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Elogio del ciudadano medio

16 Mar 2018 - 9:00 PM


Por: Mauricio García Villegas

El domingo pasado me correspondió ser jurado de votación en un sitio del norte


de Bogotá. Fue una experiencia interesante, que asumí con espíritu ciudadano y
mirada sociológica. En mi mesa éramos seis jurados: una estudiante, un contador,
un ingeniero, un consultor, un empleado y yo (un profesor). Desde el inicio me
impresionó la cordialidad, el buen juicio y la buena disposición de mis
compañeros de mesa y de los demás jurados que estaban en ese lugar de
votación. Hay buenas razones para suponer, además, que algo similar ocurrió en
todas las mesas de votación del país.

En medio de esta tarea se me ocurrió el siguiente mundo imaginario: ¿qué pasaría


si, en lugar de llevar al Congreso a los políticos elegidos ese día llevásemos a un
grupo de jurados de votación escogidos por sorteo? ¿Absurdo? No lo creo.

No soy el primero al que se le ocurre algo de este tipo. David Van Reybrouck, en
su libro Contra las elecciones, propone conformar un Congreso de ciudadanos
por sorteo. La idea viene de la Grecia clásica y de Rousseau, y Borges sugiere
algo de eso en su cuento La lotería en Babilonia. En los últimos años algunos
países como Canadá, Islandia, Holanda e Irlanda la han intentado poner en
práctica en niveles locales. En un país como el nuestro, la idea tiene aún más
sentido, dado que, como se sabe, una buena parte de los elegidos no logran su
objetivo por méritos, sino por maquinaciones clientelistas. No hay razón para
pensar que el político clientelista sea mejor legislador que un ciudadano del
común que se gana el sorteo.
Se sabe, además, que cuando a un ciudadano cualquiera, que no ha sido
malogrado por la política, le encargan la tarea de legislar por un período fijo y
único, lo asesoran y le dan recursos para ello, asume su tarea con responsabilidad
y buen juicio. Estoy casi seguro de que, por ejemplo, mis compañeros jurados de
votación serían mejores legisladores que el congresista promedio que elegimos el
domingo pasado. El azar y el honor del cargo hacen que gente del común
delibere y decida seriamente, mientras que el voto conduce a que una porción
importante de políticos profesionales se corrompa y solo busque su lucro
personal.

Hay una justificación adicional. En las encuestas de cultura ciudadana que se


hacen en Colombia se aprecian altos niveles de desconfianza que van creciendo a
medida que el otro es más lejano e indiferente. Solo el 52 % de los colombianos
confían en sus vecinos y cuando se trata de personas desconocidas ese porcentaje
se reduce al 5 %. Sin embargo, desconfiamos más de lo que deberíamos. La gran
mayoría de los colombianos es honesta, respetuosa y cumplidora de sus deberes.
Lo que pasa es que, como los malos y deshonestos son tan visibles, tendemos a
sobrestimarlos. Cualquier muestra aleatoria de colombianos da como resultado
un grupo de gente mejor de lo que imaginamos; y si les damos incentivos
simbólicos y materiales y establecemos los controles necesarios para sancionar a
los malos (vivos, deshonestos, etc.) nos sorprenderíamos de lo bien que ese grupo
haría las cosas.

Por todo lo anterior, y pensando en el mundo imaginario de mis compañeros de


mesa de votación escogidos por un sistema aleatorio, no estaría mal destinar
algunas curules en el Congreso (un porcentaje pequeño, para empezar) para
ciudadanos escogidos por sorteo. Aún si ese experimento fracasa, que no lo creo,
seguramente no empeoraría lo que tenemos.
https://www.elespectador.com/opinion/elogio-del-ciudadano-medio-columna-744837