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Cómo no defender las humanidades

Juan Antonio Negrete Alcudia

Profesor de filosofía de Educación secundaria, co-autor del programa de RNE “Diálogos en la


caverna” y autor de varios libros de filosofía y educación.

www.dialecticayanalogia.blogspot.com

Hace unos días, mi amigo Jesús Zamora Bonilla, filósofo, escritor y profesor (lo primero no sé si
un tanto pese a sí), publicaba en El País un artículo titulado “Cómo no defender las
humanidades”, en el que, haciendo gala de su espíritu no solo humanístico sino también
escéptico (sanamente escéptico), intentaba delatar algunas de las principales falacias que
predominarían entre los defensores del valor social y personal de la educación en las
humanidades (entre estas disciplinas Jesús incluye, junto a la Historia, la Literatura, etc.,
también a la Filosofía, cosa que muchos filósofos considerarían discutible, pero que no
discutiré aquí). Jesús nos advierte de que su ataque a esas presuntas falacias no significa que él
no crea que no haya manera de defender correctamente las humanidades, aunque (como
buen escéptico, encargado más de demoler que de ofrecer una construcción) deja eso para
otro día. A mí me resulta intrigante cómo podría él, si se pusiera a ello el día de mañana,
defender las humanidades, una vez que vemos cuáles piensa que no son maneras de hacerlo.
En efecto, resulta que para defender la pertinencia educativa de la Historia o la Filosofía, no
vale decir que son un “pilar” de la democracia, ni que nos hacen más críticos, ni que
contribuyen de manera relevante a realizarnos como personas. ¿Para qué son buenas,
entonces? Quizás -especulo por lo que dice- las defendería Jesús, en su (para sus amigos,
conocida) vena hedonista, como una buena manera más de entretener las horas muertas. No
obstante, mi intención no es especular sobre su futuro trabajo en este asunto. La cuestión es
que yo me identifico con esas personas que, como Martha Nussbaum (Sin fines de lucro. Por
qué la democracia necesita de las humanidades) y varios otros, defienden las “humanidades”
de la manera que Jesús considera falaz. Sin embargo, yo no veo las falacias que ve Jesús
Zamora en ese tipo de defensas de las humanidades. Antes bien, creo que pueden detectarse
falacias en su ejercicio de “deconstrucción” (que él me perdone el término, porque sé que
Derrida no es uno de sus santos). Por eso me siento obligado a replicar a los argumentos de
Jesús y entregarme así a una especie de “deconstrucción de la deconstrucción” (remedando la
expresión del teólogo árabe Al-Ghazali). Vayamos a ello:

La primera falacia que denuncia Jesús Zamora es la siguiente: la educación en humanidades


sería un pilar de la democracia. Jesús contra-argumenta, en primer lugar, que la inmensa
mayoría de los sabios humanistas que en el mundo han sido, eran contrarios a la democracia;
además, añade, es muy paradójico que eso que siempre ha constituido un haber de la élite en
el poder (“un privilegio de caballeros”) y un elemento de diferenciación social, se convierta
ahora en herramienta de emancipación y democracia. Empecemos por esto último: creo que lo
que se deduce del hecho histórico aducido por Jesús es más bien justo lo contrario de lo que él
pretende: puesto que el conocimiento humanístico (todo conocimiento, en verdad) es y ha
demostrado históricamente ser una herramienta esencial del poder, si queremos “empoderar”
(como se dice ahora) a todos los ciudadanos, se sigue que tenemos que proveerles (tenemos
que proveernos), necesariamente, de tal conocimiento.

Pero –yendo a lo primero- ¿cómo es posible que lo que es una herramienta de


empoderamiento, le haya sido negada por los sabios a la mayoría de los seres humanos? Bien:
en primer lugar, esto es discutible. La lucha contra la teocracia ha sido históricamente larga y
lenta, pero se ha llevado a cabo solo o principalmente gracias a la universalización de la
racionalidad, hasta llegar a la teoría del Contrario Social y la idea kantiana de que todo ser
humano posee en sí la ley “práctica” (ética y jurídica), fundamento ideológico (aunque sea
pese a sus autores) de la democracia actual. La razón por la que Platón (de quien Jesús, con
Aristóteles, dice sensatamente ser menos amigo que de la verdad), Kant y tantos otros
despotistas ilustrados se opusieron a la democracia, es precisamente porque creían que nunca
la inmensa mayoría de las personas sería capaz de poseer el conocimiento “humanístico” (o el
conocimiento, en general) necesario para ejercer el poder, no porque creyesen que el
conocimiento no tiene por qué ir ligado a la detentación de la soberanía y el poder. ¿Por qué
creían esos grandes hombres que la mayoría de los mortales no era capaz de tal educación?
Hoy tenemos elementos para pensar que estaban desencaminados por los prejuicios de su
época: Kant creía, por ejemplo, que las mujeres no podían tener carácter moral, Aristóteles
creía que algunos humanos nacen esclavos por naturaleza, Platón creía que tenemos almas de
diferentes metales… Eran, todas ellas, creencias de tipo fáctico y (hoy estamos casi seguros)
completamente erradas. Si Platón y otros sabios estaban equivocados en eso, y toda persona
puede alcanzar un grado de conocimientos históricos y filosóficos como para participar del
debate público, entonces tenemos que deducir que lo que ellos creían que era posible y
necesario solo para algunos, lo es en realidad para todos: en eso consiste la conquista de la
democracia. El mismo Platón creía que no hay que dar por supuesto de qué material es el alma
de cada uno al nacer, de modo que solo los hechos, en el contexto de una educación lo más
igualitaria posible, podrían descubrirlo. No puede, pues, excluirse a priori que, en un contexto
de educación igualitaria todos tuviésemos igual tipo fundamental de almas y todos
resultásemos, por tanto, ser dignos de pertenecer a la élite gobernante. En resumen: los sabios
pensaban, acertadamente, que el conocimiento humanístico debe estar intrínsecamente
ligado al poder, pero creían, erróneamente, que la masa del pueblo es incapaz de ese
conocimiento.

En realidad, el (contra-)argumento de Jesús Zamora tiene un carácter extrínseco (se basa en


presuntos hechos, pero la política y la educación no tienen por objeto describir el mundo, sino
criticarlo y, al fin, cambiarlo, según la famosa tesis de Marx). Y ¿no resulta enigmático qué
creerá Jesús Zamora que constituye la competencia necesaria para la democracia, si no lo es el
conocimiento de la Historia y el ejercicio crítico de las ideologías? Quienes defendemos las
humanidades como elemento cívico esencial lo hacemos, en efecto, porque (en una vena
“republicana” –en el sentido filosófico-político de este término, que se remonta a Rousseau y
Kant, y recientemente a Pettit, Rawls, Habermas y varios otros-) creemos que no hay
democracia sin ciudadanos competentes en la crítica de las ideologías. Si prescindimos de esto,
¿qué pensamos que hace mejor a una democracia? Dejemos que el propio Jesús nos conteste
a este extremo.
Pasemos a otra de las falacias que diagnostica Jesús en la defensa de las humanidades (cambio
el orden en que la enumera él, porque creo que esta está estrechamente ligada a la anterior):
algunos creemos, en efecto, decíamos, que las humanidades son elementales en la formación
de una ciudadanía crítica, y que esa es una razón (más o menos consciente) por la que el
sistema de mercado las relega en el currículo sustituyéndolas por una formación en lo más
económico y mercantil. Sin embargo, Jesús señala, como contra-argumento, que ni es verdad
que en el itinerario educativo se enseñe a ganar dinero (“ni siquiera a gastarlo”), ni que los
muchos años de formación fundamentalmente humanística en países como el nuestro, hayan
tenido el efecto de aumentar la masa crítica de la ciudadanía. Este argumento escéptico, en la
medida en que apela, una vez más, a los hechos, implica muchas variables que lo hacen, como
todo hecho sociológico, discutible y sujeto a la interpretación. Una de esas variables es el
asunto de hasta qué punto el éxito o no en la formación de ciudadanos críticos es culpa de las
humanidades y no, más bien, de un sistema educativo que en ningún momento ha dejado de
estar controlado por las élites de una democracia imperfecta y contra el que ha habido que
luchar casi heroicamente desde dentro. Con todo, creo que es difícil negar que, por ejemplo en
nuestro país, hemos crecido exponencialmente en educación, también en educación cívica. No
hay que olvidar que venimos de una dictadura, y que en la mayoría de países de nuestro
entorno existe una educación humanística, una bildung, muy superior a la formación del
espíritu nacional que reinó en la reserva espiritual de Occidente.

Quienes creemos que se está produciendo una mercantilización de la educación, no


necesitamos caer en una burda versión de la teoría del complot del malvado capitalismo. La
cosa es algo más sutil: el hecho es que, tanto en los contenidos como en las formas, los
estudios, desde la educación primaria hasta la universitaria, van siendo regidos cada vez más y
en más países (desde EEUU a Japón, pasando por nuestro país y su infausto Wert) por criterios
productivistas, lo que no tiene nada de extraño si se piensa que son las instituciones
económicas las que, por encima de criterios culturales y políticos, determinan cada vez más
qué riqueza económica se destina a qué actividades. ¡Claro que las escuelas enseñan, y cada
vez más, a ganar dinero, o, más bien, a trabajar para que lo ganen otros!: la inflación de
formación técnica (incluso las ciencias se justifican solo por sus réditos productivos “y”
armamentísticos), y la deflación de las educaciones artísticas y críticas, tienen como misión
(más o menos consciente, y más o menos exitosa) producir productores y consumir
consumidores.

Vayamos, por fin, a la otra falacia que cree ver Jesús Zamora en las típicas defensas de las
humanidades (dejo aparte la última que menciona él brevemente, y que consistiría en que los
intelectuales exigen educación humanística porque viven profesionalmente de ello: como dice
el propio autor del artículo que comentamos, esta es una argumentación que se comenta
sola…). La otra falacia, decimos, sería esta: la educación humanística –según creemos algunos-
es un elemento esencial de la realización o del crecimiento integral de la persona. En contra,
señala Jesús Zamora que quienes nos dedicamos a las humanidades no somos ni menos
“imbéciles” ni más felices que quienes apenas tienen un mero barniz de ellas. Es decir, la
educación humanística no (pero… ¿alguna otra sí?) nos haría ni más inteligentes ni más felices,
aunque sí son una fuente de inocente placer. Este argumento (lleno de una encomiable
humildad) entra, a mi juicio, en colisión frontal con el primero que hemos sopesado: si la
educación humanística no sirve para realizarnos ¿cómo es que se la han quedado siempre para
sí las élites del poder? ¿Acaso eran “imbéciles” y no se dieron cuenta de que siendo rudos
analfabetos podrían haber sido igual de sabios y felices con bastante menos esfuerzo mental?
¿Solo obtenían, esas élites cultas, un cierto placer (que no podía, sin embargo, repercutir en la
felicidad, según el argumento de Jesús)? En cualquier caso, este argumento denota una
concepción muy austera de la “realización” humana… si bien no extrema: podríamos ir un
poco más allá y preguntarnos: ¿qué hemos ganado aprendiendo a hablar? ¿Somos algo menos
imbéciles y más felices que una muy bien adaptada ameba?

Toda esta cuestión es difícil, porque ya no atañe a lo político y lo público, como las anteriores
falacias, sino que se introduce en el terreno de la ética y el de lo que quiera que sea una buena
vida. Y ya sabemos que nuestra sociedad liberal es muy reacia a hablar de qué constituye una
buena vida: solo entiende de lo que se puede comprar y vender. Podría ser que el asunto de
qué constituye una vida realizada, sea algo del todo subjetivo, y entonces no sería utilizable
como argumento en defensa de la educación pública en humanidades. Sin embargo, hay algo
esencial que señalar en este respecto: sea lo que sea de todo esto de la realización personal,
parece evidente que la discusión acerca de ello solo puede hacerse, con competencia, desde
una preparación humanística. En efecto, no es una mera casualidad que Jesús (y yo) poseamos
una cierta educación humanística: ¿estaríamos manteniendo este debate, sin ella? ¿Puede
mantenerse un debate competente acerca de lo que debe ser una buena educación, sin el
conocimiento de la Historia, la Literatura “y” la Filosofía, sin la “herramienta” de las
humanidades? O, para no doblegarnos siempre al lenguaje instrumental, ¿podemos hablar de
una educación allí donde faltan, no ya como medios, sino simplemente como fines, algunas de
esas “materias”?

¿No seá (planteo como hipótesis hermenéutica) que todo lo que nos quiere enseñar el artículo
de nuestro amigo y colega Jesús Zamora es que, en efecto, no es posible siquiera discutir de
qué es lo que importa, si se carece de educación humanística? ¿Nos está diciendo Jesús, con su
simple acto de escribir acerca de cómo no defender las humanidades, algo como “fijaos en mí:
solo porque tengo educación en humanidades puedo hacer una crítica de cómo no educar en
ellas”? Esto sería un gran ejercicio de ironía, de reducción al absurdo de la negación del
carácter esencial de las humanidades para la crítica; un ejercicio de lo que los teólogos
llamaban “vía negativa”: incluso hablar de cómo no defender las humanidades es un ejercicio
de cómo defensa sustantivamente… Por eso, seguramente, Jesús no necesitará escribir nunca
la segunda parte, su “cómo sí defender las humanidades”.