Está en la página 1de 42

Helado de alfanjes y cuero de caballo

Un ataque de alegre extravagancia se hizo con el control de mi madre los últimos


días de la primavera. Como fuese que llevaba años con el ánimo siniestro y que el
ataque fue repentino los pocos que la conocíamos bien nos quedamos perplejos, y
en mi caso lo agradecí mucho. Bastante menos mi padre, que se encontró de pronto
con que la atonía de su esposa, que le había permitido imponer su criterio en cada
discusión, se transformaba en una decidida voluntad de llevarle la contraria en
cualquier circunstancia, y en no ceder bajo ningún concepto hasta que se salía con
la suya. También se hizo para todos evidente que el matrimonio no podría durar,
cosa de la que yo me alegraba a voces porque con mi padre no es que me llevase
mal, es que no me llevaba de ningún modo y apenas si intercambiábamos saludos.

El primer signo de esa efervescencia tras tantos meses de invierno me lo dio una
mañana al volver del instituto. Ella siempre era cariñosa incluso cuando era siniestra,
pero aquel día me estampó un gran beso seguido de un largo y bailarín abrazo en
cuanto llegué a casa. No contenta con tanta efusión, y sin parar de revolotear, me
contó que había ido de compras para renovar el vestuario y se había hecho con dos
vestidos veraniegos. Me alegró que ella recuperase ese rasgo de carácter tras meses
de aspecto descuidado. Menos me alegró que no le bastase con enseñarme las
prendas sino que se empeñase en probárselas para que yo juzgase cómo le
quedaban. Muy bien, mamá, estás muy guapa, aseguré algo escueto porque me
incomodaba ese papel de árbitro de su belleza. Además, dijo cuando daba vueltas
frente a mí con su último vestido, se había comprado tres conjuntos de lencería. Ese
detalle, ya completamente fuera de lugar, me puso tenso; no es que temiese que
también solicitase mi opinión sobre cómo le sentaban puestos, pero, a parte de que
insistió en mostrármelos cuando para nada quería yo verlos, la idea rondó muy
molesta sobre mi imaginación.

Un par de días más tarde, durante la comida, le informó a su marido, que también
se decía mi padre en el Libro de Familia, de que la segunda semana de julio tenía
pensado irse de viaje en coche durante 15 días por Italia. El individuo paterno repuso
con su habitual y dominante inopia que, por desdicha, él estaba ocupadísimo por
esas fechas y no podría ser. ¿Ocupadísimo jugando a la petanca? Pregunté inocente.
Sin embargo antes del grito esperado contestó mamá que sus ocupaciones, así
fuesen la guerra contra el Mal o la astronáutica, no venían al caso porque de viaje
se iba ella, conmigo si yo quería acompañarla, pero que naturalmente él no estaba
invitado ni era bienvenido. Me apresuré a decir que por supuesto que iría con ella,
lo que me granjeó una mirada homicida del paterno que al instante desarmó mi
madre con una clara risa capaz de aniquilar a un batallón de ogros.

Cuanto disfrutamos mientras preparábamos el viaje y dejábamos atrás al señor. No


era solo un viaje, era una ajuste de cuentas. En Italia lo pasamos maravillosamente,
para vengarnos mejor. Y quizás aquí tendría que añadir tres o cuatro anomalías que
mi madre tuvo a bien cometer durante el viaje, sin embargo esta no es la historia
de ese viaje.
Tras el regreso, y luego de una semana de descanso, partimos, como era costumbre,
a pasar las últimas tres semanas de agosto al pueblo de mi madre, a una casa que
mis abuelos le habían dejado en herencia y que quedaba algo a desmano del pueblo
en sí, en donde seguían viviendo mis tíos con sus dos hijos. Y de nuevo fuimos mi
madre y yo porque, así lo convino ella, mi padre no necesitaba para nada su
compañía y ella aun lo necesitaba menos a él. Tan poco lo necesitaba, le aclaró
antes de partir, que esperaba que al regreso ya se hubiese mudado, si era posible
a Neptuno.

No es que yo fuese encantado a aquel pueblo en el que solía aburrirme, entre otras
cosas porque tras el viaje italiano, y por mucho que la quisiese, ya estaba un tanto
saturado de la incesante compañía de mamá, pero, a parte de que a mi edad podía
decir al respecto, la otra opción, quedarme en casa con mi padre, era más que
deprimente carcelaria. Por lo demás, y aunque no tenía amigos allí, contaba al
menos con la presencia de mis primos, siete años mayores que yo, que siempre me
habían tratado como a una especie de mascota y me traían y llevaban con ellos a
todas partes.

Los dos primeros días en el pueblo los dedicábamos a poco más que limpiar la casa,
que era grande y se llenaba de polvo en invierno, a aprovisionarla, a llenar la piscina,
arreglar el césped y hacer el recorrido de rigor por todas las casas en las que mi
madre tenía amigas, primos o tíos, que no eran pocas. A partir de entonces ya sólo
quedaban 17 o 18 días de hastío poco menos que perfecto. Por las mañanas no hacía
nada, por las tardes iba con mis primos a una presa del río.

Mis primos, los gemelos Pablo y Raúl, eran, pese a que durante el invierno
estudiaban una ingeniería en la capital autonómica, un tanto brutos y poco dados al
estudio, como así lo atestiguaba que pese a haber aprobado la secundaria sin
grandes notas pero sin pérdidas, ahora llevasen cuatro años de carrera sin haber
pasado del segundo curso e incluso con asignaturas del primero renqueando. Con
todo eran campechanos y divertidos, y lo que no destacaban en los estudios lo
hacían en el deporte, en donde habían llegado a quedar subcampeones regionales
de remo. Sin duda les ayudaba a ello que midiesen 1,85, y en cuanto se quedaban
en bañador se les notaba a leguas que lo poco que dedicaban al estudio lo dedicaban
a machacarse en el gimnasio. Yo, que era flaco y de una altura media, podría
haberme sentido amedrentado o envidioso de semejante anatomía, pero no me
dejaba impresionar por menudencias masculinas, ya tenía suficiente con que me
impresionasen las femeninas.

Una tarde, en el río, vino una de las amigas de mis primos a decirles una gracia, y
no satisfecha con tontear con ellos decidió clavar su mirada en mí y preguntarme,
con sonrisa maliciosa, si yo fumaba y si podía darle un pitillo. Comencé a
tartamudear y logré contestar que no, cosa que provocó general hilaridad a todos
los presentes. Por si no le bastase con interrogarme sobre mi afición al humo me
clavó la chica una irónica mirada entre los ojos y sentenció:

-Pues tienes pinta de que te gusta fumar mucho, fumar y otras cosas más
inconfesables.
Enrojecí hasta las orejas ante esa filosófica perspicacia. Unos minutos más tarde,
cuando ella ya se había alejado, y aun por seguir con el chiste, que maldita la gracia
tenía, me dijo Raúl.

-¿Qué, está buena la Marga? ¿Eh?

-Pues sí -concedí, porque efectivamente lo estaba y esa había sido la razón de mi


tartamudeo y rubor, por no hablar de que iba en topless.

-Pero no te tienes que poner nervioso ante ella, tú lo que tienes es que decírselo. Le
dices así, “joder, Marga, pero qué guapa estás”, y ya verás como ella se ríe.

-Ya, bueno, mejor otro día, cuando ella tenga 30 años y yo 24 y no se vaya a reír
tanto, que ahora me parece que soy demasiado joven para ella.

-Bah, Bah -terció Pablo- si eso es lo mejor, Te coge la Marga y a la que te ve tan
niño y tiernecito, si le dices que le gustas, se iba a poner de lo más cariñosa contigo.

-Mira -me defendí- que yo de tiernecito no tengo nada, que soy duro y correoso
como cuero de caballo. Y además eso no importa, porque ella se iba a poner muy
cariñosa, pero me parece que no conmigo, porque me iba yo a derretir como un
cubito de hielo al primer cariñito y de mí no iba a quedar más que un charco.

-¿Pero -intervino Raul con una carcajada- no eras tú mas correoso que el cuero?

-Bueno, sí, correoso como un helado de cuero de caballo, que es duro como el acero
a temperatura ambiente pero se derrite a temperatura femenina.

-Pues tú mismo, pero te digo yo que para ti sería lo mejor estrenarte con una mujer
que ya tenga una edad y una experiencia. Y a la Marga le gustas ¿eh? Que eso se
nota.

-Oye -dijo en ese momento Pablo- la Marga no está mal, pero sabes quién está
buena de verdad.

-Pues no sé, ¿Helena de Troya? ¿la reina de Saba? ¿Marilyn Moonroe?

-No hombre, no digas chorradas, tu madre, ella sí que está buena.

Me dio un vuelco al corazón. ¿A qué venía meter a mi madre entre las mujeres,
buenas o no? Hasta me habría indignado de no ser porque me daba vergüenza
hacerlo, porque, sobre todo, quería despachar ese tema al instante.

-Si tú lo dices.

-Claro que lo digo ¿Verdad Raul?

-De eso no hay duda, buenísima.


-Bueno, vale ya, que es mi madre y vuestra tía.

-¿Y qué? -dijo Pablo perplejo- ¿Qué tendrá que ver eso? También es una mujer y
como tal está de rechupete. Sí tú también tienes que saberlo.

-Yo no sé nada -contesté molesto y hasta furioso con eso del rechupete, a ver si se
creían que mamá era un caramelo- Yo lo único que sé es que es mi madre y que no
quiero seguir hablando del asunto.

De modo que me levanté y fui a darme un chapuzón. Naturalmente sabía que mi


madre era atractiva, aunque tampoco es que creyese que fuese una belleza ni
pensase que estuviese tan buena como atestiguaban mis primos. A mi entender era
un poco demasiado rotunda, le sobraban unos kilos, no porque estuviese gorda sino
porque se curvaba muy peligrosamente por doquier. Tampoco es que fuese la
primera vez que un amigo me hacía notar esa magnética atracción que las curvas
de mi madre ejercía sobre su mirada, algo siempre incómodo aunque ni de lejos
tanto como la incestuosa declaración de sus sobrinos. Fundamentalmente porque
los amigos no declaraban nada ni se hubiesen atrevido a ello, con todo bastaba ver
la reacción de alguno de ellos.

Como eran jóvenes solían mostrase cohibidos y un par de ellos, los más tímidos, en
cuanto mi madre les dirigía la palabra enrojecían hasta las orejas. Otro hubo en
cambio que, en una ocasión, le lanzó una mirada y una sonrisa de la que parecían
brotar colmillos, tal que si fuese el Conde Drácula interpretado por Christopher Lee
mientras aterrorizaba a damiselas victorianas. Claro que como a ella no le
impresionaban los monstruos había devuelto a la seductora mirada vampírica otra
parecida a una estaca, que había dejado al monstruoso seductor transformado en
aterrorizado humo. A los tímidos, sin embargo, los trataba con cariño.

Pero bueno, no quería pensar en eso y aproveché que en el agua era invisible para
espiar a La Marga, que tomaba el sol tumbada en la orilla y más acorde con mis
gustos era flaca como una sílfide. Entre brazada y ojeada especulaba sobre el
consejo dado por los gemelos en torno a la tórrida ninfa. Una especulación de altura
aristotélica en la que un yo destrabado de toda timidez se dirigía a ella con gran
seguridad. Ya puesto, de tan destrabado como estaba al borde de la estratosfera, ni
necesitaba dirigirme a ella, porque tan pronto me veía venía rauda y loca de deseo
a rogarme que la besase. Es lo que tiene filosofar, que nos hace especulativamente
irresistibles.

Con todo esa noche, al volver a casa, tuve a bien fijarme en ella, en mi madre,
mientras se movía por allí. Sin duda era una mujer muy atractiva, me dije ecuánime.
Pese a sus pechos un poco demasiado grandes, dictaminé severo. Y me mordí el
labio al apreciar esos pechos excesivos para mi gusto lírico. Me lo mordí porque de
niño yo pensaba que ella era la mujer más hermosa del universo, y a los once años,
allá por los tiempos de mis primeras pajas, había fantaseado con ella una vez. Y por
aquellos días habían sido precisamente sus grandes pechos los que habían ordenado
mi actividad masturbatoria. Ordenado, yo era inocente, yo solo acataba órdenes.
Una vez. O veinte. O quizás fueran 200, no sé, qué mas daba, ya digo, muchos años
antes, desde entonces me había reformado mucho y, por pura rebeldía adolescente,
para no acatar órdenes maternas, ya nunca me fijaba en redondeces que no pudiese
abarcar con el hueco de mi mano. No obstante esa noche, contaminado por la charla
de mis primos, me fijé.

A las dos semanas de estar allí mis tíos se fueron a pasar 15 días a un apartamento
que habían alquilado en Valencia, y no se llevaron a mis primos, que tampoco
hubiesen querido ir, pretextando que tenían mucho que estudiar. Si lo tenían desde
luego no se les notaba, yo prácticamente no les vi nunca con un libro abierto, y en
una ocasión en la que me topé a Pablo en tan extraña circunstancia tuve que
ayudarle a resolver unas ecuaciones que atónito me dejó no supiese resolver a esas
alturas de carrera. El caso es que una vez se quedaron solos empezaron a pasar
más tiempo con nosotros. Mucho más tiempo de hecho, porque con la excusa de
hacernos compañía venían a comer y a cenar a diario. Y como fuese que por las
mañanas nadie iba al río se habituaron a presentarse para la comida ya antes de las
doce, y aprovechar así un par de horas para darse chapuzones en la piscina. Mi
madre estaba encantada.

Ya el primer día todo fueron atenciones hacia ella, que si te ayudo por aquí tía, que
si ya pongo yo la mesa tía, que si ya friego yo los platos tía. El colmo llegó cuando
Raúl no sólo se ofreció sino que me quitó el cuchillo de las manos mientras me
disponía a pelar unas patatas, tal como me había ordenado mi madre. Digo el colmo
porque a diferencia de mí, que llevaba media vida realizando tareas del hogar,
porque menuda era mamá para esas cosas, el intrépido Raúl no había pelado una
patata en su vida, de lo que se sigue que para cuando acabó de pelar una de medio
kilo, media hora más tarde, del medio kilo no quedaban ni 10 gr, todo lo demás se
había ido con la piel. Y mi madre muerta de risa ante la impericia del rústico
mozalbete, “trae, trae que te enseño”.

No obstante las cosas empeoraron lo suyo al día siguiente. Sucedió que mi madre,
que hasta aquel día se zambullía en la piscina hacia las once y durante veinte
minutos o media hora no dejaba de hacer un largo tras otro, para luego ir hasta el
pueblo a hacer la compra, tuvo a bien invertir el orden de esas actividades. Se fue
a la compra y cuando volvió se metió en la piscina, de tal manera que para cuando
llegaron los gemelos aun seguía ella allí, dale que te pego a la natación. Tan
concentrada estaba que mis primos no se atrevieron a meterse en el agua mientras
ella no concluyese, pero no se me escapó que no dejaban de contemplar sus
evoluciones acuáticas y que con insolente descaro recorrieron su cuerpo de los pies
a la cabeza cuando salió empapada. Y al rato, cuando ella ya había entrado en casa,
tuvo a bien decirme el bárbaro Raúl que mi madre estaba “como un tren”.

-Basta ya, ¿eh? no quiero oír una sola palabra más sobre mi madre -le corté
indignado.

Aun peor fue a la mañana siguiente, porque del pueblo no regresaba sola sino que
venía en compañía de mis primos que, por supuesto, cargaban con las bolsas de la
compra. Y si ya eso me pareció una burda emboscada por parte de los gemelos, que
a buen seguro se habrían hecho los encontradizos con tal de pasar cuanto más
tiempo a su lado mejor, no advertí lo maquiavélico del plan que habían urdido hasta
que, ya los tres varones tumbados en el césped, vi aparecer a mi madre dispuesta,
como de costumbre, a emprender su periplo acuático. En bañador la vi. En el
bañador deportivo de color azul marino que usaba siempre para la natación. La vi
yo y aun más la vieron sus sobrinos mientras yo lamentaba que ella usase aquella
prenda de licra tan fina y no un buzo de neopreno de cinco o diez centímetros de
grosor que le cubriese de los pies a la cabeza, con el que además de mejorar la
flotación no pasaría frío en el agua. Y cuando ella ya braceaba incansable, mis primos
que qué bien nadas tía, da gusto verte nadar. Farsantes, a leguas se notaba lo que
les daba gusto a ellos.

Aquella noche, como quien no quiere la cosa, le pregunté a ella por qué había
invertido el orden de sus actividades, y dejé caer como que más natural y más sano
me parecía a mí nadar a primera hora y luego hacer la compra que no a la inversa.
Es que, me dijo ella, con el calorón que hace llego de la compra sudando, y así me
refresco y me quedo limpia. No me dejó nada convencido esa razón, pero tampoco
podía objetar nada.

Y luego todo eran piropos. Qué bien le sentaba ese vestido. Qué guapa estaba
aquella mañana. Qué graciosa le quedaba la coleta. Qué buen tipo tenía, llegó a
decirle el depravado de Pablo. Empezaba a estar verdaderamente harto de mis
primos y de aquel constante revoloteo suyo en torno a mi madre. Si hubiesen
vendido alfanjes en la ferretería del pueblo me habría comprado uno, y un turbante
y un camello con el que huir tras decapitarlos por atreverse de aquel modo, a ver
quien se habían creído, a mi madre sólo podía mirarla yo.

Porque esa es otra, la pertinaz insistencia de mis primos en halagarla había infectado
mi propia percepción, y aunque antes de reconocerlo ante ellos me hubiese cortado
la lengua lo cierto es que me iba pareciendo más y más hermosa por momentos.
Hasta el punto de que toda mi disciplinada rebeldía adolescente se me iba
escurriendo entre las manos, entre ese hueco que, así duplicasen mis manos su
tamaño, no podría abarcar sus pechos. Esa segunda mañana en la que aparecieron
mis primos no dejé de fijarme que aquel bañador se ceñía a su pubis y luego se
combaba bajo su sexo. ¿por qué tendría sexo mi madre? ¿por qué tendría tetas?
¿qué absurda idea le habría conducido a tener culo?

Sin embargo no pensaba en ella al pajearme porque me había puesto un cepo en la


memoria, pensaba en la Marga, que quede claro. Porque esa chica tan agradable
contaba entre sus ventajas, en primerísimo lugar no ser mi madre, en segundo lo
cariñosa que, según los gemelos, habría de ser conmigo si yo se lo pidiese, en
tercero su admiración por los filosofía especulativa, y en cuarto y definitivo lugar
que tomaba el sol en topless y poca imaginación precisaba para traer ante mis ojos
sus tetas respingonas.

Con todo lo peor era que mamá, toda inocencia pensaba yo, estaba encantada con
sus sobrinos, siempre tan atentos, cariñosos y amables. Y con los que, encima, tanto
tenía que hablar sobre los cotilleos del pueblo, arcanos de los que yo estaba excluido.
Todo era alegría y continuos estallidos de risa, que no sé yo a qué venían a cuento.

Fueron pasando los días, yo de un humor tanto más turbio cuanto más parecían
entretenerse ellos, y así, tras una semana soportándolos, llegó el domingo y mis
primos, que habían ido la noche del sábado a la fiesta de un pueblo próximo,
retrasaron su llegada. Seguro que llegan con resaca, me decía malévolo, y no tienen
fuerzas ni para alzar los párpados. Pero llegaron tan dinámicos como de costumbre
y convirtieron aquel día del señor en un infierno.

Por de pronto, una vez acabamos de comer, no descansamos un rato para, un par
de horas más tarde, ir al río como era habitual. Las costumbres pueblerinas son un
puro misterio y en aquel, por ejemplo, nadie iba al río por las mañanas, y ante una
pregunta que les había hecho a mis primos por la causa de ese desperdicio me
habían dado como toda respuesta que al río no se iba por las mañanas porque no
se iba. Si señor. Pues tampoco se iba los domingos por la tarde, porque no se iba.
De ahí que sin nada que hacer bajo el sol inclemente decidieran quedarse toda la
tarde en la piscina.

Bueno, no era grave el contratiempo porque, reí para mis adentros, mi madre no
pisaba esa piscina por las tardes. Porque no, no en vano también ella había nacido
allí. Sin embargo no me duró mucho la risa habida cuenta de que pronto empezaron
a llamar mis primos a grandes voces a su tía, y a pedirle que viniese a bañarse y a
tomar el sol con nosotros. No vendrá, me dije, menuda es ella. Pero vino. Y para
colmo, qué desgracia, no tuvo mejor ocurrencia que venir en bikini, con lo fácil que
le habría sido venir en hiyab, o al menos en gabardina. Y no es que, con criterio
riguroso, pudiera decirse que llevara un bikini de infarto, sino más bien sobrio, pero
pronto se hizo de notar que para mis primos como si hubiese llegado desnuda, y
para mí, que observaba con no menos atención que su cuerpo las miradas lúbricas
que le dedicaban aquellos rijosos, también.

Agradecí que en un primer instante no se lanzase como una loca a la piscina, sino
que escogiese un rincón del césped protegido por la sombra de la casa para sentarse
allí, en una postura recatada que no permitía examinar sus curvas. Sin embargo
tampoco me duró mucho el agradecimiento porque, ante la insistencia de mis primos
-Ven a bañarte, tía, que está muy buena el agua- acabó por levantarse y, con cierta
precaución, meterse en la piscina. Estábamos los cuatro en ella, pero pronto les
quedó más holgada porque yo me salí. No paraban de decir mis primos lo buena que
estaba el agua (ves que buena está el agua, tía), y mi madre que sí, que sí, riéndose
muy alegre. Naturalmente hablaban en clave entre los dos, sin sospechar que iba
yo a desentrañar su perfidia. Y es que aunque decían “que buena está el agua, tía”,
para un oído atento y entrenado como el mío bien a las claras se veía que lo que en
verdad decían era “que buena estás tía”. Era insoportable y por eso acabé por
salirme del agua pretextando que estaba cansado, que lo estaba, y mucho más,
pero de ellos y no de bañarme.

Y lo lamenté, no tardé en lamentarlo cuanto quise, que quise mucho. Porque es el


caso que de haber seguido yo en el agua ya me las habría ingeniado para impedir
que tuviese lugar la desoladora orgía que en breve vino a destruir mi serenidad
legendaria. Fue así que entre pitos y flautas (muchos pitos y muchas flautas)
comenzaron mis primos a jugar como niños con una pelota que andaba por allí, lo
que por otra parte no era raro en ellos, y al poco se sumó mi madre al juego, lo que
no sólo era raro sino, llegué a pensar, indecente. ¿Qué hacía ella, una mujer adulta
y responsable, pegando aquellos saltos para atrapar la pelota en el agua? ¿No
advertía cómo le bamboleaban los pechos, que parecía que iban a salirse del sostén
del bikini de un momento a otro? Y los tres riendo y dando gritos como dementes,
qué tragedia que la única persona cuerda del contorno tuviese que ser la más joven.
Me estaba poniendo malo, porque no otro es el precio de la cordura. Y por eso, para
conservar la cordura, no quise aceptar las invitaciones que, por dos o tres veces,
me hizo mi madre para que fuese a jugar con ellos.

De pronto pareció que ya se habían aburrido de tanto lanzarse la pelota, y suspiré


aliviado en la convicción de que, al menos mi madre, abandonaría aquel recinto
acuático de perdición. Pero no, porque la locura es tenaz, y al juego de la pelota le
siguió el de los chapuzones, las persecuciones y las aguadillas. No daba crédito a lo
que veían mis ojos, dios mío, aquello parecía un burdel de Pompeya. Y en esto que
uno de los gemelos, no sabría decir cual -no porque no fuese fácil reconocer a uno
y a otro, que lo era, pero más cerca- se sumergió bajo la superficie y emergió medio
minuto más tarde alzándose desde las profundidades, y a mi madre con él sentada
sobre sus hombros.

Me felicite por la fortaleza de mi carácter y la entereza de mi corazón, porque de lo


contrario me habría dado un infarto allí mismo. ¿Cómo se atrevía aquel sátiro a
realizar semejante y espantosa proeza? ¡Qué horror!, pensé mientras observaba
atónito como mi pobre madre, para no caerse, se sujetaba con fuerza a la cabeza
del inmundo y se inclinaba sobre esta quedando así completamente hundido su
vientre sobre el occipucio y, lo que es peor, la base de sus pechos sobre la coronilla.
Y lo hacía entre risas y chillidos (¡suéltame, suéltame, ay, ay que me caigo!) sin caer
en la cuenta, la muy cándida, de las aviésas intenciones de mi primo, que por
supuesto no eran otras que las de lograr que su tía le hubiese puesto su sexo bien
pegado a la nuca y se frotase los pechos contra su calva incipiente.

Pero no le bastaba al Titanic con haber chocado contra un iceberg, aun tenía que
hundirse. Y mi madre, pese a sus esfuerzos por mantener el equilibrio sobre los
hombros de su sobrino, acabó cayendo hacia delante, si es que no la tiró a posta mi
primo en la esperanza de que sucediese el desastre que al fin sucedió. Cayó mi
madre con un chillido a cámara lenta, hubo un estruendo en el agua y cuando salió
a continuación, dándole divertidos manotazos a su carcajeante montura, lo hizo,
como no podía ser menos, con medio pecho fuera de la copa del bikini.

Si no lo advirtió al instante, como debiera haberlo hecho una mujer decente, o aun
advirtiéndolo consideró más apropiado y urgente darle esos manotazos entre risas
a mi primo, llamarle malo, empujarle, y luego quedarse allí riendo, eso es un
misterio que no pude resolver. El caso es que aquel pecho, con su pezón al aire,
estuvo fuera de la copa protectora lo menos diez segundos, y si ella no lo notó los
otros tres sujetos que andábamos por el contorno lo notamos como una explosión
nuclear que, por esos segundos, eclipsase al sol. Yo, que incluso a diez metros no
podía sustraerme a la contemplación del estallido, aun tuve tiempo y perspectiva
como para ver que mis primos, mucho más próximos, habían fijado la vista como
estatuas sobre él por mucho que no dejasen de reír. Qué atrevimiento, me dije
colérico mientras afilaba el alfanje mental, a mamá el único que puede mirarle el
pecho soy yo.

En esto, tras una eternidad, y como notó ella la lúbrica mirada de sus sobrinos
clavada en esa parte tan sensible de su anatomía, bajó la vista para descubrir la
catástrofe. Que en aquel instante lo que tendría que haber hecho es sumergirse ipso
facto para ocultarla, antes de volver a colocarse la copa bajo el agua y, a
continuación, haber salido de la piscina muerta de vergüenza, es de sentido común.
No obstante en vez de hacer tal lo que hizo fue renovar su risa, y entre risas decir
“¡Ay, qué vergüenza, se me ha salido el pecho! Por tu culpa, Pablo, ves que malo
eres!”.

Así pues el malhechor era Pablo, anoté para tomarme más adelante la necesaria
venganza y limpiar el honor de mi madre. Pero no debía ser tanta la vergüenza de
ella, que perdía el tiempo recriminando a su sobrino de modo tan pueril y que aun
tardo lo menos tres interminables segundos en meterse la teta en la copa. Maniobra
esta última que menos que un gesto de pudor fue la guinda con la que concluyó el
espectáculo, o así lo aprecié yo y, estoy seguro, mis primos. Eso de que ella pusiese
su mano sobre el pecho y lo hundiese mientras con la otra colocaba la copa. Eso de
tocarse la teta en público, como una bailarina de striptease. No debe darse cuenta,
me dije, la pobre no se entera de hasta que cumbres de lujuria eleva a sus sobrinos
la contemplación de esa escena.

Como fuese, tras el turbio episodio, decidió salir mi madre del agua, y tras secarse
someramente fue a recostarse en una tumbona, a dos metros de mí pero a la
sombra, porque ella no tomaba jamás el sol. Suspiré y me hice cruces deseando que
todo hubiese sido un mal sueño y que, una vez concluido, pudiese la vida regresar
a la normalidad. Pero he aquí que no bien se tumbó no tuvo mejor ocurrencia que
la de renovar su risa e, inopinadamente, decir en voz bien alta y alegre, para que
todos la escuchásemos.

-¡Qué vergüenza, mira que estar ahí con el pecho al aire y yo sin enterarme!.

Bueno, basta ya, ¿a qué venía volver a mentar al diablo cuando ya nos habíamos
quedado todos tranquilos tras su marcha? A punto estuve de decir con voz profética:
“tienes razón, mujer casquivana y ligera de cascos, qué vergüenza, pero no te
preocupes que yo te perdono, anda ve, olvidemos el asunto y no peques más”. Pero
no me atreví porque en aquel ambiente de disipación me exponía con tal discurso al
linchamiento general, que es lo que nos pasa a los santos cuando advertimos en
Sodoma del declive de la moralidad pública. Y con mi cobardía permití que la que se
alzase fuese la voz del escándalo, que por boca de mi primo Raúl clamó.

-Pero qué dices, tía, qué vergüenza ni qué nada, si tienes un pecho precioso y
deberías ir en topless. Ya quisiesen las chicas del río, que van todas en topless, tener
un pecho tan bonito como el tuyo ¿Verdad Pablo?

-Verdad de la buena, tía. Y claro que tendrías que ir en topless.

Debía tener un problema en el oído, o quizás las emociones de la tarde me habían


roto una arteria en el cerebro y tenía alucinaciones. Porque desde luego no podía
ser que hubiesen soltado como si tal cosa aquella sarta de perversiones e incitación
al crimen. Además de una mentira, porque en el río, en topless, tan sólo iban dos
chicas de las diez o doce que solían reunirse cada tarde, entre ellas La Marga, una
mujer que, pensé con nostalgia, ya formaba parte de mi prehistoria. Con todo aun
me consolé con la idea de que, de no tener yo un problema de oído ni padecer de
alucinaciones, ante tamaño atrevimiento mi madre, ya que no un bofetón -porque
para eso tendría que haber vuelto al agua- se levantaría indignada y se retiraría tras
llamar la atención al criminal con la severidad que exigía el caso. Pues no, lo que
hizo fue reír, y lo que dijo fue.

-Uy, gracias, aduladores, que sois los dos un par de aduladores. ¿Pero cómo voy a
tener yo el pecho, a mi edad, más bonito que esas niñas?

¿Qué? ¿Qué? ¿Aduladores y no pervertidos? Y además qué falsa, como si no supiese


de sobra que, aunque no todas, muchas de aquellas chicas tan escuetas envidiarían
a rabiar su abundancia.

-Donde va a parar, tía, si tú eres con mucho la mujer más bien formada del pueblo.

¿Cómo? ¿La mujer más bien formada? Aun tuve tiempo de preguntarme de dónde
había sacado semejante locución el cretino de Pablo.

-Ya, ya, y yo me lo creo.

Pues no se lo creería pero estaba ya no contenta sino feliz. Y yo, que la vi, me
preparé para el apocalipsis.

-Que sí tía, que sí, haznos caso. Y además aquí, que estamos en familia y no te ve
nadie más, tampoco hay de qué sentir vergüenza.

A eso se le llama la transvaloración de todos los valores, dictaminé para mis adentros
y ya incapaz de pensar en nada, ni de indignarme siquiera.

-Bueno, pues sí, además aquí a la sombra hace un poco de fresco y el bikini mojado
me da frío.

Esto lo dijo mi madre, y si yo no caí de rodillas clamando al cielo fue porque estando
tumbado boca abajo mal podía caer, y porque pensé que, fuese como fuese, alguien
tendría que guardar un poco de decoro para que no lo olvidasen las generaciones
venideras. Un poco de fresco a la sombra eran unos 30º, no había sombra alguna
en la que cobijarse de la chicharra ni necesidad alguna de despojarse de aquella
pequeña prenda para no coger una pulmonía, que ese parecía ser el caso según mi
madre. ¿A quién pretendía engañar? Aun así, antes de que ella procediese, tal como
había anunciado, quise rescatarla de la depravación que sí adjudicaba a mis primos
y disculpé su ligereza considerándola no más peligrosa que la coquetería; se iba a
quitar el sostén del bikini para estar guapa, del mismo modo que cuando salía de
casa se maquillaba. Las mujeres, me dije comprensivo, ya se sabe que quieren estar
guapas. Así que para estarlo mi madre se incorporó un instante en la tumbona y con
un gracioso gesto se quitó el sostén del bikini y se quedó con las tetas al aire.

¡Ay! Ay, ay, ay, que malito me puse. Y rojo hasta el blanco de los ojos. Agradecí que
al estar tumbado y algo alejado a su derecha, en tanto que sus aduladores quedaban
a la izquierda, no me prestase ella atención y rogué para que, con un poco de suerte,
me hubiese vuelto invisible, porque tampoco era capaz de apartar la vista de aquel
pecho prodigioso. Pero se ve que, al menos en lo que se refiere a mi madre, la
invisibilidad no era una de mis virtudes, porque ella, mirándome a los ojos con una
sonrisa, dijo.

-No te molesta, ¿verdad, cariño?

-No, haz lo que te venga en gana -respondí ronco

Pero como fuese que ella notó a leguas que el enrojecimiento de mi cara no se debía
al mucho sol que estaba recibiendo, añadió en su sonrisa una nota de dulce
comprensión ante mi azoramiento. Claro que yo precisaba mucho menos
comprensión que recato. Y un alfanje, cuanto eché de menos un alfanje, un turbante
y un camello, al ver cómo mis primos, repentínamente hartos del remojo, salían con
un salto de la piscina y se apresuraban a sentarse frente a mi madre, uno a cada
lado a los pies de la tumbona. Era intolerable su atrevimiento, por menos podrían
haberles amputado un miembro en cualquier país respetable. Y ella brillando de pura
felicidad ante lo que, me dije, debe creer mera admiración cuando no es más que
pura lujuria. Y entonces sí que agradecí estar tumbado boca abajo porque de seguro
era una enfermedad contagiosa la que portaban mis primos y la infección había
llegado a mi pene, que se estaba erizando.

Por suerte no agravaron los canallas la ya de por sí catastrófica situación con más
comentarios en torno a la belleza de los pechos de mi madre, ni tampoco ella dijo
nada inconveniente. Estuvieron un rato charlando de intrascendencias mientras yo,
primero me hacía el dormido y luego, con una audacia digna de mejores metas,
reptaba hacia la sombra porque ya veía que de lo contrario me iba a dejar el sol la
espalda en carne viva. Reptando porque había que mantener secretos en el bajo
vientre.

-¿Pero qué haces? -me preguntó entonces mi madre- anda, deja de hacer el ganso
y ven a charlar con nosotros.

Aduje que consideraba la charla algo infantil para mi gusto, declaración que le hizo
soltar a mi madre un “serás payaso”, seguido de una carcajada. Si ya me parecía
inconveniente su risa con tan depravada compañía mientras estaba vestida, no digo
hasta que punto me lo pareció con los pechos al aire, empeñados en balancearse al
ritmo de su carcajada como si fuesen supernovas.

Al rato quisieron bañarse de nuevo mis primos y yo, aunque me resistí varios
minutos en tanto me fustigaba con un látigo mental, también acabé en la piscina.
Era debida mi resistencia a las continuas peticiones de los gemelos a mi madre para
que volviese a unirse a ellos en el agua (y a mí también, eso se lo concedo). Bajo
ninguna circunstancia quería yo encontrarme con ella en esa tesitura, con sus
pechos balanceándose a medio metro de mi cara mientras jugábamos a la pelota o,
posibilidad más tenebrosa todavía, tenerla directamente pegada a mi espalda o
pecho mientras nos peleábamos por el control de la susodicha pelota, que entre
tantas especulaciones ya me parecía un arma de destrucción masiva. Largo esfuerzo
me había costado imponer disciplina a mi pene enfermo como para arriesgarme a
que la visión de sus tetas a un palmo de mis ojos o la presión de ellas sobre mi
cuerpo no diesen al traste con mi disciplinada medicina y convirtiesen a mi atribulado
pene en un enfermo mortal.
Porque sin duda eso es lo que habría de ocurrir si ella llegase a percibir que verla en
topless no sólo me ruborizaba sino que me empalmaba, la condena a muerte. Eso
por no hablar que lo mismo pudiese ocurrirles a sus sobrinos, que hasta el momento
parecían haber controlado bien su priapismo pese a la mucha admiración que
declaraban. Sería cosa de la edad, me dije, y de estarse a todas horas copulando
con La Marga.

Cómo los odiaba. Sin embargo como quiera que mi madre rechazó la oferta y dijo,
recobrando la cordura, que no, que ya se había bañado demasiado por aquel día y
que además hacía demasiado calor ahí y que se iba adentro a leer un libro, acabé,
ya fuera de peligro, por meterme en el agua. Con todo no se me pasó por alto que,
de pronto, hiciese demasiado calor cuando veinte minutos antes soplaba un viento
glacial. Cosas, dictaminé sabio, de mujeres.

Pero, por supuesto, no quedó la cosa tan tranquila como hubiese sido de desear,
sino que al poco de desaparecer mi madre y cuando ya estábamos los tres haciendo
el burro en el agua, tuvo a bien Raúl declarar con gran sentimiento.

-Uff, cómo está tu madre.

-La hostia -sentenció su hermano.

-Bueno, basta ya o también me voy yo a casa a leer y vosotros a la vuestra a


estudiar-zanjé colérico.

El resto de la tarde pasó, como era de esperar, entre chapuzones, tostamientos al


sol, y partidas al poker sobre el cesped, juego que acababan de enseñarme y en el
que, al parecer, eran unos consumados tahures. Hacia las ocho, cuando el sol aun
alto ya comenzaba a caer, volvió a salir mi madre al jardín, esta vez decorosamente
ataviada con un vestido de verano, para preguntarnos qué queríamos cenar entre
un par de opciones. Se le ocurrió entonces a Raul que por qué no íbamos a tomar
algo al mismo pueblo festivo en el que se habían cogido aquella borrachera sin
resaca la pasada noche, que así no tendría mi madre que trabajar y que ellos
invitaban. A mi madre le pareció excelente la idea, de modo que para no aguarle la
fiesta a nadie callé que a mí no me parecía tan buena, que me parecía nefasta. De
haber cenado en casa lo habríamos hecho en quince minutos y luego nos
hubiésemos ido los tres chicos a tomar algo a cualquier sitio, dejando a mi madre
muy relajada en su sofá. De este modo ya nos veía durante tres o cuatro horas en
su compañía, a la intemperie durante todo ese tiempo de las miradas lascivas de
mis primos, de sus indecentes piropos y, quien sabe, hasta proposiciones.

Observé en ese momento, además, que de decoroso vestido de verano nada, aquel
vestido floreado en blanco y verde, con su amplio escote, con su vertiginoso escote,
me corregí, era cualquier cosa menos decoroso. Deberían prohibir que las madres
que tienen esos pechos y van en compañía de sobrinitos procaces salgan a la calle
de esa guisa. Podía en cambio llevar el vestido en casa sin problema alguno, que ahí
solo habría de admirarlo yo, cosa que me estaba permitida que para eso era su hijo.

En fin, que nos fuimos a cenar al pueblo vecino en el coche de los gemelos y, tal
como me temía, volvió a arreciar un temporal de libertinaje y disipación. No fue sino
hasta el postre, cuando, tras una botella de vino que se bebieron entre los tres -a
mí no me dejaba probar el alcohol mi madre porque, decía, era demasiado joven-,
tuvo la brillante ocurrencia Pablo de contar un chiste de esos que se dicen picante.
A carcajadas se rieron los tres, cosa que no me extrañó nada en mis primos pero
que me asombró en mi madre. Por supuesto yo no le encontré ni pizca de gracia al
burdo engranaje verbal, pero como no necesitaban de mi aquiescencia para reírse
se pusieron por turnos los gemelos a contar chistes de esa dudosa categoría, de los
que parecían poseer una enciclopedia. Y así hasta que, al séptimo o octavo, dice mi
madre que ella sabe uno, lo cuenta y a partir de ese instante se van turnando entre
los tres y no paran hasta llegar a la treintena.

Todos lamentables y sin la más mínima gracia, todos con los siempre entrañables
recursos del cornudo, el furor uterino, el abuelo rijoso, la tribu de zambia y hasta el
surtido de animales diversos. Pero nada, tras cada chiste una andanada de risas y
miradas de licenciosa complicidad. Que mi madre se sacase de la manga tales
historietas de camionero o de cuadrilla de albañiles me dejaba perplejo, y casi me
habría dado vergüenza de no ser porque a todas luces se veía que el taimado
propósito de mis primos no era otro que el de conducir la conversación al único tema
en el que sabían interesarse, que era la lujuria. Mi madre, pobre, les seguía la
corriente sin advertir que con cada uno de los chistecitos que contaba espoleaba la
lubricidad de sus sobrinos, que por las miradas que con el mayor descaro le dirigían
al escote daban la impresión de ir a violarla allí mismo. Menos mal que estaba yo
para impedirlo, pues aunque me hubiese olvidado el alfanje bastaba mi serena
seriedad para poner un poco de orden entre tanto desenfreno. Aguafiestas, me
llamaron en dos o tres ocasiones sin apreciar que era yo el único que sostenía la
cordura del mundo.

Acabó por fin la cena y cuando ya me las prometía felices por el pronto regreso a
casa y la desaparición, al menos hasta la mañana siguiente, de los gemelos,
pensaron los tres adultos, sin la menor consideración al menor de edad que los
acompañaba, en sentarse en una terraza de la plaza mayor del lugar a tomar una
copa. Inopinadamente mi madre pidió un gin-tonic, brebaje con el que también
quisieron acompañarle los gemelos. Yo me pedí mi segunda cocacola, que como
todo el mundo sabe relaja los nervios, lo que precisaba al ver que mi madre, por si
no le hubiese bastado con entregarse a los chistes, se entregaba ahora al
alcoholismo.

Serían sobre las diez de la noche, y aunque aun faltaban un par de horas para que
la socorrida orquesta ocupase el escenario que había montado en la plaza y
comenzase el baile, por los altavoces no dejaba de sonar una música de pachanga
con los éxitos del verano de los últimos treinta años. Y había un nutrido grupo de
espontáneos que incapaces de aguardar a la orquesta bailaban como si les fuese la
vida en ello.

Yo observaba el espectáculo con la ecuanimidad de un antropólogo que estudia las


costumbres pigmeas, por un decir, que se saben grotescas en un ambiente civilizado
pero adecuadas entre los selváticos. Pero la ecuanimidad se me cayó a los pies
cuando, a los diez minutos de estar allí sentados y tras haber engullido medio gin-
tonic, decidió mi madre unirse a los bosquímanos y ponerse a bailar, con mucha
gracia, he de reconocerlo, una especie de samba que sonaba entonces. Y para esto,
me dije, se licencia una en química, que a eso, a dar clases de química en un instituto
de secundaria, se dedicaba.

A mis primos se les salían los ojos de las órbitas viendo a mi madre evolucionar al
ritmo de la música pagana, y al fin no pudo contenerse más Pablo y saltó al ruedo
para girar con ella. El sobresalto fue de tal calibre que no tuve más remedio que
llamar al camarero y, aprovechando que ocupada como estaba en menear la pelvis
no vigilaba mi madre, pedirle una cerveza. Ocurrencia que fue del agrado de Raúl,
que me llamó machote por no obedecer siempre a mi progenitora.

Entre tanto Pablo, que durante los primeros dos minutos se había limitado a moverse
frente a mi madre con considerable torpeza, recibió el premio a su audacia cuando
ella, que se había meneado y alzado los brazos en un gesto delirante para su solaz,
le indicó, extendiendo el brazo y moviendo su índice hacia ella, que se aproximase
y acabó por rodear su cuello con las manos. Envalentonado por esa caricia en la
nuca -y recordé que ya por la tarde había buscado él que le acariciase la nuca, pero
con el sexo- tuvo a bien colocar sus manazas sobre las caderas de mi madre. Una
mano en una cadera, y otra mano en la otra cadera. Si al menos hubiese sido
manco... De un trago me bebí media cerveza y me prometí que el bellaco habría de
pagar cara su osadía. Con todo lo que consideraba un verdadero ultraje es que mi
madre no sólo aceptase aquellas manos lúbricas sobre su cuerpo, sino que se
moviese con ellas al ritmo de la música orgiástica, y para colmo en público.

En eso se acabó la canción y comenzó otra de la misma naturaleza licenciosa, y no


perdió la oportunidad Raúl de ir corriendo a ocupar el lugar de su hermano, y como
éste ya le había abierto el camino, a ocuparlo sin más con sus manos en las caderas
de mi madre, y las de mi madre en su nuca. Era un espectáculo macabro, y apuré
otro trago de cerveza haciéndome a la idea de que era Whisky y yo Humprhey Bogart
en alguno de sus papeles de héroe solitario y moral ante la corrupción generalizada
del mundo. Fue entonces cuando se me iluminó la cabeza y así, cuando por fin
concluyó la canción y daba comienzo otra, me levanté de la silla y con paso certero
y dispuesto a desenfundar el revolver al menor contratiempo, despaché al
delincuente Raúl y me propuse como sustituto ante mi madre.

Encantada se quedó ella con mi rescate, y para que no cupiese duda de que ella era
mi madre -mía, mía- coloqué mis manos sobre sus caderas y allí nos pusimos a
bailar una cumbia, o rumba, o mambo, o samba, o algo así, que no era yo ducho en
esa suerte de ritmos paganos. Al poco va ella y me dice “qué bien bailas, cariño, no
como tus primos, que parece que tienen grilletes en los pies”. Jamás se me hubiese
ocurrido que yo pudiese bailar bien, pero tampoco que pudiese hacerlo ella y allí
estaba. Me sentía como un emperador, y de tanto en tanto lanzaba una mirada de
soslayo a mis primos, que nos miraban plácidos, como diciéndoles “a ver qué os
creíais, panolis”.

Todo parecía ir a las mil maravillas cuando en esto me hago muy consciente de que
con tanto mover el esqueleto y tanto posar mis manos sobre sus caderas, y tanto
desafiar a los gemelos, mis ojos han caído atrapados en el pozo de gravedad estelar
del escote de mamá, y que lo menos deben llevar cinco segundos ahí sin que yo
haya podido evitarlo. Lo evito entonces, pero cuando los alzo para encontrar los de
mi madre advierto, al tiempo que una extraña irritación en el pene, una sonrisa suya
la mar de divertida, y a continuación ella misma baja un instante la mirada para
contemplar su propio escote. Vuelve a enfrentar mis ojos y de nuevo me sonríe
divertida, pero como para ese momento el foco luminoso más potente de la plaza
ya no está en las farolas sino en mi rostro, que emite en el infrarrojo, la sonrisa
evoluciona de la ironía a la comprensión, momento en el que yo aprovecho para
olvidar todas mis recién descubiertas habilidades de bailarín, enredarme los pies y
caer torpemente en sus brazos.

Mientras caigo, como a cámara lenta, veo la aproximación de sus pechos hacia mi
cara, en donde van a estamparse irremediablemente, y aun tengo tiempo de
observar como mis primos inician su particular fiesta de carcajadas a mi costa. Así
es, mi mejilla acaba contra uno de los pechos de mamá y para cuando recupero una
posición digna, gracias a que ella interrumpe mi caída y luego me ayuda a
incorporarme, tengo la sensación de ser más luminoso yo solito que todo el conjunto
de las bombillas del pueblo reunido. Por suerte acaba en ese instante la canción y
tras recuperar mi legendario aplomo me dirijo a las mesas, eso sí, de la mano de mi
madre, que ha cogido la mía y no la suelta, como temiendo que vuelva a tropezarme.

Después de ese fatigoso trance y de tener que soportar las bromas de los gemelos
sobre mis habilidades de bailarín se entenderá que no me quedasen muchas ganas
de repetir la experiencia. Por lo demás mi madre, tras beber un larguísimo trago de
su gintonic, notó que frente a mí había una cerveza y ella, tan disipada hasta el
momento en todo, me preguntó sin asomo de sonrisa ni de comprensión qué hacía
bebiendo una cerveza.

-Si no pasa nada, tía, que ya tiene una edad y estamos de fiesta. Un día es un día,
y no te cuento las que bebíamos nosotros a sus años ¿O no, Raúl?

-Barriles, tía, bebíamos barriles.

-Vosotros no sé -dijo mi madre sin conmoverse ni un ápice por esa confesión


dipsómana- pero Andrés es un niño y no quiero que beba hasta la mayoría de edad.

-Pero mamá -me quejé yo- si es sólo una cervecita, y vosotros dale que te pego al
gin-tonic.

-Esta bien -concedió- pero sólo una.

Dicho esto recuperó la alegría, le largó otro lingotazo a su copa y regresó tan
contenta al baile, seguida como un perro faldero por Raúl. Durante la hora siguiente
tuve que soportar como ella, que me ponía grandes reparos a la ingestión de una
cerveza, se entregaba a los bailes antropófagos sin que yo, con mucha más razón,
pudiese recriminarle su desenfreno. Y como quiera que había abandonado mi puesto
vigía en sus caderas y no me atrevía a retomarlo, mis primos se fueron turnando en
sobarle los flancos y en mirarle desde aquella privilegiada posición el escote sin que
su pavoroso cinismo les hiciese ruborizarse lo más mínimo. Para colmo, como se
movían con la agilidad de paquidermos, tampoco corrían el peligro de enredarse los
pies, pese a lo mucho que rogué para que les sucediese ese lance, aunque,
naturalmente, para que cuando sucediese no fuese a estamparse su cara en los
pechos de mamá, sino en el granito de la plaza.
Por su parte mi madre me reclamó varias veces para que volviese con ella a la
desordenada pista, pero decliné sus invitaciones incluso cuando, en cierto instante,
se vino hasta mí, me tomó del brazo e intentó levantarme de la silla para que la
siguiese. Hasta pudiera ser que, haciendo de tripas corazón, lo hubiese hecho de no
ser porque para llevar a cabo su inocente petición se inclinó sobre mí sin dejar de
menear las caderas, permitiéndome contemplar entonces el vertiginoso panorama
de su escote, grávido y móvil, causa más que suficiente para que me resistiese como
si fuese su intención llevarme al matadero y que puso a mi pito malo de solemnidad.

-Pero qué borde, estás -me insultó muy cruel, aunque al momento volvió riendo al
bailongo.

Entre tanto volvieron a pedir otra ronda de gin-tonics, y yo, durante uno de esos
bailes de mi madre, en un momento que tuvo la desdichada idea de dar un giro
completo en torno a las manos de Raúl y hacerlo, para mayor escándalo, llevándose
las manos a la cabeza, llamé sin vacilación al camarero y le pedí otra cerveza. Me
preguntó Pablo si no me estaría pasando, que no es que eso le preocupase, pero no
quería que luego mi madre le echase la bronca por no haberlo impedido. Le miré
como se mira a las alimañas y de un trago, sin decir ni pío, me bebí media cerveza.
Que sopesase eso y temblase, que supiese con qué clase de hombre peligroso tenía
que vérselas, un hombre que se bebía media cerveza de un sólo trago. Sin embargo
no pareció impresionarle demasiado porque a renglón seguido saltó a ocupar el lugar
de su hermano en las caderas de mi madre.

Me pregunté cómo era posible que las autoridades permitiesen las fiestas en los
pueblos y los bailes en las plazas públicas, y si no habría algún recóndito artículo en
el código penal que penase con al menos 15 años de reclusión el que los sobrinos
les sobasen las caderas a sus tías. Y menos mal, me dije, que mi madre no había
perdido la compostura por completo y mantenía a cierta distancia a sus sobrinos,
porque de lo contrario, si les hubiese permitido aproximarse más, hasta el punto de
que los pechos de la una y los otros entrasen en contacto y, entonces, con total
certeza, estampasen ellos sus manazas en su culo, habría tenido que cometer un
crimen o me habría dado un infarto.

Pensé que quizás no fuese mala idea la del infarto, porque así les aguaría la fiesta a
esos pervertidos y mi madre abandonaría el baile para preocuparse de la salud de
su niño, y hasta podría culpar de ello a Raúl -y por extensión a Pablo- por haberme
permitido tomar una cerveza y, a partir de entonces, no volver a dirigirles la palabra
de por vida. Pero como no me dio un infarto y las autoridades, siempre en la inopia,
no consideraron oportuno detener a los gemelos, tuve que tolerar el odioso trato
que me dispensaban y aguantar con una entereza digna de un buda aquel grotesco
espectáculo.

Por fin vino la providencia en mi ayuda cuando, sin previo aviso, se interrumpió la
música. Volvió mi madre a sentarse, se acabó su gin-tonic, y si observó que yo había
bebido una segunda cerveza no dijo esta boca es mía. La interrupción de la música
era debida a la llegada de los miembros de la orquesta para preparar el concierto,
aunque aun faltaba más de media hora para su inicio. Propuso Pablo que tomasen
otra ronda y esperásemos charlando el comienzo del verdadero baile. Y ya veía como
si no de un infarto habría de morirme de una apoplejía cuando mi madre rechazó la
proposición, dijo que ya se estaba llenando demasiado la plaza, que aun lo haría
mucho más y que con tanto gentío no podría bailar a su gusto, que estaba además
algo cansada de tanto baile y que mejor nos fuésemos a casa. Qué sabia decisión,
me dije, y si mis primos la consideraron desdichada se guardaron mucho de decirlo
para no contrariar a mi madre y hacerse objeto de su disgusto.

Mientras caminábamos hacia el coche advertí con regocijo que -pese a los hectolitros
de cerveza que bebían a mi edad- las dos botellas de vino y los dos gin-tonics que
habían tomado cada uno había hecho algún efecto en los gemelos que, perdida la
ocasión del vicio danzante, se mecían un tanto al caminar y se les notaba la voz algo
pastosa. Con suerte, pensé, nos para la guardia civil de camino a casa y los encierran
por conducir beodos, al uno por conductor y al otro por clon del conductor. Ya en
marcha, y como me sentía aliviado al saber que pronto estaríamos en casa y
habríamos dejado atrás ese día nefasto, pude, con admirable magnanimidad,
rechazar la idea de la guardia civil, que encima habría disgustado a mi madre, y me
dije que mejor se estrellasen más tarde, cuando ya nos hubiesen dejado a nosotros.
Nada grave, una pierna o un brazo roto, tonterías para chicos tan fornidos. No sabía,
incauto de mí, que lo peor estaba por llegar.

Fue precisamente cuando llegamos que mi madre, que había mantenido una
entretenida charla con Pablo en el asiento del copiloto, tuvo la extravagante
ocurrencia, no bien bajaba del coche, de invitar a sus sobrinos a tomar algo en casa,
que a fin de cuentas aun era temprano. ¿Cómo iba a ser temprano si faltaba menos
de media hora para la media noche? No perdieron tiempo los facinerosos en aceptar
la invitación frotándose, supe, sus manos mentales ante la oportunidad que se les
brindaba de seguir en compañía de su diosa. Sus manos, y añadí tenebroso, quién
sabe que más cosas mentales y no mentales habrán de frotarse estas alimañas.
Protesté un poco aduciendo, sensato y mesurado, que ya era algo tarde y estaba
cansado. Creo que fue mi madre quien, riéndose, volvió a llamarme aguafiestas. Y
envalentonado por ello resolvió Raúl dedicarme la siguiente frase:

-Calla, calla, que eres más soso que un pepino.

¿Que un pepino? ¿De dónde diablos habría sacado esa insólita comparación? Porque
de lo que estaba seguro es de que no era de su cosecha, no era tanta su inventiva
verbal. No quise, sin embargo, regalarle mi ignorancia y me abstuve de preguntar
nada.

-¿Qué un pepino? -preguntó en cambio mi madre, a la que nada importaba entregar


su ignorancia a su sobrino- ¿No un tomate o una lechuga? ¿de dónde has sacado
eso, Raúl?

-Ahh, ya sabes, tía, que un pepino, jejeje.

Pero por primera vez lo noté algo nervioso, como lamentando haberse metido en un
berenjenal cuando tan fácil le hubiese sido mantenerse callado.

-No sé nada, Raúl, pero no veo yo que tendrá que ver la sosería con los pepinos.

-Eso, eso -se rió Pablo al ver a su hermano en un apuro- explícaselo a la tía.
-Bueno, tía, ya sabes, el pepino, las mujeres, cuando no tienen hombre...

Me pregunté si estaba hablando con mamá o dictando un telegrama.

-¿Cuando no tienen hombre? -dijo mamá con cara de extrañeza- ¿quieres decir que
usan el pepino para masturbarse?

-Bueno, sí, eso -admitió Raúl algo cortado, y como para disculpar su ocurrencia el
muy bellaco descargó la culpa en otros- eso dice la Marga, más soso que un pepino.
En comparación a un hombre de verdad -añadió por si no nos habíamos enterado.

-Realmente -dijo mi madre meneando la cabeza- mira que sois brutos. Anda, anda,
pasad. Y tú -dirigiéndose a mí- si estás cansado puedes irte a dormir.

Bajo ninguna circunstancia iba yo a irme a dormir dejando a mi pobre madre en


compañía de aquellos animales tan amigos de los pepinos sin mi aguerrida
protección. Y la Marga, pensé, aquella chica que tan fina me parecía y a la que tanto
había amado de joven, cuando era joven, tres o cuatro días antes, porque las
terribles experiencias de aquel día me habían envejecido lo menos veinte años. Y
mamá que a bocajarro había disparado la palabra masturbarse, ¿qué sabría ella de
esas prácticas diabólicas?

Dijo mi madre que ella iba a prepararse un gin-tonic y si querían ellos otro, que
quisieron.

-Y yo una cerveza -declaré.

-De eso nada, que ya has bebido dos -así que se había dado cuenta- si quieres una
cocacola.

-Quiero una cerveza -me mantuve firme- que para eso le estáis dando vosotros al
gin-tonic.

-Anda, déjale al chico, que...

-Sí, sí, y vosotros os bebías barriles -interrumpió mi madre, y echándome una


mirada rigurosa concedió- esta bien, pero ni una más en lo que resta de verano.

-No, mamá -le aseguré sumiso y complacido.

Nos sentamos con nuestras bebidas en el sofá y los sillones y renovaron una charla
repleta de frivolidades pero que, al menos, estuvo libre de chistes, bailes y pepinos.
No obstante veinte minutos más tarde ya se vio que mucho más no tenían que
hablar mis primos y mi madre, tan apartados estaban sus mundos, y yo no decía ni
pío. Bueno, no tardarán en irse, pensaba. Pero pensaba mal porque ante el
decaimiento de la conversación propuso Pablo que echásemos unas manos al poker,
idea delirante pero que a mi madre le pareció deliciosa.

-Al Poker -nos advirtió Raúl- hay que apostar algo porque si no no tiene gracia.
-Pues esta tarde -le contradije- hemos estado jugando sin apostar nada.

-Eso es distinto, porque te estábamos enseñando, pero ahora que ya sabes... Y tú


tía sabes ¿No?

Un poco sabía, dijo mi madre, de modo que nos pusimos a ello apostando la
calderilla. Y es cierto, sabía un poco, sólo un poco más que nada, por lo que quince
minutos después ya estábamos mi madre y yo desplumados.

-Podríamos -dije yo picado por el ansia de darles una lección- apostar garbanzos.

Eso les hizo mucha gracia a los tres, que a ver si me creía que eramos niños o
ancianitas para jugar con garbanzos. Y ese fue el instante en el que mi madre
dispuso la aniquilación de mi mundo con una frase de lo más alegre, dicha como
quien acaba de toparse con un tesoro en el jardín pero que cayó sobre mi cabeza
como la guillotina sobre la del santo Robespierre.

-¡Ya se! ¿No hay una variante del poker que se juega con prendas?

-Sí -se apresuró a contestar Pablo- el strip-poker.

-Pues podíamos jugar así -declaró ella encantada con su hallazgo- ¿os parece?

¿Y cómo no les iba a parecer a aquel par de monaguillos del demonio? No obstante
yo, que del soponcio me había quedado mudo unos instantes, clamé entonces a
todos los poderes del cielo y de la tierra.

-¿Estáis locos? O sea, que de garbanzos nada porque son infantiles, y de buenas a
primeras queréis pasar a las prendas, que aun me parece más infantil a mí, luego
que será ¿jugar a los médicos? Como cuando teníamos siete años -y me comí la
lengua ante el desliz al imaginarme, muy doctoral yo, palpándole la teta a mi madre
en busca de un tumor, pero supe sobreponerme- Pues para eso, ya puestos, mejor
jugamos a la pita o al escondite.

Pero mi astuto ardid, que intentaba desprestigiar el juego de las prendas como de
niños algo retrasados, no obtuvo la respuesta adecuada.

-Anda, cariño, no digas tonterías y vamos a jugar, que será divertido.

No se me escapó que mi madre colocaba el cariño previo a mi tontería, y como


dándole un rango superior que me obligase a rendirme a él. Pero estaba muy
equivocada si pretendía chantajear mi integridad moral con tales baratijas.

-De eso, nada, conmigo no contéis.

Dije lo último convencido de que, como mi intervención habría de ser imprescindible,


al negarme a participar en el holocausto nuclear que preparaban les arruinaba el
juego y la diversión. Hala, todos a la cama como niños buenos, que ya era más que
hora. Sin embargo fue muy otra la respuesta que recibí.
-Pues tú mismo, Andrés, si no quieres jugar no juegues, que llevas todo el día
insoportable. Nosotros sí que vamos a jugar ¿Verdad chicos? -preguntó retórica mi
madre.

-Pues no juego -certifiqué con sonrisa de cuervo

-Vale -intervino entonces Raúl- pero entonces vete a dormir a tu cuarto, porque lo
que no puede ser es que juguemos nosotros y te quedes ahí de mirón, que eso es
como jugar ganando de antemano.

-Eso -coincidió mi madre- si no quieres jugar a la cama.

Gruñí, renové mis protestas, aduje que no era de recibo que personas civilizadas y
adultas jugasen a esos juegos grotescos. Les hice mucha gracia y los tres a un
tiempo me enviaron entre risas a la cama. Volví a gruñir, cité a Platón y al Pato
Donald, les recordé la muerte de Sócrates señalando lo similar de mi situación, pero
no logré conmoverles y al fin acepté a regañadientes. No me quedaba otro remedio
que enfangarme en aquella carnicería como, decidí, un heroico espía británico que
se hubiese colado en la Gestapo y, pese a su profunda repulsión, confraternizase en
las grandes cuchipandas con los mandos superiores. Esa era mi tarea, conspirar
contra el nazismo que pretendían imponer mis primos a mi pobre madre, pillada
ahora con las defensas bajas por culpa del alcohol. Lo que bajo ningún concepto
podía hacer era abandonarla allí a solas con el despiadado enemigo que, como bien
se había visto al tanto insistir con que me fuese a cama, no deseaba otra cosa. Pues
se iban a enterar y me quedaba.

-Vale -dijo Raúl- ¿entonces empezamos?

-Ah, no -se rió mi madre- así no que hay que dejar las cosas bien claras.

Pensé yo que mi madre, recobrando la cordura, iría a decir que las prendas a las
que se refería eran los zapatos, un cinturón, un pañuelo, los pendientes y por ese
estilo. Pero no llegó a tanto su cordura aunque, al menos, mitigó en parte la muerte
anunciada. Por de pronto a eso de las prendas podía jugarse perfectamente sin que
fuese al poker, que a ese juego iban a ganar los gemelos en un pispas y eso no era
justo. Tras una breve intercambió llegamos a la conclusión de que los únicos juegos
de cartas que conocíamos todos eran la escoba y la brisca, y como a Pablo no le
gustaba la escoba -natural, había que sumar- nos decantamos por la brisca, y el que
menos puntos sacase en cada partida se vería obligado a desprenderse de una
prenda. Además señaló mi madre que para que nadie partiese con ventaja el número
de prendas de cada uno debería ser idéntico. Ella, por ejemplo, contaba con sus
sandalias, su vestido, su sostén y sus braguitas.

En ese momento dudé si estaría a la altura de la heroica empresa que me había


propuesto, porque ya el mero hecho de que mi madre hablase con tanta ligereza de
su sostén y sus braguitas me ponía malo. Como fuese estuvieron muy de acuerdo
los gemelos y nos adjudicaron, a cada uno de nosotros, otras cuatro prendas, a
saber, zapatos, pantalón, camisa o camiseta, y calzoncillos. Pensé que aunque el
número de las prendas fuese idéntico no lo era la naturaleza de de su despojamiento,
porque al fin los varones podíamos desprendernos de tres de ellas para quedarnos
en gallumbos, que no era distinto a ir en bañador, en tanto que mi madre tan pronto
se hubiese desprendido de dos quedaría en bragas y sostén, lo que ni mucho menos
me parecía a mí lo mismo que ir en bikini, y eso sin contar que cuando perdiese tres
ya estaría enseñando las tetas, lo que era mucho enseñar. Así me apresuré a
señalarlo cuidándome mucho de usar las palabras “sostén, braguitas, tetas”, pero
despachó mi madre mi objeción con un gesto de la mano.

-Quita, quita, no seas tonto. Si total ya me habéis visto el pecho esta tarde los tres...

Sí -pensé, aunque callé- pero ya entonces había sido mortal y las circunstancias
eran otras mucho menos peligrosas. La pobre, me dije, no sabe a qué se expone.

-Ah -se le ocurrió al infame Pablo- y si se pierde una prenda no vale taparse con las
manos ¿de acuerdo?

No veía yo porqué no habría de poderse, a fin de cuentas tan desnudas estaban las
manos como podría llegar a estarlo mi pene, qué más les daría verme las manos o
verme el pene. Sin embargo estuvieron de acuerdo quienes tenían que estarlo -eso,
eso, dijo mi madre-, así que acepté a regañadientes.

-Y para hacerlo más entretenido -apuntó el bellaco de Raúl- podíamos sustituir esta
mesa, que es demasiado grande, por aquella.

Y señalo algo que más que una mesa parecía una banqueta y que, desde luego no
iba a ocultar nada. También la ocurrencia les pareció fenomenal.

-Y tú -me señaló con el dedo Pablo- promete que cumplirás las normas y que no
saldrás con alguna artimaña para no hacerlo, que ya te conocemos todos.

Eso, eso, volvió a repetir mi madre. Y de nuevo acepté a regañadientes y me bebí


un tragazo de cerveza haciéndome a la idea de que era bourbon y yo Philip Marlow,
héroe solitario enfrentado a una ciudad corrompida. Y comenzamos a jugar, los
gemelos uno frente a otro, mi madre frente a mí.

Perdí, y con gran indiferencia, para que viesen hasta que punto me importaba un
bledo desnudarme en público, me quité las zapatillas. Y volví a perder, y con un
poco menos de indiferencia, pero con sufrida resignación, que se enterasen a cuanto
estábamos dispuestos los mártires, me quité la camiseta. Por suerte en las partidas
que siguieron aunque no ganase tampoco perdí, de modo que permanecí con aquella
pinta de obrero de la construcción que debía tener. Y me dije que también era ese
un modelo sólido y decente al que seguir. El resto de la concurrencia había tenido la
siguiente fortuna; mi madre y Pablo habían perdido sus zapatos, y Raúl estaba en
calzones, para mi regocijo.

Volví a perder y en esta ocasión me comporté con la entereza de aquellos valerosos


soldados del ejercito confederado a los que una bala de cañón destrozaba una
pierna, que había que amputar sin anestesia. Pues lo mismo, pantalones fuera y un
trago de cerveza. Maldije, además, el juego de la brisca y me pregunté si no estarían
amañando las cartas mis primos con el único propósito de humillarme. Por otra
parte, y aun siendo ateo, me puse a rezar para que en adelante me fuesen propicios
los lances del juego. Y por ateo no hicieron caso a mis rezos y volví a perder. Qué
algarabía y qué expectación hubo entonces en torno a mi modesta persona.

-Bueno -declaré con solemne racionalidad- puesto que ya he perdido no es preciso


que siga jugando y será mejor que me vaya a cama.

Qué traidor, pensará alguno, y no le faltaría razón. Era triste reconocerlo pero en la
hora final ya se veía que no era mi heroísmo tan grande como para sacrificarme, y
estaba dispuesto a huir y a dejar sola a mi madre ante los depredadores. No
obstante, además de justificar mi deplorable cobardía con mi tierna edad, he de
decir que no era tanto que me viesen en pelotas lo que me asustaba como que me
viese mi madre y que fuese a ocurrir lo que al final ocurrió. Y ocurrió porque hubo
grandes protestas ante mi posible deserción, a todos les pareció pero que muy mal,
dijo mi madre que no volvería a hablarme en su vida, y Pablo llegó a retarme -medio
en broma, es cierto- a que saliésemos afuera y discutiésemos el asunto como
hombres. Así que recordé a aquellos santos a los que los romanos echaban a los
leones para regocijo del populacho y, aunque ateo, me quité de un plumazo los
calzoncillos, procurando que no viese mi madre más allá de mis nalgas, y me senté
a toda velocidad, haciendo todo lo posible para que el pito quedase bien oculto entre
las piernas cerradas. Muy ufano me sentí con mi estrategia, a ver quién venía a
afeármela, porque habían dicho que no valía taparse con las manos, y ciertamente
yo no me tapaba con las manos.

En la siguiente partida perdió mi madre, lo que en vez de parecerle un trance funesto


le pareció una inmejorable ocasión para echarse a reír. Me dije cuan pésimo
consejero era el alcohol, del que ya casi había acabado su tercera copa de la noche,
y en cuanto se levantó risueña le pegué otro lingotazo a mi cerveza. Aun podría
haberse comportado con la dignidad que se le presume a una licenciada en químicas,
profesora de enseñanza secundaria, madre y no abnegada esposa, porque eso no
era y de ello, al menos, me congratulaba. Podría haberse comportado así y haberse
despojado del vestido con un gesto sencillo y modesto de novicia, pero no, con una
sonrisa sugerente dejó que los tirantes se deslizasen sobre los brazos y luego,
ayudándose con las manos, fue bajando el vestido con exasperante lentitud hasta
que, por fin, cuando lo tenía sujeto por las caderas, lo dejó caer hasta sus pies y,
no contenta, pronunció primero un “¡tachín!”, lanzó una patada con la que envió el
vestido volando como un ave del paraíso sobre mi cabeza y, antes de sentarse, lo
jalonó con una carcajada ronca, idéntica a esas que expulsan a modo de sentencia
los malos de las películas para recordarnos las ingentes reservas de diversión que
contiene el Mal a costa de sus víctimas.

Que malo estaba, malo malito que me iba a morir. Ya sabía yo que poco tendría que
ver el bikini con su ropa interior, no en vano se había empeñado en mostrármela en
el remoto pasado, y así lo atestiguaba aquel conjunto de blonda, de un rosa tan
pálido que era casi blanco, burbujeante de florecitas, maripositas y transparencias.
Pero qué diablos hacía mi madre con semejante conjunto, ¿no podría haber llevado
uno de felpa?, con lo cómoda que debe ser. Era, me dije, un arma biológica de
destrucción masiva, de ahí que fuese comprensible mi repentina enfermedad mortal.
Apreté con fuerza mis piernas porque ya notaba entre ellas una alegre tumoración
que pugnaba por librarse de su cárcel. Mis primos, en cambio, ajenos o incluso
regocijados por mi triste dolencia, no tardaron en jalear a mi madre y aplaudir su
“tachín”, henchidos de maligna lubricidad.

El siguiente en perder fue Raúl, que mucho hablar pero a la hora de la verdad hizo
como yo; procuró ocultar todo lo que pudo y acabó por sentarse a toda velocidad
con el pito entre las piernas. Aun así tuve tiempo, pues para darle la espalda a mi
madre se torció hacia mi, de ver entre esas piernas una cosa que me dejó
sobrecogido. Ya me barruntaba yo que aquel par de canallas iban a exhibir un
miembro considerable, pero lo que vi durante un instante dinamitaba cualquier
previsión. Qué espanto y que asco, me dije, eso que le cuelga entre las piernas,
notoriamente flácido, no debe ser menor que lo que se alza sobre mi vientre cuando
me empalmo.

Quedaban, pues, dos jugadores, cada uno con dos prendas. Me dije que con un poco
de suerte ganaba mi madre las dos partidas, acababa el juego, y todos a dormir.
Sin embargo se ve que no estaba mi madre por velar la tranquilidad de su niño y
perdió. Esta vez no hizo “tachín” ni dejó escapar la siniestra carcajada, y tampoco
precisó levantarse de la silla. Con todo ese gesto de llevarse las manos a la espalda
para desabrochar el corchete del sostén y esa manera de permitir que luego se
deslizasen los tirantes por los brazos hasta dejar sus pechos desnudos, fue coronada
con esta alegre declaración.

-Hala, ya están las tetas al aire otra vez.

Las tetas, no los pechos o los senos, tuvo la osadía de decir. Daba lo mismo porque
nos habíamos quedado mudos los tres. Mis primos sonreían ufanos y Pablo acabó
por decir.

-Tienes unos pechos preciosos, tía.

-Preciosos de verdad -añadió el clon.

Menudos babosos insolentes. No como yo, que no sólo me había quedado mudo sino
que tenía la boca seca. Ya estaba, ya la enfermedad se extendía por mi cuerpo a
gran velocidad y no tardaría en matarme, tan joven como aun era. Me esforcé todo
lo que pude para que la horrenda hinchazón no quedase a la vista. Quise, además,
apartar los ojos de los grandes pechos de mi madre pero, al parecer, me tenían
hipnotizado. Apreté las piernas con fuerza pero ya veía que no, y así, con un plof
francamente escandaloso, saltó mi pito de entre su guarida y se quedó muy firme y
como acechando al cielo.

-Mira tú esté -se rió Raúl- y tanto que decía que él...

-Cállate -ordené tapando con mis manos mi delictiva manifestación.

-Vale, vale, tranquilo -dijo aun más risueño.


Aunque tarde la salida de Raúl me había sacado del trance hipnótico, y así, con un
incendio por rostro, aparté mis ojos de los pechos de mamá para disculparme en
sus ojos. Inconcebiblemente ella sonrió, y aun más inconcebiblemente dijo.

-Eso no vale, cariño, habíamos quedado en que no valía taparse.

-Pero mamá -protesté incrédulo- es que...

-Ah -sonrió muy convencida-, esos son lances del juego, así que anda, no seas tonto
y saca las manos de ahí.

Pensé que lo mejor sería levantarme y salir corriendo. Pensé que si hacía tal cosa
era probable que intentasen oponerse mis primos, y no me vi con fuerzas como para
mantener un enfrentamiento físico con ellos en aquel estado deplorable. Pensé que,
bueno, total ya había muerto, que qué mas daba, que habría que ir habituándose a
la vida tras la muerte. Y me destapé.

-Así está mucho mejor -sentenció mi madre.

Si ella lo decía quién era yo para llevarle la contraria. Por otra parte tan inocente
como a todas luces lo era de la perfidia de sus sobrinos nada impedía que lo fuese
de la horrenda naturaleza de la enfermedad de su hijo. Bien podía ser que ella
considerase esa inflación repulsiva del pene de la criatura un efecto secundario de
la ingesta de cerveza, a la que no estaba el pobre habituado. Sí, eso era, la cerveza.
Ya lo notaba yo, ya veía los deleznables efectos que el alcohol producía en las mentes
sensibles. A mí, por ejemplo, me había hecho apreciar los pechos de mi madre, cosa
que jamás se me hubiese ocurrido estando sobrio. Qué borracho estaba de pronto,
como una cuba. Dios mío, era un alcoholico, eso lo explicaba todo. Y de paso lo
disculpaba. Y como fuese que a ella no parecía molestarle que le admirasen los
pechos y a eso se dedicaban con bestial insistencia mis primos, me dije que tampoco
pasaba nada sino que era muy necesario que me uniese a esa admiración y, entre
tanto vandalismo, pusiesen mis ojos una nota civilizada.

Siguieron jugando. De tanto en tanto mi madre me miraba a los ojos y sonreía a mi


rubor indeleble. Y volvió a ganar, dos partidas seguidas y por tanto el juego. Pegó
un salto al hacerlo, se puso en pie y alzo los brazos triunfante. Tanto bamboleo y
alzado de los brazos deslizaron mi mirada hacia el lado de la jungla, pero para
entonces a mis primos ya deberían haberles salido colmillos y sin embargo parecían
tenerlos de leche. Se desnudó Pablo, tal como había hecho yo y más tarde su
hermano, y también tuve ocasión de corroborar con gran repugnancia que colgaba
entre sus piernas un monstruo.

-Bueno -dije- Ya has ganado, así que todos a vestirnos y, como ya es tarde, todos
a dormir.

No veía qué otra cosa podíamos hacer tras semejante despelote, sin embargo mi
madre, que no había vuelto a sentarse, tenía otros planes.
-De eso nada, aquí ni se viste ni se va nadie, que he ganado y quiero disfrutar un
rato de mi triunfo.

Desde luego se la veía triunfante, y de esa guisa, triunfante y en bragas, se fue


hasta el reproductor de cds y tras buscar un poco puso uno que alguien le habría
grabado con un popurrí. Así fue como, horrorizado, comencé a escuchar una samba,
o rumba, o mambo, o cumbia, y me dije “Oh, no, otra vez el baile no, por piedad”.
Pero no hay piedad para los alcohólicos, y menos si son ateos, debido a lo cual se
puso allí, en medio del salón, a bailar mi madre. En bragas. Con las tetas al aire.

No es que en aquel primer baile fuese frenético, sino que apenas si movía un poco
los brazos y las caderas de un lado a otro. Pero daba lo mismo, claro está. ¿Por qué,
me pregunté, no tendrá un cuerpo más sobrio y adecuado a una profesora de
secundaria?,¿a qué viene que tenga esas caderas y esas nalgas? ¿no podría tener
un pecho más discreto? Y esas braguitas tan floridas de encaje ¿no podrían ser de
lana? Llegué a la conclusión de que había enloquecido, y de que en su locura no
comprendía el peligro que corría. Si incendio la casa al descuido, pensé, acabará
todo y seguro que me lo agradece cuando recobre la cordura. Pero me distrajo de
mi buen propósito el espectáculo que ella ofrecía, sobre todo el de aquellos grandes
pechos, amplios, pesados y, aun así, como hubiese dicho Raúl, exquisitamente
formados.

Un poco de soslayo observé el comportamiento de mis primos y me extrañó verlos


tan formales aunque, como era de esperar, no perdiesen de vista a mamá. Me
pareció que estaban un tanto amedrentados, como si hubiesen puesto en
movimiento algo que ahora se les había escapado de las manos y ya no podían
controlar. Advertí, además, que los bastones que tenían entre las piernas seguían
perfectamente ocultos entre ellas y eso ya me pareció absurdo. ¿No veían a mi
madre? Desde aquella atalaya de hombre que había cruzado al otro lado de la
muerte los miré por encima del hombro, con no disimulado desprecio. Allí estaba yo
con mi pito enhiesto y orgulloso rindiendo el homenaje que ella se merecía, y ellos,
tanto hablar, y al fin nada más que agua de borrajas. Qué gente más irresoluta, más
les valdría aprender de la intensa seriedad de mi erección.

Y a mí más me valdría no haber tentado al diablo, porque en esto mi madre


pregunta, toda inocencia, si nadie quiere bailar con ella. Y como no debió de
parecerle suficiente la pregunta la aderezó con un gesto de la mano idéntico, pero
en tórrido, a uno de aquellos chistes con los que mucho tiempo atrás nos había
entretenido la velada. “venid, venid” decía a los gemelos con su mano picante, y no
me lo decía a mí porque mi enfermedad era inexcusable y me condenaba al más
espantoso ostracismo. Por lo demás se lo agradecía, porque así de enfermo y ante
el dúo dinámico no habría salido yo a bailar con ella de ningún modo.

Pero tampoco los gemelos se atrevían, tocados con una sonrisilla y un hilo de baba
que, de pronto, no permitía distinguir si era la oligofrenia o el terror lo que detenía
sus pasos. Y así hasta hasta que se rompió el hechizo, me castigaron los dioses y
Raúl, con paso lento pero decidido se levantó y con movimientos catatónicos se puso
a bailar frente a mi madre. Ahora sí que ya no hubo duda sobre la aberración que le
colgaba entre las piernas y que, aun completamente flácida, no era menor a lo que
yo exhibía empalmado. Para más inri observé que mi madre había dejado de
moverse para contemplar, aun más atónita que yo porque no había tenido
oportunidad de vislumbrar siquiera qué había por allí, aquel indecente colgajo. Y aun
peor, porque no tuvo mejor idea que la de,llevándose la mano al pecho, decir.

-¡Jesús, Jesús! que pene más enorme tienes ¿no?

Y el otro dijo “sí”, aunque, y eso no dejó de mosquearme, lo dijo menos con orgullo
y desafío que con cierta cohibición. Claro que eso importaba infinitamente menos
que el que mi madre se hubiese dedicado a nombrar y describir la pija de Raúl. ¿No
le habían enseñado en el colegio que era de mala educación hablar en público de los
penes de los sobrinos? Y aun podría haber dicho pito, o pilila, alguna de esas
palabras menos espesa, cierto que aun podría haber sido peor, podría haber dicho
polla. Pero nada de eso hubiese significado una gran diferencia una vez que la había
calificado de enorme. ¿por qué, ya puesta, no se habría limitado a grande?.

Como fuese allí estaban los dos bailando, uno frente al otro, qué espectáculo
repulsivo. Un tanto me aliviaba que pese a tanto menearse y hacerlo a un metro de
su diosa particular no le crecía la oruga. En esto va la diosa le toma las manos y las
planta sobre sus caderas para, a continuación, colocar las suyas en torno a la nuca
de su acólito. De esa guisa anduvieron el uno en torno a la otra cerca de un minuto,
y entonces se vio hasta que punto había perdido el juicio mi madre. Giró con un
gracioso movimiento sobre sí misma y quedó dándole la espalda a su mortal
enemigo, porque eso era aunque ella, en su locura, no alcanzase a comprenderlo.
De paso quedó frente a mí, mostrándome con una gran sonrisa de felicidad sus tetas
bamboleantes. No dejaba de menear de izquierda a derecha sus caderas y, como
suele decirse, sin prisa pero sin pausa, observé con horror cómo iba retrocediendo
y cómo su parteneire, que había hecho lo propio los dos primeros pasos, se veía
impedido a proseguir por culpa de la mesa contra la que había chocado su espalda.
¿se detuvo entonces mi madre? Pues no, sino que prosiguió su marcha atrás hasta
que su culo entró en contacto con la pelvis de aquel paquidermo. Y no es que entrase
en contacto y se retirase al instante como si le hubiese picado una vívora, que eso
tendría que haber hecho, sino que allí siguió, ya no meneando las caderas, sino
restregando el horrendo gusano del infame sobrino con su glorioso culo.

Ante esa maniobra homicida abrí la boca dispuesto a levantarme para pegar un
alarido que sonase como el de Sansón al derribar las columnas del templo, sin
embargo ni me respondieron las piernas ni el aliento en los pulmones, así que
suspendí mi juicio, total ya estaba del otro lado de la muerte. Era el caso, además,
que al inclinarse ligeramente para mejor encajar su culo en la deleznable pelvis del
presidente de pijolandia sus tetas colgaban majestuosas y, me dije, cada vez más
enfermo y más muerto, lo hacen para mí.

Duró eso unos diez segundos y luego volvió a separarse. Me preparé para comprobar
como tras la selvática maniobra de mi madre se habría alzado el pene enorme de
mi primo. Pero no, allí seguía tan flácido como antes aquel zombi sin sangre. Cuanto
me alegré al contemplar que aquella cosa no iba a servir más que para ponerla de
tapón en un desagüe. A diferencia de mi erguida bandera y alto estandarte, que ya
me imaginaba encabezando a caballo la carga de la brigada ligera, dispuesto a echar
a patadas aquellos dos incompetentes gigolós y a quedarme a solas con mamá. Ya
hasta estaba dispuesto a perdonar la vida a esos seres cobardes y temerosos, y con
esa intención torcí la cabeza para mirar de soslayo a Pablo, y aunque aquello seguía
más o menos el ejemplo de su hermano advertí que parecía algo más hinchada. Y
en ese momento se acabó la canción y, mientras Raúl volvía a sentarse, le dijo mi
madre muy tierna.

-Anda, ven a bailar un poquito conmigo.

Entonces sucedió y me caí de mi brioso corcel. No bien se levantaba de su silla


también comenzó a levantarse la grúa. ¡Oh, dios! ¡Oh qué grotesca monstruosidad!
Al parecer el meneo de mi madre, y la oportunidad de bailar con ella, que no había
hecho efecto en su hermano, se lo había hecho al clon. Y allí estaba aquel garrote,
no mirando altivamente al cielo como el mío, pero casi, aberrante e inmenso, no
diría que dos veces el mío porque a tanto no llegaba. pero para el caso lo mismo
daba, porque sí que lo parecía. Si no 80 cm, mediría 22, o 25. Pero lo peor era mi
madre, que se había quedado inmóvil a dos metros del “erase un hombre a una
lombriz pegado, erase una lombriz superlativa”, y miraba con total estupefacción el
engendro. Y aun peor todavía, lo miraba completamente colorada, estado en el que
me permitía contemplarla por primera vez en la vida. También el engendro que
causaba su rubor había enrojecido, pero a mí la vergüenza de Pablo me traía sin
cuidado y, además, la consideraba del todo insuficiente: tendría que haberse
hundido bajo tierra y ya no haber salido jamás por atreverse a enseñarle esa cosa
a mamá.

-¡Ay dios mío! -exclamó ella al fin recomponiéndose- Pero qué barbaridad, cariño
que barbaridad de inmenso se te ha puesto el pene! ¿y para mí? -le sonrió- ¿para la
tía?

Un alfanje, mi reino por un alfanje, grité para mis adentros. Ahora ya no era enorme
si no inmenso, y lo peor de todo, aquel Quasimodo que siempre había sido Pablo se
había transformado en cariño. ¿Hasta dónde iba a llegar? ¿No le bastaba con
haberme matado que incluso esa vida tras la muerte quería arrebatarme? Cariño
era yo y sólo yo. Cariño, mi rey, cielo, mi vida, amor mío. Todo eso yo, yo, sólo yo
¿Cómo se atrevía a quitarme mi nombre para ponérselo a ese burdo paquidermo?
¡Ay, acabarían cometiendose crímenes atroces aquella noche de Walpurgis, y los
cometería yo!

Reconsideré mi cólera y la aplacé. A fin de cuentas, me dije, mamá es una bellísima


persona y le ha conmovido comprobar que sus sobrinos son monstruosos, tal como
si luciesen una tenebrosa joroba y una mandíbula desencajada por las tumoraciones
y verrugas. Satisfecho con la compasión de mi madre me dispuse, en cualquier caso,
a vigilar aquel baile, no fuese el jorobado a propasarse. No lo hizo en el primer
minuto, manos en las caderas, manos en la nuca. Pero ya advertí entonces el
tremendo peligro que representaba para mi piadosa madre el absurdo apéndice,
porque siendo así que se inclinaba unos 20 o 30 grados sobre la horizontal -y me
dije, menuda birria, la mía lo menos se alza 70 grados- y teniendo en cuenta su
insana longitud, habría de bastar un pequeño paso en falso, una ligera aproximación,
para que la punta de la lanza fuese a clavarse sobre su vientre.

O no sobre su vientre, me corregí, porque mi madre, aun siendo casi tan alta como
yo, era al menos 15 centímetros más baja que cualquiera de los gemelos, y así las
cosas más que en el vientre podría impactar el obús sobre los pechos. Y como la ley
de Murphy no admite excepciones eso vi sobrecogido por el pánico y la repugnancia.
Cómo en uno de esos quiebros la punta del objeto fue, primero, a impactar justo a
dos centímetros bajo la teta izquierda, y de seguido, llevada por el impulso, cómo
se deslizó hacia arriba y, habida cuenta que los amplios y pesados pechos de mamá
no se alzaban como pitones sino que formaban ese fantástico y característico pliegue
de las tetas sobre las costillas, cómo acabó hundiéndose bajo la teta. A cámara lenta
vi como desaparecía el capullo en ese nido tan acogedor y que, me dije, sólo para
mí debería estar reservado. No duró ni un segundo todo el episodio, al instante se
alejaron medio paso los dos. Pero mi madre consideró muy divertido el lance y entre
risas dijo.

-¡Uy, Pablo, me ha pegado un picotazo tu pene en la teta!

¿Pero qué lenguaje era ese? un picotazo, las risas, el pene y la teta. Dónde
estábamos ¿entre el jardín de infancia y el burdel? Se ve que para prevenir
posteriores picotazos, no fuesen a provocarle urticaria, decidió entonces mi madre
darse la vuelta y obrar tal como lo había hecho antes con el sosias del dueño del
aguijón. De nuevo marcha atrás y así hasta que tuvo a bien el culo toparse con la
pelvis. Excepto que en este caso se interponía entre la pelvis y el culo un poste y,
atónito, observé cómo mi madre frotaba su culo contra el poste.

Eso era criminal, era como tener que asistir a un crimen particularmente horrible sin
poder intervenir para evitarlo. Ya veía, además, como de un momento a otro se iba
a poner a expulsar chorros de veneno blanco el aguijón, infectando con su ponzoña
toda la espalda de mi madre. Era insoportable y en ese momento acabó la canción,
se soltó y adelantó mi madre y aprecié con algo de alivio que no había emisión de
veneno. Menudo mamarracho, me dije, de haber estado yo en su lugar no con
veneno, que de eso no tengo, pero sí que habría regado las nalgas y la espalda de
mi madre con dulce leche. Esta gente tullida no tiene sangre en las venas. No por
ello dejaba de ser insoportable y comprendí que de hecho no iba a soportarlo más,
que hiciesen lo que quisiesen, así fuese destripar luciérnagas, pero que conmigo no
contasen. Hasta aquí habíamos llegado.

-Bueno -dije incorporándome como un resorte- un baile precioso, pero yo tengo que
ir a hacer pis y ya puesto me voy a la cama, que estoy cansado. Hala, hasta mañana.

Y sin atender a nada más me fui a toda prisa del salón y subí las escaleras de cuatro
en cuatro hasta el baño, porque en efecto, notaba la urgencia de las cervezas
queriendo salir. Pero al llegar al baño comprobé que con aquella erección no me iba
a ser tan fácil cumplir mi cometido. Y en esas estaba, dudando sobre el
procedimiento a seguir, cuando me sobresaltó mi madre entrando sigilosa por la
puerta, que entre tantas emociones me había olvidado cerrar.

-¿Qué haces? -me preguntó un tanto absurda pero ataviada con una tiernisima
sonrisa. Y unas bragas de encaje y unas tetas al aire.

-¿Qué? -brinqué del susto- Pues quería hacer pis.

-Así no vas a poder -dijo señalando mi erección.


Me puse colorado, las orejas como dos faroles chinos. De algún modo todo el exceso
ocurrido en el salón había interpuesto una suerte de barrera entre la respuesta de
mi cuerpo a su desnudez y la consciencia completa de que ella era mi madre. Pero
allí, en el baño, solos los dos, yo en pelotas y empalmado, y ella en bragas y con las
tetas al aire a pocos centímetros de mi cara, eso se me hizo muy claro.

-Yo creo que sí -dije para escapar de la vergüenza- si me siento...

Y eso hice, sentarme, inclinarme, encorvarme, empujar el pito hacia abajo, mirar
hacia el suelo para no mirarla a ella y así dejar que saliese un chorro a una presión
capaz de derribar un tren. Entre tanto mi madre observaba divertida, se ve que la
vergüenza era toda mía. Acabé, me levanté y como noté que ella lanzaba una larga
mirada a mi pene me sentí ridículo, allí en pie frente a ella y empalmado.

-Bueno, me voy a dormir.

-Espera, cariño. Déjame que también haga pis y espera, que quiero hablar contigo
un momento.

-Ah, bueno.

Pero salí del baño al pasillo para dejarle intimidad, y aunque no cerré la puerta me
dediqué a contemplar la tiniebla al fondo. No por ello dejé de escuchar el chorro de
su meada, lo que en la anómala situación en que nos encontrábamos me turbó
sobremanera. Aquellos segundos con ella a mi lado en el baño, semidesnuda y tan
próxima que pude apreciar hasta las más mínimas rugosidades de sus gruesos
pezones, habían conseguido elevar varios grados el tamaño de mi excitación. Y el
de mi polla, me dije, seguro que ya es al menos tan grande como la de los gemelos.
Procedí a comprobarlo pero no, más excitado estaba, pero ciertamente no había
crecido un ápice.

Qué injusticia, pensé, que tenebroso chiste el universo y que tenga yo, que soy uno,
que ir por la vida con la mitad que ellos, que son dos idénticos. Cuanto más adecuado
sería que, puesto que yo soy uno, tuviesen ellos, puesto que son idénticos, la mitad
de lo mío. Cómo los odiaba. Y andaba perdido en esas especulaciones matemáticas
sobre la injusticia del mundo cuando salió mi madre, puso su mano sobre mi cuello
como si fuese un calambre y dijo.

-Cariño tengo que pedirte un favor, un favor muy grande pero tienes que hacerlo.

Me estremecí, aquello estaba fuera de control y en ningún momento se me hizo tan


claro como entonces. Yo desnudo y ella en bragas con su mano acariciando mi cuello
y solicitando un favor muy grande.

-¿Qué? -dije dando un respingo aterrado.

-Que vuelvas abajo conmigo y que, pase lo que pase, no me dejes sola con ellos.
-Pero mamá -protesté- ¿está loca? ¿tú los has visto? Tu ya sabes lo que va a pasar,
tu ya sabes lo que ellos quieren...

-Shssss -susurró poniéndome un dedo sobre los labios y acercándose tanto a mi


como para que su pecho quedase a unos milímetros del mío y, oh perdición, para
que durante un eterno segundo acariciase mi capullo la tela de sus bragas allí donde
se fundían con el vientre- Sí, cielo, ya lo sé y por eso quiero que estés a mi lado.
Necesito que estés conmigo, no puedo explicarte por qué porque ni yo misma lo
tengo claro. No te lo pediría si tú mismo no estuvieses así -y señaló mi erección-
pero ahora te lo ruego, no me dejes a solas con ellos.

-Pero mamá -renové mi protesta- que son tus sobrinos.

-Ya lo sé, por eso necesito que tú te quedes a mi lado.

-Es que soy tu hijo -murmuré con un hilo de voz.

-Sí -lanzando una inequívoca mirada a mi erección- por eso, porque eres mi niño y
pese a todo estás así necesito que estés a mi lado, por favor, te lo suplico.

¿Y qué iba a decir ante esa lógica aplastante si encima me lo rogaba?

-Bueno -acepté con gran resignación.

-Ay, mi precioso -agradeció ella con cara de loca felicidad, y me dio un besito en los
labios, ante lo cual bufé.

Bajamos y ocupé mi asiento sin disimular mi repulsa ante aquellas dos columnas
con hombre incorporado. Mamá fue de nuevo al aparato de música y, se ve que le
gustaban las repeticiones, volvió a poner el cd desde el principio. Si aunque remota
había albergado alguna esperanza de que el estrambótico requerimiento de mi
madre pudiera significar que mi presencia le era necesaria para que no ocurriese
aquello que temía, lo que hizo de inmediato acabó con ella.

-Hay que ver -se rió mirando a los gemelos, a sus pijas quiero decir- como estáis,
pobrecitos míos. Y, ahora que lo pienso, aunque haya ganado es muy injusto que
vosotros estéis así, tan desnudos, y yo siga con las braguitas ¿Verdad? Pues eso
tiene fácil solución.

Y lo demostró quitándose las bragas sin grandes alardes. Claro que no era precisa
mayor sugerencia para que mis ojos se abriesen no como platos, que así ya estaban,
sino como ruedas de tractor. Si en los gemelos produjo un efecto similar la visión
de aquel salvaje triángulo de vello púbico no sabría decirlo, pero sí que, con cierta
satisfacción, noté que estaban algo azorados, y con mayor satisfacción que sus
miembros, sin llegar a estar flácidos, lucían morcillones.

Supuse que el juego se les había ido de las manos y que ahora, al ver allí a su tía
desnuda y como dispuesta a juegos más vastos que el strip-poker, no se sentían tan
seguros. Hasta pudiera ser, me dije, que cobardes como son salgan despavoridos
de un momento a otro y me dejen a solas con mamá, que es lo que requieren las
circunstancias y la decencia.

Sin embargo, llegados a ese punto, no estaba mi madre dispuesta a dejar de ejercer
la caridad, y al tiempo que iniciaba el baile sonreía impúdica a sus sobrinos, que al
verla tan dispuesta renovaron su disposición. Y así hasta que, ya aberrantes de
gordos por tanta limosna como les estaba dando mi madre, le hizo ella una seña
inequívoca a Pablo para que se uniese al motín. Y este hombre, que no tenía el
menor atisbo de orgullo, prefirió aceptar la caridad de mi madre que hacer mutis
por el foro con algo de dignidad.

De nuevo el baile, pero ahora con mi madre desnuda y el otro no menos desnudo y
exhibiendo aquella prótesis grotesca que tenía entre las piernas. Y otra vez el
socorrido picotazo del garrote contra la base de la teta. Excepto que en esta ocasión
se las había arreglado mi madre para que tal cosa sucediese mientras ella se movía
con suave lentitud, de tal modo que el capullo, en vez de impactar y seguir luego su
zigzagueante camino por el aire, se hundió bajo la teta y allí permaneció durante
tres o cuatro segundos.

-¡Pero Pablo -pareció escandalizarse mi madre- cuanto le gusta mi teta a tu pene!

Y fue la risa que nos regaló a continuación la que hizo tremolar los pechos y desalojó
el engendro de su agradable nidito. Pero para que no echase de menos el hogar la
compasión de mi madre, que no tenía límites, quiso darle otro, y para ello una vez
más se dio la vuelta y, encarándome, fue meneándose hacia atrás hasta que su culo
entró en contacto con el aberrante huérfano. Oh dios, gemía yo en silencio al
observar como la cosa encajaba entre las nalgas de mamá y, para que no cupiese
duda, emitía Pablo un gorgojeo lamentable. “ohhgg, tía, ohhgg tía” decía el
mamarracho. Con todo, y pese a no perder de vista semejante atentado, tampoco
me era posible dejar de contemplar la imagen gloriosa que ofrecía mamá, frente a
mí y, por aquello de echar su culito bien hacia atrás, inclinado su torso con los
grandes pechos penduleando oferentes.

Bien, me dije, ahora ya no queda otra que ese animal le haya emporcado toda la
espalda con su semen. No obstante como ya iba acabándose la canción se separó
mi madre del mendigo y con asombro comprobé que no había habido emisión de
ninguna clase. ¡Pero esta gente no tiene sangre en las venas!, pensé con desprecio,
y de inmediato hasta con lástima hacia mi madre, quien tras tanto sacrificarse por
el bienestar de su sobrino recibía esa respuesta miserable. Ah, me decía, si hubiese
sido yo el objeto de un trato tan compasivo con cuanta generosidad no habría regado
esa tierra incógnita y bellísima de la espalda y las nalgas de mamá.

Nueva canción y cambio de pareja con la que, más o menos, se repitió la escena
previa sin que la generosidad de Raul fuese mayor que la de su hermano. Me
pregunté entonces si ella me sacaría también a mí a bailar y rogué al cielo porque
no lo hiciera. Sin duda en aquella tierra asolada por la locura nada hubiese querido
más, siempre y cuando el baile careciese de espectadores. Pero con aquellos dos
indeseables mirones atendiendo a cada uno de nuestros gestos no lo haría ni en
broma. Y tampoco tuve que hacerlo en serio porque mis plegarias fueron atendidas
y no me requirió mi madre como pareja, lo que aunque no dejase de aliviarme
también me fastidió. A ver por qué no me trataba con la misma consideración que
a las columnas. Sin embargo no tuve mucho tiempo para lamentarme por ese
desconsiderado olvido habida cuenta de que pronto se me ofrecieron espectáculos
más tenebrosos y razones más concretas para detestar con más fuerza a los gemelos
y, pese al espanto, fascinarme aun más con mamá.

Concluido el baile y pese a que Pablo se postulaba como nueva pareja le hizo un
gesto mi madre para que permaneciese en su sitio, y le indicó a Raúl que ocupase
un lugar en el sofá, al lado de su hermano. No contenta se aproximó a ellos y les
pidió que se acercasen más, tanto como para que quedasen pegadas sus piernas, y
entonces se sentó ella a horcajadas sobre aquella doble pierna central formada por
la derecha de Pablo y la izquierda de Raúl.

-Me parece -dijo muy risueña- que estáis un poco nerviosos y creo que antes de
seguir voy a tener que tranquilizaos, como a los niños pequeños, con un poco te
teta ¿verdad?

Bufaron los gemelos cuando mamá se alzó una teta con cada mano y se las ofreció.
“Ughoo, Offosg, gusgug, chupchup” ¿Por qué no podían articular una palabra clara?
Excepto la palabra “tía”, que esa sí fui capaz de discriminarla varias veces en lo que
restaba de noche. Pero en todo lo demás simplemente habían perdido la capacidad
para hablar como las personas y se limitaban a mugir, jadear, gemir, gritar y toda
suerte de sonidos más propios de bestias que de hombres.

En cuanto a mi madre consideraba indignante y una clara ofensa a mi persona que


les ofreciese el pecho a semejantes alimañas cuando, como es obvio, la teta de las
madres está preferentemente dedicada a la alimentación de sus hijos, y allí no había
más hijo que yo. Como fuese los gemelos se abalanzaron tal que fieras, cada uno a
un pezón, y se pusieron a mamar como verdaderos muertos de hambre. Qué
espectáculo grotesco y desagradable presentaban ambos a dúo colgados como
monos de los pechos de mamá, que a su vez reía cantarina echando hacia atrás la
cabeza y presionando con sus manos las cabezas de sus sobrinos.

-Eso es, preciosos, chuparle las tetas a la tía ¿están ricas?

Inaudito, les llamaba preciosos y se atrevía a hacer aquella pregunta retórica sobre
si estaban ricas sus tetas. Pero al fin no debían estarlo tanto, porque tras el ímpetu
inicial pronto se hizo de notar que a los gemelos les faltaba aliento para tanta teta.
Me dije que era propio de malnacidos ser desagradecidos, y eso me pareció la breve
atención que le prestaban a tan opulento regalo. En cambio si a mi madre le pareció
mal no lo demostró, sino que dejándose caer entre las piernas de mis primos se
quedó arrodillada ante ellos y, tras permanecer un instante contemplando aquellas
cosas, declaró

-Realmente tenéis unos penes descomunales, y que contenta estoy de que se os


pongan así para mi.

Habían sido primero grandes y luego inmensos, la tortura no tenía fin y, sin que
mediasen más palabras, agarró con cada una de sus manos uno de aquellos
miembros descomunales y comenzó a acariciarlos entre los consabidos gorgoteos
de los pacientes, jalonado con algún que otro “tía” ocasional.

No por esperada dejé de opinar que era reprobable esa doble actividad
masturbatoria que, sin embargo, detuvo mi madre a los pocos segundos de haberla
iniciado.

-Mmm -dijo, y temí que también ella hubiese decidido prescindir del lenguaje- como
son tan grandes con una mano lo hago mal. Lo mejor será que os lo haga primero
a uno y luego al otro. A ver, ¿quién es el primero?

Pablo levantó la mano. De no haber sido las circunstancias tan adversas habría
soltado una carcajada. ¿Dónde estábamos? ¿en el colegio? Y aun me hubiese reído
más cuando ante la prontitud del aplicado alumno dijo mi madre.

-¿Ah, así que tú, eh, codicioso? Pues para que aprendas -se rió- el primero será
Raúl, ¿Verdad que sí, cariño?

Y dale con el cariño. Si eso no hubiese bastado para cortar de cuajo cualquier
carcajada lo que vino a continuación habría provocado la muerte a cualquiera que,
a diferencia de mí, hubiese seguido vivo. Por de pronto no se giró para mejor encarar
al afortunado, como hubiese sido natural, sino que lo obligó a girarse a él para luego
colocarse entre sus piernas. De ese modo, en vez de ofrecerme su espalda y su culo
prodigioso, y así ahorrarme los detalles más escabrosos de aquello que se proponía
realizar, acabó por ofrecerme su perfil y no ahorrarme detalle, incluido en el detalle
el adorable perfil de su teta. Hecho esto agarró el unicornio por su base con la mano
izquierda, y como quiera que seguía habiendo una inmensa porción de cuerno
desnudo, añadió su mano derecha y de esa guisa inició un lento movimiento de
arriba abajo con ambas manos que no desdeñaba detenerse en el tremendo capullo.
El otro jadeaba con algún “tía” de por medio. Pero lo peor es que mi madre, mientras
se aplicaba en su trabajo manual, no paraba de emitir frases de esta guisa.

-Ay, cariño, que polla más inmensa tienes. Jesús, pero es descomunal. Qué preciosa.
Y que bien que te la ponga la tía tan dura ¿verdad?. Qué rica.

Y así, todo lo cual estaba empezando a darme arcadas intelectuales. Pero para que
no se dijese aun me tenía reservada mi madre una fuente más perfecta de asco.

-Es tan grande -dijo deteniéndose de pronto- que necesitaría tres manos. Pero
bueno, ¿tú sabes cómo hacen esos pintores que no tienen manos para pintar?

Pregunta que sin duda no esperaba respuesta ni ella dio tiempo a contestar.

-Pues usan la boca, y eso voy a tener que hacer yo.

Y se rió como loca, como una verdadera loca, que era, estaba seguro, en lo que se
había convertido. Por culpa de esa locura vi cómo sin dejar de agarrar el bastón con
ambas manos se inclinaba sobre él y se metía en la boca el monstruoso capullo.
Durante un rato no se escuchaba otra cosa que el gemir de Raúl y los gorgoritos que
entre tanto chupeteo profería mi pobre madre. Observé con gran repugnancia como
ante esa visión Pablo se masturbaba. Yo no. No sentía la menor excitación ante el
espectáculo aunque la desnudez de mi madre impidiese que se esfumase mi
erección.

En esto hubo un gran agitarse de Raúl que concluyó con un grito “ughhh, tía, mrr
corrgugfggff”. Supe sin asomo de duda que el gorila acababa de correrse y por tanto
de eyacular en la dulcísima boca de mamá, pero de esto último no quedó constancia
alguna porque cuando, medio minuto más tarde, mi madre tuvo a bien desprender
su boca de la cosa profanante, no se vislumbraba el menor asomo de semen por
ningún lado. Mitigué mi repugnancia diciéndome que sin duda, pese a lo tremebundo
del aparato, aquel hombre era incapaz de emitir nada con él que no fuesen sus
meados. Pero no estaba dispuesta mi madre a dejarme tranquilo y quería que me
revolviese en la tumba.

-Mmm, que leche más rica le has dado a la tía, cariño.

No era la leche rica lo que me revolvía el estómago, que también, para qué vamos
a engañarnos. Si lo que quiere es rica leche bien podía ir a la nevera y servirse un
vaso de una perfectamente pasteurizada, y si se daba el caso de que era por esa
leche particular que emiten los penes tampoco había razón alguna que le exigiese ir
a buscarla en miembros forasteros y descomunales cuando tan fácilmente podría
haberme pedido a mí que satisficiera su capricho, cosa que habría hecho de mil
amores. Aun más, porque habría bastado en aquel instante con que ella se viniese
hasta mí y me diese un ligero besito en la punta de capullo para que le entregase
sin dilación, y sin que tuviese que someterse a los ímprobos esfuerzos que le había
costado ordeñar la masa de Raúl, varios tragos de la adorable leche de su niño. A
punto estuve de llamarla para calmarle la sed, pero pensé que sería humillante tanto
para ella como para mí, sobre todo para mí, hacerlo en presencia de aquellos
rústicos.

Con todo lo que no aguantaba era el cariño. Cariño era yo y santas pascuas, a los
gemelos, que con tanta desconsideración se comportaban, había que tratarlos con
rudeza y como a sirvientes. Era una lástima que no hubiese una fusta por casa para
entregársela a ella con las indicaciones necesarias para su debido uso. “Venga,
insípido gañán, entrégame esa miserable ración de leche que guardas codicioso,
Venga”. Y fustazo en el miembro, para que aprendiese. Pero de esas líricas
ensoñaciones me sacó mi madre cuando, no bien había exprimido al uno, se lanzó
a exprimir al otro. Operación que esta vez, piadosamente, me ocultó dándome la
espalda.

Sin embargo al instante comprendí que su piedad para conmigo tenía su


contrapartida, porque dándome la espalda como me la daba me mostraba a menos
de dos metros todo su glorioso culo. Un culo que según se movía permitía no sólo
admirar las portentosas ancas, sino de vez en cuando, como luces que se
encendiesen y apagasen intermitentemente, la raja resplandeciente del sexo
festoneada con un tul de vaporoso vello. Horrores me costaba no abalanzarme sobre
su gloria para ponerme a chuparla con devoción, pero al margen de que esa mística
tarea yo sólo podría realizarla en la sacrosanta intimidad, y nunca en presencia de
los deformes monaguillos, tampoco me había dado mamá permiso para entregarme
a tales excesos y no tenía nada claro que, de pedírselo, no hubiese ella rechazado
darme el sacramento por considerarme indigno, no en vano estaba enfermo.

Por supuesto la culpa era de los menesterosos sobrinos sobre los que tan pródiga
se mostraba su caridad. Debía pensar que puesto que yo estaba y había estado con
ella a todas horas durante 16 años de nada podía quejarme, bien que, desnudos no
recordaba que hubiésemos estado nunca. No obstante mi ira se acrecentaba al
observar cómo el impenitente Raúl, que trataba con esfuerzo de elevar una pija que
tras su -seguía repitiéndome- chusca emisión se había quedado flácida, se limitaba
a eso, a toquetearse el miembro mientras mi madre se la chupaba a su hermano,
espectáculo que, a lo que se ve, le parecía fascinante.

¿Por qué -me decía colérico- no se lanza de cabeza sobre esa vulva portentosa para
aliviar su sed? ¿Será porque no tiene sed ni hambre? ¿Y por qué no pone sus manos
bajo las tetas de mamá para acariciarlas y gozar de su fantástica textura y su
armonioso peso? Pobre mamá, pensaba, tanto como se esfuerza y tan poco como
recibe a cambio. Advertí entonces un espasmo en Pablo, acompañado de
significativos gruñidos, y al poco como mi madre, que pese a la falta de atención
resplandecía de alegría, se separaba de él y comentaba.

-¿Ves mi amor como al final también tú le has dado tu lechecita a la tía?

Mi amor, ya no le bastaba con cariño, aquello se agravaba por momentos. Y aun se


agravó más cuando, tras comprobar con una sonrisa divertida cómo fracasaban los
esfuerzos de Raúl por levantarse la columna, le dio un manotazo en la pierna y dijo.

-Deja, deja, que ya se encarga la tía de ponértela dura de nuevo.

Y así, abriéndole las piernas y encajándose entre ellas, tomó el miembro del absorto,
lo puso entre sus pechos y comenzó a masturbarlo con ellos. Qué cosas milagrosas
hace, me dije, porque no tardó en verse cómo la hinchada pija del remiso Raúl, que
mugía, iba sobresaliendo por entre las tetas de mamá, que aprovechaba para
concederle generosos lametones. Pero no es ese el agravamiento del que hablo, con
ya ser, como cualquiera apreciará, mortal de necesidad, sino el que, tan pronto
como consideró ella que había alcanzado el esperpento su máximo tamaño, tuvo a
bien practicar de inmediato.

-Bueno, cariño -dijo retirándose para admirar el resultado de su quehacer- ya está


esto como tiene que estar.

Se levantó entonces, echó otra mirada apreciativa al obelisco, y con una graciosa
carcajada comentó.

-¡Dios, es una cosa descomunal, da un poco de yuyu!. Pero no te preocupes, mi


vida, que vas a poder meterla enterita en el coñito de la tía.

No pude reprimir un pequeño brinco en la silla del sobresalto que me produjeron sus
palabras. “mi vida”, y por si no bastase su coñito, y para colmo de males se la iba a
meter. Que ya lo suponía, claro, pero como también sabe todo el mundo la
esperanza es lo último que se pierde. Y yo había albergado la vana esperanza de
que al final mi madre se echase atrás, o la de que tras aquellas laboriosas
eyaculaciones fuesen incapaces los gemelos de volver a endurecer sus pollas, o la
de que cayese un rayo sobre el tejado que interrumpiese la catástrofe. Pero no, no
tuve esa suerte y así me fue dado contemplar como mi madre, aun de pie, situaba
las piernas del recostado Raúl entre las suyas, metía su mano bajo su culo para
agarrar el horrendo apéndice y, tras frotárselo un par de veces contra su vulva,
hacía lo prometido y se lo introducía. Sólo el capullo en un primer instante, pero ya
me parecía desgarrador.

-Uffff, mi rey -bufó mi madre- qué tremenda, que gusto.

Tremenda, sí, pero no por ello dejó de realizar unos movimientos circulares con las
caderas, y al poco comenzó a dejarse caer. Se dejaba caer y volvía a alzarse, y con
cada caída más polla que entraba en su interior. Raúl, como no podía ser de otro
modo, emitía toda suerte de relinchos y mugidos, pero también mi madre comenzó
a contagiarse de ese indecoroso olvido del lenguaje. Aunque no del todo, porque iba
intercalando sus jadeos y gemidos con frases del siguiente y tenebroso cariz.

-Dios como me llenas. Ay, mi vida, que nunca había tenido una polla tan grande
dentro. Uy, que pollaza más inmensa tienes, cariño, me matas de gusto.

Y debía ser cierto, porque de pronto dejó escapar un alarido espeluznante y se quedó
unos segundos inmóvil, inclinándose hacia delante de tal modo que sus tetas
quedaron al alcance de la boca de mi primo, el cual, inconcebiblemente, se limitó a
darle un distraído lametazo a uno de los pezones. Y todavía quedaban, me
estremecí, unos siete u ocho centímetros de pene fuera de mamá.

-Dios, qué gusto -suspiró ronca mi madre- que maravilla, que suerte he tenido. Una
polla como esta... No lo hubiese imaginado. Ahora, cariño, quiero que acabes tú,
anda, empuja y métemela toda, que me muero porque me llenes por completo.

Y así adoctrinado a ello se dedicó el indeseable de mi primo, tarea para la que sin
duda le había preparado bien el tanto remar. Por cierto que tampoco es que mi
madre se dejase hacer sin poner nada de su parte, de ahí que un par de minutos
más tarde se dejase caer con todo su peso sobre las piernas y el vientre de su
sobrino mientras, una vez más, emitía un alarido sobrecogedor, seguido ahora por
una serie de hipidos, gorgojéos y gemidos que, pensé, eran realmente musicales. A
diferencia de los graznidos de Raúl, que no pasaban de ser eso, graznidos. Ahora sí,
ahora sí que tenía toda la polla dentro, y nos lo recordó.

-Ayyy, Ohhoooyyy, ayayayayayay, que polla más tremenda y más preciosa y más
rica, cariño, le llenas completamente a la tía, como nadie, me la metes hasta el
útero, qué gusto, dios, qué gusto que me matas de gusto, Oohhyyy cómo me corro.

Que sarta de obviedades, me dije, ya nos las podría ahorrar. A todo esto el hermano
olvidado resonaba con el agraciado y de nuevo exhibía aquella cosa inenarrable
entre las piernas. Era más inenarrable porque al verla se hacía de notar la
inmensidad que había logrado acoger mi madre en su seno. Una vez pasado ese
trance yo ya sabía con total seguridad qué tornado devastador se iba a abatir sobre
mi pobre cabeza. Son dos, no cesaba de repetirme, y en su locura no dejará mamá
de apreciar esa ventaja que se le ofrece para ejercer la caridad, dilapidará una
fortuna para ello. Y así fue, dado el primer paso se apresuró a dar el segundo.

-Ahora, cielo, te voy a dejar un momento, que tengo a tu pobre hermano muy
desatendido y también él quiere meter su pajarito en el nidito de la tía ¿Verdad que
sí, Pablo?

Ogrrouro, o algo así, dio Pablo como toda respuesta y mi madre, con un gracioso
gesto, se levantó y de un saltito fue a colocarse sobre las piernas del gruñente y sin
mayor esfuerzo, ya perfectamente dilatada por el aparato de Raúl, se dejó caer
sobre el de su hermano y se lo metió todo de un golpe. Comenzó entonces a
cabalgarlo, con cierta parsimonia al principio pero pronto, y también con la ayuda
de su montura, que para eso estaba machacada por el remo, con un ritmo frenético.
Amenizado, como era de esperar, por toda suerte de gruñidos y gemidos emitidos
por ambas partes. Y también, en el caso de mi madre, por aquellas frases siniestras
en las que nos recordaba la inmensidad del miembro que la penetraba y el mucho
gusto que le daba, hasta que fue tanto el gusto que, tras un nuevo alarido y la
subsiguiente ristra de cánticos, se quedó quieta por unos instantes. No muchos
porque pronto comenzó ella a moverse de nuevo y, en esta ocasión, al recordatorio
del coloso que la llenaba, añadió una orden deprimente.

-Así, mi cielo, fóllame, fóllame fuerte, fóllate toda a la tía.

Y otro grito estremecedor al rato, y una nueva pausa que dio comienzo al último
acto, que no por esperado fue menos odioso.

-Ahora -se rió mi madre- al que tengo todo desatendido, pobre, es a Raúl. Y si te
dejo a ti para estar con él serás tú quien se quede con una mano delante y otra
detrás. Pero hay un modo de que pueda atenderos a los dos a un mismo tiempo
¿verdad? Que para eso tengo dos agujeritos-

Una mano delante y otra detrás, dos agujeritos. Un pajarito y un nidito había dicho
antes. Qué pueril, me dije, ya que se dedica a la caridad en los antros más abyectos
podría hablar con la dignidad apropiada, y no como si estuviese jugando al escondite
en el patio del colegio. A los gemelos, en cambio, no debió de parecerles pueril la
proclama de mi madre, porque ambos a dúo, se explayaron con una suerte de
bagidos y ululares, intercalados con “tía”, que, en comparación, hacían de las frases
de mi madre todo un tratado de metafísica.

-Sí, sí -volvió a reír mamá plena de felicidad- dos agujeritos, y como Raúl ya fue el
primero en llenar uno, ahora te va a tocar a ti ser el primero en llenar el otro ¿Estás
contento? Pues vamos allá, pero con cuidado, ¿Eh cielo? Que hace tiempo que nadie
me la mete por ahí y con lo grande que la tienes no vayas a hacerme daño.

Se levantó entonces para permitir que el delirante miembro saliese de su vagina y,


agarrándolo por detrás del culo con su mano derecha, lo aposentó en la entrada de
su ano. Por ahí, me dije presa del pánico, no podrá pasar esa cosa. Pero vaya si
pudo, que menuda era mi madre cuando se ponía a ejercer la caridad, no había
quien la parase. Es más, no se trata de que pudiese tras un interminable esfuerzo y
agotador trabajo, sino que con poco más que menear el culito unas cuantas veces
logró que el grotesco capullo de mi primo atravesase la entrada, y ya luego, al
tiempo que escupía repetidas veces en su mano para rebozar el tronco espeluznante
con su saliva, fue poco a poco, pero sin demorarse en exceso, dejándose caer y
alzándose, hasta que logró alojar más de la mitad del aparato allí dentro.

A partir de ese instante solicitó la ayuda del caballo y, entre ambos lograron que la
cosa la penetrase por completo. Con todo algún esfuerzo sí que debió costarle la
tarea, porque no emitió aquellos alucinados alaridos ni el repiqueteo de campanas
que si había emitido cuando los penes se iban abriendo paso por su vagina. Y aunque
tampoco dejó de recordarnos lo descomunal del miembro que la horadaba, no lo
hacía con aquella cantinela de asombro y gratitud, sino como quien informa de un
hecho científico. Sólo en los últimos momentos, cuando ya se lo había metido todo,
y se movía a un ritmo cadencioso, comenzó a gemir con algo similar al gusto, bien
que no se me escapó que en este caso acompañaba el vaivén con caricias que ella
misma se aplicaba sobre la vulva. Y así hasta que, sin llegar a los extremos
anteriores, dejó escapar menos un alarido que un largo suspiro y una cantinela no
tan clara.

-Bueno -se rió al fin- Ahora que ya estoy preparada, lo primero debe ser que también
Raúl me meta su pene en este agujerito ¿Verdad que sí, mi rey, verdad que tú
también quieres meter tu pollaza en el culito de la tía? Claro, claro, cómo no vas a
querer, pobrecito mío.

De modo que desalojó el miembro de Pablo y se dispuso a acoger el de Raúl. Sin


embargo, si hasta entonces se había ido sentando ella siempre sobre los gemelos
mirándolos a la cara, en esta ocasión lo hizo dándole la espalda. Y fue horripilante
porque de esa manera se quedó frente a mí, y mientras veía cómo iba sentándose
hasta meterse toda la polla en el culo, lo que veía era sobre todo a ella, su magnífico
torso, sus gloriosas tetas, el precioso triángulo de vello púbico y... su cara, que me
sonreía. Oh sí, me hubiese arrodillado ante ella venerándola, pero me era
insoportable saber que, tan hermosa como estaba, tenía llenándole el culo aquella
venenosa serpiente.

-Ahora ven tú, Pablo -dijo.

Se recostó sobre el pecho de Raúl y aun tuve tiempo, antes de que el inmundo Pablo
me ofreciese como todo espectáculo su odiosa espalda, de ver toda la vulva abierta
y radiante de mi madre, como una promesa cierta del paraíso. Pero, ya digo, no
duró nada porque no se hizo Pablo de rogar y en lo que me pareció un sólo
movimiento le clavó su espada en el coño hasta el esófago. No fue en uno,
comprendí, porque mi madre, que comenzó a gemir de modo exagerado, iba
pidiendo más. Más, me decía yo bajo el tormento.

-Ay, sí, más, ohhhooy, me matáis, sí, así, más, ahora, ahora métemela toda.

Observé antes de que eso sucediese que ella, recostada sobre Raúl y por tanto con
ambas manos libres, se aplastaba sus tetas con ímpetu. Se va a hacer moratones,
me dije meneando la cabeza, qué inconsciente. Sin embargo parecía de lo más
satisfecha con ese trato que a sí misma se prodigaba, y cuando al fin Raúl la penetró
del todo, Volvió a dejar escapar un alarido aterrador, y luego una cantinela lírica de
hipidos, chillidos y gemidos que parecía no tener fin.

A todo esto mi indignación y desprecio ante los gemelos no dejaba de crecer. Llevan,
me decía, una hora metiéndosela por todas partes, cada uno de ellos le ha follado
el coño y el culo durante largo rato, y mi maravillosa mamá les ha regalado un
montón de sus preciosos orgasmos. Y ellos nada, se corrieron una vez al principio,
cuando se las chupó, y desde entonces nada, miserables, agarrados, rácanos, avaros
de mierda. Ahí, me lamentaba, me iba a tener a mí con ese trato regio que les da.
Diez veces me habría corrido yo ya para ella, por todas partes, inmensamente
agradecido. Sin embargo me distraía de esas encantadoras ensoñaciones el grotesco
bufar de mis primos y, sobre todo, los cantarines chillidos de mi madre que, a lo que
se veía, había entrado en una suerte de orgasmo continuo porque ya apenas si tenía
fuerzas para recordarnos de vez en cuando que...

-Oh, Jesús, qué inmensas pollas tenéis, cómo me llenáis, qué gusto, qué gusto, qué
gozo, cómo me corro. Ay, mis niños, folladme, folladme toda, follaros toda a la tía
que la matáis de gusto.

Tras uno de esos goces tan bien musicado decidió que había llegado la hora de
cambiar de postura y de miembro para cada agujero. Fue así como volvió a encarar
a Raúl y a meterse su polla en el coño al tiempo que rogaba a Pablo que se la clavase
en el culo. Comenzó una vez más su goce perpetuo y diez minutos más tarde, en lo
que a mí me parecieron horas en el infierno, pude oír cómo se aceleraban los
gruñidos de ambos gemelos y como eran sus acometidas cada vez más violentas, lo
que, dicho sea de paso, también logró incrementar el tono del interminable cántico
de mamá, que llevaba varios minutos sin decir una palabra coherente. Luego estalló
Pablo en un bárbaro mugido, y por si cupiese alguna duda sobre la naturaleza de su
barbarie ya se encargó mi madre, recobrada el habla, de disiparla.

-Oh, sí, oh mi amor, siento toda tu leche llenándome el culo. Ahora tú, cielo, ahora
llena tú el coñíto de la tía con tu leche.

Eso hizo el animal de Raúl y aun tuve que soportar como entre las burdas
manifestaciones de gozo del sujeto, se alzaban los fantásticos trinos de mamá.
Entonces, cuando se hizo el silencio pero aun seguían los tres acoplados, caí en la
cuenta del horror supremo y sin poder reprimirme dije mis primeras y únicas
palabras desde que había comenzado el apocalipsis.

-¡Pero estás loca, mamá! Cómo has dejado que haga eso, qué quieres ¿que te deje
embarazada?.

A mi madre, tras un par de segundos de perplejidad ante mi repentina interrupción,


le hizo la cosa mucha gracia. Con la risa se quitó de encima a ambos gemelos, que
estaban mudos, y dejándose caer desparramada sobre el sofá continuó riéndose a
mandíbula batiente durante un par de minutos hasta que, por fin, tras calmarse.
Dijo.

-Tranquilo, Andrés, que eso no es posible.


No dije nada pero esa tranquilidad que me pedía me dejó de lo más inquieto. Además
una vez concluido el espectáculo -y estaba seguro de que había concluido, de que
no quedaba un tercer o cuarto acto- me hice cargo de que de lo mucho delirante
que había por allí, ante todo mi madre desparramada sobre el sofá y aun
resplandeciente de gozo, lo más delirante era yo, sentado sobre mi silla, tan formal
como lo había estado durante toda la representación... y tan empalmado, en tanto
que los gemelos ya la tenían prácticamente flácida. Mi madre notó esa repentina
inquietud, notó que se distinguía de la que pudiera haber manifestado mientras
ejecutaba su interminable danza horadada por los gemelos, y tras lanzar una mirada
divertida a mi pene me sonrió, lo que lejos de calmarme tan sólo logró ruborizarme.

-Me voy a duchar -dijo levantándose al tiempo que se pasaba la mano por la vulva-
que estoy toda pringosa.

Y desapareció sin más. Tardé un rato en recuperarme del terrible episodio, pero en
cuanto recobré el dominio de mi mismo -es decir, cuando comprendí que ya no
estaba empalmado porque había hecho mutis por el foro la fuente de mi dolencia-
aproveché para vestirme sin dilación, lo que, al verme, también se apresuraron a
hacer los gemelos, que parecían más que agotados derrotados, no decían una
palabra. Los miré desafiante pero rehuyeron mis ojos. Ya se notaba que todas sus
bravuconadas sobre lo buena que estaba mi madre se les habían acabado, y que
ahora, una vez consumado su deseo, iban a tener que lidiar con la culpa. Estaban
avergonzados, no sé si ante mi madre, pero lo estaban ante mí.

-Bueno -les dije- estaréis contentos. Ahora ya podéis largaros, y si podéis hacerme
ese favor os agradecería que no volvieseis jamás.

-Oye -dijo Pablo- que nosotros... que ha sido tu madre.

-Sobre mi madre no quiero escuchar una sola palabra más en vuestras bocas el
resto de mi vida. Lo que haya hecho ella es cosa suya. Y lo que habéis hecho vosotros
vuestra, y es a vosotros a quienes no voy a perdonar.

No intentaron disculparse, y se fueron con la cabeza gacha.

Al cerrarles la puerta y volverme vi a mamá en lo alto de la escalera. Se había puesto


una bata y me sonreía.

-No deberías haberlos echado de ese modo, tienen razón, ellos no tienen la culpa.
De hecho nadie tiene la culpa, ha pasado y ya está.

-Lo que tú digas, mamá -contesté molesto- pero no quiero volver a verlos, no los
soporto y no les perdono que se hayan dejado llevar.

-Pero a mí sí -dijo bajando la escalera y sentándose en el sofá mientras encendía un


cigarro. En el mismo sofá en el que tan desordenada había estado minutos antes,
me dije- A mí sí me perdonas.
-Es distinto -me removí- a ti no tengo que perdonarte. A ellos sí porque eran mis
amigos, y hay cosas que los amigos no se hacen entre sí. Por ejemplo un amigo no
se acuesta con la novia de otro, y si lo hace se acabó la amistad.

-Ah -se rió- ¿es que yo soy tu novia?.

-¿Qué? -me ruboricé- no, ya sabes que no es eso. En el ejemplo ese del amigo y la
novia no solo se acabó la amistad, sino también el noviazgo. Y tú no puedes dejar
de ser mi madre.

-Mmm, no sé yo. A mí me parece que estás celoso. Pero en cualquier caso podías
estar muy enfadado conmigo por lo que ha pasado esta noche, podías odiarme con
todas tus fuerzas y lo entendería.

-Pues no.

-No ¿eh?.

-No.

-¿Y por qué?

-Y yo qué se, mamá, pues porque no.

-No te enfades -me sonrió- Yo creo que sé la razón por la que no te has enfadado
conmigo y en cambio no perdonas a tus primos.

-¿Sí? -contesté desafiante- Y por qué, si se puede saber.

-Ah, pues por lo que te ha pasado a ti.

No me costó nada entender a qué se refería, pero es que de lo que me había pasado
a mí no quería volver a hablar en mi vida, tal como no quería volver a ver a mis
primos, que habían sido los culpables. Todo había sido una locura, un episodio tan
anómalo como no cabía imaginar, y lo mejor que podíamos hacer era olvidarlo. Sin
embargo en vez de reconocerlo y a continuación pedir perdón y rogar para que se
olvidase, me hice el idiota.

-¿A mí? ¿a mí que me ha pasado?

-Bueno, cariño -se rió ella, pero agradecí volver a ser cariño- has estado toda la
noche con una erección. Y no solo eso, yo creo que ya por la tarde en la piscina, y
cuando hemos bailado en la plaza.

-Ah -más rojo que la grana- es que yo, mamá...

Intenté buscar una excusa, pero no lograba dar con ninguna.


-Tranquilo, cielo, que no pasa nada. Pero es por eso por lo que no te has enfadado
conmigo pero sí con tus primos. Es porque te has excitado conmigo, porque te has
excitado mucho mucho, y te sientes culpable por ello. Y como te sientes culpable no
puedes pensar en culparme a mí, pero sí a tus primos que, a fin de cuentas, me han
señalado como objeto de su deseo, que, mira tú por dónde, ha resultado ser el
mismo que el tuyo. Y aun les perdonas menos por eso, porque han conseguido
satisfacer su deseo. De modo que en cierto modo sí que estás celoso, como si fuese
tu novia. Aunque no sé yo si deberías estarlo tanto, porque tus primos han
conseguido lo que en apariencia querían, pero no estés tan seguro de que lo
quisiesen tanto.

-Puede ser -reconocí a regañadientes y turbado, pero incapaz de oponer ninguna


razón de peso a su argumento y, ante todo, deseando que acabase aquella charla
enloquecida cuanto antes.

-Sí que lo es -asintió ella muy segura, y luego sonrió- ¿Así que soy tu novia, eh?

-¡Mamá! -protesté- Mira, es tarde y estoy muy cansado. Lo mejor será que nos
vayamos a dormir.

-Sí, es cierto, es tarde y no me extraña que estés cansado. Anda, no te vayas así y
ven a darme un beso de buenas noches.

Eso hice, pero cuando me alejaba y emprendía el ascenso por las escaleras lo estaba
lamentando y mucho. Yo ya había notado que ella se había puesto la bata, de raso
blanco, sin nada debajo. Había notado como la fina tela caía sugerente en torno a
sus pechos y cómo no les costaba nada a sus gruesos pezones elevarla. Pero es que
al agacharme para darle un beso en la mejilla pude ver bajo el escote gran parte de
uno de sus pechos desnudos, incluyendo el pezón. Y era eso lo que me hacía
lamentarlo, porque de nuevo me estaba empalmando y para cuando llegué al piso
lo estaba del todo. Como fuese no comencé a masturbarme como loco en cuanto
me metí en cama sino que hice todo lo posible por pensar en otras cosas, y aunque
no lo logré entre tanto me quedé dormido.