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El juego como contenido.

Fragmentos extraídos del libro "Lo importante es jugar."(2006) de Patricia Sarlé. Capitulo 4 por
Inés Rodíguez Sáens.

Si hablamos del juego como contenido, estamos hablando de las vinculaciones entre el juego y
la enseñanza, lo cual significa entrar de lleno al corazón de la propuesta didáctica del maestro
de educación infantil.

Es el maestro quien, a la hora de pensar en aquello va ofrecer a sus niños como experiencia de
aprendizaje, define los modos de aproximación a los contenidos que considera más
pertinentes, potentes y fructíferos para que el aprendizaje suceda. Es el maestro quien decide
instalar el juego como parte de su propuesta de enseñanza, define las intenciones con las
cuales lo incluye, los espacios, los momentos y sus propias intervenciones durante la actividad
lúdica.

En en el contexto escolar, siempre que el docente propone un juego a su grupo, tiene alguna
intencionalidad didáctica o educativa explicitada con mayor o menor especificidad.

Así ha sido históricamente y así sigue siendo hoy.

Este encuentro entre el el terreno de la enseñanza y el juego se produce asumiendo diferentes


formas, que varían según cómo se pondere la potencialidad educativa de la situación lúdica.

Podríamos preguntarnos con que intenciones y en qué circunstancias el maestro propone


jugar en la sala. En una posible respuesta encontraríamos los siguientes argumentos.

Para trabajar un contenido de determinada área o disciplina.

Porque propicia y estimula cierto desarrollo importante para la edad del niño.

Porque están trabajando un recorte vinculado a los juegos tradicionales.

Porque quedó un rato libre y un juego aparecer como la mejor opción para transitarlo de
manera ordenada, tranquila y placentera.

En todos estos casos, las argumentaciones se encolumnan a abonar la concepción del juego
como un dispositivo valioso para lograr otros fines.

El echo de usarlo con miras a otros objetivos no implica despojarlo de su potencionalidad y su


riqueza.

El juego constituye un recurso útil, potente y necesario para enseñar muchas de las cosas que
resultan importantes de aprender en el Jardín y en este sentido, no parece objetable su
utilización.
El juego tiene que tener su espacio de despliegue de estrategia didáctica como cualquier otro
contenido que queramos enseñar.

El juego y la cultura...¿Si no es en el Jardín, dónde?

El Jardín de Infantes asume, desde su fundación, un mandato social que lo hace responsable
de cumplir con una tarea educadora claramente establecida y definida.

Es sin duda un espacio que concentra todas las posibilidades de generar experiencias social y
culturalmente e enriquecidas (Zabalza 1987/2000) para que los niños vivencien una oferta de
alto valor formativo.

El Jardín de Infantes se constituye en un espacio privilegiado y rico para la transmisión de


saberes valiosos desde el punto de vista cultural..

El Jardín de Infantes, entonces, tanto por sus características como por sus funciones, debe
asumir la responsabilidad de enseñar el juego como expresión genuina del hombre y
manifestación de lo cultural.(Vygotsky, 2001).

La importancia de enseñar los juegos tradicionales.

Enseñar los juegos propios de una sociedad es enseñar los modos y los sentidos de una
sociedad es enseñar los modos y los sentidos que una sociedad asume para interpretar y
representar algunos aspectos del mundo.

Si pensamos en la función del Jardín como institución educativa, encontramos una absoluta
coherencia con estos principios, ratificados además en el cuerpo de la Ley de Educación
Nacional "promover el juego como contenido de alto valor cultural, para el desarrollo
congnitivo, afectivo, ético, estético, motor y social".

Asumir la responsabilidad de trasnmitir el juego como un aspecto de la cultura y como


contenido socialmente valioso implica comprometerse en la enseñanza de los juegos a lo largo
de todo el año y con la profundidad que requiere el apropiarse verdaderamente de los mismo,
de modo de lograr que los niños se apoderen de los juegos tradicionales (las manchas, las
escondidas, las rayuelas, los gallitos ciegos, entre otros) y puedan manejarse en ellos con
soltura, autonomía y libertad. Recién entonces estaremos verdaderamente enriqueciendo su
repertorio lúdico y garantizando que esos juegos, que tienen el valor de pertenecernos a todos
y en algún aspecto, representarnos, se sigan jugando en las próximas generaciones.