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1.

- Como sucedió que el maestro "Cereza", carpintero, encontró un


trozo de madera que lloraba y reía como un niño.

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Había una vez....

- ¡Un rey!-dirán rápido mis pequeños lectores.

No, muchachos, os habéis equivocado. Había una vez un trozo de


madera.

No era una madera de lujo, sino un simple pedazo del montón, de esos
que en invierno se meten en las estufas y las chimeneas para calentar
las habitaciones.

No sé como sucedió, pero el hecho es que es que un buen día este


pedazo de madera terminó en el almacén de un viejo carpintero que se
llamaba maestro Antonio, aunque todos lo llamaban maestro "Ciruela",
por causa de la punta de su nariz, que estaba siempre reluciente y
morada como una cereza madura.

Apenas el maestro <<Cereza>> hubo visto aquel trozo de madera, se


alegró mucho, y frotándose las manos de la alegría, murmuró a media
voz:

- Este trozo madera ha llegado a tiempo: quiero que me sirva para


hacer una pata de mesilla.

Dicho y hecho, cogió rápidamente el hacha afilada para empezar a


quitarle la corteza a desbastar, pero cuando estaba a punto de lanzar el
primer hachazo, se quedó con el brazo suspendido en el aire, porque
oyó una vocecita muy aguda que dijo encomendándose:

- ¡No me golpees tan fuerte!

¡Figuraos cómo se quedó aquel buen viejo del maestro <<Cereza>>!


Volvió los ojos extraviados al rededor de la habitación para ver de
donde podía haber salido esa vocecita, y no vio a nadie; miró debajo del
banco, y nadie; miró dentro del armario che estaba siempre cerrado, y
nadie; miró en el cesto de las virutas y el serrín, y nadie; abrió la salida
del almacén para dar una ojeada también sobre la calle, y nadie. ¿Y
entonces?...

- He comprendido,- dijo entonces riendo y rascándose la peluca:- se ve


que esta vocecita me la he imaginado yo. Volvamos de nuevo a
trabajar.
Y cogiendo el hacha con la mano, tiró hacia abajo un solemnísimo
golpe sobre el trozo de madera.

- Huy, me has hecho daño- gritó lamentándose la misma vocecita.

Esta vez maestro Cereza se quedó con la cara de piedra, con los ojos
fuera de la cabeza por el miedo, con la boca desencajada y con la
lengua balanceando hasta la barbilla, como un mascarón de fuente.

Apenas retomó el uso de la palabra, comenzó a decir temblando y


balbuciendo del susto:

- Pero, ¿De donde habrá salido esta vocecita que ha dicho ohi?... Sin
embargo aquí no hay un alma viva. ¿Que sea por casualidad este
pedazo de madera che haya aprendido a llorar y a lamentarse como un
niño? Yo no lo puedo creer. Esta madera está aquí: es un pedazo de
madera de chimenea, como todos los demás: y al tirarlo sobre el fuego
ha de hacer hervir una cazuela de judías. ¿O entonces?... ¿Que se
haya escondido alguien dentro? se hay escondido alguien, mucho peor
para él. ¡Ahora lo arreglo yo!

Y diciendo esto, cogió con las dos manos aquel pobre trozo de madera
y se puso a golpearlo sin caridad contra las paredes de la habitación.

Después se quedó escuchando, para oír si oía alguna vocecita que se


lamentase. Esperó dos minutos, y nada; cinco minutos, y nada; diez
minutos, y nada.

- He entendido,- dijo entonces esforzándose por reír y rascándose la


peluca:- Se ve que esta vocecita me la he figurado yo, volvamos a
trabajar.
Y como le había entrado dentro un miedo muy grande, probó a
canturrear, para que se le pasase el susto.

Mientras tanto, dejada de una parte el hacha, cogió con la mano el


cepillo de carpintero para cepillar y limpiar el pedazo de madera; pero
mientras lo cepillaba arriba y abajo, oyó la misma vocecita que le dijo
riendo:

- Para, me haces cosquillas en todo el cuerpo.

Esta vez el maestro <<Cereza>> cayó abajo como fulminado. Cuando


reabrió los ojos, se encontró sentado en el suelo.

Su cara parecía transfigurada, incluso la punta de la nariz, de morada


como era casi siempre, se le había puesto violeta de tanto miedo.

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2.- Maestro <<Cereza>> regala el pedazo de madera a su amigo


Geppetto, el cual lo coge para fabricarse un muñeco maravilloso che
supiese bailar, practicar esgrima y hacer saltos mortales.

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En ese momento llamaron a la puerta.

- Pasa, adelante, dijo el carpintero, sin tener la fuerza necesaria para


ponerse en pie.

Entonces entró en el almacén un viejecito muy espabilado el cual se


llamaba Geppetto, pero los muchachos del vecindario, cuando le
querían ver completamente rabioso, le llamaban con el apodo de
Polendina, por motivo de su peluca amarilla que se parecía muchísimo
a la polendina de maíz.
Gepetto era quisquillosísimo ¡Cuidado con llamarle Polendina! Se
convertía rápidamente en una bestia, y no había nada capaz de
detenerlo.

- Buenos días, maestro Antonio, dijo Gepetto! ¿Que haces en el suelo?

- Enseño a contar a las hormigas.

- Que te aproveche.

- ¿Que te trae por aquí, compadre Geppetto?

- Las piernas. Tienes que saber, maestro Antonio, que he venido a ti


para pedirte un favor.

- Aquí estoy, listo para servirte,- replicó el carpintero levantándose


sobre las rodillas.

- Esta mañana me ha llovido sobre el cerebro una idea.

- Escuchémosla.

- He pensado fabricarme un bonito muñeco de madera, pero un muñeco


maravilloso que sepa bailar, practicar esgrima y hacer saltos mortales.
Con este muñeco quiero dar la vuelta al mundo, para buscarme un
pedazo de pan y un vaso de vino. ¿Que te parece?

- ¡Bravo, Polendina!- gritó la misma vocecita que no se entendía de


donde viniese.

Al oírse llamarse Polendina, el compadre Gepetto se volvió rojo como


un pimiento de la rabia y, volviéndose hacia el carpintero, le dijo
enfurecido:

- ¿Porqué me ofendes?

- ¿Quien te ofende?

- Me has dicho Polendina.

- No he sido yo.
- ¡Entonces habré sido yo! Yo digo que has sido tú.

- No.

- Sí.

- No.

- Sí.

Y calentándose cada vez más, pasaron de las palabras a los hechos y,


después de agarrarse entre ellos, se arañaron, se mordieron, se
abofetearon.

Terminado el combate, maestro Antonio se encontró entre las manos la


peluca amarilla de Geppetto, y Geppetto se dio cuenta de tenía en la
boca la peluca medio canosa del carpintero.

- ¡Devuélveme mi peluca!-, gritó maestro Antonio.

- Y tú devuélveme la mía, y rehagamos las paces.

Los dos viejecitos, después de haber recogido cada uno de ellos su


propia peluca, se estrecharon la mano y juraron permanecer amigos
para toda la vida.

- Entonces, compadre Geppetto,- dijo el carpintero en señal de las


paces hechas,- ¿cual es el favor que querías de mí?

- Querría un poco de madera para fabricar mi muñeco, ¿Me lo das?

Maestro Antonio, contentísimo, se fue rápido a coger de encima del


banco aquel pedazo de madera que le había causado tanto miedo. Pero
cuando estuvo allí para dárselo al amigo, el pedazo de madera dio una
sacudida y, escapándose le violentamente de las manos, fue a dar con
fuerza en las tibias del pobre Geppetto.

- Ah, ¿es de esta manera, maestro Antonio, que tú regalas tus cosas?
¡Casi me has dejado cojo!

- ¡Te juro que no he sido yo!


- ¡Entonces habré sido yo!

- La culpa es toda de esta madera.

- Lo sé que es de la madera: ¡pero has sido tú que me lo has tirado en


las piernas!

- ¡Yo no te lo he tirado!

- ¡Mentiroso!

- Geppetto, no me ofendas; si no te llamo Polendina...

- ¡Asno!

- ¡Polendina!

- ¡Burro!

- ¡Polendina!

- ¡Mono feo!

- Polendina.

Al oírse llamar Polendina por tercera vez, Geppetto perdió la luz de los
ojos, se abalanzó sobre el carpintero e allí se dieron de palos.

Cuando terminó la batalla, maestro Antonio se encontró con dos


arañazos de más sobre la nariz, y el otro con dos botones de menos en
la chaqueta. Ajustadas de esta manera sus cuentas. Se estrecharon la
mano y juraron permanecer amigos para toda la vida.

Mientras tanto Geppetto, cogió consigo su buen pedazo de madera, y


agradeciendo al maestro Antonio, se volvió cojeando a casa.

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3.- Geppetto, de vuelta en casa, empieza raudamente a fabricarse el
muñeco y le pone el nombre de Pinocho. Primeras pillerías del muñeco.

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La casa de Geppetto era una abstencionista en un piso bajo que cogía


la luz de una claraboya. El mobiliario no podía ser más simple: una
sillita mala, una cama poco buena y una mesita toda arruinada. En la
pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; pero el
fuego era pintado, y al lado del fuego había pintada una cazuela que
hervía alegremente y echaba fuera una nube de humo, que parecía
humo de verdad.

Apenas entró en casa, Geppetto cogió rápidamente las herramientas y


se puso a tallar y a fabricar su muñeco.

- ¿Que nombre le pondré?- se dijo a si mismo- Lo quiero llamar


Pinocho. Este nombre le traerá suerte. He conocido a una familia entera
de Pinochos: Pinocho el padre, Pinocha la madre, y Pinochos los
chicos, y todos se lo pasaban bien. El más rico de ellos pedía limosna.
Cuando hubo encontrado el nombre a su muñeco, entonces empezó a
trabajar en serio, y le hizo rápidamente los cabellos, después la frente,
después los ojos.

Hechos los ojos, figuraos su maravilla cuando se dio cuenta que los
ojos se movían y lo miraban fijamente. Geppetto, viéndose mirar por
aquellos ojos de madera, se sintió casi mal, y dijo con acento resentido:

- Ojitos de madera, ¿por qué me miráis?

Nadie respondió.

Entonces, después de los ojos, le hizo la nariz; pero la nariz apenas


hecha empezó a crecer: y creció, creció, creció, se convirtió en pocos
minutos en un narizón que no terminaba nunca.

El pobre Geppetto se empeñaba en recortarlo pero cuanto más lo


recortaba y lo descortezaba más aquella nariz impertinente se volvía
larga.

Después de la nariz le hizo la boca, la boca todavía no estaba


terminada de hacer y empezó en seguida a reír y a burlarse.

- Deja de reírte,- dijo Geppetto impacientado; pero fue como hablar con
la pared.

- Deja de reírte, te repito- gritó con voz amenazante. Entonces la boca


dejó de reír, pero sacó fuera toda la lengua.

Geppetto, para no enfadarse más, fingió no verlo, y continuó


trabajando. Después de la boca, le hizo la barbilla, después el cuello,
luego los hombros, el estómago, los brazos y las manos. Apenas
terminó las manos, Geppetto sintió quitarse la peluca de la cabeza. Se
volvió hacia arriba y ¿que vio? Vio su peluca amarilla en manos del
muñeco.

- ¡Pinocho, devuélveme rápidamente mi peluca!

Y Pinocho, en vez de devolverle su peluca, se la puso en la cabeza,


quedando debajo medio ahogado.
Con aquel gesto insolente y escarnecedor, Geppetto se puso triste y
melancólico, como no había estado nunca en toda su vida: y
volviéndose hacia Pinocho le dijo:

- ¡Granuja de hijato! No has terminado todavía de hacerte, ¡y ya


empiezas a faltar el respeto a tu padre! ¡Mal, hijo mío, mal!

Y se secó una lágrima.

Quedaban todavía por hacer las piernas y los pies.

Cuando Geppetto hubo terminado de hacerle los pies, sintió que le


llegaba una patada en la punta de la nariz.

- ¡Me lo merezco!-se dijo entonces a si mismo.- ¡Debía pensarlo antes,


ahora es tarde!

Después cogió el muñeco bajo los brazos y lo puso en tierra, sobre el


suelo de la habitación, para hacerle andar.

Pinocho tenía las piernas dormidas y no sabía moverse, y Topeto lo


conducía de la mano para enseñarle a dar un paso detrás de otro.

Cuando las piernas se le despertaron Pinocho empezó a caminar por sí


mismo y a correr por la habitación, hasta que, enfilada la puerta de la
casa, saltó a la calle y se dio a la fuga.

Y el pobre Geppetto a correr detrás sin poder alcanzarle, porque ese


travieso de Pinocho andaba a saltos como una liebre, y golpeando sus
pies sobre las losetas de la calle, hacía un ruido, como veinte pares de
zuecos de campesinos.

- ¡Pillarlo, pillarlo!,- gritaba Geppetto,- pero la gente que había por la


calle, viendo a este muñeco de madera, que corría como un galgo, se
paraba encantada a mirarlo, y reía, reía y reía, que no os lo podéis
figurar.

Al final, y por buena suerte apareció un carabinero el cual, sintiendo


todo este alboroto y creyendo que se trataba de un potro que hubiese
levantado la mano a su patrón, se plantó valerosamente con las piernas
estiradas en medio de la calle, con el ánimo resoluto de pararlo y de
impedir que ocurriesen desgracias mayores.
Pero Pinocho, cuando vio de lejos al policía, que ocupaba toda la calle,
intentó pasarle, por sorpresa, entre las piernas, pero sin embargo no lo
consiguió.

El policía, sin moverse siquiera, lo agarró limpiamente por la nariz (era


una narizona desproporcionada, que parecía hecho a posta para se
agarrada por los carabineros), y lo entregó en las mismas manos de
Geppetto; el cual, a modo de corrección, quería darle inmediatamente
un buen tirón de orejas. Pero figuraos como se quedó cuando al
buscarle las orejas no consiguió encontrarlas: y ¿sabéis porqué?,
porque con la prisa de fabricarlo se había olvidado de hacérselas.

Entonces lo cogió por la nuca, y, mientras lo reconducía hacia atrás, le


dijo inclinando amenazadoramente la cabeza:

- Vamos rápido a casa. Cuando estemos en casa, ¡no dudes que


arreglaremos las cuentas!

Pinocho, al oírlo se tiró al suelo, y no quiso caminar más. Mientras tanto


los curiosos y los aburridos empezaban a pararse allí al rededor y a
armar alboroto.

Cada uno decía una cosa.

- ¡Pobre muñeco!- decían algunos- tiene razón de no querer volver a


casa. Quien sabe como le pegaría ese hombrean de Geppetto!

Y los otros sugerían malignamente:

- ¡Ese Geppetto parece un caballero, pero es un verdadero tirano con


los chicos! Si le dejan ese muñeco entre las manos es amicísimo de
hacerlo pedazos.

Al final, tanto dijeron y tanto hicieron, que el carabinero dejó en libertad


a Pinocho, y se llevó a la cárcel a aquel pobre hombre de Geppetto. El
cual, no teniendo palabras en ese momento para defenderse, lloraba
como un corderino, y viéndose camino de la cárcel, balbuceaba
sollozando:
- ¡Desgraciado hijato! ¡Y pensar que he sufrido tanto para hacerle un
muñeco de bien! Me está bien empleado, lo tenía que haber pensado
antes.

Lo que ocurrió después es una historia tan extraña que no se puede


casi creer. Y os la contaré en estos otros capítulos.

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4.- La historia del Grillo hablador, donde se ve como a los chicos malos
les aburre sentirse corregidos por quien sabe más que ellos.

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Os diré, entonces, chicos, que mientras el pobre Geppetto era


conducido sin tener culpa a la cárcel, ese granuja e de Pinocho,
liberado de le garras de los carabineros, iba levantando las piernas
hacia arriba a través de los campos para regresar más deprisa a casa;
y en la gran furia de correr saltaba terraplenes altísimos, setos de
preñas y fosos llenos de agua, tal y como habría podido hacerlo un
cabrito o un lebrato perseguido por los cazadores.

Llegado a casa, encontró la puerta de la calle medio cerrada.

Lo abrió, entró dentro, y cuando hubo cerrado el pestillo, se tiró sentado


en el suelo, dejando escapar un gran suspiro de tranquilidad.

Pero aquella tranquilidad duró poco, porqué oyó en la habitación a


alguien que hizo:

- Criticador.
- ¿Quien me llama?- Dijo Pinocho muy asustado.

- ¡Soy yo!

Pinocho se volvió, y vio un grillo grande que subía lentamente por la


pared.

- Dime, Grillo, ¿quien eres tu?

- Yo soy el grillo parlante, y vivo en esta habitación desde hace más de


cien años.

- Hoy sin embargo esta habitación es mía -dijo el muñeco- y si quieres


hacerme un verdadero favor, vete rápido, sin siquiera darte la vuelta.

- Yo no me iré de aquí-respondió el grillo- si primero no te digo una gran


verdad.

- Dímela y date prisa.

- Problemas para los chicos que se rebelan a sus padres y que


abandonan caprichosamente la casa paterna. Nunca tendrán bien en
este mundo; y antes o después tendrán que arrepentirse amargamente.

- Canta, Grillo mío, como te parece y te gusta, pero yo sé que mañana


al alba, me quiero ir de aquí, porque si me quedo aquí me pasará lo que
le pasa a todos los otros chicos, lo que quiere decir que me mandarán
a la escuela, y por amor o a la fuerza me tocará estudiar; y yo, para
decírtelo en confianza, de estudiar no tengo muchas ganas , y me
divierto más corriendo detrás de las mariposas y subiendo a los árboles
a coger los jarillos del nido.

- ¡Pobre entonelo! ¿Pero no sabes que, haciendo eso, te convertirás de


mayor en gran burro, y que todos se reirán de ti?

- ¡Cállate, Grillero de mal augurio!- gritó Pinocho.

Pero el Grillo, que era paciente y filósofo, en vez de tomarse a mal esta
impertinencia, continuó con el mismo tono de voz:

- Y si no te gusta ir a la escuela, ¿porqué no aprendes al menos un


oficio, para ganarte honestamente un trozo de pan?
- ¿Quieres que te lo diga?- replicó Pinocho que empezaba a perder la
paciencia- De entre todos los trabajos del mundo solo hay uno que me
satisfaga.

- ¿Y este oficio seria?

- El de comer, beber, dormir, divertirme, y hacer de la mañana a la


noche la vida del vagabundo.

- Tienes que saber-dijo el Grillo hablador con su calma de costumbre-


que todos los que tienen esta profesión terminan siempre en el hospital
o en prisión.

- ¡Vete, grillero de mal augurio!..., ¡si me enfadas vas a tener


problemas!...

- ¡Pobre Pinocho, me das incluso pena…!

- ¿Porqué te doy pena?

- Porque eres un muñeco, y lo que es peor, porque tienes la cabeza de


madera.

A estas últimas palabras, Pinocho saltó hacia arriba muy furioso, cogió
del banco un martillo de madera, y lo lanzó contra el Grillo parlante.

Quizás no creía que le iba a golpear; pero desgraciadamente le dio


justo en la cabeza, tanto que el pobre Grillo tuvo apenas el aliento para
hacer crin-cri-cri, y después se quedó tieso y pegado a la pared.

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5.- Pinocho tiene hambre y busca un huevo para hacerse un tortilla;
pero en lo más bonito, la tortilla le sale volando por la ventana.

Mientras tanto, comenzó a hacerse de noche, y Pinocho, recordando


que no había comido nada, sintió un gemido en el estómago, que se
parecía muchísimo al apetito.

Pero el apetito en los chicos va rápido, y de hecho, después de pocos


minutos, el apetito se volvió hambre, y el hambre visto y no visto, se
convirtió en un hambre de lobos, en un hambre que se podía cortar con
el cuchillo.

El pobre Pinocho corrió rápido hacia el fogón, donde había una cazuela
que hervía, e hizo el ademán de destaparla, para ver lo que había
dentro: pero la cazuela estaba pintada en la pared. Imaginaos cómo se
quedó. Su nariz, que era ya larga, creció al menos cuatro dedos.

Entonces se puso a correr por la habitación y a hurgar por todos los


cajones y por todos los trasteros en busca de un poco de pan, o quizás
un poco de pan duro, una corteza, un hueso para el perro, una cáscara
de ciruela, o sea, cualquier cosa para masticar, pero no encontró nada,
el gran nada, exactamente nada.

Y mientras el hambre crecía, y crecía más: y el pobre Pinocho no tenía


otro alivio que bostezar, y tenía bostezos tan largos, que alguna vez la
boca le llegaba hasta las orejas. Y después de haber bostezado,
escupía y sentía que el estómago se le escapaba.

Entonces llorando y desesperándose, decía:

- El Grillo parlante tenía razón. He hecho mal al revelarme a mi papá y


fugándome de casa... ¡Si mi papá estuviese aquí, ahora no me
encontraría a morirme de bostezos! ¡O que mala enfermedad que es
hambre!

Entonces le pareció ver en el montón de las virutas algo redondo y


blanco, que se parecía en todo a un huevo de gallina. Dar un salto y
tirarse encima fue todo uno. Era un huevo de verdad.
La alegría del muñeco es imposible describirla: hace falta habérsela
figurar. Creyendo casi que fuese un sueño, lo giraba entre las manos, y
lo tocaba, y lo besaba, y besándolo decía:

- Y ahora ¿Como deberé cocinarlo? ¡Me haré una tortilla! No, es mejor
hacerlo al plato. ¿O estaría más sabroso si lo friera en la sartén, o si lo
cocinase pasado por agua?, no, la más rápida de todas es hacerlo al
plato o a la plancha: ¡Tengo demasiadas ganas de comérmelo!

Dicho y hecho, puso una sartén sobre un brasero lleno de brasas


encendidas: metió en la sartén, en vez de aceite o mantequilla, un poco
de agua: y cuando el agua empezó a humear, ¡Tac!, rompió la cáscara
del huevo, e hizo el gesto de desparramarlo dentro.

Pero en vez de la clara y la yema salió fuera un pollito todo alegre y


educado, el cual, haciendo una bonita reverencia, dijo:

- Mil gracias, Sr. Pinocho, por haberme ahorrado la fatiga de de romper


el cascarón. Hasta la vista, que valla todo bien y muchos saludos a
casa.

Dicho esto, desplegó las alas, y, enfilada la ventana que estaba abierta,
desapareció de la vista.

El pobre muñeco se quedó allí, como encantado, con los ojos fijos, con
la boca abierta y con la cáscara de huevo en la mano. Recuperándose
de la primera impresión, empezó a llorar, chillar, a golpear con los pies
en el suelo de la desesperación, y llorando decía:

- ¡En verdad el grillo parlante tenía razón! Se no me hubiese escapado


de casa y si mi padre estuviese aquí, ahora no estaría muriéndome de
hambre. ¡Oh, que mala enfermedad que es el hambre!

Y porque el cuerpo le susurraba más que nunca, y no sabía como


hacerlo callar, pensó salir dar una escapada al pueblecito cercano, en la
esperanza de encontrar alguna persona caritativa, que le diese la
limosna de un poco de pan.

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6.- Pinocho se duerme con los pies sobre el caldero, y la mañana
después se despierta con los pies todo quemados.

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Era una noche de infierno, tronaba muy fuerte, relampagueaba como si


el cielo tuviera fuego, y un ventarrón frío y desgarrador, silbando
rabiosamente y levantando una nube de polvo, hacía tambalearse y
doblarse todos los árboles del campo.

Pinocho tenía un gran miedo de los truenos y de los relámpagos: pero


el hambre era más fuerte que el miedo: por lo que se asomó a la salida
de casa, y corriendo, en un centenar de saltos llegó hasta el pueblo,
con la lengua fuera y sin aliento, como un perro de caza.

Pero encontró todo oscuro y desierto. Los almacenes estaban cerrados,


las puertas del las casas cerradas; las ventanas cerradas, y en la calle
ni siquiera un perro. Parecía el país de los muertos.
Entonces Pinocho, atrapado por la desesperación y el hambre, se cogió
al campanello de una casa, e empezó a tocar con ganas, diciéndose a
sí mismo:

- Alguien se asomará.

Al momento se asomó un viejecito, con el sombrero de noche en la


cabeza, quien gritó todo irritado:

- ¿Qué quieres a estas horas?

- ¿Me harías el favor de darme un poco de pan?

- Espérame ahí, que regreso rápido, respondió el viejecito creyendo


habérselas con uno de esos chicos gamberros que se divierten de
noche haciendo sonar las campanillas de las casas, para molestar a la
gente de bien, que duerme tranquilamente.

Después de medio minuto la ventana se abrió de nuevo, y la voz del


mismo viejecito gritó a Pinocho:

- Ponte debajo y prepara el sombrero.

Pinocho se quitó rápido su sombrerito, pero mientras le hablaba, sintió


lloverse encima una enorme cascada de agua que lo regó todo de la
cabeza a los pies, como si fuese un maceta de geranio mustio.

Volvió a casa mojado como un pollito y /*acabado*/ del cansancio y del


hambre: y como no tenía mas fuerza para mantenerse en pié, se sentó,
apoyando los pies empapados y /*impillaccherati*/ sobre un caldero
lleno de brasas encendidas.

Y allí se adormentó; y mientras dormía, a los pies que eran de madera


les prendió el fuego, y poco a poco se le carbonizaron y se volvieron
cenizas.

Y Pinocho seguía durmiendo y a roncando, como si sus pies fueran los


de otro. Finalmente, cuando llegó el día se despertó, porque alguien
había tocado a la puerta.

- ¿Quien es? preguntó bostezando y restregándose los ojos.


- Soy yo- respondió una voz.

Aquella voz era la voz de Geppetto.

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7.- Geppetto vuelve a casa, y da al muñeco el desayuno que el pobre
hombre había llevado para él.

El pobre Pinocho, que tenía siempre los ojos entre el sueño, no se


había visto todavía los pies que se le habían quemado: por lo que
apenas oyó la voz de su padre, salió de debajo del cajón para correr
para correr el pestillo, pero en cambio, después de dos o tres traspiés,
cayó de bruces cuan largo era tendido sobre el suelo.

Y al caer al suelo hizo el mismo ruido que hubiera hecho un saco de


cazos, caído desde un quinto piso.

- ¡Ábreme!, gritaba mientras tanto Geppetto desde la calle.

- Padre mío, no puedo- respondía el muñeco llorando y revolcándose


por tierra.

- ¿Por qué no puedes?

- Porque me han comido los pies.

- Y, ¿quien te los ha comido?

- El gato- dijo Pinocho,- viendo el gato que con las garras de alante se
divertía a hacer bailar algunos trozos de madera.

- ¡Ábreme, te digo- Repitió Geppetto,- si no, cuando entre en casa, el


gato te lo doy yo!

- No puedo mantenerme derecho, creételo. ¡OH, pobre de mí!, ¡Pobre


de mí que tendré que caminar con las rodillas para toda la vida!...

Geppetto, creyendo que todos estos lloriqueos fueran otra gamberrada


del muñeco, pensó bien en terminarla, y se asomó por encima del muro,
y entró en casa por la ventana.

Al principio quería decir y quería hacer; pero después, cuando vio a su


Pinocho tendido en el suelo y sin pies de verdad, entonces sintió que
se enternecía; y lo cogió rápido por el cuello, empezó a besarlo y a
hacerle mil caricias, y miles de muecas, y, con las lucecitas que le caían
abajo por las mejillas, le dijo sollozando:

- ¡Pinochito mio!, ¿cómo te has quemado los pies?

- No lo sé Papá, pero creételo que esta es una noche infernal, y que me


acordaré mientras viva. Tronaba, relampagueaba, y yo tenía mucha
hambre, y entonces el Grillo Parlante me dijo: <<Te está bien
empleado: has sido malo, y te lo mereces>>. Y yo le dije: <<¡Vete,
Grillo!>>... y él me dijo: <<Tú eres un muñeco y tienes la cabeza de
madera>> y yo le tiré un mango de martillo, y él murió, pero la culpa
fue suya, porque yo no quería matarlo, la prueba es que metí una
sartén sobre la brasa encendida del caldero, pero el pollito escapó fuera
y dijo: <<Hasta la vista... y muchos recuerdos a casa>>. Y el hambre
crecía cada vez más, por lo que, aquel viejecito del sombrero de noche,
asomándose a la ventana me dijo: <<Ponte debajo y prepara el
sombrero>> y yo con esa cascada de agua sobre la cabeza, porque el
pedir un poco de pan no es vergonzoso, ¿no es verdad?, me volví
rápido a casa, y porque tenía siempre mucha hambre, metí los pies en
el caldero para secarme, y tú has vuelto y me les he encontrado
quemados, y mientras tanto hambre tengo todavía y los pies no los
tengo ya! ih, ih, ih!

El pobre Pinocho empezó a llorar y a gritar tan fuerte, que le oían


desde cinco kilómetros de distancia.

Geppetto, que de todo este discurso enmarañado había entendido una


sola cosa, que el muñeco tenía un hambre que se moría, sacó fuera del
bolsillo tres peras, y ofreciéndoselas, dijo:

Estas tres peras eran mi desayuno: pero yo te las doy gustosamente.


Cómetelas y que te aproveche.

- Si quieres que las coma, hazme el favor de pelarlas.

- ¿Pelarlas?- replicó Geppetto maravillado- No habría nunca creído que


fueses tan remilgado y así de refinado de paladar. ¡Mal! En este mundo,
desde niños, hace falta acostumbrarse a ser buenos y a saber comer de
todo, porque nunca se sabe lo que puede ocurrir, ¡Hay tantos casos…!
- Tú dices bien- añadió Pinocho- pero yo nunca comeré una fruta, que
no sea pelada. No soporto las cáscaras.

Y aquel buen hombre de Geppetto, sacó fuera un cuchillito, y


armándose de santa paciencia, peló las tres peras, y puso todas las
cáscaras sobre una esquina de la mesa.

Cuando Pinocho, en dos bocados hubo comido la primera pera, hizo el


gesto de tirar el corazón, pero Geppetto le paró el brazo, diciéndole:

- No lo tires por ahí, todo en esta vida puede servir.

- ¡Pero yo el corazón no me lo como, de verdad!- Gritó el muñeco,


revolviéndose como una víbora.

- ¡Quién sabe, hay tantos casos...!- Repitió Geppetto sin recalentarse.

El hecho es que los corazones, en vez de ser tirados fuera de la


ventana, fueron puestos sobre una esquina de la mesa, en compañía
de las cáscaras.

Comidas, o, por mejor decir, devoradas las tres peras, Pinocho dio un
larguísimo bostezo y dijo lloriqueando:

- ¡Tengo otra hambre!

- Pero yo, chico mío no tengo nada para darte.

- Pero, ¿nada, nada?

- Tendría solamente estas cáscaras y estos corazones de pera.

-¡Paciencia!- dijo Pinocho,- si no hay otra cosa, comeré una cáscara.

Y empezó a masticar. Al principio torció un poco la boca: pero después,


una detrás de otra, pulverizó de un soplo todas las cáscaras: y después
de las cáscaras también los corazones, y cuando terminó de comer
cada cosa, se golpeó muy contento las manos sobre el cuerpo, y dijo
regocijándose:

- ¡Ahora sí que estoy bien!


- Ves entonces- observó Geppetto- que tenía razón cuando te decía
que no hace falta hacerse ni demasiado sofisticados, ni demasiado
delicados de paladar. Querido mío, nunca sabes lo que te puede ocurrir
en este mundo, ¡Hay tantos casos...!

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8.-Geppetto arregla los pies a Pinocho, y vende su propia chaqueta


para comprarle la cartilla.

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El muñeco, en cuanto se le quitó el hambre, empezó rápidamente a


mascullar y a llorar, porque quería un par de pies nuevos. Pero
Geppetto, para castigarlo de la gamberrada hecha, lo dejó llorar y
desesperarse por una media jornada: después le dijo:
- ¿Y porqué debería arreglarte los pies? ¿Quizás para verte escapar de
nuevo de tu casa?

- Te prometo- dijo el muñeco sollozando- que de hoy en adelante seré


bueno...

- Todos los chicos,- replicó Geppeto- cuando quieren obtener cualquier


cosa, dicen eso.

- Te prometo que iré a la escuela, estudiaré y me portaré bien.

- Todos los chicos, cuando quieren obtener algo, repiten la misma


historia.

- ¡Pero yo no soy como los otros chicos! Yo soy el más bueno, y digo
siempre la verdad. Te prometo, Papá, que aprenderé un oficio, y que
seré la consolación y el bastón de tu vejez.

Geppetto que, si bien pusiese cara de tirano, tenía los ojos llenos de
llanto y el corazón grande de la pasión al ver a su pobre Pinocho en
aquel estado lamentable, no respondió otras palabras: Pero cogió con
las manos la herramientas para trabajar y dos trocitos de madera seca ,
se puso a trabajar con gran empeño.

En menos de una hora, los pies estaban hechos, dos piececitos ligeros,
secos y nerviosos, como si fuesen modelados por un artista genial.

Entonces Geppettto dijo al muñeco:

- ¡Cierra los ojos y duerme!

Y Pinocho cerró los ojos y se hizo el dormido. Y en el tiempo que se


fingía dormido, Geppetto con un poco de cola líquida en una cáscara de
huevo le colocó los dos pies en su sitio, y se los colocó tan bien, que no
se veía siquiera la señal del pegamento.

Apenas el muñeco se dio cuenta de que tenía pies, saltó abajo de la


mesa donde estaba extendido, y empezó a hacer mil traspiés y mil
cabriolas, como si hubiese enloquecido de la gran alegría.
- Para recompensarte de cuanto has hecho por mí- dijo Pinocho a su
padre, quiero ir a la escuela en seguida.

- Muy bien muchacho.

- Para ir a la escuela me hace falta un poco de ropa.

Geppetto que era pobre y no tenía en el bolsillo ni siquiera un céntimo,


le hizo un vestiducho de papel floreado, un par de zapatos de corteza
de árbol y un gorrito de miga de pan. Pinocho fue a reflejarse en una
palangana llena de agua y se quedó así de contento de sí mismo, que
dijo pavoneándose:

- ¡Parezco un Señor de verdad!

- Es verdad, -replicó Geppetto- porque, tenlo en cuenta, no es el vestido


bonito el que hace el señor, sino más bien el vestido limpio.

- A propósito- añadió el muñeco- para ir a la escuela me falta todavía lo


más importante.

- ¿Y eso sería?

- Me falta la cartilla.

- Tienes razón: pero ¿como se hace para tenerla?

- Es facilísimo: Se va a un librero y se compra.

- ¿Y el dinero?

- Yo no tengo.

- Tampoco yo- añadió el buen viejo, poniéndose triste.

Y Pinocho, si bien fuese un muchacho alegrísimo, se puso triste


también él: por que la miseria, cuando es miseria de verdad, la
entienden todos: hasta los niños.

- ¡Paciencia!- gritó Geppetto de repente poniéndose en pie; y


enfilándose la vieja chaqueta de /*frustagno*/, toda parches y
remiendos, salió corriendo de casa.
Regresó al poco rato, tenía en la mano la cartilla para el hijo, pero la
chaqueta ya no la tenía. . El pobre hombre estaba en mangas de
camisa y fuera nevaba.

- ¿Y la chaqueta, papá?

- La he vendido.

- ¿Porque la has vendido?

- Porque me daba calor.

Pinocho entendió esta respuesta al vuelo, y no pudiendo frenar el


ímpetu de su buen corazón, saltó al cuello de Geppetto y comenzó a
besarlo por toda la cara.

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9.- Pinocho vende la cartilla para ir a ver el teatro de las marionetas.

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Cuando dejó de nevar, Pinocho con su bonita cartilla nueva bajo el


brazo, cogió la calle que llevaba a la escuela: y andando por la calle,
fantasticaba en su cerebrito mil razonamientos y mil castillos en el aire,
cada uno más bonito que el otro.

Y discurriendo por sí mismo decía:

- Hoy en la escuela quiero rápidamente aprender a leer: después


mañana aprenderé a escribir, y pasado mañana aprenderé a hacer
números. Después con mi habilidad ganaré mucho dinero y con el
primer dinero que me venga al bolsillo, quiero inmediatamente hacer a
mi padre una chaqueta de paño. ¡Pero qué digo de paño!, se la quiero
hacer toda de plata y oro y con los botones de brillantes. Y aquel pobre
hombre se la merece de verdad: porque en suma, para comprarme los
libros y para hacerme instruir, se ha quedado en mangas de camisa...
¡con este frío! ¡Solo los padres son capaces de ciertos sacrificios…!
Mientras así decía todo conmovido, le pareció oír en la lejanía una
música de pífanos y de golpes de gran caja: <<pí-pí-pí, pí-pí-pí, zum,
zum, zum>>.

Se paró y estuvo a la escucha, aquellos sonidos venían de una


larguísima calle a través, que conducía a un pequeño pasadizo
fabricado sobre la playa del mar.

- ¿Que será esta música? Pecado que deba ir a la escuela, si no...

Y se quedó allí, perplejo, de todos modos, hacía falta escoger una


solución: o a la escuela o a oír los pífanos.

- Hoy iré a escuchar los pífanos, y mañana a la escuela: para ir a la


escuela siempre hay tiempo, dijo ese pillo encogiéndose de hombros.

Dicho y hecho, enfiló hacia abajo por la calle trasversal y empezó a


correr. Cuanto más corría más sentía distinto el sonido de los pífanos y
de los golpes de la gran caja: <<Pi-pi-pi, pi-pi-pi, pi-pi-pi, zum, zum,
zum, zum>>.

Cuando entonces se encontró en una plaza llena de gente que se


agolpaba entorno a un gran barracón de madera y de tela pintado de
miles de colores.

- ¿Qué es aquel barracón? -preguntó Pinocho volviéndose hacia un


chavalito que era de allí del pueblo.

- Lee el cartel que hay escrito y lo sabrás.

- Lo leería con gusto, pero hoy por hoy no sé leer.

- ¡Muy bien, buey! Entonces te lo leeré yo. Tienes que saber entonces
que en aquel cartel con letras rojas como el fuego, está escrito: "GRAN
TEATRO DE LAS MARIONETAS".

- ¿Hace mucho que ha empezado la comedia?

- Empieza ahora.

- ¿Y cuanto vale entrar?


- Cuatros soldos.

Pinocho, que tenía encima la fiebre de la curiosidad, perdió todo reparo


y dijo, sin avergonzarse, al muchachito con el que hablaba:

- ¿Me darías cuatro soldos hasta mañana?

- Te los daría con gusto- le repuso el otro burlándose- pero hoy por hoy
no te los puedo dar.

- Por cuatro soldos te vendo mi chaqueta- le dijo entonces el muñeco.

- ¿Y qué quieres que haga con un vestido de papel floreado? si le llueve


encima ya no hay manera de ponérselo encima.

- ¿Quieres comprar mis zapatos?

- Son buenos para encender el fuego.

- ¿Cuanto me das por el sombrero?

- ¡Buena compra en verdad! ¡Un sombrero de miga de pan! ¡Puede que


los ratones me lo vengan a comer a la cabeza!

Pinocho estaba sobre ascuas. Estaba casi por hacer una oferta: pero no
se atrevía. Dudaba, vacilaba, padecía. Al final dijo:

- ¿Quieres darme cuatro soldos por esta cartilla nueva?

- Yo soy un chico, y no compro nada de los otros chicos- le respondió


su pequeño interlocutor, que tenía más juicio que él.

- ¡Por cuatro soldos la cartilla me la quedo yo!- Gritó un revendedor de


ropa usada que estaba presente en la conversación.

Y el libro fue vendido allí mismo. ¡Y pensar que el pobre de Geppetto se


había quedado en casa, temblando de frío en mangas de camisa por
comprar la cartilla al hijo!

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10.- Las marionetas reconocen a su hermano Pinocho, y le hacen una
grandísima fiesta; pero en lo mejor, sale fuera el titiritero "Mangiafoco",
y Pinocho corre el peligro de tener un mal fin.

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Cuando Pinocho entró en el teatrillo de de las marionetas, ocurrió un


hecho que desató una media revolución.

Hace falta saber que el telón estaba ya retirado y la comedía había


empezado ya. Sobre el escenario se veían Arlequín y Pulchinela, que
discutían entre los dos, y como siempre, amenazaban de un momento a
otro con intercambiarse un montón de bofetadas y palos.

La platea, toda atenta, se ponía mala de la gran risotada, al oír la


disputa de esos dos muñecos que gesticulaban y se trataban con cada
vitupero con tanta verdad, como si fuesen en verdad dos animales
racionales y dos personas de este mundo.

Cuando de repente, como si nada, Arlequín dejó de recitar y


volviéndose hacia el público y señalando a alguien al fondo de la platea,
comenzó a aullar en tono dramático:

- ¡Numi del firmamento! ¿Sueño o estoy despierto? ¡En verdad ese de


allí es Pinocho!

- ¡Es Pinocho de verdad! Gritó Polichinela.

- ¡Es él mismo!- chilló la señora Rosaura, asomándose desde el fondo


de la escena.

- ¡Es Pinocho! ¡Es Pinocho!- chillaron a coro todas las marionetas,


saliendo a saltos fuera /*dalle quinte*/- ¡Es Pinocho! ¡Es nuestro
hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!

- Pinocho, ven aquí arriba conmigo- gritó Arlequín- ¡Ven a tirarte entre
los brazos de tus hermanos de madera!
Ante esta afectuosa invitación, Pinocho dio un salto, y desde el fondo
de la platea fue a los puestos preferentes; después con otro salto, de
los puestos preferentes montó sobre la cabeza del director de orquesta
y de allí se tiró sobre el escenario.

Es imposible figurarse los abrazamientos, las collejas en el cuello, los


pellizcos de amistad y los cabezazos de verdadera y sincera
hermandad, que Pinocho recibió en medio de tanto despeine de los
actores y de las actrices de aquella compañía dramático-vegetal. Este
espectáculo era conmovedor, no hay que decirlo: pero el público de la
platea, viendo que la función no avanzaba, se impacientó y comenzó a
gritar:

- ¡Queremos la comedia, queremos la comedia!

Todo el aliento desperdiciado, porque las marionetas, en vez de


continuar el relato, redoblaron el jaleo y los gritos y, poniéndose a
Pinocho sobre los hombros, se lo llevaron en vilo delante de las lumbres
de la de la puerta trasera.

Entonces salió fuera el titiritero, un hombrón tan feo, que daba miedo
solo mirarlo. Tenía una barbucha negra como un garabato de tinta, y
tan larga que le caía desde el mentón hasta el suelo: basta decir que,
cuando caminaba se la pisaba con los pies. Su boca era grande como
un horno, sus ojos parecían dos linternas de vidrio rojo con brasas
ardiendo detrás; y con las manos /*restañaba*/ un gran látigo, hecho de
serpientes y de colas de zorra retorcidas juntas.

A la aparición inesperada del titiritero, enmudecieron todos: ninguno


respiró más. Se habría oído volar una mosca. Aquellos pobres
muñecos, varones y hembras, temblaban como hojas.

- ¿Porqué has venido a meter jaleo en mi teatro?- preguntó el titiritero a


Pinocho con un vozarrón de Ogro gravemente resfriado.

- ¡Crea, Ilustrísima, que la culpa no ha sido mía!...

- ¡Ya basta, esta tarde ajustaremos nuestras cuentas!

En efecto, terminada la función de la comedia, el titiritero se fue a la


cocina, donde se había preparado para la cena un buen /*cordero
(montone, carnero o cordero?*/, que giraba lentamente enfilado en
el espetón. Y como le faltaba la leña para terminarlo de cocinar y de
asar, llamó a Arlequín y a Polichinela y les dijo:

- Traerme aquí a aquel muñeco que encontrareis sujeto con un clavo.


Me parece un muñeco hecho de una madera muy seca, y estoy seguro
que, al echarlo al fuego, me dará una buenísima llamarada al asado.

Arlequín y Polichinela al principio se negaron; pero asustados por una


mirada de su patrón, obedecieron: y después de poco volvieron a la
cocina, llevando sobre los brazos al pobre Pinocho, el cual, forcejeando
como una anguila fuera del agua, chillaba desesperadamente:

- ¡Papá mío, sálvame, no quiero morir, no, no quiero morir…!

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11.- Mangiafoco estornuda y perdona a Pinocho, el cual después


defiende de la muerte a su amigo Arlequín.

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El titiritero Mangiafoco (que este era su nombre) parecía un hombre


aterrador, no digo que no, sobre todo con esa barbucha negra, con su
túnica, que le cubría todo el pecho y todas las piernas, pero en el fondo
no era un mal hombre. La prueba está en que cuando vio que le
llevaban delante al pobre Pinocho, que se debatía para todos los lados
aullando: ¡<<No quiero morir, no quiero morir>>!, empezó
inmediatamente a conmoverse; y después de haber resistido un buen
rato, al final no pudo más, y dejó salir un sonorísimo estornudo.
A aquel estornudo, Arlequín, que hasta el momento había estado
afligido y replegado como un sauce llorón, se le alegró la cara e
inclinándose hacia Pinocho le susurró con voz baja:

- ¡Buenas noticias, hermano! El titiritero ha estornudado, y esto es señal


de que le ha movido la compasión hacia ti, y entonces estás salvado.

Porque hace falta saber que, mientras todos los hombres, cuando se
sienten apiadados por alguno o lloran, o por lo menos hacen como si se
enjugaran los ojos, Mangiafoco, en cambio, cada vez que se enternecía
de verdad tenía la manía de estornudar. Era una manera como otra
cualquiera, para dar a conocer a los otros la sensibilidad de su corazón.

Después de estornudar, el titiritero, /*continuando a hacer el intratable*/,


gritó a Pinocho:

- ¡Deja de llorar! Tus lamentos me han provocado gruñidos aquí al


fondo del estómago, siento un espasmo que casi casi... Etcí,!, Estcí!- y
estornudó dos veces más.

- ¡Felicidad!- dijo Pinocho.

- Gracias. ¿Y tu papá y tu mamá están todavía vivos?- le preguntó


Mangiafoco.

- El papá, sí, la mamá no le he conocido nunca.

- Quien sabe que disgusto sería para tu viejo padre, si ahora te hiciese
tirar entre esos carbones ardientes! ¡Pobre viejo! ¡Lo compadezco! Etcí.
Etcí.

- ¡Felicidad!- dijo Pinocho.

- ¡Gracias! Ahora hace falta compadecerme también a mí, porqué, como


ves, no tengo más leña para terminar de cocinar aquel /*cordero
(carnero, montone)*/ asado, y tú, a decir verdad, en este caso me
hubieses venido muy bien! Pero ahora estoy apiadado y hace falta
paciencia. En vez de a ti, meteré a quemarse bajo los espetones algún
otro muñeco de la compañía. ¡Hola, gendarmes!
A este mandato aparecieron rápidamente dos gendarmes de madera,
muy largos y muy secos, con sombrero de candil en la cabeza y con el
sable desenfundado en la mano.

Entonces el titiritero les dijo con voz /*ralentosa*/:

- Cogerme ahí aquel Arlequín, atarlo muy bien, y después lo tiráis a


quemarse sobre el fuego. Yo quiero que mi cordero esté bien asado!

¡Figuraos el pobre Arlequín! Fue tanto su miedo, que se le doblaron las


piernas y cayó boca abajo por el suelo.

Pinocho, a la vista de aquel espectáculo desgarrador, se fue a tirar a los


pies del titiritero, y llorando derrotadamente y mojándole de lágrimas
todos los pelos de la larguísima barba, empezó a decir con voz
suplicante:

- ¡Piedad, señor Mangiafoco!

- ¡Aquí no hay señores! replicó duramente el titiritero.

- ¡Piedad, señor caballero!

- ¡Aquí no hay caballeros!

- ¡Piedad, señor Comendador!

- ¡Aquí no hay comendadores!

- ¡Piedad, Excelencia!

Al oírse llamar Excelencia, el muñeco hizo rápido una boquita redonda,


y convertido de repente en más humano y más tratable, dijo a Pinocho:

- Y bien, ¿qué quieres de mí?

- ¡Te pido gracia para el pobre Arlequín!

- Aquí no hay gracia que valga, si te he ahorrado a ti, hace falta que
haga tirar al fuego a él, porque yo quiero que mi /*cordero o carnero
(montone)*/ esté bien asado.
- En ese caso- gritó fieramente Pinocho, levantándose y tirando su
gorro de miga de pan-en ese caso conozco cual es mi deber. ¡Adelante,
señores gendarmes! Átenme y tírenme allí sobre las llamas! No, no es
justo que el pobre Arlequín, mi verdadero amigo, deba morir por mí!

Estas palabras, pronunciadas con voz alta y acento heroico, hicieron


llorar a todos los muñecos que estaban presentes en esa escena, los
mismos gendarmes, aunque eran de madera, lloraban como dos
corderos lechales.

Mangiafoco, al principio, se quedó duro e inmóvil como un trozo de


hielo: pero después, poco a poco, empezó también él a conmoverse y a
estornudar. Y estornudando cuatro o cinco veces abrió afectuosamente
los brazos y dijo a Pinocho:

- ¡Tú eres un gran buen muchacho! Ven aquí conmigo y dame un beso.

Pinocho corrió rápido, y trepando como una ardilla arriba por la barba
del muñeco, fue a colocarle un lindísimo beso sobre la punta de la nariz.

- ¿Entonces la gracia está hecha?- preguntó el pobre Arlequín, con un


hilo de voz que apenas se oía.

- ¡La gracia ha sido concedida!- repuso Mangiafoco: después añadió


suspirando y moviendo la cabeza:

- ¡Paciencia! Por esta tarde me resignaré a comer el carnero medio


crudo: pero otra vez, ¡pobre de a quien le toque!
A la noticia de la gracia obtenida, los muñecos corrieron todos sobre el
escenario y, encendidas las lumbres y las lámparas como la tarde de
gala, empezaron a saltar y a bailar. Era al alba y todavía bailaban.

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12.- El titiritero Mangiafoco regala cinco monedas de oro para que se
las lleve a su papá Geppetto: y Pinocho, sin embargo, se deja
engatusar por la Zorra y el Gato y se va con ellos.

El día siguiente Mangiafoco llamó aparte a Pinocho y le preguntó.

- ¿Como se llama tu padre?

- Geppetto.

- ¿Y en qué trabaja?

- Trabaja de pobre.

- ¿Gana mucho?

- Gana lo suficiente para no tener nunca ni un céntimo en el bolsillo.


Figúrese que para comprarme la cartilla de la escuela debió de vender
la única chaqueta que tenía puesta: una chaqueta que entre parches y
remiendos tenía toda una plaga.

- ¡Pobre diablo! me produce casi compasión. Aquí tienes cinco


monedas de oro. Llévaselas rápido y dales muchos recuerdos de parte
mía.
Pinocho, como es fácil imaginárselo, agradeció mil veces al titiritero:
abrazó, uno a uno, a todos lo muñecos de la compañía, también a los
gendarmes; y fuera de sí por la alegría, se puso en viaje para volver a
su casa.

Pero no había andado todavía medio kilómetro, cuando encontró por la


calle una Zorra coja de un pié y un Gato ciego de los dos ojos que iban
así así, ayudándose entre ellos, como buenos compañeros de
desventura. La Zorra, que era coja, caminaba apoyándose en el Gato: y
el Gato, que era ciego, se dejaba guiar por la Zorra.

- Buenos días, Pinocho le dijo la Zorra saludando educadamente.

- ¿Como sabes mi nombre?

- Conozco bien a tu padre.

- ¿Donde le has visto?

- Le he visto ayer tarde en la puerta de su casa.

- ¿Y qué hacía?

- Estaba en mangas de camisa y temblaba de frío.

- ¡Pobre papá! Pero si Dios quiere, ¡de hoy en adelante no temblará


más!

- ¿Porqué?

- Porque me he convertido en un gran señor.

- ¿Un gran señor tú? dijo la Zorra, y empezó a reír con una risa
descarada y burlona: y el Gato reía también él, pero para que no le
vieran, se peinaba los bigotes con las garras delanteras.

- Hay poco de qué reírse-gritó Pinocho resentido-Siento de verdad


haceros la boca agua, pero estas de aquí, para que lo entendáis, son
cinco bellísimas monedas de oro.

Y sacó las monedas que le había dado Mangiafoco.


Al simpático sonido de aquellas monedas, la Zorra, con un movimiento
involuntario alargó la zarpa que parecía entumecida, y el Gato abrió los
dos ojos que parecían dos linternas verdes: pero después los cerró
rápido, tan rápido que Pinocho no se dio cuenta de nada.

- Y ahora-le preguntó la Zorra- ¿qué quieres hacer con estas monedas?

- Antes que nada- respondió el muñeco- quiero comprar para mi papá


una bonita chaqueta nueva, toda de oro y de plata y con botones de
brillantes: y después quiero comprar una cartilla para mí.

- ¿Para ti?

- De verdad: porque quiero ir a la escuela y ponerme a estudiar en


serio.

- Mírame a mí. Por la estúpida pasión de estudiar he perdido una


pierna.

- Mírame a mí- dijo el Gato. Por la estúpida pasión de estudiar he


perdido la vista de los dos ojos.

Mientras tanto un Mirlo blanco, que estaba apoyado sobre el seto de la


calle, hizo su ruido habitual y dijo:

- Pinocho, no hagas caso a los consejos de los malos compañeros, si


no ¡te arrepentirás!

Pobre Mirlo, ¡no lo hubiese dicho nunca! El Gato, pegando un gran


salto, se le puso encima, y sin darle ni siquiera el tiempo de decir
<<huy>>, se lo comió de un bocado, con las plumas y todo.

Cuando se lo hubo comido, se relamió la boca, volvió a cerrar los ojos y


recomenzó a hacerse el ciego como antes.

- ¡Pobre Mirlo!- dijo Pinocho al Gato- ¿porque le has tratado así de mal?

- Lo he hecho para darle una lección. Así otra vez aprenderá a no meter
la boca en la conversación de los demás.
Estaban juntos más de medio camino cuando la Zorra parándose de
repente dijo al muñeco:

- ¿Quieres redoblar tus monedas de oro?

- ¿Qué?

- ¿Quieres tú, de cinco miserables /cequís*/, hacer cien, mil, dos mil?

- ¡Pues claro! ¿Y la manera?

- La manera es facilísima. En vez de volver a tu casa, tienes que venir


con nosotros.

- Y ¿a donde me queréis llevar?

- Al país de los Mochuelos.

Pinocho lo pensó un poco, y después dijo resueltamente:

- No, no quiero ir. Ahora estoy cerca de casa, y quiero ir a casa, donde
está mi papá que me espera. Quien sabe, pobre viejo, cuanto a
suspirado ayer, al no verme regresar. He sido un hijo demasiado malo,
y el Grillo parlante tenía razón cuando decía: <<Los chicos
desobedientes no pueden tener bien en este mundo>>. - ¡Y lo he
probado a mi costa, porque me han sucedido muchas desgracias, y
también ayer por la tarde en casa de Mangiafoco, he estado en
peligro!…¡Brrr! ¡Me echo a temblar solo de pensarlo!

- Entonces, - dijo la Zorra- ¿quieres de verdad irte a casa? Entonces


vete ya y mucho peor para ti.

- ¡Mucho peor para ti!- repitió el Gato.

- Piénsalo bien, Pinocho, porque estás dando una patada a la fortuna.

- ¡A la fortuna!- repitió el Gato.

- Tus cinco /*cequís*/, de hoy a mañana se habrían convertido en dos


mil.

- ¡Dos mil!- repitió el Gato.


- ¿Pero cómo es posible que se conviertan en tantos? preguntó
Pinocho, quedándose con la boca abierta del estupor.

- Te lo explico rápidamente- dijo la Zorra. Hace falta saber que en el


<<País de los Mochuelos>> hay un campo bendito, al que todos llaman
el <<Campo de los Milagros>>. Tú haces en este campo un pequeño
agujero, y metes dentro, por ejemplo, un cequí de oro. Después cubres
el agujero con un poco de tierra: la riegas con dos cubos de agua de la
fuente, le hechas encima una pizca de sal, y por la noche te vas
tranquilamente a la cama. Mientras tanto, durante la noche, el cequí
germina y florece, y la mañana siguiente, al levantarte, volviendo al
campo, ¿qué encuentras? Encuentras un bonito árbol, lleno de tantos
cequís de oro como granos puede haber en una bonita espiga en el
mes de Junio.
- De modo que entonces- dijo Pinocho cada vez más asombrado- si yo
enterrase en aquel campo mis cinco cequís, la mañana siguiente
¿cuantos cequís encontraría?

- Es una cuenta facilísima- repuso la Zorra- una cuenta que puedes


hacer con la punta de los dedos. Pon que cada cequí te haga un racimo
de quinientos cequís: multiplica el quinientos por cinco, y la mañana
siguiente te encuentras en el bolsillo dos mil quinientos cequís
contantes y sonantes.

- ¡Oh, que bonito!- gritó Pinocho bailando de la alegría.- Apenas que


haya recogido estos cequís cogeré para mi dos mil y los otros
quinientos que sobran os lo daré como regalo a vosotros dos.

- ¿Un regalo a nosotros? - Dijo la Zorra indignada y sintiéndose


ofendida- ¡Dios te libre!

- ¡Te libre!- repitió el Gato.

- Nosotros- continuó la Zorra- no trabajamos por el vil interés: nosotros


trabajamos únicamente para enriquecer a los otros.

- ¡Los otros!- repitió el gato.

- ¡Qué buenas personas!- pensó para sí mismo Pinocho: y olvidándose


de repente, de su padre, de la chaqueta nueva, de la cartilla y de las
buenas proposiciones hechas, dijo a la Zorra y al Gato:
- Vamos rápido, voy con vosotros.

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13.- La hostería del langostino rojo.

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Camina, camina, camina, al final de la tarde llegaron muertos de


cansancio a la hostería del <<Langostino Rojo>>.

- Parémonos un poco aquí- dijo la Zorra- tanto para comer algún


bocado como para dormir alguna hora. A media noche después
partiremos para estar mañana, al alba, en el <<Campo de los
Milagros>>.

Entrados en la hostería, se pusieron los tres a la mesa: pero ninguno de


los tres tenía apetito.

El pobre Gato, sintiéndose gravemente indispuesto del estómago, solo


pudo comer treinta y cinco sardinas con salsa de tomate y cuatro
raciones de tripa a la parmesana, y como la tripa no le parecía bastante
condimentada, pidió tres veces la mantequilla y el queso rayado.
La Zorra habría despellejado con gusto alguna cosa también ella: pero
como el médico le había ordenado una grandísima dieta, debió de
contentarse con una simple liebre agri-dulce con un ligerísimo contorno
de pollos engrasados y de pollitos de primer canto. Después de la
liebre, se hizo traer, para cambiar el gusto una fuente de codornices, de
perdices, de conejos, de ranas, de lagartijas y de uvas moscatel., y
después ya no quiso más. Le daba tanta nausea la comida, decía ella,
que no podía meterse nada en la boca.

Quien comió menos de todos fue Pinocho. Pidió un trozo de nuez y un


cuscurro de pan, y dejó en el plato cada cosa. El pobre hijo, con el
pensamiento siempre fijo en el <<Campo de los Milagros>>, había
cogido una indigestión anticipada de monedas de oro.

Cuando hubieron cenado, La Zorra dijo al hostelero:

- Dame dos buenas habitaciones, una para el señor Pinocho y otra para
mí y para mi compañero. Antes de irnos echaremos un sueñecito.
Recuerde sin embargo que a media noche queremos ser despertados
para continuar con nuestro viaje.

- Si señores- respondió el hostelero y guiñó el ojo a la Zorra y al Gato


como para decir: /*<<He comido la hoja y nos hemos entendido…>>*/.

Apenas Pinocho se metió en la cama, se adormentó de golpe y empezó


a soñar. y soñando le parecía estar en medio de un campo, y este
campo estaba lleno de arbustos cargados de racimos, y estos racimos
estaban cargados de cequís de oro que, retorciéndose movidos por el
viento, hacían <<zin, zin, zin>>, casi querían decir <<quien nos quiera,
que venga a cogernos>>. Pero cuando Pinocho estaba en lo mejor,
cuando, entonces, alargó la mano para coger a puñados todas esa
bonitas monedas y metérselas en el bolsillo, se encontró despierto de
repente por tres violentísimos golpes dados en la puerta de la
habitación.

Era el hostelero que venía a decirle que la media noche había llegado.

- ¿Y mis compañeros están preparados?

- ¡Más que preparados! Se han ido hace dos horas.

- ¿Porqué tanta prisa?


- Porque el Gato ha recibido un aviso, que su gatito mayor, enfermo de
sabañones en los pies, estaba en peligro de vida.

- ¿Y han pagado la cena?

- ¿Tú qué crees? Esas son personas demasiado educadas para hacer
una afrenta semejante a vuestra señoría.

- ¡Pecado! ¡Esta afrenta me hubiese gustado tanto! dijo Pinocho


rascándose la cabeza. Después preguntó:

- ¿Y ¿donde han dicho que me esperaban esos buenos amigos?

- En el <<Campo de los Milagros>>, mañana por la mañana, al


despuntar el día.

Pinocho pagó un cequí por su cena y por la de sus compañeros, y


después se fue.

Pero se puede decir que se fue a tientas, porque fuera del hostal había
una oscuridad tan oscura que no se veía de aquí a allí. En el campo al
rededor no se sentía respirar una hoja. Solamente, de vez en cuando
algunos pajarracos nocturnos atravesando la calle de un seto al otro,
venían a batir las alas sobre la nariz de Pinocho, el cual, dando un salto
atrás por el miedo, gritaba:

- ¿Quién está ahí?- y el eco de las colinas circundantes repetía en la


lejanía:- ¿Quien está ahí? ¿Quien está ahí? ¿Quien está ahí?

Mientras tanto, cuando caminaba, vio sobre el tronco de un árbol un


pequeño animalillo que relucía con una luz pálida y opaca, como una
linternita de noche dentro de una lámpara transparente.

- ¿Quién eres?- preguntó Pinocho.

- Soy la sombra del Grillo parlante- respondió el animalillo con una


vocecita muy débil, que parecía que venía del otro mundo.

- ¿Qué es lo que quieres de mí?- dijo el muñeco.


- Quiero darte un consejo. Vuelve atrás y lleva los cuatro cequís, que te
han quedado, a tu pobre padre, que llora y se desespera por no haberte
visto más.

- Mañana mi padre será un gran señor, porque estos cuatro cequís se


convertirán en dos mil.

- No te fíes, muchacho mío, de los que te prometen hacerte rico de la


mañana a la noche. Por lo común o son locos o timadores. Hazme caso
a mí y regresa.

- Yo sin embargo quiero seguir adelante.

- Es tarde...

- Quiero seguir adelante.

- La noche es /*oscura (obscura)*/...

- Quiero seguir adelante.

- La calle es peligrosa...

- Quiero seguir adelante.

- Recuerda que los chicos que quieren hacer sus caprichos a su


manera, antes o después se arrepienten.

- Las mismas historias. Buenas noches, Grillo.

- Buenas noches, Pinocho, y que el cielo te salve del rocío y de los


asesinos.

Apenas dichas estas últimas palabras, el Grillo parlante se apagó de


repente, como una vela soplándole encima, y la calle se quedó más
oscura que antes.

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14.- Pinocho, por no haber hecho caso de los consejos del Grillo-
parlante, se tropieza con los asesinos.

- De verdad- se dijo a sí mismo el muñeco recomenzando el viaje- ¡que


desgraciados somos nosotros los pobres niños! Todos nos gritan,
todos nos regañan, todos nos dan consejos. Si les dejásemos hablar
todos creerían ser nuestros padres y nuestros maestros; todos: incluso
los Grillos-parlantes. Ahí está: porque yo no he querido hacer caso a
aquel aburrido de Grillo, ¡quien sabe cuantas desgracias, según él, me
deberían de suceder! Debería encontrarme también con los asesinos.
Menos mal que en los asesinos yo no creo, ni he creído nunca. Para mí
los asesinos han sido inventados a posta por los padres, para dar
miedo a los chicos que quieren salir por la noche. Y después, si aun así
me los encontrara por la calle, ¿quizás me darían miedo? Ni en sueños.
Les miraría a la cara, gritando: señores asesinos ¿qué quieren de mí?
¡Dense cuenta que conmigo no se bromea! ¡Váyanse por su camino, y
callados! A esta bronca echada en serio, esos pobres asesinos, me
parece verlos, se irán veloces como el viento. En el caso de que fueran
tan ineducados de no querer escapar, entonces huiré yo y se habrá
terminado...

Pero Pinocho no pudo terminar su razonamiento, porque en ese punto


le pareció oír un ligerísimo murmullo de hojas.
Se volvió a mirar, y vio en la oscuridad dos figurillas negras, metidas en
dos sacos de carbón, las cuales corrían detrás de él a saltos y de
puntillas, como si fueran dos fantasmas.

- ¡Aquí están de verdad!- se dijo a sí mismo, y no sabiendo donde


esconder los cuatro cequís, los escondió en la boca y debajo de la
lengua.

Después intentó escapar. Pero no había dado todavía el primer paso,


que sintió cogerse por los brazos y oyó dos voces cavernosas que le
dijeron:

- ¡O la bolsa o la vida!

Pinocho no pudiendo responder con palabras, porque tenía las


monedas en la boca, hizo mil reverencias y mil pantomimas, para dar a
entender a esos dos encapuchados, de los que se veían solamente los
ojos a través de de los agujeros en los sacos, que él era solo un pobre
muñeco y que no tenía en el bolsillo ni siquiera un céntimo falso.

- ¡Vamos, Vamos!, menos charlas y fuera el dinero- gritaron


amenazadoramente los bandidos.

Y el muñeco hizo con la cabeza y con las manos un gesto, como


diciendo:- No tengo.

- Saca fuera el dinero o estás muerto- dijo el asesino más alto de


estatura.

- ¡Muerto!- repitió el otro.

- Y después de matarte a ti, mataremos también a tu padre.

- ¡También a tu padre!

- ¡No, no, a mi pobre padre no!- gritó Pinocho con acento desesperado:
pero al gritar así los cequís le sonaron en la boca.

- Ah, bribón, ¿entonces el dinero te lo has escondido bajo la lengua?


¡Escúpelo rápido!

Y Pinocho, duro.
- ¡Ah!, ¿Te haces el sordo? Espera un poco, ¡que pensaremos
nosotros a hacértelos escupir!

Entonces uno de los dos aferró al muñeco por la punta de la nariz y el


otro lo cogió por la barbilla maleducadamente uno por allí y el otro por
allá, tanto como para conseguir que abriera la boca: pero no hubo
manera. La boca del muñeco parecía clavada y remachada.

Entonces el asesino más bajo de estatura, sacado fuera un cuchillo,


probó a clavarlo a modo de leva y de escalpelo entre los labios: pero
Pinocho, rápido como un relámpago, le mordió la mano con los dientes,
y después de haberla arrancado con un mordisco, la escupió; y figuraos
su sorpresa cuando, en vez de una mano, se dio cuenta de haber
escupido una zarpa de gato.

Envalentonado por esta primera victoria se libró por la fuerza de las


uñas de los asesinos, y saltando el seto de la entrada, empezó a huir
por el campo. Y los asesinos a correr detrás de él, como dos perros
detrás de una liebre, y el que había perdido una garra corría con una
pierna solo, nunca se ha sabido cómo.

Después de una carrera de quince kilómetros, Pinocho ya no podía


más. Entonces, viéndose perdido, trepó arriba por el tronco de un
altísimo pino y se sentó en lo alto de una rama. Los asesinos trataron
de trepar también ellos, pero a la mitad del tronco resbalaron, y
cayendo a tierra se despellejaron las manos y los pies.

No por esto se dieron por vencidos: que en un momento, recogido un


haz de leña seca al pie del pino, empezó a quemarse y a explosionar
como una vela agitada por el viento. Pinocho, viendo que las llamas
iban siempre a más, y no queriendo terminar como un pichón asado,
pegó un buen salto desde lo alto del árbol, y de vuelta a correr a través
de los campos y los viñedos. Y los asesinos detrás, siempre detrás, sin
cansarse nunca.

Mientras tanto comenzaba el día y le perseguían todavía; cuando


entonces Pinocho se encontró de improviso sin paso por un foso ancho
y profundísimo, todo lleno de agua sucia, color de café con leche. ¿Que
hacer?
- ¡Un dos y tres!- gritó el muñeco,- y lanzándose con una gran carrerilla,
saltó a la otra parte. Y los asesinos saltaron también, pero no habiendo
cogido bien la medida, ¡Patapún!. Cayeron abajo justo en medio del
foso. Pinocho, que oyó la zambullida y la salpicadura del agua, aulló
riendo y continuando a correr:

- ¡Buen baño, señores asesinos!

Y ya se figuraba que estaban bien ahogados, cuando por el contrario,


volviéndose a mirar, se dio cuenta de que le corrían detrás los dos,
siempre metidos en sus sacos y chorreando agua como dos canastos
desfondados.

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15.- Los asesinos persiguen a Pinocho, y después de haberlo
alcanzado lo ahorcan en una rama de la Roble grande.

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Entonces el muñeco, perdiendo el ánimo, estuvo a punto de tirarse al


suelo y darse por vencido, cuando al girar los ojos al rededor, vio, en
medio del verde oscuro de los árboles blanquear a lo lejos una casita
cándida como la nieve.

- Si yo tuviese tanto aliento para llegar hasta aquella casa estaría a


salvo.- se dijo a sí mismo.

Y sin perder un minuto, empezó a correr de nuevo por el bosque a


carrera tendida. Y los asesinos siempre detrás.

Después de una carrera desesperada de casi dos horas, finalmente,


todo jadeante, llegó a la puerta de esa casita y llamó.

Nadie respondió.

Volvió a llamar con mayor violencia, porque sentía acercarse el ruido de


los pasos y la respiración grande y afanosa de sus perseguidores. El
mismo silencio.

Viendo que el llamar no llevaba a nada, empezó por desesperación a


dar patadas y cabezazos en la puerta. Entonces se asomó a la ventana
una guapa chica, con los cabellos turquesa y la cara blanca como una
imagen de cera, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho,
la cual, sin mover los labios, dijo con una vocecita que parecía viniese
del otro mundo:

- En esta casa no hay nadie. Están todos muertos.

- ¡Ábreme al menos tú!- gritó Pinocho llorando y encomendándose.

- Estoy muerta yo también.

- ¿Muerta? entonces, ¿que haces ahí en la ventana?

- Espero el ataúd que me venga a llevar.

Apenas dicho esto, la niña desapareció y la ventana se cerró sin hacer


ruido.

- Oh, guapa niña de los cabellos turquesa- gritaba Pinocho, ábreme por
caridad. Ten compasión de un pobre chico perseguido por los ases...

Pero no pudo terminar la palabra, porque sintió aferrarse por el cuello, y


los mismos dos vozarrones que le gruñían amenazantes:

- ¡Ahora no te escapas más!

El muñeco, viendo la muerte delante de los ojos, le entró un temblor tan


fuerte, que al temblar, le sonaban las juntas de sus piernas de madera y
los cuatro cequís que tenía escondidos bajo la lengua.

- ¿Entonces?- le preguntaron los asesinos- ¿quieres abrir la boca sí o


no? Ah, ¿no respondes?. ¡Déjanos hacer: que esta vez te la haremos
abrir nosotros…!

Y sacados fuera dos cuchillos muy largos y afilados como cuchillas,


<<zas, zas>>, le asestaron dos golpes en medio de los riñones.

Pero el muñeco, para suerte suya estaba hecho de una madera


durísima por lo cual las hojas, despedazándose, volaron en mil astillas y
los asesinos se quedaron con el mango de los cuchillos en la mano,
mirándose a la cara.

- He entendido- dijo entonces uno de ellos,- ¡Hace falta ahorcarle!


¡Ahorquémosle!
- ¡Ahorquémosle!- repitió el otro.

Dicho y hecho, le ataron las manos detrás de la espalda, y, pasándole


un nudo corredizo al rededor de la garganta, lo pusieron colgando en la
rama de una gran planta llamada La Roble grande. Después se
pusieron allí, sentados en la hierba, esperando que el mucheco dejase
de patalear; pero el muñeco, después de tres horas, tenía todavía los
ojos abiertos, la boca cerrada y pataleaba más que nunca.

Aburridos finalmente de esperar, se volvieron a Pinocho y le dijeron


riéndose burlonamente:

- Adios, hasta mañana. ¡Cuando mañana volvamos aquí, se espera que


tengas la delicadeza de encontrarte bien muerto y con la boca abierta.

Y se fueron.

Mientras tanto se había levantado un viento impetuoso de tramontana,


que soplando y soplando con rabia, golpeaba aquí y allá al pobre
ahorcado, haciéndolo balancearse violentamente como el badajo de
una campana tocando a fiesta. Y aquel balanceo le provocaba
agudísimos espasmos, y el nudo corredizo, apretándose siempre más a
la garganta, le cortaba la respiración.

Poco a poco los ojos se le empañaron; y si bien sentía acercarse la


muerte, todavía esperaba que de un momento a otro apareciera alguna
alma piadosa a prestarle ayuda . Pero cuando, esperando esperando,
vio que no aparecía nadie, nadie de verdad, entonces le vino a la mente
su pobre padre... y balbució moribundo:

- ¡ Oh padre mío si tu estuvieses aquí!...

Y no tuvo aliento para decir nada más. Cerró los ojos, abrió la boca,
estiró las piernas, y dando una gran sacudida, se quedó allí como
entumecido.
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16.- La bella niña de los cabellos turquesa hace
recoger al muñeco: lo mete en la cama, y llama a tres
médicos para saber si estaba vivo o muerto.
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Mientras tanto el pobre Pinocho ahorcado por los asesinos a una rama
de la Roble grande, parecía ya más muerto que vivo, la bella niña de los
cabellos turquesa se asomó de nuevo a la ventana, y apiadándose al
ver aquel infeliz suspendido por el cuello bailaba el trescone a los
vientos de tramontana, batió tres veces las manos y dio tres pequeños
golpes.

A esta señal se sintió un gran rumor de alas que volaban con ímpetu y
precipitadamente, y un gran Halcón vino a posarse sobre el alfeizar de
la ventana.

- ¿Qué mandáis , mía graciosa hada?- dijo el Halcón bajando el pico en


señal de reverencia (porque hace falta saber que la niña de los cabellos
turquesa a fin de cuentas no era otra cosa que una buenísima Hada
que hacía más de mil años que habitaba en las cercanías del bosque).

- ¿Ves tú aquel muñeco colgando de una rama de la Roble grande?

- Lo veo.

- Bien, vuela rápido allá arriba; rompe con tu fortísimo pico el nudo que
lo tiene suspendido en el aire, y pósalo delicadamente tendido sobre la
hierba, al pie de la Roble.

- El Halcón voló fuera y después de dos minutos volvió diciendo:

- Lo que me has pedido, está hecho.

- ¿Y como lo has encontrado, vivo o muerto?

- Al verlo parecía muerto, pero no debe de estar todavía muerto ,


porque apenas lo he quitado el nudo corredizo que lo apretaba al
rededor de la garganta, ha dejado escapar un suspiro balbuceando a
media voz: <<¡Ahora me siento mejor!...>>
Entonces el Hada, dando una palmada, dio dos pequeños golpes, y
apareció un magnífico Perro-caniche, que caminaba derecho sobre las
patas traseras, tal y como si fuese un hombre.

El Perro-caniche estaba vestido de cochero con librea de gala. Tenía en


la cabeza un /*nicchietino*/ con tres puntas adornado de oro, una
peluca blanca con rizos que le llegaban hasta el cuello, una túnica color
chocolate con botones de brillantes y con dos grandes bolsillos para
guardar los huesos que le regalaba en el almuerzo la dueña, un par de
calzones cortos de terciopelo carmesí, los calcetines de seda, los
zapatitos escotados, y detrás una especie de forro di paraguas, toda de
raso turquesa, para meter detrás la cola cuando empezaba a llover.

- /*¡Arriba da bravo, Medoro!*/- dijo el Hada al Perro-caniche- Haz traer


rápido la más bella carroza de mi escudería y coge el camino del
bosque. Cuando llegues a la Roble grande, encontrarás tendido sobre
la hierba un pobre muñeco medio muerto. Recógelo con cuidado,
pósalo con cuidado sobre los almohadones de la carroza y tráemelo
aquí. ¿Has entendido?

El Perro-caniche, para hacer entender que había entendido, movió tres


o cuatro veces el forro de raso turquesa, que tenía detrás y partió como
un /*caniche (barbone, caniche o cllejero).*/

De allí a poco se vio salir de la escudería una bella carrocita color del
aire, toda acolchada de plumas de de canario y forrada por dentro de
nata montada y de crema con /*savoiardi*/. La carrocita estaba tirada
por cien parejas de ratoncitos blancos, y el Perro-caniche, sentado a
/*caseta*/, chasqueaba la fusta a izquierda y derecha, como un ochero
cuando tiene miedo de llegar tarde.

No había pasado todavía un cuarto de hora, y la carrocita volvió y el


Hada, que estaba esperando en la salida de la casa, cogió el cuello al
pobre muñeco, y lo llevó a una habitación que tenía las paredes de
madreperla, mandó rápido a llamar a los médicos más famosos del
vecindario.

Los médicos llegaron rápido uno después del otro: llegaron entonces:
un Cuervo, un Búho y un Grillo-parlante.
- Quería saber de ustedes señores- dijo el Hada, volviéndose a los tres
médicos reunidos al rededor del lecho de Pinocho- querría saber de su
s señorías si este desgraciado muñeco está vivo o muerto.

A esta invitación, el Cuervo, yendo adelante el primero, tomó la muñeca


de Pinocho, después le cogió la nariz, después el dedo meñique del pié,
y cuando hubo testado bien bien, pronunció solemnemente estas
palabras:

- Yo creo que el muñeco está bien muerto: pero si por desgracia no


estuviese muerto, entonces sería indicio seguro de que está todavía
vivo.

- Lo siento-dijo el Buho- de tener que contradecir al Cuervo, mi ilustre


amigo y colega: para mí, en cambio, el muñeco está todavía vivo; pero
si por desgracia no estuviese vivo, entonces sería señal de que está
muerto de verdad.".

- Y usted ¿no dice nada?- preguntó el Hada al Grillo-parlante.

- Yo digo que el médico prudente, cuando no sabe lo que dice, lo mejor


que puede hacer es estar callado. Del resto ese muñeco no me es una
fisonomía nueva: ¡Yo lo conozco desde hace mucho!

Pinocho, que hasta ahora había estado inmóvil como un verdadero


trozo de madera, tuvo una especie de estremecimiento convulso, que
hizo sacudir toda la cama.

- Aquel muñeco de allí- siguió diciendo el Grillo-parlante- es un


delincuente reconocido...

Pinocho abrió los ojos y los volvió a cerrar enseguida

- Es un gamberro, un desganado, un vagabundo...

Pinocho se escondió la cara debajo de las sábanas.

- Aquel muñeco de allí es un hijo desobediente, que hace morir de dolor


a su pobre padre...!

En este punto se oyó un sonido sofocado de lloros y de sollozos.


Figuraos como se quedaron todos, hasta que, levantadas un poco las
sábanas, se dieron cuenta de que quien lloraba y sollozaba era
Pinocho.

- Cuando el muerto llora es señal de que está en vías de curación- dijo


solemnemente el Cuervo.

- Me duele contradecir a mi ilustre amigo y colega- añadió el Buho- pero


para mí cuando el muerto llora, es señal de que no le gusta morir.

17.- Pinocho se come el azúcar pero no quiere purgarse: Sin embargo


cuando ve que los /*becchini*/ que vienen a llevárselo, entonces se
purga. Después dice una mentira y en castigo le crece la nariz.

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Apenas los tres médicos salieron de la habitación, el Hada se acercó a
Pinocho, y después de haberle tocado sobre la frente, se dio cuenta
que estaba mortificado de un fiebrón que no se puede ni decir.

Entonces espolvoreó un cierto polvito blanco en medio baso de agua, y


dándoselo al muñeco, le dijo amorosamente:

- Bébela y en pocos días estarás curado.

Pincho miró el vaso, torció un poco la boca, y después preguntó con


voz de lloriqueo:

- ¿Es dulce o amarga?

-Es amarga, pero te hará bien.

- Si es amarga no la quiero.

- Hazme caso: bébela.

- A mi lo amargo no me gusta.

- Bébela: Y cuando la hallas bebido, te daré un a bolita de azúcar, para


recuperar la boca.

- ¿Donde está la bolita de azúcar?

- Aquí está- dijo el Hada, sacándola de una azucarera de oro.

- Primero quiero la bolita de azúcar, y después beberé esa /*aguachia*/


amarga.

-¿Me lo prometes?

- Sí...

El Hada le dio la bolita, y Pinocho, después de haberla desgranado y


engullido en un momento, dijo lamiéndose los labios:

- ¡Bonita cosa sería si también el azúcar fuese una medicina!... Me


purgaría todos los días.
- Ahora mantén tu promesa y bebe estas pocas gotitas de agua, que te
devolverán la salud.

Pinocho cogió de mala gana el vaso en la mano y metió dentro la punta


de la nariz: después se la acercó a la boca, después volvió a acercar la
punta de la nariz, finalmente dijo:

- ¡Es demasiado amarga!, ¡es demasiado amarga! Yo no la puedo


beber.

- ¿Y porqué lo dices si ni siquiera la has probado?

- ¡Me lo figuro! Lo he notado por el olor. Primero quiero otra bolita de


azúcar... y después la beberé.

Entonces el Hada, con toda la paciencia de una buena madre, le puso


en la boca otro poco de azúcar; y después le presentó de nuevo el
vaso.

- ¡Así no la puedo beber!- dijo el muñeco haciendo miles de muecas.

- ¿Por qué?

- Porque me molesta aquel almohadón que tengo allí abajo en los pies.

El hada le levantó el almohadón.

- ¡Es inútil!, ni siquiera así la puedo beber.

- ¿Qué otra cosa te molesta?

- Me molesta la puerta de la habitación, que está media abierta.

El hada fue y cerró la puerta de la habitación.

- Resumiendo,- gritó Pinocho estallando en llanto- ¡este aguacha


amarga, lo na quiero beber, no, no no!"...

- Muchacho mío, te arrepentirás.


- No me importa.
- Tu enfermedad es grave...

- No me importa...

- La fiebre te llevará en pocas horas al otro mundo.

- No me importa...

- ¿No tienes miedo de la muerte?

- ¡Nada de miedo!... Mejor morir, que beber esa mala medicina.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió, y entraron dentro


cuatro conejos negros como la tinta, que portaban sobre las espaldas
una pequeña camilla de muertos.

- Qué queréis de mí?- gritó Pinocho, levantándose todo asustado y


sentándose sobre la cama.

- Hemos venido a llevarte. - respondió el conejo más grande.

- ¿A llevarme? ¡Pero yo todavía no estoy muerto!

- Todavía no, pero te quedan pocos minutos de vida, habiendo tu


rechazado beber tu medicina, que te hubiese curado de la fiebre...

¡Oh Hada mía. Oh Hada mía! empezó entonces a gritar el muñeco-


dame rápido ese vaso... ¡Date prisa, por caridad, porque no quiero
morir, no..., no quiero morir!

Y cogido el vaso con las dos manos se lo tiró en un suspiro.

-- ¡Paciencia!- dijeron los conejos- Por este vez hemos hecho el viaje en
balde. Y poniéndose de nuevo la pequeña camilla sobre los hombros,
salieron de la habitación mascullando y murmurando entre dientes.

El hecho es que que en pocos minutos, Pinocho saltó de la cama, bien


curado, porque hace falta saber que los muñecos de madera tienen el
privilegio de enfermar raramente y curarse rapidísimo.

Y el hada, viéndole correr y retozar por la habitación, contento y alegre


como un pollito de primer canto, le dijo:
- ¿Entonces mi medicina te ha curado bien de verdad?

- ¡Más que bien! ¡Me ha devuelto a la vida!....

- Y entonces ¿Como te has hecho tanto de rogar para beberla?

- Lo que pasa es que nosotros lo chicos estamos todos hechos así.


Tenemos más miedo de las medicinas que de la enfermedad.

- ¡Vergüenza! Los chicos deberían saber que un buen medicamento


cogido a tiempo, puede salvar de una enfermedad o quizás también de
la muerte...

- ¡Oh, pero otra vez no me haré tanto de rogar! Me acordaré de esos


conejos negros, con la camilla sobre las espaldas... Y entonces cogeré
rápido el vaso con las manos, y abajo!

- Ahora ven un poco aquí conmigo, y cuéntame como es que te


encontraste entre las manos de los asesinos.

- Pues fue, que el titiritero Magiafoco me dio cinco monedas de oro y


me dijo: <<Ten, llévaselas a tu padre>>, y yo, en cambio, por la calle
encontré un Zorra y un Gato, dos personas muy buenas, que me
dijeron: <<¿Quieres que estas monedas se conviertan en mil o dos mil?
Ven con nosotros, que te conduciremos al Campo de los milagros>> Y
yo les dije: <<Vamos>>; y ellos dijeron: <<Parémonos aquí a la
hostería del Langostino rojo, y después de media noche
repartiremos>>. Y yo, cuando me desperté, ellos no estaban ya, porque
se habían ido. Entonces yo empecé a caminar de noche, que había una
oscuridad que parecía imposible, que encontré por la calle dos asesinos
dentro de dos sacos de carbón, que me dijeron: <<Saca fuera el
dinero>> y yo les dije: <<No tengo>>, porque las monedas de oro me
las había escondido en la boca, y uno de los asesinos intentó meterme
la mano en la boca, y yo con un mordisco le arranqué la mano y
después la escupí, pero en vez de una mano escupí una zarpa de gato.
Y los asesinos corriendo detrás de de mí, y yo corre que te corre, hasta
que me alcanzaron, y me ataron por el cuello a un árbol de este bosque
diciéndome: <<Mañana volveremos aquí, y entonces estarás muerto y
con la boca abierta, y así nos llevaremos las monedas de oro que tienes
escondidas bajo la lengua>>.
- ¿Y ahora las cuatro monedas donde las has metido?- le preguntó el
hada.

- ¡Las he perdido!- respondió Pinocho, pero dijo una mentira, porque las
tenía en el bolsillo.

Apenas dicha la mentira, su nariz, que era ya larga, le creció


rápidamente dos dedos más.

- ¿Y donde las has perdido?

- En el bosque aquí cerca.

A esta segunda mentira la nariz siguió creciendo.

- Si las has perdido en el bosque cercano- dijo el Hada, las


buscaremos y las encontraremos: porque todo lo que se pierde en el
cercano bosque, siempre se encuentra otra vez!

- ¡Ah!, ahora que me acuerdo bien- replicó el muñeco liándose- las


cuatro monedas no las he perdido, pero sin darme cuenta, me las he
tragado mientras bebía tu medicina.

A esta tercera mentira, la nariz se le alargó de un modo tan


extraordinario, que el pobre Pinocho no podía ya girarse hacia ninguna
parte. Si se giraba hacia aquí, golpeaba la nariz en la cama o en los
cristales de la ventana, si se giraba hacia allá, lo golpeaba con las
paredes o en la puerta de la habitación, si levantaba un poco más la
cabeza, corría el riesgo de clavarlo en un ojo del Hada.

Y el Hada lo miraba y se reía.

- ¿Porqué te ríes?- le preguntó el muñeco, todo confuso y preocupado


por aquella nariz suya que crecía a ojos vista.

- Me río por la mentira que has dicho.

- ¿Y como haces para saber que he dicho una mentira?

- Las mentiras, muchacho mío, se reconocen rápido, porque las hay de


dos especies: hay mentiras que tienen las piernas cortas, y las mentiras
que tienen la nariz larga: la tuya es por lo visto de las que tienen la nariz
larga.

Pinocho, no sabiendo donde esconderse por la vergüenza, intentó


escapar de la habitación; pero no lo consiguió. Su nariz había crecido
tanto que ya no podía pasar de la puerta.

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18.- Pinocho reencuentra a la Zorra y al gato, y se va con ellos a
sembrar las cuatro monedas de oro en el <<Campo de los milagros>>.

Como podéis imaginároslo, el Hada dejó que el muñeco llorase y


gritase un buena media hora, por motivo de su nariz que ya no pasaba
de la puerta de la habitación, y lo hizo para darle una severa lección y
para que se corrigiese del feo vicio de decir mentiras. , el más feo vicio
que pueda tener un muchacho. Pero cuando lo vio transfigurado y con
los ojos fuera de la cabeza por la gran desesperación, entonces,
apiadada, batió las manos, y a aquella señal entraron en la habitación
desde la ventana un millar de grandes pájaros llamados "Picos" los
cuales, se posaron en la nariz de Pinocho, empezaron a picarlo tanto y
tanto, que en pocos minutos aquella nariz enorme y desproporcionada
se encontró reducida a su tamaño original.

-¡Qué buena eres Hada mía!- dijo el muñeco, enjugándose los ojos- ¡Y
cuanto te quiero!

-Te quiero mucho también yo- repuso el Hada- y si tu quieres quedarte


conmigo, tu serás mi hermanito y yo tu buena hermanita.

-Yo me quedaría con gusto... ¿pero mi pobre padre?

-He pensado en todo. Tu padre ha sido ya avisado: y antes de la noche


estará aquí.

- ¿De verdad?- gritó Pinocho, saltando de la alegría. - Ahora, Hadita


mía, si me lo permites, me gustaría salirle al encuentro, no veo la hora
de poder darle un beso a aquel pobre viejo que ha sufrido tanto por mí.

- Ve entonces, pero procura no perderte, coge el camino del bosque y


estoy segura que lo encontrarás.

Pinocho partió: y apenas entrado en el bosque, empezó a correr como


un cabritillo. Pero cuando llegó a un cierto punto, casi enfrente del
Roble grande, se paró porque le pareció oír gente en medio de la
fronda. De hecho vio aparecer en el camino, ¿adivináis quien?... El
Gato y la Zorra, o sea, los dos compañeros de viaje con quienes había
cenado en el hostal del <<Langostino Rojo>>.

- Aquí está nuestro querido Pinocho- gritó la Zorra, abrazándole y


besándole- ¿Qué haces aquí?-

-¿Qué haces aquí?- repitió el Gato.

- Es una larga historia.- dijo el muñeco, y os la contaré /*a comodo*/.


Sabed, sin embargo que la otra noche, cuando me habéis dejado solo
en el hostal, he encontrado los asesinos en el camino...

-Los asesinos?... Oh, pobre amigo! ¿Y qué es lo que querían?

- Me querían robar las monedas de oro

- ¡Infames...! Dijo la Zorra.

- ¡Infamísimos, ! repitió el gato.

- Pero yo empecé a escapar - continuó a decir el muñeco- y ellos


siempre detrás, hasta que me alcanzaron y me colgaron de una rama
de aquel /*roble (quercia: roble o encina*/...

Y Pinocho señaló la Roble Grande, que estaba allí a dos pasos.

-¿Se puede oír algo peor? ¡En qué mundo estamos condenados a vivir!
¿Donde encontraremos refugios nosotros los caballeros?

Mientras hablaban así Pinocho se dio cuenta de que el Gato estaba


cojo de la zarpa derecha de alante, porque le faltaba toda la zarpa con
las uñas: por lo que le preguntó:

- ¿Que has hecho con tu zarpa?

El Gato quería responder algo, pero se lió. Entonces la Zorra dijo


deprisa:

-Mi amigo es demasiado modesto, y por eso no responde. Responderé


yo por él. Tienes que saber entonces que hace una hora hemos
encontrado en el camino un viejo lobo, casi desmayado del hambre,
que nos ha pedido un poco de limosna. No teniendo nosotros para darle
ni siquiera una raspa de pescado ¿qué ha hecho mi amigo que tiene en
verdad y un corazón de Cesar?, Se ha arrancado con los dientes una
garra de sus patas de alante y se la ha tirado a aquella pobre bestia.,
para que pudiese desayunar.

Y la Zorra, al decir esto, se enjugó una lágrima.

Pinocho, conmovido también él, se acercó al Gato susurrándole al oído,

- Si todos los gatos fueran como tú, ¡afortunados los ratones!

- Y entonces ¿que haces por estos lugares? preguntó la Zorra al


muñeco

- Espero a mi padre, que tiene que llegar de un momento a otro.

-¿Y tus monedas de oro?

- Las tengo todavía en el bolsillo, menos una que gasté en el hostal del
<<Langostino Rojo>>.

- ¡Y pensar que, en vez de cuatro monedas podrían convertirse


mañana en mil o dos mil! ¿Por qué no haces caso de mi consejo? ¿Por
qué no vas a sembrarlas al <<Campo de los milagros>>?

- Hoy es imposible, iré otro día.

- ¡Otro día será tarde!- dijo la Zorra

- ¿Por qué?

- Porque el campo ha sido comprado por un gran señor, y desde


mañana en adelante ya no estará permitido a nadie de sembrar el
dinero.

- ¿Cuanto dista desde aquí el <<Campo de los milagros>>?

- Apenas dos kilómetros. ¿Quieres venir con nosotros? En media hora


estás allí: siembras rápido las cuatro monedas: después de pocos
minutos recoges dos mil, y esta tarde regresas con tus bolsillos llenos.
¿Quieres venir con nosotros?
Pinocho tardó un poco en responder, porque le vino a la mente , la
buena Hada, el viejo Geppetto y las advertencias del Grillo parlante;
pero después terminó por hacer lo que hacen todos los chicos sin un
poco de juicio y sin corazón; terminó, entonces, con torcer un poco la
cabeza y dijo a la Zorra y al Gato:

- Vamos entonces: voy con vosotros.

Y partieron.

Después de haber caminado una media jornada llegaron a una ciudad


que tenía por nombre <<Atrapa-bobos>>. Nada más entrar en la
ciudad, Pinocho vio todas las calles llenas de perros despellejados, que
bostezaban por el apetito, de ovejas esquiladas que temblaban del frío,
de gallinas que se habían quedado sin cresta y sin <<bargigl>>i, que
pedían la limosna de un grano de maíz, de grandes mariposas que no
podían volar más porque habían vendido sus bellísimas alas
coloreadas, de pavos todos sin cola, que les daba vergüenza que les
vieran, y de faisanes que cojeaban en silencio, echando de menos sus
radiantes plumas de oro y plata, ahora perdidas para siempre.

En medio a esta muchedumbre de rateros y de pobres avergonzados,


pasaban de vez en cuando algunas carrozas singulares que tenían
dentro o alguna Zorra o alguna /*Gazza*/ ladrona o algún pajarraco de
rapiña.

- ¿Y el Campo de los milagros donde está?- preguntó Pinocho.

- Está aquí, a dos pasos.

Dicho y hecho atravesaron la ciudad, y cuando salieron de la muralla,


se pararon en un campo solitario que, por arriba y por abajo asemejaba
a todos los demás campos.

- Aquí estamos juntos- dijo la Zorra al muñeco.- ahora inclínate hacia


tierra, excava con las manos un pequeño agujero en el campo, y mete
dentro las monedas de oro.-

Pincho obedeció. Excavó el agujero, , puso las cuatro monedas que le


habían quedado: y después cubrió el agujero con un poco de tierra.
- Ahora después- dijo la Zorra ve allá a la acequia cercana, coge una
regadera de agua y riega el terreno donde has sembrado- Pinocho fue a
la acequia, y como no tenía allí una regadera levantó una /*ciabatta*/ y,
llenándola con agua, regó la tierra que cubría el hueco. Después
preguntó:

- ¿Hay algo más que hacer?

- Nada más- repuso la Zorra. - Ahora podemos irnos por ahí. Tú


después regresa en una veintena de minutos, y encontraras el arbolito
ya despuntado del suelo y con las ramas llenas de monedas.

El pobre muñeco, fuera de sí de la alegría, agradeció mil veces a la


Zorra y al Gato, y les prometió un bellísimo regalo.

- Nosotros no queremos regalos -respondieron aquellos dos


malandrines. - A nosotros nos basta con haberte enseñado a
enriquecerte sin cansarte y estamos contentos como pascuas.

Dicho esto se despidieron de Pinocho, y deseándole una buena


cosecha, se fueron por su camino.

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19.- A Pinocho le roban sus monedas de oro, y como castigo, se busca
cuatro meses de prisión.-

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El muñeco, de regreso a la ciudad, empezó a contar los minutos uno a


uno; y, cuando le pareció que era la hora, reemprendió el camino que
llevaba al Campo de los milagros.

Y mientras caminaba con paso apresurado, el corazón le latía fuerte y


le hacía <<tic, tac, tic, tac>>, como un reloj de pared cuando corre de
verdad. Y mientras tanto pensaba para sí: - ¿Y si en vez de mil
encontrase dos mil?... ¿Y si en vez de dos mil encontrase cinco mil?, ¿y
si en vez de cinco mil encontrase cien mil? ¡Oh, en que buen señor
entonces me convertiría!... Quisiera tener un buen palacio, mil caballitos
de madera y mil cuadras, para poder columpiarme, una cantina de
rosoli y de alchermes, y una librería toda llena de frutas escarchadas,
de tortas, de panetones, de almendrados y de cialdoni de nata.

Así fantaseando, llegó cerca del campo, y allí se paró a mirar si por
casualidad hubiese podido divisar algún árbol con ramas llenas de
monedas: pero no vio nada, dio otros cien pasos adelante, y nada: entró
en el campo... fue incluso sobre ese pequeño agujero, donde había
enterrado sus cequís , y nada. Entonces se volvió pensativo y,
olvidando las reglas de Galateo y de la buena educación, sacó una
mano del bolsillo y se dio una buena rascada de cabeza.
Mientras tanto sintió soplarse en los oídos una gran risa.: volviéndose
hacia arriba, vio sobre un árbol un gran papagayo que se quitaba las
pocas plumas que tenía encima.

- ¿Porqué te ríes- le preguntó el muñeco con voz de ira.

- Rió porque al desnudarme me he hecho cosquillas debajo de las alas.

El muñeco no respondió. Fue a la acequia y llenó de agua la misma


/*pantufla ciabatta,*/, se puso nuevamente a regar la tierra, que
recubría las monedas de oro.

Cuando entonces otra risa, incluso más impertinente que la primera, se


hizo sentir en la soledad silenciosa de ese campo.

- En suma, gritó Pinocho enrabiándose- ¿se puede saber, Papagayo


maleducado, de que te ríes?

- Me rió de esos estúpidos, que creen todas las tonterías y se dejan


engañar por quien es más astutos que ellos.

- ¿Hablas quizás de mí?

- Sí, hablo de ti, pobre Pinocho; de ti que eres así /*dulce de sal*/ que te
crees que el dinero se puede sembrar y recoger en el campo, como se
siembran los guisantes y las calabazas. Yo también lo he creído una
vez y hoy no tengo plumas. Hoy (¡Pero demasiado tarde!) me he debido
de persuadir que para ganarse honestamente un poco de dinero hace
falta sabérselo ganar o con el trabajo de las propias manos o con el
ingenio de la propia cabeza.

- No te entiendo- dijo el muñeco, que ya empezaba a temblar del miedo.

- ¡Paciencia! Me explicaré mejor- añadió el Papagayo.- Tienes que


saber que mientras tú estabas en la ciudad, la Zorra y el Gato han
vuelto a este campo: han cogido las monedas de oro enterradas, y
después han huido como el viento. ¡Y ahora quien les alcance, /*es
bravo*/!

Pinocho se quedó con boca abierta, y no queriendo creer en las


palabras del Papagayo, empezó con las manos y con las uñas a
excavar el terreno que había regado. Y excava, excava, excava, hizo un
agujero tan grande que habría cabido un pajar, pero las monedas ya no
estaban.

Atrapado entonces por la desesperación, volvió corriendo a la ciudad y


fue directamente al tribunal, para denunciar ante el juez a aquellos dos
malandrines, que le habían robado.

El juez era un mono de la raza del Gorila: un viejo mono respetable por
su grave edad, por su barba blanca y sobre todo por sus gafas de oro,
sin cristales, que estaba obligado a llevar continuamente por motivo de
una inflamación de ojos, que lo atormentaba desde hacía varios años.

Pinocho, ante la presencia del juez, contó con pelos y señales la injusta
estafa, de la que había sido víctima; dio el nombre, el apellido y las
descripción de los malandrines, y terminó pidiendo justicia.

El juez lo escuchó con mucha benignidad; atendió a lo que contaba: se


enterneció, se conmovió: y cuando el muñeco no tuvo más que decir,
alargó la mano y tocó la campanilla. A aquella /*campanillada
campanilleada*/ aparecieron rápido dos perros mastines vestidos de
gendarmes.

Entonces el juez, señalando a Pinocho, dijo a los gendarmes:

- A ese pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro: pillarlo


entonces, y meterlo rápido en la cárcel.

El muñeco, sintiéndose dar esta sentencia entre la cabeza y el cuello,


se quedó como una estatua y quería protestar, pero los gendarmes,
para evitar pérdidas de tiempo inútiles, le taparon la boca y lo
condujeron a la cárcel.

Y tuvo que quedarse cuatro meses: cuatro larguísimos meses: y se


hubiese quedado incluso más sino se hubiese dado un caso
afortunadísimo. Porque hace falta saber que el joven Emperador que
reinaba en la ciudad de Atrapa-bobos, habiendo obtenido una gran
victoria contra sus enemigos, ordenó grandes fiestas públicas,
luminarias, fuegos artificiales, carreras de galgos y bicicletas, y en señal
de mayor /*esultanza*/, quiso que fuesen abiertas también las cárceles
y sacados todos los malandrines.
- Si salen prisión los otros, quiero salir también yo, dijo Pinocho al
carcelero.

- Tú no- repuso el carcelero- porque tú no eres del /*bel número*/...

- Perdona; - replicó Pinocho- Yo también soy un malandrín.

En ese caso tienes mil razones- dijo el carcelero, y levantándose el


gorro respetuosamente y saludándolo, le abrió la puerta de la prisión y
le dejó escapar.
20.- Liberado de la prisión, /*si avvia*/ por regresar a casa del Hada;
pero a lo largo del camino se encuentra una serpiente horrible, y
después queda atrapado en el cepo.-

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Figuraos la alegría de Pinocho cuando se sintió libre. Sin quedarse a


decir esta boca es mía, salió rápido fuera de la ciudad y retomó
rápidamente el camino que debía conducirlo a la casita del Hada.

A causa del tiempo lluvioso, el camino se había vuelto todo un pantano


y llegaba hasta media pierna. Pero el muñeco no se daba por enterado.
Atormentado por la pasión de volver a ver a su padre y a su hermanita
de los cabellos turquesa, corría a saltos como un perro galgo, y al correr
el barro le manchaba hasta el gorro. Mientras tanto se decía a sí
mismo:

- ¡Cuantas desgracias han ocurrido... y me lo merezco!, ¡porque yo soy


un muñeco testarudo e irritante, y quiero hacer siempre las cosas a mi
manera sin hacer caso a los que me quieren bien y tienen mil veces
más juicio que yo! Pero de ahora en adelante hago el propósito de
cambiar de vida y de convertirme en un chico como es debido y
obediente. He visto tan a menudo que los chicos que son
desobedientes se echan a perder y no se salen nunca con la suya. ¿Y
mi padre me habrá esperado? ¿Lo encontraré en la casa de Hada?
Hace tanto tiempo que no lo veo que me /*struggo*/ de hacerle mil
caricias y de matarlo a besos. ¿Y el Hada me perdonará por la mal que
me he portado? Y pensar que he recibido de ella tantas atenciones y
tantos cuidados amorosos y pensar que si hoy estoy todavía vivo es
gracias a ella! ¿Pero puede haber un chico más ingrato y más sin
corazón que yo?
Mientras hablaba así se paró de repente asustado y dio cuatro pasos
atrás. ¿Qué había visto? Había visto una gran serpiente acostada a
través del camino que tenía la piel verde, los ojos de fuego y la cola
afilada que humeaba como una chimenea. Imposible imaginarse el
miedo del muñeco, el cual, alejándose más de medio kilómetro, se
sentó en un montoncito de piedras esperando que la serpiente se fuese
de una buena vez por sí misma y dejase libre el camino.

Esperó una hora, dos, tres, pero la serpiente estaba todavía allí, y
aunque lejos, se veía el enrojecer de sus ojos de fuego en la columna
de humo que le salía de la punta de la cola.

Entonces Pinocho, imaginando que tenía valor se acercó a pocos pasos


de distancia, y poniendo una vocecita dulce, insinuante y sutil le dijo a la
serpiente:

- Perdone Sra. Serpiente, me haría el favor de apartarse un poco a un


lado, lo suficiente para dejarme pasar?

Fue lo mismo que hablarle a la pared. Nadie se movió.

Entonces empezó de nuevo con la misma vocecita:

- Debe saber Sra. Serpiente, que yo voy a casa, donde está mi padre
que me espera y que hace tanto tiempo que no lo veo. ¿Le importa
entonces que yo siga por mi camino?

Esperó una señal de respuesta a aquella pregunta: pero la respuesta no


llegó, más bien la serpiente que hasta ahora parecía ágil y lleno de vida
se puso inmóvil y casi rígido, se le cerraron los ojos y la cola dejó de
humear.

- ¿Que esté de verdad muerto...?- dijo Pinocho frotándose las manos de


la alegría, y sin dejar pasar más tiempo hizo el gesto de montarse para
pasar al otro lado del camino, pero no había todavía terminado de
levantar la pierna que la serpiente se alzó como un muelle suelto, y el
muñeco, al tirarse para atrás asustado terminó cayendo al suelo. Y cayó
tan mal que terminó con la cabeza clavada en el barro del camino y con
las piernas rectas en el aire. A la vista de ese muñeco que pataleaba /*a
capo fitto*/ con una velocidad increíble la serpiente fue sorprendida de
tal convulsión de risa que ríe ríe ríe, al final del esfuerzo de demasiado
reír se le reventó una vena del cuello y esta vez murió de verdad.
Entonces Pinocho corrió para llegar a casa del Hada antes de que se
hiciera de noche, pero en el camino, no pudiendo resistir los terribles
mordiscos del hambre saltó a un campo con la intención de coger unos
pocos granos de uva moscatel. ¡Nunca debería haberlo hecho!

Apenas llegó bajo las vides, crac... sintió apretarse contra las piernas
dos hierros cortantes que le hicieron ver todas las estrellas del cielo.

El pobre muñeco había sido atrapado por un cepo colocado allí por
algún campesino para atrapar algunas grandes garduñas que eran el
flagelo de todos los gallineros del vecindario.

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21.- Pinocho es apresado por un campesino, el cual le obliga a hacer de


perro guardián en un gallinero.

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Pinocho, como podéis imaginaros, se puso a llorar, a gritar, a
encomendarse, pero eran todo llantos y gritos inútiles porque allí no se
veían casas y por el camino no pasaba un alma viva.

Mientras tanto se hizo de noche.

Un poco por el espasmo del cepo que le cortaba los tibias y un poco por
el miedo de encontrarse solo en la oscuridad en medio de aquellos
campos, el muñeco empezaba casi a desmayarse; cuando de repente,
vino a pasar una luciérnaga sobre su cabeza, la llamó y la dijo:

- Oh, Luciernaguita mía, ¿me liberarías por caridad de este suplicio?

- Pobre hijito- replicó la luciérnaga, parándose y apiadada al mirarlo.

- ¿Como es que te has quedado con las piernas aprisionados en esos


hierros?

- He entrado en el campo para coger un par de uvas moscatel, y...

-¿Pero la uva era tuya?

- No...

- Entonces... ¿Quien te ha enseñado a llevarte las cosas de los demás?

Tenía hambre...

- El hambre, muchacho mío, no es una buena razón para poderse


apropiar de lo que no es nuestro.

- ¡Es verdad, es verdad!- gritó Pinocho llorando- pero otra vez no lo


haré más.

En este punto el diálogo fue interrumpido por un pequeñísimo rumor de


pasos, que se acercaban. Era el dueño del campo que venía de
puntillas, a ver si alguna de aquellas garduñas, que se comían desde
hacía tiempo los pollos, hubiese quedado presa a la trampilla del cepo.

Y su sorpresa fue grandísima, cuando, sacada fuera la linterna de


debajo del abrigo, se dio cuenta que en vez de una faina, había
quedado cogido un muchacho.
- ¡Ah, ladronzuelo!- dijo el campesino encolerizado- ¿entonces eres tú
el que se lleva mis gallinas?

- ¡Yo no, yo no!"- gritó Pinocho sollozando.- ¡Yo he entrado para coger
solamente dos granos de uva!

- Quien roba las uvas es capacísimo de robar también los pollos.


Déjame a mí, que te daré una lección que recordarás por mucho
tiempo.

Y abierto el cepo, aferró por el cuello y lo llevó en vilo hasta la casa,


como si llevase un corderito de leche.

Cuando llegaron a la casa, lo tiró al suelo: y poniéndole un pie sobre el


cuello, le dijo:

- Ahora es tarde y quiero irme a la cama. Mañana ajustaremos cuentas.


Mientras tanto como hoy se me ha muerto el perro que me hacía la
guardia de noche, tú cogerás ahora su puesto. Tú me harás de perro de
guardia.

Dicho y hecho, le enfiló en el cuello un gran collar todo repleto de


punzones de latón, y se lo apretó de manera que no pudiera quitárselo
pasando la cabeza dentro. Al collar estaba unida una larga cadena de
hierro: y la cadena estaba fijada al muro.

- Si esta noche- dijo el campesino- empezase a llover, puedes refugiarte


en aquella caseta de madera, donde hay siempre paja que ha servido
de cama por cuatro años a mi pobre perro, y si por desgracia viniesen
los ladrones, recuerda estar con las orejas rectas y ladrar.

Después de este último advertimiento, el campesino entró en casa


cerrando la puerta con muchas cadenas: y el pobre Pinocho se quedó
agazapado sobre la era más muerto que vivo, por motivo del frío, del
hambre y del miedo. Y de vez en cuando metiéndose las manos
rabiosamente al rededor del collar, que le serraba la garganta, decía
llorando:
Me está bien, me está bien, me está demasiado bien. He querido hacer
el vago, el vagabundo, he querido hacer caso a los malos compañeros,
y por eso la suerte me persigue siempre, si hubiera sido un muchachito
bueno, como hay tantos; si hubiese tenido ganas de estudiar y de
trabajar, si me hubiese quedado en casa con mi pobre papá, a esta
hora no me encontraría aquí, en medio de los campos, a hacer el perro
de guardia en casa de un campesino. ¡Oh si pudiese renacer otra vez,
pero ahora es tarde y hace falta paciencia...!

Hecho este pequeño desahogo, que le vino justo desde el corazón,


entró dentro de la caseta y se adormentó.

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22.- Pinocho descubre los ladrones y como recompensa de haber sido


fiel, es dejado en libertad.

Y hacía ya más de dos horas que dormía placidamente; cuando hacia la


media noche, fue despertado por un murmullo y de un <<psi psi>> de
vocecitas extrañas, que le pareció oír en la era. Sacada fuera la nariz
por la puerta de la caseta, vio reunidas en consejo cuatro bestiejas de
pelamen oscuro, que parecían gatos, pero no eran gatos, eran
garduñas, animalitos carnívoros glotonísimos especialmente de huevos
y de pollitos jóvenes. Un de estas grduñas, destacándose de sus
compañeras, fue a la puerta de la caseta y dijo en voz baja:

- Buenas noches, Melampo.

- Yo no me llamo Melampo- repuso el muñeco

- Entonces ¿Quién eres?

- Yo soy Pinocho.

- ¿Y qué haces aquí?

- Hago de perro de guardia.


- ¿Y Melampo donde está, el viejo perro que estaba aquí en esta
caseta?

- Ha muerto esta mañana.

- ¿Muerto? ¡Pobre bestia! ¡Era tan bueno!... pero juzgándote por la


pinta, también tú me pareces un perro como es debido.

-Perdona, pero yo no soy un perro...

-¿Y qué eres?

- Yo soy un muñeco

- Y haces de perro de guardia?

- Por desgracia: Estoy castigado.

- Bien, yo te propongo los mismos pactos que tenía con el difunto de


Melampo, y estarás contento.

- ¿Y esos pactos serian?

- Nosotros vendremos una vez a la semana, como antes, a visitar de


noche este gallinero, y nos llevaremos ocho gallinas: siete nos las
comeremos nosotros, y una te la daremos a ti, a condición, se entiende
bien, de que te hagas el dormido y no te venga nunca /*l’estro*/de
ladrar y despertar al campesino.

- ¿Y Melampo hacía eso?

- Hacía eso, y entre él y nosotros hemos estado siempre de acuerdo.


Duérmete entonces y estate seguro que antes de irnos te dejaremos
sobre la caseta una gallina bien pelada para el desayuno de mañana,
¿No hemos entendido bien?

- ¡Incluso demasiado bien!... respondió Pinocho y /*tentennò*/ la cabeza


en un cierto modo amenazante como si hubiese querido decir: <<Dentro
de poco volveremos a hablar.>>.

Cuando las cuatro garduñas se creyeron seguras de sus actos, se


acercaron al gallinero, que quedaba cerquísima de la caseta del perro, y
abierta a fuerza de dientes y uñas la /*puertecita puertita*/ de madera
que cerraba la entrada, se introdujeron dentro, una después de la otra.
Pero no habían todavía terminado de entrar, cuando oyeron la puerta
cerrase con grandísima violencia.

Quien la había cerrado era Pinocho; el cual, no contento con haberla


recerrado, puso delante para mayor seguridad una gran piedra, a modo
de cuña.

Y después empezó a ladrar: y, ladrando mismamente como si fuese un


perro de guardia, hacía con la voz: <<bu-bu-bu-bu>>. Con aquellos
ladridos, el campesino saltó de la cama, y cogido el fusil y asomándose
a la ventana, preguntó:

- ¿Qué hay de nuevo?

- Hay ladrones- repuso Pinocho.

- ¿Donde están?

- En el gallinero.

- Bajo rápido.

Y de hecho, en menos que se dicen amén, el campesino bajó, entró


corriendo en el gallinero, y después de haber atrapado y encerrado en
un saco a las cuatro garduñas, dijo después con acento de verdadera
alegría:

- ¡Al final habéis caído en mis manos! Podría castigaros, pero como no
soy vil, me contentaré, en cambio, con llevaros al hostelero del pueblo
vecino, el cual os pelará y os cocinará al estilo liebre agridulce, es un
honor que no os merecéis, pero los hombres generosos, como yo, no
se fijan en esas pequeñeces.

- Entonces, acercándose a Pinocho, comenzó a hacerle muchas


caricias y, entre otras cosas le preguntó:

- ¿Como has hecho para descubrir el complot de estas cuatro


ladronzuelas? Y pensar que mi fiel Melampo, no se hubiese nunca dado
cuenta de nada.
El muñeco, entonces podía haber contado lo que sabía: habría podido,
entonces, contar los pactos vergonzantes que tenían entre el perro y las
garduñas: pero recordándose que el perro estaba muerto, pensó rápido
para sí mismo <<¿Para qué sirve acusar a los muertos?... Los muertos
están muertos, y lo mejor que se puede hacer es dejarlos en paz...>>

- ¿A la llegada de las garduñas a la era, estabas despierto o dormías?-


Continúo a preguntarle el campesino.

- Dormía -repuso Pinocho- pero las garduñas me han despertado con


su charla, y una ha venido aquí a la caseta para decirme: <<Si
prometes que no ladras y no despiertas al amo, nosotros te
regalaremos una gallina bien pelada.!>> ¿Entiendes, no? ¡Tener la cara
dura de hacerme a mí semejante propuesta! Porque hace falta saber,
que yo soy un muñeco, que tendré todos los defectos del mundo: ¡pero
no tendré nunca el de estar de acuerdo ni de llenar el saco a la gente
deshonesta!

- Muy bien, chaval- gritó el campesino golpeándole sobre un hombro-


Estos sentimientos te honran: y para demostrarte mi satisfacción, desde
ahora te dejo libre para volver a casa.

Y le quitó el collar de perro.

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23.- Pinocho llora la muerte de la guapa niña de los cabellos turquesa:
después encuentra un palomo, que lo lleva a la orilla del mar, y se tira al
agua para ir en ayuda de su papá Geppetto

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Apenas Pinocho no sintió más el peso durísimo y humillante de aquel


collar al rededor del cuello, se puso a escapar a través de los campos, y
no se paró ni un solo minuto hasta que no hubo encontrado la calle
principal, que debería reconducirlo a la casita de Hada.

Llegado a la calle principal, se volvió hacia abajo para mirar la


sobrepuesta llanura, y vio muy bien, a golpe de vista, el bosque donde
desgraciadamente había encontrado a la zorra y el gato: vio, en medio
de los árboles, alzarse la copa de la Roble grande a la cual había
estado colgado por el cuello: pero mirando aquí y allá no le fue posible
ver la pequeña casa de la niña de los cabellos turquesa.

Entonces tubo una especie de presentimiento y empezó a correr con


todas las fuerzas que le quedaban en las piernas, se encontró en pocos
minutos en el prado donde surgía una vez la casita blanca. Pero la
casita blanca ya no estaba. Había en cambio una pequeña piedra de
mármol sobre la cual se leía en caracteres estampados estas dolorosas
palabras:

<<AQUÍ YACE
LA NIÑA DE LOS CABELLOS TURQUESA
MUERTA DE DOLOR
POR HABER SIDO ABANDONADA POR SU
HERMANITO PINOCHO>>
Cómo se quedó el muñeco cuando hubo deletreado /*alla peggio*/
estas palabras, os lo dejo pensar a vosotros. Se cayó de boca en el
suelo, y cubriendo con miles de besos aquel mármol mortuorio, explotó
a llorar. Lloró toda la noche, y a la mañana siguiente, al hacerse de día,
seguía llorando, aunque en los ojos no tenía más lágrimas: y sus gritos
y sus lamentos eran tan desgarradores y agudos, que todas las colinas
al rededor repetían el eco.

Y llorando decía:

- Oh, Hadita mía!, ¿Porqué te has muerto?...¿Porqué en vez de ti, no he


muerto yo, que soy tan malo, mientras tú eras tan buena? ¿Y mi padre
¿donde estará?. oh, Hadita mía, dime donde puedo buscarlo, que
quiero estar siempre con él, y no dejarlo mas, más, más. ¡Oh, Hadita
mía dime que no es verdad que estés muerta!... Si de verdad me
quieres bien, si quieres bien a tu hermanito, revive, vuelve a vivir como
antes, ¿no te disgustas al verme solo abandonado por todos? Si vienen
los asesinos me colgarán otra vez de la rama del árbol... y entonces
moriré para siempre. ¿Que quieres que haga aquí solo en este mundo?
Ahora que te he perdido a ti y a mi padre, ¿quien me dará de comer?
¿Donde iré a dormir por la noche? ¿Quien me hará la chaquetita
nueva? ¡Oh, sería mejor cien veces que me muriera también yo, si,
quiero morir! Hi, Hi, Hi.

Y mientras se desesperaba de este modo, hizo como si quisiera


arrancarse los cabellos, pero sus cabellos siendo de madera, no pudo
siquiera darse el gusto de meterlos entre los dedos. Mientras tanto pasó
arriba por el aire un gran palomo, el cual se paró, con las alas
extendidas le gritó desde una gran altura:

- Dime, niño, ¿Que haces allí abajo?

- ¿No lo ves? Lloro Dijo Pinocho levantando la cabeza hacia aquella voz
y restregándose los ojos con la manga de la chaqueta.

- Dime, sugirió entonces el Palomo- ¿No conoces por casualidad entre


tus compañeros un muñeco, que tiene por nombre Pinocho?

- ¿Pinocho, has dicho Pinocho? ¡Pinocho soy yo!

El Palomo, a esta respuesta, descendió velozmente y vino a posarse en


tierra. Era más grande que un pavo.
- Conocerás entonces también a Geppetto- preguntó al muñeco.

- ¡Si lo conozco! ¡Es mi pobre padre! ¿Te ha hablado quizás de mí?


¿Pero está todavía vivo? ¡Respóndeme por caridad! ¿Está todavía
vivo?

- Lo he dejado hace tres días sobre la playa del mar.

- ¿Que es lo que hacía?

- Se fabricaba una barquita, para atravesar el Océano. Ese pobre


hombre hace más de cuatro meses que recorre el mundo en busca
tuya: y no habiéndote podido encontrar nunca, ahora se le ha metido en
la cabeza buscarte en los países lejanos del nuevo mundo.

- ¿Cuanto hay de aquí a la playa? Preguntó Pinocho con /*ansia


afamada*/.

- Más de mil kilómetros.

-¿Mil kilómetros? Oh Palomo mío, que bueno si pudiera tener tus alas...

- Si quieres venir te llevo.

- ¿Cómo?

- A caballo, sobre mi grupa ¿eres muy pesado?

- ¿Pesado? ¡Todo lo contrario!, soy ligero como una hoja.

Y allí, sin decir nada más, Pinocho saltó sobre la grupa al Palomo, y
puesta una pierna aquí y la otra allá, como hacen los jinetes, gritó todo
contento:

- Galopa, galopa, caballito, que tengo prisa por llegar rápido.

El Palomo cogió aire y en pocos minutos llegó volando tan alto, que casi
tocaba las nubes. Llegado a aquella altura extraordinaria, el muñeco
tuvo la curiosidad de volverse hacia abajo a mirar: y tuvo tanto miedo y
tanto vértigo que, para evitar el peligro de caerse abajo, se aferró con
los brazos, muy fuerte al cuello de su emplumada cabalgadura. Volaron
todo el día. Al caer la tarde el palomo dijo:

- Tengo mucha sed.

- Y yo mucha hambre.- Añadió Pinocho.

- Parémonos en este palomar unos pocos minutos, y después


reemprenderemos el viaje, para estar mañana al alba sobre la playa del
mar.

Entraron en un palomar desierto, donde había solamente una


/*catinella*/ llena de agua y un cestito lleno de arvejas.
El muñeco, en toda su vida, no había nunca podido soportar las abejas.
Como decía él: le daban nauseas, le revolvían el estómago: pero esa
tarde las comió dándose un atracón, y cuando casi las hubo terminado,
se volvió al Palomo y le dijo:

- No hubiese creído nunca que las arvejas estuvieran tan ricas.

- Hace falta persuadirse, muchacho mío- replicó el Palomo,- que


cuando el hambre habla de verdad y no hay otra cosa para comer,
incluso las arvejas se vuelven exquisitas, el hambre no tiene caprichos
ni glotonerías.

Hecho rápidamente un pequeño tentempié, retomaron el viaje, y


partieron. La mañana siguiente llegaron a la playa del mar. El Palomo
dejó en tierra a Pinocho, y no queriendo siquiera asar el apuro de
sentirse agradecido por haber hecho una buena acción, retomó
rápidamente el vuelo y desapareció.
La playa estaba llena de gente que gritaba y gesticulaba, mirando hacia
el mar.

- ¿Qué ha pasado?- preguntó Pinocho a una viejecita.

- Ha pasado que un pobre padre, habiendo perdido el hijito, se le ha


ocurrido ir en una barquita para buscarlo más allá del mar y el mar hoy
está mal y la barquita está a punto de irse debajo del agua...

- ¿Donde está la barquita?


- Ahí abajo está, derecha, donde señala mi dedo. Dijo la vieja,
señalando una pequeña barca que, vista a aquella distancia, parecía
una cascara de nuez con un hombre pequeño, pequeño.

Pinocho dirigió la mirada hacia ese punto y después de haber mirado


atentamente lanzó un grito agudísimo gritando:

- ¡Allí está mi padre, allí está mi padre!

Entre tanto la barquita golpeada por la furia de la marea, ahora


desaparecía entre las grandes olas, ahora volvía a flotar. Y Pinocho,
erguido sobre la punta de una gran roca, no terminaba nunca de llamar
a su padre por su nombre y de hacer muchas señales con las manos y
con el pañuelo de la nariz y hasta con el sombrero que tenía en la
cabeza.

Y parece que Geppetto, si bien estuviera muy lejos de la playa,


reconoció a su hijo, porque se quitó el sobrero también él y lo saludó y,
a fuerza de gestos, le hizo comprender que hubiera vuelto con gusto
hacia atrás, pero la mar estaba tan gruesa que le impedía trabajar con
el remo y poder regresar a tierra.

De pronto vino una gran oleada y la barca desapareció. Esperaron que


la barca flotara otra vez; pero la barca no se vio regresar más.

- Pobre hombre,- dijeron entonces los pescadores que estaba reunidos


en la playa y murmurando a baja voz una plegaria, empezaron a
regresar a sus casas.

Entonces oyeron un grito desesperado y volviéndose hacia atrás, vieron


un muchachito que, desde lo alto de una roca se tiraba al mar gritando:

- ¡Quiero salvar a mi padre!

Pinocho, siendo todo de madera flotaba fácilmente y nadaba como un


pez. Ahora se le veía desaparecer bajo el agua, llevado por el ímpetu
de la marea, ahora aparecía fuera con una pierna o con brazo a una
gran distancia de la tierra. Al final lo perdieron de vista y no lo vieron
más.
- ¡Pobre muchacho!,- dijeron entonces los pescadores, que estaban
reunidos en la playa; y murmurando a baja voz una plegaria regresaron
a sus casas.

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24.- Pinocho llega a la isla de las abejas industriosas y se reencuentra


con el hada.

Pinocho, animado por la esperanza de llegar a tiempo para encontrar a


su padre nadó toda la noche, y qué horrible nadada fue aquella .
Diluvió, granizó, tronó espantosamente y con tantos rayos que parecía
de día. Al llegar la mañana, le pareció ver un poco distante una larga
línea de tierra. Era una isla en medio del mar.

Entonces hizo todo lo que pudo para llegar a esa playa, pero
inútilmente. Las olas reiterándose y superponiéndose, se lo peloteaban
entre ellas como si fuera un palo o una pajita. Al final y para su suerte,
vino una oleada tan prepotente e impetuosa que lo lanzó con todo su
peso sobre la arena de la playa.

El golpe fue tan fuerte que, cayendo en tierra, le crujieron todas las
costillas y todas las coyunturas, pero pronto se consoló diciendo:

- También por esta vez me ha salido bien.


Mientras tanto poco apoco el cielo se serenó; el sol salió fuera con todo
su esplendor y el mar se volvió tranquilo y bueno como el aceite.

Entonces el muñeco tendió sus paños al sol para secarlos, y se puso a


mirar hacia acá y hacia allá para ver si por casualidad hubiese podido
surgir sobre aquella inmensa explanada de agua una pequeña barquita
con un hombre dentro. Pero después de haber mirado bien no vio otra
cosa delante de sí que cielo, mar y alguna vela de bastimento, pero tan
tan lejos que parecía una mosca.

- Si supiera al menos como se llama esta isla- iba diciendo- Si supiese


al menos que esta isla está habitada por gente de bien, quiero decir
gente que no tenga el vicio di colgar a los muchachos de las ramas de
los árboles- pero ¿A quién puedo preguntárselo si no hay nadie?...

Esta idea de encontrarse solo, solo, solo, en medio a este gran país
deshabitado, le metió encima tanta melancolía que estaba casi por
llorar cuando, de repente vio pasar a poca distancia de la orilla un gran
pez que iba tranquilamente pensando en sus asuntos con toda la
cabeza fuera del agua.

No sabiendo cómo se llamaba, el muñeco le gritó:

- ¡Eh, señor pez!, ¿me permitiría una palabra?

- Y también dos,- repuso el pez, que era un Delfín tan amable como se
encuentran pocos en todos los mares del mundo.

- ¿Me haría el favor de decirme si en esta isla hay algún pueblo donde
se pueda comer sin peligro de ser comido?

- Estoy seguro -repuso el Delfín, incluso encontrarás uno no muy lejos


de aquí.

. ¿Y que camino hay que coger para encontrarlo?

- Tienes que coger ese sendero ahí a la izquierda, y camina siempre


recto, no te puedes perder.
- Dígame otra cosa, usted que pasea todo el día y toda la noche por el
mar ¿no habrá encontrado por casualidad una pequeña barquita con mi
padre dentro?

- ¿Y quién es tu padre?

- El es el padre más bueno del mundo, cómo yo soy el hijo más malo
que pueda existir.

- Con la borrasca que ha habido esta noche- repuso el Delfín- la


barquita se habrá ido bajo el agua.

- ¿Y mi padre?

- A esta hora se lo habrá tragado el terrible Pesce-cane que desde hace


algunos días está sembrando el exterminio y la desolación en nuestras
aguas.

- ¿Y es muy grande este Pesce-cane?- preguntó Pinocho que ya


empezaba a temblar de miedo.

- ¿Que si es grande?- replicó el Delfín- Para que puedas hacerte una


idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y tiene
una bocaza tan grande y profunda, que pasaría todo el tren con la
locomotora encendida.

- ¡Madre mía!- gritó asustado el muñeco; y vistiéndose deprisa, se volvió


al Delfín y le dijo:

- Hasta la vista, señor pez, perdone las molestias y muchas gracias por
su amabilidad.

Dicho esto, cogió rápido el sendero y empezó a caminar con paso


rápido, tan rápido que parecía casi que corriese y a cada pequeño
rumor que oía, se volvía rápido a mirar atrás por el miedo de verse
seguido por ese terrible Pesce-cane grande como una casa y con un
tren dentro de la boca

Después de haber caminado más de media hora llegó a un pequeño


pueblo llamado <<El país de las abejas industriosas>>. Las calles
estaban llenas de personas que iban de aquí para allá para ocuparse
de sus cosas: todos trabajaban, todos tenían algo que hacer, no se veía
ningún ocioso, ningún vagabundo ni siquiera buscándolo con lupa.

- He entendido- dijo rápido ese vago de Pinocho- este país no esta


hecho para mí, ¡yo no he nacido para trabajar!

Mientras tanto lo atormentaba el hambre porqué habían pasado


veinticuatro que no había comido nada, ni siquiera un plato de arvejas.

¿Que hacer?

Solo le quedaban dos maneras para poder desayunar: o pedir un poco


de trabajo, o pedir como limosna un soldo o un poco de pan.

Le avergonzaba pedir limosna: porque su padre le había enseñado


siempre que a pedir limosna tienen derecho solo los viejos y los
enfermos. Los verdaderos pobres en este mundo, merecedores de
ayuda y compasión, no son otros que los qué, por razones de edad o
enfermedad, se encuentran condenados a no poderse ganar el pan con
el trabajo de las propias manos. Todos los demás tienen la obligación
de trabajar: y si no trabajan y sufren hambre, mucho peor para ellos.

Mientras tanto pasó por la calle un hombre sudando mucho y jadeando,


el cual tiraba con esfuerzo de dos carretillas llenas de carbón.

Pinocho, juzgando por la fisonomía que era un buen hombre, se le


acercó, y bajando la vista por la vergüenza, le dijo murmurando:

- ¿Me darías por caridad una moneda, porque me muero de hambre?

- No solo una moneda -repuso el carbonero- sino que te doy cuatro a


cambio de que tú me ayudes a tirar de estas dos carretillas de cabrón.

- Me maravillo, -respondió el muñeco casi ofendido- tienes que saber


que yo nunca he echo de burro, yo nunca he tirado de un carro.

- Mejor para ti- repuso el carbonero- Entonces si te mueres de hambre


cómete dos buenas lonchas de tu soberbia y ten cuidado, no vayas a
coger una indigestión.

Después de pocos minutos pasó por allí un albañil que llevaba sobre los
hombros un balde de yeso.
-¿Haría, caballero, la caridad de una moneda a un pobre muchacho que
bosteza de apetito?

- Con mucho gusto, ve conmigo a llevar yeso- repuso el albañil- y en


vez de una moneda te daré cinco.

- Pero el yeso pesa y yo no quiero cansarme.

- Si no quieres cansarte, muchacho mío, diviértete bostezando, y que te


aproveche.

En menos de media hora pasaron otras veinte personas y a todas


Pinocho pidió limosna, pero todas le respondieron:

- ¿No te da vergüenza? ¡En vez de hacer el vago por la calle mejor


busca un trabajo y aprende a ganarte el pan!

Finalmente pasó por allí un buena mujercita que llevaba dos cántaros
de agua.

- ¿Me permite, buena mujer, que beba un sorbo de agua de su


cántaro?- dijo Pinocho, que le quemaba la boca de la sed.

- Bebe, muchacho- dijo la mujercita dejando los dos cántaros en el


suelo.

Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, farfulló a media voz,
secándose la boca:

- La sed me la he quitado, ¿Podría también quitarme el hambre?

La buena mujercita, oyendo estas palabras sugirió rápidamente:

- Si me ayudas a llevar a casa uno de estos cántaros te daré un buen


pedazo de pan.

Pinocho miró el cántaro y no dijo ni sí ni no.

- Y junto al pan te daré un buen plato de coliflor condimentado con


aceite y vinagre-añadió la buena mujer.
Pinocho miró el cántaro y no dijo ni sí ni no.

- Y después de la coliflor te daré un dulce relleno de licor.

A la seducción de esta última glotonería Pinocho no supo resistirse más


y, con ánimo resoluto dijo:

- ¡Paciencia!, te llevaré el cántaro hasta casa.

El cántaro era muy pesado, y el muñeco, no teniendo fuerza para


llevarla con la mano, se resignó a llevarla en la cabeza.

Llegados a casa, la buena mujercita hizo sentarse a Pinocho en una


mesita y le puso delante el pan, la coliflor condimentada y el dulce.
Pinocho no comió, devoró. Su estómago parecía un barrio vacío y
deshabitado desde hace cinco meses.

Calmados poco a poco los mordiscos rabiosos del hambre, alzó un


poco la cabeza para dar las gracias a su benefactora: pero no había
todavía terminado de mirarle a la cara, cuando lanzó un larguísimo oh
maravillado, y se quedó allí encantado, con los ojos desorbitados, con
el tenedor en la mano y la boca llena de pan y coliflor.

- ¿A que se debe todo ese asombro?- Dijo riendo la buena mujer.

- Usted es-dijo balbuceando Pinocho-usted es... usted es...usted se


parece, usted me recuerda... sí, sí..., la misma voz..., los mismos ojos...,
los mismos cabellos..., sí usted también tiene los cabellos turquesa,
como ella. Oh,Hadita mía, oh, Hadita mía, dime que eres realmente tú...
No me hagas llorar más! ¡Si supieras! ¡He llorado tanto! ¡He padecido
tanto!

Y mientras decía esto, Pinocho lloraba desesperadamente y tirándose


de rodillas en el suelo, abrazaba las rodillas de esa mujercita
misteriosa.
25.- Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar, porque está
cansado de ser un muñeco y quiere convertirse en un niño bueno.

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Al principio la buena mujercita empezó a decir que ella no era la
pequeña Hada de cabellos turquesa: pero después, viéndose
descubierta, y no queriendo alargar más la comedia, terminó por darse
a conocer y le dijo a Pinocho:

- ¡Muñeco travieso!, ¿Cómo te has dado cuenta de que era yo?

- Es lo mucho que te quiero, lo que me lo ha dicho.

- ¿Te acuerdas, eh? Me dejaste niña y ahora me encuentras mujer, tan


mujer que casi podría hacerte de madre.

- Me encanta, porque así, en vez de hermanita, te llamaré mi mamá.


¡Hace tanto tiempo que ansío tener una madre como todos los demás
niños! ¿Pero que has hecho para crecer tan deprisa?

- Es un secreto.

- Enséñamelo: Me gustaría crecer un poco también yo. Me he quedado


pequeño.

- Pero tú no puedes crecer- replicó el Hada.

- ¿Por qué?

- Porque los muñecos nunca crecen. Nacen muñecos, viven muñecos y


mueren muñecos.

- ¡Oh, estoy cansado de ser siempre un muñeco!- gritó Pinocho


dándose un coscorrón- ya es hora de que sea un hombre también yo.

- Y lo serás, si sabes merecértelo...

- ¿De verdad? ¿Y qué puedo hacer para merecérmelo?

- Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño bueno.

- ¿Es que quizás no lo soy?

- ¡Todo lo contrario! Los niños buenos son obedientes, y tú en cambio...

- Y yo no obedezco nunca.
- Los niños buenos tienen amor a los estudios y al trabajo, y tú en
cambio...

- Yo soy un haragán y un vagabundo todo el año.

- Los niños buenos dicen siempre la verdad.

- Y yo siempre digo mentiras.

- Los niños buenos van contentos a la escuela...

- A mí la escuela me pone enfermo. Pero de hoy en adelante quiero


cambiar de vida.

- ¿Me lo prometes?

- Lo prometo. Quiero ser un niño bueno y ser el consuelo de mi padre.


¿Donde estará mi pobre padre a esta hora?

- No lo sé.

- ¿Tendré alguna vez la suerte de volver a verlo y abrazarlo?

- Creo que sí, estoy casi segura.

Fue tanta la alegría de Pinocho ante esta respuesta, que cogió las
manos del Hada y empezó a besárselas con tanto entusiasmo que
parecía fuera de sí. Después, alzando el rostro y mirándola
amorosamente, le preguntó:

- Dime, madrecita, ¿Entonces no es verdad que estés muerta?

- Parece que no- respondió sonriendo el Hada.

- Si supieses qué dolor y que nudo en la garganta tuve cuando leí


<<Aquí yace...>>

- Lo sé, y es por esto que te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me


hizo saber que tú tenías un buen corazón: y de los niños con buen
corazón, incluso si son un poco gamberros y mal acostumbrados
siempre se puede esperar algo: o sea, siempre se puede esperar que
vuelvan al buen camino. Es por eso que he venido a encontrarte hasta
aquí. Yo seré tu madre.

- Oh que bien- dijo Pinocho saltando de alegría.

- Tú me obedecerás y harás siempre lo que yo te diga.

- ¡Encantado, encantado, encantado!

- Desde mañana- añadió el Hada- tú empezarás a ir a la escuela.

Pinocho se puso de pronto un poco menos alegre.

- Después escogerás un trabajo que te guste.

Pinocho se puso serio.

- ¿Qué murmuras entre dientes?- preguntó el Hada con acento dolorido.

- Decía- murmuró el muñeco a media voz- que ahora me parece un


poco tarde para ir a la escuela.

- No señor, recuerda que para instruirse y aprender nunca es tarde.

- Pero yo no quiero trabajar.

- ¿Por qué?

- Porque trabajar me cansa.

- Niño mío- dijo el Hada-l os que dicen eso terminan casi siempre en la
cárcel o en el hospital. Para que lo sepas, el hombre, nazca rico o pobre
está obligado en este mundo a hacer algo, a estar ocupado, a trabajar.
¡Pobre del que se deje atrapar por el ocio! El ocio es una malísima
enfermedad y hace falta curarla inmediatamente, de niños: Si no,
cuando somos mayores ya nunca se cura.

Estas palabras conmovieron a Pinocho, y este, levantando vivamente la


cabeza dijo:
- Yo estudiaré, yo trabajaré yo haré todo lo que me digas porque me he
aburrido de la vida de muñeco y quiero convertirme en niño a toda
costa. Me lo has prometido. ¿No es verdad?

- Te lo he prometido, ahora depende de ti.

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26.- Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar para
ver al terrible Pesce-cane.

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Al día siguiente Pinocho fue a la escuela pública.

¡Figuraos aquella pandilla de niños traviesos cuando vieron entrar en


su escuela un muñeco! Era una risotada que no terminaba nunca. Uno
le gastaba una broma, otro otra: Uno le quitaba el gorro de la mano,
otro le tiraba por detrás de la chaqueta, otro intentaba hacerle con tinta
dos grandes bigotes bajo la nariz y había incluso quien osaba atarle
hilos en los pies y en las manos para hacerlo bailar.
Durante poco rato Pinocho estuvo tranquilo y les dejó hacer
tranquilamente, pero al final, sintiendo que se le acababa la paciencia,
se volvió a aquellos que más le acosaban y se burlaban de él, y les dijo
con gesto desafiante:

- Vamos, niños, yo no he venido aquí para ser vuestro bufón, yo respeto


a los demás y quiero ser respetado.

- /*¡Bravo berlicche!*/ ¡Has hablado como un libro abierto!- dijeron esos


gamberros, tirándose por el suelo con una risa loca. Y uno de ellos, más
impertinente que los otros, alargó la mano con la idea de coger al
muñeco por la punta de la nariz.

Pero no le dio tiempo; porque Pinocho extendió las piernas por debajo
de la mesa y le tiró una patada en las espinillas.

- ¡Oh, qué pies más duros!- gritó el muchacho frotándose el moratón


que le había hecho el muñeco.

- ¡Y que codos, más duros que los pies!- dijo otro que, por sus bromas
pesadas, se había ganado un codazo en el estómago.

El caso es que después de aquella patada y aquel codazo, Pinocho se


ganó rápido la estima y la simpatía de todos los chicos de la escuela y
todos le hacían caricias y lo querían muchísimo.

Y también el maestro lo felicitaba, porque lo veía atento, estudioso,


inteligente, siempre el primero en llegar al escuela, siempre el último en
levantarse, cuando terminaba la escuela.

El único defecto que tenía era el de frecuentar demasiadas compañías;


y entre estas, había muchos sinvergüenzas conocidísimos por sus
pocas ganas de estudiar y de portarse bien.

El maestro se lo advertía todos los días, y también el Hada no dejaba


de decirle y de repetirle muchas veces:

- Mira, Pinocho, que tus compañeros de escuela te harán tarde o


temprano perder el amor por el estudio, y quizás con tirarte encima
alguna gran desgracia.
- No hay peligro- respondía el muñeco encogiéndose de hombros y
tocándose con el índice en medio a la frente, como para decir: <<Hay
tanto buen juicio aquí dentro>>.

Entonces ocurrió que un buen día, mientras caminaba hacia la escuela,


encontró una pandilla de los chicos de siempre, que fueron a su
encuentro y le dijeron:

- ¿Sabes la gran noticia?

- No.

- Aquí, en el cercano mar ha llegado un Pesce-cane, grande como una


montaña.

- ¿De verdad? ¿Y si fuera el mismo Pesce-cane de cuando se ahogó


mi pobre padre?

- Nosotros vamos a la playa a verlo. ¿Quieres venir también tú?

- Yo no, quiero ir a la escuela.

- ¿Y que te importa la escuela? A la escuela iremos mañana. Con una


lección de más o de menos se termina siendo los mismos burros.

- ¿Y el maestro qué dirá?

- Que diga lo que quiera, le pagan para que gruña todos los días.

- ¿Y mi madre?

- Las madres nunca saben nada- repusieron esos malvados.

- ¿Sabéis que haré? El Pesce-cane lo quiero ver por ciertas mías


razones... pero iré a verlo después de la escuela.

- ¡Pobre estúpido! rebatió uno de la pandilla- ¿Que crees que un pez de


ese tamaño quiera estar ahí para tu comodidad? Apenas se aburra,
coge el camino para otra parte, y entonces si te he visto no me acuerdo.

- ¿Cuanto se tarda de aquí a la playa?- preguntó el muñeco.


- En una hora hemos ido y hemos vuelto.

- Entonces vamos, ¡y tonto el último!- gritó Pinocho.

Dada así la señal de partida, aquella pandilla de pillos empezaron a


correr a través del campo con sus libros y sus cuadernos debajo del
brazo; y Pinocho iba siempre delante de todos, parecía que tenía alas
en los pies.

De vez en cuando se volvía atrás burlándose de sus compañeros que


iban a una gran distancia y al verlos sin aliento, jadeantes, polvorientos
y con toda la lengua fuera se reía con ganas. El pobre, en ese
momento, no sabía a que temores y a que horribles desgracias se
precipitaba.

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27.- Gran enfrentamiento entre Pinocho y sus compañeros: uno de los
cuales, habiendo quedado herido, hace que Pinocho sea arrestado por
los carabineros.

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En cuanto llegó a la playa Pinocho dio una rápida ojeada sobre el mar,
pero no vio ningún Pesce-cane. El mar estaba liso como un espejo.

- ¿Y donde está el Pesce-cane? -preguntó Pinocho volviéndose hacia


sus compañeros.

- Se habrá ido a comer- repuso uno de ellos, riendo.

- O se habrá tumbado en la cama para echar un sueñecito- repuso otro


riendo todavía más.

De aquellas respuestas absurdas y aquellas carcajadas, Pinocho


comprendió que sus compañeros le habían gastado una broma pesada,
dándole a entender una cosa que no era cierta. y tomándoselo a mal,
les dijo con voz airada:

- Y entonces, ¿que gracia le encontráis a hacerme creer esa historia del


Pesce-cane?

- ¡Tienen mucha gracia!- respondieron a coro aquellos pillos.


- ¿Cual?

- La de hacerte faltar a la escuela y que vinieras con nosotros. ¿No te


da vergüenza mostrarte así de puntual y así de diligente con las
lecciones? ¿No te da vergüenza estudiar tanto como estudias?

- ¿Y si yo estudio a vosotros qué os importa?

- A nosotros nos importa muchísimo, porque nos haces quedar mal


delante del maestro...

- ¿Por qué?

- Porque los alumnos que estudian hacen quedar mal a los que, como
nosotros, no tenemos ganas de estudiar. ¡Y nosotros no queremos
quedar mal! ¡También nosotros tenemos nuestro amor propio...!

- Y entonces ¿Que debo hacer para contentaros?

- Tienes que aburrirte también tú de la escuela, de las lecciones y del


maestro, que son nuestros tres grandes enemigos.

- ¿Y si quisiera seguir estudiando?

- No te miraremos más a la cara y a la primera ocasión nos las pagarás.

- De verdad que casi me hacéis reír- dijo el muñeco torciendo un poco


la cabeza.

- Eh, Pinocho- gritó entonces el más grande de ellos encarándose le-


No vengas aquí a hacerte el valentón, no te hagas el gallito... porque si
tu no tienes miedo de nosotros, nosotros tampoco tenemos miedo de ti,
recuerda que tu eres uno y nosotros somos siete.

- Siete como los pecados mortales- dijo Pinocho con una gran
carcajada.

- ¿Habéis oído? ¡Nos ha insultado a todos! ¡Nos ha llamado pecados


mortales!

- ¡Pinocho, pídenos perdón por la ofensa! Si no peor para ti!


- Cucú- dijo el muñeco tocándose con el dedo índice la nariz en señal
de burla.

- ¡Pinocho, que terminas mal!"

- Cucú.

- Te vas a llevar más palos que un burro.

- Cucú.

- Volverás a casa con la nariz rota.

- Cucú.

- ¡Ahora el cucú te lo daré yo!- Gritó el más atrevido de aquellos pillos.-


Toma esto a cuenta y resérvalo para la cena de esta noche.

Y mientras decía esto le dio un puñetazo en la cabeza. Pero fue, como


suele decirse, un toma y daca; porque el muñeco, como era de esperar,
respondió rápido con otro puñetazo, y allí la pelea se convirtió en
general y encarnizada.

Pinocho, aunque estuviera solo, se defendía como un héroe. Con sus


pies de madera durísima trabajaba tan bien que tenía a sus enemigos a
una respetable distancia. Donde sus pies podían llegar y tocar, dejaban
siempre un moratón como recuerdo.

Entonces los chicos, despechados por no poder medirse con el muñeco


cuerpo a cuerpo, pensaron empezar con los proyectiles; y desechos los
paquetes de sus libros de la escuela, empezaron a lanzar contra él los
Salavarios, las Gramáticas, los Juanitos, los Minuzzoli, los cuentos del
Thouar, el Polluelo de la Baccini, y otros libros de texto; pero el muñeco,
que estaba siempre atento, los esquivaba a tiempo, con lo que los libros
pasaban por encima de su cabeza e iban a parar al mar.

¡Imaginaos los peces! Los peces, creyendo que los libros eran comida,
corrían en bandadas a la superficie, pero después de haber mordido
alguna página o alguna tapa, la escupían rápido, haciendo con la boca
algún gesto, que parecía querer decir: <<esto no es para nosotros,
estamos acostumbrados a alimentarnos mejor>>.
Mientras tanto el combate se enfurecía cada vez más, mientras tanto,
un gran cangrejo, que había salido fuera del agua y despacio había
trepado hacia la playa, gritó con un vozarrón de trombón resfriado:

- ¡Dejadlo ya, bribones, que no sois otra cosa! Estas guerras entre
chicos difícilmente terminan bien. ¡Siempre ocurre alguna desgracia!

¡Pobre Cangrejo! Fue lo mismo que predicar en el desierto. Incluso el


sinvergüenza de Pinocho, volviéndose hacia atrás gritó con enojo:

- ¡Cállate, Cangrejo odioso! Harías mejor chupando dos pastillas de


menta para curarte ese resfriado de garganta. Mejor vete a la cama e
intenta sudar.

Mientras tanto los muchachos, que habían terminado de tirar todos su


libros, vieron allí, a poca distancia el fajo de libros del muñeco y se
adueñaron de él inmediatamente.

Entre estos libros había uno encuadernado en cartón grueso y con el


lomo y los cantos de pergamino, era un Tratado de Aritmética. ¡O dejo
imaginaros cómo pesaba!

Uno de esos gamberros cogió el libro, y apuntando a la cabeza de


Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza de su brazo; pero en vez de dar al
muñeco, dio en la cabeza de uno de sus compañeros; el cual se volvió
blanco como un pañuelo y solo dijo estas palabras:

- ¡Oh, madre mía, ayúdame porque me muero!...

Después cayó tendido sobre la arena de la playa.

Viendo a aquel moribundo los muchachos se asustaron y empezaron a


correr y en pocos minutos desaparecieron. Pero Pinocho se quedó allí;
y ya fuera por el dolor o por el miedo, que él estuviera más muerto que
vivo, fue a empapar un pañuelo con el agua del mar y se puso a mojar
las sienes de su pobre compañero de escuela. Y mientras tanto,
llorando derrotadamente y desesperándose, lo llamaba por su nombre
y le decía:

- ¡Eugenio!, pobre Eugenio mío, abre los ojos y mírame, ¿Porqué no me


respondes? Que sepas que no he sido yo el que te ha hecho tanto
daño, créeme, no he sido yo. ¡Abre los ojos, Eugenio!, ¡si tienes los ojos
cerrados vas a hacer que me muera también yo! ¡Oh, Dios mío, cómo
haré ahora para regresar a casa? ¿Con qué valor podré presentarme
delante de mi buena madre? ¿Que será de mí, a donde huiré, a donde
iré a esconderme? Hubiera sido mil veces mejor si hubiese ido a la
escuela! ¿Por qué habré hecho caso a estos compañeros, que son mi
ruina? ¡Y el maestro me lo había dicho, y mi madre me lo había
repetido!, ¡Aléjate de las malas compañías!...

- Pero yo soy un testarudo, un caprichoso... ¡Les dejo hablar y después


hago lo que quiero! Después tengo que pagarlo... Y así, desde que
estoy en este mundo no he estado bien un cuarto de hora. Dios mío,
¿que será de mí, que será de mí, que será de mí?

Y Pinocho continuaba llorando, gritando, dándose con los puños en la


cabeza y llamando por el nombre al pobre Eugenio, cuando de repente
oyó un rumor sordo de pasos que se acercaban.

Se volvió: eran dos carabineros.

- ¿Que haces ahí tirado por el suelo? Le preguntaron a Pinocho.

- Ayudo a este compañero mío de la escuela.

- ¿Está enfermo?

- Parece que sí.

- ¡Más que enfermo!- dijo uno de los carabineros, inclinándose y


observando a Eugenio de cerca- Este chico ha sido herido en una sien:
¿Quien lo ha herido?

- Yo no- balbuceó el muñeco que no tenía ya aliento en el cuerpo.

- Si no has sido tú, ¿Quien lo ha herido, entonces?

- Yo no- repitió Pinocho.

- ¿Y con qué ha sido herido?

- Con este libro- el muñeco recogió del suelo el Tratado de Aritmética,


encuadernado de cartón y pergamino, para mostrárselo a los
carabineros.
- ¿Y este libro de quien es?

- Mío.

- Ya basta, no hay que saber más, levántate y ven con nosotros.

- Pero yo...

- ¡Ven con nosotros!

-Pero yo soy inocente.

- ¡Ven con nosotros!

Antes de irse, los carabineros llamaron a unos pescadores, que en


aquel momento precisamente pasaban con su barca cerca de la playa y
les dijeron:

- Les confiamos este muchacho herido en la cabeza. Lleváoslo a casa y


cuidadlo. Mañana pasaremos a verlo.- Entonces se volvieron a Pinocho
y tras colocarlo entre los dos, le intimidaron con acento soldadesco:

- Adelante, y camina rápido, si no, peor para ti.

Sin hacérselo repetir el muñeco comenzó a caminar por aquel sendero


que llevaba al pueblo. Pero el pobre diablo no sabía ni en que mundo
estaba. Parecía que soñase, ¡una pesadilla! Estaba fuera de sí. Sus
ojos lo veían todo doble, las piernas le temblaban, la lengua se le había
quedado pegada al paladar y no podía siquiera articular una palabra.
Sin embargo, en esta especie de estupor y aturdimiento, una agudísima
espina le perforaba el corazón, el pensamiento de tener que pasar bajo
las ventanas de la casa de su buena Hada, en medio de los dos
carabineros. Hubiera preferido morir.

Habían llegado ya y estaban por entrar en el pueblo, cuando una


revoltosa ráfaga de viento le quitó a Pinocho el gorro de la cabeza
llevándoselo una decena de pasos más allá.

- ¿Les importaría-dijo el muñeco a los carabineros-que vaya a recoger


mi gorro?
- Ve a recogerlo, pero hazlo rápido.

El muñeco fue, recogió el gorro... pero en vez de ponérselo en la


cabeza, se lo metió en la boca entre los dientes y después empezó a
correr velozmente hacia la orilla del mar. Corría como una bala de fusil.

Los carabineros, juzgando que fuese difícil alcanzarlo, le azuzaron un


gran perro mastín, que había ganado el primer premio en todas las
carreras de perros.

Pinocho corría, y el perro corría más que él, por lo que toda la gente se
asomaba a las ventanas y se amontonaba en medio de la calle, ansiosa
por ver el fin de una carrera tan reñida. Pero se quedaron con las
ganas, porque entre el perro mastín y Pinocho levantaron a lo largo de
la calle tal polvareda que durante unos minutos no era posible ver nada
más.

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28.- Pinocho corre el peligro de ser frito en una sartén, como si fuera un
pez.

Durante aquella carrera desesperada hubo un momento terrible, un


momento en el que Pinocho se creyó perdido: porque hace falta saber
que Alídoro, (que así se llamaba el perro mastín) a fuerza de correr y
correr le había casi alcanzado. Basta decir que el muñeco sentía detrás
de sí a la distancia de un palmo el jadeo afanoso de aquella bestia y
sentía incluso el caliente vaho de su aliento.
Por suerte la playa ya estaba cerca y se veía el mar allí a pocos pasos.

Apenas estuvo en la playa, el muñeco pegó un grandísimo salto, como


hubiera podido hacer una rana, y fue a parar en medio del agua. Alídoro
en cambio quería pararse; pero llevado por el ímpetu de la carrera, se
cayó al agua también él. Y aquel desgraciado no sabía nadar; por lo
que empezó a patalear rápidamente para mantenerse a flote, pero
cuanto más pataleaba más se le hundía la cabeza en el agua, cuando
pudo sacar de nuevo la cabeza, el pobre perro tenía los ojos asustados
y desorbitados, y, ladrando, gritaba:

- ¡Me ahogo, me ahogo!

- ¡Húndete!- le repuso Pinocho de lejos, viéndose seguro ya de


cualquier peligro.

- ¡Ayúdame, Pinocho mío... sálvame de la muerte!

Ante aquellos ruidos estremecedores, el muñeco, que en el fondo tenía


un corazón excelente, se compadeció y, volviéndose al perro le dijo:

- Pero si te ayudo a salvarte, ¿me prometes no molestarme y no correr


más detrás de mí?

- ¡Te lo prometo, te lo prometo! Y apresúrate por caridad porque si


tardas un minuto más, acabaré muerto.

Pinocho dudó un poco, pero después, acordándose de que su padre le


había dicho tantas veces que uno nunca se arrepiente de realizar una
buena acción, fue nadando a recoger a Alídoro y, cogiéndole por la
cola con las dos manos, le llevó sano y salvo sobre la arena de playa.

El pobre perro no se tenía más en pie. Había bebido, sin quererlo, tanta
agua salada, que estaba hinchado como una pelota. Sin embargo, el
muñeco, que todavía no se fiaba demasiado, estimó cosa prudente
tirarse al mar otra vez; y alejándose de la playa gritó al amigo salvado:

- Adiós, Alidoro; que tengas un buen viaje y recuerdos a la familia.

- Adiós, Pinocho-repuso el perro;- muchas gracias por haberme salvado


de la muerte. Me has hecho un gran favor; y en este mundo lo que está
hecho queda hecho. Volveremos a hablar, si se da la ocasión.
Pinocho continuó nadando, estando siempre cerca de la costa.
Finalmente le pareció que había llegado a un lugar seguro; y dando un
vistazo a la playa, vio sobre los escollos una especie de gruta de la cual
salía un larguísimo penacho de humo.

- En aquella gruta- se dijo a sí mismo- debe de haber fuego. ¡Mucho


mejor! Iré a secarme y a calentarme ¿y después...? Después que sea lo
que sea.

Tomada esta resolución, se acercó a la escollera; pero cuando iba a


empezar a trepar, sintió algo en el agua que salía, salía y salía y lo
tiraba por el aire. Intentó rápidamente escapar, pero ya era tarde,
porque con una gran sorpresa se encontró encerrado dentro de una
gran red en medio de un montón de peces de todas las formas y
tamaños, que coleaban y se debatían como almas desesperadas.

En ese momento vio salir de la gruta un pescador tan feo, tan feo, que
parecía un monstruo marino. En la cabeza tenía una tupida mata de
hierba verde; verde era la piel de su cuerpo, verdes sus ojos, verde su
larguísima barba, que le llegaba hasta el suelo. Parecía un gran lagarto
sostenido sobre las patas traseras.

Cuando el pescador hubo sacado la red del mar gritó todo contento:

- ¡Bendita providencia! también hoy podré darme un atracón de peces.

- ¡Menos mal que yo no soy un pez!- dijo Pinocho para sí recobrando un


poco de valor.

La red, llena de peces fue llevada dentro de la gruta, una ruta oscura y
ahumada en medio a la cual había friendo una gran sartén de aceite
que enviaba un olorcito de /*moccolaia*/ que quitaba la respiración.

- ¡Veamos ahora qué peces hemos cogido!- dijo el pescador verde. Y


metiendo en la red una manaza tan desproporcionada que parecía una
pala de panadero, sacó fuera un puñado de salmonetes.

- ¡Que buenas estos salmonetes!- dijo mirándolos y oliéndolos con


complacencia. Y después de haberlas olido, las tiró en un cuenco sin
agua.
Después repitió la misma operación varias veces, y mientras sacaba
fuera los otros peces, se le hacía la boca agua y decía regocijándose:

- ¡Que buenas estaos merluzas!...

- ¡Exquisitos estos mujoles!...

- ¡Deliciosos estos lenguados!...

- ¡Soberbios estos /*ragnotti*/!...

- ¡Bonitas estas anchoas con cabeza!

Como podéis imaginaros las merluzas, las lubinas, los lenguados, los
/*ragnotti*/ y las anchoas fueron al cuenco hechos un revoltijo a hacer
compañía a los salmonetes.

El único que quedaba en la red era Pinocho.

Una vez que el pescador le sacó, sus ojos verdes se le salieron de la


sorpresa; gritando casi asustado:

- ¿Que clase de pez es este? ¡De peces hechos así no recuerdo


haberlos comido nunca!

Volvió a mirarlo atentamente y después de haberlo mirado bien por


todos lados terminó diciendo:

- He entendido: debe ser un cangrejo de mar.

Entonces Pinocho, enfadado por ser comparado con un cangrejo, dijo


con tono resentido:

- ¡Pero qué cangrejo ni que cangrejo, mira come me trata! Yo, para que
lo sepa, soy un muñeco.

- Un muñeco- replicó el pescador- es verdad, el pez muñeco es para mí


un pez nuevo, mejor así, te comeré con más ganas.

- ¿Comerme? ¿Pero quiere entender que yo no soy un pez? ¿O es que


no ge que hablo y razono como usted?
- Es cierto- añadió el pescador- y como veo que eres un pez que tiene
la suerte de hablar y de razonar, como yo, quiero tratarte con la debida
cortesía.

- ¿Y esa cortesía sería?...

- En señal de amistad y estima personal, te dejaré a ti escoger como


quieres ser cocinado. ¿Quieres que te fría en la sartén o quizá quieres
ser cocido en la olla con salsa de tomate?

- Para decir la verdad- repuso Pinocho- si debo escoger, más bien


prefiero que me dejen libre para poder regresar a mi casa.

- ¡Tu bromeas! ¿Te parece que quiera perder la ocasión de probar un


pez tan raro? No todos los días llega un pez muñeco a estos mares.
Déjame hacer a mí: Te freiré en la sartén junto a todos los otros peces,
y te sentirás contento. Ser frito en compañía es siempre un consuelo.

El pobre de Pinocho, ante esta /*antífona*/ empezó a llorar, a gritar, a


encomendarse, y llorando decía:

- ¡Cuanto mejor hubiese sido si hubiera ido a la escuela! ¡He querido


hacer caso a los compañeros y ahora lo pago! ¡Ih, ih, ih!...

Y como se retorcía como una anguila y hacía esfuerzos increíbles, para


escabullirse de las garras del pescador verde, este cogió una buena
rama de junco y, después de haberlo atado de pies y manos, como un
salami, lo tiró al fondo del cuenco, con los otros.

Después, sacando un cuenco de madera, lleno de harina, se puso a


enharinar todos aquellos peces y según los enharinaba los iba echando
en la sartén.

Los primeros en bailar en el aceite hirviendo fueron las pobres


merluzas, después les tocó a los /*ragnoti*/, después a los lubinas,
después a los lenguados y a las anchoas, y después tocó el turno a
Pinocho, el cual, viéndose tan cerca de la muerte (¡Y qué muerte tan
horrible!) fue presa de tanto temblor y de tanto miedo que no tenía más
ni aliento ni voz para encomendarse.

¡El pobre se encomendaba con los ojos! Pero el pescador verde, sin
siquiera mirarlo, lo rebozó cinco o seis veces por la harina,
enharinándolo tan bien de la cabeza a los pies, que parecía convertido
en un muñeco de yeso.

Luego lo cogió por la cabeza y...

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29.- Vuelve a casa del Hada la que le promete que el día siguiente no
será ya más un muñeco, sino que se convertirá en un niño. Gran
desayuno de café con leche para festejar este gran acontecimiento.

Mientras el pescador estaba a punto de tirar a Pinocho en la sartén,


entró en la gruta un gran perro guiado del olor agudísimo y goloso de la
fritura.

- ¡Pasa de largo!- le gritó el pescador amenazándolo y teniendo siempre


cogido al muñeco enharinado.
Pero el pobre perro tenía el hambre de cuatro y gimiendo y moviendo la
cola parecía que dijese:

- Dame un poco de fritura y te dejo en paz.

- ¡Vete por ahí!- le repitió el pescador; y alargó la pierna para darle una
patada.

Entonces el perro, que cuando tenía hambre de verdad no estaba


acostumbrado a dejar que se posara una mosca en su nariz, se revolvió
gruñendo al pescador mostrándole sus dos terribles colmillos.

En ese momento se oyó en la gruta una vocecita debilísima que dijo:

- ¡Sálvame Alídoro si no me salvas estoy frito!...

El perro reconoció enseguida la voz de Pinocho, y se dio cuenta con


gran sorpresa que la vocecita había salido de ese /*fagotto*/ enharinado
que el pescador tenía en la mano.

¿Entonces qué hizo? Pegó un gran salto desde tierra y se metió en la


boca aquel /*fagotto*/ enharinado cogiéndolo suavemente con los
dientes, salió corriendo de la gruta veloz como un rayo.

El pescador, enfadadísimo por verse quitar de las manos un pez, que él


hubiese comido con tantas ganas, intentó correr detrás del perro; pero
cuando había dado unos cuantos pasos, le vino un golpe de tos y tuvo
que regresar.

Mientras tanto Alídoro, que había encontrado el sendero que llevaba al


pueblo, se paró y dejó con delicadeza en el suelo a su a migo Pinocho.

- Te lo agradezco muchísimo- dijo el muñeco.

- No hace falta- repuso el perro. Tú me salvaste a mí y lo que está


hecho queda hecho. Ya se sabe: en este mundo hace falta que nos
ayudemos los unos a los otros.

- ¿Como ha sido que has llegado a la gruta?

- Estaba todavía tirado en la playa más muerto que vivo, cuando el


viento me traído de lejos un olorcito de fritura. Ese olorcito me ha
despertado el apetito y me ido detrás de él. Si llego un minuto más
tarde...

- ¡No me lo digas!- gritó Pinocho que temblaba todavía de miedo- ¡No


me lo digas! Si llegas un minuto más tarde yo ahora estaría bien frito,
comido y digerido. ¡Brrr! ¡Me pongo a temblar solo de pensarlo...!

Alídoro, riendo, extendió la pata hacia el muñeco, el cual se la estrechó


muy fuerte en señal de amistad: y después se alejaron.

El perro retomó el camino a casa: y Pinocho, que se había quedado


solo, se fue a una cabaña que había allí poco distante y preguntó a un
viejecito que estaba en la puerta calentándose al sol:

- Dígame, caballero, ¿sabe algo de un pobre chico herido en la cabeza


y que se llamaba Eugenio?

- Al chico lo trajeron a esta cabaña algunos pescadores, y ahora...

- ¡Ahora estará muerto!...- interrumpió Pinocho con gran dolor.

- No, ahora está vivo y ya ha regresado a su casa.

- ¿De verdad?... ¿de verdad?- gritó el muñeco saltando de la alegría.


¿Entonces la herida no era grave?

- Pero podría haber sido gravísima e incluso mortal- repuso el viejecito-


porque le tiraron a la cabeza un libro encuadernado en cartón.

- ¿Y quién se lo tiró?

- Un compañero suyo de escuela: un cierto Pinocho.

- ¿Y quién es este Pinocho?- Preguntó el muñeco haciéndose el


ignorante.

- Dicen que es un mal chico, un vagabundo, un auténtico imprudente...

- ¡Calumnias, todo calumnias!

- ¿Conoces tú a este Pinocho?


- De vista- respondió el muñeco.

- ¿Y a ti, que opinión te merece?

- A mí me parece un buen hijo, lleno de ganas de estudiar, obediente,


que tiene afecto a su padre y a su familia...

Mientras el muñeco soltaba con toda la caradura estas mentiras, se


tocó la nariz y se dio cuenta de que la nariz se le había alargado más
de un palmo. Entonces todo asustado empezó a gritar.

- ¡No haga caso, caballero, a todo lo bueno que he dicho; porque


conozco muy bien a Pinocho y le puedo asegurar también yo que es un
mal chico, un desobediente y un vago, que en vez de ir a la escuela, se
va con los compañeros a hacer novillos.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, su nariz se acortó y volvió a


su tamaño natural, como era antes.

- ¿Y porqué estaś tan blanco?- le preguntó el viejecito de repente.

- Se lo diré... Sin darme cuenta me he restregado contra un muro que


estaba recién pintado- repuso el muñeco que se avergonzaba de contar
que lo habían enharinado como un pez, para después freírlo en la
sartén.

- ¿Y que has hecho con tu chaqueta, tus pantalones y tu gorro?

- Me he encontrado con unos ladrones y me han desnudado. Dígame,


buen anciano, ¿no tendrá por casualidad, un poco de ropita, lo justo
para poder volver a casa?

- Muchacho mío, en cuanto a vestidos solo tengo un saquito, donde


guardo los altramuces. Si lo quieres, cógelo: ahí está.

Pinocho no se lo hizo repetir dos veces: cogió rápido el saquito de los


altramuces, que estaba vacío, y después de haberle hecho con las
tijeras un pequeño agujero en el fondo y dos agujeros en los lados, se
lo puso a modo de camisa. Y mal vestido de ese modo se marchó hacia
el pueblo.
Pero, recorriendo el camino, no se sentía muy tranquilo; tanto es así
que daba un paso adelante y uno atrás y, razonando para sí mismo
decía:

- ¿Cómo haré para presentarme delante de mi Hadita? ¿Qué dirá


cuando me vea?... ¿Querrá perdonarme esta segunda travesura?...
¡Apuesto a que no me la perdona!... ¡Oh!... seguro que no me la
perdona. Y me está bien empleado: porque soy un gamberro que
prometo siempre corregirme, ¡Pero nunca lo mantengo!...

Cuando llegó al pueblo era ya noche cerrada; y como hacía mal tiempo
y el agua caía a cántaros, caminó derecho derecho hacia la casa del
Hada con el ánimo resuelto de tocar a la puerta y hacerse abrir.

Pero cuando llegó allí sintió que le faltaba el valor, y en vez de tocar a la
puerta salió corriendo y se alejó una veintena de pasos. Después volvió
por segunda vez a la puerta y no hizo nada: después se acercó una
tercera vez, y nada: la cuarta vez cogió temblando el llamador de hierro
con la mano y dio un pequeño golpecito.

Esperando, esperando, finalmente después de media hora se abrió una


ventana del último piso (la casa tenía cuatro pisos) y Pinocho vio
asomarse un gran caracol, que tenía una linternita encendida sobre la
cabeza, el cual le dijo.
- ¿Quien llama a esta hora?

- ¿El Hada está en casa?- preguntó el muñeco.

- El Hada duerme y no quiere que la despierten: ¿pero quien eres tú?

- ¡Soy yo!

- ¿Quien es yo?

- Pinocho.

- ¿Qué Pinocho?

- El muñeco, el que está en casa con el Hada.

- ¡Ah!, ya entiendo- dijo el Caracol- espérame ahí que ahora bajo y te


abro rápido.
- Date prisa, por caridad, que me muero de frío.

- Niño mío yo soy un caracol, y los caracoles nunca tienen prisa.

Mientras tanto pasó una hora, pasaron dos horas, y la puerta no se


abría: por lo cual Pinocho, que temblaba de frío, de miedo y del agua
que llevaba encima, sacó fuerza y tocó una segunda vez, y tocó más
fuerte.

Ante aquel segundo golpe se abrió una ventana del piso de abajo y se
asomó el mismo caracol.

- ¡Caracol bonito- gritó Pinocho desde la calle- hace dos horas que
espero! Y dos horas, con esta tardecita, parecen más largas que dos
años. Date prisa, por caridad.

- Niño mío, - le repuso desde la ventana aquella bestezuela, toda


pacífica y flemática- niño mio, yo soy un caracol, y los caracoles nunca
tienen prisa.

Y se cerró la ventana.

En poco tiempo sonó la media noche: después la una, después las dos
de la madrugada, y la puerta continuaba cerrada.

Entonces Pinocho, perdiendo la paciencia, cogió con rabia el pomo de


la puerta para pegar un golpe que haría retronar todo el edificio, pero el
pomo, que era de hierro, se convirtió de repente en una anguila viva,
que escurriéndosele entre las manos desapareció en un riachuelo de
agua que corría en medio del camino.

- ¿Ah, sí?- gritó Pinocho cada vez más atacado por la cólera.

- Si el pomo a desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas.

Y retirándose un poco hacia atrás, dejó escapar una solemnísima


patada en la puerta de la casa. El golpe fue tan fuerte, que el pie
penetró en la madera hasta la mitad: y cuando el muñeco intentó
sacarlo fuera fue todo un esfuerzo inútil: porque el pie se había
quedado clavado dentro como un clavo remachado.
¡Figuraos el pobre Pinocho! Debió pasar todo el resto de la noche con
un pie en el suelo y con el otro en el aire.

Por la mañana, al hacerse de día, finalmente se abrió la puerta. Aquella


buena bestia del Caracol, para descender desde el cuarto piso a la
salida de la calle, había tardado solo nueve horas. Hace falta decir que
se había realmente agotado.

- ¿Que haces con este pie clavado en la puerta?- preguntó al muñeco


riéndose.

- Ha sido una desgracia. Mira un poco, Caracolito bonito, si consigues


liberarme de este suplicio.

- Niño mío, aquí hace falta un leñador, y yo nunca he sido leñador.

- Pídeselo al Hada, de parte mía...

- Pero el Hada duerme, y no quiere ser despertada.

- ¿Pero qué quieres que haga todo el día clavado a esta puerta?

- Diviértete contando las hormigas que pasan por la calle.

- Tráeme por lo menos algo para comer porque me siento agotado.

- ¡Ahora mismo! - dijo el Caracol.

Después de tres horas y media, Pinocho la vio regresar con una


bandeja de plata en la cabeza. En la bandeja había un pan, un pollo
asado y cuatro albaricoques maduros.

- Aquí está el desayuno que te envía el Hada- dijo el Caracol.

A la vista de aquel regalo de Dios, el muñeco se sintió todo consolado.


Pero cual fue su desengaño cuando empezó a comer y se dio cuenta
que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques de
alabastro, coloreados como si fuesen de verdad.

Quería llorar, quería abandonarse a la desesperación; quería tirar por


ahí la bandeja y lo que tenía dentro, pero en cambio, bien por el gran
dolor o bien por el gran vació en el estómago, el hecho es que cayó
desvanecido.

Cuando se rehizo, se encontró tendido sobre un sofá, y el Hada estaba


a su lado.

- También esta vez te perdono- dijo el Hada- ¡pero ay de ti si me haces


otra de las tuyas!...

Pinocho prometió y juró que estudiaría, y que iría siempre por el buen
camino. Y mantuvo su palabra por todo el resto del año. En efecto, en
los exámenes finales tuvo el honor de ser el mejor de la escuela; y su
comportamiento, en general, fue considerado tan loable y satisfactorio,
que el Hada, muy contenta le dijo:

- Mañana finalmente tu deseo será cumplido.

- ¿Cual deseo?

- Mañana dejarás de ser un muñeco y te convertirás en un niño bueno.

Quien no haya visto la alegría de Pinocho, ante esta noticia tan


deseada, nunca podrá figurársela. Todos sus amigos y compañeros de
escuela debían ser invitados el día siguiente a un gran desayuno en
casa del Hada, para celebrar juntos el gran acontecimiento: y el Hada
había hecho preparar doscientas tazas de café con leche y
cuatrocientos bocadillos enmantequillados por dentro y por fuera. Aquel
día prometía ser muy bonito y muy alegre: pero...

Desgraciadamente, en la vida de los muñecos hay un pero que


estropea las cosas.

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30.- Pinocho, en vez de convertirse en un niño, se va escondido con su
amigo Mecha hacia el <<País de los juguetes>>.

Como es natural Pinocho pidió rápidamente al Hada permiso para dar


una vuelta por la ciudad e invitar a todos: y el Hada le dijo:

- Ve entonces a invitar a tus compañeros para el desayuno de mañana:


pero recuerda estar en casa antes de que llegue la noche. ¿Has
entendido?

- Te prometo que en una hora habré regresado- replicó el muñeco.

- ¡Ten cuidado, Pinocho! Los chicos prometen fácilmente pero la


mayoría de la veces no lo cumplen.

- Pero yo no soy como los demás: cuando digo una cosa la mantengo.

- Veremos, en el caso de que desobedezcas, mucho peor para ti.

- ¿Por qué?

- Porque los niños que no hacen caso de los consejos de quien sabe
más que ellos, van siempre al encuentro de alguna desgracia.
- ¡Y yo lo he probado!- dijo Pinocho- Pero ahora ya no recaigo más.

- Ya veremos si lo dices de verdad.

- Sin añadir más palabras, el muñeco se despidió de su buen Hada, que


para él era una especie de madre, y cantando y bailando salió por la
puerta de casa.

En poco más de una hora, todos sus amigos fueron invitados. Algunos
aceptaron inmediatamente y de corazón: otros, al principio, se hicieron
un poco de rogar: pero cuando supieron que los panecillos para mojar
en el café con leche estarían enmantequillados también por fuera,
terminaron todos diciendo: <<Iremos también nosotros, para darte el
gusto>>.

Ahora hace falta saber que Pinocho, entre sus amigos y compañeros de
escuela, tenía uno preferido y queridísimo, el cual se llamaba Romeo:
pero todos los llamaban por el sobrenombre de Mecha, por motivo de
su aspecto seco, seco y flaco, idéntico a la mecha nueva de un candil.

Mecha era el chico más vago y más gamberro de toda la escuela: pero
Pinocho le quería mucho. Fue corriendo a invitarlo a casa, para invitarlo
al desayuno, y no lo encontró: volvió una segunda vez, y Mecha no
estaba: regresó una tercera vez, pero hizo el camino en vano.

¿Donde lo podría encontrar? Busco por aquí y por allá, finalmente lo vio
escondido bajo el pórtico de una casa de campesinos.
- Que haces ahí?- le preguntó Pinocho, acercándose.

- Espero para irme.

- ¿Y a donde vas?

- ¡Lejos, lejos, lejos!

- Y yo que he ido a buscarte a casa tres veces.

- ¿Que querías de mí?

- ¿No sabes el gran acontecimiento? ¿No sabes la suerte que tengo?

- ¿Cual?
Mañana termino de ser un muñeco y me convierto en un niño como tú,
y como todos los demás.

- Que te aproveche.

- Mañana, entonces, te espero para el desayuno en mi casa.

- Pero si te digo que me marcho esta tarde.

- ¿A qué hora?

- Dentro de poco.

- ¿Y a donde vas?

- Voy a vivir en un país... que es el país más bonito de este mundo: una
verdadera /*cuccagna!...*/

- ¿Y como se llama?

- <<El País de los juguetes>>. ¿Por qué no vienes también tú?

- ¿Yo? No, de verdad.

- Te equivocas, Pinocho. Créeme que, si no vienes, te arrepentirás


¿Donde quieres encontrar un país más sano para nosotros los niños?
Allí no hay escuelas: no hay maestros: no hay libros. En aquel bendito
país nunca se estudia. El jueves no hay que ir a la escuela: y cada
semana está compuesta de seis jueves y un domingo. Imagínate que
las vacaciones de otoño empiezan el primero de enero y terminan el
último de diciembre. ¡Ese es un país como verdaderamente me gusta!
¡Ese es un país como deberían ser todos los países civilizados!

- ¿Y como se pasan los días en el <<País de los juguetes>>?

- Se pasan jugando y divirtiéndose de la mañana a la tarde. Después


por la noche se va a la cama, y a la mañana siguiente se empieza de
nuevo. ¿Que te parece?

- ¡Uhmm...- dijo Pinocho sacudiendo ligeramente la cabeza como para


decir <<Es una vida que también yo haría con gusto>>.
- Entonces, ¿quieres venir conmigo si o no. Decídete.

- No, no, no, y después no. He prometido a mi buena Hada convertirme


en un niño bueno, y quiero mantener la promesa. Y como veo que se
está poniendo el sol, entonces te dejo solo y me voy. Entonces, adiós y
buen viaje.

- ¿Donde vas tan de prisa?

- A casa. Mi buen Hada quiere que regrese antes de la noche.

- Espera otros dos minutos.

- Se me hace demasiado tarde.

- Solo dos minutos.

- ¿Y si después el Hada me grita?

- Déjala que grite. Cuando haya gritado bastante se callará- dijo aquel
sinvergüenza de Mecha.

- ¿Y como vas, solo o en compañía?

- ¿Solo? Seremos más de cien niños.

- ¿Y el viaje lo hacéis andando?

- Dentro de poco pasará por aquí el carro que me deberá recoger y


conducir hasta dentro de los confines de ese maravilloso país.

- ¡Lo que daría porque el carro pasase ahora!...

- ¿Por qué?

- Para veros partir a todos juntos.

- Quédate aquí un poco y nos veras.

- No, no: quiero regresar a casa.


- Espera otros dos minutos.

- Me he retrasado demasiado. El Hada estará preocupada por mí.

- ¡Pobre Hada! ¿Quizás estará preocupada de que te coman los


murciélagos?

- Pero entonces,- añadió Pinocho- ¿Tú estas realmente seguro de que


en ese país no hay escuelas?

- Ni la sombra.

- ¿Y tampoco maestros?

- Ni uno.

-¿Y nunca se tiene la obligación de estudiar?

- ¡Nunca, nunca, nunca!

- ¡Que país más bonito!- dijo Pinocho que se le hacía la boca agua- yo
nunca he estado, pero me lo figuro...

- ¿Porqué no vienes también tú?

- ¡Es inútil que me tientes! Ya he prometido a mi buen Hada


convertirme en un niño con juicio, y no quiero faltar a mi palabra.

- ¡Entonces adiós, y muchos recuerdos a las escuelas... y a los


institutos, si los ves por la calle!

- Adiós Mecha: que tengas buen viaje, diviértete y acuérdate alguna vez
de los amigos.

Dicho esto, el muñeco dio dos pasos como si se marchara: pero


después, parándose y volviéndose al amigo, le pregunto:

- ¿Pero estas realmente seguro de que en ese país las semanas se


componen de seis jueves y un domingo?

- Segurísimo.
- ¿Pero sabes de verdad que las vacaciones empiezan el primero de
enero y terminan el último de diciembre?

- Muy de verdad.

- ¡Que país más bonito!- escupió Pinocho /*esputando del sobrado


consuelo*/. Después, con ánimo resuelto, gritó deprisa y con rabia:

- Entonces adiós de verdad: y buen viaje.

- Adiós.

- ¿Cuando os vais?

- Dentro de poco.

- Sería casi casi capaz de esperar.

- ¿Y el Hada?

- ¡Ya se me ha hecho tarde! y llegar a casa una hora antes o después,


es lo mismo.

- ¡Pobre Pinocho! ¿Y si el Hada te grita?

- ¡Paciencia! La dejaré gritar. Cuando se canse, se callará.

Mientras tanto se había hecho de noche y era noche cerrada: cuando


de repente vieron moverse en la lejanía una lucecita... y oyeron el
sonido de unos cascabeles y el /*squillo*/ de una trompeta, tan flojo y
apagado que parecía el zumbido de un mosquito.

- ¡Aquí está!- gritó Mecha poniéndose en pie.

- ¿Quien es?- preguntó Pinocho a media voz.

- Es el carro que viene a recogerme, entonces ¿quieres venir sí o no?

- ¿Pero es verdad que en ese país los niños no tienen la obligación de


estudiar?

- ¡Nunca, nunca, nunca!


- ¡Qué país más bonito... ¡que país más bonito!...¡que país más bonito!

31.- Después de divertirse cinco meses, Pinocho con gran sorpresa,


siente despuntarse un buen par de orejas de asno, y se convierte en
burro, con la cola y todo.

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Finalmente el carro llegó: y llegó sin hacer el más mínimo ruido, porque
sus ruedas estaban forradas de estopa y de trapos.

Del carro tiraban doce parejas de asnos, todos del mismo tamaño pero
con diferente pelaje.

Algunos eran grises, otros blancos, otros canosos como sal y pimienta,
y otros rayados con grandes líneas amarillas y azules.

Pero la cosa más singular era esta: que esa doce parejas, o sea
aquellos veinticuatro burros en vez de estar herrados como todos los
demás animales de tiro o de carga, tenían en los pies botitas de hombre
hechas de piel blanca.
¿Y el conductor del carro? Imaginaos un hombrecito más ancho que
largo, tierno y untuoso como una bola de mantequilla, con carita de
manzana colorada, una boquita que reía siempre y una voz suave y
acariciante, como la de un gato que se encomendara al buen corazón
del ama de casa.

Todos los niños, apenas lo veían, se quedaban enamorados y


empezaban a correr para montarse en su carro para ser conducidos por
él a aquella verdadera /*cucagna*/ conocida en los mapas con el
seductor nombre de <<País de los juguetes>>.

Efectivamente el carro estaba ya lleno de muchachitos de ocho a doce


años, amontonados allí, los unos sobre los otros como si fuesen
sardinas en salmuera. Estaban mal, estaban apretados, no podían casi
ni respirar: pero ninguno decía ¡Ohi! Ninguno se lamentaba. El consuelo
de saber que en pocas horas estarían juntos en un país, en donde no
había libros, ni escuela, ni maestros, les dejaba tan conformes y
resignados que no sentían ni las molestias, ni los apretones, ni el
hambre, ni la sed, ni el sueño.

Apenas se paró el carro el Hombrecito se volvió a Mecha, y con mil


gestos y mil muecas, le preguntó:

- Dime, mi niño bonito, ¿quieres venir también tú a aquel afortunado


país?

- Seguro que quiero ir.

- Pero te advierto, querido mío que no hay mas sitio en el carro. Como
ves está todo lleno.

- ¡Paciencia!- replicó Mecha- si no hay sitio fuera me adaptaré a ir


sentado en las barras del carro.

Pegó un salto y montó a caballito sobre las barras.

- Y tú, amor mío, dijo el Hombrecito volviéndose todo /*cumplimentoso*/


a Pinocho- ¿qué quieres hacer? ¿Vienes con nosotros o te quedas?

- Yo me quedo- repuso Pinocho- Quiero volver a mi casa: quiero


estudiar y destacar en la escuela, como hacen todos los niños de bien".
- ¡Que te aproveche!

- ¡Pinocho!- dijo entonces Mecha. Hazme caso, ven con nosotros y


estaremos contentos.

- ¡No, no y no!

- ¡Ven con nosotros y estaremos contentos!- gritaron otras cuatro voces


desde dentro del carro.

- Ven con nosotros y estaremos alegres- aullaron un centenar de voces


todas al mismo tiempo.

- Y si voy con vosotros ¿Que dirá mi buen Hada?- dijo el muñeco que
empezaba a ablandarse y a pensárselo dos veces.

- No te comas la cabeza con tantas melancolías. Piensa que vamos a


un país donde seremos dueños de armar alboroto de la mañana a la
noche.

Pinocho no respondió, pero soltó un suspiro: después soltó otro:


después un tercer suspiro: finalmente dijo:

- Hacedme un poco de sitio. ¡Yo también quiero ir!

- Todos los sitios están ocupados- replicó el Hombrecito- pero para


demostrarte cuanto te queremos, te cedo mi sitio en la caseta.

- ¿Y usted?

- Yo haré el camino a pie.

- No, de verdad, que no lo permito. ¡Más bien prefiero ir a la grupa de


uno de estos burros!- gritó Pinocho.

Dicho y hecho, se acercó al burro de la derecha de la primera pareja e


hizo el acto de quererlo cabalgar: pero el animal, volviéndose de
repente, le dio con el hocico en el estómago y lo lanzó por el aire.

Figuraos la carcajada impertinente y desquiciada de todos esos chicos


presentes en la escena.
Pero el Hombrecito no rió, se acercó lleno de cariño al asno rebelde y
haciendo como si le diera un beso, le arrancó con un mordisco la mitad
de la oreja derecha.

Mientras tanto Pinocho, levantándose del suelo enfurecido, dio un salto


y cayó sobre la grupa de aquel pobre animal. Y el salto fue tan bonito,
que los muchachos, dejando de reír, empezaron a gritar:- <<¡Viva
Pinocho!>>- y a lanzar una salva de aplausos que no terminaban
nunca.

Entonces de improviso, el burro alzó las dos patas traseras, y dando un


fortísima coz, lanzó al pobre muñeco en medio de la calle sobre un
montón de arena.

Ahora grandes carcajadas de nuevo: pero el Hombrecito, en ven vez de


reír, se sintió preso de tanto amor por aquel inquieto asno que, con un
beso, le arrancó de cuajo la mitad de la otra oreja. Después le dijo al
muñeco:

- Remonta a caballo, y no tengas miedo, aquel burro tenía un grillo en la


cabeza, pero le he dicho un par de palabritas al oído y espero de
haberlo dejado manso y razonable.

Pinocho montó; y el carro empezó a moverse: pero al tiempo que los


burros galopaban y el carro corría por los adoquines de la calle
principal, le pareció al muñeco oír una voz sumisa y apenas inteligible
que le dijo:

- ¡Pobre tonto! ¡Has querido hacer lo que te daba la gana, pero te


arrepentirás!

Pinocho, casi asustado, miro aquí y allá, para saber de donde venían
esas palabras; pero no vio a nadie: los burros galopaban, el carro
corría, los muchachos dormían dentro del carro, Mecha roncaba come
un lirón y el Hombrecito, sentado en el pescante canturreaba entre
dientes:

- Duermen toda la noche


y yo nunca duermo...
Recorrido otro medio kilómetro, Pinocho oyó la misma vocecita débil
que le dijo:

- ¡Mételo en la cabeza, estúpido! ¡Los muchachos que dejan de estudiar


y dan la espalda a los libros, a la escuela y a los maestros, para
entregarse a los juegos y al divertimiento, no pueden terminar sino de
una manera desgraciada! ¡Yo lo he probado! ¡Y te lo puedo decir!
¡Vendrá un día en que tú lloraras, como ahora lloro yo, pero entonces
será tarde!

Ante estas palabras susurradas ente dientes, el muñeco, más asustado


que nunca, saltó de lo alto de la grupa de la cabalgadura y fue coger a
su burro por el hocico.

E imaginaos como se quedó cuando se dio cuenta que su burro


lloraba... y lloraba como lo haría un niño.

- Eh, señor Hombrecito,- gritó entonces Pinocho al dueño del carro-


¿Sabe que es lo que hay de nuevo? Este burro llora.

- Déjalo que llore: ya reirá cuando se canse.

- ¿Es que acaso le ha enseñado también a hablar?

- No: ha aprendido por sí mimo a farfullar alguna palabra habiendo


estado tres años en una compañía de perros amaestrados.

- ¡Pobre animal!

- Vamos, vamos- dijo el Hombrecito- no perdamos el tiempo en ver


llorar un asno, sube a caballo y vamos: la noche es fría y el camino
largo.

Pinocho obedeció sin rechistar. El carro reemprendió su camino: y a la


mañana siguiente, al llegar el día, llegaron felizmente al <<País de los
juguetes>>.

Este país no se parecía a ningún otro país del mundo. Su población


estaba compuesta de muchachos. Los más viejos tenían catorce años,
los más jóvenes apenas ocho años. En las calles una alegría, un
escándalo, un vocerío para volverse loco. Pandillas de chicos por todas
partes, unos jugaban a los dados, otros a las tejas, otros a la pelota,
otros iban en velocípedos, otros sobre un caballito de madera, unos
jugaban a la gallinita ciega, otros se perseguían: otros, vestidos de
payaso comían estopa encendida, unos recitaban, otros cantaban, otros
hacían saltos mortales, otros se divertían caminando con las manos en
el suelo y la piernas por el aire, había quienes hacían rodar un aro,
quien paseaba vestido de general con el casco de papel y el
/*squadrone*/ de cartón piedra, otros reían, otros gritaban, unos
llamaban, otros palmeaban, silbaban, otros imitaban a la gallina cuando
a puesto un huevo. En suma, un pandemonio tal, una pajarera tal, un
alboroto endiablado tal, que hacía falta meterse algodón en los oídos
para no quedarse sordo. En todas la plazas se veían teatrillos de tela,
atestados de muchachos de la mañana a la tarde, y sobre todos los
muros se veían escritas con carbón cosas tan bonitas como estas:
<<Viva los gujetes>> (en vez de juguetes), <<¡No que remos más
eskolas>> (en vez de no queremos más escuelas), <<¡No queremos
Larín Mética>> (en vez de la aritmética); y otras lindezas por el estilo.

Pinocho, Mecha y todos los demás chicos que habían hecho el viaje
con el Hombrecito, apenas hubieron puesto los pies sobre la ciudad, se
pusieron rápidamente en medio de la baraúnda, y en pocos minutos,
como es fácil imaginárselo, se hicieron amigos de todos. ¿Quien más
feliz y contento que ellos?

En medio de tantas alegrías y tan distintos divertimentos, las horas, los


días y las semanas pasaban como rayos.

- ¡Oh, que vida tan bonita!- decía Pinocho cada vez que por azar se
topaba con Mecha.

- ¿Ves como tenía razón?- contestaba este último.- Y pensar que tu no


querías venir. Y pensar que te habías metido en la cabeza volver a casa
del Hada para perder el tiempo en estudiar... Si ahora te has liberado
del aburrimiento de los libros y las escuelas, me lo debes a mí, a mis
consejos, a mi premura, ¿no crees? Solo los grandes amigos saben
hacer estos grandes favores.

- ¡Es verdad, Mecha!, si hoy soy un niño verdaderamente contento, es


todo mérito tuyo. Y sin embargo, el maestro, ¿sabes qué me decía
hablando de ti? Me decía siempre: <<No te juntes con el gamberro de
Mecha, porqué Mecha es un mal compañero y no te puede aconsejar
nada que no sea hacer el mal>>."
- ¡Pobre maestro!- replicó el otro torciendo la cabeza- sé con certeza
que me tenía manía, y que se divertía calumniándome; pero yo soy
generoso y le perdono.

- ¡Corazón generoso!- dijo Pinocho, abrazando afectuosamente al


amigo y dándole un beso entre los ojos.

Mientras tanto habían pasado ya cinco meses que duraba esta bonita
/*cuccagna*/ de columpiarse y de divertirse los días enteros, sin mirar a
la cara ni un libro ni una escuela; cuando una mañana Pinocho,
despertándose, tubo, como suele decirse, una gran fea sorpresa, que lo
puso realmente de mal humor.

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32.- A Pinocho le crecen orejas de burro y después se convierte en un
borrico de verdad y empieza a rebuznar.

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¿Y cual fue esta sorpresa?

Os lo diré yo, mis pequeños y queridos lectores: la sorpresa fue que


Pinocho se despertó y le apeteció rascarse la cabeza, y al rascarse la
cabeza se dio cuenta...

¿Adivináis de qué se dio cuenta?

Se dio cuenta, con grandísimo estupor que las orejas le habían crecido
más de un palmo.

Vosotros sabéis que el muñeco, desde que nació había tenido las
orejas pequeñas pequeñas: tan pequeñas que, a simple vista ni siquiera
se veían. Imaginaos entonces como se quedó cuando tocó sus orejas y
se dio cuenta que durante la noche se habían alargado tanto que
parecían dos cepillos de *padule*/.

Fue enseguida a buscar un espejo, para poder verse: pero como no


encontró un espejo, llenó de agua la vasija del lavabo, y reflejándose
dentro, vio lo que nunca habría querido ver: vio su imagen embellecida
por dos orejas de asno.

Os dejo pensar a vosotros el dolor, la vergüenza y la desesperación del


pobre Pinocho.

Comenzó a llorar, a gritar, a chocar la cabeza contra la pared; pero


cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecían, crecían
y se volvían peludas por la parte de arriba.
Al escuchar estos gritos agudísimos, entró en la habitación una bonita
Marmotita, que vivía en el piso de arriba: la cual, viendo al muñeco con
tan grande inquietud, le preguntó premurosamente:

- ¿Qué es lo que te ocurre mi querido convecino?

- Estoy enfermo, Marmotita mía, muy enfermo, y enfermo de una


enfermedad que me da miedo. ¿Tú entiendes del pulso?

- Un poquito.

- Mira entonces si por casualidad tengo fiebre.

La Marmotita alzó la pata derecha hacia adelante: y después de haber


tomado el pulso a Pinocho, dijo suspirando:

- Amigo mío, siento tener que darte una mala noticia.

- ¿Cual?

- Tú tienes una enfermedad muy mala.

- ¿Y esta enfermedad sería?

- La fiebre del burro.

- ¡No entiendo cual es esa fiebre!- respondió el muñeco, que sin


embargo lo había entendido demasiado.

- Entonces te la explicaré yo- añadió la Marmotita.- Tienes que saber


que dentro de dos o tres horas ya no serás ni un muñeco ni un niño...

- ¿Y que seré entonces?

- En dos o tres horas te convertirás en un asno de verdad, como esos


que tiran del carro y llevan las coles y las verduras al mercado.

- ¡Oh, pobre de mí, pobre de mí!- gritó Pinocho, cogiéndose con las
manos las dos orejas, y tirándoselas y estirándoselas rabiosamente,
como si fueran las orejas de otro.
- Querido- replicó la Marmotita para consolarlo- ¿qué quieres que le
haga? Es el destino. Está escrito en los decretos de la sapiencia, que
todos los chicos desganados que, aburriéndose de los libros, las
escuelas y los maestros, que pasan sus días columpiándose, con
juegos y divertimentos, tienen que terminar antes o después
convirtiéndose en pequeños burros.

- ¿Pero seguro que es así de verdad?- pregunto sollozando el muñeco.

- ¡Y tanto que es así! Ahora los lloros son inútiles. ¡Haberlo pensado
antes!

- Pero la culpa no es mía: La culpa, créetelo Marmotita, es toda de


Mecha...

- ¿Y quien es ese Mecha?

- Un compañero de la escuela. Yo quería volver a casa: yo quería ser


obediente: yo quería seguir estudiando y sacando provecho, pero
Mecha me dijo: <<¿Para que quieres aburrirte estudiando? ¿Para qué
quieres ir a la escuela; mejor vente conmigo, al <<País de los
juguetes>> allí no estudiaremos nunca, allí nos divertiremos de la
mañana a la tarde y estaremos siempre alegres>>.

- ¿Y porqué seguiste el consejo de ese falso amigo, de ese mal


compañero?

- ¿Porque?... Porque, Marmotita mía, yo soy un muñeco sin juicio... y


sin corazón. ¡Oh! Si hubiese tenido una pizca de corazón, no habría
nunca abandonado a aquella buen Hada, que me quería tanto como
una madre y que había hecho tanto por mí... y a esta hora ya no sería
más un muñeco... sino que sería un muchachito a modo, como hay
tantos. ¡Oh, pero si encuentro a Mecha, peor para él, le quiero decir un
par de cosas...!

E hizo el gesto de querer salir, pero cuando estuvo delante de la puerta,


se recordó que tenía las orejas de burro y avergonzándose de
mostrarlas en público, ¿qué inventó?.Cogió un gran gorro de algodón y,
metiéndoselo en la cabeza, se lo enfiló hasta la nariz.

Después salió: y se dedicó a buscar a Mecha por todas partes. Lo


buscó en las calles, en las plazas, el los teatrillos, en todos los sitios:
pero no lo encontró. Preguntó a todos los que encontró por la calle,
pero nadie lo había visto.

Entonces fue buscarlo a casa y, llegado a la puerta, tocó.

- ¿Quien es?- preguntó Mecha desde dentro.

- Soy yo- respondió el muñeco.

- Espera un poco y te abriré.

Después de media hora la puerta se abrió: y figuraos como se quedó


Pinocho, cuando, entrando en la habitación, vio a su amigo Mecha con
un sombrero de algodón en la cabeza, que le bajaba hasta la nariz.

Ala vista de aquel sombrero, Pinocho sintió casi consolarse y pensó


para sí:

- ¿Que el amigo estuviese enfermo de la misma enfermedad, que tenga


también él la fiebre del burro?

Y haciendo como si no se hubiese enterado de nada, le preguntó


sonriendo:

- ¿Cómo estas, mi querido Mecha?

- ¡Muy bien! como un ratón dentro de un queso parmesano.

- ¿Lo dices de verdad y en serio?

- ¿Y porqué debería decirte una mentira?

- Perdóname, amigo: ¿y entonces porqué tienes en la cabeza ese


sombrero de algodón que te cubre todas las orejas?

- Me lo ha mandado el médico, porque me he hecho daño en una


rodilla. Y tú, querido Pinocho, ¿porqué llevas ese sombrero de algodón
embuchado hasta la nariz?

- Me lo ha ordenado el médico, porque me he despellejado un pie.

- ¡Oh, pobre Pinocho!


- ¡Oh, pobre Mecha!

A estas palabras siguió un larguísimo silencio, durante el cual los dos


amigos no hicieron sino mirarse en silencio en señal de burla.

Finalmente el muñeco, con una voz melosa y aflautada, dijo a su


compañero:

- Quítame una curiosidad, mi querido Mecha: ¿Has sufrido alguna vez


una enfermedad en las orejas?

- Nunca… ¿Y tú?

- Nunca. Hasta esta mañana que tengo una oreja que me da espasmos.

- Yo tengo el mismo mal.

- ¿También tú?... ¿y cual es la oreja que te duele?

- Las dos. ¿Y tú?

- Las dos. ¿Será la misma enfermedad?

- Me temo que sí.

- ¿Quieres hacerme un favor, Mecha?

- Con mucho gusto, de corazón.

- ¿Me dejas ver tus orejas?

- ¿Porqué no? Pero primero quiero ver las tuyas, querido Pinocho.

- No: el primero debes de ser tú.

- ¡No, guapo, primero tú y luego yo!

- Está bien- dijo entonces el muñeco- hagamos un pacto de buenos


amigos.

- Escuchemos el pacto.
- Nos levantamos los dos el sombrero al mismo tiempo, ¿aceptas?

- Acepto.

- Entonces atentos.

Y Pinocho empezó a contar en voz alta:

- ¡Un, dos, tres!

A la palabra tres los dos muchachos cogieron sus sombreros y los


lanzaron al aire.

Y entonces vino una escena que parecía increíble, si no fuese real.


Ocurrió que Pinocho y Mecha, cuando se vieron golpeados los dos de
la misma desgracia, en vez de quedarse mortificados y dolidos,
empezaron a mover sus orejas desmesuradamente crecidas, y después
de mil lamentos, terminaron por dar una carcajada.

Y rieron, rieron, rieron, se partían de la risa: hasta que, cuando más se


estaban riendo, Mecha se paró de pronto, y tambaleándose y
cambiando de color, le dijo al amigo:

- ¡Socorro, socorro, Pinocho!

- ¿Que te sucede?

- Ay, no consigo tenerme derecho sobre las piernas.

- Tampoco yo lo consigo- gritó Pinocho llorando y tambaleándose.

Y mientras decían esto, se doblaron los dos con las patas en el suelo y,
caminando con las manos y los pies, empezaron a dar vueltas y a
correr por la habitación, y mientras corrían sus manos se convirtieron el
patas, sus caras se alargaron y se convirtieron en morros y sus
espaldas se cubrieron de un pelamen gris claro briznado de negro.

Pero ¿sabéis cual fue el momento más duro para aquellos dos
desgraciados? El peor momento y el más humillante fue cuando
sintieron que les salía la cola por detrás. Vencidos entonces por la
vergüenza y el dolor, empezaron a llorar y a lamentarse de su destino.
¡No lo hubieran hecho nunca! En vez de gemidos y de lamentos, tiraron
fuera rebuznos de asnos, y rebuznando sonoramente, hacían los dos a
coro: j-a j-a j-a.

Mientras tanto llamaron a la puerta y una voz desde fuera dijo:

¡Abrid!, soy el Hombrecito, soy el conductor del carro que os ha traído


a este país. ¡Abrid rápido o peor para vosotros!

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33.-Convertido en un burro de verdad, es llevado para venderlo, y lo


compra un director de una compañía de payasos, para enseñarlo a
bailar y a saltar las vayas: pero una tarde se queda cojo, y entonces lo
compra otro para hacer con su piel un tambor.

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Viendo que la puerta no se abría, el Hombrecito la tiró abajo con una


violentísima patada: y entrando en la habitación, dijo con su risita de
siempre a Pinocho y a Mecha:

- Bien chicos, habéis rebuznado bien, y yo os es reconocido la voz


rápidamente. Por eso estoy aquí.

Ante estas palabras los chicos se quedaron muy callados, con la


cabeza gacha, con las orejas abajo y el rabo entre las piernas.

Al principio el Hombrecito los alisó, los acarició y los palpó: después,


sacado fuera el peine, les empezó a peinar bien. Y cuando a fuerza de
peinarles, les dejó lustrosos como dos espejos, entonces les metió el
cabezal y les llevó a la plaza del mercado, con la esperanza de
venderles y de llevarse una discreta ganancia. Y los compradores,
efectivamente, no se hicieron esperar.

Mecha fue comprado por un campesino, al que se le había muerto el


burro el día antes, y Pinocho fue vendido al director de una compañía
de payasos y de saltadores de cuerda, el cual lo compró para
amaestrarlo y para hacerlo después saltar y bailar junto a los otros
animales de la compañía.

¿Y ahora habéis comprendido, mis pequeños lectores, cual era el


bonito negocio que hacía el Hombrecito? Este feo monstruito, que tenía
la fisonomía toda de leche y miel, iba de vez en cuando a dar una vuelta
por el mundo: haciendo camino recogía con promesas y con milongas a
todos los chicos desganados, que se aburrían de los libros y las
escuelas: y después de haberlos cargado en su carro, los conducía al
<<País de los juguetes>> para que pasaran todo el tiempo jugando,
armando jaleo y divirtiéndose. Cuando después esos pobres chicos
ilusos, a fuerza de jugar y no estudiar nunca, se convertían en burros,
entonces todo contento se adueñaba de ellos y los llevaba a vender a
las ferias y a los mercados. Y así en pocos años, había hecho un
montón de dinero y se había convertido en millonario.

Lo que le ocurrió a Mecha, no lo sé: sé, sin embargo, que Pinocho se


encontró desde los primeros días con una vida durísima y despreciable.

Cuando le condujeron al establo, el patrón le llenó el pesebre de paja:


pero Pinocho, después de haberla probado un poco, la escupió.

Entonces el patrón, farfullando, le llenó el pesebre de heno, pero


tampoco el heno le gustó.

- ¡Ah! no te gusta tampoco el heno?- gritó el patrón furioso- . Déjame a


mí, lindo burrito, que si tienes caprichos en la cabeza, me ocuparé yo
de sacártelos.

Y, a título de corrección, le sacudió un latigazo en las piernas.


Pinocho, del gran dolor, empezó a llorar y a rebuznar y rebuznando dijo:

- ¡J-a, j-a, la paja no la puedo digerir!


- Entonces cómete el heno- replicó el patrón que entendía muy bien el
dialecto de los burros.

- J-a, j-a, j-a, ¡El heno me hace que me duela el cuerpo!

- ¿Pretenderás, entonces, que un burro, como tú, lo debo mantener con


pechugas de pollo y capones en gelatina?- añadió el patrón,
enfadándose cada vez más y sacudiéndole un segundo latigazo.

Ante este segundo latigazo Pinocho, por prudencia, se cayó y no dijo


nada más.

Mientras tanto la cuadra se cerró y Pinocho se quedó solo: y como


hacía muchas horas que no había comido, empezó a bostezar por el
gran apetito, y bostezando habría la boca que parecía un horno.

Al final, no encontrando nada más en el pesebre, se resignó a masticar


un poco de heno: y después de haberlo masticado muy mucho, cerró
los ojos y se lo tragó.

- Este heno no está mal- dijo para sí- ¡pero cuanto mejor hubiese sido
que hubiese continuado estudiando...! ¡A esta hora en vez de heno
podría estar comiendo un trozo de pan tierno y una buena rodaja de
salami! ¡Paciencia!

La mañana siguiente, al despertarse, buscó en el pesebre otro poco de


heno; pero no lo encontró, porque se lo había comido todo la noche
anterior.

Entonces cogió un bocado de la paja triturada; y mientras la estaba


masticando, se tuvo que dar cuenta de que el sabor de la paja triturada
no se parecía en nada ni al arroz a la milanesa ni a los macarrones a la
napolitana.

- ¡Paciencia!- repitió continuando a masticar- que por lo menos mi


desgracia pueda servir de lección a todos los chicos desobedientes y
que no tienen ganas de estudiar. ¡Paciencia!... ¡paciencia!

- ¡Paciencia un cuerno!- gritó el patrón entrando en ese momento en la


cuadra- ¿crees quizás, mi burrito guapo, que te haya comprado
solamente para darte de beber y de comer? Te he comprado para que
trabajes y para que me hagas ganar mucho dinero. ¡Arriba entonces,
vamos! Ven conmigo al circo y allí te enseñaré a saltar las vayas, a
romper con la cabeza los botes de papel y a bailar el vals y la polca,
estando derecho sobre las patas traseras.

El pobre Pinocho, por las buenas o por las malas, tuvo que aprender
todas estas cosas tan bonitas; pero, para aprenderlas, hicieron falta tres
meses de lecciones, y muchos latigazos que ponían los pelos de punta.

Llegó finalmente el día, en que el patón pudo anunciar un espectáculo


verdaderamente extraordinario. Los carteles de varios colores,
colocados en las esquinas de las calles, decían así:

-----------------------------------------------------
--------------------------

GRAN
ESPECTÁCULO DE GALA

* * *

ESTA TARDE
TENDRÁN LUGAR LOS MISMOS SALTOS
Y EJERCICIOS SORPRENDENTES
SEGUIDOS DE TODOS LOS ARTISTAS Y
DE TODOS LOS CABALLOS DE AMBOS SEXOS
DE LA COMPAÑÍA

Y ADEMÁS SERÁ PRESENTADO


POR PRIMERA VEZ EL FAMOSO

BORRICO
PINOCHO

llamado
LA ESTRELLA DEL BAILE

* * *
EL TEATRO ESTARÁ ILUMINADO
Esa tarde, como podéis figuraos, una hora antes de que empezase el
espectáculo, el teatro estaba lleno abarrotado.

No se encontraba una butaca, ni un sitio en preferente, ni un palco, ni


siquiera pagándolo a precio de oro.

Las gradas del circo hormigueaban de niños, de niñas y de muchachos


de todas las edades enfebrecidos de las ganas de ver bailar al famoso
burrito Pinocho.

Terminada la primera parte de espectáculo, el Director de la compañía,


vestido con una levita negra, */pantalones blancos a coscia*/ y botas de
piel que le llegaban por encima de las rodillas se presentó al
numerosísimo público y, hecha una gran reverencia, recitó con mucha
solemnidad el siguiente discurso absurdo:

- ¡Respetable público, damas y caballeros! El humilde que abajo firma,


estando de paso por esta ilustre metroppolitana, he querido tener el
honor y además el placer de presentar a este inteligente y conspicuo
auditorio un célebre burrito, que ha tenido ya el honor de bailar en
presencia de Su Majestad el emperador de todas las principales cortes
de Europa. Y agradeciéndoles, ayudadnos con vuestra animadora
presencia y compadézcanos.

Este discurso fue acogido con muchas risas y muchos aplausos; pero
los aplausos redoblaron y se convirtieron en una especie de huracán
cuando apreció el burrito Pinocho en medio de la pista. Estaba todo
adornado de fiesta. Tenía una brida nueva de piel lustrada con hebillas
e botones de latón; dos camelias blancas en las orejas: las crines
divididas en muchos rizos atados con lazos de seda rosa: una gran faja
de oro y plata alrededor de la cintura, y la cola llena de trenzas con
lazos de terciopelo violeta y celeste. ¡Era en suma un burrito adorable!

El Director, al presentarlo al público, añadió estas palabras:


- Mi respetable auditorio, no estoy aquí para mentir sobre la gran
dificultad que he tenido para comprender y subyugar este mamífero
mientras pastaba libremente de montaña en montaña el los llanos de la
zona tórrida. Observad, os lo ruego, cuanto salvajismo exuda de sus
ojos, con lo que o sea qué, habiéndose revelado vanidosos todos los
métodos para domesticarlo a la vida de los cuadrúpedos civilizados, he
debido muchas veces recurrir al afable dialecto de la fusta. Pero hoy mi
gentileza, en vez de hacerme querer por él, le ha mayormente
enmalecido el alma. Yo, sin embrago, siguiendo el sistema de Galles,
encontré en su cráneo una pequeño cartílago óseo, que la misma
facultad de medicina de París, reconoce que sea el bulbo regenerador
de los cabellos y de la danza pírrica. Y por eso yo lo quise educar en el
baile además de en los relativos saltos de vallas y de los botes forrados
de papel. ¡Admirarlo, y después juzgadlo! Antes sin embargo de
/*prendere cognato*/ de vosotros, permitidme, oh señores, que yo os
invite al diurno espectáculo de mañana por la tarde: pero en la
apoteosis de que el tiempo lluvioso amenazase agua, entonces el
espectáculo, en vez de mañana por la noche, será pospuesto a mañana
por la mañana a la hora antemeridiana del medio día.
Y aquí el Director hizo otra profunda reverencia: entonces volviéndose a
Pinocho, le dijo:

- Ánimo Pinocho, antes de dar principio a tus ejercicios, saluda a este


respetable público, caballeros, damas y niños.

Pinocho, obediente, dobló rápido las dos rodillas hacia adelante, y se


quedó arrodillado hasta que el Director, restañando la fusta, no le gritó:

- ¡Al paso!

Entonces el borriquillo se levantó sobre las cuatro patas, y empezó a


dar vueltas a la pista, andando siempre al paso.

Después de poco tiempo el Director le gritó:

- ¡Al trote!

Y Pinocho, obediente a la orden, cambió del paso al trote.

- ¡Al galope!- y Pinocho empezó a galopar.


-¡A la carrera!- y Pinocho empezó a correr a la carrera. Pero cuando
corría como un galgo, el Director, levantando un brazo en el aire, pegó
un tiro de pistola. Ante aquel disparo, el burro, fingiéndose herido, cayó
tendido en la pista, como si fuese realmente un moribundo.

Levantándose del suelo en medio a un estallido de aplausos, de


chillidos y de batir de manos, que llegaban hasta las estrellas, se le
ocurrió alzar la cabeza y mirar hacia arriba... y mirando vio en un palco
a una bella mujer que tenía en el cuello un grueso collar de oro de la
cual prendía un medallón. En el medallón estaba pintado el retrato de
un muñeco.

- ¡Ese retrato es el mio... aquella señora es el Hada!- dijo Pinocho para


sí mismo reconociéndola rápidamente: y dejándose llevar por la gran
alegría, intentó gritar:

- ¡Oh Hadita mía oh, Hadita mía!

Pero en vez de estas palabras, le salió de la garganta un rebuzno tan


sonoro y prolongado que hizo reír a todos los espectadores y
especialmente a todos los muchachos que había en el teatro.

Entonces el Director, para enseñarle y hacerle entender que no es de


buena educación rebuznar en la cara al público, le dio con el mango de
la fusta un golpe en la nariz.

El pobre borriquillo, con un palmo de lengua fuera, estuvo lamiéndose la


nariz al menos cinco minutos, creyendo que así quizás se aliviaría del
dolor que había sentido.

Pero cual fue su desesperación cuando, volviéndose una segunda vez,


vio que el palco estaba vacío ¡y que el Hada había desaparecido!

Se sintió morir: los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a llorar


derrotadamente. Sin embargo nadie se dio cuenta y, menos que nadie
el Director, el cual, además, chasqueando el látigo gritó:

- ¡Adelante, Pinocho! Demuestra a estos señores con cuanta gracia


sabes saltar los aros.

Pinocho lo intentó dos o tres veces: pero cada vez que llegaba delante
de uno, en vez de atravesarlo, lo pasaba más cómodamente por abajo.
Al final pegó un salto y lo atravesó: pero las piernas de detrás le
quedaron desgraciadamente atrapadas en el aro: por lo que recayó en
tierra por la otra parte como un fardo.

Cuando se levantó estaba cojo, y a malas penas pudo regresar a la


cuadra.

- ¡Que salga Pinocho! ¡Queremos el burrito! ¡Que salga el burrito!-


gritaban los niños desde la platea, apiadados y conmovidos por el
tristísimo caso.

Pero el burrito aquella tarde no se dejó ver.

La mañana siguiente el veterinario, o sea, el médico de los animales,


cuando le hubo examinado, declaró que se quedaría cojo para toda la
vida.

Entonces el Director le dijo a su mozo de cuadra:

- ¿Que quieres que haga con un asno cojo? Sería un comepan gratuito.
Llévalo al mercado y revéndelo.

Llegados a la plaza encontraron rápido un vendedor, el cual le preguntó


al mozo de cuadra:

- ¿Cuanto quieres por este burrito cojo?

- Veinte liras.

- Te doy veinte centavos. No creas que lo compro porque me sirva: lo


compro únicamente por su piel, veo que tiene la piel muy dura y con su
piel quiero hacer un tambor para la banda de música de mi pueblo.

¡Os dejo pensar a vosotros, muchachos, el gran placer que fue para el
pobre Pinocho, cuando oyó que estaba destinado a convertirse en
tambor!

El caso es que el comprador, apenas pagó los veinte centavos, condujo


al burrito a la orilla del mar; y metiéndole una piedra en el cuello y
atándolo con una cuerda que tenía en la mano, le dio repentinamente
un empujón y lo tiró al agua.
Pinocho con aquella piedra al cuello, se fue rápido al fondo: y el
comprador, teniendo siempre cogida la cuerda con la mano, se sentó en
un escollo, esperando que el burro tuviese tiempo de morir ahogado,
para después desollarlo y quitarle la piel.

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34.- Pinocho, tirado al mar, es comido por los peces y vuelve a ser un
muñeco como antes: pero mientras nada para salvarse es engullido por
el terrible Pesce-cane.

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Después de cincuenta minutos que el burro estaba bajo el agua, el


comprador dijo, discurriendo por sí solo:

- A esta hora mi pobre burrito cojo tiene que estar bien ahogado.
Traigámoslo de nuevo arriba y hagamos con su piel ese bonito tambor.

Y empezó a tirar de la cuerda, con la que le había atado por una pierna:
y tira, tira, tira, al final vio aparecer a flor de agua... ¿adivináis? En vez
de un burro muerto vio aparecer a flor de agua un muñeco vivo, que
coleaba como una anguila.

Viendo aquel muñeco de madera, el pobre hombre creyó estar soñando


y se quedó allí atontado, con la boca abierta y con los ojos fuera de su
órbita.

Recuperándose un poco de su primer estupor, dijo llorando y


balbuceando:

- ¿Y el burro que he tirado al mar donde está...?

- ¡Ese burro soy yo!- repuso el muñeco, riendo.


- ¿Tú?

- Yo.

- ¡Ah, marioneta! ¿Pretendes quizás burlarte de mí?

- ¿Burlarme de ti? Todo lo contrario, querido amo. Te hablo en serio.

- ¿Pero como es que tú, que hace poco eras un burro, ahora estando
en el agua, te has convertido en un hueco de madera?...

- Será efecto del agua el mar. El mar a veces nos gasta estas bromas.

- ¡Vamos muñeco, vamos! ¡No creas que te vas a divertir a mi costa!


¡Peor para ti, se me acaba la paciencia!

- Y bien, patrón. ¿Quieres saber toda la verdadera historia? Desátame


esta pierna y te la contaré.
Aquel buen incompetente de comprador, curioso por conocer la
verdadera historia, le desató rápidamente el nudo de la cuerda, que lo
tenía atado: y entonces Pinocho, sintiéndose libre como un pájaro en el
aire empezó a decirle así:

- Tienes que saber entonces que yo era un muñeco de madera, como lo


soy ahora: pero me encontraba a un poco de convertirme en un niño,
como hay tantos en este mundo: lo único que por mis pocas ganas de
estudiar y por hacer caso a los malos compañeros, me escapé de
casa... y un buen día, despertándome, me encontré convertido en un
asno con muchas orejas... y mucha cola... ¡Qué vergüenza que fue eso
para mí... ¡Una vergüenza, mi querido patrón, que San Antonio bendito
no te le deje probar nunca a ti! Llevado a vender al mercado de los
asnos, fui comprado por el director de una compañía ecuestre, al cual
se le metió en la cabeza hacer de mí un gran bailarín y un gran saltador
de vallas: pero una tarde, durante el espectáculo, tuve una fea caída y
me quedé cojo de las dos piernas. Entonces el director, no sabiendo
que hacer con un asno cojo, me mandó para revenderme. ¡Y tú me has
comprado!...

- ¡Desafortunadamente! Y he pagado veinte soldos. ¿Y ahora quien me


devuelve mis pobres veinte soldos?
- ¿Y por qué me has comprado? Tú me has comprado para hacer con
mi piel un tambor... ¡Un tambor!

- Desgraciadamente. ¿Y ahora donde encuentro yo otra piel?

- No te desesperes, patrón. ¡Burros hay muchos en este mundo!

- Dime, gamberro impertinente; ¿Y tu historia termina aquí?

- No- respondió el muñeco- hay otras dos palabras más, y ya termino.


Después de haberme comprado me has traído a este lugar para
matarme, pero después, cediendo a un sentimiento piadoso de
humanidad, has preferido atarme una piedra al cuello y tirarme al mar.
Este sentimiento de delicadeza te honra muchísimo y yo te estaré
eternamente agradecido. Por otra parte, querido patrón, esta vez has
hecho tus cuentas sin contar con el Hada...

- ¿Y Quien es ese Hada?

- Es mi madre, la cual se parece a todas esas buenas madres que


quieren mucho a sus chicos: y nunca los pierden de vista y les asisten
amorosamente en cada desgracia, incluso cuando estos chicos, por sus
gamberradas y por su mal comportamiento, merecerían ser
abandonados y dejados para que se valieran por sí mismos. Decía,
entonces, que la buena Hada, apenas me vio en peligro de ahogarme,
mandó rápidamente a mi alrededor un banco infinito de peces los
cuales, creyéndome de verdad un burro bien muerto, ¡Empezaron a
comerme! ¡Y que mordiscos que daban! ¡No pensaba yo que los peces
eran más glotones incluso que los chicos!... Uno me comió las orejas,
otro me comió el hocico, otros el cuello y las crines otros la piel de las
patas, otros la piel de la espalda... y, entre los demás, hubo un pececito
tan educado, que se dignó incluso a comerme la cola.

- De hoy en adelante- dio el comprador asustado- hago solemne


juramento de no comer más carne de pez. Me disgustaría mucho abrir
un besugo o una merluza frita y encontrar en su cuerpo la cola de un
burro.

- Yo pienso como tú- replicó el muñeco riendo- del resto, tienes que
saber que cuando los peces hubieron terminado de comerme toda esa
cáscara asnal, que me cubría de la cabeza a los pies, llegaron, como es
natural, al hueso... O por decir mejor, llegaron a la madera, porque,
como puedes ver, yo estoy hecho de una madera durísima. Pero,
después de dados los primeros mordiscos, aquellos peces glotones se
dieron rápidamente cuenta de que no era chicha para sus dientes y,
asqueados de esta comida indigesta, se fueron unos para allí y otros
para allí, sin darse la vuelta siquiera para decirme gracias. Y ya te he
contado como tú, tirando de la cuerda, has encontrado un muñeco vivo,
en vez de un burro muerto.

- Yo me río de tu historia- dio el comprador enfurecido- yo sé que he


gastado veinte soldos en comprarte, y requiero mi dinero. ¿Sabes lo
que voy a hacer? Te llevaré de nuevo al mercado, y te revenderé al
peso como madera seca para encender el fuego de la estufa.

- Revéndeme entonces yo estoy contento- dijo Pinocho.

Pero al decir esto, dio un buen salto y calló en medio del agua Y
nadando alegremente y alejándose de la playa, gritaba al pobre
comprador:

- Adiós patrón, si necesitas una piel para hacerte un tambor, acuérdate


de mí.

Y después se reía y continuaba nadando: y después de un poco,


volviéndose atrás, gritaba más fuerte:

- Adiós, patrón; si necesitas un poco de madera seca para encender la


chimenea, acuérdate de mí.

Está claro que en un abrir y cerrar de ojos, se había alejado tanto, que
ya casi no se le veía; o sea, se veía solamente sobre la superficie del
mar un puntito negro, que de vez en cuando sacaba las piernas fuera
del agua y hacía cabriolas y saltos; como un delfín en vena de buen
humor.

Mientras Pinocho nadaba a la aventura, vio en medio del mar un escollo


que parecía de mármol blanco, y encima del escollo, una bonita cabrita
que balaba amorosamente y le hacía señas para que se acercara.

La cosa más singular era esta: que la lana de la cabrita, en vez de ser
blanca, o negra o pintada de otro color, como la de las otras cabras, era
sin embargo color turquesa, pero de un turquesa tan resplandeciente,
que recordaba muchísimo a los cabellos de la guapa niña.
¡Os dejo pensar a vosotros si e corazón del pobre Pinocho empezó a
latir más deprisa! Redoblando la fuerza y la energía empezó a nadar
hacia el escollo blanco: y estaba ya a la mitad del camino, cuando de
repente salió del agua y le vino al encuentro la horrible cabeza de un
monstruo marino, con la boca desencajada como una vorágine, y tres
filas de colmillos, que hubieran dado miedo incluso si estuvieran
pintados.

¿Y sabéis quien era el monstruo marino?

Aquel monstruo marino no era ni más ni menos que el gigantesco


Pesce-cane, recordado más veces en esta historia, y que por sus
estragos por su insaciable voracidad, tenía el sobrenombre de <<El
Atila de los peces y de los pescadores>>.

Imaginaos el miedo del pobre Pinocho, a la vista del monstruo. Intentó


esquivarlo, de cambiar de camino: intentó huir: pero aquella boca
desencajada le iba siempre al encuentro como una flecha.

- ¡Date prisa, Pinocho, por caridad!- gritaba balando la bella cabrita.

Y Pinocho nadaba desesperadamente con los brazos, con el pecho,


con las piernas y con los pies.

- ¡Corre, Pinocho, porque el monstruo se acerca!...

Y Pinocho, recopilando todas sus fuerzas, redoblaba con empeño la


carrera.

- ¡Vamos, Pinocho!... ¡El monstruo te alcanza!... ¡Ahí está, ahí esta!...


¡Date prisa por caridad, o estás perdido!...

Y Pinocho nadando más deprisa que nunca, y nadaba, y nadaba, y


nadaba, como si fuera una bala de fusil. Y ya se acercaba a escollo, y
ya la cabrita se inclinándose completamente sobre el mar, le ofrecía sus
patitas de alante para ayudarlo a salir fuera del agua.... ¡Pero!...

¡Pero ya era tarde!, El monstruo le había alcanzado. El monstruo,


absorbiendo aire hacia sí mismo, se bebió al pobre muñeco, como se
hubiese tragado un huevo de gallina, y lo engulló con tanta violencia y
con tanta avidez, que Pinocho, cayendo hacia abajo del Pesce-cane, se
dio un golpe tan rudo como para quedar desconcertado un cuarto de
hora.

Cuando volvió en si de aquel pasmo, no comprendía, ni siquiera él, en


que mundo fuese. Al rededor había por todas partes oscuridad: pero
una oscuridad tan negra y profunda, que le parecía haber metido la
cabeza en un tintero lleno de tinta.

Se quedó escuchando y no oyó ningún ruido: solamente sentía de vez


en cuando golpear su cara con algunos grandes soplos de viento. Al
principio no sabía de donde podía venir aquel viento: pero después
entendió que salía de los pulmones de monstruo. Porque hace falta
saber que el Pesce-cane sufría muchísimo de asma, y cuando
respiraba parecía realmente que soplase la tramontana. Pinocho, al
principio, se las ingenió para tener un poco de valor, pero cuando tuvo
la prueba y la reprueba de hallarse encerrado dentro del monstruo
marino, entonces empezó a llorar y a gritar; y llorando decía:

- ¡Socorro, socorro, ay pobre de mí! ¿No hay nadie que venga


salvarme?

- ¿Quien quieres que te salve, desgraciado?...- dijo en aquella


oscuridad un vozarrón resquebrajado de guitarra descordada.

- ¿Quien habla así?- pregunto Pinocho, sintiéndose helar del miedo.

- ¡Soy yo! Un pobre Atún, engullido por el Pesce-cane junto a ti, ¿y tú


que pez eres?

- Yo no tengo nada que ver con los peces, soy un muñeco.

- ¿Y entonces, si no eres un pez, como te has dejado engullir por el


monstruo?

- No he sido yo, que me he dejado engullir: ¡Es él quien me ha


engullido! ¿Y ahora qué podemos hacer aquí en la oscuridad?

- ¡Resignarse esperar a que el Pesce-cane nos haya digerido a los


dos!...

- ¡Pero yo no quiero ser digerido!- gritó Pinocho, empezando de nuevo a


llorar.
- Tampoco a mí me gustaría ser digerido- añadió el Atún- pero soy
bastante filósofo y me consuelo pensando que, cuando se nace Atún,
¡hay más dignidad muriendo bajo el agua que bajo el aceite!...

- ¡Tonterías!- grito Pinocho.

- ¡La mía es una opinión, y opiniones, como dicen los Atunes políticos,
tienen que ser respetadas!

- Resumiendo... quiero irme de aquí... quiero huir...

- ¡Huye, si puedes!...

- ¿Es muy grande este Pesce-cane que nos ha engullido?- preguntó el


muñeco.

- Figúrate que su cuerpo tiene más de un kilómetro sin contar la cola

Mientras tenían esta conversación en la oscuridad le pareció a Pinocho


ver a lo lejos una especie de claridad.

- ¿Que será aquella lucecita lejana lejana?- dijo Pinocho.

- ¡Será algún compañero nuestro de desventura, que esperará como


nosotros el momento de ser digerido!...

- Quiero ir a buscarlo. ¿No podría ser que hubiese algún viejo pez
capaz de enseñarme el camino para huir?

- Yo te lo deseo de corazón, querido muñeco.

- Adiós, Atún.

- Adiós, muñeco: y buena suerte.

- ¿Donde nos volveremos a ver?

- ¡Quien sabe!... ¡Es mejor no pensarlo siquiera!...

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35.- Pinocho se reencuentra en el cuerpo del Pesce-cane... ¿con quien
se reencuentra? Leer este capítulo y lo sabréis.

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Pinocho, nada más decir adiós a su buen amigo el Atún, se metió


tambaleándose en medio a aquella oscuridad, y dando traspiés dentro
del Pesce-cane, dio un paso detrás de otro hacia aquella pequeña
claridad que veía parpadear lejos lejos.

Al caminar sintió que sus pies chapoteaban en un agua fangosa, grasa


y resbaladiza, y aquella agua tenía un olor tan agudo de pescado frito,
que le parecía estar en medio de la cuaresma.

Y cuanto más iba hacia delante, más la claridad se hacía reluciente y


distinta: hasta que camina camina, al final llegó: y cuando hubo
llegado... ¿qué encontró? Os lo dejo adivinar entre mil: encontró una
pequeña mesa preparada, y encima una vela encendida enfilada en una
botella de cristal verde, sentado a la mesa un viejecito todo blanco,
como si fuese de nieve o de nata montada, el cual estaba allí
masticando algunos pecinosos vivos, pero tan vivos, que a veces,
mientras los comía, hasta se le escapaban vivos de la boca.

Ante aquella visión el pobre Pinocho tuvo una alegría tan grande y tan
inesperada, que faltó poco para que cayera en el delirio. Quería reír,
quería llorar quería decir un montón de cosas; pero en cambio
sollozaba confusamente y balbuceaba palabras cortadas e inconclusas.
Finalmente pudo soltar un grito de alegría y abriendo los brazos y
tirándose al cuello del viejecito, empezó a gritar:

- ¡Oh, padre mío! ¡Finalmente te he encontrado! ¡Ahora ya no te dejo


más, nunca más, nunca más!

- Entonces... ¿Es verdad lo que ven mi ojos?- replicó el viejecito


restregándose los ojos- ¡Entonces...! ¿Eres tú seguro mi querido
Pinocho?
- ¡Sí, sí, soy yo, el mismo! Y tú me has perdonado ya, ¿no es verdad?
¡Oh, papaína mío, que bueno eres!... y pensar que yo en cambio... ¡Oh,
si supieras cuantas desgracias me han caído sobre la cabeza y cuantas
cosas se me han atravesado! Figúrate que el día en que tú, pobre
papaíto, vendiste tu chaqueta para comprarme la cartilla para poder ir a
la escuela, yo me escapé para ver a los muñecos y el titiritero me
quería tirar al fuego para que le cocinase su cordero asado que fue el
que luego me dio cinco monedas de oro, para que te las trajese a ti,
pero encontré a la Zorra y al Gato, que me llevaron a la hostería del
Langostino Rojo, donde comieron como lobos, y cuando salí solo de
noche encontré a los asesinos, que se pusieron a correr detrás de mí yo
escapando, y ellos detrás, yo escapando, y ellos siempre detrás, y yo
escapando, hasta que me colgaron en una rama de la Roble Grande,
hasta que la Niña de los cabellos Turquesa envió a recogerme con una
carrocita, y los médicos, cuando me hubieron examinado: <<Si no está
muerto es señal de que está vivo>>- y entonces se me escapó una
mentira, y la nariz empezó a crecerme y no pasaba de la puerta de la
habitación, motivo por el cual fui con la Zorra y el Gato a enterrar las
cuatro monedas de oro, que una la había gastado en el hostal, y el
papagayo se puso a reír, y a la viceversa de dos mil monedas no
encontré nada, y entonces el Juez, al enterarse que había sido robado,
hizo que me metieran en prisión rápidamente, para dar una satisfacción
a los ladrones y entonces, cuando me soltaron, vi un buen grano de uva
en un campo, que quedé apresado en el cepo y el campesino, con
santa razón, me puso un collar de perro para que hiciese guardia en el
pollero, que reconoció mi inocencia y me dejó marchar, y la serpiente,
con la cola que humeaba, empezó a reírse y se le reventó una vena del
pecho, y así regresé a la casa de la Niña bonita, que estaba muerta, y
el Palomo, viendo que lloraba me dijo: <<He visto a tu padre que se
fabricaba una barquita, para irte a buscar>> y yo le dije: “¡Oh, si tuviese
alas también yo!>> y el me dijo: <<¿Quieres ir con tu padre?>> y yo
dije <<Ojalá… Pero ¿Quién me lleva?>> y me dijo: <<Te llevo yo>> y
yo le dije <<¿Cómo?>> y el me dijo <<Móntate sobre la grupa>> Y así
volamos toda la noche, y por la mañana, todos los pescadores que
miraban hacia el mar me dijeron: <<Hay un pobre hombre en una
barquita que está a punto de ahogarse>> Y yo de lejos te reconocí
rápido, porque me lo decía el corazón, y te hice señas para que
regresases a la playa…”

- Te reconocí yo también,- dijo Geppetto- y hubiese regresado con


gusto a la playa ¿pero cómo? El mar estaba grueso y una oleada volteó
la barquita. Entonces un horrible Pesce-cane que estaba allí cerca,
apenas que me hubo visto en el agua corrió rápidamente hacia mí y
sacada la lengua, me cogió allí mismo y me engulló como si fuera un
Torbellino de Bolonia.

- ¿Y cuanto hace que estás encerrado aquí dentro?- preguntó Pinocho.

- De aquel día en adelante serán ahora dos años, dos años, Pinocho
mío, que me han parecido dos siglos!

- ¿Y cómo has hecho para acampar? ¿Donde has encontrado esa vela?
Y las cerillas para encenderla ¿Quién te las ha dado?

- Ahora te contaré todo. Tienes que saber entonces que la misma


borrasca que volteó mi barquita, hizo también hundirse a un bastimento
mercantil. Los marineros se salvaron todos, pero el bastimento cayó
abajo y el mismo Pesce-cane, que aquel día tenía un apetito excelente,
después de engullirme a mí, engulló también el bastimento…

- Cómo, ¿lo engulló todo de un bocado?- preguntó Pinocho maravillado.

- Todo de un bocado: y escupió solo el palo mayor, porque se le había


quedado entre los dientes como si fuera una espina. Para mi fortuna,
ese bastimento no solo estaba cargado de carne conservada en cajas
de estaño, sino de galletas, o sea de pan tostado, de botellas de vino,
de uva seca, de queso, de café, de azúcar, de velas esteáricas y
fósforos de cera. Con toda esta gracia de Dios he podido acampar dos
años: pero hoy estoy en las últimas: Hoy en la despensa no hay nada
más, y esta vela, que ves encendida, es la última vela que me ha
quedado.

- “¿Y después?

- Después, querido mío, nos quedaremos los dos a oscuras.

- Entonces, padrecito mío- dijo Pinocho- no hay tiempo que perder.


Hace falta pensar rápidamente en huir.

- ¿En huir? ¿Y cómo?.

- Escapándonos de la boca del Pesce-cane y tirándonos a nado al mar.

- Tu dices bien: pero yo, querido Pinocho, no sé nadar.


¿Y qué importa?... Te montarás a caballito sobre los hombros y yo,
que soy un buen nadador, te llevaré sano y salvo hasta la playa.

- ¡Ilusiones, niño mío!- replicó Geppetto, torciendo la cabeza y


sonriendo melancólicamente- ¿te parece posible que un muñeco, de
apenas un metro de alto, como eres tú, pueda tener la fuerza suficiente
para llevarme nadando sobre los hombros?

- ¡Prueba y verás! De todos modos si está escrito en el cielo que


tenemos que morir, tendremos al menos el gran consuelo de morir
abrazados juntos.

Y sin decir nada más, Pinocho cogió la vela en la mano, y andando


adelante para hacer luz, dijo a su padre:

- Ven detrás de mí, y no tengas miedo.

Y así anduvieron un buen pedazo y atravesaron todo el cuerpo y todo el


estómago del Pesce-cane. Pero llegados al punto donde empezaba la
espaciosa garganta del monstruo pensaron bien en pararse a dar una
ojeada y escoger el momento oportuno para la fuga.

También hace falta saber que el Pesce-cane, siendo muy viejo y


sufriendo de asma y de latidos en el corazón, estaba obligado a dormir
con la boca abierta, por lo que Pinocho, asomándose al principio de la
garganta y asomándose hacia abajo, pudo ver fuera de aquella enorme
boca abierta un bellísimo cielo estrellado y una bellísima luz de luna.

- Este es el verdadero momento para escapar- susurró entonces


volviéndose a su padre- el Pesce-cane duerme como un lirón: el mar
está tranquilo y se ve como de día. Ven entonces, padrecito, detrás de
mí, y dentro de poco estaremos salvados.

Dicho y hecho, subieron arriba por la garganta del monstruo marino, y


llegados a esa inmensa boca, empezaron a caminar de puntillas sobre
la lengua; una lengua tan larga y tan gorda que parecía el sendero de
un jardín y estaban allí allí para dar el gran salto y para tirarse a nado
en el mar, cuando, en lo más bonito, el Pesce-cane estornudó, y al
estornudar dio un golpe tan violento, que Pinocho y Geppetto se
encontraron rebotados hacia atrás y lanzados nuevamente en el fondo
del estómago del monstruo.
Con el gran golpe se apagó la vela y padre e hijo quedaron a oscuras.

- ¿Y ahora?- preguntó Pinocho poniéndose serio.

- Ahora, niño mío, estamos bien perdidos.

- ¿Por qué perdidos? Dame la mano, padrecito, ¡E intenta no resbalar!

- ¿Dónde me llevas?

- Debemos reintentar la fuga, ven conmigo y no tengas miedo.

Dicho esto, Pinocho cogió a su padre de la mano: y caminando siempre


de puntillas, resalieron juntos por la garganta del monstruo: después
atravesaron toda la lengua y saltaron tres filas de dientes. Sin embargo
antes de dar el gran salto, el muñeco dijo a su padre:

- Móntate a caballito sobre mis hombros y abrázate muy fuerte, yo me


ocupo del resto.

Apenas Geppetto se hubo acomodado bien sobre los hombros del


hijito, el valiente Pinocho, seguro de lo que hacía, se tiró al agua y
empezó a nadar. El mar estaba tranquilo como el aceite, la luna
resplandecía con toda su luz y el Pesce-cane continuaba a dormir con
un sueño tan profundo, que no le habría despertado ni siquiera un
cañonazo.

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36.- Finalmente Pinocho deja de ser un muñeco y se convierte en un
niño.

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Mientras Pinocho nadaba de espaldas para alcanzar la playa, se dio


cuenta que su padre, que estaba a caballito sobre los hombros y tenía
las piernas metidas en el agua, temblaba, como si al pobre hombre le
golpeara la fiebre terzana.

¿Temblaba de frío o de miedo? ¿Quien lo sabe? Quizás un poco de lo


uno y un poco de lo otro. Pero Pinocho, creyendo que aquel temblor
fuese de miedo le dijo para confortarlo:

- ¡Coraje, padre! En pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos


salvados.

- ¿Pero donde está esta bendita playa?- preguntó el viejecito, cada vez
más inquieto, y entornando los ojos, como hacen los sastres cuando
van a enhebrar una aguja. ¡Aqui estoy, que miro a todas partes y no veo
nada más que cielo y mar

- Pero yo veo también la playa- dijo el muñeco- para tu información yo


soy como los gatos: veo mejor de noche que de día.

El pobre Pinocho simulaba tener buen humor, pero en cambio... en


cambio estaba perdiendo el valor. Las fuerzas le abandonaban, su
respiración se volvía gruesa y afanosa. En suma, no podía más y la
playa estaba siempre lejana. Nadó mientras tuvo aliento, después volvió
la cabeza hacia Geppetto y dijo con palabras entrecortadas:

- ¡Padre mío... ayúdame... porque me muero...!


Y padre e hijo estaban ya a punto de ahogarse cuando oyeron una voz
de guitarra descordada que dijo:

- ¿Quien se muere?

- ¡Somos yo y mi padre!

- ¡Esta voz la reconozco! ¡Tú eres Pinocho!

- Exacto: ¿y tú?

- Yo soy el Atún, tu compañero de prisión en el cuerpo del Pesce-cane.

- ¿Y cómo has hecho para escapar?

- He imitado tu ejemplo. Tú eres quien me ha enseñado el camino, y


después de ti, me he fugado yo.

- ¡Atún mío, has llegado justo a tiempo!. Te ruego por el amor que
tienes a los Atunitos tus hijos: ayúdanos o estamos perdidos.

- Con mucho gusto y con todo el corazón. Agarraos los dos a mi cola y
dejaos guiar. En cuatro minutos os conduciré a la orilla.

Geppetto y Pinocho, como podéis imaginaros, aceptaron rápidamente la


invitación: pero en vez de agarrarse a la cola, juzgaron más cómodo ir
sentados en la grupa del Atún.

- ¿Pesamos demasiado?- le preguntó Pinocho.

- ¿Pesar? ni por la sombra; me parece que llevo encima dos cáscaras


de concha- repuso el Atún, el cual era de una corporatura tan gruesa y
robusta, que parecía un ternero de dos años.

Llegados a la orilla, Pinocho saltó a tierra el primero, para ayudar a su


padre a hacer lo mismo. Después se volvió al Atún, y con voz
conmovida le dijo:

- ¡Amigo mío, tu has salvado a mi padre! ¡Por lo tanto no tengo palabras


para agradecértelo bastante! ¡Permite por lo menos que dé un beso
como signo de eterno agradecimiento!
El Atún sacó la cabeza fuera del agua, y Pinocho, postrándose de
rodillas en tierra, le dio un afectuosísimo beso en la boca. Ante este
acto de espontánea y vivísima ternura, el pobre Atún, que no estaba
acostumbrado, se sintió tan conmovido, que avergonzándose de
dejarse ver llorar como un niño, volvió a meter la cabeza en el agua y
desapareció.

Mientras tanto se hizo de día.

Entonces Pinocho, ofreciendo su brazo a Geppetto, que tenía apenas la


fuerza para mantenerse en pie, le dijo:

- Apóyate sobre mi brazo, querido padrecito, y vamos. Caminaremos


despacito como las hormigas, y cuando estemos cansados,
reposaremos a lo largo del camino.

- ¿Y a donde tenemos que ir?- preguntó Geppetto.

- En busca de una casa o una cabaña, donde nos den por caridad un
trozo de pan y un poco de paja que nos sirva de cama.

No habían dado todavía cien pasos cuando vieron sentados sobre el


bordillo de la calle dos feas caras, las cuales estaban pidiendo limosna.

Eran La Zorra y el Gato: pero no se parecían a los que habían sido


antes. Figuraos que el Gato, a fuerza de fingirse ciego, había terminado
siendo ciego de verdad: y la Zorra, envejecida, tiñosa y toda perdida de
una parte, ya no tenía siquiera la cola. Así es: esta triste ladronzuela,
caída en la más escuálida miseria, se vio obligada un buen día a vender
incluso su bellísima cola a un vendedor ambulante, que la compró para
hacerse un espantamoscas.

- Oh Pinocho- gritó la Zorra con voz de llanto- ten un poco de caridad


con estos dos pobres enfermos.

- ¡Enfermos!- repitió el Gato.

- ¡Adios, caraduras!- respondió el muñeco. Me habéis engañado una


vez, pero no me cogéis más.

- ¡Créelo, Pinocho, que hoy somos pobres y desgraciados de verdad!


- ¡De verdad!- repitió el Gato.

- Si sois pobres, os lo merecéis. Recordad el proverbio que dice <<El


dinero robado nunca da fruto>>. ¡Adios, caraduras!

- ¡Ten compasión de nosotros!

- ¡De nosotros!

- ¡Adios caraduras! Recordaos del proverbio que dice <<La harina del
diablo termina toda en corteza>>.

- ¡No nos abandones!

- ¡...ones!- repitió el Gato.

- Adios, caraduras! Recordaos del proverbio que dice: <<Quien roba el


mantel a su prójimo, normalmente muere sin camisa>>.

Y diciendo esto, Pinocho y Geppetto siguieron tranquilamente por su


camino: hasta que, dados otros cien pasos, vieron al final de un
sendero, en medio de los campos, una cabaña toda de paja, y con el
techo cubierto de tejas y de ladrillos.

- Esa cabaña debe de estar habitada por alguien- dijo Pinocho, vamos
allá y llamemos.

Efectivamente anduvieron y tocaron a la puerta.

- ¿Quien es?- dijo una vocecita desde dentro.

- Somos un pobre padre y un pobre hijo, sin pan y sin techo- respondió
el muñeco.

- Girar la llave y la puerta se abrirá- dijo la misma vocecita.

Pinocho giró la llave y la puerta se abrió. Apenas entraron dentro,


miraron aquí y allá, y no vieron a nadie.

- ¿El dueño de la casa donde está?

- ¡Estoy aquí abajo!


Padre e hijo se volvieron rápidamente hacia el suelo, y vieron encima
de un travesaño al Grillo-parlante.

- ¡Oh! Mi querido Grillito,- dijo Pinocho saludándolo educadamente.

- Ahora me llamas <<Tu querido Grillito>> ¿no es cierto? Pero ¿te


acuerdas de cuando, para echarme de tu casa, me tiraste un mango de
martillo?...

- ¡Tienes razón, Grillito, échame también a mi, tírame tu a mí también


un mango de martillo: pero ten piedad de mi pobre padre!...

- Yo tendré piedad del padre y también del hijo: pero he querido


recordarte el feo trato recibido, para enseñarte que, en este mundo,
cuando se puede, hace falta mostrarse cortes con todos, si queremos
ser recompensados con igual cortesía en los días de necesidad.

- Tienes razón Grillito, tienes razón como para vender y yo tendré en


mente la lección que me has dado. Pero ¿Me dices como has hecho
para comprarte esta bonita cabaña?

- Esta cabaña me ha sido regalada ayer por una graciosa cabra, que
tenía la lana de un bellísimo color turquesa.

- ¿Y la cabra a donde se ha ido?- preguntó con vivísima curiosidad.

- No lo sé.

- ¿Y cuando regresará...?

- No regresará nunca. Ayer se fue toda afligida y, balando, parecía que


dijese: <<¡Pobre Pinocho… ya no le volveré a ver más... el Pesce-cane
a esta hora lo habrá devorado bien...!

- ¿Ha dicho eso...? ¡Entonces era ella.... era ella... era mi querida
Hadita!- empezó a gritar Pinocho, sollozando y llorando
derrotadamente.

Cuando hubo llorado bien, se secó los ojos y, preparada una buena
camita de paja, se acostó sobre el viejo Geppetto. Después preguntó al
Grillo Parlante:
- Dime, Grillito: ¿donde podría encontrar un vaso de leche para mi
pobre padre?

- Tres campos distante de aquí está el hortelano Giangio, que tiene


vacas. Ve con él y encontraras la leche que buscas.

Pinocho fue corriendo a casa del hortelano Giangio: pero el hortelano le


dijo:

- ¿Cuanta leche quieres?

- Quiero un vaso lleno.

- Un vaso de leche cuesta un soldo. Empieza entonces por darme el


soldo.

- No tengo ni un céntimo- repuso Pinocho todo mortificado y doliente.

- Mal, muñeco, mío- replicó el hortelano. Si tú no tienes ni siquiera un


céntimo, yo ni siquiera tengo un dedo de leche.

- ¡Paciencia! dijo Pinocho haciendo el gesto de irse.

- Espera un poco- dijo Giangio. Entre tú y yo puede haber un acuerdo.


¿Puedes adaptarte a hacer girar la noria?

- ¿Qué es la noria?

Allí está aquel aparato de madera, que sirve para tirar agua a la
cisterna para regar los huertos.

- Lo intentaré...

- Entonces, súbeme cien baldes de agua, y yo te daré en compensación


un vaso de leche.

- Está bien.

Giangio condujo al muñeco al huerto y le enseñó la manera de girar la


noria. Pinocho se puso rápido al trabajo; pero antes de haber subido los
cien baldes de agua, estaba todo empapado de sudor de la cabeza a
los pies. Nunca había estado tan cansado como entonces.

- Hasta ahora este trabajo de girar la noria- dijo el hortelano- la ha


hecho mi borriquillo: pero hoy ese pobre animal está al final de su vida.

- ¿Me permite verlo?- dijo Pinocho.

- Con mucho gusto.

Apenas Pinocho entró en la cuadra vio un buen borriquito tendido sobre


la paja, exhausto por el hambre y por el excesivo trabajo. Cuando lo
hubo mirado bien, dijo para sí mismo turbándose:

- Yo conozco a ese borrico. No me es una cara desconocida.

E inclinándose hacia él, le dijo en dialecto asnal:

- ¿Quien eres?

A esta pregunta, el borriquillo abrió los ojos moribundos, y repuso


balbuceando en el mismo dialecto:

- Soy Me...cha...

Después cerró los ojos otra vez y expiró.

- Oh, pobre Mecha- dijo Pinocho a media voz: cogió un puñado de paja
y se secó una lágrima que le caía abajo por la cara.

- ¿Te conmueves tanto por un asno que no te cuesta nada?- dijo el


hortelano- ¿Qué debería hacer yo que lo compré con dinero contante y
sonante?

- Te diré... ¿Era un amigo mío...!

- ¿Tu amigo?

- ¡Un compañero de escuela!


- ¿Como?- gritó Giangio dando una gran carcajada- ¿Como? ¿Tenías
burros como compañeros de escuela? ¡Nos figuramos los buenos
estudios que debes haber tenido!

El muñeco, sintiéndose mortificado por esas palabras, no contestó: sino


que cogió el vaso de leche casi caliente y regresó a la cabaña.

Y desde ese día en adelante, continuó más de cinco meses a


levantarse cada mañana, antes del amanecer, para ir a girar la noria y
ganarse así aquel vaso de leche, que tanto bien hacía a la variable
salud de su padre. No se contentó con esto: porque pasado el tiempo:
aprendió también a hacer canastos y paneras con juncos: y con el
dinero que recogía, proveía con muchísimo juicio a los gastos diarios.
Entre otras cosas, construyó por sí mismo un elegante carrito para
llevar de paseo a su padre en los días buenos y para hacerle tomar una
bocanada de aire.

En las vigilias después de la tarde, se ejercitaba a leer y a escribir.


Había comprado en el pueblo de al lado, por pocos céntimos, un gran
libro al que le faltaba el frontispicio y el índice, y con eso hacía su
lectura. En cuanto a escribir, usaba un palo afilado como si fuese una
pluma, y no teniendo ni tinta ni tintero, lo humedecía en una botellita
rellena de jugo de moras y ciruelas.

Claro está que, con su buena voluntad de esforzarse, de trabajar y de


tirar para adelante, no solo había logrado mantener casi cómodamente
a su progenitor siempre enfermo, si no que además había podido
apartar también cuarenta soldos para comprarse un vestiditonuevo.

Una mañana dijo a su padre:

- Voy aquí al mercado cercano, para comprarme una chaquetita, un


sombrero y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa- añadió riendo-
estaré tan bien vestido que me confundirás con un gran señor.

Y fuera de casa, empezó a correr todo contento y alegre. Cuando de


repente oyó que le nombraban: y volviéndose, vio un bonito caracol que
masticaba flores de los setos.

- ¿No me reconoces?- dijo el Caracol.

- Pues sí y no...
- ¿No te acuerdas de aquel Caracol, que estaba de camarero con el
Hada de los cabellos turquesa? ¿No te acuerdas de aquella vez,
cuando salí a darte luz y tú te quedaste con el pie empotrado dentro de
la puerta de casa?

- Me acuerdo de todo- gritó Pinocho- Respóndeme rápido, caracolillo


bonito. ¿Dónde has dejado a mi buena Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha
perdonado? ¿se acuerda todavía de mí? ¿me quiere mucho todavía?
¿Está muy lejos de aquí? ¿Puedo ir a buscarla?

A todas estas preguntas, hechas precipitadamente y sin coger aire, el


caracol respondió con la misma flema de siempre:

- ¡Pinocho mío!... ¡La pobre Hada yace en un lecho en el hospital!

- ¿En el hospital?…

- Por desgracia. Golpeada por mil desgracias, ha enfermado


gravemente, y no tiene ni para comprarse un trozo de pan.

- ¿De verdad?... Oh, que gran dolor me produces. ¡Oh, pobre Hadita,
pobre Hadita, pobre Hadita… Si tuviese un millón, correría a llevártelo.
Pero solo tengo cuarenta soldos… aquí están: iba ahora a comprarme
un vestido nuevo. Cógelos, Caracol, y ve a llevarlos a llevárselos rápido
a mi buen Hada.

- ¿Y tu vestido nuevo?

- ¿Qué me importa el vestido nuevo? ¡Vendería también estos trapos


que llevo encima para poder ayudarle! Ve, Caracol, y date prisa: y
regresa dentro de dos días, que espero poder dar algún soldo más.
Hasta ahora he trabajado para mantener a mi padre: de ahora en
adelante, trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena
madre. Adiós, Caracol te espero en dos días.

El Caracol, contra su costumbre, empezó a correr como una lagartija en


las grandes canículas d’agosto.

Cuando Pinocho regresó a casa, su padre le preguntó:

- ¿Y el vestido nuevo?
- No he encontrado ninguno que me quedara bien. ¡Paciencia!... Lo
compraré otra vez.

Esa tarde Pinocho, en vez de estar despierto hasta las diez, veló hasta
dada la media noche, y en vez de hacer ocho canastos de junco, hizo
diez y seis.

Después se fue a la cama y se adormentó. Y en el dormir le parecía ver


en sueños al Hada, toda guapa y sonriente, la cual, después de darle
un beso, le dijo así:

- ¡Bravo Pinocho! Gracias a tu buen corazón, yo te perdono todas las


gamberradas que has hecho hasta hoy. Los niños que asisten
amorosamente a sus padres en sus miserias y sus enfermedades,
merecen siempre gran elogio y gran afecto, incluso si no pueden ser
citados como ejemplo de obediencia y buena conducta. Sé prudente de
ahora en adelante, y serás feliz.

En este punto el sueño terminó y Pinocho se despertó con los ojos


desorbitados.

Ahora imaginaros vosotros cual fue su maravilla cuando,


despertándose, se dio cuenta que ya no era más un muñeco de
madera: sino que se había convertido en cambio en un niño como todos
los demás. Dio una ojeada al rededor, y en vez de las paredes de paja
de siempre de la cabaña, vio una bonita habitacioncita amueblada y
ataviada con una simplicidad casi elegante. Saltando de la cama,
encontró preparado un bonito vestuario nuevo, un gorro nuevo y un par
de botitas de piel, que le convertían en una bonita pintura.

Apenas se hubo vestido le apeteció meterse la mano en los bolsillos y


sacó fuera un pequeño portamonedas de marfil, sobre el que estaban
escritas estas palabras: <<El Hada de los cabellos turquesa restituye a
su querido Pinocho su cuarenta soldos y le agradece mucho su muy
buen corazón>>. Abierta la cartera, en vez de soldos di cobre, lucían
cuarenta cequís de oro, todos nuevos di /*zecca*/.

Después fue a mirarse en el espejo, y le pareció que era otro. No vio


reflejada la imagen de siempre de la marioneta de madera, sino que vio
la imagen animada e inteligente de un guapo chico con los cabellos
castaños, con los ojos celestes y un aire alegre y festivo como una
pascua de rosas.

En medio de todas estas maravillas, que se sucedían las unas a las


otras, Pinocho no sabía si estaba despierto o soñaba todavía con los
ojos abiertos.

- ¿Y mi padre donde está?- gritó de repente: y entrando en la habitación


de al lado encontró al viejo Geppetto sano, ágil y de buen humor, como
antes, el cual, habiendo retomado rápido su profesión de entallador,
estaba apunto diseñando una cornisa rica de follaje, de flores y de
cabecitas de distintos animales.

- Quítame una curiosidad, papaíto: ¿Pero como se explica todo este


cambio de improviso?- le preguntó Pinocho saltándole al cuello y
cubriéndole de besos.

- Este repentino cambio en nuestra casa es todo mérito tuyo- dijo


Geppetto.

- ¿Porqué mérito mío?...

- Porqué los chicos, cuando son malos y se vuelven buenos, tienen la


virtud de hacer coger un aspecto nuevo y sonriente también dentro de
su propia familia.

- ¿Y el viejo Pinocho de madera donde se habrá escondido?

- Ahí está- repuso Geppetto: y le señaló un gran muñeco apoyado en


una silla, con la cabeza girada hacia un lado, con los brazos colgando y
con las piernas cruzadas y medio dobladas, parecía un milagro que
estuviera derecho.

Pinocho se volvió a mirarlo; y después de que le hubo mirado un poco,


dijo para sí con grandísima complacencia:

- ¡Que ridículo estaba cuando era un muñeco! ¡Y que contento estoy


ahora por haberme convertido en un niño bueno...!

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