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Antes de empezar quisiera aclarar un par de cosas.

En primer lugar el relato es muy


largo, más que un cuento parece una pequeña novela, y aunque su género sea la
pornografía (que de eso se trata en estas páginas y tampoco busco mayores
hallazgos) los coños y las pollas tardan en aparecer y, quizás, lo hacen menos de lo
que puedan permitirse los impacientes. Por lo demás no tengo muy claro que, en
tanto pornografía, logré lo que pretende.

En segundo, por ser tan largo, he pensado en dividirlo en dos o tres partes, o al
menos en separar el capítulo que titulo “Historia de Doña Clara”, pero al fin me he
decidido a publicarlo en un solo bloque, porque no es una saga sino un objeto
compacto.

Por último es el primer relato que escribo, como quien dice, a modo de encargo.
Quiero decir con esto que no lo he escrito tan solo para pasar el rato mientras me
cuento a mí mismo una demente fantasía masturbatoria Lo he escrito con la primera
y única intención de publicarlo aquí, y eso no deja de sorprenderme. Ha sido una
experiencia un tanto agotadora y soy vago.

Porque soy vago, y sin embargo me detengo en las minucias y no me doy por
satisfecho hasta haberlas explorado a fondo, esto que viene a continuación debería
repasarlo durante varios meses, más que nada por respeto a los lectores. Pero por
lo mismo, por vagancia, lo dejo tal como está, aun a sabiendas de que contiene
infinidad de fallos, absurdos, incongruencias y delirios en su estructura y desarrollo.
De lo contrario no acabaría nunca y de la vagancia pasaría al olvido.

A los que tengan la paciencia de leerlo por completo, espero que les guste, o al
menos que no encuentren mucha oportunidad para los bostezos ni demasiada
materia para despellejarlo, que, por supuesto, la hay. Siempre la hay.

1.

Estudié en un colegio en el que los castigos físicos a los niños no solo eran permitidos
sino que eran fomentados. No ocurría en un siniestro internado inglés de la
posguerra, ocurría en España poco antes de la muerte del dictador.

El primer curso de la EGB lo había cursado en una escuela rural, una escuela del
estado, y allí el maestro no tenía otro vicio que el de tratarnos a todos de usted.
Señor X salga al encerado, Señorita J deje de gritar. Entonces cambiaron mis padres
de residencia y me enviaron a un colegio privado, privado pero laico, no vaya nadie
a creer que van a entrar en juego prodigiosos pecados susurrados al verdugo en su
garita, manos gélidas y correosas que se deslizan por los muslos tal que vampiros
en busca de El Dorado y La Fuente de la Eterna Juventud. No, todo en aquel centro
era limpio, moderno, dinámico; se iban a formar allí los mandos superiores en todos
los campos del estudio y del poder de la ciudad.

La llamaré Doña Clara, porque ciertamente lo era. Una piel resplandeciente y blanca,
como una página en blanco cuyo único propósito fuese que alguien trazase sobre su
primor un texto malsano. Por supuesto eso llegué a pensarlo mucho después,
entonces, yo tenía seis años, tan solo era blanca, rosada y muy rubia. Ya en el
primer instante supe que habría que tener mucho cuidado, que allí estaba en peligro,
que las brujas no siempre -y de hecho nunca- van embutidas en mantones y
verrugas, sino en una estampa impecable, en maquillaje apenas distinguible de la
propia piel, en labios tiznados de tiniebla con el rojo de la sangre que desean
derramar.

No me extenderé mucho en aquellos días en el campo de concentración escolar. Tan


pronto veíamos a Doña Clara aparecer al fondo del pasillo nos sentábamos en
nuestros pupitres, mudos de pánico e inmóviles, como animales heridos que fingen
su muerte ante la presencia del depredador. Ella, naturalmente, jamás alzaba la
voz, que era suave, musical, que parecía a punto de abrazar y besar. Bastaba con
equivocarse en una pregunta para que su atención se concentrase en uno, sonriente
y feliz como una leopardo frente al diminuto antílope. Así que había que salir al
encerado, X o J, ya despojados de nuestro señorío, y allí extender la mano para
recibir la caricia de su espada.

Sí, su espada, porque era un listón de madera, no flexible sino grueso y rígido, que
tenía grabado como nombre Excalibur. Caía Excalibur sobre la mano abierta sin la
menor contención, tres, cinco veces, según la gravedad de la falta cometida, algo
que nunca se sabía de antemano porque la arbitrariedad es la prerrogativa del poder.
Si el pecado no permitía purgarse con la mano abierta era necesario encoger los
dedos y así, todas las puntas de las yemas dispuestas hacia el cielo en un pequeño
racimo, recibir sobre ellas la brutal estocada. Por último, para los delitos más graves,
que a su debido tiempo parecían ser todos, al señor X, a la Señorita J, no les bastaba
con salir al escenario y extender palmas o yemas, era preciso bajarse pantalones o
subirse faldas, dejar el culo al aire en medio de tanto espectador como por allí había,
y permitir que Excalibur tatuase, en el mismo rojo que los labios de Doña Clara, la
ejecución de su sentencia sobre las nalgas.

Con todo lo peor fue el discurso que en una ocasión me dedicó, ella y yo a solas en
el aula vacía. Me alzó sin gran esfuerzo por los sobacos y me puso de pie sobre una
silla, para que quedasen nuestros ojos a una altura similar. Ese ya era un trato regio,
destinado tan solo a los criminales irredimibles; ser torturado a un palmo de la cara
por aquellos ojos, azules como el cielo y helados como el ártico. Había cometido algo
más que deslices en el campo de trabajo obligatorio de la infancia; fugas, ausencias,
desafíos. Bastaba un rasgo de carácter inadecuado. Nos entregaba ella unas hojas
con figuras en blanco que había que colorear con las pinturas. La elección de los
colores ya podía ser causa suficiente para recibir un juicio muy severo. A mí no me
llegaba con elegir mal los colores, también me empeñaba en extenderlos mal. Debía
ser uniforme el color del relleno, sin embargo yo rayaba aquellos huecos en blanco
con saña de matarife, como quien abre surcos en la fosa del tiempo o escribe arcanos
para invocar arcángeles que cumplan su venganza.

De modo que me subió a la silla y, muy maternal entonces, me aclaró que mi


comportamiento era por completo inadecuado, que de ahí su necesaria disciplina,
que se lo había dicho a mis padres y había convenido con ellos la necesidad de
domarme, porque yo era malo, muy malo. Entonces me bajó los pantalones.
Durante muchos años, hasta que supe que ese conciliábulo jamás había tenido lugar,
ahí quedó esa mancha impía sobre el amor de mis padres. Pero entre tanto sin duda
me domó. O de otro modo, me reconcentró; aguardaba mi hora, el cuerpo obediente
y silencioso, el espíritu por las altas esferas de la perpetua distracción.

Fueron dos cursos, entonces volví a la escuela pública y apenas podía creer que
hubiese santos impartiendo clases, que el castigo más grave no pasase de copiar
100 veces en el cuaderno la frase que describía la infracción.

Luego pasan ocho, nueve años, y ya piso la tierra como un potentado del tiempo.
Pero un mendigo, también, de las mujeres. El amor es un animal salvaje y allí va,
correteando por entre riscos y dunas en medio del desierto, que parece infinito
porque ellas viven lejos, en frondosos y civilizados oasis, rodeado su mundo con un
cercado de perfume y palabras que no permite el paso a las turbias alimañas del
desierto. Así iba por las calles, como Perceval por su bosque, mortalmente herido el
corazón y tan lejana la mente como una gota de sangre caída sobre la nieve.

En esas condiciones fui una tarde con toda la familia y un par de amigos a cierto
evento, no diré cual porque no importa. Me movía con la colérica y habitual
distracción entre la concurrencia cuando vi que mi madre, que hablaba con otras
dos mujeres, me llamaba. Me aproximé con pereza mientras las observaba. Era una
suerte que no fuesen chicas de mi edad, porque entonces quién sabe si vendría el
animal a robarme las palabras. Claro que en el envés del amor vivía otra bestezuela,
más domestica pese a las apariencias pero no menos peligrosa y a la que, por llamar
de algún modo, llamaré Deseo. Y el deseo, que también se fijaba en edades, las
prefería maduras. El silencio que me imponía el animal ante las muchachas en flor
no actuaba con las mujeres maduras, que por entonces eran todas las que tenían
más de veinte años y menos de cincuenta. Me llevaba bien con ellas, y a ellas, he
de decirlo, también les agradaba mi compañía. Eso no implica que fuese a todas
horas de la conversación al lecho, en absoluto, a la cama tan solo me acompañaban
sueños.

-Mira -dijo mi madre-, es Clara.

¿Clara? Y entonces la reconocí, tenebrosa, brillante como fuego del infierno. Iba en
compañía de una chica que no llegaría a los 25 años, de pelo oscuro, ataviada con
innumerables y amplias capas de ropa perfectamente diseñadas para ocultar las
curvas o su ausencia. Aprecié que era mona, tímida y amable. Clara en cambio,
Doña Clara, ¿qué edad tenía?. Quizás era inmortal, como el demonio. Yo recordaba
una mujer mayor, pero aquella que estaba frente a mí, con serlo más que su amiga,
no llegaba a los 40. ¿Me había dado clase entonces con veintitantos años?. Qué
importa, allí estaba, una fuente inagotable de sonrisas. El pelo rubio, la piel tan
blanca, los labios de cristal rojo y violento. E impoluta, aplicada, nada de trencas o
jerseys que hubiesen podido dar cabida a continentes. Llevaba un conjunto de falda
negra y chaqueta, se cubría el torso con un fino jersey de punto, colorado y más
ceñido que un corsé. Nada para cubrir sino todo para mostrar, aquellas tetas
teutónicas, aquel culo sobre el que una partida de apaches podría bailar la danza de
la lluvia. Para hacer juego con aquel jersey me puse colorado, de vergüenza y de
cólera.
-Ah, Doña Clara, la sádica -solté sin preámbulos a la apacible sonrisa que me dirigía,
y observé satisfecho que sus sonrosadas mejillas se sonrosaban un poco más.

-Pero hijo, qué dices, por favor -se asustó mi madre

Pero no hay favor alguno en la venganza, y sin duda me iba a vengar allí mismo,
por nervioso que estuviese, por mucho que me temblase la voz. Y en ese instante
pensé al ver su cara que, primero, aquella amiga suya, tan hippy, no sabía mucho
de su disciplinada afición con los niños y, segundo, que no era una mera amiga, que
eran amantes. Me preparé para destruir esa cariñosa amistad de la mujer ya madura
con la chica aun joven. Doña Clara protestó; no era ella, era el colegio aquel, que
imponía reglas estrictas, pero que ya tiempo atrás los había dejado por centros
educativos más acordes a su sensibilidad.

Siempre es así, los nazis tapan sus crímenes con la obediencia debida, lo hacen
incluso aunque esa presunta obediencia no fuese más que el paraguas bajo el que
solazarse con sus crímenes. A mí no me iba a engañar, tanto daba el arpegio de
sonrisas con el que pretendía ganar con sus excusas la aquiescencia de mi madre y
de su amiga. Al primer y efímero rubor lo había sustituido un estricta confianza en
sus propias fuerzas, las sonrisas no eran capaces de camuflar la diversión que se
había adueñado de su ánimo, en sus ojos brillaba una triunfante crueldad. Allí estaba
yo, una de sus pequeñas víctimas, un ser totalmente dominado por la fusta blanca
de su carne.

No, no había vuelto a pensar en ella desde que la había perdido de vista, no habría
podido imaginar que el rencor estaba ahí, cavando túneles en los sótanos de la
memoria como termitas en los nudos de la madera. Y aun más allá de la memoria,
en la misma alma, una red dispuesta para atrapar el miedo, para destilar sin tregua
su ponzoña y dejarla caer sin pausa hasta que el alma quedase aniquilada. Entonces,
al advertir cómo desplegaba sus armas dispuesta a morir matando, hubiese querido
abalanzarme sobre ella para estrangularla.

Muy alterado decidí dirigirme a esa amiga suya, prescindir de mi madre, que no
sabía dónde meterse, olvidar hasta donde fuese posible que la bruja seguía allí,
lanzando con sus labios siniestros sortilegios. Repasé cada castigo en voz alta: tu
amiga, le decía a la chica, hacía esto y lo otro con sumo deleite. Se fue formando
un corro en torno de nosotros. Tu amiga, de habérselo permitido la época, habría
sido una maravillosa Lagerführer en cualquier campo de exterminio nazi, no te dejes
engañar.

-Pero que nervioso estás, Andrade, mira cómo te ruborizas y tartamudeas.

Eso, con golosa diversión, lo dijo ella, Doña Clara, con el mismo tono suave y
encantado que empleaba a la hora de llamar a sus niños al castigo. Venga al
encerado, Andrade, que Excalibur tiene algo que decirle. Entonces sí que enrojecí,
y chillé:

-Cállate, puta de mierda, o te te hago callar a hostias.


Hubo alrededor un murmullo de asombro y reprobación, y me alejé a grandes
zancadas, temblando de ira, sí, pero también de miedo. Salí a la calle y me puse a
recorrerla de arriba a abajo, como si quisiesen mis pasos abrir una grieta en el
pavimento. Un amigo salió tras de mí para preguntarme qué me pasaba, muy
satisfecho estaba él con el espectáculo que había montado yo. Se lo estaba contando
cuando volví a verla, muy digna y tiesa saliendo del recinto en compañía de su
amiga. Ahí tendría que haber acabado todo, pero ahí comenzó.

-Me voy -le dije a mi amigo- quiero estar solo.

Iban calle abajo, supuse que rumbo a algún medio de transporte. Por eso, aun con
riesgo de perderlas entre tanto, corrí a coger mi moto. Tenía una Puch Cobra de 75
cm, amarilla, de segunda mano, me había costado un mundo hacerme con ella.
Arranqué, logré verlas mientras se metían en un coche, y las seguí.

¿Por qué? No, no era solo la venganza, era el vicio y el peligro. Porque más que
miedo me seguía dando pavor aquella criatura blanca y roja. Porque debí pensar
que debajo de su culo y de sus tetas estaban escondidas todas las palabras que me
robaba el animal. Era ella, el dragón blanco, quien las había robado al principio de
la vida, y seguro que las atesoraba como joyas en el fondo de su cueva, en el fondo
de su coño. Sí, porque tan pronto la había visto supe lo que nunca había sabido de
niño, que era hermosa como una maldición. O quizá no hermosa, que era como si
de su cuerpo chorreasen hilos de placer con los que iba contaminando la Tierra. Y
así, mientras la seguía en moto, lo hacía empalmado.

Seguirla sin llamar la atención no era fácil. Yo era sumamente silencioso con las
chicas, no meramente tímido sino hosco, pero por fuera era un radiante petimetre.
Llevaba aquel día una chupa de cuero como la de Syd Vicious, unas gafas de sol que
más que proteger de la luz parecían proyectar la noche, el pelo cobre brillante de
punta, un imperdible colgaba de mi oreja y un cinturón de clavos me ceñía la cintura.
Medía 1,78 y debía pesar 50 Kg. En una ciudad de tamaño medio, por aquellos años,
el primero de la década de los 80, para contar pintas como la mía sobraban los
dedos de una mano.

Salieron de la ciudad hasta una zona residencial de las afueras y, a cien metros, vi
cómo metían el coche tras los muros de una finca que contenía un pequeño chalet.
No pude dejar de preguntarme cómo era posible que con el sueldo de una maestra
pudiese vivir en semejante casa, pequeña quizás, pero en un barrio carísimo. Eran
las diez y media de la noche, hacía frío y llovía, me fui de allí satisfecho de haber
dado con la gruta del dragón.

2.

Volví al día siguiente muy temprano y las vi salir rumbo al trabajo. Apenas había
dormido haciendo planes, pero yo siempre dormía poco. O no dormía nada. Tras
cerciorarme de que no había moros en la costa salté la tapia y me puse a buscar
cómo entrar en la casa. No perdí el tiempo con la puerta principal, las ventanas de
la planta baja tenían verjas de hierro, pero una ventana corrediza en la primera
planta llamó mi atención con su pequeña rendija. Me encaramé como pude por entre
las grietas del granito, llegué a la ventana, la empujé y en dos segundos me
encontraba en un cuarto pequeño y vacío. Digo vacío, no había un solo mueble allí.
Comprobé que la planta disponía de otras dos habitaciones y un baño, un vistazo
me bastó para saber que la primera era la de la chica. En la segunda la cama estaba
hecha con la perfección de una cama de hotel, sin embargo no olía a desinfectante
camuflado con perfume sintético, olía a viejas pasiones fermentadas noche tras
noche a lo largo de meses.

No estaba allí para robar nada ni para dejar la casa hecha un cristo. No es que
tuviese el menor escrúpulo en robar, yo era un ladrón y un pequeño delincuente. Sí,
no tenía nada de recomendable. El dinero de la moto lo había conseguido
trapicheando con hachís en el instituto. Y como leía y oía más de lo que podía
comprar robaba libros y discos por decenas. Me había habituado a ello ya a los 11
años, tras codiciar durante días la portada de un disco de Pink Floyd . En cuanto al
costo apenas lo probaba, no era para mí esa droga, lo mío eran las anfetas. Ya era
mi distracción indómita como para que encima la dopase con depresores o
alucinógenos. De eso nada, había que estar alerta; el mundo era un bullicio de
indeseables, de ladrones, asaltantes de casas y traficantes de droga.

Estaba allí tan solo para familiarizarme con la guarida de la bestia, para profanarla
con mi sola presencia. En el armario vi una abundante colección de conjuntos de
falda y chaqueta, que era la prenda preferida de doña Clara. Luego, ya con un ligero
temblor, abrí un cajón y encontré batallas florales, tornados de relucientes
mariposas, de esa delicada materia se componía la lencería de la bruja. Cogí un
sostén y me puse la copa sobre la cara, a modo de máscara, mientras pensaba que
ahí cabría mi cabeza, y si me encogía un poco hasta todo mi cuerpo cabría. Me reí
con aquella cosa en la mano, una risa que parecía una sentencia de muerte. Solo
entonces me decidí a llevar a cabo la maldad que había imaginado. Tiré el sujetador
al suelo y me metí en el baño. Eso buscaba, especias de la India y raros perfumes.

Di con ellos en un cesto oculto en un armario que había bajo el lavabo. La ropa
sucia, también de la chica hippy, pero era fácil distinguir qué pertenecía a una y qué
a la otra. Tomé unas bragas y un sostén, más blancos que la desolación, volví al
cuarto, me desnudé y me puse a olisquear con gesto torvo, dispuesto a cometer una
carnicería con aquellas prendas indefensas. Tenía una erección de caballo, pero ya
la llevaba puesta tan pronto salté la tapia. En las bragas olí al fondo una nota de
amoníaco, e incluso una de fuego y azufre llegue a imaginar, sin embargo no me
molestó, no aparté la nariz ni la boca sino que las hundí sobre la felpa que recoge
los zumos del coño. Olía bien la bruja, olía a castillos que se derrumban, a
despedidas eternas y a torrentes de placer surgidos antes de la creación del mundo.

Me masturbé dos veces con ira, derramé el semen sobre las bragas y sobre una de
las copas del sostén, y dispuse mi desorden, muy ordenado, sobre aquella cama
impoluta. El sostén a la altura del lugar donde deberían reposar sus pechos, las
bragas a la de su coño. En el centro de esas bragas dejé una rosa roja que había
arrancado en un jardín del contorno, un capullo de rosa, con su tallo sin hojas y
repleto de espinas. Tal como quedó la artística composición parecía que una polla
vegetal penetraba a una mujer de encaje. Luego bajé con un pitillo entre los labios
y salí por la puerta principal con una sonrisa de hiena. Ya digo, muy poco
recomendable.
Eran las once y media, la hora de los negocios, así que fui un rato a pasearme por
el instituto. A ese centro le ahorraba mi presencia excepto cuando no había clases.
Esa, junto con los castigos físicos, es otra de las cosas que apenas creerán los que
estudian ahora, pobrecillos. Uno podía pasarse el curso entero sin asistir ni a una
sola clase y los padres no habrían de enterarse jamás, no había expedientes,
llamadas de atención del jefe de estudios, no había nada. Yo no podía perder el
tiempo en aquellas aulas con sus triviales materias, tenía que leer, me había
propuesto leerlo todo antes de los veinte, más que nada porque imaginaba la muerte
a la vuelta de la esquina. Mañana, todos los días me iba a morir mañana, la muerte
me había echado el ojo, le había gustado y me seguía. Por lo demás era absurdo
pasar cientos de horas en un aula cuando con una semana de estudio en los
exámenes finales me bastaba para aprobar.

Aquel día llevaba traje. Me había hecho con tres ternos muy pasados de moda en la
liquidación de unos almacenes. Trajes de mitad de los 60. Uno era negro, el otro
azul eléctrico y el tercero verde cegador, éste último era el que llevaba. Como era
tan discreto, para darle una nota de color, lo llevaba siempre con una camisa de
seda roja, como el interior de la capa de Conde Drácula, abotonada hasta el cuello.
En el instituto causaba sensación. Tanta que una vez un trío de ases de la aviación
sumeria habían tenido la bendita ocurrencia de venirse hasta mí para llamarme
mariquita y otros encendidos elogios, incluidos un par de mimosos empujones y
muchas amenazas de algodón. Eso había sido cuando me iniciaba en los negocios.
“no me peguéis, no me peguéis por favor”, chillé como una niña, y al instante,
mientras ellos se reían, le estampé un rodillazo en los huevos al más grande y un
puñetazo en el ojo al siguiente, seguido de otro en el hígado. “Y a ti -le dije al que
quedaba mientras sus dos amigos se retorcían por el suelo y yo encendía un
cigarrillo- ¿te la chupo, te aplasto la cabeza con esto o te vas a estudiar?”. Y saque
la porra extensible que siempre llevaba conmigo. Había que ser imbécil para meterse
con un tío que vestía y se movía como yo ¿no veían que parecía una serpiente de
coral, que llevaba escrito en la ropa “peligro, muy venenoso”?.

Nadie vaya a creer que era violento, en absoluto, esa fue la primera y casi única
pelea de mi vida. No era violento pero siempre estaba preparado para la violencia,
porque el mundo está lleno de indeseables con porra, de ladrones y traficantes de
droga.

Trataba bien a los clientes, nada de mezclar con gena la mercancía para ganar un
poco más. La mañana no fue ni mejor ni peor que otras, pero yo estaba eufórico
tras mi hazaña en la guarida del dragón, y cuando ya me iba vi a Lidia con su
pandilla. Era una amiga de mi hermana y mi amor perfecto. Durante dos años,
mientras iba en moto o caminaba por las calles, siempre antes de dormirme, repetía
incansable su nombre, con todos sus apellidos, como un tambor que marcase el
ritmo de mi vida.

Naturalmente no le había hablado a ella -ni a nadie- de mis líricos arrebatos, ni tenía
intención de hacerlo jamás. Lo cierto es que ni de mis arrebatos ni de nada, en
cuanto aparecía en casa con mi hermana, yo, si estaba por allí, tumbado por ejemplo
en el sofá, decía “U”, o “GGU”, me levantaba e iba a ocultarme en mi cuarto. Lidia
era un año mayor que yo ¿Y de qué diablos se podía hablar con una chica de más o
menos mi edad?. El amor era un animal salvaje, olía mal, era taciturno y arisco,
mejor dejarlo solo en su desierto que llevarlo a los brazos de la civilizada Lidia. De
la guapísima Lidia, claro está. Medio instituto debía estar enamorado de ella,
incluyendo a una docena de profesores, incluyendo a un par de amigos que nunca
se cansaban de hacer el ridículo ante ella.

La vi, ya me alejaba cuando se me ocurrió que mi incursión matutina en la cueva


del dragón bien podría haberme devuelto alguna de las palabras perdidas. Así que
di la vuelta, entré en el corro y, sin perder tiempo le dije “hola”. Se quedó
mirándome como si le hubiese picado un abejorro, la boca abierta y los ojos como
platos. “hola”, logró murmurar estupefacta. “Sí, hola -dije ya desatado-, te digo hola
porque también el aire y el agua te dicen hola, te lo dicen hasta cuando duermes,
como yo, aunque no tengan palabras”. Y sin más me fui al tiempo que escuchaba
las risitas de sus amigas, menos mal que no estaba mi hermana con ellas.

3.

No volví por la casa de Doña Clara al día siguiente. No quería hacerme notar
demasiado y atraer la atención de las autoridades. Daba por seguro que a esa mujer
diabólica no le habría costado mucho hilar el espectáculo de la víspera con el que
tuvo a bien encontrarse al volver a casa. Sin embargo aguardé inquieto una
respuesta suya durante toda la jornada. Una llamada de advertencia a mis padres
que, sin embargo, no llegó. Una visita de la policía que tampoco.

Al segundo día las esperé montado en la moto, oculto tras un cruce a un kilómetro
de su casa, en dirección a la ciudad. Supuse que por ahí pasarían al dirigirse hacia
sus trabajos y así fue. El coche paró en la entrada de un colegio y allí se bajó la
Blanca Dama del Infierno, pero seguí a la otra y, ya en la ciudad, la abordé en cuanto
aparcó y salió.

-¿Te acuerdas de mí?

-Tuuuuú -ululó como si fuese un búho a punto de ahogarse y con los ojos no menos
abiertos- ¿qué quieres? Déjame en paz ¿no te basta con los dos numeritos que has
montado?

-Depende de lo que quieras decir con “bastar”, para limpiar la mierda de mis
pantalones supongo que ya basta, pero es que la mierda tan solo fue un episodio
entre decenas a lo largo de dos años, así que no, no basta en absoluto.

-¿De qué hablas? ¿Qué es eso de la mierda?

-Pues yo tenía seis años, y ya conocía muy bien a la puta de tu amiga, cuando un
día, en clase, me entraron unas ganas horrorosas de cagar. Pero Doña Clara tenía
terminantemente prohibido eso de solicitar permiso durante sus clases para ir al
retrete. Uno no se saltaba así como así las prohibiciones de esa mujer, así que me
aguanté. Y me aguanté y me aguanté hasta que ya no puede aguantar más y se
derramó la pasta por los pantalones. En absoluto silencio, sin un gesto que delatara
mi vergüenza. Aun puedo notar ahora la mierda caliente y luego helada durante
horas contra mi culo.
-Ay -gimió- qué horror, lo siento, ¿Pero ella qué tuvo que ver?

-¿Estás boba? ¿no escuchas? -me enfadé- Vivíamos todos los niños bajo un régimen
de terror total, si Doña Clara nos hubiese dicho “Bueno, niños, ahora vais a dejar de
respirar hasta que yo diga lo contrario” habríamos dejado de respirar y nos
habríamos muerto antes que llevarle la contraria.

-Bueno ya, pero…

En ese instante comprendí que me había equivocado por completo. La hippy sí que
sabía de las hazañas bélicas de su amante, lo sabía todo, así que mal podría
indisponerla contra ella, que no otro era mi propósito.

-Pero tú -le miré con profundo asco- no eres de las que dicen eso de “Haz el amor
y no la guerra”. Tú amante es una torturadora de niños ¿y te da lo mismo?

-¿Mi amante? -me miró estupefacta- déjame en paz, niño, no sabes nada de mí,
déjame en paz que tengo cosas que hacer.

La dejé ir. Estaba como un cencerro, pensé mientras la veía alejarse, por eso, aun
siendo hippy, se había liado con Doña Clara. Y yo estaba frustrado tras ver
deshacerse mis planes en su locura. Podía pegarle una paliza, a la bruja, tal como
ya le había amenazado. Ella era grande y seguro que fuerte, más que yo quizás,
pero si me lo proponía no podría resistirse. Sin embargo la idea no me satisfacía, ya
he dicho que no era violento y, sobre todo, no era esa la venganza que necesitaba.
Ella me había amargado la vida durante dos larguísimos años, y había dejado
espeluznantes cicatrices en mi espíritu. Sí, ya sé, no sería para tanto, a fin de
cuentas sólo era una maestra armada con una vara. Es posible, a los árboles las
maestras pueden azotarles todo lo que quieran que ni se inmutan. Claro que a los
retoños basta un golpe para arrancarlos de raíz. No quería derribarla de un solo
golpe, quería hacerle la vida imposible durante meses.

Ya de vuelta en casa mi hermana me preguntó que a ver qué le había dicho a Lidia,
que la había asustado diciéndole cosas rarísimas en medio de la gente. ¿Cosas
rarísimas aquellas encantadoras palabras? Se ve que una sola visita a la guarida de
la bruja no era suficiente para recuperar la voz, me había llevado de su casa palabras
equivocadas, para eso mejor seguir en silencio.

Con la suma de ambas frustraciones, mi plan en las alcantarillas por culpa de la


hippy, mi amor aterrorizado por culpa de la bruja, decidí al anochecer volver a su
cubil. No tenía nada claro qué iba a hacer allí, ya estarían en casa a esas horas, y
aunque no lo estuviesen ya habrían dejado todas las rendijas bien cerradas. Que me
vea -me dije apretando los dientes- que me vea merodear sus márgenes como un
lobo en busca de la debilidad en un viejo bisonte, que tenga que vivir al menos en
perpetua alerta por mi causa.

Había luces y, bien anfetaminado, se me ocurrió que nada mejor que encaramarme
al muro y espiar desde aquella atalaya la vida domestica de las dos mujeres. No
tardé en advertir que desde allí, con todas las cortinas bien cerradas, poco podría
ver, y ya me disponía a dar la vuelta cuando una voz me detuvo: Quieto ahí, baja
de ahí.

La policía no tiene mejores cosas que hacer que vigilar a inofensivos merodeadores.

-En qué quedamos, agente, me quedo quieto o me bajo.

-No te pases de listo chaval, baja. Ya nos estás contando qué haces ahí.

-Nada, iba a visitar a mi antigua maestra -se me ocurrió.

No se lo creyeron pero, para cerciorarse, llamaron a la puerta y esperaron.

Salió ella, impecable, nada de batas, zapatillas o viejos atuendos para andar por
casa. Un pantalón oscuro de talle alto y estrecho en los tobillos, una camisa blanca
con el cuello alzado y los dos primeros botones sueltos. Parecía recién salida de una
película de Hitchcock de los años 50; un brazo bajo el pecho, el otro apoyado en la
mano del primero, y la mano de este último a la altura del mentón, con un lánguido
pitillo colgando entre sus dedos. A pesar de su alto tonelaje se la veía más estilizada
que una pantera. Con infinito aburrimiento miró a los dos policías antes de que, al
verme, se le iluminasen los ojos.

-Sí, agentes, ¿qué ocurre? ¿en qué puedo ayudarles?

-Nada señora, este individuo, que estaba subido a su muro y dice que venía a hacerle
una visita, que es un antiguo alumno.

-Pues sí -declaró al tiempo que me dirigía una acogedora sonrisa que me puso los
pelos de punta- Pablo Andrade, un querido y viejo alumno que tiene esa costumbre
de visitarme y trepar el muro antes de llamar a la puerta.

-¿Está segura?

-Por favor, agente… -dejó salir una bocanada de humo con un desprecio oceánico,
que al tiempo parecía una caricia y que logró que el agente se despidiese de pronto
tartamudo- Anda, Andrade, pasa que hace frío.

Y pasé, crucé aquella puerta más o menos como debieron cruzar Hansel y Gretel la
de la casita de chocolate. Ella se quedó un instante allí, viendo cómo se alejaba la
policía, antes de cerrar la puerta a su espalda y encararme con aquella sonrisa suya
del todo idéntica a un cuchillo para destripar vírgenes.

-¿Qué pasa, Andrade, me echabas de menos? ¿Has sido malo y me echabas de


menos?

-Ve con cuidado que ya no soy un niño -le miré desafiante, dispuesto a sacar la
porra si llegaba a morderme su sonrisa.
-No, claro -se rió- Ahora ¿qué eres? ¿un hombre? ¿un… dandy suburbano? -volvió a
reír- Anda, pasa al salón que está Lidia esperando.

¿Lidia? Por un instante fugaz se me ocurrió que mi Lidia estaba allí, encadenada por
la bruja, y que ante mi heroica y triunfal entrada para rescatarla de su tiranía ya
nunca más iría contándole a nadie que yo decía cosas raras y asustadoras. La imagen
me hizo tanta gracia que me reí, porque sin duda era una ominosa coincidencia que
la hippy también se llamase Lidia. Allí estaba, sentada en el suelo a los pies del sofá.
Sentada como un perro, pensé, que no estaba allí por la extravagancia de su gusto
hippy, que le hacía preferir el suelo al sofá, sino porque ese era su sitio, porque la
bruja lo había ordenado así.

-¿Ves Lidia? Al final ha vuelto Andrade, como te dije.

La chica me miró con espanto. Tan solo llevaba una camiseta vieja y unas bragas.
Despojada de las innumerables capas de ropa que solía vestir aprecié que era
esbelta, delicada, con pechos aéreos de amapola. Y que era más joven de lo que
había supuesto, que no es que estuviese cerca de los 25 años sino que quizá no
llegaría a ni a los 20. Eso me fastidió, con esa edad estaba a un pelo de dejarme sin
palabras. Doña Clara se sentó en el sofá, a su lado, y le acarició la cabeza como a
un gato..

-¿Por qué no te sientas, Andrade, y nos hablas un poco de tu regalito?

-¿Qué pasa? ¿te gustó? -contraataqué mientras me sentaba frente a ella con una
mueca de impostada indiferencia.

-¿Me gustó, Lidia? -rió- Dile, dile a nuestro invitado si me gustó, dile qué hice cuando
encontramos su adorable perfomance.

-Por favor, Clara -suplicó la chica.

-¿Por favor? Vaya, qué falta de obediencia. ¿Ves, Andrade? Lidia también es una
chica muy mala, aunque no tanto como tú. Cuéntale o ya sabes lo que te espera.

-Se rió -murmuró Lidia-, se rió encantada.

-Sí, eso. Y qué más.

-Dijo que un regalo así, tan bien dispuesto, no podía quedar sin uso

-¿Y? -se impacientó Doña Clara- cuéntalo todo, que tienes a Andrade en ascuas, y
cuéntalo sin pausas.

-Me pidió que me desnudase, me dijo que debía ponerme esas prendas y que no
debía sacármelas hasta que tú me abordases, y eso he hecho, he sido buena.

-¡Dios! -exclamé asqueado- Estás loca, las dos estáis locas, pero tú, bruja, estás
para que te encierren.
-Oh, sí -sonrió plácida Doña Clara- loca como el demonio, así estoy. Pero, cuéntame
Andrade, ¿por qué tuviste esa encantadora ocurrencia? ¿eso de hacerte unas pajitas
con mis prendas íntimas? Y usadas. Porque sin duda hay que ser una persona muy
cuerda y equilibrada para llevar a cabo semejante proeza ¿verdad? ¿tanto te gusto?

-Que te jodan -dije haciendo rechinar los dientes.

-¿Sí? ¿Y quién me va a joder? ¿tú? Porque me da la impresión de que tú solo sabes


joder braguitas y sostenes.

-Sigue por ese camino y acabaré por arrancarte la sonrisa a hostias.

-¡Oh, Lidia, fíjate que macho! -aplaudió ampliando la sonrisa- y ya va la segunda


vez que amenazas con pegarme, eso está muy mal, pegar a una pobre mujer
indefensa como yo. En todo caso podríamos probar, a ver si sabes, joder a una chica
de verdad quiero decir ¿No te apetece? A Lidia le gustaría, le gustas mucho, me
parece que se ha enamorado de ti. Dile, cariño, cuanto te gustó ponerte mis
braguitas con el semen de Andrade.

-Por favor, Clara -volvió a suplicar la chica.

-Déjala en paz -solté apiadado.

-Vaya, Vaya ¿qué tenemos aquí?. Andrade, el caballero andante, defensor de pálidas
damitas ¿verdad?. Y dime, de qué es hoy tu armadura, o tu disfraz, porque el otro
día ya vi que ibas de punk, pero hoy me tienes confundida, yo diría que vas de
chuloputas de Harlem, aunque te falta el sombrero a juego, de ala ancha con pluma
al lado, pero no quisiera ofenderte.

-De matabrujas, de eso es mi armadura, bruja.

-Sí, sí, naturalmente. Y, oye, ¿a ti te gustan esos chicos tan traviesos? ¿Los Sex
Pistols, los Ramones, los Stranglers...?

Atónito me dejó al dar esos nombres. Que supiese de los Pistols no era raro, pero
que llegase a mencionar a los Stranglers ya bordeaba la erudicción rockera. Los
padres y las maestras no solo abominaban de esos grupos, también los ignoraban.

-No demasiado -contesté altivo- prefiero a Devo o a Suicide.

-Míralo a él, que presumido -se rió- Claro que el demente de Alan Vega debe ir más
con una personalidad equilibrada como la tuya ¿no es eso?.

Que supiese el nombre del cantante de Suicide me pareció más que erudición magia.
Era una mujer cercana a los 40, poco menos que próxima a la tumba para un chico
de mi edad. No solo maestras y padres abominaban y desconocían esas cosas, es
que eramos cinco los que estábamos informados.

-¿qué sabrás tú? Vieja.


-Pero qué encanto ¿has visto Lidia? Me ha llamado vieja, ya solo le falta llamarme
gorda. Y que se supone ¿que debo ponerme a chillar por el horrible insulto? En fin,
y Blondie ¿no te gusta Blondie? Con esa chica tan mona por cantante que un poco
se parece a mí, en joven, claro. Y en delgada por supuesto -rió siniestra- o la chica
esa de aquí, Alaska, ¿no te gusta Alaska y tanto como se mea en esa película tan
divertida?

-Bueno, basta ya -me revolví molesto y desconcertado- que no he venido aquí a


hablar de música.

-¿Ah no? ¿de tu regalito entonces? ¿te lo pasaste bien mientras me olías el coño por
braga interpuesta? ¿chupaste el sostén como si fuesen mis tetas? ¿estaban ricas?
Pues las de Lidia son preciosas y no son de tela, y le encantaría que se las chupases.

-Por favor, Clara -repitió la chica, con cierta sorna me pareció.

-Cuantos favores, no te lo tomaré en cuenta porque está Andrade aquí y se ve que


te nubla el juicio. Pero aunque ella no te lo diga, porque es tímida, te lo digo yo. Le
encantó ponerse mis bragas y sujetador con tu ofrenda, se debió masturbar una
docena de veces con esas bragas puestas para sentir los restos de tu semen en su
coñito. Y ahora nada le gustaría más que te levantases y la follases, porque estás
empalmado ¿verdad Andrade? Sí, se nota, aunque no por ella, claro, si no por mí.
Como aquella vez.

Estaba empalmado, sí, lo había estado desde que ella había abierto la puerta. Y
también estaba a punto de emprenderla a patadas con la bruja hasta el instante en
que dijo “como aquella vez”. Me tensé como un cable.

-¿De qué hablas, puerca?

-¿De qué hablo? ¿no te acuerdas? -y dejó escapar una triunfante carcajada- Ay,
Andrade, mira que no acordarte. Con lo malo que eras, con lo que tuve que
aplicarme para enderezarte. ¿de verdad no te acuerdas?

Entonces recordé. Lo recordé todo como si estuviese allí mismo, como si no hubiesen
pasado ocho o nueve años y no me hubiese hecho, desde entonces, con un imperio
de tiempo. Me levanté pálido, sentí que me flaqueaban las piernas, me dije que al
fin la muerte que me aguardaba mañana había decidido adelantarse para hoy. Pero
logré controlar el pánico, al menos hasta el punto de susurrar con voz desmayada
“estás enferma”, y salir de allí tambaleándome en tanto la oía reírse.

4.

Las cosas que hace la memoria, los púlpitos que eleva con la intención de
protegernos mientras nos mantiene en la ignorancia. Había recordado aquella
escena, los dos a solas en el aula vacía, la puerta cerrada, ya ni un ruido en todo el
colegio, un día poco antes de las vacaciones de verano, poco antes de que ella
desapareciese de mi vida. Había recordado cómo me alzaba por los sobacos para
ponerme sobre una silla a la altura de sus ojos. Cómo había asegurado que todo lo
había convenido con mis padres. Aquella voz de terciopelo con zarpas retráctiles
bajo su suavidad. Sus ojos, azules como abismos marinos, donde viven los
monstruos. Lo malo que yo era, muy malo, eso lo había recordado. Y cómo me había
bajado los pantalones, ese terror. Porque ella no hacía eso, nunca nos tocaba,
siempre nos ordenaba, X bájese los pantalones, J súbase las faldas, que algo tenía
Excalibur que contarnos. Una leyenda, un grito que se escapaba agónico en medio
de la noche. Pero nunca nos tocaba con sus manos, hasta aquel instante en el que,
mientras insistía en lo malo que era, muy malo, llevó sus manos al cinturón, lo
desabrochó y me bajó los pantalones, con calzoncillos incluidos, hasta el tobillo. Eso
había recordado. Y después a Excalibur cayendo sobre mi culo, como tantas otras
veces.

Pero no, Excalibur no había caído en aquella ocasión, allí no había más espada que
ella misma, Doña Clara. Y para no enloquecer había enviado al olvido la afilada
cuchilla que ocultaba su abundancia. Para no matarme quizás. Y tal vez era por eso,
porque allí había quedado el filo aunque nunca quisiese verlo, que la muerte siempre
me aguardaba mañana. Ahora ya no había lugar en el que esconderse, allí estaba la
cosa y, lo que es peor, mientras volvía a casa apenas consciente, mientras pasaba
la noche en vela sobre mi cama, el filo brillaba, se volvía incandescente.

Me había bajado los pantalones, sí, y a continuación remangó la camisa bajo el


jersey de pico azul del uniforme. Para que quedasen bien a la vista mis vergüenzas.
Claro que a mí no me daba vergüenza la desnudez, no entonces. La vergüenza es
una pasión muy civilizada, y lo que yo sentía era pavor. Que era malo lo demostraba
eso que tenía entre las piernas, había dicho, eso con lo que nunca dejaba de jugar.
Y que era mucho más que malo, muy malo, aun lo demostraba más que lo tuviese
duro. Es cierto, por aquellos días los niños no teníamos muy claro a qué era debido
el agradable endurecimiento. Nos contábamos chistes sobre salchichas que se meten
en cazuelas sin tener la más remota idea de a qué se referían esas cosas. Y allí
estaba yo, tan aterrado como no lo había estado jamás, y, no obstante, con el
diminuto pito tieso al aire.

Y ella lo había tocado, lo había cogido entre sus dedos índice y pulgar, como quien
coge una oruga para aplastarla, y había insistido. Ves que cosa más mala tienes
aquí, esa cosa fea y dura, no puede ser que vayas por la vida llevando esa maldad
a todas horas, y yo te la voy a quitar. Eso había dicho, apretando con sus dedos mi
maldad, retirando el prepucio para dejar el malísimo capullo a la vista. Yo era
incapaz de mover un músculo cuando ella se arrodilló ante mí y dejó su cara a
centímetros de mi pito. Si señor, había seguido, una cosa muy mala, pero yo te la
voy a quitar, te voy a domar, te la voy a comer para que puedas ir por el mundo sin
maldad. Fue entonces cuando el pánico alcanzó cumbres inimaginables, cuando vi
cómo abría su boca y, con un gesto veloz, se metía el pequeño pene en la boca. Me
lo va a comer, pensé, se lo va a comer de un solo mordisco como si fuese una
salchicha. Y, a continuación, me meé. No pudo ser una gran meada, no creo que
durase más de dos o tres segundos, no más que un largo chorro por el que evacuaba
mi terror. Pero todo eso fue a su boca y no salió de allí, aun tuve tiempo de ver
cómo tragaba.

Mmmmm, dijo retirándose cuando el chorro concluyó. Ya estaba, ya me había


quitado el mal, pero más me valdría no contarle eso a nadie jamás. Porque si lo
hacía moriría sin remedio a la mañana siguiente. Por malo. Y se había reído, se reía
mientras se incorporaba y me dejaba solo en el aula vacía, con los pantalones por
los tobillos. Fue entonces cuando volvió la civilizada pasión de la vergüenza, excepto
que no debía ser tan civilizada porque me aplastó.

Y ahora recordaba eso, tumbado boca arriba sobre la cama. La mataré, la mataré
mañana, le clavaré un cuchillo y roeré su alma con mis dientes. No obstante esa
rabia no ocultaba que no iba a matarla en aquel mismo instante, que aplazar la
violencia ya era haber renunciado a ella. Porque estaba excitado. No quería, y sin
embargo lo estaba. No por esa antigua escena que me inducía a la violencia, sino
por la propia bruja, por su carnalidad desbordante, porque encarnaba a un tiempo
dos esencias que, a esa edad desconcertada, me parecían irresistibles: Un mal sin
resquicios y una feminidad absoluta.

A la mañana siguiente, sin haber pegado ojo en toda la noche, fui al encuentro de
Lidia, de la otra Lidia, la chica hippy con los ojos de lechuza aterrada. Cubierta con
su abundante y fofa indumentaria no me pareció tan joven. En cuanto me vio pegó
un brinco y un gritito y quiso salir huyendo. La alcancé, le tomé del brazo, con
delicadeza pero con firmeza.

-No te escapes, Lidia, no me tengas miedo, no voy a hacerte daño, solo quiero hablar
contigo.

-No puedo -me miró perpleja- y ya sé que no vas a hacerme daño. Estas enamorado
de mí.

-¿Cómo? -le miré aun más perplejo que ella- tú deliras.

-Si, estás enamorado -dijo mordiéndose el labio inferior y mirando a todas partes-
Lo se bien, porque además me lo ha dicho Clara. Pero no puedo hablar contigo,
porque me lo ha prohibido.

-¿Que te lo ha prohibido? -me impacienté- Pero, vamos a ver, Lidia, ¿tú cuantos
años tienes?.

-Pues tengo veintiún años -contestó coqueta.

-Eso son cinco años más de los que tengo yo. Eres una mujer adulta, esa bruja no
puede prohibirte nada.

-Sí que puede, además no es una bruja que es mi tía.

-¿Tu tía? -pregunté atónito.

-Bueno sí, mi tía, mi profesora, es muchas cosas.

Santa Madre de Dios, estaba la pobre como una cabra. Loca de remate, y por
supuesto era clínicamente imbécil, habría que internarla en un centro de salud
mental, muy lejos de la pavorosa influencia de lo que quiera que fuese Doña Clara
para ella. Por ese camino no iba a ningún lado, pero entonces se me ocurrió un
cambio de estrategia.

-Vale, pero eso no es malo, porque si te lo tiene prohibido y desobedeces seguro


que te castigará ¿o no?

-Ay, sí, mucho.

-Pero a ti te gusta que ella te castigue ¿no es cierto?

-Sí, un poco -aceptó con una radiante sonrisa y mirando al suelo, como si en vez de
veintiún años tuviese cinco.

-Pues entonces tienes que hablar conmigo, así ella se enfadará y te castigará.

-Debes creer que soy imbécil -me miró cambiando radicalmente de tono, como si
dentro de su cuerpo hubiese dos personas distintas- pero no lo soy, no te confundas,
no puedes manipularme tan fácilmente. De todos modos lo haré -y continuó muy
presumida- pero lo hago porque estás enamorado de mí.

-Sí, sí, loco de amor -dije con una mueca sardónica.

-Ya -se rió ella-, todavía no lo sabes pero no te preocupes que ya lo sabrás. ¿Dónde
quieres que hablemos?

No le faltaba razón, lo cierto es que un poco sí me había enamorado de ella, como


quien se enamora de una antigua foto. Quería abrazarla y darle besos cariñosos. No
tenía claro si era imbécil o si tenía la mente y el espíritu arruinado. Parecía una niña
pequeña en el cuerpo de una mujer hermosa. Y yo, claro está, no era más que un
imbécil en el cuerpo de un adolescente.

Fuimos a una cafetería. Allí le conté lo que la bruja me había hecho de niño, pero no
pareció impresionarle lo más mínimo. Era exasperante.

-¿Desde cuando la conoces? -le pregunté.

-Desde siempre, ya te he dicho que es mí tía. Que es... -suspiró- Es muchas cosas,
muchos parientes.

-Eso no tiene sentido.

-Si que lo tiene, te lo voy a explicar.

Entonces comenzó a contarme su aberrante historia.

Ella recordaba a su tía de siempre. Iba a visitarla muy a menudo cuando era
pequeña, le hacía regalos, nunca se cansaba de jugar con su sobrinita. Lidia la
adoraba, era tan guapa y majestuosa, la quería más que a sus padres. Pero
entonces, poco a poco, fue espaciando sus visitas. Y a veces, cuando iba a verla, se
ponía a llorar, y la abrazaba muy fuerte, hasta hacerle daño.

A mí eso de que Doña Clara supiese llorar me pareció un detalle del todo inverosímil.
Dentro del tono, ya puramente fantástico, de un relato en el que la bruja se revelaba
como una tía tan cariñosa las lágrimas tenían el sabor de un unicornio, esa mujer
no podía haber llorado en su vida. Se lo hice notar, pero qué sabría yo y que no la
interrumpiese, que de lo contrario -sonrió- se iba por muy enamorado que estuviese
de ella

Llegado el momento, hacia los cinco años, las visitas se interrumpieron por meses.
Sin embargo aquel mismo año la enviaron al colegio en el que su tía daba clases. El
colegio Tal, pregunté. Si claro, el mismo en el que había estudiado yo, debía haber
pasado por él cuatro o cinco años antes, y que dejase de interrumpirla a cada frase.

Ella, Lidia, se había alegrado muchísimo de volver a ver a su tía, aunque esta no
pareciese tan contenta y desde el primer instante había notado algo raro, algo que
había cambiado. También comprendió desde el principio que todos los alumnos le
tenían miedo. Sin embargo, como ella recordaba muy bien lo buena y maravillosa
que era, no le tenía ningún miedo, y por eso, durante la primera semana, había
cometido muy contenta multitud de infracciones, pese a que ya veía que al resto de
los niños se les castigaba severamente por muchísimo menos. Pensaba que como
era su querida sobrinita tenía permiso para todo, y se había sentido muy superior,
como una princesa entre plebeyos.

Y así hasta que una mañana, a la semana de estar allí, algún desliz cometió, ni
siquiera recordaba cual porque no tenía importancia, porque a ella le estaba
permitido todo. Sin embargo aquel día Doña Clara la llamó al encerado, y ella fue
dando saltitos. Su tía se había dirigido al resto de los niños y les había dicho que el
comportamiento de Lidia era inexcusable, que lo había tolerado durante toda una
semana porque era su sobrina, pero que su tolerancia y bondad habían llegado a su
límite y que, para que se enterasen todos de que ella no distinguía a nadie, que su
justicia no albergaba fisuras y era la misma para todos, iba a castigar a su sobrina
con la severidad que merecía su pésimo comportamiento.

Y lo había hecho de modo tan ejemplar que si ya antes le tenían miedo todos los
alumnos, a partir de entonces le tuvieron terror. Aseguraba Lidia que su tía había
sido siempre muy rígida en clase, pero que solo tras su llegada se convirtió en lo
que yo llegaría a conocer. Que fue en aquel curso cuando Excalibur apareció, que
hasta entonces se había limitado a azotar las manos con una pequeña regla. Que,
de hecho, fue ese primer castigo el que dio inicio a su aterrorizante carrera, como
si la disciplina a la que había sometido a su sobrina exigiese incrementar en mucho
aquella con la que hasta ese momento había sometido a los demás. Porque, para
que quedase claro que ella no distinguía a nadie, el castigo no había sido idéntico al
que aplicaba al resto de los díscolos, sino peculiar, señalado como más grave por el
mero hecho de ser Lidia su sobrina. Según Lidia no había sido esa su primera
intención, porque tenía Doña Clara en su mano la pequeña regla y la agitaba en el
aire, pero en el último momento había cambiado de parecer, había dejado la regla
sobre la mesa y, con voz helada, le había dicho que se subiese la falda, la había
tumbado boca abajo sobre sus rodillas, le había bajado las bragas para dejar su culo
al aire, y le había dado cinco tremendos azotes con su mano abierta.

Lidia había gritado y pataleado mientras le pegaba sin que eso impidiese el castigo.
Luego había llorado desconsolada durante todo el día. Durante semanas había
llorado, pero dejó de hacerlo en clase porque el llanto era un delito gravísimo que
le había granjeado un castigo similar al primero. Así, me dijo, que no te quejes
tanto, tú pasaste dos años con ella y tan solo te pegaba con la vara, y a vosotros os
parecía que os daba fuerte, pero te aseguro que se contenía mucho. A mí siempre,
siempre, me pegaba en el culo con su mano abierta, y me la dejaba marcada. Y era
peor porque, aunque acabé por tenerle más miedo que cualquiera de vosotros, yo
la quería, la adoraba. Y la quería porque fuera del colegio, aunque ya no viniese a
visitarme tan a menudo, seguía siendo muy cariñosa.

Durante cinco cursos, continuó Lidia, había sido ella su alumna, lo que acaso podía
parecer normal pero no lo había sido en absoluto. Tan solo una vez en su vida había
impartido Doña Clara clases a los niños de cuarto y de quinto, cuando su sobrina
había estado allí, hasta entonces y desde entonces nunca había pasado del tercer
curso, e incluso ese le molestaba darlo. Prefería, con mucho, los dos primeros
cursos. Pensé que esa preferencia abundaba en su perversión, porque no me cabía
duda de que no era por sentirse incapaz, ni mucho menos porque considerase que
aquellos niños, ya algo mayores, podrían eludir su disciplina. Estaba convencido de
que de habérselo propuesto esa mujer habría logrado, tan solo con entrar en un
barracón de legionarios, que todos se pusiesen firmes y se encomendasen a la
Virgen Santísima.

Como fuese, en esos dos últimos cursos de la primera etapa de la EGB, Doña Clara
había abandonado la disciplina física y se había limitado a imponer su reino de terror
a base de palabras y miradas. Así se lo había hecho saber a toda la clase el primer
día del cuarto curso, que puesto que ya eran mayores en adelante prescindiría de
Excalibur, pero que no por ello pensasen ni por un momento que habría de permitir
la menor insubordinación, que ya sabría ella castigar al infractor de tal modo que
echase de menos la suavidad de Excalibur. Para entonces ya los tenía tan domados
que le bastaba alzar la ceja para que todos se pusiesen a temblar. De ahí que, aun
sin castigos físicos, aquel curso de cuarto no hubiese sido mucho mejor para Lidia.

A lo largo de esos dos últimos cursos se había sentido extraña y, en cierto modo,
abandonada. Su tía, que durante los tres primeros le había escogido siempre a ella
de preferencia para demostrar hasta dónde podía llegar su disciplina, había dejado
de prestarle atención, o no más de la que prestaba a cualquier otro. Eso, que al
principio había supuesto un inmenso alivio, con el paso de los meses la había ido
sumiendo en la tristeza, y muy a menudo, por las noches, lloraba sin saber por qué.

Y así hasta que un día, poco antes de las vacaciones del quinto curso, tenía once
años por entonces, había decidido portarse realmente mal. El resto de los niños no
daban crédito a su temeridad. Doña Clara, con voz gélida, le había ordenado que
saliese del aula, que aguardase en la secretaría y que cuando acabasen las clases
se pasase por su despacho. Lidia había obedecido entonces temblando, y durante
las dos horas en las que aun tuvo que esperar no había dejado de temblar. También
temblaba cuando llamó a la puerta del despacho de Doña Clara y cuando al fin entró.
No sabía qué tipo de castigo le tenía preparado, pero en vez de eso se encontró
conque su tía le preguntaba dolida que qué pretendía al comportarse de aquella
intolerable manera, que si era su intención hacerle daño y dejarla preocupada y
triste durante semanas, que a ver si no se merecía ella al menos un poco de respeto,
con tanto como se había desvelado por su educación. Lidia, asustada, había
suplicado que la perdonase. A Doña Clara, porque así era preciso llamarla siempre
en el colegio, jamás tía.

No se trataba de que la perdonase, se trataba de saber por qué se había comportado


así y cuales eran sus intenciones. Lidia no lo sabía, no lograba entender por qué lo
había hecho. No sería, había sonreído Doña Clara, porque buscaba que ella volviese
a castigarle como cuando era una niña pequeña. Lidia se había puesto
repentinamente colorada, no sabía el por qué de su anómalo comportamiento y
volvía a pedirle perdón. Te perdono, había concedido Doña Clara, pero esto no puede
quedar sin el debido castigo, y como se ve que insistes en comportarte como una
niña pequeña tendré que tratarte como a tal. Ya podía ir levantándose las faldas y
tumbándose boca abajo sobre sus rodillas.

Ante esa orden Lidia había recuperado el temblor, y así se había tumbado sobre el
regazo de su tía, que le bajó las bragas hasta las rodillas y le puso la mano sobre el
culo. No era un azote, era una caricia y ella temblaba y temblaba. Mira tú que culito
más precioso tiene mi niña, el culito más bonito del mundo, había dicho Doña Clara,
y lo has traído para que lo trate como se merecen las niñas malas ¿verdad?. Ella
había contestado trémula que sí, y al instante recibió un tremendo azote, y luego
otros dos más. ¿Le dolían? Pues sí, Doña Clara no se andaba con remilgos a la hora
de azotar, pero de pronto le gustaba tanto, tanto, que su tía, tan querida, le
estuviese pegando en el culo... A ella, solo a ella la trataba así, solo ella tenía el
culito más bonito del mundo. A partir del quinto azote disminuyó considerablemente
la intensidad de las palmadas, con todo no había dejado de pegarle hasta darle
veinte o treinta azotes, había perdido la cuenta. Y la había perdido porque entre
tanto su felicidad era pareja a su excitación, y en algún momento había sentido algo
que se le escapaba de su sexo, algo que se le escapaba como si fuese a mearse y
que desde allí irradiaba un vértigo desconocido hacia todo su cuerpo, algo
absolutamente incontenible y maravilloso. Había sentido, me sonrió un tanto
turbada, el primer orgasmo de mi vida.

-¡Por Dios, por Dios! -me enfurecí- ¿pero tú te escuchas? ¿es que no ves lo que te
estaba haciendo? Si es de manual. Jugó contigo como le vino en gana, los cariñitos
de la tía y los castigos de Doña Clara, el abandono, el regreso de la atención, todo
para convertirte en eso que necesitan los sádicos, en una masoquista, en alguien
que goza mientras le hacen daño tanto como el sádico goza dañando. Es que no lo
ves ¿No has leído El Miedo a la Libertad?

-¿El miedo a qué? -preguntó desafiante- No, no lo he leído ni falta que me hace. Ya
lo sé, ya te he dicho que aunque tú pareces creer que soy subnormal no lo soy de
ningún modo. Entiendo perfectamente lo que hizo. Y me da lo mismo ¿Eso lo
entiendes tú, listillo? Tú -dijo con desprecio- que habías olvidado lo que ella te hizo
qué vas a entender. A ver si te crees que el placer es gratis, pues no lo es jamás. Y
me voy, no te cuento más, que ya me tienes harta con esa mirada de superioridad
que gastas, niñato de mierda, adiós.
Se levantó y se fue. Con la boca abierta me quedé ante esa furiosa salida, que en
ella había considerado imposible. A ello ayudaba que fuese una mujer en la frontera
de mi probada incompetencia con las chicas jóvenes y de mi natural encanto con las
mujeres maduras. Lo mejor era no abrir la boca jamás. A tomar por el saco, ¿que
era hosco y silencioso? Pues se iban a enterar, en adelante me iba a convertir en
sordo, en ciego y hasta en invisible, si señor. Así estaba rumiando mi inquina contra
las mujeres frente a la taza de café cuando unas manos me taparon los ojos y
escuché que ella me decía al oído.

-Bueno, no quiero irme enfadada, así que te perdono, que a fin de cuentas estás
enamorado de mí.

-¡Qué cojones! -me revolví apartando sus manos de mis ojos- quieres dejar de hacer
niñerías y comportarte como una mujer adulta. Además yo no estoy enamorado de
ti.

-Sí, sí -rió- y si no lo estás no te inquietes que ya lo estarás. Hala, adiós otra vez.

Me dio un rápido beso en los labios y se fue canturreando. Un beso en los labios
como ese no me lo había dado nadie jamás. Al final iba a tener razón y acabaría por
enamorarme, porque yo era un tío fácil, el tío más fácil de todo el universo, que vida
perra. Encendí el walkman con la cinta de los Dead Kennedys a todo volumen, fui a
por la moto y durante un par de horas me dediqué a dar vueltas con ella por toda
la ciudad. La moto era un amor tolerante; no contaba historias, no hacía preguntas,
no se asustaba ni se enfadaba. No quería saber nada de nadie, que me dejasen en
paz de una vez por todas las pervertidas y viciosas maestras y las locas sobrinas.

Sin embargo no engañaba a nadie, sí que quería saber. A la necesidad de vengarme


como fuese de la bruja se sumaba ahora el deseo de saber más de sus pervertidas
andanzas con su loca sobrina. Y por encima de todo estaba la carnívora excitación
que, quisiéralo o no, me provocaba su carnalidad demoníaca desde que había vuelto
a hacer su fulgurante aparición en el escenario de mi vida. De ahí que, tras horas
dando tumbos de una esquina de la ciudad a otra, como una fiera enjaulada, una
vez más me fuese hasta su casa a la caída de la tarde.

En esta ocasión no me entretuve en practicar el alpinismo en los muros y llamé


directamente a la puerta. Salió ella a abrirme, quién si no, vestida como si estuviese
a punto de ir a tomar un coctel en un bar de lujo, como si su vida doméstica fuese
una incesante sucesión de escenas de alguna sofisticada película antigua. Pensé en
abofetearla, pensé que eso sería lo adecuado para añadir el necesario toque de
glamuroso dramatismo al guión, tan bien puntuado, de su felina sonrisa.

--Vaya, Andrade, qué inesperada sorpresa -me recibió con lánguido sarcasmo-,
pasa, pasa. Mira, cariño, ha venido a verte tu novio.

Allí estaba Lidia, en el suelo como era su costumbre o su obediencia. Con todo esta
vez no llevaba una ajada camiseta sino una impoluta camisa blanca, una camisa de
hombre ligeramente translúcida que permitía apreciar la leve sombra de la curva de
sus pechos. Y tampoco llevaba unas bragas de algodón, sino algo de encaje negro
con liguero y medias. Y no iba descalza sino que cubrían sus pies unos zapatos que
parecían tener por función ideal la de abrirle a alguien un agujero en el estómago,
de tan afilados como eran. Y para componer la figura se adornaba el cuello con un
gracioso collar, un fino collar de cuero negro del que colgaba una correa.

-Pero qué mierda...-rugí- quítate eso, que no eres una perra.

Me distrajo de la intención de quitárselo yo mismo la suave risa de Doña Clara.

-Oh, realmente, Andrade, te falta el casco y la espada para ser igualito a un caballero
de Camelot. A Lanzarote, por ejemplo, que era purísimo hasta que decidió tirarse a
todas horas a la descocada de Ginebra.

-Como no te calles -me volví enseñando los dientes- te aplasto la cabeza con esto -
y saqué la porra.

-¡Uy, qué horror! ¿has visto, Lidia? Ahora ya no quiere callarme a hostias sino a
porrazos. Y fíjate, al final sí que lleva una espada, eso no lo esperaba de ti, Andrade,
estás lleno de sorpresas. ¿Y se llama Excalibur? ¿Ves lo bien que te eduqué? Pero
no sé a qué viene tanta violencia por tan poca cosa.

Sonrió pasando a mi lado y rozando con una de sus manos mi costado, del todo
indiferente al hecho de que yo pareciese una bomba a punto de estallar. Su mano
en mi costado, a la altura de la cadera, un roce, una caricia eléctrica, mientras se
dirigía al sofá y se sentaba al lado de su sobrina. No dejó de admirarme su sangre
fría, y aquella forma de moverse fascinante, como ver a un hipopótamo saltar de
rama en rama con la elegancia de un leopardo.

-A fin de cuentas -siguió recostándose en el sofá- nos hemos puesto guapas para ti
¿verdad cariño?

De eso, de que a Lidia la había puesto guapa, no cabía duda. No me gustaba la


correa por la sumisión que implicaba, no obstante el fino collar de perro le sentaba
bien, le sentaba punk y, en conjunto, no quedaba nada de la chica hippy, sustituida
ahora por un lujoso animal doméstico. Le había hecho algo en el pelo, estaba
maquillada y perfumada, los labios y las uñas radiantes de rojo sangre. Sí, muy
guapa, y supe al instante que prefería a la chica hippy. Aquel atrezzo era adecuado
para la bruja, en ella era tan natural como la propia piel, en Lidia tanto como un
uniforme de las SS en rabinos talmúdicos.

-Me gusta más sin disfraz.

-¿Ves? Ya te lo dije. Le dije que en el fondo eres un chico sensible y educado y que
le gustabas más al natural, pero como hierve de amor por ti, y te ve siempre tan
compuesto, quiso componerse también ella para gustarte más.

-Yo no hice eso -susurró Lidia.

-¿Ah no? Desde luego eres una pésima influencia, Andrade, porque desde que te
conoce esta niña no solo se me insubordina sino que me acusa de mentir. ¿A ti te
parece que yo sea una mentirosa? Claro que no, yo siempre digo la verdad. Pero
bueno, no has venido aquí para que te aburra hablándote de mis virtudes morales,
que son tantas que tendría para meses si me pusiese a contártelas. Y, por cierto, ¿A
qué has venido?

-A joderte, a eso he venido.

-Míralo que rudo él. No creas, ya entiendo que no dices eso de joderme por follarme,
sino por molestarme. Pero, cariño, si tú no me molestas nunca, si nada me ha hecho
tanta ilusión en años como volver a encontrarte, sobre todo después del regalito que
me dejaste.

-Ni se te ocurra volver a llamarme cariño -gruñí.

-Bueno, no te enfades ¿te molesta entonces que te llame querido? Vale, vale, nada
de cariño ni querido. Pero no nos vayamos por las ramas, que como te decía Lidia
quiso ponerse guapa para ti, a ver si te lanzabas hoy y te la follabas de una vez por
todas, que se muere de ganas. ¿Ves?

En ese momento pasó algo denso e inesperado, como una suerte de alucinación. Ya
he dicho que se había recostado a lo largo del sofá, su cabeza cerca de la de su
sobrina, y así vi como su mano se introducía por el escote de la camisa de Lidia,
alcanzaba una de sus tetas y la aplastaba sin la menor consideración. Y como, ante
ese brusco contacto, Lidia gemía.

-¿Qué haces? -me sobresalté.

-¿Pues qué voy a hacer? -me sonrió- Le toco la teta a Lidia, que le encanta que se
las toquen, y como tú no lo haces y la tienes tan caliente no me queda otro remedio
que hacerlo yo, para que no sufra la pobre. Porque eres malo, Andrade, con lo
bonitas que las tiene y no venir a sobárselas. Claro que a ti te gustan grandes, que
eso lo se yo, muy grandes en realidad, como las mías. ¿A que se te pone dura en
cuanto me ves?

Pues sí, y cómo la detestaba por eso, por empalmarme con solo verla, con solo
pensar en ella, pese a lo mucho que la odiaba.

-Vete a la mierda, puta.

-Pero que chico tan educado -se rió- y qué piropos me dice, me voy a ruborizar. Si
que te empalmas, sí, como aquella vez que habías olvidado, ¿Y has venido para eso?
¿Para que lo repitamos? ¿A que te gustaría?

-Por favor, no le tortures, Clara.

-¿Pero qué es esto? Esto ya más que insubordinación es pura y total rebeldía, ahora
ya no tenemos tan solo a un Lanzarote sino a una Juana de Arco revolucionaria.
Pues ya te estás quitando ahora mismo esa camisa, sans culotte, que todavía no ha
llegado la hora de que le corten la cabeza a María Antonieta.
-No lo hagas -le dije- no le obedezcas.

-¿Y cómo no lo va a hacer? Si lo está deseando, no entiendes que nada le apetece


tanto como enseñarte sus bonitas tetas. Y, por cierto, ya que también tú eres un
sans culotte deberías hacer honor a tu condición y quitarte hasta los calzoncillos.

Iba a soltar un exabrupto cuando Lidia se levantó, se quitó la camisa y se quedó con
las tetas al aire. Sí que era esplendorosa y un poco me ruboricé. Pero no me duró
nada el rubor porque, tan pronto como la tuvo desnuda, su tía le obligó a inclinarse
sobre ella y se metió un pezón en la boca.

-Mmmm -ronronearon a dúo, y luego dijo Doña Clara- están muy ricas ¿por qué no
vienes a probar, querido? Uy, perdón, Andrade.

-Porque no me sale de los cojones -logré decir aunque me flaqueaba la


determinación en tanto se endurecía la excitación.

-Ah, no, claro, me olvidaba de que las tetas que te gustan de verdad son las mías.
Pues a ver que te las enseñe un poquito.

Me incorporé como un resorte cuando vi que ella, con gesto rápido y gatuno, se
levantaba y en tanto lo hacía se quitaba el negro y ceñidísimo jersey de cuello alto
que llevaba puesto. Se quedó con la falda también negra y ceñida, cubierto el torso
con un body atormentado de flores y nieve. Una catedral de tela exquisitamente
diseñada para contener todo el maníaco exceso de su carne con una barroca filigrana
de arbotantes y cúpulas; una armadura, esa sí, de seda y encaje que enmarcaba y
dirigía descomunales obuses directamente hacia mi linea de flotación. Ahí si que me
puse rojo.

-Mira, mamá -sonrió Lidia- se ha puesto colorado y se le ve el bulto en el pantalón.

-¿Mamá? -logré articular.

-Bueno, sí, ya te dije que era muchas cosas.

-Me voy, estoy hasta los cojones de tanta gilipollez. Qué te creías, zorra de mierda
-le escupí a Doña Clara- ¿que iba a saltar a chuparte el chumino porque me la pones
dura? Antes te meto la porra hasta el esófago. Y tú -me dirigí a Lidia-, tú, tú…

Pero no dije más, di la vuelta y salí a toda prisa de allí.

5.

Aunque no estaba dispuesto a ser una marioneta de la bruja, por mucho placer con
el que estuviese dispuesta a pagar esa transacción, me costó salir de allí, tuve que
poner todo mi odio en movimiento para dar ese paso. Sin embargo en cuanto llegué
a casa y me encerré en mi cuarto me puse a hacerme pajas. Eso era raro, digo el
plural, no las pajas. Por lo común me entretenía con ese despreocupado pasatiempo
un par de veces al día, un rápido y fácil crucigrama por la mañana, y una muy lenta
y compleja novela por la noche. En ocasiones eran más, pero siempre espaciadas
porque, tan pronto me corría, tenía cosas más urgentes en las que perder el tiempo.
Esa noche, en cambio, lo hice cinco veces en poco más de una hora, record absoluto
hasta entonces y desde entonces, y en ninguna de ellas pensaba en la hermosa Lidia
sino en su hipervitaminada tía, profesora, mamá o lo que fuese aquel orondo
demonio. Al final llegó a ser doloroso y lo dejé, no tanto porque hubiese logrado
controlar la excitación como porque bajo ningún concepto quería rendirle mi dolor a
la bruja.

Por la mañana también me costó lo suyo no ir a buscar a Lidia. Me costó tanto que,
aunque a deshoras, decidí pasarme por la calle en la que aparcaba. Y allí estaba,
muy formal dentro de su coche.

-¿Pero tú no trabajas? -pregunté arisco golpeando la ventanilla.

-¿Qué? Hola -dijo ella con una gran sonrisa mientras salía.

-Que si no trabajas, ¿qué haces aquí perdiendo el tiempo? ¿no te da vergüenza?

-Pues no, no trabajo, vengo aquí a estudiar. ¿Y tú no tendrías que estar en el


instituto?

-Estoy de vacaciones. Perpetuas. ¿Y qué estudias? -me interesé suspicaz- porque


no tienes edad para ir al instituto, y por aquí no hay ninguna facultad.

-Árabe.

-¿Árabe? ¿Quieres decir el idioma? -y pensé que era tan descabellado como si me
hubiese dicho que iba por allí a estudiar… Árabe.

-Eso es.

-No inglés, o francés, o incluso alemán, o hasta ruso. Árabe ¿No habrás tomado un
tripi?

-Ah no, es que eso ya lo hablo.

-¿Cómo que hablas? No te creo, a ver, dime algo en inglés.

Me soltó una larga y teatral parrafada de la que algo logré pillar, porque como no
me conformaba con escuchar grupos anglosajones sin saber nada de lo que decían
me había empeñado en traducir mal que bien las canciones.

-¿Y eso qué es?

-Son las tres primeras intervenciones de Julieta, en el acto segundo, escena


segunda, de Romeo y Julieta ¿no lo has leído?
-Sí, sí -contesté de lo más molesto con tanto don de lenguas y tanta erudición- ¿y
los otros, también hablas los otros?

-Bueno, el inglés y el francés los domino, en alemán y ruso me defiendo.

-Me dejas estupefacto.

-Ya, porque soy tonta ¿No? -sonrió maligna.

-No, es solo qué… no me lo esperaba.

-Ya, ya -se rió- En fin, ¿Y no te ha gustado que te recite el parlamento de Julieta?


mi Romeo.

-Basta ya, deja eso.

-Lo dejaré cuando se te pase, y ahora ¿por qué no me invitas a tomar un café?

Me cogió del brazo y así me arrastró cien metros, muy pegadita a mí, hasta una
cafetería. Nadie, jamás, me había tomado del brazo de ese modo y dudo mucho que
se lo hubiese permitido a cualquier otra persona. Estaba empeñada en hacerse con
la primicia de todas mis emociones.

-Suelta -dije, ya agobiado, al entrar en la cafetería.

-Desde luego, con lo enamorado que estás, tienes muy poco de Romeo.

-¿Pero quieres dejarlo? Ni yo estoy enamorado ni lo estás tú, así que hazme el favor
de dejarte de jueguecitos.

-¿Y qué sabrás tú? Aun te concedo que digas eso de ti porque eres muy niño y
todavía no te has dado cuenta, pero no te consiento que me digas a mí si estoy o
dejo de estar enamorada -me amonestó muy digna, y muy risueña.

-Enamorada estarás, si tú lo dices, pero desde luego no de mí.

-Si que lo estoy.

-No digas chorradas, es imposible que estés enamorada de mí, las chicas de 21 años
no se enamoran de críos de 16.

-Yo sí, fue amor a primera vista -sonrió-, en cuanto te vi venir el primer día, y luego
cuando me contabas aquellas cosas de Clara tan convencido, y cuando le dijiste que
la ibas a hacer callar a hostias, como tienes esa pinta tan estrafalaria…

-¿Estrafalario yo? -me reboté picado en mi aliño indumentario- Dirás elegante, cool
y moderno, no como tú, que tienes pinta de, qué se yo, gitana húngara del neolítico
o algo así.
-Lo que digas, pero te gusto y me gustas.

-Bueno, vale -decidí con un brillo de chacal en los ojos- pues ya que te gusto tanto
podíamos ir a algún sitio a echar un polvo.

-Sí, sí -se rió- me encantaría, pero eso no puede ser, o mejor dicho, puede ser pero
solo delante de mamá.

-Estás loca, lo estás de remate si crees que voy a hacer eso, y además qué coño es
eso de mamá ¿no era tu tía?

-Sí, era, si quieres te cuento la historia, que ayer no me dejaste acabarla.

-Haz lo que quieres -contesté con mucha indiferencia, aunque me quemaba la


curiosidad.

Había dejado su historia -suspiró- en aquella primera ocasión que tuvo un orgasmo
mientras su tía le azotaba en el culo. Después de aquel brusco tratamiento Doña
Clara, sin permitir que cambiase de postura, había cogido un frasco de crema que
guardaba en un cajón del escritorio y, mientras ella aun temblaba, desconcertada
por la reciente y primeriza avalancha de sensaciones, le había extendido la crema
refrescante por su nalgas ardientes. No había tardado en apreciar que esa forma de
untar su piel tenía muy poco que ver con la simple aplicación del ungüento. Doña
Clara aplastaba sus nalgas una y otra vez, las acariciaba mientras no dejaba de
repetir que tenía “el culito más precioso del mundo” y, sin llegar nunca a ahondar
más de lo debido, conducía de vez en cuando sus dedos por los bordes del ano y los
labios mayores. Ella, Lidia, había vuelto a sentir que algo llegaba incontenible, y
había sentido miedo, había creído que se iba a mear sobre las piernas y la falda de
su tía, y que ella se pondría furiosa. Y se lo había dicho alarmada, que tenía que ir
rápido a hacer pis porque se le estaba saliendo.

Su tía se había reído y, dulcemente, le había aconsejado que no se preocupase, que


no se mearía y, en el caso de que eso ocurriese, que tampoco se inquietase y lo
dejase ir sin resistirse. No se había meado, tan solo había sentido su segundo
orgasmo. Después de eso, como si supiese qué había sucedido aunque sin
mencionarlo, Doña Clara le había subido las bragas y, con cierta urgencia, le había
pedido que se fuese y que procurase, en adelante, comportarse bien.

-Es repugnante, habría que encarcelarla -dije.

-Hazme el favor de ahorrarme tus juicios, ya sé lo que es. Y no me interrumpas.

Durante un par de semanas se comportó bien, pero nunca dejaba de recordar las
extraordinarias sensaciones que se habían apoderado de ella mientras su tía le
castigaba. Deseaba por encima de cualquier otra cosa que ella volviese a azotarle,
sin embargo no menos que su castigo necesitaba complacerla, y por nada del mundo
quería volver a causarle un disgusto con su mal comportamiento. Por otra parte las
vacaciones se echaban encima y tras ellas su tía dejaría de ser su maestra para
siempre. En esas circunstancias decidió presentarse uno de los últimos días del curso
en el despacho de Doña Clara.

Qué quería, le había preguntado sin contemplaciones. Lidia dudó, pero al fin, muy
colorada, confesó que se había portado mal. ¿y en qué consistía ese mal
comportamiento?. Pues que había sido mala y, se le ocurrió en el último instante,
que había pegado a una niña. No te creo, le había contestado seca Doña Clara, no
creo de ningún modo que tú le hayas pegado a nadie. Lidia no sabía qué hacer,
estaba desesperada, cuando su tía continuó. No la creía, pero sin duda era portarse
muy mal venir a su despacho a contarle embustes, y naturalmente eso merecía un
castigo en consonancia con la gravedad del caso. Sin embargo, dijo, ese tipo de
castigos ya no podía seguir aplicándolos allí, en su despacho, porque no eran asunto
del colegio sino faltas, por grave que fuesen, que se cometían fuera del horario
lectivo y, en consecuencia, ahí tendrían que recibir su merecido. Y como fuese que
sus casas quedaban a menos de medio kilómetro una de la otra, haría bien Lidia en
pasarse por allí esa misma tarde.

Apenas pudo comer de la emoción y el miedo. Y cuando al fin se plantó frente a la


puerta del piso de su tía el vértigo le hacía flaquear las piernas. Al abrirse la puerta
ella había saludado “hola tía”, pero le habían dicho con rigor que nada de tía, que
no venía a hacerle una visita a su tía, que venía porque había sido mala y para que
le castigase Doña Clara, y que se cuidase mucho de llamarle de otra manera en tales
ocasiones. Los azotes aun habían sido más extraordinarios que la primera vez,
porque Doña Clara, que siempre daba los cinco primeros sin contenerse lo más
mínimo, continuaba los siguientes sin tanta severidad, y si en la primera ocasión le
había dado veinte o treinta, en esta no le propinó menos de cincuenta, y entre tanto
ella se había corrido dos veces. Y aun volvió a correrse una tercera cuando le aplicó
el ungüento.

Entonces llegaron las vacaciones de verano, y luego, entre una cosa y otra, comenzó
el nuevo curso en un colegio distinto, como eran muy distintos los métodos de
enseñanza. No tardó en comprobar que la muy estricta disciplina que le había
impuesto Doña Clara en sus clases daba frutos suntuosos entre aquellos relajados
profesores, uno distinto para cada materia pero, el peor de ellos, un ángel distraído
en comparación con su antigua maestra. Nunca bajaba del sobresaliente, y eso sin
esforzarse, lo que le granjeó la admiración del profesorado y, como era siempre muy
amable con todos, también el cariño del alumnado. Se encontraba a gusto allí, muy
a gusto.

Pasaron los meses y después pasaron los años. Naturalmente veía a su tía con cierta
frecuencia. A su tía, a su hermosa, majestuosa y cariñosa tía, pero ya nunca a Doña
Clara. No se olvidó de los azotes y de lo que había sentido al recibirlos, con todo,
entre tanto, había tenido su primera regla, le salían los pechos, los chicos se
interesaban por ella. Y había aprendido a masturbarse sin la ayuda de violentos
azotes. De esto último, sin embargo, nunca hablaba con nadie. En todo era, por lo
común, tímida, y desde luego muy pudorosa.

Así llegó a su fin la enseñanza primaria y comenzó el instituto. Aunque Doña Clara
quedase ya muy lejos la disciplina que le había impuesto en los estudios no se había
disipado, y tampoco allí bajaba nunca del sobresaliente. El país estaba cambiando,
no tardaría en morir el dictador. Conoció a chicos muy comprometidos y a otros que
lo eran menos pero que parecían disfrutar más. Se llevaba bien con todos, no tocaba
a ninguno.

De pronto tenía quince años. Y de pronto estaba harta de ser buena. Era buena para
los profesores y también para los revolucionarios. Buena para los vivalavirgen y
buena para los seré Capitán General. No era nada, era tan solo un hueco vacío que
cualquiera podía rellenar con sus propias expectativas y deseos. Un día recordó a
Doña Clara y supo que la echaba mucho de menos. Todos querían llenarla de sí
mismos, pero solo Doña Clara había sabido vaciarla. Y, entonces, solo Doña Clara
había sabido llenarla de sí misma, llenarla de Lidia. Eso pensaba cuando una noche,
mientras se hacía una paja, se pegó un azote en la nalga. A partir de ese momento
no dejaba de recordar los castigos a los que la había sometido su tía, no, no su tía,
Doña Clara, y se propinaba grandes tundas al tiempo que se masturbaba.

Nunca era suficiente, necesitaba con urgencia que Doña Clara volviese a imponerle
su rigurosa disciplina. Sin embargo no se atrevía a ir junto a su tía para solicitar que
hiciese a aparecer a la antigua maestra. ¿Sabía su tía que ella se había corrido
cuando aun era una niña, mientras la azotaba? Estaba segura de que lo sabía, tenía
fundadas sospechas, incluso, de que su tía lo había provocado a posta, aunque
tampoco era algo que se hubiese hablado, ni entonces ni nunca ¿Y si estaba
confundida? ¿Cómo podía ir, a su edad, ya casi una mujer, a hacer esa grotesca
petición?

No obstante un día se armó de valor y se presentó en el piso de su tía. No era


habitual que fuese a visitarle pero tampoco extraordinario, así que, en un primer
momento, la había hecho pasar con su habitual afecto. Lidia estaba muy nerviosa,
se sentía asustada y cohibida. ¿Qué pasa? Le preguntó su tía al notarlo. Con un
susurro apenas audible había logrado pronunciar que había sido mala. Su tía se
había quedado quieta y tensa, la mirada clavada en sus ojos, y tras interminables
segundos en silencio le había preguntado en qué había sido mala. Lidia no sabía qué
decir, no había nada que contar sobre su maldad, hasta que se le ocurrió confesar
que se acariciaba ahí, que se acariciaba mucho. De modo, replicó Doña Clara, que
era una cochina. Sí, lo era. Eso, sin duda, estaba muy mal, no podía dejarse un
comportamiento tan anómalo sin recibir el necesario correctivo, y puesto que ella
había sido su maestra y velado por su buena educación no le iba a quedar otro
remedio que aplicárselo, porque a eso había venido ¿no era cierto?. Sí, había
murmurado Lidia, rojísima y con la cabeza gacha. En tal caso ya sabía qué le
esperaba a continuación, había dicho Doña Clara sentándose erguida en el sofá.

Lidia, temblando, se había levantado las faldas, dispuesta a ocupar el puesto que le
correspondía sobre las rodillas de Doña Clara. Sin embargo le había ordenado esta
que se detuviese, que una falta tan grave como eran la cochinadas a las que se
entregaba sin freno no era posible castigarlas tal como estaba vestida, y que ya
podía ir desnudándose. Pensó que debía estar en un turbio cielo, porque su pudor
le había impedido enseñar su desnudez a nadie, y ahora Doña Clara le obligaba a
desnudarse. Su vergüenza solo era pareja a su excitación cuando se despojó de la
primera capa del vestuario y se quedó en bragas y sostén. Ven aquí, exigió Doña
Clara, y cuando estuvo frente a ella le bajó las bragas de un solo gesto. A
continuación le había obligado a tumbarse boca abajo sobre sus rodillas, y tan pronto
estuvo así posó su mano sobre su culo. Sigue siendo, había dicho, el culito más
precioso del mundo, y sin más le había propinado un descomunal azote que le hizo
gritar de dolor.

A ese primero siguieron otros cuatro, y aunque no había llegado a correrse sentía
su coño encharcado. Había esperado entonces que Doña Clara menguase la violencia
de sus golpes, tal como cuando era pequeña, pero el siguiente azote no fue de menor
envergadura que los anteriores. Ay, Doña Clara, había gemido Lidia presa del mayor
placer, y al fin se había corrido al séptimo azote con gran profusión de jadeos y
gemidos. Un orgasmo como ese no lo había sentido jamás a solas. Doña Clara se
detuvo y anunció que así le gustaba, que redimiese sus faltas con tantísimos
gemidos como había dado. Le aseguró, además, que estaba muy contenta de que
Lidia hubiese tomado esa determinación porque ella, Doña Clara, siempre estaría no
solo dispuesta sino feliz de corregir su mal comportamiento con tantos azotes como
necesitase su preciosa niña, y le preguntó si ya era suficiente o precisaba seguir
siendo castigada. Sí, había sido muy mala y era necesario que continuase recibiendo
su merecido.

A partir de entonces Doña Clara le había propinado una infinidad de azotes, aunque
ya de magnitud considerablemente inferior, todo lo cual no impedía que Lidia
disfrutase como no lo había hecho nunca. Daba por cierto que su tía era consciente
de que el castigo, mucho más que dolor, le proporcionaba un inmenso placer, sin
embargo no llegaba a estar del todo segura porque su tía se cuidaba mucho de
mencionar el asunto con claridad. Por fin había detenido la azotaina con la excusa
de que tenía el culo tan enrojecido que si continuaba no podría sentarse en días. A
continuación había ido a buscar una crema con la que aliviar sus nalgas ardientes,
y con tanto masaje su excitación había vuelto a dispararse. Los dedos de su Doña
Clara se internaban entre ambas nalgas y se posaban sobre los labios mayores sin
el menor disimulo, y estaba en esas cuando le advirtió de que, siendo tan cochina
como evidentemente era, le iba a meter un supositorio para ver si así lograba
detener la enfermedad. Se había reido Doña Clara con su ocurrencia del supositorio,
aunque Lidia no tuvo nada claro a qué se refería hasta que sintió un dedo
presionando en su ano.

Lidia no entendía cual era el propósito de la maniobra, de esas cosas no había oído
hablar jamás, nunca se le había ocurrido que alguien pudiese desear meter nada en
ese pozo de mierda, mucho menos que ella pudiese aceptarlo. Se asustó pero no se
atrevió a decir una palabra hasta que Doña Clara aumentó la presión y, lubricado
por la crema, sintió como el dedo penetraba en su ano. ¡Ay! Había gritado, no por
el dolor, porque no le dolía, sino por la impresión. Sin prestar atención a su grito el
dedo se había hundido hasta el nudillo, se había detenido allí y había llevado a cabo
movimientos circulares en su interior. ¡Oh! Gimió al sentirlos, no tanto por el placer
como por el asombro. Con un tono de voz alterado Doña Clara, que ahora usaba su
dedo como un pistón en su culo, le había preguntado si servía el tratamiento para
aliviarle de las cochinadas. Completamente desbaratada por las intensas
sensaciones había jadeado que sí, tía. ¿Y así mejor?, le había preguntado Doña
Clara, sin recriminarle por el “tía” al tiempo que un segundo dedo se hundía en su
vagina y su orgasmo estallaba mayestático.

6.
-Basta, qué cojones, -logré interrumpir su hipnótico relato- deja de contarme cuanto
gozabas y cómo lo hacías con la enferma de Doña Clara. Me doy por más que
enterado, no quiero que sigas y, además, no entiendo por qué coño me cuentas todo
esto, acabas de conocerme.

-Te has puesto rojo -sonrió- Por eso te lo cuento, Te lo cuento porque me escuchas,
y porque digas lo que digas te gusta que te lo cuente, y te lo cuento porque estamos
enamorados.

-¿Pero quieres dejar de decir eso? -me revolví incómodo- No estamos enamorados.

-Sí, que lo sé yo -dijo, de nuevo como una niña pequeña- y además seguro que la
tienes dura.

-No te jode, pues claro que la tengo dura, a ver qué te crees, si me cuentas esas
historias morbosas no esperarás que me de un ataque de misticismo.

-¿Ah sí? ¿la tienes dura? -se le iluminó la cara- A ver, déjame ver si es verdad.

-¡Quita, joder! -jadeé cuando sin pedir otro permiso puso su mano sobre el paquete-
¿Estás loca? ¿no ves que estamos rodeados de gente?

-Uy, qué discreto y educado -se rió-, con esa pinta y con la boca tan sucia que
tienes, que no paras de decir tacos, no pensaba que fueses tan modosito.

-¿Modosito yo? -me molesté ante esa afrenta a mi elaborada antimodosidad- Sí que
soy discreto en ciertas cosas, y mucho, porque no puedo permitirme que se me
arruine el negocio por culpa de un escándalo público tan infantil.

-¿Qué negocio?

-¿Qué más da? -me hice el misterioso- El negocio.

-Vale -me sonrió cómplice- ya me imagino ese negocio inmobiliario que llevas entre
manos, pero no seas tonto, si aquí no nos ve nadie, y te tapa la mesa. Deja, deja
que te toque un poquito.

-¿Y si nos vamos con tu coche a otro sitio?

-No, aquí -contestó muy decidida al tiempo que metía la mano, bajaba la cremallera
y hurgaba por allí hasta lograr hacerse con mi polla.

-¿Pero -gemí- no te lo tiene eso prohibido Doña Clara, no era que solo podías hacerlo
delante suya?

-No, mi amor -suspiró-, follar sí, pero esto podemos hacerlo sin permiso. ¡Ay, que
gorda y que dura la tienes!

-¡Dios, Dios! Para, para que no estoy acostumbrado y me voy a correr.


-¿Sí? Pues córrete a gusto.

Entonces, ya en el colmo del delirio, observé cómo ella bajaba la cabeza hacia mis
piernas y se metía el nabo en la boca, cosa que, naturalmente, me hizo eyacular sin
más tardanza.

-Estás como una cabra -susurré mirando a todas partes mientras ella volvía a
erguirse y yo me apresuraba a esconder el aparato..

-Es que no podía dejar que te corrieses al aire, que luego te iba a quedar la mancha.

-¿La mancha? Qué limpia.

-¿Verdad? Todo a mi boquita, que ahí no mancha y está rica.

-Mira que eres guarra.

-¿Pero no era tan limpia? Además te ha encantado, seguro que es la primera vez
que te la chupan.

-Buenoooo... -alcé los ojos al infinito con una sonrisa soñadora, como recordando
los batallones de chicas que no tenían mejor ocupación que mamármela día y noche.

-Sí, sí -se echó a reír a carcajadas- La primera mamada, y no me extrañaría que


también la primera paja. Me hace mucha ilusión ser la primera.

No dije nada, la vi y algo pasaba allá por el corazón, algo que no quería que pasase.
La primera en darme un beso, la primera en tomarme del brazo. Qué guarra era,
qué enferma estaba, qué loca, qué lista. Y, sobre todo, qué adorable, qué eterna
adoración husmeaba allá al fondo el animal salvaje.

-Con tanto detalle sobre los azotes y lo mucho que te gustaba -me repuse- no me
has dicho como es eso de que tu tía sea también tu mamá.

-Ah, sí, eso -frunció los labios y la niebla cubrió sus ojos- eso fue terrible para mí.
¿Por qué no vamos a dar un paseo?

Saltaba de un lugar a otro sin control. Era terrible ahora, daba la impresión de que
se iba a poner a llorar, y al momento íbamos a dar un paseo, tralarí tralará.
Arruinada su mente por el demonio de su tía-madre.

Me llevó hasta el paseo marítimo y mientras caminábamos me cogió de la mano,


que cosa más absurda. Miré a izquierda y derecha de soslayo, a ver si aparecía por
allí algún cliente o amigo y me sorprendía paseándome de la manita con una hippy
de 21 años, a ver si algún alma caritativa detenía la sangría que esa mujer enferma
estaba cometiendo con el animal salvaje. ¿Es que no se daba cuenta? ¿Cómo podía
ser tan perversa? Cogerme de la mano.
Recobró el hilo de su relato con otra de aquellas sesiones de disciplina inglesa que
tanto le entusiasmaban.

-Para -ordené- no quiero saberlo, lo que quiero que me cuentes es cómo tu tía es
también tu madre, que me lo imagino, no creas, pero quiero que me lo confirmes.
Lo otro no.

-Pero si te gusta, Pablo, si te la pone dura -dijo llamándome por primera vez por mi
nombre.

-Me importa un huevo si me la pone dura. No quiero que me lo cuentes, y menos


aquí, a la vista de todo dios.

-¿Cuando estemos solos, entonces? Porque necesito contártelo todo.

-¿Pero por qué? -me desesperé- Mira que yo no te voy a azotar, eso ni lo sueñes,
jamás.

-Claro que no, mi amor -me susurró al oído echándome los brazos al cuello y
abrazándome muy fuerte- si no es por eso, qué tonto. Es porque te quiero.

-Basta, me cago en dios, quita -la separé brusco de mí lado- no hagas eso, no digas
mi amor, no digas que me quieres, no me des abrazos, no me cojas de la mano.

No era una orden, era una súplica. Me estaba matando, era mucho peor que su tía.
Con Doña Clara sabía a qué atenerme, a esa no me hubiese costado nada azotarla
incluso con un látigo de siete colas. Pensé entonces si era eso, si la bruja no habría
lanzado a su sobrina contra mí, como si Lidia fuese su látigo, para despellejarme.
Tenía que ser eso, seguro que era eso.

-¡Jesús! -se quejó- mira que eres difícil.

-No soy difícil -murmuré cabizbajo- soy fácil, por eso quiero que pares.

-¿Porque estás enamorado de mí?

-¿Te ha ordenado tu tía que hagas eso?

-¿Eso crees de mí? Clara ordena muchas cosas -dijo digna- pero te aseguro que no
ordena mi amor.

-Bueno, vale, vamos a dejarlo por el momento ¿No puedes hacerme ese favor? Ya
que me quieres tanto.

-Si que puedo -sonrió, aunque volvió a cogerme de la mano-, que tampoco tengo
prisa y ya se te pasará ese miedo que me tienes.

-¿Miedo yo? -me reboté- yo no le tengo miedo a nada.


-A mi sí.

-Sí, sí -declaré con fingido fastidio- a ti te tengo pánico. Anda, se buena y cuéntame
de tu mamá.

Tenía 16 años, durante meses había ido a visitar a su tía para someterse a aquellas
encantadoras sesiones. Se sentía muy feliz y complacida. Y así hasta que una tarde
se encontró a sus padres esperándola solemnes, y pensó que algo grave había
ocurrido. Y sí, algo grave había ocurrido, pero no entonces sino 16, 17 años antes.
No habían podido contárselo hasta ahora, no querían arruinarle la infancia, pero
había llegado el momento, no era posible posponerlo más. Ellos la querían, la
adoraban, era su hija, pero, tenía que saberlo, no era exactamente su hija, no su
hija biológica, sino su hija adoptiva.

Lidia escuchaba sin entender bien qué estaban diciendo. ¿Se habrían vuelto locos
de repente? ¿O se habría vuelto ella? Pero aun había más, porque su madre, su
verdadera madre, no era una desconocida. Tenía que entenderlo, su madre no era
entonces mayor de lo que Lidia era ahora, y, en fin, se había quedado embarazada,
sin padre conocido, era un escándalo, no tenía, tampoco, edad para criar a una niña
ella sola. Por otra parte ellos llevaban ya dos años intentando tener hijos y no,
parecía la solución ideal, era la solución ideal y así se hizo.

El mundo se deshizo en un instante, toda la solidez de las cosas se esfumó. Más


tarde le contaron que se había desmayado, pero ni las cosas ni el mundo recobraron
su prestancia. Una pátina de polvo denso lo cubría todo, se encerró en casa, en su
cuarto, dijo que no volvería a salir de allí, que abandonaba los estúpidos estudios y
la estúpida vida. Dijo que no volvería a hablar, y aun menos a escuchar. Y durante
un año, pese a todos los esfuerzos de sus padres, así lo hizo. Excepto dos días más
tarde de la disolución de las certezas, cuando vino aquella señora, su tía, ¿su
madre?, qué más daba, una señora horripilante que vino y trató de convencerla de
que abandonara su postración. Primero con afecto y, visto que no obtenía
resultados, con órdenes tajantes. Entonces la miró con asco infinito, y con voz muy
queda le dijo que saliese de allí, que no volviese jamás, que sí volvía a aparecer
tuviese por seguro que le clavaría un cuchillo en el corazón.

-¿Hiciste eso? -me sorprendí- ¿amenazaste con matarla?

-No era una amenaza, era una promesa, y la habría cumplido, yo siempre cumplo
mis promesas ¿no me crees?

-Sí, claro -contesté muy convencido.

-Eso es porque me quieres -replicó pizpireta.

-Por favor -me quejé- ¿no puedes hablar en serio un rato? En fin, y qué pasó, porque
ahora estáis juntas.

-Lo que pasó es que cambiaron las cosas -se mordió el labio inferior- Lo que pasó
es que al año de enterarme de dónde venía, de errores y mentiras, un golpe aun
más fuerte que el primero volvió a poner el mundo en su sitio. Un sitio distinto, pero
no una nube sin consistencia.

Durante algunos días había guardado rencor a sus padres, pero no tardó en
perdonarles, no, en comprenderlos, a fin de cuentas no tenía nada que perdonarles,
ellos no la habían abandonado sino acogido. A quien no perdonó fue a su imprevista
mamá. Ahora se presentaban claros tantos cariños y afectos en la infancia. Hasta
podía aceptar que la hubiese abandonado, lo que no aceptaba ni perdonaba era todo
lo demás. La perpetua humillación en el colegio ¿cómo había podido siendo su
madre?. La sórdida relación sexual en la que la había embarcado ya de niña, a la
que se había entregado con supremo placer en los últimos meses. Eso era lo
imperdonable, saber que su perversión era hija de la perversión. Decidió no volver
a masturbarse jamás, abrazó la castidad como a una madre omnipotente e
incorpórea. También fue por entonces cuando se puso a estudiar idiomas. No había
más que mentiras en las palabras, era bueno conocerlas todas para que nadie
volviese a engañarla.

Entonces, poco después de que se hubiese cumplido el año desde la revelación, se


mataron sus padres y su abuela en un accidente de coche. Los tres a un tiempo,
para que no cupiese duda de la densa y bestial materia de la que estaba compuesto
el universo. Sobrevivió al accidente su abuelo, que era quien conducía, aunque
estuvo en coma seis meses, perdió media pierna y, al despertar, hubiese querido
perder la vida.

Nunca se sabe qué decir ante esas cosas.

-Dios mío -lamenté apabullado al tiempo que le apretaba la mano y, sin poder
contenerme, le acariciaba la cara con la otra- pobre, no sabes cuanto lo siento.

-Sí. Pero bueno, fue hace mucho -sonrió e hizo un gesto para espantar demonios- y
ahora no me voy a poner triste. Ahora que has aparecido tú no. ¿Ves como me
quieres? Me has acariciado la cara.

-¿No puedes parar con eso? Joder, no soy un animal, si me cuentas algo así pues
claro que me conmueves, pero me conmovería cualquiera.

-Ya, pero seguro que no a cualquiera le acariciabas en la cara.

-Bueno, vale, lo que tú digas. ¿Y entonces volviste a encontrarte con tu tía?

-Claro, en el entierro y el funeral estaba ahí, no quedaba nadie de la familia excepto


ella, y el abuelo, que pensábamos se iba a morir de un día a otro.

Ya no podía clavarle un cuchillo en el corazón, el mundo había vuelto a girar, las


cosas se habían ordenado de un modo implacable pero cierto, no hay mentira en la
muerte. La muerte era toda la verdad que nos era dado conocer. La Muerte, añadió,
y El Amor. Del matrimonio entre la muerte y el amor venían los hijos tontos de El
Deseo y El Placer. El Deseo era idiota, un hijo tonto, y precisamente por eso lo
queríamos más. Un hijo caprichoso que exigía una constante atención. Eso decía
seria, y yo escuchaba perplejo su caótica filosofía.

Se habían ido a vivir juntas a la casa de los abuelos, la casa en la que vivían ahora.
Durante un par de meses la relación había sido tensa, o más bien helada, no por
decisión de su tía, que ya sólo mostraba su lado afectuoso y una y otra vez le rogaba
que le perdonase. Lidia ya no tenía nada que perdonar, le parecía el perdón de una
arrogancia intolerable, el perdón era como el infinito, algo fuera de la escala
humana. Había algo esencialmente maligno en el acto de perdonar, tanto como lo
había en el acto de culpar. Esas eran cosas del todo inalcanzables para una
inteligencia limitada como la suya. Era preferible no olvidar la muerte, esperar el
amor sin esperanza, y atender al placer donde estuviese y cuando nos reclamase.

Quiero, le dijo una mañana mientras la veía desayunar, que vuelva Doña Clara,
mamá. Fue la primera vez que le llamó mamá.

La bruja había intentado resistirse un poco, como si su recién adquirida condición


de madre fuese inadecuada para la personalidad Doña Clara. Sin embargo no estaba
en su naturaleza resistirse a su carácter; le gustaba ordenar, le gustaba pegar, no
podía evitarlo. Y le gustaba, sobre todas las cosas, el placer, recibirlo desde luego,
pero también causarlo. Esa misma mañana le propino la primera tunda conscientes
ambas de cual era la intención de la otra, conscientes del placer que cada una
lograba de la otra.

-No sigas -le advertí- ya me lo has contado y no necesito una repetición de la jugada.

-Es que fue distinto, deja que te lo cuente, y además te gusta, te la pone dura.

-Que no, además yo tendría que ir a casa a comer.

-Ah no, de eso nada, ahora que te tengo a mi lado no te voy a dejar escapar tan
fácilmente. Llama y di que te ha surgido un compromiso. Yo te invito a comer.

Cedí, por supuesto, entre otras cosas porque que una mujer de 21 años me invitase
a comer me pareció un gran hallazgo social, un lujo versallesco. Lo hice con la
condición de que se abstuviese de contarme las batallas sexuales que había
mantenido con Doña Clara. Aceptó aunque se apresuró a decir que solo mientras
comíamos, que luego me lo tendría que contar. El futuro tiene la gran ventaja de no
ser, y cuando llegase ya sabría esquivarlo. Estuvo discreta y graciosa durante la
comida, no obstante tuvo a bien recordarme, entre y bocado y bocado, cuanto le
gustaba. Decidí escucharla como quien lee un cuento fantástico, que se sabe mentira
aunque eso no nos impida disfrutarlo.

¿Por qué no la creía? me preguntó cuando ya salíamos del restaurante, al tiempo


que me agarraba del brazo, me daba un beso y se apretaba contra mí. Por eso,
porque me agarraba del brazo y me besaba, porque un dragón y una princesa no
comprometen a nada en un libro, pero si un día saliesen del libro y se pusiesen a
volar el dragón y a besar a los sapos la princesa, entonces tendría la realidad graves
problemas. O los tendría la cordura. Ella, sin duda, no era una princesa, era mucho
peor, era una hechicera, como Circe. Pero tampoco cabían muchas dudas sobre que
yo no era Ulises pese al rutilante y vanidoso disfraz que llevaba, más que nada
porque de Ulises no se sabe que hubiese tenido nunca 16 años, había nacido de la
nada con al menos 30, y así cualquiera. Seré como los otros, me recordaba inquieto,
y al final, cuando caiga por completo bajo su hechizo, me transformaré en puerco.
Porque iba a caer, de eso estaba seguro, toda mi fanática y neurótica errancia me
dirigía hacia la caída, no quería otra cosa que caer. Así que la besé.

-Vamos con el coche hasta la playa -me susurró.

Fuimos, no había nadie, no dejaba de llover. Comenzamos a besarnos y sentí que


hurgaba bajo el pantalón. Le llevé la mano al pecho y…

-No no -me detuvo separándose- eso no puede ser.

-¿Cómo que no puede ser? -clamé- No me jodas ¿Así que tú puedes tocarme la polla
pero yo no puedo tocarte las tetas? Pues podías patentarlo. ¿O es tu mamá, tu tía,
la hija puta esa, quien te lo ha patentado?

-Sí, algo así -suspiró.

-Mira, va a ser mejor que lo dejemos ahora mismo, antes de que todo se vaya a la
mierda. Hala, encantado de haberte conocido, fue precioso mientras duró, pero me
largo. Adiós.

Me bajé del coche y, a grandes y furiosas zancadas, sintiéndome el protagonista de


una mala película, enfilé hacia la ciudad bajo la lluvia. No había recorrido ni 20
metros cuando ella se lanzó sobre mí rodeándome el cuello con sus brazos.

-No te vayas -sollozaba- no me dejes, ahora no, si me dejas me matas.

-¡Por Dios, Lidia! No dramatices, que esto no es Cumbres Borrascosas.

-Sí que lo es, por favor -rogó tirándome del brazo- vuelve al coche, te vas a
empapar, cogerás una pulmonía. Al menos deja que te lleve a casa.

La seguí sin protestar no por miedo a la pulmonía, ni tan siquiera por miedo a que
hiciese alguna locura, la seguí porque no podía remediarlo. Porque, en cierto sentido,
había preparado la farsa para que ella viniese a buscarme y así precipitase la caída.
Ya en el coche, cuando llegábamos a donde había dejado la moto, dijo de nuevo que
teníamos que hacerlo delante de Doña Clara, que era preciso que fuese así.

-No voy a hacer eso -volví a asegurarle.

-Sí, si lo harás -me sonrió coqueta, olvidado el llanto y la tragedia ática en la que
parecía habitar 10 minutos antes-, porque en el fondo quieres hacerlo, porque a mí
me quieres pero a ella la deseas.

-Qué coño voy a desearla.


-Claro que la deseas, lo sabe ella, lo sé yo y lo sabes tú. Es por lo que te hizo cuando
eras pequeño, es como si hubiese dejado dentro de ti una semilla, esperando a que
llegase la lluvia. Y ha llegado, no puedes evitarlo, basta ver cómo la miras, te come
por dentro.

-Aunque fuese así -admití de muy mala gana- eso no importa, no voy a acostarme
contigo delante de esa zorra perversa y malsana.

-A follarme -me interrumpió.

-Como quieras, no lo voy a hacer. Y además no veo la relación entre ese presunto
deseo y tener que hacerlo contigo.

-Es que no será conmigo primero, claro está, primero tendrás que hacerlo con ella.
Solo entonces, cuando te hallas desprendido de esa semilla que te puso, podrás
quererme de verdad.

-Estás loca, ¿y además no era follarte?

-Claro, pero enamorado.

-Bueno -dije nervioso mientras me bajaba del coche- ya hablaremos. Adiós.

-¿Te pasarás esta tarde por casa? Te estaré esperando. Las dos te estaremos
esperando..

-Antes me corto la cabeza -me despedí risueño.

7.

Me sentía muy seguro de mi determinación aquel día, mientras iban pasando las
horas y por mi cabeza -ya semicortada aunque aun no lo supiese- tan solo iba
pasando Lidia, la loca Lidia, que así la llamaba para distinguirla de la antigua Lidia.
Mentía, sobre eso no cabía duda, no estaba enamorada de mí. Porque el animal vivía
en los márgenes del universo y ni las princesas ni las hechiceras, ni las estudiantes,
ni las telefonistas, ni las peluqueras, ninguna, va a buscar novio a ese lugar helado.
Sin embargo -deshojaba las hojas de navaja de mi margarita eléctrica- como estaba
loca a saber a dónde iban a buscar novios las locas.

Ya bien entrada la noche mi determinación adelgazó lo suyo. No era el deseo ni era


ya la venganza. Que se fuese al infierno la bruja, no quería volver a saber nada de
ella. De pronto echaba de menos a la loca Lidia, de quien quería saberlo todo.
Enajenado por contagio no me paraba a pensar que saberlo todo de la hija implicaba
no dejar de saber de la madre, tía, profesora o lo que quiera que fuese. Para cuando
llegó la mañana, tras otra de mis furibundas noches en vela, me fui corriendo a la
calle donde aparcaba el coche.

Qué contento iba, y qué pronto se me pasó la alegría al ver que se retrasaba. Cierto
que no habíamos quedado allí, pero se daba por descontado. Inaudito ¿No estaba
loca de amor por mí? ¿Cómo hacía eso y me dejaba entonces tirado en medio de la
calle? Iba a ponerla en su lugar en cuanto llegase. A eso de media mañana me volví
indulgente y decidí perdonar el plantón si llegaba en 10 minutos. En media hora. En
dos horas. ¿No? Pues a tomar por el saco, ya la había olvidado, y para mejor
olvidarla me iba repitiendo el nombre, con todos sus apellidos, de mi antigua Lidia,
el lírico y enérgico tambor de mi vida. Excepto que ya no sonaba como un tambor
sino como los neumáticos de un coche al derrapar, un instante antes de estrellarse.

Quizá se había acatarrado, con tanto seguirme bajo la lluvia. Pobre, me preocupé,
me apetecía llevarle una taza de leche con miel calentita, recostarme a su lado
enfebrecido mientras le contaba un cuento. Pero antes de volver a la casa de la bruja
me cortaba la cabeza. Los catarros, además, se curan pronto y con lo mucho que
me quería seguro que allí estaba a la mañana siguiente, apesadumbrada. ¿Que no
estaba? ¿Y a mí qué? No, de ningún modo iba a ir, antes me cortaba la cabeza. Y
así, descabezado, debí presentarme, hacia las ocho de la tarde, ya noche cerrada,
a las puertas de la casita de chocolate.

Y allí estaba, el puente levadizo que se abría y la dueña del castillo que salía a
recibirme. Su blanca piel estremecida de joyas, de aristas húmedas, de leche de rubí
y diamante fluyendo entre el abismo entre sus pechos. Y aquel vestido imposible
que llevaba, aquel fricando de violines y jaguares entre la seda salvaje, aquel escote
en el que se precipitaba, ardiendo de terror, el universo. Lo sé, lo sé, tan solo era
una maestra malvada, no la diosa Kali dispuesta a comerse de un bocado el mundo,
pero yo tenía 16 años, llevaba dos noches sin dormir, y como media tonelada de
minilips encima.

-¡Andrade! Qué inesperada sorpresa ¿y a qué se debe?

-Vengo a buscar a Lidia. Para ir la cine -espeté con una mueca de ganster.

-¡Lidia! -gritó entre carcajadas entrando en su cubil- viene tu novio para llevarte a
pasear. Pero me temo que no voy a darte permiso, a saber cuales son sus
intenciones ¿No querrás propasarte con la niña? ¿no querrás meterle tu cosita en su
agujerito? ¿Verdad Andraaaade?

La niña vino corriendo y saltó sobre mí pletórica.

-Has venido, has venido -gritaba sin dejar de darme besos por toda la cara- ¿Ves
mamá? Ha vuelto.

-Sí, para llevarte al cine -sonrió Doña Clara recostándose como una gata en el sofá
para ordenar a continuación- Suéltalo ya y ven aquí.

Así lo hizo Lidia y yo, para contemplar la escena, me senté en una butaca que había
frente a ellas. Allí estaba de nuevo el animal lujoso en el que la había transformado
su madre. ¿O no sería que se transformaba en el animal zarrapastroso con la única
intención de seducirme cuando nos habíamos visto?. La paranoia tiene sus reglas y
exige sus olvidos. Tal como tiene la luz sus advertencias y exige la ceguera. No cabe
duda de que aquellas dos mujeres radiaban con furiosa intensidad por todo el
espectro lumínico, cada cual a su manera. Tampoco cabe duda de que si así lo hacían
era por que mis ojos estaban más abiertos que el del telescopio Hubble, y hasta la
más mínima chispa relucía como una supernova.

De entre las dos, pese a su edad y a sus muchos kilos, la más guapa era la madre
con diferencia. Lidia era mona, era adorable, era un hogar cálido aunque bajo el piso
albergase un sótano repleto de monstruos. Eso quería pensar, y así no importaba el
espeso conjunto de lencería negra que llevaba, con toda la panoplia de delicadas
amenazas y misterio incorporado en las ligas, ni importaban los labios de sangre, ni
los ojos como cúpulas nocturnas, ni las uñas de fiera. Lidia, a poco que uno la
observase, siempre parecía vestir lana vieja, y ahí, en su lana antigua, yo quería
meterme, quedarme quieto y no volver a mover un músculo jamás. Aunque al fondo
se escuchasen a los monstruos arañando las paredes y los hilos de la lana jugasen,
a veces, a ser cuerdas.

Doña Clara, en cambio, era toda intemperie. Y no importaba cuanto se disfrazase


de sofisticada matrona de los palacios, cuanto lujo en los gestos tuviese a su
disposición, qué minuciosa y blanca filigrana cubriese siempre su interior. Era por
entero jungla.

-No ha venido para llevarme al cine, aunque me gustaría, ha venido para hacer
cochinadas contigo, mamá.

-¿No me digas? ¡Ay, por Dios! Qué vergüenza, cochinadas conmigo -maulló con
fingido escándalo, como dispuesta a zamparse a un ratón de un bocado, pero no sin
antes haber jugado durante horas con él- ¿A eso has venido, Andrade, a chuparme
un poquito?

-He venido a ver a Lidia -contesté monótono.

-Oh, Andrade -se rió ella- no sabes cuanto me gustas. ¿has visto Lidia? No viene a
hacer cochinadas, viene a enfrentarse a un dragón y a rescatar a una princesa. Ha
llegado con su motorizado caballo amarillo, lleva su negra armadura de cuero y…
tiene un pequeño puñal entre las piernas con el que hacerle agujeritos al dragón,
toda la santa noche pretende estar peleándose con la bestia de su memoria hasta
dejarla moribunda y rescatar a la princesa.

-Si, mamá, eso quiere, porque está enamorado.

-Pues tendré que curarle el amor -sonrió- así que, mi joven y querido caballero
andante, ya puedes quitarte la armadura y quedarte en pelotas.

-Antes -le desafié- quítate tú ese vestido que llevas, y luego ya veremos.

Se levantó de un salto y sin mediar palabra se despojó de su vestido. Ahora le cubría


la piel aquella catedral de seda y encaje que ya me había mostrado. No se detuvo y
de otro salto, sin darme tiempo a reaccionar porque su carnalidad era fascinante, se
sentó entre mis piernas.
-¿Es esto, Andrade? ¿lo que te aterra? ¿lo que te endurece el miedo? ¿te vas a mear?
¿o me vas a chupar?

Yo estaba apabullado ante aquellas tetas empitonadas e inmensas que ardían como
hogueras a unos centímetros de mi cara. ¿Se entiende lo que digo? Las mujeres
habían sido hasta entonces o bien inaccesibles hadas, al modo de mi antigua Lidia,
tan abstractas al fin como teoremas de álgebra y tan inofensivas como dibujos
animados, o bien lo que yo consideraba señoras, amenas conversaciones ante tazas
de café y un un deseo que tampoco comprometía a nada. Lidia, la loca Lidia, me
había besado, y también había hecho algo, una paja, una mamada, demasiado
rápidas e imprevistas como para que hubiese podido apreciarlo. La carnalidad de
doña Clara suspendía cualquier juicio, arruinaba toda hipótesis, incendiaba con un
río de lava grasa todo el espacio que se abría entre ella y mi boca. La boca que abrí
como un lobo para comerme la punta de aquellos pitones de seda y encaje bajo los
que ardían sus tetas.

Reía cantarina al tiempo que apretaba mi cabeza contra sus pechos y, no sé cómo,
de pronto me había quitado ella lo que me cubría el torso y entre tanto me había
bajado yo los pantalones. Rodábamos por el suelo, mis brazos y mis manos como
molinos para palparlo todo, mi pelvis que embestía colérica el aire y la tela hasta
que su mano agarró mi polla y la dirigió a su entrada. Pensé, si es que pensaba
entonces y no fue mucho más tarde cuando lo pensé, que una ventosa de humeante
carne me absorbía el pene, que chupaba de mí hacia su interior, que tiraba de mí
para tragarse no solo mi sexo sino todo mi cuerpo, todo el pensamiento, todo el ser.
Y me corrí con la ferviente alegría del que cae por un abismo sin fondo.

No habían pasado ni cinco segundos cuando, al abrir los ojos, vi a Lidia, que me
sonreía, y que hacía algo con su mano bajo sus bragas.

-Ay, Andrade -dijo la bruja apartándome de su lado con un empujón- qué impetuoso
¿Has visto Lidia? Eso ha sido poco menos que una violación, tendríamos que llamar
a la policía, a aquellos agentes tan amables que vinieron el otro día, para que
detuviesen a este violador de señoras.

Por tan suntuoso regalo como me había ofrecido había estado dispuesto a disculparlo
todo e incluso, si era necesario, a rendirle reverencias. Pero ante el sarcasmo se me
pasó la gratitud.

-Vete a la mierda, zorra.

-No seas vulgar, Andrade -se levantó al tiempo que se metía los dedos en el coño y
se los sacaba empapados de semen- que no te va. A ti te convienen palabras más
ilustradas, y no tanto taco como gastas. En vez de zorra sería mucho más atinado
que me dijeses, qué se yo, hetaira o meretriz ¿Verdad, Lidia, que yo soy muy
meretrizosa?

-Si, Clara.

-Pues eso, y ven aquí a chuparme la vulva, que me la ha puesto perdida de leche tu
novio.
Entre fascinado y asqueado vi como Lidia gateaba hasta Doña Clara, hundía la boca
abierta en su coño y lo lamía. También ella, la hetaira, se chupaba los dedos como
si fuesen una golosina.

-¿Qué? -me interrogó la bruja con su felina sonrisa al advertir mi atónita mirada-
¿no te gusta lo que ves? Bueno -apartó a Lidia impaciente- todos arriba, a mi cuarto,
que a mí me gustan las camas y no los suelos.

No esperó respuesta alguna a su orden, se dirigió hacia las escaleras sin volver la
espalda, segura de que ninguno pondría objeciones. No desde luego Lidia, que
sonreía encantada y feliz y me tomó de la mano como si se dispusiese a ayudar a
un ciego o a un niño pequeño a cruzar la calle. Y las que yo hubiese podido plantear
se deshicieron al ver cómo meneaba el culo la meretrizosa. No se había despojado
del body mientras la penetraba, seguían impúdicamente cubiertas sus tetas, pero al
desabrochar el corchete bajo el coño se había desplazado la prenda hasta su vientre,
y ahora caminaba, tiesa y elástica, meneando sus imponentes lunas por todo el
horizonte de la creación.

-¡Mamá -chilló Lidia- se le está poniendo dura de nuevo! Al verte el culo.

-Así me gusta -concedió muy altiva Doña Clara, volviendo apenas la cabeza para
comprobarlo- No esperaba menos de ti, mi joven Andrade.

Ya en su cuarto vi de nuevo la cama impoluta sobre la que había dejado las bragas,
el sostén y la rosa.

-Quítate eso -le dije, le pedí o le ordené, un poco de todo, con la boca abierta y
babeante de un cavernícola.

-¿Sí? -sonrió como si fuese púdica y coqueta- ¿Para que puedas verme las tetas?
¿eso quieres, Andrade? ¿Verle las tetas a doña Clara?

-Déjate de historias -gruñí.

-Uy, qué grosero, esa no es forma de perdirle a una dama que te enseñe las tetas,
y menos tan empalmado como estás.

Me abalancé sobre ella pero me apartó de un empujón.

-Espera, no te impacientes que la impaciencia solo conduce a la frustración ¿No


sabes eso, Andrade? A mí me parece que sí, que tú sabes bien de esas cosas.
Quédate ahí y contémplalas.

Eso dijo, muy segura de que el espectáculo que iba a ofrecerme era merecedor de
una atenta y boquiabierta contemplación, de una rendida admiración. Deslizó el
body hacia arriba, alzando los brazos, y cuando al fin cayeron los majestuosos y
nacarados maremotos sobre las costillas mis ojos giraban y chillaban sobre su
oceánica superficie como salvajes gaviotas sobre un banco de peces. Ah, sí, yo era
esa clase de público que todo artista quiere para su obra y del que ya, de tanto como
hemos visto, no va quedando ninguno. Era como los espectadores de aquella
primera película de los hermanos Lumiere, que gritaban locos de asombro y terror
cuando el tren de luz se precipitaba sobre ellos. También a mí me atropellaron las
opulentas tetas de aquella mujer perversa. Eran muy grandes, sin duda, aunque
quizás no tanto como daba en creer mi imaginación extraviada. Rebosaban, no había
nada flácido en aquel santuario de la grasa, coronado por grandes areolas de
supurante luz rosada, por agrestes y coralinos pezones que parecían puestos allí al
modo de gemas, de manantiales en lo alto de cumbres para aliviar la sed y conceder
la gracia a todos los intrépidos que se hubiesen atrevido a escalarlas.

Me había quedado inmóvil, con la cabeza adelantada, la boca entreabierta, los ojos
inyectados de sangre, como calculando la distancia precisa para saltar sobre la presa
y destrozarle la yugular. Claro está que era ella, que también permanecía sin
moverse, la que entre tanto había saltado sobre su presa y la estaba devorando.
Brillaban sus ojos entre la carcajada y la euforia, y aun con los labios apenas
entreabiertos daba la impresión de que su lengua no dejaba ni un instante de
lamérselos golosa.

-Mírate, Andrade, te va a dar algo. ¿ves Lidia cuanto le gusto a tu novio?

Me arrojé sobre ella y caímos juntos sobre la cama. Sobre su cuerpo mullido el mío,
tan flaco, debía parecer un alambre de hierro candente y epiléptico sobre un lecho
de mantequilla. Duré bastante más en esta ocasión, y entre mis propios jadeos no
tardé en oír los gemidos de la bruja, que se retorcía con violencia y me apretaba
contra si misma con sus brazos, carnosos aunque exquisitamente torneados, como
una boa. Todo quería chuparlo, mordisquearlo y lamerlo, aunque, naturalmente, por
encima de cualquier otro lugar de su extensa geografía, sus tetas mesopotámicas,
ahora brillantes de rubor y que, ante mis acometidas, parecían supurar estrellas.
¿Era eso el éxtasis del que tanto había leído?

En esta ocasión no me apartó a los tres segundos de haberme corrido sino que,
magnánima, dejó que reposase sobre ella lo menos 10 segundos antes de
empujarme a un lado con impaciencia.

-Muy bien, Andrade -se rió- has logrado que también yo me haya corrido, y no creas
que es fácil. ¿Has visto, Lidia?

-Sí, mamá, estaba como loco.

-Sí, sí, y vamos, a qué esperas -ordenó - que te toca chuparlo todo.

De nuevo Lidia se introdujo entre las piernas de Doña Clara y por allí lamió hasta
dejarlo impoluto. Me incorporé para observar aquel secreto que hasta la fecha no
había tenido la oportunidad de contemplar. Los labios mayores se cerraban
herméticos y orondos uno contra otro y, de no haber sido por el abundante vello,
más oscuro que el pelo pero aun así rubio, habría parecido el sexo de una niña
pequeña. Con todo ella misma se encargó de deshacer esa impresión al advertir mi
atenta mirada.
-¿Qué, mi joven Andrade? ¿Quieres ver lo que hay ahí? ¿No lo sabes? Pues ahora lo
sabrás.

Separó sus labios mayores y de entre ellos surgió una flor herida, de rugosos pétalos
rosados, de brillos tornasol y tan repleta de lóbulos diminutos, de fresas, grietas y
senderos, que, pensé, uno se perdería por allí para siempre al explorarlos.

-Por qué no te la follas de nuevo -me susurró Lidia al oído al tiempo que agarraba
mi polla y comenzaba a pajearme.

-¿Pero qué haces, niña? ¿Como se te ocurre tocarle el pene a tu novio? -se
escandalizó la bruja con una siniestra sonrisa- Tendré que pegarte en el culo.

-Ni de coña -me interpuse- ni se te ocurra ponerle la mano encima mientras yo esté
aquí.

-Ay, Andrade -suspiró- acabaré también yo por enamorarme de ti como sigas con
ese papel de héroe artúrico. Pero estás muy confundido con Lidia, no es la princesita
que pareces imaginar, es una viciosa de tomo y lomo. Lo heredó de su madre.

-Me la trae floja, hoy no vas a pegarle y punto. Y además yo no creo nada, no tengo
prejuicios.

-¿No? Hay que ver, hija, tu novio no es solo un caballero sino también un
librepensador, un caballero follador, por su puesto, le falta ser un millonario y ya
tienes al marido perfecto -se rió- ¿Y tú, Andrade? ¿no quieres pegarle tú unos
cuantos azotes?

-Te la estás ganando -gruñí- como sigas por ahí vas a ser tú la que reciba. Porque
contra ella no tengo prejuicios, pero a ti te tengo juzgada y condenada.

-¿Sí? Pues no creas -hizo un mohín de colegiala púdica- no me importaría nada que
me dieses una buena azotaina como castigo ¿no te apetece? ¿Aquí en el culo? ¿o en
las tetas?

-Vete a la mierda -dije confundido- Nadie va a pegar a nadie esta noche.

-Bueno, qué pena, pero al menos me vas a follar ¿No, Andrade? Porque entre que
no me pierdes de vista y las caricias de la niña ya la tienes dura otra vez.

Sí, la follé, o fue ella quien lo hizo, no hay una gran diferencia. Durante toda la
noche. Nunca he vuelto a correrme en una sola sesión tantas veces como entonces.
No me cansaba, o si lo hacía no por ello menguaba mi excitación. A ello, desde
luego, ayudaban las anfetas. Hice cosas que ni siquiera hubiese imaginado que se
pudiesen hacer; por arriba, por abajo, por la izquierda y la derecha, por el centro y,
si me apuran, hasta por alguna dimensión desconocida. Tampoco quiero decir con
esto que, con el tiempo, no llegasen orgasmos muy superiores, llegaron pero nunca
tantos de una sola tacada, de lo que se sigue que, quizás, no llegaron. Eso sí, no
hubo azotes ni la intervención de Lidia pasó de la que ya había sido. En último
término todo lo que sucedió habría sido poco más que un sórdido recuerdo de no
ser porque al final, ya exhausto, me dijo Doña Clara que ya podía follarla a ella, a
Lidia. Y no pude, o mejor dicho, no quise.

-Te la vas a follar ahora mismo -ordenó

-No, ni lo sueñes.

Y me pegó un tortazo, no un sopapo sino una hostia que me derribó.

-He dicho que te la folles, niño -repitió con rabia.

-Y yo te he dicho que no, bruja de mierda -contesté con una carcajada.

En esta ocasión ya no era un sopapo lo que avanzaba hacia mi ojo, sino un tremendo
puñetazo. Pero lo esquivé. No estoy seguro de que fuese mi intención responder con
mi violencia a su violencia. De pronto todo aquello me daba risa, Doña Clara me
daba risa. Le saqué la lengua y le hice monigotes.

-Me amas -susurró entonces Lidia.

Volví la cabeza desconcertado, sonreía triunfante y supe hasta que punto era yo una
marioneta. Mientras la miraba, como si me hubiese clavado un cuchillo, un puñetazo
en la barriga me dejó sin aliento. La bruja cayó sobre mí y me propinó otro tremendo
tortazo. Pensé que poco antes también estaba sobre mí, aunque gimiendo y
jadeando de placer. Detuve el siguiente golpe, me escabullí como la anguila
anfetamínica que era de entre su presa, y le pegué. Fuerte, tres o cuatro puñetazos,
en la cara, en el ojo, en los labios.

-Para -me agarró Lidia por detrás- para, por dios, para.

Me dejé caer derrotado. Doña Clara, desnuda, apoyó la espalda contra el borde de
la cama. Le sangraba el labio, el ojo comenzaba a hinchársele. Lidia, en bragas y
sostén, lloraba. Yo, con la espalda contra la pared, tenía ganas de morirme.

-Te crees -dijo entonces Doña Clara- que yo soy una bruja y ella una princesita.
Pero las cosas no son tan fáciles y simples.

Así comenzó un relato que mantuvo sin interrupciones durante mucho tiempo.

8. HISTORIA DE DOÑA CLARA

Siempre cree todo el mundo tan solo aquello que apuntala su particular mitología.
Que yo era una bruja y habría de serlo de por vida lo supe desde que era muy joven,
sin embargo en qué sentido iba a ser una bruja no llegué a saberlo hasta que alguien
vino a contármelo. Tú, Andrade, tienes de mí noticias falsas, y has llegado a creerlas
porque te era grato creerlas.
Tú crees que la disciplina que yo impartía cuando te di clase era particularmente
cruel, y es posible que lo fuese, pero también crees que yo me distinguía en esa
crueldad del resto del profesorado y que me encantaba impartirla, y eso es mucho
menos cierto. No puedo decir que me provocase, ni entonces ni ahora, el menor
cargo de conciencia, aunque tampoco el menor placer. También es falso que os
pegase en el culo y que antes os obligase a dejarlo al aire, en contadas ocasiones
pegaba en el culo, y jamás desnudé a nadie en medio de la clase. De dónde has
sacado tú esa idea puedo imaginarlo, sin embargo que pueda no la hace más cierta.

Te tenía cariño, lo cierto es que fuiste, de entre todos mis alumnos, al que más
apreciaba. He dado clases a cientos de niños, y con el tiempo he ido olvidando a casi
todos. De ti, en cambio, guardo un recuerdo muy claro. Eras el peor de todos, y no
porque fueses el más revoltoso, porque en el aula eras muy formal, sino porque eras
el más silencioso. Quiero decir conmigo, porque con tus compañeros no parecías
tener el menor problema de comunicación durante los recreos. A mí, en cambio, me
tenías racionadas las palabras de un modo suicida, porque a menudo no contestarme
equivalía a recibir un castigo.

Me ha contado Lidia la anécdota de tu cagada, y es muy propia de aquel niño. Desde


luego es absurdo pensar que no permitiese ir al retrete, en cualquier momento, a
niños de entre 5 y 8 años. No, no fue el miedo sino el orgullo el que te impidió
pedirme permiso, un orgullo satánico: preferías cagarte en silencio y soportar la
mierda en tus pantalones durante toda la mañana antes que darme a mí la
oportunidad de concederte un permiso. Por lo demás tú me temerías tanto como
quieras, pero no por eso dejabas de cometer las peores fechorías ¿no te acuerdas?
Yo sí, me moría de risa con tus aventuras.

Un día te llevaron al despacho del director porque te habías montado en la


excavadora de una obra y la habías puesto en marcha. Más tarde fue la emoción de
subirte hasta lo alto de una grúa de siete pisos y echar una meada desde allí. Otro
las quejas llegaron de los vecinos de los edificios colindantes, al parecer había un
niño que, a la salida de clase, no dejaba de usar los ascensores como si fuesen una
atracción de feria. En otra ocasión dejaste de aparecer durante varios días por el
autobús escolar, hasta que al fin se descubrió que encontrabas más entretenido ir
caminando, solo, los cuatro kilómetros que te separaban de casa. Luego dejaste de
venir a clase durante tres días, no es que estuvieses enfermo sino que, se ve, te
aburría el colegio y habías decidido explorar la ciudad durante esas horas. Una vez,
en medio del recreo, alguien comenzó a gritar porque había un niño encaramado en
el tejado, cómo llegaste hasta allí arriba no lo supo nadie jamás, porque en principio
no había acceso y tú, naturalmente, te negaste a hablar.

Siempre así, y siempre solo, nunca en compañía de otros condiscípulos. Seguro que
tu madre pasaba contigo momentos emocionantes. Un día andaba asustada la
portera porque había un perro grande y pulgoso atado a un radiador de la entrada,
luego se supo que te lo habías encontrado por la calle, habías decidido adoptarlo y
no tuviste mejor lugar donde esconderlo que en la portería. Más tarde fue un ratón
que salió corriendo desde tu bolsillo para pavor de todas las niñas. Otra vez vinieron
de sanidad a poner una vacuna y, de pronto, en medio de aquella fila de asustados
corderitos, echaste a correr, saliste del colegio y tuvo que perseguirte un profesor
durante medio kilómetro hasta que logró pescarte. Eso sí, en cuanto te trajeron de
la oreja y pasaste el primero a ponerte la inyección no dijiste ni pio. Así era siempre,
te daba en la mano con Excalibur y, entre tanto, tú mirabas a la pared como si
quisieses abrir un boquete en ella con los ojos. Todos me teníais terror, pero tú,
además, me odiabas a muerte y buscabas la forma de vengarte. Y eso me gustaba,
ese odio hermético. Porque en algo se parece el odio al amor. Y fue por eso por lo
que al fin te hice lo que hice.

A decir verdad me limité a repetir algo que me había contado mi padre. Una criada
se encargaba de bañarle cuando era pequeño. En uno de esos baños, tendría él 7 u
8 años, se le puso dura y eso le hizo mucha gracia a la mujer. Se había reído
señalando y tocando su pequeña erección y, por último, no tuvo mejor idea que
metérsela en la boca. A mi padre le pareció eso algo de lo más extraño, sin embargo
no tuvo miedo ni guardó de ese único episodio un recuerdo desagradable. Ni
desagradable ni agradable, tan solo le pareció raro y al poco despidieron a la criada.
Claro que él quería a aquella señora porque, a fin de cuentas, se encargaba de
cuidarle y de darle mimos. No era ese mi caso contigo, pero, en fin, aquel día estaba
de buen humor y pensé que sería una excelente forma de despedirme, porque se
acababa el curso y ya no volvería a verte al año siguiente. Me da lo mismo lo que
opines tú o lo que opine cualquiera, si estuvo bien o mal, quise hacerlo entonces y
lo hice. Eso es todo, y no es algo que haya vuelto a repetir con nadie.

En cuanto a las historias que te ha contado Lidia en torno a mi relación con ella son,
o bien todas embustes o, en el mejor de los casos, medias verdades. Es cierto que
una vez le pegué en el culo con la mano delante de toda la clase, pero es falso que
eso fuese una práctica habitual. También es cierto que, al acabar la primaria, un día
se pasó 15 pueblos de la raya, que entonces la llevé a mi despacho y que allí, furiosa
como estaba, le propiné unos azotes. Si a ella le gustaron, como dice, yo no me
enteré ni estaba en mis planes hacerle disfrutar. Es falso que repitiese un par de
semanas más tarde. Y es cierto que cuando ya tenía 15 años no dejaba de venir a
visitarme, que parecía embobada conmigo y que, a partir de cierto momento,
comenzamos una relación sexual que acabó por incluir grandes dosis de azotes. Pero
no fue de buenas a primeras.

De buenas a primeras lo que pasó es que un día, muy avergonzada y dando muchas
vueltas, pero sin detenerse por ello, confesó que la volvía loca, que me deseaba y
que se masturbaba pensando en mí. Esa extraña e inesperada confesión me
inquietó, en gran medida porque, aunque por entonces ella lo ignorase, yo era algo
más que su tía. Y fue precisamente por eso, porque hasta cierto punto me sentía
culpable, por lo que accedí a su capricho. Por eso y, claro está, porque yo no me
niego a dar placer a quienes quiero si me lo piden. De modo que comenzamos con
nuestros juegos sáficos y, naturalmente, yo no disfrutaba menos que ella. Y así
hasta que en una ocasión me pidió que le pegase en el culo, como cuando era una
niña. Lo hice, le gustó y me gustó, sin embargo siempre mucho más a ella que a mí.

No estuve de acuerdo cuando mi hermano y su esposa decidieron contarle la verdad.


Eso es algo que, quizás, yo hubiese querido decirle cuando era una niña, pero
entonces habían logrado convencerme, entre ellos y mi padre, que mantuviese el
secreto. Sin embargo para cuando decidieron revelarlo yo no estuve de acuerdo. A
esas alturas de la vida de Lidia, y en plena adolescencia, me parecía de locos contarle
algo que solo habría de traerle desgracia. Claro está que la conocía muy bien, y no
me cabía duda de que enterarse de pronto de que sus padres no eran quienes
decían, y que su amante no era su querida tía sino su repentina mamá, no le iba a
gustar ni un pelo. Y así fue.

Más tarde, tras el horrible accidente, acabamos por venirnos las dos a vivir aquí.
Estoy segura de que te ha contado muchas teorías pintorescas en torno a la culpa y
el perdón. Pero a mí no solo no me perdonó sino que no tardó en culparme del
mismísimo accidente y de la muerte de sus padres. Si digo que me odiaba me quedo
corta. Por supuesto no volvimos a nuestros juegos sáficos. Hubo otros juegos pero
ya cada cual jugaba al suyo, no obstante, para que entiendas eso, tengo que
hablarte ahora de mí, no de Lidia.

El recuerdo más nítido de mi infancia es el de haber visto a mis padres follando.


Tenía ocho años cuando una noche me despertaron unos gemidos que no dejaban
de crecer y que, poco a poco, se iban convirtiendo en pequeños gritos. Supe que
eran de mi madre y me asusté mucho, pensé que le estaba pasando algo horrible y
fui corriendo a su cuarto mientras también yo gritaba. Cuando entré en ese cuarto
tuve tiempo de ver cómo mi padre se retiraba del lugar que había ocupado encima
de mi madre, y cómo los dos se cubrían avergonzados antes de que ella me
preguntase qué pasaba. Le dije que le había oído gritar mucho, como si le hiciesen
daño, y que había ido corriendo para ayudarla. Mi madre se levantó semidesnuda,
se cubrió con una bata, me acompaño hasta mi habitación y se quedó conmigo hasta
que me dormí. Le pregunté suspicaz si papá le estaba haciendo daño, a lo que ella
contestó que no. Pues yo la había escuchado gritar -insistí-, pero mi madre dijo que
debía haberlo soñado y que, en cualquier caso, papá no le había hecho daño.

Eso pasó, sin embargo no me quedé nada convencida, sabía muy bien qué había
escuchado y, en adelante, estuve atenta. Naturalmente el episodio me impresionó,
sin embargo no es ese el recuerdo del que hablo. Sospecho que ese tipo de
experiencia acaban por tenerla casi todos los niños, y que la vergüenza que siempre
manifiestan los padres cuando sus hijos los pillan en esa inexplicable situación es
para ellos, los hijos, el primer signo de que sus padres no son dioses. Para mí, con
todo, fue algo más, porque era curiosa y quería ver por el ojo de la cerradura,
aunque lo que viese fuese un monstruo. Así que estuve atenta y, unos meses más
tarde, mi vigilancia cosechó sus frutos.

Fue en el campo, en un granero que había en casa de mis abuelos. Habíamos ido
allí a pasar un fin de semana y el mismo día en que llegamos, por la tarde, vi como
mis padres, cogidos de la mano, entraban en el granero. Los seguí, aquel sitio tenía
muchas entradas, muchos lugares secretos, y yo los conocía todos porque me
encantaba jugar allí.

Desde un altillo de la primera planta pude ver cómo ellos se besaban tumbados
sobre un hatajo de paja. Vi como mi madre se desabrochaba el vestido y le enseñaba
las tetas a mi padre, que las lamía y toqueteaba. Vi como ella se subía el vestido y
se bajaba las bragas, y como él hacía lo propio con el pantalón. Vi entonces la
sombra de aquella cosa inmensa y monstruosa que tenía papá entre las piernas y
cómo la metía en mamá. La metía y la sacaba y entre tanto jadeaban los dos, y
mamá gemía y gritaba como si estuviese loca. Hasta que al fin los dos se quedaron
quietos y mamá le acarició la cabeza a papá y lo besó.
Comprendí que aquellos gritos que daba mamá no podían ser de dolor, porque de
lo contrario no le habría besado ni acariciado la cabeza, tan cariñosa, cuando
acabaron; le habría reñido por hacerle daño. Pero no tenía nada claro de qué podían
ser los gritos y gemidos si no eran de dolor. No me era posible preguntar sobre lo
que había visto en el granero, era consciente de que al espiarles había hecho algo
totalmente prohibido. Así que comencé, unos días más tarde, a hacer preguntas a
mi madre referidas a aquella primera vez y a otras en las que, mentí, también la
había escuchado gritar por las noches. ¿Gritaba porque papá le hacía daño? Ella
decía que no, pero nada más. Hasta que tanto insistí, día tras día, que acabó por
contarme que cuando una mujer y un hombre se querían mucho se daban besos en
la cama y se acariciaban, y eso les gustaba mucho y por eso hacían esos gemidos y
gritos, que no eran de dolor sino de amor y de gusto.

Pues yo, le había contestado entonces muy convencida, quiero mucho a papa y él a
mí, y también soy una chica ¿no podría hacerme papa esos cariños para que también
pudiese yo sentir el gusto?. A mi madre esa pregunta no le sentó nada bien, no me
dijo dulcemente, tras una alegre risa, que no, que eso era algo que solo hacían los
mayores y que además los papás no lo hacían con sus hijas. Me lo dijo, pero en tono
seco, molesta, y me ordenó que no volviese a pensar en esas cosas, que era muy
pequeña y que ya tendría tiempo de pensar en ellas cuando fuese mayor.

Sin embargo yo no estaba dispuesta a esperar tanto tiempo. ¿Cuantos años había
que esperar? ¿cincuenta? ¿cinco? El tiempo es un concepto impreciso para los niños.
Además mi madre no me lo había contado todo, me había hablado de besos y
caricias, pero nada de la cosa que tenía papá entre las piernas y que había metido
dentro de ella. Así que para eso era la rajita, y el agujerito que había por allí, para
que los papás les metiesen sus cosas a las mamas y entonces diesen aquellos gritos
y aquellos gemidos que no eran de dolor sino de gusto.

A mí me gustaban muchas cosas, me gustaba mucho el chocolate pero no gritaba


ni gemía al comerlo. Me gustaba jugar con las amigas y, aunque me reía y a veces
gritaba, un poco de alegría, tampoco me parecía que tuviese nada que ver con el
gusto del que hablaba mamá, y además yo solo gemía cuando estaba disgustada o
me dolía algo. Era preciso que yo sintiese ese gusto.

Pensé que como no tenía a papá para que me lo diese, y como tampoco podía
pedírselo a otro señor, podía intentarlo con mi dedo, que aunque no tan grande
también era alargado. Y lo intenté, lo intenté muchas veces pero encontraba cierta
resistencia y me daba miedo empujar más. No tenía la impresión de que fuese a
darme gusto sino a hacerme daño. Claro está que para entonces ya sabía que
acariciarme un poco más arriba me gustaba mucho, pero a partir de entonces
comenzó a gustarme aun más. Me pasaba el día con la mano en la rajita, me la
metía en cualquier momento por el borde de la falda y ante cualquiera, no se me
ocurría que estuviese haciendo nada malo. Hasta que un día me vio mamá y me
riño, que dejase de hacer cochinadas a todas horas, que eso que hacía era muy feo
y de muy mala educación, mucho más feo y maleducado que meterse el dedo en la
nariz.

Bueno, pues dejé de hacerlo en público pero seguí en privado. Pasó el tiempo y mi
necesidad de sentir el dichoso gusto no dejaba de crecer. Tenía un amigo, un niño
con el que jugabamos en el barrio y con el que me llevaba bien. A veces decía que
era mi novio y yo su novio. Eran tontadas. Pero un día pensé que como él era un
chico a lo mejor podía darme el gusto, así que le propuse que me enseñase su cosa
a cambio de que yo le enseñase la mía. Aceptó bastante cortado, aunque primero
tenía que enseñársela yo. A mí tanto me daba enseñarle lo mío, porque de lo que
se trataba era de que él me metiese allí lo suyo para sentir el gusto que le hacía
gritar y gemir a mamá. Sin embargo en cuanto se bajó los pantalones me quedé
muy decepcionada y le dije que era muy pequeñita, se lo dije seria, no me burlé ni
me reí de él porque ni siquiera se me había ocurrido que eso pudiese ser motivo de
burla, pero le sentó muy mal y a partir de ese día dejó de ser mi amigo. Lo que me
había enseñado era una cosa no más grande que las dos últimas falanges de mi
dedo meñique, y eso exagerando. No tenía nada que ver con la cosa de papá, con
aquello que tenía el niño no iba a poder meterme nada ni a darme ningún gusto.

Poco después, aun no había llegado mi primera regla, me había hecho bastante
amiga de una chica algo mayor, de trece o catorce años, y se me ocurrió que al ser
tan grande quizá algo sabría de esos enigmas. Se rió de mi, me dijo que era una
niña tonta y sucia y que no sabía nada, que a mis dedos les costaba pasar por ahí
porque era virgen, que cuando mi marido me metiese su cosa dejaría de ser virgen
porque me rompería el virgo y que eso me haría daño y me haría sangrar, pero que
luego me gustaría. No dije nada, aunque pensé que la tonta era ella, que era ella la
que no sabía nada. Aun así, gracias a esa información, supe que para sentir el gusto
tendría que empujar más fuerte y sin miedo, y así romper el virgo ese que me
impedía seguir.

Y lo hice, claro está, y fuese porque aquello ya estaba muy debilitado de tanto como
había empujado otras veces, o por lo que sea, lo cierto es que ni me dolió ni sangré
apenas. Pero tampoco vino el gusto que yo esperaba. Sí, me gustaba, aunque era
evidente que no tanto, ni de lejos, como le gustaba a mamá. Yo no gemía, no
jadeaba ni gritaba. El gusto aquel debía ser otra cosa.

Lo descubrí poco más tarde mientras me metía el dedo al tiempo que me acariciaba
por arriba. Sentí que venía, sentí que me iba a mear, sentí luego algo que no había
sentido nunca y que era muy raro e intenso. Bien, la práctica lo hizo mejor, y para
cuando llegué a los 14 años era una experta consumada. Me metía de todo, con
preferencia unos tubos de ensayo que tenía mi padre, que era médico, y que llenaba
de agua caliente. Por supuesto para entonces mamá ya me había ilustrado en torno
a qué cabía esperar de un hombre y de lo que ella llamaba “el amor”, sin embargo
nada había dicho de la masturbación. A todo asentí con mucha sorpresa fingida,
mucho interés y muchas preguntas espesas que ella apenas contestó.

Lo cierto es que por mucho que disfrutase, y en ocasiones gimiese, lo que hacía no
me daba para gritar. ¿Sería eso una peculiaridad de mamá? ¿de algunas mujeres
pero no de todas? ¿me volvería vieja sin haber dado un solo grito? Me parecía una
gran injusticia y, por supuesto, había llegado a la conclusión de que al fin, para los
gritos, era imprescindible un hombre. Pero, claro, estábamos en 1956, ninguna chica
decente buscaba hombres a los 14 años para acostarse con ellos. Ni a los 14 ni a
los 25, un porcentaje nunca estudiado pero sin duda altísimo de mujeres de la época
llegaban vírgenes al matrimonio, pobres. A mí eso no me iba a detener, no estaba
dispuesta a esperar años y más años hasta que alguien me pidiese en matrimonio.
Tenía prisa.

Tenía prisa pero no era imbécil. De haber acudido a alguno de los muchos chicos,
algunos de 16 y hasta 18 años, que tonteaban conmigo, porque era guapa, de eso
era muy consciente, mi reputación de fácil, de fresca y de guarra me habría hecho
la vida imposible. Con todo había un caladero de hombres disponibles y muy alejados
del ambiente en el que me movía. Era una escuela de marineritos, todos con sus
lindos uniformes, todos llegados allí desde lugares lejanos, a los que volverían poco
más tarde.

Un día me armé de valor, me puse guapa y fui a pasearme por las proximidades de
aquel sitio. Como estaba sola no tardó en acercarse una cuadrilla de cinco o seis de
aquellos desdichados. Estaban encantados conmigo y le eché el ojo al más guapo.
Quedamos para otro día, ya solos los dos. Fuimos a pasear por un parque y allí,
entre unos matorrales, me folló. ¿Lo disfruté? Sí, sí, tuve dos orgasmos y, con la
emoción,estúpida de mí, no me preocupé de que se viniese dentro. Luego estuve en
un sinvivir hasta que me volvió la regla. A partir de entonces fui mucho más
cuidadosa, de ningún modo podía quedarme preñada.

Como había disfrutado repetí la experiencia en unas cuantas ocasiones, con aquel
chico primero y más tarde con otros. Al final dejé de hacerlo no por falta de gusto
sino porque un día comprendí que me estaba haciendo conocida entre la marinería.
Disfrutaba pero seguía sin gritar, una vez pasada la emoción de las primeras veces
advertí que, aunque fuese muy agradable tanto toqueteo y besuqueo, el orgasmo
no era en el fondo mucho mejor que el que me proporcionaba a solas, y en general
era peor. Debo aclarar que apenas si veía la polla de aquellos chicos, la toqueteaba
un poco y luego me la metían, pero eso de examinarla detenidamente, ya no
digamos mamarla, era una práctica que en las precarias condiciones en que lo
hacíamos era poco menos que imposible. Por no hablar de que, incluso para alguien
que tenía tan pocos reparos como yo, la felación era por entonces una actividad de
una perversión ilimitada. El riesgo no pagaba el placer. Mamá, era evidente, había
disfrutado muchísimo más con papá. ¿o era que mentía, tal como mentía yo en
ocasiones con aquellos chicos? No, no, mamá no mentía, eso lo tenía muy claro.

Y había algo más, algo que me obsesionaba. Yo había visto la polla de mi padre, o
más bien su sombra fugaz, sin haber visto antes nada similar, y había pensado que
era una cosa monstruosa. Desde entonces ya había visto varias, y ninguna me había
parecido tan enorme ni de lejos. ¿Era eso cierto, o solo era el producto de la
impresión recibida en la mente de una niña de ocho años?. Me costó mucho, muchas
dudas, pero al fin decidí averiguarlo, quizás era por eso por lo que tanto gritaba
mamá, y en ese caso ¿iba yo a quedarme sin gritos porque no tenía a papá?

Mi padre era alto, guapo aunque ya con poco pelo por entonces, silencioso y triste
a menudo, pero infinitamente amable y complaciente en todo y con todos siempre.
Lo adoraba y él, desde luego, me adoraba a mí.

Ya había cumplido 15 años cuando un día, estábamos solos en casa, lo abordé. Con
mucha inocencia, como si fuese todavía una niña pequeña, saqué el tema, tan
antiguo, de la vez que los había pillado en la intimidad del acto. Él se puso
incomodísimo, pero yo no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente. Que por qué
gritaba mamá y si él le hacía daño. No, claro que no, ¿cómo le iba a hacer él daño
a mamá si la quería?. Y entonces por qué gritaba ella. Bueno, eran cosas de
mayores, eran cosas que hacían los hombres y las mujeres cuando se querían,
cariños que les daban placer y por eso las mujeres gemían y gritaban. Poco menos
lo mismo me había dicho mamá muchos años antes, excepto que ella había usado
la palabra gusto en vez de la palabra placer. En cualquier caso me daba pie para
que le preguntase lo mismo que le había preguntado a ella, entonces muy
inocentemente, ahora con perfecta pero fingida inocencia.

Ah, pues si era así y daba tanto gusto -y use esa palabra, no placer- por qué, ya
que también nos queríamos mucho los dos, y yo era una mujer, no me hacía a mi
esos cariños, para que me diese gusto y gritase como mama. El resultado de tanta
inocencia fue un sonoro tortazo, un tortazo tan fuerte que me hizo caer al suelo,
pero aun tuve tiempo de ver que mi padre se había ruborizado hasta las orejas.

Salí de allí corriendo y llorando como una magdalena. La torta me había dolido, pero
mucho más la humillación; en su vida me había levantado la mano mi padre. Y eso,
al fin, fue una suerte. Porque, dado su carácter, no tardó en arrepentirse y vino a
pedirme perdón. Estaba llorando en mi cuarto y ni quise dejarlo pasar ni quise
perdonarle, eso no iba a cambiar las cosas. Sin embargo volvió a pedirme perdón al
día siguiente. Y ahí sí que aproveché la oportunidad.

No, no le perdonaba, porque no me quería nada. Sí que me quería, ¿como no me


iba a querer? Era su niña preciosa, me adoraba. No, nada de nada, primero porque
me pegaba muy fuerte, y encima porque no quería darme el gusto. Eso no podía
ser, hija, eso era algo que solo pasaba entre marido y mujer. Sentía haberme pegado
pero lo otro era imposible, ya era, además, lo suficientemente mayor como para
comprenderlo, que no intentase confundirlo fingiendo inocencia.

Bien, era suficientemente mayor y no tenía nada de inocente. Pero el asunto había
sido planteado y el tabú roto. También era suficientemente mayor como para saber
que a mi padre no le era indiferente mi belleza. Y, pues la tenía, comencé a
explotarla. Me ponía coqueta cuando hablábamos solos, y ni que decir tiene que
siempre hacía todo lo posible para que eso sucediese. Al principio me rehuía, pero
al fin se resignó. Le lanzaba miradas insinuantes. Y una mañana de domingo, él
estaba en la sala leyendo el periódico y mi madre había salido, me presenté allí en
combinación. ¿Decían algo interesante las noticias? No, hija, logró murmurar rojo
como un tomate. Qué calor hacía, me quejé rascándome una teta, que ya eran, por
entonces, bastante más grandes que las de mamá. Sí, mucho calor. ¡Ay!, se me
había metido algo en el ojo, a ver si podía sacármelo él. Y me incliné sobre su butaca
permitiendo que mis tetas colgasen, prácticamente sin cubrir, ante sus ojos.

Hija, por favor, se levantó brusco y muy nervioso. ¿Qué, qué pasaba? Que estaba
prácticamente desnuda, que no podía ir así por la casa. ¿por qué? ¿no le gustaba?
¿era fea?. Ya sabía de sobra que no, ya sabía que era muy guapa, y que por eso
aun debía ir más cubierta, porque no era adecuado que él me viese así. ¿Pero por
qué? Si a él le gustaba verme, si le parecía guapa. No se trataba de eso, estaba mal
que él me viese así, que no lo torturase, que no me hiciese la inocente. Y por qué
habría de estar mal, si a mí me gustaba que él pudiese verme así, si me gustaba
mucho, y si quería también podía quitarme la combinación. Me vas a matar, hija,
dijo y salió de casa sin permitirme seguir con el juego.

Pero el juego avanzaba y no veía yo que, por mucho que se resistiese, no fuesen al
fin a caer todas sus defensas. Por entonces vivíamos tan solo los tres en casa, mi
hermano, siete años mayor que yo, se había casado un año antes. Un día dijo mamá
que el abuelo se había puesto malo y que quería ir al pueblo, a hacerle compañía a
la abuela, porque temían que se fuese a morir. Eso significaba que nos quedaríamos
solos papá y yo, y vi cómo mi padre ponía todo tipo de objeciones a ese plan de mi
madre.

Al final mi madre se enfadó. Era él un egoísta y un tirano. Había tenido que soportar
que con sus ínfulas de San Francisco se dedicase a atender a tantos que no podían
pagarle, que por su culpa no tenía ni una mísera criada que le ayudase en las tareas
de casa, y que ahora, encima, no quería ni dejarle ir a ver a su padre, que quizás
pudiese morir en las próximas semanas.

Papá aguantó el chaparrón como pudo y al final no tuvo más remedio que ceder.
Desde el primer instante se me hizo claro que su resistencia a que mamá se fuese
no era más que el miedo a quedarse a solas conmigo. Y ese miedo me hizo feliz
porque, supe, implicaba que, a poco que me lo propusiese, mañana, pasado
mañana, el domingo, papá me haría los cariñitos que le hacía a mamá.

Se fue mamá y aquel primer día logró eludirme. Cuando llegó a casa al anochecer
se lo veía nervioso, y más nervioso se puso cuando le dije lo guapo que estaba y
que, si quería, también yo podía ponerme guapa para él, o quitarme el vestido y
quedarme con la combinación mientras cenábamos, que yo sabía que a él le gustaba
verme en combinación. Para ya, hija, para ya o me voy ahora mismo a dormir a un
hotel. Aunque parezca mentira la idea de quedarme sola en casa me aterraba, no
es que tuviese miedo a los ladrones, tenía miedo a los espectros, así que me detuve
malhumorada.

Con todo esa misma noche, ya en cama, vino él a darme las buenas noches y
aproveché para decirle que no se le ocurriese dejarme sola, que me iba a morir de
miedo, que ya tenía miedo en ese mismo instante ante la mera posibilidad, y que
no podía ser tan cruel conmigo. Bueno, no iba a irse así que no tenía nada que
temer. Eso ya no importaba, porque me había metido el miedo en el cuerpo y seguro
que esa noche iba a tener una espantosa pesadilla con vampiros, que en realidad
tendría que dejarme dormir a su lado para que estuviese tranquila, y que además,
así, no echaría de menos a mamá y que, si quería, también podía hacerme los
cariños que le hacía a ella. Acabaré -dijo cerrando la puerta de mi cuarto- por
enviarte a un internado.

Pero por la mañana, pese a la amenaza, me presenté en la cocina cubierta tan solo
por el camisón, ya muy gastado, y me puse al contraluz para que él no dejase de
apreciar mi silueta. Él bufó y dijo que se iba antes de hacer algo de lo que luego se
arrepintiese. Él qué, pregunté coqueta. Darme una zurra por mi descaro. Eso, me
quejé, demostraba lo poco que me quería, no hacía más que amenazarme; con
dejarme sola en casa para que me mordiesen los vampiros, con enviarme a un
internado con monjas malvadas, con darme una paliza sin haber hecho nada malo.
La que se iba al instituto era yo, no me quería nada y estaba harta de él, lo odiaba,
si me quisiese no me habría dejado pasar la noche horrible que había pasado sola,
si me quisiese me habría dejado dormir con él y me habría hecho los cariños que le
hacía a mamá para consolarme, pero como no me quería nada lo único que hacía
era amenazarme. Así que me iba, porque aunque no había a nadie a quien quisiese
más que a él en el mundo también lo odiaba por su crueldad y su mezquindad. Y
me fui muy digna.

Así acabó su resistencia. Él estaba allí cuando llegué del instituto esa tarde, y tan
pronto lo vi supe que había llegado el momento. No estaba allí por casualidad, muy
raras veces volvía a casa tan temprano, estaba allí por mí, me estaba esperando. Y
yo no le hice esperar nada, en cuanto lo vi corrí hacia él y salté para abrazarlo. Dios
mío, hija, suspiró cuando me aplasté contra él llenando su cara de besos, cuando
aplasté mis tetas contra él y las froté contra su pecho. ¡Oh, papá, papá!, grité muerta
de felicidad, me vas a hacer los cariños que le haces a mamá ¿verdad que sí?
¿verdad que sí? Dime que sí. Sí, hija, susurró, Dios mío, no tendré perdón pero lo
voy a hacer. No, no iba a tener perdón porque sentí como su pene se endurecía, y
entonces me aparté.

-Espera -le dije- vamos a tu habitación, quiero que me lo hagas allí. Quiero que
vayas allí y me esperes, yo voy ahora.

No puso objeciones, no tenía voluntad, tan solo resignación y deseo. Fui a mi cuarto,
me desnudé, me puse una combinación y me contemple en el espejo del armario.
Quería estar muy guapa para él, quería hacerle muy feliz. Sin bragas ni sostén la
combinación enmarcaba mi cuerpo, y así fui a su encuentro. Se había quitado la
americana y la corbata, pero nada más. Al verme dio un respingo. Dios mío, Clara,
que hermosa era. Yo estaba radiante, y más lo estuve cuando vi moverse algo bajo
el pantalón. Quiero, le dije, que te desnudes. Se quitó los zapatos sin rechistar, se
quitó la camisa, observé que aquello que había bajo el pantalón era muy grande. Y
ahora el pantalón, logré pedir temblando.

Se lo quitó, junto con los calzones, dándome la espalda, y solo cuando ya estuvo
completamente desnudo volvió a encararme. ¡Ay, Dios mío! Grité sobrecogida
llevándome las manos a la boca. Así pues no me había engañado de niña, era
puramente monstruoso. Nada de lo que yo hubiese visto hasta entonces, y había
visto más que suficiente, podía compararse a aquello ni de lejos ni me había
preparado para el espectáculo. Al menos doblaba, en longitud y grosor, la media de
las conocidas. Era tan inmensa que daba miedo. Ay, papá, es muy grande muy
grande, es descomunal.

Si, hija, dijo cohibido, si quería lo dejábamos, lo mejor era que lo dejásemos. Ah no
-le sonreí asustada acercándome a él- con lo enorme que se la había puesto no
quería que lo dejemos, quería que me hiciese los cariñitos que le hacía a mamá, y
que me chupase las tetas, y que me hiciese gritar de gusto, como a mamá, ¿verdad,
papa, que me iba a hacer gritar de gusto?. Si hija, susurró, y que tenía unas tetas
sublimes. Pues eran todas para él, le contesté dejando que cayese la combinación y
poniéndole un pezón en la boca.
A partir de ahí todo mi control fue desbaratado. Ya solo su boca mamando
desesperada mis tetas mientras sentía contra mi vientre aquella inmensidad me
enloquecía. Chúpame, papá, chúpame las tetas, te gustan, te gustan más que las
de mamá, porque son más grandes. Y él me las comía enloquecido. En ese momento
me arrojó sobre la cama, se echó sobre mí y me dijo que me iba a penetrar, pero
en el último momento se detuvo. Que era muy grande, y yo todavía pequeña, que
no quería hacerme daño y que aun estábamos a tiempo de dejarlo. No, no, quería
que me hiciese los cariños que le hacía mamá, y si a mamá le gustaba que se la
metiese, y le gustaba tanto que gritaba, yo también quería que me la metiese, quería
que me hiciese gritar de gusto como a mamá. ¿verdad que me iba a hacer gritar de
gusto? Mucho, mucho, más que a mamá, porque yo le gustaba más, porque era más
guapa y tenía las tetas más grandes y bonitas, y porque se la ponía tan enorme para
que me la metiese, que era lo que él quería, y que lo hiciese ya, que me la metiese
hasta el fondo, que no podía aguantarme, que me volvía loca su polla descomunal.

Oh, entonces sí que grite como una posesa mientras mi padre me penetraba y me
follaba. Grité de dolor y de un placer como no había sentido otro jamás, orgasmo
tras orgasmo hasta que él se corrió, y aunque yo hubiese querido entonces que lo
hiciese dentro de mí él, precavido, se salió antes de hacerlo. Incluso para un médico
no era fácil encontrar preservativos durante aquellos años. Y aunque al fin trajo
algunos en absoluto suficientes para tanta actividad copuladora como desplegamos.

Durante los 15 días que mamá estuvo cuidando al abuelo no hicimos otra cosa que
follar. Decenas y decenas de veces. Le pedí que firmase un justificante que me
declarase enferma en el instituto, y él no tuvo nada que objetar. Las noches eran
apoteósicas, su resistencia no era menos admirable que su polla, y su deseo hacia
mí no menor al que yo sentía por él. El placer que yo le daba no se lo había dado
nadie. El que él me daba a mí no cabe en las palabras. Me meaba de gusto,
literalmente, cada vez que el entraba hasta el fondo, y a él le gustaba que me mease.
Nunca he vuelto a ser tan feliz ni a estar tan enamorada. Fue por eso que, aunque
él procuraba salirse si no llevaba goma, varias veces lo anudé con mis piernas, del
todo poseída por el placer, y lo obligué a correrse en mi interior.

Pero todo se acaba y lo más rápido la dicha. Volvió mi madre y con su vuelta mi
padre decidió que nuestra luna de miel no volvería a repetirse. Porfié tanto como
pude aunque no logré que cambiase de opinión. Luego no me vino la regla y lo
mantuve en silencio. De habérselo dicho él mismo se habría encargado de
practicarme un aborto. Sin embargo yo no quería abortar porque abrigaba la
absurda fantasía de que, cuando al fin llegase el niño, nos fugaríamos los tres al
Brasil o la Argentina, viviríamos felices y comeríamos perdices. Para cuando
comprendí que eso no iba a pasar jamás el bombo ya era demasiado grande. Y así,
en secreto, en casa de mis abuelos, asistida por mi padre, traje otra vida al mundo.

Ahora lo entiendes ¿eh, Andrade? Ahora vas entendiendo. Con todo hay más en
torno a tu princesita, Si, eso te lo ha contado; cuanto le gustaba que le azotase en
el culo, solo con la mano y siempre sobre mi regazo. Le volvía loca. Pero seguro que
no te ha contado lo demás. Llegado el momento yo estaba un poco cansada de tanto
jueguecito lésbico, y encima me preocupaba que la niña siguiese siendo virgen,
quiero decir que no hubiese conocido a un hombre, porque lo que se dice virgen
está claro que no era. Aseguraba que aunque los chicos le gustasen no había
encontrado a ninguno que le gustase lo suficiente, sostenía que para acostarse con
uno por primera vez tendría que estar enamorada. A mí el amor me parece de perlas,
pero nunca se sabe si va a llegar o cuando, y estaba convencida de que, aun sin
amor, le iba a encantar. Así que un día, harta de tanta tozudez y tanta tontería,
decidí intervenir. Volví a mi antiguo cazadero y me busqué un marinerito, agradable
y a punto de licenciarse.

Cuando llegó la niña estábamos los dos conversando tranquilamente. Por supuesto
la tranquilidad era solo mía, porque el pobre chico ya sabía que estaba ahí para
follar, y aunque era muy educado y algo tímido, se subía por las paredes a la espera
de que llegase la hora. Me iba a follar a mí, naturalmente, y no es que yo tuviese
muchas ganas, más bien ninguna porque llevaba mucho tiempo sin sentir interés
por los hombres, pero quería que Lidia viese cómo lo hacía.

A ella le asustó mucho ver al chico, y cuando le dije qué iba a pasar quiso irse. Tuve
que ponerme severa y darle unos azotes para que se calmase y entrase en razón.
Una vez hecho eso me desnudé un poco, me quedé en bragas y sostén, y le ordené
al chico que se lo quitase todo. Estaba tan excitado que ya se veía que iba a ser un
brioso y muy rápido corcel. Efectivamente, apenas duró cuatro embestidas que ya
se estaba corriendo. Con todo era joven y no tardó en recuperarse y, claro está, tan
pronto lo hizo le ordené a Lidia que se desnudase y se preparase para ser follada.
El chico, en cuanto la vio desnuda, no daba crédito a su suerte, no obstante al ver
la poca apetencia de la niña declaró que en esas condiciones no podía hacerlo, que
sería como violarla. Ya digo, un muchacho muy educado.

También yo soy muy educada, y fue así, con principesca educación, como le indiqué
a Lidia que ya podía ir solicitando al chico que se la metiese. Y por supuesto eso
hizo. Bien desfogado tras haberme follado a mí tardó mucho más en correrse con
ella. Eso sí, para evitar males mayores le había obligado a ponerse un condón,
porque para entonces ya era fácil conseguirlos. Me encantó ver cómo lo hacía, y
sobre todo ver como la reticencia de Lidia iba desapareciendo poco a poco y acababa,
también ella, por correrse.

Oh sí, le gustó mucho. Y como ya he dicho que nada me agrada tanto como hacer
disfrutar a quienes quiero, me apresuré a buscarle nuevas alegrías. De joven había
dado por concluida esa práctica porque temía ser descubierta, pero a esas alturas
de mi vida ni me importaba ser descubierta ni temía que eso fuese a suceder. Los
tiempos, además, habían cambiado. Así que entre tetas y azotes, entre comidas de
coño y dedos por todas partes, mi niña se iba entreteniendo, de vez en cuando, con
un mozalbete copulador. Afición que cada vez le gustaba más, era insaciable.

Y como lo era tuve en algún momento la brillante idea de esperarla en una de


aquellas tardes ya no con uno sino con dos lindos marineritos. Qué contenta se puso,
y aun más cuando, a media faena, ordené a los chicos que, mientras uno se la metía
por delante, procediese el otro por detrás. Sí, esa maniobra le pareció asombrosa y,
a partir de entonces, siempre quería repetirla. Entre otras cosas le gustaba mucho
porque por el culo los chicos podían metérsela sin goma y llenárselo de leche. Desde
luego para esas fechas ya se había vuelto una fantástica mamadora, adosaba su
boca a las pollas como un bebé a un pezón, y nunca tuvo empacho en que también
le llenasen la boca de lefa. A mí, ya ves, eso es algo que nunca me ha gustado,
excepto de vez en cuando con papá, pero a ella le encanta con cualquiera, lo sabes
bien porque ya te ha demostrado sus habilidades.

Con todo seguía siendo insuficiente, así que en cierta ocasión salí a ver si encontraba
a tres. En realidad siempre era más fácil encontrar una cuadrilla que a uno que
estuviese solo. Y entre las cuadrillas más fácil encontrarse con una de cinco o seis
que con una de tres. Eran seis, me lo pensé un instante y decidí reclutarlos. Cuando
llegó ella y vio aquella muchedumbre daba saltos de alegría. Y no es de extrañar
porque siendo tantos supo que, mientras lo hacía con unos, tendrían tiempo de
recuperarse los otros. Cuatro horas los tuvo follándola, y raro fue el momento en el
que, al menos, no tuviese una polla percutiendo en su culo y otra en su coño. Y qué
felicidad cuando se las apaño para tener otra más en la boca y otras dos en las
manos.

A mí, ya lo he dicho, habían llegado a cansarme los chicos, pero me encantaba ver
cuanto disfrutaba ella y entre tanto solía masturbarme. No obstante aquel día, con
tanto frenesí, no pude resistirme, acabé también yo desnuda y aunque no
demasiado, porque sobre todo quería que estuviesen disponibles para ella, dejé que
un par de ellos me follasen a gusto. Creo recordar que aquella tarde tuvo ella sobre
ochenta mil orgasmos. Y claro, una vez pasada la fenomenal experiencia ya nunca
se conformaba con menos.

Otro día pensé que era tonto recurrir siempre a chicos tan jóvenes y que bien podría
agradarle un poco de variedad. Una cuadrilla de obreros que salía de una fábrica y
que me piropeó mientras pasaba me vino como anillo al dedo. Eran lo menos 20,
pero al final no se decidieron más que cinco. Y no eran chicos sino hombres, algunos
con su panza hinchada, alguno ya cerca de los 60. Pero la criatura no le hacía ascos
a ninguna polla, le gustaban todas, jóvenes o viejas, grandes o pequeñas, aunque,
se entiende, mucho más grandes. Se corría tanto mi niña con dos pollas bombeando
en su interior, se meaba de gusto, orgasmo tras orgasmo, por decenas en cada una
de aquellas agradables sesiones. ¿O no, Lidia? No dejes al pobre Andrade con la
duda de si estaré mintiendo.

-Si, Clara, me gustaba mucho entonces -susurró, y concluyó- Entonces.

Eso es, le encantaba. Sin embargo toda esa dulce experiencia tuvo un final abrupto
cuando el necio de mi hermano decidió revelar a la criatura que no era su padre.
Luego el accidente y el vivir juntas durante meses un poco como si fuésemos
enemigas. O no, porque yo intentaba por todos los medios reconciliarme y que me
perdonase, aunque nunca tuve claro porqué debía ser perdonada. La culpa es algo
que siempre me ha quedado a desmano, no logro comprenderla. No obstante no
tardé en descubrir que Lidia tenía una perfecta comprensión de las culpas ajenas, y
a su juicio la mía era oceánica. Y así hasta que mi padre salió del coma y volvió a
casa, entonces mi culpa ya se volvió cósmica.

Había perdido media pierna, y también mucha memoria, pero fuera de eso no estaba
físicamente disminuido. No era un hombre joven, pero distaba de ser un anciano,
no tenía más de 58 años. Lo que sí había perdido eran las ganas de vivir, pero no
tardó en recuperarlas. O quizás no eran las ganas de vivir, sino el deseo de follar.
No recordaba, o no quería recordar, los 15 días que habíamos pasado juntos. Como
tantos años atrás también ahora quiso resistirse, sin embargo su resistencia no duró
más que un parpadeo. Ya no estaba mi madre, ni yo era tan joven, quizás hasta, en
su confusa cabeza, eramos la misma persona mi madre y yo. Bastó con que me
presentase desnuda en su cuarto para que cayese sobre mí, y no dudo de que
aquella mañana me entregó los mejores orgasmos de mi vida.

Había pasado muchos tiempo desde que yo no estaba con un hombre, mucho desde
que había dejado de interesarme por los hombres. Cientos de veces le había rogado
que volviésemos a follar sin que él aceptase. Yo lo amaba ¿entiendes eso, Andrade?
Lo amaba como no he amado a nadie jamás. Y por supuesto estaba su polla
extraordinaria. Así que cuando logré encaminar su miembro hacia mi coño no estaba
menos temblorosa y anhelante que la primera vez. Y cuando su inmensidad me llenó
no pude dejar de correrme, orgasmo tras orgasmo, durante las dos horas que
estuvimos follando.

Después vinieron las novedades, cosas que en su día no habíamos hecho porque ni
sabíamos que era posible hacer. Él no era feliz, aunque en ocasiones pareciese
confundirnos no podía olvidar la muerte de mi madre y de mi hermano, pero en mí
encontraba algo más que consuelo y alivio. Por mi parte volver a tenerlo después
de media vida sí me hacía feliz. Procuraba ser muy cuidadosa con la niña, no quería
que nos descubriese. Sin embargo mis precauciones fueron insuficientes y al fin,
tras seis meses visitando la cama de mi padre a escondidas, nos descubrió.

Para mí era difícil encontrar momentos en los que pudiese acostarme con él sin
preocuparme por ella. Solía meterme en su cama por las noches, cuando Lidia
dormía. Y en ocasiones me aseguraba de que su sueño fuese profundo mezclando
un somnífero con su cena. Con todo me obligaba a ser silenciosa durante esos
encuentros nocturnos, ahogaba mis gritos y gemidos hundiendo la cara contra la
almohada. Pero un día, cosa rara, ella iba a salir, iba a ir al cine con unas amigas, y
pensé que tendría cerca de tres horas para gozar sin cortapisas con papá. Estaba
así, en mi cuarto, él tumbado boca arriba sobre la cama, yo en cuclillas sobre su
polla me alzaba y me dejaba caer entre irrefrenables gritos y espasmos. Tan ruidosa
que no la oí llegar, no más de media hora después de que se hubiese ido, ni me di
cuenta de su presencia hasta que algo noté, volví la cabeza y la vi allí, en el quicio
de la puerta, con una mueca de asombro perfecto en su cara, con la boca abierta y
como detenida en un grito de espanto que no había logrado expresar.

Furiosa le dije que se fuese, eso hizo y yo, embriagada de gozo, no interrumpí mi
cabalgada, a fin de cuentas ya había sido descubierta y eso no tendría vuelta atrás.
No obstante cuando acabé y acabó él, que ni se había dado cuenta, bajé para
enfrentarme a ella. No me preguntó ni me amonestó porque estuviese follando con
mi padre, sino que con gran frialdad se limitó a afirmar que era él ¿no? Que él era
su padre, que su abuelo era también su padre y yo no solo su tía y su madre, sino
también su hermana. No dije nada, no parecía necesario. Así que hermanas ¿eh?
Sonrió como si le hubiese dado un regalo de incalculable valor. Y entonces se vengó.

Ya sabes cómo ¿No Andrade? Sí, claro que lo sabes, ahora ya lo vas sabiendo todo.
Le hizo a mi padre lo mismo que te ha hecho a ti. Logró que se enamorase de ella y
se lo llevó a su cama, porque yo seré una bruja, pero ella es una maga, una
hechicera. Y una vez en su cama abandonó la mía. Durante una semana la oí gritar
todas las noches. ¿Lo entiendes, verdad? A su abuelo, a su padre, a mi amor. No lo
hacía por él, aunque sin duda le gustaba, lo hacía para destruirme. Él fue incapaz
de resistirse, el pobre ya no tenía armas para resistirse, ni tan siquiera creo que
supiese con quién lo estaba haciendo. Pero debió comprenderlo al final de esa
semana, y entonces recurrió a la única arma que le quedaba y se mató. Esa, mi
joven Andrade, es tu princesita.

Dejó que un larguísimo silencio cayese entre nosotros, y al fin comenzó a reír a
carcajadas. Cuando tras más de un minuto de hilaridad se calmó, quiso rematar.

-Y, ahora, Andrade ¿qué es verdad? ¿Y si te dijese que todo lo que te ha contado
ella y todo lo que te he contado yo es mentira? Si te dijese que Lidia no es más que
otra de mis ex-alumnas, y que la envié contra ti tan solo para darte una lección por
haberme humillado en público, ni siquiera por tu regalito, que eso me trajo sin
cuidado, pero no la humillación. ¿Te creerías eso? ¿No te parece maravilloso que la
bruja a la que tanto odias haya sido la encargada de desvirgarte? ¿Qué crees? ¿Se
vengó Lidia de mí a través de mi padre y ahora a través de ti? ¿Soy yo quien me
vengo? ¿Y de quién? ¿Y tú? ¿Cual es tu papel en este drama familiar? ¿Eres un
instrumento? ¿Una víctima? ¿Es suficiente pago el haber follado? ¿Qué crees, mi
querido Andrade?

¿Qué creía y qué dije? Quién sabe, desconfío de la memoria. Algo debí decir, con el
tiempo un discurso articulado concluye aquella escena, sin embargo quizás no dije
nada y simplemente salí huyendo.

-Creo -dije mientras me levantaba y comenzaba a vestirme, infinitamente cansado-


que me jodiste la infancia y has vuelto a joderme ahora. Creo que podría arrancarte
la piel a tiras. Creo que, en el fondo, esperas algo así, que digas lo que digas te
aplasta el peso de la culpa, que buscas que te castiguen, que quieres morir. Y por
eso me voy. Y tú -me dirigí a Lidia- puedes sentirte orgullosa, tanto me da cual sea
la verdad, pero ten por seguro que aun más que ella me has jodido tú. De todos
modos, sea cual sea la verdad, creo que aun estás más jodida que yo. Aquí, a fin de
cuentas, todos estamos jodidos, todos locos. Por eso hemos acabado los tres
reunidos, no por ninguna maquinación con la que queráis congratularos, sino por la
locura, por lo mismo que acaban los planetas orbitando en torno a una estrella, no
por ninguna cualidad ni intención específica de la estrella, sino por una cualidad
propia de cada uno, por la materia de la que están compuestos y la gravedad que
la dirige. Así que tanto da cual sea la verdad, porque la verdad es la locura, y tanto
da que seas tú, bruja, nuestra estrella de la locura, o lo seas tú, Lidia. Pero yo me
largo ¿no decías, bruja, que me ibas a curar del amor? Pues os felicito, estoy curado,
soy un planeta errante.

9. EPÍLOGO

Ya amanecía cuando salí de aquella casa. Lidia, con la cara desolada, me despidió
en la puerta, dijo que aun así me quería. No contesté, no volví la vista atrás.

Ese mismo día abandoné mis negocios inmobiliarios, como los había llamado la loca
Lidia. Un par de días más tarde tiré a la basura la chupa de Syd Vicious y mi afición
por las anfetas. Una mañana me vieron entrar en clase a primera hora y ya no me
vieron salir en lo que quedaba de curso y luego hasta que acabé la licenciatura de
informática. Pocas semanas después regalé la moto. Un año más tarde habría sido
difícil encontrarme en un cuarto vacío, así de discreto me había vuelto.

Una noche, poco antes de deshacerme de la moto, cuando llegaba a casa, vi a Lidia,
mi antigua Lidia, saliendo del portal. Estaba sola, me detuve, le pregunté si podía
hablar un momento con ella. Le dije que quería pedirle perdón, que no había sido
mi intención molestarle, que tan solo era un imbécil sin palabras. No pasaba nada,
me contestó sonriendo. Vale. Ya me alejaba cuando me llamó:

-Pablo ¿pero yo a ti te gusto?

-Es evidente ¿no? Pensaba que lo sabíais todos desde hace años.

-¿Años? -se rió- Pues no, Pablo, de ti no sabe nada absolutamente nadie, si hasta
tu hermana dice que eres incomprensible. Bueno, me voy, pero… me gusta gustarte,
puedes hablar conmigo cuando quieras.

No, no nos hicimos novios ni vivimos un adorable romance adolescente. Sin embargo
nos hicimos amigos, solíamos ir al cine juntos un par de veces por semana, y luego
nos sentábamos frente a una taza de café a hablar de la película y el misterioso
mundo. De vez en cuando follábamos. Creo que desde aquellas primeras palabras
en la calle supo que me gustaba, sí, y que la había amado, al menos del modo en
que se aman los sueños, pero que ya no estaba enamorado de ella. No, el animal
salvaje ya no recorría los desiertos y se encaramaba sobre los riscos para vigilar el
oasis. El animal salvaje había muerto. Y el deseo era un fósil paleolítico enterrado a
kilómetros de profundidad, el fósil, habría dicho la loca Lidia, de un hijo tonto. El
hijo tonto resucitó algunos meses más tarde, aun más tonto y además tullido, pero
el animal salvaje siguió en su tumba.

Durante algún tiempo abrigué la esperanza de que ella, la loca Lidia, se pusiese en
contacto conmigo, que viniese, no a pedirme perdón, sino a decirme hola. Yo no
podía buscarla y no lo hice, y ella, pensé, no quería buscarme y no me buscó.

Pasaron 15 años. La ciudad no era enorme pero si lo bastante grande como para
que alguien se perdiese y nadie lo encontrase. Mi vida era una vida de fantasma, un
fantasma con diversas aficiones por la radiación femenina, pero fantasma al fin. Y
estaba a gusto con ella, todo lo a gusto que puede estarlo un hombre con su animal
salvaje bajo tierra. Le llevaba flores en invierno.

Una mañana la vi. Estaba muy distinta, pero aun así podría haberla reconocido entre
un millón de personas con los ojos cerrados. Ya no le cubrían el cuerpo aquellos
faldones, ponchos, fulares y zamarras de judía errante, vestía ahora con eso que
suele llamarse discreta elegancia. Se vestía, como yo, con la invisibilidad. Me quedé
inmóvil, como si hubiese visto a un tiranosaurio doblar la esquina. También ella me
vio, y me pareció que su primer impulso había sido dar la vuelta espantada, sin
embargo se lo pensó dos veces y vino directa hacia mí.

-¡Pablo Andrade! ¿te acuerdas de mí?


-¿Y cómo podría olvidarte?

-Te has hecho mayor -me sonrió, con sus ojos enormes y analíticos- pero sigues
siendo guapo, aunque ya veo que haces todo lo posible y un poco más para que
nadie se entere.

-Bueno, tanto como guapo no he sido en mi vida, así que nadie se entera porque
nadie me mira como tú.

-¿Ah no? Pues eso está muy mal, eso no puede ser ¿tienes algo que hacer? Te invito
a comer.

Me agarró del brazo, se echo a reír, tiró de mí y fui con ella. Por una grieta del asfalto
me pareció ver cómo saltaba de su tumba el animal salvaje. Claro que fui con ella,
hasta el fin del mundo, aunque nunca dejase de caer..