Está en la página 1de 369

Mr.

Boyer

IMPUGNACIÓN DE LA
HEREJÍA
CONSTITUCIONAL
QUE SOMETE LA
RELIGIÓN A LA
POTESTAD CIVIL

1847
IMPUGNACION
DB LA

HEREJIA C m T l I Ü O M
QUE SOMETE LA R E LIGIO N A I.A PO TE STA D CÍY1L,

e n t& U $ lEütimíí® titsnrpo*:

PRECED E

LA HISTORIA DE ESTA MISMA HEREJIA


feESDE LA REFORMA DE LtiTERO HASTA LA EfcOCA PRESENTE.

O b ra e s c r ita en fra n c é s p o r Mr. B O V E B ,


- DIRECTOR DEL SEM IN AR IO RES. S ü LP ICIO EH PARIS.

COST U G E K C I A B E L O H S I N A R I O .

M A D R ID : 1847.
Imprenta de D. Josrc F e lt x P a la c io s , editor.
La abra que presento ahora al público f ¿ fblta d*
otro mérito tendrá siempre el de la oportunidad: en la
actualidad es sumamente interesante. Satanás que dirige
la guerra declarada hoy al cristianismo con aquella pro­
funda malicia observada por sa-n Pablo, ha asestado
todas sus baterías contra el dogma que defiendo. Bien
sabe él que apoderado de esta trinchera avanzada de la
ciudad de Dios enteará en ella á mano armada y reina­
rá como soberano: asi todo el vigor de la defensa, es
decir, de la polémica cristiana y católica, debe dirigirse
hácia ese punto central del ataque del demonio.
Estaba reservada á la iglesia esta última prueba, es
á saber, que unos enemigos que tienen-el proyecto de­
clarado de destruirla, se presentasen como sus protec­
tores y como los conservadores de su obra,.y bajo este
religioso pretexto usurpasen todos las prerogativas de
la gerarquía divina para emplearlas en la destrucción
y ruina de aquella. Venciendo en este último combate
va á poder retar con mas seguridad que nunca, á las
potestades del infierno que no prevalecerán contra- ella:
van á brillar con mas vivo resplandor los caracteres de
divinidad de que está rodeada; y selo podrán descono­
cerlos aquellos que se pongan una venda en los ojos.
Con todo antes de comenzar mi trabajo perdóne­
seme que exhale una queja que oprime mi corazón.
¿Por qué en un reino donde el catolicismo es la religión
de la mayot' parle deí puebla soberano, me he de ver
yo forzado, á probar un dogma tutelar de todos nues­
tros dogmas y sin el cual no se tiene idea de la iglesia
católica ? ¿Por qué me he de ver precisado á hacer una
conclusión de é! y corroborarle con argumentos de toda
especie sacados de las fuentes de la ciencia divina?
En 1790, época todavía muy reciente, la santa
sede notó el error que combato, como una herejía, una
especie de análisis de todas las herejías * y eso en uno
de los juicios mas solemnes inscriptos en los registros de
1» iglesia católica: el nombre de constitucional dado á
esta herejía es para todo católico como uno señal de
réprobaclon en la frente, Bonaparte, el restaurador del
culto católico en Francia , profesó el dogma contrario y
le proclamó solemnemente al tiempo que aceptaba coa
complacencia los títulos de nuevo Ciro y restaurador
del templo de Dios, Luego desenvainó, la espada contra
esta misma iglesia, la único potencia dé Europa que se
atrevía entonces á presentarse como soberana indepen­
diente del poder de aquel. Con todo aun entonces no
dijo Bonaparte: La iglesia católica no es una potencia
soberana; sino: Yo soy su protector y debo protegerla
contra sí misma cuando va á precipitarse en su ruina.
¿ Y cuál fue su suerte? No quebrantó esta piedra, sino
que se estrelló en ello. -
Los obispos de varios grandes reinos reunidos en
concilio en Paris hablaron al emperador este lenguaje
firme é intrépido: Nosotros somos vuestros súbditos en
el,orden temporal; pero en el espiritual, vos sois súb­
dito de esta iglesia A quien representamos. Os es dada
toda potestad de encarcelarnos y aun de quitarnos la
vida; pero si proponéis <1 la iglesia católica que abdique
la supremacía de las cosas divinas de que la invistió el
mismo Dios, os respondemos en su nombre: Al Cesar
loque es del Cesar y á Dios-lo gue es de- Dios'; y si hay
que optar entre estas dos potestades y juzgad vos mismo
si es -justo y equitativo obedecer á los hombres-antes que
á Dios. Cíteseme un tiempo, una época, up instante
en que un príncipe que se dijera católico, haya desco­
nocido la supremacía de la iglesia en el orden espiritual.
Én; 1826 un ministro dél rey enunció está verdad
católica en. el seno de los cuerpos legislativos¿ y nues­
tros legisladores la reconocieron como el dogma funda­
mental de la religión del estado. No obstante quién sabe
si al defenderla yó y tratar de probarla en forma pa­
saré ó los ojos de muchos por un obscuro rite, un retró­
grado en la via del progreso. Nosotros, teólogos rancios
de la antigua Francia, no entendemos nada de cierto
lenguaje por desgracia demasiado común en la Francia
nuevo, y nuestros oídos se desgarran al oirle. Hasta
aquí nos había parecido una suerte de divisa de la igle­
sia católica el quocl ubique, quod semper de Vicente Le-
rinense; mas ahora se nos imputa á crimen creer que
unos verdades enseñadas por el mismo hijo de Dios y :
que cuentan nada menos.que diez y ocho siglos de an­
tigüedad y universalidad, no pueden variar con los me­
ses y los años y que la palabra de Dios tiene mas du­
ración y estabilidad que la de los hombres. A esos
personajes que defienden unos principios tan anticató­
licos, les diré de buena gana: la libertad de imprenta
que os permite blasfemar contra Dios, me autoriza á
mí para defender su religión. Pudiera atenerme ó esta
apología que me bastaria; pero sacaré una mas directa
é ineluctable del orden legal diciendo: De1íiendo á la san­
ta sede. Y como nueslrd gobierno mantiene tan pacíficas
y amistosas relaciones con ella y hace profesion abierta
de reconocer su religión y la de la nación francesa en
las creencias profesadas por la iglesia madre y maestro;
no puede desagradarle una obra emprendida para la de­
fensa de su fé.
Dos parles tiene este tratado: en la primera refiero
la historia de la herejía constitucional; y en la segunda,
toda dogmática, Impugno esta herejía con pruebas de
cinco especies diferentes segun las diversas fuentes de
la teología de donde las saco: 1 .° la sagrada escritura:
2;° la razou y sus discursos por los principios teológi­
cos. Si rio temiera contravenir é los preceptos de la
modestia en él exordio tan recomendados por los maes­
tros de! arte; prometería aquí .presentar mis arguyen-
tos sin aquella aridez y sequedad que tienen en los li­
bros de las escuelas. M i teología para salir á la luz
pública no se desdeñará de tomar del arte oratorio al­
gunos de aquellos ornatos graves que reserva esta para
Jos asuntos serios, y de que no tendrá que quejarse la
severa dignidad de la ciencia divina: mis medios sata-
dos de ta sana política serán breves y precisos, y espero
que guarden correspondencia con el título.
Mi polémica sobre la tradición de la iglesia nece­
sita aquí una sucinta explicación para que el lector no
pierda el hilo de ella. Está comprendida en las dos pro­
posiciones siguientes: 1.a La iglesia poseyó lodas las
atribuciones de su constitución divina durante los siglos
apostólicos y basta bajo de la espada de los tiranos:
2.* Ñolas perdió por la conversión de los Césares al cris­
tianismo. Esto me conduce a hablar con cierta especi­
ficación de la constitución de la iglesia, que es una
monarquía mezclada de aristocracia: la monarquía apa­
rece en el papa con toda la plenitud de su potestad: el
elemento aristocrático,le encuentro en el poder supre­
mo de los. obispos. Los presbíteros 110 pertenecen en la
iglesia ó la soberanía, sino á la administración, es decir,
que no son príncipes, ni soberanos, sino jueces,* ma­
gistrados y administradores; y ve ahí la excelente par­
te de honor y potestad que los separa de los simples
fieles. H 9II0 la monarquía del papa: 1.° en la sagrada
escritura: 2 .° en la tradición de los tres primeros siglos
de ¡a iglesia. De la misma manera pruebo la potestad
suprema y aristocrática de ios obispos: estos la ejercen
1 .° individualmente en el territorio de su diócesis,
2 .° colectivamente en sus juntas llamadas concilios; y
aquí hago la observación de que los concilios forman
parte de la constitución de la iglesia y son uno de los
móviles ó si se quiere de los instrumentos principales de
ella. Esta controversia me da margen á impugnar el pres-
biterianismo, error que levanta la cabeza en e l seno del
catolicismo mas de un siglo há, y que ha salido á probar
fortuna en nuestra iglesia de Francia por medio de un
escrito cuya refutación será el apéndice de este. A to­
das estas pruebas precede un argumento prejudicial sa­
cado de la ley fundamental y de la libertad de cultos.
M i segunda proposición es esta: La iglesia no perdió su
potestad soberana al abrazar los Césares el cristianismo.
E l sistema constitucional se funda en la suposición de
que la potestad de los príncipes ligada en tiempo de los
emperadores paganos quedó libre de sus ataduras en el
de Constantino. Esta suposición viene á tierra por el
solo hecho de que no se enuncia claramente en la Es­
critura; pero para destruirla hasta en la raíz no hay
mas que probar que Constantino lejos de presentarse en
la iglesia cómo soberano de ella' no ocupó otro puesto
que el de un súbdito, poderoso y elevado á la verdad;
pero que únicamente aspiraba á la honra de un pro­
tector, un obispo exterior, á quien podía aplicarse este
noble dicho de Fenelon: E l príncipe hace la guardia
al rededor del santuario; pero no entra dentro. Esto nos
conduce á examinar el reinado de Constantino antes y
despues del concilio de Nicea; mera discusión de hecho
libre de todas las espinas de la ciencia teológica*
Por fin en la ultima sección discurro sobre cuatro
hechos de la revolución francesa posteriores al año 1790:
1.° la asamblea constituyente reunida por entonces y
sus decretos sobre la conslitucion civil del clero: 2 .°Bo­
naparte y su concordato con Pío V I I de santa memo­
ria: 3.° la coronacion de aquel emperador por el mis­
mo pontífice: 4.° los discursos pronunciados por un mi­
nistro del rey Carlos X en los cuerpos legislativos.
Llamo constitucional á esta herejía porque sirve de
basa, fundamento y principio racional á la constitución
civil dada al clero en 1790, y porque salió en cierto
modo armada de la cabeza de los Treilhard, los Camus
y los Martineau, personajes llamados en aquella época
padres de la susodicha constitución. Pudiera añadir que
todos los clérigos que se adhirieron á ella y la juraron,
recibieron el nombre de constitucionales.
Los hechos que-descubro en mi historia*; serán so­
bremanera- interesantes para los católicos perseguidos
en Alemania, Polonia y Rusia, quienes verán la relación
de sus padecimientos por la justicia. Los franceses no los
leerán con indiferencia, porque para nosotros los cató­
licos lu fé nos manifiesta unos hermanos en los cristia­
nos que están esparcidos p'or toda la redondez de la
tierra. Los mas de estos hechos son ocultos é ignorados,
y solo pueden conocer toda la grandeza de ellos los que
sufren la persecución. La divina providencia me ha
puesto en la mano preciosos documentos sobre unas per­
secuciones inauditas en Europa desde la era de los már­
tires, y creo prestar un servicio útil á la humanidad
rasgando el tupido velo con que se procura encubrirlas.
Tanto mal nos hace la libertad de imprenta, que debe­
mos.agradecerle este débil medio de defensa que opone
á los actos arbitrarios de los perseguidores del catoli­
cismo. ~
Hay un dogma en el cual estribo la iglesia entera
como en.su fundamento» y visiblemente es el que se­
ñaló nuestro Señor Jesucristo bajo del' emblema de la-
piedra sobre que edificó su iglesia: hablo de la suprema­
cía del episcopado y de Pedro su cabeza en el orden
espiritual y en todo el dominio de las cosas divinas*
Quítese á la iglesia este dogma tutelar de todos nucs-
tros dogmas, y no es ya mas que una ciodad edificada
en el aire * una sociedad sin leyes y sin gobierno, entre­
gada á la anarquía intelectual, no menos temible en el
orden moral que la anarquía^ social en el político, ni
menos fecunda en cismas y errores que la primera en
discordias y guerras civiles. En lo mas recio del arria-
nismo y de la lucha impío de este partido contra Ja
iglesia los etisebianos, hombres vanos y frívolos, eru­
ditos y literatoé mas que teólogos, versados en la mito­
logía pagana mas que en la ciencia divina, pero de
cualquier modo los defensores mas hábiles de aquella
herejía, no cesaban de dirigir esta invectiva á los ortodo­
xos: «¿Por qué ha de arder toda la iglesia y lio de es-
»tar tumultuada y div idida en discordias por una pala -
wbra obscura, ambigua y que.no se lee en ningún lugar
35de las divinas escrituras?» Hasta el ánimo del pió y
religioso Constantino llegó á imbuirse de esta falsa preo­
cupación. Pero se les respondía: En esa sola palabra (se íes
háblaba de la voz c¡uóurwv) está interesada toda la eco­
nomía del cristianismo: trátase de saber si el Verbo
es Dios ó una criatura, si es hijo de Dios, igual y con­
sustancial á Dios, ó uno de esos grandes hombres iguales
á los dioses de la gentilidad. No obstante la distancia
que separa estos objetos, creo poder reunirlos y decir
á mis adversarios: Si juzgáis que la cuestión presente es
de mediano interés para la religión y la iglesia, ved á
dónde os conduce tal principio: conceded at monarca la
supremacía en el orden espiritual, y desde luego viene
á ser para él la religión un ramo de la administración
civil: dirige y ordena el culto, la fé y la disciplina co­
mo la hacienda, la guerra y el comercio: cambia y
modifica á su antojo el símbolo de la fé como el códigO:
legislativo: la disciplina eclesiástica se confunde en su
espíritu con la policía del estado, y las ceremonias del
templo y del altar con el ceremonial y etiqueta de su
palacio: instituye y destituye á los pastores de las par­
roquias y á los pontífices de tas iglesias lo mismo que á
los jueces de sus tribunales y los gobernadores de sus
provincias; y no hay razón paro que no venda indistinta­
mente el patrimonio de la iglesia ó el del estado según
la urgencia de las necesidades de su tesoro. Anualmente
se pondrá en problema la existencia de la religión al
discutirse en los cuerpos legislativos la parte de los pre­
supuestos destinada para la dotacion dei culto y la ma­
nutención del clero.
Desde que la filosofía moderna, apoderándose de los
negocios públicos en Europa , empezó á dirigirlos por
sus agentes y sociedades residentes en Paris y ó introdu­
cir sus iniciados en todos los gabinetes de Europa con
calidad de ministros y estoy por decir de mayordomos
de palacio; desde esa época que llamaré de gradó la
era filosófica, y cuya fecha pudiera fijarse en el año 1790,
salvo el reservarse los cuarenta ó cincuenta anteriores
para preparar los caminos; desde entonces se descubrió
la tendencia general de la diplomacia á someter la po~
testad espiritual á la temporal, la iglesia al príncipe y
el altar al trono, y se pusieron las miras en demoler
aquel por la acción de este á fin de poder destruir con
menos dificultad y resistencia el trono divorciado del altar.
Era tan manifiesto este proyecto, que los defensores ilus­
trados de la religión no cesaban de descubrirle y denun­
ciarle á la opinion pública, y era muy frecuente en los
escritos de los apologistas y en los discursos de los pre­
dicadores de la divina palabra este lenguaje figurado: Los
golpes que descargáis sobre el altar, corresponden á los
cimientos del trono. La imprenta y la cátedra cristiana
no se cansaban de repetir esta fórmula que ya estaba
gastada , y se sentía una especie de necesidad de rejuve­
necerla por medio de la frase ó la expresión pora intro­
ducirla con ventaja en el discurso. Con todo eso era tan
notorio el dogma de la supremacía de la iglesia en el
orden espiritual, se profesaba tan abiertamente y habia
echado tan profundas raíces en la fé de los pueblos, que
nadie se atrevía á negarle públicamente. Diferíase este
proyecto para una época próxima, en que madurada la
razón del pueblo por los escritos filosóficos fuese capaz
de romper francamente con la iglesia romana, para aquel
perípdo de tiempo predicho por los oráculos proféticos
en que la posteridad oiria un buen zipizape (I), y la
Francia se habría vuelto un pueblo de filósofos. Entre
tanto se seguían los consejos del patriarca ó mas bien
oráculo de Ferney, que era saludar respetuosamente á
la infame antes de escupirla en el rostro y asentarle sen­
dos garrotazos en la cabeza. No se habia alterado nada
en las formas de la diplomacia todavía se decía el pa^
dre santo, la santa iglesia católica, apostólica romana,
y se meditaba el proyecto de echar de Roma ó aquel
sacerdote y borrar su nombre de la lista de los sobera­
nos: ademas en materia de jurisdicción espiritual siem­
pre se le estaban suscitando nuevas reyertas. Recuerde-

fl) Vease la correspondencia filosófica de Yoltaire.


~ .u _
se aquí Nápoles, la hacanea blanca, el pleito homenaje
debidoá la santa sede por un feudo tan indisputable des­
membrado de la soberanía de Roma, la contienda de aque­
lla corte sobre la materia de los impedimentos del ma­
trimonio con manifiesto olvido de los decretos del con­
cilio tridentino. Despnes de esto viene en Portugal el
ministró; Pombalcon sus pretensiones visiblemente hete­
rodoxas sobre la institución puramente secular de los
obispos en sus sillas. A este ministro le he designado yo
bien con el nombre de mayordomo de palacio, mayor­
domo tanto: mas duro para con la sania sede, cuáuto los
Ptpinos habian sido apacibles* benignos y propicios con
la misma. En España ¡cuántas violencias por parte de
los débiles monarcas de aquel reino guiados por la ma­
no audaz de mis ministros filósofos, quienes arrancaron
ó. viva fuerza á la santa sede la extinción de un institu­
to que se llamaba en voi baja la guardia real del papa y
el baluarte del calolicismol ¿ Y qué diré del emperador
José y de tantos planes insensatos á la par que violen­
tos y extravagantes, concebidos en aquella cabeza volcá­
nica y terminados por una guerra que encendió las de
la revolución? Todas estas contiendas promovieron la
peregrinación del santo pontífice Pío V I á Alemaíiia y
causaron los tormentos de su prolongado martirio, que
empezó el día de su entronización y concluyó en Valen­
cia de Francia enmedio de un duro y cruel cautiverio.
¿Han concluido estas bastardías? ¿Se han comprendido
tantas lecciones como desde entonces ha dado la divina
providencia álos reyes y á los pueblos? ¿Pueden los re­
yes de la tierra responder al Altísimo que tan repetidas
veces íes ha dicho desde el cielo: Y-ahora entended los
que juzgáis h tierra;.sí, kemos eMendido', áe aquí ade­
lante seremos los hijos de la iglesia católica, sus obispos
exteriores, sus protectores, sus padres anunciados por
los oráculos de los profetas? Demasiado cierto es que el
género humano es el sordo que tiene oidos y no oye, y
los gobiernos en sus relaciones con la santa sede son el
etiope incapaz de cambiar de color. El espíritu filosófico
se ha reformado únicamente en haberse vuelto mas pru­
dente y advertido y haberse disfrazado mas en su pro­
funda malicia. Lo que ipe autoriza para creer que no es
exagerado esté lenguaje como parecerá ti muchos, son
ios quejas; que oigo proferir ai benigno: y pacífico Pío V I I ,
confesor y mártir de la fé católica: «Envidio la suerte
»del muflí de los musulmanes, á quien atormentan me­
ónos los bajaes y gobernadores de aquellas regiones que
»á mí ios gobiernos cristianos de las potencias europeas
»con los disgustos que me ocasionan sin cesar.» Y aquf
no acuso á tal monarca < 5 ministerio individualmente
considerado, sino el espíritu en que vivimos como en-
medio del aire que respiramos, y juzgo que no se
podría vivir en.esta atmósfera si el cristianismo no mez­
clase una medida de aire puro de aquel flojisto, que
preserva á las sociedades humanas de una disolución to­
tal. Enmedio de este abandono general la supremacía
de la iglesia no existe mas que en la forma, y la su­
premacía espiritual de la potestad civil existe en rea­
lidad.
J5e ha censurado al congreso de Yiena ese-trueque
de pueblos y territorios, que se parece á la negociación
de las ferias y mercados. En este nuevo derecho de gen­
tes cuya suprema ley es la fuerza, no se ha visto en los
hombres mas que unos animales, y se ha empleado este
ganado humano para hacer monstruosos resarcimientos
sin atender no digamos á los intereses fiscales, agrícolas,
mercantiles y militares de los pueblos, que eso sería
poco, sino á la índole, á las simpatías y antipatías del
ceracter nacional y á su misma religión, A un soberano
católico que posee el cordial afecto de sus súbditos ca­
tólicos, se le arrancan estos para pasarlos á la domina­
ción de un príncipe protestante, el cual despues de al­
gunos testimonios falaces de protección no oculta su plan
de fundir todas las sectas y religiones en el cuerpo de
una misma sociedad civil y religiosa, siquiera fuesen
aquellas tan incompatibles entre sí como el si y el no,
1q verdad y el error. Con todo advierto, y creo deber
notarlo aquí, que á pesar del vacío del espíritu religioso
que se observa en este tratado** se estipuló en favor de
los católicos el ejercicio libre de su religión sin coaccion
ni trabas de ninguna especie, y bajo este nombre está
comprendido manifiestamente e! dogma que ahora de­
fiendo v porque es claro que sin él ni siquiera hay idea
de la religión católica. Pues este dogma, asegurado por
la libertad de cultos -que se escribe en el frontispicio de
todas las constituciones posibles bajo el nombre de dere­
chos del hombre» este privilegio es el que reclamo en
favor de los católicos de tóelas las naciones; y esta dis­
cusión será la materia de mi obra.
Ve aquí las razones que he tenido para escribirla:
este dogma impugnado hoy y puesto en problema es el
primero y principal dogma nuestro, y lo vuelvo á decir,
la piedra angular en que estriba todo el edificio del ca­
tolicismo. Pregúntese á un niño instruido en los prime­
ras rudimentos de la íércatólica: ¿Qué cosa es iglesia?
Y responderá: Es la sociedad de los fieles unidos entre
sí por los vínculos de la profesión de una misma fé y la
participación de los mismos sacramentos bojo la conduc­
ta de los mismos pastores y de Pedro su cabeza ij mea­
rlo de Jesucristo en la tierra. Ya lo vemos, la suprema­
cía del papa y de los obispos asociados con él al gobier­
no de la iglesia, ese es el fundamento en que descansa su
símbolo y la columna inmóvil que le sostiene: por este
dogma existe la iglesia y sin él no puede existir, por­
que el nombre de sociedad implica una cabeza y un go­
bierno custodio y conservador del orden y de las leyes.
Dondequiera que éntra la iglesia, se anuncia como la
hija del Altísimo, la esposa del hombre Dios, rey invi­
sible del cielo y de la tierra, encargado á su nombre
del gobierno de las cosas divinas, soberano del reino de
Dios situado mas allá de este mundo. Su patrimonio es
la verdad revelada á los hombres por el hijo .de Dios ba­
jado del cielo y ademas los otros bienes espirituales, la
gracia, la caridad, es decir, la piedad, la virtud, los
sacramentos que son las fuentes de ella: su fin es la ad­
quisición del reino de la gloria: donde quiera que se le
niega esta supremacía de los espíritus y de todo el orden
moral entero* y se le propone someter su divino cetro á
la potestad civil y entregar á esta la posesion y direc­
ción de aquel, se retira; ¡y ay del pueblo que la re­
chaza, porque desprecia al mismo Dios! De todos estos
hechos afianzados por la divina palabra creo poder de­
ducir que el congreso' de Yiena al estipular la libertad
de culto en favor de los católicos reunidos á los estados
protestantes hizo de los derechos gerárquicos y juris­
diccionales del papa y los obispos en el orden espiritual
una clausula estricta del contrato de reunión y del nue­
vo pacto social. Verdaderamente sin lá garantía de este
dogma la libertad del culto católico no seria mas que
una concesion vana, un nombre, úna palabra vacía y
sin realidad. Lo que acaba de probarlo es que la iglesia
gozó de esta supremacía en toda la plenitud de su po­
testad é independencia bajo el reinado de los emperado­
res páganos, y en el instante que envainaban la espada
de la persecución contra los cristianos, continuaba aque­
lla ejerciendola con tanta publicidad como los soberanos
temporales su autoridad y jurisdicción privativas, y to­
davía ejerce hoy este derecho en Inglaterra, los Esta­
dos Unidos y los Países Bajos sin trabas ni coaccion. Los
católicos viviun en paz en los estados prusianos como
súbditos sumisos en el orden temporal al príncipe que
les habia puesto la conquista, y tranquilo3 poseedores
de la independencia.de su gobierno espiritual según los
términos do la libertad de cultos. Yivian asi bajo la sal­
vaguardia de las leyes divinas y humanas y la garantía
'del tratado de Viena; y ve aquí que el soberano sin
Dingun respeto á sus promesas anteriores pone en una
nueva situación á sus súbditos católicos de la Polonia,
del ducado de Posen, de las provincias del Rin y en
x. 45. 2
general de todos los países reunidos por la conquista,
sometiéndolos á una legislación hasta entonces inaudita
en el catolicismo sobre las materias espirituales mixtas
sin exceptuar los sacramentos y las preparaciones de
santidad y justicia que estos exigen: acerca de todos
estos objetos, aun cuando fuesen calificados de dogmas,
artículos de fé y verdades reveladas, declara S. M. V,.
que deben prevalecer sus edictos sobre la orden de Dios
notificada como tal por el papa vicario de Jesucristo y
por los obispos sus legítimos representantes, y ademas
que toda resistencia pasiva de sus súbditos católicos fun­
dada en la palabra de Dios y en la obediencia que le
es debida, se castigue como un crimen de felonía y re­
belión, queriendo que sus oficiales de justicia queden
facultados para compeler con la prisión corpqral los
obispos y sacerdotes al estricto cumplimiento de estos
reales decretos. En vista de estos actos tiránicos y con­
trarios á lo estipulado en Yiena se conmovieron los ca­
tólicos , y ante« de apelar á Dios y á la iglesia de estas
leyes injustas de -Cesar invocaron el pacto de reunión
y respondieron á su soberano: «Si quereis interponeros
«entre el papa y nosotros como un intérprete mas au­
téntico de la palabra de Dios que el vicario de Jesu­
cristo, os declaramos que no obedeceremos aunque
^hubiese de costamos la vida-, y nunca nos apartare­
m os de este precepto apostólico: Conviene obedecer á
»Dios antes que á ios hombres.»
Al oír la señal de esta persecución se reanimó y des­
pertó la fé de aquellos países que se deeia estar ador­
mecida y amodorrada; y aquellos intrépidos cristianos
á ía manera de los generosos israelitas <jue sentían tem­
blor sus ríñones y deseaba» morir antes que ver la
desolación dé la ciudad santa, dijeron: «Primero morir
»que sufrir la sujeción de la iglesia á la potestad civil
«abdicando el dogma conservatorio de nuestra santa reli­
g ió n , sin el cual estamos fuera del -camino-de la salva-
ícion y,de la vida.» E l arzobispo de Colonia y el obispo
de Posen son actualmente (1) los confesores y mártires
de este dogma, en el cual está interesada la existencia
de la misma religión como no nos cansaremos de decir­
lo. A nuestros ojos aquellos dos magnánimos pontífices
son otros nuevos Pablos cargados de cadenas por defen­
der la causa mas preciosa. Cuarenta mil sacerdotes se­
culares y regulares y ciento veinte obispos confesaron
este dogma en Francia el año 1790 sufriendo el destier­
ro , la deportación ó la muerte. Mas adelante mostrare­
mos que la gran controversia sostenida contra la herejía
constitucional se resolvía enteramente en este punto de­
terminado: La potestad civil no es soberana en materias
espirituales. Nuestro santísimo padre Gregorio X V I en
quien resplandecen la santidad y sabiduría de tantos pon­
tífices que ocuparon antes de él la cátedra principal, este
padre común de todos los fieles no ha faltado á los deberes
de su divino oficio que es confirmar á sus hermanos en la
fé, y ha declarado á la faz de la iglesia universal que
aquellos ilustres prelados padecían realmente persecu­
ción por la justicia, y que la supremacía de la potestad
temporal en el orden espiritual era la muerte de la re­
ligión. Oigamos á S. Santidad.
«La declaración prusiana presenta como incontesta­
b le una máxima errónea, que es como el principio de
«donde todo se deriva y al cual pueden referirse todas
»las pretensiones y aserciones del gobierno; á saber, que
»la iglesia depende de la potestad del estado en los ob­
jetos relativos á la religión. En consecuencia se quiere
»que la autoridad real pueda dar órdenes sobre puntos
«de religión, aun en oposicion con las leyes de la iglesia,
«las cuales deben ceder á las del estado; y que en la
«pugna de unas y otras sean tenidos los obispos, el
«clero y el pueblo católico á seguir no las leyes de la
«iglesia * sino las del reino. Sientase que no solo no pue-
»de ningún obispo hacer estatutos sobre los asuntos de
*

(1) Esta obra se publicó en 1840.


»la religión y de la iglesia sin licencia del gobierno, ni
«deponer á un eclesiástico, sino que la misma santa se-
»de no puede ejercer ninguna autoridad legislativa en
»los otros estados, pues que aun en las materias doctri-
«nnles no se puede publicar ninguna decisión pontificia,
»n¡ obligar en el reino sin el consentimiento del gobier­
n o & c.»
Siguen una multitud de usurpaciones, sobre las que
reclama el sucesor de Pedro y suprema cabeza do la
iglesia; y á la expresión en que declara el soberano tem­
poral no querer jamas renunciar uno solo de sus falsos
derechos, opone el papa esta animosa declaración:
«La santa sede conoce qué es inútil refutar la má-
»xima de la dependencia déla iglesia respecto del estado;
«sistema que propende á separar del centro de unidad
los católicos prusianos. Entonces el gobierno seria el
«centro de unidad y establecería una nueva iglesia que
«seria diferente de la católica: esta constitución seria
» enteramente opuesta á la del divino fundador de la igle-
«sia. Esta es una por su institución: el hijo de Dios no
«formó mas que un rebaño, ni encomendó la dirección
«de él á los príncipes de la tierra, sino que dió á su igle-
«sia una cabeza, cuya potestad se extiende por todo el
«orbe católico.
« E l rey de Prusía encontró la iglesia católica esta­
blecida en sus estados y debe dejarle la forma, la cons­
titución y los principios que tenia. Aseguró á los cató­
dicos de sus dominios sus derechos y privilegios: ¿pue-
»de ahora despojarlos de ellos y exigir que observen no
«las leyes de la iglesia, sino las del reino, y que obedez­
c a n no á sus pastores, sino al gobierno secular rom-
«piendo los lazos que los unen con su cabeza natural?
«No es cierto que la santa sede quiera ensanchar su po­
testad de un modo inconciliable con los derechos del
«soberano y ejercer allí asi corno en los demos estados la
^autoridad legislativa fuera (lelos límites de sus alrfbu-
wciones eclesiásticas* Quien eé arroga derechos contrarios
»á la constitución inmutable de la iglesia y á la misma
»fé de loa tratados es el gobierno prusiano. E l es que
«niega públicamente á la santa sede el derecho de pro­
m ulgar leyes sobre puntos religiosos. E l padre santo no
»hace mas que defender sus derechos esenciales ;■lo cual
»es para él un deber: por eso reclamó en las alocucio­
n e s de 10 de diciembre de 1837 y 13 de diciembre
)>de 1838; y por eso se ve obligado á reclamar de nuevo
«contra todas las máximas erróneas é injuriosas á la liber­
t a d y autoridad de la iglesia que se contienen en el ma-
«niüesto prusiano, y á protestar.. Si este gobierno no quie­
bre renunciar ninguno de su pretendidos derechos, mti-
Mcho menos aun quiere faltar S. Santidad á ningún deber
»,de su autoridad suprema y <íe sus apostolado universal.
» Sin embargo S. Santidad debe desechar con horror
»la mas leve sospecha de sentimiento é intención que no
»sea conforme con la máxima de entera sumisión á que
«están obligados los súbditos en el orden civil respecto de
»la potestad temporal.....
«La religión católica no solamente profesa la máxi-
»ma de completa fidelidad y sumisión á la potestad tem-
»poral en el orden civil, sino qué inculca esta obligación
»aun en-el caso de vejación en materia de religión. La
«santa sede ha praotioado siempre ésta máxima, y lo
«prueban sus hechos y su lenguaje. Aquí pudiera citarse
»!a encíclica de 15 de agosto de 1832 y otros documcn-
»tos y rescriptos públicos. Mas ia máxima de fidelidad y
«sumisión á la potestad temporal en el orden civil no
«autoriza la desobediencia a la autoridad de la iglesia en
«el orden religioso. Se debe obedecer á los hombres; pe-
»ro antes se debe obedecer £ Dios, y se le obedece ob­
servando las leyes de la iglesia que en bis cosas de la
33religión no tiene su autoridad sino de Dios. Asi pues si
»la potestad secular se atreve á hacer leyes y decretos
«que eslen en oposicion con los mandamientos de la igle-
»sia, los. católicos que guardan estos no faltan á la fide­
lid ad debida al soberano en el orden temporal, sino qw;
3)cumplen la grande obligación de obedecer antes á Dios.»
Aquí protesta la cabeza de la iglesia contra el cargo que
se le hace de excitar á la rebelión por el cumplimiento
del deber sagrado de su ministerio, y apela á los docu­
mentos auténticos que ha expedido á los prelados católi­
cos de los estados prusianos en el discurso de estas dife­
rencias.
Notemos la sabiduría que resplandece en esta doctri­
na , y su incomparable oportunidad con las circunstan­
cias de los hombres, de los tiempos y de los siglos. En la
edad media los sumos pontífices juzgaron una obra de
sabiduría ejercer un supremo dominio sobre las cosas
temporales y dar dentro de esta jurisdicción órdenes res­
petadas de los reyes y los pueblos. Entonces era necesa­
rio para sacar ú salvo los verdaderos derechos del hom­
bre y contener en los límites de la justicia una muche­
dumbre innumerable de Boberanosque con sus fortalezas
y castillos dominaban todos los lugares y aldeas. Estos
señores no conocían mas derecho que la fuerza; y ¿qué
hubiera sido'de la humanidad si el papa y los obispos no
Jes hubiesen infundido el único temor de que eran ca­
paces, el dé Dios y la excomunión, poderosa espada para
herir el alma con una muerte invisible? Bajo la protec­
ción de esta jurisprudencia útil y necesaria los pueblos
afligidos por guerras continuas gustaron las dulzuras de
1a paz tres dias á la semana. Por la virtud eficaz de la
tregua de Dios un vasto recinto trazado al rededor de
los templos llegó á ser un asilo inviolable, donde se salvó
de los horrores de la anarquía y de la guerra el labra­
dor con su ganado y lo que estimaba mas que sus bienes,
la honra de su mujer y sus hijos. Este derecho de la po­
testad eclesiástica era tan conforme entonces al orden le­
gal y al derecho común» como hoy seria contrario y
opuesto. En el día todos los publicistas juiciosos é ilus­
trados confiesan y reconocen este punto de doctrina, y
acaba de confirmarse con pruebas nuevas é incontesta­
bles en una obra recien publicada que han juzgado Yen-
ticosamente los diarios de sanas ideas (i), Está agotado
este lugar común de declamaciones filosóficas contra el
clero, y ia impiedad no tiene ya nada nuevo que sacar
en materia de mentira y calumnia: la potestad temporal
de la iglesia era entonces la ley del tiempo, y yo añadiré
que el resultado de la fuerza de las cosas: asi lo quiere
una ley de la naturaleza y siempre será obedecida. A los
sabios toca gobernar á los ignorantes, asi como á los que
tienen buena vista y aun á los tuertos el guiar á los cie­
gos; y en un tiempo en que la cualidad de letrado ( es
decir, de hombre que sabe leer y escribir, era una es­
pecie de deshonor para los nobles y príncipes del siglo
y una verdadera imposibilidad para el pueblo, por su
condicion siervo; en las tinieblas de semejante barbarie
debieron necesariamente dominar los obispos ^sacerdo­
tes y avocar á su tribunal todo el orden judicial y la ad­
ministración que de él depende. Nunca podrá agrade­
cer bastantemente la humanidad el servicio grandísimo,
inapreciable, que le prestó la iglesia queriendo adminis­
trar bien su tutela cuando aquella era menor de edad
en la vida social. Mas ahora que han cambiado los tiem­
p o s ^ los reyes y los pueblos ilustrados comprenden
hasta dónde llegan sus derechos y hablan de recobrarlos,
!a iglesia no disputa con ellos; pero en las quejas y de­
clamaciones de nuestros filósofos contra el antiguo orden
legal reconoce la exactitud de la nota de ingratos que
creyó san Pablo por un efecto de su luz profética deber
poner á los novadores de estos últimos tiempos.
Esta observación á que rae ha conducido mi asunto,
da margen á una reflexión que salta de suyo del discur­
so precedente; y es.admirar la sabiduría y comedimien­
to que resplandecen en la citada alocución. La santa se­
de no piensa ni juzga que pertenezca á la fé católica la
autoridad temporal según la ejercieron Gregorio V i l é

(1) D* ¡a potestad del papa sobre los soberanos th ta


$dad media: un tomo en 8.% 1839.
Ioocencio IV . Vease hasta qué punto abandona á la faz
del universo toda dominación en el orden temporal, cuan­
do declara solemnemente que en este está sujeto el mi­
nisterio episcopal á ia jurisdicción secular.
Consagro mi obra á la defensa de este dogma funda­
mental y á la discusión de esta cuestión verdaderamen­
te vital para la iglesia* En el rescripto del sumo pontí­
fice que acabo de citar, creo ver una exhortación á to­
dos los teólogos y apologistas déla religión y la iglesia
para que dirijan ó ese blanco todos los esfuerzos de su
polémica: machos de ellos han respondido ya á este lla­
mamiento; y una vez que en las guerras en que la cosa
pública corre grandes riesgos, todo ciudadano es solda­
do, con gusto entro yo también en campaña. Ve aquí to­
do el plan de mi obra.
Trazaré un resumen histórico de esta herejía que
llamo constitucional y revolucionaria, epítetos que no
puede desechar como injuriosos. Es verdaderamente
constitucional, porque sirve de basa, fundamento y
principio racional á la famosa constitución dada al clero
por los constituyentes de 1790, y en cierto modo salió
armada de la cabeza de los Camns y de los Treilhard.
Ahora bien la voz pública llamó entonces á estos hombres
los padres de la constitución civil del clero, y ademas es
sabido que todos los clérigos que prestaron su adhesión
á ella teórica y prácticamente bajo la fé del juramento,
tomaron el nombre de constitucionales con que puedo
con justicia llamar constitucional á esta herejía. La llamo
revolucionaria, porque se formó bajo del secreto influjo
de los Sieyes, Mirabeau y Talleyrand; y si añado que
no dejaron de tener parte en ella los Ro bespie r res, los
Danton, los Dumoulins y otros jacobinos que empaza^
ban á pulular dentro y fuera de aquella asamblea, y que
esos mismos hombres dieron fuerte impulso á esta obra
preparativa de las grandes operaciones de 1793, diré la
verdad. Por estas causas puedo llamarla revolucionaria*
Divídese este libro en dos partes, la primera histó-
ríca y la segunda dogmática. En la primera refiero fa
historia de la herejía constitucional desde su origen hasta
nuestros dios. Empieza en la reforma de Lutero y pro­
sigue hasta la revolución de 1830, porque la falsa filo­
sofía del sig lo X V III cuyas operaciones dirigió, es una hija
ó si se quiere un producto inmediato de la reforma de
Lutero, y su reinado oculto ó manifiesto empieza al fin
del ministerio del cardenal de F leu ry, continúa en los
aciagos y últimos años de Luis X V y acaba en la revo­
lución de 1830.
Considero esta herejía en Inglaterra donde tiene cua­
tro épocas distintas: el reinado de Enrique V I I I , fun­
dador y padre de ella, el de Eduardo V I , el de María,
porque aunque esta reina intentó atajar los progresos
de dicha herejía no lo pudo conseguir, y por fin el de
Isabel que le dió su asiento y forma y Iá incorporó con
la constitución del estado.
E l rey de Prusia y el emperador de Busia afectan ac­
tualmente la supremacía espiritual para con sus súbdi­
tos católicos, que es el fondo mismo de la herejía cons­
titucional, y con este achaque los persiguen cruelmente.
Contaré las tristes particularidades de esla persecución,
que formarán la materia de la tercera y cuarta conside­
ración.
La segunda parte, toda dogmática, combate esta mis­
ma herejía con pruebas de cinco especies diferentes se­
gún las fuentes ó los lugares teológicos de donde las saco:
1.° la sagrada escritura: 2.° la razón y sus discursos sobre
los principios de la teología: 3.° la sana política: 4.° !a
tradición de la iglesia: 5.° la revolución y muchos he­
chos de su historia que han ocurrido desde 1810 has­
ta 1830.
En estas indicaciones ve el lector todo el plan de es­
ta obra.
HISTORIA
DE LA HEREJIA CONSTITUCIONAL.
P R IM E R A SECCION.
DESDE L A R EFO R M A DE LU T ER O HASTA E L AÑO 1 8 3 &

Esta primera época pudiera subir hasta W iclef


y Juan deHuss; pero para mayor brevedad no paso
de Lutero.
Apenas empezó este á romper con la iglesia romana,
conoció la necesidad de buscar en alguna parte un prin­
cipio de unidad para reunir en un mismo símbolo su
doctrina que veia todos los dias caerse á pedazos al antojo
de tantos espíritus inquietos y turbulentos y á merced
de todo viento de doctrina. Si se me pregunta cómo aquel
déspota tan codicioso de dominar sobre los espíritus y
el pensamiento pudo consentir en entregar el gobierno
de la sociedad, cuyo fundador se declaraba, á la voluntad
versátil y movediza de todos los príncipes y tiranos que
pudiera haber en las edades y siglos futuros; diré que
prevalecieron dos grandes intereses sobre su orgullo y
dominaron su pasión de mandar, que no consentía igual
como la de Cesar. Estos dos graneles intereses creo des­
cubrirlos yo, el primero en la necesidad de la propagación
y el segundo en la de la conservación de su secta.
I,— D e la n e c e s id a d qüe t e n ia lo tero de pro ­
pa g a r SÜ SECTA.

Sin duda que se ocurrieron á Lutero una multitud


de medios de propagar su secta en el instante que era-
prendió su nueva carrera , porque tenia no menos viveza
y penetración de entendimiento que fogosidad y arrojo;
pero entre todas estas causas de adelantar le parecieron
las mas activas y eficaces el poder de ios príncipes y el in­
calculable influjo de los gobiernos sobre los^pueblos. Des­
de luego se figura cualquiera que debió contar grande­
mente con la vida licenciosa y desenfrenada de muchos
sacerdotes y prelados de entonces, con la terca resisten­
cia de una parte del clero á la reforma de la disciplina,
pedida por el voto ó mas bien por el grito de la indig­
nación pública y siempre eludida por medio de artificios,
y con la conciencia de su talento y su confianza presun­
tuosa en una elocuencia vehemente y poderosa para mo­
ver, irritar y levantar á la muchedumbre ignorante y*
Siempre fácil de impresionar. Parece que oye uno á
aquel M aral, á aquel boca de yerro del siglo X V I de­
cir en medio de la exaltación ó mas bien desvanecimien­
to de su orgullo: Yo solo destruiré la iglesia romana y
la veré caer á mis golpes, mientras bebo cerveza á la chi­
menea con mi querido Melanchthon. Sin embargo aquel
aposto! de mentira debió experimentar un terror páni­
co al ver prontos á levantarse contra él grandes reinos
y un emperador pujante con toda su fuerza militar, y hu­
bo de conocer que su reforma era una empresa frustrada,
abortada, si no conseguía oponer la espada á la espada y
una potencia á otra potencia, ganando para el nuevo evan­
gelio príncipes, soberanos, ciudades imperiales y seño­
res feudales grandes y pequeños: á este blanco asestó
todas sus baterías y dirigió lodoa sus esfuerzos. Para
atraer á los príncipes y hacerlos secuaces de la nueva
doctrina no arredró á Lutero ningún medio: halagó el
orgullo y la codicia de los príncipes alemanes con los in­
centivos mas capaces de seducirlos y no perdonó dili­
gencia ni escatimó concesiones, aunque hubiese de entre­
gar su secta atada de pies y manos y abandonar la di­
rección y supremo gobierno de ella á la potestad tem­
poral. Le pareció mas apetecible para losnuevos séctarios
— sa­
ja dominación de los Nerones, Tiberios, Gaferios y Día-
elccianos de las edades venideras que el gobierno paeífi-
fico del episcopado y del sacerdocio evangélico, consti­
tuidos por el mismo Dios para administrar las cosas di­
vina?. Y ve aquí los cálculos de su prudencia humana,
que eran exactos y estaban combinados con una astucia
digna de Satanás y de su profunda malicia. Para enten­
der mejor esta verdad tomemos las cosas de mas arriba.
En vida de Lutero y cuando resonaba en leda Ale­
mania la fama de su doctrina, entonces mas que hoy el
modo de pensar y la opínion del príncipe llegaban 4 ser
fácilmente aun en materia de religión la opinien y creen­
cia de todo un pueblo; de suerte que aquel nuevo após­
tol } aquel nuevo pescador do hombres, cogiendo en las
redes de su error á un principe, ó un elector, á un cas­
tellano, al magistrado ó consejo supremo de una ciudad
imperial, un cabildo, una abadía y aun una abadesa con
un soberano ó príncipe inveslido.de los derechos reales*
se llevaba tras sí todo un pueblo. Por aquí se explica
cómo aquel hombre soberbio no tavo por costoso ningún
sacrificio de orgullo á trueque de ganor para su reforma
un soberano ó una potestad de la mas ínfima catego­
ría. Llamaba él á su evangelio el evangelio puro, es decir,
limpio de Ja corrupción de tantas prácticas idolátricas y
farisaicas añadidas al de nuestro Señor Jesucristo por
la superstición romana; pero icuán flexible y acomoda;-
tício se hacia aquel evangelio tan puro j- taaseve.ro,
cuando se trataba de halagar las pasiones de los prínci­
pes alemanes, protectores y defensores armados déla
reforma, su codicia de dinero, su pasión por el lujo» su
intemperancia y hasta sus liviandades! Hoy es un hecho
de pública notoriedad que el alistamiento de uno de ellos
en la cruzada contra Roma le valió una dispensa del pre­
cepto divino de la unidad del matrimonio, autorizada por
Lutero y Melanchthon su colega en el apostolado del er­
ror, y ademas obtuvo una especie de indulgencia y re*
misión del pecado de poligamia.
Por esta época el espíritu huma do esLoba en gran
fermentación: parecía que la Europa quería salir del
fcctargo en que se hallaba como sumergida: las fuen­
tes de la ciencia se habian abierto para’ todos] A h e­
chóse mas comunicativas por el descubrimiento de ia
imprenta. Las obras maestras de la antigüedad profana*
modelos inimitables del arte de bien hablar, y los escri­
tos de los santos doctores, depositarios de la tradición
de la iglesia , empezaban á pasar de las manos del clero á
las de la nobleza y del pueblo. Ya no era para la prime*
ra una deshonra, ni para el segundo en cierto modo una
imposibilidad el leerlos; pero este impulso intelectual era
lento, y en tiempo de Lutero daba, por decido asi, los pri­
meros pasos. Contentase dentro de las cla-ses mas notables
de ta sociedad, los príncipes, los magistrados, los docto­
res de las diversas facultades, los estudiantes de las uni­
versidades, en una palabra los hombres de algún viso
en la república de las letras. Este movimiento no pasa­
ba de la parte superior del cuerpo social y ni siquiera
habia llegado hasta el medio, si es que había medio en
un cuerpo que solo tenia cabeza, brazos y pies, es de­
cir (hablando sin figura), señores y siervos, amos y es­
clavos. Recuerdese que cuando los campesinos alemanes,
conmovidos con la halagüeña palabra de libertad evangé­
lica que habia llevado la reforma hasta sus oídos, qui­
sieron participar de ella y figurar algo en el orden social
reclamando á mano armada ios derechos del hombre,
Lutero, ese fogoso predicante de la soberanía del pueblo
en materia de religión, se mostró entonces humildísimo
servidor ó mas bien vil esclavo de los señores alemanes,
y declaró al pueblo que la insurrección contra la tiranía
de la iglesia romana era un deber sagrado; mas la resis­
tencia activa á unos amos que ni siquiera los trataban
como hombres, era un crimen de felonía y rebelión , y
en lugar de mediar entre los opresores y los oprimidos
en calidad de evangelista y alcanzar algún alivio del fér­
reo yugo que agobiaba ¿t aquellos desdichados vasallos,
no hizo otro uso de su apostolado que entregarlos inde­
fensos á la venganza de los señores. Estos despuea de ha­
cer horrible carnicería en los mas revoltosos volvieron á
amarrar á los otros con las cadenas de la dura servidum­
bre feudal. Si se quiere saber hasta qué extremo llegaba
esta en Francia y Alemania , juzguese por el hecho si­
guiente : consta por instrumento y títulos auténticos
existentes aun que cuando un señor vendía una tierra, en­
tregaba con ella el ganado, los aperos de la labranza,
los muebles y los hombres siervos y unidos á la gleba,
homines: es decir que los labradores, los campesinos
iban confundidos en el mismo inventario con las bestias
y los bienes muebles de la heredad: en una palabra los
labradores eran siervos. En cuanto á los soldados eran
unos autómatos vivos, y parecía que no tenian alma sino
para querer como sus jefes, ni cuerpo sino, para moverse
al antojo de estos. No se decia de ellos que sus armas eran
inteligentes para someter el mandato superior al examen
de ía razón, ni que la lectura de un diario era para ellos
una especie de necesidad como la comida: en una pala­
bra ia sociedad alemana no conocía la clase baja del
pueblo que nuestra revolución llamó desde el principio
los ciudadanos activos: los artesanos y labradores eran
unos entes pasivos á las órdenes de la nobleza. En tal
estado aun cuando Luter.o hubiera tenido menos talento
y sagacidad, habría conocido que la conversión de un
elector, de un magistrado y de cuanto tenia el nombre
de soberano , era para él una conquista inapreciable y
que una cabeza de esta especie equivalía & un pueblo
entero.
Y supuesto que mi asunto trae este discurso, el lector
juicioso é ilustrado descubrirá la razón providencial de la
introducción de las soberanías eclesiásticas en la iglesia en
el estado de civilización y orden social en que vivía enton­
ces el cristianismo en Europa. No titubeo en decir que
aquellas soberanías salvaron el catolicismo en Alemania.
No consideraado mas que el espíritu del Evangelio y la
parte que Dios dió á los ministros de su sacerdocio cu on-
do le fundó, confieso que está uno tentado por conde­
narlas y reprobarlas como un gran abuso producido por
Ja calamidad de los tiempos y el. vicio de ios hombres.
Mas si 6e reflexiona profundamente, no larda uno cu
corregir estas primeras consideraciones de la rozon, y
•confiesa sin dificultad que esta institución era en las ideas
de Dios un consejo mas misericordioso que severo para
con su iglesia, un remedio de un mal mas grave y estoy
por decir que una necesidad de la época y las circuns­
tancias. E l abadí'Ieury, escritor muy estimable por su
juicio exquisito y vasta y escogida erudición y tan reco­
mendable por otros títulos, se equivocó aquí. Si este es­
píritu mal contento, admirador exagerado de ios tiem­
pos antiguos basta degenerar en detractor injusto de k>s‘
siglos modernos, hubiera estado mas alerta contra sí
mismo; habría omitido buena parte de ew quejas y
lamentos contra las soberanías eclesiásticas, y habría vig­
ío que la suma visiblemente ponderada de las desgracias
y calamidades que Ies atribuye, era muy inferior é la de
ios bienes que resultaron á favor de la religión y la hu­
manidad. Aquel excelente sacerdote no preveía el abuso
que harían algún día de esta teoría especiosa los filósofos
partidarios de Voltaico, precursores de los jacobinos de
1793 y de todos los niveladores y destructores de aque­
lla época de horrenda memoria, Mas para reducir estas
declamaciones á su justo valor decimos á esos hombres
engañados: ¿Qué hubiera eido de ese pueblo soberano,
cuyos derechos exagerais hasta un extremo absurdo» en
ios tenebrosos siglos de la edad media, si al amparo de
■las soberanías eclesiósticasí bajo sus banderas feudales y
al abrigo de su tribunal y de su espada temida y temible
no hubiese encontrado siempre una protección segura
contra la tiranía de los soberanos temporales altos y ba­
jos ? Re floróme aquí á lo que ho dicho mas arriba sobre
este punto; pero es un hecho interesantísimo en favor de
mi causa que los soberados «elogiásticos salvaron la reli-
gíon católica en aquella parte de Alemania que ocupan
todavía. E l pueblo de los países protestantes de este ter­
ritorio no profesó la confesion de Augsburgo, porque
habia leído la Biblia y .adquirido una convicción racio­
nal de la legitimidad de la reforma, sino porque les
dijo su señor feudal: Quiero que la abracéis. Estas pro­
mesas y amenazas y el imponderable influjo de la potes­
tad gubernativa fueron para los vasallos alemanes la
análisis de su fé y la razón ulterior de su creencia.
A la misma causa debe atribuirse la perseverancia
de la Alemania católica en la religión de sus padres, y
esta verdad de hecho se demuestra con solo mirar un
mapa geográfico, ¿Por qué se profesa el catolicismo en
este lugar ó en aquella ciudad? Porque en tiempo de
Lutero perseveró firme en su religión el soberano; pero
¿por qué perseveró? Porque era eclesiástico. A haber
sido soberano secular probablemente hubiera flaqueado
y pasadose al lado de la reforma. En una palabra en to­
da la vasta región conocida antiguamente con el nombre
de Germania un soberano católico fue p&ra la religioa
católica una roca, un muro de defensa en donde se
estrelló la reformo, y las mas veces este soberano per­
severó católico porque era príncipe eclesiástico. ¿Por
qué la ciudad de Stras burgo se compone mitad de pro­
testantes y mitad de católicos? Los hombres ilustrados
de aquel pais os lo dirán: porque cuando Bucero y los
otros discípulos de Lutero predicaron la reforma, estaba
dividida la jurisdicción secular entre el obispo y el ca­
bildo por una parte y el concejo por la otra, Resulta
pues que las soberanías eclesiásticas fueron en Alemania
como unas fortalezas inexpugnables, donde la religión
católica halló un amparo contra la invasión de la refor­
ma, y se mantuvo desde Carlos.Y vencedor de la liga
de Smalcalda hasta el tratado de Westfalia, no perdien­
do su preeminencia hasta el último congreso de Viena,
donde la filosofía con la misma mano que había exten­
dido los derechos del hombre» firmó esos trueques asom­
brosos de un pueblo por otro, sin descubrir al parecer
otra cosa que movimiento y materia en la religión y la
moral.
Creo que basta lo dicho para probar la conclusión
sentada mas arriba; es á saber, que Lutero en el artí­
culo fu ndamen talude su reforma que pone en manos del
soberano la supremacía espiritual, consintió en seme­
jante sacrificio solamente con el Ün de atender á un inte­
rés de superior categoría para él, el adelantamiento y
propagación de su secta.

I I . —- D EL OTRO IN T E R É S NO MENOR QUE T E M A L U ­


TERO , QUE E R A L A CONSERVACION DE SU R E ­
FO RM A,

Despues de haber reconocido Lutero la soberanía de


la razón individual en materia de religión é investido á
todo ente que piensa y reflexiona, sin exceptuar á la
simple aldeana, del"derecho de interpretar la Escritura
y revisar todos los juicios de la iglesia, no tardó en pro­
bar los amargos frutos del árbol de la libertad que él
habia plantado. Diariamente veia caerse á pedazos su
reforma, según el dicho enérgico de Bossuet, é Irsele*
de las manos algunos dogmas de la antigua fé romana
que habia creído deber conservar. Cumplióse en él este
oráculo profético que pronunció san Agustín contra to-
das'las sectas y todos los sectarios: Ellos cogieron el cu­
chillo de división para separarse de la iglesia romana:
este cuchillo se quedó en sus manos; y. ved ahora en
cuántas partecillas y pedazos se dividen y reparten. Es
tan grande y tan halagüeño el papel de evangelista , de
apostol,, de fundador de secta , ó si se quiere de maes­
tro, que Bonaparte se le envidió y muchos discípulos
suyos quisieron representarle despues de él. Zuinglio,
Ecolampadio, Carlostadio y mas adelante Bucero, Cal-
vino &c.:a§pirarón sucesivamente á la honra de formar
secta y tener una escuela. Las paredes de la taberna
t . 45. 3
¿otídé pasó !a escena, repitieron mucho tiempo ó los via­
jeros el reto que hizo al heresiarca un discípulo suyo
con el vaso en la mano de impugnarle y vencerle cq.n
los argumentos de la teología y las armas de la lógica
en un libro juzgado por la razón general , intérprete
auténtica de ia divina palabra. Agregúese á esto la ley
de la invencible naturaleza , según la cual los principios
falsos depositados como semillas pestilenciales en el seno
de las sociedades humanas, deben llegar hasta sus últi­
mas consecuencias. Como dice enérgicamente el conde
de Maistre, el tiempo es el ministro de Dios encargado
de ejecutar este decreto de la divina justicio. E l nova­
dor enuncia principios falsos, y los recibe la sociedad en­
gañada con los artificios de aquel. Los defensores de la
verdad le ponen á la vista las consecuencias, y él las nie­
ga , no las ve ó cierra ios ojos para no verlas. Espere­
mos algunos años y veremos á alguno dp sus discípulos
osado, emprendedor y novador por caracter sacarlas y
reunirías en un cuerpo de doctrina seguido, lógico,
consiguiente y mas especioso por cuanto todas las propo­
siciones de que se compone salen por via .de deducción
y en buena forma de un principio falso, pero admitido,
de un punto de partida convenido. E l cebo de la. nove­
dad no tardará en dar muchos discípulos á este nuevo
predicante,'porque él espíritu humano.despues de ha­
ber gustado este fruto prohibido todavía desea mas y no
se haría nunca. Los novadores dan la mano ó otros, no­
vadores para arrastrar á los pueblos tras sí y precipitar­
los en un abismó insonduble de errores. Entre Jourdan
coríücabezas y Lafayetle, decia en 1791 un realista tan
puro como excelente lógico, no hay otra distancia que
la que existe entre el principio y ia consecuencia. Maliet-
Diipan (1) y otros escritores hábiles, defensores mode­
rados de iú révolucion, tenían por una exageración rí-

(1) Era el Redactor de un periódico acreditadísimo


por aquella época.
dícula este lenguaje. Mas si: yo digo ¡ entre Lutero,
Calvino y Yol tai re y eotre Voltaire; Marat y Robes-
pierre no hoy otra'.distancia que el espacio interpuesto
entre ei principio y ia consecuencia, ¿quién* me criticará?
La Historia de las variantes de la herejía protestante
escrita por la mano firme y vigorosa de líossuet y la de
las sectas nacidas de la misma reforma, fruto precioso de
\h erudición mal digerida del cura Gregoire, hun der­
ramado una lu^viva y experimental sobre esla verdad:
^aquellas dos obras, aunque desiguales en mérito, no lo
son en interés.
A la objecion que resulta contra la reforma , á saT
ber:, que multiplica las religiones como ios individuos,
no hay otra respuesta que esta: ese no es un gran ma!,
porqué todas las' religiones-so» buenas. Mas ¿no excep­
tuáis siquiera- los que se oponen y contradicen tanto
¿ornó él sí y el no-, la presencia real ó figurada, el culto
idolátrico dado á los hombres y h adoracion de un solo
Dios en espíritu y en verdad? Si todas estas religiones
son buenas, ¿qué os resta que decir sino que no hay
verdad ni error en materia de religión, y que el ateísmo
y el escepticismo son la religión y la filosofía del hombre
sabio que no qüieroextraviarae en la región de las abs­
tracciones y quimeras;? -
No dejó de aterrarse Lutero al ver delante de sí (an
lúgubre perspectiva:; pero mas aterrado estaba su discí­
pulo Melancblhon ¡ .quien no veia otra salida que el
restablecimiento de la divina institución del episcopado,
y murió atormentado de terrores y remordimientos por
no poder salvar en esVe puerto'la nave de la. reforma
amenazada de un- naufragio inevitable. Lutero conocía
como Melsnchtlvoiv que su secta no podia resistir á aquel
torrente de errores; mas como acababa de proclamar la
supremacía de;l& ra^oo* no podia buscar el principio de
la unidad en Ur fuerza moral del doctor que enseña y
decide; y no pudíendo nada la autoridad contra la anar­
quía intélectlualv le fue forzoso p'oner la reforma bajo
la protección de los magistrados, y encomendar la con­
servación de ella á la espada de los Césares, es decir, á
la fuerza de la potestad civil* Lutero conoció que su re­
forma-por su constitución misma se resistía á cualquier
otra medicina que esta* á no que consintiese en some­
terse otra vez al yugo de la autoridad; pero era dema­
siado soberbio para dar un paso alras, y no podía salir
de su boca esta expresión: Me he equivocado. Mas ¿ có­
mo se concilio la supremacía intelectual ó en otros tér­
minos'la soberanía del pueblo en el orden moral con la
dependencia civil en el temporal? Unos espíritus capaces
de gobernarse áéí mismos en materia de moral y reli­
gión, de descubrir el punto fijo de Ja verdad enmedio
de la inundación de tantos errores y de dirigir por sí
las cosas de la eternidad» unos hombres tan confiados en
el vigor y fortaleza de su razón ¿no son capaces de
administrar por sí mismos ó por sus representantes la
policía, las rentas y todos los ramos del orden ci vil? Es
de creer que Lutero con su natural penetración conoció
que la reforma religiosa produciría la política por su
tendencia natural y sustituiría el régimen popular al
monárquico, y que en aquel se hallaría la armonía de
la supremacía de la razón y de la obediencia civil y re­
ligiosa prestada á la potestad política* E l lector me
perdonará la prolijidad de estas explicaciones cuando
vea que no se podra explicar de otro modo esta impor­
tante materia con alguna profundidad y conocer hasta
en sus primeras.causas esta verdad de hecho: que L u ­
tero se vió precisado por loa dos instintos de propaga­
ción y conservación de su secta á ponerla bajo de !a
protección de la espada de los príncipes para salvarla
de una ruina próxima y de una disolución inevitable.

III. *— SO BBE XjÁS CAUSAS DEL RÁPID O ADELANTA­


M IENTO DE L A R EFO R M A D E LUTERO .

A juicio de este heresiarca 1$ pronta propagación de


su secta y el rápido adelantamiento de su evangelio son
el milagro de los milagros, con que Dios puso sobre la
reforma el mismo sello de su divinidad que en otro tiem­
po imprimió en el Evangelio puro predicado por sus
apóstoles. Pregúntasele: ¿De dónde venís y quién os en-
j ia ? Decís que venís á reformar la iglesia romana y sa­
carla del abismo de corrupción en que ha caido y del
cúmulo de errores y superstición que como fatal cizaña
han sofocado la buena semilla de la divina palabra; mas
esta iglesia tiene promesas de eterna duración, y su di­
vino fundador !e dijo desde el principio; Enseñad mi
palabra , bautizad, dispensad mis sacramentos: yo estoy
con vosotros hasta lá consumación de los siglos * con vos­
otros que os dedicáis á cumplir este divino ministerio
de la enseñanza de mi palabra y de la dispensación de
mis sacramentos, Y vos mismo creéis tanto en la inmu­
table firmeza de esta promesa, que diariamente decís
en la oracion de la mañana: Creo la iglesia santa, cató­
lica , apostólica. Añadís que esta iglesia católica ha cor­
rompido la doctrina de los apóstoles y que Dios os en­
vía para levantarla de sus ruinas; pero ¿dónde están
vuestros milagros? Porque Dios uo ha encomendado
jamas á sus enviados semejante misión sin ponerles en
la mano credenciales justificativas de ella, como hace
un rey con sus embajadores. Vuelvo á preguntar, ¿dón­
de estati vuestros milagros? Lutero al empezar la pre­
dicación de su nuevo evangelio no puede decir como
san Pedro ó un cojo incurable: No tengo oro ni plata;
pero te doy lo que tengo: levántate y anda. E l heresiar-
ca responde: «Ved los progresos de mi nuevo evangelio,
»su rápida propagación en las naciones de Europa, su
«establecimiento, la macera con que continúa extendien-
»dose: esa es la prueba de mi misión , y este milagro
»me dispensa de presentar otros. Vn fraile obscuro
»gwe conmueve segunda vez el cielo y la tierra, y derri-
))ba por todas partes Iob templos y altares levantados
«segunda vez & la idolatría y al culto de tas criaturas
» por fiema corrompida y degenerada , tantas supersli-
«oiones corno desfiguraban á la iglesia de. Jesucristo,
«borradas y abolidas en todos lugares ¿no prueba
«esto át tos ojos de todo hombre equitativo que mi
«evangelio ds obra de Dios como el primero * su conti-
«nuación ó ínas bien s« rehabilitación en la forma prí-
«mitiva?»
A este lenguaje fastuoso y arrogante responde \a
iglesia : «No lo creáis: el Evangelio de Jesucristo se
«propagó contrariando lodos las pasiones de la natura-
«leza corrompida., sacrificándolas, reduciéndolas á ser-
«vidumbrey crucificándolas; porque san Pablo creyó
«que no podia darnos una idfca suficiente del espíritu
«evangélico sino por medio de su lenguaje ^enérgico ; y
«vosotros los reformadores no procuráis en vuestro
«nuevo evangelio sino halagar las pasiones y condescen-
» der con los deséos mas perversos : el orgu 11o saIe’blen
«librado en vuestra doctrina. Vosotros decís u todos los
«cspín'tu’s curiosos y soberbios: el creer sin titubea^
»examinar ni discurrir y por la simple palabra deles
» hombres ¿no es dtíscoríocer la dignidad humana y los
«derechos imprescriptibles de la rázon y trasladar á la
«criatura la infalibilidad y la exención de todo error,
»prerogativa incomunicable del Criador? No nos dió
«este la razón para vedarnos asi el uso de ella. Vosotros
«hálagais la sensualidad y no le' quitáis nada de* lo -que
«apetecen los sentidos. Aboliendo el ayuno y abstinencia,
»la confesion auricular, los votos religiosos y el celibato
«eclesiástico, decís á todos los clérigos, frailes y mon-
«jas corrompidos: derribad esas barreras del claustro
«que convierten vuestra habitación en una cárcel hor^
«rible: el matrimonio es Santo y honroso, y os alan con
«ése voto de perpetua castidad como con una cadena de
«hierro; pesó intolerable, insoportable parala flaqueza
«humana. Al oír el EvÉmgel-io de nuestro Señor se en­
durecieron los reyes de la tierra y meditaron infames
«maquinaciones contra la nueva religión diciendo: R<mi-
upamos unos lasos tan duros y rechacemos de nosotros
» ese yugo tan severo; y en cuanto empieza Lutero sus
» prédicas,dicen los príncipes viciosos y corrompidos de
»la confederación germánica: Oigamos á este reforma-
»dor, que verdaderamente es un profeta: no nos dice
»mas que cosas buenas y agradables: somete el sacer­
docio al imperio; y por un efecto inevitable de su sa-
»bia doctrina la religión, ese medio tan poderoso para
íjinfluir en las conciencias, conmoverlas y disponer de
«ellas á nuestro arbitrio, va á convertirse en un ins­
trumento dócil de la política. Los bienes eclesiásticos
»y las alhojas de las iglesias empleadas en alimentar la
«ociosidad de los frailes y el fausto de los sacerdotes van
»á producir sumas incalculables en beneficio de nues­
t r o fisco.»
Jesús dijo á sus discípulos: Vosotros sereis calum­
niados , perseguidos , azotados, encerrados en calabozos
y llevados ante los tribunales como malhechores y ciuda­
danos turbulentos, enemigos dé la paz pública: vendrá
un tiempo en que vuestra muerte se juzgará una obra-
agradable á D i o s Pregunto yo á todo hombre de buena
fé: ¿podian conocerse en este retrato los predicantes de
la reforma? ¿Qué eran estos hombres? Unos literatos,
unos eruditos, bien cuidados y obsequiados en los pa­
lacios de los príncipes y en casa de los magnates y po­
tentados del siglo, ¿Podía decir Lutero como nuestro
divino maestro que era el siervo de todos, que habia
bajado para servir y no para ser servidlo, y que dejaba á
los grandes y príncipes del mundo el fausto y la domi­
nación? ¿Podía hablar asi el reformador, esc fraile
apóstata, mas altivo en su lenguaje que los reyes y do­
minadores de la tierra? Nuestro Señor era virgen é hi­
jo de una virgen, y todos saben el sacrilego matrimonio
que celebró Lutero con una monja escandalosa ; y si yo
repitiera aquí la -moral predicada por este nuevo apos­
to! sobre el matrimonio, diría cosas horribles y se tapa­
ría los oidos ei casto lector.
E l heresiarca se atrevió á hablar desde su destierro
y su prisión; pero ya sabemos lo que era esta: el mag­
nífico castillo de un principe soberano, cuyo coto y
jardines le servian de cerca: su mesa-era el banqiíete re­
gio del mismo príncipe; y el pontífice de la nueva re­
forma entre fiestas y francachelas bebía vinos exquisi­
tos y gustaba todos los placeres de una vida regalada y
de un trato espléndido. Los devotos de la .secta llamaron
á esía prisión la isla de Patmos, donde el nuevo evange­
lista escribió sus revelaciones. Nuestro Seíior paseó las
calles de Jerusalem maniatado y cautivo , como reo que
era conducido al suplicio; y Lulero entró en una de las
ciudades mas grandes de Alemania montado en un so­
berbio corcel y rodeado de caballeros magníficamente
vestidos, entre salvas de artillería y sirviéndole de guar­
dias de honor dos príncipes soberanos.
Pero ¿á qué hemos de poner en parangón cosos tan
contrarias como el Evangelio de nuestro Señor Jesucris­
to y la doctrina de Lutero, el ministerio de los apósto­
les y el de este reformador? Yo comparo los progresos
del luteranismo á los del mahometismo: estos son dos
fenómenos naorales explicables por unos medios en que
lejos de reconocerse lo divino y sobrenatural no se ve
nada que no sea muy humano. Mahoma lo mismo que
Lutero paga en su falsa religión una especie de tributo
á todas las pasiones humanas, al deleiLe carnal por la
poligamia, á la pereza asiático por el dogma de la fata­
lidad, á la avaricia por la expoliación de los bienes
eclesiásticos prometidos á los soldados de su ejército
conquistador, ó todas las preocupaciones religiosas por
la refundición de todos los cultos acreditados en aquellas
regiones confundiéndolos en un mismo cuerpo de doctri­
na en el Coran, Hasta la propagación de la secta maho­
metana por medio del sable se viene á la memoria al
considerar que Lutero y sus discípulos propagaron sus
doctrinas con la espada de los príncipes alemanes levan­
tada sobre la cabeza de sua vasallos y con los intima-,
clones de los ejércitos protestantes para forzará los
moradores de las ciudades y de los campos á abrazar lá
reforma. *
Aquí concluye el primer periodo histórico de la
herejía constitucional que comienza en la reforma dé
Lutero.

IV ; — LA. FILO SO FÍA D EL SIGLO X V I I I ES H IJA DE


L A r e f o r m a : SU IN FLU EN C IA OCULTA EN L A
PO LÍTICA DE EUROPA HASTA E L AÑO 1790.

La filosofía del siglo X V I I I nació de la reforma,


y mucho1tiempo há que lo han confesado los ministros
protestantes mas ilustrados. Jurieu no tenia reparo, de
decir que en Holanda la reforma estoba preñada de la
indiferencia en punto de religión por la libertad ili­
mitada de pensar, hablar y escribir que.dejaba á lodos;
y Bossuet en todas sus controversias no cesó dé echar
en cara á los ministros protestantes esta dura verdad:
que la conclusión ulterior de su doctrina sobre la mate­
ria de la iglesia era nada menos que el ateismo puro.
En 1790 celebró ln filosofía sus estados generales
én Paris, se apoderó de la supremacía espiritual y la
elevó al mas alto grado posible, porque ostentó lo que
ge llama en política el poder constituyente y se creyó
competente para sustituir á lo constitución divina de la
iglesia lo que se llamó constitución civil.
De mucho tiempo atras meditaba la filosofía esta
grande obra y la maduraba con !a reflexión. Los esta­
dos generales de 1790 y la serie de sus operaciones le
parecieron una época favorable para sacarla á luz y
aplicarla a! gobierno de Francia antes (¡te hacerla el re-
gimen constitucional de todas las potencias europeas en
sus relaciones con la iglesia*
Sus representantes reunidos en junta en la capital
formaban un cuerpo y una especie de poder oculto,
siendo directores invisibles de todos los negocios de E u ­
ropa: como dueños de todas los reputaciones disponían
dé todas las glorias del talento: como dueños del mando
daban muchos empleos altos, medianos é ínfimos: sus
iniciados y confidentes gobernaban todos los gabinetes de
Europa en calidad de ministros de unos monarcas dé­
biles y poco idoneos: miraban con suma aversión la in­
dependencia de la iglesia católica; y juzgaban necesario
preparar con cordura la grande obra de someterla á la
potestad civil. Los mayordomos anticristianos de estos
palacios cristianos no: descubrían lodo su secreto, por­
que el pueblo religioso y católico de aquel tiempo no
era capaz de sufrirle. Nada se había alterado én Ia& for­
mas delasrelaciones diplomáticas con la santa sede, que
continuaban siendo filiales y respetuosas; pero todo esto
no era más que la capa bajo de la cual se escondía el
puñal para clavarle en la iglesia y destruir la jurisdic­
ción espiritual- Este proceder tenia un nombre sabido
de los iniciados y descubierto.por la impresión de sus
correspondencias secretas: aquellas eran las salutacio­
nes á la infame antes de descargar los golpes en su ca­
beza; y asi se preparaba la gran revolución fraguada y
lodo eí gran estrépito que había de oir la posteridad
según el dicho del oráculo de Ferney. Efectivamente la
ruina de los tronos y del altar cayendo unos encima de
otros no podía menos de producir un terrible estruen­
do. He indicado en mi preámbulo tos sucesos á que alu­
do, y debo repetirlos aquí so pena de dejar un vacío
en este resumen histórico. He hablado de la corte de
Ñapóles y de sus bastardías con motivo del homenaje de
la hacanea fundado en títulos indisputables, y cuyos vi­
cios, si hubiera podidotener alguno, estaba!) subsana­
dos, por la posesion de tantos siglos. La facultad de los
impedimentos dirimentes del.matrimonio sugería a! mi­
nistro Tanncci materia para una cuestiónen que.la fé
católica definida por el concilio de Trento no dejaba
vislumbrar ninguna avenencia. Las idease y procedimien­
tos heterodoxos del famoso Carvallo de Portugal sobre
la institución canónica de los obispos eran^I acto mag
eminente de la supremacía : de la potestad' civil'eri lo
espiritual* En Francia la jurisdicción: Episcopal estaba
impedida y reducida á la nada por las usurpaciones
de los parlamentos» á quienes contenía débilmente el
consejo de estado. En Alemania el emperador José, su
colegio filosófico y tantas ideas turbulentas, y extrava­
gantes sobre. los votos monásticos, la'educación ecle­
siástica .y ;Ia jurisdicción episcopal nacidas en el celebro
inquieto y revoltoso de aquel monarca filósofo: en Ita ­
lia Febronio, el obispo de Pistoyn, la: teología presbite­
riana y -republicana dé estos escritores censurables y
censurados: ve aquí un sumario de las operaciones del
partido filosófico para: preparar la revolución de 1790,
la constitución civil del cfero, la sujeción de la iglesia
al estado y todo lo que hemos llamado la herejía cons­
titucional; Todas estas contiendas suscitadas a la santa
sede por el partido filosófico antes desquitarse la más­
cara en 179k) y 1793 y descargar los golpes de muer­
te sobre el edificio del cristianismo llenaron de amar­
gura al santo pontífice Pió V I y promovieron el viaje
de este peregrino apostólico á Viena, haciéndole beber
hasta las heces el amargo cáliz de los sinsabores y pe­
nas desde el primer año de su pontificado hasta que
murió en el duro cautiverio de Valencia,

V . — LA SUPREM A C IA E S P IR IT U A L DE X A POTESTAD
C IV IL CONSIDERADA EN 1790 Y BA JO E L G O B IE R ­
NO DE 1ÍO N APARTE. ■ . ■

Ya hemos dicho que la filosofía tuvo en 1790 sus


grandes juntas en Paris y proclamó en pleno consisto­
rio lo que hasta entonces no habia dicho á sus iniciados
mas que al.oido; es Ó saber, que la soberanía de la igle­
sia en materia espiritual era quimérica , y que la reli­
gión miasma no era otra cosa que un» institución civil
subordinada como todas lasderaas á la potestad política.
Explicó y explanó este principio en «na serie de de­
cretos ó artículos constitucionales llamados constitución
civil deí clero, de la cual no digo mas ahora porque en
la tercera sección de la parte dogmática debo formar
un capítulo aparte para refutar este error llamado por
la iglesia el veneno de todpa los errores.
Por fin vino Bonaparte. Este guerrero comprendió
con las luces de una razón sólida que el gobierno de un
pueblo ateo es una obra imposible para la política y y
que la religión es necesaria al cuerpo social como el
principio de vida al cuerpo humano.
Durante la-vida mortal del hijo de Dios los demo­
nios con su boca impura publicaron la divinidad de Je ­
sucristo, E l concordato de 1802, firmado entre la santa
sede y Bonaparte para abrir otra vez los templos del
Señor en Francia, presenta á un observador juicioso
bastante semejanza para cotejar estos dos héfchos no
obstante la distancia que los separa y que el discreto
lector sabrá calcular en sus justos límites. Bonaparte
cuya fé en el Evangelio era por lo menos sospechosa,
confiesa temblando que Jesús, el hijo de María, es eí
gran rey por quien únicamente reinan los reyes, el so?
lo capaz de afirmar el trono y asegurar la obediencia á
las leyes: con un brazo de hierro y seiscientos mil sol­
dados a sus órdenes reconoce, ser impotente para go­
bernar una nación atea, y por el interés de la domina­
ción y el mando que es su pasión le vemos insistir á
pesar de las reclamaciones del ejército, de los cuerpos
legislativos y de los consejos de estado constituidos por
la impiedad en que se abran otra vez los templos de la
iglesia católica, y alienta al pueblo francés á que Heve
en triunfo sus legítimos pastores para sentarlos en sus
sillas.
Mas bien pronto echa de ver que el concordato le
lleva mas allá de donde él quiere, y que la supremacía
del papa tan formalmente expresa en aquel le quita
la soberanía de la religión y todos los beneficios que de
ahí puede sacar la potestad civil en favor de ía políti­
ca. Le halaga mucho la idea de un Sacerdocio sujeto á
sus órdenes á la manera del clero ruso: asi piensa en
recobrar lo que ha dado, y al tiempo de publicarse so­
lemnemente el concordato se admira el clero francés de
verle alterado por un cuerpo de leyes llamadas orgáni­
cas, que con el especioso pretexto de completar y ar­
reglar aquel documento le corrompen y adulteran en
términos que no le conoce el bondadoso y pacífico Pió V I I
que le firmó, y se cree obligado á reclamar y decla­
rarle inficionado de toda la ponzoña de la herejía cons­
titucional. Cumplido este gran deber del oficio de Pedro
calla el santo pontífice, y la iglesia católica le escucha
y le comprende.
¿Llegamos ya al fin de este orden de cosas en que
al paso que se escribe la libertad de cultos á la cabeza
de todas las instituciones, continúala servidumbre sien­
do el patrimonio del culto católico, y esta religión en
retorno de tantos beneficios coa que ha colmado ince­
santemente á las naciones, es tratada como un malhe­
chor digno por sus fechorías de ser recomendado á la
vigilancia especial de la policía?. ¿Hemos llegado al fiu
de tan.lamentable orden de cosas? No,¡no puedo creer­
lo cuando veo renovarse la persecución contra el catoli­
cismo en Prusia, Rusia, Dinamarca y las regiones del
Norte con tanto furor como en los siglos paganos, y al
papa tan agobiado, de disgustos por algunos príncipes
que se dicen católicos, que envidia en Roma la suerte
del muflí de Constantinopla. jO Dios! ¡Qué densas de­
ben ser estas tinieblas cuando no han podido desvane­
cerlas tantas lecciones dadas del cielo á la tierra en 1790
y en el medio siglo siguienteI Aquí me veo precisado á
nombrar dos príncipes que reinan no sin honor y me­
recimiento en sus estados. Estos dos monarcas en quie­
nes se alaban ciertas prendas estimables, tienen venda­
dos los ojos para escribir su nombre en la lista de los
perseguidores de la iglesia católica que empieza en Ne-
ron y acaba en Bonaparte. ¿Por qué han de aspirar esos
príncipes aprecia bles á la triste honra de hacer márti­
res en el siglo X I X ? :

SEC C IO N SEG UN D A.

H IST O R IA DE L A H E R E JÍA CONSTITUCIONAL EN IN G L A ­


TERRA.,

I . — REINADO DE ENRtQÜE V III.'

liemos manifestado que el primer autor de la he­


rejía que sujetó la religión á la potestad temporal, fue
Lutero. Esta proposición necesita modificarse y expli­
carse, porque no se verifica sino en un sentido la lo y
remoto: la verdad es que este error procede de un ori­
gen mas inmediato que la reforma de Lutero. Nació
en Inglaterra, y-su verdadero padre es Enrique V ilI.
E l heresiarca aleman no aceptó lá dominación de la po­
testad civil ¡sobre la religión sino como un mal menor,
•un correctivo de la licencia de pensar que había conce­
dido á' la razón, y cuyas funestas consecuencias descu­
bría diariamenterpero si: no le hubieran subyugado la
constitución viciosa de su secta1y los principios de diso­
lución que advertía en ella cada día , no habría pensa­
ndo en aéeptar un yugo tan-odioso * porque según le dic­
taba su orgullo, mas dispuesto estaba á someter el im­
perio al sacerdocio que este á aquel. Enrique V IH hizo
de esta innovación el objeto único de la reforma ó mas
bien de la gran revolución religiosa cuyo fundador se
declaró eri la Gran Bretaña, rompiendo los lazos que la
uhian con la iglesia de Roma, presentándose como pon-
tificesumoó ejemplo de loa Césares, y atribuyendo co-
■mo estos á la suprema potestad' temporal la supremacía
espiritual. Dió la señal á los constitucionales de 1790
para introducir como parte esencial de la conslitucion
-del estado esta pretensión herética* y empapada del ve­
neno de todas las .herejías. Nuestros novadores,si guien-
do las huellas del monarca inglés proclamaron la su­
premacía espiritual del soberano como un derecho ina­
lienable de su cororia. Asi creería yo truncar este resu­
men histórico y suprimir la sustancia y la materia
principal de él, si al subir al origen de este error no
hiciese parar mientes al lector en: Enrique V I I I y sus
primeros sucesores ó fin de considerar el nacimiento y
progresos de esta herejía y las diferentes formas de que
se vistió en Inglaterra antes de tomar su asiento fijo y
confundirse en cierto modo con la constitución del es­
tado.
Es cosa sabida que Lulero y Enrique V I I I no con­
currieron mas que en un solo punto, el odio encarnizado
que juraron á la iglesia romana: fuera de ahí lejos de te­
ner la menor simpatía entre sí se declaran una guerra á
muerte, en que la pluma se convierte en una arraa mor­
tífera como la espada. Dejado á un lado la supremacía del
papa, no es menos contraría y opuesta la teología del
uno y del otro que el concilio de Trento á la confesion
de Augsbürgo. Sentemos pues por principio que E n ri­
que V I H es el primer fundador de la iglesia, y aun
diré de la religión anglicana. E l le dió su primera for­
ma,* porque no temo decir que la religion en aquel rei­
no ha cambiado hasta tres veces de aspecto. En efecto
juzgándola por los símbolos y formulas de fé que ha
compuesto no pueden menos de atribuírsele tres reli­
giones diferentes, siempre que se dé este nombre á los
dogmas^ creencias, culto y disciplina profesados y prac­
ticados en una sociedad religiosa.
Este es el lugar de examinar y juzgar éstas tres pro­
fesiones de fé que afirmo constituyen tres religiones. La
profesión de fé de Enrique V I I I es toda católica: añá­
dasele el primado del papa y no veo qué dificultad ten­
dría un católico en suscribirla: un protestante zelo-
so de nuestros días ño quedaría muy edificado al ver
prohibida la lección de la Biblia á los simples fieles. Co­
rno quiera el primer apostol de la iglesia anglicana ex­
plicó mas ampliamente su símbolo y profesión de fé en
su libro intitulado : Doctrina necesaria á la 'salvación,
que se llamó el Libro del rey; y hasta el reinado de
Eduardo V I, en que á esta religión toda romana se
sustituyó otra que puede llamarse su contraria eti vísta
de que era un resumen, un compuesto del hormiguero
de sectas nacidas de la reforma de Luter<*y aborrecidas
por Enrique como unas blasfemias dignos del suplicio;
hasta entonces, repito, eIZt&ro del rey fue el catecismo
dé la nación. E l gobierno no hubiera consentido otro.
Detengámonos aquí un instante para considerar mas
de cerca la religión anglicana en esta primera época de
su historia; y si es verdad que las cosas en ninguna
parte se ven y juzgan mejor que en sus orígenes, ¿qué
idea, Dios mío, habremos de formarnos de aquella re­
forma? S í, es menester tener una venda en los ojos
para creer que Dios escogió tal evangelista y apostol para
reformar su iglesia, y que este personaje es el Moisés
suscitado por el Señor para sacarla del cautiverio á que
la había reducido la Babilonia romana. JE n efecto si á
este supuesto libertador se le piden señales de su mi­
sión» ¿cuáles otras puede presentar mas que prodigios
de crueldad y licencia ?
Un prejuicio muy notable á la par que contrarío á
esta misión (y fije bien aquí el lector la atención) es la
aBombrosa mudanza en mal ó mas bien la. horrible de­
gradación moral que se obró en aquel desventurado
monarca, desde que se entremetió á ejercer aquella mi­
sión extraordinaria y dió principio ú la obra mas exce­
lente que Dios puede encomendar á un hombre. En
efecto ¿cómo no se ha de llamar asi una obra en que se
traía de cambiar la faz de la iglesia y trastornar do
arriba abajo su gerarqufa, su gobierno y todos los
fundamentos de su constitución divina? Enrique V IH
pone mano á la.obra, y desde luego puede aplicársete
en un sentido fatal el dicho del Espíritu Santo á los
monarcas del pueblo escogido: Te convertirás en otro
hombre, y trocarás la flaqueza humana por ¡a fortaleza
divina y el brazo del hombre por el brazo de Dios:
muíaberis in tnrum altcrum. La misma verdad nos au­
toriza para decir á Enrique V IH ; Ya no eres el mismo:
te has convertido en otro hombre: eras un gran rey, y
te has vuelto un monstruo de crueldad y licencia: has
llegado & ser el último hombre, el desecho de la hu­
manidad.
Antes de su ruptura con lo iglesia romana figura­
ba Enrique entre ios .príncipes mas cumplidos de su
tiempo. Era afortunado en la guerra, y sus brillantes
hazañas y señaladas victorias le merecieron el renom­
bre de general perito y de un valiente y leal caba­
llero: en la paz gobernaba sabiamente, y el talento y
habilidad de su ministro Wolsey hicieron resplandecer
en gran manera aquel período de su reinado. Entonces su
corte era el centro de todas las negociaciones, y mien­
tras Garlos Y y Francisco l ge disputaban el imperio, la
diestra diplomacia de Enrique consistía en atraer á
cada uno por diferente lado y ser preferido en su alian­
za. En el discurso de aquellas guerras tan largas creia
la Europa ver en manos del monarca inglés la balanza
en que se pesaba su destino, y nadie dudaba que la
victoria seguiría fas banderas del dichoso rival que le
contase por su auxiliar. Sabido es que durante el cau­
tiverio de Francisco I la reina su madre se postraba
suplicante á los pies de Enrique y no creia pagar muy
caro á costa de tal humillación la alianza del único
príncipe capaz de servir de contrapeso ó la pujanza del
emperador, que amenazaba á la libertad de Europa.
Los ingleses le amaban á la manera que los franceses á
Froncisco I como el caballero mas amable y cumplido
de su reino. Hasta la religión fijaba en él una mirada
de complacencia, y sus escritos apologéticos del dogma
católico le valieren un título no menos honorífico y glo­
rioso que elde hijo primogénito de la iglesia, Despues
de la aposlasía de Enrique V I I I y su ruptura con la
t . 45. h
sí)nla sede no vemos en él mas que un-hombro despre­
ciable. Su caBa parece haberse convertido en un lugar
de prostitución: tanto la manchó con la infamia y el
adulterio. Para colmo de horror lo inundó de sangre.
De seis mujeres que tuvo mató á dos y llevó la tercera
al.pie del cadalso: las otras tres las echó de su tálamo
y de su palacio, y las llenó de pesadumbres y amargu­
ra con el crimen de su divorcio. Su persecución contra
los católicos y los que no se conformaban con la nueva
religión, le hizo comparable á los tiranos de Roma pa­
gana : quitó la vida á millares de sacerdotes de uno y
otro clero, á muchos nobles de la nación , á sus mi­
nistros de mas confianza, ó sus viles consejeros, á los
cómplices de sus violencias ó injusticias, á los guerreras
mas distinguidos por sus servicios y á aquel noble y
célebre canciller que en su última hora apelaba de la
sentencia del parlamento tan corrompido y venal de
IngI aterra al gran parlamento de la iglesia católica.
Enrique V I I I se juzgó á sí mismo por el dicho que se
le atribuye: Nunca he negado á mi odio la vida de un
hombre, ni á mis deseos la honra de una mujer.
Su rapacidad fue igual á su crueldad. ¿Quién con­
tará los .incalculables tesoros que allegó con la destruc­
ción de (autos conventos, á cuyos religiosos echó á la
calle é hizo perecer de hambre cerrando la puerta de
paso á lo multitud de pobres que acudían allí á buscar
el pan y el sustento? ¿Qué uso hizo de este patrimonio
inestimable y de las sagradas alhajas de Ina iglesias? Un
fraile apóstata á quien promovió ni episcopado, nos lo
dirá: «Buena parle de estos bienes se gastaron en sos­
tener los juegos de dados, las mascaradas y los banque­
tes: sí, quisiera no tener nunca que hablar de esto: se
gastaron en pagar sus.prostitutas y los cómplices de
sus liviandades.» Y cuando estas prodigalidades luibiari
dejado, exhausto!el tesoro, acudía para llenarle á los re­
cursos siguientes: causas .criminales de lesa majestad
formadas con frívolos pretextos A algunos particulares
y á veces’á clases enteras, siendo taleslos prbcedimienfbs
que nadie podía resistir: luego venían las derramas ex­
traordinarios y los tributos exorbitantes con* e! nom­
bre elq-dones' gratuitos; y porque nunca se le caia de la
boca ó aquélla sanguijuela insaciable el grito de a/^r»
afferi trae, trae dinero; se echaba mano de las medidas
fiscales mas funestas para la riqueza pública, como alte­
ración de la moneda , aumento de su valor etc» En fin
sé ha dicho que la cantidad de contribuciones y gabelas
que habia sacado él á sus súbditos , igualaba á la que
habían percibido todos sus predecesores juntos.
Concluiré este paralelo con un rasgo que no debe
omitirse: antes de su ruptura con Roma Enrique era
hermoso y bien formado: luego que se hizo apóstala y
opresor de su religión, adquirió tan enorme corpulen­
cia de resultas de su intemperancia y vida licenciosa,
qüe no podía tenerse en pie y andaba por palacio en
un carretón.
A ! leer la historia de la reforma de Enrique cami­
na uno siempre de horror en horror, y no puede me­
nos de proferir este dicho de Bossuet, tan aplicable á
los anglicanos como á los luteranos: Ye aquí los hechos
de los nuevos apóstoles. ■

" II, — REINADO DE EDUARDO VI.

Hemos llegado á la segunda época de la historia de


la reforma anglicana, que es la completa destrucción de
la rélígion antigua, dé manera que podemos con justi­
cia llamarlíi religión nuevo. A fines de enero de 1547
murió Enrique Y I I I , y le sucedió su hijo Eduardo, 1
quíeu había tenido de Juana Seymour, una de sus mu­
jeres. E l nuevo monarca tenía ocho años de edad, y co­
mo jefe de la religión poseia de oficio el derecho de ex­
tender fórmulas de fé añadiendo ó quitando, y trazar al
clero el reglamento de las costumbres y la liturgia dé
la misa, todo por la constitución del reino. El famoso
Cranraer, arzobispo de Caritorbery, coronó & Eduar­
do, quien prestó oi juramento acostumbrado sobre los
santos evangelios, y lo que es mas sobre ia sagrada
Eucaristía/que Cranmer llamaba la Idolatría romana.
Kste dijo misa.(en la que no creia), porque todavía
tenían fuerza de ley los seis artículos, el símbolo de
fé y todo e¡ catolicismo de Eurique V I I I . La regen­
cia y el rey niño juraron la conservación de la reli­
gión romana que. se disponían á destruir: el pontí­
fice consogran lo no dejó de mezdar en la arenga de
costumbre una piadosa exhortación al rey para que
acabara la obra comenzada, diera el último golpe á
la tiranía papal y mantuviese la religión del estado;
y aquella nación grave lomaba de veras el ridículo
espectáculo de un niño proclamado dueño y árbitro
supremo de la religión antes de llegar á la edad de
discreción. E l imberbe reformador puso manos á la
obra , y procedió con mas celeridad que su predecesor;
publicó una nueva fórmala en cuarenta y dos artículos,
en la que se abolían la ley de los seis y lodo lo que se
llamaba el libro del rey, el directorio dejas concien-
cías. Era dicha fórmula una análisis de la doctrina de
todas las sectas establecidas en ASomanía , cada una.de
las ^cuales habia aprontado su cuota, teniendo el re­
formador Cranmer bastante espacio en cuarenta y
dos artículos para exponer la parte que tomaba de ca­
da una.
Algunos intérpretes han creido ver las langostas del
Apocalipsis en las sectas nacidas de la reforma de Lule­
ro, y esta alegoría no carece de exactitud. Guando uno
piensa en la naturaleza de dichas sectas, solas y separa­
das unas de otras, sin vínculo ni coherencia, juntándose
únicamente para embestir á la iglesia católica; se le
figura ver en los. reinados de Enrique Y I I I y Eduar­
do V I una nube de herejes, luleratios, calvinistas, sa­
craméntanos etc., que partiendo de Alemania caen so­
bre Inglaterra para destruir la fó católica eu tanto que
dtiermen sus negligentes pastores. Cranmer durante su
residencia en Alemania habia alimentado su alma cor­
rompida y perversa del veneno de las doctrinas heré­
ticas, y se dedicó á exprimirle en los cuarenta y dos
artículos. El parlamento de Inglaterra despues de haber
entregado la religión de sus padres al antojo de las pa­
siones groseras y bestiales de Enrique Y I Í I y destrui­
do la piedra Pobre que se fundaba aquella, se mostró
igualmente dócil y condescendiente para sancionar la
ley religiosa de los cuarenta y dos artículos, y Eduardo
á la edad de ocho años le dió el*caracter de tal con el
concurso de los cuerpos legislativos. La profesion exte-,
rior de los cuarenta y dos artículos se impuso como una
creencia que era preciso profesar de palabra y practi­
car de obra bajo las penas decretadas contra el crimen
de alta traición (las leyes de !a época igualaban con los
reos de estado á los que no se conformaban con la religión
nacional). Y ve aquí abierto el dique para dar libre
paso al torrente de corrompidas doctrinas que asolaban
la Alemania: ve aquí cómo inundan el territorio de la
Gran Bretaña. Los católicos que formaban indisputa­
blemente la mayor parte de la nación, se vieron preci­
sados á disimular su fé-, contenería dentro de su pecho
y celebrar á escondidas sus misterios y sacramentos co­
mo otras tantas traiciones y crímenes de estado. Mas
¿qué diremos de una nación que pondera su filosofía y
su amor á !a libertad, y consiente que el parlamento
la haga mudar de religión dos veces en diez y ocho
años atravesando .toda la distancia que separa á la igle­
sia romané de la anglicana en punto al dogma, el culto
y la disciplina?

III. — REIN A D O DE M A RIA.

Esta es la tercera época del error constitucional en


Inglaterra. Bien sé que se escondió y eclipsó bajo el
reinado de Mario; sin embargo se fortificó y echó raí-
ces como la entinó durante la tempestad, y geria in­
completa su historia- si yo omitiera este período,
A Eduardo1sucedió la ruina Mario, hija de E n r i­
que Y I I I , la cual profesaba la religión romana. Los pri­
meros años de su gobierno se distinguieron por una
gran moderación y prudencia : su consejo sé componía
de hombres sabios cuyo dictamen seguia escrupulosa­
mente. Mantuvo el culto anglicano., reservó e^ catódico
para su casa y real capilla , decretó la libertad de con­
ciencia y se contentó con. proscribir por disposiciones
reglamentarias las injurias de herejes y papistas diri­
gidas á los que profesaban su religión.: Poco á poco se
calmaron los ánimos, y lo mayor parte de la nación
naturalmente católica -volvió- al culto de sus padres en
que.había nacido. E l parlamento continuó mostrándose
en materia de doctrina un instrumento pasivo en ma*
nos del soberano* y no fue menester más que. una insi­
nuación de la reina para determinarle á abolir todas las
religiones promulgadas bajo el reinado anterior ^ resta­
blecer á los católicos en la posesion dé los templos y la
misa según la liturgia del rito romano/lJn año de pre­
paración bastó á la corte para que el, parlamento move­
dizo como una paja fuese á presentar á la reina el voto
unánime de la nación y ni mismo tiempo su humildísima
Suplica , á fin de que S. M. pusiese término ét la separa^-
cion que había entre la Inglaterra y la santa sede, é in­
terpusiera su mediación con el papa paro que- revoca­
das Jas censuras-fulminadas contra la nación británica
volviese esta á entrar en el gremio, de.líi .iglesia católica.
Pío bien había transcurrido el año, cuando el mismo
parlamento recibió de rodillas en nombre de la,nación
inglesa y por mano del cardenal Polo la absolución de
las censuras en que habia incurrido ó causa del cisma.
María no gozó mucho tiempo del jubilo inesperado
que debió sentir después de consumada una obra tan
grandiosa;'Los trea últimos años de su vida fueron un
manantial de disgustos y, amarguras para ella. Habíase
casado con el rey Felipe I I de España por insinuación
del emperador Carlos V , su tío y. consejero secreto.
Este'-matrimonio-* en cierlo modo, opuesto á los intere­
ses políticos y ü\ espíritu de la Gran JBretfiña, disgustó
á la rmcion; y el caracter duro y altivo del príncipe y
sus planes ambiciosos acabaron de enajenarle el ánimo
de los ingleses. Lúa malas doctrinos'había» dejado allí
funestas semillas de discordia que fermentaban cada vezs
mas: la irritado» habia llegudo al último punto: en to­
das partes ge'advertían síntomas de rebelión; y. para
colmo de desgracia Felipe lejos de aplacarlos parecía
complacerse en instigar y exasperar mas á los descon­
tentos con su dureza y violencia. La política de este
monarca era precisamente la contraposición de aquel
conjunto de bondad, moderación, fortaleza y discreción,
con que convenia dirigir entonces unos espíritus tan
mal contentadizos y tan prevenidos contra su persona.
Las leyes penales aplicadas á la herejía no tenían á su
favor la oportunidad de las circunstancias. María apo­
yada en el brazo fuerte de su marido dominador de
Europa creyó'ser bastante poderosa para-activar la
ejecución d’e dichas leyes, y se dice que perecieron dos*
cientos herejes en el cadalso. La posteridad se ha mos­
trado severa, y los escritores protestantes, como es
consiguiente, han anatematizado la memoria de la reino.
Algunos historiadores católicos no la han juzgado exen­
ta de censura, y aun le han hecho algunos cargos de
que no trato de justificarla aquí. Pero me parece que
no se han apreciado bastante ciertas circunstancias ate­
nuantes, que si no la justifican en todo, la absuelven por
lo menos de la mayor parte de la culpa qué se le achaca.
Olvidan algunos que los caudillos de los herejes dirigían
aquellas conjuraciones, aquellas rebeliones y aquellas
gavillas armadas, figurando siempre como actores y
muchas veces como cabezas, tlirectores y agitadores, y
siendo el alma invisible de aquellos levantamientos, y
maquinaciones. ¿Quién no sabe que el fanatismo de
muchos de ellos llegó á tal extremo dé demencia; que
hasta al pie de los altares pedían á Dios eti alta voz li­
brase á su pueblo del terrible azote de la reina y de su
gobierno anticristiano? Por fin hay otra disculpa, y me
parece la mejor que Maria opone á sus detractores: las
leyes penales que se aplicaban á los herejes condenados
como tales por la iglesia, no eran obro de la reina* sino
el derecho público de la época y una legislación que es­
taba obligada ú mantener y creia aplicar justamente. La
estadística exacta de sus procesos acreditaría que las
sentencias de muerte emanadas de sus tribunales no es­
tán en la.proporción de uno á diez, comparadas con las
de los reinados anteriores; y quizá si de los doscientos
herejes castigados con la pena capital por este, crimen
se rebajasen los foociosos, sediciosos y reos de rebelión
á mano armada, quedaría muy reducido aquel número.

IV , — K E 1NADO I>E IS A B E L ,

Llegamos ó la cuarta y última época de la-historia


de la herejía anglicana. La hemos^visto Dacer en el
reinado de Enrique V I I I , y no. temo decir que esta he­
rejía es una hija ilegítima de ios amores adulterinos y
desenfrenada liviandad de este monarca. La hemos visto
crecer y fortificarse durante los doce últimos años del
reinado de Lan temible tiranola-regencia de Eduardo
que duró seis a íí09, permitió que dicha herejía.se arrai­
gase mns profundamente eri el suelo británico:; En este
período de diez y ocho años, es decir, tos doce últimos
de Enrique y los seis de la menor edad dt* Eduardo,
pulularon los sectas alemanas introducidas, en Inglater­
ra, se multiplicaron casi tanto como los cardos de
nuestros pampos, y sembraron eldesorden y la confu­
sión. Un soplo de Dios bastó para.derribarla y amena­
zarla de una muerte irremediable bajo el reinado de
Maria. Pero entraba en los .íerribles designios de Dios
que la antorcha de la fé, que desde el monje Agustiu y
el gran papa Gregorio había iluminado á aquella nación
y formado tantos santos doctores / fervorosos solitarios,
se apagara , mudase de lugar y dejase aquel precioso
reino en las tinieblas del cisma y de la herejía. La jus­
ticia divina quería que el cisma y el error se estable­
ciesen allí de una manera durable y permanente, que
viniesen á ser como una rama ponzoñosa ingerta en
la constitución det estado y qne produjesen tantos fru-;
tos de muerte; é Isabel fue el azote de Dios para cas­
tigar á Inglaterra, La gran revolución obrada en la
religión de este reino mientras le gobernó aquella prin­
cesa, es la que vamos á contar aquí.
Isabel, hija de Ana Bolena, á quien Enrique V I I I
repudió y castigó con la pena de los adúlteros, partici­
pó mucho tiempo del odio á su madre que. le había
profesado su padre. Este la exheredó en el primer tes­
tamento hecho ab iralo; pero en el segundo mas pen­
sado y sancionado por el parlamento la restableció en
todos los derechos de sucesión ó la corona. La ley del
estado la llama é reinar en la belicosa é inquieta nación
británica. Criada Isabel en In religión protestante la
profesó abiertamente bajo el reinado de su hermano
Eduardo; mas en el de sil hermana Mania la abandonó
casi con tonta presteza como una mujer se quita un
vestido y se pone otro, Sienlase en el solio: las dos re­
ligiones se bailan frente á frente, ambas poderosas y
acreditadas. ¿Cuál obtendrá la elección y preferencia de
la reina? Algnnos han dicho queestano profesaba ningu­
na y las miraba todas con indiferencia; opinion que tiene
mucho peso sí se atiende á la versatilidad en materias
religiosas justamente imputada á Isabel. Merece que
demos aquí algunas pruebas refiriendo por menor cier­
tos hechos suyo?. En loa dos últimos años del reinado de
María la profesion declarada del protestantismo era un
crimen de muerte según acabamos de ve*;. Isabel se
postra á los pies de su hermana y manifiesta que aur»-.
que el protestantismo es el fruto de su educación , rm
está adherida á él y solo desea instruirse. Una semana
de conferencia con algunos doctores ortodoxos desvane­
ce todas las dudas :de?a princesa , que se hace católica
y.hasta devota fervorosa : los domingos oye en !a capi­
lla la misa de su capellan y comulga con frecuencia.
Habiendo llegado á oídos de María algunas dudas sobre
la sinceridad de la conversión de su hermana, esta jura
y perjura que ha profesado sinceramente la religión
católica, y no teme decir una y otra vez: «Dios abra la
tierra á mis pies para tragarme viva, si no digo la
verdad.»
Desde luego se figura uno que ai deliberar esta
princesa para decidirse sijbre ün punto lan capital res­
pecto de la felicidad dé su vida ocurrieron las conside­
raciones siguientes á su ilustrado y perspicaz entendi­
miento: lo religión católica es la de la mayor parte d«
la nación y tiene títulos favorables que.la recomiendan,
como son la mayor sumisión y docilidad á |a autori­
dad constituida; en todas las sectas se observa gran, in­
quietud y turbulencia; más el catolicismo serena y aquie­
ta los ánimos. Considerada baja otros respectos esta
misma religión se presenta como utia enemiga irrecon­
ciliable A aquella mujer codiciosa de la corona : según
los principios católicos ella es bastarda é ilegítima, y el
trono corresponda á su rival Maria por la ley de justi­
cia; y ve levantarse sobre su cabeza un; sacerdote que
la emplazo ante su tribunal de Roma y que la juzgará
y condenará. De todos estos antecedentes ¿qué conclu­
sión va á sacar una mujer que subordina todos los de-
b&res á la ambición de reinar? No hay otra que esta:
descatolizar á Inglaterra ó resolverse ó reinar con un
título disputado por la parte mas sana de la nación:
título dudoso, según el cual queda abierta la puerta á
-todos los hombres turbulentos que tengan bastante des­
treza para formar facciones y sean bastante audaces pa­
ra abrirse paso al solio por el camino peligroso de las
revoluciones. Es coso resuelta: Isabel ha condenado una
religion que la condena: la proscripción del catolicismo
se ha decretado por unanimidad en sú consejo .privado.
Los individuos'de este son hábiles y protestantes acér­
rimos; Cecil que le preside, como ministro principal y
es una especie'de Aquilofel, ha jurado odio á muerte á
los católicos: era una alma sublime para obrar el: mal,
y muy diestro para urdir una intriga y enredar la ino­
cencia en los lazos de un proceso inextricable. Las prue­
bas de; todos-estos asertos se hallarán en la causa que
siguió Cecil hasta llevar aí cadalso á ;la reina María de
Escocia. Pues este ministro era ya el alma del .consejo
de Isabel, y no cesó de serlo én los treinta y ocho años
que ella reinó. Mientras él trabajaba en ganar al parla­
mento , comprar los votos y lener mayoría, la reina se
burlaba de lo mas sagrado qiYe tiene Va religión : oia
misa y comulgaba-: de orden suya se hiio la coronación
según el ceremonial del pontifical romano; y prestó el
juramento acostumbrado para afianzar su profesión de
fé enteramente católica. Los que han opinado que Isa­
bel no tenia ninguna religión, se fundan no sin alguna
probabilidad en estos hechos de tan profundo disimulo.
Por fin llegó el gran día dé.la decisión del parla­
mento: la mayor dificultad que se temia no era el voto
adverso de este cuerpo, sino eí catoUdsmo.de la mayo­
ría de la nación. Se esperaba que el parlamento despues
de haber entregado la religión como objeto de poco va­
lor á los tres soberanos anteriores no haría resistencia
á un gobierno'que los superaba en habilidad. La peti­
ción de los ministros fue otorgada. Quedaron abolidas
todas las lejes promulgadas bajo los reinados preceden­
tes en favor del catolicismo, sus dogmas y creencias:
esta religión y la autoridad del papa su cabeza fueton
proscriptas con todas las peños decretadas contra til cii-
men de estado; é Isabel fue dcclnrada con nueva solemni­
dad jefe de la religión con el título de suprema gober­
nadora de la iglesia de Inglaterra en lo espiriUul y
temporal. Este título quedó perpetuamente anexo á la
corona y ála persona de los. que la ley declarase legíti­
mos sucesores de la princesa reinante.
Aquí tenemos la iglesia anglicana segun la formaron
sus fundadores. En la persona de Enrique V I I I es mons­
truosa y el producto fatal de stis adulterios y livianda-
des. Bajo el reinado de Eduardo, doctor, teólogo, refor­
mador y regulador de la religión á la edad en que em­
piezan á hablar los niños» aparece bajo un aspecto
menos atroz, pero mas ridículo, Por último en tiempo
dé Isabel la mujer á quien san Pablo prohíbe hablar
en la iglesia, enseña como soberana la regla de los dog­
mas, de la moral y de la disciplino. Una reina joven
gobierna hoy la Gran Bretaña, y algunos le dan mucho
talento: esto me da motivo para pensar que el cuidado de
una gran iglesia y su episcopado supremo deben ser
carga terrible para sus débiles hombros.
La papisa Isabel creyó haber recibido el espíritu
del apostolado en mayor medida que sus antecesores, y
estar destinada obras mas grandes para la gloria de
Dios y la exaltación de su iglesia. E l símbolo que ex­
tendió en treinta y nueve artículos, se parece tan poco á
los precedentes, que se la puede mirar como fundadora
de una tercera religión y la única subsistente, pues que
dura todavía. Las dos reformas anteriores no le gusta­
ban: la de Eduardo pecaba por exceso y la de Enrique
por defecto. En la de Eduardo criticaba la' demasiada
rigidez de In doctrina: hubiera querido ella una cosa
mas general é indeterminada en la expresión, de modo
que pudiesen acomodarse todas las sectas, y mediante
algunos términos mas ambiguos conservar todas sus
creencias y vivir en paz bajo su pontificado supremo.
En cuanto á la disciplina juzgaba que la segur de los
anteriores reformadores habia cercenado demasiado en
materia de gerarquía en las dignidades, ceremonial
en el culto y arreglo en. la disciplina ; y conservó los
obispost canónigos y : curas, el órgano, la música y
los ornamentos de iglesia. Gugtabale la pompa en las ce­
remonias que habia visto practicadas en la capilla de su
padre y en las iglesias nacionales, donde se celebraban
los divinos oficios con toda la magnificencia de la litur­
gia romana.
No creemos haber calumniado su memoria suscitando
dudas sobre la firmeza de su fé en la misma religión
que acababa de arreglar por sus decretos dogmáticos y
disciplínales. No obstante la verdad nos precisa á decir
que la intolerancia de esta reformadora filósofa igualó
en crueldad áHa persecución suscitada contra el cristia­
nismo naciente por aquellos emperadores romanos, cuya
muerte trágica y lamentable historia nos refiere Lac­
lando, A mi juicio los edictos de Isabel contra los cató­
licos ingleses en su largo reinado acumularon torio lo
odioso de la persecución de los emperadores gentiles y
de los revolucionarios de 1793.
Convengo con La Havpe en que la persecución re­
volucionaria hizo sufrir á sus mártires tormentos menos
crueles que los que se leen en los edictos de los empero*
dores romanos-, y que hay mucha distancia de la guillo­
tina, gloriosa invención de aquella época, á ¡as hogueras*
la rueda, el potro, los garfios de hierro y todos los su­
plicios inventados por los Galenos y Dioclecianos para
vencer ó los confesores del cristianismo. El siglo durante
los cuarenta años del remudo ocutto de !a filosofía no
habió caminado con tanta celeridad por las sendas del
falso progreso, que hiciese olvidarse asi de las leyes de
la naturaleza ó la opinion pública ilustrada^por diez y
ocho siglos de cristianismo. No obstante advierto en la
elección de los suplicios inventados por la filosofía revo­
lucionaria no sé qué mayor insensibilidad, reflexión y
sutileza que en los de la política pagana. La primera
persecución fue mas franca: la segunda condenada por
la opinion á ser mas moderada trató de compensar por
la astucia lo qué faltaba é la violencia. Has la vergüenza
de Isabel esté en haber reunido en sus decretos contra
los católicos ingleses las combinaciones pensadas de ja
peraecuiion de 1793 y la barbarie franca de los empe­
radores romanos. Yamos é probarlo haciendo un parale­
lo entre.sus persecuciones y lasque esperamos en los
últimos tiempos del cristianismo.
Díre.mos primeramente que la intolerancia filosófica
de Isabel se aventaja á la de sus consortes de la revolu­
ción francesa en cuanto ella experimentó menos resis­
tencia que estos á sus edictos heterodoxos. Es verdad
que la fé dió bajo su reinado alguna señal de vida antes
de extinguirse, y loa obispos reunidos ^enviaron una
protesta firmada por los dos universidades del reino
contra la supremacía espiritual de Isabel; mas cuando
fue preciso llegar á la prueba y optar entre la pobreza,
la prisión y la muerte ó la apostaría* solo quince obis­
pos, cinco canónigos y ochenta y cinco curas parrócos
perseveraron firmes. Ese'es lodo el grano que nos deja
e! orden sacerdotal en Inglaterra: todo lo demas fue
arrebatado como uno paja leve por el viento de la per­
secución. Y la iglesia de Francia recuerda aquí, con no­
ble orgullo que hallándose sujeta á una prueba semejan­
te, todos sus obispos excepto dos perseveraron firmes
en la fé , y mas de cuarenta mil sacerdotes seculares y
regulares marcharon al destierro ó se‘ escondieron eü
las cuevas y cavernas de los montes ó en los desvanes
de las casas antes que firmar el error ó 1» herejía oculta
bajo la fórmula de juramento de la llamada» constitución
civil del clero; Irritado e! furor de Isabel con esía resis­
tencia se desató en decretos sanguinarios que no tengo
mas que copiar aquí para dar á los lectores ta prueba
de mi aserción precedente, á saber, que esta reina
sobrepujó en. intolerancia á los ■constituyentes de 1790.
La convención francesa que pasa por modelo de la bar­
barie, no dió unos decretos semejantes á los que copio
aquí al pie (1),

(1) Pena de muerte contra todo sacerdote católico que.


diga misa y confiese, y contra todos los que le recojan y
E1 suplicio del tormento impuesto ó los malhecho­
res tenia entre los paganos un grado de crueldad, que
las sua.ves costumbres del cristianismo creyeron deber
abolir ó mitigar husta en la equitativa seguridad de
la legislación criminal. Cuando se'aplicaba ó loa márti­
res cristianos, adquiría un grado de barbarie visible­
mente inspirada por la rabia del infierno, y aquí se hi­
zo Isabel émula de los perseguidores paganos. El tor­
mento á que sujetaba ios sacerdotes pura obligarlos á

socorran en sus necesidades. Pena de muerte contra los


que oían misa, se confesaban, admitían la supremacía
del papa y se resistían á reconocer la que se habia arro­
gado aquella mujer impía. Pena de muerte contra los que
obtuviesen y conservaren ninguna bula, escrito ó. instru­
mento del obispo de Roma y los que fuesen absueltos en
virtud de estos documentos, contra sus fautores ó cóm­
plices, y contra los que introdujesen ó recibiesen agnus
/)ct, cruces, imágenes ó rosarios benditos por el obispo
de Roma 11 otras personas con autoridad de él* Estas pe­
n a s : se redujeron á.un código que estuvo en vigor hasta
el año 1778: véanse aquí sus disposiciones.
Privación de todos ios derechos políticos y civiles para
los católicos. Condenación repetida á una, multa de dos
mil reales si no entraban en el templo, y esto se reputa­
ba un acto de apostasía. Prohibición con pena de graves
castigos de tener armas en sus casas para la propia defen­
sa , defender causas en justicia, ser tutores, ejecutores
testamentarios, médicos.y abogados y apartarse mas de
legua y media de sus casas. Si una mujer casada no iba
al templo anglicano, perdia tos dos tercios de su dote y el
derecho de ser ejecutora testamentaria de su marido-, y
podia ser reducida á prisión, á no ser que este pagase
mil reales, al mes para redimirla. Cuatro jueces de paz;
reunidos podían citar ante ellos á todo católico convicto
de no asistir al templo y obligarle á abjurar su religión,
y si se resistía, condenarle á destierro perpetuo, debiendo
ser castigado de muerte en caso de volver. Bos- jueces de
paz tenían el derecho de llamar á su presencia sin ningu­
na información previa á cualquier hombre mayor de diez
descubrir el nombre de bus encubridores, bienhechores*
oyentes ó asistentes á misa y la habitación de los clé­
rigos implicados en la misma persecución, se llamó en
aquella época hijo del barrendero: los gentiles no.habían
inventado una cosa semejante. Era aquel tormento un
ancho círculo de hierro compuesto de dos partes uni­
das entre sí por una' bisagra : se colocaba ai preso dq,
rodillas en el suelo y se le obligaba á doblarse en el me-

y seis años; y si este rehusaba en seis meses abjurar la


religión católica, quedaba incapaz de poseer propiedad
territorial, y todas las qué le correspondían recaían en su
mas inmediato heredero protestante, quien no debia darle
cuenta alguna de las rentas: el católico no podia comprar
otras íincas, y era nula toda adquisición hecha por él ó
para-él. E l padre de familia que se valia de un maestro
católico, era condenado á pagar mil reales de multa al mes
y el maestro diez reales diarios. El padre qüe enviaba un
hijo suyo á estudiar en una escuela católica extranjera,
debia pagar una multa de diez mil reales, y el hijo que­
daba inhábil para heredar, comprar y poseer tierras, ren­
tas, bienes, legados ó cualquier cantidad do dinero. E l
sacerdote que decia misa, cuando no era condenado á
muerte, debia por una gracia pagar doce mil reales de
multa, y el católico que la oia seis mil. Todo sacerdote
católico que voívia dél continente á Inglaterra y no abju­
raba su religión en los tres dias siguientes á su llegada,
y todo el que abrazaba la religión católica ó contribuía á
que otro la abrazase, eran condenados por este código
sanguinario apena de horca, y despues les abrían el
•vientre, les sacaban las entrañas y los descuartizaban.
Esta ostentación de crueldad da á la Inglaterra la prima­
cía sobre los turcos , los cuales se contentan en igual caso
con empalar. X adviértase que estos atroces rigores solo
se ejercen con los católicos, y ninguno de ellos compren­
de á los miles de sectarios que no ha cesado de engendrar
la llamada iglesia anglicaná desde que se estableció; A
estos los ve con una serenidad forzada salir todos los dias
de su gremio y dejarla desierta. Sin embargo ellos le dan
furiosos golpes que no sabe parar.
ñor espacio posible: entonces se arrodillaba el verdugo
sobre sus espaldas despues de introducir e! circulo de­
bajo de las piernas y comprimir á la víctima hasta que
él pudiese agarrar las extremidades del círculo, y apre­
tarle sobre los riñones. Este horrible tormento duraba
hora y mediaren cuyo tiempo el exceso de la compre­
sión hacia brotar sangre por las narices y muchas ve­
ces hasta por tos pies y las manos del preso. Nerón es
conocido por la invención de un nuevo suplicio, é Isa­
bel de Inglaterra tiene también esta gloria execrable.
Dió orden á sus verdugos de matar á los católicos como
]üs matachines degüellan á los animales: de una cu­
chillada les abrían el vientre* Ies sacaban las entrañas
y los descuartizaban. Millares de mártires eclesiásticos
y seglares y hasta mujeres padecieron este horrendo
suplicio. ;^
Los historiadores hablan de una inscripción grabada
en tiempo de Diocleciano, en la que se jactaba este em­
perador de haber abolido hasta el nombre de cristiano:
mentira visible,, porque en aquella época se verificaba
mas, que nunca la pomposa nomenclatura de Tertuliano
sobre el número de los cristianos, que do ignora nadie.
Con mas verdad hubiera podido Isabel mandar grabar
en,bronce una inscripción semejante. Un sistema de per­
secución, de.injustas exacciones y de ruina, continuado
con tanta perseverancia por espacio de cuarenta y cinco
años y unido á la abolicion de toda explicación cate­
quística, instrucción elemental y educación religiosa y
á la dificultad de acercarse á los sacerdotes para invocar
su ministerio, disminuyó por grados el número de los
católicos en la Inglaterra propiamente dicha hasta tat
punto, que pudiera decirse que se habia extinguido esta
religión.
En los cuarenta y cinco anos que duró tan gran­
de calamidad, no tuvieron los católicos un instante de
sosiego, A todas horas, pero sobre todo de Doche, en­
traban en las casas un puñado de foragidos conducidos
t . 4Í>* 5
por los magistrados, rompían las puertas, se desparra­
maban por las habitaciones, forzaban las arcas y cofres,
registraban las camas y las faltriqueras de los vestidos,
buscando clérigos, libros, cruces ó cualquier otro obje­
to del culto católico.con toda la diligencia de la pobre
mujer que perdió su dracma, según nos dice el Evan­
gelio. Aquí nos-reconocemos: nosotros que no abando­
namos el suelo patrio durante la persecución de 1793.
Sin duda que no bubo colusion ni comunicación entre
los ejecutores de estas obras .en ambas épocas; pero ¿no
será cierto que los insignes malvados asi como los gran­
des hombres coinciden en eus pensamientos y pro­
yectos?
Cuando, uno considera todas las cosas grandes y ex­
traordinarias que hizo en el orden político esta mujer
tan vil, corrompida y despreciable á lo#ójos de la mo­
ral, el alto grado de gloria á que llegó Inglaterra bajo
su reinado, sus brillantes hechos de armas contra E s ­
paña, dominadora entonces de la Europa, la asombrosa
extensión que dió al comercio de la Gran Bretaña, le­
gándole el imperio del mar y una. opulencia y conside­
ración incalculable en el mundo político; conoce la pro­
funda verdad de este dicho de san Agustín, repetido des-
pues bajo tan diversas formas: que Dios hace bien poco
caso de la gloria de las armas y del imperio del mundo,
pues que le entrega á los hombres mas bajos y viles
déla especie humana según las rectas ideas de la razón
y la justicia. .
SECCIO N T E R C E R A .

L A H E R E JÍA CONSTITUCIONAL CONSIDERADA EN R U SIA


DESDE LA E M P E R A T R IZ C ATALINA IIA ST A E L E M ­
PER A D O R NICOLÁS IN C LU SIV E.

No debe omitirse en esta historia la persecución


suscitada por el emperador Nicolás contra los católicos
de su3 estados- Este monarca dilata en la actualidad su
pretendida supremacía espiritual sobre la religión cató­
lica abusando de su ilimitado poder, y no oculta su pro­
yecto, que es. refundir el catolicismo y su secta cismática
en una misma religión. Sus medidas rigurosas van en­
caminadas á exterminar hasta el último católico antes
que consentir el ejercicio de este cuito distinto del suyo.
No quiere permitir que cada una de estas religiones
tenga sus templos y sus altares. Guando se reflexiona
sobre las infernales combinaciones de esta persecución
contra la religión católica» desde luego se la figura uno
bajóla imagen sensible de una ciudad sitiada y tan es­
trechada por el enemigo, que se considera su rendición
como inevitable; y cree ver á Jérusalem circunvalada
por el emperador Tito antes de destruirla y no dejar
en su templo piedra sobre piedra. No conozco una sola
defensa de! catolicismo que el emperador Nicolás no in­
tente destruir, ni un solo muro ó antemuro contra el
cual no aseste sus baterías.
La iglesia católica necesita como toda sociedad re­
ligiosa iglesias* parroquias, clero secular y regular, obis­
pos, escuelas, un episcopado y una enseñanza: por úl­
timo todos sus fieles han menester una libertad real y
efectiva de profesar sus dogmas, su culto y su morah
Pues basta conocer los procedimientos de la persecución
del emperador de Rusia para ver que maquina contra
todas esas cosas, y que tendrá levantada la mano sobre
los católicos hasta que estos hayan quitado por sí el lin­
dero que los separa de Ja iglesia nacional y cismática.
Entremos aquí en particularidades.
£1 emperador Nicolás no quiere dar iglesias á los
católicos, y se conceden libremente sinagogas á los ju ­
díos, mezquitas á los mahometanos y templos á los idó­
latras, permitiendo á los luteranos y calvinistas multi­
plicar sus prédicas cuanto quieren: se desposee con
cruel obstinación á los católicos de las pocas iglesias que
tienen y que son insuficientes para atender á las nece­
sidades de su culto, y si ofrecen ediOcar otras nuevas
ó reparar las antiguas, se Ies niega la autorización.
Cuando fueron desterrados los jesuítas, el empera­
dor Alejandro se obligó en el edicto de expulsión ¿ de­
jar los bienes é iglesias de aquellos en beneficio y para
uso de los católicos; mas su sucesor confiscó dichos, bie­
nes y entregó las iglesias álos cismáticos para quie­
nes eran una carga superflua, negándolas á los católicos
que las reclamaban como una necesidad de su culto.
La ciudad de Yitebsk tiene veinte mil almas de po­
blación con residencia fija, sin contar los muchos no­
bles transeúntes que van por recreo ó por sus asuntos;
pues sin embargo los católicos no han podido conseguir
mas que una iglesia, y siempre es negada la petición
de una muchedumbre de nobles que exponen la insufi­
ciencia de aquella.
Dió el emperador un edicto prohibiendo á los cató­
licos edificar nuevas iglesias ó restaurar J üb antiguas sin
licencia del gobierno; y si los católicos ofrecen pagar á
su costa las reparaciones que los peritos juzguen nece­
sarias é indispensables» se suscitan una'porcion de obs­
táculos antes de responder: entre tanto se hundirá la
iglesia, y los católicos serán victimas del edicto prohi­
bitivo.
E l n ú m e ro de parroquias ya insuficiente se reduce
cada día mas, llegando á tal grado la escasez, que á
Teces tiene que andar el feligrés una jornada para ir á
su parroquia. Agrávase este mal con el corto número
de sacerdotes, cuyo triste cuadro presentaremos mas
abajo. Fácil es de conocer que en una tierra afligida
de ta l’calamidad pueden morir muchas veces los en­
fermos sin sacramentos. Este inconveniente hallaba un
paliativo y aun un remedio eficaz en la mezcla de loa
dos cultos católicos llamados rito latino y rilo griego,
unidos por medio ;do las siguientes combinaciones. En
aquellas partes deja Rusia en que los pueblos profesan
el rito griego unido,: estaban esparcidas y "confundi­
das las parroquias de ambos cultos en la vasta supertí-
cié de aquel territorio con frecuencia árido y desierto.
Los nobles, todos católicos latinos, pero en menor nú­
mero naturalmente que las poblaciones griegas, tienen
pocas parroquias: mas sucedia que saliendo de sus ca­
sas los domingos y dias festivos para ir al oficio divino
encontraban al paso y á menor distancia parroquias del
rito griego y se detenían á oír allí misa ó bautizar en
caso de necesidad á un recien nacido. Este beneficio era
recíproco con respecto á una parroquia que profesaba
el rito griego unido. El emperador ha prohibido por va­
rios ukases recientes esta comunicación de auxilios espi­
rituales entre ambos ritos: las persones equitativas se
preguntan unas á otras: Cui 6ojio? Y no se vislumbra
otro motivo de está ley que el de separar á ios súbditos
de Ea religión verdadera. Agrávase esta desgracia con la
escasez de párroco?, ecónomos y capellanes, y el gobier­
no tiene también una pérfida astucia para disminuir el
número de ellos. Está prohibido á los obispos nombrar
un cura ó uncapellan sin autorización del gobierno; y no
se crea que este la da en virtud de !a presentación del
obispo: nada dé eso. E l sugeto debe ser presentado por
el gobernador de la provincia; ¿y qué se ha de esperar
del mérito eclesiástico de los pastores presentados por
.tales hombres? Por manera que el obispo se ve redu­
cido ó á dejar las parroquias sin curas, ó á enviar lobos
vestidos de pastor. Basta esto para acabar de desacredi­
tar el orden sacerdotal, destruir las vocaciones en su ori­
gen y dejar el ministerio como patrimonio de hombres
desconocidos ó de santos, los cuales son pocos segUn el
Evangelio. ■ ,
Pero todavía hay otra causa mas espantosa de Ja di­
minución dolos curas párrocos: hablo de las dificulta­
des y obstáculos que pone el gobierno ruso á la entra­
da de sus súbditos en el estado eclesiástico. Veanse aquí
estas trabas según constan de los ukases: J . ° el sugeto
ha de ser noble: 2.° ha de haber estudiado en la u n i­
versidad: 3.° ha de tener veinticinco años de erad:
4.° ha de estar exento del alistamiento militar: 5.° ha
de sacar licencia del ministro de los cultos: 6.° ha de
pagar dos mi! cuatrocientos reales al año, cantidad que
no pagan los alumnos cismáticos* Todas estas medidas
han surtido su efecto* y en toda la Polonia, rusa di­
vidida según la última demarcación ecfesiástica en ca­
torce diócesis mucho mas dilatadas que las de Fra n ­
cia no quedaban mas que trescientos setenta levitas en
el año 1834, Se ha calculado la diminución progresiva
de ellos promovida por las medidas del gobierno des­
pués de la partición, y según este cálculo será inde­
fectible la extinción total del clero católico dentro de
poquísimo tiempo. Efectivamente en las seis diócesis de
la metrópoli de Mohilew no quedaban en 1834 mas que
ciento ochenta y dos seminaristas: ve ahí el plantel de
un clero que ha de servir un territorio igual á toda la
Francia. En la actualidad han llegado las cosas á un pun­
to que los habitantes se hallan faltos de auxilios espiri­
tuales, viendose obligados á administrar ellos mismos el
sacramento del bautismo y casarse sin cura; y á las
reclamaciones de los católicos sobre este particular se
responde fríamente: Las cosa3 del gobierno no son de
vuestra incumbencia.
Pondremos aquí á la vista del lector las tres rela­
ciones de estadística (V. S, 11, n.° xxxi) formadas
en 1834 y comparadas con las que se presentaron en
los primeros años siguientes á la partición de la Po­
lonia (V. R. p. 69). En solo el gobierno de Mohilew
pasaron al cisma tres millones ciento y sesenta mil aU
deanos; es ó saber, en la diócesis de Mohilew seis­
cientos mil, en la de Minsk cincuenta mil, en la de
Luch ochocientos mil y en la de Kamenietz un millón
seiscientos y setenta mil. Se ve ademas que el número
de los griegos unidos ha disminuido en ciento y treinta
mil en los treinta últimos años. Este soto guarismo es
muy crecido atendido el estado mínimo de la poblacion
de Rusia en 1804. La prueba racional de todos estos
cálculos se hará mas. clara ¿ medida que adelantemos
eo este escrito,
Lag órdenes regulares no solamente son el ornato de
la iglesia , sino ademas su sosten y cu cierto modo su
antemural. Desde el año fatal de 1790 *en que , pa­
rece que rompió Satanás la tripla cadena con que es­
taba amarrado en los infiernos para venir á empezar
de nuevo su reinado sobre la tierra, no ha cesado el ge­
nio del mal de descargar nuevos golpes sobre las corpo­
raciones religiosas en Francia, Italia, España y Alema­
nia. En la Polonia y la Rusia mas que en las regiones
católicas y meridionales de Europa eran los auxiliares
necesarios de los obispos para todas las buenas obras de
la religión y del ministerio evangélico; pero principal­
mente en el servicio activo de las parroquias se hacia
necesarísima su coóperacion para suplir al orden pasto­
ral. Era imposible que los obispos católicos de uno y
otro rilo llenaran las vacantes diarias de los ¡curatos cou
los débiles recursos de los seminarios y del clero secu­
lar, y no podia cesar esta viudez de las iglesias á no que
acudiesen en su ayuda las órdenes regulares y apron­
tasen operarios para las parroquias que no letiian sacer­
dote, ni altar, ni sacrificio. Asi para la iglesia griega
unida la religión de san Basilio en especial era el asilo
de la sana doctrina y el santuario donde se conservaban
la ciencia divina, el zelo y la piedad sacerdotal (1). E n
un antiguo estatuto se -prescribía que todos los obispos
se sacasen de los monasterios de tan célebre instituto.
Oigamos ahora qué medios ha puestef en planta el go­
bierno para destruir el estado regular en la Polonia y la
Rusia europea; y fácilmente se verá que los ha inspirado

(1) Sea dicho esto sin perjuicio de la orden de santo


Domingo y dé la congregación de misioneros de san V i­
cente de Paul; cuyo zelo y afanes por la salvación de las
almas no puede agradecer bastantemente la iglesia de Po­
lonia.
la profunda sabiduría del infierno. Ya en 1829 ge de­
cretó por un ukase que todo el que aspirara al estado
religioso se presentase al gobernador de su provincia
(formalidad fácil entre nosotros; pero que en aquellos
países septentrionales suele.coslar muchos dias de viaje),
le exhibiera títulos de nobleza y luego esperara la licen*
cía del ministro de los cultos. Bien sabía el gobier­
no que con estas precauciones suscitaría bastantes obs­
táculos para ahogar la vocacion al estado religioso y
cerrar ó la juventud el camino de los monasterios. Boste
decir que desde el año 1829 solo se han concedido dos
licencias de esta clase. Para destruir las órdenes hasta
en sus fundamentos se ha trastornado enteramente la
constitución de su regimen interior. No solo están.
sometidos á la vigilancia en materia de costumbres,
que en cierto modo es inherente á la jurisdicción epis­
copal, sino que los obispos son los verdaderos y únicos
superiores claustrales: asi no puede haber regla ni subor­
dinación religiosa. E l obispo acumula todos las facultades
de superior local y provincial, y mas adelante veremos
que el gobierno se ha compuesto de manera que solo
haya obispos dóciles y condescendientes, instrumentos
pasivos de sus proyectos de muerte y destrucción con­
tra la religión católica. Aquel clero no es ya regular,
ni aun secular: no es mas que una sal disipada, que
no sirve sino para que la pisen los hombres. E l go­
bierno pretende arreglar hasta los estudios de los re­
gulares prescribiéndoles algunos especiales y particula­
res y señalando el autor por que deben enseñar, sin in­
formarse si está prohibido en el Indice de Roma. No se
Jes permite recibir novicios, y luego que; todas estas
causas han producido sus efectos, y el manantial ha
cesado de dar aguas al arroyo y el, criadero árboles
al bosque, viehen los edictos con preámbulos hipócritas,
en que se prueba con muchas razones tomadas de los
sagrados cánones y dictadas por el mayor bien de la
iglesia que el mejor medio de reformar ios monasterios
y conventos es disminuir-su número y que cd prudente
y provechoso á la religión y á la cosa pública cerrar
todos aquellos en que no puedan mantenerse doce reli­
giosos. Por una disposición semejante se ha arreglado
de manera que^ todos queden sujetos á la extinción.’ Es­
tos medios han producido su efecto. En la época de la
partición contaha la Polonia rusa trescientas noventa
y ocho comunidades religiosas del rito romano y ciento
doce del griego unido; y desde entonces hasta el
año 1-814 se extinguieron doscientas cuarenta y dos de
las primeras y ciento de jas segundas. Por manera que
el observador atento ve y toca, por decirlo asi, el tér­
mino cercano eo que no quede un solo religioso en Po­
lonia; y la nota que va al pie lo evidencia con mas cla­
ridad (1).
Voy á hablar de la maquina mas formidable de
guerra manejada por el gobierno ruso para pervertir
el sacerdocio y el pueblo en'sus dominios y precipitarle
en el cisma. Si se quiere Inculcar.en una nación la ver­
dad ó el error, la herejía ó la fé católica; no hay mas
que apoderarse de la educación, del regimen de las es--
cuelas y de la elección de los maestros: el infierno en
su profunda malicia no sugerirá otra conducta al prín-

(1) Vease aquí la lista de los conventos extinguidos


el año 1832 en sola la metrópoli de Mohilew: agustinos,
se extinguieron tres conventos y quedan dos: bernardos,
se extinguieron veinte y quedan veintidós: capuchinos, so
extinguieron siete y quedan cinco: carmelitas de la primi­
tiva observancia, se extinguieronveintttres.y quedan siete:
carmelitas descalzos se extinguieron siete y quedan dos:
canónigos reglares, se extinguieron trece y quedan siete;
En 1834 se extinguieron ios siguientes conventos de
regulares: dos de. canónigos reglares de san Juan dejLe-
tran y quedan cuatro: cincuenta y cinco de dominicos y
quedan veintinueve: treinta y uno de franciscanos y que­
dan diez: cuatro de lazaristas y quedan cinco: dos de nía-
rianistas y queda uno: cuatro de escolapios y quedan seis:
erpc á quien haya escogida por &u ministro y agente en
los planes de destrucción de la religión verdadera. E !
gobierno ruso aspira á ese objeto, y es tan dueño ya de
la educación eclesiástica, que no veo cómo pueda salir
da aquí adelante un sacerdote católico de sus acade­
mias. Bastante decir que en Polonia y Rusia hay do&
escuelas abiertas para el clero católico, la una en Yilna
y la otra en Yársovia. En cuanto at clera griego unid&
no se hace ningún caso- de é l, y de grado ó por fuerza
se le asimila al cismático. Yeamos ahora cómo se ar­
regló la universidad dé Vilna por el utasfl imperial
de I . ° de septiembre de 183& Se abolió la dependencia
inmediata del clero de ta autoridad episcopal: aquella
academia no debe depender mas que del ministro del
interior y del colegio eclesiástico residente en Peters-
burgo, verdadera imagen del antigua colegio filosófico
creado por el difunto emperador José* cuyo extra­
vagante genio y quisquillosa' filosofía son notorios.
La composición y arreglo de la universidad de Yilna
deben ser laicales en su mayor parte. E l gobierno se
reserva el derecho de poner todos los alumnos que quie­
ra enviar, y la ac&demia debe servir de plantel al clero

doce de trinitarios y quedan tres. Todos los bienes de es~


los conventos fueron confiscados.
Para acabar de ilustrar esta materia*ereo deber poner
á la vista del lector la siguiente tabla que se refiere á la
metrópoli de Yarsovia. Una relación estadística inserta
en el anuario de 1838 da un resultado lamentable y ente­
ramente nuevo en los anales de aquel país, y prueba qu*
el incremento de la poblacion en los últimos años lia sido
en un todo á favor de los protestantes y cismáticos. Véa­
se aquí la tabla de las proporciones de la estadística.
Incremento del número de los católicos.. 1 por 100
de los griegos. . . 1
deloscalvinistas. l c/2
de los luteranos. . 8
de los judíos.. . . 6
católico superior del imperio. E l clero griego unido no
puede educarse, según hemos dicho y a ; mas que en la
academia cismática de Petersburgo* y asi le es forzoso
frecuentarla , porque no se le franquea otra fue'nte para
beber la ciencia y los hábitos del estado clerical
E l gobierno ruso para destruir la religión en bus
dominios descargó otro golpe, del cual puede decirse con
mas verdad que de todos los anteriores que retumbó
hasla el fundamento del edificio y quebrantó las pie­
dras angulares de él. La iglesia, dice el Espíritu Santo,
está edificada sobre el fundamento de los apóstoles, es
decir, de los obispos, sucesores de su apostolado, los
cuales están asociados con el papa á su gobierno en las
cosas divinas. La religión católica se conservó en Fran­
cia durante la terrible borrasca de 1790 porque los
obispos perseveraron firmes en la fé, y ya hemo3 visto
que pereció en Inglaterra luego que estos flaquearon.
Bien conocía todas estas cosaB el genio del^mal, y no
omilió ningún medio para corromper á los obispos y
hacerlos instrumentos pasivos de sus proyectos de des­
trucción del catolicismo. Catalina I I con su alta pers­
picacia meditó y preparó este golpe ?para los fines de
su política infernal. Por un ukase de 14 de septiem­
bre de 1772 decretó la erección de una silla episcopal
en la Rusia blanca, y por otro de Í2 de noviembre
de 1773 mandó establecerla en la ciudad de Mohiléw,
cuya poblacion era de diez y seis mil almas, y que ha­
bia sido en lo antiguo capital de la Rusia blanca. Por
otro edicto fue nombrado para, ocupar la nueva silla el
iluslrísircio Siestrencewiez, obispo de Mallo in parítbus
y sufroganeo de Vilna. Catalina daba la mayor impor­
tancia á esta elección, de la que hacia depender el
triunfo de su política, porque aquel hombre era su ma­
no derecha, y habia de obedecer ciegamente todas las
órdenes de su soberana. Por eso esta cuidó de colmarle
de honores y prerogativas: hizo la nueva silla superior
á (as de todas las iglesias católicas de la Rusia, decía-
randole á él metropolitano; y por el derecho de pre*
sentacíon á las demas sillos que gozaba como ta l, las
tenia todas bajo su dependencia la emperatriz. A Pió V I
no se le'ocultó el peligro inherente á aquel poder colo­
sal anexo á un solo título y la fatal influencia quede
ahí podia lesultar sobre las iglesias dependientes de él:
asi es que al principio se opuso1'vigorosamente á la
nueva fundación; pero al cabo cedió. Catalina no quería
ser contradicha. No hay términos para expresar la des­
trucción causada por el gobierno de aquel prelado cor­
tesano en tan infeliz país donde ha dejado huellas pro­
fundas, porque su pontificado Fue largo y eontinuó bajo
los sucesores de Catalina, para quienes ha sido siempre
el gran objeto de su política destruir el catolicismo. Por
consecuencia de esta maquinación se hizo una nueva
demarcación de las diócesis y se fijó el número de
los obispos sufragáneos y de los metropolitanos: por
unaoperaeion semejante se sujetó á la silla de Vareo-
ría casi todo el reino de Polonia, de fundación fratesa
y napoleónica. Bien sabia el gobierno que encontraría
otro Siestrencewiez para cumplir sus órdenes. Pió V I I
atajó todos los planes de la Rusia negando las peticiones
exorbitantes que presentó el gobierno en 1815 para
el metropolitano católico de Rusia : sti predecesor las
habia otorgado á la fuerza, y'Catalina hábia abusado de
ellas de un modo muy culpable. No sucedió lo mismo
respecto déla iglesia griega unida.-Habiendo muerto
el último metropolitano Bulhak en 1827, creyó el papa
que no debia nombrarle sucesor. Esta cacante ha sido
perjudiciolísima á la iglesia de Polonia, y ha roto ,en
cierto modo sus lazos con la santa sede: aquel reino no
ha tenido otros representantes que unos obispos dema­
siado complacientes con la corte. Antes por dicho metro­
politano, que daba la investidura á todos sus sufragáneos,
tenia el papa bajo su mano á todos los obispos del rei­
no, siendo menos accesibles á las seducciones de la
corte estos prelados elegidos por éL Eu 183o el obispo
Siemaszko convocó una: junta á que asistieron su sufra­
gáneo Ztibko y Luzynski, obispo de Orsra. E l resulta­
do de sus conferencias fue una fiinesta traición.' Los tres
prelados pusieron en manos del emperador un .escrito,
en el que se obligaban ó pasar con las ovejas de sus
diócesis á la religión dominante y consumar el cisma,
(Gloria al ilustrísimo Bulhak, último metropolitano del
rito griego unido, que habia rehusado poner el sello de
su aprobación, á esta unión sacrilega propuesta ;ya en
vida suya! Siemaszko discurrió para engañarle una pér­
fida astucia digna de Siestrencewiez, el ángel de ¡Sata­
nás de aquella región. Despues de haber solicitado de
la corte para Bulhak la orden de san Andrés de pri­
mera clase , distinción reservada á los* principales per­
sonajes del imperio, y habérsela puesto en la mauo
fue ¿ ofrecerle de parte del emperador la elevada dig­
nidad de metropolitano de Petérsburgo con una especie
de jurisdicción patriarcal sobre todas las iglesias de R u ­
sia. La respuesta del generoso anciano á esta baja in­
triga fue;, V. me falla al respeto: salga Y. de mi habi­
tación, Llamado -por el emperador, á quien el servil
prelado habia dado noticia de: tan noble resistencia,
Bulhak fue acometido con mas violencia por el ministro
del interior, que le intimó él mandato imperial con
las mas terribles amenazas. E l nuevo Matatías respon­
dió con firmeza: Excelentísimo señorf ninguna fuerza
humana será capaz de hacerme firmar el acia de unión f
y si el gobierno ó los tres obispos piensan en publicarla,
yo publicaré inmediatamente mi protesta. Asi todos los
esfuerzos combinados de la violeHcia y la astucia se es­
trellaron en la fé de este anciano flaco y débil, que fue
para la iglesia,de Polonia la columna de hierro-de que
habla el profeta. Bulhak quedó vencedor y cesaron1las
tentativas de seducción y coacción. Su muerte gloriosa
ocurrida á los pocos meses le llevó al cielo para ceñirse
la corono gloriosa reservada á los confesores de la fé.
£era vease la digna venganza que tomó de él aquel go­
bierno: para cubrirle de cónfueion y oprobio á los ojos
de -sus contemporáneos y de ja posteridad dispuso que
el cadaver del prelado fuese conducido con toda pompa
en el carro fúnebre de íos metropolitanos de San Peters-
burgo al monasterio cismático^ de Alejandro Newski.
Toda esta baja é indigna superchería no tenia otro obje­
to que persuadir al clero unido á que el ilustrrsimo
Buttiak, muerto en olor de santidad, habia aceptado la
dignidad de metropolitano de la iglesia rusa ortodoxa
despues de adherirse al acta de unión de loe otros tres
obispos.
La enseñanza de la doctrina es otra prerogativa
esencial de la iglesia católica y su episcopado, y esta
enseñanza loma diversos formas. Lá iglesia enseña en
sus escuelas por el ministerio de los maestros y docto­
res,que ha puesto en ellas: enseña en sus templos por
las instrucciones y explicaciones catequísticas de sus
pastores y por sus discursos mas solemnes llamados dé
una manera especial la predicación evangélica; y ense­
ña por la pluma de sus doctores, á quienes encanga que
defiendan sus juicios y las breves declaraciones de su fé
en sabios escritos, E l gobierno ruso ejerce la misma su­
premacía sobre la enseñanza de la doctrina que los mo­
narcas ingleses sobre la iglesia anglicana. E l dogma de
q\ia fuera de la iglesia católica no hay salvación es uno
de los ejes sobre que descansa el cuerpo* entero de la
fé ortodoxa. El. gobierno por sus reglamentos proscribe
este artículo de nuestra fé, y en cierto modo le excluye
de la enseñanza pública ó privada, oral ó escrita; La
imprenta es libre hasta el extremo de la licencia en fa­
vor de todo escritor impío que combate á l>ios y su re­
ligión; mas se le pone una mordaza cuando quiere de­
fender la fé católica. Los impíos encontrarán á su dis­
posición todas las librerías: los católicos no hallarán un
impresor que los sirva á cualquier precio que le paguen*
Pero es una obra ya impresa, que corre en todas partes
con aprobación de todos ios doctos* No importa, se le
cerrará la entrada por la aduana fronteriza , que no «e
«pondrá de ningún modo á la introdíiccion de las obras
de Yoltaire. En fin un catequista, un predicador 6 «u
maestro de una escuela eclesiástica, convictos de ha­
ber explicado «a sus lecciones el dogma de la procesiou
del Espíritu Santo y del primado del papa y de haber
respondido bien ó mal á las objeciones de los soberbios
contradictores de la fé’ortodoxa serón delatados á la
policía y correrán gras. riesgo de ser apercibidos por la
justicia. Si hay un derecho esencial é la potestad espi­
ritual de la iglesia é incomunicable á la potestad civil, es
el de arreglar el ceremoRial del culto y la liturgia del
sacrificio, y vigilar los libros llamados ritual, misal y ce­
remonial, donde están escritas tas oraciones de la misa y
la fórmula de los sacramentos. Pues el emperador de
Rusia usurpa en la actualidad.hasta ese derecho; por
ío cual nos hallamos autorizados para decirle <jue pone
Ja mano en el incensario. Se han enviado á la iglesia
griega unida nuevos misales, en los que están borradas
todas las diferencias religiosas que la separan de la cis­
mática, á fin de poder decir a l pueblo que ambas
están unidas en la misma fé y eo la misma oracioa.
La verdad de este hecho se atestigua por el parte
que dió al emperador su ministro del interior en 30 de
abril de 1837 por io respectivo al estado de los negocio*
eclesiásticos en el año 1836: allí se lee textualmente:
«Vuestra majestad se sirvió mandar que todos los negó-
»dos eclesiásticos de la confesion griega unida se pusie-
asen bajo la dirección del procurador general del santo
}mnodot para que asi resulte mas facilidad en Ida rela-
wcionés y mas unidad en la dirección de los mismos ne­
gocios,» De aquí se esperan los resultados mas-satis­
factorios para la buena educación de la juventud ecle­
siástica griega unida, y la pronta y durable restauración
de los ritos y constituciones de la iglesia griega unida,
es decir, de la cismática, en toda su pureza antigua.
A pesar de las grandes dificultades se han establecí-
do los ritos de la iglesia nacional en trescientas diez y
siete iglesias de la Lituania en los tres años que van
desde 1834 á 1837, A las mas iglesias/griegas unidas de
Jas ciudades y lugares se las ha provisto de libros litúr­
gicos impresos en Moscou) y de copones, capas plu­
viales y-otros ornamentos sagrados. Particípase al 'ism-
perador la feliz abolicion de la costumbre establecida en
ías iglesias romanas de anunciar con la campanilla la ele­
vación de la hostia y la comunión en la miso ; y esta in­
novación se justifica por una apología en que el crimen
invoca el crimen. La razón que se da es que no expre­
sándose toda la liturgia de la misa rusa en la lengua la-
lina incomprensible al pueblo, como hace la romana,
sino en el idioma esclavón t no necesita el pueblo ser ad­
vertido para seguir y distinguir las diferentes partes del
sacrificio* Ademas se'anuncia una nueva forma de altar
y la destrucción de todos los altares á la. romana.
Isabel de Inglaterra habia conservado los órganos y
la música en su reforma y reglamentos litúrgicos; y el
ministro ruso anunció que en el año anterior se habia
puesto mano á la obra de destruir resueltamente los ór­
ganos que podían quedar en algunas iglesias griegas
unidas.
Acaso dirá el gobierno que estas reformas se hacen
á petición del episcopado; pero ¿ignora que unos obis­
pos que solicitan de la potestad civil la reforma del mi­
sal , de la liturgia y del oficio divino, manifiestan asi no
ser ortodoxos? Mas no nos alucine la palabra sonora
de episcopado y el título pomposo de obispos dé Litua-
n ia, administradores de la diócesis de la Rusia blanca
y vicario de la de Lituania: esos títulos fastuosos que
se arrogan José Siemaszko* Basilio Lüzynski y Antonio
Zubko, son invención de la. potestad secular, y no los
conoce la iglesia romana, como puede verse la prueba
en los documentos justificativos. Asi esios tres individuos
no tienen autoridad ni misión, y son para la Rusia lo
que era la iglesia constitucional de 1790 para la Fran­
cia, con la diferencia que esta tenia mas importancia y
dignidad que la reducida iglesia constitucional rusa, la
cual consiste en tres llamados obispos. Toda esta intriga
que juega aquí la política imperial con las falsedades en
que se apoyo, se descubrirá mas claramente.en los do­
cumentos justificativos.
¡Cuánto ha hecho el gobierno ruso para Forzar ó en­
gañar la conciencia de los pastores fíeles! ¡Guantas as­
tucias y mentiras han puesto en planta sus agentes y los
obispos infieles y refractarios consagrados á sus órdenes!
Des pues de Siemaszko quien mas se distinguió fue Lu-
zynski. Asegúrase que en un banqnete presentó una
promesa de obediencia ai gobierno sobre este punto disci-
píinal á unos clérigos que acalorados ya con el buen
vino del Rin habían perdido el uso de la razón. Con to­
do eso la sana doctrina tuvo también aquí sus confeso­
res, y las pruebas de ello ae contienen en Ja nota que
va al pie (1),
Tal. es la persecución que so ejerce contra el clero;

(1) Cincuenta y cuatro sacerdotes presentaron á Sie-


maszko un escrito firmado por todos ellos declarando que
no podían en conciencia usar de semejantes misales. Esta
representación inoportuna irritó al prelado, que á fuerza
de amenazas consiguió ganar á muchos de ellos. A los
otros los condenó á un año de penitencia, y á todos los
encerró en un convento sujetándolos & nuevo examen an­
tes de rehabilitarlos en el ministerio pastoral. Por mate­
ria de este examen se les propuso cierto libro de teología
que la autoridad habia introducido en las escuelas de Tos
griegos unidos. Espirado el año, Plawski» uno de dichos
sacerdotes, hombre distinguido por su ciencia y piedad y
cura de Lubczew en la diócesis de Novogrodek, en vez de
sufrir el examen refutó todos los errores contenidos en
dicho libro é hizo una crítica muy fuerte de él. Apenas la
recibió Siemaszko en Petersburgo, le envió desterrado
juntamente con sus hijos despues de haber mandado ven­
der sus bienes. Allí se^e mata de hambre, por decirlo asi,
á YÍsta de la policía.
t . 45. 6
pero no es menos crue! lo queopriríreé los seglares y so­
bre lodo á la clase pobro del pueblo, en términos que to­
das las relaciones tle escritores que pasan por moderados
la comparan con las persecuciones suscitadas por los
emperadores paganos contra el cristianismo. En algunas
parroquias se promete «1 pueblo la exención de cargas
si quiere unirse á los cismáticos: en otras parles ciertos
emisarios importunan á los aldeanos y se valen de los
medios mas perversos y corrompidos pnra vencerlos: se
distribuyen cantidades, de dinero y se reparte profusa,
mente aguardiente y-vino en las tabernas. Con lan fuer-
tés instigaciones se suele conseguir que firmen algunos
un memorial pidiendo la incorporacíon con la religión
dominante. E l magistrado provisto de este documento
ocupa la iglesia & mano armada , convoca al pueblo y le
participa que sus súplicas han sido oídas y que es admi­
tido afectuosamente á profesar la religión del estado: en­
tiéndase que la resolución que se va á tomar, no se pone
á deliberación ni se sujeta á la decisión por pluralidad de
votos. El presidente despues de hacer su relación levanta la
junta ,y despide á los asistentes. ¡Ay del católico discor­
dante que levante la voz en reclamación I La menor pe­
na que se le imponga, serán los azotes como á desertor
de la religión que acaba de abrazar. En seguida se anun­
cia mil veces en los diarios públicos que tal parroquia ha
adoptado la religión dominante, y que por consiguiente
se prohíbe á todo sacerdote católico administrar allí los
sacramentos. Si estas intrigas se frustran ia primera
vez, no por eso se pierde ánimo; antes se insiste
con tesón, y a! cabo se apela ó la fuerza. Asi lo
acreditan las adjuntas reclamaciones de los nobles y los
plebeyos.
Kn, otras partes se ha visto apostarse tropas rusas
en los lugares y ciudades cayendo sobre los pueblos re­
nitentes y arruinándolos con enormes gabelas; y si el
valor de los habitantes vencía estas pruebas, se tomaban
medidas sanguinarias, como era dar azotes de muerte y
poner en los tormentos mas crueles á loa que se regis-
tian. Mas gracias á la divino misericordia hasta en aque­
llas regiones medio salvajes ha tenido la fé una multitud
de mártires, que han vencido con su constancia la fero­
cidad de los perseguidores no menos crueles que los
tíranos gentiles.
Los nobles de aquellos países investidos de los dere­
chos realengos merecen mas miramientos. Si el que se
resiste es un señor, el gobierno ruso envia á los esta­
dos de él algunos inopes (1) con el nombre de misioneros
bíblicos: estos arengan públicamente á loa habitantes de
los lugares y. del campo, y agolan todos los recursos de
su elocuencia vulgar pora incitarlos á abrazar la religión
dominante. “Si el influjo deí señor impide la predica­
ción de aquellos emisarios de Satanás, .el generoso cris­
tiano será delatado y enviado á la Siberia y confiscados
sus bienes. Allí permanecerá hosta que su pueblo se
convierta á la religión nacional, y entonces el zor firmará
el indulto , como lo hizo con el señor Manaricelli, aña­
diendo de su propio puño: «Devuélvansele ahora la li­
bertad y los bienes, supuesto que sus vasallos se han he­
cho ortodoxos.» ,
Bien conoce«1 emperador de Rusia cuánto le des­
acreditan estas medidas crueles y tiránicas á los ojos de
toda Europa. Por eso su ministerio mandó insertar una
exposición apologética de la conducta.de aquel gobierno
con los católicos en-el Diario de Francfort de 22 de
abril de 1839. La iglesia romana dió una respuesta dig­
na de la suprema cabeza del orbe católico, no digo por
la sabiduría y exactitud de la doctrina (porque no se
alaba semejante mérito en la madre y maestra de todas
las iglesias), sino por el espíritu de prudencia y mode­
ración que resplandece en aquel escrito. La'verdad con­
serva todos sus derechos; no obstarte se expone con
todas las consideraciones y respetos indispensables para

(1) Asi se llaman loé sacerdotes rusos cismáticos.


con una potencia Que tiene en sus manos la suerte dé
tan gran nú mero de católicos en aquellas vastas regiones.
Esta respuesta es ín fuente donde yo he bebido todos
Ios hechos que acabo de manifestar, añadiendo otros
muchísimos que ó ignoró la santa sede, ú omitió por
razones de exquisita prudencia. Va impresa á continua­
ción , y á ella remito el lector, como que es el gran do­
cumento justificativo de una parle de mis aserciones en
punto á hechos. E l Diario histórico y literario deLieja y
ios Anales de filosofía cristiana han tomado de allí la
mayor parte de sus documentos en las últimas circuns­
tancias y particularidades que acaban de publicar sobre
aquella aflictiva persecución y la apostasía de los obis­
pos infieles. Nuestro santísimo padre el papa Grego­
rio X.VI dió la señal á los defensores de la causa católi­
ca en su alocucion de 22 de noviembre de 1839. La
santa sede se ve obligada por su situación á guardar
ciertas reticencias, que á sus defensores es Ucito y aun
conveniente suplir. La autoridad juzga, decide, discute
y discurre poco, dejando á sus doctores el cuidado de
explicar y explanar eí sentido y brevedad de sus decla­
raciones.
En la especie de manifiesto ruso que acabo de citar,
se lee que el clero latino auxiliado por la potestad secu­
lar llegó á introducir en la iglesia griega algunas cere­
monias de la latina valiéndose de las amenazas y hasta
de la -fuerza, Y luego estas otras palabras: Desde que se
reunieron -al imperio las provincias occidentales, muchos
individuos y aun comunidades enteras abandonaron su­
cesivamente la unión para volver á la iglesia nacional.
De donde deduce el instrumento del ministerio ruso:
Asi sin ninguna violencia de la potestad secular el tiem­
po solo produjo poco á poco la disolución de un pacto
que carecía de sólido fundamento.
Las provincias de que habla el apologista, se han
unido á Ja Rusia y se han confundido con ella en una
misma reíigiou en dos épocas. La primera comprende
el espacio transcurrido entre los años 1772 y 1793, es
decir, todo el reinado de Catalina I I ; y la segunda em­
pieza en 9 de junio de 1815, cuando se firmaron los
tratados de Yiena , y dura hasta nuestros diaa.
Luego que se ha ieido la porcion de hechos que aca­
bo de referir, ocurridos Lodos en los dos períodos de
tiempo señalados, se asombra uno al oir tales aserciones
y le viene á la boca esta expresión: precisamente las
proposiciones contrarias son las ciertas. Nunca se ba va­
lido de amenazas ¡;i iglesia romana, y ha evitado siem­
pre hasta la sombra de la fuerza y la coaccion para re­
ducir la iglesia griega á practicar las ceremonias del
cuito latino. Si los individuos y comunidades del rito
-griego unido y del latino han entrado en la iglesia na­
cional rusa, ha sido á fuerza de palos, de encarcelamien­
tos y otras medidas de rigor empleadas después de ago­
tar infructuosamente todos los medios imaginables de
astucia, mentira y perfidia. Y aquí me refiero ó todos
los hechos que acabo de contar, y creo deber añadir á
la defensa publicada por la iglesia romana esta reflexión
mas conveniente en mi réplica que en la suya: hay de­
coro en el mentir. Nuestros diarios de Varis consagrados
á la defensa de las malas doctrinas han adoptado esta
máxima: Calumnia, que siempre queda algo. Pero na­
die se ofenda de este discurso: hay decoro en el mentir.
Un gobierno que se baja hasta el punto de calumniar
por la necesidad de su política, no puede sin faltar ó las
consideraciones sociales mentir á la manera de los dia­
rios deParis sobre hechos visibles, palpables y mas claros
y luminosos que el sol de mediodía. Tales son las aser­
ciones siguientes según las pruebas que acabo de dar:
jE l tiempo so/o, es decir, la fuerza de la verdad en los
entendimientos ha conducido al gremio de la iglesia grie­
ga cismática los griegos unidos y los latinos del rito ro­
mano sin usar de ninguna medida de dolof fraude ó
violencia. Ciertamente la iglesia romana tiene razón para
decirlo: un viajero que recorra la Siberia, fácilmente se
convencerá de la falsedad de todos las aserciones estam­
padas en el manifiesto de la Rusia al ver tantos católi­
cos deportados en aquel país por causa.de religión. Las
reclamaciones á nombre de las ciudades y provincias, que
constan en tantos documentos auténticos, y en que se
afirman como hechos de pública notoriedad las indignas
violencias de que hemos hablado, tendrán mas crédito
que un diario tan bien pagado por los ilustres clientes
cuya causa defienden. Pueden verse estos testimonios en
los documentos justificativos.
Con todo hay un articularen dicha apología relati­
vo á estos últimas años, que: merece atención, y voy á
copiarle aquí textualmente: «Por último la conducta
«tan poco conciliable con los preceptos del cristianismo
«que el clero polaco habia observado durante las últí-
»mas turbulencias de la Polonia, ha acabado de envile­
c e r esta unión á los ojos de los mismos griegos unidos,
«los cuales interiormente han perseverado siempre adic­
to s á ia Rusia. Desde entonces vuelven á millares á la
wiglesia griega, y hoy solicitan en cuerpo la gracia de
»su reintegración en aquel culto antiguo que estiman
»como una prenda de salvación y una herencia Bagrada
«procedente de sus antepasados. »
Antes de hablar de la conducta del clero polaco du­
rante la última insurrección de aquel reino no puedo
menos de notar la última frase que acaba de leerse; es
á saber, que los griegos unidos y los latinos solicitan en
cuerpo la unión y ía quieren cordialmente. A tal afir­
mación opongo yo una negación rotunda, y digo que
aquellos pueblos quieren la unión como se quiere la
prisión, el tormento, la pérdida de la hacienda y la vi­
da, la apostasía forzada de la religión de sus mayores.
¿ Y por qué no he de repetir aquí, como dije antes,
que se ha olvidado el decoro para mentir en un lugar
tan inminente?
Vengamos al clero de Polonia. Confieso con lo igle­
sia romana que las máximas del Evangelio y los ejem-
píos de los santos de todas las edades del cristianismo
re prueban la insurrección considerada en sí. Pero este
delito ¿es común á todo el clero de Polonia? Algunos
eclesiásticos y no lodos, unos pocos, po^m/mos compa­
rados con la totalidad del clero de aquella nación, son
los que han tomado parte en la insurrección: la igle­
sia romana lo dice y es mas digna de fé que el gobier­
no acusador. Los principio3 de la mayor parte del cle­
ro polaco respecto de la fidelidad debida ó los príncipes
duros, dañosos y aun perseguidores son los mismos que
los del clero de las demás Daciones. Pues bien en todas
portes reprueba el sacerdocio la soberanía del pueblo y
su falso derecho de insurrección en caso de opresión
como un principio antisocial y contrario al Evangelio.
No há mucho tiempo que la Inglaterra lo experimentó
asi. Un puñado de clérigos y seglares extraviados por
las ful9a9 máximas que precipitaron despues á la Polo­
nia en la perniciosa senda de la insurrección por sus
negociaciones con la propaganda francesa, habían pro­
movido un desembarco en Irlunda para apoyar la guer­
ra de principios que entonces hacia, la Francia á todas
las potencias continentales, Koehe ero un general perito
y su ejército poderoso y bien disciplinado: e! parlamen­
to inglés tenia los mas fundados temores, y aquello era
mas que una chispa aplicada á un monton de materias
inflamables. Los 'obispos y la grandísima mayoría del
clero irlandés^se interponen entre el gobierno y el pue­
blo, y sofocan aquellos movimientos de insurrección in­
timando lasaña doctrina del Evangelio ó su nación emi­
nentemente católica. En cuanto á la conducta actual de
ese pueblo tan fiel no pienso condenarla, porque me
parece justiGcada por el derecho de gentes y el orden
legal que no condena el Evangelio; y ademas los obis­
pos son aquí intérpretes y jueces. Ante semejante au­
toridad sello mis labios y callo. En el Canadá el mis­
mo gobierno confiesa que debe roas bien al influjo del
clero sobre el pueblo que á la fuerza de las armas el
haber sofocado una insurrección que podia causarle di­
ficultades insuperables. E l clero dijo al pueblo: «La ley
»de Dios 08 prohíbe la rebelión contra los tiranos, y
«nuestro gobierno no lo es: tolera y protege nuestra
«santa religión, y trabaja por emanciparla del férreo
«yugo que ha oprimido hasta aquí nuestras cabezas.»
¿Podía el clero ruso hablar semejante lenguaje á la
nación polaca irritada, exasperada y oprimida por una
tiranía tan contraria á la prudencia como á !a injusti­
cia? E l vencedor en vez de acordarse que su injusta
conquista estaba mal asegurada por la prescripción del
tiempo, y .que la nación conservaba dolorosos recuerdos
de este acontecimiento, y en vez de hacerla amar la
dominación extranjera por la equidad de las leyes y la
benignidad del gobierno la contrista y desconsuela y no
oculta su pensamiento de robarle la propiedad mas sa­
grada é inviolable, la religión verdadera, fuera de la
cual no hay dicha ni en esta vida, ni en la otra. ¿Qué
puede decir aquí el clero á la nación? Se le han predi­
cado estas máximas seductivas: que el pueblo es sobe­
rano: que no se le puede condenar si en caso de opre­
sión opone la fuerza á la fuerza; y que entonces la in­
surrección es un derecho y hasta un deber. El clero
polaco no podia ponderar á aquel pueblo armado la
clemencia y bondad de la nación conquistadora, ni la
protección declarada que concedía á la religión y £ to­
dos los derechos justos del pueblo conquistado, porque
tales palabras en su boca hubieran sido una burla mas
á propósito para enconar la llaga que para curarla. No
pudo decirle otra cosa que esto: «La Providencia cuya
«voluntad se nos manifiesta por la voz terrible de las
«revoluciones, ha levantado sobre vuestra cabeza una
«nación cristiana que profesa el Evangelio y los mas de
«los dogmas y misterios de la iglesia romana; pero des­
agraciadamente tiene algunas creencias y prácticas re­
ligiosas y disciplínales que reprueba la religión cató­
dica. No toméis parte en ellas; pero no os rebeleis;
»la ley de Dios os lo prohibe, y os lo persuaden vueg-
wtros intereses temporales y humanos. Cuando sus agen*
»tes traten de arrastraros á viva fuerza al gremio de la
«iglesia cismática, decidles: No podemos, nonpossumus:
liantes ae debe obedecer á Dios que á los hombres, Pe-
»ro no os propaséis de ahí: la resistencia apoyada con
»ia fuerza de las armas Os está prohibida por la ley
«de Dios, y ademas os amenaza con una ruina inevita-
»ble,n Lo que acaba de persuadirme lo conformidad de
mi discurso con la opinion de la major y mas sana
parte del clero de Polonia sobre este punto, es su unión
con la santa sede y su disposición á obedecer la voz que
se oye en la cátedra de Pedro; y ciertamente S. San­
tidad no omitió en aquella ocosíon ninguna diligencia
para confirmarlos en la verdadera fé. E l emperador de
Rusia no ignora que no dependió del padre común de
los fieles el que la fatal insurrección, causa de tantas
calamidades para la infortunada nación polaca, no se
atajase y sofocase en su origen. En lo demas todas esas
máximas severas del Evangelio sobre ln inviolable ma­
jestad de los soberanos y el crimen inherente á toda
rebelión popular que atienta á la seguridad de sus tro­
nos, aun cuando abusen aquellos de su potestad, sien­
tan bien en boca de un católico. Los pastores de la co­
munión romana tienen gracia y autoridad para recor­
darlas á una nación que se aparta de «Has, y predicár­
selas con aquella eficacia persuasiva que la contiene
en sus extravíos y viene á ser una regla clara y segura
de su conducto social; pero ésas mismas máximas, cuan­
do salen de la boca de un predicante hereje ó de la
pluma de un ministro cismático 3 reformado, son mas
bien burla ó mofa que una amonestación grave y for­
mal. E l entendimiento menos perspicaz tarda poco en
descubrir la fatal contraposición que hacen con las doc­
trinas de la soberanía del pueblo y de la santidad do la
insurrección y con todas esas máximas antisociales
proclamadas tantas veces por los mismos labios de don-
tlé sale lo frió y lo caliente, lo dulce y lo amargo. Para
nosotros es una verdad !a doctrina del Evangelio sobre
la fidelidad debida á los potestades .-constituidas: la cree­
mos y hablamos de ella con convicción, Por eso sabe­
mos usar aquel temperamento de moderación y pru¿
dencia que les conserva toda su. fuerza é importancia.
Por eso también compadecemos la desgracia de nues­
tros hermanos que se separan de ella, nos identificamos
con ellos, y conocemos su Bit unción difícil y delicada y
las circunstancias que atenúan su culpabilidad. En esta
atención decimos para nosotros: á vista de un sistema
de persecución continuado y perseverante muchas ge­
neraciones hó y que se encamina nada menos que á la
destrucción total de la verdadera religión, se han con­
movido algunas almas nobles y generosas: la memoria
de los Macabeos los ha inflamado en una sonta resolu­
ción: han aplicado falsamente aquel los heroicos ejemplos:
les ha parecido, y no sin probabilidad, que Dios esta­
ba amenazado hasta en su templo y altar, y han prefe­
rido morir antea que ver la ruina y desolación de U
religión verdadera. [Es tan fácil equivocarse en U in­
terpretación del Evangelio» cuando uno se entrega á su
sentido particular y no se dirige por la regla infalible
de las decisiones de la iglesia! Aquellos espíritus bien
intencionados, pero alucinados por su zelo que no era
según ia ciencia, dijeron: Esta persecución es de un
orden aparte: no solamente combate un dogma de la
fé católica, sino la religión romana entera; quiere des­
truir esta y no dejarle templos ni altares, amenazando
exterminar hasta el último hijo de la familia de Dios,
Tal vez les hizo fuerza , esta máxima que el dere­
cho público de la edad media habiu consagrado como
ley: que siendo la religión el uuieo bien del hombre en
la tierra, su conservación es como una cláusula implí­
cita en la carta y pacto social de todas las naciones.
Tal vez los escritos de uii hombre de exaltada imagina­
ción y cuya pluma quema el papel, ejercieron en
aquel reino el fatal influjo que en los eclesiásticos jóve­
nes de Francto antes que aquel escritor dejase do ser
cristiano.
E l ejemplo de los mártires venerados en la iglesia
no obstante su insurrección contra los iconoclastas re­
vestidos de la potestad soberana y otras causas de er­
ror que con tanta oportunidad se traen á la memoria
en la apología de la iglesia romana , no dejan sin dis­
culpa á tos polacos rebelados; y tanta severidad contra
unos hombres mas dignos de compasion que de ira me
parece un zelo falso; y si los censores son conocidos
por su adhesión á la reforma de Lutero ó mas bien á
la falsa Glosofía moderna, ese lenguaje ultra-católico es
una mofa y una irrisión en su boca.
Para completar lo que he dicho sobre esta materia,
no me resta ya sino subir hasta la fuente del error que
llamo constitucional y señalar su origen en Rusia, don­
de está hoy tan afirmado y arraigado y es una especie
"de <¿ey fundamental del estado.
Pedro I en quien empieza la civilización rusa y la
admisión de este imperio entre las potencias del orbe
cristiano, ese Pedro llamado el Grande:por sus compa­
triotas me parece en cierta manera el Enrique V I I I
de Rusia. Antes de él la supremacía religiosa de los
monarcas de aquella nación era nominal y nada mas f y
él la hizo como una atribución constitucional de la co­
rona. Si se sube mas allá de su reinado, veremos al
clero, ruso dependiente en la realidad del patriarca de
Constantinopla ó del papa según era cismático ú orto­
doxo. Bespues del zar Pedro el clero ruso se convir­
tió en un agente tan esclavo de las órdenes del em­
perador como el sacerdocio musulmán lo es de las del
sultán de Constantinopla. Aquel soberano daba mucho
valor á esta obra de su política y se detenia á meditarla
con complacencia : cuéntase que respondió con un orgu^
Jlo natural á cierto adulador que le había comparado
con Luis X I V : P ero yo he sometido mi clero, y la 1'Van-
cía depende todavía del suyo. Loa qué juzguen ñ este
personaje tan célebre sin mas datos querías relaciones
de sus viajes hechas por los analistas de aquel tiempo ó
las arengas de las autoridades locales y la correspon­
dencia con loa literatos y filósofos notables de la época,
incurrirán en los mas graves errores. La idea de un
clero independiente y acostumbrado á hablar como so­
berano á los monarcas y sus oficiales dentro de la vasta
jurisdicción de la religión y de las cosas eclesiásticas,
semejante sistema no podia entrar en la cabeza de un
emperador medio escita y medio filósofo, que única­
mente quería dar á su despotismo mas que oriental una
especie de barniz de filosofía ó de política europea. En
París y en sus conversaciones con los doctores de la Sor-
bona oia con benevolencia el proyecto de reunión de las
dos iglesias de que se hablaba; pero estaba muy lejos de
pensar en él. Es cosa sabida que la fuerza ó mas bien el
sable era para él la regla ulterior de su gobernación.
Habiendo entrado á mano armada en la ciudad de Po-
loczk se trasladó á la iglesia catedral, y en odio á la santa
unión mandó matar á los religiosos que estaban can­
tando ei oficio divino: é! por su mano mató á uno: Jos
demas, heridos ó mutilados á palos, fueron encerrados en
un estrecho calabozo. De vuelta á sus estados dió idea
de sus verdaderos sentimientos hácia la cabeza y el
clero de la iglesia latina con aquella farsa burlesca que
hizo representar en Moscow y á la que^sin duda asistió.
Le Clerc, autor de la Historia de Rusia antigua y mo­
derna, nos la refiere en estos términos: «Pedro habia
«creado popa á un loco llamado Zolof y celebró la fiesta
»del cónclave: el loco tenia ochenta y cuatro años de
»ednd , y el zar discurrió casarle con una viuda de sus
)>íiños y celebrar solemnemente esta boda, Mandó que
«hicieran el convite cuatro tartamudos. Unos ancianos
«decrépitos conducían á la novia: cuatro hombres de
«los mas gordos que habia en Rusia hacían de batidores:
«la música iba en un curro tirado de cuatro osos, á quie-
»nes se aguijoneaba con rejones; y los animales con sus
«mugidos formaban el bajo de ja orquesta que locaba
»en el carro. Los novios recibieron la bendición nupcial
»en la catedral de manos de un sacerdote, ciego y sordo,
quien habían puesto unos anteojos. Lo procesion, el
«casamiento, el banquete de boda (tío debo copiar aquí
«ciertas particularidades que siguen), todo fue igual-
»mentp digno de esta diversión burlesca.»
Según hemos visto mas arriba, la emperatriz Cata­
lina siguió con no menos tenacidad el mismo plan de
destrucción del catolicismo ó sea el proyecto de refun­
dirle en la religión nacional {vease el manifiesto de esta
soberana en los documentos justificativos). Una política
sin religión ni moral degenera, cuando lo pide el interés»
en tal crueldad, que se suspira a veces por la ferocidad
de los Atilas y la rabia de los tiranos de Roma. Cata­
lina es una prueba de esto. Hemos visto cómo sabia
encubrir sus verdaderos ideas, bajo formas aparentes:
abría en su imperio un asilo hospitalario á los jesuilus
proscriptos de todos los estados católicos sin exceptuar
Roma, y llevó su zelo hasta erigir nuevas siílas católicas;
pero bajo de especiosas apariencias se ocultaban unas
intenciones de honda perversidad; y lo prueba que
viendo la insuficiencia de los medios de seducción y
coaccion apeló á tales violencias, que la hicieron com­
parable á los mas crueles perseguidores paganos. Ya he
contado muchos hechos, a los cuales pueden añadirse
los siguiente?. Los habitantes de un lugar católico hu­
yendo dé los tratamientos atroces y bárbaros que les
daban los soldados de la guarnición , llegaron-hasta una
laguna helada, y como quisiesen pasarla para interpo­
ner aquella defensa entre ellos y los satélite* de la tira­
nía, se rompió el yelo y se ahogaron los infelices. Añádase
la violación de la capitulación otorgada á la confederación
de Cracovia y las perfidias y crueldades que se siguieron.
Mas no hay términos para expresar la inhumanidad del
coronel Drewith, comandante de un destacameuto ruso,
con los confederados de Lecic. La posteridad no querrá
creer'que este oficial, despreciando la fé dada á unos'
prisioneros de guerra, mandase desnudar y matar en su
presencia á lanzadas y bayonetazos unos nobles libres y
armados en defensa de la religión de su patria. Aquel
ruso no debía nuda á los salvajes, y si Catalina le dió
semejante orden, las obras confirman la verdad de esta
expresión: no hay mucha distancia de la filosofía mo­
derna á la barbarie.
Este seria e! lugar de continuar contando todos los
ardides de su persecución : al principio no propone á los
griegos unidos que pasen á la iglesia nacional, sitio que
se conviertan al rito latino: vease aquí el infame pro­
yecto que se encubre bajo de esta proposición al pare­
cer no heterodoxa. La religión del pueblo suele ser mas
exterior que interior, y toda variación de rito, canto y.
ceremonias le aflige y empieza por separarle de su ver­
dadera creencia. Con todo como el pastor no ha varia­
do, la fé de este sostiene al pueblo mientras reina; mas
apenas cierra los ojos, los nuevos rectores griegos uni­
dos con su traje oriental, con su mujer é hijos, con to­
das sus costumbres (notable monumento de ¡a toleran­
cia romana) y con lodo su ceremonial religioso empie­
zan á decaer en el ánimo del pueblo, y su descrédito
redunda desgraciadamente en daño de la verdad. E n ­
tonces los calólirns entrar* con mucha menos dificultad
en la religión nacional. Asi lo habia previsto Catalina,
y fácil es de figurarse con qué vanidad se complacería en
esta combinación política,
Su hijo y sucesor P;ib!o I no lilzo mas que continuar
e) mismo sistema de gobernación, y ciertamente no
peca por un exceso de moderación para con los católicos.
A él se debe la medida de enviar misioneros: los popes
griegos tenian otras armas que la cruz y el Evangelio
para ganar prosélitos del cisma. Entraba cori ellos tro­
pa armada en los lugares y aldeas, y si la predicación
era infructuosa, m forzaban las puertas de las iglesias
y se bendecían estas como sí estuviesen profanadas. En ­
tre tanto los oficiales convocaban á junta él concejo é
intimaban la orden del soberano , es decir * la reunión;
y si no bastaban las razones alegadas, sé añadían otras
mas-enérgicas, á saber, todas las violencias que.estoy
harto de repetir.
E l emperador Alejandro con toda su fama de leal­
tad, religión y piedad én su gobierno no mitigó nada ó
casi nada estas formas duras y rigurosas, y el actual
Nicolás I las sigue como una herencia de familia con to­
do el odio que profesa al clero y toda lá ceguedad de
una pasión.
Voy á acabar con una reflexión que no puedo omi­
tir: la mayor parte de los protestantes de nuestros dias
no son ni luteranos, ni calvinistas, porque ni siquiera
son cristianos; pero debo decir á los devotos de este par­
tido (pues los hay entre ios seglares y aun entre los
ministros): Tened cuidado: el poder oculto que dirige
sordamente todas estas intrigas, no es protestante, ni
guata mas de la reforma que de la iglesia católica : toa­
das las sociedades subterráneas y clandestinas cuya ul-
ma invisible es, nos llevan á la llamada religión natu­
ral. En 1790 se descubrieron tan claramente sus pró4-
yectos, que solo pueden engañarse ya los que quieren
ser engañados. En ésta discusión he pasado en silenció
la cuestión de los matrimonios mixtos, acerca de los
cuales remito el lector á lo que se dirá en la sección
cuarta. Aquí la legislación de estas dos corles aliadas y
amigas en sus relaciones con la religión católica está
enteramente acorde, é impone al ministerio católico obli­
gaciones incompatibles con la ley divina.
Tampoco he hablado de otro medio á que esta corte
da mucha importancia pam conseguir su objeto; y es
la protección especial concedida á Lodos los cultos disi- '
denles, aunque esten en manifiesta opósicion con la reli­
gión nacional. A loa judíos se los colma de gracias y
mercedes en estos estados. ¡Coga extraña! Los hombres
opulentos de este culto le desprecian; pero conservan
el odio de sus coreligionarios contra el cristianismo, y
. son unos auxiliares del gobierno enteramente dispues­
tos á coadyuvar á las miras hostiles de este contraía
iglesia católica. Él gobierno en pago ha mandado re­
cientemente edificarles muchas sinagogas» cuyo número
he oído decir que llega á trescientas. E l mismo zelo se
manifiesta para aumentar los templos de los luteranos
y calvinistas; sin embargo ¿qué punto de contacto hay
entre todas estas sectas y la comunion rusa?

SECCIO N CUARTA.

la h e r e jía c o n s t it u c io n a l c o n s id e r a d a e n l a .
4 PERSECUCION QUE E JE R C E CON LOS CATÓLICOS DE
LOS ESTADOS PRUSIANOS.

E l orden de materias me lleva á considerar la su­


premacía espiritual de la potestad civil en manos del
rey de Prusia, quien la ejerce actualmente en toda su
plenitud y hace un uso tan temible de ella á los ojos
de todos tos amigos del catolicismo. Pero veo con gusto
que esta parte de mi escrito es menos trabajosa de lo
que creía, porque la encuentro ya hecha en un libro
que se acaba de publicar en Alemania. En él se descu­
bren los artificios del gobierno prusiano para destruir
la religión en todas las provincias rimanas agregadas á
aquel reino por el congreso de Yiena, las astucias de
aquella potestad émula de Juliano, el último perse­
guidor^ nti i, y ios tortuosos escondrijos en que se ocul­
ta su política infernal; no piirece sino que esos preten­
didos cabios han iniciado al autor, en sus misterios de
•iniquidad. Pero debo tomar las cosas de mas arriba para
que el lector entienda la cuestión.
En 1825 dió el gabinete de Berlín un decreto to­
cante á los matrimonios mixtos, y debo decir de an-
temano que los grandes combates entré la iglesia ‘ dé
Dios y Satanás en aquella región se dan ahora en el ter­
reno de ésta doctrina y y que es la descomunalmáquma
de guerra, levantada por el hombre enemigo para des­
truir el Catolicismo^ porque el señor Ancilloñ, unodé los
ministro^ prusiaíios,'nos reveló en 1828'su secreto pdr
estas palabras*'^Ni las guarniciones de las plazas de
giiérra, ni las fortalezas federales son las que nos han
de proteger'contra la Fftíhcia protectora de loscatólicos,
sino el muro (le bronce del protestantismo. E\ edicto de
qué acabo de; hablar, dice en sustancia: Se prohíbe'é
iodo católico insertar én el contrato de-matrimonio nin­
guna 'ct-áu'sulá dirigida* á cohibir la potestad del padre
para determinar .sobre la rpÁigiorí de los: hijos que «as­
ean. Ademas prohibía esle decreto á los sacerdotes cató­
licos-exigir tw adelanté ninguna' promesa de palabra ó
por £scri(o relativa á la educación de tos hijos en la re­
ligión católica. A 'medida qué vayamos adelantando; ve­
rá mas claramente el lector la trascendencia de; este
edicto y él gran golpe que dió á los católicos: Los obis­
pos quédaroti: const ernados y y e! difu nlo a rzobispo1dé
Colonia y los obispos de'Tréveris, Paderborn y-Mnns-
ter enviaron ftta eánla sedé una relación de los hechos.
E l papa Pió V I I I respondió en tin breve fecha 27 de
mayo de 1830. Este breve explicado por una instruid
cion del cardenal Alba ni dice eh Sustancia que el obispo
debe primeramente hacer todos los esfuerzos posibles
p árad isú ád irál contrdy ente- •católico de aquel mcitri-
iñonio prohibido? _péró que si persiste en la resolución
ya tomada, ‘nó podrá él1prelado conceder ninguna dis­
pensa-iVástá hacerle ¿oíibcer'la gravedad del pecado que
víí á comdtér delañte tle Dios si cónlrae talmatrimonió
sm -hábir estipulado antes'-que los'; hijos que nazcan ha*
yan de educarse exclusivamente en la religión cdtólióui
no!obstante eri 'él cáso dé resistirse á hacer esta- pro-
mesa podrá el obispo dar la dispensa por evitar el tu­
multo dél pueblo y oíros malis lodavia mas graves. Mas
T. 45. 7
la asistencia de los sacerdotes á estos matrimonios gerá
pasiva , y solamente permitirán que se. contraigan «n su
presencia para-poder acreditar como testigos que se han
observado todas las formalidades, requeridas por la.ley
civil pena de nulidad, y sentarlos como.matrimonios vá­
lidos en el Hbro ordinario de registro, Ya lo vemos, la
iglesia, desaprueba completamente los matrimonios con­
traídos de esta manera.. Los contrayentes, son declara­
dos indignos de la bendición nupcial, de ja participa­
ción de la Eucaristía y de la absolqeion sacramental;
no obstante por semejante -disposición; hasta entonces
inaudita llevaba la iglesia romana,la condescendencia Jias-
ta. el újtimo término,, otorgaba la dispensa en virtud de
una súplica á que no acompañaba la promesa de edu­
car; á los hijos, en la religión católica,;y levantaba el
impedimento dirimente de clandestinidad que ¿>.nujaba
aquellos matrimonios., facultando al sacerdote para
prestarlas su ministerio de hecho y ser testigo ..nec.e?a-'
rio y. único autorizado á fin de atestiguar la validez d$(
matrimonio^ Este, breve;se comunicó al encargado de.
negocios: del gobierno prusiapQ . en ttoma, quien disin
mujó .hasta- el punto de: parecer satisfecho.; É l minis­
terio no le publicó hasta el año 1834, cuando ya tenia
tomadas todas las precauciones necesarias para hacerle
ilusorio y de ningún valor- Estas precauciones , eran el
engaño, la seducción y tal vez la violencia y la ame­
naza empleadas para corromper ;á los obispos á quienes
venia, encomendado el cumplimiento del breve; Seme­
jante.medios produjeron su efecto.. Spiegel, arzobispo
de Colonia, y luego los obispos de Tréyeris* Munster y
Paderborn firmaron una protesta, dexiimpür el decre­
to ,del gobierno comprendido.en cuatro artículos. .Ycan->
se. aquí el segundo >y:, tercero: 2.° Antes de Ja bendición
nupcial -m-qverigmm el -.cura católico- en qué religión
han de ¡educarse, :to$ hijos¡quenazcan, debiendo.set mdi-;
férente .este, .puntopara -la misma bendición: 3.9 E n la
confesion sacramental se pro¡iil>e á Iqs ¿acordóles, obligar
á la parle católica a.que eduque $us<hijos en su religión,
ó negarle la absolución porque no quiere contraer, este
empeño.' - • ., ; ; —
Verdaderamente son indisculpablesunos obispos.que
instruidos-por el breve, dfc Pió Y U J cometan este ac¿o
dé aposíasld y lepr.esoriben á su clero como regla deí
conducta; pero.digamos,en.a)abanza.;del ;obispp.de Tré-
veris que se retractó en el lecho;de, la muerte, por un
instrumentó solemne j< autorizado de escribano.. E l go^
bierno prusiano triunfaba v se¿ recreaba en; esta obra
maestra de su política-, pues 8Ín violencia ni..esfuerzo
había introducid^ por el ministerio de ■unos obispos
complacientes .el-clefro; ;y pueblo católico en. el; camirto
de perdición á donde quería: ¿levarlos* ^Píir^- cp.OtipletaE
la obra pensó en liacer suctí rüpí¡ce a!¡ señor Drosfe de
Vischering,! prelado ^venerado por su virtud v ciencia
en;toda Alemania, y le propuse-M aílla arzobispal'de
Colonia voGante. por muerte de (Spiegel:c<?nJa pbiigacian
deshacer cumplir al eonvom. ajustado con■ su predecesor,
conforme al- ¿ieve poníifidq S u ;nombram¡enLo debia de­
pender de esta promesa; ¡El señoríDrositq no se arredró;
¿y arri&sgaba?r¿iPodia;condenar ,1a; roemoria de su
predecesor:que habia: mueTto\enJa: paz dc: la-, iglesia?
Ademas íió síí comprometía ó firmar ítalas;ó cuales ac?
tos de Spiegeí-i.'sin©' solamente aquellos que estuviesen
córtfórmes ;con el- breve ponlilicio. Con lodo el mi niste­
nia. dtí¿pües> de a ¡experiencia que tenia de ki,flaqueza
decios deniasi prcludos^para.: quienes: no era desconocido
dichá breve, wojúzgabg que el ilustiísimo, Droste purera
mostrarse.m&s > severo ique :eJlOsy espeeja(mente cuando
fel cebo de una‘ dignidad- tan. pingüe; venia en a.uxijio
de^ía^ miras-Üelrgobíernpv E n t a l estado ;d ilustrúámo
Droáe.^Ue 110 ^habiasleido quizá■ <el:,congenio,■fjrmadíJ
por los'obis’fios! íministenaíesi en ,Coblenlzat abriendo ios
ojosy conociendo los1roales i oáaparabíes, ¡de ia-ej^cueio'n
dé aquel/ pacto ,' Creyó dobor-explicarle por ined.io gle
üria< cai,ta;cÍTCul&r á todo su clüro!;.q*pedida en c2o de
dicíembre; y en ella se limitaba á los términosdel bre­
ve pontificio.
Figurémonos la admiración ó mas bien el. pasmo
del gabinete de Berlin: veíase completamente chasquea­
do y ecgidoensus propias redes. En lugar de un hora-*
bre flaco, de un cortesano , de otro Spiegel habia puestb
á la cabeza de las iglesias católicas de sus dominios un
Ambrosio, un Tomás Cantuariense,: un muro de bronc­
eé ó mas bien una columna de hierro, contra. la cual
serian débiles ó se estrellarían todos sus esfuerzos para
acabar con la religión católica.:Vease pues aquí la situa­
ción en que se colocó el gabinete ríe Berlin respecto de
sus subdito&de este c'ulto. Los católicos le dicen como
antiguamente los apóstoles: Non licet, no es permitido.
Juzgad vosotros mismos si debemos obedecer ó los horm
bres áníes qué ó Dios. Vosotros nos decís: Eso es iícito;
y O íos nos dice por otra parte: Eso es.ilícito; porque
¿de qué olra manera pódemos;reconocer la voz déiDios
que por el conducto de los obispos sucesores de los apósw
toles y de Pedro su cabeza, A quienes escogió para
explicarnos la palabra evangélica?
Faltó al tnonarca prusiano el poder para sofocar las
declamaciones de la imprenta v como lo. prueba lá si­
guiente ^historia del libro encarnado, Ün hábil escritor
comentó en una obra intitulada Suplemento á la hi$'to~
ria eclesiástica de Alemania el reaI decreto de l 825
sobre los matrimonios mixtos, de que acabo de hablar.
A llí explica la política del gobierno de Prusia , Ja sigue
en todas sus combinaciones y la pone tan al descubier^
tó, que los menos perspicaces pueden verla en- toda su
féaldad. Se echó la voz (y algunos católicos, en especial
de1Berlin, parece1que<líí acogieron favoríiblemehl«)-quíe
aquel libro ‘contenía >muchas exageraciones: el hecho es
que él gobierno prusiano encargó'á un,tal Elléndorf que
le refutara;5mas este'nó lo consiguió, y su fútil respues­
ta vino ó ser ufiá confirmación1 del libro. Asi, se lía
probado en una refutación auténtica de la pretendida
refutación; y asi rae lo escribe un;eclesiástico conocido
en Alemania por sus sabios producciones y que se halla
mas én estado que nadie, de conocer las cosas de aquel
reino por la naturaleza de su ocupación. Como todos
los ejemplares de dicho libro llevaban úna cubierta en­
carnada, no se le llamó mas que el libro encarnado.
Su rápido despacho y el' asombroso séquito que tuvo
en las provincias del Rin, irritaron á la policía prusia­
na, la cual le declaró, guerra, de exterminio y le persi­
guió, hasta en Baviera donde acababa de publicarse. La
poderosa intervención; del gabinete de Berlin con eí de
Munich atajó la circulación de él; mas la violencia pro­
dujo el efecto de dar al libro prohibido el incentivo del
fruto vedado, y asi se buscó y leyó con mas codicia.
No obstante como tenia el inconveniente de ser cieotí-
.fico y por lo tanto inteligible solamente para los sabios,
á fin de acomodarle á la comprensión del pueblo se pu­
blicaron furtivamente las Conversaciones de algunos al­
deanos m sus veladas de invierno en 1836: aquí le
halla sustancialmente todo el contenido del libro encar­
nado. Figurémonos unos buenos campesinos colocados
én corro al rededor de la ancha chimenea de una cocina
de lugar y calentándose á la lumbre. Hablan entre sí
acerca del edicto real, y dicen francamente su parecer
juzgando que el menor privilegio del pueblo soberano
es quejarse de la opresión que sufre. Si hemos de creer
al autor, estos diálogos no son juna ficción, sino que
realmente se tuvieron, y aun cita ia aldea de las ori­
llas de! Rin- donde pasó la escena. La salida y crédito
de las Fc/a<2as de invierno fueron superiores á la del
Suplemento histórico. Las medidas coercitivas déla po­
liciano hicieron mas que acelerar el despacho: en los
cafées y en las calles y plazas seleian con ansia y sin es­
conderse. ■Un bebedor (asi escribía un testigo ocular á
su. corresponsal: de Parie) tomaba el libro y leja en alta
voz, escuchándole en silencio la multitud de espectado-
-resaque se colocaban en corro á su rededor: muchas
_ m —
tetes entraban los alguaciles durante la lectura; pero
ni está se !stíspendia>- ni nadie dejaba su puesto. Lo que
yopiblico' íitjuí os la sustancia deteste folleto alemán
sin nombrar 163 interlocutores,aporque su- nombre no
hace náda para el caso. Ahí se descubren las maqtii-
ñátíibíiés del pártilío filosófico pora destruir el, cristia-
nísf r ó t e n :su! lu g ar;sustituir■provisionalmente y. por
dé pronto él prckte&tantismo; y; se- vercómo•trabaja :una
lima sorda q^e :éorVoc el fundamento del 'edificio- antes
dé levantar la pica; para demolerle: á cara descubierta.
• Laj cónvérsaeton ;de! ntiegfr os¡!aIdéa nos ¿récae pr ime-
réhietité^sobre1esta;'disposición del edicto rpál: Se pro­
híbe é;’ü;n:'óbis(10 ésci*ibir al papa , aunque-no séa mas
qüe ün rcríglon1,1sin; licencia-del ministerio! y este mí-
nister io es ProtestanVe. ‘ ! J; •
; Mas el papá; replican los buenos aldeanos, es la
c£Befc& !y elj-primer pastor dé nuestra iglesia:: nosotros
li^ llamamos' nuestro padre, santísimo' padre; y este: es
eí nbtttbre que le dan todos los catolicos, ¿Quién ha
oidó decir jamás que se prohíba á un feligrés escribirá
su cura párroco y ó un hijo corresponderse con'su pa­
dre? ¿No' es esto abusar de fiuestra paciencia é irri­
tarla^ - .Í-.- ¡ .
1: Se prohíbe á un obispo dirigir á sus diocesanos el
niénotf documento doctrinal por medio de la imprenta,
V; g. én cuaresma una carta ó instrucción pastoral so­
bre el ayuno, la penitencia, él cumplimiento pascual ó
lin error' subversivo'de: lasaña doctrina; sin averiguar
‘antes s i: aquel escritor es del agrado del ministro y ño
•ofende sus oídos protestantes; y en-caso de no.gustarle
debe suspender él obispó'la publicación de su pastoral
y reformar su pensamiento por; e l;pensamiento minis­
terial. ’=
. '• v
: ¿Quién1lia oído jamás semejante lenguaje? respon-
dé uno'de- los"ihitérloeutOreá toas instruido que los otros,
pófqú&es él maestro de 'escuela del lugaivNosotrosios
ctflólicossi' introdujéramos1tales pretensiones respecto
del papa nuestro pastory padre, teudriamos la traza
de un hijo ;cjue dá lección á su padre:* ó de una oveja
que: quiere corregir á su pastor. Y sin, que ló lleve á
mal el gobierno y sus ¡ministros, en el .orden:temporal
son pastores; mas en el espiritual son las ovejas del
p&pa y de los obispos. Esta es la doctrina que profesa­
mos nosotros los católicos, Y sí el ministerio la ig­
noran; que váya á aprenderla' antes de gobernarnos.
Mucho: se nos habla: hablado de la libertad de impren­
ta; En efecto es libre -y . aun licenciosa para el impío
que-blasfétna de nuestra: sagrada religión; mas si un
obispo quiere levantar ;la Voz para: defenderla, al punto
sele tapa la boca=con una mordaza. Sin embargo ¡nues­
tro buen Dios dijo á los obispos: Enseñad á las:naciones
y conservad en su;púreza el,sagrado depósito de la doc4
trina que-os he encomendado. No son tan tontas éstos
aldeanos, y no suele discurrirse tan bien sobre la polí­
tica en las tertulias de París. f:
i Cotilinuemos lefendo el libro encamado. Comienza
la segunda velada^ y vuelve á hablar el maestro.de es­
cuela, que se expresa asi: «Yasabéis que todos los años
»se reúne la junta de fábrica para examinar las nece-
nsidades dé la iglesia y determinar las cantidades nece-
vsarias á fin de 'aiender a ellas: una copia de esta de­
liberación se enma al obispo , para que como primer
»pastor ía apruebe y exhorte á los fieles á satisfacer estos
^gastos. Mas no bastan tales formalidades para arr.e-
»glar dicha contribución, sino que ademasha de ser m-
»vista por d : gobierno protestante, quien determinará
»por su última resolución cuántas medidas de vino son
»menéster para la xnisa, cuónla cera para el altar y
»cuántas hostias para consagrar. Después viene el visto
wbueno del ministerio al concejo con largas araonesla-
»Gionesspara que en todo esto emplee una gran econo-
■».mía: ¿Quése.¡responde á esto?» 1
‘ Cristianó que es otro interlocutor, responde ab iratov
«esa economía se parece á la de Judas» que en una oca-
- to r­
sión igual decía también: ¿ A qué;viene esté desperd icio?))
¥ añade con cierto enfado: « Bien pudiera el gobierno: que
nos agobia de tributos, cercenar otros artículos del pre­
supuesto: seggramente.no iremos al hospital por lo que
gastemos en favor de Dios y-de su iglesia.» .
E l proselitismo para convertir los católicos á la
comnnion protestante es mas ardiente entre;los prusia­
nos: que lo fue jamas entre los judíos., Yease aquí: un
ejemplo : el zapatero de la ald'en de Zaunhcin., hornbre
honrado y generalmente querido en el pueblo, .asistió
á ia^iglesia católica llevado de la curiosidad: deseába .ga-
ber si habia de rebajar algo del capítulo 'de acusaciones
contraeos católicos que constantemente oia á su minis^
tro en todas las:..prédlcar. Edificado de cuanto vio y oyó
le asaltaron algunas dudas, y juzgó que la cosa era de­
masiado importante y que asi debía poner los medios pa­
ra salir de ellas.* A l momento corre la yo¿ que el
maestro zapatero piensa enlconvfi'rLksé i y. bu frecueni-
cia á la iglesia católica confirma esta Sospecha; IJamale
el ministro protestante, á isu casa, y él y su esposa hacen
lo último de potencia para: disuadirle de tal resolución,
¡Qué de halagos y promesas se Emplearon para; volver­
le! Mas el zapatero se mantiene firme, ora, examina
y delibera mucho tiempo. Una voz interior le habla al
corazon y le dice que el cielo y el infierno son intfereseáde
mas importancia que su tienda ;y sus parroquianos: por
fin se resuelve’/ hace profesión declarada de la religión
romana y conduce á la iglesia católica su mujer y sus
hijos que han seguido su ejemplo. Eri esto’, le ocurre ir
á casa del pastor protestante á llevarle un par de zapa­
tos encargados antes de su conversión, y recibe esta
tarascada: Mejor hubiera sido no,recibir] semejanie ■ ca■-
naUa en el lugar. La mujer del pastor qué oye esto, en­
tra ciega de furor, tira loá zapatos al suelo y dice: No,
maestro, los zapatos de V. no pueden acomodarnos: vuél­
vaselos Vi á llevar: aquí reconozco al.'imbécil ’ católico:
tienen una forma enteramente' católica y es g.émro ca-
tótico: íomc-V. la puerta á toda prisa, porque de núes-
ira casa no sacará V. nada. EL pastor ño se desarmó
con esta réplica grave y sensata del zapa tero: Señor
pastor , yo he seguido el consejo que^nos kit repetida V,
tantas veces; es á satier, encaminarlo y pesarlo todo y
procurar lomar lo piejor. J l i conciencia me manda ser
católico y la obedezco s V. me condena; peto Dios no me
condenará. Vencido el cura católico por las instancias
dél zapatero le recibe én eí gremio de lii iglesia despues
de haberle probado mucho tiempo: para cerciorarse si te
llevaba alguna mira interesado. Omito aquí las chistosas
reflexiones que amenizaron la conversación delos^bue^
ños aldeanos mientras se contó esta anécdota, ! i ■
■ Tal es el proselitismo del ministerio prusiano para
aumentar la religión nacional.' Por otro lado si. un ca­
tólico ¡quiere apostatar de su religión, aunque sea un
picaro, lloverán sobre él las igracias del gobierno; y se
asegura que muchos católicos arruinados despues de: ha*,
ber deliberado con su familia no han encontrado mejor
medio para reparar los quebrantos de su hacienda que
hacerse protestantes.
Hay un hombre de mérito distinguido* un profesor
de la academia ó universidadá quien despues de un
largo, gravé y profundo exainen le dicta su concien­
cia que sea católico, y él eetíi resuelto á perderlo todo
por salvar su alma. Si se aheve ó dar el paso peligroso
é indispensnbre de la abjuración, perderá su empleo; y
si no se le quita el consejo .académico, se verá él obli­
gado á renunciar ó fuerza dé sinsabores y disgustos.. La
misma suerte tendré en caso qu^ sea magistrado.
i Uno de los actos mas señalados de la persecución
gentilica-era la ocupacion.y demolición de las iglesias-de
los cristianos, La intolerancia-del gobierno prusiano ha
puesto en: planta este modo de persecución contra los
católicos * aun^ue coii todo^ el comedimiento de pruden­
cia , ¡cordura y circunspección que exigen el tiempo y las
circunstancias/ Veause aquí unos ejemplos que copio
textualmente del libro encarnado, página 82 y 83. En la
Lusacia superior y particularmente en G<crlitz hay seis­
cientos católicos qué no tienen; iglesia ni sacerdote; y se
.ver^precisados á.andar dos legua» para asistir á .los ofi-
cios de la-religion: pues hace, seisenos que repiten las
instancias mas eficaces pará'quc el gobierno les conceda
licencia de celebrar el'.oficio divino en Su lugar; más to­
do es en vano/ En el año 18126 enviaron al ,rey una
representación tan tierna: que ^hubiera conmovido los
corazones mas duros: solamente pedían que sé lefj per­
mitiese comprar una casa y., arregla ría y adornarla para
iglesia á sus expensas,; pero fueron desoídas sus súplicas.
En 1829 se'rles? concedió la gracia de celebrar él oficio
divino nueve yeees al :año en una casa particular, pu-
diendo alquilarla para éste simtotiso;;mas no comprar­
la. Gonviene añadir que los protestantes, tienen en Gcer-
litz siete iglesias, seis de las cuales: eran primitiva tríente
de los católicos, y cuatro no sirven casi para nada. Ob­
sérvese que el papaj.:que es:cl tipo de Ja intolerancia y
una especie.:de monstruo feroz;según la mayor parte de
los protestantes, dejó la capilla del embajador prusiano
en la capital déí cristianismo á disposición: de. un-puña­
do de protestantes.''Adviértase ademas qué mientras Ids
católicos están sin altar habiendo cuatro edificios vacíos
como acabados dé decir,,el mismo gobierno ha manda­
do construir mas de diez'templos protestantes en Silesia
para: el -servicio de: treinta ó. cuarenta individuos que
cómponen el lugar. Desde la publicación del libro- en­
carnado: dicen que la intolerancia prusiana ha acelerado
mas su'obra , y no bajan de. ciento cuarenta iglesias ca­
tólicas las;que se han éntregado a los protestantes en el
: mismo pais, sin qué los católicos hayan recibido una so­
la capilla en compensaron. La. prueba de .que no; es ca­
lumniosa está,ímputacion ^’s que un zeloso protestante
ha 'tratado -d© jus tilica ría,en los siguientes, términos en
la Gacela de Angsburgo: « A. primera^vista puede creer
«alguno que eata medida lleva oculta una. injusticia ó un
»acto-hostil contra la iglesia católica;'perdón el fondd es
wuria medida administrativa, éuyas disposiciones ge;nera^
wles habían sido publicadas por éiséñor Bunsqn despues
»de arregladas definitivamente en Roma.» A esta apo­
logía rio le falla para ser buena mas que transformar en
una verdad de;hecho. la mentira en <que. se funda, es
á saber, que se concertó con la santa sede la medida de
a rr ebat ar *d ento cuare nta ;iglesias á1 ou1to ca tó1ico'.;
Donde -mas porticularmente se ostenta el odio del
gobierno prusiano contra este, es en la disciplina de Jos
regimientos dé aquella inaGión-belicosa, cuyos ciudada­
nos son todos soldados como antiguamente eñ Roma. Los
soldados prusianos tienen capellanes: en abundancia.Isi
son prbtestantesi.siendo católicos ni uno solo* Hay :mas;
la asistencía á.las prédieas fcalviní&ticas.ó áila cena la ­
tera naf s una necesidad para ellos, porqué es un acto
dtíl servicio militar; y la intolerancia del gobierno para
con los soldados católicos los pone en’ la triste alternati­
va ó de cometerán acto .de aposEasía de sü religión, ó
de contravenir á la^disciplina; porque en tanto que la
-campana-ios llama á la misa -parroquial, el tambor toca
llamada pnrala/paráda óejercicioj Y si? fuertí cierto que
después de-^1830,se haintrodúcido esta disciplina pru­
siana en nuestros'regimientos de linea ; y en las'legiones
dé la guardia nacional; ¿.qué diríamos á Un descontento
que preguntase irónicamente si la carta es una verdad
en lo que dispone sobre la libertad de cultos?
Estos no son mas; que Ia& escaramuzas: veamos aho-
¡M las batallas campales.; Verdaderamfenté esta es una
guerra de exterminio: y se lleva adelante en el terreno
de la f educación nacional. No /en vano se persuade el
gobierno de Frusia á que=con la dirección que le da, der­
ribará el muro de división ;qué separa; á' ambos cultos.
E l cambio de: religión es para un católico un. crimen
que llama apostasía y que está resuelto á no cometer á
riesgo de su vido. Pues el gobierno echa mano: de la edu­
cación ¡como* un medio suave á la par que vigijroso, eficaz
y hasta infalible, para "que sin turbulencia:ni conmo­
ción pasen los pueblos de la religión católica al protes­
tantismo, y se confundan en una sola estas dos comu­
niones no menos contrarias que la verdad y el error. Pa­
ra resolver tan difícil problema el gobierno planteará y
dirigirá-á su modo los gimnasios, academias, institutos
•y escuelas.
E l ministro Ancillon , ó quien se atribuyen estos cál-
culos de política, calcula bien; y si el hombre pudiera
ser fuerte contra Dios, y lá piedra sobre que este édi-
fidó su iglesia pudiese-ser destruida por lá mano dé los
mortales, ei catolicismo no resistiría en las provincias
riniánas á la poderosa sfccíon de esas máquinas de guer­
ra .asestadas para? aniquilarle;: Mas; ¡cuán- débil es la
prudencia humana contra DiosI ¡Y cuán de poco alcana
ce y faltas de previsión por algún lado son las medidas
■a! parecer mas infalibles' y mas profundamente combi­
nadas, cnnndo contrarían los consejos de lá Providencia!
. Nunca la sabiduría humana habia medido mejor la
grandeza de la dificultad y extendido una mano mas
fuerle, ni uñ brazo mas vigoroso para vfencerla: ya lo
hemos dicho* por la educación es el hombre en el orden
moral todo 16 que esí, instruido ó ignorante, de buenas
ó malas costumbres,'religioso ó irreligioso.
- ¿Tan fácil es apoderarse de los gimnasios y acade­
mias? Los católicos de:las provincias rinianas no son uri
pueblo que acabe de salir ahora de los bosques: tienen
sus costumbres, sus hábitos, sus instituciones v su reli­
gión; [ y qué religión! La religión católica/inflexible en
sus dogmas, tan incapaz dé desviarse un instante de ellos
como el sol de su carrera .y .determinada á ver perecer
eí cielo y la tierra antes que quitar una letra ó un dpi»
■ce. Dicese: ocuparemos los gimnasios y las universidades,
y con la educación poseeremos la religión hasta en sus pri­
meras causas: todo eso es mas fácil de decir que de ha­
cer. La iglesia católica tiene esos gimnasios y uni yersi-
5¡dades, los ha fundado;', los ha provisto de maestros iy no
los Bogará de grado*, ponganse á .viva fuerza maestros
protestantes, y osdirán aqueilos/aná/icoi^primeroqui-
síera ver mbrir niis hijos á rais pies'que,hacerlos protes>.
tan tes: reniego y maldigo de toda educación protestante;
Todo osló lo vió ct gobierno prusiano;, y. entonces le
ocu rrieron estas ideas : nuestra; existencia es de ayer‘. .so­
mos conquistadores*, y nuestro gobierno no ha echado
ninguna raíz en defecto detos pueblos. ¿Podemos sin
riesgo empezar á gobernar bajo tan funestos auspicios
atentando ó su religión y al derecho imprescriptible que
tienen los padres de dirigir la educación de sXis hijos? E l
gobierno prusiano conoció todas estas dificultades*; pero
vió que disponía de grandes^ recursos para vencerlas y
dijo para sí: ¿por. qué se ha de desconfiar de un proyecr
to cuyo logro es un paso tan grande hácia la regenera-:
cion universal? La influencia gubernativa noí tiene lími-
tes: disponemos de los empleos j 'dignidades y honores,
del ejército, del tesoro y de las rentas públicas. Los ca­
tólicos dirán^ los gimnasios són;iiuestros: porque son fun­
daciones de un elector obispo, dé un cabildo noble, :de
un abad óvde una abadesa. Es verdad que son vuestros
esos gimnasios, responde el gobierno, y ereeis tener de­
recho de nombrar los maestros de bllos;.;:pefo ¿os halláis
ett estado de! pagarlos? Mas nos&tros (replican los católi­
cos) contribuimos, bien ajustada la cuenta , con trescientos
millones de reales al tesoro del rey de Prusía* y cargara
do con taínaña parte de los tributos públicos ¿no tene­
mos derecho de jqstifiia á- una'pequeña'porcion dé los
beneficios? ¿ Y no se podrían'reservar algunos fondos
para el pago del maestro de nuestras: escuelas de tantos
y tari pingües sueldos como se. satisfacen ó esa nube: de
arrendadores y agentes que nos vienen de Prüsia para
oprimirnos? ’ Echad algunas.migajas de esa.;espléndida
mesa donde sé sientan los extraños, mientras nosotros "nos
mprimos de hambre y sóltamos el úUimo maravedí pai$
pagar los enormes tributóse i Un gobierrip que discurre !y
delibera cop sus propios ’súbditos y que es düeña deMa
fuerza/públicasiuó quiere ser justojlsinjnvocar cl dicho
me llamo león , tiene siempre, recursos á ja. mano y: ra­
zones en los; labios; y al rey.de Prusia no le: faltan* Á.
mí ;solo me corresponde el nombramiento de los maes­
tros, y mi título es este:: yo ;Soy rey; los verdaderos fun­
dadores, desaparecieron y. :yo los represento^ en: toda !a
latitud de;sus: derechos, en el de patrono y en esto otro
que acumulo y que no podían invotar mis predecesores;
es ó saber , que:pago, y el qu$ paga es el amo. Quiero
qup en los ghimasios ¡mixtos^ compuestos mitad de. ca^
tólicos ymitüd ds protestantes , se saquen todos los pror
fesores entre los conformistas* Paseen cuanto á esta pro-
posicion* Mas en los gimnasios: católicos donde el pueblo
so compone solo: de católicos,;¿no tendremos maestros
católicos? Sí * repone el gobierno; pero la, numo avara
que hace éste:don., pone una restricción y es que,uno de
ellos ha ^profesar ia:reHgionrdel sobetaño. Este artículo
no parece intolerable y seludmite: ya veremos cójno lo
accésorio lleva tras s£ 3o principal- ¿ No es. cL monarca el
primtir jefe'dela escuelaíV .¿.No Subsisten esta y 8us;maes-
tros por los subsidios que apirontá elgobierno? ¿ A. quién
corresponde la pqlbía-deMas .escuelas,- la .elección de sus
jefes v dignidades.y la fijación de las relaciones; deisUt
bdrdinacioit qtá.e¡ los uueh entró‘Sí? Nadie duda i que, es-r
toá‘.son: atribuciónesrdíi la- peerogativa. r.eol; luego ül
príncipe^ solo corresponde ■el nombramiento del -rector.
Mae*Llt rector)*8:el reguíadjOF de la escuela;¿yel! buen^ó
mál /espíritu deestaíp reviene del que la dirige y le
dí£ impulsan Pues, cabalmente por eso. el'rector de;estos
gítnriástós catóiicos ^erá perpetuamente et profesor pro­
téstale de reál ncwnbramieiito , y una escuela en el nom­
bre católica será protestante en la realidad. : ' ,
.Prosigamos. Están hombrados Itis profesores, v-se
trata desdarles iinsJrucciones .que serán sabias y estarán
bien combinadas. -Satanás que ilas acoríseja i es un espí­
ritu puro, de profunda malicia; y; dotado ¡desuna vasta
ÍQteljgencia en este género. '¿Quién es ese- profesor-ca>
tólieo? Un joven! dócil y condescfitidiente^ en ;punto á/Ia
moral y aunr ál dogmas su residencia,£nt la uhiversidad
ha simplificado mucho'sü ortodoxia: tal■ ,vez; se ha abre*
viadoras su símbolo desapareciendo) de é l.varios.ar.tí-í
culosMuego tiene pocos bienes de; fortuna ♦y necesita y
quiere adelantar eii su carrera*;Por lo:;taíilQ :se ;íe dirá:
Ño ¡hable Y. de:religion:en. sus: lecciones do gramática ó
de literatura. ¿A.qué viene la teología tratándose de;las:
reglas de gramática y de!Jos: principios de literatura?
Ademas falta Y : á sus compañeros, á quienes debe-cier­
tos miramientos por formar unniismó cuerpo ytuná mis-i
rna familia con ellos; y sin embargo, los desaere di la: Y.
á los ojos de los comunes; discípulos como secuaces-!de
una religión mala y;excomulgados,; q u e d a n füerá^del
camino, de la. salvación;: ¡íódOieMiOJos ;cori tris tí) y ]ds re~:
baja. ;Esto? discursos: desagradan al gobierno que es muy
sentido ■ f délteado en este punto y celosísimo del honor
de Irreligión nacional, y mira con grande aversión la in­
tolerancia de la: religión; romana. El ;jovén entiende este
lenguaje, conoce losmotivos dtí él; :yios tendrá muy pre­
sentes-en sui consideración.. Oigamos aquí al moestró^de
esc^ekjiuno de los: interlocutores^en las:-v.eiatías dé los
aldeanos alemanes según queda, dicho. «Dejandeásí^éii
»e.i olvidó la .doctrina católica debe resultar úna especie
»de indiferencia con respecto áfella en el ánimo ¡de los
)?diScí|>ul0S,: borrándose insensiblemente lascontraposi-
«cioiies entre •estfi religión y.lasj..otras, importa poco
»profesar este culto mas: bien que^aquel,: y la ‘religión
»dé: sus maestros se engrandece y reajza en!su juicio
jjcoii:;todos los grados.de . estimadan que- han concebido.
»hiela la ciencia y toliento de aquellos. Ai cabo ioiim-
>>portan te es figurar en el mundo, adelantar en su car­
pera ¡y obtener; buenos: empleos * y: el ser ¡eatólitío m*ay
BzdoSO río es; Una;gran réeomendacion para con el go~
«bierno*» : -
Es. verdad■ que;íhayícápeUa&es^n estas casas de éda-
cacidn j.y. doy por sentado q.utí ehcapéllati católico noca­
rezca de zelo para su obra; pero no sé le permite tener
mas que dos conferenciará la semana * y si pasa la hora
destinada á: cada una de éllás-, le hace callar el toque de
la campana, i Dos ó tre3 horas ó la semana destinadas
para el estudio de la religión i la primera ciencia de to­
das, cuando sin hablarle las clases de lenguas y mate-
mélicas se conceden ¡cuatro horas á lós maestros de bai­
le y .música, para sus lecciones semanales I
Las instrucciones que se dan á los'maestros protes­
tantes son diferentes: ñ estos se les habla con franqueza
y se les descifra el enigma1sin rodeos.; «Vollaire y los
vsuyos fueron demasiado atrevidos: los tiempos han va-
«Hado; la gente de buena crianza hasta entre los pro^
«testantes: desaprueba esas declamaciones violentas y
«acres:contra el cristianismo: Nada deembestir aspera-
»mente y en derechura: embestir ai enemigo por el cos­
cado'; pero nunca frente áje n te : es verdad queelgol-
wpe será menos fuerte; pero será, mas; seguro. Enseña
».uno las humanidades ó-explico los modelos de buena' la­
tinidad: á caria instante se le viendrá ú las manos la mi-
ntología pagana ; pues cu lugar de decir que los misterios
»y los milagros del antigub: testamentó nd sonsmas que
«fábulas, y alegorías, ;Contíntese con, manifestar que el
«origen y el modelo del pomposo ceremonia! de la reli­
gión romana fce encuentra el culto-gentílico.* Un pro­
fesor; de historia -al llegar á las cruzadas hará úna feliz
«digresión sofíre las1guerras de religión; y entrando en
»la edad media<j cuántas y cuán excelentes cosas puede
»décir sobre la avocación de las causas civiles ante -el
»:tribunal¡eclesiásticoy'la autoridad temporal del papa,
»el atiuso ;de la excomunión papal y episcopal , la depo-
«sicion de los ^príncipes soberanos, la degradación de la
»majestad real, Enrique IV , Federico;II7Felipe el Her-
«KiosfG, Gregorio V H , Inocencio IV , BoniFacio V lll& c .!
«jO hj ¡Qué temas tan magníficosI Lo que haya empe-
»zado él profesor* lo continuará la universidad’y lo con­
clu irá el mundo. Uu empleo.qiie se apetece, una boda
«ventajosa que se desea ajustar &c.: ó presencia de tan
«grandes intereses no se resistirá el catolicismo de unos
«espíritus armados tan á la ligera en materia de rel-i-
»gion.» Ya tenemos á nuestros alumnos prontos áentrar
en la universidad. Aquí pregunta con un tono algo bur­
lón uno de nuestros aldeanos interlocutores, mas instrui­
do^ no menos criticó que el del Danubio: «¿Qué es la
universidad f Aténgome á la respuesta que le dan: es
una escuela én donde todas las profesiones sociales reci­
ben sabías instrucciones sobre su respectiva ciencia, la ju ­
risprudencia, la medicina, las bellas letras, las ciencias
físico-matemáticas aplicables á la astronomía, la arqui­
tectura , la marina y la profesion de ingenieros civiles y
militares. ¡Cuántas ocasiones tiene aquí un maestro hábil
para: cooperar á. los planes antireligiosos de su gobierno!
Si se presentan, las aprovecha, y si no las busca. No le
perjudicará Iá fáma de despreocupado en materia de re­
ligión y de augeto digno de ser iniciado en ios misterios
de uRía sociedad secreta: para con algún examinador le
valdrá una buena recomendación y un interrogatorio me­
nos severo; porque digámoslo de paso, el examen de la
universidad se reputa por muy elástico y capaz de tomar
las formas mas diversas. E l examinador indulgente hasta
el extremo con un candidato cuya opinion está en buen
olor, se volverá duro como el hierro con un individuo del
clero católico ó que.aspire á serio (1). Ademas en Ale­
mania varía la enseñanza según los países, y el gobierno^
determina la forma :de ella. Hay regiones en que no se
ofende el magistrado si se presentan á cara descubierta
el naturalismo y el racionalismo: allí en boca del doctor
que enseña, nuestro Señor será un sabio que dejó
muy atraá ó Epitecto y Sócrates: Brahma y Confucio
noson,comparables con él: fue un médico mas hábil en
el arte de carar que Hipócrates y Galeno, un físico que
arrebató á la naturaleza, el .secreto de las primeras le-

(1) Asegúrase que estas artes se conocen en otra par­


te que en Alemania.
t . 45. 8
yes y la razón de ios fénomenos mas ocultos» en ana pa­
labra el hombre mas grande de todos; pero no se piensa
en hacerle un Dios. ¿Cómo una razón ilustrada ha de
admitir la doctrina de un Dios que nace como niño, ere*
ce como un joven, come, duerme, padece y muere? Di­
cen que se pondera mucho en esta enseñanza el amor
de la libertad; pero si por prudencia se muestra mas
cautela respecto de la civil, no se quiere consentir nin­
gún freno respecto de la religiosa; y se exige (concluye
nuestro aldeano) que un alumno esté decidido á no de­
jarse guiar como un niño con andadores por el partido
clerical y por lo que se llama iglesia y tribunal eclesiás­
tico: sobre lodo nada de jurisdicción ni aun de vigilancia
de parte del obispo sobre la disciplina interior de los li­
ceos y colegios de todas clases: la elección de los libros
elementales que allí se leen y enseñan sobre la religión
y la moral, no le incumbe mas que la de los clásicos en
materia de lenguas, literatura y ciencias exactas. Si por
su orden se prohibieran alguno ó algunos de estos libros,
¿no seria dar un paso hácia atras en el camino del pro^
greso y de las luces?»
A vista de semejante enseñanza escolar y de tal di­
rección de los esludios naturalmente le. ocurre al obser­
vador religioso esta pregunta: un pueblo enseñado asi
¿tendrá sacerdocio? Y si le tiene, ¿qué sacerdocio será?
Hablen aquí los hechos, y contentémonos nosotros con
sacar las consecuencias*
«Nuestra diócesis de Tréveris (va hablando eí mismo
aldeano) que cuenta setecientas ochenta y tres iglesias
parroquiales sin las ayudas de parroquia, tiene el des­
consuelo de no ver salir mas que quince aspirantes al
sacerdocio en cada año (por término medio) de los gim­
nasios' y demás escuelas nacionales. ¿ A. dónde conduce es­
te descubierto que no puede menos de ir en aumento, si­
no á un abismo donde se precipitará y perderá la religión
con su sacerdocio? Tomando en una mano el registro
mortuorio de los clérigos que han fallecido en la dióce­
sis en los doce meses precedentes, y en otra la lista dé
los ordenados en el mismo período de tiempo, y compa­
rando los nacimientos y muertes, las ordenaciones y en­
tierros en el gremio de la tribu sacerdotal, puede el ob­
servador juicioso fijar aproximadamente las épocas en
que no quedará ni un solo sacerdote en los círculos de Co-
blentza y Trevéris para servirlas parroquias.» Esta es la
respuesta deí aldeano á la primera pregunta: ¿Con­
servará la Alemania el sacerdocio? Los franceses pode­
mos decir: tiene razón; y si nuestros liceos fueran el
único terreno en que fueron á sentarse desde 1802 las
reclutas de nuestra milicia sacerdotal, ¿tendríamos ac­
tualmente en Francia un sacerdote por veinte par­
roquias?
He añadido: ¿qué sacerdocio ? Si volvieran al mun­
do sari Garlos Borromeo y san Vicente de Paul, los dos
fundadores de las escuelas eclesiásticas abiertas en Ita­
lia y Francia en cumplimiento de los decretos del con­
cilio tridentino; ¿ reconocerían en los gimnasios prusianos
y franceses la obra de sus seminarios mayores y meno­
res ? Si sé rae dice que unos jóvenes educados en tal li­
cencia de ideas y principios no se dejarán llevar un dia
de todo viento de doctrrnS, y tendrán el alma y el cora-
zon dispuestos para recibir todos esos vatios sistemas de
religión y moral que corren con aplauso en Alemania y
muchas veces en las escuelas de Francia; sí á este presa­
gio,se me responde que soy un profeta que sueño cala­
midades; continuaré: no, yo no soy mas que el historia­
dor Gel dé lo que veo, de lo que oigo y de lo que pasa
delante ,de mis ojos.
Mas1si me equivoco como deseo; si realmente salen
de esas escuelas clérigos santos en las costumbres y en
la doctrina; no, esos hombres no serán clérigos;porque
nadie es soldado sin haber aprendido ios ejercicios de la
disciplina militar, ni nadie es sacerdote sin haber apren­
dido la piedad como dice san Pablo. E l atleta se ejer­
cita largo tiempo en el combate y la carrera para me­
recer una corona transitoria; mas el hombre de Dios,
es decir, el sacerdote (porque el apostol hablaba asi á un
sacerdote joven é quien preparaba para el ministerio
pastoral) so ejercita largo tiempo en la piedad, esto es,
en esas prácticas piadosas que constituyen la austera dis­
ciplina de las escuelas eclesiásticas, llamadas seminarios
en las naciones católicas, escuelas fundadas y formadas
no según los edictos del rey de Prusia, sino según los
decretos del concilio de Trento. Y aunque me llamen fa­
nático >repetiré segunda vez mi proposicion: esos hombres
asi educados y enseñados no serán sacerdotes, aunque
podrán ser hombres honrados. Apelo al testimonio de
todos los santos: hay inOnita distancia entr,e un hombre
de bien y un sacerdote; y según las mismas autoridades
un sacerdote que no es mas que hombre de bien, es so­
lamente una fantasma de sacerdote.
Continuando el análisis del libro encarnado llego á
la gran causa de la persecución prusiana,
l a ley orgánica del matrimonio es el seguntló acto
de la supremacía espiritual de la potestad civil en Prusia
y la segunda máquina de guerra que empleá para: des­
truir el catolicismo y aun diré que las familias católicas
en las provincias de su dominación.
Esto necesita alguna.espliéacion para entenderse, y
asi tomaremos la cosa de mas arriba.
E l gobierno erma de la Prusia agentes, oficiales y
empleados de todas las carreras civiles y militares, in­
clusa la magistratura: todos estos hombres son protes­
tantes , y como se hallan en la edad de casarse , cono-
cese que han de buscar mujer en el pais donde van á
establecerse en virtud de su empleo. Ei casamiento con
una,católica es para ellos un deseo y una especie de ne­
cesidad ; pero quieren conciliar este deseo con la plena
y entera libertad de educar á sus hijos en la comunion
protestante; mas á estose opone un obstáculo insupera­
ble, es á saber, una ley del culto católico que se ase­
gura ser t;an inmutable como el dogma en esta reli­
gión. E l gobierno prusiano ha jurado la abolicion de di­
cha ley y ha comenzado el asalto resuelto á no retroce­
der, porque, considera ser interesa ntisimo el cumplí-
miento do su decreto sobre los matrimonios mixtos, cuyo
tenor es el siguiente: U n sacerdote convicto de no que­
rer dar la bendición nupcial ni asistir personalmente á
un matrimonio mixto en virtud de haberse negado la
mujer ó obedecer los deberes de conciencia que él le im­
pone» esto es, á reservarse por una clausula escrita en el
contrato matrimonial la entera libertad de educar á sus
hijos en la religión católica* aeró perseguido por solo es­
te acto de su ministerio pastoral ante los tribunales co­
mo un reo de estado, y quedará sujeto á todas las pe­
nas decretadas por la ley contra los perturbadores del
orden público y de la paz de las familias. Este edicto real
es actualmente en aquellos paises’una señal de persecu­
ción mas que de contradicción. Si se me pregunta cuál
es el grande interés político que columbra el gobierno
prusiano en el pleno cumplimiento de esta ley, parecien-
dole una leve pérdida en comparación de aquella des­
honra en que incurre aun á los ojos del partido filosófi­
co por semejante tiranía de las conciencias; diré que sus
ardientes deseos son acrecentar en aquellos países el
número de las familias protestantes, disminuir en la
misma proporcion el de las católicas y extinguirlas gra­
dualmente. A ese fin so encamina grandemente dicha ley.
Todos aquellos hombres que gozan de la consideración
debida ó unos empleados públicos, á unos ciudadanos
notables y distinguidos, acaban do casarse con mujeres
católicas según hemos visto. Si el contrato de matrimo­
nio se ha extendido según la ley protestante; si se ha
borrado la cláusula rigurosa que reserva la educación de
los hijos según la comunion-de la madre; si los cónyu­
ges quedan en toda-libertad de educar á sus hijos en su
culto; ya vemos á dónde va á parar esto: el protestantis­
mo habrá adquirido muchas familias y por cierto no de
las menos considerables, y disminuirá el de las católicas
en la misma proporcion. Todo eslo es una ganancia lí­
quida y libre de pérdida para el culto protestante, pues
es manifiesto que una mujer belga ó de las provincias
rinianas no irá á buscar un marido en Prusia.
Esta es la ocasion de explicar á los espíritus frivolos
y superficiales toda la culpabilidad y la heterodoxia del
acto que el ministerio prusiano quiere arrancar á vi­
va fuerza ó las mujeres católicas y á Lodos los pastores
de la comunion romana. Sí es cierto que las sectas de
Lutero y Calviuo y todas las que corren con crédito en
Alemania, están fundadas en la palabra de Dios; si en
ellas está asegurada la salvación y no corre ningún ries­
go; puede una mujer obligarse por el contrato matri­
monial á permitir que sus hijos sean educados en aque­
llas sectas separadas de la iglesia romana; pero si por el
Contrario es verdadera esta máxima no menos fundamen­
tal que elemental en el catolicismo: Fuera de la iglesia
no hay salvación; no puede aquella mujer firmar el con­
trato matrimonial sin incluir la cláusula reservativa de
educar á sus hijos en la religión católica. Si le firma no
teniendo dicha cláusula, se reputa que profesa y cree
que la religión en que consiente sean educados sus hijos,
no tiene nada de peligroso para la salvación. Todo esto
es de suma trascendencia y lleva á la indiferencia de reli­
gión; y el pastor que admite á la participación de los
sacramentos una mujer imbuida de un principio herético
próximo á la impiedad, entrega el santo de los santos
á los indignos y prevarica contra su ministerio.
Nuestro santísimo padre Gregorio X Y J ’á ejemplo de
sus dos predecesores de santa memoria en la cátedra de
san Pedro ha llevado aquí la condescendencia por el bien
de la paz hasta los últimos límites que separan el bien
del mal, y ha levantado el impedimento dirimente del
matrimonio; es decir , que desaprobando y aun teniendo
por una prevaricación grave semejante casamiento no le
prohíbe bajo pena de nulidad y permite al obispo conce­
der la dispensa del impedimento que veda á una católi­
ca casarse con un protegíante sin prometer formalmente
y por escrito que educará á sus hijos en su religión. Su
Santidad permite al sacerdote católico prestar con su
presencia su ministerio de hecho á estos matrimonios, es
decir, ser testigo necesario y único apto para responder
ante la ley de la validez de ellos, preservándolos asi do
la nulidad que recaería sobre los mismos por el impedi­
mento de clandestinidad. Pero si ademas se quiere tapar
la boca al sumo pontífice y á los pastores catóiico's y es­
torbar que digan á estos esposos culpables: Eso no es lí­
cito, confundís á Jesucristo coa Belial y juntáis una
contravención é* la ley divina con un sacramento de la
iglesia: si vuestro matrimonio consigue todos sus efectos
civiles y religiosos, no por eso es menos cierto que cons­
tituye un pecado capaz de secar hasta en la fuente las
bendiciones de Dios sobre vuestro casamiento, y os expo­
néis a veros malditos entrando en tan peligroso estado;
¿quién duda que los pastores católicos tienen el deber
riguroso de responder á tales prescripciones de la ley
civil: No podemos, non possumus: antes $c debe obe­
decer á Dios que á los hombi'es ?
Suspendo aquí mi historia de la herejía constitucio­
nal , y digo que la suspendo porque no está concluida:
coloco ahí una adraja. Si este escrito merece la honra
de la segunda edición; entonces contaré (continuando
aquella) las persecuciones de los gobiernos protestantes
de Suecia y Dinamarca contra los católicos. En varios
cantones protestantes de la Suiza los consejos adminis­
trativos me suministrarían, amplia materia para ua
nuevo capítulo con sus medidas vejatorias contra nues­
tra iglesia. E l cura de Aversy les ha dado sólidas res­
puestas á nombre de los católicos del distrito de Echal-
lens. En Ginebra obligado el magistrado á guardar mas
cautela que los soberanos de Rusia y Prusia por la de­
bilidad y la posicion geográfica del cantón, la libertad
de imprenta y la censura pública, deja sin embargo pe­
netrar el veneno por medio de ciertos actos en que no
se reconoce ni la libertad de cultos ni el respeto debi­
do á la fé de los tratados. Por lo demás en la parte del
territorio ginebrino donde pasan estas hostilidades, la
iglesia ve en el ilústrísimo obispo de Lausana y G i­
nebra un centinela vigilante capaz de manejar sus ne­
gocios con una moderación y cordura dignas del alto
puesto que ocupa. En .Ginebra hay defensores activos,
cuyo ardiente zelo no ha menester de ningún estímulo.
Lo que hay de cierto es que todas estas persecuciones
contra ía iglesia católica tienen en todos los países un
aire cíe familia que descubre su común origen: la con­
formidad y c! concierto en los medios parecidos mani­
fiestan la acción de un poder oculto, del cual procede
e! movimiento en todas las partes del mundo habitable.
Aeubo de leer en los papeles públicos las siguientes
particularidades» cuya publicación miro como un princi­
pio de cumplimiento de mi promesa. Uno de ios periódicos
de Copenhague que pasa por el mas liberal en política y
el menos hostil á la religión, contiene Jo que sigue en
el número de 3 de marzo.
1.° «Que los religiosos, los jesuítas y los demas clé­
rigos católicos no pueden residir en los estados del rey
de Dinamarca bajo pena de muerte.
«Una ley del año 1766 que prescribe en cuan­
to a los matrimonios mixtos que las dos partes contra­
tantes están obligadas á comprotcrse previamente por
escrito á educar sus hijos en la religión luterana; y
cuando el marido es el que profesa la católica, le obliga
ademas la misma ley á declarar que su mujer perma­
necerá fiel á la comuníon protestante.» Esta ley se re­
novó por un decreto de 30 de abril de 1823, que pro­
híbe ademas expresamente á los sacerdotes católicos
celebrar ningún matrimonio sin licencia de la canci­
llería.
3.° »Un real decreto de 23 de agosto de 1837 que
permite á los católicos edificar una capilla; pero con la
condicion de no tener campana y de llevar el nombre
de la embajada de Austria, aunque sea propiedad dé la
comunidad católica.»
Del examen de todas las leyes represivas existentes
en Dinamarca deduce el autor del artículo que el vi-
cario apostólico á quien se esperaba en Copenhague,
merecería la muerte si tuviera la audacia de pasar la
frontera del reino sin licencia del gobierno. En el Baile's-
Mágasin se halla que él número de católicos cu Copen­
hague ascendía á cinco m il1en el año 1784 , y según
el último censo de la poblacíon no quedan mas que
doscientos, inclusos los niños. :
En Friedericia habían obtenido los católicos en 1682
el derecho de ejercer .libremente su religión. Con. todo
ha disminuido su número, y actualmente tw&on mas
que sesenta: tienen sus sacerdotes y una iglesia. Los
mismos derechos se otorgaron á los católicos en las .In­
dias occidentales por el rescripto de 20 de septiembre
de 1754, exceptuando sin embargo á los jesuítas, á quie­
nes se prohíbe la entrada en aquellos países.
De los rescriptos de 1744, 1745 y 1746 aparece
que los católicos habían convertido por entonces á su
religión muchos habitantes de Friedericia y entre ellos
una doncella que se supone haber sido sacada del país
por los mismos. Se les mandó que la presentaran otra
vez pena de mil talers (1) de mulla y la destrucción de
su capilla; y ademas se les apercibió que en caso^de re­
petirse tales ejemplos de seducción quedaría entera­
mente, prohibido el: ejercicio de la religión papista,
exercUhtm religionis papista;, ■
E l diarista de Copenhague de ningún modo acon­
seja al gobierno que ponga á los católicos en el pie de
igualdad con los protestantes', porque segu.n é l:es pre-
ciso oponerse á la efervescencia religiosa que empieza
6 manifestarse en Dinamarca. «En tanto que el catoli­
cismo, dice, no sea entre nosotros mas que una reli­
gión tolerada; en tanto que la severidad de las leyes
quite á sus sectarios la posibilidad de seducir á los es­
píritus vacilantes, y el pueblo no pueda tener ningún
conocimiento de esta religión; no haya miedo que el
catolicismo suscite jamas turbaciones éntre nosotros.»
Otro diario me sugiere nuevos hechos. Don Manuel
de la Rica, canónigo de Zaragoza, se arroga el titulo de

(1) Cada taler vale unas tres pesetas dé nuestra mo­


neda.
gobernador eclesiástico de aquel arzobispado, é intima
á todos los sacerdotes seculares y regulares habitantes
en él la orden de presentarse dentro de un breve tér­
mino á renovarlas licencias en su secretaría- ¿De quién
tiene esa jurisdicción? Ciertamente no es de su arzo­
bispo, el cuaf reclama y protesta. Pues si su potestad
no emana mas que del gobierno civil, como segura­
mente es asi, ¿no está convicto de ser tan constitucio­
nal en España como lo fueron Gregoire y Gobel jen
Francia? No hay duda que los breves de Pió V I y las
penas decretadas en ellos contra la herejía constitucio­
nal caen con todo su peso sobre la cabeza del intruso
gobernador.
La misma confusion reina en Portugal.

CONCLUSIO N .
*
No voy á decir mas que una palabra por conclusión
de esta parte de mi libro: estas teorías están ya juz­
gadas por el juez á quien llamó Bossuet el gran maestro
de ta vida , la experiencia. Verdaderamente es incom­
prensible el siglo en*que vivimos: tanta es su incohe­
rencia é inconsecuencia en las ideas y principios. Sos­
tiene que son falsos todos los motivos de nuestros jui­
cios, y para $\ se reduce el principio de la certidumbre,
el criterió de la verdad al cálculo y la experiencia.
Pues bien sean aquí nuestros árbitros y jueces el cál­
culo y la experiencia: no se negará que el mundo mo­
ral pueda experimentar como el material la ley del
cálculo y la prueba de la experiencia. Todos los años se
nos presenta una cuenta de lo que adelanta la sociedad
y se perfecciona en el bien; cuenta no menos precisa y
exacta que la de los ingresos y gastos del erario y so­
bre todo mas fácil de comprobar: basta para esto so­
meterla á la regla mas sencilla de la aritmética. Los
tribunales del crimen y los de policía correccional lle­
van sus regist-ros, de los cuales se saca anualmente un
resumen y se da al público: de este modo tenemos no­
ticia dél número de criminnles-, su sexo, edad y condi­
ción y la especie y gravedad de su delito; y por via de
noticia se añaden algunas particularidades curiosas sobre
s,u familia, su educación y todos los antecedentes de su
vida civil y religiosa. Asi estos hechos adquieren la no­
toriedad dé hecho y de derecho. Escribamos en dos
líneas paralelas los que se han educado en las escuelas
cristianas y en las de Laocaster, los que han aprendido
de cojo el catecismo de la diócesis ó el catecismo na­
cional, los que han hecho la primera comunion y creen
en el cielo y el infierno, y los que han- nacido y crecido
en la irreligión y el ateísmo. No hay cosa mas sencilla
que este cálculo, y sin embargo nos basta para poder
decir: la causa está juzgada: entre la filosofía cristiana
y lá falsa filosofía del siglo X V I I I media toda la dis­
tancia que separa la verdad de la mentira, el bien del
mal y el orden de la anarquía social.
Sigamos caminando con la luz de la experiencia, y
entremos con su antorcha en la mano en nuestras cár­
celes. Aquí hay una donde están detenidos los mucha­
chos que á la edad de doce años merecen ya subir al
patíbulo. Antes de la era de la filosofía un muchacho
en quien la degradación del ente moral se habia antici­
pado á la edad de la razón, era un fenómeno inaudito:
en el dia no hay mas que entrar en una cárcel y se ha­
llarán trescientos muchachos y mas de tan horrible ca­
tegoría. La casa donde están encerrados es espaciosa:
el regimen penitencial á que se hallan sujetos es se­
vero y muy estudiado, como que la filosofía ha apura­
do todas las combinaciones de su habilidad: en aquel
edificio no tiene la religión ninguna entrada^, ó si Mega
á entrar es con las manos atadas y con las trabas de
ciertas formalidades que entorpecen su acción. Al lado
de este asilo ha levantado la iglesia católica el suyo y
allí obra sin obstáculo y con toda libertad: sus agentes
son uno ó dos sacerdotes, algunos hermanos de la doc­
trina cristiana, algunas hermanas de la caridad ó del
buen socorro: la cuenta de sus gastos en habitaciones,
manutención y educación es diez veces menor. Venga­
mos al resultado: en el asilo nacional los muchachos
que han cumplido su condena y han salido mas vicio­
sos, corrompidos y diestros en el crimen, componen el
orden común; y un muchacho enmendado, corregido y
transformado en un hombre de bien y un ciudadano
honrado, es una excepción de la regla: en el asilo re­
ntoso los hombres renovados, regenerados y conver­
tidos en miembros útiles de la sociedad forman la ma­
yor parte. Por lo demas la religión no los cuenta, ni pu­
blica pomposamente la lista en los papeles público?,
estando persuadida á que la estadística de ellos se halla
escrita en el cielo y sus nombres grabados en las co­
lumnas de la eternidad.
Discurramos también con arreglo á la experiencia
sobre los hospicios de lo? expósitos, y comparemos
tiempos con tiempos, aquellos anos en que.el catolicis­
mo era la religión dominante del estado, con los pos­
teriores al de 1790, en que parece que Dios ha sido
excluido de la ley y de la sociedad: dennos á Dios lo
que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar, esto es,
á Dios el numero de los huérfanos criados en las casas
del Señor y educados por las vírgenes cristianas, y al
Cesar aquellos cuya educación social se ha dirigido por
la falsa sabiduría del siglo. Vayamos mas adelan­
te, y por la misma regla dé aritmética formemos el
resumen de los huérfanos probos y honrados que han
salido de los dos asilos después que la religión y la so­
ciedad han trabajado en educarlos cada una por su par­
te: si practicada esta operacion hay alguno que no ha­
ga justicia á la primera y á su feliz influencia sobre el
orden social, es porque se obstina en no juzgarle las
causas por sus efectos y en cerrar los ojos á la luz de la
experiencia.
Entro en un hospicio civil ó militar: el primero está
servido en lo espiritual y temporal por las hijas de san
Vicente de Paul, y el segundo por unos criados mer­
cenarios; es decir, que tenemos & la vista por un lado
el heroísmo de la virtud y por otro el grado más ínfi­
mo de !a corrupción del vicio» porque es manifiesto que
solo en esos dos extremos se pueden hallar personas
que sirvan á los enfermos en esos albergues donde no
cesa el contagio de exhalar su hedor infecto, y donde la
muerte ejercita constantemente su implacable saña, En
vista de esto los convalecientes que recobran la salud
son ios que pueden dar testimonio á ía soeiedad: oigá­
moslos, y unos nos dirán que por los desvelos dé. la
religión .el hospital fue verdaderamente para ellos la
casa de Dios, una morada preferible á la de su fami­
lia: lós;otros ¿qué podrían decirnos sino que. despues
de los malhechores que asesinan, ios seres mas peligrosos
para la vida son los hombres mercenarios que sirven á
los enfermos en los hospitales, por dinero ( í ) ? Podria
yo también repetir mis observaciones acerca de otra
clase de instituciones, cuya posesion suelen disputarse la
religión y la filosofía,,por ejemplo las casas de educa­
ción. En las que dirige la primera, son veneradas lá
piedad y sus.santas prácticas:ios maestros distinguidos
con el sagrado caracter del sacerdocio son unos padres
y amigos para los discípulos: Dios y su; religión son pa­
ra ellos los ángeles custodios invisibles que los vigilan
á la hora de comer j de recrearse, de estudiar y de
practicar los demas ejercicios. La sociedad, compáecida
fija allí sus-miradas» y contempla con júbilo los mas
faustos presagios de su- prosperidad futura y todas las

(i) Vease aquí mi suposición* y en la región de Jo


posible quedo á cubierto de la censura Ique recae, sobre
la calumnia. Un. convaleciente despues.de una obstinada
calentura que añadida á la dieta severa le ha dejado una
hambre canina, pide de comer, y su enfermero le da un
pedazo de carne ó una porcion de gigote: muerese el
enfermo, y su guardían le registra el bolsillo y se hace
dueño de las pocas ó muchas monedas que constituían
el peculio1del infeliz. Eso es imposible ^ dirá alguno; y
yo le responderé: en una hermana de la earidad, sí, en
un enfermero asalariado, no,
primicias de las virtudes que forman los hijos dóciles,
los buenos esposos, los buenos padres de familia, Jos
ciudadanos honrados y fieles á la cosa pública. En los
colegios y casas de educación que dirige la filosofía,
la juventud tiene ya desde las humanidades su sistema
formado de religión: para ella Dios es una preocupación
y el sacerdocio una impostura: las prácticas religiosas
no son mas que unas fórmulas de estilof cuyo fastidio
hay que aguantar hasta entrar en el mundo y se cum­
plen como el soldado obedece las órdenes de sus jefes á
son de caja. Entre tanto la insurrección contra la auto­
ridad y á las veces ciertos rasgos de profundo disimulo
y de una perversidad consumada descubren la corrup­
ción que: allí se abriga. A l ver este espectáculo algunos
maestros pruden tes presagian siniestramente y exclaman
temblando: ¿qué será de nuestra desgraciada patria
obligada á buscar en ése manantial emponzoñado sus
padres de familia, sus guerreros, sus magistrados y sus
jueces? Y por ventura ¿he sacado yo esta hipótesis de
un mundo ideal? jOjalá! Mas si.por desdicha es real y
verdadera; estoy autorizado para volver á mi acostum­
brada cantinela y exclamar: \Ay de aquel que no apren­
de con semejante experiencia! Tiene ojos y no ve: tie­
ne oidos y no oye; y es tan insensato que dice: esos
frutob son malos; pero el árbol que los produce, es ex­
celente. ,
Otra experiencia y concluyo:
Vease aquella parroquia católica situada en el Can­
tal, en la Lozere, en la antigua Vendea, la segunda en
los cinco ó seis departamentos colindantes con París* Allí
se oye misa todos los domingos y se cvtentan y notan los
cristianos que no cumplen con- el precepto pascual: aquí
Dios es un desconocido, su ministro un charlatan y un
hombre del oficio y su templo un desierto: el alma de
estas inteligencias embrutecidas está tan vacía* de la idea
de Dios, del espíritu, de la moral y de la justicia como
la de las bestias que pacen en los campos. Hagamos tam­
bién aquí un resumen de los hurtos, rapiñas, homici­
dios y atentados contra las buenas costumbres, la fé
conyugn! y la piedad filial; y veremos que todos estos
crímenes que destruyen el orden público *ó le minan
sordamente, no guardan la proporcioln de uno á ciento
en estas dos parroquias, donde los unos adoran á Dios
y los otros la nada.
Tal vez se me dirá: los caminos están seguros y se
viaja sin peligro de dia y de noche: no hay salteadores
que salgan á robar y asesinar. Cierto que es irn milagro:
habéis descuajado los montes, habéis abierto caminos
reales y vecinales en todos los parajes cortados por mon­
tañas, quebradas y precipicios, y habéis puesto compa­
ñías de gendarmas de trecho en trecho y en todas, las
paradas: asi los ladrones no pueden ya formarse en cua­
drilla ni guarecerse en las cavernas. Convengo en que
hoy se cometen menos asesinatos que antiguamente en
los caminos reales; pero si se me dice que son desconoci­
das en la. capital las compañías .de ladrones y rateros y
que son menos los homicidios f apelo á los partes que dan
todas las noches los comisarios de policía al prefecto de
su ramo.en Paris; y lo mismo digo aproximativamente
de las demas ciudades populosas del reino. ¿Quién nu­
merará. los malhechores que hacen un oficio del crimen
y siibsiste.fi de él en Paris? Asegúrase que se cuentan
á millares. La campiña tiene también sus bandidos y
en la: literatura, llamada justamente la expresión de la
sociedad, veo que algunos poetas célebres han buscado en
aquellos elasunto de sus dramas (1). ¿ Y qué diremos del
hurto doméstico? Los criados fieles de ambos sexos,
adictos á fius amos hasta el punto de mirar la familia de
estos como su familia adoptiva y querer envejecer y mo­
rir en la casa , eran tantos antiguamente que no tenían
cuenta: ahora los criados ladrones é infieles igualan en
número á los que no se confiesan; ¿y quién es capaz de
calcular cuántos son estos? En el campo el número de
carreteros, gañanes, segadores y jornaleros que traba-
(i) Uno de los dramas mas célebres de Schleger se in­
titula Los bandidos.
jan con conciencia, es rarísimo desde que el interés
personal ha venido á ser la gran ley para el pueblo filoso­
fo. Y ya que- hablamos del campo, ¿quién podrá contar
los ladrones y destructores de miéses? No hay mas que
leer las sentencias délos tribunales del crimen.
Pero sigamos: á la vista de estos nuevos horrores me
estremezco y se me cae la pluma- de las manos, horresco
referens: el parricidio ha venido á ser un crimen vulgar
entre nosotros, y aquel sabio pagano queteniendole por
un- delito imposible le borró del código de sus leyes, no
se atrevería ó sostener su dicho én nuestro siglo de pro­
greso, porque le desmentirían los tribunaies.: Mas veasé
aquí un gétirero de parricidio en el cual quiero que fijé
el lector su atención: se ve, se conoce, y la justicia tiene
1¡is manos atadas para castigarle: en nuestros pueblos
Si-n Dios afirmó que no es raro este crimen horrendo. U d
labrador ■ , un jornalero ,.un trabajador no cree en -Dios
y en el infierno , y siente la necesidad dé comer y beber
el lunes en la taberna gastándose el jornal de ln semana.
S;us,hijos carecen de pan,; y la desconsolada madre no res­
ponde á sus gritos-mas que con lágrimas: el decrépito
abuelo desde al zaquizamí donde está acurrucado, mira
con los ojos'hoscos de un. moribundo extenuado de ham­
bre. Ya vive demasiado: esta expresión se ha hecho pro­
verbial, según se asegura, en boca de-tales ateos. Aquel
hijo parricida ha^Gondenado á su $adre á morirde ham­
bre ¿y,esta; sentenciase cumplirá: ni la navaja niel pu­
ñal tocarán el cuerpo del anciano: bastará unau leve dosis
de opio para que pase sin estrépito del sueño á la muer­
te. Algunos'vecinos saben este horrible secreto y hablan
de.él sigilosamente: el jues de paz tiene noticia de él
y calla. El sol se lamenta de tener que alumbrar con
m luz á quél monstruo. El cura-de la: parroquia y
el prelado que la visita á su tiempo, están iniciados en
estos terribles misterios y serian calificados para contra­
decirme; mas no;lo harán. Si se me objeta que calum­
nio á la sociedad, respondo que la religión me absuelve
hasta dél pecado de maledicencia, porque por honra y
en beneGcio de aquella descubro la profundidad del abis­
mo en que se precipita el desgraciado pueblo que ha re­
pudiado los sentimientos religiosos.
Me crco obligado á publicar otra reflexión que an­
gustia mi pecho. Nuestros misioneros predican la palabra
del Evangelio en la Oceania y en las regiones salvajes;
y aquellos pueblos dóciles á la voz del sacerdote católico
abandonan la ferocidad de sus costumbres antropófagas
para elevarse á la sublime perfección de las virtudes
cristianas, cubren su desnudez y se hacen castos, sobrios»
templados y virtuosos en todos géneros: y las genera­
ciones enseñadas por la falsa sabiduría de nuestro siglo
se degradan, se corrompen y caen en esa barbarie tanto
mas antisocial, cuanto mas hábil y diestra es en combi­
nar el mal habiéndole enseñado la cultura de las artes y
las letras á prepararle con astucia y á veces con todas las
sutilezas y profundidad de la sabiduría humana. Que nos
hablen despues del movimiento intelectual hacia la reli­
gión y el bien moral* Esla proposición aplicada á los
hombres doctos, á la juventud que piensa y reflexiona,
á los propietarios y agricultores, á quienes enseña la ex­
periencia diaria que la labranza de los campos viene á ser
al cabo impracticable é inconciliable con la ciencia y fi­
losofía del pueblo .puede presentar algunos puntos de
vista respecto de los cuales sea cierta; pero la niego si
se considera con respecto al pueblo artesano y labrador
que posee la soberanía por el derecho de la fuerza y del
número , y digo que el supuesto impulso hácia el bien es
mas hácia atrás que hácia adelante', mas en derechura
hacia el vicio que hácia la virtud.

t. 45. 9
DOCUMENTOS JUSTIFICATIVOS
m ilL A ^ !IT ® S A & & S .1 Í3 Ü »
------- ------------------------

].
ALOCUCION DE NüESTHO SANTISIMO PADRE EL PAPA
GREGORIO XVI EN EL CONSISTORIO SECRETO DE
22 DE NOVIEMBRE DE 1839.

Venerables hermanos: Desde el principio de nuestro


pontificado nos obligaron las dilatadas calamidades de Eos
tiempos á anunciaros en este mismo lugar muchas tosas
graves y dolórosas; pero lo que ahora leñemos que comu­
nicaros en medio do la aflicción y lulo de ¡a iglesia, es
de tal naturaleza* que excede con mucho á la amargura
de los males que habíamos llorado hasta aquí.
Ninguno de vosotros ignora que los obispos rusos
y toda aquella ilustre nación que despues de haber reci­
bido la unidad católica con la fé cristiana se había sepa­
rado desgraciadamente de ella, y seguía el deplorable cis-
ma de los griegos conservando el uso de su idioma ordi-r
nario y el rito griego, pensó mas de una vez con el
auxilio de la divina gracia en reconciliarse con la iglesia
romana de un modo sincero y durable. Asi primeramen­
te en el concilio general de Florencia el arzobispo de
Kiow, metropolitano de toda la Rusia, suscribió con los
griegos el célebre decreto de unión, y aunque la cosa se
frustró poco despues á causa de las turbulencias que se
originaban y por los esfuerzos contrarios de los que re­
beldes á la luz se adherían mas obstinadamente al cisma,
sin embargo nunca cesaron los obispos de dirigir sus mi­
ras al mismo objeto, y por fin amaneció el dichoso dia
cd que Dios ostentó su miseridordia y fue dado 6 la na-
cion rusa entrar de nuevo en el gremio de la madre á
quien habia abandonado, y volver á !a ciudad santa fun­
dada por el A.ltisimo, en la cual solamente puede en­
contrarse la salvación.
En efecto á fines del siglo X V I los obispos rusos que
estaban sujetos ó !a dominación civil del piadoso Sigis­
mundo 1IÍ, rey de Polonia y gran duque de Lituania,
acordándose de la concordia que habia existido antigua­
mente entre las iglesias de Oriente'y Occidente y que sus
antecesores habían mantenido con cuidado bajo el gobier­
no de la santa sede, sin ser competidos por la violencia ó
engañados con artificios, sin dejarse llevar por inconside­
ración ni seducir de ventajas temporales» sino ilustrados
solamente por la luz de arriba y cediendo al conocimien­
to solo de la verdad ( excitados en fin por el único deseo
de su salvación y de la de las ovejas que les estaban en­
comendadas , despues de haber deliberado sobre es(e ne­
gocio importante en una reunión común enviaron dos
cólegas suyos en nombre de todo el clero y pueblo, y
abjurados los errores de los cismáticos pidieron entrar
de nuevo en sociedad con la iglesia romana y ser resta­
blecidos en la antigua unidad con ella.
Varias constituciones apostóticas atestiguan con qué
caridad los recibió nuestro predecesor Clemente V III, de
santa memoria, en medio de los aplausos del universo
católico, qué solicitud mostró para con ellos la santa se­
de, con qué prudente indulgencia los trató, y cuánto los
auxilió en todas maneras. Por dichas constituciones se
otorgaron gracias particulares y grandes beneficios á
aquella nación : se dejaron á su clero los ritos sagrados
que tenia por sus relaciones con la iglesia de Oriente; y
se fundaron en muchos lugares y sobre todo en Yilna, 6
bien se sostuvieron con auxilios anuales, algunos colegios
para educar los clérigos déla nación rusa en la santidad
de la fé y las costumbres. Sin duda fue triste que esta
unión tan dichosamente restablecida de los rusos con la
iglesia romana estuviese expuesta en los tiempos sucesi­
vo» á funestas alteraciones; pero siempre quedó motivo
par* alegrarse de que ta mayor parte de ellos, guia­
dos en especial por la constancia de los obispos, se
mostrasen tan firmemente adictos á la santa sede y tan
unidos al centro de unidad, que é pesar de los errores
de una vana filosofía introducidos el siglo último en aque­
llos países y á pesar de las opiniones falsas y perversas
no se desliaron de la integridad de la doctrina y de la fé
católica.
Mas [ ó mudansa fata11 jO calamidades que no pue­
den llorarse bastante por los rusos I Los que se les ha­
bían dado como padres y pastores y debían ser maestros
y guias por permanecer unidos con los lazos mas estre­
chos al cuerpo de Jesucristo, que es ta iglesia , esos han
sido los autores de una nueva apoetasía para desgracia
de la nación. Ye aquí, venerables hermanos, lo que nos
tiene angustiados: ve aquí lo que aumenta ¡as amargu­
ras que por todas partes nos cercan, y lo que mas bien
requiere lágrimas que palabras. Confesamos qu§ al prin­
cipio no podíamos dar crédito á todo cuanto contaba la
voz pública sobre este triste acontecimiento: pensábamos
en la gran distanciado Jos lugares y la suma dificultad
que teníamos de comunicar con tos católicos de aquellos
paises. Por eso hemos diferido hasta aquí el levantar la
voz y lamentarnos en proporcion de la magnitud del mal.
Mas habiéndose recibido despues noticias ciertas y ha­
biendo anunciado formalmente los diarios la cosa, es por
desgracia tan incontestable congo doloroso que muchos
obispos rusos unidos de la Lituania y de la Husia blanca
con parle del clero y pueblo que ies está encomendado,
han abandonado la comunion de la iglesia romana de
donde procede ta unidad deí sacerdocio, y se han pasado
al campo de los cismáticos. lia sido tal su conducta en este
inicuo designio, que introdujeron primero por fraude en
la celebración de los oficios unos libros que tcnian.de los
griegos rusos, y arreglaron casi todo el culto público á los
usos de estos, á fin de que el pueblo ignorante cayese co­
mo á pesar suyo en el cisma por la semejanza del rito
que insensiblemente se introducía. Por último de orden
suya fueron convocados muchas veces loa curas y se tes pa­
saron cartas circulares, en donde entre impudentes fala­
cias se mandaba que lodos prestasen adhesión á la iglesia
griega rusa según la fórmula presentada, advirtiendo al
mismo tiempo que los que se resistieran perderán en el
acto sus beneficios parroquiales y serian acusados ante la
autoridad superior, asi como los demas clérigos que si­
guiesen su ejemplo.
Finalmente despues de haber empleado otros medios
han llegado á tul punto de perversidad , que no se han
avergonzado de declarar en pública su intención de unir­
se á la iglesia griega rusa, pidiendo á nombre de su re­
bano la licencia imperial pora este objeto. El efecto ha
correspondido á sus deseos t porque preparado todo y san­
cionado por el sínodo cismático que reside en Péters-
burgo, se ha decretado y celebrado con solemnidad la
agregación de los obispos, clero y pueblo de Rusia, que
hasta entonces habían estado unidos á la iglesia romana,
á la griega rusa. Seria demasiado penoso para nos contar
aquí lo que hacia prever de mucho tiempo atras tan
triste resultado,?y por qué sugestiones se han precipita
do aquellos pastores degenerados en ese abismo de mali­
cia y perdición. AI ver su fatal caida no puede menos
de decirse con la Escritura: Los juicios de Días son un
abismo profundo.
Bien veis, venerables hermanos, por esta cruel he­
rida hecha á la iglesia católica cuál es la situación de
nuestro ánimo y nuestro hondo y amargo dolor. Llora­
mos de lo íntimo de nuestro corazon tantas almas res7
eatadas con la sangre del Salvador, corren riesgo de su
salud eterna. Lloramos que unos obispos cobardes ha­
yan faltado abiertamente á la fidelidad antes prometi­
da ñ la iglesia romana. Lloramos que hayan envileci­
do tan tristemente el caracter sagrado de que esta­
ban revestidos por la autoridad de esta silla apostólica,
Pero también estamos en una gran congoja por aque­
llos queridos hijos que en la misma nación no han podi­
do ser engañados con artificios, ni amedrentados con
araenazas, ni seducidos con el ejemplo, y han perseve­
rado con firmeza en los víneulos de la comunion católi­
ca: porque no puede desconocerse qué graves males re­
sultan para ellos de la apostasfa de los demás, y cuánto
tendrán que sufrir por su constancia en ta santa uni­
dad. i Ojalá que pudiéramos consolarlos de cerca con
exhortaciones paternales y concederles algunas gracias
espirituales para confirmarlos!
Sin embargo teniendo presente nuestro deber, y pen­
sando que se nos ha dicho desde arriba como antigua­
mente al profeta: Clama, no calles, levanta la voz conno
una trompreía, anuncia á mi pueblo y á la casa de Ja ­
cob sus pecados; desde esta cátedra apostólica nos lamen­
tamos incesantemente de la aposíasía de los rusos y en
especial de los obispos, y reprobamos con energía la in^*
juria que su atentado ha hecho á la iglesia católica. Mas
como ocupamos en la tierra el lugar de aquel que es rico
m misericordia y tiene pensamientos de paz y no de aflic­
ción , y también tino á buscar y salvar lo que perecía¡
lejos de despojarnos para con ellos de la caridad apos­
tólica advertimos cuidadosamente á todos y cada uno
que piensen de dónde han cuido y en qué terribles penas
han incurrido, según los agrados cánones: que vean á
dónde van temerariamente olvidándose de su salud eter­
na: que teman at príncipe de los pastores que íes pedi­
rá la sangre de las ovejas perdidas; y que movidos para
su bien de la expectación del juicio terrible vuelvan al
camino de la justicia y la verdad de que se desviaron,
y traigan consigo el rebaño tan desgraciamente disperso.
Ademas no podemos ocultar, venerables hermanos,
que la causa de nuestro dolor sobre la situación del ca­
tolicismo en el vasto imperio de Rusia se extiende mu­
cho mas allá, Sabémos cuánto tiempo há que nuestra
santa, religión está allí oprimida y angustiada. Cierta­
mente no hemos dejado de aplicar todo el conato de
nuestra pastoral solicitud en aliviar aquellos males, y
no omitiremos en lo sucesivo ninguna diligencia para con
el poderoso emperador, esperando todavía que en su rec­
titud y elevado juicio reciba con bondad nuestros deseos
y peticiones. Para alcanzar este Gn acerquémonos con
confianza al trono de la gracia suplicando todos juntos
al padre de las misericordias y Dios de tódo consudo
que mire bondadoso su heredad, consuele con auxilio
oportuno á la iglesia su esposa que llora amargamente
la pérdida de sus hijos, y conceda en su clemencia una
serenidad mucho tiempo deseada en medio de tantas ad­
versidades.

I í . — O b serv a c io n es c r it ic a s s o b r e e l a r t ic u lo
RELATIVO A LA RUSIA, INSERTO EN EL DIARIO
I)E FRANCFORT EL 22 DE ABRIL DE 1839 (I).

Razón tenia Aristóteles de decir que es menester


precaverse contra los que quieren referir hechos muy
remotos ó muy modernos, porque en ambos casos es
igualmente teraibte el riesgo de incurrir en falsedades.
En efecto suele suceder que los documentos de la anti­
güedad son contradictorios entre sí, ó el autor carece to­
talmente de ellos; y cuando entra en los tiempos mo­
dernos» la experiencia prueba que unas veces le falta la
facultad y otras la voluntad de decir la verdad completa.
Este último peligro es de temer en especial cuando re­
caen )as observaciones sobre la conducta de los gobier­
nos.'Tenemos un ejemplo muy reciente en el artículo re­
lativo á la Rusia inserto en el Diario de Francfort el 22
de abril de 1839. En él se ha intentado hacer la apolo­
gía de la conducta que hoy observa el gobierno ruso
con los católicos, y para eso subiendo hasta la época en
que fue introducida en Rusia la religión cristiana, se to­
can de paso solamente algunos hechos que parecen im­
portantes para el objeto del articulo, y al punto se lle­
ga á los tiempos actuales. Pues este articulo está atesta-

(1) Habiéndose hecho de prisa esta traducción del ori­


ginal italiano, se ha debido preferir una escrupulosa exac­
titud á la elegancia del lenguaje- (IV. del A.)
do de falsedades de un cabo á otro ya en lo que mira á
lo pasado» ya por lo que toca á !o presente; y las ob­
servaciones críticas que tratamos de hacer, probarán
cuán verdadera es esta-aserción. Declaramos al lector
que nuestro deseo es que no dé una fé ciega á nuestras
palabras, sino que se fije en los monumentos de la antigüe­
dad en que nos fundaremos, y en la serie de documen-
tos públicos y de hechos ciertos y notorios de nuestra
edad que analizaremos.
Estando obligados á examinar el artículo en sus prin­
cipales partes tendremos que dar varios fragmentos
sueltos de él para hacer nuestras observaciones particu­
lares sobre cada uno ; y como pudieran ocurrir dudas á
algunos sobre la exactitud del sentido que damos noso­
tros al cuerpo del artículo, miramos como un deber co­
piarle íntegro para quitar toda incerlidumbre.
«Francfort 22 de abril, de 1839.-^ Pe las fronteras
«rusas nos escriben lo siguiente: Prepárase en Rusia un
«acontecimiento digno de atención; pero no es una de
«esas crisis como tas que conmueven á otros muchos es-
atados europeos y como se complacen en pronosticarlo
«ó mas bien quisieran verlo los enemigos de nuestro go­
bierno; por el contrario es un hecho que prueba cuán-
»to propende á la concordia el espíritu de los pueblos en
«este pais que los ignorantes llaman bárbaro El hecho es
»la reunión definitiva de la iglesia griega unida á la igle-
«sia greco-rusa, que han solicitado la mayor parte del
»clero y de los pueblos.
»La iglesia llamada griega unida empezó á estable­
cerse con gran sentimiento de los pueblos especial* y
«casi exclusivamente en las provincias occidentales, asi
«como en la Rusia pequeña perteneciente en otro tiempo
ȇ la Polonia, por los esfuerzos del clero superior de
»Kiew y de la curia romana ayudados de la pujanza de los
»reyes polacos;, sin embargo no llegó á separarse total -
«mente de la iglesia nacional, ni pudo penetrar jamas en
»ei corazon del imperio. Aquí se conservó siempre el
«cristianismo según le habían recibido nuestros antepa-
«sados deWladimiro el Grande, á pesar de todas las vi­
cisitudes que ha sufrido la Rusia y en medio de la san­
grienta época de la dominación tártara que conmovió
«el trono y asoló ia nación.
«La segunda tentativa ocurrió en el siglo X V I. El
»papa Gregorio X I I I envió á Rusia al padre Possevin,
«jesuíta sagaz, para negociar una reunión mas vasta
»y estrecha de la iglesia griega con la romana. Malogra­
b a su comision en Moscow y otras muchas ciudades po~
«pulosas del imperio marchó hácia la Lituania, la cual
«habiendo caido bajo la dominación de unos soberanos
«que profesaban con zelo la religión católica, no podia
«casi resistir á la introducción de un culto extraño.
»En efecto ayudado el jesuíta por el clero latino
«logró atraer á su partido el clero superior de Kiew,
«y pocos años despues, es decir, en el de 1595 casi que-
»dó consumada la obra de la reunión por el metropoli-
«taño Miguel Rogoza que convocó todos los obispos de
«su dependencia é Kiew, donde por fin se decidió la
«unión de la iglesia griega con la romana. Entonces pa­
usaron dos obispos á Roma para llevar esta noticia al
«papa Clemente V I I I , y se firmó un convenio , por el
«cual solamente se obligaban los obispos greco-rusos á
«reconocer el concilio de Florencia y la supremacía del
«pontífice romano; pero sin alterar en nada la enseñan-
»za religiosa, ni las ceremonias del culto griego, tales
«como el idioma de la liturgia ele., innovación que nadie
«se atrevía á tentar entonces porque se hubiera estrella-
«do en la adhesión que siempre han tenido los rusos al
«culto de sus padres como lo atestigua la historia, y que
»por mucho tiempo fue un obstáculo para este nuevo
«orden de cosas. Asi es que solo cuando el clero latino
«auxiliado por la potestad secular hubo extendido su
«influencia á todas las provincias del gran ducado de
«Lituania, se logró empleando las amenazas y hasta
«la fuerza introducir algunas ceremonias del culto latino
«en la iglesia griega unida. Aun asi no pudieron estos
«medios producir jamas una reunión sincera é Intima
«entre las dos iglesias, y en el año 1653 los griegos uni-
«dos de ia Rusia pequeña no pudienda sufrir la domina-
«cion de un culto extraño se separaron enteramente de
»la unión, prestaron su sumisión espontanea al zar Ale-
»jo Michailovitch, y volvieron á entrar en el gremio de
»la iglesia greco-rusa.
«Por último despues que las provincias occidentales
«se restituyeron al imperio, muchos individuos y aun
wlugares enteros abandonaron sucesivamente la unión
«para volver á la iglesia nocional.
«Asi que el tiempo solo sin ninguna coaccion por
«parte de la potestad secular produjo poco á poco la di-
«solucion de un pacto que sin duda carecía de sólidos
«fundamentos.
«Finalmente la conducta tan poco compatible con
«los preceptos del cristianismo que ha observado el clero
«polaco durante las últimas turbaciones del reino, ha aca-
»bado de desacreditar la unión á los ojos de los mismos
«griegos unidos que en el alma perseveraron siempre
«adictos á la Rusia. En efecto volvieron é millares á la
«iglesia griega, y hoy solicitan en cuerpo la merced de
»ser restituidos á aquel culto antiguo q.ue aman como
»una prenda de salvación y una herencia sagrada recibi­
d a de sus antepasados.»
Entremos ahora á examinar este artículo. Despues
de un breve exordio se trata de explicar cuándo y cómo
se estableció la iglesia griega unida en algunas partes
del imperio ruso y se dice: «La iglesia llamada grie-
»ga unida empezó á establecerse con gran sentimiento
»de los pueblos especial y casi exclusivamente en las
«provincias occidentales, asi como en la Rusia pequeña
«perteneciente en otro tiempo á la Polonia, por los es-
«fuerzo» del clero superior de Kiew y de la curia ro-
«mana ayudados de ia pujanza de los reyes polacos; pe-
uro sin llegar á separarse totalmente de la iglesia na-
«cional, ni poder penetrar jamas en ei corazón del
«imperio. Aquí se conservó, siempre el cristianismo se-
«gun le habían recibido- nuestros antepasados de Wla-
»diroiro el Grande.» Todo este trozo cae por su propio
peso, como que se funda en un hecho supuesto. Acaba
de decirse que lo iglesia griega unida, la cu¡>1 reconoce
la supremacía del pontífice romano, empezó á estable­
cerse en Rusia mucho despues del siglo de Wlüdimiro,
bajo cuyo reinado se habia hecho cristiana toda aquella
nación; y para eso se habla de separación de la iglesia
nacional y se nombran las provincias occidentales y la
Rusia pequeña. Con respecto á lo división del imperio
ruso (usando aquí de una expresión introducida bajo
Pedro el Grande) solamente advertiremos que Kiew,
ciudad principal de la Rusia pequeña, era en tiempo de
Wladimiro la capital de todas los Rusias; y cuando cesó
de serlo (que aconteció poco después de mediado el si­
glo X II) , no formó inmediatamente parte del reino de
Polonia. Mas para retrasar el origen dts In iglesia griega
unida se afirma en el artículo que el cristianismo se-con»
servó siempre en el centro de la Rusia según se recibie­
ra de Wkdimiro. Suponese pues que bajo el reinado de
este y en tos tiempos inmediatos la nación rusa, aunque
cristiana , no estaba unida y sometida á la iglesia roma­
na; mas esto es falso. No queremos quitar á los griegos
la gloria de haber sido los primeros predicadores de la
fé en Rusia bajo el reinado de Wladimiro; pero enton­
ces habia una unión perfecta entre ta iglesia griega y
latina y no existía ningún cisma. Los rusos fueron con­
vertidos ó la religión de Cristo unos años tintes del
de 1000 y 'Wladimiro murió en el de 1015: el cisma
de los griegos habia cesado á ío menos desde el de 886
(despues que Focio fue depuesto por segunda vez de la
silla de Constantinopla), y no se rpnovó hasta 1053 por
instigar,ion de Miguel Gerulario. Esta verdad se ha pro­
bado con documentos auténticos en la disertación de los
Bolandistas de conversione el fide TMísorum al principio
del segundo tomo de septiembre, y con mas extensión
todavía en otra disertación impresa en Roma el año 1826
ba jo este título: De origine christiance religtonis in Rus-
Pues si los rusos fueron convertidos á la fé por los
griegos mientras la iglesia griega estaba unida á la la­
tina/¿quién no ve que la nación rusa vino á formar
parle de esta misma unión? Ademas es sabido que antes
de la muerte de Wladimiro fueron también algunos la­
tinos á Rusia á ayudar á los griegos, tanto que la con­
versión de todo el imperio se atribuyó igualmente á los
unos y á ios otros, como se ve en muchas crónicas an­
tiguas y por loa testimonios de Dicmaro, obispo de
Mersburgo, de Ademaro, monje de Angulema, y de
6an Pedro Da miaño, cardenal y obispo de Ostia , los tres
coetáneos de Wladimiro. Estos documentos se citan y
examinan en la susodicha disertación de Roma.
Muerto Wladimiro la unión de la Rusia con la igle­
sia latina no se rompió, sino que se confirmó y estrechó
mas íntimamente. Izaslaa( llamado Demetrio en el bau­
tismo), nieto de Wladimiro y su tercer sucesor , quiso
que la nación rusa se pusiese bajo la protección de la
santa sede para que la protegiera Dios por Jo intercesión
del príncipe de los apóstoles, y llevó á cabo stu piadoso
intento enviando á Roma su propio hijo, á fin de que
hiciera homenaje de sus estados como donacion ó san
Pedro despues de prestar juramento de fidelidad al santo
apóstol en manos del sumo pontífice Gregorio V II en­
tonces reinante. A vista de. un hecho tan claro es excu­
sada toda reflexión; y en vano se alegan aquí los artifi­
cios de la curia romana, porque este viaje fue entera­
mente espontaneo por parte del padre y del hijo, como
lo muestra la respuesta de san Gregorio á Izaslao ó De­
metrio fecha 17 de abril de 1075. Esta carta se halla
en los Anales de Baronio al año 1075, números 27 y
siguientes. Karamsin, escritor moderno y ruso cismático,
cita algunos pasajes de esta carta en el capítulo cuarto
de su Historia del imperio ruso, dedicada al emperador
Alejandro I y traducida ya en lengua francesa. Los rusos
mostraron una unión tan perfecta con los latinos, que
hasta pareció que no querían pertenecer ya á la iglesia
griega. El autor á quien acabamos de: citar con elo^
gio, hablando en' el capítulo V del tomo 2.° de la
fiesta instituida por Urbano I I (elevado al solio pontifi­
cio en 1088) en memoria de la traslación de las reli­
quias de san Nicolás ó la ciudad de.Barí confiesa inge­
nuamente que esla fiesta, aunque desechada por los
griegos t no dejó por eso de admitirse en Rusia; lo cual
prueba t añade, que teníamos. entonces relaciones de
amistad con Boma. Dicese que estas relaciones se man­
tuvieron con gran sentimiento de los pueblos; mas enton­
ces falla explicar cómo los rusos profesaron á pesar su­
yo y profesan todavía suma devocion á san Nicolás.
Pasemos en silencio otras muchas pruebas* porque las
acotadas hasta aquí, aunque pocas, bastan para demos­
trar que los rusos al nacer el cristianismo bajo el impe­
rio de Wladimiro nacieron también y se mantuvieron
algún tiempo en la unión con los latinos y en la sumisión
á la suprema autoridad de la iglesia romana.
De ubí procede que la iglesia griega unida venera
aun como santos á Wladimiro y su mujer Olga, llama­
da Helena en el bautismo, la cual se habia consagrado
anteriormente con ardiente zelo á la conversión de los
rusos (En esta parte pueden consultarse entre otras obras
los tomo9 cuarto y quinto de los Calendaría ecclesim wn¿-
twrscB-de Assema'ni).
La sania sede aprobó también el culto de Wladi-
rniro, como lo atestigua Septinio Costanzi, escritor ro­
mano, quien en la obra publicada el ano 1807 bajo el
título de Opwsctíía ad revocandos ad S. matrem catho-
licam apostolicam eedmam dissidenies gmeos el ru~
thmnos ¿fe. asegura en la página 5 del tomo 3.° que
al S. Wladimiro tribmlur sanctorum cultus concessít
apostólica sedes. También es celebérrimo en Rusia el cul­
to de Bovis y Glcb , ambos hijos de Wladimiro, que re­
cibieron en el bautismo los nombres de Román y David.
E l sínodo provincial de Zamosc prescribió á los griegos
unidos de la Lituania la obligación de celebrar dos veces
al año la fiesta de esloa santos, según se lee en el tí­
tulo X V I De jejuniis et festis: los decretos de dicho
sínodo congregado en 1720 bajo la presidencia de mon­
señor Grlmaldi, nuncio apostólico y legado a latere,
fueron confirmados por la santidad de Benedicto X I I Í
en breve de 19 de julio de 1724.
El artículo que vamos examinando, sienta despues
que la segunda tentativa ocurrió en el siglo X V I y que
fue de está manera: «El papa Gregorio X l l l envió á
«Rusia al P*. Possevirt, jesuíta sagaz * para negociar una
»reunión, mas vasta y estrecha de bi iglesia griega coa
fcla romana.)! Los documentos y papeles de la legación
del P. Possevin se imprimieron inmediatamente bajo el
título de Añlonii Pos&evini, ¡¡ocietülis Jesu, Moscovia;
y descubren que el motivo principal de esta legación fue
la paz entre Polonia y Rusia, habiendo implorado el
monarca ruro la mediación de Gregorio X III. Ademas
no puede decirse que esta fue la segunda tentativa de la
santa sede, porque los sumos pontífices antecesores de
Gregorio X I I I no dejaron de aprovechar todas las oca­
siones para reunir los rusos á la suprema cátedra de
Pedro, como puede verse en la Continuación de los ana-
les de Baronio por Rnímildi y en la ya citada obra de
Karamsin. Nadie ignora lo que había hecho Eugenio IV
en el concilio de Florencia para traer al gremio de la
verdadera iglesia no soto ios griegos, sino los rusos,
respecto de los cuales dió instrucciones y facultades
é Isidoro, metropolitano de todas las Rusias, que había
asistido á dicho concilio y suscrito el decreto de unión
de acuerdo con los griegos. Esta gran solicitud de los
sumos pontífices no debe atribuirse á su ambición, sino
á su ielo, porque su ministerio los obliga á procurar la
salud de las almas, y para alcanzarla es preciso que se
reúna á la iglesia romana por su primado toda la iglesia,
es decir, todos los fieles de todas partes: Ad eam
propter potiorem principalitatem necesse est omnem
convenire ecclesiam, hoc est, eos, qui sunt undique ¡ide-
íes, como dice san Ireneo, de origen griego y discípulo
de san Polícarpo, que fue uno de los mas célebres obis­
pos griegos y de los padres apostólicos. Los mismos mo­
narcas rusos aparentaron muchas veces desear la uuion
antes del pontificado de Gregorio X I I I , á cuyo propó­
sito bastará T eco rd ar las embajadas enviadas con este
fin á Julio I I I en el siglo X V I y á Sixto IV en el ante­
rior. Hallunse (os documentos auténticos de esto en Raí-
naldi al año 1553, número 40, y al año 1472, nú­
mero 48,
Gontinunndo el articulista dice que el padre Pos-
sevin ttdespuea de malograda su comision en Moscow y
«otras muchas ciudades populosas deí imperio marchó
»bácia la Lituania, la cual habiendo caido bajo la do-
»ininacion de unos soberanos que profesaban con zeio
»la religión católico, no podio casi resistir á la intro-
«duecion de un culto extraño.» Ciertamente no era ex­
traño este culto para la Lituania, que desechando sitó
antiguos errores se habia sometido á la iglesia romana,
según dice Godoco, uno de los historiadores mas anti­
guos de aquel pais. Y esto es tan cierto, que como se sabe
de Cromer esLe soberano envió una embajada al papa
Urbano V I y prometió estar sumiso á sus palabras a
ejemplo de los reyes cristianos. Para que permaneciese
firme é inalterable la profesión de la religión católica en
Lituunia prohibió Jagelon entre otras cosas los matri­
monios entre rusos y católicos, á no ser que el contra­
yente ruso fuese el hombre , ó la mujer pasara de sus
filas á las nuestras, es decir, del campo de los griegos
al de los latinos, como lo atestigua Damalevicio. Rainal-
di trae los testimonios de los tres autores citados al
año 1587, número 15- A pesar de las precauciones
tomadas por Uladislao Jagelon se introdujo progresi­
vamente el rito griego y con él e) cisma en algunas par­
tes de la Lituania; pero no se aguardó al P. Possevin
para convertir los cismáticos á la unidad católica. Cerca
de un siglo antes el duque Alejandro de Lituania, cató­
lico zelosisimo, se habia empeñado ya en esta empresa
y lievadola ó feliz término. Sobre este particular
puede consultarse la obra dos veces citada de Ka-
rarmin, capítulo V del tomo 6» y la de Rainaldi al
año 1501, donde da también eo el número 38 una bula
de Alejandro V I expedido en 3 de agosto del mismo
año para resolver algunas cuestiones relativas al rilo
griego, cuyo uso permitía despues de la reunión. En
cuanto al P. Possevin ai trató de esta despues de ajusta­
das las paces entre la Polonia y la Rusia, no se dirigie­
ron tanto sus afanes respecto de la Lituania, católica ya
y sometida entonces oí rey católico de Polonia, como
respecto de la Rusia, acerca de la cual tuvo conferencias
con el monarca y los senadores de la nación. S i se ma­
logró su comisión por lo tocante á la reunión, alcanzó á
lo menos una cédula, en virtud de la cual se concedía
el libre ejercicio de su religión á los comerciantes cató­
licos y á los sacerdotes que se estableciesen con ellos en
Rusia, y el mismo ejercicio y libre tránsito para los
enviados de la santa sede al Asía. Por estas concesiones
y el honorífico recibimiento del P, PosseYÍn escribió
Gregorio X l l l una curta de gracias al emperador de
Rusia en 1.° de octubre de 1582. Esle es el último do­
cumento copiado en la Moscovia de aquel jesuíta.
Háblase despues en el artículo de los efectos que
produjo la legación del P. Possevin luego que este
se partió, y se dice que la obra de la reunión fue casi
consumada en 1595 por el metropolitano Miguel Ro-
goza, quien convocó á todas los obispos de su depen­
dencia en Kiew, donde por fin se decidió la unión de
la iglesia griega con la romana. Ademas se hace menciou
de tos dos obispos enviados en embajada á Clemente V I I I
paua que este papa confirmase la unión decretada en el
sínodo. Es fcierto que se tuvo el sínodo en el año an­
terior, pues que el decreto lleva la fecha del 2 de di­
ciembre de 1594. Omitiendo examinar si fue en Kiew
ó en Bresta como dicen otros, y si se congregaron en­
tonces uno ó varios sínodos, es cierto que los obispos
del rito griego se reunieron algunas veces á los del rito
latino. Entre todos los historiadores Possevin trató con
mucha extensión esta materia en su obra Apparatus sa-
cer, tomo I I I , voz rutkeni; y Baronio, contemporáneo
de estos acontecí míenlos, insertó una relación'de ellos
en el tomo IV de sus Anales, hoy X de ía edición
de Luca. Este cardenal da hasta la fórmula de la
profesión de. fé que hicieron los dos obisjpos á nombre
del sínodo delante de Clemente V I I I : por ella se some­
tían no solamente á reconocer el concilio de Florencia
y la supremacía del pontífice romano, como dice el
artículo, sino también á otras muchas decisiones. Mas
suponiendo qüe la profesión se redujese á estos dos ob­
jetos, ¿cómo puede defenderse que loa obispos se obli­
garon ó cumplirla sin alterar en nada la enseñanza
religiosa!
E l autor del artículo hace también la reflexión si­
guiente respecto de la unión: «Asi solo cuando el clero
«latino, auxiliado por la potestad secular, hubo ex­
pendido su influencia á todas las provincias del grao
«lineado de Lituania, se logró empleando las amena-
»zas y hasta la fuerza introducir algunas ceremonias del
«culto latino en la iglesia griega unida.» Estas últimas
palabras ponen nuevamente al articulista en contradic­
ción consigo mismo, pues un poco antes dice que la
unión-se hizo sin alterar $n nada la enseñanza reli­
giosa , ni las ceremonias del culto griego, tales como la
lengua de la liturgia etc. Mas en breve hablaremos de
la diversidad de los ritos. Por ahora fijándonos en las
expresiones amenazas y fuerza debemos notar que las
cosas sucedieron precisamente al revés. Tomáronse las
armas en efecto; pero fueron los cismáticos quienes
las tomaron, al paso que los católicos si no lograron ga­
nar las almas de aquellos, á lo menos aplacaron su furor
sin emplear la fuerza y con solas las armas de la man­
sedumbre y la bondad. Possevin en la obra ya citada
trae una relación individua) de todo esto.
Es tan falso que se empleasen amenazas y violen­
cias para efectuar la unión, que los mismos obispos de­
claran paladinamente en la carta escrita á Clemen­
te V I I I haberse determinado á la sumisión á la santa
sede por la gran libertad de que gozaban bajo el go­
bierno del rey de Polonia: In his parlibus, decían,
T* 10
sub dominio sereníssimi Poloniw el Sueckc regis el ma~
gni ducis iMhuantai consliluli sumus, liberisque nolis
propterea esse licet. Y en el decreto dado' por el sínodo
habían expresado yá con qué solicitud y buena volun­
tad se reunían á lá silla apostólica, y cuánto habían de­
seado esta unión asi ellos como sus predecesores: Licet
hac ipsa de re nos pmdecesoresquc nostri meditad fue-
rint idque tentaverint. El decreto y la carta se hallan en
la ya citada'relación de Baronio. Conviene observar
como Karamsin despues de haber sentado también ea
el capítulo 4 del tomo X que en Lituania se forza­
ba á los cristianos de la iglesia de Oriente á hacerse
papistas; á lo que contribuían ¡os esfuerzos del papa y
la voluntad del rey t las seducciones y amenazas; pre­
valeciendo en su corazón el amor á la verdad confiesa
que ellos, es decir, el papa y el-rey, no amenazaban
con violencia y pcrsecuciun; y queriendo explicar en
qué consistían las amenazas y la violencia, se expresa
asi: «Sin embargo al alabar la dicha que resultaba de
»!a uniformidad de religión en un estado, traían ó la
» memoria los disgustos que experimentó el clero en
«Lituania cuando desechó, elflecreto del concilio de Flo­
rencia.» Luego se trató entonces no de violentar, sino
de desengañar á los cismáticos.
Por lo que toca á la diversidad de ios ritos se lee en
el artículo que Clemente V IH no alteró nada, porque
hubiera sido una innovación que nadie se atrevía á
tentar entonces, pues se hubiese estrellado en la adhesión
qm han tenido siempre los rusos al culto de sus p a­
dres, como lo atestigua la historia, y que fue por mu­
cho tiempo un obstáculo para el nuevo orden de cosas.
Mas lo que resulta realmente de los monumentos his­
tóricos es que la iglesia latina no pensó jamas en abolir
el rito griego; antes bien se dedicó siempre, en cuanto
le era permitido, á su conservación y fiel observancia
entre los griegos* Asi habla el inmortal pontífice Be-,
Hedido X IV en la constitución 43, tomo 3 de su
Bularlo, que empieza Imposito nobis. El sabio papa
prueba por infinitos hechos escogidos en todos tiem­
pos la verdad de estas proposiciones y especialmen­
te en la constitución 47 del tomo 4, que empieza
Allatce sunt\ porque trató tnuchus veces de esta cues­
tión .histórica. Ademas todo el mundo sabe que en
Roma misma, capital del cristianismo, á lu vista de
los sumos pontífices, y por orden de ellos cada sa­
cerdote celebra el oficio divino y las ceremonias sagra­
das en el rito católico de su propia nación. ¥ no se
crea que es reciente en Soma esta costumbre, porque
siempre ha estado en práctica el uso de los diferentes
ritos. Por eso en el siglo X I cuando se eupo que Miguel
Cerulario, patriarca de Constanlínopla, y León, obis­
po de Acrida, habían mandado cerrar las iglesias lati­
nas existentes entre los griegos, les escribió'asi ei san­
to pontífice León IX ; «Yed cuánto mas benigna, dig­
iérela y moderada que vosotros es en este punto laigle-
»s¡a romano. En Roma y sus cercanías hay muchos
«monasterios é iglesias griegas, y ninguno ha sido tur-
«bado jumas en su tradición ó costumbre; antes bien
«se los persuade y exhorta á que las sigan (párra­
fo 9),» Benedicto X IV en la constitución Allalce &untt
párrafo 14, para defender á Clemente V III de la acu­
sación que no es nueva, de haber querido alterar los
ritos de los rusos cuando se reunieron á la santa se­
de, cita un breve de Paulo V , feclia 10 de diciembre
de 3615, en el que declara el pontífice é propósito de
los i iLos del clero ruso que no ha sido ni es la intención*
espíritu y voluntad de ta iglesia romana destruirlos y
reprimirlos, y que no se ha podido jamas ni se puede
decirlo ó pensarlo. Y no se'sospeche que Paulo V dijo
estas palabras por desvanecer los rumores divulgados
en Rusia mas que por explicar el pensamiento de su
predecesor, porque se funda en la declaración de la
bula de Clemente V I I I de 23 de diciembre de 1595,
al fin de la cual habia hablado expresamente de la ob­
servancia de los ritos. La bula y el breve se hallan en
el Bulario romano impreso por Mainardi. Asi es un
gran error suponer que Clemente V I I I tuvo la inten­
ción de forzar ó los rusos á cambiar su rito nacional, y
también lo es presentar la diversidad de estos como un
obstáculo para la reunión de las iglesias griega y latina;
Despues de los cargos de amenazas y violencias im­
putados falsamente á los católicos continúa asi el artí­
culo: «Estos medios no pudieron producir jamas una
«reunión íntima y sincera entre las dos iglesias, y en
»el año 1653 los griegos unidos de la Rusia pequeña,
»no pudiendo sufrir la dominación de un culto extraño,
j>se separaron enteramente de la unión, prestaron su su-
misión espontanea al zar Alejo Michailowitch y vol­
vieron á entrar ón el gremio déla iglesia greco-rusa.»
Los griegos unidos de quienes aquí se habla, no son
otros que los cosacos de la Rusia pequeña, que muchos
años antes se habían rebelado contra su soberano el rey
de Polonia.
En cuanto á la religión se logró en 1622 resucitar
el cisma en Kiew consagrando un nuevo metropolitano
y otros obispos cismáticos, los cuales hicieron despues
cruda guerra á los católicos en tales términos que mu­
chos fueron desterrados á diferentes lugares y separa­
dos de sus iglesias i y otros perecieron eú crueles tor­
mentos como el beato Josafal, arzobispo de Vifepshr*
que murió mártir por la santa verdad, según dice
Kulczynski en lá obra intitulada Specimen ecclesicé ru-
theniccB, página 120. En el año 1624 ocurrió el mar­
tirio del beato Josafat, de .quien habla muchas veces
Benedicto X I V en su libró be la beatificación de los
siervos de Dios y la canonización de los santos. Urba­
no V I I I le puso en el catálogo de los bienaventurados,
y Kulczynski en un apéndice á su libro'da; varios do­
cumentos relativos al martirio de él. Fue tal la obsti­
nación de los cosacos, que en 1650 consiguieron una
cédula del rey de Polonia, al tenor de ia cual fueron
arrebatadas á los católicos y dadas á los cismáticos
ciertas iglesias episcopales y otras, y algunos monaste­
rios, según dice el autor cHado, página 130. Y aun-
quo en 166B revocó el rey aquella cédula ordenando
que se restituyese todo á los católicos; sin embargo no
cesó el cisma enteramente. Los cosacos enmedio de sus
disturbios imploraron el auxilio del monarca ruso Ale­
jo-Mtchailo'vvitch: este tuvo en 1654 un gran consejo
en Mosco\v, y allí, según escribe Levesque en su histo­
ria de Rusia, «se interesó á la religión en este asunto
«so color de que los cosacos eran molestados en su cul-
»to, y se determinó enviar comisarios para que reci­
bieran el juramento de aquellos y de las ciudades
«que tenían bajo su dependencia.» Esta es la verdadera
historia de ¡a innovación que el articulista dice haberse
efectuado en 1653. La ventaja del cisma se redujo á
ganar cierto número de cosacos, es decir, de bárbaros
de la Rusia pequeña, súbditos del rey de Polonia, y
la gloria de Alejo á haber concedido su protección á
unos cuantos bárbaros rebelados y aprovechadosedees*
ta rebelión para ensanchar los límites de su poderío
por todos los medios.
El artículo no dice una palabra de Pedro el Gran­
de, hijo de Alejo Michuilo'wítch, primer emperador de
las Rusias» bien que introdujo muchas innovaciones en
sus estados aun en las cosas religiosas. No siendo su histo­
ria ni demasindo antigua ni demasiado nueva para nos­
otros, cualquiera diria que se ha pasado en silencio para
que recayesen con todo su peso sobre el articulista las
palabras do Aristóteles con que hemos empezado nues­
tras reflexiones. Sea como quiera, el silencio ajeno
no puede taparnos la boca, y aquí es muy conveniente
notar que Pedro el Grande empleó no solamente la
violencia moral y las amenazas , sino la espada respecto
de la religión católica. Baste citar por ejemplo lo que
ge lee en el Specimen ecclesiae nUhemca>, donde se lee
á la página 136 que habiendo llegado Pedro á lo ciu­
dad de Polosk el dia 21 de julio.de 1705 con un ejér­
cito poderoso entró en la iglesia catedral y mandó des­
trozar en odio de la santa unión á los religiosos que
cantaban el oficio de la tarde. Uno de ellos fue muerto
por mano del mismo Pedro, y los demos fueron encer­
rados en calabozos despues de apaleados y cruelmente
heridos. Ademas entregó al pillaje de la soldadesca la
iglesia y el monasterio, y declaró ante muchos nobles de
Lituania que lo mismo haría con lodos los unidos. Debe­
mos advenir á mas dos cosas, para que mejor se co­
nozca la indignidad de esla conducta. La primera es que
pocos años antes de 1717 Pedro el Grande habia enviado
ó Roma el duque Boris Ktirakin pora que declarara en
su nombre al papa Clemente X I su firme voluntad de
proteger de diferentes maneras la religión católica en sus
vastos estadps, prometiendo enviarle mas adelante una
real cédula por [a cual fmc omnis benigné fuisse consta­
reis como se lee en la carta que escribió Clemente X I
el monarca en 12 de mayo del mismo año 1717 y se
halla en el lomo 2.°, página 612 y siguientes de la co­
lección intitulada: Cartas y breves escogidos del sumo
pontífice Clemente X I. La segunda es que Pedro el
Grande no se habia manifestado hostil 6 la unión de la
Rusia con la iglesia romana, cuando en su viaje á Paris
en 1717 le hicieron los doctores de la Sorbona vivas
instancias á este efecto; antes les dió esperanza de salir
bien con la empresa, y les pidió que escribieran uno
memoria sobre esta cuestión encargándose de presen­
tarla él á los obispos de Rusia. Hallansc las particulari­
dades- de este suceso en las Memorias para escribir la
hisloria eclesiástica del süjlo X V I I I ; tomo 1.°, y en laB
demas obras citadas al margen de esta. Según Ion feli­
ces apariencias ¿quién hubiera podido jamas adivinar el
resultado? Levesque da una noticia de él en su ya citada
Hisloria de la Rusia al año 1718, donde empieza di­
ciendo: De vuelta á sus estados (Pedro el Grande) hizo
al papa el personaje principal de una farsa burlesca;
y viniendo al hecho se conlenla con indicar la sustancia
de él en estos términos: «Tenia un bobo en la corte
«■llamado Zolof, que había sido su maestro de escribir,
»y le creó príncipe papa. El papa Zolof fue introduci­
d o con toda ceremonia por unos bufones ebrios y le
»arengaron nintro tartamudos: él creó cardenales y
«fue procesionalmente á la cabeza de éillos.» Levesque
se detiene poco en este hecho por ser demasiado des­
honroso á la memoria de Pedro I; porque como él aña­
de, no-eran de buen gusto ni ingeniosas unas fiestas en
que reinaban ¡a ebriedad, ta grosería y la crápula.
Pero otro historiador ■mus moderno, considerándola
cosa biijo diverso aspecto, no cree deber privar á la
posteridad de mas amplio conocimiento de este suceso.
Leclerc é quien aludimos, publicó, la historia antigua y
moderna de Rusia en dos parles, y en la primera que
se titula Historia física, moral, civil y polUica.de let
■Rusia antigua , tomo 3.°, página 546 y siguientes,
describe asi el hecho,en cuestión: «Pedro había creado
«papa- ó un bobo llamado Zolof y habia celebrado la
«fiesta dél cónclave. Tenia el bobo ochenta y cuatro
»años de edad, y el zar discurrió casarle con una viu-
»da de sus años y celebrar solemnemente la boda. A este
«efecto mandó que hicieran el convite cuatro tartamli­
ndos: unos viejos decrépitos acompañaban á la novia:
«servían de batidores los cuatro hombres mas gordos de
«Rusia: la música iba en un carro tirado de cuatro osos
«que eran aguijoneados con rejones de hierro, y por
«sus bramidos formaban et bajo correspondiente á ¡a
«orquesta del carro. Los novios recibieron la bendición
«en la iglesia catedral de manos de un sacerdote ciego y
«sordo, á quien habían puesto anteojos. La proceston,
«el casamiento, el banquete nupcial y la ceremonia de
«desnudar á loa esposos y acostarlos, lodo fue igual -
«mente digno de esta diversión burlesco,»
Basta ya de Pedro el Grande,'y volvamos-á nuestro
artículo. Pasando de los tiempos de Alejo Michailowitch
á la época en que Rusia adquirió nuevos y dilatados do­
minios en Occidente, dice el articulista: «Por último
«despues que fueron reunidas al imperio las provincias'
«occidentales, muchos individuos y aun comunidades
«enteras abandonaron sucesivamente la unión para voi-
«ver á la iglesia nacional;» y á poco añade: «Asi sin
«ninguna violencia por parte de la potestad secular el
»tiempo solo produjo poco á poco la disolución de un
«pacto que no tenia sin duda sólidos fundamentos.:? Las
provincias de que aquí se quiere hablar, se unieron á
la Rusia en dos épocas: la primera comprende el espacio
de 1772 á 1795 durante la vida de Catalina I I ; y la
segunda puede referirse al año 1815, en el que se firma­
ron los tratados de Yiena el dia 9 de junio. Siendo do
nuestros diasesta última época, ¿cómo se puede afir­
mar con desprecio del conocimiento positivo y público
de los hechos que el tiempo solo sin violencia por parte
de la potestad secular condujo al cisma gran muchedum­
bre de los nuevos vasallos de Rusia?
En la primera época á mas de la destrucción de la-
gerarquía católica, asi del rito latino como del griego,
que bien ó mal fue restablecida bajo el reinado de Pa­
blo I t hijo y sucesor de Catalina, por monseñor Loren­
zo Litta, delegado de la santa sede y luego cardenal, el
gobierno ruso empleó otro recurso para llevar á cabo sus
proyectos. Resolvió enviar á sus nuevos estados falsas
misiones de obispos y sacerdotes cismáticos para separar
de la comunion de la iglesia romana á los griegos uni­
dos, contra quienes tenia Catalina mas odio todavía que
contra los católicos ^el rito latino. La relación de estas
misiones se encuentra en las Memorias para escribir la
historia eclesiástica del siglo X V III, donde entre otras
cosas se dice de aquellos falsos apóstoles lo siguiente:
«Los gobernadores lenian orden de auxiliarlos. Estos
«misioneros de nueva especie iban acompañados de tro-
»pa y recorrían los tugares: forzaban las puertas de
«las iglesias y las bendecían como si hubieran sido pro-
»fanadas. Si el párroco no queria adherirse al cisma, se
»ponia otro en su lugar. Entre tanto*los oficiales ha-
»cian comparecer á los habitantes, á quienes se decía
,»que era preciso volver á la religión de sus mayores,
»que eran de la comunion griega. Cuando no se los po-
»dia ganar por la persuasión , se recurría á las vías de
«hecho# los palos y la cárcel Por estos medios suaves
»y humanos se hicieron prosélitos. Los obispos no ce-
«dieron á la borrasca, y se les confiscaron los bienes.»
En aquellos países se ha conservado siempre fresca la
memoria de esta persecución, de la que hablaban asi loa
ciento y veinte habitantes de Lubawícz, provincia de
Mohilew, que en ÍO de julio de 1829 representaron al
emperador actual Ñ'colás I : «Nuestros antepasados,
«nacidos en la fé griega unida y siempre fieles al trono
»y á la patria, pasaron tranquilamente la vida en su.
«religión; y nosotros nacidos en la misma fé I¡» profesa-
»bamos libremente hacia mucho tiempo. Mas por la
«suprema voluntad (como se nos decia) de la emperatriz
«Catalina* de feliz memoria, la autor idad local em­
pleando medios violentos y penas corporales logró for-
»zar á muchos de nuestros cohermanos á que abando­
naran la religión de nuestros mayores.» En otros oiU'
chísímos lugares se vieron apostases semejantes, bijas
todas de la persecución.
Vengamos á la segunda época que extenderemos
solamente desde 1815 á 18^0 , pues que el artículo
habla separadamente de los últimos años?, Durante aquel
período no puede jactarse de grandes adelantamientos
el cisma, precisamente porque la Rusia fue gobernada
hasta 1825 por un príncipe que huia de lodos los me­
dios violentos en razón de su caracter y grandeza de
alma. Sin embargo en su tiempo se perpetuaron los
efectos de la persecución anteriormente suscitada, y no
estuvo libre de censura, principalmente por las medidas,
tomadas contra los jesuítas. Es cierto también que lo
que diremos de los bños posteriores á 1830, estaba em­
pezado en parte antes de esta época. En la susodicha
representación de los habitantes de Lubawici se lee:
«Nosotros profesábamos libremente hasta hoy esta re-
»l¡gion bajo la protección de Y. M ., y no creíamos que
»sin una orden terminante de vuestra soberana volun­
ta d pudiéramos ser turbados en el libre ejercicio de!
«culto y fé que profesaban también nuestros an'tepasa-
»dos, y en que hemos nacido como ellos. Mas los sa-
«cercotes de la religión dominante, alegando por pre­
texto que algunos de nosotros han sido de la co-
«munion greco-rasa (lo cual no es asi), nos fuerzan
«á abjurar nuestra fé no con penas corporales, sino por
»medios mucho mas atroces, es decir, privándonos de
«todos los auxilios espirituales y prohibiendo á nuestros
«propios sacerdotes que bautícen, confiesen y den la ben-
«dicion nupcial. De esta manera nos arrancan de las ma-
«rios de nuestros pastores.»
Mas veamos lo que dice el artículo de los últimos
años: «Por último la conducta tan poco compatible con
«los preceptos dei cristianismo que habia observado e!
«clero polaco en las últimas turbulencias del reino, aca­
chó de envilecer esta unión á los ojos de los mismos
«griegos unidos, que interiormente han permanecido
«siempre fieles a Rusia. Volvieron ó millares á la igle-
«sia griega, y hoy solicitan encuerpo la merced de
user restituidos á aquel culto antiguo que aman como
«una prenda de salvación y una herencia sagrada de sus
«mayores.» Mas adelante hablaremos.de la conducta
del clero polaco. En cuanto á lo demas el que por ca­
sualidad haya corrido la Siberia, no necesitará de nues­
tras palabras, porque al ver el número de católicos de­
portados á aquel pais por causa de religión fácilmente
se convencerá de la mentira de cuanto alega el articu­
lista en'tono jactancioso y con aire de triunfo. Pero sin
hacer el viaje de Stberio se sabe por la voz pública y
por documentos ciertos que esa variación tan ponderada
de religión se logró no por la libre voluntad de los ca­
tólicos del rito griego ó latino, sino por maliciosos ar­
tificios empleados con ellos. Y respecto de los griegos
unidos, únicos de quienes habla e! artículo, no se puede
mentir con mas descaro que afirmando que siempre
fueron adictos de corazon al cisma y están ansiosos de
abrazarle, cuando por él contrario ellos mismos protes­
tan por sus palabras y obras que quieren vivir y morír
en el gremio de la iglesia católica. Entre todas las
pruebas de este hecho hay -una que merece especial
atención, y es la relación de los habitantes de Uszacz,
en la provincia 'de ViÉepsk, los que después de contar
Cómo en él dia 2 de diciembre de 1835 se presentó allí
una contiision que reunió ai pueblo y le exhortó á mu­
dar de religión, añaden: «Pero nosotros gritamos todos
«á una voz que queríamos morir en nuestra fé y que
«no habíamos querido nunca ni queríamos otra reli-
«gion. Entonces la comisiou dejándose de palabras vino
«ó bis obras; es decir que se pusieron á arroncíirnos los
«cabellos, maltratarnos -en el rostro hasta hacernos
«derramar sangre, darnos golpes en la cabeza, encar­
celar á unos y confinar á otros á la ciudad de Lepe],
«Por átlimo viendo !a comision que tampoco le sal ia
«bien este medio prohibió á todos los sacerdotes del rilo
«griego unido confesarnos 6 administrarnos cualquier
«otro auxilio espiritual.»
Sin duda no se presumirá contar con la adhesión
de los que gritaron: Ames nos reserven la suerte del
bealo Josafal: eso es lo que deseamos. En 1834 la no­
bleza de la misma provincia de Yilepsk habia elevado
una representación al emperador, en la que se lee entre
otras cosas: «No hay medio que no se ponga: por obra *
«para atraer á ta fuerza los griegos unidos á la religión
^dominante. Estas intrigas no harian ninguna mella en
«los ánimos de estos habitantes, si se permitiera á los
«fieles que para la reunión se dirigieran por la voz de
«la conciencia y una convicción firme ; mas los medios
«que se emplean llenan el alma de terror.» También
se refiere en este documento cómo se habían sometido
algunos débiles; pero se añade: «Ellos declaraban aun á
«los mismos que los obligaban á abrazar la religión do-
»minan te , que ó la verdad obedecían las órdenes pres-
vcríptas, asistían .ó las iglesias y frecuentaban los sncra-
«mentos de la religión dominante; pero que en su in-
uterior perseveraban firmemente adictos á su antigua
«religión.» En cuanto á los católicos del rito la Lino baste
notar que si hubieran tenido la menor afición al cis­
ma no se habrían opuesto á la cesión de sus iglesias,
como ocurrió en muchos lugares y especialmente en
RadoruI, donde fue tan grande la violencia ejercida con
ellos, que quedaron muertos ocho en el sitio. Mas
cualquiera quesea la oposicionde los católicos, habien­
do tomado á pechos el gobierno ruso alistarlos ó todos
bajo del estandarte del cisma, no omite ningún medio
de hacerlos cismáticos en realidad ó cuando menos en la
apariencia ; y está tan infatuado sobre este punto, que
procura engañarse á sí mismo y ó Iqs demas como si hu­
biera conseguido ya el objeto de sus esfuerzos, creyendo
sin duda que esta misma ilusión es un excelente medio
de alcanzarle realmente. Quiso tentar una acta solemne
de reunión entre los cismáticos y los católicos del rito
griego, y la profesion de fé que habia de suscribirse, se
presentó primero con astucia y luego con violencia al
digno metropolitano Josafat Bulhak, quien la desechó
generosamente y murió á poco: á pesar de eso se quiso
hacer creer que el metropolitano no era ya católico y fue
enterrado entre tos cismáticos. Si en una parroquia cató­
lica se hacen cismáticos algunos feligreses, son conside­
rados como tales todos I03 demos, cualquiera que sea su
-número; y con que á un individuo de una familia se le
antoje profesar el cisma, ya son igualados á él todos los
miembros de la misma. Si en uno ú otro caso recurren
los católicos al gobierno, no son oidos; y si no obedecen,
son castigados.
E l gobierno ha conocido que para dilatar y perpe­
tuar el cisma era preciso arrancar del corazon de los
católicos el amor y estimación de su religión y evitar
que fuese católica la educación de la juventud. No le
pareció imposible de conseguir este fin; y como fácil­
mente se puede perder el amor de la religión cuando no
le mantienen los desvelos paternales y el próvido zelo
de los curas párrocos, el gobierno extinguió muchas
parroquias, para que la enorme distancia de los lugares
hiciese dificilísima la comunicación de los feligreses con
sus pastores. La iglesia ha recibido siempre gran lustre
de las órdenes- regulares, en las cuales viendo los cató-
líeos puestos en práctica no solo los preceptos, sino
también los consejos evangélicos se forman una idea al­
tísima de su religión. En consecuencia el gobierno ruso
ha abolido los monasterios y conventos católicos, y ba de­
jado solsmenteabiertos un número muy reducido.de ellos.
Entiéndese que de este modo se aumentan las rentas
del erario público; pero los que conozcan bien el gobier­
no ruso, advertirán que el interés del fisco no es el único
y principal motivo que le incita á la dpresion. Llegando
á la conducta deí gobierno respecto de la educación
vemos que recientemente se ha erigido en Yilna una
academia eclesiástica católica romana para los clérigos
jóvénes del rito latino y armenio, y nótese bien que el
director supremo de ella es el ministro del interior. Los
griegos unidos no son admitidos en este cuerpo» y para
atender con más seguridad á su educación se los envía
á la academia cismática de Petersburgo. No se quiere
dejar á la voluntad de los padres lá educación de los
hijos que nacen de matrimonios mixtos, y se exige que
el esposo que profesa diferente religión de la nacional,
preste juramento de educar é sUs hijos en el culto cis­
mático; y coiho en 1768 se estipuló en un tratado con­
cluido entre Rusia y la antigua república de Polonia
que los hijos nacidos de matrimonios mixtos serian edu­
cados tíit la religión católica, declara el ukase imperial
de 23 de noviembre de 1832 que cesan de ser obligato­
rios ei tratado y el acta separada sobre los matrimonios
mixtos, en vista de que ya no existe la república. E l
gobierno debería saber que aun enmedio de las varia­
ciones políticas no cambia ni puede cambiar jamás la
doctrina déla iglesia católica sobre esta materia. La
iglesia enseña que en virtud de la ley natural y divina
(la cual no depende de las leyes, tratados 6 promesas
de ios hombres, y que nadie tiene derecho de derogar)
están obligados los padres á educar süs liijós en la reli­
gión católica.
Despues dé cuanto dejamos dicho todavía quedaría
mucho "que añadir sobre los medios empleados en estos
últimos tiempos por el gobierno ruso para extender y
consolidar el cisma en todos sus dominios; pero á fin de
no alargarnos demasiado nos contentaremos con decir
que para acabar la obra del error se han erigido recien­
temente dos nuevas sillas episcopales del rito griego cis­
mático, launa en Polotzk, durado de Lituania, y la
otra en Varsovia* capital de la Polonia. La primera se
fundó por un ukase de 30 de abril de 1833 bajo el títu­
lo de obispado de Polotzk y Vilná, y la segunda por
otro ukase de 22 de abril de 1834 dando al titular
el nombre de obispo de Varsovia y vicario de la epar­
quía de Yolhynia, El gobierno se persuade ó que sa­
cará grandes, ventajas de la .erección de l¡is nuevas
diócesis: á lo menos puede esperar que residiendo en
dichas dos ciudades dos obispos cismáticos facilitarán el
arrancar de la verdadera iglesia á los católicos del rito
griego primeramente y luego á los del rito latino; pero
bien se ve, por mas que¡ diga el artículo, que asi los
unos como los otros están muy distantes de abrazar el
cisma.
Restaños por fin hacer algunas observaciones sobre
la conducta.que observó el clero polaco durante las úl­
timas turbulencias políticas de aquel reino el año 1830.
Cualquiera que haya sido esta conducto, tan poco com­
patible con tos preceptos del cristianismo al decir del
articulista, era preciso mostrarse .rueños parcial con el
gobierno ruso para tener el derecho de vituperar al cle­
ro polaco. Y como el artículo ha sembrado acá y acullá
algunos pasajes de historia antigua y moderno sobre la
Rusia y la Polonia, no hubiera sido fuera del cnso ad­
vertir que nunca en los tiempos antiguos pudo haber
concordia entre, estas dps naciones. Asi se vendría á
descubrir que la causa délos últimos1disturbios de Polo-
nía debía buscarse en la rancia antipatía nacional. Si en
el artículo se , quiere hablar solamente de la religión,
¿por qué se pasa en silencio lo que se dijo sobre este
punto en la última constitución dada á aquel reino des­
pues del congreso de Yiena? A fines del año 1815 el
emperador Alejandro de Rusia dió á sus súbditos pola­
cos en calidad de rey de Polonia una constitución firma­
da por él el 27 de noviembre, en cuyo título segundo
se lee: La religión católica romana profesada por la
mayor parte del reino de Polonia será ti objeto de los
desvelos particulares del gobierno. Y al fin hacia el em­
perador esta declaración: Nos les hemos dado (á los
polacos) y les damos la presente caria constitucional, que
adoptamos por nos y nuestros sucesores. Pero despues
de la muerte de Alejandro y antes de 1830 el bienes­
tar de la religión católica ¿fue realmente el objeto de
los desvelos particulares del gobierno en Polonial Digá­
moslo en obsequio de la verdad: resulta de los hechos
que el sucesor de Alejandro seguía un camino entera­
mente opuesto al de este con respecto á los intereses de
la religión católica.
También era menester advertir que en este reino se
querían ver no solamente respetados, sino protegidos y
defendidos los derechos de la religión católica; y á este
propósito dejando á un lado los tiempos mas remotos de
nosotros citaremos dos documentos, uno del año 1791
y otro del de 1768. En 5 de mayo de 1791 la dieta de
Polonia sancionó por unanimidad una constitución, cuyo
párp'fo primero decretaba: «La religión católica apostó­
lic a romada es y será siempre la religión nacional, y
»sus leyes conservarán todo su vigor. Cualquiera que
^abandone su culto por otro, sea el que fuere, incurrirá
wen las penas decretadas contra la apostasía,» En 24 de
febrero de 1768 la misma dieta ajustó un tratado (como
quieren llamarle muchos) de concierto con la empera­
triz Catalina de Rusia, y á la cabeza de él se lee: La
religión católica se llamará la religión dominante en to­
dos los instrumentos públicos. Y luego para asegurar
los intereses de esta en lo venidero se decía: No podrá
aspirar ningún principe al lrono si no es católico, ni ser
coronada reina ninguna p?imesa si no profesa la reli­
gión romana. Los que cambien de religión>serán casti­
gados con pena, de destierro, E l tratado y constitución
que acabamos de citar están insertos en la Coleccion de
constituciones Sfc. publicada en 1823 por los señores
Dufau, Duverger y Guadet (al principio del tomo 4.°).
Mas volvamos al clero polaco. Dice el artículo que
la conducta de este en íos últimos acontecimientos acabó
de envilecer la unión á los ojos de los mismos griegos
unidos: tan contraria era á los preceptos del cristianis­
mo. Quedese para otros el cuidado de examinar cómo
puede concillarse este envilecimiento exagerado con la
firmeza con que protestaron los griegos unidos contra
los esfuerzos para separarlos de la unión. Considerada én
sí, la conducta del clero de Polonia declaramos since­
ramente que es digna dé censura por haber sido poco
compatible con los preceptos del cristianismo, como
nosotros mismos confesamos; pero digamos también que
no debe de achacarse á todo el clero católico del reino
una culpa cometida solamente por una parte de él. A l­
gunos, eclesiásticos y no todfos, unos pocos en propor-
cion de su número total en Polonia resulta que fueron
los que se mezclaron en las turbaciones excitadas con­
tra el gobierno. Ademas creemos poder afirmar franca­
mente que los eclesiásticos que entonces se hicieron cul­
pables, no deben reputarse por indignos de escusa é
indulgencia. ¿No vivimos en una época en que resue­
nan en todos los ángulos de la tierra ias voces engaño­
sas de los deréchos de las naciones y los pueblos? Estos
derechos tan ponderados ¿no se ofrecen ál mundo con
una apariencia de título y razón propia.para inflamar
los ánimos é inducirlos en error? Añadase que en el
caso patticular de la Polonia sé alegó con especialidad
él pretexto de defender la religio'n y lá iglesia tanto'
como la honra de Dios. Si un motivo tan especioso pro­
dujo gran eféelo en el pueblo; no podía menos de sedu­
cir á algunos clérigos, pues que los intereses de la’ re­
ligión y de la iglesia deben ser más estimados aun del
cíeró que del pueblo. ‘
¿Habrá de suponerse qué los eclesiásticos polacos
ignoraban el precepto deí cristianismo sobre los deberes
de los súbditos para con su soberano? No puede tacharse
dé tan:vergonzosa ignorancia á un clero ;tan respetable.
Los clérigos polacos conocen ciertamente los ejemplos de
nuestros padres cuando In necesidad y las calamidades de
los tiempos los pusieron debajodel poder de tiranos ó prín­
cipes de diferente religión: ia historiadnos dice que en­
tonces los católicos se distinguieron entre todos los de­
mas súbditos por su obediencia y fidelidad , y que en la
pugna de las leyes del príncipe con las divinas y ecle­
siásticas dieron testimonio á sil religión no rebelándose; si­
no sufriendo los tormentos y la muerte. Mas en la úl­
tima revolución de Polonia muchos eclesiásticos de este
reino, asustados del grave peligro que amenazaba á la fé
católica, creyeron que para defenderla podían entonces
valerse de la fuerza á fin de sacudir el yugo del gobier­
no, como en otras circunstancias se habia creído poder
hacerlo. En la confusion general, entre el estrépito de
las armas , ¿ vista de la innumerable muchedumbre de
■muertosy heridos, con la perspectiva' fundada de una
suerte sumamente fatal para la religión era facilísimo
confundir las ideas y establecer una semejanza entre ca­
sos de todo punto diferentes. No indagaremos aquí GÓmo
al espíritu turbado de los clérigos; polacos se ocurrieron
las guerras de ios Macabeos, sobre todo si tenian por
verdadera la o; inion de Grocio, el cual en el libro I,
capítulo 4." párrafo 7.° De jure belli ac pacis de­
fiende que los reyes de Siria contra quienes peleaban
los Macabeos, eran' los reyes legítimos de los hebreos.
También se ven despues de la venida de Jesucristo y en
el seno de su iglesia algunos ejemplos qué por error pu­
dieran creerse aplicables al estado de la Polonia. Cuando
el emperador León el lsáunco declaró la guerra álassa-
gradas imágenes en el año 720, algunos súbditos suyos
católicos se levantaron en Oriente y Occidente para de­
fender la doctrina y disciplina de la iglesia sobre el cul­
to de las imágenes. El primer movimiento fue el de las
islas Cicladas y otros pueblos de la Grecia, que se rebela­
ron en 726, y dando la corona imperial á un tal Cosme
t . 45. U
marcharon con una armada naval contra León* El impío
Constantino Coprónimo, hijo y sucesor de este, fue víc­
tima de la rebelión de su primo Arlabas, que habiéndose
mostrado siempre firme en la fé fue muy amado y re­
conocido emperador por los vasallos del imperio. Mas
conocidos son los levantamientos de Occidente, cu­
yos pueblos entonces sujetos ai imperio oriental, irri­
tados contra León el lsáurico por haber decretadoeste que
se quemasen las sagrados imágenes, sacudieron el yugo
deMa obediencia , y ayudados de otros príncipes y pue­
blos de Occidente atendieron á su salvación no menos
que á la defensa de la fé católica. No podemos alargar­
nos en la historia de las empresas de los súbditos católi­
cos contra los emperadores iconoclastas, y rogamos al
lector que consulte sobreestá materia delicada ia diser­
tación escrita por Orsi en italiano bajo el siguiente tita,
lo : Del origeñ del dominio y soberanía de los papas sobre
los estados que. eslan temporalmente sujetos á ellos.
E l capítulo. 5.° hace especialmente á nuestro objeto,
porque las¡observaciones del autor sobre el caracter par­
ticular de la persecución de los emperadores iconoclas­
tas y los efectos que esta produjo en el orbe católico,
nos llevan ó explicar la ambigüedad que pueden haber
presentado ó pudieran presentar por disculpa tos ecle­
siásticos polacos. Orsi nota que la persecución de los he­
rejes iconoclastas se diferenciaba esencialmente de las sus­
citadas por los gentiles y los otros herejes. En efecto ios
paganos estaban tan lejos de combatir directamente á
Dios, que declaraban perseguir á los cristianos como
culpables de ateísmo por haber renunciado el culto de
sua dioses y dadose á venerar un hombre crucificado,
un seductor de la Judea. Los otros herejes, aunque im­
pugnaban algunos de las verdades enseñadas por Jesu­
cristo , no dirigían su odio y furor contra este, sino cou-
tra unos hombres que juzgaban falsamente ser enemigos
de Cristo. Mas la persecución de los iconoclastas se ende­
rezaba directamente contra las imágenes de Jesús á quien
ellos reconocían por verdadero Dios, y de consiguiente
combatia al mwmo Dios; y el odio de aquellos no recaía
solamente sobre los católicos, defensores do las sagradas
imágenes, sino sobre estás mismas,indignamente profana­
das, conculcadas y entregadas á las llamas por los tales he­
rejes. Y cuando en la ciudad de Gonstantinopia fue un ofi­
cial imperial de orden de León el Isáudco á derribar y
destruir una célebre imagen de Jesucristo , los católicos
que presenciaban aquella escena, no pudieron menos de
arrojarse impetuosamente sobre aquel oficial, tirarle de
la escalera donde; se hahia subido, y darle muerte* Enton­
ces se hizo horrible matanza de ios católicos de ordeudel
emperador; y por las actas de estos que copian en griego
y en latín los Bolandistas bajo la fecha de 9 de agosto, sa­
bemos que no eran todos del populacho ó del sexo feme­
nino, cuyo zelo irreflexivo pudiera haberse disculpado
por la ignorancia, sino de ambos sexos y de todas condi­
ciones. Mullique (dice el autor de las actas), mullique illa
eadem die redimili fuere coroná martyrii: inter quos erant
mulieresac viri, sacerdotes ac levita, innuptat ac mónta­
les ¿ pmstdes ac subdüi: quorum numerum et nomina
solus novit Dominus; ncqúe enim in nobis tanta esi facul­
tas , ut numerum eorum iniri possimus.
Conviene hacer aquí la observación de que estos ca­
tólicos son llamados en las actas redimí»’ coroná marlyrii;
de lo cual no quería et- autor que quedasen dudas, pues
añade: S í quidem hoc debet veré martyrium censeri. Eu
efecto como ha observado justamente Orsi que nos sugie­
re estas reflexiones, aunque la iglesia prohíba admitir en
el n¿mero de los mártires á los que provocan imprudeiu
temente el furor de los tiranos, i|o ha usado de este ri7
gor con ios que precipitaron de la escalera al ofleial im­
perial» profanador de uua imagen de Jesucristo, y nadie
les ha negado la gloria del martirio. La misma iglesia la­
tina y griega celebra la memoria de ellos el 9 de agosto.
El martirologio romano los propone en dicho diaá la ve­
neración de los Beles, y dice que eran diez y fueron marti­
rizados ob Salvatoris imaginem, quam in porta cenca cons-
Utuerant. La iglesia griega señala mayor número de ellos
en el menologio de Basilio que describe también la
historia compendiada de su martirio. La autoridad de es­
te menologio es grande, porque se compiló en el siglo X
bajo el imperio de Basilio Porfirogénito. El cardenal Al-
bani, sobrino de Clemente X I, le publico íntegro por !a
primera vez en 1627 con la traducción latina al frente del
texto griego, y en ello se lee en el lugar correspondien­
te al 9 de agosto: »Certamen sancti martyris Juliani et
3)Sociorum... At imperalore Leone iconoclasto clarue-
wre..... Animadvertentes. enim íllum á sanctíuura irriagi-
»num adoratíóne aversum atque eas igríe absumere, ze-
»Iumex hac concipiebant, moerore contabescentes. At
íjcüm viderent venerandam etlam Christi imaginem, quse
i)in aerea porta extabat, effringi ,:dignum anitm sensum
»ip médium protulerunt spatharioqui scalameífigiem
j>destructurus, ascendebat, cum una cum scala deficién-
»tea, interfecerünt, atque ad iram commoto tyranno,
»alii quidem statirti gladio consumpti (múlti enim erant
«numero, inter quos.plurcs foemínae et María Patricia),
¿nñliidistodiis traditi, áfacie combusti plurimosque pas-
«si cruciatus, capite fuere obtruncati.»
Volviendo ahora al clero “de Polonia ya hemos ad-
vertido que en los últimos disturbios se procuró insinuar
la idea de que el combatir contra el gobierno ruso era
defender al mismo Dios. Desde liíego convenimos en que
el,clero debia oponer á sus insinuaciones los preceptos
del cristianismo. No obstante só color'de la gloria de Dios
no temieron algunos' eclesiásticos tomar parte en lá re­
belión contra1el gobierno ruso. ¿ Y qué resulta de aquí?
Que'su conducta fue culpable; pero no que deba negár­
seles1toda disculpa' En efecto hubo un tiempo en que et
Oriente y Occidente resolvieron simultáneamente que
en ciertos casos no prohibían los preceptos del crisliai
nismo á los súbditos sustraerse de la obediencia á sus So­
beranos 6 emplenr la fuerza contra ellos para ¡defender
e! culto verdadero y legítimo de la divinidad. No puede
decirse que las circunstancias en. que se encontraba ta
Polonia , fuesen semejantes á las de que hablamos; pe­
ro podían parecer!o á los que tenían el alcpa agitada, y es
muy fácil en un estado de violenta inquietud tomar un sen*
tido equívoco entre ia verdad y la apariencia de las cosas.
, * En resumen algunos individuos del clero polaco ha^
bian podido en medio del terror general de aquel reino
mirar jas persecuciones délos iconoclastas como-una fiel
imagen de las que la Rusia habia ya hecho padecer á la
fé católica en Polonia, y de las mas, terribles aun que se
temían para lo sucesivo: asi es que pudieron creer que
era lícito á su nación lo que en otro tiempo habia pareci­
do,serlo en un imperio mas dilatado y antiguo. Sin du-
<Ja .estaban obligados á guardar mas prudencia antea de
resolverse sobre este punto, .atendiendo, á que fuera de
la obscuridad en que están envueltas estas cuestiones
por la dificultad de discernir lo que puede negarse ó
darse al Cesar sin ofender á Dios, se aumentaba para
ellos el peligro de errar por la preocupación del espíritu
de partido. Con mas maduro y tranquilo examen hubie­
ran conocido fácilmente que el gobierno ruso , aunque
atormentando á sus súbditos católicos se dirigía á hacer­
los todos cismáticos, no tenia intención de imitar en todo á
los iconoclastas y declarar directamente la guerra á Dios*
Asi no era lícito combatir con las armas, sino que de­
bia hacerse por la fuerza de la virtud-Finalmente note­
mos que se considera como justa la resistencia á los em­
peradores iconoclastas no porque lo decidieran asi con
sus actos tos vasallos, que se levantaron, sino porque á
causa de circunstancias y condiciones particulares, que
se reunían entonces, lo juzgó de este modo todo el orbe
católico hasta hacer que las iglesias griega y latina reco­
nocieran por mártires algunos de los que perdieron la vi­
da en aquella ocasion. Cometieron pues un error los ecle­
siásticos polacos de quienes hemos hablado últimamente;
pero supuesto que en el error no descubre con claridad
el entendimiento todo lo que se necesita para juzgar la
gravedad de la culpa bajo su verdadero punto de vista,
nace un,justo título de indulgencia y excusa en favor
de los culpados.
Aquí concluyen nuestras observaciones críticas so­
bre el artículo relativo á la Rusia inserto en el Zutano de
Francfort de 22 de abril de 1839. El motivo por que
hemos lomado la pluma es la defensa de la verdad y >1
deseo de desengañar al público. Siempre há estado lejos
de nosotros la idea de ofender á nadie y menos aun de
perjudicar los derechos del gobierno ruso. Los que se
meten á hacer la apología deestcj ctínslituyéndose defen­
sores de los abusos y no de los derechos y desfigurando
la historia para fundar sus discursos en falsedades, esos
no honran á aquel gobierno y dan asi á entender clara­
mente que debe ser muy mala su causa cuando no tienen
otro medid dé defenderla que recurrir á la mentira,

— ----------- -------------------------------------------------

A continuador* del documento que acaba de leerse,


creemos útil publicar los siguientes que le corroboran, al
mismo tiempo que confirman la relación hecha según el
Diario histórico y literario de Lieja.
y
N.° 1.

E l clero griego unido del distrito de NovogrodeJc al


üuslrísimo señor José Siemasko, obispo griego U n i­
do de. la diócesis de Lituania, individuo del colegio
(eclesiástico católico romano) y caballero de diferentes
órdenes.
Con el respeto debido á la dignidad pastoral de
V,S. I. le exponemos nuestros deseos en los puntos si­
guientes con motivo de la reforma propuesta para los
■ritos griegos unidos.
1.° Del mismo modo que el año 1439 se decretó en
el concilio general de Florencia ía unión solemne de Ja
iglesia oriental y occidental; se. adoptó también la refor­
mé deios ritos griegos,que no quiso recibir la iglesia cis­
mática instigada por el turbulento Marcos de Efeso. Mas
nosotros estamos decididos unánimemente á seguirla á
ejemplo de nuestro metropolitano Isidoro de Kiew y
José, patriarca de Constantinopla, porque esta reforma
se prescribió para toda Ja iglesia griega como una regla
que estamos obligados á observar en calidad de griegos
unidos,
2.° Cuando despues del cisma de la Rusia septentrio­
nal el clero romano de Lituania bajo la conducta de su
metropolitano Miguel Rogoza se unió a la santa iglesia
romana en el sínodo de Brzcsi (Lituania) el año 1594,
y él papa Clemente Y I I I confirmó esta unión al siguien­
te; el mismo sínodo nos prescribió como una regla
inviolable para todos los siglos futuros la profesión de fé
del mismo modo que la reforma de los ritos decretada en
el concilio de Florencia.
' 3,° León Kiszka, metropolitano de toda la Rusia, no
solamente confirmó con todos sus prelados la antedicha
unión eñ el sínodo que tuvo el año 1720 en Zamosc (Ru­
sia pequeña ó roja), sino que para aprobarla mas especi­
ficó la diferencia entre los ritos cismáticos y los griegos
unidos, reformó las ceremonias en el sentido de la unión»
determinó el aparato para la celebración de la misa y
todos-los vasos sagrados-conformándose mas con la sóli­
da devoción y la costumbre del pais que con los antiguos
usos de Constantínopla. Para perpetua memoria se dejó
un ejemplar auténtico de estas resoluciones al clero de
Galitzia, Hungría, Esclavonia , Dalmacia, Croacia &cM
y nos obligó con juramento á conservar eternamente Ja
unión con la santa iglesia romana.
4.° Comparando las ediciones mas antiguas de los
misales hechas por la autoridad y zelo de los obispos, es
á saber, l.°e l misal publicado en 1659 por el metropoli­
tano Cipriano Zachowski y dedicado al príncipe Carlos
Estanislao Radziwill, con un preciosísimo prólogo en que
se exhorta ál clero á conservar la utiion; 2.° los publica­
dos en 1727 por el metropolitano Kiszka y en 1790 por
el metropolitano Szeptycki; 3.° (por no hablar de otros
muchos ) vel‘publicado en Yilna por nuestro metropoü-
taño José Bulhak que aun vive; vemos que todos estos
misales no se diferencian en nada y asimismo que gou-
cuerdan todos los rituales siendo imperceptible la dife­
rencia entre ellos: de donde se sigue que unos y otros
emanan del origen común de la iglesia de-Oriente, pues
que han sido aprobados por tantos obispos griegos du­
rante tan dilatado espacio de tiempo.
5.° Como el misal que usa el clero griego unido*
impreso en Moscow el año 18(31, se diferencia délos
nuestros en un punto esencial,.el dogma de la procesion
del.Espíritu Santo; como:se le ban añadido ciertas ora­
ciones y ademas no hace mención alguna del sumo pon­
tífice, á quien al tiempo de nuestra consagración prome­
timos con juramento obediencia y respeto aM como al
emperador; suplicamos á vuestra autoridad pastoral que
no nos fuerce á admitir esle misal y nos deje los de la
edición de Yilna que hemos usado hasta ahora.
6.° ; El pueblo griego unido está.acostumbrado hace
unos dos siglos ó las genuflexiones, á la exposición del
santísimo sacramento los domingos y 'dias festivos ,á las
misas privadas, y cantadas, ..las letanías,.procesiones y
profunda adoracian de la sagrada Eucaristía* Todas estas
cosas son necesariamente de nuestro rito y no pueden
aboíirse sin ofender al pueblo, que:comienza; ya ¿ mos­
trarse irritado de veras contra ¡el clero.
7.° Bajo el reinado de nuestro clementísimo empe­
rador.y enmedio de tuutos millones de vasallos el clero
griego unido que le debe mas de un beneficio, goza tam*
bien sin duda de su protección paternal. Y, como la su­
prema voluntad del monarca deja á todos la completa
libertad de profesar su propia religión, ha querido en
particular que esta libertad continuase Integra, para el
clero griego unido. Por.eso no estamos menos obligados
que las demas comuniones á conservar las antiguas y
santas prácticas de nuestro; culto, porque no parezca que
hacemos poco caso de la soberana bondad de'nuestro
clementísimo emperador.
Finalmente para que,la iglesia griega unida se dis­
tinga déla cismática,.nuestro clero del.distrito de No-
vogrodek expone.sus deseos con el respeto debido ó vues­
tro afectó-pastoral é implora la solicitud, ¡y protección de
su excelente pastor. Estos: deseos unánimemente expre­
sados sobre todos los puntos susodichos están firmados de
nuestro propio puño.
Dado en Novogrodek el 2 de abril de 1834. ;
<Firmaron cincuenta y cuatro clérigos.

N.° 2. ,

Représintacion de la nobleza de la provincia de Vilepsk


al emperador, votada en La junta dél año 1834. ’■

El clementísimo emperador que hoy.felizmente-reír-


na y cuyo gobierno vela por los intereses generales de sus
pueblos, deseando que en los casos particulares tcngan sus
fieles vasallos la facultad de proponer sus liumihies peti­
cione? , resolvió en el decreto relativo al orden de las asarri-
Ldeasquela nobleza reunida pudiera examinar sus propias
necesidades y lo que le pareciese útil y darle á conocer
sus deseos por el presidente de la asamblea;. Apoyada en
este fundamento la nobleza de , la provincia de Vitepsk,
poseída de sentimientos: de gratitud y animada de una
filial confianza se toma la libertad de exponer los hechos
siguientes: V .
De algún tiempo acá, pero sobre todo en el presente
año,de 1834, no hay diligencia que no se practique pa­
ra atraer los griegos unidos á la religión .dominante. Es­
tos medios no harían ningún efecto en los habitantes de
esta provincia* si dejara á. los fieles la libertad de
guiarse en este asunto por. jas inspiraciones de su con­
ciencia y por una firme y libre convicqion; pero los me­
dios que se: emplean llenan el alma de terror, porque
en muchos lugares se convoca A unos pocos feligreses;sin
la participación y noticia de los demos,,y se los obliga¡á
abrazar, la religión dominante no por la v,ia de la libre
perguasion, sino por una violencia con la que no pueden
pugnar; y luego que se ha sacado asi este acto de fingi­
da. adhesión, que nunca es obra mas que de pocos, se
participa á todos los demás habitantes del lugar ó de
la parroquia que entre tanto habían permanecido en sus
casas, que deben profesar la religión dominante. A ve­
ces sin atender á las reclamaciones que se hacen en la
junta pública, se pone d todos los feligreses en el núme­
ro de los que profesan aquella religión, sin consultarlos
de ninguna manera. En uno y otro caso se echa al cura
antiguo y se convierte la iglesia unida en iglesia griega
sin hacer ningún caso de las reglas proscriptas en esta
materia. Establecida asi la unión por la violencia y á
despecho de los habitantes, si recurren estos á la auto­
ridad eclesiástica ó civil protestando que quieren perse­
verar inviolablemente adidos á la fé de sus antepasados
y defender su causa de un modo legal, es considerado
este paso como una deserción de la religión dominante
qúe se supone han aceptado libremente: son reputados
apóstatas y como tales quedan sujetos á diferentes penas.
En algunas parroquias donde á pesar de todo se man­
tiene fiel JÜ la fé de sus padres parte .del pueblo, no por
eso deja de transformarse en iglesia griega la parroquia
ó Se cierra con candado. Asi unos sin previa advertencia
y por sólo el mandato de los magistrados, otros ame­
drentados por una persecución atroz de que veian fre­
cuentes ejemplos, y otros también por la esperanza de
conseguir algunas mercedes particulares ó quedar libres
de las cargas públicas y de la esclavitud han sido obli­
gados á abrazar la religión dominante. Sin embargo per­
severan firmemente adictos en el corazon á )a religión
que seguían sus mayores y observaban ellos mismos ha­
ce tanto tiempo; y aun confiesan á los que los compelen,
qué si obedecen las órdenes dadas, sí frecuentan las igle­
sias y se acercan á recibir los sacramentos de la religión
que los obligan á practicar, eso no quita que conserven
interiormente su antigua creencia en el santuario del
alma en que la violencia no puede triunfar. Por fln y
para decirlo todo de úna vez, los que perseveran en la
fé se ven despojados de sus iglesias y privados de sus sa­
cerdotes, y solo con las mayores dificultades pueden
proporcionarse la instrucción cristiana y los demas au­
xilios espirituales.
De todo esto resulta que empieza á creerse general­
mente entre el pueblo que puede variar, la religión según
las circunstancias: que no es necesario persuadirse á que
es verdadera y consentir interiormente en ella; y que
se puede abandonar con la mira de procurarse algún pro­
vecho particular. De ahí proviene que las máximas re­
ligiosas no hacen en los corazones la mella que debieran,
y cesan de ser el fundamento de todos Iob deberes y vir­
tudes civiles. Los ciudadanos y vasallos están atormen^-
tados de dudas continuas y vivos recelos ya por la voz
generalmente divulgada de que es preciso cambiar de
religión, ya á causa de las declaraciones á que están
expuestos incesantemente bajo el pretexto de que impi­
den la propagación de la religión dominante. Por estos
motivos la nobleza de la provincia de Yitepsk, aunque
persuadida ó que la libertad de conciencia está bastante
afianzada por las leyes del imperio y la suprema volun­
tad del emperador que felizmente reina, y á que la re­
ligión dominante prescribe no menos que las otras con­
fesiones la obligación de cumplir sus deberes incluyendo
los principios de las virtudes religiosas y civiles en su
moral; no obstante aterrada de los medios que se em­
plean para propagarla y de las resultas que no puede
menos de tener esta violencia, ha resuelto encargar al
presidente de la nobleza que reúna todos los hechos par­
ticulares y ciertos relativos á esta cuestión, dé cuenta de
ellos á quien corresponda, y eleve una representación al
emperador.
N.° 3.

Relación escrita dada por los habitantes del lugar de


Uszacz, dislrilo de Lepel, provincia de Vitepsk.

En el raes de agosto del año 1835 nosotros habitan-


tcs de la parroquia de Uszacz enviamos una:. representa­
ción al ministro de los cultos en Son Petersburgo implo­
rando su gracía y clemencia,; porque privados.de nues­
tra iglesia nos habíamos visto forzados ¿ profesar exte-
riormente una religión que no hemos querido abrazar;
pero no reeibimosi respútísta alguna,: solamente nos ad­
virtió el obispo Bulhak que pronto ljegaria una comisión
con el sacerdote que se nos destinaba. En efec^ la co-
mísion se nos presentó el dia 2 de. diciembre./ y., ha­
biendo convocado, al pueblo le exhortó á abrazar la reli­
gión griega. Mas todos gritamos á una voz: Queremos
morir en nuestra fé, y nunca hemos querido ni quere­
mos otra religión.Entonces la comisión dejándose de
palabras .1 ¡no A -las obras, es decir, que se pusieron á
arrancarnos los.cabellos, maltratarnos en el rostro hasta
hacernos derramar sangre, darnos golpes en la cabeza,
encarcelar á unos y couihiar ó otros á la ciudad de,Le­
pe!. Por; último vi endo’la comision que tampoco 1c-salía
bien este medio prohibió á todos los sacerdotes del rito
griego unido confesarnos ni administrarnos ningún otro
auxilio espiritual. Míis.nosotros dijimos: Viviremos sin
sacerdotes, haremos oración en nuestras casas y mori­
remos sin sacerdotes confesándonos unos con otros; pero
no abrazaremos vuestra: fé. Antes nos preparen la suer­
te del beato Josafat:'-esoes ló que deseamos. La comision
se fue burlándose de nuestras lágrimas y súplicas, y nos­
otros nps quedamos como ovejas errantes y no tenemos
ningún asilo. Firmamos.
■ ./ ■ N.° L
Representación de los habitantes del lu(¡ar de Lubotdlz
distrito de Babinowieze, provincia de Mohilew.

Augusto y clementísimo emperador: Oiga Y. M. I.


la voz de los que padecen persecución sin merecerlo, de
los que imploran vuestra soberana -clemencia.
Nuestros antepasados, nacidas en la fé griega unida
y siempre fieles aUrono y át la patria, vivieron tronqui-
- m a ­
lamente en m religión, y nosotros nacidos en la misma
fé la profesábamos libremente hacia mucho tiempo. Mas
por la suprema voluntad (como ríos tl^cíári) de la empe­
ratriz Catalina de feliz memori# la autoridad local em­
pleando medios violentos1y'penas corporales logró forzar
á muchos feligreses de nuestra parroquia á abandonar
la religión dé sus mayores; sin embargo algunos, aun­
que habían sufrido Isrs mismas portas, perseveraron en 1Ü
antigua fé contando con el auvilio divino y poniendo su
esperanza en 1a c!emenei¡i de la empera trlz. Nú estras
esperanzas no salieron fallidas: la emperatriz suspendió
la persecución y nos dejó .én la religión de nuestros pa­
dres. Nosotros la profesábamos libremente hasta hoy ba­
jo'la protección de vuestra voluntad imperial* y no
creíamos que Sin una orden expresa de Y: M. I. pudié­
semos ser turbados en el libre ejercício.de la fé que pro­
fesaban también nuestros mayores y en la que hemos na­
cido como ellos. Mas los sacerdotes de 1» religión cfomi-
nartté, alegando por pretexto ü|üe algunos de nosotros han
estado en la comunion de la iglesia griega rusa (!o cual
no es asi), nos obligan íi abjurar nuestra fé no por
penás corporales, slnd por medios mas atroces, es decir,
privándonos de todos ios auxilios espirituales y prohi­
biendo á nuestrbs propios sacerdotes que bauticen, con­
fiesen y den la bendición nupcial. Dé este modo nos ar­
rancan de las manos de nuestros'pastores.
En tan cruel persecución no nos queda otro recurso
que la clemencia de nuestro augusto monarca. Defien­
da Y. M. I. á los que padecen por la fé.
Lubowitz 10 de julio de 1829.
' Firmaron denlo y veinte feligreses.

E l colegio eclesiástico, católico'proliñ\.é á todo sacerdote


oir en confcsion á ninguna persona que no le sea bien
conocida. ; ¡

Conforme al decreto de S. M. I, el susodicho colegio


- 1 7 ¿-
t
ha oído ana orden del caballero Demetrio. JVicolajewicz
Bludow, ministro de lo interior. A! comunicarnos el
ministro este documento nos ha participado que tenien­
do que resolver el'santo sínodo permanente el caso par­
ticular de Isabel Weylkowski, la cual pasaba de la fó
dominante á la religión católica romana, ha prescriptó
al clero griego ruso que lleve nota exacta de cuantos
profesan la religión dominante,.y ha presentado un de­
creto al senado gubernativo para que se prohibiese al
clero de las demas comuniones oír en confesión y admi­
tir á la participación de los sacramentos las personas
desconocidas. El ministro habiendo recibido el decreto
del senado gubernativo recomienda al colegio que man­
de por su parle á todos los sacerdotes católicos romanos
conformarse puntualmente con el antedicho decreto
del santo sínodo y les prohíba bajo grave responsabilidad
confesar y dar .la comunion á las personas descono­
cidas.
El colegio habiendo recibido este decreto ha resuel­
to prescribir £ todos los obispos, administradores de las
diócesis y provinciales que manden á los sacerdotes su­
jetos á su jurisdicción la puntual observancia del dicho
decreto del santo sínodo en lo que toca á la prohibición
de confesar á las personas desconocidas bajo grave res­
ponsabilidad; y ha comunicado este decreto al caballero
Demetrio Nicolajewícz Bludow, ministro del interior.
¡— Firmado.—-Él obispo presidente Ignacio Pawtowski.

III.

Véanse aquí algunas particularidades preciosas so­


bre el falso relato del emperador: las saco de uno de
nuestros papeles eclesiásticos, el mejor informado que
yo sepa, acerca de loa cosas del clero francés y extran­
jero. Se las transmitió un sugeto no menos enterado de
la situación de la religión en Rusia y Polonia que los
mismos naturales, domiciliado'y eslimado en el país ó
causa de la distinguida clase á que pertenece y de la
alta fama de ciencia y piedad que goza. Nótase en
este documento (hab)a de ia representación extendida en
el llamado concilio de Polock y dirigida al sínodo de
San PetersbuTgo por los tres obispos cortesanos y após­
tatas, que presidieron en nombre de todo el supuesto clero
y de un pueblo que hacen ascender basta el número de
un millón y quinientos mil católicos; siendo el objeto de
esta representación la reunión de todo aquel vasto ter­
ritorio á la iglesia cismática) que los obispos dicen que
los mil trescientos cinco Granantes componen la totali­
dad del clero griego unido; y el diario olicial de san Pe-
tersburgo del mes de octubre siguiente hace la obser­
vación de que los tres obispos firmantes son tos únicos
del culto griego unido que existen en Rusia. Ahora bien
aquí hay una de esas ocultaciones de la verdad ó mas
bien una de esas mentiras que hemos visto con tan­
ta frecuencia en esta discusión. Para juzgar de ello con
alguna certeza vamos á dar algunas particularidades
auténticas sobre el clero griego unido de Rusia. Con­
viene saber que hace mucho tiempo se ha arrogado el go­
bierno ruso la potestad de mudar el nombre y la demar­
cación de las diócesis sin participárselo á la curia roma­
na. Para que;se tengan noticias precisas acerca de este
asunto tenebroso y embrollado de intento, ponemos aquí
la lista de los obispados del culto griego unido recono­
cidos por la iglesia de Roma, y está sacada del Atmanack
oficial publicado en esta ciudad el 12 de junio de 1809.

Lista alfabética de todos los obispados del rito griego


unido reconocidos por liorna,

Brest ó Bresta 6 Brzesc en Cuyavia, silla reunida


á la de Wladimir. Yease esta palabra.
Chelma ó Chelín en Wolhynia reunida á la de Bel-
c¡, cuyo obispo es el ilustrísimo señor Felipe Feliciano
Szumborski.
Luck en Wolhynia, reunida á la deOstrog: vacante.
-Minsck ó Minsko en Lituania; obispo el iluslrisimo
señor José Hólownía ■de la orden dé san Basilio Mag­
no (1). !" ; v ' “I , : ■ • •
Pinsco en Lituania, reunida á la de Turovia: va­
cante, ■ : ; ' ■' * *.
PolósUo ; silla arzobispal en ta Rüsia blanca* a que
éstán reunidas Itosda Ors'a," MicislbVvy Yitt’psk: vacante.
Wlodimir y Brésta reunidas en la Wolhynia y la
Lituania: obispo el iliistrteimo seüór Josafát Bulhak, de
la orden; de sao Basilio Magno, metropolitano de la
Rusia. Murió poco há. : ^
Esta es la constitución de las iglesias-griegas unidas
de la Rúsifi según está reconocida por Iü corte de Ro­
ma. Examinemos ahora las innovaciones que se han in­
troducido por la voluntad del gobierno ruso.

Innovaciones efectuadas violentamente por el gobierno


■ ruso eñ las iglésias del rito griego unido.

'■ Manifestemos antes en pocas palabras cuál es la


constitución de las dos iglesias cismática y ortodoxa en
Rusia.
Lá iglesia rusa cismática estaba unida á la de Cons-
tántinopla por la metrópoli de Iíiew: en el siglo X V
mientras qüe los' rústanos en la persona de Isidoro,
metropolitano de Kiew, asistían al concilio de Florencia
celebrado en 1439 y se reunían á la iglesia romana,
los rusos se separaron de Constaatinopla y establecieron
una silla arzobispal en Moscow.
En el siglo X V I mientras que los rusianos se cons­
tituían en griegos unidos en el concilio de Bresla el
año 1595, los rusos cismáticos erigían á Moscow en
iglesia metropolitana. 1'
En el siglo X Y I I Í sé extinguió esta metrópoli, cuan­
do Ptídró el Grande transfirió en 1717 toda la potestad
Jurisdiccional ele la iglesia rusa al santo sínodo estable*
cidoen San Petersburgo, y se declaró cabeza:suprema de

(í j ; Este prelado murió mas de diez anos hace.


la misma iglesia, haciendo que se lo pidieran y suplica­
ron todos los obispos. En esta misma época de 1717 á
1720 los griegos unidos congregados en Zamock com­
pletaron la unión que comenzó en Bresta, y establecie­
ron la iglesia griega unida según la tenemos en el Ál-
manalt oficial de Boma.
En esta reunión se determinó de concierto con la
iglesia romana que la iglesia griega unida se corres­
pondería con Roma por conducto del metropolitano de
Halicz, el cual nombrado por la sania sede daba ia
investidura y jurisdicción á los oíros obispos griegos
unidos.
Sigamos ahora los actos del gobierno ruso contra la
iglesia griega unida.
Antes de la partición de Polonia habia en este
reino sesenta y nueve obispados latinos < 3 griegos: véan­
se las alteraciones que ocurrieron despues de la par­
tición y en la porcion que se adjudicó la Rusia.
En 1794 extinguió Catalina la metrópoli de Halicz,
y de este modo destruyó de un golpe toda la iglesia
griega unida quitando ia cabeza que se correspondía
con la iglesia de Roma, é la cual representaba en Rusia.
En 1795 abolió por un „ufoise de 17 de sep­
tiembre todos los obispados griegos unidos, excepto los
de Polock y Minsk que transformó en obispado latino.
En 1797 se suplicó al emperador Pablo que resta­
bleciera los obispados; pero estas súplicas fueron infruc­
tuosas. Se prohibió á los obispos existentes habitar en
sus diócesis, y tuvieron todos que marcharse á Roma ó
residir en San Petersburgo.
En 1798 autorizó Pablo el restablecimiento de los
obispados de Bresta y Luck á petición del cardenal Litta.
En 1802 el emperador Alejandro instado por los
obispos y la nobleza griega unida consintió en restable­
cer el título de la metrópoli de Halicz; pero por un
simple ukase, sin intervención de Roma y como un
obispado in pariibus, sin que el titular fuese agregado
á ninguna silla existente. Asi es que nombró metropo-
t. 45. 12
1itaño unas veces al obispo 4o-Polock y otras al de Luck,
sin que Roma fuese consultada ó los aprobase.
Por fin en 1.8.17 el ilustrisimo señor Bulhak, alum­
no de-la propaganda de Roma, fue nombrado metro­
politano de toda la iglesia griega unida, y en 20 de oc­
tubre de 1818 consiguió la bula de institución que le
conservaba el título de metropolitano de Halicz. agre­
gándole al obispado de Bresta: ademas fueron reunidos
todos los obispados de Polonia en el de Chelm.
El ilustrisimo señor Bulhak fue investido de los de­
rechos de delegado apostólico con las facultades ex­
traordinarias necesarias para reparar ludas las ilegali­
dades que se habían cometido mientras no hubo un
metropolitano confirmado por k iglesia romana.-El dió
la institución canónica á todos los obispos de que vamos
á hablar, y restableció la unión entre los griegos unidos y
Roma, á la que perseveró fiel hasta el último aliento.
Entonces disfrutó la iglesia griega unida de alguna
tranquilidad; mas no duró mucho tiempo.
En 182S ocupó Nicolás el trono imperial de Rusia,
y en 1828 abolió el obispado de Luck por un simple
ukase.
En 1832 resolvió por otro que solo los obispados de
Bresta y Polock (oran los que quedaban) llevaran el
nombre de diócesis de la. Lituania y diócesis de ia Ru­
sia blanca y qu$serian los únicos reconocidos en Rusia;
lo cual se hizo sin ninguna intervención ó aprobación de
la iglesia romana. Por esta época se abolió la orden
entera de los basilios como liemos visto .en el núme­
ro 1.°, y una porcion de conventos del rito latino.
Ademas se comenzó á seguir ese sistema de per­
secución sorda y no interrumpida que hemos nota­
do ya.
Ahora que conocemos el estado real de la iglesia
griega unida-según la ha puesto el emperador y según
está reconocida por Roma, podemos juzgar con cono­
cimiento de causa á los obispos firmantes de ía repre­
sentación y la aserción oficial ¿z que estos forman la
unanimidad- de los obispos griegos unidos existentes en
Rusia.
A la cabeza de ellos está José Siemasko que re­
side en san Petersburgo, donde es presidente del colegio
griego unido romano bajo la dirección del procurador
general del sanio sínodo cismático: el título de obispo
de Lituania que tomares creado solamente por el em­
perador. Este prelado es ei instrumento mas dócil de la
autoridad imperial y el agente mas activo de toda esta
cuestión tenebrosa.
EUegündo es Basilio kuzfnskL El título de obispo
de Orsza es un título in parlibus, y el de administra­
dor de la diócesis de la Rusia blanca es de creación del
emperador. Reside no en Orsífi, sino en Polock.
El tercero es Antonio Zubko. Los títulos de obispo
de Bresta y vicario de lá diócesis de Lituania son de
creación del emperador. Solo era coadjutor de Bresta en
tiempo del ilustrisimo Bulliak, título que equivale poco
mas ó menos al de vicario general: reside en Bresta.
Tales son los obispos que solicitaron bajamente ia
reunión, y se dice de oficio que forman la totalidad de
los obispos reunidos de Rusia. Ya vemos que ninguno
dé ellos es en realidad individuo del clero griego unido
reconocido por el papar pero-la mentira será todavía
mas patente cuando se sepa que existían otros tres obis­
pos üs\ clero griego unido, de quienes no se hace nin­
guna mención, y son:
1.° Él ilustrisimo señor Zarszki, obispo in parlibus
é individuo del clero griego unido de Son Petersburgo,
que murió hará cosa de un mes en Bitonia cerca de
Bresta protestando su fidelidad á la iglesia romana y
habiéndose resistido á firmar la solicitud de reunión.
2.° É l ilustrisimo señor Joszyf, agregado también
al colegio eclesiástico romano de San Petersburgo: vive
aun y no ha querido firmar.
3.° E l ilustrisimo señor Szumborski, obispo de
Chelín desde el año 1818: vive aun y ha perseverado
fiel.
Asi se empieza á ver con claridad en esta obra de
tinieblas, y se comprende que el gobierno ruso ha hecho
respecto de los obispos lo que habia hecho respecto de
los monjes de san Basilio. A estos les prohibió primero
recibir novicios sin su licencia: en mucho tiempo no
concedió ninguna, y luego extinguió todos los monas­
terios de la orden por la razón de que no habia bas­
tantes monjes. Con los obispos lo ha hecho peor. Impi­
dió por largo tiempo llenar las sillas vacantes, y luego
cansado de esperar que muriesen tos antiguos poseedo­
res refundió de una plumacjn iodos los obispados exis­
tentes en dos de su hdchurá: nombró para ellos dos
criaturas suyas, y al uno le dió un coadjutor, hacién­
dolos firmar una solicitud de reunión y decir elia
(asi como dijo el diario oficial) que ellos forman la íoía-
lidad de los obispos reunidos de la Rusia. A cualquiera
le ocurre preguntar cómo puede un gobierno darse
tan poca estimación, que eche mano de semejantes me^
dios é vista de la Europa civilizada y del orbe cristiano.

DOCUMENTOS JUSTIFICATIVOS RELATIVOS A LAPRUS 1A,


Xqs papeles periódicos de todas opiniones se han in­
dignado de estas medidas tiránicas y han clamado con­
tra ellas. Véase en el Libro encarnado:
1.° La carta de un sabio westfalíano al Universo:
% ° El extracto de la correspondencia del Conser­
vador belga: . ■
3,° E l Correo francés;
4.° La carta de O’Conneil al Morning Ckronicle,

IV . ■

A lodos estos artículos debo agregar otro de mucha


importancia que se lee en el Diario de los debatest
«Hemos publicado la alocucion que dirigió el papa
á los cardenales en consistorio con motivo de la destruc*
cion de la iglesia greco-católica ó griega unida en las pro­
vincias antiguamente polaeas de la Rusia blanca. Deje­
mos á un lado la ruina de las leyes, délas instituciones,
de la propiedad polaca, de todo lo que formaba ia na­
cionalidad antigua: esos son añejos lamentos que se di­
ce no mueven ya á nadie. Ahora el emperador Nicolás
trabaja en destruir la iglesia católica en Polonia , como
el rey de Prusia trata de subyugarla en West falia y en el
ducado de Posen. Contra estas violencias se levanta no
ya la voz de la imprenta, sijio la del papa, que desde
la cátedra pontifical denuncia al mundo este trastorno
de las conciencias humanas.
«Nt> queremos exagerar la pujanza del Vaticano» y
concedemos á la filosofía la honra de haber abierto an­
cha brecha en la potestad papal: resta saber si todo lo
que ha quitado la filosofía al papa, lo ha dado á la li­
bertad y á la tolerancia. Por nuestra pártelo dudamosaí
ver lo que pasa en el norte de Europa. E l papa (lo con­
cedemos) no es mas que un anciano, que rodeado de
otros ancianos deplora las injurias hechas á la iglesia
católica. No tiene otra fuerza que la de la queja; pero
la queja pública; y tal vez por egte título nos interesa
mas. Nosotros, instrumentos de la publicidad, ponemos
una secreta confianza en esta publicidad de nueva espe­
cie. Ademas siempre se puede acusar á un periodista de
ser hablador y revoltoso; pero el papa tiene derecho de
hablar, sobre todo cuando habla á nombre de la iglesia
católica entera. Su voz no solamente resuena en las
conciencias de los pueblos, sino que tiene derecho de
dejarse oir en las cortes. Asi observamos con vivo inte­
rés esta contienda que cada dia se ensancha y extiende
entre el pontífice y los príncipes del norte. E l papa no
cedió en cuanto al arzobispo de Colonia , y no tardó el
de Posen en subir á la brecha, donde se halla aun.
Vease ahora una nueva altercación acerca déla opresion
de la iglesia católica en Rusia; y no se extrañe ver en­
trar al papa en esta nueva contienda sin temor ni vacú*
lacion, -y no intimidarse mas ante un emperador de
Rusia que ante un rey de Prusia. L,a iglesia en nuestros
dias no tiene nada que temer*sino la prosperidad; esta
es la única cosa que la debilito,
«La situación que el emperador de Rusia acaba de
destruir por su ukase, no, es de ayer, sino que tiene
trescientos años de fecha; lo cual es algo. La misma
Abeja de Scfn Petersburgo qúe ha celebrado en térmi7
nos pomposos la, apostasia de los obispos unidos, lo con­
fiesa, porque se gloria de ver anudados olra.vez los la­
zos que habían roto los cristianos del rito griego uñido
trescientos años hace, Es verdad que aquel periódico no
deja de decir que la unión de los griegos con la iglesia
romana se efectuó por la intriga en el año 96 del si­
glo X V J , y se lastima de la opresíoñ con que la iglesia
católica ha vejado á loa cristianos del rito griego unido
por espacio de trescientos años; sin embargo ella misma,
confiesa que la iglesia romana había dejado á los griegos
unidos las ceremonias y ritos de la oriental. Pero aquí
especialmente es donde vela intriga y el fraude. Se in­
dujo, dice, á una parte del clero griego á reconocer la
iglesia romana, y con lodo se le dejó la libertad de con­
servar todas las ceremonias y usos de la iglesia de
Oriente, y este reconocimiento tomó el nombre de unión
conM iglesia, latina. A la verdad la conducta de Rofna
pudo-ser muy diestra en eso si se quiere; pero segura­
mente fue muy poco qpreai vo ; y creemos que cuando la
Rusia se mete á oprimir, no.lo hace cotí tanta blandura.
En efecto ¿qué es lo que vemos, en la conducta de la
iglesia'romana en 1590? Mucha ¡«¡telígencia y toleran­
cia. Exigió que los obispos griegos reconociesen ia su­
premacía de lá silla.pontificia,:es decir, el principio de
unidad que constituye h fuerza de la iglesia católica;
pero reconocido este principio uo los incomodó en cuán­
to á las ceremonias exteriores del culto, ni quiso tras­
tornar las costumbres del pueblo. ¿Dónde está la
opresion? •• -
»Por lo demas no pretendemos que no hubiese in­
trigas en la historia de la reunión en 1506* ¿Dónde no
hay intrigas en las cosas de este mundo? ¿Querría ha­
cer creerá la Europa La abeja de San Petersburgo que
no intervino la intriga en la abolición de la unión
de 159G? Y aun nos daremos por contentos si no hubo
mas que intriga y no se mezclaron la persecución y la
opresion.
»Veamos pues cómo cuenta aquel periódico.ta his­
toria de la abolicion de ia unión greco-católica. Pura
comprobar su relación tenemos ta alocucion consisto­
rial de S. Santidad: asi podemos oponer á la palabra del
emperador de Rusia la palabra del papa; lo cwat nos
coloca en una situación desembarazada.
«Cuando Catalina I I ocupó las provincias polacas de
la Rusia blanca, no fue destruida inmediatamente la
iglesia griega unida* porque La abeja de San Petersburgo
habla de dos millones de almas que perseveraron en la
unión. La emperatriz se contentó con prohibir el pase
de la iglesia griega unida ó la latina; lo cual era una
seguridad de la conservación de la iglesia griega unida;
pero al mismo tiempo se añadió la prohibición de pasar
de la iglesia latina á la griega unida; lo cual era tam­
bién una seguridad dada al catolicismo contra el prose-
I¡tísmo moscovita.. Asi la conducta de Catalina lejos de
ser violenta y exclusiva fue moderada y tolerante. La
emperatriz dió seguridades á la iglesia católica y man­
tuvo á la griega unida; y si la política y su interés !e
dictaron esta prudencia, y temió herir muy en lo vivo
los sentimientos del pueblo combatiendo abiertamente á
la Iglesia unida,, eso prueba solo, que trescientos'años
de duración habían dado á esta bastante fuerza para ser
respetada* y que la iglesia que habia conservado sus
ritos y ceremonias orientales no había aceptado al reco­
nocer la supremacía del papa un yugo que pareciese in­
soportable á la nación. Y en efecto muchos opinaron
que dependencia por dependencia mas vale depender de
una potestad que solo puede compeler por la conciencia,
que de otra que puede compeler por la fuerza.
«Dice La abeja que uno de los primeros cuidados del
emperador actual al sentarse en e! solio fue atender á
la iglesia griega unido. Asi solamente al emperador Ni­
colás debe quejarse el papa de las medidas que han acar­
reado la destrucción de la iglesia griega unida. Antes de
él se había mantenido esta iglesia en su independencia:
este es un hecho importante que conviene dejar sentado.
Cualquiera que sea el impulso universal de centraliza­
ción al cual ceden todos I09 gobiernos europeos, salvo ia
Francia que ha hecho en esta parte todo cuanto podia,
y el Austria que parece no querer hacer nada; y cual­
quiera que sea la propensión que existe á reducirlo to­
do á un centro común; nadie habia discurrido hacerlo
con la religión.. Veamos las medidas que según La abeja
tomó S. M. I. para reducir la iglesia greco-católica á ia
moscovita. Se creó en San Petersburgo una junta ecle­
siástica encargada de dirigir los negocios de la iglesia
griega unida; y (cosa singular) se le dió una administra­
ción particular, no para mantenerla, sino para destruir­
la. Se procuró reducir en cuanto fuese posible la iglesia
griega unida á las formas de la griega moscovita , y se
sustituyeron los libros eclesiásticos compuestos según el
espíritu de esta á los que se habían formado despues de
la unión de 1596. La abeja dice que aquellos libros eran
mas correctos. El papo en su alocucion denuncia tam­
bién esta sustitución de nuevos rituales que llama frau­
dulenta , para conducir poco á poco el pueblo al cisma
sin que siquiera pudiese sospecharlo.
» Estas son algunas de las medidas tomadas para con­
seguir el objeto; pero aun hay mus. Continuemos con
referencia é La abeja * la cual dicfe mas que el mismo
papa en su alocucion sobre el modo con que se preparó
y efectuó la conversión; de -los griegos unidos: «Nadie
»fue nombrado ya para ningún empleo eclesiástico sin
«sufrir un examen que probase que conocía bastante las
«costumbres y ritos de la iglesia oriental. Todos los
»obíspos trabajaron con infatigable zelo y un fruto asom-
3)broso en propagar estas ideas en el clero que estaba
»sujeto á ellos. A! mismo tiempo todos los clérigos jóvé-
»nes recibieron una dirección declarada hácia la iglesia
y>griega oriental en dos seminarios recien instituidos.
»Esta .dirección no la podion comprender bien algunos
«monjes que habían pasado de !<riglesia latina á la griega
«unida, (trátase de loa basilios). Para no violentar su
«conciencia se Ies dió un plazo de cinco años, durante
»el cual tenian libertad pañi volver á la iglesm latina,
«y en ese espacio se aprovechó el que quiso de esa li­
bertad.» Muchas reflexiones habría que hacer sobre
todo esto; pero ¿qué ju2ga el lector de esa tolerancia
quinquenal del gobierno ruso? Habia una iglesia griega
unida, que contaba trescientos años de duración y tenia
sus monjes, Antojasele al gobierno ruso abolir esta igle­
sia secular, y da cinco años á los monjes para que se
conviertan á la latina ó á la griega oriental: asi se en­
tienden los derechos de la conciencia. No podéis conser­
var vuestro culto que. me desagrada; pero os doy cinco
años para que le cambiéis. Muchas gracias: tengo cinco
años para mudar de religión; que siempre es un favor,
porque podia Y. haber sido mas brutal y no darme mas
que cinco dios.
»No sabemos qué se podia añadir á la relación de La
abeja. Por su confesion propia el gobierno ruso no ha
provisto los empleos eclesiásticos mas que en aquellos
que estaban dispuestos al cisma * ha dado una dirección
declaradamente cismáticn á todos los clérigos jóvenes, y
ha echado á los hombres que no querían seguir aquella
dirección. En la alocucion del papa encontramos un
nuevo hecho tan extraño como ios ya citados, aunque
no mas. Los curas párrocos fueron precisados á firmar
una fórmula de adhesión á la iglesia greco:moscovita,
amenazandose quitar el curato á los que lo rehusasen. En'
vista de esto ¿cómo hemos de creer con La abeja que
era detestada la unión de 1596, y que todo el clero
deseaba ardientemente la hora de volver al gremio de la
iglesia oriental? En verdad nos parece que el clero grie^
go unido ha aguardado con mucha cachaza la libertad.
que le ha dado el emperador Nicolás, porque pudo
conseguirla despues de las conquistas de Catalina II-y
bajo el imperio de Pablo y Alejandro, y no la buscó ni
solicitó- Para que pensase en ella ha sido menester que
fuese destruida y, abatida la Polonia , y que una junta
eclesiástica residente en San Petersburgo serdedicase
particularmente á este asunto. Por todas estas señales no
parecerá seguramente muy espontanea la conversión de
la iglesia polaca conocida con el nombre de griega unida.
»E1 12 de febrero de 1839 los obispos de la iglesia
unida congregados en Polock firmaron un instrumento,
en que expresaban el deseo de reunirse á su iglesia na­
cional y primitiva, y suplicaron al emperador que se
sirviese aprobar aquella reunión. « E l emperador, dice
»La abeja, recibió esta carta con un profundo senli-
amiento de gratitud al rey de los reyes y mandó remi­
tirla al santo sí Godo. Este experimentó el mismo gozó
«que el emperador. Por fiu el día 25 de marzo se some-
»tió á S. M. I. la resolución del santo sínodo que apro-
»baba la reunión, y el emperador la firmó, añadiendo
«estas palabras debajo de su firma: Doy gracias á Dios
ay la autorizo. Al punto cundió por todas partes la fe-
jjIíz nuevo de que el clero y pueblo de la iglesia greco-
«latina eran regenerados para el cielo y la tierra por su
»u;e)íod¡.con la iglesia moscovita: para el eielo donde for-
»marian:de allí adelante parle de la iglesia uinversa! de
3>Cr¡sto; y para lia tierra, donde ya no.- habia nada que
«■los separase de su antigua patria moscovita.»
» E ¡:papa concluye su alocucion diciendo que fiel á
la orden dada al profeta: Qama, m ccsses: quasi tuba
e&alla vocrni tuam; no.cesará desde la cátedra apostó­
lica y á la faz del orbe cristiano de denunciar las vio­
lencias cometidas con la iglesia Nosotros que confiamos
en el poder de la palabra humana cuando el hombre
tiene razón, cualesquiera que sean por otra parle la=de­
bilidad y aislamiento d«l que habla-; nosotros que cree­
mos que no hay una queja justa, que no' vaya cobrando
poco á poco una fuerú irresistible, contra el perseguí-
dor; aplaudimos coa júbilo esta firmeza del pontífice.
Hoy el poder de la queja equivale al poder de la exco­
munión, porque tiene del mismo modo su fundamen­
to en la conciencia de los pueblos, m

V . — =A cta d e l a c o n fed iíiiac io n b e l p a l atinado


DE SANDOMIR EXTENDIDA EN MOSZINKA EL 19
DE AB1UL DE 1769.

Algunos rusos armados trastornan la constitución


fundamental de la patria y anulan las leyes antiguas,
que siempre fueron lan sagradas para nosotros. JEsta-
blecense nuevos reglamentos: la autoridad de los gran­
des generales está reducida á nada; y un obispo, un
senador, un nuncio á pesar d¿su distinguida clase y de
la seguridad púbüea son. presos y yacen hasta ahora en-
la carcél. E l pais está sobrecargado de tributos, y los
soldados rusos viven en él á discreción incendiando . sa­
queando y majando sin ningún motivo á los ciudada­
nos de éste reino: se enriquecen con nuestros despojos
y los transportan é la Ukrania, cuya suerte es tan la­
mentable. En el resto de esta provincia que no está su­
jeto todavía á ellos, fomentan la rebelión , obligan me­
diante promesas ó á la fuerza á prestarles juramento de
fidelidad, desmembran nuestras provincias * suscifan á
sus propios vasallos á rebelarse contra sus señores eti
los palatinados de Wolhynia: y de Braclaw y en toda la
Rusia , y siembran asi la semilla de una guerra civiL
¿Dónde presenta la historia tales ejemplos? Los patri­
cios zetas son arrancados de sus casascargados de
cadenas y metidos en los calabozos*, otros no pudiendo
sufrir este tratamiento cruel! espiran; én medio de la mi-
sérica y los tormentos. Asi este reino floreciente por una
larga paz *bajo, el reinado del amadísimo monarca Au­
gusto I I I es saqueado, incendiado y talado por unas
tropas que se dicen auxiliares y amigas.
Imploramos pues el auxilio de todas las potencias,
de las q w defimdm nuestra religión, y les presenta­
mos nuestros- misterios profanados, nuestras iglesias
despojadas, nuestros sacerdotes maltratados y nuestros
obispos arrebatados, Mostramos el estado de nuestra
patria á esas potencias respetables que dieron su ga­
rantía en los tratados de Oliva, Carlowitz y Prnth:
nuestra situación presente envilece, degrada y destru­
ye su autoridad,
Llamamos á las potencias vecinas y tas prevenimos
sobre el riesgo que las amenaza; y esas potencias que
comercian con nosotros, tendrán una pérdida real en la
devastación jje nuestro pois.
También pedimos á las potencias amigas los auxi­
lios con que contamos seguramente; pera porque no
parezca que los esperamos ociosos, abandonamos al ene­
migo lo posesion de nuestra putria asolada antes que
consentir que . siendo libres se nos ponga el yugo igno­
minioso la servidumbre. Corremos apresuradamente
á las armas sacrificando nuestras cusas, nuestros bienes
y nuestra vida en defensa de la religión, de ta libertad
y de nuestras antiguas leyes; y repetimos nuestros ju­
ramentos y promesas mutuas de fidelidad y de no se­
pararnos al unirnos según las reglas de la confederación
de Bar que comenzó tanto tiempo hace.

Y L — M a n if ie s t o d e í pa la t in a d o b e R u s ia .

Los manifiestos de casi todos los palatinados y los


clamores de toda la nación lo han publicado suficiente­
mente, y las menores circunstancias de las calamidades
de nuestra república han llegado á noticia déla Europa
entera; pero no podemos pasar en silencio dos rasgos
inauditos de perfidia: y barbarie que han cometido los
generales rusos contra todo derecho de gentes y de hu­
manidad.
El uno es el tratamiento que experimentó la pri­
mera confederación de Cracovia. Habiendo sido vendi­
dos nuestros hermanos tuvieron que rendirse y capitu­
lar. El general Apraxin les prometió bajo su palabra
de honor que se tendrían con ellos todas las considera*
ciones posibles y que podrían regresar libremente á
sus familias. Hay mas: despues que se entregó la ciu­
dad, los admitió á los festejos que tuvo por conveniente
celebrar; pero de allí: á tres dias fueron encerrados en
estrecha prisión y en virtud de nuevas órdenes condu­
cidos al Grod de la ciudad para reiterar la separación y
desistimiento de la confederación. La nobleza de cada
palatinado accedió sin desconfianza contando con la li­
bertad que se Ies habia prometido; pero no bien hu­
bieron hecho lo que se les exigía, todos los confedera­
dos sin distinción de edades ni clases fueron conducidos
á pie por espacio de mas de quince leguas y llevados
despues como un vil rebaño hasta Kiew. Mas no hay
términos para expresar la inhumanidad con que trató
á los confederados de Leeci el coronel üreuritz, coman­
dante de un destacamento rúso. La posteridad no quer­
rá creer que unos caballeros que- habían nacido libres
y estaban armados para defender la libertad y la re­
ligión de su patriay sorprendidos y hechos prisioneros
por aquel oficial, fuesen de orden del mismo y á su vis­
ta puestosen cueros y muertos ó sangre fría á la punta
de las picas y bayonetas. Nos estremecemos al recordar
esla atrocidad, acaso desconocida entre los salvajes mas
feroces.

V IL — M a n if ie s t o d e , l a e m p e r a t r i z d e R u s ia
’ P A R A EXTIRFAJR. LOS SACERD OTES, LOS NO­
B L E S Y LOS JU D IO S , DADO EN PJÍT ER SBU R G O
E L 20 D E JU N IO DE 1768.

Por orden de S. M. la emperatriz Catalina Ale-


xiowna, soberana de todas las Rusias.
Como nos vemos claramente con qué desprecio é ig­
nominia somos tratados asi como nuestra religión por
los polacas y judíos, siendp perseguidos, oprimidos y
castigados de muerte los defensores de nuestra comu­
nión griega; por estas razones no pudiendo consentir ya
tiles ultrajes é ignominias y tal persecución, única­
mente por el desprecio que. sufre nuestra santo religión
damos esta orden y mandamos á Maximiliano Zelaznik,
de la tierra de Tymoszew, coronel y comandante en
el Zaporozo bajo, que entre en el territorio de Polonia,
tomando ademas algunas tropas de nuestros ejércitos
rusos y de los cosacos del Don para extirpar y destruir
con el auxilio de Dios á todos los polacos y á los judios,
blasfemos de nuestra santa-religión* Por este medio po­
nemos término á Lodas las quejas elevadas á nuestro
trono contra esos desapiadados asesinos, esos perjuros,
esos violadores de la ley, esos polacos, que protegiendo
la malo creencia de los judios impíos, blasfemando de
nuestra religión y despreciándola oprimen á un-pue­
blo fiel é inocente. Ordenamos pues que atravesando
la Polonia sea extirpado su nombre y aniquilada su
memoria para siempre. Mas para que se guarden los
tratados y se. conserve la amistad con nuestros vecinos,
prohibimos bajo las penas mas rigurosas molestar ó in­
quietar á los comerciantes turcos, griegos y arme­
nios y los nuestros rusos que atraviesan la Polonia por
motivo de comercio; y aun queremos que tengan siem­
pre libre tránsito y todos los. auxilios que pueden re­
querirse de vecinos y amigos. Para mayor fé confirma­
mos esta orden y Ucencia.
Dado en Petersburgo, sellado con el sello de nues­
tras armas y firmado de nuestro puño el día 20 de ju­
nio del año 1IG8. — C a t a l i n a I I . — A t a m a n K o s -
z o y v y . — Pjedro K a l w i s z e w s k i , con los testigos.
REFUTACION
DE LA HEREJIA C0i\STlTI]{10\if..
Está concluida la historia de la herejía constitucio­
nal: ahora trato de refutarla y combatirla. Las prue­
bas que presento, son de cinco especies diferentes según
los diversos lugares ó fuentes teológicas de donde las
saco; y aunque indiqué ya esta división en la parte
histórica, puedo sin óbice repetirla ol principio de esta
segunda, que es toda dogmática: .1.° la sagrada escri­
tura: 2.° la razón y sus discursos sobre los principios de
la teología: 3.° la sana política: L ° la tradición de la
iglesia: 5.° la revolución'y muchos hechos auténticos
á que ha dado margen desde el año 1790.
Con todo he crehio que á todas estas pruebas debía
preceder un argumento de otro género, que en el .foro
se llama medio prejudicial y en la teología prejuicio fa­
vorable. Este argumento mas indirecto que directo se
saca de la carta constitucional y de su parte dispositiva
sobre la libertad de cultos, y es una consecuencia in­
mediata de CíStas dos proposiciones que me parecen in­
contestables, y añado que conexas é indivisibles: 1.a la
supremacía de la iglesia en el orden espiritual es un
dogma y un artículo de fé: 2.:i siendo esto asi, no pue­
de ser desconocida ni contradicha administrativamente
esa supremacía por la potestad civil sin una verdadera
contravención al derecho que bajo el nombre de liber­
tad de cultos y de conciencia aseguran á todo ciuda­
dano francés las carias constitucionales*
3.a La supremacía de la iglesia en las cosas divi­
nas es un dogma de la fé católica.
Esta primera propoeicion se prueba por una re­
flexión sencillísima y á mi parecer muy decisiva. En el
juicio de los dogmas de la fé católica y en el discerni­
miento que hay que hacer de aquel género de proposicio­
nes que la teología llama simples opiniones* en esla grave
cuestión de suma importancia para el catolicismo y en
la que se encuentra el desenlace de sus mas serias con­
tiendas con la reforma de Lutero, permítasenos preferir
el juicio del popa, de los obispos y de las escuelas cató­
licas al de nuestros adversarios, quienes por la mayor
parte desconocen la teología y la ciencia divina.
2.a Supuesto que es un dogma de fé católica la su­
premacía de la iglesia en las cosas divinas* la carta cons­
titucional en su parte dispositiva sobre la libertad de
cultos asegura á todo ciudadano francés !a libre mani-
-festacion de este dogma.
Pareceme que la prueba de esta segunda proposi-
cion está saltando á los ojos. Leanse todas nuestras le­
yes fundamentales, y se verá escrito en letras gordas li­
bertad de cultos* igualdad de iodos los cultos ante la
ley- ¿Qué se quiere decir con las palabras libertad de
cultosl ¿Acuso indican el ceremonial de la misa y los
oficios parroquiales? ¿ Es esa toda la libertad que asegu­
ra la carta ó todos los franceses en materia de religión?
En efecto tentado está uno por creer que tal fue el
pensamiento extravagante de Rousseau, y que el desen­
lace de su sistema sobre la indiferencia de ¡as religiones
es no ver en todas mas que un ceremonial y unas cere­
monias arbitrarias y ■convencionales. Montlosier parece
que tuvo esta extraña idea- según se ve por su libro
Del sacerdote, donde nos .aconseja á los católicos sin
ambages que quitemos de nuestra religión los dogmas,
los misterios y ios artículos de fé, y solo conservemos
las ceremonias que le parecen magníficas y majestuo­
sas. No, ese no es el límite de la libertad de cultos se­
gún tos términos de la carta. Esa expresión asegura á
todo ciudadano la libertad de creer ó negar , admitir ó
desechar todo dogma y creencia que contrarían su
religión , explicarse Abiertamente acerca de esta mate*
ría de viva voz y por escrito, por sus palabras y obras,
salvo el respeto debido al orden público, es decir, á Ja
ley protectora de las personas y propiedades (1). E l
fundamento y esencia de una religión son los dogmas,
los misterios y los artículos de fé: la disciplina y las
ceremonias no son mas que parles accesorias. Si se con­
tradice á un ciudadano en la libre creencia de los dog­
mas y misterios de su religión é en la manifestación
exterior de ella que tiene derecho de hocer; si se le
persigue hasta en el santuario de su conciencia dictán­
dole las creencias de olro; si se rechazan las suyas hasta
lo intimo de su coruzon y se le obliga á ocultarlas en el
hogar doméstico como Jos vergonzosos actos del crimen;
con semejante modo de proceder ¿cómo puede decirse
que la carta es una verdad y la libertad de religión el
paladión de nuestras libertades? Bujo una carta que nos

(1) Excusado nos parece advertir que este lenguaje


tan repugnante para un católico que tiene la dicha de vi­
vir en una nación donde solo se permite la verdadera
religión , es no solo disculpable, sino hasta lícito y nece­
sario en boca de los defensores del catolicismo que viven
en países donde se autoriza la funesta libertad.de cultos
y de conciencia. Es falso que el error tenga ningún dere­
cho ; y sí es ^cierto, como seguramente lo es, que hay
una religión verdadera y divina, se sigue que todas las
otras son falsas, porque la verdad . no puede ser mas
qué una ; y de consiguiente ninguna de ellas puede pre­
tender esos derechos y libertades. Mas es un hecho que
en muchas naciones se consienten y toleran diferentes
cultos, ya igualmente libres y protegidos en su ejercicio,
ya preponderante el uno y los demás sujetos á ciertas
restricciones y cortapisas; y por una calamidad bien fatal
á las sociedades en una buena parte de Europa la reli­
gión católica se ve ó perseguida y oprimida abiertamente,
ó coartada á la's ciarás ó con cierto hipócrita disimulo.
Donde así sucede, nuestros hermanos los católicos para
poder profesar su religión con toda lá libertad dable n_6
tienen otro recurso que apelar á los derechos y franquí-
t . 13
prometió ana abundancia de libertad que no teníamos,
¿es justo ni conveniente restringir una libertad llamada
tantas veces la gran propiedad de la humanidad, el de­
recho imprescriptible del hombre? Ye aquí lo que lla­
mo yo la primera prueba indirecta ó en otros términos
un prejuicio muy legítimo á favor de mi conclusión: su
creencia es nada menos que un dogma de la fé católica,
cuya posesion no puede disputar la potestad civil á la
sociedad católica sin contravenir manifiestamente á lo
que dispone la carta sobre la libertad de cultos. A este
primer prejuicio legítimo pudiera yo añadir'aquí otros
muchos, y las escuelas me suministran su argumento
de prescripción con todas las excelentes explicaciones de
los escritores de Purt-Royal. Casi no conozco un dogma
de la fé católica al que se aplique con mas utilidad este
célebre argumento; mas deseando que mi escrito corra
en manos de lodos apruebo mucho aquella regla dada
por los maestros del arte de bien hablar; á saber, que la

cias concedidas en las leyes nacionales á las sectas y cul­


tos permitidos; es decir, que la verdad investida por
derecho propio de la facultad de manifestarse libre y re­
sueltamente necesita invocar la participación de los dere­
chos que.se conceden á toda clase de errores con subver­
sión de los buenos principios de moral y lógica. En esas
desgraciadas naciones se ven precisados los católicos á
hablar asi álos legisladores y gobernantes: Vosotros con­
cedéis por vuestras leyes la libertad de cultos y de con­
ciencia; y como nuestra religión es uno de esos cul­
tos, reclamamos el derecho de profesarla y defenderla li­
bremente haciendo abierta manifestación de nuestros
dogmas y doctrina y practicando las ceremonias de
nuestro culto, salvo el respeto debido á las personas que
,siguen los diferentes cultos igualmente autorizados. Este
lenguaje dictado por la necesidad no abona ni legitima
de ningún modo los derechos que se arroga el error ó le
conceden sus patronos* Con estas consideraciones no se
extrañará el lenguaje de nuestro autor que escribía en
Francia, donde la ley es atea según dicen los prohombres
del dia. (N. de los RR. de la R. R.J
bondad de los argumentos es mas relativa que absoluta,
y que las mejores pruebas no son las mas verdaderas y
lógicas, sino las mas adecuadas A las disposiciones del
lector ú oyente; y vitupero el abuso más bien que
la cosa en el sistema de los que creen deber hoy consi­
derar los asuntos religiosos por el ludo bello, poético y
sentimental que ofrece el cristianismo & la imaginación,
Asi.se presentan á un paladar estragado y á un estóma­
go extenuado unos manjares muy cargados de especias.
El -gusto de los lectores para quienes yo hablo, no se acó'
modaria á los argumentos duros y áridos de ta teología
escolástica. Con todo dirigiéndose esta obra de un modo
mas especial á esos hombres graves, que son para la
iglesia el resto bendito de] rebatió y la preciosa semilla
de que hablan ton á menudo los profetas, y que deben
ser alimentados siempre con el sólido manjar de la pa­
labra divina; continuaré á favor de ellos presentando las
pruebas de mí conclusión según el orden que indiqué
en el preámbulo de mi obra:
La iglesia recibió de su divino fundador una potes­
tad suprema é independiente sobre todos los objetos es­
pirituales* es decirt sobre todas las cosas divinas.

SECCION P R IM E R A .

P R IM E R A PRU EBA BE E S T E DOGMA. — L A P A L A B R A


D IV IN A .

Desde que la lógica se dedicó á reducir á arte el


raciocinio y á señalar el buen método de discurrir, no
han cesado los maestros (desde Aristóteles hasta nues­
tros dias) de recomendar á los oradores y escritores que
hagan buenas definiciones y distinciones. Las buenas de­
finiciones han dé empezar por las palabras, porque
siendo estas obscuras y ambiguas son el manantial ina­
gotable de la obscuridad y tinieblas del discurso y jun­
tamente de esas falsas apariencias y sofismas que pre­
senta el escritor á la vista del lector para extraviarle en
una senda errada y desviarle del término á donde se
dirige. Las buenas distinciones se encaminan á separar
Ja proposicion cuestionada de todos los incidentes que
$e han confundido con ella, y lo envuelven y ocultan
en vez de mostrarla y exponerla con aquella desnuda
simplicidad con que aparece sola y fácil de compren­
der y discernir. Yease una aguja ó cualquier otro
objeto natural confundido y perdido en una hacina do
heno, pajn ó estiercol: ¿cómo ha de poder encontrarla
el que la busque enmedio de todos aquellos cuerpos ex­
traños? Apliquemos estas regías á nuestra cuestión, y
á manera de los geómetras procuremos que precedan
todas las definiciones y distinciones útiles y necesarias
para aclarar el sentido de las palabras y presentar con
precisión el estado de la cuestión.
1.° ¿Qué se entiende por un objeto espiritual?
2.° ¿Cuál es la noción exacta de un objeto tem­
poral?
3.° ¿Por qué regla se discernirá sin confusíon ni
dificultad lo espiritual de lo temporal? .
Llamo objeto espiritual, bien espiritual todo lo que
se refiere al mundo de espíritus llamado moral, reli­
gioso y espiritual. Esto3 objetos loman esos nombres
por oposicion á los del orden civil y temporal. E l fin
ulterior de loa primeros es la felicidad de la vida futura,
ía paz, la justicia. E l fin próximo é inmediato de los
segundos es la vida presente y sus goces sensibles; y para
presentar mejor mi pensamiento digo que la iglesia po­
see en el orden espiritual toda la plenitud de potestad
devolata en el orden temporal á los príncipes, expre­
sión genérica y sinónima de la de gobierno, cuales­
quiera que puedan ser la forma y constitución política
de él.
No nos duelan aquí las explicaciones, porque en
tanto que contribuyan á ilustrar mas una cuestión tan
capital, tío seremos nunca demasiado prolijos. ¿Por qué
principios y regias se ha de distinguir, separar, clasifi­
car y señalar á cada una dé las dos potestades su forma
y jurisdicción y poner en sus respectivos territorios
unos límites visibles y palpables como las lindes de nues­
tros campos y caminos? Dicese que los objetos espiri­
tuales son la parte, el-patrimonio, la propiedad de la
iglesia, y los temporales el territorio y la esfera dentro
de la cual debe obrar él príncipe. Mas ¿qué es un ob­
jeto espiritual y un objeto temporal? Defínanse clara­
mente estas expresiones; porque si quedan por desgracia
en un sentido vago y obscuro, no hay mas que turbación
y confusion en el universo, y las dos potestades que re­
gulan el orden moral y el físico, tropiezan y chocan en­
tre sí á cada instante; en vez que si se explican bien y
aclaran los términos, cada potestad encuentra expresa­
das y determinadas sus atribuciones de lasque no se
sale, y todo vuelve á entrar en orden.
El objeto espiritual és, como he indicado ya, aquel
-que por su naturaleza y efectos próximos é inmedia­
tos se refiere á la perfección y santificación de las al­
mas, y cuyo fin próximo se termina en los bienes del
reino de la gloria.
Asi el objeto temporal será por oposicion aquel que
por sus efectos inmediatos y su fin próximo se aplica
á la vida presente y se termina en los bienes materiales
de ella. En este asunto es muy esencial una observación,
sin la cual lejos de ser palpable el límite de las dos po­
testades, como deseamos, se confunde, obscurece y hace
invisible. En el juicio y clasificación de las cosas no debe
pensarse mas que en el fondo de la materia , los efectos
inmediatos y el fin próximo, en una palabra su natura­
leza y esencia sin hacer ningún caso de las partes acce­
sorias y accidentales que pueden mezclar los tiempos y
las circunstancias; pero que se pueden separar de ellas
sin que dejen de ser lo que son. Por poco que se pierda
de vista esta observación» se confunden y embrollan
todas las ideas en esta materia, y todo se vuelve espiri­
tual ó temporal al arbitrio de cada una de las dos po­
testades, de las pasiones ó de los intereses variables que
las mueven y agitan. La razón de esío es que aiendo QÍ
hombre un ente mixto, eg decir, compuesto de alma y
cuerpo, ciudadano del tiempo y de ta eternidad, lodos
los objetos de este mundo visible tienen necesariamente
dos aspectos, dos caras como et Jano de la fábula, la una
espiritual y la otra lemporül: de donde se sigue que si
uno se fija en lo accesorio, se deja un flanco por donde
puéden las dos potestades tirar á sí según sus intereses;
mas ateniendose á nuestra regla, la clasificación de los
objetos es invariable como su naturaleza. Tomemos
por ejemplo uno de esos contratos materiales de que
se trata extensamente en el código civil. ¿Qué cosa mas
temporal que esa especie de cambio ó permuta entre
dos objetos iguales? Es la tierra por la tierra, un buey
por un'caballoKdinero dado y un campo ó una casa re­
cibidos. Sin embargo [cuántos fraudes, injusticias, enga­
ños y perjurios pueden las pasiones de los hombres mez­
clar accidentalmente en ese convenio todo material!
De donde sfc sigue que si no se atiende aquí mas que á
lo accesorio, la potestad espiritual de la iglesia podrá re­
clamar esos contratos por su lado moral y religioso que
es el pecado. Y á la verdad la iglesia católica en la edad
media habia ensanchado y aumentado mucho el fuero
de su tribunal eclesiástico por esta razón , y no se exi­
miría del cargo de usurpación que le hace el siglo, si no
pudiera rebatirle con este argumento victorioso; á saber,
que aquella legislación se habia introducido insensible­
mente por la voluntad, consentimiento y libre concesion
de los pueblos, y habia •'venido á ser la ley y el derecho
cómun de lá época. No insisto sobre este punto y me
refiera á lo que he dicho en mi resumen histórico.
La misma observación se aplica ó los tributos, á las
guerras de pueblo á pueblo y á otros muchos objetos
siempre fáciles de caer bajo la mano de la'potestad reli­
giosa por el lado moral que presentan. La iglesia por su
parte no quedará menos vulnerable y expuesta ó los
embestidas de la potestad temporal en caso de separarse
déla regla establecida. ¿Qué cosa mas espiritual y di­
vina que la fé? Si» embargo jcuántas disputas, con­
tiendas y guerras pueden originar las doctrinas entre
los hombresi Ellas son el inagotable lugar común de las
declamaciones de nuestros filósofos contra el clero, y
por ese lado á todas horas presenta la iglesia un pre­
texto para que la potestad temporal la desposea y des­
poje con el motivo aparente de la turbación dél orden
público. ¿Qué cosa mas espiritual también que los sa­
cramentos , esa gracia interior, ese auxilio sobrenatural
y divino de que son la fuente y causa inmediata? Sin
embargo los atentados de nuestrps antiguos parlamentos,
los soldados con que mandaban escoltar ó los sacerdotes
católicos para que llevasen los sacramentos á los secta­
rios de su opinion , todas estas violencias nos manifies­
tan claramente que nunca faltarán pretextos i la potes­
tad civil para usurpar la jurisdicción de la iglesia, mien­
tras no se deje de confundir lo accesorio con lo principal
y los occidentes con la sustancia de la cosa.
En último resultado nuestra conclusión no es mas
que el gran principio proclamado por el papa Gelasio:
todos nuestros estudiantes de teología saben este pasaje,
repetido y escrito en sus libros elementales. Dice en
sustancia que Dios, moderador y conservador del orden
social, gobierna desde el empíreo todas las cosas huma­
nas por dos potestades que estableció para representarle
en h tierra , los príncipes y los magistrados, los reyes
y los pontífices, el sacerdocio y el imperio. Uno y otra
son soberanas é independientes cada una en su jurisdic­
ción , !a iglesia en,el orden espiritual y el príncipe en
el temporal. Cosa notable: estas dos potestades reinan
sobre los mismos hombres y en la misma sociedad; no
obstante Dios ha separado sos atribuciones y en cierto
modo su territorio con límites tan precisos, que cada
una de ellas desplegando toda la plenitud de su poder
con la completa y entera independencia que le conviene,
podrá evitar en el ejercicio desús facultades todo choque
y colision con la potestad paralela; ¿y por qué? Porque
en la misma sociedad y con los mismos súbditos cada
uno se crea un tribunal, una jurisdicción y un territo-
-SO O -
rio aparte: eslo depende de la naturaleza y diferente
especie de las cosas que gobiernan. A la uná correspon­
den las cosas divinas, yá la otra las humanas. La una es
depositaría de la verdad y de la fé, y dispensa por el
conducto de los sacramentos la gracia, fruto de los méritos
de nuestro Señor Jesucristo: la otra conserva á cada
ciudadano sus derechos de existencia , libertad y propie­
dad contra los atentados de la violencia y de la injusti­
cia. A la una loca la salud y la vida bienaventurada del
alma en la eternidad, j á la otra la conservación del
cuerpo, de: su vida temporal, de su felicidad sensible.
E l hombre inteligente une estas dos cosas á un princi­
pio mas elevado, la existencia de las dos sociedades y de
las dos ciudades tan conocidas en los escritos de san
Agustín. En la una entramos por el matrimonio y la ge­
neración carnal,„y el bautismo, segundo nacimiento que
se.llama la regeneración espiritual, nos introduce en la
otra. Cada sociedad de estas tiene sus leyes, magistrados
y constitución aparte: la una no sale del recinto de este
mundo, y la otra nos lleva mas allá de él por los bienes
de que dispone.
Bajo el antiguo regimen de Francia los parlamentos
tenían cinco ó seis ganchos á la mano para tirar hácia sí
toda la jurisdicción eclesiástica.
1.° La protección de los cánones. En nombre del rey
cristianísimo, protector de los cánones y obispo exterior»
será anulada esta sentencia de la curia eclesiástica, en la
que &ehan quebrantado las formas. En la misma razón mo*
tivaban unos tribunales de justicia el examen y pase de
las bulas pontificias. ¿Quién sabe si contendrán alguna
cláusula contraria á las libertades galicanas, cuyos con-
servadorea y defensores cornos nosotros? Y en virtud de
este fundamento se creían autorizados para reverlas y
juzgar lo sustancial de ellas.
2.° La justicia. Ese entredicho del obispo es violento
y opresivo, y á nosotros nos toco proteger á los opri­
midos.
3.° La jurisdicción temporal. Ese beneficio es tem­
poral: sú dotacion consiste; en prados y campos, y.sus
frutos son trigo y vino: todo esto es temporal&c. Por
medio de estos falsos pretextos los oficiales de justicia
habían despojado enteramente á la iglesia , la cual re­
curría sin cesar á la protección del consejo de estado
para defenderse de los diarios atentadlos de aquellos.
Vaya otro ejemplo y concluyo. ¿Qué cosa mas espi­
ritual qué la sepultura y funerales de los cristianos? No
son mas que oraciones y sufragios (esta es la voz ecle­
siástica): la iglesia católica cree que estas oraciones es-
tan dotadas de virtud para aliviar el alma del difunto
por la aplicación de los superabundantes méritos de
nuestro Señor Jesucristo y los de su santísima madre y
los santos; y que con esta satisfacción podrán pagarse
Jas deudas que tuviera el difunto con la justicia divina
al tiempo de morir. Pues si la iglesia quiere declarar
que estos bienes son patrimonio exclusivo de los indivi­
duos de su familia, sin que tengan ninguna parte los ex­
traños; ¿no está en su derecho? Los parientes de un
protestante trotarán de forzar las puertas del cementerio
católico, introducir á mano armada el cadaver de un
individuo de su comuriiou , y compeler á nuestros sa­
cerdotes con la pistola en la garganta á que conten res­
ponsos y ofrezcan el divino sacrificio por el alma del
difunto; y todo el mundo clamará contra la violencia y
la opresion.
Pues ved á un llamado filósofo (el señor Monllosier),
á quien sus amigos se sirven distinguir con el nombre
de devoto católico. ¿Qué es ese hombre? ¿Es protes­
tante? Tentado está uno por creerlo. Como Lulero y
Calvíno él no cree en la autoridad de la iglesia, en su
infalibilidad ni en su potestad legislativa , y el fijar la
creencia con resoluciones precisas y ligar la conciencia
con leyes de disciplina y penas canónicas lo llama la par­
te conquistada del sacerdocio. Por esta tiranía el clero
es el blanco del odio del pueblo, y los horrores del
año 1798 y las bacanales revolucionarias de los vetera­
nos de aquella época no fueron en 1830 mas que el des­
portar del pueblo oprimido por la tiranía sacerdotal, Sin
embargq ,110 vacilo en decir que ese hombre no es pro­
testante, y la razón es esta: para ser protestante es
preciso ser cristiano; mas él no lo és, porque no cree en
el pecado original, y se ríe de la simpleza de los católi­
cos que toman á ^eras el diálogo de Eva y de la ser­
piente: no cree en la revelación, y el Evangelio le parece
un libro bastante bueno, con tal que $e supriman de él
los dogmas, los misterios y los artículos de fé. La venida
del Redentor es un dogma que no se encarga él de pro­
bar y que presenta grandes dificultades al entendimien­
to. Tampoco ese hombre es deísta. Á todas esas amenazas
de fuegot de infierno, de tormentos y de demonio, á todas
esas sanciones extravagantes que ge han querido agregar
al cristianismo, opone el dogma de la indiferencia de
las religiones enseñado por Rousseau y mal impugnado
por Lamennaie. ¿Es ateo? Sí, lo es efectivamente. «Dios
míio es mas que la fuerza general: el alma es la fuerza
todos los cuerpos tienen una alma sin exceptuar
wlas tenazas de la chimenea: todo cuerpo sin alma im~
aplica una contradicción*. la tierra no es una mole iner-
»te, sino que tiene una alma que llamamos espíritu de la
atierra, principio terrestre. E l sol es un Dios subalter­
n o á la verdadpero que rige y coordina todos tos
^movimientos del ylobo.» Basle esto para muestra de los
disparates del tal aulor en el capítulo de la divinidad; y
advierto á mis lectores que están sacados de un escrito
apologético (1) del gobierno eclesiástico, que privó al
señor Montlosier de sepultura por haberse resistido te­
nazmente á retractar los errores enseñados en sus mu­
chos escritos. Confieso que no los he leído todos, sino
una parle de ellos; pero he creído poder referirme al
autor de dicha apología, porque no presumo que un
hombre de su mérito fuese á comprometerse asi en una
materia de hecho, donde no se necesitan ma‘g-que ojos
{1J E l buen católico según el consejo de estado ó el
señor Montlosier juzgado por sus obra$: por el conde de
Resie: Clermont 1839.
para descubrir la falsedad. Es tan grande el número de
mis citas, que despues de suprimir las tres cuartas par­
tes y la mitad de la otra seria suficiente la justificación
del ilustrisimo obispo de Clermont.
Los ministros del culto católico se acercan al lecho
del moribundo Montlosier y le dicen: «Y, no es cristia-
»ño: si no retracta Y. tantas proposiciones impías y
^anticristianas que. le colocan entre los deislas ó mas
«bien entre los ateos, le declaramos que la iglesia caló­
rica le negará la sepultura y la participación de los
«bienes de su comunion.» Con esto comienzan á alboro­
tar algunos hombres notables * claman contra tal opre­
sión y apelan al famoso recurso de fuerza ante el con-
Bejo de estado. Yease cuál fue la solucion definitiva de
esta gran cuestión: á un obispo ó á un sacerdote cató­
lico no se les pide cuenta de sus dogmas y creencias en
materia de religión: respecto de todos estos puntos la carta
constitucional y la libertad de cultos los cubren con su
egida; pero en cuanto se manifiesta esta proposición
exterior con difamación de las personas y perturbación
del orden público, el gobierno tiéne derecho de inter­
ven irt y es claro el caso de recurso de fuerza. En la rea­
lidad con todas estas palabras sonoras se desvanece como
el humo la libertad le cultos. Olvídase la distancia in­
conmensurable que hay entre la tiranía délos antiguos
parlamentos en materia de religión y lo dispuesto por la
carta de 1830 sobre libertad de cultos; y se intenta
saltar esa distancia con palabras. No tienen mas que
alborotar y escandalizar una turba de descreídos, de
carbonarios y de enemigos implacables de! culto católico
provocando asonadas ficticias y gritando difamación, y
en el acto se suspende la ley fundamental, se cubre con
un yelo Ja estatua de la libertad y se pone á los minis­
tros del culto calófíco en la .inevitable alternativa ó de
hacer traición á su conciencia por una oposicion mani­
fiesta entre sus convicciones y creencias y los actos ex­
teriores de su ministerio, ó de incurrir en la censura
de los tribunales de justicio.
Mas por fortuna hay entre nosotros dos pueblos en
un mismo pueblo, y la sentencia de infamia dada en el
«no viene ,á ser un título.honorífico en el otro (1).
Tiempo es ya de presentar la prüeba de mi propo-
sicion principal. El camino que he andado no será de-
masiado largo, si he podido en la travesía difundir una
luz provechosa para disipar las tinieblas con que se em­
peñan algunos en envolver aquella. Esta cuestión (y no
me cansaré de repetirlo) es capital, vital para decirlo en
el lenguaje del dia. La iglesia católica no puede entrar
en una nación sino con la concesion de este principio,
y el negársele es ponerle la inlerdtccio» det agua y del
fuego y cerrarle la puerta del territorio. No debe omi­
tirse ningún medio de cuantos contribuyan á ilustrarle.
Muchas veces hemos sentado este principio en los
siguientes términos: la iglesia sometida al estado en el
orden temporal es soberana ¿independiente en todos los
objetos del orden espiritual según acabamos de, definir­
los y explicarlos. 1 ,
Concluyamos estos preliminares, y vengamos á la
primera prueba queíe saca de la sagrada escritura.
Al principio de esta prueba se ocurre una reflexión
muy sencilla. La iglesia no es una institución humana,
una república ideal é imaginaria como la de Platón, y
nadie puede equivocarse en punto á su legislación, go­
bierno y constitución religiosa. E l hijo de Dios, que se
dejó ver en la tierra en forma humana, es el fundador,

(1) En nuestra jurisprudencia no debería conocerse


ya el recurso de fuerza; expresión que habia de haberse
borrado det lenguaje del foro, porque supone un prínci­
pe , un gobierno protector y defensor armado de los cá­
nones y obispo exterior: con éste barniz pudieron nues­
tros antiguos parlamentos introducirle en eí derecho.
Pero i cuánta distancia hay de Luis X IY á Bonaparte,
de los reyes cristianísimos á los reyes constitucionales,
de los hijos primogénitos de** la iglesia á unos monarcas
para-quienes todas las religiones, hasta las mas «ontra-
dietorias, son iguales, es decir, ni verdaderas ni falsasl
el regulador y según la admirable expresión de san Pa­
blo el divino arquitecto, de la ciudad de su iglesia: la
legislación y la constitución enteramente divina que dió
á esta, se hallan como las de los legisladores humanos
en el libro cuyo autor es y que dictó é inspiró el Espí­
ritu Santo. ¿ Y qué nos dice este libro en punto á: la
constitución de la iglesia? ¿Qué idea nos da de ella?
¿Encomendó la soberanía á Cesar ó á Pedro? ¿Escogió
por administradores ó jueces á los magistrados ó á los
pontífices? Lo vuelvo á repetir* aquellos varones apos­
tólicos que escribieron la palabra divina recogida de los
labios de su maestro, son los que nos lo han de decir.
Pues bien leo en el capítulo X X I I , versículo 23 de san
Hateo estas expresiones notables: Dad al Cesar lo que es
del Cesar ¡ y á Dios-lo-que es de Dios.
Aquí seria la ocasion de subir hasta la causa que
hizo proferir á nuestro Señor estas palabras tan célebres:
la indagación seria curiosa, y admiraríamos con qué
divina sabiduría advirlió Jesús el lazo tendido por sus
enemigos. Los fariseos, especie de liberales de aquella
época, que fomentaban muchísimo la tendencia al mo­
tín ó á la rebelión, cada día mas frecuentes en aquel
pueblo, para quien era insoportable el yugo de los ro­
manos, dirigen á nuestro Salvador esta insidiosa pregun­
ta: Maestro, ¿es lícito pagar el tributo al Cesar? Espe­
raban comprometerle con el gobierno romano, si daba
una respuesta negativa, ó con la facción de los inde­
pendientes, poderosísimos entre el pueblo, si aquella era
afirmativa. Bien quisiera yo explicar aquí la maravillosa
habilidad con que nuestro Señor eludió en este punto
la dificultad y salió del estrecho á que le quería redu­
cir el enemigo sin comprometer en nada la dignidad del
hombre Dios; pero se alargaría demasiado este discurso.
Bastame mostrar cómo del pasaje citado sale el dogma
de la distinción de ambas potestades.
Me parece que está expresado allí con claridad y
precisión. Si. el pensamiento del divino legislador es que
la potestad única del príncipe está encargada del gobier­
no de las cosas humanas y que se reúno en él la supre­
macía del orden espiritual y temporal; ¿por qué se po­
nen aquí la una frente á la otra y como en dos líneas
paralelas dos autoridades iguales, Dios y Cesar? Porque
es manifiesto que Cesar no es aquí á juicio de todos sino
la; representación y personificación de la potestad tem­
poral, como Dios es la de la religión y su potestad divi­
na. Verdaderamente ¿no están indicadas aquí las atri^
buciones distintivas de la potestad política por la fa­
cultad de acuñar moneda, imponer y recaudar tributos,
asi como las de ta potestad espiritual por ese otro tri­
buto que hay 'que pagar á Dios en 1» persona de sus
sacerdotes, encargados de mantener el templo y el altar?
Di cese que Cesar es el único soberano en lo espiritual y
temporal. Pues ¿por qué el Señor del universo, en vez de
decirlo en este lugar tiene un lenguaje propio para ha­
cernos pensar lo contrario? Bien sencillo era decir cla­
ramente: Obedeced á Cesaren todo, sobre las cosas di­
vinas y humanas: ál es el pontífice supremo en el orden
religioso cómo lo reconocen todas las naciones, y en d
civil posee ia dignidad real; facultades que han ejercido
no há mucho Cesar y Augusto. En vez de este lenguaje
tan sencillo y tan conforme á la verdad según el sistema
constitucional Jesucristo separa las funciones de Cesar
y las de los ministros de Dios, las atribuciones del sa­
cerdocio y los derechos del imperio por medio de límites
distintos y'determinados. Dad al Cesar lo que es det Ce­
sar y á Dios lo que es de Dios. Para aumento de difi­
cultad et divino maestro en vez de desvanecer esta obs­
curidad en el discurso de -su legislación pone el conato
en hacerla mas densa y fortificar mas la distinción de lo
espiritual y temporal indicado en este pasaje tan .solem­
ne, como veremos en adelánte.
San Pablo, intérprete infalible dé las palabras evan­
gélicas qué acabamos de oir, nos dirá : Dad al príncipe
honor, tributo y sumisión; que no en vano lleva la espa­
da. Es sabida esa potestad de la* espada, y ademas la
sañala él claramente: es el derecho de vida y muerte
sobre los malhechores que turban el orden público. En
cuanto á los derechos del sacerdocio y su gerarquía no
nos los dejan ignorar nuestro Señor y sus apóstoles,
entrando en todas las particularidades apetecibles sobre
este punto, sin omitir ninguna de las prerogativas de la
supremacía espiritual, como nos convenceremos en el
discurso de esta controversia.
E l primer derecho asi como el primer deber del
sacerdocio y de !a potestad suprema que le preside, es
la enseñanza de la divina palabra» la interpretación au­
téntica de los diversos sentidos que pueden darse ó es­
ta, y juntamente el juicio irreformable de las diferen­
cias que puede originar entre los espíritus. ¿ Y ó quién
va á encomendar el divino maestro esta facultad? A
Pedro ó á Cesar? ¿A los delegados de Ea potestad civil-
ó á los sucesores de sus apóstoles? La cosa es impor­
tante, porque se traía de precaver la anarquía intelec­
tual y no dejar que los espíritus se lleven de todo vien­
to de doctrina. Abro el Evangelio y leo en él textual­
mente eslas palabras; Bautizad, enseñad á 1&8 naciones
las verdades que os he enseñado: yo estoy con vosotros
enseñando y bautizando: guardad y conservad este de­
pósito sagrado en toda su pureza. Yo estoy con vos­
otros, yo el hijo del Altísimo, á quien ha sido dada to­
da potestad en el cielo y en lo tierra; mi espíritu no se
separará de vosotros hasta la consumación de los siglos.
Vuelvo á preguntar: ¿á quién se dirige este lenguaje?
¿A Pedro y al colegio apostólico ó á Cesar» sus magis­
trados y jueces? Yo no veo allí mas que á Pedro y los
doce apóstoles: el divino maestro* se ha subido á la
montaña y los apóstoles están á sus pies. Cesar no es­
taba allí, ni era representado por sus magistrados ni por
sus jueces.
Hablándonos san Pablo sobre el mismo asunto y
mostrando á lodos los siglos los verdaderos doctores é
intérpretes de la divina palabra no nos dijo: Dios ha
puesto príncipes y magistrados; sino: Dios ha puesto
enmedio de su pueblo pastores y doctores» para que
no se deje llevar como la paja ligera de todo vienlo de
doctrina.
ta segunda atribución de una supremacía espiritual
es el dominio y jurisdicción eminente sobre* los sacra­
mentos de la iglesia. De ese elevado origen de la potes­
tad suprema emana en los sacerdotes y pastores de se­
gundo orden ta facultad de abrir y cerrar esas fuentes
de la gracia.1Los sacramentos son, como saben los sim­
ples neófitos* los vínculos que unen entre sí á los cris­
tianos y hacen de ellos un mismo cuerpo y una misma
sociedad. Por la posesion de esos bienes inestimables,
patrimonio común de todos los fieles, presentan el mag­
nífico espectáculo de una familia de hermanos, los cua­
les en cualquier lugar del universo que se encuentren,
se sientan á la misma mesa, son iniciados en los mismos
misterios, y alimentados de la misma carne en un ban­
quete sagrado vienen á tener el mismo espíritu. Siga­
mos aquí el mismo camino, y con el Evangelio en la
mano repitamos la misma pregunta: ¿puso Dios en
manos de Pedro ó de Cesar esas facultades, de que tan
frecuentemente y con tonta complacencia decimos que
no serian dignos los ángeles? El ministerio de sacriíU
cador es el poder mas culminante de la gerarquía , y la
potestad civil y sus agentes no tienen ninguna parte en
él* Ciertamente no hnbia reyes ni magistrados en aque­
lla última cena, en que el hijo de Dios próximo á dejar
el mundo instituyó el sacerdocio y sacrfüeio divino; y
cuando acabada esta obra de un Dios dijo á todos los
convidados presentes aquellas palabras de inconcebible
eficacia y virtud, mas fecundas que las que sacaron el
universo de la nada, y que perpetuarán hasta el fin de
los siglos el divino sacrificio y los sacrificadores; cuan­
do dijo: Haced eslo en memoria de mí; solo se dirigió
á los doce apóstoles, únicos convidados que se sentaban
á la mesa del Señor,
Registremos los demas lugares de la sagrada escri­
tura donde se muestra’la potestad soberana, y siempre
veremos nombrar á Pedro» á Cesar nunca. Recordemos
una particularidad notable de la vida de nuestro señor
Jesucristo que vemos referida en el Evangelio con ce­
lestial simplicidad.
Figúrasele á tino ver al divino maestro conversando
con sus discípulos y haciéndoles esta pregunta: ¿Qué
idea tiene el mundo dé mi persona y ministerio? ¿Qué
dice:la voz pública? Y sus discípulos le responden: JLos
unos dicen que eres Elias: otros juzgan que ha vuelto
Jeremías á la tierra; y todos te tienen por un gran pro­
feta. Y yo, responde Pedro levantando la voz, digo que
eres el hijo de Dios vivo. Bienaventurado Pedro, res­
ponde el .divino maestro , porque ni la carne ni la san­
are té han revelado eslíe misterio1 , sino el espíritu de
•mi.padre- que está en ti; y yo que soy el hijo de Dios
\ivo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi iglesia* y las puertas del infierno no pre~
valecerán contra ella. iGuán vivo, animado y en cierto
modo hasta dramático es este diálogo! Yo el hijo de
Dios, la vMud de Dios, a Pedro, hijo de Juan. Y apli­
cándole á nuestro asunto, no hay cosa mas común y fa­
miliar -en ek lenguaje: humano que la comparación de
una sociedad ó un reino coa un edificio. La sociedad
es el cuerpo de él, los súbditos son las piedras y los so­
beranos la basa y el fundamento. Y aquí volvemos
á repetir nuestro estribillo acostumbrado: ¿á quién se­
ñala el Espíritu Santo por estos emblemas? ¿A. Pedro
6 a Cesar,á la sociedad civil ó á la eclesiástica?
; Las puertas del infierno no prevalecerán contra elia.
De muchas .maneras se ha interpretado este pasaje; pero
la siguiente ofrece una imagen tan noble y sublime , que
creo deber darle la preferencia. Las ciudades populosas
tenían grandes puertas; y es cosa sabida cuántos milla­
res de hombres armados se dice que podían salir forma­
dos y sin confusion por las;puertfis de ia antigua Tebas.
Pues bien al. leer uno el> antedicho pasaje del Evange­
lio cree.:ver lüs.ejércitos del infierno saliendo por las
puertas de la ;c.iudad de las tinieblas para venir á com­
batir; contra la iglesia; mas esta apoyada en la divina
T.'fcS. 14
promesa parece que los desafia y Jes dice: Congregaos
y sereis vencidos. Con todo me parece muy terrible la
trascendencia de estas palabras, en las cuates creo ver
anunciadas todas las calamidades posibles, y la iglesia
siempre salvada como la barca combatida por Ja tem­
pestad cuando el divino piloto al oir decir á sus discípu­
los: Paveemos; aplaca los vientos y el mar con una sola
palabra. No acabaría yo, y este escrito degeneraría en
un libro de teología, si continuase exponiendo todos loa
pasajes en que el Evangelio al hablar de monarquía y
de gobierno de las cosas divinas señala siempre á Pedro
y los apóstoles y nunca á Cesar y sus magistrados. ¿ Y
es posible que tratándose de la soberanía se indicase
el vasallo y se callase el soberano? ¿ Y habla de verse
en la boca de la misma verdad esta anomalía , esta in­
versión continua del lenguaje humano?
Con solo oir el nombre de potestad soberana é in­
dependiente que manda en la conciencia de sus súbditos
y extiende á todas las acciones y hasta á loa pensa­
mientos de estos una vigilancia continua y una juris­
dicción no interrumpida, se concibe cómo se sobresal­
tarán, asustará» y aterrarán los príncipes y goberna­
dores del mundo. Es admirable ver en el sanio Evangelio
con qué sabiduría se anticipa el divino maestro á estos
temores, y no omite diligencia para disiparlos. El mis­
mo dia de su muerte entra en explicaciones con las po­
testades de la tierra sobre este punto delicado, tan pa­
cíficas y lan capaces de tranquilizar, que debe quedar
satisfecho el gobierno mas suspicaz. Pregúntale el go­
bernador romano en nombre de todos los Césares: ¿Eres
tú rey de los judios? ¿Eres íú rey? Tu es rex judao-
rtm ? Rex es í«? Sí, soy rey, repone con dignidad
el señor del universo: lo soy por derecho de nacimien­
to: Ego ih hoc naíus $«m; y para eso he venido al
mundos In hoc, veni in mundurn. En otra ocasion no
titubea en decir: También mando yo una milicia temi­
ble, y no tengo mas que decir una palabra, y mi pa­
dre huú'i bajar del cielo millares de úngeles mas pode­
rosos para defenderme que los 6oldados de vuestros
ejércitos; y un dia vereisal hijo de! hombre bajar sobre
las nubes del cielo y venir con gran pompa y majestad
á juzgar el universo. Reyes, príncipes y potestades de
la tierra, no temáis ni os sobresaltéis: oíd ío que sigue:
M i reino, continúa el hijo de Dios, no es de este mun­
do: yo reino en las almas por la verdad: todo el que
busca la verdad y ama el bien, obedece mi ley sin vio­
lencia , por elección y por amor: Ego veni in mundum,
ul tesiimonium perhibeam veriíati. Omnis gui est ex
verüale, audü vocem meam. Pílalo admirado desecha
sus temores y concluye esta grave plática en lono bur­
lón, porque Satanás lo es porcaracter, y en todos tiem­
pos la burla fue el arpia mas aguzada en boca de sus sa­
télites para rechazar la verdad, Quid est vertías? pre­
gunta el gobernador romano á Jesús* Los escritores sa­
grados acostumbran dar el nombre de verdad al réino
de Cristo. San Pablo dice: El reino de Dios es la mo­
ral, la justicia y la verdad. Sin embargo los menos
perspicaces entienden aquí como Pilato que no puede
infundir temores razonables á los príncipes de la tierra
un reino cuyo trono está sentado, en la eternidad, que
tiene por patrimonio la verdad y por ejército los ángeles
del cielo, y cuyo solemne juicio se remite al fin de
los tiempos. Si en materia tan grave fuera lícito chan­
cearse, ¿no se podria decir á los que tiemblan en nues­
tros días al ver la influencia de la potestad espiritual:
Sois mas tímidos y suspicaces que Pítalo ?

SECCION SEGUNDA.

L A RAZON Y SUS DISCURSOS SOBUE LOS PR IN C IPIO S DK


L A FÉ .

Nadie da lo que no tiene. Ahora bien no puede


haber ni se encontrarán nunca en un pueblo, nación ó
asamblea popular ni los elementos, ni los primeros prin­
cipios de las facultades divinas deí sacerdocio, ni nada
que se le parezca. Paro ilustrar y explanar mas e'sln
verdad tan clara y, palpite que puede decirse materia!,
adv.ierto, que si--los .-hambres eligen é instituye» magis­
trados encargados de la seguridad dé las personas, y
bienes y de la conservación-de cierto orden general, de
donde resultan la armonía, la paz y la felicidad de las
sociedades humanas, pueden hacerlo porque poseen los
principios, el origen y los primeros elementos de este
género de potestad, y se comprende cómo pueden trans­
mitirla á otros hombres. Mas ¿tienen ellos el germen,
la raiz y el principio de lo que constituye un' sacrifica-
dor y dispensader de los divinos misterios? ¿Puede ema­
nar de una asamblea popular ó de los emperadores y re­
yes la potestad de perdonar los gyecados, inmolar á tiri
Dios sobre et altar y derramar los frutos y méritos de
la sangre de Jesucristo por el conducto de algunas cere­
monias sagradas? ¿Puede un hombre hacer estas obras
ó comisionar á otro para que las haga en su lugar? To^
das estas explicaciones son el comentario de aquel dicho
de Fenelon: Los hombres pueden crear jueces y magis­
trados; pero solo Dios puede crear mcrificadoces y dis­
pensadores de-sus misterios.
Mas ve aquí otra prueba sacada de la luz natural,
y que no hace menos é nuestro-objeto. La sociedad cris­
tiana reconoce por su fundador y legislador no á un sa­
bio de la tierra roas versado en las leyes que los Solo­
nes y Licurgos, sino á un Dios ó mas bien un hombre
Dios que habitó entreoíos hombree. Debo pues esperar
hallar en esta sociedad la eslampa de una mano divina,
tribunales, magistrados y una potestad suprema mas
firme que las rocas, en la cual se estrellan todos los
esfuerzos de la anarquía. Cuento con encontrar en ella
toda la sabiduría y las profundas combinaciones que pue­
de concebir la imaginación para el buen orden y pros­
peridad, de la cosa pública. ¿ Y qué seria si se nos vi­
niese á decir que se echan menos los elementos dé una
sociedad, y un principio conservador no digamos de su
paz y prosperidad, sino hasta de su existencia? ¿Seria
creíble esta paradoja? Sin embargo eso es lo que pre­
tenden los adversarios á quienes impugno. Figuranse
utia 'iglesia, es decir, una sociedad que carece de un
principio de unidad, ó tiene uno tan defectuoso, que es
enteramente incapaz de conseguir los fines de una so­
ciedad humana. Y en verdad ¿cual es el fin de ia igle­
sia? ¿No es conservar en toda su pureza primitiva la
verdad bajada del cielo y enseñada á (os hombres por la
misma divinidad? Luego hay en la iglesia ana fuerza
represiva déla anarquía intelectual, porque es manifies­
to que esta anarquía en sus ideas no es menos subversiva
de toda verdad que la anarquía material lo es de todo or­
den social. En efecto si la verdad de Dios queda entre­
gada sin defensa al arbitrio de lodos los novadores, á las
ideas extravagantes, á los delirios de una imaginación
caprichosa , el orgullo siempre insaciable de novedad, en
una palabra al arbitrio del juicio privado; desconfío de
la suerte de aquella en el mundo, porque la córrupdou
del entendimiento humano va á producir tantas sectus
como cardos ia tierra y miasmas corrompidos el aire.
Los siglos paganos me conGrman en este triste pronós­
tico coa el caos desús errores; y todas las sociedades
separadas.de la iglesia romana despiden una luz espan­
tosa sobre esto misma verdad por la discordia que las
mina y por su división en innumerables fracciones. Asi
digo para mí: donde está ese principio de unidad, allí
descansa la verdad: allí la depositó el Dios bajado del
cielo para enseñarla á los hombres; y eso es lo que me
une á la iglesia romana. Lo que me descubre en ella la
nota mas visible y. el signo mas característico en que
puede reconocerse la ciudad de Dios? es que ella sola
posee un principio de unidad capaz de conservar en su
pureza el depósito de la divina palabra y mantenerla en
un símbolo, en un cuerpo de doctrina siempre uno é
invariable. Este principio de unidad es el tribunal eri­
gido en el centro de la sociedad católica para repri­
mir todos los desvarios de) entendimiento con la autori­
dad irrefragable de sua decisiones, mientras que todas
— a u ­

las. sociedades, separadas de ella dicen á sus sectarios:


Buscad la verdad, que eslá en las divinas escrituras;
palabras capaces de abatir y desesperar á la innume­
rable muchedumbre de hombres simples é ignorantes de
que se compone el género humano. ¿Cómo he de leer
la divina escritura si no sé leer? ¿Cómo he de buscar
en ella la verdad, si cuando busco el verdadero senti­
do de la palabra de Dios enmedío del caos de errores en
que está sumergida, me responde una voz interior: La
verdad está perdida paró mí en un abismo, al cual no
puedo bajar? Todas las sociedades separadas de la igle­
sia romana son aquel médico ignorante é inseríanlo que
dijo al paralítico postrado en el suelo sin fuerza ni mo­
vimiento: Levantate y anda; en vez de darle la mano
para levantarle ó llevarle en brazos á la posada como
hizo el caritativo samarilano. Solo “la iglesia romana di­
ce á los sabios y á los ignorantes, tanto A los espíritus
curiosos y soberbios, como á las almas humildes y dó­
ciles: No hay que buscar la verdad despues de nuestro
Señor que la halló, y de su iglesia que le representa en
la tierra y está encargada por él de explicárosla. An­
tes subirían los rios hóda bus fuentes que ella pudiera
engañaros y extraviaros con sus decisiones: basta para
preservarla de todo error la promesa tan solemne y
auténtica que le hizo su fundador de dejarle su espíri­
tu hasta la consumación de los siglos.
Tal vez se me dirá: mas ese principio de unidad
existe: ved al príncipe: ¿por qué no ha de ser el hom­
bre elegido por Dios para conservar la unidad en la
religión y en el estado? ¿Por qué no ha de poder
contener á los soberbios contradictores de la verdad coa
la misma espada que le puso Dios en la mano para re­
primir á los perturbadores del sosiego público? Que-
reis dos soberanos iguales é independientes en la misma
sociedad. ¿A qué viene ese mariiqueismo político, ese
principio inagotable de discordia puesto en el corazon
de ella? Esta reflexión me da que pensar; pero bien
pronto ilustrado por un maduro examen y por medí-
taciones nías profundas sobre ios corade res de la reli­
gión y el estado de la sociedad religiosa según Dios la
formó, veo hasta la evidencia que la potestad civil no
puede ser el principio conservador de la unidad de la
doctrina católica, ni desempeñar este encargo. En efec*
to esta sociedad es católico, es decir, universal, visible
en todas las partes del mundo: por consiguiente el
principio de unidad que busco debe tener el mismo ca­
rácter de universalidad y sentirse en todas las partes
del mundo por el foro de su acción y la esfera de su
actividad. Mido con el pensamiento todo el globo terrá­
queo y le abureo en toda su extensión: no hay una isla,
ni una sola alma en las regiones civilizadas 6 salvajes
que no sea utia oveja de Pedro y no tenga derecho de
reclamar de él el bautismo, los sacramentos* la palabra
divina y el sustento de la vida espiritual, y por conse­
cuencia postores que bauticen y enseñen. ¿ Y quién es
el monarca, el conquistador, el dominador de los do­
minadores de la tierra, que puedo gloriarse de seme­
jante universalidad en su monarquía y pujanza?
Este principio de unidad debe ser perpetuo, inmó­
vil é indestructible, porque la iglesia tiene todos esos
caracteres; sin lo cual podría haber algún tiempo en
que fuesen un error estas palabras del símbolo: Creo la
iglesia católica y apostólica. Pues también hoy aquí in­
compatibilidad entre esta nota de la iglesia y la potes^
tad civil.
A las naciones y ó las monarquías está dicho: el
gobierno pasará de un pueblo á otro pueblo y de una
familia ó dinastía á otra; mas solo á Pedro se le dijo:
Estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos:
vuestro trono no será conmovido en todos los siglos de
los siglos: non inclimbitur in sotculum &a¡culi. Cuando
trato de hacer efectiva semejante promesa de perpetui­
dad y estabilidad en la potestad civil, se confunden to­
das mis ideas.
Este principio de unidad debe ser indefectible, in­
falible, y la razón está á la vista: trátase de mantener
en un mismo pensamiento, un misino sentir y un mis-
mo símbolo de doctrina á tantos espíritus, en tós cuales
fermenta sin cesar la corrupción del error; empresa tan
difícil como si se tratara de purificar el aire de todos
los miasmas pestilenciales y-la tierra de todas las exha­
laciones pútridas que despide. Y esto no es para un
día, ni para hoy, sino para siempre, en todos los si­
glos* Ahora bien ¿quién podrá desempeñar este en­
cargo y el no menos arduo de sostener á los que vacilan
en la verdad y levantar á todos los que caen en el er­
ror? ¿Quién podrá gloriarse de esta indefectibilidad en
la fé, sino aquel y aquellos á quienes se dijo: Mi espí­
ritu os enseñará toda verdad: vosotros sois la columna
y el apoyo de la verdad? i Qué obcecación es querer
dar tal privilegio á la potestad civill Esta se transmito
por herencia ¡.puede pasar á manos de un niño, de una
mujer >de un simple, de un insensato ó de un frenéti­
co, y cambia con las conquistas de un Atila, de un Ta-
merlan ó de un Bonaparte. No digo mas porque ya he
ilustrado esta observación en mi historia. ■%
Ademas en el sistema de la supremacía espiritual
de la potestad civil pierde la religión su dignidad y de­
genera bajando desde la altura de una institución divi­
na á la clase de las instituciones humanos, El estado
tiene un ministerio de cultos como uno de hacienda y
juntas de religión/ y de instrucción lo mismo que de
obras públicas y de comercio,

SECCION TERC ERA .


T ER C ER A P R U E B A .— LA SANA PO LÍTICA .

En materia de política está por resolver un gran


problema , ¿1 cual no hallarán nunca solucion él libera­
lismo y la soberanía del pueblo; y es poner en perfec^-
ta armonía la doctrina de la sumisión pasiva en el súb­
dito con el abuso de la fuerza en el príncipe, ofrecer
al pueblo una seguridad contra la tirauía del príncipe,
al paso que se-le prohíbe ■ebremedio de ¡a resisténtia
activa á la opresiony y reemplazar el: temor de las aso­
nadas de la insurrección^ poderoso y eficaz en el alma
de los tiranos;, sustituyéndole tin freno 110 menos repre­
sivo de las fogosas pasiones de estos. Pues el cristianis-
mo ha resuelto ese problema, y ha sustituido ai temor
del motín y la rebelión otro mas sautü y legítimo, pero
no menos eficaz contra la tiranía^
Es verdad que la insurrección hace temblará los
tiranos; pero no les enseña la sabiduría. Eí paganismo
habia cortado de raiz esta dificultad poniendo grillos fc
las ocho décimas partes de la .población, á quienes man-
tenia-en la esclavitud. El liberalismo proclamando ia'
insurrección y la soberanía del pueblo irrita^ y exas­
pera mas que amedrenta al tirano, y no le pone un
freno en la boca. El pueblo soberano armado del terri­
ble poder de la rebelión es á los ojos de aquel no una
familia cuya prosperidad asegura su dicha y su gloria,
sino un enemigo que le malará si él se descuida en ma­
tarle, una fiera capaz de darle muerte si él no aabe su­
jetarla.
El sacerdocio católico interpone entre el pueblo y el'
monarca una autoridad paternal, que evita la tiranía én
el gobierno y hace amar al pueblo la sumisión como un
yugo suave y una carga ligera. Es verdad que muestra1
en: el príncipe un superior, un soberano encargado de
mantener el orden público y asegurar á todos la paz y
el sosiego contra los atentados de la violencia y déla
injusticia; pero al mismo tiempo añade estos dulces
consuelos: que én el orden do la religión aquel soberano
tan temible es igual á sus súbditos; hijo como ellos de
un mismo padre y ciudadano de la misma ciudad por
el bautismo: que en Vá esencia no es mas que su siervo:
que aquella corona tan brillante y rodeada de tanto
fausto y magnificencia, no es mas que una honrosa ser-;
vidumbve, pues que el príncipe debe al pueblo^ sus afa­
nes y desvelos, una vigilancia y solicitud no interrum­
pida de dia ni de noche y una obligación real de sacri­
ficarle no solamente el tiempo y la tranquilidad, sino
hasta su misma vida para protegerle y defenderle. Hay
mas: ei sacerdote no teme asegurar que ese soberano
ante e) cual dobla el súbdito la cabeza, está emplazado
como él en un día solo sabido de Dios para comparecer
en el tribunal del señor del universo á fin de dar cuen­
ta de su administración; y que él también, si observa
fielmente la ley de Dios, se sentará en un trono de glo­
ria, habitará en magníficos palacios y tendrá bajo de sus
pies á los publícanos que le vejaron y á los tiranos que
le oprimieron: Exaltabunt sancti in gloria..,, el gladxi
ancipües iti manibus eorum... ad alligandos reges eo-
rum in compedtbus, et nobites eorum in manicis fer­
réis (1), Bajo del influjo de una institución tan sonta
ta obediencia del pueblo es completa; pero no servil ni
abyecta: el gobierno del príncipe soberano é indepen­
diente, y ademas no tiene por qué temer de un pueblo
amigo y no enemigo, hijo de su adopcion lejos de ser
el rival siempre armado para perderle.
Este lenguaje noble y sublime, tanto como prudente
y pacífico, que es en sumo grado persuasivo en boca de
un sacerdote católico, no conserva ni con mucho la misma
eficacia en la de un ministro protestante, porque fuera de
que este lejos de ser el ángel del Señor es un hombre
como cualquier otro que tiene mujer é hijos, si defiende
los intereses del príncipe y habla con calor y energía
pn favor del mismo, parece sospechoso su lenguaje, y
al punto ocurre esta idea: este hombre es criatura,
agente y servidor de la potestad civil, de quien tiene su
título y oficio y recibe su sueldo. Mas el sacerdote cató­
lico que habla al pueblo, es verdaderamente ó los ojos
de este el ministro de Dios: en su ordenación recibió un
caracter sagrado y una misión divina: no debe nada ni
á los pueblos ni á los reyes, y puede decirles como su
maestro á sus parientes y deudos: No os conozco; yo no
conozco mas que á Dios y la justicia. Yed en una so­

(1) Salmo C X U X , v. 5 y 8.
ciedad católica á un monarca tirano y opresor: no pue­
de entrar en el templo sin oir la voz de un profeta que
le dice: «No, eso no os es lícito: les asesinos del pue-
»blo, los opresores del pobre, los que arrebatan á este
»sus bienes* los impúdicos, los adúlteros no entrarán
»en el reino de Dios.» Y si no se han extinguido en
el alma de aquel príncipe la religión y la creencia en
la palabra divina; si desea salir de la clase de los exco­
mulgados para participar de la misa y de los misterios
de Dios; se verá precisado á comparecer en el tribunal
secreto de un sacerdote católico y confesar lodos sus
pecados con muestras de sincero arrepentimiento. Bien
sabido es que en los mejores tiempos de la iglesia la.
humillación y penitencia pública de un Teodosio y de
monarcas adúlteros era el derecho común del catolicis­
mo, y su ley se aplicaba á los grandes y á los peque*
ños, á los ricos y á los pobres, á los monarcas senta­
dos en el solio lo mismo que al último vasallo. Tal es
el sacerdocio católico: monarquía poderosa, enaltecida
y colocada por el mismo Dios en los confines que sepa­
ran los dos mundos, el presente y el futuro, el orden
físico y el moral: mediador inmortal entre los pueblos
y los reyes para librar á las sociedades de la rebelión de
aquellos y de la tiranía de estos, dos plagas que siem­
pre están amenazando al género humano: institución
admirable, que si no fuera divina podría llamarse la obra
acabada de la política humana, y que debieran haber
inventado los hombres por interés de su felicidad pre­
sente, si no se la hubiera dado Dios para llevarlos á Ja
de la vida futura. Y la falsa sabiduría de nuestro siglo
se muestra aquí lo que es y ha sido siempre, no me­
nos injusta que ciega respecto de sus propios intereses,
agotando todos los recursos de su astucia y toda fa pro­
fundidad de su diabólica malicia para desacreditar y
envilecer una institución siempre poderosa para el bien
é impotente para el mal. Poderosa para et bien aca­
bamos de verlo; é impotente para el mal, porque le
falta la fuerza física y coactiva, y la moral y directiva
disminuye, ge enflaquece y cae por último desde el ins­
tante eti que Be convierte hácia los fines de su ambición,
de su codicia y de sus intereses particulares.

SECCION CUARTA.
COARTA PttÜ EBA . — L A TRADICEON DE LA IG L E S IA ,

■Esta prueba se resuelve en dos proposiciones que


probaré sucesivamente. 1.a En los tres primeros siglos
que llamamos apostólicos, poseyó la iglesia todas las atri­
buciones de su potestad suprema y de su coristitúciort
divina sobre los objetos espirituales. 2.a No (os perdió
cuando convertidos al Evangelio ios Césares y empera­
dores romanos entraron eti la sociedad cristiana.
Masantes de deducir por su orden la prueba de es- .
tas dog proposiciones creo que debo hacer una observa­
ción importante. El argumento que saco de ellas, si no
tiene toda la fuerza de una demostración * puede á mi
parecer figurar entre aquellas pruebas indirectas que
he llamado medios prejudiciales ó prejuicios favorables
á una causa; y es sabido que estos suelen convencer
mas el entendimiento que las pruebas directas mas só­
lidas. Por lo tanto la pongo aquí aparte para que el
lector se detenga á meditarla y comprenderla. Está con­
cebida en los términos siguientes:
La iglesia al nacer no encontró mas que príncipes y
emperadores que la aborrecían de muerte, y, no omi­
tieron ningún medió para ahogarla en la cuna y anegar­
la en la sangre de ios primeros cristianos. La trascen­
dencia; de este hecho es mas grande de loque se piensa,
y rae parece inconciliable con el sistema que impugno.
Espero que se rae conceda esta proposicion; y es que
debe suponerse en nuestro señor Jesucristo, fundador
y legislador dé su iglesia, y que no se llama en vano el
Verbo y .la sabiduría de Dios, aquella cantidad de juicio
y sabiduría común á todos lós hombres juiciosos y ra­
zonables. Ahora bien seria menester negar esta sabidu­
ría al fundador de ia sociedad cristiana, si al instituirla'
en el mundo no le hubiera dado oíros conservadores del
orden espiritual que los reyes y Césares que gober­
naban entonces; porque ¿á.quién encontró; nuestro Se­
ñor raandando:al tiempo de sü nacimiento? Al vfejo
Herodes, asesino de su mujer y de sus hijos, que igno­
ra litio el lugar donde acaba de nacer: el nuevo rey, man­
dil: para no errar" el golpe degollar á todos los niños de
dos anos abajo en laá cercanas de Betlileem, y causa
el llanto y amargura inconsolable de tantas madres. ¿Y
qué Césares y emperadores ocupaban el solio cuando los
apóstoles anunciaron la buena nueva del Evangelio? Un
Claudio estúpido, un insensato Calfguta, que deseaba
que el pueblo romano tuviese una cabeza nada mas para
derribarla de un tajo,, un Nerón, homicida de su madre,
y cuyo nombre se ha hecho proverbial para dignificar lá
crueldad^‘ese tirano que para quitar á todos sus vasa­
llos hasta la idea de abrazar la nueva doctrina decreta
contra los cristianos unos tormentos de tan refinada
barbarie, que no hubiera querido creerlo la posteridad
á no haberío estampado Tácito en sus anales con buril
de acero. Ahora bien semejante orden de cosas rae pa­
rece poco cuerdo y juicioso, y creo advertir en él un
total olvido de la prudencia humana. ¿Qué diriamos de
un tutor, que entregase la administración de los bienes
de su pupilo á uh ladrón dispuesto á disiparlos y dilapi­
darlos? ¿Qué juzgaríamos de un padre insensato ó dea-
naturaMzüdo, que fiara la vida de su hijo á un asesino
armado de puñal para' degollarle? Todo esto no :tiene
nada de exagerado en el sistema de la supremacía espi­
ritual de la potestad civil por derecho divino'..
Si el fundador de la iglesia llama á estos mismos
hombres para que sean en ella1los obispos exteriores,
los protectores^ defensores armados de su fé y disci­
plina, y las guardias que velen at rededor del santuario
y no centren allí jamas según el noble lenguaje de Fene^
Ion; en tai ■súposicion la conducta anterior me parece
sabiajuiciosa , admirable y digna en todo de la sabidu­
ría de utrDios. 'Este quiere echar el sello deOa ¿Jivini-
dad á su religión, y ve aquí uno muy manifiesto y pal­
pable: hacer que crezca y se extienda por unos medios
tan propios para destruirla, que solo por un prodigio
superior á las fuerzas humanas ha podido resistirse y
conservarse: valerse de las cárceles y los cadalsos para
propagarla y difundirla en el universo, y convertir Ja
sangre de los» mártires en una semilla "de cristianos que
producirá mas deciento por uno. Ciertamente que entre
los milagros obrados por el hombre Dios en prueba de
la divinidad de su religión no hay uno comparable con
este modo de fundarla.
Tendrá un tiempo en que sus protectores se hagan
sus opresores* prueben á arrostrarla al abismo del cis­
ma y del error donde ellos se metieron, y vueívnn contra
ella la espada con que habían de protegerla. Entonces
Ies dirá la iglesia: La protección que me prestáis os
honra; pero nojne es necesario: es mas útil paru vos­
otros que provechosa para mí: os produce frutos de paz
y bienestar mas útiles paro la prosperidad de vuestros
estados que todos vuestros auxilios para la exaltación
del reino de Cristo. Vosotros castigáis los delitos cuando
aparecen al exterior, y jo los sofoco en su origen: vos-
otros reprimís el motin cuando se levanta á mano ar­
mada en las calles y.plazas públicas, y yo le precavo en
eí corazon y hasta en el pensamiento donde se fraguan
los planes de la rebelión: el trono que os he levantado
en el santuario de las conciencias at lado del de Dios, es
mas fírme que el que os ha dado la cuna ó la fuerza de
las armas; y estáis ciegos si no veis que mi fé es mas
poderosa en las olmas para defenderos que vuestros sol­
dados y.verdugos. Sabed que si yo pude nacer, crecer
y fortificarme contra vuestra voluntad, puedo mante­
nerme y conservarme sin vuestro auxilio. ¿Dónde esta­
bais vosotros cuando yo echaba raices bien profundas en
ia tierra y extendía mis ramas como la palmera? Hubo
un tiempo en que vosotros mandabais publicar en vues­
tras ciudades y plazas decretos de proscripción contra
mí; y entonces misaio rae extendía yo mas y mas,
penetraba en vuestros palacios y senados, llenaba todas
vuestras cas;is y dejaba desiertos vuestros templos. Si
habíais de sojuzgarme y dominar sobre mí en este or­
den moral que es el verdadero reino de Dios; si preten­
ded convertirme en ciego instrumento de los consejos
de vuestra política ; abandono vuestros estados, y en mi
lugar entrarán la confusion y la anarquía, y la discor­
dia y la guerra me vengarán de vuestro soberbio des­
precio y de vuestros injustos tratamientos,
La conclusión de este discurso es que suponiendo ser
el ministerio de simple protector de la iglesia en el
príncipe el orden legal y permanente de la ciudad de
Dios y la economía de su gobierno divino, los consejos
de su providencia se arreglan y coordinan con facilidad
en todo espíritu juicioso y razonable, que admira ía
coherencia y profunda sabiduría de ellos. Mas asi que
se representa la potestad civil como el centro de unidad y
el verdadero soberano de la sociedad cristiano, se con­
funden todas sus ideas, no ve mas que caos y desorden
en esa misma sociedad, y se confirma en la idea de
que Dios encomendó el gobierno y dominio eminente
de las cosas espirituales y divinos á Pedro y no á Cesar.
Y cuando ve escrita en las sagradas escrituras y los
anales eclesiásticos esa constitución de la iglesia según
se la habia demostrado el sano juicio, y las inducciones
sacadas del hecho histórico de su nacimiento bajo el
cetro de príncipes enemigos y sus progresos enmedio
de las persecuciones; aquella presunción viene á ser pa­
ra él casi una demostración.
Despues de este argumento prejudicial siento asi mi
prueba sacada de la tradición:
La iglesia poseyó todas las atribuciones de la potes-
íad suprema sobre las cosas divinas en los tres prime­
ros siglos de su existencia. En los paises católicos donde
oí» se cuestionan la existencia de la potestad espiritual
de la iglesia y su independencia en el orden moral, pue­
den originarse algunos choques y pugnas entre las dos
potestades acerca de la competencia de su respectiva
jurisdiccion y-de los límites que en cierto modo separan
su territorio.'El' origen y la causa de ;estas diferencias
son ciertos ohje tos mixtos, compuestos mitad -de espiritual
y mitad -de t«mporal -por su naturaleza- y especie é
igualmente interesantes -pora timbas potestades; Me cor-
reFponden á mí* dice el príncipe ó ia iglesia , y vues­
tra posesor) no equivale á un Ululo, porque eg mani­
fiesto que los poseeis únicamente por mi:libre y Volun­
taria concesion. Y-cu>ndo el'príncipe mismo se prevale
tte la posesion, le dirá algunas veces la iglesia; Vues­
tra! posesiónempezó por la violencia y nuncatfue pacífl*
e a e s decir, sin que yo la túrbase y reclamase. JEn
esta pugna ¿quién juzgará á las dos parles, ambas so­
beranas ¿'independientes v que pueden Mecir' con justi­
cia; Yo no tengo otro juez que Dios? Para poner acor­
des á esto^dos grandes depositarios del poder divino no
veo otra regla- mas^ discreta que decirles': Hut*o un
tiempo en que el príncipe no hseia ninguna concesion'á
la iglesia, y solo la conocía para descargar su espada
sobreseí la; y siendo entonces, la potestad espiritual de la
iglesra ó' desconocida de los1César esi ó un objeto de mofa
para ellos y no estaban mas dispuestos pararecibir dones
de la mono de la iglesia -que esta par» ofrecerselos. Su­
bamos pues á ;esos:'siglos apostólicos que empiezaó en
Nerón y concluyen en'ConsUntino: entonces es cuando
se nos aparece la iglesia en toda su simplicidad según !a
íormó su divino aúlor.'Mas adelante se podrá decir, ó
que sé enaíínchó y engrandeció por las concesiones de los
príncipes, ó que quedó mutilada y despojada por iaft
violencias ejercidas contra ella; pero allí está como la
esposa en el dia de la boda, engalanada con solas las
joyas, que ha recibido del esposo. Pues me parece que
puede, ítpMóarsé aquí ¿ ;la cosa misma lo que se ha dich9
de sirs^ceesbrios, y á la potestad misma la defensa ale-»
gada:en favor de sus prerógativas, porque aqüí se ha
puesto eFJi litigio-la potestad misma : por eso me parece
¿ueha é ihconteMáb.le esta defensa de la iglesia: Yo
¡poseí én toda su plenitud y con entera independencia es-.
tíi supremacía sobre las cosas espirituales y divinas bajo
el imperio de los Nerones, Díoclecianos, Galerios y toda
esa serie de perseguidores, cuyas atroces violencias para
conmigo se leen en mis anales. Esos hombres que me
aborrecían de muerte, ¿me habían dado mis facul­
tades?
Acaso se me dirá que Ja potestad espiritual de Cesar
quedó ügada y suspensa durante los siglos apostólicos
por una consecuencia de esa sabia economía de la Pro­
videncia» cuyas razones y motivos se han expuesto. Muy
bien; pero en semejante orden de cosas, enteramente
libre y dependiente de la voluntad de Dios* ¿dónde están
las pruebas de los que hacen esta objecíon? Porque á
ellos les toca presentarlos y mostrarnos este gran siste­
ma escrito en los libros sagrados, en la tradicion*y en
ese registro donde se contienen las disposiciones de la
voluntad divina; y aun entonces usaré yo de mi derecho,
obligándolos á dar á esas mismas pruebas el grado de
la evidencia, porque por poca duda que encierren, ten­
go facultad para decirles; La iglesia posee, y la pre­
sunción está siempre en .fuvor del poseedor. Presenten
ellos sus títulos; pero mientras que los discutimos y
demostramos su falsedad, Ies opondremos un principio
que siempre ha pasndo husta aquí por un axioma: ya
le he sentado. Durante los tres siglos que llamamos
apostólicos la iglesia ejerció todas las atribuciones de su
constitución divina y soberana en todas las cosas espi-*
rituales.
Mas antes de probar en forma esta aserción voy á
presentar con toda la claridad posible una pintura de !a
constitución de la iglesia; y para hacer mas completa
esl.a prueba é ilustrarla mas creo deber responder aquí
ó las do3 preguntas siguientes: ¿Qué es la constitu­
ción, de la iglesia? ¿Poseyó esta todas las atribuciones de
su constitución divina en los siglos apostólicos?

t . 45. 15
S- I-
¿O U & ES LA CONSTITUCION DE LA IG L E S IA ?

Ki gobierno de la iglesia en las cosas espirituales es


una monarquía templada por la aristocracia. La monar­
quía en toda su plenitud se encuentra eit el sumo pon­
tífice, vicario de Jesucristo sobre la tierra y revestido
de toda la autoridad que tomó el hombre Dios cuando
dijo: Yo soy rey, rey de un reino que no es de este
mundo. En virtud de esta suprema potestad el papa es
monarca» y la iglesia romana, cuyo obispo es, ha sido
llamada por (oda la tradición la iglesia madre y maes­
tra de todas las iglesias.
Esta monarquía está templada por la aristocracia.
El elemento aristocrático se halla 1.° encada obispo en
particular, 2.” en las juntas de obispos llamadas con­
cilios.
Según ei orden é institución divina los obispos están
asociados al sumo pontífice para el gobierno de la igle­
sia, y son miembros de la soberanía, investidos de ios
derechos de regalía en su territorio ó diócesis según
veremos m¡¡s adelante; pero no gobiernan como iguales,
sino como súbditos del papa su monarca, sometidos á
sus leyes y ejecutores de sus decretos. Creo ver una
i rpagen do este gobierno, si no perfecta poique toda
comparación es incompleta , pero muy parecida en el
imperio de Alemania, donde el emperador mandaba á
soberanos que tenían su estado y territorio.
Los presbíteros y curas párrocos sin participar del
gobierno general de la iglesia como miembros de la so­
beranía forman parle de sn constitución como adminis­
tradores, y son en la sociedad eclesiástica lo que la ad­
ministración en la política; porque en toda sociedad son
cosas distintas y separadas por una barrera insuperable
el gobierno y la administración, Los magistrados, los
jueces, los administradores no son legisladores, ni sobe-
ranos, ni participantes de la soberanía. Pues esta es la
elevada clase en que están colocados los presbíteros:
por la constitución de la iglesia son magistrados, jueces
y administradores, y la Escritura señala claramente su
lugar; él papa es significado por las palabras dichas á
Pedro, los obispos por lasque se dirigen inmediaUi-
ment'e al colegio apostólico, y los presbíteros por la mi­
sión dada á los setenta y dos discípulos.
La iglesia es una monarquía, en la que el papa ejerce
toda Ja plenitud de la potestad soberana : asi lo dice el
gran teólogo é insigne obispo Bossuet en su sermón so­
bre ia unidad de lo iglesia.
La monarquía det papa está templada por la aristo­
cracia del episcopado ; asi lo afirma Belarmmo, y este
doctor no ha pasado nunca en Francia ni en otra parte
por detractor heterodoxo de la autoridad del papa (1).
Trátase ahora de buscar en la Escritura y la tradi­
ción estas dos grandes instituciones de la supremacía de
la iglesia que acabamos de nombrar, empezando por la
monarquía del papa.

I.-- La MONARQUÍA D EL PA PA SEÑALADA EN LA


SANTA ES C R IT U R A ,

. Nuestro Señor Jesucristo despues de haber fundado


su iglesia piensa en darle un gobierno, Bjar sus atribu­
ciones y facultades administrativas, circunscribir su ex­
tensión y poner sus límites. En este lugar no dirige Ja
palabra á la comunidad cristiana , porque el pueblo no
es soberano en la ciudad que va á edificar y en la so­
ciedad que víi á constituir, sino que llama á sus discí­
pulos y les dice: Enseñad y bautizad: yo estoy con vos­
otros enseñando y bautizando. Y en otra parte: Yo os
daré las llaves del reino de los cielos. Ya tenemos doce
hombres escogidos y separados de la multitud, á los
cuales encomienda el gobierno, como no podemos dudar
en virtud de las palabras citadas. Estas expresan la so-

(1) Bel armi lio, De romano pontifiee, lib.l, c. 3, 5 y 8.


berania y no falta nada de cuanto constituye la potestad
suprema. Ya aabetrvos que en la iglesia no es el pueblo
quién rige y gobierna , sino el episcopado: Posuit epi-
■scopos regere ccclesiam D d (1). Mas ¿por ventura el go­
bierno de la iglesia es puramente aristocrático'? jNto, los
depositarios del poder gubernativo no deben formar un
cuerpo, un senado, un consejo permanente, sitio que
están destinados á vivir solos, separados y dispersos en
todo él universo. Fijados en un territorio cuyos gober­
nadores y príncipes son, tienen iguales facultades* y la
iglesia no será.un cuerpo con doce cabezas. Es mani­
fiesto que el misterio de la unidad no hace mas que
empezar aquí por esta primera separación.
YeÉimos ahora la segunda que le consuma y per­
fecciona. Entre estos 'doce caudillos de las doce tribus
del nuevo Israel es escogido lino como en otro tiempo
'Moisés, y en él solo se reúne y concentra toda la fuer­
za del colegio apostólico. A la sombra de la autoridad
tutelar de este monarca espiritual vivirá en paz la igle­
sia católica, y se remediarán el cisma y la herejía.
Busquemos ahora en lo sagrada escritura este centro de
unidad, y le veremos demostrado hasta la evidencia. Es­
tas palabras empapadas de la virtud del poder supremo
Todo h que alareis, se liabian dicho á Pedro solo antes de
decirse al colegio apostólico. Pues bien según la lumi­
nosa observación de Bossuet Dios no se arrepiente de
sus dones, y la generalidad, y universalidad de aquellas
palabras ha puesto ya bajo la obediencia de aquel ó
quien se han dicho, todos aquellos á quienes se dirá
mas adelante: Enseñadyquc yo esloy con vosotros: atad
y desatad, y todo cuanto alareis y desatareis en la tier­
ra, será atado y desalado en el cielo.
Mas aquí tenemos urws palabras que se dijeron á
Pedro solo: Apacienta mis corderos: apacienta mis ove­
jas. ¿Y quién ignora la excelente glosa de Bossuet sobre
estas palabras? Apacienta los hijuelos y sus madres,

(1) Aet., cap. xx, v. 28.


es decir, los pastores y . los pueblos, los príncipes y los-
vasallos: reyes, príncipe?» magistrados, patriarcas, me­
tropolitanos, cualesquiera quesean vuestra dignidad,
clase y categoría en el orden civil ó religioso, si sois pas-*
tores respecto de, los pueblos no sois mas q*ne ovejas de-,
Pedro. ¿Quién pues podrá creerse exento de líi jurisdic­
ción de este pastor universal? Solo aquel que no es ni
un cordero ni una oveja del rebaño de Jesucristo. ¡Ah!
[Desgraciado de e&Le hombre!' En el mismo hecho se
declara fuera del aprisco del $eñor. Yo no veo en él
mas que una oveja perdida, extraviada , expuesta al
rapto de los lobos voraces, los cuales según testimonio
del Espíritu Santo siempre andan rondando el redil y
bascando una presa que devorar.
Pero en ninguna parte ge espresa esta potestad con
mas firmeza y energía que-en aquella célebre confesion
de la divinidad de Jesucristo, hecha por Pedro en nom­
bre de todo el colegio apostólico cuando le interpeló el
divino maestro. Omito aquí esta prueba, porque ya la he
explanado con bastante extensión en la sección primera,
y seria inútil repetirla.
«Esta es la cátedra romana tan celebrada por tos
»santos padres, donde ensalzaron como á porfía el prin­
cipado de la cátedra apostólica, el principado princi-
»pal, la fuente de la unidad, yen el lugar de Pedro la
«grada eminente de la cátedra sacerdotal, la iglesia nía-
»dre que tiene en su mano la conducta de todas las de-
»mas iglesias, la cabeza del episcopado, de donde parte
»el radió del gobierno, la cátedra principa! * la cátedra
wúnica, en la cual sola conservan todos la unidad.» tfY
»en este discurso, continúa Bossuet, de quien he copiado
«este trozo de erudición , oís á san Optnto, san Agus-
»tin, san Cipriano, san Ireneo, son Avito, Teodoreto,
»el concilio de Calcedonia y los demas, el Africa, las
»Galias, la Grecia , el Asia , el Oriente y el Occidente
«unidos juntamente.» La iglesia pues es una monar­
quía, y la plenitud de la poteBtad monárquica reside en
el popa : esta verdad es de fé.
Tiempo es de que busquemos en la constitución de
la iglesia ese temperamento de aristocracia ó pura ha­
blar en lenguaje moderno ese elemento aristocrático
que templa la mo'narquía en virtud de la potestad epis­
copal , y que le busqnemos hasta en la sagrada escri­
tura donde tan visiblemente está marcado.
Ya hemos apuntado esta prueba. A Pedro se le dice:
Apacienta mis corderos : apacienta mis ovejas; y á los
apóstoles y al colegio apostólico; Enseñad, bautizad',
yo estoy con vospiros é£c. Las llaves del reinó de Dios
se dan á* Pedro y juntamente á los sucesores de los
apóstoles. Estos abren como aquel el reino de Dios» y
nadie le cierra: le cierran, y nadie le abre: atan y des­
alan las almas como Pedro: pronuncian como él desde
este valle de lágrimas sentencias que se obliga á ratifi­
car el Altísimo; y se atreven* en cierto modo á presen­
tarle la fórmula y el modelo del juicio que va á fallar
en el cielo. De Pedro está dicho que es el fundamento
de la iglesia; y en otro lugar está escrito que la iglesia
está edificada sobre el fundamento de los apóstoles.
Algunos han dicho que I03 obispos, salvo la depen-
denota del papa, pueden en su diócesis y en materia do
jurisdicción todo lo que el papa en la iglesia universa!,
jío juzgo que sea verdadera esta proposicion; pero sí
creo poder afirmar la verdad de estotra enunciada mas
arriba; á saber, que los obispos poseen en su diócesis los
derechos llamados de regalía en política , el derecho de
pronunciar sentencias sobre la fé, las cuales exigen co­
mo los de un tribunal de primera instancia una obedien­
cia interina hasta que sou reformadas ó anuladas por lá
iglesia, el derecho de promulgar leyes sobre la disciplina
que liguen las conciencias con censuras y con la exeo'
munion, la cual hiere el alma de muerte invisible y
representa en la sociedad cristiana la muerte civil de
la política.
Este es el lugar de explicar et dicho de san Cipria­
no y repetido por toda lo tradición y usado por Bossuet
en su sermón sobre la unidad de la iglesia. El épisco-
pjido es uno; lo cual quiere decir que lodos nuestros
obispos no tienen mas que una misma cátedra, y que
todo lo que un obispo hoce y dispone en unión cou la
iglesia y con Pedro que es la cabeza de ella? adquiere la
fiiinza insolidum de la iglesia entera, en cuanto esta le
suministra su vinculo y le presta toda la fuerzn de&u brazo.
Por eso los obispos y los misinos concilios han dicho en
sus estatutos y leyes unas veces que obraban por el de­
recho divino de su oficio y como vicarios de Jesucristo»
y otras en nombre de Pedro y como vicarios de este*
oíce Petri. Aquí podemos exclamar con Bossuet: ¡Cuán
firme, vigorosa y . potente para reprimir el vicio y
el error es esta constitución, en que todos los poderes
son divinos y cada parte habla y obra con el vigor dél
todo!
Los presbíteros, esa parte integrante de la consti­
tución de la iglesia, están claramente señalados en !a
categoría que les dió nuestro divino maestro: no son parti­
cipantes de la soberanía ni legisladores, sino simples
administradores. De grado repelimos con la facultad de
teología de Paris que son los sucesores de los setenta y
dos discípulos de Jesucristo; honor y distinción que los
separa del simple pueblo tonto como lo ¿stan los admi­
nistradores de sus administrados.
Esta excelente doctrino sobre la unidad de la igle­
sia que hemos bebido en la tradición pura, es muy á
propósito para realzar á los ojos de un sacerdote pia­
doso é ilustrado la obediencia debida á las leyes dioce­
sanas y locales. Se conoce y comprende la obligación do
obedecer las leyes de la iglesia universal; pero algunos
tienen muy tenue convicción del deber de cumplir las
leyes diocesanas; sin embargo todns obligan igualmente
que los decretos de la iglesia universal, según la doctri­
na de stifi Cipriano, aun aquellas que no son tnas que la
simple voluntad del obispo, como las disposiciones sobre
el culto y la dispensación de los sacramentos, escritas en
el ritual 6 el ceremonial, y los edictos y estatutos sobre
la vida honesta que deben hucer los clérigos. De ahí
procede la grave advertencia que dirige Bossuet á sus
cohermanos para que en sus estatutos y disposiciones
legislativas se remonten á altos pensamientos y no dejen
ni consientan nado de que puedo sonrojarse la iglesia,
nada que merezca ser censurado por la inviolable y su­
prema autoridad de la iglesia universal y de ta romana
que ¡a representa.
Un hombre juicioso é ilustrado que baja hasta los
fundamentos de la ciudad de Dios, descubre al lado de
la piedra angular sobre que estriba este inmortal edifi­
cio, otras que forman parle délos cimientos y nos
explican la razón por qué dice el Espíritu Santo unas
veces que la iglesia está, edificada sobre la piedra angular
de la iglesia de Roma, y otras que son su funda­
mento los apóstoles y las iglesias apostólicas. jOlil [Qué
cosas- tan grandiosas dice el nombre de sucesor de los
apóstoles y príncipe de lo iglesia á los oidos de un cató­
lico piadoso é ilustrado! Y si es verdad que el esplendor
del trono resalta sobre los príncipes de la familia real,
y los ministros del imperio, brilla un rayo de la majes­
tad divina de Jesucristo y de su vicario visible en la
tierra en la faz del obispo, príncipe de ta iglesia de
J)ios y revestido de ta autoridad de los apóstoles.
No sin motivo he amplificado mas este punto de ta
doctrina católica, que por decirlo asi sale de suyo deí
fondo de mi. asunto tratando de la constitución de la igle­
sia, y tiene un interéá vivisimo y de oportunidad para
quien conoce la gran enfermedad que atormenta ahora
lodos tos ánimos. De ahí resulta una desazón general
que penetra hasta en el santuario, porque (es preciso,
decirlo) los sacerdotes y ministros de Dios son los hijos
de su siglo, cuyo espíritu se filtra é introduce en todas
partes, como el aire influye en el temperamento de lo,*
das las almas y las altera y corrompe tanto como la at­
mósfera en que vivimos y que respiramos. Y si es cierto
que ia insuBordinpcioñ y ia independencia son el carác­
ter específico de nuestro siglo, ¿qué debemos inferir de
ahí sipo que la piedad, la religión y la fuerza de la
educación han podido minorar y disminuir la influencia
de ese mal tan contagioso en los clérigos jóvenes; mas
no curarle y destruirle de raíz? No obstante pues que
todas estas, circunstancias morales no quitan et libre al­
bedrío á la voluntad, puedo decir aquí á mis hermanos
en el sacerdocio, y en particular á los seminaristas
eclesiásticos, cuyo amigo, consejero y padre debo ser
mas que nirigun otro: si queremos introducir en la
iglesia le turbación y confusion que reinan en el estado,
no hay mas que desconocer la autoridad episcopal y re­
bajar su consideración al modo que lo e§tá la de la au­
toridad secular,

II,-^De lo s c o n c il io s , v e r d a d e r a a u t o r id a d
CONSTITUIDA EN LA IG LESIA .

Al tratar de la constitución de la iglesia no debo


omitir los concilios que son una parte integrante de ella,
y en especial los provinciales, en los que creo ver un
instrumento, un muelle esencial del gobierno de la
iglesia. En rigor no son un tribunal permanente, pues
que no se celebran con fecha fija ni en un período de­
terminado; 110 obstante en los tiempos felices de la
iglesia se convocaban con bastante regularidad para que
pudieran practicarse la apelación y recurso á ellos, es­
taban ligados.á ciertos hechos, objeto de una previsión
cierta, como por ejemplo la vacante de una silla, y el
derecho marcaba una clase de asuntos de que eran
únicos jueces competentes, teniendo este tribunal como
todos los demas su fuero determinado por la ley. Euse-
bío, el autor eclesiástico mas antiguo, decía estas pala­
bras en el siglo IV : «No pueden arreglarse los grandes
«negocios de la iglesia sino por medio de concilios (1).»
Y en el de Nicea se lee textualmente: «Ha parecido
^conveniente que todos los años se congreguen dos con-
jjciiios en cada provincia para tratar en común las

(1) Eusebio, De vita Consta lib, 1, c. 51.


>;cuestiones graves.» E! concilio de Antíoquía renueva
en el canon X el del concilio niceno sobre la celebra­
ción de dos concilios anudes.
En cuanto á los concilios ecuménicos pueden lla­
marse una de las necesidades de la iglesia en ciertos ca­
sos extraordinarios é indeterminables, y yo he leído eti
las actas públicas de la antigua Sor bono unas conclusio­
nes sentadas asi: Concüia aecumenica quandoque neces-
sarja. La cuestión de la reiteración del bautismo nos
presenta un ejemplo de esto. La fé de lu iglesia univer­
sal se habia obscurecido entonces tanto enmedio déla
disidencia de los doctores, los mártires y los concilios,
estando San Cipriano do una parte y el papa san Corne-
lio de la otra; y la confusion y contrariedad de todos
estos hechos habia amontonado tan densas nubes en
torno de lu fé general de la iglesia, que en decir de san
Agustín se necesitaba nada menos que el fallo de un
concilio ecuménico para dar á esta cuestión la claridad
de la luz del día. En el culor del-luteranísimo y en ia
fuerza de su propogauon creo Ver á la iglesia en una
situación semej.jnte, siendo no menos necesario el con­
cilio tridentino que el indicado por san Agustín para
calmar la agitación de los ánimos y desvanecer las in-
cerlidumbres con una patente manifestación de la fé de
la iglesia universal.
A juicio de Bossuet un concilio ecuménico es el
ejército de la-iglesia con todas sus fuerzas desplegadas
en batalla para combatir á la herejía, porque tal es el
pensamiento* que expresa en el siguiente pasaje con su
ordinaria grandilocuencia: «Mas si se suscitan escánda­
nlos y los enemigos de Otos se atreven á acometerle con
»bus blasfemias, sales, Jerusalem, de tus murallas, y
»te formas en batalla para combatirlos,-siempre iiermo-
»sa en tal estado, porqué no te abandona tu hermosura;
«pero ahora terrible, porque un ejército qíie parece tan
«vistoso cuando pasa muestra, ¡cuán terrible es cuando
»se presentaron todos los arcos armados y las picas
wenhiestas! {Cuán terrible pues eres, ó iglésia santa,
»cuando caminas cón Pedro á la cabezo....derribando
«las cabezas soberbias y toda altanería que se levanta
«contra la ciencia de Dios, cerrando ó los enemigos de
»este con lúa apiñadas falanges, y rindiéndolos junta­
mente con toda la autoridad de los siglos pasados y
wtoda la execración de los futuros!»
En mi dictamen este lenguaje tan valiente y figura­
do se aplica al concilio ecuménico, donde está presente
toda la iglesia por sus legítimos representantes. Abrese
la discusión, se exponen las blasfemias del error* y de
todas partes se levanta un grito unánime: Anatema á
esas proposiciones. Nunca se oyó en la iglesia semejante
cosa; por el contrario ve aquí lo que la iglesia cree
ahora, lo que enseñaron siempre nuestros padres, y lo
que creerán siempre nuestros sucesores. Tal lenguaje
despues de una discusión sabia y animada en que se
abrió el libro de las escrituras, se alegaron los pasajes
mas luminosos y significativos de la fé católica y se exa­
minó la tradición de los siglos anteriores, es capaz de
postrar el error con toda la autoridad de los siglos pa­
sados , deí presente y de los venideros, y no es tan te­
mible la-carga de un fuerte ejército que cierra con el
enemiga
Despues que el territorio de Europa se dividió en
los términos en que hoy está y que se llama equilibrio
europeo, fue casi imposible la congregación de concilios
ecuménicos, y fácilmente se echa de vér la razón: 3a
reunión de todos los representantes del universo católi­
co en un mismo lugar exige la ausencia de los obispos
fuera del reino: su permanencia en un país extraño y á
veces hostil, la rivalidad de las naciones y los zelos p$r
sus distinciones y precedencia , todos estos intereses tan
difíciles de conciliar han atado y entorpecido la voluntad
de los papas, mas propicios á la convocación de un con­
cilio ecuménico. Tan cierto es que esta materia por su
naturaleza mixta requiere la acción de una potestad
tínica y dominadora en todo el universo. En la edad
media fwdia vencerse la dificultad por el. poder y juris­
dicción temporal del papa, no menos soberana en mu­
chos casos que la de los Constantinos y Teodosios, Desde
que el derecho público de las naciones se alteró en esta
parte, y volvió lo iglesia á aquella situación de donde
había salido únicamente por el bien de la humnaidtid,
loa sumos pontífices no pensaban ya en convocar conci­
lios ecuménicos; pero al estallar la herejía de Lutero
cuando la voz pública reputaba el concilio general por
el remedio único y necesario de los mnles de la iglesia,
no faltó á esta ia divina providencia. Carlos V adquirió
una pujanza tan preponderante, que estuvo á pique de
romperse para siempre el equilibrio de Europa: tomó res­
pecto de los demas soberanos las apariencias, modos y
lenguaje de los antiguos emperadores romanos; y fue
necesario nada menos que su gigantesco poderío para
que se efectuara la reunión del concilio de Trento. Con­
gregóse este á la sombra de la majestad imperial, y con
tantos obstáculos y dificultades, con tales interrupciones
y continuaciones, que dijeron tos amigos de la religión:
Ahí está el dedo de Dios. La rara reunión de ios conci­
lios provinciales en los tiempos modernos debe atribuir­
se á la misma causa. Con todo en Francia se reunía
periódicamente el clero, y solia tomar conocimiento de
las causas relativas á la fé y la disciplina, supliendo en lo
posible el oficio de los concilios provinciales.

I1 L — L a CONSTITUCION DE LA IG L E S IA CON L Á MO­


NARQUÍA D E L P A P A Y L A ARISTO C RA C IA DE
LOS OBISPOS PR O B A BA PO R L A TRADICION D E
LOS T R E S P R IM E R O S SIGLOS DE LA IG L E S IA .
'

Para coger el hilo de esta primera tradición desde


su origen la empiezo por este hecho sacado del Evange­
lio. Desde que Bedro mereció por la gloriosa confesion
de la divinidad de Jesucristo ser declarado presidente y
cabeza del colegio apostólico, entra en cierta manera en
poseslon de esta divina prerrogativa; y no se trata en
aquel de un asunto importante, en que no intervenga
Pedro como él primero de todos y el representante de
todo el cuerpo.
Le hemos visto el primero á practicar la fé: ade­
mas es el primero á practicar el gran mandamiento del
amor, el primero que ve á nuestro Señor resucitado de
entre los muertos, el primero que confiesa ei nombre de
Jesuseo presencia de la nación judaica, el primero á
presidir la elección de un nuevo apostol, el primero que
confirma la fé con miltigros, el primero que convierte
á‘los judios* el primero que recibe á los gentiles y los
incorpora en el gremio de ta iglesia.
Empieza la predicación de) santo Evangelio, y ia
palabra de Dios sembrada en Jerusalem por los apósto­
les produce la iglesia cristiana, que por la unión y ca­
ridad de rus miembros vino á hacer real la fabulosa
edad de oro de los paganos.
Sale el cristianismo de Jerusalem, atraviesa los limi­
tes de la Judea, y es predicado á los gentiles: fórmase
una iglesia en Antioquía, y eu primer obispo es Pedro.
El Egipto bendecido y santificado por la presencia del
niño Jesús oye predicar la divina palabra en premio del
asilo hospitalario que dió á un Dios proscripto; y se
funda en Alejandría la cátedra dé san Marcos, Pedro
por Antioquía llega ó-Roma, anuncia allí el Evangelio,
muere y deposita en el sepulcro que ha escogido en
aquel centro del gentilismo, las llaves del reino de los
cielos entregadas á él por su divino maestro. Roma pa­
gana , la madre de la idolatría, viene á ser la madre y
maestra de todas las.iglesias cristianas, y adquirirá mas
lustre por la silla de este pescador que por el trono de los
Césares. La palabra de Dios lia resonado en los confines
del mundo. El linaje de los cristianos se.multiplica en el
seno de la gentilidad con tanta rapidez como los hebreos
en Egipto: las naciones tiemblan y meditan planes infa­
mes contra la iglesia: corre á torrentes la sangre de los
confesores déla fé y principia I r era délos mártires.
Muchos se representan á la iglesia en aquellas pri­
meras edades como cautiva y sin atreverse á salir de las
catacumbas donde celebraba sus divinos misterios, y dicen:
¿Cómo en tal estado es capaz de ejercer el menor acto
de su soberanía, de desplegar su jurisdicción eclesiástica
y congregar los concilios para determinar en común y
con Pedro á la cabeza la recta administración de sus sa­
cramentos, la enseñanza conveniente de su doctrina, el
procedimiento de sus juicios eclesiásticos y todo, el buen
orden de su disciplina?
A la' verdad si se considera ¡ü Ja iglesia enmedio del
fuego de !a persecución y en lo mas recio de los edictos
sanguinarios dados contra ella; en aquellos dias borras­
cosos la iglesia como sociedad no era casi visible en el
mundo, ó solo !o era por la profesiou patente de su fé y
el testimonio que le daban sus mártires hasta morir en
los suplicios. En aquel estado la iglesia experimentaba
una especie de eclipse á los ojos de lo que se llamaba
entonces y aun en el dia el gran mundo. Mas la perse­
cución á manera de la calentura tenia su accesión, su
crecimiento y su delirio frenético y hasta rabiuso: á es­
tos raptos furiosos sucedían algunos lúcidos intervalos,
durante los cuales gustaban los cristianos las delicias de
una paz profunda; y no queda uno poco admirado al
leer en los anales de la iglesia cómo se atrevia esta á
ejercer líbre y francamente su culto durante aquellas
interrupciones de ia persecución. Verdaderamente era el
grano de trigo que está enterrado durante el invierno, y
revive, crece y se pone^Iozano á la primavera. Enton­
ces se mostraba la iglesia tal como e?, ha sido y será siem­
pre, una sociedad enmedio de la sociedad pagana, que te­
nia sus leyes, magistrados, policía, gobierno, y cuerpos
deliberantes y sobre todo su religión aparte. Estos son los
siglos que vamos á recorrer, y en ellos veremos á la igle­
sia cristiana en el pleno ejercicio de toda su suprema­
cía en el orden espiritual.
Empecemos por la monarquía del papa. Aquí senos
presenta iti gran cuestión de las ceremonias legales, que
dió margen ai concilio de Jerusalem, el primero de to­
dos los concilios y la forma y modelo de cuantos se si-
guieron. Le convocó y presidió san Pedro: por eso le ci­
to con justa razón como uno de. Jos primeros actos de la
monarquía del papa en la cuna del cristianismo. Me pa­
rece útil y aun necesario pura la mejor inteligencia de
la materia dar una sucinta noticia del objeto , oca|ion y
causa de esta disputa. La irritación y exasperación de
los ánimos Habia llegado á tal grado, que los hombres de
bien fi uña voz pedían la convocación del concilio como
el único preservativo del cisma próximo á declararse y
dividir la naciente iglesia en dos partidos irreconciliables.
Los judios convertidos creían necesaria h\ observancia de
las ceremonias legales , y los gentiles las desechaban co­
mo un yugo inútil, por no déeír mas, que había sacudi­
do el cristiano por la libertad del Evangelio. Los gentiles
no comprendían que la justicia cristiana pudiera ema­
nar de otro origen que de la bondad de las acciones; y sus
sabios q«e las habían practicado ¿\ veces hasta el herois-
ríio sin conocer la ley ni las obras de esta , no les pare­
cían inferiores en nada á los hijos de la alianza. ¡Qué
escandolol exclamaban los judaizantes. [Creer que esté
abrogado el pacto hecho con Abraham , depositario de
las promesas, y que la circuncisión , que era el sello de
aquel, no sea ya mas que una ceremonia indiferente!
Los judaizantes se prevalían de la autoridad de san Pe ­
dro, y los geni iles alegaban en su favor la de san Pablo:
la discordia habia llegado al último punto, como puede
juzgarse por el hecho siguiente. En Corinto un judai­
zante fanático que se mcüa á profetizar, excitó una se*
dicion furiosa entre los suyos y los exaltó hasta el extre­
mo de instigarlos á precipitarse sobre los gentiles con­
vertidos para obligarlos por fuerza á judaizar. La
conducta y práctica contraria que observaron pública­
mente Pedro y Pablo en lo recio de esta disputa , au­
mentaron la irritación de los ánimos y encendieron el
fuego de la discordia. No ignoraba san Pedro todo lo
grande, sublime y misterioso que escribió después, el
apostol de las gentes sobre la esencia de esta doctrina;
pero juzgaba deber guardar todos los miramientos posi-
bles á los judíos convertidos y condescender con la
queza de su fé, arguyendo á san Pablo con estas palabras
suyas: Hagámonos todos para lodos, judíos con los ju ­
díos. Lo cierto es que la extremada caridad del primer
pastor producía malísimos efectos, y los judaizantes,se
prevalían de esto para mantenerse mas obstinados en su
error sobre la necesidad de las observancias legales. E l
zelo ardiente de san Pablo no pudo contenerse en vista
de támafto mal, y se atrevió á resistir cara á cara á su
superior‘y reprenderle públicamente porque era repren­
sible. Nada de esto carecía de misterio: convenia dar la
forma y modelo á los pastores de todos los siglos venide­
ros y mostrarles que la humildad etilos puestos másele-
vados les da mucho mayor realce á los ojos de los pue­
blos que las magnificas prerogotiyas de la potestad, que
son el patrimonio de su dignidad. Como la discordia iba
siempre en aumento , decian los hombres pacíficos que
el verdadero remedio era el concilio general. Se tuvo
pues en Jernsalem, asistiendo san Pedro, Santiago, san
Pablo y san Bernabé. De aquí dedujo la posteridad esta
máxima, que tenía ya á su favor el volo de la razón;
a saber , que no es necesaria la presencia de todos los
obispos del orbe cristiano en el concilio ecuménico, y
que sí un puñado de diputados pueden representar le­
galmente una n.iciun grande, bastan unos pocos obispos
para representar ó la iglesia. Pedro presidió el concilio
despues de haberle convocado como se cree comunmente:
habló el primero, sentó la cuestión que habia de delibe­
rarse, y dió su parecer en forma de juicio: los votos
fueron unánimes y conformes con el del primer pastor,
y estos votos eran ueios juicios. San Pedro por su conclu­
sión los convirtió en un decreto y les puso el último se­
llo de la autoridad publicándolos: se encargó á los mas
notables dei concilio que llevaran estos decretos á donde
quiera que hubiese resonado ya la divina palabra, es de­
cir, á todas partes; y bien sabido es que estos mismos
decretos fueron calificados no de juicios humanos, sino
de decisiones dadas en nombre del Espíritu Santo. Tal
fue el primer concilio celebrado en Jerusalem, que sir­
vió de modelo á los de ias edades siguientes y nos auto­
riza para decir que desde el origen mismo de la iglesia
aparecen la monarquía de Pedro y su cualidad de sobe­
rano.
No fue menos ruidosa la cuestión del día en que
habia de celebrarse la Pascua* ni causó menos agitación
y conmocion en los ánimos. En aquellos dias felices pa­
ra que se alteraran estos era preciso que interviniesen
Jos asuntos importantes y los grandes intereses de la re­
ligión f sus dogmas, su culto y sus ceremonias. Ei pan­
toque se controvertía era si habia de celebrarse la Pas­
cua en el día que la celebraban los judios, ó en el domin­
go siguiente al dia catorce de la luna de marzo. Los cris­
tianos se agitan, se dividen, y en todas partes se convocan
y reúnen la multitud de concilios de que hablaremos des­
pues. Sin embargó todas las miradas se vuelven á Roma:
el gran san Policarpo, lumbrera de la iglesia y despues
marlir, se traslada á aquella ciudad, respetada ya como la
madre y maestra de todas las iglesias, para consultar
con Pedro, A quien se cree siempre vivo en la persona do
sus sucesores; y le parece áeste obispo, que ha oido la
tradición de la boca misma de los apóstoles, que no po­
drá menos de errar sí sigue su juicio privado sin cote­
jarle antes con el del gran maestro á quien se mandó
confirmar á todos sus hermanos en la fé, La iglesia ro­
mana por una costumbre recibida de su primer obispo
san Pedro celebra la Pascua el domingo siguiente al dia
catorce de la luna de marzo, y la tradición de Roma sirve
de regla ú todas las iglesias occidentales. Él Oriente sigue
otra y se conforma con .la costumbre que parece haber
establecido san Juan. Mas acabamos de decirlo, todos
apelan alegran tribunal erigido-en Uomo. La santa sede
en tales términos se tenia por el juez supremo y en últi­
ma instancia de esta ruidosa causa ¿ que en el discurso
de ella amenazaba el papa Yictor excomulgar a los orien­
tal es tenaces en su tradición* Estos no creían deber de­
sistir de ella: tan venerable les parecía por haberla se-
T. 4ís. 16
guidb una serie de mártires cuyo nombre vivía en lá
memoria de todos. Decían ademas: la practicaron dos
apóstoles: primeramente san Felipe que murió en Hie-
rópolis y dejó tres hijas vírgenes, cuyo testimonio han
podido recoger nuestros ancianos, porque aquellas mu­
rieron en olor de santidad y en una edad muy avanzada.
Ademas (anadian) se conformó con esta tradición san
Juan, mas grande que dicho apostol, que fundó tantas
iglesias, estuvo reclinado en el seno de nuestro Se­
ñor Jesucristo, padeció martiriofue doctor y murió
eñTífeso. No obstante el gran peso de tantos razones y
autoridades se necesitó nada menos que los perseveran­
tes ruegos del célebre san Ireneo, para que la cabeza dé
la iglesia no castigase con la excomunión la resistencia
de aquellas ilustres iglesias. \Cuántos hechos se me ofre­
cerían en estos dos primeros siglos si tratase yo de re­
correrlos!
En Coriülo estallan ruidosas divisiones entre los
presbíteros que vieron á nuestro Señor Jesucristo. El
papa san Clemente, uno de los primeros sucesores de
gan Pedro y encargado como pastor universal del cui-
'dado de todas las iglesias, toma conocimiento de aquel
suceso á petición de los mismos corintios, y para apa­
ciguar la discordia dirige al clero de la misma Iglesia
aquella admirable carta venerada en la antigüedad casi
tánto como los escritos de los apóstoles.
En el mismo siglo Marcion depuesto por su obispo
c-rfee que es propio de su honor hacer anular aquella
Sentencia, y no ve otro tribunal eu la iglesia superior el
'de los obispos que el de Homa.
Sabidos son los disgustos y amarguras que afligieron
%1 largo episcopado de san Cipriano coronado por el
■martirio. La fortaleza y vigor del santo prelado para
conservar la pureza de la disciplina no tenia igual; asi
‘es que 'no podia permitir su zelo que se debilitase y
enervase aquella por un abuso de que solían ser fauto­
res algunos mártires y confesores de la fé acaudillados
por el mártir Luciano. Poseídos de una falsa confianza
en sí mismos (porque jali! el martirio no preserva de
las tentaciones del orgullo) daban á los que habian caido
(Jurante la persecución unas cédulas para obtener dis­
pensa de ia pena-canónica decretada contra el pecado
de .idolatría. Buscabase y no se hallaba en ninguna
parte el título de estos, confesores pava ejercer tan ex­
traña potestad, I’or mas que san Cipriano predicaba
contra esta relajación, cuyos consecuencias le parecían
funestas, los obstinados confesores perseveraban en su
práctica, el pueblo tomaba partido á su favor, y dü
ahí recibía la paz pública no pequeño detrimento. A
este propósito escribió el santo doctor á Ja iglesia roma­
na aquella carta admirable que se puede leer en las ac­
tas de los concilios, y que es un testimonio igualmente
ventajoso del eminente zelo del obispo cartaginense y dé
la supremacía de la igiesia romana sobre todas las
iglesias.' ... .
; _ [Cuántas y cuán fatales contiendas suscitaron ade­
mas á este ilustre mártir los novadores de su tiempo,
los Novatos, Novacianos y Felicísimos! A todas estas
embestidas contra su persona^ autoridad y contra la
sana doctrina no opuso nunca Qtra defensVque esta: la
iglesia romana, donde se conserva el depósito de la fé
católica, y su autoridad tutelar de la de todas las igle­
sias. No conozco un título mas incontestable del prima­
do jurisdiccional de la iglesia de Roma que el testimo­
nio de este gran obispo, á quien suelen invocar como
patrono nuestros modernos presbiterianos. Los demas
testimonios de los santos doctores de aquellos dichosos
siglos no son menos favorables á la monarquía del papa
que los actos de su administración. La autoridad de san
Ireneo es especialmente célebre en esto materia, y las
edades siguientes no facilitan á la iglesia de Roma un
título mas precioso de su primado. Queriendo probar
eí sanio doctor que Ja-iglesia confunde todas las herejías
por la tradición pondera en estos términos magníficos
la gran autoridad de:ia iglesia romana: «No pudiendo
nosotros descubrir á los ojos de los herejes la tradiciou
«de todas las iglesias nos limitamos á señalar la do la
«mayor y mas antigua , conocida de todos y fundada en
«Roma por los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo. Por
«esta fé, que se ha conservado en aquella iglesia por lia
«sucesión de sus obispos, confundimos á tocias las sec-
»tas, engendro'falal de las pasiones humanas: porque
«con esta iglesia deben concordar y confrontar su fé
«todas las iglesias: allí es donde se ha conservado la
«tradición de los apóstoles en su pureza.» Y la .razón
que alega el santo doctor es el primado de potestad que
fue dado á dicha iglesia. Esta fórmula de fé, con la
cual debe ser confrontada como modelo la de todas las
iglesias en testimonio de su ortodoxia, este símbolo ¿es
una regla de fé menos inmutable que ia confesion de
Pedro? Yo.pudiera transcribir tambsm el precioso ho­
menaje de san Gerónimo á la-cátedra de Pedro; pero
con ser tan formal me parece menos significativo que
el de san Ireneo. ' . " -
§. n.
La a u t o r id a d d e lo s o b i s p o s , e l e m e n t o a r is t o ^
ORÁTICO DE LA CONSTITUCION DE LA IG L E S IA , PRO ­
BA D A POR LOS HECHOS Y TESTIM O N IO S D E LOS
SIGLOS APOSTÓLICOS.

En esta importante controversia relativa á la pree­


minencia de jurisdicción de los obispos respecto de los
simples presbíteros sobresalen dos hechos confesados y
reconocidos ó á lo menos irrecusables para todos nues­
tros adversarios. l. ° En los siglos apostólicos hallamos
una distinción mareada y declarada entre los obispos y
los presbíteros: 2.° una gerarquía de facultades entre
ellos* siendo el primer grado e) diaconado y el supremo
el episcopado. Acaso se dirá que esta distinción no tiene
otro objeto que una preeminencia de honor, una po­
testad de orden superior; pero que no lleva consigo ni
superioridad de. jurisdicción en el obispo, ni deber de
obediencia en el presbítero. Mas elatcnto observador
atí>ierte frita n te una superior ida(i de jurisdicción reo!,
porque si la considero en el libro del Pastor, subido es
que Hermas, tenido por autor de él, era discípulo de
los apóstoles y coetáneo del papa san Clemente. Pues
este escritor reconoce los tres órdenes nombrados, á sa­
ber, ministros, es decir, diáconos, pastores y obispos,
los llama las piedras angulares del edificio y distingue
así el oüeiode cada uno: los obispos gobiernan, gesserunt
episcopalum {l):los diáconos ministran ó sirven en el
ministerio, minisiraverunl (2); y los presbíteros ense­
ñan, docuermU (3). Estas últimas palabras aluden al
oficio de instruir á los catecúmenos, prepararlos para
el bautismo y predicar la divina palabra; cosas que los
obispos encargaban particularmente á los presbíteros.
En la carta ya citada que escribió san Clemente é
los fieles de Corinto, caracteriza en los siguientes pre­
cisos términos esta distinción de que hablamos, siendo
fácil de reconocer las verdaderos relaciones de autori­
dad y dependencia entre ambos órdenes: Antes someti­
dos á vuestros obispos y tributando el debido honor á
vuestros presbíteros encargabais á los jóvenes que ob­
servasen una conducta honesta y moderada: Subditi
prwposttis vestris el honorem debilum senioribus vestris
íribuentes, juvenibus id modérala et honesta cogitarent,
mandabalis (4). Y en otro lugar: Respetemos á nues­
tros obispos, pmposüos nostros revercamur, y honre­
mos á nuestros presbíteros, seniores nostros honore-
mas (5). San' Ignacio de Antioquía se expresa asi en su
carta á san Policarpo-: Nada se haga sin lu voluntad, ni
tú hagas nada sin la voluntad de Dios: Nihil sine tua ro-
luntatt fiat, ñeque lu quidquam sine volúntate Dei
agas (6).
(1) Past. 13b- vis. 3, n. S.,
(2) Idem.
(3) Idem.
(V} 'Número i.
(o) Núm. 21.
• Artfuelao, obispo asiático del siglo I I I , en la rela­
ción que escribió do su disputa con Manes?, reconoce
tanta superioridad en el obispo respecto del presbítero,
que pone estas palabras en boca de aquel: Dejame dis­
putar con Trífon, porque tú como eres obispo, me
aventajas en dignidad: Sirte me cuín Tryphone contmdere;
tu enim me-, cüm sis episcopus, diqnilate superas (I).
Esta chanza no tendría gracia ni sentido, si el pres­
bítero fuera igual al obispo en autoridad ^ jurisdicción.
En el mismo siglo decía san Cipriano en su carta 50
que los órdenes de la iglesia son grados para subir ni
episcopado, al-cual llamo cumbre del sacerdocio, fastú
gium sacerdoíii; y en la JG enseña que los presbíteros
están sujetos á los obispos en virtud de la ley evangé­
lica. (f¿Cómo no se ha de reconocer una grave ofensa á
jjDíos, viendo que algunos presbíteros con desprecio de
s>los.deberes de su ministerio y del juicio de Dios no
»hacen ningún caso del obispo su superior, le insultan
»y le ultrajan; desorden que no conocieron nuestros
» predecesores? Míentraseste desprecio ha recaído solo
«sobre mi dignidad episcopal, he podido disimular; mas
»ahora que recae el insulto sobre todos mis hermanos
»en ej episcopado, ya no me es permitido el disimulo.»
En la carta 1.7 apela de este desorden al mismo Evan­
gelio. No debo omitir el título de sucesores de los após­
toles que se ha reservado exclusivamente á ios obispos:
los setenta y dos discípulos á quienes han sucedido los
presbíteros, no eran iguales á los apóstoles*.
La doctrina y práctica de aquellos dichosos siglos
nos.demuestran que las siguientes prerogativas eran
unas atribuciones del episcopado incomunicables á los
presbíteros ó sea al segundo orden del sacerdocio: 1.° Son
el origen de toda jurisdicción en la diócesis y de todas
las facultades jurisdiccionales que ejercen los presbíte­
ros. Esto era visible y palpable en la primera edad y
sobre todo en los primeros años de la iglesia: entonces

(1) Apud S. Epiph. Hair. 66, n. und.


no habia mas que un templo, una cátedra y un altar,
si puedo decirlo asi,.en cada iglesia: los presbíteros for­
maban el senado y consejo del obispo, cuyas órdenes
obedecían como los soldados al centurión de quien ha­
bla el Evangelio. El obispo decía á uno: Ye ailA y pre­
dica la divina palabra en aquella iglesia; y á otro: Ad­
ministra acullá el bautismo y celebra el santo sacri­
ficio (l).
2.° Muestrcsenos en toda la antigüedad el ejemplo
de un obispo juzgado, condenado y depuesto por un
simple presbítero; y nosotros respondemos de demos­
trar el orden legal, constante y perpetuo según el cual
el obispo ha juzgado siempre en primera instancia ai
presbítero, sin que este haya apelado nunca mas que á
un tribunal superior presidido por otros obispos. Pero
¿qué necesidad hay de acumular aquí los hechos en una
materia tan clara? Sabemos por Tertuliano la pena de
deposición que fulminó el aposlol san Juan contra el
presbítero falsificador de las actos de santa Tecla (2).
Marcion fue depuesto por su padre que era obispo, y
Arrio por Alejandro obispo de Alejandría: estos son
hechos de pública notoriedad. Y que este* era el derecho
común lo manifiestan claramente las constituciones apos­
tólicas por estas palabras: El obispo deponeá todo clé­
rigo digno de ser depuesto: solo no puede deponer á ún
obispo: Episcopus deponit omnem clerkum dignum qui
deponalur.... solus deponere episcopum non potest (3),
..(Cuántos miles de presbíteros han sido depuestos
desde que existe la iglesia! Pues que se cite uno solo
cuya deposición haya sido follada por un simple pres­
bítero en virtud de la potestad de su orden. Si se dijese
que á todos los juicios asistían los presbíteros como
consejeros necesarios con voz deliberativa; seria el er­
ror de los presbiterianos.
(1) Vease De la autoridad de ambas potestades, to­
mo 2, segunda edición, p. 1^5 y
*2) Tertul. de Bapt. c. 17.
3.° El derecho de decidir sobre ja doctrina en ca-:
lidad de jueces. Los presbíteros, dice el pontifical ro­
mano, reciben por su ordenación la potestad de remi­
tir los pecados, ofrecer el santo sacrificio, bendecir,
dirigir el oficio divino, predicar y bautizar; y los
obispos la de juzgar, interpretar, consagrar: Episco-
puní oportet judicare {fe. Al lector que desee las
pruebas de este hecho, le remito al libro ya citado De
la autoridad de ambas potestades, donde hallará bas­
tantes para quedar satisfecho, por muy propenso que
seá al presbiterianísmó (1). Los doctores católicos, con­
cluye, no están divididos en cuanto a esta doctrina: yo
la encuentro en el clero de Francia, en Bossuet, eri
Fleury, en Tiilemont, en Gerson, en todos los autores
menos sospechosos de prevención á favor del episco­
pado.
4.° E l derecho dé ligar las conciencias con cánones
de disciplina que obligan en toda la diócesis, no está
menos fundado en la antigüedad. Aquí acumularía yo
las pruebas de este aserto, si no temiera que muchos
lectores lo considerasen como ostentación de una erudi­
ción vulgar; y no me hubiera alargado tanto en esta
materia l no ver que algunos fieles y eclesiásticos es-
tan sobresaltados con ciertos síntomas de presbfteria^
nismo que se advierten en muchos lugares. No faltíiria
mas que esta calamidad para abatir ¿i la iglesia y afli-
girla profundamente. ¿Es esta la hora de desunirse los
presbíteros, cuando nuestra santa madre haciendo la ^se­
ñal de peligro los exhorta á apiñarse y cerrar sus filas
y á caminar unidos al campo de batalla bajo la conducta
de sus jefes para combatir á unos enemigos que asestan
los Uros contra los templos, los altares y la existencia
misma de la iglesia, pro arís et focisJ Yo diré á esos
presbíteros turbulentos: No entablaré aquí una disputa
con vosotros porque ia materia está agotada: vuestros
errores y sofismas no son mas que la triste repetición de

(i) Tom. 2, pag. 149, 150,151 y 152.


las doctrinas deFebronio, del sínodo dePistoya, de sur
sectarios y de los canonistas asalariados por los Pombu-.
Ies y Tanuccis para defender tan mata causa, Os remi­
to ó los excelentes escritos que han publicado sobre
esta cuestión en Italia, Francia y Alemania de unos se­
senta años á esta parte.
He llamado la atención del lector acerca de la cons­
titución de la iglesia. A medida que examinemos mas
profundamente toda la excelencia de esta obra divina,
hallaremos nuevos motivos de veneración y respeto há­
cia el episcopado, y veremos con claridad que en esta
institución divina consiste el nervio, la fortaleza y el vi­
gor del gobierno de la iglesia, y que por ella especial­
mente se mantienen el orden, la paz y la tranquilidad
en la sociedad cristiana. La iglesia es una monarquía-
pero es una monarquía que abraza, en su extensión la
tierra entera y no tiene otros términos que los del uni­
verso. Abarcad con la vista todo el espacio del globo,
y no vereis en sus mares una isla, ni en sus desiertos
una región tan ignorada, ni entre sus pueblos un país
tan bárbaro, que no pertenezcan á aquel reino de Dios.
No, no hay en la tierra un hombre salvaje ni una alma
viviente que no sea oveja del redil de Pedro, y si no lo
es, tiene este orden de buscarla para llevarle ó él. Ahora
pregunto yo á todo hombre razonable: ¿Qué medio pue­
de tener el monarca de tan vasto imperio para abrazar
en su vigilancia ese territorio inmenso desde et centro
donde está situado? ¿Puede decirse de su vista como del
gol que no hay rincón tan apartado del universo que se
escónda á su luz? Aquí no podemos admirar bastante­
mente la profunda sabiduría del fundador de la iglesia
por haber puesto á la extremidad de todos los radios de
este círculo, que tiene por circunferencia el mundo ente*
ro, unos príncipes soberanos que le representan, velan,
obran y gobiernan en su nombre, y por haber colocado
al frente de todos estos principados llamados diócesis una
cabeza revestida de todos tos derechos de la regalía; de
suerte que á la primera señal del que es cabeza univer-
sal, se comunica el movimiento hasta los términos Je!
mundo y todo camina á una.
E l papa juzga y define sobre la fé en última instan­
cia; mas el obispo juzga la causa en primera: bajo su
dirección y autoridad* y en su misma diócesis es discutid
da, examinada, juzgada y muchas veces sofocada en su
principio. Si la causa sigue adelante, es llevada ante el
tribunal superior det metropolitano asistido de los obis­
pos de la provincia: ti los secuaces del error creccn eu
número y se obstinan en su .contumacia, litiga la causa
al tribunal supremo de la iglesia madre y maestra de
todas las iglesias. Ve aquí el orden de los juicios eclesiás­
ticos: el deseo de la iglesia es que se siga, y si se opo­
nen á ello las circunstancias, mira romo faUl esta ocur­
rencia. El papa falla y decide en materia de disciplina;
pero los antiguos dijeron, y nosotros repetimos con ellos,
que en las causas mayores y por apelación; y si todos
los cristianos ó los presbíteros son autorizados por la
costumbre á declinar el fallo del juez ordinario tan ins­
truido é ilustrado en la causa para avocarla ante un
tribunal separado por montes, por mares y muchas ve­
ces por un continente enterp; ¡qué motivo de contento
para el fraude y la mentira! Nada queda que decir so­
bre esta materia, que dejó agotada san Bernardo, cierta­
mente no sospechoso de parcialidad y prevención contra
la santa sede. Es necesario cerrar los ojos para no ver
que el papa y su gobierno no pueden vigilar las parro­
quias y sus feligreses, las diócesis y los curas ó pasto­
res de segundo orden. Es pues manifiesto que el orden
de la iglesia y la excelencia y santidad de su disciplina
estriban en la clase de los obispos llamados los ordina­
rios; y que el tratar de disminuir, rebajar y destruir
la autoridad de estos es minar por el pie el edificio de
la religión; y si el zelo por conservar ios derechos le­
gítimos de los obispos se llama delito, confieso ser reo
de él y declaro que me falta la voluntad para enmen­
darme.
Hubo un tiempo en que los hombres de cierto partido
, — 5351 —
de quienes-no queremos acordarnos mientras no-dé; ntie^
vas señales de vida, procuraban encubrid su insubordi­
nación y casi e¡Uoy por decir su rebelión contra Sos obis­
pos con las demostraciones de un respeto afectado y aun
exagerado á la iglesia de Ruma. ¡Ciegos! No veían que
la santa sede llevaba muy á mal y aun tenia por inju­
rioso aquel zelo; y á lo verdad cuando el papa está hu­
millado, cautivo ó cargado de cadenas, todos los obis­
pos dicen con san A vito, ilustre pontífice de Francia: Llo­
remos y gimamos: el mismo golpe que ha herido á la
cabeza, ¿no ha herido también á todos los miembros?
Recíprocamente cuando bs obispos sufren e! .destierro
ó el cautiverio, ge viene h la boca de un Pió Y I y de
un Gregorio X V I esta expresión de san Pabia; ¿Quiéa
de vosotros padece que no padezca mi corazon?

I. — L a ig l e s ia m a n if b s t ó ek lo s s ig l o s apo stó ­
l ic o s LA AUTORIDAD I>E SOS CONCILIOS.

Los obispos pertenecen á la constitución de la iglesia


no solamente como principes instituidos por el mismo
Dios para gobernar la iglesia én unión y bajo la obedien­
cia del papa, sino considerados bajo otro respecto. Ya
heifios indicado que cuando se reúnen en concilio * son
los instrumentos y principales móviles de su gobierno:
ahora vamos á probar este hecho por monumentos au­
ténticos sacados de los siglos apostólicos.
Cuando uno piensa en la solemnidad de un concilio,
en el eco que debe tener tal suceso en el orden social,
y en las turbaciones y diíkuUades que puede producir
en las cosas; se admira jie la muchedumbre de concilios
convocados y reunidos en Sos tresprimerossiglosde la igle­
sia, y cuesta trabajo conciliarios con el espíritu pagano
tan hostil al cristianismo. Ciertamente no faltaba á aque­
llas juntas la publicidad, y la policía pagana no pudo
ignorarlas. La tranquilidad de sus agentes y gobernado­
res para quienes el nombre solo de cristiano era en tiem­
po de persecución un objeto de horror y aun un crimen
digno délos mas crueles tormentos, me parece un fenó­
meno verdaderamente extraordinario, y creo deber lla­
mar la atención del lector hácu él. Se hace mas diíicil
su explicación cuando.se consideraque esos mismos con­
cilios parecen un desorden político á nuestros gobiernos,
mucho menos tolerable que tantos conciliábulos tenebro­
sos que conspiran clara y constantemente contra la so*
ciedad é ciencia y paciencia de los gobernantes, los cua­
les no deben ignorarlo pues que nadie lo ignora.
Cuentanse hasta sesenta concilios provinciales cele­
brados en los siglos apostólicos; hecho muy fácil de com­
probar porque no hay mas que registrar las actas, Aho­
ra bien dudo que en ningún período de nuestra historia
eclesiástica pueda -el lector circunscripto á un espacio
de igual número de años contar otros tantos.
Fácil me seria ostentar aquí erudición indicando lu
causa y motiyo de cada concilio de estos, sus interesan­
tes discusiones y sus excelentes reglamentos sobre la dis­
ciplina eclesiástica. La celebración de la Pascua, las he­
rejías de Montano, Novato y Novaciano, la reiteración
del bautismo y mas adelante los errores de Pablo de Sa*
mosata fueron la ocasión y causa de reunirse dichos con­
cilios. Estas herejías multiplicaron la reunión de ellos
por las turbulencias que produjeron y la violenta con­
moción que ocasionaron en la iglesia. £ 1.número sesei»/a
no expresa sino los mas considerables de ellos. Treinta,
cuarenta, setenta y hasta cien obispos atravesaban á ve­
ces larguísimas distancias para asistir á los concilios. Es­
tos viajes y peregrinaciones y la publicidad de las sesio­
nes en las ciudades mas populosas del imperio no' eran
cosas para hechas sin que llegase á noticia de los genti­
les; y aquí es donde quería yo venir á parar.*El hecho
de reunirse tantas juntas eclesiásticas en un tiempo de
proscripción y persecución contra los cristianos es inte­
resante por sí; pero me mueve un motivo mas elevado
para llamar la atención del lector. He querido por un
paralelo que completará e l‘ lector solo* demostrar* por
un lado la tolerancia pagana y por otro la intolerancia
filosófica de tos gobiernos de nuestros días con respecto
á la reunión de los concilios. Esta intolerancia que me
cuesta mucho trabajo comprender, contribuye no poco
ó afirmarme en una idea, y es que el mundo pagano
visto en globo y en su totalidad no ero rencoroso contra
el cristianismo hasta desearle la muerte, ni aprobaba
los crueles tormentos decretados-por la autoridad contra
ios discípulos de este. Después de haber presenciado la
revoiucion y sus diferentes transformaciones hemos ad­
quirido mas luz que nunca sobre el verdadero sentido
de estas palabras, pueblo, juicio, sufragio y voto del
pueblo. Hemos visto muchísimas veces que la voz de un
puñado de hombres sofocaba á fuérzale estruendo y
alboroto la voz de !a verdadera opinion publica, ía com­
primía y la sepultaba en lo hondo del corazon. Aquel
cúmulo de crímenes, de asfesinatos, de rapiñas, de sacri­
legios, llamado el regimendel terror, aquel orden mons­
truoso de cosas que el sol no habia alumbrado jamas,
no era obra del pueblo francés, y seguramente no tenia
la sanción ni el voto de este. Si en las clases alta , media
y baja se hubiera preguntado aparte á todos los hom­
bres que estaban ligados con el estado por la propiedad,
el comercio, la industria ó la profesión de un arle cual­
quiera liberal ó mecánica, no digo á los hombres de bien,
porque esta palabra considerada rigurosamente nos lle­
varía muy allá, sino á los individuos no ladrones ni fora-
gidos; de cada diez hombres de estos no hubiera habido
uno que volase á favor del terror. La cosa apareció bien
á las claras despues del 9 de lermidoro, y la reacción se
siguió á ía caida de Robespierre. Los verdaderos terro­
ristas , dueños poco habia de la sociedad patriótica y so­
beranos ó mas bien tiranos de la ciudad ó del lugar, esos
mismos hombres que se llamaban el pueblo y por cuya
boca solamente hablaba este, asustados de su soledad á
los pocos dias se escondían como el buho en las tinieblas,
4 apelaban al hierro^al agua ó al fuego para acabar con
su existencia. Sin querer llevar este paralelo hasta un
grado de exacta precisión siento que el pueblo pagano
visto en globo no era mas perseguidor y sediento desan­
gre cristiana bajo el imperio de Galerio y Dioeleemno,
que el pueblo cristiano terrorista, nivelador y descamK
sado bajo la dominación de Danlon y Bobi'Spierre.
Sé ios gritos feroces que daban en el circo aquellos
hombres pidiendo la sangre de los cristianos; pero aque­
llos hombrea no eran el pueblo; es cosa muy fácil que
se apelliden con este nombre un puñado de perversos
cuando tienen á su favor la ley, el gobierno, los magis­
trados y la fuerza pública, v entre los pagunos todos
estos elementos'eran contrarios al cristianismo. En cuan­
to á la moral procedente del pueblo gentil ó era cristia­
na, ó favorable á los cristianos: vamos á ilustrar en se­
guida esta verdad que ¿ primera vista parece una pa­
radoja i y á subir á las causas de la tolerancia de ;los
gentiles de los primeros siglos con respecto á los cris­
tianos y á la s juntas te estos.
I I , — So b r e l a s c a ü sa s d e * l a t o l e r a n c ia p a g a ­
n a CON RESPECTO A LOS CONCILIOS 1)E L A IG L E ­
S IA C RISTIAN A.

Hoy no se podría verificar sin un gran movimiento


público la reunión de sesenta, setenta ú ochenta obispos
que concurriesen de todas las partes de un reino y mas
aun de las naciones vecinas. Tal reunión llamaría la aten­
ción de .todos los curiosos,,^ sus deliberaciones darían
■pábulo á la conversación de los hombres de todas clases
y partidos. Los concilios cristianos debieron causar una
-sensación mas marcada y una eoKmion .mas viva entre
los gentiles; y verdaderamente es un fenómeno notable
aquella indiferencia de la policía pagana y de sus auto­
ridades administrativas y judiciales á vista de unas reu­
niones tan sospechosas y en la apariencia tan contrarias
;ai espirita público. Debo investigar aquí las causas de
este fenómeno.
La primera que creo poder señalar es la religión y el
caracter de la sociedad gentílica tan declarado en este
jgénero. Los paganoseran profundamente religiosos í cteián
en 1< ] divinidad y en la Vida futura: la moral, las nocio­
nes de lo justo é injusto y el bien supremo no eran para
ellos simples nombres ni convendones variables y arbi­
trarias. Ahora bien advierto que la índole especial del
ateísmo es engendrar ese odio sereno, profundo, calcu­
lado y á veces también frenético contra su Dios y su
Cristo; y afirmo que se trasluce y á veces se manifiesta
á las claras no sé qué disposición parecida á esta entre
los enemigos det cristianismo y de la fé católica. Con solo
oir ei nombre de nuestro señor Jesucristo experimenta­
ba Yoltaíre contracciones de nervios, le veuian las in­
jurias á la boca, y su pluma vertía ó torrentes la hiel
y el rencor. Mo sucedia aei entre los paganos; al contra­
rio se encontraba a Dios en todas partes y dirigía todos
los actos de la sociedad doméstica y civil, y aun me atre­
vo á decir que en una y otra pecaba el paganismo mas
por exceso que por defecto en sus demostraciones reli­
giosas, convirtiéndose en prueba de mi aserto este dicho
tan repetido, si ¿e entiende y explica bien: Entre los pa­
ganos lodo era Dios excepto Dios. Sentemos pues por
principió que el espíritu pagano es infinitamente menos
contrario al cristianismo que el espíritu filosófico.
Una clase numerosa de gentiles, entre los cuales fi­
guraban f^us sabios y aun Lodos los ciudadanos graves y
de costumbres austeras, se declaraba por las doctrinas
mas severas de Zenon y Diógenes. Algunos de ellos que
llevaban el nombre y traje de filósofos, se hicieron cris­
tianos y figuran entre nuestros doctores: los demas pro­
fesaban respecto del cristianismo unos sentimientos mas
próximos ái la estimación y la amistad que á la enemis­
tad y el odio, y no eran adversos á él. Pues siempre he
pensado que los magistrados paganos* ejecutores de los
edictos de proscripción contra los cristianos y prontos á
agravar el rigor de ellos, profesaban abiertamente la
doctrina de Epicuro. Entre ellos y nuestros filósofos ha­
bía identidad de dogma y de moral. Creían en la nada,
y el placer y el interés sensible eran la regla del bien y
del mal para ellos. La muchedumbre del pueblo pagano,
adorador de los ídolos y fiel al culto nacional, era reli­
giosa en exceso, y contaba en el seno de las familias
muchos que eran cristianos ó sin serlo no aborrecían el
cristianismo. Esto me conduce á continuar exponiendo
el fenómeno moral que he indicado y prometido expli­
car al lector.
La segunda causa de la tolerancia pagana con res­
pecto á los cristianos y á los concilios y juntas eclesiás­
ticas de estos se saca, según acabo de indicar* de‘ la
innumerable muchedumbre de cristianos mezclados en
la sociedad gentil. Eran tantos, que hablando Tertuliano
en nombre de los discípulos de Jesús se creía autorizado
para decir ó tos emperadores en el acto m;is solemne,
cuando el interés de la causa que se defiende obliga á
decir la exacta verdad y omitir las figuras oratorias: So­
mos de ayer, y todo lo ocupamos, ciudades, islas, for­
talezas i :municipios* juntas, campamentos, tribus, de­
curias, el palacio, el;senado y el foro: solo os dejamos
los templos: Hestérni sumus, et vestra omnia implen-
mus, urbes, Ínsulas., casicita, municipio,, conciliabula,
castra ipsa, tribus, decurias, palalium, senatum, fo-
rum : sota vobis rdinquimus lempta. ¡Cuánto dice este
pasaje! Si en la sociedad gentil habia Un padre de fa^
milia honrado y caritativo, podia decirse con justa pre­
sunción que era cristiano; y pocas familias paganas ha­
bía que no contasen-cristianos entre sus individuos. Las
roas veces eran los mas: la esposa, la hija, el hijo, la
criada ó la esclava solian profesar el cristianismo, y sus
costumbres puras, su vida irreprensible, sus palabras
dulces, tiernas y caritativas y el buen olor de virtud que
sé exhalaba dé su persona, eran el suave imán y el en­
canto invisible que atraía todos los corazones hácia ía re­
ligión cristiana. Pero donde esta se hacia especialmente
digna de veneración y por lo tanto verdadera para los
gentiles honrados, era enmedio de tos estragos de una
epidemia ó un contagio. ¡Cuántas hermanas de la cari­
dad , ángeles de consuelo en la tierra, eran entonces los
predicadores y misioneros del cristianismo I
Asi fermentaba la palabra del Evangelio como una
levadura saludable y penetraba mas y mas la masa
santificándola; y el universo se volvió cristiano insen­
siblemente y casi sin saberlo. Es sabida la entrevis­
ta de Licinio y Constantino antes de romper'"abierta­
mente: allí se concertaron la tolerancia y la profesion
pública del cristianismo como la ley común de los dos
imperios; y algunos han dicho que la sana política tan­
to como el progreso de la ilustración favorable á la reli­
gión cristiana fue la que dictó esta medida á ambos
príncipes, porqueta muchedumbre del pueblo era ya
cristiana en las provinciaa-del imperio. La conversión
de Constantino no hizo mas que declarar un hecho ya
cumplido y darle nuevo incremento.
Tiempo es de aplicar á la cuestión presente todos
estos hechos, que son á propósito para ilustrarla mucho y
explicar ia tolerancia pagana respecto de loá concilios,
cuando la persecución no sofocaba la voz pública por sus
edictos sanguinarios y la dejaba manifestarse exterior-
mente en toda libertad. No, no puedo creer que el nombre
de concilio diese á la multitud gentil las ideas odiosas de
conciliábulo <5junta clandestina, donde se fraguaban cons­
piraciones funestas para el sosiego y tranquilidad pública;
al contrario al oír aquella palabra les ocurrirían pensa­
mientos graves, Los paganos vituperaron con mofa á
Constantino hecho cristiano por haber empleado inútil­
mente los carruajes del fisco destinados al servicio del go­
bierno en transportar los obispos cristianos á los multi­
plicados concilios que para él eran el negocio importante
del estado. Me figuro ^que antes de su tiempo, en el de
san Cipriano y hasta eñ el de Tertuliano,*se encontraban
obispos viajando. Supongamos que un gentil honrado y
cortés viajase en un carruaje público con un obispo cris­
tiano: 1¿quién duda que observaría con este todos los mi­
ramientos que prescribe la buena educación para con
un hombre decenté y un ministro dé la religión? Y en ia
ciudad donde estaban reunidos en concilio sesenta ú ochen­
ta obispos y deliberando en un mismo lugar, ¿quién podrá
t. 45. 17
creer que un hecho tan notorio no excitase la curiosidad
pública y fuese materia délas conversaciones de los pa­
ganos? Si se afirma que era el objeto de la mofa y crí­
tica de estos; no lo creo, y me parece mas conformo á
la verdad lo contrario. Y aquí una triste idea oprime
penosamente á una alma honrada: los paganos podían
justificar los actos de su persecución por motivos que
faltan á nuestros filósofos. Aquellos objétabun al cristia­
nismo: l.°su novedad: era de ayer, y el género humano
□o habia oido hablar de él hasta entonces: 2 .° su intole­
rancia: si se le dejaba trabajar, meditaba la idea de der­
ribar los templos y los altares de los dioses en todas las
naciones y arrojar del Capitolio á Júpiter, á quien Roma
se reconocía deudora de tantas victorias y del imperio del
universo: 3>° las leyes imperiales que prohibían todo
culto nuevo. Mas nuestros filósofos ¿qué tienen que im­
putar al cristianismo, que cuenta á su favor una posesion
de diez y ocho’ siglos y se recomienda á la gratitud de
los hombres por tantos beneficios? Las artes, las cien­
cias, las letras y todos los elementos de la civilización
se salvaron de una destrucción total por la honrosa hos­
pitalidad que les dió en sus templos y monasterios du­
rante la barbarie de la edad media*.
Concluyamos este capítulo, en el cual creo haber
probado suficientemente que la iglesia en los tres pri­
meros siglos de su existencia desplegó todos los poderes
de su divina constitución, su monarquía por el pleno
ejercicio de la suprema autoridad del papa y su aristo­
cracia por el principado de los obispos y la jurisdicción
de los concilios. La conclusión que saca naturalmente.un
espíritu atento i es esta: el episcopado y sugerarquía no
ejercían entonces tales facultades tm nombre de los Ne­
rones y Domicianos: estos príncipes ó mas bien eslos ti­
ranos que solo*la conocían por sus edictos sanguinarios,
no estaban dispuestos á concederle los honores de la so­
beranía; pues ¿de dónde podia venirle sino del mismo
Dios? -
S. U L

L A IG L E S IA NO PERD IÓ SU POTESTAD SU PREM A POR LA


CONVERSION DE LOS C ÉSA R ES A L C RISTIAN ISM O .

No me costará mucho trabajo la exposición de esta


prueba. Al entrar los Césares en la iglesia después de
haber sido por tanto tiempo sus enemigos y persegui­
dores la dejaron tal como habia salido de los manos de
-su uuLor. No añadieron ni quitaron nada á su gobierno
y prerogativas divinas: no hubo una innovación eu su
eslado; y en una palabra continuó siendo lo que era.
Con un emperador cristiano no adquirió eu rigor otra
cosa bujo muchos {ispéelos que un cristiano mas, some­
tido á sus leyes espirituales, asi como ella lo estaba á las
leyes temporales del emperador. Sin embargo no exa­
geremos. En los consejos de la Providencia estaban des­
tinados los reyes de la tierra á ser tos obispos exterio­
res, los protectores y los defensores armados de la igle­
sia. Constantino fue escogido por DioSpara empezar este
nuevo orden de cosas, y bajo su reinado se pusieron las
dos potestades una al lado de otra para ejercer con igual
independencia y en una dirección paralela sus respec­
tivos oficios, rio menos distintos en su objeto que el
espíritu y el cuerpo, el cielo y la tierra. E l único apo­
yo en que la herejía constitucional puede fundar su sis­
tema, es este:-U supremacía de los príncipes en lo espi­
ritual estaba atada en tiempo dejos emperadores idó­
latras; mas se desaló cuando estos se hicieron cristianos,
y principió bajo el reinado de Constantino. Pero ¿quién
no ve que á los constitucionales corresponde mostrarnos
en la Escritura ese sistema de su invención? Hasta en­
tonces se mantiene por su propio peso la posesion de
la iglesia. Mas para dar por el pie ese argumento
nos basta examinar aquí con todas sus circunstancias el
reinado, las ideas y la profesion de fé de Constantino
sobre las prerogativas de la potestad civil en sus reía-
ciones con ia iglesia. Completaremos nuestra prueba
tradicional con el examen qu& vamos á hacer de la con­
ducta de este emperador antes y despues del concilio
de Nicea.

I. — P r u e b a s q u e r e s u l t a n d e l a co n d u c ta d e
C o n s t a n t in o c o n v e r t i d o a l c r i s t i a n i s m o e n
FAVO R* DE L A SU PREM A C ÍA DE L A IG L E S IA SOBRE
tA S COSAS D IV IN A S,

Constantino despues de tomar las riendas del impe­


rio vence por la cruz: lo sabe y no lo niega. La última
victoria suya fue para él el título de la dominación uní.
versal como la de Farsalia para el primero de los Cé­
sares; y confiesa no deber este triunfo ni á la superio­
ridad de su ingenio, ni á la táctica militar, ni al valor
de bus soldados» ni ó la pericia de sus generales, sino
única y exclusivamente al signo de la redención del
género humano. Este signo se le apareció en los cielos,
y él le vió con sus ojos y le tocó con sus manos: llevado
por los soldados de su guardia en forma de estandarte
de fila en fila fue arma mas poderosa para derrotar las
legiones enemigas sembrando el espanto y el terror, que
las antiguas águilas del imperio. Constantino confiesa
todo esto, y cree que es un deber inviolable para él
certificar este prodigio á la faz del universo con su
irrefragable testimonio y escribirle, digámoslo asi, por su
mano en los fastos de la historia, No ignora qué es lle­
gado el tiempo de fijar las relaciones de su goberna­
ción imperial en el orden temporal con la otra potestad
de que le han hablado, y que reclama en el orden espi­
ritual un poder igual alüuyoen el temporal. El obispo
de Roma y los obispos asociados á la suprema potestad
de este están delante del emperador, el cual ve en ellos
no una potestad rival, sino una potestad amiga, mas
poderosa para afirmar el imperio que las guardias pre-
torianas y las legiones triunfantes, bastando el nombre
solo de ella para mantener en respeto á los enemigos
interiores y exteriores. Conoce la eficacia del cristianis­
mo para obrar en las conciencias y sabe que es la vir­
tud del mismo Dios: ha estudiado esta religión divina
y leido tas santas escrituras. Su entendimiento claro y
perspicaz ha comprendido los máximas de ella, y su co­
razon bueno y generoso las ha gustado. Los sabios obis­
pos con quienes conversa diariamente, le han iniciado
en los dogmas y misterios del cristianismo y en el or­
den gerárquico de los ministros de está religión; y ad­
vierte !a necesidad de sentar los'límites entre ambas
potestades con una precisión que pueda servir de regla
á las edades futuras. Conservando á Dios y á la iglesia
todos sus derechos'está resuelto á no menoscabar en na­
da los de los Césares que posee y mira como un depó­
sito ^sagrado puesto en sus manos y perteneciente por
una sucesión no interrumpida á los legítimos herederos
de su potestad soberana. ¿Qué lugar va á oeupar res­
pecto de la iglesia cristiana? ¿El dé un soberano ó el de
un vasallo? ¿El de un regulador supremo ó el de un
obispo exterior, protector y conservador de los derechos
del sacerdocio? ¿Dará á sus sucesores como , forma y
modelo de su regimen el que siguieron despues de él
Xeodosio, Clodoveo y Cario Magno , ó bien el que
trazaron Enrique V IH é Isabel de Inglaterra y Pedro
el Grande de Rusia? Los hechos nos lo dirán. Abramos
aquí los anales dé la historia eclesiástica.
Algunos se figuran que el piadoso Constantino, siendo
simple catecúmeno, conoció su error acerca de las ideas
que se habia formado de la santidad y perfección de la
iglesia y de ía sublime virtud de los cristianos. Los
obispos no eran unos apóstoles, üeles imitadores del
fundador del cristianismo. Los cristianos no eran los
santos de la primitiva iglesia de Jerusalem, que no te­
nia mas que un corazon y una alma. Lejos de presentarle
la imagen de una familia de hermanos notaba en ellos
las intrigas y, enredos de la sociedad gentílica. El cisma
de los novacianos no tardó en ofrecerle la prueba de
esto. La humildad que somete sin reflexión ni restric-
cíon el juicio particular de cada uno ¿1 juicio de los re­
presentantes de Dios en la tierra , no era la propiedad
de Novato y de sus discípulos, sino por el contrario la
terquedad que acumula una apelación sobre otra antes
que proferir esta expresión tan terrible para el orgullo:
He errado. Aquellos novadores transmitieron á sus su­
cesores la triste herencia de atrincherarse tras de la
autoridad imperial contra la autoridad de la iglesia,
malquistar á ambas potestades entre sí y á fuerza de
seducción y mentiras hacer cómplice á la civil de las re­
beldías de ellos contra el episcopado y la iglesia mues­
tra que le gobierna. Los novacianos presentaron al empe­
rador Constantino un memorial apoyado con una repre­
sentación, en que aparece el espíritu cismático de todos
tiempo?. «Os suplicamos, poderosísimo emperador Cons­
tantino, que sois de un linaje justo y cuyo padre fue
»el único emperador que no ejerció ia persecución, quo
»pues la Galio está libre de crímenes, mandéis darnos
^jueces de la Galia paro fallar las diferencias que tene­
smos en Africa con los demas obispos. Firmado. —
«Luciano.— Capitón &c.»
¿Qué cosa mas justa , regular.y canónica á los ojos
de un príncipe convencido de la verdad del sistema on*
glicano y que mira como anexa á su corona lo suprema
potestad sobre las cosas divinas; qué cosa mas justa,
vuelvo á decir, que juzgar en una causa eclesiástica en
materia de fé y disciplina, 6 lo que viene á ser lo mis­
mo hacer que lo juzguen su consejo de estado y sus tri­
bunales civiles? Pero las ideas de Constantino sobre los
derechos de la potestad imperial no son constitucionales
6 reformadas, y dice para sí: este asunto no me toca
á mí;- ni yo soy juez de él: el juicio de esta causa mayor
corresponde á los obispos congregados en concilio. Por
lo tanto y sabiendo que la conv.ocacion de estos puede
considerarse en cierto modo como un objeto mixto en
que intervienen ambas potestades, escribe á Anuüno
para que vayan á Roma CeciUano y sus adversarios* ca*-
da uno con diez clérigos de su partido, á fin de que el
papa y el concilio de los obispos instruyan y juzguen en
última instancia aquella causa. Ya Yernos que no le
asustan los concilios, en los cuales solo descubre la ma­
nifestación natural de lo jurisdicción eclesiástica. Con­
forme á esta orden se congrega en Roma el concilio en
el palacio de la emperatriz: Fausta, que hoy es la basí­
lica de San Juan de Letran, No es esta la ocasion de refe­
rir las sesiones y trabajosos procedimientos de este con­
cilio tocante á una cuestión realmente difícil, compli­
cada de suyo y obscurecida ademas y embrollada por la
mala fé de los herejes: me contento con citar la con­
clusión, tan notable por su moderación y por la lección
que encierra, Ceciliano es declarado inocente y aproba­
da su ordenación; no obstante los obispos cismáticos é
intrusos, excepto Donato, consagrante y cabeza de ellos,
conservan sus sillas con la condición de abandonar el
cisma. Es tan grande y de tonta consideración á los
ojos del concilio el bien de la paz y de la extinción del
cisma, que dispone lo siguiente: «En todas las iglesias
«donde residen dos obispos (como sucedió,en la iglesia
«constitucional de Francia), el uno ordenado en el gremio
»de la iglesia católica y el otro entre los cismáticos,
»el primero que se haya ordenado conservará su título,
»y su concurrente ortodoxo se contentará con la simple
«expectativa de la primera iglesia vacante.»
Los donaíistas obstinados acuden al emperador con
nuevas quejas diciendo: E l concilio de Roma no era
muy numeroso: la Galia es un lugar mas seguro y mas
distante del foco de las intrigas: haced que se nos juz ­
gue en ia Galia. Constantino por apurar todos los me­
dios que sugiere la condescendencia, convoca segundo
concilio: ú este asistirán mas padres que al primero, y
se tendrá en Arlés como desean los descontentos, Abla-
vio, vicario de Africa y buen cristiano , queda encar­
gado del cumplimiento de esta orden imperial, De esta
provincia asistirán tantos obispos como sea posible, y
los de las comarcanos Trípoli, Numidia y Mauritania
enviarán sus diputados. ¿Quién puede tener ui\£ idea
de la mañera noble y generosa con que aquel empe­
rador religioso y magnánimo trató esta cuestión con
gran escándalo de los paganos? La antigüedad nos ha
conservado la corla que el príncipe mismo envió á Gres*
to , obispo de Siracusa, y todo induce á creer que era
copia de una circular remitida á todos los demas padres
del concilio. «Llevad en vuestra compañía dos clérigos
«del segundo orden y tres criados para que os sirvan.
«LatroniAno, gobernador de la provincia de Sicilia, cuida*
»rá de que se os apronte el carruaje, la posada y el man­
tenimiento.» Discurro qué de este modo se costeaban
los viajes á los magistrados y empleados mas distingui­
dos que iban á desempeñar comisiones del' estado. El
gobierno les satisfacía iguales resarcimientos, y creo que
se llamaban viaje < 5 expedición pública. ¿Obraba asi
Constantino en consideración á la categoría civil de los
obispo8 .de aquel tiempo, tan pobres la mayor parte co­
mo nuestros ecónomos y tenientes de parroquia? De
ningún modo; pero qtieria realzar á los ojos de los pa­
ganos el sacerdocio cristiano y el grandioso caracter
impreso por la religión en la persona de sus pontífices.
En el concilio de Arlés fue de nuevo absuello Cecilmoo
y condenados los donatistas como en el de Roma. Mu­
chos de eslos'se apartaron del cisma , y algunos de los
mas obstinados apelaron al emperador. Esta apelación
de una sentencia conciliar al tribunal imperial es una
suerte para tantos presuntos canonistas de nuestro
tiempo, que bajo el estandarte de Rícber, Febronio y
el obispo de Pistoya lian suministrado armas ú muchos
soberanos del siglo anterior ó mas bien á los ministros
de estos para preparar la terrible revolución de 1790,
en la que los reyes cogieron lo que habian sembrado,
es decir, que habiendo sembrado viento cogieron tempes­
tades. Et piadoso Constantino lejos de lisonjearse y en­
vanecerse con esta apelación envia tribunos y soldados
para aprehender á los sediciosos, amenazando llevarlos
á la-cárcel con escolta si no obedecían la sentencia délos
obispos. No ignoro la última revisión á que cree deber
someter esta causa tantas veces juzgada por jueces com­
petentes; pero Véase la fórmula que precede á este acto
de condescendencia á que !e impele el bien de la paz, y
que tan justamente se ie ha censurado: «No presumo,
«dice, proceder á este examen como juez y superior de
>5los obispos, pues en esta materia reconozco que debo
»ser juzgado por ellos.» Sabido es el último resultado
de esta indulgencia excesiva, que produjo los donatistas
llamados circunceliones y conocidos por sus actos de Fu*
ror <5 mas bien de fanatismo delirante.

II. — L a c o n d u c t a d e C o n s t a n t in o e n e l c o n c i l i o
D E N lC E A CONFIRMA NUESTRAS PRUEBAS*

Hay épocas en que son necesarios los concilios ecu­


ménicos, como se lee en las actas de la antigua Sorbona:
Contilia cemmenica quandoque necessaria. ¿Y cuáles
son estas épocas que Lraen tan fatal necesidad, que yo
llamaré mas bien un remedio extremo? Aquellas en que
el sofisma , 1a falsa elocuencia , la intriga, la fuerza, la
violencia de los gobiernos y todos las causas de nuestros
errores han obscurecido en términos la fé católica , que
se ha hecho dudosa y problemática para el que la busca.
Entonces no hay otro remedio que la reunión de la
iglesia universal en un mismo lugar, donde declara por
boca de sus representantes la fé que profesa, y que es
hoy la misma que ayer , como lo será mañana y en
todas las edades venideras. En el siglo X V I se experi­
mentó semejante necesidad; entonces se separaron de
la unidad muchaB Iglesias, parte de la Alemania, la Sue­
cia, la Dinamarca y la Inglaterra: entonces se dejaron
llevar del viento de la falsa doctrina tantos eruditos y
literatos, que la iglesia én cierto modo no se conocía á sí
misma, y advertía la necesidad de oponer á tan extre­
mados males el gran remedio de un concilio ecuménico,
donde fuesen convocados, oidos y convidados á defen­
derse por sí mismos los herejes.
Aquí se nos presentan Arrio y su herejía, Lutero
y su reforma, y creo ver sorprendentes analogías entre
Arrio y Latero, el orrianismo y el protestantismo, el
concilio de Trénto y el concilio de Nicea. La secta ar-
riana reunía en su seno todos los eruditos de la época,
es decir, todos los espíritus furiosos y soberbios, enfer­
mos todavía del orgullo dé la filosofía pagana. Entonces
como en tiempo de Lutero apuró la iglesia todos los
medios de conciliación y persuasión antes de convocar
el concilio ecuménico. ¿Qué no hizo el santo obispo
Alejandro para amansar á fuerza de bondad y paciencia
el espíritu áspero é indomable de Arrio? Se reunieron
dos numerosos concilios, y ál segundo asistían nada me­
nos qjie ciento y un obispos. Se había dejado completa
libertad al novador para defender su causa y explicar
los motivos y la razón de su, doctrina, A estos dos jui­
cios se siguió una carta sinodal, en que se exponía el
error can admirable claridad y se refalaba con un vi­
gor y profundidad capaces de ilustrar y convencer todos
los entendimientos; sin embargo lejos de contenerse el
error hacia de dia en dia progresos mas espantosos, Co-
nocése cuántas ventajas daba á la doctrina del novador
el peso terrible de este misterio respecto de una multi­
tud de clérigos y seglares educados en las escuelas pa­
ganas, y que no habían mamado con 1a leche como
nosotros la sana doctrina, ni doblado la cabeza desde lu
niñez bajo el yugo de la autoridad. Ademas se conoce
que el Espíritu Santo al hablar del Yerbo como hom­
bre debió emplear muchas expresiones de que podía
aprovecharse el error para representar al hijo de Dios
como una criatura maa grande que el Júpiter de los
gentiles. Arrio que venia á ser el Lutero de aquella
época con todas las modificaciones de índole, ca ráetev
y doctrina propias de las circunstancias, era muy á
propósito, para aprovecharse de todas estas ventajas.
San Epifanio nos pinta aquel heresiarca como un an­
ciano dotado de todas las prendas propias para seducir
ó los hombres de su tiempo: «Era de alta estatura,
wdice el santo, doctor, de rostro grave, ojos severos y
^extenuados por la mortificación; su traje correspondía
»á su fisonomía : no llevaba mas: que una túnica sin
nmangas y un manto corto. Su conversación era apaci-
»ble, grata y muy propia para ganar el corazon: era
«hombre instruido y letrado, versadísimo en Ja dialéc­
tica y las ciencias profanas, y poseía en sumo grado
»el tálenlo de bien decir,» Con este conjunto de cua­
lidades seductivas ¿cómo no habia de propagarse rápi­
damente el error de Arrio entre lc^*grandes? Para que
penetrara entre los pequeños el heresiarca dió á su doc­
trina una forma graciosa y vulgar y la redujo á una
canción llamada Jafj’a, que no era otra cosa que su fór­
mula de fé puesta en verso: asegúrase que el .pueblo
quedó tan prendado de ella, que la cantaba en las ta­
bernas, La herida que habia recibido la religión, se en­
ganchaba cada vez mas. El gran misterio de la fe (¿quién
lo creeria?) se habia hecho el asunto de todas las con­
versaciones y la materia de una disputa escandalosa, que
se ventilaba en las ca?as de los grandes y de los peque­
ños y hasta en las calles y plazas públicas. Era tal
el escándalo, que los gentiles tomabon de ahí motivo
para desatarse contra el cristianismo y rgirse y mofar­
se de Cristo, objeto de locura para ellos. Dícese que los
cristianos fueron asunto de las farsas y representaciones
teatrales. El religioso Constantino y sus discretos conse­
jeros conocieron que solo un concilio ecuménico, mas
numeroso que el que se acababa de celebrar en Arlés,
podia salvar á la religión, porque la división era mucho
mas peligrosa que la provocada por Donato y los suyos.
El emperador escogió la ciudad de Nicea, una de las
principales de Bitinia y próxima á-Nicomedia, lugar
de la residencia imperial, para que se juntase allí el
Concilio. Esc-iibió honoríficas y respetuosas cartas da
convocación á todos los obispos del imperio, y se co­
municaron órdenes ájos gobernadores y magistrados de
las provincias para que aprontaran liberalmente á los
prelados cristianos caballos, carruajes y euantas como­
didades proporcionaban los romanos al que viajaba por
comision del egtado. En poco tiempo llegaron á Nicea
trescientos diez y ocho obispos sin contar los presbíte­
ros y diáconos, A vista de tan respetable asamblea se
recuerdan aquellos emblemas bajo de los cuales vieron
tantas veces los profetas á la iglesia en sus visiones mis­
teriosas: un campamento bien ordenado, un ejército
formado en orden de batalla. Las potestades infernales
habían salido verdaderamente de los profundos abismos
para ir á Nicea íKpelear contra el Altísimo, y todas
tenían allí sus representantes empezando por Ea filoso­
fía. Habia filósofos paganos: los unos atraídos por una
vana curiosidad platicaban con nuestros obispos para
estudiar aquella nueva doctrina que ellos llamaban la
locura cristiana; y los mas no disimulaban sus inten­
ciones hostiles, y encolerizados al ver que el paganismo
propendía á su ruina, procuraban excitar disputas en­
tre los cristianos y dividirlos para destmir á unos por
medio de los otros. Uno de ellos como otro Goliath
parecía desafiar con su soberbio lenguaje á todo aquel
ejército de Dios y retar ios mas valerosos al cómbale.
Aquí un anciano del número de los confesores y már­
tires, simple Jego, ignorante y tenido por tal, se pre­
senta como otro David y admite el combate con su ar­
co y su honda, es decir, con las armas de la humildad
y simplicidad cristiana. Los sabios que le conocen no de-
jan de temer y sobresaltarse por el honor de la reli­
gión; con todo prevalece el respeto y le dejan obrar.
Levántase pues y habla así: «Filósofo, oye en nombre
»de Jesucristo. No hay . mas que un Dios, criador del
«cíelo y de la tierra, de todas las cosas visibles é invi­
sibles?, que lo hizo todo por la virtud de su Verbo y
»lo afirma todo por la santidad de su espíritu. Ese Yer-
»bo, á quien nosotros llamamos el hijo de Dios, apia-
«dandose de los mortales y de la vida bestial que lleva-
»ban, se dignó de nacer de una mujer, conversar con
»1os hombres y morir por ellos, y vendrá otra vez para
«juzgar cómo haya vivido cada uno. Esto es lo que nos­
otros creemos sin curiosidad* Note canses pues en va-
»no para indagar razones contra las verdades de la fé
»<5 para examinar cómo puede haberse hecho < 5 no es-
»Lo, sino respóndeme si lo crees: eso es lo que yo te
«pregunto.» — «Lo creo,» dijo el filósof&admirado; y
dando gracias al santo anciano por haberle vencido, se
hizo cristiano y aconsejó á los demos que obraran lo
mismo, asegurando con juramento que se había sentido
impelido por una fuerza divina á convertirse.
En este mismo dia dió la iglesia una batalla no me­
nos decisiva contra ia herejía. Esta había acudido lam-
bien con todas sus fuerzas, la dialéctica y la sutileza
de sus argumentos, la metafísica y ei aparato de sus
profundas demostraciones, ía falsa elocuencia y la pom­
pa de las palabras y dé.los recursos oratorios. Alií esta­
ba Arrio y á su lado Eusebio de Nicomedia, orador y
literato: también estaban allí todas las personas ins­
truidas de la secta,, que hubieran c'reido faltar á su ho­
nor y á su deber no concurriendo á un combate Lan
decisivo. La iglesia opuso una defensa proporcionada ó
la violencia de la acometida, bÍ juzgamos por la natura­
leza de 1¿ia fuerzas y auxilios que la verdad del Evan­
gelio no se desdeñó de buscar en los medios humanos.
Habia en Nicea doctores no menos versados en las cien­
cias y le lm humanas que en el conocimiento de Ia6 di­
vinas escrituras, sabios y eruditos que manejaban las
armas de la dialéctica y de la filosofía de la época, y.
eran útiles auxiliares de aquellos buenos obispos, ios
cuales en su mayor parte no eran doctos, y algunos ha­
bían dejado el arado y el oficio de pastores para empu­
ñar el báculo episcopal. Añádase también que lo que
daba á este auxilio el mérito de la oportunidad, es que
el misterio de Iíi generación del Verbo, de la palabra
interior de Dios estaba ligado real y efectivamente con
el conocimiento fisiológico del alma y de las elevadas
operaciones de la inteligencia. La materia se discutió
largamente, y se ilustró y preparó en muchas conferen­
cias preliminares: y con este motivo diremos que la so­
ciedad política ha copiado de ios concilios de la iglesia
la forma y modelo de sus asambleas deliberantes. Por
fin Ilegó: el .dia de la sesión general, á que quería asistir
el emperador según habia declarado: enlre tos roma­
nos era el 13 de las calendas de julio 6 sea el 19 de
junio del año 325 de Cristo.
En el concilio de Nicea toma ía iglesia un caracler
imponente de gravedad, dignidad y grandeza, con que
no pueden .compararse las escenas mas magníficas de la
historia profana. Figurémonos el salón mas espacioso de
aquel palacio, el cual era lan grande como la ciudad:
los padrea sentados en bancos cubiertos de ricas alfom­
bras aguardan silenciosos: abrense las puertas y entran
algunos personajes de fisonomía noble y modesto conti­
nente: no son loa grandes del estado, ni los jefes de la
guardia imperial, sino unos cristianos piadosos, dotados
de virtud, amigos del emperador y dignos de acompa­
ñarle en aquel senado sacerdotal, donde va; á defender
la honra de Dios contra los enemigos de su Cristo. Oye­
se una voz: E l emperador. Entonces se levantan todos,
y entra el príncipe adornado de la púrpura, en que res­
plandecen el oro y las piedras preciosas. [Qué espectáculo
tan grandioáot Aquel es el señor del mundo, el'uuevo
Augusto que ha vencido á los tiranos y pacificado todas
las discordias: ante él enmudece el universo, y solo se
habla de sus victorias. La religión y la piedad son como
la luz de'Dios que brilla en su semblante. Anda con pa­
so grave y majestuoso: es hermoso, bien formado, fuer­
te, vigoroso y de elevada estatura , y todas estas dotes
ventajosas realzan la grandeza de su alma. Al llegar al
extremo superior del salón se mantiene un instante en
pie junto á su sillón de oro considerando aquella respe­
table junta de pontífices. Hecha 1» señal toma asiento y
lo mismo hacen todos los asistentes. Un -obispo que por
la dignidad de su mitra ocupa el primer lugar cerca del
emperador , reza una breve oración de acción de gracias
y vuelve á sentarse: todos guardan silencio. Deapues de
un rato el príncipe dice con voz dulce y apacible un
discurso latino (-su idioma patrio), que los intérpretes
traducen en griego. En ¿1 manifiesta su gozo y los sen­
timientos de que está poseído al verse enmedio de-una
asamblea presidida por el mismo Espíritu Santo. Luego
el presidente del concilio sienta la cuestión con claridad,
y empieza la discusión , advirtiéndose á todos que la vo­
luntad imperial es que cada uno dé su parecer con tran­
quilidad jf. al mismo tiempo con' pienu libertad. Los
eusebianos explican sus doctrinas sin rodeos, y muchos
de aquellos santos obispos que iban de lan lejos y habi­
taban unos países donde se había conservado mas pura
la fé á la sombra de las costumbres sencillas, no ocultan
su*horror al oir aquella doctrina impía, blasfema y
ofensiva de los oídos piadosos. Los arríanos parece que
se turban y confunden y los abandona su confianza ordi-
noriat El emperador sigue el hilo de la discusión con
toda la atención de un hombre entendido en la materia,
y no es menos admirable su paciencia en oir á las partes
que su inteligencia en comprender las cuestiones venti­
ladas, exponiéndolas con claridad, trayendo al asunto á
los que se distraen de él , mostrando con señas y medias
palabras que no le gustan eí estrépito y Já9 disputas, y
mezclando los ruegos, la alabanza y las razones para
reducir todos los contendientes á la cuestron. üñas*veces
se explicaba en latin y otras en griego, que no era idio­
ma extraño para él, y á todos dejaba atónitos de que
un.guerrero criado en los campamentos hablase como
doctor y obispo. E l resultado de este concilio es conocido,'
y sq sabe <jue san Alejandro y su-diácono, Lan famoso
despues bajo el nombre del gran Atanasio, hicieron que
el concilio adoptase la pulabra consustancial, la cual
sola (con exclusión de cualquier otra) les parecía á
propósito para destruir el error en sihorigen y rio dejar
ninguna callejuela á ios subterfugios de los herejes. És­
tos querían introducir la«.expresiónsemejante en subs­
tancia , porque estaban dispuestos á concederlo todo al
hijo de Dios, con tal que no se los obligase ó creer que
el Hijo fue engendrado por el Padre sin ninguna priori­
dad de origen y con aquella identidad de naturaleza y
sustancia que no consiente distinción ni separación.
Pues la palabra consustancial expresaba todas estas co­
sas con una precisión que afligía á los sofistas y
disputadores. Todo esto lo comprendió el emperador, y
las explicaciones de los católicos desterraron de su en­
tendimiento todas las ideas materiales con quelehabian
prevenido contra aquel término tan temible para los he­
rejes.
En Nicea se compuso el famoso símbolo que rezamos
en el santo sacrificio de la misa, y los obispos que se
resistieron á suscribirle no se libraron de la pena de de­
posición. Se enviaron comisarios del orden episcopal para
que llevaron los decretos á todas tas provincias del impe­
rio como se habia praelicado en el concilio de Jerusa­
lem, y el emperador.los publicó por un rescripto, en
que sé leen estas notables palabras: Nos queremos que
todos se conformen con esta decisión en que ha hablado
Dios, porque todo toque se hace en los concilios, se hace
por ta voluntad divina. La sentencia de trescientos obis­
pos no es otra cosa que ta sentencia del hijo de Dios.
E l Espíritu Santo ha declarado su voluntad en este
concilio. Asi usó. al concluirse este el mismo len­
guaje respetuoso al episcopado que había hablado al
principio. Conocida es la respuesta que dió al memorial
de los arríanos y á las acusaciones duros y virulentas
que en él se contenían, asi como á la apelación quesein-
terppnfa. En el dia señalado para examinar aquellos
memoriales el religioso príncipe congregó á las partes
y no quiso tomar otro carocter que el de árbitro para
terminar las desavenencias diciendoles: Foso/ros, a quie­
nes ha escogido Dios para juzgarnos á nos mismo, no
debeis ser juzgados por los hombres.
Acabado el concilio convidó el emperador todos los
obispos; á un magníGco festín, ¿uya relación nos han de­
jado los historiadores coetáneos. En-aquel vasto salón
se habían dispuesto unas mesas, á cuyo rededor se sen­
taron trescientos obispos, no en sillas como nosotros
acostumbramos, sino en magnificas camillas: á la mesa
del emperador fueron admitidos variosprelados de loi
de mayor distinción, Los obispos llegaban al salón del
banquete roas bien consolados que aterrados de pasar
por entre las guardias imperiales), que los esperaban con
espada en mano y ios saludaban.respetuosamente* Pare­
cíales que habia empezado el reinado visible de Jesu­
cristo en la tierra. Los pobres tuvieron buena parte en
aquellos festejos» y se hicieron largas dádivas en las
ciudades y lugares. Los obispos al regresar á sus dióce­
sis llevaron algunos rescriptos, en que se concedían pen­
siones anuales á las vírgenes, viudas y clérigos de sus
iglesias, que se pagaron puntualmente hasta e! reinado
de Juliano el Apóstata, A vista del descrédito y oprobio
en que nuestro siglo anticristiano se complace en tener
á la iglesia, una alma religiosa considera llena de jú­
bilo aquellos honores tributados al sacerdocio por el
primer emperador cristiano de gloriosa y eterna me­
moria.
Si buscamos en Constantino el principe protector de
la iglesia y de los cánones y disciplina de esta; hallare­
mos que visiblemente le escogió Dios para desempeñar
todos estos santos oficios y trazar la forma y modelo de
conducta á los depositarios de la potestad civil en lodos
los siglos futuros. Todas las obras y actos de aquel em­
perador guardan perfecta correspondencia con este re­
gio y divino ministerio. En cuanto á esa supremacía so­
bre la religión, los sacramentos y la geraiquía de la
iglesia que hoy afectan muchos soberanos, el reinado
de Constantino no solo no ofrece ninguna analogía con
semejante conducta, sino que es contrario á ella; y pa­
ra convencerse de esto no hay mas que abrir los ojos
y leer la-, historia.

I I L — C o n s e jo s d e i a P r o v i d e n c i a co n r e s p e c t o X
80 IG L E S IA EN E L BBIN AD O GLORIOSO DE CONS­
TANTINO.

Dios dió á Constantino el imperio del universo y to-


t. 45. 18
das los riqüezas<le las naciones, do que tan liberal ha­
bla sido con David, Salomón y Ciro, fundadores ó res­
taura llores de su templo y de su culto en espíritu y en
verdad; Ahora ó mí me parece que Dios por su conque-'
la cón este emperador tenia tres grandes fines, i los
cuales no se mostró infiel este principo: T.p acabar la
destrucción de la idolatría: 2 .° fundar y. dotar la iglo-
sié católica todavía pobre, sin templos ni altares, sin
bienes ni patrimonio*. 3.° convocar un concilio general
y dar■á los gobiernos cristianos' de todas 'las-edades el
lugar que deben ocupar en la iglesia con respecto-á'ea--
tas asambleas, porque acabamos de ver que forman
parte de la constitución divina de ella.
■El primer fin de la Providencia en la elevación de
Constantino al solio imperial del universo fue acabar
de destruir la idolatría. Cuando Dios hubo resuello co­
menzar ia grande obra de la predicación y promulga­
ción del Evangelio por el instrumento de sus apóstoles
en todo el mundo habitado, se .vio al emperador Au­
gusto apoderarse de las riendas del imperio, cerrar el
templo de la guerra y asegurar una paz-profunda igno­
rada hasta entonces en los anales del mundo; y los sa­
bios comprendieron ios fines de ia-Providencia. Era pre­
ciso allanar el camino á ios mensajeros que iban de par­
te de Dios á -Anunciar la paz y la buena nueva del
Evangelio á todos hs naciones de la tierra ; y un señor
único , un solo dominador del universo debh corres­
ponder en el orden temporal y político á este gran con­
sejo de la misericordia de Dios sobre la salud de los
hombres.
Creo ver grandes analogías según estos consejos di­
vinos entre el reinado de Augusto y el del emperador
Constantino, En el de esle se trataba de hacer una
segunda promulgación del Evangelio, mas libre y so­
lemne que la primera , y no bajo de la espada perse­
guidora de los Césares, sino por orden y con ia protec­
ción de estos: se trataba de dar él último golpe á la
idolatría, acabar de destruir sus templos y derribar
sus altares, dolar á la iglesia católica y- edificar-
le templos ó míis bien' grandes "y espaciosas basílica?,
conformes al nuevo estado civil que tomaba en !a tier­
ra. Estos templos no debian per los de antiguamente»
oht>ra que se verificaban respecto de ella aquellas ex­
presiones proféticas: Si on, ensancha tus tiendas y le­
vanta nuevos pabellones: ve aquí1qué las naciones acu­
den en tropa pava entrar y llegan innumerables hijos
de las islas mas lejanas: ya no eres la esposa estéril y
abandonada, sino la madre fecunda destinada á alimen-
tar á lus naciones y darles á mamar la leche dé tus
pechos. ' .
Los profetas habion señalado dos épocas de la du­
ración de la iglesia y del destino tan variado y contra rio
- de ella durante su peregrinación en la tierra: una épo­
ca en que no serian ni pudrían ser cristianos los Cíésa-
res, y en la que según' los consejos de la Providencia
debia crecer, dilatarse y propagarse la iglesia'bajo ía
espada de ja persecución y íí pesar de todos los esfuerzos
de los emperadores para destruirla; y otra época en
que estos mismos serian los protectores y sustentadores
de ella, ios adoradores de Cristo en espíritu y en ver­
dad y los propagadores del Evangelio. Constantino es
escogido por Dios para comenzar este nuevo orden y
esta nueva descendencia de reyes y pastores de los pue­
blos; y aqm;I gran príncipe necesitaba nada menos que
el imperio del universo para desempeñar cumplidamente
tal encargo. Nosotros apoyados en los ejemplos que él
díó en su perdona & los reyes de todas las edades y na­
ciones, podumos decirles: Mirad, y obmd según el gran
modelo que os trazó aquel religioso monarca.
Tratábase de acabar de destruir la idolatría en todo
el mundo, y Constantino llevó á cabo esta empresa con
tara prudencia: dirigió esta obra tan'difícil con una
ínano blanda y delicada : dejó ó los paganos sus empleos
y oficios en los ejércitos,-en los tribunales y en oi go-
bierno: conservó los bienes de los templos gentílicos;
comprimió el zelo indiscreto de aquellos hijos del true­
no, que no podían tolerar la subsistencia de ellos; y se
contentó con fortificar el descrédito en.que caían en la
opinion pública , y descubrir la impostura de los sacer­
dotes y oráculos paganos. Todos entendieron que para
ser amigos del principe y tener parte en el gobierno era
preciso hacerse cristiano; pero hasta que el culto gen­
tílico consumido por el tiempo se vió arruinado por el
cambio de la opinion pública y los progresos de la ilus­
tración, no dió Constantino el último golpe para derri­
bar sus templos y altares, y aun entonces no se atrevió
á llegar á los de Roma,
Por último habia que dotar á ia iglesia cristiana,
proveer á la subsistencia de sus ministros y proporcio­
narle iglesias en razón del aumento de su poblacion. Sin
duda el tesoro imperial no podia á pesar de sus incal­
culables recursos sufragar por sí solo eslos gastos; y
lo que sacó de é\ Constantino parecería Increíble, si no
estuviera atestiguado con monumentos irrecusables. Ya
hemos visto que señaló pensiones á las vírgenes, viudas
y clérigos en Lodo el imperio, y entregó gruesas sumas
para rescatar parle de las casas y templos confiscados
4 los cristianos. Por su piedad y espléndidas dádivas ge
construyeron magnificas iglesias en Nicomedia, residen­
cia ordinaria del emperador, en Antioquía, capital del
Oriente» en Alba, Ostia, Capua y en toda la Italia. Es­
tas basílicas eran grandes y espaciosas: las vastas pro­
porciones de su arquitectura sorprendían á los paganos,
y el ornato interior correspondía á aquella grandeza;
Juzguese por urca de las que mandó edificar en Antio­
quía, porque en las ciudades populosas edificaba mas de
una; y Roma contaba hasta ocho erigidas por la muni­
ficencia imperial. La iglesia de Antioquía se llamaba la
iglesia de oro; nombre que manifiesta cuál era su ri­
queza. Cada una de estas iglesias estaba dotada decente
y aun -opulentamente. La de san Juan de. Letran, la
mas ilustre entonpes como ahora de la ciudad de Roma,
y que era la residencia de los papas, poseia en Italia,
Grecia y Sicilia un patrimonio que; se cree poder com­
putar en una renta de unos cuatrocientos sesenta mü
reales de nuestra moneda. Si este monarca religioso se­
ñalaba ú tantas iglesias, cuyo fundador fue, una dotacion
proporcionada ó la importancia de ellas, no sabemos
con qué número expresar su magnífica liberalidad para
con la casa de Dios, y habremos de reconocer en él el
primero y mas grande de aquellos monarcas bienhecho­
res y sustentadores de la nueva Sion, que habían anun­
ciado los profetas en sus visiones. En aquella era dichosa
en que no habia sido envilecida aun la majestad real por
una falsa sabiduría, ni habia perdido nada de la justa
consideración que se le debe, la influencia de su ejemplo
era un noble motivo de emulación para las ciudades y
provincias cristianas, entre las cuales habia á manera
de una santa y religiosa competencia sobre quién ador­
naría la ciudad con una iglesia mas magnífica y opu­
lenta. De ahí tuvieron origen aquellas dedicaciones en
que el culto cristiano desplegaba su grandiosa pompa.
Los fieles piadosos lloraban de gozo como antiguamen­
te los israelitas de vuelta á su amada Sion al ver tanta
muchedumbre de templos erigidos en honor y para glo­
ria de Dios, de la Virgen santísima y de los santos
apóstoles.
Mas vengamos á la construcción de la nueva Roma.
Aquí se aveataja Constantino á Salomon como se le
aventajaba en poderío. Este era el último golpe dado á
la idolatría de Roma gentil, anticristiana, obstinada y
contumaz en el eulto de los ídolos, embriagada y tal
vez ansiosa todavía de la sangre de los mártires inmo­
lados á su odio contra Dios y contra Cristo. Las galerías
levantadas al rededor de las plazas de la nueva ciudad,
los palacios, el circo, les estadios ó cosos destinados á
las carreras á pie, los paseos con soportales y columna­
tas de grandiosa arquitectura, el anfiteatro, el teatro,
los baños, acueductos y fuentes, el Capitolio donde ha­
bitaban los maestros de la ciencia, el pretorio donde se
administrába la justicia/ los graneros públicos, todos
estos monumentos consagrados á ia utilidad común eran
de una magnificencia increíble; pero no llegaba á ía
de las iglesias. Aquí es.donde se complacía el piadoso
emperador en-desplegar todo su poder como Dios en el
cielo. Se habla mucho de ¡a iglesia principal dedicada á
la sabiduría eterno, de do¡ide tomó el nombre de -santa
Sofía;, pero parece que la de lus doce apóstolas la ^upe-r
raba en grandeza y opulencia. El historiador Fleury, de
quien he sacado estas noticias, responde de la verdad
de ellas. Figurémonos un edííicio de prodigiosa eleva­
ción en forma de cruz y las paredes desde el pavimento
hágta el techo embutidas de marmol de diferentes colo­
res. Allí no se veia ni bóveda, ni techo , sino que la par­
te inferior de este era un artesanado de talla todo res­
plandeciente de oro, y la parte superior no estaba cu­
bierta de tejas ó ladrillos, sino de planchas de cobre
dorado. El sol en los -hermosos dias de aquel clima deli­
cioso vibraba sus rayos sobre el metal pulimentado, y
los reflejos que reverberaban en el aire, anunciaban á
los viajeros que habitaba allí el sol de ,verdad y justi­
cia. Del medio se levantaba un cimborio con su balaus­
trada de cobre dorado al rededor, y aquí se repetían
los mismos fenómenos de la !uz reflectida. El. vasto re­
cinto del patio en cuyo medio se hallaba la iglesia, es­
taba cerrado por cuatro galerías. Allí habia baños y
muchos aposentos para los clérigos y seglares encarga­
dos de la custodia del lugar santo. Constantino, había
mandado construir en este paraje su sepulcro, y se de­
leitaba con la piadosa idea de que despues de muerto des­
cansaría en mas-dulce paz bajode la protección de los após­
toles y enmedio de los sufragios y oraciones de los fieUs.
No he podido residir, á la tentación de decir lodo
esto para avergonzar á nuestros tacanas reformadores,
que tanta avaricia muestran cuando.se trata del cuito
del Altísimo. Si fuera preciso, los templos.pacanos me
sugerirían materia para hacer un paralelo no. megos
humillante á aquellos- á quienes le; dirijo, Bonaparte
ora filósofo; pero por el sola instinto, de su sólida- ra­
zón comprendía que si Dioses grande y su religión emi-
lientemente ..conservadora del orden público,,deben ser
tratados cotí honor el culta-y sus ministros, para que
sirvan utilmente fá los'.fines de la política; ;y cuando rio
íe alucinaba el orgullo-, en sus relaciones con el clero
mas bien se echaba de ver el noble de la antigua mo­
narquía que ei hombre de la revolución, porque reunía
estos dos caracteres.
K est ame hacer la -siguiente observación acerca de
Constantino y los consejos-do la divina providencia : el
encargo que estn le habió encomendado , no se hubiera
desempeñado completamente, si aquel; monarca no hu­
biese convocado un. concilio general para presentará
todos los gobiernos venideros la forma y modelo de la
conducta que habían de observar en tales circunstancias.
E l concilio ecuménico corresponde á las-materias
que se llaman mixhsyque requieren; para su ejecu­
ción el concurso de ambas potestades: ahora bien cuan­
do es necesario congregarle, es de desear que no haya
mas que un solo imperante y un solo imperio en el
inundo. Si recordamos' todas las .dificultades que trae
consigo lá congregación de los concilios, los obispos au­
sentes de su reino, su reunión en país extraño y á veces
enemigo, la rivalidad de las naciones, tantas distincio­
nes y'precedencias que afectan y conque es preciso con­
temporizar, y los privilegios de las mismas iglesias que
suelen pugnar entre sí; canudo pensamos en el modo de
concordar y-componer todas estas cosas; conocemos la
dtfícií tarea que toraa sobre si la- cabeza de la iglesia
para dirigir con sabiduría las sesiones de un concilio, y
decimos: ¡cuántos obstáculos se allanaban ó quitaban
en sus principios con el poder de los‘.Constantinos y
Teodosiost Es verdad que se reunieron algunos conci­
lios ecuménicos en la edad media y durante aquel equi­
librio de poderes entre los reyes de Europa de que se
componía la república cristinna; pero recuérdese que
el-papa en el orden de la religión poseía en efecto la
monarquía universal, y ya hemos hecho notar que era
legal, aprobada y reconocida por el derecho público de
Europa. Cuando las naciones adoptaron otras leyes y
entraron en otras ideas sobre la potestad eclesiástica;los
papas aterrados y confundidos con la dificultad no se
atrevieron ya á convocar los concilios generales; y cuan­
do fue necesario congregar uno por los progresos de la
herejía de Lutero que pusieron á la iglesia en la pen­
diente de su ruina, intervino la divina providencia, se
rompió el equilibrio de las potencias europeas, y volvió
á aparecer en Alemania el poderío de los antiguos empe­
radores de Occidente. Carlos V y su hijo Felipe I I afec­
taron las apariencias, usos y lenguaje de los emperadores
romanos por los cuantiosísimos tesoros del nuevo mun­
do, la vasta extensión de sus estados, la pericia de sus
generales y la disciplina de sus ejércitos. Lo que me im­
porta considerar es que por un efecto de la misma pre­
ponderancia militar atajaron los progresos de la herejía
de Lutero y reprimieron íos planes ambiciosos de los so­
beranos que le eran devotos. A la sombra de la pujanza
tutelar de estos monarcas se reunió el concilio de Tren-
to, el cual puso una mano reparadora en el edificio va­
cilante de 1a fé, reformó todos los órdenes de la iglesia,
y en cierto modo restituyó ó esta la hermosura y es­
plendor de los dias antiguos. Carlos V humilló á los so­
beranos de Alemania fautores y propagadores de la he­
rejía, y vencida la liga de Smalcalda los puso á sus pies
y los obligó á arrodillarse en su presencia temblando
como unos reos que son conducidos a! suplicio. Su po­
derío pasó un instante á la casa de Austria, ia cual de
resultas del descubrimiento del nuevo mundo adquirió
en tiempo de Felipe I I un aumento de influencia y pu­
janza que cerró las puertás de Italia y España á la he­
rejía. En el muro invencible de la liga católica de Fran­
cia que el monarca español protegió, se estrellaron los
proyéctos siempre crecientes de la herejía, y cuando
por un juicio secreto de Dios se debilita, tambalea y
cae el poder de aquella dinastía eminentemente católi­
ca á impulsos de la política de Richelieu y por las ar­
mas del rey de Suecia, ya habia cesado de ser necesa^
ría su protección á la iglesia. Entonces se contienen los
progresos de la reforma: el tratado de Westfalia fija los
límites del territorio de esta; y se salva ta preponde-
rancia de la iglesia católica. La herejía se seca como
una rama separada del tronco, y poco falta para que
pierda la forma de una secta cristiana yendo á precipi­
tarse en los abismos del ateísmo ó de la indiferencia
religiosa: en vano se esfuerzan sus partidarios á resti­
tuirle un soplo de vida. No, la tendencia del mundo mo­
ral y político no es al protestantismo, sino al ateísmo;
y los protestantes de buena fé que trabajan por resuci­
tar el cadaver de su comunion, ignoran tai vez que son
los agentes de un poder oculto y anticristiano.
Mas ya es tiempo de volver á mi asunto. Decía que
un solo emperador y un solo imperio eran en cierto mo­
do las condiciones necesarias para convocar un concilio
ecuménico, y hacia la observación que Constantino era
el hombre escogido por Dios para dar la forma y modelo
de estos concilios bajo de los príncipes cristianos, obis­
pos exteriores y protectores de la iglesia, y que entraba
en su encargo condenar con su ejemplo á los reyes cris­
tianos, que como el impío Ozias se atreven á echar la
roano al incensario y afectar la supremacía de la potes­
tad temporal en el orden de la religión. Todo esto nos
explica los consejos de la Providencia sobre Constantino
y su reinado, de gloriosa y católica memoria, ¡í pesar de
fíertos defectos que pueden tachársele.

SECCION QUINTA,

Q U IST A P R U E B A .— LA REVOLUCION Y LOS HECHOS


PO ST ER IO R ES k E L L A HASTA E L AÑO 1830.

Llego dé un salto é la memorable época que acabo


v de citar / porque haría un agravio al lector inteligente
... gi quisiera probarle la posesion de la iglesia durante to­
ados los siglos intermedios desde el concilio de Nicea al
.tiempo,de que hablo, siendo este hecho mas claro que
la luz del-sol^ Todos aqii el los siglos admitieron y reco;-,
nocieron al papa por cabeza-de la,iglesia, y los esfuer­
zos de la herejía para sustraerse'de la autoridad do esto
suponen la existencia de ella.
. Los diez y ocho años que van desde el de- 1790 a,l
de 1807, presentan cuatro hechos de alta importancia,
y'cada uno de ellos me.sugiere una de las pruebas mas
acomodadas á las" disposiciones de los adversarios á quie-,
nes impugno: 1.® la asamblea constituyente de 1790 y
sus decretos sobre la constitución civil del clero: 2 ,° el
concordato firmado en París entre el cónsul Bonaparte
y la santa sede: 3.° los hechos a-uUSnlictjs que ocurrie­
ron cuando el papa Pío V Ií coronó por su mano á Bo­
naparte: 4-.° Us discusiones de nuestros cuerpos legis­
lativos en los dias 25 y 2 0 de mayo de 1826.

§ .L . . ^ .

LA ASAM BLEA CONSTITUYE NT JE CON SU CONSTltüCJON


C IV IL D E L CLERO ES M A D RE DE LA IG L E S IA CONS­
TITUCION AL.

Esta prueba es tanto mas .decisiva para nuestra con­


clusión, cuanto que el punto en litigio fue entonces ilus­
trado, discutido y defendido contradictoriamente ante el
juez competente. Entonces pasó en autoridad de cosa juz­
gada mediante dos juicios dogmáticos posteriores al año
1.790 y formalmente aprobados por la suscripción ex­
presa de todos los obispos del universo que estaban en
comunion con Roma ; y estos dos juicios irrefragables
serán inscriptos en las actas de nuestros concilios. Debo
dar al lector la prueba- de ;todos estos asertos.
Digo que la cuestión presente se ilustró y discutió
por aquella época; porque ¿cuál sino era la causa de
una controversia tan acalorada y decidido entre los ca­
tólicos poruña parte y los defensores :de la constitución
civil del clero por la otra, que tomaron entonces el nom­
bre de constitucionales? La asamblea constituyente éjer-
cia la supremacía espiritual de la potestad temporal en
el grado. mas alto á que puede aspirara el da poder cons­
tituyente , porque sabido es que osó dar una constitución
á la.iglesia católica , sin que se altere lajiaturuleza de.es-
ta medida- de usurpación por el. epíteto de ci vil que_, aña-,
dió á dicha constitución. Léase el examen que hi/o de
ella S. Santidad, y se verá que la asamblea trastornó
enteramente la constitución divina dada por Dios á su
iglesia , y que no menos febajó la potestad monárquica-
del papa en el orden espiritual que lá de los reyes-ele
Francia , hijos primogénitos de la iglesia, en el tempo­
ral,, aboliendo el juruínenlo de obediencia y fiOelidad
que prestan á aquel los obispos¿ para convertirle encuna
simple carta de cortesía en que le avisan habejsido nom­
brados obispos por la gracia deV pueblo . y que desean,
mantenerse en comunion con. él, destruyendo el poder-
aristocrático de los obispos, degradándolos de su calidad
de príncipes de la iglesia asociados al gobierno del papa ,
igualándolos it los simples presbíteros, no dejándoles en
su consejo mas que la voz deliberativa y poniendo, en
el pueblo el origen de tocia la potestad gerárquica;.
porque él es quien da la investidura y por consecuencia
la jurisdicción espiritual ó los presbíteros y obispos en
las juntas de partido y provincia. En-fin según la mis­
ma constitución es ton soberano el pueblo, que-si-á un
constitucional so le pregunta cuál es su tituló para
el gobierno de las almas, se ve reducido á dar esta úu'h
ca respuesta: El pueblo. ¿.Y por qué? Porque este hizo
sin ninguna participación de ta iglesia una nueva de-;:
marcación de todo el'territorio eclesiástico. Esta pro-
posicion admira al pronto, y vamos á ver que es una
verdad rigurosa; porque al fin la iglesia no tenia ninguna
parte cp. estu misma operacion. Si pregunto .al obis­
po constitucional de dónde le viene la jurisdicción espi­
ritual sobre Jas ovejas existentes en el nuevo territorio
que 1$ ha dado la potestad civil sola; ¿qué puede res­
ponderme sino que el pueblo reunido en la junta electoral
de la provincia le ha nombrado pastor de aquellas almas?
Pero si-replico y pregunto si la, iglesia ha .agreg,ado,á
aquel título la misión canónica t no pudiendo responder­
me se ve preciado á sostener que ata y desata las almas,
remite ó retiene los pecados en nombre del pueblo. Sien­
do esto asi, ¿qué se lia de pensar de tai orden de cosas
Sino que ha cambiado la constitución divina de la iglesia
y que se ha convertido en un estado popular donde to­
da potestad emana del pueblo ? Todo esto, se ha dicho,
y el único asilo á donde se acogen los .defensores de tan
falso sistema es la quimera del caracter sacerdotal del
presbítero, convertido en Utulo de una misión que no
tiene mas límites que los del universo. Mas el número
sin número de escritos y folletos de todos tamaños y
formas en que se explicaron y descubrieron estas ver­
dades , estos escritos distribuidos y esparcidos en todas
las provincias* y casi estoy por decir en todos las parro­
quias, por el zelo de una propaganda verdaderamente
santa y apostólica que entonces se estableció, prueban la
certeza de mi aserto; es á saber, que la presente cues­
tión se ilustró, discutió y puso en un grado de claridad
como la luz del día. Y aquí viene d cuento una observa­
ción que se ha hecho muchas veces. Si queremos saber
á fondo la verdadera doctrina sobre una verdad evangé­
lica, trasladémonos al tiempo en que este dogma com­
batido por el error fue declarado y solemnemente procla­
mado por las definiciones de la iglesia. En los escritos de
los doctores de aquel tiempo hallaremos un caudal de
luces sobre aquella verdad dogmática,..que inútilmente se
buscarían en la polémica anterior ó posterior á estas
disputas. En tiempo del concilio niceno y de tos subsi­
guientes se habló bien sobre la divinidad del Verbo: du­
rante los grandes concilios de Efeso y Calcedonia y des­
pues se hizo preciso, exncto y correcto el lenguaje de la
teología sobre los misterios de la encarnación y de la
redención : entonces la controversia expuso las admira­
bles correspondencias de estos mismos misterios con las
formas mas excelentes de !a dialéctica y elocuencia,
Aplicando esta teoria á la presente cuestión digo á mis
adversarios: Si sois cristianos 6 si discurriendo con cris-
tianos teneis en algo la doctrina y documentos de la iglé-
sia; si deseáis discutir esta cuestión con Ja formalidad y
gravedad convenientes y juntamente con todos los mi­
ramientos debidos á la religión de la sociedad cristiana
y católica; trasladémonos á los años 1788, 1789 y 1790,
y leamos los escritos publicados entonces sobre esta mate­
ria y las decisiones que dió la iglesia. Entonces se puso
la verdad de este dogma en toda su claridad y evidencia,
y lejos de ocultarse vuestras razones se expusieron con
todo ese vigor y se discutieron de buena fé; pues si
nuestras razones parecieron entonces buenas y quedaron
sin réplica» lo son también ahora y lo serán siempre.
Asimismo viene aquí á propósito esta observación
que Byssuet copia de san Agustín. Uno de los diversos
sentidos que pueden darse á la expresión de san Pablo;
Oportet htereses esse; es este: las herejías contribuyen.al
triunfo de la verdad, porque cada una de ellas trae un
fruto y como un tributo aparte, y es un mayor grado
de luz derramada sobre los dogmas controvertidos que
resalta del choque de la verdad con el error, Pues la
presente cuestión ha sufrido esta prueba * y nunca ha
habido una disputa mas acalorada ni animada, testigos
los muchos escritos .producidos por una y otra parte,
que si no llegan al infinito, son á lo menos indefinidos.
Pero lo mas decisivo es que por aquella misma épo­
ca jungó la iglesia la causa con una solemnidad y concor­
dia unánime entre el episcopado y su cabeza, que hasta
entonces quizá no habia tenido ejemplo en nuestros ana­
le s eclesiásticos. Estos juicios constan en los rescriptos
enviados de Roma, el primero con fecha 10 de marzo
de 1791 al cardenal déla Rochefoucauld y á los obispos
que tenían asiento en la asamblea constituyente, el segun­
do á Luis X V I en el mismo riño, el tercero con fecha del
mismo mes y «ño á todos los metropolitanos con la obli­
gación de que estos le comunicasen á todos los obispos d^l
reino, y el cuarto en 19 de marzo de 179*2. Las califica­
ciones que se dan á la constitución civil del clero y á la
supremacía espiritual de la potestad civil* basa de ella,
bou eblast estriba en principios heréticos: és herética,
sticrílvgé, cismática >destructiva de los derechos de la
santa sede, contraria á la. ' antigua y ■ nueva disciplina
de ¿a iglesia de Francia y forjada con el intento dé des­
truir la iglesia católica en usté reino. Este juicio fue sus­
crito-por todos los oíjispos de l;i: iglesia universal. La
pruébfrex-iste en ios arclmós de la romana , y el hecho
fue testificado y notificado personalmente á los obispos
constitucionales por el difunto papa Pió V il de santa
memor ia en la 'peregrinación apostólica, que hizo á Pa~
ris ch 1804/ Fundado en todos estos hechos concluyó
que nunca ha habido una:cuestión mejor ilustrada y dis­
cutida y mas solemnemente juzgada en la iglesia, y vuel­
vo á mi primer sentir; y es que si se quiere juzgar nó
según los principios de una filosofía que no los tiene en
materia de religión, Mno conforme á las máximas dé la
teología católica, es decir, de la palabra del mismo Dios,
esta verdad es un dogma cuy» profesión práctica no pue­
de disputarse á un católico sin manifiesta contravención
de la ley de líberuid de cultos.

' ; $.11.

E t concordato f ir m a d o en tre bo n áparte y la


■ ■ SANTA SEDE.

E l adversario que opongo á este sistema erroneo, y


el juez y árbitro á quien consiento sómel er esta disputa,
es Btinaparte. Su autoridad en este punto no es metios
grande que ?m nombre, y seguramente no es sospechoso
de un es ceso de parcialidad en favor de los; derechos de
!a Iglesia.-En cuanló, al documento que presento^ no
puede citarse otro mas decisivo. ; .
Despues de haber, vencido Bonapnrte á los pueblos y
las naciones como los dos primeros Césares y sofocado
como ellos las facciones y discordias, ve llegado ’ei. instan­
te de dominar el universo á: ejemplo de aquellos monar­
cas. Superior á estos por su sólida razón y profundos
planes piensa en dar á su tronó y dinastía un fundamen­
to. mas firme y' durable: que; lií devoción del soldado y ia
celebridad de IniíftoriarN'n costumbres río hay sociedad1 ,
y la moral no existe sin reiigion.-Eslfi ranció axioma ha
producido en su alma si no una completa convicción; á Eó
menos un efecto profundo. L a ‘verdad penetra mucho mas
erré! ■espíritu cuando los intereses de; cüífntía acuden a
auxi1iií rha, y e1m»yor para BotVfi par te ei-a dominar. Dios
que tiene ios corazones en sus manos y los sujeta y di­
rige1 ,hacia los fines de su 'Sabiduría , -queria sacar está
inapreciable declaración de ios labios 'del conqúi^tádori
que sin Dios y sin religión no basta la fuerza material
paril gobernar á los hombres. Bonaparte quiere reinar,
cegar el abismo de las revolucionas y enfrenar las fac­
ciones , y con su brazo de hierro y seiscientos mil hom­
bres que ú una seña suya corren á la muerte, no se cree
con bacante fuerza para gobernar : una n.icioñ atea le
póréceindiiscipliiiuble por las leyes, y tin trono y una di­
nastía edificados s&bre ekterror de las armas y la cele­
bridad de la gloria militar 310 tiene á sus ojo1 » tirmes
fundamentos. Está resuelto á edificar en el terreno do
!a religión, y uo aspira á Ia: honra de inventar uno,
porque, et desgraciado éxito de las farsas religiosas re-:
presentadas por Robespierrc y Revertiere-Lepaux está
demasiado reciente, y no le ocurre tentar uri nuevo en­
sayo,' Dos religiones hay establecidas en Francia, la ighi-
sia.constHucional y la católica. La primera es servil,
obediente al que manda é incapaz de oponer la menor
resistencia, y ademas ha- nacido de la revolución y es
amaila de los revolucionarios: Bonaparte esel jefe de es­
tos que le han encumbrado, y por ellos reina en nombre
del pueblo con el modesto título de primer cónsul y go­
bierna la república francesa por la gracia de la revolu­
ción. Al contrario la religión católica se le presenta con
apariencias mucho menos lisonjeras para su orgullo: es
imperiosa y se declara soberana é independiente en todo
el vasto dominio de los objetos espirituales: se apodera de
las conciencias y no deja á la potestad civil mas que los
cuerpos, la materia y los objetos temporales (1): es abor­
recida de su ejército revolucionario y.de todos los agen­
tes de su gobierno. Todos estos hombres recuerdan el
mal que han hecho’al catolicismo , y esa es una nueva
causa de la aversión y odio que le tienen, Dada la señal
de restablecerle temblarán cuantos le rodean; ¿y hasta
dónde .no pueden llegar sus infames maquinaciones? A
Bonaparte no le detienen estas consideraciones: ha re*
suelto restablecer la religión católica, abrir los templos
y levantar los altares, y se ejecuta su voluntad. En sa idio­
ma militar son desconocidas las palabras imposible, im-
posibilidad: abre negociaciones con (a santa sede, que
serán largos * difíciles y trabajosas, porque en el ánimo
del cónsul se unen y confunden las ideas filosóficas con
los pensamientos católicos. No obstante todas las cosas
tienen fin, y esta discusión le tendrá también. La santa
sede inspirada por la prudencia evangélica abandona el
tmrpo para salvar la cabeza: e1 cuerpo es toda la disci­
plina, y la cabeza es el dogma inmutable como el mismo
Dios. El supremo pastor de la iglesia ilustrado con las
luces celestiales conoce que en la sociedad católica lo
mismo que en todas las humanos la conservación es la
gran ley é que debe ceder todo excepto Dios y sus pre­
ceptos , y que habiendo reducido la Providencia por sus
inescrutables designios la iglesia de Francia al extre^
mo de ver extinguirse la luz de la fé ó perder su disci­
plina , no debe él titubear en admitir unas condiciones
tan duras. Pió V i l con mano trémula ratifica el concor­
dato firmado en París el lo de julio de 1810.
Este tratado merece escribirse en los anales de la
historia eclesiástica .-con unos caracteres mas durables
que el bronce. No creo que pueda leerse en los registros
déla iglesia un monumento mas decisivo é favor de J a
supremacía de esta en el orden espiritual* El papa por

(1) Estos secretos se let escaparon á Bonaparte en


las conferencias con sus confidentes (Historia de PioaVII
por el caballero Artaud)í -
un lado y Bonaparte por otro, el sacerdocio y el impe­
rio son aquí las partes contratantes. ¿Quién si no el so­
berano de la religión puede disponer de sus intereses de
mas cuantía, ele sus templos, sus altares, sus parroquias,
sus sillas episcopales, sus metrópolis y los límites dentro de
los cuales deben ejercer estas iglesias su jurisdicción es­
piritual sobre las almas? En una palabra solo con el so­
berano de una religión puede tratarse de su existencia ó
no existencia, del fin ó continuación de su destierro,
del abandono de sus bienes, leyes, fiestas y solemnida­
des y de todo lo que no está ligado con su esencia, es
decir, con áu fé, dogmas y misterios. Y ademas sin. ver
mas que la forma ¿ no son dos soberanos que tratan de
igualá igual? Uno y otro nombran sus plenipotenciarios,
los cuales canjeados los poderes respectivos acuerdan
los artículos del convenio.
Precede;al tratado un preámbulo digno de llamarla
atención. El papa no recibe la restauración del culto ca­
tólico como una gracia del soberano temporal, y se guar­
da hasta de suponer-qué se le pueda negar; pero
conflesa que la religión espera muchos bienes de este fe­
liz suceso y dé la profesión pública del catolicismo que
hacen los cónsules. Por otra parte el gobierno de la re­
pública reconoce que la religión, no la cristiana, sino
la católica apostólica,romana es la religión no solo de la
mayor, sino de la máxima parte del pueblo francés. Este
hecho dice mas dé lo que parece, y pora quien re­
flexiona y le combina con la carta de 1830, la sobera­
nía del pueblo y el derecho de insurrección, que es el
fundamento de ella, ¿á dónde no iria á parar ? La po­
blación católica veria consagrado eni esa ley su derecho'
de apelar á las arméis en caso de atentado contra los de-
rechos esenciales de su religión, y semejante consecuen­
cia seria legítima. Mas respondo que lós católicos no la
sacarán , porque saben que los .preceptos .del Evangelio
son anteriores á las prescripciones de la. carta constitu­
cional.
En el artículo 3 hace la sania sede una asouir
t . 45 * 19
- §9 fi­
brosa ostentación áe la potestad papal. Iodo» los obispa­
dos, todas las parroquias, en una palabra todos los be­
neficios con sus derechos é inmunidades son abolidos y
reducidos á la nada, y sus poseedores reemplazados á
pesar de sus respetuosas reclamaciones. Verdaderamen­
te esta es uua de aquellas medidas extraordinarias y des­
usadas, que según hemos dicho no tiene otra excusa que
la salvación pública y las inevitables ex ¡geneias de los
tiempos. Todo eslo es notable y providencial. Esta época
es lo misma en que los soberanos temporales tuvieron
asalariados hasta entonces en Italia t Alemania, Portu­
gal y Francia (1) teólogos jansenistas, presbiterianos y
febronistas, siempre dispuestos á coadyuvar ó los inten­
tos hostiles de aquellos contra la jurisdicción del papa»
menguándola, minándote sordamente y aniquilandola
ya con los recursos de fuerza, ya con las apelaciones
eventuales, contingentes é inasequibles ante los concilios
ecuménicos; y ve aquí que el monarca mas orgulloso y
zeloso de los derechos de la potestad civil reconoce en el
papa á pesar de las preocupaciones de la falsa filosofía la
mas ilimitada plenitud del poder monárquico y unos de­
rechos tan latos, que algunos obispos católicos se mues­
tran sobresaltados y se creen en el caso de elevar hu­
mildísimas representaciones.
He omitido el artículo 2.° que merece atención:
ÍA santa sede de muerdo con el gobierno hará una nue­
va demarcación de las diócesis francesas. Primero la
santa sede, á la cual sola corresponde el derecho de de­
marcar las diócesis y extender ó reducir los términos
del territorio dentro del cual han de ejercer los obispos
la jurisdicción espiritual sobre sus ovejas. E l artícu­
[1] Por desgracia también penetró en España el fatal
espíritu de novedad , y los partidarios que contaban Tos
jansenistas y febronistas en el consejo de Castilla y en el
supremo gobierno, facilitaron la propagación de ciertos
libros perniciosos, y contribuyeron álos atentados come­
tidos ya entonces contra las facultades y prerogativas dé
in potestad espiritual (tf: di (di RB. de h B. n.). ¡ -
lo 9.° añade que la demarcación de las parroquias no ten­
drá efecto sino conforme á la demarcación del gobierno;
porque la materia es mixtíi y la conveniencia de la po­
testad civil es preciosa paro ia iglesia. De esta sola plu­
mada queda borrada toda la constitución del clero y
confundida la potestad civil, que presume ser el origen
de toda la jurisdicción espiritual.
Vengamos a! artículo 13, en el que debemos deto­
nemos un instante f porque abunda en consecuencias fa­
vorables á la potestad espiritual y á la iglesia. S. Santi­
dad declara que por el bien de la paz y el feliz restable­
cimiento de la religión católica ni é l, ni sus sucesores
turbarán en ninguna manera á los compradores de los
bienes eclesiásticos enajenados, y que en consecuencia
ia propiedad de estos y los derechos y<rentas anexas con­
tinuarán inconmutables en enanos dé los actuales posee­
dores y sus herederos. El papa promete no turbar á los
compradores de los bienes eclesiásticos vendidos; luego
tiene el derecho de turbarlos en la posesión, supuesto
que te renuncia,
Continuemos. En consecuencia del presente concor­
dato y de la susodicha posesion se transfiere la propie­
dad de estos mismos bienes á manos de los comprado­
res, que quedan dueños inconmutables de*jellos; luego
no lo eran antes; luego el presente documento es el que
ha de servirles en adelante de título de propiedad. Cier­
tamente los instrumentos públicos otorgados en toda
forma no tienen términos mas significativos para expre^
sar la traslación de la . propiedad v y con esta segunda
plumada se desvanecen la metafísica de! diputado Tohu-
ret y los pésimos argumentos de Talleyrand en. los esta­
dos generales para probar que la iglesia y las corpora­
ciones eclesiásticas son incapaces de poseer. « Esos bie-
»nesson nuestros, (decia el presbítero Máury defendiendo
el patrimonio.det clero ante !a misma asamblea que
^decretó la venta de ello*); esos bienes son nuestros, por-
»que. nos lian sido donados, porque ios hemos adquirido
»bajo la protección de las leyes * porque son el fruto de
Hiiuestro sudor, de nuestro trabajo, del descuajo de
«nuestros colonos y solitarios. <Y si por desgracia pudie­
r a haberse introducido algún vicio en unos títulos tua
«auténticos, le cubriría la protección del tiempo.»
En el artículo 12 leo una disposición (que no sé
cómo conciliar con la jurisprudencia moderna), según
la cual las iglesias se reputan ser propiedad de los pue­
blos. E l concordato dice que se entreguen á los obispos
todas las iglesias 110 vendidas, en cuanto juzguen necesi­
tarlas para el servicio divino.

S* I H - '
CONFIRM ACION DE TODAS ESTAS CONSECUENCIAS CON
VAIUO S HECHOS AUTÉNTICOS QDE OCURRIERON
EN 1804 DURANTE LA RESID EN CIA D EL P A PA EN
P a r ís .

El concordato se habia firmado en París el 15 de


julio de 1801. Entre su conclusión y su publicación
auténtica que se hizo el 9 de abril de 1802 transcurrie­
ron nueve meses, que equivalían á nueve años para los
católicos, impacientes por ver abiertos los templos y
renovadas la& solemnidades del Señor. Entre tanto Bo-
naparte estaba en el apogeo de la gloria, y los escritores
religiosos le prodigaban á porfía con gran disgusto de
los revolucionarios los nombres de nuevo Ciro y nuevo
restaurador del templo de I>ios. Al tiempo que Tos
papeles públicos anunciaban ta presentación del concor­
dato á los cuerpos legislativos para que le ratificasen, ge
turbó el júbilo de la Francia cristiana con la noticia de­
masiado cierta por desgracia de que se reservaba la’
tercera parle en el nombramiento de beneficios curados
é iglesias episcopales á los clérigos llamados constitucio­
nales. E l partido revolucionario (y nótese que pertene^
cían á él los mas de los magistrados y empleados en las
carreras civil, y milirtar) se creia humillado en la perso­
na de jos clérigos juramentados, que en cierlo modo eran
sus hermanos de armas en la guerra revolucionaria y
bus componeros en la defensa -de la antigua causo. Se
ofrece, decían estos hombres, admitirlos con tal que re-
tracten su juramento, y se alega esta condescendencia
como un gran sacrificio hecho á la paz; pero ¿por ven­
tura no es renegar de la revolución el pedir perdón de
un acto tan glorioso y confesar que es digno de vituperio?
¿Y no recae sobre nosotros el oprobio con que se trata
de mancillar aquella? Bonaparte, hijo de la revolución,
participa de estas ideas, y quiere con aquella voluntad
inflexible que no consiente contradicción, que los consti­
tucionales senn nombrados sin retractarse ó reconciliar­
se; y si á algunos de ellos les remuerde el juramento,
pueden explicarse en el sigilo del fuero interno y del
santo tribunal; mas la ley no puede dar fuerza á seme­
jante acto sin deshonra de la revolución. Por otra parte
la iglesia considera como inconciliable con su constitu­
ción divina la reconciliación de los excomulgados sin
ninguno abjuración del error y sin ninguna absolución
de las censuras incurridas por el delito de cisma y he­
rejía, pedida y alcanzada por la súplica y el arrepenti­
miento, En efecto si con aprobación suya y 9in retrac­
tación previa puede ser rehabilitado un solo hereje en
todos los derechos de un hijo de la iglesia y admitido á
la participación de los sacramentos, confiesa aquella
que se ha equivocado, abjura su infalibilidad, hace fla­
quear la certeza de lodos los juicios y decisiones dadas
desde el tiempo de los apóstoles, autoriza á todos los
herejes condenados para pedir la revisión de sus juicios,
volver á la comunion de nuestra santa madre y partici­
par de todos los bienes sin excluir la dignidad episcopal;
y no puede negárseles su pretensión.
Bonaparte no entendía esto, y le parecía inexplica­
ble semejante resistencia á su voluntad. Mas el legado y
la legación miraban la preconización de los constitucio­
nales como el último grado de la condescendencia. Su
retractación debía ser una condición de su institución
canónica, de que no podía dispensarios el papa; y se
asegura que monseñor Sula, secretario enlonces de la
legación, hablaba un lenguaje ton firme é inflexible so­
bre el particular, que Bonaparte quiso tener explica­
ciones con él, y viendole irrevocablemente decidido á
no desistir le amenazó enviarle como preso de estado de
brigada en brigada hasta las fronteras de Italia. Enton­
ces corrió la voz que el prelado había dado esta intré­
pida respuesta : General cónsul, el dia que V. cumpla
semejante amenaza será el mejor de mi vida.
Éi presbítero Bernier, uno de los negociadores del
concordato, y cuya memoria es tan poco honrosa en
los fastos de la Yendea, mientras la historia le señala su
lugar en los de la iglesia , contemplaba con espanto el
rumbo de esta cuestión : como conocía al cónsul, sabia
que no retrocedería y temia que estrellándose el con­
cordato en este escolio pereciesen con ól sus esperanzas
de engrandecimiento y prosperidad. La religión santifi*-
caba sus temores» y él en vez de abandonar ia conduc­
ción de la barca de san Pedro á su divino piloto cree
poder preservarla del naufragio por una artería de su
política , y escribe al cardenal Caprara: Os ruego con
las lágrimas en- los ojos que salvéis la religión. Én una
conferencia tenida con el legado, cuyo caracter no es­
taba exento de debilidad, conciertan los dos negocia­
dores este plan, en que se trasluce mas ta astucia ita­
liana que el vigor apostólico. El legado nombra á Ber-
uier comisario suyo para que reduzca los constituciona­
les á dar satisfacción á la iglesia, y en virtud del infor­
me de este promete despachar ó negar la institución.
Los constitucionales conocían su situación y sabiati que
podian contar con el gobierno, quién los sostendría en
su terca resistencia. A la proposicion del comisario para
qué retractara el juramento, y á la oferta de expedir­
les la absolución de las censuras dan esta respuesta con­
tumaz, que ño tardarán en publicar por la prensa: «Yo
«abandono esta constitución en vista de que la nueva la
»háce impracticable; mas lejos de retractarla continúo
»amandólá y respetaodola, y lejos de arrepentírme de
«haber si4o fiel á ella no conozco en mi vida pasada un
»acto mas laudable y digno del galardón eterno que el
»de haberla obedecido. V. me ofrece la absolución de
»ías censuras; pero se olvida de la regla que le prohíbe
wabsolver ai que no se arrepiente y no pide perdón y
wabsolucion.n No obsLante esta respuesta Bernier les
puso en la mono la absolución del legado, y el consti­
tucional Lacombe asegura en la, relación de esta escena
publicada por él que el compañero suyo que habló tal
lenguaje á Bernier, arrojó al fuego delante de este
la absolución del legado. «Por mi parte, dice, no fui
apremiado con semejante oferta: bien sabían que yo no
aera mas sufrido que los otros.» No obstante una con­
ducta tan obstinada en la herejía creyó Bernier que le
autorizaban la urgeocia de las circunstancias y el peli­
gro de la religión pura escribir al legado que los consti­
tucionales habian dado satisfacción ála iglesia y que ha­
bia creído poder absolverlos de las censuras. Este mis­
terio de iniquidad solo era sabido de unos pocos buenos
que estaban profundamente afligidos. La iglesia romana
podía afirmar con justa razón que no habia tenido nin­
guna parte en él, porque se habia tramado y consuma­
do sin su conocimiento , y ella no habia abierto su apris­
co á aquellos malos clérigos que entraron por la
puerta falsa del fraude y la mentira. Con todo eso tan­
tos pastores cubiertos de la ignominia del cisma y la
herejía , con la cabeza erguida y vanagloriosos de su in­
trusión eran para la iglesia galicana como una Haga se­
creta que aíligia á muchas diócesis, y para la universal
una vergüenza , un oprobio, un lunar feo de que estaba
como manchada. En esta coyuntura vino en su auxilio
la Providencia, y los menos perspicaces conocieron que
el Espíritu Santo velaba por la conservación de la iglesia
y dirigía á este fln todas las escenas que pasan en el
teatro del mundo. Bonaparte cada vez mas envanecido,
y orgulloso quiere proporcionarse nuevas satisfacciones
de gloria , y fermenta en su ánimo una serie de proyec­
to* fastuosos, en que se trasluce una arrogancia nunca
vista. Quiere declararse emperador y crearlos títulos
pomposos y las dignidades que componen una corte im­
perial en el seno de aquella república , cuyos mas nota­
bles ciudadanos se jactaban no bá mucho de conculcar
todas las distinciones sociales: quiere condecorar á sus
parientes y generales con todas las insignias de honor y
los magníficos trajes que deslumbraban en los días mas
gloriosos del reinado de Luis X IV . Proponese ademas
convocar en Paris á todos los representantes de la nación
francesa, llevar allí al sumo pontifico para recibir ía
corona imperial de las augustas manos de este y apare­
cer al mundo con la gloria de un Cario Magno, mientras
puede conquistar toda la de que se sació Alejandro en
los últimos instantes de su vida. Pió V I I condesciende
con la solicitud del cónsul; pero conoce que despues
de tal. abnegación de si propio y de su suprema digni­
dad y despues de los trabajos y fatigas de lan larga
peregrinación .enmedio de su ancianidad y achaques,
Bonaparte que aun no era dueño del mundo» debia dar
al pontífice grandes testimonios de gratitud. El cónsul
comprendió lo que exigía la dignidad, y conoció que de­
bía reprimir su orgullo. A mas de los honores calcula­
dos con cautela que se tributaron en Paris al papa,
obtuvo este algún valimiento por un breve espacio que
pasó 'como el relámpago, sucediendose aquella mu­
chedumbre de ultrajes y pesadumbres que han inscripto
su Hombreen el catálogo de los ¿onfesores y mártires,
y el de .Bonaparte entre ios hombres mas ingratos y los
perseguidores mas injustos de la iglesia.. Dicese .que
Pió V i l presentó al emperador una larga memoria, en
que expresaba sus quejas sobre las grandes calamidades
que afligían ó ia iglesia de- Francia. La respuesta fue
coma debia esperarse: algunos cumplimientos vagos de
la misma especie y por el mismo estilo que los de Iqs
sayones que azotaron ¿ Cristo. Con todo.S., Santidad- fue
feliz en las,quejas que dió acerca de la intrusión y pro- ,
mocion de los constitucionales al episcopado por haber
sido sorprendida la religión de la santa sede con el dolo
y la mentira. Presentó en prueba los escandalosos es*
critos que acababan de publicar aquellos haciendo alar­
de de su obstinación en et error como de un título de
gloria. Bonaparte que veía comprometido el honor de
su concordato y observaba la iglesia chica (1) y Si sordo
descontento y síntomas de rebelión de la Vendea, aco­
gió propicio esta petición del papa. Los obispos consti­
tucionales recibieron orden de la. policía para Acercarse
al papa y darle la satisfacción que exigía, S. Santidad se
avocó con ellos y les intimó que retractaron el juramen­
to á la constitución civil del clero, suscribieran á los
breves de su predecesor, y desaprobaran los escritos
censurables que acababan de publicar profesando su obs­
tinación en el cisma. Y como diesen unas respuestas
negativas, dilatorias y evasivas respectivamente , aquel
mansísimo pontífice levantóla voz, habló como sobe­
rano y amenazó á unos hombres tan pertinaces en la
herejía con ia pena de excomunión: ia firmeza de Ja ca­
beza de la iglesia los dejó confundidos (2). Bonaparte, su
emperador en lo espiritual y temporal, quería ser obe-
(1) Se llamó en Francia la iglesia chica (la petiie
église) ó de los anticoncordatarios la reunión de unos po­
cos hombres díscolos y propensos á la rebelión, que levan­
taron la voz contra el concordato de 1801.
(2) Asegúrase que en el curso de estas conferencias
Pío V II habló asi á los constitucionales: «No quiero pre-
»valerme del privilegio de la infalibilidad de la santa sede,
»en la que no creen * W . ; pero Ids galicanos no po-
»nen en duda un juicio dogmático de la cabeza de la
wiglesia, aprobado expresamente por la universal y sus­
crito por lá máxima parte.de los obispos del orbe cató­
dico. Pues actualmente sn halla en los archivos de la
«iglesia romana la prueba auténtica de haber suscrito á
»los breves de mi predecesor Pió VI los mas de los obis-
»pos que ocupan las sillas mayores del universo.» A este
argumento solo respondían ooñ el silencio los obispos
pertinaces. Añádese ademas que el bondadoso Pío V II,
viendo la confíision en qué estaban, les dijo con ámable
sonrisa: Es in sacco.
decido; y como sabían en qué aprieto podía ponerlos Id
resistencia á los mandatos de aquel, hicieron -la retrac­
tación exigida, conservando tal vez sus opiniones en el
corazon. Con todo se cerró la llaga de la iglesia, y
Pío Y1I estimó esta victoria ganada al error como una
recompensa superabundante de todas las penalidades y
fatigas de su viaje.
La conducta de Bonaparte en esta ocasion es una
confirmación nada despreciable de todas (as pruebas
que hemos alegado hasta aquí tocante á la supremacía
de la iglesia en el orden espiritual. Aquel orgulloso so­
berano reconoció entonces al papa con toda Ut plenitud
de la monarquía espiritual. El emperador que no igno­
raba nada, ni aun la teología, discurría doctamente con­
tra los constitucionales de Francia, y los estrechaba
con sus argumentos como en otro tiempo Jacobo I de
Inglaterra á ios presbiterianos. Los diarios asalariados
por el gobierno imperial ponderaban la autoridad del
papa y la hacían superior á la de los concilios, diciendo
cosas que quizá la Sorbona hubiera mandado borrar
de sus conclusiones autes de 1790. Bonaparte que des­
pues de haber sido excomulgado por el pontífice de­
cía en tono de burla: Yo estoy á caballo sobre los cuatro
artículos y me rio de la excomunión del papa; aquel
hombre soberbio era en la ocasion á que nos referimos
una especie de protector de la iglesia, armado de punta
en blanco para defender los derechos del sumo pontífice
y sostener la autoridad de I03 juicios dogmáticos de este.
«En los tiempos modernos en que son raros é impracti-
^cables los concilios, ¿qué defensa quedará á la iglesia
«contra el error si se conmueve la firmeza de los juicios
»de la santa sede?» Este era su lenguaje, y en ver­
dad que no hubiera hablado mejor la escuela de la Sa­
piencia.
Lo mismo decían todos los periódicos conocidamente
pagados por el gobierno. Asi una fuerza superior domi­
naba á aquel hombre extraordinario y le impelía sin sa­
berlo él á confesar claramente la misma autoridad qae
iba á desconocer dentro de pocos dias por medio de
atentados tan sacrilegos, y á ensalzar como el soberano
de las cosas divinas al mismo vicario de Jesucristo que
estaba en vísperas de sepultar en un calabozo y cargar
de grillos como un súbdito insubordinado y rebelde á su
supremacía religiosa. Semejante voto le tengo por mas
concluyente que una serie de doctores y concilios con­
tra los adversarios á quienes impugno.

S- IV-

LA D ELIBER A C IO N DE NUESTROS CUERPOS L E G IS L A ­


TIVOS iín 1826.

No menos concluyente que las anteriores me pare­


ce esta cuarta prueba. Un ministro det rey proclamó
esta misma doctrina eu un cuerpo legislativo como un
dogma de la religión del estado. La revolución de 1830
no ha podido cambiar ni modificar los dogmas de la re­
ligión católica , porque la nueva carta al prometernos
mayor cantidad de libertad no excluyó de esta garan­
tía la libertad de religión, la libertad de conciencia. El
ministro que hablaba en nombre de su rey, á quien no
era disputada ta potestad de reinar y gobernar, se ex­
presaba así delante de Benjamín Gonstant, Casimiro
Perier, el general Foy y muchos de los autores y funda­
dores de la constitución actual. Aunque aquel ministro
era un obispo, fue escuchado con tanta atención por la
asamblea y ios diputados de la oposicion antedichos, que'
el mismo Perier exclamó: Viva el obispo.de Bermópolis,
viva su tolerancia. Pues este discurro que cito aquí
textualmente, es nada menos que un resumen preciso
y sustancial de la doctrina explicada en este libro, la
cual se expresa con la claridad, nobleza y dignidad que
se admiran en los discursos religiosos ó políticos de tan
Célebre orador.
«Señores , desde el principio de la legislatura se
han. levantado en esta cámara algunas quejas respecto
del clero, se han hecho observaciones sobre su estafo
presente en nuestro nuevo sistema político, y se han
manifestado deseos para la mejora de su suerte y su
mas completo arreglo.
»Esas quejas, observaciones* y deseos no han que­
dado dentro de las paredes de este recinto, aino que
naturalmente se han extendido en lodo el ámbito de la
Francia por el vehículo ordinario de los papeles públi­
cos ; y quizá no es indiferente para su sosiego que todos
estos objetos se discutan con alguna madurez y se re­
duzcan á su justo valor.
«Yo me propongo dar hoy algunas aclaraciones so­
bre estas materias, complaciéndome en que sea de­
lante de unos diputados-que toman con singular empeño
los verdaderos intereses de la religión y de la patria, y
que siendo llamados á pesar aquí el destino de la Fran­
cia deben dar tanta importancia á lo que puede ase­
gurar la paz doméstica y civil, tranquilizar los espíritus
agitados y curarlos en fin, si es posible, de no sé qué en­
fermedad indefinible que parece atormentarlos en la ac­
tualidad.
- »A dos principales se reducen los cargos que,algunos
creen poder hacer al clero. Primeramente se le acusa de
u d espíritu perseverante de dominación, que propende

á apoderarse de todo y á someter la autoridad temporal


á la espiritual como se dice: en segundo lugar se le acusa
de ultratnontanismo, de una inclinación muy decidida
á favor de opiniones extrañas y‘ poco conciliables con
las libertades de la iglesia galicana. Señores, examinaré
sucesivamente estas dos acusaciones.
«Conozco muy bien que mi situación es delicadísi­
ma por la naturaleza de la^ cosas que tengo que tratar,
sobre todo en los tiempos presentes, Probablemenle la
cámara lo conoce como yo, y quizá algunas personas
han entrado ya de antemano en cuidado sobre lo;-.que
voy á decir.; pero que se tranquilicen. SitLd¡simular m i.
modo de pensar no diré nada que no deba decirse: ; no
sé si me engaño; pero me atrevo á creerme tan incapaz
de exageración como de pusilanimidad. Sin duda seria
temerario buscar cuestiones difíciles ; pero á laB veces
son inevitables, y cuando ocurren, es preciso tener va­
lor para ventilarías. Puedo decir también que no care­
cen de atractivo por lo mismo que no carecen de peli­
gro: este es un combate, y he experimentado con
mucha frecuencia que no ero imposible saiir felizmente
de él siendo franco en las ideas y comedido en las ex­
presiones. Estos armas han sido siempre las nuestras,
y con ellas voy á examinar el primer cargo hecho al
clero, el de su espíritu de dominación y usurpación.
»No se trata de detenerse en vagas alegaciones que
una vez publicadas van tomando cuerpo á medida que
se apartan de su origen, y acaban muchísimas veces por
dominar ol vulgo y aun alucinar ó los sabios. Las prue­
bas de ese espíritu de usurpación y dominación han de
buscarse ó en las doctrinas profesadas por el clero so­
bre su autoridad espiritual que exagera y lleva mas
allá de todo término, ó en arterías secretas mucho
tiempo ignoradas, pero que descubiertas por fin Imn
manifestado tal espíritu dominador, ó en hechos pa­
tentes cuya existencia sea imposible negar.
«¿Deberé hablar primero de nuestras doctrinas?
Mas las doctrinas qué profesamos no son nuevas : nos­
otros no las hemos inventado, sino que las hemos re­
cibido como una herencia preciosa para transmitirla á
los que vengan despues. Nuestras doctrinas son las de
Bossuet y Fleury, del antiguo clero de Francia, tan cé­
lebre en el mundo entero por su elevada ilustración, y
de la antigua Sorbona, esa escuela de teología tan nom-
brada en el orbe, y aun pudiera decir que las de los varo­
nes mas venerables por su ciencia y graves costumbres
que ha tenido la magistratura francesa , tales como loa
Talón, los Domat, los d’Aguesseau. Ved aquí estas doc­
trinas en toda su pureza.
«Dentro de toda nación católica existen dos autori­
dades, la una espiritual instituida por Dios mismo pa­
ra íatréglar las cosas de la religión, y la otra temporal
que entra igualmente en los fines y designios de la
Providencia pura la conservación de los sociedades bu-
manas y fue establecida para ordenar las cosas civiles
y políticos. A la primera-corresponde por institución
divina el derecho de decidir sobre la f é , la regla de las
costumbres, la administración de los sacramentos y la
disciplina que se refiere á las cosas santas y al bieá es­
piritual de los pueblos. A la segunda pertenece el de­
recho de arreglar lo que mira á lus personas y propie­
dades, loa derechos civiles y políticos de los ciudadanos.
.«Señores, ni á los pueblos, ni á los magistrados ¿ ni
á los príncipes se les dijo: Id , enseñad A todas las na­
ciones: estas palabras inmortales se dirigieron al cole­
gio apostólico cuya cabeza era san Pedro, á sus suceso­
res, quiero decir al cuerpo de los primeros pastores, á
los obispos unidos con el sumo pontífice su cabeza; Mas
tampoco dijo el Salvador del mundo á los’pontífices de
la nueva ley: Id, gobernad la tierra: los príncipes y
reyes no son mas que vuestros lugartenientes. Si su au­
toridad compromete la suerte de la religión que os está,
encomendada; declaradlos destituidos del trono. Este no
es el lenguaje de los libros santos. Nosotros hemos
aprendido del Evangelio á dar 6 Cesar lo que es de
Cesar, y de san Pablo á respetar las potestades consti­
tuidas y observar las leyes no solo por temor, sino por
conciencia.
»Es verdad por un lado que el magistrado y «1
príncipe están sujetos lo mismo que el pueblo á la igle^*
sia en las cosas espirituales*, pero también por otro el
pontífice, el sacerdote y el levita están sujetos al estado
como el simple fiel én las cosas civiles; y asi se ha de
entender la máxima: la iglesia está en el estado.
»Seg«n la institución divina el pontífice no decreta
ninguna pena en el orden temporal, asi como el magis­
trado no impone ninguna en el espiritual; y el pontífice
no tiene mas derecho de deponer ai magistrado que el
magistrado de excomulgar al ponííficfv ^n
- ¿Qué décimo? ademásT Q íte Jesucristo» fio dió1nin­
guna forma de gobierno á los pueblos, y que si la esen*
cía de la potestad viene de. Dios, la forma viene de ios
hombres. La forma de ios gobiernos varía según las
costumbres , usos, necesidades é índole de los pueblos.
Bien esté la autoridad en mano de uno solo ó de .mu­
chos, bien resida en un rey y unas cuerpos deliberantes
unidos mutuamente, la esencia de aquella siempre es la
misma. La autoridad suprema trae consigo el derecho
de mandar por una parte y la obligación de obedecer
en conciencia por la otra. Esta autoridad entendida, asi
entra sin duda en los designios de la divina providencia
para la armonía del mundo moral, asi como la gravita­
ción para la del mundo físico* Pero al cobo todas estas
cosas pueden experimentar variaciones, y la calidad del
Evangelio es acomodarse á todas las formas de gobier­
no que halle establecidas: a&i lo mismo ha saotiúcado
los estados populares que las monarquías. Antes del
siglo X V I profesaban la religión católica todas las re­
públicas de la Suiza, y aun en el dia los cantones me­
nores, los pueblos quizá' mas felices y libres de la tierra,
son al mismo tiempo católicos y republicanos.
»S¡ no existiera mas que una sola potestad, la espi­
ritual dominando en lo temporal; podría decirse en­
tonces que vivíamos en una especie de teocracia. Si no
existiera mas que la potestad temporal dominando en
lo espiritual, no profesaría ya Francia la religión cató­
lica con todo de ser la de treinta millones de habitan­
tes; porque la piedra fundamental del edificio, el centro
de unidad es el romano pontífice, cabeza de toda la
iglesia y del episcopado. Asi, señores, continúen siempre
unidas ambos potestades para la felicidad común de los
pueblos y de la Francia en particular, y esta alianza
verdaderamente santa conservará BÍempre la monarquía
y la religión de san Luis.»
¿Cómo es que unas aserciones que pasaban en 1826
por verdades indisputables y tan incontrastables que la
misma cámara de diputados ante quien se proclamaban,
creía ver en ellas el espíritu mas puro de nuestro dere­
cho público , han venido' á ser en el transcurso de ca­
torce ó quince años unas antífrasis ó por lo mentís unas
ideas añejas, retrógradas y que se quedan muy atras
de los progresos del siglo?
' Ruego al lector que vuelva á leer aquí la conclusión
puesta al fin de ta parte histórica de este libro.
- m L & m m m

. D EL ¿SCR1T0

DE LOS SEÑORES ALLIGNOL, HERMANOS,


•*
tocamf:

al wtaOo Actual Sel tltxn en F r a n c ia :

iP £ M D I€ ü

A LA IMPUGNACION DE LA HEREJIA CONSTITUCIONAL i

3N && S£K* SKE»3K&3&9

DlHECfOH D IÍL S E S i m it lí ) DE S, SlJLPIC IO ETÍ P A R IS ,


Estaba yo imprimiendo mi obra cuando me vino A
Ins manos la de los señores Altignol. Al ver esa licencia
de doctrina, ese cúmulo de aserciones erróneas ó cen­
surables* ese desprecio del episcopado mal encubierto
con el velo de tantas fórmulas de alabanza y veneración
y ese respetó con que dichos escritores clavan el puña^
experimenté una viva emocion y dije paro mí : dejemos
trabajar á esos teólogos de la nueva Francia* y pronto
habrán formado una teología en que no quede ningún
vestigio de la antigua ni en el rigor del dogma, ni en
la exactitud del lenguaje, ni en el respeto debido á las
autoridades constituidas en !a iglesia.
Antiguamente nuestras universidades diseminadas en
todo el reino parecían otras tantas fortalezas, donde se
custodiaba el depósito de lo fé, ú otras tantas centinelas
avanzadas prontas siempre á dar el grito de alarma en
cuanto se columbraba el error. Nuestros prelados con­
vocados en Paris formaban una junta permanente y pe­
riódica; y si estas juntos y congregaciones no eran el
concilio permanente de las Galias, como ee los quiso
llamar ú veces por honor, eran sin disputa un tribunal
mucho mas competente para juzgar las nialas doctrinas
que nuestras mismas facultades de teología. Detras de
estos muros de ía fé habia un número sin cuento de
hombres doctoá y de docíom siempre pjroútoa para de­
fender stia decisiones con las armas de la erudición,■
de la lógica y de la elocuencia. En el dia nuestros prela­
dos, aislados y sin comunicación entre sí, tío se atreven
á aventurar los actos de su poder judicial sino temblan­
do: se ha agotado enteramente aquel caudal de antiguos
doctores con el cual nos hemos mantenido hasta aquí
de ciencia y doctrina; y ai me atreviera á llevar mas
* allá la metáfora, diria que ca á apagarse la luz y que
el sol se pone. El nuevo clero, no menos entendido y
quizá mas precoz que el antiguo en su talento, es ar­
rebatado y transportado al salir de] seminario enrae-
dio del trabajo activo de la cura de almas, y con se­
mejante ministerio no puede adquirir aquella ciencia
vasta y profunda que forma los doctores y los defenso­
res ilustrados de la religión. En tal estado de cosas la
ciencia divina casi no tiene otro asilo que las escuelas
eclesiásticas, y un seminarista tiene mas vocacion que
antiguamente para defender la fé y confundir á esos no­
vadores, llamados por san Pablo los soberbios contradic­
tores de la palabra divina. Esta es la tarea que estoy
resuelto á desempeñar según mis débiles fuerzas, mien­
tras Dios me conserve In vida. En cuanto el error en
materia de fé, dejando el tono tímido y reservado que.
suele aparentar, se manifieste con el orgullo de los sec­
tarios, y el espíritu de insubordinación levante, el es­
tandarte de la rebelión, yo esforzaré mi voz, y no se
dirá que ha faltado en Francia quien dé el grito de la
fé, que denuncia siempre el error en ía iglesia. Sin duda
otros desempeñarían esta tarea con mas acierto; pero
no viendo á nadie en las filas obedezco á mi conciencia
que me la pinta como un deber. No há mucho nos de­
cía un anciano que el error había penetrado lodo el
cuerpo de la iglesia de Francia,,y la herejía el de la
iglesia romana; y ve ahí unos jóvenes que acusan á
nuestro clero de haber abandonado la. constitución divi­
na de la iglesia y sustituido en Francia un derecho
nuevo al.derecho común, Gon este fundamento se creen
destinados á levantar el gobierno y las leyes de la igle­
sia de entre siis ruinas. Bueno es que se sepa que no
obstante la anarquía que nos aqueja, todavía hay entre
nosotros una reliquia de policía para reprimir tales
atentados.
En tanto que la gravedad de sus acusaciones justifi­
ca la severidad de este exordio , creo deber hacer á di­
chos escritores una declaración que servirá ai mismo
tiempo de proposicion de este opúsculo. Les declaro
pues que su libro contiene una multitud de errores
1.° de derecho, 2,° de hecho,

SECCION P R IM E R A .

ER R O R E S J>E DERECHO EN E L L IB R O D E LOS SEÑORES


ALLlGJíOí.»

Este libro se intitula: Del estado actual del clero en


Francia y en particular de los curas rurales llamados
coadjutores. Nótese bien, los autores nos prometen una
especie de estadística moral y religiosa del clero y de
los coadjutores no de tal provincia ó diócesis, sino
de toda la Francia. AI ver este título fastuoso ocurre
una reflexión. Que emprendan semejante obra el nun­
cio del papa ó el arzobispo de París, esos varones
destinados ó por su estado, ó por su dignidad á corres­
ponderse con todos los prelados del reino y á responder
á sus consultas, sobre todo el representante de la san­
ta sede que reside entre nosotros y que con tal oficio
y tan eminente dignidad tiene un gran conocimiento
de los hombres y de las cosas; pase: con un autor tan
respetable podría disputarse sobre la oportunidad de pu­
blicar tal obra ; mas no sobre la nocion que tiene en la
materia. Mas ¿se hallan en este caso los señores, Allig-
nol ? Con solo ver el título de su libro ¿ no está uno ten­
tado por decirles: sois capaces de cumplirle? ¿Dónde
eslan vuestros caudales * vuestra proyision de ciencia
sobre los hombres y las cosas para edificar esa torre y
sufragar tos gastos de la guerra? ¿No temeis os su­
ceda lo que previó el divino maestro cuando dijo: Ccepü
mdifieare, el non politii consunimare? A. esta pregunta
responden: E n veinticinco años que llevamos de ejercer el
ministerio de coadjutores hemos tenido tiempo de descubrir
la profundidad de los males que afligen al clero en el
estado en que actualmente se halla en Francia esta
parle del santo ministerio. Yo respondo negamlo la cón-
secuencia é . insto con este argumento: ¿habéis visitado
todas las iglesias del reino? ¿Habéis residido en cada
una de ellas el tiempo necesario para conocer por me­
nor toda la profundidad de los males que las afligen?
¿Habéis conversado con los prelados que las gobiernan,
y con los vicarios generales que no forman mas que una
misma persona moral con ellos en el gobierno? ¿Os ha­
béis puesto en relación con los arcedianos, arciprestes
y otros superiores eclesiásticos, depositarios de la auto­
ridad episcopal en todo < 5 en parte? Eslos señores ¿os
han descubierto el secreto del estado en que se en­
cuentran. sus súbditos? ¿Os.han manifestado lo bueno
y lo malo, lo fuerte y lo flaco? ¿Os han participado
los curas y coadjutores mas notables lodos, sus conoci­
mientos locales? A todas estas preguntas la respuesta
que dan los dos autores ó íirmatites responsables de la
obra, es eHa: Ocupadisimos nosotros en nuestro minis­
terio, conociendo muy poco el mundo, escribiendo en
medio de ¡os bosques, faltos. xlel auxilio de los libros y
del consejo de personas instruidas en la materia...,, no
seria extraño que se nos hubieran escapado algunos, yer­
ros ó inexactitudes en mieslra obra. Mas un hombre
juicioso repone: vuestras observaciones son excelentes;
pero es para probar que no debíais escribir sobre la
materia; escribid acerca del estado dé la diócesis en que
residís* de su clero y comijuLores, y examinad ademas
si conviene imprimir vuestro :escrito. Mas si contra.el
precepto de modestia en el título, recomendado tantas
veces por los maestros del arle, anunciáis una estadísti­
ca moral y religiosa de todas las diócesis de Francia;
os pitfecereis á un viajero que llegando é París se detu.
viese en uno de los arrabales, y sin pasar mas adelante
escribiese un libro con este título: Descripción geográ­
fica de Paris, sus iglesias>sus monumentos de arqui­
tectura , sus calles y sus- plazas públicas¡: (i);
1Pero prosigamos. Concedo desdeJuego á estos escri­
tores que los hechos referidos por ellos son verídicos é
incontestables. Aun en este caso ¿es oportuno publicar­
los? La iglesia está cercada de enemigos irreconciliables,
siempre en acecho para descubrir las anécdotas calum­
niosas ^reunirías y publicarlas en la crónica del es­
cóndalo; pues ¿á qué viene pertrechar de armas el
arsenal del enemigo? Hoy que el partido protestante
confederado con; las mas de las potencias europeas tra­
baja en la destrucción del catolicismo con tañía tenaci­
dad y casi estoy por decir que con fruto desgraciada­
mente para nosotros, ¿es esta la ocasion oportuna á
los ojos de un amigo de la religión para descubrir las
injusticias de algunos ministros suyos, exagerarlas y
acriminarlas? ¿No es mas bien la de ocultarlas á la
vista del público y cubrirlas con un manto, como harían
con su padre unos hijos sumisos y respetuosos? Cuando
loa magistrados acaban de hacer la señal del.peligro y
publicar la extremidad del apuro; en el mismo instan­
te en que se ve á todos los ciudadanos honrados reunir
sus esfuerzos y no pensar mas que en correr á las armas
y exponer su hacienda y su vida por defender la co­
sa pública; ¿es este el tiempo á propósito para que 53
dividan los sacerdotes por ruines cálculos de interés ó
de amor propio, cuando el estado y la religión están en
peligro?
Y aquí merecen los hijos de la luz el cargo que les
hace el divino maestro; es á saber, que se muestran me­
nos cuerdos y prudentes que los hijos de las tinieblas.
Los enemigos de Dios están divididos y separados por

■'(I) Cuentase la historia de aquel viajero, que recien


llegado á la posada tuvo una breve disputa con su hués­
peda’, y al punto escribió esta observación en su diario;
. i m wujeres de esta ciudad son agrías y tercas.
tantos motivos de odio y discordia como intereses y pa­
siones contrarias hay entre elIqs; y sin embargo á la
primera señal para que acudan á pelear contra Dios los
vemos, dar tregua á^sus odios, acallar las disensiones y
marchar unidos como si fueran un solo hombre bajo las
órdenes del jefe que los manda. Pero aquí me detengo
porqjue el lector entendido adivina la consecuencia, y te­
mo que mis adversarios me imputen la culpa que no
tardaré yo en censurarles, y consiste en sustituir las
declamaciones déla retórica ¿.las pruebas de la sana ló­
gica; Y ve aquí mi primer medio prejudicial contra el
escrito que impugno: 1.° es inoportuno: 2.° está escri­
to sin conocimiento del asunto, Ahora voy á entrar
en:materia y enumerar los errores de derecho conteni­
dos en este libro,
I.

E l primer* error se lee en el capítulo 1.° de Ja je ­


rarquía eclesiástica páginas 4 y 5. «Los obispos pues
son.superiores á los presbíteros en cuanto á la potestad
de orden y jurisdicción. Nosotros no juzgamos que;esta
superioridad sea una institución humana, y creemos que
es de derecho divino, no obstante lo que han escri­
to algunos autores católicos por otra parte respetables.
Asi lo sentian los mas de los padres del concilio triden-
tino,»
La superioridad de los obispos sobre loa presbíteros
no es una de aquellas cuestiones que se llaman teológicas
en las escuelas para distinguirlas de las proposiciones
llamadas artículos de fé mlálka, ni una de aquellas opi­
niones abandonadas á la libre disputa de los teólogos*
sobre las cuales es lícito, sostener la afirmaliva y la ne­
gativa sin ofender. la fé. Esta cuestión debe sentarse asi
en tesis: proposicion cierta, incontestable en materia
dejé ; y era la creencia no de los mas r sino de todos los
padres unánimes del concilio de Trenzo. Sj este no . la
erigió en dogma insertándola en; $u declaración cotí. Ia
expresión jure divino, en cierto modo esencial para ex-y
presar esta idea; tenia para ello Tazones de profunda sa­
biduría, y nuestros contrincantes citan la principal de
ellas refiriéndose á Pallavicini. Ademas el santo concilio
enuncia la cosa en un lenguaje casi equivalenteá una de­
finición de fé. Dice qqe la gerarquía eclesiástica «S de
derecho divino y . que Ws obispos ocupan ¿a cumbre de
ella: ahora bien la ¿cumbre de una institución divina
no puede ser una institución humana. Añade que los
obispos son los sucesores de los apóstoles: ahora bien
estos no habian sido llamados al apostolado por la auto­
ridad de los hombres. De aquí infiero que un escritor
que defiende la proposición contraria > mas merece el
nombre de temerario que de teólogo respetable. Solo co^
nozco uno llamado Travers (1) que haya defendido esta
opinion errónea; y si es respetable, la iglesia le ha res­
petado muy poco» pues que le ha censurado. Si el autor
conoce un escritor de buena nota en lo teología que de­
fienda esa opinion; debería á ejemplo de los teólogos
exactos citar el nombre de él al pie de la página..

II.

. En el mismo capítulo página 3 se lee: « E l sacerdo­


cio es único, el mismo en los presbíteros y en los obis­
pos. Los presbíteros pueden hacer las mismas funciones
sacramentales que los obispos excepto la del orden. Quid
facit episcopus, dice san Gerónimo,^excepta ordinalione,
quodnon facial presbyier? Vorque en la iglesia de Orien-^
te los presbíteros han administrado y administran aun
la confirmación, y en la latina pueden conferirla con.el
consentimiento del papa.»
(1) Este era un sacerdote jansenista y apelante, de la
diócesis de liantes, y publicó en 173o úna Consulta sobre
la jurisdiccíon necesaria para confesar , que fue censurada
poir la Sorbona y por los arzobispos de Sens y Embrun.
Despues dió á luz un enorme libro sobre las facultades
del prim ero y segundo ord en , y también,fue censurado y
notadas de herejía veinte y siete proposiciones.
Todo esto es falso, ambiguo é inexacto. E l sacerdo­
cio es único; pero admite grados, y en esta escala¡el
obispo ocupa la cumbre: allí está separado del¿présbite^*
ro no por un grado único, es decir, por la potestad de
conferir el orden, sino por dos, que indican los dos sa­
cramentos cuya colacion le está reservada, á saber el
orden y la confirmación; porque el presbítero solamente
conGrma en casos extraordinarios y de excepción„ y en-
íonces la administración de este sacramento no tanto es
en él una función sacramental emauadade su potestad de
orden, cuanto de una jurisdicción delegada, ácuya dele­
gación solo sirve de fundamento el orden. La cosa se ma­
nifiesta palpablemente por este ejemplo: un obispo intru­
so y sin jurisdicción administra el sacramento dela confir­
mación: pues es válido, imprime caractep y confiere ia
gracia á un sugeto bien dispuesto. ¿Por qué? Porque esta
facultad emana en él principalmente de su potestad de or­
den. Un presbítero sin delegación de la santa sede dispen­
sa el mismo sacramento: pues es nulo y de ningún efecto
y debe reiterarse: la razón es que no emana en él como
en el obispo dé una potestad cuya esencia y sustancia
constituye el orden. De donde se sigue que el presbítero
no ha recibido en su ordenación masque una potestad de
orden incompleta con respecto á la confirmación, que se
reduce á una simple aptitud para administrarla por comi­
sión. Ademas los autores parece que ignoran aquí la infi­
nita distancia que en materia de sacramento separa la po­
testad ordinaria de la extraordinaria. En. cuanto al texto
de san Gerónimo con que corroboran su sentir, está tan
trillado, y los escuelas le han explicado tantas veces y
reducido al sentido ortodoxo, que Bossuet le llama una
objeción vulgar , y los antiguos licenciados-en teología
sabían de memoria la respuesta..

... n i. :...,

En el capítulo 2.° donde se trata, de la autoridad


del cura en su parroquia, deciden los autores que á,éh
solo corresponde el derecho de elegir su teniente con
exclusión del obispo: E l derecho común lo quiere asi, y
tal es la opinion de la mayor parle de los canonistas. La
proposición contraria es la verdadera. Según el derecho
común y el sentir de la mayor parte de los canonistas
esta prerogativa desde el concilio de Trento ha pasado
al.obispo por derecho de devolución; mas no quiero dis­
putar en materia dudoso. Concediendo á los adversarios
todos sus pretensiones digo que no tienen razón de to­
mar pie de ahí para equiparar la potestad de los curas
á la de los obispos, y alborotan mucho por nada. Et obis­
po puede reducir á la nada ese derecho por un simple
acto de su voluntad, porque ellos mismos convieneíken
que á él solo corresponde la aprobación é institución, es
decir, la misión dada al sacerdote, y que es en este el
origen de toda jurisdicción. Sentado esto discurro asi,
el cura elige un teniente que no es del gusto del obispo:
y este no quiere aprobarle éinstituirle: forzoso será que
el cura se baje y reciba el elegido de su obispo, Y a l'
decir.esto confieso que en buena correspondencia debe
ser favorablemente recibida y aprobada la presentación
de teniente hecha por el cura á su obispo, salvo razones
poderosas. Mas el objeto de mi discurso es mostrar á
nuestros censores que todo Ies parece bien , hasta unas
¿imples légatelas, para ensalzar al cura y levantar su
pedestal á la altura del trono del obispo.

1Y.

En la página 36 y siguientes se dice que el obispo


está obligado á expensas de su sueldo ó de su patrimonio
á-proveer á la manutención de un clérigo á quien orde­
nó sin título patrimonial ó beneficia). A esta proposición
aplicóla fórmula tan sabida de las escuelas, Iranseat;
lo cual equivale á decir que podria negarse con razones
no menos concluyentes que las de los otros; pero solo
quiero disputar coti ellos por lá necesidad de la fé. Pa-
receme bastante claro que ha caido en desuso el anti-
guo derecho sobre este punto y que hablando en general
es hoy impracticable.
V. -

Llegamos á tratar de unos errores de derecho mas


graves ¿ importantes. Los autores hablan largamente
desde la página 17 á la 57 de la autoridad de los curas
1.° en el gobierno de las diócesis, 2.° en el de la iglesia
universal.
- Según la doctrina que he defendido constantemente
en todo el libro á que sirve de apéndice este opúsculo,
los derechos gubernativos de los presbíteros y curas en
las diócesis y en la iglesia universal no son nada; y su
verdadera expresión es cero. E l Espíritu Santo lo dijo, y
su palabra vale mas que la de estos escritores: Dios en­
comienda el gobierno de su iglesia á los obispos: P o su ü
episcopos regere ecclesiam Dei. Para inculcar mejor el
sentido de esta expresión hemos explicado con alguna
extensión la constitución, es decir, el gobierno de la igle­
sia i monarquía templada por la aristocracia: la cabeza
de la iglesia ejerce la plena potestad monárquica, y los
obispos en sus diócesis son el elemento aristocrático que
la templa. Los obispos son príncipes en su diócesis res­
pectiva, y bajo la dependencia del papa están investidos
de todos los derechos realengos en el principado de su
iglesia. Como legisladores publican leyes sobre el culto
y la disciplina en forma de estatutos y edictos, y estas
leyes ligan la conciencia igualmente que las de la iglesia
.universal. Como jueces decretan penas canónicas sin ex­
ceptuar la excomunión que en el orden espiritual repre­
senta la pena capital , y los presbíteros wo tienen ningu­
na parte en este poder supremo. Querer hacerlos parti­
cipantes de di bajo cualquier forma es el error de los
presbiterianos, el cual consiste esencialmente en dividir
la potestad legislativa entre los obispos y los presbíteros,
hacer á estos los consejeros necesarios del obispo, siendo
su consentimiento .una condicion esencial para la validez
de la ley, y darles vos no solo consultiva, sino delibera-
ti va. Esta pretensión se encamina á degradar al obispo
de su potestad legislativa y suprema y rebajarle á lá con­
dición del presidente de un tribunal ó del gobernador.de
una provincia en lo político, los cuales despues de re^
coger los votos cuya mayoría produce la ley, publican
las resoluciones de la corporacion y hacen que las eje­
cuten los oficiales públicos. Es muy diferente la iiocion
que se ha de tener de la potestad suprema: la voluntad
del soberano es la que crea la ley y le comunica su vir­
tud, es decir, su fuerza directiva y coactiva, esc vín­
culo moral con que liga la conciencia y le impone el
deber de la obediencia. No quiere.decir esto que en los
tórminos de la prudencia , de la ley eterna del orden y*
de la t azón no esté obligado el obispo en conciencia , lo
mismo que el soberano temporal, é,no concluir ni deter­
minar nada grave é importante en materia de adminis­
tración y mucho menos de legislación sin consultar antes
á los vocales de su consejo, deliberar con ellos y pesar
en la balanza del santuario' las ventajas é inconvenientes
de la ley. Aquí la cuestión está en saber si esta conducta
es un deber ó una buena correspondencia para ei obis­
po, utía obligación rigurosa ó un consejo de prudencia,
un vicio radical que invalida la ley en su principio y la
hiere de nulidad, ó bien un simple defecto que la vicia,
mas le deja.su ser y subsistencia, ó hablando el idioma
de la teología un vicio que hace de ella no uíiá nulidad,
sino un pecado , no un acto inválido*, sino ilícito. En una
palabra todo sistema según el cual el, consentimiento
del orden sacerdotal es parte integrante de Ja !ey (>con­
serva la esencia del presbiterianismo y es el radicalismo^
la soberanía del pueblo introducida en el gobierno de
la iglesia.
Apresurémonos á demostrar que este mismo siste­
ma se defiende, justifica y expresa con bastante clari^
dad en, la obra de los señores Allignol, para que no
puedan imputarnos con j,uSticia haberlos calumniado ó
entendido mal:.bien que bastaría indicar solo los títulos
de los capítulos de la gerarquía ■eclesiástica, de la potes-
tad de los curas en el gobierno de la diócesis, de la po­
testad de los curas en el gobierno de la iglesia universal
(potestad que es nula y se reduce á una invención er­
rónea de nuestros autores) para pintarlos como sospe­
chosos de este error* Ya lo hemos dicho en la refuta­
ción de la herejía constitucional cuyos defensores se de­
claran, y la cosa es cierta: los curas no entran en la
constitución de lo iglesia como miembros de la sobera­
nía ni participantes.de la potestad legislativa: el grande
honor que los separa del pueblo, es que poseen la admi­
nistración y están puestos fx la cabeza de este en calidad
de magistrados, administradores y jueces. Mas no nos
cansemos de repetirlo. Los magistrados no son legisla­
dores, ni los jueces miembros de la soberanía: la- ley
saca su fuerza únicamente de la voluntad del'soberano.
No piensan asi nuestros autores. Ellos saben que su
fatal sistema fue ya condenado por ia facultad de teo­
logía de Paris y lo ha sido mas recientemente aun por
Pió V I en sus breves contra la iglesia constitucional, es
decir, por el juicio de la iglesia universa! tal vez mas
unánime que existe en sus anales. No ignoran que des­
pues de condenado un error el lenguaje de la teología
sobre está materia debe ser mas correcto, exacto y se-' ,
vero qué nunca; y sin embargo el suyo lleva el carác­
ter de reprobación marcado por san Pablo; porque ¿no
es una profana novedad-de palabras hablar de .gobierno
de la diócesis y de gobierno de la iglesia universal ¿pro­
pósito de jurisdicción parroquial ? Ademas estas pala­
bras dictadas por la abundancia del error que tienen en
el corazon, concurso, consentimiento del orden sacer­
dotal en la ley, concurso tan necesario é indispensable
que los sínodos donde toman asiento todos los presbíte­
ros, declaran (si se los oye) que la ley estriba «no en la
^voluntad única del obispo, sino en el libre y común
«consentimiento del sínodo: testigo el' de Auxerre, el
» único de los tiempos algo antiguos (añaden con afee-
«tacion) cuyos-actas se han conservado? S i quis hanc
vde/initionem , qiiam ex auctoritale canónica el eommuni
»con$m$u conscripsimus et staluim us. De ahí proviene
«el nombre de decretos ó estatutos sinodales dado á los
«estatutos del obispo; nombre que no tendría ninguna
«significación ni.sentido, si pudiera promulgarlos el obis-
»po solo y sin el concurso del sínodo. De ahí también
»la obligación que tienen los obispos de congregar todos
«los años el sínodo diocesano, y el derecho de ios curas
»de asistir á él y dar libremente su voto. Esta obliga-
»c¡on renovada por el concilio de Trento y que subsiste
«aun, se descubre en las fórmulas prescriptas para la
«celebración délos sínodos. De ahí esta fórmula de r i-
»gor én todos ios edictos ordinarios y pastorales: des:
»pues de-haber tomado el parecer de nuestxos venera-
» bles hermanos los canónigos.» Nuestros autores invo­
can en prueba hasta el nombre de hermanos que suelen
dar los prelados á los curas por condescendencia: esa
palabra los autorizaría también á llamarlos papas desde
que san Gregorio empezó á apellidarse el siervo de los
siervos, servus servorum. De ahí nacen todas las pre­
rogativas de los dos consejos de que debe rodearse el
obispo: consejo ordinario para ios negocios corrientes
que es el cabildo, y consejo extraordinario para los que
penden de la legislación (el sínodo), y por todas partes
consejos no solamente facultativos, sino necesarios: esta
palabra sola expresa todo el fondo del presbitertonismo.
De ahí el derecho que se da en el mismo capítulo á los
presbíteros de asistir á los concilios generales y emitir
su voto, y por esta transformación de un simple privi­
legio en un derecho riguroso se muestra á las claras el
error presbiteriano, En fin es menester cerrar les ojos
para no verle diseminado en todas partes desde la pági­
na 17 hasta la 74.
; Los defensores de este error, cuyas pisadas siguen
nuestros autores, le prueban con autoridades sin fuerza
y con razones todavia mas fútiles. Sus autoridades son
concilios» y citan muchos, Para resolver la dificultad no
hay mas que desvanecer la perpetua ambigüedad que se
nota en todo este aparato de erudición. No hay duda
que los concilios amonestan á los obispos que so aconse­
jen antes de obrar y qUe no determínen nada grave ni
importante, sobre todo en materia de legislación, sin
haber oído antes el parecer de un consejo ilustrado. ¿Y
qué.hombre prudente, cuanto mas el que ejercfc auto­
ridad civil ó eclesiástica, no toma para sí esta advertencia
y la mira como un deber? Mas ¿cuál es el recurso á
este consejo' y- cuál su necesidad ? La omisión de este
deber ¿es-una nulidad ó defecto en la ley, un^vicio que
anule todos los actos de los obispos por falta de potes­
tad, ó un defecto que sin tocar á su potestad deja á
sus actos todo el valor? Repito que ahí está la cuestión.
Mas aquí uos dicen los presbiterianos qué leamos con
atención los cánones, los cuales prescriben textualmente
que lo ley es nula y de ningún efecto por contraven^
cion á este mandamiento. Muy bien ; pero ésa obliga­
ción ¿es general ó particular? ¿Abma los actos legis­
lativos del obispo universal ó especialmente, por ejem­
plo el caso eri que quisiese enajenar los fundos dé’ ía
diócesis, gravar al cabildo, las parroquias y los íuras
con una carga muy pesada, hacer un nuevo breviario,
construir de nuevo unos misales ó antifonarios, y otros
actos de este género? Esa es la cuestión; y si la especie
no es tal ,■ no pruéban nada vuestras autoridades. No
hay duda que la'iglesia puede como soberana atar-la
autoridad del obispo por razones1de sabia economía y
en tal caso los mismos obi$pos: con el papa á su cabezá
son los que han pueBto límites á’ su autoridad, corrió sé
ha dicho juiciosamente. Por estos dos casos^de: excep­
ción suponéis aun mas que destruís la potestad suprema
y absoluta del obispo, porque es visible que el derecho
no puede poner una excepción y una restricción á uri po­
der que no existe. En cuanto á vuestras autoridades su
sentido dudoso y ámbiguo se determina y reduce póVsí
mismo áMa fé pública de la iglesia; mas esta os es con­
traria, como aparece de las condenaciones consignadas
en los registros de la facultad de teología y aun mas de
unos instrumentos de mayor solemnidad, ó saber, Tos
breves del papa Pió V I contra la iglesia constitucional y
la bula Áuctorem ftdei contra el obispo y sínodo de P is-
toya.
Las razones de estos escritores prueban todavia me­
nos que sus autoridades, porque son declamaciones sa­
cadas de los lugares comunes de la retórica mas que de
las fuentes de ia teología y una afectación sentimental, ó
que sirven de testo el Evangelio y las lecciones que
nuestro Señor dió á los obispos en la persona de los
apóstoles. Mas nuestros prelados saben todo esto: asis­
tieron en espíritu al lavatorio y repiten todos los años
esta tierna ceremonia. Han meditado sobre estas pala­
bras que les dirigió nuestro Señor en aquella ocasión
solemne: Los reyes de la tierra afectan usar palabras de
imperio en sus actos y ostentar magnificencia en su re­
presentación; y en esto no son reprensibles. Pero vues­
tra conducta ha de ser muy otra: siendo los primeros
en dignidad sed como los últimos entre vuestros súbdi­
tos, y manteneos á sus pies por la humildad, mientras
que estáis encargados de gobernarlos por la dignidad,
Estas advertencias que los prelados saben muy bien, no
hay necesidad de que se las repitan hasta el fastidio
unos hombres que no tienen título para dárselos, sobre
todo cuando esos mismos consejeros son incapaces de
sostenerlas con la autoridad del empleo y menos aun del
ejemplo. Estos nos traen á la memoria la ridiculez pe­
dantesca, cuando no fuera impía, de muchos filósofos
nuestros, que ostentan pomposas máximas en sus nove*
las y dramas (1).
A mi juicio dos grandes manantiales de nuestros
errores son el abuso de las verdades generales y de los
ejemplos de la antigüedad. No hay un sofista que no
alegue alguna gran verdad, y de ahí parte para llegar
á los errores mas graves por via de deducción. En cunn-

. (1) La novela á e B e lis a r io abunda en sermones de mo­


ral, y es sabido que Voltaire la ostenta también con mucha
pompa en sus tragedias.
t . 45 . 31
lo á loe ejemplos de la antigüedad se ha criticado á
Fleury que abusó de ellos hasta hacerse detractor in­
justo de los siglos modernos. ¡Cosa notable 1 Nunca lic­
uó mejor el gobierno eclesiástico los fines de mi insti­
tución, ni se mostró mas conforme al divino modelo
que le trazó nuestro Señor;,y no obstante [tunca fue
mas absoluto ni independiente. Entonces no era impedi­
do ni entorpecido por las formas del derecho positivo,
civil y., canónico y por tantas inmunidades y privilegios
que han limitado la jurisdicción episcopal. Bien humilde
era el gobierno cuando san'Pablo decia t los fieles de
su tiempo: «Yo he «■ido enmedio de vosotros como la
nodriza entre sus hijos, débil con los débiles y pequeño
con los pequeños.» Mas el apostol sabia lomar el tono
imperativo cuando escribía á los de Conoto: ((¿Queréis
probar mi autoridad y que me presente entre vosotros
con la vara en la mano?»
¿Qué cosa mas prudente que guiarse p a r a obrar de
un consejo? Mas en la práctica sucede con esta máxima
lo.que con (odaslas de la prudencia: l a diversidad délos
tiempos puede introducir circunstancias locales y tem­
porales que la llagan impracticable. No sal gamos.,de la
cuestión presente. Dicese que los obispos mas santos de
los tiempos apostólicos no ejecutaron nada sin consultar
á sus presbíteros ¿Y nuestros cabildos y canónigos son
una imagen fiel de uquel senado venerable? La voz pú­
blica había señalado á los individuos que le componían
como la honra del clero, y eran unos hombres elegidos
por los obispos y de la devocion de estos. Mas los ca­
bildos de la antigua Francia ¿qué eran en su parte per­
sonal? Muchos canónigos eran clérigos jóvenes, á ve­
ces simples tonsurados, que habian logrado la cañongfa
por un título de resignación inspirado frecuentemente
por la voz de la carne y la sangre: otros la habían con­
seguido por la presentación de un patrono laical; y los
mas por el privilegio del grado y por los meses de gra­
cia y ordinarios. Todos estos cuerpos se presentaban á los
obispos con una valla de inmunidades, y privilegios en
oposicion con el ejercicio muchas veces legitimo de su
jurisdicción, y eran una potencia al lado de lo suya
mas rival y hostil que amiga. ¿Qué extraño es que can­
sados los prelados con tantos molestos procesos, müchos
de los cuales'se habían acercado al escándalo, hubiesen
conocido la necesidad de sustituir un consejo privado
al legal t salvo el consultar este úfctmo en los casos pre­
vistos por la ley?
En el intervalo comprendido entre los años 1700 y
1790, es decir, unos treinta años antes de la revolu­
ción, revivió el presbiterianismo ó si se quiere tomó
mas cuerpo. Los discípulos de Jansenio confederados con
los anlignos parlamentos, á quienes habían inficionado
de sus errores, intentaron reanimar con sus escritos
aquel error casi extinguido entre nosotros, Entonces
un jansenista muy conocido en aquella época sacó á luz
un opúsculo con el título de Reflexiones sobre et despo­
tism o de (os obispos y los entredichos a rb itr a r io s , donde
se defendía el mismo sistema. Los curas se pusieron de
su lado (vease la obra intitulada Derechos de los curas,
1766 y 1769, página 383). Por fin un jurisconsulto pu­
blicó los Derechos del segundo o rd e n , á quien prestó
todo el auxilio de su talento que no era mediano. Mas
conviene observar que aquellos errores tenian entonces
una disculpa que no tienen hoy despues que tan solem­
nemente los ha condenado la santa sede por-boca de
Pió Y L Vuelvan á leer nuestros autores ese juicio de la
iglesia, y verán combatido su sistema por el sabio pon­
tífice en su breve de 10 de marzo de 1791 (1). A llí se
ñola el consejo permanente residentévnl lado del qbispo
con voz deliberativa como una institución sM&ucr.sira del
episcopado y dd derecho d ivino de este al gobierno de la
iglesia. E l sabio papa cita en corroboracion de esta de­

(1) Coleccion eeriei’at de los breves é instrucciones


de'nuestro santísimo padre el papa Pió V I relativos á la
revolución francesa : por el presbítero Nicolás Maria S il­
vestre Guillon, tomo pag. 183 á 188.
cisión á uno de sus predecesores todavía mas sabio que
él, Benedicto X IV , cuyo nombre solo vale por todos
ios elogios.
Seguramente rio pueden esperar nuestros autores
decir nada nuevo sobre esta materia, que quedó como
agotada con las cincuíMtta pastorales publicadas enton­
ces por los obispos c^nsitucionales, y fue defendida con
todas las ventajas de la fuIsa erudición por los Camus y
Treilhard, padres de la constitución civil del clero. E s ­
tos hombres y sus causantes no eran unos solitarios e x ­
tra n je ro s en el orbe lite ra rio , n i cafaban privados del
a u x ilio de los lib ro s y bibliotecas y de ia conversación
con los sugefos expertos en la m a te ria , sino que se dis­
tinguían entre los jurisconsultos mas instruidos de la
época.
Mas lleguemos á un error no menos censurable de
nuestros autores, que se loe en las páginas 217 y 218
del libro, arCunndo eran inamovibles como lo son aun
•en todas partes excepto en Francia, estaban sujetos (los
coadjutores) á la ley general de estabilidad; mas hoy que
contra las leyes y costumbre constante de la iglesia se
los ha hecho amovibles y revocables ad n u tu m , ha des­
aparecido su obligación con el derecho, y pueden cuan­
do quieren renunciar el ministerio y retirarse. No es
necesario que una ley les otorgue esta facultad, que
resulta evidentemente de la naturaleza misma de los
cosas y se halla establecida suficientemente por el ejem­
plo de los vicarios y aun dolos vicarios episcopales y
otros oficiales públicos revocables, todos los cuales sin
excepción han gozado siempre y en todas partes del
derecho de hacer renuncia y dejar su empico. En vano
se alegaría la obediencia prometida ul tiempo de la or­
denación , que no puede invalidar un derecho natural
fundado en la esencia misma de ias cosas. Ademas la
obediencia debe ser razonable y no ciega, y no puede
obligar á hacer la voluntad del obispo sino en tanto que
esta es justa y legal, es decir, conforme á los cánones
y leyes de la iglesia.»
Esta doctrina es formalmente contraria á la divina
palabra revelada por boca de los grandes apóstoles san
Pedro y san Pablo y relativa á la obediencia que se debe
á los príncipes y magistrados en e\ orden civil y ecte-
siéstico, y propende á introducir la anarquía en lá igle­
sia y hacer imposible el gobierno.
Para que este error sea perceptible á los ojos de
nuestros mismos autores, pido que se me conceda un
principio que tíenc á su fa\or la luz de la evidencia,
y es que Dios es sabio, y fundó y constituyó el reino y
la ciudad de su iglesia con tanto orden y economía co­
mo los legisladores humanos las sociedades de la tierra.
Ahora bien faltaría totalmente la sabiduría en la cons­
titución de ta iglesia, si Dios la hubiera ordenado según
el sistema de nuestros autores.
Dios quiere que el obispo gobierne la diócesis: P o -
suü episcopos regere eedesiam D e i : es asi que un obis­
po no puede gobernar solo una diócesis dilatada, ni ha­
cer que sientan su acción las trescientas, cuatrocientas
ó quinientas parroquias de que se compone; luego á es­
te deber divino de gobernar la diócesis debe correspon­
der un derecho del mismo orden, que es poder obligar,'
si hay necesidad, á los presbíteros sujetos á su autori­
dad ó que sirvan los parroquias del territorio cuyo so­
berano espiritual es, y conturnen esto servicio mientras
él lo juzgue necesario ó útil para el bien público. ¿Qué
se diria de una ciudad cuyo gobierno careciese de po­
testad para dar jueces y magistrados á los tribunales?
Y sirviéndose de una comparación mas adecuada á la
cosa , ¿qué se diria de un ejército cuyos individuos se­
gún la disciplina recibida estuviesen autorizados para ad­
mitir ó desechar los puestos peligrosos y defenderlos ó
abandonarlos á su arbitrio? ¿No quedaría este ejército
entregado á merced del enemigo sin esperanza de sal­
vación? Y en todas estas alegorías ¿no reconocen nues­
tros autores su sistema? ¿Dónde estaría la sabiduría de
Dios si tal sistema fuese una obra divina? Luego que­
da refutado por las consecuencias ó que conduce m
práctica; cuyo género do. demostración se llama en
buena lógica reducción al absurdo. Supongamos por un
instante que todos los coadjutores y tenientes de cura de
uno diócesis presentan al obispo la renuncia que este se
halla obligado á admitir , ó abandonan simultáneamente
sus cargos: ¿qué seria semejante diócesis sino un reba­
ño de ovejas errantes sin pastor? Qui/.á me dirán los
señores Allignol: Haced cur¡¡s inamovibles á lodos los
coadjutores y ya esta remediado el mal. Mas si la ley
civil».-la necesidad del momento y la fuerza de las co­
sas ponen un obstáculo invencible áesa pretensión; ¿có­
mo se evitarán los inconvenientes que acabamos do
apuntar?
Añaden que acaso se les objetará. ía promesa de obe­
diencia hecha p o r el sacerdote á m obispo a l tiempo de
ordenarse. Sí que la objeto, y véanla aquí según la pro­
nunciaron y con todas las circunstancias de que fue
acompañada. Enmedio del santo sacrificio, estando pre­
sente en el altar la divina majestad y delante del pue­
blo cristiano congregado os preguntó el obispo: ¿Pro­
metes obediencia ó tu obispo? P ro m ü lis p o n tific i tuo
ohedientiam*! ¿Y qué' respondisteis vosotros? Sí prome­
to, promittó. Esta promesa general no distingue nada.
Si hubierais respondido: prometo obediencia; pero si el
cargo es amovible, díficil de servir y lleno de disgustos
y sinsabores para el que le sirve, ie desecharé ó le pro­
baré, salvo el dejarle-cuando mesen muy oneroso; el
obispo hubiera retirado la mano y os hubiera dicho: la
obediencia eclesiástica no admite todas esas distinciones:
es del. mismo orden que la obediencia militar; y si añn-
do que es una condicion implícitamente incluida en la
ordenación, no digo nada que no aparezca de la cosa
misma. Cuando estos escritores añaden que su sistema
anárquico antisocial está fundado en los derechos del
hombre y en la naturaleza y esencia misma de las co­
sas, no debo decir sino que este lenguaje es subversivo
de todo orden eclesiástico y no puede defenderse.
Despues de todos estos errores de derecho viene
otro no menos grave que se lee en la página 51, capí­
tulo 4.° do la primera parte de este libro funesto. Se­
gún sus autores «los presbíteros condenados por'sus
«obispos tuvieron siempre el-derecho de apelar á una
«jurisdicción superior para conseguir la reforma de las
«sentencias que los condenan. Balsa mon comentando ios
»cánones de Cartago discute la cuestión de si los cléri-
»gos- durante la apelación debían cumplir la primera
«sentencia, y dice: Muchos creen que es necesario so-
«meterse á ella por injusta que sea. Otros juzgan que
«habiendo determinado las leyes de la iglesia los delitos
«que merecen una censura jurídica, deben obedecerse
«lus sentencias conformes á los cánones y en el caso
«contrario no hay obligación de someterse á ellas; sin
«lo cual, añade el sabio canonista, «eria ilusorio el freno
«puesto á la voluntad de los obispos, y podrian estos
«ejercer una tiranía insoportable sobre el clero.«
No sabemos por dónde empezar para refutar este
texto: tantos son los errores en que hormiguea. E l
primero es en cuanto á la persona de Bulsamon y el
peso de su autoridad: cualquiera creería oyendo á nues­
tros autores que el sabio canonista lialsamon es uno de
aquellos intérpretes de las santas reglas, cuyas decisio­
nes tienen bastante autoridad para persuadir á un sa­
cerdote injustamente condenado á que puede con segu­
ridad de conciencia dejar de respetar el entredicho y Ea
suspensión, á lo menos mientras está pendiente la ape­
lación. Mas conviene notar 1.° que Teodoro Bulsamon
es un canonista del siglo X I I , y hay que confesar que
de entonces acá pudiera haber sufrido la disciplina al­
gunas modificaciones: 2.° que Balsamou no es un co­
mentador del cuerpo de nuestro derecho, sino un grie­
go cismático y patriarca de Antioquía en 1186, hombre
docto á la verdad, pero que no puede ser un cano­
nista muy autorizado para los católicos latinos del s i­
glo X IX .
También yerran nuestros autores acerca del pensa­
miento del mismo Balsamon, el cual no dice lo que se
ie hace decir. E s verdad que expone las dos opiniones
citadas-en su comentario sobre el canon 32 del segundo
concilio cartaginense; pero no se declara por ninguna.
La primera, es decir» la que impone al sacerdote injus­
tamente condenado la obligación de obedecer interina­
mente no obstante su apelación, le parece mas conforme
á la piedad y al respeto debido al obispo. Esla razón le
inclina hacia este sentir; sin embargo por otro ludo se
aparta de él porque no le gusta la infracción de los cá­
nones, y luego concluye: Deseo pues saber lo que debe
hacerse como quien quiere ser toda su vida niño y discí­
pulo: Cupio ergo discere quod agm dum , u l qui iota vita
velim esse puer et disclpulus, Es muy prudente esta re­
serva , y seria de desear que se imitase mas este ejemplo.
Pero vengamos al fondo de. la cuestión. ¿ Debe un
sacerdote condenado por su obispo cumplir ia primera
sentencia, estando pendiente su apelación? Aquí son
muchos y graves los' errores de los señores Aljignol:
l. ° omiten una distinción esencial, y por esta omision au­
torizan las apelaciones sediciosas y trastornan todo el or­
den deja sociedad eclesiástica: 2.° contradicen abierta-
tamente el derecho común. *
Ve aquí la omision que Ies critico: todos tos cano­
nistas hacen en igual caso una distinción esencia! y capi­
tal, y los autores no tienen disculpa de haberla omitido,
Van-Espen á quien citan con complacencia porque no es
sospechoso de un respeto exagerado á la autoridad epis­
copal, la explicó con mucha claridad (i). E l obispo,
dice este canonista, puede proceder contra los eclesiás­
ticos de dos modos muy distintos, ó por la via rigurosa-
mente contenciosa , con las formalidades y aparato judi­
cial, citación jurídica de los testigos, discusiones contra­
dictorias &c,; lo cual se verifica cuando se trata de im­
poner penas gravísimas, sobre todo aquellas cuyas con-

(1) Jus eeclesiasticum m iv e rsu m , part. 1.% tíÉ. 17,


cap. 4, part. 3.a, tít, 10. Puede agregarse el tratado de
beneficios por Gohard, tom. I o, pág, 302, edición de 1775;
secueneias son por su naturaleza irreparables y que no
tanto se encaminan á la enmienda de las costumbres co­
mo al castigo del delito , non tam cid rnorum emenda-
tionem, quám ad ddieli vindictam; ó bien el obispo pro­
cede como pastor y padre aun mas que como juez pro­
poniéndose antes la corrección de sus clérigos y el bien
del3s almas que la vindicta pública; y aunque entonces
imponga á veces penas duras y humillantes, no obstante
sus sentencias son mas bien correccionales que judiciales,
y tas pronuncia no desechando las precauciones que exi­
ge la prudencia para conseguir el conocimiento cabní de
los hechos, sino simplemente y de plano j sin estrépito
ni forma de juicio: Sim p lic ile r eí de plano ac swe slre -
p ilu judien et figura. Asi lo disponen expresamente los
cánones (t).
Ahora bien solo en el primer caso cuando el obispo
ó mejor su provisor ha procedido según todas las forma-
lidades de la justicia, suspende la apelación interpuesta
el efecto de la sentencia hasta la resolución del juez su­
perior; mas en las sentencias sumarias y en.materia de
corrección dicen los canonistas que la apelación tiene
efecto devolutivo, pero no suspensivo; es decir que se re­
mite la causa á un tribunal superior, el cual podrá anu~
lar la sentencia; mas eso no quita que entre tanto deba el
clérigo condenado someterse á la pena , observar el en­
tredicho, guardar el retiro ó practicar cualquier otra
penitencia canónica.
Esto se llama hablar con mesura, discreción y pru­
dencia y dar su parte al buen orden y policía de la so­
ciedad eclesiástica y al mismo tiempo á la inocencia in­
justamente acusada y víctima de las sorpresas de la po­
testad legítima ó de las sentencias injustas y arbitrarias
que pudiera esta pronunciar. Y cuando acuso á nuestros
autores de que con la omision de una distinción tan esen­
cial provocan apelaciones sediciosas y trastornan el buen
orden en el clero diocesano, nada digo que no aparezca

■ (1) Cap, Vi$pen4iosam%: de judie. T. l.° Clem. lib. 2.


de la cosa misma: porque quitando el caso (sumamente
raro) de un procedimiento judicial encaminado á la des­
titu c ió n de un cura de d is trito ; ¿qué son todas las deci­
siones emanadas en la actualidad del gobierno episcopal
sino sentencias correccionales, exentas por el derecho de
toda apelación suspensiva y sujetas á la ejecución p ro­
visional* es decir, suspensiones, e ntre d ic h o s, revocacio­
nes de facultades delegadas y traslaciones de coadjutores
amovibles de un lug a r 6 otro? Ve aquí todas las penas
decretadas por el gobierno episcopal'. Lo s procesos in s­
taurados para la destitución de los curas párrocos son
unos hechos de que seguramente no se encontrarían diez
ejemplares en la h isto ria eclesiástica de los cuarenta ú l­
tim o s años tra n sc u rrid o s desde el concordato. S in em -
go al leer la obra de los señores ASIignol y ver su doc­
trin a radical no habrá sacerdotes suspensos y e n tre d i­
chos que no se crean autorizados para despreciar la
autoridad con su apelación suspensiva.
P o r ú ltim o no me queda mas que probar sino que
este sistema pone a sus autores en man i fiesta oposicíon
con eí derecho común ; y aquí tengo que citarles unos
cánones algo mas im portantes que la autoridad de B a l­
samen, E l cuarto concilio laterariense celebrado en tiempo
de Inocencio I I I decide expresamente (1) que los prela­
dos pueden y aun deben c o rre g irla s faltas de sus súbdi­
to s , especialmente de los c lé rig o s, y que ninguna cos­
tu m b re 6 apelación pueda im pedir el cum plim iento de
sus sentencias: Irre fra g a b ili conslitutione sancimus u t
eedesiarum p ra ü a tia d corrigendum suhdiCorum excessus,
m áxim e d e ric o ru m , ad re fo r mandos mores p ru d e n le r
ac düigcnler in te n d a n l, tic sanguis eorum de s u is m a-
nib us re q u ira íu r. U t aulem earreclionis et re fo rm a íio n is
o ffid u m liberé valeant exonere d e c m iim u s u l e x e c u tio -
NGAI IP SO R U U N 0LLA CONSÜETUDO V E L A P P E L L A T IO
v a l i í .v t iM pEDHVE. L a razón de esto se da en o tro ca­

(1) Cap. Irre fra g a b ili, 13: de offic. ja d . o rd in a r. t ítu ­


lo 3 1 : decrct. lib . 1.
non dél papa Alejandro I I I : porque el remedio de la
apelación rose inventó para dar protección á ios malos y
viciosos: qitia remedium appeUalionis ñon est inventum
u t aticui á religionh ct 'Ordinis observancia e xo rb iía n li
debeal ín sita nequüia patrocinium exhibere (1). De ahí es
que el santo concilio dé Trento, apoyándose en estas re­
glas que el espíritu de sabiduría dictó á los sumos pon­
tífices, decide expresamente en el capítulo-1.° de re fó r­
mate de la sesión 22 que todos los cánones de los papas
y concilios relativos á la vida y costumbres de los cléri­
gos, al culto divino y á la conservación de la sana doc­
trina, todas las leyes que prohíben el lujo, !a intempe­
rancia, los juegos de azur y toda especie de delitos, de­
ben observarse rigurosamente bajo lus penas de derecho
y otras á voluntad del ordinario, y luego añade: nec
appellatio executionem hanc, qucs ad morumcorrectionem
p e rtin e n l , suspéndate La nrmma doctrina, y la misma dis­
posición se leen en el capítulo 10 de reform at. en la se-
■sion 24 , donde el santo concilio se expresa todavia con
mas vigor: Nec in h is , ubi de m itatione aut morum cor-
rectione a gi(urt exempiio, aul ulla inhibitio , appeUatio,
seü querela, ctiam ad sedem apostolicam inlerposiUu exe-
cutionem eorum , quai ab ki$ [episcopis) mandata , de-
creía aut judicata fu c rin l, quoquomodo impe dial a ul
suspendal. En fin sise duda que esta disciplinase haya
admitido en Francia, bastará abrir el Compendio de las
memorias del clero en la voz corrección §. I I y recurso
de fu e rza §. I X , y se hallarán pruebas mns que sufi­
cientes para sentar que ia iglesia galicana, tan zelosa
siempre de la pureza de su disciplina y de las costum­
bres de su clero, ha observado estos satitos decretos con
tanto conalocomo otra cualquiera. Nos contentaremos con
citar el célebre y religioso edicto de Luis X IV sobre la
. jurisdicción eclesiástica {.año 1095) artículo 36: «Los re­
cursos de fuerza que se interpusieren de los decretos y

(1) Cap. ad nostram , 3 : de apelt. , tifc. 28: decret,


lib. 2.
«sentencias dadas por los arzobispos, obispos y jueces
«eclesiásticos en cuarto 6 la celebración del oficio divino,
«reparación de las iglesias, corrección de las costumbres
«de los clérigos y cualesquier otras cosas relativas á la
disciplina eclesiástica , no tendrán efecto suspensivo, si-
«no solo devolutivo; y aquellos decretos y sentencias se
«cumplirán no obstante y sin perjuicio de dichas apela-
«ciones.»
Mas entre todos los errores de los señores Allignol el
mas falso y digno de anatema es e! que leo. en la pági­
na 7 do la introducción sobre la libertad de imprenta.
« Y nótese bien, la fé no se restaura hoy entre las
«clases inteligentes y el pueblo de las ciudades por el
«clero propiamente, sino por la imprenta ese nuevo
«motor de las inteligencias que ha llegado á ser ornni pó­
rtente: ella sola ha dado á los espíritus ese movimiento
«de conversión hácia las ideas religiosas, que ha de sal­
ivar la sociedad sentándola otra vez sobre su basa ver-
«dadera. E l clero trabaja, por decirio asi, subordinado, y
«no puede hacer otra cosa que a u xilia r y arreglar el im-
«pulso.))
Sobre las ruinas todavia recientes de todas las insti­
tuciones útiles a la religión y á la sociedad humana que
ha derribado y demolido la libertad de imprenta , des--
pues del terrible sacudimiento con que ha cunmovido la.
tierra y dejado al descubierto los cimientos de la socie­
dad humana, despues do tales calamidades venir dicien-
donos que esta invención es el único m otor capaz de
sa lv a r la sociedad y se n ta rla o tra vez sobre su ba­
sa verdadera p o r el movimiento dado á los e sp íritu s;
es una proposicion que no tengo términos cotí que cali­
ficar.
Yo pregunto á los autores cómo concilian su teoría
con la autoridad de la iglesia, que la ha desaprobado y
reprobado en la persona del doctor Lamennais por la en­
cíclica de nuestro santísimo padre el papa Gregorio X V I.
Aquel escritor impío que despues de haber salido de la
iglesia nos declara que há encontrado un asilo én la gran
familia de la humanidad (1), no ha mostrado unas ideas
tan descaradas como las de nuestros autores respecto de
la libertad de imprenta, ni ha merecido tanto como es­
tos la censura riel padre común .de los Heles por su es­
candalosa teoría sobre esta gran cuestión de la política.
¿Cómo lograrán conciliar su doctrina con la práctica
constante de la iglesia romana y el índice permanente
de libros prohibidos, con la doctrina y práctica del cle­
ro de Francia ? Nos hablan mucho del derecho antiguo:
también nosotros tenemos antiguas autoridades que ci’
tarles: en 1528 se celebró en Paris un concilio de la
provincia de Sens, que prohíbe imprimir sin licencia
del ordinario ningún libro en que se trate de religión.
Esto prohibición fue renovada por una autoridad aun mas
respetable, él concilio de Trento, y luego por los pro­
vinciales de B qurges y Burdeos.
Todos los hombres de bien suspiran por el restable­
cimiento de esta excelente disciplina y le aguardan co­
mo uuo de los primeros efectos de la restauración del or­
den entre nosotros (2). Aquí el asunto me obliga á mi
pesar á entrar en mayores explicaciones*
Los verdaderos efectos de la libertad de imprenta juz­
gados por la experiencia son tres grandes revoluciones que
acaban de trastornar la Europa y sembrar de cadáveres
y ruinas el suelo de ella. 4La primera es la revolución
francesa , y nuestros contrincantes asi como lodos los
defensores del mismo sistema se ven encerrados en un
desfiladero del que no pueden salir: ó tienen que decir
que la revolución de 1790 no es una obra mala , ó Itan
de negar que es un efecto de la libertad de imprenta.
Ahora bien estas dos proposiciones son igualmente..im­
posibles de defenderse. La primera, es decir, la califica-
cacion de la revolución de 1790 como obra buena , es un
monstruoso error; y entiéndase que no Hamo con este
(1) Carta al presbítero Combalot.
(2) E l ilu strísim o señor de Q u e le n , arzobispo de Pa­
r i s , acaba de dar la señal á todos nue stro s prelados in se r­
tando en su R it u a l el citado decreto del concilio de 1528.
honibre todas las cosas que nos lia dejado aquella revo­
lución j sino los principios: que sentó. E l q u e re r ju s -
lific a rlo s es declararse.apologista ,de las asambleas cons­
titu y e n te y legislativa * de la convención- y del gobierno
dictatorial ; la posteridad las ha juzgado y no es líc ito
yo defenderlas á un escritor amante del orden y mucho
menos á un sacerdote. De igual evidencia es la segunda
proposicion, á saber, que la revolución es obra de la l i ­
bertad de im prenta ; y se prueba en p rim e r lug a r por la
autoridad de los sabios. Todos-los hombres que piensan,
al su b ir á las causas de aquella calamidad no se lian de­
tenido en el descubierto de la hacienda pública, ni en la
debilidad del monarca, sino que han invocado los malos
lib ro s y las malas d o c trina s, es decir, la libertad de im ­
prenta, como la causa directa y próxim a de aquel gran
tra sto rn o del orden civil y- religioso. Pruebo ademas la
proposicion por el testim onio de los mismos autores de
esa obra infe rna l. A n te s de J 7 9 0 cuando ellos la veían
de sp unta r, la saludaron como ia aurora de un hermoso
día: én este lugar se. acostumbra c ita r ó Y o lta ire , M a r-
m onlel, G h a m p fo rt, L a - H e rp e , C ondorcet: estos te s ti­
monios son conocidos hoy y se encuentran en todas par­
tes. Hasta los representantes de ía convención en su m i­
sión revolucionaria se llamaron los ejecutores testamen­
ta rio s de la últim a voluntad de V o ita ire por boca de Laka-
nal, clérigo casado. Poner en duda este hecho es disputar
sobre ía evidencia. Luego la revolución francesa es obra
de la libertad de im prenta y obra mala ú ju ic io de sus
propios a u to re s, quienes renegaron de ella despues de
haberla visto y considerado mas de cerca, y la «semeja-
ron á aquellos m onstruo s que produce Su naturaleza
cuando se desvia del orden asi moral como físico.
E l segundo producto de la libertad de im prenta es
la revolución de España, Ahora que la xetnos e n .su
incremento-, la llamamos desde luego la hija segun­
da de la revolución de 1 7 9 0 : la nío se le parece por
sus obras y discursos, España opuso por largo .tiem ­
po la inquisición como una m ura lla im penetrable á lu
irrup c ió n de. los malos iib ros y á los estragos de la libe?*
tmi de im prenta. N o obstante la filosofía por medio de
r u s inteligencias con la policía m iniste ria l de aquel reino
habia conseguido fo rza r la b a rre ra , y los malos lib ro s
hacinados y escondidos en los desvanes-da los lib re ro s pa­
paban clandestinamente y bajo mano á casa de los gra n­
des. Hacia -mucho tiempo que fermentaba-ocultamente
en los e sp íritu s de la gente distinguida este m o rtífe ro
veneno de las doctrinas, Mas adelanta se rompe el dique,
sale de madre el to rre n te , y centenares de m iles de
ejemplares de las obras de V o lta ire , Rousseau y Yol noy
traducidas al español llegan bien empaquetados á las
lib re ría s d« la católica España. La s clases Hita y media,
los nobles y los ricos devoran con ansia aquel fru to nue­
vo y prohibido. La revolución hecha ya en las ideas de­
bía según el orden natural manifestarse tarde ó tem pra­
no en las cosas. Nosotros somos testigos de ese uioi'MmV-n-
io que ha dado á in sociedad humana para su sal ración
y restauración el gran motor de las inteligencias. La
clase elevada in stru id a por Ja libertad de im prenta aplau­
de las escenas trágicas y sangrientas que pasan en aque­
lla nación. La m u ltitu d de los labradores y artesanos,
ignorantes de las buenas doctrinas que ha enseñado la
im p re n ta .lib re como por ejemplo que Dios es una pala­
bra , que el pueblo es soberano, permanecen inm óviles y
estacionarios en sus felices preocupaciones favorables ai
catolicismo. E n P o rtu g a l las mismas causas han produ­
cido los m ism os efectos.
L a libertad de im prenta es madre de uno tercera re ­
volución obrnda en Fra n c ia . Sabida es !a, fecha que le
ha d¡ido nombre. A q u í callo y adoro ios consejos impe­
netrables de la Provid encia , que ensalza y hum illa á los
im píos y traslada el poder y ia dominación de un reino
á o tro reino y de una fam ilia á otra . N o es bastante de­
c ir que D ios lia p erm itido esta obra, si no se añade que
la ha q ue rid o , que la ha mandado y que es un verdade­
ro decreto-de su providencia, Digámoslo aquí sin tem er
el escándalo de los débiles: no hay otros térm inos p ro ­
píos para - caracterizar la clase de acontecimientos que
llamamos revoluciones de los imperios mus que estos:
son unos decretos;promulgados en el cielo y ejecutados
on la tierra por el ministerio de los hombres y aun diré
de sus crímenes y mas execrables fechoría». Y el triunfo
del poder infinito del Altísimo consiste en hacer que s ir­
van las voluntades desordenadas de los hombres á la eje­
cución de sus decretos soberanos, obligarlos ó que sean
los agentes y los instrumentos activos é inmediatos de
ellos, y manejarlos con tanta fuerza y blandura que en­
tren en los caminos á donde quiero conducirlos' siguien­
do la inclinación de su voluntad libre ó inteligente. No
conozco cosa mas propia que esta comparación del Sabio
para poner un misterio ton profundo al alcance do
nuestra inteligencia; Dios dirige las voluntades como el
hombre lleva el agua á sus campos y huertos. Mirad á
ese jardinero: ve precipitarse el agua por su natural pen­
diente hácia una cloaca infecta, y quiere llevarla-á su
campo 6 su huerto para que lo fecunde y fertilice, ¿Y
qué hace? A fuerza de levantar diques y abrir regue­
ras la domina do sueite que no hallando ya salida entra
de suyo y por su libre curso en el sendero que él le ha
trazado y mandado seguir. Esta es mía imagen de la
conducta del señor del universo. Conoce el corazon del
hombre pues le ha hecho: conoce sus libras mas delica­
das y sabe cómo manejarlas; y presenta á los malos unas
miras, motivos ¿intereses tan adecuados á sus deseos,
á sus propensiones y aun 4 sus pasiones, que loman
por deliberación y elección unas resoluciones, siempre
conformes á los decretos divinos, y eso con tanta certeza
que Dios las anuncia por sus profetas mas de mil siglos
antes de que sucedan. Asi ejecuta en el orden moral y
por la libre voluntad de ios hombres unos decretos no
menos absolutos é inevitables que los del orden físico,
donde no tiene otro agente que los elementos líi mal­
tona. Si en vista de esto decís que Dios hace el mah, os
responderán los santos doctores que no le hace, sino que
le permite, ó mas bien se vale de él de manera que le
convierte en elemento y materia del orden. Ved ese pin­
tor: él no ha hecho el dia nUa noche; más por el conoci­
miento que tiene de las propiedades de la luz refleja, las
combina de modo que hace.resaltar reverberaciones de
admirable resplandor. Un farmacéutico no ha hecho los
venenos ni las yerbas venenosas; y con todo eso sabe
por medio desús nociones botánicas y químicas compo­
ner con aquellas los remedios mas saludables* Pues ¡ cuán­
to mas sabrá el eterno y soberano artífice que tiene en
su mano lodos los siglos y todas las voluntades, prepa­
rar desde tiempos antiguos los electos hasta en sus cau­
sas mas remotas y conducirlos oportunamente á los fines
de su providencia! Por aquí entiende el humilde cris­
tiano cómo convierte Dioslas voluntades humanas, y
hasta las domina de modo que fuerza á ios malos á eje­
cutar los decretos de la sabiduría divina aun cuando
trabajan á su parecer en contrariarlos y desbaratarlo?.
Creo que esta excelente teoría, que á primera vista ha­
brá parecido una digresión, es en sumo grado á propó­
sito para ilustrar mi pensamiento. Los hombres en sus
teorías insensatas ponderan la imprenta libre y sin fre­
no como el instrumento mas activo del bien social en
manos de ün sabio legislador que sepa emplear ese gran
motor da las■inteligenciáSi Dios deja obrar á los traba­
jadores de 1ü nueva Babel: estos decretan !a libertad de
imprenta: los libros perniciosos y las malas doctrinas
inundan los estados como tas aguas multiplicadas; y los
tronos caen unos tras de otros. Despues de la revolución
de 1830 me parece que e! Altísimo dirige desde el cielo
á los reyes de la tierra aquella amonestación que de su
párte les di(5 el real profeta: Ahora entended los que
juzg á is la tie rra . E l trono de un gran monarca, nueva­
mente coronado por la victoria y defendido poT1 un ejér­
cito fie! ¡no ha caido á los tiros de una multitud de obre­
ros amotinados y armados de piedras, palos y fusiles,
que crecieron en número durante tres dias como las olas
del mar embravecido: no hay proporcion entre aquella
Causa y semejante efecto;
T . 45; 22
La libertad de imprenta habió obrado ya esta revo­
lución en las ideas por el desenfreno siempre creciente
de sus malas doctrinas, y la ley de la inflexible naturale­
za lo quiere, y será siempre ejecutada: es preciso que tar^
de ó temprano se establezca la igualdad entre las ideas»
doctrinas y convicciones de los hombres y sus obras. E l
conde de M-aistre enunció esta teoría de un modo admi­
rable en su mas célebre tratado. Si se abriera delante
de nosotros el libro de los consejos divinos, veríamos ea
él las sentencias que condenan ámuerte las naciones y las
generaciones culpables, asi como los decretos de nuestros
parlamentos en sus libros de registro. Pero una autori­
dad mas respetable que la de tan distinguido publicista
ha hablado sobre este grave asunto, y presumo haber ex>
puesto aquí nada menos que una doctrina revelada de
Dios. La muerte de Jesucristo y la gran revolución que
obró, ea..el. mundo, eran unos decretos dados en. el
cielo, « Y osotros le, habéis quitado la vida por manos de
vuestros soldados y verdugos, dccia san Pedro á la na-
qion judaica reunida; pero sabed que Dios por su decre­
to le habia entregado antes en vuestras manos: él habia
respondido por todas las iniquidades de los hombres, y
según los términos de la eterna justicia de Dios debia
pagar la pena de aquellas.» Al ver u» populacho enfu­
recido que se. precipita al palacio de su soberano, un
cristiano levanta el pensamiento al cielo y considera en
aquellos hombres que arrojan piedras y disparan tiros,
los ejecutores del. decreto promulgado en el consejo de
Dios para derribar de su trono al imprudente y desven­
turado monarca, que sin quererlo entregó la majestad
divina á la irrisión de la impiedad y á toda la licencia
de la imprenta desenfrenada y de los escritos blasfemos
que vomita esta sin cesar.
Para profundizar mas esta materia debo añadir los
hechos siguientes. En 1825 el señor Mu ti n, escritor cono­
cido por algunas obras buenas y por la discreción con que
dirigió el D ia rio de los debales en los dias felices de este
papel, asustado dd diluvio de libros impíos y obscenos
que iba siempre en aumento, presentó como director de
la librería tres memorias consecutivas á los ministros de
Carlos X para ilustrarlos y abrirles los ojos acerca del
abismo de revolución en que debia precipitar al reino el
desenfreno de la imprenta. Aquellas memorias rebosaban
en vigor de raciocinio y energía y vehemencia dél esti­
lo. Su autor no titubeaba en predecir al rey que lo l i ­
cencia siempre creciente déla imprenta iba amontonan-
do?negras nubes que descargarían por una violenta bor­
rasca. Los datos estaban sacados de la fuente auténtica
é irrecusable del D ia rio de la librería. No hay cosa mas
clara, exacta, completa y metódica que dichas memo­
rias.- Los libros malos estari clasificados en tres catego­
rías: libros contra la fé, impíos y blasfemos, libros con­
tra las costumbres y novelas obscenas y libros históricos
en-forma de memorias y compendios. A llí se mencionan
y>aun se cuentan los libelos irreligiosos y antidinásticos:
es «na cuenta escrupulosa en que se ven distinguidos
por columnas el número de las ediciones y elde los ejem­
plares impresos i acompañado todo denotas donde se
manifiesta al lector lá intención infernal de los editores
para aumentar la perniciosidad de aquellos elementos
de corrupción. Pero lo que yo estimo mucho en este
trabajo es que á la enumeración y catálogo de las pro­
ducciones impías se seguia una idea de su contenido y,
del genero y grado de perversidad de cada una; trabajo
singularmente útil á.la religión. La razón de esto es fá­
cil de comprender: el nuevo sacerdote destinado á la di­
rección de l᧠almas debe poseer todas las nociones qué
da el autor sobre estos malos libros, porque por su oQ-
cid ha de permitir ó prohibir la lectura de ellos. Has
como la prudencia, el derecho natural y la íey eclesiás­
tica le prohíben leerlos, aquel catálogo con los juicios
motivados y dignos de confianza que le acompañan, se­
rá una guia segura é ilustrada para él en la práctica di*
ficil de su ministerio (1). ,

■ (i) Los libros de que este informe da una análisis su-


Aquí me contento con presentur al lector el res til­
lado general de;este resumen: ediciones y ejemplares de
Voítuire 3 L,600: número tolaklelos volúmenes 1.598,000:
Rousseau ediciones y ejemplares 24,500: número total
de volúmenes 492,500: volúmenes sueltos fie Yoltaire
144,200 ejemplares, 288,900 volúmenes: novelas im­
pías y obscenos de PigaúlULebrun 32,000 ejemplares,
138,000 volúmenes: memorias ó compendios históricos,
sediciosos ó ¡tupios 123,500 ejemplares, 268,500 volú­
menes. Asi en los ocho anos que van de 1816 á 1824,
hasta donde llega la cuenta del autor, habia producido
la imprenta 31,600 ejemplares de las obras completas
de Yoltaire, que hacen en todo 1.598,000 volúmenes, y
24r500 ejemplares de Jas.obrñs completas de Rousseau,
que hacen 492,500 volúmenes, los cuales agregados ó
los que ya circulaban, montan á una suma de 60,600
ejempla.resi que componen un total de 4.698,000 volú­
menes de Yoltaire. É l autor indica otras nuevas edicio­
nes anunciadas para 1825, dos de Yoltaire y una do
Rousseau. Siguiendo las mismas huellas pudiera otro es­
critor darnos un estado semejante de las ponzoñosas
producciones de la imprento desde 1825 luista 1830 y
cinta con citas curiosas y escogidas y juicios exactos y
motivados, son Yoltaire, su F ilo s o fía , Diálogo# y Confe­
rencias filosóficas: Rousseau , el E m ilio y el Contrato so­
cial: Helvecio, sus libros det E s p íritu y del Hombre: Dide^
rc t, la Religiosa y Santiago el fa ta lista : Rainald, H is to ­
ria filosófica de los europeos en las dos Indias con las
netas de Diderot y su obra De los pueblos y de los gobier­
nos: Saint-Lambert, € catecismo filosófico: Condore.et, De
los progresos del entendimiento humano: Holbach, Siste­
ma de la naturaleza, Sistema social, M o ra l universalT
Ensayo acerca de las preompaciones: e! cura Mesíier*. Du-
pnis, Origen de todos los cultos y el compendio de esta
obra: YoVney, ta s ru in a s: Sieyes ¡¿ Qué es el estado llano?
Paine, fe'í sentido comitn: las novelas impías y obscenas de
Pigauít-Lebrun etc. y la dilatada nomenclatura deesas
producciones novelescas llamadas resúmenes históricos,
los juicios formados sobre los fastos civiles de Francia etc.
de 1830 á 1840, enlazando su obra con la del señor
Mutiü. E! trabajo es fácil en cuanto é la parte mecá­
nica, porque se reduce á un exlráfcto del D ia rio de (a
lib re ría : en cuanto á la porte religiosa y moral solo
puede encomdndarse'á un hombre de igual probidad y
Si eis posible capacidad qüe el señor Mutiri. Este autor
apreciabíe poco a^ntes de morir tuvo á bien entregarme1
dichas tres memorias, qué yo he impreso en mi libro
sobre el orden social (1) (porque creo no haber omitido
nada sustancial de lo que contienen); y me perece que
publicándolas he efectuado el bien que él no hizo mas
que diseñar. Deseo que este trabajo no sea perdido para
los eclesiásticos jóvenes: si le leen , en poco tiempo y sin
riesgo ni peligro adquirirán el conocimiento del mal que
necesitan para desempeñar sin tacha el santo ministerio
de la dirección de las almas.
En vista de semejante trabajo falle el público equi­
tativo y tengan á bien juzgarse los mismos autores. Xa
libertad de imprenta está juzgada por sus obras: un ár­
bol1que da tan :malos frutos no puede ser bueno; y des­
pues de las tres grande? revoluciones que ha obrado' en
Europa, es cosa demostrada que un reino no puede
subsistir mucho tiempo en estado de sociedad con tal
elemento disolvente. Con razón pues he contado entre
los errores de derecho de los señores Allignol esta ex­
traña aserción: «La imprenta ha dado á los espíritus
ese movimiento de conversión hácia las ideas religiosas
que ha de salvar1 la sociedad y sentarla otra vez sobre
la verdadera basa.»-Cuando añaden éstos escritores: ((El
clero no trabaja en la grande obra de la restauración
de lá fé en las clases inteligentes y entre el pueblo de
tos ciudades sino como subordinado» por decirlo asi» y
no hace unas que arreglar y dirigir el impulso dado á
las inteligencias por la imprenta; » se conoce que escri­

(1) Defensa del orden social, segunda parte , tercera


disertación, art. k-.° de la libertad de imprenta , pág. 321
á -■
ben en lojnterior de los bosques y con grande ¡gnorán-
-cia de! estado do la religión entré el pueblo de Ins ciu-
' dades y las clases inteligentes de la sociedad. Si hubieran
visto en nuestras ciudades ^especialmente en la capital
que no bastaba el espacioso recinto de sué* iglesias para
contener á la juventud estudiosa, los sabios, los esta­
distas y los hombres notables de todas clases que. con­
currían; si hubieran visto el innumerable auditorio-que
atraia el P. Macarthy y que acude igualmente a oir los
sermones:del señor Combalot; si hubieran visto estas
cosas; no dirían que el clero en ¡as ciudades trabaja á
las órdenes de nadie, es d«cir» como una especie de
acompañante y agente subalterno para auxiliar el im­
pulso hácia las ideas religiosas y morales -que ha dado
la imprenta á las inteligencias mas sublimes entre los
grandes y el pueblo. Mas cuando se escribe en los bos­
ques y con tan poco conocimiento de mundo; ¿por qué
se trata semejante materia? Quizá se me objete que me
detengo en hablar del mal y no tengo en consideración
el bien que puede Cobrar la libertad de imprenta, car­
gando asi con toda la sinrazón de uno que para explicar
una medalla solamente mostrase el reverso. Concedo
todo el argumento: yo no veo mas que mal en la im­
prenta libre y sin freno, porque si trae consigo algún
bien, no le quita la tijera de la censura, y con la im ­
prenta reprimida y censurada tenemos todo el bien de
esta institución menos el mal. Todos los errores que
acabo de notar son monstruosos; pero cuando se nos
repite hasta el fastidio que el episcopado ha alterado la
constitución de la iglesia y abolido entre nosotros el de­
recho común p a ra su stitu irle otro nuevo t se traspasan
todos los términos de la calumnia.

■V-SECCION SEGUNDA;

ERRO RES »B HECnO D E LOS A U TO R ES.

Aquí concluye mi polémica sobre los errores de de­


recho, y paso á Jos de hecho que no son menores en
número , aunque sí menos peligrosos, y recaen en ge­
neral sobre la amovilidad de los coadjutores. Esta ley de
nuestro niieyo derecho eclesiástico preocupa la imagina­
ción de los señores Allignol, y es como una fantasma
que los persigue á todas partes. Mqs yo Íes declaró que
yerran en este punto 1.° sobre ei origen de esta ley,
2.° sobre su antigüedad, 3.° sobre su naturaleza y ver­
dadero caracter, 4,c sobre el sentido que conviene
darle» 5.° sobre sus inconvenientes y malos efecto^
6.° sobre la causa de Jas desgracias de la. iglesia de
Francia, y 7.° sobre e! remedio que se les debe aplicar.

I, — O r ig e n de la ley de la a m o v il id a d .

Si se oye á nuestros autores, la amovilidad de los


coadjutores es !a obra ó mas bien !a tiranía de la potestad
civil y de la ley orgánica anexa al concordato, contra
ta.cunl.no han cesado de reclamar tos obispos^y la san­
ta sede lejos de haber tenido la-menor parte en ella. Por
lo tanto participa de toda la reprobación que ha mere­
cido aquella legislación, en la cual no es el error nías
pequeño. Lejos de adoptar yo las ideas de los señores
Allignol sobre el origen de la amovilidad de los coadjuto­
res, juzgo que si esta no m un artículo secreto del con­
cordato como todo induce á creer, fue conocida y apro­
bada formalmente por la santa sede y nuestros obispos.
E s probabilísimo que fuese un artículo secreto del
concordato., porque sabido es que los hay en todos los
tratados* Nosotros , contemporaneos.de la época en que
ee ajustó, somos testigos de las razones de profunda
sabiduría que asistían ó las augustas partes contratan­
tes para tenerle secreto hasta el tiempo de su publica­
ción. Recordamos el completo aniquilamiento de nues­
tra hacienda: Bonaparte, recien nombrado cónsul, de­
tenido por los suyos y por los trabas de la constitución
republicana, cuyo agente y ministro aparecía aun, np
podía sin comprometer su autoridad mostrar ú sus sol­
dados, á sus consejeros, á sus cámaras anticristianas y
at pueblo francés arruinado la carga de uu, sueldo des­
tinado á cuarenta; mil eclesiásticos; pensión alimenticia
reservada en el contratóle venta de los bienes del clero
para igual y ocaso superior número de frailes y monjas,
de titulares y beneficiados, jubilados y pensionados en­
tonces. Este presupuesto eclesiástico durante los apuros
del erario debia diferirse hasta una ocasion mas opor^
tuna. Es preciso decirlo eu alabanza de Bonaparte:
cuando se entregaba á sí mismo y estaba libre de las
preocupaciones de su orgullo, tenia ideas nobles y eleva­
das sobre la religión y el honor y decoro que se debia
al sacerdocio: entonces no se conocía al hombre de 1793,
aquel á quien llamaron los mas célebres diplomáticos
de su tiempo unas veces Robespierre á caballo, otras la
revolución encamada. Y si la sumo que había reserva­
do para el presupuesto del clero no se hubiera distraído
de su d$sl¿no; si la renta vitalicia pagada á los monjas
y beneficiados despojados por la ley de usurpación de
los bienes eclesiásticos hubiera entrado en el acervo á
la muerte de cada alimentista según las miras de Bo­
naparte; ó la hora presente nuestro presupuesto acre­
centado con tantas pensiones extinguidas montaría á
un capital suficiente para atender á todas las necesida­
des del culto, á la decente manutención de sus minis­
tros y á la conservación de sus edificios é instituciones
públicas. Este capital no seria ahora inferior á tan
innumerables necesidades, y para satisfacer los deseos
de todos los hombres de bien no le faltarla otra cosa
que estar impuesto sobre la hipoteca ó mas bien la pro­
piedad de las fincas no vendidas y todavía subsistentes
despues de la gran rapiña de 1790. Mas al tiempo de
firmarse el concordato no estaba aun bastante prepara­
da, la Francia revolucionaria para saber con paciencia
la notíciíK de semejante carga. Un, año despues Bona-
parte había hecho á paso de gigante incalculables pro­
greso en su carrera: las formas de su gobierno eran
menos republicanas y se acercaban mas á la monarquía*
y ya hablaba como soberniio rjué quería, ser contra -
dicho* E l buen orden que empezaba ¿ introducir en la
hacienda, le había dado bastante confianza para descu­
brir su secreto, y se publicó el concordato tal como ge
había concebido con un cura inamovible por distrito y
un coadjutor amovible-por concejo. La aprobación que
unánimemente dieron á esta disposición los obispos
nombrados en virtud del concordato, amostró1con to­
da la claridad del dia. La primera operacion de estos
prelados fue publicar el nombramiento que habían he­
cho para todas las parroquias vacantes (lo estaban todas
según la nueva demarcación que acababan de ejecutar).
Habían dividido estas parroquias en dos clases, curaa
inamovibles y coadjutores amoviblesy la amovilidad
é inomovilidüd se establecían entre ellos como un l í ­
mite para marcar su diferencia. Los obispos no podían
contradecirlo sin reclamar contra su propia obra. Hay
mas: aun cuando se les hubiera dado á optar entre es­
tos dos órdenes de pastores, estoy seguro que hubiesen
cedido á la fatal necesidad de los tiempos y optado por
la amovilidad del mayor número de los cooperadores de
su ministerio.-No hay duda que su adhesión á esta me­
dida equivale á un consentimiento formal, y si no lo es,
no le falta nada de lo que le constituye un consenti­
miento tácito. Mas podemos dar un paso adelante, y
ahora que esta ley invoca en su favor una posesion tan
larga y pacífica, no hay inconveniente de que discurramos
asi: una costumbre adornada de todas las condiciones
requeridas por el derecho tiene fuerza de ley; ¿y se ha
oido jumas la menor queja en cuarenta años que se está
practicando-esa'ley ? E l papa reclamó contra la ley
orgánica desde su promulgación, y notó y especificó por
menor todas tas disposiciones que le parecían reprensi­
bles. Pío V I I , ese peregrino apostólico que yíno á Pa­
risié n el tiempo de su pasajero valimiento, con el empe­
rador presentó un enorme cuaderno en que no se omi­
tía ninguna de las llagas mas ocultas que afligían á la
igtesia de Francia. En estas doá ocasiones ni una pala­
bra dijo contra esa ley (1), que según los señores Allignol
es la caja de Pandora de donde salen todas nuestras
calamidades. En 1819 todos nuestros prelados, y á su
cabeza Los cardenales de Perigord y La Luzerne, afligi­
dos deja inobservancia ó mas bien abrogación del con-:
cordato de 1817, firmaron por unanimidad una carta al
papa en que desahogan las quejas y angustias de su a l­
ma en el corazón del padre común de todos los fieles.
A llí exponen menudamente todas las desgracias de la
iglesia de Francia, la opresion que sufre, la licencia
de las costumbres que va siempre en aumento; y la
libertad dé imprenta que llaman nuestros autores el
gran agente de lodo bien, se apellida allí fa gangrena
que la devora. Ni una palabra se dice contra la amo^
vilidad de los coadjutores ni aun al llegar al capítulo
de las leyes orgánicas, contentándose los prelados
con indicar Jas disposiciones publicadas sin noticia de
S. Santidad i lo cual implica una aprobación tácita de
la Iey.de la amovilidad tan conocida del papa y de su
representante en París, y que todos los firmantes eje­
cutaron libremente lejos de haberse opuesto jamas á
ella. Dicese que Luis X V I I I reclamaba contra esta me­
dida: nada de eso. Por entonces creó muchos miles de
ayudas de parroquia : cierto que su pensamiento era
que fuesen inamovibles; y si los autores le hubiesen
enviado sus prolijos lamentos sobre este punto tan de­
licado de su corazon, seguramente no hubieran recibido
una respuesta favorable. Nuestros prelados pensaban
del mismo modo, y si esta ley estuviera por hacer, la
hubieran hecho. Mas si nuestros autores se equivocan
en cuanto al origen de la ley, nó es menor su error res­
pecto dei caracter de novedad que lo atribuyen.

(1) Iba á imprirtíirse este pliego cuando he leído en


E l amigo de la religión de los días 7 y 11 de julio el texto
dé las reclamaciones de la Santa sede contra la ley orgá­
nica. Ese documento confirma plenamente todo cuanto
siento aquí. * . .. ;
II - De la a n tig ü e d a d de e s ta le y .

La ley de la inamovilidad de los paslores está lejos


de poseer aquel carácter de antigüedad, perpetuidad
y universalidad que constituye in preciosa cualidad de
muchas leyes de la disciplina eclesiástica, y ha sido
temporal, local y variable según los tiempos y circuns­
tancias como toda las leyes disciplinares.
Nuestros autores olvidan que despues de la irrup­
ción de los pueblos del norte, suspendidos los estudios
de las escuelas durante ios tiniebU’s de la edad media,
cayeron los curas en el mayor envilecimiento: éste era
el efecto fatal é inevitable de* su crasa ignorancia y de
su vida abyecta. Entonces conoció lá iglesia la necesi­
dad de encomendar la administración de bis parroquias
á los monasterios y corporaciones religiosas , y es sabi­
do que aquellas c:>sas fueron ei único asilo donde se re­
fugiaron la ciencia y !a regularidad clerical. Conocese
que no pudiendo estas corporaciones gobernar colecti­
vamente debieron cometer la administración de las par­
roquias á algunos individuos revocables á voluntad de
tos superiores. Ye aquí pues una multitud de curas
amovibles, y digo una- multitud porque era tan crecida
como los lugares en que los monasterios eran propieta­
rios ó diezmcros , y muchas ciudades, villas muradas y
pueblos grandes estaban bnjo la dependencia feudal do
aquellos. La iglesia aplaudía esta amovilidad y con ra­
zón. Nadie ignora la misión providencial que desempe-'
fiaron luego las esclarecidas órdenes" de san Francisco
y santo Domingo supliendo con su predicación la de ios
curas de entonces, semejantes á perros mudos que no sa­
bían ladrar; y esa es la honrosa etimología del título de
fra ile s predicadores que la voz pública dióá los domi­
nicos. Aquel orden de cosas no era vituperado de nadie,
y lo que nuestros autores quieren llamar un enorme
abuso, tuvo nada menos que cinco ó seis siglos de du­
ración. ¿Habrá que recordar aquellos tiempos de obscu-
ridad y tinieblas, en que era tan abyecta la vida dé mu -
chos clérigos y pastores qué Córria en boca de! pueblo
este refrán: Quien quiera condenarse, no tiene mas que
hacerse clérigo? Omito las circunstancias particulares
de aquella monstruosa situación. ¿Y era un bien tan
apetecible para la iglesia la inamovilidad de aquellos
curas que andaban erguidos con U oprobiosa marca del
vicio en la frente? Este desorden subsistió hasta el con­
cilio de Trento, cuyos padres pusieron término á él con
sus decretos de reforma. Las órdenes religiosas por esa
fatal propensión de nuestro corazon hácia la relajación
decayeron también de su primitiva regularidad y ob­
servancia con el transcurso de los siglos , y necesitaron
de reforma en vez de ser ellas reformadores útiles de
los rectores de las parroquias. Los hechos ae leen éri
lag historias profanas y en los anales eclesiásticos, y nues­
tros enemigos, no los ignoran.-Sin embargo siento que
nuestros autores me obliguen á traerlos aquí á la me­
moria por la necesidad de la causa santa que defiendo.
Mas si los religiosos se habían hecho débiles pastores,
las corporaciones á que pertenecían incomodaban al
episcopado por el abuso desús inmunidades y privile­
gios. Desde entonces los obispos se fueron haciendo
mas y mas propicios á los curas; pero hasta despues
de publicada la reforma de! concilio tridentino no em­
pezaron estos árehabilitarse honoríficamente en la opinion
pública, ni continuaron adelantando en una nueva car­
rera, es decirt en honrarse ellos y su corporacion con
las ventajas de la ciencia y de la regularidad de vida.
Abriéronse ios seminarios, fruto inapreciable de la re­
forma de Trento, y dé estas escuelas eclesiásticas salie­
ron un número sin número de pastores piadosos é ilu s­
trados. E l abuso de los beneficios simples, la' parte Ico'
n in a que . los diezmeros se reservaban en el beneficio,
mientras que descargaban todo ei oficio en los servido­
res mediante una porcion llamada congrua y que vino á
ser incongrua con e! transcurso del tiempo; este ábu^o
que el concilio de Trento habia visto y no había repa-
rodo por prudencia y por el respeto debido ála propiedad,
se hacia:cada vez mas; escandaloso. Todos convenían en
que el patrimonio de la iglesia considerado en sí no exce­
día desús necesidades; pero hubieran deseado una dis­
tribución mas útil y conveniente; y no hay duda que si Ja
iglesia hubies^tenido una congregación general en 1790,
habria podado las ramas del árbol que nuestros cons­
tituyentes, juzgaron oportuno cortar por el tronco pa­
ra limpiarle mejor. En fin hacia mucho tiempo, y en
especial unos cincuenta años antes de la revolución, que
la opinion pública era cada día mas favorable á los con-
gruistas y mas adversa á los diezmeros. Los curas eoso-
berbepidos por la prosperidad y extraviados por los falsos
consejos del partido jansenista y las alabanzas pérfidas
del filosófico olvidaron al cabo el respeto y la subordi­
nación debidos á los obispos. E l error presbiteriano se
introdujo entre ellos, y la historia imparcial dirá á to­
dos los siglos que los curas presbiterianos sentados en la
asamblea constituyente fueron uno de los primeros fún­
dameutos del cisma y de lu herejía constitucional y una
causa real y eficaz de la funesta revolución de 1790.
Ese presbiterianismo es el que revive en la obra de los
señores Allignol. Mas aq,uí ocurre al entendimiento y
aun salta á los ojos una reflexión. Tentado está uno por
decirles; Si creeis tener encargo para proponer á la
iglesia reformas á vuestro juicio necesarias é indispen­
sables, el medio indefectible de impedir su efecto es
proponerlas fuera de tiempo. Aguardad la época tan
deseada y siempre esperada, en que nos sea dado ver
los dias felices de la iglesia reunida en concilios par­
ticulares ó .generales. Mas me diréis: ¿Cuando llegará
ese tiempo? Dios lo sabe, convengo en ello; pero antes
de .que llegue ¿de qué sirve vuestro escrito? Para la
iglesia es un rumor perdido en los aires y para la im ­
piedad,una palabra que regala dulcemente sus oidos, y
qije recogida con gozo le suministrará arm3g para com­
batir contra la iglesia.
III. — N a tu r a leza y v É im A D E tto c a r á c ter de e s­
ta I-IíY.

Este es el lugar de cumplir mi prdmesa y probar


que la amovilidad de los curas era, cuando se publicó el
concordato, una necesidad del tiempo y de las circuns­
tancias. Esta necesidad'la saco del fatal estado moral de
las personas puestas á disposición de los obispos para
proveer las parroquias vacantes. Estas personas pueden
clasificarse en tres categorías. La primérá se compone
de los sacerdotes constitucionales, á quienes correspon­
día una tercero parte de los empleos vacantes en virtud
de la ley dictada por el sable de Bonaparte; y á la ver­
dad que este era bien pobre recurso, porque para encon­
trar un sacerdote honrado y de arreglada conducta ha­
bia que pasar por cima de mas de diez malos y de mu­
chos contumaces1en la herejía. La segunda categoría dé
los sacerdotes en tonces elegibles para el; ministerio par­
roquial era la de los religiosos. Ya en tiempo de san
Vicente, de Paul se habian relujado tanto las institu­
ciones monásticas en Francia, que aquel ejemplar sacer­
dote decía de muchas que mas eran desórdenes que ó r ­
denes. E l hambre y la indigencia solian llevar estos tris­
tes operarios ó los pies del obispo para pedir trabajo en
lá viña del Señor, y aquel padre de familia afligido se
le daba, juzgando que tal ministerio era un mal menor
que la falta de toda religión y del culto público en untt
parroquia.. A estossacérdotes se agregaba otra tercera
clase de pastores no menos sospechosos de indignidad:
la muchedumbre de antiguos poseedores de beneficios
simples, para quienes el santo ministerio se habla con­
vertido en una especie de oficio necesario. Por último
la única pordon buena y preciosa del sacerdocio, cuyos
individuos sin ser profetas decian al prelado: Aquí estoy,
envíame: ecce ego, müte me; eran los párrocos, que pen­
dían volverá sus antiguas iglesias. Mas ¿qué eran estos
pocos trabajadores para un campo igual en extensión á
una provincia eclesiástica? Si era triste el estado pre­
sente déla iglesia, no afligía menos el venidero. Para
proveer tantas parroquias vacantes, para reemplazar á
tantos ancianos decrépitos ó corporaciones destruidos
por ta persecución ¿qué recursos se presentaban aquí á
la iglesia? Un puñado de alumnos del santuario, que ha­
bía que.colocar en los empleos mas elevados al salir del
seminario. Pues yo pregunto si en tal situación debió
parecer la inaipoYilidad de los párrocos tan apetecible á
los prelados que intervinieron en el concordato, como lo
parece á nuestros dos escritores; y aun cuando fuese
cierto (lo cual no está probado) que la iniciativa dé es­
ta ley corresponde á la potestad civil, ¿es verdad que el
episcopado merece tanta censura por no haber reclama­
do con perseverancia contra esta disposición y aun des­
obedecido formalmente el orden legal? Por último aña­
do con gran escándalo de nuestros autores que no ha
llegado todavia laocasion oportuna para sustituir la ina-
movilidad a¡ estado amovible de los redores de las ayu­
das de par roquio, .
. Esta ley no debe considerarse en sí é in abstracto,
sino que se ha de combinar con la ley civil que admite
el recurso de fuerza ante el consejo de estado por la
sentencia que luí pronunciado el provisor del obispo
contra los párrocos inamovibles. Estos casos son raros,
rarísimos, á causa del mérito de los curas de distrito,
que ordinariamente son lo mas florido de la diócesis;
mas cuando ocurren, ¡cuántos disgustos y apuros cau­
san, al primer pastor! E s sabido que el recurso de fuerza
llega por el conducto del prefecto al ministro y por este
al consejo de estado. Asi el prelado antes de.meterse en
este procedimiento tendrá que concertarse con el prefec­
to y descubrirle con los papeles en la niano todos los
horribles secretos.que puede ocultar el misterio de se­
mejante causa. Muchas veces preferirá á tal difamación
del sacerdocio ver sentada la iniquidad en el lugar de
la justicia ( es decir , en las cátedras raas altas del mi­
nisterio parroquial.
■- -Los obispós de láantigua Francia , obligados por el
recurso <I« fuerza ^hacerse agentes de pleito^ ante los
supremos tribunales de justicia r solian preferir la impu­
nidad del vicio á semejante degradación de sü autori­
dad* y rara vez procedían por via de destitución jurídica
contra los pastores viciosos, contentándose con fulminar la
suspensión, el entredicho y otras penas * en que no se
daba el caso de recurso de fuerza. Figúrese cualquiera
los treinta y cinco mil coadjutores armados del terrible
privilegio de la inamoYilidad, y me parece que nuestros
prelados responderían unánimes qu'e no era posible
mantenerse en el gobierno episcopal rigiendo tal ju ris ­
prudencia.

IV * - ^ S e n t id o m la ley de la a m o v il id a d .

He sentado que nuestros autores se equivocan en


cuanto al sentido do la ley civil y eclesiástica relativa á
la amovilidad de los coadjutores (Je las parroquias. En
efecto todos convienen en que ¡a práctica y la costum­
bre son los-verdaderos intérpretes dé las leyes, y que la
decisión de aquellas prevalece sobre lá de los doctores,
teólogos ó canonistas. Pues consultemos aquí la costum­
bre sobre el grado verdadero á que queda reducida en
la práctica la jurisdicción del cuta de distrito, y la infe­
rioridad y dependencia délos coadjutores respecto dé él;
E s mani Resta que los señores Allignol han Visto' aquí la
jurisdicción de distrito con el telescopio de su imagina­
ción. Si se los* oye, la jurisdicción del cura de distrito se
extiende á todo el territorio del juzgado de paz y á to-
das-las personas habitantes en él; y de aquel solo y bajo su
dirección deben estas recibir la instrucción, los sacramen­
tos y los auxilios de la religión. A él sülo corresponden el
pie de altar y todos los fondos que se recaudan, y los
coadjutores no son mas que unos tenientes que van á des­
empeñar en lugar del cura las funciones del ministerio
en las capillas rurales de su vasta parroquia. En una
palabra los curas de distrito por los privilegios de ho-
ñor y autoridad que reúnen en sus personas, forman
otra casta sacerdotal, que de buena gana se compararía á
ios bramaues de la India.
Reduzcamos á su justo valor todas estas exageracio­
nes, y opongamos los pacíficos y tranquilos servidores
de las ay udas de parroquia á los coadjutores exaltados y
preocupados por ia pasión. « E s menester hacer justicia
á nuestros obispos, nos dirán en la página 187. No
lardaron en conocer cuán perjudicial era á la religión
esta situación (amovible de ios coadjutores) y cuánto
envilecía el ministerio pastoral á ios ojos délos pue­
blos. Asi se dieron priesa á conferir é los coadjutores la
potestad de que siempre ha revestido la iglesia á los
pastores délas almas, sustrayéndolos de esta suerte de la
dirección de los curas, si no de derecho * á lo menos de
hecho. Hablase, añaden también, de una ley civil que con­
tiene una disposición semejante.»
En vista de esto todo el alboroto de nuestros autores
se reduce á un sonido vano que se pierde-en- el aire , á
un terror pánico de la imaginación preocupada por unas
fantasmas como las que se ven en los sueños nocturnos.
«Mas ¿porqué, continúan, no se han mostrado los obispos
mas consecuentes acabando su obra? La cosa estaba en
sus facultades. Nada Imbia mas sencillo y fácil para ellos
que elevar los servidores de las ayudas de parroquia al
título de curas. Nuestros prelados no han creído deber
seguir esta conducta ni adelantar tanto (Ibid. p. 187
y 188).»
T en otra parte nos dirán que esta ley es una ne­
cesidad para esos mismos prelados, y tienen razón. Su­
poniéndolos convencidos de que esta disciplina era no
solo conveniente y ú til, sino también oportuna en los
tiempos y circunstancias, ¿pueden efectuarla en la
práctica delante de la potestad civil y de la invencible
resistencia de esta? Enhorabuena que nuestros autores
expongan libremente sus ideas; pero las del papa y los
obispos son otras; y en el centro de administracioo don­
de están colocados teniendo en lá mano todos los hilos
t. 45. 23
de las cuestiones, poseen aquella gracia del ministerio
y aquel conocimiento de las cosas para discernir el bien
general de la iglesia, que no puede tener un coadjutor
en lo interior de su provincia. Su política eclesiástica que
quiere reformar en el hogar doméstico la disciplina ge­
neral de la iglesia, se parece á la de tantos diplomáticos
ociosos que con el diario en la mano y conversando en
las tertulias dirigen á su antojo todos los gabinetes y
dan impulso á los negocios generales de Europa.

V. — D e lo s m a lo s e f e c to s achacado s á es ta l e y .

Pero un error de los autores mas importante á mi


parecer y que degenera en su libro en un cúmulo de
calumnias atroces, es la serie de los malos efectos acha­
cados á esta ley. Si son tales como dicen, tienen razón,
y la reforma que indican es necesaria; solo ie falta ser
posible y pasar de una utopia ó una belleza ideal, en
vez de ser un reglamento conveniente y útil. Pero si es­
tos hechos son invenciones calumniosas y nada mas» nos
permitirán los aulóres que perseveremos en nuestra
opinion según la hemos expresado; y es que por mas
que la in» movilidad.de los coadjutores sea una institución
utíl y apetecible en teoría, debe diferirse para otros tiem­
pos, .cuando nuestra iglesia de Francia esté madura pa­
ra esta reforma. Para probar mi conclusión registremos
juntos los capítulos del libro en cuestión que se intitu­
lan: Resultados del nuevo regimen eclesiástico: De ia
amovilidad de los coadjutores.
En el-capítulo 2.°, página 137 leo:
«Las relaciones del episcopado francés con la santa
sede han disminuido considerablemente. Nuestros obis­
pos no recurren ya al papa mas que para solicitar su
institución canónica.... Ya no se ven aquellas comunica­
ciones íntimas é incesantes entre la cabeza y sus miem­
bros, que dan la suprema dirección á la primera, vigilan
activamente la fé y la conducta de los segundos y comu­
nican á todo el cuerpo un poder tan grande. Fácil nos
seria mostrar que se han roto ó relajado todos los'víü-
culos que deben unir á los miembros con la cabeza.
Difícil es dar pruebas de una ignorancia mas comple­
ta del estado actual del clero, y cabalmente en un libro
donde se trata esprofeso del estado actual de ese mismo
clero en Fra n c ia . Si yo quisiera alegar una de las te­
nues compensaciones que la revolución francesa ha mez­
clado con laníos males ocasionados á la iglesia de Fran­
cia; citaría de buena gana el restablecimiento de las re­
laciones con la santa sede en materia de jurisdicción
espiritual. Recuerdese la §umo delicadeza de loa antiguos
parlamentos respecto de cualquier acto de la jurisdic­
ción papal llamado inmediato en nuestras diócesis: el
menor ejercicio de ella era casado, anulado y declarado
de ningún efecto por aquellos tribunales supremos. Esta
era una de bis servidumbres con que nos oprimían bajo
el faUo nombre de libertades, es decir, de costumbres
de la iglesia de Francia, cuyos conservadores se decían
en nombre del rey protector de los cánones. E l nuncio
del papa en París no era otra cosa á sus ojos que un
embajador extranjero, y tenia las manos atadas para,
ejercer el menor acto de la jurisdicción de la sonta sede:
los parlamentos no lo hubieran consentido. Nuestros
prelados no se correspondían con Roma por el conducto
de é l, sino por el de los banqueros expedícioneros. Hoy
sí quiere ejercer esos actos de la jurisdicción voluntaria
en nombre de la iglesia madre y maestra de todas las
iglesias y con el consenlimiento.de nuestros obispos,
¿quién le fiscaliza y se le opone? Y si cree que no debe
ejecutar algunos actos, sirve de conducto intermedio pa­
ra solicitar el despacho en los diversos tribunales de
Roma, Nuestros obispos escriben directamente al papa
y reciben respuestas de él por el correo. Le piden esas
mismas dispensas que en otro tiempo se creian ellos
autorizados para otorgar en virtud de un privilegio de
su silla , el cual habia venido á ser legal por la pres­
cripción del tiempo; y recurren con frecuencia á Roma
para obtener licencias que antes no solicitaban. Los sira-
ples sacerdotes se acostumbran á interponer apelación
de loa netos .jurfsdiccionnles del obispo omisso medio y en
perjuicio del tribunal del metropolitano- Tales actos
hubieran excitado antigua mente la reclamación , no digo
de nuestros parlamentos , sino de nuestros obispos, de
nuestras universidades y de todos los defensores zeiosos
del derecho de nuestros ordinarios; lo cual no digo aquí
por quejarme de este nuevo estado de cósás, sino para
mostrar é nuestros autores que dicen verdad cuando
confiesan modestamente que en la situación local en que
se encuentran pueden escapádseles muchas equivocacio­
nes respecto de los asunto» de Francia. A mi juicio una
de las diferencias mas distintas y en cierto modo mar­
cadas entre la iglesia de Francia antigua y la nueva es
la libertad actual de nuestros preladós para comunicar­
se con Boma, que es mucho menor en loa otros estados.
Pareceme que habría mas coherencia y armonía en
nuestra administración, si nuestros prelados pudieran
reunirse libremente para concertar un regimen disci­
plinar uniforme despues de haber arreglado entre sí el
orden y la congregación de estas juntas. De la intole­
rancia de nuestra policía bajo este respecto resulta una
fatal coiitraposióíon entre nuestras cartas constituciona­
les y leyes sobre la libertad de imprenta y esa toleran­
cia pagana que no se desmintió durante los siglos llama­
dos la era de los mártires» como lo atestiguan las per­
secuciones de dicha época, de que queda hecha mención
en el cuerpo de esta obra.
Con la mismai exactitud en las ideas y la misma
verdad en la narración de los hechos dirán nuestros au­
tores que.la amovilidad de los coadjutores y la creación
de los curas de distrito han rolo las comunicaciones an­
tiguas éntre el obispo y los individuos de su clero.
Los errores de hecho de estos autores que señalo
aquí, son de otro género. Los hechos son calumniosos
contra el episcopado y el clero francés en cuerpo. E s
cosa fácil refutarlos, porque no hay mas que negarlos»
y una negación sin prueba vale tanto cotóo una afir-
macion que no alega ninguna. Por mi parte no trato
de ser creído sin pruebas como ellos, y juzgo que pue­
do producirlas mas firmes y de mas valor que las suyos.
«Cada prelado» se diqe en la página 205, tiene par
«lo menos cinco ó seis vicarios generales efectivos u
«honorarios, independientes unos de otros, lodos con
«facultad de emplear y deseraplear sin formalidad ni
«intervención y sin tener que seguir sobre esfe punta
«otra ley que su voluntad. E l uno quiere servir á un
«protegido: el otro quiere humillar á ta! ó cual sugeto,
«de quien cree tener motivos de queja. Aquel quita un
«empleo por el gusto, de mostrar su poder: este cree
«obrar por motivo de conciencia. Todos naturalmente,
«y acaso sin saberlo, tratan de predominar. Si ademas
«de esto el obispo es de un earacter débil <5 no gobierna
«por s í; forzosamente habrá confusión y se tnuHipLica-
»rán las mudanzas.»
; Niego esta aserción. No hay diócesis alguna eo que
el vicario general, sea titular ú honorario, esté autori­
zado por el obispo para emplear y desemplear sin form a­
lidad n i otro motivo que su resentimiento á el gusto de
ostentar autoridad. Todos estos actos, cuando no,son
obra de la voluntad sola del obispo, se han determinado
en pleno consejo. Si algunos prelados gobiernan , en los
términos de que hablan nuestros autores, ignoro su
nombre; y sin embargo los conozco á todos y he visita­
do sus diócesis. Tal obispo, si no es un errte ideal, «8
único, y quedan convictos de calumnia los señores Allig­
nol por imputar á todo el clero de Francia un modo
de gobernar tan injusto y arbitrario.
« Asi es que en muchas diócesis no se efectúan ya
«egtas mudanzas parcial é individualmente, sino en glo-
»bo y por cartas circulares. Nosotros hemos visto de-
«cretarse de un golpe veinte, treinta y cuarenta ánuea-
»tro rededor, y se nos asegura que en otras partes
«han pasado de este número. Si se suponen parciali-
«dad, prevención, mala voluntad y pasión en un vica-
«rio general influente; ¿á donde irán á parar les eo-
«sas? Podrán verse separados ó colocados en destino
«que no les corresponda, todos los sacerdotes buenos y
»todos los sugetos distinguidos, y empleados en su Ju­
agar loa dudosos y medianos, La suposición no es qui­
mérica, porque todos saben que se ha cumplido en
>juna diócesis del interior de Francia. Lo que allí ha
«sucedido puede suceder en otra. Sin duda será rara
»una desgracia tan grande; pero el mal sin ir tan ade­
lante debe sentirse mas ó menos en todos portes, por-
»que está en la naturaleza de las cosas.»
Niego formalmente esta aserción. Todo9 los años
ocurren mudanzas en las diócesis; pero de esta manera:
las roas han sido pedidas por los coadjutores: muchas
veces se hace por via de gracia y ascenso ó por simple
consejo; y cuando se hacen con rigor, siempre han s i­
do advertidos los párrocos sobre quienes recaen,'y mu­
chas veces han consentido en ellas. Vé ahí el gobierno
del clero de Francia según es, y añado según debe ser;
porque siendo tales nuestros prelados, según la pintura
que nos harán muy pronto los autores, que nos los
hubieran envidiado los mejores siglos de la iglesia, el
atribuirles un gobierno absurdo como el que han des-
cripto en el pasaje citado, es decir cosas increíbles, aun
cuando no fueran falsas de notoriedad.
Los demagogos y los independientes, defensores de
la soberanía del pueblo, han propuesto para justificar
la insurrección contra el gobierno Ja hipótesis de un ti­
rano, á quien se antojíise matar á todos sus súbditos
para reinar luego sobre los árboles y los bosques; y aquí
tenemos unos escritores que suponen en un obispo la
voluntad de destituir á lodos los buenos sacerdotes y
sugetos distinguidos para poner en su lugar curas dudo­
sos y medianos. Ciertamente hay mucha analogía en­
tre ambos hechos, con la diferencia que el primero es
aventurado como una hipótesis por sus autores, y el
segundo se afirma como una realidad que han vis­
to ya muchas diócesis y que no ta rda rá en sentirse en
todas parles, porque está en la naturaleza de las co­
sas. Basta enunciar tales objeciones para refutarlas*
«Todavia no son estos, continúan, los mayores ma­
úles producidos por la amovilidad, Esta ha destruido la
«armonía que exislia entre los sacerdotes con carga de
«almas y el gobierno diocesano, entre los inferiores y
» Ios superiores, y ha cambiado las relaciones benévolas
»y amistosas en altanería y dominación por un lado y
«en temor y servidumbre por el otro. La autoridad ha
«dejado de ser paternal y la obediencia filial. E l infeliz
«coadjutor, siempre amenazado en sus afectos y exis-
«tencia, y viendo suspendida sobre su cabeza la mu-
«danza ó la destitución, no puede amar á sus superio­
r e s , sino temerlos. E s un esclavo que sirve dominado
«por el miedo; mns no un hijo que obedece por amor,
«Las consecuencias necesarias de tal situación son la
«inquietud, el desaliento, la desconfianza, la tibieza y
«jahl tal vez el- odio.»
Niego también todos estos hechos. Semejante rela­
ción no es la historia fiel del estado del clero en F r a n ­
cia, sino una novela declamatoria, cuya falsedad viene
á ser una calumnia al episcopado y al clero de Francia.
Continuemos leyendo el libro de los señores Allignol.
«E n este estado permanente de inquietud y temor
«con respecto á los superiores no pueden los pastores
«amovibles conservar enlre sí la unión, la concordia y
«la caridad fraternal, virtudes indispensables que ha-
«rian grata y dichosa su existencia. Colocados hoy en
«un curato que les acomoda, tal vez se vean mañana
«reemplazados por un compañero estimado hasta enton-
«ces, un vecino ó un amigo, con Cuyo afecto se habia
«contado; y como todas las mudanzas se conciertan se-
«creta y tenebrosamente, y nunca se sabe la razón ni la
«causa de ellas, se pierde uno en conjeturas y supone
«informes, delaciones y calumnias. Asi los desventura­
dos coadjutores se vuelven forzosamente enemigos se-
«cretos unos de otros: desaparecen para nunca mas
«volver lá franqueza, la cordialidad y las estrechas re-
«laciones, y se suceden en su lugar la desconfianza, la
»envidia y ocaso el odio. Todos se observan: cíeyeudo
»ver ensu vecino un enemigo disfrazado ó un conope-?
»tidor peligroso. Nadie se atreve á fiarse de otro y vi-
»ve retirado en su casg, q si visita á sus compañeros
»es por ptsra urbanidad y pnra sondearlos.
»Esta triste situación ha producido otro resultado
«bien lamentable. Entre el clero de cada diócesis se
»han formado dos partidos opuestos, que á semejanza
»de los políticos 'pueden distinguirse con l&s nombres
»de partido ministerial y partido de la oposicion. Aque­
jólos que se reputa pertenecen al primero, son trata­
dos de espías, soplones y validos de los depositarios
síde la autoridad por sus adversarios; y los del partí-
»do contrario son acusados de oposicion sistemática, de
^insubordinación y casi de cisma. Los superiores mis­
amos mantienen esta división fatal, ciertamente sin
«querer y solo por la necesidad de su situación.))
Doy’la misma respuesta? error, mentira, calumnia.
Vease aquí el verdadero punto á que deben reducirse
esas aserciones falsas: todos ios clérigos de las diócesis
ge dividen verdaderamente no en dos p a rtid o s, sino en
dos clases, á saber, buenos y. malos. Los últimos sober­
bios, altivos y nó pudíendo sufrir el freno de la auto­
ridad, representan en la iglesia e^ partido que llamaría
yo de buena gana antienlesiéstico y que en los estados
populares se llama de la oposicion: los otros, piadosos,
dé regular conducta, amigos de la iglesia y .fieles obser­
vantes de la disciplina, no son un partido, ó rí le for­
man, cuando haya que nombrarle, le llamaré partido
$e la religión y de la iglesia.
La misma exageración se nota en el discurso de los
autores respecto del exceso de honor y consideración
que da el pueblo á; los curas de distrito en perjuicio de
los coadjutores y del >ien espiritual de las almas. La
falsedad de estos hechos es manifiesta para el observa­
dor juicioso de los hombres y de las cosas. Parte de es­
ta consideración es anexa at empleo de cura de dis­
trito; pero no pende tanto de su inamovilidad coma de
la posicion geográfica del curato. Antiguamente ios
de las ciudades, villas y lugares grandes eran reputados
por mas considerables que los de loa pueblos chicos:
pues lo mismo sucede en el dia. Por lo demas un coad­
jutor eminente en ciencia, piedad y doctrina na es me­
nos estimado y venerado qué el cura de distrito con ser
aquel amovible y éste no, yes mas consultado en las
dudas que ofrece la ley de Dios, si le aventaja en saber
y doctrina.
Hasta aquí no he hecho mas que negar las aser­
ciones de nuestros autores; pero ha llegado la ocasion
de cumplir m i promesa. He dicho que no quería :ser
creído por mi palabra, y aunque la legitimidad de mis;
medios y títulos no pende de mi persona, sino del vene­
rable ministerio que ejerzo'en ló iglesia , por eso solo
no puedo producirlas sin hablar de mí. Debo pues usar
antes esta precaución oratoria, mas conveniente y pre­
cisa ¡en mi pluma que en la de san Pablo: Hablo como in -
sensato; pero soy obligado á ello p or lü necesidad de
una causa santa. ' ■ : :- ; . v
He visitado todas las iglesias de Francia excepto
cinco ó seis, las rnas de etfás dos veces y muchas 'hasta
tres, y en el curso de mi expedición lie conversado con
nuestros ilustrisimos prelados i sus vicarios generales,
sus provicarios, los curas mas notables de primera y
segunda clase y los servidores de las ayudas de parro­
quia. He podido fijar de una ojeada general el estado re­
ligioso y moral de aquellas diócesis, y muchas veees'se
me han confiado los secretos mas íntimos. Con arreglo
á todos estos datos preguntado y obligado á declarar co­
mo testigo en el escandaloso proceso que suscitan estos
autores al episcopado y á los curas propios de Francia
ante el tribunal del público, declaro que mi deposición,
es enteramente en descargo de los ilustres acusados y da
una desmentida formal ó los acusadores.
V I, — S o b r e l a c a usa d e la s d e s g r a c ia s de la
IG LE S IA D E FRA N C IA .

Tío debo omitir tampoco aquí otra acusación que se


repite incesantemente en sus discursos: gobierno a rb i­
tra rio , gobierno de capricho, gobierno libre de todas las
formalidades que precaven el error y prolegen la ino­
cencia , exigidas rigurosamente por el derecho.
Los obispos gobiernan hoy como en lo antiguo pro­
cediendo contra los curas propios inamovibles yen ca­
so de destitución ante el provisor, despues que la parte
ha sido amonestada canónicamente y citada para defen­
derse en juicio contradictorio. De otro modo proceden
contra los vicarios y pastores amovibles, y todos los
coadjutores lo son en virtud de una ley que nuestros ter­
cos autores han llamado tiranía é injusticia, y que nos­
otros miramos solamente como una necesidad fatal,
desgraciada, si se quiere, y reformable en tiempo opor­
tuno; pero provocada ahora por la fuerza de las cosas.
En cuanto á tas sentencias de suspensión , entredicho y
otras inferiores á la pena capital el régimen episcopal
de la iglesia de Francia de hoy no se diferencia del de
la antigua: antes del juicio se emplean moniciones y
otras formas caritativas; pero ajenas de la publicidad y
del estrépito de la justicia contenciosa. Los iudepen-
dientes de entonces no. cesaban de gritar como los de
ahora contra la arbitrariedad y el despotismo; lo cual
rae da motivo para recordar A estos m urm uradores pen­
dencieros las verdaderas nociones del derecho público en
esta materia y la diferencia que en él se indica entre el
gobierno legítimo y monárquico y el arbitrario y des­
pótico.
Empiezo haciendo una observación, y es que los
autores deberían citarnos el nombre de esos escritores
á quienes combaten, y que a u to riza n , si se los oye á
ellos, el regimen eclesiástico fundado no en la ra zó n y ta
eterna ju s tic ia , sino en la voluntad a rb itra ria y el ca-
prietio. E l monarca, dicen unánimes los publicistas, go­
bierna por leyes, y el déspota por su simple voluntad
como el señor á sus esclavos: ve ahí el límite que ponen
entre la monarquía y el despotismo, es decir, el go­
bierno arbitrario. Es verdad que la voluntad del monar­
ca esquíen hace la ley; pero ya se ha puesto una gran
barrera á la voluntad arbitraria de un tirano con obli­
garle á explicarla y publicarla en forma de ley. E l dés­
pota que quiere arrebatar los bienes ó la vida á un ino­
cente, le envia un cordon para que se ahorque ó un es­
birro para que le mate; mas el monarca antes de poner
ía mano én un vasallo debe emplazarle ante un tribunal
y buscar hombres tan corrompidos que perviertan ía
razón y conviertan en ley el homicidio. Esto es cierto
en todos tiempos, y mas aun en aquel en que la opinión
pública pasa por ser la reina del mundo. Estas cosas
las conoce un entendimiento á quien no preocupa la pa­
sión. Pero ahora debo citar á los autores una autoridad
que pesa mucho en su balanza, y es su propio juicio.
Ruego al lector considere atentamente y reflexione u ii
instante sobre el testimonio que dan los señores Allig-
nol al episcopado francés, y saque de ahí las conse­
cuencias.
« S í, !o decimos sin vacilar y bieii persuadidos de
«que nos aplaudirá todo el mundo: á pesar de la gloria
«inmortal de la antigua iglesia galicana no nos presen­
t a sil historia ninguna época en que el episcopado
«francés haya sido mas digno de la confianza del clero
»y de la veneración de los pueblos. En todos los siglos,
»aun los mas bárbaros, se encuentran pontífices emi-
«nentes en ciencia y piedad: sobre todo en el gran siglo
»de Luis X IV * que es modelo en todas cosas, se hallan
«prelados dolados déla virtud mas sublime, delingenio
«mas brillante y de la ciencia mas profunda: los nom-
wbres de Bossuet y Fenelon inspiran todavía el amor y
«exigen el respeto; pero ¿dónde se encontrará un cuer-
»po episcopal entero, cuyos miembros hayan sido mas
»verdaderamente pastores que nuestros obispos, mas
jnledicados á la felicidad de su rebaño, mas asiduos para
«instruirle, mas desinteresados, mas accesibles á lodos
»y animados de un zelo mas ilustrado, prudente y
«compasivo? No, no creemos que ninguna otra época
»de nuestra historia., ni aun los anales de ninguna otra
«nación hayan presentado jamas al mundo ochenta pon­
tífic e s mas á propósito para merecer el amor y esti-
«macion de su clera y la confianza y el respeto de los
«fieles.»
¿Cómo al escribir esta página no han visto los seño^
res Allignol que borraban de una plumuda casi lodos-
los capítulos de su libro? ¿Cómo no ven que todos los¡
desórdenes notados por ellos en la iglesia de Francia y
todos los agravios que alegan no pueden ser reales sin
recaer con todo su peso sobre el episcopado, el cual no
solamente lo sufre y tolera, sino que es la causa inme­
diata de ellos y Jos emplea como un agente activo y u lil
para satisfacer su orgullo, ambición y deseó de mandar?
Si ,nuestros ochenta prelados son modelos' de pastores y
ge-los debe comparar, no con los Feneiones y Bossuet,
sino con los Atanasios, Ambrosios y los mas venerables
de los mejores siglos; ¿cómo esos mismos prelados tie­
nen cinco ó seis vicarios generales con ¡a facultad de
poner y quitar ^info rm a lid a d n i intervención y sin otro
motivo que su capricho ó mas bien stts pasiones por
h u m illa r al u«o, vengarse del otro y hacer alarde de su
valimiento y poder? Esos mismos oprimen á sus inferio­
res con un yugo de hierro: lea parece que gobiernan
esclavos, y alimentan y fomentan esas extrañas discor­
dias de que los autores nos han trazado una horrible
pintura, capaz de hacer verter lágrimas de sangre á un
amigo de la religión, sino fuera fingida. No vengan des­
pues deciéndonos que estos desórdenes no tanto son obra
de la voluntad délos obispos como un efecto fatal é ine­
vitable de la ley orgánica y aun de la naluraleza de las
cosas. En primer lugar nos han dicho en otra parte que
en mano de los prelados estaba el sobreponerse á esa ley
orgánica y no hacer ningún caso de ella; pero pasemos-
les esta contradicción. Que nos cilea esa ley orgánica
que manda fas injusticias señaladas por ellos: ¿dóndfr
está la ley que manda considerar «como un crimen
hasta la sombra de la mas leve oposición y la menor
desaprobación de sus actos „ mirar como únicos dignos
du premio ajos que los aduian¡y aplauden, reservar para
estos indigné aduladores los mejores empleos, separar
de ellos á todos los hombres de mérito, sin podérseles
ocultar que con tan indigna conducta dividen á su clero
en dos partidos irreconciliables?» ¿Por qué artificio nos
demostrarán que no pue^e un obispo gobernar á una
multitud de pastores amovibles sin verse precisado por
el destino y la inevitable necesidad á cometer tan enor­
mes injusticias? S í, no dudo decirlo, estos autores por
su muía lógica se ponen en un estrecho sin salida, y
tienen que decir ó que esos desórdenes no son delitos eu
materia de gobernación eclesiástica * ó que los obispos
han podido gobernar su diócesis sin tomar parte en
ellos, ó que han podido ser sus autores sin dejar de ser
santos y perfectos. No se sabe qué vicio domina mas eu
semejante declamación si Ía ignorancia, la inconsecuen­
cia ó la calumnia. No he dicho nada de otro agravio que
imputan al episcopado, y que por sí solo pone el colmo
á sus yerros y los anula todos. Dicén que el cuerpo
episcopal ha derribado en Francia hasta ios cimientos ta
constitución divina de !a iglesia, la ha dejado sm leyes
fija s y sin disciplina especial, y ha introducido u n régi­
men vago y confuso y u n derecho nuévo , en el que no
se reconoce ningún vestigio del antiguo. A la verdad
que todo esto es grave, y si eu la cabeza de ios autores
se compone y conciba con la santidad de los Ambrosios
y Atanasios, es que tienen la habilidad de*unir y con­
cordar los contrarios, - *
Engañanse (y este es otro error de hecho que Íes
censuro) en cuanto á la causa de las desgracias de la re­
ligión y en particular del envilecimiento del clero. La
causa principal de que pende esta gran calamidad, es el
haberse propagado entre el pueblo la irreligión y el
ateismo. Un pueblo imbuido en las ideas de que la re li­
gión es una preocupación, los ministros de ella unos
impostores que propalan en el pfilpitb una doctrina
que no creen, el sacerdocio un oficio como cualquier
otro, y las oraciones y las misas un medio lucrativo para
vivir, se cura poco de que sean los pastores amovibles
ó inamovibles, porqueá todos loa desprecia igualmen­
te (1). A. vista ,de una causa semejante ¿no es cosa donosa
oir ü nuestros autores acubar todos sus lamentaciones
sobre las calamidades de la religión y del orden social
con este único estribillo: Amovilidad de los coadjutores,
inamomlidad de los curas de’d istrü o ?

V II, — S o b r e tos r e m e d io s a p l ic a b l e s á lo s m a ­
les D E L A IG LE S IA D E FRANCIA.

También se equivocan nuestros autores (y este es


el último error de hecho que les tacho) en todos los
medios que indican en el cnpítulo V I I I para restablecer
en Fra n c ia la disciplina de la iglesia y re s titu ir pron­
tamente a l clero, y sobre lodo á los curas ru ra le s , la
consideración y el influ jo qu& les ha arrebatado el nuevo
regimeñ eclesiástico.
Los señores Allignol hablan de un recurso de lodos
nuestros obispos á la santa sede, y se figuran al pontí­
fice de Roma bastante poderoso como en tiempo de
Gregorio V II para corregir los vicios de ia administra­
ción civil en Francia é intimar órdenes al poder legisla-

(1) Bajo el glorioso reinado de María Teresa en Ale­


mania, mientras que el gabinete de España era el mas
enconado de todos contra los jesuítas, cuya destrucción
«leseaba, el anciano príucipe de Kaunitz, ministro de la
emperatriz, decía de un ministro español conocido por
su aversión á aquellos regulares: Hse hombre lleva un
je su ifa montado á horcajadas en las narices. Si yo no te­
miese mezclar la chanza en unas materias tan graves;
diria de los autores que cada uno de ellos lleva unJ(.cura
inamovible montado de la misma manera.
tivo:, al rey que reina y no gobierna. Indican la libertad
de imprenta (y aquí repiten la escandalosa teoría sobre
la cual me he explicado ya) y el derecho de petición.
Pueden ellos ensayar ese medio mágico» y la experien­
cia les mostrará el fruto de él y sabrán si su palabra se
dirige á sordos. Hablan-de los concilios provinciales, y
yo no me cansaré de repetirles lo que han dicho ellos
mismos: que no conocen el mundo , n i los sucesos que
pasan en él iodos los dias. Aquí suspendo mi tarea,
porque no tengo ánimo para seguir todas esas utopias
y proyectos ociosos.
Un medio hay de restituir al orden sacerdotal par­
te de su antigua consideración, medio aplicable y prac­
ticable en el día y que ninguna fuerza humano puede
impedir; y es la virtud y santidad de los párrocos y
sobre todo de los coadjutores que son los mas en esta
clase.* i Oh I Si cada lugar estuviera gobernado por un
cura discreto, prudente, desinteresado en el ejercicio
de su ministerio y caritativo hasta el punto de partir
con el pobre su pan y su módico salario; entonces si
que entraríamos en un camino de progreso, y la reli­
gión habría adelantado infinitamente hácia su restau­
ración. Antiguamente decíamos: tal cura, tal parro­
quia; y bajo un pastor santo y perfecto es infalible la
reforma del rebaño. Esta proposicion se verifica aun en
aquellas provincias en que la fé subsiste viva en las al­
mas y cada oveja oye la voz de su pastor y camina
bajo del cayado de este; pero en las mas de las parro­
quias sin Dios que confinan con la capital, ha dejado
de ser cierta. ¿Y por qué? Porque la fé empieza por
el oído; y esos infelices están aferrados en la funesta
resolución de no acudir á la iglesia para oir la divina
palabra. Pero si los desventurados habitantes de esos
paises de desolación tienen oidos y no oyen, tienen
ojos y no ven; todavía queda á un buen pastor el me­
dio de llamarles la atención con el admirable espectá­
culo de las obras heroicas de la virtud pastoral: el des­
precio de la muerte junto al lecho de los enfermos y
moribundos, el heroísmo de la caridad que derrama
toda su sustancia en el seno del pobre, esa paciencia
inalterable'que todo lo sufre y aguanta sin que se can­
se jamas por los mayores ultrajes, en una palabra esa
vida ejemplar de un pastor santo, á quien no pueden
ver sus feligreses sin decir á una : ese es el padre de
nuestros huérfanos, el maestro de nuestros hijos, el
consolador de todos los afligidos y el amparo de la vejez
y del infortunio. Donde quiera que lá voz pública repita
todas estas bendiciones, el pueblo no preguntará si su
pastor es amovible 6 inamovible, sino que le profesará
amor y respeto, y la sola vista de él será á los ojos del
mundo una apología mas patente del cristianismo que
las demostraciones mas doctas de sus defensores. Y todo
esto se verificará hasta en esas tierras malditas, donde
no puede caer el rocío del cielo como en los montes de
Gelboé. ¿No tengo pues razón para decir que este me­
dio de consideración es de todos los tiempos y lugares y
que no está nunca en manos de los hombres el quitár­
nosle?
DJE L \ S H A T E R IA S CONTENIDAS EN E S T K
LIBRO .
------------- .' . —r ^-1 ^ S i a i. ---------------- -

..... ,r ■ ?*$'
Átffertcíncla del autor. ,, . , . f
PRIMERA PA RTE.

H is to ria de la iglesia constitucional.

SECCION PRIM ERA.

Desde la reforma de Lutero hasta el; año 1830.. ,, 2$


I . — De la necesidad que tenia Lutero de propagar
su secta................................. . . . . . . . . . . . . . . J lbi<L
I I . — Del otro interés no menor que tenia Lutero,
que era la conservación de su reforma... ........... 33
I I I . — Sóbrelas causas del rápido adelantamiento
de la reforma de Lutero----- . ‘ ‘ : 36
IV . — La filosofía del siglo XV11I es hija de la re­
forma. De su influencia oculta en la política de
Europa hasta el ano 1790......................... ....... 41
V .— La supremacía espiritual de la potestad civil
considerada en lá época de 1790 y bajo él gobier­
no de Bonaparte. ................................................. 43

SECCION SEGUNDA.

H is to ria de. la herejía constitucional en Ing la te rra .

I. — Reinado de Enrique V I I I ............... . ............. 46


I I . Reinado de Eduardo V I................. 51
I I I . — Reinado de Maria................................. . 53
IV ..— Reinado de Isabel.. . . . ................ ¿6
t . 45. 24
SECCION TERCERA.

La herejía constitucional considerada en Rusia des-;


de. la emperatriz Catalina hasta el emperador ,
Nicolás inclusive............................................... . 66

SECCION CUARTA.

La herejía constitucional considerada en la perse­


cución que ejerce con los católicos de los estados
prusianos........................................ .................. 96
Conclusión. . ................................ : ......... 122
Documentos justificativos relativos á la Rusia.. . . 130

SEGUNDA PA RTE-

Refutación de la herejía constitucional................. Í9 Í

SECCION PRIMERA.

Primeraprueba de este dogma.— La palabra divina. Í95


SECCION SEGUNDA,

La razori y sus discursos sobre Jas principios de


la fé. . . . . . . . . . . A . . . . . . . . . . . 211;

SECCION' TERCERA.

Tercera, prueba.-^La sana política.. . . . . . . . . . . . 216

SECCION CUARTA. > v .

Cuarta prueba. — Lá" tradición de la iglesia. . . . . . . 220


§. L — ¿Qué es la constitución de la iglesia?. *»- *. 22G
L — Lá monarquía del papa' señalada en la santa
>escritura....................... ...... . . .. . . . . . . . . . . . . 227
I I . — De los 'cdñcil ios , verdadera autoridad consti­
tuida eh la ig le s ia ,.,........... ............. ............. ...233
III.- r- L a constitución de la iglesia con la monar­
quía deí papa y la aristocracia de los obispos pro­
bada por la tradición de ltos tres primeros siglos
de la iglesia......... ...................... ......................... 236
§. I I . —;La autoridad délos obispos, elementó arís-
tocratico de la constitución de la iglesia, probad,a .
por los hechos y testimonios de los siglos apos­
tólicos............................ ..................................... Ü44
I. — La iglesia manifestó en los siglos apostólicos
la autoridad de sus concilios.. , ; , : .................... 251
II, Sobre las causas de la tolerancia pagana con
respecto, á los concilios de la iglesia cristiana. 254;
I I I . — La iglesia no perdió su potestad suprema í
por la conversión de los Césares al cristianismo. 250
I, — Pruebas qué resultan de la conducta de Cons­
tantino convertido al cristianismo en favcr de la _ ■
supremacía dé la iglesia sobré las cosas divinas. 260.
I I . — La conducta de Constantino en el concilio (íe '
Nicea confirma estas pruebas-. . . . . . . . . . . . . . . 205
1IJ. — Consejos de la Providencia con respecto á su "
iglesia en el reinado glorioso de Constantino'.. . . SÍ73

SECCION QUINTA.

Quinta prueba. — La revolución y los hechos pos­


teriores á ella hasta el año 1830................... . 281
I . — La asamblea constituyente con su consti­
tución civil del Clero es madre de la iglesia cons­
titucional....................... ..................................... 282
§. U. — E l concordato firmado entre Bonaparte y
la santa sede......................... ........... ................. 286
I I I . —Confirmación de lodas estas consecuen­
cias con varios hechos auténticos que ocurrieron
en 180i durante la residencia del papa en París. 292
§. IV. — Las deliberaciones de nuestros cuerpos
legislativos en 1826.. * ................ .................. .. 299

APENDICE.
*
Razones que ha tenido el autor para refutar el es­
crito de los señores Allignol................. .......... . 307
ÍECC10X P & IK E ftA .

Errores de derecho de estos escritores. Su libro e»


inoportuno y está escrito sin conocimiento de la
materia.............................. ............... ................ 309

SECCION SEGUNDA.

Errores de hecho,. . ................................................ 343


I . — Origen de la ley de la amovilidad.. . . . . . . . . . 34-3
I I . — De la antigüedad de esta ley.. . . . . r . . . . . . . 34-7
I I I . — Naturaleza y verdadero caracter de esta ley. 350
IV . — Sentido de la ley de la amovilidad.......... !... 359
V. — De los malos efectos achacados á esta ley.. . 354
V I. — Sobre la causa de las desgracias de la iglesia
de Francia.............................. .............................. 362
V I I . —' Sobre los remedios aplicables á los males
de esta iglesia................................................... 366