que habían sido revaluadas por la misma ciencia
materialista. El mundo, argumentaba Ramiro, tendía al enfriamiento, lo cual se
traducía en que el tan despreciado trópico pronto sería el único lugar habitable
(El Debate, 21 de junio de 1928). Pero más importante aún, en contra de las ideas
“materialistas y acongojadas”, como las llamaba Guzmán (El Debate, 13 de ju-
nio de 1928), se erigía el espíritu latino, “verdadero regulador de la historia”. La
observación se enmarcaba bien en la imagen de que el país, además de tierra, la
cual podría ser transformada por el hombre, debía aprovechar su tradición y su
inteligencia, en otras palabras, sus valores espirituales (El Debate, 30 de mayo de
1929). Por supuesto, la referencia al “espíritu latino” no era gratuita. Además del
materialismo de Gómez, su interpretación racial resultaba inaceptable. Pomponio
Guzmán criticó la noción de que el país estuviera habitado por “la raza española,
La ambigüedad de la diferencia 91

de ingrata recordación, la de los muiscas, chibchas y caribes, de nivel inferior


por sus miles defectos y costumbres y de las razas africanas refractarias a la ci-
vilización”. Sobra decirlo, se trataba de una interpretación errónea: Bolívar y el
resto de héroes de la Independencia eran productos del trópico y no tenían nada
que envidiarle a nadie de otras latitudes; además se podían poner como ejemplo
los grandes hombres de Estado, los literatos y las mujeres que había producido la
patria. No se trataba de una defensa del mestizaje, ni del indio, ni del negro, sino
de lo hispano, y del criollo tropical. En El Debate se insistía en que Gómez había
sido injusto con España, país que no sólo había dado lugar a todo lo bueno que pu-
diera tener Inglaterra, sus instituciones jurídicas y su literatura, sino que además
había conquistado al Nuevo Mundo y aportado notables inventos a la humanidad
(El Debate, 21 de junio de 1928).
Silvio Villegas hacía parte de un grupo de conservadores enfrentados a Lau-
reano Gómez, entre quienes también se incluían Gilberto Alzate Avendaño (1910-
1960) y Aquilino Villegas (1879-1940), políticos manizalitas como él. Este último
publicó ¿Por qué soy conservador?, trabajo en el cual desarrolló la idea de un
Estado fuerte, capaz de sacar adelante una nación débil y heterogénea. Una de
las imágenes que más lo había afectado en relación con la falta de autoridad y los
desmanes populares había sido la llegada de tropas negras, mestizas y en parte
indígenas enviadas por el Gobierno a aplacar la rebelión de los antioqueños, que
eran principalmente blancos (Villegas 1934: 16). Villegas estableció, entonces,
una visión de país dividido en “unidades reales”, que tenían un marcado carácter
étnico. Las gentes de los Andes orientales, descendientes de españoles y de los
indígenas “más evolucionados” (Villegas 1934: 179); del valle del Magdalena,
Huila y Tolima, “pueblo enjuto y reseco por el trópico, descuidado y sencillo, su-
frido y benévolo” (Villegas 1934: 180); del Chocó, del “trópico húmedo y salvaje
y de sangre en buena parte negra” (Villegas 1934: 180); de Nariño, divididos entre
una minoría culta de origen español y una masa de indios puros; de Popayán,
fraccionados también entre una élite intelectualizada y un pueblo de raigambre
nativa (Villegas 1934: 181). Para Villegas esta diversidad iría poco a poco creando
pueblos marcados por el clima y las estaciones, lo cual hacía indeseable la llegada
de inmigrantes negros, indios, chinos o japoneses, o incluso de judíos, que se co-
laban con el pretexto de ser ciudadanos europeos (Villegas 1934: 260 y 282).
Gilberto Alzate y Silvio Villegas, ambos políticos conservadores de Mani-
zales, fundaron en 1936, en compañía de Fernando Londoño, Acción Nacionalista
Popular, movimiento anclado en el fascismo italiano y en ideas de Bolívar, e ins-
pirado en la noción de que un Estado fuerte constituía la solución natural de los
problemas del país, en gran medida resumidos en su composición racial. Alzate
dedicó unas pocas páginas al tema de la raza cósmica elogiando al mexicano José
92 Carl Henrik Langebaek

Vasconcelos y recordando que Bolívar había tenido la noción de que en América


se formaría una nueva casta homogénea. No obstante, su idea sobre el mestizaje
resultaba lapidaria: la fusión de razas no sumaba, sino que restaba, no multipli-
caba, sino que dividía (Alzate 1971: 36-8). Silvio Villegas, por su parte, fue más
prolífico sobre el tema. Su tesis de doctorado en la Universidad Nacional, que
llevaba el sugestivo título de La democracia en los trópicos (1924), partía de que
para estudiar la evolución política de las repúblicas latinoamericanas era preciso
analizar las razas indígenas (Villegas 1924: 7). Esto no lo hizo un indigenista,
ni un hispanista. En realidad, Villegas estaba atrapado por la misma ambigüe-
dad de Laureano Gómez: la estirpe ibérica que había llegado al Nuevo Mundo
–“mediterráneo-semítica, de cráneo más o menos alargado (dolicocéfalo) y color
blanco moreno”– estaba conformada por “galeotas y truhanes, aventureros sin
oficio” (Villegas 1924: 8-9). En América, el español degenerado había producido
al criollo, inconstante y perezoso, pero a la vez brillante, caracterizado por odios
tan efímeros como sus amores (Villegas 1924: 12). Desde luego, eso tampoco
quería decir que la esperanza se debiera fundar en otros elementos étnicos. Los
indígenas pertenecían a razas “altivas al modo de los aztecas; a razas astutas y
penetrantes a guisa de los incas y chibchas; a razas guerreras e indómitas”; eran
supersticiosos, amantes de los ritos sonoros, y se encontraban postrados en la
servidumbre. Como los pueblos asiáticos, se trataba de gentes resignadas, per-
versas y vengativas (Villegas 1924: 11). Finalmente, el negro era la más inferior
y primitiva de las estirpes. Entre ellos había incapacidad de razonar, de concebir
analogías y diferencias. Y, naturalmente, de la mezcla no podía esperarse algo
mejor: el latinoamericano era perezoso, triste y arrogante, y el mulato, en particu-
lar, “individualista, nivelador, trepador y anárquico” (Villegas 1924: 11-2).
No obstante, su impresión sobre el medio no estaba mediada por el pesimis-
mo de Laureano Gómez, quien al fin y al cabo lo había considerado central en su
argumentación. Describió que algunos sociólogos pensaban que la civilización sí
era posible en el trópico, aunque no de cualquier tipo (Villegas 1924: 13). Quizá lo
que podría prosperar se parecería al despótico y majestuoso antiguo Egipto, que al
fin y al cabo había sido una civilización tropical. No obstante, pese a la aparente
prosperidad de la democracia en Argentina, y en la misma Colombia, se podía
admitir, como el médico conservador Jiménez López había hecho unos años antes,
que las naciones latinoamericanas se encontraban en decadencia, visión pesimis-
ta que contrastaba con el optimismo de algunos pensadores liberales, como Luis
López de Mesa o Lucas Caballero. Síntoma de esa decadencia era el caudillismo
liberal, como el de Castro y Gómez en Venezuela, y que en últimas era resultado
de una tradición indígena que explicaba la dificultad de implantar una democracia
entre “pueblos sojuzgados por tres siglos de coloniaje y dominados por razas mes-
La ambigüedad de la diferencia 93

tizas acostumbradas a la sumisión y a la jerarquía” (Villegas 1924: 22). La solución


consistía en esquivar las quimeras políticas, restaurar la autoridad, la disciplina y
los valores religiosos. En 1937, Silvio Villegas agregó un argumento a su fórmula.
En No hay enemigos a la derecha afirmó que se debía evitar por todos los medios
la inmigración de cualquier tipo. La experiencia demostraba que la población cre-
cía vertiginosamente “con el simple mestizaje del español y del indio, sin el aporte
perturbador de otras razas” (Villegas 1937: 145).
Laureano Gómez y Silvio Villegas, por más antagonistas que fueran en la
arena política, representan la médula del pensamiento conservador. Y, sin duda,
los diagnósticos y soluciones que propugnaron los liberales ante los problemas del
país no eran los mismos que ellos demandaron. Pero es justo preguntarse si por lo
menos el diagnóstico de los problemas era el mismo para quienes encarnaban el
pensamiento liberal. Finalmente, los liberales habían apoyado decididamente los
estudios etnográficos y raciales, con la sospecha de que Laureano Gómez podía
tener la razón. ¿Qué pensaban los intelectuales del Partido?

Los liberales

Durante la década de los treinta el discurso sobre la inferioridad de la raza colom-


biana se había transformado en una preocupación por la higiene, y el Partido Li-
beral había tomado entusiasta la tarea de intervenir en el asunto. Cuando, en 1920,
el conservador Jiménez López había propuesto la idea de que la raza colombiana
degeneraba, muchos de los más duros críticos habían sido conservadores. Ahora,
a mitad de la década de los treinta, el espíritu liberal crítico con respecto a la raza
y el medio seguía vivo. Autores como Laurentino Muñoz, a través de La tragedia
biológica del pueblo colombiano, señalaban optimistas el reto del Estado. En el
prólogo a su obra afirmó que en el país el pueblo vegetaba sumido en la desgracia
y en la esterilidad, vencido por la violencia y la enfermedad (Muñoz 1935: 14). Sin
embargo, la culpa no era del medio, ni se podía aceptar que el colombiano fuera
étnicamente inferior (Muñoz 1935: 34), aunque por otro lado, basado en Lom-
broso, Muñoz decía que las mujeres prostitutas tenían una capacidad craneana
inferior, en comparación con las mujeres honradas, y que los criminales tendían a
tener canas (Muñoz 1935: 253). La influencia ciertamente desfavorable del medio
generaba enfermedades que podían curarse. Las estadísticas eran desconsolado-
ras; en una muestra de 58 soldados entre los 20 y 25 años, 36 padecían enfermeda-
des venéreas y 6 sufrían de tuberculosis. Pero no todo era desesperanza: intensas
campañas de higiene, el combate frontal contra el alcoholismo y la prostitución
podrían elevar las cualidades del pueblo (Muñoz 1935: 41). En 1940, Muñoz, en
“Causas que imposibilitan el adelanto en Colombia”, ratificó su posición: el atraso
94 Carl Henrik Langebaek

de Colombia nada tenía que ver con taras de raza sino más bien con problemas de
alimentación, y con la educación. Solamente una raza vigorosa podría enfrentar
eficazmente el medio, y la colombiana podría serlo como cualquier otra. De allí
que, citando a Lombana Barreneche, propusiera que la única inmigración acepta-
ble en el país debía buscarse en los vientres de las madres (Muñoz 1940).
Luis López de Mesa, uno de los más influyentes pensadores liberales de la
época, es un buen punto de partida. En 1910, cuando asistió al Primer Congreso
de Estudiantes de la Gran Colombia, manifestó su interés por el tema de la raza,
desde una perspectiva que asumía como nacionalista y antiimperialista. En efecto,
en ese entonces abogó por la defensa de la estirpe biológica latinoamericana para
evitar la “acción absorbente de otras razas” y por buscar el desarrollo de su cultu-
ra propendiendo encontrar su pasado glorioso y su porvenir de paz. En 1920, su
preocupación por lo étnico lo llevó a alinearse con Miguel Jiménez López, aunque
desde una perspectiva menos pesimista, incluso inspirada en José Vascocelos: por
ejemplo, en 1926, su Civilización contemporánea defendía la idea de un destino
histórico glorioso para la mezcla racial colombiana. Admitió en ese entonces que
la historia era el permanente dominio de sociedades masculinas sobre sociedades
femeninas: de los dorios sobre los egeos, de los latinos sobre los griegos, de los
bárbaros sobre los latinos, de los yanquis sobre los europeos y, naturalmente, de
los latinoamericanos sobre todos los demás en el futuro (López de Mesa 1926:
184). No obstante, el porvenir estaba condicionado y debían corregirse algunas
tendencias del carácter colombiano exageradas por el ámbito tropical y el carácter
de sus razas (López de Mesa 1926: 191).
Después de ir en contra de sus propios consejos y estudiar en Harvard, llegó
a ser Ministro de Educación. Entonces su mayor preocupación fue establecer un
amplio programa de alimentación e higiene, con el fin de garantizar el éxito de
las reformas educativas, pero esto no quiere decir que abandonara su interés por
los temas de la raza y el clima. En sus publicaciones mantuvo una estricta relación
entre raza y carácter, y entre ellos y medio. En Civilización contemporánea había
dedicado un párrafo a explicar los cambios físicos de los ingleses en Norteaméri-
ca (López de Mesa 1926: 69). Luego, en El Alma de América (1927) consideró que
el Estado debía combatir en cuatro frentes para el mejoramiento de la nación: el
étnico, el técnico, el ético y el estético. Sobre el primero sostuvo que debía forta-
lecerse con aportes del norte de Europa, sin renunciar a las “virtudes autóctonas”;
ellos fomentarían la industria y la cultura general y también colaborarían con el
“levantamiento de la población indígena y negra que vegeta muy distanciada de la
civilización” (López de Mesa 1927: 49). Con el tiempo, la migración contribuiría
a la formación de un tipo homogéneo, y entonces, “el hombre americano hallará
en su alma y en sus obras, sin este afán prematuro de expresarlo que hoy lo aque-
La ambigüedad de la diferencia 95

ja, y que es sólo la conciencia oscura de su misión, la fórmula precisa del hombre
nuevo” (López de Mesa 1927: 58).
Para Luis López de Mesa no había duda de la relación entre raza y carácter.
En unas notas sobre Comparaciones de razas, aseveró que los ingleses eran un
pueblo femenino, práctico, tímido y sentimental; el alemán, masculino, “suave en
la superficie, cruel en el fondo”; el francés, orgulloso y maldiciente; el español,
generoso, ineficaz y valiente (D 484-104, Biblioteca de la Universidad de Antio-
quia, Medellín). En sus Notas sobre Argentina, argumentó algo parecido sobre
los pueblos de América del Sur: el ecuatoriano era tímido, el peruano simpático,
el chileno tahúr y alcohólico, aunque pragmático; el argentino, en parte europeo,
en parte criollo, estaba formando un tipo predominantemente americanizado, lo
cual confirmaba la influencia del medio geográfico: tenía los mismos defectos del
colombiano, aunque algo atenuados por el mejor clima: melancólico, perezoso,
entregado a la divagación mental y falto de concentración (D 486 117, Biblioteca
Universidad de Antioquia, Medellín). Este tipo de ideas explica por qué, en los
meses anteriores a la Segunda Guerra, se opuso a la inmigración de “indeseables”
elementos judíos (Galvis y Donadio 1986: 235-57).
El mismo año en que se conoció El Alma de América, López de Mesa publi-
có su informe El factor étnico, presentado a un comité de expertos que estudiaba
el costo de la vida en Colombia. Ese trabajo partía de aceptar que Colombia estaba
conformada por la mezcla de tres razas de muy diversa índole, razón por la cual se
encontraba en situación de inferioridad ante otras naciones, como Estados Unidos
y Argentina. La raza española era la “columna vertebral y médula de la nueva
identidad”, mientras que el indígena aportaba “suavidad del carácter, laboriosidad
y habilidad manual en algunas regiones, ciertos dones de disciplina, adaptabi-
lidad y tendencia cívica” (López de Mesa 1927: 5-7), y el negro –una vez más
confinado en la esfera de su fortaleza biológica– había sido útil para “desbravar la
selva enemiga”; y además era también sensual, evidencia de su poca inclinación a
tener “nobles preocupaciones” (López de Mesa 1927: 12 y 23).
El reto de Colombia consistía en que, a medida que mejoraban las comunica-
ciones, la mezcla de razas era inevitable, la cual, si seguía la “mera determinación
de propincuidad daría ocasión a resultados poco apetecibles”; con esto López
pensaba en los migrantes andinos que a su paso hacia las tierras bajas encon-
traban pueblos “retrasados en cultura o deteriorados físicamente”; además, en
algunas de esas tierras por colonizar, como el Cauca y el Atrato, así como en las
costas, la población africana estaba “tan decaída fisiológica y espiritualmente”
que no se podía mezclar con el resto de la población “sin hacer sufrir al conjunto
de la nación muchos pasos hacia atrás y perturbarla por siempre” (López de Mesa
1927: 11). La mezcla del indígena andino con el negro o el mulato sería una cala-
96 Carl Henrik Langebaek

midad: se sumarían todos sus vicios y se tendría “un zambo astuto e indolente,
ambicioso y sensual, hipócrita y vanidoso a la vez, amén de ignorante y enfermi-
zo” (López de Mesa 1927: 11). Varios años después, en 1943, una carta de Tomás
Rueda Vargas a Agustín Nieto reveló que López de Mesa le había confesado al
primero su preocupación con respecto a los “resultados poco apetecibles” de las
mezclas raciales: “el ascenso de los mulatos a los puestos directivos” (Pardo de
Carrizosa 1993: 346).
La imagen que tenía López de Mesa sobre el país lo llevó al recurrente re-
greso a la idea ilustrada sobre la juventud de América: en la Colonia existía una
sociedad embrionaria, mientras que entre 1810 y 1910 se podía hablar de un país
infantil, que recién comenzaba a explorar y a ensayar para poder entrar a la vida
adulta. Pero sería inapropiado considerar que López tenía una idea evolucionista.
Era tan sólo una analogía útil, aunque también embebida en la idea de progreso.
En un corto ensayo de 1915, “El evolucionismo”, Luis López de Mesa reconoció el va-
lor de las teorías evolucionistas, pero sin suscribirlas por completo. Resaltó la obra de
Spencer como un sofisticado sistema explicativo, pero objetó que la ordenación de los
hechos generados por la evolución fuera tomada como la evolución misma. Entonces
López de Mesa admitió que era necesario apartarse del evolucionismo y buscar “otras
rutas en la explicación de los fenómenos” (López de Mesa 1915).
Su obra posterior se encuentra dispersa en gran cantidad de libros, confe-
rencias y artículos, pero notablemente en De cómo se ha formado la nación co-
lombiana (1970), Disertación sociológica (1939) y Escrutinio sociológico de la
historia colombiana (1948). Incluso se puede encontrar su influencia en las tesis
de grado de sus estudiantes, como en la de Roberto Pineda, Hacia una teoría ge-
neral de nuestra identidad, en la cual se reafirmaba el carácter bruto del territo-
rio, así como el carácter predominante de la raza española en el mestizo del país,
con todos los problemas que ello implicaba, y la necesidad de atraer inmigrantes,
siempre y cuando fuera a través de un proceso selectivo (Pineda 1937). En fin,
las innumerables obras de López de Mesa, y las de sus pupilos, defendieron la
importancia del medio en la conformación del pueblo colombiano, y al igual que
había defendido Laureano Gómez, consideraron ese factor como limitante en su
desarrollo. En Escrutinio sociológico de la historia colombiana se presentó una
Colombia en la cual ni las tierras bajas ni las altas (aunque en menor grado) eran
apropiadas para el progreso. El colombiano era un pueblo que tenía que desen-
volverse al amparo de “las noventa y cinco mil toneladas de lluvia por segundo”
(López de Mesa 1955: 78) que caían en su territorio; en un medio tropical que –y
aquí se recuerda a Buffon– había sido incapaz de producir especies vigorosas,
de tal forma que en materia de biogénesis nada se podía comparar con lo que
habían aportado otros continentes: “ni un caballo, ni una vaca, ni una oveja, ni
La ambigüedad de la diferencia 97

siquiera gallinas” (López de Mesa 1955: 81). Peor aún, en un ambiente en el cual
incluso las corpulentas especies traídas de Europa tenían serias dificultades para
adaptarse al medio tropical, lo cual, sin duda, resultaba válido también para el
ser humano. En 1945, en un ensayo sobre el “Sentido y tareas de la democracia”,
López de Mesa continuó insistiendo en el asunto de la decadencia; la raza decaía
“fisiológicamente por las muchas epidemias del trópico, por defectos cualitativos
de la nutrición, y por defecto cualitativo de los alimentos que usa” (López de
Mesa 1981: 61).
¿Qué papel cumplió el pasado indígena en las ideas de Luis López de Mesa?
En 1941, con ocasión de la inauguración de una estatua del general Santander en
Buenos Aires, López de Mesa admitió que el albor de las culturas se encontraba
en el norte: “del trópico hacia el sur hay grave silencio histórico, si exceptuamos
la organización totalitaria de los incas” (López de Mesa 1963: 402). En su Escru-
tinio, la experiencia remota del indio era aleccionadora. Por ejemplo, servía para
demostrar el enorme obstáculo que imponía el medio al progreso. En tiempos pre-
hispánicos, motivado por el afán de abandonar la selva azarosa, el hombre había
huido a los Andes, aunque allí las condiciones tampoco eran ideales (López de
Mesa 1955: 91 y ss.). Los animales superiores en general, incluidos los humanos,
se degeneraban en las regiones suramericanas, ya por la altura, ya por el medio
tropical (López de Mesa 1955: 82). Sin embargo, cualquier pesimismo sería co-
barde. Y aunque América, en su conjunto, resultaba esquiva a la planta humana,
mucho se podía hacer para remediar la situación. Lo primero, desde luego, con-
sistía en conocer su historia.
Pero además la historia del indio ilustraba el peso del medio en la confor-
mación de la raza. El hombre americano tendría unos 10.000 años de antigüedad,
tiempo suficiente para que la naturaleza ejerciera un papel importante en sus carac-
terísticas. A su llegada al continente habría encontrado obstáculos gigantescos: la
ausencia de ganados, y la existencia de plantas cultivables como la yuca y el maíz,
con las cuales “no se podía crear suficiente riqueza”. Como resultado, se podía
hablar de cierta degeneración de los pueblos americanos, que los europeos encon-
traron en el siglo XVI. Incluso parecía probable que la población encontrada por
los conquistadores fuera menor cuando llegó Colón que en períodos anteriores. Lo
cierto era que, en Colombia, el trabajo en piedra (ejemplificado por la estatuaria de
San Agustín) ya había degenerado en el siglo XVI. Acudiendo, como de costum-
bre, al difusionismo, sugirió que los agustinianos no podían tener un origen nativo:
tendrían que haber venido del Perú y, una vez en tierras tropicales, comenzado un
inexorable proceso de decadencia (López de Mesa 1955: 85 y ss.).
La evocación de un pasado remoto jalonado con rupturas, a su vez resultado
de la ausencia de condiciones para el progreso, servía, finalmente, para represen-
98 Carl Henrik Langebaek

tar la historia del país como una larga y perpetua lucha contra el infortunio, mar-
cada por seis grandes frustraciones, las cuales fueron, por cierto, el plan de temas
del Escrutinio. La primera correspondía, ni más ni menos, a la decadencia de la
cultura de San Agustín, debido a las migraciones chibchas y caribes; las demás
estaban marcadas por el arribo de los conquistadores españoles, la propia guerra
de emancipación –que echó por tierra los intentos de reorganizar la colonia–, la
disolución de la Gran Colombia; la separación de Panamá y el éxito de los conser-
vadores en 1946 (López de Mesa 1955: 70).
Las grandes frustraciones de la historia colombiana habían contribuido a
que no se hubiera conformado una raza homogénea que pudiera tener una idea de
nación unificada. En algunas obras de Luis López de Mesa se deja entrever un
claro énfasis en los aspectos raciales que consideraba más hostiles a dicha con-
formación. En su obra Bolívar y la cultura iberoamericana, publicada en 1945,
brindó un retrato de la composición racial del país, en relación con la esperanza de
construir cultura en un hemisferio distinto al boreal. En realidad, la descripción
de Bolívar resume buena parte del pensamiento racial –y racista– de López de
Mesa. El caraqueño era vasco, castellano y andaluz, como lo demostraban la for-
ma de su cráneo y su carácter; también tenía algo de judío, lo cual se dejaba ver en
su “ductilidad social oportunista”. El criollo se caracterizaba por una “mentalidad
imprecisa” y una “voluntad incierta”, como si el trópico aflojara las virtudes de
los españoles. Por lo tanto, resultaba aconsejable agregarle una pizca de sangre
nórdica, pero no mucho más, porque el ideal consistía en que se mezclaran razas
parecidas. La mezcla del indio y del español había sido buena. En cambio, no
era aconsejable su cruce con la raza negra, ni con la semita, “por las semejanzas
que son en la índole de algunas de sus cualidades inferiores, mimetismo moral y
astucia, zalamería aparente y crueldad íntima”. Aún más inquietante resultaba la
mezcla entre mestizos y mulatos. Había razones para ser optimistas a largo plazo,
cuando, en un lento proceso de unificación biológica, Colombia adquiriera cierta
homogeneidad racial (López de Mesa 1980: 27).
A diferencia de Laureano Gómez, el trabajo de López de Mesa se apoyó en
innumerables obras de antropólogos y arqueólogos, pero éstas fueron tenidas en
cuenta con cierta dosis de escepticismo. El autor conocía los escritos de Broca,
así como los de los intelectuales colombianos que habían investigado sobre co-
munidades indígenas del pasado, sobre todo Zerda y Uricoechea. Y, desde luego,
estaba al tanto del trabajo de Rivet y sus alumnos. Había leído a quienes sostenían
que los muiscas tenían un origen japonés; conocía las propuestas sobre el origen
polinesio de algunas comunidades indígenas, y sabía de las excavaciones de algu-
nos de los pupilos del médico francés, como Luis Duque Gómez, Gerardo y Alicia
Reichel-Dolmatoff.
La ambigüedad de la diferencia 99

El pesimismo racial de López de Mesa contrasta con el optimismo de otros


liberales más proclives a una apropiación positiva del pasado indígena dentro de
la historia nacional. Un buen ejemplo es Germán Arciniegas, uno de los líderes
estudiantiles que en 1923 participó en la postulación de José Vasconcelos como
“Maestro de la Juventud”, y que a lo largo de su obra reaccionó contra la noción
de un pueblo colombiano degenerado. Con ironía, Arciniegas se preguntaba si el
colombiano era “un pueblo degenerado y si la tierra en que vivimos puede consi-
derarse como propia del albergue de los hombres”. La mayoría, admitió, respon-
dería afirmativamente, y para ello sacaba a relucir las numerosas enfermedades,
o la altísima proporción de personas con seis dedos, “y así los que medían las res-
piraciones, como los que nos tomaron el pulso; los que calculaban la eliminación
de la urea, como los que nos llevaban cuenta y razón de la temperatura, gritaban
en coro que éramos el pueblo más vil y miserable de la tierra” (Cobo Borda 1990:
114 y ss.).
Dado que parte importante de los argumentos a favor de la degeneración se
basaba en la herencia indígena, resultaba conveniente examinar más atentamente
el pasado. Según los “brujos fanáticos” partidarios de la degeneración, Colombia,
antes de la llegada de los españoles, había sido “poco menos que una pocilga en
donde los primitivos habitantes de esta comarca, volcándose sobre la tierra des-
nuda, vivían la vida, como dicen los porqueros, de porquería” (Cobo Borda 1990:
114 y ss.). Ello no era cierto. Retomando argumentos similares a los que Triana
había esgrimido en su momento, la situación de los indígenas era el resultado de
un régimen feudal instaurado por los españoles. Los muiscas no eran ladrones ni
mentirosos, no abusaban de la chicha y eran limpios. Los monumentos arqueo-
lógicos daban una idea de su desarrollo. En una carta publicada en el diario El
Tiempo, el 19 de marzo de 1950, Arciniegas narró la experiencia positiva de su
visita a lugares arqueológicos en Estados Unidos, pero concluyó que lo que se
encontraba en Colombia era “bueno, definitivamente bueno”, y lo hizo refirién-
dose a las pinturas rupestres del Parque Arqueológico de Faca, “un prodigio de la
naturaleza tocado apenas por la vara mágica de una leyenda […] como de la mano
de Dios”. Ciertamente, como adujo en América, Tierra Firme, no había en el país
civilizaciones de piedra, excepto en San Agustín. No obstante, juzgar a las socie-
dades prehispánicas por la ausencia de monumentos de ese material era injusto: la
piedra, “como es obvio, hiere nuestra imaginación”, y definitivamente producía
júbilo encontrar “gigantones de piedra en San Agustín” (Arciniegas 1944: 176).
Pero había otras cosas: la orfebrería, por ejemplo, “representaba una cultura quizá
más fina que la de los pueblos de piedra”; además, las obras de los taironas eran
verdaderamente espléndidas y los instrumentos musicales de la cultura Sinú indi-
caban un alto grado de “desarrollo intelectual” (Arciniegas 1944: 176-7).
100 Carl Henrik Langebaek

Las contradicciones entre López de Mesa y Arciniegas se manifestaron a


veces en un solo personaje, como Jorge Eliécer Gaitán. Este liberal radical es una
muestra de la ambigüedad que implicaba el legado indígena en medio de un am-
biente cargado de doctrinas raciales y deterministas ambientales, las mismas que
López de Mesa endosaba pero que no causaban simpatía en Arciniegas. Gaitán,
por supuesto, se encuentra del lado de los liberales que impulsaron la arqueolo-
gía institucional. En su calidad de ministro de Educación Nacional suscribió el
Decreto 465 de 1940, mediante el cual se dio inicio al Ateneo Nacional de Altos
Estudios, y entre cuyas funciones se encontraba la de “mantener la tradición cien-
tífica colombiana y […] dedicarse al estudio de la etnografía, de la antropología
y de la arqueología indígenas”. Para Gaitán esta clase de estudios servía para
conocer las circunstancias en las cuales se podría constituir un sistema socialista
en el país. Desde su tesis de grado, Las ideas socialistas en Colombia, escrita en
1924, se preguntó por las condiciones de instauración del socialismo en Colom-
bia, y para poder dar una respuesta apropiada regresó a viejas ideas: al igual que
Gómez y López de Mesa, atribuyó importancia a la cuestión racial, aunque más
al medio.
La sociedad fue entendida por Gaitán como un organismo cuyos aspectos
más importantes estaban dados por la base biológica, el aspecto de raza y el ele-
mento de nación (Gaitán 1988: 23-4). La ley de la evolución implicaba un continuo
perfeccionamiento que hacía las veces de filtro purificador, mediado, eso sí, por
fuerzas externas a los aspectos biológicos. Dado que el pueblo colombiano estaba
en el “índice cero” de cultura, era necesario imponer un gobierno para el pueblo,
no del pueblo, que elevara su nivel cultural. Al igual que para Gómez, para Gai-
tán, el contraste entre las tierras bajas y altas resultaba definitivo. Las primeras
hacían a los hombres “más emotivos, más excitables”, mientras que las últimas
los hacían “más mesurados, más interiores, más reconcentrados, más cerebrales”.
Estas fuerzas podían hacer de la evolución algo más rápido o algo más lento, de
acuerdo con las circunstancias (Gaitán 1988: 23). Las llamadas “enfermedades
sociales”, especialmente la sífilis y la malnutrición, así como los “defectos síqui-
cos que todos conocemos”, fueron su principal preocupación. En su texto “Sobre
el problema antropológico” Gaitán manifestaba su conciencia sobre el tema higie-
nista: en su opinión, era un imposible pretender buscar gente honrada y sociable
en “organismos débiles y enfermos, atacados de todas las taras atávicas herencia-
les y circunstanciales” (Gaitán 1957: 242). La sociedad, en pocas palabras, era un
organismo, pero enfermo.
Es clave que Gaitán se refiriera a las taras herenciales, en la medida en que
el pasado prehispánico, así como en el caso de Gómez, servía también para
que el líder liberal demostrara algunas de sus ideas. El grado de civilización que
La ambigüedad de la diferencia 101

encontraron los españoles daba una medida de la fuerza de su raza. En Perú los
conquistadores habían hallado una “población organizada muy superior a la que
hoy habita todo el continente”. En México, en cambio, se habían enfrentado a
una sociedad decadente y degenerada (Gaitán 1988: 30-1). La raza indígena en
Colombia, muy mezclada, tendía a ser despersonalizada, como la española, que
también era mestiza. El origen del pueblo colombiano era, entonces, la fusión de
dos pueblos sin personalidad (Gaitán 1988: 31).
Los temas de raza y clima salieron a relucir en algunas de sus más co-
nocidas polémicas sobre la realidad de Colombia. En discursos posteriores a
su tesis de grado, Gaitán criticó a quienes aplicaban mecánicamente el mode-
lo marxista y consideraban que lo económico era predominante, sin tener en cuenta las
cuestiones antropológicas. Con el paso del tiempo, esa idea lo llevó a exaltar
las condiciones de la raza, en términos del difícil medio y la desigualdad social en
los que le tocaba desarrollarse. En 1930, al referirse al problema de los colonos,
Gaitán admitió que fisiológicamente “nuestro pueblo, por razones climatéricas,
por factores de inequidad social” era una raza “que no puede competir con los
trabajadores de países como Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Francia” (Gaitán
1968: 75). No obstante, la estrategia política gaitanista se acercó gradualmente
al ideario mestizo, aprovechando simultáneamente las virtudes del latino y de la
piel oscura. En 1946, en la “Arenga a los venezolanos”, tachó de mentirosas las
nociones sobre debilidad de la raza mestiza y enalteció sus éxitos en las condicio-
nes más adversas, invitando a las razas europeas a ser testigos de ello. Ese año, la
oposición a Gabriel Turbay llevó a que sus huestes defendieran la idea de que Gai-
tán representaba a la “raza colombiana” sin sospecha de contaminación extran-
jera (Green 2000: 121-2). Incluso, en sus grandes debates jurídicos no escapó de
las comparaciones entre razas: refiriéndose precisamente a la importancia de los
factores antropológicos señaló que el código penal contemplaba la edad cronoló-
gica, sin tener en cuenta factores raciales y geográficos (Gaitán 1968: 462). Como
ejemplo tomó el sexo, señalando el contraste entre los nórdicos y los latinos. Así,
dentro de una misma edad cronológica, la edad “mental de los primeros es muy
inferior a la de los últimos, ya que un joven inglés, sueco o noruego desconoce ge-
neralmente los secretos de la vida sexual a la edad en que un francés o un italiano
son ya avezados conocedores de ellos” (Gaitán 1968: 527). La misma observación
se podía hacer con relación a Colombia: la gente del litoral adquiría un “temprano
conocimiento del problema sexual, en relación con los individuos que viven en el
interior” (Gaitán 1968: 527).
Para Gaitán, el Estado debía preocuparse por “el mejoramiento de nuestro
pueblo”; de lo contrario, “continuaríamos siendo el prototipo de una raza inferior
que nada fecundo puede producir”. No obstante, la materia prima racial nativa
102 Carl Henrik Langebaek

parecía buena. En 1936, consideró a México, del que había dicho que sus primi-
tivos habitantes aztecas eran degenerados, guardián de Indoamérica y pueblo de
grandes virtudes, algunas de ellas ligadas con su historia racial. Un pueblo con
fuerza necesitaba un equilibrio entre lo intelectual y lo temperamental o afectivo.
En el caso mexicano, la influencia de tres razas garantizaba esa armonía: el tipo
azteca, que era “fuerte y volitivo, sobrio con una personalidad geométrica revela-
da con índice indudable en sus obras artísticas”; el tipo tolteca, “pueblo eminente
en el sentido del ritmo, completo en la emoción”, y, finalmente, el maya, “el tipo
cerebral por excelencia, la fuerza intelectual predominante”. Tan sólo la Conquis-
ta había roto esa armonía (Gaitán 1968: 192).
Finalmente, una observación sobre el programa liberal: el interés por el pa-
sado prehispánico parece ocupar un lugar que no dejaba de ser incómodo. Era
un referente de identidad nacional importante, como en Arciniegas, pero un far-
do pesado en términos étnicos, como en López de Mesa. No obstante, bueno o
malo, parecía importante en la conformación de la clase obrera y, sobre todo, del
campesino. La ideología liberal se interesaba por los fundamentos sociológicos
e históricos de los problemas nacionales, lo cual exigía encontrar la condición
ancestral del colombiano. Joaquín Fonseca, entusiasta defensor de la Comisión y
admirador de López de Mesa, reveló en 1947 la lógica que entrañaba indagar por
el pasado: el campesino colombiano estaba predispuesto a aceptar la autoridad,
al igual que sus antepasados habían seguido las indicaciones de sus caciques.
Semejante uso de la autoridad, sin embargo, había generado una limitada convi-
vencia y una feroz resistencia a recibir los valores de la civilización. En resumen,
la intransigencia para aceptar la vida civilizada únicamente podía ser salvada
aplicando métodos docentes basados en la observación de sus costumbres ante-
pasadas. En esa medida, tenía todo el sentido del mundo que el Estado financiara
el estudio de las ruinas de San Agustín, “para ver si por ellos se llega a sacar algo
que eleve las apreciaciones, sobre las costumbres, y modalidades de las tribus y
razas antepasadas de nuestros campesinos, con el fin de buscar y encontrar más
seguros derroteros en la organización de su educación y cultura” (Fonseca 1947:
165). Se trataba, además, de adquirir conocimiento que permitiera desenterrar
el autoritarismo y centralismo defendido por los conservadores, presentándolos
como rasgos primitivos, casi animales, propios del pasado superado. En efecto,
según Fonseca,

Similitudes curiosísimas se encuentran entre la vida de aquellas tribus salvajes y las


de algunas clases de animales selváticos que viven en manadas numerosas, siguiendo
siempre a un capitán de su especie que se impone por su mayor fortaleza física. Cau-
policán de su casta. El primero prueba las aguas y las frutas que los alimentan; el que
explora u otea los caminos por seguir; el que escoge el lugar del reposo nocturno, de la
siesta; el que determina el frente o la huída a los peligros. (Fonseca 1947: 163)
La ambigüedad de la diferencia 103

En esas circunstancias, el indígena no se apartaba mucho del animal, pues,


“a pesar de disponer de la importante diferencia de los sentimientos reflejos ma-
nifestados merced al uso de la palabra”,

… no encontraron los conquistadores y civilizadores de las tribus y razas que los


poblaban, monumentos perdurables, sin poder descontar no el mentado templo de
Sugamuxi, atribuido al esfuerzo de generaciones de indios, que pudo destruir el fuego
en unas breves horas. (Fonseca 1947: 164-5)

Comentarios finales

Una de las reacciones más inmediatas a la presentación de Laureano Gómez co-


rrió por cuenta del liberal Jaime Barrera Parra, quien criticó el afán de generalizar
y la antipatía de Gómez, pero admitió que se trataba de una posición estimulante
e inteligente (Cromos, 9 de junio de 1928); así mismo, el también liberal Luis
Eduardo Nieto felicitó a López por la idea de promover el debate y, aunque crítico
de las exageraciones del líder conservador, admitió que era necesario estudiar el
asunto con seriedad (El Gráfico, 16 de junio de 1928). La respuesta de Nieto da
una idea de la actitud liberal ante el tema de raza y medio geográfico y de cómo
ella no se apartaba demasiado de las posturas de Gómez. Años después del deba-
te, en 1934, López reconoció la necesidad de investigar por qué un país del cual se
decía que era rico llevaba una vida semiprimitiva (El Tiempo, 14 de abril de 1934).
Años más tarde, en 1937, admitió que había seguido con interés los debates sobre
las causas del atraso colombiano, aunque permanecía lleno de optimismo. Expuso
la idea de que la situación del país se pudiera deber “a las condiciones mismas del
suelo, de nuestro clima, del medio ambiente”, o peor aún, a “una raza degenerada
en la lucha impropicia contra la naturaleza hostil” (López 1979: 114). Ante esos
argumentos, protestó que había países en condiciones análogas que habían pros-
perado “luchando también contra el trópico, con razas más mezcladas y débiles
que la nuestra” (López 1979: 114). No obstante, López también cayó en la ambi-
güedad porque en ciertas partes de su obra consideró ventajosa la homogeneidad
étnica: por ejemplo, en su mensaje al Congreso Nacional de 1934 destacó que en
Colombia no resultaba cierta la lucha titánica por llevar la civilización al nativo,
como en otros países de América (López 1979: 183).
La verdad es que el presidente López estaba igualmente dispuesto a admitir
que el problema de la degeneración podía tener algo de cierto, y su optimismo
no se apartaba tanto del diagnóstico del conservador sobre la situación nacional.
En 1935, en su mensaje al Congreso Nacional, López afirmó que únicamente la
escuela podría combatir la mengua de la raza, y su debilitamiento progresivo.
104 Carl Henrik Langebaek

En 1937, cuando criticó las ideas sobre la degeneración de la raza y el impacto


del clima tropical, no las calificó de falsas; las puso en duda, pero más categó-
ricamente se refirió a ellas como “hipótesis sin comprobación”, es decir, como
ideas que aguardaban estudios “de nuestro territorio o de nuestra humanidad que
nos permita[n] sacar conclusiones categóricas” (López 1979: 372). Su ministro
de Educación, Darío Echandía, fue aún más explícito al afirmar en su Memoria
al Congreso de 1936 que una de las miserias del colombiano residía en que “el
mestizaje no ha fraguado nuestra raza” (Echandía 1936: 5).
La idea de López de que la degeneración podría ser cierta, aunada al interés
por educar, llevó a que mientras dominara el Partido Liberal, el Estado contribuyera
a institucionalizar el estudio del indio y de su pasado. No en vano, en la administra-
ción de Eduardo Santos (1938-1942) se fundó el Instituto Etnológico Nacional, para
satisfacción de Gregorio Hernández, que lo había pedido a gritos y consideraba que
las entonces existentes Oficina de Rehabilitación y la Comisión de Planificación
de Seguridad Social Campesina sólo a medias se habían encargado de los asuntos
indígenas. En los editoriales en El Tiempo de Santos, encargado de traer a Rivet, se
pueden entender aún mejor las razones de Estado para preocuparse por los asuntos
de raza. Como algunos de sus contemporáneos, y desde mucho antes que alcanzara
la Presidencia, el político liberal había estimado en sus primeros escritos que la
exaltación de la raza era una buena forma de frenar el expansionismo de Estados
Unidos; en 1927 escribió que las inteligencias de América Latina eran “los alertas
del pensamiento y del sentimiento latino en el nuevo mundo” (Santos 1981: 71).
No obstante, al igual que en el caso de Alfonso López, la presencia del elemento
indígena en la mezcla racial y las ideas sobre la degeneración de la raza no dejaron
de preocuparlo. En “Nuestra fe en Colombia”, publicado en junio de 1928, hizo re-
ferencia a las propuestas de Laureano Gómez sobre la decadencia étnica, y admitió
que contenían “sin duda elementos tomados crudamente de la realidad”, si bien no
correspondían del todo a “la idea que nosotros y nuestros compatriotas nos hemos
formados sobre las potencialidades materiales y espirituales del país” (Santos 1981:
364 y 371). La verdad se encontraba en algún lugar intermedio:

Estamos muy lejos de creer que Colombia sea el país más rico del orbe, pero lo esta-
mos otro tanto de considerar y sobre todo de proclamar que sea la tierra miserable y
pétrea donde tiene fatalmente que morir la planta de la cultura humana. Sabemos que
este pueblo no ha de laborar por sí solo una civilización pero sabemos también que no
es radicalmente incapaz de asimilar los ingredientes substanciales y las formas de una
vida civilizada. (Santos 1981: 479-80)

En otro escrito, titulado “La conferencia del Dr. Gómez” y publicado en El


Tiempo el 4 de agosto de 1928, Santos sostuvo que las ideas del líder conservador
representaban “un hermoso, un resonante triunfo de este infatigable agitador de
La ambigüedad de la diferencia 105

la conciencia colombiana”. Entonces admitió que era difícil no compartir el temor


de que algunas de las ideas de Gómez fueran ciertas. Incluso, fue más allá:

El espectáculo geográfico y etnográfico de Colombia, hiere su retina de investigador


atormentado en una forma dolorosa. Hay allí la emoción del bacteriólogo que exami-
nara al microscopio la sangre de su propia madre, no la frialdad registradora del sabio
que comprueba en la cubeta el virus del enfermo desconocido. Estamos seguros de no
equivocarnos al afirmar que el cálido expositor de ayer no vino de sus estudios en los
tratados sobre el medio y el hombre con una serie de conocimientos que resolvió apli-
car luego al caso de Colombia por ser este el país más cercano de su laboratorio, sino
que fue a los libros y a las doctrinas antropogeográficas impulsado precisamente por
la preocupación de su patria. No buscó en el país la materia para verificar las teorías
de la ciencia, sino que fue a la ciencia para buscar en ella el conocimiento y el remedio
de las dolencias del país.

La historia culmina, por supuesto, con la invitación a Paul Rivet a Colom-


bia, tarea con la cual se lograba institucionalizar el estudio científico de los temas
que tanto habían inquietado a Gómez y de cuyas dudas los liberales tampoco pare-
cían especialmente dispuestos a sacudirse. Rivet, para tranquilidad de los libera-
les, impulsó con ahínco la idea más optimista que se pudiera imaginar sobre el
mestizaje. En “La etnología, ciencia del hombre” sugirió que los europeos eran el
resultado de un remoto mestizaje entre blancos, asiáticos y negros. En sus pala-
bras, aunque,

En nuestra época atormentada, ciertos espíritus se preocupaban por el porvenir de


la población del Nuevo Mundo, precisamente porque resulta del aporte de razas tan
distintas: indios, negros y blancos de todo origen. Quisiera que comprendan que tales
preocupaciones no tienen objeto. La población de Europa está constituida por mesti-
zos, del mismo modo que la población de América. (Rivet 1943: 4)

No obstante, las ideas de Rivet también tranquilizaban a los liberales y su


nunca oculta idea de incorporar al indígena a la vida nacional. En efecto, el mé-
dico francés escribió que uno de los retos en los países con abundante población
indígena consistía en “ver en qué condiciones se podrá educar a estas masas aló-
genas, darles poco a poco una cultura europea, e incorporarlas a la nación” (Rivet
1945: 131). De hecho, aunque Rivet insistía en la igualdad de razas, no dudaba de
que el futuro pasaba por la integración, a veces biológica, a veces cultural. Su idea
consistía en que el mestizaje lograría un tipo no inferior al europeo, y para ello
había ciertas razones para ser optimista: por ejemplo, que la raza blanca tendía a
absorber a la negra (Rivet 1945: 137), lo cual también era cierto en lo que respecta
al cruce entre negros e indios: los primeros eran absorbidos por los segundos.
Además, la cuestión cultural no se podía desechar: en su opinión, era motivo de
orgullo que una niña indígena adoptada por un francés no tuviera nada que envi-
diar a sus compañeras blancas (Rivet 1945: 137).
106 Carl Henrik Langebaek

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Cien años de arqueología venezolana
a través de sus textos fundamentales
Rafael A. Gassón P.

Resumen

Un examen de la historia de la arqueología en Venezuela a través de las obras


que tratan de dar una imagen de conjunto del pasado del país revela una serie de
tendencias significativas. Este proceso consta al menos de una etapa pionera de
exploración del pasado; una etapa de profesionalización progresiva donde coexis-
te el trabajo de los anticuarios y profesionales modernos; una etapa de moderni-
zación dentro de paradigmas históricos y antropológicos universalistas; y una
etapa contemporánea de diversificación y abandono de modelos comprehensivos
que podría ser caracterizada como “momento postmoderno”, que, no obstante,
no debe ser entendida como una distinción radical respecto a la arqueología mo-
derna, sino como una etapa crítica y de incorporación de nuevos problemas y
tendencias. Sin embargo, esta arqueología mínima de la profesión no revela una
estratigrafía nítida, sino más bien procesos de coexistencia e intercambio entre las
diversas posiciones teóricas que han caracterizado la práctica de la arqueología
en Venezuela.

Los libros y unos cuantos amigos a quienes se aprecie y que nos aprecien acaban por ser la
única verdad: lo demás es ruido que aturde.

Teresa de la Parra, 1929

Introducción

Debo confesar que cuando recibí la invitación a participar en este evento, me sentí
complacido y preocupado a un tiempo. Complacido porque me parece una oportu-
nidad inmejorable para compartir un tema que me parece apasionante y más bien
poco conocido, como lo es la historia y el estado presente de la arqueología en
Venezuela, ubicando lo que se ha hecho y lo que podríamos hacer en un contexto
110 Rafael A. Gassón P.

internacional que favorece la crítica inteligente. Preocupado porque, en obsequio


de la verdad, los recuentos y estados del arte en ésta o en cualquier otra disciplina
requieren una obra sustantiva y una experiencia que yo no tengo. Además, este
tipo de ejercicios, si bien tienen valor docente y permiten establecer direcciones
futuras, también distraen del objetivo central de la disciplina, que es la generación
de conocimiento nuevo a partir del trabajo de campo. Finalmente, porque a veces
las recapitulaciones de este tipo adquieren cierta rigidez egipcíaca, para usar una
frase de un profesor ya fallecido, que induce a tomar como cierto lo que en reali-
dad son puntos de vista. Aquí trataré de exponer mis puntos de vista sobre nueve
obras que se caracterizan por ofrecer visiones de conjunto acerca del pasado más
antiguo de Venezuela, con la esperanza de que al menos susciten su curiosidad y
sirvan de invitación a leerlas, para que se formen así su propia opinión.

Arqueologías clásicas y premodernas

Antes de los años 30 del siglo pasado, la práctica de la arqueología en Venezuela


era primordialmente un ejercicio intelectual de una minoría culta, no profesional.
Las relaciones personales y con el poder político desempeñaban un gran papel
en el éxito de iniciativas particulares que podían a veces ser legitimadas por el
Estado, pero que no formaban parte de programas de gobierno (Gassón y Wagner
1992: 216-217). Gaspar Marcano ha sido considerado el primer antropólogo ve-
nezolano. Su obra Etnografía precolombina de Venezuela, de 1889, es el primer
tratado general acerca de la historia más antigua del país. Como médico educado
en París, Marcano estuvo influenciado por las ideas de la Nueva Ilustración (Bau-
mer 1985: 287). Además, su relación de amistad con el general Antonio Guzmán
Blanco, quien vio en Francia un modelo para la modernización de Venezuela, le
permitió llevar a la práctica su proyecto:

Después de haber conferenciado varias veces con él sobre la necesidad de inaugurar el


estudio metódico de las razas indias que poblaron a Venezuela antes de la conquista,
el futuro presidente se penetró de la importancia de ello, hasta el punto de considerar
la cuestión como causa propia, y casi como uno de los objetivos de la administración.
(Marcano 1971: 14)

La obra de Marcano se caracteriza por el deseo de objetividad científica, la


perspectiva evolucionista, una metodología sistemática y la critica del uso de ge-
neralizaciones erróneas y comparaciones entre elementos aislados. Basado en la
interpretación de las crónicas y en el material arqueológico colectado por su her-
mano Vicente Marcano, Gaspar Marcano hizo reconstrucciones culturales de los
habitantes aborígenes de los valles de Aragua y Caracas, de los Guahibo y Piaroa
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 111

del Orinoco, de los Guajiros, Timotes y Cuicas. Marcano sólo pudo diferenciar las
diferentes “tribus” con base en rasgos culturales y físicos de una manera muy ge-
neral, sin adelantar ningún juicio sobre la antigüedad de los aborígenes precolom-
binos ni sobre su diferenciación social (Marcano 1971: 306). Hasta el comienzo
de la sexta década del siglo XX, no se tenía una idea exacta de la profundidad del
período prehispánico venezolano, ni de la variación en cuanto a la organización
social de los grupos indígenas. Por ejemplo, debido a la ausencia de artefactos lí-
ticos de acabado escamoso, en 1885 Adolfo Ernst negó la existencia de un período
paleolítico en América del Sur (Ernst 1988, tomo IX: 386-387). Por esto, las obras
clásicas como ésta se refieren a etnografías antiguas o precolombinas, recono-
ciendo en forma tácita el tratamiento plano del tiempo prehispánico y la visión
homogénea de las organizaciones políticas. Otros textos importantes, entre los
que es imprescindible recordar Tierra Firme (Venezuela y Colombia): estudios
sobre Etnología e Historia de Julio César Salas, también incluyeron discusiones
ocasionales sobre artefactos y monumentos arqueológicos (Salas 1971). Pero si
aceptamos que el objeto de estudio de la arqueología está constituido fundamen-
talmente por los restos materiales de las sociedades desaparecidas (Vargas 1990:
8), es claro entonces que fue Marcano quien por primera vez utilizó artefactos ar-
queológicos y restos humanos como la fuente principal de datos para documentar
el pasado venezolano.
Sin embargo, no todo fue ilustración en esta etapa formativa de la arqueo-
logía venezolana, y lo que puede llamarse una visión romántica o fantástica del
pasado, que aún es del gusto de muchos, también hunde sus raíces entre el final
del siglo XIX y el de la Belle Epoque. La llamada Arqueología Fantástica reúne
una serie de opiniones y formas de analizar el pasado que no resisten un examen
detallado. Es la arqueología que hace uso extenso de la imaginación, la intuición
y la fe (Williams 1991). En Venezuela la arqueología fantástica fue muy popular
hasta la primera mitad del siglo XX. Aunque existieron distintas especulaciones,
la idea más difundida fue la de un origen alóctono de nuestras antiguas culturas
(Maldonado 1970; Lecuna Bejarano 1912; Tavera Acosta 1930). El más impor-
tante de los arqueólogos fantásticos fue Rafael Requena, autor de la famosa y
desconocida obra Vestigios de la Atlántida (1932).
En 1882, el estadounidense Ignatius Donnelly publicó Atlantis, the Antedi-
luvian World. Esta obra aún es consultada, y puede decirse que, en su mayoría,
los libros escritos sobre el tema no son sino secuelas de la misma. Existen varias
razones para la popularidad de Atlantis. En primer lugar está bien escrito, y pre-
senta una narrativa bastante lógica del pasado, de acuerdo a los conocimientos de
su tiempo, que lo hacía muy convincente. Luego, usaba el método comparativo en
campos como geología, arqueología, mitología y lingüística, utilizando autores
112 Rafael A. Gassón P.

antiguos y modernos. Finalmente, no era particularmente racista o etnocéntrico.


Que se haya podido añadir tan poco al argumento básico de Donnelly no es sino
un tributo al impacto y calidad de su obra. No obstante, debe decirse que Atlantis
no resistió el avance del conocimiento científico, y que en su mayoría los hechos
citados por Donnelly eran errados y se refutaron años después.
Aunque la idea de la relación de la Atlántida con el pasado venezolano era
relativamente antigua y recurrente, se dice que la obra de Requena fue causa de
revuelo en la arqueología local. Al igual que Donnelly, Requena hizo bien su tarea,
produciendo un libro extenso, con una profusa bibliografía, entre los que no falta-
ban autores como Platón, Lyell y Ameghino, y títulos rimbombantes y misterio-
sos como Flora tertiaria Helvetiæ, Lehrbuch der Anthropologie in sistematischen
Darsttellung, o Essai sur les deformations artificielles du crâne. Además, estaba
ilustrado con fotografías de gran cantidad de artefactos indígenas obtenidos en
sus propias excavaciones en los alrededores del lago de Valencia. Sin embargo,
el libro es una colección desordenada de geología catastrofista, datos históricos,
arqueológicos y reflexiones personales de difícil lectura y peor comprensión. Con
razón, los arqueólogos profesionales a los que después amparó sólo destacaron,
de manera muy cauta, la importancia de sus ilustraciones y su “entusiasmo” por
la arqueología. Veamos algunas de sus conclusiones:
La existencia de la Atlántida sostenida por siglos en la tradición, y que mul-
tiplicadas investigaciones científicas tienden cada día a corroborar, establece vín-
culos geográficos tan estrechos de un continente hundido con la parte oriental y
la septentrional de nuestra América, que lleva con fuerza persuasiva a establecer
un mismo tipo primitivo para los habitantes de su conjunto. El hombre paleolíti-
co atlanto-americano tuvo así su origen; y la prueba de su autoctonismo la da el
elemento americano que por su situación aislada a causa de su separación de la
parte Atlántida del Norte, y mantenido en larga edad de piedra, ha podido no sólo
dejar trazas de sus obras, sino también sus propios restos fosilizados como testigo
elocuente de su antigüedad milenaria (Requena 1932: 264).
Si Vestigios de la Atlántida es poco convincente, debe haber entonces otras
razones para su éxito. Podríamos sugerir que fueron el poder de Requena como
Secretario del dictador Juan Vicente Gómez y como Académico de Número de la
Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, su relación con arqueó-
logos profesionales que destacaron su obra, y el creciente prestigio de la arqueolo-
gía como oficio de gente culta y avanzada en los círculos sociales de la incipiente
burguesía criolla, los que hicieron que la obra fuera bastante célebre en su tiempo.
Es lícito preguntarse cuántos la habrán leído y entendido. No obstante, quizá no
deberíamos ser tan duros con Requena. Debemos recordar que fue él quien abrió
las puertas para una nueva etapa en la arqueología de Venezuela. Gracias a sus
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 113

gestiones y al interés que despertó su obra, entre 1932 y 1934 vinieron a nuestro
país los primeros arqueólogos profesionales: Wendell Bennett, Alfred Kidder II
y Cornelius Osgood, quienes pocos años después publicaron las primeras mono-
grafías sistemáticas de sitios arqueológicos y los primeros informes regionales
y generales, amén de la primera cronología relativa para nuestro país. Además,
podríamos decir que gracias a la obra de Requena se instauró entre nosotros un
gusto por una visión romántica del pasado que aún persiste y que privilegia lo
extraño, lo estético y lo exótico (Berlin 2000: 33-34). Sin cinismos, podemos decir
que esto ha cumplido un papel más que notable en la obtención de fondos y en la
consolidación de centros de estudio y programas de enseñanza.

La modernidad entra en casa

El período entre 1932 y 1948 coincidió con la consolidación y sistematización de


la arqueología académica en Estados Unidos y también con las políticas generales
hacia América Latina adelantadas por la administración Roosevelt, lo que incluyó
la promoción de las investigaciones científicas en esta área del mundo, con el objeto
de servir a las necesidades políticas y de información antes y durante la Segunda
Guerra Mundial. En 1933 el Museo Peabody de la Universidad de Yale fundó el
Programa de Arqueología del Caribe, cuyo objeto fue impulsar el desarrollo de la
metodología a través de la investigación intensiva en un área particular, además de
estudiar el problema del poblamiento aborigen de las Indias Occidentales y sectores
relacionados de Tierra Firme (Osgood y Howard 1943: 5). Debido a esto, la impor-
tancia de la arqueología del país se desplazó de la indagación de un pasado propio a
una perspectiva internacional que enfatizó su posición en el continente.
En 1941, el Instituto de Estudios Andinos suministró los fondos necesarios
para realizar una serie de nuevos proyectos en el marco de es programa. De es-
tos proyectos, Osgood dirigió el Proyecto Cinco, el cual abarcaba a Venezuela y
las Indias Occidentales, con Irving Rouse como director asistente y George D.
Howard como supervisor de proyectos. Osgood y Howard hacen trabajo de campo
en Venezuela entre 1941 y 1942, y los resultados se publicaron en 1943. An Ar-
chaeological Survey of Venezuela es la primera obra moderna y de conjunto sobre
la arqueología del país. Antes de esa fecha la mayoría de los trabajos de campo se
había limitado a los alrededores del lago de Valencia, y a las cercanías de los prin-
cipales centros poblados. No obstante, no debe tomarse por una obra exhaustiva.
El trabajo de campo duró dos meses, pero los autores estaban conscientes de lo
limitado de su propósito: 1) Determinar las características arqueológicas de loca-
lidades específicas, 2) Estimar las áreas en las cuales los yacimientos arqueoló-
gicos eran comunes y 3) obtener información que generara problemas e hipótesis
114 Rafael A. Gassón P.

para investigaciones futuras (Osgood y Howard 1943: 15). Quizá el resultado más
conocido del trabajo fue difundido por Walter Dopouy como la “Teoría de la H”.
Dicen Osgood y Howard:

Venezuela es una región de gran importancia arqueológica por su posición como la


barra conectora de una H entre las principales rutas de migración entre las rutas mi-
gratorias de la costa oeste de las Américas y las rutas de migraciones posteriores a lo
largo de la parte este de Suramérica hacia las Antillas. (Osgood y Howard 1943: 15)

A pesar de su extrema simplicidad, ésta parece ser una de las hipótesis más
fecundas de la arqueología venezolana, a juzgar por las veces que ha sido citada
para apoyarla o renegar de ella. Según el cristal con que se la mire, la “Teoría de
la H” ha sido el punto de partida de la mayoría de los programas de investigación
ocurridos luego, o también el fundamento para una visión despectiva de Venezue-
la como un campamento, como un no-lugar (Sanoja y Vargas 1999: 187-188).
De todas maneras, puede decirse que el libro marcó un hito en la arqueología
venezolana. Por primera vez los problemas generales de la prehistoria venezo-
lana fueron ubicados en una perspectiva continental y bajo una misma tenden-
cia, el Particularismo Histórico, que enfatizaba la importancia de cronologías y
secuencias culturales para obtener síntesis culturales de las diferentes regiones
de América. Sin embargo, casi al mismo tiempo Alfred Kidder II presentaba el
primer survey regional del país (Archaeology of Northwestern Venezuela, 1970),
en donde los datos arqueológicos fueron examinados con un enfoque metodoló-
gico diferente. De esta manera, dichos problemas fueron ubicados en el marco
de las discusiones teóricas y metodológicas de los académicos norteamericanos
de la época, en particular sobre las ventajas y problemas de la aplicación del lla-
mado Método Taxonómico del Medio Oeste, o “Sistema Mc Kern”, utilizado por
Osgood y Howard, vs. El enfoque “genético-cronológico” de Winifred y Harold
Gladwin, utilizado de manera modificada por Kidder II1. Finalmente, las relacio-
nes entre los investigadores extranjeros y sus pares locales iniciaron la moderni-
zación de la arqueología en el país, pero también constituyeron el comienzo de un
proceso de dependencia académica que marcó durante muchos años la práctica
de la disciplina en el país. Con el Programa de Arqueología del Caribe de Yale se
estableció una colaboración con el Museo de Ciencias Naturales de Caracas que
incluía no sólo proyectos arqueológicos sino también un plan de desarrollo del
museo, el cual sirvió como institución de base para las investigaciones futuras.

1 Dicho en forma simplificada, estos esquemas varían en la definición de las unidades integradoras
(fases y tipos) y en la importancia dada a las coordenadas de espacio y tiempo para la reconstrucción
de la historia cultural (Gassón y Wagner 1992: 223).
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 115

Los lineamientos fundamentales del Programa de Arqueología del Caribe


fueron continuados por José M. Cruxent e Irving Rouse, quienes produjeron dos
de las monografías más importantes que se hayan generado en el país, y que sir-
vieron de guía para buena parte de la investigación futura: Arqueología cronoló-
gica de Venezuela (1958-1959) y Arqueología venezolana (1963).
Cruxent y Rouse trabajaron juntos desde 1946 hasta 1963, y llevaron a cabo
uno de los proyectos de investigación en arqueología más prolongados y sistemá-
ticos hechos en Venezuela. Estos autores utilizaron la hipótesis general del trabajo
de Osgood y Howard, además de la propuesta metodológica, la experticia técnica
y conocimiento de la arqueología caribeña de Rouse, y las ideas y amplio conoci-
miento de nuestro territorio por parte de Cruxent. Cruxent fue una de las figuras
más destacadas del llamado Grupo de Caracas de la Sociedad Panamericana de
Geografía e Historia. Como el propio Rouse dijera años mas tarde, fue Cruxent
quien concibió la idea de construir un conjunto de tablas cronológicas para Ve-
nezuela, tarea para la cual solicitó su ayuda (Rouse 1978: 203). Sin embargo, es
evidente la importancia de la participación y el apoyo de Rouse, en el aspecto teó-
rico y metodológico. Fue él quien introdujo en la arqueología del país los términos
modo, estilo y serie, de amplia difusión y uso hasta la actualidad. Esta metodolo-
gía fue desarrollada por Rouse en su obra Prehistory in Haiti: A Study in Method,
considerada como una de las más avanzadas de su época (Willey y Sabloff 1974:
100). En cuanto al método, su concepción de la cultura como un conjunto de nor-
mas compartidas, y como objeto de estudio de la antropología, siguió claramente
el programa de Talcott Parsons, quien estableció la “división del trabajo” entre
los científicos sociales americanos (Kuper 2001: 88). Volviendo a nuestros textos,
el propósito del proyecto fue elaborar un resumen del estado de la arqueología
de Venezuela para la época, lo que para ellos significaba una actualización de la
obra de Osgood y Howard, y elaborar una cronología detallada que sirviera para
organizar e interpretar los materiales arqueológicos. Para esto, se definió una
serie de áreas, basadas en la topografía del país (Islas, Costas, Montañas, Llanos,
Orinoco, en vez de las entidades federales de Osgood y Howard). Usando análisis
estilísticos, fechamientos absolutos a través de C14 y correlaciones geológicas e
históricas, estos autores establecieron seis períodos arbitrarios de carácter funda-
mentalmente cronológico (Cruxent y Rouse 1982: 238).
Como los autores anteriores, el tema más importante del trabajo tenía que
ver con la posición geográfica de Venezuela en el continente, y su importancia
en el poblamiento del territorio y en las características culturales de sus antiguos
habitantes. De manera general intenta ser una respuesta a la polémica establecida
entre Cornelius Osgood y Julian Steward acerca de la importancia de las áreas nu-
cleares (en nuestro caso, de la región andina) para la comprensión de los procesos
116 Rafael A. Gassón P.

culturales ocurridos en las tierras bajas del este de Suramérica. Aquí, Venezuela
aparece como un área óptima para movimientos migratorios en general. Aunque
las relaciones entre las áreas mayores es más compleja que la planteada por Os-
good y Howard, el resultado del trabajo tiende a apoyar más las ideas de Osgood
que las de Julian Steward (1947), quien proponía un centro único de desarrollo
cultural en los Andes centrales, de donde supuestamente habrían partido influen-
cias culturales a Venezuela elevando el nivel de la etapa marginal de cazadores y
recolectores, hasta alcanzar dos niveles de desarrollo básico: Circumcaribe (ca-
racterizada por rasgos y ceremoniales de tipo andino) y de Selva tropical (en la
que no había tales rasgos). De acuerdo con Cruxent y Rouse, ésta fue una visión
simplista del problema, porque los datos demuestran que fueron llegando influen-
cias diferentes en épocas distintas.
Los datos obtenidos y las hipótesis desarrolladas fueron refinados cinco años
más tarde en Venezuelan Archaeology (1963), utilizando para ello el esquema de
desarrollo cultural propuesto por Rouse para las Antillas, el cual consiste en una
serie de épocas y períodos refrendados por dataciones obtenidas a través de dife-
rentes metodologías, esquema que da una visión comprehensiva de la prehistoria de
la región. De esta manera, el pasado venezolano quedó dividido en cuatro grandes
épocas: Paleoindia, Mesoindia, Neoindia e Indohispana (Rouse y Cruxent 1963:
1-3). Aunque estas épocas tienen mayor significado evolutivo que los períodos cro-
nológicos de la primera obra, sólo se establecieron niveles generales de evolución
cultural, utilizando las diferentes series y estilos como unidades análogas a las dife-
rentes “tribus” o grupos étnicos (Rouse y Cruxent 1963: 14-17).
Para no abundar más, podemos resumir los aportes de las obras de Cruxent
y Rouse como sigue:
1) La extensión de la prehistoria venezolana hasta el más remoto pasado, con
la inclusión de las épocas Paleoindia y Mesoindia, desconocidas hasta ese
trabajo.
2) Una propuesta de periodificación clara y sustentada por primera vez por mé-
todos de datación relativa y absoluta.
3) Vinculación sistemática con la arqueología caribeña y americana en general.
Aunque con raíces en el programa ilustrado, a través de autores como Julio
César Salas y sobre todo Miguel Acosta Saignes (1961), no es sino trece años des-
pués cuando aparece con fuerza una propuesta alternativa al programa de la historia
cultural. Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos (1974) de Sano-
ja y Vargas significó sin duda una revolución teórica en la arqueología venezolana.
Dicha revolución fue sustentada por dos propuestas novedosas en nuestro medio.
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 117

Primero, a finales de los años 40 Julian Steward propuso que las teorías an-
tropológicas debían ser evolucionistas y enfocadas hacia la organización de la so-
ciedad más que al contenido de las culturas (Gorenstein 1976: 97). Esta perspec-
tiva, el Evolucionismo multilineal, estaba centrada en la definición de conceptos
y métodos necesarios para determinar regularidades en las relaciones funcionales
de los patrones culturales y en los procesos de cambio cultural ocurridos en forma
independiente en diferentes partes del mundo. Para Steward, era importante dis-
tinguir entre un enfoque generalizante, científico, y uno histórico, particularista
Para Steward, este enfoque científico intenta ordenar fenómenos en categorías
generales, reconocer relaciones consistentes entre ellos, establecer leyes y hacer
formulaciones con valor predictivo. Por su parte, el particularismo histórico es-
taba más enfocado con la ocurrencia de fenómenos en tiempo y espacio, la par-
ticularidad de estos conjuntos de fenómenos, y el ethos o sistema de valores que
caracteriza las diferentes áreas culturales (Steward 1976: 3). Para operacionalizar
este modelo, Sanoja y Vargas utilizaron las implicaciones analógicas de patrones
comunitarios, un conjunto de categorías generales basadas en el tamaño del gru-
po y patrón de asentamiento2.
Segundo, Sanoja y Vargas adoptan una teoría sustantiva distinta, el materia-
lismo histórico, en mi opinión, específicamente el marxismo estructuralista fran-
cés. Como es sabido, la obra de Althusser parte de la consideracion de que Marx
abrió el continente de la historia al analisis cientifico, y propone una lectura de
Marx con base en el estructuralismo y la nueva epistemologia francesa. La nove-
dad de esta concepción de la historia partía de la proposición de un nuevo criterio
de periodización: la sucesión de totalidades sociales (modos de producción y de
formaciones sociales). De acuerdo con lo anterior, Sanoja y Vargas analizaron la
variabilidad existente en las antiguas organizaciones políticas y socioeconómicas
venezolanas, estableciendo una serie de Formaciones Sociales, Modos de Pro-
ducción y Modos de Vida con significado cronológico, evolutivo y sociológico
(Sanoja y Vargas 1974; Vargas 1990). Éste, sin lugar a dudas, es el más importante
y clásico aporte del trabajo de Sanoja y Vargas.
Además, debo mencionar como uno de los momentos más interesantes y
creativos de la arqueología venezolana su intento de plantear una teoría multili-
neal de la evolución desde una perspectiva marxista, al plantear la existencia de
modos de producción que no aparecían en los textos clásicos de Marx y Engels,

2 “Starting from a point of view different from those heretofore employed, we have tried to develop
a classification of cultures that is usable with both ethnographical and archaeological data and
that has functional and evolutionary as well as historical and descriptive significance” (Beardsley
et al. 1955: 133).
118 Rafael A. Gassón P.

tales como el llamado Modo de Producción Tropical y el Modo de Producción Teo-


crático.
Catorce años después aparece la obra de Vargas Arqueología, ciencia y so-
ciedad (1990). Desde el punto de vista teórico, es uno de los más ambiciosos tra-
bajos que se han escrito en Venezuela. El texto está compuesto de dos partes. En
la primera se ofrece un discurso sobre el carácter de la arqueología como ciencia
histórica y particular, cuyo objetivo es reconstruir el desarrollo de las sociedades
antiguas. Se plantea definitivamente a la historia (y no a la antropología) como la
teoría sustantiva y general en la que se basa la arqueología. Luego se definen una
serie de categorías generales (Cultura, Modo de Vida y Formación Económica
y Social) y una serie de conceptos (Vida Cotidiana, Grupo Doméstico, Espacio
Doméstico, Grupo Territorial y Región Histórica). Finalmente, se hace un análisis
tanto de los estudios anteriores como una propuesta de ordenamiento del pasado
venezolano con base en los conceptos de formación económico-social (de cazado-
res y recolectores, tribal), conformado por diferentes modos de vida (igualitario y
jerárquico cacical), distribuidos por regiones geográficas y estados.
Este estudio es importante como sistematización teórica y fuente de hipóte-
sis pero, desde mi punto de vista, el abandono de la exploración de la variabilidad,
evidenciada en posibles modos de producción o modos de vida específicamente
locales o americanos, podría verse, a la luz de las teorías neoevolucionistas, como
un retroceso, ya que se abandona las perspectiva evolucionista multilineal a fa-
vor de un modelo unilineal más conservador, basado en el cuarteto banda-tribu-
cacicazgo-estado, popularizado por Service (1965). Por otra parte, podría decirse
que la crítica contenida en este texto a otras posiciones teóricas refleja la actual
situación de competencia entre la arqueología social latinoamericana y nuevos
paradigmas emergentes en la arqueología regional, la crisis de los estados popu-
listas y de la izquierda en general. Aunque se señala la necesidad del marxismo
de renovarse o de ser absorbido por el movimiento postmodernista, pareciera que
también hace un llamado a una posición más ortodoxa dentro de los postulados
del marxismo clásico para constituirse en posición dominante, al menos en el
ámbito de la práctica arqueológica regional:

La razón de la vigencia de las ideas de Marx en al ámbito académico antropológico


anglosajón, surge de la imposibilidad de encontrar en el positivismo o en el neopositi-
vismo la base filosófica para estudiar al hombre como totalidad dentro de sus condi-
cionamientos materiales y técnicos. Las diversas variantes del neopositivismo no han
logrado hasta la fecha sino producir explicaciones particulares, formales y ahistóricas
de la pseudoconcreción, dejando relegada la Arqueología al rango de una disciplina
que sólo sirve para explicar lo que explica con el objeto de que podamos obtener cada
vez más datos sobre lo mismo. […] nuestra obra intenta también dar una respuesta
crítica a las propuestas inspiradas en el marxismo que sustentan diversos arqueólogos
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 119

anglosajones o que trabajan en el mundo académico angloamericano. Apoyadas en las


tesis del postprocesualismo y del postmodernismo, plantean la necesidad de desechar
las relaciones causales y las determinaciones en las que se fundamenta el análisis
marxista, orientándose hacia modelos explicativos relativistas y transhistóricos. En
verdad pensamos que, constituyen simplemente otra teoría social donde el epísteme
neopositivista se endulza con citas y frases de Marx: el ValeTodo del postmodernis-
mo. (Vargas 1990: xvi-xvii)

El momento actual (¿postmoderno?) en Venezuela

Aunque a las ciencias les gusta presentarse con el ropaje de la unidad, podemos
caracterizar a la arqueología de hoy en día, y en particular a la arqueología ve-
nezolana contemporánea, como un conjunto de diferentes posiciones teóricas y
programas de investigación que tienen casi como único punto en común un in-
terés por el pasado. Estas posiciones teóricas y programas se mueven dentro de
diferentes sistemas de valores académicos y políticos. Navarrete ha sugerido que
este fenómeno es consecuencia del momento postmoderno (Navarrete 1995: 130-
134). Creo que también podría ser visto como consecuencia de la antigua disputa
entre los programas ilustrados y románticos que han permeado la construcción
del conocimiento antropológico (Kuper 2001: 64).
El arte prehispánico de Venezuela es el primer texto multivocal de la arqueo-
logía venezolana. Como su antecedente de 1971, Arte prehispánico de Venezuela,
tiene en primer lugar la intención de ampliar el público a quien está dirigido. No
debe olvidarse que se plantea más como un libro de arte que como una arqueolo-
gía de Venezuela. Pero se propone también como una actualización de la obra de
Cruxent y Rouse. Por esto, a diferencia de la primera versión, se incluye ahora un
conjunto de ensayos divididos por áreas geográficas generales, donde se trató de
incluir, además de nuestro conocimiento actual sobre el país, una muestra signi-
ficativa de las diferentes posiciones teóricas vigentes en Venezuela. A manera de
crítica, se podría indicar que las diferentes regiones reseñadas no están divididas
de acuerdo a criterios sistemáticos de orden metodológico, geográfico o histórico,
sino que son arbitrarias y parecen estar basadas en el conocimiento y la experticia
de los autores invitados3.

3 Las regiones y sus autores son los siguientes: Alto Orinoco, por Alberta Zucchi; El Orinoco
Medio, por Rodrigo Navarrete; El Oriente de Venezuela, por Mario Sanoja e Iraida Vargas; Los
Llanos Occidentales, por Alberta Zucchi; El Piedemonte Oriental y los Llanos Altos de Barinas
y Portuguesa, por Rafael Gassón; La Región Andina, por Erika Wagner; La Cuenca del Lago de
Maracaibo, por Lilliam Arvelo; El Noroccidente de Venezuela, por Lilliam Arvelo y José Oliver,
y La Esfera de Interacción Valencioide, por Andrzej T. Antczak y Marlena Antczak.
120 Rafael A. Gassón P.

Luego, se incluye una sección sobre “La realidad del estilo”, donde Miguel
Arroyo, museólogo, artista y crítico de arte, realiza un análisis sobre los oríge-
nes, técnicas, usos y posibles significados de la cultura material, sobre todo de
la cerámica, siguiendo la noción clásica de estilo sugerida por Cruxent y Rouse.
Estos ensayos, que hacen énfasis en la estética prehispánica, han recibido me-
nos atención de la que merecen, y sólo tienen como antecedente la obra de Lelia
Delgado, Seis ensayos sobre estética prehispánica en Venezuela, quien planteó,
correctamente, que el estudio de los fenómenos estéticos del pasado debe ser
hecho en el marco de la historia social (Delgado 1989: 22). Aunque Arroyo parte
de una noción más romántica, nos recuerda de manera simple y contundente que
las manifestaciones materiales del pasado venezolano no pertenecen sólo a los
arqueólogos y que deberíamos abrirnos también a otras audiencias:

En términos generales se puede decir que la alfarería prehispánica venezolana se ha


visto poco y mal, y que no ha dejado de prevalecer en muchos de los que han tenido
ocasión de mirarla, el sentimiento de que ella no alcanza la altura formal y expresiva
que poseen otras obras en arcilla del continente y del mismo período. Y es, precisa-
mente, la admiración que siento por lo creado en ese campo por las grandes culturas
americanas del pasado, lo que me lleva a pensar que hay grandes obras en la alfarería
prehispánica de Venezuela y que la variedad de formas, ornamentaciones, texturas y
técnicas que nuestros aborígenes usaron, evidencian que quienes las realizaron eran
seres sensibles, inteligentes e inquisitivos, que hicieron uso de su talento para crear
objetos de muy buen diseño y calidad que respondían plenamente a sus necesidades
físicas y espirituales. (Arroyo 1999: 156)

La tercera parte es un voluminoso y detallado catálogo de objetos, organiza-


do y dirigido por Lourdes Blanco, quien tuvo la tarea de documentar y describir
un universo de 940 piezas de alfarería, organizadas bajo los conceptos clásicos de
serie y estilo, y tratando de seguir, en lo posible, una cronología. Aunque el es-
quema propuesto continúa siendo el de Cruxent y Rouse, se incluyeron los nuevos
sistemas de clasificación y las correcciones de atribuciones cuando ellas existían
(Blanco 1999: 234).
Finalmente, Orígenes de Venezuela (1999), de Sanoja y Vargas, plantea de
manera explícita una lectura política e histórica del pasado más remoto del país.
Propone que el actual territorio venezolano no es sólo una convención moder-
na, sino que existe una unidad entre sus regiones geohistóricas, las sociedades
que la han habitado y sus culturas, que comenzó a gestarse durante la época
prehispánica, ofreciendo a los europeos conquistadores, y luego a los mestizos
y criollos, la matriz donde comenzaría a establecerse el futuro Estado nacional.
De acuerdo con Sanoja y Vargas, la historiografía tradicional presenta la historia
de la nación como un conjunto de períodos (precolombino, colonial, republicano
y contemporáneo) sin mayor conexión entre sí, explicados a su vez por discipli-
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 121

nas especializadas (sociología, historia, antropología) que presentan los hechos de


manera desconectada. La alienación que surge de la incomprensión de la historia
sirve como fundamento ideológico para la estructuración tradicional del poder
y su sostenimiento y reproducción, al proyectar hacia los venezolanos imágenes
distorsionadas o negativas acerca de sus orígenes, dificultando la tarea de presen-
tar puntos de vista alternativos que cuestionen la tradicional estructura de clases.
Propone también que la correcta restitución del proceso de conformación de la
nación venezolana puede servir de sustento al actual proyecto político venezolano
y latinoamericano. Así:

La unidad histórica entre el paisaje, la sociedad y la cultura sobre la cual se funda-


mentaron las regiones geohistóricas aborígenes propició, siglos después, la quimera
de una unidad de los pueblos: el sueño bolivariano de la unión latinoamericana que
ahora, más que quimera, es una certeza de nuestro futuro inmediato. […] Es por eso
que venezolanos, colombianos, ecuatorianos y peruanos y bolivianos no pueden ig-
norarse, vivir atrincheradamente tras de sus fronteras. Milenios de historia aborigen
consolidaron la materia prima de la unidad bolivariana: la gente, la cultura común y el
territorio. La gesta bolivariana le dio un nuevo contenido a esa historia común, avivó
la lucha para contener la pobreza y la injusticia social secuela del sistema colonial.
Hoy, los hijos de los guerreros de la independencia, indios, negros y mestizos buscan
la esperanza de un nuevo comienzo, de una nueva forma de vida forjada en la lucha
contra la explotación neocolonial y neoliberal de los pueblos marginados del disfrute
de la vida. (Sanoja y Vargas 1999: 5-6)

Como parte de este proyecto político alternativo, se presenta una discusión


general sobre los procesos de conformación de las diferentes regiones geohistó-
ricas que pone el problema de la división temporal en un segundo plano. Aquí
el énfasis se hace sobre la conformación del paisaje, los procesos de trabajo y
los sistemas de organización social y política. Como base de esta propuesta, se
presenta un esquema conformado por seis regiones geohistóricas4. Luego de dis-
cutir las características de dichas regiones geohistóricas, concluyen que las raíces
históricas de la sociedad venezolana contemporánea se encuentran en el pasado
prehispánico, ya que los colonizadores reconocieron empíricamente una realidad
geohistórica fundamentada en los procesos de trabajo, la organización del espacio
y los modos de vida y de organización social aborígenes. Finalmente, argumentan
que las visiones tradicionales de la historia prehispánica, que hacían énfasis en la
difusión y migración, proporcionan una imagen distorsionada del pasado que no
contribuye a la creación de una conciencia nacional.

4 1) Cuenca del Lago de Maracaibo, 2) Región Andina, 3) Noroeste de Venezuela, 4) Llanos Altos
Occidentales, 5) Región Centro Costera y 6) Región Oriental, dividida en dos subregiones 6a)
Cuenca del río Orinoco, 6b) Noreste de Venezuela.
122 Rafael A. Gassón P.

Es difícil dar una opinión sobre estas obras, por estar aún tan cerca de no-
sotros, y por haber tenido yo mismo una pequeña participación o por haber sido
citado en ellas. Diré sin ambages que comparto en buena parte la noción de que
toda reconstrucción del pasado lleva, implícita o explícitamente, una intencionali-
dad política. Diré también que comparto la idea de que el grueso de la historiogra-
fía nacional presenta imágenes muy distorsionadas de nuestra historia, que han
contribuido al presente estado de polarización política en el país. Sin embargo, es
fácil observar una serie de problemas en estas representaciones de la arqueolo-
gía venezolana: ¿deberíamos seguir pensando en el pasado como fuente de goce
estético, o como un ejercicio académico que no plantea mayores problemas al
presente? Por el contrario, ¿es posible fundar un proyecto político del presente en
la más remota historia? Respecto a la construcción del pasado, ¿deberíamos tener
un proyecto hegemónico o varios proyectos compitiendo? ¿Por qué adoptar una u
otra posición? Esta brevísima reflexión me lleva a la conclusión.

Conclusión

La práctica de la arqueología en Venezuela en la actualidad presenta una serie


de problemas que afectan la forma como hacemos arqueología, para quién la ha-
cemos, y la visión que tenemos acerca del pasado prehispánico. Por tanto, sugie-
ro que la arqueología venezolana está enfrentando una crisis de representación.
Considero que esta crisis obedece a tres causas fundamentales. En primer lugar,
pensamos que es producto de las características de la conformación de la arqueo-
logía moderna en Venezuela. Textos como Orígenes de Venezuela o Arte Pre-
hispánico de Venezuela, aunque tienen el mérito indudable de presentar visiones
de conjunto del pasado prehispánico, también constituyen visiones parciales y
excluyentes del mismo. Además, proporcionan la impresión de que la arqueología
de Venezuela es una labor que básicamente se encuentra hecha, a la que sólo se
añaden detalles o pies de página. Por el contrario, pienso que el período prehispá-
nico continúa siendo una de las etapas menos conocidas de la historia nacional, y
que los discursos modernos sobre el pasado venezolano comienzan a dar signos
de agotamiento. En segundo lugar, es evidente que los conceptos y categorías que
hemos utilizado tradicionalmente para organizar y examinar el pasado venezola-
no (en particular, las divisiones en períodos y en unidades espaciales de diversos
tipos) comienzan a ser insuficientes para dar cuenta de la variabilidad sociocul-
tural5. Tercero, y como consecuencia de lo anterior, tenemos que al nivel de la

5 Al menos, se podría indicar que el problema de las causas del cambio entre etapas históricas
ha sido muy poco considerado, que las metáforas y representaciones del tiempo tienden a
Cien años de arqueología venezolana a través de sus textos fundamentales 123

comunidad arqueológica nacional está ocurriendo una suerte de desintegración o


descentramiento hacia temas y modos menos tradicionales de hacer arqueología,
que indican al menos una inconformidad con lo que se ha venido haciendo y la
necesidad de abordar tópicos y problemas nuevos.
Debo reconocer que la conciencia de estos problemas surge precisamente
de una comprensión más profunda del pasado, producto de la creciente diver-
sificación y madurez de la práctica, pero argumento que la arqueología que
está por hacerse en Venezuela no podrá seguir siendo territorio de órdenes y
certidumbres, manteniéndonos confortablemente dentro de los límites de una
práctica convencional que critica –cuando lo hace– su contexto social, pero
que no se critica a sí misma. Argumento también, quizás a riesgo de parecer
optimista, que la crítica de la forma en que hemos reconstruido el pasado no nos
debe llevar a la desconfianza de la profesión ni de los profesionales que hasta
ahora la han ejercido, ni tampoco al rechazo absoluto de los modelos utilizados.
Estos problemas, lejos de persuadirnos de que es inútil estudiar el pasado, o de
que lo hecho hasta ahora es deficiente, nos muestran posibilidades para futuros
alternativos de la práctica arqueológica nacional. Finalmente, tengo que decir
que, lejos de pretender ser preclaro, me incluyo como objeto de esta crítica. En
este sentido, el comentario de Tim Ingold en torno al estudio de la historia de la
antropología no tiene pérdida:

Tal vez valga la pena enfatizar que nuestros antecesores en la disciplina no eran ni
tontos ni héroes, sino personas inteligentes y sofisticadas que escribían –como lo ha-
cemos nosotros– para promover el conocimiento y la comprensión humanos; no para
proveer unidades útiles a la enseñanza de la historia de la materia. No considerar sus
obras con la seriedad que merecen significaría admitir, nuestra propia ignorancia, no
la de ellos. (Ingold 1992: 13)

presentar aún un tiempo dividido en compartimientos estancos, y que las representaciones del
espacio son anacrónicas. Como indica Cardozo Galué, la historiografía oficial y universitaria,
centralista, iniciada en el segundo tercio del siglo XIX por los panegiristas de la gesta eman-
cipadora, ha borrado las especificidades locales y regionales, creando la entelequia de una
nacionalidad que hunde sus raíces en el pasado indígena prehispánico, presentando un país
homogéneo y monolítico a lo largo de los distintos períodos de su historia (Cardozo Galué
1992: 85).
124 Rafael A. Gassón P.

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Método y teoría en la arqueología
ecuatoriana
Florencio Delgado Espinoza

Introducción

Hacer una evaluación de la arqueología de Ecuador no es tarea fácil, no por la


cantidad y complejidad de los trabajos realizados sino, más bien, porque ésta poco
ha privilegiado los análisis interdisciplinarios y la investigación a largo plazo. La
arqueología, en muy contadas ocasiones, se ha desarrollado dentro del contexto
académico, notándose una clara ausencia del rigor científico. El transitar históri-
co de la arqueología se caracteriza por la explicación de los procesos precolom-
binos a través de una alta carga difusionista, sumada a una marcada tradición
clasificatoria tipológica. A partir de la creación de programas académicos en dos
centros de enseñanza, por primera vez se forman en Ecuador arqueólogos bajo la
influencia de la arqueología social latinoamericana y la arqueología procesual.
Recientemente, el desarrollo de la actividad petrolera ha permitido un auge de la
arqueología de contrato, que se genera en medio de limitaciones teórico-metodo-
lógicas importantes. Adicionalmente, el surgimiento de un movimiento indígena
que reclama su “historia” y la posibilidad de empoderarse de su pasado enfrentan
a la arqueología ecuatoriana a nuevas realidades y retos. Es en este marco que a
continuación se explora la historia de la investigación arqueológica en Ecuador,
enfatizando la situación actual y las perspectivas para el futuro.

Historia de la arqueología ecuatoriana

La arqueología en Ecuador ha transitado por varios caminos, donde se mezclan


influencias de paradigmas externos y aproximaciones locales. Este transcurrir
histórico se representa en tres épocas o períodos, los cuales no representan del
todo una secuencia unilineal, debido sobre todo a que, si bien los paradigmas
externos cambian la práctica arqueológica, internamente se mantiene la tendencia
clasificatoria tipológica.
130 Florencio Delgado Espinoza

Los inicios de la arqueología en Ecuador: la época pionera

Las primeras observaciones y descripciones sobre las sociedades del pasado en


Ecuador son realizadas por los viajeros de los siglos XVIII y XIX. Uno de ellos,
Alexander Von Humboldt (Humboldt 1878), además de detallar las características
del paisaje andino con sus poblaciones etnográficas, comentó sobre el pasado en
Ecuador, dando cuenta de la existencia de sitios monumentales como Ingapirka
en Cañar. Posteriormente, en Europa se publican descripciones de colecciones de
material arqueológico ecuatoriano ubicadas en museos europeos. Dalton (1898),
por ejemplo, presenta un estudio del material depositado en el Museo de Bruselas,
y Huezey (1870) describe la colección de Whimper en Londres, pero sin intencio-
nes de explicar aspectos de sus fabricantes.
Los inicios de la explicación del pasado en Ecuador se atribuyen al padre
Juan de Velasco (1727-1819), quien reconstruye la existencia del Reino de Quito a
partir de la evidencia arqueológica, etnohistórica, y la tradición oral expresada en
los mitos y leyendas presentes en la memoria colectiva de las sociedades indíge-
nas de su tiempo. En la época de su aparición, esta obra recibió buenos augurios
por parte de una sociedad nacionalista que buscaba en la historia apoyo a su pro-
ceso de construcción del nuevo Estado-nación. Hasta entonces, la sociedad local
carecía de referentes históricos comparables con las grandes civilizaciones, como
la Inka del Sur y la Maya y Azteca del Norte, razón por la que la existencia de un
gran reino y de una sociedad avanzada en el centro y norte de Ecuador resultaba
importante.
La obra de Velasco se enmarca dentro de una visión nacionalista del pasado,
en la que la existencia de ese pretendido reino aún subsiste, como en el caso de
muchos textos escolares (Salazar 1995), a pesar de que la arqueología ha dado
pruebas fehacientes de lo erróneo de tal reconstrucción. Más allá de las críticas,
la reconstrucción de Velasco fue sin duda la primera obra sobre el pasado de la
región que utiliza la evidencia arqueológica como argumento explicativo (Idrovo
1990).
Posteriormente, varios investigadores de Europa y Norteamérica realizan
exploraciones arqueológicas con el objetivo de obtener colecciones para los mu-
seos, instituciones que a su vez financiaban estos trabajos. George Dorsey (1901),
enviado por el Field Columbian Museum de Chicago, excava en la Isla de la Plata,
identificando varias ocupaciones, entre ellas, Valdivia –del Formativo Tempra-
no– e Inka. El trabajo de Dorsey contiene descripciones detalladas del material
cultural, el cual, según el autor, es comparable con el material arqueológico de
las costas de Manabí y Esmeraldas. Es en esta última región donde precisamente
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 131

Marshall Saville adelanta investigaciones unos años más tarde, publicando la mo-
nografía The Antiques of Manabí, en 1907, donde registra los corrales o estruc-
turas de piedra presentes en Cerro de Hojas, Cerro Jaboncillo y otros sitios de la
provincia. Saville observa y describe también el centro regional administrativo
del señorío de Jocay, ahora desaparecido bajo la ciudad de Manta. Posteriormente
publica The Gold Treasure of Sigsig, de 1924, cuya finalidad es la descripción del
gran tesoro de oro encontrado en la zona austral ecuatoriana, perteneciente a la
sociedad Kañari. Aun cuando Saville se había planteado un proyecto ambicioso
que buscaba definir el mapa arqueológico entre el istmo de Panamá y el norte del
Perú, área poco conocida por esa época, dicho proyecto no llegó a concretarse, y
se contentó con obtener información y material que ahora reposan en Norteamé-
rica. Este autor fue el primero en describir las “sillas manteñas”, de las que en la
actualidad existen contados ejemplos en Ecuador, y la mayoría se encuentra en
museos extranjeros.
Como parte de la Misión Geodésica francesa, Verneu y Rivet publican la
monografía Ethnographie Ancienne de l’Equateur, de 1912, una síntesis del pasa-
do interandino de Ecuador basada en la lectura de las crónicas y la tradición oral.
Si bien las investigaciones de Dorsey (1901) y Saville (1907) se enmarcan dentro
de una tradición más bien coleccionista, Verneu y Rivet (1912) poseen un corte
nacionalista que caracterizaba al intelectual europeo de la época (Salazar 1993).
El sacerdote Federico González Suárez lleva a cabo los primeros estudios de
la arqueología ecuatoriana y marca el inicio de los estudios realizados por ecuato-
rianos. Con él empieza la tradición de arqueólogos autodidactas. Investiga zonas
en donde realiza su labor pastoral. Estudia la zona austral y publica la primera
monografía sobre los Kañaris. En la zona norte establece las primeras secuencias
del Carchi. Las explicaciones de González Suárez siempre resultan contradicto-
rias; este autor no pudo conciliar sus ideas religiosas con la explicación de la evi-
dencia cultural. En temas cronológicos las contradicciones son más evidentes, por
cuanto la Iglesia y la comunidad altamente conservadoras de la época formularon
fuertes críticas a sus trabajos. De acuerdo con Salazar (1993), González Suárez
sufrió aislamiento de la comunidad arqueológica y sólo en los viajes a Europa se
alimentó de información que le permitió pulir las explicaciones y su metodología
de análisis. La gran carga descriptiva y el apego al análisis histórico limitaron las
posibilidades de desarrollo de la arqueología en manos de González Suárez (Sala-
zar 1993). Para hacer justicia a la arqueología de la época es necesario indicar que
tanto en Europa como en Norteamérica estaba en boga la visión anticuarianista,
la que, se sin lugar a dudas, se impuso en Ecuador.
132 Florencio Delgado Espinoza

La época clasificatoria descriptiva-especulativa

Jacinto Jijón y Caamaño, aristócrata y terrateniente quiteño que acudía regular-


mente a las librerías de Europa y se nutría de los conocimientos teóricos y meto-
dológicos de la época, emergió como la nueva figura de la arqueología de la Sierra
de Ecuador. A diferencia de González Suárez, Jijón y Caamaño fue muy acucioso
en el trabajo de campo y realizó investigaciones en varias partes del país, publi-
cando el primer intento de síntesis de la arqueología ecuatoriana, aunque con un
claro enfoque en los grupos de la Sierra. Este autor entiende que la explicación
arqueológica se fundamenta en la interdisciplinariedad; por ello se apoya en la
antropología física, la lingüística, la etnohistoria, y hasta en la filología (Echeve-
rría Almeida 1996). Durante su exilio en Perú, Jijón excava en el valle del Rimac,
donde entra en contacto con Alfred Kroeber y Julio C. Tello, y establece el primer
contacto con Max Uhle, a quien posteriormente invitaría a trabajar en Ecuador.
Excava en varias de sus haciendas, en el norte de Ecuador, en la zona de Quito,
en Manabí, aunque se enfoca en la zona andina central de Ecuador (provincias de
Chimborazo, Bolívar y Tungurahua). El énfasis de Jijón y Caamaño en reconstruir
secuencias culturales basadas en los cambios de estilo lo llevó a prestar mucha
atención a la estratigrafía. Fue uno de los principales críticos de la reconstrucción
realizada por Velasco con respecto al Reino de Quito. En términos teóricos, Jijón
y Caamaño no puede escapar de las explicaciones difusionistas de la época. En
su monografía intitulada Una gran marea cultural en el noroeste de Sudamérica
(Jijón y Caamaño 1997), liga el desarrollo cultural local con el área mesoamerica-
na. Su afán por explicar el desarrollo local con otras partes lo lleva a ver relación
entre la sociedad Kañari de la zona austral ecuatoriana con Tiahuanaco del área
circum Titicaca.
Consecutivamente, Max Uhle, luego de su gran contribución a la arqueo-
logía peruana y boliviana, llega a Ecuador, invitado por Jijón y Caamaño, como
habíamos señalado; investiga Tomebamba, ciudad inca, ahora bajo la ciudad de
Cuenca; en Esmeraldas investiga la Isla de la Tolita, y en la zona andina norte,
en Cumbayá y la provincia de Carchi (Salazar 1996). En Tomebamba realizó el
primer plano de la ciudad inca. Uhle vino a Ecuador precedido de la fama de
haber desarrollado el método de excavación estratigráfico, el cual no pudo apli-
car en Ecuador por su edad avanzada. Su enfoque más bien era el de establecer
secuencias culturales tomando como base la aparente presencia de la sociedad
Tihuanacu en territorio ecuatoriano. Sus explicaciones al proceso precolombino
en Ecuador tienen un alto enfoque difusionista. Para el autor, la prehistoria de los
Andes ecuatorianos recibe influencia de las altas culturas de los centros de civi-
lización, como la de Perú o la de la región Maya (Uhle 1922). En todo el trajinar
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 133

de Uhle por Ecuador no logró desarrollar excavaciones con el nivel de detalle es-
tratigráfico que lo hizo famoso en Perú y Norteamérica. Su aporte, sin embargo,
establece las primeras secuencias en el nivel regional, sobre todo en el Carchi.
En 1939, Edwin Ferdon Jr., enviado por la Escuela de Investigaciones Ameri-
canas de la University of Southern California, realizó un reconocimiento arqueo-
lógico en las provincias de Esmeraldas, Guayas y Manabí. Los reconocimientos
se basaron en la información recogida localmente, y el objetivo principal fue ob-
tener colecciones cerámicas, con limitados intentos de sistematizar su registro.
El material recolectado aún reposa en algunas bodegas de los centros de investi-
gación y museos del suroeste de Estados Unidos. En los años tardíos de su vida,
Ferdon hizo sin duda su mayor contribución al conocimiento de la prehistoria
de la península de Santa Elena al presentar un modelo del cambio climático que
habría experimentado esta región (Ferdon 1981), modelo basado en la ecología
cultural (Kroeber 1919).
Tras la Segunda Guerra Mundial, Collier y Murra efectuaron el primer reco-
nocimiento regional no sistemático de la zona central y austral andina ecuatoriana,
como parte de una expedición que integraba varias investigaciones patrocinadas
por el Instituto de Estudios Andinos en la región sur del área intermedia (Collier
y Murra 1982). Partiendo desde las cercanías de Riobamba, su reconocimiento
culminó en la provincia de Loja, cerca de la frontera con Perú. Este periplo los
lleva a varios sitios de cuya existencia se enteran mediante conversaciones con
habitantes locales. Excavan Cerro Narrío y Shillu en la provincia del Cañar. En
Cerro Narrío definen varios componentes culturales, entre los cuales identifican
cerámica del Formativo muy similar a la de la Costa (Braun 1982). El método
de obtención de la evidencia incluye excavaciones en área, en donde identifican
rasgos que los definen, como partes de viviendas y fogones; al mismo tiempo,
mantienen un meticuloso cuidado de la estratigrafía, asuntos clave para entender
las evidencias en un sitio que ha experimentado constantes campañas de huaqueo
desde la Colonia temprana. La secuencia cultural se mantiene hasta la presencia
Kañari. Con los datos de campo y la revisión de varias colecciones en Cuenca,
proponen una secuencia tentativa con base en el cambio y continuidad de los
estilos cerámicos. En sus clasificaciones utilizan el método estándar de cambio
en la decoración de las vasijas, al cual le adhieren una innovación, el análisis de
la pasta de la cerámica, con cuyos resultados proveen una secuencia que hasta la
actualidad es la base de la cronología local ecuatoriana.
Hasta la década de los 50, son pocos y esporádicos los intentos que se rea-
lizan por entender el proceso precolombino, siendo principalmente discusiones
basadas en las descripciones de pequeñas excavaciones. En los sesenta, no obs-
tante, la arqueología ecuatoriana se populariza en los centros de debate mundial
134 Florencio Delgado Espinoza

del pasado. Emerge la figura de Emilio Estrada, banquero exitoso y miembro


de la aristocracia guayaquileña y perteneciente a una sociedad agroindustrial en
plena vigencia en el litoral. Estrada emprendió excavaciones en Guayas y Manabí,
y en un viaje que hicieron los esposos Clifford Evans y Betty Meggers a Guaya-
quil, establecieron una relación estrecha que marcó los trabajos de Estrada hasta
su temprana muerte. Estrada, Meggers y Evans observan la gran similitud entre
el corpus cerámico excavado en Valdivia, provincia del Guayas, con el corpus
cerámico Jomón de las islas Kyushu y Honshú de Japón. Producen una de las
monografías más controvertidas e importantes dentro de la arqueología ecuato-
riana al presentar la tesis del viaje transpacífico, la misma que en forma general
manifiesta que un grupo Jomón llegó a las costas de Guayas, específicamente a
Valdivia, en donde enseñaron a los pobladores locales la técnica de la producción
cerámica (Meggers et al. 1965). La gran controversia estuvo llena de detractores
y unos pocos que rápidamente aceptaron esta hipótesis. James Ford, con base en
este estudio, propone un modelo de la introducción de la cerámica en el Nuevo
Mundo, producto de la llegada a través del Pacífico de cerámica made in Japan,
que luego desde Valdivia se expande hacia todo el continente (Ford 1969). Va-
rias investigaciones se desarrollaron como producto de esta controversia; algunos
trataban de encontrar evidencia para apoyar la teoría del contacto transpacífico
y otros, una gran mayoría, buscaban demostrar que estaba equivocada. Posterior-
mente, una oleada de investigaciones se enfocó en la Costa de Ecuador.
Estrada, ya sea en asociación con Meggers y Evans o en forma individual,
publicó secuencias culturales para Manabí y Guayas. En el Ensayo preliminar so-
bre la arqueología de Milagro describió detalladamente el material de la Cultura
Milagro-Quevedo, con base en tipos cerámicos. En Arqueología de Manabí Cen-
tral (Estrada 1961) presentó la primera secuencia cronológica de las costas sur y
central de Ecuador, a partir de la evidencia cerámica; además, determinó varios
sitios de Manta y sus alrededores. Paralelamente, Evans y Meggers desarrolla-
ron investigaciones en la Amazonia ecuatoriana y publicaron la monografía Ar-
cheological Investigations on the Rio Napo, Eastern Ecuador (Evans y Meggers
1968), donde definieron la presencia de la tradición polícroma en la Alta Amazo-
nia ecuatoriana y la vincularon con la zona de Marajó. También identificaron la
cultura Chorrera de la cuenca del Guayas (Evans 1957).
Betty Meggers continuó siendo el lazo más importante entre los arqueólogos
aficionados nacionales y el Smithsonian de Washington (Lumbreras 1992). Sin
lugar a dudas, una de las mayores contribuciones a la arqueología de Ecuador de
Betty Meggers es Ecuador: Ancient Peoples and Places, publicación que apare-
ce en 1966 y constituye la única gran síntesis de la arqueología de Ecuador. En
este ensayo la autora establece los períodos y fases culturales que componen el
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 135

Ecuador prehispánico, que con algunos pequeños cambios se utiliza hasta la ac-
tualidad.
Metodológicamente, Meggers, Evans y Estrada prefirieron las excavaciones
de unidades espacialmente restringidas, es decir, las llamadas excavaciones tipo
“casetas telefónicas”. Esta metodología les permitía obtener los resultados reque-
ridos para la construcción de cronologías mediante el ordenamiento del material
cultural en tipos cerámicos. Se preocuparon de mantener un claro control estra-
tigráfico para el ordenamiento de los diferentes tipos cerámicos que permitían
establecer la variación de estilos y, con ello, sustentar sus clasificaciones.
Meggers influye en la arqueología ecuatoriana tanto teórica como metodo-
lógicamente. Para el caso amazónico, propone un modelo desde la perspectiva
ecológico-cultural, en el que las limitaciones medioambientales de este espacio
–caracterizado por suelos pobres y con poco potencial agrícola– no habrían
permitido el desenvolvimiento de sociedades complejas en esta región (Meg-
gers 1999, 1999 [1954]; Mora 2003). La influencia de estos autores no se limita
a Ecuador, ya que se constituyen en un referente en la arqueología sudamerica-
na, en donde, a partir de los contactos de arqueólogos locales, se popularizó el
método Ford para clasificación de la cerámica, a partir de la clásica publicación
Cómo interpretar el lenguaje de los tiestos: manual para arqueólogos (Meg-
gers y Evans 1969).
La influencia de Meggers y Evans en autores como Estrada y, posterior-
mente, en el padre Porras y sus alumnos creó una tradición que se enfocaba en
la descripción de la cerámica y el análisis de los cambios estilísticos, que dieron
como resultado largas listas de tipos cerámicos presentes en Ecuador. Es preci-
so, sin embargo, mencionar que estas investigaciones, en conjunto, representa-
ron una forma más sofisticada de explicar el cambio cultural que la propuesta
en primera instancia por Meggers, Evans y Estrada. Para ser justos con estos
autores, es preciso indicar que ellos proponen la idea del viaje transpacífico a
partir de análisis de la evidencia; se podría decir que fue lo suficientemente
atrevida, pero basada en evidencia que, otra vez, podríamos afirmar, fue inter-
pretada incorrectamente.
Es claro que para los autores de esta época el método de recuperación y
clasificación de la información era lo principal de la práctica arqueológica. Se dio
énfasis al trabajo de campo, se excavaba por niveles que permitiesen discernir la
estratigrafía de los sitios, pero a diferencia de Collier y Murra, las excavaciones
utilizaron unidades restringidas, cuyo propósito fue ubicar la cerámica para esta-
blecer cronologías.
136 Florencio Delgado Espinoza

La influencia de la Nueva Arqueología

En Ecuador, el ingreso a un programa en la arqueología como el propuesto por


Binford (1962) se fue gestando de manera paulatina. El primer grupo de estudios
pasó bajo el manto teórico de la ecología cultural, pero sin alejarse de las propues-
tas clasificatorias, es decir que, aunque el análisis del cambio social se explica-
ba bajo premisas ecológicas, el método de análisis de la evidencia arqueológica
no dejaba de ser clasificatorio. Con base en prospecciones no sistemáticas en la
península de Santa Elena y sus alrededores (Lanning 1968), se presentaron las
primeras secuencias culturales de la zona (Hill 1972-74; Paulsen 1982; Simonns
1970). Sin duda, el trabajo más conocido de este grupo es el de Betsy Hill, quien a
partir del material de afiliación Valdivia produjo una secuencia de evolución esti-
lística y formal, alejándose para ello del método fordiano y utilizando una varian-
te metodológica que combina métodos clasificatorios modales desarrollados por
Rouse y Rowe (Hill 1972-74). Los resultados entraron en clara contradicción con
la clasificación de Meggers, Evans y Estrada (Meggers et al. 1965), en la medida
en que definen un componente Valdivia más temprano, presente en sitios alejados
varios kilómetros del mar, y cuyas características muestran muy poca o casi nin-
guna similitud con la cerámica Jomón. De forma clara, este estudio establece en
sus conclusiones que el modelo de la subsistencia valdiviano presentado por Me-
ggers et al. (1965) era inválido, ofreciendo paralelamente un método alternativo
de clasificación cerámica que luego habría de tener una gran aceptación entre los
arqueólogos nacionales y extranjeros. Otro estudio de este grupo lo elaboró Eu-
gene McDougle para discutir la importancia del manejo del agua en la península
de Santa Elena en condiciones de cambios medioambientales que experimentó la
zona durante el Formativo Tardío (McDougle 1967).
Luego de la temprana muerte de Estrada, las críticas a Meggers et al. (1965)
siguieron. Viteri Gamboa y Henning Bischof excavaron en San Pedro, un poblado
cercano a Valdivia, en donde, mediante un examen de la estratigrafía, demuestran la
existencia de un grupo cerámico mas temprano del Valdivia Temprano de Meggers,
Evans y Estrada (Bischof 1972). Hacia finales de los 60 y durante los 70 aparece el
denominado Grupo Guayaquil, que bajo el liderazgo de Zevallos Menéndez tuvo
en Olaf Holm, Jorge Marcos y Presley Norton a los más destacados miembros, que
luego tendrían una gran incidencia en el desarrollo de la arqueología ecuatoriana,
en especial de la Costa. Zevallos Menéndez estableció en sus excavaciones en San
Pablo la presencia de ollas del Valdivia Medio, cuya decoración era producto de las
improntas de maíz (Zea mays), es decir, el resultado de la aplicación de granos de
maíz sobre la superficie cerámica, previa a la cocción. Además, Zevallos y otros
integrantes del Grupo propusieron que la base económica valdiviana era agrícola,
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 137

basada en la producción de maíz (Zevallos Menéndez 1971). Paralelamente, Presley


Norton excava en el sitio Loma Alta, varios kilómetros alejado del océano, con un
conjunto cerámico Valdivia temprano, lo cual da soporte a la propuesta de Zevallos
Menéndez. El trabajo desarrollado por los integrantes del Grupo Guayaquil se en-
focó en gran medida en el estudio de la subsistencia valdiviana.
Este período se caracteriza por una investigación que apoyaba o desesti-
maba el trabajo de Meggers, Evans y Estrada. Dentro de esta esquizofrenia por
determinar la antigüedad de la cerámica y comprobar o desechar los modelos
explicativos basados en viajes transpacíficos y contactos con otras regiones, Ka-
ren Stothert introdujo el primer análisis sistemático de la industria lítica de la
península de Santa Elena (Stothert 1974). De forma seguida, dirigió el proyecto
pionero de investigación sistemática orientado hacia el conocimiento de las so-
ciedades arcaicas (Stothert 1983, 1988) en la Costa ecuatoriana. Stothert definió
a la sociedad arcaica en Las Vegas como un grupo de movilidad restringida con
un sistema de caza y recolección estratégico, con un campamento base utilizando
una subsistencia de amplio espectro (Stothert 1988). Mediante el análisis de las
prácticas mortuorias, la autora identifica la existencia de un sofisticado progra-
ma de enterramientos con entierros primarios, secundarios y osarios, en el sitio
OGSE-80. También indicó la asociación en ofrendas de picos de concha que fue-
ron utilizados en labores de labranza. Los análisis botánicos mostraron que para
los 7000 años AP, ya se había domesticado la calabaza, y posiblemente el maíz
(Stothert 1988). Adicionalmente, se concluyó que el Arcaico de la Costa ecuato-
riana es parte de una tradición que se expresa desde la Costa del Perú hasta Pa-
namá. A diferencia de los estudios anteriores, éste no se basa en clasificaciones;
más bien, se nota la influencia de la ecología cultural.

Lathrap y la influencia de Illinois

Una de las contribuciones más significativas a la arqueología de la Costa de Ecua-


dor es la de Donald Lathrap, activo oponente de las ideas de Meggers y Evans,
sobre todo en lo concerniente a las explicaciones del proceso cultural en la Ama-
zonia. Estos debates se transportaron hacia la explicación del desarrollo de las
sociedades tropicales del oeste de los Andes. Lathrap propone el modelo de las
culturas de foresta tropical, sociedades de las tierras bajas, portadoras de grandes
estilos que, según el autor, se expanden hacia la zona andina (Lathrap 1970, 1974).
En su afán de desestimar la teoría difusionista del viaje transpacífico sobre el
origen de la sociedad Valdivia, Lathrap propone también una explicación difusio-
nista al explicar que los orígenes de Valdivia deben estar en los valles de la cuenca
amazónica (Lathrap 1970).
138 Florencio Delgado Espinoza

La contribución más importante de Lathrap a la arqueología de Ecuador


se deriva de su asociación con Jorge Marcos, con quien emprendió el proyecto
arqueológico Real Alto, el mismo que marca el inicio de la arqueología moderna
en Ecuador. Real Alto se constituye en un proyecto integral interdisciplinario y a
largo plazo que busca establecer procesos de cambio sociocultural. En la investi-
gación del valle de Chanduy, se integraron métodos innovativos como el análisis
de suelos, para establecer componentes botánicos y de fauna, mediante el em-
pleo del sistema de flotación. Los resultados fueron sorprendentes, en la medida
en que proveyeron información sobre los primeros domesticados en la Costa de
Ecuador (Damp et al. 1981; Damp 1988; Marcos 1988; Pearsall et al. 1988, 2002,
2004; Pearson 2002). Los análisis zooarqueologicos definieron los componentes
de la fauna formativa presente en la península de Santa Elena (Bird 1976; Stahl
1984, 2003). Mientras que Lathrap se había imbuido de las premisas de la eco-
logía cultural, en su diseño de investigación incluyó varias propuestas desarro-
lladas por Flannery en el valle de Oaxaca (Flannery 1986). El proyecto integró
a varios de sus estudiantes con sus propios intereses. Así, mientras que Marcos
(2003), con gran influencia de la arqueología descriptiva de Zevallos Menéndez,
se interesó en la reconstrucción cronológica, Zeidler (1984) estudia el uso del
espacio, y el proceso de complejización social en Real Alto, con clara influencia
de las discusiones de la evolución cultural y de la propuesta del marxismo es-
tructural que combina las propuestas marxistas con los análisis estructurales de
Lévi-Strauss. Pearsall (1988, 1992), por otro lado, especializada en paleobotánica,
busca establecer los cambios a través del tiempo de la sociedad de Real Alto con
el entorno medioambiental, y a partir de la evidencia de Real Alto perfecciona el
método para identificar fitolitos de plantas domesticadas, logrando establecer el
conjunto de especies domesticadas del formativo de la costa ecuatoriana. Aunque
este proyecto no significó el desarrollo de escuelas locales, sirvió como base, en
la medida en que Marcos, fundador luego de la Escuela de Arqueología en Gua-
yaquil, ingresa a la Universidad de Illinois y se convierte en el primer arqueólogo
profesional ecuatoriano en 1979, cuando culmina su doctorado.
En la Sierra, la universidad de Bonn realizó investigaciones durante varios
años en el sitio Cochasquí, ubicado a pocos kilómetros al norte de Quito, pero sus
trabajos se enfocaron en desarrollar una cronología cultural local con base en los
cambios estilísticos de la cerámica. Actualmente, este sitio es explotado para el
turismo, por el consejo provincial de Pichincha, y lo definen como un centro de
observación, merced a las propuestas de varios arqueoastrónomos que han reali-
zado mediciones del sitio (Ortiz 1996).
En la frontera norte de Ecuador, provincia del Carchi, la arqueología aparece
con una clara tendencia a ordenar el material cerámico en una secuencia regio-
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 139

nal. Si bien Alicia de Francisco (1969) explica el cambio con base a las múltiples
interrelaciones con el medio ambiente, la mayor contribución es la clasificación
cerámica del Carchi.
Athens es sin duda quien desarrolla la propuesta más cercana al proyec-
to binfordiano en Ecuador (Athens 1980). Éste propone entender el proceso de
complejización social a partir de varias hipótesis, que van desde cambios en el
tamaño de la población hasta el desarrollo de la tecnología agrícola. Explica los
procesos de intensificación agrícola en términos de flujo energético y concibe a
la sociedad como un sistema en constante interacción con el medio. Con base en
la combinación de análisis regionales y de sitio, explica el desarrollo de la zona de
Imbabura, en donde integra patrones de uso del suelo y concluye que los modelos
presentados por sí solos no explican el proceso de complejización de la llamada
cultura Cara de la Provincia de Imbabura (Athens 1980).
Al tiempo, la misión española bajo la dirección de José Alcina Franch reali-
zó investigaciones en Esmeraldas y la zona sur de Ecuador (Alcina-Franch 1988,
1995). La intervención en Ingapirka permitió entender la estructura del sitio,
así como su cronología (Fresco 1993). En Esmeraldas, los estudiantes de Alcina
Franch realizaron estudios regionales que permiten reconstruir patrones de asen-
tamiento (Guinea Bueno 1986, 1988; Guinea Bueno et al. 1995).
A finales de la década de los 70 y los 80, los museos del Banco Central se
integran a la investigación arqueológica en varios sitios y regiones del país, pro-
ceso que coincide con el retorno de un grupo de estudiantes ecuatorianos que se
habían formado en Francia, que se integran al museo y llevan a cabo importan-
tes proyectos de investigación. Ernesto Salazar retoma el interés por los trabajos
del Paleoindio desarrollados en los cincuenta por Robert Bell (Bell 1965) y en
los sesenta por Mayer-Oakes (Mayer-Oaks 1993). Con una clara influencia de
la escuela de François Bordes, Salazar clasifica las industrias líticas de El Inga.
El desarrollo teórico sobre los estudios del Paleoindio era muy limitado, por lo
que el enfoque se centró más en la caracterización de la industria lítica (Salazar
1980).
Francisco Valdez, luego de investigar la zona de Sigsig, conduce el proyec-
to de La Tolita en Esmeraldas (Valdez 1984, 1986, 1987), bajo los auspicios del
Museo del Banco Central de Quito. Los estudios de Valdez se caracterizan por
la necesidad del museo de obtener información y proteger el sitio, y de desarro-
llar explicaciones al fenómeno cultural que significó La Tolita. Por esta misma
época, Bouchard lleva a cabo investigaciones en La Tolita (Ecuador) y Tumaco
(Colombia), las cuales producen datos que permiten definir las características de
la sociedad asentada sobre la isla La Tolita y sus alrededores (Bouchard 1986,
140 Florencio Delgado Espinoza

1995, 1998). Existen varias publicaciones con respecto a esta zona; sin embargo,
todavía hay mucha tendencia a las descripciones, con el consabido sacrificio de
las inferencias sobre el proceso cultural de La Tolita, donde, por lo general, lo
sofisticado de su industria metalúrgica hace que las explicaciones de los procesos
culturales hayan perdido su importancia en esta zona.
En la región austral ecuatoriana, Jaime Idrovo realiza investigaciones en si-
tios como Ingapirka y Pumapungo (Idrovo 1979, 1984, 2000), sitios construidos o
reconstruidos durante la expansión Inka en los Andes septentrionales. En el caso
de Ingapirka, en su mayoría las intervenciones no han sido con el fin establecer
mayores reconstrucciones del pasado, sino más bien con el afán de descubrir los
componentes del sitio, para ponerlos al servicio del turismo. De las intervenciones
de Idrovo en el sitio se establece que existen varias partes que son netamente es-
pacios Kañaris, en donde los Inkas no realizan esfuerzos transformadores; otros
son espacios transformados, mientras que unos terceros son construcciones incas.
En Pumapungo, el único barrio que aún se conserva de la antigua Tomebamba
que vio nacer a Hayna Cápac, el trabajo, bajo los auspicios del Banco Central,
tampoco fue dirigido a partir de un proyecto de investigación; más bien, es el
resultado de la convergencia de intereses desarrollados por el personal técnico
del Museo del Banco Central. La falta de un claro diseño de investigación basado
en la formulación de hipótesis no puede adjudicársele a Idrovo; debe resultar di-
fícil trabajar en proyectos diseñados por personal burocrático que, en la mayoría
de los casos, no fue entrenado para realizar este tipo de acciones. De cualquier
manera, el trabajo desarrollado en la región austral ecuatoriana se enfoca en los
últimos períodos, en donde existe una influencia de la etnohistoria. En términos
de método y teoría, el saldo es más bien negativo: no se explica cómo en más de
una década de intervención en Pumapungo, y con un presupuesto muy generoso,
no se han realizado análisis botánicos, de polen, fitolitos, etc. Otra área de investi-
gación conducida por equipos francoecuatorianos fue el sur de Ecuador, en donde
se identifica una secuencia cultural larga representada desde el Arcaico hasta el
período Incaico (Guffroy et al. 1987).
De regreso a la Costa, en Guayaquil, Olaf Holm llega a la dirección de la
sección de arqueología de la división de programas culturales del Museo del Ban-
co Central en Guayaquil, y desde esta posición impulsa varias investigaciones;
lamentablemente, éstas siempre estuvieron en manos de arqueólogos extranjeros,
algunos de los cuales hicieron que los recursos para la investigación del banco
fueran inaccesibles para los ecuatorianos. Estas investigaciones, en muchos de
los casos, no integraron personal nacional y, por ende, no generaron la formación
académica o en metodologías de los arqueólogos nacionales. Resultaban contra-
dictorias las políticas entre Quito y Guayaquil, pues mientras en Quito el área
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 141

de investigación estaba formada en su mayoría por arqueólogos nacionales, en


Guayaquil el caso era el contrario.
Desde los inicios de los ochenta, en la Costa se forman dos ejes de inves-
tigaciones: el Programa de Antropología para el Ecuador, dirigido por Presley
Norton, con un enfoque en la investigación de la región del sur de Manabí y norte
de Guayas. Este programa, en parte financiado por el Museo del Banco Central,
mantenía una visión regional y a largo plazo. En sus inicios integraron el equipo
arqueólogos extranjeros, sobre todo ingleses y norteamericanos. El segundo, a
través del Centro de Estudios Arqueológicos (CEAA) de la Escuela Superior Poli-
técnica del Litoral, que se enfocó en el trabajo del sitio Real Alto y sus alrededo-
res, buscando sobre todo entender el proceso de complejidad social y la economía
de los valdivianos que se asentaron en este lugar.

El desarrollo de los centros académicos

Hasta los ochenta, el trabajo arqueológico fue desarrollado por arqueólogos ex-
tranjeros, los llamados ecuatorianistas, asociados a centros investigativos o aca-
démicos de Norteamérica y Europa, y por pocos individuos ecuatorianos que,
además de la afición por la arqueología, tenían las condiciones económicas para
practicar su afición. Es precisamente uno de estos aficionados quien estudia en
Norteamérica y se convierte en el primer profesional ecuatoriano de la arqueo-
logía, y también en el principal gestor de la escuela de arqueología que se forma
en Guayaquil. En Quito, varios antropólogos formados en el exterior forman el
Departamento de Antropología de la PUCE, en donde se comienzan a impartir
clases de arqueología y, finalmente, se integra un pensum para arqueólogos. Sin
lugar a dudas, la presencia de estos dos centros significó un cambio en la práctica
de la arqueología de Ecuador.

La Escuela de Arqueología en Guayaquil

En 1980 se crea la Escuela Técnica de Arqueología, con la finalidad de suplir la


necesidad de arqueólogos en Ecuador. Luego se transforma en Escuela de Arqueo-
logía y, posteriormente, en el Centro de Estudios Arqueológicos y Antropológi-
cos, con una visión andina. Con Jorge Marcos a la cabeza, se diseña un programa
interdisciplinario y se apoya con profesores de varios países, entre los cuales se
contaban los representantes o padres de la arqueología como ciencia social, como
Luis Guillermo Lumbreras y Felipe Bate. El programa se basaba en la aplicación
del materialismo histórico a la explicación del proceso cultural precolombino. Se
142 Florencio Delgado Espinoza

contaba con un gran énfasis en el trabajo de campo desarrollado en Real Alto y en


la baja Cuenca del Guayas. Aun cuando se ha dicho que la Escuela de Arqueología
de Guayaquil representó el proyecto de la Arqueología Social (Benavides 2001),
es importante señalar que constituía un grupo en donde, si bien predominaba el
pensamiento marxista, dentro del cuerpo de profesores existían representantes
de la arqueología procesual. Mediante la lectura de varios manifiestos, que cir-
culaban en forma hasta cierto punto secreta en varias instituciones educativas de
América Latina, se buscaba entender el pasado precolombino bajo los sustentos
del materialismo histórico (Bate 1998; Lumbreras 1981; Vargas y Sanoja 1992).
La premisa del materialismo histórico es que son las contradicciones en el nivel
de desarrollo de las fuerzas productivas frente a las relaciones sociales de produc-
ción las que permiten el cambio de un sistema o modo de producción a otro. Este
enfoque teórico tenía vicios de explicaciones unilineales de desarrollo. Así, gran
parte de la arqueología social de los ochenta radicaba en generar el equipaje ter-
minológico que enlazara el materialismo histórico con la explicación del proceso
arqueológico; en cambio, en términos metodológicos, se recurría a las clasifica-
ciones del material cultural producidas en los 60. Se instauró en la escuela el mé-
todo de análisis modal de la cerámica, el cual se aplicó y aún aplican egresados
de este centro, sin la más mínima de las críticas. Con el convencimiento de que la
clasificación modal es la mejor que existe, varios arqueólogos nacionales la han
aplicado a cualquier tipo de escenarios; de hecho, pareciera que para muchos la
arqueología termina con la tal clasificación modal. Los esfuerzos por desarrollar
la arqueología social más allá de la categorización, a mi modo de ver, no han dado
frutos, lo que no quiere decir que no tenga potencial, pero tal como se ha practi-
cado en la Escuela de Arqueología de Guayaquil, no avisora mayor futuro. Se ha
dicho que uno de los principales aportes de la arqueología social es el desarrollo
de una conciencia comprometida por parte del arqueólogo con la comunidad para
la que trabaja, con la sociedad a la que se pertenece, etc. Creo que la responsabi-
lidad que el arqueólogo crea tener con uno u otro grupo o persona, y la respuesta
que le sepa dar, es un asunto más bien personal. Proyectos arqueológicos con una
visión social en Ecuador no han sido exclusivos de quienes se adscriben a la ar-
queología social; más bien han sido aquellos no ligados con esta corriente los que
han desarrollado proyectos con visión social. Una gran mayoría de los graduados
de la Escuela de Arqueología de Guayaquil actualmente trabaja en la arqueología
petrolera, la cual por ningún lado puede decirse que es “social”.
Luego de buenos auspicios, este programa entra en crisis, en parte por el
poco apoyo que recibe en Ecuador, y por problemas internos, lo cual produjo
un avance descontinuado y una práctica arqueológica que no pasó de la retórica
teórica, es decir, los trabajos que surgieron del CEAA se marcaban por un so-
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 143

fisticado desarrollo teórico, pero con poca concordancia con la evidencia empí-
rica, por lo que, al final, la arqueología social no pasó –a mi manera de ver– del
enunciado teórico, como en una especie de aplicación de los principios marxistas
a la arqueología. Con las debidas excepciones del caso, en su mayoría las tesis
elaboradas en el CEAA generaron construcciones cronológicas, mediante el uso
del método modal para la clasificación de material. En otros casos, produjeron
trabajos desde la perspectiva zooarqueológica o etnobotánica, con una influencia
más de la Nueva Arqueología que de la Arqueología Social Latinoamericana.
Actualmente, este centro académico acaba de cerrarse, luego de establecerse un
proceso de evacuación en donde los egresados, por la presión del tiempo y la falta
de personal que los guiara, terminaron produciendo un verdadero pastiche, con
un retorno evidente a la historia cultural.

La carrera de Antropología en Quito

El padre Ignacio Porras desarrolló un taller de Arqueología dentro de la carrera de


Historia y Geografía. Porras fue un incansable arqueólogo de campo; efectuó tra-
bajos en la Sierra y la Costa, pero sobre todo en la Amazonia, en épocas cuando
pocos arqueólogos se aventuraron a investigar esta zona. Autodidacta, pionero y
con entrenamiento en el lenguaje de los tiestos, este autor publicó varios ensayos
sobre la arqueología de Ecuador, pero su legado ha sido duramente criticado por
su ligereza metodológica. El centro fundado por Porras formó varios investigado-
res, especializados en desarrollar clasificaciones cerámicas. En el Departamento
de Antropología de la misma Universidad Católica, se integra en su pensum el
entrenamiento de antropólogos con especialización en Arqueología, en donde se
han graduado alrededor de cuatro arqueólogos. Uno de ellos fue Marcelo Villal-
ba, quien, bajo los auspicios del Museo del Banco Central, publica su monografía
Cotocollao (1988), con un claro contenido marxista asociado a la corriente de la
arqueología social.
Con una planta docente con sólo dos arqueólogos, las posibilidades para
el desarrollo teórico metodológico son muy precarias. La falta de proyectos de
investigación generados dentro de la facultad limita las posibilidades de entrena-
miento de campo y laboratorio de los estudiantes, teniendo éstos que aprovechar
las posibilidades de integrarse a las prácticas de campo en alguna escuela de
campo o investigaciones puntuales de arqueólogos extranjeros.
A finales de la década de los 80, un convenio interinstitucional entre el Ins-
tituto Nacional de Patrimonio Cultural en Quito y el gobierno de Bélgica produce
el proyecto Ecuabel, que se enfoca en dos frentes: la restauración de algunos
144 Florencio Delgado Espinoza

espacios del centro histórico de la capital, especialmente las iglesias, y la investi-


gación regional en el valle de Quito y zonas adyacentes. Como producto de ello,
varios estudiantes que en Quito no tenían oportunidad de entrenamiento hallaron
espacios para desarrollar sus prácticas. Al mismo tiempo, el personal del Instituto
Nacional de Patrimonio Cultural encontró la ocasión de profundizar en el conoci-
miento de la investigación arqueológica. Una de las principales contribuciones de
este programa fue que por primera vez se realizó en el país arqueología histórica
dentro de los programas de restauración de las iglesias del Centro Histórico de
Quito (Buys 1994, 1995).

La arqueología actual

Desde los 90, la arqueología en Ecuador ha mantenido una dicotomía entre los tra-
bajos investigativos, con orientaciones teóricas claras y diseños de investigación
propuestos por arqueólogos extranjeros –y unos pocos nacionales con conexiones
con el exterior–, y los estudios desarrollados por los nuevos profesionales ecuato-
rianos, quienes en su mayoría se han orientado hacia la arqueología de contrato.
Dentro del primer grupo priman los estudios enfocados hacia la investigación
regional, así como los análisis de los procesos de interacción, estrategias de con-
quista y defensa, origen y desarrollo de sociedades complejas, estrategias de
poder y uso de los recursos. En la Costa, varias investigaciones significativas se
han llevado a cabo desde los finales de los 80 y durante los 90. Stemper (1993)
realiza uno de los primeros estudios regionales, en donde integra los asentamien-
tos de la cuenca media del río Guayas con los sistemas de camellones, definidos
en los 80 (Denevan y Mathewson 1983; Mathewson 1987). Stemper busca en-
tender la interacción de las sociedades locales con estos sistemas. Así, concluye
que las bases del poder de las sociedades cacicales en la zona de Daule son la
utilización de la fuerza laboral para la construcción de los campos de camellones,
y la consecuente adquisición de excedentes de los miembros de la élite, lo que
les permite participar en una red de intercambio regional y mantener el acceso a
la producción artesanal especializada en la confección de ornamentos de metal
(Stemper 1993).
En la provincia de Manabí, una investigación con una perspectiva regional
se lleva a cabo en el valle del río Jama, en el norte de Manabí (Zeidler y Pearsall
1994). Diseñado como un proyecto interdisciplinario y a largo plazo, la investiga-
ción en el valle del Jama ha producido, entre otras cosas, una secuencia regional
que empieza desde Valdivia Terminal y termina en la época del contacto español
(Zeidler y Pearsall 1994). Los investigadores de este proyecto han logrado inte-
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 145

grar información del paleoambiente, de patrones de asentamiento, tefrocronología


y análisis de cambio en el material cultural, con lo que nos presentan un cuadro
bien formado de los procesos culturales de la zona (Zeidler e Isaacson 2003).
Lamentablemente, luego de la auspiciosa publicación del primer volumen, aún
se espera el segundo, en donde se promete presentar los datos y las explicaciones
concretas del proceso cultural local.
Últimamente se han desarrollado dos proyectos con enfoque regional en la
cuenca del Guayas, uno en la Cuenca Alta, en el sector de la Cadena-La Maná, y
otro en la Cuenca Baja, en el sector de Yaguachi. El primer trabajo, desarrollado
por un grupo de Suiza (Guillaume-Gentil 1996), tuvo como objetivo definir la
organización espacial de los montículos del área, determinar sus funciones, cro-
nología, y su relación con montículos de zonas aledañas (Guillaume-Gentil et al.
2001). Mediante varias prospecciones superficiales registraron más de un millar
de montículos, también llamados tolas, nucleadas y que forman arreglos regulares
e irregulares. Los investigadores concluyen que estas tolas tuvieron la función de
viviendas y que su construcción empieza desde el final de Valdivia, en el For-
mativo. Actualmente, trabajan en el análisis de los materiales que les permitan
reconstruir las actividades en cada una de las tolas excavadas (Guillaume-Gentil
1998).
El otro proyecto se desarrolló en la Cuenca Baja del Guayas y tuvo como
objetivo establecer la relación entre el proceso de intensificación agrícola a través
de la construcción de los campos de camellones y el proceso de acumulación de
la riqueza de las élites cacicales en la zona. Con base en el análisis de la eviden-
cia obtenida a través de una prospección regional de más de 400 kilómetros, se
evidencia la presencia de más de 600 montículos, nucleados en centros regiona-
les, subcentros y aldeas de agricultores, patrón en donde se hace claro el acceso
diferencial a los productos. La conclusión más importante, sin embargo, es que la
construcción y el mantenimiento de los sistemas productivos estaban a cargo de
la élite (Delgado Espinoza 2002).
En la Sierra, las investigaciones de carácter regional se llevan a cabo en el
valle de Guayllabamba, con la finalidad de establecer las estrategias expansivas
del Imperio inca en la zona. A partir de una prospección regional y con un plan-
teamiento teórico que retoma el marxismo estructural, Bray (2003) concluye que
los Inkas, en el corto tiempo que estuvieron en la zona, no establecieron cambios
drásticos en las estructuras locales, y que el control fue más bien indirecto en la
zona. En la Sierra Sur, provincia de Loja, Dennis Ogburn emprende una prospec-
ción regional que busca también entender el proceso de conquista, las estrategias
de control y la organización sociopolítica implantada por los Inkas en la zona de
Saraguro (Ogburn 2001). Sus conclusiones indican una situación opuesta a la de la
146 Florencio Delgado Espinoza

zona norte: la expansión inca en la zona cambió sustancialmente la organización


local, mediante un control directo ejercido desde el Cuzco a través de Tomebam-
ba. Mediante el análisis de la composición de las piedras labradas (almohadilla-
das) encontradas en algunos sitios, concluye que éstas fueron transportadas desde
el Cuzco (Ogburn 2004). En el occidente de Pichincha, Lippi (1998) llevó a cabo
una prospección regional, en donde identifica varios asentamientos conectados
por redes de caminos de acceso entre la costa norte y el valle de Quito. Presenta
una secuencia cultural desde el Formativo hasta el contacto; sin embargo, su apor-
te es más descriptivo que teórico, en la medida en que su investigación no estuvo
orientada a responder preguntas específicas.
Una contribución al entendimiento de la interacción del cacicazgo Cayambe
fue la realizada por María Auxiliadora Cordero (1999), quien mediante el análisis
del material cultural excavado en Puntiachil (centro administrativo del señorío
Cayambe) y sus alrededores señala la importancia que tuvo el intercambio con las
zonas bajas amazónicas para el desarrollo del poder de este cacicazgo. El fuerte
lazo con la sociedad portadora de la cerámica Cosanga, al parecer, se produce en
el pie de monte y la Alta Amazonia (Delgado Espinoza 1999), y fue clave en el
manejo del poder de los Cayambis (Cordero 2001).
En la actualidad existen varias investigaciones en curso y otras recientemen-
te concluidas que, sin lugar a dudas, aportarán al conocimiento del pasado de dis-
tintas zonas de Ecuador. Una de ellas es la de Andrea Cuéllar (2006) en el valle
de los Quijos, en la que con un claro enfoque regional, y un sustento teórico para
entender el desarrollo de las sociedades complejas, se ha buscado reconstruir el
patrón de asentamiento regional, con el fin de entender las características de la
organización política y económica de los cacicazgos asentados en el valle de los
Quijos.
Otro estudio interesante es el proyecto binacional de Salazar y Rostain (Sa-
lazar 2000), quienes ejecutaron varios reconocimientos regionales y excavaciones
en el complejo Huapula, también conocido como Sangay, registrando centenas
de montículos, nucleados y formando varias aldeas, en donde existe una aparen-
te jerarquización de asentamientos. Se plantea que estas sociedades estaban en
constante contacto con grupos de la Sierra, aunque los análisis continúan. A esto
se suma la investigación de Rostoker, quien se ha interesado por reconstrucciones
tipológicas del material de la zona de Macas (Rostoker 2003).
En la zona sur de la Alta Amazonia, sector de Zamora Chinchipe, un grupo
de arqueólogos francoecuatorianos subvencionado por el IRD realiza un intere-
sante proyecto de investigación. Los primeros descubrimientos indican la pre-
sencia de sociedades organizadas muy tempranamente; se señala que ya en el
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 147

Formativo estos grupos se encuentran en pleno proceso de interacción con lugares


distantes como la Costa. La sorprendente similitud de la cerámica con el estilo
Chavín le adhiere importancia al sitio. Es necesario, sin embargo, evitar el entu-
siasmo que genera este tipo de hallazgos, que en muchos casos desvían la mirada
hacia la formulación de propuestas teóricas que deben resolverse mediante la in-
vestigación. De todas maneras, si este proyecto se desarrolla dentro de un diseño
de investigación en donde se priorice la puesta a prueba de los modelos teóricos,
el potencial para reescribir la arqueología de la Alta Amazonia es grande. Tanto
la investigación de Salazar y compañía como la de Guffroy y Valdez tienen el
potencial no sólo de constituirse en proyectos que cambien la idea de muchos
que miran a la Alta Amazonia como un espacio marginal respecto al desarrollo
andino, sino que pueden ser el punto de cambio hacia una nueva forma de hacer
arqueología en Ecuador.
En la Costa, la investigación se centra en la provincia de Manabí, con dos
proyectos en el sur y uno en el centro de la provincia. Valentina Martínez, junto a
un grupo interdisciplinario de Florida Atlantic University, ha llevado a cabo varias
temporadas en la zona de Río Chico, un sitio junto al mar, cerca de Salango. El
mismo fue ocupado durante Valdivia, en donde al parecer se dieron eventos rituales
asociados, en donde lo más llamativo es la presencia de figurinas Valdivia de tama-
ño mucho más grande del hasta entonces observado (López 1996). Luego, este sitio
fue abandonado y repoblado por los Manteños, cuyos estratos indican la presencia
de una gran estructura. Martínez indica la presencia de zonas de almacenamiento
y posibles talleres de concha, especialmente Spondylus. Actualmente, este proyecto
se enfoca en el análisis de los asentamientos manteños en el valle del Pital y sus
alrededores. En este proyecto se han introducido métodos de análisis espacial me-
diante la utilización de sistemas de información geográfica. El enfoque ha cambia-
do del análisis del asentamiento hacia una investigación regional.
El otro proyecto costero se presenta un poco más al norte, en el valle del río
Buenavista-Julcuy, donde se viene realizando una investigación de carácter re-
gional que busca establecer el proceso cultural local. La trayectoria en la zona se
desarrolla desde el Arcaico hasta el contacto español. Se ha ubicado la presencia
de grandes montículos de aparente función pública durante la época Valdivia, lo
que conlleva replantear el concebido modelo de organización Valdivia basado en
el Sitio Real Alto. Al mismo tiempo, se han realizado prospecciones de carácter
regional en gran parte del valle, con la finalidad de dilucidar la organización po-
lítica alrededor del centro administrativo del Señorío Salangome, que, según los
cronistas, existió antes de la Conquista. Las conclusiones preliminares indican,
en primer lugar, la existencia de un proceso de complejización social que empieza
durante el Valdivia Temprano (3200 aC); al mismo tiempo, existe una persistencia
148 Florencio Delgado Espinoza

de sociedades cacicales con períodos de una gran complejidad, y otros con casi
ninguna (Delgado Espinoza 2004). Finalmente, se observa que, junto al centro
de Agua Blanca (centro administrativo Salangome), existe una gran cantidad de
barrios, en donde al parecer se especializan en la producción artesanal (Delgado
Espinoza 2004, 2005).
En la zona central, un grupo francoecuatoriano, bajo la dirección de Jean-
François Bouchard, desarrolla una investigación con enfoque regional, que, entre
otras cosas, busca establecer la forma de interacción entre las sociedades locales
con el medio ambiente. Mediante la integración de un grupo multidisciplinarlo,
esta investigación se encuentra en la etapa de gestación, pero cae dentro de los
proyectos con enfoque regional, pero haciendo honor a la tradición de la arqueo-
logía europea en Ecuador, no se presentan modelos teóricos en el diseño de la
investigación.
Un trabajo de gran envergadura, bajo los auspicios del Banco Mundial, con
la conducción de Jorge Marcos, es el desarrollado en las costas de Guayas y Ma-
nabí, el cual tuvo como finalidad establecer las formas del manejo del agua desde
el pasado, integrando un equipo multidisciplinario. Se enfocaron en el manejo
de las albarradas, sistema de captación de agua que aún es utilizado en la Costa
ecuatoriana. Éste es uno de los proyectos modernos en donde se busca enlazar las
prácticas ancestrales al manejo actual del medio ambiente.
Varios nuevos estudiantes se han graduado del Centro de Estudios Arqueo-
lógicos y Antropológicos, y de la Pontificia Universidad Católica, cuyas tesis son
también un aporte significativo a la prehistoria local. Otros estudiantes han mi-
grado y se encuentran desarrollando tesis de maestría y doctorados en el extran-
jero, que de seguro van a enriquecer el conocimiento del pasado local.
En cuanto a la arqueología histórica, ésta tuvo un avance durante los ochenta
y noventa, dentro de los trabajos de restauración arquitectónica llevados a cabo en
el Centro Histórico de Quito. En años recientes, Roos Jamieson (2000) ha llevado
a cabo varios trabajos en Cuenca, tratando de entender la construcción de las re-
laciones de poder entre las unidades domésticas de la Cuenca colonial. Éste es un
esfuerzo que aún se mantiene aislado.

La arqueología de “contrato” en Ecuador

Un gran porcentaje de los arqueólogos nacionales practica la llamada arqueología


de contrato. Desde la década de los 90 pusieron en marcha varios proyectos de
desarrollo, para los cuales se realizan estudios de impacto ambiental y planes
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 149

de manejo, habiéndose incorporado en las dos instancias el análisis de la evi-


dencia arqueológica. Esta “arqueología petrolera” se centra en la Amazonia y ha
significado la fuente de trabajo para la mayoría de los arqueólogos nacionales.
Penosamente, esta actividad se desarrolla sin la menor observación de la técnica,
ni qué decir de la incorporación de teorías o preguntas que conduzcan el proce-
so de intervención en un área en peligro de destrucción. No existen estándares
que regulen al profesional arqueólogo, ya que el Instituto Nacional de Patrimonio
Cultural (INPC), ente encargado de emitir los permisos, evaluar el trabajo en el
campo y aprobar los informes, no ha hecho nada por regular esta práctica. En
varios casos, los permisos han sido expedidos a personas carentes de un título
profesional en arqueología, personas con muy buena disposición y de seguro con
intenciones de apoyar la arqueología, pero con muy limitados conocimientos re-
queridos para este tipo práctica. La disparidad metodológica difícilmente permite
realizar comparaciones entre sitios, menos aun síntesis regionales o locales. En
realidad, las compañías buscan cumplir con la ley, el INPC observa que se cum-
pla con la ley, y los arqueólogos que desarrollan este trabajo buscan un espacio
en dónde obtener recursos. Sin el mínimo conocimiento de lo que significa un
muestreo arqueológico, la mayoría de rescates se transforma en la excavación de
una o dos trincheras, en donde el objetivo primordial es obtener la mayor cantidad
de material que permita entender la variabilidad cerámica y lítica del sitio. Los
informes terminan con tipologías disparatadas y buenas síntesis etnohistóricas.
Salvo muy pocas excepciones, estos trabajos limitan su análisis a la tabulación
de los datos y a la clasificación del material cultural, siendo casi ausentes los fe-
chamientos. Ilógicamente, no se realizan análisis botánicos, zooarqueológicos, de
polen, etc., claves para entender la actividad antrópica en la Alta Amazonia (Mora
2003). En algunos casos, los reportes, a pedido de las petroleras, son considerados
confidenciales y, por ende, no sujetos de consulta, contradiciendo la razón misma
para la que fue realizado el rescate. Finalmente, no se contemplan dentro de estos
trabajos fondos para publicación, lo que ha generado que en el INPC existan más
de 300 informes que, con suerte, pueden ser revisados en dicha oficina. Tal es así,
que con pena y frustración algunos arqueólogos nacionales y extranjeros señalan
que los petrodólares han ocasionado la “década perdida” de la arqueología de la
Amazonia ecuatoriana.

Las instituciones culturales: museos del Banco Central

Un pequeño grupo de arqueólogos permanece en los museos del Banco Central


del Ecuador. El proceso de modernización del Estado, entre otras cosas, produjo
el recorte de los fondos de investigación que mantenían los museos del Banco
150 Florencio Delgado Espinoza

Central, una de las pocas instituciones en donde se podían localizar fondos de


investigación. Los museos del Banco Central, sin embargo, tienen una gran carga
burocrática encargada de la labor de organizar las exposiciones y conservar las
extensas colecciones adquiridas durante largos años. Los museos del Banco Cen-
tral fueron creados a partir de la compra de colecciones arqueológicas resultado
del accionar acucioso de los huaqueros, razón por la que más del 90% de las co-
lecciones no tienen un contexto ni procedencia conocidos. A pesar de las grandes
discusiones en lo referente a que la compra de piezas arqueológicas a los huaque-
ros sólo apoya esta actividad, el Estado se contradice, pues por un lado asigna un
presupuesto, sin duda muy limitado, para la protección del patrimonio cultural,
en donde se incluyen los sitios arqueológicos, al mismo tiempo que asigna recur-
sos, mucho más grandes, para la compra de piezas arqueológicas producto de las
acciones ilegales que el INPC busca controlar.
Las reservas de los museos del Banco Central son enormes y su manteni-
miento requiere de una nutrida burocracia de la “cultura”. La catalogación y re-
catalogación de estas reservas, los trabajos descontinuados a raíz de los cambios
de administraciones y los megasueldos absorben un presupuesto jugoso que no
permite la orientación hacia la investigación. Por otro lado, la dirección de estas
instituciones, en la mayoría de los casos, se basa en acuerdos y cuotas políticas o
en simpatías personales con las autoridades de turno, lo que merma las posibili-
dades de que estos espacios los dirijan profesionales que puedan generar políticas
investigativas. Una gran mayoría de los que ahora laboran en los Museos del Ban-
co Central en realidad tiene limitaciones que no les permiten utilizar los recursos
estatales en el mejoramiento de la investigación del pasado.

El Fondo de Salvamento de Patrimonio Cultural

En la capital de Ecuador funciona el Fondo de Salvamento de Patrimonio Cul-


tural, Fonsal, ente creado para el salvamento de los conventos de Quito, luego
de que un terremoto dejara a algunos de éstos en situación de inminente riesgo.
Actualmente mantiene un departamento de investigación arqueológica, generosa-
mente financiado con recursos del presupuesto municipal, al cual el Fonsal está
adscrito. En la actualidad, realiza el reconocimiento arqueológico del distrito
metropolitano de Quito, un ambicioso proyecto que busca generar, en primera
instancia, un mapa arqueológico. Un programa como éste tiene un excelente po-
tencial de constituirse en un modelo investigativo para el país; sin embargo, las
limitaciones del personal a cargo hasta el momento dan como resultado el desa-
rrollo de un proyecto regional que no tiene preguntas, hipótesis de trabajo, carece
de una visión dirigida e incluso de integración metodológica entre los varios gru-
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 151

pos de trabajo que se han establecido. Estos últimos, en gran parte, están a cargo
de profesionales en historia y geografía sin ningún entrenamiento en métodos de
arqueología de campo.

Los gobiernos locales

En los últimos años, los gobiernos locales, en su búsqueda de alternativas de


desarrollo, han ubicado al turismo como la nueva fuente de recursos. Frente a
esta posición, cada provincia, cada cantón y cada parroquia tratan de estimar los
recursos que pueden ser explotados con el turismo. Tomando ejemplos de Perú y
México, ahora se busca en el turismo arqueológico el potencial de obtener recur-
sos. Se realizan programas de reconocimiento, los cuales, sin embargo, en mu-
chos casos, no incluyen arqueólogos, sino al profesor del colegio que alguna vez
huaqueó un sitio o tiene afición por la historia. Desgraciadamente, estos entes son
políticos y, como tales, no tienen una idea clara de la investigación arqueológica;
más bien, buscan en esta nueva práctica una forma de engordar la burocracia o
especializarla en cosas para las que no está preparada. Un ejemplo es el caso de
un cantón de la provincia del Cañar declarada por el Congreso nacional Capital
Arqueológica del Ecuador, en donde la oficina que tiene el mismo nombre y se
encarga del desarrollo de los planes de manejo y las estrategias de investigación
es manejada por un experto en matemáticas, quien además es miembro de un
programa de vivienda que amenaza con destruir un importante sitio arqueológico.
Bajo este panorama, la práctica de la arqueología se ve complicada; difícilmente
podemos hablar de la existencia de un potencial para el desarrollo teórico y me-
todológico en este contexto.

El escenario político: la manipulación del pasado, juegos de


autenticidad y movimiento indígena

A inicios de la década de los 90 el movimiento indígena irrumpe en la arena polí-


tica de Ecuador, y lo hace con una paralización del país. A partir de la lucha por la
tierra, como resultado de varios años de organización, la Conaie, Confederación
de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, emerge como agrupación conformada
por 14 nacionalidades. El resultado de la organización indígena y el apoyo de
algunos sectores políticos y una gran masa intelectual, sobre todo de la capital,
permitieron que en la nueva Carta Magna de 1998 se declara al país plurinacional
y multiétnico. Aunque la propuesta de la Conaie no tiene la pretensión de volver al
pasado para encontrar explicaciones y acciones políticas en el presente, gran parte
152 Florencio Delgado Espinoza

de la lucha detrás de este movimiento radica en identificarse con un pasado. Por


un lado, esto significa una legítima aspiración del movimiento indígena a exigir
justicia, con base en la utilización de su pasado.
Al igual que en otras épocas, cuando la manipulación de las reconstruccio-
nes históricas ha servido para manejar discursos de supremacía étnica y para jus-
tificar incluso el statu quo, en la actualidad el movimiento indígena es capaz tam-
bién de hacer uso selectivo de las reconstrucciones históricas (Benavides 2004).
La utilización selectiva de los datos obtenidos por la arqueología y el proceso de
autenticidad marcan la preocupación dentro de la arqueología contemporánea en
Ecuador. En sitios como Cochasquí se ha perpetuado el mensaje equívoco similar
a las reconstrucciones iniciales que sobre el Reino de Quito hiciera Velasco hace
más de dos siglos. Pero si bien éste constituye un ejemplo de reconstrucciones
erradas provocadas desde las mismas instancias de poder, en la actualidad tam-
bién es importante levantar la crítica hacia el uso del pasado mal reconstruido por
parte del movimiento indígena y de una nueva experiencia de etnogénesis.
Una de las contradicciones más visibles es la utilización de la bandera por
parte del Movimiento Pachacutek, el brazo político de la Conaie, que representa
el Arco Iris y que en Ecuador se conoce como la Wipala. Dice representar los co-
lores del Tawantinsuyu, y por ende, simboliza el proceso de resistencia frente a la
Conquista. No obstante, la contradicción radica en que estos símbolos fueron im-
puestos en los grupos locales por la conquista inca, la cual, al parecer, fue igual o
mucho más destructiva para las poblaciones locales. Muchos miembros de etnias
Kichwas de los Andes ecuatorianos tienen la creencia de que ellos son los directos
descendientes de los Inkas, aun cuando la etnohistoria y la arqueología han dado
muestras de la falsedad de esta aseveración. La falta de consistencia es notable, en
la medida en que por mucho tiempo los grupos indígenas proyectaron la imagen
de que todos los grupos étnicos de la Sierra de Ecuador eran descendientes de los
Inkas, pero el movimiento indígena no ha desarrollado ninguna estrategia que
permita establecer la descendencia de cada uno de los grupos. Para muchos de es-
tos grupos su historia empieza con los Inkas, y aunque no se sugiere, se entiende
que su historia empieza en Perú.
Otro ejemplo importante de etnificación basado en reconstrucciones histó-
ricas erradas se conecta con el desarrollo turístico que constituye la reinvención
de la Fiesta del Sol o Intiraymi. Esta Fiesta del Sol se realiza durante los solsticios
en varios poblados indígenas, con la idea de recrear una costumbre ancestral. Las
pocas reconstrucciones arqueológicas realizadas por los arqueólogos indican que
la presencia inca en la mayor parte de la región ecuatoriana fue relativamente
efímera, y en muchas de las regiones ni siquiera pusieron un pie. No obstante, las
comunidades locales han entendido que sus ancestros celebraban la Fiesta del Sol,
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 153

y han integrado esta costumbre, lo cual en sí mismo es derecho de cualquier gru-


po, comunidad e, incluso, individuo. Sin embargo, para hacerlo deben perpetuar
ideas equívocas y que contradicen las inferencias arqueológicas.
Varias nacionalidades que ahora reconoce la Conaie se definen con base en
la supuesta evidencia etnohistórica y arqueológica, pero en algunos casos se esti-
ma la presencia de grupos que arqueológicamente no se ha podido establecer. Así,
el peligro es el uso selectivo de la evidencia, y preocupa ahora que incluso exista
censura por parte del movimiento indígena hacia ciertas conclusiones de los estu-
dios arqueológicos con los que su orientación de lucha no esté de acuerdo.
Uno de los mayores riesgos se advierte en sitios como Salango, en Manabí,
en donde funciona un centro de investigaciones y un museo de sitio. Luego de la
muerte de su fundador, Presley Norton, el museo ha sido administrado por varios
entes, entre ellos, una ONG creada adjunta a Cemento Nacional. Luego del reti-
ro de esta última, la población local ha tomado control no sólo del museo, sino
también del centro de investigaciones, que si bien funcionaba de forma limitada,
ahora está a cargo de un dirigente autollamado de la nacionalidad Manta, aunque
en realidad llegó a Salango desde Guayaquil, luego de completar sus estudios de
pesquería, y se casó en Salango. En este caso, tanto el INPC como otras insti-
tuciones involucradas en el asunto han decidido confiar en la población local la
administración del museo, y de todo el centro de investigaciones, que está equipa-
do con computadores, laboratorios de paleobotánica y zooarqueología y contiene
colecciones trascendentales. La comunidad ahora decidirá cómo administrar el
centro y contratar y decidir qué tipo de investigación puede llevar a cabo.

Conclusiones y perspectivas futuras

La arqueología en Ecuador no se ha caracterizado por la existencia de un rigor


científico, siendo que en su mayor parte las reconstrucciones iniciales del pasado
fueron desarrolladas por aficionados, pertenecientes generalmente a la clase acau-
dalada y gente conectada con la Iglesia. La falta de profesionales bien entrenados
hizo que no hubiese exigencia en la calidad de la investigación arqueológica, la
que más bien ha sido una actividad limitada y en muchos casos mediocre.
En este escenario, y con el paso de los años, hacia la segunda mitad el siglo
XX, el aporte de la investigación extranjera fue importante para entender mejor
el pasado, pero esto no se tradujo en la creación de escuelas ni en el entrena-
miento de personal nacional de una manera consistente que hubiese transformado
el panorama de la disciplina ecuatoriana. Por esto se puede argumentar que en
Ecuador el “colonialismo arqueológico” ha sido la regla, donde prima una parti-
154 Florencio Delgado Espinoza

cipación muy desigual entre los arqueólogos nacionales y extranjeros. En muchos


casos, los arqueólogos extranjeros han logrado establecerse en Ecuador, realizar
trabajos bajo los auspicios del Museo del Banco Central –con jugosos recursos
del pueblo–, muchas veces sin resultado alguno. La tradición local, con serias
dificultades de acceso a recursos de investigación, se ha visto abocada a practicar
la arqueología de contrato, que, creemos, ha ido en contra del desarrollo teórico y
metodológico en la arqueología ecuatoriana.
En general, creemos que la arqueología en Ecuador sufre un retroceso, en
la medida en que, si la comparamos con los países vecinos, éstos experimentan
un gran avance. En Ecuador, el boom de la arqueología petrolera y de una nueva
arqueología relacionada con el turismo ha frenado las posibilidades de que los
nuevos profesionales que se gradúan desarrollen proyectos de investigación, pues
la arqueología de contrato requiere menos esfuerzo y, ciertamente, produce ma-
yores réditos económicos inmediatos. Muchos de estos profesionales no ven la
necesidad de especializarse ni realizar estudios de postgrado, pues, para el tipo de
arqueología que se practica en el contexto de la arqueología de contrato, no existe
la obligatoriedad de hacerlo. Esto ha degenerado en un medio en el que el arqueó-
logo ya no es un investigador, un científico comprometido con entender el pasado,
y se ha transformado en un empleado al servicio de compañías transnacionales y
estatales en las cuales se puede mantener por mucho tiempo si no presenta contra-
dicciones con los intereses del cliente.
Los centros académicos crecen a espaldas de la realidad local, existiendo
además un connotado divorcio entre la práctica académica, la arqueología de con-
trato y el manejo del patrimonio arqueológico por parte de las instituciones loca-
les. Esto da lugar a que mientras la burocracia trabaja cuidando el patrimonio en
museos, bodegas, etc., el patrimonio se destruye, mientras que el Estado no está
interesado en investigación sino en cuidar lo que ya existe. Por otro lado, la gran
influencia del turismo pone en riego la investigación y se aceleran las interpreta-
ciones, en muchos casos, con una consabida demagogia intelectual.
Una de las avenidas con mayor potencial es el desarrollo de arqueologías
postnacionales, es decir, procesos integrados que permitan el desarrollo del cono-
cimiento más allá de las fronteras actuales. La creación de redes de investigación,
de centros de investigación andinos, del norte andino, del área intermedia, etc.,
podría generar esfuerzos que permitan llamar la atención a las autoridades y el
público en general sobre la necesidad de aprender del pasado. Estos esfuerzos, en
la actualidad en Ecuador, son muy pocos para ser atendidos y entendidos.
Método y teoría en la arqueología ecuatoriana 155

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El futuro del pasado:
arqueología andina para el siglo XXI
Alexander Herrera

Introducción
Pese al creciente interés que las grandes tradiciones culturales de los Andes ge-
neran, tanto entre académicos como entre el público en general, el área andina
central no es actualmente considerada un área pionera o de vanguardia en tér-
minos de avances teóricos y metodológicos en arqueología (Politis 2003). Esta
percepción, errada por cierto, se inserta en una concepción del rol académico de
los países sudamericanos análoga al rol de nuestras economías postcoloniales:
ser exportadores de datos en bruto, y no de sofisticada teoría social (Lins Ribe-
yro 2001: 163-164). Arguyo que esta visión no tiene porque preocupar a quie-
nes practicamos la arqueología andina, ni mucho menos desviarnos de la tarea
de forjar múltiples arqueologías regionales acordes con las necesidades y ob-
jetivos que se desprenden de las complejas y problemáticas realidades sociales
que vivimos.
Para proyectar el futuro del pasado en los Andes centrales, empezaré hacien-
do un esbozo crítico de la historia de la investigación arqueológica, principalmen-
te desde la perspectiva de los estudios regionales. En seguida, comentaré breve-
mente la situación actual de las arqueologías nacionalistas, marcada por delicadas
tensiones entre investigadores extranjeros y locales y alimentadas, a su vez, por la
gran desigualdad en la accesibilidad de fondos de investigación, percibida incluso
como una continuación del imperialismo científico. Ambas secciones abordan
tres interrogantes básicas. Las dos primeras conciernen a los actores y a sus me-
todologías. La tercera es más bien compleja, pues indaga por las motivaciones de
los arqueólogos del pasado y el presente. Para concluir este trabajo, resalto el rol
de las identidades locales y regionales en la construcción cultural de su entorno
y el estudio de las tecnologías productivas andinas como ejemplos de una visión
utilitarista y social de la arqueología, aquel quehacer científico que tiene por ob-
jeto el estudio del pasado, en sus múltiples manifestaciones, a partir de la cultura
material.
168 Alexander Herrera

El pasado antes de la arqueología

La época colonial se caracteriza grosso modo por la incomprensión y el temor


del Estado y sus agentes ante la cultura indígena andina. Ésta era percibida ini-
cialmente como una amenaza, tanto ideológica como militar. Así lo demuestran
la reubicación forzosa en reducciones de la mayor parte de la población de los
Andes a partir de 1570, las campañas inquisidoras de extirpación de idolatrías
de los siglos XVI y XVII y la brutal represión de protestas locales y puntuales
inicialmente ligadas a los Inkas rebeldes de Vilcashuamán y luego proyectadas
como intentos de sublevación general. A partir del huaqueo de los cementerios
de Chincha auspiciado por la familia Pizarro en 1533, los objetos y monumentos
del pasado fueron sistemáticamente atacados, destruidos y saqueados, reducidos
al fin a una fuente de riqueza “natural” cuya explotación fue reglamentada por las
leyes de la minería.
Los cambios en el imaginario de las élites políticas que se suceden en los
albores de la fundación de la República del Perú son notables en este sentido.
Según Quijada (1994), el advenimiento del discurso independentista a partir de la
segunda década del siglo XIX marca el reemplazo del binomio simbólico tutelar
“Rey y Reina” por “La Patria y Manco Cápac”. El lugar central que las antiguas
civilizaciones ocupan en el imaginario de la emergente nación, representado por
el mítico fundador del Imperio inca, sin embargo, se pierde ya hacia 1840, época
en la que “el indio” es expulsado del mito fundacional (Quijada 1994). Esta reac-
ción puede estar ligada a la falta de entusiasmo por parte de la población rural por
un proyecto nacional contrario a sus intereses particulares1 (Piel 1970). No es éste
el lugar apropiado para discutir las complejas posiciones en torno al pasado de los
diferentes segmentos sociales, pero es pertinente resaltar que este cambio ideoló-
gico fundamenta la negación del derecho indígena a una ciudadanía plena en la
historia. De manera tácita e implícita la nación acepta y adopta, a mediados del
XIX, la teoría evolucionista de Lewis H. Morgan, para fundamentar la inequidad
(Quijada 1994; cf. Díaz-Andreu 1999).

Viajeros y naturalistas: ¿pioneros de la arqueología científica?

Pese a sus dispares motivaciones, los viajeros y naturalistas europeos que se in-
teresaron por el pasado durante la segunda mitad del siglo XIX son comúnmente
considerados los pioneros de la arqueología en los Andes centrales. No solamente

1 Me refiero especialmente a la brevísima y casi simbólica abolición del tributo indígena en 1821.
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 169

introdujeron las metodologías científicas de su época, sino que reunieron colec-


ciones que despertaron el interés de otros por la historia antigua “de los Inkas”.
Destacan los polifacéticos científicos alemanes Alphons Stübel y Wilhelm Reiss,
quienes recorrieron Sudamérica entre 1868 y 1876. El interés predominante de
ambos humanistas, miembros de acaudaladas familias de industriales, era la
geología, especialmente la vulcanología, aunque realizaron también trabajos en
astronomía y meteorología y reunieron importantes colecciones zoológicas, etno-
gráficas y arqueológicas. Sus excavaciones en Ancón en 1884 (Reiss 1880-1887),
bellamente ilustradas y recientemente reeditadas y analizadas (Haas 1985, 1986;
Kaulicke y Reiss 1983; Kaulicke 1997), se citan con frecuencia como la primera
excavación arqueológica realizada en Perú. El objetivo central del trabajo de Reiss
y Stübel en Ancón fue reunir aquella colección de piezas arqueológicas que ter-
minó en el Museo de Berlín, donde llamaría la atención de Heinrich Cunow y el
joven Max Uhle, entre otros.
La larga lista de viajeros acomodados que se ocuparon de visitar y hua-
quear “yacimientos” arqueológicos en la segunda mitad del siglo XIX incluye al
diplomático norteamericano Ephraim George Squier, quien estuvo en los Andes
entre 1862 y 1868 como comisionado del presidente Lincoln; al ciudadano suizo
radicado en EE. UU., Adolph Bandelier –admirador de Alexander von Humboldt
y corresponsal nada menos que de L. H. Morgan–, y al noble suizo Johann Jacob
von Tschudi (1818-1889), gran amigo de la zoología (Kaulicke 2001). Entre los
ciudadanos peruanos que realizaron viajes ilustrados según la usanza de las élites
europeas, se destacan el eminente italiano nacionalizado peruano Antonio Rai-
mondi, José Toribio Polo y Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz, colaborador de
Tschudi, que luego fue nombrado primer director del Museo Nacional.
El porqué de estas actividades de exploración del pasado se enmarca de ma-
nera global en el afán científico humanista de la época, nacido de las ideas de pro-
greso vinculadas a la Revolución Francesa. La justificación para la excavación de
sitios arqueológicos y la apropiación de sus riquezas materiales se halla basada en
una visión normativa de la ciencia ligada, en el caso de Reiss y Stübel (y otros), a
una intolerancia y disgusto frente a la sociedad local por parte de los europeos vi-
sitantes. En otras palabras, la razón se halla amparada en una compleja separación
entre los indios (y mestizos) no civilizados del presente y los Inkas civilizados del
pasado. Mientras que los primeros no generan mayor interés, el estudio de las “al-
tas culturas” “ennoblece” a quienes lo practican. Este razonamiento parece haber
calado hondo en la conciencia de las élites de la época y bien puede considerarse
parte del fundamento ideológico para la instalación de las primeras colecciones
privadas de antigüedades. La emulación de prácticas comunes entre la nobleza
europea ilustrada del siglo XIX probablemente no era casual.
170 Alexander Herrera

Cabe destacar que el huaqueo –la búsqueda de objetos arqueológicos asocia-


dos a tumbas para su venta– comienza a ser considerado un problema ya en las
primeras décadas del siglo XX. Así lo demuestran las denuncias de Aleš Hrdlička
en 1913 sobre excavaciones de fin de semana practicadas por trabajadores del
ferrocarril en la costa norte (Hrdlička 1914). ¿En qué se diferenciaba este hua-
queo de las excavaciones de fin de semana conducidas y auspiciadas por la élite
peruana como actividades adecuadas para un fin de semana “ilustrado” en el
campo? Es difícil saberlo, pero puede decirse que el énfasis en la búsqueda de
metales preciosos durante la época colonial fue paulatinamente reemplazado por
la búsqueda de antigüedades y “objetos de arte primitivo”. Esta percepción de la
huaquería perdura hasta bien entrado el siglo XX y se mantiene aún vigente entre
algunas élites rurales en el norte del Perú. No es casual, entonces, que la primera
publicación de objetos arqueológicos de los Andes centrales sea un catálogo de
venta (Macedo 1881).

Los primeros arqueólogos profesionales, padres de la arqueología


peruana

En una rara reflexión escrita sobre el quehacer arqueológico, Max Uhle, uno de
los dos “padres” de la arqueología peruana, indica que “[...] el estudio de las civi-
lizaciones perdidas [es] para el progreso de las civilizaciones del presente” (citado
en Rowe 1954: 54, traducción del autor). Antes de llegar a Sudamérica en 1895,
donde pasaría casi tres décadas registrando y excavando sitios arqueológicos, Max
Uhle (1856-1944) fue asistente en el Anthropologisch-Ethnographisches Museum
de Dresde. En los Andes centrales trabajó visitando, describiendo y excavando
sitios arqueológicos, y rescatando, comprando y enviando piezas al exterior, pri-
mero a instituciones alemanas y luego a instituciones en EE. UU. (Rowe 1954;
1998; Kaulicke 1998; Lumbreras 1998; cf. Hoeflein 2002).
Uhle no profundizó mayormente en el porqué de la investigación del pasado,
ni desarrolló un acercamiento teórico explícito. Su labor se centró más bien en el
acopio, la descripción sistemática y el fechado de hallazgos arqueológicos (Rowe
1954). Uhle fue, sin lugar a dudas, el primer gran maestro de la escuela de Histo-
ria Cultural en los Andes centrales. El esquema cronológico actual, que intercala
dos períodos “intermedios” de desarrollos regionales entre tres “horizontes cultu-
rales” de amplia extensión, se basa en sus trabajos de campo, principalmente en
sus excavaciones en Pachacamac, al sur de Lima.
La influyente comprensión de Uhle de los procesos históricos andinos abar-
caba tanto elementos evolucionistas como difusionistas. En resumidas cuentas, la
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 171

gente “civilizada” practica la agricultura (a diferencia de la gente “primitiva”); y


la “civilización” fue traída al continente americano por migrantes del Asia que
arribaron en el continente americano durante el segundo milenio antes de la era
cristiana (Uhle 1910, 1913, 1940). La narrativa histórica centrada en agricultores
migrantes como difusores de la “civilización” entre las gentes “primitivas” del
Ande, que luego se convertían en gobernantes legítimos, resonaba sin duda con la
autoconcepción de los capitalistas agrarios de la época, tal como Patterson (1984)
señala con razón.
El segundo padre de la arqueología peruana fue Julio César Tello (1880-
1947), un hijo de campesinos de Huarochirí, en la sierra de Lima, que ha llegado
a personificar un arquetipo nacional: el científico mestizo peruano. Tello se gra-
duó en medicina en la UNMSM en 1908, obteniendo el título de Antropología
en la Universidad de Harvard en 1911 (Astuhuamán y Daggett 2005). Su vida
es inseparable del desarrollo de la arqueología profesional en Perú: su tumba se
encuentra en el Museo Nacional de Arqueología Antropología e Historia del Perú
de Pueblo Libre, Lima, marcada por una réplica de la escultura Chavín que lleva
su nombre.
Los trabajos de Tello, sus estudiantes y otros entusiastas investigadores de
su generación, se basan en una metodología de investigación idiosincrásica que
integra la arqueología, los mitos y las tradiciones modernos y relatos etnohistóri-
cos. Sus trabajos de campo, por lo tanto, pueden ubicarse entre la exploración y el
reconocimiento sistemático (ver abajo). Así, la Primera Expedición Científica de
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos al río Marañón, en 1919, se estruc-
tura a lo largo del Camino Inka del Chinchaysuyu, parte integral del sistema de
caminos también conocido como el Qhapaqñan (Hyslop 1984). Así, la expedición
recorre cientos de kilómetros y enfoca monumentos de especial interés ubicados
a lo largo de rutas de tránsito tradicionales.
Los arduos debates en torno al origen de la “civilización” andina entre Uhle
y Tello, y luego entre este último y Rafael Larco Hoyle, marcan de manera funda-
mental las primeras décadas de la investigación arqueológica profesional en Perú.
En contra de la posición difusionista de Uhle, Tello propone un origen autóctono,
serrano y de fuerte influencia amazónica para las culturas andinas. Así, el sitio de
Chavín de Huántar sería el centro de la “Cultura madre de la civilización Andina”
(Tello 1960).
Investigaciones posteriores y el método de fechado por medio del análisis de
radiocarbono han apoyado la teoría del origen costeño de Larco, némesis perua-
na de Tello. Las actuales investigaciones en Caral, en el valle de Supe, por Ruth
Shady y su equipo de la UNMSM, así como los trabajos regionales en los valles
172 Alexander Herrera

del Norte Chico (valles de Huaura, Supe, Pativilca y Fortaleza) por el equipo diri-
gido por Jonathan Haas y Winifred Creamer, sin embargo, demuestran también la
importancia fundamental del intercambio y la vinculación de múltiples centros en
el desarrollo de las sociedades complejas del cuarto milenio antes de nuestra era,
durante el Pre-cerámico Tardío. Si bien se han despejado muchas dudas en torno
al dónde y al cuándo, quedan aún muchas interrogantes por resolver en torno al
cómo del proceso de desarrollo de las sociedades complejas en la costa nor-cen-
tral del Perú, en especial en lo concerniente al rol de la interacción interregional
en el desarrollo de la sociedad.
A diferencia de Uhle, el afán de los trabajos de Tello se vincula íntimamente
al movimiento indigenista nacional de la primera mitad del siglo XX. Su interés
principal era la revaloración del estatus de los antiguos pobladores del Ande, sus
obras y sus culturas. Sus esfuerzos le valieron una curul en el Congreso de la
República entre 1917 y 1929. Actualmente, el nombre de Tello tiene un aura casi
mítica, principalmente entre estudiantes de trasfondo rural en las universidades
públicas.

El imperialismo científico

Es a partir de la mitad del siglo XX que surge y se consolida una posición que
bien podríamos llamar el imperialismo científico en arqueología. El imperialismo
científico se define como una situación en la que los conceptos teóricos y metodo-
lógicos desarrollados en un país con mayores recursos científicos son recomenda-
dos para ser aplicados a países pobres y con realidades muy distintas.
Los trabajos pioneros de Gordon Willey, colega de Julian H. Steward en el
Bureau of American Ethnology, representan el primer esfuerzo por instrumenta-
lizar uno de los valles-oasis de la costa oeste de Sudamérica como un laboratorio
de investigación regional. Así, Edward Lanning, Donald Collier, James Ford y
otros destacados arqueólogos norteamericanos sentaron las bases de una metodo-
logía de gran alcance para el análisis regional en arqueología en todo el mundo.
A partir de sus estudios en el valle de Virús, Willey define patrones de asen-
tamiento como:

la manera en que el hombre se dispuso sobre el paisaje en que vivía. Se refiere a las
moradas, su ordenamiento, y a la naturaleza y disposición de los otros edificios vincu-
lados a la vida en comunidad. Estos asentamientos reflejan el medio ambiente natural,
el nivel de tecnología de los constructores y las diferentes instituciones de interacción
y control social que la cultura mantenía. Dado que los patrones de asentamiento son,
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 173

en gran medida, formados directamente por las necesidades culturales, ofrecen un


punto de partida estratégico para la interpretación funcional de culturas arqueológi-
cas. (Willey 1953: 1, traducción del autor)

Cabe recalcar la importancia del estudio regional en el valle de Virú, publi-


cado en 1953, como el nacimiento del reconocimiento sistemático en unidades de
muestreo definidas por parámetros ecológicos. La ininterrumpida popularidad
de utilizar los valles de la costa peruana como laboratorios arqueológicos se ex-
plica en buena medida por los supuestos de la Ecología Cultural. Como unidades
relativamente pequeñas y delimitadas claramente, al oeste por el océano y por
desiertos al norte y al sur, con una alta densidad de restos arqueológicos en buen
estado de conservación, se prestan para estudiar la relación entre cultura y eco-
logía. Así, por ejemplo, las prospecciones de David Wilson en los valles de Santa
(Wilson 1988) y Casma (Wilson 1995) contrastan con los modelos de circuns-
cripción ecológica y social, ambos basados en la teoría de la circunscripción de
Robert Carneiro acerca del origen del Estado.
El trabajo de Willey y sus seguidores permitió profundizar la propuesta de
Larco, y definir los valles de la costa del Pacífico como centros o núcleos de
desarrollo cultural. El estudio de los orígenes y el desarrollo de las jerarquías
sociales continúa siendo un tema importante de la investigación regional en la
costa andina (por ejemplo, Billman 2001; Daggett 1984, 1987a; Haas et al. 1987;
Proulx 1968, 1973, 1985; Wilson 1988, 1995; cf. Lamberg-Karlovsky 1989; Willey
y Sabloff 1993). Estos estudios tienden a enfocar el rol de parámetros ambientales,
la presión poblacional y la guerra como catalizadores de cambio cultural.
El porqué de estas investigaciones está entonces ligado a los debates en
la arqueología mundial, enraizado en una visión de la realidad como un orden
natural que sólo puede conocerse utilizando métodos científicos que desligan a
los hechos de su matriz sociopolítica. Cabe anotar que en las décadas de 1960
y 1970, y en algunos casos hasta ahora, la arqueología mundial se comprendía
como la aplicación de los modelos teóricos de la arqueología sistémica –pro-
puestos por Binford y Clarke, primero, y elaborados por científicos de la talla
de Kent Flannery y Colin Renfrew, después– a los restos arqueológicos del
mundo.

El historicismo

Un acercamiento diferente, crítico del evolucionismo inherente a la Ecología Cul-


tural, es el particularismo histórico propugnado por el recientemente fallecido
John Howland Rowe en las décadas de 1950 y 1960. Desde esta perspectiva, el
174 Alexander Herrera

desarrollo histórico andino es autóctono y original. A diferencia de la visión evo-


lucionista de un desarrollo por etapas de la mano con avances tecnológicos, Rowe
veía en el prestigio y el poder social los principales motores de cambio cultural.
El acercamiento netamente empiricista y centrado en la reconstrucción del
pasado (histórico y arqueológico) como narrativa histórica requería un sólido
marco temporal. Por lo tanto, Rowe y sus colegas y estudiantes, Dorothy Menzell,
Lawrence Dawson y John P. Thatcher, entre otros, dedican buena parte de sus
esfuerzos a construir y refinar el edificio cronológico para la arqueología andina,
partiendo de los esfuerzos de Uhle. Pese a crecientes críticas y divergencias de
nomenclatura, el marco cronológico establecido por estos investigadores continúa
siendo el más usado en el área andina central.
En la década de 1970, este historicismo se entrelaza con acercamientos en-
focados en el rol del intercambio y el comercio. El impacto de los trabajos de
John Victor Murra, sin embargo, recién se hace sentir hacia finales de la década.
Este discurso, basado en el modelo de la complementariedad ecológica, también
llamada teoría de la verticalidad, enfatiza la organización espacial de las relacio-
nes de producción, en una sutil aplicación de este concepto marxista a partir de
la lectura de fuentes documentales. Ambas corrientes surgen como reacción al
evolucionismo imperante en arqueología a partir de la etnohistoria y mantienen
su vigencia en la historiografía y arqueología andinas.

La reacción marxista

La arqueología social latinoamericana puede comprenderse como una respuesta re-


gional al imperialismo académico y científico en arqueología. Basado en la lectura
de autores como Heinrich Cunow y Vere Gordon Childe, el pensador autodidacta
Emilio Choy sentó las bases de una arqueología marxista en el Perú hacia fines de
la decada de 1950. A inicios de la década de 1970, durante el gobierno del general
Velasco Alvarado, Luis Guillermo Lumbreras, quien llegó hace pocos años a ser di-
rector nacional del Instituto Nacional de Cultura, surgió como una de las figuras más
importante de la arqueología social en el Perú (Lumbreras 2005; Tantalean 2005).
La propuesta de Lumbreras (1981) combina el énfasis en el desarrollo de las
fuerzas productivas de la Segunda Internacional con el énfasis en la ideología
de Althusser, acercamiento difundido en Latinoamérica por la pensadora chilena
Martha Harnecker (1969). El discurso de Lumbreras prescinde del lenguaje técni-
co y “cienticista”, profesional y “complicado” que caracterizaba el discurso de su
generación, para enmarcar la comprensión de las sociedades pasadas en términos
relevantes para la población rural del presente (Patterson 1992).
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 175

La perspectiva del grupo de pensadores “Evenflo” –Luis Lumbreras, Mario


Sanoja, Iraida Vargas-Arenas y Luis Felipe Bate, entre otros– se centra en el estu-
dio de cambios históricos en las relaciones sociales, particularmente en el proceso
de producción que, según ellos, determina el modelo social y la ideología. Quizás
el logro más grande de la arqueología marxista ha sido poner en tela de juicio las
dimensiones políticas del quehacer arqueológico (Trigger 1989; cf. Lumbreras
2005).
Comprender el estudio del pasado en términos de una práctica política en el
presente no ha llevado, sin embargo, al desarrollo de una metodología clara para
la realización del compromiso social. Afortunadamente, la práctica arqueológica
de campo abre dinámicos espacios de comunicación en antiguos lugares sagrados
y en aulas de colegio. Indagar sobre la compleja interacción de jóvenes intelec-
tuales urbanos y la población rural, una suerte de antropología de la arqueología,
puede ayudar entonces a dirigir la producción del conocimiento hacia lo social.
Fortalecer las identidades locales mediante el rescate de las historias locales y la
aplicación práctica del conocimiento arqueológico, en proyectos de infraestruc-
tura vial, agrícola o pastoril, por ejemplo (ver abajo), son dos posibles caminos en
esta dirección.

El estudio regional del pasado

Según Jeffrey Parsons, Charles Hastings y Ramiro Matos (2000: 1-10), se pueden
diferenciar tres etapas principales en el desarrollo de la arqueología regional en
los Andes centrales. La primera se caracterizaría por viajes “ilustrados” de ex-
ploración, como aquellos realizados por Wiener o Raimondi en la segunda mitad
del siglo XIX. La segunda sería la fase del reconocimiento “extensivo”, e incluiría
los trabajos de Tello, por ejemplo. La tercera sería la época del reconocimiento
sistemático “moderno”, es decir, la prospección arqueológica o “survey”.
Este esquema, útil para comprender a grandes rasgos la transición de una
arqueología centrada en los más grandes y espectaculares monumentos hacia los
acercamientos regionales sistemáticos, asume que la prospección tecnificada y
sistemática, como aquellas realizadas por Parsons –y sus colegas y alumnos– en
la sierra central del Perú, es una precondición necesaria para abordar preguntas
profundas o de largo alcance teórico o histórico. Esta posición es problemática,
sin embargo, no tanto por asumir un desarrollo unilineal de la disciplina ni por
proponer que la prospección moderna es mejor, sino porque el uso del muestreo
regional basado en métodos estadísticos o la prospección geofísica no son metas
importantes de investigación per se.
176 Alexander Herrera

Si bien la importancia de mejorar constantemente la capacidad de detección


de sitios es innegable, creo que la posibilidad de detectar lugares que fueron sig-
nificativos en el pasado depende más de una adecuada comprensión de la cultura
bajo investigación. Específicamente, es importante saber cómo se adscribieron
significados culturales al paisaje en el pasado. Así, hay rocas wanka y montañas
apu de carácter sagrado que presentan poca o ninguna modificación artificial.
La identificación de éstos y otros posibles ejes de un espacio valorado y no eucli-
diano depende más de los ojos con los que miramos el paisaje que de los lentes
de aumento que utilicemos. Ciertamente, la eficacia del método siempre estará
supeditada a lo que del pasado queremos saber.

Tendencias actuales

El ímpetu crítico de la posmodernidad ha llevado a muchos, arqueólogos y an-


tropólogos a reconsiderar seriamente las nociones del tiempo (Gell 1992; cf. Sil-
verman 2004) y del espacio. Las repercusiones afectan tanto la visión del tiempo-
espacio vivido en el pasado –o las visiones de los tiempos-espacios vividos en el
pasado– como nuestras categorías analíticas temporales y espaciales en el presen-
te. El impacto de las obras de Pierre Bourdieu, Anthony Giddens y otros teóricos
postmodernos en los Andes –y en buena parte de América Latina– ha sido más
bien débil, sin embargo.
Es poco sorprendente, entonces, que los alcances de las corrientes teóricas
de la llamada arqueología “posprocesual” (o interpretativa) sean propugnados por
arqueólogos británicos y norteamericanos, Bill Sillar (Isbell y Uranich 2004), Wi-
lliam Isbell (1997) y Isbell y Vranich (2004), entre ellos. En cambio, el estudio del
pasado en los Andes centrales por parte de investigadores lationamericanos halla
inspiración en la fuerte crítica del positivismo sobre la que se basa la arqueología
social latinoamericana, y no tanto en las corrientes “poscoloniales” que caracteri-
zan a los discursos antihegemónicos en torno a la cultura en África o Asia (Bha-
bha 1994; Said 1979). Cabe recordar que en su gran mayoría las investigaciones
arqueológicas en los Andes centrales son financiadas y dirigidas por arqueólogos
extranjeros, en colaboración con arqueólogos locales, básicamente por la escasa
voluntad política de los estados para invertir en investigación científica en las
ciencias sociales. Es común, entonces, hallar en los Andes proyectos de investi-
gación en los que el director y el (o los) co-director(es) piensan de manera muy
distinta acerca del porqué de su labor.
Pese al creciente número de arqueólogos profesionales y a la internaciona-
lización de congresos y eventos académicos, es notoria la escasez de investiga-
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 177

ciones por parte de arqueólogos latinoamericanos en Latinoamérica, fuera de sus


respectivos paises. Existe aquí, entonces, una oportunidad de gran alcance para
impulsar la integración regional mediante el estudio conjunto del pasado. Así
parecen haberlo entendido las autoridades de Brasil, país que destaca por sus
programas de becas de estudio e investigación abiertos a candidatos extranjeros.
El Proyecto Qhapaq Ñan, financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo
y auspiciado por la UNESCO, ha dado otro paso integracionista con el estudio y
puesta en valor coordinada –mas no conjunta– de una parte importante del siste-
ma vial Inka.

El futuro del pasado en los Andes centrales

Pese a la inestabilidad política y económica que caracteriza a los Andes centrales,


se puede vislumbrar que en las próximas décadas las investigaciones derivadas de
la mal llamada arqueología mundial se verán complementadas de manera crecien-
te por temas de investigación que respondan a las exigencias locales y regionales
derivadas de la pobreza extrema en el ámbito rural y una historia de asentamiento
profundamente marcada por la experiencia colonial. Los primeros pobladores,
el surgimiento de la desigualdad social y las transformaciones ideológicas con-
tinúan siendo temas de interés, no sólo en la arqueología de los Andes centrales.
El desplazamiento de las escalas de enfoque, del estudio de culturas al estudio de
unidades domésticas y comunidades, es otro fenómeno mundial. En cambio, el re-
punte del interés por la metalurgia andina (por ejemplo, Shimada y Griffin 2005;
Lechtman 2005) parece coincidir con el auge minero de las últimas décadas, el
cual probablemente continuará durante varios lustros.
Dos temas de investigación, muy distintos pero que pueden resultar com-
plementarios entre sí, parecen vislumbrarse en el horizonte andino. El primero
concierne el rol de las identidades locales y regionales en la construcción cultural
de su entorno. El segundo es el estudio de las tecnologías productivas andinas,
con vistas a su aplicación práctica.
La necesidad de fortalecer las identidades locales se desprende de la crecien-
te contestación de mitos nacionales excluyentes que niegan las identidades rurales
mayoritarias (indígenas) y propugnan una identidad campesina única y estática.
Desarrollar un marco teórico apropiado para el estudio de trayectorias históricas
específicas implica trascender las divisiones tradicionales entre la arqueología
histórica y prehistórica e incluir las transformaciones de la época colonial y re-
publicana. En este tema de estudio deberán confluir no sólo la etnohistoria, la
lingüística histórica y la arqueología, sino la ecología histórica: el estudio de pro-
178 Alexander Herrera

cesos geomorfológicos, del cambio climático y de la historia de la fauna, la flora


y el paisaje como una creación cultural de conjunto. Cabe anotar que el avance
de las investigaciones histórico-arqueológicas en torno a la identidad andina ha
empezado a mostrar matices propios, narrativas de continuidad histórica de largo
aliento que prescinden de lo “indio” o “indígena” (Salomon 2002).
En segundo lugar, la necesidad de atender la extrema pobreza y el repetido
fracaso de múltiples programas estatales de desarrollo rural continúan abriendo
espacios para alternativas basadas en el estudio de tecnologías prehispánicas (He-
rrera: en preparación). Son conocidos los proyectos de rehabilitación de las últi-
mas décadas, en campos elevados (waru waru en quechua, -suka kollu en aymara
y camellones en castellano local) en la cuenca del lago Titicaca (Erickson 1986,
1993, 1999, 2000; Erickson y Chandler 1989; Kolata 1991, y de terrazas arqueoló-
gicas en los valles de Cañete (Fonseca y Mayer 1978; Fonseca 1986; Hervé et al.
s. f., Wiegers et al. 1999), Colca (por ejemplo, Denevan 1986, 1987, 1988; Malpass
1987; cf. Treacy 1994 y Gelles 2000), entre otros (Kendall 1997, 2005). El cre-
ciente precio que la lana de alpaca viene alcanzando en el mercado internacional
augura buenas perspectivas para la recuperación de pastizales irrigables y la re-
habilitación de sistemas hidráulicos prehispánicos. La reciente reintroducción de
alpacas luego de más de 300 años en la sierra norte del departamento de Ancash
viene dando resultados alentadores.
Las investigaciones de Kevin Lane en la puna de la Cordillera Negra, por
ejemplo, sugieren que la distribución de tumbas prehispánicas se halla íntima-
mente vinculada a antiguas áreas de pastoreo (2000, 2006; Lane et al. 2004). Así,
la asociación directa del corral principal de alpacas, construido hace poco por los
miembros la comunidad de Cajabamba Alta, y la tumba de cámara megalítica y
semisubterránea –machay– ubicada en su interior –probablemente construida en-
tre los siglos XI y XV d.C.–, se inserta en una larga tradición, cuyos lazos con la
memoria colectiva actual (Herrera y Lane 2006, passim) merecen mayor atención
etnográfica.
Finalmente, cabe mencionar un trabajo en curso de gran potencial simbóli-
co que debería finalizarse a finales de 2005. Se trata de la recreación del puente
colgante de fibra vegetal, de 40 m de luz, tendido sobre el río Yanamayo durante
la época Inka. Este rescate tecnológico es más que una alternativa vial basada en
sistemas de tránsito antiguos que da trabajo ocasional a los lugareños y esperan-
zas a los promotores del turismo receptivo en la región. Es un ejemplo de cómo
una tecnología adaptada a las condiciones locales puede impulsar el trabajo co-
munitario y reforzar así la identidad en una zona rural de pobreza extrema. Ante
los graves retos del presente, la aplicación de la arqueología es una manera de dar
futuro al pasado.
El futuro del pasado: arqueología andina para el siglo xxi 179

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Arqueología y formación profesional:
esbozo para una cartografía histórica
latinoamericana
Luis Gonzalo Jaramillo E.

Introducción

Una parte importante de la literatura arqueológica reciente en Latinoaméri-


ca tiene que ver con las historias nacionales sobre la conformación de la ar-
queología como disciplina (Oyuela-Caycedo 1994a; Gassón y Wagner 1994;
Fitzgerald 1994; Mora y Flórez 1997; Zarankin y Acuto 1999; Palomar y Gassiot
1999; Mora 2000; Meneses y Gordones 2001; Langebaek 2003; Haber 2004a y
b; Cooke y Sánchez 2004; Medina 2004; Ángelo 2005; Benavides 2005, Botero
2007), ejercicio que se ve complementado por algunas de las contribuciones de
este volumen, así como con los análisis a diferentes escalas sobre las estructuras
teóricas y metodológicas que sustentan la práctica arqueológica contemporá-
nea tanto nacional como regional (Lumbreras 1990; Morse 1994; Gnecco 1995;
1999; Varese 1996; Oyuela-Caycedo et al. 1997; Patterson 1994; Fournier 1999;
Benavides 2001; Politis 2003; Gnecco y Piazzini 2003; Haber 2004a y b; Mar-
tínez y Bader 2004; Gómez 2005; Langebaek 2005; Miotti 2006; Varios 2006;
Gnecco y Langebaek 2006). Lo mismo no puede decirse, no obstante, del tema
de la formación profesional en arqueología, al menos sobre la base de una pers-
pectiva comparativa regional y, por extensión, de la enseñanza de la arqueología
en general.
Esta situación se hizo evidente en el momento en que tratamos, sin éxito, de
recabar rápidamente datos consolidados que permitieran dimensionar la situación
de la arqueología como hecho académico (léase formación en), información que
esperábamos sirviera para analizar la relación entre las historias de la disciplina
y la realidad contemporánea (según se manifiestan éstas en las diferentes contri-
buciones de este volumen), con la estructura de la formación profesional vigente,
de cara al futuro inmediato.
188 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Enfrentados a la realidad de que precisar siquiera datos tan básicos como


el número de instituciones que ofrecen formación en arqueología, su ubicación
por país y las modalidades curriculares existentes era una tarea muy compleja
y dispendiosa, decidimos realizar una búsqueda sistemática sobre estos temas,
incluyendo además un análisis de los planes de estudio y prácticas pedagógicas,
esfuerzo cuyos resultados son la materia de este ensayo.
Consideramos que esta tarea es un complemento necesario de aquellas pers-
pectivas históricas y teórico/metodológicas sobre la disciplina, ya que en el marco
de las actuales condiciones constitucionales y políticas de los países de la re-
gión –marcadas especialmente por una perspectiva multiétnica y pluricultural,
la existencia de una amplia gama de acuerdos internacionales para la defensa y
protección de bienes arqueológicos y una creciente participación de los colectivos
locales en los procesos de investigación y manejo de los recursos culturales– re-
sulta importante evaluar el efecto que estas circunstancias y los fuertes procesos
de integración económica y política están teniendo o tendrán sobre la arqueolo-
gía como hecho académico y profesional (laboral), mediante la estandarización
de metodologías, prácticas profesionales, principios éticos gremiales, movilidad
laboral, etcétera.
Esta perspectiva, en últimas, se pregunta sobre cuál es y cuál ha sido la
relación entre academia y desarrollo disciplinar, partiendo del supuesto de que
lo que aquí denominaremos como el “hecho académico” –estructura curricular,
contenidos, duración, exigencias de grado, etc.– son todos elementos activos y es-
tructurantes de la realidad de cualquier disciplina. De allí, sigue, entonces, que in-
dagar sistemáticamente sobre este aspecto sea una contribución importante para
comprender el fenómeno de la arqueología en general como praxis académico-
profesional en Latinoamérica.
El ejercicio que presentaremos, y que por razones que anotaremos a conti-
nuación debe considerarse como un estudio de carácter exploratorio, tiene como
correlatos interesantes el estudio de Ruiz de Arbulo (1998) que compara la situa-
ción de España frente a países como Francia, Italia e Inglaterra; el estudio de Co-
lley (2004) para Australia, y las reflexiones surgidas, por ejemplo, en el contexto
de las actividades promovidas por la Society for American Archaeology (Bender
y Smith 1998), relacionadas con la formación académica para el siglo XXI en el
contexto de Estados Unidos.
Para Latinoamérica, como indicábamos al comienzo del texto, la informa-
ción sobre la formación profesional en arqueología es escasa, aunque es relevante
destacar la importancia creciente que se le da a una reflexión sobre el tema de
la docencia (Fernández 2003; Funari 2000; Najjar y Najjar 2007), y quizás, val-
Arqueología y formación profesional 189

ga la pena añadir, con una perspectiva comparativa regional. Esta tendencia se


evidencia en el hecho de que los estudiantes latinoamericanos de antropología y
arqueología, reunidos en el VII Foro Estudiantil Latinoamericano de Antropolo-
gía y Arqueología, FELAA 2000, realizado en Perú, establecieron, como uno de
sus objetivos específicos, debatir “acerca de la enseñanza y la práctica de dichas
disciplinas a nivel nacional y latinoamericano” analizando los distintos progra-
mas en cuanto a los planes curriculares, metodologías de trabajo de campo y otros
aspectos relevantes (FELAA 2000)1.
La presentación que haremos de nuestra contribución a este propósito está
organizada en tres secciones. La primera está dedicada a unas consideraciones
generales sobre la conformación de la muestra y la estrategia analítica imple-
mentada. En la segunda sección se evalúan tanto la oferta de programas para la
formación académica de arqueólogos (número y tipo de programas ofrecidos y la
composición de los planes de estudio, según los diferentes niveles de formación)
como la oferta en que la arqueología aparece como complemento de otras disci-
plinas o contextos académicos. En la tercera sección, los resultados obtenidos
se integran con diversas ideas y datos de lo que es el ejercicio profesional en
la actualidad, para, a manera de conclusión, presentar unas reflexiones sobre lo
que “debe ser” o “será” la formación en arqueología en el marco tecnológico y
económico del siglo XXI. De aquí, entonces, que lo que pretendemos hacer es un
aporte a la cartografía histórica de este fenómeno en el contexto latinoamericano,
comenzando hoy con un esfuerzo por sintetizar la naturaleza de la oferta actual y
una caracterización de la misma.

De la muestra y de los datos para el análisis

Aunque la muestra de países estuvo inicialmente circunscrita a Colombia y sus


vecinos territoriales (Perú, Brasil, Venezuela, Ecuador y Panamá) –en razón ex-
clusiva de lo que se definió como eje temático del I Seminario Internacional de
Arqueología UNIANDES, como fueron el estado y perspectivas de la investiga-
ción arqueológica en los “alrededores” de Colombia (según explicamos en la pre-
sentación de este volumen)–, rápidamente vimos la necesidad de ampliar el área
de investigación, ya que las historias mismas del desarrollo disciplinar en estos
países indicaban la necesidad de una perspectiva más incluyente sustentada en la

1 Las conclusiones de este foro sobre el tema de la docencia pueden encontrarse en http://www.
geocities.com/felaa/. Como se ve allí, y hasta donde hemos podido hacer el seguimiento, la
discusión no trascendió al punto de concretarse en documentos de trabajo o artículos publicados
en medio digital o impreso.
190 Luis Gonzalo Jaramillo E.

relevancia de otras conexiones y vínculos macrorregionales. Así, entonces, resol-


vimos tomar como universo analítico las 30 unidades políticas conformadas por
los 17 países desde México hacia el sur, que corresponden a lo que técnicamente
se conoce como Latinoamérica (México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Ni-
caragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Uru-
guay, Paraguay, Bolivia, Chile y Argentina), así como Belice, Surinam, Guyana,
Guayana (Francesa) –(la “Sub América” de Bate 2001: 106)–, y nueve unidades
de la región Caribe (Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Haití, República Dominicana,
Trinidad y Tobago, San Vicente y las Granadinas, Barbados y Granada).
Si bien con la investigación se pretendió ser lo más exhaustivos posible,
vale mencionar algunos hechos que podrían estar comprometiendo esta intención,
aunque tengamos un buen grado de confianza en la muestra consolidada. En pri-
mer lugar, debemos mencionar los problemas de inconsistencias entre diversas
fuentes, en particular, entre las páginas web de las universidades e institutos de
formación superior y los sitios o portales de los ministerios de Educación y bancos
de datos sobre educación de diferentes tipos de organismos tanto nacionales como
regionales y multinacionales. Para sorpresa nuestra, por ejemplo, encontramos
que en muchos casos la información que reportan los ministerios de Educación
no concuerda con el número de las ofertas de instituciones que ofrecen educación
en arqueología/antropología en un determinado país. Este tipo de dificultades no
es exclusivo de la arqueología y, por el contrario, hay que señalar, son la base de
iniciativas que pretenden contribuir a aliviar tal situación, como el proyecto ME-
SALC (Mapa de Estudios Superiores en América Latina y el Caribe), promovido
por el Instituto Internacional para la Educación Superior en América Latina y el
Caribe (IESALC) (Jaffé 2007).
Un segundo aspecto es el cambiante escenario en la oferta académica, tanto
por el surgimiento de programas nuevos como por la reforma y suspensión parcial o
definitiva de otros. Esta dinámica hizo que fuese de gran ayuda la colaboración que
recibimos de varios colegas para precisar y aclarar el estado del arte en términos de
formación universitaria, como fueron Cristiana Barreto (Brasil), Juan-Martín Rin-
cón (Panamá), Florencio Delgado (Ecuador), Claudia Rivera (Bolivia), Rafael Gas-
són (Venezuela) y Jesús Rafael Robaina Jaramillo (Cuba), a quienes agradecemos
su colaboración, no sin antes dejar sentado que sólo nosotros somos responsables de
los errores, omisiones o malentendidos en que aquí se haya incurrido2.

2 Un reconocimiento también para Alejandro Amaya, asistente graduado del Área de Arqueología y
Antropología Biológica del programa de Maestría en Antropología de la Universidad de los Andes,
por su colaboración en la tarea de recabar la información en internet y en la primera etapa de
estandarización de la información, mediante la matriz de análisis diseñada para este propósito.
Arqueología y formación profesional 191

Otro hecho que debemos resaltar sobre el proceso de consolidación del cuer-
po de información para el ejercicio analítico que asumimos fue la dificultad para
comparar sistemáticamente los cuerpos de información recobrados, en particular,
sobre los planes de estudio, ya que en muchos casos la información disponible en
los portales universitarios es fragmentaria, siendo difícil acceder, por ejemplo, a
los programas o planes de estudio detallados. Debe señalarse en este sentido que
la respuesta a los correos enviados solicitando aclaraciones o el envío de infor-
mación adicional no fue tampoco siempre exitoso, dejando en evidencia que las
facilidades informativas de los medios electrónicos pueden resultar frustrantes
cuando no están acompañadas de claros protocolos de respuesta a las solicitudes
recibidas, más aún cuando se utilizan los canales institucionales de los vínculos
titulados “comuníquese con nosotros”. En las tablas que se presentan, la con-
vención “SD” (Sin Datos) ha sido utilizada para indicar que no se logró obtener
información suficiente o clara para un determinado aspecto.
En términos de la comparabilidad de los datos recogidos, cabe también
indicar que, a pesar de una creciente estandarización en la organización de los
planes de estudio con el uso de “créditos” como unidad de cuantificación de la
experiencia/actividad académica, existe gran diversidad no sólo en la definición
de lo que esta unidad representa, cuando es utilizada, sino también en el número
total de cursos, el tipo de prácticas extramuros, la organización de las actividades
a lo largo del ciclo académico para definir el contenido exacto del programa de
un estudiante con énfasis en arqueología, etc., todo lo cual hace extremadamente
complejo el cruce de datos, situación que no se restringe a la comparación entre
países, sino, incluso, al interior de los países mismos.
Para ilustrar esta diversidad, baste considerar el tema de los créditos: mien-
tras que en Colombia, “un crédito equivale a 48 horas de trabajo académico del
estudiante, que comprende las horas con acompañamiento directo del docente
y demás horas que el estudiante deba emplear en actividades independientes de
estudio, prácticas, u otras que sean necesarias para alcanzar las metas de aprendi-
zaje, sin incluir las destinadas a la presentación de las pruebas finales de evalua-
ción” (Artículo 5 del Decreto 0808 del 25 de abril de 2002), en Venezuela, según
el Consejo Nacional de Universidades (CNU), un crédito equivale a 16 horas aca-
démicas teóricas o 32 horas prácticas (Rafael Gassón, Comunicación personal,
2007). En Argentina, por su parte, donde la duración se expresa mayoritariamente
en horas por año, en el programa de doctorado de la UNICEN, cada curso “…
dará un (1) crédito por cada diez (10) horas reales dictadas, con exigencias de
lecturas y otras tareas acordes…” (UNICEN s. f.).
El tema de la comparabilidad es tan agudo, que resulta relevante considerar
por extenso la observación de Del Bello y Mundet (2001) sobre este aspecto:
192 Luis Gonzalo Jaramillo E.

América Latina es una región con una historia de mucha menor movilidad. El gran ta-
maño del espacio geográfico, el menor desarrollo económico y de las comunicaciones,
y en definitiva una menor tradición de integración, también se reflejan en los sistemas
de enseñanza universitaria que presentan una menor comparabilidad. Hasta tal punto
que podría plantearse la hipótesis de una mayor compatibilidad de algunos sistemas
nacionales con Europa o Estados Unidos que con respecto a la región.

Lo anterior, entonces, debe servir de marco para precisar varias decisiones


tomadas, con el fin de generar una matriz analítica que, obviando el problema de
las equivalencias entre las diferentes nomenclaturas, unidades de medida aca-
démica, duración de los ciclos o programas, etc., permitiera hacer un ejercicio
coherente para cuantificar y caracterizar algunas dimensiones de esta compleja
realidad que representa el hecho académico-profesional de la arqueología, cons-
truyendo así una perspectiva regional sincrónica, que sirva de base para, a media-
no plazo, poder emprender un estudio verdaderamente diacrónico.
La primera de las decisiones tomadas tiene que ver con la organización de la
información en función de dos niveles de formación, así: Grado (Licenciaturas,
Profesorados, B.A./B.S.) y Posgrado (Diplomados, Especializaciones, Maestrías
y Doctorados). En este esquema, los programas de grado corresponden a progra-
mas de Tercer Nivel de formación, como se denominan en Ecuador, por ejemplo,
siendo la Primaria (Educación Primaria, Colombia) y el Bachillerato (Educación
Secundaria, Colombia) los niveles 1 y 2, respectivamente. Nuestra búsqueda de
información sobre arqueología está limitada a los programas y entornos de los
niveles de Grado y Posgrado, según este esquema.
En segundo lugar, utilizaremos la palabra Programa para identificar las
ofertas académicas. Ésta tiene como equivalentes los términos de carreras (Co-
lombia) o cursos (Brasil). En tercer lugar, el término Plan de Estudio será utili-
zado para referirnos al esquema global del proceso académico conformado por
la distribución específica de cursos y actividades dentro de un cronograma que
finaliza con el otorgamiento de un título. En este sentido, Plan de Estudio es el
equivalente de términos como currículo, curricula (México), programa (Colom-
bia) y pensum (Bolivia). En cuarto lugar, por Descripción de Cursos entendere-
mos las descripciones por extenso que informan del contenido y alcances de cada
actividad académica, siendo el equivalente de las sumillas (Perú) y los resúmenes
o ementas (Brasil). En quinto lugar, por curso entenderemos cada unidad del Plan
de Estudio, sea teórico, práctico o teórico-práctico, incluyendo para efectos ana-
líticos los períodos dedicados a trabajo de culminación de un plan de estudio. En
este sentido, no es relevante la duración en tiempo ni el grado de presencialidad
con que se realice la actividad. Términos de equivalencia de los cursos son mate-
rias, asignaturas y disciplinas (Brasil).
Arqueología y formación profesional 193

Para hacer procedente el análisis, las diferentes ofertas académicas fueron


organizadas en dos grandes categorías. Así, bajo el encabezado Línea en Arqueo-
logía estarán los programas de grado y posgrado explícitamente así denomina-
dos, es decir, cuyo nombre incluye la palabra arqueología. Por su parte, Énfasis en
Arqueología será el término bajo el cual se agruparán los programas con ciclo bá-
sico en antropología u otras disciplinas y opción en arqueología, sea ésta explícita
o no, pero que en ningún caso se reflejan en el título otorgado, el cual es siempre
de antropólogo, tanto al nivel de grado como de posgrado. Una tercera categoría,
denominada Arqueología como Contenido Mínimo, ha sido creada para incluir
allí todas las otras instancias en que pudimos detectar la presencia de cursos de
arqueología, en particular, en otros programas del área de las ciencias sociales y
humanas, circunscrita la búsqueda, claro está, a programas al nivel de grado y
posgrado, como hemos ya advertido.
Relacionado también con el análisis, debemos anotar que si bien diseñamos
una matriz para descomponer el Plan de Estudio por áreas de conocimiento, la
tarea resultó bastante compleja, pues en muchos casos lo único disponible era el
programa como listado de cursos con una intensidad horaria (generalmente), pero
sin descripción del contenido, haciendo difícil asignar un curso a partir sólo de su
nombre a una determinada área de formación (disciplinar, metodológica, técnica,
etc.). Esta situación nos llevó a circunscribir el análisis general a una compara-
ción del número total de cursos explícitamente relacionados con “arqueología”
(esto es, cuyo nombre incluye o define el campo como tal) dentro de los planes de
estudio y a evaluar la duración del ciclo formativo según el número de semestres
requeridos para obtener el título. Esta opción analítica obviamente no es tan rele-
vante en el caso de los programas en la Línea en Arqueología, puesto que éstos,
por definición, están estructurados para cumplir esa meta como tal. No obstante,
para aquellos ubicados en la categoría de Énfasis en Arqueología sí puede ser rele-
vante, al dar una medida sobre qué es lo que prima en éstos como hecho formativo
y/o sobre las tradiciones académicas vigentes. Vale aquí decir que una discusión
importante tiene que ver con la oferta de cursos denominados como “prehistoria”,
para citar un ejemplo, que en muchos casos podrían ser asumidos como equiva-
lentes a las denominaciones de “Arqueología del Viejo Mundo”, por ejemplo. Este
hecho, que obviamente afectaría el número de cursos directamente relacionados
con la formación arqueológica, será tratado adelante, ya que tiene implicaciones
no sólo sobre la evaluación y comparación de programas, sino también para en-
tender o reflexionar sobre el tema de la especialización del conocimiento y sus
implicaciones para el ejercicio de la arqueología en lo laboral y legal.
Resumiendo, entonces, tenemos que decir que las decisiones tomadas tienen
implicaciones obvias sobre los alcances del análisis y los resultados que presen-
194 Luis Gonzalo Jaramillo E.

taremos, pero creemos que al hacerlo en los términos aquí planteados, y con las
anotaciones referidas, estamos dando un paso importante en la dirección señalada
para contribuir a realizar una cartografía regional que permita analizar de forma
adecuada este complejo fenómeno. No sobra decir que en tal proceso esperamos
contar con mecanismos apropiados a corto plazo que sirvan para generar un gru-
po de trabajo que garantice los insumos para emprender un ejercicio diacrónico
sobre la totalidad de los países aquí incluidos. Sobre esto, que es una invitación
abierta, regresaremos también en la parte final del ensayo.

De la oferta académica en arqueología: el contexto global

La investigación realizada nos permitió consolidar una base de datos relativa a


103 casos en los que la arqueología está presente, relacionados todos con los nive-
les de grado y posgrado, como ya hemos señalado. De los 103 casos identificados,
68 corresponden a programas de formación en arqueología en sentido estricto,
38 de los cuales pertenecen a la categoría de Línea en Arqueología y 30 a la
categoría de Énfasis en Arqueología. Las 35 referencias restantes corresponden
a casos de Arqueología como Contenido Mínimo (ver la tabla 1). El anexo 1 pre-
senta de manera organizada, por país, los nombres específicos de todos los casos
registrados, así como el nombre de las instituciones oferentes, la ciudad donde se
ofrece y el, nivel del programa. Esta información –incluido además un link para
las páginas web institucionales, y otras variables relevantes, como la naturaleza
jurídica de las instituciones, el título ofrecido, el tiempo total en años y el contexto
académico dentro del cual se ofrece el curso o programa (Facultades, Institutos,
Museos, Departamentos, Áreas Académicas, etc.)– está disponible en la página
del Observatorio del Patrimonio Cultural y Arqueológico, OPCA, en http:// opca.
uniandes.edu.co/.
Resulta interesante ver cómo los 103 casos están concentrados en sólo 16 de
las 30 entidades políticas investigadas, con un 53% localizadas en las capitales
de estos países (ver la figura 1 y la tabla 2). De esta distribución debe destacarse
la situación de Brasil y Bolivia, en cuanto sus capitales no reportan ningún caso.
En el caso de Brasil las ofertas se encuentran vinculadas con varias ciudades que
históricamente han sido los principales centros de población. En cuanto a Bolivia,
debe recordarse que al tener dos capitales, Sucre como capital oficial y sede del
poder judicial, y La Paz como sede del gobierno (poderes ejecutivo y legislativo),
es esta última la que aparece como el centro educativo más importante del país,
existiendo allí una oferta específica en arqueología al nivel de grado.
Arqueología y formación profesional 195

Tabla 1. Distribución de programas y oferta general en arqueología, por país

Arqueología
Línea Énfasis
como
País en en Total
Contenido
Arqueología Arqueología
Mínimo
Argentina 3 6 5 14
Barbados 0 0 0 0
Belice 0 0 0 0
Bolivia 1  0  0 1
Brasil 7 4  0 11
Chile 2 4 2 8
Colombia 3 6 3 12
Costa Rica  0 1 2 3
Cuba 3  0 1 4
Ecuador  0 1 1 2
El Salvador 1  0 1 2
Granada 0 0 0 0
Guatemala 2  0 1 3
Guyana 0 0 0 0
Guayana Francesa 0 0 0 0
Haití 0 0 0 0
Honduras 0 0 0 0
Jamaica  0 1 1 2
México 6 0 12 18
Nicaragua 0 1  0 1
Panamá 0 0 0 0
Perú 10 0 6 16
Paraguay 0 0 0 0
Puerto Rico 0 0 0 0
República Dominicana 0 0 0 0
San Vicente y Granadinas 0 0 0 0
Surinam 0 0 0 0
Trinidad y Tobago 0 0 0 0
Uruguay  0 3  0 3
Venezuela  0 3  0 3
Total 38 30 35 103
196 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Figura 1. Distribución de la oferta total en arqueología, por país

Tabla 2. Distribución de la oferta en o con arqueología, por país, según


localización regional

País Capital % Provincia % Total %


México 7 39 11 61 18 17
Perú 10 63 6 38 16 16
Argentina 2 14 12 86 14 14
Colombia 8 67 4 33 12 12
Brasil 0 0 11 100 11 11
Chile 5 63 3 38 8 8
Cuba 4 100 0 0 4 4
Costa Rica 3 100 0 0 3 3
Guatemala 3 100 0 0 3 3
Uruguay 3 100 0 0 3 3
Venezuela 3 100 0 0 3 3
Ecuador 2 100 0 0 2 2
El Salvador 2 100 0 0 2 2
Jamaica 2 100 0 0 2 2
Bolivia 0 0 1 100 1 1
Nicaragua 1 100 0 0 1 1
Total 55 53 48 47 103 100
Arqueología y formación profesional 197

En este nivel general, resulta aún más interesante ver que seis países (Méxi-
co, Perú, Argentina, Colombia, Brasil y Chile, en este orden) concentran el 76%
de la oferta (ver la tabla 2). En aquellos países en que hay más ofertas que las ba-
sadas en las capitales, éstos presentan el mayor número de localidades diferentes
como sede de esa oferta. En efecto, en México, las 11 ofertas provinciales se re-
parten en siete ciudades, en Perú las 6 corresponden a seis ciudades, en Argentina
los 12 casos se reparten en nueve ciudades, en Brasil los 11 casos se distribuyen
en ocho ciudades, en Colombia las 4 en cuatro ciudades, y en Chile, las 3 ofertas
corresponden a dos ciudades (ver la figura 2).

Figura 2. Distribución de la oferta, según su ubicación en la capital o la provincia


en los seis países con mayor proporción de la oferta total

Otro aspecto interesante de evaluar en términos de la oferta global es el de


la naturaleza de las instituciones que ofertan los diferentes programas y cursos en
arqueología. Como se ve en la tabla 3, el 77% de la oferta es de carácter público,
contra un 24% de carácter privado. Sólo dos casos, que representan el 2%, tienen
la característica de ser ofertas mixtas, tratándose en ambos casos de las mismas
instituciones (Universidad de Tarapacá de Arica, pública, y Universidad Católi-
ca del Norte, privada), que ofrecen un programa conjunto de “Antropología con
Mención en Arqueología” al nivel de maestría y doctorado.
En la distribución general vemos que tres países no tienen oferta pública
(Ecuador, El Salvador y Jamaica), mientras que oferta de carácter público en for-
ma exclusiva sólo se presenta en Bolivia, Costa Rica, Cuba, México, Nicaragua,
198 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Uruguay y Venezuela. Los demás países, es decir, Chile, Argentina, Brasil, Co-
lombia, Guatemala y Perú, presentan ofertas en ambos sistemas.

Tabla 3. Distribución de las ofertas, según el carácter público o privado de las


instituciones

Tipo de institución
País Mixto % Privada % Pública % Total
Argentina 0 0 1 1 13 13 14
Bolivia 0 0 0 0 1 1 1
Brasil 0 0 4 4 7 7 11
Chile 2 2 2 2 4 4 8
Colombia 0 0 5 5 7 7 12
Costa Rica 0 0 0 0 3 3 3
Cuba 0 0 0 0 4 4 4
Ecuador 0 0 2 2 0 0 2
El Salvador 0 0 2 2 0 0 2
Guatemala 0 0 2 2 1 1 3
Jamaica 0 0 2 2 0 0 2
México 0 0 0 0 18 17 18
Nicaragua 0 0 0 0 1 1 1
Perú 0 0 4 4 12 12 16
Uruguay 0 0 0 0 3 3 3
Venezuela 0 0 0 0 3 3 3
Total 2 2 24 23 77 75 103

Si bien vemos que el sector público tiene un peso enorme como agente o so-
porte de la formación en arqueología y en la difusión de la arqueología en el ámbi-
to académico, las instituciones privadas también tienen una participación impor-
tante, cercana al 25%, aunque en este punto de la investigación no podamos saber
si éste es un fenómeno reciente o no. Este aspecto de la naturaleza pública/privada
de la arqueología es, sin lugar a dudas, uno de los temas que vale explorar a futu-
ro, pues en algunos entornos, la estrecha –sino preponderante– relación entre el
Estado y la formación y actividad arqueológica ha servido para argumentar esce-
narios históricos concretos en los que se puede hablar de la arqueología como una
realidad “estatal” (en el caso de Colombia, ver Oyuela 1994b; Jaramillo y Oyuela
1994, y para matices de esta discusión, Piazzini 2003: 308; Langebaek 2004: 106,
Arqueología y formación profesional 199

y Londoño 2003, entre otros). Este tema, obviamente, requiere de información


de diversa naturaleza para ser abordado de manera apropiada a escala macrorre-
gional, siendo pertinente, por ejemplo, consolidar datos sobre el comportamiento
histórico de la financiación del Estado y, en general, de la participación del sector
privado tanto en la docencia como en la difusión de la arqueología. Debe sí desta-
carse que en varios países de la región la participación privada –no circunscrita al
ámbito de las instituciones universitarias sino también de la “promoción cultural”
en general, como se advierte en Perú (PUCP 2007: 8)– es uno de los hechos más
destacados dentro del panorama educativo contemporáneo3.
Aparte de las discusiones que temas como éste plantean, la distribución de la
oferta general permite resaltar que la arqueología “como hecho académico” resul-
ta particularmente interesante en cuanto a la diversidad de ciudades en las que se
sitúa, en aquellos casos en que la oferta es mayor que la basada en la capital. En
este sentido, se podría decir que la arqueología se ubica hoy en día por fuera de los
esquemas centralistas que aún definen la existencia política y social en muchos
de estos países, es decir que, no siendo una disciplina de gran demanda dentro
del contexto general de la oferta académica –lo que determinaría que de existir lo
sea sólo en los grandes centros (capitales)–, sería ahora asequible para un mayor
número de individuos.
En esta distribución se podría decir que hay también una interesante co-
rrelación entre tamaño del país y número de ofertas provinciales, como se ve en
la figura 2. Aunque no pueda decirse que la oferta de programas de arqueología
esté directamente relacionada con la extensión territorial, vale destacar que la
existencia de restos de culturas antiguas monumentales, por ejemplo, tampoco
parecería ser factor explicativo suficiente, pues si bien en la lista están México,
Perú, Guatemala y Bolivia, los otros países –y algunos de ellos con una oferta
provincial abundante como Brasil o Colombia– no se caracterizan precisamente
por la presencia de este tipo de registros arqueológicos, excepción hecha de los

3 Rodríguez (1999) afirma que durante la década de los ochenta, mientras que países como Argen-
tina, Paraguay y Bolivia lograron incrementar la cobertura universitaria de manera significativa,
el crecimiento registrado en países como Colombia, Chile, Perú, y en menor medida Venezuela,
puede explicarse casi exclusivamente por la liberalización de la enseñanza superior en el
segmento privado. Pero aún más revelador puede ser el hecho de que “En la década de los noventa
la privatización de la enseñanza superior alcanzó niveles muy notables en toda la región y a un
ritmo muy acelerado. En el transcurso de la década, la proporción de estudiantes matriculados
en universidades privadas pasó de un 30 a más del 45%, lo que hace suponer que en la frontera
del 2000 la proporción de estudiantes en establecimientos privados sea equivalente a la de los
establecimientos públicos, lo que hará –y de hecho está haciendo– que Latinoámerica cuente con
una de las mayores proporciones de estudiantes universitarios dentro de la opción privada en el
mundo” (Rodríguez 1999).
200 Luis Gonzalo Jaramillo E.

enormes concheros, en el primer caso, y de restos como los de Ciudad Perdida o


Teyuna en el segundo, lo que enfatizaría que el interés por la arqueología como
disciplina desborda estas consideraciones. En Nicaragua, el poco reconocimiento
y desarrollo de la arqueología, según Palomar y Gassiot (1999: 208), tiene que ver,
sin duda alguna, con el hecho de no haber sido asiento de “grandes culturas” ni
“grandes civilizaciones” –lo que en nuestro argumento se traduce en ausencia de
monumentalidad–, pero también, destacan estos autores, con las guerras civiles a
lo largo del último siglo. De allí, entonces, que si bien la abundancia y naturaleza
del registro arqueológico son parte importante del desarrollo y consolidación de
una oferta académica específica en arqueología, no parecerían ser los hechos ex-
clusivos o determinantes.
Ahora bien, si nos concentramos sólo en los 68 casos referentes a programas
de formación académica propiamente dicha, es decir, aquellos agrupados como
Línea en Arqueología y Énfasis en Arqueología, vemos que los primeros repre-
sentan el 56% de la oferta, y la segunda categoría, el 44% (ver la tabla 4). Las di-
ferencias principales en términos de dónde se concentra la oferta no son mayores
con respecto a la distribución global, a excepción de que Cuba desplaza a Chile
como sexto país en la lista de la categoría Línea en Arqueología y que Uruguay
y Venezuela reemplazan a Perú y México en la categoría Énfasis en Arqueología
dentro de los seis países que concentran el mayor porcentaje de programas. En
efecto, como se ve al comparar las tablas 5 y 6, los otros países siguen siendo los
mismos que vemos en la tabla 2, es decir, Argentina, Brasil, Colombia y Chile.

Una comparación de las tablas 7 y 8, por otra parte, nos permite ver que
desde el punto de vista de la ubicación de las ofertas dentro del país, las dife-
rencias no son muy pronunciadas entre ambos escenarios (capital/provincia)
para los dos tipos de educación formal (Línea en Arqueología y Énfasis en Ar-
queología). En efecto, en cada caso, la capital cuenta al menos con un programa
formal, aunque en los casos de Brasil y Bolivia se debe recordar la salvedad ya
hecha.
Desde esta perspectiva macrorregional, la oferta de Arqueología como Con-
tenido Mínimo está asociada con 11 países, todos los cuales, vale decir, están pre-
sentes en la lista de países con oferta formal en arqueología (ver la tabla 9). Así
mismo, se observa que, en casi el 90% de los casos, esta oferta se relaciona con
programas al nivel de grado. Esta correlación quizás sea un indicador o reflejo del
reconocimiento del “valor” de la disciplina como tal en el contexto de la formación
universitaria de otras disciplinas o campos profesionales, restringido, de manera
interesante, a los países que tienen oferta formativa en arqueología. Aunque sobre
este punto regresaremos al final del ensayo, vale dejar indicado que esta situación
Arqueología y formación profesional 201

estaría de alguna manera soportando la idea de que la magnitud de los restos ar-
queológicos sí puede ser factor importante en el posicionamiento de la disciplina
dentro de la agenda educativa o formativa, una de cuyas aristas adicionales a con-
siderar es el impacto de tal registro monumental en términos de la adecuación de
una oferta turística y la administración y explotación de tales recursos.

Tabla 4. Distribución por país de la oferta de programas en arqueología

Línea en Énfasis en
País % % Total
Arqueología Arqueología
Argentina 3 4 6 9 9
Bolivia 1 1 0 0 1
Brasil 7 10 4 6 11
Chile 2 3 4 6 6
Colombia 3 4 6 9 9
Costa Rica 0 0 1 1 1
Cuba 3 4 0 0 3
Ecuador 0 0 1 1 1
El Salvador 1 1 0 0 1
Guatemala 2 3 0 0 2
Jamaica 0 0 1 1 1
México 6 9 0 0 6
Perú 10 15 0 0 10
Nicaragua 0 0 1 1 1
Uruguay 0 0 3 4 3
Venezuela 0 0 3 4 3
Total 38 56 30 44 68

En términos de la naturaleza jurídica de las instituciones, vemos que de las


68 ofertas de programas de formación en arqueología, el 72% es público (con
49 programas), privado el 25% (con 17 programas), y el 3% es oferta mixta (2
programas) (ver la tabla 10). Esta distribución indica que la oferta de cursos de
Arqueología como Contenido Mínimo en otros programas no altera la distribu-
ción de los programas según el régimen jurídico de las instituciones, cuando se
considera la oferta completa, es decir que la proporción de publico/privado/mixto
se mantiene.
202 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 5. Distribución por país de la oferta de programas, modalidad Línea en


Arqueología

Número de
País %
programas
Perú 10 26
Brasil 7 18
México 6 16
Argentina 3 8
Colombia 3 8
Cuba 3 8
Chile 2 5
Guatemala 2 5
Bolivia 1 3
El Salvador 1 3
Total 38 100

Tabla 6. Distribución por país de la oferta de programas, modalidad Énfasis en


Arqueología

Número de
País %
programas
Argentina 6 20
Colombia 6 20
Brasil 4 13
Chile 4 13
Uruguay 3 10
Venezuela 3 10
Costa Rica 1 3
Ecuador 1 3
Jamaica 1 3
Nicaragua 1 3
Total 30 100
Arqueología y formación profesional 203

Tabla 7. Distribución de la oferta, modalidad Línea en Arqueología, según


ubicación regional

País Capital % Provincia % Total


Argentina 0 0 3 8 3
Bolivia 0 0 1 3 1
Brasil 0 0 7 18 7
Chile 2 5 0 0 2
Colombia 3 8 0 0 3
Cuba 3 8 0 0 3
El Salvador 1 3 0 0 1
Guatemala 2 5 0 0 2
México 3 8 3 8 6
Perú 8 21 2 5 10
Total 22 58 16 42 38

Tabla 8. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología, según ubicación


regional

País Capital % Provincia % Total


Argentina 1 3 5 17 6
Brasil 0 0 4 13 4
Chile 1 3 3 10 4
Colombia 2 7 4 13 6
Costa Rica 1 3 0 0 1
Ecuador 1 3 0 0 1
Jamaica 1 3 0 0 1
Nicaragua 1 3 0 0 1
Uruguay 3 10 0 0 3
Venezuela 3 10 0 0 3
Total 14 47 16 53 30
204 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 9. Distribución por país de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo

Nivel del programa


País Grado % Posgrado % Total
Argentina 5 14 0 0 5
Chile 2 6 0 0 2
Colombia 2 6 1 3 3
Costa Rica 1 3 1 3 2
Cuba 1 3 0 0 1
Ecuador 1 3 0 0 1
El Salvador 1 3 0 0 1
Guatemala 1 3 0 0 1
Jamaica 0 0 1 3 1
México 11 31 1 3 12
Perú 6 17 0 0 6
Total 31 89 4 11 35

Tabla 10. Distribución de las ofertas Línea en Arqueología y Énfasis en


Arqueología, según el carácter público o privado de las instituciones

Tipo de institución
País Mixto % Privada % Pública % Total
Argentina 0 0 0 0 9 13 9
Bolivia 0 0 0 0 1 1 1
Brasil 0 0 4 6 7 10 11
Chile 2 3 2 3 2 3 6
Colombia 0 0 3 4 6 9 9
Costa Rica 0 0 0 0 1 1 1
Cuba 0 0 0 0 3 4 3
Ecuador 0 0 1 1 0 0 1
El Salvador 0 0 1 1 0 0 1
Guatemala 0 0 1 1 1 1 2
Jamaica 0 0 1 1 0 0 1
México 0 0 0 0 6 9 6
Nicaragua 0 0 0 0 1 1 1
Perú 0 0 4 6 6 9 10
Uruguay 0 0 0 0 3 4 3
Venezuela 0 0 0 0 3 4 3
Total general 2 3 17 25 49 72 68
Arqueología y formación profesional 205

Hecha esta descripción general sobre la muestra total, pasaremos a analizar


en detalle, primero, las dos categorías relacionadas directamente con la formación
disciplinar o profesional en arqueología, es decir, la oferta agrupada en Línea en
Arqueología y Énfasis en Arqueología, para luego hacer lo propio con la oferta de
Arqueología como Contenido Mínimo.

Modalidades y estructura curricular para la formación en


arqueología
Como ya señalamos, la formación en arqueología muestra como rasgo sin-
gular la presencia de programas ofrecidos explícitamente como formación en ar-
queología que coexisten con una proporción casi similar de programas en donde
la formación se da como un énfasis dentro de un campo disciplinar. Este escena-
rio es el que abordaremos a continuación en detalle.
Programas Línea en Arqueología
Concentrándonos en las ofertas agrupadas en Línea en Arqueología, vemos
que las 38 ofertas se dividen entre formación al nivel de grado –que representa el
mayor porcentaje, con un 55%– y posgrado, con un 45% (ver la tabla 11). De los 10
países en que se concentra la oferta, Cuba puede presentarse como la excepción,
pues si bien forma y entrena en arqueología, no lo hace al nivel de grado pero sí
al nivel de cursos de corta duración, tipo especializaciones/diplomados, o en ni-
vel de posgrado, como maestría (Jesús Rafael Robaina Jaramillo, Comunicación
personal, 2008).
Al nivel de los programas de grado, el mayor porcentaje está reconocido
como programas de licenciatura, seguido de otras ofertas que, siendo equivalen-
tes dentro del esquema general de niveles de educación, se anuncian según su
nombre directo profesional (arqueología), y unos pocos casos con otras denomi-
naciones (ver las tablas 12 y 13).

Aunque, como vemos en la tabla 12, la oferta está restringida a 9 países, esto
no implica que en éstos no se presente también la formación al nivel de grado,
mediante la modalidad de énfasis o especialización en arqueología, como en el
caso de Colombia y Argentina, un hecho que, como veremos adelante, tiene im-
plicaciones interesantes en el momento de revisar la situación jurídica del ejerci-
cio profesional en arqueología.
206 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 11. Distribución por nivel de formación de la oferta Línea en Arqueología

País Grado % Posgrado % Total


Perú 6 16 4 11 10
Brasil 3 8 4 11 7
México 3 8 3 8 6
Argentina 2 5 1 3 3
Colombia 1 3 2 5 3
Cuba 0 0 3 8 3
Chile 2 5 0 0 2
Guatemala 2 5 0 0 2
Bolivia 1 3 0 0 1
El Salvador 1 3 0 0 1
Total 21 55 17 45 38

Tabla 12. Distribución por país de los programas Línea en Arqueología, Nivel
Grado

Nombre titulaciones
País Arqueología Licenciatura Otros* Total
Argentina 1 1 0 2
Bolivia 0 1 0 1
Brasil 0 0 3 3
Chile 0 2 0 2
Colombia 1 0 0 1
El Salvador 0 1 0 1
Guatemala 0 2 0 2
México 0 3 0 3
Perú 3 2 1 6
Total 5 12 4 21
*Brasil: Arqueologia e Preservação Patrimonial, Curso de Graduação em Ar-
queología y Curso de Arqueologia Modalidade Bacharelado; Perú: Bachiller en
Humanidades con mención en Arqueología.
Arqueología y formación profesional 207

Tabla 13. Distribución por país y nombre específico de los programas Línea en
Arqueología, Nivel Grado

Número
Nombre del
País Universidad Tipo grado cursos
programa
arqueología

Bachiller en Humani-
Pontificia Universidad
Perú Bachiller dades con mención 21
Católica del Perú
en Arqueología*

Pontificia Universidad Licenciado en Ar-


Perú Licenciatura 21
Católica del Perú queología*

Universidad Nacional
Perú Arqueología Arqueología 19
Mayor de San Marcos

Universidad Mayor de Licenciatura Ar-


Bolivia Licenciatura 18
San Andrés queología

Universidad Interna- Licenciatura en Ar-


Chile Licenciatura 17
cional SEK queología

Universidad Nacional
Argentina Arqueología Arqueología 14
de Tucumán

Universidad del Valle Licenciatura en Ar-


Guatemala Licenciatura 13
de Guatemala queología

Universidad de San Licenciatura en Ar-


Guatemala Licenciatura 13
Carlos de Guatemala queología

Universidad Boliva- Licenciatura en Ar-


Chile Licenciatura 11
riana queología

Universidad Nacional Licenciatura Ar-


Argentina Licenciatura 11
de Catamarca queología

Universidad Católica Curso de Gradua-


Brasil 11
de Goiás ção em Arqueologia

Colombia Universidad Externado Arqueología Arqueología 11

Escuela Nacional de Licenciatura en Ar-


México Licenciatura 10
Antropología e Historia queología

Curso de Arqueo-
Universidade Fede-
Brasil logia Modalidade 9
ral de Sergipe
Bacharelado

Universidad de las Licenciatura en Ar-


México Licenciatura 9
Américas Puebla queología
208 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)

Número
Nombre del
País Universidad Tipo grado cursos
programa
arqueología

Universidad Tecnoló- Licenciatura en Ar-


El Salvador Licenciatura 9
gica de El Salvador queología

Universidad Veracru- Licenciatura en Ar-


México Licenciatura 6
zana queología

Universidad Nacional
de Trujillo, Escuela
Perú Arqueología Arqueología 1
Académico-Profesio-
nal de Arqueología

Universidad Nacio-
Perú nal de San Antonio Arqueología Arqueología SD
Abad del Cusco

Universidad Nacio- Licenciado en Ar-


Perú Licenciatura SD
nal Federico Villareal queología

Fundação Universida-
Arqueologia e Preser-
Brasil de Federal do Vale do SD
vação Patrimonial
São Francisco

* El Plan de Estudio es similar, sólo que para la licenciatura se requiere hacer una tesis.

A nivel de posgrado, las maestrías, con un porcentaje del 60%, siguen en


proporción en la oferta académica y aparecen circunscritas a cinco países. Los
doctorados, representando el 24%, siguen en frecuencia, circunscritos a sólo cua-
to países (Argentina, México, Brasil y Perú). Cada uno con un programa4. Los
casos de Diplomados, Especializaciones y Otros siguen en orden, cada uno con
un caso (ver las tablas 14 y 15).

4 La situación de Argentina en esta materia es confusa, pues según un documento de la UNICEN


(s. f.), precisamente elaborado como justificación para la creación de su programa de “Doctorado
en Arqueología”, que destaca la creación de esa oferta con denominación específica como algo
importante en el contexto argentino, menciona la existencia de cuatro programas que, salvo el
de la Universidad de Tucumán, están basados en facultades o estructuras académicas diferentes
de las ciencias sociales, como son los de las universidades de Buenos Aires, La Plata y Rosario.
No obstante, en las páginas web de esos centros no encontramos referencia a que se estén
ofreciendo en la actualidad, y así, la única oferta confirmada en este nivel es la de UNICEN
(ver la tabla 15).
Arqueología y formación profesional 209

Tabla 14. Distribución por país de los programas Línea en Arqueología, Nivel
Posgrado 

  Nombre titulaciones    

Especialización
Diplomado

Doctorado
Maestría

Otros*
País Total
%

%
Argentina 0 0 0 0 0 0 1 6 0 0 1
Brasil 0 0 0 0 2 12 1 6 1 6 4
Colombia 0 0 0 0 2 12 0 0 0 0 2
Cuba 1 6 1 6 1 6 0 0 0 0 3
México 0 0 0 0 2 12 1 6 0 0 3
Perú 0 0 0 0 3 18 1 6 0 0 4
Total 1 6 1 6 10 60 4 24 1 6 17
* Brasil: Curso de Pós-Graduação em Arqueologia de Universidad de São Paulo-Museo
de Arqueología y Etnología, São Paulo, Brasil.

Tabla 15. Distribución por país y nombre específico de los programas Línea en
Arqueología, Nivel Posgrado

Número
Tipo Nombre del
País Universidad cursos
posgrado programa
arqueología
Pontificia Univer- Maestría en Arqueolo-
Perú sidad Católica del Maestría gía del Programa de 8
Perú Estudios Andinos
Universidad Nacio- Maestría en Arqueo-
Perú nal Mayor de San Maestría logía Mención en Ar- 8
Marcos queología de América
Universidad Nacio- Maestría en Arqueolo-
Perú nal Mayor de San Maestría gía Mención en Inves- 8
Marcos tigación Arqueológica
El Colegio de Mi-
México Maestría Maestría en Arqueología 8
choacán
Mestrado em Arqueolo-
Universidade Fe-
gia e Conservação do
Brasil deral de Pernam- Maestría 8
Patrimônio Cultural do
buco
Norte e Nordeste
210 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)
Número
Tipo Nombre del
País Universidad cursos
posgrado programa
arqueología
Doutorado em Arque-
Universidad Fede- ologia e Conservação
Brasil Doctorado 7
ral de Pernambuco do Patrimônio Cultural
do Norte e Nordeste
Pontificia Univer- Doctorado en Arqueo-
Perú sidad Católica del Doctorado logía del Programa de 4
Perú Estudios Andinos
Universidad de
São Paulo, Museo Curso de Pós-Gradua-
Brasil Posgrado 4
de Arqueología y ção em Arqueologia
Etnología
Museo Nacional
Maestrado em Arqueo-
Brasil Universidad de Maestría 4
logia
Río de Janeiro
Maestría en Antropolo-
Universidad de los
Colombia Maestría gía Área Arqueología y 2
Andes
Antropología Biológica
Universidad Nacio-
nal del Centro de la Doctorado en Arqueo-
Argentina Doctorado 2
Provincia de Bue- logía
nos Aires
Escuela Nacional
Doctorado en Arqueo-
México de Antropología e Doctorado 1
logía
Historia
Escuela Nacional
México de Antropología e Maestría Maestría en Arqueología 1
Historia
Universidad Maestría Antropología
Colombia Maestría 0
Nacional Línea en Arqueología
Instituto Cubano
Cuba Maestría Maestría SD
de Antropología
Instituto Cubano Especiali-
Cuba Especialización SD
de Antropología zación
Instituto Cubano
Cuba Diplomado Diplomado SD
de Antropología

Desde el punto de vista del tiempo requerido para completar estos ciclos aca-
démicos, encontramos que, a pesar de la diversidad de unidades existentes para
cuantificar el proceso formativo (créditos, horas/aula, semanas, ciclos, semestres,
cuatrimestres, etc.), no hay grandes diferencias, pues como se ve en la tabla 16,
Arqueología y formación profesional 211

al nivel de grado, o para los posgrados, éstos resultan similares. En efecto, una
duración de entre cuatro y cinco años es lo común para programas de grado, y de
dos años para maestrías y doctorados. No obstante, hay algunos casos que vale
destacar, como son un programa de grado de tres años y medio y una maestría
de un año de duración, siendo éstas las mayores diferencias encontradas. El caso
del programa de pregrado corresponde al Curso de Graduação em Arqueología
de la Universidad Católica de Goiás en Brasil, que incluye un curso denominado
“Monografia” dentro de la carga del último semestre. Por su parte, el caso de la
maestría corresponde al programa del Instituto Venezolano de Investigaciones
Científicas, en donde debe señalarse que los cursos de dos semestres van segui-
dos de un trabajo de grado que generalmente puede implicar un año adicional de
trabajo (Rafael Gassón, Comunicación personal), lo que a la postre implica, en
promedio, una duración de dos años.

Tabla 16. Duración de programas académicos Línea en Arqueología y Énfasis


en Arqueología, en años

Número de Número de
Nivel de programas programas Duración Total de
Subnivel
formación Línea en Énfasis en en años programas
Arqueología Arqueología
Grado Licenciatura 9 12 5 21
3 1 4,5 4
3 6 4 9
1 0 3,5 1
Posgrado Maestría 6 2 2 8
0 1 1 1
Doctorado 1 2 2 3
1 0 3 1
24 24 48

En cuanto a la distribución de las ofertas según la naturaleza jurídica de las


instituciones para el caso de la Línea en Arqueología, las 27 ofertas relacionadas
con las instituciones públicas se brindan en 20 universidades, de ocho países,
siendo México, Perú y Brasil los países que más programas presentan, concen-
trando el 67% de la oferta (ver la figura 3 y la tabla 17). En términos de la distribu-
ción según el nivel de formación, la diferencia que se observa es que mientras la
oferta a nivel de grado se concentra en 13 universidades (ver la tabla 18), a nivel de
posgrado ésta se restringe a sólo 9 universidades (ver la tabla 19). En ambos casos,
212 Luis Gonzalo Jaramillo E.

por lo demás, la oferta se ubica en seis países, cuatro de ellos (Brasil, México,
Perú y Argentina) presentes en ambos casos (ver las figuras 4 y 5), aunque no en
el mismo orden de importancia relativa frente a este aspecto.
En cuanto a la oferta en las instituciones privadas, ésta se distribuye en 8
universidades, siendo Perú, con cuatro casos, el país que más programas presen-
ta, aunque todos en una misma institución, seguido de Colombia y Chile con dos
casos cada uno, y Guatemala, El Salvador y Brasil con un caso cada uno (ver la
tabla 20 y la figura 6). A su vez, las 8 ofertas a nivel de grado está concentradas
en 7 instituciones (ver la tabla 21 y la figura 7), mientras que las 3 ofertas a nivel
de posgrado se concentran en dos universidades (ver la tabla 22).
Como mencionamos, en esta distribución global entre sistema público y pri-
vado, vemos que el último representa una parte importante de la oferta y que
abarca tanto la formación de grado como los posgrados. Un aspecto concomi-
tante sobre el que aún no tenemos datos consolidados, y que será interesante de
observar, además del comportamiento histórico de la participación de lo privado
en este campo, es el del número de graduados en cada sistema, lo que permitirá,
de otra manera, evaluar el impacto de ambas ofertas en términos del desarrollo
de la disciplina. Sobre este aspecto volveremos en la sección Programas Énfasis
en Arqueología.

Figura 3. Distribución de la oferta pública, niveles de grado y posgrado


Arqueología y formación profesional 213

Tabla 17. Lista de ofertas Línea en Arqueología, instituciones públicas, Nivel


Grado y Posgrado

Total por Total


País Universidad
institución país
Argentina Universidad Nacional de Catamarca 1 3
Universidad Nacional de Tucumán 1  
Universidad Nacional del Centro de la Pro-
1  
vincia de Buenos Aires
Bolivia Universidad Mayor de San Andrés 1 1
Fundação Universidade Federal do Vale do
Brasil 1 6
São Francisco
Universidade Federal de Sergipe 1  
Universidade Federal de Pernambuco 2  
Universidad de São Paulo - Museo de Arqueo-
1  
logía y Etnología
Museo Nacional Universidad de Rio de Janeiro 1  
Colombia Universidad Nacional 1 1
Cuba Instituto Cubano de Antropología 3 3
Guatemala Universidad de San Carlos de Guatemala 1 1
México Escuela Nacional de Antropología e Historia 3 6
Universidad de las Américas Puebla 1  
Universidad Veracruzana 1  
El Colegio de Michoacán 1  
Perú Universidad Nacional Mayor de San Marcos 3 6
Universidad Nacional de Trujillo - Escuela
1  
Académico-Profesional de Arqueología
Universidad Nacional de San Antonio Abad
1  
del Cusco
Universidad Nacional Federico Villareal 1
Total 20 27 27 
214 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 18. Lista de ofertas en instituciones públicas, Línea en Arqueología, Nivel


Grado

Total
Tipo Nombre programas Total
País Universidad
grado programa por país
institución
Universidad
Licenciatura
Argentina Nacional de Licenciatura 1 2
Arqueología
Catamarca
Universidad
Nacional de Arqueología Arqueología 1  
Tucumán
Universidad
Licenciatura
Bolivia Mayor de San Licenciatura 1 1
Arqueología
Andrés
Fundação
Arqueologia
Universidade
e Preser-
Federal do  Arqueólogo 1 2
vação Patri-
Vale do São
monial
Francisco
Curso de
Universidade
Arqueologia
Federal de Bacharelado 1  
Modalidade
Sergipe
Bacharelado
Universidad
Perú Nacional Mayor Arqueología Arqueología 1 4
de San Marcos
Universidad
Nacional de
Trujillo-Escuela
Arqueología Arqueología 1  
Académico-
Profesional de
Arqueología
Universidad
Nacional de San
Arqueología Arqueología 1  
Antonio Abad del
Cusco
Universidad Licenciado
Nacional Fede- Licenciatura en Arqueo- 1  
rico Villareal logía
Universidad de Licenciatura
Guatemala San Carlos de Licenciatura en Arqueo- 1 1
Guatemala logía
Arqueología y formación profesional 215

(continuación)
Total
Tipo Nombre programas Total
País Universidad
grado programa por país
institución
Escuela Nacio- Licenciatura
México nal de Antropo- Licenciatura en Arqueo- 1 3
logía e Historia logía
Universidad de Licenciatura
las Américas Licenciatura en Arqueo- 1  
Puebla logía
Licenciatura
Universidad
Licenciatura en Arqueo- 1  
Veracruzana
logía
Total 13 13 13

Tabla 19. Lista de ofertas en instituciones públicas, Línea en Arqueología, Nivel


Posgrado

Total
Tipo Nombre del programas Total
País Universidad
posgrado programa por país
institución
Universidad
Nacional del
Doctorado en
Argentina Centro de la Doctorado 1 1
Arqueología
Provincia de
Buenos Aires
Mestrado em
Arqueologia e
Universidade Conservação
Brasil Federal de Maestría do Patrimônio 1 4
Pernambuco Cultural do
Norte e Nor-
deste
Doutorado em
Arqueologia e
Conservação do
Doctorado 1  
Patrimônio Cul-
tural do Norte e
Nordeste
216 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)
Total
Tipo Nombre del programas Total
País Universidad
posgrado programa por país
institución
Universidad
de São Paulo- Curso de Pós-
Museo de Posgrado Graduação em 1  
Arqueología y Arqueologia
Etnología
Museo Nacio-
nal Universi- Maestrado em
Maestría 1  
dad de Rio de Arqueología
Janeiro
Maestría en
Universidad
Arqueología
Nacional Ma-
Perú Maestría Mención en 1  
yor de San
Arqueología de
Marcos
América
Maestría en
Arqueología
Maestría Mención en 1 2
Investigación
Arqueológica
Maestría Antro-
Universidad
Colombia Maestría pología Línea 1 1
Nacional
en Arqueología
Escuela
Nacional de Maestría en
México Maestría 1 3
Antropología e Arqueología
Historia
Doctorado en
Doctorado 1  
Arqueología
El Colegio de Maestría en
Maestría 1  
Michoacán Arqueología
Instituto
Cuba Cubano de Maestría Maestría 1 3
Antropología
Especializa-
Especialización 1  
ción
Diplomado Diplomados 1  
Total  9     14 14
Arqueología y formación profesional 217

Figura 4. Distribución de programas, Nivel Grado, en instituciones públicas, por


país

Figura 5. Distribución de programas, Nivel Posgrado, en instituciones públicas,


por país
218 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 20. Distribución de la oferta en instituciones privadas, por universidad y


país, Nivel Grado y Posgrado

Total
País Nombre de la universidad Total país 
universidad

Brasil Universidad Católica de Goiás 1 1

Chile Universidad Internacional SEK 1 2

Universidad Bolivariana 1  

Colombia Universidad Externado 1 2

Universidad de los Andes 1  

El Salvador Universidad Tecnológica de El Salvador 1 1

Guatemala Universidad del Valle de Guatemala 1 1

Pontificia Universidad Católica del


Perú 4 4
Perú

Total   8 11 11

Figura 6. Distribución de programas en instituciones privadas, por país, niveles


grado y posgrado
Arqueología y formación profesional 219

Tabla 21. Lista de instituciones privadas, Línea en Arqueología, Nivel Grado

Total
Nombre del programas Total
País Universidad Grado
programa por país
institución
Universidad Inter- Licenciatura en
Chile Licenciatura 1 2
nacional SEK Arqueología
Universidad Licenciatura en
Licenciatura 1
Bolivariana Arqueología
Curso de
Universidad Católi-
Brasil   Graduação em 1 1
ca de Goiás
Arqueologia
Bachiller en
Pontificia
Humanidades
Perú Universidad Católi-   1 2
con mención en
ca del Perú
Arqueología
Licenciado en
Licenciatura 1
Arqueología
Universidad
Colombia Arqueología Arqueología 1 1
Externado
Universidad
Licenciatura en
Guatemala del Valle de Licenciatura 1 1
Arqueología
Guatemala
Universidad
El Licenciatura en
Tecnológica de El Licenciatura 1 1
Salvador Arqueología
Salvador
Total 7 8 8

Figura 7. Distribución de programas en instituciones privadas, por país, niveles


grado y posgrado
220 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 22. Lista de instituciones privadas, Línea en Arqueología, Nivel Posgrado

Total
Nombre programas Total
País Universidad Nivel
programa por país
institución
Maestría en Antropolo-
Universidad
Colombia Maestría gía Área Arqueología y 1 1
de los Andes
Antropología Biológica
Doctorado en
Pontificia Uni-
Arqueología del
Perú versidad Cató- Doctorado 1 2
Programa de
lica del Perú
Estudios Andinos
Maestría en Arqueolo-
Maestría gía del Programa de 1
Estudios Andinos
Total 2 3 3

En este orden de ideas, nos queda ahora mirar la estructura del plan de estudio
y, en particular, la oferta de cursos por medio de los cuales se instrumenta el proce-
so académico. Como se aprecia en el anexo 2, que recoge sólo una muestra de los
nombres de los cursos de algunos de los programas de la Línea en Arqueología, la
formación directamente arqueológica está dada por entre 40 y 50 cursos que, en tér-
minos generales, revelan una estructura básica conformada por lo que llamaremos
un núcleo universitario, un núcleo disciplinar y un núcleo aplicado o contextual.
En el primero de estos núcleos se encuentran todas las temáticas de habilida-
des y competencias académicas en conocimientos de informática, lecto-escritura,
matemáticas, idiomas, temas constitucionales, orientación religión, etc., que las
universidades exigen como parte esencial del proceso integral de formación al
nivel de grado.
En el segundo núcleo, a su vez, se pueden ver tres componentes. El primero de
ellos está formado por cursos que ofrecen una inducción e historia de la disciplina,
donde nombres como Fundamentos de Arqueología, Arqueología General, Intro-
ducción a la Arqueología, son las denominaciones más comunes. El segundo es la
línea de cursos que perfila el desarrollo académico propiamente dicho, con cursos,
en la mayoría de los casos, desarrollados en el formato de “seminarios temáticos”,
como Historia de la teoría arqueológica o Teoría Arqueológica (con varios niveles,
2 a 3 en promedio). El tercer componente es el metodológico y técnico, donde las
denominaciones de los cursos más comunes son Diseño de la investigación arqueo-
lógica, Metodología arqueológica, Métodos en arqueología (dos niveles en prome-
dio), Excavación arqueológica, Prospección arqueológica, Introdução à Prática
de Campo em arqueología o Teoría y metodología arqueológica.
Arqueología y formación profesional 221

En cuanto al núcleo aplicado o contextual, se destacan dos conjuntos de cur-


sos. El primero aborda el contexto regional o mundial de la experiencia humana y,
de manera específica, el de cada país. En términos mundiales, se ofrece Arqueo-
logía Universal o Arqueología del Viejo Mundo, mientras que a escala continental
se ofrece Arqueología de América (con uno o varios niveles). A escala subregional,
y según el contexto, mesoamericano/centroamericano o suramericano, se ofrecen
entonces cursos como Arqueología de Mesoamérica, Arqueología del área in-
termedia, Arqueología de América del Norte y Centroamérica, Arqueología de
Mesoamérica y Norteamérica o Arqueología de Sudamérica. El tratamiento de
la situación de cada país se concreta con una oferta que casi siempre implica una
serie de 1 a 5 cursos específicos (por ejemplo, Arqueología del Perú I, Arqueolo-
gía del Perú II, Arqueología del Perú III, etc.), en oferta paralela con otros cursos
que enfatizan áreas geográficas o culturas específicas, como Arqueología Maya,
Arqueología y Tierras Altas o Arqueología Argentina Regional.
El segundo conjunto de cursos está conformado por una variada oferta temá-
tica, donde se encuentran Arqueología histórica, Arqueología espacial del paisa-
je, Arqueología de la muerte o Arqueología de Hispanoamérica colonial. Ofertas
menos frecuentes son Arqueología subacuática (con un solo caso en Chile) y
Arqueología de la ciudad (también en Chile).
El tema de la ética profesional y el del manejo y conservación del patrimonio
arqueológico también están presentes como parte de la oferta formativa, aun-
que no en igual proporción. De los 18 programas con información sobre cursos
(ver la tabla 13), sólo uno incluye el primer aspecto explícitamente (Deontolo-
gía Arqueológica, Pontificia Universidad Católica del Perú) y cuatro el segundo.
De esta oferta hacen parte los cursos Conservación en el proceso arqueológico
(SEK, Chile), Manejo de Recursos y Legislación Arqueológica (ENAH, México),
Museología Arqueológica (Pontificia Universidad Católica del Perú, Perú) y Res-
tauración y Conservación de Sitios y Materiales Arqueológicos (Universidad de
Catamarca, Argentina).
Como habíamos planteado, no creemos que el nombre de los cursos en sí
mismo sea el aspecto más importante en el análisis y comparación de las ofertas
académicas en términos de la oferta Línea en Arqueología, pues si asumimos que
cada programa está estructurado para alcanzar la meta de preparar para el ejer-
cicio académico y profesional a arqueólogos, todos los cursos son esenciales, con
independencia de que en el nombre se incluya o no la palabra arqueología, como
en el caso de cursos como Geología del cuaternario, Paleoecología humana o
Análisis de material cerámico, cuya relevancia sería difícil de discutir. No obs-
tante, sí creemos que los nombres informan sobre usos y tradiciones académicas,
así como sobre cambios en las perspectivas analíticas (teóricas y metodológicas)
222 Luis Gonzalo Jaramillo E.

y en el objeto último de la disciplina misma, siendo ésta la razón para monitorear


este aspecto de la información recopilada.
Esta situación puede ilustrarse con el uso del término “prehistoria”, quizás
mejor que con ningún otro caso, término que, según se desprende de algunas
descripciones por extenso, sería un equivalente de los cursos de arqueología del
núcleo contextual o aplicado (ver arriba). En efecto, ¿qué es “prehistoria” dentro
del contexto arqueológico en Latinoamérica y el Caribe? ¿Es “historia” pre-his-
pánica, arqueología de una región o cultura, o qué es? Como ejemplo, podemos
tomar a Guatemala, donde en el programa de Licenciatura en Antropología de
la Universidad del Valle de Guatemala, el curso Prehistoria del Viejo Mundo
está presente al lado de Arqueología del Nuevo Mundo y cuatro niveles de Ar-
queología Mesoamericana. A su turno, el programa de Licenciatura en Ciencias
Antropológicas-Orientación Arqueológica de la Universidad de Buenos Aires,
Argentina, permite constatar de manera clara la correlación entre el uso del tér-
mino de prehistoria y el contenido de estudio como las formas de organización de
cazadores recolectores y agricultores. Como se ve en el anexo 3, esta oferta, que
es complementaria, tiene, además de la denominación de Prehistoria americana
y argentina I y II, la aclaración de que se trata de culturas de cazadores y recolec-
tores para el primer nivel y de culturas agroalfareras para el nivel II.
En el caso de la Licenciatura en Antropología de la Universidad del Rosario
(Argentina), no obstante, el curso Prehistoria General se define como “historia
de la arqueología. Principales teorías arqueológicas y su contexto de producción.
Eras geológicas y paleoclimas. El abordaje de la prehistoria del Viejo Mundo:
evolución humana, nomadismo y sedentarización”. Con un sentido igualmente
amplio y contrastante con las primeras situaciones descritas, en Brasil, en el caso
de la Universidad Católica de Goiás (Programa de Mestrado Profissional em
Gestão do Patrimônio Cultural), el curso Pré- História no Brasil es presentado
como “Diversidade e pluralidade cultural do Brasil na pré-história. Diferentes
tradições culturais dos grupos caçadores-coletores e agricultores ceramistas das
regiões Amazônia, litoral e interior: os modos de vida (subsistência e habitação);
a tecnologia desenvolvida para a produção dos instrumentos líticos e/ou dos va-
silhames cerâmicos; os elementos simbólicos - elaboração da arte rupestre e ente-
rramentos funerários. Importância desse patrimônio na construção da identidade
brasileira. Importância do tema na formação do gestor cultural. Reconhecimento,
identificação e preservação do patrimônio cultural arqueológico”.
Así, debe ser claro que un seguimiento histórico a las transformaciones de
los planes de estudio en las diferentes instituciones es una línea a seguir a futuro,
ya que permitirá evaluar cuándo, y en qué sentidos, los cambios ocurridos en
las perspectivas teóricas y metodológicas impactan las estructuras curriculares,
Arqueología y formación profesional 223

pues, a todas luces, aun los cambios de nombre de los cursos son más que eso,
porque como categorías, como esquemas que materializan perspectivas sobre una
disciplina, éstos logran, una vez consolidados, direccionar el proceso en sentidos
o caminos específicos.
Antes de pasar a analizar la oferta en la modalidad de Énfasis en Arqueo-
logía, momento en el que las diferencias con la oferta de la Línea de Arqueo-
logía serán cotejadas, vale señalar que no encontramos formación al nivel de
“técnicos o tecnólogos” en arqueología, un nivel que, a la luz de la denominada
arqueología de rescate o contractual, sería de esperar que hubiese generado
una oferta académica ya consolidada, respondiendo no sólo a las legislaciones
nacionales en materia de protección de recursos culturales, sino también a las
regulaciones impuestas por las empresas multinacionales que financian dichos
proyectos para que se realicen tales tipos de estudios. En Cuba se ofrece algún
tipo de instrucción que podría asimilarse al nivel de técnico, pero no es una
oferta estable (Robaina, Comunicación personal 2008)5, siendo la oferta formal
que se destaca en este campo la del Mestrado Profissional em Gestão do Patri-
mônio Cultural concentração Arqueologia de la Universidad Católica de Goiás
(UCG), Instituto Goiano de Pré-História e Antropologia en Brasil, ya que allí,
según lo reconocen algunos investigadores (cf. Cristiana Barreto, Comunica-
ción personal), ese tema es central, reflejándose en el plan de estudios en cursos
como Arqueologia de Contrato, Patrimônio Cultural e Impactos Ambientais,
Urbanismo e Gestão do Patrimônio Cultural o Gestão do Patrimônio Cultural:
Estudos de Casos, todos los cuales hacen parte, no obstante, de la oferta optati-
va y no de la obligatoria.
De igual manera, debemos dejar constancia de que no abordaremos en deta-
lle los planes de estudio de maestría y doctorado, ya que todos están estructura-
dos de forma tal que en muy pocos casos hay denominaciones con un nombre que
incluya el término de arqueología o aun, que permitan inferir el contenido especí-
fico, siendo consecuentemente, en su mayoría, nombres como Seminario (Niveles

5 El contraste regional para el entrenamiento y formación al nivel de técnicos lo proporciona


Estados Unidos, donde, en el marco de los programas de manejo de recursos culturales (Cultural
Contract Resarch Managment Programs), se ha establecido una clara jerarquía de cargos, como
“Archaeological Technician I, II, III”, los cuales son escalafones salariales, según estudio y
experiencia (ver “What is an Archaeological Field Technician? A definition of, and what to expect
if you are one” en http://members.aol.com/UAFT/home.htm). Entrenamiento formal a este nivel
se ofrece en North West College (http://www.northwestcollege.edu/programs/ProgramPage.
cfm?PID=8), el National Park Service (http://www.nps.gov/archeology/PUBS/TECHBR/Tch9.
htm), o el programa de la Archeological Society of Virginia (ASV), el Council of Virginia
Archaeologists (COVA) y el Virginia Department of Historic Resources (VDHR) (http://asv-
archeology.org/ArchTech.html).
224 Luis Gonzalo Jaramillo E.

I, II, III, IV), Seminario Doctoral (Niveles I, II, III, IV) o Línea de Investigación
los términos más comunes.

Programas Énfasis en Arqueología

Concentrándonos ahora en los programas reunidos como modalidad Énfasis en


Arqueología, vemos que los programas al nivel de grado representan el 70% de
la oferta, contra un 30% de los programas de posgrado (ver la tabla 23). La cifra
de los programas a nivel de grado muestra que ésta situación tiene un peso im-
portante dentro del conjunto de la formación en arqueología, al ser una cifra tan
importante como la de los programas de grado exclusivos, es decir, de aquellos en
la modalidad Línea en Arqueología, como se muestra en la tabla 8.

Tabla 23. Distribución por nivel de formación de la oferta Énfasis en


Arqueología

País Grado % Posgrado % Total


Argentina 6 20 0 0 6
Brasil 0 0 4 13 4
Chile 2 7 2 7 4
Colombia 6 20 0 0 6
Costa Rica 1 3 0 0 1
Ecuador 1 3 0 0 1
Jamaica 1 3 0 0 1
Nicaragua 1 3 0 0 1
Uruguay 2 7 1 3 3
Venezuela 1 3 2 7 3
Total 21 70 9 30 30

La tabla 24, por su parte, nos muestra que de los 21 programas de grado, 12
son dentro de Licenciaturas en Antropología6. De estas, siete destacan el énfasis
en arqueología, dos se presentan como Licenciaturas en Antropología (sin dis-

6 El programa de la Universidad Nacional de Rosario se incluyó aquí, aunque sólo tiene un curso
en arqueología, ya que en la descripción hace énfasis en que el plan de estudios aborda las
“comunidades humanas pasadas y presentes”, destacando que en el ciclo superior “el estudiante
podrá elegir la metodología de investigación específica”, al igual que los seminarios de interés
que garantizan una formación específica, como puede ser la arqueología.
Arqueología y formación profesional 225

criminar el énfasis), y las otras dos, como Licenciaturas en Antropología Opción


Investigación y Opción Docencia, respectivamente (ver la tabla 25).
En cuanto a los seis casos que aparecen como Antropología, se trata de
ofertas de Colombia en donde la formación tradicional es en antropología, con
o sin énfasis específico en arqueología, pero que laboralmente capacitan a to-
dos por igual7. Los otros tres casos bajo “Otros” son dos casos de “Historia
con Orientación en Arqueología” (Nicaragua) y “History/Archaeology Special”
(Jamaica) y una de “Antropología Orientación Arqueológica” (Argentina) (ver
la tabla 25).
Desde el punto de vista de la distribución por país, vemos que la oferta al ni-
vel de grado está también limitada a nueve países, como ocurre con la oferta de la
Línea en Arqueología, sólo que los únicos países que aparecen en ambos listados
son Argentina, Chile y Colombia (ver las tablas 12 y 24).

Tabla 24. Distribución por país de los programas Énfasis en Arqueología, Nivel
Grado

Total
País Licenciatura % Antropología % Otro %
programas
Argentina 5 24 0 0 1 5 6
Chile 2 10 0 0 0 0 2
Colombia 0 0 6 29 0 0 6
Costa Rica 1 5 0 0 0 0 1
Ecuador 1 5 0 0 0 0 1
Jamaica 0 0 0 0 1 5 1

7 En Colombia la enseñanza de la arqueología ha estado ligada a los programas de antropolo-


gía (Pineda 2005) y sólo en el primer semestre de 2008 se ha comenzado a ofertar el primer
programa específico en arqueología (Universidad Externado de Colombia). No obstante, no
todos los programas de antropología permiten o contemplan dentro de sus estructuras la
posibilidad de una formación especializada (énfasis) en arqueología o antropología bioló-
gica, como tal. En efecto, de los 10 programas que ofrecen antropología, el de la Javeriana
y el ICESI no contemplan la arqueología en ninguna forma dentro de su perfil, y el del
Rosario, aunque incluye en el plan de estudios una asignatura de arqueología –al igual que
los dos últimos–, está más enfocado hacia la antropología con comunidades actuales y/o la
denominada antropología aplicada. En los siete programas restantes, no obstante, existen
diferencias: mientras en tres de ellos el programa ofrece instrucción en todos los campos de
la antropología sin que se predefinan en ningún punto una línea o módulos de especialización
(Andes, Caldas, Externado), los otros cuatro programas definen líneas de profundización, en
particular en arqueología.
226 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)
Total
País Licenciatura % Antropología % Otro %
programas
Nicaragua 0 0 0 0 1 5 1
Uruguay 2 10 0 0 0 0 2
Venezuela 1 5 0 0 0 0 1
Total 12 57 6 29 3 14 21

Tabla 25. Distribución por país y nombre específico de los programas Énfasis en
Arqueología, Nivel Grado

Número
Nombre del
País Universidad Tipo grado cursos
programa
arqueología
Universidad Na- Historia con
Nicaragua cional Autónoma Otro Orientación en 15
de Nicaragua Arqueología
Licenciatura en
Pontificia Univer-
Antropología con
Ecuador sidad Católica del Licenciatura 13
Especialización en
Ecuador
Arqueología
Licenciatura
Universidad de en Antropología
Costa Rica Licenciatura 8
Costa Rica con énfasis en
Arqueología
Licenciado en
Universidad de Antropología con
Chile Licenciatura 7
Chile Mención en
Arqueología
Universidad Na-
Licenciatura en
cional del Centro
Antropología,
Argentina de Licenciatura 7
Orientación
la Provincia de
Arqueológica
Buenos Aires
Licenciatura
Universidad Cen- en Antropología
Venezuela Licenciatura 6
tral de Venezuela con énfasis en
Arqueología
Universidad
Colombia Antropología Antropología 5
de Antioquia
Universidad del
Colombia Antropología Antropología 5
Magdalena
Arqueología y formación profesional 227

(continuación)
Número
Nombre del
País Universidad Tipo grado cursos
programa
arqueología
Universidad Na- Licenciatura
Argentina Licenciatura 5
cional de la Plata Antropología
Antropología
Universidad
Argentina Otro Orientación 5
Nacional de Salta
Arqueológica
Universidad de
Colombia Antropología Antropología 4
Caldas
Licenciado en
Ciencias
Universidad de
Argentina Licenciatura Antropológicas 4
Buenos Aires
Orientación
Arqueológica
Universidad del
Colombia Antropología Antropología 4
Cauca
Universidad
Colombia Antropología Antropología 4
Nacional
Licenciatura
en Ciencias
Universidad
Uruguay Licenciatura Antropológicas 3
de la República
Opción
Investigación
Universidad de
Colombia Antropología Antropología 3
los Andes
The University of History/Archaeology
Jamaica Otro 3
East Indians, Mona Special
Licenciado en
Universidad Na- Antropología
Argentina Licenciatura 3
cional de Jujuy orientación
arqueológica
Licenciatura en
Universidad de la Ciencias
Uruguay Licenciatura 2
República Antropológicas
Opción Docencia
Universidad Na- Licenciatura
Argentina Licenciatura 1
cional de Rosario Antropología
Licenciado en
Universidad de Antropología con
Chile Licenciatura SD
Tarapacá de Arica Mención en
Arqueología
228 Luis Gonzalo Jaramillo E.

En cuanto a los posgrados de la categoría Énfasis en Arqueología, encontra-


mos seis casos de maestría circunscritos a cuatro países y tres doctorados circuns-
critos a tres países (ver la tabla 26). De las maestrías, tres son en Antropología
con Mención en Arqueología, una cuarta en Ciencias Humanas con énfasis en
Arqueología Histórica, la quinta en Gestión de Patrimonio con énfasis en ar-
queología y la sexta en Arqueología del Sur del Brasil. Por su parte, de los tres
doctorados, dos son en Antropología con Mención en Arqueología y el tercero en
Arqueologia Pré-histórica e Etno-história do Sul do Brasil (ver la tabla 27).
Desde el punto de vista de la duración de los diferentes tipos de programas,
y como ya discutimos anteriormente para el caso de los programas en la Línea de
Arqueología, no se observan diferencias significativas entre los países para estas
categoría, tal y como se puede ver en la tabla 14.
En cuanto a la distribución de las ofertas según la naturaleza jurídica de las
instituciones, vemos que las 22 ofertas relacionadas con las instituciones públicas
se distribuye en 19 universidades, siendo Argentina el país que más programas
presenta, seguido de Colombia, Uruguay y Venezuela, que de forma combinada
concentran el 77% de la oferta (ver la tabla 28 y la figura 8). Por su parte, mien-
tras que las 18 ofertas a nivel de grado están concentradas en 17 instituciones (ver
la tabla 29 y la figura 9), las 4 de posgrado lo están en 3 instituciones de Brasil,
Uruguay y Venezuela (ver la tabla 30).
La distribución de la oferta en las instituciones privadas, muestra que los 6
casos se concentran en cinco universidades, siendo Brasil, con tres casos, el que
concentra el 50% (ver la tabla 31). La oferta a nivel de grado se concentra en tres
instituciones (ver la tabla 32 y la figura 11), mientras que a nivel de posgrado está
en dos instituciones, todas de Brasil (ver la tabla 33).

Tabla 26. Distribución por país de los programas Énfasis en Arqueología, Nivel
Posgrado

País Doctorado % Maestría %


Brasil 1 11 3 33
Chile 1 11 1 11
Uruguay 0 0 1 11
Venezuela 1 11 1 11
Total 3 33 6 67
Arqueología y formación profesional 229

Tabla 27. Distribución por país y nombre específico de los programas Énfasis en
Arqueología, Nivel Posgrado
Número
Tipo Nombre del
País Universidad cursos
posgrado programa
arqueología
Universidad
de Tarapacá Maestría en Antro-
Chile de Arica/Universi- Maestría pología con Men- 9
dad Católica del ción en Arqueología
Norte
Instituto Venezola- Maestría en Antro-
Venezuela no de Investigacio- Maestría pología Orientación 5
nes Científicas Arqueología
Doctorado en
Instituto Venezolano
Antropología
Venezuela de Investigaciones Doctorado 5
Orientación
Científicas
Arqueología
Maestrado em
Universidad
Antropologia
Brasil Federal de Minas Maestría 4
concentração em
Gerais
Arqueologia
Universidad de Doctorado en
Tarapacá de Arica/ Antropología
Chile Doctorado 4
Universidad Mención en
Católica del Norte Arqueología
Maestría en
Ciencias Humanas
Universidad de la
Uruguay Maestría con énfasis en 4
República
Arqueología
Histórica
Programa de
Pós-Graduação em
Pontifícia
História Maestrado
Universidade
Brasil Maestría Arqueologia 0
Católica do Rio
Pré-histórica e
Grande do Sul
Etno-história do
Sul do Brasil
Programa de
Pós-Graduação em
Pontifícia
História Doutorado
Universidade
Brasil Doctorado Arqueologia 0
Católica do Rio
Pré-histórica e
Grande do Sul
Etno-história do
Sul do Brasil
Mestrado Profissio-
nal em Gestão do
Universidad
Brasil Maestría Patrimônio Cultural SD
Católica de Goiás
concentração
Arqueologia
230 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 28. Lista de ofertas Énfasis en Arqueología en instituciones públicas, Nivel


Grado y Posgrado

Total por Total


País Universidad
institución país
Argentina Universidad Nacional de Jujuy 1 6
Universidad Nacional de Salta 1  
Universidad Nacional de la Plata 1  
Universidad Nacional de Rosario 1  
Universidad Nacional del Centro de la Provin-
1  
cia de Buenos Aires
Universidad de Buenos Aires 1  
Brasil Universidad Federal de Minas Gerais 1 1
Chile Universidad de Chile 1 2
Universidad de Tarapacá de Arica 1  
Colombia Universidad de Antioquia 1 5
Universidad del Cauca 1  
Universidad Nacional 1  
Universidad del Magdalena 1  
Universidad de Caldas 1  
Costa Rica Universidad de Costa Rica 1 1
Nicaragua Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua 1 1
Uruguay Universidad de la República 3 3
Venezuela Universidad Central de Venezuela 1 3
Instituto Venezolano de Investigaciones Cien-
2  
tíficas
Total  19 22 22

Figura 8. Distribución por país, oferta Énfasis en Arqueología, Nivel Grado y


Posgrado, en instituciones públicas
Arqueología y formación profesional 231

Tabla 29. Lista de ofertas Nivel Grado en instituciones públicas, Énfasis en


Arqueología

Nombre del Total por Total


País Universidad
programa institución por país

Licenciado en
Universidad
Argentina Antropología orientación 1 6
Nacional de Jujuy
Arqueológica
Antropología
Universidad
Orientación 1  
Nacional de Salta
Arqueológica
Universidad Licenciatura
1  
Nacional de la Plata Antropología
Universidad Licenciatura
1  
Nacional de Rosario Antropología
Universidad Licenciatura en
Nacional del Centro Antropología,
1  
de la Provincia de Orientación
Buenos Aires Arqueológica
Licenciado en Ciencias
Universidad de Antropológicas
1  
Buenos Aires Orientación
Arqueológica
Licenciado en
Universidad de
Chile Antropología con 1 2
Chile
Mención en Arqueología
Licenciado en
Universidad
Antropología
de Tarapaca 1  
con Mención
de Arica
en Arqueología
Universidad de
Colombia Antropología 1 5
Antioquia
Universidad
Antropología 1  
del Cauca
Universidad
Antropología 1  
Nacional
Universidad
Antropología 1  
del Magdalena
Universidad
Antropología 1  
de Caldas
232 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)

Nombre del Total por Total


País Universidad
programa institución por país

Licenciatura
Universidad en Antropología
Costa Rica 1 1
de Costa Rica con énfasis en
Arqueología
Universidad
Historia con
Nacional
Nicaragua Orientación en 1 1
Autónoma de
Arqueología
Nicaragua
Licenciatura en
Universidad
Uruguay Ciencias Antropológicas 2 2
de la República
Opción Investigación
Licenciatura
Universidad Central en Antropología
Venezuela 1 1
de Venezuela con énfasis en
Arqueología
Total  17 18 18

Figura 9. Distribución por país, oferta en instituciones públicas, Énfasis en


Arqueología, Nivel Grado
Arqueología y formación profesional 233

Tabla 30. Lista de programas de Posgrado en instituciones públicas, Énfasis en


Arqueología
Tipo Nombre del Total Total
País Universidad
posgrado programa institución país
Maestría en
Universidad Ciencias Huma-
Uruguay de la Maestría nas con énfasis 1 1
República en Arqueología
Histórica
Maestrado em
Universidad
Antropologia
Brasil Federal de Maestría 1 1
concentração
Minas Gerais
em Arqueologia
Instituto Maestría en
Venezolano de Antropología
Venezuela Maestría 1 2
Investigacio- Orientación
nes Científicas Arqueología
Doctorado en
Antropología
Doctorado 1  
Orientación
Arqueología
Total  3     4 4

Tabla 31. Distribución de la oferta en instituciones privadas, Énfasis en Arqueología

Nivel del
País Universidad Nombre del programa
programa
Universidad Mestrado Profissional em Gestão do
Brasil Católica de Posgrado Patrimônio Cultural concentração
Goiás Arqueologia
Pontifícia
Programa de Pós-Graduação em His-
Universidade
Posgrado tória Maestrado Arqueologia Pré-his-
Católica do Rio
tórica e Etno-história do Sul do Brasil
Grande do Sul
Programa de Pós-Graduação em His-
Posgrado tória Doutorado Arqueologia Pré-his-
tórica e Etno-história do Sul do Brasil
Universidad
Colombia Grado Antropología
de los Andes
Pontificia
Universidad Licenciatura en Antropología con
Ecuador Grado
Católica del Especialización en Arqueología
Ecuador
The University
Jamaica of East Indians, Grado History/Archaeology Special
Mona
234 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Tabla 32. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología en instituciones


privadas, Nivel Grado

Total
Nombre del Total
País Universidad Nivel por
programa país
institución
Pontificia Licenciatura en
Universidad Antropología con
Ecuador Licenciatura 1 1
Católica del Especialización
Ecuador en Arqueología
Universidad
Colombia Antropología Antropología 1 1
de los Andes
The University
History/Archaeology
Jamaica of East Indians, Otro, 1 1
Special
Mona
Total 3 3 3

Figura 10. Distribución por país, oferta en instituciones privadas, Énfasis en


Arqueología
Arqueología y formación profesional 235

Tabla 33. Distribución de la oferta Énfasis en Arqueología en instituciones


privadas, Nivel Posgrado

Total
Total
País Universidad Nivel Nombre programa por
país
institución
Mestrado Profissional em
Universidad
Gestão do Patrimônio Cul-
Brasil Católica Maestría 1 3
tural concentração Arque-
de Goiás
ologia
Pontifícia Programa de Pós-Gradu-
Universidade ação em História Maestra-
Católica do Maestría do Arqueologia Pré-histó- 1  
Rio Grande rica e Etno-história do Sul
do Sul do Brasil
Programa de Pós-Gradu-
ação em História Doutora-
Doctorado do Arqueologia Pré-histó- 1
rica e Etno-história do Sul
do Brasil
Total 2 3  3

En términos generales, podemos decir entonces que la distribución entre


los sistemas público y privado guarda una proporción similar a la existente en el
caso de la Línea en Arqueología, con ocho países concentrando la oferta combi-
nada en cada caso (ver las figuras 3 y 8); Argentina, Brasil y Colombia están en
ambas listas. En términos de la oferta pública al nivel de grado, existe un mayor
número de programas en la modalidad Énfasis en Arqueología (18 frente a 13),
diferencia que quizás sea significativa de un proceso de cambio a ofertas cada
vez más específicas, como discutimos anteriormente, una tendencia que debe ser
analizada con información que aún no poseemos de carácter diacrónico, pero que
hace parte –casi como producto natural– de las actuales tendencias derivadas de
la especialización en los diferentes campos disciplinares. Al nivel de posgrados,
no obstante, resulta marcada la diferencia en favor de los programas en la Línea
de Arqueología (14 frente a 4, ver las tablas 19 y 30), indicando consecuentemente
con el argumento esbozado que la especificidad nominal de las ofertas parece ser
la tendencia dominante o hacia donde se estaría perfilando.
En cuanto a las ofertas en el sector privado, la diferencia al nivel de grado
está a favor de la oferta Línea en Arqueología (8 frente a 3) (ver las tablas 21 y
32), pero al nivel de posgrado es similar, con tres casos cada uno (ver las tablas
22 y 33).
236 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Un aspecto sobre el cual, como indicamos para la Línea en Arqueología,


aun no tenemos datos consolidados, pero que será interesante analizar, es el
referente al número de graduados en cada sistema, lo que permitirá evaluar el
impacto de ambos en términos del desarrollo de la disciplina y esclarecer si, por
ejemplo, los cambios hacia ofertas más específicas van de la mano con cambios
en la participación en el número de graduados. Este tema resulta también inte-
resante, ya que nos permite referirnos a debates ya planteados sobre la relación
entre el tamaño de la población profesional y el desarrollo de la disciplina, en
donde la población profesional, vista como la “masa crítica”, resultaría elemento
central para explicar el grado de desarrollo de la disciplina (Politis 2006: 193).
Aunque concurrimos con Politis en el sentido de que resulta cuando menos
curiosa –imposible de precisar, diríamos– la regla matemática según la cual es
necesario un “número particular de arqueólogos para sostener un umbral míni-
mo de productos teóricos”, sí creemos que en las actuales condiciones, donde la
arqueología se desarrolla desde marcos formales de vinculación profesional, el
tamaño de la “oferta profesional” –la masa crítica y su nivel de formación– sí
tiene un peso específico o valor explicativo en esta compleja ecuación, así no
sea fácil establecer una matriz para evaluar esta relación (Uribe 2005: 70). El
punto es que un escenario como el de antaño (siglo XIX y primera mitad del
siglo XX), cuando la arqueología y otras disciplinas existían gracias a la acción
de un importante número de individuos no vinculados o dependientes de una
institución mediante una relación laboral estable, sólo será posible a futuro si se
consolida el ideal de que la formación universitaria sea un hecho de cobertura
total y un proceso permanente (PUCP 2007: 24). Pero antes de que esto ocurra,
es decir, antes de que se produzcan las profundas transformaciones estructu-
rales que tal agenda presupone, la relación número de profesionales/recursos
para investigación/recursos de formación disciplinar deberá ser evaluada como
parte integral de la realidad de la arqueología, desarrollo teórico incluido, a
riesgo de perpetuar una sesgada y anacrónica –quizás igualmente hegemónica
(y/o colonial, en el sentido de Politis 2006)– visión de la disciplina, en la que el
fenómeno se circunscribe a la academia, sus representantes y sus productos. En
efecto, tal perspectiva deja de lado consideraciones trascendentales hoy en día,
como el tema de la integración disciplinar, que al desdibujar las fronteras entre
disciplinas podría hacer que, en el caso de la arqueología, ésta se disuelva en
una tecnología de excavación y conservación de contextos (como escenas foren-
ses) y un académico “humanista” que “interpreta”, “analiza”: los especialistas
en “estudios socioculturales”, por ejemplo. De igual manera, se dejan de lado
las consecuencias concretas de la transformación de la arqueología en hecho
de “dominio público” como efecto de los medios masivos de comunicación, es
decir, el impacto de éstos en la que se puede describir como “arqueologización”
Arqueología y formación profesional 237

del público general (los “otros”, las comunidades, etc.). Sobre esto regresaremos
en la sección final.
Por último, en esta sección sobre la oferta Énfasis en Arqueología anali-
zaremos la oferta de cursos, con especial atención a los que incluyen la palabra
arqueología en su título. Como se aprecia en el anexo 3, esta oferta varía mucho
en términos de la cantidad total por programa (entre tres, como en los programas
de la Universidad de la República en Uruguay o la Universidad de los Andes en
Colombia, y 13 en el programa de la Universidad del Magdalena, Colombia, o
12 en el programa de la Universidad Nacional de Managua en Nicaragua). Como
se ve al comparar el anexo 2 con el anexo 3, el tipo de nombres de los cursos
es, no obstante, muy similar, pudiéndose detectar la presencia de cursos sobre
fundamentación teórica y metodológica y los propios de la parte contextual –la
arqueología de la región o del país–. Entre las ofertas de especialización, también
está presente el tema del patrimonio cultural y su protección, así como otros cur-
sos que serían únicos, tales como Didáctica de la Arqueología del programa de
la UANM (Nicaragua).
Así, el elemento quizás más importante de enfatizar es que las ofertas de estos
programas, en muchos casos, encuentran en los cursos que hacen parte de los ofer-
tas de extensión o formación suplementaria obligatoria –pero de elección libre–, un
área de oferta adicional, ya que en éstos la arqueología o los temas arqueológicos
cuentan con un espacio importante, como son cursos sobre sociedades prehispáni-
cas, tecnología prehispánica, arte y simbolismo prehispánico, museología, etc. Más
importante en este sentido resulta mencionar que en estos contextos, las prácticas
extracurriculares, en la forma de escuelas de campo, actúan como escenarios com-
plementarios para brindar la formación en la temática de la arqueología, así como
las prácticas libres en laboratorios de arqueología a lo largo del programa.
No podemos perder de vista, en el caso de esta sección, que estamos concen-
trados en el número de cursos que contienen la palabra arqueología en su título,
pues en muchos de estos programas hay cursos con denominaciones que, sin cum-
plir este criterio, seguramente complementan bien la oferta formativa disciplinar. En
relación con este tema, queda también por analizar si el proceso ahora generalizado
en muchos países hacia la implementación masiva en todas las áreas del conocimiento
del esquema de formación completo como estándar de formación, es decir, pregrado-
grado-posgrado, el último llegando a los doctorados, ha estado o estará influyendo en
que las ofertas se presenten bajo denominaciones específicas o no8.

8 Para una mirada a las implicaciones de este tema desde el contexto colombiano, ver Restrepo
2006.
238 Luis Gonzalo Jaramillo E.

Antes de intentar una síntesis de lo visto hasta este momento, y en especial


una comparación entre las ofertas Línea en arqueología y Énfasis en arqueología,
miraremos lo que sucede con la oferta de Arqueología como Contenido Mínimo,
un aspecto que, como hemos indicado ya, resulta también relevante dentro de esta
perspectiva de estudio.

Cursos Arqueología como Componente Mínimo

Hemos dicho que en la búsqueda realizada para documentar todas las ofertas
de programas de formación en arqueología, también hicimos un seguimiento de
aquellas instancias en que se ofrecen cursos de arqueología como complemento o
parte de la formación en otras disciplinas, siempre que fuesen al nivel de grado y
posgrado. Como vimos al inicio de este texto, según lo señala la tabla 1, de los 35
casos registrados, el 89% son ofertas al nivel de grado (31) y sólo un 11% al nivel
de posgrado (4).
En cuanto a los casos de nivel de grado, México, con 11 casos, es seguido de
Perú, con 6, y Argentina, con 5, como los países con mayor número de este tipo de
ofertas (ver la tabla 34). En cuanto a los cursos ofertados en el contexto de progra-
mas de posgrado, encontramos que están relacionados con cuatro países en tres
ofertas al nivel de maestría y una al nivel de especialización (ver la tabla 35).

Tabla 34. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo, Nivel


Grado

País Antropología % Licenciatura % Otros % Total %


Argentina 0 0 1 3 4 13 5 16
Chile 0 0 2 6 0 0 2 6
Colombia 2 6 0 0 0 0 2 6
Costa Rica 0 0 1 3 0 0 1 3
Cuba 0 0 1 3 0 0 1 3
Ecuador 0 0 0 0 1 3 1 3
El Salvador 0 0 1 3 0 0 1 3
Guatemala 0 0 1 3 0 0 1 3
México 0 0 11 35 0 0 11 35
Perú 6 19 0 0 0 0 6 19
Total 8 26 18 58 5 16 31 100
Arqueología y formación profesional 239

Tabla 35. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo, Nivel


Posgrado

Total
País Especialización % Maestría % %
general
Colombia 1 25 0 0 1 25
Costa Rica 0 0 1 25 1 25
Jamaica 0 0 1 25 1 25
México 0 0 1 25 1 25
Total 1 25 3 75 4 100

De la oferta global, es interesante anotar que, con la excepción de nueve


casos, todos los cursos se ofrecen en las mismas instituciones en donde se oferta
arqueología como programa a cualquier nivel. Estas excepciones corresponden a
los nueve primeros casos listados en la tabla 36 y, como se ve allí, salvo el pri-
mero, que se presenta en una especialización en Antropología Turística, el resto
son en el marco de programas de antropología y antropología social, tal y como
ocurre para 26 de los casos restantes de la oferta de Arqueología como Conteni-
do Mínimo. De estos 26, en efecto, 16 se presentan en el marco de programas de
antropología (a diferentes niveles), una licenciatura en etnología, una en etnohis-
toria, dos programas en antropología física, uno en antropología histórica y uno
en antropología cultural. Los últimos cuatro casos listados en la tabla serían los
más disímiles, correspondiendo de todas maneras a campos que pueden conside-
rarse afines o estrechamente relacionados, como son museología, especialización
forense, y la temática del patrimonio cultural, con dos casos.

Tabla 36. Distribución de la oferta Arqueología como Contenido Mínimo, Nivel


Grado y Posgrado

Número
Nivel del Nombre del
País Universidad cursos
programa programa
arqueología
Licenciatura en Ciencias
Universidad de
Argentina Grado Antropológicas, Orienta- 1
Morón
ción Antropología Turística
Universidad
Colombia Grado Antropología 1
del Rosario
Universidad Especialización en Artes
Ecuador San Francisco Grado Liberales, Subespecializa- 1
de Quito ción Antropología
240 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)
Número
Nivel del Nombre del
País Universidad cursos
programa programa
arqueología
Benemérita
Universidad Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Autónoma de gía Social
Puebla
Universidad
Licenciatura en Antropolo-
México Autónoma Grado 1
gía Social
de Chiapas
Universidad
Licenciatura en Antropolo-
México Autónoma de Grado 1
gía Social
Querétaro
Universidad de Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Quintana Roo gía Social
Universidad
Nacional de
Perú Grado Antropología 3
San Agustín
de Arequipa
Universidad
Perú Nacional del Grado Antropología 1
Centro del Perú
Universidad
Nacional
Perú Grado Antropología 1
Mayor de San
Marcos
Universidad
Nacional de
Perú Grado Antropología SD
San Antonio
Abad del Cusco
Universidad Na-
Perú cional Federico Grado Antropología SD
Villareal
Universidad
Perú Nacional del Grado Antropología 3
Altiplano Puno
Universidad
Colombia Grado Antropología 2
Externado
Universidad
El Salvador Tecnológica de Grado Licenciatura en Antropología 1
El Salvador
Arqueología y formación profesional 241

(continuación)

Número
Nivel del Nombre del
País Universidad cursos
programa programa
arqueología
Universidad
Guatemala del Valle de Grado Licenciatura en Antropología 5
Guatemala
Escuela
Nacional de Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Antropología gía Social
e Historia
Universidad Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Veracruzana gía Social
Licenciatura en Antropolo-
Universidad
Costa Rica Grado gía con énfasis en Antropo- 2
de Costa Rica
logía Social
Licenciado en Antropología
Universidad
Chile Grado con Mención en Antropolo- 2
de Chile
gía Social
Universidad de
Costa Rica Posgrado Maestría en Antropología 1
Costa Rica
Universidad de
Maestría Estudios Antropo-
México las Américas Posgrado 2
lógicos
Puebla
Universidad
Auxiliar Técnico en Antro-
Argentina Nacional de Grado 3
pología
Jujuy
Universidad
Argentina Nacional de Grado Profesorado en Antropología 1
Rosario
Profesorado en Enseñanza
Universidad de
Argentina Grado Media y Superior en Cien- 3
Buenos Aires
cias Antropológicas
Universidad de
Licenciatura en Antropolo-
México las Américas Grado 8
gía Cultural
Puebla
Universidad Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Veracruzana gía Histórica
Escuela
Nacional de Licenciatura en Antropolo-
México Grado 1
Antropología gía Física
e Historia
242 Luis Gonzalo Jaramillo E.

(continuación)

Número
Nivel del Nombre del
País Universidad cursos
programa programa
arqueología
Licenciado en Antropología
Universidad
Chile Grado con Mención en Antropolo- 2
de Chile
gía Física
Escuela
Nacional de
México Grado Licenciatura en Etnología 1
Antropología
e Historia
Escuela
Nacional de
México Grado Licenciatura en Etnohistoria 3
Antropología
e Historia
Universidad
Argentina Nacional de Grado Museología 6
Tucumán
Colegio
Licenciatura en Preserva-
Universitario
Cuba Grado ción y Gestión del Patrimo- SD
San Gerónimo
nio Histórico-Cultural
de la Habana
The University
Jamaica of East Indians, Posgrado Heritage Studies 1
Mona
Universidad
Colombia Posgrado Especialización Forense 1
Nacional

Ahora bien, desde el punto de vista de la intensidad o número de cursos de


arqueología por programa, sí existen diferencias importantes de anotar. En primer
lugar, de los 35 casos, tenemos información para 32 sobre este aspecto, permitién-
donos ver que un poco más del 50% son casos con un solo curso (19 casos de 32).
En el otro extremo estaría un caso con ocho cursos, como lo es el programa de
Licenciatura en Antropología Cultural de la Universidad de las Américas Puebla
(México). No obstante, en términos prácticos, debe decirse que el plan de estu-
dios obliga a tres cursos, pero exige dos obligatorias de un menú compuesto de 10
cursos, de los cuales cinco llevan en el título la palabra “arqueología” o aluden a
ésta (Seminario en Arqueología I, Teoría Arqueológica, Arqueología de América,
Seminario en Arqueología II y Seminario en Arqueología III), y de los otros cin-
co, varios son más que relevantes para una orientación en “arqueología” o pers-
pectiva de la “cultura material” (Osteología, Cerámicas Mesoamericanas, Arte y
Arquitectura Prehispánicos, Patrimonio Cultural e Ilustración Técnica II).
Arqueología y formación profesional 243

Igualmente significativos son los dos casos en que se presentan seis y cinco
cursos de arqueología, como son los programas de Museología de la Universidad
Nacional de Tucumán (Introducción a la arqueología, Procesos socioculturales
en arqueología extra-americana, Arqueología americana I, Bioarqueología, Ar-
queología argentina (con especial énfasis en el NOA) y Conservación y manejo
del patrimonio cultural arqueológico) y el programa de Licenciatura en Antro-
pología de la Universidad del Valle de Guatemala, conformada la oferta por un
curso de Arqueología del Nuevo Mundo y cuatro niveles de Arqueología Meso-
americana.
Con menor cantidad de cursos, pero de igual manera relevantes, están los
cinco casos con tres cursos, como el programa de Profesorado en Enseñanza Me-
dia y Superior en Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires
(Arqueología argentina, Metodología y técnicas de investigación arqueológicas
y Teoría arqueológica contemporánea)9, los programas de Antropología de las
universidades Nacional de San Agustín de Arequipa (dos cursos de Arqueología
General y uno de Arqueología Andina) y Nacional del Altiplano Puno (Arqueolo-
gía, Arqueología Andina y Arqueología Andes-Centro Sur), así como la Licencia-
tura en Etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (Arqueolo-
gía general de América, Arqueología de Mesoamérica: centro, occidente y golfo
y Arqueología de Mesoamérica: área maya y Oaxaca) y el programa de Auxiliar
técnico en Antropología (Arqueología Americana, Metodología y técnicas de la
investigación arqueológica y Arqueología Argentina).
Cinco casos, con dos cursos cada uno, también están presentes, y son de
interés dentro de este contexto general, ya que presentan tantos o más cursos,
como muchos de los programas en la categoría Énfasis en Arqueología. Como
se ve en la tabla 37, los cursos que se ofrecen incluyen tanto temas generales o
introductorios a la disciplina como un nivel de contexto regional. Vale destacar
que el caso del programa de maestría en estudios antropológicos de la Universi-
dad de las Américas se ha incluido, aunque los nombres no contienen el término
arqueología, por considerar que ilustra el punto sobe las equivalencias o diversi-
dad de denominaciones existentes y que son relevantes para un seguimiento de

9 Este caso también sirve para la discusión de los nombres, pues el programa de Antropología
Orientación en Arqueología contiene, además de estos cursos, y los dos seminarios en arqueología
que no hacen parte de la carga del profesorado, los cursos de Sistemas socioculturales de América
I (cazadores, recolectores, agricultores incipientes), Prehistoria del Viejo Mundo, Prehistoria
americana y argentina I (culturas de cazadores recolectores) y Prehistoria americana y
argentina II (culturas agro-alfareras), los que, de acuerdo con lo discutido, podrían verse como
cursos de arqueología, en cuyo caso, la oferta global sería de 7 para el profesorado y de 11 en total
para la orientación en arqueología.
244 Luis Gonzalo Jaramillo E.

los procesos formativos o indagaciones sobre el papel que las denominaciones


específicas puedan tener. Saber cuáles son las ventajas de esto no es una cuestión
fácil de responder, pero en la sección siguiente trataremos de esbozar algunas
posibles respuestas, junto con otros interrogantes que hemos venido planteando a
lo largo del ensayo.
En conclusión, la variedad de la oferta de programas en los que se incluye
la arqueología resulta el hecho más llamativo, aspecto que no sabemos si va en
aumento o no, pero que creemos deja entrever el posicionamiento de ésta como
campo esencial en la formación de otros profesionales.

Tabla 37. Oferta en Arqueología como Contenido Mínimo, con lista de cursos
ofertados

Nombre del
País Universidad Nombres cursos
programa
Licenciado en Antropo- Arqueologia General I
Universidad
Chile logía con Mención en Arqueologia General II
de Chile
Antropología Social
Licenciado en Antro- Arqueologia General I
Universidad
Chile pología con Mención Arqueologia General II
de Chile
en Antropología Física
Introducción a la Arqueología
Universidad
Colombia Antropología Arqueología de Colombia
Externado

Arqueología y etnología de Amé-


Universidad Licenciatura en Antro-
rica
Costa Rica de Costa pología con énfasis en
Práctica de investigación en ar-
Rica Antropología Social
queología
Universidad
Maestría Estudios An- Culturas Prehispánicas
México de las Améri-
tropológicos Arte e Ideología Prehispánica
cas Puebla

De la docencia en arqueología y la arqueología en la docencia:


reflexiones finales

En las páginas precedentes hemos tenido la oportunidad de confrontarnos de ma-


nera directa con la formación académica en el campo de la arqueología, así como
de sondear también la realidad de la arqueología como componente en la for-
mación de otros profesionales en el amplio y complejo entramado geosocial que
representan Latinoamérica y el Caribe.
Arqueología y formación profesional 245

El ejercicio realizado no puede considerarse como terminado, ya que existen


vacíos importantes en la información consolidada para evaluar apropiadamente
el significado histórico de los patrones y diferencias que hemos detectado. Más
aún, la información no es del todo completa para intentar una evaluación integral
del proceso pedagógico o académico, toda vez que esto requiere de un análisis
más complejo que el resultante de la comparación casi exclusiva de los planes de
estudio y los cursos, como hemos realizado esencialmente aquí. Particularmente
relevante en esta dirección es el tema de la definición misma de lo que se entiende
por arqueología en todos estos variados escenarios. Este tema fue arbitrariamente
dejado de lado, conscientes de que la sistematización básica de la información
relativa a las estructuras académicas para la formación debía ser necesariamente
un primer objetivo, pues esto es lo que permitirá crear el telón de fondo en el que
esas definiciones institucionales y las estructuras académicas pueden en reali-
dad ser comparadas en forma sistemática. Lo anterior, claro está, no implica que
pensemos que, por ser institucionales, esas definiciones sobre la disciplina son
monolíticas y/o consensuadas, pero sí que a efectos de un análisis macrorregio-
nal, debe dárseles el valor que tienen como referentes para evaluar internamente
la consistencia entre ellas y las ofertas académicas propiamente dichas, y para
comparar entre instituciones.
No obstante, no creemos que las deficiencias señaladas sean un impedimen-
to para explorar algunos de los patrones observados en las ofertas académicas vi-
gentes, en relación con varias dimensiones de la realidad regional contemporánea
y, así, alimentar una línea de investigación sobre la arqueología como hecho aca-
démico (formación profesional), y como campo disciplinar. Antes de hacer estos
planteamientos, no sobra indicar que a corto plazo será posible, con la colabora-
ción de otros colegas, recabar la información necesaria para precisar los datos por
nosotros compilados y, sobre todo, consolidar información de corte histórico para
las diferentes ofertas, especialmente, de los planes de estudio y de las ofertas de
cursos con sus descripciones, lo que creemos es esencial para una reflexión sobre
la arqueología como hecho académico.
Al nivel más general, podemos señalar que el análisis permitió identificar
dos grandes formas por medio de las que se instruye o forma en arqueología. La
primera corresponde a ofertas académicas que llevan en su nombre la palabra
arqueología, independientemente del nivel de formación (grado o posgrado) a
que correspondan. La segunda es aquella en que el proceso se enmarca dentro
de un programa en que la arqueología es una opción de especialización, ya sea
que ésta se encuentre explícitamente estructurada en el plan de estudios o no,
pero que, a diferencia de la anterior, concluye siempre con un título profesional
que no es el de arqueólogo.
246 Luis Gonzalo Jaramillo E.

El análisis detallado sobre los planes de estudio de los diferentes programas,


así como la revisión de los cursos explícitamente denominados como de arqueolo-
gía, permitieron señalar que mientras que temas como la duración en años de los
diferentes programas no mostraron variaciones significativas para ningún nivel
de formación, sí lo fueron las diversas y complejas formas de cuantificar la inten-
sidad del proceso formativo (i.e, créditos, horas/semana, semestres, trimestres,
etc.), una variabilidad que requiere también ser explicada y en la que, si bien fac-
tores como la posición geográfica con relación a las estaciones (invierno-prima-
vera) pueden tener incidencia en algunos contextos, en otros, es quizás reflejo de
tradiciones académicas específicas o la incorporación/adecuación de los procesos
curriculares en el marco de agendas globalizadas. Como mencionamos, y quizás
como expresión de eso, la unidad “crédito” –a pesar de la amplia diversidad de
definiciones– parece que se está convirtiendo en el estándar académico.
Otro aspecto que pudimos reconocer es que hay una estructura común a
todos los programas, representada en la división tripartita que propusimos de los
cursos por núcleos (universitario, disciplinar y contextual), y aunque no logramos
consolidar una matriz con el grado de resolución que inicialmente quisimos, de-
bido a que para muchos programas no se logró tener las descripción de los cursos,
sí fue posible caracterizar el contenido de cada uno de los núcleos, en especial, el
que denominamos contextual.
Desde esta última perspectiva, vimos que se observan diferencias impor-
tantes en los cursos, según la ubicación del programa en el contexto geográfico
regional analizado, donde, básicamente, los de Suramérica se ofrecen con énfasis
en el sur como contexto analítico primario y los de Centroamérica y Mesoamé-
rica con su región, un hecho que podría matizarse con las tendencias, también
observadas, a privilegiar en las ofertas denominaciones que parecería empiezan
a ser dominantes, en donde el tipo de sociedad y no su ubicación geográfica sería
más fundamental; esta situación se tipifica en las perspectivas que cursos como
Arqueología de Suramérica plantean frente a denominaciones como Arqueología
de cazadores recolectores o Arqueología de las Sociedades Complejas. Como
hemos dicho, no es posible en este momento dimensionar apropiadamente estos
cambios y hablar así de una tendencia, debido a la falta de datos históricos sobre
los planes de estudio, pero éste será un tema interesante de observar de la mano
con, por ejemplo, las definiciones que de la disciplina como tal estén vigentes en
los programas que presentan estas situaciones.
La variabilidad observada entre los diferentes programas puede tentarnos a
decir que la conclusión general de un estudio de esta naturaleza deba ser idéntica
o al menos muy similar a la de Ruiz de Arbulo (1998), quien, tras cotejar la situa-
ción española frente a la de otros países de la Comunidad Europea, sentenciaba que
Arqueología y formación profesional 247

existían tantos enfoques diferentes de la enseñanza universitaria de la arqueología


como países analizados. Creemos que, en nuestro caso, una afirmación como ésta
resulta prematura, por las deficiencias anotadas en términos de datos históricos so-
bre los programas; sin embargo, vemos claro que existe suficiente diversidad entre
los países y al interior de éstos, como para que, de cara a un futuro inmediato, sea
pertinente revisar metódicamente si la diversidad manifiesta es más que nominal;
es decir, si ésta es aparente y quizás esté ligada a la necesidad de ofrecer programas
que “se vean“ únicos, respondiendo a consideraciones de competencia por mercados,
o si, en efecto, hay diferencias que respondan con claridad a enfoques teóricos y/o
pedagógicos.
Esta reflexión nos ubica en el tema de las denominaciones de lo programas,
en particular, de la relevancia de las denominaciones específicas. Este asunto,
como vimos por ejemplo con el caso del programa de Doctorado en Arqueología
de la UNICEN, no es de menor importancia, ya que incide en la creación de es-
pacios académicos acordes con la disciplina y mejor estructurados. Al nivel de
doctorado, y quizás también de maestrías, el tema de la denominación específica
de los programas parece tan relevante como puede ser, en determinado momento,
si están ubicados en instituciones o estructuras académicas ligadas directamente
con la arqueología –departamentos de arqueología o, cuando menos, de antropo-
logía–, o en otros tipos de espacios, como los departamentos/facultades de geolo-
gía, ciencias naturales, etcétera.
Otro aspecto igualmente crucial es el de las titulaciones, tema que desde el
punto de vista académico no es un hecho trivial, pues éste tiene tanto que ver con
la posibilidad laboral –el ejercicio profesional propiamente dicho– como con el
desarrollo y estructuración de las ofertas académicas como tales. En este sentido,
no obstante, no parece que para el caso de la arqueología en general, la situación
pueda asemejarse siquiera a la crítica situación que Del Bello y Mundet (2001)
anotan para el caso argentino en otras disciplinas, donde las denominaciones de
titulación de grado superan las mil quinientas, y en donde quizás la “… preten-
sión de efectuar una oferta educativa diferente para incidir en la competencia,
lleva a que con cambios mínimos se inventen denominaciones diferentes, o que se
generen infinidad de títulos intermedios o de orientaciones dentro de un mismo
título, con denominaciones propias”. En este sentido, y por lo que nuestra base
de datos permite apreciar, en arqueología las denominaciones de los programas
son relativamente uniformes, así como los títulos, pero los casos de excepción
sería interesante poder ubicarlos cronológicamente y, de esta manera, saber si se
enmarcan en lo que podría ser una tendencia que quizás responda a las explica-
ciones anotadas para el caso argentino por Del Bello y Mundet, o si pueden ser
entendidos bajo otra perspectiva.
248 Luis Gonzalo Jaramillo E.

En un sentido similar, creemos necesario referenciar también el tema de las


denominaciones de los cursos. Una observación necesaria es que el contenido de
las asignaturas no siempre se puede conocer a partir de la información disponible
en la web, como tampoco inferirlo a partir de los nombre de los cursos. Esto re-
querirá un trabajo adicional para poder abordar estas temáticas y ver si –más allá
de la autonomía universitaria y docente que parece existir en todas las universi-
dades revisadas y el margen de acción que cada docente puede ejercer al ofrecer
un curso– los programas como tales, en su conjunto, brindan ofertas que sean en
verdad contrastantes. Como vimos por extenso, el caso de los cursos denomina-
dos prehistoria es un excelente medio para evaluar esta situación de coherencia
interna entre definiciones macro de la disciplina y las estructuras de los planes de
estudio, pues permiten, en últimas, evaluar las perspectivas que subyacen y, de al-
guna forma, direccionan el proceso pedagógico. Pero si este tema es importante,
resulta igualmente relevante mirar si procesos como la globalización económica
pueden estar actuando y, por qué no, direccionando, en sus propios términos, el
proceso y la estructura curriculares.
En esta dimensión, sería lógico pensar que estos escenarios globalizantes
e integradores, caracterizados por una gran movilidad, exijan no sólo productos
educativos “hechos a la medida” –funcionales en el macrocontexto–, sino también,
y consecuentemente, profesionales que puedan igualmente funcionar en cualquier
contexto-país. En este punto, academia y praxis profesional se encuentran con
las legislaciones laboral y cultural, frente a temas sensibles como el patrimonio
cultural, su estudio, su conservación y de la mano con éstos, la valoración y re-
valoración de los mismos en el complejo panorama de naciones pluriétnicas y
multiculturales. En este sentido, llama entonces mucho la atención la todavía baja
proporción de cursos específicos en temas éticos o en el manejo del patrimonio
arqueológico y la fundamentación como “agentes culturales” o administradores
de bienes culturales. Parecería que la superespecialización estuviera inclinando
la balanza a convertir estas últimas dimensiones en otros campos en sí mismos,
limitando el quehacer del arqueólogo a un “técnico” en prospección (localización)
y excavación de restos materiales, y en el mejor de los casos, al científico “desco-
nectado”, centrado en la reconstrucción (construcción) de modelos de trayectorias
históricas.
La situación laboral es obviamente un tema no menos importante en un se-
guimiento de la arqueología como disciplina, pues, por definición, es a partir de
ese escenario concreto en el que se estructura y lleva a la praxis la arqueología
contemporánea. Las diferencias existentes entre los países observados en nuestro
estudio son múltiples en términos de composición étnica, política, económica,
etc., diferencias que, de la mano con otras realidades –como la presencia de abun-
Arqueología y formación profesional 249

dantes restos monumentales fácilmente convertidos en recursos turísticos, por


ejemplo–, hacen que sean determinantes en el tamaño de la “bolsa de empleo”
y, por defecto, consideraciones centrales en la definición y caracterización de los
programas de formación en el presente. Sin lugar a dudas, la evaluación de las
ofertas académicas y su historia puede beneficiarse de un conocimiento o marco
de referencia que permita cuantificar el tamaño de la oferta profesional consoli-
dada (número de arqueólogos graduados), y su distribución en las diferentes áreas
laborales, como la académica, la investigación independiente, o en ONG, o la
participación activa y especializada en instituciones, desde el gobierno hasta la
industria privada, tanto en el sector de la construcción de infraestructura como
en el de servicios (la industria turística, por ejemplo). Ésta, no obstante, es otra
tarea que queda pendiente.
La “arqueología”, sin lugar a dudas, ha sido sinónimo de lo exótico, pero por
exótico, algo lejano, distante, no popular, elitista, si se quiere. Hoy, no obstante,
la participación de la arqueología en los medios masivos de comunicación, en
particular en la televisión, la ha convertido en un tema de dominio público, al
punto que todo canal o cadena de televisión que quiera estar entre los de mayor
sintonía tiene como mínimo una serie o programa donde la “arqueología” es la
estrella. Entre argumentos de expertos entrevistados y el poder de atracción que
tiene la arqueología cuando se presenta como odisea/misterio, se ha ido constru-
yendo sin lugar a dudas un bagaje de la(s) lógica(s), técnicas y metodologías de la
disciplina, que la ha popularizado, más allá de la perspectiva caricaturesca de la
“ciencia de los objetos y los tesoros”. La arqueología “Made in TV” es útil: recu-
pera tecnologías, da lecciones sobre las consecuencias del manejo indebido de los
recursos naturales, proporciona “identidad” a los colectivos humanos, etc. ¿Cómo
está afectando esto a la docencia en los programas disciplinares? ¿Está esto im-
pactando directamente la demanda por entrenamiento en arqueología? Éstas son
sólo algunas de esas preguntas que, sistematizando un cuerpo de información
mayor a partir de la base que hemos consolidado, creemos permitirán ofrecer res-
puestas y hacer las lecturas diacrónicas sobre unas realidades que quizás deban
ser incorporadas o capitalizadas en las reformas que seguramente muchas insti-
tuciones estarán implementando en el corto plazo para lograr que la arqueología
siga donde creemos siempre deberá estar: en el presente.
250 Luis Gonzalo Jaramillo E.

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Anexo 1
Instituciones y programas en o con arqueología en Latinoamérica y el Caribe
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Argentina
Universidad de Licenciado en Ciencias Antropológicas
Buenos Aires Grado
Buenos Aires Orientación Arqueológica
Universidad de Profesorado en Enseñanza Media y Su-
Buenos Aires Grado
Buenos Aires perior en Ciencias Antropológicas
Universidad Licenciatura en Ciencias Antropológicas,
Morón Grado
de Morón Orientación Antropología Turística
Universidad
Catamarca Nacional de Grado Licenciatura Arqueología
Catamarca
Universidad
San Salvador Licenciado en Antropología orientación
Nacional de Grado
de Jujuy Arqueológica
Jujuy
Universidad
San Salvador
Nacional Grado Auxiliar Técnico en Antropología
de Jujuy
de Jujuy
Universidad
La Plata Nacional Grado Licenciatura Antropología
de la Plata
Universidad
Santa Fe Nacional de Grado Licenciatura Antropología
Rosario
Universidad
Santa Fe Nacional Grado Profesorado en Antropología
de Rosario
Universidad
Salta Nacional Grado Antropología Orientación Arqueológica
de Salta
258 Anexo 1

(continuación)

Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Universidad
San Miguel
Nacional de Grado Arqueología
de Tucumán
Tucumán
Universidad
San Miguel
Nacional de Grado Museología
de Tucumán
Tucumán
Universidad
Nacional del
Licenciatura en Antropología, Orienta-
Tandil Centro de la Grado
ción Arqueológica
Provincia de
Buenos Aires
Universidad
Nacional del
Tandil Centro de la Posgrado Doctorado en Arqueología
Provincia de
Buenos Aires
Bolivia
Universidad
La Paz Mayor de San Grado Licenciatura Arqueología
Andrés
Brasil
Fundação
Universidade
São Raimun-
Federal do Vale Grado Arqueologia e Preservação Patrimonial
do Nonato - PI
do São
Francisco
Museo Nacional
Río de Janeiro Universidad de Posgrado Maestrado em Arqueologia
Río de Janeiro
Pontifícia
Programa de Pós-Graduação em Histó-
Porto Alegre/ Universidade
Posgrado ria Maestrado Arqueologia Pré-histórica
RS Católica do Rio
e Etno-história do Sul do Brasil
Grande do Sul
Pontifícia
Programa de Pós-Graduação em Histó-
Porto Alegre/ Universidade
Posgrado ria Doutorado Arqueologia Pré-histórica
RS Católica do Rio
e Etno-história do Sul do Brasil
Grande do Sul
Universidad
Goiânia Católica de Grado Curso de Graduação em Arqueologia
Goiás
Anexo 1 259

(continuación)

Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Universidad
Mestrado Profissional em Gestão do Patri-
Goiânia Católica Posgrado
mônio Cultural concentração Arqueologia
de Goiás
Universidad de
São Paulo, Mu-
São Paulo Posgrado Curso de Pós-Graduação em Arqueologia
seo de Arqueo-
logía y Etnología
Universidad
Belo Maestrado em Antropologia concen-
Federal de Minas Posgrado
Horizonte tração em Arqueologia
Gerais
Universidad Doutorado em Arqueologia e Conser-
Recife Federal de Per- Posgrado vação do Patrimônio Cultural do Norte
nambuco e Nordeste
Universidade Mestrado em Arqueologia e Conser-
Recife Federal de Posgrado vação do Patrimônio Cultural do Norte
Pernambuco e Nordeste
Universidade
Curso de Arqueologia Modalidade Ba-
Laranjeiras Federal de Grado
charelado
Sergipe
Chile
Universidad
Santiago Grado Licenciatura en Arqueología
Bolivariana
Universidad Licenciado en Antropología con Men-
Santiago Grado
de Chile ción en Arqueología
Universidad Licenciado en Antropología con Men-
Santiago Grado
de Chile ción en Antropología Física
Universidad Licenciado en Antropología con Men-
Santiago Grado
de Chile ción en Antropología Social
Universidad
Licenciado en Antropología con Men-
Arica de Tarapacá Grado
ción en Arqueología
de Arica
Universidad
Arica/San de Tarapacá
Maestría en Antropología con Mención
Pedro de de Arica/Univer- Posgrado
en Arqueología
Atacama sidad Católica
del Norte
260 Anexo 1

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Universidad
Arica/San
de Tarapacá de Doctorado en Antropología Mención en
Pedro de Posgrado
Arica/Universidad Arqueología
Atacama
Católica del Norte
Universidad
Santiago Internacional Grado Licenciatura en Arqueología
SEK
Colombia
Universidad
Medellín Grado Antropología
de Antioquia
Universidad
Manizales Grado Antropología
de Caldas
Universidad
Bogotá Grado Antropología
de los Andes
Universidad Maestría en Antropología Área Arqueo-
Bogotá Posgrado
de los Andes logía y Antropología Biológica
Universidad
Popayán Grado Antropología
del Cauca
Universidad
Santa Marta Grado Antropología
del Magdalena
Universidad
Bogotá Grado Antropología
del Rosario
Universidad
Bogotá Grado Arqueología
Externado
Universidad
Bogotá Grado Antropología
Externado
Universidad
Bogotá Grado Antropología
Nacional
Universidad
Bogotá Posgrado Especialización Forense
Nacional
Universidad Maestría Antropología Línea en Arqueo-
Bogotá Posgrado
Nacional logía
Costa Rica
Universidad de Licenciatura en Antropología con énfa-
San José Grado
Costa Rica sis en Arqueología
Universidad de Licenciatura en Antropología con énfa-
San José Grado
Costa Rica sis en Antropología Social
Anexo 1 261

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Universidad de
San José Posgrado Maestría en Antropología
Costa Rica
Cuba
Colegio Uni-
versitario San Licenciatura en Preservación y Gestión
La Habana Grado
Gerónimo de la del Patrimonio Histórico-Cultural
Habana
Instituto Cubano
La Habana Posgrado Maestría
de Antropología
Instituto Cubano
La Habana Posgrado Especialización
de Antropología
Instituto Cubano
La Habana Posgrado Diplomados
de Antropología
Ecuador
Pontificia Univer-
Licenciatura en Antropología con Es-
Quito sidad Católica Grado
pecialización en Arqueología
del Ecuador
Universidad San
Especialización en Artes Liberales,
Quito Francisco de Grado
Subespecialización Antropología
Quito
El Salvador
Universidad
San Salvador Tecnológica de Grado Licenciatura en Arqueología
El Salvador
Universidad
San Salvador Tecnológica de Grado Licenciatura en Antropología
El Salvador
Guatemala
Universidad de
Ciudad de
San Carlos de Grado Licenciatura en Arqueología
Guatemala
Guatemala
Universidad del
Ciudad de
Valle de Guate- Grado Licenciatura en Arqueología
Guatemala
mala
Universidad del
Ciudad de
Valle de Guate- Grado Licenciatura en Antropología
Guatemala
mala
262 Anexo 1

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Jamaica
The University
Kingston of East Indians, Posgrado Heritage Studies
Mona
The University
Kingston of East Indians, Grado History/Archaeology Special
Mona
México
Benemérita
Universidad
Puebla Grado Licenciatura en Antropología Social
Autónoma
de Puebla
El Colegio de
Zamora Posgrado Maestría en Arqueología
Michoacán
Escuela
Ciudad de Nacional de
Grado Licenciatura en Arqueología
México Antropología
e Historia
Escuela
Ciudad de Nacional de
Grado Licenciatura en Etnología
México Antropología
e Historia
Escuela
Ciudad de Nacional de
Grado Licenciatura en Etnohistoria
México Antropología
e Historia
Escuela
Ciudad de Nacional de
Grado Licenciatura en Antropología Física
México Antropología
e Historia
Escuela
Ciudad de Nacional de
Grado Licenciatura en Antropología Social
México Antropología
e Historia
Escuela
Ciudad de Nacional de
Posgrado Maestría en Arqueología
México Antropología
e Historia
Anexo 1 263

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Escuela
Ciudad de Nacional de
Posgrado Doctorado en Arqueología
México Antropología
e Historia
Universidad
Tuxtla
Autónoma de Grado Licenciatura en Antropología Social
Gutiérrez
Chiapas
Universidad
Querétaro Autónoma de Grado Licenciatura en Antropología Social
Queretaro
Universidad de
Cholula las Américas Grado Licenciatura en Arqueología
Puebla
Universidad de
Cholula las Américas Grado Licenciatura en Antropología Cultural
Puebla
Universidad de
Cholula las Américas Posgrado Maestría Estudios Antropológicos
Puebla

Universidad de
Chetumal Grado Licenciatura en Antropología Social
Quintana Roo

Universidad
Xalapa Grado Licenciatura en Arqueología
Veracruzana

Universidad Ve-
Xalapa Grado Licenciatura en Antropología Social
racruzana
Universidad Ve- Licenciatura en Antropología Históri-
Xalapa Grado
racruzana ca
Nicaragua
Universidad Na-
Historia con Orientación en Arqueo-
Managua cional Autónoma Grado
logía
de Nicaragua
Perú
Pontificia Uni-
Bachiller en Humanidades con men-
Lima versidad Católi- Grado
ción en Arqueología
ca del Perú
264 Anexo 1

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Pontificia
Universidad
Lima Grado Licenciado en Arqueología
Católica del
Perú
Pontificia
Universidad Maestría en Arqueología del Progra-
Lima Posgrado
Católica del ma de Estudios Andinos
Perú
Pontificia
Universidad Doctorado en Arqueología del Pro-
Lima Posgrado
Católica del grama de Estudios Andinos
Perú
Universidad
Nacional de San
Arequipa Grado Antropología
Agustín de
Arequipa
Universidad
Nacional de San
Cusco Grado Arqueología
Antonio Abad
del Cusco
Universidad
Nacional de San
Cusco Grado Antropología
Antonio Abad
del Cusco
Universidad
Nacional de
Trujillo, Escuela
Trujillo Grado Arqueología
Académico-
Profesional de
Arqueología
Universidad
Puno Nacional del Grado Antropología
Altiplano Puno
Universidad
Huancayo Nacional del Grado Antropología
Centro del Perú
Universidad
Lima Nacional Federi- Grado Licenciado en Arqueología
co Villareal
Anexo 1 265

(continuación)
Nombre
Nivel del
País/Ciudad institución Nombre del programa
programa
educativa
Universidad Na-
Lima cional Federico Grado Antropología
Villareal
Universidad
Lima Nacional Mayor Grado Arqueología
de San Marcos
Universidad
Maestría en Arqueología Mención en
Lima Nacional Mayor Posgrado
Arqueología de América
de San Marcos
Universidad
Maestría en Arqueología Mención en
Lima Nacional Mayor Posgrado
Investigación Arqueológica
de San Marcos
Universidad
Lima Nacional Mayor Grado Antropología
de San Marcos
Uruguay
Universidad de Licenciatura en Ciencias Antropoló-
Montevideo Grado
la República gicas Opción Investigación
Universidad de Licenciatura en Ciencias Antropoló-
Montevideo Grado
la República gicas Opción Docencia
Universidad de Maestría en Ciencias Humanas con
Montevideo Posgrado
la República énfasis en Arqueología Histórica
Venezuela
Instituto Ve-
nezolano de Maestría en Antropología Orienta-
Caracas Posgrado
Investigaciones ción Arqueología
Científicas
Instituto Ve-
nezolano de Doctorado en Antropología Orienta-
Caracas Posgrado
Investigaciones ción Arqueología
Científicas
Universidad
Licenciatura en Antropología on én-
Caracas Central de Ve- Grado
fasis en Arqueología
nezuela
Anexo 2

Selección de programas Línea en Arqueología con el nombre de los cursos que


incluyen la palabra arqueología y otros cursos relevantes

Pontificia Universidad Universidad Mayor de


Católica del Perú, Perú San Marcos, Perú
Metodología arqueológica Introducción a la arqueología
Arqueología Peruana 1 Arqueología andina y de América del sur
Arqueología  de Mesoamérica y Norteaméri-
Arqueología del Perú I
ca
Análisis de material cerámico Arqueología del Perú II
Arqueología peruana 2 Arqueología del Perú III
Métodos cuantitativos en Arqueología Teoría arqueológica I
Arqueología de Sudamérica Teoría arqueológica II
Arqueología del Viejo Mundo Métodos en arqueología I
Prospección arqueológica Métodos en arqueología II
Arqueología peruana 3 Arqueología y etnología amazónica
Arqueología de América Norte y Centro-
Historia de la teoría arqueológica
américa
Aplicaciones de la informática en Arqueo-
Seminario de arqueología I
logía
Excavación arqueológica Seminario de arqueología II
Arqueología peruana 4 Arqueología e historia incaica
Deontología arqueológica Pensamiento arqueológico
Arqueología peruana 5 Temas en arqueología
Seminario de arqueología sepulcral Electivos
Debates contemporáneos en teoría ar-
Informática aplicada a la arqueología
queológica
Identificación y análisis del material ar-
Arqueología peruana 6 queológico: óseo, moluscos, plantas, lí-
ticos
Museología arqueológica Otros Cursos Relevantes del Programa
Temas de Arqueología 1 Civilizaciones del mundo antiguo
Temas de Arqueología 2  
268 Anexo 2

(continuación)
Universidad Goiás, Brasil Universidad Sergipe, Brasil
Introdução à Prática de Campo em Ar-
Cartografia aplica a arqueologia
queologia
Metdologia cientifica aplicas a arqueo-
Teorias da Arqueologia
logia
Arqueologia do Simbólico Zoarqueologia I
Zooarqueologia Teorias da Arqueologia I
Arqueologia Histórica I Teorias da Arqueologia II
Arqueologia Histórica II Arqueologia Histórica
Prática de Laboratório em Arqueologia Coleta e tratamento de material arqueo-
Histórica logico histórico
Arqueologia Teórica Optativos
Arqueologia Pública Zoarqueologia II
Arqueologia de Contrato Arqueologia Histórica II
Geoarqueologia Otros Cursos Relevantes del Programa
Otros Cursos Relevantes del Programa Pré-Historia Brasileira
Pré-História Americana Cacadores-colectors
Pré-História Brasileira I Agricultores-ceramistas
Pré-História Brasileira II

Universidad SEK, Chile Universidad Bolivariana, Chile


Arqueología general Teoría arqueológica I
Arqueología de los grupos cazadores
Teoría arqueológica II
recolectores de América
Arqueología de campo I Teoría Arqueológica III
Arqueología de campo II Análisis de materiales arqueológicos
Fuentes materiales de la arqueología I
Actualización en arqueología
(Lítica)
Fuentes materiales de la arqueología II
Arqueología I
(Cerámica)
Fuentes materiales de la arqueología III
Arqueología II
(Zooarqueología)
Fuentes materiales de la arqueología IV
Arqueología chilena
(arqueó botánica)
Arqueología de Chile Precolombino I Arqueología extramericana
Anexo 2 269

(continuación)
Universidad SEK, Chile Universidad Bolivariana, Chile
Arqueología de Chile Precolombino III Arqueología histórica
Arqueología de Chile Precolombino III Arqueología de la ciudad
Arqueología de las sociedades comple-
 
jas de América precolombina
Arqueología espacial del paisaje  
Arqueología de la muerte  
Arqueología subacuática  
Arqueología de Hispanoamérica colonial  
Conservación en el proceso arqueológico  

Universidad de Catamarca,
Universidad de Tucumán, Argentina
Argentina
Introducción a la arqueología Introducción a la arqueología
Procesos socioculturales en arqueolo-
Arqueología del Viejo Mundo I
gía extra-americana
Arqueología del Viejo Mundo II Arqueología americana I
Arqueología de América I Levantamiento t arqueológico
Arqueología de América II Bioarqueología
Epistemologia e história de la teoria ar-
Arqueología de América III
queológica
Teoría y metodología arqueológica Arqueología Argentina I
Arqueología Argentina I Arqueología Americana II
Arqueología Argentina I Arqueología Argentina II
Metodología y técnicas de la investiga-
Arqueología Argentina regional
ción arqueológica
Restauración y conservación de sitios y
Suelos en arqueología
materiales arqueológicos
Metodología antropológica para ar-
 
queólogos
  Teoría y métodos en arqueología
Metodología de la investigación históri-
 
ca para arqueólogos
270 Anexo 2

(continuación)
ENAH, México Universidad de las Américas, México
Arqueología general Arqueología General
Teoría Arqueológica I Teoría Arqueológica
Historia de la Arqueología Mexicana Arqueología de Mesoamérica I
Materiales Arqueológicos I Seminario en Arqueología I
Teoría Arqueológica II Arqueología de Mesoamérica II
Materiales Arqueológicos II Métodos Arqueológicos
Materiales Arqueológicos II Arqueología de América
Técnicas de Investigación Arqueológica I Seminario en Arqueología II
Técnicas de investigación arqueológica II Seminario en Arqueología III
Manejos de recursos y legislación ar-
Otros Cursos Relevantes del Programa
queológica
Orígenes de la Civilización
Prehistoria General

Universidad San Carlos Guatemala, Universidad del Salvador, El


Guatemala Salvador
Introducción a la arqueología Introducción a la Arqueología
Dibujo arqueológico Teorías arqueológicas
Arqueología de Mesoamérica I Arqueología del área intermedia
Métodos y técnicas de investigación ar- Métodos y técnicas de análisis en ar-
queológicas I queología
Métodos y técnicas de investigación ar-
Investigación arqueológica I
queológicas II
Arqueología de Mesoamérica II Investigación arqueológica II
Matemática y estadística aplicada a la
Arqueología universal
arqueología
Arqueología de Mesoamérica III Arqueología histórica
Arqueología Maya I Arqueología de El Salvador
Arqueología y Tierras altas I  
Arqueología Maya II Otros Cursos Relevantes del Programa
Arqueología y Tierras altas II Prehistoria I
Teoría e interpretación arqueológica Prehistoria 2
Otros Cursos Relevantes del Programa Turismo cultural
Prehistoria de América Sociedad y cultura mesoamericana I y II
Anexo 3

Programas seleccionados Énfasis en Arqueología con cursos que incluyen la


palabra arqueología y otros cursos relevantes

Universidad de Buenos Aires,


Universidad de La Plata, Argentina
Argentina
Teoría arqueológica contemporánea Arqueología americana I
Metodología y técnicas de investigación
Arqueología americana II
arqueológico
Arqueología argentina Arqueología americana III
Seminario de investigación arqueológica Arqueología argentina
Métodos y técnicas en la investigación
Otros Cursos Relevantes del Programa
arqueológica
Sistemas socioculturales de América I
(cazadores, recolectores, agricultores
incipientes)
Prehistoria del Viejo Mundo  
Prehistoria americana y argentina I (cul-
 
turas de cazadores recolectores
Prehistoria americana y argentina II
 
(culturas agro-alfareras)

Universidad de la República,
Universidad de Chile, Chile
Uruguay
Técnicas de investigación (en Ar-
Arqueología General I queología o en Antropología Social
y Cultural)
Taller I (en Arqueología o en Antropo-
Arqueología General II
logía Social y Cultural)
Taller II (en Arqueología o en Antro-
Teoría Arqueológica I
pología Social y Cultural)
Otros Cursos Relevantes del Progra-
Teoría Arqueológica II
ma
272 Anexo 3

(continuación)
Universidad de la República,
Universidad de Chile, Chile
Uruguay
Métodos y Técnicas de Laboratorio III Zo-
Sistemas socioculturales de América
oarqueología
Prehistoria y etnohistoria de la cuen-
Seminario de Arqueología
ca del Plata
Seminario de Etnología y Etnoarqueología Prehistoria americana
Seminario de Arqueología Prehistoria general
Otros Cursos Relevantes del Programa
Prehistoria General I
Prehistoria de América I
Prehistoria de Chile I: Norte Chico
Prehistoria de Chile II: Norte Grande
Prehistoria de Chile III: Centro-Sur
Prehistoria de Chile IV: Extremo Sur

Universidad del Magdalena,


Universidad de Antioquia, Colombia
Colombia
Introducción a la arqueología Fundamentos de Arqueología
Arqueología de Colombia Arqueología del Caribe
Énfasis 1 en Arqueología Arqueología colombiana
Énfasis 2 en Arqueología Arqueología mesoamericana
Énfasis 3 en Arqueología Arqueología del Caribe
Electivas de Formación Integral
Arqueología del Mundo
Grandes descubrimientos arqueológicos
La arqueología en Colombia
Arqueología mesoamericana
Arqueología del Caribe
Patrimonio y arqueología
Historia de la arqueología
Anexo 3 273

(continuación)
Universidad de Costa Rica, Costa Universidad Nacional Autónoma de
Rica Managua, Nicaragua
Arqueología y etnología de América Prehistoria e historia antigua
Práctica de investigación en arqueología Introducción a la arqueología
Arqueología de los cazadores y reco-
Taller de Arqueología I
lectores
Investigación arqueológica II Investigación en arqueología I
Seminario crítico de la investigación ar-
Arqueología de las sociedades agríco-
queológica en Costa Rica y su contexto
las
regional
Taller de Arqueología I Investigación en arqueología II
Taller de Arqueología II Arqueología histórica
Arqueología de las sociedades comple-
Técnicas avanzadas en arqueología
jas
Arqueología orígenes del estado ame-
ricano
Didáctica de la arqueología
Arqueología cuantitativa
Arqueología espacial y del paisaje
Arqueología de género
Otros Cursos Relevantes del Programa
Neolítico americano
Orígenes del poblamiento americano
Historia precolonial de América
Este libro se terminó de imprimir
en noviembre de 2008,
en la planta industrial de Legis S. A.
Av. Calle 26 Nº 82-70 Teléfono: 4 25 52 55
Apartado Aéreo 98888
Bogotá, D. C. - Colombia