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Páginas mezcladas

Pablo De Santis

Editorial Colihue
Siempre olvido numerar las hojas y se
me confunden. Por eso este libro tiene las
páginas mezcladas. El desorden no
siempre es caos. A veces es otro orden.
Pero secreto.

Pablo De Santis
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EL día que cumplí 25 años mi padre me llamó por teléfono y me dijo que
teníamos que conversar de algo muy importante. Fui hasta su casa; él esperó
que mi madre me diera los regalos (una camisa cuatro talles más grande, un
cinturón que me daba dos vueltas) y me hizo pasar después a su estudio, en el
primer piso, donde casi nunca dejaba entrar a nadie. Como para subrayar que
acabábamos de entrar en un mundo que no era del todo real, sirvió dos vasos
de whisky (yo no tomaba, él tampoco). Entonces me preguntó si había oído
hablar de la editorial del tío Luis. Luis era su hermano, y había muerto cuatro
meses atrás de un ataque al corazón. Le respondí que alguna vez había
visitado la editorial, pero yo era un chico en ese entonces, y ya no recordaba ni
siquiera en qué barrio estaba. —Todavía existe. Luis dejó varias deudas y la
editorial a punto de cerrar. Amenos que alguien se ocupe de sacarla a flote, nos
vamos a tener que hacer cargo de las deudas... yo le salí de garante en
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dos negocios... —buscó la palabra exacta que lo salvara de dar explicaciones


— desafortunados. Que esto quede entre nosotros: tu mamá no sabe nada.
Imaginé los reproches de mamá: "Yo te lo había advertido, ese loco de tu
hermano no hace más que meterse en problemas". Las familias, igual que las
series de televisión, tienen dos o tres modelos de guión, que repiten con
algunas variantes.
La editorial se llamaba "El fuselaje", misterioso nombre cuyo origen el tío
Luis nunca se había molestado en explicar. Por el tono de mi padre, supe que
había sido yo el elegido para la tarea. Mi padre se acercó hasta mí, me miró
con la emoción y el alivio con que se mira a los mártires y apoyó su mano en mi
hombro. Por el significado del gesto, sentí como si tuviera el peso de una
columna de mármol.
—En vos confiamos —la primera persona del plural parecía no referirse
sólo a mi madre y a él, sino a la difusa Humanidad.

Al día siguiente fui a conocer la casa que ocupaba la editorial. En la


puerta había un cartel de chapa, un poco oxidado (Ediciones El fuselaje) y el
torpe dibujo de un avión antiguo. Mi padre me había dado un aro de metal con
casi veinte llaves de distintas épocas: probé una por una hasta dar con la
correcta. Entré a un garaje que servía de depósito. En el suelo se
amontonaban paquetes de libros atados
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con hilo sisal; los estantes soportaban libros de horóscopos y novelas policiales
con mujeres a medio vestir en la portada, siempre a punto de ser baleadas o
acuchilladas.
No esperaba encontrar a nadie en la casa, que parecía llevar años
desierta. Pero en la primera sala descubrí a un hombre de unos cincuenta años
inclinado sobre un enorme libro de contabilidad. Llevaba dos pares de anteojos
y acercaba su nariz a la página hasta casi rozarla. Levantó la cabeza
pesadamente y me miró a través de los cristales superpuestos.
—Si viene con intenciones de cobrar, le aviso que la empresa está por el
momento en cesación de pagos.
Cuando le conté que era Darío, el sobrino de Luis Lerú, suspiró aliviado,
se puso de pie, hizo una especie de saludo ceremonial, y se presentó.
—Soy el contador Vilches. ¿Sabía que la editorial está en rojo?
— ¿Hay algo que se pueda hacer? —Voy a conseguirle un hombre que le
haga unas cobranzas, así al menos podrá pagar las deudas más urgentes. Su
tío no se molestaba mucho en cobrar las deudas ajenas ni en pagar las
propias. Si usted va a hacerse cargo, empiece a buscar hoy mismo algo para
editar.
Vilches miró con piedad mi cara de desconcierto y demostró que además
de contador podía servir como asesor literario.
—Para esta época del año, su tío mandaba al circuito de los quioscos sus
predicciones astrológicas.
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La editorial se mantenía con eso. Son libros que se venden rápido. El


licenciado Baum es una firma reconocida.
Vilches guardó el libro de contabilidad en un maletín con la promesa de
devolvérmelo en unos días. Quise retenerlo para preguntarle cómo funcionaba
la editorial, pero me explicó que estaba muy apurado, y que si se había
acercado para ver cómo andaban las cosas, era sólo porque había sido muy
amigo de mi tío. Nombró a varios integrantes de una barra que se reunía todas
las tardes en un bar con billares, e hizo alguna mención a la fama de mujeriego
de mi tío ("Yo no podía seguirlo en todas sus aventuras: soy un hombre
casado"). También contó algunas anécdotas que ponían en relieve el ingenio
de mi tío (como yo no había heredado ese ingenio, no las entendí). Vilches se
fue dejándome un montón de papeles para consultar: correspondencia
comercial atrasada, cuentas impagas, cartas de lectores, folletos viejos. Al final
de la tarde ya tenía una idea aproximada de la línea editorial de "El fuselaje" y
estaba en condiciones de hacer un catálogo provisorio de sus libros más
importantes:
—Predicciones astrológicas. Por el Licenciado Baum.
—El Cabaret Negro, Perdición de la carne, La vampiresa descalza: novelas
eróticas firmadas por Nelly Champagnat.
—El manuscrito de Ephrom. Por Ezra Ephrom. (Libro póstumo trasmitido por
el espíritu de Ephrom a su esposa a través de una médium.)
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—Háblale a tu ángel. Por Mauricio Fenta.


—El ajo, alimento sagrado. Dra. Fuentes.
—Espiritismo sin intermediarios. Profesor Habermas y equipo.
La lista seguía con algunos libros de divulgación científica, consejos
conyugales, y una serie de novelas de terror firmadas por un tal Lamberto
Lacruz de las cuales sólo recuerdo una invasión de babosas gigantes
carnívoras y un enanito de jardín que cobraba vida.

En mi segundo día como director de la editorial fantasma me dediqué a


ordenar un poco los cajones mientras buscaba los números de teléfono de los
autores, para ver si alguno estaba dispuesto a escribir otro libro. Me interesaba
especialmente el licenciado Baum, autor de los horóscopos.
Llamé a Vilches para ver si sabía dónde ubicar a esta gente. El contador
empezó a reírse apenas le mencioné tres o cuatro nombres del catálogo.
—Pero Darío, cómo va a creer un hombre culto como usted en esas cosas...
Baum, Nelly Champagnat, la doctora Fuentes, Ezra Ephrom son imposibles de
encontrar. Ninguno existe.
—¿Murieron? —Ni siquiera nacieron. Su tío Luis escribió todos los libros de
la editorial.
Recordé un sueño recurrente que tenía desde los
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tiempos del secundario: se organizaba en el mundo un campeonato de


estúpidos, y llegaba a mi casa un telegrama con la noticia de que me habían
dado el primer premio.
—Entonces se terminó la editorial.
—No desespere. Siga el ejemplo de su tío, que siempre decía: "Nada me
deprime, ni siquiera la depresión". Su dilema es el siguiente: contrata a alguien
para hacer el trabajo o se dedica a escribir usted mismo.
Como no había plata para pagarle a nadie, comencé yo. En algún momento
había tenido ambiciones literarias, y me imaginaba convertido en un novelista
famoso, autor de novelas graves, lentas y profundas, que hablaran de la
condición humana; en cambio, me esperaba un futuro de libros sobre
espiritismo, alimentos milagrosos, interpretaciones caprichosas de las profecías
de Nostradamus. Me tomé unos días de licencia en el colegio donde daba
clases de filosofía para dedicarme a la redacción del primer libro. Llevé algunos
víveres a la editorial y me propuse no abandonar la casa hasta que no tuviera
al menos cincuenta páginas escritas. Seguí el consejo de Vilches y elegí como
primer paso las predicciones astrológicas. Leí la obra maestra del tío Luis y
traté de impregnarme de su estilo. No era fácil reproducir la música verbal del
licenciado Baum, que envolvía cada frase en un aura de misterio, como si
escribiera en una habitación envuelta en niebla.
Hice lugar en el escritorio para una pesada máquina de escribir
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y tecleé las primeras líneas de la introducción. El licenciado Baum era


astrónomo además de astrólogo y comenzaba cada uno de sus libros mirando
las estrellas en su observatorio personal, instalado en la terraza de su casa de
La Plata. Primero meditaba sobre las estrellas, luego sobre la influencia de los
astros sobre el destino de los hombres. "El macrocosmos y el microcosmos
parecen alejados, pero están tan cerca como los lados de un guante" era uno
de sus pensamientos más frecuentes.
La inspiración se cortó cuando sonó el timbre. Afuera había una chica de
aspecto frágil, empapada, que sostenía una bolsa de nailon llena de papeles y
un paraguas averiado. Temblaba. Perdido en la dimensión estelar, no me había
dado cuenta que hacía horas que llovía.
—Soy Greta, la correctora —se presentó mientras hacía un gran esfuerzo
para que sus dientes no castañetearan.
Le conté que era el sobrino de Luis. Greta puso su impermeable a secar
junto a la estufa. El paraguas, que de tan poco le había servido, no cerraba
bien. Por alguna razón que desconozco, los paraguas rotos dan a sus dueños
un aspecto que despierta conmiseración, y que aplasta todo intento de
elegancia. Greta miró a su paraguas con tristeza, pero después, en un ataque
de imprevista violencia, comenzó a retorcerlo y a golpearlo hasta que lo cerró.
El aire de pobre chica desapareció de golpe.
—Tenía este trabajo para corregir —me explicó
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mientras sacaba de la bolsa de nailon la mitad de los papeles—. Había


quedado en entregárselo hace tiempo a su tío, pero como no me pagó el
trabajo anterior, le avisé que no se lo iba a devolver. Después me enteré que
murió. Lo siento mucho.
Interrumpió la ceremonia de entrega de los papeles para darme la mano en
señal de pésame.
—Le agradezco que haya traído ese original, pero no sé cuándo habrá
plata para pagárselo. Me acabo de hacer cargo de la editorial... —sentí una
puntada en mi corazón: era mi instinto de editor que estaba despertando—
¿qué es?
—Un manual de cocina. Lo hojeé. Mi tío no sabía nada de cocina; debía
haber escrito el libro copiando recetas de diarios y revistas. En algunos casos
había preferido innovar.
—No pruebe el flan "El fuselaje", que lleva huevos de codorniz con cáscara
— advirtió la correctora—. Tuve que alterar algunas recetas, como las que
incluyen moldes de metal para hacer en el micro-ondas.
Miré por encima el original mecanografiado. Buñuelos hechos con tal
exceso de levadura que saldrían volando. Mulita a la cazadora, con
instrucciones para fabricar un charango con los restos. Cabeza de vaca al
jerez. El estilo del tío Luis me recordaba a los manuales de medicina forense.
Sentí náuseas.
—Estoy escribiendo un libro de astrología. Creo que en un par de días lo
termino. ¿Cuánto cobra por página?
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No me respondió, porque estaba buscando en su bolsa de nailon otros


papeles....
—¿Más recetas?
—No, una novela.
—¿Cómo se llama? Me mostró la primera carilla:

EL ENIGMA DE PARIS
(NOVELA POLICIAL)

—Me la dio tu tío para ordenar y corregir —había decidido tutearme—. Me


dijo que esta vez la novela no la había escrito él. Se le habían caído las
páginas y se habían mezclado. Yo empecé a trabajar, pero como no me
pagaba... están todas las páginas mezcladas, tal como me la entregó.
Miré las páginas sin numerar. Había correcciones a mano, dibujitos,
manchas, tachaduras, mapas... Parecía más un borrador que una edición
definitiva. Desordenado o no era el único libro que tenía.
—Greta, este va a ser nuestro primer trabajo juntos. No sé de dónde voy a
sacar plata para pagarte, pero algo voy a conseguir. Hagamos una reunión el
lunes para poner en orden estos papeles y juzgar si es publicable.
—El lunes tengo clase de gramática. Salgo a las cinco y vengo para aquí.
El paraguas que tanto había costado cerrar, milagrosamente se abrió.
Desde la ventana, seguí el paso de Greta hacia la esquina, donde había una
parada de colectivo. Asistí al último combate de la correctora
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con su paraguas, mientras una ráfaga se ensañaba con ella hasta arrancárselo
de las manos.

Tuvimos que posponer la cita porque Greta me llamó para avisarme que
estaba en cama. El miércoles llegó puntual con una docena de medialunas y un
par de anteojos de marco de carey. Me pareció más bonita que la primera vez,
como si se tratara de una hermana gemela ligeramente más serena, de ojos
más grandes, más difícil de reducir a una anécdota, a un paraguas roto, a una
tarde de lluvia. Yo estaba combatiendo con el signo de libra cuando llegó.
Como toda mi familia nació en octubre, es el signo más difícil. Greta despejó de
papeles mi escritorio, haciéndole lugar a "El enigma de París". Me irritó un poco
su toma de posesión del lugar. Al fin y al cabo era mi oficina.
—¿Algún dato del autor? —me preguntó.
—El contador nunca lo oyó nombrar. Sospecha de mi tío.
En una página había una nota que advertía:

"Pese a las precisiones sobre lugares de París, los hechos y los personajes
son imaginarios. El autor no se hace responsable por las personas o
instituciones que puedan sentirse aludidas."

—Quizás se trate de una novela política —aventuró Greta.


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Saqué mi lapicera para numerar las páginas. Era una pluma que siempre
perdía tinta y me manchaba los dedos de negro, pero le tenía cariño.
—Este es el principio — dijo Greta, mostrándome una página
mecanografiada— ¿Hacemos café antes de empezar a trabajar?
Fui hasta la cocina. Puse la pava en el fuego. Desde allí oí la voz impaciente
de Greta, que comenzaba a leer en voz alta el primer capítulo, sin siquiera
esperar a que yo llegara con el café. "Caía la nieve sobre París. Ivés
Montaner..." Sentí urgencia por volver junto a ella, por mirarla mientras
leía."...Ivés Montaner, detective privado, miró por la ventana el Sena..."
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Caía la nieve sobre París. Ivés Montaner, detective privado, miró el Sena por su
ventana. Hasta un tiempo atrás los barcos llenos de turistas habían recorrido el
río; pero uno por uno habían naufragado, y ahora sus proas oxidadas o sus
cascos rotos emergían como goletas fantasmas.
Montaner miró con tristeza la mitad izquierda de su cama de dos plazas.
Seis meses atrás Jacqueline, una frágil bailarina que trabajaba en el Teatro de
la Ópera, lo había abandonado, para partir en una gira de años por países
remotos. Al principio había recibido algunas postales, y después nada. Para
que su tristeza fuera aún más perfecta, el invierno era el peor que París había
conocido en los últimos veinte años.
El teléfono sonó como un alarido. Corrió a atender con la esperanza, cien
veces traicionada en los últimos meses, de que fuera un trabajo.
Era la voz de Marie Rose, su secretaria.
—Venga rápido. Hay aquí un señor que quiere hablar con usted...
Ivés se puso su sobretodo y partió. Metió la mano en el bolsillo, revolviendo
con asco su contenido (boletos de metro, un cigarro aplastado, un caramelo
pegajoso) y encontró al fin unos pocos billetes. Sus últimos francos.
Habían pasado tres meses desde su último caso. Aquella vez lo
había contratado el dueño de un circo, preocupado por la posibilidad de que
uno de sus artistas fuera un asesino. El lanzador de cuchillos, un italiano que
se hacía pasar por hindú y que usaba un turbante azul, había matado a su
esposa.
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La mujer trabajaba como su asistente; en medio de una función, uno de los


puñales que debían dibujar su silueta se clavó en su corazón. Como no había
pruebas en su contra, la justicia, ante la duda, lo había dejado libre. Sin
embargo, el dueño del circo no estaba tan convencido.
Montaner se hizo pasar por periodista, y así pudo hablar con todo el elenco.
Indagó al domador, a la ecuyère, al trapecista, a un par de ex presidiarios que
trabajaban como payasos, a una hermosa equilibrista que vivía descalza, sin
llegar a ninguna respuesta. Después de diez días de preguntas, el dueño del
circo lo intimó:
—Tiene tiempo hasta mañana, después del espectáculo. Si para ese
entonces no encontró nada, cancelamos la investigación.
Montaner se sentó en primera fila. No era una función común: la sensación
de la noche era el regreso del lanzador de cuchillos. Le habían conseguido una
nueva asistente: una chica que sonreía entre temblores, con lágrimas de terror
en sus ojos enormes. Cuando voló el primer cuchillo, el detective supo la
verdad.
Al final de la función se reunió con el dueño del circo.
—El hombre es culpable —dijo.
—¿Qué pruebas tiene?
—Ninguna. Pero un hombre que falla una vez, no puede seguir tirando
puñales. Sólo el que no erró nunca puede continuar.
El dueño del circo aceptó su veredicto y dejó afuera al lanzador de puñales.
Desde entonces, Montaner había recibido la visita de posibles clientes,
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que acababan por pedirle trabajos deshonestos, o imposibles, o simplemente


idiotas. Pero andaba tan mal de dinero que estaba dispuesto a aceptar
prácticamente cualquier tarea.
Al salir del edificio, una golondrina congelada cayó muerta a sus pies.

—¿Te gustan las novelas policiales? —le pregunté a Greta.


—Sí, pero solamente las de crímenes pasionales.
—Pero recién al final se sabe si el crimen es pasional.
—Es que yo siempre empiezo leyendo el final.
—¿Y dónde está la gracia?
—No lo entenderías. Hay dos razas de lectores: los que empiezan por el
final y los que no leerían el final por nada del mundo.
Greta miró las páginas desordenadas.
—Si supiera cuál es la última, la leería primero. Pero ni siquiera sé cuál es
la página siguiente.
Busqué alguna frase que me sonara como la posible continuación de la
anterior. Luego de unos minutos la descubrí: "Su secretaria lo esperaba con
una taza de café con leche con croissants...”
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MONTANER tenía todas las piezas ante sí, pero no lograba armarlas. Aunque
había aclarado el enigma del libro, los asesinatos le revelaban que en realidad
no sabía nada, que estaba de nuevo en el comienzo.
Llamó al teléfono de la agencia de modelos para la que trabajaba Helena
Lavan. Lo atendió un contestador automático. Dejó, con voz nerviosa, un
mensaje inútil. Buscó en la guía el número particular de su representante. Oyó
la voz de un hombre dormido y malhumorado.
—La llaman treinta locos por día, con las excusas más ridículas. ¿Es usted
el loco número treinta y uno?
—La van a matar. Menciónele el nombre de Dubuffet: ella me creerá.
—Hoy llamaron para advertirle que la secuestrarían extraterrestres. ¿De qué
planeta está llamando?
Irritado, Montaner cortó.
Oyó el ruido de la puerta de la oficina al abrirse. Seguramente Leducq se
había dado cuenta de que no se podía averiguar nada en París a esa hora de
la noche.
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Pero no era Leducq.


Un puñal se clavó contra un escritorio, muy cerca de Montaner.
—No se mueva—dijo la voz.
El hombre ya no vestía turbante ni túnica roja.
—Casi no lo reconozco sin su disfraz, Abdul — dijo Montaner.
—Ya no soy más Abdul.
—¿No usa más su nombre artístico?
—Desde que usted le dijo al dueño del circo que yo era un asesino, nadie
me contrata. El ambiente circense es muy chico, ¿sabe? Las noticias vuelan.
—Lo hubiera pensado mejor antes de matar a su esposa.
—No quise matarla. Me hubieran creído, de no haber sido por usted.
—Si hubiera sido un accidente, no habría seguido lanzando cuchillos. Un
hombre que se sabe capaz de errar no puede seguir en el negocio.
—Nunca erré.
Abdul lanzó otro puñal. La hoja atravesó la carpeta donde el detective había
reunido las pistas del caso Dubuffet.
—Tiro con los ojos cerrados. Estoy acostumbrado a no dar en el blanco. Algo
ocurrió esa noche. Yo supe que no había sido mi culpa. Algo se había cruzado
en mi camino.
—Mató a su mujer a la vista de todos. Si se hubiera cruzado alguien lo
hubieran visto los demás.
—Nunca supe cómo había ocurrido hasta que ayer, cuando caminaba por la
calle siguiendo
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sus pasos, un pájaro pasó volando junto a mi cabeza. El roce casi inaudible de
sus alas me llevó a la verdad.
—¿Le va a echar la culpa a un pájaro?
—Una de las palomas del mago. En el último instante tuve la intuición de
que había algo frente a mí y desvié el puñal. Evité al pájaro, pero le acerté a
Isabelle.
Montaner se sintió abatido. ¿Decía aquel hombre la verdad? ¿Había sido un
accidente y él lo había condenado?
—Si fue un accidente, entonces me equivoqué. Yo...
—No fue un accidente. Fue un asesinato. El mago lanzó a propósito esa
paloma. En ese momento del show me iluminaban con luz negra, para dar a la
escena un aire de misterio. La paloma que soltó el mago era negra, por eso
nadie la vio.
—¿Por qué el mago hubiera querido matar a su esposa?
—Isabelle había vivido con él antes de conocerme. Eso fue hace muchos
años; yo pensaba que nos había perdonado. Pero el odio es lento.
Tomó un nuevo cuchillo. Los sacaba de las mangas de su camisa como
naipes. Dijo el hombre que ya no se llamaba Abdul:
—Usted se equivocó. Disparó a ciegas, igual que yo, y como yo, erró.
Otro puñal se clavó cerca de la mano de Montaner.
—En un principio, pensé en matarlo. Ahora cambié de opinión. Quería que
supiera la verdad.
Desclavó los cuchillos.
—Me los llevo. Todavía los necesito.
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—¿Sigue tirando?
—Pero nunca más a ciegas. Ahora abro los ojos. El hombre se alejó con
paso ligero.
Montaner trató de olvidar al lanzador de cuchillos para volver a su
investigación. Pero ahora que el miedo había pasado, llegaba el sueño. Se
derrumbó sobre el colchón de Leducq.
Cuando despertó, el detective sonámbulo estaba frente a él. Sus otros
colegas comenzaban a llegar a la oficina, con el diario bajo el brazo.
—Averigüé algo sobre Balthazar —dijo Leducq—. Compra sus especias en
una casa que se llama "El pez negro".
"Es el mejor de todos" pensó Montaner al mirar al despojo humano de
Leducq. "Es el único al que la ciudad acepta decirle sus secretos al oído".
—¿Cómo llego hasta allí? —Hay que seguir derecho por Linneo. En la
estatua de Julio Verne se abre un pasaje: en el fondo verás un cartel con la
imagen de un pez.

Me estaba quedando dormido; Greta puso la página con el dibujo del pez
delante de mis ojos.
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El Museo de Historia Natural le hizo recordar a Montaner su pasión infantil


por los mamuts. De chico lo había impactado la historia de unos exploradores
rusos que encontraron en Siberia, a orillas de un río, un mamut congelado. A
pesar de que la especie llevaba extinguida 10.000 años, los exploradores
descongelaron la carne y se comieron al animal.
Caminó rápido entre arañas gigantes, mamíferos embalsamados, fósiles de
dinosaurios, hasta encontrar la escalera que descendía a la Sala de
Taxidermia. En los inmensos sótanos del Museo los taxidermistas
embalsamaban los cadáveres enviados por los zoológicos de Francia.
La sala parecía una catedral subterránea. Bajo las enormes bóvedas se
extendían largas mesas de madera oscura. Una de ellas estaba ocupada por
un oso polar. En una caja de madera con cientos de compartimientos
numerados había ojos de vidrio de todos los tamaños y colores. En otra vitrina
había cuernos y dientes de repuesto. Un hombre con el delantal cubierto de
manchas pardas clavó con fuerza una jeringa en el lomo de un pez espada.
Ivés Montaner sintió náuseas inspiradas por los mil olores fétidos que se
mezclaban en el aire del sótano.
El hombre lo miró con fastidio. Sus guantes de goma brillaban como pulpos
amarillos. Señaló la escalera de salida, pero se detuvo, perplejo, para mirarlo
mejor:
—¿Ivés? ¿Eres tú, Ivés?
Montaner estaba seguro de no tener ningún amigo en la Sala de taxidermia
del Museo.
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Pero la cara del taxidermista se abrió paso en su memoria como un vendedor


ambulante en un atestado vagón de ferrocarril. Tuvo que retrocede hasta los
más remotos archivos de su mente... y vio a un niño de diez años. Era Luc
Spinel.
Se estrecharon en un abrazo. Ivés Montaner olería a formol y a pez espada
muerto durante el resto del día.
Montaner y Luc Spinel habían sido compañeros de colegio. En una
excursión al Museo de Historia Natural Luc había desaparecido. Nadie pudo
volver a encontrarlo. Como era huérfano y vivía en el colegio, las autoridades
pensaron que se había escapado a su pueblo natal. Durante los años
siguientes, no pasaba una semana sin que Montaner se preguntara qué había
sido de Luc. No podía creer que aquel enigma tuviera por fin una respuesta. Y
a pesar de que el taxidermista era con seguridad Luc, Montaner sintió que de
alguna manera era un impostor. Comparado con el que fue de chico, todo
adulto es un impostor, pensó.
Ivés oyó el resto de la historia.
—Cuando la profesora de ciencias naturales, la flaca Rigot, dio la orden de
volver al ómnibus, me escondí detrás del esqueleto de un elefante. Después,
cuando quedaban pocos visitantes en el museo, me oculté en las salas
secretas donde se guardan los verdaderos huesos de los dinosaurios. Ahí pasé
la noche. Durante los días siguientes vagué por el museo aprovechando las
visitas escolares para robarle a los otros chicos la merienda. Yo estaba
decidido a quedarme a vivir en el museo.
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Pero mi situación era muy insegura, porque podía llamar la atención: entonces
me ofrecí en el departamento de taxidermia como cadete. El señor Fux me
contrató de inmediato.
—¡Fux! A él vine a buscarlo. ¿Dónde lo puedo encontrar?
Luc miró con sorpresa.
—En la morgue.

—Un cadáver, por fin —dijo Greta—. Esto me despierta el apetito.


Pedí una pizza por teléfono. Llegó rápido, en manos de un motociclista de
tendencias suicidas.
—Pensé que la casa había quedado desierta —me dijo el muchacho.
Le pregunté si había traído encargos antes.
—Claro. Todos los sábados a la noche. Se oía la música desde lejos. ¿No
era una sala de baile?
—No. Era y sigue siendo una editorial.
—Es lo mismo —dijo el motociclista.
Apenas se alejó le advertí:
—Es contramano.
—Mejor, así veo los autos de frente y no me toman de sorpresa.
No seguimos leyendo hasta que acabamos con todas las porciones. Me
gustaba ver comer a Greta, con apetito feroz.
—Recién encontré la página y la volví a perder —tiró el carozo de la última
aceituna—. Había un dibujo de un oso hormiguero.
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SU secretaria lo esperaba con una taza de café con leche con croissants. En
realidad Marie Rose no era secretaria sólo de Ivés Montaner, sino de catorce
hombres más. Los últimos detectives de la ciudad habían fundado el Sindicato
de Detectives Privados, cuya única función, antes de clausurarse por falta de
presupuesto, fue reunirlos a todos en un mismo edificio y conseguirles una
secretaria, con el fin de reducir los gastos. Marie Rose, una mujer de cincuenta
años que jamás se había permitido una sonrisa, tenía la difícil tarea de
atenderlos llamados y las citas de los quince hombres. A menudo equivocaba
los mensajes, enviando a los detectives a casos ajenos y a peligros
insospechados.
Ivés Montaner paseó la mirada por el enorme piso donde trabajaban (y
donde algunos también vivían) sus catorce compañeros y suspiró. Pestagnac
dormía y hablaba en sueños junto a una botella de ron. Lavoisier arrojaba
naipes contra su sombrero, sin poder embocar ninguno. Leducq, aquejado de
una depresión crónica, permanecía tirado en el piso, mirando el techo. Vial
fumaba un cigarrillo tras otro hasta quemarse los dedos; Simonelli aporreaba
su máquina de escribir Underwood, en el triste simulacro de redactar el informe
de un nuevo caso.
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Todos sabían que no hacía más que escribir una y otra vez sobre el mismo
asesinato: la aparición del cadáver del banquero Juillet en el Sena cinco años
atrás. Había sido su último caso, y no había podido resolverlo. Los otros...mejor
no preguntarse dónde estaban o qué hacían. "No quiero terminar como ellos —
pensó Ivés—. Quiero algo distinto. Retirarme a tiempo, por empezar. Y luego,
una pequeña casa en el campo. Una mujer cariñosa, que sepa disculpar mi
caótico pasado. Una vaca. Algunas gallinas. Un oso hormiguero. Un subsidio
para productores rurales incapaces. Un tractor 0 km. ¿Qué más puedo
necesitar para ser feliz?"
El visitante, y posible cliente, ya se había marchado, pero le había dejado a
Marie Rose una tarjeta. Montaner leyó:

Maurice Grimaldi
Biblioteca Nacional

Antes de partir tomó una taza de café fuerte. Marie Rose le ajustó el nudo
de la corbata y le arregló las solapas del saco. Ahora que estaba a punto de
conseguir un caso, el mundo se veía distinto.

El guardia de la Biblioteca Nacional intentó cortarle el paso a Ivés Montaner


reclamándole el pago de una entrada, la presentación de un carnet y otras
cosas que el detective no se preocupó por escuchar.
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Sacó del bolsillo interior de su sobretodo una de sus numerosas identidades


falsas: una tarjeta a nombre del experto en literaturas orientales Herbert
Dinken. Franqueado el portón, Ivés se perdió en un laberinto de escaleras y
corredores hasta llegar a una sala de exposiciones donde se exhibía una
muestra titulada: "Cosas encontradas en los libros devueltos a la Biblioteca".
Como era un hombre lleno de inquietudes, en lugar de ir directamente en busca
de Grimaldi se detuvo a observar los objetos expuestos en las vitrinas. Boletos
de tren, cartas de amor olvidadas, estampitas de la Virgen, cáscaras de
naranja, un programa para un concierto de Charles Aznavour. Reconoció, en la
multitud de objetos recogidos a través de los años, una foto de él y de
Jacqueline tomada cuando apenas se conocían.
Preguntando aquí y allá logró llegar hasta la oficina de Maurice Grimaldi.
Por la placa de bronce clavada en la puerta del despacho, Montaner se dio
cuenta de que Grimaldi había omitido, por modestia, mencionar en la tarjeta su
verdadero cargo: era el director de la Biblioteca Nacional de París. Entonces
recordó perfectamente el nombre de Grimaldi: era un funcionario que había
mantenido su figura en la sombra hasta el día en que anunció a la sociedad
que había comprado para la biblioteca una colección de cráneos de filósofos y
escritores. Para conseguir los trofeos, había enviado agentes secretos, durante
años, a los rincones del mundo.
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Los cráneos de Descartes, de Balzac, del marqués de Sade, del profesor


Murray — cuya cabeza había sido reducida por los jíbaros— y una colección de
18 escritores chinos de la dinastía Ming se exponían en los sótanos de la
Biblioteca. Gracias a esa muestra permanente, Grimaldi se había convertido en
una celebridad de la cultura francesa. Y ese mismo hombre —el hombre que
controlaba miles de empleados, millones de libros y 54 cráneos— era quien
había llamado pidiendo su ayuda.

Greta tomó mi lapicera y numeró los dos capítulos que ya habíamos


encontrado. Después buscó el siguiente y lo encontró antes que yo. Sintió algo
húmedo en la yema de su pulgar y se miró la mano. Estaba manchada de tinta.
Insultó a la lapicera con palabras excesivas; me sentí indirectamente aludido.
Sobre el ángulo de la página siguiente había quedado impresa la forma de su
pulgar.
36

PÁGINAS PERDIDAS, obra póstuma de André Dubuffet, apareció en marzo,


con un prólogo del mismo Ivés Montaner.
La novela de Dubuffet había provocado tres asesinatos; su sencilla trama,
sin embargo, prescindía de violencias.
El señor Fabbro es el dueño de una enorme editorial. Ha hecho su fortuna
en base a una serie de novelas baratas, de trama romántica, que siempre
despreció. A pesar de que las novelas de amor le han dado millones, nunca
leyó una sola línea. Una noche, solo en su enorme oficina, Fabbro se pone a
leer una de las novelas. La trama lo atrapa: más adelante se descubre con los
ojos húmedos frente a los besos furtivos, los mensajes en clave, la despedida a
la luz de la luna. Afiebrado, comienza a leer una tras otra algunas de las miles
de novelas publicadas por él.
Días más tarde se entera de que sufre una grave enfermedad y decide
legarle la editorial a un sobrino al que ha visto pocas veces. Sabe que el
muchacho, solitario y melancólico, no ha descubierto aún a la mujer de su vida;
confiado en la experiencia que le ha dado su reciente afición a las novelas
románticas, decide ayudarlo en secreto.
37

Rescata de entre sus papeles una novela policial que escribió en su juventud;
para reunir a su sobrino con la mujer que le ha elegido, concibe un trabajo en
común: ordenar las páginas de ese manuscrito. Apenas pone en marcha el
mecanismo, el editor muere.
Su sobrino y la chica se reúnen en los lujosos salones de la editorial para
trabajar en el ordenamiento de las páginas. El capítulo cuarto se detiene, ya
ordenada la novela, en el primer beso.
¿Existía un quinto capítulo en poder de Grimaldi? ¿Había previsto Dubuffet
los crímenes del director de la Biblioteca Nacional, y era ése, entonces, fuera
del papel, su quinto capítulo? Montaner cerraba su prólogo con estas dudas.
Terminar un libro, escribió, es tan difícil como terminar un caso: uno archiva los
papeles pero tiene la sensación de que en la historia siempre hay un secreto
continuará. Por eso nunca se puede escribir sin un temblor la palabra

FIN

Vilches tomó su lapicera, numeró la última página y la ubicó con el resto.


—Como no leí más que el final, no entendí nada —se puso el sobretodo—.
¿Me perdonan si los dejo solos?
Greta no dijo nada. Yo tampoco. No sé por qué, pero evitamos mirarnos.
38

Acompañé a Vilches abajo. Tenía miedo de que Greta bajara también, pero
se quedó.
—Me alegro de que hayan puesto cada página en su lugar. A su tío le
hubiera gustado saberlo —miró el caos de libros viejos que lo rodeaba—.
Quería poner un poco de orden antes de marcharse.
Se alejó tiritando pero aliviado, como un hombre que ha cumplido una
misión.
Arriba me esperaba Greta, con la novela en sus manos. Unos segundos
después las páginas cayeron al suelo y volvieron a mezclarse.

FIN
39

LUC Spinel le mostró la página de un diario amarillista donde las noticias


policiales ocupaban la mayoría de las páginas. La nota estaba ilustrada por
esta imagen:

—¿Por qué pusieron esa figura?


—A Fux lo mataron aquí mismo. Lo golpearon en la cabeza con un oso
hormiguero embalsamado. Después pusieron el cuerpo en una de nuestras
gigantescas cámaras frigoríficas. Tardamos cinco días en encontrarlo.
—Hablemos afuera —rogó Montaner. El formol lo mareaba.
40

Pasearon por los jardines que rodeaban los pabellones del museo.
—¿Mencionó Fux alguna vez su pasión por Dubuffet?
—Sí, todos los días. Me traía libros, insistía en que los leyera. Yo se los
devolvía diciéndole que me habían gustado mucho, pero en realidad nunca leí
ninguno.
Montaner le habló de la SAAD y de su visita a Helmut.
—Algunas veces vinieron sus amigos a visitarlo. Recuerdo a un loco de
cabeza rapada, a una mujer gorda, a una flaca...
—Son la misma persona...
—También a otros dos hombres, pero no recuerdo cómo eran.
Uno era Balthazar, pensó Montaner. El otro, el misterioso quinto integrante.
Ivés despidió a Spinel con un sobrio apretón de manos para evitar otro
pestífero abrazo. Antes de irse, le pidió la dirección de Fux.
Era casi de noche cuando llegó al edificio. Como era habitual en París, no
había ascensor. La ausencia de ascensores había hecho que las clases
sociales en lugar de distribuirse por zonas, como en otras ciudades del mundo,
se repartieran por alturas. En la planta baja y primer piso vivía la aristocracia;
en los pisos siguientes los profesionales. En los últimos, las clases bajas y los
inmigrantes ilegales.
El departamento de Fux estaba en el cuarto piso. Una faja de papel
colocada por la policía decía: PROHIBIDO PASAR.
41

Montaner buscó en el bolsillo de su pantalón una ganzúa recogida en uno de


sus casos. Abrió la puerta sin dificultad.
El departamento era un templo dedicado a la memoria de Dubuffet. Estaban
todos sus libros, sus reportajes enmarcados cubrían las paredes. También
había páginas manuscritas: listas de compras para el supermercado, mensajes
dedicados a la señora de la limpieza... Montaner revolvió los cajones. Había
muchos cuadernos en los que abundaban los diagramas de cuerpos de
animales destripados. Uno de esos cuadernos estaba dedicado a las actas de
la Sociedad de Admiradores de André Dubuffet.
Montaner leyó la lista con los nombres de los cinco integrantes... Como si
fueran una organización clandestina, habían elegido nombres en clave.

—Encontré la lista con los alias —dijo Greta—. Formal debe ser Fux...
42

GOLPEÓ la puerta pero no oyó ninguna voz invitándolo a pasar. Entonces


abrió. Inclinado sobre un libro gigantesco, un códice del siglo XIV, un hombre
descifraba en voz alta un latín oscuro.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Soy Ivés Montaner. Mi secretaria me dio su tarjeta.
Al oír el nombre Grimaldi cerró de un golpe el incunable sin notar que había
dejado en su interior un vaso descartable lleno de café.
—El resto de los detectives privados son hombres ignorantes, que vienen de
empleos bajos. Ex espías, como Lavoiser. Ex policías, como Vial. Ex políticos,
como el ex vicepresidente de la República Francesa Víctor Pestagnac. Yo
necesito un hombre culto. Un bibliófilo. Sé que usted llegó a su actual profesión
después de haber fracasado en ocupaciones intelectuales. Fracasó como
académico, como librero, como escritor, como editor, como vendedor de la
Enciclopedia Británica, como....
Montaner hizo un gesto para que se callara. Era modesto, y no sabía qué
cara poner cuando otros repasaban su curriculum.
—Necesito que encuentre un libro —dijo Grimaldi—. Usted es el único que
puede hacer el trabajo.
43

—¿Qué libro es?


—Nadie sabe cómo se llama. Es la obra póstuma de André Dubuffet. Pero...
¿por qué pone esa cara, señor Montaner? ¿He dicho algo malo? Sus ojos se
han llenado de lágrimas. ¡No me diga que he llamado a la persona
equivocada!

—Excelentes medialunas. —Y pésimo café. Sólo tu tío hubiera podido


superarte. Tenía una receta secreta.
—¿Cómo era?
—Usaba como filtro las hojas de los libros viejos.
Nos habíamos propuesto evitar la tentación de corregir las páginas por esa
noche; ya bastante trabajo era poner el libro en orden. Pero Greta,
acostumbrada a leer con la lapicera en la mano, llenó de marcas de corrección
los márgenes de la página siguiente. (letras en color rojo)
44

Querida Noemí:
No quiero que mis lectores piensen
que soy un ratón de biblioteca, por eso
mañana voy a escalar el cerro Tartaria.
Después de haber ejecutado mi secreta
obra maestra, tengo un derecho a un
descanso.

Te adora
André

—SE nota que su esposo estaba enamorado —dijo Montaner. Noemí Nadal,
viuda de Dubuffet, se rió.
—Qué iba a estar enamorado ese canalla. Ni siquiera escribió la carta: se la
dictó a una mujer. Odiaba escribir a mano.
Cuando Montaner tomó el tren de las 8:35 rumbo a aquel pueblo de las
afueras de París esperaba encontrar a una amable viuda dedicada a entronizar
la memoria de su marido.
45

En cambio, descubrió a una mujer que odiaba a tal punto a su difunto esposo,
que había colgado de la pared una lámina con la imagen del cerro Tartaria,
donde su marido había sufrido el accidente fatal. El detective tuvo que insistir
largo tiempo para que la viuda aceptara mostrarle la buhardilla donde Dubuffet
acostumbraba a trabajar.
En sus tiempos de juventud, Montaner no hubiera osado ni soñar con visitar
aquel templo: nada menos que la guarida de su maestro. La vieja máquina de
escribir. El cenicero. Un pocillo de café que guardaba restos de sustancia
reseca. Todo estaba como Dubuffet lo había dejado. Arañas. Polvo. Moscas
muertas. Una camisa sucia colgando de una silla. Sus transitadas pantuflas.
La viuda se resistió a mostrar más cartas. Montaner le explicó que si
encontraba el libro, a ella le correspondería un porcentaje de los derechos de
autor. Eso la entusiasmó; pero las otras cartas no agregaron ningún indicio
sobre el libro póstumo.
—¿Qué hará ahora? —le preguntó la mujer.
Montaner se encogió de hombros.
—A lo mejor los locos del SAAD sepan algo —aventuró Noemí Nadal.
—¿Qué es eso?
—La Sociedad de Admiradores de André Dubuffet. Antes venían por aquí,
pero yo no los dejaba entrar. Son fanáticos insoportables. Me consideran una
enemiga: creen que mi marido les pertenecía sólo a ellos, y aún más después
de muerto.
46

—¿Sabe dónde puedo ubicarlos?


—Alquilan una oficina, donde hacen sus reuniones —anotó en un papel la
dirección —. Encuentre el libro, señor Montaner. Le prometo una bonificación.
Montaner se despidió y tomó el tren hacia París.

Greta fue a preparar más café. A pesar de sus convicciones, no le quedó


otra opción que usar como filtro la página 53 de la novela Me están devorando
las termitas, de Lamberto Lacruz. Mientras tanto, yo había encontrado la
página siguiente. Cuando Greta volvió con las tazas de café, tropezó con la
máquina de escribir que yo había dejado en el suelo. Algunas gotas de café
cayeron sobre aquel fragmento del plano de París.
47

EL ESCÁNDALO DUBUFFET

La obra de André Dubuffet quiere ser original y


resulta simplemente pedante. Su último libro, Todas mis
postales, que reúne los textos de las 543 tarjetas que el
escritor envió en los últimos cuarenta años, resulta una
nueva prueba de su languideciente talento. Cuando comenzó
su carrera algunos críticos se mostraron esperanzados de
que alguna vez escribiera algo verdaderamente original; le
festejaron todas sus gracias, con la promesa, siempre
postergada, de un libro auténticamente revolucionario. Pero
ese libro no llegó nunca. Yo pregunto:¿debemos resignarnos
a los ostentosos ademanes de este viejo vanguardista que
quiere una vez más disfrazarse de joven rebelde? La
respuesta es NO. Ya es el momento de olvidar para siempre a
Dubuffet.

La nota estaba firmada por Paul Sadoul, un crítico que había castigado
encarnizadamente a Dubuffet durante toda su carrera. El ato de sobres que los
socios de la SAAD habían dejado abandonado contenía varias notas
semejantes.
48

En los tiempos en que su admiración por Dubuffet era incondicional, Ivés


Montaner había llegado a odiar a Sadoul. Pero después de la burla que el
escritor había hecho a sus poemas, había sentido que en cada una de sus
notas Sadoul lo vengaba.
Decidió hablar con Sadoul. Nadie —excepto los de la SAAD— sabía tanto
sobre Dubuffet como él.
Lo llamó al diario donde trabajaba. Sadoul aceptó la entrevista. Lo citó a las
17 al pie de la Torre Eiffel.
Montaner llegó puntual; el crítico, quince minutos tarde. Sadoul tenía en sus
manos un cucurucho de papel de diario lleno de castañas calientes. Montaner
le entregó una de sus tarjetas verdaderas.
—No creo que ese sea su nombre, señor Montaner. Todos los detectives
usan nombres falsos —señaló Sadoul con un gesto de suspicacia.
—Le aseguro que es el verdadero —se defendió Montaner.
—No me tome por idiota. Seamos sinceros o no vamos a tener ninguna
conversación.
Como Sadoul persistía en su infundada desconfianza, a Montaner no le
quedó más remedio que entregarle una tarjeta que decía:

Charles Aznavour
Cantante

—Bien, eso me gusta —dijo Sadoul, satisfecho—. Las cartas sobre la


mesa, como digo siempre.
Montaner sintió un chirrido sobre su cabeza. Le daba vértigo mirar la torre
desde abajo.
49

Hacía tiempo que no la visitaba: como todo parisino auténtico, consideraba que
era una diversión para turistas y evitaba pasar a su lado. La recordaba
hermosa, resplandeciente. Ahora estaba oxidada y decrépita.
—Uno de estos días se viene abajo —dijo Sadoul—. Hay operarios que le
ajustan las tuercas, pero no dan abasto. Es la humedad lo que la destruye. Qué
va a ser de París sin su torre Eiffel. Pero no es para hablar de la torre que
estamos aquí. ¿No es verdad, señor Aznavour?
—Estoy buscando la última obra de Dubuffet. Por eso necesito encontrar a
los socios de la SAAD. Creo que usted los conoce bien...
—Ojalá no fuera así... Pero por desgracia sé muy bien quiénes son esos
psicópatas... En una época se les dio por llamarme a las tres de la mañana
para amenazarme de muerte. Un día, cansado de sus arrebatos, les propuse
hacer una reunión. Yo me comprometí a no criticar los libros de Dubuffet; ellos,
a dejarme en paz.
—¿Los recuerda bien?
—Claro, perfectamente. Eran cinco, pero sólo cuatro se reunieron conmigo.
El presidente se llamaba Balthazar; en ese momento era cocinero en el
restaurante Maxim's. Helena es una modelo de la casa Dior, famosa por sus
bruscos aumentos de peso y sus mágicas reducciones. Helmut, el simpatizante
nazi, trabajaba de portero en un casino: encontraba en las obras de Dubuffet
una exaltación de la raza aria. Me falta uno... ya recuerdo: Fux, un taxidermista
que es empleado del Museo de Historia Natural.
50

—¿Y el quinto?
—Nunca supe su nombre. Ya tenía bastante con esos cuatro.
Ivés se sintió algo molesto por los chirridos que hacía la torre. Una tuerca
cayó a sus pies. Un turista japonés la levantó velozmente y se la llevó de
recuerdo. Montaner decidió comprarle a Sadoul otro cucurucho de castañas en
el puesto de un vendedor ambulante.
—Gracias. Y ojalá que encuentre esa obra de Dubuffet. Estoy ansioso por
destruirla —Sadoul se alejó con su cucurucho. A pesar del frío, Montaner
decidió ir hasta el Maxim's caminando. El corazón se le aceleró con esa
sensación única que sienten los detectives cuando encuentran, en el medio del
caos que los rodea, una pista.

—Ni siquiera el desorden mantiene su orden —dijo Greta—. El próximo


capítulo está inmediatamente después.
51

EL Maxim's era uno de los restaurantes más famosos del mundo. Presidentes,
príncipes, estrellas de Hollywood, el Papa y deportistas de nivel internacional
llenaban sus mesas. Debían hacer las reservas con varios meses de
anticipación; sin reserva hecha, ni el mismo Presidente de la República
Francesa encontraba una silla disponible. Los comensales eran tan célebres
que, si entraba alguien desconocido, de inmediato llamaba la atención.
El menú estaba redactado en varios idiomas, menos en la lengua que
hablaba el que quería leerlo. La casa se reservaba ese derecho, para
conseguir que la gente no supiera qué estaba pidiendo. Detrás de los 1200
platos de nombre complicado se escondía casi invariablemente el faisán.
Ivés Montaner intentó hablar con el maitre, pero dos robustos porteros lo
empujaron a la calle. En el instante previo a su vuelo hacia la vereda, alcanzó a
espiar por la puerta entreabierta la escena más lujosa que había visto en su
vida. Las mujeres llevaban tantas joyas que a pesar de que el local se
iluminaba con lamparitas de poco voltaje, los diamantes multiplicaban la luz
hasta encandilar. Todos los hombres estaban de riguroso smoking;
52

Montaner se alegró de que no lo hubieran dejado entrar: con su impermeable


maltrecho, habría parecido un mendigo entre aquellas celebridades.
Montaner estaba hundido en un sueño provocado por esa visión de lujo y
placeres exquisitos; caminó como un sonámbulo por el callejón que nacía a la
izquierda del restaurante y que llevaba a la cocina. El callejón estaba lleno de
mendigos que esperaban las sobras del restaurante. Se pasaban de mano en
mano una carpeta de cuero; cuando llegó hasta él, Montaner vio que era un
viejo menú. Los mendigos jugaban a elegir la comida. No tuvo tiempo de leer
más que unas pocas palabras; de inmediato le arrancaron el precioso objeto de
las manos. A empujones llegó hasta la puerta de la cocina. Cuando entró,
pensó que se había equivocado de lugar; pero los sucios delantales de los
cocineros decían con toda claridad: Maxim's. Los tachos de basura llenos de
verduras podridas y huesos de ave bloqueaban el paso. Las ollas hervían
lentamente dejando derramar una sustancia viscosa y burbujeante que nadie
se preocupaba por limpiar. Detrás de los hornos se asomó un cocinero
gigantesco armado con una cuchilla de carnicero.
—Busco a Balthazar —explicó Montaner.
De nada sirvió. Dispuesto a echar al intruso, el cocinero siguió avanzando
con paso firme por la alfombra de lechugas, piel de pollo, tomates fermentados,
cáscara de naranjas... El detective retrocedió hasta chocar contra una de las
heladeras. El gigante levantó la cuchilla para lanzarla; pero un ruido lo distrajo.
54

Un faisán se abrió paso entre los tachos de basura, chillando desesperado


mientras huía de un cocinero de rasgos orientales. Montaner atrapó al faisán,
se lo puso bajo el impermeable, y saltó hacia la puerta. Tuvo que abrirse paso
entre los mendigos a codazos.
Corrió varias cuadras, hasta estar seguro de que el cocinero no lo seguía.
Cuando recuperó el aliento, sacó al faisán, medio asfixiado, de su
impermeable. No sólo no tenía ninguna pista: además había agregado un
nuevo problema a su complicada vida.

—Lo que le falta a este libro es un poco de amor. No hay una sola mujer...
—dijo Greta.
—¿Cómo que no? ¿Y Jacqueline?...
—Pero eso pasó hace tiempo.
—No hay nada que odie tanto en las novelas como la sensiblería. Pero la
salvación del faisán le da un aire de ternura a un héroe tan duro.
—Más que ternura me da hambre —Greta miró el reloj. Eran las siete y
media—. Un poco temprano para cenar. ¿Seguimos?
—Recién vi una página con instrucciones...
—¿Para cocinar un faisán ?
—Para criarlo. Un hombre como Montaner jamás se comería un faisán que
acaba de salvar de la muerte.
55

MONTANER CAMINO PERDIDO POR OSCUROS PASILLOS, CRUZÓ


DEPÓSITOS DE MAPAS Y DE MANUSCRITOS, Y BAJÓ POR ANGOSTAS
ESCALERAS DE CARACOL HASTA LLEGAR A UN ENORME SALÓN. EL
SUELO ESTABA OCUPADO CASI TOTALMENTE POR LIBROS DE TODAS
LAS ÉPOCAS, MANCHADOS, ROTOS, SIN TAPAS, ENVUELTOS EN
TELARAÑAS. EN ALGUNOS RINCONES LA HUMEDAD HABÍA
CONVERTIDO A LOS LIBROS EN UN BLOQUE ÚNICO DE CIENTOS DE
MILES DE PÁGINAS. AVANZÓ PRIMERO ENTRE LOS LIBROS, QUE SE
LEVANTABAN EN COLUMNAS, Y LUEGO SOBRE ELLOS. EL DEPÓSITO
TENÍA MÁS DE CINCUENTA METROS de largo y era el más profundo de
varios subsuelos. Lo hizo toser el polvo que flotaba. Un manual de botánica se
deshizo bajo sus pies. Tropezó, cayó por una corta pendiente y chocó con algo.
Al incorporarse, alcanzó a tocar una mano helada. Se puso de pie de un salto.
El hombre estaba tendido boca abajo. Tenía la cabeza cubierta por pesados
libros encuadernados. A su lado estaba la torta-libro que había sido uno de los
cien mejores platos de Europa, pero que ya no era sino un epitafio.
56

Sobre la superficie de la torta Montaner leyó el capítulo dos de la novela


póstuma de André Dubuffet.
Le fue fácil adivinar cómo había muerto. Desde un puente colgante que
cruzaba el depósito el asesino había dejado caer sobre la cabeza del cocinero
aquellos pesados volúmenes.
Montaner levantó la cabeza y vio la repetición de la escena: cinco tomos de
la Historia de la Aviación Francesa venían hacia él.
Alcanzó a saltar hacia un lado. Los tomos levantaron una nube de polvo.
Montaner corrió a esconderse en un rincón oscuro del salón.
Una bala hendió la oscuridad y se perdió entre las páginas muertas. Oyó la
voz del hombre que había disparado, oyó sus pasos en la escalera de metal.
—Mire alrededor. Libros perdidos, cientos de miles de libros perdidos. Los
que no podemos clasificar van a parar aquí. Y también los que no necesitamos,
los repetidos, los que los estudiantes olvidan. Nadie buscará nada en este
sótano, hasta que llegue el día de la gran fogata. Mire bien lo que lo rodea,
Montaner: es su sepulcro.
Grimaldi tosió mientras caminaba hacia él.
—No me haga esperar. ¿No ve la alergia que tengo?
Montaner trató de huir hacia una de las puertas laterales. La encontró
cerrada. Grimaldi disparó desde lejos. La bala se incrustó en la puerta.
58

Montaner se echó abajo y se escurrió hacia un montón de revistas


apolilladas. Cubrió su cuerpo con papeles. Los insectos que comían el papel
empezaron a desfilar por sus brazos y sus piernas, festejando la llegada del
visitante. Todo el cuerpo empezó a picarle. Había dejado al descubierto sólo un
ojo: vio que Grimaldi sostenía una pequeña pistola de plata. Caminaba hacia él,
evitando pisar las zonas iluminadas. El detective lo oyó estornudar a pocos
pasos.
Grimaldi hizo cuatro disparos contra las pilas de papel. Cuando una bala
pasó cerca, Montaner se sobresaltó. Supo que Grimaldi lo había oído.
—¿Qué es eso?, ¿una rata? Es una suerte que usted sea el único detective
de París que no va armado.
Montaner tanteó a su alrededor buscando algún libro pesado que pudiera
arrojar. Pero el papel carcomido se deshacía entre sus dedos. Hurgó en su
bolsillo.
Grimaldi puso en la pistola un nuevo cargador y avanzó hacia el rincón que
ocultaba a Montaner.
El detective arrojó el frasco de vidrio a la cabeza del director.
Grimaldi disparó a ciegas; la bala destrozó el frasco. Montaner pensó que
estaba perdido, hasta que oyó un estornudo. Y otro y otro.
Rodeado por una nube de pimienta verde, ahora Grimaldi tosía sin parar. Su
cuerpo se convulsionaba. Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Ya no se
preocupaba por Montaner: ahora tenía otro enemigo, el aire.
59

Un golpe en la nuca lo hizo caer de rodillas. Montaner levantó un grueso


tomo y repitió el golpe, hasta que Grimaldi se derrumbó.
Montaner sacó una lapicera, buscó entre los libros muertos un cuaderno en
blanco y transcribió el texto de la torta-libro, el capítulo de la historia que
faltaba. Cuando hubo escrito la última palabra, supo que su trabajo había
terminado.

—Última página —dijo Greta.


—¿Puedo levantarla yo? —preguntó Vilches.
— Adelante.
Se agachó para levantar la hoja y leyó en voz alta el título del libro perdido
de André Dubuffet.
60

DUBUFFET no era en absoluto un nombre desconocido para Ives Montaner.


En su juventud lo había idolatrado. Tenía su póster (la divulgada imagen del
escritor tripulando una motoneta Ciambretta) pegado en la pared de su cuarto.
En su biblioteca no faltaba ninguno de sus libros: sus revolucionarias novelas,
sus ensayos, los tomos de su autobiografía... Dubuffet ocupaba un lugar de
prestigio en las letras francesas gracias a su novedoso método de convertir
cada escrito de su vida cotidiana en una obra literaria: alegatos judiciales
contra sus ex esposas, declaraciones de impuestos, instrucciones a las
profesoras de sus hijos, y su serie epistolar: Carta a mi padre, Carta a mi
hermana, Carta a mi tío Philip. (Cada carta era un libro entero.) Sus libros se
convirtieron en texto obligatorio en las escuelas de toda Francia; los maestros
más innovadores utilizaban sus complicadas frases (a menudo bastante
subidas detono) para enseñar a los niños las primeras letras. Dubuffet había
sido íntimo amigo del general de Gaulle, a pesar de lo cual rechazó la oferta
de hacerse cargo del Ministerio de Cultura (lo que dio origen a un volumen de
300 páginas titulado Mi renunciamiento histórico).
61

Después de admirarlo durante años en secreto, Montaner tuvo la


oportunidad de conocer a Dubuffet personalmente durante unas charlas que el
escritor dio en La Sorbona. Montaner se acercó tímidamente con unos poemas
mecanografiados para que el gran escritor diera su veredicto. Y a él, al gran
hombre, le bastó con leer unas pocas líneas para estallar en feroces
carcajadas. "Mejor que se dedique a otra cosa", sentenció Dubuffet. Montaner
obedeció: nunca más volvió a escribir una sola línea. Pero se deshizo de todos
los libros del escritor. Y cuando, muchos años después, leyó en el diario que el
escritor había muerto en un accidente de esquí en el cerro Tartaria, sintió una
inconfesable alegría.
—Tenemos pistas de que Dubuffet dejó una obra póstuma —explicó
Grimaldi—. En las cartas dirigidas a su última esposa, Noemí Nadal, menciona
como al pasar un proyecto que lo consagraría en el panorama de las letras
francesas. La viuda conserva esas cartas. Vaya a echarles un vistazo.
Grimaldi puso un fajo de billetes sobre el escritorio. Montaner guardó el
dinero.
—Si el libro existe, en una semana lo tendrá en su escritorio —prometió.
—Antes de irse, ¿no quiere conocer mi colección de cráneos célebres?
—Otro día, señor Grimaldi.
Montaner se alejó por el pasillo.
—¡Mi colección se agranda día a día! — gritó Grimaldi desde su oficina—.
Tengo veinte personas trabajando para mí en países remotos.
62

¡Pronto conseguiré el cráneo del mismo Dubuffet!

Comencé a leer una página equivocada; Greta me señaló una hoja que
empezaba con un texto escrito a mano.
—No parece la letra de mi tío —dije.
—Puede haberle pedido a otra persona que lo ayude. Quizás a una de sus
amigas.
Recordé la fama de mujeriego de mi tío.
—¿Quién te habló de sus amigas?
—Vilches, el contador.
—Todos parecen conocer a mi tío más que yo. Lo veía muy de vez en
cuando, en Navidad o en algún cumpleaños, y hablábamos un poco por
compromiso, nada más. Y ahora me toca hacerme cargo de todo.
Miré a mi alrededor. Sentí el peso de los libros marchitos, las cuentas
impagas, las páginas extendidas sobre la mesa. De nada servía apurarse:
había que avanzar página por página, problema por problema, como si la
editorial también fuera un libro para ordenar.
63

ULTIMO momento:
Helena Lavan: Figura sorpresa del desfile Dior.

A Montaner le temblaron las manos, como ocurría siempre que surgía una
pista de improviso.
—Lo dejo, Grimaldi. Tengo que alquilar un smoking.
—Póngalo en la cuenta de los gastos.
Dos horas más tarde Ivés Montaner atravesaba la multitud reunida frente a
las puertas del gran hotel Lyon. Infinidad de periodistas y famosos trataban de
entrar. Pero con la noticia de que Helena Lavan estaría presente, el gran
motivo de atracción ya no era ni la actriz Elizabeth Taylor, ni los nuevos
modelos en arpillera del diseñador japonés Tetsuo.
Helena Lavan hacía sólo un desfile por año: allí exhibía sus 50 kilos
maravillosamente distribuidos en su metro ochenta de estatura. Pero entre un
desfile y otro engordaba hasta pesar 120 kilos... Durante sus meses de
gordura, Helena Lavan no se dejaba ver. Cientos de leyendas corrían alrededor
de sus bruscos aumentos y pérdidas de peso: decían que usaba magia negra,
que el responsable de todo era un acupunturista chino, que de pequeña
había recibido una fuerte radiación, que todo formaba parte de la campaña
publicitaria de un milagroso medicamento... Pero nadie había obtenido nunca
de Helena ni una sola declaración.
64

Montaner se presentó en la entrada del hotel con una tarjeta que decía:
Giacomo Tucci, diseñador de calzado. El portero le señaló sus zapatos:
gastados en la punta, sin cordones y de pares distintos. No sabía qué excusa
dar a su estúpido error, pero el portero lo salvó:
—Siempre es igual —bromeó—. Los grandes genios de la moda son
desaliñados al vestir.
Montaner le dio la razón y se apuró a pasar. Se sentó en la primera fila, junto
a la esposa del vicepresidente.
En cuanto empezó el desfile, se distrajo mirando a las modelos y olvidó la
razón que lo había llevado allí. Era tan esmerado en sus falsas identidades que
sintió que realmente era un diseñador de calzado. Sus exquisitos comentarios
profesionales llamaron de inmediato la atención de quienes estaban en las
butacas vecinas.
—Las diferencias entre el derecho y el izquierdo no van más. Los dos
zapatos deben ser exactamente iguales —proclamó.
—Pero nos dolerán los pies —exclamó la mujer del vicepresidente.
—No importa. La moda es tirana.
Le gustaron mucho unos vestidos de noche fabricados con neumáticos de
autos, latas y desechos industriales (que costaban 50.00 dólares cada uno)
y unos atractivos tapados de piel.
66

Para evitar los ataques de los grupos ecologistas, estos tapados de piel natural
simulaban estar hechos con tejidos sintéticos que imitaran la piel natural.
Cuando apareció Helena Lavan el murmullo que acompañaba a cada
modelo dejó lugar a un absoluto silencio. El vestido se le pegaba al cuerpo
como el rocío nocturno al mármol de las estatuas.
—Seguro que son dos mujeres distintas. Nadie puede hacer un régimen
semejante — dijo la esposa del vicepresidente.
Montaner se concentró en aquella leyenda viviente de la moda. Miró su
bellísimo rostro, su peinado, sus aros de plata. Había algo en los aros que lo
despertó de su falsa identidad, convirtiéndolo de nuevo en un detective. El de la
izquierda era una letra A, el de la derecha una D.
Pero había algo más. Observó los dibujos azules que cubrían el vestido
blanco y se dio cuenta de que aquellos trazos conformaban una
escritura...Pensó en las palabras que repetía Helmut, en el mensaje en la
espalda de Fux, en las letras del vestido...
Ya era hora de empezar a leer.

Greta limpió sus lentes.


—Es hora de terminar de leer —dije.
67

—El libro esconde un secreto. Estoy segura.


_ ¿Un secreto?
—El autor. Aunque no lo haya firmado, tiene que haber una huella, una
marca.
—Yo ya tengo mi sospechoso.
—¿Quién?
—Vos.
—Nunca escribí nada —dijo Greta—. Cuando ocurra, lo voy a anunciar a
los cuatro vientos. Además, no sé guardar un secreto.
Le acerqué la página siguiente, encabezada por una serie de nombres y
números romanos.
68

VIAJÓ en metro hasta la estación République. La SAAD (Sociedad de


Admiradores de André Dubuffet) funcionaba en el edificio Pétain, la mayoría
de cuyos departamentos estaban habitados por relojeros, modistos y
compradores de oro. El ascensor no funcionaba. Montaner subió diez pisos
por las escaleras. Golpeó la puerta; cuando le abrieron no pudo decir nada:
le faltaba el aire. Sólo atinó a mostrar una de sus tantas tarjetas falsas, que
la mujer no se molestó en leer. Cuando recuperó el aire, preguntó por los
inquilinos.
—Esos locos se fueron hace dos meses. Me dejaron el departamento
lleno de porquerías. Ya tiré casi todo... Quedaron debiendo dos meses de
alquiler. ¿Usted viene a pagar?
—También a mí me deben dinero —mintió Montaner
69

— ¿No dejaron un teléfono, una dirección?


La mujer entró en el departamento y volvió con varios sobres de papel
madera atados con hilo sisal.
—Es lo único que se salvó. No lo vi antes porque estaba debajo del
placard. Si se lo lleva me hace un favor.
Montaner bajó corriendo los diez pisos y volvió a su oficina. Despejó su
escritorio de cuentas impagas, folletos sobre armas y sofisticados artefactos
destinados a los detectives y se dispuso a estudiar el contenido de los
sobres. Encontró notas periodísticas sobre Dubuffet, recibos por el alquiler
del departamento, cuentas de teléfono y de electricidad, pero ningún nombre
propio, ni dirección donde ubicar a los miembros de la SAAD.
Una voz de ultratumba lo distrajo.
—Ivés, ¿puedo ayudarte?
Leducq, el detective deprimido, había hablado por primera vez en los
últimos doce días.
—Todavía no. Pero ya te pediré ayuda. Por ahora estoy perdido.
Leducq le tendió un paquete envuelto en papel de regalo.
—Dejaron esto en tu escritorio.
—¿Quién lo dejó?
—No sé. Entra tanta gente a esta oficina...
Montaner abrió el paquete con la esperanza de que fuera alguna pista
para su caso. Encontró un cuchillo sin ningún mensaje. La hoja era
triangular: era un puñal para lanzar.
70

—Sigo esperando un crimen —dijo Greta.


—Hay novelas policiales en las que no matan a nadie.
—Ya sé, pero a mí me gustan las otras. Agatha Christie sabía hacerlo: un
cadáver aquí, otro a las treinta páginas... En las novelas policiales, los
muertos son como señales en el camino. Sin asesinatos, el lector no sabe
hacia dónde va.
Bostezó con un alarido, mientras se desperezaba. El movimiento brusco
del brazo desparramó varias páginas por el suelo. Fijé mi atención en una
que comenzaba con lo que parecía un artículo periodístico sobre Dubuffet.
71

1. ALIMENTE al faisán con granos de maíz y lechugas frescas.


2. No trate de que aprenda palabras de memoria. No es un loro.
3. No lo enjaule. El faisán morirá de tristeza.
4. Es un ave vistosa, pero no un pavo real. No lo pinte de colores.
5. Póngale un nombre. El faisán se criará más alegre.
6. Practique el vegetarianismo. Aumentarán las posibilidades de
supervivencia del faisán.
Ivés Montaner cerró su libro Aves del mundo y contempló a su nueva
mascota, que paseaba feliz por el departamento. Decidió construirle un
pequeño corral en la habitación de huéspedes para que no ensuciara toda la
casa.
72

Pensó en un nombre: Maxim. Después de comprar una bolsa de cinco kilos de


maíz y dejarle a Maxim agua y alimento, Montaner fue hasta su oficina.
Le había encargado a Leducq que consiguiera algún dato de Helmut, el
miembro nazi de la Sociedad de Admiradores de André Dubuffet. Lo había
hecho más por sacar a Leducq de su depresión crónica que por tener alguna
esperanza en los resultados.
Para su sorpresa Leducq estaba animado. En lugar de caminar por las
cornisas, se había sentado frente a su escritorio y redactaba un informe.
—¿Encontraste algo? —preguntó Montaner.
Leducq le mostró las páginas que había escrito.
—La policía lo tenía fichado. Atentados, manifestaciones, amenazas
telefónicas. Helmut está internado en un centro psiquiátrico, en las afueras de
la ciudad.
—¿Loco?
—Un caso perdido.
Montaner dedicó cinco minutos de charla a levantar el ánimo de Leducq. Le
dijo que su descubrimiento era lo más importante que había ocurrido en la
historia de la investigación detectivesca. Leducq sonrió; hacía tanto que no lo
hacía que le dolieron los músculos de la cara.
Dos horas después Montaner estaba frente a la puerta de hierro del
neuropsiquiátrico Cerletti. Presentó en la entrada una tarjeta que decía:

DOCTOR IVÉS MONTANER


ESPECIALISTA EN TRASTORNOS DEL SUEÑO
74

Una enfermera lo guió hasta la habitación donde se encontraba Helmut. La


mujer lo dejó solo frente a un hombre de cuarenta años, demacrado, la cabeza
rapada. Tenía la vista fija en el jardín nevado.
Helmut murmuraba algunas palabras. En ningún momento miró al detective.
Estaba perdido en algún día del pasado, o hundido en un pozo donde el tiempo
no existía.
Montaner se acercó al paciente. Notó que tenía una esvástica tatuada en el
cráneo.
—¿Se acuerda de la Sociedad de Admiradores de André Dubuffet?
Ninguna respuesta.
—¿Dónde vivía antes de que lo internaran? ¿Lo visitan sus amigos?
Helmut seguía con la mirada fija en el jardín. Allá afuera, un interno había
hecho un muñeco de nieve con ayuda de un gorro, una pipa, una bufanda, y
otro paciente que estaba en el interior.
Helmut volvió a recitar sus palabras en alemán. Montaner sacó su grabador
de bolsillo. Trató de identificar algún nombre en el flujo de palabras
desconocidas. Nervioso por aquella letanía indescifrable, comenzó a buscar en
la habitación algún objeto personal del paciente. En el ropero encontró una caja
de zapatos con un montón de papeles y algunos frascos de remedios. También
había un paraguas: Montaner desenroscó el mango y encontró una afilada
cuchilla. Era un paraguas Ural, un modelo utilizado por el ejército alemán.
75

Oyó los pasos de la enfermera por el pasillo. Apenas tuvo tiempo de


guardar un manojo de papeles en el bolsillo de su pantalón. La enfermera no se
dio cuenta de nada:
—Doctor, ya que lo tengo aquí le quería hacer una consulta. Como
especialista en trastorno del sueño, ¿qué me recomienda para el insomnio?
—Un vaso de leche caliente con algunas gotas de cognac. O un vaso de
cognac caliente con algunas gotas de leche —respondió Montaner mientras
buscaba la salida.
Sentado en el tren que lo devolvería a París, Montaner revisó los papeles
que había encontrado. Había proclamas neonazis, un acta de la SAAD donde
no aparecía el nombre de ninguno de los integrantes, y una entrada al Museo
de Historia Natural de París. Había perdido la pista de Balthazar, Helmut no
podía responder, pero Fux, el taxidermista, no se le escaparía.

—Mi abuelo aprendió taxidermia en un centro de jubilados —dijo Greta—.


Cada vez que alguien de la familia cumple años, le regala una de sus obras.
Abrimos los paquetes con terror.
Tomé una hoja, pero ella me golpeó suavemente la mano. Señaló en otra,
en la primera oración, la palabra MAMUTS.
76

I: FUX. II: ? III: Helena IV: Helmut. V: ?


Montaner había descubierto una parte del misterio.
Había estado trabajando todo el día con tijera, lápiz y papel.
Primero compró todas las revistas y diarios donde habían aparecido las
fotos de Helena Lavan. Cada foto mostraba su vestido desde un punto de vista
distinto, pero al unir unas imágenes con otras, había conseguido obtener la
totalidad del mensaje.
En la inmensa oficina donde trabajaba con sus colegas, no había una sola
máquina de escribir que funcionara bien. Cuando consiguió una Rémington
cuya única falla era la ausencia de mayúsculas, transcribió el texto del vestido.
Después lo comparó con quince hojas mecanografiadas a un espacio que
contenían las palabras de Helmut y con el texto del tatuaje de Fux. No se dio
cuenta de que ya era de noche y que se había quedado solo.
Leyó aquellas páginas varias veces, hasta que descubrió la verdad y dio un
grito de triunfo que resonó en la oficina desierta.
Había comprendido que los textos no eran pistas sobre el libro.
77

Eran el libro.
André Dubuffet siempre había querido sorprender con la forma de
sus libros, pero la repetición de su ingenio había cansado a críticos y lectores.
Al final de su vida imaginó una obra cuya forma fuera tan insólita que
causara verdadero asombro. El libro estaba formado por cinco capítulos. Cada
capítulo estaba encarnado en uno de sus seguidores fanáticos.
Helmut había aprendido de memoria el capítulo cuatro.
Helena exhibía en su vestido el tercero.
Fux se había tatuado en la espalda el comienzo de la novela.
Faltaban los capítulos dos y cinco, correspondientes a Balthazar y al
integrante secreto (cuyo nombre en clave era Petit Larousse).
Siempre que se acercaba a la resolución de un caso, Montaner se ponía a
caminar de un lado a otro, arrastrado por sus nervios. Atravesó la oficina varias
veces, hasta tropezar con Leducq, que dormía en un colchón tendido en el
suelo, entre dos escritorios. Montaner decidió aprovechar el encuentro fortuito.
—Despierta, Leducq. Quiero que me consigas para mañana toda la
información posible sobre un cocinero llamado Balthazar. En la asociación de
chefs deben conocerlo.
Leducq se puso los zapatos, se acomodó un poco su arrugado traje y partió.
De nada sirvió que Montaner le dijera que era muy tarde, que mejor investigar a
la mañana. Leducq parecía vivir en su propio tiempo, sin mañana ni noche.
78

Sonó el teléfono. Montaner se sobresaltó.


—¿Doctor Montaner? —preguntó una voz de mujer vagamente conocida.
Montaner trató de recordar en qué lugar se había hecho pasar por médico.
—Sí, soy yo.
—Le hablo del neuropsquiátrico Cerletti. Soy la enfermera Torino. Seguí su
consejo, y ahora duermo perfecto. Pero lo llamaba por otra razón.
—¿Novedades de Helmut? ¿Recuperó la conciencia?
—No. Lo asesinaron.
—¿Otro interno?
—Un desconocido entró en su cuarto ayer a la noche y lo acuchilló con la
hoja que escondía el mango de un paraguas.

—Cómo se hicieron esperar los asesinatos —dijo Greta.


—Todo a su tiempo. ¿Dejamos acá?
—No. Quiero ver cómo termina.
La mayoría de las páginas ya estaban ordenadas. Pusimos las que faltaban
extendidas por el suelo, para tener una visión de conjunto.
Greta señaló con el pie una página, dejando la huella de su zapatilla.
79

Morgue de París. Caso Fux.


Observaciones: El cadáver presenta un curioso tatuaje en la
espalda. Es un texto que comprende unos dos mil caracteres. Dado
el tamaño minúsculo de las letras, podemos afirmar que ha sido
realizado por un experto. Recomendamos guardar documentación
para el Museo de medicina forense. Se adjunta fotografía.

Las letras eran tan pequeñas que en la fotografía del cuerpo no se podía
leer el texto.
Después de tomar su primer café del día frente a la morgue de París,
Montaner llevó la fotografía hasta la Place de la Concorde.
Caminó hasta encontrar a un viejo que vestía un traje negro arrugado y una
boina. Armado con una cámara de fuelle y un flash de tungsteno, fotografiaba a
las parejas que posaban entre las palomas. Todo en realidad era una fachada:
el viejo Bresson tenía el más completo laboratorio de París, y durante años la
policía y los investigadores privados habían usado sus servicios.
Bresson no hizo ninguna señal de haber reconocido a Montaner, pero tomó
con disimulo la foto que el detective le tendió.
—¿Una ampliación?
—Tan grande como sea posible.
80

—Va a ser difícil. Es una foto de mala calidad. Salió movida, a pesar de que el
modelo está muerto.
Bresson guardó la fotografía en el bolsillo. Una pareja de novios esperaba la
señal para decir whisky.
—No sonrían —ordenó—. Odio las fotos con gente sonriendo.
Desde un teléfono público Montaner llamó a la Biblioteca Nacional para
encontrarse con Grimaldi. Una hora después Montaner entró a un pequeño
café a tres cuadras de la biblioteca.
Grimaldi le tendió la mano, con una sonrisa esperanzada.
—¿Cómo van las cosas, Montaner? ¿Sabe al menos si el libro póstumo de
Dubuffet existe?
—Estoy siguiendo algunas pistas, pero no sé cómo interpretarlas. Es el caso
más extraño en el que he trabajado. De los cinco integrantes de la Sociedad de
admiradores de André Dubuffet, uno está loco y otro fue asesinado. Al cocinero
lo perdí de vista, la modelo no sé dónde está, y el quinto integrante mantiene
su identidad en secreto.
—¿En qué punto de la investigación está?
—Mandé traducir las palabras que Helmut repetía en alemán. También
estoy a punto de descifrar el mensaje que Fux llevaba tatuado en la espalda.
—Tenga cuidado. Quizás alguno de los integrantes mató a Fux, porque
sabía dónde estaba el libro.
—Eso es lo que creo. Lo primero que tengo que hacer es encontrar a la
modelo, Helena.
Un vendedor de diarios entró en el café. Montaner dio un salto y le arrancó
un periódico de las manos.
82

—Una noticia de último momento —dijo Greta—. Acabo de ver la página y


ahora no la encuentro.
—A lo mejor habría que publicar el libro con las páginas así mezcladas, y
que los lectores se arreglen.
—No, sería una crueldad.
83

CINCO, cuatro, tres, dos, uno. Montaner llegó agotado al último escalón y
corrió por el pasillo hasta la oficina de Grimaldi.
Encontró la puerta cerrada. Una secretaria de lentes lo detuvo, mientras
ensayaba una sonrisa profesional.
—¿En qué puedo servirlo?
—Llame ahora mismo a Grimaldi —dijo Montaner entre jadeos.
La mujer no le entendió.
El detective abrió la puerta de la oficina del director. Estaba vacía.
—No puede entrar aquí —como vio que Montaner no le hacía caso,
amenazó—: Voy a llamar a seguridad.
Montaner trató de abrir los cajones del escritorio, pero estaban cerrados con
llave. Miró los libros en la biblioteca, las fotos de las paredes, los papeles que
cubrían el escritorio. La mujer había levantado el teléfono y llamaba a
vigilancia.
—Deje eso. Quiero ver a Grimaldi, trabajo para él. La mujer no le hizo caso.
—Hay un loco en dirección —alertó. Y luego le dijo al detective—: El señor
Grimaldi no puede recibirlo.
84

Está muy ocupado, en los sótanos de la biblioteca. Pero ya vendrá a atenderlo


el cuerpo de seguridad.
La mirada de Montaner se había detenido en una de las fotos que colgaban
de la pared.
Era la más pequeña de todas. El resto de las fotos mostraba a Grimaldi
junto con grandes figuras de la literatura mundial. Pero ésta, más humilde, era
un recuerdo personal.
Mostraba a un joven disfrazado de libro, en alguna propaganda editorial de
principios de la década del sesenta. El joven, cuya cara apenas emergía del
enorme traje acolchado, era Grimaldi. La sonrisa era forzada, porque niños
pequeños lo sacudían sin piedad. En la portada del libro se leía: Diccionario
Petit Larousse.
Ya se oían en el pasillo los pasos de los hombres de seguridad. Montaner
bajó a los saltos las escaleras, en busca del quinto hombre.

Oímos golpes en la puerta.


—¿Es aquí? —preguntó Greta.
—¿Quién podrá ser?
De noche la editorial se convertía en un sitio sombrío. Me parecía oír el
susurro de los libros que hablaban entre sí. Bajé la larga escalera y crucé el
garaje convertido en depósito. Cuando pregunté quién era, me tembló la voz.
85

—Vilches, el contador.
Abrí la puerta. El contador se restregaba las manos, muerto de frío.
—Vivo aquí cerca, y como vi luz... Quería saber si era usted. ¿Trabajaba... a
esta hora? ¿Interrumpo?
Lo invité a pasar. Quería estar a solas con Greta, pero no podía dejar a
Vilches afuera, tiritando. Lo invitaría con café, y enseguida se iría.
Le presenté a Greta, pero ya se habían visto, alguna otra vez.
—Veo que están trabajando duro.
No sé si lo dijo con doble intención. Greta, inocente y didáctica, le explicó el
asunto de la novela.
—¿ Usted oyó hablar de este libro ? —pregunté.
—No, no sé nada. Su tío andaba en tantas cosas distintas... No se molesten
por mí, sigan trabajando. Termino el café y me voy.
El escritor, arrastrado por la pasión que despiertan los finales, no se había
dado cuenta de que se le había trabado la tecla de las mayúsculas.
86

1) FORMOL
2) Ofelia
3) Coq au vin
4) Adolf
5) Petit Larousse

Montaner transcribió los cinco sobrenombres en una libreta, y al lado de


cada uno puso los nombres verdaderos: Fux, Helena, Balthazar, Helmut... Sólo
le quedaba una incógnita por despejar.
Siguió buscando en los cajones otra pista. Encontró más papeles referidos a
Dubuffet (revistas literarias, artículos de periódicos) y también publicaciones
sobre taxidermia. Le extrañó hallar veinte números de una revista titulada El
perdurable mundo del tatuaje. ¿Había tenido Fux un gran interés en esta
disciplina? Sólo había un lugar donde podría averiguarlo.
La morgue de París siempre le había resultado a Montaner un sitio
deprimente, pero tenía al menos una ventaja: estaba a salvo del turismo.
Cuando encontró en el cuarto subsuelo a una pareja de alemanes con una
cámara fotográfica, cambió de opinión.
En la puerta de la sala de autopsias lo recibió el forense Emil Von Marheim,
vicedirector de la morgue de París.
87

—Doctor, necesito ver el cadáver de Fux.


El doctor Von Marheim consultó una carpeta negra.
—Imposible. Está dentro de la categoría "Reservado". El juez dictó secreto
de sumario y caución del cuerpo.
Montaner insistió.
—Usted me ayudó mucho hace tres años, cuando investigué el caso de la
cabeza hallada en una valija. ¿Recuerda?
—Me acuerdo muy bien, pero esta vez no puedo hacer nada. Tengo las
manos atadas.
El médico guardó la carpeta negra en el escritorio, cerró con llave el cajón y
entró a la sala de autopsias. Montaner se alejó hacia el ascensor, arrastrando
los pies. Apenas se aseguró de que no hubiera nadie volvió al escritorio.
El cajón estaba cerrado con llave, pero el de arriba no. Al sacar el cajón
superior, pudo llegar hasta la carpeta negra. Una vez que la tuvo en sus manos
la hojeó en busca del nombre de Fux. Sacó las páginas del informe, con la
intención de devolverlo una vez que tuviera fotocopias de todo. También separó
una foto del cadáver.
A pesar de que había visitado muchas veces el edificio, no lo conocía del
todo. Perderse en la morgue era una de sus peores costumbres. Después de
tomar un ascensor y subir por una escalera angosta, se encontró en un largo
pasillo helado.
88

Caminó hacia el fondo. No sabía si estaba en la superficie o si seguía bajo


tierra. Oyó pasos a sus espaldas, pero al girar la cabeza no vio a nadie.
El corredor se curvaba hacia la derecha. Sobre una camilla vio un cuerpo
tendido y sintió un escalofrío al pasar a su lado. Oyó con nitidez los pasos a
sus espaldas. ¿Habría advertido Von Marheim la desaparición del informe?
En el fondo lo esperaba un ascensor. Aceleró el paso.
Las ruedas de la camilla rechinaron. Nadie aceita nunca las camillas que
transportan a los muertos.
Dio vuelta la cabeza. La camilla había desaparecido.
Por primera vez en su carrera lamentó ser el único detective privado que
nunca llevaba un arma.
Antes de que Montaner llegara al ascensor, la camilla lo embistió. El
detective cayó contra la reja del ascensor. Un puñal, arrojado desde diez
metros, se clavó en el cadáver que yacía en la camilla. Montaner vio a lo lejos
la silueta del atacante que huía. No podía perseguirlo, el miedo le había quitado
el aire.
La función, por el momento, había terminado.

—Ya es muy tarde —le dije a Greta—. ¿Seguimos otro día?


—No, tenemos que terminar esta misma noche. Mañana te esperan otras
obligaciones: el telescopio, los astros y los signos.
—Entonces sigamos con la página del informe forense.
89

MONTANER vio el cartel a lo lejos:

Hasta allí llegaba el olor de las especias mezcladas. Por momentos,


dominaba la canela; pero también sintió las pimientas, las hierbas, la nuez
moscada, el comino.
El local era oscuro y angosto. Una mujer alta, joven, molía albahaca en un
mortero, mientras repetía el estribillo de una canción. Como vio que Montaner
miraba a su alrededor, le preguntó:
—¿Indeciso? Puedo darle una mezcla que sirva para todo: pastas, carnes,
aves o pescados.
—Si sirve para todo no me sirve. No me gusta que todo tenga el mismo
sabor. Por eso vine. Un cocinero llamado Balthazar me recomendó este lugar,
hace ya unos meses.
—Justo ayer estuvo aquí.
90

—¿Estaba preparando algún plato?


—La torta-libro. Es su obra maestra. Apareció el año pasado en la selección
de los cien mejores platos de Europa que publica la revista Cheff.
—¿Y cómo es?
—La receta es secreta. Tiene un toque de pimienta maorí roja que sólo
vendemos aquí. Cuesta trescientos dólares los cien gramos.
—Creo que voy a llevar pimienta verde y alguna cosita más.
Montaner no sabía nada de cocina. Llevó algunos frasquitos de especias ya
envasadas, que eligió por los colores de las etiquetas.
—Me imagino que si alguien le encargó ese plato a Balthazar, debe ser
para una fiesta muy importante.
—Sí, un acto oficial. Creo que en la Biblioteca Nacional.
La canción de la radio terminó. El locutor dio las noticias del día: nuevas
medidas económicas, problemas con los inmigrantes ilegales... La mujer iba a
cambiar el dial, cuando el locutor anunciaba: "Extraña muerte de un
ilusionista".
—Espere un segundo —pidió Montaner.
El mago había aparecido muerto en su casa, mientras practicaba un truco
con espadas. Los investigadores no estaban seguros si había sido un crimen o
un accidente. La misma espada que había herido al mago, había atravesado a
una paloma negra.
—Es peligrosa la magia —reflexionó la mujer, mientras buscaba en el dial
una canción que le gustara.
91

—La alta cocina también —dijo Montaner, pensando en Balthazar.


Montaner pagó su compra y caminó apurado hasta la Biblioteca.

Greta hizo más café, mientras yo acercaba la página a sus ojos.


—Faltan pocas. Iniciamos la cuenta regresiva.
—Montaner también.
Pablo De Santis nació en Buenos Aires en 1963. Es Licenciado en Letras
(UBA). Ha publicado en esta colección las novelas La sombra del dinosaurio,
Pesadilla para hackers, Astronauta solo y Enciclopedia en la hoguera. También
en Ediciones Colihue han aparecido Transilvania Express,
Invenciones argentinas y Rompecabezas. Sus novelas para adultos La
traducción, Filosofía y Letras y El teatro de la memoria han sido traducidas a
cinco idiomas.