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MANUEL KANT

PROLEGOMENOS A TODA
METAFISICA DEL PORVENIR
OBSERVACIONES SOBRE EL
SENTIMIENTO DE LO BELLO
Y LO SUBLIME
CRITICA DEL JUICIO*

ESTUDIO INTRODUCTIVO Y
ANÁLISIS DE LAS OBRAS
POR

FRANCISCO LARROYO

Quinta edición

EDITORIAL PORRÚA, S. A.
AV. REPÚBLICA ARGENTINA, 15
M ÉXICO, 1991
Primeras ediciones en español:
Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, Madrid, 19 12
Obstinaciones sobre el sejitirniento de lo bello y lo sublime, Madrid, 191»2
Críticq del Juicio, Madrid, 1914
Primera edición en la Colección “ Sepan c u a n to s...” , 1973

Títulos originales:
Prolegómeno zu einer jeden künftigen Metaphysik} die ais Wissenschaft wird
auftrelen kónnen, Riga, J 783
Beobachtungen über das Gefühl des Schónen und Erhabenen) Riga, 1764
Kritik der Urteilskvift, Berlín, 1790

El estudio introductivo, análisis y características de esta edición son propiedad de


ED IT O R IA L PORRÜA, .S. A.
Av. República Argentina, 15, 06020 México, D. F.

Copyright © 1991

Queda hecho el depósito que marca la ley

Derechos reservados

ISBN 968-432-616-5

IM P R E S O EN M E X IC O
P R IN T E D IN M E X IC O
ANALISIS

1. L a estética de la Época de la Ilustración

El historiador de la filosofía Federico Jodl, con la mira de preci­


sar la evolución de las ideas estéticas de Kant, dice que la Crítica del
Juicio (1790) “ tiene en las Observaciones sobre del sentimiento de
lo bello y lo sublime, editadas en 1764, un precedente análogo al que
la disertación Forma y principios del mundo sensible e inteligible, 1770,
constituye para la Crítica de la razón pura, 1781” .
Error manifiesto. La Disertación inaugural, nombre como se conoce .
esta obra de 1770, significa nada menos que el acta de nacimiento del
criticismo, la “ nueva luz” , según opinión del propio Kant. En cambio,
las Observaciones, de la época precrítica, caen dentro de los cuadros de
la estética de la Ilustración inglesa: se ocupan de similares temas y
son tratados con arreglo al método psicológico. La Crítica del juicio
es cronológicamente la tercera Crítica. Con ella viene a integrarse
él sistema kantiano de la filosofía trascendental. Se halla bajo un prin­
cipio que dista mucho del de las Observaciones.
La estética de lá Época de la Ilustración tiene dos ramas, encua­
dradas dentro de las dos orientaciones filosóficas generales de este pe­
ríodo, a saber, la del empirismo inglés (Locke, Berkeley, H u m e.. . )
y la del posracionalismo continental (Bayle, Rousseau, Leibniz,
W o lff.. . ” ).
Cuatro autores ingleses, disidentes entre sí en no pocas ideas, ofre­
cen el cuadro de la estética empirista: Edmundo Burke (1729-1797,
A philosophical inquiry into the origin of our ideas on the sublime
and beautiful); lord Kaimes (Elements of Criticism ); Gmo. Hogarth
(Analysis of Beauty); S. Reynolds (Modem Painters).
Burke es filosóficamente el más significativo. Explica el arte psico­
lógicamente. El sentimiento de lo sublime arraiga en el impulso de
conservación. Se produce frente a algo desmesurado, infinito, que so­
brecoge al sujeto contemplativamente no obstante que acarrea espanto
y horror. Lo bello, en cambio, arraiga en una tendencia social y amo­
rosa. Lo bello agrada por sí mismo, fuera de toda relación a un fin
práctico.
La estética de la Ilustración alemana tiene toque racionalista. La
representan principalmente Alejandro Godofredo Baumgarten (1714-
1762, Aesthetica), Teófilo Efraín Lessing (1729-1781, Laokoonte) y
Moisés Mendelssohn (1729-1786, Reflexiones acerca de las fuentes
y nexos de las bellas artes y las ciencias).
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170 M A N U E L KA N T

De Baumgaríen proviene el nombre de estética como filosofía del


arte. Según él, 5a gnoseología (teoría del conocimiento) se divide en
dos partes: lógica y estética. Esta última es la teoría del conocimiento
sensible, que ocupa el grado inferior. Su meta reside en el perfeccio­
namiento de este conocimiento. Lo bello puede caracterizarse como in­
tuición de lo perfecto. En otros términos: belleza es perfección sensi­
ble (Perfectio phamomenon) .
Mendelssohn, por su parte, introduce una nueva idea de suyo im­
portante. Siguiendo a J. G. Sulzer y J. N. Tetens, dos descollantes
woiffianos, concibe el sentimiento como un estado psíquico entre el co­
nocer y el querer, y, aloja a la vivencia de lo bello dentro de tal esta­
do anímico, pero junto con Lessing, persiste en la actitud racionalista
al declarar que la belleza reposa en una representación no clara de
algo perfecto que implica la unidad de una multiplicidad.
Dentro de la Época de las Luces aparecen dos teorías que supe­
ran desde puntos de vista diferentes, acaso encontrados, así el racio­
nalismo como el psicologismo estéticos. }uan Joaquín Winckelmann
(1717-1768; Ensayo de una alegoría), fundador de la historia del arte,
sustenta una de ellas. Para Winckelmann la floración del arte sigue a
la floración de la libertad. El arte no es una reproducción, sino una
conformación ideal de la naturaleza. El artista recrea la naturaleza a
tenor de un modelo ideal. En la plástica griega (pintura y escultura),
el ideal reside en noble simplicidad y armónica grandeza. El arte se
genera de dentro afuera: difiere de la razón y somete a las pasiones.
La fuerza creadora de la naturaleza obra en el genio y por el genio.
Hume (1711-1776; Of the standard of taste — La regla del gus­
to) representa la otra teoría. El mérito de este filósofo en estética re­
side en haber unido bajo ei concepto de gusto las nociones de arte y
belleza, que desde la antigüedad habían seguido caminos independien­
tes. El gusto se concibe como la facultad humana de discernir lo bello.1

2. Orígenes de la Crítica del Juicio

La Crítica del Juicio fue dada a la estampa en 1790. Esto no sig­


nifica que hasta entonces se ocupara Kant de estética. Sus Observado-
nes sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, publicadas en 1764,
como ya se dijo, constituyen un claro testimonio de que el autor es­
taba al corriente de las ideas estéticas del tiempo. De Baumgarten era
asiduo lector en la etapa precrítica de. su desarrollo filosófico, según
propia confesión. Hay más: como lo ha revelado Otto Schlapp, en
sus lecciones de filosofía impartidas en la Universidad, con frecuen­

1 Cfr. F. Larroyo, Sistema e historia de las doctrinas filosóficas. Colaboración


de E. Escobar. Editorial Porrúa. México, 1970.
CRÍTICA D EL JU IC IO 171

cia hacia oportunas y aleccionadoras incursiones por los dominios de


la estética.2
La fundación de la estética a la luz del criticismo, sin embargo,
sólo tiene lugar hasta el momento en que se descubre y se prueba que
en el arte, de parecida manera que en la ciencia y en la moralidad,
existen principios a priori; ello es, principios que sólo rigen en el mun­
do de la experiencia, pero que no son extraídos, quizá inductivamente,
de este mundo. Todavía en la primera edición de la Crítica de la ra­
zón pura declara al respecto: “ Las reglas o criterios del juicio de lo
bello sólo pueden ser empíricos, según sus fuentes, y, por tanto, no
pueden servir nunca de leyes a priori, según las cuales tuviera que re­
girse el juicio del gusto.”
Fue poco después de la segunda edición de la Crítica de la razón
pura (1787) cuando Kant logra elevarse a la noción trascendental de
la estética. Lo confirma en carta dirigida a Karl Leonhard Reinhold
(diciembre de 1787). En ella dice, entre otras cosas: “ Cuando alguna
vez no sé bien cómo organizar el método de investigación sobre un ob­
jeto, no tengo más que volver la vista a aquella anotación general de
los elementos del conocimiento y de las facultades del espíritu que
les corresponden, para recibir aclaraciones que no esperaba. Así, me
ocupo ahora de la Crítica del gusto, con cuya ocasión se descubre otra
clase de principios a priori que los descubiertos hasta ahora, pues las
facultades del espíritu son tres: facultades de conocer, sentimiento del
placer y dolor, y facultad de desear. Para la primera he encontrado
principios a priori en la Crítica de la razón pura (teórica); para la ter­
cera, en la Crítica de la razón práctica. Los estoy buscando también
para el segundo, y, aunque antes pensaba que era imposible encon­
trarlos, sin embargo, lo sistemático que el análisis de las facultades
hasta aquí consideradas me ha hecho descubrir en el espíritu humano,
y que me proporcionará, para el resto de mi vida, materia bastante
para admirar y aun, en lo posible, para fundamentar, me ha puesto en
el camino; así es que ahora reconozco tres partes de la filosofía, cada
una de las cuales tiene sus principios a priori, que se pueden enumerar.
Se puede también determinar con seguridad la extensión de los cono­
cimientos posibles de esa manera: son esas partes la filosofía teorética,
la teleología y la filosofía práctica, de las cuales, desde luego, la de
enmedio se encuentra la más pobre en fundamento de determinación
a priori. Esta, bajo el título de Crítica del gusto, pienso que estará aca­
bada en manuscrito, aunque no en la impresión, para la Pascua de
resurrección” .3
La obra planeada, la Crítica del gusto, no apareció nunca, a pesar

2 Doctrina de Kant acerca del genio y los orígenes de ta Crítica del juicio.
1901.
3 Vol. VII, de la edición de las Obras completas de Kant, al cuidado de
Harlenstein.
172 M A N U EL KANT

de la promesa de terminarla en 1788; y es que en la fundamentación


de la estética Kant hubo de considerar más detenidamente la idea de
finalidad. Pero una nueva faena lo llevó más lejos. No sólo vino a es­
tablecer el nexo obligado entre el gusto y la finalidad; reconsideró tam­
bién otros aspectos del nuevo y delicado problema. Postrer fruto de
esta investigación fue la Crítica del juicio, publicada hasta 1790. Con
esta obra, a decir verdad, se convierte Kant en el fundador de la es­
tética como disciplina filosófica independiente.

3. El texto regulativo
La Crítica del juicio fue editada tres veces en vida del autor. De
ellas, la tercera edición ofrece los últimos ajustes y afinaciones del
autor. Con todo, la fijación del texto, como en otras obras de Kant,
se ha mejorado al correr de los años ya suprimiendo erratas, bien mo­
dernizando la ortografía y aclarando vocablos, etc.
He aquí las ediciones claves para estos propósitos, acotadas de los
autores de las mencionadas mejoras:

Antes de la muerte de Kant

1. Crítica del juicio, por Manuel Kant. Casa editora: Lagarde y


Friederich. LVII y 477 págs. Berlín y Libau, 1790.
2. Idem. Segunda edición. Casa editora: F. T. Lagarde, LX y
482 págs. Berlín, 1793.
3. Idem. Tercera edición. Casa editora: F. T. Lagarde, LX y
482 págs. Berlín, 1799.
4. Además aparecieron en vida de Kant tres reproducciones:
a) Frankfurt y Leipzig, 1792; b) allí mismo, 1794 y c) novísima edi­
ción aumentada con un registro, 2 vols. Grátz, 1797.

Después de la muerte de Kant:

5. En el volumen IV de la Edición de las Obras completas al


cuidado de Rosenkranz y Schubert, X III y 395 págs. Casa editora:
Leop. Voss. Leipzig, 1838.
6. En el vol. VII de la primera edición (por materias afines)
de las Obras completas, al cuidado de G. Hartenstein, XVI y 376 págs.
Casa editora: Modes y Baumann. Leipzig, 1839.
7. En el vol. V de la edición (ahora por orden cronológico)
al cuidado de G. Hartenstein, XV y págs. Leipzig, 1867.
8. Como volumen IX de la Biblioteca filosófica, editada por
J. H. von Kirchmann, XII y 382 págs., 2* ed., 1872. Berlín, 1869.
9. Crítica del juicio, por Manuel Kant. Edición de Karl Kehr-
bach. Biblioteca Universal de Reclam. Leipzig, 1878.
CRÍTICA D EL JU IC IO 173

10. Idem. Edición de Beño Erdmann. Berlín, 1180. Segunda Edi­


ción, 1884.
11. Como vol. 39 de la Biblioteca filosófica. Nueva edición, al
cuidado de Karl Vorlander, con introducción, registro de temas y de
nombres, X X X V III y 413 págs. Leipzig* 1902.
12. En el vol. V de la Edición de las Obras completas de Kant.
Academia de ciencias de Berlín. Introducción, notas y demás, por
W. Windelband. Berlín, 1908.
13. En el vol. V de la edición de las Obras completas de Kant,
al cuidado de E. Cassirer y F. Gross. Berlín y Leipzig, 1912 y ss.

4. Contenido
La Crítica del juicio comprende un prólogo, muy breve, una intro­
ducción amplia y dos partes fundamentales. Estas últimas llevan los
nombres, respectivamente, de Crítica del juicio estético y Crítica del
juicio ideológico.
Prólogo e introducción

Ante todo, formula el autor el programa de la obra. El prólogo, en


efecto, señala a grandes rasgos los temas de la Crítica del juicio y la
articulación de tales temas entre los del entendimiento (que conoce)
y los de la razón (que postula ideales). Al hacerlo, esta concisa parte
de la obra habla también, de manera muy general, de las dificultades
que surgen en la dicha empresa.
La introducción se desarrolla en nueve apartados (I-IX ). En ella
se diserta in extenso sobre el concepto, sistema y división de la filo­
sofía, con la mira de ubicar a la tercera rama fundamental de ésta,
la Crítica del juicio. (La primera es la Crítica de la razón pura y la
segunda, la Crítica de la razón práctica, como ya fue dicho).
La Crítica de la razón pura investiga las condiciones a priori del
conocimiento científico. La Crítica de la razón práctica, las de la con-
ducta moral; la primera, las facultades cognoscitivas; la segunda, las
volitivas. En la Crítica del juicio se inicia una nueva investigación: la
de la vida del sentimiento.
El hombre se realiza libremente en su mundo, que comprende a la
naturaleza. Es un hecho, pero ésta ignora la finalidad; en ella todo
ocurre según causas y efectos. Ha de existir, por tanto, una manera de
proceder que, sin alterar las leyes naturales, haga posible la libertad
humana. Ello tiene lugar gracias a una peculiar modalidad de la con­
ciencia, una nueva y tercera legalidad del espíritu, que, como tal, tiene
sus principios a priori. Kant la llama facultad de juzgar por reflexión.
Necesidad y libertad por sí mismas son irreconciliables. El juicio re­
flexivo logra vincularlas de manera creadora: es el miembro de enlace
que asegura la unidad de la conciencia humana.
174 MANUEL KANT

El juicio en general es una operación lógica entre dos miembros


(A es B ). Cuando es de carácter teorético o subsume un concepto a
otro (juicio analítico), o bien determina sintéticamente un objeto me­
diante principios (juicio sintético). A estos juicios se le llama juicios
atributivos, ya que descubren caracteres de objetos. Pero existe otro
tipo <de juicio, el juicio reflexivo. Este parte de los objetos ya determi­
nados (conocidos) gracias a los juicios atributivos, y ve la manera de
relacionar (enlazar) estos objetos con finalidades.
¿Cómo se logra este enlace? El juicio reflexivo (o reflexionante)
considera un objeto ya constituido y lo pone en relación, lo refleja ha­
cia otros dominios. He aquí una flor. La representación objetiva de
ella ha sido obra del entendimiento gracias a sus principios (formas de
intuición y categorías). Con la dicha representación un hombre puede
experimentar una satisfacción gozosa. El movimiento reflectivo va ha­
cia el interior de un sujeto. Al producirle placer, el objeto ha sido idó­
neo o adecuado. Pero también puede pensarse la flor en relación con
algo externo, por ej., considerando que es adecuada para alimentar a
las abejas. En el primer caso se trata de una representación estética;
en el segundo, de una representación teleológica de la naturaleza.
En uno y otro caso, la conciencia humana enlaza, pone en relación
objetos ya constituidos (obra del entendimiento) con finalidades (obra
de la razón). Mas lo hace conforme a ciertos principios a priori, como
será mostrado y demostrado en el libro.

Primera parte

Crítica del juicio estético. Su división

La Crítica del juicio sigue en general la disposición orgánica de


la Crítica de la razón pura, disposición que ya había sido repetida
en la de la Crítica de la razón práctica; se divide en dos partes: I, Crí­
tica del juicio estético; II. Crítica del juicio ideológico. La primera
parte (Crítica del juicio estético) se subdivide en dos secciones: 1*
Analítica del juicio estético; 2* D ialéctica del juicio estético. A su vez,
la primera sección se fracciona en dos libros: 1? Analítica de lo bello;
Y Analítica de lo sublime.

Primer libro de la primera sección: Analítica de lo bello


El primer libro, ya en particular se desarrolla a través de cuatro
momentos, los que, a su tumo, se escinden en 22 parágrafos y una
nota (comentario) general relativa a toda la primera sección.
El gusto es la facultad para discernir lo bello mediante un juicio.
Ahora bien, como éste consta de cuatro caracteres fundamentales, o
CRÍTICA DEL JU IC IO 175

momentos, a saber: cualidad, cantidad, relación y moralidad, Kant


estudia el juicio estético a través de estos momentos.
Según la cualidad, lo bello es cierto placer desinteresado que los
objetos representados suscitan en el sujeto. La ausencia de este interés
distingue a lo bello de lo agradable y lo bueno. En éstos también hay
satisfacción, pero interesada: en lo agradable, cierto sentimiento de con­
cupiscencia; en lo bueno,, un acicate para la voluntad que la impele
a realizarlo. El noble interés, por ejemplo, de ayudar a un menesteroso
(§ 1-5).
A tenor de la cantidad, cabe decir que lo bello gusta a todos los
que tienen experiencia para gozarlo. De hecho un cuadro puede gus­
tar a uno y a otro no. Eso depende de la diferente educación estética.
El gustar a todos quiere decir que hay la pretensión de valer univer­
salmente; lo que ocurre, por otra parte, sin concepto. El arte es repre­
sentación, imagen, no concepto. El concepto es producto del entendí
miento; la imagen, de la fantasía (§§ 6-9).
Por lo que a la relación del juicio concierne, lo bello implica una
finalidad que no trasciende del objeto representado, ello es, una fina­
lidad inmanente, o, dicho en una frase hecha: una finalidad sin fin.
Es indudable que una obra de arte expresa algo. He ahí su finalidad
intrínseca. La apreciación estética culmina en esta finalidad interior.
Llevarla fuera ella, tal vez pensando en la utilidad que reporte la obra
contemplada, es conculcar el juicio del gusto (§§ 10-16).
En atención a la modalidad, es bello cuanto se reconoce, fuéra de
todo concepto, como materia de una satisfacción necesaria. Lo necesa­
rio, a diferencia de lo posible y asertórico, es lo que no puede ;ser de
otra manera. El juicio del gusto establece la necesidad del asentimien­
to general. Lo bello se impone, porque lleva consigo la necesidad de
la determinación de todos a un juicio mismo, el cual es considerado
como un ejemplo de una regla general, aunque no pueda ser formulado
en conceptos (§§ 12-22).
Por lo que se ve, el gusto es el concepto clave de todo el análisis
emprendido. El juicio del gusto es la facultad de discernir lo bello
mediante la imaginación libre. El sentimiento de lo bello es, en efec­
to, una actitud autónoma, creadora, con su propia e interna legalidad
a priori, como lo expresa la llamada fantasía poética. El arte se sir­
ve de objetos constituidos por el entendimiento, pero los mira desde
una vertiente de la conciencia (la cual posee su propia legalidad) para
conferirles las cualidades de lo bello. (Nota general).

Segundo libro de la primera sección: Analítica de lo sublime

Este libro comprende, además de la analítica de lo sublime, una


exposición de los juicios estéticos en general como juicios reflexivos,
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y una deducción de los juicios estéticos a priori, ello es, una fundamen­
taron de su posibilidad, deducción que constituye, sin género de duda,
el pasaje más difícil de toda la obra.
El sentimiento de lo sublime se suscita por la representación des­
mesurada de la naturaleza. En la naturaleza, empero, no hay nada de
lo cual no pueda imaginarse algo más grande. Lo absolutamente gran­
de, es únicamente lo infinito, y lo infinito es una elaboración de la
razón, una Idea. En lo sublime se da la Idea de lo infinito. En esto se
distingue justamente lo sublime de lo bello. La belleza echa mano de
objetos, pero creados por el entendimiento, objetos limitados, de for­
mas perceptibles. El hombre, así, puede manejarlos, jugar con ellos,
gracias a su imaginación. En lo sublime, en cambio, todo es solemne,
seriedad íntima y conmovedora. Sin embargo, belleza y sublimidad pro­
vocan satisfacción desinteresada (§ 23).
La satisfación por lo sublime, en efecto, comparte los caracteres
del juicio de lo bello: ser de un valor universal, según la cantidad;
carecer de interés, según la cualidad; constituir una finalidad subje­
tiva, según la relación, y hacerlo representable como necesario, según
la modalidad. Pero además de la nota de infinitud ya mencionada, se
diferencia de lo bello en ofrecerse de dos maneras peculiares, a saber,
lo sublime matemático y lo sublime dinámico (§ 24).
Hay un sublime estático, por así decirlo. En éste, la Idea de mag­
nitud se impone al hombre de tal manera que despierta en él un senti­
miento de impotencia, y, paralelamente el de pena; pero la conciencia
de tal límite y el saber que es la razón quien crea la Idea de lo infi­
nito, transforma la pena en complacencia. El sujeto tiene el sentimien­
to de lo sublime matemático cuando se imagina algo grande por enci­
ma de todo, pero que advierte que es una creación suya (§§ 25-27).
Lo sublime dinámico tiene que ver con la fuerza (dynamis) de la
naturaleza. Ante ella el hombre siente su insignificancia física y teme.
Pero como él mismo ha imaginado con acierto la Idea de potencia in­
finita, al comprenderlo así trueca su debilidad y pena en conciencia de
superioridad y autonomía de su destino. El sentimiento de lo sublime
dinámico transforma la inferioridad física del hombre en la superiori­
dad del valor moral (§§ 28-29).
A continuación, al entrar en la Nota general a la exposición de los
juicios estéticos reflexivos establece el autor un cotejo entre lo agra­
dable, lo bello, lo sublime y lo bueno; lo que lleva a cabo con vistas
a la función de los juicios reflexivos (o reflexionantes). Lo agradable
se caracteriza por su mayor o menor intensidad; es resultado de meros
estímulos reflejados sobre el sujeto. Lo agradable no cultiva. Lo bello,
en cambio, se produce merced a la representación de un objeto, bien
que proyectado en la intimidad del yo. Lo bello cultiva. Lo sublime va
más lejos: despierta la conciencia de lo suprasensible. En fin, lo bue­
no, al postular la ley de la dignidad humana, supera el juicio reflexi­
CRÍTICA DEL JU IC IO 177

vo, vuelto hacia el sujeto, y se hace juicio determinante, bien que de


la libertad. Lo sublime y lo bueno potencian la personalidad.

Deducción de los juicios estéticos puros


La deducción trascendental de los juicios estéticos significa el le­
gitimar la posibilidad y pretensión de éstos; lo que se logra al probar
que en su raíz penden de principios a priori. En otros términos: las
experiencias estéticas sólo son posibles en virtud de que existe una le­
galidad conforme a la cual nace y se desarrolla la vida artística del
hombre ya como creador, bien como contemplador.
Hay una diferencia entre la legitimación de los juicios de lo su­
blime y la de los juicios de lo bello. Los primeros se justifican merced
a las relaciones de proporción o desproporción de la razón humana, y
de eso ya se dijo lo pertinente al hablar de lo sublime matemático y de
lo sublime dinámico (§ 30).
El problema, delicado y complejo, reside ante todo en exhibir el
fundamento de la universidad y necesidad de lo bello. Lo universal
significa en el arte el poder éste ser comunicado a los demás; lo nece­
sario, el estar radicado en una aptitud común humana. Para ello, la
deducción de los juicios del gusto muestra su carácter trascendental,
vale decir su posibilidad como hechos de experiencia.
El juicio del gusto pretende ser reconocido por todos, porque se
funda en las condiciones subjetivas de la posibilidad de un conocimien­
to en general. Por otra parte, las facultades cognoscitivas, que requie­
re el gusto, son patrimonio de la inteligencia sana y común, que hay
que suponer en todo hombre. “ Precisamente por esto, el que juzga en
cuestiones de gusto (siempre que tenga una conciencia justa de su
juicio y no cambie la materia por la forma, el atractivo por la belleza),
puede exigir en cualquier otro la finalidad subjetiva, esto es, el placer
que nace del objeto, y considerar su sentimiento-como umversalmente
comunicable, sin la intervención tfe conceptos” . Los juicios estéticos
puros constituyen las modalidades a-priori de estas condiciones que
hacen posible la experiencia artística (§§ 32-39) posee características
que exigen ciertas modalidades en el tratamiento metódico (§§ 32-39).
La aptitud estética común del hombre es llamada por Kant sensus
communis. Que existe esta facultad, lo prueba la experiencia de su
cultivo; lo cual se lleva a cabo conforme a tres prescripciones (máxi­
mas) . La primera máxima es la de pensar por sí y evitar la pasividad
de la razón. La pasividad de la razón conduce a la heteronomía de la
rázón, esto es, al prejuicio; y el peor de todos los prejuicios es la su­
perstición, ello es suponer que la naturaleza no está sometida a leyes
necesarias. La segunda mákima indica que hay que pensar poniéndose
en el lugar de los otros, ampliando así la manera de pensar del hom­
bre. La tercera máxima exige pensar de manera consecuente con uno
mismo (§ 40).
178 M A N U E L KA NT

El arte como creación y como contemplación es desinteresado. Ya


quedó dicho. Pero otra cosa es que existan motivos ya empíricos, ya
intelectuales que induzcan al hombre ,a la vivencia estética, sobre todo
en el trato social. No hay que olvidar la tendencia a la sociedad como
natural en el hombre y su aptitud para ella. Los ideales cíe la vida
pueden intervenir como propio motivo intelectual (§§ 41, 42).
Con estos materiales se dirige ahora el autor a disertar sobre las
artes en general y sobre el creador de ellas por excelencia, el genio.
Delante de una obra de arte, dice, es necesario ser consciente de que
es arte y no naturaleza; pero la finalidad de su forma debe aparecer
libre de toda imposición de reglas arbitrarias, precisamente como si
fuese un producto de la naturaleza. La naturaleza es bella cuando
tiene la apariencia del arte; y, a su vez, el arte no puede ser califica­
do de bello sino cuando el hombre, teniendo conciencia de que es arte,
lo considera como naturaleza (§ 45). El arte bello por excelencia es
arte del genio. Por ello, el genio es el mediador entre lo bello natural
y lo bello artístico. La genialidad es la disposición innata (ingenium)
por medio del cual la naturaleza expresa la regla del arte. Para juzgar
lá belleza de los objetos, es necesario el gusto; pero para producir
tales objetos, es necesario el genio (§§ 46, 47, 48). El genio tiene una
peculiar constitución. Sólo así se explica su obra. En él se da una sín­
tesis (en una proporción determinada) de la imaginación y del enten­
dimiento; síntesis en la cual el entendimiento, como principio del gus­
to, interviene para disciplinar la libertad de la imaginación. De la
imaginación fluye la riqueza y la espiritualidad de la producción ar­
tística; del entendimiento o del gusto emana orden y disciplina. En
suma: las bellas artes requieren imaginación, entendimiento, espíritu
y gusto (§§ 49, 50).
En los parágrafos finales del apartado acerca de la Deducción de
los juicios estéticos puros emprende Kant el estudio de la clasificación
de las artes y problemas conexos (§§ 51-54). Éstas, dice en nota opor­
tuna, pueden clasificarse desde distintos puntos de vista. Él adop­
ta en su ensayo el criterio del modo de expresión empleado. Así resul­
tan tres grupos: 1? Artes de la palabra (oratoria y poesía); 2? artes
de la intuición sensible (plástica, pintura. . .) ; 3? artes del bello jue­
go de las sensaciones (música, ,colorama. . . ) . Hay, además, produc­
ciones bellas más complejas que reúnen en unidad variadas obras de
arte (teatro, d a n z a ...).

Segunda sección: Dialéctica del juicio estético

La dialéctica consiste en una oposición de juicios con pretensión


de validez general. La crítica del arte encara, a decir verdad, una tal
pugna en una tradicional antinomia (§ 55):
CRÍTICA. DEL JU IC IO 179

1) Cada cual tiene su propio gusto, ello es, sobre gustos no» hay
nada escrito.
2) A todos gusta lo mejor, ello es, es dable decidir por pruebas
en materia de gusto (§ 56).
El origen de la oposición proviene de la complejidad del gusto.
Éste, como juicio reflexivo, place al sujeto sin concepto, por una parte;
pero, por otra, está regido por cierta legalidad a priori. La antinomia
se resuelve, por tanto, al comprender que si el juicio del gusto no" se
funda en conceptos por cuanto no es juicio de conocimiento (ello es,
constitutivo), se funda, sin embargo, en la facultad de juzgar, común
a todos los hombres, ya que ésta es el acuerdo de las representaciones
bajo principios a priori (§ 57), como fue demostrado en la deducción
trascendental de los juicios estéticos.
Dentro de la segunda sección aborda el autor, en seguida, los concep­
tos de empirismo estético, racionalismo estético e idealismo estético. El
primero enseña que el gusto deriva de un estímulo exterior. El raciona­
lismo, a la inversa, cree encontrarlo en un concepto que la suprema
causa de la naturaleza ha producido para satisfacción de los hombres.
La solución plausible es el idealismo estético. La finalidad no existe
en la naturaleza (realismo); es un principio a priori que pone la con­
ciencia en la creación o en la contemplación de lo bello (§ 58). La
finalidad como Idea acerca el arte a los caros objetivos de la humani­
dad. De ahí que se califique a la belleza como símbolo de la moralidad
(§ 5 9 ) .
Esta segunda sección finaliza con reflexiones sobre la metodolo­
gía del gusto. Una cosa es el arte y otra la crítica del arte. El ejer­
cicio del arte no tiene principios metódicos; la crítica del arte como
parte de la filosofía, sí. En la deducción del juicio estético, por ej., se
ha seguido aquí el método de la reflexión trascendental, o crítico. En
otros términos, la crítica tiene su metodología. El artista, en cambio,
no sigue principios metodológicos. La imaginación creadora es obra
de la libertad. En el arte “ el maestro mismo debe hacer primero lo
que el alumno ha de realizar después” (§ 60)

S egunda parte

Crítica del juicio ideológico

Como ya quedó dicho, la segunda parte de la Crítica del Juicio ver­


sa sobre la teleología (la primera parte se ocupa del juicio estético).
La Crítica del juicio ideológico se subdivide en dos secciones (1* Ana-,
lítica del juicio teleológico; 2* Dialéctica del juicio ideológico) y un
Apéndice, consagrado por entero a la Metodblogía de este juicio.
180 M ANUEL KANT

Primera Sección: Analítica del juicio teleológico

La crítica de lo bello puso de relieve los principios de la finalidad


estético-subjetiva. Pero, según fue dicho, la conciencia humana tam­
bién establece ciertas relaciones de finalidad en los objetos de la na­
turaleza, bien que mediante juicios reflexivos, no constitutivos (deter­
minantes) . Se trata, así, del modo de juzgar teleológico, “ que, por ana­
logía con la causalidad por fines, se * supedita a los principios de ob­
servación y exploración” . En otros términos: el juicio teleológico no
determina la constitución de los objetos; sólo sugiere una regla para
la consideración de la naturaleza (§ 61).
La analítica del juicio teleológico comienza por diferenciar la fi­
nalidad formal (por ej., la idoneidad de las relaciones de las figuras
geométricas), de la finalidad material, ello es, la que se supone en los
hechos de la naturaleza (§ 62). A continuación, habla de dos especies
de finalidad material: una exterior; interior o intrínseca, la otra. La
finalidad exterior es relativa: sólo representa la utilidad de una cosa
respecto de otra. Un ejemplo; la arena de las costas es útil para el
desarrollo de los pinos. La idea de finalidad aquí no explica concep­
tualmente lo que es la arena. Cabe comprender la llamada finalidad
exterior por causas y efectos (§ 63). La finalidad interior, o intrín­
seca, es aquella en la que los objetos en relación se influyen no sólo
recíprocamente, sino que para comprenderlos se requiere un concepto
de totalidad. Esta finalidad se manifiesta en los seres orgánicos. En
un árbol, por ej., el tronco, las ramas y las hojas se hallan en relación
tal que cada elemento sólo es comprensible en atención al todo, y
viceversa. Pero bien miradas las cosas, esta relación de las partes con
el todo puede llevarse a otros objetos, sobre todo como punto de vista
(scopus) de la ciencia en general; lá\que como totalidad consta de las
ciencias particulares, cada una de las' cuales tiene su lugar en el con­
junto. En todo caso, precisa subrayar que no se trata de un principio
constitutivo, sino de una orientación del saber que ve de completar éste
por las partes de que se compone. Con tal orientación se tiene sólo una
guía para enriquecer o ampliar el conocimiento de la naturaleza, sin
detrimento de las leyes de la causalidad (§§ 66-68).

Segunda sección: Dialéctica del juicio teleológico

La dialéctica del juicio teleológico trata de resolver la oposición


entre mecanicismo y teleología. Su antinomia se expresa en estas pro­
posiciones:
Tesis: Toda producción de cosas y de sus formas tiene que juzgar­
se posible según las leyes mecánicas.
CRÍTICA DEL JU IC IO 181

Antítesis: No toda producción de seres puede ser juzgada según


leyes mecánicas, sino que exige una explicación ideológica (§§ 69-70).
Las dos proposiciones son falsas en tanto pretendan ser principios
constitutivos. A decir verdad, los sistemas tradicionales hablaron dog­
máticamente de la finalidad natural. La aceptaron o la negaron pen­
sando que los seres de la naturaleza eran cosas en sí. La solución pro­
puesta es diferente. La teleología es sólo un principio regulativo (jui­
cio reflexionante). No trata de averiguar (porque no es posible) si la
naturaleza posee una finalidad interior trascendente; sólo declara que
hay que considerar a la naturaleza como si obedeciera a una finalidad
(§§ 71-74).
Esta respuesta no toca la cuestión de si hay una inteligencia supe­
rior, causa de la naturaleza. Tal vez existe Dios. f<Pero al hombre úni­
camente le es dado alcanzar esta fórmula limitada del juicio reflexivo” .
No se puede pensar y comprender la finalidad como base de la reali­
dad intrínseca de muchas cosas naturales sin leyes a priori, ni repre­
sentarse el mundo en general como el producto de una causa inteligen­
te (Dios) (§ 75).
La inteligencia humana es discursiva: va de la parte al todo y, por
esta vía se eleva a la Idea de mundo como producto de sus partes; de
aquí que siempre tenga que considerar los productos orgánicos de la
naturalea desde el punto de vista de la finalidad. Si hubiera una in­
teligencia intuitiva que viese lo particular en lo general, la parte en el
todo, comprendería la naturaleza sin necesidad del concepto ideoló­
gico (§§ 76-78).

Apéndice: Metodología del juicio teleológico

¿Cuál es el método de la Crítica del juicio? Se responde comen­


zando por decir que la teleología como ciencia, no pertenece a la teo­
logía (esencia y existencia de Dios) ni a la ciencia de la naturaleza
(que todo explica por causas y efectos), sino a la crítica, a la crítica
de una facultad específica del conocer, esto es, a la crítica del juicio
reflexivo. Por ello, como tal no es doctrina positiva, sino ciencia de lí-
hay que considerar a la naturaleza como si obedeciera a una finalidad
(§ 79).
Ante todo, la crítica hace ver la insuficiencia del mecanicismo para
explicar toda la realidad humana. Es verdad que la ciencia natural no
puede proceder sino mediante el empleo de categorías, las cuales tie­
nen vigencia universal y necesaria. Incluso es factible practicar una
arqueología de la naturaleza, ello es, “ hacer surgir la gran familia
de criaturas partiendo de las huellas que nos han quedado de las más
antiguas revoluciones de la naturaleza, según todo el mecanismo de
182 M ANUEL KANT

ésta” . Sin embargo, quedará siempre una serie de hechos humanos sólo
comprensibles por otra instancia de la razón, a saber, los postulados
teleológicos (§ 80).
Hay más: precisa vincular los resultados de la ciencia natural a
un ideal de conocimiento. De otra suerte, no es dable comprender si­
quiera el fin final de la vida. Supuesta una explicación profunda de
la naturaleza, aún quedaría esta dramática pregunta: ¿ “ para qué exis­
ten esas criaturas” ? Y la respuesta tiene que ver con la teleología
(§§ 81, 82).
Al hilo de estas reflexiones llega Kant a considerar el fin último
de la naturaleza como un conjunto organizado de principios teleoló­
gicos en nexo inseparable de la existencia de la creación misma. Pero
aquí, la crítica de los límites permite reconocer en el hombre el obje­
tivo final de la creación: sin el hombre, es decir, sin un ser racional
toda la creación sería un vacío incomprensible (§ 83).
Ahora bien, puesto que el hombre es el fin de la creación como ser
moral, la consideración teleológica viene a mostrar que para ello la
consecución de los objetivos que él se propone es posible, bien que
como tarea siempre renovada, dado que estos objetivos toman en cuen­
ta la naturaleza en que vive. El hombre en su calidad de ser moral
es fin supremo. No tiene razón de formularse la pregunta ¿para qué
(quem in jinem) existe? (§ 84).
De ahí que la teología física, que infiere de supuestos fines de la
naturaleza la existencia de Dios, no dé en el blanco (§ 85), y que sólo
la teología moral como doctrina crítica pueda llenar el vacío (§ 86),
La moralidad es posible sin la fe en la existencia de Dios, porque se
funda en la mera razón, pero esta misma fe prueba también la posi­
bilidad de su consecución en el mundo. Lo dice Kant en forma tajante
“ De las tres ideas racionales puras: Dios, libertad, inmortalidad, sea
la libertad el único concepto de lo suprasensible que demuestra su rea­
lidad objetiva en la naturaleza, gracias a su efecto posible en ella”
(§§87-91).

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